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LIBRO SEGUNDOLOS
CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS.
IX. El nuevo monarca tenía un espíritu frío, limitado y egoísta. Hemos visto que no había manifestado sentimiento alguno al saber la muerte de su padre, la verdad es, que lejos de aflijírse se había alegrado. Ni se tomaba siquiera el trabajo de disimularlo. Una tarde, después de un día de broma en la Rusafa, deliciosa casa de campo que poseía en las cercanías de Córdoba, volvía a la capital acompañado de su favorito Hachim. Acalorados por el vino, hablaban de mil cosas cuando una idea siniestra cruzó por la cabeza de Hachim. «¡Hijo de los Califas, dijo, qué hermoso sería el mundo si no existiera la muerte! ¡Qué absurdo! le respondió Mohamed, si no hubiera muerte no reinaría yo. La muerte es una cosa buena, mi antecesor ha muerto; por eso reino.» Los eunucos que se opusieron al principio al pensamiento de elevarlo al trono porque lo creían avaro, no se equivocaban. Mohammed, comenzó disminuyendo las obenciones de los empleados y el sueldo de los soldados. (2) En seguida despidió a los antiguos ministros de su padre, y confirió sus puestos a jóvenes sin esperiencia a condición de que partieran con él sus emolumentos. (3) Todo lo perteneciente a la hacienda lo resolvía por sí con una exactitud minuciosa y hasta pueril. Una vez examinando una cuenta que ascendía a cien mil monedas de oro, la reparó a sus empleados por cinco sueldos. (4) Todo el mundo le odiaba o le despreciaba a causa de su avaricia; (5) solo le apoyaban los faquíes exasperados hasta lo sumo con la audacia de los últimos mártires que habían osado blasfemar del Profeta hasta en la mezquita principal, porque lo creian enemigo acérrimo de los cristianos. Mohamed realizó enteramente lo que de él esperaban. El mismo dia que empezó a reinar despidió a todos los soldados y empleados cristianos a excepcion de Gómez, cuya indiferencia religiosa conocía y cuyo talento apreciaba. Mientras que sus tolerantes predecesores cerraban los ojos cuando los cristianos ensanchaban las iglesias existentes o edificaban otras, Mohamed, queriendo aplicar todo el rigor de la legislación musulmana, mandó derribar todo lo construido desde la conquista. Por complacer a su señor y ganarse sus favores traspasando en el exceso de su celo sus mándalos, los ministros hicieron demoler hasta templos que contaban tres siglos de existencia, y persiguieron cruelmente a los cristianos. Entonces muchos de estos, la mayor parte si hemos de creer a Eulogio y Alvaro, abjuraron el cristianismo. Gómez les había dado ejemplo. Encargado de la cancillería a consecuencia de la larga enfermedad del canciller Abdallah ibn-Omeya supo que a la muerde de este había dicho el sultán: «Si Gómez fuera de nuestra religión de buena gana lo nombraba canciller», se hizo musulmán y obtuvo la dignidad que ambicionaba. Mientras que fue cristiano casi nunca fue a la iglesia, pero ahora era tan exacto a todas las prácticas de devoción que los faquíes lo proponían como modelo de piedad y le llamaban la «paloma de la mezquita.» La intolerancia del sultán producía en Toledo muy diferente resultado. Tres ó cuatro años antes, volviendo de un viaje a Navarra, Eulogio se había detenido muchos dias en aquella ciudad en casa del piadoso metropolitano Wistremiro. Todo inclina a creer que aprovechó esta ocasión para excitar el odio de los Toledanos contra el gobierno árabe, trazando un cuadro sombrío de la desdichada condición de los cristianos de Córdoba; lo que al menos es seguro es que Eulogio era muy estimado por los toledanos, y que los mártires de la capital les inspiraban vivo interés. Desde que supieron que Mohamed había comenzado a perseguir a sus correligionarios, tomaron las armas, dieron el mando a uno de los suyos llamado Sindola, y temiendo por la vida de sus rehenes en Córdoba, aseguraron la persona del gobernador árabe y enviaron a decir a Mohamed, que, si estimaba en algo la vida de aquél les devolviera inmediatamente a sus conciudadanos. Así lo hizo el sultán, y los Toledanos por su parte pusieron en libertad al gobernador, pero la guerra estaba declarada y era tan grande el temor que inspiraban los Toledanos, que la guarnición de Calatrava se apresuró a evacuar esta fortaleza, donde ya no se creia segura. Los Toledanos desmantelaron esta plaza, pero poco después el sultán envió tropas, e hizo reedificar los muros (853). Después mandó a dos de sus generales que marcharan sobre Toledo, pero los Toledanos después de haber pasado los desfiladeros de Sierra Morena, para salir al encuentro del enemigo, lo atacaron de improviso cerca de Andújar, lo pusieron en fuga y se apoderaron de su campamento. Puesto que los Toledanos se atrevían a avanzar hasta Andújar, la misma capital se hallaba amenazada. Mohamed que conocía que para salir del peligro era preciso apelar a medidas enérgicas, reunió todas las tropas de que podía disponer y las condujo él mismo contra Toledo, (Junio 854). Por su parte Sindola, no confiando en sus fuerzas buscó aliados. Dirigióse al rey de León Ordoño I, quien le envió inmediatamente un ejército numeroso al mando de Gaton conde del Bierzo. El gran número de combatientes reunidos en la ciudad parece que quitó a Mohamed la esperanza de reducirla, pero sin embargo, logró hacer sufrir a sus enemigos un terrible descalabro. Emboscando el grueso de sus tropas detrás de las rocas por las que corre el Guadalete, marchó contra la ciudad a la cabeza de un cuerpo poco numeroso, e hizo dirigir contra los muros sus máquinas de guerra. Viendo que un cuerpo tan reducido parecía querer intentar el asalto, los Toledanos, admirados de la audacia del enemigo, indujeron al conde Gaton a hacer una salida vigorosa. Gaton aprovechó diligentemente la ocasión de distinguirse que se le ofrecía. A la cabeza de sus tropas y de los Toledanos atacó a los soldados de Mohamed, pero estos huyeron en seguida llevándolos a la emboscada. De pronto los Toledanos y los Leoneses que los perseguían vivamente, se vieron cercados y atacados por una nube de enemigos. Casi todos fueron muertos. «El hijo de Julio, cantó un posta de la corte, decía a Muza que marchaba delante de él: veo la muerte donde quiera, delante de mí, detrás de mí, alrededor de mí... las rocas de el Guadalete lloran, lanzando profundos gemidos, esa multitud de esclavos (renegados), y de incircuncisos.» Los bárbaros vencedores cortaron ocho mil cabezas, con las que hicieron un montón, sobre el que se subieron haciendo resonar el aire con sus aullidos. Más adelante, Mohamed hizo colocar estas cabezas en las murallas de Córdoba y de otras ciudades, y aun envió algunas a los principes africanos. Contento con el triunfo que había obtenido, y seguro ya de que los toledanos que, según su propia cuenta habían perdido veinte mil hombres, no irían ya a inquietarle a Córdoba, Mohamed regresó a esta capital cuidando de que hostigasen a los Toledanos tan pronto los gobernadores de Calatrava y Talavera, como su hijo Mondhir. Él seguía entre tanto oprimiendo a los cristianos de Córdoba. Hizo demoler el convento de Tábanos, que pasaba con razón por ser el foco del fanatismo, y habiendo arrendado la percepción de los tributos impuestos a los cristianos, estos tuvieron que pagar mucho más que antes. Sin embargo el ardor de los exaltados no se entibió, y mientras que los que se apellidaban mártires continuaban entregando espontáneamente sus cabezas al verdugo, Alvaro y Eulogio continuaban defendiéndolos contra los moderados. El primero escribió con este objeto su «Indiculus luminosus,» el segundo su Apología de los mártires. Semejantes alegaciones eran necesarias en Córdoba, allí sumisos y pacientes los cristianos, atribuían sus sufrimientos mas bien a la conducta insensata de los exaltados que a la intolerancia del sultán. Por el contrario en Toledo y en las ciudades cercanas, los cristianos tenían tanta simpatía por ellos y principalmente por Eulogio, que teniendo los obispos de esta provincia que elegir metropolitano por muerte de Wistremiro, eligieron a Eulogio por unanimidad, y como el sultán le negara su licencia para ir a Toledo, los obispos persistiendo en su resolución y esperando que se allanaran un día los obstáculos que se oponian a la ida de Eulogio, prohibieron elegir otro metropolitano mientras viviera. A las palabras denigrantes de sus conciudadanos, los exaltados podían oponer el testimonio de afecto y de consideración que les daban los de Toledo. Bien pronto pudieron prevalerse de la autoridad de dos monjes franceses, que mostraron de un modo inequívoco, que colocaban a los mártires de este tiempo al mismo nivel que a los de los primeros siglos de la Iglesia. Estos dos monjes que se llamaban Usuardo y Odilardo, y que pertenecían a la Abadía de San Germán de los Prados, llegaron a Córdoba el año 858. Su Abad, Hilduino, los había enviado a Valencia para que buscaran el cuerpo de S. Vicente, pero informados en el camino de que el cuerpo de este mártir había sido trasportado a Benevento, temían verse obligados a volver sin reliquias, cuando supieron en Barcelona que había habido recientemente mártires en Córdoba. «Lo difícil es llegar allá, les dijeron, pero si lo conseguís, estad seguros de que os han de dar algunas reliquias.» Viajar por España en esta época era exponerse a todo género de azares y de peligros. Muchas veces era imposible del todo. Como los caminos estaban infestados de ladrones los que querían ir de un lugar a otro tenían que reunirse y formar una carabana, pero las comunicaciones eran tan pocos frecuentes, y la ocasión de hacerlo se presentaba tan rara vez, que cuando los monjes, resueltos a desafiar todos los peligros por conseguir reliquias, llegaron a Zaragoza, había ocho años que había salido para Córdoba la última caravana de esta ciudad: felizmente para ellos quiso la ventura que por entonces se preparaba a salir una caravana, y se unieron a ella.Los cristianos de la ciudad, persuadidos de que todos iban a perecer asesinados en alguna angostura, lloraban al despedirlos; pero nada justificó sus temores, y sin más que las fatigas y las molestias del camino, llegaron sanos y salvos a la capital del imperio musulmán, donde les dió hospitalidad un diácono de la iglesia de S. Cipriano. Por mucho tiempo quedaron infructuosos todos los esfuerzos que hicieron para obtener reliquias. Un personaje influyente que se tomó por ellos mucho interés, llamado Leovigildo, por sobrenombre Abadsolomos, solicitó para ellos las de Aurelio y Jorge, que se hallaban en el convento de Pinna-Mellaria, pero los monjes de este convento las apreciaban tanto que, sin respeto a las órdenes terminantes del obispo Saúl se negaron a entregarlas a los franceses: fué preciso que fuera a obligarlos en persona, y aun entonces sostuvieron que no tenía derecho a privarlos de sus reliquias. Después de haber pasado cerca de dos meses en Córdoba, Usuardo y Odilardo se pusieron en camino para volver a su patria, llevando consigo un enorme paquete dirigido al rey Carlos el Calvo, porque se quería hacer creer a los musulmanes que este paquete, en que iban los cuerpos de Aurelio y Jorge, no contenían sino presentes destinados al rey de Francia. Esta vez el viaje fué menos difícil y peligroso. El Sultán iba a llevar un ejército contra Toledo, y como todos los cuerpos, excepto los que habian de quedar de guarnición en la capital, habían recibido orden de ponerse en camino, pudieron los franceses agregarse fácilmente a uno de estos cuerpos. En el campamento volvieron a encontrar a Leovigildo, que los condujo a Toledo. De allí hasta Alcalá de Henares, el camino estaba seguro, porque los señores semi-guerrilleros, semi-bandidos, que de ordinario desbalijaban a los caminantes, habian abandonado sus castillos a la aproximación del ej ército, buscando un refugio tras los muros de Toledo. Ya de vuelta en Francia, los dos monjes depositaron las reliquias que, ya durante el camino habian hecho muchos milagros, en la iglesia de Esmant, lugar que pertenecía a la Abadía de San Germán y donde se habian refugiado la mayor parte de los monjes, porque los normandos habian quemado su convento. Trasladadas mas tarde estas reliquias a S. Germán, fueron expuestas a la veneración de los fieles de París, e inspiraron tanto interés a Carlos el Calvo, que encargó a un tal Mancio de ir a Córdoba a recojer noticias exactas de Aurelio y Jorge. La expedición contra Toledo que había a los monjes francesas la ocasión de volver a su patria, tuvo el resultado que deseaba el Sultán. Este recurrió de nuevo a la estratagema. Habiendo hecho ocupar el puente por sus tropas, hizo que sus ingenieros minasen los pilares sin que los toledanos se apercibieran, y cuando la obra estuvo casi acabada, hizo retirar sus tropas, atrayendo al puente áa los toledanos. El puente se hundió de pronto y los soldados enemigos hallaron la muerto entre las ondas del Tajo. Si algo pudo igualar el dolor que este desastre causó a los toledanos fue la alegría que produjo en la corte donde se acostumbraban a exagerar triunfos que no tenían nada de decisivo. «El Eterno, decía un poeta cortesano, no podía dejar subsistir un puente destinado a soportar escuadrones de infieles. Privada de sus ciudadanos ha quedado Toledo, triste y desierta como una tumba.» Poco tiempo después encontró también Mohamed la ocasión de desembarazarse en Córdoba, de su enemigo mortal. Había entonces en la capital una joven llamada Leocricia. Hija de padres musulmanes, pero instruida secretamente en los misterios del cristianismo por una religiosa de su familia, acabó por confesar a sus padres que se habia hecho administrar el bautismo. Los padres indignados, después de haber tratado en vano de volverla con la dulzura a las banderas del Islamismo, comenzaron a maltratarla. Maltratada noche y dia, y temiendo además ser denunciada públicamente como apóstata, pidió un asilo a Eulogio y a su hermana Anulona. Eulogio que acaso sentía despertarse en su corazón el recuerdo de Flora a la que Leocricia se parecía bajo muchos aspectos, le mandó a decir que la ocultaría en cuanto consiguiera escaparse. Esta era la dificultad, pero Leocricia supo vencerla a fuerza de astucia. Fingió haber renegado de la religión cristiana, y vencido su disgusto por los placeres mundanos,y cuando vió a sus padres seguros y tranquilos, salió un dia ricamente ataviada diciendo que iba a una boda, pero en vez de irse a la boda se fue en busca de Eulogio y Anulona que le indicaron como refugio la casa de uno de sus amigos. Aunque sus padres ayudados por la policía la buscaron por todas partes, Leocricia consiguió al principio escapar a sus persecuciones; pero una vez que había pasado el día con Anulona a quien ella quería mucho, hizo la casualidad que el criado encargado de acompañarla por la noche no llegara hasta el amanecer, por lo que temiendo que la conociesen determinó quedarse en casa de Anulona hasta la noche inmediata. Esto fue lo que la perdió. Avisado el Cadí por una espía o por un traidor de que la joven que buscaba se hallaba en casa de la hermana de Eulogio, cercáronla los soldados, cumpliendo sus órdenes arrestaron a Leocracia y a Eulogio que estaba con ella y los llevaron ante el Cadí. Éste preguntó a Eulogio, por qué había ocultado a aquella jóven y Eulogio le respondió: «Se nos ha ordenado predicar y explicar nuestra religión a aquellos que se dirijen a nosotros. Esta joven ha querido que yo la instruyera y lo he hecho lo mejor que he podido, lo mismo haría con vos si lo solicitáseis.» Como el prosililismo de que Eulogio se confesaba culpable no era un crimen capital, el Cadí se contentó con condenarlo a azotes. Eulogio tomó desde este momento su partido. Acaso había más orgullo que valor en su resolución, pero creyó que para un hombre como él, era cien veces preferible sellar con su sangre los principios que siempre había profesado a sufrir un castigo ignominioso. «Prepara y afila tu cuchilla, gritó al Cadí, haz que devuelva el alma a mi creador, pero no creas que he de dejar desgarrar mi cuerpo con el azote,» y enseguida vomitó un torrente de injurias contra Mahoma. Él creía que sería inmediatamente condenado a muerte, pero el Cadí que respetaba en él al primado electo de España no quiso tomar sobre sí tan gran responsabilidad y lo mandó conducir a su palacio, a fin de que los visires decidiesen de su suerte. Introducido Eulogio en la sala del Consejo, uno de los grandes dignatarios del Estado, que lo conocía mucho, y que quería salvarlo, le dirigió estas palabras: «No me admira Eulogio de que maniáticos e idiotas vayan a entregar sin necesidad la cabeza al verdugo, ¿pero es posible que vos, un hombre sensato, y que goza de la estimación general vayais a seguir su ejemplo? ¿Qué demencia os arrastra, y qué es lo que os lleva a odiarla vida hasta ese punto? Escuchadme, os losuplico; ceded en este momento a la necesidad, pronunciad una sola palabra y nosotros os prometemos, mis colegas y yo, que no tendréis nada que temer.» El sentimiento que expresaban estas palabras era el de todos los musulmanes ilustrados que más bien compadecían que odiaban a esos fanáticos, y que sentían verse obligados para cumplir con la ley a enviar al cadalso a infelices que consideraban como locos. Acaso Eulogio, que hasta entonces no había experimenlado la sed del martirio, por más que hubiera inducido a buscarlo a otros y que a todo tirar era mas bien un jefe de partido ambicioso que un fanático, conocía en aquel momento que los musulmanes eran ménos bárbaros de lo que había creído, pero conocía también que no podía desdecirse sin exponerse al justo menosprecio de su partido. Respondió, pues, como habían respondido sus discípulos, los otros mártires, en circunstancias análogas, y aunque a pesar suyo tuvieron los visires que condenarlo a muerte en el mismo instante. Eulogio mostró una gran resignación. Habiéndole abofeteado un eunuco, el sacerdote, tomando a la letra el tan conocido precepto del Evangelio, le presentó la otra mejilla diciéndole: «Pega también aquí,» lo que el eunuco no se hizo repetir dos veces. En seguida subió al cadalso con gran firmeza, se arrodilló, hizo la señal de la cruz, pronunció en voz baja una breve oración, puso la cabeza sobre el tajo y recibió el golpe fatal (11 de Marzo de 859.) Cuatro dias después, Leocricia, convencida de apostasía, murió también en el patíbulo. El suplicio del primado electo, causó una sensación profunda, no solo en Córdoba, donde se refirieron en seguida multitud de milagros hechos por las reliquias del Santo, sino en toda España. Muchas crónicas del norte de la Península, que no dicen casi nada de lo que sucedía en Córdoba, indican con la mayor precisión el año y hasta el día del suplicio de Eulogio, y veinte y cuatro años más tarde, Alfonso, rey de León, pactando una tregua con el Sultán Mohamed, estipuló entre otras cláusulas, que se le entregaran los cuerpos de S. Eulogio y de Santa Leocricia. Privados de su jefe los exaltados, continuaron por algún tiempo blasfemando de Mahoma, a fin de morir en el patíbulo, pero poco a poco, como al cabo todo se gasta, el singular entusiasmo que durante tantos años había reinado en Córdoba, sufrió la ley común, y pasado algún tiempo, ya no quedaba de él mas que la memoria. Además se entraba en un nuevo período. Los renegados y los cristianos de las montañas de Regio se insurreccionaron. Esta rebelión, ya muy formidable, por sí misma, fue acompañada o seguida de la de toda la península, y proporcionó a los cristianos de Córdoba la ocasión de demostrar de otra manera su odio al nombre musulmán. X. El viajero que para ir de Córdoba a Málaga, prefiera soportar estóicamente las fatigas y las privaciones de una excursion poética en un pais bello pero salvaje, al traqueteo de un carruaje en monótonas y aburridas carreteras, atraviesa primero un terreno onduloso y bien cultivado que se estiende hasta el Genil, luego una comarca enteramente llana y unida hasta Campillos. Aquí es donde comienzan las Serranías de Ronda y de Málaga, la parte mas romántica de Andalucía. Ya, salvaje y grandiosa, inspira esta cadena de montañas una especie de terror poético con sus majestuosos bosques de encinas, de alcornoques y de castaños, sus sombríos y profundos barrancos, sus torrentes que se precipitan con estruendo de precipicio en precipicio, sus antiguos castillos medio arruinados y sus lugares suspendidos en la pared de rocas cortadas a pico, cuyas cimas están desnudas de vegetación y cuyos costados parecen ennegrecidos y carcomidos por el rayo; ya riente y suave, toma un aire de fiesta con sus viñas, sus prados, sus bosquecillos de almendros, de cerezos, de limoneros, de naranjos, de higueras y de granados, sus florestas de adelfas en que se cuentan más flores que hojas, sus riachuelos vadeables que serpentean con encantadora coquetería, sus huertos que suministran a casi todo el Mediodía de la Península peros y manzanas, sus sembrados de lino, de cáñamo, y sobre todo de trigo, cuyas espigas dan pan que pasa por ser el más blanco y más exquisito del mundo. El pueblo que habita esta serranía es alegre, decidor, hermoso, ligero e ingenioso, gusta de reir, de cantar, de bailar al son de las castañuelas, de tocar la guitarra o la bandurria, pero es al mismo tiempo orgulloso, quimerista, al par valiente y fanfarrón y de un genio tan violento, que casi siempre el golpe mortal sigue a la oblicua mirada de su cólera, y no se da fiesta sin que resulten dos o tres heridos. Las mujeres aunque de notable belleza, tienen algo de viril, altas y robustas no se asustan de los trabajos más penosos, transportan con facilidad pesados fardos y se les ha visto pelear entre sí. En tiempo de paz, se ocupan estos montañeses en el contrabando, trayendo mercancías inglesas de Gibraltar y burlando con maravillosa destreza los numerosos empleados de las aduanas. A veces se reunen en número suficiente bajo sus jefes más famosos y descienden al llano para vender sus mercancías y resisten vigorosamente a las tropas enviadas en su persecución. En tiempo de turbulencias y de discordias civiles, muchos se hacen bandidos y entonces son o «ladrones» o «rateros.» Sin ser bandidos de profesión, estos últimos que se reclutan entre pastores, labriegos sin trabajo, jornaleros perezosos, segadores nómadas, posaderos sin parroquianos, y hasta aperadores, roban por afición y sólo cuando los pasajeros van desprevidos; cuando los encuentran bien armados y bien acompañados, «el ratero» esconde su retaco, tema sus herramientas y hace como que trabaja. Repartidos por todas partes estos ladrones de baja estofa, están siempre dispuestos a ayudar, ya a los verdaderos ladrones, ya a la policía según las circunstancias, porque como prudentes auxiliares solo ayudan al vencedor. Los verdaderos ladrones que, alistados como los soldados, no van sino a caballo y en cuadrilla son más reputados. Así como los «rateros» por miedo de ser descubiertos asesinan muchas veces a los que roban, los «ladrones» no matan más que al que se defiende; urbanos y respetuosos, sobre todo con las señoras, despojan al viajero con todo miramiento. Lejos de ser menospreciados gozan de gran consideración entre la multitud. Se alzan contra las leyes, se declaran en rebeldía contra la sociedad, aterrorizan los lugares que explotan, pero gozan de cierto prestigio, tienen cierta grandeza; su audacia, su genio aventurero, su galantería, agradan a las mujeres más asustadizas; y si caen en manos de la justicia y los ahorcan, su suplicio inspira interés, simpatía, compasión. En nuestros dias se ha hecho famoso José María como capitán de ladrones, y su memoria vivirá mucho tiempo en la memoria de los andaluces como el ladrón modelo. Una casualidad lo llevó á esta via. Habiendo hecho una muerte en un momento de coraje, huyó a la sierra para escapar a la justicia, y no quedándole más recurso que vivir de su escopeta, organizó su partida, adquirió caballos y empezó a robar a los caminantes. Bravo, activo, inteligente y perfecto conocedor del país, supo salir bien en todas sus empresas y escapar a las persecuciones de la justicia. En todas partes tenía juramentados, y cuando le hacía falta un hombre para completar la partida, tenía siempre más de cuarenta entre quienes elegir, tanto se ambicionaba el honor de servir a sus órdenes. Mantenía inteligencia con los mismos magistrados, tanto que en una proclama del Capitán General, las autoridades de cuatro distritos fueron señaladas como sus cómplices. Su poder era tan grande que dominaba todas las carreteras del Mediodía, y la Dirección de Correos para obtener libre paso, le pagaba ordinariamente el tributo de una onza por carruage. Gobernaba a su cuadrilla más arbitrariamente que ningún soberano a sus súbditos, y sus decisiones estaban inspiradas por un espíritu de justicia salvaje. En tiempo de guerra, estos contrabandistas y estos bandidos acostumbrados a lucha sin tregua con una naturaleza salvaje, son enemigos muy temibles. Cierto es que son vencidos en los ataques que exijen alguna combinación; verdad también que en el llano no pueden resistir a las sábias maniobras de las tropas regulares, pero en los senderos escarpados, estrechos y tortuosos de sus montañas, su agilidad y su conocimiento del terreno les dan sobre los soldados una inmensa ventaja. Las tropas francesas tuvieron ocasión de hacer la prueba cuando el fantasma del rey colocado por Napoleón en el trono de España intentó someter estos intrépidos montañeses a su detestada autoridad. Cuando los húsares franceses lograban acarrearlos a la llanura, los acuchillaban a centenares, pero en los senderos en Zig-zag, suspendidos al borde de espantosos precipicios, donde sus caballos los embarazaban lejos de serles de alguna utilidad, caían en emboscadas a cada paso. Cuando menos lo esperaban se veian envueltos por una nube de enemigos que tiroteaban sus flancos, y, que sin cesar de hacer fuego, ganaban en seguida la cima de rocas a donde no se les podían perseguir; de modo, que huyendo siempre acababan por destruir columnas enteras, sin que los franceses pudieran tomar venganza. A pesar de los horrores de la guerra no dejaron los serranos de manifestar de cuando en cuando el carácter chancero y burlón que le es natural. En Olvera, donde los húsares habían pedido un becerro, les trajeron un borrico hecho cuartos. Los húsares hallaron que este buey como ellos lo llamaban tenía el gusto un poco soso, y en adelante, los serranos, cuando se tiroteaban con ellos les decían. "¡Vosotros fuisteis los que os comisteis el asno en Olbera!" En su opinión era la injuria más sangrienta que se puede hacer a un cristiano. En el siglo nueve esta provincia que llevaba el nombre de Raya, o antes el de Regio (Regio montana, según toda probabilidad) y cuya capital era Archidona, tenía una población casi exclusivamente española enteramente parecida a la actual, con el mismo carácter y los mismos gustos, los mismo vicios y las mismas virtudes. Algunos de estos montañeses, eran cristianos, otros, el mayor número, musulmanes, pero todos se reconocían españoles, todos tenían un odio implacable a los opresores de su patria, y apasionados de su independencia, no queriendo que la tiranía extranjera engordara más tiempo con sus despojos, acechaban todos el momento de sacudirse el yugo. Este momento, impacientemente esperado, no podía estar lejos. Los triunfos que diariamente obtenían sus compatriotas en otras provincias, demostraban a los serranos que con valor y audacia no les sería difícil conseguir sus deseos. Ya Toledo estaba libre. Durante veinte años, el Sultán había tratado, en vano, de someterla a su poder. Los cristianos, que habían conservado su preponderancia en la ciudad, se habían puesto bajo la protecion del rey de Leon y aunque vendidos por los renegados habían obligado al Sultán en el año 873 a otorgarles un tratado en que se les garantía el mantenimiento del gobierno republicano que ellos habían establecido, y una existencia política casi independiente, pues el tratado no los obligaba más que a un tributo anual. Otro estado independiente se había fundado en Aragón, provincia que entre los árabes llevaba el nombre de la Frontera superior, por una antigua familia visigoda, la de los Ben-Casi. Esta casa se había elevado a tan alto grado de poder, hácia la mitad del siglo IX, gracias a los talentos de Musa II, que estaba al nivel de las casas reales. Cuando Mohamed subió al trono, Muza era dueño de Zaragoza, de Tudela, de Huesca; de toda la Frontera superior. Toledo había hecho alianza con él y su hijo Lope era un cónsul de esta ciudad. Guerrero intrépido e infatigable, ya volvía sus armas contra el Conde de Barcelona o el de Álava, ya contra el de Castilla o el rey de Francia. Llegado al colmo de la gloria y del poder, respetado y agasajado por todos sus vecinos, aun por el rey de Francia Carlos el Calvo, que le enviaban magníficos presentes, Muza se daba aires de soberano, sin que nadie se atreviera a contestárselo, y en fin, queriendo serlo de nombre como lo era de hecho, tomó atrevidamente el título de «tercer rey de España. «Después de la muerte de este hombre extraordinario (862) es verdad que el Sultán recobró Tudela y Zaragoza, pero no le duró mucho su alegría. Diez años después, los hijos de Muza, ayudados por los habitantes de la provincia, que se habían acostumbrado a no tener más señores que los Beni-Casi, arrojaron las tropas del Sultán. Este trató entonces de reducirlos, pero los Beni-Casi secundados por el Rey de León, Alfonso III, que había hecho con ellos tan estrecha alianza, que les había confiado la educación de su hijo Ordoño, rechazaron victoriosamente sus ataques. Así el Norte estaba libre y aliado contra el Sultán. Por la misma época un audaz renegado de Mérida, Ibn-Merwan fundaba un principado independiente en el Oeste. Entregado al Sultán, después de la sumisión de Mérida, en cuya insurrección había sido uno de los jefes, era capitán de guardias de Corps, cuando en el año de 855 el primer ministro Hachim que tenía no sé qué queja de él le dijo un día delante de los visires: «vales menos que un perro,» y para colmo de ignominia le hizo dar de bofetadas. Jurando en su furor exponerse a todo antes que volver a sufrir semejantes tratamientos, Ibn-Merwan reune a sus amigos, huye con ellos y se apodera del castillo de Alange (al Sur de Mérida), y se pone en defensa. Asediado en esta fortaleza por las tropas del Sultán, y no teniendo víveres, tanto que él y sus compañeros tuvieron que alimentarse con la carne de sus caballos, capituló al cabo de tres meses, cuando le falló el agua; pero dada la posición desesperada en que se encontraba, obtuvo condiciones que pudieran pasar por ventajosas, pues se les permitió retirarse a Badajóz que en esta época no era todavía una ciudad amurallada, y establecerse allí. Habiendo escapado de este modo de las garras del Sultán, Ibn-Merwan llegó a ser para él un enemigo tan peligroso como implacable. Habiendo reunido su banda con otra compuesta también de renegados y mandada por uno llamado Sadun, llamó a las armas a los renegados de Mérida y de otros lugares, predicó a sus compatriotas una nueva religión, que era un término medio entre el Islamismo y el Cristianismo, hizo una alianza con Alfonso III, aliado natural de todos los que se rebelaban contra el Sultán, y esparciendo el terror por los campos, pero sin maltratar ni imponer tributos más que a los enemigos del pais, los árabes y los bereberes, vengó de un modo sangriento sus injurias y las de su patria. Queriendo reprimir sus fechorías, el Sultán mandó contra él un ejército bajo el mando de su ministro Hachim y de su hijo Mondhir. En lugar de esperar al enemigo, Ibn-Merwan le salió al encuentro y enviando a Sadun a pedir auxilios al rey de León se metió en Caracue. Hachim estableció su campamento en las cercanías de esta fortaleza, de que se ven aun grandes ruinas, e hizo ocupar la de Monte-Salud por uno de sus tenientes. Poco tiempo después, este teniente le avisó de que Sadun se aproximaba a Monte-Salud con tropas leonesas auxiliares, pero que, siendo poco numerosas, era fácil sorprenderlas. El teniente se engañaba; las fuerzas de Sadun eran bastante considerables, pero queriendo atraer a los enemigos a una celada, el astuto capitán había hecho extender el rumor de que su ejército era débil. Logró su designio a maravilla. Engañado por las noticias de su teniente, Hachim salió con algunos escuadrones al encuentro de Sadun, éste informado de todo por sus espías le dejó internarse en la montaña. Puesto al asecho le esperaba en un desfiladero, ocultó a los suyos detrás de las rocas cercanas, cayó sobre los enemigos en un momento en que estos no lo esperaban, e hizo en ellos gran carnicería. El mismo Hachim, herido muchas veces, fué hecho prisionero, después de haber visto caer a su lado cincuenta de sus tenientes principales. Se le llevó a Ibn-Merwan. Su vida estaba ahora en manos de aquel a quien había ofendido tan cruelmente, pero Ibn-Merwan tuvo la generosidad de no hacerle ningún reproche, lo trató con todas las consideraciones debidas a su rango y lo envió a su aliado el rey de León. Cuando supo el Sultán lo que había pasado, se puso furioso, sin duda le afligía la cautividad de su favorito; pero lo que le afligía mucho más y lo que no podía rehusar sin deshonrarse, era rescatarlo de manos del rey de León ¡y Alfonso exigía cien mil ducados! Esto era poner a dura prueba al avaro Sultán. Así que hallaba mil razones para dispensarse de pagar una suma tan enorme. «Si Hachin ha sido hecho prisionero, decía, él se tiene la culpa, ¿por qué es siempre tan temerario? No es más que un aturdido que no sabe lo que se hace, y que no atiende nunca consejos prudentes.» En fin, después de haberlo dejado gemir en la cárcel dos años, consintió pagar una parte del rescate. Por su parte Hachim prometió al rey de León pagarle el resto más adelante: le dejó sus hermanos, su hijo y su sobrino en rehenes, y volvió a Córdoba, ardiendo en deseos de vengarse de Ibn-Merwan. Durante el intérvalo éste había asolado los distritos de Sevilla y Niebla, y el Sultán que no podía hacer nada contra él, le rogó que él mismo dictase las condiciones con las que se obligaba a suspender las irrupciones que arruinaban al país. La respuesta de Ibn-Merwan fue altiva y amenazadora. «Suspenderé mis irrupciones y hasta ordenaré que se nombre el Sultán en las oraciones públicas, a condición de que me ceda Badajoz, que me permita fortificar este distrito y que me dispense de pagar contribuciones y de obedecerle en todo y si no no.» Por humillantes que fuesen estas condiciones el Sultán las aceptó. Hachim trató ahora de persuadir a su señor, de que en aquellas circunstancias no le sería difícil reducir a este orgulloso rebelde. «Antes decía, era imposible coger a Ibn-Merwan, por que no teniendo morada fija, él y sus jinetes sabían siempre ocultarse de nuestras persecuciones; pero ahora que está encerrado en una ciudad ya es nuestro. Podemos sitiarlo, y sabremos obligarlo a rendirse.» Consiguió que el monarca aprobase su plan, y habiendo obtenido su autorización para salir con el ejército, se habia adelantado ya hasta Niebla, cuando Ibn-Merwan hizo llegar al sultán un mensage concebido en estos términos: «He sabido que Hachim marcha hacia el Oeste. Demasiado comprendo que creyendo poderme encerrar en una ciudad, cree haber encontrado la ocasión de vengarse de mí; pero os juro que si pasa de Niebla, quemaré Badajoz, y volveré a tomar la vida que he llevado otras veces.» El sultán se asustó tanto con esta amenaza, que envió al punto a su ministro la orden de volverse a Córdoba con el ejército, y en adelante, no tuvo mas la veleidad de reducir a tan terrible enemigo. Así, mientras que los insurrectos se mostraban fuertes y valerosos, el gobierno se mostraba débil y cobarde. A cada concesión que hacía a los rebeldes, con cada tratado que les otorgaba, perdía algo del prestigio del que tenia tanta necesidad para inspirar respeto a una población mal sometida, irritada y mucho más numerosa que sus señores. Los montañeses de Regio enardecidos con las noticias que les llegaban del norte y el oeste, comenzaron a agitarse á su vez. En el año 879 hubo motines e insurrecciones en muchos lugares de la provincia. El gobierno que no desconocía los peligros que le amenazaban por esta parte se alarmó mucho con los avisos que recibía. Diéronse órdenes rápidas y severas. Se echó mano al jefe de una banda temible y se le envió a Córdoba. Se construyeron apresuradamente fortalezas en las alturas que más convenía conservar. Todas estas medidas irritaban a los Serranos sin amedrentarlos. Sin embargo, había todavía poca cohesión en sus movimientos, les faltaba un jefe de carácter superior, capaz de dirigir hacia un objeto preconcebido sus vagos arranques de patriotismo. Si tal hombre se presentara no tendría más que hacer una seña para conmover la población de la montaña y la montaña marcharía con él. XI. Por el tiempo en que los montañeses andaluces comenzaban a agitarse, había en un lugarejo cerca de Hizn-Aute (hoy Iznate) un hidalgo campesino llamado Hafz. Procedía de ilustre familia, pues suquinto abuelo, el visigodo Alfonso, había llevado el título de Conde, pero acomodándose a las visicitudes políticas y religiosas, ya por estoicismo, ya por apatía, el abuelo de Hafz que bajo el reinado de Haquem I había dejado Ronda para venir a establecerse cerca de Hizn-Aute, se había hecho musulmán y sus descendientes pasaban por tales aunque en el fondo de su corazón guardasen un piadoso recuerdo de la religión desús antepasados. Gracias a su actividad y a su economía, Hafz había reunido una hermosa fortuna. Sus convecinos, ménos ricos que él, lo respetaban y lo honraban hasta el punto de llamarle, no Hafz sino Hafzun, cuya terminación equivalía a un titulo de nobleza, y nada, según todas las probabilidades, hubiera turbado su pacifica existencia, si la mala conducta de su hijo Omar no le causara continuas inquietudes y profundos sinsabores. Vano, altanero, arrogante, de genio turbulento y pendenciero, no mostraba este joven impetuoso más que el lado malo del carácter andaluz. La menor ofensa bastaba para encenderlo en ira; una palabra, un gesto, una mirada, la intención sola; en más de una ocasión lo llevaron a la granja magullado, con el rostro cubierto de sangre, lleno de contusiones y de heridas. Con semejante carácter debía acabar por matar o ser muerto. Y en efecto, un día que tuvo una cuestión con uno de sus vecinos sin motivo le dejó en el sitio. Para librarlo de la horca, su padre desesperado dejó con él la granja, que había habitado su familia tres cuartos de siglo, y fue a establecerse en la Serranía de Ronda, al pie de la montaña de Bobastro. Allí, en medio de aquella naturaleza salvage, el joven Omar, que gustaba de perderse en lo más espeso de las selvas y en las gargantas menos frecuentadas, acabó por tomar el oficio de bandido, de ratero, como diríamos ahora. Cayó en manos de la justicia, y el gobernador le hizo dar azotes. Quiso volver a la casa de su padre, y éste lo echó como a un pillo incorregible. Entonces, no sabiendo qué hacer en España para ganarse la vida, se fué a la costa, se embarcó en un buque que iba a África, y después de haber llevado durante algún tiempo una existencia aventurera, llegó al fin a Tahor, donde entró como aprendiz en la tienda de un sastre que era del distrito de Regio, a quien conocía algo. Estando trabajando un dia con su amo, entró en la tienda un viejo que no había visto nunca; pero que era también andaluz, y entregó al sastre un pedazo de tela para que le cortara un vestido. El sastre se levantó al punto, le ofreció una silla y entabló con él una conversación, en la que el aprendiz se mezcló insensiblemente. El viejo preguntó al sastre quién era este joven. —Es uno de mis antiguos vecinos de Regio, que ha venido aquí para aprender mi oficio. —¿Hace mucho que dejastes Regio? le preguntó el viejo a Omar. —Hace cuarenta dias. —¿Conoces la montaña de Bobastro en ese distrito? —Como que vivía al pie de ella. —¡De veras! Es que allí hay una rebelión. —Os aseguro que no. —Pues bien, antes de poco habrá una. Cayóse el viejo per unos instantes, y luego continuó: —¿Conoces por aquellos alrededores a un tal Omar, hijo de Hafzun? Al oir su nombre, Omar palideció, bajó los ojos y se calló. El viejo lo miró entonces atentamente, y notó qne tenía un colmillo roto. Este viejo era uno de esos españoles que creían firmemente en la resurrección de su raza. Habiendo oido hablar muchas veces de Omar, había creído reconocer en él una de esas naturalezas superiores que pueden hacer mucho bien o mucho mal según la dirección que se les dé, y presentía que en ese joven indomable, en ese gran quimerista, en ese bandido de la montaña, había materia para hacer un jefe de partido. El silencio de Omar, su aire confuso, el colmillo que le faltaba, (el viejo había oido decir que Omar había perdido uno en una riña,) le habían dado la seguridad de que era a Omar a quien hablaba ,y queriendo ofrecer un noble objeto a la necesidad de actividad que devoraba al fogoso joven, exclamó: «¿Piensas desgraciado que manejando la aguja vas a escapar de la miseria? Vuelve a tu país y toma la espada! Tú llegarás a ser un terrible enemigo de los Omeyas y reinarás sobre un gran pueblo.» Estas palabras verdaderamente proféticas sirvieron sin duda más adelante para estimular la ambición de Omar; pero por lo pronto produjeron en él un efecto muy distinto. Temeroso de ser reconocido por personas menos benévolas, y entregado al gobernador español por el príncipe de Tahor, que en todo se dejaba guiar por el gobierno de Córdoba, abandonó en seguida la ciudad, llevando por todo equipaje dos panes que acababa de comprar, y que ocultó en las mangas. Vuelto a España, como no se atrevía a presentarse delante de su padre, fue a buscar a su tío y le contó lo que le había dicho el hombre de Tahort. Este tío en quien se unían una gran credulidad a un espíritu emprendedor, tuvo fé en la predicción del viejo. Aconsejó a su sobrino seguir su sino e intentar una rebelión, prometiéndole ayudarle con todo lo que pudiera. No necesitó trabajar mucho para convencerlo, y habiendo reunido unos cuarenta mozos del cortijo, les propuso formar una partida a las órdenes de su sobrino. Aceptaron todos y Omar los organizó y se estableció con ellos en la montaña de Bobastro. (880 ó 881), donde se hallaban las ruinas de una fortaleza romana del Municipium Singiliense Barbastrense, que los del país llaman hoy «el Castillon.« Estas ruinas eran fáciles de reparar y Omar lo hizo. Ningún lugar podía encontrarse tan bien situado para servir de asilo a una cuadrilla de ladrones o de partidarios. La roca en que la fortaleza se asentaba, es muy alta, muy escarpada e inaccesible por el Este y por el Sur, de modo que el castillo era casi inexpugnable. Únase a esto, su proximidad a la gran vega que extiende desde Campillos hasta Córdoba. En ella, la partida de Omar podía fácilmente hacer correrías, llevarse ganados e imponer contribuciones ilegales a los cortijos aislados. A esto se limitaron la primeras hazañas de Omar, pero pronto juzgó que el oficio de ladrón de camino real no era digno de él, y en cuanto su cuadrilla, engrosada con todos los que tenían interés en retirarse de la sociedad y ponerse en salvo detrás de buenas murallas sobre la cima de una roca, llegó a ser bastante considerable, para hacerse respetar de la pequeña guarnición del cantón, comenzó a hacer atrevidas expediciones hasta las puertas mismas de las ciudades, y a señalarse por golpes de imano tan audaces como brillantes. Justamente alarmado el gobernador de Regio, se decidió al fin a atacar a este cuerpo de partidarios con todas las tropas de la provincia, pero fue derrotado, abandonando en su fuga hasta su tienda a los insurrectos. El sultán que atribuía este desastre a la impericia del gobernador, nombró otro en su lugar pero éste no tuvo más acierto, pues de tal modo le asustó la resistencia de la guarnicion de Bobastro que hizo una tregua con Omar. La tregua no fué de larga duración, y Omar, aunque atacado en diversas ocasiones, supo mantenerse dos ó tres años en su sierra, pero al cabo de este tiempo, el primer ministro Hachim, le obligó a rendirse y lo llevó a Córdoba con su partida. El sultán que veía en Omar un oficial excelente y en los suyos buenos soldados, lo recibió bondadosamente y le propuso entrar en el ejército. Convencidos de que por el pronto no podian hacer otra cosa aceptaron la proposición. Poco tiempo después, cuando en el verano del año 833 Hachim fue a combatir a Mohamed, hijo de Lope, jefe entonces de los Beni-Casi, y a Alfonso rey de León, Omar que lo acompañaba halló ocasión de distinguirse en muchos encuentros y especialmente en la acción de Pancorbo. Sereno y frío cuando era menester y ardiente cuando convenía obrar, fácilmente se concilió la estimación y el favor del general en jefe; pero cuando volvió a Córdoba no tardó en tener motivos de queja del Prefecto de la ciudad Ibn-Ghanim, que, á causa de su ódio a Hachim, tenía el gusto de vejar y de atormentar a los oficiales, que como Omar, gozaban del favor del ministro. A cada instante les hacía mudar de alojamiento, y el trigo que les suministraba era de la peor calidad. Omar, de genio poco sufrido, no pudo ocultar su resentimiento, y un dia enseñó al Prefecto un pedazo de pan negro y le dijo: —¡Que Dios tenga piedad de vos! ¿Se puede comer esto? —¿Quién eres tú, pobre diablo, le respondió el Prefecto, para atreverte a dirigirme una pregunta tan impertinente?» Profundamente indignado volvía Omar a su casa cuando se encontró a Hachim que iba a palacio, y se lo contó todo. «Ignoran aquí lo que tú vales, y tienes que enseñárselo», le respondió el ministro y siguió su camino. Disgustado así del servicio del sultán, propuso a sus compañeros volverse a sus montañas a la vida aventurera y libre que habían llevado juntos tanto tiempo. No deseaban otra cosa, así que antes de ponerse el sol se hallaban en camino de Bobastro (884). El primer cuidado de Omar fue el de apoderarse de nuevo del castillo. Era difícil, porque Hachim que conocía la importancia de esta fortaleza, había confiado su custodia a una numerosa guarnición, haciéndola flanquear, además con tantas torres y bastiones, que podía considerársele inexpugnable. Pero Omar, lleno de confianza en su buena estrella, no se dejó desanimar. Secundado por su tio, juntó primero algunos hombres resueltos a su tropa, que le parecía demasiado débil, y luego sin dar a los soldados que había en el castillo lugar de organizar la resistencia, lo atacó atrevidamente y los hizo huir con tanta precipitación, que no les dió siquiera tiempo de llevarse consigo a la joven amante de su capitán, la que agradó tanto a Omar, que la tomó por mujer o por querida. A partir desde este instante Omar, ese José María del siglo IX, que fué mejor ayudado por las circunstancias, no era ya un capitán de bandoleros, sino el jefe de toda la raza española del Mediodía. Él se dirigía a todos sus compatriotas cristianos o musulmanes y les decía: «Demasiado tiempo habéis soportado ya el yugo de ese sultán que os arrebata vuestros bienes y os aniquila con forzosas contribuciones. ¿Os dejaréis pisotear por los Árabes que os miran como sus esclavos?... No creáis que la ambición es lo que me hace hablar así, no tengo otra más que la de vengaros y libertaros de la servidumbre.» Cada vez que Ibn-Haf-zun hablaba así, dice un historiador árabe, los que lo escuchaban le daban las gracias y se declaraban prontos a obedecerlo. También enemigos suyos, los únicos que han escrito su historia, son los que dicen que desde que se hizo jefe de partido se enmendó de sus antiguos defectos. En lugar de ser como antes orgulloso y quimerista; era afable y cortés hasta con el último de sus soldados, así, que los que servían bajo sus órdenes le tenían tanto afecto que rayaba en idolatría, le obedecían con una disciplina y una puntualidad cuasi fanáticas, por grande que fuera el peligro, todos marchaban a la primera señal, por él se hubieran arrojado al fuego. Siempre a su cabeza y siempre en lo más empeñado de la pelea, Hafzun se batía como un simple soldado; manejaba la lanza y la espada como el más hábil de los suyos; atacaba a los más valientes campeones, y no abandonaba la partida hasta que estaba ganada. No es posible portarse con más bizarría ni dar ejemplo de una manera más brillante. Recompensaba generosamente los servicios que le prestaban, concediendo amplísima parte a los de los que más se habían distinguido, y honraba el valor hasta en los enemigos, pues que muchas veces devolvía la libertad a los que habían caído en su poder después de batirse valerosamente. Castigaba por otra parte a los malhechores rigorosamente. Un espíritu de salvaje justicia presidía a sus decisiones; no exigía ni pruebas ni testigos; le bastaba la convicción de que la acusación era fundada. Por eso, aunque el bandolerismo está en la sangre de este pueblo; gracias a la buena y pronta justicia de su jefe, las serranos gozaron bien pronto de una completa seguridad. Los Árabes aseguran que en este tiempo una mujer cargada de dinero podía caminar sola sin que nada tuviese que temer. Cerca de dos años pasaron sin que el Sultán nada serio emprendiera contra este temible campeón de una nacionalidad mucho tiempo oprimida; pero a principios de Junio de 886, Mondhir, presunto heredero del trono, fue a atacar al señor de Alhama, aliado de Omar y renegado como él. Omar corrió al socorro de su amigo y se encerró en Alhama. Después de sostener un sitio de dos meses, los renegados que comenzaban a escasear de víveres, resolvieron abrirse paso a través de los enemigos; pero la salida no fue feliz. Omar recibió muchas heridas, le mutilaron una mano, y después de haber perdido muchos soldados, se vió obligado a volverse a la fortaleza. Felizmente para los renegados, Mondhir recibió después una noticia que le obligó a levantar el sitio, y volver a Córdoba: su padre acababa de morir (4 de Agosto de 886). Omar se aprovechó de este acontecimiento para extender sus dominios. Dirigióse a los castellanos de gran número de fortalezas, invitándoles a hacer causa común, y todos le reconocieron por soberano. Desde entónces fue el verdadero rey del Mediodia. Sin embargo, había encontrado en el Sultán que acababa de subir al trono, un adversario digno de él. Era un príncipe activo, prudente y bravo; los clientes Omeyas creen que si hubiera reinado un año más, hubiera obligado a todos los rebeldes del Mediodía a deponer las armas. Opuso a los rebeldes una enérgica resistencia. Los distritos de Cabra, de Elvira y de Jaén fueron teatro de una lucha encarnizada, en que alternaron los triunfos y los reveses. En la primavera del año de 888, Mondhir marchó en persona contra los insurrectos, se apoderó por el camino de algunas fortalezas, asoló los alrededores de, Bobastro, y fué a sitiar a Archidona. El renegado Aichun, que mandaba allí, no estaba exento de esa fanfarronería, que se reprocha aun a los andaluces. Seguro de su valor, de que nadie dudaba, repetía a cada paso: «Si me dejo atrapar por el Sultán, le permito que me crucifique con un cerdo a mi derecha y un perro a mi izquierda.» Olvidaba que el Sultán tenía para cogerlo un medio más seguro que la fuerza de las armas. Algunos vecinos de la ciudad se dejaron ganar, prometiendo a Mondhir entregarle vivo a su jefe, y un dia que Aichun entró sin armas en casa de uno de estos traidores, lo sujetaron de improviso, lo cargaron de cadenas, y fué entregado al Sultán y crucificado del mismo modo que él había dicho. Archidona se rindió poco después. Luego el Sultán hizo prisioneros á los tres Beni-Matruh, que poseían castillos en la Sierra de Priego, y habiéndolos hecho crucificar con diez y nueve de sus tenientes principales fué a poner sitio a Bobastro. Seguro de que su roca era inconquistable, Ibn-Hafzun se inquietaba tan poco con este sitio, que no pensaba más que enjugarle una picardigüela al Sultán. La broma y la alegría eran propias de su carácter. Envió, pues, proposiciones de paz a Mondhir. «Iré a habitar a Córdoba con mi familia, le mandó a decir, seré uno de vuestros generales,y mis hijos serán vuestros clientes.» Mondhir, cayó en el lazo. Hizo venir de Córdoba al Cadí y a los principales teólogos, y les hizo redactar un tratado de paz en los términos propuestos por Ibn-Hafzun. Este se presentó entonces al Sultán que había establecido su cuartel general en un castillo cercano, y le dijo: «Os ruego que me hagais el favor de enviar un centenar de mulas á Bobastro para trasportar mis equipajes.» El Sultán se lo prometió, y poco después, cuando ya el ejército se había alejado de Bobastro, fueron enviados los mulos pedidos con una escolta de diez centuriones y ciento cincuenta caballos. Poco vigilado, porque creían poder fiarse de él, Ibn-Hafzun aprovechó la noche para escaparse, volvió á Bobastro lo más ligero que pudo, mandó que lo siguieran algunos soldados, atacó la escolta, les quitó los mulos, y los puso en seguridad detrás de las escelentes murallas de su castillo. Furioso por haberse dejado engañar, juró Mondhir, en su cólera, poner de nuevo sitio a Bobastro, y no levantarlo hasta que se entregara el pérfido renegado. La muerte le dispensó de su juramento. Su hermano Abdallah, que tenía exactamente su misma edad, y que ambicionaba el trono, pero que tenía perdida la esperanza, si Mondhir no moría antes que sus hijos estuvieran en edad de su cederle, ganó al cirujano de Mondhir, que le sangró con una lanceta envenenada, y el 20 de Junio de 888 Mondhir exhaló el último suspiro, después de un reinado de cerca de dos años. Avisado por los eunucos, Abdallah que se hallaba todavía en Córdoba, llegó al campamento a toda prisa, comunicó a los visires la muerte de su hermano, y se hizo prestar juramento, primero por ellos, luego por los coreiscitas, los clientes Omeyas, los empleados de la administración, y los jefes del ejército. Como los soldados murmuraban mucho de la resolución que había tomado el Sultán, porque estaban convencidos de que Bobastro era inexpugnable, era de temer que se desbandaran en cuanto supieran que Mondhir había muerto. Un oficial llamó la atención de Abdallah sobre esta disposición de ánimo, y le aconsejó mantener oculta la muerte de su hermano, y mandarle enterrar en las cercanías. Pero Abdallah rechazó este consejo con una indignación muy bien representada. «¡Y qué! exclamó; ¿hé de abandonar el cuerpo de mi hermano a merced de gentes que tocan campanas y que adoran cruces? Jamás, aunque tuviera que morir en su defensa, lo llevaría a Córdoba!» Anuncióse, pues, la muerte de Mondhir a los soldados, para los que fue la mejor noticia que hubieran podido recibir. Sin esperar las órdenes del nuevo Sultán, se prepararon para irse enseguida a sus casas, y mientras que Abdallah volvía á Córdoba, diminuía á cada instante el número de sus soldados. Ibn-Hafzun, que no supo la muerte de Mondhir hasta que ya el ejército iba de camino, se apresuró a aprovecharse del desorden que caracterizaba a esta precipitada retirada. Ya se había apoderado de muchos rezagados y de un botín considerable cuando Abdallah le envió su paje Fortunio, para rogarles que no molestasen una marcha que era un entierro, y asegurarle que no quería más que vivir en paz con él. Sea generosidad, sea cálculo, el jefe español abandonó la persecución enseguida. Cuando Abdallah llegó a Córdoba, apenas llevaba consigo cuarenta caballos; todos los otros soldados le habían abandonado. XII. Abdallah tomaba el poder en fatales condiciones. Minado el Estado mucho tiempo hacía por antipatías de raza, parecía caminar rápidamente a su descomposición y a su ruina. Si el sultán no hubiera tenido que hacer frente mas que a Ibn-Haiyan y a sus serranos, menos mal; pero la aristocracia árabe aprovechándose del general desórden comenzaba también a levantar la cabeza y aspiraba también a la independencia. Y era todavía más temible para el poder monárquico que los mismos españoles. Así lo creía al menos Abdallah. Y como le era preciso transigir con los españoles o con los nobles para no quedarse enteramente aislado, quiso mejor transigir con los primeros. Ya antes había dado pruebas de benevolencia a algunos de ellos; había tenido intima amistad con Ibn-Merwan, el gallego,cuando éste servía aun en la guardia del sultán Mohamed. Ahora ofreció a íbn-Hafzun el gobierno de Regio, a condición de que le reconociera por soberano. Al principio, el éxito pareció justificar esta nueva política. Ibn-Hafzun le prestó homenaje y le dió una prueba de confianza, enviando a la córte a su hijo Hafz, y a algunos de sus capitanes y por su parte el Sultán hizo todo lo que pudo para consolidar la alianza; trató a sus huéspedes de la manera mas afectuosa y los colmó de regalos. Pero al cabo de algunos meses, cuando Hafz y sus compañeros volvieron a Bobastro, dejó que sus soldados saquearan las aldeas y los lugares hasta las mismas puertas de Osuna, de Écija y aun de Córdoba, y luego cuando fueron batidas las tropas que el Sultán envió contra ellos, rompió abiertamente con él y echó a sus empleados. A la postre, Abdalah no habla conseguido ganarse a los españoles, pero al ensayarlo se habia desavenido enteramente con su propia raza. Era natural queen provincias en que la autoridad real estaba ya bastante debilitada, no quisieran los árabes obedecer a un monarca que se aliaba con sus enemigos. Veamos primero lo que pasó en la provincia de Elvira. Si los piadosos recuerdos tienen algún imperio sobre las almas, ninguna provincia debía estar tan ligada a la Religión cristiana. Ella habia sido la cuna del cristianismo español; allí se había escuchado la predicación de los siete apostólicos, que según una tradición antiquísima, habían sido en Roma discípulos de los Apóstoles, cuando todo el resto de la península estaba sumido aun en las tinieblas de la idolatría. Más adelante, hácia el año 300, la capital de la provincia había sido la sede de un célebre concilio. Por eso los españoles de Elvira, habian permanecido fieles mucho tiempo a la religión de sus abuelos Se habian echado en la capital los cimientos de una gran mezquita poco tiempo después de la conquista, por Hanach Zanain, uno de los mas piadosos compañeros de Muza, pero había tan pocos musulmanes en la ciudad que durante siglo y medio permaneció este edificio en el mismo estado en que Hanach lo dejara. Las iglesias por el contrario eran numerosas y ricas. Aun en Granada y eso que gran parte de la ciudad pertenecía a los judíos, había cuatro por lo menos, y la que estaba fuera de la puerta de Elvira que había sido edificada á principios del siglo VII, por un señor godo llamado Gudila, era de incomparable magnificencia. Sin embargo, poco a poco bajo el reinado de Abderramán II, y el de Mohamed, comenzaron a ser frecuentes las apostasías. En la provincia de Elvira, no se estaba mas a prueba de interés que en las otras provincias, y además los vergonzosos desórdenes y la manifiesta impiedad del tio materno de Hostigesio, Samuel, Obispo de Elvira, habían inspirado a muchos cristianos una aversión muy natural hacia un culto que tenía tan indignos ministros. La persecución hizo lo demás. El infame Samuel la dirigió. Depuesto en fin a causa de su vida escandalosa, dióse prisa a ir á Córdoba para declararse musulmán; desde entonces se había enconado de la manera más cruel contra sus antiguos diocesanos que el gobierno dejó entregados a su ciega cólera, y muchos de estos infelices no hallaron más medio que la apostasía para salvar sus bienes y su vida. Por esta causa los renegados habian llegado a ser tan numerosos en Elvira, que el gobierno comprendió que era necesario procurarles una gran mezquita que se acabó en el año 864, en el reinado de Mohamed. En cuanto a los árabes de la provincia, procedentes en su mayor parte de los soldados de Damasco, no queriendo encerrarse en las murallas de una ciudad, se habían establecido en la campiña donde sus descendientes habitaban aun. Estos Árabes constituían, respecto de los españoles, una aristocracia estremadamente orgullosa y exclusiva. Tenían pocas relaciones con los habitantes de la ciudad; la estancia en Elvira, triste lugar situado en medio de rocas estériles, monótonas y volcánicas, que no llevan ninguna flor en verano, ni un copo de nieve en invierno, no tenía para ellos ningún atractivo; pero los viernes cuando iban, en apariencia para asistir a los oficios; pero en realidad para hacer ostentación de sus soberbios caballos ricamente equipados, no dejaban nunca de abrumar a los españoles con su menosprecio y sus intencionados desdenes. Casi nunca la vanidad aristocrática, se ha mostrado mas francamente odiosa en hombres, que, por otra parte en sus relaciones mutuas eran modelo de perfecta cortesía. Para ellos, los españoles cristianos o musulmanes eran la «vil canalla,» tal era el término consagrado. Habían, pues, hecho agravios imperdonables, así que las colisiones entre las dos razas eran frecuentes. Unos treinta años antes de la época de que vamos a ocuparnos, ya los españoles habían sitiado a los árabes en la Alhambra, donde éstos habían buscado un refugio. Al principio del reinado de Abdalá, encontramos a los españoles empeñados en una guerra mortífera contra los señores árabes. Estos que habían roto enteramente con el sultán, habían elegido por jefe un valiente guerrero de la tribu de Cais, llamado Yahya-ibn-Zocala. Arrojados por sus adversarios de sus aldeas, se fortificaron en un castillo situado al noroeste de Granada, cerca de Guadahortuna. Desde este castillo que llevaba antiguamente el nombre español de «Monte-Sacro,» pero que por la pronunciación arábiga llegó a decirse Montexicar, infestaban las cercanías. Entonces los renegados y los cristianos mandados por Nabil, fueron a sitiarlos, mataron gran número y tomaron la fortaleza. Yahya-ibn-Zocala, se salvó por la fuga, pero su tropa había quedado tan debilitada que tuvo que dejar las armas y hacer un tratado con los españoles. Desde esta época, pasaba muchas veces dias enteros en la capital. Acaso trataba de intrigar allí, pero culpable o no, es lo cierto que en la primavera de 887 los españoles lo atacaron de improviso, lo degollaron con sus compañeros, echaron sus cadáveres en un pozo, y comenzaron a ojear a los Árabes como si fueran fieras. El entusiasmo de los españoles fue inmenso. «Ya se han roto las lanzas de nuestros enemigos, decía su poeta Ablí! ¡Ya hemos abatido su orgullo! ¡Los que ellos llamaban «vil canalla» han minado los fundamentos de su poder! ¡Cuánto tiempo hace que los muertos que hemos echado en el pozo esperan en vano un vengador!» La situación de los árabes era tanto más peligrosa, cuanto que se encontraban desunidos. La anarquía reinante, daba nuevo vigor a la funesta rivalidad entre Maaditas y Yemenitas; en muchos distritos como el de Sidona, estas dos razas se combatían a muerte. En la provincia de Elvira, cuando se trató de dar sucesor a Yahya, los Yemenitas, que parece tenían la superioridad del número, disputaban a los Maaditas sus derechos a la heguemonía. Disputar en un momento tan crítico era esponerse a una ruina completa. Felizmente los Yemenitas lo comprendieron a tiempo, cedieron y de concierto con sus rivales dieron el mando a Sauwar. Este intrépido jefe, fue el salvador de su pueblo, y más adelante se repetía con frecuencia: «Si Alá no hubiera dado a Sauwar á los Árabes, hubieran sido esterminados hasta el último.» Caisita, lo mismo que Yhaya, Sauwar debía tener empeño en vengar la muerte de su contributo, pero tenía además que tomar una revancha; en la toma de Monte-Sacro, había visto a los españoles matar a su primogénito. Desde este momento la sed de venganza lo devoraba: según su propio testimonio era ya viejo: «las mujeres no quieren mi amor desde que han blanqueado mis cabellos,» decía en uno de sus poemas, y ciertamente llevaba a la tarea sangrienta que iba a cumplir una obstinación y una firmeza que se esplicarían difícilmente en un joven, pero que se conciben en un viejo que dominado por una sola y última pasión, ha cerrado su alma a toda piedad y a todo sentimiento humano. Se podría pensar que se figuraba ser el ángel esterminador, y que ahogó sus más dulces afectos, si es que los tenía, ante la conciencia de su misión providencial. Después de haber reunido bajo su bandera todos los Árabes que pudo, fue a recobrar Monte-Sacro. Llevaba en esto un doble objeto; quería poseer una fortaleza que le sirviera de base para sus operaciones ulteriores, y saciar su sed de venganza en la sangre de los que habían matado a su hijo. Aunque Monte-Sacro tenía una numerosa guarnición, los Árabes la tomaron por asalto. La venganza de Sauwar fue terrible; pasó a cuchillo todos los soldados de la guarnición, en número de seis mil. En seguida atacó y tomó otros castillos, y cada uno de estos triunfos llevaba consigo una horrible carnicería; jamás en ninguna circunstancia este hombre terrible dió cuartel a los españoles; familias enteras fueron exterminadas hasta su último individuo, y multitud de herencias quedaron sin herederos. En su apuro los españoles de Elvira suplicaron a Djad, gobernador de la provincia, que los ayudara, prometiendo obedecerle en adelante. Djad consintió, y a la cabeza de sus tropas y de los españoles fue a atacar a Sauwar. El jeque árabe lo esperaba a pié firme. El combate fue vivo por ambas partes, pero los Árabes obtuvieron la victoria, persiguieron a sus enemigos hasta las puertas de Elvira, y les mataron más de siete mil hombres. El mismo Djad cayó en manos de los vencedores. El feliz éxito de esta batalla conocida con el nombre de «Batalla de Dajd,» colmó a los árabes de un indescriptible gozo; limitados hasta entóneos a atacar castillos, habian vencido por primera vez a sus enemigos en campo raso, y habian inmolado muchas víctimas a los manes de Yhaya. He aquí los términos en que uno de sus jeques mas valientes, que era al mismo tiempo uno de sus mejores poetas, Said-ibn-Djudí expresaba sus sentimientos: «Apóstatas é incrédulos, que hasta la última hora declarais falsa la verdadera religión. Os hemos muerto, porque teníamos que vengar a nuestro Yhaya. Os hemos muerto: ¡Dios lo ha querido! Hijos de esclavas, habéis imprudentemente irritado a bravos que no han olvidado nunca vengar a los suyos. Acostumbraos a sufrir su furia y á recibir en vuestras espaldas sus espadas flamígeras. A la cabeza de sus guerreros que no sufren insulto, valientes como leones, ha marchado contra vosotros un jeque ilustre. Su fama excede la de todos, ha heredado la generosidad de incomparables abuelos. Es un león nacido de la más pura sangre de Nizar, es el sostén de su tribu cual ninguno. Iba a vengar a sus contributos, a esos hombres magnánimos que habían creído poderse fiar de reiterados juramentos. ¡Y los ha vengado! ha pasado a cuchillo los hijos de las blancas, y los que de ellos viven todavía, gimen en las cadenas con que los ha cargado. Millares de vosotros hemos matado, pero la muerte de multitud de esclavos no equivale a la de un solo noble. ¡Ay! sí, han asesinado nuestro Yahya cuando era su huésped! Asesinarlo era una acción insensata. Lo han degollado esos esclavos malvados y despreciables, todo lo que hacen los esclavos es villano. ¡No, cometiendo su crimen no han hecho una acción sensata, su suerte infeliz ha debido convencerlos que habían sido mal inspirados. Vosotros lo habéis asesinado como traidores, como infames después de tantos tratados, después de tantos juramentos!" Después del brillante triunfo que habían conseguido Sauwar, que acababa de hacer alianza con los árabes de Regio, de Jaén y de Calatrava, comenzó de nuevo sus depravaciones y sus matanzas. Los españoles enteramente desanimados, no encontraron otra vía de salvación que echarse en los brazos del Sultán e imploraron su ayuda. De buena gana se la hubiera concedido éste, si se hubiera hallado en estado de hacerlo. Todo lo que podía en aquellas circunstancias era prometer su amigable intervención. Mandó pues, a decir Sauwar, que estaba dispuesto a concederle una gran intervención en la dirección de los negocios de la provincia, pero que en cambio, esperaba de él que lo obedeciera y le permitiera dejar a los españoles en paz. Sauwar aceptó estas condiciones, él y los españoles juraron la paz solemnemente y se restableció el orden material en la península. Por desgracia, esta no era más que una calma engañosa, las discensiones y la pasión latían en el fondo de todas las almas. No teniendo enemigo que combatir a su alrededor, atacó Sauwar a los vasallos y a los aliados de Ibn-Hafzun. La fama de sus empresas y de sus crueldades, el grito de angustia de sus compatriotas, despertó repentinamente el sentimiento nacional entre los habitantes de Elvira. Con general entusiasmo volvieron a tomar las armas; siguiendo su ejemplo se insurreccionó toda la provincia, el grito de guerra resonó en todas las familias, y los Árabes atacados donde quiera y donde quiera batidos, fueron a buscar apresuradamente un refugio en la Alhambra. Tomada por los españoles y recobrada por los árabes, la Alhambra, no era ya más que una ruina magestuosa que casi no se hallaba en estado de defensa. Y sin embargo, era el solo refugio que a los árabes les quedaba; si se la dejaban tomar, podían estar ciertos de que no había de escapar ninguno. Así estaban firmemente resueltos a defenderla a todo trance. Durante el dia, rechazaban vigorosamente los incesantes ataques de los españoles, que con la ira en el pecho pensaban acabar esta vez con los que habían sido por tanto tiempo sus crueles opresores. Cuando llegaba la noche, componían a la luz de las antorchas los muros y los bastiones de la fortaleza, pero las fatigas, las veladas, la perspectiva de una muerte segura, si tenían un instante de debilidad, los había puesto en un estado de sobrexcitación febril que los disponía mucho a dejarse impresionar por terrores supersticiosos, de que se hubieran avergonzado en otras circunstancias. Una noche que trabajaban en las fortificaciones, sucedió que una piedra pasó por cima de los muros y vino á caer a sus piés. Un Árabe la recogió y encontró que llevaba atado un pedazo de papel, en el cual había escritos estos tres versos que leyó en alta voz, mientras que sus compañeros lo escuchaban con profundo silencio. "Sus moradas están desiertas, sus campos eriales, los huracanes arremolinan en ellos las arenas. Encerrados en la Alhambra meditan al presente nuevos crímenes, pero también allí tendrán que sufrir derrotas continuas y lo mismo que sus padres serán siempre el blanco de nuestras lanzas y de nuestras espadas." Oyendo leer estos versos a la luz incierta, pálida y lúgubre de las antorchas, cuya trémula claridad formaba en medio de las opacas sombras de la noche una móvil iluminación del efecto más extraño, los Árabes que desesperaban ya de su triunfo, se entregaron a los más siniestros presentimientos. «Estos versos, decía más adelante uno de ellos, nos parecían un aviso del cielo, oyéndolos leer fuimos presa de un terror tan grande, que aunque todos los ejércitos de la tierra hubieran venido a sitiarnos no lo hubieran podido aumentar.» Algunos menos impresionables, trataron de reanimar a sus aterrados camaradas, diciéndoles que la piedra y el billete no habían caído del cielo, sino que habían sido lanzados por mano enemiga y que los versos eran probablemente del poeta Ablí. Habiendo prevalecido poco a poco esta idea, rogaron todos a su poeta Asadí que respondiera en el mismo metro y en la misma rima al desafío del poeta enemigo. No era nueva para Asadí semejante empresa. Muchas veces había empeñado, con Ablí duelos poéticos del mismo género, pero de temperamento nervioso, de imaginación extraordinariamente impresionable, conmovido y turbado esta vez más que todos los demás, tardó mucho tiempo en encontrar estos dos versos que muestran demasiado, que no estaba de vena: "Nuestras moradas están habitadas, nuestros campos no están eriales. Nuestro castillo nos protege contra todo insulto, en él encontraremos la gloria, en él se preparan para nosotros triunfos, y para vosotros derrotas." Para completar la respuesta, hacía falta un verso que Asadí que había caído bajo el imperio de su emoción, no pudo encontrar. Rojo de vergüenza, con los ojos fijos en el suelo, permaneció cortado y mudo como si no hubiera compuesto versos en su vida. No era esta circunstancia la más propia para reanimar el ánimo abatido de los Árabes. Ya medio serenos estaban dispuestos a no ver nada de sobrenatural en lo sucedido, pero cuando se apercibieron que contra lo que esperaban la inspiración faltaba a la palabra a su poeta, sus temores supersticiosos se despertaron de nuevo. Avergonzado Asadí, se había vuelto a su habitación cuando, de pronto oyó una voz que pronunciaba este verso: "En verdad que bien pronto, cuando nosotros salgamos de él, habréis de sufrir una derrota tan terrible, que hará blanquear en un momento los cabellos de vuestras mugeres y de vuestros hijos." Era el tercer verso que en vano había buscado. Miró a su alrededor y no vió a nadie. Firmemente convencido entonces de que había sido pronunciado por un espíritu invisible, corrió a buscar al jeque Adhha, su amigo íntimo, le contó lo que acababa de suceder, y le repitió el verso que había oído. «¡Alegrémonos! esclamó Adhha. Seguramente, soy enteramente de tu opinión, es un espíritu quien ha recitado estos versos y podemos estar seguros que su predicción se ha de cumplir. Y no puede ser de otra manera; esa raza impura debe perecer, porque Dios ha dicho: «Al que habiendo ejercido represalias en relación con un ultraje recibido, recibirá uno nuevo, Dios mismo lo asistirá.» Convencidos de aquí en adelante de que el Eterno los había tomado bajo su protección, los árabes enrollaron el billete que contenía los versos de su poeta en una piedra, y se la tiraron a sus enemigos. Siete dias después vieron al ejército español, compuesto de veinte mil hombres, se prepara a atacarlos por el lado del Este y colocar en una colina sus máquinas de guerra. En lugar de exponer sus bravos a ser asesinados en una fortaleza arruinada, Sauwar quiso mejor llevarlos al encuentro del enemigo. Empeñado el combate, dejó de pronto el campo de batalla con una tropa escogida, sin que su marcha fuera notada por sus adversarios; dió un rodeo y se precipitó sobra la división situada en la colina con tal ímpetu que lo puso en derrota. La vista de lo que pasaba en la altura inspiró un terror pánico a los españoles que combatian en el llano, porque se imaginaban que los Árabes habían recibido refuerzos. Entonces comenzó una terrible carnicería; persiguiendo a sus enemigos fugitivos hasta las puertas de Elvira, los Árabes mataron doce mil, según unos, según otros diez y siete mil. He aquí como Said-ibn-Djudí cantó esta segunda batalla conocida con el nombre de «Batalla de la ciudad.» "Los hijos de las blancas habían dicho: «Cuando nuestro ejército vuele sobre vosotros, caerá sobre vosotros como un huracán. No podréis resistirlo, temblaréis de miedo, y ni el más fuerte castillo os servirá de asilo!» Pues bien, nosotros hemos ahuyentado ese ejército cuando voló sobre nosotros, como se ahuyentan a las moscas que revolotean al rededor de la sopa, o como se hace salir de su establo a un rebaño de camellos. Ciertamente que el huracán ha sido terrible, la lluvia caia a goterones, el trueno retumbaba y el relámpago surcaba las nubes; pero no era sobre nosotros, sino sobre vosotros, sobre los que descargaba la tormenta. Vuestros batallones caían ante nuestras cortadoras espadas, como caen las espigas bajo la hoz del segador. Cuando nos vieron venir a galope, nuestras espadas les causaron un terror tan grande que volvieron las espaldas y se echaron a correr, pero nosotros caimos sobre ellos, hiriéndolos con nuestras lanzas. Unos, hechos prisioneros, fueron cargados de cadenas; otros, presas de angustia mortal, corrieron a todo correr, y hallaban la tierra demasiado estrecha. Habéis encontrado en nosotros una tropa escogida que sabe a las mil maravillas lo que es preciso hacer para quemar las cabezas de sus enemigos, cuando la lluvia de que hablábais cae a torrentes. Se compone de hijos de Adán, que a todos aventajan en las incursiones, y de hijos de Cahtan, que caen como buitres sobre su presa. Su jeque, un gran guerrero, un verdadero león a quien en todas partes admiran, pertenece a la mejor rama de Cais; hace muchos años que los más generosos y los más bravos lo reconocen superior en valor y en generosidad. Es un hombre leal, nacido de una raza de héroes, cuya sangre no se ha mezclado jamás con la raza extranjera, ataca impetuosamente a sus enemigos, como conviene a un Árabe, y sobre todo a un Caisita y defiende la verdadera religión contra todo infiel. En verdad que Sauwar blandía aquel día una excelente espada, con la que cortaba cabezas, como no se las corta sino con hojas de buen temple. Alá se servía de su brazo para matar a los sectarios de una falsa religión que se habian reunido contra nosotros. Cuando llegó el momento fatal para los hijos de las blancas, nuestro jeque estaba a la cabeza de fieros guerreros, cuya firmeza no se conmueve más que una montaña, y cuyo número era tan grande que la tierra parecía estrecha para ellos. Todos estos bravos corrían a rienda suelta, mientras que relinchaban sus corceles. ¡Vosotros quisisteis la guerra, la guerra ha sido funesta para vosotros y os ha hecho perecer repentinamente!" En la crítica posición en que se hallaron los españoles después de esta batalla desastrosa, no tenian mas que un partido que elegir; implorar el apoyo y reconocer la autoridad del jefe de su raza Omar-Ibn-Habfzun. Así lo hicieron, y bien pronto éste, que se encontraba en las cercanías, entró con su ejército en Elvira: reorganizó las milicias de la ciudad, reunió bajo sus banderas parte de la guarnición de los castillos vecinos, y marchó contra Sauwar. Había aprovechado este jeque este intervalo para llevarse consigo los árabes de Jaén y de Regio, y su ejército era ahora bastante numeroso para esperar combatir a Ibn-Habfzun con ventajas. No se engañó en sus esperanzas. Después de perder muchos de sus mejores guerreros, y de haber prodigado su propia sangre, Ibn-Habfzun se vio obligado a retirarse. Acostumbrado a vencer, este fracaso le irritó mucho, imputándoselo a los habitantes de Elvira, les echó en cara que se habian conducido cobardemente en la pelea, y colérico les impuso una enorme contribución, diciendo que ellos debían pagar los gastos de una guerra que él solo había emprendido en su provecho. Luego se volvió a Bobastro con el grueso del ejército, después de haber confiado la defensa de Elvira a su teniente Hajz-ibn-el-Moro. Entre los prisioneros que llevó consigo se contaba el bravo Said-ibn-Djudí; he aquí un trozo de los versos que este excelente poeta compuso en su cautividad. "Valor, esperanza, amigos míos! Estad seguros de que la alegría sucederá a la tristeza, y que cambiándose en dicha la desgracia, vosotros saldréis de aquí. Otros antes que vosotros han pasado años en este calabozo, y corren por los campos, á estas horas, en pleno día! ¡Ay! si estamos prisioneros, no es porque nos hayamos rendido, sino porque nos hemos dejado sorprender. Si yo hubiera tenido el menor presentimiento de lo que nos iba a suceder, la punta de mi lanza me hubiera protejido, porque ya saben los caballeros mi audacia y mi bravura en la hora del peligro. Y tú, viajero, ve a llevar mi saludo a mi noble padre y a mi tierna madre, que te escucharán enajenados cuando les digas me has visto. Saluda también a mi querida esposa y repítele estas palabras: «siempre pensaré en tí, hasta en el día del juicio final me presentaré delante del Creador con el pecho lleno de tu imagen. En verdad la tristeza que ahora experimentas me aflige mucho más que la prisión y la perspectiva de la muerte. Acaso me harán perecer aquí y después me enterrarán un bravo como yo desea mejor caer con gloria en el campo de batalla y servir de pasto a los buitres" Después de la partida de Ibn-Hafzun, Sauwar que se había dejado coger en una emboscada, fue muerto por los habitantes de Elvira. Cuando se llevó su cadáver a la ciudad resonaron los aires con grito de júbilo. Sedientas de venganza, las mujeres echaban miradas de fiera sobre el cuerpo del que les había arrebatado sus hermanos, sus esposos y sus hijos, y rugiendo de furor le hicieron pedazos y se los comieron. Los árabes, confiaron el mando a Said- ibn-Djudi al que Ibn-Hafzun acaba de volver la libertad (890.) Aunque Said hubiera sido el amigo de Sauwar y el cantor de sus hazañas, en nada se le parecía. De ilustre nacimiento, pues su abuelo había sido sucesivamente Cadí de Elvira y prefecto de policía de Córdoba en el reinado de Haquen I, era además el modelo del caballero Árabe y sus contemporáneos, le atribuían las diez cualidades que todo perfecto caballero debe poseer: la generosidad, la bravura, el entero conocimiento de las reglas de equitación, la belleza corporal, el talento poético, la fuerza física, el arte de manejar la lanza, el de construir armas, y la habilidad en el tiro del arco. Era el único Árabe que Ibn-Hafzun temía encontrar en el campo de batalla. Un dia, antes de comenzar el combate, Said lo desafió, pero Ibn-Hafzun, apesar de lo bravo que era, no se atrevió a aceptar. Otra vez, durante la pelea, Said se encontró por acaso frente a Hafzun. Este quiso evitarlo, pero Said le cogió a brazo partido, lo arrojó al suelo, y lo hubiera matado si los soldados de Hafzun echándolo sobre él no lo hubieran obligado a soltar la presa. El más valiente de los caballeros era también el más tierno y el más galante. Ninguno se enamoraba con tanta facilidad de una voz o de unos cabellos, ninguno apreciaba mejor el poder seductor de una hermosa mano. Habiendo ido un dia a Córdoba cuando reinaba todavía el sultán Mohamed, pasaba por delante del palacio del príncipe Abdallah, cuando hirió su oido el armonioso canto de una mujer. Este canto salía de una habitación del piso principal cuya ventana daba a la calle y la cantadora era la hermosa Djehane. En aquel momento estaba con el príncipe su señor y ora le servía de beber, ora cantaba. Atraído por un encanto irresistible, Said, fue a colocarse en una rinconada donde podía escuchar a su gusto sin llamar la atención de los transeúntes. Clavados los ojos en la ventana, estático, escuchaba muerto por ver a la bella cantadora. Después de haber atisbado mucho tiempo, apercibió al fin su pequeña y blanca mano cuando presentaba al príncipe la copa. No vió mas, pero aquella mano de una incomparable elegancia y luego aquella voz tan suave y tan espresiva, era lo bastante para hacer latir violentamente su corazón de poeta y enloquecer su cabeza. Mas ¡ay! una barrera infranqueable le separaba del objeto de su amor. Desesperado de lograrla, ensayó distraer su pasión; compró en una enorme suma la esclava más hermosa que pudo encontrar y la puso el nombre de Djehane. Mas a pesar de los esfuerzos que esta jóven hizo para agradar al hermoso caballero, no consiguió hacerle olvidar a su homónima. "El dulce canto que he escuchado, decia, elevando mi alma me ha dejado una tristeza que me consume lentamente. Es a Djehane, de la que yo guardaré un eterno recuerdo, a quien yo he dado mi corazón, y sin embargo, nunca nos hemos visto... ¡Oh Djehane! objeto de todos mis anhelos, sé buena y compasiva para esa alma que me ha dejado por volar a tí! Yo invoco tu nombre querido con los ojos bañados en lágrimas, con la devoción y el fervor del monje que invoca el de un santo, arrodilado ante su imagen!" Said no guardó mucho tiempo su recuerdo de la bella Djehane. Versátil e inconstante, errando sin descanso de deseo en deseo, las grandes pasiones y los sueños platónicos no estaban en su carácter, testigos estos versos compuestos por él, que los escritores Árabes no citan sino añadiendo las palabra: «¡Que Dios le perdone!» "El momento más dichoso de la vida es cuando se bebe en ronda, o más bien, cuando después de una desavenencia uno se reconcilia con su amada, o mejor aun, cuando el amante y la amada se lanzan miradas embriagadoras, es en fin aquel en que enlaza en sus brazos a la que se adora. Yo recorro el círculo de los placeres con el ardor de un caballo que ha cojido el bocado con los dientes; suceda lo que quiera yo satisfago todos mis deseos. Inquebrantable el dia del combate, cuando el ángel de la muerte se cierne sobre mi cabeza, yo me dejo siempre quebrantar por unos bellos ojos." Ya había olvidado, pues, a Djehane, cuando le trajeron de Córdoba una nueva hermosura; cuando ella entró en su habitación el pudor la hizo bajar los ojos; entonces Said improvisó estos versos; "Qué, hermosa amiga, ¿separas de mí tus ojos para fijarlos en el suelo? ¿Es que yo te inspiro repulsión? Por Dios que no es este el sentimiento que yo inspiro de ordinario a las mujeres, y me atrevo a asegurarte que mas que el suelo merece mi cara tus miradas." Said era seguramente la figura más brillante de la aristocracia, pero no tenía las cualidades sólidas de Sauwar. La muerte de este gran jeque, fue pues, una pérdida que Said no pudo reparar. Gracias a los cuidados de Sauwar, que había hecho reedificar muchas fortalezas romanas, semi-arruinadas, tales como Menteza, Basti (Baza), los Árabes se encontraron en estado de mantenerse bajo su sucesor, pues aun cuando ya no tuvieran que combatir al Sultán, pues este había reconocido a Said, no consiguieron notables ventajas sobre los españoles. Los cronistas musulmanes, que por lo demás no dicen casi nada sobre las expediciones de Said, lo que prueba que en general no fueron felices, nos refieren solamente que hubo un momento en que Elvira se sometió a su autoridad. Cuando hizo en la ciudad su entrada, se presentó a él el poeta español Ablí, y le recitó unos versos que había compuesto en su alabanza. Said lo recompensó generosamente; pero cuando se fue el poeta, un árabe exclamó: «¿Qué, Emir, dais dinero a ese hombre? Habéis olvidado pues, que era en otro tiempo el gran agitador de su nación, y que se atrevió a decir:— ¡Cuánto tiempo hace que sus muertos, que nosotros hemos echado en este pozo, esperan en vano un vengador!» Abrióse al punto en Said una llaga mal cerrada, y con los ojos brillantes de cólera: «Ve a coger a ese hombre, le dijo a un pariente de Yhaya ibn-Zocala; mátalo y echa su cadáver en un pozo!» Esta orden fué inmediatamente ejecutada. XIII Mientras que los españoles de Elvira combatían contra la nobleza árabe, ocurrían también en Sevilla muy graves acontecimientos. En ninguna parte el partido nacional era tan poderoso. Desde el tiempo de los visigodos, había sido la sede de la ciencia y la civilización romana y la residencia de las familias mas nobles y opulentas. La conquista árabe no había traído casi ningún cambio en el órden social. Pocos árabes se habían establecido en la ciudad, habiéndose fijado con preferencia en las campiñas. Los descendientes de los romanos y de los godos constituían, pues, todavía, la mayor parte de sus habitantes. Gracias a la agricultura y al comercio, eran muy ricos; numerosas embarcaciones de Ultramar iban a buscar a Sevilla que pasaba por uno de los mejores puertos de España, cargamentos de algodón, de aceitunas y de higos, que la tierra en abundancia producía. La mayor parte de los sevillanos, habían abjurado del Cristianismo, y muy pronto, porque ya bajo el reinado de Abderramen II, había habido que edificar para ellos una gran mezquita, pero sus costumbres, sus usos, su carácter, hasta sus apellidos, como «Beni-Angelino, Beni-Sabarico,» recuerdan aun su origen español. En general, estos renegados eran pacíficos y nada hostiles al Sultán, a quien, por el contrario, consideraban como el sostenedor natural del orden, pero temían a los Árabes, no a los de la ciudad, porque estos acostumbrados a los beneficios de la civilización, no se interesaban ya en las rivalidades de tribu ni de raza, sino a los de la campiña, que habían conservado intactas sus costumbres agrestes, sus antiguas preocupaciones nacionales, su aversión a toda otra raza que la suya, y su adhesión a las antiguas familias a que habían obedecido de padres a hijos desde tiempo inmemorial. Llenos de un odio celoso contra los ricos españoles, se hallaban prontos a ir a robarlos y a degollarlos en cuanto las circunstancias se lo permitieran o sus nobles los convidaran a ello. Eran muy temibles los del Axarafe sobre todo, así que los españoles que conservaban una antigua predicción, según la que, la ciudad había de ser quemada por fuego que había de venir del Axarafe, habían tomado sus medidas para que no los cogieran desprevenidos los hijos de los ladrones del desierto. Se habían organizado en doce cuerpos cada uno con su jefe, su bandera y su arsenal, y habían contraído alianza con los Árabes maaditas de la provincia de Sevilla y con los Bereberes-Botr de Morón. Entre las principales familias árabes de la provincia había dos que sobresalían entre las demás, la de los Beni-Haddjadj y la de los Beni-Khaldun. La primera aunque muy árabe en sus ideas, descendía sin embargo por hembra de Witiza, el penúltimo rey de los godos. Una nieta suya, llamada Sara, se había casado en segundas nupcias con un tal Omaid de la tribu yemenita de Lakhm. De este matrimonio nacieron cuatro hijos que dieron origen a cuatro grandes familias, de las cuales la de Beni-Hadjadj era la más rica. De Sara procedían las grandes propiedades territoriales que tenía en el Sened, porque un historiador árabe, descendiente también de Witiza por Sara, nota que Ibn-Omaid había tenido hijos de otras mujeres, pero que los descendientes de éstas no podían rivalizar con los de Sara. La otra familia, la de los Beni-Khaldun era también de origen yemenita, pertenecía a la tribu de Hadhramaut y tenía sus propiedades en el Axarafe. Agricultores y soldados, los miembros de estas dos grandes casas eran también comerciantes y armadores. De ordinario vivían en el campo, en sus castillos, en sus «bordj,» pero de tiempo en tiempo, residían en la ciudad donde tenían palacios. Al principio del reinado de Abdalá, Coreb era el jefe de los Khaldum. Era un hombre disimulado y pérfido, pero que tenía todas las cualidades de un jefe de partido. Fiel a las tradiciones de su raza, detestaba la monarquía y deseaba que su casta recobrara el poder que le habían arrancado los Omeyas. Primero ensayó promover una insurrección en la misma ciudad. Se dirigió pues a los Árabes que la habitaban y trató de reanimar en ellos el deseo de independencia. No lo consiguió. Estos Árabes, en su mayor parte Coreiscitas o clientes de la familia reinante, eran realistas, o por mejor decir, no eran de ningún partido, sino es, del que en nuestros dias se llama partido del orden. Vivir en paz con todo el mundo, y no ser molestados en sus negocios ni en sus placeres, era todo lo que pedian. No tenían, pues, ninguna simpatía por Coreb; su genio aventurero y su ambición desarreglada solo les inspiraba una profunda aversión mezclada de terror. Cuando les hablaba de independencia, le respondían que odiaban el desorden y la anarquía, que no querían ser instrumentos de la ambición de otro, y que no tenían nada que hacer con sus malos consejos y con sus malas ideas. Viendo que perdía el tiempo en la ciudad Coreb volvió al Alxarafe, donde nada tuvo que hacer para enardecer los corazones de sus contributos, que casi todos le prometieron tomar las armas a la primera señal. En seguida formó una liga, en que entraron Haddjadj, dos jeques yemenitas, (el uno de Niebla, y el otro de Sidona) y el jeque de los Bereberes-Bornos, de Carmena, cuyo objeto era quitar Sevilla al Sultán y saquear a los españoles. Los patricios sevillanos, que por razón de la distancia no podian espiar Coreb, como cuando estaba entre ellos, ignoraban el complot que se tramaba; verdad es que de tiempo llegaban a sus oidos vagos rumores, pero no sabian nada de fijo, y no desconfiaban todavía lo bastante del peligroso conspirador. Queriendo vengarse primero de los que no habían querido atenderlo, y mostrarles al mismo tiempo que el soberano era incapaz de protegerlos, hizo saber secretamente a los Berrberes de Mérida y de Medellin, que la provincia de Sevilla estaba casi desguarnecida, y que si querían podrían hacer fácilmente en ella rica presa. Siempre inclinados a la rapiña, se pusieron al instante en camino, y se apoderaron de Talyata, saquearon este pueblo, asesinaron a los hombres, y redujeron a esclavitud a las mujeres y a los niños. El gobernador de Sevilla llamó a las armas a todos los que estaban en estado de llevarlas, y salió al encuentro de los Bereberes. Habiendo sabido en el camino que se habían apoderado de Talyata, estableció su campo en una altura que se llamaba la Montaña de los Olivos. Tres millas solamente lo separaban del enemigo, y por ambas partes se aprestaban a combatir al dia siguiente, cuando Coreb que había traído su contingente, como los otros señores, aprovechó la noche para mandar a decir a los Berberes, que una vez empeñado el combate, les facilitaría la victoria huyendo con su regimiento. Cumplió su promesa, y huyendo, arrastró tras sí todo el ejército. Perseguido por los Berberes el gobernador no hizo alto hasta Huevar (a cinco leguas de Sevilla,) donde se atrincheró. Los Bereberes, sin hacer el menor esfuerzo para forzarlo en esta posición, volvieron a Talyata, donde permanecieron tres dias, en los que llevaron a sangre y fuego todos los lugares cercanos. Luego, con sus enormes sacos henchidos de botín, se volvieron a su casa. Ya había dejado arruinados esta terrible razia a gran número de propietarios, cuando vino a afligir a los sevillanos un nuevo azote. Esta vez el pérfido Coreb no tenía de qué acusarse; un jeque de la raza enemiga, Ibn-Merwan, señor de Badajoz, vino espontáneamente a secundar sus proyectos. Viendo venir a sus vecinos de Mérida, cargados de ricos despojos, dedujo que no tenía más que presentarse para tomar su parte en la torta. Y no se engañó. Habiéndose adelantado hasta tres parasangas de Sevilla, lo saqueó todo a la redonda durante muchos dias consecutivos y cuando volvió a Badajoz no tenía nada que envidiar a los berberes de Mérida. La conducta de su gobernador que había permanecido inactivo mientras que hordas salvajes asolaban sus tierras, había exasperado a los sevillanos contra él y contra el sultán. Verdad es que éste, cediendo a sus quejas, depuso al inhábil gobernador, pero el que mandó a sucederle, bien que fuera de una reputación inmaculada carecía igualmente de la necesaria energía para mantener el orden en la provincia y reprimir la audacia de los bandoleros que se multiplicaban de un modo aterrador. El más temible de todos era uno de los Bereberes-Bornos de Carmona, llamado Tamachecca, que robaba a los viajeros en el camino real de Sevilla a Córdoba. El gobernador de Sevilla no se atrevía a hacer nada contra él, cuando un bravo renegado de Écija, llamado Mohamed-ibn-Galib, prometió al sultán concluir con estos latrocinios si le permitía levantar una fortaleza cerca del lugar de Siete Torres, en los límites de las provincias de Sevilla y Écija. El Sultán aceptó su ofrecimiento, la fortaleza fue edificada, Ibn-Galib se instaló en ella con gran número de renegados, de clientes omeyas y de berberes-Botr y los ladrones no tardaron en conocer, que tenían que habérselas con un enemigo mas temible que el gobernador de Sevilla. Comenzaba ya a restablecerse la seguridad, cuando una mañana temprano se esparció en Sevilla la noticia de que durante la noche había tenido lugar un encuentro entre la guarnición del castillo de Ibn-Galib y los Khaldun y los Haddjadj, que uno de estos últimos había sido muerto, que sus amigos habían llegado con su cadáver a la ciudad y habían ido directamente al gobernador a pedirle justicia y que éste les había contestado que no se atrevía a tomar sobre sí la responsabilidad de decidir semejante asunto, y que por consiguiente debían dirigirse al soberano. Mientras que se entretenían en Sevilla con estos sucesos, los querellantes estaban camino de Córdoba, seguidos de cerca por algunos sevillanos que informados por Ibn-Galib, de lo que había pasado, iban a defender su causa. A su cabeza iba uno de los hombres mas considerados de la ciudad, Mohamed, cuyo abuelo era el primero de su familia que había abrazado el Islamismo; su bisabuelo se llamaba Angelino, y el apellido de Beni-Angelino había sido conservado por esta casa. Cuando los querellantes fueron introducidos cerca del Sultán, uno de ellos tomó Ia palabra y expuso su querella en estos términos: «He aquí, emir, lo que ha sucedido: íbamos pacíficamente por la carretera cuando de pronto nos acomete Ibn-Galib. Procuramos defendernos, y uno de los nuestros ha sido muerto. Estamos dipuestos a jurar que las cosas han ocurrido de este modo y exigimos por consiguiente que castiguéis a ese Ibn-Galib. Permitidnos, emir, añadir a esto, que los que os han inducido a otorgar vuestra confianza a ese renegado, os han aconsejado mal. Tomad informes acerca de los hombres que sirven con él y sabréis que son vagos y malhechores. Creed que ese hombre os hace traición, ahora finge seros fiel, pero tenemos el íntimo convencimiento que mantiene secretas inteligencias con Ibn—Hafzun y que el mejor dia le entregará toda la provincia.» Cuando hubieron concluido de hablar, Mohamed-ibn-Angelino y sus compañeros fueron introducidos a su vez. «Emir, he aquí de qué manera han pasado las cosas, dijo el patricio. Los Khaldum y los Had-djadj habían formado el proyecto de sorprender el castillo durante la noche, pero, contra lo que esperaban, Ibn-Galib estaba alerta y viendo atacado su castillo rechazó la fuerza con la fuerza. No es culpa suya si uno de los acometedores ha muerto; no hizo más que defenderse, estaba pues en su derecho. Os suplicamos pues, que no crean las mentiras de esos Árabes revoltosos. Ibn-Galib merece además que le hagais justicia, es uno de vuestros servidores más leales y más decididos y os hace un gran servicio purgando de ladrones el país.» Ya sea que el Sultán juzgara realmente dudoso el asunto; ya que temiera descontentar a uno de los partidos dando la razón al otro, declaró que queriendo tomar más amplios informes, enviaría a su hijo Mohamed a Sevilla a fin de que entendiera en la causa. No tardó el joven príncipe, presunto heredero del trono, en llegar a Sevilla. Mandó llamar a Ibn-Galib y lo interrogó, hizo lo mismo con los Haddjadj, pero como los dos partidos persistieran en inculparse recíprocamente y no se encontraron testigos imparciales, el príncipe no sabía a quien dar la razón. Mientras que dudaba las pasiones se acaloraban cada vez más y la esfervescencia que reinaba entre los patricios se comunicó al pueblo. Al fin decidió que no encontrándose el asunto bastantemente esclarecido, no decidiría por entonces, pero que por el pronto permitía a Ibn-Galib volver a su castillo. Los rebelados se atribuyeron el triunfo. Decían que el príncipe daba evidentemente la razón a su amigo, y que si no se declaraba abiertamente, era por no malquistarse con los Árabes. Por su parte los Khaldun y los Haddjadj, interpretaban del mismo modo la conducta del príncipe; y estaban resentidos hasta lo vivo. Resueltos a vengarse y a levantar el estandarte de la rebelión, abandonaron la ciudad, y mientras Coreb hacía tomar las armas a sus Hadhramitas del Axarafe, el jeque de los Haddjad Abdallah, reunía bajo sus banderas los Lakmitasdel Sened. Los dos jeques combinaron en seguida su plan de conducta; cada uno de ellos debía dar un golpe de mano. Abdallah se apoderaría de Carmona, y Coreb haría sorprender la fortaleza de Coria, (en la frontera oriental del Axarafe), después de apoderarse de los ganados pertenecientes a un tio del Sultán, que pastaban en una de las dos islas que forma el Guadalquivir a su desembocadura. Coreb, que era demasiado gran señor para ejecutar por sí mismo una empresa de este género, la confió a su primo Mahdi, un tronera, cuyos excesos tenían escandalizada a toda Sevilla. Mahdi fue primero a la fortaleza de Lebrija, frente a frente de la isla donde Solimán, señor de esta fortaleza y aliado de Coreb, le esperaba. En seguida abordó a la isla. Doscientas vacas y un centenar de caballos, guardados por un hombre solo, pacían allí. Los Árabes mataron a este infeliz, y apoderándose de las bestias se encaminaron a Coria, sorprendieron esta fortaleza, y pusieron en ella su botín en seguridad. Por su parte Abdallah-ibn-Haddjadj, secundado por el «Berber-Bornos-Djonaid», atacó Carmona de improviso, y se apoderó de ella después de haber echado al gobernador, que fue a refugiarse en Sevilla. La osadía de los árabes, y la prontitud con que habían realizado sus designios, esparcieron la alarma en la ciudad. Así que el príncipe Mohamed se apresuró a escribir a su padre para pedirle órdenes, y sobre todo refuerzos. El Sultán en cuanto recibió la carta de su hijo, reunió el concejo. Las opiniones estaban divididas. Entonces un visir rogó al Sultán que le concediera una conferencia secreta, y una vez obtenida, le aconsejó reconciliarse con los Árabes, haciendo matar a Ibn-Galib. «Cuando haya muerto ese renegado, le dijo, los Árabes se darán por satisfechos, os devolverán Carmona y Coria, restituirán a vuestro tío lo que le han quitado, y volverán a la obediencia.» Sacrificar a los árabes un servidor leal y malquistarse con los renegados, sin tener la certeza de ganarse a sus adversarios, era seguramente una política, no solo pérfida, sino inhábil. Sin embargo, el Sultán creyó deber seguir el consejo que se le daba, y habiendo mandado a su cliente Djad (a quien Sauwar acababa de devolver la libertad) marchar hacia Carmona con tropas, le dijo: «Darás las razón a los acusadores de Ibn-Galib, y lo mandarás matar; luego harás todo lo que puedas para atraer por la buena a los árabes a la obediencia, y no los atacarás, sino cuando hayas agotado todos los medios de persuacion.» Púsose Djad en camino, pero aunque se mantuvo secreto el objeto de la expedicion, corrió sin embargo el ruido de que no era contra los Khaldun, sino contra Ibn-Galib, contra quien se dirigía. Así que el renegado se mantenía sobre aviso, y ya se había puesto bajo la protección de Ibn-Hafzun cuando recibió una carta de Djad. «Tranquilizaos, le escribía este general, el objeto de mi marcha no es el que os figuráis. Tengo intención de castigar a los árabes que se han entregado a tan grandes excesos, y como sé que los odiáis, espero contar con vuestra cooperación.» Ibn-Galib se dejó engañar por esta pérfida carta, y cuando Djad se acercó al castillo, se unió a él con parte de sus soldados. Entonces Djad fingió ir a sitiar Carmona, pero en cuanto llegó delante de esta ciudad, hizo enviar en secreto otra carta al jefe de los Haddjadj, en que le comunicaba que estaba pronto a hacer perecer a Ibn-Galib, siempre que por su parte Ibn-Haddjadj volviera a la obediencia. Pronto se hizo el trato; Djad hizo cortar la cabeza a Ibn-Galib e Ibn-Haddjad, evacuó Carmona. Cuando los renegados de Sevilla supieron la negra traición de que había sido víctima su aliado, toda su furia se volvió contra el Sultán. Tuvieron consejo acerca de lo que debían hacer. Algunos propusieron vengar la muerte de Ibn-Galib en Omeya, hermano de Djad, y uno de los más valientes guerreros de la época, que era entonces gobernador de Sevilla. Esta proposición fue aceptada, pero como no pedía hacerse nada mientras no fuesen dueños de la ciudad, Ibn-Angelino se comprometió a ir a hablar con el príncipe, y hacer de modo que este confiara su defensa a los renegados. Además, resolvieron los patricios enviar propios a sus aliados los Árabes maaditas de la provincia de Sevilla, y los Bérberes-Botr de Moron, rogándoles que vinieran a auxiliarlos. Cuando estos propios estaban ya en camino, Ibn-Angelino, acompañado de algunos amigos fue a ver al príncipe Mohamed. «Señor, le dijo: es posible que nos hayan calumniado en la corte, y acusado de un crimen del que somoss inocentes, es muy posible que un proyecto funesto se haya formado contra nosotros en el consejo del Sultán, puede, en fin, que Djad, ese traidor infame nos ataque de improviso con fuerzas tan numerosas que nos sea imposible resistir. Si queréis, pues, salvarnos del peligro que nos amenaza, y ligarnos a vos con los lazos de la gratitud, es preciso que nos confiéis las llaves de la ciudad, y el cuidado de velar por su defensa, hasta que se aclaren las cosas. No es porque desconfiemos de vos, pero demasiado sabéis que si las tropas entran en la ciudad, ya no estaréis en estado de protejernos.» De buena o mala gana, Mohamed, que ya se había malquistado con los Árabes, y que no podía disponer mas que de una escasa guarnición, tuvo que conceder lo que le pedían los renegados. Estos, dueños de la ciudad, esperaron la llegada de los Maaditas y de los Bereberes-Botr, que tuvo lugar en la mañana del martes, nueve de Setiembre de 889. Entonces una compacta multitud se abalanzó sobre el palacio de Omeya. La insurrección fue tan rápida, que el gobernador no tuvo siquiera tiempo de ponerse las botas. Se tiró sobre el caballo, y se fue a escape al palacio del príncipe. Engañados los insurgentes, saquearon su palacio y se dirigieron luego hacia el del príncipe, que rodearon, lanzando gritos feroces. De minuto en minuto aumentaba la multitud, con tenderos, obreros y artesanos. No sabiendo qué hacerse, el príncipe envió a toda prisa mensajeros a Ibn-Angelino, Ibn-Sabárico y otros patricios, para rogarles que vinieran a concertar con él los médios de hacer cesar el tumulto. Estos patricios que hasta entonces se habían mantenido a la capa, deliberaron entre sí lo que debían hacer. Grande era su embarazo, si aceptaban la invitación del príncipe temían caer en una celada, pero temían si la rehusaban ser acusados de connivencia con los amotinados, y esto era lo que ellos no querían. Bien considerado todo, resolvieron ir a ver al príncipe, mas tomando sus precauciones; pusiéronse corazas debajo de los vestidos y antes de entrar en palacio colocaron sevillanos bien armados y soldados de Morón cerca de la puerta.. «Si no hemos vuelto, les dijeron, cuando el muezin anuncie la oración del medio día asaltaréis el palacio e iréis a liberarnos.» Dicho esto, fueron a ver al príncipe que los acogió de la manera más amable. Pero mientras que hablaban todavía con él, los hombres colocados en la puerta perdieron la paciencia, entraron en sospechas y comenzaron a romper la puerta. Precipitándose primero en las caballerizas se apoderaron de los caballos y las mulas, corrieron luego hacia la puerta del «fácil,» (antemuro) que se hallaba al otro extremo del patio frente a la puerta de entrada, pero allí encontraron una resistencia que no esperaban. Allí estaba Omeya. Desde que este valiente guerrero oyó los gritos de los insurrectos en las caballerizas, hizo arrestar a Ibn-Angelino y a sus compañeros, apostó a sus propios sirvientes y a los del príncipe sobre la plataforma de la puerta del «fácil», donde había hecho llevar un montón de proyectiles, y cuando los renegados y sus aliados se aproximaron a esta puerta cayó sobre ellos una granizada de dardos, de piedras y de muebles. Aun cuando tuvieran la ventaja del número sus adversarios tenían la de la posición. Excitados por Omeya que con la cabeza y el pecho ensangrentados con numerosas heridas los animaba con su actitud, con su mirada y con su ejemplo, los defensores de palacio estaban resueltos a vender cara sus vidas, y la desesperación parecía prestarles fuerzas sobrehumanas. El combate duró desde el medio dia hasta la puesta del sol. Cuando llegó la noche, los sitiadores vivaquearon en el patio y por la mañana volvieron al ataque. ¿Qué hacían entre tanto los realistas y todos aquellos amigos del orden que a lo que parece hubieran debido volar al socorro del gobernador? Fieles a su divisa «cada uno para sí» y sufriendo el inevitable ascendiente que ejerce sobre la debilidad una resolución vigorosa esperaban, y habiéndose fortificado en Sus palacios, dejaban que el gobernador saliera del aprieto como pudiera. Ellos lo querían sin duda, hacían votos por él, pero eso de arriesgar la vida por salvarlo... su adhesión no llegaba hasta ese extremo. Algo habían hecho sin embargo. En cuanto comenzó el tumulto enviaron un correo a Djad para prevenirlo del peligro en que se hallaban su hermano y el príncipe. Verdad es, que esto no les costaba mucho y ahora se trataba de saber: primero, si Djad llegaría a tiempo, luego, si lograría dominar la insurrección. Apenas se informó Djad de lo que pasaba en Sevilla, se puso en camino con todos los caballeros que pudo reunir a toda prisa. Habiendo vuelto a comenzar el combate en la mañana del 10 de Setiembre en el patio de palacio, llegó por el lado del Mediodía. Un puesto de renegados quiso defenderle el paso, él pasó sobre ellos y penetró en el arrabal donde habitaba el coreiscita Abdallah-ibn-Achath. Este realista le informó del estado de las cosas. «A escape» gritó el general, y espada en mano cayó sobre la multitud. Los sevillanos se mantuvieron firmes. El caballo de Djad, cayó herido mortalmente, sus jinetes retrocedieron. Trató de volverlos a la carga, llamó a cada uno por su nombre y le suplicó que se mantuviera firme. Los más valientes se reunieron, volvieron a la carga atacando con preferencia a los jefes. El mismo general se precipitó sobre uno de los más valientes sevillanos y lo mató. El desorden se introdujo en la multifud. Retroceden, se empujan, se oprimen, los caballeros redoblan su energía y los sevillanos no tardan en huir por todas parte. Lleno de gozo, Djad se lanza a palacio, estrecha a su hermano sobre su corazón y besa respetuosamente la mano del príncipe. «Gracias a Dios, exclama, que aun he podido salvaros. —Ya era tiempo, le respondió su hermano, media hora más y estamos perdidos. —Sí, añadió el príncipe, ya no esperábamos mas que la muerte, pero no pensemos ahora más que en la venganza! Que se castiguen a esos rebeldes poniendo sus casas a saco, que se saquen a Ibn-Angelino y a sus cómplices de la prisión, que el verdugo les corte la cabeza y que sus bienes sean confiscados!» Mientras que estos dos infelices marchaban al suplicio, Sevilla presentaba un horrible espectáculo. Sedientos de carnicería y ávidos de botín, los caballeros de Djad degollaban a los fugitivos y saqueaban sus casas. Felizmente para los renegados había entre ellos y los clientes omeyas de Sevilla, lo que se llamaba una alianza de vecindad. En consideración a esta alianza, los clientes pidieron y obtuvieron gracia para sus conciudadanos, y poco después el Sultán mismo concedió una amnistía general. No era más que un respiro; los renegados tocaban ya su ruina. Cuando el principe Mohamed volvió a Córdoba con Djad y sus tropas, llegaron mensajeros de Ibn-Hafzun,(que estaba entonces en paz con el Sultán) para pedirle la cabeza de Djad, porque este general había hecho perecer a Ibn-Galib aliado de su señor. El poder de Ibn-Hafzun y el temor que inspiraba al Sultán, eran entonces tan grandes, que Djad, aunque no había hecho más que obedecer a su señor, temía, no sin motivo, ser sacrificado al jefe de los renegados. No encontrando para sustraerse al peligro que le amenazaba otra cosa que una pronta fuga, abandonó la capital de noche y en secreto para buscar un refugio al lado de su hermano el gobernador de Sevilla. Iba acompañado de sus dos hermanos Hachim y Abd-el-ghafir, de algunos amigos, entre los que se encontraban dos coreiscitas, de sus pajes y de sus esclavos. Costeando el Guadalquivir llegaron al amanecer al castillo de Siete Filla. Pidieron y obtuvieron permiso de detenerse allí algunos instantes para descansar y refrescarse. Desgraciadamente para ellos, la banda de berberiscos Tamachecca andaba entonces por aquellos alrededores, y los hermanos de Ibn-Galib que entonces servían en ella, habían notado la llegada de los caballeros al castillo. Habiendo reconocido a Djad y ardiendo en deseos de vengar en él la muerte de su hermano, avisaron a su jefe y le dijeron que podría fácilmente apoderarse de las monturas que estos caballeros se habían dejado fuera del castillo. Tamachecca se puso enseguida en camino con sus bandidos, y ya había echado mano a los caballos, cuando Djad y sus amigos, atraídos por los gritos de sus esclavos, cayeron sobre ellos espada en mano. Lejos de huir, los ladrones se defendieron vigorosamente y como tenían la superioridad numérica mataron a Djad, a sus dos hermanos y a un coreiscita. Este acontecimiento tuvo las más funestas consecuencias para los españoles de Sevilla. Fue sobre ellos sobre los que Omeya, impotente para castigar a los verdaderos culpables, quiso vengar la muerte de sus tres hermanos. Los entregó pues, a los Khaldun y a los Haddjadj, que había llamado ya a la ciudad y a los que dió pleno poder para saquear y exterminar a todos los españoles, cristianos o musulmanes donde quiera que los encontraran, en Sevilla, en Carmona o en el campo. Entonces comenzó una horrible carnicería. Ciegos de furor, los Yemenitas degollaron españoles a millares. Por las calles corrían arroyos de sangre. Los que se arrojaron al Guadalquivir para escapar al cuchillo casi todos perecieron en las olas. Pocos españoles sobrevivieron a esta horrible catástrofe. Opulentos antes ahora se encontraron sumidos en la miseria. Los Yemenitas conservaron mucho tiempo el recuerdo de esta sangrienta jornada; el rencor sobrevivió entre ellos a la ruina de sus adversarios. En los castillos señoriales y en los lugares del Axarafe y del Sened en las nocturnas veladas, los improvisadores tomaban muchas veces por tema de sus cantos el triste drama que acabamos de referir, y entonces los Yemenitas con la vista inflamada por un odio sombrío y feroz, escuchaban versos tales como estos: "Con la espada en la mano, hemos exterminado a esos hijos de esclavas. Veinte mil de sus cadáveres yacían en el suelo, las grandes olas del río llevaban otros. Su número otras veces prodigioso, nosotros lo hemos hecho mínimo. Nosotros hijos de Cahtan contamos entre nuestros abuelos los príncipes que reinaban antes en el Yemen: ellos esclavos no tienen más que esclavos por abuelos. ¡Infames! ¡perros! con su loca audacia osaron venir a desafiar a los leones en su gruta... Nosotros nos hemos enriquecido con sus despojos y los hemos precipitado en las llamas eternas donde han ido a reunirse a los Themuditas.
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