EL EVANGELIKOMAPERTURA DEL TESTAMENTO UNIVERSALDE CRISTO JESÚS DE YAVÉ Y SIÓN
CAPÍTULO QUINTOEL
SUMO PONTIFICADO UNIVERSAL DE JESUCRISTO DE ACUERDO CON SAN PABLO
1- LA CONSPIRACIÓN CRISTIANA 2- LA INVENCIÓN DEL CRISTIANISMO 3- EL FUTURO DEL JUDAÍSMO 4- EL FUTURO DE LA IGLESIA 5- JESUCRISTO SUMO PONTÍFICE UNIVERSAL 6- EL VERDADERO ROSTRO DE CRISTO 7- JESUCRISTO CABEZA ESPORITUAL DE LA CREACIÓN 8- JESUCRISTO PONTIFICE UNIVERSAL SEMPITERNO 9- JESUCRISTO, VIDA AL OTRO LADO DEL FIN DEL MUNDO
I
La Conspiración Jesucristiana
La Necesidad es la madre del cordero,
si creemos en el proverbio, y el origen de las acciones humanas, si creemos a
otros. Y pues que siempre hay alguna verdad en las lecciones de la experiencia,
si bien es verdad que pretender darle naturaleza de ley universal al fruto de
una experiencia particular es un acto algo atrevido, digamos también que esa
parte de verdad existe en la lección.
Vemos que el Cristianismo se funda
sobre una Necesidad, la Muerte de Cristo, lo cual le da a la primera parte de
este pensamiento una solidez tremenda, y al mismo tiempo hay que ponerse la
armadura contra quien pretenda hacer de esta Necesidad “la Necesidad sola” como
eje, núcleo y espina dorsal de su doctrina. O como diría el mismo San Pablo,
¿quién os enseñó a ver a Cristo como Crucificado? ¿Es que acaso no resucitó y
no estaba todo ordenado a su Resurrección?
¿Qué será más importante, el cultivo
del árbol, o el fruto que es el fin de ese acto? Algún genio cultivará su campo
por amor al arte, pero el arte por el arte es una entelequia que cultivan los
que no son artistas, precisamente. La Necesidad, en consecuencia, brilla
siempre en el seno de un conjunto de causas. Y de esta manera sabemos que en la
Creación del Hombre intervino igualmente la Necesidad que tenía Dios de
encontrar una forma de hacer entrar a todos sus Hijos por la Puerta de la
Verdad, en la que vive la Ley.
Y con todo sería falso reducir la
Creación del Hombre a la Necesidad. En principio y por antonomasia el
Hombre es el fruto del Amor de Dios por su Ciencia y Arte, la Ciencia de la
Creación de Universos y Mundos, Amor que determinan su Ser haciendo de Él “el
Creador”, Origen y Fuente de todos los espíritus creadores del universo, y
que haciendo de Él “el que es” engendra en su Mente visiones de Mundos, de
los que apasionándose en espíritu, procede inmediatamente, arrebatado por la
pasión natural todo creador, a darle cuerpo en la materia de las estrellas.
Luego existe Necesidad y Pasión y
ambas se recogen, ciertamente, en la Resurrección, acto en el que ambas causas
se encuentran para elevar el Acto Creador a su más alta expresión, pues si por
la primera Dios se vuelca en la Creación, por la Segunda es el Triunfo de la
Pasión el que vence y hace brillar sobre su Criatura el Verdadero Rostro de su
Creador.
Y aun cuando si la Necesidad le impone
a Dios su Ley en aquellos acontecimientos que le son propios, pues sin Él en su
Origen no podrían Tener Historia, esta Necesidad no puede matar la Fuente de la
que procede su Acción Creadora: el Amor, la Pasión por su Creación.
Vemos, iniciando ahora sí la marcha,
que la Interpretación de la Realidad Divina depende de quien la interprete,
pero que la Realidad Universal permanece inalterable, y no porque Dios haya
sufrido lo que le han hecho sufrir viendo a su Criatura caminando por el polvo,
nuestro Creador abomine de nosotros.
Todo artista, todo espíritu creador,
conoce el dolor y el sufrimiento que se experimenta cuando alguien o algo te
destroza el trabajo de tu vida, de tu inspiración, de tu ser. Y si el dolor de
la pérdida de un manuscrito o de un cuadro produce un efecto emocional trágico,
es de imaginar que, si esa pérdida o destrozo se hace delante de las narices de
su creador, ese sufrimiento será infinitamente más doloroso. Sólo viendo en Él
a nuestro Creador podemos entender a Dios. Separar a Dios del Espíritu del Creador, y
reducir nuestra visión a la contemplación de su Espíritu Santo, negándole a
Éste la Naturaleza de Aquél es sucumbir en la vieja herejía de separar a Jesús
de Cristo. El Espíritu Creador define la Naturaleza de Dios en su Relación con
el Cosmos; el Espíritu Santo define la Relación de Dios con su Creación. En la
Primera tenemos una Relación Exclusiva Divina; en la Segunda tenemos la
Relación Social de Dios con su la Vida a su imagen y semejanza. Pero ambas son
una sola Realidad en el Alma de nuestro Creador, donde ambas Relaciones
engendran la Personalidad del Padre, por cuyo Amor a su Creación somos hijos de
Dios. “Sed santos como yo soy santo”.
Evidentemente, creados para ser sus semejantes esas dos definiciones marcan
nuestra personalidad. El espíritu Creador vive en nosotros, en el marco de la dimensión
de su nuestro origen, y su espíritu
social nace en nosotros a la imagen y
semejanza de su Personalidad social, fundada en el Amor a la Verdad, la
Justicia y las Paz, las tres columnas sobre las que se sostiene el Edificio
entero del Futuro de una Civilización creada para disfrutar de Vida a la margen
de la vida de su Fundador. Así que si por el espíritu creador nuestra Alma mira
es un campo rico en frutos para el Futuro de todos, por el espíritu social
nuestra Civilización se mueve en el Presente dentro de este Edificio que nos
protege, nos abre la Puerta a la Inteligencia de nuestra Creador y nos conduce
de la Manio de su Sabiduría por los Días
de las Eternidad. Entonces, viviendo en nosotros la impronta de nuestro
Creador, que se nos manifestó haciéndose Hombre para que no nos perdamos en inventarnos dioses sobre los que justificar
futuros delitos y crímenes contra nuestros semejantes, “sed santos porque yo
soy santo” se nos revela en el marco de la dimensión social que el propio Dios ha edificado para vivir con Nosotros. La idea de la Santidad
como una columna sobre la que sentarse
más allá del mundo, una vez viva en
Jesucristo, la encontramos con toda naturalidad en el Amor a la Vida que nace
con nosotros, para resumirse toda la teología y filosofía del mundo en una
simple frase Divina: Ama a Dios tu Creador sobre todas las cosas, y a tu
semejante como a tí mismo”. Es cierto, por decir esto fue condenado a muerte
Jesucristo. Entendamos, por decirlo y
llevarlo a vida en su propio ser. Porque hablar, es muy fácil. Creer que Dios
existe y Jesucristo es su Hijo, hasta el Diablo lo sabía. Lo que diferencia a
un hombre de otro hombre no es la fe ni la palabra, son sus acciones, sus
obras. “Muchos dirán en aquel día, Señor hicimos muchos milagros en tu nombre”. La Respuesta de ese Señor a los milagros que
salen de la boca, convierten a los hombres en ovejas de las que extraer la lana
y la leche, mientras sus almas son campos yermos en los que no creció el fruto
que Dio busca: las Obras del amor al prójimo como a uno mismo….la respuesta de
Dios está escrita: “Apartaos de mí, hijos de la iniquidad, id con vuestro padre
al Destierro eterno de mi Reino”. Así
pues, el espíritu social del Hombre tiene en Jesucristo su Raíz. “Procread y
multiplicaos”. Es la Llamada a Participar con nuestro Creador en la Formación a
la imagen y semejanza de su Espíritu Social de las generaciones que viven en
nuestro ser. ¿Podemos concernir responsabilidad más grande y maravillosa que
participar con nuestro Creador en la formación de las generaciones en el
espíritu social de su Hijo? ¿No es esta
Participación el principio y fin de todo el Edificio Pedagógico de nuestra
Civilización? ¿Existe tarea más grande y digna que formar a las generaciones en el espíritu de
la Ley de la Verdad, la Justicia y la Paz? Fue esta Ley la que se hizo Hombre
para que viésemos en vivo el Fruto del Árbol de la Vida. ¡Cómo puede la Libertad, la Fraternidad y la Igualdad
existir donde no vive la Verdad, la Justicia y la Paz! Este Fruto vive en el
espíritu social de nuestro Creador, de aquí que las obras de aquellos que le
dieron sus bocas por trompeta de revolución pusiesen en pie, no el Amor al
prójimo sino, el Terror. Cuando la palabra deviene un ente vacío de espíritu en
cuyo cuerpo ocultar una sed inmensa de Riquezas y Poder, el fruto que recoge la
Sociedad es la ruina. Más habla un hombre de progreso, más se hunde quien le
escucha en la miseria. El Único Progreso
Real que existe es aquel que nace del Amor Incondicional a la Verdad, la
Justicia y la Paz.
Quiero decir con esto que mirar a
Dios olvidando que el espíritu creador es en Él su Naturaleza definitiva, su
esencia ontológica final, la sustancia emocional en cuyo campo echa raíces sus
pensamientos y sentimientos, olvidar al Creador en Dios y reducir la mirada a
Dios en cuanto Ente, es decir, un sujeto teológico abstracto definido por sus
Atributos, incapaz de moverse incluso porque el movimiento atentaría contra
esos Atributos, etcétera... reducir a Atributos teológicos el Ser no es ya una
aberración del Pensamiento, es, perversamente, subirse a la losa bajo la que
enterraron a Jesús para que no resucite Cristo.
Hay que estar ciego o ser un
verdadero santo para centrando el Pensamiento en Dios como Ente no perder de
vista al Creador en el Ser. Sobre lo cual parece que la Historia nos da ejemplo
con un Santo Tomás, para lo bueno, y para lo malo presenta tantos ejemplos que
mejor no mencionar a ninguno. El hecho es que desde el mismo principio Dios se
descubre Pasión Creadora, y es desde esta pasión arrebatadora del Creador por
su Obra que entra Dios en cólera, y se vuelve loco contra el “ladrón” y
“criminal” que se atrevió a destrozar su trabajo, el Primer Hombre, allá en el
Edén, y van para seis mil años ya desde aquello.
En la Resurrección, pues, tenemos la
visión del Creador que no puede impedir la destrucción de su Obra, siguiendo la
Necesidad, y la manifestación del amor infinito del creador por su obra, que
pudiendo restaurarla a su perfección original, no sólo lo hace, sino que aún
perfecciona lo perfectible haciendo indestructible a este Segundo Hombre. Si el
Primero era perfecto, su Ignorancis lo hacía
imperfecto a los ojos de un espíritu maligno cuya tendencia a la destrucción de
la Obra Creadora fue su naturaleza, su pasión artística, como si dijéramos que
se puede sentir pasión por la Guerra, el Crimen y el Delito. El Creador en Dios
se levanta contra esa Pseudo-Filosofía de la Perversión como fruto de la
Naturaleza y lanzándose contra el ladrón, criminal y destructor perverso en el
que la envidia es su verdadera naturaleza, y porque lo hace, Dios separa
Creación de Destrucción, Luz de Tinieblas, Verdad de Mentira, y Pasión de
Interés. Y en fin, en Jesucristo se establece la Creación sobre la Pasión del
Creador por su Obra.
De entre todas las obras de este
Creador es San Pablo uno de sus más maravillosas Obras. Será San Pablo el
prototipo de los que, sin haber tocado y visto al Hijo de Dios en la carne del
Hijo de María, devienen hijos de Dios “por la Bienaventuranza del que cree sin
ver”, y porque sin ver, creen, serían tanto más valiosos a los ojos de su
Creador que aquéllos que viéndole y tocándole salieron corriendo cuando llegó
la Hora de la Verdad. Y sin embargo Dios, para glorificar a todos sus Hijos,
dispuso que los primeros coronasen su vida con el supremo sacrificio, y a los
últimos nos sea gloria nuestra Fe sobrenatural, pues si en los primeros la Fe
era solo natural después de haber vivido lo que vivieron, en nosotros, por
centrar el tema, es sobrenatural por en cuanto sin ver lo que ellos vieron
creemos en lo que de no haber visto ellos nunca hubieran creído. Y finalmente
para hacer de todos nosotros una sola cosa estableció Dios nuestra fe sobrenatural
en la sangre de la fe natural de ellos, por la sangre y en la Sangre del
Primogénito de la Gloria, como dirá San Pablo, uniendo Dios Padre en la sangre
de Cristo a todos sus hijos.
No hay, dado ya el primer paso,
división entre los hijos de Dios. La fe es la misma, y aunque el origen sea
distinto, pues unos son hijos de Abraham y otros de Cristo, por el espíritu
todos creemos en la misma Verdad. Y esta Verdad es que:
Muchas veces y en muchas maneras
habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas;
últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero
de todo, por quien también hizo los siglos; que, siendo la irradiación de su
gloria e impronta de su sustancia, y el que con su poderosa palabra sustenta
todas las cosas, después de haber realizado la purificación de los pecados, se
sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto mayor que los
ángeles, cuando heredó un nombre más excelente que ellos.
He aquí, si posible es reducir toda
una Sabiduría tratando la cual se han escrito montañas de libros, el compendio
de todas las cosas, la igualdad resultante de una suma de factores sin número.
Se va el autor a la misma Eternidad, y regresa a la Historia del día a día; se
eleva a las alturas inmarcesibles del Cielo donde mora el Dios de los felices,
y desciende a la superficie de la Tierra donde vivimos bajo el peso de las
circunstancias los desgraciados de siempre; viaja el autor al Infinito, y
regresa con un mensaje maravilloso y sublime: Dios ha constituido a su Hijo
Primogénito Rey y Señor sobre toda la Obra de sus manos, y ha puesto el Futuro
de todas las cosas en las manos de su Hijo.
El Temor a Dios deviene Amor a su
Hijo, y pues que el Temor se alzó como puente de relación entre Dios y su
Creación, y por el Temor era glorificado Aquel que buscaba el Amor, queriendo
dar por finalizada esta Relación, que no le complacía ni nunca buscó,
dice: “Glorificad a mi Hijo. Amadle, porque en El he puesto todas las cosas, lo
mismo las de la Tierra que las del Cielo. Todas las cosas son nada a mis ojos y
sólo en Él está mi vida. Nada me falta, tengo a mi Hijo; todo me sobra, en Él
lo tengo todo. Queréis temer a Dios y en el Temor fundar la Relación del
Creador con su Obra, pues ahí tenéis a vuestro Creador, dadle todo el Amor, yo
le he dado todo el Poder”.
Y con todo, doblando nuestras
rodillas, Dios Padre ha jugado con nosotros de la forma más maravillosa
concebible, porque estableciendo la Corona de su Hijo en Su voluntad Eterna,
primero arrebató con amor profundo al hombre para que el temor que en su Gloria
no quiso para Él se estableciese en el Amor y por el Amor deviniese perfecto el
Temor, deviniendo así aquel Temor por miedo al Todopoder: el Temor que viene
del miedo a la pérdida de lo único que puede satisfacer este amor apasionado
con el que la Fe inunda el ser del que se convierte.
¡No hay división entre los hijos de
Dios!
Extirpando de su Creación lo maligno,
poniendo entre la pasión por la destrucción asesina y la pasión por la
actividad creadora la Corona y Señorío Universal de su Primogénito, y porque lo
hace: todas las coronas, todos los poderes, todo aquello que siendo su origen
el bien y por el mal devinieron origen de destrucción y crimen, y quedando
abolidas, Dios establece la Fraternidad sobre la Igualdad, quedando, en lo que
se refiere al Poder, todos los hijos de Dios desnudos delante del Señor
Universal y Rey sempiterno, Jesucristo.
¡No hay división entre los hijos de
Dios!
Y la que hubiera, habiendo
establecido Dios la Igualdad de todos sus hijos en la Obediencia sin límites al
Rey de su Reino, surgiría en relación a una rebelión contra esta
Igualdad. Y si vemos que Dios desnuda a toda su Creación -aboliendo toda
corona-, vemos después que la división entre los siervos de Dios surge en
relación al Poder, es decir, a las vestiduras con las que, no contentos con la
Nueva Vestidura que Dios le da a su creación, entre ellos los siervos de Dios
se pelearon y demonizaron por ... por el anillo más gordo de oro, por la mitra
más llena de piedras preciosas, por la cuota de poder imperial más grande.
¡No hay división entre los hijos de
Dios, pero sí la hubo entre los siervos del Señor!
Los hijos de Dios tienen su gloria no
en el Poder sino en la Libertad; los siervos la tuvieron no en la Libertad sino
en el Poder, y de aquí que entre ellos exista División. Ahora bien, quien busca
el Poder se rebela contra quien abolió todo Poder y puso todo el Poder en las
manos de su Unigénito.
¿Y es que, cómo podía ser de otra
forma? Todo viviente no es más que polvo cósmico mezclado con un poco de agua,
criaturas de barro que tenemos vida por el Poder del Creador de hacer que su
Espíritu penetre la Materia y se haga carne divina. Basta un soplo para que el
barro vuelva al barro, el espíritu al espíritu y no quede huella ni
memoria de quien, por un instante, se creyó un dios. Sólo por el amor que el
Creador le tiene a su Creación, su obra, la proyección de su naturaleza en el
lienzo del Universo, instrumento afinado sobre las notas de las estrellas, y
sólo por esta pasión creadora lo que es un muñeco de barro cobra vida y, por el
mismo amor hacia su criatura, ésta se vuelve hacia su Creador y la llama Padre.
Pero la locura empieza cuando la
criatura se olvida de lo que es y refutándose a sí misma el argumento de su
Origen se atreve a pedir para sí lo que es exclusivo de su Creador, ¡el Poder!
La consecuencia la tenemos a la vista
y está en el núcleo homicida que derramando sus efectos malignos sobre nuestro
Género ha conducido nuestra Historia al punto en el que nos encontramos. Así
que superado el límite que el Amor tiene de esperar paciente a que la conducta
del que ama se regenere, superado este límite de la Paciencia Sobrenatural,
Dios desnudó de Poder a todas sus criaturas, puso todo el Poder en las manos de
su Hijo, y al hacerlo así nos puso a todos a sus pies.
Humillación, pero Gloria. Porque la
Criatura ya demostró, y lo vivimos aún en nuestras carnes, que es enloquecida
por el Poder.
¡El Poder no corrompe, el Poder
enloquece!
Y es que el Poder sólo puede estar en
las manos de quien le pertenece, el Hijo de Dios, -como dice San Pablo-:
Impronta de la sustancia Divina, irradiación de su Majestad, y quien, al ser
Unigénito de su Padre tiene en su Palabra su Fuerza infinita.
Mas la criatura, no siendo en
nosotros natural el Poder, al buscar el Poder debe por fuerza establecer
la ley de su Poder sobre la destrucción de aquellos que no se quieren dejar dominar,
y que teniendo por tendencia natural negarse a ser objeto de dominio por su
rebelión convierten esa ley de dominio en arma asesina, y a quien lo ostenta en
criminal - en potencia, en el mejor de los casos, y en vivo en el caso más
general.
Pero este es el pan de cada día que
la Humanidad ha comido durante seis mil años. Y que ha dado como resultado una
Teoría del Poder acorde a la cual el Poder, según la Ciencia, viene determinado
por la estructura Natural. Y, sin embargo, siendo la ley del fuerte un hecho natural
es simplemente una incoherencia que exista la Revolución. De donde se ve que no
hay peor contradicción que la del Ateísmo, pues si por un lado afirma la
Naturaleza del Poder, por el otro establece la Revolución como una violación de
la ley natural, contra la que el Poder
está legitimado para aplastar al revolucionario y rebelde a no dejarse dominar.
Filosofía Maligna que, como se ve en nuestros días, se ha alzado como Eje de la
Política Mundial de la Naciones Unidas, complaciendo a Rusia y sus aliados, y
ejercida contra una Ucrania rebelde que se levantó para defender su Libertad frente a una ley científica llevada a su más alto grado de expresión neo
nazi.
Siguiendo cuya lógica quienes
establecen el Poder en la Naturaleza, y mediante la Ciencia bendicen la
criminalidad extrema y alta de quien lo ejerce, convirtiendo la Locura del
Poder en Cordura de la Ciencia, por lógica tienen que ver en toda Oposición a
su Poder un acontecimiento antinatural,
pues el Comunismo es ante todo y sobre todo la negación de la Libertad en la
Igualdad como hecho Natural.
De manera que quien establece el
Poder sobre la Naturaleza debe por fuerza encontrar en la Revolución su enemigo
nato. Y, con todo, observamos cómo al mantener la Revolución viva la Teoría del
Poder Natural contra la que se levantara, y porque no buscó su abolición,
determinó la Caída del producto de la Revolución, la URSS, que se hubiera
evitado, de de haber procedido la Revolución a abolir
el Poder, o sea, a establecer la Democracia una vez arrancado de las manos del
Loco por el Poder ese arma con el que asesinaba en masa y a placer a toda una
nación.
Toda acción que busca el Poder es, en
consecuencia, la expresión de una locura que se sirve de la necesidad para
satisfacer una pasión antinatural. Ahora bien, seis mil años de Historia bajo
las botas y el puño del Poder es un libro incrustado de experiencias infinitas
sobre las transformaciones de la Teoría del Poder. Y tal vez sea por esto que
el Poder busque, primero que nada y antes que todo, alienar la formación
intelectual de los pueblos y del hombre, en tanto que ser inteligente, del
Libro de la Memoria Universal, no sea que aprendiendo Historia devenga “rebelde” el ciudadano.
Observamos igualmente que nuestra
Historia ha caminado hacia la Civilización ordenada en el seno de una
estructura Social que tiende ineludiblemente a la abolición del Poder y,
encontrándonos en la Democracia como Camino hacia ese Estado Natural de Civilización,
desde esta observamos cómo el Poder, es decir, la existencia de una Cabeza
Directora Vitalicia, conlleva a esa cabeza el crimen contra la Justicia y la
Paz dela Nación al establecer su “Verdad” como la Verdad Universal Absoluta.
Así pues, y desde la experiencia de
siglos batallando por la Libertad, el
Poder como locura es definido en una primera instancia por el asalto contra la
Justicia y la Olas del Pueblo de Cabezas Directoras Gubernamentales que para
mantener su status no se dan límites y ejercen el Crimen y el Delito como modus
vivendi.
También observamos, para gloria de la
Civilización Cristiana, que este Camino de Libertad del Ser Humano respecto al
Poder como locura, que nos ha conducido a la Democracia, donde la Sociedad
participa en su plenitud del Gobierno de sus funciones y Administra por ella
misma sus recursos, si bien aún imperfecta en su estructura, sólo ha podido
alcanzar este estado en el seno de la Civilización Cristiana, pues, como se
entiende del mismo Cristianismo, que supone la Abolición de toda Monarquía y
Gobierno Vitalicio de las personas, la Historia camina, invenciblemente, hacia
la Democracia Cristiana como Modelo de Sistema Social, donde la Corona le
pertenece al Hijo de Dios y los Pueblos se gobiernan autónomamente acorde a la
Ley del Derecho Universal. De tal manera que sin Verdad no puede haber
Fraternidad, sin Justicia no puede haber Igualdad, y sin Paz no puede darse
Libertad, en esta realidad uniéndose el Derecho Divino y el Humano para forjar
en la Civilización una Sociedad con vocación de Futuro sin límites.
Y siendo éste el Futuro que llevaba
en sus entrañas el Cristianismo de San Pablo y sus Hermanos no es de extrañar
que el Imperio se lanzase contra ellos, si bien, por la locura de la medida, el
Incendio de Roma, quedase como loco el ejecutor, ocultándose tras la tragedia
la existencia de quien teniendo un conocimiento perfecto del cristianismo
escatológico, le susurrara a los oídos de Nerón y del Senado la Necesidad de
destruir “ésa Secta de los Cristianos”. Necesidad que yendo contra el Derecho
Romano únicamente podía encontrar legalidad mediante un Acto terrorista de
Trascendencia inigualable, las proporciones de cuyas consecuencias pusiera la
firma del Imperio en un decreto de Exterminio Masivo de unos Ciudadanos contra
quienes, en cuanto ciudadanos del imperio, era imposible proceder a una
Solución Final que, por su mismo texto, sería una negación del espíritu del
Derecho Romano.
Este es un truco que se ha usado
muchas veces a lo largo de los milenios. Se ha acusado, sin ir más lejos, a los
USA de haberlo utilizado contra España en la Guerra de Cuba, hundiendo su
propio barco a costa del enemigo futuro con objeto de tener una causa
belli legítima ante el Derecho Internacional y el pueblo
norteamericano. Otros han querido ver en el Derrumbe de las Torres Gemelas de
Nueva York un truco de esta naturaleza, a fin de firmar el Congreso sobre la
tragedia del momento la Guerra de Afganistán, supuestamente decisiva para el
Gaseoducto Transiberiano, etcétera.
A este lado del Atlántico en los
círculos privados del Poder y la periferia Mediática ha estado circulando,
hasta ayer mismo, la Teoría de la Conspiración del PSOE-Corona del Borbón con
objeto de elevar al Partido del Delfín al Poder, para lo cual determinaron
actos de sabotaje cuya conclusión fue el Atentado Terrorista de Madrid, que determinó
el peso de la balanza, por fin, hacia el Partido del Delfín. Pero como no ha
podido demostrarse y se ha quedado en Crimen Perfecto las cosas no han ido a
más, máxime cuando el Partido del Delfín estaba dispuesto a enfrentarse a una
Segunda Guerra Civil si la Conspiración quedaba al descubierto.
Nadie puede culpar a nadie por pensar
mal teniendo en cuenta que la Historia es un baúl de tragedias que las Coronas
han llenado con las joyas de sus interminables crímenes y matanzas.
Volviendo al Pasado, en el caso de
Nerón tenemos que la Escatología Jesucristiana difícilmente hubiera podido
alcanzar sus orejas de no haberle abierto los ojos a la Doctrina del Reino
Universal alguien que conocía a los cristianos perfectamente y había escuchado
con sus orejas “esa doctrina misteriosa, perfecta, escondida, hablada entre los
perfectos”, es decir, alguien que estuvo entre los cristianos y fue uno de
ellos.
Quién sea el candidato es una
operación difícil de determinar desde las pruebas, pero fácil de descubrir
desde las coincidencias y los hechos. En otro sitio tocaremos este tema con más
rigor.
Lo que es evidente, y ya que el
Incendio de Roma determinó la clase de muerte del autor de la Epístola a los
Hebreos, es que el Senado Romano aceptó la hipótesis de la Conspiración
Cristiana porque tuvo conocimiento perfecto de la Naturaleza Monárquica Divina
del Cristianismo y puso su firma bajo la del Emperador, y sólo después de esta
unidad de acción se procedió al Incendio de Roma. Pues el Cristianismo, como se
ve por las Cartas y Epístolas de los Apóstoles, mantuvo una política de
Silencio Público sobre sus Fines Escatológicos, a la vez que se sometió a las
Leyes Civiles, como quien deposita en las Manos de Dios lo que Dios determinó
llevar a cabo. Ninguna acusación podía llevar ante los Tribunales una Solución
Final Anticristiana sobre las bases de una desobediencia civil, y únicamente en
razón de la Abolición del Imperio que implicaba la Victoria de la Cristiandad
podía servir de argumento para legitimar lo que desde el Derecho era un delito
contra la Legalidad.
Ahora bien, estamos tratando con
Profetas, pues el “espíritu de Jesús es el espíritu de la profecía”, y en tanto
que conocedores de antemano de las medidas que iban a tomarse contra Ellos, los
Apóstoles prepararon el Advenimiento de la Persecuciones en el seno de la
Doctrina sobre la Parusía, doctrina que, habiendo sido formada en el más íntimo
de los secretos, ha mantenido al futuro en confusión constante. Será, desde
esta Parusía Profética, que se escriben las Epístolas y en todas ellas vibre el
sonido de la Voz que recorrerá Roma en el Día de la Bestia.
Olvidar este constante caminar hacia
el Fuego de las Persecuciones, en las que la Generación de la Primera
Cristiandad sellaría la Nueva Alianza de Dios con la Plenitud de las Naciones
Cristianas, cuando se lee sus Cartas, es un error tremendo. Quienes lo hicieron
y se pusieron ellos como destinatarios, cometieron una manipulación aberrante
del texto, cuya consecuencia sería “la Fe sola”, por ejemplo.
San Pablo, sobre todo San Pablo,
porque fue el mensajero de una Solución Final abortada de los Judíos contra la
Iglesia en pañales, y porque venía de las filas del enemigo, conocía mejor que
nadie que más tarde o más temprano el Judaísmo Anticristiano encontraría la
forma de hacer llegar su Mensaje de Exterminio Total de los Cristianos no a un
simple gobernador sino al mismísimo emperador. Y de esta manera, siendo para
los Judíos lo que Flavio Josefo fue para los Cristianos, San Pablo tuvo sus
ojos puestos en la Parusía, en el Gran Sacrificio de los cientos de miles de
“corderos llevados al matadero”, y pensando en legar la esencia de la Doctrina
Apostólica sobre la Iglesia a las generaciones que les sucederían y vivirían el
Triunfo del Cristianismo sobre el Imperio, condensó en pocas palabras una
Sabiduría cuyos discursos provocaba que se cayesen por las ventanas incluso los
más dignos discípulos.
Si en su Carta a los Romanos se
derramó con el corazón profético puesto al desnudo, en su Epístola a los
Hebreos el espíritu que clama Victoria y jalea la Coronación de Jesucristo como
Rey, elegido por Dios para Servirle como Rey de su Reino Universal, no puede
contenerse y se sale de madre, escribiendo:
Pues ¿a cuál de los ángeles dijo
alguna vez: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy?”; y luego: “Yo seré para
El padre, y El será Hijo para mí”. Y cuando de nuevo introduce a su Primogénito
en el mundo dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios. De los ángeles dice: “El
que hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llamas de fuego. Pero al
Hijo: “Tu trono, ¡oh Dios!, subsistirá por los siglos de los siglos; cetro de
equidad es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad;
por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría sobre tus compañeros.” Y:
“Tú, Señor, al principio, fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus
manos. Ellos perecerán, pero tú permaneces, y todos, como un vestido,
envejecerán, y como un manto los envolverás, y como un vestido se mudarán; pero
tú permaneces el mismo, y tus años no se acabarán”. ¿Y a cuál de los
ángeles dijo alguna vez: “Siéntate a mi diestra, mientras pongo a tus enemigos
por escabel de tus pies?”. ¿No son todos ellos espíritus administradores,
enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?
II
La Invención del Cristianismo
Observamos en el Texto del Evangelio
una contradicción apoteósica, fenomenal, misteriosa e intrínsicamente
sobrenatural, y de aquí que, quienes no pudieron penetrar su misterio y sólo
tuvieron la espada para desenredar el nudo gordiano del Jesucristianismo,
imitasen al célebre Alejandro Magno, pues la violencia, además de ser el
recurso de los ignorantes, es la respuesta más a mano que se tiene y siempre es
la primera que le viene a la cabeza al necio. Se ha perdido el significado de
la necedad y apenas hay quien comprenda su verdadero sentido, pero su vigencia
forma parte del vestuario de la Historia y representa la ignorancia que se cree
“sabelotoda”. Punto éste que, sin saber nosotros cómo
pero siendo un hecho, hizo de la Filosofía su anfitrión y parasitando
simbióticamente el sabio y el necio en el mismo raciocinio finalmente condujo a
la Filosofía a la tumba del pensamiento omnipotente de la Razón, caída que
anunció la muerte del filósofo y dio paso a la Necedad como Ciencia.
En el caso de los Judíos la Sabiduría
de los Profetas y los Patriarcas dio paso a la Necedad como modus
vivendi sacrum, y siendo solo natural que la
Sabiduría y la Ignorancia no puedan vivir juntas era del todo normal que
persiguiesen, juzgasen y condenasen a Jesucristo. Lo contrario hubiera sido un
milagro y una prueba rotunda y catastrófica contra la doctrina de la imposibilidad
de convivencia, ni pacífica ni violenta, entre Ignorancia y Sabiduría.
Y la contradicción jesucristiana se
describe por la Letra de la forma que sigue.
Por tanto, es menester que con la
mayor diligencia atendamos a lo que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Pues
si la palabra promulgada por los ángeles fue firme, hasta el punto de que toda
transgresión y desobediencia recibió justa retribución, cómo lograremos
nosotros rehuirla, si tenemos en poco tan gran salud, que, habiendo comenzado a
ser promulgada por el Señor, fue entre nosotros confirmada por los que le
oyeron, atestiguándola Dios con señales, prodigios y diversos milagros y
participaciones del Espíritu Santo, conforme a su voluntad? Que no fue a los
ángeles a quienes sometió el mundo venidero de que hablamos.
Observamos en el Texto del Evangelio
- tomado como relato, independientemente de su género y excepcionalmente tomado
como libro - contemplamos la andadura de un Ser Omnipotente cuyo Poder está en
su Palabra y le basta abrir la boca para hacer realidad cualquier deseo que le
venga al alma. El autor, y considerando, por el bien del relato, que no es
creíble la existencia de un Ser de estas propiedades por la vía natural sola,
introduce la idea del Hijo del Dios de los Hebreos, que se hace hombre y una
vez hecho hombre actúa en consecuencia con el Poder Infinito de su Dios y
Padre. Y siguiendo este Argumento nos presenta a ese Hijo del Dios de los
Hebreos haciendo de toda enfermedad y patología una sencilla operación de dos
más dos cuatro más dos seis y sigue sumando, por la visión de este Poder
inspirando nuestra imaginación con lo que un hombre con ese Poder pudiera
hacer.
Según la imaginación inspirada por el
Texto - independientemente, insisto, de su género - le hubiera bastado al Héroe
del Relato Jesucristiano coronarse, ponerse al frente
de las Muchedumbres y lanzarlas a la Conquista del Reino Universal. ¡Qué
ejército hubiera podido resistir el ataque de un rey al que le basta abrir la
boca para hacer descender fuego del cielo, y ordenarle a las montañas que se
aparten de su camino, y a los vientos levantarse pues que puede calmarlos!
La imaginación que, contra los
modernos, siempre ha existido, y a pesar de tanto listo siempre ha sido la musa
de los genios, se encendió en las masas y, viendo el resultado de la Batalla
entre el Reino del Hijo de David y el Imperio -si Jesucristo aquel Hijo de
David- no dudó en, pidiéndole ser rey, reclamar la Guerra.
Y la contradicción surge del No del
Héroe del Texto.
¿Por qué no? ¿No era Él el Hijo de
David? ¿Y no le había legado al Hijo de David el reino universal el Dios de los
Hebreos? ¿No eran ellos Hebreos? ¿Por qué No?
¿Qué hijo de hombre de encontrarse
con ese Poder de abrir la boca y hacerse tal cual, al instante no la abriera
para además de acabar con todas las enfermedades del mundo, y, naturalmente,
acabar con todos los Poderes Homicidas que gobiernan la Tierra, y, erigiéndose
en rey universal, proclamar la Paz Universal sobre el Fundamento de una
Justicia Todopoderosa gobernada por el Espíritu de una Verdad sempiterna?
El No del Héroe del Texto a la Corona
de David no tenía sentido ninguno para las muchedumbres. Y tampoco para los
poderes del Templo.
¡No!, ¿pero por qué no? ¿Acaso no
decía la Escritura Profética sobre el Hijo de David:
“¿Qué es el hombre para que te
acuerdes de él, o el hijo del hombre para que tú le visites? Hicístele poco menor que a los ángeles, coronástele de gloria y de honor, todo lo pusiste debajo de sus pies.”
Tanto más legítima la Guerra Final
del Hijo de David cuanto que el Rey, al igual que el Adán aquél que descubriera
la Fuente de la Juventud Eterna en el fruto del Árbol de la Vida, su Hijo, el
Hijo de Eva de la Profecía, venía investido de un Poder Sobrenatural, sólo
imaginable en el mismísimo Dios, quien diciendo, así se hace. Y Amén.
Es de imaginar la excitación de las
muchedumbres cuando las Multiplicaciones de los panes y los peces. El Hijo de
David había nacido por fin, a Él le pertenecía la Corona de Jerusalén, y a
Jerusalén la pertenecía el trono del Mundo. Y amén.
“Rey, Rey, Rey”. Aún resuena el eco
del grito de las muchedumbres por las colinas de Israel.
Pero el Héroe del Texto deviene el
Villano del Relato al pasar la página. Tras un simple movimiento de dedo la
felicidad que se adivina en el encuentro del Rey Mesías con el Pueblo Hebreo, y
que hiciera vibrar las líneas durante los primeros capítulos con el ritmo del
corazón que estuvo en coma y volviendo a la vida respira recordando el túnel
del que acababa de salir, poco a poco, paso a paso, golpe a golpe, verso a
verso, el Héroe se va quitando sus galas y se va quedando desnudo hasta caminar
al Gólgota, donde levanta los brazos y se deja crucificar como si se tratase de
un vil maleante. De pronto el relato nacido con vocación de Epopeya reniega de
su vocación y se viste de drama, de tragedia. Y todos, lo mismo unos que otros,
todos se quedan en las tinieblas con una pregunta en los labios: ¿Por qué?
Y un Lector se levanta y responde:
Pues al decir que “se lo sometió
todo,” es que no dejó nada que no le sometiera. Al presente no vemos aún que
todo le esté sometido, pero sí vemos al que Dios hizo poco menor que a los
ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, para
que por gracia de Dios gustase la muerte por todos. Pues convenía que aquel
para quien y por quien son todas las cosas, que se proponía llevar muchos hijos
a la gloria, perfeccionase por las tribulaciones al autor de la salud de ellos.
Y entramos ya en el Pensamiento de
Cristo, es decir, en la Cabeza de ese Héroe que nació para vivir el papel del
Villano. ¿Qué queréis, pan para hoy y hambre para mañana? ¿No es mejor aguantar
el hambre por un poco si no se vuelve a pasar hambre ya jamás?
Es fácil pasar por el infierno cuando
se ignora el tiempo del viaje y las penas y fatigas que han de dejarse atrás, y
aunque la llama de la esperanza mantenga a raya el fuego de los males que han
de vivirse, y como para todo hay un fin, nunca podrá compararse este
sufrimiento y constante estado de lucha con el del que sabe por qué camino debe
pasar, cuántos palos se va a llevar y cuánto tiempo durará el viaje. Es como si
el héroe de una Tragedia tomase consciencia de su existencia en el instante del
punto y final y debiera volver a pasar por el prólogo pero esta vez conociendo
línea por línea la historia de su vida. Ni ya el pan es el mismo, ni el agua le
sabrá igual.
Cuando, pues, los genios estudiando
la Biblia entendieron que el Antiguo Testamento es el Guión que se debía
aprender el Héroe del Nuevo, de tal manera que hasta su mismo sueño estaba
escrito, y no creyendo que el ser humano pueda vivir semejante suplicio, y de
hecho no hay nadie en el mundo que nazca sabiendo, y calibrando que tal era
imposible, levantaron el falso testimonio de haber sido escrito el Guión Jesucristiano post morten.
Caía Nínive y escribían los Hebreos: “Ya lo dijo Dios”, de esta manera
engañándose a sí mismos y engañando al mundo, al menos intentando engañar al
mundo con la existencia de un Dios capaz de leer en el Futuro con la
naturalidad que nosotros leemos un libro.
Los Apóstoles, siendo discípulos de
esa Escuela de “Falsificadores”, le inventaron a su Rabí de Nazaret un Guión en
el que mezclaron la Idea de los Hebreos sobre el Hijo de David con la
Concepción de la Divinidad que se forjaron en sus sueños más novelescos. El
resultado, un Héroe nacido de Dios y Mujer, que conserva todos los Atributos de
su Padre y todos los de su Madre, por el Espíritu es el Hijo de Dios y por la
carne el hijo del Hombre. Y muere pero no puede ser retenido por la Muerte, y
Resucita guardando de esta manera el Autor la Coherencia entre el Principio y
el Fin
Como escritor, hay que confesarlo, el
Autor del Evangelio escribió el libro más vendido del mundo, su composición
rompe todos los moldes, su estructura literaria se sale de todos los géneros,
se alza único en su especie. Tanto más maravilloso el fenómeno jesucristiano cuanto el Autor era -desde el punto de vista
de la Historia de las Letras y de las Ciencias- un verdadero analfabeto.
Pero al contrario que el Autor del
Evangelio, el autor de la Carta a los Hebreos no lo era, por hablar entre
colegas, un cateto. Saulo era un cerebro cultivado en la filosofía del judaísmo
de su tiempo. Digamos a favor de sus compatriotas que no fueron los cristianos
los primeros que aprendieron a dominar las armas “del enemigo” a fin de
desarmar al enemigo. Los Hebreos fueron los primeros que usaron las ciencias
clásicas para vencer a los griegos con sus propios argumentos. Vivían entre
Griegos. La separación radical entre Griegos y Gentiles, exceptuando cuatro
rabinos y medio, no era conocida en los días de los Romanos. No fue sino como
consecuencia de las Persecuciones, que los Hebreos comenzaron a distanciarse de
los Gentiles cuando los Gentiles se hicieron Cristianos. Y cuando los
Cristianos devienen Imperio la separación devino abismo.
Saulo se enfrenta a los Cristianos
desde el Judaísmo y desde el Cristianismo Pablo se enfrenta a los Hebreos
plenamente consciente de que el Judaísmo era el mal de los Hebreos y la
Salvación de los Hebreos estaba en el Cristianismo. Desde su Pensamiento el
Judaísmo era el resultado de una acumulación de errores que en lugar de dar
marcha atrás y caminar hacia la verdad, el Judaísmo fue arrastrando a los
Hebreos hacia ese abismo en el que se hundirían los Judíos y en cuyo fondo
estaba el Holocausto.
¡Pan para un mañana que nunca se
acabará y hambre para un día que se va como agua entre los dedos!, fue la
respuesta de Pablo al “Porqué” resonando en los desiertos de Judea desde el
Calvario:
Porque todos, así el que santifica
como los santificados, de uno solo vienen, y, por tanto, no se avergüenza de
llamarlos hermanos, diciendo: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de
la asamblea te alabaré”. Y luego: “Yo pondré en El mi confianza.” Y aún: “Heme
aquí a mí y a los hijos que me dio el Señor”. Pues como los hijos participan en
la sangre y en la carne, de igual manera El participó de las mismas para
destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida
sujetos a servidumbre…
¿De qué le vale al Hombre alcanzar la
Inmortalidad si su Ser deviene refugio de un Mal infinitamente más dañino,
quedando expuesto su espíritu a una enfermedad infinitamente más maligna? ¿Es
que acaso el Diablo no fue un hijo de Dios? ¿De qué nos vale Paz para hoy y
Guerra para mañana y el siguiente? Y del otro lado, desde el Autor del Texto,
¿cómo podría entender un Rey a su Pueblo si desconoce la causa por la que el
Hombre no puede vivir un Guión escrito? ¿No era lógico que buscando hacer
comprender a su Hijo la naturaleza de Su creación, Dios lo hiciese hombre para
que por el ser y no por las palabras comprendiese por la experiencia lo que
jamás comprendería por la teoría?
Cierto, dicen algunos que toda
experiencia puede ser expresada en palabras, pero lo dicen quienes apenas si
han vivido más experiencia que la del animal doméstico. Hay dolores que no se
comprenden hasta que se viven, y alegrías que no se entienden sino pasando por
ellas. Lo otro, comprender sin vivir, es de necios. Y llegando a este extremo
creo haberle dado un sentido más profundo a término sobremanera heretizado por el Poder Político dada la Necedad que existe
en la estructura de acceso al Poder, donde vemos que la mediocridad es la
condición sinequanon del éxito. La
primera premisa para ser político es la apariencia de saberlo todo, que
finalmente, con el hábito, produce el efecto psicoanalítico parasimpático de
creerse el propio necio que de verdad lo sabe todo. Y claro, así le va a la
Democracia.
Volviendo a Pablo, nuestro sujeto, si
el lector en Saulo, siendo judío, respondió al texto como quien era arrastrado
por la fuerza secular que desde muy antiguo conducía a la nación de los
Israelitas al abismo del Holocausto, el Hebreo en Pablo respondía a la Lectura
del Texto Sagrado con el espíritu del jesucristianismo más profundo, y, hasta digamos, transgrede por escrito lo que por la palabra
les estaba prohibido a todos los Apóstoles, a saber, dar a conocer el misterio
del Reino de los cielos al público. Y sin embargo es porque los destellos de
aquella “sabiduría misteriosa, prohibida, hablada solamente entre los
perfectos” se le escapaba de las manos como luz imposible de ser comprimida,
apagada, que los siglos futuros, siendo dominio de necios, quisieron acusar a
Pablo de ser el inventor del cristianismo.
La invención del cristianismo, en
cuanto movimiento literario, reduciendo a un libro su cuerpo, fue obra de los
Apóstoles, fruto de cuya Predicación fuera el mismo Pablo. Porque si es el
mismo Héroe del Libro quien se le aparece para la Salvación de los Cristianos,
Saulo no escucha la Doctrina de los labios de Jesús sino de sus Discípulos. De
manera que el argumento de la invención del cristianismo por
San Pablo fue un discurso de necios que no prueba más que la facilidad con la
que el Dinero y sus Sabios se acuestan con cualquiera que les toque el trasero.
¡Cuál sea el Misterio del Reino de
los cielos cuyos secretos les estaba prohibido dar a conocer al público “en
público”, siendo de cara a la galería el discurso de los Apóstoles el que
sigue:
Pues, como es sabido, no socorrió a
los ángeles, sino a la descendencia de Abraham. Por esto hubo de asemejarse en
todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel en las
cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo. Porque en cuanto El
mismo padeció siendo tentado, es capaz de ayudar a los tentados.
¡Cuál sea ése misterio! lo
desentrañaremos un poco más adelante según vayamos abriéndonos paso por el
bosque de los siglos hasta plantarnos en Pensamiento delante del autor de esta
Epístola.
III
El Futuro del Judaísmo
Entremos en la mente de San Pablo.
Situémonos en el tiempo que va de la Caída de un Templo, orgullo y fundamento
de una Nación, por el misterio de los siglos transformado en “una cueva de
ladrones”, a la Edificación de un Nuevo Templo, gloria de las Naciones. Y
radiografiemos las causas de la Caída del Templo de los Judíos, firmada por
Decreto y figurando el Nombre de quien levantara ese Templo Antiguo, el mismo
Dios de los Profetas y Señor de Salomón.
Digamos que habiendo sido Dios el
Autor de ese Templo era solo natural que Dios diese la Orden de su destrucción.
¿Pero por qué?
Bueno, el Templo abandonó a Dios por
el Oro. Todo el Templo de Jerusalén había sido ordenado para ser el Tesoro del
Sanedrín. Y este Tesoro, como el de cualquier Estado, se basaba en los
Impuestos. Con la diferencia respecto a cualquier Estado, que da infraestructuras
a cambio y tiene que mantener la Paz y la Libertad y la Justicia con el fruto
de la recaudación de todos, que el Estado Judío Sacerdotal, aunque sujeto al
Imperio, civilmente hablando, daba a cambio de sus Impuestos Sagrados: el
Perdón de los Pecados. Es decir, el Pecado devino la Gallina de los Huevos de
Oro.
Y deviniendo el Pecado la fuente del
impuesto templario era solo natural que el Sacerdote cultivase la Conciencia
del Pueblo Judío a fin de hacer de su vida entera un pecado, de esta manera
robándole su vida a cambio de una Conciencia Limpia y garantía de salvación
eterna.
Los efectos de esta dislocación de la
relación entre Dios y el Hombre los tenemos fotografiados en el Evangelio en
forma de una sociedad altamente esquizofreneizada,
campo de toda suerte de enfermedades mentales y feudo de toda suerte de
criminales bajo sotanas sagradas. Será contra esta perversión de la Relación
Sacerdotal entre Dios y el Hombre que se levanta Cristo y, abriendo la boca,
ordena su Caída. Lo contrario -que Jesús se hubiera callado- hubiese sido un
milagro, pero este del Diablo.
En el terreno de los siglos tenemos
una reproducción de la situación templaria jerusaleña contra la que Dios se levantó, y a nivel macro, en la actitud de la iglesia
romana durante la Víspera de la Reforma. Los Papas habían redescubierto la
Gallina de los Huevos de Oro y, conociendo la ignorancia de los pueblos
cristianos del momento, en lugar de luchar contra esa ignorancia se unieron
para hacer de ella su mina de diamantes, e imitando a los santos padres de
aquella Jerusalén de los ladrones en túnicas sagradas, “los santos padres
romanos” cultivaron la Conciencia Cristiana para sembrar el Pecado y recoger de
la cosecha de las Indulgencias el ejército de impuestos con el que la Teocracia
Romana le sirvió al Diablo la División de las Iglesias.
Tenemos pues ante los ojos, ya que
nos hemos metido en los zapatos de San Pablo, una revolución en toda regla. Un
Templo que con la excusa de ser indestructible, pues Dios lo había creado, se
había entregado al animalismo más avanzado, y se enfrentaba a su destrucción
total y definitiva. En su lugar un grupo de Analfabetos (los Apóstoles) están
Edificando un Nuevo Templo, no hecho con piedras sino establecido sobre el
Espíritu de una Fe Sobrenatural, que dice a boca llena:
Vosotros, pues, hermanos santos, que
participáis de la vocación celeste, considerad al Apóstol y Pontífice de
nuestra confesión, Jesús; fiel al que le hizo, como lo fue Moisés en toda su
casa. Y es tenido por digno de tanta mayor gloria que Moisés, cuanto mayor que
la gloria de la casa es la del que la fabricó. Pues toda casa es fabricada por
alguno, pero el Hacedor de todas las cosas es Dios. Y Moisés fue fiel en toda
su casa, como ministro que había de dar testimonio de las cosas que se habían
de decir; pero Cristo está como Hijo sobre su casa, que somos nosotros, si
retenemos firmemente hasta el fin la confianza y la gloria de la esperanza.
Es decir, de un Templo fundado sobre
la Ignorancia del Hombre, pues los Judíos no conocieron la Existencia del Hijo
de Dios, respecto al cual nada dijo Moisés, pasamos a un Templo espiritual
fundado sobre el Conocimiento de dicha Existencia. Y por esta Nueva Sabiduría
el Hombre deja de ser “cuerpo de Pecado” para devenir “Cuerpo de Cristo”, o es
lo que es lo mismo, queda abolida toda compra-venta del Perdón de los Pecados,
y por esta misma Ley Jesucristiana: devenía y deviene un Delito contra Dios y
la Salvación de las naciones el Perdón Sacerdotal como Artículo de Mercado, y
de aquí que la Iglesia Católica, en la Confesión, libre y voluntariamente,
otorgue este Perdón sobre las faltas de los cristianos.
Pero vemos que en el Templo Antiguo
este “perdón” estaba sometido a rito y costaba el sacrificio de un animal,
cuadrúpedo o alado, y si en sus primeros días el pecador aportaba de su propio
ganado, el Templo se hizo cuadra y establo donde el ganado esperaba a su
pecador, y el sacerdocio, deviniendo un Monopolio, cultivó el Pecado como medio
de atraer al Pecador a su Negocio ... La abominación que esta transmutación de
una Realidad Santa en otra repugnante significó a los ojos de Dios provocó en
Jesucristo la celebérrima explosión, que, andado el tiempo, quiso revivir en su
Protesta aquel Lutero que se alzara contra el Replay de aquella situación
abominable, a escala europea, que la iglesia de los romanos estaba consumando.
Un precio muy grande, pues, pagó la
Iglesia Católica contra su conversión en una Teocracia Imperial donde el Obispo
Romano devenía el Sumo Pontífice, no a imagen de Jesucristo, sino del Sumo
Pontífice del Templo de los Judíos. Y con todo, el Obispo Romano es Infalible,
no ha pecado jamás, no puede errar, y es santo. Amén.
Pero Aquéllos que estaban levantando
el Edificio de la Iglesia Católica sobre el fundamento del Espíritu, lo mismo
que el Autor de esta Epístola, estaban muy lejos de perderse en visiones de un
Futuro ya escrito y, contra el que no pudiendo hacer nada, no era su problema.
Lo que a Ellos les competía era la Edificación del Cristianismo.
El Cristianismo es, ante todo y sobre
todo, la Continuación Sobrenatural de la Religión de Moisés, la Consumación
final y definitiva de la Esperanza de los Patriarcas. En el Cristianismo es
Dios quien se abre a todas las naciones, no para dominarlas por el Terror a su
Todopoder sino para hacerlas partícipes de su Vida por el Amor del Creador a su
Creación; Dios no busca ni quiere ni se complace en el Miedo a un Creador
Omnipotente, Dios busca la Respuesta alegre y libre de un hijo a su Padre. Es,
por tanto, el Cristianismo de Jesús, desde el Judaísmo, una revolución
ontológica, existencial, trascendente, escatológica, mística, divina, sublime,
apoteósica, tan fuera de lo normal que sólo había podido haber sido concebida
en la cabeza de un loco. ¡Cómo concebir que Dios trate de hijo a su propia
criatura, tomada del barro! Y sin embargo estaba escrito en sus libros: “El
será para mí hijo y yo seré padre para él”, y de muchas otras formas.
El problema entre el Cristianismo de
Jesús y el Judaísmo de aquel Templo era, en consecuencia, que la adopción del
Hombre por Dios como hijo implicaba la espiritualización del ser humano, o sea,
su inmunización contra el Pecado, y deviniendo el Pecado un recuerdo del Pasado
toda la estructura económica sobre la que se basaba el Estado Teocrático Judío
se venía abajo, y, siendo padres y santos, era solo natural que entre ellos y
“ese loco” de Cristo, Jesús de Nazaret debiera ser sacrificado.
Hagamos notar que cuando alguien da a
elegir entre él y algo otro, siempre sale perdiendo “él”, pues parece que a
nadie le gusta que le den a elegir, y hasta la propia verdad es despreciada
cuando se pone como objeto de elección. ¡Tan esquizofreneizada está la conducta humana desde que cayera el Primer Hombre!
Y lo que era más importante para los
Apóstoles, no ya como fundadores de una Religión Nueva sino, como hombres, era
que la elección sobre ellos era un caso perdido y el destino de Jesús, tardase
más tardase menos, era su suerte. Tragedia, sin embargo, que los dejaba libres
para dedicarse a lo suyo y no perder el tiempo en hacer cambiar al Judío de
opinión. Cristo Jesús se había sacrificado por ellos, y ellos tenían que
sacrificarse por nosotros, lo demás era cuento chino.
Por lo cual, según dice el Espíritu
Santo: “Si oyereis su voz hoy, no endurezcáis vuestros corazones como en la
rebelión, como el día de la tentación en el desierto, donde vuestros padres me
tentaron y me pusieron a prueba, y vieron mis obras durante cuarenta años; por
lo cual me irrité contra esta generación, y dije: Andan siempre extraviados en
su corazón y no conocen mis caminos, y así juré en mi cólera que no entrarían
en mi descanso”. Mirad, hermanos, que no haya entre vosotros un corazón malo e
incrédulo, que se aparte del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada día, mientras
perdura el “hoy,” a fin de que ninguno de vosotros se endurezca con el engaño
del pecado. Porque hemos sido hechos participantes de Cristo en el supuesto de
que hasta el fin conservemos la firme confianza del principio; mientras se
dice: “Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la
rebelión”. ¿Quiénes, en efecto, se rebelaron después de haber oído? ¿No fueron
todos los que salieron de Egipto bajo la dirección de Moisés? ¿Y contra quiénes
se irritó por espacio de cuarenta años? ¿No fue contra los que pecaron, cuyos
cadáveres cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes sino a los desobedientes juró
que no entrarían en el descanso? En efecto, vemos que no pudieron entrar por su
incredulidad.
Cierre de la discusión que se tradujo
en términos históricos en la decisión del Concilio del 49 de ruptura final de
toda conversación en pro del Judeocristianismo.
El Judío -Ayer y Hoy- sólo tiene una
opción, su integración en la Humanidad, y estando sujeta la Humanidad al Hijo
de Dios: el futuro del Judaísmo es su Conversión al Cristianismo, pues el
Judaísmo era ante todo y sobre todo una repulsa de la Humanidad, un odio hacia
el Hombre en tanto que hombre y un manifiesto de superioridad de la raza del
Judío sobre todas las naciones.
Es decir, siguiendo la ley de la
sabiduría que dice que cada cual es atormentado con aquello que atormenta a los
demás, el Judaísmo encontró en el Nazismo la horma de su zapato, por el
Holocausto quedando enterrado para siempre el concepto del Judío como Raza
Superior llamada a dominar a toda las naciones, doctrina esquizofrénica de alta
peligrosidad suicida y homicida que aún pervive en el seno del Estado de
Israel, como puede verse en la WWW. Y que perdurando sigue cultivando en la
Sociedad Israelí la locura del Destino de la Raza Judía ...
IV
El Futuro de la Iglesia
Hablando entre hijos de Dios y
adoptando el Lenguaje Creador como el natural a nuestro pensamiento, a la hora
de ver a Dios en movimiento ninguna imagen de partida mejor que la expresión
del movimiento de su Espíritu sobre las aguas, en este caso, del Tiempo.
Transportada esta contemplación a tierra firme digamos que conforme Dios avanza
sobre el campo de los siglos los elementos se hacen carne y cobran vida
inteligente acorde a la acción que Dios tiene en Pensamiento. También podemos
comparar este Movimiento con las páginas de un libro cuyo soporte no es el
papel sino la Vida misma, los siglos son sus capítulos, y se van escribiendo a
medida que Dios avanza “sobre las aguas de los Milenios”. En esta Acción del
Creador el Presente es siempre el campo de acción referido a la Vida, el Pasado
la Memoria de la Creación y el Futuro es siempre la visión del Movimiento
Universal por Aquel que lo dirige con su Pensamiento y lo produce con su
Voluntad.
En el terreno de las criaturas, de
los actores del momento, la comparación de la Historia con un Gran Teatro, si
tomado su sentido desde la Acción Creadora, y viendo la Vida desde esta
plataforma, no se hallaron muy equivocados quienes viviendo este Movimiento no
pudieron alcanzar la visión del Espíritu bajo cuyo pulso omnisciente y
todopoderoso se desarrolla el Drama de la Humanidad. Podemos hablar de “teatro
de operaciones”, pues que el Género Humano se halla en Guerra Civil Perpetua,
de un sitio, y Guerra Universal de Supervivencia, del otro, pero muy
difícilmente podemos darles la Razón a quienes confunden este Gran teatro de
Operaciones con un teatro de guiñoles.
NO es un Circo de Payasos ni una
Comedia el género al que pertenece nuestra Historia. En el Origen fue una
Epopeya, Lírica de la Existencia sobre líneas de estrellas, épica magna cantada
a luz de Luna por un enamorado del alba, la aurora encantada recitando poemas
en los brazos de los siglos, el augur de las generaciones recibiendo con besos
las voces que le llegan del futuro, sueños mágicos tejiendo vocaciones in utero, ¡ah, regaladme pasteles de pasas, bañadme
con agua de limones, rodeadme con brazos de cocoteros, soy Sarón,
un lirio de los valles, un clavel de los océanos, el aliento del viento, la
risa de los montes, lluvia de sangre sobre el desierto, mi día es un gran
tiempo, mi noche el adiós del que deja el escenario por y para vosotros!
No lo quiso Aquel de cuya Voluntad
depende todo, ni tampoco el que depende de esa Voluntad para Ser, y sin
embargo el Gran Teatro de la Vida del Género Humano devino Tragedia, de las
grandes, de las que envuelven en sus carnes infinitos dramas, la pólvora que
destruye en sus carne naciones sin número, el río de las pasiones llenando el
cubo en el que se ahogarán inenarrables sueños, la hoguera de los Manifiestos,
la Guerra eterna, un plato de carne de niño a rupia la libra, el litro de
sangre virgen a céntimo, la quijada de un asno para romperle la cabeza al
Cuerpo de Cristo, la Gran Tragedia, fosa siempre abierta masticando
generaciones, hijos de las tinieblas vendiendo sus almas por el imperio de los
suspiros, la noche de los lobos que nunca se acaba, el bardo no se pinta
lunares en las mejillas sino escrituras de guerra, ¡muerte, muerte, al infiel,
al de abajo, al de arriba, muerte, muerte, baila maldito, no pierdas el ritmo,
el valor se mide en el campo de los huesos, bebe médula de los huesos de Cristo.
¡Oh César, quema como veneno de escorpión el beso de la Fraternidad de los
espíritus ... puros, sutiles, ingrávidos y gentiles... no dejes que el poeta
entone himnos al Señor de los niños, he aquí la prueba, su mal se extiende de
mar a mar y ya ha echado raíces desde las Columnas de Hércules al mar de los britones, pronto pedirán tu cabeza, y el Imperio de los
Romanos, el de los Bárbaros, y hasta el del que está en el feto será desterrado
de la faz del Orbe, César, fuego, fuego!....
Tenemos, pues, resolviendo misterios,
que lo mismo el que fue como el que es ambos somos una sola cosa, la
manifestación del pensamiento de ese Espíritu que con su Voluntad dirige la
Historia, con sus Palabras escribe la Memoria de la Humanidad y de las piedras
toma para sí hijos y siervos;Él abre sus brazos y la
tierra se pone en movimiento, se viste de carne y se hace Pueblo. Y cada uno de
nosotros, lo mismo los que somos que quienes fueron, todos vivimos nuestra
parte en el Escenario de los Siglos, cada uno viviendo su propio Guión a toda
potencia, sin concesiones, pasión salvaje que se hace inteligencia para elevar
a su más alta expresión la Potencia del Ser, la musculatura del pensamiento
forjada en las fraguas de los siglos, machaca los nervios, endurece ligamentos,
que tenga la cabeza dura como el basalto y sean sus huesos como los del hierro,
creado para ser de algodón y saber su piel a pasas, haz, batidor de metales,
que sude sangre y respire fuego. ¡Oh Dios, quién creerá que devorando a tus
hijos no te alzarás Tú para hundir hasta el infierno al infame enemigo!
He aquí a Pablo, y a Pedro, a
Santiago y a Tomás, a Felipe, a Mateo, a Judas Alfeo, y a Sebastián, y ... un
bosque que avanza movido al ritmo del Espíritu por el campo de los Milenios.
No hay división entre los hijos de
Dios, ¿existe entre los árboles del bosque?, ¿entre los soldados que adoran a
su rey y avanzan como un solo cuerpo al encuentro del enemigo? “¡¿Qué ves,
hombre?!”. “Veo árboles que andan”. Pues eso, anda tú también. Y canta un grito
de guerra: ¡Aleluya!
Repican Aleluyas, porque el Ayer
pasó, el Hoy está aquí y el Mañana nace en el horizonte naciente, porque
mientras haya Espíritu hay Futuro para el Hombre.
¿Cómo, entonces, entender a Pablo o a
Pedro sin Espíritu? ¿Acaso la Ciencia y los libros pueden sustituir la vida del
Espíritu? ¿Y siendo el Espíritu uno solo y el mismo en qué medida puede ser
distinta la visión del árbol de la que tiene el bosque? ¿No es acaso la Vida
del Bosque la que anima la del árbol? ¿O podrá subsistir el árbol sin el
bosque? ¿No es la alegría del árbol ser el bosque? ¡Ay, regad mis huesos con
jugo de pasas, alimentad mis carnes con crema de cocos, sentaos a mi sombra,
ved que buena es la frescura de mis dedos al viento, mirad el horizonte de los
siglos mientras descansáis en mi pecho! ¿No veis aquellas luces sobre la colina
del Oeste? Es el Futuro que amanece en las entrañas de vuestros hijos, aspirad
sus voces, sentid sus pies sobre el suelo, pegad la oreja a mi corteza, oíd sus
cantos y sus juegos, vuelan pájaros de un hierro tan sutil que hasta un niño
puede mover su masa con su pensamiento, la Naturaleza toda vestida de hada
madrina hace que los mismos elementos lleven en sus palmas pueblos enteros
sobre las aguas de los océanos.
Mirad el Futuro y recoged fuerzas
para el Presente, lo que sembréis eso recogerán vuestros hijos.
Si me prendéis fuego, me quemo, ¿y
quién os dará sombra cuando arda el Sol?
¿Qué vieron, en fin, Pablo y Pedro,
Santiago y Juan, Felipe y Tomás, Mateo y Judas Alfeo, y demás? Pues cada uno de
nosotros miramos adelante desde el siglo que vivimos, y siendo el futuro
respecto a ellos y ellos el pasado respecto a nosotros, y todos parte del mismo
Movimiento, la pregunta es correcta y al mismo tiempo llena de enigma y
misterio.
¡A Nosotros! ¡Nos vieron a nosotros!
Todo lo hicieron por nosotros.
Caminaron al matadero por nosotros, lo dieron todo por nosotros, subieron a la
cruz por nosotros. Nos vieron y no lo dudaron, se pusieron de pie y con ellos
el bosque se echó a andar! Y ellos fueron para los Patriarcas y los Profetas lo
que nosotros fuimos para ellos, el Futuro, la Mañana que vieron sentados al
filo del bosque, a la orilla de las aguas sobre la que el Espíritu se echó a
andar hasta llegar a nosotros. Y el Espíritu seguirá andando hasta llegar a
ellos, el Futuro que vemos nosotros desde esta orilla al otro lado de la orilla
desde la que ellos nos vieron a nosotros.
Dios no para. El bosque se detiene
para darse un respiro, pero los elementos continúan su trabajo. Así Dios. Y
desde el pecho del Creador ¡qué bueno es el descanso!
Pero volvamos a Pablo y sus Hebreos.
V
Jesucristo, Sumo Pontífice Universal
Temamos, pues, no sea que, perdurando
aún la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber llegado
tarde. Porque igual que a ellos, se dirige también a nosotros este mensaje: y
no les aprovechó a aquéllos haber oído la palabra, por cuanto la oyeron sin fe
los que la escucharon. Entremos, pues, en el descanso los que hemos creído,
según que dijo: “Como juró en su cólera: No entrarán en mi descanso”, aunque
estuviesen acabadas las obras desde la creación del mundo. Pues en cierto
pasaje habla así del día séptimo: “Y descansó Dios en el día séptimo de todas
sus obras”. Y en éste dice de nuevo: “No entrarán en mi descanso”. Queda, pues,
que algunos han de entrar en el descanso, y aquellos a quienes primero se les
comunicó la buena nueva no entraron a causa de su contumacia; de nuevo señala
un día, “hoy,” declarando por David después de tanto tiempo lo que arriba queda
dicho: “Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Pues si
Josué los hubiera introducido en el descanso, no hablaría (David) de otro día
después de lo dicho. Por tanto, queda otro descanso para el pueblo de Dios. Y
el que ha entrado en su descanso, también descansa de sus obras, como Dios
descansó de las suyas. Démonos prisa, pues, a entrar en este descanso, a fin de
que nadie caiga en este mismo ejemplo de desobediencia. Que la palabra de Dios
es viva, eficaz y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta la
división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne
los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea
manifiesta en su presencia, antes son todas desnudas y manifiestas a los ojos
de aquel a quien hemos de dar cuenta. Teniendo, pues, un gran Pontífice que
penetró en los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos adheridos a la
confesión. No es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, a fin de recibir
misericordia y hallar gracia para el oportuno auxilio
Y pues que la visión del Futuro es la
raíz del movimiento y sólo un loco o un demonio camina hacia el infierno, la
pregunta es solo natural: ¿Qué Iglesia vieron los Apóstoles? Ellos fueron los
Edificadores de la Iglesia, y moviéndose en la dirección de su Edificación, y
no pudiendo hacer nadie nada sin antes ver el plano del Edificio, según el
propio Moisés viera cuando se le dijo “y hazlo todo según se te muestra”, es
sólo natural que nosotros nos preguntemos por los Planos de la Iglesia que se
les mostrara a los Edificadores y acorde a cuya visión pusieron manos a la
obra.
¿Fue la Iglesia que Pablo y Pedro
vieron aquella iglesia romana de los siglos X al XI entregada a la brujería, al
homicidio, perros por obispos, una escuela de criminales de la peor especie tal
que el diablo vestido de sotana se alzó como Jefe de los obispos?
¿O fue la Iglesia por la que Pablo y
Pedro murieron aquella otra visión de la iglesia romana del XII al XIV que se
tiró al barro y convirtió toda la cristiandad en lo que los pontífices judíos
convirtieron toda la Judería Mundial, una mina de oro?
¿O fue la Iglesia cuyas piedras
quedaron santificadas por la aspersión de la sangre de los Primeros cristianos
aquella iglesia romana absolutamente puesta al servicio de una familia del XV y
la Iglesia Católica la esclava de semejante “señor”?
¿O la Iglesia por la que los
Apóstoles lo sufrieron todo será la Iglesia del XXI, Cuerpo divino cuya Cabeza
es el Pontífice Sempiterno, Jesucristo, y nadie osa llamarse Pontífice ni
declararse Patriarca, y todos los Obispos son hermanos en el mismo Dios y
Siervos del mismo Señor? ¡Pues escrito está: “Bendito el que dobla sus rodillas
ante Dios”!
Estamos en Guerra contra el Infierno.
Dios está en pie de Guerra contra la Muerte desde el día que Satanás, “la
serpiente antigua”, utilizó al Primer Hombre como hacha de guerra contra el
Espíritu Santo. Y no vemos que la Victoria se haya consumado. Pero como dijo
San Pablo: “Sí vemos a Aquel que poniéndose al frente fue coronado, por su
Obediencia hasta la Cruz, a fin de conducirnos a la Victoria Final,
¡Jesucristo!”. Y ¿quién es el que se echa a dormir en pleno campo de batalla
cuando el fuego arrecia y la sangre corre a cascadas?
Pues, en lo tocante al
Pontificado-Patriarcado, sabemos que nadie puede mantenerse de pie delante del
Dios de la Eternidad, realidad que se manifestó en la abolición del sacerdocio
hebreo por en cuanto no pudiendo hacer la Vestidura al Santo era imposible que
el Sacerdocio alcanzara la santidad por la vestimenta temporal, de manera que
dispuso Dios, siendo el Pontífice aquél solo que puede abrirse camino ante la
presencia de Dios, y porque ninguna criatura puede mantenerse de pie delante de
su Creador, quiso Dios que quien lo está siempre, su Hijo, clamase de rodillas
ante su Trono por nosotros, y por el Amor consiguiese del Omnipotente lo que
por el Temor no pudo comprarle nadie con oro.
¿Sería acaso ésta la Visión que Pablo
y Pedro tuvieron del Nuevo Sacerdocio, coronado con el Pontificado sempiterno
del Hijo Unigénito de Dios, quedando abolido por su Coronación todo Señorío de
un siervo sobre los siervos del Señor Jesús, Único Pontífice Universal?
¿O sería acaso la Visión del
Sacerdocio Cristiano que tuvieron Pedro y Pablo la que representaron en sus
carnes y cuerpos aquellos Papas y Patriarcas Teócratas que exigieron para sí
el Imperium y se coronaron hasta
con tres coronas, cabezas de ejércitos, sembradores de cizañas entre las
naciones cristianas, promotores de guerras fratricidas y en todo menos en el
título por vocación emperadores?
Ahora bien, sabemos que la Iglesia
del Cielo es Eterna y su Movimiento en el Tiempo responde a una misma Realidad:
Jesucristo es su Sumo Pontífice Universal, y nadie en el Cielo osa declararse
Pontífice. Él es la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia de Dios, y este Cuerpo,
como el bosque no puede ni ser ni subsistir sin los árboles, es el fruto de la
existencia de las iglesias de los Pueblos que componen el Reino de Dios. La
Obediencia de todas las iglesias es a su Cabeza, Jesucristo, y todos los
obispos de las iglesias están sometidos al Único Señor Sempiterno de la Iglesia
de Dios: Jesucristo. Sobre las iglesias de su Reino el Señor tiene sus
Pastores, como se ve en su Revelación, y por ellos El administra las iglesias,
y estos Pastores, una sola cosa con el Pastor Universal, Jesucristo, sirven a
Dios Todopoderoso “apacentando sus Rebaños”, todos nosotros, su Creación. ¿Pues
quién se mantendrá de pie delante del Dios de la Eternidad y del Infinito? Por
esto, porque nadie puede mantenerse de pie delante del Eterno, elevó Dios a su
Hijo al Pontificado Universal, a fin de que toda la Creación tenga por Señor a
su Hijo, y siendo solo natural que el Hijo viva en su Padre todos los Pueblos
encontremos en Jesucristo el Pontífice que halla en Dios un Corazón
complaciente a sus ruegos y un Espíritu que se derrama por su Oración.
¡¡Como en el Cielo...así en la
Tierra!!
Luego estando las iglesias al
servicio del Señor en cuanto Pastor Universal Sempiterno y siendo su Misión
“apacentar los Rebaños de Dios”, nosotros, su Creación, el Modelo de Trabajo
que tienen los Pastores en la Tierra es aquel que el Señor expuso en el Primer
Concilio Universal Apostólico, es decir, en el 49, donde los Apóstoles, en
cuanto Pastores de las distintas iglesias, se reunieron en el mismo Espíritu
para, como Hermanos que han Heredado de Dios, y administran en Nombre del Señor
esa Heredad, siendo Jesucristo el Heredero Final y Original de todas las cosas,
mantener los Rebaños de su Señor unidos y defenderlos del Infierno.
Mas si aquí acabara la Visión del
Movimiento del Espíritu de Dios por las “aguas de los milenios” que Dios les
mostró a sus Apóstoles no entenderíamos ni podríamos entender la raíz de esta
Epístola y de las otras, lo mismo de Pablo que de Pedro, Santiago o Juan. Y
como ya he dicho arriba que el Espíritu de Dios extiende la mirada de sus hijos
al fin hacia el que Él camina, es sólo natural que habiéndose consumado, en la
Resurrección, los esponsales entre Cristo y su Iglesia, el fruto de esta Unión
Sempiterna pusiese sobre el Futuro una Descendencia, respecto a la cual le
escribiera Pablo a los Romanos diciendo “porque la creación está esperando
ansiosa la manifestación de los hijos de Dios”, es decir, el nacimiento de esa
descendencia de Jesucristo Señor y la Iglesia, su Esposa. Pues que los
Apóstoles eran hijos de Dios ¿quién lo pone en duda? Y sin embargo es Pablo, un
hijo de Dios, quien afirma que la creación espera ansiosa la manifestación de
los hijos de Dios. Y si “la esperaba” es que la Generación que la Creación
ansiosa estuvo esperando “estaba” en el seno de la Iglesia.
Y pues que toda Esposa sella su
Matrimonio con unas Arras, en este caso, Divinas, siendo por este Anillo
Sagrado por el que es reconocida la Esposa del Señor, nadie ignora que es la
Iglesia Católica la Madre de esos hijos de Dios “cuyo nacimiento aguardaba la
creación entera”, y viéndola en el horizonte la saludara Pablo, en nombre de
todos los Apóstoles, escribiendo sobre nosotros en quienes se manifiesta la
gloria de la libertad de los hijos de Dios.
Pues, en efecto, el siervo está
sometido en todo a su Señor, y el deber y el decreto es su lote, pero el hijo
entra y sale libremente de la Casa como quien trabaja para sí, y su parte es la
libertad y la voluntad de su Padre. De manera que con su hijo no tiene secreto
el Señor, mientras que con su siervo es el deber y el decreto el que ordena.
Ahora bien, la Madre es en todo la Señora de la Casa en lo que se refiere a la Administración
del Servicio al Señor, su Esposo; el honor de su Esposo reposa en el suyo, y
siendo su gloria la descendencia en Ella de su Señor y Esposo la libertad de
sus hijos es su gloria y la gloria de sus hijos es la suya propia. Resultando
de aquí que a quien Dios le da su gloria nadie se la quita, y, siendo hijo del
Señor, su obediencia es a su Padre, y debiendo el Siervo cumplir su trabajo:
quien contra su deber hace lo contrario de aquello para lo que fue contratado,
rompe el contrato con su Señor y es expulsado de la Casa del Señor. Pues
mientras el hijo es niño no puede levantarse para defender a su Madre contra
unos siervos infames, pero una vez hecho hombre es en todo Heredero y actúa en
su Casa para la gloria de su Padre.
Luego es Dios Eterno y Omnisciente
quien produce todo el Movimiento, y todo lo que se mueve procede del aliento de
su Espíritu que, derramando su Pensamiento por el Universo, ordena la Historia
de la Plenitud de las Naciones hacia el Fin del Libro de la Vida del Hombre
sobre la Tierra, a saber, la Victoria total y absoluta sobre el Infierno y la
Muerte. Y es en este Campo que nos movemos todos, hijos, siervos y Pueblo, cada
uno un árbol del Bosque de la Vida, cada uno un soldado de los Ejércitos del
Señor, avanzando al unísono, sin división, y siendo Todos en la Individualidad
“del Hombre” hallamos la gloria del Creador, quien a la vez que mueve todo el
Siglo fija sus ojos en cada uno de nosotros y dirige nuestros pasos por el
Escenario de la Historia buscando, fruto del esfuerzo de todos, un efecto
único.
Cada cual debe mirarse en Él, porque
es en sus Ojos donde se halla el espejo que refleja nuestra verdadera realidad.
Y si la fuerza del hombre es vivir de pie delante de sus semejantes, siendo
maldición doblar las rodillas ante otro hombre, nuestra gloria es doblar las
rodillas ante el Rey que nos da dado a todos el Dios de la Eternidad. Su
Voluntad es Sabiduría y Salvación. Desobedecerla, ser remiso, condicionarla, y
en el caso extremo la rebelión, es alzarse en guerra contra el Rey. Lo que cada
uno dé, eso recibirá, quien Obediencia, gloria, quien desobediencia, ruptura de
contrato entre él y el Señor de todas las iglesias, Jesucristo, Pontífice
Universal Sempiterno, el Pastor de los pastores de los Rebaños de su Padre en
el Cielo.
¡Como en el Cielo, así en la Tierra!
VI
El verdadero rostro de Cristo
Ya hemos visto que la Edificación de
la Iglesia Católica fue ejecutada siguiendo un Modelo Celestial, fundado sobre
la Unigenitura de Jesucristo, a fin de que teniendo
el Sacerdote su vida en Aquel que no puede ser destruido ni sufrir corrupción,
la Verdad del Infinito: el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo
es Dios, permanezca “sin división” por la Eternidad en el Cielo. Mas existiendo
la división entre las iglesias aquí en la Tierra se deduce de esta visión
histórica que sus autores, los unos porque no entendieron esta Verdad -como se
ve en el tema del Filoque-, y los otros porque hicieron de esta Verdad un ídolo
de letras, -como se ve en el tema de “la Fe sola”-, los unos como los otros y
todos juntos, y el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra,
perdieron la vista y cegados por los siglos fueron incapaces de ver el Modelo
del Templo que les fuera mostrado a los Edificadores de la Iglesia.
Se nos dirá que estando muertos
aquellos hijos de Dios, de la Descendencia de Abraham, pretender ver lo que
ellos vieron sea cosa más de medium que de
inteligencias vivas. Sobre lo cual yo les diera toda la razón si, en efecto,
como dicen otros, Dios hubiera muerto. No siendo el Manifiesto de la Razón más
que el aullido de un milenio una hora antes de perder la cordura y lanzarse al
campo de Gog y Magog por la conquista del Mundo mediante Guerras Mundiales, la
excusa no sirve y el Modelo permanece. Ahora bien, a fin de no parecer un
soñador, articulemos nuestro pensamiento desde la lógica y convengamos con
nuestros maestros que aquello que no puede captarse directamente sí puede serlo
indirectamente, siguiendo cuyo método quien no conoce lo que el calor sea y
sólo el frío al menos podrá deducir de lo contrario a lo que el frío es lo que
el calor sea. Y aunque la invocación a la experiencia sensitiva sea el recurso
último, su legitimidad viene avalada por ser su existencia el principio mismo
de la vida, el principio racional por excelencia.
Luego si lo que no vemos puede
alcanzarse por lo que vemos, deduciendo de los contrarios la naturaleza de
aquello que buscamos partiendo de lo que tenemos, si nosotros adoptamos como
punto de referencia racional la estructura del Templo de Jerusalén que a
Jesucristo le hizo hervir la sangre a fin de obtener la visión real del Nuevo
Templo, deduciendo lo contrario de lo que aquel fuera, es necesario primero
radiografiar aquella estructura y siguiendo el método lógico, por oposición de
propiedades llegaremos, aunque indirectamente, a la verdadera Estructura del
Edificio que Dios les mostrara a sus hijos, los Apóstoles y Edificadores de su
Iglesia.
Compendiemos entonces por qué Dios
arrasó aquella estructura sacerdotal judía.
En principio y por antonomasia la
Religión de los Judíos se había transformado en un Negocio. Alumbra esta
conclusión el que sus “obispos” no creyeran en la resurrección de los muertos,
estación terminal que no alcanzaron ni las mismas religiones de los paganos más
brutos, siendo la resurrección de las almas un tema universal hasta el punto de
ser este credo la propiedad típica de lo que el fenómeno religioso sea. De
manera que donde hay religión hay una estructura social enfocada hacia el
modelo de resurrección popular determinado, y donde no hay creencia en la
resurrección de las almas hablar de religión es hacer un ejercicio de
hipocresía sin límites. Y, sin embargo, creyéndose el judío “la raza superior”
y su religión la más noble y alta de las creencias, su sacerdocio había
degenerado en el Ateísmo más infame que quepa en la cabeza. El ateo que actúa
acorde a sus creencias es infinitamente más semejante a Dios que quien no
creyendo en Dios se viste de sacerdote.
La salida de aquel modelo sacerdotal jerusaleño no podía ser otra que la que nos dibuja el
Evangelio, un monopolio industrial cuyo producto era el pecado, y en
consecuencia hasta el respirar era un pecado, y su expiación costaba acorde al
bolsillo. Toda la Mishná y el Talmud jerusaleños tenían por función multiplicar
las leyes y los mandamientos hasta el punto de hacer imposible la vida de la
conciencia hebrea en el marco de la Naturaleza. Toda la teología judía tenía
por sentido sembrar en el pueblo una doctrina de pecado y expiación, contra
dinero, tal que siendo el marco religioso entre cuyas esquinas el judío hiciera
su movimiento, cada paso fuera un pecado y cada movimiento un delito contra
alguna ley de la Mishná o del Talmud. Siguiendo aquel modelo, el Templo y sus
“pontífices” devinieron Grandes Recaudadores de Impuestos, cuya fortuna
dependía de la ignorancia del pueblo y su necesaria esclavización a las leyes
infinitas con las que los clanes aaronitas habían cargado la conciencia de los
hijos de Israel.
Era sólo natural que sujeta a
semejante relación, cuyo fin era la transformación del creyente en una mina de
oro, y porque la relación del hombre con su Creador devino un “Negocio
Sagrado”, que el Hijo de Dios sintiese vómitos ante aquella teología y se le
encendiese la sangre contra aquella cueva de ladrones que, escondiendo la pata
de lobo bajo pomposos títulos y vestiduras sacras, hicieron de Dios un látigo
con el que golpear las espaldas de la Nación.
Los efectos de semejante perversión
de la relación entre Dios y su Pueblo acabó por conducir a los israelitas al
punto epidémico de locura – “endemoniados por todos sitios”- y miseria
indescriptible –“lepra en colectividades”- que nos dibuja el Evangelio, efectos
que en ninguna nación de la Civilización bajo el Derecho Romano se daba en
aquel momento, y denuncia, por su singularidad, la causa en la que tuvo origen
semejante patetismo social determinante del Odio entre Jesucristo y el Templo.
El Pontificado Aaronita odiaba a Jesucristo por ser el espejo en el que se
reflejaba su verdadero rostro, y, aunque sintiendo horror de sí mismo, no
estando dispuesto a renunciar a su mina de oro, se encuentra ante la
alternativa: “ellos o Cristo”.
Jesucristo le da voz a la impotencia
de los hijos de Israel, en espíritu masacrados por una casta sacerdotal cuya
inmoralidad y despotismo no conocía límites y había hecho del pecado su
teología, transformando la Torá en un árbol maldito de cuyas ramas malignas, la
Mishná y el Talmud, el fruto del pecado se convertía - por la oscuridad del
Santuario - en oro bendito. Y pues que la adoración por el oro es superior en
el hombre animal a la fuerza de la adoración del Espíritu, y siendo el oro el
dios de los pontífices judíos, era solo natural que el Pentateuco y los
Profetas fuesen reconvertidos en instrumento al servicio del enriquecimiento de
los clanes pontificales jerusaleños, producto de cuya operación fueron la
Mishná y el Talmud, o cómo hacer de Dios un esclavo al servicio de una casta
sacerdotal.
Esta es, en consecuencia, la visión
que los Hebreos tienen una vez que Jesucristo les arranca la viga de los ojos y
ven con los ojos de la cara la verdadera realidad del Templo Judío. Y será, por
referencia lógica, el modelo contrario al Templo que desde el Cielo le presenta
Jesucristo, ahora el Señor, a sus hermanos espirituales en la Tierra y
Co-Edificadores de su Iglesia Universal. Viendo la cual, en nombre de todos,
escribe San Pablo así:
Pues todo pontífice tomado de entre
los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a
Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para que pueda
compadecerse de los ignorantes y extraviados, por cuanto él está también
rodeado de flaqueza, y a causa de ella debe por sí mismo ofrecer sacrificios
por los pecados, igual que por el pueblo. Y ninguno se toma por sí este honor,
sino el que es llamado por Dios, como Aarón. Y así Cristo no se exaltó a sí
mismo, haciéndose Pontífice, sino el que le dijo: “Hijo mío eres tú, hoy te he
engendrado”. Y conforme a esto dice en otra parte: “Tú eres sacerdote para
siempre según el orden de Melquisedec”. Habiendo ofrecido en los días de su
vida mortal oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era
poderoso para salvarle de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor. Y
aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia, y al ser
consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna,
declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec.
De donde se ve que, al igual que el
tal Melquisedec, sin precedencia ni procedencia, Dios instaura un Pontificado
sempiterno, un Único Pontífice, Jesucristo, en el que el propio Hijo adora al
Padre, y en quien el Hijo de Dios se une a la creación entera para adorar a
Dios. El fin de la Religión deja de ser el oro a través del pecado para devenir
Camino a la vida eterna en la Fe de Jesucristo. Y será ésta la Piedra Angular
sobre cuya solidez e indestructibilidad descansará el Nuevo Templo, Casa de la
Iglesia de Dios, que nace para ser la Esposa del Señor y mantener viva la
Verdad eterna.
Por oposición, en consecuencia, todos
los dones divinos se ofrecen gratuitamente -como se ve en los Sacramentos- y el
fin sagrado del Nuevo Sacerdocio no es cultivar el pecado para por su
abundancia cosechar oro, “contra indulgencias”, por ejemplo, sino extirpar el
pecado de la Humanidad mediante la Edificación de la Fe de Jesucristo en todo
hombre.
Si en el Primero - excusando ahora lo
injustificable - fue la renuncia del sacerdocio a la santificación del pueblo,
tirando la toalla en su lucha contra el pecado, lo que le condujo a aliarse con
el enemigo, y tentado por el fruto del pecado -el oro - el Templo Antiguo se
entregó a una orgía de locura y miseria, en el Último, que recoge el Testigo de
la Santificación de la Humanidad, el pecado es abominado como medio de
enriquecimiento del sacerdocio y, en consecuencia, el Perdón es ofrecido
Gratuitamente.
No es, por consiguiente, un Templo
basado en el Poder que viene de las Riquezas el Modelo que tienen los Apóstoles
en la cabeza cuando se entregan a la Edificación de la Iglesia. El Nuevo
Sacerdocio es la Imagen de Jesucristo entre las naciones, el reflejo puro del
Pontífice eterno en el cristal del espíritu humano, la sustancia del espíritu jesucristiano en carne visible a fin de mantener viva la fe
entre las naciones de la Tierra y ser la verdad eterna hecha criatura en el
Cielo. Y como Él depende sólo de Dios, el Sacerdocio Cristiano depende
exclusivamente de Él, su Señor.
Y de aquí que Pablo no sólo se
atreviera a callar a Pedro, a Santiago y a Juan sino que, siendo expresión pura
de esta Imagen Divina, su visión sobre el futuro del Cristianismo le abriera la
puerta, en el Concilio del 49, a la ruptura definitiva y final con el Judaísmo.
No porque Jesucristo no la firmase sino porque por amor a los Hebreos, sus
hermanos en Abraham, los Discípulos estaban cediendo ante lo que era imposible
cualquier cesión.
Bueno es querer salvar al mundo, y
más a los hermanos de sangre, pero -recordando al Maestro- ¿de qué le vale al
hombre salvar al mundo si pierde su alma?
¿Cuál es, pues, el Modelo de
Sacerdocio e Iglesia que le muestra desde el Cielo el Señor a sus Apóstoles?
Porque nadie creerá que la Iglesia es un invento espontáneo en crecimiento
evolutivo dependiendo de los tiempos. ¡Dios no juega a los dados! Quien edifica
se sirve de un plano, a no ser que cualquiera pueda edificar una casa sin
siquiera tener conocimiento de albañilería y carpintería, lo cual, en la cabeza
de algunos es necesario para redundancia de la gloria de Dios, que puede hacer
que un bruto le dé lecciones a un mago; ahora bien, no vemos que la
Inteligencia Creadora se acople a tal discurso, y sí, al contrario, que el Acto
Creador se basa en una Omnisciencia planificadora que, como se ve en Los Salmos
de David, delinea sobre el “papel” cada trazo del movimiento que se debe
ejecutar para alcanzar el fin buscado. Y acorde a esta Necesidad, le aparta
Dios al Niño Jesús de la cabeza una Intervención Mágica en el
Universo.
No hay en la mente de los
Edificadores, siguiendo este método, una acción espontánea sujeta a una
dinámica de improvisación sobre la marcha. Tampoco la tuvo Jesucristo. Dios ha
trazado líneas y se ha puesto en movimiento, y acorde a la Omnisciencia Creadora
todo se ordena para la materialización del Proyecto Salvador. Y es solo natural
que quien es en Su Mano lo que la sierra en la del carpintero y la plomada en
la del albañil, y porque no es una materia muerta sino viva, participe de la
contemplación del Plano y se ajuste a la acción acorde a lo que le toca, de
esta manera teniendo los Apóstoles ante los ojos la verdadera naturaleza de la
Iglesia de Jesucristo.
Sobre lo cual tenemos mucho que
decir, de difícil inteligencia, porque os habéis vuelto torpes de oídos. Pues
los que después de tanto tiempo debíais ser maestros, necesitáis que alguien de
nuevo os enseñe los primeros rudimentos de los oráculos divinos, y os habéis
vuelto tales, que tenéis necesidad de leche en vez de manjar sólido. Pues todo
el que se alimenta de leche no es capaz de entender la doctrina de la justicia,
porque es aún niño; mas el manjar sólido es para los
perfectos, los que en virtud de la costumbre tienen los sentidos ejercitados en
discernir lo bueno de lo malo.
En efecto, observamos cómo el Apóstol
contempla en sus propios días “la fe que se corrompe”, de la que hablara Pedro.
Y si estando Ellos sobre el terreno “la fe” ya se dejaba seducir por el brillo
de las cosas antiguas, no vemos cómo no iban a ver lo que sería de la fe una
vez que pasasen sobre su existencia los siglos. Así que teniendo un Modelo
Divino y habiendo estado sometida la Fe a la corrupción, según se lee en el
Libro de la Historia Universal, les toca a las iglesias nacidas de aquella Fe
mirarse al espejo y ver si el rostro que ven es el de Cristo o el de ... vete
tú a saber. De donde se ve, en definitiva, que la Iglesia de Dios en
Jesucristo, siendo expresión viva de la Verdad Eterna, no se acomoda a los
siglos y las tendencias de los pueblos, pues diciendo que el Espíritu Santo es
Dios: la Vida del Sacerdocio es inmutable en sus fundamentos, y, al contrario,
son las Naciones las que deben acordar el Futuro de sus Sociedades acorde a la
verdad Eterna del Cristianismo.
Las tendencias suicidas de la
Humanidad un argumento que no necesita de más pruebas que el Libro de la
Historia, y porque sólo la Fe ha demostrado ser la Puerta de la victoria contra
las crisis de Civilización, no es la Fe la que debe acomodarse a una crisis
causada por esa tendencia suicida aún no definitivamente curada que padece la
Humanidad desde la Caída. Una de las propiedades más claras de esta tendencia
suicida es la negación de la existencia de “una crisis”, lo que produce que las
medidas finales contra ella sean aplicadas demasiado tarde para evitar sus
efectos sobre las sociedades. Y el síntoma por el que se mide la intensidad de
una crisis de civilización -según se lee en el Libro de la Historia- viene
señalado por la pérdida de la Moral Universal, el abandono del Ser a las
tendencias hedonistas no sujetas a la ley natural, el Desprecio hacia la vida
humana y su reducción a una propiedad, y, en definitiva, la Destrucción de la
línea que separa el bien del mal mediante la puesta en escena del argumento del
Diablo: El Fin justifica los Medios.
Mírense por tanto el Sacerdote, el
Pastor y todas las iglesias en el Espejo y juzguen si el rostro que ven es el
de Jesucristo o el de aquél a quien pertenecen: si al Patriarca de Moscú, al
Papa de Roma, al Arzobispo de Canterbury, o al de... Pues ha de llegar la Hora
en que el Señor juzgue a sus siervos y en quien no halle el reflejo de su
Rostro “ése será echado afuera para que lo pisen los hombres”. ¿Pues qué será
del Sacerdocio Cristiano si en lugar de ser el espejo del Espíritu de la
Eternidad se unen los obispos a los tiempos para eliminar de la Iglesia del
espíritu del Señor?, que dijo, hablando de su Casa, pues cada cual es señor en
la suya: “Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos
los que aman y practican la mentira”. Y habiendo creado Dios al Hombre a su
Imagen y Semejanza, siendo Jesucristo el Modelo para los siervos y el Modelo
para los hijos de Dios, y cada cual refleja en su rostro el de Aquel que se
asoma a su ser para darle su esencia y sustancia sempiterna, ¿cómo se casará el
siervo con los poderes de los tiempos sin romper su Contrato con el Señor? Y
rompiendo el siervo su Contrato por el rechazo hacia el Modelo Sacerdotal Jesucristiano, que se centra en el Varón y tiene en la
Virginidad Inmaculada de la creación, en la que se manifiesta el Misterio de la
Omnipotencia del Dios de la Eternidad, su Misterio sagrado, ¿todo el que sigue
a semejantes rebelde contra el Señor, a quien por el poder de los tiempos
pretenden imponer en su Casa sus leyes, ésos no caerán en la misma condenación
que tales siervos sin Señor?
El Sacerdocio Cristiano Perfecto, en
consecuencia, acorde a cuyo Modelo los Apóstoles edificaron el Nuevo Templo,
siendo infinitamente más glorioso que el Antiguo y aun así hubo de mirar Moisés
hacia arriba, con ser imperfecto al Antiguo, y porque la inmarcesible gloria
del Sacerdocio Cristiano escapaba al poder de visión del ser humano, quiso Dios
encarnarlo para que tocándole y viéndole los Edificadores actuasen acorde a los
sentidos y no a una teoría más o menos bien dispuesta. Y así, habiendo de una
vez y para siempre establecido el Modelo de Sacerdocio Eterno en Jesucristo, Él
es el Horizonte hacia el que ha caminado la Iglesia y contra el que se ha
lanzado la Muerte continuamente desde el Principio y en estos tiempos presentes
se ha vestido de modernidad para servir a los tiempos y sus poderes contra el
Señor de la Fe.
Analícense, pues, los Patriarcas,
Arzobispos y Obispos y cada hombre mire cara a cara a aquéllos en cuyos labios
puso el Señor la Doctrina de la Eternidad, y si por las palabras es imposible
detectar en algunos a aquéllos a quienes sirven, y otros hacen de sus obras
instrumento de corrupción de la Verdadera Realidad, el alma de cada cual es la
que está en juego y no es de cristianos dejar algo tan personal en las manos de
tradiciones, modernidades ni juegos de palabras, declaraciones, emociones y
amores cuyo fruto final es la ruina del alma. ¿O acaso puedo comprar mi alma al
precio del mundo? Poético cuán pueda parecer este amor universal, esconde la
trampa de un diablo gordiano, dado que olvida este apasionante aventurero que
quien por el camino perdió el alma ¿cómo salvará a su semejante quien no supo
salvarse a sí mismo?
Lo que Pablo dijo en Concilio a la
cara de los Obispos, eso debe decirle ahora un hijo de Dios a Patriarcas y
Arzobispos: No al sacerdocio de la Mujer, no al Sacerdocio Homosexual.
El Sacerdocio Imperfecto basado en el
Matrimonio no puede imponerse sobre el Sacerdocio Perfecto de la Esposa del
Señor sin provocar la Cólera de Dios. Mas si alguno cree que puede tirarle a
Dios de las barbas, hágalo.
VII
Jesucristo, Cabeza espiritual de la
Creación
Por lo cual, dejando a un lado las
doctrinas elementales sobre Cristo, tendamos a lo perfecto, no echando de nuevo
los fundamentos de la penitencia, de las obras muertas y de la fe en Dios, la
doctrina sobre los bautismos, la imposición de las manos, la resurrección de
los muertos y el juicio eterno. Y esto es lo que vamos a hacer si Dios lo
permite. Porque quienes, una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron
hechos partícipes del Espíritu Santo, gustaron lo hermoso de la palabra de Dios
y los prodigios del siglo venidero, y cayeron en la apostasía, es imposible que
sean renovados otra vez a penitencia, pues de nuevo crucifican para sí mismos
al Hijo de Dios y le exponen a la afrenta. Porque la tierra, que a menudo
absorbe la lluvia caída a menudo sobre ella y produce plantas útiles para el
que la cultiva, recibirá las bendiciones de Dios; pero la que produce espinas y
abrojos es reprobada y está próxima a ser maldita, y su fin será el
fuego
Observemos que las disputas entre
teólogos respecto a la autoría de la Epístola a los Hebreos, revocando la
autoridad de los primeros cristianos en razones diversas, no procede. Este
párrafo pone a las claras que es de nuevo Pablo, el gran abogado de Cristo
contra el Judeocristianismo, quien machaca ante la comunidad cristiana lo que
defendiera en privado en el Concilio del 49 delante de los Apóstoles y los
primeros obispos. Cuando seguimos el curso de la historia de Jerusalén desde la
Resurrección a su destrucción por los Romanos vemos cómo el Judaísmo intentó
absorber al Cristianismo y quiso aprovechar el universalismo apostólico para
proclamar una Guerra Santa de Independencia contra el Imperio, a la que,
finalmente, ante la actitud de Pablo, norma para todas las iglesias, el
Judaísmo se lanzó por su cuenta. ¿Quién es el apóstata al que se refiere Pablo
sino el Judeocristiano que se convierte esperando de esta manera convertir a
Cristo al Judaísmo? Mas no es el Cristiano el que debe hacerse Judío, sino el
Judío el que debe hacerse Cristiano.
No hay acercamiento posible entre luz
y tinieblas, justicia y corrupción, libertad y censura, paz y guerra,
cristianismo y ciencia del bien y del mal. Es la Criatura la que debe
convertirse y aceptar la Verdad en toda su realidad natural y sobrenatural; no
es el Creador quien debe renunciar a su Personalidad, sino la criatura la que
debe abandonar la ley de la Ciencia del bien y del mal, levantarse del polvo y
luchar por su Vida acorde a la ley del Universo.
Los muertos están muertos y la
palabra de los muertos no vale nada. Sólo la Palabra de Dios es eterna, y, en
consecuencia, es la estrella polar de referencia en el viaje de la criatura por
la existencia. Pero, como dice Pablo, curiosamente y porque el mundo se halla
sujeto a la ley de la Ciencia del bien y del mal, hay quien aun estando criado
en la Fe requiere de leche materna, como diciendo que sin quererlo pero queriendo
echan de menos la ley maldita en cuyo horno el infierno, bajo el que vive el
mundo, cocina carne humana para el deleite de los demonios que, renegando del
Hombre en cuanto ser espiritual, han hecho confesión de fe animal y,
declarándose animales, prefieren la ley de la selva a la Ley de la Verdad
eterna.
El cristianismo, lo mismo ayer que
hoy y mañana, en cuanto sistema pedagógico perfecto debe mirar al Futuro desde
al Presente, de manera que no estando sujeto a los cambios de los tiempos la
Formación del Ser quede siempre sujeta al Modelo sempiterno; el Cristianismo, a
la manera que un caminante no puede acomodar su objetivo a las variaciones de
los terrenos, no puede sujetar su Ley a las circunstancias de los tiempos. Aun
adaptando el paso a los accidentes el Norte queda donde queda el Norte. La
estrella polar del Cristianismo es Jesucristo, y siendo Modelo Universal del
Ser no es el siglo el que debe imponer su ley, sino el mundo el que debe
moverse en el seno de su Ley.
El Creador entra en el cuerpo de su
Creación a fin de rescatar a su criatura del Polvo, y jamás con la intención de
bendecir su permanencia en los bajos fondos del infierno en que devino el
Paraíso por culpa de los acontecimientos conocidos. Porque son conocidos y el
efecto es vivido en la carne, el Cristiano, siguiendo a su Creador, tiende
inexcusablemente y abiertamente a vivir a la luz de la Ley de la eternidad, que
aborrece infinitamente la ley de la Ciencia del bien y del mal y prefiere mil
veces la muerte antes que pactar con el diablo.
La Resurrección es un Discurso. Es el
Dios de la Eternidad el que habla. Y el que habla se certifica en todo lo que
dijo y firma y sella con la sangre de la Cruz a fin de que el mundo entero vea
la Sabiduría del que se hizo analfabeto con sus criaturas a fin de hacernos sus
hijos, es decir, partícipes de todas las riquezas de su Ser. Y si a sus hijos,
de la Descendencia de Abraham, les abrió su ser al Poder sin límites, que se
halla en la Palabra, a sus hijos, de la Descendencia de Cristo, les abre el mismo
Dios y Padre de todos, las riquezas de esa Sabiduría Creadora que está en todos
los secretos del Creador. Pues habiendo sido creado a la Imagen y semejanza de
Dios el Futuro de la vida en la Tierra, que es el Hombre, el Futuro del Hombre
era la Inteligencia sin límites, de cuya Herencia fue privada la Humanidad por
la Caída. Pero Dios, como ya sabemos por la Iglesia, y si Ella no nos lo
hubiera contado no lo sabríamos, juró por su sangre que al término de los
tiempos, cuando se hubiera hecho justicia, su Creación se levantaría del polvo
y donde hubo ignorancia habría conocimiento sin medida.
Aunque hablamos de este modo, sin
embargo, confiamos y esperamos de vosotros, carísimos, algo mejor y más
conducente a la salvación. Que no es Dios injusto para que se olvide de vuestra
obra y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los
santos y perseverando en servirlos. Deseamos que cada uno de vosotros muestre
hasta el fin la misma diligencia por el logro de la esperanza, no
emperezándoos, sino haciéndoos imitadores de los que por la fe y la
longanimidad han alcanzado la herencia de las promesas. Cuando Dios hizo a
Abraham la promesa, como no tenía ninguno mayor por quien jurar, juró por sí
mismo, diciendo: “Te bendeciré abundantemente, te multiplicaré grandemente”. Y
así, esperando con longanimidad, alcanzó la promesa. Porque los hombres suelen
jurar por alguno mayor, y el juramento pone entre ellos fin a toda controversia
y les sirve de garantía. Por lo cual, queriendo Dios mostrar solemnemente a los
herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso el juramento,
a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios
mienta, tengamos firme consuelo los que corremos hasta dar alcance a la
propuesta esperanza. La cual tenemos como segura y firme áncora de nuestra
alma, y que penetra hasta el interior del velo, adonde entró por nosotros como
precursor Jesús, instituido Pontífice para siempre, según el orden de
Melquisedec.
Sobre lo cual -que sin la Iglesia
hubiéramos conocido el Origen del Mundo- hay que levantarse para callar a
quienes, en su ignorancia, si locura se verá por la respuesta final a su
declaración inicial, afirmaron que existiendo la letra no hace falta la Iglesia.
Estupidez supina que hace honor a la Necesidad de la Muerte de Cristo y funda
la Redención en la Ignorancia cuando “el criaturo”
una vez amamantado mira a la madre que lo parió y la expulsa de su vida una vez
la necesidad satisfecha, y no necesitándola ¿para qué la quiere, a la madre que
lo parió? Tal es la actitud infrahumana, inhumana y de bestia que el “criaturo” de la Reforma puso en circulación en el mundo
cristiano.
Ignoro si semejante actitud se merece
más respuesta que la debida al juicio autocrítico y el arrepentimiento por
semejante conducta insana. Que esa actitud vino a consecuencia de la insanidad
de un círculo de la servidumbre del Señor, ¡muy bien!, que el Señor se encargue
de ellos, lo que a nosotros nos compete es actuar acorde al Modelo que vemos en
el Evangelio y si el mismísimo Hijo Todopoderoso de Dios, una vez pasada la
Hora de las Tinieblas, perdonó las Negaciones de Pedro, ¿quiénes somos nosotros
para condenar lo que el Todopoderoso Hijo de Dios no tomó en cuenta? Todo lo
que sabemos es que cumplida la Resurrección, Pedro jamás volvió a caer, y si
hubiese vuelto a caer entonces también a Pedro se le hubiera aplicado la
sentencia de Pablo, pues Dios, como dice su Evangelio, no conoce acepción de
personas.
De donde se ve que si Pedro usara el
Perdón de su Maestro para volver a caer, Pedro estaría convirtiendo la
Apostasía en la doctrina de los siervos de su Señor, por esta misma Apostasía
no Jesucristo ya más, su Señor, sino el mismo Diablo. Sobre lo cual, y como los
hijos no pueden ser juzgados por los crímenes de sus padres, tampoco pueden ser
juzgados por los pecados de sus predecesores los obispos hoy al cargo, pues
cada cual es juzgado por sus delitos propios, y sería Dios un Juez corrupto y
miserable si juzgare al hijo vivo por los delitos cometidos por un padre muerto
o echara en la cárcel a un administrador fiel por el desfalco de su predecesor
en el puesto.
Cada cual es autor de sus propios
actos, y tan error es fundar la santidad en la gloria de un muerto, afirmando
que por la gloria de Pedro quedan santificados todos sus sucesores, quedando
absueltos de sus crímenes sus sucesores por la gloria de un Santo, como
condenar a todos los obispos por el delito de un pecador. Pues cuando Pablo
dice que por un solo hombre fuimos condenados todos, está mirando a ése como
“cabeza” de todos.
De este modo y porque hubo crimen y
delito: de ser el obispo de Roma “cabeza” de todas las iglesias y no
exclusivamente de la Romana, la Reforma obró en consecuencia y según Justicia
Divina al condenar por el delito de “ésa cabeza” a todos los Católicos. En
efecto, dice Pablo que Cristo fue el modelo de Adán. Y siendo Cristo la Cabeza
del Hombre, es solo natural que Adán fuera la de su Mundo, y al caer la cabeza
era de justicia que todo su cuerpo se hundiera. Mas siendo la Justicia de Dios
incorruptible, porque Dios no puede errar, de un sitio, y porque ama la Verdad
sobre todas las cosas, del otro, muriendo la Cabeza era imposible que el
cuerpo no muriera, hablando de Adán. De donde se ve que es el Obispo Romano el
que vive por la Iglesia y no la Iglesia la que vive por el Obispo de Roma,
debiendo el Cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia Católica, su vida no al Obispo
Romano sino a Jesucristo, su Cabeza, quien siendo Indestructible e
Incorruptible es imposible que pueda morir, y al contrario que Adán, quien
muriendo arrastró a la muerte a todo su cuerpo, Jesucristo, Dios Hijo
Unigénito, no pudiendo morir, mantiene eternamente vivo el suyo.
Y de haber sido el Obispo Romano la
Cabeza de la Iglesia Católica ciertamente el juicio de la Reforma contra el
crimen sin arrepentimiento de la Curia Romana Imperial hubiere sido de justicia
y la Iglesia Católica, si en caso de depender del “Santo Padre” Papa para
vivir, hubiera seguido el mismo destino que el cuerpo de Adán tras la muerte de
su cabeza.
No siendo este el caso, sino que
Jesucristo es la Cabeza Universal de todas las iglesias, cada siervo del Señor
responde de sus delitos ante el Juez del Universo. Porque habiendo sufrido
Dios, en su Inocencia Inmaculada, el homicidio cometido contra su Hijo Adán,
era de Sabiduría que jamás de los jamases volviese Dios a poner su Creación en
ese trance, por lo cual estableció de una vez y para siempre que la Cabeza
Espiritual de toda su Creación fuese su Hijo, Rey sempiterno para su Pueblo
Universal y Único Pontífice Universal de su Iglesia.
Así uniéndonos a todos al mismo que
nos sustenta con su Fe, devinimos por esta Voluntad de quien con su Voluntad lo
ha creado todo, una misma realidad del Ser en quien todos somos una misma cosa,
el cuerpo de quien es para todos Cabeza, de unos como Señor, de otros como Rey,
de otros como Hermano, de otros como Padre, pero para todos el mismo
Jesucristo, hoy y siempre: el Rey Universal y Único Señor Sempiterno a cuyos
pies el Dios de la Eternidad y el Infinito ha puesto todas las cosas, las del
Cielo como las de la Tierra. Pues siendo verdad que la Fundación del Nuevo
Reino de Dios tuvo lugar aquí en la Tierra, no menos verdad es que la Creación
entera quedó comprendida entre las fronteras de su Fundación, y lo mismo los
hijos de Dios “no de esta creación”, como dirá enseguida Pablo, que los hijos
de Dios nacidos de Abraham, todos quedaron sujetos a la Corona del Hijo de
Dios.
VIII
Jesucristo, Pontífice Universal
Sempiterno
Pues este Melquisedec, rey de Salem,
sacerdote del Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abraham cuando volvía de
derrotar a los reyes, y le bendijo, a quien dio las décimas de todo, se
interpreta primero rey de justicia, y luego también rey de Salem, es decir, rey
de paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de sus días ni fin
de su vida, se asemeja en eso al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre. Y
ved cuán grande es éste, a quien dio el patriarca Abraham el diezmo de lo mejor
del botín. Los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen a su favor un
precepto de la Ley, en virtud del cual pueden recibir el diezmo del pueblo,
esto es, de sus hermanos, no obstante ser también ellos de la estirpe de
Abraham. Al contrario, aquél, que no venía de Abraham, recibió los diezmos de
Abraham y bendijo a aquel a quien fueron hechas las promesas. No cabe duda que
el menor es bendecido por el mayor. Y aquí son ciertamente los hombres mortales
los que reciben los diezmos, pero allí uno de quien se da testimonio que vive.
Porque aún se hallaba en la entraña de su padre cuando le salió al encuentro
Melquisedec.
De donde se ve que yendo la Adoración
de la Creación, nosotros, a su Creador, y porque en su Caída la criatura “se
inventó un dios” con los Atributos de la Divinidad pero desprovista de su
Personalidad, es decir, un Ser sin Espíritu, Dios mismo se levantó contra esa
Invención y diciendo “YO SOY EL QUE SOY”, Dios llenó su Ser del Espíritu de que
querían privarlo, y lo hizo hasta el punto de poner en las manos de su Espíritu
Santo todos y de cada uno de los Atributos de la Divinidad.
Esto en cuanto a la Respuesta del
Dios de la Eternidad y del Infinito a las Religiones Antiguas, el denominador
común de las cuales fue la Adoración por los Atributos y la transformación de
Dios en un Ídolo de Poder, propiedad universal común a todas las religiones no
cristianas que existen en la Tierra.
Pero observamos en la Historia de las
Religiones Antiguas que la Criatura es de por sí incapaz de proceder a la
Adoración Natural debida a su Divino Creador, y, fijando sus ojos en aquello
que no posee los Atributos de la Divinidad, tiende a adorar a Dios por su
Todopoder y su Omnipotencia y desterrar del Creador a Aquel que dice “YO SOY”.
Y sin embargo sabemos positivamente que es este Espíritu por el que Dios se
merece toda adoración y, si por el Poder solo fuera, la Religión sería cosa de
demonios para quienes en el Poder está la Gloria.
Nuestra Historia nos enseña, en
lecciones duras, que la línea que separa al sacerdote del demonio es muy sutil,
y que el paso de lo uno a lo otro comienza a hacerse cuando el sacerdote no
busca en Dios “AL QUE ES”, sino que busca a Dios por el Poder, pues no es sino
natural que quien ambiciona el todopoder se dirija a
quien es Todopoderoso buscando en su Gloria su gloria propia. Es una ley que
hemos observado en los últimos cinco milenios y seguimos viendo cómo la
Religión, sujeta a la imposibilidad descrita arriba, en lugar de engendrar
santos deviene fuente de monstruosos asesinos, a cuya ley no se escapó en
ningún caso el cristianismo, como vemos en la Historia del Papado, en la
Reforma y en la Historia Ortodoxa de Bizancio.
De esta continuación de la ley
antigua en el mundo cristiano entendemos que la Libertad de los hijos de Dios
le vino al mundo en Promesa, y se mantuvo en el seno de la Iglesia Católica a
la manera que está en las entrañas de la Esposa la Descendencia de su Esposa.
Sujeta la Cristiandad a la misma ley que venía operando la destrucción de
tantas civilizaciones, era solo natural que el Hijo de Dios viese en el Futuro
la División de las iglesias y profetizase la Noche de los Obispos en el seno de
las Parábolas del Sembrador; y, a la vez, habiéndose consumado el Matrimonio
Sagrado en virtud del cual se cumplía la Escritura, que dice: “Buscarás con
ardor a tu Marido, que te dominará”, habiéndose establecido por este Matrimonio
la Fundación del Cristianismo sobre una Roca Indestructible, la corrupción
inherente a la ley operante no podía destruir la Promesa por este mismo Pablo
escrita, cuando dice que “la creación entera espera la manifestación de los
hijos de Dios”, o séase, nosotros, quienes nacidos de ese Matrimonio Sempiterno
ya no nos sujetamos a la ley antigua y, por tanto, no tiene poder sobre
nosotros la Ignorancia a la que fuera confinado el Sacerdocio.
Pues aquel que sirve es esclavo de
aquel al que sirve mientras está a su servicio, y estando sujeto a las órdenes
de quien le contrata no participa de la libertad de quien es hijo de ese mismo
al que sirve, pues estando sujeto a la ley de la obediencia debida a sus
cadenas se relaciona por decreto y mandato con aquel que es su señor. Sujeta a
orden la obediencia del siervo procede de la orden y no del conocimiento, pues
quien manda dispone y quien obedece no pregunta, mas el hijo de ese mismo señor entra y sale libremente de la casa de su padre y el
conocimiento precede a la acción, dado que siendo su padre, y aun siendo la
orden la misma, el Señor con su hijo no tiene secretos y le explica el porqué
de las cosas, mientras que el siervo está limitado a la acción.
Sujeta la Iglesia, pues, a
servidumbre, según está escrito: “Buscarás con ardor a tu marido, que te
dominará”, y porque quedó de esta manera establecida la Religión, era
imposible, hablando ahora del Mundo Natural, que de por sí mismo el hombre
pudiese adorar a Dios “por el que es”, pues no conociendo a Dios sino por sus
Atributos, la Divinidad del que dijo “Yo Soy el que Soy” quedó nublada por la
visión del Poder de aquel que abriera las aguas de un mar para abrirle paso a
su creación. Así que, siendo imposible para el hombre alcanzar el Conocimiento
Verdadero de su Espíritu, dispuso Dios que Aquél que vive en Él viniera a
nuestro encuentro y nos descubriese “al que es” en “el que era”, enseñándonos a
Adorar a la Divinidad no en razón de su Todopoder sino en razón de su Espíritu.
Y de aquí que Pablo utilizase la comparación entre Jesucristo y Melquisedec.
Esto de un sitio, del otro:
Pues si la perfección viniera por el
sacerdocio levítico, (pues bajo él recibió el pueblo la Ley) ¿qué necesidad
había de suscitar otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y no
denominarlo según el orden de Arón? Mudado el sacerdocio, de necesidad ha de
mudarse también la Ley. Pues bien: aquel de quien esto se dice, pertenece a
otra tribu, de la cual ninguno se consagró al altar. Pues notorio es que
Nuestro Señor nació de Judá, a cuya tribu nada dijo Moisés tocante al
sacerdocio. Y esto es aún mucho más evidente en el supuesto de que, a semejanza
de Melquisedec, se levanta otro Sacerdote, instituido no en virtud del precepto
de una ley carnal, sino de un poder de vida indestructible, pues de Él se da
este testimonio: “Tú eres sacerdote para siempre según el orden de
Melquisedec”. Con esto se anuncia la abrogación del precedente mandato a causa
de su ineficacia e inutilidad, pues la Ley no llevó nada a la perfección,
sino que fue sólo introducción a una esperanza mejor, mediante la cual nos
acercamos a Dios.
Notamos, en consecuencia, que ya en
Abraham latía la Esperanza de Salvación Universal, y aunque en Promesa, era tal
su fuerza como para vencer el poder de su sangre y mover su brazo hacia lo
alto, armado de hierro, para sacrificar a su propio unigénito en el altar de la
Encarnación. Dios no llama a Abraham su siervo, sino su Amigo. Y en esta
Amistad, latiendo el Conocimiento Perfecto del Amigo Divino, negado a la
Humanidad en función de la Caída y sus efectos universales, tenemos en las
entrañas de Israel a Cristo, la Religión fundada no en la Adoración del Poder
sino en la visión del Espíritu del que dice “YO SOY EL QUE SOY”. Mas cuando
llega la Hora de la Encarnación notamos que la Ley Antigua debía seguir su
Camino hasta nosotros, la Descendencia en las entrañas de Cristo, “la
manifestación de los hijos de Dios que la creación entera esperaba ansiosa”, y
debiendo bajar Jesús su brazo, a la manera que Abraham el suyo, aunque en este
caso contra el Imperio del Mundo, el Cristianismo debía hacer su camino a la
manera que hizo el suyo el pueblo nacido de la Obediencia de Abraham, con la
diferencia, se entiende, que aquélla Obediencia dio paso a la Iglesia, y ésta,
siendo la Esposa del Señor, es ya religión sempiterna y está en la Casa de su
Esposo como Señora al cargo de todo aquello que se refiere a la Casa de su
Señor, es decir, la Adoración de Dios en tanto que Espíritu y no en tanto que
Poder, pues el Poder es del Señor, su Esposo.
La corrupción está en la elevación de
quien es siervo al trono de su Señor, reclamando para sí los poderes de su
Señor, justificando esta corrupción en la necesidad de los tiempos. Pues como
sabemos quien tiene por Señor a su Esposo recibe de
su Señor Esposo todos los poderes debidos al gobierno de su Casa y queda al
cargo de las Llaves de la misma mientras el Señor está fuera de la Casa; pero
este Poder se refiere a la Casa de su Señor, y no a la del vecino, por decirlo
así, siendo la extensión del Poder de las llaves del reino de los cielos a las
puertas del Infierno una perversión natural a la corrupción intrínseca a la
Ignorancia bajo la que ejecuta su acción el siervo mientras su señor está de
viaje lejos de su casa.
Así que, habiendo procedido Dios a
encarnarse a fin de dejar tocar su Espíritu por los sentidos, la Revolución
Fundacional del Cristianismo vino a poner sobre la Mesa la Esperanza de
Salvación Universal que Abraham llevó en su Mente todos los días de su vida y
que, por el Matrimonio de Cristo con la Iglesia, recogida la Esperanza en el
seno de quien es Eterno, vino a cruzar los milenios sobre el tempestuoso mar de
los siglos en la indestructible barca de la Divinidad de su Fundador. Pues
siendo la Religión Antigua un Poder sujeto al arbitrio de la cabeza del
momento, Dios venció de antemano la consumación de la corrupción bajo cuya
montaña de crímenes se hundiera el Templo Antiguo, y que amenazaría al Nuevo
Templo, estableciendo para la Iglesia Una Sola y Única Cabeza Universal, su
Hijo. Y dado que la creación se hundió en la Caída en razón de la voluntad de
quienes siendo cabezas religiosas de sus mundos dirigieron sus cuerpos hacia la
Guerra contra el Espíritu Santo, Dios abolió toda Corona y Poder, hizo de todos
los pueblos uno solo, los fundió en uno solo y único y le ha dado por Cabeza a
todo su Reino un único Rey y Señor, su Hijo, a fin de que siendo Indestructible
su Cabeza el Cuerpo de la Creación participe de la Eternidad propia de su
Creador, y siendo la Voluntad del Rey y Señor el Impulso Sobrenatural e
Incorruptible bajo el que se mueve su Reino quede desterrado del Universo la
Semilla de la Muerte, que procedió a parir al Diablo, “la serpiente antigua”, y
extendió su Infierno, primero en el Cielo, y finalmente en la Tierra.
Deduciendo de cuyos actos malignos se ve que el origen de la corrupción de la
religión está en la elevación de una criatura, sea sacerdote o rey, a la gloria
de quien es la Única y Sola Cabeza de las Iglesias: el Rey y Señor Jesucristo.
Conociendo lo cual, porque él mismo era hebreo, Pablo vuelve a la constante
figura de Melquisedec, denunciando el Pontificado de Sucesión como origen de la
Corrupción que se consumaría en la destrucción del Templo Antiguo y cuya
reedición conduciría a la Iglesia Ortodoxia a ese mismo fin, primero en su
forma bizantina, luego en su forma rusa, habiendo dejado Dios un resto a fin de
ofrecer misericordia. Esto de una parte. De la otra, habiéndose dado el mismo
estado de cosas durante la coronación de Carlo Magno era solo natural que la
Negación del Papado contra la Corona Universal de Jesucristo condujera a la
Iglesia de Occidente a aquella Guerra Civil Europea que los historiadores nos
han transmitido bajo el pomposo nombre de “la Reforma”.
¿Esperanza fallida?
¡En absoluto!
Pues el que es Indestructible es Invencible, y
debiendo regresar el Señor de su Viaje es solo natural que el siervo que
durante la ausencia de su Señor asumiera el poder sobre su Casa ponga a los
pies de su Señor el Pontificado y deje al Juicio de su Señor el pago de sus
errores y aciertos, y la Esposa, regresando su Señor a Casa, disponga la Mesa.
De manera que, en y por esta Disposición, se cumple esa “esperanza mejor” de la
que hablara Pablo, porque siendo profeta, según lo escrito, que el espíritu de
Jesús es el espíritu de la profecía, desde su carne Pablo ya viera en compendio
el viaje que le esperaba al Cristianismo desde el Imperio de los Césares a
nuestros días. Por lo que se atreviera a decir, hablando de Jesús como Solo y
Único Pontífice Universal de la Creación entera, de la Presente como de la
Futura:
Y por cuanto no fue hecho sin
juramento — pues aquéllos fueron constituidos sacerdotes sin juramento, mas
éste lo fue con juramento por el que le dijo: “Juró el Señor y no se
arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre” —, de tanta mejor alianza, se ha hecho
fiador Jesús. Y de aquéllos fueron muchos los hechos sacerdotes, por cuanto la
muerte les impidió permanecer; y es por tanto perfecto su poder para salvar a
los que por Él se acercan a Dios, y siempre vive para interceder por ellos. Y
tal convenía que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, apartado
de los pecadores y más alto que los cielos; que no necesita, como los
pontífices, ofrecer cada día víctimas, primero por sus propios pecados, luego
por los del pueblo, pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a sí mismo. En
suma, la Ley hizo pontífices a hombres débiles, pero la palabra del juramento,
que sucedió a la Ley, instituyó al Hijo para siempre perfecto.
Ahora bien, si el hombre hubiera podido
haber alcanzado por sí mismo este Modelo de Pontificado, establecido en la
Santidad, la Inocencia y la Incorruptibilidad inmarcesible propias del Espíritu
Creador, en este caso Dios bebiese sido el peor de los criminales,
aquél que mata a su propio hijo. Mas abogando la Historia en defensa de
esta Imposibilidad, debiendo Dios, por Amor a su Creación, hacerse carne en su
Hijo y en la Cruz abrirse el Pecho para que viésemos su Corazón, que no tiene
en el Poder su Gloria sino en la Verdad y la Justicia, y porque era imposible
que una religión fundada en la Adoración del Poder llevara a la Creación a la
Visión del Espíritu del Creador, el Hijo bajó su Brazo Todopoderoso y viendo en
su Padre “al que es” se arrodilló ante
su Espíritu Santo, deviniendo por esta Adoración “perfecto”, y Pontífice
Universal Sempiterno. Amén.
IX
Jesucristo, Vida al otro lado del Fin
del Mundo
Tenemos, por consiguiente, que el
problema es de Dios en cuanto siendo suya la Idea de la Creación Él mismo se
crea a sí mismo el Problema de la Convivencia con su Criatura y la debida
articulación de la Civilización procedente. Dios no procede exclusivamente a la
creación de vida en el espacio y el tiempo, sino que revoluciona la existencia
misma de la Vida al darle por etapa final de Evolución la Inmortalidad,
haciendo de esta manera participe a la criatura de la propiedad eterna de la
vida de su Creador. Felicidad perfecta en la que late la alegría de quien es
creado, y a la vez nos da cuenta de la inmensidad del problema que se plantea a
sí mismo nuestro Creador, pero en quien la Felicidad del que engendra supera la
problemática y la resuelve en la Personalidad de quien es Dios Verdadero y,
aunque en una primera instancia le cause la posición puño en barbilla, la
victoria es siempre suya. Y como dice el proverbio popular, “para no tener
problemas sólo hay que estar muerto”.
Ahora bien, los ignorantes y los
perversos, los primeros por propiedad de su ignorancia y los segundos por
efecto de su maldad, tienden a creer que Dios no tiene problemas. Y sin embargo
basta abrir los ojos a la luz del día para ver que Dios tuvo un gran problema.
Y que la misma Actividad Creadora implica un constante y continuo movimiento en
el universo de los problemas.
La articulación de una Convivencia
entre quienes somos simples criaturas y dependemos en lo absoluto y en lo
particular de la Voluntad de nuestro Creador para mantenernos vivos, una
Sociedad de este Tipo implica un tremendo y complejo problema. Que teniendo su
origen en la Voluntad de nuestro Creador le toca a El buscar y encontrar la
Respuesta, y que una criatura se atreva a ofrecerla es síntoma visible de
locura.
Pues las criaturas, no siendo más que
el fruto de la Voluntad de nuestro Creador, dependemos en lo particular y en lo
absoluto de su Omnisciencia y su Sabiduría y fuera de éstas la Ciencia deviene
un instrumento de destrucción, a nivel universal y particular, incluyendo en
esta dimensión científica a la propia Teología. Y así, todo teólogo que no
sirve a Dios con su pensamiento, sino que pone su pensamiento al servicio de un
hombre, sea Papa, Patriarca o Arzobispo, ¡comete delito contra Aquel al que se
supone adora con su Pensamiento, o sea, Dios! Pues el fin y el principio de la
Teología es el Conocimiento de Dios en cuanto Dios y desde el momento que donde
se dice Dios se pone Iglesia o Papado o Patriarcado o cualquier otra cosa, la
Teología deja de ser Ciencia de Dios para devenir ciencia de hombres, y siendo
cosa de hombres todo su contenido es muerte y destrucción, sobre lo cual está
la Historia del Cristianismo y de las Iglesias llena de ejemplos, en los que,
en todos juntos y uno por uno, vemos cómo la División de las Iglesias, es
decir, la destrucción del Reino de Dios en la Tierra, encontró siempre en los
teólogos su mejor soldado al servicio del Diablo. Y así vemos en el autor de
sus Epístolas que su Teología está al servicio de Dios y jamás al servicio de
Pedro, y que la corrupción de las iglesias comenzó cuando los futuros Pablos
quitaron a Dios como Ser y pusieron su pensamiento al servicio de papas,
emperadores, patriarcas y reyes, sirviéndoles como siervos, renunciando de esta
manera a la Autoridad del Señor Jesucristo para poner a los pies de un hombre
su genio.
Así pues, y volviendo a la Idea del
Pontífice Universal, Único y Sempiterno, y habiendo Uno, Solo y Único que vive
por la Eternidad, y es en su Naturaleza Dios de Dios, se entiende que cualquier
discusión sobre el Pontificado Universal que le afecte a la sustitución de
Aquel a quien Dios Padre ha erigido como cabeza de la Religión de su Reino es,
en el caso más comprensivo, locura, y en el caso más directo, perversión
maligna y rebelión infernal contra Aquel que Dios eligió para mantenerse de pie
delante de su Majestad Omnipotente y el Solo y Único que vive eternamente ante
su Presencia.
Nosotros, considerando la Ignorancia
de la Cristiandad, lo mismo de los Pastores que de los Rebaños, en función de
los Efectos surgidos a raíz de la Caída y Rebelión de los hijos de Dios contra
quien fuera su Padre, excusamos la Discusión sobre el Pontificado Universal en
la Ignorancia, a la vez que denunciamos la continuidad de su dialéctica como
Rebelión contra el Pontífice Universal Sempiterno, Jesucristo.
De donde se desprende que sólo hay un
Pontífice Universal, y la proyección de sus Poderes a un hombre es una
perversión de la Gloria de Jesucristo, la cual perversión por lógica había de
proceder a poner en marcha la ignominiosa Historia de los Papas, Patriarcas,
Arzobispos, etcétera, que no fue sino el resultado de la acción de aquéllos que
quisieron para sí lo que el Diablo quiso para sí mismo, ¡la Gloria de
Jesucristo!, el Diablo fijando sus ojos en la de su Corona, y los Papas,
Patriarcas y Arzobispos en su Pontificado.
Mas volvemos a lo mismo, si la locura
del Diablo fue la manifestación de una Pasión Maligna, incurable e invencible
por en cuanto fue asumida con pleno conocimiento de causa, estando en posesión
de sus plenas facultades mentales, intelectuales y físicas su autor, en el caso
de las iglesias la locura está sujeta a la definición de lo pasajero, en virtud
de la ignorancia heredada de Adán, y, en consecuencia, la salud de las iglesias
está a los pies de su Señor. Ahora bien, si quienes aprovechando la Ignorancia
de la Cristiandad de Ayer aún Hoy quieren mantener contra el Señor los
Atributos del Pontífice Universal, Jesucristo, allá ellos con su Delito.
Nosotros sólo sabemos lo que el Espíritu Santo nos dijo, a saber:
El punto principal de todo lo dicho
es que tenemos un Pontífice que está sentado a la diestra del trono de la
Majestad de los cielos; ministro del santuario y del tabernáculo verdadero,
hecho por el Señor, no por el hombre. Pues todo pontífice es instituido para
ofrecer oblaciones y sacrificios, por lo cual es preciso que tenga algo que
ofrecer. Si El morara en la tierra, ni podría ser sacerdote, habiendo ya
quienes, al tenor de la Ley, ofrecen oblaciones. Estos sacerdotes sirven en un
santuario que es imagen y sombra del celestial, según fue revelado a Moisés
cuando se disponía a ejecutar el tabernáculo: “Mira — se le dijo — , y hazlo
todo según el modelo que te ha sido mostrado en el monte”.
En este caso el Modelo que se le
ofreció a los Edificadores de la Iglesia lo vemos en el Concilio de Jerusalén
del 49, donde todos los Obispos se reúnen en calidad de Hermanos del Pontífice
Universal, Jesucristo, bajo cuya Autoridad hablan y a El únicamente le deben
Obediencia, manifestándose de esta manera el Señor en sus siervos para
Edificación de toda su Iglesia. Y hubiera sido una perversión maligna y
demoníaca por parte de Pedro haber condenado a Pablo por atreverse a cerrarle
la boca y abrir la Cristiandad a todas las naciones sin necesidad de la Ley del
Judaísmo. Al contrario, siendo el Único Infalible el mismo y único Señor de
todos, Jesucristo, es este Señor el que, estando todos los Obispos a su
servicio, corrige a unos por los otros para la perfección del magisterio de
todos, y lo contrario, como se entiende del Modelo Divino, a saber, que un
Siervo anule la Autoridad de Dios y la Obediencia debida de todos los siervos a
su Señor Universal y sempiterno, Jesucristo, y la sustituya por su voluntad,
esto es una perversión maligna -de darse contumacia invencible- por parte del
siervo que contra Dios y el Señor anule la Autoridad Divina aboliendo el
Pontificado Universal de Jesucristo mediante la locura de la Infalibilidad de
un Siervo contra todo el Concilio.
En este sentido la Historia de las
iglesias desde Pablo a nuestros días es una lucha entre la Muerte y la Vida
contra la materialización del Modelo por Dios levantado en el Concilio del
Jerusalén. Vemos en él que es el Señor quien reúne a sus siervos y que ése
mismo Señor y Pastor Universal Supremo es el que actúa en Espíritu para
corregir cualquier problema en el movimiento universal del Momento. Esta es la
Relación entre el Creador y su Creación fundada por Dios en Persona para
subsistir por la Eternidad, y acorde a este Modelo Divino, siguiendo la
esperanza: “Así en la Tierra como en el Cielo”, las Iglesias se articulan Conciliarmente bajo la Única Autoridad Infalible de
Jesucristo, cuyo Espíritu rige la sabiduría de sus siervos para el bien de
todos, y lo contrario, que un siervo se declare Infalible y anule la Autoridad
de Dios Omnisciente y Todopoderoso es un Delito de Rebelión contra el Señor
Jesucristo, sobre el cual tendrá que pronunciarse el interesado en nuestros
días, justificando su delito en la Ignorancia si hinca las rodillas y pone el
efecto de su comportamiento a los pies de su Señor, o declarando su Rebelión ad eternum, a imagen y semejanza de la del Diablo, si
procede a mantener su posición contraria en lo absoluto al Modelo Divino.
Y siguiendo con el Espíritu Santo:
Pero nuestro Pontífice ha obtenido un
ministerio tanto mejor cuanto Él es mediador de una más excelente alianza,
concertada sobre mejores promesas. Pues si aquella primera estuviera exenta de
defecto, no habría lugar a una segunda. Sin embargo, vituperándolos, dice: “He
aquí que vendrán días, dice el Señor, en que concertaré con la casa de Israel y
con la casa de Judá un pacto nuevo, no conforme al pacto hecho con sus padres
el día en que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, puesto
que ellos no permanecieron fieles en su alianza y yo me mostré negligente con
ellos, dice el Señor. Este será el pacto que yo haré con la casa de Israel
después de aquellos días, dice el Señor: Imprimiré mis leyes en su mente, y en
sus corazones las escribiré. Y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y
nadie enseñará a su conciudadano ni a su hermano, diciendo: Conoce al Señor;
porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor, porque me mostraré
indulgente con sus iniquidades, y de sus pecados jamás me acordaré”. Al decir
“un pacto nuevo”, declara envejecido el primero. Ahora bien, lo que envejece y
se hace anticuado está a punto de desaparecer.
De donde se ve que la Historia del
Israel bíblico es un paso por el mar Rojo de los siglos hasta llegar al Reino
Universal de Jesucristo, hacia el que caminaba el Judaísmo sin conocimiento
perfecto de causa, porque era imposible que el Hombre entendiera qué es lo que
le estaba pasando a su mundo, y no entendiéndolo siguiera en la obediencia a un
Dios que, pudiendo, no determinó el cese de los efectos que arrancaron su curso
en la Mesopotamia Adánica y cuyo fin estaba conduciendo al mundo a su
destrucción total. Y es que no habiendo visto por la experiencia la causa por
la que Dios alzó la Pena de Muerte contra la Guerra, existía la necesidad
absoluta e imperiosa de dicha experiencia, a fin de que por el conocimiento que
viene de los sentidos la Creación entera viese con sus ojos la razón por la que
Dios no puede soportar la Injusticia y la Corrupción, y amando la Verdad y la
Paz sobre todas las cosas, no sólo no aboliese la Pena de Muerte contra el
Transgresor a la Ley de la Vida sino que mantuviera su Espíritu aún sobre la
cabeza de su propio Hijo.
Desafortunadamente para nuestro mundo
nos tocó ser el campo de esa experiencia, por Dios vivida muchas veces y
ninguna por sus hijos, y que se resume diciendo que todo Mundo expuesto a la
Ciencia del bien y del mal acaba en el Polvo, pereciendo su esperanza de vida
eterna en el fuego de su propia demencia suicida. Pero observamos que podía
oponérsele a esta Ley eterna el razonamiento de que estando Dios por medio,
bien puede Dios vencer tales consecuencias. Ahora bien, la inconsistencia de
este razonamiento consiste en que la Ciencia del bien y del mal, operando,
requiere de la negación de la participación de Dios en la Historia del Mundo, y
de aquí la consecuencia.
Pero el conocimiento sin fundamento
en la experiencia, llevado a este nivel, procede a la incredulidad de la verdad
en la respuesta, y de aquí que Dios determinase fundar la Verdad, por la
Eternidad, sobre los fundamentos de la experiencia, que, en lo que a nosotros
nos toca, consiste en la sucesión de los acontecimientos que habían de conducir
y conducen a nuestro mundo a su destrucción, es decir: “Polvo eres y al polvo
volverás”. Y de aquí que, existiendo la Necesidad, dijese Dios que se mostró
“negligente con Israel”. Mas inmediatamente el Espíritu Santo dice:
Este será el pacto que yo haré con la
casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: “Imprimiré mis leyes en
su mente, y en sus corazones las escribiré. Y yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo. Y nadie enseñará a su conciudadano ni a su hermano, diciendo: Conoce al
Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor, porque me
mostraré indulgente con sus iniquidades, y de sus pecados jamás me acordaré”.
Al decir “un pacto nuevo”, declara envejecido el primero. Ahora bien, lo que envejece
y se hace anticuado está a punto de desaparecer.
O sea, teniendo Dios misericordia de
nuestro mundo y justificando el delito de Adán en la Ignorancia, en virtud de
la cual la Gracia nos vino por la Sangre de Jesucristo, quiso Dios Pactar con
nosotros, en cuanto Mundo, a fin de que, así como estableció la vida de Israel
mientras existió el Pacto con los hijos de Abraham contra todos los poderes que
la Muerte desató para borrar de la faz de la Tierra a los Hebreos, por este
mismo Poder Invencible Dios hacía del Mundo Cristiano su Pueblo, de manera que
sin abolir la Ley nos abre por la Fe una Esperanza de vida, de esta manera por
la Fe cumpliéndose la Ley, y por la Esperanza dándosenos un Nuevo Principio.
Ahora bien, sabemos por este Pacto entre Dios y Cristo, que nadie verá ese
principio si no aquéllos a los que se refiere la Nueva Alianza, cumpliéndose
así, para los que viven sin el Dios de la Eternidad, la Ley, y para los que
vivimos a la luz de su Reino, Vida al otro lado del Fin del Mundo.
X
El Testamento de Cristo y la Ley
contra la Guerra
Aquí entramos en el mismo Sagrario.
Dejamos de merodear por el exterior de la Existencia de la Divinidad para,
deviniendo sus familiares, tener acceso de lleno a la propia esencia de quien
es en sí y de por sí “la Vida Eterna”; dejamos de maravillarnos de ser “barro”
que habla, figuras de polvo animadas de vida divina, para correr hacia nuestro
Creador y seguirle por los campos los siglos como sigue el Rebaño a su Pastor,
el ejército a su Rey, el hijo a su padre, unidos en una misma marcha contra la
Muerte. Nada nos detiene, nuestro paso está marcado, nuestra victoria escrita
en los ojos del Dios de la Eternidad, ¿y quién le arrancará la visión de
nuestra Victoria de su Mente? Acusados, sentenciados, golpeados, escupidos e
injustamente maltratados, las cicatrices de nuestra batalla permanecen para
memoria de nuestros huesos. Y en la eternidad el recuerdo de nuestra Victoria
será el núcleo contra el que ha de estrellarse por siempre la tentación del
regreso al infierno del que saldremos y contra el que nuestra Fe levantará una
Civilización Nueva al otro lado del Fin que se acerca. Nuestra carne caminaba a
este Fin desde que dijera el Juez de su Creación: “El hijo de Eva te aplastará
la cabeza”. No hay miedo al Fin, sino alegría por el Principio que pareció
habernos sido arrebatado el día que nuestro Campeón fue escupido, golpeado,
injustamente maltratado y finalmente crucificado como un vulgar despojo. ¿No
fue ése el día de nuestro nacimiento? Murió El para que nosotros viviéramos; no
hay necesidad de nuestra muerte. Para regalarnos la vida se dejó quitar la
suya. Jurando así Dios sobre su sangre que muriendo El quedaba su Descendencia
exenta de muerte. Alegría pues, y todos a por la Victoria. Y ahora al lío. Dice
el Espíritu Santo:
Y el primer pacto tenía su ceremonial
y su santuario terrestre. Fue construido un tabernáculo, y en él una primera
estancia, en que estaban el candelabro, y la mesa, y los panes de la
proposición. Esta estancia se llamaba el Santo. Después del segundo velo, otra
estancia del tabernáculo, que se llamaba el Santo de los Santos, en el que
estaba el altar de oro de los perfumes y el arca de la alianza, cubierta toda
ella de oro, y en ella un vaso de oro que contenía el maná, la vara de Arón,
que había reverdecido, y las tablas de la alianza. Encima del arca estaban los
querubines de la gloria, que cubrían el propiciatorio. De todo lo cual nada hay
que decir en particular. Dispuestas así las cosas, en la primera estancia del
tabernáculo entraban cada día los sacerdotes, desempeñando sus ministerios;
pero en la segunda, una sola vez en el año entraba el pontífice solo, no sin
haber ofrecido la sangre en expiación de sus ignorancias y las del pueblo.
Quería mostrar con esto el Espíritu Santo que aún no estaba expedito el camino
del santuario mientras el primer tabernáculo subsistiese. Era esto figura que
miraba a los tiempos presentes, pues en aquel se ofrecían oblaciones y
sacrificios, que no eran eficaces para hacer perfecto en la conciencia al que
ministraba, pues eran sólo sobre alimentos, bebidas y diferentes lavatorios y
preceptos de una justicia carnal establecidos hasta el tiempo de la
rectificación.
Teníamos, por tanto, en el Templo de
Jerusalén la Promesa del Perdón de todos los pecados del mundo en la Sangre del
Cordero de Dios, que El ofrecería en Expiación de todos los delitos cometidos
por el Género Humano desde la Caída de Adán, estableciendo esta Redención en la
Ignorancia del Transgresor, quien habiendo sido engañado por un hijo de Dios,
no de esta creación, sin saber lo que hacía alzó el hacha de guerra contra las
naciones “en la fe de obtener por la violencia del Poder lo que mediante la Paz
de la Sabiduría le vendría dado por herencia del Espíritu Santo”.
Pero ... Dios ofreció su Cordero a
distancia infinita respecto al día de la Caída, por esta distancia quedando
condenados a destrucción naciones enteras que por el Delito de “aquel hijo de
Dios” fueron entregadas a la ruina. ¿Cómo iba Padre tan excelente permitir que
le fueran arrebatados tantos hijos sin abrirse en su Corazón una herida, de la
que vino a brotar de la fuente del Amor, en la que todos los cristianos saciamos
nuestra sed, y de cuyo manantial es escanciado en nuestras almas la alegría que
viene del que es amado con pasión que no muere nunca? ¿Cómo iba a permitir Él
que de esta divina fuente brotase el agua del miedo a la Omnipotencia y al
Todopoder de Dios? Magnífico en su Ciencia, brillante en su Sabiduría,
delicioso en su Corazón, estableció Dios, sobre la Sangre de su Cordero, desde
entonces y para siempre, que todos sus hijos volverían a sus manos, y en el Día
del Juicio Final todos sus hijos, de esta creación, tendrían por Defensor de su
Causa a Aquel mismo que por nuestra causa se entregó a la injusticia para
establecer sobre la Justicia que viene de la Sabiduría nuestro Conocimiento de
Dios, y lo que es más importante, hacer que de su sangre brotara el agua divina
del Amor al Creador de todas las cosas, quedando de esta manera milagrosa la
relación del Creador con su Creación establecida no en el Miedo a un Ser que es
Indestructible y Todopoderoso sino en el Amor que procede per se de padre a hijo, aun cuando el primero es Dios y el segundo
sólo su criatura.
Pero Cristo, constituido Pontífice de
los bienes futuros y penetrando en un tabernáculo mejor y más perfecto, no
hecho por manos de hombres, esto es, no de esta creación; ni por la sangre de
los machos cabríos y de los becerros, sino por su propia sangre, entró una vez
para siempre en el santuario, realizada la redención eterna. Porque si la
sangre de los machos cabríos y de los toros y la aspersión de la ceniza de la
vaca santifica a los inmundos y les da la limpieza de la carne, ¡cuánto más la
sangre de Cristo, que por el espíritu eterno a sí mismo se ofreció inmaculado a
Dios, limpiará nuestra conciencia de las obras muertas para dar culto al Dios
vivo! Por esto es el mediador de una nueva alianza, a fin de que, por su
muerte, para redención de las transgresiones cometidas bajo la primera alianza,
reciban los que han sido llamados las promesas de la herencia eterna.
Aleluyas, pues, en los espacios
infinitos, y amenes en las dimensiones eternas, porque el Creador no renunció a
su Creación, ni dobló la cabeza como quien da por consumada la ruina de su
aspiración gloriosa, sino que, exaltándose, en su Verdad invencible levantó sus
brazos para, dejándose crucificar, mostrar su Indestructibilidad en el Acto de
la Resurrección.
¡Cantad, poetas, salmos nuevos al
arpa de seis cuerdas, la que habla con la voz de la tormenta, batid rayos y
truenos contra el pellejo que antes hablara gritos de guerra!
Miradme estrellas, estoy
ensangrentado, acribillado por el cuchillo de los milenios, atrapado entre las
sábanas de una visión que no se va de mi cabeza.
Despierta, Humanidad, levántate de tu
sueño. No es hora de promesas. A vestirse que ya el Día alborea.
Ay mi cabeza, dura como el hierro, mi
voluntad como el diamante que jamás se quiebra. Siento el metal en mis huesos
como juramento escrito con tinta de fuego.
Corramos. La Victoria es nuestra.
Así pues, lo que había sido
constituido bajo juramento como Promesa sempiterna tenía que vestirse de carne
y derramar su sangre con objeto de quedar sellada la Nueva Alianza entre Dios y
su creación entera. Porque si por un único hombre todo el mundo fue entregado a
la ruina, era solo natural que siendo Dios el que es la Restitución del
Género Humano a su Creador implicase una Alianza Nueva entre todas las naciones
y el Dios de todas ellas. ¿Porque conociendo a Dios, hay algo más natural que
Dios no se dejase intimidar por el Infierno y aceptase el reto de una Guerra Total
contra su Creación por parte de la Muerte? Y no sólo era natural, sino que de
no haberla aceptado no amáramos a Dios bajo ningún concepto, y como el amor por
ley no puede ser impuesto a quien es libre y está en posesión de todas sus
facultades ontológicas, ni el mismo Dios puede hacer que el infierno se
convierta, fue Su Sí Total a la Guerra la Afirmación que hizo brotar
espontáneamente en todas sus criaturas, las de esta creación como en las de las
anteriores, el Amor al que es, quedando así fundada la relación
entre Creador y Criatura, de una vez y para siempre, en el Amor de un padre a
sus hijos y no en el Miedo a un Ser todopoderoso y omnipotente. Sobre lo cual
hay que decir mucho, pero no será en este momento.
Porque donde hay testamento es
preciso que intervenga la muerte del testador. El testamento es valedero por la
muerte, pues nunca el testamento es firme mientras vive el testador. Y ni
el primero fue otorgado sin sangre; porque, habiendo leído al pueblo todos los
preceptos de la Ley de Moisés, tomando éste la sangre de los becerros y de los
machos cabríos, con agua y lana teñida de grana e hisopo, asperjó el libro y a
todo el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que Dios ha
contraído con vosotros”. Y el mismo tabernáculo y los vasos del culto los
asperjó del mismo modo con sangre, y, según la Ley, casi todas las cosas han de
ser purificadas con sangre, y no hay remisión sin efusión de sangre.
De una Promesa saltamos a otra. Si
por la primera el Mundo quedó en suspense y la creación entera contuvo el
aliento a la espera de su realización, máxime cuando el pueblo al que se le dio
por misión mantener vivo su fuego fue una nación pequeñita, sin apariencia ni
fuerza delante de las naciones, y para mayor dificultad -si cabe- sujeta a la
misma ley de ignorancia que tenía esclavizado al resto del mundo, pues de no
haber existido ignorancia hubiera sido innecesario el templo y sus sacrificios
expiatorios, y por esta ignorancia y aquella debilidad la promesa de victoria
parecía diluirse en las aguas turbulentas de los siglos hasta llegar al Pesebre
donde- se dice- naciera Aquel nacido para ser el Cordero de Dios ... Y porque
había nacido para ser el Cordero precisamente Aquel que resucitara para ser el
Rey, la Promesa de Su Reino Universal en la Tierra quedaba de nuevo en
suspense, y a la creación entera, aunque coronada, volvía a llenársele de
lágrimas el rostro; mas si las primeras lágrimas
fueron de temor ante lo desconocido, a saber, la Victoria de Jesús, y en su
sabor la desolación se apercibía, en las segundas, aunque terribles sobre la
sangre de tantos inocentes llevados al matadero del Sacrificio, el cántico de
los sacrificados en el altar de la Redención endulzó con el grito de victoria
el paso del Cristianismo por los siguientes siglos, luciendo al final de la
Noche de los Obispos la Vida espléndida de la Promesa que sellara con su sangre
el Rey, de traer a luz Descendencia de su Espíritu.
De Promesa a Promesa, de una
Descendencia a otra, de la Descendencia de Abraham a la Descendencia de Cristo.
Y si la primera estaba predestinada al Sacrificio, la segunda, muriendo los
primeros para que nosotros viviéramos, vivimos para una Promesa de vida.
Era, pues, necesario que las figuras
del santuario celestial fuesen purificadas, pero el santuario mismo del cielo
había de serlo con más excelentes sacrificios; que no entró Cristo en un
santuario hecho por mano de hombres, figura del verdadero, sino en el mismo
cielo, para comparecer ahora en la presencia de Dios a favor nuestro. Ni para
ofrecerse muchas veces, a la manera que el pontífice entra cada año en el
santuario en sangre ajena; de otra manera sería preciso que padeciera muchas
veces desde la creación del mundo. Pero ahora una sola vez, al cumplirse los
siglos, se manifestó para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo. Y
por cuanto a los hombres les está establecido morir una vez, y después de esto
el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para
tomar sobre sí los pecados de todos, por segunda vez aparecerá, sin pecado, a
los que le esperan para recibir la salud.
De donde se ve que establecida la
Necesidad quiso Dios hacer de su consumación sello con el que hacer inaccesible
a los siglos el testamento de su Hijo. Y como habiendo descendencia es el hijo
el que hereda y la madre la que dispone de todas las cosas hasta la mayoría de
edad del heredero de su esposo, viendo el Espíritu Santo esta disposición dio
testimonio del Futuro diciendo “pero esperamos la libertad de los hijos de
Dios”, hablando así en nombre de la creación entera. Pues, en efecto, habiendo
declarado Dios pasado todo lo Antiguo y estableciendo su Reino sobre el
Fundamento de la Gloria “sola y única” de su Hijo Primogénito, declarando el
Fin del Imperio y anunciando el principio del Reino Universal de su Unigénito,
era solo natural que el Rey fuese coronado delante de toda la casa de Dios y
regresase a su Mundo para sentarse en Su Trono sempiterno, quedando de esta
manera nuestro mundo a la espera de la consumación de los tiempos, sobre cuyo
Fin, “polvo eres y al polvo volverás”, dispuso Dios por la Sabiduría que viene
de la experiencia que se estableciese en la Inteligencia de toda su creación la
Causa por la que Él ha establecido Prohibición, bajo pena de muerte, contra la
Guerra.
No nos queda más que unir nuestro
pensamiento al de Dios, nuestro Rey, y declarar la Abolición de la Guerra, y
Afirmar Declaración de Pena de Muerte contra todo “el que coma del fruto del
árbol prohibido”. Esta es la Ley del Reino de Dios, la Ley que transgredió el
Primer Hombre.
Porque la Guerra es el fruto del
árbol de la Ciencia del bien y del mal, bendito sea Dios por haber mantenido la
Ley contra la sangre de su Hijo, bendito por haber hecho manar de esa sangre su
Reino, y bendito de nuevo por haberle dado la Corona de su Reino a Aquel que
derramó su Sangre antes que hacer de su Brazo un hacha de guerra.
LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO
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