DOCTRINA DEL REINO DE LOS CIELOS. APERTURA DEL TESTAMENTO UNIVERSAL DE CRISTO

CAPÍTULO QUINTO

EL PONTIFICADO UNIVERSAL DE JESUCRISTO SEGÚN SAN PABLO

       

I

La Conspiración Jesucristiana

 

La Necesidad es la madre del cordero, si creemos en el proverbio; y el origen de las acciones humanas, si creemos a otros. Y pues que siempre hay alguna verdad en las lecciones de la experiencia, si bien es verdad que pretender darle naturaleza de ley universal al fruto de una experiencia particular es algo atrevido, digamos también que esa parte de verdad existe en la lección.

Vemos que el Cristianismo se funda sobre una Necesidad, la Muerte de Cristo, lo cual le da a la primera parte de este pensamiento una solidez tremenda, y al mismo tiempo hay que ponerse la armadura contra quien pretenda hacer de esta sola Necesidad “la Necesidad sola” : eje, núcleo y espina dorsal de su doctrina. O como diría el mismo San Pablo, ¿quién os enseñó a ver a Cristo como Crucificado? ¿Es que acaso no resucitó y no estaba todo ordenado a su Resurrección?

¿Qué será más importante, el cultivo del árbol en cuanto arte o ciencia, o el fruto que es el fin de ese acto? Algún genio cultivará su campo por amor al arte, pero el arte por el arte es una entelequia que cultivan los que no son artistas, precisamente. La Necesidad, en consecuencia, brilla siempre en el seno de un conjunto de causas. Y de esta manera sabemos que en la Creación del Hombre intervino igualmente la Necesidad que tenía Dios de encontrar una forma de hacer entrar a todos sus Hijos por la Puerta de la Verdad.

Y con todo sería falso reducir la Creación del Hombre a la Necesidad.  En principio y por antonomasia el Hombre es el fruto del Amor de Dios por su Ciencia y Arte, que determinan su Ser haciendo de El “el Creador” por excelencia, Origen y Fuente de todos los espíritus creadores del universo, y que haciendo de El “el que es” engendra en su Mente visiones de Mundos, de los que apasionándose en espíritu, procede inmediatamente, arrebatado por la pasión del artista, a darle cuerpo en la materia de las estrellas.

Luego existe Necesidad y Pasión y ambas se recogen, ciertamente, en la Resurrección, acto en el que ambas causas se encuentran para elevar el Acto Creador a su más alta expresión, pues si por la primera Dios se vuelca en el Deber, por la Segunda es el Triunfo de la Pasión el que vence y hace brillar sobre toda la Creación el Verdadero Rostro de su Creador. Y si la Necesidad impone su Ley no puede sin embargo matar el Origen de la misma Acción Creadora, el Amor, la Pasión por la Creación.

Vemos, iniciando ahora sí la marcha, que la Interpretación de la realidad depende de quien la interprete, pero que la Realidad en sí permanece inalterable, y no porque Dios haya sufrido lo que le han hecho con su Obra, en este caso nosotros, nuestro Creador abomina de su Creación.

Todo artista, todo espíritu creador, conoce el dolor y el sufrimiento que se experimenta cuando alguien o algo te destroza el trabajo de tu vida, de tu inspiración, de tu ser. Y si el dolor de la pérdida de un manuscrito o de un cuadro produce un efecto emocional trágico, es de imaginar que, si esa pérdida o destrozo se hace delante de las narices de su creador, ese sufrimiento sea infinitamente más conspicuo. Sólo de esta forma podemos entender a Dios en cuanto Creador. Y es natural que teniendo delante a ese “criminal” se actúe en consecuencia, a través de la ley, en el caso más lógico, pero si dominando la pasión del momento allá que se atenga el “ladrón” a la cólera del Creador.

Quiero decir con esto que mirar a Dios olvidando que el espíritu creador es en El su Naturaleza definitiva, su esencia ontológica final, la sustancia emocional en cuyo campo echa raíces sus pensamiento y sentimientos, olvidar al Creador en Dios y reducir la mirada a Dios en cuanto Ente, es decir, un sujeto teológico abstracto definido por sus Atributos, incapaz de moverse incluso porque el movimiento atentaría contra esos Atributos, etcétera... reducir a Atributos teológicos el Ser no es ya una aberración del Pensamiento, es, perversamente, subirse a la losa bajo la que enterraron a Jesús para que no resucite Cristo.

Hay que estar ciego o ser un verdadero santo para centrando el Pensamiento en Dios como Ente no perder de vista al Creador en el Ser. Sobre lo cual parece que la Historia nos da ejemplo con un Santo Tomás, para lo bueno, y para lo malo presenta tantos ejemplos que mejor no mencionar a ninguno. El hecho es que desde el principio mismo Dios se descubre Pasión Creadora, y es desde esta pasión arrebatadora del Creador por su Obra que entra Dios en cólera, y se vuelve loco contra el “ladrón” y “criminal” que se atrevió a destrozar su trabajo, el Primer Hombre, allá en el Edén, y van para seis mil años ya desde aquello.

En la Resurrección, pues, tenemos la visión del Creador que no puede impedir la destrucción de su Obra, siguiendo la Necesidad, y la manifestación del amor infinito del creador por su obra, que pudiendo restaurarla a su perfección original, no sólo lo hace, sino que aún perfecciona lo perfectible haciendo indestructible a este Segundo Hombre. Si el Primero era perfecto, su Destructibilidad lo hacía imperfecto a los ojos de un espíritu maligno cuya tendencia a la destrucción de la Obra Creadora fue su naturaleza, su pasión artística, como si dijéramos que se puede sentir pasión por la Guerra, el Crimen y el Delito. El Creador en Dios se levanta contra esa Pseudo-Filosofía de la Perversión como fruto de la Naturaleza y lanzándose contra el ladrón, criminal y destructor perverso en el que la envidia es su verdadera naturaleza, y porque lo hace, Dios separa Creación de Destrucción, Luz de Tinieblas, Verdad de Mentira, y Pasión de Interés. Y en fin, en Jesucristo se establece la Creación sobre la Pasión del Creador por su Obra.

De entre todas las obras de este Creador es San Pablo uno de sus más maravillosos trabajos. Será San Pablo el prototipo de los que, sin haber tocado y visto al Hijo de Dios en la carne del Hijo de María, devienen hijos de Dios “por Bienaventuranza del que cree sin ver”, y porque sin ver, creen, serían tanto más valiosos a los ojos de su Creador que aquéllos que viéndole y tocándole salieron corriendo cuando llegó la Hora de la Verdad. Y sin embargo Dios, para glorificar a todos sus Hijos, dispuso que los primeros coronasen su vida con el supremo sacrificio, y a los últimos nos sea gloria nuestra Fe sobrenatural, pues si en los primeros la Fe era solo natural después de haber visto lo que vieron, en nosotros, por centrar el tema, es sobrenatural por en cuanto sin ver lo que ellos vieron creemos en lo que de no haber visto ellos nunca no hubieran creído. Y finalmente para hacer de todos nosotros una sola cosa estableció Dios nuestra fe sobrenatural en la sangre de la fe natural de ellos, por la sangre y en la Sangre del Primogénito de la Gloria, como dirá San Pablo, uniendo Dios Padre en la sangre de Cristo a todos sus hijos.

No hay, dado ya el primer paso, división entre los hijos de Dios. La fe es la misma, y aunque el origen sea distinto, pues unos son hijos de Abraham y otros de Cristo, por el espíritu todos creemos en la misma Verdad. Y esta Verdad es que:

 

Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos; que, siendo la irradiación de su gloria e impronta de su sustancia, y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de haber realizado la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto mayor que los ángeles, cuando heredó un nombre más excelente que ellos.

 

He aquí, si posible es reducir toda una Sabiduría tratando la cual se han escrito montañas de libros, el compendio de todas las cosas, la igualdad resultante de una suma de factores sin número. Se va el autor a la misma Eternidad, y regresa a la Historia del día a día; se eleva a las alturas inmarcesibles del Cielo donde mora el Dios de los felices, y desciende a la superficie de la Tierra donde vivimos bajo el peso de las circunstancias los desgraciados de siempre; viaja el autor al Infinito, y regresa con un mensaje maravilloso y sublime: Dios ha constituido a su Hijo Primogénito en Rey y Señor sobre toda la Obra de sus manos, y ha puesto el Futuro de todas las cosas a los pies de su Hijo para que su Voluntad se haga.

El Temor a Dios deviene Amor a su Hijo, y pues que el Temor se alzó como puente de relación entre Dios y su Creación, y por el Temor era glorificado Aquel que buscaba el Amor, queriendo dar por finalizada esta Relación, que no le complacía ni nunca buscó,  dice: “Glorificad a mi Hijo. Amadle, porque en El he puesto todas las cosas, lo mismo las de la Tierra que las del Cielo. Todas las cosas son nada a mis ojos y sólo en Él está mi vida. Nada me falta, tengo a mi Hijo; todo me sobra, en Él lo tengo todo. ¿No queréis temer a Dios y en el Temor fundar la Relación del Creador con su Obra, pues ahí tenéis a vuestro Creador, dadle todo el Amor, yo le he dado todo el Poder”.

Y con todo, doblando nuestras rodillas, Dios Padre ha jugado con nosotros de la forma más maravillosa concebible, porque estableciendo la Corona de su Hijo en Su voluntad Eterna, primero arrebató con amor profundo al hombre para que el temor que en su Gloria no quiso para Él se estableciese en el Amor y por el Amor deviniese perfecto el Temor, deviniendo así aquel Temor por miedo al Todopoder: el Temor que viene del miedo a la pérdida de lo único que puede satisfacer este amor apasionado con el que la Fe inunda el ser del que se convierte.

¡No hay división entre los hijos de Dios!

Extirpando de su Creación lo maligno, poniendo entre la pasión por la destrucción asesina y la pasión por la actividad creadora la Corona y Señorío Universal de su Primogénito, y porque lo hace: todas las coronas, todos los poderes, todo aquello que siendo su origen el bien y por el mal devinieron origen de destrucción y crimen, y quedando abolidas, Dios establece la Fraternidad sobre la Igualdad, quedando, en lo que se refiere al Poder, todos los hijos de Dios desnudos delante del Señor Universal y Rey sempiterno, Jesucristo.

¡No hay división entre los hijos de Dios!

Y la que hubiera, habiendo establecido Dios la Igualdad de todos sus hijos en la Obediencia sin límites al Rey de su Creación surgiría en relación a una rebelión contra esta Igualdad. Y si vemos que Dios desnuda a toda su Creación -aboliendo toda corona-, vemos después que la división entre los siervos de Dios surge en relación al Poder, es decir, a las vestiduras con las que, no contentos con la Nueva Vestidura que Dios le da a su creación, entre ellos los siervos de Dios se pelean y demonizan por ... por el anillo más gordo de oro, por la mitra más llena de piedras preciosas, por la cuota de poder imperial más grande.

¡No hay división entre los hijos de Dios, pero sí entre los siervos del Señor!

Los hijos de Dios tienen su gloria no en el Poder sino en la Libertad; los siervos no en la Libertad sino en el Poder, y de aquí que entre ellos exista División. Ahora bien, quien busca el Poder se rebela contra quien abolió todo Poder y puso todo el Poder en las manos de su Unigénito.

¿Y es que cómo podía ser de otra forma? Todo viviente no es más que polvo cósmico mezclado con un poco de agua, criaturas de barro que tenemos vida por el Poder del Creador de hacer que su Espíritu penetre la Materia y se haga carne divina. Basta un soplo para que el barro vuelva al barro,  el espíritu al espíritu y no quede huella ni memoria de quien, por un instante, se creyó algo así como un dios. Sólo por el amor que el Creador le tiene a su Creación, su obra, la proyección de su naturaleza en el lienzo del Universo, instrumento afinado sobre las notas de las estrellas, y sólo por esta pasión creadora lo que es un muñeco de barro cobra vida y, por el mismo amor hacia su criatura, ésta se vuelve hacia su Creador y la llama Padre.

Pero la locura empieza cuando la criatura se olvida de lo que es y refutándose a sí misma el argumento de su Origen se atreve a pedir para sí lo que es exclusivo de su Creador, ¡el Poder!

La consecuencia la tenemos a la vista y está en el núcleo homicida que derramando sus efectos malignos sobre nuestro Género ha conducido nuestra Historia al punto en el que nos encontramos. Así que superado el límite que el Amor tiene de esperar paciente a que la conducta del que ama se regenere, superado este límite de la Paciencia Sobrenatural, Dios desnudó de Poder a todas sus criaturas, puso todo el Poder en las manos de su Hijo, y al hacerlo así nos puso a todos a sus pies.

Humillación, pero Gloria. Porque la Criatura ya demostró, y lo vivimos aún en nuestras carnes, que es enloquecida por el Poder.

¡El Poder no corrompe, el Poder enloquece!

Y es que el Poder sólo puede estar en las manos de quien le pertenece, el Hijo de Dios, -como dice San Pablo-: Impronta de la sustancia Divina, irradiación de su Majestad, y quien, al ser Unigénito de su Padre tiene en su Palabra su Fuerza infinita.

Mas la criatura, no siendo en nosotros natural el Poder, al buscar el Poder debemos por fuerza establecer la ley de nuestro Poder sobre la destrucción de aquellos sobre lo que se quiere dominar, quienes, por tendencia natural negándose a ser objeto de dominio, por su rebelión convierten nuestra ley en arma asesina y a quien lo ostenta en criminal - en potencia, en el mejor de los casos, y en vivo en el caso más general.

Pero este es el pan de cada día que la Humanidad ha comido durante seis mil años. Y que ha dado como resultado una Teoría del Poder acorde a la cual el Poder, según la Ciencia, viene determinado por la estructura Natural mediante selección. Y, sin embargo, siendo natural es simplemente una incoherencia que exista la Revolución. De donde se ve que no hay peor contradicción que la del Ateísmo, pues si por un lado afirma la Naturaleza del Poder por el otro establece la Necesidad de la Revolución, que si desde el Poder, cual efecto de la Naturaleza tomado: la Revolución es una violación de la ley natural.

Siguiendo cuya lógica quienes establecen el Poder en la Naturaleza, -Capitalismo -, y mediante la Ciencia bendicen la criminalidad extrema y alta de quien lo ejerce, convirtiendo la Locura del Poder en Cordura de la Ciencia, por lógica tenían que ver en la Revolución un acontecimiento antinatural, pues la Revolución es ante todo y sobre todo la negación del Poder como hecho Natural –Comunismo.

De manera que quien establece el Poder sobre la Naturaleza debe por fuerza encontrar en la Revolución su enemigo nato. Y, con todo, observamos cómo al mantener la Revolución viva la Teoría del Poder Natural contra la que se levantara, y porque no buscó su abolición, determinó la Caída del producto de la Revolución, la URSS, que se hubiera evitado, de todas todas de haber procedido la Revolución a abolir el Poder, o sea, a establecer la Democracia una vez arrancado de las manos del Loco por el Poder ese arma con el que asesinaba en masa y a placer a toda una nación.

Toda acción que busca el Poder es, en consecuencia, la expresión de una locura que se sirve de la necesidad para satisfacer una pasión antinatural. Ahora bien, seis mil años de Historia bajo las botas y el puño del Poder es un libro incrustado de experiencias infinitas sobre las transformaciones de la Teoría del Poder. Y tal vez sea por esto que el Poder busque, primero que nada y antes que todo, alienar la formación intelectual de los pueblos y del hombre, en tanto que ser inteligente, del Libro de la Historia Universal, no sea que aprendiendo devenga “rebelde” el ciudadano.

Observamos igualmente que nuestra Historia ha caminado hacia la Civilización ordenada en el seno de una estructura Social que tiende ineludiblemente a la abolición del Poder y, encontrándonos en la Democracia como Camino hacia ese Estado Natural de Civilización, desde esta observamos cómo el Poder, es decir, la existencia de una Cabeza Directora Vitalicia de una Sociedad, conlleva el crimen de esa cabeza y su cuerpo contra el Pueblo.

El Poder como locura es definido en una primera instancia por Cabezas Directoras Vitalicias de las Sociedades que para mantener su status no se dan límites y ejercen el Crimen y el Delito como modus vivendi.

También observamos, para gloria de la Civilización Cristiana, que este Camino de Libertad del Ser Humano respecto al Poder como locura, que nos ha conducido a la Democracia, donde la Sociedad participa en su plenitud del Gobierno de sus funciones y Administra por ella misma sus recursos, si bien aún imperfecta en su estructura, sólo ha podido alcanzar este estado en el seno de la Civilización Cristiana, pues, como se entiende del mismo Cristianismo, que supone la Abolición de toda Monarquía y Gobierno Vitalicio de las personas, la Historia camina, invenciblemente, hacia la Democracia Cristiana como Modelo de Sistema Social, donde la Corona le pertenece al Hijo de Dios y los Pueblos se gobiernan autónomamente acorde a la Ley del Derecho Universal. De tal manera que sin Verdad no puede haber Fraternidad, sin Justicia no puede haber Igualdad, y sin Paz no puede darse Libertad, en esta realidad uniéndose el Derecho Divino y el Humano para forjar en la Civilización una Sociedad con vocación de Futuro sin límites.

Y siendo éste el Futuro que llevaba en sus entrañas el Cristianismo de San Pablo y sus Hermanos no es de extrañar que el Imperio se lanzase contra ellos, si bien, por la locura de la medida, el Incendio de Roma, quedase como loco el ejecutor, ocultándose tras la tragedia la existencia de quien teniendo un conocimiento perfecto del cristianismo escatológico, le susurrara a los oídos de Nerón y del Senado la Necesidad de destruir “ésa Secta de los Cristianos”. Necesidad que yendo contra el Derecho Romano únicamente podía encontrar legalidad mediante un Acto terrorista de Trascendencia inigualable, las proporciones de cuyas consecuencias pusiera la firma del Imperio en un decreto de Exterminio Masivo de unos Ciudadanos contra quienes, en cuanto ciudadanos del imperio, era imposible proceder a una Solución Final que, por su mismo texto, sería una negación del espíritu del Derecho Romano.

Este es un truco que se ha usado muchas veces a lo largo de los milenios. Se ha acusado, sin ir más lejos, a los USA de haberlo utilizado contra España en la Guerra de Cuba, hundiendo su propio barco a costa del enemigo futuro con objeto de tener una causa belli legítima ante el Derecho Internacional y el propio pueblo norteamericano. Otros han querido ver en el Derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York un truco de esta naturaleza, a fin de firmar el Congreso sobre la tragedia del momento la Guerra de Afganistán, supuestamente decisiva para el Gaseoducto Transiberiano, etcétera.

A este lado del Atlántico en los círculos privados del Poder y la periferia Media ha estado circulando, hasta ayer mismo, la Teoría de la Conspiración del PSOE-Corona del Borbón con objeto de elevar al Partido del Delfín al Poder, para lo cual determinaron actos de sabotaje cuya conclusión fue el Atentado Terrorista de Madrid, que determinó el peso de la balanza, por fin, hacia el Partido del Delfín. Pero como no ha podido demostrarse y se ha quedado en Crimen Perfecto las cosas no han ido a más, máxime cuando el Partido del Delfín estaba dispuesto a enfrentarse a una Segunda Guerra Civil si la Conspiración quedaba al descubierto.

Nadie puede culpar a nadie por pensar mal teniendo en cuenta que la Historia es un baúl de tragedias que las Coronas han llenado con las joyas de sus interminables crímenes y matanzas.

Volviendo al Pasado, en el caso de Nerón tenemos que la Escatología Jesucristiana difícilmente hubiera podido alcanzar sus orejas de no haberle abierto los ojos a la Doctrina del Reino Universal alguien que conocía a los cristianos perfectamente y había escuchado con sus orejas “esa doctrina misteriosa, perfecta, escondida, hablada entre los perfectos”, es decir, alguien que estuvo entre los cristianos y fue uno de ellos.

Quién sea el candidato es una operación difícil de determinar desde las pruebas, pero fácil de descubrir desde las coincidencias y los hechos. En otro sitio tocaremos este tema con más rigor.

Lo que es evidente, y ya que el Incendio de Roma determinó la clase de muerte del autor de la Epístola a los Hebreos, es que el Senado Romano aceptó la hipótesis de la Conspiración Cristiana porque tuvo conocimiento perfecto de la Naturaleza Monárquica Divina del Cristianismo y puso su firma bajo la del Emperador, y sólo después de esta unidad de acción se procedió al Incendio de Roma. Pues el Cristianismo, como se ve por las Cartas y Epístolas de los Apóstoles, mantuvo una política de Silencio Público sobre sus Fines Escatológicos, a la vez que se sometió a las Leyes Civiles, como quien deposita en las Manos de Dios lo que Dios determinó llevar a cabo. Ninguna acusación podía llevar ante los Tribunales una Solución Final Anticristiana sobre las bases de una desobediencia civil, y únicamente en razón de la Abolición del Imperio que implicaba la Victoria de la Cristiandad podía servir de argumento para legitimar lo que desde el Derecho era un delito contra la Legalidad.

Ahora bien, estamos tratando con Profetas, pues el “espíritu de Jesús es el espíritu de la profecía”, y en tanto que conocedores de antemano de las medidas que iban a tomarse contra Ellos, los Apóstoles prepararon el Advenimiento de la Persecuciones en el seno de la Doctrina sobre la Parusía, doctrina que, habiendo sido formada en el más íntimo de los secretos, ha mantenido al futuro en confusión constante. Será, desde esta Parusía Profética, que se escriben las Epístolas y en todas ellas vibre el sonido de la Voz que recorrerá Roma en el Día de la Bestia.

Olvidar este constante caminar hacia el Fuego de las Persecuciones, en las que la Generación de la Primera Cristiandad sellaría la Nueva Alianza de Dios con la Plenitud de las Naciones Cristianas, cuando se lee sus Cartas, es un error tremendo. Quienes lo hicieron y se pusieron ellos como destinatarios, cometieron una manipulación aberrante del texto, cuya consecuencia sería “la Fe sola”, por ejemplo.

San Pablo, sobre todo San Pablo, porque fue el mensajero de una Solución Final abortada de los Judíos contra la Iglesia en pañales, y porque venía de las filas del enemigo, conocía mejor que nadie que más tarde o más temprano el Judaísmo Anticristiano encontraría la forma de hacer llegar su Mensaje de Exterminio Total de los Cristianos no a un simple gobernador sino al mismísimo emperador. Y de esta manera, siendo para los Judíos lo que Flavio Josefo fue para los Cristianos, San Pablo tuvo sus ojos puestos en la Parusía, en el Gran Sacrificio de los cientos de miles de “corderos llevados al matadero”, y pensando en legar la esencia de la Doctrina Apostólica sobre la Iglesia a las generaciones que les sucederían y vivirían el Triunfo del Cristianismo sobre el Imperio, condensó en pocas palabras una Sabiduría cuyos discursos provocaba que se cayesen por las ventanas incluso los más dignos discípulos.

Si en su Carta a los Romanos se derramó con el corazón profético puesto al desnudo, en su Epístola a los Hebreos el espíritu que clama Victoria y jalea la Coronación de Jesucristo como Rey, elegido por Dios para Servirle como Rey de su Reino Universal, no puede contenerse y se sale de madre, escribiendo:

 

Pues ¿a cuál de los ángeles dijo alguna vez: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy?”; y luego: “Yo seré para El padre, y El será Hijo para mí”. Y cuando de nuevo introduce a su Primogénito en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios. De los ángeles dice: “El que hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llamas de fuego. Pero al Hijo: “Tu trono, ¡oh Dios!, subsistirá por los siglos de los siglos; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría sobre tus compañeros.” Y: “Tú, Señor, al principio, fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos. Ellos perecerán, pero tú permaneces, y todos, como un vestido, envejecerán, y como un manto los envolverás, y como un vestido se mudarán; pero tú permaneces el mismo, y tus años no se acabarán”.  ¿Y a cuál de los ángeles dijo alguna vez: “Siéntate a mi diestra, mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus pies?”.  ¿No son todos ellos espíritus administradores, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?

 

 

II

La Invención del Cristianismo y El Futuro del Judaísmo