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LIBRO TERCEROEL CALIFATO. ABDERRAMÁN IIII.
No queriendo Interrumpir la historia de la insurrección de Andalucía, llegamos en el libro precedente al año 932; pero como ahora va a ocuparnos la guerra extranjera es preciso que el lector retroceda al principio del reinado de Abderramán III. La insurrección de los Españoles y de la aristocracia árabe no era entonces el único peligro que amenazaba la existencia del Estado; dos potencias vecinas, una reciente y otra ya antigua, la ponían igualmente en peligro: el reino de León y el califato africano que una secta shiita la de los Ismaelitas acababa de fundar. De acuerdo en los principios capitales, reconociendo todo el Imanato, es decir, que el gobierno temporal y espiritual de todos los musulmanes pertenecía a la posteridad de Alí, y que el imán es impecable, los Shiitas o partidarios del derecho divino formaron muchas sectas, y lo que las dividía sobre todo era la cuestión de saber cuál de los descendientes del sexto imán, Djafar el Verídico, tenía derecho al Imanato. Este Djafar había tenido muchos hijos de los que el mayor se llamaba Ismael y el segundo Muza; pero como el mayor pereció en vida de su padre, el año 762, después de la muerte de Djafar la mayor parte de los Shiitas reconocieronpor imán a Muza. La minoría por el contrario no quiso sometérsele. Diciendo que Dios mismo había designado por boca de Djafar a Ismael por sucesor de este último, y que el Ser Supremo no puede revocar la resolución que ha tomado una vez, los Ismaelitas (así los llamaban) no reconocían por imanes más que a Ismael y a sus descendientes. Pero estos no eran ambiciosos. Desanimados por el mal éxito de todas las empresas de los Shiitas y no queriendo participar de la suerte de sus antepasados, muertos casi todos prematuramente por el hierro o por el veneno, renunciaron a los peligrosos y comprometedores homenajes de sus partidarios y fueron a esconderse en el fondo de Khorasan y de Candahar. Así abandonada de sus jefes naturales parecía destinada a extinguirse oscuramente la secta de los Ismaelitas cuando un persa audaz y hábil vino a darle dirección y vida nuevas. En la patria de este hombre el Islamismo había hecho poco más o menos los mismos progresos que en España. Había recibido bajo sus enseñas un número considerable de prosélitos; pero no había extirpado las otras religiones y el antiguo culto de los magos florecía a su lado. Si los musulmanes hubieran cumplido rigorosamente la ley de Mahoma no hubieran dejado a los Guebros mas que la elección entre el Islamismo o la espada; pues que no poseyendo estos libro sagrado revelado por profeta que aquellos reconocieran como tal, los adoradores del fuego no tenían derecho a ser tolerados. Pero la ley de Mahoma era inaplicable en aquellas circunstancias. Los Guebros eran muy numerosos, y afectos en cuerpo y alma a su religión, rechazaban todo otro culto con inflexible tenacidad ¿había que degollar a todas estas buenas gentes tan solo porque pretendían buscar su salvación a su manera? Esto era muy cruel y además muy peligroso, pues que hubiera provocado una insurrección universal. Parte pues por humanidad, parte por cálculo, los musulmanes pasaron por cima de la ley y una vez admitido el principio de tolerancia, permitieron en todas partes a los Guebros el ejercicio público de su culto, de modo que cada ciudad y hasta cada lugar tuvo su templo. Lo que es más, el gobierno protegía a los Guebros hasta contra el clero musulmán y hacía azotar a los imanes y muezines que intentaban trocar en mezquita los templos del fuego. Pero si el gobierno era tolerante con los sectarios declarados del antiguo culto, ciudadanos pacíficos que no turbaban la paz del Estado, no lo era ni podía serlo con los falsos musulmanes, que se decían convertidos, y que siendo aun paganos en el fondo de su corazón, trataban de minar sordamente el Islamismo, ingiriendo en él sus propias doctrinas. En Persia como en España habían sido numerosas las conversiones aparentes, cuyo verdadero móvil había sido el interés mundano, y estos falsos musulmanes eran generalmente los hombres más inquietos y ambiciosos de la sociedad. Rechazados por la aristocrácia árabe que se mostraba demasiado exclusiva en todas partes, soñaban con la resurrección de una nacionalidad y de un imperio persas. El gobierno los maltrataba sin piedad; para contenerlos y castigarlos creó el Califa Mahdí hasta un tribunal de Inquisición que continuó existiendo hasta fines del reinado de Harun-ar-Rachid. Como de ordinario, la persecución engendró la revuelta. Babec, gefe de la secta de los «khoramia o libertinos,» como sus enemigos los apellidaban, se levantó en el Adherbaidjan. Durante veinte años (817-837) este Ibn-Haf-zun de la Persia, tuvo en jaque a los numerosos ejércitos del Califa, que no llegaron a apoderarse de él sino después de haber sacrificado doscientos cincuenta mil hombres. Pero mucho más difícil aun que domar rebeliones a mano armada, era descubrir y desarraigar las sociedades secretas que la persecución había hecho nacer y que propagaban en la oscuridad, ora las antiguas doctrinas persas, ora ideas filosóficas más peligrosas todavía, pues en Oriente el choque de muchas religiones había dado por resultado que una multitud de gente, las repudiaran y las menospreciaran todas. «Todos esos pretendidos deberes religiosos, decían, son buenos a lo sumo para el pueblo, pero no son obligatorios en manera alguna para las personas cultas. Todos los profeta no eran sino impostores que aspiraban a la preeminencia sobre los demás hombres.» Del seno de estas sociedades secretas, salió en el siglo IX el renovador de la secta de los Ismaelitas. Oriundo de una familia persa que profesaba las doctrinas de los sectarios de Bardasanes, que admitían dos dioses, de los que el uno ha creado la luz y el otro las tinieblas, e hijo de un oculista «espíritu fuerte» que para escapar de las garras de la Inquisición, de la que habían sido víctimas setenta de sus amigos, buscó un asilo en Jerusalen donde enseñaba las ciencias secretas, aunque afectando piedad y un gran celo por las pretensiones de los Shiitas. Abdallah-íbn-Maimun llegó a ser bajo la dirección de su padre no solo un hábil prestigiditador y un gran oculista, sino también un gran conocedor de todos los sistemas teológicos y filosóficos. Con ayuda de sus prestigios trató primero de hacerse pasar por profeta; pero habiendo tenido mal éxito en esta tentativa concibió poco a poco un proyecto más vasto. Juntar en un mismo haz a vencidos y a conquistadores; reunir en una misma sociedad secreta en la que hubiera muchos grados de iniciación a los librepensadores, que no veían en la religión más que un freno para el pueblo, a los santurrones de todas las sectas, servirse de los creyentes para hacer reinar a los incrédulos y de los conquistadores para destruir el imperio que habían fundado, formarse en fin un partido numeroso, compacto y ejercitado en la obediencia, que en el momento oportuno colocara en el trono, si no a él, a alguno de sus descendientes; tal fue el pensamiento dominante de Abdallah-íbn-Maimun, pensamiento extraño y audaz, pero que realizó con asombroso tacto, incomparable destreza y profundo conocimiento del corazón humano. Los medios que empleó estaban calculados con diabólica picardía. En apariencia era Ismaelita. Como esta secta parecía condenada a desaparecer por falta de jefe, le dió nueva vida prometiéndole uno. «Nunca,decía, el mundo ha estado ni estará privado de imán. Si uno es imán, su padre y su abuelo lo han sido antes de él, y así de seguida, remontándose hasta Adán; el hijo del imán es también imán, y su nieto, y así de seguida hasta la consumación de los siglos. No es posible que el imán muera sino después que le haya nacido un hijo, que será imán después de él. Pero el imán no es siempre visible. Unas veces se manifiesta, otras permanece oculto, como el día y la noche que se siguen el uno a la otra. En la época en que se manifiesta el imán, su doctrina permanece oculta; cuando por el contrario, él permanece oculto, su doctrina se revela y sus misioneros se muestran enmedio de los mortales.» En apoyo de esta doctrina citaba Abdallah pasages del Corán. Ella le servía para mantener despiertas las esperanzas de los Ismaelitas, que aceptaran la teoría de que el imán se ocultaba, pero que pronto aparecería para hacer reinar el orden y la justicia sobre la tierra. Con todo, Abdallah en lo profundo de su pensamiento menospreciaba a esta secta, y su pretendida devoción a la familia de Alí no era más que un medio de realizar sus proyectos. Persa en el fondo de su corazón incluía a Alí, a sus descendientes y a los Arabes en general en el mismo anatema. Conocía muy bien, y en esto no se equivocaba, que si algún descendiente de Alí conseguía fundar un imperio en la Persia, como los Persas lo hubieran deseado, estos no habrían ganado nada en ello, y recomendaba a sus afiliados matar a todos los descendientes de Alí, que cayeran en sus manos. Así no era entre los Shiitas entre los que buscaba sus verdaderos mantenedores, sino entre los Guebros, los Maniqueos, los paganos de Harran y los partidarios de la filosofía griega; a estos solamente se les podía decir poco a poco la última palabra del misterio, revelándoles que los imanes, las religiones y la moral no eran más que una pura farsa. Los otros hombres, «los asnos,» como los llamaba Abdalá, no eran capaces de comprender semejantes doctrinas. Sin embargo, para llegar al objeto que se proponía, no desdeñaba en manera alguna su concurso, por el contrario, lo solicitaba, pero teniendo cuidado de no iniciar a las almas creyentes y tímidas sino en los primeros grados de su secta. Sus misioneros, a quienes había inculcado que su primer deber era disimular sus verdaderos sentimientos y acomodarse a las de ideas de aquellos a quienes se dirigían, se presentaban bajo mil formas diferentes, y hablaban, por decirlo así a cada uno en diversa lengua. Cautivaban a las masas ignorantes y groseras, por juegos de prestigiditación que hacían pasar por milagros, o por discursos enigmáticos, que excitaban su curiosidad. Con los devotos, se revestían con máscara de virtud y de devoción. Místicos con los místicos, les esplicaba el sentido interno de las cosas exteriores, las alegorías y el sentido alegórico de las alegorías mismas. Explicando las calamidades de los tiempos y las vagas esperanzas de un porvenir mejor que todas las sectas alimentaban, prometían a los musulmanes la próxima venida del Mahdí, anunciado por Mahoma, a los Judíos la del Mesías, a los cristianos la del Paracleto. Ellos se dirigían hasta a los Árabes ortodoxos o sunnitas, los más difíciles de conquistar, porque su religión era la dominante, pero de los que tenían necesidad para ponerse al abrigo de las sospechas y de las persecuciones de la autoridad, y de cuyas riquezas deseaban servirse. Se halagaba primero el orgullo nacional del Árabe, diciéndole que todos los bienes de la tierra pertenecían a su nación, no habiendo nacido los Persas mas que para la esclavitud, y se trataba de ganar su confianza, haciendo ostentación de un profundo menosprecio de las riquezas y de una gran piedad; luego, cuando ya la habían obtenido, se les domaba sobrecargándoles de oraciones hasta que llegaban a ser «perinde ac cadáver;» después de lo cual fácilmente los persuadían a que dedebía sostener la secta con donativos pecuniarios, y dejarla en sus testamentos todo lo que poseían. Así multitud de gentes de diversas creencias, trabajaban juntas en una obra cuyo fin solo era conocido de muy pocos. Esta obra avanzaba pero con lentitud. Abdalá sabía que él no vería su perfección pero recomendó continuarla a su hijo Ahmed, que le sucedió como gran maestre. Bajo este y sus sucesores la secta se propagó con rapidez y lo que sobre todo contribuyó a ello fue que a ella se unieron gran número de individuos de la otra rama de los Shiitas. Esta rama como hemos dicho reconocía por imanes a los descendientes de Muza, hijo segundo de Djafar el Verídico, pero cuando el duodécimo, Mohamed, hubo desaparecido, a la edad de doce años, en un subterráneo donde había entrado con su madre (879) y sus partidarios los Duodecimanos, como se les llamaba, dejaron de esperar su reaparición, fácilmente se afiliaron entre los Ismaelitasque tenían sobre ellos la ventaja de tener un jefe vivo, pronto a darse a conocer cuando las circunstancias lo permitieran. En 884, un misionero ismaelita Ibn-Hauchab, que antes había sido Duodecimano comenzó a predicar públicamente en el Yemen. Hízose dueño de Zaná y envió misioneros a casi todas las provincias del imperio. Desde ellos fueron a «trabajar;» según la espresion de los Shiitas, el país de los ketamianos en la provincia actual de Constantina y cuando murieron, Ibn-Hauchab los reemplazó con uno de sus discípulos llamado Ibn-Abdalá. Activo, atrevido, elocuente, lleno de sutileza y astucia, sabiéndose además acomodarse a la inteligencia limitada de los Berberiscos, era enteramente a propósito para la misión que iba a llenar, bien que todo lleve a creer que no conocía más que les grados inferiores de la secta, pues aun los misioneros ignoraban a veces su verdadero objeto. Se puso primero a enseñar a los niños de los ketamianos dedicándose a ganarse la confianza de sus huéspedes y cuando se creyó seguro de su obra tiró la máscara, se declaró Shiita y precursor de Mahdi, prometiendo a los ketamianos los bienes de este mundo y del otro, si querían tomar las armas por la santa causa. Seducidos por los discursos místicos del misionero y acaso más aun por el cebo del pillaje, los ketamianos se dejaron persuadir fácilmente, y como su tribu era entonces la más numerosa y prepotente y la que había sabido conservar mejor su antigua independencia y espíritu marcial, fueron rapidísimos sus triunfos. Después de quitarle todas las ciudades al último Príncipe de la dinastía de los Aglabitas que había reinado más de un siglo, le obligaron a huir de su residencia con tal precipitación, que no tuvo ni tiempo para llevarse a su querida. Entonces, Abdalá, colocó al Mahdi en el trono. (909) Era el gran maestre de la secta Said, descendiente de Abdalá el oculista, pero que se daba por descendiente de Alí, y se hacía llamar Obaidallah. Hecho Califa el fundador de la dinastía de los Fatimitas, ocultó cuidadosamente sus verdaderas ideas. Acaso hubiera tenido más francos procederes si otro país, la Persia por ejemplo, hubiera sido el teatro de su triunfo, pero como debía el trono a una horda semi-bárbara que no entendía de especulaciones filosóficas, fuerza le fué no sólo de disimular, sino contener a los miembros más avanzados de la secta que comprometían el porvenir con arrojos intempestivos. Por eso el verdadero carácter de esta secta, no se manifestó a la luz del dia, hasta principio del siglo XI, en que el poder de los Fatimitas, estaba tan sólidamente establecido que no tenían ya nada que temer y que gracias a sus numerosos ejércitos y a sus inmensas riquezas, podían dar al traste aun con sus pretendidos derechos de nacimiento. El califa Moizz, preguntado por las pruebas de su parentesco con el yerno del profeta, respondió con arrogancia, sacando a medias la espada de la vaina: «Esta es mi genealogía.» Luego, derramando a manos llenas monedas de oro sobre los concurrentes, añadió: «Estas son mis pruebas.» Todos prostestaron que esta demostración les parecía incontestable. Al contrario, en su origen los Ismaelitas no se distinguieron de las otras sectas musulmanas más que por su intolerancia y su crueldad. Piadosos y sabios faquíes, fueron azotados, mutilados o crucificados, porque habían hablado con respeto de los tres primeros califas, olvidado una fórmula shiita, o pronunciado un fetva según el código de Malic. Se exigía del convertido una sumisión a toda prueba. Bajo pena de ser degollado como incrédulo, el marido debía sufrir que se deshonrara a su mujer en presencia suya, y después de esto estaba obligado a dejarse abofetear y escupir en la cara. Obaidallah, preciso es decirlo en su honor, trató muchas veces de reprimir la cólera brutal de sus soldados, pero rara vez lo conseguía. Sus sectarios, que no querían, según decían, un Dios invisible, lo deificaban de buen grado, conforme a las ideas de los Persas, que enseñaban la encarnación de la divinidad en la persona del monarca; pero era a condición de que les permitiera hacer todo lo que se les antojara. Nada iguala a las crueldades que cometieron estos bárbaros en las ciudades conquistadas. En Barca, su general hizo partir a pedazos y asar a algunos de los habitantes de la ciudad, luego obligó a otros a comer de esta carne, y por último, hizo echar a estos últimos en el fuego. Sumidos en un mudo estupor, y no creyendo en una providencia que ordenara los humanos destinos, los infelices Africanos no ponían sus esperanzas sino más allá de la tumba. «Pues que Dios tolera todo esto, dice un foliculario de la época, es claro que a sus ojos este bajo mundo, es demasiado despreciable para que se digne ocuparse de él. Pero llegará el último día y Dios juzgará!» Por sus pretensiones a la monarquía universal, los Fatimitas eran peligrosos para todos los estados musulmanes, pero lo eran especialmente para España. Desde temprano habían echado el anzuelo a este rico y bello país. Posesionado apenas de los estados de los Aglabitas, Obaidallah había ya entablado una negociación con Ibn-Hafzun que le reconoció por soberano. Esta estrecha alianza no condujo a nada, pero los Fatimitas no se dejaron desanimar. Sus espías recorrían la península en todas direcciones, bajo pretesto de comerciar y puede formarse una idea de lo que contarían a sus amos leyendo lo que uno de ellos, Ibn-Haucal, escribía en la relación de sus viajes. Apenas comienza a hablar de España, se expresa de esta manera: «Lo que más asombra a los estranjeros que llegan a la provincia es que pertenezca todavía al soberano que reina en ella, porque sus habitantes son gentes sin dignidad y sin talento; son cobardes, montan muy mal a caballo, e incapaces enteramente de defenderse contra buenos soldados, mientras que por otra parte nuestros señores, a quienes Dios bendiga, saben muy bien lo que vale este pais, lo que produce de contribuciones, sus bellezas y sus delicias. Si los Fatimitas conseguían poner el pie en el territorio andaluz, seguros estaban de encontrar parciales. La idea de la próxima aparición del Mahdi, se había extendido por España como por todo el resto del mundo musulmán. Ya en 901, como más adelante referiremos, un príncipe de la casa de los Omeyas se había atribuido el papel del Mahdi esperado; y en un libro escrito veinte años antes de la fundación del califato Fatimita, se halla una predicción del célebre teólogo Abdelmelic ibn-Habid (853) según la cual un descendiente de Fatima había de venir a reinar en España, conquistaría Constantinopla, (ciudad que se consideraba aun como la metrópoli del cristianismo) mataría a todos los cristianos varones de Córdoba y de las provincias vecinas y vendería a sus mugeres y a sus hijos de manera que se podría comprar un muchacho por un látigo y una muchacha por una espuela. Como sucede de ordinario, era la gente de la clase baja quien más creía en esta clase de profecías; pero aun en las clases bien educadas y especialmente entre los librepensadores hubieran quizás encontrado adictos los Fatimitas. La filosofía había penetrado en España en el reinado de Mohamed, quinto Sultán omeya, más intolerantes, que en el Asia se miraban aquí con malos ojos a los filósofos y los teólogos andaluces que habían hecho el viaje de Oriente, no hablaban sino con santo horror de la tolerancia de los Abásidas y sobre todo de aquellas reuniones de sabios de todas religiones y de todas sectas, donde se disputaba sobre cuestiones metafísicas, echando de lado toda revelación y en donde los mismos musulmanes ponían a veces en ridículo al Coran. El pueblo detestaba a los filósofos, que trataba de impíos y los quemaba o los apedreaba de buena gana. Los librepensadores tenían, pues, que disimular sus ideas y naturalmente le pesaba esta sujeción. ¿No habían de estar dispuestos a apoyar una dinastía cuyos principios eran conformes a los suyos? Lícito es creerlo así y los Fatimitas, a lo que parece, no lo juzgaban de otro modo y hasta creemos que, trataron de fundar una logia en España, a cuyo fin se sirvieron del filósofo Ibn-Masarra. Este Ibn-Masarra, era un panteista de Córdoba que había estudiado principalmente las traducciones de ciertos libros griegos, que los Árabes atribuían a Empédocles. Obligado a dejar su patria, porque se le había acusado de impiedad, se fue a recorrer el Oriente, donde se había familiarizado con las doctrinas de las diferentes sectas y donde parece haberse afiliado a la sociedad secreta de los Ismaelitas. Lo que nos inclina a suponerlo fue su manera de conducirse después de su vuelta a España, pues en lugar de exponer abiertamente sus opiniones, como lo había hecho en su juventud, las ocultaba y ostentaba una grande devoción y una austeridad extrema; habiéndole enseñado los jefes de a sociedad secreta, nosotros por lo menos así lo creemos, que era preciso atraer y seducir a las gentes con las exterioridades de la ortodoxia y de la piedad. Gracias a la máscara que había tomado y también a su arrebatadora elocuencia, supo engañar al vulgo y atraer a sus lecciones gran número de discípulos, que llevaba lentamente y paso a paso de la fé a la duda y de la duda a la incredulidad. Pero no consiguió engañar al clero que justamente alarmado hizo quemar, no al filósofo mismo, (Abderramán III, no lo hubiera permitido) sino sus libros. Por lo demás, que Ibn-Masarra fuera o no emisario de los Ismaelitas (porque no existe testimonio positivo sobre este punto) no es menos cierto que los Fatimitas no descuidaban medio alguno para formarse un partido en España y que lo consiguieron hasta cierto punto. Su dominación hubiera sido sin duda, benéfica para los libre pensadores, pero al mismo tiempo un terrible azote para las masas, y especialmente para los cristianos. Una frase, fríamente bárbara, del viajero Ibn-Hocal, muestra lo que estos últimos tenían que esperar de los fanáticos ketamianos. Después de haber notado que los cristianos, que halló establecidos a millares en gran número de lugares, habían causado muchas veces dificultades al gobierno con sus insurrecciones, Ibn-Hocal, propone un medio muy expeditivo, para evitarlos en adelante, exterminarlos hasta el último hombre. Semejante medida era a los ojos excelente, y la única objeción que se le ocurre es que se necesitaría mucho tiempo para ejecutarla. ¡No era después de todo más que una cuestión de tiempo! Como se ve, los ketamianos hubieran realizado al pie de la letra, la predicción de Abdelmelic ib-Habib. He aquí el peligro que amenazaba á España por parte del Mediodía; al que se hallaba expuesta por parte del Norte, en donde el reino de León crecía de día en día, era más grave aun. Nada más humilde que el origen de este reino. En el siglo VIII, cuando la provincia que habitaban se había sometido ya a los musulmanes, trescientos hombres mandados por el bravo Pelayo, habían encontrado un refugio en las altas montañas del Este de Asturias. Una gran caverna (la de Covadonga) les servía de morada. Muy elevada sobre el suelo (se sube hoy todavía a ella por medio de una especie de escalera de noventa gradas;) está en una enorme roca en el fondo de un valle tortuoso, profundamente surcado por un torrente, y tan estrechamente encerrada entre dos cadenas de rocas escarpadísimas, que apenas un hombre a caballo puede penetrar. Un puñado de bravos podían defenderse fácilmente allí aun contra fuerzas muy superiores, y esto fué lo que hicieron los Asturianos. Pero su existencia era muy miserable, y habiéndose rendido algunos de sus compañeros y muerto otros por falta de víveres, hubo un momento en que Pelayo no tuvo consigo más que cuarenta personas, entre las que se contaban diez mujeres que no tenían por alimento más que la miel que las abejas depositaban en las hendiduras de la roca. Entonces los musulmanes lo dejaron en paz, diciéndose, que después de todo, una treintena de hombres no era de temer, y que sería trabajo perdido aventurarse por eso en aquel peligroso valle, en que tantos bravos habían encontrado ya una muerte sin gloria. Gracias a este respiro pudo Pelayo reforzar su banda, y habiéndosele unido muchos fugitivos volvió a tomar la ofensiva, haciendo incursiones en las tierras de los musulmanes. Para poner término a estas depredaciones el berberisco Munuza, gobernador entonces de Astúrias, envió contra él uno de sus tenientes llamado Alcama. Pero la expedición de Alcama fue desgraciadísima; sus soldados experimentaron una terrible derrota, y él mismo cayó muerto. El triunfo obtenido por la banda de Pelayo enardeció a los demás Asturianos, que se insurreccionaron, y Munuza, que no tenia tropas suficientes para reprimir esta rebelión, y que temía que le cortaran la retirada, abandonó Gijon, su residencia, tomando el camino de León, pero apenas había andado siete leguas, fue atacado de improviso, y cuando llegó a León, después de haber sufrido una pérdida muy considerable, enteramente desanimados sus soldados, rehusaron volver a las ásperas montañas que habían sido testigos de sus infortunios. Habiendo sacudido así el yugo de la dominación extranjera, los asturianos vieron poco después acrecentarse su poder. Hacia el Este confinaba su provincia con el Ducado de Cantabria, que no había sido sometido por los musulmanes, y cuando Alfonso, que reinaba allí, y que se había casado con la hija de Pelayo, ascendió al trono de Asturias, las fuerzas cristianas se hallaron casi duplicadas. Entonces pensaron naturalmente en rechazar a los conquistadores más al Mediodía. Las circunstancias vinieron en su ayuda. Los Berberiscos, que constituían la mayor parte de la población musulmana en casi todo el Norte, abrazaron las doctrinas no-conformistas; se insurreccionaron contra los Árabes y los echaron; pero habiendo ido al Mediodía, fueron batidos a su vez y ojeados como fieras. Diezmados ya por la espada, lo fueron mucho más por la terrible hambre, que a partir del 750 asoló España durante cinco años consecutivos. La mayor parte resolvió entonces abandonar España para ir a juntarse con sus contributos, que moraban en la costa de África. Aprovechando esta emigración los Gallegos se insurreccionaron en masa contra sus opresores, desde el año 751 reconocieron por rey a Alfonso. Secundados por él, mataron gran número de enemigos, y obligaron a los demás á retirarse a Astorga. El año 753 los Berberiscos tuvieron que retirarse todavía más al Mediodía. Evacuaron Braga, Porto y Viseo, de modo que toda la costa hasta más allá de la embocadura del Duero, se encontró libre del yugo. Retrocediendo siempre y no pudiendo mantenerse ni en Astorga, ni en León, ni en Zamora, ni en Salamanca, se replegaron a Coria o quizás a Mérida. Más al Este abandonaron Saldada, Simancas, Segovia, Avila, Oca, Miranda del Ebro, Cenicero y Alesanco (ambas en la Rioja). Las principales ciudades fronterizas de los musulmanes, fueron desde entonces de Oeste a Este, Coimbra, sobre el Mondejo, Coria, Talavera y Toledo sobre el Tajo; Guadalajara, Tudela y Pamplona. Así la guerra civil y la terrible hambre de 750, libertaron gran parte de España del dominio musulmán, que no duró allí más que unos cuarenta años. Pero Alfonso se aprovechó poco de las ventajas que había obtenido. Recorrió el pais abandonado y pasó a cuchillo a los musulmanes, poco numerosos sin duda,que encontró allí; pero no teniendo ni bastantes siervos para cultivar un pais tan extenso, ni bastante dinero para reedificar las fortalezas que los musulmanes habían desmantelado o destruido antes de su partida, no pudo pensar en apoderarse de ellas, y se llevó consigo a los indígenas cuando volvió a sus Estados, no ocupando más que los distritos más cercanos a sus antiguos dominios. Eran estos la Liébana (es decir, el S. O. de la provincia de Santander), Castilla la Vieja, (llamada entónces Bardulia), la costa de Galicia, y acaso la ciudad de León. Todo lo demás, no fue durante mucho tiempo más que un desierto que formaba una barrera natural entre los cristianos del Norte y los musulmanes del Mediodía. Pero lo que Alfonso I no había podido hacer lo hicieron sus sucesores. Casi siempre en guerra con los Moros pusieron su capital en León y reedificaron poco a poco las ciudades y fortalezas más importantes. En la segunda mitad del siglo IX, cuando casi todo el Mediodía se había levantado contra el Sultán, adelantaron los límites de su nación hasta el Duero, donde edificaron cuatro plazas fuertes, Zamora, Simancas, San Esteban de Gormaz y Osma, que formaban una barrera casi infranqueable a los musulmanes, mientras que el vasto pero triste y estéril país que se extiende entre el Duero y Guadiana no pertenecía ni a los Leoneses ni a los Moros, se lo disputaban aun. Por el lado de Poniente, los Leoneses estaban más próximos a sus enemigos naturales, porque sus fronteras se extendían mas allá del Mondego. Pero pasaban algunas veces estas fronteras. Aprovechando la debilidad del Sultán, hácian atrevidas expediciones hasta más allá del Tajo y del Guadiana, y las tribus, en su mayor parte berberiscas, que moraban entre estos dos rios, podían oponerles tanta menos resistencia cuanto que las máss veces se hallaban en guerra entre si. Entonces, era fuerza humillarse ante los cristianes y rescatarse del saqueo. Pero la hora de la venganza parecía, en fin, haber sonado para ellos. El año 901 un príncipe de la casa Omeya, Ahmed-ib-Moawia, que se entregaba al estudio de las ciencias ocultas, y aspiraba al trono se presentó a los bereberes con el Mahdi, los incitó a alistarse bajo sus banderas para marchar contra Zamora, ciudad que Alfonso III había hecho reedificar en 893 por los cristianos de Toledo, sus aliados, y que desde entonces era el terror de los Moros, pues desde allí venían los Cristianos a saquearlos, y allí era también donde ponían en salvo su botín, tras siete fosos y siete murallas. El llamamiento de Ahmed tuvo un inmenso éxito. Ignorantes y crédulos y ardiendo además en deseos de tomar la revancha, los Bereberes se alistaron en masa con un príncipe que hacía milagros, por lo demás, poco complicados, y que les decía que los muros de todas las ciudades caerían a su vista. En pocos meses reunió el impostor un ejército de sesenta mil hombres. Condújolos al Duero, y habiendo llegado cerca de Zamora, envió al rey Alfonso III, que se hallaba en esta ciudad, una carta fulminante en que le amenazaba con su cólera, si él y sus súbditos no abrazaban inmediatamente el Islamismo. Habiendo escuchado la lectura de esta carta, trémulos de indignación y de ira Alfonso y sus grandes, y queriendo castigar al punto al que la había escrito, montaron a caballo y fueron a atacarlo. La caballería berberisca salió a su encuentro, y como había poca agua en el Duero (era verano, mes de Junio) el combate tuvo lugar en el lecho del río. La suerte de las armas no favoreció a los Leoneses. Los Bereberes los derrotaron, y cortándoles la entrada de la ciudad, los empujaron al interior del pais. Sin embargo, el término de la expedicion fue muy diverso del que podía presagiarse por este primer combate. El pretendido Mahdi había adquirido un inmenso dominio sobre sus soldados; creyendo indigno de él dar órdenes de viva voz, las daban por signos y obedecían a sus menores gestos con la mayor docilidad; pero cuanto más respeto imponía a los simples soldados, más excitaba contra él la envidia de los jefes, que presentían que si se lograba la expedición serían suplantados por el supuesto profeta, en cuya misión no creían mucho. Así que ya habían buscado una ocasión para asesinarlo, y no la habían encontrado; pero mientras que perseguían al enemigo, el más poderoso de ellos, Zalal-ibn-Yaich, jeque de la tribu de Nefza, declaró a sus amigos que habían cometido un gran yerro, batiendo a los Leoneses, y que era preciso enmendarlo antes que fuera demasiado tarde. No le costó trabajo hacerlos de su opinión, y todos resolvieron embrollar los asuntos del Mahdí. Mandaron, pues, tocar retirada y cuando llegaron a la avanzada, en la ribera derecha del Duero, tomaron los objetos que les pertenecían, diciendo que habían sido batidos, y que el enemigo venía a sus alcances. Hallaron fé sus palabras, tanto más cuanto que no traían consigo mas que una parte de sus tropas, no habiendo obedecido las demás sus órdenes o nó habiéndolas entendido. El terror y el pánico se apoderó de los ánimos. Buscando su salvación en una pronta fuga, gran número de soldados corrieron hacia el Duero, y viendo esto, la guarnición de Zamora, hizo una salida y acuchilló muchos de ellos, cuando trataban de pasar el rio. Sin embargo, los Leoneses detenidos por el grueso del ejército enemigo, que se hallaba aun en la orilla izquierda, no se hallaron este dia ni el siguiente, en estado de hacer decisiva la ventaja, que acababan de obtener. Pero la deserción que se hacía cada vez mas general en las tropas del Mahdí, vino en su ayuda. En vano el Mahdí decía, que Dios le había prometido la victoria, no lo creían, y al tercer día, cuando se vió abandonado de casi todos sus soldados, él mismo perdió toda esperanza, y no queriendo sobrevivir a su deshonra, metió espuelas al caballo, se lanzó en medio de los enemigos, y encontró la muerte que buscaba. Su cabeza fué clavada en una puerta de Zamora. El éxito de esta campaña aumentó naturalmente la audacia de los Leoneses. Contando con el apoyo de Toledo, y sobre todo con la cooperación del rey de Navarra, Sancho el Grande, que acababa de dar a su pais una importancia que no había tenido hasta entonces, miraban, cada vez más la España musulmana como una presa que no se les podía escapar. Todos los impulsaba al Sur. Pobres, hasta el extremo de que faltos de numerario, permutaban las cosas unas por otras, y enseñados por sus sacerdotes, a los que eran ciegamente adictos, y a quienes colmaban de regalos, a mirar la guerra contra los infieles como el medio más seguro de conquistar el cielo, buscaban en la opulenta Andalucía los bienes de este mundo, y los del otro. ¿Escaparía lAndalucía a su dominio? Si sucumbía, la suerte de los Musulmanes iba a ser terrible. Fanáticos y crueles, los Leoneses rara vez daban cuartel; por lo común cuando tomaban una ciudad pasaban a cuchillo a todos sus habitantes. En cuanto a una tolerancia semejante a la que los Musulmanes concedían a los Cristianos, no había que esperarla de ellos. ¿Qué sería además de la brillante civilización arábiga que se desarrollaba cada vez más bajo el dominio de aquellos bárbaros, que no sabían leer, que cuando querían medir sus tierras tenían que servirse de sarracenos, y que cuando hablaban de una «biblioteca,» entendían por esto la Sagrada Escritura? Como se ve, la tarea que esperaba a Abderramen III, al principio de su reinado, era hermosa y grande, pues consistía en salvar su patria y la civilización misma; pero era también extremadamente difícil. El Príncipe tenía que conquistar sus propios súbditos y rechazar por una parte a los bárbaros del Norte, cuya insolencia había crecido al paso que se debilitaba el imperio musulmán, y por otra, a los bárbaros del Sue, que en un cerrar de ojos se habían apoderado de un vasto Estado, y que querían hacerse de los Andaluces a poca costa. Abderramán comprendió su misión. Ya hemos visto de qué manera conquistó y pacificó su propio reino; ahora vamos á ver cómo hizo frente á los enemigos esteriores. II. Aunque Abderramen III no hubiera tenido intención de volver sus armas contra los Leoneses, estos le hubiera obligado a ello, porque en el año 914, su rey, el intrépido Ordoño II, comenzó las hostilidades llevando a sangre y fuego el territorio de Mérida. Habiéndose apoderado de la fortaleza de Alanje, pasó a cuchillo a todos los defensores de la plaza, y redujo a esclavitud a sus mujeres y a sus hijos. Entonces, espantados los habitantes de Badajoz, y temerosos de compartir la suerte de sus vecinos, reunieron multitud de objetos preciosos, y con el Príncipe a su cabeza fueron a suplicarle al rey cristiano que se dignara aceptarlos. Ordoño aceptó, y triunfante y harto de botín, repasó el Tajo y el Duero, y cuando estuvo en León de vuelta, dió a la Virgen una prueba de su gratitud, edificándole una iglesia. Como los habitantes de los territorios que Ordoño había saqueado, no se le habían sometido aun, Abderramán si hubiera querido hubiera podido cerrar los ojos sobre lo que había pasado. Pero no era esta su manera de pensar. Comprendiendo perfectamente que era preciso ganarse los corazones de sus súbditos rebeldes, mostrando que se hallaban en estado de defenderlos, decidió castigar al rey de León. A este fin, envió contra él en Julio de 916 un ejército considerable, mandado por ibn-abi-Abda, el antiguo general de su abuelo. La expedicion de ibn- abi-Abda, la primera después de la que el pretendido Mahdí había emprendido quince años antes no fue, á decir verdad, más que una razzia, pero razzia en que los Musulmanes cogieron gran botín. El año siguiente, Abderramán, instado vivamente por los habitantes de las fronteras, que se quejaban de que los Leoneses habían quemado todos los arrabales de Talavera (sobre el Tajo) dio orden a ibn-Abí-Abda, de salir otra vez a campaña, y sitiar la importante fortaleza de S. Esteban (de Gormaz) que se llamaba también Castro-Moro. El ejército era numeroso, y se componía en parte de mercenarios africanos, que Abderramán había hecho venir de Tánger. Así que la expedicion prometía ser feliz. Estrechamente bloqueada, la guarnición de S. Esteban se vió bien pronto reducida a la última extremidad, y estaba ya a punto de rendirse, cuando Ordoño acudió en su ayuda. Atacó a Ibn-Abdí-Abda. Desgraciadamente para este, su ejército se componía no solo de soldados de Tánger, sino también de gran número de habitantes de las fronteras, y no se podía contar ni con la fidelidad ni con la bravura de estos hombres, medio berberiscos, medio españoles, que gritaban mucho cuando los Leoneses iban a saquearlos, pretendiendo entonces que el Sultán debía protejerlos, pero que no querían ni defenderse por sí, ni obedecer al monarca. Esta vez todavía se dejaron batir, y su precipitada retirada produjo un espantoso desorden en todas las filas del ejército. Viendo la batalla perdida, el bravo Ibn-Abí-Abda prefirió morir en su puesto a buscar la salvación en la fuga; muchos de sus soldados que pensaban como él se pusieron a su lado, y todos sucumbieron sin retroceder a los golpes de los cristianos. Al decir de los historiadores árabes, el resto del ejército logró rehacerse y llegó en bastante buen orden a territorio musulmán; pero los cronistas cristianos cuentan, por el contrario, que fué tan completa la derrota de los Moros, que desde el Duero hasta Atienza, las colinas, los bosques y los campos estaban cubiertos de cadáveres. Sin dejarse desanimar, tomó enseguida Abderramán sus medidas para reparar este desastre; pero mientras que hacía preparativos para la nueva campaña, que debía ser al año siguiente, llamaron su atención los asuntos de África. Aunque no estuviera aun en guerra contra los Fatimitas, y aunque estos ocupados en la conquista de la Mauritania no le hubieran dado motivo de queja, preveía sin embargo que una vez terminada esta guerra volverían en seguida sus armas contra España. Miraba, pues, como un deber, socorrer a la Mauritania cuanto le fuera posible, y hacer de modo que este pais quedara por decirlo así, como el baluarte de España contra los Fatimitas. Por otra parte, tenía que evitar ponerse en guerra abierta contra esta dinastía antes de tiempo, porque mientras no hubiese domado la insurrección en su propio reino, y obligado a los Cristianos del Norte a pedir la paz, arriesgaba mucho si se exponía a un desembarco de Fatimitas en las costas andaluzas. Todo lo que podía hacer en aquellas circuntancias era animar y ayudar bajo cuerda a los príncipes que quisieran defenderse contra los invasores de su pais. Ya tuvo ocasión de hacerlo en el año 917, cuando los Fatimitas atacaron al Príncipe de Necur (ciudad del Rif marroquí, a cinco leguas del mar). La familia de origen árabe, había reinado sobre Necur y su territorio desde la conquista, se había distinguido siempre por su piedad, y desde que dos de sus princesas, hechas prisioneras por los piratas normandos, fueron rescatadas por el Sultán Mohamed, no había dejado nunca de mantener las relaciones más amistosas con España. Hasta un segundón de esta familia, que como piadoso faquí que era, había hecho cuatro veces la peregrinación a la Meca, vino a España en el reinado de Abdallah para tomar parte en la guerra santa. Atacado por Ibn-Hafzun después de su desembarco, llegó solo al campo del Sultán, habiendo caidos muertos todos los de su escolta, y él lo fue a su vez, combatiendo contra Daizan, el jeque de la provincia de Todmir (Murcia). El Príncipe que reinaba sobre Necur, cuando los Fatimitas llevaron sus armas a la Mauritania, se llamaba Said II. Intimado para que se sometiera, rehusó hacerlo; pero él, o mas bien, un español que era su poeta laureado, tuvo la imprudencia de juntar el ultraje a la negativa. Conviene saber que, al pie de su intimación, el Califa había hecho escribir algunos versos, cuyo sentido era, que si los habitantes de Necur no querían someterse los exterminaría, pero que si obedecían haría reinar la justicia en su país. El poeta laureado, Ahmas de Toledo, respondió aquellos versos por estos otros: "Tú has mentido, te lo juro por el templo de la Meca! No, tú no sabes practicar la justicia, y jamás el Eterno ha oido de tus labios palabra sincera ni piadosa. Tú no eres mas que un hipócrita, un incrédulo, predicando a rústicos la Sunna, que debe ser la regla de todas nuestras acciones. Nosotros ponemos nuestra ambición en las cosas grandes y nobles, entre las que la religión de Mahoma ocupa el primer lugar, tú, por el contrario, pones la tuya en las cosas viles y bajas." Herido en lo vivo, el Califa Obaidallah, envió al punto a Mezzala, gobernador de Tahort, la orden de atacar Necur. No teniendo ciudadela donde refugiarse, el viejo Said II salió al encuentro del enemigo y lo detuvo tres días, pero vendido por uno de sus capitanes murió al fin con casi todos los suyos en el campo de batalla (917.) Entoncos Mezzala se apoderó de Necur, donde pasó los hombres a cuchillo, reduciendo a servidumbre las mujeres y los niños. Avisados por su padre, tres hijos de Said habían tenido tiempo de embarcarse haciendo vela hacia Málaga. En cuanto llegaron a este puerto Abderramán dió las órdenes necesarias para que se les hiciera la más honrosa acogida y al mismo tiempo les mandó a decir que si querían ir a Córdoba tendría mucho gusto en ello, pero que no quería contrariarlos en nada y por consiguiente, que podían permanecer en Málaga, si tal era su voluntad. Los príncipes le respondieron que preferían permanecer lo más cerca posible del teatro de los acontecimientos, porque esperaban volver muy pronto a su pátria. Esta esperanza no era engañosa. Habiendo vuelto a tomar el camino de Tahort, después de pasar seis meses en Necur, Mezzala, confió el gobierno de esta ciudad, a un oficial ketamiano, llamado Dhalul. Este fué abandonado por la mayor parte de sus soldados y entonces los príncipes, a quienes sus partidarios tenían al corriente de todo lo que pasaba, equiparon barcos y partieron para Necur, después de haber convenido entre sí que pertenecería la corona al primero que llegara. Zalih, el más joven de los tres, se adelantó a sus hermanos. Los Bereberes de la costa lo recibieron con entusiasmo, y habiéndole proclamado emir, marcharon contra Necur, donde mataron a Dhalul y a sus soldados. Dueños del país, el príncipe Zalih III, se apresuró a escribir a Abderramán, para darle gracias por su acogida y anunciarle su victoria. Al propio tiempo, hizo proclamar la soberanía de este monarca en toda la extensión de sus dominios y por su parte Abderramán le envió tiendas, banderas y armas. Si los negocios de Necur hubieran podido hacer olvidar a Abderramán que tenía que vengar la derrota de su ejército y la muerte del intrépido Ibn-abi-Abda, cuya cabeza había hecho clavar Ordoño en la muralla de S. Esteban al lado de una cabeza de jabalí, los cristianos se tomaron el trabajo de recordarle su deber, porque en la Primavera del 918, Ordoño y su aliado Sancho de Navarra, asolaron las cercanías de Nájera y Tudela, después de lo cual, Sancho, tomó el arrabal de Valtierra y quemó la mezquita mayor de esta fortaleza. Abderramán confió ahora el mando de su ejército al hadjib Badr y envió a los habitantes de las fronteras orden de reunirse a sus banderas, excitándolos a aprovechar esta ocasión de lavar la deshonra de que se habían cubierto el año precedente. Salieron de Córdoba el 7 de Julio, y cuando llegaron al territorio leonés, atacaron audazmente al ejército enemigo que se había atrincherado en las montañas. Por dos veces, el 13 y el 15 de Agosto, se batalló cerca de un lugar que se llamaba Mutonia, y por dos veces obtuvieron los Moros una brillante victoria. Los Leoneses, como lo atestiguan sus propios cronistas, hubieron de consolarse diciendo con David, que es varia la suerte de las armas. Habiendo reparado así Abderramán, el deshonor de su derrota, pero no creyendo suficientemente aún humillados a los Leoneses y ardiendo además en deseos de obtener una parte de los laureles que en la guerra contra los infieles, sus generales recogían, tomó el mando de su ejérito a principios de Junio de 920. Una astucia le hizo dueño de Osma. El señor que mandaba en esta plaza le había hecho las mayores promesas si quería dejarlo en paz y llevar sus armas a otra parte. Abderramán se aprovechó de la cobardía de este hombre. Fingiendo dar oidos a sus proposiciones, se dirigió hacia el Ebro por el camino de Medinaceli; paro girando de pronto a la izquierda y encaminándose hacia el Duero envió delante un cuerpo de caballería con orden de saquear y asolar los alrededores de Osma. Sorprendida con la súbita aparición del enemigo la guarnición de esta ciudad se apresuró a refugiarse en los bosques y en las sierras, de modo que los Moros entraron en la fortaleza sin combate. Habiéndola quemado, fuéron a atacar San Esteban de Gormaz. Allí tampoco encontraron resistencia, habiendo huido la guarnición en cuanto se acercaron. La fortaleza fue destruida, como también el castillo de Alcubilla que se hallaba en sus cercanías. Hecho esto, marcharon los Moros contra Clunia, ciudad muy antigua y de que no quedan más que ruinas, pero que era importante entonces. Parecía que los Leoneses habían corrido la voz para no resistir en ninguna parte, porque los musulmanes hallaron Clunia abandonada y destruyeron allí gran parte de las casas y de las iglesias. Cediendo a las peticiones de los Musulmanes de Tudela, resolvió entonces Abderramán volver sus armas contra Sancho de Navarra. Caminando despacio, a fin de no fatigar mucho a sus tropas, empleó cinco dias en ir de Clunia a Tudela, y habiendo puesto luego un cuerpo de caballería a las órdenes del Gobernador de Tudela Mohamed-ibn-Lope, le ordenó que fuera a atacar la fortaleza de Carear, que Sancho había levantado para contener y vejar a los habitantes de Tudela. Los Musulmanes la encontraron abandonada, lo mismo que Calahorra, de donde el mismo Sancho huyó precipitadamente para meterse en Arnedo; pero cuando pasaron el Ebro, Sancho vino a atacar su vanguardia. Empeñado el combate, mostraron los Musulmanes que servían para algo más que para tomar, saquear y quemar fortalezas indefensas, pues pusieron al enemigo en plena derrota, y lo obligaron a refugiarse en la montaña. La vanguardia bastó para obtener este feliz resultado. Abderramán que se hallaba en el centro de sus ejércitos ignoraba que la vanguardia estaba a palos con el enemigo; las cabezas cortadas de los Cristianos que le presentaron le dieron la noticia. Batido, y no hallándose en estado de resistir a sus enemigos por sí solo, Sancho pidió y obtuvo la cooperación de Ordoño. Ambos reyes resolvieron entonces atacar ya la vanguardia, ya la retaguardia del enemigo, según las circunstancias lo permitióran. Entretanto los Cristianos, que no abandonaban la montaña, se mantenían a los flancos de las columnas musulmanas que atravesaban los desfiladeros y los valles. Queriendo aterrar a sus adversarios, daban de vez en cuando grandes alaridos, y aprovechando la ventaja del terreno, mataban a veces algunos. El ejército musulmán se encontraba evidentemente en una situación peligrosa; tenía que habérselas con montañeses ágiles e intrépidos que se acordaban muy bien del desastre que sus antepasados habían causado al gran ejército de Carlo- Magno, en el valle de Roncesvalles, y que asechaban la ocasión de tratar a Abderramán de la misma manera. El Sultán no se hace ilusiones sobre el peligro que corría, y cuando hubo llegado al valle, que a cáusa de sus juncos se llamaba la Junquera, dió orden de hacer alto, y desplegar las tiendas. Entonces los Cristianos cometieron una inmensa falta; en lugar de permanecer en las sierras, bajaron al llano y aceptaron audazmente el combate que los Musulmanes les ofrecían. Pagaron su temeridad con una torrible derrota. Los Musulmanes los persiguieron hasta que las sombras de la noche los ocultaron a su vista e hicieron prisioneros muchos de sus jefes, entre los que se contaban dos obispos, Hermogio de Tuy, y Dulcidio de Salamanca, que según la costumbre de la época se habian ceñido los arneses de la guerra. Más de mil cristianos hallaron asilo en la fortaleza de Muez; Abderramen la cercó, la tomó e hizo cortar la cabeza a todos sus defensores. Destruyendo fortalezas, y no hallando resistencia en ninguna parte recorrieron los musulmanes triunfantes la Navarra, y podían vanagloriarse de haberlo quemado todo en el espacio de diez millas cuadradas. El botín que recogieron, sobre todo de víveres, era prodigioso; el trigo se vendía en su campo casi por nada, y no pudiendo llevarse todas las provisiones, se vieron obligados a quemar gran parte. Triunfante y cubierto de gloria, Abderramán emprendió su retirada el 8 de Setiembre. Llegados a Atienza, licenció a los soldados de la frontera que se habian portado muy bien en la batalla de Val de la Junquera, a los que hizo donativos, y se encamino a Córdoba, a donde llegó el 24 de Setiembre, después de una ausencia de tres meses. Abderramán podía lisonjearse con la esperanza de que esta gloriosa campaña quitaría, por mucho tiempo a los cristianos la gana de hacer excursiones a territorio musulmán, pero tenía que habérselas con enemigos que no se desanimaban fácilmente. Desde el año 921 Ordoño hizo una nueva razzia, y si hemos de creer a los cronistas cristianos, que acaso exageran los triunfos obtenidos por sus compatriotas, el rey de León llegó hasta una jornada de Córdoba. Dos años después, Ordoño reconquistó Nájera, mientras que su aliado se hacía dueño de Viguera, de lo que estaba tan orgulloso, que exclamó con el Profeta: «Los he dispersado y los he obligado a refugiarse en reinos lejanos y desconocidos.» La toma de Viguera causó gran consternación en la España musulmana, pues se refería que todos los defensores de la plaza, entre los que había muchos que pertenecían a las principales familias, habían muerto; de modo, que aunque Abderramán no hubiera querido, la opinión pública le hubiera obligado a temar venganza de este desastre. Pero no tenía necesidad de tales excitaciones. Exasperado y furioso no quiso ni esperar el tiempo en que comenzaban de ordinario las operaciones y el mes de Abril de 924, salió de Córdoba a la cabeza de su ejército, «para ir a vengar a Dios y a la religión, de la raza impura de los infieles,» como se espresa un cronista árabe. El diez de Julio llegó a territorio navarro, pero era tan grande el terror que inspiraba su nombre que a su aproximación los enemigos abandonaban sus fortalezas en todas partes. Pasó por Carear, Peralta, Falces y Carcastillo, saqueando y quemando todo lo que hallaba a su paso y se internó en el país, dirigiéndose hacia la capital. Sancho intentó detenerlo en los desfiladeros, pero fue rechazado cada vez que lo intentó y Abderramán llegó sin obstáculo a Pamplona, donde los habitantes no se atrevieron a esperarlo. Hizo destruir muchas casas de la ciudad, como también la catedral, que atraía todos los años gran número de peregrinos. Luego ordenó demoler otra iglesia que Sancho había hecho edificar, con grandes dispendios, en una montaña cercana y por la que tenía gran veneración, así que hizo esfuerzos inauditos pero inútiles para salvarla. Ni fué mas feliz en adelante. Habiendo recibido refuerzos de Castilla, atacó dos veces al ejército musulmán que había vuelto a ponerse en marcha, y por dos veces fue rechazado con pérdidas. Los Moros, por el contrario, perdieron muy pocos soldados en esta gloriosa campaña, que ellos llamaron la de Pamplona. El rey de Navarra, antes tan orgulloso, estaba ahora humillado y reducido por mucho tiempo a la impotencia. Del lado de León, Abderramán no tenía tampoco, por el pronto, nada que temer. El bravo Ordoño II, había muerto antes de que principiase la campaña de Pamplona. Su hermano Fruela II, que le sucedió, no reinó mas que un año, en el cual nada hizo contra los Musulmanes, si no es que suministró algunos refuerzos a Sancho de Navarra. A su muerte, (925) Sancho y Alfonso, hijos de Ordoño II, se disputaron la corona. Sostenido por Sancho de Navarra, con cuya hija se había casado, Alfonso cuarto de este nombre, lo consiguió. Pero Sancho, sin desanimarse, reunió un nuevo ejército, y habiéndose hecho coronar en Santiago de Compostela, sitió León, la tomó y quitó el trono a su hermano (926.) Mas adelante, en 928, Alfonso reconquistó la capital con ayuda de los navarros, pero Sancho supo mantenerse en Galicia. Abderramán no se mezcló en esta larga guerra civil, dejando destruirse a los cristianos entre sí, pues que tal era su voluntad, se aprovechó del respiro que le daban para aniquilar casi en todas partes la insurrección de sus propios Estados, y ahora que ya había alcanzado el objeto de sus deseos creyó le convenía tomar otro título. Los Omeyas de España se habían contentado hasta aquí con los del Sultán, emir o hijo de los Califas. Creyendo que este nombre de Califa no pertenecía más que al monarca que tuviera en su poder las dos ciudades santas de la Meca y de Medina, se lo habían dejado a los Abásidas, aunque los consideraran siempre como enemigos. Pero ahora que los Abásidas estaban bajo la tutela de sus mayordomos de palacio, los emires al-omera, y que su autoridad no se extendía más que sobre Bagdad y su territorio, habiéndose hecho independientes los gobernadores de las provincias, no había razón para que los Omeyas no tomaran un calificativo, que necesitaban para imponer respeto a sus súbditos, y sobre todo a las colonias africanas. Abderramán ordenó en el año 929 que desde el viernes 16 de Enero se le dieran en las oraciones y actos públicos, los títulos de Califa, de Príncipe de los Creyentes, y defensor de la fé: (an-nacir lidini'llah.) Al mismo tiempo fijó toda su atención en eÁfrica. Entabló una negociación con Mohamed ibn-Khazar, jeque de la tribu berebere de Maghalawa, que ya había puesto en fuga a las tropas de los Fatimitas, y matado a su general Mezzala con su propia mano. Hecha la alianza, Mohamed ibn-Khazer, espulsó a los Fatmitas del Maghreb central (las actuales provincias de Argel y de Orán) e hizo reconocer en este pais la soberanía del monarca español. Este consiguió separar también del partido de los Fatimitas al valiente jefe de los Micnesa Ibn-abí-‘l-Afia, que había sido su más sólido apoyo hasta entonces, y conociendo le era necesaria tener una fortaleza en la costa africana, se hizo ceder Céuta. (931.) Los cristianos del Norte parecían haberse propuesto dejar al Califa el tiempo necesario para que pudiera consagrarse por entero a los negocios de África. Habiendo concluido la primera guerra civil, con la muerte de Sancho en 929, comenzaron otra en 931. En este año, Alfonso IV, afligido por la muerte de su esposa, abdicó la corona en su hermano Ramiro II, y tomó el hábito en el monasterio de Sahagún, pero poco después, conociendo que no habia sido hecho para la monotonía de la vida monástica, abandonó el claustro y se hizo proclamar rey en Simancas. Esto era a los ojos de los sacerdotes un escándalo inaudito; así que le amenazaron con los tormentos del infierno si no volvía a tomar el hábito monástico. Hízolo al fin, pero de carácter débil y tornadizo, se arrepintió de nuevo y ahorcó los hábitos por segunda vez. Aprovechándose de la ausencia de Ramiro II, que había ido a socorrer a Toledo, embestida entonces por las tropas del Califa, se presentó frente a León y se apoderó de la ciudad. Vuelve Ramiro a toda prisa, asalta León a su vez y se apodera de ella; y queriendo poner a su hermano en estado de que en adelante no pudiera disputarle la corona, le hizo sacar los ojos, así como a sus tres primos hermanos, los hijos de Fruela II, que habían tomado parte en esta rebelión (932.) Todo cambió de aspecto para Abderramán. Ya había pasado el tiempo en que no tenía que preocuparse del reino de León. Tan belicoso como valiente, Ramiro profesaba a los Musulmanes un odio feroz e implacable. Su primer cuidado fue socorrer a Toledo, altiva república, única en la España musulmana que desafiaba aun las armas del Califa y que había sido hasta entonces fiel aliada y escudo del reino de León. Salió pues, a campaña y como Madrid se hallaba de camino, atacó a esta ciudad y la tomó. Sin embargo, no consiguió salvar a Toledo. Habiendo salido a su encuentro una parte del ejército que sitiaba esta ciudad, se vió obligado a volver piés atrás, y abandonar Toledo a su suerte. Perdida así su última esperanza, la ciudad, como ya hemos visto, en el libro precedente, no tardó en rendirse. Más feliz fue Ramiro en el siguiente año (933.) Informado por el conde de Castilla, Fernán González de que el ejército musulmán amenazaba a Osma, salió al encuentro del enemigo y lo derrotó. Abderramen tomó la revancha en 934. Hubiera querido que los llanos de Osma, que antes fueron testigos de su derrota, lo fueran ahora de su victoria, pero en vano trató de hacer salir a Ramiro de la fortaleza; el rey de León no juzgó prudente aceptar la batalla que los Musulmanes le ofrecían. Habiendo dejado entónces, un cuerpo delante de Osma, continuó Abderramán su marcha hacia el Norte. Por el camino cometieron algunas crueldades, sobre todo los regimientos africanos, que en país enemigo nada respetaban. Cerca de Burgos degollaron a todos los monjes de San Pedro de Cardeña en número de doscientos. Burgos, la capital de Castilla fuá destruida y gran número de fortalezas tuvieron la misma suerte. Sin embargo, algún tiempo después, tomaron los asuntos del Norte un aspecto amenazador. Formóse una liga formidable contra el Califa, de la que fue el más ardiente promovedor, el gobernador de Zaragoza Mohamed ibn-Hachim el Todjibita. Los Beni-Hachim que habitaban en Aragón desde el tiempo de la conquista, habían hecho útiles servicios al sultán Mohamed, cuando los Beni-Casi eran todavía omnipotentes en la provincia y hacía cuarenta años que la dignidad de gobernador o virrey de la frontera superior era hereditaria en su familia. Era casi la única a quien Abderramán, que había quitado toda la influencia a la nobleza árabe, dejó su lustre y alta posición. Sin embargo, Mohamed-ibn-Hachim no estaba satisfecho del Califa, y sea que tuviera empeño de vengar las injurias de su casta, sea que no viera en la benevolencia de Abderramán para con él, sino un cálculo dictado por el miedo, sea en fin que soñaba un trono para él y sus hijos, se puso a negociar con el rey de León, y le prometió reconocerlo por señor, si le ayudaba contra el Califa. Ramiro dió oidos a sus proposiciones y durante la campaña de 934, Mohamed se declaró en abierta rebelión, rehusando unirse al ejército musulmán. Tres años mas tarde reconoció el señorío de Ramiro. Algunos generales rehusaron seguirle en la vía de la traición y rompieron con él; pero Ramiro llegó entonces con tropas, sitió y tomó las fortalezas que aun se mantenían por el Califa y se las entregó a Mohamed. Hecho esto, Ramiro y Mohamed hicieron alianza con Navarra donde reinaba entonces García, bajo la tutela de su madre Tota, viuda de Sancho el Grande. Así todo el Norte estaba aliado contra el Califa. El peligro que antes parecía conjurado, renacía; pero el Califa le hizo frente con su energía habitual. Habiéndose puesto a la cabeza del ejército en el año 937, marchó contra Calatayud, donde gobernaba Motarrif, pariente de Mohamed, y cuya guarnición se componía en parte de cristianos de Álava, enviados por Ramiro. Motarrif cayó muerto en la primera escaramuza. Sucedióle su hermano Haquem, pero habiéndose visto obligado a evacuar la ciudad y refugiarse en la ciudadela, abrió tratos y, estipulando una amnistía para él y para sus soldados musulmanes, la entregó al Califa. Los alaveses que no estaban comprendidos en la capitulación fueron pasados a cuchillo. Después de este primer triunfo, Abderramán se apoderó de unos treinta castillos y volvió sus armas, ya contra Navarra, ya contra Zaragoza. Hizo sitiar esta ciudad por un príncipe de la sangre, el general en jefe de la caballería Ahmed ibn-Ishac, a quien acababa de conferir el título de gobernador de la frontera superior, pero no tardó en darle este general graves motivos de queja. Aunque hubieran llevado en Sevilla una vida pobre y oscura, hubieran contraido alianzas desiguales y no hubiera entre ellos más que un lejano parentesco, no se había avergonzado Abderramán de reconocer a los Beni-Ishac como miembros de su familia, colmándolos de favores. Sin embargo, no estaban todavía contentos con su posición. Su ambición no tenía límites; Ahmed, jefe de la familia, pretendía nada menos que ser nombrado heredero presunto de la corona y mientras que conducía el sitio de Zaragoza, con una cobardía y una lentitud que indignaban e irritaban al Califa, tuvo la audacia de escribirle presentándole esta petición. De tal modo incomodó al Califa esta insolencia, que le respondió colérico en estos términos: «No queriendo más que darte gusto, te hemos tratado hasta aquí con extrema benevolencia, pero acabamos de convencernos de que es imposible cambiar tu carácter. Lo que te conviene es la pobreza, porque no habiendo conocido antes la riqueza, te has llenado de un orgullo insoportable. ¿No era tu padre uno de los últimos caballeros de Ibn-Haddjadj y has olvidado ya que tú mismo no eras en Sevilla sino un tratante en asnos? Nosotros hemos tomado bajo nuestra protección a tu familia desde que la imploró, la hemos socorrido, la hemos hecho rica y poderosa, conferimos a tu difunto padre la dignidad de visir, y a tí mismo la de general de nuestra caballería y gobernador de la mayor de nuestras provincias fronterizas. Y tú has despreciado nuestras órdenes, y no has tomado a pecho nuestros intereses y para colmar la medida, pides ahora que te nombremos nuestro heredero, ¿qué méritos, ni qué títulos de nobleza tienes, cuando a tí y a tu familia se pueden aplicar estos conocidos versos?: "Vosotros sois hombres salidos de la nada, y el lino no puede compararse con la seda. Si sois Coreixitas como decís, tomad vuestras mujeres en esta ilustre tribu, pero si no sois mas que Coptos, vuestras pretensiones son ridiculas." «Tu madre no era la hechicera Hamduna? ¿Tu padre no era un soldado raso, raso? ¿Tu abuelo no era portero en casa de Hanthara ibn-Abbas? ¿No hacía sogas y manteca en el pórtico de su señor?.... ¡Malditos sean, tú y todos los que me han engañado aconsejándome que te tomara á mi servicio! ¡Infame, leproso, hijo de un perro y de una perra, ven a humillarte a nuestros piés» Habiendo sido depuesto de la manera más infamante, Ahmed, secundado por su hermano Omeya se puso a conspirar. El Califa descubrió sus intrigas, y lo desterró. Entóneos Omeya se apoderó de Santarén, donde levantó el estandarte de la rebelión, y se puso en relaciones con el rey de León, al que hizo importantes servicios, indicándole, los lugares por donde el imperio musulmán podía ser mas fácilmente atacado; mas habiendo salido un dia de la ciudad, uno de sus oficiales restableció allí la autoridad del soberano. Omeya se fue entonces con Ramiro. Su hermano continuó intrigando y conspirando con infatigable ardor, había formado el proyecto de entregar España a los Fatimitas y se había puesto en relaciones con su corte. Abderramán lo descubrió, lo mandó prender como Shiita y ejecutar. Entretanto, el Califa triunfaba en el Norte. Mohamed, sitiado en Zaragoza, capituló y como era, después del monarca, el hombre más poderoso y considerado del Estado, Abderramán juzgó prudente perdonarlo y dejarlo en su puesto. Por su parte, la reina Tota, después de haber sufrido revés sobre revés, fue a pedir gracia al Califa y le reconoció como Señor de Navarra, de suerte que escepto el reino de León y una parte de Cataluña, toda España se había humillado delante de Abderramán III.
III. Los veintisiete primeros años del reinado de Abderramen III no habían sido sino una serie continua de triunfos, pero la fortuna es caprichosa y ya había llegado el tiempo de los reveses. Un importante cambio se había verificado en el reino. La nobleza que antes lo era todo, ya no era nada; el poder real la había anonadado. Abderramán la detestaba; no comprendía que un monarca pudiera dejar una cierta influencia y cierto poder a los grandes. «Convengo de buena gana, dijo un dáa al embajador que Otón I le había enviado, en que vuestro rey es un príncipe prudente y hábil, pero hay en su política una cosa que no me agrada; en lugar de concentrar en sus manos toda la autoridad, deja una parte a sus vasallos. Hasta les abandona sus provincias, creyendo así hacerlos adictos. Es una gran falta. La condescendencia con los grandes no conduce más que a alimentar su orgullo y sus inclinaciones a la rebeldía.» No cayó el Califa seguramente en la falta que censuraba al rey de Alemania, pero cayó en otra no menos grave: no cuidó bastante de la susceptibilidad de los grandes. Gobernando por sí mismo, (desde 632 no tuvo más hadjib ó primer ministro) dio casi todos los empleos a hombres de baja estraccion, a libertos, a extranjeros, a esclavos, en fin, a hombres que dependían enteramente de él, y que eran instrumentos dóciles y flexibles en sus manos. Estos, a quienes se daba el nombre de eslavos, gozaban enteramente de su confianza, y en su reinado comienza la influencia de este cuerpo, destinado a representar un papel importante en la España musulmana, y acerca del que debemos dar aquí algunos detalles. Al principio, el nombre de eslavos se aplicaba a los prisioneros que los pueblos germánicos hacían en sus guerras, contra las naciones así llamadas, y que vendían a los sarracenos españoles; pero con el trascurso del tiempo, cuando se comenzaron a comprender bajo el nombre de eslavos una multitud de pueblos que pertenecían a otras razas, se dió este nombre á todos los extranjeros que servían en el harén o en el ejército, cualquiera que fuese su origen. Según el preciso testimonio de un viajero árabe del siglo X, los eslavos que tenía a su servicio el Califa español, eran gallegos, francos, (franceses y alemanes), lombardos, calabreses y procedentes de la costa septentrional del Mar Negro. Algunos habían sido hecho prisioneros por los piratas andaluces, otros habían sido comprados en los pueblos de Italia, porque los judíos, especulando con la miseria de los pueblos, compraban niños de uno y otro sexo y los llevaban a los puertos de mar, donde naves griegas y venecianas iban a buscarlos, para llevárselos a los sarracenos. Otros, esto es, los eunucos destinados al servicio del harén, llegaban de Francia, donde había grandes manufacturas de eunucos, dirigidas por judíos. Era muy famosa la de Verdun y había otras en el Mediodía. Como la mayor parte de estos cautivos eran todavía pequeños cuando llegaban a España, adoptaban fácilmente la religión, la lengua y las costumbres de sus señores. Muchos de ellos recibían una educación esmerada, de suerte, que más adelante gustaban de reunir bibliotecas y componer versos. Tan numerosos eran estos eslavos literatos que uno de ellos, un tal Habib, pudo consagrar un libro entero a sus poesías y a sus aventuras. Siempre habían sido numerosos los eslavos en la corte y en el ejército de los emires de Córdoba, pero nunca lo fueron tanto como en tiempo de Abderramán III. Su número se elevaba entóneos a 3750, según unos, a 6087 según otros, y hay quien lo hace subir a 13750. Acaso se refieren estas cifras á épocas distintas del reinado de Abderramán, pues se sabe que este Príncipe aumentaba sin cesar el número de sus eslavos. Esclavos ellos, tenían sin embargo otros esclavos a su servicio, y poseían tierras muy extensas. Abderramán, los invistió con las más importantes funciones militares y civiles, y, en su odio hacia la aristocracia, obligó a las gentes de alta alcurnia, que contaban entre sus ascendientes ios héroes del desierto, a humillarse ante estos advenedizos a quienes despreciaban soberanamente. Estaban, pues, los nobles muy descontentos del Califa, cuando este concibió el proyecto de hacer contra el rey de León una expedición mucho mÁs importante que las anteriores. Hizo para este fin inmensos gastos, llamó a sus banderas cien mil hombres, y como estaba seguro de obtener una victoria famosa y decisiva dio de antemano a la expedición el nombre de «campaña del poder supremo.» Desgraciadamente para él, nombró a Nadjda, un eslavo, general en jefe del ejército. Esta elección puso el colmo a la irritación de los oficiales árabes, que juraron en su ira, que el Califa había de expiar con una vergonzosa derrota su menosprecio de la antigua nobleza. En el año 939 salió a campaña el ejército tomando el camino de Simancas. Ramiro II, y Tota, la regente de Navarra, su aliada vinieron a su encuentro, y el 5 de Agosto, se empeñó el combate. Los oficiales árabes se dejaron vencer y se retiraron, pero aconteció lo que probablemente no habían previsto. Los Leoneses persiguieron a los Musulmanes. Llegados estos cerca de la ciudad de Alhandega, en las orillas del Tormes, al Sur de Salamanca, se rehicieron e hicieron frente al enemigo, pero fueron completamente derrotados, y el mismo Califa, a duras penas, pudo escapar de la espada de los cristianos. Desde Alhandega ya no fueron en retirada, sino en derrota. Sin orden, sin disciplitía, se abandonaban las filas, se gritaba «¡sálvese quien pueda!» Peones y caballeros iban mezclados; soldados y oficiales sembraban el camino; regimientos enteros desaparecían. La completa y brillante victoria obtenida por Ramiro tuvo eco en todas partes. Se habló de ella en el interior de Alemania y en los paises más apartados del Oriente, pero con muy diferentes sentimientos. Aquí, se regocijaban; allí, se afligían; unos veian en ella prenda segura del triunfo de su fé; otros una causa de serios temores. El mismo Califa estaba muy abatido. Su general Nadjda había caido muerto; el virrey de Zaragoza, que había sido hecho prisionero en la primera batalla, la de Simancas, gemía en un calabozo de León; su ejército había sido aniquilado, y en fin, él mismo no había escapado de milagro a la cautividad o a la muerte, y durante su fuga no tenía a su alrededor más que cuarenta y nueve hombres. Todo esto hizo tal impresión en su ánimo, que no volvió a acompañar más a su ejército en campaña. Felizmente para el Califa, una guerra civil estalló entre los cristianos, impidiendo a Ramiro aprovecharse de la ventaja conseguida. Castilla aspiraba a separarse del reino de León. Ya en el reinado de Ordoño II, padre de Ramiro, se puso en abierta rebeldía. El rey dijo entonces que para terminar amigablemente las diferencias celebraría una junta en Tejiara o Teliara en las orillas del Carrión, río que separaba a León de Castilla, e invitó a los cuatro condes. Fueron, pero el rey los hizo prender y decapitar. Los Leoneses, aunque confesando, que era algo irregular esta manera de administrar justicia, admiraban la prudencia del rey, pero los Castellanos pensaban de otro modo. Privados de sus jefes, quedaron por el momento reducidos a la impotencia, pero deseaban con toda su alma tener a su cabeza un hombre que los vengara de los pérfidos leoneses. Esta hora tan impacientemente esperada iba A sonar. Castilla iba a encontrar un vengador en el conde Fernán González, que ha llegado a ser uno de los héroes favoritos de los poetas de la Edad Media y cuyo nombre pronuncian todavía hoy los Castellanos con profundo respeto. Mientras que los terribles ejércitos de Abderramán III quemaban sus monasterios, sus fortalezas y hasta su capital, Fernando, el «excelente conde» como lo apellidaban, no había podido pensar en libertar a su patria, pero ahora que ya no había nada que temer por parte de los Moros, creyó llegado el momento de cumplir una empresa que consideraba como suya. Declaró la guerra al rey. De ella se aprovechó el Califa para reorganizar su ejército y en el mes de Noviembre del año 949, estuvo ya en estado de hacer asolar las fronteras de León por el gobernador de Badajoz, Ah- med ibn-Yila. Hacia la misma época, la fortuna parecía querer indemnizarle en África del desastre de España. Hasta allí, Abderramán había logrado sin duda felices sucesos en África, pero la medalla también había tenido su reverso. De tiempo en tiempo, sus vasallos se habían dejado batir, y las tentativas que habian hecho para unificar sus operaciones no habían sido siempre venturosas; en fin, algunas veces no había logrado siquiera impedir que pelearan entre sí, pero por lo menos había conseguido entretener a los Fatimitas en África impidiéndoles desembarcar en las costas españolas y esto era en último término todo lo que deseaba, pero ahora se hallaba a punto de obtener mucho más. Un enemigo más temible que todos sus adversarios juntos, había levantado contra los Fatimitas, el estandarte de la rebelión. Era Abu-Yezid, de la tribu berberisca de Iforen. Hijo de un mercader había tratado mucho en su juventud, a Doctores de la secta de los no-conformistas, que contaba en Africa un número inmenso de partidarios. Más adelante, habiéndolo reducido la muerte su padre a la miseria, había ganado su vida enseñando a leer á los niños. De maestro de escuela pasó a misionero a ejempio del fundador del imperio de los Fatimitas, sublevó a los berberiscos en nombre de la verdadera religión y de la libertad, y les prometió un gobierno republicano en cuanto se apoderaran de la capital, Cairawan. Sus triunfos fueron tan portentosos, como lo habían sido los de sus enemigos algunos años antes. Los ejércitos de los Fatimitas se derretían como la nieve en la Primavera ante este hombre pequeño, feo, vestido de sayal y montado en un asno pardo. Los Sunnitas, grandemente lastimados con las blasfemias y la intolerancia de los Fatimitas, corrian en masa a sus banderas, hasta sus faquíes y sus eremitas, tomaban las armas para hacer triunfar al jefe de los no-conformistas. Este parecía haberse empeñado en justificar las esperanzas que se tenían de su tolerancia. Cuando el año 944 hizo su entrada en la capital, pidió al cielo bendiciones sobre los dos primeros Califas que los Fatimitas habían hecho maldecir, e invitó a los habitantes de la ciudad a conformarse con el rito de Malic que los Fatimitas habían proscrito. Los Sunnitas respiraban al fin. Podían hacer de nuevo procesiones con estandartes y tambores, gusto de que hablan estado privados muchos años, y Abu-Yezid, que en estas solemnes ocasiones los dirigía por sí mismo, les dio todavía una prueba más de su tolerancia: hizo alianza con el Califa español, y, habiéndole enviado una embajada, lo reconoció, si no como jefe temporal, sí como jefe espiritual de los vastos dominios que había conquistado. Los Fatimitas parecían perdidos. Mientras que su Califa Cayim, hijo y sucesor de Obaidallah se hallaba estrechamente bloqueado en Mahdia, por el formidable Abu-Yezid, el Califa español le quitaba por medio de sus vasallos africanos, casi todo el N. O. y le suscitaba enemigos donde quiera. Concluyó una alianza con el rey de Italia, Hugo de Provenza que tenía que vengar el desastre de Génova, ciudad que había saqueado un almirante fatimita, y otra con el emperador de Constantinopla, que ardía en deseos de quitar la Sicilia a Cayim. En un cerrar de ojos todo cambió de aspecto. Embriagado con sus triunfos Abu-Yezid tuvo una ráfaga de orgullo: no contento con la realidad del poder y olvidando los medios a que lo debía, quiso también sus apariencias, y su vana pompa: cambió su capa de sayal por un vestido de seda, y su asno gris por un soberbio caballo. Esta imprudencia lo perdió. Heridos en sus convicciones ecualitarias y republicanas, le abandonaron la mayor parte de sus partidario, unos para volverse a su casa, otros, para pasarse al enemigo. Enseñado por la esperiencia, renunció Abu-Yezid a los hábitos de lujo que había contraido, y volvió a tomar con el vestido de sayal la vida simple y ruda de antes. Pero era muy tarde, el prestigio que lo rodeaba otras veces había desaparecido. Acaso hubiera podido contar todavía con los Sunnitas, si en un momento de feroz fanatismo, no los hubiera desengañado acerca de su finjida tolerancia. La víspera de un combate había ordenado a sus guerreros que abandonaran a los soldados de Caraiwan, sus hermanos de armas, al furor de los soldados fatimitas. Esta orden pérfida, fue demasiado bien obedecida. Desde entonces los Sunnitas le cobraron horror. Tirano por tirano, y heresiarca por heresiarca, preferían al Califa fatimita, tanto más, cuanto Almanzor, que acababa de suceder a su padre, era algo mejor que sus predecesores. Obligado a levantar el sitio de Mahdia, llegó Abu-Yezid a Cairawán, donde no sin trabajo escapó a un complot que los habitantes habían urdido contra él. Perseguido mucho tiempo por los soldados fatimitas, cayó al fin en sus manos, acribillado de heridas, lo metieron en una caja de hierro, y cuando murió (947), llenaron su pellejo de paja, y lo pasearon por las calles de Cairawán y lo colgaron en las murallas de Mahdia, donde permaneció hasta que los vientos dispersaron sus pedazos. La ruina de los no-conformitas fue para Abderramán III un descalabro casi tan grave como lo habían sido las derrotas de Simancas y Alhandega. En el Oeste, los Fatimitas reconquistaron rápidamente el terreno que habían perdido, y obligaron a los vasallos de Abderramán a pedir asilo en la corte de Córdoba. En el Norte, por el contrario, todo iba a medida de los deseos de Abderramán, lo que equivale a decir que el pais era continua presa de una violenta discordia. La guerra, como hemos visto, había estallado entre Ramiro II y Fernán González. La fortuna favoreció al primero. Habiendo sorprendido a su enemigo, lo encerró en un calabozo de León y dió el Condado de Castilla primero al leonés Azur Fernandez, conde de Monzón; en seguida, a su propio hijo Sancho, habiéndose apropiado él mismo los bienes alodiales de Fernando. Verdad es que no los guardó todos para sí, sino que queriendo hacerse popular, donó algunos a los caballeros y eclesiásticos más influyentes de la provincia. Sin embargo, no consiguió su objeto. Aunque se aprovecharon de las liberalidades del rey, los Castellanos permanecieron adictos en cuerpo y alma a su antiguo conde. El que el rey les había dado no era a sus ojos otra cosa que un intruso. En las escrituras de venta, de donación, etc., donde se ponía después de la fecha el nombre del rey y el del conde, nombraban algunas veces al que el rey les había impuesto, pero solo cuando no tenían otro remedio, es decir, cuando la autoridad los vigilaba; por lo común citaban a Fernán González. Todavía mostraron da otro modo el amor que le profesaban. Habiendo hecho una estatua a su imágen, prestaron homenaje a este pedazo de piedra. Luego, cuando comenzaron a impacientarse por la larga cautividad de Fernando, tomaron una atrevida resolución, paro conviene aquí dejar hablar a un bello y antiguo romance: Juramento llevan hecho, Todos juntos a una voz, De no volver a Castilla Sin el Conde, su señor. La imagen suya de piedra Llevan en un carretón, Resueltos, si atrás no vuelve. De no volver ellos, non, Y el que paso atrás volviera Que quedase por traidor. Alzaron todos las manos, En señal que se juró. Acabado el homenaje, Pusiéronle su pendón, Y besáronle la mano Desde el chico hasta el mayor. Y como buenos vasallos Caminan para Arlanzon Al paso que andan los bueyes Y a las vueltas que da el sol. Desierta dejan a Burgos, Y pueblos alrededor. Solas quedan las mujeres Y aquellos que niños son: Tratando van del concierto Del caballo y del azor. Si ha de hacer libre a Castilla Del feudo que dá a León; Y antes de entrar en Navarra, Toparon junto al mojón Al conde Fernán González, En cuya demanda son, Con su esposa Doña Sancha, Que con astucia y valor Le sacó del Castroviejo Con el engaño que usó. Con sus hierros y prisiones Venían juntos los dos En la mula que tomaron A aquel preste cazador. Al estruendo de las armas El conde se alborotó; Mas conociendo a los suyos De esta manera habló: —¿Dó venís, mis castellanos? Decidmelo, por Dios: ¿Cómo dejais mis castillos A peligro de Almanzor? — Allí habló Ñuño Lainez: — Ibamos, señor, por vos, A quedar presos o muertos, O sacaros de prisión.
Intimidado por la aproximación de los castellanos, el rey cedió al fin, y devolvía la libertad a Fernando, pero no sin haberle impuesto condiciones muy duras y humillantes. Fernán González fue obligado a jurarle fidelidad y obediencia, debía renunciar a todos sus bienes y dar en matrimonio a su hija Doña Urraca a Ordoño, primogénito del rey. A este precio quedó libre, pero era natural que no quisiera prestar en adelante el apoyo de su brazo a un rey que le había hecho firmar tratado semejante. Los Castellanos que no habían conseguido hacer reintegrar en la posesión del condado, al que continuaban mirando como su señor, no se encontraban mejor dispuestos. Había, pues, perdido Ramiro II el apoyo de su más valiente capitán y la cooperación de sus súbditos mas bravos. De ahí su impotencia. Dejó hacer a los Musulmanes una razzia en 944 y otras dos en 947, y no les impidió reedificar y fortificar la ciudad de Medinaceli, que fue desda entonces el antemural del imperio arabe contra Castilla. El vencedor de Simancas y Alhandega, se mantenía a lo sumo a la defensiva. Solo en el año 950 invadió de nuevo el territorio musulmán y obtuvo una victoria cerca de Talavera, pero este fué su último triunfo, pues ya había dejado de existir en en el mes de Enero del año siguiente Después de su muerte estalló una guerra de sucesión. Casado dos veces, Ramiro había tenido de su primera mujer, que era gallega, un hijo llamado Ordoño, y de la segunda, Urraca, hermana del rey de Navarra, otro llamado Sancho. En su calidad de primogénito Ordoño pretendía naturalmente el trono; pero Sancho, que contaba, con razón, con el apoyo de los Navarros, lo pretendía también, y trató de atraer a su partido a Fernán González y a los Castellanos. En aquellas circunstancias la elección entre estos dos competidores, no era difícil para Fernando. Verdad es que Ordoño era su yerno, pero ¿cómo había llegado a serlo? Por una odiosa violencia. No podían ser muy vivas sus simpatías por Ordoño. Todo, por el contrario, lo inclinaba a Sancho; los lazos de sangre y su interés. Sancho era su sobrino, contaba con Tota de Navarra la suegra de Fernando y si todavía hubiera podido vacilar, las brillantes ofertas de Sancho, hubieran vencido su indecisión, pues este príncipe prometía devolverle sus bienes confiscados y el condado de Castilla. Fernán González se declaró pues, por él, llamó sus gentes a las armas y acompañado de Sancho y de un ejército navarro marchó contra la ciudad de León para quitar la corona a Ordoño III. «El Eterno, dice un cronista árabe, había hecho nacer esta guerra civil a fin de dar a los Musulmanes la ocasión de conseguir victorias.» En efecto, mientras que los cristianos se mataban bajo los muros de León, los generales de Abderramán, triunfaban en lodas las fronteras. Cada mensajero que llegaba del Norte traía a Córdoba la noticia de una razzia feliz o de una importante victoria. El Califa podía enseñar al pueblo multitud de campanas, de cruces y de cabezas cortadas; una vez, en el año 955, estas fueron en número de cinco mil y se decía que, otros tantos Castellanos (pues estos eran los que habían sido derrotados) habian perecido en la batalla que se dió. Verdad es que, Fernán González consiguió una victoria cerca de San Esteban de Gormaz; verdad es también, que Ordoño III, cuando hubo rechazado, al fin, a su hermano y obligado a los Gallegos, que también se habían rebelado a reconocerle saqueó en represalias Lisboa; pero esto era una débil compensación del mal que los Musulmanes hablan hecho a los Cristianos, y Ordoño que temía nuevas revueltas, deseaba vivamente la paz. El año 955, envió un embajador a Córdoba para pedirla. Abderramán que también la deseaba, pues tenía intenciones de volver sus armas a otra parte, dió oido a las proposiciones de Ordoño y el año siguiente envió de embajadores a León, a Mohamed-ibn-Hosain y al sabio judío Hasdai-ibn-Chabrut, director general de aduanas. No fueran largas las negociaciones. Habiendo declarado Ordoño, que estaba pronto a hacer concesiones, (prometería probablemente entregar o arrasar algunas fortalezas) se acordaron las bases de un tratado y los embajadores volvieron a Córdoba para que el Califa lo ratificara. Aunque el tratado fuera honroso y ventajoso, Abderramán creyó que no lo era bastante, pero como ya no podía contar con el porvenir, pues era septuagenario, pensó que este negocio concernía mas bien a su hijo que a él. Consultóle, y lo dejó a su decisión. Haquem, que era pacífico, declaró que en su opinión debía ser ratificado y entonces lo firmó el Califa. Poco tiempo después concluyó otro con el conde Fernán González, de modo que los Musulmanes no tenían ya en España mas enemigos que los Navarros. Si Abderramán había sido esta vez más tratable que de ordinario era porque quería volver sus armas contra los Fatimitas. El poder de estos príncipes crecía de día en día. Ardiendo en deseos de vengarse de los soberanos de Europa, que se habían regocijado de su pérdida creyéndola segura, habían hecho sentir primero el peso de su venganza al Emperador de Constantinopla, desvastando la Calabria. Entonces le tocó el turno a Abderramán. En 955 cuando ya, según toda apariencia, Moezz, cuarto Califa fatimita, meditaba ya un desembarco en España, sucedió que una gran nave que Abderramán había enviado con mercancías a Alejandría, encontró en el mar un barco que venia de Sicilia, y en el que iba un correo que el gobernador de esta isla había expedido a su soberano Moezz. Esta última circunstancia, no parece haber sido desconocida al capitán del bajel andaluz, y aun es posible que Abderramán tuviera sospechas de que los despachos, de que el correo era portador, contenían un plan de ataque contra España, y que diera al capitán la orden de interceptarlos. Sea de esto lo que quiera, el capitán atacó al buque siciliano, lo tomó, lo saqueó y se apoderó de los despachos. Moezz tomó represalias en seguida. Por su mandato el gobernador de Sicilia se presentó con una armada en Almería, y apresó o quemó las naves que se hallaban en el puerto. Apoderóse también de la que había suministrado un especioso pretesto para esta espedicion, y que había venido justamente, da vuelta de Alejandría, de donde traía cantadoras para el Califa, y preciosas mercancías. Luego desembarcaron las tropas del Gobernador para saquear los alrededores de Almería, y hecho esto se hicieron a la mar. Abderramán respondió de una manera enérgica a este ataque. Ordenó primero maldecir todos los días a los Fatimitas en las oraciones públicas, y luego encargó a su almirante Ghalib, ir a saquear las costas de Ifrikia. Esta expedición, sin embargo, no tuvo todo el resultado que el Califa se había prometido. Bien que los Andaluces, consiguieran algunas ventajas, al cabo fueron rechazados por las tropas que guarnecían la provincia y obligados a reembarcarse. He aquí el estado en que Abderramán tenía la guerra contra los Fatimitas en el momento en que las negociaciones con el rey de León se hallaban en juego. Deseando dirigir todas las fuerzas y todos los recursos del imperio contra el África, debía naturalmente querer la paz con los Cristianos del Norte, y por esta razón no se había mostrado demasiado exigente en sus condiciones. Una vez concluida concentró todos sus pensamientos en África. Preparábase una gran expedición. Los obreros de los arsenales no tenían un momento de reposo; de todas partes se dirigían tropas hacia los puertos, y se alistaban millares de marineros, cuando la muerte de Ordoño III, que aconteció en la primavera de 957, vino de pronto a entorpecer los proyectos del Califa. Hemos visto antes, que Ordoño no había obtenido la paz, sino haciendo concesiones entre las que, la entrega o la demolición de ciertas fortalezas, tenía a no dudarlo el primer término. Pues Sancho, el antiguo competidor de su hermano, que le había sucedido ahora sin obstáculos, rehusó cumplir esta cláusula del tratado. Abderramen se vió, pues, obligado a emplear contra el reino de León las fuerzas que hubiera querido enviar a África y dió sus órdenes en este sentido al bravo Admed ibn-Yila, gobernador de Toledo. Este general salió en campaña y en el mes de Julio consiguió una gran victoria contra el rey de León. Este triunfo fue sin duda un consuelo para el Califa que no había deseado esta nueva guerra en manera alguna y que la hubiera evitado de buena gana, si el honor se lo hubiera permitido. Él va a tener otro más dulce todavía, va a ver a sus enemigos a sus pies. IV. «El rey Sancho, dice un autor arábigo, era vano y orgulloso». Esta frase está sin duda tomada de un escritor leonés de la época y en boca de estos escritores significa que Sancho procuraba quebrantar el poder de la nobleza y aspiraba a restaurar la antoridad absoluta que habían disfrutado sus abuelos. De ahí el odio que le profesaban los grandes. Al odio se juntaba el menosprecio. Sancho había perdido las cualidades que había tenido otras veces y que eran las que apreciaban más sus súbditos. El pobre príncipe había engordado con exceso; de modo que no podía montar a caballo y que aun para andar tenía que apoyarse en alguien. Había llegado pues a ser un objeto de burla y poco a poco se comenzó a decir que era preciso deponer a este rey ridículo, a este rey inválido. Fernán González que aspiraba al título de hacedor de reyes y que había intentado una vez, aunque con mal éxito hacer uno, fomentó el descontento de los Leoneses y lo dirigió. Tramóse una conspiración en el ejército y un día de la primavera del año 958, echaron a Sancho del reino. Mientras que el rey destronado se encaminaba tristemente a Pamplona, residencia de su tío García, Fernán González y los otros grandes se reunieron para elegir otro rey. Recayó su elección sobro Ordoño, cuarto de este nombre, hijo de Alfonso IV y por consiguiente primo hermano de Sancho. Nada excepto su nacimiento lo recomendaba al sufragio de los electores. A una deformidad corporal (era jorobado) unía un carácter adulador, vil y perverso, de modo que en adelante, se le llamó Ordoño el Malo; pero como no había entonces ningún otro adulto en la familia real, fue preciso elegirlo y el conde de Castilla, lo casó con su hija Urraca, viuda de Ordoño III, que vino a ser por segunda vez reina de León. En los momentos mismos en que así le nombraban sucesor la vieja y ambiciosa Tota, que gobernaba todavía en Navarra en nombre de su hijo, aunque este hacía mucho tiempo que se hallaba en edad de reinar por sí, tomó calurosamente su partido y juró restablecerlo a toda costa. Esto no era fácil, porque de una parte Sancho no tenía en su antiguo reino ningún amigo influyente; y de otra, Navarra era demasiado débil para atacar por sí sola a León y Castilla. Tota tenía que buscar un aliado y un aliado muy poderoso. Además, para que Sancho pudiera sostenerse sobre el trono una vez reconquistado, era absolutamente preciso que dejara de ser un objeto de burlas por su malhadada obesidad. Esta obesidad no era natural, provenía de una disposición enfermiza, que un hábil médico podría sin duda hacer desaparecer; pero sólo en Córdoba, ciudad que era entonces foco de toda luz, podía esperarse encontrar semejante médico. También fue en Córdoba donde Tota buscó el aliado que necesitaba. Resolvió pues, pedir al Califa un médico para curar a su nieto y un ejército para restablecerlo en el trono. Mucho costaba sin duda, a su orgullo hacer semejante petición, penoso le era verse obligada a implorar el auxilio de un infiel con el cual había estado en guerra durante más de treinta años y que apenas hacía uno que había hecho asolar sus valles yquemar sus pueblos, pero el amor de su nieto, el ardiente deseo que tenía de verlo reinar y la rabia que le produjo su vergonzosa derrota, fueron más fuertes que su legítima repugnancia y envió embajadores a Córdoba. Habiendo éstos expuesto al Califa, el motivo de su venida, les contestó, que enviaría de buena gana un médico a Sancho y que bajo ciertas condiciones que expondría uno de sus ministros, que enviaría a Pamplona, prestaría el apoyo de sus armas al rey destronado. Cuando lo dejaron los embajadores navarros, Abderramán hizo venir al judio Hasdai y habiéndole dado instrucciones le dió el encargo de ir a la corte de Navarra. No hubiera podido hacerse mejor elección. Hasdai reunía en sí todas las cualidades necesarias para una misión semejante; hablaba muy bien la lengua de los cristianos, era a la vez médico y hombre de Estado, todo el mundo alababa su ingenio, su talento, sus conocimientos, su gran capacidad y poco tiempo antes, un embajador venido del centro de Alemania, había declarado que no había visto nunca un hombre de tanto arte. En cuanto hubo llegado a Pamplona, el judío se ganó la confianza de Sancho, encargándose de medicinarle, y prometiéndole una pronta curación. Le dijo que en cambio del servicio que el Califa estaba pronto a prestarle exigía la cesión de diez fortalezas, y Sancho prometió entregárselas en cuanto estuviera restablecido en el trono. Mas esto no era todo, Hazdai tenía también el encargo de arreglárselas de modo que Tota fuera a Córdoba acompañada de su hijo y de su nieto. El Califa, que quería satisfacer su vanidad, y dar a su pueblo el espectáculo, hasta entonces sin ejemplo de una reina y dos reyes cristianos, que venían humildemente a postrarse a sus piés, para implorar el ayoyo de sus armas, había insistido particularmente sobre este punto, pero podía preveerse que la orgullosa Tota se opondría enérgicamente a semejante exigencia. En efecto, hacer un viaje a Córdoba, era para ella un paso más humillante todavía que al que se había resignado cuando entró en amistosas relaciones con su antiguo enemigo. Esta parte de la misión de Hazdai era la más delicada y la más espinosa; para hacer semejante proposición, y sobre todo para hacerla aceptar era preciso un tacto y una habilidad de todo punto extraordinarios. Pero Hazdai tenía reputación de ser el hombre más diestro de su tiempo, y la justificó. La orgullosa navarra se dejó vencer «por el encanto de sus palabras, por la fuerza de su sabiduría, por el poder de sus astucias, y de sus numerosos artificios», para hablar como un poeta judío de la época, y creyendo que el restablecimiento de su nieto no podía obtenerse más que a ese precio, hizo un gran esfuerzo sobre sí misma y dio al fin su consentimiento al viaje propuesto por el judío. La España musulmana vió entonces un espectáculo singular. Seguida de multitud de grandes y de sacerdotes, la reina de Navarra se encaminó lentamente a Córdoba con García, y el desdichado Sancho, cuya salud no estaba aun bastante mejorada, marchaba apoyándose en Hazdai. Si este espectáculo era grato para la vanidad nacional de los Moros, lo era también y acaso más todavía para el amor propio de los Judíos, porque aquel aquien era debido, era un hombre de su religión. Así que sus poetas celebraron a porfía su regreso. «¡Saludad montañas al jefe de Judá! cantaba uno de ellos, ¡que la risa aparezca en todos los labios! ¡Que las áridas tierras y las florestas canten! ¡Que se regocije el desierto! ¡Que florezca y produzca frutos, porque viene el jefe de la Academia, porque viene con gozo y cantos! Mientras que no estaba aquí, la ciudad célebre que se dibuja con gracia, estaba silenciosa y triste; los pobres que no veian su rostro que brilla como las estrellas, estaban desolados; los soberbios dominaban sobre nosotros, nos vendían y nos compraban como esclavos, sacaban sus lenguas para engullirnuestras riquezas, rugían como leoncillos, y todos nosotros estábamos espantados, porque nuestro defensor no estaba aquí. Dios nos lo ha dado por jefe; él le ha dado favor con el rey que Jo ha nombrado príncipe, y lo ha elevado por encima de sus otros dignatarios. Cuando pasa, nadie se atreve a abrir la boca. Sin flechas y sin espadas, con su sola elocuencia ha quitado a los abominables comedores de puerco, fortalezas y ciudades.» Cuando la reina y los dos reyes llegaron al fin a Córdoba, el Califa les dió en su palacio de Zahra una de esas pomposas audiencias que imponían a los extranjeros y que eran muy propias para dar una alta idea de su poder y de su riqueza. Era indudablemente momento gratísimo para Abderramán, aquel en que veía a sus plantas al hijo de su terrible enemigo Ramiro II, al hijo del ilustre vencedor de Simancas y de Alhandega, y a la reina tan valiente como orgullosa, que en sus memorables batallas había mandado por sí misma sus triunfadoras tropas, pero cualquiera que fueran sus íntimos sentimientos, supo disimularlos exteriormente, y recibió a sus huéspedes con exquisita cortesía. Sancho le repitió lo que ya había dicho a Hazdai, a saber, que cedería las diez fortalezas que el Califa demandaba, y se resolvió, que mientras que el ejército árabe atacaba el reino de León, los Navarros invadirían Castilla, a fin de llamar la atención de las fuerzas de Fernán González por esta parte. Entretanto Abderramán no había perdido de vista el África. Por el contrario, había dado impulso a sus armamentos con gran actividad, y el mismo año en que la reina de Navarra llegó a Córdoba, un numeroso ejército, mandado por Ahmed-ibn-Fila, se embarcó en setenta naves. Esta expedición fue feliz, porque los Andaluces incendiaron Morsa-al-kharez, y desbarataron los alrededores de Susa y de Tabarca. Algún tiempo después marchó el ejército musulmán contra el reino de León. Sancho lo acompañaba. Gracias a los remedios de Hazdai se había desembarazado de su obesidad y se hallaba ahora tan ágil y tan listo como antes. Primero fue tomada Zamora, y ya en el mes de Abril del año 959 la autoridad de Sancho era reconocida en gran parte del reino. La capital, sin embargo, se mantenía aun por Ordoño IV, pero habiendo ido este Príncipe a refugiarse en Asturias, rindióse aquella a Sancho en la segunda mitad del año 960. Habiendo recobrado así su reino, envió Sancho una embajada al Califa para darle gracias por su socorro, y escribió al mismo tiempo a sus vecinos, anunciándoles su restablecimiento en el trono. En estas cartas condenaba en los términos más enérgicos la deslealtad del Conde de Castilla. Acaso este último le inspiraba todavía algunos temores, pero si es así pronto desaparecieron, pues según lo convenido los navarros, habían invadido Castilla, y en el mismo año 960 dieron al Conde una batalla en que tuvieron la fortuna de hacerlo prisionero. Desde entonces la causa de Ordoño estuvo perdida. Odiado y despreciado por todo el mundo, no había podido sostenerse hasta entonces sino por la influencia de Fernán González, de quien era hechura. Los Asturianos, lo arrojaron ahora de la provincia, y se sometieron a Sancho. Ordoño fue a buscar un asilo en Burgos, y ya veremos más tarde lo que se hizo de él. Mientras esto acontecía en el Norte, el Califa, que había tenido la imprudencia de exponerse al crudo viento de Marzo, estaba ya enfermo y se temía por su vida. Sin embargo, por esta vez los médicos lograron conjurar el peligro, y a principios de Julio Abderramán había recobrado su salud y pudo dar audiencia a los más altos dignatarios. Pero esta curación no era más que aparente. Sufrió una recaida y el 16 de Octubre del 961 expiró a la edad de setenta años, y cuarenta y nueve de reinado. Entre los príncipes Omeyas que reinaron en España, a Abderramán III pertenece incontestablemente el primer lugar. Encontró el imperio presa de la anarquía y de la guerra civil, desgarrado por las facciones, dividido entre una multitud de señores de diferentes razas, expuesto a las continuas razzias y en vísperas de ser absorvido por los Leoneses o por los Africanos. A despecho de innumerables obstáculos, salvó la Andalucía de sí misma y del dominio extranjero, la hizo renacer más grande y más fuerte que lo había sido nunca, y le procuró orden y prosperidad en el interior; fuera, consideración y respeto. El tesoro público que encontró en un estado deplorable, estaba en una situación excelente. Un tercio de los ingresos del imperio, que se elevaban cada año á seis millones, doscientas cuarenta y cinco mil monedas de oro bastaba para los gastos ordinarios; otro tercio quedaba de reserva, y el tercero lo destinaba Abderramán a su escuadra. Se calculaba que el año 951 tenía en sus cofres la enorme suma de veinte millones de monedas de oro, así que, un viajero hacendista asegura que Abderramán y el Hamdamita, que reinaba entonces en la Mesopotamia, eran los príncipes más ricos de esta época. El estado del país estaba en armonía con la próspera situación del tesoro público. Agricultura, Industria, Comercio, Artes, Ciencias, todo florecía. El extranjero admiraba en todas partes campos bien cultivados y ese sistema hidráulico ordenado con tan profunda ciencia que hacía fértiles las tierras en apariencia más ingratas. Maravillábale el orden perfecto que gracias a una vigilante policía reinaba hasta en los distritos menos accesibles. Se asombraba del bajo precio de los géneros (los más deliciosos frutos estaban casi de balde), de la limpieza de los vestidos y sobre todo, de aquel bienestar general que permitía a todo el mundo ir a caballo, en lugar de ir a pie. Numerosas y diversas industrias enriquecieron a Córdoba, Almería y otras ciudades. El comercio había adquirido tal desarrollo que, según la relación del director general de aduanas, los derechos de importación y exportación constituían la parte principal de los ingresos del Estado. Córdoba con su medio millón de habitantes, sus tres mil mezquitas, sus soberbios palacios, sus ciento trece mil casas, sus trecientos baños y sus veintiocho arrabales no cedía en extensión ni en riqueza mas que a Bagdad, ciudad con la cual sus habitantes gustaban de compararla. Su fama llegaba hasta el fondo de la Germania: la religiosa sajona Hroswitha, que se hizo célebre en la primera mitad del siglo X por sus poemas y sus dramas latinos, la llamaban ornamento del mundo. No menos admirable la rival que Abderramán la dió. Habiéndole legado una gran fortuna una de sus concubinas, el monarca quiso emplear este dinero para rescatar prisioneros de guerra, pero habiendo recorrido sus empleados los reinos de León y Navarra sin encontrar ninguno, le dijo su favorita Zahra: «Emplead ese dinero en edificar una ciudad y ponedla mi nombre.» Esta idea agradó al Califa que, como casi todos los grandes príncipes, era aficionado a edificar y en el mes de Noviembre del año 936, hizo echar a una legua al Norte de Córdoba los cimientos de una ciudad que había de llevar el nombre de Zahra. Nada se perdonó para hacerla todo lo más magnífica posible. Durante veinticinco años, diez mil obreros que disponían da mil quinientas bestias de carga, se habían ocupado en edificarla y sin embargo, aun no estaba concluida a la muerte de su fundador. Una prima de cuatrocientos dirhemes que el Califa había prometido a todo el que viniera a establecerse allí atrajo multitud de habitantes. El palacio califal, donde se hallaban reunidas todas las maravillas de Oriente y Occidente, era de colosal extensión; baste decir que en el harem había seis mil mujeres. El poder de Abderramán fue formidable. Una soberbia flota le permitía disputar a los Fatimitas el imperio del Mediterráneo y le garantizaba la posesión de Ceuta, llave de la Mauritania. Un ejército numeroso y bien disciplinado, acaso el mejor del mundo, le daba preponderancia sobre los Cristianos del Norte. Los monarcas más altivos solicitaban su alianza. El emperador de Constantinopla, los reyes de Alemania, de Italia y de Francia le enviaban embajadores. Eran ciertamente grandes resultados, pero lo que escita la admiración y el asombro cuando se estudia este glorioso reinado, no es tanto la obra como el obrero; es el poder de esa inteligencia universal a que nada se le escapaba y que se mostraba no menos admirable en los menores detalles que en las más altas concepciones. Este hombre delicado y sagáz que centraliza, funda la unidad de la nación y la del poder, que con sus alianzas establece una especie de equilibrio político, y que con amplia tolerancia llama a sus consejos hombres de otra religión, es más bien un rey de los tiempos modernos que un califa de la edad media. | |