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EL EVANGELIO DE CRISTO SEGÚN SANPABLO

    CRISTO RAÚL  Y&S  

LIBRO CUARTO

 

PARTE MORAL

 

 

La Vida nueva

 

Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; éste es vuestro culto racional.

Nada más simple que tomar el pensamiento de Cristo, que ve el Ser como un Templo, para entender que todo hijo de Dios está moralmente ligado al deber de verse a sí mismo como tal y como tal vivir aquí lo que se ha de traducir en un acto perfecto en la vida eterna. Acto de perfección que contemplamos en vivo, para nuestra fortaleza y constancia en el camino de la Perfección Moral, en el sacerdote de Cristo. El, San Pablo, es un discípulo de ese Maestro que le levantó al Ser Humano la cabeza del polvo y le hizo verse a sí mismo en la contemplación de su Persona Divina, Modelo a cuya Imagen y Semejanza ha sido engendrado entre nosotros el Sacerdocio Católico. Pues si el Templo Judío tuvo como imagen un edificio de piedra, el Nuevo Templo es un Edificio Vivo, que existirá por la eternidad delante de Dios para mantener vivo entre todos los pueblos de su Creación el Verdadero Conocimiento de la Divinidad, no en palabras sino en la Sabiduría hecha carne en cuyo rostro se ve el reflejo de la Verdadera Imagen Divina. Pues si el Hijo se hizo carne y en El contemplamos al Padre, la Sabiduría se hizo igualmente carne en la Iglesia para concebirle del Espíritu Santo hijos a Dios.

Que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta.

Tanto al sacerdote como al pueblo, al pastor como a la oveja, le corresponde el inconformismo cristiano ante un mundo sujeto a una ley homicida, impuesta contra la voluntad divina y la humana, pero vigente hasta la victoria del cristianismo sobre la Historia del Mundo nacido de la Caída. Ayer y Hoy el Dios que determinara la creación del Hombre a su imagen y semejanza da a conocer su Voluntad para el Bien de todas las naciones. Yo, Cristo Raúl, como Aquel a quien se le ha dado el Conocimiento de la Voluntad Presente de Dios y es enviado a proclamarla a los cuatro vientos para el conocimiento de todas las iglesias, lo mismo que aquéllos a quienes por su vocación son llamados a hacerla, todos tenemos el deber de renovar nuestra mente a la luz de la Verdad que inunda con su ciencia el firmamento del Nuevo Día, aquél Día de la Plenitud de las Naciones anunciado antes siquiera de que la Noche de la Plenitud de los Tiempos inundase con su oscuridad el mundo y bajo sus tinieblas se cometiesen los crímenes más horrendos de los que acordarnos podamos. Inconformismo y renovación, pues, que establece la necesidad de la perfección para todos los cristianos, lo mismo siervos que hijos, lo mismo pastores que ovejas, lo mismo pueblo que jefes. Perfección a imagen y semejanza de la Perfección que vimos encarnada en Cristo Jesús, Maestro de todos, lo mismo de hijos que de siervos, de ciudadanos que de jefes de su Reino. El era el Hijo del hombre y en Él el Hombre vive eternamente, renovado espiritualmente por el Poder de Dios para el disfrute de la vida eterna en su Paraíso. Todos los modelos que los hombres pusieron sobre la mesa son modelos animales, bestias salvajes que tienen el derecho por arma de Poder y el deber por ley pesada contra la que la violación desde el Poder es lo que conviene. Fuera de Cristo, la Idea del Hombre hecha carne, no hay hombre, sino animales devorándose mutuamente por una cuota de poder y riqueza. El conformismo ante un mundo surgido de una Caída es anticristianismo cuando el que se conforma es un cristiano, y la negativa a renovar la mente una vez pasada la Noche es una rebelión contra el Cristianismo cuando quien se niega a la renovación es la iglesia, una o todas o en su conjunto tomadas. Cierto es que quien no tiene que temer a los leones y vive en la opulencia se tiene que sentir agredido por la verdad de Cristo; tan cierto como que la renovación de la Mente Cristiana, como el día viene con la luz y es inseparable, así ha de extender su Perfección por el mundo, a pesar y contra cualquier fuerza que pretenda impedir que brille sobre la Plenitud de las naciones el sol del nuevo día.

 

Sentimientos de modestia

 

Por la gracia que me ha sido dada, os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os sobreestiméis más de lo que conviene estimaros, sino estimaos moderadamente, cada uno según Dios le repartió la medida de la fe.

Inútil importar actitudes propias de la Noche de los Obispos, cuando creerse más que nadie en razón del hábito, tanto en el mundo eclesial como en el laico, despertó en las tinieblas monstruos de cuyo nombre ni quiero ni acordarme. ¿La estimación del hombre dónde está sino en Dios, y todos en El, siendo todos el mismo y único Ser, que esta en Cristo, el Hombre que El creara y que amó tanto que por ese amor nos entregó a su propio Hijo? El hábito es nada, y todo lo es el espíritu de hijos de Dios que bulle en nuestro ser para alegría de todos y gozo de uno.

Pues a la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y todos los miembros no tienen la misma función

El Hombre es el conjunto resultante formado por todos los pueblos del Género Humano, de aquí que al decir hagamos al Hombre a nuestra Imagen y Semejanza titulase la Historia de este Proyecto de Formación: Historia del Género Humano. Es con este Hombre Universal que el Hijo se hizo una sola cosa, de manera que al unirse a nosotros y atrayendo al Padre a nosotros hizo de nuestra Historia la suya, Cabeza de nuestro Cuerpo, mediante esta Unidad Espiritual garantizándonos la vida eterna en la participación de la Indestructibilidad de Dios.

así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros.

He aquí la Renovación de la Mente que en este Nuevo Día se abre con todo el esplendor de una luz invencible y ha de extenderse, sobre los cristianos primero, pues que son la primicia del mundo nacida de la Fe, y sobre las naciones finalmente, para alegría de todas las almas de la Humanidad, pasadas, presentes y futuras. Sólo hay un Hombre, Cristo, del que todos somos su Cuerpo, y siendo nuestra Cabeza de Origen Divino en su Naturaleza nos hace Dios partícipes de la inconmensurable Riqueza de su Espíritu.

Así todo tenemos dones diferentes, según la gracia que nos fue dada; ya sea la profecía, según la medida de la fe;

Y cual un cuerpo está compuesto de infinitas células y las células se reúnen en órganos y miembros, pero todos tienen y comparten una misma vida, así todos los hombres, empezando por los cristianos y las iglesias, somos una sola vida, que en el Espíritu de Dios se articula y desde su Voluntad se mueve en la dirección s establecida desde el Principio de la Creación de nuestro Mundo.

ya sea el ministerio para servir; en que enseña en la enseñanza;

Somos muchos y cada cual, sin embargo, es uno, sui géneris, especial, indivisible, lleno de fuerza y existencia, que se derraman en actividad propia y que Dios hace confluir para el bien de todos. La frágil mariposa poliniza el campo y la delicada flor riega con su rocío el campo de los árboles del que se alimenta el hombre. Ninguno de nosotros es pequeño ni ninguno de nosotros es grande, somos una sola cosa, un solo cuerpo en el que cada uno de nosotros, semejante a una célula, trabaja en lo suyo sabiendo que la suma del trabajo de todos produce el bien de todos.

el que exhorta, para exhortar; el que da, con sencillez; quien preside, presida con solicitud; quien practica la misericordia, hágalo con alegría.

¿Se queja el pie de no ser mano? ¿O la célula blanca de no ser roja? ¿El hígado de no ser oreja? Únicamente el ser humano se queja de lo que es, y su queja procede de la desvirtuación infernal a que nuestra Naturaleza fue sujeta por efecto de la guerra que le declarara a nuestro Creador uno de los hijos de Dios, sobre lo cual no consta decir más de lo que todos sabemos. Basta decir “la Caída” para saber de qué estamos hablando.

Vuestra caridad sea sincera, aborreciendo el mal, adhiriéndoos al bien,

Nos corresponde a nosotros ahora, una vez libres de la ignorancia, renovar nuestra mente para unir las manos y devenir un sólo ser, Cuerpo de una sola Cabeza, Jesucristo, nuestro Rey, Señor, Padre, Maestro, Salvador, Héroe, Sumo Pontífice, Creador y Dios. El lo es todo para nosotros y sin El no somos nada. Según lo escrito: “En Él está la vida del hombre, y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho”.

amándoos los unos a los otros con amor fraternal, honrándoos a porfía unos a otros.

Tanto más cuanto que nuestra fraternidad es a eternidad y nuestra vida en común está llamada a ser tan larga como el infinito mismo, todos los muros que levantaron las tinieblas durante los tiempo determinados para la Liberación del Diablo, nos corresponde a nosotros echarlos abajo, sin recriminaciones ni desafíos, sin condiciones previas ni póstumas, sino sencillamente como quienes dormidos cayeron en pesadilla y al levantarse se sacuden el sudor y el miedo y mirándose a los ojos se ríen de los tiempos pasados mientras caminan unidos hacia la vida eterna.

Sed diligentes sin flojedad, fervorosos de espíritu, como quienes sirven al Señor.

¿Qué otra cosa cabe? ¿Acaso el que se despierta de su pesadilla se queda en la cama a ver si cae dormido, o no es verdad que se levanta y huye de la noche como del diablo? Como del diablo tienen que huir todos los que se hayan divididos en la Fe y siendo un solo cuerpo actúan como si cada uno tuviera una cabeza distinta a la que Dios nos ha dado a todos, Jesucristo. Porque sin flojedad y diligentemente se despierta quien sirve a otro, con cuánta más diligencia habrá de hacerlo quien sirve a Dios. El fervor en este terreno, por ver quién llega ante a los pies de su Señor, es el único fervor sagrado y santo que le conviene a todo cristiano; si es hijo porque es hijo, y si es siervo porque es siervo. Pues, como está escrito: Cuando la Puerta se cierre, el que sea hallado fuera, afuera se quedará.

Vivid alegres con la esperanza, pacientes en la tribulación, perseverantes en la oración;

Una vez dentro la Esperanza de Salvación Universal es el alimento que mantiene fuertes nuestras almas y corajudos nuestros espíritus. Tribulaciones con paciencia se vencen, y tentaciones con oraciones, ¿no es eso? Porque nadie ha de creer que estando en la brecha la corrupción a que ha sido sujeta la Naturaleza Humana desde hace milenios deje de la noche a la mañana de hacer lo que le es natural. Y sin embargo el dolor compartido es menos dolor y el apoyo de muchos hace más fuerte al individuo. Divididos somos pastos de las fuerzas destructoras que buscan la aniquilación del Género Humano. Unidos, somos el resplandor de a luz que bate la oscuridad y pone en pie a todos los que duermen.

subvenid a las necesidades de los santos, sed solícitos en la hospitalidad.

¿Quién es santo sino solo Cristo? Es decir, aquél y aquéllos que dejándolo todo se han ido a tierra donde se ha cebado el mal, en todas sus formas, a predicar la Salvación con el ejemplo de su renuncia. El santo no es el que se corona una mitra, sino la monja y el fraile y el hombre y la mujer que se internan entre los desheredados y los abandonados del mundo para compartir sus dolores y aliviar sus penas. Con estos santos y a los pies de estos santos debemos poner nuestra solicitud y compartir nuestras riquezas, para que de sus manos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces se repita todos los días. Los otros santos ¿qué son, sino papagayos y loros sirviendo la razón de sus propios designios, buscando la santidad en los padrenuestros y los avemarías y los consejos que pesan en sus bolsas como el oro del que despojan a los débiles de mente? Porque teniendo yo a Cristo por Maestro para qué necesito a hombre alguno en la Tierra para decirme que El es el Salvador del mundo. Tres son los testigos que todo hombre tiene: La Biblia, la Iglesia y los hijos de dios. Los demás, esos que aspiran a la santidad, son impostores que desvían hacia sus bolsillos la solicitud debida a los santos según Cristo. Sobre ellos el juicio de quien dicen que es su Señor.

Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis.

Lo dijo el Maestro, lo dijo el Discípulo. De tal palo, tal astilla.

Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran.

La perversión de la naturaleza humana alcanza su degradación más execrable cuando el dolor ajeno se convierte en risa del público y la alegría del otro en envidia de uno. El deber moral de todo hijo de Dios es darle la espalda a cualquier medio que tenga por política el cultivo de semejante moral para bestias. La perfección de la moral cristiana está sobre toda ética social y sobre toda ley comunitaria. Las leyes son referencia para quien vive según normas animales. El hijo de Dios no necesita ley ninguna de referencia porque él es para sí ley, y ley con raíces en la eternidad, es decir, la Mente del propio Dios. Cultivar los frutos del espíritu es tan importante como cultivar la tierra, si abandonas la labor acabas siendo un arbusto salvaje, aunque plantado en la viña del Señor. Y si eres abonado con fertilizantes no espirituales te acabarás asemejando a quien necesita de la ley porque de por sí tiende a sujetarse a la ley de la corrupción: Querer hacer el bien y acabar haciendo el mal. ¿Un hombre así para qué vale?

Procurad tener unanimidad de sentimientos unos para con otros; no seáis altivos, mas allanaos a los humildes. No seáis prudentes en vuestra apreciación.

Siendo todos parte del mismo cuerpo la teoría de encontrarse en la diferencia la individualidad es una filosofía registrada exclusivamente para la esclavización mental de las masas. La Unidad de Pensamiento y de Sentimiento no anula la Personalidad, sino que la fortalece; no extingue el Pensamiento del Yo, sino que lo enriquece. Pero quien busca dividir a los hombres para dominarlos y convertirlos en esclavos tiene por fuerza que ver en la Unidad Universal de Pensamiento y Sentimiento el enemigo de su política y filosofía esclavista. ¿O acaso el edificio ve en la Igualdad entre sus ladrillos un delito contra la Individualidad de su partes? ¿O no es el pensamiento y el sentimiento de todas las células de un cuerpo el mismo ante una herida, ante un hecho? ¿Acaso porque el pensamiento y el sentimiento de células infinitas sean el mismo hace que este cuerpo pierda personalidad? ¿O es que ya la locura no es el efecto de la división dentro del propio cuerpo, en este caso centrado en la mente? ¿O es que el hecho de la felicidad universal rompe la felicidad individual?

No volváis mal por mal; procurad el bien a los ojos de todos los hombres.

Nuestra Fuerza es nuestra Esperanza y es desde ella que debemos articular nuestras acciones. Sabiendo que nadie es malo por naturaleza y que la ignorancia es la madre de todos los errores devolver bien por mal es nuestro Poder, tanto más benefactor cuando más terribles son las circunstancias para su ejercicio. Pues la Fe viene de las obras del que cree, hechas por Dios en el que cree para la salvación del que no cree. ¡Y qué obra más grande en nuestros tiempos de terror y corrupción que devolver bien por mal! Las ocasiones son de cada cual.

A ser posible y cuanto de vosotros depende, tened paz con todos.

Siempre estableciendo los límites que marca el derecho a la Vida y el Deber de Conservarla contra quien al matarte se mata a sí mismo y ocasiona la muerte de quien podría vivir gracias a la defensa de su vida por ti. Pues considerando que la Necesidad de la Muerte de Cristo se consumó, y porque hubo Necesidad hubo Muerte, los hijos de Dios, una vez consumado el Sacrificio Expiatorio, no estamos obligado a más Necesidad que la de llevar la Salvación hasta los confines del mundo, sin usar la Violencia como recurso, delito que le costó a Adán la Caída y a nuestros padres carnales el Castigo al pecado cometido por aquél hijo de Dios. La Paz, no la Guerra, es el instrumento de viento por el que nuestro Mensaje de Salvación Universal recorre las naciones. Ahora bien, esta Paz no anula el derecho a la Defensa.

No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues escrito está: “A mí la venganza, yo haré justicia, dice el Señor”.

Ni ser hijos de Dios arrastra a tomarse la justicia por mano propia o ajena dirigida por nuestra voluntad en nombre de Dios. A la Justicia le corresponde el juicio. Y si ésta falla, más a menudo de lo que se pretende, allá con el loco que quiso burlarse de todos creyendo escapar al Poder de la Justicia Divina. Sufrir el mal con paciencia es la gloria del fuerte en el espíritu y ayudar a quien es más débil a mantenerse firme en esta fuerza, la gloria de Dios.

Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendidos sobre su cabeza”.

Es de Deber, sin embargo, impedir que el Mal se expanda y le eche brasas al fuego de la cólera divina. Por lo cual:

No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien.

¿Y qué mayor bien puede hacer el hombre para vencer al Mal que hacer la Voluntad de Dios?

 

Obediencia a los poderes públicos

 

Todos han de estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas,

Aquí entra lo que entra por donde entra y la verdad se alza para que la disposición contra la autoridad injusta no choque en absoluto contra la justicia de la autoridad que pone en su estado ideal el Apóstol. La manipulación del texto se presta tránsfuga a cometer la desvirtuación del sentido apostólico en esta postura de obediencia sin falta a la Ley que procede de una Autoridad en Justicia. De manera que tenemos que diseccionar esta Obediencia desde dos posiciones firmes, estratégicas y de valor universal en tanto que hablamos de la Autoridad que procede de Dios y no de la Muerte. De un lado tenemos la Doctrina de la NO Violencia que emana de Cristo, se materializa en su Cruz y procede a la renuncia de cualquier Acto de Violencia, aún en defensa Legítima, en razón de la legalidad de las leyes del mundo al que se acerca para predicarle la luz de la Verdad Eterna. Del otro tenemos que la Obediencia a la Autoridad se entiende en cuanto Justicia Divina, a cuya Ley toda criatura le debe Obediencia sempiterna en razón de la imperecedera perfección que la justifica y se establece en Derecho sobre todas las naciones de la Creación. Es decir, no podemos ir a predicarle el Evangelio a una nación pagana empleando no la Palabra sola y sí la Fuerza. La obediencia debida a las leyes de esa sociedad, la mejor a su estado en razón de su situación en el tiempo, impone la necesidad de la legalidad de la actuación dentro del orden establecido para esa sociedad concreta. Pero esto que vale para la predicación y se mantiene como comportamiento dentro de la sociedad cristiana no destierra la Legítima Defensa de la Sociedad Cristiana cuando un poder, externo o interno, la ataca para destruirla. Porque si la Legítima Defensa para proteger la Vida del cristiano y su Sociedad fuera un acto contra Cristo la existencia del cristianismo quedaría al desnudo frente a unas fuerzas no cristianas que desde dentro o desde fuera tienen por objetivo la destrucción del reino de Dios. Y si el propio Dios se alzó contra el enemigo de su Casa no sé cómo podría su Casa mantenerse desnuda frente a quien busca la destrucción de Dios. De donde se ve que la No Violencia es connatural al espíritu de Cristo, que su Obediencia a la Justicia se entiende respecto a Dios y que la Desobediencia se da en la NO Violencia contra la Autoridad impuesta a la Sociedad no por Dios sino por la Muerte. Pues tan legítimo, mirando a la Historia, fue la Revolución de Gandhi como la Revolución Americana, a pesar de haber optado ambas por camino actitudes en apariencia contrarias. La desobediencia dentro de la NO violencia contra quien pretende echar abajo nuestra Sociedad se torna en respuesta bajo Legítima Defensa cuando quien pretende destruir nuestra Sociedad está dispuesto a destruirnos para perpetuar el estado de crimen en el origen de la Desobediencia Cristiana hacia la justicia humana. Y esto que, en apariencia, podría estar contra las palabras del Apóstol, es una oposición, como digo, en apariencia. Es decir, dentro de la Sociedad conformada al espíritu cristiano la obediencia a la autoridad es sagrada, sin por ello anular la conducta contraria a la perversión de la ley por intereses privados no sujetos a la justicia divina; lo que se traduce en una desobediencia NO violenta pero sí activa a fin de perfeccionar lo humano en virtud de la necesidad de asemejar nuestra Sociedad a la Sociedad eterna. Lo otro, permanecer pasivos ante la perversión de la sociedad cristiana en base a una obediencia ilimitada a las autoridades, esto sí que es una perversión del espíritu cristiano y sumisión al infierno de los intereses privados por sectores alzados sobre el interés universal en la raiz de la justicia divina. Cualquiera que desatiende la complejidad de la doctrina apostólica y pretende sacralizar la obediencia a la autoridad, aun establecida por el diablo, sea desde un trono, desde un púlpito o desde un senado, este es un enemigo del reino de Dios, y no olvidemos que el primero en alzarse en desobediencia contra la Idea de la perversión de la Justicia mediante la sujeción del derecho Universal al derecho privado fue el propio Dios.

de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación.

No es una rebelión, por consiguiente, alzarse en desobediencia contra la ley infernal de un grupo privado que impone o busca imponer su ley individual sobre y contra el derecho universal, derecho al que debe sujetarse, en efecto, toda ley y legalidad social. La medida de la desobediencia, sin embargo, será una reacción acorde a la fuerza del que causa la desobediencia con la criminalidad de su legalidad impuesta. Y si tan legítimas fueron las revoluciones india y americana, no menos lo fueron la rusa, la china y la cubana, variando entre unas y otras únicamente la necesidad de intensidad en la lucha por la libertad. Ahora bien, esta legalidad se torna en delincuencia cuando se usa esta legalidad para llevar la Violencia revolucionaria en motor de actuación fuera de las fronteras. Conquistar el mundo con las armas de la Guerra y no de la Paz fue la Desobediencia que le causó a Adán y su mundo la ruina y condenó al Género Humano a vivir una a Historia escrita con la sangre de generaciones sin número. Dios, contra Pablo, pero totalmente con él, no ha dispuesto todas las autoridades de este mundo, a no ser que neguemos que tras Adán le entregara el mundo a su asesino. Pero en verdad Dios hace avanzar las leyes de toda sociedad a fin de que la mente de los tiempos y los pueblos se encuentren lo más cercana posible del Evangelio de su Reino, gracias a lo cual el Imperio Romano se encontraba perfectamente para asimilar el cristianismo, aunque nada ni nadie pudiera impedir el primer choque. Así legalizado el Imperio designado por Dios para albergar su Reino, y expuesta la Necesidad de la Muerte de Cristo, la doctrina de la No Violencia pero la actividad desobediente implícita en la postura social del cristiano frente a un derecho limitado y sin embargo estacionado en el tiempo era la Obediencia Cristiana que, puesta en práctica, hizo posible la Victoria del Cristianismo, cuya Gesta no fue igualada jamás ni lo sería jamás. Pues si la revolución india de Gandhi se cobró su vida propia, la revolución cristiana de Jesús se cobró la de decenas de miles, demostrándose con esta diferencia que Gandhi era posible en la India pero su revolución frente a un imperio como el romano, de cuya ley distaba mucho el británico, hubiera fracasado antes de nacer siquiera. La obediencia a la autoridad que viene de Dios, pues, siempre; frente a la que procede del hombre y en el hombre ha plantado el Infierno: Revolución permanente.

Porque los magistrados no son de temer para los que obra bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación,

Palabras de las que vemos que San Pablo tiene en mente una Sociedad Ideal, es decir, el reino de Dios, regido por una Ley Perfecta, Incorruptible, a la luz de cuya magnificencia y bondad todas las naciones de la Creación andan felices, disfrutando sempiternamente de la Libertad y la Paz de las que la propia Justicia es garante y las autoridades su reflejo para atajar el crecimiento del Mal apenas cae su semilla en el campo de la conciencia. En una Sociedad regida por la Justicia Divina, ciertamente ¡quién será el que le tema a la Autoridad por Dios establecida para mantener el Árbol de la Paz siempre en flor, siempre vivo! Y al contrario, en una sociedad establecida sobre una ley animal que tiene por ciencia el cultivo del Árbol de la Guerra ¡quién será el que no se proclame en desobediencia perpetua! La aprobación de Dios no fue para quienes se estacionaron en el tiempo y le dieron la espalda a la Justicia Eterna, sino que aprobó la Desobediencia de Cristo y rechazó a quienes vivían en temor a la autoridad, una autoridad que El mismo levantó. De manera que basar la Obediencia ilimitada del que cree hacia el que predica, por atenernos a nuestros pastores, en estas palabras del Apóstol es un error tremendo porque saca de contexto la Verdad y abandona en el tintero el Hecho de la Necesidad de la Muerte de Cristo, hecho pasado y que, consumado, inunda el ser de todos los hijos de Dios con la Luz que procede de la libertad. La Obediencia de todo hombre es, pues, para Dios y la Autoridad que El ha elevado sobre todo Pueblo y Nación, su Hijo, nuestro Rey sempiterno. Cualquier otra Obediencia de naturaleza ilimitada es un acto de rebelión contra la Voluntad de Dios Eterno. Toda autoridad, aún establecida por Dios en el tiempo, es sólo un puente conducente a esta Autoridad Universal a cuyos pies toda criatura ponemos esa Obediencia Ilimitada que algunos pretenden desviar hacia sus pies. Dios, elevando a su Hijo a su trono, anuló la Obediencia Debida de toda criatura a cualquier otra Autoridad que no sea la de su Hijo. Y es esta Obediencia la Vara que mide el valor universal de toda autoridad humana. Si es según esta Ley, entonces ciertamente se da el temor debido:

porque es ministro de Dios para el bien, pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal.

Y cualquier pero es una incitación al mal. Pero siempre entendiendo que el espíritu de Cristo es el Bien en sí mismo y este temor ha sido superado por el Amor a la propia Justicia Divina, de manera que sin anular el Temor su existencia se transfigure en Amor por virtud del conocimiento del verdadero Dios, Padre de Jesucristo, en quien vimos la Naturaleza de su perfección, que rechaza el interés privado sobre el universal y sujeta todo lo individual a lo general, haciendo así que la Sociedad sea gobernada por una Razón externa a todos que sin embargo está en todos, los fundamentos de cuya Razón son la Verdad, la Justicia y la Paz; Árbol de la Vida el fruto del cual es la Libertad. No arrodillarse ante esta Ley Eterna es rebelión contra la Autoridad de Dios. La Desobediencia a esta Ley fue la que le causó a Adán la ruina y a su mundo la condenación. Y la Salvación le vino al mundo cuando la desobediencia a la autoridad impuesta por los rebeldes a dicha Ley se hizo, estableciendo así Dios y su Hijo a perpetuidad la Revolución No violenta contra la Injusticia como camino de Crecimiento del ser. A esta Ley debiera temerle todo el que se rebela contra ella, como se ha visto en tantos casos en nuestra Historia, pues el espíritu cristiano arrastrado a su extremo se revuelve invencible contra quienes creyéndose superior a Cristo intentan aplastar su Sociedad en nombre de falsos conceptos, entre los que la autoridad que viene de Dios y la obediencia ilimitada en función de esta razón es, sin ser el único, uno de ellos.

Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia.

A nadie, pues, le debe el cristiano obediencia ilimitada, a nadie en absoluto, ni en el Cielo ni en la Tierra, excepto a la Autoridad que Dios ha alzado sobre todas las naciones de su Reino. El es el rey, el es el Hijo de Dios, y no hay criatura, en el Cielo o en la Tierra que pueda reclamar para sí esta obediencia sin alzarse en Rebelión contra su Corona y su Cetro. En el mundo nos toca formar la Sociedad a imagen y semejanza de la Sociedad sempiterna entre el Creador y sus criaturas, Sociedad fundada libremente por Dios y basada en el Derecho que le asiste sobre su Creación. Y cualquier desviación de la justicia que nace de la Verdad en razón de imponer un modelo de sociedad no sujeto a la Paz que procede de la Justicia Divina: es un acto de rebelión contra la Sociedad en su conjunto, que se resuelve en su destrucción por socavamiento de los cimientos sobre los que se alzan sus columnas. La Autoridad de la Ley para impedir que esto suceda no puede ser sino a semejanza de aquél del que procede toda Autoridad, es decir, todopoderosa. Si la conciencia de ser sólo barro no detiene al rebelde la perpetuación de la acción destructiva sólo puede ser anulada mediante el castigo que procede de un Poder sin límites para hacer que el castigo caiga sobre el rebelde, sea quien sea el individuo. Este es el tipo de Autoridad Divina que tiene su antítesis en los regímenes que bajo el concepto infernal de obediencia debida e ilimitada hace justamente lo contrario, es decir, gobernar con una ley sujeta al interés individual privado de una casa, o un partido político -por no cubrir todo el espectro de asociaciones criminales que se hacen ley para desde su justicia imponer su régimen de terror sobre un pueblo indefenso y abandonado a su suerte por el derecho internacional no Universal- pensando en Darfour.

Por tanto, pagadles los tributos, que son ministros de Dios ocupados en eso.

Lógicamente el crecimiento social implica nuevos problemas que requieren nuevas soluciones y, con independencia de los choques de intereses, deben resolverse desde la legalidad desobediente de la obediencia natural a las leyes. Lo contrario, que la ley temporal exija una legalidad estacionaria es un delito que convierte dicha legalidad en delincuencia organizada y arrastra a las generaciones a la guerra civil revolucionaria como única salida hacia el desbloqueo de la situación ilegal creada desde la legalidad aplastada por la autoridad. La Carta Magna Americana recoje esta Legalidad Revolucionaria como parte del cuerpo de un sistema social en continuo crecimiento. Lo contrario, como se ve del sistema zarista, no podía conducir sino a una amplificación de las consecuencias en razón de la continuidad en el tiempo que la delincuencia organizada se mantuvo en el Poder bajo el execrable horror conceptual de una Obediencia Ilimitada Obligatoria, que la iglesia ortodoxa estimuló contra la Ley de Dios, que derrumbó todo Poder para glorificar a su Hijo levantándolo como Rey Universal, desprendiéndose de esta Glorificación que Dios liberó a toda su creación de la Obediencia Debida a las autoridades establecidas sobre los pueblos antes de la Fundación del Reino de su Hijo. Una vez fundado este Reino ninguna Corona tiene su origen en Dios sino, como hemos dicho, la de su Hijo, nuestro Rey por la eternidad.

Pagad a todos lo que debáis; a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor.

Lo cual nos lleva a diferenciar entre Imperio y Corona Divina. De tal manera que el Poder pasó de imperio a imperio a fin de preparar a la Civilización y conducirla de Derecho en Derecho hasta las puertas del Derecho Divino. Inútil mirar, pues, para atrás y juzgar a las naciones en cuyas manos Dios puso la Vara del Imperio que al final del proceso habría de volver a las manos de su Hijo, de donde no volverá a salir jamás por la eternidad de las eternidades. Establecida, entonces, la sociedad cristiana sobre el Principio Universal del Bien Común, el Deber se une al Derecho para establecer el Bien de todos sobre la base del bien del individuo. Si el Todo está bien y la parte está mal, hay un error de principio. Y viceversa si el individuo está bien y el género humano anda mal, se da un tremendo error de fin. El fin de la justicia es el bien de todos para enriquecer el bien del individuo, repercutiendo el bien del individuo sobre el bien de todos, proceso de enriquecimiento que Dios alimenta mediante el gobierno de las Naciones de su reino por el Consejo de su Sabiduría Infinita

 

La perfección de la caridad

 

No estéis en deuda con nadie, a no ser en el amaros unos a otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley.

La infinita superioridad de la Moral sobre la Ética procede de este precepto eterno. Mientras la Ética es el recurso de seres que han renunciado a superarse a sí mismos y se niegan a seguir evolucionando al final del término donde la Naturaleza le abre la puerta al Espíritu y pone en manos de su Creador la Criatura que le pariera su Creación, en función de cuya renuncia a abandonar la ley de la selva la ley ética sustituye la inteligencia del Espíritu por una Razón Animal que establece decretos entre los miembros de la propia especie, resultando de esta imposición a punta de hierro que la obediencia a la ley sólo procede respecto a la inferioridad del sujeto pero no precede jamás a quien ordena la ley y se sitúa sobre ella, invirtiendo el valor de la Ética, que rebaja a la condición del Crimen cuando traduce su precepto máximo supremo en aquella alta razón que subordina al Fin la Naturaleza de los Medios. Así, mientras la Ética se ordena en función de los tiempos y obedece a la razón de los legisladores, la Moral es eterna y establece el camino entre Fin y el Principio sin alternancia recursiva derivada de la capacidad o la incapacidad del sujeto. La Ética ordena matar cuando el fin es superior al medio por el que se alcanza ese fin, cuyas repercusiones hacen del individuo un mero objeto abstracto a los pies del bien político, resultando que la Ética arrastra al Género Humano a los dorados tiempos del sacrificio humano, ahora no ritual, sino jurídico. Efectuado el sacrificio, en efecto, la justicia legaliza el delito, deviniendo en su comportamiento un apéndice asesino del poder ético que, desplazando los valores eternos de la inteligencia, los sustituye por los intereses temporales de un grupo específico. Bajo la ley de la Ética, por consiguiente, el amor al prójimo es volatizado, reventado y en el núcleo donde la identidad entre los seres humanos procede de la propia Naturaleza establece la convivencia mediante decreto, y este decreto arbitrario suspendido sobre la cabeza del hombre en función de la perversión del derecho Natural y Divino que Poder Político establece contra la Sociedad en su conjunto. De donde se ve que la Ética es la moral del Poder por en cuanto es el Poder el que destruye la Ley para imponerle por Decreto a la Naturaleza su ley. No cabe el amor entre los seres humanos y sí, y sólo la convivencia que procede del decreto. Ahora bien, hasta hoy el universo entero ha reconocido en mil formas y ocasiones que el amor no se engendra por decreto y nadie puede amar al prójimo en función de la voluntad de otro. Verdad apasionante y irrefutable que convierte en fracaso el éxito pasajero de quien legitima el sacrificio del individuo al bien del universo, tras cuya retórica no se esconde más que la dialéctica criminal del Poder Ético. Que cada cual le ponga ahora el nombre que quiera a quien por decreto vuela la Moral y pone en su lugar la ley de las bestias, entre las cuales, sí es cierto, la fuerza es la madre de la razón social. ¿Y qué es el Gobierno por decreto sino la fuerza a punta de pistola del Poder? Se entiende, en consecuencia, que no teniendo valor moral su imperio el Poder deba inventarse una justificación social que excuse su sacrificio; a esta justicia se le llama Ética.

Pues “no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás”, o cualquier otro precepto, en esta sentencia se resume: “Amarás al prójimo como a ti mismo”

La ley de la Verdad, la ley moral, o sea, la ley del Amor, es más fuerte e infinitamente más poderosa para fundar la estabilidad de la Sociedad en el Espacio y el Tiempo, que cualquier relación basada en el imperio del decreto. Desde la Ética yo no robo ni mato mientras no se me cruce por el camino una causa superior de altura política e histórica infinitamente más grande que la vida del individuo, a cuya consecución el sacrificio del individuo no es sólo aconsejable sino un deber ético que el Grupo de interesados se tiene que imponer si quiere llegar a alcanzar dicho fin específico. Nada hay pues que diferencie la Ética del Poder de la Ideología del Terrorismo, excepto que el Poder tiene la legalidad para el sacrificio y el terror sacrifica fuera de ley de la Ética Política. No estableciéndose la relación entre el individuo, entre el hombre y la Sociedad desde una Fuerza Natural que procede a la identificación de todos con todos en el Origen Universal de todos en un mismo Núcleo, el parche que el Poder, tras destruir este Núcleo, pone sobre la Historia, quitando la Moral, el fruto de ese Origen, y sustituyéndola por la Ley Ética, es decir, por el Imperio de la Fuerza, no es más que un parche en el muro, un dique circunstancial creado a la ligera para contener las aguas de la destrucción de una sociedad atacada desde su interior por fuerzas aniquiladoras que, bajo el disfraz del Derecho, no hacen sino causar la ruina de la Sociedad sobre la que impera mediante Decreto. Por amor a la humanidad se hacen maravillosas locuras, pero por ley no hay en este mundo quien ponga la otra mejilla o le dé sus sobras al pobre que se muere de hambre en la esquina. La ley que viene de la Ética antes la da las sobras a su perro que a ese moribundo, rastrero y asqueroso inmundo piojoso vagabundo. Sólo la ley que procede de la Moral enciende la conciencia, contra el interés propio incluso, y se quita de lo propio - como pudiera ser la felicidad que viene de la comodidad- para compartir con el prójimo el pan, y, ya lo hemos visto muchas veces, hasta la propia vida. El decreto ético es inoperante para engendrar este comportamiento, y desde que es inoperante su ley es inhumana porque mata una de las partes naturales más importantes de la inteligencia, la Conciencia. No vamos a condenar la Ley de la Naturaleza, que es Moral, en razón del comportamiento de unos pocos. No todos los que están, son, como dice el proverbio popular

El amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es la plenitud de la ley.

Y no porque lo diga un Apóstol. Basta abrir cualquier libro de Platón para ver a Sócrates poniendo el Amor por las cosas, incluyendo lo humano, como superior a la simple manifestación de las consecuencias a que conducen esta fuerza divina desde una postura interesada o no fundada en una razón ética. Sócrates es sencillamente ero y sólo esto: La superioridad del Pensamiento que procede del Amor al Hombre sobre el Pensamiento que procede de la Pasión por alcanzar una posición cada vez más alta en la Sociedad. Esta Ética del Poder no sólo no puede cumplir la plenitud de la Ley porque en su desarrollo sacrifica a su fin al hombre que se le cruza en su camino y convierte a la propia Sociedad en un mero objeto sobre el que apoyarse para alcanzar su objetivo. La Ética no sólo no puede desatarle la correa del zapato de los pies con el que el cuerpo Moral Cristiano, expresión eterna de la Moral Natural, se mueve, sino que además, estableciendo el sacrificio humano en tanto en cuanto acto legal para alcanzar el Poder, la Ética deviene una ideología criminal que justifica el Medio para alcanzar el Fin. Sin embargo parece que las verdades son menos verdades depende de quien las diga, de aquí que firmándola San Pablo esta Verdad no sea una declaración filosófica con origen en la experiencia más desarrollada adquirida por los sentidos racionales del ser humano. Y al contrario, parece que depende de quien la firme una mentira es más verdad en la oreja de quien la escucha.

 

El día de la salud está próximo

 

Hemos entrado en la recta final de este análisis de uno de los textos bíblicos más polémicos; y polémico precisamente por dos razones vitales. La primera por la acusación sin pies ni cabeza que pervierte la inteligencia de San Pablo y la deriva hacia la suplantación de la identidad del verdadero fundador del cristianismo. Y la segunda basada en la transformación de esta Carta en muro de división entre cristianos católicos y protestantes. Aparte del interés de quienes creen que el mantenimiento de este muro de separación entre hermanos en la misma Fe, que es causa de paralización del movimiento de los brazos de Cristo, impidiéndole moverse libremente, y creen que esta división es razón de un servicio muy grande a la Causa del Evangelio, según hemos visto a lo largo de esta radiografía del pensamiento del Apóstol desde el pensamiento de Cristo, estamos viendo que no hay ninguna fisura entre ambos pensamientos, porque el pensamiento de todo hijo de Dios procede del mismo Padre que nos engendra para el bien de la Esperanza de Salvación Universal que a todos nos alimenta desde el principio de los días del Cristianismo. San Pablo le estaba hablando a cristianos nacidos, creyentes perfectos que se preparaban a seguir a su Héroe y Rey al pináculo de la gloria del Sacrificio. Cuando dice la Justicia que viene de la Fe, que nace no de la Ley sino de la Obediencia a la Voluntad de Dios, San Pablo no está negando el Poder de las Obras hechas por Dios en el cristiano, según el propio Jesús lo dijera mil veces, que la Palabra y las Obras unidas proceden de Dios para la Salvación de todos los hombres. Palabra y Obras que, se entiende, se materializan en el cristiano y tiene por objeto al hombre que aún no ha alcanzado la Fe. Pero que fue por las Obras y la Palabra que Dios engendró en el Hombre la Fe es tan satánico negarlo como de ignorancia absoluta ponerle trabas o pegas. Es por las Obras del cristiano y la Palabra del sacerdote que quien no cree descubre la Fe, es decir, descubre a Dios. A no ser, claro, que su Hijo fuera un mentiroso y afirmando El que se debe hacer lo que los sabios dicen pero no lo que hacen, afirmando de esta manera que el poder de las obras es tan perverso como santo según quien la realice, y que la Palabra sin las Obras no sólo no engendra sino que aleja de Dios a quien oye decir que la Fe salva pero lo que ve hacer al que habla son obras propias de demonios malditos. Dos direcciones claras emergen de la cuestión, por tanto. Primero que a quien tiene la Fe las Obras, ciertamente, no pueden sumarle nada, porque ya está salvado. Pero en cuanto hijo de Dios el cristiano tiene el deber, dentro de su existencia en el mundo, de por las obras hacer que descubra el mundo a Dios. Siendo de esta manera que el sacerdote, que predica la Palabra, y el cristiano, que la pone en Obra, no para su propia salvación, sino para salvar al prójimo, forman por Dios en Cristo un sólo Hombre, con una sola Fe y una sola Obra, a saber, la Salvación de todo hombre. Y la segunda, que la manipulación de un texto bíblico en función de los intereses y la mentalidad temporal es un delito contra Aquel que escribiera su Libro para por las Obras que engendra su Palabra en quien cree atraer a todos los hombres de regreso a su Paraíso. Dicho esto, los pies en la recta final, apretamos el paso y corremos veloces al encuentro de la verdad, diciendo:

Y ya conocéis el tiempo y que ya es hora de levantaros del sueño, pues nuestra salud está más cercana que cuando creímos.

Lo dicho, la conciencia del Apóstol sobre la cercanía de la Primera Persecución Romana, que ya flotaba en el aire sobre las cabezas de aquéllos a quienes les dirigía esta Carta, se deja notar y perfilar y nos descubre al verdadero destinatario de la misma, sin conocer al cual el texto se presta a la manipulación, que Lutero, en su desesperación, encerrado entre las cuatro paredes de una celda, manipuló, sin consciencia visible de la perversión que estaba ejecutando al olvidar que el Apóstol le estaba hablando a cristianos perfectos, educados en los misterios de la Salvación por los mismos Discípulos de Cristo, que es decir lo mismo que el Espíritu Santo de la Sabiduría Divina en persona, que se derramó en los Apóstoles, según está escrito en Pentecostés, para edificar en los Primeros Cristianos el Rebaño Inmaculado que testificaría con su Sangre, ante los ojos del Tribunal de la Historia Universal sobre la Veracidad del Testimonio de los Discípulos, a saber, el Hijo Unigénito y Primogénito de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen de las Profecías, fue crucificado para la Expiación del Pecado de Adán, y Resucitó para la Redención de los pecados de todo el mundo. Y ese Hijo se llama Jesucristo. Y hablando para mentes perfectas la disociación luterana entre Fe y Obras, como he suscrito antes, no cabía en sus cuerpos, ni en el alma ni en el espíritu. Tanto menos cuanto iban a coronar su testimonio Inmaculado con la Inmolación de sus propias vidas. Porque si entre los antiguos poner la mano en el fuego o pruebas similares ponía término a la discusión sobre el valor de un testimonio, los Primeros Cristianos, la Primicia como diría el Apóstol, iban a poner no sus manos sino su cuerpo entero en el fuego. De donde se ve que siendo perfectos hijos de Dios esta Obra no podía sumarle nada a la salvación que con su Fe habían conquistado por Obra y Gracia de Dios. Pero que no hacerla, sin embargo, era una negación de la Esperanza de Salvación Universal mirando a la cual el primero de todos, Jesucristo, puso El mismo su Cuerpo en la Cruz. “La Fe sola” en tanto que la alegría de la Salvación ha sido conquistada y la vida eterna es el regalo del Creador a sus criatura. Pero “la Fe sin las Obras de Cristo”, como bien diría el Espíritu Santo en el Apóstol Santiago, que es decir, el Espíritu Santo en persona: la Fe sola sin las obras es fe muerta. Obras que tienen por fruto no la salvación personal, que se da por hecha, sino la salvación del prójimo. Pues ciertamente ni Cristo Jesús ni sus Discípulos tenían necesidad de morir para salvarse a ellos mismos o enriquecer una Fe que era en todo extremo perfecta. Obraron muriendo para la salud del prójimo. De manera que en este sentido tan perfecto es el protestante que anula la obra como medio de salvación personal, como perfecto el católico que obra, desde la fe, para la salud del que no cree. De donde se ve que la crítica de Lutero a las Indulgencias no sólo fue legítima sino que provenía de la conciencia del Espíritu Santo; porque no eran las obras de las indulgencias las que salvan, sino las obras de la fe. Y en cuanto a estas Obras, Divinas, Inmaculadas y Perfectas, todo está escrito: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, socorrer a la viuda y al huérfano... Ver a Cristo Jesús es ver esas Obras en movimiento. Obras y Fe, los dos brazos del mismo cuerpo.

La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz.

¿Acaso no se percibe en el horizonte de estas palabras la visión hacia la que, por Predestinación, se dirigía Aquélla Generación Inmaculada, perfecta, en todo extremo Santa y divina, cuerpo del Espíritu Santo, que el Dios de la Eternidad había encarnado en Cristo Jesús para la salud de toda su Creación, dándole todo el Poder y toda la Gloria para Reinar sobre todos los Pueblos y Naciones del Reino de Dios? ¿Y acaso la noche de la que habla el Espíritu Santo en Pablo no es esa parte del ser que, siendo carnal, en su inconsciencia pospone ese Día, esa Hora, arrastrado por el natural horror al espanto de la propia ejecución? Pablo es directo y con su palabra derrota esa inconsciencia y se levanta él el primero para ponerse a la cabeza de Aquéllos bajo cuya luminosa Gloria, siendo Una sola cosa con Cristo Jesús, el Heredero sempiterno del Dios Eterno, gobiernan por la eternidad de las eternidades el Reino de Dios. San Pablo no profetiza, sino que sacude ese horror inconsciente y anuncia el alba del Día y la Hora para la que fueron engendrados en el Espíritu Santo de la Gloria. El Espíritu Santo estaba en Dios, y era Dios, y se hizo hombre para dejar de ser una realidad invisible y adquiriendo Nombre y Cuerpo Gobernar la Casa de Dios por la eternidad de las eternidades. Si la Fe era la única razón que tenían para poner sus cuerpos en el fuego como Prueba del Testimonio de los Discípulos, Dios, para fortalecer esa Fe les dio su Reino, haciendo asi que por las Obras de la Fe del Espíritu Santo, hecho Hombre, viniera sobre todo su Reino la Salud de Su Salvación.

Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, no en amancebamiento y en libertinajes, no en querellas y envidias,

La Gloria en el horizonte, como esperanza que dirige con su luz los pasos del ser, el que cree vive con los pies en el suelo, en el día a día, y su deber es para con su Creador y Salvador. No hay ley que prohíba poner en obra lo que la Fe tiene por indigno de la creación de Dios, que nos creó para la eternidad y no para gozar de una vida mortal entre los dos extremos de cuya línea todo está permitido si no está prohibido por las leyes. La Ley de Cristo es superior a la ley humana porque toda ley humana responde a los intereses privados de grupos específicos, pero la Ley Divina mira el bien de todos para hacer que el bien del individuo y el bien universal coincidan en un mismo cuerpo, sin diferencia ni fisura entre ambas bienes. Las leyes humanas, con la excusa de poner el bien universal sobre el bien individual, a la postre no hacen sino aplastar bajo su violencia al individuo. La Ley de Cristo eleva al individuo a la naturaleza del bien universal, haciendo de ambos una sola realidad, un hecho indivisible, aboliendo de esta manera la excusa infernal por la que en el nombre del universo unos pocos aplastan al mismo al que quieren hacer tanto bien. ¿El Modelo sempiterno? ¡Cristo Jesús!

Antes vestíos del Señor Jesucristo, y no os deis a la carne para satisfacer sus concupiscencias.

En efecto, más claro imposible. Por culpa de la Caída aquélla Imagen y Semejanza a la que nacimos se perdió en las tinieblas de la Ignorancia que levantara el Propio Juicio contra el Pecado de Adán. Pero Dios, que siendo su Verbo eterno es imposible que no alcance su Fin, quiso materializar lo que al Principio el Hombre conoció como Idea: la Idea del Ser, a fin de que viéramos con los ojos de nuestra cara esa Idea hecha carne. De aquí que en otra parte el mismo Apóstol dijera: Cristo, en quien está vuestra vida. Aquella Imagen no fue anulada, sino que por el Amor de Dios hacia su Creación, vino a ser enriquecida cuando su propio Hijo la encarnó. Estando por la Fe en nosotros la Palabra del Espíritu Santo a los hijos de Dios del Primer Día, su Palabra permanece en nuestra Fe para formar nuestro código de comportamiento delante de los hombres y de Dios

 

Los fuertes y los débiles en la fe

 

La Moral es una dimensión del Ser y en cuanto tal genera en la consciencia del ente espiritual, es decir, del ser inteligente modelado a la Imagen y Semejanza Divina, una fuerza, un valor, una actitud de confianza en el YO, comportamiento ontológico del que se deriva una perfección de todos los principios intelectuales sobre los que se basa el comportamiento del hombre frente a sí mismo y sus semejantes. Por eso decimos muchas veces de alguien que tiene una moral como una catedral de grande. Los fundamentos morales del espíritu, en este orden, son la savia que alimenta el árbol de la consciencia, dotando así al ser de las fuerzas que requiere el crecimiento de su YO en el espíritu del Bien a cuya Imagen y Semejanza fue el Ser creado en el Hombre. Pero como ya se ve y se deduce de la propia estructura del Género Humano, la infinita complejidad de la Inteligencia se revela y la descubrimos en la multiforme necesidad que todos tenemos de todos, y aunque en Dios el YO lo tenga todo no es menos cierto que en cuanto Individuo cada uno de nosotros está tan íntimamente ligado a todos los demás que concebir nuestra existencia aislada del Género Humano es un pensamiento sin futuro en ninguna consciencia humana. Únicamente en Dios podemos concebir nuestra existencia como completa, perfecta y ajena a cualquier necesidad de nadie y nada. Ahora bien, vemos que este mismo Dios y Padre nuestro ha querido preservar el Orden de la Vida en su más profunda y extensa manifestación a fin de que la propia Necesidad Vital sea la argamasa que hace de todos los hombres un sólo Hombre, cuya Cabeza, y aquí es donde está la Gracia, es Jesucristo, nuestro Rey y Señor, en cuyas manos ha puesto su Dios y Padre de toda Vida la existencia de todos los seres inteligentes, amadores del Bien, hijos de la Libertad y la Verdad, discípulos de la Justicia y toda Paz, aspirantes sempiternos a la Omnisciencia que procede de la Sabiduría Divina, en cuyas manos toda ciencia, las conocidas y por conocer, crecen como un Árbol cuya copa toca el infinito y cuya raíz se hunde en la propia eternidad. Vana es, pues, la omnipotencia de aquella Razón que hiciera de la Duda su sinequanon y pretendiera hacer de la Ciencia una ideología antidivina ajena a la Moral innata que, formando parte de la estructura ontológica del Ser, es el suelo en el que el YO echa sus raíces en el espíritu del Bien, que es el espíritu de inteligencia, que se manifestó en Cristo a fin de que dirijamos los pasos de nuestro pensamiento a la fuente luminosa de la que procede toda evolución: La Omnisciencia Divina. Será pues desde esta plataforma Moral de valor eterno, perfecta e inmutable a la manera que la necesidad así lo demanda en la Roca que ha de sostener con su solidez el edificio a construir, que la Unidad de todos en el Ser sea nuestro Deber y nuestra Fuerza, con la que, despreciando hasta el infinito la ideología malvada y perversa que ha dispuesto que la Igualdad del Ser sea una farsa y del Fuerte ha hecho su elegido, oh Darwin-Hitler, nos ha dividido en dos clases de entes, fuertes y débiles, cuando el hecho es que la Fuerza del Ser no procede de la Naturaleza sino de la confusión creada a partir del dilema de los siglos, y que los sabios de la Guerra, vestidos una vez de druidas, otra de magos, y ayer mismo y hasta hoy de científicos, quisieron usar como hacha asesina, a saber, existiendo el Mal y siendo Dios el Bien cómo es posible que exista el primero, bla bla bla. La humildad que procede de la Inteligencia no quita la fortaleza que procede de la contemplación del Mal y se alza para abatir la ciencia del infierno. Nuestro Deber Cristiano no es, por tanto, para con quienes en su Fortaleza se asemejan a nosotros sino para quienes en su debilidad intelectual y de espíritu se han dejado confundir por el dilema del Diablo, dejado atrás ahora mismo. Las palabras del Espíritu Santo en Pablo expresan lo que Dios en persona vive, porque de otro modo no nos hubiera socorrido haciéndose hombre en su Hijo, y, de seguir el consejo de los sabios del demonio, hubiera debido socorrer a Satanás y habernos abandonado al Infierno a nosotros. Nosotros somos el mejor testigo sobre la Verdad. Nuestra fuerza es para quien aún cree que hay dilema.

Acoged al flaco en la fe, sin entrar en disputas de opiniones.

Arrojados al infierno del conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal, no como quien conoce en hipótesis sino como quien la aprende a golpes y a fuerza de ver arrasada su alma, si es cierto que lo que no mata fortalece y que el que sobrevive a los golpes se hace más fuerte, de la manera que un hueso roto se recompone para ser doblemente más sólido, justamente de esta manera, porque era inevitable que el Juicio Divino abortase en el seno de la Ley, causando su corrupción un agujero negro en el reino de la Justicia eterna, y ya obligados a asistir a la Universidad de la Vida en el medio del país de las tinieblas, gobernado por la Muerte, quiso Dios hacernos más fuertes y redoblar la fuerza moral de nuestro Ser a la manera dicha arriba. El conocimiento de esta verdad es la base de la fuerza que hace más fuerte, y no dejarse aplastar por el golpe que procede de la Muerte la raiz de la fortalece que vence y hace de todos nosotros supervivientes al Infierno en el que fuimos arrojados porque, sin saber lo que hacíamos, creímos que conociendo el Mal y el Bien seríamos como Dios. Qué no daría yo, oh Dios, por no haber conocido jamás esta Ciencia maldita. Pero dejemos las lamentaciones y volvamos a mirarnos los unos a los otros a los ojos. Somos los Cristianos, somos lo mejor y lo más hermoso que luce al sol ante los ojos de Aquel que tiene el Poder para hacer de todas las cosas lo que mejor quiera. Somos el futuro de toda criatura inteligente, somos los hijos de Dios por los que la Tierra y los Cielos se unieron en abrazo perfecto desde el principio de los tiempos. La debilidad de todo pensamiento procede de la Duda, y la Duda es el fruto de la Muerte. Dios es el padre de toda Ciencia bajo cuyos principios y leyes se ordena la Creación y siguiendo cuyos caminos crece el Cosmos. Y no hay ciencia en el universo que no proceda de los principios y leyes a los que El ha conformado todas las cosas. Luego vino la Muerte; sí, es cierto, pero para hacer dudar al pensamiento sobre la verdadera naturaleza del Espíritu del Creador del Hombre. Y esa Duda, cuya máxima expresión de perversidad alcanzó categoría de Método, es la savia maligna que alimentó la desviación del pensamiento científico de la Ciencia de la Creación hacia el reino de la Ciencia de la Destrucción. El siglo XX fue su consecuencia, su obra visible más tremenda. Hemos sobrevivido no por nuestra fuerza sino por el designio de quien en su día dijera: Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza, es decir, indestructibles. Y luego se repitiera en su Voluntad, diciendo: Tu descendencia se apoderará de las puertas de sus enemigos. Somos los Cristianos y somos invencibles por el espíritu que se nos ha dado, espíritu de inteligencia y sabiduría, de entendimiento y fortaleza, consejo y temor de Yavé. Somos los hijos de Dios. ¿Quién se atreverá con nosotros sin cavar su propia tumba? El tiempo, como dice el Apóstol, se acaba. No hay tiempo ya para la Duda. El Universo es nuestro por Derecho Divino. Nuestra batalla no es contra los hombres sino contra la Muerte; dejemos que nos combatan mientras nosotros avanzamos hacia el Siglo que viene y ponemos todas las cosas a los pies de nuestro Rey, Padre y Señor.

Hay quien cree poder comer de todo; otro, flaco, tiene que contentarse con verduras.

La multiforme sustancia que derrama la esencia de la inteligencia de la Fe en nuestro Pueblo implica la diversidad de caracteres, pero no de valores morales, que son sempiternos y tienen en el espíritu del Bien su fuente. Cada uno de nosotros tiene su Origen en Aquel que dijo Yo soy el que soy, de cuyo carácter hemos heredado nosotros poder decir: Yo soy el que soy, y siendo cada uno un átomo de su consistencia, una rama del árbol de su existencia, cada YO tiene su propia naturaleza, y conocer cada cual cuál es esa, sin duda alguna, es el epicentro básico desde el que revolucionar nuestra propia conciencia a fin de poder mantenernos de pie ante nuestro Creador, que nos creó para correr a dos piernas a su encuentro y no para vivir de rodillas ni lejos ni asustados dándole la espalda. De nada tenemos que avergonzarnos y todas las razones del universo tenemos para alegrarnos por ser los que somos. Comamos lo que comamos, todos somos uno, el Hombre que creado a Imagen y Semejanza de su Creador llama Padre a Dios, y Dios, mirándole dice: Y tú eres mi hijo.

El que come no deprecie al que no come, y el que no come no juzgue al que come, porque Dios le acogió.

Nada es el momento, sino el hecho. Como en una carrera de relevos donde mientras unos corren otros aguardan su momento y otros descansan, pero la victoria es de todos, la Moral Cristiana implica una concentración del Ser en el Yo que tiene su parte en el Plan Universal de Salvación y corre por la pista de la Historia escribiendo con su Vida la línea que le corresponde. Nadie es insignificante. La insignificancia es para quien duda y no ve al Creador en su Creación, y anodadado por las magnitudes cae en el pozo suicida y homicida de la aniquilación del Ser. El espíritu de hijos de Dios que se nos ha dado y en el que hemos sido engendrados por la Sobrenaturaleza de nuestro Creador, que vimos en Acto aquí abajo en la Tierra, esa Sobrenaturaleza nos alza la cabeza y nos mantiene de pie cuando el terremoto sacude nuestra consciencia, y allá donde otros salen corriendo y se entregan a la Negación del Ser, justificando en la NO Existencia el comportamiento geocida y homicida que representan, nosotros caminamos sobre la carretera del infinito como quien tiene delante la eternidad. El Tiempo y el Espacio no nos asustan, es más, somos tiempo y espacio hecho carne, y sobre esta fusión Dios ha derramado su Espíritu. Nuestro desprecio es el desprecio que late en nuestra sangre contra quienes, diciendo ser sabios, minan el futuro de la Creación. Entre nosotros, los Cristianos, no puede haber sino comprensión y entendimiento, porque la Voluntad de Dios lo pide, y porque todos fuimos mantenidos en la Ignorancia a fin de que por los hechos la creación entera vea por qué odia Dios con tanta fuerza la Ciencia del Bien y del Mal.

¿Quién eres tú para juzgar al criado ajeno? Para su amo está en pie o cae, pero se mantendrá en pie, que poderoso es el Señor para sostenerle.

Ser Cristiano implica la Invencibilidad. No por la fuerza que procede de las armas, como se viera en nuestra Victoria sobre nuestros primeros enemigos a muerte, romanos y judíos, sino por Legado Divino. Somos Descendencia de Dios. La Confianza en nuestra Victoria es el elemento decisivo que nos hace surcar el mar de los siglos y, aunque en apariencia los maremotos y las tormentas apocalípticas anunciando la desaparición de nuestro Linaje de la faz de la Tierra hayan puesto en jaque nuestro futuro, la Historia, madre de todos los acontecimientos escritos, nos abraza con sus páginas de éxito y extiende a nuestros pies páginas en blanco para que escribamos en su cuerpo más éxitos. La goma de borrar no funciona en este libro. Es más, allá donde la sangre cristiana se derrama allí se llena el tintero de la Historia para escribir en sus páginas la ruina de nuestros enemigos. Basta abrir el libro de la Historia Universal para ver el fracaso de todos los movimientos anticristianos que se levantaron para exterminar nuestro Linaje Divino de la faz del mundo, y basta mirar alrededor para ver quiénes serán los próximos que se hundirán en el pozo del olvido y solo su memoria suicida quedará recogida para que le sirva de sabiduría a nuestros hijos, y sepan y comprendan que el Cristiano tiene por raíz de su Linaje a la Divinidad y su Futuro no tiene fin. El fin de todos los demás pueblos, en cambio, sí está escrito y a su tiempo se cumplirá el designio del Creador, que ha llamada en Cristo a todas las Naciones, y la que rehúse sea borrado de la faz de la Creación entera. De Dios, en efecto, es el Poder y el Juicio.

Hay quien distingue un día de otro y hay quien juzga iguales todos los días; cada uno proceda según su sentir.

Dejadme ahora que me personalice y diga que yo soy de los primeros. Cada día es un milagro, cada día es una aventura, cada día es un fragmento del camino de una vida, en este caso, la mía. Ahora bien, cada cual tiene su aplomo y su corazón para celebrar un día más que otro, sea el 24 de diciembre como el que sea. De esto, que parece tan tonto, los obispos de las primeras iglesias hicieron un muro de enemistad, llegando incluso a anatematizarse los unos a los otros en razón de ser este día o aquel otro cuando se debiera celebrar la Pasión o el Nacimiento, por ejemplo. Como si en su tontería Jesús naciera o muriera tantas veces como ellos quieran. Nada malo tiene celebrar un día más que otro si es asunto personal, el problema empieza cuando este asunto personal quiere imponerse bajo anatema a todos los que viven el día según su sentir. De donde se ve que si a un tonto se le permite llegar a ser obispo las iglesias, como rebaños que dirigidos por un pastor sin cerebro dirigiera las ovejas hacia el territorio de los lobos, sucumben al pecado y desobedecen el Mandato Divino sobre la Unidad Universal Cristiana. Y vemos, ahora todavía, cómo las propias iglesias siguen enemistándose por razones tan infantiles, por no decir ridículas, como si el bautismo debe hacerse con un chorrito de agua o ahogando al hombre en un río. Cualquiera diría que se tiene más o menos espíritu según se use más o menos agua; dicho conclusorio que debiera hacerle sentir vergüenza ajena a todo el que entra en semejante disputa.

El que distingue los días, por el Señor los distingue; y el que come, por el Señor come, dando gracias a Dios; y el que no come, por el Señor no come, dando gracias a Dios.

Esto procede de la transformación de la Fe en un poder personal, como si dijéramos que la esclavitud del cristiano al rito de un sacerdocio o pastoreo concreto viniese a ser una prueba del poder propio sobre el Cristiano. Sabemos con todo que el Cristiano no le debe obediencia a nadie sino a Jesucristo. Aquí en la Tierra como allí en el Cielo la Obediencia Universal es al Rey y sólo ante el Rey dobla sus rodillas toda criatura. De manera que si uno quiere comulgar con pan y vino y otro con pan y otro con el pensamiento, la libertad del cristiano está sobre la forma; pues Dios no mide a sus hijos por el número de ritos y sus manifestaciones sino por sus obras, sus pensamientos y sus palabras. Si tú quieres comulgar con pan y vino, hazlo; si tú con una hostia sencilla, hazlo; pero ni el pan ni el vino ni la hostia son algo, sino tus palabras, tus pensamientos y tus actos delante de Dios y de los hombres. Y el que discuta sobre estas cosas no sirve a Dios sino al Diablo.

Porque ninguno de nosotros para sí mismo vive y ninguno para sí mismo muere;

La vida del Cristiano, en verdad, no está enfocada hacia si mismo, sino hacia el prójimo. Es obvio que Jesucristo no vino a salvarse a si mismo, y siendo nuestro Modelo, engendrados en su Espíritu, no hay nada más grotesco que hacer de nuestra vida un camino de salvación personal, cuando por el hecho de Ser Linaje suyo tenemos la vida eterna, en la que, aun siendo mortales y estando sujetos a las cosas de la carne, se mueve nuestro pensamiento.

Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos.

Su Imagen y Semejanza. Y en tanto que hijos de Dios y Discípulos suyo nuestra existencia es una extensión de la suya a la manera que la rama lo es del tronco, y el fruto de las ramas igualmente del tronco. De donde se ve que nuestros frutos son su fruto en nosotros. Nuestra vida en el mundo, a semejanza de la Suya, no tiene más objetivo que el prójimo. A la manera que El no vivió para sí sino para nosotros, su prójimo, una vez nacidos del Espíritu somos El en nosotros para el prójimo. Ved, pues, cuál es la grandeza de nuestro Linaje y por qué Dios nos ha dado la Invencibilidad. Grandeza que amputamos y mutilamos con nuestras disputas e Invencibilidad que encadenamos con nuestra división.

Que por esto murió Cristo y resucitó, para dominar sobre vivos y muertos.

Y lo contrario, que muriera para salvarse a si mismo, se ve que es un error tremendo. Tan grande como es el que limita este Dominio al desgajarse del tronco, en la voluntad, que no en el cuerpo, y despreciando a las demás ramas rompe con el espíritu que mueve al árbol de las iglesias entero en función de cuestiones de primacía o de ritos, mediante esta ruptura limitando el Movimiento Divino de Cristo, el Heredero Vivo del Dios Verdadero y Señor Universal de su Creación entera.

¿Y tú, cómo juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Pues todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios.

Todos, ciertamente, hemos desobedecido el Mandato de Unidad Universal. Unos rompiendo con los otros por causa de los pecados de éstos, como éstos haciendo que por sus pecados rompan aquéllos. Dios no dijo “todo reino en sí dividido no subsistirá”, como quien excluye de esta Verdad al que con su comportamiento provoca la ruptura de la Unidad; el Juicio se extiende a todo su Reino, por haber dividido el Cuerpo de las iglesias, enemistando a los cristianos entre ellos, causando que Cristo se encontrara en la situación del hombre que está tumbado en el suelo y no puede hacer nada sino ver cómo el mundo sigue su curso. Llamados todos ante el tribunal de Dios no es allí donde debemos acabar con nuestras diferencias sino que, sabios por la Inteligencia recibida, nos ganamos el Juez ante el que debemos presentarnos con la Unidad que procede de la Obediencia a su Voluntad cumplida, justificando su Gracia en nuestra Ignorancia y su Perdón en su Sabiduría.

Porque escrito está: “Vivo yo, dice el Señor, que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua rendirá homenaje a Dios”.

Dulce cosa es doblar las rodillas ante quien tanto nos amó que no perdonó a su Hijo Unigénito, al Hijo de sus entrañas, cuando quiso conquistar nuestra voluntad. El jamás nos abandonó, sino por el tiempo debido a la Necesidad Universal expuesta por la Caída. Ahora bien, ¿cómo doblará la rodilla nuestro prójimo si entre nosotros hay quien no lo hace no obedeciendo su Voluntad?

Por consiguiente, cada uno dará cuentas a Dios de sí.

Hijos y siervos de Dios que somos, es a su Voluntad a la que debemos Obediencia, y es de esta Obediencia o Desobediencia que cada uno de nosotros tendrá que responder ante el Señor de todas las iglesias. Quien Obedeció su Voluntad Unificadora para rendirle Homenaje con su Fidelidad; quien desobedeció para oír contra él sentencia. Pues como hemos dicho y sabemos siendo Imagen y Semejanza de Cristo nuestro deber es exclusivamente para con la Voluntad Divina, y desde ella y según nuestro comportamiento será medida nuestra Fidelidad a la Fe que nos hizo herederos de la Invencibilidad de los hijos de Dios.

No nos juzguemos, pues, ya más los unos a los otros y mirad sobre todo que no pongáis tropiezo o escándalo al hermano.

La Fe es sólo una y el árbol de la vida es igualmente sólo uno y todas las ramas forman parte de su cuerpo, cada una con su singularidad manifiesta, en la sabiduría presciente de ser alimentadas todas con la misma savia. Y sería absurdo y demoníaco si nos ponemos ya al filo del precipicio desde el que se ve el infierno, que una por no ver la savia que alimenta a otra le dijera la una a la otra que no pertenecen al mismo árbol. Siendo la Fe una sola, el Señor de todas las iglesias el mismo Jesús, y el Padre de todos los cristianos el mismo Cristo, en quien todos somos adoptados por Dios para disfrutar de la libertad de la gloria de sus hijos, siendo esto así es absurdo, como dije antes, que por un rito externo o por una celebración según el sentir, la desobediencia en la Ignorancia deviniera en Rebelión abierta contra la Voluntad Unificadora. Es de mutua responsabilidad doblar las rodillas ante el Dios de todos, dejar las disputas y el que quiera casarse que se case, el que quiera comulgar con pan y vino que comulgue, el que quiera celebrar Pentecostés en el verano que lo celebre. Todo esto es nada, y lo es todo la Palabra Profética del Mesías: “Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve desnudo y no me vestisteis, en la cárcel y no me visitasteis, enfermo y no vinisteis a consolarme”. En lo demás, que cada cual haga según le dicte la conciencia, que siendo la Conciencia de todos alimentada por la Conciencia de quien es la Cabeza de todos, nada hará nadie que sea reprochable delante de Dios.

Yo sé y confío en el Señor Jesús que nada hay de suyo impuro; mas para el que juzga que algo es impuro, para ése lo es.

¿Y cómo podría ser impuro el Cuerpo de Cristo siendo Pura su Cabeza? También es cierto, el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra. De donde se ve que siendo todas las iglesias ramas del mismo Árbol de la vida es imposible que una rama no sea cristiana y otra lo sea cristianísima. Si ganar gloria en un duelo medievalesco a ver quién tiene más fe es digno o indigno de un hijo de Dios, yo no lo sé; yo solo sé lo que he sido enseñado y de lo que he aprendido deduzco que la Fe es la misma en todos y en cada uno se manifiesta con una fuerza diferente en bien de la salvación de todos los que aún no han descubierto a Cristo en nuestra Fe. Y que nuestra división es causa de que este descubrimiento se halle lejos de quien debiera vivir ya en la Fe. No habiendo nada impuro en La Fe de Cristo, nuestra Fe, es imposible que todo El no sea puro a no ser que alguien venga del Infierno, cosa que, como se ve, es imposible teniendo en cuenta que la Semilla del Diablo no puede dar frutos de cristiano.

Si por tu comida tu hermano se entristece, ya no andas en caridad. Que no se pierda por tu comida aquél por quien Cristo murió.

La responsabilidad es universal y le afecta a todos, pero al fuerte principalmente. Porque si en el mundo el fuerte debe aplastar al débil, dominarlo y sacrificarlo a sus intereses, en el Reino de Cristo el Fuerte es quien debe ceder el paso, conceder a fin de que quien por su naturaleza espiritual es más débil se encuentre a sus anchas, no alzar la voz como quien pretende alzarse como trueno del Omnipotente. Porque ni ritos, ni dogmas, ni tradiciones, ni iglesias, ni comunidades justifica la dominación del cristiano sobre el cristiano. Quien recibe inteligencia al ciento por ciento como quien la recibe al treinta por ciento ninguno tiene nada propio, ambos son nada. El, quien da, Jesucristo, es Todo. Y lo que da lo da para el bien de todos y no para el ensalzamiento de la gloria del que recibe. Si pues a ti te ha dado Dios ciencia y a mí sabiduría nada somos nosotros sino el trabajo conjunto de esa ciencia y esa sabiduría en la búsqueda del Bien de todos. De manera que distribuyendo sus dones y poderes entre todos debemos ceder ante todos, porque no es menos el panadero que el ingeniero, sino que cuando Dios eligió a su Heredero entre nosotros, al Principio de los siglos, lo puso a labrar la tierra, el más humilde de todos los trabajos que conocemos porque no necesita de ninguna instrucción en ciencias y letras. Pues quería enseñarle Dios a su hijo que la gloria es Suya y el que la recibe no la recibe por méritos propios sino por disposición de su Omnisciencia Salvífica; y, desde luego, lo último que debe hacer un hijo de Dios es usar lo que recibe para aplastar a su prójimo. Tal fue la causa de la Caída. Burro, pues, el que vuelva a tropezar en la misma piedra. Si un hombre solo es sabio, dos lo son más, y millones forman un esbozo de la Omnisciencia de Dios. Esta Unidad de todos en uno es el Fin Metafísico desde el que Dios creó el Principio. Y lo contrario, que el orgullo del que recibe por lo que recibe se transforme en muro entre el hombre y Dios, es un delito.

No sea, pues, vuestra buena obra materia de maledicencia

No buscando la gloria propia como quien se ha dado a sí mismo o se ha hecho a sí mismo, negando con esta doctrina para genios que Dios haya dispuesto casa cosa a la par que afirmando que él, no la Naturaleza, ha conformado sus células y músculos. Ése, lo que tiene de genio se lo debe a la Naturaleza, ciertamente, lo que tiene de necio, en verdad, a sí mismo. Es, por tanto, delito, usar la Fe para glorificarse sobre aquéllos a los que se gana para Cristo.

Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo.

¿Por qué el mundo que juzga al cristiano, aunque sobrevivió a su muerte en el mundo cristiano, predica la comida y la bebida para el pueblo y se reserva la justicia y la paz, negándole la justicia y la paz al pueblo mientras lo emborracha y le embota los sentidos con comilonas enemigas de su salud? La bebida es un mal terrible y la comida, por exceso y vicio, otro mal causa de infinitos males del cuerpo. ¿Quien se propone conquistar grandes metas, y aún las más humildes, no se aleja de la bebida delirante y de la comida bruta para poner a punto su mente y su cuerpo? Cuanto más todo hijo y siervo de Dios está sujeto a este dominio sobre su mente y su cuerpo en razón de la meta que nos proponemos: La Salvación del Género Humano.

Pues el que en esto sirve a Cristo es grato a Dios y acepto a los hombres.

Pero algunos dicen: Es que Cristo comía y bebía. A lo que yo les respondo: Sí, y también hacía sus necesidades, y sudaba además la gota gorda. Pero esto no justifica que nuestros hijos tengan que seguir sujetos a las leyes del trabajo a las que El lo estuvo. De donde se entiende que la justificación es maligna y apta sólo para  necios. Lo que le conviene a todo hijo de Dios es el alejamiento de la bebida y el uso de la comida en función de la necesidad. El gozo del espíritu eterno que vive en nosotros se complace en la justicia y la paz y no en la satisfacción de unos instintos nacidos de la exposición milenaria de nuestra carne y nuestra sangre a los ardores de los vientos infernales. Mientras un hombre se emborracha una docena cae bajo las ruedas de la injusticia. Mientras un hombre come sin medida diez mueren de hambre. Si no es por la conciencia divina al menos por la humana.

Por tanto trabajemos por la paz y por nuestra mutua edificación.

No hay en este mundo obra ni fin ni empresa que supere esta meta, la Paz, la reconciliación en la fraternidad universal entre todas las naciones. Ahora bien, su consecución es el fruto de la perfección humana. De manera que como era imposible que un bárbaro entendiera de ciencias y un bruto de leyes, es del todo imposible que una sociedad alcance mediante la corrupción la meta de la paz. La sociedad está formada por aquéllos de quienes depende su perfección, nosotros. Así que empecemos perfeccionándonos a nosotros mismos para combatir la corrupción. Porque la corrupción es el peor enemigo de la convivencia social. Y allá donde la convivencia social es violenta se hallará ser la corrupción su foco. Comenzando por nuestra propia perfección ponemos la primera piedra sobre la que el Edificio de la Paz abrirá sus puertas a las generaciones que nos sucederán.

No destruyas por amor de la comida la obra de Dios. Todas las cosas son puras, pero es malo para el hombre comer escandalizando.

Dos son las razones que aconsejan la perfección de las costumbres de nuestro Yo social. La primera la dieron nuestros filósofos hace mucho tiempo: Mente sana en cuerpo sano, ley que hace corresponder los hábitos de nuestra vida diaria con la salud de la mente entendida en tanto que pensamiento. Y la segunda es de orden divino: Da de comer al hambriento. ¿Pero cómo voy a darle si como hasta reventar, de tal forma que ni los cerdos? Es bueno, pues, que las fiestas se queden para los muertos y para los vivos el paso a paso con el que Cristo hizo su camino.

Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada que en que tu hermano tropiece, o se escandalice o flaquee.

La individualidad, en efecto, es enemiga del YO en tanto en cuanto este YO se aparta del Ser y forma sociedad con su propia barriga. Que es una forma de hablar como otra cualquiera. Somos hijos de Dios ante todo pero seres sociales sobre todo. Nuestro YO no es un átomo perdido en un universo de moléculas sueltas flotando en los abismos de la inconsistencia del ente. Para nada. Cuando yo tiro un trozo de pan, un niño muere en alguna otra parte del mundo. Cada vez que abro una botella en alguna otra parte del mundo suena un juicio asesino contra un inocente. No por beber más que nadie soy el más fuerte ni por comer mejor y más que todos soy el más grande. A la postre, no soy más que un mal bicho. El vino se creó para apagar la voz de la conciencia contra los crímenes propios, pero la Fe es gozo; y la mesa, para convertir a los hombres en perros a los pies de los poderosos. El Alimento que Cristo tenía y da a los suyos no es pan ni vino, sino Espíritu y Vida eterna. Por esto decía antes que quien quiera celebrar la misa con vino y pan o con hostias benditas, o comerlas de la mano del sacerdote o de la suya propia, que cada cual haga lo que quiera, que ni lo uno ni lo otro es el Alimento con el que Dios alimenta a sus hijos.

La convicción que tú tienes guárdala para ti y para Dios. Dichoso el que a si mismo no tenga que reprocharse lo que siente.

Dios es, en primera y última instancia, quien modela el perfil de sus siervos y de sus hijos. Pero a diferencia de las cosas inanimadas y de las criaturas todas del universo, que obedecen el conjunto de leyes o instintos a que quedara sujeto su comportamiento por decreto natural, nosotros tenemos el Poder de mirarnos al espejo y remodelar esa figura según nuestro capricho, bien por impulso bien por ideología. Dentro de la evolución de cada uno de nosotros la experiencia propone pensamientos y razones que pertenecen al ámbito personal y son intransferibles. El delito comienza cuando esta experiencia se propone como transferencia universal obligatoria. De un lado. Y del otro, cuando se pretende divinizar esta experiencia, llegando al extremo de prenderle fuego al mundo, si es necesario, en razón de probar la superioridad del pensamiento propio.  La experiencia y su lección es cosa de cada capullo. Y siendo Dios quien a su tiempo abre la flor y expande su semilla, ¿siendo buena la raíz por qué iba a serlo malo el fruto?

El que, dudando, come, se condena, porque no obra según la fe; y todo lo que no viene de la fe es pecado.

Cerrando este tramo. Pregunto: ¿De verdad cree alguien que San Pablo estaba hablando de la comida que entra por la boca?

Los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles, sin complacernos en nosotros mismos.

De siempre y más en este punto del camino de la Historia de la Salvación cuando las fuerzas humanas se han desbocado y galopan hacia el final consecuente con la ley: “Polvo eres y al polvo volverás”, referida al mundo entero, puesto que Adán era la Cabeza del Primer Hombre, que por esto dice San Pablo: el Primer Hombre fue alma viviente, el Último; espíritu vivificante. Y en otra parte: Jesús, prototipo de Adán, descubriéndonos por lo visible lo invisible, por lo presente lo pasado. De manera que, inevitable el recorrido, la unidad en el Último Hombre, en quien vive el Futuro, ha de ser más sólida que nunca, pues lo que hemos de ver no fue visto nunca antes y no volverá a verse después de nosotros.

Que cada uno cuide de complacer al prójimo para su bien, buscando su edificación;

El Mal y todo lo que representa están próximos a su destierro de la faz del Género Humano. Los fuertes en la Fe, aquéllos que vemos el futuro en la Promesa de vida eterna, debemos sostener el pulso y el paso de quienes no pueden comprender qué hay al otro lado de este siglo. Al otro lado existe un Mundo gobernado por la Sabiduría del Dios de la eternidad. Todos los males que arrastran al hombre a su destrucción y gobiernan su destino desde la Caída están próximos a regresar allá de donde vinieron, la boca de la Muerte. Todas las religiones y todas las sociedades secretas, todas las organizaciones cuyo origen es el mantenimiento del crimen y la delincuencia, están prestas a ser borradas de la faz de la Tierra, a fin de que el Hombre se enfrente a su destino cara a cara, sin presión ni fuerza externa que manipule su Libertad para tomar la Decisión Final: Justicia o Corrupción, Paz o Guerra con Dios, la Verdad o la Mentira, en una palabra: el Bien o el Mal.

que Cristo no buscó su propia complacencia, según está escrito: “Sobre mí cayeron los ultrajes de quienes me ultrajaban”.

Conociendo este Final, que venía implícito en su resurrección, el Hijo de Dios sufrió por nosotros el golpe maligno de este mundo destinado a desaparecer de la faz del Universo. Nos abrió camino para que nosotros le abramos camino a las generaciones que han de disfrutar de la Victoria de la Esperanza que Dios engendró al principio de los Milenios. El golpe final del mundo salido de la Muerte, y entrado en nuestro Género por la puerta de Adán, como el coletazo de la serpiente antes de expirar para siempre, ha de ser duro, pero no es menos cierto que pensando en este encuentro Dios nos ha hecho a la Imagen de su Hijo. Lo que tiene que ser, será.

Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza.

¿Y qué Esperanza es ésa sino que el Género Humano, libre de las fuerzas malignas que se alzaron contra el Reino de Dios y convirtieron nuestro mundo en su campo de batalla, tenga la oportunidad de decidir en libertad y con pleno conocimiento de causa entre el Bien y el Mal, entre el Dios de la Creación y la Muerte de la Increación? Nuestra Fe, la Fe de los hijos de Dios, es que libre de esas fuerzas y conociendo la verdad sobre todas las cosas el ser humano dará su Sí a la Creación de Dios.

Que el Dios paciente y consolador os dé unánime sentir de unos para con otros en Cristo Jesús,

La Victoria de la Fe vive en la Esperanza y la Esperanza en Aquel que la concibió en su Omnisciencia los ojos puestos en la Bondad del ser humano, cuya maldad, fruto de la Caída, es una enfermedad pasajera ante Aquel que tiene el Poder de hacer que triunfe su Espíritu sobre la herencia carnal de los siglos.

para que unánimes, a una sola voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

El, Aquel contra quien se alzara la Muerte concibiendo en un hijo de Dios el Imperio del Pecado y del Crimen como estado perfecto de Gobierno del Universo, Ese Mismo Dios, que a Noé y por Abraham se reiteró en su promesa de vida eterna para la Humanidad en Cristo, es el Origen de la Esperanza Universal de Salvación en cuyo seno fuera concebido el Principio después del Fin que procede de la Inteligencia que dice Sí sin necesidad de sufrir el golpe. De una forma abstracta digamos que Adán necesitaba ver para creer que el Fin de todo Mundo y Civilización sujeto a la ley de la Ciencia del Bien y del Mal, esto es, a la ley de la selva, era la autodestrucción. Dios lo sabía por experiencia, pero ninguno de sus hijos podía comprender por qué teniendo a Dios habría de ser así. Esta necesidad impuso su estructura a los Milenios creando según su progreso dos bandos bien diferenciados, los que sin ver más comprenden que el Fin es el dictado, y los que creen que pueden escapar a ese Fin sin necesidad de abolir la ley de la ciencia del Bien y del Mal. Darle gloria a Dios es creer sin ver. Su palabra es verdad y es vida. Dios no miente. No le mintió a sus hijos: “Si coméis, moriréis”. Y en comiendo: “Polvo eres, y al polvo volverás”. La encrucijada en que se nos pone es clara: ver para creer o deduciendo de lo que hemos vivido hacer innecesario el desenlace y doblar las rodillas ante Dios y confesar la verdad. El es verídico, no mintió cuando le prohibió a sus hijos cualquier invocación a esa ley maldita como ley de civilización. Quien la hace su ley, muere.

Por lo cual acogeos mutuamente, según como Cristo nos acogió a nosotros para gloria de Dios.

La llamada es para todos los hombres sin excepción, y la responsabilidad de todos los cristianos y sus iglesias para que su conducta interna no sea ocasión de rechazo. Pues si por culpa de la división de las iglesias se pierden las almas por las que Cristo y sus hermanos en Dios derramaron su sangre, la sangre de esas almas le será reclamada a las iglesias, pues Dios no abole su ley: De la sangre del hombre os pediré cuentas.

Os digo que Cristo fue ministro de la circuncisión en honor de la veracidad de Dios para mantener firmes las promesas hechas a los padres,

Que tuvieron por núcleo la Revolución que fructificó en la Abolición del Imperio y de toda Corona, en el Cielo como en la Tierra, y el Nacimiento del Día de la Plenitud de las Naciones, cuando el Rey, en la plenitud de la gloria de su Libertad Todopoderosa, al frente de su Casa, había de combatir el Mal y dirigir las fuerzas de su Reino contra el último enemigo, la Muerte, liberando al ser humano de toda enfermedad y carencia. Consciente y porque esta Fe y Esperanza perdió en los hijos de Abraham brazos que la sostuvieran, Dios Eterno no perdonó a su Unigénito -por emplear el símil histórico puesto en escena en el Sacrificio de Isaac, Unigénito de Abraham- para que por Aquel quien es Dios de Dios, engendrado no creado, de la misma Naturaleza Todopoderosa y Sempiterna que el Padre, la Esperanza de los Padres de Israel encontrase la Fuerza Invencible de quien con su Palabra hizo brillar la Luz en las Tinieblas, liberando a la Tierra de la Confusión en que su Soledad y el Silencio de Dios la destinaron. Desde entonces esa Esperanza ha latido en el seno de la Fe, que es la Iglesia, en quien Cristo Jesús había de concebirle a Dios hijos de su Descendencia, herederos de las Promesas de los Padres, para en alas de la virtud del Espíritu de Dios seguir al Rey a la Victoria de Dios sobre el Imperio de la Muerte. Que así sea.

y mientras que los gentiles glorifican a Dios por su misericordia, según está escrito: “Por eso te alabaré entre los gentes y salmodiaré a tu nombre”.

Hijos y siervos de Dios, salid a ver la Luz que derrama sobre la Tierra este Nuevo Día. Lo que había de ser, ha sucedido; lo que ha de ser, está ya sucediendo. La Hora y el Día por el que la creación entera suspiró ha roto aguas y se oye la Voz de la Esperanza dando a conocer a todas las naciones el Conocimiento Verdadero de la Divinidad y su Voluntad Presente. Dejad la timidez entre las sábanas de la Noche de los milenios; a la guitarra, al piano, al oboe, a lo poeta y a lo lírico, con odas y cantos, que bailen las letras y las voces al son del Nuevo Día.

Y otra vez dice: “Regocijaos gentes con su pueblo”;

¡Cuánto tiempo, hermanos, ha estado esperando la creación entera este Día! El Día en que Dios se levantaría de su trono y no sujeto ya a más Ley que a la del Amor, desplegaría la plenitud de su potencia su Ser sobre nosotros, el pueblo abandonado a las tinieblas y ejemplo para el universo entero del continente al que conduce la ley prohibida por la eternidad: “El que coma, morirá”.

y de nuevo: “Alabad al Señor todas las gentes y ensalzadle los pueblos todos”.

Desde las distancias de los milenios, en Su Mente este Día, porque no podía contener en su pecho esta Hora, queriendo compartir Su Alegría, Dios le abrió Su pensamiento a Sus siervos, los profetas, para que se gozasen viendo el fin al que tendían todos los movimientos del Altísimo. Éramos una visión a lo lejos. Luego se hizo Promesa en el seno de la Iglesia. Y Hoy es ya un Hecho. Dios no abandonó jamás a sus hijos, sino que mirando al Fin de todas las cosas les pidió lo que de otro modo jamás de los jamases les pediría: Bajar la cabeza, cerrar la boca y poner el cuerpo en el fuego. Gloria a los héroes que conquistaron la Eternidad para nosotros. Y toda la Gloria y el Poder a Aquel que tejió sus vidas en el seno, pariendo Israel vencedores natos, conquistadores del Infinito.

Y otra vez dice Isaías: “Aparecerá la raíz de Jesé y el que se levanta para mandar a las naciones; en El esperarán las naciones”.

La espera ha concluido. La expectación ansiosa de la creación se ha satisfecho y la Aurora del Día de los hijos de Dios ha roto sobre el horizonte. A la cabeza va su Padre, Rey y Señor. Este es un gran día para la Humanidad, pero aún más lo es para el Cristianismo.

Que el Dios de la esperanza os llene de cumplida alegría y paz en la fe para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo.

 

 

EPILOGO BIOHISTÓRICO