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LIBRO SEGUNDO.LOS
CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS.
CAPÍTULO XX
I
No fue al Sultán a quien aprovechó la ruina
de los renegados de Sevilla, sino a la aristocracia Mora. Desde entonces los
Khaldum y los Haddjadj, fueron los amos de la provincia; el partido realista
era demasiado débil, y sobre todo demasiado cobarde para disputarle el poder, y
ni lo intentó siquiera. Únicamente Omeya, procuró hacerles frente. Hizo todo lo
posible para sembrar la discordia entre el Berberisco Djonaid y
Abdalah-ibn-Haddjadj, que se habían repartido Carmona; trató de malquistar a
Coreb con su propio partido, y de ganárselo con las más brillantes promesas;
hasta llegó a tomar medidas para desembarazarse de una vez de todos estos
turbulentos yemenitas. Nada consiguió. Verdad es que hizo asesinar a Abdalá por
Djonaid; pero en vez de ganar perdió en el cambio, porque a la muerte de
Abdallah los Haddjadj eligieron por jeque a su hermano Ibrahim, hombre de gran
talento, que se hizo mucho más temible que Abdalá. Coreb aunque fingía dar
oídos a las proposiciones que le hacían, era demasiado astuto para dejarse
engañar, y el gran proyecto que Omeya había formado para exterminar a los
yemenitas se frustró completamente. Había mandado para ello cercar con una
muralla la parte de la ciudad en que estaba el palacio, y la gran mezquita, y
anunció que este recinto quedaría reservado exclusivamente para la guarnición.
Los Moros comprendieron que el mejor día, cuando entraran o salieran de la
mezquita, serian degollados por los satélites del gobernador. Representaron.
Omeya no hizo caso. Entonces recurrieron a la fuerza, impidiendo a los
albañiles continuar sus trabajos. Omeya reprimió a los sediciosos y los obligó
a entregarle rehenes que respondieran con su cabeza de la sumisión de sus
familias; pero con esto no adelantó más. Los Yemenitas sabían que el miedo de
atraerse una terrible «vendetta» sobre él y sobre su familia le había de
impedir el matar a sus rehenes, y un día, cuando la mayor parte de los soldados
habían salido por víveres, asaltaron el palacio. Omeya se subió a toda priesa
al terrado, con los pocos soldados que le quedaban mandó arrojar proyectiles a
los sitiadores, e hizo colocar los rehenes a su vista, amenazando mandar
cortarles la cabeza. Los revoltosos se burlaron de él y le dijeron: «que pues
que todas las provincias se habían sacudido el yugo del Sultán, era natural que
no quisieran que la suya se quedara atrás. Por lo demás, añadieron con amarga
ironía; nosotros somos muy tratables, y nos comprometemos s ser el modelo de
los súbditos, en cuanto una sola de las provincias insurrectas vuelva a la
obediencia.» En cuanto al mismo Omeya no tiene, se dijeron, más que un partido
que tomar, que es el de irse, y que si se resolvía a hacerlo, no le harían daño
alguno.
Omeya cedió a las circunstancias a pesar de
su carácter orgulloso y testarudo. Prometió abandonar la ciudad a condición de
que juraran los rebeldes no atentar contra su vida. Entonces Coreb, Ibrahim y
otros tres jeques subieron al terrado de la puerta oriental de la mezquita, y
cada uno juró cincuenta veces no hacer a Omeya ningún mal y conducirlo a lugar
seguro. Hecho esto, Omeya, que desde el terrado en que se hallaba, podía verlos
y oírlos, les devolvió sus rehenes. Pero no se apresuró a marcharse avergonzado
de su debilidad, y creyendo ya pasado el peligro, trató, por el contrario, de
recobrar el poder. Apenas se percibieron de ello los Moros, comenzaron de nuevo
las hostilidades, y no queriendo Omeya ceder por segunda vez, tomó una
resolución desesperada. Hizo matar a sus mujeres, cortar los jarretes a sus
caballos, y quemar todo lo bueno que poseían, y luego, saliendo de palacio se
precipitó sobre sus enemigos, peleando sin retroceder, hasta que sucumbió.
Ya omnipotentes, pero juzgando que el momento
de sacudir enteramente el yugo del Sultán no había llegado todavía, le
escribieron que habían matado a Omeya, porque este había manifestado
intenciones de rebelarse, y no pudiendo castigarlos el Sultán, aceptó estas
explicaciones, y les envió otro gobernador. Este pobre hombre, no fue más que
un guiñol, del que Coreb e Ibrahim movían los hilos. Dejábase manejar como si
fuera de cera, y sin embargo, sus tiranos le atormentaban y le vejaban de todos
modos. Economizaban los menores objetos de su despensa y apenas si le daban su
ración de pan y carne. Creyendo sin razón que ganaría algo, reemplazó este
gobernador por otro, enviando al mismo tiempo a su tío Hixem a Sevilla. Pero
como no les envió ejército, el poder de los yemenitas quedó tan ilimitado como
antes. Demasiado lo experimentaron el gobernador e Hixem. Tenía este último un
hijo llamado Motarrif, y este joven libertino tenía relaciones con una querida
de Mahdi. Súpolo este, acechó a su rival una noche, y le dio de puñaladas.
Habiendo recibido Hixem esta triste noticia, esperó sin embargo hasta el
amanecer para ir al lugar donde yacía el cadáver de su hijo; tanto temía ser
asesinado él mismo, si se aventuraba a salir de su palacio estando oscuro. En
cuanto a castigar al asesino, ni siquiera se pensó en ello. Algún tiempo
después interceptaron los Khaldum una carta que el gobernador había dirigido al
Sultán, excitándolo a vengar la muerte de Motarrif, y a poner término a la
anarquía. Le enseñaron esta carta le abrumaron de acusaciones y de amenazas, y
para colmo de ignominia lo pusieron arrestado algunos días.
Tal era la situación de Sevilla el año 891,
cuarto del reinado de Abdalá. En esta época, casi todo el resto de la España
musulmana se había emancipado de la obediencia; cada señor árabe, berberisco o
español, se había apropiado una parte de la herencia de los Omeyas. La de los
Moros había sido la menor. No eran poderosos más que en Sevilla; en todas los
demás se mantenían trabajosamente contra las otras dos razas. Muchos de ellos,
como Ibn-Ataff, señor de Mentesa, Ibn-Salim, señor de Medina, Beni-Salin, en el
distrito de Sidona, Ibn-Waddhah, señor de Lorca y Al-Ancar, gobernador de
Zaragoza, no ejecutaban las órdenes del Sultán más que cuando les convenía,
pero no habían roto abiertamente con él porque teniendo la conciencia de su
debilidad se habían reservado la posibilidad de una reconciliación.
Los Berberiscos, que habían vuelto a su gobierno
primitivo, el de los jeques de tribu, eran más poderosos e intratables.
Mallahi, simple soldado, se había apoderado de la ciudadela de Jaén. En el
distrito de Elvira, los dos hermanos Khalil y Said, que pertenecían a una
familia muy antigua, poseían dos castillos. Las provincias que llevan ahora los
nombres de Extremadura y de Alentejo, estaban enteramente casi en poder de los
Bereberes. Los Beni-Feranic, reinaban sobre la tribu de Nafza, establecida en
los alrededores de Trujillo. Otro Berberisco, Ibn-Takit, de la tribu de
Mazmuda, que ya se había sublevado en Extremadura, en el reinado de Mohamed, y
que se había apoderado de Mérida, de donde había echado a los Moros y a los
Berberiscos de la tribu de Retama, se hallaba casi constantemente en guerra con
el señor de Badajoz Ibn-Merwan, a quien no le perdonaba haber ayudado a las
tropas del Sultán cuando asediaron Mérida. Pero la más poderosa familia
berberisca era la de los Ben-Dhu-n-zun. Su jefe era Muza, un solemne bribón, un
gran malvado. Siempre alerta y yendo siempre a su negocio, paseaba por todas
partes la espada y la tea. Sus tres hijos se le parecían en fuerzas y en
brutalidad. Eran Yahya el más pérfido y cruel de su raza; Fath, señor de Uclés,
y Motarif señor de Huete, algo mejor que sus hermanos. Cada uno tenía su banda,
con la que saqueaban y robaban.
Más poderosos aun que los Berberiscos, los
renegados eran también más humanos; muchos de sus jefes eran amigos del orden y
de la civilización, pero el carácter de esta civilización era enteramente
árabe; aun combatiendo contra los conquistadores reconocían su superioridad
intelectual. En la provincia de Oczonoba (que hoy se llama Algarbe, y que es la
más meridional del reino de Portugal) reinaba Becr, biznieto de un cristiano
llamado Zadulfo. Su padre Yahya, se había declarado independiente hacia el fin
del reinado de Mohamed. Primero se hizo dueño de Santa María, luego de toda la
provincia. El mismo Becr que residía en Silves, desplegaba una pompa
enteramente regia. Tenía su consejo, su cancillería y tropas numerosas bien
armadas y disciplinadas. Se admiraban las ingeniosas fortificaciones de Santa
María, sus magníficas puertas de hierro, y su soberbia iglesia, que no cedía en
reputación sino a la llamada «del Cuervo», a la que se hacía una famosa
peregrinación. Lejos de considerar a los viajeros y mercaderes como su presa,
Becr había ordenado por el contrario a sus súbditos que los protegieran y les
dieran hospitalidad. Sus órdenes habían sido cumplidas: en la provincia de
Ocsonoba, se decía, el viajero halla amigos y parientes donde quiera. Fuerte
con las alianzas que habían contado con Ibn-Hafzum, Ibn-Merwan de Badajoz, y
otros jeques de su raza, Becr era pacífico. Habiéndole ofrecido el Sultán
reconocerlo como gobernador de la provincia, él aceptó este ofrecimiento, que
en el fondo a nada le obligaba. Su vecino y su aliado al norte, era
Abdelmelic-ibn-abi-l-Djawad, que contaba Beja y Mertola entre sus ciudades
principales. Más al este, entre las montañas de Priego, reinaba el valiente
Ibn-Mastana, el más activo aliado de Ibn-Hafzun. Sus numerosos castillos, entre
los que se encontraba Carcabulia (hoy Carbuey) pasaban por inexpugnables. Los
señores de la provincia de Jaén eran todos aliados o vasallos de Ibn-Hafzum, y
eran: Khair-ibn-Chakir, señor de Jodar, que poco antes de esta época había
combatido con Sawar el jeque de los Moros de Elvira, y le había quitado gran
número de castillos; Said-ibn-Hadhail señor de Monteleón; los Beni-Habil,
cuatro hermanos que poseían muchas fortalezas, tales como la Margarita y S.
Esteban; e Ibn-Chalia, que poseía, entre otros castillos, el de Ibn-Omar y el
de Cazlona. Este último, que había reunido inmensas riquezas, recompensaba
generosamente a los poetas, y vivía suntuosamente.
«Los palacios de nuestro príncipe decía el
poeta Obaidis, su secretario, que había abandonado la corte del Sultán, para ir
a ponerse a su servicio; los palacios de nuestro príncipe están edificados por
el modelo de los del Paraíso, y allí se goza de todas las delicias. Allí se ven
salas que no descansan en columnas, salas en las que el mármol está bordado de
oro.» Otro jeque, Daisam-Ibn-Ishac, señor de Murcia, de Lorca y de casi toda la
provincia de Todmir, gustaba también de la poesía, y disponía de un ejército en
que se contaban cinco mil caballos. Por su generosidad y su dulzura se había
conciliado el amor de todos sus súbditos. Pero el adversario más temible del
Sultán era siempre Ibn-Hafzum, y en los dos últimos años había obtenido grandes
ventajas. Verdad que el Sultán se puso en camino en la primavera de 889 para
atacarle en Bobastro. De paso le había tomado algunas plazas insignificantes y
destruido algunos sembrados, pero este paseo militar que duró cuarenta días no
produjo resultados serios, y cuando apenas el sultán estaba en Córdoba de
vuelta, Ibn-Hafzum tomó Estepa y Osuna, y entonces los habitantes de Écija se
apresuraron a reconocerle por soberano, rogándole que viniera con sus tropas a
la ciudad.
«Écija es una ciudad maldita donde reinan la
iniquidad y la infamia, decían en Córdoba; los buenos la han abandonado, y no
quedan allí más que los malos».
Asustado con los rápidos triunfos de su
adversario, el Sultán había ya hecho marchar contra él todas las tropas
disponibles, cuando Ibn-Hafzum, contento con las ventajas obtenidas, y creyendo
que era bueno contemporizar aun, le propuso un acomodamiento. Prometióle
dejarle en paz a condición de que le confiriera de nuevo el gobierno del
territorio que poseía. Feliz por verse libre a tan poca costa, el Sultán
consintió en su demanda.
Pero Ibn-Hafzum entendía la paz a su manera.
Poco después de haberla concluido atacó al Bereber-Bornos Abu-Harb, uno de los
más leales servidores del Sultán, que residía en una fortaleza de la provincia
de Algeciras. Habiendo sido muerto Abu-Harb en un combate, capitularon sus
soldados entregando su fortaleza al renegado.
El sultán no tenía por qué congratularse
mucho por las disposiciones pacíficas de Ibn-Hafzun, pero por otra parte, los
más ardientes partidarios de éste se quejaban de lo que llamaban su debilidad y
su inacción. No les tenía en cuenta porque para subsistir necesitaban
precisamente de razias y de botín. Así que Ibn-Mastana, uno de ellos prefirió a
permanecer ocioso hacer una alianza con los Moros vecinos que acababan de
fortificarse en Cala-Yahcib (Alcalá la Real) y tomar parte en las expediciones
que hacían para saquear a las personas honradas que no habían querido
sublevarse. Éstas reclamaron el auxilio del Sultán. Muy embarazado, porque ni
podía dejar abandonados a sus súbditos, ni tenía bastantes soldados que
enviarles, tomó Abdalá el partido de escribir a Ibn-Hafzun para suplicarle que
se uniera con sus tropas a las que iba a enviar contra Ibn-Mastana y sus
aliados Moros. Ibn-Hafzun que ya tenía su plan y que estaba algo intranquilo
con la alianza que Ibn-Mastana acababa de hacer con los enemigos de su raza,
accedió a la demanda del sultán con mayor diligencia de la que éste se hubiera
atrevido a esperar; pero en cuanto se unió a la división del general omeya
Ibrahim-ibn-Khamir, hizo llegar secretamente a Ibn-Mastana, una carta en que le
afeaba su alianza con los Moros.
«Sin embargo, añadía, cuento con vos como uno
de los más fieles campeones de la causa nacional. Por lo pronto no tenéis más
que hacer que perseverar en la rebelión. No temáis nada que el ejército en que
estoy no os hará ningún daño.»
Atribuyéndose un poder ilimitado en el
ejército, Ibn-Hafzun nada exageraba. Había eclipsado de tal modo al general
omeya, que trataba a los soldados del Sultán como mejor le parecía, los
arrestaba bajo diversos pretextos, les quitaba sus caballos para dárselos a los
suyos, y cuando Ibrahim-ibn-Khamir le hacía alguna observación, sabía siempre
refutársela de la manera más plausible. Su marcha a través del país enemigo, no
fue más que un paseo militar, como se lo había prometido a Ibn-Mastana; pero
aprovechó la ocasión para entablar inteligencias con todos los Españoles que
halló a su paso, y para ir a socorrer a los habitantes de Elvira que acababan
de perder contra Sauwar la batalla «de la ciudad.» Como ya hemos dicho antes
fue menos feliz en esta expedición de lo que acostumbraba, pero el ligero
contratiempo que sufrió no le desanimó de manera alguna. Fuerte con las
alianzas que acababa de contraer y apercibiéndose acaso de que sus partidarios
se impacientaban con sus contemporizaciones y su conducta ambigua, creyó
llegado el caso de quitarse la máscara, y después de haber puesto preso a
Ibraim-ibn-Khamir y a otros muchos oficiales del ejército omeya, se declaró
abiertamente contra el Sultán.
Apenas hizo esta declaración cuando encontró
aliados muy útiles en los cristianos cordobeses. No se encontraban ya éstos en
aquel tiempo en que para manifestar su odio a los conquistadores y su celo
religioso no hallaban otro medio que buscar el martirio. En medio del trastorno
general creían poder contribuir a la liberación de la patria tomando las armas.
Los mismos que poco tiempo antes eran instrumentos de los Omeyas, eran ahora
sus más encarnizados enemigos. De este número era el conde Servando. Hijo de un
siervo de la Iglesia no había retrocedido en otro tiempo ante ningún género de
bajezas por agradar al monarca. Conociendo que para llegar a este fin el mejor
medio era llenar el Fisco, abrumaba con impuestos a sus correligionarios
obligándolos así a abjurar de su fe. No contento con matar a los vivos ni
siquiera respetaba a los muertos, porque para aumentar el odio que los
musulmanes tenían a los cristianos, hacía exhumar los cuerpos de los mártires
de debajo de los altares y los enseñaba a los ministros del Sultán, quejándose
de la audacia de los fanáticos que se habían atrevido a dar tan honrosa
sepultura a víctimas de la justicia musulmana. Por entonces los cristianos le
detestaban sobre toda ponderación. Los clérigos agotaban el diccionario para encontrar
términos injuriosos que aplicarle. Le llamaban insensato, insolente, orgulloso,
avaro, rapaz, cruel, testarudo, presuntuoso, decían que tenía la audacia de
oponerse a la voluntad del Eterno, y que era un hijo del demonio. Tenían
excelentes razones para odiarle como le odiaban. Servando, habiendo puesto a
contribución todas las iglesias de la capital, obligó a estas que no podían
pagar a sus sacerdotes a aceptar como tales los hombres cobardes y rapaces que
Servando quería darles y que eran pagados por el Estado. Además, era el enemigo
mortal de los llamados mártires y de sus protectores, a los que tendía lazos
con una destreza y una astucia verdaderamente diabólicas. En cierta ocasión
había acusado al abad Samson y a Valencio obispo de Córdoba, de haber inducido
a uno de sus discípulos a blasfemar de Mahoma, y entonces dijo al Sultán: «Haga
llamar vuestra alteza a Valencio y a Samson y que se les pregunte, si piensan
que lo que ha dicho ese blasfemador es cierto. Si dicen que sí, deben ser
castigados como blasfemos; si por el contrario el miedo les hace decir que no,
mándeles vuestra alteza dar puñaladas, y ordéneles que maten a ese hombre. Si
rehúsan ya tenéis la prueba de que ese hombre ha sido su instrumento. Que me
den a mí entonces una espada y yo los mato a los tres»
Pero habían trascurrido veinte años desde que
habló de esta manera. Desde entonces los tiempos habían cambiado mucho y los
hombres del temple de Servando, cambian con ellos. Dotado de gran previsión se
halló de pronto lleno de un odio violento contra el Sultán que caía, y de una
viva simpatía para el jefe del partido nacional que imaginaba iba a subir.
Entonces acarició a sus correligionarios que antes había perseguido, se
conchabó con ellos e hizo todo lo posible para promover una sedición. La corte
descubrió alguna cosa de estos manejos e hizo prender a su hermano; pero
avisado a tiempo pudo salvarse con los otros cómplices. Una vez fuera de la
capital ya estaba seguro, porque el poder del Sultán no se extendía más allá.
No teniendo pues nada que temer, formó el proyecto de apoderarse de la
importante fortaleza de Polei (hoy Aguilar), a una jornada al Sur de Córdoba.
Como no estaba mejor guardada que las demás fortalezas del Sultán, logró su
propósito, y habiéndose instalado en Polei propuso una alianza a Ibn-Hafzun.
Este aceptó gozosamente su oferta, le envió algunos escuadrones y le recomendó
que hiciera razias incesantes en la campiña cordobesa. Ninguno podía dirigirlas
mejor que Servando que conocía palmo a palmo aquella tierra y que, según
convienen los historiadores árabes, era un intrépido caballero. Llegada la
noche salía de su castillo adonde volvía al amanecer, y casas destruidas,
lugares incendiados y cadáveres insepultos señalaban su camino. Él mismo fue
muerto en un encuentro, pero sus compañeros prosiguieron la sangrienta obra que
había comenzado.
Ibn-Hafzum, que acababa de tomar Baena, se
hallaba ya en posesión de las fortalezas más importantes que se encontraban al
sur del Guadalquivir. Casi toda Andalucía le prestaba obediencia; tan
convencido de ello estaba el Sultán, que ya no condecoraba a nadie con los
vanos títulos de gobernador de Elvira, ni de Jaén. Orgulloso con su poder
presente, el jefe de los renegados quiso también hacerlo duradero. Convencido
de que bien pronto Córdoba había de caer en sus manos, y que entonces sería
dueño de España, conocía también que, si permanecía siendo lo que hasta
entonces, tendría que luchar contra los Moros que, de seguro, no habían de
someterse a su autoridad si se presentaba como el jefe de los españoles.
Obtener otro título del Califa de Bagdad, ser nombrado por este el gobernador
de España, tal era su ambición, tal era su proyecto.
Su poder nada padecería, porque los Califas
no ejercían más que una autoridad nominal sobre las provincias alejadas del
centro del imperio, y si conseguía que el Califa le enviara un diploma de
gobernador, podía esperar que los árabes no rehusaran obedecerlo, pues que
entonces no sería ya para ellos un español, sino el representante de una
dinastía que respetaban como la primera de todas.
Decidido su proyecto, entabló una negociación
con Ibn-Aghlab gobernador de África por el califa de Bagdad, y para ganárselo
le ofreció al mismo tiempo presentes magníficos. Ibn-Aghlab recibió muy bien
sus insinuaciones, le envió presentes a su vez, le animó a persistir en su
proyecto y le prometió que haría de modo que el Califa le enviase el diploma
solicitado.
Esperando, pues, el momento de levantar la
bandera abasida, Ibn-Hafzun se aproximó a Córdoba y estableció en Écija su
cuartel general. Desde allí iba de cuando en cuando a Polei para apresurar la
terminación de las fortificaciones que había mandado construir y que debían
hacer aquella plaza inexpugnable, para llevar refuerzos a los soldados de la
guarnición y para estimular su valor cuando había necesidad. Dentro de algunos
meses, quizás dentro de algunos días, entraría vencedor en la capital.
Esta era presa de una profunda tristeza. Sin
estar sitiada todavía, sufría ya todos los males de un asedio. «Córdoba, dicen
los historiadores árabes, estaba en la posición de una villa fronteriza que
está expuesta a cada instante a los ataques del enemigo.» En diversas ocasiones
sus habitantes se despertaban sobresaltados en medio de la noche, con los
angustiosos gritos de los infelices campesinos del otro lado del río que
degollaban los caballeros de Polei. Una vez llevó su audacia uno de estos
caballeros hasta avanzar al puente y lanzar un dardo contra la estatua que se
hallaba encima de la puerta.
«El Estado está amenazado de una completa
disolución, escribía un contemporáneo, las calamidades se suceden sin descanso,
se roba y se saquea, nuestras mujeres y nuestros hijos son arrastrados a la
esclavitud.»
Todo el mundo se quejaba de la inacción del
Sultán, de su debilidad y de su cobardía. Los soldados murmuraban porque no se
les pagaba. Las provincias habían dejado de enviar sus contribuciones y el
tesoro se hallaba vacío. El Sultán había hecho empréstitos, pero empleaba el
poco dinero que había recogido en pagar a los Moros en las provincias que aún
se mantenían por él. Los mercados desiertos atestiguaban demasiado la ruina del
comercio. El pan estaba a un precio exorbitante. Nadie esperaba en lo porvenir,
el miedo se había apoderado de todos los ánimos.
«Pronto, escribía el contemporáneo que hemos
citado ya, pronto el villano será poderoso y el noble se arrastrará en la
abyección.»
Se refería con terror que los Omeyas habían
perdido su paladium, el estandarte de Abderramán I. Los faquíes que
miraban todas las calamidades públicas como castigo de Dios y que llamaban a
Ibn-Hafzun el azote de la cólera celeste, alborotaban la ciudad con sus
predicciones lamentables.
«¡Desgraciada de tí, oh Córdoba, decían,
desgraciada de tí, vil cortesana, cloaca de impureza y disolución, morada de
calamidades y de angustias, desgraciada de tí, que no tienes ni amigos, ni
aliados! Cuando el capitán de la gran nariz y de la fisonomía siniestra cuya
vanguardia se compone de musulmanes y la retaguardia de politeístas llegue
delante de tus puertas se cumplirá tu fatal destino. ¡Tus habitantes irán a
buscar asilo en Carmona, pero será un asilo maldito!».
En los púlpitos se tronaba contra la casa de
la iniquidad, como llamaban al palacio, y se anunciaba con gran precisión la
época en que Córdoba había de caer en poder de los infieles. «¡Infame Córdoba,
decía un predicador, Alá te ha tomado odio desde que has llegado a ser la cita
de los extranjeros, de los malhechores y de las prostitutas; él te hará
experimentar su terrible cólera! Ya veis oyentes míos, que la guerra civil
asola toda la Andalucía. Pensad, pues, ¡en otra cosa que en las vanidades
mundanas! El golpe mortal ha de venir de ese lado en que veis las dos montañas,
la montaña parda y la montaña negra. Comenzará en el mes siguiente el de
Ramadhan, después pasará un mes, después otro y entonces ocurrirá una gran
catástrofe en la gran plaza del palacio de la iniquidad. ¡Habitantes de
Córdoba, ocultad bien entonces a vuestras mujeres y a vuestros hijos! Haced de
modo que ninguno de los que os sean queridos se halle cerca de la plaza del
palacio de la iniquidad, ni en la de la gran mezquita, porque ese día no se
perdonará ni a las mujeres ni a los niños. Esta catástrofe tendrá lugar un
viernes entre las doce y las cuatro y durará hasta ponerse el sol. El sitio más
seguro, será entonces la colina de Abu-Abda, donde antes estaba la iglesia».
El Sultán era el que estaba acaso más
desanimado de todos. Su trono, aquel trono tan ardientemente ambicionado y que
no debía más que a un fratricidio, se había convertido para él en lecho de
espinas. Ya no tenía medios. Había ensayado una política que creía hábil y
prudente, y se había frustrado. ¿Qué hacer ahora? ¿volver a la vigorosa
política de su hermano? Aunque quisiera no podía, ni tenía ejército, ni dinero.
Además, la guerra le repugnaba.
Abdalá era un príncipe poltrón y devoto que
hacía una ruin figura en un campo de batalla. Le fue pues forzoso perseverar en
su política de paz, a riesgo de ser engañado de nuevo por el astuto renegado
que le había engañado tantas veces. Pero Ibn-Hafzun, seguro de la victoria, no
quería ya acomodos. En vano Abdalá le suplicaba que le concediera la paz; en
vano le ofrecía las más ventajosas condiciones, Ibn-Hafzun rechazaba todas sus
ofertas con desdén. Cada vez que sufría una repulsa, el Sultán, no esperando ya
nada de los hombres se volvía a Dios. Se encerraba en su gabinete como un
ermita, o componía versos tristes como estos:
“Todas las cosas de este mundo son
transitorias, nada es durable aquí abajo. Apresúrate pues, oh pecador a
despedirte de todas las vanidades mundanas y conviértete. Dentro de poco
estarás en la caja y echarán tierra húmeda sobre ese rostro antes tan hermoso.
¡Conságrate únicamente a tus deberes religiosos, entrégate a la devoción y
trata de hacerte propicio al señor de los cielos!”.
Una vez cobró ánimo, y esto fue cuando hacia
el 890, vinieron a ofrecerle de parte de Ibn-Hafzun, la cabeza de
Khair-ibn-Chakir, señor de Jodar. Vio en este acto un rayo de esperanza. Se
figuraba que su terrible adversario iba por fin a concederle la paz que tanto
tiempo solicitaba; la cabeza de Khair, era para él la prenda de una próxima
reconciliación; Ibn-Hafzun pensaba, se muestra reconocido a los consejos que le
había dado, pues que le había avisado de que Khair jugaba con dos barajas, y
que al lado de Hafzun reconocía también por soberano a Daisam príncipe de
Todmir. Extremadamente celoso de su autoridad, Ibn-Hafzun había hecho pronta y
terrible justicia. Habiéndole pedido Khair un refuerzo, se lo había enviado;
pero dándole orden al mismo tiempo a su teniente que se llamaba en español el
Rogol y al-Ohamir en árabe (el Rogillo), la orden secreta de cortarle la cabeza
al traidor. Por lo demás, Ibn Hafzun sacó bien pronto al Sultán de sus
ilusiones En lugar de negociar fue a sitiar las fortalezas de la provincia de
Cabra que aún se mantenían por el Sultán. La situación no podía empeorar.
Abdalá comprendió al fin que era preciso jugar el todo por el todo, y anunció a
sus visires que había resuelto ir a atacar al enemigo. Los visires estupefactos
le representaron los peligros a que iba a exponerse. «Las tropas de Ibn-Hafzun,
le decían, son mucho más numerosas que las vuestras y tenemos que habérnosla
con enemigos que no dan cuartel.» No persistió por eso menos en su proyecto, y
en verdad que por poco que tuviera el sentimiento de su nacimiento y su
dignidad, debía preferir a su actual ignominia una muerte honrosa en el campo
de batalla.
II
Ibn-Hafzun supo con mezcla de asombro y de alegría
la atrevida resolución que había tomado el Sultán. «Ya es nuestra esa manada de
bueyes! dijo en español a Ibn-Mastana. ¡Que venga ese Sultán! ¡Quinientos
ducados al primero que me anuncie que se ha puesto en camino!» Poco después
recibió en Écija la noticia de que la gran tienda del Sultán acababa de ser
llevada a la esplanada de Secunda. Enseguida formó el proyecto de ir a
quemarla. Si este golpe de mano le salía bien, iba a poner en ridículo al
Sultán. Ibn-Hafzun, con algunos escuadrones, llega al amanecer a la esplanada
de Secunda. Cae de repente sobre los esclavos y los arqueros que estaban de
guardia en el pabellón, pero estos, aunque pocos en número, se defienden
bravamente y atraídos por sus gritos los soldados de la ciudad corren a
ayudarlos. Como no se trataba en el fondo más que hacer una jugarreta al
Sultán, apenas vio Ibn-Hafzun que iba a acabar mal la empresa, ordenó a sus
caballeros volver grupas y marchar a escape a Polei. La caballería del Sultán
los persiguió matando algunos.
Por insignificante que hubiera sido este
encuentro nocturno, tomó gigantescas proporciones a los ojos de los cordobeses.
Cuando al amanecer toda la población de la capital salió al encuentro de la
caballería del Sultán, que volvía de su persecución, con algunos caballos
cogidos y algunas cabezas cortadas, no dejó de admirar estos trofeos, y se
refería con alegría y con orgullo, que Ibn-Hafzun, huyendo, se había salido del
camino real, y que cuando llegó a Polei no llevaba consigo más que un solo
caballero.
Pronto iba a empeñarse un combate más serio,
y como se sabía que tendrían que batirse uno contra dos, no confiaban en el
éxito en manera alguna. El ejército del Sultán no se componía más que de
catorce mil hombres, de los cuales solo cuatro mil eran de tropas regulares;
Ibn- Hafzun, por el contrario, tenía treinta mil hombres. Sin embargo, el
Sultán dio la orden de ponerse en marcha y de tomar el camino de Polei.
El jueves 15 de abril del 891, llegó el
ejército cerca del riachuelo que corre a media legua del castillo, y según
costumbre se convino por ambas partes en que el combate tendría lugar al día
siguiente.
Este día, que era para los cristianos Viernes
Santo, el ejército del Sultán se puso en marcha al amanecer, mientras que
Ibn-Hafzum formaba sus soldados en batalla al pie de la colina, sobre que
estaba el castillo. Estaban llenos de entusiasmo, y en su ardor guerrero se
creían seguros de la victoria. No sucedía lo mismo en el campo de Abdalá. Este
ejército era su último recurso; con él iba toda la fortuna de los Omeyas; si
perecía en un gran desastre, todo estaba perdido. Para colmo de desdichas
estaba mal mandado, y poco faltó para que su general en jefe
Aldelmelic-ibn-Omeya no lo entregara al enemigo por una inhábil maniobra. Ya lo
había hecho avanzar cuando desaprobando luego la posición que había tomado lo
ordenó retroceder hasta una montaña que se hallaba al norte de la fortaleza.
Comenzaba a ejecutar esta orden cuando el general de vanguardia, un bravo
cliente omeya llamado Obaidallah, de la familia de los Beni-Abú-Abú-Abdá, corre
hacia el Sultán gritando: «Dios mío! ¡Dios mío! ¡ten piedad de nosotros! ¿Adónde
os llevan, Emir? ¿Estamos enfrente del enemigo y vamos a volverle la espalda?
¡Entonces creerá que le tenemos miedo, y vendrá a destrozarnos!» Y decía bien:
Ibn-Hafzun se había apercibido de la falta de su contrario y se disponía a
aprovecharse de ella. Así que el Sultán no disputó sobre la exactitud de la
observación de Obaidalah preguntándole solo lo que había que hacer.
—Ir adelante, le contestó el general, atacar
con vigor al enemigo, y que se haga la voluntad de Dios.
—Haz lo que quieras, le replicó el Sultán.
Sin perder un momento, Obaidalah volvió
enseguida a su división, y la ordenó caer sobre el enemigo. Las tropas se
movieron, pero casi desesperando del suceso.
—¿Qué pensáis del éxito de esta batalla?
preguntó un oficial al teólogo Abu-Merwan, hijo del célebre Yhaya-ibn-Yhaya, y
tan afamado él mismo por su saber y su piedad, que se llamaba «el Chaikh de los
musulmanes».
—¿Qué os he de contestar, primo mío? replicó
el doctor: no puedo daros otra respuesta que estas palabras del Omnipotente:
«Si Dios viene en nuestra ayuda quién podrá vencernos? y si nos abandona,
¿quién nos podrá socorrer?»
El resto del ejército no tenía más confianza
que la vanguardia. Los soldados habían recibido orden de depositar su bagaje,
de levantar tiendas y formar en batalla; pero en el momento en que se hallaban
ocupados en extender un pabellón para el Sultán, se rompió un puntal destinado
a sostenerlo de modo que el pabellón cayó por tierra. «Mala señal,» murmuraron
todos. «Tranquilizaos, dijo entonces un oficial superior, eso no anuncia nada
malo, porque lo mismo sucedió cuando iba a darse otra batalla, y sin embargo,
se alcanzó entonces una brillante victoria:» Y diciendo esto, levantó el
pabellón con otro puntal que había cogido en los bagajes.
También en la vanguardia, donde ya había
comenzado el combate, era preciso que los oficiales y los doctores de la
religión, borraran el efecto producido por muchos malos presagios. Dotados de
feliz memoria, y acaso de rica imaginación, no dejaban de citar precedentes
siempre que era preciso. En la primera fila combatía Rahici, valiente guerrero
que había envejecido bajo la armadura, y al mismo tiempo poeta distinguido.
Cada vez que hería con la lanza o con la espada, improvisaba versos. De pronto
cayó herido mortalmente.
—¡Mal presagio, gritan los soldados
consternados; el primero que cae es uno de nosotros!
—No, responden los doctores, es por el
contrario un presagio felicísimo, porque en la batalla de Guadalete, en que
batimos a los toledanos, el primero que cayó fue también uno de los nuestros.
Pronto se hizo general el combate en toda la
línea. Era un zipizape horrible; al ruido de los bélicos instrumentes se
mezclaba la voz de los doctores musulmanes y de los sacerdotes cristianos, que
recitaban oraciones o pasajes del Corán y de la Biblia. Contra toda esperanza,
los realistas del ala izquierda obtenían cada vez más ventajas sobre el ala
derecha de Ibn-Hafzun. Después de haberla hecho retroceder, cortaban cabezas a
porfía, y se las llevaban al Sultán, que había prometido una recompensa a cada
soldado que le presentase una. Él, por sí, no tomaba parte en el combate.
Sentado bajo su pabellón, miraba a los otros combatir por él, y con su
hipocresía ordinaria, recitaba versos como estos:
«Que otros pongan su confianza en el gran
número de sus soldados, en sus máquinas de guerra y en su valor: yo no pongo la
mía más que en Dios, único y eterno»
Habiendo sido completamente derrotada el ala
derecha de los andaluces, todo el ejército realista cargó sobre el ala
izquierda que mandaba Ibn-Hafzum en persona. Pero a pesar de sus esfuerzos, y
aunque según costumbre dio pruebas de gran valor, no logró mantener sus
soldados en su puesto. Más ardientes que firmes, tan fáciles a la desanimación
como al entusiasmo, desesperaron demasiado pronto del suceso, y cediendo el
campo, volvieron la espalda al enemigo. Unos huyeron en dirección de Écija,
perseguidos por la caballería realista que los acuchillaba a centenares; otros,
entre los que se encontraba el mismo Ibn-Hafzun, fueron a refugiarse al
castillo, pero como los fugitivos del ala derecha estorbaban la entrada, los
recién venidos trataban en vano de abrirse paso, y para salvar a su jefe, los
soldados que estaban en las murallas tuvieron que tomarle en brazos y sacarle
del caballo para introducirle en el recinto. Mientras que la multitud se
oprimía en la puerta del castillo, los soldados del Sultán saqueaban el
campamento enemigo. Llenos de un gozo tanto mayor cuanto que era más inesperado
se divertían en lanzar invectivas contra sus adversarios, todos cristianos a
sus ojos, que acababan de perder una batalla tan importante, justamente en la
antevíspera de Pascuas.
—El juego era muy divertido, decía un
soldado; ¡hermosa fiesta para ellos. La mayor parte no verán el día de Pascua;
¡qué lástima!
—Magnífica fiesta en verdad, replicó otro,
con muchas víctimas; toda fiesta religiosa debe tenerlas.
—Ved para lo que sirve una buena estocada,
añadió un tercero; ellos habían bebido en la comunión a pote, y si nosotros no
le hubiéramos quitado la borrachera, estarían durmiendo la mona todavía.
—Sabéis, observó otro que tenía alguna
tintura de historia, ¿sabéis que esta batalla se parece exactamente a la de la
Pradera de Rahita? También tuvo lugar en un viernes que era fiesta, y nuestra
victoria no ha sido menos brillante que la que los Omeyas obtuvieron entonces.
¡Mirad esos guerreros, cómo yacen hecho cuartos al pie de la colina! En verdad
que compadezco al suelo condenado a llevar sus cadáveres; ¡si pudiera quejarse
no dejaría de hacerlo!
Más adelante, el poeta de la corte,
Ibn-Abd-rabbihi, reproducía estas groseras y brutales chanzas, esas palabrotas
de cuartel, en un largo poema de mal gusto y lleno de juegos de palabras pero
que tiene el mérito por lo menos de expresar vigorosamente todo el odio y el
desprecio que los realistas tenían a los andaluces.
Los soldados del Sultán tenían más de que
alegrarse. Ibn-Hafzun quería permanecer en el castillo y sostener un sitio,
pero los soldados de Écija le declararon que el deber los llamaba a su ciudad,
que según todas las probabilidades, iba a ser sitiada por el Sultán. Ibn-Hafzun
se opuso enérgicamente a su partida, quiso hasta detenerlos a la fuerza en el
castillo, pero ellos rompieron la muralla por el lado del norte y huyeron a su
ciudad natal. Abandonados así, los otros soldados pretendieron que no eran número
suficiente para defender el castillo y que por consiguiente era preciso
evacuarlo. Después de larga resistencia, Ibn-Hafzun accedió finalmente a sus
deseos. A medianoche salieron de la fortaleza, pero esto no fue una retirada,
sino una fuga precipitada, un sálvese quien pueda general. En medio del
horrible desorden y de la oscuridad, el mismo Ibn-Hafzun tardó mucho en
encontrar una montura; al fin topó con un miserable jamelgo que pertenecía a un
caballero cristiano y habiendo cabalgado en él, no cesaba de aguijarle tratando
de hacer trotar a esta maldita bestia que hacía muchos años había tomado la
costumbre de no marchar más que al paso. Preciso era aligerar en efecto.
Habiéndose apercibido de la fuga de sus enemigos, los realistas empezaron a
perseguirlos.
—Y bien, le dijo entonces Ibn-Mastana que
galopaba al lado de Ibn-Hafzun, y que a pesar de la inminencia del peligro
conservaba entero su buen humor, su frescura verdaderamente andaluza, tú habías
prometido quinientos ducados al que viniera a traerte la noticia de que el
Sultán se había puesto en campaña. Me parece que Dios te ha devuelto esta suma
con usura. No es cosa tan fácil vencer a los Omeyas; ¿qué dices tú?
—Lo que yo digo, le respondió Ibn-Hafzun, a
quien la ira había quitado la gana de bromas, lo que yo digo es, que de la
desgracia que nos ha acontecido tiene la culpa tu cobardía y la de los que te
se parecen. ¡Vosotros no sois hombres, vosotros!
Al amanecer del quinto día, Ibn-Hafzun llegó
a la villa de Archidona, pero no se detuvo allí más que un momento y habiendo mandado
a sus habitantes ir a Bobastro lo más pronto posible, continuó su camino hacia
esta fortaleza. Por su parte el Sultán, después de haber tomado posesión del
castillo Polei, donde encontró gran cantidad de dinero, de provisiones y de
máquinas de guerra, mandó que le dieran el registro donde estaban escritos los
nombres de todos sus súbditos musulmanes. Enseguida hizo traer los prisioneros
y les anunció que a todos los que estaban inscritos como musulmanes les
perdonaba la vida siempre que jurasen que todavía lo eran, pero que todos los
cristianos serían ajusticiados a menos que no abrazasen el Islamismo. Todos los
cristianos que eran cerca de cinco mil prefirieron la muerte a la apostasía.
Uno solo desmayó cuando ya iba a herirlo el verdugo y salvó la vida
pronunciando la profesión de té musulmana. Los demás sufrieron la muerte con
verdadero heroísmo y acaso juzgue alguno que estos oscuros soldados merecieron
mejor el título de mártires que los fanáticos de Córdoba a quienes había
decorado cuarenta años antes.
Habiendo dejado suficientemente guarnecido a
Polei, el Sultán fue a sitiar Écija. Como esta ciudad tenía una guarnición muy
considerable, gracias al gran número de fugitivos que se habían refugiado en
ella, hizo una tenaz resistencia. Desgraciadamente no encerraba víveres
suficientes para alimentar a todos sus defensores, así que, al cabo de algunas
semanas se hizo sentir el hambre, y como aumentaba de día en día, fue preciso
pensar en la capitulación. Los andaluces entraron en parlamento, pero el Sultán
exigía que se rindieran a discreción. Ellos se negaron aunque el hambre hacía
en la ciudad terribles estragos, de modo que los habitantes desesperados
enseñaban desde lo alto de la muralla a los sitiadores sus mujeres y sus hijos
hambrientos implorando piedad a grandes voces. Al fin, el Sultán se dejó
ablandar. Concedió a los sitiados una amnistía general y cuando recibió sus
rehenes les nombró gobernador, tomó el camino de Bobastro y estableció su
campamento cerca de esta fortaleza.
Pero en Bobastro, en una tierra donde conocía
todas las colinas, todos los valles y todos los desfiladeros, Ibn-Hafzum era
verdaderamente invencible. Demasiado lo sabían los soldados cordobeses. Así que
en seguida comenzaron a murmurar. Decían que ya la campaña se había prolongado
bastante, que no querían gastar las pocas fuerzas que les quedaban en una
operación sin objeto, y que sus adversarios saldrían más bien pujantes que
abatidos de una lucha en la que, cuando se trataba de mantenerse a la defensiva,
su superioridad había sido demostrada más de una vez. Obligado a acceder a sus
deseos, el Sultán dio la orden de retirada dirigiéndose a Archidona. Antes de
llegar, los cordobeses tuvieron que pasar un desfiladero muy estrecho donde
fueron atacados por Ibn-Hafzun, pero gracias al talento de Obaidallah, salieron
de este encuentro con honor. Habiendo ido luego a Elvira, cuyos habitantes le
dieron rehenes, el Sultán volvió a Córdoba con su ejército.
III
La victoria obtenida en Polei, salvó al
Sultán en el momento mismo que parecía perdido. Polei, Écija y Archidona,
centinelas avanzados del partido nacional estaban tomadas, Elvira había vuelto
a la obediencia y Jaén de donde Ibn-Hafzun había retirado sus tropas, había
seguido el ejemplo de Elvira. Eran en verdad hermosos triunfos que hicieron
tanta mayor impresión en la opinión pública, cuanto más imprevistos eran.
Ibn-Hafzun había perdido mucho de su prestigio, demasiado lo conocía él. Sus
embajadores antes tan acariciados por Ibn-Aghlab, fueron desde entonces
fríamente recibidos, les decía que él también tenía rebeliones que sujetar y
que por consiguiente no tenía comodidad para mezclarse en los asuntos de
España. Naturalmente, no se cuidaban en Africa de apoyar un pretendiente que se
dejaba vencer y no se volvió a hablar más de su nombramiento de gobernador de
España por el Califa de Bagdad. Por el contrario, el Sultán se había
rehabilitado en el ánimo de muchos. Los ciudadanos pacíficos que cansados del desorden
y anarquía veían en el restablecimiento del poder real la única tabla de
salvación, tomaban actitud más firme y decidida. Pero si no se pueden
desconocer las ventajas que el Sultán había obtenido, es preciso no
exagerarlas. El poder de Ibn-Hafzun había sufrido un rudo contratiempo, pero
estaba lejos de haberse aniquilado; así que no desesperaba de restablecerlo.
Por el pronto tenía necesidad de paz y la pidió. El Sultán se declaró propicio
a concedérsela siempre que le entregase uno de sus hijos en rehenes. Ibn-Hafzun
lo prometió, pero como tenía intención de volver a comenzar las hostilidades,
en cuanto le conviniera, engañó al Sultán mandándole no uno de sus hijos, sino
el de uno de sus tesoreros que él había adoptado. El fraude no fue descubierto
de pronto, pero luego se tuvieron sospechas, se informaron y habiendo sido
descubierta la verdad, el Sultán le censuró su mala fé y le exigió por rehenes
un hijo verdadero, y como Ibn-Hafzun no quisiera satisfacer esta demanda la
guerra comenzó de nuevo.
El jefe andaluz recobró con sorprendente
rapidez el terreno que había perdido. Sabiendo que podía contar con los
habitantes de Archidona, envió a esta ciudad hombres de su devoción que lo
hicieron tan bien, que el pueblo se insurreccionó. Los empleados a quien el
Sultán había confiado el gobierno de la ciudad, fueron presos durante la noche
y entregados a Ibn-Hafzum cuando éste entró con sus tropas en la ciudad (892.)
Poco después, vinieron diputados de Elvira a comunicarle que aquella ciudad
había sacudido también el yugo y que contaban con su apoyo; fue allá y puso una
guarnición en la ciudadela. Pero el partido realista que era muy numeroso en
Elvira, no se dio por vencido. Secundado por el gobernador de Úbeda tomó las
armas, echó a los soldados de Ibn-Hafzun, eligió un Ayuntamiento y trajo a la
ciudad al gobernador que el Sultán había nombrado. Los partidarios de la
independencia, intimidados por la proximidad del ejército del Sultán que
sitiaba entonces Carabuey, una de las fortalezas de Ibn-Mastana, no se habían
opuesto a esta resolución, pero en cuanto el ejército volvió a Córdoba,
levantaron la cabeza y poniéndose en relaciones con Ibn-Hafzun a escondidas del
Consejo, aprovecharon la oscuridad de la noche para introducir algunos de sus
soldados en la ciudadela, y advertido Ibn-Hafzun del éxito de la empresa por
las hogueras que sus partidarios habían encendido, entró también con el grueso
de sus tropas, mientras que los realistas despertados de improviso por los
gritos de júbilo de sus adversarios, quedaron tan estupefactos que no pensaron
siquiera resistir. Fueron castigados severamente, todos sus bienes les fueron
confiscados. Al gobernador nombrado por el Sultán le cortaron la cabeza.
Dueño de Elvira, Ibn-Hafzum volvió sus armas
contra Ibn-Djudi, y los Moros granadinos. Conociendo que la batalla que se iba
a dar sería decisiva, Ibn-Djudi había llamado en su ayuda a todos sus aliados.
No dejó por eso de experimentar una terrible derrota y como había tenido la
imprudencia de alejarse de Granada, su base de operaciones, sus soldados que
tenían que recorrer toda la Vega, antes de llegar a la fortaleza, fueron
acuchillados en gran número. En opinión de los habitantes de Elvira, esta victoria
fue una amplia compensación de todas las derrotas que habían sufrido antes. En
efecto, los Moros habían sido tan bien batidos, que no pudieron levantar más la
cabeza.
Orgulloso con su triunfo, Ibn-Hafzum marchó
contra Jaén. Allí fue tan feliz como lo había sido en Elvira. Se apoderó de la
ciudad, nombró un gobernador y dejó tropas. Hecho esto se volvió a Bobastro.
A excepción de Polei y de Écija, el año 892
le había devuelto lo que el precedente le había quitado. Durante cinco años su
poder permaneció poco más o menos, salvo que perdió Elvira. Había sorprendido a
los realistas de esta ciudad, pero no los había vencido, y su conducta los
había exasperado contra él; así que aprovecharon la primera ocasión para
sacudir el yugo. Esta se presentó en 893, cuando el ejército del Sultán,
después de haber hecho una razzia en los alrededores de Bobastro, apareció ante
las puertas de la ciudad. El príncipe Motarrif que lo mandaba, ofreció entonces
una amnistía general a los vecinos, siempre que le entregaran al teniente y a
los soldados de Ibn-Hafzum. La influencia de los realistas fue tan grande que
los habitantes consintieron en ello y desde entonces Elvira permaneció sujeta.
El patriotismo y el amor a la libertad se habían enfriado; además se había
combatido más bien contra los Moros de Granada que contra el Sultán; era contra
los Moros contra los que había sido llamado Ibn-Hafzum, y desde que habían
perdido la batalla de Granada, los Moros habían dejado de ser temibles. Muy
debilitados por la derrota, lo quedaron mucho más por la discordia que estalló
entre ellos. Ahora estaban divididos en dos facciones, una adicta a Said-Ibn-Djudi;
la otra a Mohamed-ibn-Adhha, el poderoso señor de Alhama, contra el que Said
alimentaba un odio tan violento, que había puesto a tasa su cabeza. La
imprudencia de Said y la ligereza de su conducta agravaban la situación. Con su
orgullo, su fatuidad y sus numerosas galanterías se había atraído el odio de
muchos jeques, y al fin uno de ellos, cuya felicidad doméstica había destruido,
Abu-Omar Othman resolvió lavar su deshonra con la sangre del seductor. Avisado
de que su mujer había dado una cita al emir en casa de una judía, fue a
ocultarse allí con uno de sus amigos, y cuando llegó Said se tiró sobre él y lo
mató. (Diciembre del 897)
Este asesinato llevó a su colmo la discordia.
El asesino y sus amigos, tuvieron tiempo de ir a ponerse en seguridad en la
fortaleza de Novalejo, al norte de Granada, donde proclamaron emir a Ibn-Adhha.
No queriendo malquistarse con el Sultán, le suplicaron que confirmase su
elección, y trataron de persuadirlo también, de que si habían matado a Said
había sido en interés del Estado, diciéndole que trataba de sublevarse, y que
había compuesto estos versos: «Ve, mensajero mío, ve a decir a Abdallah que solo
una pronta fuga puede salvarlo, porque un guerrero temible ha levantado el
estandarte de la rebelión en la ribera del rio de las cañas. ¡Hijo de Merwan,
devuélvenos el poder; es a nosotros, ¡a los hijos de los beduinos a quien
pertenece de derecho! ¡Pronto, que se me traiga mi alazán con su mantilla
bordada de oro, porque mi estrella brilla más que la suya!»
Acaso estos versos eran realmente de Said,
por lo menos no son indignos de él. Sea de esto lo que quiera, el Sultán que se
complacía de que estos Moros hubieran condescendido de presentarle una
justificación de su conducta, dio su sanción a todo lo que habían hecho. Pero
los antiguos amigos de Said no reconocieron a Ibn-Adhha. El asesinato de su
jefe los había llenado de indignación y de cólera. Inconsolables con su
pérdida, olvidaban todas sus faltas, y todos los agravios que les habían hecho,
para no acordarse más que de sus virtudes. Uno de ellos, Micdam-Ibn-Moafa, a
quien Said había hecho azotar, sin que hubiera merecido este castigo, le
compuso sin embargo este poema:
—¿Quién alimentará y vestirá a los pobres,
ahora que yace en la tumba el que era la generosidad misma? Que los prados no
se cubran de verdura, que los árboles estén sin hojas, que el sol no salga,
porque ha muerto Ibn-Djudi, y ni hombres ni genios verán otro semejante.
—¿Qué, exclamó un Moro cuando oyó recitar
estos versos; elogiáis al que os ha mandado dar azotes?
—Por Dios, respondió Micdam, que me ha hecho
un bien aun con esa sentencia inicua; porque el recuerdo del castigo que me
hizo sufrir me ha apartado de una multitud de pecados que cometía antes. ¿No le
debo por esto, reconocimiento? Además, desde que me hizo azotar he sido siempre
injusto con él; creéis que he de continuar siéndolo ahora que ya no existe.
Otros, que habían sido amigos íntimos de
Said, estaban sedientos de venganza. «El vino, decía Azadí en un largo poema:
el vino que el escanciador me sirve no recobrará ya su gusto para mí hasta que
mi alma obtenga lo que desea, ¡hasta que vea a los caballeros correr a rienda
suelta a vengar al que era antes su orgullo y su alegría!»
Said fue vengado en efecto por sus amigos,
pero los Moros continuaron peleando sin tregua. El Sultán y los Andaluces no
tenían, pues, otra cosa que hacer que dejar que se degollaran mutuamente.
La sumisión de Elvira fue para el Sultán una
gran ventaja. Obtuvo otras además; persuadido de que no ganarían nada con hacer
la guerra a ibn-Hafzun, volvía sus armas con preferencia contra otros rebeldes
menos poderosos. Su intención no era reducirlos, no intentaba quitarles sus
ciudades, ni sus castillos, quería únicamente obligarles a pagar tributo. Para
esto hacía que su ejército hiciera una o dos expediciones al año. Se le
destruían los sembrados, se le quemaban lugares, se le sitiaban fortalezas, y
cuando el rebelde consentía en pagar tributo y dar rehenes, se le dejaba en paz
para atacar a otro. Este género de expediciones no podía producir resultados
prontos, decisivos, ni brillantes; pero traía al menos resultados muy
ventajosos. El Tesoro estaba vacío, y el gobierno comprendía demasiado bien,
que para hacer la guerra en grande, era preciso proveerse del nervio de la
guerra, es decir, de dinero, y con estas razias se lo procuraba. La de 895 fue
muy feliz. Se dirigió contra Sevilla. Esta ciudad seguía siempre en la misma
situación: el Sultán tenía un gobernador; su tío Hicham residía allí también,
pero los Khaldum y los Haddjadj reinaban de hecho. Estos jeques estaban muy
contentos de su posición, que le proporcionaba todas las ventajas de la
independencia sin sus peligros; hacían todo lo que querían, no pagaban tributo,
y, sin embargo, no estaban en guerra con el monarca. Creían, pues, que nada
podían hacer mejor en su provecho que perpetuar este estado de cosas, así que
cuando en el año 895 vino un empleado del Sultán a convocar la nobleza para la
guerra, Ibrahin-ibn-Hadd-jadj y Khaleb-ibn-Khaldun, hermano de Coreb, se
apresuraron a responder al llamamiento e ir a Córdoba con sus contingentes. Su
aliado Solimán de Sidona y su hermano Maslama siguieron su ejemplo.
Todo el mundo estaba en la idea de que se iba
a hacer una expedición contra los renegados de Todmir. ¡Cuál no sería el
asombro y el espanto de Coreb cuando supo que en lugar de marchar el ejército a
levante, iba a marchar contra Sevilla, que Solimán había hallado medio de
escaparse, pero que los otros oficiales y soldados de Sevilla y de Sidona
habían sido presos por orden del Príncipe Motarrif!
Era preciso tomar medidas prontas y
decisivas. Coreb las tomó. Habiendo hecho ocupar por los suyos todas las
puertas de palacio, corrió a la sala donde se encontraba el Príncipe Hicham.
«¡Buena noticia! le dijo con los ojos inflamados de cólera; acabo de saber que
Motarrif ha puesto preso a mi hermano y a los demás parientes míos que estaban
en el ejército; pues bien, yo le juro por lo más sagrado, que si el Príncipe se
atreve a atentar contra la vida de uno solo, te corto la cabeza. Veremos hasta
dónde lleva su audacia; entretanto tú y todos los tuyos, seréis mis
prisioneros. Ninguno de tus criados saldrá de palacio bajo ningún pretexto, ni
siquiera para comprar víveres. Yo sé que no los hay aquí pero eso no me
importa. Decide tú mismo, si te acomoda ver suspendida sobre tu cabeza la
espada mortal, y si te agrada la perspectiva de morir de hambre. No tienes mas
que un medio de salvar la vida, escribe al Príncipe, dile que tu cabeza me
responde de la vida de mis parientes, y haz de modo que me los vuelva.»
Conociendo que Coreb no era hombre de pararse
en amenazas, Hicham se apresuró a obedecerle, pero la carta que escribió a
Motarrif no tuvo el resultado que se había prometido: el Príncipe, en lugar de
devolver la libertad a sus prisioneros, continuó su marcha hacia Sevilla, e
intimó a Coreb que le abriera las puertas. Temiendo por la vida de sus
parientes, y no queriendo emprender nada, antes que las tropas auxiliares de
Niebla y de Sidona que esperaba, hubiesen llegado, Coreb juzgó prudente
mostrarse moderado y tratable. Permitió, pues, a los soldados del Sultán entrar
en la ciudad por pelotones y comprar víveres; además prometió pagar el tributo
y volvió la libertad al Príncipe Hicham, que se apresuró a marchar de la
ciudad.
Volviendo entonces sus armas contra el
Maadita-Talib-ibn-Maulud, atacó Motarrif sus dos fortalezas, Montefique (sobre
el Guadaira) y Monteagudo. Después de haberse defendido vigorosamente Talib
prometió pagar tributo, y entregó rehenes. Medina-ibn-as-Salim y Véjer
siguieron su ejemplo. Lebrija fue tomada por asalto, y Motarrif puso allí una
guarnición; pero Solimán, a quien pertenecía esta fortaleza, y que estaba
entonces en Arcos, atacó al ejército del Sultán antes que llegara a Mairena y
le causó gran pérdida. Motarrif furioso con este contratiempo se vengó haciendo
cortar la cabeza a tres parientes o amigos de Solimán que se hallaban entre los
prisioneros.
A fines de Agosto, el ejército se hallaba de
nuevo delante de Sevilla. Motarrif creía que Coreb se mostraría tan sumiso como
la primera vez, pero se engañaba. Coreb se había aprovechado del respiro que le
habían dejado para ponerse en estado de defensa, y habiendo llegado sus aliados
a la ciudad, estaba dispuesto a no ceder. Motarrif se encontró, pues, con las
puertas cerradas. Entonces hizo cargar de cadenas a Khaled-ibn-Khaldun,
Ibrahim-ibn-Haddjadj y a otros prisioneros; pero esto no le sirvió de nada. Lejos
de dejarse intimidar, Coreb salió de la ciudad y atacó bruscamente a la
vanguardia. Hubo un momento en que se temió un desastre; pero habiendo
conseguido los oficiales rehacer a sus soldados, fueron rechazados los
Sevillanos. Entonces Motarrif mandó torturar a Khaled e Ibrahim y atacó Sevilla
durante tres días consecutivos. No consiguió nada, pero queriendo vengarse
cuanto le fuera posible de los Khaldum y de los Haddjadj, se apoderó de un
castillo situado sobre el Guadalquivir, que pertenecía a Ibrahim, y habiendo
quemado los bajeles que halló en la rada, mandó arrasar el edificio, y dando un
hacha a Ibrahim, le obligó a trabajar, encadenado de pies y manos, en la
destrucción de su propia fortaleza. Habiendo demolido enseguida otro castillo
que pertenecía a Coreb, tomó de nuevo el camino de Córdoba-
Habiendo vuelto el ejército a la capital y
habiendo llegado el tributo de Sevilla, un visir aconsejó a su señor que, si
bien había ensayado ganarse a Ibn-Hafzun, no había hecho hasta entonces ninguna
tentativa para reconciliarse con la aristocracia árabe, volver la libertad a
los prisioneros obligándolos con juramento a obedecerle en adelante. «Si tenéis
estos nobles, prisioneros, le dijo, serviréis los intereses de Ibn-Hafzun que
no dejará de apoderarse de sus castillos. Ensayad más bien a atraéroslos por el
lazo de la gratitud y os ayudarán entonces a combatir al jefe de los
renegados.» Dejóse persuadir el Sultán e hizo saber a los prisioneros que los
pondría en libertad a condición de que le dieran rehenes y que juraran
cincuenta veces en la gran mezquita permanecerle leales. Prestaron los
juramentos exigidos y dieron los rehenes entre los que se encontraba el
primogénito de Ibrahim, llamado Abderramán; pero apenas volvieron a Sevilla,
violaron sus juramentos, rehusaron el tributo y se pusieron en abierta rebelión.
Ibrahim y Coreb, dividieron la provincia entre sí, de modo que, cada uno de
ellos tomó la mitad.
Las cosas permanecieron en ese estado hasta
el año 899, pero la discordia debía estallar inevitablemente entre los dos
jefes: eran demasiado iguales en poder para que pudieran permanecer amigos. Así
que no tardaron en querellarse y entonces el Sultán atizó el fuego todo lo
posible. Refería a Coreb los términos injuriosos con que Ibrahim hablaba de él
y avisaba a Ibrahim de los malos propósitos que Coreb tenía en contra suya. Un
día, que había recibido de Khaled una carta muy ofensiva para Ibrahim y que había
escrito debajo su respuesta, la dio entre otras a uno de sus criados
encargándole que la mandase. El criado tuvo el descuido de dejarla caer. Un
eunuco la encontró, la leyó y esperando una buena recompensa se la dio a un
enviado de Ibrahim, rogándole que la entregase a su señor. Cuando Ibrahim echó
los ojos sobre este escrito no dudó ya de que los Khaldum no atentaran a su
poder, a su libertad y acaso a su vida; pero comprendiendo al propio tiempo que
para vengarse de ellos debía recurrir a la astucia, se mostró muy amable, y los
convidó a comer. Acudieron a su invitación y durante la comida les mostró la
carta de Khaled y los abrumó de reproches. Entonces Khaled se levantó, y
sacando un puñal de la manga hirió a Ibrahim en la cabeza, le desgarró el turbante
y le hizo una herida en la cara, pero Ibrahim llamó a sus soldados que se
precipitaron sobre los dos Khaldum y los asesinaron. Ibrahim hizo cortarles las
cabezas, y habiéndolas arrojado al patio, atacó a sus guardias que estaban
allí, mató a algunos y dispersó a los demás.
Desde entonces era el único señor de la
provincia, pero conociendo que le era preciso justificar su conducta ante el monarca
que aún conservaba su hijo en su poder, le escribió diciéndole que no había
podido obrar de otra manera, que los Khaldum lo habían incitado siempre a la
rebeldía, pero que, en el fondo de su alma, no había participado jamás de su
manera de pensar, y que si el Sultán quería nombrarle gobernador, él proveería
a todos los gastos del servicio y le daría además siete mil ducados anuales. El
Sultán aceptó su ofrecimiento, pero envió al mismo tiempo a Sevilla un tal
Casim a fin de que gobernara la provincia juntamente con él. Ibrahim no se
cuidaba de que tenía un colega, así que al cabo de algunos meses indicó a Casim
que podía muy bien pasarse sin él.
Habiéndose desembarazado tan
caballerescamente de Casim, quiso también que el Sultán le devolviera a su
hijo. Pidióselo en diversas ocasiones, pero siempre en vano; el Sultán rehusaba
tenazmente desprenderse de este rehén. Esperando entonces que lograría
intimidar al monarca, le negó el tributo y propuso una alianza a Ibn-Haf-zun
(año 900)
Esta oferta agradó extremadamente al jefe
andaluz, que tres años antes se había vuelto a posesionar de Écija. El año
anterior había al fin pasado la meta, después de haber vacilado mucho, había
abrazado el cristianismo con toda su familia. En el fondo de su alma hacía
mucho tiempo que era cristiano. Solo el temor de perder sus aliados musulmanes
le había impuesto hasta entonces cierto género de violencia y le había impedido
seguir el ejemplo de su padre que había vuelto al gremio de la Iglesia muchos
años antes. Los sucesos habían mostrado que sus aprensiones no eran
completamente infundadas. Yhaya hijo de Anatolio y uno de sus tenientes más
distinguidos le había abandonado, quiso servir al musulmán Ibn-Hafzun, pero su
conciencia le vedaba seguir bajo las órdenes del cristiano Samuel, (tal era el
nombre que Omar se hizo dar cuando recibió el bautismo). Ibn-al-Khali, señor
berberisco de Cañete, que hasta entonces había sido su aliado, le había
declarado la guerra y trataba de acercarse al Sultán. El paso que había dado
había producido una sensación profunda donde quiera. Los musulmanes se decían
con horror que en los dominios del «maldito» las más altas dignidades estaban
servidas por cristianos, que los verdaderos creyentes no tenían allí nada que
esperar y que se les trataba con una desconfianza marcadísima. Secundada por
los faquíes, la corte explotaba hábilmente estos rumores, más o menos fundados,
y trataba de persuadir a los fieles que su salvación eterna estaba en peligro
si no se levantaban como un solo hombre para aplastar al «infame».
En tales circunstancias, nada podía ser más
grato a Ibn-Hafzun, que las proposiciones que recibió de parte del señor de
Sevilla. Él buscaba aliados por todas partes, había entrado en negociaciones
con Ibrahim ibn-Casim, señor de Acila (en África,) con los Beni-Casi, y con el
rey de León, pero una alianza con Ibn-Haddjadj era de fijo preferible para él,
porque lo rehabilitaría, así al menos lo esperaba, en el ánimo de los
musulmanes. Apresuróse, pues, a concluirla y habiéndole enviado Ibrahim dinero
y caballería, su poder llegó a ser más formidable que nunca.
El Sultán jugaba con desgracia; hiciera lo
que quisiera, su política se volvía siempre en contra suya. La tentativa que
había hecho para reconciliarse con el más poderoso de los señores árabes, había
fracasado lo mismo que los esfuerzos intentados antes para ganarse al jefe del
partido español. Su posición era ahora deplorable.
Para ponerse en estado de resistir a la liga
que se había formado contra él, tenía que oponerle todas sus tropas y
renunciar, por consiguiente, a las expediciones que mandaba hacer todos los
años, a fin de obligar a los otros rebeldes a pagarle tributo; corría pues el
riesgo de sucumbir por falta de dinero. Era evidente que no podía elegir, no le
quedaba más que un partido que tomar; humillarse delante de Ibn-Hafzun, y
hacerle proposiciones de paz bastante ventajosas para que él quisiera
aceptarlas. Ignoramos las que le hizo; solo sabemos que las negociaciones
fueron largas, que se pactó la paz en 991 y que Ibn-Hafzun envió a Córdoba
cuatro rehenes, entre los que se contaban uno de sus tesoreros llamado Khalaf,
e Ibn-Mastana.
Pero esta paz fue de corta duración. Sea que
a Ibn-Hafzum no le tuviera cuenta, sea que el Sultán no cumpliera las cláusulas
del tratado, ello es que la guerra comenzó de nuevo en 902. En este año,
Ibn-Hafzun tuvo una entrevista con Ibn-Haddjadj, en Carmona. «Enviadme, le
dijo, vuestros mejores jinetes, al mando del «noble árabe» (quería designar con
este nombre a Tadjil-ibn-abi-Moslim, general de la caballería sevillana),
porque tengo intención de probar mis fuerzas en mis fronteras con Ibn-abi-Abda.
Espero batirle, y al día siguiente saquearemos Córdoba». Tadjil, que se hallaba
en esta conversación, y que como verdadero Moro tenía más simpatías por la
causa del Sultán que por la de los españoles, se sintió herido del tono seguro
y desdeñoso con que Ibn-Hafzum había pronunciado estas palabras.
—Abu-Hafz, le dijo, no despreciéis el
ejército de Ibn-abi-Abda. Es a la vez pequeño y grande, y aun cuando toda
España se reuniera contra él, no volvería las espaldas.
—Noble señor, le respondió Ibn-Hafzum, en
vano intentáis hacerme cambiar de opinión. ¿Qué puede ese Ibn-abi-Abda?
¿Cuántos soldados tiene? En cuanto a mí, tengo mil seiscientos caballos; añadid
a estos los quinientos de Ibn-Mastana, y los vuestros, que acaso sean otros
quinientos. Cuando todas estas tropas estén reunidas, nos merendaremos al
ejército de Córdoba.
—Puede uno ser rechazado, replicó Tadjil;
puede uno ser batido. Por lo demás, no podéis quererme mal, porque no os anime
en vuestro proyecto, pues que conocéis los soldados de Ibn-abi-Abda, tan bien
como yo.
A pesar de la oposición de Tadjil,
Ibn-Haddjadj aprobó el plan de su aliado y mandó a su general que se reuniera
con él. Informado Ibn-Hafzun por sus espías de que el general omeya acababa de
dejar el Genil y había establecido su campo en el distrito de Estepa fue a
atacarlo. Y aun cuando no tenía aún más que su caballería, consiguió un
brillante triunfo matando más de quinientos hombres al enemigo. Por la tarde
llegó al campamento su infantería, compuesta de quince mil hombres. Sin dejarla
tiempo para descansar, le dio orden de estar pronta para ponerse en camino, y
entrando en la tienda de Tadjil:
—Vamos ¡noble señor, le dijo, salgamos a
campaña!
—¿Contra quién? le preguntó Tadjil.
—Contra Ibn-abi-Abda.
—¡Abu-Hafz, querer obtener dos victorias en
un mismo día sería tentar a Dios; sería mostrarnos ingratos para con él! Habéis
llenado de vergüenza al general enemigo, le habéis dado un golpe tan terrible
que tardará mucho tiempo en reponerse. En diez años no podrá devolvéroslo.
Guardaos ahora de obligarlo a tomar una resolución desesperada.
—Vamos a abrumarlo con fuerzas tan
superiores, que tendrá que dar gracias a Dios si tiene tiempo de montar a
caballo y buscar su salvación en la fuga.
Tadjil se levantó entonces y mandó traer sus
armas, pero mientras que se abrochaba la coraza, exclamaba: «Dios es testigo de
que no tengo parte en este proyecto temerario!».
Mientras que los coaligados, esperando
sorprender al enemigo se ponían en marcha, guardando el más profundo silencio,
Ibn-abi-Abda, avergonzado todavía de su derrota, se hallaba a la mesa con sus
oficiales. De pronto llamó su atención una nube de polvo que se veía a lo
lejos. Uno de sus mejores oficiales, Abd-al-wahlid Ruti salió en seguida de la
tienda a ver lo que era. «Amigos míos, dijo cuando volvió: la oscuridad me
impide distinguir bien los objetos, pero me parece que Ibn-Hafzum viene sobre
nosotros con su caballería y su infantería, y que piensa sorprendernos.» En un
cerrar de ojos todos los oficiales tomaron las armas, corrieron a sus caballos,
saltaron encima, y llevaron a los suyos al encuentro del enemigo. Cuando se
encontraron en presencia de éste, muchos oficiales se pusieron a gritar: «Tirad
las lanzas y combatid al arma blanca!» Esta orden fué ejecutada inmediatamente,
y entonces los realistas atacaron a sus adversarios con tanto ímpetu que les
mataron mil quinientos hombres y los obligaron a refugiarse en su campamento.
A la mañana siguiente recibió el Sultán la
noticia de que el ejército había sufrido primero una derrota, y enseguida había
conseguido una victoria. Irritadísimo contra los coaligados dio la orden de
matar sus rehenes. Cortaron la cabeza a tres de los rehenes de Ibn-Hafzun y el
cuarto que era Ibn-Mastana, salvó su vida, prometiendo ser fiel al Sultán en
adelante. Tocábale el turno a Abderramán hijo de Ibn-Haddjadj, pero su padre no
había escaseado dinero ni promesas para procurarse amigos en la corte, y no cesaba
de decir que, en cuanto el Sultán le devolviera su hijo, él volvería a la
obediencia. Uno de sus amigos era el Eslavo Badr, y este Badr so animó a tomar
la palabra en el mismo instante en que iban a cortarle la cabeza a Abderramán.
«Señor, dijo al Sultán; perdonad mi audacia y dignaos escucharme: los rehenes
de Ibn-Hafzun han perdido la vida, pero si hacéis ahora matar también al hijo
de Ibn-Haddjadj, haréis así que estos dos hombres permanezcan unidos contra vos
hasta su última hora. Es imposible ganarse a Ibn-Hafzun, porque es español,
pero no es imposible ganarse a Ibn-Haddjadj porque es musulmán.
El Sultán mandó llamar a sus visires, y les
pidió consejo. Todos aprobaron el que Badr acababa de dar. Cuando se fueron,
Badr habló al Sultán de nuevo, y le aseguró que si devolvía la libertad al hijo
de Ibn-Haddjadj, podría contar para lo futuro con la fidelidad del jeque
sevillano. Luego, viendo que el monarca dudaba aun, fué a rogar a uno de sus
amigos más influyentes, el tesorero Todjibi, que dirigiera al Sultán una
memoria en que le indujese a seguir el consejo que Vadr le había dado. La
lectura de este escrito venció las vacilaciones de Adhalah, quien encargó a
Todjibi de entregar Abderramán en manos de su padre.
Renunciamos a describir el gozo que
experimentó Ibn-Haddjadj cuando pudo al fin estrechar contra su corazón al hijo
querido que había pedido en vano durante seis largos años. Esta vez supo
mostrarse más reconocido que antes. Cuando decía en la carta que había dirigido
al Sultán, después de la muerte de los Khaldum, que éstos lo habían inducido a
la rebelión, parece que decía la verdad. Coreb había sido su ángel malo, y
desde que este hombre pérfido y ambicioso no existía, se condujo de otro modo.
Sin romper con Ibn-Hafzun, al que continuó enviando regalos, dejó sin embargo
de ser su aliado, y en lugar de mostrarse hostil al Sultán, le envió
regularmente su tributo y su contingente de tropas. Su posición respecto al
Soberano, era la de un príncipe tributario, pero en sus dominios ejercía un
poder absoluto. Tenía su propio ejército que pagaba, como el Sultán pagaba el
suyo; nombraba todos los empleados de Sevilla, desde el Cadí y el Prefecto de
policía hasta el último portero y alguacil. No carecía de nada de lo que
constituye la regia pompa; tenía un consejo áulico, una guardia de quinientos
caballeros, y un manto de brocado, sobre el que estaban bordados sus hombres y
sus títulos con letras de oro. Por lo demás ejercía noblemente el poder. Justo,
pero severo, era inflexible para los malhechores, y mantenía el orden con la
mayor firmeza. Príncipe y mercader, hombre de letras y amigo de las artes,
recibía por los mismos bajeles los presentes de los príncipes de Ultramar, los
tejidos de las ciudades manufactureras de Egipto, los sabios de la Arabia y las
cantadoras de Bagdad. La bella Camar, cuyas prendas había oído alabar tanto,
que la hizo comprar por una suma enorme, y el beduino Abu-Mohammed Odhrí,
filólogo de Hidjaz, eran los más bellos ornatos de su corte. Este último, que
cada vez que oía una frase incorrecta o una palabra impropia, tenía costumbre
de exclamar: “Ah ciudadanos, ¡qué habéis hecho de la lengua!”, era un oráculo
cuando se trataba de la pureza del lenguaje o de la delicadeza de la expresión.
La ingeniosa Camar unía a su talento músico, natural elocuencia, genio poético
y noble orgullo. Un día que unos tontos infatuados con su nacimiento, habían
denigrado su origen y su pasado, compuso estos versos:
“Ellos se dijeron: Cuando Camar llegó aquí
estaba encueros; hasta entonces su oficio había sido conquistar corazones a
fuerza de lánguidas miradas; caminaba metida en el lodo de los caminos; iba
errante de ciudad en ciudad; es de baja extracción; su lugar no es entre los
nobles, y su único mérito consiste en saber escribir cartas y versos. ¡Ah! si
no fueran unos rústicos no hablarían así de la extranjera! ¡Qué hombres Dios
mío, esos que menosprecian la verdadera, la única nobleza, la que da el
talento! ¿Quién me librará de ignorantes y de estúpidos? ¡Ah! la ignorancia es
la cosa más vergonzosa del mundo, y si fuera preciso que una mujer lo fuera
para entrar en el paraíso preferiría que el Criador me mandara a los
infiernos”.
En general me parece que hacía gran caso de
los Moros españoles. Acostumbrada a la exquisita cortesía que reinaba en
Bagdad, se hallaba fuera de su sitio en un país que había conservado demasiados
restos de la rudeza antigua. Solo el Príncipe halló gracia a sus ojos y en su
alabanza compuso estos versos:
“En todo el Oeste, no hay más hombre
verdaderamente generoso que Ibrahim, que es la generosidad misma. Nada más
grato que vivir a su lado, y cuando se ha tenido esa felicidad sería un
suplicio vivir en otra parte”.
Cuando condenaba así la generosidad de
Ibrahim no exageraba. En este punto todo el mundo era de su opinión; así que
los poetas de Córdoba a quienes el avaro Sultán dejaba casi morir de hambre,
corrían en masa a su corte con el poeta laureado Ibn-Abd-rabbíhi a la cabeza.
Ibrahim los recompensaba siempre con una munificencia verdaderamente regía.
Solo una vez no dio nada y esto fue cuando Calfat, satírico muy mordaz, le
recitó un poema lleno de amargos sarcasmos contra los ministros y cortesanos de
Córdoba. Aunque tuviera acaso quejas de algunos de estos personajes,
Ibn-Haddjadj no hizo ningún signo de aprobación y cuando el poeta hubo
concluido le dijo fríamente: «Te has engañado si has creído que un hombre como
yo puede gustar de oír tan innobles injurias.» Calfat volvió a Córdoba con las
manos vacías. Contrariado y furioso comenzó a vomitar su hiel:
«No me riñas decía, no me riñas esposa mía,
si no dejo de llorar desde el viaje que acabo de hacer. Este viaje me ha
causado un dolor del que no podré consolarme nunca. ¡Esperaba encontrar allí un
hombre generoso y no he encontrado más que un estúpido búho!».
Ibn-Haddjadj no era hombre que aguantara
semejantes groserías. Desde que supo el modo con que el poeta se vengaba le
mandó a decir: «¡Si no dejas de difamarme te juro por lo más sagrado que te
haré cortar la cabeza en Córdoba, en tu misma cama!». Desde entonces Calfat no
hizo ya más sátiras contra el señor de Sevilla.
IV
La reconciliación del Sultán con
Ibn-Had-djadj fue el principio de una nueva era, la del restablecimiento del
poder real. Sevilla había sido el punto de apoyo de la rebelión en todo el
Oeste, en cuanto este punto de apoyo llegó a faltarles, todos los demás
distritos desde Algeciras a Niebla, volvieron a la obediencia. Durante los
nueve últimos años del reinado de Abdalá, pagaron el tributo con tanta
exactitud que no fue preciso enviar tropas por esta parte. El Sultán podía,
pues, dirigir todas sus fuerzas contra el Mediodía. Tan feliz resultado había
sido debido a los prudentes consejos de Bard; así, que el Sultán le estaba muy
agradecido y le dio las pruebas más visibles de su reconocimiento. Confióle el
título de visir, lo admitió en su intimidad y le concedió una confianza tan
grande que, aunque Bard no tuviera el título de primer ministro lo era sin
embargo de hecho.
En el Mediodía fueron además las armas del
Sultán casi siempre felices. Su ejército tomó Jaén en 903, en 905 ganó la
batalla de Guadalbollón contra Ibn-Hafzun e Ibn-Mastana; en 906 quitó Cañete a
los Beni-al-Khalí; en 907 obligó a Archidona a pagar tributo; en 909 arrancó
Luque a Ibn-Mastana; en 910 tomó Baeza, y al año siguiente, los habitantes de
Iznajar se sublevaron contra su señor Fadhl-ibn-Salama, yerno de Ibn-Mastana, y
enviaron su cabeza al Sultán. Aun en el Norte hubo una notable mejoría. Hubo un
momento en el año de 898 en que se temió que el más poderoso español del Norte
y el más poderoso español del Mediodía llegaran a aliarse. Mohamed ibn-Lope de
la familia de los Beni-Casi había prometido ir a la provincia de Jaén para
conferenciar con Ibn-Hafzun. La guerra que tenía que sostener contra el
gobernador de Zaragoza al-Ancar le impidió venir en persona, pero en su lugar
envió a su hijo Lope. Ya había llegado este a la provincia de Jaén donde
esperaba a Ibn-Hafzun, cuando recibió la noticia de que su padre había muerto
en el sitio de Zaragoza (octubre, 898), y entonces se volvió a su patria sin
esperar la llegada de Ibn-Hafzun. No volvió a hablarse más de este proyecto de
alianza que había inspirado a la corte muy serios temores, y Lope lejos de mostrarse
hostil al Sultán solicitó con empeños su favor, así que éste lo nombró
gobernador de Tudela y de Tarazona. Lope gastó sus fuerzas en guerras continuas
contra sus vecinos, tales como el señor de Huesca, el rey de León, el conde de
Barcelona, el de Payares y el rey de Navarra hasta que fue muerto en una
batalla que dio a este último (907). Su hermano Abdalá que le sucedió, volvió
también sus armas no contra el Sultán, sino contra el rey de Navarra. Los
Beni-Casi habían dejado pues de ser terribles para los Omeyas.
Evidentemente las cosas tomaban en todas
partes un aspecto más tranquilizador. En Córdoba se miraba ya el porvenir con
más confianza. Los poetas hacían oír cantos de victoria que no se habían oído
hacía muchos años. Sin embargo, el poder real no había hecho todavía más que
progresos muy lentos cuando Abdalah murió el 15 de octubre de 912 a la edad de
sesenta y ocho años y veinte y cuatro de reinado.
El presunto heredero de la corona se llamaba
Abderramán. Era hijo del primogénito de Abdalá, del infortunado Mahamed que
había sido asesinado por su hermano Motarrif, por orden de su padre. Huérfano
desde su más tierna infancia había sido educado por su abuelo, quien,
atormentado sin cesar por los remordimientos de su conciencia, parece haber
concentrado en este niño todo el cariño de que era capaz, y al que hacía mucho
tiempo había designado para sucederle. Pero Abderramán no contaba todavía
veintidós años, y podía temerse que sus tíos o los hermanos de su abuelo le
disputaran la corona, porque no había ley de sucesión, y cuando el trono estaba
vacante subía a él de ordinario el mayor o el más capaz de la familia. Contra
todo lo que era de esperar nadie se opuso a la elevación de Abderramán, y lo
que es más, todos, príncipes y cortesanos, saludaron con alegría este suceso,
en el que vieron la prenda de un porvenir de prosperidad y de gloria. Era que
el joven príncipe había sabido ya hacerse amar y había inspirado a todos los
que lo conocían una alta idea de su talento.
Abderramán III al proseguir la obra comenzada
por su abuelo, siguió un camino enteramente contrario. A la política
circunspecta y tortuosa de Abdalá, sustituyó una política franca, atrevida,
audaz, enemigo de términos medios anunció arrogantemente a los insurrectos
españoles, árabes y berberiscos, que lo que quería de ellos no era un tributo,
sino sus castillos y sus ciudades. Prometía a los que se sometieran amplio y
entero perdón y amenazaba a los otros con un castigo ejemplar.
Parece a primera vista que semejantes
pretensiones debían reunir contra él a toda España. No sucedió así, su firmeza
no indisponía, dominaba; y la línea de conducta que siguió, lejos de ser
insensata era la que claramente indicaba el estado de las cosas y de los
espíritus.
Era que todo lo había cambiado poco a poco.
La aristocracia árabe no era ya lo que fue al principio del reinado de Abdalah.
Habían perdido sus jefes más ilustres, Said-ibn-Djudi y Coreb-ibn-Khaldun,
habían muerto, Ibrahim-ibn-Haddjadj acababa también de morir, y no había
ninguno con suficiente talento ni consideración para ocupar el puesto que la
muerte de estos hombres superiores había dejado vacío. Quedaba el partido
español; este conservaba aun la mayor parte de sus jefes, y no parecía haber
perdido mucho de su poder. Pero estos jefes se iban haciendo viejos y el
partido mismo no era ya lo que treinta años antes, cuando lleno de amor y de
entusiasmo se había levantado de común impulso a la voz de Ibn-Hafzuri, para
sacudir el yugo de la dominación extranjera. Este primer ardor se había calmado
y enfriado. A la ardiente y vigorosa generación de 884 había sucedido otra
nueva, que no tenía ni los agravios, ni la arrogancia, ni la fiereza, ni las
pasiones, ni la energía de la que le había precedido. No habiendo sido oprimida
por el poder real, no tenía motivos para odiarlo. Se quejaba, es verdad, se
sentía grandemente desgraciada, pero los males que deploraba no eran los del
despotismo sino los de la anarquía y la guerra civil. Veía cada día a las
tropas del Sultán, o las de los insurrectos, asolar campos que prometían una
abundante cosecha; cortar olivos en flor y naranjos cargados de fruto;
incendiar cortijos y lugares; pero lo que no veía, lo que siempre esperaba en
vano era el triunfo de la causa nacional. Cierto que el trono del Sultán
vacilaba a veces, pero un momento después estaba de nuevo firme como una roca.
Esto era poco animador. Acaso no formulaban su pensamiento íntimo, pero sentían
instintivamente, a no dudarlo, que cuando una insurrección nacional no consigue
su objeto al primer ímpetu, no lo alcanza jamás. Tal había sido la impresión
general cuando los sucesos alternaban para los dos partidos. Mucho peor debía
ser cuando los insurrectos no hacían más que sufrir reveses, y en lugar de
adelantar atrasaban. Comenzóse entonces a preguntar de qué había servido la
muerte y la ruina de tantos bravos y si valía la pena de dejarse robar o matar
por una causa que el cielo no quería favorecer. La población de las grandes
ciudades, es decir, la que estaba más deseosa de reposo y bienestar, había sido
la primera en hacerse esta pregunta, y no hallando respuesta satisfactoria, se
había dicho, que bien considerado todo, valía más una paz a toda costa con
industria y esperanza de enriquecerse que la guerra patriótica con desorden y
anarquía. Elvira se había sometido espontáneamente, Jaén se había dejado tomar
y Archidona había consentido en pagar tributo. En la Serranía, cuna de la
insurrección, el entusiasmo había tardado más en enfriarse, pero también allí
se comenzaban a manifestar síntomas de cansancio y de desanimación. Ya no se
apresuraban los serranos a afiliarse en la bandera nacional, de modo que
Ibn-Hafzun se había visto obligado a seguir el ejemplo del Sultán, tomando a
sueldo mercenarios de Tánger. Desde entonces la guerra perdió mucho de su
carácter primitivo. Se hizo más ruinosa, porque el objeto que se proponían
ambas partes era impedir que el enemigo pudiera pagar a sus tropas africanas;
pero ya no tenía la salvaje energía de otras veces, ya había dejado de ser
sangrienta. Los berberiscos de Tánger, siempre prontos a pasarse a las banderas
enemigas por el menor aumento de sueldo, no consideraban la guerra más que como
un juego lucrativo y corrían bien con sus enemigos, porque sus enemigos habían
sido la víspera sus camaradas, y acaso lo volverían a ser al día siguiente. En
muchos de estos combates no había más que dos o tres muertos y hasta hubo
algunos en que no murió nadie. Cuando habían sido heridos algunos hombres y
cortados los jarretes a algunos caballos, se creía haber hecho lo suficiente.
Pretender conquistar la independencia con semejantes soldados, cuando el
levantamiento en masa de una población entusiasta e irritada no había sido
bastante para lograrlo, era, demasiado lo conocían, un proyecto quimérico. El
mismo Ibn-Hafzun parece que estaba convencido de ello, porque el año 909
reconoció por soberano a Obaidallah-el-Chiita que acababa de quitar el Norte de
África a los Aglabitas. Esta singular alianza no produjo ningún fruto, pero
prueba que Ib-Hafzun empezaba a no contar con sus compatriotas.
Añádanse a estas causas de decaimiento
general de las convicciones y de los ánimos, la profunda desmoralización de los
castellanos, sobre todo en las provincias de Jaén y Elvira. Estos señores
habían olvidado por completo que habían tomado las armas por un motivo
patriótico. En sus torres, que se elevaban hasta las nubes, se habían
convertido en salteadores sin fé ni ley, que desde lo alto de sus almenas
acechaban a los caminantes y caían sobre ellos con la rapidez de aves de
rapiña, sin distinguir de amigos ni de enemigos. En todos los lugares y en
todas las ciudades, se maldecía a estos tiranos, y el que rompiera sus
colosales torres y derribara las murallas de sus detestados castillos, podría
contar seguramente con la gratitud de las poblaciones cercanas. ¿Quién lo había
de hacer si el Sultán no lo hacía? ¿No era natural que las esperanzas del pobre
pueblo se dirigieran a él?
Preciso es notar que la lucha había perdido
el carácter nacional y por decirlo así universal, que había tenido en su origen
para convertirse en meramente religiosa. Hasta entonces, Ibn-Hafzun no había
hecho distinción entre musulmanes y cristianos, no preguntaba a nadie la
religión que profesaba, le bastaba que fuera español, que quisiera combatir por
la buena causa y que supiera manejar una espada. Pero desde que él e
Ibn-Mastana, su más poderoso aliado habían abrazado abiertamente el
cristianismo, desde que devolviendo a la religión su antigua pompa habían hecho
edificar por todas partes soberbias iglesias, no sucedía otro tanto. Ahora,
Ibn-Hafzun o Samuel, como él se hacía llamar, no concedía su confianza más que
a los cristianos y solo eran para ellos los puestos lucrativos y las altas
dignidades. Bobastro se había hecho el foco de un fanatismo tan austero y
sombrío como el que sesenta años antes había animado a los monjes cordobeses.
La misma hija de Ibn-Hafzun, la entusiasta y valerosa Argentea daba ejemplo.
Resistiendo a las instancias de su padre, que cuando perdió a su mujer Colomba,
quiso encargarla de los cuidados domésticos, había fundado, en el palacio
mismo, una especie de convento y desesperando como tantos otros del triunfo de
los Andaluces, se dejaba devorar por la sed del martirio, habiéndole predicho
un monje que estaba destinada a morir por Cristo. Este celo por la religión
cristiana y este desdén hacia los musulmanes, no agradaban del todo a una parte
de los que hasta allí habían combatido por la independencia de la patria.
Muchos de ellos a pesar del odio que profesaban a los Moros, eran sincera y
fervientemente adictos a la religión que les habían enseñado, pues es sabido
que el español es siempre un creyente exaltado cualquiera que sea la religión
que adopte. Otros, los que antes eran siervos y sus descendientes, querían
impedir a toda costa, que el cristianismo llegara a ser de nuevo la religión
dominante, porque si llegaba a serlo, no dejarían de resucitarse antiguas
pretensiones de que serían víctimas. La religión había llegado a ser, por
consiguiente, el tizón de la discordia. Los españoles musulmanes y los
españoles cristianos se miraban con ojos celosos y desconfiados; en algunos
distritos llegaron a hacerse una guerra mortífera. En la provincia de Jaén, el
renegado Ibn-az-Chalia cuando volvió a tomar Cazlona, fortaleza que le habían
quitado los cristianos, pasó toda la guarnición a cuchillo (898).
De modo que este partido era mucho menos
fuerte que parecía. No tenía ya aquel fuego sagrado que únicamente puede hacer
realizar acciones grandes y heroicas, estaba desunido, no subsistía más que
pagando mercenarios africanos, estaba cansado de desórdenes y contaba en su
seno multitud de personas que no repugnaban la idea de una reconciliación con
el Sultán defensor natural de la ortodoxia, siempre que este Sultán no fuera
Abdalah. Reconciliarse con ese tirano misántropo e hipócrita que había
envenenado a dos de sus hermanos y hecho ejecutar a otro, que había mandado
matar dos de sus hijos por simples sospechas sin formación de causa;
reconciliarse con semejante monstruo era imposible. Pero ya había muerto y su
sucesor no se le parecía en nada. Este príncipe tenía todo lo que es menester
para atraerse la confianza y las simpatías del pueblo, todo lo que agrada,
deslumbra y subyuga. Tenía ese exterior que no reciben en vano los
representantes del poder; a la gracia que seduce, juntaba la majestad que impone.
Todos los que se le acercaban alababan sus talentos, su clemencia y la bondad
de que ya había dado pruebas, ordenando la reducción de impuestos. Interesaba
además a las almas sensibles por la triste suerte de su padre asesinado en la
flor de su edad y no se había olvidado de que hubo un día en que este mismo
padre buscó asilo en Bobastro, afiliándose entonces bajo el estandarte
nacional.
Subía, pues, al trono el joven monarca, bajo
muy favorables auspicios. Las grandes ciudades no deseaban otra cosa que
abrirles las puertas. Écija les dio ejemplo. Dos meses y medio después de la
muerte de Abdalá (el 31 de diciembre del 912) se entregó a Badr que la sitiaba,
y que acababa de recibir el título de «Hadjib» (primer ministro.) Pero
Abderramán quería coger él mismo laureles en el campo de batalla. Desde la
Primavera (en abril de 913) tomó el mando del ejército para reducir a los
castellanos de Jaén. Hacía muchos años que las tropas no habían visto un Sultán
a la cabeza; desde su campaña de Carabuey, en 892, Abdalá no se había
presentado en el campo, y la ausencia del Soberano había ejercido sin duda una
perniciosa influencia en la moral de los soldados. Así, que ahora, saludaron
con entusiasmo al joven y esclarecido monarca, que quería participar, no solo
de su gloria, sino de sus fatigas y sus peligros.
Cuando llegó a la provincia de Jaén, supo
Abderramán que Ibn-Hafzun había tramado inteligencias con el partido
revolucionario de Archidona, y que esperaba hacerse dueño de esa ciudad.
Destacó en seguida una brigada, y ordenó al general que la mandaba ir a
Archidona a toda prisa. El general lo hizo tan bien que frustró las esperanzas
de Hafzun.
El Sultán por su parte fue a poner sitio a
Monteleón. El señor de este castillo Said-ibn-Hodhail, uno de los más antiguos
aliados de ibn-Hafzun, quiso mejor negociar que combatir. El domingo
envistieron la fortaleza, el martes se rindió. Ibn-as-Chalia, Ishac-ibn-Ibrahin,
el señor de Mentesa y otros siete castellanos esperaron apenas a que el Sultán
llegara delante de las puertas de sus casas señoriales para someterse y pedir
el «aman.» Abderramán se lo concedió, los envió a Córdoba bajo buena escolta con
sus mujeres y sus hijos, e instaló a sus tenientes en las fortalezas que
acababan de abandonar. En la provincia de Elvira todo pasó de la misma manera,
y el Sultán no encontró resistencia hasta llegar a Fiñana. Aquí los partidarios
de Ibn-Hafzun tenían el poder, y habían persuadido a los otros vecinos que la
ciudad era inexpugnable. La resistencia no fue larga. Habiendo visto arder las
casas situadas en la pendiente de la montaña en cuya cima estaba la ciudad, los
tibios comenzaron a negociar y consintieron en entregarse a los exaltados, como
el Sultán pedía. Luego se aventuró Abderramán en los senderos casi inaccesibles
de Sierra Nevada. Allí también se rindieron todos los castellanos, sin
excepción alguna. Entonces supo que Ibn-Hafzun amenazaba a Elvira. Sin perder
un momento el Sultán envió tropas en su socorro, y en cuanto recibió este
refuerzo, la milicia de Elvira, que se picaba de celosa, se puso en marcha para
rechazar al enemigo, lo encontró cerca de Granada, lo puso en fuga e hizo
prisionero a un nieto de Ibn-Hafzun.
Entretanto Abderramán sitiaba Juviles, donde
los cristianos de otros castillos habían buscado refugio. El sitio duró quince
días, al cabo de los cuales los andaluces musulmanes imploraron la clemencia
del Soberano y prometieron entregarla a los cristianos que estaban con ellos.
Cumplieron su promesa y todos los cristianos fueron descabezados. Luego,
pasando por Salobreña y tomando el camino de Granada, el Sultán atacó y tomó
San Esteban y Peña Forata, dos nidos de buitres que eran el terror de los habitantes
de Elvira y de Granada.
Desde entonces las provincias de Elvira y de
Jaén quedaron purgadas de bandidos y pacificadas. Una campaña de tres meses
bastó para obtener tan importante resultado.
Tocóle entonces el turno a la aristocracia
Sevillana.
A la muerte de Ibrahin-ibn-Haddjadj, su hijo
mayor Abderramán, le había sucedido en Sevilla, y el segundo, Mohamed, en
Carmona; pero habiendo muerto Abderramán, en 913, Mohamed (ídolo de los poetas
a quienes colmaba de dones como su padre) quiso también hacerse proclamar n
Sevilla. No lo consiguió. Había dado ya pasos para acercarse al monarca, y en
Sevilla querían permanecer independientes; se le acusaba además de haber hecho
envenenar a su hermano, lo que acaso no era más que una calumnia. Eligieron, pues,
en perjuicio suyo a su primo hermano, Ahmed-ibn-Maslama, un valiente guerrero.
Mohamed quedó profundamente resentido y como el Sultán, que no había querido
reconocer al nuevo señor, enviara un ejército contra Sevilla, aquel vino a la
corte a ofrecer sus servicios, que el Sultán aceptó.
El sitio fue llevado con tanto vigor que
Ahamed ibn-Maslama se vio muy pronto obligado a buscar un aliado. Dirigióse a
Ibn-Hafzun que vino una vez más al socorro de la aristocracia mora amenazada.
Pero la fortuna le había vuelto las espaldas. Habiendo salido de Sevilla con
sus aliados para atacar las tropas del Sultán, que habían establecido su
cuartel general en la ribera derecha del Guadalquivir, experimentó una derrota
tan terrible que dejando a los sevillanos componérselas como pudieran, se
volvió a toda prisa a Bobastro.
Ahamed ibn-Maslama y los demás nobles
sevillanos, comprendieron que era inútil prolongar la resistencia. Abrieron
negociaciones con Bard, que acababa de llegar al campamento, y cuando
obtuvieron la promesa de que el gobierno conservaría los usos y costumbres que
habían tenido bajo los Haddjadj, abrieron las puertas de la ciudad, (20 de
diciembre del 913.)
Mohamed ibn-Haddjadj, que se había figurado
que si se tomaba Sevilla sería en provecho suyo y a quien habían ocultado
cuidadosamente la negociación entablada, quedó sorprendido cuando recibió una
carta de parte de Badr en que le decía que la ciudad se había rendido y que por
tanto podía retirarse. Retiróse en efecto, pero con el corazón lleno de ira y
jurando venganza. Al volver a Carmona se apoderó de un ganado que encontró y
que pertenecía a unos vecinos de Córdoba. Luego se encerró en su fortaleza y se
puso a desafiar al Sultán. Este no se enfadó con él. Le envió un empleado de su
corte, que le dio a entender de una manera a la vez firme y política, que ya
habían pasado los tiempos de que los nobles podían apoderarse impunemente de
los bienes ajenos y que por consiguiente había que entregar el ganado robado.
Mohamed se dejó persuadir y restituyó el ganado; pero a pesar de su singular
talento desconocía aun la nueva faz que habían tomado los tiempos. Habiendo
sabido que el gobernador hacía arrasar las murallas de Sevilla, quiso
aprovecharse de la ocasión para apoderarse de la ciudad por un golpe de mano, y
el día menos pensado fue a atacarla. Fracasó su temeraria empresa y el Sultán
tuvo una vez más la dignidad de enviarle uno que le pusiera al corriente de las
nuevas ideas. El prefecto de policía Casim ibn-Walid-el-Kelbita, fue el
encargado de esta misión. No podía hacerse elección más acertada; Casim, que
bajo el reinado de Abdalá había sido durante algunos meses, el colega de
Ibrahim-ibn-Haddjdadj, era el amigo íntimo de Mohamed y todavía recientemente
en el sitio de Sevilla, se les había visto siempre juntos. Así que el Sultán no
se engañó en sus esperanzas Casim cumplió su misión con tanto tacto e
inteligencia, habló tan bien y con tanto atractivo que Mohamed acabó por
prometer que iría a la corte, siempre que se le permitiera dejar su teniente en
Carmona y habiendo consentido en ello el Sultán, fue a Córdoba con numeroso
séquito (abril de 914.) El monarca lo recibió con las mayores consideraciones,
le hizo grandes regalos como también a sus hombres de armas, le confió el
título de visir y le indujo a acompañarle en la nueva expedición que iba a
emprender.
Esta vez, el Sultán tenía intención de atacar
a la insurrección en su punto central, en la Serranía de Regio. No podían
esperarse aquí, en verdad, tan rápidas y tan brillantes ventajas, como las que
se habían obtenido el año precedente en las provinciasde Jaén y de Elvira. En
la Serranía de donde el islamismo había sido desterrado casi por completo,
había que habérselas con cristianos y Abderramán había experimentado ya que los
españoles cristianos se defendían con mayor tenacidad que los españoles musulmanes.
El creía que aun entre los cristianos habría algunos que, persuadidos no solo
de su firmeza, sino también de su lealtad, se someterían espontáneamente. Y en
efecto, el gobierno, preciso es decirlo en su abono, obraba con la mayor
rectitud con los cristianos que habían capitulado. Había ocurrido
recientemente, que la querida de un señor cristiano, que se había rendido un
año antes, y que residía entonces en Córdoba, se había dirigido al Cadí
diciéndole, que, siendo musulmana y de condición libre, deseaba salir de la
dependencia en que estaba, puesto que no era permitido a un cristiano tener a
una musulmana por concubina. Pero apenas supo el ministro Badr que se había
presentado esta demanda, cuando envió uno al Cadí a que le dijera en su nombre:
«El cristiano de que se trata no se ha rendido sino en virtud de una
capitulación. No es lícito violarla, y vos sabéis mejor que nadie que los
tratados deben ser observados escrupulosamente. No tratéis pues, de quitar esa
esclava a su señor.» El Cadí un poco sorprendido con este mensaje, se figuró
que el ministro usurpaba sus atribuciones. «¿Es verdad que el hadjib es quien
os envía?» preguntó al mensajero, y cuando este le hubo respondido
afirmativamente dijo: «Pues bien, id a decir a vuestro señor que mi deber es
respetar todos los juramentos y que no puedo exceptuar el que yo mismo he
prestado. Voy a ocuparme, dejándolo todo, del negocio de esa señora que es
musulmana y libre, notadlo bien.» Guando hubo recibido esta respuesta, no pudo
dudar el ministro de la disposición en que se encontraba el Cadí. Sin embargo,
todavía le mandó decir: «No es mi intención impedir el curso de la justicia y
nunca me permitiría exigir de vos una sentencia inicua. Todo lo que os pido es
que, toméis en consideración los derechos que ha adquirido ese señor cristiano
haciendo un tratado con nosotros. Sabéis que tenemos el deber de tratar a estos
cristianos con equidad y con las mayores consideraciones. Ahora, decidid vos
mismo lo que debéis de hacer.»
¿Se dejó persuadir el Cadí o creyó por el
contrario que la ley estaba por encima de los tratados? Se ignora; pero la
conducta de Badr en esta circunstancia, prueba en todo caso la sinceridad del
gobierno y el espíritu de conciliación que le animaba. Era una política noble y
hermosa, añadamos a esto que era propia del carácter de Abderramán, Era este
monarca tan poco exclusivo, que quiso una vez dar el empleo más elevado de la
magistratura, el de Cadí de Córdoba, a un renegado cuyos padres eran cristianos
todavía y costó mucho trabajo a los faquíes hacerle abandonar este proyecto.
No se engañó Abderramán en sus esperanzas
respecto a los castellanos cristianos de la Serranía. Muchos de ellos pidieron
y obtuvieron indulto, pero Tolox, cuya guarnición animaba Ibn-Hafzun con su
presencia, se defendió con tanta tenacidad, que el Sultán no pudo tomarlo. Una
vez la guarnición hizo una salida y hubo entonces un combate muy sangriento.
Otro castillo hizo también tanta resistencia que, colérico Abderramán, juró no
beber vino, ni asistir a ninguna fiesta hasta que la hubiera tomado. Pronto se
halló desligado de su juramento, porque no solo tomó este castillo sino también
otro. Hacia la misma época, su armada le hizo un gran servicio, apoderándose de
muchos bajeles que traían víveres a Ibn-Hafzun; a tal estrechez estaba ya
reducido este jefe que tenía que aprovisionarse en África.
Volviendo a su capital, pasó el Sultán por
Algeciras, y luego por las provincias de Sidona y de Morón, quería ir a Carmena
y el 28 de junio de 914, llegó ante las puertas de la ciudad.
Habib, teniente de Mohamed, había levantado
el estandarte de la rebelión. ¿Lo había hecho de motu propio? Parecía
dudoso; se decía que había sido por inspiración de su señor y Abderramán que
creía la acusación fundada, quitó a Mohamed la dignidad de visir y lo metió en
la cárcel. Después sitió a Carmena. Habib no se defendió más que veinte días,
al cabo de los cuales pidió y obtuvo el aman. En cuanto a Mohamed,
como ya no era temible, lo pusieron pronto en libertad, pero no gozó mucho de
esta gracia porque murió en Abril de 915. Fue el último de los Haddjadj que
hizo papel en la historia.
En 915, una terrible hambre ocasionada por
una gran sequía no permitió emprender la campaña. Los habitantes de Córdoba
morían a millares y faltaban brazos para enterrar los muertos. El Sultán y su
ministro hicieron todo lo posible para aliviar la miseria, pero les costó mucho
trabajo contener a los insurgentes que acosados por el hambre, salían de sus
montañas para apoderarse de los pocos víveres que quedaban aun en las vegas. El
año siguiente fueron conquistadas Orihuela y Niebla, y ya el Sultán había restablecido
de tal modo su poder, que pudo hacer razias contra los cristianos del Norte,
cuando la muerte vino a librarlo de su enemigo más temible, pues el año 917
expiró Ibn-Hafzun. Este suceso causó gran alegría en Córdoba, pues nadie dudó
ya de que la insurrección había de ser bien pronto sofocada.
El héroe español que durante más de treinta
años había desafiado a los invasores de su patria, y que tantas veces había
hecho temblar a los Omeyas en su trono, debía bendecir la Providencia, que le
hacía morir en aquella hora, librándolo así de ver el triste espectáculo de la
ruina de su partido. Murió indómito, en aquellas circunstancias era todo lo que
le era lícito esperar. No le fue dado librar a su patria y fundar una dinastía,
pero es preciso reconocer en él un héroe verdaderamente extraordinario, y tal
como España no lo había producido desde que Viriato juró liberar a su país de
la dominación romana.
LIBRO SEGUNDO. LOS CRISTIANOS Y LOS RENEGADOS. CAPITULO 21
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