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CAPÍTULO 22.LIBRO TERCEROEL CALIFATO.ABDERRAMÁN III
No queriendo Interrumpir la historia de la
insurrección de Andalucía, llegamos en el libro precedente al año 932; pero como
ahora va a ocuparnos la guerra extranjera es preciso que el lector retroceda al
principio del reinado de Abderramán III.
La insurrección de los Españoles y de la
aristocracia árabe no era entonces el único peligro que amenazaba la existencia
del Estado; dos potencias vecinas, una reciente y otra ya antigua, la ponían
igualmente en peligro: el reino de León y el califato africano que una secta
chiita la de los Ismaelitas acababa de fundar.
De acuerdo en los principios capitales,
reconociendo todo el Imanato, es decir, que el gobierno temporal y espiritual
de todos los musulmanes pertenecía a la posteridad de Alí, y que el imán es
impecable, los Chiitas o partidarios del derecho divino formaron muchas sectas,
y lo que las dividía sobre todo era la cuestión de saber cuál de los
descendientes del sexto imán, Djafar el Verídico, tenía derecho al Imanato.
Este Djafar había tenido muchos hijos de los que el mayor se llamaba Ismael y
el segundo Muza; pero como el mayor pereció en vida de su padre, el año 762,
después de la muerte de Djafar la mayor parte de los Chiitas reconocieron por
imán a Muza. La minoría por el contrario no quiso sometérsele. Diciendo que
Dios mismo había designado por boca de Djafar a Ismael por sucesor de este
último, y que el Ser Supremo no puede revocar la resolución que ha tomado una
vez, los Ismaelitas (así los llamaban) no reconocían por imanes más que a
Ismael y a sus descendientes. Pero estos no eran ambiciosos. Desanimados por el
mal éxito de todas las empresas de los Chiitas y no queriendo participar de la
suerte de sus antepasados, muertos casi todos prematuramente por el hierro o
por el veneno, renunciaron a los peligrosos y comprometedores homenajes de sus
partidarios y fueron a esconderse en el fondo de Khorasan y de Kandahar.
Así abandonada de sus jefes naturales parecía
destinada a extinguirse oscuramente la secta de los Ismaelitas cuando un persa
audaz y hábil vino a darle dirección y vida nuevas.
En la patria de este hombre el islamismo
había hecho poco más o menos los mismos progresos que en España. Había recibido
bajo sus enseñas un número considerable de prosélitos; pero no había extirpado
las otras religiones y el antiguo culto de los magos florecía a su lado. Si los
musulmanes hubieran cumplido rigorosamente la ley de Mahoma no hubieran dejado
a los Guebres más que la elección entre el islamismo o la espada; pues que no
poseyendo este libro sagrado revelado por el profeta que aquellos reconocieran
como tal, los adoradores del fuego no tenían derecho a ser tolerados. Pero la
ley de Mahoma era inaplicable en aquellas circunstancias. Los Guebres eran muy
numerosos, y afectos en cuerpo y alma a su religión, rechazaban todo otro culto
con inflexible tenacidad ¿había que degollar a todas estas buenas gentes tan
solo porque pretendían buscar su salvación a su manera? Esto era muy cruel y
además muy peligroso, pues que hubiera provocado una insurrección universal.
Parte por humanidad parte por cálculo, los musulmanes pasaron por encima de la
ley y una vez admitido el principio de tolerancia, permitieron en todas partes
a los Guebres el ejercicio público de su culto, de modo que cada ciudad y hasta
cada lugar tuvo su templo. Es más, el gobierno protegía a los Guebres hasta
contra el clero musulmán y hacía azotar a los imanes y muecines que intentaban
trocar en mezquita los templos del fuego.
Pero si el gobierno era tolerante con los
sectarios declarados del antiguo culto, ciudadanos pacíficos que no turbaban la
paz del Estado, no lo era ni podía serlo con los falsos musulmanes, que se
decían convertidos, y que siendo aun paganos en el fondo de su corazón,
trataban de minar sordamente el islamismo, ingiriendo en él sus propias
doctrinas. En Persia como en España habían sido numerosas las conversiones
aparentes, cuyo verdadero móvil había sido el interés mundano, y estos falsos
musulmanes eran generalmente los hombres más inquietos y ambiciosos de la
sociedad. Rechazados por la aristocracia árabe que se mostraba demasiado
exclusiva en todas partes, soñaban con la resurrección de una nacionalidad y de
un imperio persas. El gobierno los maltrataba sin piedad; para contenerlos y
castigarlos creó el Califa Mahdi hasta un tribunal de Inquisición que continuó
existiendo hasta fines del reinado de Harun-ar-Rachid. Como de ordinario, la
persecución engendró la revuelta. Babec, jefe de la secta de los «khoramia o
libertinos,» como sus enemigos los apellidaban, se levantó en el Adherbaidjan.
Durante veinte años (817-837) este Ibn-Hafzun de la Persia, tuvo en jaque a los
numerosos ejércitos del Califa, que no llegaron a apoderarse de él sino después
de haber sacrificado doscientos cincuenta mil hombres. Pero mucho más difícil
aún que domar rebeliones a mano armada, era descubrir y desarraigar las
sociedades secretas que la persecución había hecho nacer y que propagaban en la
oscuridad, ora las antiguas doctrinas persas, ora ideas filosóficas más
peligrosas todavía, pues en Oriente el choque de muchas religiones había dado
por resultado que una multitud de gente, las repudiaran y las menospreciaran
todas.
«Todos esos pretendidos deberes religiosos,
decían, son buenos a lo sumo para el pueblo, pero no son obligatorios en manera
alguna para las personas cultas. Todos los profetas no eran sino impostores que
aspiraban a la preeminencia sobre los demás hombres.»
Del seno de estas sociedades secretas, salió
en el siglo IX el renovador de la secta de los Ismaelitas. Oriundo de una
familia persa que profesaba las doctrinas de los sectarios de Bardasanes, que
admitían dos dioses, de los que el uno ha creado la luz y el otro las
tinieblas, e hijo de un oculista «espíritu fuerte» que, para escapar de las
garras de la Inquisición, de la que habían sido víctimas setenta de sus amigos,
buscó un asilo en Jerusalén donde enseñaba las ciencias secretas, aunque
afectando piedad y un gran celo por las pretensiones de los Chiitas.
Abdallah-ibn-Maimun llegó a ser bajo la dirección de su padre no solo un hábil
prestidigitador y un gran ocultista, sino también un gran conocedor de todos
los sistemas teológicos y filosóficos. Con ayuda de sus prestigios trató
primero de hacerse pasar por profeta; pero habiendo tenido mal éxito en esta
tentativa concibió poco a poco un proyecto más vasto.
Juntar en un mismo haz a vencidos y a
conquistadores; reunir en una misma sociedad secreta en la que hubiera muchos
grados de iniciación a los librepensadores, que no veían en la religión más que
un freno para el pueblo, a los santurrones de todas las sectas, servirse de los
creyentes para hacer reinar a los incrédulos y de los conquistadores para
destruir el imperio que habían fundado, formarse en fin un partido numeroso,
compacto y ejercitado en la obediencia, que en el momento oportuno colocara en
el trono, si no a él, a alguno de sus descendientes; tal fue el pensamiento
dominante de Abdallah-ibn-Maimun, pensamiento extraño y audaz, pero que realizó
con asombroso tacto, incomparable destreza y profundo conocimiento del corazón
humano.
Los medios que empleó estaban calculados con
diabólica picardía. En apariencia era Ismaelita. Como esta secta parecía
condenada a desaparecer por falta de jefe, le dio nueva vida prometiéndole uno.
«Nunca, decía, el mundo ha estado ni estará
privado de imán. Si uno es imán, su padre y su abuelo lo han sido antes de él,
y así de seguida, remontándose hasta Adán; el hijo del imán es también imán, y
su nieto, y así de seguida hasta la consumación de los siglos. No es posible
que el imán muera sino después que le haya nacido un hijo, que será imán
después de él. Pero el imán no es siempre visible. Unas veces se manifiesta,
otras permanece oculto, como el día y la noche que se siguen el uno a la otra. En
la época en que se manifiesta el imán, su doctrina permanece oculta; cuando por
el contrario él permanece oculto su doctrina se revela y sus misioneros se
muestran en medio de los mortales.»
En apoyo de esta doctrina citaba Abdallah
pasajes del Corán. Ella le servía para mantener despiertas las esperanzas de
los Ismaelitas, que aceptaran la teoría de que el imán se ocultaba, pero que
pronto aparecería para hacer reinar el orden y la justicia sobre la tierra. Con
todo, Abdallah en lo profundo de su pensamiento menospreciaba a esta secta, y
su pretendida devoción a la familia de Alí no era más que un medio de realizar
sus proyectos. Persa en el fondo de su corazón incluía a Alí, a sus descendientes
y a los árabes en general en el mismo anatema. Conocía muy bien, y en esto no
se equivocaba, que, si algún descendiente de Alí conseguía fundar un imperio en
la Persia, como los Persas lo hubieran deseado, estos no habrían ganado nada en
ello, y recomendaba a sus afiliados matar a todos los descendientes de Alí, que
cayeran en sus manos. Así no era entre los Chiitas entre los que buscaba sus
verdaderos mantenedores, sino entre los Guebres, los Maniqueos, los paganos de
Harran y los partidarios de la filosofía griega; a estos solamente se les podía
decir poco a poco la última palabra del misterio, revelándoles que los imanes,
las religiones y la moral no eran más que una pura farsa. Los otros hombres,
«los asnos,» como los llamaba Abdalá, no eran capaces de comprender semejantes
doctrinas. Sin embargo, para llegar al objeto que se proponía, no desdeñaba en
manera alguna su concurso, por el contrario, lo solicitaba, pero teniendo
cuidado de no iniciar a las almas creyentes y tímidas sino en los primeros grados
de su secta. Sus misioneros, a quienes había inculcado que su primer deber era
disimular sus verdaderos sentimientos y acomodarse a las de ideas de aquellos a
quienes se dirigían, se presentaban bajo mil formas diferentes, y hablaban, por
decirlo así a cada uno en diversa lengua. Cautivaban a las masas ignorantes y
groseras, por juegos de prestidigitación que hacían pasar por milagros, o por
discursos enigmáticos, que excitaban su curiosidad. Con los devotos, se
revestían con máscara de virtud y de devoción. Místicos con los místicos, les
explicaba el sentido interno de las cosas exteriores, las alegorías y el
sentido alegórico de las alegorías mismas. Explicando las calamidades de los
tiempos y las vagas esperanzas de un porvenir mejor que todas las sectas
alimentaban, prometían a los musulmanes la próxima venida del Mahdi, anunciado
por Mahoma, a los Judíos la del Mesías, a los cristianos la del Paracleto.
Ellos se dirigían hasta a los árabes ortodoxos o sunnitas, los más difíciles de
conquistar, porque su religión era la dominante, pero de los que tenían
necesidad para ponerse al abrigo de las sospechas y de las persecuciones de la
autoridad, y de cuyas riquezas deseaban servirse. Se halagaba primero el
orgullo nacional del Árabe, diciéndole que todos los bienes de la tierra
pertenecían a su nación, no habiendo nacido los Persas más que para la
esclavitud, y se trataba de ganar su confianza, haciendo ostentación de un
profundo menosprecio de las riquezas y de una gran piedad; luego, cuando ya la
habían obtenido, se les domaba sobrecargándoles de oraciones hasta que llegaban
a ser «perinde ac cadáver;» después de lo cual fácilmente los persuadían a que
se debía sostener la secta con donativos pecuniarios, y dejarla en sus
testamentos todo lo que poseían.
Así multitud de gentes de diversas creencias,
trabajaban juntas en una obra cuyo fin solo era conocido de muy pocos. Esta
obra avanzaba, pero con lentitud. Abdalá sabía que él no vería su perfección,
pero recomendó continuarla a su hijo Ahmed, que le sucedió como gran maestre.
Bajo este y sus sucesores la secta se propagó con rapidez y lo que sobre todo
contribuyó a ello fue que a ella se unieron gran número de individuos de la
otra rama de los Chiitas. Esta rama como hemos dicho reconocía por imanes a los
descendientes de Muza, hijo segundo de Djafar el Verídico, pero cuando el
duodécimo, Mohamed, hubo desaparecido, a la edad de doce años, en un
subterráneo donde había entrado con su madre (879) y sus partidarios los
Duodecimanos, como se les llamaba, dejaron de esperar su reaparición,
fácilmente se afiliaron entre los Ismaelitas que tenían sobre ellos la ventaja
de tener un jefe vivo, pronto a darse a conocer cuando las circunstancias lo
permitieran.
En 884, un misionero ismaelita Ibn-Hauchab,
que antes había sido Duodecimano comenzó a predicar públicamente en el Yemen.
Hízose dueño de Zaná y envió misioneros a casi todas las provincias del
imperio. Desde ellos fueron a «trabajar;» según la expresión de los Chiitas, el
país de los ketamianos en la provincia actual de Constantina y cuando murieron,
Ibn-Hauchab los reemplazó con uno de sus discípulos llamado Ibn-Abdalá.
Activo, atrevido, elocuente, lleno de
sutileza y astucia, sabiéndose además acomodarse a la inteligencia limitada de
los Berberiscos, era enteramente a propósito para la misión que iba a llenar,
bien que todo lleve a creer que no conocía más que les grados inferiores de la
secta, pues aún los misioneros ignoraban a veces su verdadero objeto. Se puso
primero a enseñar a los niños de los ketamianos dedicándose a ganarse la
confianza de sus huéspedes y cuando se creyó seguro de su obra tiró la máscara,
se declaró Chiita y precursor de Mahdi, prometiendo a los ketamianos los bienes
de este mundo y del otro, si querían tomar las armas por la santa causa.
Seducidos por los discursos místicos del misionero y acaso más aun por el cebo
del pillaje, los ketamianos se dejaron persuadir fácilmente, y como su tribu
era entonces la más numerosa y prepotente y la que había sabido conservar mejor
su antigua independencia y espíritu marcial, fueron rapidísimos sus triunfos.
Después de quitarle todas las ciudades al último Príncipe de la dinastía de los
Aglabitas que había reinado más de un siglo, le obligaron a huir de su
residencia con tal precipitación, que no tuvo ni tiempo para llevarse a su
querida. Entonces, Abdalá, colocó al Mahdi en el trono (909) Era el gran
maestre de la secta Said, descendiente de Abdalá el oculista, pero que se daba
por descendiente de Alí, y se hacía llamar Obaidallah. Hecho Califa el fundador
de la dinastía de los Fatimitas, ocultó cuidadosamente sus verdaderas ideas.
Acaso hubiera tenido más francos procederes si otro país, la Persia por
ejemplo, hubiera sido el teatro de su triunfo, pero como debía el trono a una
horda semi bárbara que no entendía de especulaciones filosóficas, fuerza le fue
no sólo de disimular, sino contener a los miembros más avanzados de la secta
que comprometían el porvenir con arrojos intempestivos.
Por eso el verdadero carácter de esta secta,
no se manifestó a la luz del día, hasta principio del siglo XI, en que el poder
de los Fatimitas, estaba tan sólidamente establecido que no tenían ya nada que
temer y que, gracias a sus numerosos ejércitos y a sus inmensas riquezas,
podían dar al traste aun con sus pretendidos derechos de nacimiento.
El califa Moizz, preguntado por las pruebas
de su parentesco con el yerno del profeta, respondió con arrogancia, sacando a
medias la espada de la vaina: «Esta es mi genealogía.» Luego, derramando a
manos llenas monedas de oro sobre los concurrentes, añadió: «Estas son mis
pruebas.» Todos protestaron que esta demostración les parecía incontestable.
Al contrario, en su origen los Ismaelitas no
se distinguieron de las otras sectas musulmanas más que por su intolerancia y
su crueldad. Piadosos y sabios faquíes, fueron azotados, mutilados o
crucificados, porque habían hablado con respeto de los tres primeros califas,
olvidado una fórmula chiita, o pronunciado un fetva según el código de Malic.
Se exigía del convertido una sumisión a toda prueba. Bajo pena de ser degollado
como incrédulo, el marido debía sufrir que se deshonrara a su mujer en
presencia suya, y después de esto estaba obligado a dejarse abofetear y escupir
en la cara. Obaidallah, preciso es decirlo en su honor, trató muchas veces de
reprimir la cólera brutal de sus soldados, pero rara vez lo conseguía. Sus
sectarios, que no querían, según decían, un Dios invisible, lo deificaban de
buen grado, conforme a las ideas de los persas, que enseñaban la encarnación de
la divinidad en la persona del monarca; pero era a condición de que les
permitiera hacer todo lo que se les antojara. Nada iguala a las crueldades que
cometieron estos bárbaros en las ciudades conquistadas. En Barca, su general
hizo partir a pedazos y asar a algunos de los habitantes de la ciudad, luego
obligó a otros a comer de esta carne, y, por último, hizo echar a estos últimos
en el fuego. Sumidos en un mudo estupor, y no creyendo en una providencia que
ordenara los humanos destinos, los infelices africanos no ponían sus esperanzas
sino más allá de la tumba.
«Pues que Dios tolera todo esto, dice un
foliculario de la época, es claro que a sus ojos este bajo mundo, es demasiado
despreciable para que se digne ocuparse de él. ¡Pero llegará el último día y
Dios juzgará!»
Por sus pretensiones a la monarquía
universal, los Fatimitas eran peligrosos para todos los estados musulmanes,
pero lo eran especialmente para España. Desde temprano habían echado el anzuelo
a este rico y bello país. Posesionado apenas de los estados de los Aglabitas,
Obaidalah había ya entablado una negociación con Ibn-Hafzun que le reconoció
por soberano. Esta estrecha alianza no condujo a nada, pero los Fatimitas no se
dejaron desanimar. Sus espías recorrían la península en todas direcciones, bajo
pretexto de comerciar y puede formarse una idea de lo que contarían a sus amos
leyendo lo que uno de ellos, Ibn-Haucal, escribía en la relación de sus viajes.
Apenas comienza a hablar de España, se expresa de esta manera:
«Lo que más asombra a los extranjeros que
llegan a la provincia es que pertenezca todavía al soberano que reina en ella,
porque sus habitantes son gentes sin dignidad y sin talento; son cobardes,
montan muy mal a caballo, e incapaces enteramente de defenderse contra buenos
soldados, mientras que por otra parte nuestros señores, a quienes Dios bendiga,
saben muy bien lo que vale este país, lo que produce de contribuciones, sus
bellezas y sus delicias. Si los Fatimitas conseguían poner el pie en el territorio
andaluz, seguros estaban de encontrar parciales. La idea de la próxima
aparición del Mahdi, se había extendido por España como por todo el resto del
mundo musulmán. Ya en 901, como más adelante referiremos, un príncipe de la
casa de los Omeyas se había atribuido el papel del Mahdi esperado; y en un
libro escrito veinte años antes de la fundación del califato Fatimita, se halla
una predicción del célebre teólogo Abdelmelic ibn-Habid (853) según la cual un
descendiente de Fatima había de venir a reinar en España, conquistaría
Constantinopla, (ciudad que se consideraba aun como la metrópoli del
cristianismo) mataría a todos los cristianos varones de Córdoba y de las
provincias vecinas y vendería a sus mujeres y a sus hijos de manera que se
podría comprar un muchacho por un látigo y una muchacha por una espuela. Como
sucede de ordinario, era la gente de la clase baja quien más creía en esta
clase de profecías; pero aun en las clases bien educadas y especialmente entre
los librepensadores hubieran quizás encontrado adictos los Fatimitas. La
filosofía había penetrado en España en el reinado de Mohamed, quinto Sultán
omeya, más intolerantes, que en el Asia se miraban aquí con malos ojos a los
filósofos y los teólogos andaluces que habían hecho el viaje de Oriente, no
hablaban sino con santo horror de la tolerancia de los Abasidas y sobre todo de
aquellas reuniones de sabios de todas religiones y de todas sectas, donde se
disputaba sobre cuestiones metafísicas, echando de lado toda revelación y en
donde los mismos musulmanes ponían a veces en ridículo al Corán. El pueblo
detestaba a los filósofos, que trataba de impíos y los quemaba o los apedreaba
de buena gana. Los librepensadores tenían, pues, que disimular sus ideas y
naturalmente le pesaba esta sujeción. ¿No habían de estar dispuestos a apoyar
una dinastía cuyos principios eran conformes a los suyos? Lícito es creerlo así
y los Fatimitas, a lo que parece, no lo juzgaban de otro modo y hasta creemos
que, trataron de fundar una logia en España, a cuyo fin se sirvieron del
filósofo Ibn-Masarra.
Este Ibn-Masarra, era un panteísta de Córdoba
que había estudiado principalmente las traducciones de ciertos libros griegos, que
los árabes atribuían a Empédocles. Obligado a dejar su patria, porque se le
había acusado de impiedad, se fue a recorrer el Oriente, donde se había
familiarizado con las doctrinas de las diferentes sectas y donde parece haberse
afiliado a la sociedad secreta de los Ismaelitas. Lo que nos inclina a
suponerlo fue su manera de conducirse después de su vuelta a España, pues en
lugar de exponer abiertamente sus opiniones, como lo había hecho en su
juventud, las ocultaba y ostentaba una grande devoción y una austeridad
extrema; habiéndole enseñado los jefes de a sociedad secreta, nosotros por lo
menos así lo creemos, que era preciso atraer y seducir a las gentes con las
exterioridades de la ortodoxia y de la piedad. Gracias a la máscara que había
tomado y también a su arrebatadora elocuencia, supo engañar al vulgo y atraer a
sus lecciones gran número de discípulos, que llevaba lentamente y paso a paso
de la fe a la duda y de la duda a la incredulidad. Pero no consiguió engañar al
clero que justamente alarmado hizo quemar, no al filósofo mismo, (Abderramán
III, no lo hubiera permitido) sino sus libros.
Por lo demás, que Ibn-Masarra fuera o no
emisario de los Ismaelitas (porque no existe testimonio positivo sobre este
punto) no es menos cierto que los Fatimitas no descuidaban medio alguno para
formarse un partido en España y que lo consiguieron hasta cierto punto. Su
dominación hubiera sido sin duda, benéfica para los librepensadores, pero al
mismo tiempo un terrible azote para las masas, y especialmente para los
cristianos. Una frase, fríamente bárbara, del viajero Ibn-Hocal, muestra lo que
estos últimos tenían que esperar de los fanáticos ketamianos. Después de haber
notado que los cristianos, que halló establecidos a millares en gran número de
lugares, habían causado muchas veces dificultades al gobierno con sus
insurrecciones, Ibn-Hocal, propone un medio muy expeditivo, para evitarlos en
adelante, exterminarlos hasta el último hombre. Semejante medida era a los ojos
excelente, y la única objeción que se le ocurre es que se necesitaría mucho
tiempo para ejecutarla. ¡No era después de todo más que una cuestión de tiempo!
Como se ve, los ketamianos hubieran realizado al pie de la letra, la predicción
de Abdelmelic ibn-Habib.
He aquí el peligro que amenazaba a España por
parte del Sur, al que se hallaba expuesta por parte del Norte, en donde el
reino de León crecía de día en día, era más grave aún.
Nada más humilde que el origen de este reino.
En el siglo VIII, cuando la provincia que habitaban se había sometido ya a los
musulmanes, trescientos hombres mandados por el bravo Pelayo, habían encontrado
un refugio en las altas montañas del Este de Asturias. Una gran caverna (la de
Covadonga) les servía de morada. Muy elevada sobre el suelo (se sube hoy
todavía a ella por medio de una especie de escalera de noventa gradas;) está en
una enorme roca en el fondo de un valle tortuoso, profundamente surcado por un
torrente, y tan estrechamente encerrada entre dos cadenas de rocas
escarpadísimas, que apenas un hombre a caballo puede penetrar. Un puñado de
bravos podían defenderse fácilmente allí aun contra fuerzas muy superiores, y
esto fue lo que hicieron los Asturianos. Pero su existencia era muy miserable,
y habiéndose rendido algunos de sus compañeros y muerto otros por falta de
víveres, hubo un momento en que Pelayo no tuvo consigo más que cuarenta
personas, entre las que se contaban diez mujeres que no tenían por alimento más
que la miel que las abejas depositaban en las hendiduras de la roca. Entonces
los musulmanes lo dejaron en paz, diciéndose, que después de todo, una
treintena de hombres no era de temer, y que sería trabajo perdido aventurarse
por eso en aquel peligroso valle, en que tantos bravos habían encontrado ya una
muerte sin gloria. Gracias a este respiro pudo Pelayo reforzar su banda, y
habiéndosele unido muchos fugitivos volvió a tomar la ofensiva, haciendo
incursiones en las tierras de los musulmanes. Para poner término a estas
depredaciones el berberisco Munuza, gobernador entonces de Asturias, envió
contra él uno de sus tenientes llamado Alcama. Pero la expedición de Alcama fue
desgraciadísima; sus soldados experimentaron una terrible derrota, y él mismo
cayó muerto. El triunfo obtenido por la banda de Pelayo enardeció a los demás
Asturianos, que se insurreccionaron, y Munuza, que no tenía tropas suficientes
para reprimir esta rebelión, y que temía que le cortaran la retirada, abandonó
Gijon, su residencia, tomando el camino de León, pero apenas había andado siete
leguas, fue atacado de improviso, y cuando llegó a León, después de haber
sufrido una pérdida muy considerable, enteramente desanimados sus soldados,
rehusaron volver a las ásperas montañas que habían sido testigos de sus
infortunios.
Habiendo sacudido así el yugo de la
dominación extranjera, los asturianos vieron poco después acrecentarse su
poder. Hacia el Este confinaba su provincia con el Ducado de Cantabria, que no
había sido sometido por los musulmanes, y cuando Alfonso, que reinaba allí, y
que se había casado con la hija de Pelayo, ascendió al trono de Asturias, las
fuerzas cristianas se hallaron casi duplicadas. Entonces pensaron naturalmente
en rechazar a los conquistadores más al Mediodía. Las circunstancias vinieron
en su ayuda. Los Berberiscos, que constituían la mayor parte de la población
musulmana en casi todo el Norte, abrazaron las doctrinas no-conformistas; se
insurreccionaron contra los árabes y los echaron; pero habiendo ido al sur,
fueron batidos a su vez y ojeados como fieras. Diezmados ya por la espada, lo
fueron mucho más por la terrible hambre, que a partir del 750 asoló España
durante cinco años consecutivos. La mayor parte resolvió entonces abandonar
España para ir a juntarse con sus compatriotas que moraban en la costa de
África. Aprovechando esta emigración los Gallegos se insurreccionaron en masa
contra sus opresores, desde el año 751 reconocieron por rey a Alfonso.
Secundados por él, mataron gran número de enemigos, y obligaron a los demás á
retirarse a Astorga. El año 753 los Berberiscos tuvieron que retirarse todavía
más al Mediodía. Evacuaron Braga, Porto y Viseo, de modo que toda la costa
hasta más allá de la embocadura del Duero, se encontró libre del yugo.
Retrocediendo siempre y no pudiendo mantenerse ni en Astorga, ni en León, ni en
Zamora, ni en Salamanca, se replegaron a Coria o quizás a Mérida. Más al Este
abandonaron Saldada, Simancas, Segovia, Avila, Oca, Miranda del Ebro, Cenicero
y Alesanco (ambas en la Rioja). Las principales ciudades fronterizas de los
musulmanes, fueron desde entonces de Oeste a Este, Coimbra, sobre el Mondejo,
Coria, Talavera y Toledo sobre el Tajo; Guadalajara, Tudela y Pamplona.
Así la guerra civil y la terrible hambre de
750, libertaron gran parte de España del dominio musulmán, que no duró allí más
que unos cuarenta años. Pero Alfonso se aprovechó poco de las ventajas que
había obtenido. Recorrió el país abandonado y pasó a cuchillo a los musulmanes,
poco numerosos sin duda, que encontró allí; pero no teniendo ni bastantes
siervos para cultivar un país tan extenso, ni bastante dinero para reedificar
las fortalezas que los musulmanes habían desmantelado o destruido antes de su
partida, no pudo pensar en apoderarse de ellas, y se llevó consigo a los
indígenas cuando volvió a sus Estados, no ocupando más que los distritos más
cercanos a sus antiguos dominios. Eran estos la Liébana (es decir, el S. O. de
la provincia de Santander), Castilla la Vieja, (llamada entonces Bardulia), la
costa de Galicia, y acaso la ciudad de León. Todo lo demás, no fue durante
mucho tiempo más que un desierto que formaba una barrera natural entre los
cristianos del Norte y los musulmanes del Mediodía.
Pero lo que Alfonso I no había podido hacer
lo hicieron sus sucesores. Casi siempre en guerra con los Moros pusieron su
capital en León y reedificaron poco a poco las ciudades y fortalezas más
importantes. En la segunda mitad del siglo IX, cuando casi todo el Mediodía se
había levantado contra el Sultán, adelantaron los límites de su nación hasta el
Duero, donde edificaron cuatro plazas fuertes, Zamora, Simancas, San Esteban de
Gormaz y Osma, que formaban una barrera casi infranqueable a los musulmanes,
mientras que el vasto pero triste y estéril país que se extiende entre el Duero
y Guadiana no pertenecía ni a los Leoneses ni a los Moros, se lo disputaban
aun. Por el lado de Poniente, los Leoneses estaban más próximos a sus enemigos
naturales, porque sus fronteras se extendían más allá del Mondego. Pero pasaban
algunas veces estas fronteras. Aprovechando la debilidad del Sultán, hacían
atrevidas expediciones hasta más allá del Tajo y del Guadiana, y las tribus, en
su mayor parte berberiscas, que moraban entre estos dos ríos, podían oponerles
tanta menos resistencia cuanto que las más veces se hallaban en guerra entre
si. Entonces, era fuerza humillarse ante los cristianes y rescatarse del
saqueo.
Pero la hora de la venganza parecía, en fin,
haber sonado para ellos. El año 901 un príncipe de la casa Omeya,
Ahmed-ibn-Muawiya, que se entregaba al estudio de las ciencias ocultas, y
aspiraba al trono se presentó a los bereberes con el Mahdi, los incitó a
alistarse bajo sus banderas para marchar contra Zamora, ciudad que Alfonso III
había hecho reedificar en 893 por los cristianos de Toledo, sus aliados, y que
desde entonces era el terror de los Moros, pues desde allí venían los
Cristianos a saquearlos, y allí era también donde ponían en salvo su botín,
tras siete fosos y siete murallas. El llamamiento de Ahmed tuvo un inmenso
éxito. Ignorantes y crédulos y ardiendo además en deseos de tomar la revancha,
los Bereberes se alistaron en masa con un príncipe que hacía milagros, por lo
demás, poco complicados, y que les decía que los muros de todas las ciudades
caerían a su vista. En pocos meses reunió el impostor un ejército de sesenta
mil hombres. Condújolos al Duero, y habiendo llegado cerca de Zamora, envió al
rey Alfonso III, que se hallaba en esta ciudad, una carta fulminante en que le
amenazaba con su cólera, si él y sus súbditos no abrazaban inmediatamente el
islamismo. Habiendo escuchado la lectura de esta carta, trémulos de indignación
y de ira Alfonso y sus grandes, y queriendo castigar al punto al que la había
escrito, montaron a caballo y fueron a atacarlo. La caballería berberisca salió
a su encuentro, y como había poca agua en el Duero (era verano, mes de junio)
el combate tuvo lugar en el lecho del río. La suerte de las armas no favoreció
a los Leoneses. Los Bereberes los derrotaron, y cortándoles la entrada de la
ciudad, los empujaron al interior del país.
Sin embargo, el término de la expedición fue
muy diverso del que podía presagiarse por este primer combate. El pretendido
Mahdi había adquirido un inmenso dominio sobre sus soldados; creyendo indigno
de él dar órdenes de viva voz, las daban por signos y obedecían a sus menores
gestos con la mayor docilidad; pero cuanto más respeto imponía a los simples
soldados, más excitaba contra él la envidia de los jefes, que presentían que si
se lograba la expedición serían suplantados por el supuesto profeta, en cuya misión
no creían mucho. Así que ya habían buscado una ocasión para asesinarlo, y no la
habían encontrado; pero mientras que perseguían al enemigo, el más poderoso de
ellos, Zalal-ibn-Yaich, jeque de la tribu de Nefza, declaró a sus amigos que
habían cometido un gran yerro, batiendo a los Leoneses, y que era preciso
enmendarlo antes que fuera demasiado tarde. No le costó trabajo hacerlos de su
opinión, y todos resolvieron embrollar los asuntos del Mahdi. Mandaron, pues,
tocar retirada y cuando llegaron a la avanzada, en la ribera derecha del Duero,
tomaron los objetos que les pertenecían, diciendo que habían sido batidos, y
que el enemigo venía a sus alcances. Hallaron fe sus palabras, tanto más cuanto
que no traían consigo más que una parte de sus tropas, no habiendo obedecido
las demás sus órdenes o no habiéndolas entendido. El terror y el pánico se
apoderó de los ánimos. Buscando su salvación en una pronta fuga, gran número de
soldados corrieron hacia el Duero, y viendo esto, la guarnición de Zamora, hizo
una salida y acuchilló muchos de ellos, cuando trataban de pasar el rio. Sin
embargo, los Leoneses detenidos por el grueso del ejército enemigo, que se
hallaba aun en la orilla izquierda, no se hallaron este día ni el siguiente, en
estado de hacer decisiva la ventaja, que acababan de obtener. Pero la deserción
que se hacía cada vez más general en las tropas del Mahdi, vino en su ayuda. En
vano el Mahdi decía, que Dios le había prometido la victoria, no lo creían, y
al tercer día, cuando se vio abandonado de casi todos sus soldados, él mismo
perdió toda esperanza, y no queriendo sobrevivir a su deshonra, metió espuelas
al caballo, se lanzó en medio de los enemigos, y encontró la muerte que
buscaba. Su cabeza fue clavada en una puerta de Zamora.
El éxito de esta campaña aumentó naturalmente
la audacia de los Leoneses. Contando con el apoyo de Toledo, y sobre todo con
la cooperación del rey de Navarra, Sancho el Grande, que acababa de dar a su
país una importancia que no había tenido hasta entonces, miraban, cada vez más
la España musulmana como una presa que no se les podía escapar. Todos los
impulsaba al Sur. Pobres, hasta el extremo de que faltos de numerario,
permutaban las cosas unas por otras, y enseñados por sus sacerdotes, a los que
eran ciegamente adictos, y a quienes colmaban de regalos, a mirar la guerra
contra los infieles como el medio más seguro de conquistar el cielo, buscaban
en la opulenta Andalucía los bienes de este mundo, y los del otro. ¿Escaparía
Andalucía a su dominio? Si sucumbía, la suerte de los musulmanes iba a ser
terrible. Fanáticos y crueles, los Leoneses rara vez daban cuartel; por lo
común cuando tomaban una ciudad pasaban a cuchillo a todos sus habitantes. En
cuanto a una tolerancia semejante a la que los musulmanes concedían a los
Cristianos, no había que esperarla de ellos. ¿Qué sería además de la brillante
civilización arábiga que se desarrollaba cada vez más bajo el dominio de
aquellos bárbaros, que no sabían leer, que cuando querían medir sus tierras
tenían que servirse de sarracenos, y que cuando hablaban de una «biblioteca,»
entendían por esto la Sagrada Escritura?
Como se ve, la tarea que esperaba a
Abderramán III, al principio de su reinado, era hermosa y grande, pues
consistía en salvar su patria y la civilización misma; pero era también
extremadamente difícil. El Príncipe tenía que conquistar sus propios súbditos y
rechazar por una parte a los bárbaros del Norte, cuya insolencia había crecido
al paso que se debilitaba el imperio musulmán, y por otra, a los bárbaros del
Sue, que en un cerrar de ojos se habían apoderado de un vasto Estado, y que
querían hacerse de los Andaluces a poca costa. Abderramán comprendió su misión.
Ya hemos visto de qué manera conquistó y pacificó su propio reino; ahora vamos
á ver cómo hizo frente a los enemigos exteriores.
II.
Aunque Abderramán III no hubiera tenido
intención de volver sus armas contra los Leoneses, estos le hubieran obligado a
ello, porque en el año 914, su rey, el intrépido Ordoño II, comenzó las
hostilidades llevando a sangre y fuego el territorio de Mérida. Habiéndose
apoderado de la fortaleza de Alanje, pasó a cuchillo a todos los defensores de
la plaza, y redujo a esclavitud a sus mujeres y a sus hijos. Entonces,
espantados los habitantes de Badajoz, y temerosos de compartir la suerte de sus
vecinos, reunieron multitud de objetos preciosos, y con el Príncipe a su cabeza
fueron a suplicarle al rey cristiano que se dignara aceptarlos. Ordoño aceptó,
y triunfante y harto de botín, repasó el Tajo y el Duero, y cuando estuvo en
León de vuelta, dio a la Virgen una prueba de su gratitud, edificándole una
iglesia.
Como los habitantes de los territorios que
Ordoño había saqueado, no se le habían sometido aun, Abderramán si hubiera
querido hubiera podido cerrar los ojos sobre lo que había pasado. Pero no era
esta su manera de pensar. Comprendiendo perfectamente que era preciso ganarse
los corazones de sus súbditos rebeldes, mostrando que se hallaban en estado de
defenderlos, decidió castigar al rey de León. A este fin, envió contra él en
Julio de 916 un ejército considerable, mandado por ibn-abi-Abda, el antiguo general
de su abuelo. La expedición de ibn-abi-Abda, la primera después de la que el
pretendido Mahdi había emprendido quince años antes no fue, a decir verdad, más
que una razzia, pero razzia en que los musulmanes cogieron gran botín.
El año siguiente, Abderramán, instado
vivamente por los habitantes de las fronteras, que se quejaban de que los
leoneses habían quemado todos los arrabales de Talavera (sobre el Tajo) dio
orden a ibn-Abí-Abda, de salir otra vez a campaña, y sitiar la importante
fortaleza de S. Esteban (de Gormaz) que se llamaba también Castro-Moro. El
ejército era numeroso, y se componía en parte de mercenarios africanos, que
Abderramán había hecho venir de Tánger. Así que la expedición prometía ser
feliz. Estrechamente bloqueada, la guarnición de S. Esteban se vio bien pronto
reducida a la última extremidad, y estaba ya a punto de rendirse, cuando Ordoño
acudió en su ayuda. Atacó a Ibn-Abdí-Abda. Desgraciadamente para este, su
ejército se componía no solo de soldados de Tánger, sino también de gran número
de habitantes de las fronteras, y no se podía contar ni con la fidelidad ni con
la bravura de estos hombres, medio berberiscos, medio españoles, que gritaban
mucho cuando los leoneses iban a saquearlos, pretendiendo entonces que el
Sultán debía protegerlos, pero que no querían ni defenderse por sí, ni obedecer
al monarca. Esta vez todavía se dejaron batir, y su precipitada retirada
produjo un espantoso desorden en todas las filas del ejército. Viendo la
batalla perdida, el bravo Ibn-Abí-Abda prefirió morir en su puesto a buscar la
salvación en la fuga; muchos de sus soldados que pensaban como él se pusieron a
su lado, y todos sucumbieron sin retroceder a los golpes de los cristianos.
Al decir de los historiadores árabes, el
resto del ejército logró rehacerse y llegó en bastante buen orden a territorio
musulmán; pero los cronistas cristianos cuentan, por el contrario, que fue tan
completa la derrota de los Moros, que, desde el Duero hasta Atienza, las
colinas, los bosques y los campos estaban cubiertos de cadáveres.
Sin dejarse desanimar, tomó enseguida
Abderramán sus medidas para reparar este desastre; pero mientras que hacía
preparativos para la nueva campaña, que debía ser al año siguiente, llamaron su
atención los asuntos de África.
Aunque no estuviera aun en guerra contra los
Fatimitas, y aunque estos ocupados en la conquista de la Mauritania no le
hubieran dado motivo de queja, preveía sin embargo que una vez terminada esta
guerra volverían en seguida sus armas contra España. Miraba, pues, como un
deber, socorrer a la Mauritania cuanto le fuera posible, y hacer de modo que
este país quedara por decirlo así, como el baluarte de España contra los
Fatimitas. Por otra parte, tenía que evitar ponerse en guerra abierta contra
esta dinastía antes de tiempo, porque mientras no hubiese domado la
insurrección en su propio reino, y obligado a los Cristianos del Norte a pedir
la paz, arriesgaba mucho si se exponía a un desembarco de Fatimitas en las
costas andaluzas. Todo lo que podía hacer en aquellas circunstancias era animar
y ayudar bajo cuerda a los príncipes que quisieran defenderse contra los
invasores de su país.
Ya tuvo ocasión de hacerlo en el año 917,
cuando los Fatimitas atacaron al Príncipe de Necur (ciudad del Rif marroquí, a
cinco leguas del mar). La familia de origen árabe, había reinado sobre Necur y
su territorio desde la conquista, se había distinguido siempre por su piedad, y
desde que dos de sus princesas, hechas prisioneras por los piratas normandos,
fueron rescatadas por el Sultán Mohamed, no había dejado nunca de mantener las
relaciones más amistosas con España. Hasta un segundón de esta familia, que
como piadoso faquí que era, había hecho cuatro veces la peregrinación a la
Meca, vino a España en el reinado de Abdallah para tomar parte en la guerra
santa. Atacado por Ibn-Hafzun después de su desembarco, llegó solo al campo del
Sultán, habiendo caídos muertos todos los de su escolta, y él lo fue a su vez,
combatiendo contra Daizan, el jeque de la provincia de Todmir (Murcia).
El Príncipe que reinaba sobre Necur, cuando
los Fatimitas llevaron sus armas a la Mauritania, se llamaba Said II. Intimado
para que se sometiera, rehusó hacerlo; pero él, o más bien, un español que era
su poeta laureado, tuvo la imprudencia de juntar el ultraje a la negativa.
Conviene saber que, al pie de su intimación, el Califa había hecho escribir
algunos versos, cuyo sentido era, que si los habitantes de Necur no querían
someterse los exterminaría, pero que si obedecían haría reinar la justicia en su
país. El poeta laureado, Ahmas de Toledo, respondió aquellos versos por estos
otros:
“¡Tú has mentido, te lo juro por el templo de
la Meca! No, tú no sabes practicar la justicia, y jamás el Eterno ha oído de
tus labios palabra sincera ni piadosa. Tú no eres más que un hipócrita, un
incrédulo, predicando a rústicos la Sunna, que debe ser la regla de todas
nuestras acciones. Nosotros ponemos nuestra ambición en las cosas grandes y
nobles, entre las que la religión de Mahoma ocupa el primer lugar, tú, por el
contrario, pones la tuya en las cosas viles y bajas.”
Herido en lo vivo, el Califa Obaidallah,
envió al punto a Mezzala, gobernador de Tahort, la orden de atacar Necur. No
teniendo ciudadela donde refugiarse, el viejo Said II salió al encuentro del
enemigo y lo detuvo tres días, pero vendido por uno de sus capitanes murió al
fin con casi todos los suyos en el campo de batalla (917.) Entonces Mezzala se
apoderó de Necur, donde pasó los hombres a cuchillo, reduciendo a servidumbre
las mujeres y los niños.
Avisados por su padre, tres hijos de Said
habían tenido tiempo de embarcarse haciendo vela hacia Málaga. En cuanto
llegaron a este puerto Abderramán dio las órdenes necesarias para que se les
hiciera la más honrosa acogida y al mismo tiempo les mandó a decir que si
querían ir a Córdoba tendría mucho gusto en ello, pero que no quería
contrariarlos en nada y por consiguiente, que podían permanecer en Málaga, si
tal era su voluntad. Los príncipes le respondieron que preferían permanecer lo
más cerca posible del teatro de los acontecimientos, porque esperaban volver
muy pronto a su patria. Esta esperanza no era engañosa. Habiendo vuelto a tomar
el camino de Tahort, después de pasar seis meses en Necur, Mezzala, confió el
gobierno de esta ciudad, a un oficial ketamiano, llamado Dhalul. Este fue
abandonado por la mayor parte de sus soldados y entonces los príncipes, a
quienes sus partidarios tenían al corriente de todo lo que pasaba, equiparon
barcos y partieron para Necur, después de haber convenido entre sí que pertenecería
la corona al primero que llegara. Zalih, el más joven de los tres, se adelantó
a sus hermanos. Los Bereberes de la costa lo recibieron con entusiasmo, y
habiéndole proclamado emir, marcharon contra Necur, donde mataron a Dhalul y a
sus soldados. Dueños del país, el príncipe Zalih III, se apresuró a escribir a
Abderramán, para darle gracias por su acogida y anunciarle su victoria. Al
propio tiempo, hizo proclamar la soberanía de este monarca en toda la extensión
de sus dominios y por su parte Abderramán le envió tiendas, banderas y armas.
Si los negocios de Necur hubieran podido
hacer olvidar a Abderramán que tenía que vengar la derrota de su ejército y la
muerte del intrépido Ibn-abi-Abda, cuya cabeza había hecho clavar Ordoño en la
muralla de S. Esteban al lado de una cabeza de jabalí, los cristianos se
tomaron el trabajo de recordarle su deber, porque en la Primavera del 918,
Ordoño y su aliado Sancho de Navarra, asolaron las cercanías de Nájera y
Tudela, después de lo cual, Sancho, tomó el arrabal de Valtierra y quemó la
mezquita mayor de esta fortaleza. Abderramán confió ahora el mando de su
ejército al hadjib Badr y envió a los habitantes de las fronteras orden de
reunirse a sus banderas, excitándolos a aprovechar esta ocasión de lavar la
deshonra de que se habían cubierto el año precedente. Salieron de Córdoba el 7
de Julio, y cuando llegaron al territorio leonés, atacaron audazmente al
ejército enemigo que se había atrincherado en las montañas. Por dos veces, el
13 y el 15 de Agosto, se batalló cerca de un lugar que se llamaba Mutonia, y
por dos veces obtuvieron los Moros una brillante victoria. Los leoneses, como
lo atestiguan sus propios cronistas, hubieron de consolarse diciendo con David,
que es varia la suerte de las armas.
Habiendo reparado así Abderramán, el deshonor
de su derrota, pero no creyendo suficientemente aún humillados a los leoneses y
ardiendo además en deseos de obtener una parte de los laureles, que en la
guerra contra los infieles sus generales recogían, tomó el mando de su ejército
a principios de junio del 920. Una astucia le hizo dueño de Osma. El señor que
mandaba en esta plaza le había hecho las mayores promesas si quería dejarlo en
paz y llevar sus armas a otra parte. Abderramán se aprovechó de la cobardía de
este hombre. Fingiendo dar oídos a sus proposiciones, se dirigió hacia el Ebro
por el camino de Medinaceli; paro girando de pronto a la izquierda y
encaminándose hacia el Duero envió delante un cuerpo de caballería con orden de
saquear y asolar los alrededores de Osma. Sorprendida con la súbita aparición
del enemigo la guarnición de esta ciudad se apresuró a refugiarse en los
bosques y en las sierras, de modo que los Moros entraron en la fortaleza sin
combate. Habiéndola quemado, fueron a atacar San Esteban de Gormaz. Allí
tampoco encontraron resistencia, habiendo huido la guarnición en cuanto se
acercaron. La fortaleza fue destruida, como también el castillo de Alcubilla
que se hallaba en sus cercanías. Hecho esto, marcharon los Moros contra Clunia,
ciudad muy antigua y de que no quedan más que ruinas, pero que era importante
entonces. Parecía que los leoneses habían corrido la voz para no resistir en
ninguna parte, porque los musulmanes hallaron Clunia abandonada y destruyeron
allí gran parte de las casas y de las iglesias.
Cediendo a las peticiones de los musulmanes
de Tudela, resolvió entonces Abderramán volver sus armas contra Sancho de
Navarra. Caminando despacio, a fin de no fatigar mucho a sus tropas, empleó
cinco días en ir de Clunia a Tudela, y habiendo puesto luego un cuerpo de
caballería a las órdenes del Gobernador de Tudela Mohamed-ibn-Lope, le ordenó
que fuera a atacar la fortaleza de Carear, que Sancho había levantado para
contener y vejar a los habitantes de Tudela. Los musulmanes la encontraron
abandonada, lo mismo que Calahorra, de donde el mismo Sancho huyó
precipitadamente para meterse en Arnedo; pero cuando pasaron el Ebro, Sancho
vino a atacar su vanguardia. Empeñado el combate, mostraron los musulmanes que
servían para algo más que para tomar, saquear y quemar fortalezas indefensas,
pues pusieron al enemigo en plena derrota, y lo obligaron a refugiarse en la
montaña.
La vanguardia bastó para obtener este feliz
resultado. Abderramán que se hallaba en el centro de sus ejércitos ignoraba que
la vanguardia estaba a palos con el enemigo; las cabezas cortadas de los
Cristianos que le presentaron le dieron la noticia. Batido, y no hallándose en
estado de resistir a sus enemigos por sí solo, Sancho pidió y obtuvo la
cooperación de Ordoño. Ambos reyes resolvieron entonces atacar ya la
vanguardia, ya la retaguardia del enemigo, según las circunstancias lo
permitieran. Entretanto los Cristianos, que no abandonaban la montaña, se
mantenían a los flancos de las columnas musulmanas que atravesaban los
desfiladeros y los valles. Queriendo aterrar a sus adversarios, daban de vez en
cuando grandes alaridos, y aprovechando la ventaja del terreno, mataban a veces
algunos. El ejército musulmán se encontraba evidentemente en una situación
peligrosa; tenía que habérselas con montañeses ágiles e intrépidos que se
acordaban muy bien del desastre que sus antepasados habían causado al gran ejército
de Carlo- Magno, en el valle de Roncesvalles, y que asechaban la ocasión de
tratar a Abderramán de la misma manera. El Sultán no se hace ilusiones sobre el
peligro que corría, y cuando hubo llegado al valle, que a causa de sus juncos
se llamaba la Junquera, dio orden de hacer alto, y desplegar las tiendas.
Entonces los Cristianos cometieron una inmensa falta; en lugar de permanecer en
las sierras, bajaron al llano y aceptaron audazmente el combate que los
musulmanes les ofrecían. Pagaron su temeridad con una terrible derrota. Los
musulmanes los persiguieron hasta que las sombras de la noche los ocultaron a
su vista e hicieron prisioneros muchos de sus jefes, entre los que se contaban
dos obispos, Hermogio de Tuy, y Dulcidio de Salamanca, que según la costumbre
de la época se habían ceñido los arneses de la guerra.
Más de mil cristianos hallaron asilo en la
fortaleza de Muez; Abderramán la cercó, la tomó e hizo cortar la cabeza a todos
sus defensores. Destruyendo fortalezas, y no hallando resistencia en ninguna
parte recorrieron los musulmanes triunfantes la Navarra, y podían vanagloriarse
de haberlo quemado todo en el espacio de diez millas cuadradas. El botín que
recogieron, sobre todo de víveres, era prodigioso; el trigo se vendía en su
campo casi por nada, y no pudiendo llevarse todas las provisiones, se vieron obligados
a quemar gran parte. Triunfante y cubierto de gloria, Abderramán emprendió su
retirada el 8 de setiembre. Llegados a Atienza, licenció a los soldados de la
frontera que se habían portado muy bien en la batalla de Val de la Junquera, a
los que hizo donativos, y se encamino a Córdoba, a donde llegó el 24 de
Setiembre, después de una ausencia de tres meses.
Abderramán podía lisonjearse con la esperanza
de que esta gloriosa campaña quitaría, por mucho tiempo a los cristianos la
gana de hacer excursiones a territorio musulmán, pero tenía que habérselas con
enemigos que no se desanimaban fácilmente. Desde el año 921 Ordoño hizo una
nueva razzia, y si hemos de creer a los cronistas cristianos, que acaso
exageran los triunfos obtenidos por sus compatriotas, el rey de León llegó
hasta una jornada de Córdoba.
Dos años después, Ordoño reconquistó Nájera,
mientras que su aliado se hacía dueño de Viguera, de lo que estaba tan
orgulloso, que exclamó con el Profeta: «Los he dispersado y los he obligado a
refugiarse en reinos lejanos y desconocidos.» La toma de Viguera causó gran
consternación en la España musulmana, pues se refería que todos los defensores
de la plaza, entre los que había muchos que pertenecían a las principales
familias, habían muerto; de modo, que aunque Abderramán no hubiera querido, la
opinión pública le hubiera obligado a temar venganza de este desastre. Pero no
tenía necesidad de tales excitaciones. Exasperado y furioso no quiso ni esperar
el tiempo en que comenzaban de ordinario las operaciones y el mes de Abril de
924, salió de Córdoba a la cabeza de su ejército, «para ir a vengar a Dios y a
la religión, de la raza impura de los infieles,» como se expresa un cronista
árabe.
El diez de Julio llegó a territorio navarro,
pero era tan grande el terror que inspiraba su nombre que a su aproximación los
enemigos abandonaban sus fortalezas en todas partes. Pasó por Carear, Peralta,
Falces y Carcastillo, saqueando y quemando todo lo que hallaba a su paso y se
internó en el país, dirigiéndose hacia la capital. Sancho intentó detenerlo en
los desfiladeros, pero fue rechazado cada vez que lo intentó y Abderramán llegó
sin obstáculo a Pamplona, donde los habitantes no se atrevieron a esperarlo.
Hizo destruir muchas casas de la ciudad, como también la catedral, que atraía
todos los años gran número de peregrinos. Luego ordenó demoler otra iglesia que
Sancho había hecho edificar, con grandes dispendios, en una montaña cercana y
por la que tenía gran veneración, así que hizo esfuerzos inauditos pero
inútiles para salvarla. Ni fue más feliz en adelante. Habiendo recibido
refuerzos de Castilla, atacó dos veces al ejército musulmán que había vuelto a
ponerse en marcha, y por dos veces fue rechazado con pérdidas. Los Moros, por
el contrario, perdieron muy pocos soldados en esta gloriosa campaña, que ellos
llamaron la de Pamplona.
El rey de Navarra, antes tan orgulloso,
estaba ahora humillado y reducido por mucho tiempo a la impotencia. Del lado de
León, Abderramán no tenía tampoco, por el pronto, nada que temer. El bravo
Ordoño II, había muerto antes de que principiase la campaña de Pamplona. Su
hermano Fruela II, que le sucedió, no reinó más que un año, en el cual nada
hizo contra los musulmanes, si no es que suministró algunos refuerzos a Sancho
de Navarra. A su muerte, (925) Sancho y Alfonso, hijos de Ordoño II, se
disputaron la corona. Sostenido por Sancho de Navarra, con cuya hija se había
casado, Alfonso cuarto de este nombre, lo consiguió. Pero Sancho, sin
desanimarse, reunió un nuevo ejército, y habiéndose hecho coronar en Santiago
de Compostela, sitió León, la tomó y quitó el trono a su hermano (926.) Mas
adelante, en 928, Alfonso reconquistó la capital con ayuda de los navarros,
pero Sancho supo mantenerse en Galicia.
Abderramán no se mezcló en esta larga guerra
civil, dejando destruirse a los cristianos entre sí, pues que tal era su
voluntad, se aprovechó del respiro que le daban para aniquilar casi en todas
partes la insurrección de sus propios Estados, y ahora que ya había alcanzado
el objeto de sus deseos creyó le convenía tomar otro título. Los Omeyas de
España se habían contentado hasta aquí con los del Sultán, emir o hijo de los
Califas. Creyendo que este nombre de Califa no pertenecía más que al monarca
que tuviera en su poder las dos ciudades santas de la Meca y de Medina, se lo
habían dejado a los Abasidas, aunque los consideraran siempre como enemigos.
Pero ahora que los Abasidas estaban bajo la tutela de sus mayordomos de
palacio, los emires al-omera, y que su autoridad no se extendía más que sobre
Bagdad y su territorio, habiéndose hecho independientes los gobernadores de las
provincias, no había razón para que los Omeyas no tomaran un calificativo, que
necesitaban para imponer respeto a sus súbditos, y sobre todo a las colonias
africanas. Abderramán ordenó en el año 929 que desde el viernes 16 de enero se
le dieran en las oraciones y actos públicos, los títulos de Califa, de Príncipe
de los Creyentes, y defensor de la fe,
Al mismo tiempo fijó toda su atención en
África. Entabló una negociación con Mohamed ibn-Khazar, jeque de la tribu
berebere de Maghalawa, que ya había puesto en fuga a las tropas de los
Fatimitas, y matado a su general Mezzala con su propia mano. Hecha la alianza,
Mohamed ibn-Khazer, expulsó a los Fatimitas del Magreb central (las actuales
provincias de Argel y de Orán) e hizo reconocer en este país la soberanía del
monarca español. Este consiguió separar también del partido de los Fatimitas al
valiente jefe de los Micnesa Ibn-abí-‘l-Afia, que había sido su más sólido
apoyo hasta entonces, y conociendo le era necesaria tener una fortaleza en la
costa africana, se hizo ceder Ceuta. (931.)
Los cristianos del Norte parecían haberse
propuesto dejar al Califa el tiempo necesario para que pudiera consagrarse por
entero a los negocios de África. Habiendo concluido la primera guerra civil,
con la muerte de Sancho en 929, comenzaron otra en 931. En este año, Alfonso
IV, afligido por la muerte de su esposa, abdicó la corona en su hermano Ramiro
II, y tomó el hábito en el monasterio de Sahagún, pero poco después, conociendo
que no había sido hecho para la monotonía de la vida monástica, abandonó el claustro
y se hizo proclamar rey en Simancas. Esto era a los ojos de los sacerdotes un
escándalo inaudito; así que le amenazaron con los tormentos del infierno si no
volvía a tomar el hábito monástico. Hízolo al fin, pero de carácter débil y
tornadizo, se arrepintió de nuevo y ahorcó los hábitos por segunda vez.
Aprovechándose de la ausencia de Ramiro II, que había ido a socorrer a Toledo,
embestida entonces por las tropas del Califa, se presentó frente a León y se
apoderó de la ciudad. Vuelve Ramiro a toda prisa, asalta León a su vez y se
apodera de ella; y queriendo poner a su hermano en estado de que en adelante no
pudiera disputarle la corona, le hizo sacar los ojos, así como a sus tres
primos hermanos, los hijos de Fruela II, que habían tomado parte en esta
rebelión (932.)
Todo cambió de aspecto para Abderramán. Ya
había pasado el tiempo en que no tenía que preocuparse del reino de León. Tan
belicoso como valiente, Ramiro profesaba a los musulmanes un odio feroz e
implacable. Su primer cuidado fue socorrer a Toledo, altiva república, única en
la España musulmana que desafiaba aun las armas del Califa y que había sido
hasta entonces fiel aliada y escudo del reino de León. Salió pues, a campaña y
como Madrid se hallaba de camino, atacó a esta ciudad y la tomó. Sin embargo, no
consiguió salvar a Toledo. Habiendo salido a su encuentro una parte del
ejército que sitiaba esta ciudad, se vio obligado a volver pies atrás, y
abandonar Toledo a su suerte. Perdida así su última esperanza, la ciudad, como
ya hemos visto, en el libro precedente, no tardó en rendirse. Más feliz fue
Ramiro en el siguiente año (933.) Informado por el conde de Castilla, Fernán
González de que el ejército musulmán amenazaba a Osma, salió al encuentro del
enemigo y lo derrotó. Abderramán tomó la revancha en 934. Hubiera querido que
los llanos de Osma, que antes fueron testigos de su derrota, lo fueran ahora de
su victoria, pero en vano trató de hacer salir a Ramiro de la fortaleza; el rey
de León no juzgó prudente aceptar la batalla que los musulmanes le ofrecían.
Habiendo dejado entonces, un cuerpo delante de Osma, continuó Abderramán su
marcha hacia el Norte. Por el camino cometieron algunas crueldades, sobre todo
los regimientos africanos, que en país enemigo nada respetaban. Cerca de Burgos
degollaron a todos los monjes de San Pedro de Cardeña en número de doscientos.
Burgos, la capital de Castilla fue destruida y gran número de fortalezas
tuvieron la misma suerte.
Sin embargo, algún tiempo después, tomaron
los asuntos del Norte un aspecto amenazador. Formóse una liga formidable contra
el Califa, de la que fue el más ardiente promovedor, el gobernador de Zaragoza
Mohamed ibn-Hachim el Todjibita.
Los Beni-Hachim que habitaban en Aragón desde
el tiempo de la conquista, habían hecho útiles servicios al sultán Mohamed,
cuando los Beni-Casi eran todavía omnipotentes en la provincia y hacía cuarenta
años que la dignidad de gobernador o virrey de la frontera superior era
hereditaria en su familia. Era casi la única a quien Abderramán, que había
quitado toda la influencia a la nobleza árabe, dejó su lustre y alta posición.
Sin embargo, Mohamed-ibn-Hachim no estaba
satisfecho del Califa, y sea que tuviera empeño de vengar las injurias de su
casta, sea que no viera en la benevolencia de Abderramán para con él, sino un
cálculo dictado por el miedo, sea en fin que soñaba un trono para él y sus
hijos, se puso a negociar con el rey de León, y le prometió reconocerlo por
señor, si le ayudaba contra el Califa. Ramiro dio oídos a sus proposiciones y
durante la campaña de 934, Mohamed se declaró en abierta rebelión, rehusando
unirse al ejército musulmán. Tres años más tarde reconoció el señorío de
Ramiro. Algunos generales rehusaron seguirle en la vía de la traición y
rompieron con él; pero Ramiro llegó entonces con tropas, sitió y tomó las
fortalezas que aun se mantenían por el Califa y se las entregó a Mohamed. Hecho
esto, Ramiro y Mohamed hicieron alianza con Navarra donde reinaba entonces
García, bajo la tutela de su madre Tota, viuda de Sancho el Grande.
Así todo el Norte estaba aliado contra el
Califa. El peligro que antes parecía conjurado, renacía; pero el Califa le hizo
frente con su energía habitual.
Habiéndose puesto a la cabeza del ejército en
el año 937, marchó contra Calatayud, donde gobernaba Motarrif, pariente de
Mohamed, y cuya guarnición se componía en parte de cristianos de Álava,
enviados por Ramiro. Motarrif cayó muerto en la primera escaramuza. Sucedióle
su hermano Haquem, pero habiéndose visto obligado a evacuar la ciudad y
refugiarse en la ciudadela, abrió tratos y, estipulando una amnistía para él y
para sus soldados musulmanes, la entregó al Califa. Los alaveses que no estaban
comprendidos en la capitulación fueron pasados a cuchillo.
Después de este primer triunfo, Abderramán se
apoderó de unos treinta castillos y volvió sus armas, ya contra Navarra, ya
contra Zaragoza. Hizo sitiar esta ciudad por un príncipe de la sangre, el
general en jefe de la caballería Ahmed ibn-Ishac, a quien acababa de conferir
el título de gobernador de la frontera superior, pero no tardó en darle este
general graves motivos de queja.
Aunque hubieran llevado en Sevilla una vida
pobre y oscura, hubieran contraído alianzas desiguales y no hubiera entre ellos
más que un lejano parentesco, no se había avergonzado Abderramán de reconocer a
los Beni-Ishac como miembros de su familia, colmándolos de favores. Sin
embargo, no estaban todavía contentos con su posición. Su ambición no tenía
límites; Ahmed, jefe de la familia, pretendía nada menos que ser nombrado
heredero presunto de la corona y mientras que conducía el sitio de Zaragoza,
con una cobardía y una lentitud que indignaban e irritaban al Califa, tuvo la
audacia de escribirle presentándole esta petición. De tal modo incomodó al
Califa esta insolencia, que le respondió colérico en estos términos:
«No queriendo más que darte gusto, te hemos
tratado hasta aquí con extrema benevolencia, pero acabamos de convencernos de
que es imposible cambiar tu carácter. Lo que te conviene es la pobreza, porque
no habiendo conocido antes la riqueza, te has llenado de un orgullo
insoportable. ¿No era tu padre uno de los últimos caballeros de Ibn-Haddjadj y
has olvidado ya que tú mismo no eras en Sevilla sino un tratante en asnos?
Nosotros hemos tomado bajo nuestra protección a tu familia desde que la
imploró, la hemos socorrido, la hemos hecho rica y poderosa, conferimos a tu
difunto padre la dignidad de visir, y a tí mismo la de general de nuestra
caballería y gobernador de la mayor de nuestras provincias fronterizas. Y tú
has despreciado nuestras órdenes, y no has tomado a pecho nuestros intereses y
para colmar la medida, pides ahora que te nombremos nuestro heredero, ¿qué
méritos, ni qué títulos de nobleza tienes, cuando a tí y a tu familia se pueden
aplicar estos conocidos versos?:
“Vosotros sois hombres salidos de la nada, y
el lino no puede compararse con la seda. Si sois Coraichitas como decís, tomad
vuestras mujeres en esta ilustre tribu, pero si no sois más que Coptos,
vuestras pretensiones son ridículas.”
«Tu madre no era la hechicera Hamduna? ¿Tu
padre no era un soldado raso, raso? ¿Tu abuelo no era portero en casa de
Hanthara ibn-Abbas? ¿No hacía sogas y manteca en el pórtico de su señor?....
¡Malditos sean, tú y todos los que me han engañado aconsejándome que te tomara
a mi servicio! ¡Infame, leproso, hijo de un perro y de una perra, ven a
humillarte a nuestros pies»
Habiendo sido depuesto de la manera más
infamante, Ahmed, secundado por su hermano Omeya se puso a conspirar. El Califa
descubrió sus intrigas, y lo desterró. Entonces Omeya se apoderó de Santarém,
donde levantó el estandarte de la rebelión, y se puso en relaciones con el rey
de León, al que hizo importantes servicios, indicándole, los lugares por donde
el imperio musulmán podía ser más fácilmente atacado; mas habiendo salido un
día de la ciudad, uno de sus oficiales restableció allí la autoridad del soberano.
Omeya se fue entonces con Ramiro. Su hermano continuó intrigando y conspirando
con infatigable ardor, había formado el proyecto de entregar España a los
Fatimitas y se había puesto en relaciones con su corte. Abderramán lo
descubrió, lo mandó prender como Chiita y ejecutar. Entretanto, el Califa
triunfaba en el Norte. Mohamed, sitiado en Zaragoza, capituló y como era,
después del monarca, el hombre más poderoso y considerado del Estado,
Abderramán juzgó prudente perdonarlo y dejarlo en su puesto. Por su parte, la
reina Tota, después de haber sufrido revés sobre revés, fue a pedir gracia al
Califa y le reconoció como Señor de Navarra, de suerte que excepto el reino de
León y una parte de Cataluña, toda España se había humillado delante de
Abderramán III.
III.
Los veintisiete primeros años del reinado de
Abderramán III no habían sido sino una serie continua de triunfos, pero la
fortuna es caprichosa y ya había llegado el tiempo de los reveses.
Un importante cambio se había verificado en
el reino. La nobleza que antes lo era todo, ya no era nada; el poder real la
había anonadado. Abderramán la detestaba; no comprendía que un monarca pudiera
dejar una cierta influencia y cierto poder a los grandes. «Convengo de buena
gana, dijo un día al embajador que Otón I le había enviado, en que vuestro rey
es un príncipe prudente y hábil, pero hay en su política una cosa que no me
agrada; en lugar de concentrar en sus manos toda la autoridad, deja una parte a
sus vasallos. Hasta les abandona sus provincias, creyendo así hacerlos adictos.
Es una gran falta. La condescendencia con los grandes no conduce más que a
alimentar su orgullo y sus inclinaciones a la rebeldía.»
No cayó el Califa seguramente en la falta que
censuraba al rey de Alemania, pero cayó en otra no menos grave: no cuidó
bastante de la susceptibilidad de los grandes. Gobernando por sí mismo, (desde
632 no tuvo más hadjib, o primer ministro) dio casi todos los empleos a
hombres de baja extracción, a libertos, a extranjeros, a esclavos, en fin, a
hombres que dependían enteramente de él, y que eran instrumentos dóciles y
flexibles en sus manos. Estos, a quienes se daba el nombre de eslavos, gozaban
enteramente de su confianza, y en su reinado comienza la influencia de este
cuerpo, destinado a representar un papel importante en la España musulmana, y
acerca del que debemos dar aquí algunos detalles.
Al principio, el nombre de eslavos se
aplicaba a los prisioneros que los pueblos germánicos hacían en sus guerras,
contra las naciones así llamadas, y que vendían a los sarracenos españoles;
pero con el trascurso del tiempo, cuando se comenzaron a comprender bajo el
nombre de eslavos una multitud de pueblos que pertenecían a otras razas, se dio
este nombre a todos los extranjeros que servían en el harén o en el ejército,
cualquiera que fuese su origen. Según el preciso testimonio de un viajero árabe
del siglo X, los eslavos que tenía a su servicio el Califa español, eran
gallegos, francos, (franceses y alemanes), lombardos, calabreses y procedentes
de la costa septentrional del Mar Negro. Algunos habían sido hechos prisioneros
por los piratas andaluces, otros habían sido comprados en los pueblos de
Italia, porque los judíos, especulando con la miseria de los pueblos, compraban
niños de uno y otro sexo y los llevaban a los puertos de mar, donde naves
griegas y venecianas iban a buscarlos, para llevárselos a los sarracenos.
Otros, esto es, los eunucos destinados al servicio del harén, llegaban de
Francia, donde había grandes manufacturas de eunucos, dirigidas por judíos. Era
muy famosa la de Verdun y había otras en el Mediodía.
Como la mayor parte de estos cautivos eran
todavía pequeños cuando llegaban a España, adoptaban fácilmente la religión, la
lengua y las costumbres de sus señores. Muchos de ellos recibían una educación
esmerada, de suerte, que más adelante gustaban de reunir bibliotecas y componer
versos. Tan numerosos eran estos eslavos literatos que uno de ellos, un tal
Habib, pudo consagrar un libro entero a sus poesías y a sus aventuras.
Siempre habían sido numerosos los eslavos en
la corte y en el ejército de los emires de Córdoba, pero nunca lo fueron tanto
como en tiempo de Abderramán III. Su número se elevaba entonces a 3750, según
unos, a 6087 según otros, y hay quien lo hace subir a 13750. Acaso se refieren
estas cifras á épocas distintas del reinado de Abderramán, pues se sabe que
este Príncipe aumentaba sin cesar el número de sus eslavos. Esclavos ellos,
tenían sin embargo otros esclavos a su servicio, y poseían tierras muy extensas.
Abderramán, los invistió con las más importantes funciones militares y civiles,
y, en su odio hacia la aristocracia, obligó a las gentes de alta alcurnia, que
contaban entre sus ascendientes los héroes del desierto, a humillarse ante
estos advenedizos a quienes despreciaban soberanamente.
Estaban, pues, los nobles muy descontentos
del Califa, cuando este concibió el proyecto de hacer contra el rey de León una
expedición mucho más importante que las anteriores. Hizo para este fin inmensos
gastos, llamó a sus banderas cien mil hombres, y como estaba seguro de obtener
una victoria famosa y decisiva dio de antemano a la expedición el nombre de
«campaña del poder supremo.» Desgraciadamente para él, nombró a Nadjda, un
eslavo, general en jefe del ejército. Esta elección puso el colmo a la irritación
de los oficiales árabes, que juraron en su ira, que el Califa había de expiar
con una vergonzosa derrota su menosprecio de la antigua nobleza. En el año 939
salió a campaña el ejército tomando el camino de Simancas. Ramiro II, y Tota,
la regente de Navarra, su aliada, vinieron a su encuentro, y el 5 de agosto, se
empeñó el combate. Los oficiales árabes se dejaron vencer y se retiraron, pero
aconteció lo que probablemente no habían previsto. Los leoneses persiguieron a
los musulmanes. Llegados estos cerca de la ciudad de Alhandega, en las orillas
del Tormes, al Sur de Salamanca, se rehicieron e hicieron frente al enemigo,
pero fueron completamente derrotados, y el mismo Califa a duras penas pudo
escapar de la espada de los cristianos. Desde Alhandega ya no fueron en
retirada, sino en derrota. Sin orden, sin disciplina, se abandonaban las filas,
se gritaba «¡sálvese quien pueda!» Peones y caballeros iban mezclados; soldados
y oficiales sembraban el camino; regimientos enteros desaparecían.
La completa y brillante victoria obtenida por
Ramiro tuvo eco en todas partes. Se habló de ella en el interior de Alemania y
en los países más apartados del Oriente, pero con muy diferentes sentimientos.
Aquí, se regocijaban; allí, se afligían; unos veían en ella prenda segura del
triunfo de su fe; otros una causa de serios temores.
El mismo Califa estaba muy abatido. Su
general Nadjda había caído muerto; el virrey de Zaragoza, que había sido hecho
prisionero en la primera batalla, la de Simancas, gemía en un calabozo de León;
su ejército había sido aniquilado, y en fin, él mismo no había escapado de
milagro a la cautividad o a la muerte, y durante su fuga no tenía a su
alrededor más que cuarenta y nueve hombres. Todo esto hizo tal impresión en su
ánimo, que no volvió a acompañar más a su ejército en campaña.
Felizmente para el Califa, una guerra civil
estalló entre los cristianos, impidiendo a Ramiro aprovecharse de la ventaja
conseguida.
Castilla aspiraba a separarse del reino de
León. Ya en el reinado de Ordoño II, padre de Ramiro, se puso en abierta
rebeldía. El rey dijo entonces que para terminar amigablemente las diferencias
celebraría una junta en Tejiara o Teliara en las orillas del Carrión, río que
separaba a León de Castilla, e invitó a los cuatro condes. Fueron, pero el rey
los hizo prender y decapitar. Los leoneses, aunque confesando, que era algo
irregular esta manera de administrar justicia, admiraban la prudencia del rey,
pero los Castellanos pensaban de otro modo. Privados de sus jefes, quedaron por
el momento reducidos a la impotencia, pero deseaban con toda su alma tener a su
cabeza un hombre que los vengara de los pérfidos leoneses.
Esta hora tan impacientemente esperada iba A
sonar. Castilla iba a encontrar un vengador en el conde Fernán González, que ha
llegado a ser uno de los héroes favoritos de los poetas de la Edad Media y cuyo
nombre pronuncian todavía hoy los Castellanos con profundo respeto.
Mientras que los terribles ejércitos de
Abderramán III quemaban sus monasterios, sus fortalezas y hasta su capital,
Fernando, el «excelente conde» como lo apellidaban, no había podido pensar en
libertar a su patria, pero ahora que ya no había nada que temer por parte de
los Moros, creyó llegado el momento de cumplir una empresa que consideraba como
suya. Declaró la guerra al rey. De ella se aprovechó el Califa para reorganizar
su ejército y en el mes de noviembre del año 949, estuvo ya en estado de hacer
asolar las fronteras de León por el gobernador de Badajoz, Ahmed ibn-Yila.
Hacia la misma época, la fortuna parecía
querer indemnizarle en África del desastre de España.
Hasta allí, Abderramán había logrado sin duda
felices sucesos en África, pero la medalla también había tenido su reverso. De
tiempo en tiempo, sus vasallos se habían dejado batir, y las tentativas que
habían hecho para unificar sus operaciones no habían sido siempre venturosas;
en fin, algunas veces no había logrado siquiera impedir que pelearan entre sí,
pero por lo menos había conseguido entretener a los Fatimitas en África
impidiéndoles desembarcar en las costas españolas y esto era en último término
todo lo que deseaba, pero ahora se hallaba a punto de obtener mucho más.
Un enemigo más temible que todos sus
adversarios juntos, había levantado contra los Fatimitas, el estandarte de la
rebelión. Era Abu-Yezid, de la tribu berberisca de Iforen. Hijo de un mercader
había tratado mucho en su juventud, a Doctores de la secta de los
no-conformistas, que contaba en Africa un número inmenso de partidarios. Más
adelante, habiéndolo reducido la muerte su padre a la miseria, había ganado su
vida enseñando a leer a los niños. De maestro de escuela pasó a misionero a
ejemplo del fundador del imperio de los Fatimitas, sublevó a los berberiscos en
nombre de la verdadera religión y de la libertad, y les prometió un gobierno
republicano en cuanto se apoderasen de la capital, Cairawan. Sus triunfos
fueron tan portentosos, como lo habían sido los de sus enemigos algunos años
antes. Los ejércitos de los Fatimitas se derretían como la nieve en la
primavera ante este hombre pequeño, feo, vestido de sayal y montado en un asno
pardo. Los Sunnitas, grandemente lastimados con las blasfemias y la intolerancia
de los Fatimitas, corrían en masa a sus banderas, hasta sus faquíes y sus
eremitas, tomaban las armas para hacer triunfar al jefe de los no-conformistas.
Este parecía haberse empeñado en justificar las esperanzas que se tenían de su
tolerancia. Cuando el año 944 hizo su entrada en la capital, pidió al cielo
bendiciones sobre los dos primeros Califas que los Fatimitas habían hecho
maldecir, e invitó a los habitantes de la ciudad a conformarse con el rito de
Malic que los Fatimitas habían proscrito. Los Sunnitas respiraban al fin.
Podían hacer de nuevo procesiones con estandartes y tambores, gusto de que
hablan estado privados muchos años, y Abu-Yezid, que en estas solemnes
ocasiones los dirigía por sí mismo, les dio todavía una prueba más de su tolerancia:
hizo alianza con el Califa español, y, habiéndole enviado una embajada, lo
reconoció, si no como jefe temporal, sí como jefe espiritual de los vastos
dominios que había conquistado.
Los Fatimitas parecían perdidos. Mientras que
su Califa Cayim, hijo y sucesor de Obaidallah se hallaba estrechamente
bloqueado en Mahdia, por el formidable Abu-Yezid, el Califa español le quitaba
por medio de sus vasallos africanos, casi todo el N. O. y le suscitaba enemigos
donde quiera. Concluyó una alianza con el rey de Italia, Hugo de Provenza que
tenía que vengar el desastre de Génova, ciudad que había saqueado un almirante
fatimita, y otra con el emperador de Constantinopla, que ardía en deseos de quitar
la Sicilia a Cayim.
En un cerrar de ojos todo cambió de aspecto.
Embriagado con sus triunfos Abu-Yezid tuvo una ráfaga de orgullo: no contento
con la realidad del poder y olvidando los medios a que lo debía, quiso también
sus apariencias, y su vana pompa: cambió su capa de sayal por un vestido de
seda, y su asno gris por un soberbio caballo. Esta imprudencia lo perdió.
Heridos en sus convicciones igualitarias y republicanas, le abandonaron la
mayor parte de sus partidarios, unos para volverse a su casa, otros, para
pasarse al enemigo. Enseñado por la experiencia, renunció Abu-Yezid a los
hábitos de lujo que había contraído, y volvió a tomar con el vestido de sayal
la vida simple y ruda de antes. Pero era muy tarde, el prestigio que lo rodeaba
otras veces había desaparecido. Acaso hubiera podido contar todavía con los
Sunnitas, si en un momento de feroz fanatismo, no los hubiera desengañado
acerca de su fingida tolerancia. La víspera de un combate había ordenado a sus
guerreros que abandonaran a los soldados de Caraiwan, sus hermanos de armas, al
furor de los soldados fatimitas. Esta orden pérfida, fue demasiado bien
obedecida. Desde entonces los Sunnitas le cobraron horror. Tirano por tirano, y
heresiarca por heresiarca, preferían al Califa fatimita, tanto más, cuanto
Almanzor, que acababa de suceder a su padre, era algo mejor que sus
predecesores. Obligado a levantar el sitio de Mahdia, llegó Abu-Yezid a
Cairawan, donde no sin trabajo escapó a un complot que los habitantes habían
urdido contra él. Perseguido mucho tiempo por los soldados fatimitas, cayó al
fin en sus manos, acribillado de heridas, lo metieron en una caja de hierro, y
cuando murió (947), llenaron su pellejo de paja, y lo pasearon por las calles
de Cairawan y lo colgaron en las murallas de Mahdia, donde permaneció hasta que
los vientos dispersaron sus pedazos.
La ruina de los no-conformitas fue para
Abderramán III un descalabro casi tan grave como lo habían sido las derrotas de
Simancas y Alhandega. En el Oeste, los Fatimitas reconquistaron rápidamente el
terreno que habían perdido, y obligaron a los vasallos de Abderramán a pedir
asilo en la corte de Córdoba.
En el Norte, por el contrario, todo iba a
medida de los deseos de Abderramán, lo que equivale a decir que el país era
continua presa de una violenta discordia. La guerra, como hemos visto, había
estallado entre Ramiro II y Fernán González. La fortuna favoreció al primero.
Habiendo sorprendido a su enemigo, lo encerró en un calabozo de León y dio el
Condado de Castilla primero al leonés Azur Fernández, conde de Monzón; en
seguida, a su propio hijo Sancho, habiéndose apropiado él mismo los bienes
alodiales de Fernando. Verdad es que no los guardó todos para sí, sino que
queriendo hacerse popular, donó algunos a los caballeros y eclesiásticos más
influyentes de la provincia. Sin embargo, no consiguió su objeto. Aunque se
aprovecharon de las liberalidades del rey, los Castellanos permanecieron
adictos en cuerpo y alma a su antiguo conde. El que el rey les había dado no
era a sus ojos otra cosa que un intruso. En las escrituras de venta, de
donación, etc., donde se ponía después de la fecha el nombre del rey y el del
conde, nombraban algunas veces al que el rey les había impuesto, pero solo
cuando no tenían otro remedio, es decir, cuando la autoridad los vigilaba; por
lo común citaban a Fernán González. Todavía mostraron da otro modo el amor que
le profesaban. Habiendo hecho una estatua a su imagen, prestaron homenaje a
este pedazo de piedra. Luego, cuando comenzaron a impacientarse por la larga
cautividad de Fernando, tomaron una atrevida resolución, paro conviene aquí
dejar hablar a un bello y antiguo romance:
Juramento llevan hecho,
Todos juntos a una voz,
De no volver a Castilla
Sin el Conde, su señor.
La imagen suya de piedra
Llevan en un carretón,
Resueltos, si atrás no vuelve.
De no volver ellos, non,
Y el que paso atrás volviera
Que quedase por traidor.
Alzaron todos las manos,
En señal que se juró.
Acabado el homenaje,
Pusiéronle su pendón,
Y besáronle la mano
Desde el chico hasta el mayor.
Y como buenos vasallos
Caminan para Arlanzón
Al paso que andan los bueyes
Y a las vueltas que da el sol.
Desierta dejan a Burgos,
Y pueblos alrededor.
Solas quedan las mujeres
Y aquellos que niños son:
Tratando van del concierto
Del caballo y del azor.
Si ha de hacer libre a Castilla
Del feudo que da a León;
Y antes de entrar en Navarra,
Toparon junto al mojón
Al conde Fernán González,
En cuya demanda son,
Con su esposa Doña Sancha,
Que con astucia y valor
Le sacó del Castroviejo
Con el engaño que usó.
Con sus hierros y prisiones
Venían juntos los dos
En la mula que tomaron
A aquel preste cazador.
Al estruendo de las armas
El conde se alborotó;
Mas conociendo a los suyos
De esta manera habló:
—¿Dó venís, mis castellanos? Decídmelo, por
Dios: ¿Cómo dejas mis castillos a peligro de Almanzor?
—Allí habló Ñuño Lainez:
—Íbamos, señor, por vos,
A quedar presos o muertos,
O sacaros de prisión.
Intimidado por la aproximación de los
castellanos, el rey cedió al fin, y devolvía la libertad a Fernando, pero no
sin haberle impuesto condiciones muy duras y humillantes. Fernán González fue
obligado a jurarle fidelidad y obediencia, debía renunciar a todos sus bienes y
dar en matrimonio a su hija Doña Urraca a Ordoño, primogénito del rey. A este
precio quedó libre, pero era natural que no quisiera prestar en adelante el
apoyo de su brazo a un rey que le había hecho firmar tratado semejante. Los
Castellanos que no habían conseguido hacer reintegrar en la posesión del
condado, al que continuaban mirando como su señor, no se encontraban mejor
dispuestos. Había, pues, perdido Ramiro II el apoyo de su más valiente capitán
y la cooperación de sus súbditos más bravos. De ahí su impotencia. Dejó hacer a
los musulmanes una razia en 944 y otras dos en 947, y no les impidió reedificar
y fortificar la ciudad de Medinaceli, que fue desde entonces el antemural del
imperio árabe contra Castilla. El vencedor de Simancas y Alhandega, se mantenía
a lo sumo a la defensiva. Solo en el año 950 invadió de nuevo el territorio
musulmán y obtuvo una victoria cerca de Talavera, pero este fue su último
triunfo, pues ya había dejado de existir en el mes de enero del año siguiente
Después de su muerte estalló una guerra de
sucesión. Casado dos veces, Ramiro había tenido de su primera mujer, que era
gallega, un hijo llamado Ordoño, y de la segunda, Urraca, hermana del rey de
Navarra, otro llamado Sancho. En su calidad de primogénito Ordoño pretendía
naturalmente el trono; pero Sancho, que contaba, con razón, con el apoyo de los
navarros, lo pretendía también, y trató de atraer a su partido a Fernán
González y a los Castellanos. En aquellas circunstancias la elección entre
estos dos competidores, no era difícil para Fernando. Verdad es que Ordoño era
su yerno, pero ¿cómo había llegado a serlo? Por una odiosa violencia. No podían
ser muy vivas sus simpatías por Ordoño. Todo, por el contrario, lo inclinaba a
Sancho; los lazos de sangre y su interés. Sancho era su sobrino, contaba con
Tota de Navarra la suegra de Fernando y si todavía hubiera podido vacilar, las
brillantes ofertas de Sancho, hubieran vencido su indecisión, pues este
príncipe prometía devolverle sus bienes confiscados y el condado de Castilla.
Fernán González se declaró pues, por él, llamó sus gentes a las armas y
acompañado de Sancho y de un ejército navarro marchó contra la ciudad de León
para quitar la corona a Ordoño III.
«El Eterno, dice un cronista árabe, había
hecho nacer esta guerra civil a fin de dar a los musulmanes la ocasión de
conseguir victorias.»
En efecto, mientras que los cristianos se
mataban bajo los muros de León, los generales de Abderramán, triunfaban en
todas las fronteras. Cada mensajero que llegaba del Norte traía a Córdoba la
noticia de una razzia feliz o de una importante victoria. El Califa podía
enseñar al pueblo multitud de campanas, de cruces y de cabezas cortadas; una
vez, en el año 955, estas fueron en número de cinco mil y se decía que, otros
tantos Castellanos (pues estos eran los que habían sido derrotados) habían
perecido en la batalla que se dio. Verdad es que, Fernán González consiguió una
victoria cerca de San Esteban de Gormaz; verdad es también, que Ordoño III,
cuando hubo rechazado, al fin, a su hermano y obligado a los Gallegos, que
también se habían rebelado a reconocerle saqueó en represalias Lisboa; pero
esto era una débil compensación del mal que los musulmanes hablan hecho a los
Cristianos, y Ordoño que temía nuevas revueltas, deseaba vivamente la paz. El
año 955, envió un embajador a Córdoba para pedirla. Abderramán que también la
deseaba, pues tenía intenciones de volver sus armas a otra parte, dio oído a
las proposiciones de Ordoño y el año siguiente envió de embajadores a León, a
Mohamed-ibn-Hosain y al sabio judío Hasdai-ibn-Chabrut, director general de
aduanas. No fueran largas las negociaciones. Habiendo declarado Ordoño, que
estaba pronto a hacer concesiones, (prometería probablemente entregar o arrasar
algunas fortalezas) se acordaron las bases de un tratado y los embajadores
volvieron a Córdoba para que el Califa lo ratificara. Aunque el tratado fuera
honroso y ventajoso, Abderramán creyó que no lo era bastante, pero como ya no
podía contar con el porvenir, pues era septuagenario, pensó que este negocio
concernía más bien a su hijo que a él. Consultóle, y lo dejó a su decisión.
Haquem, que era pacífico, declaró que en su opinión debía ser ratificado y
entonces lo firmó el Califa. Poco tiempo después concluyó otro con el conde
Fernán González, de modo que los musulmanes no tenían ya en España más enemigos
que los Navarros.
Si Abderramán había sido esta vez más
tratable que de ordinario era porque quería volver sus armas contra los
Fatimitas. El poder de estos príncipes crecía de día en día. Ardiendo en deseos
de vengarse de los soberanos de Europa, que se habían regocijado de su pérdida
creyéndola segura, habían hecho sentir primero el peso de su venganza al
Emperador de Constantinopla, devastando la Calabria. Entonces le tocó el turno
a Abderramán. En 955 cuando ya, según toda apariencia, Moezz, cuarto Califa
fatimita, meditaba ya un desembarco en España, sucedió que una gran nave que
Abderramán había enviado con mercancías a Alejandría, encontró en el mar un
barco que venía de Sicilia, y en el que iba un correo que el gobernador de esta
isla había expedido a su soberano Moezz. Esta última circunstancia, no parece
haber sido desconocida al capitán del bajel andaluz, y aún es posible que
Abderramán tuviera sospechas de que los despachos, de que el correo era
portador, contenían un plan de ataque contra España, y que diera al capitán la
orden de interceptarlos. Sea de esto lo que quiera, el capitán atacó al buque
siciliano, lo tomó, lo saqueó y se apoderó de los despachos.
Moezz tomó represalias enseguida. Por su
mandato el gobernador de Sicilia se presentó con una armada en Almería, y
apresó o quemó las naves que se hallaban en el puerto. Se apoderó también de la
que había suministrado un especioso pretexto para esta expedición, y que había
venido justamente, da vuelta de Alejandría, de donde traía cantadoras para el
Califa, y preciosas mercancías. Luego desembarcaron las tropas del Gobernador
para saquear los alrededores de Almería, y hecho esto se hicieron a la mar.
Abderramán respondió de una manera enérgica a
este ataque. Ordenó primero maldecir todos los días a los Fatimitas en las
oraciones públicas, y luego encargó a su almirante Ghalib, ir a saquear las
costas de Ifrikia. Esta expedición, sin embargo, no tuvo todo el resultado que
el Califa se había prometido. Bien que los Andaluces, consiguieran algunas
ventajas, al cabo fueron rechazados por las tropas que guarnecían la provincia
y obligados a reembarcarse.
He aquí el estado en que Abderramán tenía la
guerra contra los Fatimitas en el momento en que las negociaciones con el rey
de León se hallaban en juego. Deseando dirigir todas las fuerzas y todos los
recursos del imperio contra el África, debía naturalmente querer la paz con los
Cristianos del Norte, y por esta razón no se había mostrado demasiado exigente
en sus condiciones.
Una vez concluida concentró todos sus
pensamientos en África. Preparábase una gran expedición. Los obreros de los
arsenales no tenían un momento de reposo; de todas partes se dirigían tropas
hacia los puertos, y se alistaban millares de marineros, cuando la muerte de
Ordoño III, que aconteció en la primavera de 957, vino de pronto a entorpecer
los proyectos del Califa.
Hemos visto antes, que Ordoño no había
obtenido la paz, sino haciendo concesiones entre las que, la entrega o la
demolición de ciertas fortalezas, tenía a no dudarlo el primer término. Pues
Sancho, el antiguo competidor de su hermano, que le había sucedido ahora sin
obstáculos, rehusó cumplir esta cláusula del tratado. Abderraman se vio, pues,
obligado a emplear contra el reino de León las fuerzas que hubiera querido
enviar a África y dio sus órdenes en este sentido al bravo Admed ibn-Yila,
gobernador de Toledo. Este general salió en campaña y en el mes de Julio
consiguió una gran victoria contra el rey de León. Este triunfo fue sin duda un
consuelo para el Califa que no había deseado esta nueva guerra en manera alguna
y que la hubiera evitado de buena gana, si el honor se lo hubiera permitido. Él
va a tener otro más dulce todavía, va a ver a sus enemigos a sus pies.
IV.
«El rey Sancho, dice un autor arábigo, era vano
y orgulloso». Esta frase está sin duda tomada de un escritor leonés de la época
y en boca de estos escritores significa que Sancho procuraba quebrantar el
poder de la nobleza y aspiraba a restaurar la autoridad absoluta que habían
disfrutado sus abuelos. De ahí el odio que le profesaban los grandes. Al odio
se juntaba el menosprecio. Sancho había perdido las cualidades que había tenido
otras veces y que eran las que apreciaban más sus súbditos. El pobre príncipe
había engordado con exceso; de modo que no podía montar a caballo y que aun
para andar tenía que apoyarse en alguien. Había llegado pues a ser un objeto de
burla y poco a poco se comenzó a decir que era preciso deponer a este rey
ridículo, a este rey inválido. Fernán González que aspiraba al título de
hacedor de reyes y que había intentado una vez, aunque con mal éxito hacer uno,
fomentó el descontento de los leoneses y lo dirigió. Tramóse una conspiración
en el ejército y un día de la primavera del año 958, echaron a Sancho del
reino.
Mientras que el rey destronado se encaminaba
tristemente a Pamplona, residencia de su tío García, Fernán González y los
otros grandes se reunieron para elegir otro rey. Recayó su elección sobro
Ordoño, cuarto de este nombre, hijo de Alfonso IV y por consiguiente primo
hermano de Sancho. Nada excepto su nacimiento lo recomendaba al sufragio de los
electores. A una deformidad corporal (era jorobado) unía un carácter adulador,
vil y perverso, de modo que en adelante, se le llamó Ordoño el Malo; pero como
no había entonces ningún otro adulto en la familia real, fue preciso elegirlo y
el conde de Castilla, lo casó con su hija Urraca, viuda de Ordoño III, que vino
a ser por segunda vez reina de León.
En los momentos mismos en que así le
nombraban sucesor la vieja y ambiciosa Tota, que gobernaba todavía en Navarra
en nombre de su hijo, aunque este hacía mucho tiempo que se hallaba en edad de
reinar por sí, tomó calurosamente su partido y juró restablecerlo a toda costa.
Esto no era fácil, porque de una parte Sancho no tenía en su antiguo reino
ningún amigo influyente; y de otra, Navarra era demasiado débil para atacar por
sí sola a León y Castilla. Tota tenía que buscar un aliado y un aliado muy poderoso.
Además, para que Sancho pudiera sostenerse sobre el trono una vez
reconquistado, era absolutamente preciso que dejara de ser un objeto de burlas
por su malhadada obesidad. Esta obesidad no era natural, provenía de una
disposición enfermiza, que un hábil médico podría sin duda hacer desaparecer;
pero sólo en Córdoba, ciudad que era entonces foco de toda luz, podía esperarse
encontrar semejante médico. También fue en Córdoba donde Tota buscó el aliado
que necesitaba. Resolvió pues, pedir al Califa un médico para curar a su nieto
y un ejército para restablecerlo en el trono. Mucho costaba sin duda, a su
orgullo hacer semejante petición, penoso le era verse obligada a implorar el
auxilio de un infiel con el cual había estado en guerra durante más de treinta años
y que apenas hacía uno que había hecho asolar sus valles y quemar sus pueblos,
pero el amor de su nieto, el ardiente deseo que tenía de verlo reinar y la
rabia que le produjo su vergonzosa derrota, fueron más fuertes que su legítima
repugnancia y envió embajadores a Córdoba.
Habiendo éstos expuesto al Califa, el motivo
de su venida, les contestó, que enviaría de buena gana un médico a Sancho y que
bajo ciertas condiciones que expondría uno de sus ministros, que enviaría a
Pamplona, prestaría el apoyo de sus armas al rey destronado.
Cuando lo dejaron los embajadores navarros,
Abderramán hizo venir al judío Hasdai y habiéndole dado instrucciones le dio el
encargo de ir a la corte de Navarra. No hubiera podido hacerse mejor elección.
Hasdai reunía en sí todas las cualidades necesarias para una misión semejante;
hablaba muy bien la lengua de los cristianos, era a la vez médico y hombre de
Estado, todo el mundo alababa su ingenio, su talento, sus conocimientos, su
gran capacidad y poco tiempo antes, un embajador venido del centro de Alemania,
había declarado que no había visto nunca un hombre de tanto arte.
En cuanto hubo llegado a Pamplona, el judío
se ganó la confianza de Sancho, encargándose de medicinarle, y prometiéndole
una pronta curación. Le dijo que en cambio del servicio que el Califa estaba
pronto a prestarle exigía la cesión de diez fortalezas, y Sancho prometió
entregárselas en cuanto estuviera restablecido en el trono. Mas esto no era
todo, Hazdai tenía también el encargo de arreglárselas de modo que Tota fuera a
Córdoba acompañada de su hijo y de su nieto. El Califa, que quería satisfacer
su vanidad, y dar a su pueblo el espectáculo, hasta entonces sin ejemplo de una
reina y dos reyes cristianos, que venían humildemente a postrarse a sus pies,
para implorar el apoyo de sus armas, había insistido particularmente sobre este
punto, pero podía preverse que la orgullosa Tota se opondría enérgicamente a
semejante exigencia. En efecto, hacer un viaje a Córdoba, era para ella un paso
más humillante todavía que al que se había resignado cuando entró en amistosas
relaciones con su antiguo enemigo. Esta parte de la misión de Hazdai era la más
delicada y la más espinosa; para hacer semejante proposición, y sobre todo para
hacerla aceptar era preciso un tacto y una habilidad de todo punto
extraordinarios.
Pero Hazdai tenía reputación de ser el hombre
más diestro de su tiempo, y la justificó. La orgullosa navarra se dejó vencer
«por el encanto de sus palabras, por la fuerza de su sabiduría, por el poder de
sus astucias, y de sus numerosos artificios», para hablar como un poeta judío
de la época, y creyendo que el restablecimiento de su nieto no podía obtenerse
más que a ese precio, hizo un gran esfuerzo sobre sí misma y dio al fin su
consentimiento al viaje propuesto por el judío.
La España musulmana vio entonces un
espectáculo singular. Seguida de multitud de grandes y de sacerdotes, la reina
de Navarra se encaminó lentamente a Córdoba con García, y el desdichado Sancho,
cuya salud no estaba aún bastante mejorada, marchaba apoyándose en Hazdai. Si
este espectáculo era grato para la vanidad nacional de los Moros, lo era
también y acaso más todavía para el amor propio de los judíos, porque aquel a
quien era debido, era un hombre de su religión. Así que sus poetas celebraron a
porfía su regreso.
«¡Saludad montañas al jefe de Judá! cantaba
uno de ellos, ¡que la risa aparezca en todos los labios! ¡Que las áridas
tierras y las florestas canten! ¡Que se regocije el desierto! ¡Que florezca y
produzca frutos, porque viene el jefe de la Academia, porque viene con gozo y
cantos! Mientras que no estaba aquí, la ciudad célebre que se dibuja con
gracia, estaba silenciosa y triste; los pobres que no veían su rostro que
brilla como las estrellas, estaban desolados; los soberbios dominaban sobre
nosotros, nos vendían y nos compraban como esclavos, sacaban sus lenguas para
engullir nuestras riquezas, rugían como leoncillos, y todos nosotros estábamos
espantados, porque nuestro defensor no estaba aquí. Dios nos lo ha dado por
jefe; él le ha dado favor con el rey que Jo ha nombrado príncipe, y lo ha
elevado por encima de sus otros dignatarios. Cuando pasa, nadie se atreve a
abrir la boca. Sin flechas y sin espadas, con su sola elocuencia ha quitado a
los abominables comedores de puerco, fortalezas y ciudades.»
Cuando la reina y los dos reyes llegaron al
fin a Córdoba, el Califa les dio en su palacio de Zahara una de esas pomposas
audiencias que imponían a los extranjeros y que eran muy propias para dar una
alta idea de su poder y de su riqueza. Era indudablemente momento gratísimo
para Abderramán, aquel en que veía a sus plantas al hijo de su terrible enemigo
Ramiro II, al hijo del ilustre vencedor de Simancas y de Alhandega, y a la
reina tan valiente como orgullosa, que en sus memorables batallas había mandado
por sí misma sus triunfadoras tropas, pero cualquiera que fueran sus íntimos
sentimientos, supo disimularlos exteriormente, y recibió a sus huéspedes con
exquisita cortesía. Sancho le repitió lo que ya había dicho a Hazdai, a saber,
que cedería las diez fortalezas que el Califa demandaba, y se resolvió, que
mientras que el ejército árabe atacaba el reino de León, los Navarros
invadirían Castilla, a fin de llamar la atención de las fuerzas de Fernán
González por esta parte.
Entretanto Abderramán no había perdido de
vista el África. Por el contrario, había dado impulso a sus armamentos con gran
actividad, y el mismo año en que la reina de Navarra llegó a Córdoba, un
numeroso ejército, mandado por Ahmed-ibn-Fila, se embarcó en setenta naves.
Esta expedición fue feliz, porque los Andaluces incendiaron Morsa-al-kharez, y
desbarataron los alrededores de Susa y de Tabarca.
Algún tiempo después marchó el ejército
musulmán contra el reino de León. Sancho lo acompañaba. Gracias a los remedios
de Hazdai se había desembarazado de su obesidad y se hallaba ahora tan ágil y
listo como antes. Primero fue tomada Zamora, y ya en el mes de Abril del año
959 la autoridad de Sancho era reconocida en gran parte del reino. La capital,
sin embargo, se mantenía aun por Ordoño IV, pero habiendo ido este Príncipe a
refugiarse en Asturias, se rindió aquella a Sancho en la segunda mitad del año
960. Habiendo recobrado así su reino, envió Sancho una embajada al Califa para
darle gracias por su socorro, y escribió al mismo tiempo a sus vecinos,
anunciándoles su restablecimiento en el trono. En estas cartas condenaba en los
términos más enérgicos la deslealtad del Conde de Castilla. Acaso este último
le inspiraba todavía algunos temores, pero si es así pronto desaparecieron,
pues según lo convenido los navarros, habían invadido Castilla, y en el mismo
año 960 dieron al Conde una batalla en que tuvieron la fortuna de hacerlo
prisionero. Desde entonces la causa de Ordoño estuvo perdida. Odiado y
despreciado por todo el mundo, no había podido sostenerse hasta entonces sino
por la influencia de Fernán González, de quien era hechura. Los Asturianos, lo
arrojaron ahora de la provincia, y se sometieron a Sancho. Ordoño fue a buscar
un asilo en Burgos, y ya veremos más tarde lo que se hizo de él.
Mientras esto acontecía en el Norte, el
Califa, que había tenido la imprudencia de exponerse al crudo viento de marzo,
estaba ya enfermo y se temía por su vida. Sin embargo, por esta vez los médicos
lograron conjurar el peligro, y a principios de Julio Abderramán había
recobrado su salud y pudo dar audiencia a los más altos dignatarios. Pero esta
curación no era más que aparente. Sufrió una recaída y el 16 de octubre del 961
expiró a la edad de setenta años, y cuarenta y nueve de reinado.
Entre los príncipes Omeyas que reinaron en
España, a Abderramán III pertenece incontestablemente el primer lugar. Encontró
el imperio preso de la anarquía y de la guerra civil, desgarrado por las
facciones, dividido entre una multitud de señores de diferentes razas, expuesto
a las continuas razias y en vísperas de ser absorbido por los leoneses o por
los africanos. A despecho de innumerables obstáculos, salvó la Andalucía de sí
misma y del dominio extranjero, la hizo renacer más grande y fuerte que lo había
sido nunca, y le procuró orden y prosperidad en el interior; fuera,
consideración y respeto. El tesoro público que encontró en un estado
deplorable, estaba en una situación excelente. Un tercio de los ingresos del
imperio, que se elevaban cada año a seis millones, 245.000 monedas de oro
bastaban para los gastos ordinarios; otro tercio quedaba de reserva, y el
tercero lo destinaba Abderramán a su escuadra. Se calculaba que el año 951
tenía en sus cofres la enorme suma de veinte millones de monedas de oro, así
que, un viajero hacendista asegura que Abderramán y el Hamdamita, que reinaba
entonces en la Mesopotamia, eran los príncipes más ricos de esta época. El
estado del país estaba en armonía con la próspera situación del tesoro público.
Agricultura, Industria, Comercio, Artes, Ciencias, todo florecía. El extranjero
admiraba en todas partes campos bien cultivados y ese sistema hidráulico
ordenado con tan profunda ciencia que hacía fértiles las tierras en apariencia
más ingratas. Maravillábale el orden perfecto que gracias a una vigilante
policía reinaba hasta en los distritos menos accesibles. Se asombraba del bajo
precio de los géneros (los más deliciosos frutos estaban casi de balde), de la
limpieza de los vestidos y, sobre todo, de aquel bienestar general que permitía
a todo el mundo ir a caballo, en lugar de ir a pie. Numerosas y diversas
industrias enriquecieron a Córdoba, Almería y otras ciudades. El comercio había
adquirido tal desarrollo que, según la relación del director general de
aduanas, los derechos de importación y exportación constituían la parte
principal de los ingresos del Estado. Córdoba con su medio millón de
habitantes, sus tres mil mezquitas, sus soberbios palacios, sus ciento trece
mil casas, sus trecientos baños y sus veintiocho arrabales no cedía en
extensión ni en riqueza más que a Bagdad, ciudad con la cual sus habitantes
gustaban de compararla. Su fama llegaba hasta el fondo de la Germania: la
religiosa sajona Hroswitha, que se hizo célebre en la primera mitad del siglo X
por sus poemas y sus dramas latinos, la llamaban ornamento del mundo. No menos
admirable la rival que Abderramán la dió. Habiéndole legado una gran fortuna
una de sus concubinas, el monarca quiso emplear este dinero para rescatar
prisioneros de guerra, pero habiendo recorrido sus empleados los reinos de León
y Navarra sin encontrar ninguno, le dijo su favorita Zahra: «Emplead ese dinero
en edificar una ciudad y ponedla mi nombre.» Esta idea agradó al Califa que,
como casi todos los grandes príncipes, era aficionado a edificar y en el mes de
Noviembre del año 936, hizo echar a una legua al Norte de Córdoba los cimientos
de una ciudad que había de llevar el nombre de Zahra. Nada se perdonó para
hacerla todo lo más magnífica posible. Durante veinticinco años, diez mil obreros
que disponían de mil quinientas bestias de carga, se habían ocupado en
edificarla y sin embargo, aún no estaba concluida a la muerte de su fundador.
Una prima de cuatrocientos dirhems que el Califa había prometido a todo el que
viniera a establecerse allí atrajo multitud de habitantes. El palacio califal,
donde se hallaban reunidas todas las maravillas de Oriente y Occidente, era de
colosal extensión; baste decir que en el harem había seis mil mujeres.
El poder de Abderramán fue formidable. Una
soberbia flota le permitía disputar a los Fatimitas el imperio del Mediterráneo
y le garantizaba la posesión de Ceuta, llave de la Mauritania. Un ejército
numeroso y bien disciplinado, acaso el mejor del mundo, le daba preponderancia
sobre los Cristianos del Norte. Los monarcas más altivos solicitaban su
alianza. El emperador de Constantinopla, los reyes de Alemania, de Italia y de
Francia le enviaban embajadores. Eran ciertamente grandes resultados, pero lo
que escita la admiración y el asombro cuando se estudia este glorioso reinado,
no es tanto la obra como el obrero; es el poder de esa inteligencia universal a
que nada se le escapaba y que se mostraba no menos admirable en los menores
detalles que en las más altas concepciones. Este hombre delicado y sagaz que
centraliza, funda la unidad de la nación y la del poder, que con sus alianzas
establece una especie de equilibrio político, y que con amplia tolerancia llama
a sus consejos hombres de otra religión, es más bien un rey de los tiempos
modernos que un califa de la edad media.
LIBRO TERCERO. EL CALIFATO. CAPITULO 23. HAQEM II
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