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LIBRO SEGUNDO

LOS CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS.

XI.

 

Por el tiempo en que los montañeses andaluces comenzaban a agitarse, había en un lugarejo cerca de Hizn-Aute (hoy Iznate) un hidalgo campesino llamado Hafz. Procedía de ilustre familia, pues su quinto abuelo, el visigodo Alfonso, había llevado el título de Conde, pero acomodándose a las visicitudes políticas y religiosas, ya por estoicismo, ya por apatía, el abuelo de Hafz que bajo el reinado de Haquem I había dejado Ronda para venir a establecerse cerca de Hizn-Aute, se había hecho musulmán y sus descendientes pasaban por tales aunque en el fondo de su corazón guardasen un piadoso recuerdo de la religión de sus antepasados.

Gracias a su actividad y a su economía, Hafz había reunido una hermosa fortuna. Sus convecinos, menos ricos que él, lo respetaban y lo honraban hasta el punto de llamarle, no Hafz sino Hafzun, cuya terminación equivalía a un titulo de nobleza, y nada, según todas las probabilidades, hubiera turbado su pacifica existencia si la mala conducta de su hijo Omar no le causara continuas inquietudes y profundos sinsabores. Vano, altanero, arrogante, de genio turbulento y pendenciero, no mostraba este joven impetuoso más que el lado malo del carácter andaluz. La menor ofensa bastaba para encenderlo en ira; una palabra, un gesto, una mirada, la intención sola en más de una ocasión lo llevaron a la granja magullado, con el rostro cubierto de sangre, lleno de contusiones y de heridas. Con semejante carácter debía acabar por matar o ser muerto. Y en efecto, un dia que tuvo una cuestión con uno de sus vecinos sin motivo, le dejó en el sitio. Para librarlo de la horca, su padre desesperado dejó con él la granja, que había habitado su familia tres cuartos de siglo, y fue a establecerse en la Serranía de Ronda, al pié de la montaña de Bobastro. Allí, en medio de aquella naturaleza salvage, el joven Omar, que gustaba de perderse en lo más espeso de las selvas y en las gargantas menos frecuentadas, acabó por tomar el oficio de bandido, de ratero, como diríamos ahora. Cayó en manos de la justicia, y el gobernador le hizo dar azotes. Quiso volver a la casa de su padre, y éste lo echó como a un pillo incorregible. Entonces, no sabiendo qué hacer en España para ganarse la vida, se fue a la costa, se embarcó en un buque que iba a África, y después de haber llevado durante algún tiempo una existencia aventurera, llegó al fin a Tahor, donde entró como aprendiz en la tienda de un sastre que era del distrito de Regio, a quien conocía algo.

Estando trabajando un dia con su amo, entró en la tienda un viejo que no había visto nunca; pero que era también andaluz, y entregó al sastre un pedazo de tela para que le cortara un vestido. El sastre se levantó al punto, le ofreció una silla y entabló con él una conversación, en la que el aprendiz se mezcló insensiblemente. El viejo preguntó al sastre quién era este joven.

—Es uno de mis antiguos vecinos de Regio, que ha venido aquí para aprender mi oficio.

—¿Hace mucho que dejastes Regio?, le preguntó el viejo a Omar.

—Hace cuarenta días.

—¿Conoces la montaña de Bobastro en ese distrito?

—Como que vivía al pié de ella.

—De veras!.. Es que allí hay una rebelión.

—Os aseguro que no.

—Pues bien, antes de poco habrá una. Cayóse el viejo por unos instantes, y luego continuó:

—¿Conoces tú por aquellos alrededores a un tal Omar, hijo de Hafzun?

Al oir su nombre, Omar palideció, bajó los ojos y se calló. El viejo lo miró entonces atentamente, y notó que tenía un colmillo roto. Este viejo era uno de esos españoles que creían firmemente en la resurrección de su raza. Habiendo oido hablar muchas veces de Omar, había creído reconocer en él una de esas naturalezas superiores que pueden hacer mucho bien o mucho mal según la dirección que se les dé, y presentía que en ese joven indomable, en ese gran quimerista, en ese bandido de la montaña, había materia para hacer un jefe de partido. El silencio de Omar, su aire confuso, el colmillo que le faltaba, (el viejo había oido decir que Omar había perdido uno en una riña,) le habían dado la seguridad de que era a Omar a quien hablaba, y queriendo ofrecer un noble objeto a la necesidad de actividad que devoraba al fogoso joven, exclamó: «¿Piensas desgraciado que manejando la aguja vas a escapar de la miseria? ¡Vuelve a tu país y toma la espada! Tú llegarás a ser un terrible enemigo de los Omeyas y reinarás sobre un gran pueblo.»

Estas palabras verdaderamente proféticas sirvieron sin duda más adelante para estimular la ambición de Omar; pero por lo pronto produjeron en él un efecto muy distinto. Temeroso de ser reconocido por personas menos benévolas, y entregado al gobernador español por el príncipe de Tahor, que en todo se dejaba guiar por el gobierno de Córdoba, abandonó enseguida la ciudad, llevando por todo equipaje dos panes que acababa de comprar, y que ocultó en las mangas.

Vuelto a España, como no se atrevía a presentarse delante de su padre, fue a buscar a su tío y le contó lo que le había dicho el hombre de Tahort. Este tio en quien se unían una gran credulidad a un espíritu emprendedor, tuvo fé en la predicción del viejo. Aconsejó a su sobrino seguir su sino e intentar una rebelión, prometiéndole ayudarle con todo lo que pudiera. No necesitó trabajar mucho para convencerlo, y habiendo reunido unos cuarenta mozos del cortijo, les propuso formar una partida a las órdenes de su sobrino. Aceptaron todos y Omar los organizó y se estableció con ellos en la montaña de Bobastro (880 ó 881) donde se hallaban las ruinas de una fortaleza romana del Municipium Singiliense, Barbastrense, que los del país llaman hoy «el Castillon. Estas ruinas eran fáciles de reparar y Omar lo hizo. Ningún lugar podía encontrarse tan bien situado para servir de asilo a una cuadrilla de ladrones o de partidarios. La roca en que la fortaleza se asentaba es muy alta, muy escarpada e inaccesible por el Este y por el Sur, de modo que el castillo era casi inexpugnable. Únase á esto su proximidad a la gran vega que extiende desde Campillos hasta Córdoba. En ella, la partida de Omar podía fácilmente hacer correrías, llevarse ganados e imponer contribuciones ilegales a los cortijos aislados. A esto se limitaron la primeras hazañas de Omar, pero pronto juzgó que el oficio de ladrón de camino real no era digno de él, y en cuanto su cuadrilla engrosada con todos los que tenían interés en retirarse de la sociedad y ponerse a salvo detrás de buenas murallas sobre la cima de una roca llegó a ser bastante considerable para hacerse respetar de la pequeña guarnición del cantón comenzó a hacer atrevidas expediciones hasta las puertas mismas de las ciudades, y a señalarse por golpes de mano tan audaces como brillantes. Justamente alarmado el gobernador de Regio, se decidió al fin a atacar este cuerpo de partidarios con todas las tropas de la provincia, pero fue derrotado, abandonando en su fuga hasta su tienda a los insurrectos. El sultán que atribuía este desastre a la impericia del gobernador, nombró otro en su lugar pero éste no tuvo más acierto, pues de tal modo le asustó la resistencia de la guarnicion de Bobastro que hizo una tregua con Omar. La tregua no fue de larga duración, y Omar, aunque atacado en diversas ocasiones, supo mantenerse dos o tres años en su sierra; pero al cabo de este tiempo el primer ministro Hachim le obligó a rendirse y lo llevó a Córdoba con su partida. El sultán que veía en Omar un oficial excelente y en los suyos buenos soldados, lo recibió bondadosamente y le propuso entrar en el ejército. Convencidos de que por el pronto no podían hacer otra cosa aceptaron la proposición.

Poco tiempo después, cuando en el verano del año 833 Hachim fue a combatir a Mohamed, hijo de Lope, jefe entonces de los Beni-Casi, y a Alfonso rey de León, Omar que lo acompañaba halló ocasión de distinguirse en muchos encuentros y especialmente en la acción de Pancorbo. Sereno y frío cuando era menester y ardiente cuando convenía obrar, fácilmente se concilió la estimación y el favor del general en jefe; pero cuando volvió a Córdoba no tardó en tener motivos de queja del Prefecto de la ciudad Ibn-Ghanim que, a causa de su odio a Hachim, tenía el gusto de vejar y de atormentar a los oficiales que como Omar gozaban del favor del ministro. A cada instante les hacía mudar de alojamiento, y el trigo que les suministraba era de la peor calidad. Omar, de genio poco sufrido, no pudo ocultar su resentimiento, y un día enseñó al Prefecto un pedazo de pan negro y le dije:

—¡Que Dios tenga piedad de vos! ¿Se puede comer esto?

—¿Quién eres tú, pobre diablo, le respondió el Prefecto, para atreverte a dirigirme una pregunta tan impertinente?

Profundamente indignado volvía Omar a su casa cuando se encontró a Hachim que iba a palacio, y se lo contó todo.

—Ignoran aquí lo que tú vales, y tienes que enseñárselo», le respondió el ministro y siguió su camino.

Disgustado así del servicio del sultán, propuso a sus compañeros volverse a sus montañas a la vida aventurera y libre que habían llevado juntos tanto tiempo. No deseaban otra cosa, así que antes de ponerse el sol se hallaban en camino de Bobastro. (884)

El primer cuidado de Omar, fue el de apoderarse de nuevo del castillo. Era difícil, porque Hachim que conocía la importancia de esta fortaleza, había confiado su custodia a una numerosa guarnición, haciéndola flanquear, además con tantas torres y bastiones, que podía considerársele inexpugnable. Pero Omar lleno de confianza en su buena estrella no se dejó desanimar. Secundado por su tío juntó primero algunos hombres resueltos a su tropa, que le parecía demasiado débil, y luego sin dar a los soldados que había en el castillo lugar de organizar la resistencia lo atacó atrevidamente, y los hizo huir con tanta precipitación que no les dió siquiera tiempo dellevarse consigo a lajóven amante de su capitán, la que agradó tanto a Omar que la tomó por mujer o por querida.

A partir de este instante Omar, ese José María del siglo IX, que fue mejor ayudado por las circunstancias, no era ya un capitán de bandoleros, sino el jefe de toda la raza española del Mediodía. Él se dirigía a todos sus compatriotas cristianos o musulmanes y les decía: «Demasiado tiempo habéis soportado ya el yugo de ese sultán que os arrebata vuestros bienes y os aniquila con forzosas contribuciones. ¿Os dejareis pisotear por los Árabes que os miran como sus esclavos?... No creáis que la ambición es lo que me hace hablar así, no tengo otra más que la de vengaros y libertaros de la servidumbre.» Cada vez que Ibn-Hafzun hablaba así, dice un historiador árabe, los que lo escuchaban le daban las gracias y se declaraban prontos a obedecerle. También enemigos suyos, los únicos que han escrito su historia, son los que dicen que desde que se hizo jefe de partido se enmendó de sus antiguos defectos. En lugar de ser como antes orgulloso y quimerista era ahora afable y cortés hasta con el último de sus soldados, así que los que servían bajo sus órdenes le tenían un afecto que rayaba en idolatría, le obedecían con una disciplina y una puntualidad cuasi fanáticas; por grande que fuera el peligro, todos marchaban a la primera señal; por él hasta se hubieran arrojado al fuego. Siempre a su cabeza y siempre en lo más empeñado de la pelea, Hafzun se batía como un simple soldado; manejaba la lanza y la espada como el más hábil de los suyos; atacaba a los más valientes campeones, y no abandonaba la partida hasta que estaba ganada. No es posible portarse con más bizarría ni dar ejemplo de una manera más brillante. Recompensaba generosamente los servicios que le prestaban, concediendo amplísima parte a los que más se habían distinguido, y honraba el valor hasta en los enemigos, pues que muchas veces devolvía la libertad a los que habían caído en su poder después de batirse valerosamente. Castigaba por otra parte a los malhechores rigorosamente. Un espíritu de salvaje justicia presidía sus decisiones; no exigía ni pruebas ni testigos; le bastaba la convicción de que la acusación era fundada. Por eso, aunque el bandolerismo está en la sangre de este pueblo, gracias a la buena y pronta justicia de su jefe los serranos gozaron bien pronto de una completa seguridad. Los Árabes aseguran que en este tiempo una mujer cargada de dinero podía caminar sola sin que nada tuviese que temer.

Cerca de dos años pasaron sin que el Sultán emprendiera nada serio contra este temible campeón de una nacionalidad mucho tiempo oprimida; pero a principios de Junio de 886, Mondhir, presunto heredero del trono, fue a atacar al señor de Alhama, aliado de Omar y renegado como él. Omar corrió al socorro de su amigo y se encerró en Alhama. Después de sostener un sitio de dos meses los renegados, que comenzaban a escasear de víveres, resolvieron abrirse paso a través de los enemigos; pero la salida no fue feliz. Omar recibió muchas heridas, le mutilaron una mano, y después de haber perdido muchos soldados, se vió obligado a volverse a la fortaleza. Felizmente para los renegados, Mondhir recibió después una noticia que le obligó a levantar el sitio, y volver a Córdoba: su padre acababa de morir. (4 de Agosto de 886). Omar se aprovechó de este acontecimiento para extender sus dominios. Dirigióse a los castellanos de gran número de fortalezas invitándolos a hacer causa común, y todos le reconocieron por soberano. Desde entonces fue el verdadero rey del Mediodia.

Sin embargo, había encontrado en el Sultán que acababa de subir al trono un adversario digno de él. Era un príncipe activo, prudente y bravo; los clientes Omeyas creen que si hubiera reinado un año más hubiera obligado a todos los rebeldes del Mediodía a deponer las armas. Opuso a los rebeldes una enérgica resistencia. Los distritos de Cabra, de Elvira y de Jaén fueron teatro de una lucha encarnizada, en que alternaron los triunfos y los reveses. En la primavera del año de 888, Mondhir marchó en persona contra los insurrectos, se apoderó por el camino de algunas fortalezas, asoló los alrededores de Bobastro, y puso sitio contra Archidona. El renegado Aichun, que mandaba allí, no estaba exento de esa fanfarronería que se reprocha aun a los andaluces. Seguro de su valor, de que nadie dudaba, repetía a cada paso: «Si me dejo atrapar por el Sultán, le permito que me crucifique con un cerdo a mi derecha y un perro a mi izquierda.» Olvidaba que el Sultán tenía para cogerlo un medio más seguro que la fuerza de las armas. Algunos vecinos de la ciudad se dejaron ganar, prometiendo a Mondhir entregarle vivo a su jefe, y un día que Aichun entró sin armas en casa de uno de estos traidores, lo sujetaron de improviso, lo cargaron de cadenas, y fue entregado al Sultán y crucificado del mismo modo que él había dicho. Archidona se rindió poco después. Luego el Sultán hizo prisioneros a los tres Beni-Matruh, que poseían castillos en la Sierra de Priego, y habiéndolos hecho crucificar con diez y nueve de sus tenientes principales fue a poner sitio a Bobastro.

Seguro de que su roca era inconquistable, Ibn-Hafzun se inquietaba tan poco con este sitio, que no pensaba más que enjugarle una broma al Sultán. La broma y la alegría eran propias de su carácter. Envió, pues, proposiciones de paz a Mondhir. «Iré a habitar en Córdoba con mi familia, le mandó a decir, seré uno de vuestros generales, y mis hijos serán vuestros clientes.» Mondhir cayó en el lazo. Hizo venir de Córdoba al Cadí y a los principales teólogos, y les hizo redactar un tratado de paz en los términos propuestos por Ibn-Hafzun. Este se presentó entonces al Sultán, que había establecido su cuartel general en un castillo cercano, y le dijo: «Os ruego que me hagais el favor de enviar un centenar de mulas a Bobastro para trasportar mis equipajes.» El Sultán se lo prometió, y poco después, cuando ya el ejército se había alejado de Bobastro, fueron enviados los mulos pedidos con una escolta de diez centuriones y ciento cincuenta caballos. Poco vigilado, porque creían poder fiarse de él, Ibn-Hafzun aprovechó la noche para escaparse, volvió a Bobastro lo más ligero que pudo, mandó que lo siguieran algunos soldados, atacó la escolta, les quitó los mulos, y los puso en seguridad detrás de las excelentes murallas de su castillo.

Furioso por haberse dejado engañar, juró Mondhir, en su cólera, poner de nuevo sitio a Bobastro, y no levantarlo hasta que se entregara el pérfido renegado. La muerte le dispensó de su juramento. Su hermano Abdalá, que tenía exactamente su misma edad, y que ambicionaba el trono, pero que tenía perdida la esperanza si Mondhir no moría antes que sus hijos estuvieran en edad de sucederle, se ganó al cirujano de Mondhir, que le sangró con una lanceta envenenada, y el 20 de Junio de 888 Mondhir exhaló el último suspiro después de un reinado de cerca de dos años.

Avisado por los eunucos Abdalá, que se hallaba todavía en Córdoba, llegó al campamento a toda prisa, comunicó a los visires la muerte de su hermano, y se hizo prestar juramento, primero por ellos, luego por los coreiscitas, los clientes Omeyas, los empleados de la administración, y los jefes del ejército. Como los soldados murmuraban mucho de la resolución que había tomado el Sultán, porque estaban convencidos de que Bobastro era inexpugnable, era de temer que se desbandaran en cuanto supieran que Mondhir había muerto. Un oficial llamó la atención de Abdalá sobre esta disposición de ánimo, y le aconsejó mantener oculta la muerte de su hermano, y mandarle enterrar en las cercanías. Pero Abdalá rechazó este consejo con una indignación muy bien representada. «¡Y qué! esclamó; ¿he de abandonar el cuerpo de mi hermano a merced de gentes que tocan campanas y que adoran cruces? Jamás, aunque tuviera que morir en su defensa, lo llevaría a Córdoba!» Anuncióse, pues, la muerte de Mondhir a los soldados, para los que fue la mejor noticia que hubieran podido recibir. Sin esperar las órdenes del nuevo Sultán, se prepararon para irse enseguida a sus casas, y mientras que Abdalá volvía a Córdoba, diminuía a cada instante el número de sus soldados

Ibn-Hafzun, que no supo la muerte de Mondhir hasta que ya el ejército iba de camino, se apresuró a aprovecharse del desorden que caracterizaba a esta precipitada retirada. Ya se había apoderado de muchos rezagados y de un botín considerable cuando Abdallah le envió su paje Fortunio, para rogarles que no molestasen una marcha que era un entierro, y asegurarle que no quería más que vivir en paz con él. Sea generosidad, sea cálculo, el jefe español abandonó la persecución enseguida.

Cuando Abdalá llegó a Córdoba, apenas llevaba consigo cuarenta caballos; todos los otros soldados le habían abandonado.

XII

Abdalá tomaba el poder en fatales condiciones. Minado el Estado hacía mucho tiempo por antipatías de raza parecía caminar rápidamente a su descomposición y a su ruina. Si el sultán no hubiera tenido que hacer frente mas que a Ibn-Haiyan y a sus serranos, menos mal; pero la aristocracia árabe aprovechándose del general desorden comenzaba también a levantar la cabeza y aspiraba también a la independencia. Y era todavía más temible para el poder monárquico que los mismos españoles. Así lo creía al menos Abdalá. Y como le era preciso transigir con los españoles o con los nobles para no quedarse enteramente aislado, quiso mejor transigir con los primeros. Ya antes había dado pruebas de benevolencia a algunos de ellos; había tenido intima amistad con Ibn-Merwan, el gallego, cuando éste servía aun en la guardia del sultán Mohamed. Ahora ofreció a íbn-Hafzun el gobierno de Regio, a condición de que le reconociera por soberano. Al principio, el éxito pareció justificar esta nueva política. Ibn-Hafzun le prestó homenaje y le dió una prueba de confianza, enviando a la corte a su hijo Hafz, y a algunos de sus capitanes; y por su parte el Sultán hizo todo lo que pudo para consolidar la alianza; trató a sus huéspedes de la manera más afectuosa y los colmó de regalos. Pero al cabo de algunos meses, cuando Hafz y sus compañeros volvieron a Bobastro, dejó que sus soldados saquearan las aldeas y los lugares hasta las mismas puertas de Osuna, de Écija y aun de Córdoba, y luego cuando fueron batidas las tropas que el Sultán envió contra ellos rompió abiertamente con él y echó a sus empleados.

A la postre, Abdalá no había conseguido ganarse a los españoles, pero al ensayarlo se habia desavenido enteramente con su propia raza. Era natural que en provincias en que la autoridad real estaba ya bastante debilitada, no quisieran los Árabes obedecer a un monarca que se aliaba con sus enemigos.

Veamos primero lo que pasó en la provincia de Elvira.

Si los piadosos recuerdos tienen algún imperio sobre las almas, ninguna provincia debía estar tan ligada a la Religión cristiana. Ella habia sido la cuna del cristianismo español; allí se había escuchado la predicación de los siete apostólicos, que según una tradición antiquísima, habían sido en Roma discípulos de los Apóstoles, cuando todo el resto de la península estaba sumido aun en las tinieblas de la idolatría. Más adelante, hacia el año 300, la capital de la provincia había sido la sede de un célebre concilio. Por eso los españoles de Elvira, habian permanecido fieles mucho tiempo a la religión de sus abuelos. Se habían echado en la capital los cimientos de una gran mezquita poco tiempo después de la conquista, por Hanach Zanain, uno de los más piadosos compañeros de Muza, pero había tan pocos musulmanes en la ciudad que durante siglo y medio permaneció este edificio en el mismo estado en que Hanach lo dejara. Las iglesias por el contrario eran numerosas y ricas. Aun en Granada y eso que gran parte de la ciudad pertenecía a los judíos, había cuatro por lo menos, y la que estaba fuera de la puerta de Elvira que había sido edificada a principios del siglo VII, por un señor godo llamado Gudila, era de incomparable magnificencia.

Sin embargo, poco a poco bajo el reinado de Abderramán II, y del de Mohamed, comenzaron a ser frecuentes las apostasías. En la provincia de Elvira no se estaba más a prueba de interés que en las otras provincias, y además los vergonzosos desórdenes y la manifiesta impiedad del tío materno de Hostigesio, Samuel, Obispo de Elvira, habían inspirado a muchos cristianos una aversión muy natural hacia un culto que tenía tan indignos ministros. La persecución hizo lo demás. El infame Samuel la dirigió. Depuesto al fin a causa de su vida escandalosa, dióse prisa a ir a Córdoba para declararse musulmán; desde entonces se había enconado de la manera más cruel contra sus antiguos diocesanos, que el gobierno dejó entregados a su ciega cólera, y muchos de estos infelices no hallaron más medio que la apostasía para salvar sus bienes y su vida.

Por esta causa los renegados habáan llegado a ser tan numerosos en Elvira, que el gobierno comprendió que era necesario procurarles una gran mezquita que se acabó en el año 864, en el reinado de Mohamed.

En cuanto a los Árabes de la provincia, procedentes en su mayor parte de los soldados de Damasco, no queriendo encerrarse en las murallas de una ciudad, se habían establecido en la campiña donde sus descendientes habitaban aun. Estos Árabes constituían, respecto de los españoles, una aristocracia extremadamente orgullosa y exclusiva. Tenían pocas relaciones con los habitantes de la ciudad. Elvira, triste lugar situado en medio de rocas estériles, monótonas y volcánicas, que no llevan ninguna flor en verano, ni un copo de nieve en invierno, no tenía para ellos ningún atractivo; pero los viernes cuando iban, en apariencia para asistir a los oficios, mas en realidad para hacer ostentación de sus soberbios caballos ricamente equipados, no dejaban nunca de abrumar a los españoles con su menosprecio y sus intencionados desdenes. Casi nunca la vanidad aristocrática se ha mostrado más francamente odiosa en hombres que por otra parte en sus relaciones mutuas eran modelo de perfecta cortesía. Para ellos los españoles cristianos o musulmanes eran la «vil canalla», tal era el término consagrado. Habían, pues, hecho agravios imperdonables, así que las colisiones entre las dos razas eran frecuentes. Unos treinta años antes de la época de que vamos a ocuparnos, ya los españoles habían sitiado a los árabes en la Alhambra, donde éstos habían buscado un refugio.

Al principio del reinado de Abdalá, encontramos a los españoles empeñados en una guerra mortífera contra los señores árabes. Estos, que habían roto enteramente con el sultán, habían elegido por jefe un valiente guerrero de la tribu de Cais, llamado Yahya-ibn-Zocala. Arrojados por sus adversarios de sus aldeas, se fortificaron en un castillo situado al noroeste de Granada, cerca de Guadahortuna. Desde este castillo que llevaba antiguamente el nombre español de «Monte-Sacro» pero que por la pronunciación arábiga llegó a decirse Montexicar, infestaban las cercanías. Entonces los renegados y los cristianos mandados por Nabil fueron a sitiarlos, mataron gran número y tomaron la fortaleza. Yahya-ibn-Zocala se salvó por la fuga, pero su tropa había quedado tan debilitada que tuvo que dejar las armas y hacer un tratado con los españoles. Desde esta época pasaba muchas veces días enteros en la capital. Acaso trataba de intrigar allí, pero culpable o no, es lo cierto que en la primavera de 887 los españoles lo atacaron de improviso, lo degollaron con sus compañeros, echaron sus cadáveres en un pozo, y comenzaron a ojear a los Moros como si fueran fieras.

El entusiasmo de los españoles fue inmenso.

«Ya se han roto las lanzas de nuestros enemigos, decía su poeta Ablí! ¡Ya hemos abatido su orgullo! ¡Los que ellos llamaban «vil canalla» han minado los fundamentos de su poder! ¡Cuánto tiempo hace que los muertos que hemos echado en el pozo esperan en vano un vengador!»

La situación de los Moros era tanto más peligrosa cuanto que se encontraban desunidos. La anarquía reinante, daba nuevo vigor a la funesta rivalidad entre Maaditas y Yemenitas; en muchos distritos como el de Sidona estas dos razas se combatían a muerte. En la provincia de Elvira, cuando se trató de dar sucesor a Yahya, los Yemenitas, que parece tenían la superioridad del número, disputaban a los Maaditas sus derechos a la hegemonía. Disputar en un momento tan crítico era exponerse a una ruina completa. Felizmente los Yemenitas lo comprendieron a tiempo, cedieron y de concierto con sus rivales dieron el mando a Sauwar. Este intrépido jefe fue el salvador de su pueblo, y más adelante se repetía con frecuencia: «Si Alá no hubiera dado a Sauwar a los Moros, hubieran sido exterminados hasta el último.»

Caisita, lo mismo que Yhaya, Sauwar debía tener empeño en vengar la muerte de su contributo, pero tenía además que tomar una revancha; en la toma de Monte-Sacro había visto a los españoles matar a su primogénito. Desde este momento la sed de venganza lo devoraba: según su propio testimonio de viejo: «las mujeres no quieren mi amor desde que se han blanqueado mis cabellos», decía en uno de sus poemas, y ciertamente llevaba a la tarea sangrienta que iba a cumplir una obstinación y una firmeza que se explicarían difícilmente en un joven, pero que se conciben en un viejo que dominado por una sola y última pasión ha cerrado su alma a toda piedad y a todo sentimiento humano. Se podría pensar que se figuraba ser el ángel exterminador, y que ahogó sus más dulces afectos, si es que los tenía, ante la conciencia de su misión providencial.

Después de haber reunido bajo su bandera todos los Moros que pudo, fue a recobrar el Monte-Sacro. Llevaba en esto un doble objeto; quería poseer una fortaleza que le sirviera de base para sus operaciones ulteriores, y saciar su sed de venganza en la sangre de los que habían matado a su hijo. Aunque Monte-Sacro tenía una numerosa guarnición, los Moros la tomaron por asalto. La venganza de Sauwar fue terrible; pasó a cuchillo todos los soldados de la guarnición, en número de seis mil. En seguida atacó y tomó otros castillos, y cada uno de estos triunfos llevaba consigo una horrible carnicería; jamás en ninguna circunstancia este hombre terrible dió cuartel a los españoles; familias enteras fueron exterminadas hasta su último individuo, y multitud de herencias quedaron sin herederos.

En su apuro, los españoles de Elvira suplicaron a Djad, gobernador de la provincia, que los ayudara, prometiendo obedecerle en adelante. Djad consintió, y a la cabeza de sus tropas y de los españoles fue a atacar a Sauwar.

El jeque árabe lo esperaba a pie firme. El combate fue vivo por ambas partes, pero los Moros obtuvieron la victoria, persiguieron a sus enemigos hasta las puertas de Elvira, y les mataron más de siete mil hombres. El mismo Djad cayó en manos de los vencedores.

El feliz éxito de esta batalla, conocida con el nombre de «Batalla de Dajd», colmó a los Moros de un indescriptible gozo; limitados hasta entonces a atacar castillos, habian vencido por primera vez a sus enemigos en campo raso, y habian inmolado muchas víctimas a los manes de Yhaya. He aquí los términos en que uno de sus jeques más valientes, que era al mismo tiempo uno de sus mejores poetas, Said-ibn-Djudí, expresaba sus sentimientos:

«Apóstatas e incrédulos, que hasta la última hora declarais falsa la verdadera religión. Os hemos matado, porque teníamos que vengar a nuestro Yhaya. Os hemos matado: ¡Dios lo ha querido! Hijos de esclavas, habéis imprudentemente irritado a bravos que no han olvidado nunca vengar a los suyos. Acostumbraos a sufrir su furia y a recibir en vuestras espaldas sus espadas flamígeras, a la cabeza de sus guerreros, que no sufren insulto, valientes como leones, ha marchado contra vosotros un jeque ilustre. Su fama excede la de todos, ha heredado la generosidad de incomparables abuelos. Es un león nacido de la más pura sangre de Nizar, es el sostén de su tribu cual ninguno. Iba a vengar a sus contributos, a esos hombres magnánimos que habían creído poder fiarse de reiterados juramentos. ¡Y los ha vengado! ha pasado a cuchillo a los hijos de las blancas, y los que de ellos viven todavía gimen en las cadenas con que los ha cargado. Millares de vosotros hemos matado, pero la muerte de multitud de esclavos no equivale a la de un solo noble. ¡Ay! sí, han asesinado a nuestro Yahya cuando era su huésped! Asesinarlo era una acción insensata. Lo han degollado esos esclavos malvados y despreciables, todo lo que hacen los esclavos es villano. ¡No!, cometiendo su crimen, no han hecho una acción sensata, su suerte infeliz ha debido convencerlos que habían sido mal inspirados. Vosotros lo habéis asesinado como traidores, como infames después de tantos tratados, después de tantos juramentos!»

Después del brillante triunfo que habían conseguido, Sauwar, que acababa de hacer alianza con los Moros de Regio, de Jaén y de Calatrava, comenzó de nuevo sus depravaciones y sus matanzas. Los españoles enteramente desanimados, no encontraron otra vía de salvación que echarse en los brazos del Sultán e imploraron su ayuda. De buena gana se la hubiera concedido éste, si se hubiera hallado en estado de hacerlo. Todo lo que podía en aquellas circunstancias era prometer su amigable intervención. Mandó pues, decir a Sauwar, que estaba dispuesto a concederle una gran intervención en la dirección de los negocios de la provincia, pero que en cambio, esperaba de él que lo obedeciera y le permitiera dejar a los españoles en paz. Sauwar aceptó estas condiciones, él y los españoles juraron la paz solemnemente y se restableció el orden material en la península. Por desgracia, esta no era más que una calma engañosa, las discensiones y la pasión latían en el fondo de todas las almas. No teniendo enemigo que combatir a su alrededor, atacó Sauwar a los vasallos y a los aliados de Ibn-Hafzun. La fama de sus empresas y de sus crueldades, el grito de angustia de sus compatriotas, despertó repentinamente el sentimiento nacional entre los habitantes de Elvira. Con general entusiasmo volvieron a tomar las armas; siguiendo su ejemplo se insurreccionó toda la provincia, el grito de guerra resonó en todas las familias, y los Moros, atacados donde quiera y donde quiera batidos, fueron a buscar apresuradamente un refugio en la Alhambra.

Tomada por los españoles y recobrada por los Moros, la Alhambra, no era ya más que una ruina majestuosa que casi no se hallaba en estado de defensa. Y sin embargo, era el único refugio que a los Moros les quedaba; si se la dejaban tomar, podían estar ciertos de que no había de escapar ninguno. Así estaban firmemente resueltos a defenderla a todo trance. Durante el dia rechazaban vigorosamente los incesantes ataques de los españoles, que con la ira en el pecho pensaban acabar esta vez con los que habian sido por tanto tiempo sus crueles opresores. Cuando llegaba la noche reedificaban, a la luz de las antorchas, los muros y los bastiones de la fortaleza, pero las fatigas, las veladas, la perspectiva de una muerte segura, si tenían un instante de debilidad, los había puesto en un estado de sobreexcitación febril que los disponía mucho a dejarse impresionar por terrores supersticiosos, de que se hubieran avergonzado en otras circunstancias. Una noche que trabajaban en las fortificaciones, sucedió que una piedra pasó por encima de los muros y vino a caer a sus pies. Un Moro la recogió y encontró que llevaba atado un pedazo de papel, en el cual había escritos estos tres versos que leyó en alta voz, mientras que sus compañeros lo escuchaban con profundo silencio.

"Sus moradas están desiertas, sus campos eriales, los huracanes arremolinan en ellos las arenas,

Encerrados en la Alhambra meditan al presente nuevos crímenes, pero también allí tendrán que sufrir derrotas continuas

Y lo mismo que sus padres serán siempre el blanco de nuestras lanzas y de nuestras espadas."

Oyendo leer estos versos a la luz incierta, pálida y lúgubre de las antorchas, cuya trémula claridad formaba en medio de las opacas sombras de la noche una móvil iluminación del efecto más extraño, los Moros, que desesperaban ya de su triunfo, se entregaron a los más siniestros presentimientos. «Estos versos, decía más adelante uno de ellos, nos parecían un aviso del cielo, oyéndolos leer fuimos presa de un terror tan grande, que aunque todos los ejércitos de la tierra hubieran venido a sitiarnos no lo hubieran podido aumentar.» Algunos, menos impresionables, trataron de reanimar a sus aterrados camaradas, diciéndoles que la piedra y el papel no habían caído del cielo, sino que habían sido lanzados por mano enemiga y que los versos eran probablemente del poeta Ablí. Habiendo prevalecido poco a poco esta idea, rogaron todos a su poeta Asadí que respondiera en el mismo metro y en la misma rima al desafío del poeta enemigo. No era nueva para Asadí semejante empresa. Muchas veces había empeñado con Ablí duelos poéticos del mismo género, pero de temperamento nervioso, de imaginación extraordinariamente impresionable, conmovido y turbado esta vez más que todos los demás, tardó mucho tiempo en encontrar estos dos versos que muestran demasiado, que no estaba de vena:

"Nuestras moradas están habitadas, nuestros campos no son eriales.

Nuestro castillo nos protege contra todo insulto, en él encontraremos la gloria, en él se preparan para nosotros triunfos y derrotas para vosotros."

Para completar la respuesta, hacía falta un verso que Asadí, que había caído bajo el imperio de su emoción, no pudo encontrar. Rojo de vergüenza, con los ojos fijos en el suelo, permaneció cortado y mudo como si no hubiera compuesto versos en su vida.

No era esta circunstancia la más propia para reanimar el ánimo abatido de los Moros. Ya medio serenos, estaban dispuestos a no ver nada de sobrenatural en lo sucedido, pero cuando se apercibieron que contra lo que esperaban la inspiración faltaba a la palabra a su poeta, sus temores supersticiosos se despertaron de nuevo.

Avergonzado Asadí, se había vuelto a su habitación cuando, de pronto oyó una voz que pronunciaba este verso:

"En verdad que bien pronto, cuando nosotros salgamos de él, habréis de sufrir una derrota tan terrible, que hará blanquear en un momento los cabellos de vuestras mujeres y de vuestros hijos."

Era el tercer verso que en vano había buscado. Miró a su alrededor y no vió a nadie. Firmemente convencido entonces de que había sido pronunciado por un espíritu invisible, corrió a buscar al jeque Adha, su amigo íntimo, le contó lo que acababa de suceder, y le repitió el verso que había oído. «¡Alegrémonos! exclamó Adhha. Seguramente, soy enteramente de tu opinión, es un espíritu quien ha recitado estos versos y podemos estar seguros que su predicción se ha de cumplir. Y no puede ser de otra manera; esa raza impura debe perecer, porque Dios ha dicho: «Al que habiendo ejercido represalias en relación con un ultraje recibido, recibirá uno nuevo, Dios mismo lo asistirá.»

Convencidos de aquí en adelante de que el Eterno los había tomado bajo su protección, los Moros enrollaron el billete que contenía los versos de su poeta en una piedra, y se la tiraron a sus enemigos.

Siete días después vieron al ejército español, compuesto de veinte mil hombres, prepararse para atacarlos por el lado del Este y colocar en una colina sus máquinas de guerra. En lugar de exponer sus bravos a ser asesinados en una fortaleza arruinada, Sauwar quiso mejor llevarlos al encuentro del enemigo. Empeñado el combate, dejó de pronto el campo de batalla con una tropa escogida, sin que su marcha fuera notada por sus adversarios; dió un rodeo y se precipitó sobra la división, situada en la colina con tal ímpetu, que lo puso en derrota. La vista de lo que pasaba en la altura, inspiró un terror pánico a los españoles que combatian en el llano, porque se imaginaban que los Moros habían recibido refuerzos. Entonces comenzó una terrible carnicería; persiguiendo a sus enemigos fugitivos hasta las puertas de Elvira, los Moros mataron doce mil, según unos, según otros diez y siete mil.

He aquí como Said-ibn-Djudí cantó esta segunda batalla conocida con el nombre de «Batalla de la ciudad»

 

"Los hijos de las blancas habían dicho: «Cuando nuestro ejército vuele sobre vosotros, caerá sobre vosotros como un huracán. No podréis resistirlo, temblaréis de miedo, y ni el más fuerte castillo os servirá de asilo!»

Pues bien, nosotros hemos ahuyentado ese ejército cuando voló sobre nosotros, como se ahuyentan a las moscas que revolotean al rededor de la sopa, o como se hace salir de su establo a un rebaño de camellos. Ciertamente que el huracán ha sido terrible, la lluvia caía a goterones, el trueno retumbaba y el relámpago surcaba las nubes; pero no era sobre nosotros, sino sobre vosotros, sobre los que descargaba la tormenta. Vuestros batallones caían ante nuestras cortadoras espadas, como caen las espigas bajo la hoz del segador.

Cuando nos vieron venir al galope nuestras espadas les causaron un terror tan grande que volvieron las espaldas y se echaron a correr, pero nosotros caimos sobre ellos hiriéndolos con nuestras lanzas. Unos hechos prisioneros, fueron cargados de cadenas; otros presas de angustia mortal, corrieron a todo correr, y hallaban la tierra demasiado estrecha.

Habéis encontrado en nosotros una tropa escogida que sabe a las mil maravillas lo que es preciso hacer para quemar las cabezas de sus enemigos, cuando la lluvia de que hablábais cae a torrentes. Se compone de hijos de Adán, que a todos aventajan en las incursiones, y de hijos de Cahtan, que caen como buitres sobre su presa. Su jeque, un gran guerrero, un verdadero león a quien en todas partes admiran, pertenece a la mejor rama de Cais; hace muchos años que los más generosos y los más bravos lo reconocen superior en valor y en generosidad. Es un hombre leal, nacido de una raza de héroes, cuya sangre no se ha mezclado jamás con raza extranjera, ataca impetuosamente a sus enemigos, como conviene a un Moro, y sobre todo a un Caisita, y defiende la verdadera religión contra todo infiel.

En verdad que Sauwar blandía aquel día una excelente espada, con la que cortaba cabezas, como no se las corta sino con hojas de buen temple. Alá se servía de su brazo para matar a los sectarios de una falsa religión que se habían reunido contra nosotros. Cuando llegó el momento fatal para los hijos de las blancas, nuestro jeque estaba a la cabeza de fieros guerreros, cuya firmeza no se conmueve más que una montaña, y cuyo número era tan grande que la tierra parecía estrecha para ellos. Todos estos bravos corrían a rienda suelta, mientras que relinchaban sus corceles.

¡Vosotros quisisteis la guerra, la guerra ha sido funesta para vosotros y os ha hecho perecer repentinamente!"

 

En la crítica posición en que se hallaron los españoles después de esta batalla desastrosa, no tenian más que un partido que elegir; implorar el apoyo y reconocer la autoridad del jefe de su raza Omar-Ibn-Habfzun. Así lo hicieron, y bien pronto éste, que se encontraba en las cercanías, entró con su ejército en Elvira: reorganizó las milicias de la ciudad, reunió bajo sus banderas parte de la guarnición de los castillos vecinos, y marchó contra Sauwar.

Había aprovechado este jeque este intervalo para llevarse consigo los Moros de Jaén y de Regio, y su ejército era ahora bastante numeroso para esperar combatir a Ibn-Habfzun con ventajas. No se engañó en sus esperanzas. Después de perder muchos de sus mejores guerreros, y de haber prodigado su propia sangre, Ibn-Habfzun se vió obligado a retirarse. Acostumbrado a vencer, este fracaso le irritó mucho, imputándoselo a los habitantes de Elvira, les echó en cara que se habáan conducido cobardemente en la pelea, y colérico les impuso una enorme contribución, diciendo que ellos debían pagar los gastos de una guerra que él solo había emprendido en su provecho. Luego se volvió a Bobastro con el grueso del ejército, después de haber confiado la defensa de Elvira a su teniente Hajz-ibn-el- Moro.

Entre los prisioneros que llevó consigo, se contaba el bravo Said-ibn-Djudí; he aquí un trozo de los versos que este excelente poeta compuso en su cautividad.

 

"Valor, esperanza, amigos míos! Estad seguros de que la alegría sucederá a la tristeza, y que cambiándose en dicha la desgracia, vosotros saldréis de aquí. Otros antes que vosotros han pasado años en este calabozo, y corren por los campos, a estas horas, en pleno día!

¡Ay! si estamos prisioneros, no es porque nos hayamos rendido, sino porque nos hemos dejado sorprender. Si yo hubiera tenido el menor presentimiento de lo que nos iba a suceder la punta de mi lanza me hubiera protejido, porque ya saben los caballeros mi audacia y mi bravura en la hora del peligro.

Y tú, viajero, vé a llevar mi saludo a mi noble padre y a mi tierna madre, que te escucharán enajenados cuando les digas me has visto. Saluda también a mi querida esposa y repítele estas palabras: «siempre pensaré en tí, hasta en el día del juicio final me presentaré delante del Creador con el pecho lleno de tu imagen. En verdad la tristeza que ahora experimentas me aflige mucho más que la prisión y la perspectiva de la muerte. Acaso me harán perecer aquí y después me enterrarán... un bravo como yo desea mejor caer con gloria en el campo de batalla y servir de pasto a los buitres!"

 

Después de la partida de Ibn-Hafzun, Sauwar que se había dejado coger en una emboscada, fue muerto por los habitantes de Elvira. Cuando se llevó su cadáver a la ciudad resonaron los aires con grito de júbilo. Sedientas de venganza, las mujeres echaban miradas de fiera sobre el cuerpo del que les había arrebatado sus hermanos, sus esposos y sus hijos, y rugiendo de furor le hicieron pedazos y se los comieron.

Los Moros, confiaron el mando a Said-ibn-Djudi al que Ibn-Hafzun acaba de volver la libertad (890.) Aunque Said hubiera sido el amigo de Sauwar y el cantor de sus hazañas, en nada se le parecía. De ilustre nacimiento, pues su abuelo había sido sucesivamente Cadí de Elvira y prefecto de policía de Córdoba en el reinado de Haquen I, era además el modelo del caballero Moro, y sus contemporáneos le atribuían las diez cualidades que todo perfecto caballero debe poseer: la generosidad, la bravura, el entero conocimiento de las reglas de equitación, la belleza corporal, el talento poético, la fuerza física, el arte de manejar la lanza, el de construir armas, y la habilidad en el tiro del arco. Era el único Moro que Ibn-Hafzun temía encontrar en el campo de batalla. Un daa, antes de comenzar el combate, Said lo desafió, pero Ibn-Hafzun, apesar de lo bravo que era, no se atrevió a aceptar. Otra vez, durante la pelea, Said se encontró de casualidad frente a Hafzun. Este quiso evitarlo, pero Said le cogió a brazo partido lo arrojó al suelo, y lo hubiera matado, si los soldados de Hafzun echándolo sobre él, no lo hubieran obligado a soltar la presa.

El más valiente de los caballeros era también el más tierno y el más galante. Ninguno se enamoraba con tanta facilidad de una voz o de unos cabellos, ninguno apreciaba mejor el poder seductor de una hermosa mano. Habiendo ido un dia a Córdoba cuando reinaba todavía el sultán Mohamed, pasaba por delante del palacio del príncipe Abdalá, cuando hirió su oido el armonioso canto de una mujer. Este canto salía de una habitación del piso principal cuya ventana daba a la calle y la cantadora era la hermosa Djehane. En aquel momento estaba con el príncipe su señor y ora le servía de beber, ora cantaba. Atraído por un encanto irresistible, Said, fue a colocarse en una rinconada donde podía escuchar a su gusto sin llamar la atención de los transeúntes. Clavados los ojos en la ventana, estático, se moría por ver a la bella cantadora. Después de haber atisbado mucho tiempo, apercibió al fin su pequeña y blanca mano cuando presentaba al príncipe la copa. No vió más, pero aquella mano de una incomparable elegancia y luego aquella voz tan suave y tan expresiva, era lo bastante para hacer latir violentamente su corazón de poeta y hacer enloquecer su cabeza.

Mas ¡ay! una barrera infranqueable le separaba del objeto de su amor. Desesperado de lograrla, ensayó distraer su pasión; compró en una enorme suma la esclava más hermosa que pudo encontrar y la puso el nombre de Djehane. Mas a pesar de los esfuerzos que esta joven hizo para agradar al hermoso caballero, no consiguió hacerle olvidar a su homónima.

«El dulce canto que he escuchado, decía, elevando mi alma me ha dejado una tristeza que me consume lentamente. Es a Djehane, de la que yo guardaré un eterno recuerdo, a quien yo he dado mi corazón, y sin embargo, nunca nos hemos visto.

¡Oh Djehane! objeto de todos mis anhelos, sé buena y compasiva para esta alma que le ha dado por volar a tí! Yo invoco tu nombre querido con los ojos bañados en lágrimas, con la devoción y el fervor del monje que invoca el de un santo, arrodillado ante su imagen!»

Said no guardó mucho tiempo su recuerdo de la bella Djehane. Versátil e inconstante, errando sin descanso de deseo en deseo, las grandes pasiones y los sueños platónicos no estaban en su carácter, testigos estos versos compuestos por él, que los escritores Moros no citan sino añadiendo las palabra: «¡Que Dios le perdone!».

"El momento más dichoso de la vida es cuando se bebe en ronda, o más bien, cuando después de una desavenencia uno se reconcilia con su amada, mejor aun, cuando el amante y la amada se lanzan miradas embriagadoras, es, en fin, aquel en que se enlaza en los brazos a la mujer que se adora.

Yo recorro el círculo de los placeres con el ardor de un caballo que ha cojido el bocado con los dientes; suceda lo que quiera yo satisfago todos mis deseos. Inquebrantable en el día del combate, cuando el ángel de la muerte se cierne sobre mi cabeza, yo me dejo siempre quebrantar por unos bellos ojos."

Ya había olvidado, pues, a Djehane, cuando le trageron de Córdoba una nueva hermosura; cuando ella entró en su habitación el pudor la hizo bajar los ojos; entonces Said improvisó estos versos:

"Qué, hermosa amiga, ¿separas de mí tus ojos para fijarlos en el suelo? ¿Es que yo te inspiro repulsión? Por Dios que no es este el sentimiento que yo inspiro de ordinario a las mujeres, y me atrevo a asegurarte que más que el suelo merece mi cara tus miradas."

Said era seguramente la figura más brillante de la aristocracia, pero no tenía las cualidades sólidas de Sauwar. La muerte de este gran jeque, fue pues, una pérdida que Said no pudo reparar. Gracias a los cuidados de Sauwar, que había hecho reedificar muchas fortalezas romanas semi-arruinadas, tales como Menteza, Basti (Baza) los Moros se encontraron en estado de mantenerse bajo su sucesor, pues aun cuando ya no tuvieran que combatir al Sultán, pues este había reconocido a Said, no consiguieron notables ventajas sobre los españoles. Los cronistas musulmanes, que por lo demás no dicen casi nada sobre las expediciones de Said, lo que prueba que en general no fueron felices, nos refieren solamente que hubo un momento en que Elvira se sometió a su autoridad. Cuando hizo en la ciudad su entrada, se presentó a él el poeta español Ablí, y le recitó unos versos que había compuesto en su alabanza. Said lo recompensó generosamente; pero cuando se fue el poeta, un árabe exclamó:

«¿Qué, Emir, dais dinero a ese hombre? Habéis olvidado pues, que era en otro tiempo el gran agitador de su nación, y que se atrevió a decir:— ¡Cuánto tiempo hace que sus muertos, que nosotros hemos echado en este pozo, esperan en vano un vengador!»

Abrióse al punto en Said una llaga mal cerrada, y con los ojos brillantes de cólera: «Vé a coger a ese hombre, le dijo a un pariente de Yhaya ibn-r Zocala; mátalo y echa su cadáver en un pozo!» Esta orden fue inmediatamente ejecutada.

XIII.

Mientras que los españoles de Elvira combatían contra la nobleza mora, ocurrían también en Sevilla muy graves acontecimientos.

En ninguna parte el partido nacional era tan poderoso. Desde el tiempo de los visigodos, había sido la sede de la ciencia y la civilización romana y la residencia de las familias más nobles y opulentas. La conquista Mora no había traído casi ningún cambio en el orden social. Pocos Moros se habían establecido en la ciudad, habiéndose fijado con preferencia en las campiñas. Los descendientes de los romanos y de los godos constituían, pues, todavía, la mayor parte de sus habitantes. Gracias a la agricultura y al comercio eran muy ricos; numerosas embarcaciones de Ultramar iban a buscar a Sevilla, que pasaba por uno de los mejores puertos de España, cargamentos de algodón, de aceitunas y de higos, que la tierra en abundancia producía. La mayor parte de los sevillanos habían abjurado del Cristianismo, y muy pronto, porque ya bajo el reinado de Abderramán II había habido que edificar para ellos una gran mezquita; pero sus costumbres, sus usos, su carácter, hasta sus apellidos como «Beni-Angelino, Beni-Sabarico», recuerdan aun su origen español.

En general, estos renegados eran pacíficos y nada hostiles al Sultán, a quien, por el contrario, consideraban como el sostenedor natural del orden, pero temían a los Moros, no a los de la ciudad, porque estos acostumbrados a los beneficios de la civilización no se interesaban ya en las rivalidades de tribu ni de raza, sino a los de la campiña, que habían conservado intactas sus costumbres agrestes, sus antiguas preocupaciones nacionales, su aversión a toda otra raza que la suya, y su adhesión a las antiguas familias a que habían obedecido de padres a hijos desde tiempo inmemorial.

Llenos de un odio celoso contra los ricos españoles se hallaban prontos a ir a robarlos y a degollarlos en cuanto las circunstancias se lo permitieran o sus nobles los convidaran a ello. Eran muy temibles los del Axarafe sobre todo, así que los españoles que conservaban una antigua predicción, según la que, la ciudad había de ser quemada por fuego que había de venir del Axarafe, habían tomado sus medidas para que no los cogieran desprevenidos los hijos de los ladrones del desierto. Se habían organizado en doce cuerpos cada uno con su jefe, su bandera y su arsenal, y habían contraído alianza con los Moros maaditas de la provincia de Sevilla y con los Berberes-Botr de Morón.

Entre las principales familias árabes de la provincia, había dos que sobresalían entre las demás, la de los Beni-Haddjadj y la de los Beni-Khaldun. La primera aunque muy árabe en sus ideas, descendía sin embargo por hembra de Witiza, el penúltimo rey de los godos. Una nieta suya, llamada Sara, se había casado en segundas nupcias con un tal Omaid de la tribu yemenita de Lakhm. De este matrimonio nacieron cuatro hijos que dieron origen a cuatro grandes familias, de las cuales la de Beni-Hadjadj era la más rica. De Sara procedían las grandes propiedades territoriales que tenía en el Sened, porque un historiador árabe, descendiente también de Witiza por Sara, nota que Ibn-Omaid había tenido hijos de otras mujeres, pero que los descendientes de éstas no podían rivalizar con los de Sara. La otra familia, la de los Beni-Khaldun era también de origen yemenita, pertenecía a la tribu de Hadhramaut y tenía sus propiedades en el Axarafe. Agricultores y soldados, los miembros de estas dos grandes casas eran también comerciantes y armadores. De ordinario vivían en el campo, en sus castillos, en sus «bordj,» pero de tiempo en tiempo, residían en la ciudad donde tenían palacios.

Al principio del reinado de Abdalá, Coreb era el jefe de los Khaldum. Era un hombre disimulado y pérfido, pero que tenía todas las cualidades de un jefe de partido. Fiel a las tradiciones de su raza, detestaba la monarquía y deseaba que su casta recobrara el poder que le habían arrancado los Omeyas. Primero ensayó promover una insurrección en la misma ciudad. Se dirigió pues a los Moros que la habitaban y trató de reanimar en ellos el deseo de independencia. No lo consiguió. Estos Moros, en su mayor parte Coreiscitas o clientes de la familia reinante, eran realistas, o por mejor decir, no eran de ningún partido, sino es, del que en nuestros días se llama partido del orden. Vivir en paz con todo el mundo, y no ser molestados en sus negocios ni en sus placeres, era todo lo que pedian. No tenían, pues, ninguna simpatía por Coreb; su genio aventurero y su ambición desarreglada solo les inspiraba una profunda aversión mezclada de terror. Cuando les hablaba de independencia, le respondían que odiaban el desorden y la anarquía, que no querían ser instrumentos de la ambición de otro, y que no tenían nada que hacer con sus malos consejos y con sus malas ideas.

Viendo que perdía el tiempo en la ciudad Coreb volvió al Alxarafe, donde nada tuvo que hacer para enardecer los corazones de sus contributos, que casi todos le prometieron tomar las armas a la primera señal. En seguida formó una liga, en que entraron Haddjadj, dos jeques yemenitas, (el uno de Niebla, y el otro de Sidona) y el jeque de los Bérberes-Bornos, de Carmena, cuyo objeto era quitar Sevilla al Sultán y saquear a los españoles.

Los patricios sevillanos, que por razón de la distancia no podían espiar a Coreb como cuando estaba entre ellos, ignoraban el complot que se tramaba; verdad es que de tiempo llegaban a sus oidos vagos rumores, pero no sabían nada de fijo, y no desconfiaban todavía lo bastante del peligroso conspirador.

Queriendo vengarse primero de los que no habían querido atenderlo, y mostrarles al mismo tiempo que el soberano era incapaz de protegerlos, hizo saber secretamente a los Bereberes de Mérida y de Medellín, que la provincia de Sevilla estaba casi desguarnecida, y que si querían podrían hacer fácilmente en ella rica presa. Siempre inclinados a la rapiña, se pusieron al instante en camino, y se apoderaron de Talyata, saquearon este pueblo, asesinaron a los hombres, y redujeron a esclavitud a las mujeres y a los niños. El gobernador de Sevilla llamó a las armas a todos los que estaban en estado de llevarlas, y salió al encuentro de los Bereberes. Habiendo sabido en el camino que se habían apoderado de Talyata, estableció su campo en una altura que se llamaba la Montaña de los Olivos. Tres millas solamente lo separaban del enemigo, y por ambas partes se aprestaban a combatir al día siguiente cuando Coreb que había traído su contingente, como los otros señores, aprovechó la noche para mandar a decir a los Bereberes, que una vez empeñado el combate les facilitaría la victoria huyendo con su regimiento. Cumplió su promesa, y huyendo, arrastró tras sí a todo el ejército. Perseguido por los Bereberes el gobernador no hizo alto hasta Huevar (a cinco leguas de Sevilla,) donde se atrincheró. Los Bereberes, sin hacer el menor esfuerzo para forzarlo en esta posición, volvieron a Talyata, donde permanecieron tres días, durante los cuales destruyeron a sangre y fuego todos los lugares cercanos. Luego, con sus enormes sacos henchidos de botín, se volvieron a su casa.

Ya había dejado arruinados esta terrible razzia a gran número de propietarios, cuando vino a afligir a los sevillanos un nuevo azote. Esta vez el pérfido Coreb no tenía de qué acusarse; un jeque de la raza enemiga, Ibn-Merwan, señor de Badajoz, vino espontáneamente a secundar sus proyectos. Viendo venir a sus vecinos de Mérida cargados de ricos despojos dedujo que no tenía más que presentarse para tomar su parte en el pastel. Y no se engañó. Habiéndose adelantado hasta tres parasangas de Sevilla, lo saqueó todo a la redonda durante muchos días consecutivos, y cuando volvió a Badajoz no tenía nada que envidiar a los bereberes de Mérida.

La conducta de su gobernador, que había permanecido inactivo mientras que hordas salvajes asolaban sus tierras, había exasperado a los sevillanos contra él y contra el sultán. Verdad es que éste, cediendo a sus quejas, depuso al inhábil gobernador, pero el que mandó a sucederle, bien que fuera de una reputación inmaculada, carecía igualmente de la necesaria energía para mantener el orden en la provincia y reprimir la audacia de los bandoleros que se multiplicaban de un modo aterrador.

El más temible de todos era uno de los Bereberes-Bornos de Carmona, llamado Tamachecca, que robaba a los viajeros en el camino real de Sevilla a Córdoba. El gobernador de Sevilla no se atrevía a hacer nada contra él, cuando un bravo renegado de Écija, llamado Mohamed-ibn-Galib, prometió al sultán concluir con estos latrocinios si le permitía levantar una fortaleza cerca del lugar de Siete Torres, en los límites de las provincias de Sevilla y Écija. El Sultán aceptó su ofrecimiento, la fortaleza fue edificada, Ibn-Galib se instaló en ella con gran número de renegados, de clientes omeyas y de bereberes-Botr y los ladrones no tardaron en conocer que tenían que habérselas con un enemigo más temible que el gobernador de Sevilla.

Comenzaba ya a restablecerse la seguridad cuando una mañana temprano se esparció en Sevilla la noticia de que durante la noche había tenido lugar un encuentro entre la guarnición del castillo de Ibn-Galib y los Khaldun y los Haddjadj, que uno de estos últimos había sido muerto, que sus amigos habían llegado con su cadáver a la ciudad y habían ido directamente al gobernador a pedirle justicia y que éste les había contestado que no se atrevía a tomar sobre sí la responsabilidad de decidir semejante asunto, y que por consiguiente debían dirigirse al soberano.

Mientras que se entretenían en Sevilla con estos sucesos, los querellantes estaban camino de Córdoba, seguidos de cerca por algunos sevillanos que informados por Ibn-Galib, de lo que había pasado, iban a defender su causa. A su cabeza iba uno de los hombres más considerados de la ciudad, Mohamed, cuyo abuelo era el primero de su familia que había abrazado el Islamismo; su bisabuelo se llamaba Angelino, y el apellido de Beni-Angelino había sido conservado por esta casa.

Cuando los querellantes fueron introducidos cerca del Sultán, uno de ellos tomó la palabra y expuso su querella en estos términos:

«He aquí, emir, lo que ha sucedido: íbamos pacíficamente por la carretera cuando de pronto nos acomete Ibn-Galib. Procuramos defendernos, y uno de los nuestros ha sido asesinado. Estamos dipuestos a jurar que las cosas han ocurrido de este modo y exigimos por consiguiente que castiguéis a ese Ibn-Galib. Permitidnos, emir, añadir a esto, que los que os han inducido a otorgar vuestra confianza a ese renegado os han aconsejado mal. Tomad informes acerca de los hombres que sirven con él y sabréis que son vagos y malhechores. Creed que ese hombre os hace traición, ahora finge seros fiel, pero tenemos el íntimo convencimiento que mantiene secretas inteligencias con Ibn—Hafzun y que el mejor día le entregará toda la provincia.»

Cuando hubieron concluido de hablar, Mohamed-ibn-Angelino y sus compañeros fueron introducidos a su vez.

«Emir, he aquí de qué manera han pasado las cosas, dijo el patricio. Los Khaldum y los Haddjadj habían formado el proyecto de sorprender el castillo durante la noche, pero contra lo que esperaban Ibn-Galib estaba alerta y viendo atacado su castillo rechazó la fuerza con la fuerza. No es culpa suya si uno de los atacantes ha muerto; no hizo más que defenderse, estaba pues en su derecho. Os suplicamos que no creais las mentiras de esos Moros revoltosos. Ibn-Galib merece además que le hagais justicia, es uno de vuestros servidores más leales y más decididos y os hace un gran servicio purgando el país de ladrones.»

Ya sea que el Sultán juzgara realmente dudoso el asunto; ya que temiera descontentar a uno de los partidos dando la razón al otro, declaró que queriendo tomar más amplios informes, enviaría a su hijo Mohamed a Sevilla a fin de que juzgase la causa.

No tardó el joven príncipe, presunto heredero del trono, en llegar a Sevilla. Mandó llamar a Ibn-Galib y le interrogó, hizo lo mismo con los Haddjadj, pero como los dos partidos persistieran en inculparse recíprocamente y no se encontraron testigos imparciales, el príncipe no supo a quien dar la razón. Mientras que dudaba, las pasiones se acaloraban cada vez más y la esfervescencia que reinaba entre los patricios se comunicó al pueblo. Al fin decidió que no encontrándose el asunto bastantemente esclarecido, no decidiría por entonces, pero que por el pronto permitía a Ibn-Galib volver a su castillo.

Los rebelados se atribuyeron el triunfo. Decían que el príncipe daba evidentemente la razón a su amigo, y que si no se declaraba abiertamente, era por no malquistarse con los Moros. Por su parte los Khaldun y los Haddjadj, interpretaban del mismo modo la conducta del príncipe; y estaban resentidos hasta lo vivo. Resueltos a vengarse y a levantar el estandarte de la rebelión, abandonaron la ciudad, y mientras Coreb hacía tomar las armas a sus Hadhramitas del Axarafe, el jeque de los Haddjad Abdalá, reunía bajo sus banderas los Lakmitas del Sened. Los dos jeques combinaron en seguida su plan de conducta; cada uno de ellos debía dar un golpe de mano. Abdalá se apoderaría de Carmona, y Coreb sorprendería la fortaleza de Coria, (en la frontera oriental del Axarafe), después de apoderarse de los ganados pertenecientes a un tio del Sultán, que pastaban en una de las dos islas que forma el Guadalquivir en su desembocadura.

Coreb, que era demasiado gran señor para ejecutar por sí mismo una empresa de este género, la confió a su primo Mahdi, un tronera, cuyos excesos tenían escandalizada a toda Sevilla. Mahdi fue primero a la fortaleza de Lebrija, frente a frente de la isla donde Solimán, señor de esta fortaleza y aliado de Coreb, le esperaba. En seguida abordó la isla. Doscientas vacas y un centenar de caballos, guardados por un hombre solo, pacían allí. Los Moros mataron a este infeliz, y apoderándose de las bestias se encaminaron a Coria, sorprendieron esta fortaleza, y pusieron en ella su botín en seguridad.

Por su parte Abdallah-ibn-Haddjadj, secundado por el «Bereber-Bornos-Djonaid» atacó Carmona de improviso, y se apoderó de ella después de haber echado al gobernador, que fue a refugiarse en Sevilla.

La osadía de los Moros, y la prontitud con que habían realizado sus designios, esparcieron la alarma en la ciudad. Así que el príncipe Mohamed se apresuró a escribir a su padre para pedirle órdenes, y sobre todo refuerzos.

El Sultán en cuanto recibió la carta de su hijo reunió el concejo. Las opiniones estaban divididas. Entonces un visir rogó al Sultán que le concediera una conferencia secreta, y una vez obtenida, le aconsejó reconciliarse con los Moros, haciendo matar a Ibn-Galib. «Cuando haya muerto ese renegado, le dijo, los Árabes se darán por satisfechos, os devolverán Carmona y Coria, restituirán a vuestro tío lo que le han quitado, y volverán a la obediencia.»

Sacrificar a los Moros un servidor leal y malquistarse con los renegados, sin tener la certeza de ganarse a sus adversarios, era seguramente una política, no solo pérfida, sino inhábil. Sin embargo, el Sultán creyó deber seguir el consejo que se le daba, y habiendo mandado a su cliente Djad (a quien Sauwar acababa de devolver la libertad) marchar hacia Carmona con tropas, le dijo: «Darás las razón a los acusadores de Ibn-Galib, y lo mandarás matar; luego harás todo lo que puedas para atraer por la buena a los Moros a la obediencia, y no los atacarás, sino cuando hayas agotado todos los medios de persuacion.»

Púsose Djad en camino, pero aunque se mantuvo secreto el objeto de la expedicion, corrió sin embargo el ruido de que no era contra los Khaldun, sino contra Ibn-Galib, contra quien se dirigía. Así que, el renegado se mantenía sobre aviso, y ya se había puesto bajo la protección de Ibn-Hafzun, cuando recibió una carta de Djad. «Tranquilizaos, le escribía este general, el objeto de mi marcha no es el que os figuráis. Tengo intención de castigar a los Árabes que se han entregado a tan grandes excesos, y como sé que los odiáis, espero contar con vuestra cooperación.» Ibn-Galib se dejó engañar por esta pérfida carta, y cuando Djad se acercó al castillo, se unió a él con parte de sus soldados. Entonces Djad fingió ir a sitiar Carmona, pero en cuanto llegó delante de esta ciudad hizo enviar en secreto otra carta al jefe de los Haddjadj en que le comunicaba que estaba pronto a hacer perecer a Ibn-Galib, siempre que por su parte Ibn-Haddjadj volviera a la obediencia. Pronto se hizo el trato; Djad hizo cortar la cabeza a Ibn-Galib, e Ibn-Haddjad evacuó Carmona.

Cuando los renegados de Sevilla supieron la negra traición de que había sido víctima su aliado, toda su furia se volvió contra el Sultán. Tuvieron consejo acerca de lo que debían hacer. Algunos propusieron vengar la muerte de Ibn-Galib en Omeya, hermano de Djad, y uno de los más valientes guerreros de la época, que era entonces gobernador de Sevilla. Esta proposición fue aceptada, pero como no pedía hacerse nada mientras no fuesen dueños de la ciudad,Ibn-Angelino se comprometió a ir a hablar con el príncipe, y hacer de modo que este confiara su defensa a los renegados. Además, resolvieron los patricios enviar propios a sus aliados los Árabes maaditas de la provincia de Sevilla, y los Bereberes-Botr de Moron, rogándoles que vinieran a auxiliarlos.

Cuando estos propios estaban ya en camino, Ibn-Angelino, acompañado de algunos amigos fue a ver al príncipe Mohamed.

«Señor, le dijo: es posible que nos hayan calumniado en la corte, y acusado de un crimen del que somos inocentes, es muy posible que un proyecto funesto se haya formado contra nosotros en el consejo del Sultán, puede, en fin, que Djad, ese traidor infame nos ataque de improviso con fuerzas tan numerosas que nos sea imposible resistir. Si queréis, pues, salvarnos del peligro que nos amenaza, y ligarnos a vos con los lazos de la gratitud, es preciso que nos confiéis las llaves de la ciudad, y el cuidado de velar por su defensa, hasta que se aclaren las cosas. No es porque desconfiemos de vos, pero demasiado sabéis que si las tropas entran en la ciudad, ya no estaréis en estado de protejernos.»

De buena o mala gana, Mohamed, que ya se había malquistado con los Moros, y que no podía disponer más que de una escasa guarnición, tuvo que conceder lo que le pedían los renegados.......