CAPÍTULO IV.
Muawiya, antes de su muerte, había recomendado
a su hijo Yezid que tuviera constantemente fijos los ojos sobre Hosain,
hijo segundo de Alí (Hasán el primogénito había muerto), y sobre el
emigrado Abdallah, hijo de aquel Zobair que había disputado el trono al
yerno del Profeta. Estos dos hombres eran en efecto, peligrosos.
Habiendo Hosain tropezado con Abdallah en Medina, donde
ambos vivían, le dijo:
—Tengo motivos fundados para creer que el
Califa ha muerto.
—¿Qué vas a hacer en este caso? le
preguntó Abdalah.
—Nunca, replicó Hosain, nunca reconoceré
a Yezid por soberano; es un borracho, un libertino y tiene una pasión frenética
por la caza.
El otro se calló, pero el pensamiento
de Hosain era también el suyo.
Yezid no tenía ni la moderación de su padre
ni su respeto a las conveniencias, ni su amor al ocio y a las comodidades. Era
la fiel imagen de su madre, altiva Beduina, que como ella decía en hermosos
versos, prefería el silbido de la tempestad en el Desierto a la mejor música, y
un pedazo de pan, bajo la tienda, a los manjares exquisitos que la ofrecían en
el soberbio palacio de Damasco. Educado por ella en el Desierto de los
Beni-Kelb, Yezid trajo al trono las cualidades de un joven jeque de tribu,
más bien que las de un monarca y un soberano pontífice. Menospreciando el
fausto y la etiqueta, afable con todo el mundo, jovial, generoso, elocuente,
buen poeta, amante de la caza, el vino, el baile y la música, tenía pocas
simpatías por la fría y austera religión, de que el azar le había hecho jefe, y
contra la que su abuelo había combatido inútilmente.
La devoción, muchas veces falsa, la piedad
muchas veces ficticia de los veteranos del islamismo, repugnaba a su franco
natural, no disimulaba su predilección por el tiempo que los teólogos llamaban
«de la ignorancia», abandonándose sin escrúpulo a placeres prohibidos por
el Corán; gustaba de satisfacer todos los caprichos de su espíritu fantástico y
veleidoso, y no se reprimía por nadie.
Se le aborrecía, se le execraba en Medina; en
la Siria se le adoraba de rodillas. Como de ordinario el partido de los
antiguos musulmanes contaba jefes en abundancia, y carecía de
soldados. Hosain que, después de haber engañado la vigilancia del
demasiado crédulo gobernador de Medina, se había refugiado
con Abdalah en el territorio sagrado de la Meca, recibió pues con
extraordinaria alegría cartas de los árabes de Cufa, que le instaban
vivamente a ponerse a su cabeza, prometiendo reconocerle por Califa y hacer que
se declarara en su favor toda la población del Irak. Los mensajeros
de Cufa se sucedían rápidamente, el último era portador de una
petición monstruosa: las firmas que contenía no llenaban menos de ciento
cincuenta fojas.
En vano amigos previsores le suplicaban y le
conjuraban que no se lanzara en tan audaz empresa, y que desconfiara de las
promesas y del ficticio entusiasmo de unas gentes que habían engañado y hecho
traición a su padre: Hosaín, enseñando con orgullo las innumerables
peticiones que había recibido, y que, como él decía, a un camello le costaría
trabajo trasportar, prefirió escuchar los consejos de su funesta ambición.
Obedeció a su destino, partió para Cufa con gran contento de su
pretendido amigo Abdalah que, incapaz de luchar en la opinión pública
contra el nieto del Profeta, se regocijaba para sus adentros viéndole caminar
voluntariamente a su perdición, y llevar espontáneamente su cabeza al verdugo.
La devoción no entraba para nada en la
adhesión que el Irak mostraba a Hosain. Esta provincia se hallaba en una
situación excepcional. Muawiya, aunque originario de la Meca, había
fundado una monarquía esencialmente siriaca. En su reinado, la Siria llegó a
ser la provincia preponderante. Damasco fue desde entonces la capital del
Imperio: en el califato de Alí, Cufa había tenido este honor. Heridos
en su orgullo los Árabe del Irak, mostraban desde luego un espíritu muy
turbulento, muy sedicioso, muy anárquico, en una palabra, muy árabe.
La provincia llegó a ser la cita de todos los
tramoyones políticos, y el asilo de los ladrones y de los asesinos.
entonces Muawiya confió su gobierno Ziyad su hermano bastardo. Ziyad
no contuvo las cabezas alborotadas, las cortó. No saliendo nunca sino rodeado
de soldados, de agentes de policía y de verdugos, ahogaba con mano de hierro la
menor tentativa de turbar el orden político o social. Pronto la más completa sumisión
y la mayor seguridad reinaron en la provincia; pero al mismo tiempo, el más
horrible despotismo. He aquí por qué el Irak estuvo pronto a reconocer
a Hosain.
Pero ya el miedo dominaba los ánimos, más de
lo que los mismos habitantes de la provincia sospechaban. Ziyad no existía,
pero había dejado un hijo digno de él, que se llamaba Obaidalah. A este
fue a quien Yezid confió la tarea de sofocar la conspiración en Cufa, pues
que el gobernador de la cuidad, Noman, hijo de Baxir, daba
prueba de una moderación que parecía sospechosa al Califa. Saliendo de Basora a
la cabeza de sus tropas Obaidallah, mandó hacer alto a alguna distancia
de Cufa. Luego, habiéndose puesto un velo para ocultarse el rostro, entró
en la ciudad al anochecer, acompañado de solo diez hombres. A fin de sondear
los intentos de sus habitantes, habla apostado en su camino algunas personas
que le saludaron como si fuera Hosain. Muchos vecinos, de la nobleza, le
ofrecieron al punto hospitalidad, pero el supuesto Hosain desechó sus
ofertas, y rodeado de una multitud tumultuosa que gritaba: ¡viva Hosain!
se fue derecho al castillo. Noman hizo cerrar las puertas precipitadamente.
«Abrid, le dijo Obaidalah, a fin de que pueda entrar el nieto del Profeta.
«¡Volveos por donde habéis venido! le respondió Noman; preveo vuestra
ruina y no quisiera que se pueda decir: Hosain, el hijo
de Alí, ha sido muerto en el castillo de Noman.» Satisfecho con
esta respuesta Obaidalad se quitó el velo con que encubría el rostro.
Reconociendo su fisonomía, la multitud se dispersó al punto llena de terror y
espanto, mientras que Noman vino a saludarlo respetuosamente
suplicándole entrase en el Castillo. A la mañana siguiente Obaidalah anunció
al pueblo reunido en la mezquita, que sería un padre para los buenos y un
verdugo para los malos. Hubo una sedición, pero fue reprimida; desde entonces
nadie se atrevió a hablar más de rebelarse.
El desdichado Hosain, supo estas fatales
nuevas cerca de Cufa. Apenas llevaba consigo un centenar de hombres,
parientes en su mayor parte; sin embargo, continuó su camino, la loca y ciega
credulidad, que parece ser como el sino de los pretendientes, no le abandonó:
estaba convencido de que en llegando a las puertas de Cufa sus habitantes
se armarían a su favor. Cerca de Qerbala, se encontró frente a frente con
las tropas que Obaidallah habla enviado a su encuentro, ordenándoles
expresamente que lo trajesen muerto o vivo. Obligado a rendirse parlamentó. El
general de las tropas omeyas no cumplió sus órdenes, vacilaba. Era
un Coraichita, hijo de uno de los primeros discípulos de Mahoma, y le
repugnaba la idea de verter la sangre de un hijo de Fátima. Pidió, pues, nuevas
instrucciones a sus jefes haciéndoles saber las proposiciones de Hosain.
Habiendo recibido este mensaje, el mismo Obaidallah tuvo un momento
de duda. «¡Y qué!, le dijo entonces Chamir, noble de Cufa y
general del ejército onmiada, un árabe de los antiguos, como su
nieto, al que más tarde hemos de encontrar en España; ¿y qué, la suerte ha
puesto al enemigo en vuestras manos y le vais a dejar ir? No, es preciso que se
rinda a discreción.»
Obaidalah dio la orden en este sentido
al general de sus tropas; Hosain reusó rendirse sin
condiciones, y, sin embargo, no se le atacó.
Entonces Obaidallah mandó nuevas fuerzas con Chamir, a quien
dijo: «Si el coraichita persiste en no querer pelear le cortarás la cabeza
y tomarás el mando.» Pero una vez llegado Chamir al campo, no dudó
más el coraichita, y dio la señal de ataque. En vano
gritaba Hosain a sus enemigos: «Si creéis en la religión fundado por
mi abuelo, ¿cómo podréis justificar vuestra conducta el día de la
resurrección?»
En vano hizo atar coranes a las
lanzas: dada la orden por Chamir, se le cargó espada en mano, y se le
mató. Casi todos sus compañeros quedaron en el campo de batalla,
después de haber vendido caramente sus vidas. (10 de octubre del
680.)
La posteridad que siempre se conduele de la
suerte de los pretendientes desgraciados, octubree ordinario tiene poco en
cuenta el derecho, el reposo de los pueblos y las desgracias que produce una
guerra civil, si no se sofoca en sus principios, la posteridad ha visto
en Hosain la víctima de un crimen abominable. El fanatismo persa hizo
lo demás: ha imaginado un santo donde no había más que un aventurero,
precipitado a su perdición por una extraña aberración de ideas, y una ambición
que rayaba en delirio. La inmensa mayoría de sus contemporáneos lo juzgaba de
otro modo: veía en Hosain un perjuro, reo de alta traición puesto que
en vida de Moawia había prestado juramento de fidelidad a Yezid, y
que no tenía ningún título ni podía ostentar ningún derecho para pretender el
califato.
El que ocupó la plaza de pretendiente que la
muerte de Hosain acababa de dejar vacante, fue menos temerario, y se
creyó más hábil. Era Abdalah, hijo de Zobair, ostensiblemente amigo
de Hosain, pero sus verdaderos sentimientos no eran un misterio ni para
este ni para sus amigos. «Quédate tranquilo y satisfecho, hijo de Zobair» había
dicho Abdalah hijo de Abbas cuando se hubo despedido de Hosain,
después de haberle conjurado inútilmente a no emprender el viaje de Cufa,
y recitando tres versos muy conocidos entonces, continuó así: «El aire es libre
para tí, ¡oh golondrina! Pon tus huevos, gorjea y escarba
cuanto quieras; he aquí a Hosain que parte para el
Irak y que te abandona el Hidjaz.»
No obstante, aunque tomó secretamente el
título de Califa, desde que la marcha de Hosain le dejó el campo
libre, el hijo de Zobair fingió un profundo dolor cuando la noticia de la
catástrofe de Hosain llegó a la ciudad santa, y se apresuró a
pronunciar un discurso muy patético. Retórico por naturaleza, ninguno era más
ducho que él en la frase, ninguno poseía en igual grado el gran arte de
disimular sus pensamientos y de fingir sentimientos que no experimentaba;
ninguno sabia ocultar mejoría sed de riquezas y de poder que lo devoraban, bajo
las nobles palabras de deber, de virtud, de religión y de piedad. En esto
consistía el secreto de su fuerza, por esto se imponía al vulgo. Ahora
que Hosain no podía hacerle sombra, lo proclamó Califa legítimo,
elogió sus virtudes y su piedad, prodigó los epítetos de pérfidos y engañadores
a los árabes del Irak, concluyendo su discurso con estas palabras que Yezid
podía aplicarse, si lo juzgaba conveniente: «Jamás se vio a este santo varón
preferir la música a la lectura del Corán, los cantos afeminados a la
compunción producida por el temor de Dios, los desarreglos del vino al ayuno,
los placeres de la caza a las conferencias destinadas a piadosas
conversaciones... No tardarán esos hombres en recoger el fruto de su conducta
perversa»
Preciso le era ganar ante todo a su causa a
los jeques más influyentes de los Emigrados; presentía que no podía engañarles
tan fácilmente como a la plebe acerca de los verdaderos motivos de su rebelión,
previó que encontraría obstáculos, sobre todo en Abdalah, hijo del Califa
Omar que era un hombre verdaderamente desinteresado, verdaderamente piadoso y
muy perspicaz. Sin embargo, no se desalentó. El hijo del Califa Omar tenía una
mujer tan devota como crédula. Era preciso comenzar por ella, demasiado lo sabía
el hijo de Zobair. Fue, pues a verla, la habló con su facundia ordinaria de su
celo por la causa de los Defensores, de los Emigrados, del Profeta y de Alá, y
cuando vio que tan melosas palabras habían hecho en ella una profunda mella, la
rogó persuadiese a su marido que lo reconociera por Califa. Ella le prometió
hacer todo lo posible, y por la noche mientras servía la cena a su marido le
habló de Abdallah, haciéndole los mayores elogios y concluyó diciendo:
—¡Ah! ¡verdaderamente no busca más que la
gloria del Eterno!!
—Vistes tú, respondió fríamente su marido,
vistes tú el magnífico cortejo que llevaba Muawiya en su
peregrinación, sobre todo, aquellas soberbias mulas blancas cubiertas «de
gualdrapas de púrpura y montadas por jóvenes que deslumbraban con sus adornos,
coronadas de perlas y de diamantes; ¿has visto esto, no es verdad? Pues bien,
lo que busca tu santo varón son aquellas mulas. Y continuó su cena sin querer
escuchar más.
Ya hacía un año que el hijo de Zobair se
hallaba en abierta rebelión contra Yezid, y este, sin embargo, lo dejaba en
paz. Era más de lo que tenía derecho a esperar de parte de un Califa que no
contaba la paciencia y la mansedumbre entre sus cualidades más acentuadas; pero
juzgaba por una parte que Abdalah no era muy peligroso, puesto que
más prudente que Hosain no salía de la Meca, y por otra no quiera sin
que le obligara una necesidad absoluta, ensangrentar un territorio, que ya durante
el paganismo había gozado el privilegio de ser así lo inviolable de hombres y
animales. Sabía demasiado que tal sacrilegio había de colmar la irritación de
los devotos. Pero su paciencia se agotó al cabo. Por última vez intimó
a Abdallah que lo reconociera. Abdalah rehusó. Entonces
enfurecido el Califa juró no recibir su juramento de fidelidad, sino cuando
tuviera al rebelde en su presencia con el cuello y las manos cargadas de
cadenas.
Pasado, sin embargo, el primer ímpetu de
cólera, como era bueno en el fondo, se arrepintió de su juramento, y obligado,
sin embargo, a mantenerlo, imaginó un expediente para cumplirlo sin humillar
demasiado el orgullo de Abdalah. Resolvió, pues, enviarle una cadena de
plata, y con ella una soberbia capa, con la que podría cubrirse, a fin de
ocultar la cadena a los ojos de todos.
Diez eran las personas a quienes el Califa
designó para llevar estos singulares presentes al hijo de Zobair. A su cabeza
iba el Defensor Noman, hijo de Baxir, mediador ordinario entre el
partido piadoso y los onmiadas; sus colegas menos conciliadores eran
jeques de las diferentes tribus establecidas en la Siria.
Habiendo llegado los diputados al lugar de su
destino, Abdalah como era fácil prever rehusó aceptar los regalos del
Califa; Noman, lejos de desanimarse por esta negativa trató de atraerlo a
la sumisión con prudentes discursos. Estas conversaciones que por lo demás no
produjeron ningún resultado, eran frecuentes y como permanecían secretas para
los otros diputados, despertaron las sospechas de uno de ellos,
de ibn-Idhah, jeque de la tribu de los Acaritas, la más numerosa y la
más potente en Tiberíades. «Después de todo, pensaba,
este Noman es un Defensor, y bien podrá ser capaz de vender al Califa
el que es traidor a su partido y a su tribu.» Y un día que encontró
a Abdalah se llegó a él y le dijo:
—Hijo de Zobair, puedo jurarte que ese
Defensor no ha recibido del Califa, más instrucciones que las que se nos han
comunicado a los demás. Es nuestro jefe, no hay otra cosa. Pero ¡por Dios!
preciso es que te lo confiese no sé qué pensar de esas conferencias secretas.
Un Defensor y un Emigrado son pájaros de la misma pluma y Dios sabe si se trama
algo.
—¿Qué tienes tú que meterte? le
respondió Abdalah con un aire de supremo desdén. Mientras que esté
aquí haré todo lo que me acomode. Soy aquí tan inviolable como esa paloma que
vez protegida por la santidad del lugar: ¿no es verdad que no te atreverías a
matarla, porque sería un crimen, un sacrilegio?
—¿Crees tú que me detendría semejante
consideración?
Y volviéndose hacia un paje que llevaba sus
armas:
—¡Hola! muchacho, le dijo: mi arco y mis
flechas.
Luego que el paje cumplió su mandato, cogió
el jeque una flecha, la colocó en medio del arco, y comenzó a decir:
—¿Paloma, es dado al vino Yezid, hijo
de Muawiya? Si te atreves, dí que sí, y en este caso, por Dios que te
atravieso con esta flecha.... ¿Paloma, pretendes tu despojar de la dignidad de
califa a Yezid hijo de Mauwiya, separarte del pueblo mahometano y quedar
impune, porque te hallas en un territorio inviolable? Di que este es
tu pensamiento y te atravieso con este dardo.
—Bien ves que el ave no puede contestarte, le
replicó Abdalah con ademan de lástima, pero pretendiendo en vano
disimular su turbación.
—Es verdad que el ave no puede responderme,
pero tú si puedes, hijo de Zobair. Escúchame bien; yo te juro que has de
prestar juramento a Yezid, de grado o por fuerza, o que verás flotar en este
valle la bandera de los Acaritas, y no he de respetar entonces poco ni
mucho los privilegios que reclamas para este sitio.
El hijo de Zobair palideció ante esta
amenaza. Trabajo le costaba creer tanta impiedad aún en un sirio, y se aventuró
a preguntar con voz tímida y temblorosa:
—¿Se atreverá alguno, por ventura, a cometer
el sacrilegio de derramar sangre en este sagrado territorio?
—Se atreverá, respondió el jeque sirio con
entera calma, y que caiga la responsabilidad sobre el que ha elegido este lugar
para conspirar contra el jefe del Estado y de la religión.
Si Abdalah hubiera estado más
convencido de que este jeque era el intérprete de los sentimientos que animaban
a sus compatriotas, acaso hubiera evitado entonces muchos males al mundo
musulmán, y a sí mismo, porque el hijo de Zobair va a sucumbir como había
sucumbido el yerno y el nieto del Profeta; como sucumbirán todos los musulmanes
de antigua estopa; los hijos de los compañeros y de los amigos de Mahoma:
inauditas desgracias, terribles catástrofes, nacidas unas de otras, era lo que
a todos esperaba; sin embargo, a él todavía no le había llegado su hora. Estaba
decretado por el destino que antes la desgraciada Medina había de expiar con
una ruina completa y con el destierro y la muerte de sus hijos el funesto honor
de haber ofrecido un asilo al Profeta fugitivo, y da haber dado a luz a los
verdaderos fundadores del Islam a esos héroes fanáticos,
que, subyugando la Arabia en nombre de una nueva fe, habían dado al
Islam tan sangrienta cuna.
LIBRO I. LAS GUERRAS CIVILES. CAPÍTULO V.