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LIBRO SEGUNDO

LOS CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS.

XVIII.

 

La guerra en la Serranía duró dos años aun. Omar-ibn-Hafzun había dejado cuatro hijos; Djafar, Solimán, Abderramán y Hafz, que casi con una sola excepción habían heredado, si no los talentos, por lo menos el valor de su padre. Solimán se vió obligado a rendirse (en Marzo de 918), aalistarse en el ejército del Sultán y tomar parte en las campañas contra los reyes de León y de Navarra. Abderramán que gobernaba en Tolox, y para el que los libros tenían más atractivo que las armas, se rindió también y habiendo sido llevado a Córdoba, pasó el resto de su vida en copiar manuscritos. Pero el poder de Djafar era todavía formidable, por lo menos el Sultán lo creía así, porque, cuando sitiaba a Bobastro en 919, no rehusó entrar en tratos con él, y cuando Djafar le ofreció rehenes, y un tributo anual aceptó la proposición. Sin embargo, poco después Djafar, cometió una falta muy grave, que debió serle fatal. En su opinión, su padre se había equivocado al declararse cristiano con toda su familia, y hasta cierto punto tenía razón, pues es incontestable que Ibn-Hafzun se había enagenado el corazón de los Andaluces musulmanes, con su cambio religioso, solo que una vez hecho, ni ibn-Hafzun ni su hijo podían ya retractarse; desde entonces debían apoyarse únicamente en los cristianos, y triunfar o sucumbir con ellos. Los cristianos eran los únicos que habían conservado entusiasmo y energía, mientras que los musulmanes hacían traición en todas partes. Prueba de ello lo que había pasado poco antes en la fortaleza de Balda, estando sitiada por el Sultán; la parte musulmana de la guarnición se había pasado toda entera al enemigo, mientras que los cristianos se dejaron matar hasta el último antes de rendirse. Sin embargo, Djafar, que no se daba entera cuenta de la situación en que se encontraba, creía aun en la posibilidad de reconciliarse con los musulmanes andaluces, y queriendo ganárselos, manifestó claramente su intención de volver al islamismo. Esto fue lo que le perdió. Horrorizados con la idea de tener por jefe a un infiel, sus soldados cristianos tramaron un complot, y habiéndose entendido con su hermano Solimán, lo asesinaron (920) y proclamaron a este que se apresuró a presentarse entre ellos.

El reinado de Solimán no fué dichoso; Bobastro era presa de las más furiosas discordias. Estalló una insurrección; Solimán fue echado, sus prisioneros puestos en libertad y saqueado su palacio. Pero poco después sus partidarios lograron introducirse en la ciudad; él mismo entró disfrazado, y habiéndose ganado el populacho, prometiéndole el pillaje, lo llamó a las armas. Quedó por él dueño, e inexorable en su venganza, hizo cortar la cabeza a la mayor parte de sus adversarios.

«Alá, dice un historiador de Córdoba, dejaba que los infieles se degollaran mutuamente, porque quería estirpar de raiz hasta sus últimos vestigios.»

Solimán no sobrevivió mucho tiempo a su restablecimiento. Habiendo sido desmontado en una escaramuza (el 6 de Febrero de 927) fue muerto por los realistas, que saciaron su ira en su cadáver, al que cortaron la cabeza, las manos y piés.

Sucedióle su hermano Hafz, pero iba a sonar la última hora. En el mes de Junio de el año 927, el Sultán fue a sitiar Bobastro decidido a no levantar el sitio hasta que no fuera tomada la ciudad. Habiendo ordenado levantar por todas partes obras formidables y reconstruir una antigua fortaleza romana semi-arruinada, que había en las cercanías, cercó la plaza por todas partes y le cortó los víveres. Durante seis meses Hafz resistió los esfuerzos del enemigo, pero se rindió al fin, y el viernes 21 de Junio de 928, las tropas del Sultán tomaron posesión de la ciudad. Hafz fue trasladado a Córdoba con todos los demás habitantes y más adelante sirvió en el ejército de su vencedor. Su hermana Argentea se retiró a un convento, donde probablemente la hubieran dejado en paz, si hubiera consentido en vivir ignorada; pero entusiasta, fanática, y aspirando desde mucho tiempo antes a la palma del martirio, irritó a la autoridad, declarando que era cristiana, y como a los ojos de la ley era musulmana, por serlo su padre en la época en que nació, fue condenada a muerte como culpable de apostasía. Ella sufrió la sentencia con un valor heróico, mostrándose así digna hija del indomable Omar-ibn-Hafzun (931.)

Dos meses después de la rendición de Bobastro, el Sultán visitó en persona esta ciudad. Quería ver con sus propios ojos aquella orgullosa fortaleza que durante medio siglo había desafiado los ataques incesantes de cuatro Sultanes. Cuando estuvo allí, cuando desde lo alto de las murallas dirigió su vista a sus almenados bastiones, y a sus colosales torres, cuando midió con sus ojos la altura de la montaña cortada a pico, en que se asentaba, y la profundidad de los precipicios que la rodeaban, entónces exclamó, que no había otra semejante en el mundo; y lleno de gratitud hacia Dios que se la había entregado, se deshizo en acciones de gracia, y mientras permaneció en ella observó un ayuno rigoroso. Desgraciadamente para su gloria, tuvo la debilidad de dejarse arrancar una concesión a que no hubiera debido acceder; queriendo ver también la temible ciudad que había sido el baluarte de una religión que odiaban, habían ido en su seguimiento los faquíes, y en Bobastro no le dejaron descansar, hasta que les permitió abrir las tumbas de Omar-ibn-Hafzun y de Djafar su hijo. Luego, viéndolos enterrado a la manera cristiana, no se avergozaron de turbar el descanso de los que ya dormían el sueño eterno, y habiendo sacado sus cuerpos de la sepultura, los enviaron a Córdoba, con órden de clavarlos en postes. «Estos cuerpos, esclama un cronista de la época, con bárbara alegría, estos cuerpos fueron asi advertencia saludable para las gentes mal intencionadas, y dulce espectáculo para los ojos de los verdaderos creyentes.»

Las plazas que se hallaban en poder de los cristianos, no tardaron en entregarse. El Sultán las hizo arrasar todas, a excepcion de algunas que juzgó conveniente conservar para mantener al pais en la obediencia, e hizo trasladar a Córdoba a los hombres más influyentes y peligrosos.

Estaba pues, pacificada la Serranía, mas ántes que lo estuviera, el Sultán había vencido la insurrección en muchos otros lugares. En las montañas de Priego, los hijos de Ibn-Mastana habían tenido que cederle sus castillos; en la provincia de Elvira, los Bereberes de la familia de los Beni-Mohallab se habían visto obligados a deponer las armas. Monte-Rubio en las fronteras de Jaén y Elvira había sido tomado. Edificado en una montaña colosal y escarpadísima, había inspirado por mucho tiempo al gobierno serios temores. Allí se habían albergado gran número de cristianos que bajaban a cada instante de su nido, para saquear los cortijos próximos o para robar y asesinar a los caminantes. En 992, había sido sitiada esta madriguera, sin resultado por el Sultán durante todo un mes, no siendo tomada sino cuatro años mas tarde. En 924, fueron obligados a someterse muchos rebeldes del país valenciano. En el mismo año, el Sultán fué a quitar la frontera superior a todos los Beni-Casi que se habían debilitado con las guerras que habían sostenido entre sí y con las que habían tenido que mantener contra el rey de Navarra y los obligó a alistarse en su ejército. Dos años después, el general Abd-al-hamid-ibn-Basil, hizo una campaña felicísima contra los Beni-Dhi-‘n-nun.

No teniendo ya nada que temer por la parte del Mediodía, el Sultán se halló en disposición de dirigir todas sus fuerzas contra los rebeldes de las demás provincias, y obtuvo triunfos tan rápidos como decisivos. En 928 envió tropas contra el Chaikh Aslamí, señor de Alicante y Callosa, en la provincia de Todmir. Este Árabe, que era un bandido y un perdido del peor género, había afectado siempre una gran devoción; cuando empezó a hacerse viejo abdicó en su hijo Abderramán, no queriendo, según decía, ocuparse ya más que de su salvación; y en efecto, asistía con la mayor exactitud a todos los sermones y a todas las oraciones públicas, pero esta aparente piedad no le impedía ir de tiempo en tiempo a merodear en las tierras de sus vecinos, y habiendo muerto su hijo peleando con los realistas, tomó de nuevo el mando. No lo conservó mucho; el general Ahmed-ibn-Ishac tomó una en pós de otra sus fortalezas, y habiéndole obligado a someterse, lo hizo llevar a Córdoba con toda su familia. Hacia la misma época se rindieron Mérida y Santaren, sin que las tropas que el Sultán había enviado contra ellas tuvieran necesidad de desenvainar la espada. Al año siguiente Beja volvió también a la obediencia, después de haber hecho durante quince dias una valerosa resistencia. Luego volvió sus armas el Sultán contra Khalaf-ibn-Becr, príncipe de Ocsonoba; pero este renegado le envió a decir que estaba pronto a pagar tributo, y que si no lo había hecho antes, lo distante de la provincia debía servirle de excusa. Era este Príncipe muy amado de sus súbditos, para los que él y sus predecesores habían sido siempre muy buenos, y el monarca comprendió que si persistía en su designio de reducirlo, obligaría a los habitantes del Algarbe a tomar una resolución desesperada. Así, que contra su costumbre, hizo una transacción. Consintió en que Khalaf-ibn-Becr, fuera no su súbdito, sino un vasallo tributario, debiendo solo comprometerse el Príncipe de Ocsonoba a pagar un tributo anual y a no dar asilo á los insurrectos.

La reducción de Badajoz, donde aun reinaba un descendiente de Ibn-Merwan, el Gallego, exigió mayores esfuerzos. La ciudad no se rindió sino después de haber sostenido un sitio durante todo un año (930.)

Para ser dueño de toda la herencia de sus abuelos no le restaba a Abderramen más que reducir Toledo.

Comenzó por enviar allá una diputación de faquíes, encargados de hacer presente a los vecinos que, habiéndose sometido todo el reino, sería una locura de su parte continuar dándose aire de república. Esta tentativa fue inútil. Llenos de amor a la libertad de que habían gozado durante ochenta años, ya bajo la protección de los Beni-Casis, ya bajo la de los reyes de León, los Toledanos dieron una respuesta, si no altanera, por lo menos evasiva. Viéndose, pues, obligados a apelar a los medios extremos, el monarca tomó sus medidas con la presteza y energía que le caracterizaban. Desde el mes de Mayo de 930, y antes que se acabara de reunir el gran ejército que pensaba oponer a los rebeldes, envió contra Toledo a uno de sus generales, al visir Said-ibn-Mondhir, ordenándole que comenzára el sitio. En el mes de Junio marchó él mismo contra la ciudad con todo el grueso de sus fuerzas, y habiendo establecido sus reales en las orillas del Algodor, cerca del castillo de Mora, intimidó al renegado toledano que allí mandaba, que lo evacuase. Bastó esta simple intimación. Conociendo la imposibilidad de defenderse contra el numeroso ejército del Sultán, se apresuró el renegado a evacuar la fortaleza. Abderramán puso en ella una guarnición y fué a establecer su campo cerca de Toledo, en una montaña que llevaba entónces el nombre de Djarancas. Dejando vagar sus miradas sobre los jardines y las viñas, encontró que el cementerio que estaba cerca de la puerta era el lugar que mejor convenía para cuartel general. Hizo, pues, avanzar sus tropas hacia el cementerio; mandó segar los trigos, cortar los árboles frutales de los alrededores e incendiar las aldeas, y atacó a los Toledanos con el mayor vigor. El sitio duró a pesar de esto más de dos años. Pero el Sultán, a quien nada desanimaba, hizo edificar una ciudad en el monte de Djarancas y la ciudad de al-Tath (la Victoria) levantada en algunos dias, mostró a los Toledanos que el sitio no sería levantado nunca. Contaban aun, con el auxilio del rey de León, pero su ejército fué rechazado por los realistas. En fin, apremiados por el hambre tuvieron que abrir las puertas. El gozo que esperimentó Abderramen, cuando tomó posesión de la ciudad, casi igualó al que había sentido cuando se hizo dueño de Bobastro, mostrándolo con las fervientes acciones de gracias que dirigió al Omnipotente.

Arabes, Españoles,Berberiscos, todos habían sido vencidos; todos se habían visto obligados a doblar la rodilla ante el poder real, y el principio de la monarquía ilimitada fue proclamado más rudamente que nunca, en medio de un silencio universal. Pero las pérdidas sufridas por los diferentes partidos en esta prolongada lucha no eran iguales. El más maltratado era incontestablemente el que representaba la independencia individual, como la representaban los Germanos en Francia y en Italia, es decir, la aristocracia árabe. Obligada a sufrir un gobierno más absoluto y mucho más fuerte que el que había tratado de echar abajo, un gobierno que le era hostil por naturaleza, y que se dedicaba sistemáticamente a quitarle toda influencia en los negocios, estaba condenada a abatir el rumbo dulcemente, perdiendo en cada reinado algo de su brillo y su fortuna. Y he aquí, justamente lo que era un consuelo para los Españoles y los que ellos miraban como una especie de victoria. Habiendo tomado las armas, ménos por ódio al Sultán, que por odio a la nobleza, podían decir hasta cierto punto que habían triunfado, pues a falta de otra satisfacción, tenían al menos la de hallarse en adelante al abrigo de sus desdenes, de sus insultos y de su opresión. Ya no formarían un pueblo aparte, un pueblo de parias desterrado de la sociedad. El objeto que Abderramen III se había propuesto conseguir, y que por cierto plazo en efecto consiguió, era la fusión de todas las razas de la península en una nación verdaderamente una. Habían, pues, desaparecido las antiguas distinciones, o por lo menos tendían a desaparecer cada vez más, para hacer lugar a las de rangos, clases y estados. Cierto es que esta igualdad, no era más que la igualdad en la sujeción, pero a los ojos de los Españoles era un bien inmenso, y por lo pronto apenas pedían otra cosa. En el fondo, sus ideas acerca de la libertad, eran todavía muy vagas; la monarquía absoluta y el despotismo administrativo no les eran antipáticos; al contrario, esta forma de gobierno era para ellos una antigua tradición; no habían conocido otra, ni bajo el dominio de los reyes visigodos, ni bajo el de los emperadores romanos, y la prueba de que ni imaginaban todavía otra mejor, es que ni aun durante la guerra que habían sostenido para reconquistar su independencia, habían hecho en general más que débiles esfuerzos para fundar la libertad.

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