LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO
INTRODUCCIÓN BIOHISTÓRICA
Al que venciere le daré una
piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el
que lo recibe. Yo le haré columna en el templo de mi Dios, y no
saldrá ya jamás fuera de él, y sobre él escribiré el nombre de Dios,
y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén, la que
desciende del cielo de mi Dios, y mi nombre nuevo.
Ap. 3,12
Este Libro tuvo su Principio en un Librito,
“Luz, Verdad y Vida”, escrito en la prisión militar del Ferrol del Caudillo,
Galicia, España, a finales del 1978, durante los días del cambio de Obispo
en Roma entre Juan Pablo I y Juan Pablo II. Aquel que me abrió la Puerta
de su Omnisciencia sabía que, de la Ignorancia al Conocimiento de todas las
cosas, aquel Librito tendría que hacer un Camino, estrecho y largo, hasta
adquirir el cuerpo que Hoy tiene; camino que no otro sino su Autor tendría
que vivir. Su Autor, yo, Cristo Raúl, abandoné el Cuartel de la Marina con
aquél “librito”, escrito a mano, que me sería dado a comer, y que yo comí. Ese
“librito” que le supo a mi alma más dulce que todas las riquezas de este
mundo, andando el Tiempo habría de saberme más amargo que el veneno más
ácido. Mas la Criatura que vive del Amor de aquél que lo engendra no conoce su
sino más que cuando arrecian los vientos y las tormentas, cruje la tierra y
caen los muros, se levantan las aguas y llueve duro sobre un edificio que,
a pesar de su fragilidad externa, fue fundado sobre Roca.
Este Libro, en efecto, contiene el
Conocimiento de todas las cosas, las del Cielo, las de los Cielos y las de la
Tierra. El Rey y Señor del Universo es quien da, y viendo buena su Obra, es
Él quien envía a su hijo, como Él fue enviado por su Padre. Pasado,
Presente y Futuro, he aquí las líneas sobre las que el espíritu de
Inteligencia, a Imagen y Semejanza de la Inteligencia Divina, se mueve el Autor
a través de los Libros que componen esta Obra. Los hechos tuvieron lugar
de este modo:
Un día de aquellos, durante la última
encrucijada entre milenios, yo, Raúl, un joven de 20 años, invoqué al Hijo de
Dios. Subí a un monte, dejé el mundo y todos sus valores atrás y me planté
delante de Dios con un mar de preguntas quemándome el ser. Aquel día di el
salto al otro lado de la Duda. Más allá de la Duda me planté delante de mi Creador.
Para mí, Raúl, el tiempo de la Duda había
pasado. Dios existe con la seguridad que existen el Sol y las estrellas. Así
que arrojando al suelo el lastre de la opinión de los expertos subí a
aquel monte y liberé mi pensamiento.
Y digo que fueron muchas las horas que
aquel joven alzó su voz al Cielo. El firmamento, el sol, la tierra, el
mar, fueron testigos de mis palabras. Sólo ellos saben con qué palabras
invoqué a mi Creador.
Y al cabo, caí al suelo sin fuerzas. En lo
alto de aquél monte permanecí como muerto durante un tiempo.
Cuando me levanté regresé a casa, y esperé
que se cumpliera lo que está escrito: “Al que llama, se le abre”. Y así fue. El
Hijo de Dios me oyó, y me abrió. Entonces se cumplió en mi ser lo que está
escrito: Al que crea de las entrañas le manará una fuente de aguas vivas.
Después de estas cosas yo, Raúl, seguí mi
camino, y andando conocí a una persona muy especial. Lo llamaban el Profe. De
joven el Profe se fue a hacer las Américas. Al cabo de décadas regresó a la
madre patria lleno de glorias, honoris causa, y todo eso, cosecha de su siembra
por las universidades latinoamericanas. Ya en su patria chica el Profe no
tardó en descubrir que para servir a Dios no hay que irse tan lejos; basta
doblar la esquina, mirar alrededor y ver ovejas perdidas por todos los
riscos. Conmovido por la suerte de aquella juventud -Dios sabe por quién
condenada a morir bajo los efectos del veneno de las cuatro letras malditas:
SIDA- el Profe abrió un caserón en el centro de su ciudad natal, Málaga, y
puso sus habitaciones al servicio de los jóvenes que como perros sin dueño
proliferaban por las calles. En aquella Casa se conocieron el Profe
y Raúl.
Al tiempo regresé a hacer mi propio camino.
Y se fueron el otoño y el invierno de aquel año, (1976). Durante la primavera
siguiente el Profe y yo, Raúl, volvimos a encontrarnos en Madrid. El hecho
de hallarse el Profe en Madrid se debía a que se le había descubierto una
enfermedad en el cerebro. Sus enemigos decían que aquello era castigo de Dios
por haber dilapidado su fortuna en aquellos leprosos sin salvación.
Ciertamente la operación costaba una fortuna, que el Profe no tenía,
porque se la había gastado en aquellas ovejas perdidas, y ahora andaba el
pobre mendigando ayuda. El hombre peregrinaba por Madrid de puerta en puerta.
Cuando volvió a encontrarse con Raúl el hombre ya había perdido la cuenta. ¡Los
amigos de los viejos días de gloria! La cosa era que aquel hombre tampoco
desesperaba. Lo que sí se sentía era solo.
“¿Y tú qué, Raúl? No me lo digas, no
acudiste a tu cita con el ejército. Y ahora vas por ahí a la aventura, un día
acá, y el siguiente allá”.
Era genial. Estaba en sus cincuenta. De
mediana estatura, rostro alegre, facciones latinas. Conversación entretenida.
Siempre se le veía risueño, “al mal tiempo: buena cara”, decía. No fumaba,
no bebía. No estaba casado. La gran pasión de su vida, la única que
tuvo jamás, fue Cristo, y lo confesaba como quien está orgullosísimo de
tener el tesoro más fabuloso del mundo.
Las siguientes semanas se diluyeron en el
río del tiempo. El Profe siguió su vía crucis de puerta en puerta. Mientras
tanto el mal seguía creciendo en su cerebro. Y él llevando su cruz a
cuestas sin más consuelo que el que podía hallar en la compañía de un muchacho.
A mí la tragedia y la grandeza de aquel hombre me impresionaron. Muchas han
sido las historias que me han impresionado a lo largo de mi existencia
alrededor de ninguna tuvo un
efecto tan decisivo en mi vida. Y pasó lo que tenía que pasar. Una noche de
aquel verano, de tanto patearme las avenidas madrileñas regresé a la habitación
que compartía con el Profe. En el firmamento de los cielos la Luna Llena
paseaba su gracia; el velo de su luz me cerró los ojos. Al poco me
despertaron unos lamentos. Creyendo que venían de un Profe perdido en
sus sueños, seguí durmiendo. Al fin abrí los ojos y vi al Profe, sentado
en el borde de su cama con la mirada perdida en el infinito. Por su
barbilla corría un hilo de sangre. El Profe estaba hablando solo. Yo dejé
al hombre hablar. Madre de Dios, la pena que estaba matando al Profe no era su
enfermedad, ni descubrir que sus amistades se desentendían de su problema.
La pena más grande que tenía su alma era no saber por qué Dios lo
había abandonado.
“¿Este es el precio a una vida de servicio,
Señor? ¿Esta es mi paga?”, se lamentaba en su ignorancia aquel doctor en más
teologías que los san Agustín y santo Tomás juntos.
Llegó el verano del 77, yo me moví a Ibiza.
No todo en este mundo tiene por qué ser trabajos, aventuras, errores, aciertos.
Cuando Dios creó los Cielos y la Tierra allanó montes, y trazó verdes
praderas a orillas de ríos hermosos, para que el ser humano se desnudara y
se dedicara a practicar el deporte de vivir la vida. Por aquellos días yo
solía plantarme en los acantilados al otro lado de las murallas del castillo,
mirando al mar. Fue entonces cuando en el campo de mis reflexiones
y meditaciones el Hijo de Dios sembró en mi corazón un deseo maravilloso:
Disfrutar de inteligencia sin medida para conocer todas las cosas. Y como
semilla en tierra buena que se hace árbol, aquél deseo dio en mi alma su
fruto. Así que uno de aquellos días yo, Raúl, me puse de pie, abrí sus
brazos y le pedí al Hijo de Dios lo que más deseaba tener en este mundo:
“El Espíritu de Yavé: Espíritu de
Inteligencia sin medida para conocer todas las cosas”.
Mi Fe, puesta en su Palabra, y mi Confianza
en su Gloria, no teniendo Duda de haber sido Él quien sembró para recoger en
mí, según está escrito, “¿quién es el que primero da para tener que
reclamarle a Dios?”, seguí mi camino en la Esperanza de recibir Respuesta. Y
así fue. Al poco el Hijo de Dios me dio a conocer su respuesta: “Tú lo
conocerás todo, tú sabrás todas las cosas” me dijo. Esto sucedió en el
corazón de Europa, en la nación que llaman Bélgica.
Había pegado y se me había abierto, había
pedido y se me había dado. Con la confianza puesta en la veracidad del Hijo de
Dios continué mi camino. Entonces se levantó un viento muy fuerte. Sirviendo a
su Creador la creación entera agarró a aquel joven por los pelos, lo levantó, y
cuando fue a abrir los ojos se encontró bajo tierra. Al día siguiente me
descubrí en la casa de mis padres con mi vieja biblia en las manos y una
pregunta en mi mente: ¿cómo creó Dios la Luz, el Firmamento, en una palabra:
el Universo.
Durante las próximas semanas intenté
descifrar el Jeroglífico de Moisés. Todo para nada. No importase las vueltas
que le diese al Texto, no encontraba la Llave que me permitiese abrir su
Sello, para entrar y ver lo que había al otro lado de la Puerta de la Luz del
Génesis. Pero un día, regresando de Málaga la Bella, mientras por los cristales
del bus admiraba aquel firmamento otoñal, vi la Luz. Tenía en mis manos la
Llave de la Luz.
Me bajé del bus volando, abrí la puerta de
casa. Mi madre me miró expectante.
“Voy a ser escritor, mamá”, le dije sin
pensármelo dos veces.
“Acuérdate de tus hermanos cuando seas
famoso”, me respondió ella.
Aquella mujer no sabía leer ni escribir
¡Qué mujer! ¡Qué grande es el misterio de la maternidad humana! Se parten los
sesos los sabios buscando la fórmula de la producción industrial de Einsteines, Newtones y colegas, y
viene la Naturaleza y se ríe de la Ciencia haciendo que una analfabeta
para la piedra filosofal. Así pues, hiperexcitado por lo que me acababa de
mostrar mi Dios, agarré papel y lápiz y comencé a balbucear las
primeras palabras de Inteligencia sin medida que llenan este Libro
Creación
del Universo según el Génesis.
El Texto dice:
Al Principio creó Dios los Cielos y la
Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía, y las Tinieblas cubrían la faz del
Abismo, pero el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las Aguas,
Dijo Dios; “Haya Luz”.
Lo que sucedió inmediatamente es lo
siguiente:
Uno: Multiplicación Controlada de la
densidad por unidad cúbica astrofísica del campo gravitatorio terrestre. El
origen de esta Multiplicación Controlada es la Naturaleza del Ser Divino.
Dos: Aceleración vertical de las
revoluciones de trabajo del transformador geonuclear de la Tierra. De la que se
derivó la aceleración rotatoria del Globo sobre su eje, y la implosión
astrofísica del Núcleo en el origen del calor del Planeta.
Tres: Elevación termodinámica global del
cuerpo geofísico, que desde el Manto se extendió hasta la superficie y produjo
la Fusión de la Corteza Primaria.
Cuatro: Licuación de la Corteza Primaria
bajo los efectos de la Fusión del Globo externo y producción de la Atmósfera
Primigenia. (La naturaleza química de la Atmósfera terrestre, sui géneris entre
las de su familia planetaria, nos plantea un problema alternativo que no tocaré
en este lugar, pero sobre el que volveré en su momento).
Cinco: Una vez concluida la transformación
en calor del combustible gravitatorio, la Tierra volvió a las manos de la
Naturaleza, ajustándose sus nuevos cambios a la ley de la Inercia:
1. Desaceleración de las revoluciones de
trabajo del transformador geonuclear.
2. Caída de la velocidad de rotación del
Planeta.
3. descenso de la temperatura del Globo.
Estos fueron los tres primeros efectos visibles. Estos tres efectos fueron
causa de una nueva secuencia de efectos. El primero de estos nuevos efectos fue
el enfriamiento de la superficie exterior del Globo, que ipso facto puso la
primera piedra de la creación del anillo geofísico externo, la Litosfera.
También podemos hablar de Solidificación de la Corteza Secundaria. En fin, esto
es ya según el gusto. Una vez que entremos más en profundidad tendremos tiempo
de diferenciarlas. Avanzando un poco el tema digamos que la Litosfera es al
Globo lo que la Corteza Secundaria es a la Litosfera. Resumiendo, la Corteza
Secundaria es la capa externa de la Litosfera. Fue, pues, la Corteza Secundaria
la primera capa litosférica que se solidificó.
Seis: El descenso continuo de la
temperatura geofísica a su antiguo estado de partida, que ya nunca alcanzaría,
provocó la solidificación de la Corteza Secundaria, como he dicho, y la
creación del anillo litosférico. La Arquitectura Geofísica siguió completando
su cuerpo con el nacimiento del segundo anillo, el Manto, cuyo enfriamiento
cerraría la fuente de calor de la que hasta entonces se había estado
suministrando la Atmósfera Primigenia para conservar su estado natural. El
enfriamiento de fuera hacia el interior del Globo por lógica tenía que
convertir el anillo litosférico en un muro de anulación de trasvase del calor
del Núcleo a la Atmósfera. Así que, térmicamente aislada del Núcleo la
temperatura de la Atmósfera cayó en picado a la velocidad vertiginosa que el
aislamiento impuso. Su volumen se congeló. El resultado fue la transformación
de la Atmósfera en el Manto de Hielo que cubrió la esfericidad del Planeta de
polo norte a polo sur durante la Tarde del Día Primero. Este Manto de Hielo es
la Luz en el Verbo del Primer Día.
Mi excitación original al descubrírseme
esta serie primera de acontecimientos me impedía hacer pausa de naturaleza
alguna. ¡Había pedido y se me había dado! El Futuro se desplegaba ante mis ojos
con esta Luz, bajo cuya alegría caminaría hasta el fin de mis días en la
Tierra. Pero si con este descubrimiento mi excitación intelectual se me
disparó, al plantar mis ojos en el Día Cuarto no pude contener mi admiración
por la Inteligencia del Autor de este Jeroglífico Divino. La sucesión de
Acontecimientos que tuvieron lugar en los Días Dos y Tres está escrita en el
libro de La Creación del Universo según el Génesis. El Día Cuarto es el Día de
la Maravilla de las maravillas. Dice el Texto: Creó Dios las estrellas para
separar la Luz de las Tinieblas. Y dice también que creada la Luz la separó de
las Tinieblas. Es decir, que Dios creó la Tierra al otro lado de las Estrellas,
y una vez que la vistió con su Manto de Hielos le dio en el Sistema Solar su
lugar. Se produce durante el Día Segundo la serie de acontecimientos descritos
en la Creación del Universo según el Génesis; a saber, reactivación del Núcleo
de la Tierra, Sublimación de la Capa externa del Manto de Hielos, su Ruptura en
Dos Bloques, y la creación del Océano Madre producto de la Descongelación a
raíz de la elevación de la Temperatura del Planeta. El fruto de este Día fue la
Creación de la Atmósfera Secundaria, que separa las aguas que están debajo del
Firmamento de las aguas que están encima del Firmamento. En el Día Tercero se
produce la elevación final de las plataformas continentales y la colonización
de sus tierras por el Reino Vegetal, cuyas raíces se hallaban en el lecho del
Océano Madre. La Evolución del árbol de la vida de las especies parecía ya
encaminada cuando de nuevo el Hijo de Dios se adelante delante de toda su Casa
y abriendo su Boca, dice: “Haya estrellas en el Firmamento de los Cielos para
separar la Luz de las Tinieblas”. Los Cielos, a su Verbo, se expanden y toman
la Configuración Constelacional que desde entonces
hasta Hoy han tenido. Ergo, si a alguien de entre los hijos de Dios le dolía
aún la Duda sobre la Veracidad Engendrada del Primogénito de Dios, “Dios
Verdadero de Dios Verdadero, engendrado, de la misma naturaleza increada del
Padre”, ante semejante despliegue de Todopoder esa
Duda quedaba para siempre totalmente despejada. Las consecuencias astrofísicas
derivadas de dicha Expansión Configuracional de nuestros Cielos se estudiarán
en el Libro correspondiente.
Yo, personalmente, a mis 21 años, no cabía
en mí de admiración por el Creador del Jeroglífico del Génesis, cuyo Sello se
ha mantenido impenetrable delante de todos los genios de todos los
tiempos. Su Omnisciencia y su Sabiduría Salvadora me tenían seducido, cautivado,
maravillado. Y, en fin, en aquel estado de excitación intelectual sin medida
me hallaba cuando me llamaron para cumplir con mis obligaciones militares.
En noviembre de ese mismo año me incorporé
a la Marina. Durante el siguiente invierno, primavera y verano, el Hijo de Dios
me mostró todas las cosas concernientes al Derecho Divino, Justicia de la
Salvación, fundamentos de la Redención. En fin, el alimento sobre el que
Él dijera: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”.
Pues bien, se fue el verano y vino el
otoño. Un día de aquel otoño me metieron en la prisión militar a cumplir
sentencia de dos meses y un día, en castigo por mi etapa de prófugo. Estando
en la celda el Hijo me presentó al Padre.
LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL DEL GENERO HUMANO
La razón que llevó a Dios a elegir a Su Hijo para el «Día de Yahvé» radica en la necesidad del Creador tanto de pasar página a las guerras del pasado como de erigir un muro indestructible e impenetrable, contra cuya solidez se haría añicos la repetición de una caída en el abismo de la guerra.
El amor de Dios por su creación fue el talón de Aquiles en el que la muerte hincó sus colmillos, inyectando en el cuerpo de un hijo de Dios el veneno de la envidia hacia el Rey de los Cielos. En esta locura suicida y asesina, un hijo de Dios, de nombre Satán, concibió la absoluta insensatez de creer que podía tentar al mismísimo Rey de reyes con el fruto prohibido de la ciencia de la guerra.
Dios creyó que la duda sobre la Divinidad de su primogénito había quedado disipada una vez revelado el poder de su Palabra. Todos los hijos de Dios, creados antes de la Creación de nuestros Cielos y nuestra Tierra, fueron invitados a regocijarse en el Acto de la Creación e nuestro Universo, primero como espectadores privilegiados, viendo con sus propios ojos y oyendo con sus propios oídos la Naturaleza Todopoderosa y Omnisciente del Unigénito, ante el sonido de cuya Voz las estrellas de los cielos se apresuran a ocupar su lugar en el Árbol de las Constelaciones, y finalmente como actires en el proiyecto de la Formación del Hombre a la imagen y semejanza de su Creador.
El acontecimiento de la Caída del Hombre nos revela la naturaleza del objetivo de la envidia del Judas de los Cielos; Satán quería sentarse en el Trono del Rey de reyes de los Cielos.
Inconcebible para Dios, como Padre, una rebelión contra Su Ley, confió el futuro de la Humanidad en manos de Su Elegido, Adán, para ser el rey de las naciones de la Tierra.
La debida obediencia de los hijos de Dios hacia su Padre llegó a forjar un reino en Mesopotamia, desde cuyo trono la inmortalidad —el fruto del Árbol de la Vida— reuniría a todas las familias del mundo.
Dios sabía que la traición estaba al acecho; por ello, estableció la Ley contra ella: el precio sería el exilio eterno del universo. Satanás había arrastrado en dos ocasiones a la Casa de Dios al campo de batalla. Dios consideró oportuno tener misericordia, y culparse a sí mismo. Sin embargo, tenía que poner fin al amor de Satanás por la guerra. No podía haber otra medida definitiva: declarar la guerra a un hijo de Dios es declararle la guerra a Dios, su Padre.
Pero la Muerte no se rendiría. Se declaró la Tercera Guerra Universal. Una guerra a muerte, que se libraría en la Tierra. «Que la sangre del Elegido sea nuestra hacha de guerra», dijeron los príncipes, con Satanás a la cabeza.
Una vez que la Caída se desató, no quedó más remedio que enfrentarse a la reacción que ellos mismos habían desencadenado. El hijo de Eva empuñaría la maza con la que aplastaría la cabeza del asesino de su padre: «Aplastaremos al hijo como hemos hecho con su padre», dijo Satanás.
La Ley es clarísima: «Por mano de un hombre reclamaré la sangre derramada». Ergo: «Por mano de un hijo de Dios, Dios vengará la sangre de un hijo suyo».
¿Cómo puede una criatura hecha del barro comprender la Sabiduría y el Poder de Dios?
Todo sucedió tal y como la Muerte quería. ¿Alguien veía al hijo del Hombre salir con vida de un duelo a muerte contra Satanás?
Los Rebeldes buscaban, a partir de su Guerra Final contra el Espíritu de la Ley de Dios, legitimar su concepción del Reino de Dios como un Olimpo de dioses libres para jugar al juego de la guerra en cualquier momento; todos y cada uno de los dioses investidos de impunidad absoluta para gobernar el Imperio del Dios de los dioses, con total libertad. «Que Dios cree mundos, y que el Gobierno del Imperio quede en manos de sus hijos, los reyes», era el lema del líder de los rebeldes.
Los términos de la Ley eran, y seguirán siendo, claros por toda la eternidad: «NO comáis, pues moriréis».
«La Palabra de Dios es Dios». Dios no puede negarse a sí mismo. «YO SOY DIOS», dice una y otra vez.
Ayer como hoy, la elección está ante los ojos de todos los ciudadanos de Su Reino: vivir en una civilización fundada en la Verdad, la Paz y la Justicia, o vivir en un infierno nacido del Odio, la Corrupción y la Guerra.
La decisión la tomaron los hijos rebeldes de Dios antes de utilizar la Mentira como los cuernos con los que el Rey fue corneado y dado por muerto; es decir: el exilio antes que vivir como meros ciudadanos, sometidos al poder de la Ley.
La Respuesta de Dios vino en su Hijo. NO habría Imperio; ni habría una Federación de Príncipes que gobernara la Plena Soberanía de las naciones a su antojo.
El Imperio tenía que morir, y su Rey de reyes y Señor de señores tenía que morir con él…
SÍ: para renacer como Rey Universal, Santo Pontífice Universal, Cabeza Divina de la Religión Católica, Señor del cuerpo de los sacerdotes, Juez Todopoderoso cuya Palabra es Dios.
El Espíritu Santo, contra quien la Muerte lanzó su veneno, se reveló en carne y hueso para que todos los pueblos, del Cielo y de la Tierra, pudierámos ver su Personalidad y comprender por qué Dios no puede tolerar en su Creación la existencia del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal: la Mentira, la Corrupción, la Guerra.
En Jesús se cumplió la Ley. Por un hijo de Dios fue redimida la sangre de otro hijo de Dios. Por un hijo del hombre, la sangre de todos los hombres cobró vida. Puesto que todos y cada uno de los hijos de Dios han sido creados del barro, de entre ellos solo había UNO que pudiera cumplir la Ley: «JESUCRISTO, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado por Dios Padre, no creado, sino no creado».
¿Acaso no predijo Dios su gloria: «Haré un milagro en el que no creeréis hasta que lo veáis: Una Virgen dará a luz al Cristo, el Rey, el Salvador, en cuya palabra residirá la salvación del mundo».
«Hoy te he engendrado; pongo a tus pies a todos los pueblos de mi Creación, sobre los cuales eres Señor universal y Rey eterno», escribió Dios por mano de David.
«Yo lo glorifiqué, y lo glorificaré de nuevo». Juez universal:
«Tú juzgarás a la humanidad con el poder de Dios».
Dios mío, mi alma se desborda de mi cuerpo, mi corazón no puede soportar el sonido del latido de mi adoración por tu salvación. Has dado a la humanidad como Juez a Aquel cuyo corazón no puede decir «no» a quienes le aman.
Dios, mi alma no encuentra palabras para glorificar tu Corazón y tu Sabiduría.
Una palabra, solo una palabra de su boca. Es todo lo que necesitamos para conmover su Corazón y dejar que su Amor y su Gloria brillen sobre todas las naciones de la Tierra, vivos y muertos.
En efecto, un hombre pecó, y su pecado, sujeto al efecto dominó, se
extendió por toda la superficie de la Tierra. Así que, al elevar al Trono del
Juicio Universal a su Hijo, Él lo volvió a glorificar otorgándole todos
los poderes del Presidente de la Corte Suprema de
su Reino, entre cuyos poderes está el dictar Absolución para el Acusado,
en este caso Absolución Universal en base al Derecho de Redención por Él
mismo conquistado para el Género Humano. Pues al ofrecernos la Justicia de
la Fe quedaron privados de su Gracia todos los pueblos nacidos ante de
Cristo; y, sin embargo, fuimos todas las naciones las que fuimos
entregados a la Muerte por el pecado de un sólo hombre. Así que habiendo
vivido bajo la misma ignorancia que nos hizo a todos merecedores de la
Gracia, en razón de la Necesidad de la Muerte de
Cristo nuestros padres quedaron privados de Salvación. Pero Dios, en su
maravillosa Justicia, elevando a la Presidencia de la Corte Suprema de
Justicia de su Reino a su Hijo le concedió poderes infinitos y eternos
para dictar Sentencia según espíritu y verdad. Él puede ajustar su Veredicto Final a la profecía en base a nuestra maldad,
o a la Salud de su Paz en premio a nuestra Fe por creer que Él puede
restaurar todas las almas a su condición natural de bondad. Nuestra bondad
está en creer que el ser humano jamás se hubiera apartado de su Creador de
no haberse interpuesto entre Dios y el Hombre la Traición de la Serpiente.
Nuestra victoria: escribir en las páginas de la Historia Universal lo que
creemos, con nuestros hechos dándole cuerpo al argumento de la Defensa.
Por esos días murió un Obispo de Roma. Le
sucedió otro. Y a los 33 días su sucesor murió. Al muerto le sucedió Juan Pablo
II.
Por aquéllos mismos días el Hijo de Dios me
dio a conocer la Voluntad Presente de su Padre:
“Esta es la Voluntad presente de Dios -me
dijo-: Unifíquense todas las iglesias en una sola y única”.
Enseguida el Hijo de Dios me adoctrinó en
la naturaleza del espíritu participativo del Verbo, en la cual tienen todos los
hijos de Dios su crecimiento. Pues al corresponderle a Dios la acción y abrirles
espacio a sus hijos Él dota a sus criaturas de todos los medios necesarios
para su realización. De aquí que la Obediencia sea el principio del
crecimiento sobrenatural de su Reino.
La Santa Madre Iglesia Católica levantará la
Sentencia de Excomunión contra todas las iglesias que, engañadas por Satanás, el
Sembrador Maligno, el “dios oculto” de la Reforma, se separaron del Tronco del Árbol
de las iglesias, a fin de que regresen a la Casa del Señor y reciban el
Bautismo de la Vida Eterna. Aquellas que sigan el camino de las “vírgenes necias”,
llegado el tiempo el Señor cerrará la Puerta, y serán entregadas a las tinieblas.
Pues que no hay Bautismo Redentor fuera del Bautismo de Cristo administrado por la Esposa del Señor Jesús; el excomulgado no pertenece ni puede unirse a la Ciudadanía del Reino de Dios sin recibir el Bautismo contra el que se levantaron. Nacidos fuera de la Comunión Católica, no hay cristianismo, porque el Cristiano no vive del Conocimiento, ¿o acaso no sabe Satanás que Jesús es el Hijo de Dios? El Cristiano vive de la Fe.
JESUCRISTO,
Cabeza UNIVERSAL de la Iglesia
Todos los Obispos de las
iglesias de la Plenitud de las naciones católicas, sin excepción, se
congregarán en sus naciones para la Adoración del Hijo de Dios como Cabeza
Universal de las iglesias, declarando a Jesucristo “Sumo Pontífice Divino” que
con su Todopoder y Sabiduría sostiene su Casa y Reino. Cada iglesia de cada
nación se reunirá en Congregación para realizar la Adoración del Hijo de Dios
en Unión con el Jefe de los Obispos del Señor Jesús en la Tierra; una
Congregación Nacional, Portavoz del Obispado Nacional, permanecerá en Roma
hasta la Consumación del Concilio de Adoración del Señor Jesús por la Plenitud
de las Naciones Cristianas.
La Congregación
Universal de los Obispos de la Plenitud de las Naciones declarará a
Jesucristo: Dios Hijo Unigénito, “Rey Universal Sempiterno del Género Humano”. La iglesia que se niegue a la Adoración Universal del Hijo de Dios será cortada del Árbol de la Vida, y arrojada al fuego.
Todos los Sacerdotes y
Obispos de las naciones católicas se congregarán en las capitales de sus
provincias, con sus pueblos, para la Adoración del Hijo de Dios en el Día de la
Proclamación de Jesucristo por todos los obispos de la Iglesia de la Plenitud
de las Naciones.
Las Congregaciones de
los Obispos, en Adoración del Señor Jesús, llamarán a las iglesias de las
naciones a congregarse en Unidad para la Adoración del Hijo de Dios. Los
Obispos y Pastores de las iglesias que no acudan a la Llamada del Señor serán
borrados del Libro de la vida, no son iglesia, el pueblo que los sigue queda
expuesto al Juicio de Dios.
En la Adoración que
viene de la Obediencia a la Voluntad de Dios, todo anatema, sentencia contra la
declaración de separación de las iglesias quedará abrogado por la Unidad restablecida en
Jesucristo. La Congregación Permanente, en unión con su Cabeza Suprema,
Jesucristo, permanecerá en Roma hasta que la Unidad Universal se consume
JESUCRISTO,
Rey Universal Sempiterno
La Congregación
Permanente Universal de los Obispos de la Plenitud de las Naciones, siguiendo
la Proclamación que se realizara en el Cielo, Dios Hijo Unigénito y primogénito
Jesucristo “Rey Universal Sempiterno”, proclamará la Coronación de Jesucristo
sobre todas las Naciones del Reino de Dios en la Tierra, llamando a las casas
monárquicas que secularmente ejercen potestad real sobre las naciones
cristianas, a depositar a los pies del Señor sus coronas y cetros; quedando por
la Obediencia absueltos del delito de Rebelión contra la Corona del Rey
Universal que pesa sobre sus casas, pasando libremente a la vida privada
cristiana como Ciudadanos del reino de Dios.
La Proclamación, como la
Adoración, será realizada por los pueblos en su plenitud, en las capitales de
provincias de las naciones cristianas, al frente sus Obispos, sacerdotes y
pastores, en alto proclamando el Pueblo su Condición de Ciudadano del Reino de
Dios, sujeto a Obediencia al Rey Sempiterno, Jesucristo.
Las casas monárquicas
que ejercen corona sobre las naciones cristianas, que se nieguen a poner a los
pies del Trono de Dios sus coronas y cetros, serán declarados en rebeldía
contra el Reino de Dios; sus miembros serán declarados fuera de la Iglesia y su
entrada en la Propiedad del Señor será prohibida a todos los efectos.
Los Gobiernos Cristianos
declararán abolidas las monarquías; si los Gobiernos sobre las naciones
cristianas se alzan en rebelión contra el Rey, sirviendo al rey rebelde a Dios,
los ejércitos del pueblo cristiano se levantarán para deponer a los Rebeldes,
depositarán a los pies del Señor corona y cetro, y proclamarán la Adhesión
sempiterna de la Nación al Reino de Dios, borrando de sus banderas los emblemas
rebeldes e inscribiendo el Signo de la Victoria, la Cruz de la Resurrección.
La Plenitud de las
Naciones Cristianas realizará Proclamación Universal en Día Señalado, para que
su Voz suene al unísono en toda la Tierra y sea recogida en el Cielo para la
Misericordia del Juez Universal sobre las Naciones de la Tierra en el Día del
Juicio Final.
Al cierre del Concilio
Universal, la Unidad Cristiana restablecida, en Día señalado por la
Congregación de los Obispos, la Plenitud de las Naciones cristianas se reunirá
alrededor de sus Obispos, en sus ciudades, para clamar en alto la Gloria de su
Rey y Señor, Jesucristo.
Terminada su Visita el Hijo de Dios me dijo:
‘YO SOY LA RESPUESTA”.
Sucedió entonces que según se fue acercando
la Navidad del 1978 una pregunta fue abriéndose espacio en mi espíritu; y según
fue adquiriendo cada vez más espacio también fue apoderándose de mis
noches, hasta el punto de no atreverme siquiera a cerrar los ojos.
La cuestión que se había instalado en mi
ser tenía su raíz en la Esperanza de Salvación Universal que Dios y su Hijo me
habían mostrado. ¿Qué estaba yo dispuesto a dar por esa Absolución
Universal?
¡¡Mi alma!! Fue mi respuesta.
Pero una cosa es decir y otra es hacer. ¿Un
amor sin hechos, qué es? Que la Deserción sería la Prueba de este Amor, pues
adelante. Que al otro lado me esperaba una obscuridad densísima, también.
La decisión era mía.
Y decidido, crucé aquella puerta.
Me detuve en Madrid, con el Librito aquel,
“Luz, Verdad y Vida”, escrito a mano durante aquellos dos meses y un día; entré
en la Editorial Cristiana. Y por la puerta que entré, salí.
De Madrid salté a Zaragoza. Acogido por un
amigo en su casa, ignorantes él mismo y su familia de mi estado militar pero
encantados de tenerme con ellos esa Navidad, solía yo sentarme a meditar
en la Plaza del Pilar. Los acontecimientos vividos durante el último
año le habían dado a mi ser un nuevo sentido. ¿Qué iba a hacer ahora, adónde
ir?
En aquellos días de meditación profunda
existencial mi alegría se hizo infinita cuando Dios me dio una “piedrecita con
un nombre escrito que solo el que lo recibe conoce”. Era para mí. Era mía.
Yo leí: “Cristo Raúl”.
CRISTO RAÚL Y LA
REVOLUCIÓN MUNDIAL DE ANA
Así que, saltando de Zaragoza a París, y de
París a Madrid, años 79 y 80, ya me disponía a regresar a París cuando “mi
Padre que está en los cielos” me detuvo. Una hija de Dios, de nombre Ana,
había sido atacada por la Muerte; ya se disponía la Muerte a llevársela,
matando con ella la Nueva que traía ella consigo para el mundo, a saber, Dios
ha dado su bendición a una Revolución Omnisciente Mundial, que tocando
todas las ramas del árbol del conocimiento, ha de hacer saltar la Sociedad
de la Plenitud de las Naciones de un modelo fundado en la Antigüedad, y
recogido por la Modernidad, a una Sociedad fundada sobre los Principios
Eternos e Inconmovibles sobre los que Dios ha levantado su Reino.
Cristo Raúl le dio su mano a Ana, la liberó
del abrazo de la Muerte, y como la paloma atravesada por la flecha de un
enemigo, herida de muerte, pero no letal, una vez curada de su herida,
abre sus alas y regresa al cielo en libertad, así Ana siguió su camino hasta la
Hora en que la Voluntad de Dios llenase la Tierra, y llamando a sus hijos
a Batalla Final, volviese a reunirlos. He aquí, entonces, algunas de las
cosas que han de suceder en los años que vienen.
Unificación de todas las iglesias
cristianas alrededor del Tronco Católico;
Disolución de la Federación Rusa, y
Conversión de Moscú;
Caída de Bruselas y Berlín;
Extinción de las religiones: Islam e Hinduísmo;
Independencia del Tíbet y Desmembración de
China y de la India en muchos Estados con sus naciones;
Extinción del Ateísmo Científico y
Revolución de las ciencias médicas y ciencias de las energías;
Caída del Cuerpo de Seguridad de la ONU y
Creación del Árbol de la Plenitud de las Naciones con Jurisdicción Universal
contra la Guerra y las Dictaduras;
Abolición de todas las coronas, europeas,
africanas y asiáticas;
Creación de la Comunidad de los Estados
Latinoamericanos y Multiplicación de Brasil en distintos Estados con sus
naciones;
Creación de un Cuerpo Judicial-Policial
Mundial de Lucha contra el Crimen y las organizaciones Criminales
Internacionales;
Revolución Agrícola Mundial: Extinción de
las plantas del Tabaco, Cocaína y Marihuana; control de las plantas del Café,
de la Vid y de la Amapola;
Reforestación del Planeta;
Fin del Comunismo, en todas sus formas,
políticas e ideológicas;
Adhesión del Estado de Israel a la Alianza
Militar de la Plenitud de las Naciones Cristianas;
Adhesión de los Estados Unidos de América
al Tribunal Penal Internacional;
Abandono de las energías destructivas del
planeta: Petróleo, Carbón y Gas;
Evolución de los Estados hacia
Administraciones sujetas al Deber de Cumplimiento de los Derechos de la
Familia;
Evolución del Dinero en Metálico y Papel al
Dinero Digital y la sujeción de su Movimiento al Cuerpo de la Justicia;
Acceso libre de todos los hombres a la
Educación Universitaria y a los medios de desarrollo de sus capacidades
creativas;
Creación de Tres Comunidades Africanas
Internacionales: África Blanca o del Sur; África Negra o Media, y África
Mediterránea: libres de los Monopolios y oligarquías europeas, asiáticas y
americanas.
Superado este periodo de dos años caminando
en la oscuridad, y conociendo que mi Hora estaba lejos aún en el tiempo, mi
Dios despidió a la mujer que me había ofrecido la mano para llegar a
París.
Después de encerrarme entre libros durante
los siguientes tres años, tomé mujer, que me dio un hijo. Yo, Cristo Raúl, tomé
a la mujer y al niño y me trasladé a Creta, donde a la altura del 86,
movido por el Espíritu arrojé mi vieja Biblia al fuego. Surgiendo de
aquel fuego, el Hijo de Dios me mostró la Historia de la Increación, del
Infinito, de la Eternidad, y del Dios que desde el Principio sin principio
de la Increación fue la Causa Metafísica del Cosmos, y luego, siendo
formado por la Sabiduría, según está escrito “Yo soy Dios, Yo solo fui
formado, y después de mí no habrá otro”, vino a ser la Causa Física del Nuevo
Cosmos: su Creación.
“Escribe todo lo que se te muestre”, me
dijo el Señor Jesús. Yo, Cristo Raúl, así lo hice.
LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO
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“EL
VENCEDOR EDICIONES”
CRISTO RAÚL DE YAVÉ Y SIÓN