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SALA DE LECTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA
 

LOS REYES CATÓLICOS

CAPÍTULO LIX. (59)

CONQUISTA DE NAVARRA.

1512 - 1515

 

Desde que se formaron los dos grandes reinos de Castilla y Aragón, y mucho más desde que las dos monarquías se reunieron bajo un mismo cetro, era de suponer y esperar que el pequeño reino de Navarra, colocado en medio de dos Estados tan poderosos, como eran Francia y la doble monarquía de Castilla y Aragón, concluyera por ser absorbido por uno de ellos. Y aun era de maravillar que cuando todo marchaba con cierta rapidez hacia la unidad material y política a que era llamada España por sus naturales límites geográficos, conservara el reino navarro tanto tiempo su independencia en medio de la lánguida existencia que iba arrastrando, codiciado por dos tan formidables vecinos, y combatido y destrozado siempre interiormente por los encarnizados partidos de los agramonteses y biamonteses, que accidentalmente alguna vez sosegados, volvían a cada paso a renacer con nueva furia.

Sin embargo, lejos de atentar los Reyes Católicos Fernando e Isabel a la independencia del reino de Navarra, hemos visto ya en otros capítulos de nuestra historia los diversos enlaces que se proyectaron entre los príncipes de Navarra y de Castilla. El mismo Fernando después de la muerte de Isabel había protegido a los reyes doña Catalina y don Juan de Albret (o de Labrit, como dicen nuestros antiguos historiadores) contra las pretensiones de Juan de Foix, señor de Narbona, tío de la reina doña Catalina, a la corona de Navarra, alegando en su favor la ley sálica, y no queriendo reconocer el derecho de las hembras a suceder en aquel trono. Fernando los había sostenido aún contra los intereses de Luis XII de Francia. Verdad es que por otra parte había favorecido siempre a los disidentes y revoltosos condes de Lerín, condestables de Navarra, cuñado el uno y sobrino el otro del Rey Católico, que de continuo estaban en guerra con sus reyes, y apoderados de algunos estados y fortalezas de aquel reino. También lo es que no se mostró muy escrupuloso Fernando en los medios que aconsejó a su sobrino el de Lerín para posesionarse de lo que pretendía.

Pero aun así se iba sosteniendo aquel reino, cuyo interés estaba entonces en acogerse al amparo del Rey Católico para frustrar las pretensiones de Gastón de Foix, aquel joven general francés que fué a Italia contra los de la Santísima Liga y salvó a Bolonia del cerco que le tenían puesto los aliados. Gastón de Foix, hermano de la reina Germana de Aragón, y sobrino de Luis XII de Francia, era hijo del vizconde Juan de Narbona, y aspiraba al trono de Navarra, fundado en el derecho de su difunto padre. Fernando el Católico también tenía interés en que el reino navarro no se incorporase a l Francia, ni le poseyera ninguno de sus príncipes, y más desde que se había roto la amistad entre ambas naciones a causa de la nueva liga entre el papa, España y Venecia contra los franceses. Mas los reyes de Navarra, bien porque temieran más al de Aragón, bien por antiguas afecciones al francés, cometieron la indiscreción de inclinarse al lado y en favor de Luis XII de Francia, precisamente en la ocasión más inoportuna, cuando Francia tenía que luchar sola contra las potencias de la Santísima Liga, cuando los franceses eran tratados por la Santa Sede como cismáticos, como enemigos de la Iglesia romana, y como promovedores del conciliábulo de Pisa, y cuando Enrique VIII de Inglaterra, yerno y aliado de don Fernando de Aragón, acababa de entrar en la liga y amenazaba invadir la Francia por la Guiena. Y de tal manera se adhirieron, o se los creyó adheridos a la causa de los franceses, que el papa Julio II, no pudiendo conseguir que abandonaran a los que entonces se llamaban cismáticos y enemigos de la Iglesia, procedió a tratar como tales a los reyes de Navarra, pronunciando sentencia de excomunión contra ellos, poniendo entredicho en las ciudades y villas de su reino, y haciendo uso de las facultades que otros pontífices de los tiempos pasados se habían atribuido, los declaró privados y depuestos del reino, relevó a sus súbditos del juramento de fidelidad, y concedió sus tierras y señoríos al primero que los ocupase y tomase en justa guerra.

El rey don Fernando, á quien se atribuyó haber procurado esta bula, la tuvo por muchos días reservada y secreta, porque así convendría a su astuta y cautelosa política: y sin darse por entendido de ella, antes bien representando a los reyes de Navarra cuán conveniente fuera que hubiese entre ellos buena y verdadera amistad, y cuán preferible les sería esta a la del francés de quien les decía que aspiraba a despojarlos del reino de Navarra y del señorío de Bearne, les pedía ciertas prendas para mayor seguridad de la alianza y unión entre Navarra y Castilla (marzo, 1512). Proponíales, pues, que le entregaran su hijo don Enrique, príncipe de Viana, para que se criase algunos años en Castilla, y que luego le casaría con la infanta doña Isabel su nieta, o si esto no pudiese ser, con la infanta doña Catalina su hermana. Pedíales, además, que se obligasen a no dar paso por su reino ni por el señorío de Bearne a los franceses, ni a gente de otros reinos que fuese en favor de la Francia o contra la causa de la Iglesia, so pena de rebelión ó de confiscación de bienes.

Pidieron tiempo los monarcas navarros para deliberar, y en tanto que meditaban lo que habían de responder ocurrió la muerte del joven y aventajado general francés Gastón de Foix, duque de Nemours, en la célebre batalla de Rávena, de que hemos dado noticia en el capítulo precedente, grande. Mas para su solución debe tenerse presente que a esta última fecha el papa Julio había convertido ya contra el Rey Católico de España el odio que antes había tenido a Luis XII de Francia y a sus auxiliares, y que pretendía arrojar de Italia a los españoles, como antes arrojó a los franceses, y un pontífice que promovió la Santísima Liga contra la nación francesa y después buscaba su alianza, según hemos visto en el anterior capítulo, pudo muy bien en un tiempo pronunciar sentencia de deposición contra los reyes de Navarra y llamarlos en otro sus amados hijos. Por lo menos no es increíble, según nos pintan el carácter y condición del papa Julio II Mártir de Angleria, el Cura de los Palacios, Bembo, Guicciardini, Zurita, Abarca y otros historiadores graves, italianos y españoles.

Hay además en favor de la existencia de aquella bula la instrucción que se dió a los que habían de publicarla en Burgos y en Calahorra, y que existe entre los manuscritos de la Biblioteca nacional de Madrid (Letra F., núm. 353), que también cita el mencionado Ortiz y Sanz.

Entonces el rey de Francia envió una embajada a los navarros con el señor de Orbal, ofreciéndoles que, pues Gastón de Foix había muerto y con eso cesaba la pendencia que con él tenían sobre sucesión a la corona, estaba dispuesto a casar una de sus hijas con el príncipe de Viana, y a estrechar con ellos alianza y amistad perpetua bajo aquella y otras no menos ventajosas condiciones. Pero si al monarca francés le convenía entonces más que nunca la unión con Navarra por el giro que sus cosas llevaban en Italia, no le interesaba menos por la circunstancia de estar para romper los ingleses la guerra con Francia por la parte de la Guiena, o más bien por Guipúzcoa, como confederados del Rey Católico y de la Santa Liga. Estas mismas circunstancias precisaban o daban ocasión al rey Fernando para exigir más y más seguridades de los reyes de Navarra sus sobrinos, y para ponerlos en más aprieto y necesidad de decidirse abiertamente por una de las alianzas. Así, cuando ellos contestaron rehusando, aunque en términos muy comedidos y corteses, entregar la persona del príncipe, el rey les pidió que pusiesen seis plazas fuertes en tercería en poder de caballeros navarros, los que él nombrase; que no diesen ayuda a nadie en contra de la causa de la Iglesia ni del rey de Aragón y de Castilla, y que habían de guardar una completa neutralidad, o caso de ayudar al de Francia con lo de Bearne, le habían de servir a él con lo de Navarra, y así lo escribió á los tres estados del reino que se hallaban reunidos en cortes.

Hostigados los monarcas navarros en sentido opuesto por sus dos poderosos y enemigos vecinos, y no pudiendo mantenerse neutrales, como sin duda les hubiera convenido, optaron al fin por la amistad del rey de Francia, a lo cual, además de sus naturales afecciones, les indujo el temor de que la reina doña Germana de Aragón, hermana del difunto Gastón de Foix, o por sí o instigada por su marido, quisiera renovar las pretensiones de su padre y hermano a la sucesión de aquel reino. Echáronse, pues, en brazos de la Francia, y celebraron con Luis XII un tratado (17 de julio, 1512), cuyas principales condiciones eran las siguientes: casamiento de la hija menor de Luis con el príncipe de Viana; amistad y liga perpetua como amigos de amigos y enemigos de enemigos; que el rey y la reina de Navarra ayudarían con todas sus fuerzas al de Francia contra ingleses y españoles, y el de Francia ayudaría a los navarros a conquistar ciertas tierras de Castilla y de Aragón, que en lo antiguo habían sido de los reyes de Navarra; que éstos enviarían al príncipe de Viana para que estuviese en poder del francés como prenda de seguridad; que éste les daría en cambio los ducados de Nemours y de Armañac, con cien mil ducados de oro por una vez; que les pagaría cuatro mil peones y mil lanzas que llamaban gruesas por el tiempo que durase la guerra.

Un eclesiástico de Pamplona, que por un raro incidente cogió al secretario particular del rey don Juan de Navarra los papeles en que se contenía el proyecto de este concierto, los entregó al Rey Católico antes que se firmara. En su virtud mandó Fernando apercibir el ejercito que preventivamente tenía preparado al mando de don Fadrique de Toledo, duque de Alba, el cual se hallaba en Vitoria; aprestó otro en las villas fronterizas de Aragón, del cual nombró general en jefe al arzobispo de Zaragoza don Alfonso su hijo, y él formó para sí una guardia de doscientos caballeros o gentiles hombres que estuviesen aparejados y a punto de guerra para acompañarle y seguirle donde fuese menester. A tiempo que esto se determinaba llegó a Pasajes, puerto de Guipúzcoa, la armada inglesa, al mando del lord Grey, marqués de Dorset. A vista de tanto aparato de guerra todavía don Juan y doña Catalina de Navarra, ignorando que el de Aragón estuviese informado de sus tratos con el francés, despacharon a Burgos al mariscal don Pedro de Navarra para que le dijese, que se maravillaban mucho de que por haberlos requerido de amistad manifestase tales recelos y desconfianzas; añadiendo que lo que ellos podían hacer era no dar paso por su reino ni ayudar a los que fuesen contra los reyes de Castilla y Aragón, ni contra otros que defendiesen la causa de la Iglesia. Al propio tiempo los generales inglés y español, marqués de Dorset y duque de Alba, insistían con los monarcas navarros en que diesen las fortalezas y el paso seguro por su reino para hacer la guerra contra los cismáticos; y mientras así andaban en requerimientos, demandas y contestaciones, el ejército de Francia se acercaba a la frontera, y todo el Bearne se ponía en armas por el francés.

Con esto y con la noticia que tenía el rey don Fernando de los tratos que mediaban entre los reyes de Francia y de Navarra, dió orden al duque de Alba para que avanzara sobre Pamplona, capital de este reino, y escribió al inglés para que se incorporase con su ejército al duque. Pero el lord Grey, que siempre se había opuesto a que comenzase la guerra por Navarra, y se obstinaba en que había de entrarse derechamente por Fuenterrabía a Bayona y la Guiena, no se movió de su puesto, alegando no tener para ello instrucciones de su rey, a quien en todo caso necesitaba consultar, sin que alcanzasen todas las reflexiones del Rey Católico a hacerle variar de resolución. Todavía Fernando volvió a instar a los reyes de Navarra sus sobrinos para que le diesen paso seguro y vituallas para sus tropas por su dinero, ofreciendo, caso de hacerlo así, toda paz y amistad, añadiendo que de lo contrario lo tomaría él por sí mismo, pues no podía consentir que la Navarra fuese impedimento para hacer la guerra a los enemigos de la Iglesia. No obteniendo contestación satisfactoria á esta demanda, penetró el duque de Alba en territorio navarro (21 de julio, 1512), publicando que no se haría daño á los que no opusiesen resistencia armada, y a los dos días, después de vencer algunas pequeñas dificultades, se puso a la vista de Pamplona.

Aquel mismo día abandonó el rey don Juan de Albret la ciudad, y se retiró a la villa de Lumbier. La reina doña Catalina se había refugiado ya en Bearne con sus hijos. Los pamploneses, viéndose así desamparados, acordaron entregar la ciudad al Rey Católico bajo la condición de que serían respetados sus fueros, privilegios y libertades, con cuya condición hizo su entrada el duque de Alba en Pamplona (24 de julio), y juró en nombre del rey la conservación de sus privilegios.

No encontrando el refugiado en Lumbier el auxilio eficaz que esperaba del general francés duque de Longueville que acampaba en la frontera junto a Bayona, y entendiendo que las demás ciudades y villas de surei­no propendían a imitar el ejemplo de Pamplona, intentó alguna concordia bajo las estipulaciones que sus comisionados pactasen con el duque. Pero llevada esta propuesta al rey don Fernando, que se hallaba en Burgos, resolvió definitivamente que todas las ciudades, villas y fortalezas de Navarra habían de estar bajo su obediencia y gobierno, como si fuese rey de Navarra, todo el tiempo que a él le conviniese para seguridad de su empresa, quedando también a su voluntad determinar el tiempo, forma y manera en que hubiese de dejarlas sin perjuicio de los reinos de Castilla y Aragón. Comprendiendo que era irrevocable esta resolución del rey, casi todos los pueblos de Navarra se le sometieron con las mismas condiciones que lo había hecho Pamplona. Pasando después el rey a Logroño con objeto de penetrar, si era menester, en la baja Navarra, y habiendo mandado al arzobispo de Zaragoza su hijo que estuviese pronto a incorporársele con la gente de Aragón, el prelado fué avanzando por Tarazona y Cascante hasta reducir la importante ciudad de Tudela, que después de alguna resistencia se le entregó, jurando el arzobispo en nombre del rey guardarle sus usos y fueros.

Desde Logroño envió el rey al obispo de Zamora a notificar á don Juan de Albret las condiciones con que había recibido a su obediencia las ciudades de su reino (agosto). Al llegar el prelado a Salvatierra, fué detenido y preso con los suyos, ultrajado por los soldados, y entregado al duque de Longueville, sin respeto a su dignidad, ni a la misión y seguro que llevaba del rey, con achaque de haber publicado aquel obispo la bula de excomunión y privación del reino expedida por el pontífice contra los reyes de Navarra, añadiendo más de lo que en ella se contenía. En su virtud pasó el duque de Alba de orden del rey a apoderarse de Lumbier y de Sangüesa, que se le rindieron, teniendo el destronado navarro que refugiarse en Francia, donde se presentó en la corte de Luis a disculpar lo mejor que pudiese la facilidad con que se había dejado despojar del reino.

Todo el empeño y todas las instancias del rey de Aragón y de Castilla se dirigían, una vez subyugada la Navarra,aque se uniese el ejército español al general inglés marqués de Dorset con el suyo para acometer juntos la empresa de Guiena, dejando asegurada la espalda, mucho más cuando el francés aglomeraba todas sus fuerzas, juntamente con las que habían venido de Italia, en Bearne y Gascuña con los generales Longueville, Borbón y La Paliza. Pero no había medio de mover al inglés, ni de hacerle entrar en un plan que parecía tan conveniente a las dos naciones, por más que el rey le representaba y hacía ver lo fácil que de aquella manera les sería vencer a la Francia y hacer la conquista de Guiena, objeto de la venida de la armada inglesa a Guipúzcoa. El de Dorset buscaba siempre evasivas para no reunirse nunca con el ejército español y para no conformarse con el parecer de Fernando ni del duque de Alba: los caballeros ingleses no mostraban ni interés ni gusto en emprender la guerra con Francia, sintiendo perder las pensiones que muchos de ellos percibían de esta nación; y el mismo Enrique VIII, aunque a las reclamaciones de Fernando su suegro contestó que había dado orden al de Dorset para que procediese en unión con los españoles la entrada y conquista de Guiena, sospechóse que daba muy otras instrucciones a su general, porque no bastaron ni consejos ni exhortaciones, ni ruegos para alcanzar del lord Grey que obrase en conformidad a la orden pública de su soberano. Mostrábase sentido de que el Rey Católico hubiese atendido con preferencia a lo de Navarra, como si hubiera sido político en Fernando emprender antes lo de Guiena en interés de la nación inglesa, y comprometer sus tropas dejando atrás un reino y un rey aliado de Francia, de quienes hubiera podido recibir un daño inmenso. Finalmente, después de haber hecho perder los ingleses con su inacción un tiempo precioso al rey Fernando y al duque de Alba, y cuando las cosas de Guiena estaban en disposición de no poder resistir a los ejércitos aliados de Inglaterra y de España, anunció el marqués de Dorset que los ingleses desistían de todo punto de aquella guerra, y que había resuelto definitivamente reembarcarse para Inglaterra con su armada. Así dejó comprometido al ejército español, llevando el resentimiento de no haber sido complacido como él quería, al extremo de dejar que se perdiese su codiciada provincia de Guiena, a trueque de no ayudar a los españoles que habían tenido la previsión de asegurarse antes por Navarra.

A pesar de tan extraña conducta por parte de los ingleses, el duque de Alba había traspuesto los montes y tomadoSan Juan de Pie de Puerto (setiembre), fiado en la cooperación y ayuda de aquellos por quienes ya se continuaba la empresa. Mas desde la retirada del ejército inglés érale casi imposible al de Alba sostenerse solo en tan difícil posición, por más que hubiera procurado fortificarla haciendo conducir artillería con mil trabajos por entre altos riscos y ásperos cerros, teniendo que trasportarla con máquinas y asegurar los cañones con gruesas maromas que había que amarrar a los troncos de los robles de la montaña. Era también para él la ocasión más desfavorable, no sólo por el aliento que infundió a los franceses la retirada de la armada inglesa, sino por los refuerzos que llegaron de Italia, de donde acababan de ser arrojados. Juntáronse, pues, los mejores generales franceses. Los de Bearne y Gascuña se alzaron por su rey don Juan de Albret, y Francia puso a su disposición considerables fuerzas. Estella y otras ciudades de Navarra se rebelaban contra el Rey Católico.

Dividióse el ejército francés en tres grandes cuerpos, el uno al mando del rey don Juan con el señor de La Paliza, el otro al del conde de Angulema, y el tercero al de Carlos de Borbón duque de Montpensier. El del monarca navarro, que no constaba de menos de quince mil hombres, atravesó el Pirineo por entre Aezcoa y Roncal, y tomó por asalto Burguete degollando toda la guarnición, pereciendo en el combate el valiente capitán de la guardia del Rey Católico Fernando Valdés, pero costándoles a los enemigos la pérdida de mil hombres. Si don Juan de Albret hubiera ocupado pronto los desfiladeros de Roncesvalles, el duque de Alba hubiera podido ser cogido entre dos ejércitos; pero deteniéndose en las cercanías de Burguete, dió tiempo al de Alba para retirarse a Pamplona, donde llegó con oportunidad para contener las conspiraciones que se fraguaban, y donde concentró sus fuerzas. Los otros dos cuerpos de tropas francesas invadieron Guipúzcoa, destruyeron Irún, Oyarzun, Rentería y Hernani y cercaronSan Sebastián, donde se había encerrado toda la nobleza guipuzcoana y vizcaína. Mandaba el sitio el general francés Lautrec: la ciudad rechazó heroicamente hasta ocho asaltos, y viendo el de Lautrec la mucha pérdida que sufría su ejército, escaso por otra parte de recursos, y que acudían los guipuzcoanos y vizcaínos en socorro de la plaza, se vió obligado a levantar el cerco.

Estella, Miranda, Tafalla y otras villas se alzaban contra la dominación castellana, y don Juan de Albret se dirigió a sitiarPamplona. Mas los capitanes aragoneses y castellanos fueron recobrando y subyugando las ciudades sublevadas: don Francés de Beaumont, primo del conde de Lerín, asaltó y tomóEstella; Pedro de Beaumont, hermano del conde, recuperó Monjardín, y reforzó a los sitiadores del castillo de Estella hasta forzarle a rendirse. El de Alba se defendía heroicamente en Pamplona, rechazaba con vigor los asaltos del enemigo, acudían tropas de Castilla en socorro de los sitiados, y faltando los víveres al ejército franco-navarro, levantó el de Albret el sitio (noviembre) al tiempo que Angulema y Lautrec iban desde San Sebastián a reunírsele. Viendo la empresa perdida, y sin llegar a incorporarse los dos cuerpos de Montpensier y Angulema con el de Albret y La Paliza, tomaron el camino de Francia, no obstante hallarse los Pirineos cubiertos de nieve (diciembre, 1512), y no sin que la retaguardia del de don Juan fuera destrozada y dejara doce cañones en poder de los guipuzcoanos y montañeses que la atacaron en los desfiladeros de Elizondo. Precipitaron los franceses aquella marcha por temor también a un ejército de quince mil hombres que el rey don Fernando había reunido en Puente la Reina al mando del duque de Nájera don Pedro Manrique. El mismo rey pasó entonces de LogroñoaPamplona, así para acabar de reducir lo poco que faltaba, que eran algunos pueblos del Roncal, como para recibirla obediencia de los lugares de la tierra llana que no la habían prestado todavía. Con esto acabaron los reyes doña Catalina y don Juan de Albret de perder toda esperanza de verse restablecidos en su trono de Navarra.

Dedicóse Fernando a reparar las fortificaciones de Pamplona y de otras ciudades atacadas por el enemigo, y a prepararse convenientemente por si los franceses intentaban otra vez repasar el Pirineo. Mas estos temores y peligros cesaron desde que a principios del año siguiente (1513), y con motivo de las combinaciones políticas a que dieron lugar las guerras de Italia, ajustó el Rey Católico con Luis XII de Francia la tregua de un año de que hablamos en el capítulo precedente, y que se renovó y prolongó después. Con este concierto el destronado rey de Navarra don Juan de Albret quedó sacrificado a los intereses de su aliado Luis, e imposibilitado de emprender nada en Bearne, mientras Fernando el Católico alejaba la guerra de Navarra, no importándole dejarla abierta en otros países, donde sabía que había otros tanto o más interesados que él en proseguirla, y aprovechando aquel reposo para afianzar el reino nuevamente conquistado. Los navarros que habían seguido el partido de sus reyes fueron sometiéndose a su nuevo monarca, el cual con su acostumbrada política los recibía muy benignamente, y los restablecía en sus casas, haciendas y oficios. Tomó muy prudentes medidas de orden y administración, procuró extinguir los inveterados odios y conciliar los antiguos partidos que tenían destrozado aquel reino, y confirmó y aun amplió los fueros y franquicias municipales, con lo cual se fué granjeando las voluntades de sus nuevos súbditos.

Trasladóse desde Pamplona, primero a Burgos y después a Logroño, dejando por virrey de Navarra a D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles. En 23 de marzo (1513), en cortes convocadas en Pamplona juró el virrey a nombre y con poderes del monarca guardar a los navarros sus fueros, y éstos a su vez prestaron juramento de ser fieles al rey don Fernando, según que buenos y leales súbditos y naturales son tenidos de facer, como los fueros y ordenanzas del reino disponen. Sin embargo, al decir de los escritores navarros, Fernando se titulaba todavía en 1514 depositario del reino de Navarra, y con este título, dicen, le gobernó, tal vez hasta que perdió las esperanzas de tener en doña Germana un hijo que le sucediese en los reinos de Navarra y Aragón. Esta misma circunstancia, junto con la de haber sido las armas de Castilla las que más habían trabajado en la conquista de aquel reino, y la consideración de que los navarros sentirían menos ofendida su altivez en verse asociados a Castilla que á Aragón a causa de las antiguas pretensiones de este reino, influyeron sin duda en la determinación que tomó al año siguiente de incorporar definitivamente el reino de Navarra a la corona de Castilla, como lo verificó por solemne declaración que hizo en las cortes de Burgos (15 de junio, 1515), con alguna general extrañeza, si bien ya se comprendía que no teniendo descendencia de su segundo matrimonio, uno solo había de ser el heredero de los tres reinos, de Navarra, de Castilla y de Aragón.

Habiendo fallecido por este tiempo Luis XII de Francia, y sucedídole Francisco I en el trono, más afortunado que él, por lo menos en el principio, en la empresa de Italia, según más adelante veremos, los reyes de Navarra doña Catalina y don Juan, a quienes el nuevo monarca francés había ofrecido ayudarlos a recobrar su reino, dirigieron una embajada al Rey Católico demandándole la restitución de su corona, y citándole, de lo contrario, para ante el tribunal de Dios. Pero Fernando, que, como dice un historiador aragonés, «declaró al tiempo de morir que tenía la conciencia tan tranquila respecto a la posesión de aquel reino como podía tenerla por la corona de Aragón» contestó al requerimiento, que él había conquistado justamente el reino de Navarra en virtud de la bula pontificia que le daba a quien primero se apoderase de él, y que Dios le había hecho la gracia de conservar la conquista por la fuerza de las armas.

De esta manera y por tales medios quedó incorporado y refundido en Castilla el pequeño reino de Navarra, una de las primeras monarquías que se formaron en España después de la irrupción de los sarracenos, y así se completó y redondeó al cabo de siglos la unidad a que estaba llamada la gran familia española, a excepción del reino de Portugal, lastimosa desmembración de la corona castellana, que se mantenía independiente.

La conquista de Navarra por el Rey Católico ha dado larga materia de cuestión a los escritores extranjeros y nacionales, y vasto asunto de polémica entre los navarros, castellanos y aragoneses, calificándola unos de injusto despojo y hasta de usurpación aleve, y defendiéndola otros como una ocupación legal, justa y merecida. Ciertamente, si hubiera de examinarse la legalidad de las conquistas a la luz del rigoroso derecho, pocas podrían legitimarse. Pero se debe confesar que, aparte del bien que de ésta resultó a la unidad y nacionalidad española, las protestas y proposiciones que Fernando hizo a los reyes de Navarra, y que constan de sus cartas y documentos, no parece vez fue su intención apoderarse de todos modos de aquel reino, lo que tampoco nos maravillaría en el carácter del monarca aragonés, menester es convenir en que supo conducir el negocio con bastante arte y maestría para dar a la ocupación toda la apariencia de legalidad, y para justificar, al menos exteriormente, la legitimidad de su tulo de rey de Navarra. Entre los muchos documentos que hemos visto relativos a este negocio, el que nos ha parecido que arroja más luz sobre las causas, precedentes y trámites de esta conquista le hallarán nuestros lectores por apéndice al final de este volumen.

 

CAPÍTULO XXVII

MUERTE DEL GRAN CAPITÁN.—MUERTE DEL REY CATÓLICO

1512 - 1516