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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO |
EL CORAZÓN DE MARIA.
CAPÍTULO PRIMERO
VIDA Y TIEMPOS DE LA SAGRADA FAMILIA
Cuando
sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué
has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos
buscándote. Y Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso
que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía.
Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba
todo esto en su corazón....
En los días del Bicentenario de la Revolución
Francesa, en Paris, el Hijo de Dios me inspiró esta Historia. Puse manos
a la obra inmediatamente. Abandoné Paris, regresé al Sur, me encerré entre
libros, y me dispuse a empezar por el principio, o sea, descubrir a qué se
debía aquel vacío documental por el que la confusión encontró puerta de acceso
al corazón del problema y parió aquella montaña de libros que, usando al Héroe
de los Evangelios como excusa, le dieron vida a personajes de tinta sin ningún
contacto con el Verdadero Hijo de María : la Virgen de Nazaret.
La necesidad de viajar hacia los tiempos del Nacimiento me llevaron a la
Biblioteca del Museo Británico.
Con la llegada de la siguiente primavera me dejé
de buscar en los libros lo que no podría encontrar en ellos. Empaqueté y me fui
a Jerusalén. Crucé Europa a la luz de una estrella brillante y atravesé el mar
sobre las olas de una Paloma de Plata. ¡Tierra Santa!
… “tierra”, … grita desde el Faro el Coloso de
Haifa, “Bienvenido a Tierra Santa”
Bajé a Nazaret. Visité el Templo de la
Anunciación. Tras una breve parada en Tel Aviv seguí mi camino a la Ciudad
Santa.
Cuando alcancé Jerusalén la Ciudad vivía en estado
de excepción. Irak acababa de invadir Kuwait. El discurso antisionista del
nuevo héroe del Islam, usando el odio universal del mundo musulmán contra los
judíos por hipervínculo de unión a la causa del fundamentalismo del mundo
árabe, exigía -según periódicos paramilitares israelíes- el uso de armas
nucleares, especialmente la bomba de neutrones.
Mientas Irak levanta oleadas de vítores en los
territorios palestinos, entre la muchedumbre se pasea por la Calle David un
hombre-anuncio vestido de profeta, arrastra un cartel apocalíptico: “El fin del
mundo se acerca, venid a tomaros una cerveza. Pub el Profeta”.
Fue un viaje muy instructivo. Me subí de nuevo en
las alas de la Paloma de Plata y navegué por las aguas del Mar Grande de vuelta
al Viejo Continente.
Puse rumbo a Londres. Me instalé en Finsbury Park,
cerré la puerta, abrí mi vieja máquina, y me senté dispuesto a no salir del
estudio hasta conseguir la Historia por la que había estado luchando durante
los últimos años.
Fue un otoño muy largo, pero muy fructífero. Un
día del Noviembre de ese año llegué a la meta. La meta tras la que estuve
corriendo todos esos años fue el Tesoro que la Madre guardó en su corazón: «el
Corazón de María».
Cómo María conoció a José, quiénes fueron Zacarías
e Isabel, quiénes fueron en realidad los famosos hermanos y hermanas de Jesús.
Todo, absolutamente todo, Ella lo conocía todo sobre su Hijo. Lo había vivido y
lo había guardado todo en su Corazón. Y seguía donde estuvo.
Lo que yo ví en el
Corazón de la Madre es lo que vais a leer a continuación.
CAPÍTULO PRIMERO
EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de
Abraham...hijo de David...hijo de Zorobabel, hijo de Abiud, de Eliacim, de Azor, de Sadoc, de Aquim,
de Eliud, de Eleazar, de Matán, de Jacob...
MARÍA DE NAZARET
La Virgen nació en Nazaret, en pleno corazón de la
Galilea. Cual gracias a los Evangelios Canónicos muy bien todo el mundo sabe,
el padre de la Virgen fue Jacob, su madre fue Ana. Jacob de Nazaret, padre de
María, murió siendo María muy joven. Un buen día de aquéllos se le fue al padre
de la Virgen el santo al Cielo. Y no volvió. Esto tuvo lugar durante los años
del reinado de Herodes.
El difunto dejaba aquí abajo huérfanas, huérfano y
Viuda. Desde el punto de vista de las cosas de los seres humanos, Jacob, hijo
de Matán, hijo de Salomón, hijo de David Rey, fue a morirse en un mal momento.
La Muerte, desde luego, en buen momento nunca llega. De todos modos, dentro de
lo malo, Jacob de Nazaret fue a morirse en el mejor de los momentos posibles.
Aquéllas grandes sequías que durante tantos años
asolaron las provincias del Oriente Medio por fin se habían largado; las
famosas vacas gordas que por un momento pareció que no iban a volver nunca
estaban volviendo a cual más rolliza; habían vuelto y paseaban su abundancia
por los campos de todas las provincias del Levante Antiguo, cuando Griegos y
Romanos.
El luminoso horizonte ansiado, rogado, deseado,
pedido Templo abajo Templo arriba en procesiones multitudinarias, se había
acercado, ¡cómo no!, también a las colinas de Nazaret. Sus resplandores ya
comenzaban a brillar en los ojos de sus habitantes con el fulgor de la estrella
de las oraciones oídas, la luz del deseo concedido. Pastores de la Galilea,
pescadores del mar de los Milagros, agricultores de los valles del Jordán,
artesanos del país que habitaban en las tinieblas de la desesperación, todos
juntos se lanzaron a las calles a celebrar los años de las vacas gordas. ¡Por
fin habían llegado!
La Casa de la Virgen disfrutó de la alegría
general con la intensidad de quien lo ha pasado mal, tan mal como los demás, no
tan mal como otros, tampoco mucho mejor que la mayoría de la gente que lo pasó
verdaderamente mal durante aquéllos largos años. ¡Fueron tantos!
No fue únicamente aquélla sequía. También fueron
aquéllos terremotos que asolaron el Oriente Medio sembrando el hambre desde los
montes del Líbano a las costas del Mar Rojo. Y más. Sí. Mucho más. De por sí
terribles aquéllos años de desesperaciones tremebundas la política fiscal
Herodes, el Carnicero de Jerusalén, hizo de hacha cortando toda cabeza que
lograse mantenerse a flote. Bajo el reinado de Herodes el Grande seguir
respirando se convirtió en delito. El derecho a la palabra quedó prohibido. La
cualidad sagrada que marca la diferencia entre el hombre y las bestias fue
sancionada, y condenado su ejercicio: en el mejor de los casos a destierro, a
la pena capital en los demás casos. Tantas plazas fuertes se construyó Herodes,
tantas horcas se contaron en el reino de Israel. De todos los oficios la
prostitución es el más antiguo, pero el único que durante los días de Herodes
el Grande nunca pasó de moda fue el del verdugo. ¡Qué gracia, mientras llegaba
o no el Día del Juicio Final los cachorros de la familia del Tirano se
construían palacios con bloques de mármol! Y fortalezas dignas de un emperador,
y cuarteles y guarniciones militares contra una posible insurrección de esas
que son capaces de echar abajo hasta las mismas murallas del Infierno.
¡Ni los faraones!
El faraón de Moisés fue malo, los Herodes fueron
peores. Y entretanto, mientras el tirano devoraba a un hijo, o a un hermano, el
pueblo seguía pasando calamidades físicas y espirituales de las que cuando
pasan … uno ya no quiere ni acordarse. ¿Quién se acordaría de aquéllos años de
vacas flacas cuando pasasen los dos mil años? Sin embargo la esquizofrenia
constructora del Carnicero de Jerusalén, la esquizofrenia del Tirano de Israel sí
sería recordada por la Historia: ¡Herodes el Grande! A aquél asesino sólo le
faltaba eso, que le concedieran licencia para matar a su antojo. A sus hijos, a
sus hermanos, a su mujer, a sus amigos, a sus enemigos, fuesen o no fuesen
inocentes. Permiso del propio César para violar todas las leyes del Derecho
Romano.
Bajo el reinado de aquel Herodes llegó un momento
en que bastó mover los labios pidiendo justicia para caer bajo las ruedas de su
paranoia asesina. Los Romanos -todo sea dicho- cometieron muchos errores; de
todos los que se permitió Octavio César Augusto darle la Corona de los Judíos a
un palestino fue un fallo que hasta al propio Juez del Universo le ha de costar
perdonarle.
Pero volvamos al tema de la Vida de la Virgen y su
Familia. Jacob de Nazaret, padre de María, acaba de morir.
Precisamente porque Ana, la Viuda de Jacob de
Nazaret, y sus hijas mayores, María y Juana, ya habían logrado casi olvidarse
de la clase de batalla que aquel hombre tan queridísimo de ellas hubo de librar
contra los elementos de aquél verano interminable, se comprende que su pérdida,
ahora que comenzó la luz de la esperanza a engendrar en las ubres de las vacas
del establo el oro de la abundancia, le fuera a la Viuda, Ana, la madre de la
Virgen, infinitamente más insoportable y dura la pérdida de su esposo.
Ana y Jacob de Nazaret superaron todo lo malo con
coraje y le respondieron a los malos tiempos con la buena cara del que camina
bajo la paz de Dios. También Jacob de Nazaret y Ana soñaron con los días de las
vacas gordas durante todos los días de los últimos años, como todo el mundo; y
se rieron de los malos tiempos dando a luz seis hijos.
Pasó que en lugar de permitir que los malos
tiempos abriesen una mínima brecha entre ambos, Jacob y señora se unieron con
más fuerza, si cabía aún, en el abrazo del amor que los tenía maravillados de
estar juntos. María se llamó la primogénita de Jacob, el difunto; luego vino la
Juana. Les siguieron mellizas, después otra niña, y cerró el río de la vida el
niño de la casa, de nombre Cleofás, un bebé en sus días de leche cuando vino a
morírsele su padre.
“Ahora que vuelve a brillar el sol, hija mía, me
deja sola el Señor con mis seis hijos. ¿Quién me va a enseñar a vivir sin tu
padre, María?”, de esta manera la madre de la Virgen derramaba el alma que le
sangraba. La muchacha recogía en su regazo las lágrimas de aquella madre a
quien quería tantísimo. Como cualquier chiquilla que se hubiese perdido en un
bosque de gente extraña la Viuda lloraba a corazón partido. En el corazón de
María sin embargo la presencia de su padre simplemente se había dormido.
María aún podía ver, sentir, oler, oír a su padre
todo sonriente mientras les respondía a ella y a su hermana Juana sus preguntas
sobre el Señor de Moisés, YAVÉ DIOS.
María aún podía verlo tratando con los segadores,
con los hortelanos y los ganaderos del pueblo con la alegría y la fortaleza del
hombre respetado, estimado, tenido por honesto de un confín al otro de la
comarca. Era su padre un hombre de los que miran cara a cara, directo a los
ojos, sin dobleces. En los ojos se le podía leer a Jacob de Nazaret la
sinceridad que transpiraban sus palabras.
Cuando llegaron los años de las vacas flacas el
padre de María dio la talla. Como el campo no producía ya para pagar sueldos
extras Jacob de Nazaret se echó a las espaldas la carga de sacarle a sus campos
aunque fuese unos sacos de almendras, unas arrobas de aceite, unas medidas de
trigo, algunos quintales de los famosos vinos de la Casa. Lo que fuera con tal
de mantener los huesos de sus hijas sanos y fuertes. ¡Sus dos hijas mayores
María y Juana sabían tan bien como su Viuda contra qué clase de soles estériles
tuvo que luchar aquél hombre! Gracias a Dios, aunque pequeñas, María y Juana
allá que arrimaron el hombro con las aceitunas en invierno, con las almendras,
con los higos y los trigos en el verano, con las bestias en otoño, verano,
invierno y primavera. ¡Lo que daría ahora la Señora Ana, la Viuda de Jacob de
Nazaret, por volver a levantarse de mañana al alba y prepararle al padre de sus
hijas la leche, el pan, el agua!
María lo sabía muy bien, por ver a su padre de
nuevo de pie al alba, despidiéndose de sus hijas con aquella sonrisa tan suya
en los ojos, su madre daría su propia vida. Pero ya no se podía hacer nada para
que la muela del tiempo diese marcha atrás. Ahora había que vivir, elegir entre
el esposo muerto y los hijos vivos.
De las dos muchachas, María y Juana, la Juana era
la más chica, un año menor que la María. María era la mayor, la grande de la
Casa. Misterios de la vida, era a ella, a la Juana, la más pequeña de las dos,
a la que más le iba la marcha del campo; tal vez porque Juana había heredado de
su padre el gusto por el olor de los árboles en flor y el placer de contemplar
los colores del horizonte al alba.
Viéndolas, a ambas hermanas, cualquiera hubiese
creído que por el cuerpo era a la María a la que debiera gustarle más el viento
sobre el pelo al caer la tarde; sin embargo era en la Juana, la más chica, de
cuerpo casi o igual de pequeña que su madre, el alma donde derramó su padre el
amor al rojo de la tierra viva. En María la fuerza de la vida venía de su
madre. Su madre le legó todo su arte para la costura y la confección. Lo que a
María le iba era la familia, la casa.
Así que cuando luego llegaron los malos tiempos, y
las vacas se pusieron todas flacas, y los dineros se hicieron los justos, y las
necesidades a cubrir empezaron a multiplicarse hasta seis veces en apenas dos
años, María reveló ser una costurera nata. A la edad cuando se dice que se está
en la primavera de la vida la hija mayor de Jacob de Nazaret lo mismo remendaba
un vestido y lo dejaba como nuevo en un periquete, que les tejía a sus hermanas
un abrigo de lana en cuestión de días, sin dejar nunca de ser la mano derecha
de su madre. Y un modelo de hija para su hermana Juana. En ésta -he dicho- se
había revelado una capacidad innata para aprender de su padre el sentido de los
impactos de los ciclos lunares en la agricultura, porqué los conejos comen
lechugas, cómo crece de verdad un tomate de verdad, a qué se debe que se talen
los olivos para que no se hagan sombra y desvirtúen el sabor del aceite. En
fin, miles de cosas.
El hecho es que la Juanita, además de ser el ojito
derecho de su padre, se sentía el otro brazo de su hermana María, y una para el
padre y la otra para la madre y las dos juntas en la alegría, cuando arrecieron
los vientos solanos y las gotas frías y las sequías y las tormentas de invierno
en verano y los calores del verano en invierno y las lluvias un visto y no
visto, cuando la tormenta puso a prueba a los hombres buscando llevarse al
Paraíso a los que le pusiesen cara alegre, en aquél entonces las dos hermanas
se unieron más que nunca. Aquéllos años malos obligó a las dos hermanas a
trabajar duro. Fue un deber que adoptaron desde el silencio, escrito en sangre,
latiendo al mismo ritmo del corazón de sus padres. Cada una dejó abrir su alma
a sus dones particulares y actuaron siguiendo el curso del misterio de la vida
en cada persona.
Los ojos de la mayor, la vista de María estaba
hecha para descubrir la aguja en el pajar; no fallaban jamás al insertar el
hilo en el ojo de la aguja, ¡sin mirar siquiera! Los ojos de su hermana Juana
necesitaban horizonte, campo, cielo abierto. En lugar de pelearse las hermanas
le dieron las gracias al Dios de sus padres por su sabiduría eterna y su bondad
infinita. A los ojos de ambas su padre fue un hombre maravilloso.
“¿Por qué decimos que la sabiduría del Señor es
eterna y su bondad infinita? -les decía Jacob de Nazaret a sus dos hijas
mayores-. Porque con sus respuestas nos maravilla y con su bondad nos ilumina
la cara”, con la sonrisa en los ojos les respondía aquel padre a las dos
muchachas, ¡ojitos de su cara!.
Sus hijas se miraban sonriéndole. ¡Cuánto querían
al hombre que Dios les había dado por padre! Su padre seguía: “Cuando decimos
que la Sabiduría del Señor es eterna declaramos con todo el corazón y con toda
nuestra mente nuestra alegría al saber que Él no miente. Hijas, cuando le adoramos
por su infinita bondad nuestra alegría es la del que se encuentra en el foso al
que los malos arrojan a los buenos y al alzar el rostro ve al Señor riéndose de
la ciencia de los genios”.
“Hijas, ser bueno, cuesta” mientras ordeñaban los
olivos les confesaba Jacob de Nazaret a sus hijas. “¿A la que es más buena no
se le hace un regalito? ¿Tienes envidia tú, Juanita, de tu hermana mayor porque
sea más buena cosiendo que tú? ¿En qué momento mi Juanita ha hecho que su María
se sienta culpable por no tener sus cualidades para el campo? ¿Cuándo le ha
regañado madre a su Juana por no saber coser un vestido tan bien como su María?
¿Qué haría yo sin mi Juana si no me trajera al mediodía la comida, si ella no
me obligara me la comería?”
Ay, ¡cómo le recordaban! ¿Era verdad que se había
ido? Aún no se lo podían creer. Con el cuerpo sin vida de su padre delante de
los ojos María y Juana se miraron en silencio. Dios mío, ¿de verdad lo habían
perdido?
Ambas hermanas abrazan ahora a la Viuda, su madre.
Destrozada, la Viuda de Jacob de Nazaret seguía
llorando su desgracia:
“Ahora María, ahora que vienen las vacas gordas,
ahora que vuestro padre podría sentarse en su viña a comer racimos grandes como
los del Polifemo y dulces como los de Baco, me perdone Dios, justamente ahora.
¿Por qué, Señor, por qué? Dime en qué te ofendió tu siervo”.
¡Dios!, ¿se puede explicar la conexión entre los
grajos y los infortunados jornaleros sobre los que dejan caer las Parcas su
manto de negro presagio? ¿Se puede entender que Dios sea Dios reinando el
Diablo? ¡Quién fuera capaz de escribirse el guión de
su propia vida y brillar como una estrella por lo menos a los ojos de los
socios de papel inventados al caso! Sueña el hombre que suyo es el destino,
sueña el niño con el hombre que late en su pecho, para descubrir a la vuelta de
la esquina que basta una ráfaga de viento para reducir sus sueños a bits
condenados a la basura. Al final la vida humana es la de la caña, si el viento
arrecia se quiebra y sus restos caen en el pozo del olvido. ¿Quién no ha caído
en la tentación de dejarse morir y acabar con todo de una vez para siempre? ¿O
seremos los más fuertes hasta que no se demuestre lo contrario?
Para todo el mundo llega la hora de la verdad.
Cada criatura tiene la suya. Y en esa hora es cuando el ser anda o revienta.
Esta era la hora de la verdad para la madre de la Virgen.
“¿Qué somos, María?” clamando lloraba la madre de
la Virgen la pérdida de su esposo. “Luchamos contra los elementos con las
fuerzas de una criatura de barro. Alzamos nuestros ídolos en honor de quien nos
da la victoria. Al Altísimo le dedicamos nuestra gloria. Pero no se cansa el
Omnipotente de vernos reducidos a la condición de las bestias. Avanza el
campeón a recoger su corona cuando se le cruza la Muerte en el camino. ¿Se
yergue el Todopoderoso para salvar al corredor solitario de dejarse el alma en la
carrera? ¿Por qué se queda sentado en su Trono Todopoderoso y Omnisciente
mientras los restos son barridos de la pista por el viento? ¿Eso somos, hija
mía, polvo que sueña a ser roca, roca que sueña a ser montaña, montaña que
sueña a ser nido de águilas? ¿Qué será de tus aguiluchos ahora, esposo mío?
¿Quién se levantará y los protegerá cuando la serpiente escarpe el risco y su
madre no sepa cómo defender sola a tus hijos?”.
¿Qué se le podía responder a aquella mujer? ¿Qué
loco se hubiera atrevido a decirle lo que aquéllos visitantes ignorantes al Job
de la Biblia?:
“Calla ya, viejo podrido. Si te pudres será porque
eres más malo que todos los diablos juntos. Nos engañaste a todos con tus
limosnas y tus monsergas. Gracias a dios el Señor nos ha descubierto tu
falsedad y tu hipocresía. Por ellas te castiga el Dios al que pretendiste
engañar como hiciste con nosotros. Calla y sufre”.
¡Vaya amigos! Quisieron obligar al pobre Job a
reconocer que la miseria nace de la miseria, que el que tiene retiene porque
tenía, que nadie es fuerte por capricho sino que la felicidad o la desgracia de
la persona dan cuentas de su valía. Según tales sabios los pobres son todos
unos pecadores pervertidos, corruptos viciosos que se merecen lo que sufren;
los buenos son todos felices, dichosos comen perdices, tienen el oro, tienen el
poder, ellos son los mejores, los elegidos de la providencia, la raza nacida
para ser feliz, y son felices porque son buenos, y
“Del Indestructible, del Invencible es la última
carcajada” les respondió Job. “¿Vosotros de qué y por qué os reís? ¿Qué luz
habéis venido a traerle a mis ojos? ¿Queréis condenarme por lo que he hecho?
Ignorantes, estoy siendo castigado por lo que no he hecho”.
La tragedia de Job no estuvo en la caída de las
murallas de su Fe al sonido de las trompetas del Infierno. Este no fue su
problema. Job fue una fortaleza levantada sobre roca. No una cualquiera, esa
era su Dios. A prueba de bombas su Fe
permanecía intacta. El problema que le estaba acuchillando a Job el alma era no
saber qué estaba pasando, a qué obedecía este cambio en el ánimo de su Dios.
¿Por qué su Dios lo había abandonado desnudo y a su suerte ante un enemigo
armado hasta los dientes? Sigue el guerrero a su Héroe y Rey al campo de
batalla ¿y en una esquina de la encrucijada su Rey le da la espalda como quien
sacrifica un peón en el altar de la victoria?
Este dilema, justo este dilema era el que tenía
agarrada por el cuello el alma de la Viuda de Jacob de Nazaret. Luchando contra
las tinieblas con el única arma divina al alcance de los humanos, la palabra,
la madre de la Virgen buscaba la respuesta al por qué se había llevado la Muerte
a su esposo. Y no la encontraba.
“¿Por qué nuestro Dios no hace nada, María? ¿Por
qué deja que la serpiente escarpe el risco y por qué se lo pone más fácil
eliminando al padre de sus cachorrillos? ¿No la ve acercarse Él, hija? ¿Por qué
el Dios de tu padre no alcanzó el arco y la flecha y con el rayo de su mirada
fulminó a la Bestia? ¿Se equivocó la flecha de diana, la desvió el viento y
buscando al dragón mató al héroe?
“Dime, hija, que mi alma está amargada y mis ojos
no alcanzan a ver los recónditos planos del Omnisciente ¿pero qué somos, María?
¿Por qué se le exige el entendimiento de un dios a una criatura de barro
condenada al polvo por haber comido una manzana? No me mires con esos ojos, no
me reproches que mi corazón sangre palabras. ¿Qué manará de la herida de la
Cierva de la Aurora cuando al salir la mañana el cazador la persiga a la hora
de las primeras alegrías? ¿No será maldita la flecha que le entra en el pecho a
la paloma que se sube al caballo del viento, trota por los cielos y regresa
feliz a la casa de su señor? Ya llega, hija, ya alcanza la paloma el brazo de
su señor, ya cruza también el aire el dardo asesino, tiene su señor el poder de
atraparlo en vuelo, pero observa, no hace nada, se queda quieto como si esa
fuera la recompensa por haber cumplido su misión sagrada, y ya cae la hija de
Mercurio en el polvo a los pies de quien le vuelve la cara. No me digas que me
calle, María, ¿no ves que si no me muero?”.
Yo sólo sé que no sé nada, aunque dicen que Dios
creó al hombre y a la mujer para amarse y no separarse nunca, también dicen por
ahí que el Diablo se juró hacer imposible ese amor. Mas en este mundo hay gente
que está sorda y no entiende, no se enteran de nada, se ríen de los cuernos del
Diablo y retan a la muerte a romper lo que Dios unió con lazos más fuertes que
las palabras de la Serpiente.
Ana, la viuda de Jacob, y Jacob de Nazaret, padre
de María, futura madre de Jesucristo, vivieron ese reto. Una vez que se
conocieron si no se casaban se morían, y cuando se casaron ya no les cupo en la
cabeza la idea de vivir el uno sin el otro. Cada año que pasaron juntos
adoraron al Dios que trasformó una costilla, una simple costilla, en algo tan
hermoso como aquél amor.
LA MUERTE DE JACOB DE NAZARET
Genealogía del Salvador: Genealogía de Jesucristo,
hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a... David; David a ...
Zorobabel; Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliacim,
Eliacim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a
Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús,
llamado Cristo.
Jacob, hijo de Matán de Nazaret, se murió a los
meses de nacer el varón con el que tanto soñaron él y su esposa Ana, tras el
que no pararon de correr hasta tenerlo. Ya sabemos que eso de tener la
parejita, eso de parir un macho es un tópico. Pero en aquéllos días de terror
fiscal y de sequías largas como el desierto del Sahara por fuerza un hombre
tenía que soñar con tener algún hijo varón. Para transmitirle todo su
conocimiento de las labores del campo, para apoyarse en sus brazos jóvenes
cuando los suyos por viejos no pudiesen tirar de la carga. Hombre, siempre se
tiene a los yernos; pero no es lo mismo. No es lo mismo que te vean como una
carga a que cargue contigo el hijo de tus entrañas. Ni es lo mismo dejar todo
lo que te dejaron tus padres a tu propio hijo que al hijo de un extraño. A
cualquiera que piense que aquéllos hombres eran antiguos, ignorantes de la
vida, que no sabían que una hembra puede hacer lo que un hombre, o mejor
incluso, a esta gente moderna lo mejor que puede ofrecérsele es el silencio.
Haciéndole oído sordo a la inteligencia de tanto
moderno, siempre cara al sol de los siglos, Jacob de Nazaret y señora corrieron
tras el varón encantados de gozarla siendo antiguos. Y lo alcanzaron, vaya que
si lo alcanzaron. Lo llamaron Cleofás porque, al verlo por primera vez en los
brazos de su madre, a Jacob le recordó a su suegro. Sobre el físico qué puede
decirse de su chiquillo, el chaval más guapo del mundo, por supuesto.
Pues bien, ya se sentían todos en casa de María en
la gloria cuando de repente le entró a su padre aquel sueño bajo aquella
higuera. ¡Con lo felices que estaban papá y mamá! Cinco niñas como cinco soles,
todas sanas, todas alegres, todas jugando con el muñeco que sus padres les
habían comprado. De carne y hueso. Lloraba, se hacía pipí de verdad, pedía
manteca, echaba caca. Una alegría. Y de pronto, cuando estaban todos en casa
como en el paraíso, al papá le da por morirse. Una tragedia. ¡Qué lástima! El
diablo en persona atacando la casa por todos los costados no hubiese podido
herir tanto a la madre de aquellas seis criaturas. Tanto más profundo el dolor
de la Viuda cuanto al no tener a su lado a nadie de su familia, en su
desesperación ya se veía asediada por un enemigo invencible que le exigía la
rendición inmediata o la destrucción total de su casa. Si hubiera tenido a la
vera a sus padres, o a su tita Isabel. Pero no, a nadie. ¿Y quién era ella en
Nazaret? A pesar de los años la esposa de Jacob seguía siendo una extraña, la
forastera que les quitó el soltero de oro del pueblo.
“Con lo guapas que eran ellas haberse ido a casar
con una de fuera; encima pequeñita, que parece una tonta” se consolaban las
mocitas nazareñas. “Muy fina. Muy educada. Ya veremos
cuando empiece a parir y tenga que llevar sola la casa de su suegro en qué se
quedan sus maneras y su carita de princesa de la Ciudad Santa”. Cosas de los
pueblos, no te quieren mal, pero no te desean ningún bien tampoco. Todo el que
viene de fuera tiene que rendir cuentas a los vecinos de sus intenciones. Todo
tiene que ajustarse a las pautas de la comunidad; la tradición manda.
¿No las conocía a todas la Viuda de Jacob de
Nazaret? ¿No la habían estado observando durante los años de las vacas flacas
como quien espera que se hunda el héroe para darse la gozada de ver aquellas
dos torres morder el polvo como cualquier campanario de aldea? ¿Qué consuelo
podría la Viuda encontrar en quienes ya estaban echando cuentas y calculando
cómo podrían repartirse la hacienda del difunto? ¿Cuánto le ofrecerían por los
viñedos? ¿Cuánto por los olivares? ¿Cuánto por las tierras de secano?
“¿Por qué matamos el milagro de nuestra existencia
diaria en juicios contra el prójimo, hija mía? ¿Quién conoce cuántos serán
nuestros días en este mundo? Sólo el Señor lo sabe; pero de su boca nunca sale
el número. ¿Te imaginas que te cogiera la cuenta criticando a muerte a tu
vecina, o arrojando la piedra el primero? ¿No sería más hermoso que te pillara
nuestro Señor Dios compartiendo tu pan con el pobre?”, le decía la madre a su
hija María, mientras cosían, a solas. Y sin embargo ahora era la madre la que
le pedía a la hija que fuera buena con ella y no le negara la palabra al dolor
de su alma.
“Déjame que me muera, María. No te preocupe que se
me vaya el alma en palabras rotas. El Señor se ha llevado a mi marido dejándome
sola con sus seis hijos. ¿Por qué iban mis ojos a reprimirse y mi corazón a
envidiar la roca que tiene por corazón el Omnipotente?
“Hija mía, es fácil desde las nieves mirar el
valle que arde en el estío. ¿Cuándo se puso el Todopoderoso en la piel del
soldado que cae desnudo en el campo de batalla defendiendo su vida por el honor
de su alma de barro tierno y húmedo? ¡Qué fácil es sentarse en el trono del
juicio a firmar sentencias! El Señor está lejos de la debilidad humana,
nuestras pasiones a Él no le afectan. Si hace frío Él no tiembla; si hace
calor, Él no suda; si le disparan una flecha, no le alcanza; si duerme, nada le
inquieta. ¿Qué sabe el Indestructible de la fragilidad de nuestra existencia?
¿No ves, hija, que se ceba el valle con nuestras lágrimas?
“¿Por qué reprimiré mi dolor y ataré mi lengua al
miedo? ¿No corre el guerrero al encuentro de la muerte? Que me mate Dios, que
me devuelva la vida de mi hombre, ¿por qué no hace nada, porqué se mantiene
vigilante al otro lado del precipicio? ¿En qué razones, hija, funda el Eterno
su silencio y su impasible comportamiento? Si al menos se elevara como un sol y
hablara con la voz de la tormenta y de su alma los rayos de su sabiduría
tejieran en el firmamento nubes preñadas de inteligencia. Pero no, hija, arrecie
el temporal, tiemblen las tierras, cáiganse los montes y entierren pueblos y
aldeas, o se salga el mar de madre y hunda islas con sus gentes, el Señor,
inalcanzable, indestructible, no mueve una ceja. ¿Ve el desastre y todo lo que
ofrece es un pañuelo de luto pidiendo perdón por no haberse adelantado al
movimiento de la Serpiente?
“Dime, hija, que no fue Él quien disparó la flecha
que mató al águila y dejó a merced del diablo el nido de sus aguiluchos. Pero
no me niegues el derecho a quejarme de la suerte de mis hijas sobre el cadáver
de mi difunto”.
Atravesada por el dolor de su madre, María
consolaba a la Viuda de esta manera:
“Todos somos iguales ante sus ojos, madre. Únicos
lo somos sólo a los ojos de nuestros padres. Las criaturas miramos hasta donde
alcanzan nuestros ojos, pero Él lleva sobre sus hombres el peso de todos
nosotros. A su tiempo Él se alzará, madre. Y sus pies brillarán con el
resplandor del héroe vestido para la guerra contra el que le quitó su hombre a
nuestra madre Eva. Ya sé que soy joven, madre, mas créame por todo el amor que le tengo, el Dios de mi padre no permitirá que la
casa de mi madre se hunda. Ya está, madre, calme sus lágrimas. La Muerte se
lleva a los mejores pensando que al dejar a los malos nos deja a los pequeños
sin protección contra los tiranos. Ignora que al irse los buenos van al Cielo a
recoger las armas de los ángeles. Padre nos defendió como hombre y nos sacó
adelante. Mi padre defenderá ahora a sus hijas y a su niño con la espada de los
querubines. Madre mía, basta ya, no mire más su cadáver”.
La Viuda escuchaba las palabras de su hija mayor
como quien recibe besos desde las distancias.
Fueron María y su hermana Juana las que
encontraron a su padre sentado contra el tronco de aquella higuera. La verdad,
no era exactamente el tiempo de la cosecha; pero a Jacob de Nazaret le gustaba
coger los primeros higos de la temporada; decía que eran los mejores para hacer
el pan de higo.
Jacob aparejó la bestia. Tiró solo para el campo
con la fresca. El higueral estaba al otro lado de los cerros, según se mira
desde la colina de Nazaret, al frente. Encantado de la vida aquel buen hombre
se despidió de su señora. Sus dos hijas mayores le llevarían el almuerzo, y le
ayudarían a recoger los cestos. Hasta entonces, bueno, pues eso, un beso,
adioses.
¿Viéndole partir de aquella manera tan hermosa
quién hubiera podido decir que aquél hombre regresaría a casa … muerto?
A la hora del almuerzo María y su hermana Juana se
presentaron en el campo. María le llevaba un año a Juana y las dos eran dos
muchachas en flor. María y Juana buscaron a su padre y lo encontraron sentado a
la sombra de aquella higuera.
“¿Le dejamos dormir un rato más, Juana? Recojamos
nosotras los cestos”, dijo la María.
Las dos hermanas se dedicaron a la faena.
Terminaron de reunir los cestos, y su padre sin despertar. Pero que no se
despertaba.
“Cuánto duerme hoy papá, ¿verdad, María?”, dijo la
Juana.
Se dieron trabajo trabajando más. Al cabo
empezaron a mirarse preocupadas.
“¿Le pasará algo a papá, Juana?”. Y allá que fue
la mayor de las dos a ver qué le pasaba a su padre.
No me voy a poner tierno aquí como el que quiere
ganarse al lector sacándole un mar de lágrimas. El que más el que menos ya ha
pasado por los trámites de un entierro y sabe lo que duele perder lo que nunca
debió la Muerte llevarse. Pero fue ella, la María, al arrodillarse para
despertarle, quien descubrió la verdad en la palidez del rostro de su padre.
No gritó la muchacha, no se asustó. Cogió la
cabeza de su muerto entre sus brazos, meció su cuerpo, besó su frente, miró a
su hermana Juana que se acercaba hecha lágrimas. Juana se abrazó a su hermana
María y María se dejó abrazar hasta que Juana se desahogó y juntas pudieron
recomponer sus almas.
“Ve a casa, Juana, y cuéntale a mamá lo que pasa”,
le pidió María a su hermana.
Juana se subió al pollino y llorando con el
corazón encogido corrió por los cerros. Mientras tanto María se quedó sola con
el cuerpo de su padre, bajo aquella higuera, acariciando el rostro del que para
ella fue el hombre más maravilloso del mundo, que se le había ido sin darle
oportunidad a su mujer y a sus hijas de decirle por última vez cuánto le
querían.
“¿Qué será de tu niño ahora, padre? ¿En qué ojos
encontrará la imagen divina del hombre que tus hijas hemos descubierto en ti?”,
hablándole al Cielo, susurraba la joven María.
Lo dicho, un enemigo cruel y sádico arrasando la
casa no le hubiera hecho a la Viuda de Jacob de Nazaret tanto daño como aquella
forma que tuvo la Muerte de quitarle a su marido. Si hubiera muerto su hombre
defendiendo a los suyos en alguna guerra, o vendiendo la vida de sus hijas al
precio de la suya propia, yo qué sé, pero morirse de aquella manera, sin
avisar, cuando habían encontrado la felicidad, después de haber superado un
decenio de años tan malos como el corazón de Herodes.
Para qué os voy a contar los litros de lágrimas
que la Viuda derramó durante todo aquél día y toda la noche de aquella tarde.
¿No se os ha muerto nunca una hija en flor, o una hermana en la plenitud de su
belleza? ¿No os ha arrancado jamás la Muerte la estrella de vuestros ojos
dejándoos en las más tormentosas tinieblas? Teníais que estar riendo a
carcajadas, batiendo palmas, el corazón abierto a toda esperanza, y de pronto,
de la noche a la mañana, una hora antes de romper el alba, la aurora se torna en
noche sin luna, la llanura se transforma en pozo sin fondo y al mirar para
abajo descubrís el rostro de la Serpiente dándoos la bienvenida.
Y es que Jacob y Ana se habían amado desde el
mismo día que se pusieron los ojos encima. Fue un amor a primera vista. Fue
ponerse los ojos encima y saber que la búsqueda había terminado.
Jacob y Ana habían nacido el uno para el otro;
estaban hechos el uno para el otro; eran las dos mitades del mismo fruto. Era
natural que él se muriera tan enamorado de su mujer como el primer día y que la
Viuda lo perdiera más enamorada de su marido que nunca. Y si a este dolor se le
suma el hecho de quedarse la casa sin hombre para ocuparse de los campos y las
bestias: la receta mágica en el origen de los pucheros amargos que derramó la
Viuda en el corazón de su hija María durante los dos días que siguieron al
entierro de su padre, ya la habéis leído.
EL VOTO DE MARÍA
Como las católicas de toda la vida aquellas
mujeres hebreas eran muy trágicas para lamentarse por la muerte de un ser
querido. No digo que sea bueno ni malo, simplemente era así. Los romanos al
contrario usaban el entierro como excusa para un banquete, el último banquete,
la última cena de los Césares. El banquete de despedida de Cicerón en los
frescos de la mansión del difunto en Pompeya nos muestra a sus familiares y
amigos bebiendo a la salud del muerto. La corona del orador sobre sus cabezas
recuerda la de laureles pero trenzada con brazos de vides. Dios santo, los
romanos tenían el corazón tan duro que ni la Muerte podía arrancarles una
lágrima. Necesitaban ser tocados por la vara de Baco para recordar que eran
hombres, tan de carne y hueso como los demás bárbaros del orbe. Hasta que no
estaban borrachos como una cuba no soltaban una lágrima.
Los hebreos, inversamente a la mayoría de los
pueblos, preferían velar el muerto a pelo, sacando pecho. La distancia, el
alejamiento, la ausencia necesita de un tiempo de despegue. Supongo que la
costumbre impone su cultura y cada cultura lo vive a su manera. Los hebreos de
todas las maneras posibles eligieron la más dolorosa, no enterraban al difunto
sino al tercer día de su muerte.
¡Las lágrimas estaban servidas! Y si encima se
terciaba el caso que nos ocupa, un hombre joven, en la flor de la vida, casado
y tan enamorado de su Viuda como el primer día, padre de seis criaturas, un
hombre que nunca estuvo enfermo, un hombre que no parecía cansarse jamás, que
se murió sin tener a nadie que se ocupase de sus campos, que se fue justamente
cuando amainaba la tormenta, poned todos estos elementos en la misma coctelera,
agitadla, y el resultado será explosivo. La explosión que desencadenó la muerte
de Jacob de Nazaret la vais a descubrir enseguida; sus consecuencias aún
perduran.
Estaba la propia Viuda. Desde jovencita la madre
de la Virgen fue muy pucherona. El día que su padre,
Cleofás de Jerusalén, le prohibió siquiera la idea de pensar en casarse con el
hombre que sería el padre de sus niñas, tan cierto como llueve para abajo que
la joven novia salió corriendo en busca de su tita Isabel, por las calles de
Jerusalén dejando un reguero de lágrimas rotas.
Tita Isabel, esposa de Zacarías, futuro padre del
Bautista, ya la conocía. No en vano Ana era su sobrina. Tita Isabel, mirando a
su sobrina a los ojos mientras le secaba las mejillas de Magdalena toda
atacada, sonrió.
“Pero bueno, chiquilla, ¿me vas a decir qué te
pasa? Cuando te arrancas de esta manera se te olvida que yo no sé nada.
¿Lloramos juntas o me río de ti hasta que tú te rías conmigo?”. Tita Isabel
amaba a su sobrina Ana con una ternura divina.
Aquella mujer, Tita Isabel, quería a su sobrina
más que a las murallas de Jerusalén, más que a las nubes del cielo de
primavera, más que a las estrellas de la mañana y de la tarde juntas, la quería
más que a sus vestidos y más que a sus cacharros de plata, pero cada vez que su
Anita se le echaba encima de aquella manera no sabía si acompañarla en los
pucheros o echarse a reír de sus lágrimas. Tampoco es que a cada cambio de
guardia su sobrina Ana le estuviese regando el desierto con arroyos de agua
salada. La verdad era que cuando se arrancaba de esa forma que ni podía
articular palabra, y había que darle tiempo a que se calmara, era que algo muy
gordo le había pasado a su Anita.
La muerte del padre de tus niñas, sólo dos de
ellas muchachas, las otras crías, y un bebé dando la caña, la verdad, sí es una
buena razón para llorar hasta que los huesos se te sequen.
Pasó eso, la Viuda, la madre de la Virgen se hundió hasta lo más
profundo de la desesperación comprensible al caso. Por un tiempo se queda muda.
No dice nada, sólo llora abrazada a aquella criatura de pecho que no conocería
a su padre. Con Cleofás en los brazos la Viuda de Jacob de Nazaret llora todo
el día y toda la noche.
Desesperada, se ve ella rodeada de tiniebla densa
y fatal; hundida, ya se imagina la casa de su difunto tragada por los
impuestos; rota, deshecha, ya se ve vendiendo a sus niñas para salvarlas de la
ruina.
Hijas de David que eran todas, en unos tiempos
cuando ser judío no bastaba sino que había que demostrarlo, tener por esposa
una hija de David era un pasaporte a los beneficios que el César le había
concedido a los judíos en gratitud por haberle salvado la vida contra el último
de los faraones.
Lo cuento.
Persiguiendo a Pompeyo, Julio César se metió en
problemas. Se le vio al César corriendo como un loco tras Pompeyo. Y mira por donde César aterrizó en Egipto. En ese entonces el hermano
de la Faraona acababa de matar a Pompeyo. Este mismo faraón que acababa de
ejecutar a Pompeyo vino y se le puso bravito al César. Creo que el hermano de
Cleopatra incluso se atrevió a declararle la guerra al Conquistador de las
Galias.
Lo sabido, contra toda esperanza aquél faraoncillo
estuvo casi a punto de enviar al César al Elíseo de los famosos generales
romanos. Fue entonces cuando el padre de Herodes se las arregló para reunir
miles de jinetes, atravesar el desierto del Sinaí al galope y cargar contra el
hermano de Cleopatra, rompiendo el cerco y rescatando al César del peligro. En
recompensa Julio César les otorgó a los judíos un número de privilegios
imperiales, como no estar sujetos al servicio militar, libertad de movimiento
para el Diezmo del Templo, etcétera.
La condición sine qua non para beneficiarse de
tales privilegios era ser ciudadano de la Judea, Provincia Romana.
Listos como zorros, escurridizos como anguilas,
los judíos encontraron muchas formas de falsificar los papeles. De todas las
formas imaginables de burlar al Imperio la más fácil era comprarse unos
documentos falsos, que cualquiera de los burócratas que trabajaban en el
Registro del Templo de Jerusalén te servían por un puñado de dracmas.
Pero había otra forma más barata.
¿Qué manera mejor de pertenecer a la lista de los
privilegiados que declararse descendiente del rey David? Y para mejor cerrar el
circuito incluir haber nacido en Belén de Judá, “por favor”.
Y aún existía otra fórmula inclusive mejor, más
placentera: Por supuesto. comprarle al rey David una hija por esposa,
Las descendientes del rey David por esta razón en
alza, si se pagaba bien por una hija de David ¿cuánto se pagaría por una
genuina hija del rey Salomón? Y no una cualquiera, una sólo de boquilla,
estamos hablando de la genuina y auténtica descendiente del mítico rey Salomón.
Algo tan corriente entonces, vender a las hijas al
mejor postor, a la Viuda de Jacob de Nazaret le resultaba comparar la mujer al
ganado. Por Josué y las setecientas trompetas que derrumbaron las murallas de
Jericó ¿vender ella a sus niñas por dinero? ¿Ella que se había casado por amor
y conocía lo dulce que es el matrimonio por amor y sólo por amor?
La idea le destrozaba el alma.
Sin embargo la Viuda no veía cómo podría salvar a
sus hijas de ser tratadas como las bestias que se compran y se venden en el
mercado de las pasiones humanas. Más lo pensaba, y el cadáver de su difunto no
paraba de recordárselo, más amargas le sabían las lágrimas por el futuro que le
esperaba a sus niñas. También estaba el niño.
“¿Y qué va a ser de mi Cleofás sin tu padre,
María? ¿Qué va a ser de la casa de tu padre, hija mía?”, vertía su suerte la
Viuda de Jacob de Nazaret en el corazón de su hija María.
Entre la madre y la hija, ¿qué queréis que os
diga?, la hija parecía la madre. María abrazaba a su madre y la consolaba con
palabras llenas de ternura y juicio. Y eso que la muchacha estaba en flor.
Era María una criatura que no había conocido en
este mundo más que alegrías. Había querido a su padre con locura y viéndola
consolar a sus hermanas y a su propia madre cualquiera diría que aún no se
creía lo que estaba pasando.
“Papá duerme, Juana”, es lo primero que le salió
del alma a María cuando se lo encontraron muerto.
“Papá está en el Paraíso, allí nos espera a todas,
ya está Ester, ven aquí Rut, cálmate Noemí”, les decía a su hermanas pequeñas
mientras se bebía sus lágrimas.
Dejaba la muchacha a sus hermanas con Juana y se
iba con la Viuda:
“Ya está, madre; padre está en el Cielo. Su Dios
no permitirá que sus hijas sean vendidas como esclavas”, le susurraba a su
madre al oído, secándole a besos las lágrimas.
“Hija mía”, intentaba articular la Viuda. Pero no
terminaba nunca la frase, se deshacía en pucheros y regresaba a sus tinieblas,
las que envolvían su casa y pintaban el horizonte de su familia con los colores
sufridos de una visión macabra.
El resultado de la natural desesperación de la
Viuda de Jacob de Nazaret fue el siguiente.
La visión tenebrosa que la Viuda se había hecho
sobre el futuro de sus hijas se correspondía a la realidad de todos los días.
La muerte del cabeza de familia obligaba a las viudas a entregar sus hijas al
pretendiente que más dinero pusiese sobre la mesa, con total independencia de
la edad del comprador. Era la verdad y no hay que darle más vueltas al asunto.
Desde el punto de vista del macho rico mientras más viudas hubiese mejor, así
habría más ganado fresco y joven donde elegir.
El mundo estaba hecho a imagen y semejanza de las
pasiones de los poderosos y todo lo que se diga en contra no nos llevará a
ningún sitio. Para colmo de males, con las leyes del divorcio que se habían
dado últimamente, la carne de hembra se compraba para usar y tirar; se digería
a gusto del consumidor y luego se tiraban los restos para que el que viniera
detrás chupara los huesos. ¡Y ay de aquél que no siguiera el ejemplo! En las
clases altas tener una sola mujer era signo inequívoco de conspiración contra Herodes.
“¿Ése se ha casado una sola vez? ¿Y no se le
conoce una segunda ni una tercera mujer al menos? Seguro que ése conspira
contra su majestad, alteza”. Por razones tan absurdas rodaban las cabezas de
los judíos por las calles de Jerusalén en aquéllos días.
No era algo que la Viuda se estuviera inventando.
Ella era de Jerusalén, de la clase alta, conocía esta realidad tan de cerca
como que su marido yacía difunto delante de sus hijas.
Que ya está, que no llorara más, que no era para
tanto, que todo se solucionaría, que el Señor no permitiría que eso pasara.
Palabras muy hermosas, que la Viuda agradecía. Ella sólo sabía que apenas hacía
un día se levantó con la alegría de la mujer más feliz del mundo y no habían
pasado dos, era … ¡la Viuda!
“Déjame llorar, hija. No ves que si no me muero”,
le rogaba inconsolable la Viuda a su hija María.
Aprovechando una calma y estando Juana y María
solas con su madre, María, hija de Jacob de Nazaret, abrió su boca.
De lo que a continuación digo el Cielo es mi
testigo, y allá que me envíe al horroroso Infierno si me invento una sola
palabra. En la noche de aquél día, durante el velatorio por la muerte de su
padre, la hija mayor de la Viuda de Jacob de Nazaret ató su vida a un árbol que
tenía el poder de ahorcarla si ella no cumplía el Voto que escribió en el
corazón de su madre y de su hermana Juana.
María pudo haberse callado; estuvo en su mano
haberse llevado el dedo a los labios y no sujetarse a la prueba. Pero no estaba
en el carácter de la hija de Jacob resistirse a los prontos de su personalidad.
Ella prefería aceptar las consecuencias con todas las de la ley.
Nadie las estaba escuchando, estaban las tres
solas delante de Dios. Por esto os he dicho que quien quiera estar seguro de lo
que escribo ahí está el mismo Dios que le cogió la palabra a la hija de Jacob
de Nazaret para afirmarme o desmentirme. Que Dios se presente como Juez es
natural, que acuda como Testigo es algo extraordinario. De los valientes sin
embargo es la gloria.
Y sigo.
Allí, delante de su hermana Juana, María le juró a
su madre que eso - ser sus hijas vendidas por esclavas al mayor postor - no les
pasaría a sus hermanas nunca, antes tenía el Diablo que destronar al Altísimo,
el Infierno conquistar el Paraíso, o pasaría cuando el corazón de Herodes fuera
elevado a los altares.
La fe de la hija de Jacob de Nazaret era tan
grande, su confianza en el Dios de su padre era tan inocente que no le cabía en
el corazón que su Señor fuera a abandonar su familia a merced del Siglo.
Entonces, muy sosegada, con una seriedad de
persona adulta, ella, María De Salomón, hija de Jacob de Nazaret, puso por
testigo al Dios de su padre y delante de su madre y de su hermana Juana juró,
invocando a la Ley de Moisés contra su cabeza si rompía su voto, que ella,
María De Salomón, no se quitaría el velo del duelo por la muerte de su padre
hasta que viera casadas a todas sus hermanas, que no firmaría su propio
contrato de bodas hasta que viera casado y con hijos a su hermanito pequeño
Cleofás.
Más aún: no se casaría hasta que viera a los hijos
de su hermanito Cleofás pegando botes, todos felices y contentos por esa misma
habitación por donde ahora el dolor campeaba triunfante. Hasta ese día ella no
se quitaría el velo del duelo por su padre.
La Viuda alzó la cabeza al infinito. Juana miró a
su hermana con lágrimas de eternidad en los ojos. María De Salomón siguió
diciendo:
“Por la memoria de mi padre le juro, madre, que
mis hermanas no conocerán amo. Cuando salgan de la casa de mi padre saldrán
alegres en los brazos de ese amor que vivieron sus padres y del que bebimos sus
hijas hasta saciarnos. Nadie comprará a las hijas de Jacob. Consuele su alma,
madre mía. Ese niño que tiene en sus brazos elegirá de entre las hijas de Eva
la más guapa. Así me haga el Señor si yo falto a mi palabra: por esposo me dé
el hombre más malo del mundo. No se destroce más el corazón, madre; no ofenda
al Cielo culpando a nuestro Señor de nuestra desgracia, no sea que mi padre
tenga que bajar la cabeza ante Abraham por la ofensa que portan las lágrimas
que nunca se acaban. Mi padre se pasea entre los ángeles y a los pies de su
Dios pide clemencia para su casa. Díselo tú, Juana”.
TITA ISABEL EN NAZARET
La noticia de la muerte de Jacob de Nazaret cayó
en la casa de sus suegros y demás familiares de Jerusalén con la fuerza de un
ciclón sin ojo destrozando ciego casas y cosechas. Cleofás y señora, abuelos de
María por parte de madre, querían subir corriendo a Nazaret.
La prudencia aconsejaba a Zacarías y su Saga
mantenerse a distancia, subir más tarde a Nazaret, dejarlo para una ocasión
mejor, no sea que al ir todos juntos levantasen sospechas en la Corte del rey
Herodes. Uno cualquiera de los espías del rey podría encontrar raro que todo un
personaje de la categoría del hijo de Abías se interesase por la suerte de un
simple campesino de la Galilea. Y dirigir la atención del tirano a la casa de
la Hija de Salomón era lo último que podía permitirse Zacarías.
“Tú harás lo que quieras, hombre de Dios”, con
estas palabras Isabel cerró la discusión con su marido sobre la conveniencia o
no conveniencia de abandonar Jerusalén en esos instantes. “Tú harás lo que
quieras”, le repitió Isabel, “pero esta hija de Aarón sale ahora mismo
corriendo a abrazar a la niña de su alma”.
Isabel, esposa de Zacarías, futura madre de Juan
el Bautista, hermana mayor de la madre de Ana, y por consiguiente tita materna
de la Viuda era por estas coincidencias de la Vida: tita abuela de la Virgen.
Lo mismo que Zacarías, su marido, Isabel
pertenecía a la casta aarónica entre cuyos miembros se elegía a los miembros
del Sanedrín. Con esto no quiero decir nada excepto que la educación de la
futura madre del Bautista no se ajustaba a la educación que solían recibir las
demás mujeres hebreas. Y si a esto le sumamos el hecho de haber sido Isabel
predestinada desde el seno de su madre para ser la esposa del padre del
Bautista, yo creo que desde esta posición de la Providencia las puertas del
tiempo se abren al que quiera atreverse a cruzarlas.
Pues así es, Isabel de Jerusalén, tita abuela de
la Virgen, era la hermana mayor de la madre de la Viuda de Jacob de Nazaret.
Y así se hizo; Isabel salió corriendo para Nazaret
en compañía de Cleofás y señora, padres de Ana, madre de María.
Cleofás, padre de la Viuda, era, por tanto, el
cuñado de Isabel.
Cleofás se casó con la hermana pequeña de Isabel y
tuvieron a Ana, su sobrina Ana, su lucero del alba, la estrella los ojos de
aquella Isabel que tanto lloró la imposibilidad de no poder tener hijos.
Para cuando Isabel, Cleofás y señora llegaron a
Nazaret el padre de la Virgen yacía ya en su tumba. Los habitantes de Nazaret
por su parte habían vuelto a sus vidas de todos los días.
La llegada de sus padres y de su tita Isabel
volvió a despertar en los ojos de la Viuda aquél río de lágrimas que yacía
ahora dormido como muerto, y que excepcionalmente volvía a flote cuando las
visitas se paraban a consolarla. No sabía, no podía, no quería vivir sin su
esposo.
Para la Viuda de Jacob de Nazaret su tita Isabel
era esa persona que todos los hijos echan de menos en sus padres. A los padres
se les honra pero a esa otra persona se le confiesa todo. Lógico por tanto que
fuese a Tita Isabel a quien la Viuda le descubriera el suceso.
Como siempre después de los pucheretes.
El Cigüeñal, la Casa de Abiud, hijo de Zorobabel,
hijo de Salatiel, hijo de Salomón, rey y padre bíblico de la familia de la
Virgen, era un cortijo de los tiempos señoriales persas. Excepto los graneros,
el edificio entero era de piedra labrada.
Donde hoy se alza el búnker de la Anunciación ayer
se alzó una mansión medio cortijo medio fortaleza.
El salón principal del Cigüeñal de Nazaret tenía
los muros adornados de las armas más antiguas e impresionantes. Las había de
todos los períodos transcurridos desde el Imperio de Nabucodonosor II al del
César I. También contra una de las paredes del salón principal del Cigüeñal los
albañiles de entonces abrieron una chimenea grande como una cueva. Al fuego de
esa chimenea se hallaban sentadas Tita Isabel y su sobrina Ana. Cleofás y
señora se habían llevado sus nietos a la cama.
La Viuda arrancó entonces motores. Si las paredes
hablasen dirían que la Viuda hizo en un rato pucheros para dar de beber a media
África.
Tita Isabel siempre encontró la forma de cortar
aquéllas aguas diluviales; por algo aquélla era su niña. Bueno, era la hija de
su hermana pequeña, pero como si fuera la hija que ella nunca tuvo. Isabel
quería a su sobrina Ana más que si hubiera sido su hija propia. Es un decir.
Pero aquello de arrancarse a llorar, caer en un silencio eterno, volver a
arrancarse, aquello no era normal.
“¿Qué te pasa, Anita?” le pregunta inquietada
Isabel “¿Por qué has esperado a que se fueran tus padres para romper a llorar
de esta manera? Ya estamos solas. Anda, dímelo”. Isabel estaba intentando
averiguar qué le pasaba a su sobrina.
La Viuda abre los labios. Los abre, sí, pero nunca
llega a hilar una frase coherente.
“Mi María…Tita…”
“¿Qué le pasa a tu María, Anita?”
“Tita…yo…mi María…”
La Viuda no cerraba nunca la frase. ¡Con el genio
que tenía la mujer de Zacarías, y que tuviera con su sobrina Ana aquella
paciencia infinita.
“Cuando te calmes me lo cuentas, hija”.
Esto sucedió al rato muy grande.
El oso disecado que ocupaba el rincón del salón
principal del Cigüeñal de haber estado vivo ya se habría desesperado. Sobre la
chimenea una cabeza de león oriundo de la Asiria bostezaba expectante.
Isabel sigue mirando al fuego cuando la Viuda
logra terminar el relato sobre el Voto de su hija mayor.
“Repíteme eso, Anita”, le pide una Isabel absorta,
maravillada.
“¿Lo ves, Tita? Ya sabía yo que no te lo podrías
creer”, y la Viuda se arranca de nuevo.
Al alba, por fin la madre del Bautista está al
corriente del suceso que habría de cambiar el curso de la Historia Universal.
“Que sí, Tita, que mi María no se quitará el velo
del duelo por su padre hasta que vea a mi niño de meses casado y bien casado.
¿Qué he hecho yo, Dios mío? Y tú ya sabes cómo es mi María; si fuera hombre su
palabra sería lo último que rompiera”.
¡Qué bien conocía la Viuda a su hija mayor!
LA CASA DE JOSÉ EL CARPINTERO
Entremos ahora un poco en la historia de José,
futuro esposo de la Madre de Jesús.
El clan de los carpinteros de Belén experimentó un
tirón económico muy fuerte a raíz del nacimiento de José. Este no es el lugar
para entrar en detalles íntimos sobre la vida de los padres de José el
Carpintero. A su tiempo abriremos la puerta como quien corre un velo y veremos
cara a cara la verdad de esa intimidad que por ahora y hasta entonces dejaré en
el aire. La razón para hacerlo se entenderá más tarde. Para ir superando el
trance digamos que una incursión demasiado profunda en la vida de los padres de
José el Carpintero rompería el ritmo de este relato. Así que sigamos adelante.
Helí, padre de José, trajo al
mundo muchos hijos, hembras y machos. Se encontraba el hombre en la plenitud de
su alegría cuando un día se le fueron también las fuerzas, y se murió. Helí se murió como se mueren todas las cosas, de cansancio.
Especialmente en aquéllos días la causa de la muerte de los hombres era el
trabajo. Morían reventados. Estaban los impuestos, los diezmos, los intereses.
Los trabajadores apenas si llegaban sanos a los cuarenta; a los cincuenta
estaban medio muertos. A los sesenta ya estaban muertos. Sólo los ricos y los
tiranos llegaban sanos a los setenta. El que llegaba a los ochenta o era un
santo o era un monstruo. Helí, padre de José, no fue
ni lo uno ni lo otro. Sólo otro currante vendiendo cara la vida contra tablones
y clavos. Así que cuando se murió el Cielo se llevó a su gloria otro de los
buenos.
Como vemos la Muerte les estaba siguiendo a sus
enemigos los pasos. No teniendo quien empuñara la espada contra ellos, la
Muerte misma arremetía directamente contra las dos casas mesiánicas. Invisible,
silenciosa, golpeaba con la única arma a su servicio: las tijeras de las
Parcas. Ciega, la Muerte escribía en las familias de sus enemigos páginas
negras. Mas desde la luz del que gobierna el destino del universo dejaba Dios
moverse a sus anchas a la Serpiente.
Pero dejémonos de crónicas del Infierno y de su
derrota. Volvamos a poner los pies en tierra firme. Para recordar ruinas y
miserias siempre hay tiempo.
Tras la muerte de Helí, hijo de Matat de Belén, el
Derecho de Primogenitura convirtió a José en padre para sus hermanos y
hermanas. No comprendía este derecho el deber de permanecer soltero hasta que
el último miembro de su casa hubiese formado su propia familia. De hecho el
matrimonio con la Hija de Salomón -María era por entonces su Prometida- se
acercaba cada año que iba pasando. José debía tener unos veinte años
aproximadamente cuando su padre se fue al Paraíso de los buenos. María debía
tener unos pocos menos.
Por esas fechas fue cuando se murió el padre de
María. Y así fue cómo los dos hombres que se juraron casar a sus hijos
desaparecieron de repente de la escena. Toda su vida soñaron con verlos
casados, y de la noche a la mañana un giro del destino les robó de los ojos el
sueño.
¿Qué iba a ser desde entonces del futuro de aquél
juramento que hicieran Jacob de Nazaret y Helí de
Belén delante de Zacarías, hijo de Abías, sacerdote, esposo de Isabel, tita de
la Viuda, tita abuela de María?
Idos los dos, muertos quienes que se
comprometieron a unir en matrimonio a José y María cuando Dios lo dispusiese,
María y José quedaban libres para seguir adelante y tomar o no por propio el
juramento de sus padres. ¿Qué harían? ¿Cómo obligar a José a mantenerse soltero
hasta que el último de los hijos de Jacob de Nazaret se casase?
“Hijo mío, sé sabio ante Dios y sus siervos.
Ninguna recompensa satisface la condición del ser humano con más plenitud que
el ajustar nuestros pasos a su sabiduría. No somos nada, nadie somos cuando se
trata de pesar la decisión entre hacer nuestra complacencia o hacer la de
nuestro Señor Dios. Pon tu confianza entera en su Omnisciencia, tu fe
deposítala en su brazo todopoderoso, que nunca falla el tiro ni yerra piedra.
Tú conoces su voluntad; no le des la espalda. Yo me voy, pero Él permanece y se
queda contigo. Él te guiará hacia la victoria de nuestras Casas. Su ángel
escribirá en su Libro: Dijo Dios, y así se hizo”, José fue formado entre
consejos de esta naturaleza.
LA SEÑORA ISABEL
Tras la muerte de Jacob de Nazaret, padre de
María, la Viuda se rehízo. Apoyada por Tita Isabel la Casa de la Virgen de
Nazaret superó el temporal siniestro que en su dolor se pintó la Viuda durante
el entierro de su esposo.
La señora Isabel, miembro de la clase
aristocrática de Jerusalén, experta en el mundo de los negocios y las leyes
judías, se hizo cargo de todo, movió cielo y tierra, y no se fue de Nazaret
hasta que quedó todo tan sólidamente restablecido que fue como si Jacob nunca
se hubiese ido.
Lista como ella sola, con medios económicos
suficientes para frenarles los pies a los hermanos de Jacob que le hubiesen
podido pudieran ofrecer a la Viuda comprarles las tierras, Tita Isabel conservó
para la hija de Salomón, su sobrina nieta, hasta el último acre.
Gracias a Tita Isabel no vendió la Viuda ni una
higuera. Allí estuvo Tita Isabel para contratar hombres cuando llegaron las
cosechas, para firmar contratos, para pagar a los hombres, para cobrar los
dineros de las ventas, y lo más importante para coger a su sobrina Juana y
enseñarle de la A a la Zeta el abecedario de los
negocios.
Pasó pues que Juana, la que seguía a María,
acompaña en el Voto a su hermana grande. Pero Juana, al contrario que María,
una artista con la costura, Juana heredó el carácter entero de su difunto
padre; no se cansa ella ni de aprender de su tita Isabel cómo manejar a los
hombres ni de abrirse paso en el mundo de los contratos; ni se cansa trabajando
en el campo al frente de los jornaleros que trabajan para su Casa. Muchos
apostaron que en cuanto se fuera la Señora Isabel la niña se vendría abajo y
tarde o temprano la Viuda tendría que vender.
“Hija, tú no les hagas ni caso” le aconsejó Tita
Isabel a su sobrina nieta Juana. “Los hombres nos miran como si la Sabiduría no
fuera nuestra hermana. Porque la toman por esposa se creen que la Sabiduría nos
da la espalda. Tú, ni caso, Juanita. Y si el sol apretara y la cosecha fuera
mala yo te la compro entera al precio de una cosecha de oro. Esto es muy
sencillo, hija mía. Ten siempre una sola palabra; si conviniste en más por lo
que luego resultó valer menos, tú mantén tu palabra; dijiste tanto, tanto
pagas. Lo mismo cuando les toquen equivocarse contigo. Conviniste en tanto,
tanto cobras…”
Con el tiempo la pequeña de las Vírgenes de
Nazaret aprendió a hablar con los hombres que ella misma contrataba como si la
niña fuese una persona mayor.
Nunca las tierras del clan de los hijos de David
de Nazaret estuvieron tan fructíferas como en aquéllos años después de las
grandes sequías.
Ni tampoco los señoritos del Cigüeñal, la casa
grande de la colina, anduvieron antes mejor vestidos.
La Señora Isabel, como toda hija de Aarón, era una
maestra en las artes de tejer mantos sin costura. Era el manto de los miembros
del Sanedrín. Señora de un grande del Sanedrín, Isabel le podía asegurar a su
sobrina nieta María que su taller de costura sería el más rentable del reino
entero.
“Pero Tita, le dijo María, yo no puedo abandonar
la casa de mi madre.”
“Hija mía, ni lo menciones,” le responde Tita
Isabel.
El hecho de que siendo la tita abuela que la
llamasen Tita se debía al genio de la propia Isabel. La hacía sentirse vieja
que la llamasen “abuelita”.
Pues eso, entre sus sobrinas nietas Juana y María
se le fue el tiempo a la Señora Isabel. Si a su Juanita la Señora le enseñó
todos los misterios de los negocios y en su nombre contrató capataz que la
ayudase en todo, y le metió en la cabeza que desde Jerusalén ella seguiría sus
movimientos al día, y por Dios que ella se anticiparía al cielo antes de ver
caer sobre sus nietas otra desgracia; si a su sobrina nieta Juana la puso al
frente de los campos, a su “nieta” María la sentó a su lado, y no la levantó de
su vera hasta que su sobrina nieta aprendió de las manos de una experta en
trabajos sagrados los secretos más recónditos del corte y confección de un
traje sin costura. La Niña, que era de por sí una artista, porque de su propia
madre le venía la escuela, cuando se despidió de “la abuelita” no sólo había
heredado uno de los misterios más celosamente guardados por las hijas de Aarón,
sino que además abrió su propio taller de costura en Nazaret.
Del taller de corte y confección de la Virgen de
Nazaret salieron para Jerusalén algunos de los mantos sin costura orgullo de la
casta de los príncipes de la Ciudad Santa. Mantos por los que se pagaba oro
contante y sonante. Sólo se tenía uno, y era para toda la vida.
“¿Pero Tita, de dónde sacaré el dinero para las
sedas, y para los hilos de oro?,” le preguntó una vez Ella.
-No te pongas la pelliza por una nube, hija -le
respondió la Señora Isabel-. Cuando yo te haga el encargo te enviaré sedas para
que vistas a todas tus hermanas, y un saco de hilos para que le hagas a tu
hermano una trenza con cabellos de plata. Si el Señor no me ha dado hijos será
por algo. ¿Qué se creen los hombres? Para el hijo de Natán todo. Hija mía, le
han regalado un potro íbero a tu José que ya para sí lo quisiera un general
romano. Con él, con tu José, bajan la guardia y ya parece tu Prometido un príncipe
entre mendigos. ¿Quién va a prohibirme a mí regalarle a la hija de Salomón la
Luna y las estrellas envueltas en sedas y atadas con hilos de oro?”
Y así fue. En efecto, cómo llegaron a vestir las
hijas de Jacob de Nazaret fue la admiración de todos los miembros del clan de
David de la Galilea. A la hora de casarlas, ya se adivina, la dote que quisiera
la Viuda por Ester y Rut, las mellizas.
“¿Dote? ¿Quién ha hablado aquí de dinero? ¿Tú lo
amas, hija?”, era la respuesta de la Viuda a los pretendientes de sus hijas.
Estaban equivocados, vaya que sí estaban
equivocados. ¿Comprarle a la Viuda una hija?
Imposible.
¿Mejor partido en toda la comarca?
Ninguno.
Los campos de la Hija de Jacob producían al ciento
por ciento. Del taller de la Virgen de Nazaret salieron los vestidos más
buenos, bonitos y baratos de la región. ¿Al niño de la casa? ¡Al Cleofás, al
benjamín de la casa!, sólo le faltaba la diadema para dejar a los hijos de
Herodes a la altura de los mangantes. Así pues, quien quisiese casarse con una de sus hijas que no le viniera a la Viuda
de Jacob hablando de dineros. Su corazón era lo que tenían que ponerle sobre la
mesa, abierto de par en par, abierto como una luna llena, desnudo como el sol
de un cuarenta de Mayo. Y luego que fuera lo que el Cielo quisiera.
LA SEÑORA MARÍA
A la muerte de sus abuelos, Cleofás y señora,
María De Salomón heredó la casa de su madre en la Ciudad Santa. Hablamos de la
casa de la heredera de un Doctor de la Ley que tuvo por padrino de carrera
burocrática al jefe del grupo de influencia más poderoso en la corte naciente
del rey Herodes. Hablamos de una señora casa.
Hablamos de una Señora, la Señora María de
Nazaret, hija de Ana, hija de Cleofás, cuñado de Zacarías, hijo de Abías -Abtalión para la historiografía oficial-. Hablamos de una
María … miembro legítimo de la aristocracia sacerdotal judía por parte de
madre. (En esta primera parte de la Historia no vamos a entrar en la vida de la
casa de Cleofás, padre de la madre de la Virgen. En la segunda parte pegaremos,
pediremos permiso y ya veremos con los ojos del espíritu qué quiero decir
cuando digo que Cleofás, padre de la Viuda, perteneció al grupo aristocrático
judío que sin ser herodiano fue el más influyente en la Corte del rey Herodes.
Por ahora baste la confianza a la hora de articular sobre la roca de nuestra Fe
los pilares sobre los que descansan el edificio de esta Historia).
Sin ir más lejos, vemos al “Señor” Jesús en el
prólogo de la Última Cena enviando a un discípulo suyo a anunciarle a uno de
sus siervos su venida. El hombre no rechista; y no rechista porque conoce al
mensajero, sabe quién es el “señor” que le está apremiando a tenerlo todo
dispuesto para la “Cena”.
La leyenda de Jesús el Carpintero, digámoslo todo,
tuvo su origen en la mentalidad de los pueblos pequeños. El título local del
padre pasa al hijo. El padre fue carpintero, el hijo “el Carpintero” toda la
vida, aunque llegue a tener más fanegas que un marqués; su padre fue el
carpintero y su hijo será el hijo del carpintero hasta que se muera.
Es verdad, sigamos diciéndolo todo, José llegó a
Nazaret siguiendo la ruta de los nómadas. El hombre se plantó en el pueblo, le
arrendó a la Viuda un trozo de terreno para plantar la tienda. Montó el taller.
Le acabó gustando a José el ambiente -eso decía él de puertas afuera- y acabó
enamorando a la heredera de la Viuda. Para las fechas la Virgen era dueña de
higuerales, viñedos, olivares, tierra calma, ganados, y además era la
propietaria de un taller de confección y costura en pleno boom gracias a la ola
nacionalista.
Hasta entonces los trajes típicos se tenían que
encargar en algún taller de la Judea. Las judías, sobre todo las jerusaleñas,
habían conservado celosamente el secreto de la confección de los trajes de
novia y vestidos de fiestas nacionales. Entonces va la Virgen de Nazaret y abre
su propio taller de confección y costura.
En medio de tales circunstancias la creación del
taller de la Virgen de Nazaret, la verdad, se abrió paso enseguida. Gracias a
las relaciones sanguíneas que su familia mantenía por toda la Galilea la
publicidad necesaria, sin tener Ella que darle tiempo al tiempo, fue llama
sobre reguero de pólvora. Sólo había que fijarse en cómo vestían sus hermanas.
Luego estaba el precio; la Virgen de Nazaret era una santa; si no tenías dinero
se lo podías pagar cuando te sonrieran las cosas. Te ajusta el precio a tu caso
y jamás te manda al hombre del frac a reclamarte los duros. Una verdadera
santa. Por supuesto cuando se anuncia su boda con el Carpintero todo el mundo
se queda con la boca abierta.
¿¡La Virgen se casa!?
Lo cierto es que José y María primero esperaron a
que Cleofás se casase.
El benjamín de la casa se casó con María de
Canaán, del clan davídico también. Al año Cleofás y María de Canaán trajeron a
Santiago al mundo. (Este Santiago llegaría a ser el Primer Obispo de Jerusalén.
La Historia lo conoce por Santiago el Justo, hermano del Señor, uno de ellos, y
que luego fue asesinado por sus propios hermanos de raza. El destino de los
hermanos de Jesús forma parte de la historia del Cristianismo. Un paseo por el
recuerdo de la fascinante aventura de los primeros cristianos, siento lamentarlo,
supera el alcance de este Relato. El hecho es que la suerte de los hermanos de
Jesús quedó sellada la Noche de la Matanza de los Santos Inocentes. ¿No fueron
triturados los sobrinos de José bajo los pies de la Fortuna? La Bestia
perseguía al Niño, y en su impotencia para encontrarlo derramó fuego por los
ojos contra todos sus familiares. ¿Cuántos sobrinos le mataron en una sola
noche a José? ¿Cuántos hijos de Cleofás se llevarían? Lo dicho, en el futuro,
si Dios quiere, entraremos en la tragedia de los famosos hermanos de Jesús,
hijos de Cleofás y María la de Cleofás). Pues bien, al otro año de tener a
Santiago el Justo, Cleofás y María de Canaán, María la de Cleofás para el Nuevo
testamento, trajeron a José. Y siguieron trayéndole a Jesús primos y primas.
EL NÓMADA
De todos los niños de Nazaret a ninguno como al
Cleofás le cayó tan bien José. Pero desde el mismo día que José llegó a
Nazaret. No es mentira que José hizo su entrada en Nazaret espectacularmente.
Su caballo íbero negro como la noche y sus tres perros asirios cazadores de
leones rompiendo genial la monotonía. Luego estaba el jinete; gigante en su
Bucéfalo, hijo de Pegaso, el caballo de los super ángeles; el pelo ni largo ni
corto, al cinto la mismísima espada de Goliat.
Y decía el forastero que era un nómada a la
aventura por las provincias del reino.
Los nazareños lo miraban
y no se lo podían creer. ¿Un nómada como otro cualquiera, a la aventura por
esos caminos de Dios a lomos de un potro de aquella raza, bello como el caballo
de un arcángel en plena batalla, custodiado por tres fieras, hermosas como
querubines y temibles como dragones?
Aquél gigante era puro misterio. Sus rasgos
psicológicos y físicos no coincidían con la imagen popular del nómada sin
patria chica, siempre borracho, siempre pendenciero, más bien flaco, los morros
rojos vinateros, los sesos quemados por los soles y los fríos. No señor, aquél
nómada no era otro más. Los nómadas iban en burros, en el mejor caso en yeguas
viejas, chinches, pulgas y chuchos por compañía. No señor, aquél José era puro
misterio.
Con secreto o sin secreto la cosa es que Cleofás,
el hermano pequeño de la Virgen, le cogió un cariño tan grande a aquél nómada
nacido en Belén que acabó viviendo más en la tienda del Carpintero que en su
propia casa.
Pero yo sé que por lo que más se moría aquel
muchacho era por hacer realidad su sueño de subirse al caballo de José y trotar
por los cerros levantando polvo de estrellas en los ojos de su princesa azul.
¡Cosas de muchachos!
Y justamente fue esto lo que vino a pasar. Sucedió
eso. Todas las hermanas de Cleofás se casaron. Excepto sus dos hermanas
grandes, María y Juana, que se mantenían vírgenes desde la muerte de su padre.
Es la verdad, todas sus hermanas se habían casado ya, habían formado familia y
tenían sus hijos. Él, Cleofás, era el único de los hijos de Jacob de Nazaret
que aún seguía viviendo en la casa de su madre.
Desde fuera, para los de fuera, Cleofás era el
señorito del pueblo, el niño mimado de sus hermanas las Vírgenes. Mientras
todos los muchachos se dedicaban a ayudar en el campo, el señorito Cleofás
vivía a cuerpo de príncipe sin saber lo que eran la hoz y la chapulina. Así que si se pasaba el día en la Carpintería de
José no era porque le hiciera falta ganarse el pan. Para nada. Si se decidió a
servirle de aprendiz no fue porque el hermano de la Virgen tuviera que aprender
un oficio. Lo que de verdad le privaba a Cleofás era ascender de categoría a
los ojos del Carpintero, ganarse su confianza y recibir su permiso para pegar
el bote, subirse en lo alto de aquel caballo íbero y darse el disfrute de ver
el mundo a lomos de aquella criatura mágica.
Y así fue. Cleofás subió de monaguillo a fraile, y
allá recorría su mundo de fiesta en fiesta a lomos del maravilloso caballo de
su jefe. A los vecinos del pueblo les tenía mosca que el Carpintero le diera
tanta cuerda al muchacho. Un caballo de aquéllos no se presta, y menos, como
quien dice, a un niño.
La respuesta de José a las suspicacias de sus
nuevos vecinos fue prestarle a su aprendiz, además de su caballo dos de “sus
cachorros”. Cada vez que enviaba a su ayudante y aprendiz de carpintero a una
aldea vecina, José le daba por compañeros de viaje un par de sus cachorrillos,
dos canes en vías de extinción que en su día le regalaron sus padrinos
babilonios.
Cleofás empieza llevando un encargo a la aldea
vecina a caballo, naturalmente. Y acaba por tener el caballo de su patrón como
propio cuando con ocasión de alguna fiesta local, una fiesta de la vendimia por
ejemplo, sus hermanas casadas reclaman su presencia. Fue así cómo Cleofás
conoció a María de Canaán, la futura madre de sus hijos … los famosos hermanos
de Jesús.
Cleofás y señora se conocieron, se casaron, y se
instalaron en la casa de la Hija de Jacob, y tuvieron sus hijos.
Digámoslo todo, la Carpintería del Nómada no era
una multinacional del mueble ni tenía vocación de líder del sector, pero para
Cleofás que José era el mejor. Enamorado y padre de sus niños el taller de su
jefe era todo lo que tenía, y Cleofás estaba dispuesto a dejarse la piel antes
de verlo hundirse. De todos modos su jefe era un hombre extraño. No le faltaba
nunca la plata. Vendiese o no vendiese siempre ganaba la casa. Tampoco lo
machacaba con sus problemas. ¡Nunca! En realidad, José el único problema que
tenía era que no tenía señora. Ni se le conocía pretendiente. No, por falta de
mujeres. No. Era él, José. No tenía mujer porque no se la había dado Dios
todavía. Y lo decía José con el misterio de quien tiene un secreto inconfesable.
“Dios dará, hermano, Dios dará…”, le respondía
José al muchacho.
Al poco de nacer, José, su sobrino, el segundo de
los hijos de su hermano pequeño Cleofás, la Virgen María de Nazaret cierra el
duelo por la muerte de su padre.
La Virgen ha vencido. Hizo un Voto y lo ha
cumplido. Ahora es libre para casarse; y casándose cumplirá el juramento que su
padre le hizo al Señor y no pudo cumplir porque la Muerte se le cruzó en el
camino.
Ante testigos sagrados juró en su día Jacob de
Nazaret, sobre la cuna de su Primogénita María, legítima heredera del rey
Salomón, sobre su vida juró Jacob ben Salomón que unicamente le daría su hija por esposa al hijo de Helí, hijo de Resa, hijo de Zorobabel,
hijo de Natán, profeta, hijo del rey David.
Al poco de nacer el segundo de los hijos de
Cleofás, José el Carpintero le pidió la mano de su hija María a la Viuda de
Jacob. La Viuda aceptó la petición, y al poco se firmaron los documentos del
contrato de bodas entre María, hija de Jacob, hija de Matán, hija de Abiud,
hija de Zorobabel, hija de Salomón, hija de David, rey, y José, hijo de Helí,
hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, hijo de David, profeta.
La noticia de la boda de José el Carpintero y
María la Virgen arrasó Nazaret.
“La Virgen se casa.”
“¿Con el Carpintero? Lo sabía.”
Un partido excepcional la novia. Dueña de la casa
de la colina, propietaria de las mejores tierras de la comarca, fundadora del
taller de sastre y costura de Nazaret que vendía los vestidos de novia más
buenos, bonitos y baratos de la región.
¿Quién era el novio? Un don nadie de Belén, un
nómada a la aventura que encontró lo que anduvo buscando. ¡Quién iba a pensar
que donde fracasaron tantos buenos partidos fuese a triunfar un forastero sin
futuro!
Así que si por parte de Madre nuestro Jesús es el
heredero de Cleofás de Jerusalén, Doctor de la Ley, su abuelo, y por parte de
Madre también todas las propiedades de su abuelo Jacob de Nazaret le
pertenecen; estamos hablando entonces de un joven rico llamado Jesús de
Nazaret. ¿O acaso creéis que quien le pidió al joven rico dejarlo todo y
seguirle no hizo Él mismo este acto de renuncia y abandonó todas sus
propiedades?
Hijo de sus padres, durante su mandato nuestro
Jesús levantó la economía de su familia a su máximo esplendor de comodidad y
prosperidad. Durante los días que estuvo al frente de la Casa de su Madre las
bodegas se llenaron de excelentes vinos, los almacenes rebosaron de trigo,
aceite, aceitunas de mesa, higos, granadas, leche, carne, y peces que le traían
desde el mar de la Galilea a su casa, cuando no iba personalmente a buscarlo
nuestro Jesús. Los vinos de las viñas de Jesús de Nazaret se vendieron en toda
la Galilea; poco pero excelente, el mejor. Te alegra el corazón y jamás te pone
violento, el día después te levantas con la cabeza despejada, el alma viva.
“Vino de Nazaret, vino de Baco”, decían los romanos de la guarnición de
Séforis, a dos horas de distancia.
Los titos abuelos de su Madre, Isabel y Zacarías,
le legaron a la hija de Ana, la Viuda de Jacob de
Nazaret, padre de María, sus propiedades, dentro y fuera de Jerusalén.
El heredero natural de Zacarías e Isabel fue Juan.
Antes de nacer Juan el Bautista, como no esperaron tener hijos, Isabel y
Zacarías legaron todo lo que tuvieron a la madre de María. Este testamento no
se revocó jamás debido a la muerte violenta de Zacarías y a la desaparición de
Isabel y Juan en las cuevas del Mar Muerto.
Así que en la Jerusalén de los dineros el Joven
Nazareno fue conocido como se conoce un misterio. En realidad nadie sabía quién
era. En lo que todos parecían ponerse de acuerdo era en ser aquel Jesús de
Nazaret, el hijo de la Señora María, un joven de una prudencia y de una
sabiduría superior a la talla normal en un hombre de su juventud. Manejaba
dinero, pero no le interesaba el Poder. Estaba acostumbrado a mandar y ser
servido, y sin embargo seguía soltero. Era culto, hablaba los idiomas del
imperio, ¿creéis que le pusieron intérprete para hablar con Pilatos? Sabía
escribir, y tenía genio para los negocios. Su Madre era el punto débil del
Joven Nazareno. ¿Pero a quién no se le perdona esto?
BODA Y NACIMIENTO DEL NIÑO
María y José se comprometieron. La regla general
era que el padre del novio fuese a charlar con los padres de la novia del deseo
de su hijo de casarse con la novia. Se hablaba de la dote y se cerraba el
trato. En el caso de José y María fue el propio José quien habló con la madre
de la novia pidiéndole su hija para esposa. La madre de la novia aceptó y se
firmó el contrato de boda.
Por aquéllos días la tradición imponía un año de
noviazgo desde la firma del contrato hasta el día de la boda. Al año podrían
casarse. Durante el año de noviazgo sin embargo los novios quedaban obligados a
la ley sobre el adulterio. Era la norma, pero en ningún caso ley sagrada.
Moisés no había dado ningún precepto relativo a la prohibición de casarse
inmediatamente después de ser firmado el contrato matrimonial. Habían sido los
propios judíos quienes se impusieron a sí mismos ese año de espera.
No se sabe si culpando a Dios de haber sido tan
blando, la cosa es que no contentos con el monte de leyes que les dictara,
ellos se echaron a la espalda otra montaña de prescripciones, leyes,
tradiciones, mandatos, normas canónicas y no se sabe cuántas obligaciones más.
Así que siendo Leyes “de verdad” tampoco nadie se asustaba si se daba el caso
de acelerarse los trámites por … ¿debilidad de la carne? El niño nacía
sietemesino. Pero bueno, tampoco es para armar un escándalo. ¿No cura el pecado
una boda como dios manda? ¡Por supuesto que sí!
La cara negativa era que sin ser ley la debilidad
de la carne llegaba a pagarse con la muerte si el pecado no había sido cometido
por el novio. En este caso todo el peso de la ley sobre el adulterio recaía
contra la novia. Juzgada por adúltera paga su debilidad con la pena de muerte …
por apedreamiento público.
Por muchas otras razones un contrato matrimonial
podía romperse. No era corriente pero se daban casos. Incompatibilidad de
caracteres por ejemplo. Se devolvían los dineros y cada cual tiraba para su
casa.
En el caso más general, embarazo durante el año de
espera, tampoco la sangre llegaba al río. Son jóvenes, pero que bienvenido sea
el nieto. ¡Qué culpa tienen los muchachos! Banquete de boda, celebración por
todo lo alto, pelillos a la mar, el niño nacerá sietemesino. ¿Y qué? Gloria
bendita. Bien acaba lo que bien empieza, es lo que importa.
El caso de la Virgen fue de otra naturaleza. Un
día -le confesó Ella a los Apóstoles- se le apareció el ángel de Dios, y al
otro ya estaba en estado de gracia. Los Apóstoles se lo contaron a sus
sucesores, éstos a los suyos y aquí sigue la Confesión de la Virgen de boca en
boca.
Concebir por obra y gracia del espíritu santo se
dice muy pronto.
“¡Estoy en estado por obra y gracia del espíritu
santo!”, hubo de confesarse la Virgen a sí misma uno de aquéllos días.
Nadie creerá que la Virgen salió corriendo de
alegría gritándole a todo el mundo el Relato de la Anunciación. No es algo que
suceda todos los días. De hecho en toda la Historia Universal jamás conoció la
Humanidad un Acontecimiento igual. El caso más parecido a una “concepción
sobrenatural” de la naturaleza que nos cuentan los Evangelios lo encontramos en
el mundo de las mitologías. La madre de Alejandro Magno fue por ahí
declarando abiertamente que tuvo a su
hijo con uno de los dioses del mundo clásico. Fuera por respeto a su madre o
por orgullo su hijo mantuvo su origen semidivino. Que yo recuerde es el caso
más parecido al que la Virgen puso sobre la mesa de los siglos.
Bueno, ¿por qué no? El Dios de los hebreos había
realizado muchas obras extraordinarias desde los días de Moisés a los de María.
Las Escrituras Proféticas llevaban anunciando siglos la Concepción de un Niño
nacido de una Virgen: “Emmanuel, Dios
con Nosotros”. Como ejemplo de fantasía llevada a su extremo más alto de
imaginación y genio que el Dios que creara los Cielos y la Tierra pueda
realizar una obra de esta naturaleza está a la altura de la Imagen que sobre su
Naturaleza se hicieron los hijos de Adán y Eva. ¿Por qué no iba Alguien de los
Atributos que se le concede al Dios de Moisés -todopoder,
omnipotencia, omnisciencia- ser capaz de poner en escena un Acontecimiento tan
imposible de creer?
OK, María, ahora vete corriendo a explicárselo a
tu madre. Vete corriendo, busca a tu marido, dile que eres la Virgen que había
de concebir ese Hijo “nacido para llevar sobre sus hombros el manto de la
Soberanía, y ser llamado Príncipe maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno”.
¡Dios santo, qué suerte!
Y ahora siéntate a esperar y confía que tu marido
te diga “Aleluya, Amén, Aleluya”, pegue botes de alegría, te levante en brazos
y te coma los ojos a besos.
¿No tienes bastante todavía? Pues bueno, vete y
cuéntaselo a tu hermana del alma, y mira que tu hermana Juana te quiere más que
al río Jordán, más que al mar de los Milagros, más que a los Montes de Galilea.
Anda, María, vete, corre y díselo.
Lo digo porque -con independencia de la opinión de
todo el mundo- pasaron las semanas y pasó lo que tenía que pasar. La Virgen
empezó a tener mareos extraños; se les iba, se les venía. ¿Sería la emoción?
¿Sería el calor? Que no, mujer, son los síntomas típicos de las embarazadas.
De cualquier otra mujer del mundo sus vecinas
hubieran podido esperarse que un hombre como un castillo, caso José el
Carpintero, hubiese conquistado antes de la boda la fortaleza de la virtud de
la novia. De cualquier otra mujer, por supuesto que sí, pero de la Virgen María
… ni les cabía en la cabeza a sus vecinas.
El hecho es que les cupiese hubo que rendirse a
las evidencias.
“Que el Señor os lo dé sano, hijo”, con estas
palabras y otras parecidas le dieron la enhorabuena los vecinos al novio, un
José que no sabía a qué venía la indirecta. La verdad, no la cogía. El hombre
se creía que le adelantaban las bendiciones.
“Que sea niño, y os lo dé el Señor sano, señor
José”, le seguían pinchando las vecinas. El señor José seguía sin enterarse.
Es la verdad, a las semanas de la Anunciación la
novia empezó a mostrar los síntomas clásicos de las primerizas. Mareos
despistados, sofocos tontos. Como son algo que no se puede controlar la Virgen
no podía evitar ser sorprendida. Sin embargo lo último que podía hacer era
encerrarse, esconderse. Tenía que seguir su vida; seguir haciendo su vida era
la mejor manera de ni afirmarles ni negarles palabra a sus vecinas. Al menos
hasta que se decidiera a contarle a su madre la verdad.
La madre de la Virgen tardó en coger la película.
Fue, exceptuando José, la última persona en enterarse del rumor que comenzó a
escandalizar a sus vecinas.
A los ojos de la Viuda la inmaculada castidad de
su hija seguía siendo tan inaccesible a las pasiones humanas como lo había sido
antes de comprometerse. Exceptuando el acceso más libre del novio a la casa de
la novia, y esta libertad condicionada a la necesaria presencia de un familiar
de la novia entre ella y el novio, su hija María seguía haciendo su vida tal
cual, aquella vida que ganó su fama a la Virgen de Nazaret desde un confín al
otro de la Galilea. ¡Cómo sospechar nada malo de su hija!
“Que el Señor te dé el nieto más hermoso del
mundo”, le pinchaban a la Viuda sus vecinas.
“Tu María se lo merece todo; ojalá que el niño
salga a su abuelo Jacob que en gloría esté”, por si la Viuda no se había
enterado siguieron pinchándole.
La Viuda era de Jerusalén, se había criado en otro
ambiente. Pero no era tonta. De no haberse tratado de su hija la Viuda hubiese
apostado un ojo de su cara que aquella mujer estaba embarazada de tantas y
tantas semanas. El problema era que no le cabía en la cabeza la idea de
hallarse embarazada su María.
La fe y la confianza que la Viuda tenía en su hija
mayor eran tan grandes que le tenía los ojos cegados. Gracias a Dios a la Viuda
se le cayó la venda de los ojos antes que a José. Finalmente la Viuda tuvo que
admitirlo aunque su hija ni se lo afirmase ni se lo negase.
“¿Qué te pasa, hija mía?”, le pregunta la madre.
“Nada. Es el calor, madre”, le responde la hija.
El dilema de la Viuda comenzó cuando las vecinas
comenzaron a hablar de palabras mayores … adulterio. No lo soltaron en su cara,
pero entre mujeres y vecinas, ya se sabe, sobran las palabras. Así que la Viuda
comenzó a asustarse.
“Mi María está en estado de gracia. ¿Cómo es
posible?” acabó la Viuda por confesarse.
Y su hija del alma sin afirmárselo ni negárselo.
Desesperada por el silencio de su hija se va a ver a su yerno, que le
respondiera a esta sencilla pregunta: ¿Había de acelerarse la fecha de la boda?
Y así lo hizo. La Viuda se fue a por “su hijo”
José. Llevar a José al tema le iba a costar a la Viuda un montón. Como no sabía
en qué escenario se encontraba, ni cuál era su papel en la historia, la Viuda
se dijo que tenía que llevar a José al tema sin descubrirle el meollo del
problema. Una cosa muy rara. Llevarlo había que llevarlo, el problema era
llevarlo sin abandonar la periferia del tema. Lista como ella sola, sin
decírselo la Viuda le diría con todas las palabras lo que había, su mujer
estaba encinta, ¿qué tenía que decir él, el novio?
Al largo rato de merodear alrededor del tema, la
Viuda comprendió que o José se hacía el tonto de maravilla, aspecto que
desconocía en el santo de su yerno, o es que sencillamente José no sabía nada
de nada, y no cogía de qué le estaba hablando su suegra.
José la miraba con una naturalidad tan inocente de
toda culpa que la Viuda empezó a no saber dónde se hallaba. Por un momento se
sintió como si la tierra se le estuviese abriendo bajo los pies y no supiera
qué era mejor, luchar o dejarse tragar. Hasta el alma le titiritaba de frío
bajo el efecto del temblor que se le fue metiendo en los huesos según la verdad
se le fue haciendo cada vez más enorme de peso. Su yerno no sabía nada de nada
y ella sólo sabía que tenía que salir de aquel infierno, tenía que hablar con
su hija y que le dijera por Dios qué estaba pasando.
¿Qué estaba pasando?
Había pasado algo increíble de creer, había
sucedido algo imposible de contar. Generaciones enteras y los mismos siglos se
dividirían en dos como se divide el caudal de un mar que encuentra en su lecho
una gigantesca piedra angular. Y su hija sin encontrar la forma de descubrirle
el relato de la Anunciación.
María no encuentra el momento. Bueno, momento lo
que se dice momento, sí se le ofrecía. Su madre y ella solían sentarse juntas a
coser. Durante ese tiempo hablan y hablan. Hablan de todas las cosas. O
simplemente permanecían en silencio.
En aquel silencio que durante los últimos días se
había instaló entre madre e hija laten dos corazones a punto de saltar hechos
pedazos. La madre quiere preguntárselo a su hija: ¿Estás embarazada, hija mía?,
y no encuentra el cómo. La hija quiere responderle con un “Sí, madre mía”, un
Sí maravilloso, Divino, y no encontraba el cuándo.
El hecho es que el Niño estaba creciendo en sus
entrañas, que la evidencia de su estado se estaba criando cada día más grande,
que si José se enteraba por la boca de los vecinos… No quería ni pensarlo.
Necesitaba revelarle la verdad a su madre. Su
madre era la única persona en el mundo en quien podía confiar Ella un Misterio
tan grande. Tenía que hacerlo, pero como no daba con el cómo no llegaba nunca
el cuándo.
Pues pasó que la madre y la hija se sentaron uno
de aquéllos días la una frente a la otra. Las dos mujeres sabían que había
llegado el momento, que ése era el momento. La primera en hablar fue la Virgen.
“Madre, ¿usted cree que Dios lo puede todo?”,
exhala Ella con toda ternura.
“Hija”, suspira la Viuda, que sólo quería ir
derecha a la pregunta: ¿Estás embarazada hija mía?, y no le salía.
“Ya lo sé, madre. Usted me dirá: Dios es nuestro
Señor, ¿cómo mediremos nosotros la fuerza de su Brazo? Y yo soy, madre mía, la
primera en repetir sus palabras. Pero quiero decir, ¿su Poder se acaba donde
empiezan los límites de nuestra imaginación o es precisamente al otro lado
donde empieza su Gloria?”.
“Qué me quieres decir, hija mía, que no te
entiendo”, atrapada en una dirección distinta a la que se moría por emprender
la madre de la Virgen intenta dominar los nervios de su corazón,
“Yo tampoco sé muy bien cómo llegar a donde quiero
ni qué quiero decir. Tenga paciencia conmigo, madre. Después de aquí nos vamos
al Cielo y desde allí Arriba las cosas de la Tierra no nos afectan; así que lo
que nos toca es intentar descubrir la naturaleza del Dios que nos llamó a soñar
el Cielo mientras estamos aquí en la Tierra. ¿No es verdad que Dios puede
convertir las piedras en hijos de Abraham? Pero lo que yo me pregunto es si
hablando de esta manera lo que el profeta quiso darnos a entender es que tenemos
la cabeza tan dura como una piedra. ¿Puede una piedra conocer a Dios? ¿Entre un
hombre que no quiere conocer a Dios y una piedra cuál es la diferencia?”.
“¿Adónde me quieres llevar, hija?”, la Viuda, como
pudo, aguanta su impaciencia.
“A un hecho maravilloso, madre. Pero como no sé el
camino, no se enfade conmigo si exploro sola como esos montañeros que se
enfrentan por primera vez a una pared virgen. Lo único que me puede pasar es
que traspasada por mi ignorancia caiga a sus pies”.
“No digas eso, hija. No estás sola, aunque vieja
yo te sigo. Sí, María, yo sé que la gloria de Dios empieza donde acaba la
imaginación del hombre. Sigue”.
La Virgen rompió entonces en dirección en
apariencia aún más contraria, diciendo:
“¿Madre, qué le dijo el mensajero de mi abuelo
Zacarías? ¿Por qué no me lo has querido contar todavía? ¿Por qué no me has
enviado a la casa de mi abuela Isabel? Ahora que puede, contésteme: ¿Puede o no
puede hacer nuestro Dios que unos ancianos den a luz?”.
La Viuda y José no habían querido descubrirle aún
a María la naturaleza del mensaje que hacía poco Zacarías e Isabel les habían
enviado; de hecho la Viuda había decidido enviarles a María. La cuestión del
estado de gracia en que de pronto se halló su hija le borró de la mente todo lo
demás.
En efecto, el mensajero que Zacarías e Isabel
enviaron a Nazaret les describió a la Viuda y su yerno, detalle por detalle, lo
que le había sucedido a Zacarías en el Templo. Especialmente la imagen del
hermosísimo ángel que castigó la falta de fe de Zacarías quitándole el habla.
¡Señor! su hija María le estaba describiendo a
aquel ángel como si ella misma lo hubiese visto con sus propios ojos. ¿Cómo era
posible?
En principio, era imposible. El mensajero de
Isabel y Zacarías no habló con Ella mientras estuvo en Nazaret. Claro que se lo
podía haber contado José.
¿Se lo había contado José? José le dio su palabra
de no ser él quien le daría la noticia a su María. La palabra de José, la Viuda
lo sabía, era ley pura y limpia como los chorros del oro. No la rompía jamás.
No, José tampoco le había dicho nada todavía.
Estaba preguntándose cómo su hija se había
enterado cuando el corazón se le fue al recuerdo del día que su hija hizo el
Voto de Virginidad.
Allí, en aquéllos días, la Viuda se preguntó por
qué el favor del Señor sobre su casa se había extinguido, porqué les había
vuelto la espalda como quien abandona los despojos al enemigo. En el secreto de
su corazón la Viuda quedó atrapada entre las redes del Dilema de Job. Pero a
diferencia del santo ella no encontró la respuesta enseguida. Ni la encontró en
los años que habían pasado desde la muerte de su marido al día corriente.
Había llegado la hora de saber la razón por la que
el Señor se llevó entonces a su marido. Maravillada, absorta, fuera de este
mundo, flotando su ser sobre las mismas olas que un día se convirtieran en
colinas bajo los pies del Espíritu de Dios, la Viuda siguió mirando a su hija
con los ojos clavados en sus palabras.
Entonces la Virgen vuelve a cambiar de tema.
“Madre -le dice Ella- ¿no juró Dios que un hijo de
Eva le aplastará la cabeza a la Serpiente?”.
“Así es”, le responde la Viuda con el habla
perdida en alguna parte del infinito en que se había quedado atrapada su
mirada.
“¿Y no dicen también nuestros libros sagrados que
de todos los hombres que han existido sobre la faz del mundo jamás nació uno
tan grande como Adán?”, siguió María.
“Así me lo enseñó mi padre a mí, y así te lo
enseñó a tí el tuyo. Te escucho, hija”.
María continuó adelante:
“Cuando Dios nos prometió el Nacimiento de un Hijo
nacido para llevar sobre sus hombros la Soberanía ¿pensaba en el Campeón que
había de suscitarnos para liberarnos del imperio de la Serpiente?”.
“Sí que pensaba”.
“Pero si el Maligno venció una vez al hombre más
grande que ha conocido el mundo ¿no tiene razón el santo Job al presentarnos al
asesino de nuestro padre Adán ante el Trono del Omnipotente todo tranquilo
mientras esperaba al siguiente?”.
“Sí que la tenía”.
“Claro que sí. Quien venció al hombre más grande
del mundo ¿por qué no iba a vencer al hijo del Hombre?”.
La Virgen baja los ojos y respira mientras ensarta
aguja e hilo. Su madre permanece mirándola sin decir palabra. Al ratito María
saltó de nuevo al campo de batalla.
“Entonces, madre, dígame usted, ¿acaso juró Dios
en falso? Quiero decir, ¿en quién estaba pensando el Señor cuando hizo aquél
juramento bendito? David no había nacido aún; nuestro padre Abraham tampoco.
Con su hijo pequeño muerto, nuestro padre Adán a sus pies todopoderosos
desangrándose, ¿en qué Campeón estaba pensando nuestro Dios al prometernos bajo
juramento sempiterno que un hijo de nuestra madre Eva le aplastará la cabeza al
Maligno?”.
Esta vez fue María quien clava la mirada en su
madre. Ésta, viéndole el rostro a su hija sólo sabe una cosa, que su hija está
embarazada. La dulzura en el rostro, la ternura en el habla, el brillo en los
ojos. Sólo tenía que decirle: Madre, estoy en estado de gracia; y en lugar de
irse al grano, sin saber ni cómo su hija la había estado llevando a lo alto de
una montaña desde donde se veía el futuro del mundo según la mujer nacida para
ser la Madre del Mesías, ese hijo de la Promesa que había de nacer para
aplastarle la cabeza al Maligno.
“¿En quién estaba pensando Dios el día que sobre
la sangre de su hijo Adán juró el Nacimiento del Campeón por cuya mano se
cobraría Venganza? -en voz alta pensó la Viuda-. Hija mía, no seré yo quien le
ponga límites a la gloria de mi Creador. Yo sólo quiero que me lo digas tú”.
“¿Recuerda madre lo que escribió el profeta?: Una
Virgen dará a luz y su Hijo será llamado Dios con nosotros”.
María volvió a bajar la mirada. En eso levantó la
cabeza y miró a su madre directa a los ojos.
“Madre, esa Virgen la tiene delante de usted. Ese
Niño está en mis entrañas”, le confesó Ella.
Mientras su hija le revelaba el episodio de la
Anunciación la Viuda se quedó mirando a su hija con la visión de quien está
contemplando el Corazón de Dios el día del homicidio de su hijo Adán.
Al término, inspirada por el amor tan grande que
le tenía a su hija, la Viuda se derrama en bendiciones:
“Bendito sea Dios, que ha elegido a la hija de mi
esposo para traernos su salvación a todas las familias de la tierra. Su
Omnisciencia brilla como un sol inaccesible que, sin embargo, todos creen poder
alcanzar con la punta de sus dedos. Aprieta, pero no ahoga; golpea, pero no
hunde a los que ama. Bendita sea su Elegida, la que Él ha formado desde las
entrañas de sus padres para entregarnos su Salvador a todos los pueblos de la
tierra”. Y enseguida le dijo a su hija así: “Benditas serán todas las familias
de la tierra en tu inocencia, hija mía. Pero ahora, María, harás lo que yo te
diga. Harás esto, esto y esto”.
El problema siguiente era José. De José se
encargaría ella, la Viuda. Lo que la Madre del Mesías tenía que hacer era salir
inmediatamente de viaje y permanecer en la casa de Isabel y Zacarías hasta que
el Señor lo dispusiera.
Y así se hizo. La Viuda agarró a su yerno y le
contó punto por punto toda la verdad. No le contó a su yerno la Anunciación
como quien tiene que ocultar algo y baja la cabeza de vergüenza. Para nada.
Obviamente sí con la humildad y certeza de la persona que sabe que el
Acontecimiento habría de causarle a José un dilema angustioso, sobre el que
habría de triunfar, y triunfaría, pero por cuyo infierno habría
irremediablemente de pasar.
Y así fue. José triunfó.
No obstante, lo imaginaréis, tras la Anunciación
José pasó un tiempo moralmente hundiéndose en un limbo de arenas movedizas.
¿Qué había fallado a última hora? ¿Cómo había podido una mujer de la clase
moral y la fortaleza de María dejarse engañar por…?
¿Por quién? Sin que nadie lo pretendiera Ella
estaba bajo vigilancia todo el día. Cuando no estaba con su madre estaba con
sus sobrinos, cuando no estaba en el taller con sus obreras estaba con la
familia de los hermanos de su padre. El Señor había levantado alrededor de Ella
una tela de relaciones tan absorbentes que la sola idea del adulterio era una
ofensa.
Después estaba Ella, María. Ella era en carne y
hueso la mejor defensa que le había buscado Dios a la Madre de su Hijo.
“Lo dijo y no nos lo creímos: Una Virgen concebirá
y dará luz a un Niño”, diciendo esto José vio la luz y salió disparado. Regresó
con su esposa, se celebró la boda y todo el mundo se olvidó del incidente.
Un recuerdo, sin embargo, sí que quedó. Lo digo
por aquél otro incidente entre Jesús y los fariseos.
Los fariseos y los saduceos se cansaron de oír que
Jesús de Nazaret era el Hijo de David. Como no sabían por dónde meterle mano
indagaron en su pasado. Metieron el dedo en la herida y descubrieron aquél
incidente extraño de la desaparición de su Madre durante los primeros meses de
su embarazo, y cómo fue José en persona a buscarla… para….
“Ahhhh, aquí está su
talón de Aquiles”…
Con esta arma secreta escondida en la manga los
fariseos llevaron a Jesús al tema de las primogenituras, unigenituras. Entonces
uno cualquiera sacó el manual de los golpes bajos y lanzó el bombazo.
“Nuestro padre es Abraham, ¿quién es el tuyo?”
A Jesús se le subió el celo que lo consumía por su
Madre a la cabeza.
“Sois hijos del Diablo”, les respondió con la
fuerza de un huracán comprimido en la garganta.
Sólo otra vez, sólo en otra ocasión de la que ya
no quieren acordarse vieron al hijo de la Virgen saliéndole rayos por los ojos.
Y ya no paraba nunca, ya no se detenía hasta volcar en el rio de su cólera el
último átomo de la ira del Omnipotente.
En adelante entre Él y ellos la partida se jugaría
a cara o cruz. Cara, se los llevaba Él a ellos por delante. Cruz, se cobraban
la suya.
EL NIÑO JESÚS EN ALEJANDRÍA DEL NILO
Al poco, después de estas cosas, José el
Carpintero y su cuñado Cleofás cogieron sus familias, sacaron billete y se
embarcaron para Alejandría del Nilo.
Sobre este asunto de la Huida desde siempre ha
pendido el misterio. Documentalmente hablando la verdad es que en ninguna parte
existen indicios de haber sido Alejandría del Nilo el sitio elegido por José
para salvar al hijo de María de la persecución contra el Niño decretada por
Herodes. Por lo que si se me aprieta el autor de esta Historia puede ser
acusado de estar inventándose para cubrir necesidades literarias el destino de
los fugitivos. Lo cual hasta cierto punto me parece lógico. Yo mismo no puedo
olvidar que la iconografía clásica al respecto es bastante escueta, incluso
prudente diría yo; y hasta me atrevería a confesar que de una prudencia rayando
la cobardía.
La elección de Alejandría del Nilo no fue fortuita
por parte de José; ni lo es por parte del que recrea en estas páginas sus
movimientos. Afortunada o desgraciadamente, la única prueba que puedo aportar
es el testimonio de Dios. Por supuesto, lo de desgraciadamente es un decir.
Para quien conoce a Dios una sola palabra suya vale más que todos los discursos
de todos los sabios del universo en pleno concurso de disertaciones
interminables. Desgraciadamente a todo el mundo no le vale la palabra de Dios.
El hecho es que la única prueba real que la
Historia nos brinda al caso es el testimonio de Dios, aquel “de Egipto llamé a
mi hijo”.
Antes que yo han sido muchos quienes han puesto
las manos en el fuego en defensa de la respuesta afirmativa que se merece la
cuestión. Desde las distancias apócrifas del que no cree, sin embargo, dos son
las objeciones invencibles contra cuyos muros a prueba de bombas se parte la
cabeza nuestra retórica. Una es que aquello de Egipto llamé a mi Hijo fue
escrito mucho antes de que ninguno de los acontecimientos que narramos hubieran
tenido aún lugar, por lo que pararse a creer que siglos y siglos antes del Nacimiento
ya la Huida hubiese sido configurada para entrar en el programa mesiánico, la
verdad, es mucho creer.
La otra objeción es que esa nota previsora no fue
escrita “a futuriori” sino a posteriori. Según estos
genios no sería la primera vez que los judíos falsificaban sus textos sagrados.
¿No llevaban siglos haciéndolo? Caía Nínive y venían ellos a escribir sobre sus
ruinas que ellos ya lo habían dicho. Y como Nínive todas las demás cosas.
También el profeta Daniel vio el advenimiento al poder de Ciro el Grande. Y hasta
la caída de su imperio bajo los cascos del caballo de Alejandro Magno. ¿Por
Dios, a quién querían engañar? ¿Hay nación más necia que la que se engaña a sí
misma?
En fin, esta postura de creación de los textos
proféticos a posteriori se ganó muchos adeptos en sus días de gloria. Pasando
de su astucia, como es natural a quienes han sido inmunizados contra la astucia
de los genios, los otros, los que seguimos manteniendo el valor divino de los
textos proféticos, seguimos manteniendo que esas formas de pensar serían
lógicas en un pensador antiguo, porque pretender ajustar el pensamiento del
Creador al de la criatura, que es lo que se hace negando la omnisciencia divina
como fuente de las Escrituras, es negar lo que separa a la criatura de su
Creador.
A nivel de concurso es verdad que algunos hombres
ven el futuro. En las estrellas, en los dados, en los posos del café, y sobre todo en una bala con un nombre escrito. A nivel de realidad
la confesión de la naturaleza humana dista mucho de otorgarse semejante
atributo.
Esto de un sitio.
Del otro, ¿no es verdad que la historia la
escriben los vencedores? Pues si fuera así algo debe estar fallando en el
sistema cuando la vemos escrita por un pueblo de perdedores. Perdieron ante los
egipcios. ¿O es que aún hay alguien que se crea que se pasa de la libertad a la
esclavitud sin librar una batalla terrible? Lucharon contra los Asirios y
perdieron la guerra. Los aplastaron de nuevo los caldeos de Nabucodonosor.
Perdieron contra Roma. Los esclavizaron de nuevo los árabes. ¡Curioso, muy
curioso, que la memoria histórica de medio planeta se base en las hazañas
bélicas del pueblo perdedor por excelencia, el Judío!
Yo diría que la Historia se escribe por sí misma
al ritmo que Dios usa la mano del hombre por pluma. Dios, nuestro Creador, moja
la pluma en nuestra sangre y escribe nuestro futuro según su omnisciencia,
presciencia y genio creador. Dicho de otro modo, nosotros no vemos el futuro,
en cambio Dios no sólo lo ve sino que además lo escribe. Ahora bien, si esta
capacidad divina para crear el Futuro no se admite entonces tendremos que
acogernos a la naturaleza de los propios acontecimientos, o correr el riesgo de
cerrar esta Historia y abrir un libro totalmente distinto.
Así pues, la despedida fue muy breve. El Lobo del
Diablo había olido al Niño.
A salvo en Egipto, José el Carpintero abrió su
taller lejos del Barrio Judío, en la Ciudad Libre. Con los años se llegó a
llamarse la suya La Carpintería del Judío.
Sobre este particular -el acontecimiento de la
Matanza de los Inocentes- digo lo mismo. Si la duda se recrea en la
imposibilidad de la existencia de alguien capaz de cometer semejante crimen,
entonces ya podemos coger la duda y arrojarla a la basura. Si al contrario es
en la ignorancia de los pueblos y sus gentes, hablando de las circunstancias
sociales y políticas vividas por el reino de Israel para las fechas, en este
caso nada se le puede añadir a lo escrito, tal vez sólo decir que no se explica
cómo estando la felicidad en la ignorancia habiendo tanto ignorante en el mundo
pueda el mundo seguir siendo tan brillantemente desgraciado.
Pero volvamos a la carga.
¿Fue una decisión fácil para José tener que volver
a empaquetar y emigrar al Egipto?
Tal vez no fue una decisión fácil, pero sí
valiente.
El Relato de la Adoración de los Magos nos abre la
mente al Pasado y nos dibuja a la Sagrada Familia huyendo a la segunda ciudad
más grande del orbe, Alejandría del Nilo, ciudad abierta y cosmopolita adonde
llegaron José y su Familia con las espaldas cubiertas “económicamente hablando”.
Oro, incienso y mirra fueron los regalos que le hicieron los Magos al Niño.
¿Por qué Alejandría del Nilo y no Roma?
Bueno, Alejandría está de las costas de Israel a
un tiro de piedra. La Matanza de los Inocentes perpetrada, el asesinato de
Zacarías, padre del Bautista, consumado, lo último que podía permitirse José
era poner en peligro la vida del Niño. De hecho entre que tuvo lugar el Nacimiento
y su presentación en el Templo los días habían corrido; era entonces o nunca.
Regresar a Nazaret, empaquetar, coger el barco en Haifa y adiós a la patria.
Esta decisión de José, forzada por las sangrientas
circunstancias, cambió al hombre de una forma total. Entre los Santos Inocentes
los hijos de sus hermanos cayeron en la trampa. El hombre que desde la cubierta
del barco que llevaba a la Sagrada Familia a Alejandría miraba al horizonte,
solo, dándole la espalda a todos, llevaba en su pecho escondido ese secreto,
que no descubriría a su gente hasta la muerte. Cuando desembarcó en la costa
egipcia el José de antes de la Matanza y del asesinato de Zacarías se había
hundido en las aguas del Mediterráneo.
¿Sus compatriotas?
Mientras más lejos de él, mejor. La razón de este
cambio total no se la dio a nadie, ni a su mujer, ni a su cuñado.
Y ya estamos en Alejandría del Nilo.
El ambiente en el que creció Jesús, gracias al
comportamiento extraño de su padre con los suyos, fue extraordinario. José, su
padre, se negó a instalarse en el Barrio Judío; prefirió buscar sitio entre los
gentiles, en pleno corazón de la Ciudad Libre. Compró casa y abrió su Taller.
Con el tiempo la suya llegaría a ser conocida como la Carpintería del Judío.
Los titos del Niño, Cleofás y María la de Cleofás,
siguieron trayendo niños al mundo.
Listo como él solo que era, en cuanto Jesús se
puso a la altura de su primo Santiago, aunque Santiago le llevaba dos años,
Jesús lo cogía y se lo llevaba al puerto romano. El Niño no se cortaba con
nadie; su sed de noticias del Imperio no se consumía nunca. Su inteligencia
para sacarles a los marineros noticias de Roma, de Atenas, de Hispania, de las
Galias, de la India, del África profunda, despertaba en los lobos de mar la
simpatía. Los miraban a los dos Niños de arriba abajo, los veían vistiendo
ropas propia de hijos de la clase alta y allá que les contaban a Jesús y su
primo Santiago cómo iba el mundo.
Gracias a este natural al cumplir los doce años el
Niño hablaba perfectamente el latín, el griego, el egipcio, el hebreo y el
arameo. Insisto: ¿o creéis que le buscaron intérprete para la audiencia con
Pilatos?
Lo dicho, Jesús fue un niño prodigio en toda la
regla. Un niño prodigio que tuvo toda la suerte de tener por padre a un hombre
extraordinario. Sin embargo, también los fenómenos sienten, sufren, tienen
momentos de debilidad, se entristecen, lloran la soledad que los agobian.
LA PALOMA MUDA DE LAS LEJANÍAS
Jesús se hundió. Aquél Niño divino que ponía patas
arriba a la chiquillería de la calle entera, se iba, se perdía entre los barcos
del puerto y al caer la tarde regresaba corriendo a sentarse en las piernas de
su padre entre los amigos; aquél terremoto de Niño se hundió. Jesús dejó de
salir de casa. Empezó a sentarse en la puerta de la Carpintería del Judío a ver
pasar la vida. El Niño casi no comía. Jesús se dejaba caer en el regazo de su
madre entre las amigas, cuando al caer la tarde las mujeres solían sentarse en
la calle, bajo el cielo mediterráneo, a coser, a charlar, y se iba.
Era como si aquella llama de la Zarza se le
estuviese consumiendo entre los brazos a María. Al principio Ella no se dio
cuenta de la soledad que en el pecho de su Niño había abierto agujero negro y
por ahí se lo tragaba un poco más cada día. Poco a poco la Madre abrió los ojos
y empezó a ver lo que había en el Corazón de su Niño.
Ella no podía sufrir aquella agonía indescriptible
que le estaba quitando de las manos a su Niño. Lo quería más que al mundo, más
que al tiempo, más que a las olas del mar, más que a las estrellas, más que al
amor, más que a su vida misma. Y se le iba. Era noche tras noche y cada noche
un poco más. El Niño no hablaba, no reía, se dejaba caer en el pecho de su
Madre, la vista perdida en el cielo de aquella Alejandría del Nilo, y ahí se
hundía.
“¿Qué te pasa, hijo mío?”, le preguntaba Ella.
“Nada, María”, le respondía El.
“Yo sé lo que te pasa, Jesusito”.
“No es nada, María, de verdad”.
“Cielo mío, echas de menos a tu Padre. No llores,
mi vida. Él está aquí, ahora mismo, cuando yo pongo mis labios en tus mejillas
Él te besa, cuando yo te abrazo Él te estruja”.
Para el Niño aquella mujer que le oía con la
sonrisa más dulce del universo en el rostro mientras Él le hablaba del Paraíso
de su Padre, de la Ciudad de su Padre, de sus hermanos los superángeles Gabriel, Miguel y Rafael, aquélla mujer … aquélla mujer era su Madre. La quería
más que a todo en el mundo. Era la única persona a la que podía contarle todas
las cosas. Le encantaba sentir el latido de su corazón cuando le hablaba de su
Reino. ¡Y aquélla mirada luminosa que le alumbró el rostro cuando le contó toda
la verdad! No se le borró jamás de la memoria.
“Sí, María” -le dijo el Niño-. “Yo soy Él”.
“Cuéntame otra vez cómo es el Cielo, hijo mío”. Le
pedía ella otra vez.
“El Cielo” -le confesaba el Niño- “es como una
isla que se convirtió en continente, y que sigue creciendo al otro lado del
orto de sus horizontes. La Roca en la que tiene sus fundamentos es el Monte más
alto que pueda imaginarse hombre alguno. El Monte de Dios, Sión,
eleva su cumbre hasta las nubes, pero donde debieran estar las nubes existen
doce murallas, cada una de un bloque único, cada bloque de un color, cada muro
brillando como si tuviera un sol en su interior. Y son como doce soles
iluminando un mismo firmamento. Los doce muros son una misma muralla rodeando
la Ciudad que contienen. La llamó Dios, a su Ciudad, Jerusalén, y Sión a su Monte. En Jerusalén tienen los dioses su Morada,
y entre los dioses mi Padre tiene su Casa. Desde los muros de la ciudad de Dios
los confines del Cielo se pierden en el horizonte que limita con el orto al
otro lado de las fronteras del Paraíso.
“Verás, María, el Cielo es como un espejo
maravilloso que refleja la Historia de los pueblos que lo habitan. Por ejemplo
este mundo, la Tierra. Vosotros recogéis las memorias de vuestros antepasados
en vuestros libros; pero el Cielo lo registra en vivo, porque lo que se refleja
en la superficie del Universo se materializa en la del Cielo. Así que si te
pones a recorrer la Morada de los hombres en el Paraíso de mi Padre te
encontrarás con que todas las Edades del Hombre están recogidas en su
geografía. Cuando vayas al Cielo verás con tus ojos que todas las clases de
animales y aves y árboles y plantas y montes y valles que han sido una vez aquí
Abajo existen para siempre allí Arriba.
“Como mi Padre ha creado otros Mundos, y seguirá
creando más, el Cielo es un Paraíso repleto de maravillas que nunca se acaban.
Para recorrerlo entero tendrías que pasarte andando una eternidad, y cada
trayecto del camino sería una aventura. ¿Cómo te lo explico? Mi Padre siembra
la vida en las estrellas. Las estrellas del Universo son como el océano que
rodea la isla, y también este océano de constelaciones crece extendiendo sus
orillas al ritmo de las fronteras del Cielo. La vida se hace un árbol, y mi Padre
y yo la recogemos en nuestro Paraíso para que viva para siempre. Las especies
de animales y aves no tienen número. Un gran río nace en las alturas del Monte
de Dios, y se divide en la llanura en ramas que cubren todos los Mundos y sus
territorios. ¿Ves todas las estrellas? El Cielo está más Arriba”.
“¿De Allí has venido tú, Hijo mío?”
“Te cuento, María.”
LA CARPINTERÍA DEL JUDÍO
El Niño le contó muchas cosas a María. Le contó
tantas que a la pobre mujer inmigrante aquella ya no le quedó espacio en su
cabeza y tuvo que empezar a guardarlas en su Corazón. Si yo os las recontaras
todas seguramente me tiraría sentado hasta el año que viene, y no es plan.
Lo que sí os puedo contar es lo que ya sabéis.
Sabéis que la Sagrada Familia regresó a su patria a la decena de años o antes.
Pero ignoráis qué les pasó para que el bueno de José y su cuñado Cleofás
tomasen la decisión de vender la Carpintería del Judío, un negocio pero que muy
próspero, viento en popa y a toda vela, corta el mar, no navega, vuela,
etcétera.
La Carpintería del Judío estaba en plena Ciudad.
En aquéllos días sólo había una ciudad de verdad en todo el orbe. Era
Alejandría del Nilo. Roma era el corazón del ejército más grande del mundo. En
Roma viven los senadores imperiales. Pero era en Alejandría del Nilo donde
estaban todos los sabios del Imperio. Podemos decir que Alejandría era la Nueva
York de aquéllos días. En Washington está el Poder, pero en Nueva York está el
dinero. Una relación de esta naturaleza era la que mantenían Alejandría y Roma.
¿Por qué pues tenían que regresar ya? ¿Y
justamente cuando el negocio les iba viento en popa corta el mar no navega
vuela, etc.? ¿Regresar a qué? ¿A sobrevivir como la mosca en la casa de la
araña? Había materia para pensar. Un negocio de menos de diez años de vida es
como el chaval al que empieza a salirle el bigote. Desde sus ojos es cuando
menos faltas se le sacan al mundo. El mundo estará todo lo mal que tú quieras,
pero él, el chaval, está hecho un campeón. En fin, que no era tontería. Le
había costado a José y su cuñado salir adelante, abrirse camino, encontrar un
hueco, y un hueco grande entre los Gentiles, porque José no quería saber nada o
muy poco de sus compatriotas. En este capítulo el señor José era un judío muy
raro. No quería saber mucho de sus compatriotas, ni tampoco le gustaba tenerlos
demasiado cerca. Nadie sabía por qué, ni tampoco él hablaba mucho. Sería porque
el señor José hablaba el latín y el griego desde muy joven y parecía
encontrarse entre los Gentiles como pez en el agua.
Hay que decir que a José su dominio de las dos
lenguas del Imperio le abrió camino en el mundo de los negocios. Al contrario
que sus compatriotas, racistas con todo el mundo, que se creían una raza
superior, elegida, y miraban para abajo al resto del género humano, el señor
José era abierto, inteligente, poco hablador, pero cada palabra suya era la de
un hombre hecho y derecho que no rompía su palabra por nada del mundo.
¡Cómo un carpintero ebanista de provincias,
escapado de un pueblo perdido en las sierras se las había arreglado para
dominar hasta tal punto las dos Lenguas internacionales del momento, la verdad,
era otro misterio!
Otro entre los muchos que hacían del dueño de la
Carpintería del Judío una criatura sui géneris, introvertida, indefinible. Sus
compatriotas de Alejandría criticaban al señor José precisamente por su
alejamiento de las compañías de los suyos.
Al contrario que José, Cleofás, el hermano de
María, era muy de su tierra y tiraba hacia los suyos. Lo cual compensaba la
balanza y mantenía en equilibrio las relaciones de la Casa con los
nacionalistas. Alguna vez, entre cuñados y socios, Cleofás le sacó el tema de
su distanciamiento y las causas de esa postura tan inamovible. Pero José
siempre encontraba la forma de darle largas al asunto.
José no le imponía a su cuñado Cleofás nada; él
era libre para educar a sus hijos según su corazón; él no le iba a prohibir a
sus sobrinos que fueran a la sinagoga y participasen en la vida de la comunidad
judía cumpliendo con sus deberes de buenos hijos de Abraham. Sólo que la misma
libertad que José le ofrecía a Cleofás la quería él para sí.
Ante esta forma de razonar Cleofás se reía y
abandonaba el tema. Porque si le preguntaba a su hermana María sobre el
comportamiento tan raro de su marido ella tampoco llegaba más lejos.
El mismo enigma que le causaba a Cleofás esta
forma de ser de José tenía a María sorprendida desde que salieron de la patria.
Y no debía creerse Cleofás que ella le ocultaba algo. José era más bueno que un
pan, pero a la hora de abrir su corazón ni a su propia esposa le soltaba
palabra.
Total, Cleofás y señora habían parido ya toda una
tropa a la altura de este capítulo. José y María sin embargo se habían quedado
con el primero y el último, primogénito y unigénito en una sola persona.
“¿Qué pasa, hermano?” -quiso saber Cleofás- “¿a
qué vienen estas prisas por vender un barco que va viento en popa?”
José no quiso decirle a su cuñado toda la verdad,
o al menos la verdad según la vivía él.
EL REGRESO A NAZARET
El Niño superó aquella tristeza que estuvo a punto
de hundirlo en las tinieblas de una pena infinita. Su Madre se puso entre el
Niño y esas tinieblas incógnitas, llamó en ayuda a su Marido y entre ambos
espantaron el diablo al infierno. Pero no se habían olvidado de la batalla
cuando el Niño abrió un nuevo capítulo en sus vidas. Jesús ya estaba en los
nueve o diez años. Se le había metido en la cabeza al Niño salir de Egipto y lo
llevasen a Israel.
Comprenderéis que José se enfadara un montón. Su
Mujer estaba por su Niño. Lógico. Para María no había ningún problema. Pero
para José las cosas no eran tan simples.
Por supuesto que José había oído la Historia
Divina de los labios de Jesús en los brazos de su Madre. Y precisamente por eso
ahora menos que nunca se podía permitir tomar una decisión equivocada. Mientras
no supo a quién tenía en casa el problema le pareció controlado; pero ahora que
conocía la identidad del Hijo de María ahora menos que nunca se podía permitir
la indecisión que tuvo cuando se rió un poco del
consejo de los Magos.
“Vete, José, que te lo matan los Herodes”, le
suplicaron.
¿Regresar a Israel estando vivo Herodes el Chico?
“Díle a tu Hijo que no
ha llegado el tiempo”, le responde José a su esposa.
Palabras que se lleva el viento.
“Díle a tu marido que
debo ocuparme de las cosas de mi Padre”, insiste el Niño.
Respuesta que el viento trajo.
“María, por Dios, es un niño. De aquí no se mueve
nadie. Por lo menos hasta que se muera aquél hijo de Satanás”.
Cierro y corto. El señor José era así. Muy pocas
palabras, pero cuando las soltaba no había en el mundo quien lograse que diera
su brazo a torcer.
Y así hubiesen podido estar toda la vida si el
Niño no hubiera puesto en marcha “su plan”. No me voy a perder en los detalles,
pero lo cierto es que el hijo del Carpintero destapó la botella de su
inteligencia prodigiosa y disfrutó como un chiquillo poniendo perdido con el
champán de su gloria al rabino de la sinagoga.
“¿La lista de los reyes? ¿La de Antes del Diluvio
o la de Después del Diluvio, señor rabino?”
Un monstruo. Se lo sabía todo. El todo atónito
rabino acabó por interesarse a fondo por el Niño.
“¿Y tú de quién eres hijo, niño?”
“Yo soy hijo de David, señor rabino.”
“¿Tu padre es hijo de David?”
“Y mi madre también, señor rabino.”
“¿Y tu madre también? ¡Qué cosa más curiosa!”
“Y mi primo aquí presente también, señor rabino.”
“Tú sí que estás hecho un rabino”, pensó para sí
el hombre.
Así que el señor rabino entró un buen día en la
Carpintería del Judío pidiéndole explicaciones a José. Como si él tuviera
derecho a algo por ser siervo de Dios.
José lo miró de arriba abajo y lo puso de patitas
en la calle. Y delante del propio Niño. Porque claro, todo el lío era cosa del
Niño.
Comprenderéis que después del susto que se llevó
cuando lo del Nacimiento, José tuviese prohibido la menor mención sobre los
orígenes davídicos de su Familia. Y si se terciaba el caso sus orígenes
davídicos se debían escapar como el que no está dispuesto a poner la mano en el
fuego. Sí que lo eran; pero vaya usted a saber; sus padres les dijeron que lo
eran y ellos no iban a discutir la autoridad de sus padres.
El Niño estaba rompiendo esta ley de la Familia. Y
lo estaba haciendo con perfecto conocimiento de causa. Sabía, porque conocía a
José como si fuese su hermano, su amigo, su padre, que en cuanto José detectara
el menor peligro que pusiera en peligro la vida del Hijo de María, José
cerraría el negocio y emigraría a otra parte.
El primer round lo había superado José. Pero el
segundo estaba por llegar.
El Niño regresó a las andadas. No sólo era hijo de
David como el que no quiere la cosa, su madre era la Hija de Salomón.
“Pues sí, señor rabino. La Hija de Salomón en
persona.”
“¿Y dices que esto tu padre puede demostrarlo con
papeles sobre la mesa?”
“Pues sí señor.”
A aquél rabino que tuvo la suerte o la desgracia
de tener al Niño por alumno se le pusieron las antenas tiesas. Confuso,
perdido, el todo atónito rabino le llevó el tema al rabino jefe.
“Lo que le digo. Si fuese otro niño me lo tomaría
a chirigota, pero del hijo del Carpintero yo ya me lo creo todo. Sabe más que
todos los sabios de la corte de Salomón juntos. Incluyendo al rey sabio”, con
estas palabras le fue el rabino de Jesús a su jefe.
Y ambos se presentaron un buen día en la
Carpintería del Judío dispuestos a llegar al fondo del asunto.
Fueron a por José. Fueron a exigirles que les
enseñara los documentos de los que les había estado hablando el Niño. Jesús les
había dicho que su padre guardaba los documentos genealógicos de la Familia,
documentos que databan de los días del rey David en persona, reeditados por el
profeta Daniel durante los días de la Cautividad Babilónica.
José se encontró de pronto ante una jugada maestra
de jaque mate. El Hijo de María estaba jugando fuerte. Quería llevarlos a todos
a Jerusalén y nada ni nadie lo iba a detener.
La discusión que tuvo José con los dos rabinos fue
muy fuerte. No la voy a reproducir para no crear la impresión de recrear
acontecimientos fantásticos.
“La impresión que el Hijo de María causaba en sus
preceptores era tan descomunal que le habían dado fe a la palabra de un
chiquillo”… blablabla. Escabullendo el bulto les
afirmó el Carpintero.
De haberle conocido hubieran comprendido que para
José afirmar era decir la última palabra.
José lo tenía muy claro. El Hijo de María podía
ser el Hijo de Dios en persona, pero era a él, a José, a quien su Padre le
había dado su Custodia, y a él, y sólo a él, José, le tocaba decidir cuándo
regresaría la Sagrada Familia a Israel.
¿Podía ser el Hijo de Dios?
¿Sólo podía ser…?
“¿En qué estás pensando, José?”
Se creían los rabinos que tenían acorralado al
Carpintero, y hasta el propio Niño que escuchaba detrás de la puerta lo llegó a
creer. Las palabras como espadas en duelo a muerte se estaban cruzando cuando
el Niño se asomó a la puerta con el aire del vencedor que le pregunta a su
enemigo caído: ¿Aún quieres más?
Fue la primera vez en la vida que José vio al Hijo
de María con los ojos que su Madre lo veía. Aquél era el Hijo de Dios en
persona. No era una broma. Pasaba que tenía el cuerpo de un niño. Pero quien
José tenía delante era al Primogénito del Señor Dios YAVÉ. Era el Hijo de Dios
en persona quien le estaba hablando al pensamiento.
Sí señor, le estaba hablando con el pensamiento
con la certeza que tú estás leyendo este libro.
Estaban hablándole a José los rabinos a pulmón
abierto en su propia casa, pero José tenía la mente en otro sitio, en otro
lugar. Le estaban exigiendo los documentos genealógicos del Niño y él estaba en
otro lugar, en otro tiempo. El Niño estaba contra el halo de la puerta de la
Carpintería, de pie, diciéndole sin abrir la boca: ¿Todavía no me crees, José?,
¿no ves que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?
Pero la jugada le salió mal al Niño.
Pasado el momento, los rabinos idos, otra vez de
nuevo y ahora más que nunca José se cerró en banda. Jamás regresarían a Israel
hasta que su Dios le diese la orden de regresar. Y se acabó, José no quería oír
más.
Y así fue cómo el Niño volvió a derrotarse. Dejó
de hablarle a José. Había jugado la partida y la había perdido. Nadie se
movería de Egipto hasta que Dios le diese a José la orden de regresar a Israel,
así de sencillo así de trágico.
Sencillo de decir, sí; de vivir, pero que para
nada. Padre e hijo pasaron de hablarse, de mirarse incluso. Jesusito ni comía.
Se dejaba caer en el suelo contra la fachada de su casa, viendo la vida pasar,
agobiado por la pena del que lo puede todo y se le ordena hacer nada.
María no sabía quién sufría más. Si el Niño por no
haber conseguido imponer su voluntad, o si su Marido por no poder sufrir el
silencio y el alejamiento de su hijo. Es que ni se miraban. José no se atrevía,
y el Niño no podía.
Cleofás era el único que parecía disfrutar
viviendo aquella situación.
“¿Qué te pasa, hermano, por qué eres tan
cabezón?”, le dice a José.
“Es sólo un Niño, Cleofás”, le responde José.
Pasó que un día de aquéllos regresó José a casa de
cerrar un trato. Jesús ya había perdido toda esperanza de convencer al bueno
del señor José. ¿Desde cuándo no se habían hablado?
Regresó José el Carpintero de cerrar aquél negocio
todo serio, pero con los ojos muy brillantes. En cuanto María lo vio cruzar la
puerta el corazón le pegó un brinco, pero no quiso decir palabra. Esperó a que
su esposo le hablara.
“Mujer, dile a tu Hijo que nos vamos”.
No dijo más.
La Madre cogió al Niño y se fue a distraerlo al
mercadillo. Le iba a comprar lo que quisiera, para animarle y levantarle los
ojos, le dijo. Jesús la siguió como hubiera podido seguir a una nube sin
destino. Desde el incidente entre José y los rabinos no quería saber nada, no
tenía ganas de nada. Y no había nada que su propia Madre pudiera decirle para
levantarle la moral.
¿Nada?
Bueno, sí había algo. Tenía dos signos, y era una
sola palabra. José se la negaba y María no se la podía dar.
¿No se la podía dar?
Aquél paseo por el mercadillo del puerto de
Alejandría no lo olvidarían nunca. Ella no paraba de sonreírle, de hacerle
cosquillas, de decirle con sus gestos: Adivina adivinanza, ¿qué me pasa?
Lógicamente el Niño se mosqueó un rato, hasta que
acabó abriendo los ojos. Cogió a María -Él siempre la llamaba por su nombre- la
sentó en uno de los bancos del muelle y mirándola a los ojos le leyó el corazón
con la facilidad que tú lees estas líneas.
“María, ¿sí?”, fue todo lo que le preguntó el
Niño.
Ella movió la cabeza, toda muerta de felicidad. Y
allí mismo contra el fondo del horizonte mediterráneo bailaron locos de
alegría.
Corrieron de regreso a casa. José estaba
trabajando cuando ellos entraron. María pasó de largo, pero José captó la luz
que brillaba en el corazón de su Mujer. Se le iluminaron las pupilas y volvió
la cabeza. Antes que pudiera decir palabra el Niño salió corriendo a echarse en
sus brazos. Gigante cual era el Marido de María lo atrapó y lo levantó como
hacen todos los padres con sus chiquillos. Ahora sí que los dos habían vencido.
El Niño tenía lo que quería y José había recibido la orden de Dios de ponerse
en camino.
Cleofás no rechistó. Ni dijo nada. Su cuñado era
el jefe del clan, él disponía, él mandaba.
Jesús salió corriendo en busca de Santiago, su
primo, gritando por la calle: “A Jerusalén, Santiago, a Jerusalén”.
VOLVER A NACER
Los emigrantes regresaron a Nazaret, como quien
dice, ricos. José vendió la Carpintería del Judío a un precio muy bueno.
Adiós Alejandría adiós -susurraron los labios de
un José que dejaba atrás amigos, negocio, años felices, perspectivas nuevas,
una ciudad sabia, la alegría de haber vivido cosas maravillosas y oído otras
increíbles de creer de no haberlas oído de labios del Niño.
Al otro lado del horizonte le esperaba el regreso
del dolor dormido bajo las sábanas espesas de un subconsciente cruelmente
herido. ¿Regresar a Nazaret?, ¿instalarse en Belén, su pueblo?, ¿qué haría?
Durante la ausencia de la Dueña del Cigüeñal de
Nazaret, la casa grande de la colina, Juana, la hermana de María, había
mantenido la heredad de su sobrino Jesús en alza. Por este sitio José no tenía
ningún problema. Todo lo que era de su esposa era suyo; así que José podía
dedicarse a vivir de las rentas y empezar a darse la buena vida. Sólo que por
muy próspera que fuera la herencia de su esposa esta forma de pensar no iba con
él.
Como padre que era a José, más que el porvenir de
su hijo Jesús, le preocupaba era el futuro de sus sobrinos.
Para la fecha su cuñado Cleofás había traído al
mundo una tropa. De haberse María mantenido soltera hubiese sido más que
probable que la herencia de Jacob de Nazaret y su legado mesiánico hubieran
pasado al varón de la casa; en cuyo supuesto el futuro de los hijos de Cleofás
habría estado ligado a la propiedad de María.
No fue el caso. Tarde o temprano los hijos de
Cleofás tendrían que abandonar la casa de la Tita María, establecerse y fundar
sus propias familias. Así que, sin pensárselo dos veces, José tomó la decisión
final de volver a empezar, como la primera vez que llegó a Nazaret, desconocido
de todos los que no le conocían, sin suelo donde caerse muerto, el cielo por
techo, los horizontes por paredes de su casa, la tierra madre por piso donde
reclinar su cuerpo, una piedra de almohada bajo las estrellas, sus fieles canes
asirios de guardia alrededor del fuego, la aurora al alba, la estrella de la
mañana bajo la Luna, Jerusalén arriba, camino de la Samaria como quien se
interna en un cuerpo y viaja hasta el corazón por las arterias incógnitas de la
tierra. ¿Por qué no? ¿No nos dotó Dios de su fuerza para mantener el espíritu
siempre joven? Las fuerzas tienen que fallar, pero las ganas siguen más allá
del cansancio de los huesos.
Pues claro que reabrir la carpintería iba a ser un
trabajo serio, pero como a aquéllos dos hombres no les faltaban ni la fuerza ni
el coraje para volver a empezar de cero, pues eso. Además, que ya habían pasado
a mejor gloria las criaturas tenebrosas que ordenaron la Matanza de los
Inocentes y, la verdad, todo sea dicho, aunque José no aparentara demasiadas
ganas de regresar a la patria también a él le estaba picando el gusanillo de la
familia, volver a ver a sus hermanos y hermanas, ver a su mujer y a su cuñado
felices en los brazos de la abuela de sus hijos. En fin, que la naturaleza
humana fue tejida con fibras del amor divino y necesita bañarse en lágrimas de
alegría para superar la tendencia innata que manifiesta a parecerse a las
bestias, que ni ríen ni lloran.
En cuanto al trabajo, hombre, José pudo haberse
dedicado a los negocios del campo, pero no era su palo. El oficio de carpintero
ebanista lo llevaba en los genes, le palpitaba en la sangre; era lo suyo, podía
pegar un clavo sin mirar, pulir la superficie más ruda mientras conversaba. ¿El
campo? El campo no era para él, ni él estaba hecho para el campo. ¿Habían
desfallecido las mañas de su cuñada Juana para mantener la propiedad en alza?
Sí, para los asuntos del campo allí estaba su
cuñada Juana. Y sobre el taller costura de Nazaret el asunto estaba en las
manos de las obreras de su Mujer, y Esta, dedicada ya a su familia, lo primero
que hizo fue dejar las cosas tal como estaban.
El Niño, por su parte, apenas puso el pie en
Israel ya se moría por ver llegar el día de su admisión en la comunidad con
todos los plenos derechos de los adultos, cosa que solía tener lugar a los
trece o catorce años. En su caso las cosas se adelantaron a los doce años
porque su cabeza funcionaba mejor que la de una persona mayor. Conste que no lo
digo para impresionar al lector. Lo cierto es el Niño se mantuvo hiperactivo
durante todo el trayecto del Egipto a Israel; si por Él hubiera sido se hubiese
echado a volar, o a correr sobre las aguas y no hubiera parado hasta llegar a
Jerusalén. Ya se lo imaginaba todo. Se abriría paso hasta el Patio del Templo,
pediría la palabra y dejaría fluir por su boca la verdad toda la verdad y nada
más que la verdad.
“Allá voy Jerusalén” susurra el Niño mientras deja
atrás Egipto.
La idea del Niño sobre su destino mesiánico es la
clásica del pensamiento popular de las fechas. El Hijo de David se presenta
montado en su caballo de gloria ante los poderes del Templo, reúne a su
alrededor a todos los hijos de Abraham del mundo y los lidera a la conquista de
los confines de la tierra.
Con estas santas intenciones en la cabeza, la
ceremonia de admisión en la comunidad celebrada a sus doce años cumplidos,
Jesús se va al Templo a poner en práctica su estrategia.
Durante el primer día atrae la atención sobre sí;
al segundo la voz se corre; y al tercero se descubrirá a todos los Sabios de
Israel en la inmensidad de su realidad divina. Al Cuarto el Mesías estará en su
trono llamando a sus filas a todos los ejércitos del Señor en el mundo.
Y así fue. Al menos durante los dos primeros días.
Pero al tercero pasó algo que marcó su existencia por los restos.
Maravillados por la inteligencia de aquél Niño que
sabía más que todos los sabios de Israel juntos, las autoridades del Templo
acabaron congregándose para tomar una decisión sobre lo que estaba pasando.
Entre ellos cogió sitio alrededor de Jesús, a su
vez rodeados de los Doctores y Príncipes del Templo, un tal Simeón. Este Simeón
era el anciano que saludara al Niño recién nacido y le dijera a su Dios que ya
lo podía dejar ir, a reunirse con sus padres pues ya había visto al Cristo.
Dios no parece que estuviese muy de acuerdo con
Simeón. En lugar de llevárselo al Cielo lo dejó en la Tierra todavía.
Este Simeón en cuanto vio al Niño reconoció al
Hijo de María. Alucinado por lo que estaba viviendo tomó la palabra cuando ya
todos estaban convencidos de tener delante al Hijo de David.
“Dime, hijo”, rompió Simeón el silencio.
Y siguió hablando palabras de una sabiduría
desconocida para el Niño y para todos.
“¿Qué pasará cuando tú te vayas? Porque tú tendrás
que irte. ¿Volveremos los hombres a nuestro viejo mundo de todos los días o
acaso crees que el Cristo se quedará para siempre con nosotros?”
¿De qué le estaba hablando aquél anciano?, se
preguntó el Niño.
Aquél anciano le estaba diciendo, entre las
protestas de todos sus colegas, que el Cristo debía verse rodeado de una jauría
de perros, cargar con todos los pecados del mundo, ofrecerse como Cordero
Expiatorio.
“Pero si se sienta en su trono ¿cómo podrán
cumplirse las Escrituras?”, apuntilló su discurso el tal Simeón.
El Niño se quedó helado. ¿Él era el Siervo de Yavé
de las profecías de Isaías?
No era que el Niño no conociera las profecías. Los
libros proféticos se los conocía de memoria. Lo que le estaba impactando era la
interpretación que Simeón les estaba dando. Era una sabiduría tan nueva y
desconocida para Él como lo era para los demás que la estaban escuchando.
LA ESPADA DE DAVID
Decía la leyenda que el gran guerrero bailó la
danza de la victoria alrededor del cadáver del enemigo. Decía también que
aquéllos bárbaros les robaron el secreto del hierro a los héroes de Troya antes
de caer Eneas bajo la astucia de los Aqueos.
Entre aquéllos monstruos sin alma el más horrible
era siempre el jefe. El jefe no era siempre el más alto, pero sí siempre el más
cruel, el más terrible, el más despiadado, el más letal y maligno. En aquélla
ocasión el más alto y el más cruel y despiadado bárbaro concebible se habían
dado cita en el mismo cuerpo. Se llamaba Goliat. Su espada era tan grande como
la de aquél otro guerrero que los Hispanos llamaban Rodrigo Díaz de Vivar, la
que cortaba de un tajo cinco cabezas de moros puestos en fila india. Nadie se
quería poner a menos de tres metros de distancia del Cid Campeador; esos tres
metros eran lo que medía su arma desde el hombro a la punta de aquella espada
de acero español. Brazo y espada, una sola cosa con aquél guerrero castellano
que en estatura poco o nada tuvo que envidiarle a la del filisteo matón y
farfullero que cometió el terrible error de quitarse el casco delante del
pastorcillo hondero.
Cuenta la leyenda que David recogió la enorme
espada del gigante y con ella le cortó la cabeza de un tajo. Y sigue diciendo
que el guerrero hebreo combatió con ella al frente de sus ejércitos. De lo cual
nosotros debemos deducir que si hermoso de rostro el tal David de ninguna forma
fue corto de cuerpo ni de brazos delicados y finos. No fue un gigante pero
desde luego que lo que menos se le parecía es un enano.
Principio de su corona, la espada de Goliat fue el
símbolo real por excelencia que le otorgaba al que estaba en su posesión el
trono de Judá. La recibió Salomón y Salomón se la entregó a su hijo. Roboam al
suyo, éste al siguiente, y así pasó de mano en mano durante los cinco siglos
que corrieron desde la coronación de David al último rey de Jerusalén.
Nabucodonosor se la arrancó de las manos al último
rey vivo de Judá y arrojó aquella espada de museo entre los demás tesoros que
sus ejércitos habían recaudado alrededor del mundo. La vio tan grande y pesada
que la creyó un objeto de decoración. Se olvidó de ella y allí se hubiera
quedado para siempre si, tras conquistar Babilonia, Ciro el Grande no se la
hubiera entregado al profeta Daniel para que hiciera con aquél símbolo sagrado
de los hebreos lo que en su espíritu estuviera hacer.
Por derecho legítimo la espada de David, la espada
de los reyes de Judá, le correspondía por herencia a Zorobabel. Pero el profeta
Daniel se la negó porque no era con la espada que debería reconquistar la
Patria Perdida. La espada de Goliat permanecería en la Gran Sinagoga de los
Magos de Oriente hasta que naciese el Hijo de David.
No sabemos cómo llegó a parar a manos del Cid
Campeador la espada de Goliat. Lo que sí sabemos positivamente es que aquélla
espada era la espada que José llevaba empuñada el día que entró en el Templo
buscando al Hijo de María.
La espada de David fue un regalo de los Magos al
padre del Mesías. Le tocaba custodiarla a él hasta el día de la coronación de
su hijo.
Fueron muchas cosas las que le regalaron a José
los Magos. Oro, incienso y mirra fueron los tres últimos regalos que le
hicieron; pero esto era para el Niño. Antes le habían regalado a José un
caballo íbero que volaba como una estrella fugaz y era capaz de atravesar la
Samaria sin beber agua ni darse descanso. Y tres perros de una misma camada,
reliquia de los canes que los reyes de Nínive llevaban con ellos en sus
cacerías de leones. Uno se llamaba Deneb, Sirio el otro, y el tercero Kochab.
José no los sacaba jamás juntos. Se parecían tantos que quien no conocía a José
se creía que sólo tenía un ejemplar de aquella especie en vías de extinción.
Eran mansos como corderitos a los pies de su dueño, pero más fieros que el
demonio más malo del infierno más horroroso si olían el peligro. Sus tres
canes, su caballo íbero y la espada de Goliat fueron las tres cosas que José se
llevó consigo de Belén el día que Isabel le dijo:
“Hijo, todas sus hermanas se han casado y son
felices; el muchacho está ya en flor y tiene toda la gracia de su padre.
Cleofás es fuerte, es alto, es listo, no tardará en encontrar quien lo ame con
locura. Muy pronto la Hija de Salomón estará libre de su voto, ¿no es eso lo
que ha estado esperando todos estos años el Hijo de Natán?”
Y una cuarta se llevó consigo José a Nazaret, que
le era la más preciada de todas: El documento genealógico de su Casa. Pero a lo
que íbamos.
Solamente dos veces en su vida se le disparó a
José el puño a la espada de su padre David. Que se le disparara el brazo nos
dice mucho sobre la estatura del hombre y la fuerza de su brazo. La primera fue
cuando José fue a buscar a María a la casa de Isabel, madre del Bautista. La
segunda, cuando José entró en el Templo a buscar al Hijo de María.
¿Qué hubiera pasado si en lugar de decirle el Niño
a sus padres lo que les dijo le hubiera dicho a José: Hijo de Natán, entrégame
la espada de los reyes de Judá?
POLVO ERES Y AL POLVO VOLVERÁS
¿Qué fue en definitiva lo que le descubrió aquél
anciano al Niño? ¿Qué fue lo que le mostró aquél hombre para que el Hijo de
María renunciase a sus planes? ¿Qué le dijo? ¿Por qué aquél Niño cerró su boca
y renunció a subirse al caballo del Hijo de David, el príncipe valiente e
impetuoso que, según la interpretación popular de las Escrituras, al frente de
sus ejércitos habría de llevar la paz de Dios a todo el mundo? ¿Por qué quién
entró en el Templo dispuesto a descubrirse y reclamar para sí lo que le pertenecía
por derecho humano y Divino abandonó de golpe sus planes mesiánicos y se fue
tras “sus padres” sin soltar palabra?
Que aquél anciano -cuya identidad descubriremos en
la Segunda Parte- le descubrió al Niño la sabiduría que todos conocéis por boca
de la Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles, esto es seguro. Pero
que hubo más, muchísimo más, también.
Y la única forma de descubrir qué pasó por su
cabeza es poniéndonos en su lugar. Pero no de la forma arbitraria que más nos
apetezca y nos parezca acorde a nuestra naturaleza. Por un rato vamos a
olvidarnos de todo lo que hemos escuchado y nos vamos a meter en su piel. Y
para ello vamos a aceptar la tesis católica de la Encarnación del Hijo de Dios.
La vamos a adoptar a todos los niveles y la vamos a llevar hasta sus últimas
consecuencias.
Vamos a considerar la posibilidad de haber sido
aquél Niño el Hijo de Dios en persona. No un hijo cualquiera a la imagen y
semejanza nuestra, por adopción; ni siquiera un hijo de Dios a la imagen y
semejanza de los ángeles que en el libro de Job vemos ante la presencia de
Dios. No, vamos a dar por sentado que aquél Niño era un hijo de Dios a la
manera de quien es Unigénito de su Padre porque ha sido engendrado de su Ser. Y
que en su condición de Unigénito cumple todas las exigencias que el Credo
Católico pone sobre la mesa: Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Es
una posibilidad. Posibilidad que vamos a considerar en toda la extensión de su
magnitud.
El primero que asumió esa posibilidad fue el
propio Jesús. En su doctrina se proclamó Causa Metafísica de la Creación, es
decir, la razón por la que Dios hace todas las cosas, incluido nuestro
Universo. Desde esta posición de Hijo Unigénito Jesús les respondió a los
judíos que le preguntaron su edad que “El ya existía antes que Abraham”, algo
lógico si se piensa que siendo la Causa Metafísica de la Creación su presencia
era requerida durante el Principio y antes de comenzar la acción. Consecuente
consigo mismo Jesús volvió a proclamar para sí esa condición de Razón
Metafísica cuando afirmó que “su Padre le muestra todo lo que hace”. Lo otro,
que nos invitara a asistir al Espectáculo en los próximos Actos Creadores es
simplemente colateral. Es algo que no viene a cuento en este instante. La tesis
que manejamos es que cuando Dios abrió el Principio y creó los Cielos y la
Tierra su Hijo Unigénito estaba a su lado y era por amor a Él que se dispuso a
crearnos a nosotros, el Género Humano.
Todo perfecto. Hasta que Adán comete el error de
dejarse llevar por la astucia de la Serpiente.
Independientemente del dilema que la perfección
divina y la libertad humana nos plantea, lo realmente importante es que el Hijo
de Dios vivió la condena de Adán como algo que le afectaba directamente.
Se deduce de las Escrituras que Dios y su Hijo
abandonaron a Adán y Eva por un tiempo. Cuando regresaron se encontraron con el
hecho consumado. Su Padre comprendió todo lo que había pasado, juzgó el caso y
en la cólera de Juez del Universo dictó sentencia contra todos los actores. A
la Serpiente le juró que un hijo de Adán se levantaría y le aplastaría la
cabeza. A Adán y Eva los condenó a morir.
Atónito, alucinado por aquella rebelión contra
Dios, su Hijo, hermano del Adán muerto, sintió cómo se le subía la sangre a la
cabeza y soñó con el Día de la Venganza de Yavé.
Pero ese Día de la Venganza no era para mañana ni
para pasado mañana. En realidad nadie sabía para cuándo. El Hijo de Dios sólo
sabía que según pasó el tiempo la pérdida de la identidad del Hombre que Dios
creó se hizo cada vez más grande. Se fue haciendo tan grande, y el odio que por
su culpa se fue acumulando contra los ángeles rebeldes se le hizo tan enorme
que con todo su Ser le pidió a su Padre que lo enviara a la Tierra en persona a
enfrentarse al mismísimo Diablo. Vencido el Diablo la corona de Adán sería para
el Vencedor; y siendo el Vencedor y el Hijo de Dios la misma persona durante su
reinado el Género Humano saldría del Infierno al que había sido arrojado y
reemprendería el camino para el que fue creado y de cuyo sendero lo apartó la
Traición de Satán.
Vino pues el Hijo de Dios a la Tierra con la
sangre hirviéndole, dispuesto a secarle las lágrimas a nuestro mundo. Su espada
estaba en su boca, era su Palabra. Para conquistar el mundo no necesitaba la
espada de Goliat, sólo necesitaba abrir la boca y ordenarle a los vientos que
se levantasen, a los ejércitos que depusieran las armas. El trae la Paz, la
suya es bandera de una Salud que supera a la Muerte y conduce a los hombres a
la Inmortalidad.
¿La Inmortalidad?
¿He dicho la Inmortalidad?
“Pues sí, hijo, ¿pero te vas a rebelar contra la
sentencia de tu Padre?” le dijo aquel Simeón. “¿Para salvarnos a nosotros te
vas a condenar tú? ¿Por salvar al Presente vas a condenar al Futuro?
Ciertamente tu Padre te ha enviado a enfrentarte al Maligno y le aplastarás la
cabeza, pero ¿si rompes los muros de nuestra prisión contra el juicio divino en
qué te diferenciarás de ése contra el que has venido a vengar la muerte de
nuestro padre Adán? Porque el Juicio de Dios es firme: Polvo eres y al polvo volverás.
Es nuestra suerte. ¿Te ha dicho acaso tu Padre y Dios: Ve y anúnciales el fin
de su prisión; sácalos y dales la Inmortalidad por la que suspiran desde que
los creé? ¿No ves, hijo, que al dejarte arrastrar por el amor que nos tienes te
arrastras a tí mismo a la perdición y arrastras contigo a toda la Creación?
¿Quién sino el Juez de todos nosotros puede firmar nuestra libertad? Pero si a
su Hijo le ha dado ese Poder, entonces haz según tu voluntad”.
EL PENSAMIENTO DE CRISTO
Que el Hijo de Dios no necesitaba ser crucificado
para recuperar su condición sobrenatural nos lo mostraron los evangelistas en
el episodio de la Transfiguración. La Transfiguración de la que hablan fue eso,
la respuesta a esta cuestión tan sencilla. La Necesidad de la muerte de Cristo
de la que hablan en sus evangelios se refiere a los presupuestos de la Doctrina
del reino de los cielos. Si había necesidad de la Muerte de Cristo no era por
incapacidad de Jesús para recuperar su condición divina. Para recuperar su
condición divina Jesús sólo debía desearlo.
Cuando volvió a Nazaret lo que de verdad le pasó
al Niño es que volvió a nacer. El Hijo de Dios que se hizo hombre y se moría
por crecer y no veía nunca el día de sentarse entre los adultos se metió por
fin en nuestra piel. Dios está arriba y nosotros estamos abajo y todo el dilema
de la Humanidad pasa por un puente sobre arenas movedizas. ¿Cómo conocer el
pensamiento de Dios? ¿Cómo descubrir su plan de salvación universal eterna?
Ahora era un hombre el que se preguntaba todo lo
que todos los hombres se preguntaban y ninguno se respondía. Ahora era Cristo
quien alzaba sus ojos hacia arriba y miraba a Dios cara a cara buscando conocer
su pensamiento. Ahora era el hijo del Hombre quien reconocía su ignorancia y
miraba a Dios buscando su sabiduría
Pero tienes doce años. Y te queda por delante una
vida. Y cada día que te levantas te levantas con esa Cruz. Y cada año que pasa,
cada año que pasa esa Cruz te pesa más. Y quieras o no lo quieras el peso te
hundirá más de una vez.
Lo puedes hacer todo y no haces nada, ves al mundo
a tu alrededor vivir en el infierno y tú no puedes hacer nada aunque tienes el
poder de hacerlo todo. Puedes salvar al Presente y condenar al Futuro, o dejar
que el Presente viva su Destino y guardar tu Libertad para cuando el preso
salga de la cárcel. Tú lo esperarás al otro lado de la puerta para guiarlo
hacia un Nuevo Día de libertad que no se acabará nunca. Hasta ese Día el mundo
deberá seguir su camino, y hasta que llegue tu Hora deberás hundirte muchas
veces en depresiones profundas, y no tendrás a nadie que te sostenga, no habrá
nadie a tu lado con quien compartir tu destino, nadie te echará un cable, nadie
te alargará la mano porque nadie estará contigo para saber qué te pasa y porqué
te hundes hasta ahogarte.
Eres Jesús de Nazaret, un hombre joven y rico,
tienes todo lo que un hombre desea y coges sólo lo que quieres. No te hace
falta nada de nadie. Te abren las puertas por donde quieras que vas; te tratan
de señor y tu palabra vale oro para los que negocian contigo. Nadie conoce tu
secreto; sólo una Mujer. Su Marido ha muerto cuando tenías veinte años
aproximadamente, y Cleofás también. Sólo quedan ellas, tu Madre y su hermana
Juana; sólo ellas saben quién eres. Pero ninguna sabe adónde vas, o cuáles son
tus planes. Estás solo. Cuando arrecien los temporales sobre tu mente no
tendrás a nadie a quien abrazarte y luchar juntos contra el temporal. Si no te
vuelves loco será sólo porque eres el que eres, pero aun siendo el que eres
deberás sufrir la tormenta a pleno descampado, sin techo ni abrigo contra el
agua que caerá en tromba bajo un cielo cubierto de tinieblas sobre tu cuerpo
mortal. Tanto más amargo es lo que vas a hacer cuanto más dulce es la vida que
llevas.
Al muerto de hambre el pan duro le sabe a gloria,
pero si ese mismo pan se lo das al que come bollitos se le romperán los
dientes. Los tuyos, Jesús, están acostumbrados a comer el mejor pan. Tu cuerpo
está acostumbrado a las vestiduras más finas. Y vas a conducir a un ejército de
hombres a tu misma suerte. ¿No te hundirás? ¿No te atacarán sus fantasmas en
tus sueños? ¿No amanecerás en los desiertos de rodillas implorando
misericordia? ¿No te atormentarán las visiones de sus cuerpos machacados por
las fieras de los circos romanos mientras miras al Cielo pidiendo el fin de la
sentencia contra Eva y sus hijos? ¿Cuánto durará para ti cada año que vives?
¿Los veinte años que te esperan no serán para ti una eternidad? Los tienes
delante de tus ojos. Son todos puros. Uno por uno son todos inocentes. Su único
delito es amarte sobre todas las cosas. Te quieren más que al tiempo, más que a
la inmortalidad, más que a todos los tesoros del universo. Tú eres su vida. Y
están ahí, colgados de sus cruces, actores de un espectáculo sangriento, oda a
una locura, cantando en honor de las lágrimas que por ellos tú, Jesús,
derramaste en el desierto, cuando desaparecías misteriosamente y regresabas sin
decirle a nadie de dónde venías o qué habías estado haciendo. Vieron tus lágrimas
y endulzaron tu corazón en el día de su martirio para no despertar en tu pecho
el grito de la venganza. ¿No sufrirás en tus carnes el crimen de tus cientos de
miles de hermanos pequeños, a los que tú conducirás a la cruz sin delito por el
que ser hallados culpables? Amarte será su delito. ¿No le implorarás
misericordia a tu Padre? ¿No buscarás otra alternativa viable? Y sin embargo el
Cáliz está lleno y deberás beberlo hasta la última gota. Una Esperanza te
sostiene, pero a nadie puedes contársela, con nadie puedes compartir la
infinita alegría en la que tu ser entero se regocija cuando al mirar hacia
quien se sienta en el Trono del Juicio Final ves, contemplas, y te miras a ti
mismo.
CRISTO JESÚS
No sabemos en qué momento de la vida cruzamos la
frontera entre la infancia y la adolescencia; ni en qué momento hemos dejado de
ser jóvenes para convertirnos en adultos. No parece que haya una regla general;
es algo que cada uno descubre por sí mismo y vive a su forma.
Siendo esto así entre nosotros ¡cuánto más
complejo es aplicar nuestra psicología a alguien como el Jesús de los
Evangelios!
Adoptada la postura de verle como se veía a sí
mismo, habiendo experimentado en el grado que nuestro entendimiento nos lo
permite lo que pasaba por su cabeza, sigamos adelante. Hay aún muchas zonas
cerradas a la inteligencia de los siglos pasados, y, que, sometidas a la
fantasía de quienes desearon irrumpir en sus adentros, han llegado a nosotros
deformadas como pinturas viciadas por las pasiones de los copistas.
Si en algún momento yo he dejado correr mis
propias pasiones, el lector, en cuanto ser libre, se debe a sí mismo la
oportunidad de recrear la línea histórica partiendo de las características de
su propia inteligencia. El autor sólo puede señalar el horizonte y pintar lo
que él ve con sus ojos, y aunque la configuración del ojo sea la misma para todos
la forma de ver las cosas adquiere una forma personal e intransferible. Es
desde esta plataforma de visión personal y comprensión individual que el autor
recrea las cosas que escribe; el lector tendrá que adaptarlas a su propia forma
de reír, de llorar, de odiar, de amar, de entender e incluso de ignorar.
Regresemos entonces con Jesús a la casa de sus
padres en Nazaret, y desde, lo descubierto, conociendo ahora lo que acababa de
descubrir, la Cruz de Cristo, su Cruz, intentemos abrir el horizonte de sus
memorias a los reflejos puros de la realidad según la vivieron Él y los suyos.
El Niño que bajó a Jerusalén fue en todos los
aspectos, visto desde los ojos de un extraño, un señorito. Su primo Santiago
por ejemplo. Le llevaba Santiago un par de años a su primo Jesús, y sin embargo
mientras éste no había levantado todavía un martillo ni sabía lo que era pegar
un clavo, Santiago el de Cleofás ya estaba hecho un hacha, todo puesto el
muchacho en su papel de aprendiz de carpintero. Padre de aquél Jesús, un
muchacho alto y superinteligente, José tuvo que aguantar más de una crítica por
su forma de educar a su único hijo. Lo estaba malcriando, le decían.
No vamos a hablar de envidia ni traer a escena
pasiones que todos quisiéramos no haber conocido nunca. Lo cierto es que la
mentalidad de los pueblos pequeños de siempre ha sido un hervidero para la
ignorancia más conspicua y aburrida.
Las críticas a José por la forma de educar a su
primogénito no le decían nada a María ni podían ser llevadas más lejos de la
cuenta por ser el Niño quien era. Ese Niño al que criticaban era el heredero de
la hija de Jacob. Una gran parte de todo lo que veían los Nazarenos a su
alrededor le pertenecía al “señorito Jesús”. Si sus padres no querían que
tocara los clavos y los martillos ¿quién era nadie para reprocharles nada?
Lo cierto es que al regresar de Jerusalén aquél
Niño rompió el guión de “señorito” que se le suponía
suyo y se apegó a su padre con la obediencia y la diligencia del chico bueno y
dinámico que todo padre desea por hijo.
María lo veía terminar la jornada retido. En su vida había su Niño levantado una tabla, y de
repente no paraba de pedir trabajo. Bastaba que su padre abriera la boca para
obedecerle. Hasta el propio José lo miraba diciéndose: ¿Qué te pasa, hijo mío?
Pero no sólo en la Carpintería. Si a tita Juana le
hacía falta que le hicieran un encargo allí estaba el Hijo de su hermana para
lo que hiciera falta. Si había que ir al campo a recoger almendras o a segar
los trigos, allí estaba el primero su sobrino Jesús al romper el alba. Jamás se
quejaba, jamás respondía, nunca te daba un no. Pero ni a los suyos ni a
cualquiera que le pidiese un favor. ¡Cómo no iba a caer retido!
Era como si no quisiera pensar, como si necesitase
olvidarse de algo. Necesitaba entregarse a la actividad física. Le dolían los
brazos y le temblaban los tendones del cansancio, pero jamás decía que no ni
renunciaba. Se levantaba el primero y se acostaba el último. Ya no jugaba con
los niños del pueblo. Ni hablaba excepto cuando le preguntaban. El cambio fue
tan brusco, tan colosal, tan sorprendente que su Madre se sentaba al filo de su
cama mientras su Niño dormía, preguntándose qué pasaba por aquella cabeza.
Antes su Niño le hablaba, le contaba todas sus cosas. Desde que regresaron de
Jerusalén su Niño era otra persona, era como un desconocido para Ella. Para
todos era el que debía ser, un muchacho obediente y callado que jamás le
quitaba la palabra a los mayores ni te contestaba cuando le regañabas por lo
que fuera. Pero para Ella su Niño se estaba convirtiendo en un desconocido.
Se está haciendo un hombre. Le decían. A Ella no
le bastaba eso. Ella Sabía que fuera lo que fuese lo que le estaba pasando a su
Niño no podía explicarse desde la experiencia humana. ¿No había vivido Ella el
hundimiento de su Niño en Alejandría? Para los que le vieron sentado a la
puerta de la Carpintería del Judío la tristeza del Niño podía explicarse desde
algún capricho que su padre le negaba y le tenía prohibido volver a pedírselo.
¿Así de simple? ¡Que va! Ella sabía que su Hijo no
funcionaba como los demás niños.
En aquella ocasión, allá en Alejandría, María
encontró la forma de abrirse camino hacia el corazón de su Niño. Pero en esta
ocasión le resultaba totalmente imposible. Lo único que podía hacer era echarse
a su lado y dormirse guardando sus sueños, porque fuera lo que fuese por lo que
estaba pasando, en esta ocasión su Niño jamás le abriría las puerta a su mente,
ni le permitiría hallar el camino a su corazón.
No es que estuviera triste o que llevase una pena
tan grande que la sola idea de compartirla le pareciera al Niño imposible. Ella
sabía que era algo más profundo; tan profundo que aun mirándole a los ojos su
mirada se perdía en el campo de los ojos de Jesús sin alcanzar nunca el
horizonte tras el que escondía su Hijo su pensamiento.
“¿Qué te pasa, hijo mío?”, se preguntaba Ella sola
sabiendo que su Niño jamás le daría la respuesta.
LA MUERTE DE CLEOFÁS
Cleofás, el padre de Santiago el Justo y sus
hermanos, fue un bendito. Si es verdad que antes de la muerte el ser humano
revive los años vividos en este mundo, los últimos momentos del hermano de
María fueron felices.
La única pena que hubiera podido oscurecer sus
recuerdos luminosos, haber muerto su padre al poco de nacer él, incluso esta
pena no pudo enturbiar sus últimos momentos. Su hermana María transformó
aquella ausencia física en una presencia angelical siempre pendiente de su
niño.
Ahora que se encontraba a un paso de cruzar la
puerta de la muerte, Cleofás podía recordar sonriente la forma que su hermana
mayor tuvo de mitigar la falta del padre transformándolo en su propio ángel de
la guarda. ¿Cómo hubiera podido dudar de la inocencia de su hermana María el
día que su madre le contó la Anunciación?
Fue el primer hombre en el mundo que conoció el
Misterio de la Encarnación, y el primero que creyó con los ojos cerrados en la
Virgen que concebiría al rey Mesías. Fue su madre la que lo cogió a solas y se
lo dijo con todas las palabras. “Hijo, pasa esto, esto y esto, y quiero que
hagas esto, esto y esto”.
Cleofás se olvidó de su mujer y de sus dos hijos
pequeños, aparejó su caballo, la yegua para su hermana, y, sin darle más
explicaciones de las necesarias a su cuñado, le abrió el camino a la Virgen a
través de la Samaria.
¡Dios santo!, qué hermoso estaba, querubín en su
caballo de fuego con la mirada del águila escudriñando el horizonte, la espada
presta y afilada para trazar alrededor de su Hermana el círculo que el soldado
romano desconocido trazó alrededor del gran rey del Asia. “Si traspasas la
línea le declaras la guerra a Roma, si te das la vuelta, vete en paz. Si
quieres la guerra, la tendrás”.
Le dio su cuñado por compañía dos de sus canes,
Deneb y Kochab. A aquéllos últimos ejemplares de su raza parecía habérseles
contagiado la tensión del joven hermano humano; Deneb avanzaba abriendo camino,
Kochab vigilando la retaguardia.
La Virgen hubiera bajado sola a la Judea sin más
protección que la confianza puesta en el Señor de su ángel Gabriel. Pero estaba
tan hermoso su Cleofás cubriéndola con el manto de su fe absoluta en su
inocencia.
Algún tiempo antes de descubrirse en Nazaret el
estado de gracia en que se hallaba la mujer del Carpintero, estado de gracia en
boca de todos los vecinos, llegó a Nazaret un muchacho de la Judea, de la
propia Jerusalén, buscando a José. Traía un mensaje de Zacarías. Su contenido
dejó boquiabierto y pensativo a José. “Isabel se hallaba embarazada”.
Cuando al poco su suegra se decidió a enviarle
María a Isabel, para que le ayudara en los últimos meses de la gestación de
Juan, José lo vio natural. Pero lo que ya no vio tan lógico es que fuera
Cleofás quien se adelantase a él y acompañase a María al sur. Ahora, en su
lecho de muerte, Cleofás recordaba con cariño la cara de sorpresa que puso su
cuñado al oírle hablar a él, un muchacho a sus ojos, palabras de un hombre
entero.
“No se diga más. Toda conversación ha terminado.
Mi madre dispone, su hija obedece, y yo, su hijo, cumplo. Hasta el día de tu
boda tu prometida está sometida a la autoridad de mi madre. No hay nada más que
hablar, José. A la vuelta nos veremos las caras”. José se quedó mirándolo con
los ojos de quien descubre al hombre en el muchacho y está encantado de que sea
así, porque así deben ser las cosas.
Zacarías e Isabel se habían retirado a su casa de
campo en las montañas de Judá, lejos de Jerusalén. Hacía algún tiempo ya que el
hijo de Abías se había retirado de la posición oficial que ocupó durante toda
su vida en la jerarquía burocrática del Templo. Y no lo había hecho hasta pocos
meses atrás del propio Templo porque al ser vitalicio el sacerdocio y no tener
hijos, su Turno lo obligaba hasta la muerte o hasta que una enfermedad se lo
impidiese.
Sano y longevo en unos tiempos en que la vida
media del hombre apenas si pasaba de los cincuenta, Zacarías, aunque hubiera
podido poner el Turno de su padre a disposición del Templo, prefirió mantenerse
en su puesto sagrado hasta que la muerte o la enfermedad lo obligasen a
retirarse. Y esto es justo lo que pasó. Porque al quedarse mudo ya no pudo
seguir manteniendo aquella postura de inamovilidad que tantos enemigos le
creara.
La administración del tesoro del Templo les
correspondía a las familias sacerdotales dueñas de los veinticuatro turnos de
adoración. El presidente de este consejo de administración era el sumo
sacerdote, que a su vez se elegía entre esas veinticuatro familias. Por regla
general el sillón pasaba de padres a hijos. Pero alguna vez que otra pasaba lo
que le había pasado a Zacarías.
Zacarías no tenía hijos a los que entregarle su
sillón. Lo natural en este caso era poner a disposición del consejo de los
santos el Turno y elegir entre las familias un sucesor. Como se comprenderá no
podía faltar quien pusiese sobre la mesa el dinero que hiciese falta para
comprar esa posición vacante.
Contra natura y sin necesidad Zacarías se ganó
muchos enemigos al negarse en rotundo a vender su Turno. Nadie podía obligarlo
a poner a disposición del Consejo el Turno de su padre. Y no lo hizo.
Nadie supo nunca qué le dijo el ángel a Zacarías,
pero las consecuencias de aquella Anunciación fueron milagrosas para sus
enemigos. Mudo, el hijo de Abías por fuerza tenía que poner a disposición del
Consejo su Turno, firmar su renuncia y retirarse del Oficio.
Zacarías se retiró a la Villa que tenían él y su
señora en los montes de Judá. Era una casa de campo, lejos del mundo y sus
ajetreos, a la que sólo tuvo acceso Simeón el Joven, el único de la Saga de los
Precursores que aún vivía. Fuera de Simeón el Joven no recibían visitas. ¿La
causa?
Bueno, la causa era el milagro que en sus carnes
estaban viviendo los padres de Juan el Bautista.
En su lecho de muerte Cleofás se acordó de la
maravilla que vivió el día que se encontró con sus “abuelos”. Zacarías pegaba
botes por las paredes, y de Isabel de no haber sido por sus pelos blancos como
la nieve nadie hubiera podido jurar que aquélla mujer había pasado ya los
sesenta. El muchacho parecía él, su abuelo. No hablaba, pero no paraba de
moverse. Sólo otra pareja en toda la historia del mundo había vivido un milagro
de esta naturaleza, Abraham y Sara naturalmente.
Desde el pórtico de la casa de campo de sus
abuelos Cleofás se recordaba mirando al horizonte diciéndose a sí mismo, “¿qué
te pasa, José, por qué tardas tanto?”. ¡Cómo recrear la alegría de aquél
muchacho cuando vio aparecer a José por el valle, trotando al galope por la
llanura! ¿No se le saltaron las lágrimas cuando vio a aquél gigante
arrodillarse a los pies de la Virgen pidiéndole perdón por haber dudado de su
inocencia?
El día que José le anunció que se llevaba a María
y a Jesús lejos de Herodes, Cleofás lo miró a los ojos como quien le dice al
otro: “Y tú te has creído que yo me voy a quedar detrás mientras tú te llevas a
mi Hermana al quinto pino”.
Desde la primera vez que viera al muchacho
larguirucho aquél le cayó Cleofás a José la mar de bien. Y ya no se separaron
nunca.
Padre de una familia numerosa que parecía no
acabar, Cleofás jamás le criticó a José el comportamiento de su hijo Jesús ni
la forma de educarlo que José tuvo. Si su hijo Santiago se partía los puños
contra los esquinas de los tablones mientras su sobrino Jesús se iba por ahí a
recorrer cerros, esto fue algo que Cleofás vio con los ojos del que al fin y al
cabo una vez fue el señorito del Cigüeñal. Así fue cómo a él mismo lo crió su propia madre.
De todos los niños de Nazaret, Cleofás fue el
principito que ni trabajó ni tuvo necesidad de dar el callo para echarle una
mano a la familia. Su hermana Juana se bastaba sola para llevar los campos; su
hermana María gobernaba el taller de confección más rentable de la zona. De vez
en cuando la tita abuela Isabel subía de Jerusalén cargada de regalos. ¿Se iba
a olvidar del niño de la casa?
¿Cuál fue su misión en esta vida? ¡Vivir la vida!
Le recordaba su sobrino Jesús tanto a él mismo que
Cleofás se reía viendo a José pasar tantos apuros cuando tenía que defender a
su Jesús delante de los amigos y vecinos.
También a él el cambio tan brusco de su sobrino a
su regreso de Jerusalén le cogió por sorpresa y lo dejó maravillado. Como su
hermana, tampoco él se explicaba qué estaba pasando por la cabeza de su
sobrino. El único que parecía entender al Niño era José.
José era el único que pareció no sentirse
sorprendido. Fue el único que pareció conocer perfectamente qué le estaba
pasando, y, como el propio Niño, José siguió la política de no decir palabra a
nadie. Con su Madre y con su tito Cleofás, Jesús se sentía incómodo porque les
leía en los ojos lo que estaban pensando. En cambio con José el Niño se
encontraba a sus anchas. Era el único que no lo miraba con preguntas en los
ojos y el único que sabía llevarlo de forma que a Jesús se le olvidaban los
problemas y se convertía en el muchacho activo, inteligente y trabajador que
todos les alababan a sus padres.
Sí, claro que sí, Cleofás vivió una vida
maravillosa antes de conocer a José. Pero aquél nómada gigante a lomos de su
caballo íbero vagando por las provincias del reino, sus tres querubines asirios
sacados de un fresco perdido de algún palacio de Nínive, aquél nómada le dio a
su vida lo que le estaba faltando, la imagen del padre, del hermano que nunca
tuvo. Y ahora, en su lecho de muerte, sería para sus hijos e hijas el padre que
les iba a faltar.
Sí, si es verdad que antes de morir la mente
recorre los años vividos, uno por uno, Cleofás revivió años únicos,
maravillosos. La Virgen por hermana, el rey Mesías por sobrino, un Querubín por
cuñado, una mujer maravillosa que le había dado hijos e hijas, todos sanos,
todos fuertes.
“José…”, empezó diciendo en su lecho.
“Hermano”, se adelantó José. “Tus hijos son mis
hijos, tus hijas son mis hijas. De todos nosotros tú eres en este momento el
bendito. Nuestro padre David espera a su príncipe Cleofás en el seno de esa luz
que se encenderá cuando cierres los ojos. Allí nos veremos, hermano. Ven a darme
la mano cuando me toque a mí cerrar los míos”.
Y así fue. Cleofás se murió joven, como su padre
Jacob.
“Igualito que nuestro padre, Juana, en la flor de
la vida. ¡Cómo te vamos a echar de menos, hermano!”, lloró La Virgen.
Lo enterraron en Nazaret, en la tumba de su padre
Jacob, al lado de su abuelo Matán, sobre los restos de Abiud, hijo de
Zorobabel, hijo de Salomón, hijo de David.
LA MUERTE DE JOSÉ
La vida de José el Carpintero apagó su llama al
poco de consumirse la de Cleofás.
Si la existencia de Cleofás fue hermosa y digna de
ser vivida, la de José el Carpintero fue la del guerrero siempre al filo del
precipicio, los músculos constantemente en tensión, los nervios afilados hasta
el último átomo, siempre vigilante, siempre preparado para acoplarse al próximo
giro del destino.
“No hay nada predeterminado, ¿quién sabe lo que el
mañana deparará? Cuando el libro de la vida pase la página ya se verá lo que
contiene. Y baste a cada día su afán”.
“Lo que a los hijos del Espíritu les toca en
suerte es responder veloces al sonido de la trompeta llamando a la acción”.
“La Muerte ataca siempre por la espalda, pero el
que le da la cara le quita de la mano ese as llamado factor sorpresa”.
Proverbios de esta naturaleza fueron el pan de
cada día de José el Carpintero. Zacarías, el futuro padre del Bautista, su
preceptor, tutor, mentor, maestro, todo lo bueno en uno, dedicó su talento, su
genio, su sabiduría, su arte, todo lo mejor que tenía, a formar la mente del
joven José. Gracias a su paciencia y dedicación el guerrero sin miedo que
corría en la sangre del joven José aprendió a mirar cara a cara a la Muerte, y,
con el brillo en sus ojos del héroe que se sabe invencible, hasta al mismísimo
Infierno.
Pero para lo que jamás articularon su mente era
para verse envuelto en las redes del mismísimo Dios.
También su concepción de siempre sobre el
nacimiento del hijo de David era la clásica al uso, papá, mamá, se casan, se
unen, dos personas diferentes y una sola cosa, la llamada de la sangre, el
poder de la carne. ¿Imaginarse que Dios fuera a meterse por medio Encarnación
de su Hijo mediante? Pues la verdad, no; lo que pasó luego no se lo imaginó
nunca.
Mirando para atrás, reviviendo aquellos días José
el Carpintero se reía de corazón.
En esta ocasión el guerrero había llegado al otro
lado del campo de batalla. Alrededor de su lecho de muerte sus sobrinos y su
gente lloraban la despedida del querubín que jamás había bajado la vigilancia,
la muerte del héroe que jamás se desprendió del casco y la armadura. Ya se
disponía a entregar el alma.
Ya creían todos que sus fuerzas habían alcanzado
su ocaso, que su aliento se desvanecía en las distancias entre el Cielo y la
Tierra, cuando José el Carpintero salió de su sueño. Lo despertó el recuerdo de
su respuesta a su Maestro Zacarías el día que Isabel les comunicó la noticia
del Voto de la Virgen.
“Hágase la voluntad de Dios. Mil años ha estado
esperando mi pueblo este día, bien puedo esperar yo diez”, dijo José.
¡Dios, qué giro inesperado le diste a la vida de
tu siervo!
Creció el joven José soñando el día de ver nacer
de su esposa al rey Mesías, el dueño de la espada de los reyes, el legítimo
portador de los dos rollos mesiánicos.
No comprendieron sus hermanos y hermanas que su
José no se casara a la edad que todo el mundo solía hacerlo. La vida era breve.
La existencia, muy dura. A estas alturas de la historia nadie podía permitirse
el lujo de dejar correr los años al estilo de los Patriarcas, que se casaban de
los cuarenta años para arriba. Muchos eran ya abuelos con cuarenta años
solamente. ¿A qué aguardaba el jefe del clan de los carpinteros de Belén para
elegir mujer y honrarlos a todos con sangre fresca?
José el Carpintero guardaba silencio. Les
respondía a sus hermanos con el silencio del que parecía, a diferencia de los
demás mortales tomados del barro, haber sido formado del hierro.
Lejos de su pecho albergar un corazón de piedra,
pero no le dejaste, Dios santo, más remedio que adoptar esa actitud por el bien
de todos, pues si hubiera llegado al oído de los sicarios de Herodes la menor
noticia sobre el complot davídico que se estaba tramando a sus espaldas ¿cuánto
habría tardado aquella serpiente en ordenar la muerte de todos los hermanos de
tu siervo?
Salió José el Carpintero de su sueño reviviendo
aquél día inolvidable, el día que fue a la casa de su suegra Ana a pedirle
explicaciones sobre el rumor que tenía escandalizados a todos en Nazaret.
¿Qué estaba pasando?
¿Qué le estaba llegando a sus orejas?
Las vecinas le pegaban unas indirectas tremendas.
“¿Cómo llamaréis al niño, señor José? Porque será
niño”.
El Carpintero acabó sintiendo el pinchazo, se dejó
de contemplaciones y fue directo a hablar con su suegra.
La Viuda, que esperaba la visita, fue y le abrió
la puerta.
La madre de la Virgen se había estado preparando
para este encuentro.
Lo había temido. Lo había deseado. Soñaba con él,
suspiraba por él, temblaba pensando en él.
¿Estaría ella a las alturas de las circunstancias?
¿La gracia que desprendía la inocencia de su hija se le habría contagiado a
ella, su madre?
Como madre estaba toda dispuesta a sacarle los
ojos a quien pronunciase la palabra adulterio. Su yerno José era un santo, un
hombre más bueno, ¿pero qué macho no se escandalizaría al oír que su hembra
estaba en estado de gracia por obra del espíritu santo?
Con el corazón en el puño la Viuda le abrió la
puerta a su yerno.
“Siéntate, hijo mío”, le dijo. “Este es un día
grande para todos las familias de la tierra”.
¡Vaya forma de abrir el tajo!
El Carpintero se sentó. Lo que es abrir la boca no
la abrió. Tampoco le hubiera hecho falta. Su mirada lo decía todo.
Hombre, puede que mil imágenes valgan menos que
una palabra de Dios, y que una imagen valga más que mil palabras de hombre. En
la situación al caso, la madre de la Virgen frente por frente del hombre al que
le afectaba directamente la Encarnación del Hijo de Dios por obra y gracia del
Espíritu Santo, ni las palabras ni las imágenes le parecían suficientes a
aquella madre atrapada en las redes de un Dios que a nadie le pide permiso para
meterse en la vida de las criaturas que Él crea del barro.
Bastaba con las miradas. Las miradas lo decían
todo.
La Viuda sabía a qué venía su yerno y su yerno
sabía que ella sabía a lo que él había venido. La cuestión era quién iba a
romper el hielo.
La madre de la Virgen, inspirada por el amor tan
infinito que le tenía a su hija, de un sitio, y por la sabiduría del mismo
Espíritu Santo, del otro, arrancó:
“Hijo mío, ¿tú crees que Yavé es Dios?”, le soltó
a su yerno sin darle tiempo a decir esta boca es mía. Una entrada de este tipo,
lo sabía ella, era lo último que podía esperarse José.
El Carpintero ni se inmutó. Un hombre de hielo
hubiera movido más nervios que el Carpintero en aquel momento.
Bueno, él ya conocía a su suegra Ana, conocía qué
sello le había dado su impronta al alma de aquélla mujer. Zacarías lo educó a
él, José; pero a su suegra Ana la formó con sus propias manos Isabel, la mujer
de su Maestro. Así que si lo que la Viuda de Jacob de Nazaret estaba haciendo
era defender a su hija María, y sin duda lo estaba haciendo, la madre de la
Virgen estaba empezando bien. Ya se vería en qué acababa tanta filosofía.
La madre de la Virgen, sin perder la calma ni
sentirse desarmada por la pétrea seriedad de su yerno, continuó:
“Perdona, hombre de Dios, que te entre por esta
puerta, pero los acontecimientos me lo exigen. Quiero decir, ¿tú crees que hay
algo imposible para Dios?”. Luego se quedó mirando a su yerno como si en aquel
momento el misterio de los ojos de Dios se le hubiera revelado y le permitiera
leerle a José el pensamiento.
Otro individuo hubiera sentido aquella mirada en
plan intimidación. El Carpintero la sostuvo sin mover un músculo.
Aunque todavía no hubiera captado adonde pretendía
ir a parar su suegra José permaneció sentado tranquilamente. Él había venido a
buscar una sola palabra, un Sí o un No. Y punto. Y no se iba a salir de la casa
sin tener el Sí o el No. ¿Estaba su mujer en estado de gracia? Era todo lo que
quería saber.
La madre de la Virgen jugaba con ventaja, sabía
que su yerno José no se movería del sitio hasta que ella le diera el Sí o el
No.
La verdad, toda la verdad y sólo la verdad, era un
Sí, un Sí maravilloso, un Sí divino, un Sí eterno, infinito, un Sí sin
paliativos, indescriptible, inexplicable.
También era un No, un No total, un No sin
concesiones, sin discusiones de ninguna clase, un No profundo, innegociable, la
Vida del Mesías en una mano, la Muerte del Hijo de David en la otra.
¿Qué elegirías tú, amigo? ¿Te decantarías por la
burla, te reirías de Dios en su cara, le negarías a Dios su poder para realizar
esa Obra extraordinaria, sobrenatural?
Amigo, todo es nada cuando todo es poco. Pero si
la criatura recusara el conocimiento de su Creador y lo sujetara a su nivel de
inteligencia natural la obra extraordinaria sería sacar a semejante burro del
pozo de los necios.
Los dados -pues que a favor del viento sopla la
gracia- siguen esperando la próxima jugada. A cada hombre y mujer le toca el
turno de exhalar su respuesta. Afirmarse en el Sí o en el No.
Si tuvieras todo lo bueno en una mano, y todo lo
malo en la otra ¿por cuál de las dos te decantarías?
José el Carpintero tuvo en su día los dados de la
fortuna del Hijo de María en su mano. Jamás en la Historia del Universo hombre
alguno pasó por un trance parecido o semejante. Su decisión cambiaría el futuro
del mundo. Su Sí o su No levantaría o hundiría todo el Plan de Salvación
Universal de su Creador.
De sus labios sin embargo la madre de la Virgen
sólo podía esperar palabras de sabiduría. Con esta fuerza y coraje propios de
una hija de Eva la madre de la Virgen siguió adelante con su revelación
“Vamos a ver, hombre de Dios. Imagínate que el
Señor te reta a que le pongas una prueba. Sí, como suena. Imagínate que nuestro
Señor te ofrece la oportunidad de ser retado por ti a probarte que Él es Dios
Verdadero, no sólo de palabra y porque pueda hacer algunos trucos más que los
magos del Faraón.
“Pongamos que no te basta creer de palabra que Él
es Dios, y quieres, necesitas verlo con tus ojos. Quieres ver su Todopoder y su Omnisciencia, quieres verlas en acción,
superando el más difícil todavía, venciendo la prueba más grande que se te
pueda ocurrir.
“Hombre de Dios, ya sé que tu fe es más fuerte que
la roca, que sin ver te conformas y te sobra con la Palabra que viaja de boca
en boca por el firmamento de los siglos para creer en la Veracidad de nuestro
Señor. Sin embargo concédete a ti mismo esta oportunidad. Respóndeme sin
prejuicios. Dime ¿con qué prueba comprometerías a Dios a emplearse a fondo?
¿Qué prueba le pondrías a Dios que fuera digna de su Todopoder y le obligase a poner sobre la mesa toda su Omnisciencia? Hijo, no te cortes,
no dejes tu lengua pegada al cielo de tu corazón por miedo a encontrar las
palabras. Atrévete, desafía a tu Creador, porque te lo mereces, por tanto
sufrimiento, por tanto dolor y tanta crueldad que nuestros padres han sufrido.
¿Qué éramos, hijo, antes de que el Espíritu de Dios se cerniese sobre las aguas
de nuestros mares? Animales sin inteligencia. Entonces un día fuimos amados por
nuestro Creador y nos regaló el don de la palabra. Ahora pues no te la niegues
a tí mismo, habla, levanta al Omnipotente tu cabeza, pon a sus pies tu alma,
pídele que haga una obra extraordinaria, única, irrepetible, maravillosa,
medida de su Gran Espíritu, que sacie tu sed de conocimiento y tu hambre de
sabiduría. Él está por ti. Pregúntate a tí mismo qué prueba le pondrías a tu
Creador, una y no más, santo Isaac; pero una que llene tu alma de felicidad
infinita y tu ser de alegría eterna. Venga, no seas tímido”. Y la madre de la
Virgen se calló.
Aunque os parezca raro José el Carpintero siguió
sin salir de su asombro. Vino buscando la respuesta a algo tan sencillo como la
verdad sobre el rumor del estado de gracia en que se afirmaba hallarse su
esposa, y le salía su suegra con una discusión teológica en toda regla.
José se la quedó mirando intentando adivinar qué
estaba pasando. ¿Era un Sí o era un No?
Su suegra aprovechó la confusión para llevar su
Revelación un paso más adelante.
“Hijo, respóndeme”, le rogó ella. “No me mientas
ni te quedes callado por temor a ofender al Señor. Dime la Verdad, ¿te
atreverías a retar a tu Dios? ¿O te retraerías y no abrirías tu boca por miedo
a ofender a tu Creador?”.
Sin concederse respiro la Viuda respiró. Enseguida
regresó al campo de batalla.
“Hombre de Dios, ya sé que te estoy sorprendiendo;
pero concédeme estos minutos de tu vida. De nuevo te lo pregunto ¿qué le
pondrías a Dios por prueba? O pongámoslo mejor de esta forma: ¿Qué prueba para
un Dios sería la más grande que podría ocurrírsele a un hombre? Por ejemplo, tú
quieres que Él te demuestre de una vez por todas que Él es Dios de Verdad, que
no se ha adjudicado a sí mismo la gloria del Ser Increado. ¿Quieres que borre
del cielo todas las estrellas? ¿Quieres que el sol no se ponga nunca? ¿Quieres
que los burros vuelen? ¿Quieres que las ballenas anden? No sé, ¿qué quieres? A
emperador llega cualquiera. A Midas todos los que puedan. No le pidas a Dios
cosas que pueda hacer un hombre. Lo vas a retar con una obra extraordinaria,
superior, le vas a poner delante un trabajo al que ni el Hércules en la
plenitud de su gloria hubiera podido meterle mano. ¿Me explico? … ¿Y qué quería
decirte? Ah sí, verás, lo que a mí me preocupa es que conociendo la naturaleza
de los hombres ¿estás seguro que una vez borradas del cielo las estrellas no le
buscarás una explicación natural a fenómeno tan divino? ¿A un Sol congelado en
la cúpula del firmamento seguro que los hombres no le daréis la vuelta y le
hallaréis una causa natural que os quepa en la cabeza?”.
Habiendo enviado la pelota a tejado ajeno la Viuda
de Jacob de Nazaret se calló. José el Carpintero no entró en el juego.
Yo diría que cualquiera que en aquel momento le
hubiera visto sentado frente a su suegra hubiera jurado que aquél hombre de
Dios tenía hielo en vez de sangre en las venas.
José el Carpintero no movió una ceja. Con la
mirada congelada sobre su suegra parecía más una estatua de piedra que una
criatura de carne y hueso.
La Viuda le sostuvo la mirada. Sabía ella de sobra
que su yerno no iba decir palabra; no en vano el marido de su hija era hechura
del marido de su Tita Isabel.
Inspirada por el amor tan grande que le tenía a su
hija la Viuda actuó como si el silencio de José fuese un reconocimiento al
valor de la idea puesta sobre la mesa.
José, que empezaba a maravillarse con el rumbo que
estaba tomando la conversación, adornó su silencio con las primeras palabras:
“Dígamelo usted, madre. ¿Por qué iba yo a negarle
a mi Creador la gloria de su Brazo?”. Y se calló.
La madre de la Virgen dio el paso definitivo.
Había llegado el momento.
“Hijo. Yo no soy hombre”.
Había dado el paso adelante, sí, pero en la
dirección que a ella le había convenido.
“Yo no sé cómo pensáis los hombres”, le insistió.
“Yo fui creada de una costilla del varón. Lo que para un hombre pueda ser la
prueba más grande del Universo tal vez a los ojos de una mujer no lo sea tanto.
Lo único que yo me pregunto es ¿a los ojos de una mujer puede ponérsele a Dios
una prueba más grande que concebir sin la intervención del varón? Quiero decir,
no a la manera de aquellos hijos de Dios que se acostaron con las hijas de los
hombres y tuvieron descendencia. Ya sabes que entre los griegos, los romanos y
los bárbaros sus dioses se acostaban con sus mujeres y les parían héroes, el
último el mismísimo Alejandro. No, hijo, te estoy hablando de otra cosa. Que
una Virgen dé a luz un Niño sin conocer varón”.
Ahora sí que José el Carpintero abrió los ojos de
par en par. ¿Qué le estaba insinuando su suegra? ¿Con este rodeo metafísico
adónde lo estaba llevando? ¿Le estaba envolviendo el Sí que vino a buscar en
una especie de nudo teológico imposible de desatar? Era tan alucinante el tema
que José permaneció sin moverse.
“¿Hijo, crees que una prueba semejante superaría
los límites del Poder Divino?”. Siguió atacando la Viuda sin darle a tiempo a
su yerno a preparar la estrategia de contraataque.
De todos modos su yerno habló por fin. “No.
Nunca”. Dijo todo serio.
Y enseguida volvió a su papel de yerno en pleno
estado de alucinamiento con las vueltas que le estaba dando su suegra a la
respuesta tan sencilla y corta que vino buscando: Sí o No.
Parecía que Sí, pero era que No.
Al parecer el Sí se lo estaban adornando en azúcar
para que no le amargase demasiado la píldora de los acontecimientos. Mas la
idea con la que su suegra le estaba retando le parecía tan fantástica que su
cuerpo se negaba a marcharse sin antes escuchar con sus orejas la conclusión
del argumento que le estaban fabricando.
“No me esperaba menos de tí, hijo”, interrumpió el
hilo de su pensamiento aquella madre dispuesta a defender a su hija con uñas y
dientes. “Ahora demos otro paso hacia adelante. El Señor recoge tu reto. El
Señor va a darte la prueba por la que suspiran tus huesos: Va a hacer que una
Virgen conciba un hijo por obra y gracia de su Poder Infinito. ¿Recuerdas hijo
la profecía? Yo sé que sí.
-Le dijo el profeta Isaías al rey Ajaz: Pide a
Yavé tu Dios una señal en las profundidades del seol o arriba en lo alto.
-Y contestó Ajaz: No le pediré, no quiero tentar a
Yavé.
-Entonces le dijo Isaías: Oye, pues, casa de
David: ¿Os es poco todavía molestar a los hombres, que molestáis también a mi
Dios? El Señor mismo os dará por eso la señal: He aquí que la virgen grávida da
a luz, y le llamará Emmanuel”.
La Viuda detuvo su discurso y le clavó la mirada a
José en el alma.
El Carpintero no le daba todavía crédito a sus
oídos. ¿Le estaban diciendo que la Señal se había producido? ¿Se había vuelto
loca la Viuda o quería volverle loco a él?
Como si estuviera leyéndole el pensamiento la
Viuda reabrió el tema.
“Hijo, tú te dices: Al grano, señora. Y yo te pido
que no te impacientes. No estamos hablando de cosa baladí, está en juego la
gloria del Eterno. Concédete paciencia. Si por correr demasiado rápido el
atleta no ve las señales y se las salta y alcanza la meta por camino no
señalizado, aunque de todos modos hubiera ganado de haber circulado por la
pista oficial ¿le dará el jurado la corona de los laureles? ¿Verdad que no? En
efecto hijo, ya tenemos al Eterno en movimiento, buscando a la Mujer, a la
Virgen en cuyo seno tomará cuerpo su Señal. Yo te pregunto, ¿sobre qué
bienaventurada hará reposar Dios su Brazo? ¿Sobre qué mujer única y especial
entre todas las hijas de David extenderá el Altísimo el manto de su Gloria? ¿A
cuál amará como se ama a la esposa única y adorada? Tú me dirás que ya puestos
en el caso el propio Altísimo la engendrará y la predestinará desde el seno de
sus padres para ser la Madre. Y te dirás bien. ¿O acaso Él no se adelanta al
que pide engendrándole para hacerle su petición? La Omnisciencia del Señor es
la que mueve toda alma que respira ante su presencia. ¿No es su Espíritu la
fuente que inspira cada palabra que le llega a su oído? Por supuesto que sí,
hijo. El abre la boca del que pide: ¡Que una Virgen dé a luz sin la
intervención del varón! El Señor se sonríe. Abre su boca y dice: Sea, voy a
alucinaros a todos haciendo una obra que será recordada sempiternamente: El
hijo de Eva nacerá de una Virgen. Ya está hecho, hijo. Dime ahora, ¿de entre
todas las mujeres qué mujer elegirá el Altísimo para ser esa Virgen
bienaventurada?”
Por un momento José el Carpintero creyó que ya
había oído todo lo que había venido buscando, pero la idea que su suegra le
estaba poniendo sobre la mesa era tan alucinante que permaneció sin moverse.
¿Qué le estaba diciendo la Viuda, que su Prometida
estaba en estado de gracia por obra y gracia del Espíritu Santo?
La madre de la Virgen no le dio tiempo a cavilar
demasiado.
“Ponte en el caso, hijo. Dios anuncia cuál será la
Señal en la que Él demostrará la Gloria de su Hijo delante de toda la creación
entera. Desde el seno de sus padres Él forma a la pareja que llevará en sus
brazos al Niño nacido de la Virgen. Pero ahora hay que superar un problema, hay
que salvar un último obstáculo. Sí, hijo, el orgullo del macho. ¿Dejarás que el
orgullo del macho te ciegue la inteligencia?”.
José comprendió por fin el argumento de su suegra.
“¿Me está diciendo, madre, que ha sucedido?”.
“No te precipites en tus conclusiones, hijo mío.
Permíteme recapitular el camino recorrido hasta aquí. Mejor, contemplémoslo
desde otro ángulo. ¿Qué dijo más tarde el Profeta hablando sobre el Niño que ha
nacido de la Virgen?:
-Nos ha nacido un Niño, nos ha nacido un Hijo que
tiene sobre los hombros la Soberanía, y será llamado Príncipe de la paz,
maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno…”.
“¿Qué ha nacido, dice usted, madre?”. La
interrumpió José. Por primera vez José el Carpintero se movió dejando traslucir
agotamiento de paciencia. La madre de la Virgen retomó el ataque antes de
perder la presa.
“No dejes que el orgullo del macho ciegue tu
inteligencia, hijo. Pues si Él no engaña ni miente y cumple todas sus promesas,
¿qué diremos? ¿Qué los profetas de Israel fueron todos unos mentirosos e
impostores? ¿Que con tal de glorificarse a sí mismos escribieron las Sagradas
Escrituras sin más ánimo que recitar poesía? Tú me dirás. Espero tu respuesta”.
José el Carpintero siguió el hilo. Pensó que visto
el tema así la Viuda tenía toda la razón del mundo. O su pueblo era una nación
de impostores con una capacidad infinita para engañarse a sí mismos o
ciertamente no habiendo nacido el Niño tenía que haber Nacimiento. Hasta aquí
todo correcto. Lo que ya se le atragantaba en la garganta era la conclusión que
le estaba poniendo por delante la madre de su esposa. Le estaba diciendo que la
Virgen era su María. No se lo había dicho todavía con estas palabras, pero
estaba claro que todo este discurso tenía por fin esta declaración final.
Lista como ella sola, inspirada por la fe, su
suegra le cortó el pensamiento. Se diría que más que inspirada estaba divina.
Le leía el pensamiento a más velocidad que él se lo leía a sí mismo.
Aprovechando, la madre de la Virgen entró a saco.
“Mi hija, tu esposa, es la Elegida para concebir
en su seno al Niño que había de nacer de Aquella Virgen de la que nos habló el
Profeta. Tú, José, eres el Hombre”.
Por un momento fugaz José estuvo a punto de
levantarse y cerrar aquella conversación inolvidable con un “ya basta”. Pero
permaneció sentado. Su suegra continuó.
“Delante de ti, hijo, ha abierto Dios dos puertas.
Estas dos puertas permanecerán abiertas delante de las generaciones que nos
seguirán cuando tú y yo seamos un recuerdo en la memoria de los siglos. Una es
la de la fe, la otra la de la incredulidad. Si eliges esta última actuarás como
aquél que retó a su Dios, y al descubrir que la Virgen elegida para demostrarle
su Gloria era su propia mujer se rebeló contra Aquél a quien él mismo retó.
Pero yo sé que tú no harás esto. Hijo mío, de la inmaculada inocencia de mi
hija yo soy ante todos su testigo. Su ángel te sacará de las tinieblas de la
duda que te embarga. La otra, hijo mío, es la puerta de la fe. El corazón me
dice que tú elegirás ésta. Y que correrás en busca de la Madre del Mesías por
el que nuestro pueblo ha estado esperando tantos milenios”.
Inexplicablemente en su lecho de muerte José el
Carpintero se sonrió. ¿Hay muerte más hermosa que la de la criatura de Dios que
se despide de este mundo con una sonrisa en los labios?
Bueno, ya todos sus sobrinos y su gente creían que
de un momento a otro José cerraría los ojos para siempre cuando José se
incorporó y le rogó a todos que salieran y le dejaran a solas con su mujer y su
hijo. Idos, los tres solos, José respiró y comenzó a hablar.
“Mujer, mi boca ha permanecido sellada hasta este
día por las razones que tú misma comprenderás al término de las cosas que ya
nada me impiden poner en tu conocimiento y en el de tu Hijo.
“Hijo, ¿qué le diré yo a mi Señor? Mi alma está
ante mi Dios. Me voy al encuentro de mi Juez, ante quien deberé rendir cuentas
de mi vida. Pero hay algo que debes conocer antes de salir yo de este mundo.
“Tu Madre ya te ha hablado de sus titos abuelos,
Isabel y Zacarías, a quienes tú no conociste y a quien tanto le debemos tu
Madre y yo. Ten paciencia conmigo en esta última hora y recuerda mis palabras
en tu Día.
“¿Por dónde empezaré? ¿Cómo abrirte la puerta al
conocimiento de los hombres y mujeres que pusieron sus vidas a los pies de su
Dios para que tu Luz alborease sobre las tinieblas? Si no te he dado a conocer
nunca los hechos que ahora te descubro fue pensando en tu bien. No me culpes
por haberte tenido al margen de la historia de aquéllos hombres y mujeres que
vivieron sus días al filo de la navaja, pendientes sus cabezas de un hilo todos
los días de sus vidas para que tu Venida se cumpliera. Tú sabrás, hijo, lo que
deberás hacer cuando tu Padre Eterno pronuncie abierto tu Día”.
CAPÍTULO II:
“YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA”
VIDA Y
TIEMPO DE LOS PRECURSORES DEL MESÍAS
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