HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

TOMO TERCERO - LIBRO SEXTO.

 

CAPITULO XIX

CAÍDA Y DISOLUCIÓN DEL CALIFATO

Del 1002 al 1031

 

Muy fundado era en verdad el desaliento y la aflicción y la pesadumbre que produjo en toda la España musulmana la nueva de la derrota de Calatañazor. Penetraba bien el instinto público que todo aquel esplendor y grandeza, toda aquella extensión, pujanza y unidad que había adquirido el califato bajo la enérgica y sabia dirección del ministro regente, había de desplomarse y venir a tierra con la muerte de aquel hombre privilegiado, que con tanta intrepidez como fortuna, con tanta maña como arrojo, y con tanta política como vigor, había elevado el imperio musulmán a la mayor altura de poder que alcanzó jamás, y reducido al pueblo cristiano casi a tanta estrechez como en los tiempos de Muza y de Tarik. Que si los defensores de la cruz no se vieron en tan escaso territorio encerrados como en los días de Pelayo, halláronse al cabo de tres siglos de esfuerzos casi en la situación que tuvieron en tiempo del primer Alfonso, y apenas fuera de la cadena del Pirineo podían contar con una fortaleza segura y con un palmo de terreno al abrigo de las incursiones del gran batallador. Temían los musulmanes, derribada la robusta columna de su imperio, por la suerte de la dinastía Ommiada con un califa siempre en estado de pueril imbecilidad, y sin esperanza de sucesión. Temían también no menos justamente lo que a los príncipes y guerreros cristianos, antes tan abatidos, habría de alentar aquel solemne triunfo.

Brindaba ciertamente ocasión propicia a los cristianos el resultado glorioso de la batalla, y más que todo el desconcierto y descomposición que a consecuencia de ella vino sobre el imperio musulmán, no sólo para haberse recobrado de sus anteriores pérdidas, sino para haber reducido a la impotencia a los sarracenos, si los nuestros hubieran continuado unidos, y en lugar de aprovecharse de las disensiones de los infieles, no se hubieran ellos consumido también en intestinas discordias y rivalidades. Achaque antiguo de los españoles era esta falta de unión y de concierto, y causa perenne de sus desdichas y de la prolongada dominación de los pueblos invasores.

El rey Alfonso V de León, niño de ocho años, continuaba bajo la tutela de su madre doña Elvira y de los condes de Galicia Menendo González y su esposa, que educaban al rey y gobernaban el reino con recomendable prudencia. El hijo de Almanzor, Abdelmelik Almudhaffar, que había ido a Córdoba con las destrozadas huestes del ejército sarraceno, fue nombrado por la sultana Sobheya (que sobrevivió un corto tiempo a Almanzor) hagib o primer ministro del califa Hixem, el cual proseguía en su dorado alcázar, entregado a sus juegos infantiles, contento con llevar el nombre de califa y sin tomar parte alguna en los negocios del imperio. Heredero Abdelmelik de la autoridad y de algunas de las grandes cualidades de su padre, pero no de su fortuna, quiso proseguir también su sistema de guerra con los cristianos, y asegurado por la parte de África, en cuyo emirato confirmó a Moez ben Zeiri, comenzó sus incursiones periódicas por el lado de Cataluña, y alcanzó una victoria cerca de Lérida (1003). En el otoño de aquel mismo año, después de un corto descanso en Córdoba, pasó con gran ejército a tierras de León, y al decir de los historiadores árabes, venció en un encuentro a los leoneses, se apoderó otra vez de la capital y destruyó lo que había quedado en pie en la ocupación de su padre: relación que está en manifiesta discordancia con la que de esta expedición nos cuenta el arzobispo don Rodrigo, el cual dice expresamente que Abdelmelik en esta tentativa fue puesto en vergonzosa fuga por los cristianos.

“Venció, dicen los escritores árabes, a los cristianos cerca de León, y se apoderó de la ciudad, y arrasó sus muros hasta el suelo, que ya antes su padre los había destruido hasta la mitad”.

“Habiendo congregado, dice el arzobispo don Rodrigo, un gran ejército contra León, fue vergonzosamente ahuyentado, y se retiró ignominiosamente”

 Estas contradicciones son frecuentes, y no es ya fácil apurar de parte de quién está la verdad

Continuó el hijo de Almanzor sus incursiones periódicas, ni notables por su brillo ni fecundas en resultados, hasta el 1005 en que otorgó a los cristianos una tregua, que equivalió para ellos a una paz. Debieron mover a los leoneses a solicitar esta transacción algunas desavenencias ocurridas con el conde de Castilla, y apoyó y esforzó su instancia el walí de Toledo Abdallah ben Abdelaziz, uno de los más antiguos y fieles caudillos de Almanzor. Motivaba este interés del walí toledano en favor del monarca leonés lo siguiente. Entre las cautivas cristianas que Abdallah tenía en su poder se hallaba una hermosa doncella, hacia la cual concibió el walí una pasión vehemente. Supo que aquella linda joven era hermana del rey de León y pidiósela en matrimonio. Accedió Alfonso a darle su hermana como medio y condición de alcanzar la paz de Abdelmelik. Celebráronse las paces, y también las bodas muy contra lo voluntad de Teresa, que así se llamaba la princesa cristiana. Cuenta la crónica que la noche de las bodas le dijo a su mal tolerado esposo: «Guárdate de tocarme, porque eres un príncipe pagano: y si lo hicieres, el ángel del Señor te herirá de muerte.» Rióse de ello el musulmán, y desatendió su intimación. Mas no tardó en arrepentirse de ello, porque al poco tiempo se cumplió el fatal vaticinio, y como el walí sintiese acabársele la vida, llamó a sus consejeros y sirvientes, mandó que devolviesen a su hermano la joven desposada, tan bella cautiva como infausta esposa, y que fuese conducida a León, acompañando el mensaje con ricos dones de oro y plata, joyas y vestidos preciosos. Abdallah falleció al poco tiempo: Teresa profesó de religiosa en un convento, y en este estado murió en Oviedo en el año 1039.

Muerto Abdallah, y expirado que hubo también el plazo de la tregua, invadió de nuevo Abdelmelik las tierras de Castilla (1007), desmanteló Ávila, Gormaz, Osma y otras fortalezas que los cristianos habían ido reparando, avanzó por Salamanca a Galicia y Lusitania, y regresó a Córdoba, donde sólo se detuvo a preparar la campaña de la primavera siguiente. Emprendió ésta hacia el interior de Galicia (1008), «al frente, dicen las crónicas árabes, de cuatro mil jinetes escogidos, armados de corazas resplandecientes como estrellas, cubiertos sus caballos con caparazones de seda de dobles forros: seguía la caballería andaluza y africana, gente aguerrida que se había distinguido en las más peligrosas ocasiones... Acometieron a los cristianos, y aunque eran los héroes de su tiempo, que todos habían entrado en muchas batallas y eran gente avezada a los horrores de las peleas, los atropellaron y rompieron sus almafallas (campamentos), y se volvieron sobre ellos como dragones, y les pusieron en desordenada fuga, dejando el campo regado de sangre. Siguió Abdelmelik el alcance con su caballería, y reparados los cristianos en unos recuestos y pasos difíciles, se renovó la cruel batalla. Los infieles (continúa su crónica) pelearon como rabiosos tigres, y allí los musulmanes padecieron mucho. A favor de la oscuridad que sobrevino se retiraron los cristianos a sus ásperos montes, y los musulmanes viendo la horrible pérdida que habían sufrido se volvieron a las fronteras, y de allí por Toledo a Córdoba.» Esta fue la última campaña de Abdelmelik. A poco tiempo le acometió una grave enfermedad, de la que sucumbió en Córdoba en el mes de Safar de 399 (octubre de 1008) con gran sentimiento de los buenos musulmanes, y no sin sospechas de que hubiese sido envenenado.

Había muerto ya la sultana madre; su hijo el califa Hixem continuaba vegetando en su alcázar entre juegos y placeres, y restaba otro hijo de Almanzor, llamado Abderramán, tan parecido a su padre en el cuerpo y la fisonomía, como desemejante en las cualidades del corazón y del entendimiento. Sin aptitud para los negocios graves ni disposición para gobernar, dado al vino y a las mujeres, acostumbrado a pasar su vida entre juegos y festines, y aficionado a los ejercicios de caballería en que lucía su bella figura, fue no obstante nombrado hagib del califa como su padre y hermano, por los esclavos y eunucos del palacio, conocidos con el nombre de Alameríes, que eran los que disponían de la voluntad del imbécil Hixem y de las primeras dignidades del imperio. Tan lleno de ambición como escaso de mérito el nuevo ministro, no se contentó con tomar el pomposo título de Al Nasir Ledin Allah como Abderramán III el Grande, lo cual revela bastante su presunción desmedida, sino que so pretexto de la falta de sucesión de Hixem, aunque todavía se hallaba en edad de poder tenerla, pretendió y obtuvo del mentecato califa que le declarara walí alhadí o sucesor del imperio. Paso tan arrojado y pretensioso a que no se había atrevido ni aún el mismo Almanzor, y que no dejó de traspirar, aunque dado en secreto, no podía menos de indignar a los ilustres miembros de la familia Ommiada, que se consideraban, y con razón, con más derechos y más títulos a la herencia del califato en el supuesto de morir Hixem II sin sucesión, y que si habían soportado el yugo de Almanzor, había sido sólo por las relevantes prendas e indisputable mérito del ministro regente.

Distinguíase entre ellos el joven Mohammed, biznieto de Abderramán III, hombre de resolución y de brío, el cual, dispuesto a atajar las orgullosas pretensiones de Abderramán, cruzó las fronteras, habló, excitó y logró reunir en torno suyo a los muchos adictos a la familia de los Meruanes, y congregada una respetable hueste marchó a su cabeza derechamente sobre Córdoba. Informado de esta marcha Abderramán, salió con la caballería africana y la guardia del califa a hacer frente a su competidor; pero éste, hurtándole la vuelta por medio de una hábil maniobra, penetró atrevidamente en la capital, se apoderó del resto de la guardia y de la persona del califa, y cuando el hijo de Almanzor se lanzó sobre Córdoba, ardiendo en ira y en despecho, confiado en el favor popular con que contaba por respetos a la memoria de su padre, halló la plaza de palacio ocupada por las tropas de Mohammed: se empeñó allí un rudo y sangriento combate: el populacho en que confiaba Abderramán, no sólo se hizo sordo a sus órdenes, sino que se puso de parte de Mohammed; hasta la guardia africana lo abandonó, y cuando desesperado intentó retirarse, cayó acribillado de heridas en poder de los enemigos: poco tiempo tardó en verse clavada en un palo la cabeza del usurpador cortada por orden de Mohammed (1009). Así acabó el segundo hijo del gran Almanzor: sus bienes fueron confiscados, y el pueblo, versátil en sus afecciones, desahogó su furor destruyendo el magnífico palacio de Azahara que Almanzor había construido para sí.

Comenzó el nuevo ministro por alejar del lado del califa todas las hechuras de sus antecesores y por rodearle de personas de su partido y confianza. Pero aguijóle pronto la impaciencia de reinar: al efecto hizo difundir primeramente la voz de que el califa había sido atacado de una enfermedad grave: el poco interés que el pueblo mostró por la salud de un soberano a quien no conocía y que nada significaba, inspiró a Mohammed el pensamiento de atentar a su vida, pero el esclavo Wahda a quien confió su designio, antiguo camarero de Hixem, y a quien por lo tanto conservaba un resto de cariño, pudo disuadirle de la idea de derramar sin necesidad una sangre inocente, y le sugirió la de encerrarle en una estrecha prisión y publicar su muerte, lo cual era igual para sus fines. Accedió a ello Mohammed, y el califa fue sigilosamente encerrado. Para dar más aire de verdad a la proyectada farsa, se discurrió y ejecutó lo siguiente. Había en Córdoba un cristiano por su desgracia y fatalidad muy parecido en edad, en estatura y en fisonomía al hijo de Alhakem y de Sobheya. Este infeliz fue de noche sorprendido y ahogado; y habiendo colocado su cadáver en el lecho mismo de Hixem, se publicó que el califa había sucumbido de su enfermedad. Lo creyó el pueblo: se hicieron solemnes y pomposas exequias al supuesto califa, y congregados los walíes y visires, fue declarado sucesor del califato el hagib Mohammed, de la ilustre dinastía de los Beni-Omeyas, el cual tomó el título de Mahady Billah (el Pacificador por la gracia de Dios).

No justificaron en verdad los sucesos la adopción de tan bello título. Habiendo determinado expulsar de Córdoba a la guardia africana, aborrecida del pueblo y de ninguna confianza para él, se insurreccionó ésta a la voz de sus jefes: los formidables zenetas, y los rudos berberiscos atacaron bruscamente el real alcázar; costó una lucha mortífera de dos días arrojarlos de la ciudad: la cabeza de su primer caudillo, que cayó en la retirada herido y prisionero, fue arrojada por encima del muro al campo africano. Un primo suyo, nombrado Suleiman ben Alhakem, a quien aclamaron por jefe, juró vengar tamaña afrenta, y partiendo para las fronteras de Castilla, invocó la ayuda y protección del conde Sancho García, ofreciéndole la posesión de varias fortalezas si le prestaba su auxilio contra el usurpador Mohammed. Acogió el conde castellano la proposición, y un ejército cristiano, unido a los berberiscos de Suleiman, se encaminó hacia Córdoba. Salióle al encuentro Mohammed con sus andaluces, y hallándose ambas huestes en Gebal Quintos, trabóse una tremenda batalla (conocida en la historia árabe por la batalla de Kantisch), en que las lanzas castellanas de Sancho se cebaron horriblemente en la sangre de los andaluces de Mohammed: veinte mil árabes quedaron en el campo (7 de noviembre de 1009), y Mohammed, el Pacificador por la gracia de Dios, tuvo que refugiarse en Toledo al abrigo de su hijo Obeidallah, walí de aquella ciudad. Suleiman, victorioso, merced a los robustos brazos castellanos, no se atrevió a entrar en Córdoba receloso del mal espíritu del pueblo contra las razas africanas. Un mes tardó en resolverse a entrar. Entonces se hizo proclamar califa con el sobrenombre de Almostain Billah (el protegido de Dios).

Con justa desconfianza estaba Solimán en Córdoba. Sus africanos eran aborrecidos de las razas árabes que predominaban en el Mediodía de España. Estallaban continuas conjuraciones que tenía que ahogar con sangre, y en una ocasión se vio precisado a cortar la cabeza áa un pariente suyo que intentaba suplantarle en el mando y á cincuenta cómplices más. Sin embargo de ser africano, no carecía Solimán de elevados sentimientos. Habiéndole descubierto el eslavo Wahda que el califa Hixem vivía y atrevídose a proponerle que le repusiera en el poder: “Wahda, le respondió sin enojarse, yo lo desearía mucho, pero no es ocasión de entregarnos a manos tan débiles: su tiempo le vendrá”. Y como le hubiese aconsejado alguno que permitiese a sus soldados hacer una matanza de los cristianos que le habían favorecido, a fin de que nunca pudiesen ayudar a otro: “Jamás, contestó Solimán con energía, jamás consentiré semejante maldad; han venido bajo mi fe y cumpliré mis juramentos”. Pero temiendo algún desmán por parte de los suyos, dio licencia a los cristianos y los invitó a que regresaran a sus tierras colmándolos de riquezas y preciosos dones, lo cual ejecutaron ellos de muy buen grado.

Pero Solimán había enseñado a su competidor Mohammed a quién había de recurrir para ganar victorias; y a la manera que aquél había acudido al conde Sancho de Castilla, éste desde Toledo solicitó el auxilio de los condes de Afranc, Bermond y Armengudi (Ramón Borrell, conde de Barcelona, y su hermano Armengol, que lo era de Urgel), los cuales mediante tratos y convenios le asistieron con una hueste de nueve mil cristianos que Mohammed incorporó a treinta mil musulmanes de las provincias de Valencia, Murcia y Toledo. A la cabeza de los catalanes venían los dos valerosos condes Ramón y Armengol, y en las primeras filas ondeaban las banderas de los obispos de Barcelona, Gerona y Vich, que personalmente quisieron compartir con sus compatricios los peligros de aquella guerra. Por primera vez los estandartes de Cataluña reflejaron en las aguas del Guadalquivir. Los ejércitos de los dos rivales mahometanos, Solimán y Mohammed, se hallaron frente a frente en los campos llamados de Akbatalbacar (la colina de los bueyes). Lanzáronse impetuosamente los berberiscos sobre las huestes aun no bien ordenadas de el Mahady, y hubieran sucumbido si las lanzas catalanas no hubieran inclinado la victoria en favor de Mohammed, y regado los campos con sangre africana. El triunfo fue tan señalado, que el año 400 de los árabes (el 1010 de los cristianos), en cuyo estío se dio este famoso combate, quedó señalado en la historia arábiga con el nombre de el año de los Francos, que así llamaban ellos a los catalanes. Pero tan insigne triunfo fue comprado con noble y preciosa sangre cristiana. Allí pereció el brioso conde Armengol de Urgel; allí sucumbieron los tres venerables prelados, a quienes tal vez un excesivo celo religioso hizo preferir al ejercicio pacífico de su ministerio la vida inquieta y peligrosa de campaña.

Quedáronle abiertas las puertas de Córdoba a Mohammed; y Solimán, que debió echar muy de menos el socorro de los castellanos, retiróse hacia Algeciras con intento de reclamar auxilios de África, después de haber saqueado sus soldados el espléndido palacio de Zahara, llevándose las joyas y suntuosas colgaduras, las lámparas de oro y plata del alcázar y de la mezquita, y destruido con bárbara y salvaje mano una gran parte de los libros de su magnífica biblioteca; que así comenzó la deliciosa mansión del magnífico Abderramán a ser destruida por los vándalos africanos. Salió Mohammed de Córdoba en persecución de los fugitivos y les dió alcance en los campos del Guadiaro. Pero alumbróle en este encuentro infausta estrella: arremetieron su hueste los berberiscos con impetuosa furia, y hubo de retirarse a Córdoba en desorden. Dedicóse a fortificar la ciudad, pero bullían ya, así en la capital como en toda la España musulmana, las parcialidades y los bandos. El esclavo Wahda, que tenía guardado al califa, servíase del secreto de su depósito como de un talismán para conservar su influencia y dársela a los eslavos sus compatricios, que de este modo dominaban a Mohammed. Hubiera éste querido conservar los auxiliares catalanes, pero siniestros rumores que corrieron acerca de atentados que contra ellos se proyectaban, movieron al conde Ramón Borrell a volverse a Barcelona a pesar de las protestas del califa. Invocó Mohammed el apoyo de los walíes de Mérida y de Zaragoza y de los alcaides de la frontera, y se excusaron todos bajo diferentes pretextos; y era que cada cual no pensaba ya sino en apropiarse algún despojo de un imperio que veían desmoronarse. Inquietábanle los africanos con incesantes algaras; a las calamidades de la guerra civil se agregaron las de una epidemia: faltaban en Córdoba las provisiones: todo el que podía abandonaba la ciudad, y sus mismas tropas se le desertaban para ir a incorporarse a los africanos. La situación de Mohammed era desesperada y no sabía qué partido tomar.

Lo tomó por él el astuto Wahda. De improviso y de su propia cuenta sacó de la prisión al desventurado califa Hixem a quien todos creían muerto, y le presentó al pueblo en la maksura o tribuna de la grande aljama. Entusiasmado el pueblo con tan inesperada novedad, se agolpó a la mezquita, y saludó con aclamaciones de júbilo al resucitado califa (junio de 1012), no viendo ya en él al príncipe imbécil, sino al legítimo soberano de una dinastía a quien amaba entrañablemente. Asustado Mohammed con los gritos de alegría que oía resonar por todas partes, se ocultó en una de las piezas más apartadas de su alcázar: lo descubrió un eslavo y le presentó al califa, que con energía desacostumbrada: “Ahora probarás, le dijo, el fruto amargo de tu desmesurada ambición”. Y en el acto le hizo cortar la cabeza, que un visir paseó a caballo en la punta de su lanza por toda la ciudad: su cuerpo fue desgarrado y hecho piezas en la plaza pública, y la cabeza enviada al campo de Solimán como para que sirviese de lección y de escarmiento al caudillo africano. Mas el uso que de ella hizo Solimán fue embalsamarla y hacerla conducir con diez mil mitcales de oro al walí de Toledo Obeidallah, el hijo de Mohammed, que se preparaba a vengar a su padre, con el mensaje siguiente: «Ahí va la cabeza de tu padre Mohammed: así recompensa el emir Hixem a los que le sirven y le restituyen el imperio: guárdate de caer en manos de este ingrato y cruel tirano: si buscas seguridad y venganza, Solimán será tu compañero.»

La carta y el presente surtieron el efecto que se apetecía. Obeidallah, antes rival y enemigo de Solimán, se unió a él para combatir juntos al verdugo de su padre, y con este fin había salido ya de Toledo. Lo supo el eslavo Wahda y partió de Córdoba con un cuerpo escogido de caballería en dirección de aquella ciudad. Conocedor de la importancia y del valor del auxilio do los cristianos, le solicitó del conde Sancho de Castilla haciéndole ventajosas proposiciones. Pero habíase anticipado ya Solimán y Sancho le contestó: “Seis fortalezas me ofrece ya Solimán: si Wahda me promete por lo menos otras tantas preferiré emplear mis armas en favor del califa Hixem”. Duélenos ver a un soberano de Castilla adjudicar su poderosa espada y disponer de los brazos castellanos en favor del mejor postor de entre los competidores musulmanes, pero así era por desgracia. Wahda hizo su puja y Sancho se decidió por él, y con ayuda de los cristianos se apoderó fácilmente de Toledo. Volvió el joven Obeidallah contra el enemigo, pero batido en Maqueda por musulmanes y cristianos, desbaratada su hueste y hecho prisionero él y sus principales oficiales, fue enviado a Córdoba, donde el califa Hixem, convertido después de su resurrección de imbécil y mentecato en déspota terrible, como si realmente hubiera renacido con otra naturaleza, hízole dar una muerte tan cruel como la de su padre, y su cuerpo decapitado y mutilado fue arrojado al río (1013). Dejó Wahda el gobierno de Toledo al poderoso y noble jeque Abu Ismail Dilnum, y después de haber entregado a los cristianos algunas de las fortalezas contratadas y despedídolos con grandes dádivas y promesas, regresó a Córdoba. Premióle largamente el califa Hixem y dio a sus eslavos y alameríes a título de perpetuidad las alcaldías y tenencias de Murcia, Cartagena, Alicante, Almería, Denia, Játiva y otras: costumbre y manera de premiar imprudentemente introducida por Almanzor, y principio y fundamento de los reinos independientes que no habían de tardar en nacer.

La situación de Córdoba y de toda la Andalucía estaba bien lejos de ser lisonjera. Quejábanse amargamente los nobles de la preferencia que Hixem y su ministro daban a los eslavos y alameríes. Criticábanlos agriamente por el suplicio de Obeidallah, que al fin había sido hecho prisionero peleando contra cristianos. Ardía la capital en discordias y partidos, y Solimán, que con sus correrías no dejaba un momento de reposo al país y estaba informado del descontento de la población, traspuso Sierra Morena, visitó y escribió a los walíes de Calatrava, Guadalajara, Medinaceli y Zaragoza, ofreciéndoles la posesión hereditaria de sus gobiernos y reconocerlos como soberanos feudatarios sin otra carga que un ligero tributo, si le ayudaban a liberar Córdoba del tirano protector de los eslavos. Aceptaron ellos la proposición y le asistieron con sus personas y sus banderas. Aproximóse con este refuerzo Solimán a Córdoba, desolada simultáneamente por la peste, la miseria y los partidos. Huían otra vez las gentes de la ciudad acosadas por la penuria. Desde Medina Zahara, donde Solimán sentó sus reales, mantenía inteligencias con algunos nobles cordobeses por medio de los tránsfugas que iban a su campo. En tal conflicto el ministro Wahda creyó oportuno escribir a los walíes edrisitas de Ceuta y Tánger pidiéndoles ayuda y haciéndoles grandes ofrecimientos, mas luego mudó de parecer y guardó las cartas. No faltó quien le denunciara al califa como uno de los que se correspondían secretamente con Solimán. Fuese verdad o calumnia, vióse el ministro Wahda preso por aquel mismo califa a quien él mismo había tenido tanto tiempo aprisionado: hízosele capítulo de acusación de aquellas cartas que se hallaron en su poder, escritas, según muchos piensan, con acuerdo del califa y que nada revelaban menos que la inteligencia que se le suponía con Solimán, y a pesar de todo, aquel Hixem, que al cabo le era deudor de la vida y del trono, sin consideración de ningún género condenó a muerte a su antiguo servidor; que parecía haberse propuesto aquel malhadado califa desquitarse en pocos días a fuerza de crueldad inflexible de la torpe flaqueza de tantos años. Fue el desgraciado Wahda reemplazado por el walí de Almería Hairan, eslavo también, hombre distinguido por su valor y generosidad, por su benignidad y prudencia, y «el más a propósito para salvar a Hixem si su fortuna no hubiese llegado ya a su término»

Apretaba ya Solimán el cerco de Córdoba, y Hairan se propuso cumplir con los deberes de hombre pundonoroso y de fiel hagib. Pero de poco le sirvieron ni sus nobles propósitos ni sus heroicos esfuerzos, que no es posible, dice oportunamente el escritor arábigo, defender una ciudad que no quiere ser guardada, y en vano es sacrificarse por un pueblo que desea ser conquistado. Mientras él a la cabeza de sus eslavos rechazaba vigorosamente los enemigos que atacaban una puerta, el populacho arrollaba la guardia de la ciudad que defendía otra y la franqueaba a los africanos. Merced a la cooperación de los de dentro, penetró Solimán en la plaza: el combate fue horrible, se inundaron las calles de noble sangre árabe, porque los andaluces de pura raza árabe defendieron el alcázar del califa hasta no quedar uno con aliento, y entre cadáveres nobles cayó herido el generoso Hairan que los había alentado a todos, y fue tenido y contado por muerto. Se apoderaron al fin los africanos del alcázar y de todos los fuertes; por espacio de tres días fue entregada la ciudad aun horroroso saqueo: muchos nobles jeques y cadíes, muchos sabios y hombres de letras fueron pasados al filo de los rudos alfanjes africanos (1013). El valeroso Hairan era el que, tenido por muerto, respiraba todavía: a favor de la oscuridad de la noche y de la confusión del saqueo, había podido refugiarse en casa de un pobre y honrado vecino, donde sin ser conocido se hizo la primera cura de sus heridas. Vivía Hairan y le veremos todavía hacer un importante papel en la historia. Dueño Solimán del alcázar y del califa, le suplicaron y le pidieron por la vida de éste algunos de sus honrados servidores: «lo que hizo de él se ignora, dice la crónica árabe, pues nunca pareció ni vivo ni muerto, ni dejó sucesión sino de calamidades y discordias civiles.» Así desapareció definitivamente el califa Hixem II, tan misteriosa y oscuramente como había vivido.

Remuneró Solimán a los walíes y caudillos sus auxiliares, reconociéndoles conforme a lo ofrecido, la soberanía independiente de sus provincias, aunque con la condición de asistirle en las guerras, especie de feudo que ya casi ninguno se prestó a cumplir, y cuya medida apresuró más y más el fraccionamiento y subdivisión de pequeños principados en que vino pronto a caer el imperio. Al paso que protegía a sus africanos, perseguía y ahuyentaba a los alameríes y eslavos.

Aún no hemos explicado quienes estos esclavos. Los árabes compraban a los judíos gran número de esclavos germanos o eslavos, de los cuales unos eran eunucos y se servían de ellos en los harenes, otros constituían parte de la guardia de los califas, y solían distinguirse en las batallas: todos llevaban el nombre genérico de eslavos, y habían abrazado el islam: los príncipes los liberaban en recompensa de servicios particulares, y muchos se habían hecho ricos propietarios y llegaron a formar un partido poderoso opuesto al de los africanos berberiscos.

El eslavo Hairan, último ministro del califa, curado ya de sus heridas, logró escaparse de Córdoba y pasar a Almería, ciudad de su antiguo waliato. El walí puesto por Solimán quiso impedirle la entrada, y aun se sostuvo en su alcázar por espacio de veinte días, al cabo de los cuales, indignado contra él el pueblo, le arrojó por una ventana al mar con sus hijos. De Almería pasó Hairan a África, donde consiguió persuadir a Alí ben Hamud, walí de Ceuta, y a su hermano Alkasim, que lo era de Algeciras, que le ayudasen a lanzar de Córdoba al usurpador Solimán y a reponer al legítimo soberano Hixem, a quien suponía vivo y encarcelado por Solimán. Sirviéronle mucho al efecto las cartas cogidas al desgraciado Wahda, en las cuales el califa Ommiada ofrecía a Alí nombrarle su sucesor y heredero. Alentáronse con esto los hermanos Ben Hamud, y desembarcó Alí en Málaga con sus huestes de Ceuta y Tánger. Se les unieron los alameríes, y se le dió el mando general del ejército. Dueño de Málaga, marchaba el ejército aliado hacia Córdoba cuando salió Solimán a su encuentro. Vióse éste obligado muy contra su voluntad a aceptar un combate general, en el cual llevó la peor parte y tuvo que tocar retirada. Cúpole peor suerte todavía en otro encuentro con los confederados cerca de Sevilla. Le abandonaron las mismas tropas andaluzas pasándose a los africanos : abandonábale ya del todo la fortuna: él y su hermano heridos perdieron sus caballos y cayeron prisioneros. Entraron al día siguiente los vencedores en Sevilla sin resistencia, y avanzando hacia Córdoba, tampoco hallaron oposición, que no quiso estorbarles la entrada el padre de Solimán que gobernaba la ciudad, sabedor de la desgracia de sus dos hijos y temeroso de mayores males.

Le valió poco, en verdad, al anciano aquella conducta; porque el feroz Alí, haciendo que le fuesen presentados el padre y sus dos hijos Solimán y Abderramán, éstos ya casi exánimes de resultas de sus heridas:

—¿Qué habéis hecho de Hixem, les preguntó, y dónde le tenéis?

— Nada sabemos de él, respondió el anciano.

— Vos le habéis muerto, replicó Alí.

— No, por Dios, contestó el viejo Alhakem, ni le hemos muerto, ni sabemos si vive ni dónde está.

Entonces sacando Alí su espada:

—Yo ofrezco, dijo, estas cabezas a la venganza de Hixem y cumplo su encargo.

 Alzó Solimán los ojos y le dijo:

—Hiéreme á mí solo, Alí, que éstos no tienen culpa.

 Pero Alí, desatendiendo su ruego, los descabezó a los tres con ferocidad horrible de propia mano. Diéronse luego a buscar a Hixem por todas las estancias, y hasta por los subterráneos de palacio, y por todas las casas de la ciudad, y no habiéndole encontrado por ninguna parte, se anunció públicamente su muerte en la ciudad, muerte en que ya no quería creer el pueblo, dando esto ocasión al vulgo por espacio de algunos años para mil fábulas y consejas (1016).

Proclamado califa Alí ben Hamud el Edrisita, tomó los títulos de Motuakil Billah (el que confía en Dios), y de Nassir Ledin Allah (el defensor de la ley de Dios). Pero dábanle mucha inquietud los alameríes, y el mismo Hairan le inspiraba recelos, por lo que, temeroso de su influjo, le envió a su gobierno de Almería. Había escrito Alí a los walíes de las provincias reclamando su fidelidad y obediencia como a sucesor legítimo del califato designado por el mismo Hixem; pero los de Sevilla, Toledo, Mérida y Zaragoza ni aun se dignaron contestar a sus cartas. Se formó por el contrario una federación entre los walíes emancipados, al parecer y de público conocimiento con el intento de colocar en el trono a algún príncipe Ommiada, tal vez como principal secreto designio de asegurar la independencia de sus gobiernos. Se proclamó, pues, a Abderramán ben Mohammed, llamado Almortadi, de la ilustre estirpe de los Beni-Omeyas, hombre virtuoso y rico, de ánimo esforzado y muy querido de todos, al cual se dio el nombre de Abderramán IV. Casi todos los walíes de la España Oriental y muchos alcaldes del Mediodía, doquiera que dominaban los alameríes, se agruparon con gusto en derredor de aquella bandera. Mas en su misma corte y dentro de su propio alcázar tenía Alí ben Hamud desafectos que espiaban ocasión de deshacerse de él. Un día, cuando él se preparaba a salir de Córdoba, como ya lo habían verificado sus tropas y acémilas, para combatir a Abderramán que se sostenía en tierra de Jaén, quiso tomar antes un baño, del cual no salió, porque le ahogaron en él los mismos eslavos que le servían, tal vez ganados por los alameríes de la capital (1017). Divulgóse su muerte como un accidente y natural desgracia, y así lo creyeron sus guardas y familiares.

Nada aprovechó este acaecimiento a Abderramán Almortadi, porque el partido africano, bastante fuerte todavía en Córdoba, proclamó al walí de Algeciras Alkasim, hermano del ahogado. Condujese Alkasim con una crueldad que hizo olvidar la de su antecesor, y con pretexto de descubrir y castigar a los perpetradores de la muerte de su hermano, a unos daba tormento, a otros hacía perecer en suplicios, y los alameríes y las familias más nobles de Córdoba se vieron oprimidas o proscritas, y no había quien no temiera su venganza. Pero alzóse pronto contra él un terrible enemigo, su propio sobrino Yahia, hijo de su hermano Alí, que se hallaba en Ceuta, el cual, pretendiendo que le pertenecía el trono de Córdoba, desembarcó en España al frente de sus salvajes tribus, trayendo consigo una hueste auxiliar compuesta de los feroces negros del desierto de Sus, raza belicosa y bárbara que nunca había pisado el suelo español. Cuando Alkasim partió de Córdoba a su encuentro, ya su sobrino se había apoderado de Málaga: diéronse los dos competidores algunas batallas sangrientas, mas temeroso Alkasim de que sus discordias redundasen en provecho de Abderramán el Ommiada que se mantenía en las Alpujarras, propuso a Yahia un concierto, por el cual se convino en compartir entre sí el imperio. Tocóle a Yahia la ciudad de Córdoba, y encargóse Alkasim de proseguir la guerra contra Almortadi con la gente de Sevilla, Algeciras y Málaga que reservó para sí. Mas habiendo tenido este último la imprudente confianza de pasar a Ceuta, con objeto de dar solemne sepultura a los restos mortales de su hermano, Yahia, con insigne mala fe, se hizo proclamar en su ausencia soberano único del imperio muslímico español. Favorecióle mucho la general odiosidad que había contra Alkasim, no sólo para que aquel fatigado pueblo no se opusiese a la usurpación, sino para que los jeques y visires se alegraran del cambio y le juraran gustosamente fidelidad y apoyo (1021).

Súpolo Alkasim en Málaga de regreso de su expedición funeral, y con toda su gente marchó resueltamente sobre Córdoba decidido a vengar la alevosía de su sobrino. Faltóle a Yahia el valor cuando más le había menester, y a pesar de contar con el arrojo de sus negros, y con más partido, o siquiera con menos antipatías en el pueblo que Alkasim, no se atrevió a esperarle, y abandonando la ciudad, no paró hasta Algeciras. Sin resistencia entró segunda vez Alkasim en Córdoba, si bien la soledad, el silencio, la tristeza que notó a su entrada le significaron bastante el disgusto con que era recibido, y que él aumentó con sus nuevas crueldades y sañudas ejecuciones. El aborrecimiento llegó a un punto que no podía ya dejar de producir un conflicto. Una noche se tocó a rebato, y el pueblo, de antemano y secretamente armado, acometió furiosamente el alcázar, que a pesar de su impetuosa arremetida no pudo tomar, porque la guardia le defendió con bizarría. El populacho, sin embargo, no sé separó de allí, y por espacio de cincuenta días tuvo estrechamente asediado al califa y sus guardias. Faltos ya de provisiones, determinaron hacer una salida vigorosa: muchos perecieron clavados en las lanzas populares: el mismo Alkasim hubiera sido despedazado sin la generosidad de algunos caballeros que le conocieron y escudaron, y le sacaron de la ciudad, y aun le dieron escolta hasta Jerez.

Cansada la población del yugo africano, hubiera recibido con los brazos abiertos al Ommiada Abderramán Almortadi, si a tal sazón no hubiera llegado la noticia de su muerte. ¿Cómo fue la muerte de este esclarecido príncipe, y qué había sido de sus aliados, y cómo no prosperó más su partido a través de las disidencias entre los caudillos y califas africanos? He aquí cómo lo cuenta Ebn Khaldun en su capítulo sobre los príncipes de Granada. Veían Hairan y Almondhir (walí de Almería el uno y de Zaragoza el otro, principales fomentadores de la insurrección y del partido de Abderramán) que Almortadi no era el califa que ellos se habían propuesto buscar. Cuidábanse ellos en el fondo muy poco de los derechos de los Omeyas, y si combatían por un príncipe de aquella familia, era con la esperanza de reinar ellos bajo un señor débil e impotente que hubieran impuesto como soberano legítimo a los berberiscos. Pero Almortadi, que era de natural altivo y fiero, no quiso acomodarse a semejante papel ni contentarse con una sombra de soberanía. Lejos de obrar según las miras y fines de Hairan y Almondhir, fue bastante imprudente para hacérselos enemigos. Un día les había prohibido entrar en su casa. «A la verdad, se dijeron ellos entre sí, este hombre se conduce de bien distinta manera ahora que manda un numeroso ejército que antes. Indudablemente es un engañador de quien no se puede fiar.» Para vengarse de Almortadi, que había favorecido a costa de ellos a los jefes de las tropas de Valencia y Játiva, escribieron a Zawi (Zawi ben Zeiri era el walí de Granada, que, como berberisco, se había mantenido fiel a Alkasim, y fue el que principalmente sostuvo la guerra con Abderramán), excitándole a que atacase a Almortadi en su marcha a Córdoba, prometiéndole que abandonarían al califa cuando la lid estuviera empeñada. La batalla duró muchos días; en uno de ellos las huestes de Almondhir y de Hairan, según su promesa, volvieron la espalda al enemigo, quedando Abderramán solo con los verdaderos partidarios de su familia y con algunos cristianos auxiliares que llevaba. Fueron éstos pronto puestos en fuga por los berberiscos, que hicieron horrible matanza en sus contrarios, y se apoderaron de sus riquezas y de las magníficas tiendas de sus príncipes y sus generales.

«Esta derrota, dice Ebn Hayan, fue tan terrible, que hizo olvidar todas las demás: desde entonces, jamás el partido andaluz pudo reunir ya un ejército, y él mismo confesó su decaimiento y su impotencia». Expiaron, pues, Hairan y Almondhir con la ruina de su propio partido su infame traición contra Almortadi. Este desventurado príncipe logró no obstante poder escapar de los berberiscos, y ya había llegado a Guadix cuando unos espías enviados por Hairan le descubrieron y asesinaron. Su cabeza fue enviada a Almería, donde Almondhir y Hairan se hallaban entonces.

Gran desconsuelo causó esta novedad a los alameríes de Córdoba y a todos los parciales de los Omeyas, que temían verse de nuevo envueltos en los horrores de la guerra civil de que un momento se lisonjearon haberse libertado. Pero conociendo que no debían perder el tiempo en lamentos estériles, se apresuraron a proclamar califa á Abderramán ben Hixem, hermano de Mohammed el biznieto de Abderramán III. Le dieron el título de Abderramán V, y el sobrenombre de Almostadir Billah (el que confía en el amparo de Dios). Joven de veintitrés años, bella y agradable figura, ingenio claro, erudito y elocuente, y de costumbres severas, parecía Abderramán V el más a propósito para reparar los males del imperio, si los males del imperio no hubieran sido ya irreparables. Todos ambicionaban ya el trono, y su mismo primo Mohammed ben Abderramán fue el que más sintió verse postergado y juró destronarle o sucumbir en la demanda. Sobre no poder contar ya ningún califa con la sumisión de los walíes de las provincias, le perdió a Abderramán su propia severidad y su celo por la reforma de los abusos. Quiso refrenar la licencia de la guardia africana, andaluza y eslava, y suprimir algunos privilegios odiosos que se habían arrogado, y como no faltara quien instigase a los descontentos, a quienes tales medidas ofendían, se burlaban de él diciendo que estaba más cortado para superior de un convento de monjes que para soberano de un imperio. Mohammed era el que principalmente fomentaba estas malas disposiciones. El resentimiento estalló en rebelión abierta, y una mañana antes de levantarse el califa se vio asaltado por una muchedumbre tumultuosa, que comenzó por asesinar los eslavos que guardaban la puerta de su departamento. Despertó Abderramán al ruido, y empuñando su alfanje se defendió valerosamente un buen espacio, hasta que sucumbió a los repetidos golpes de los asesinos, que con bárbara ferocidad hicieron su cuerpo pedazos, y se derramaron tumultuariamente por la ciudad proclamando a desaforados gritos a Mohammed en medio de la sorpresa y espanto de una población intimidada.

Dueño Mohammed del apetecido y ensangrentado trono, siguió el sistema opuesto al de su antecesor. Se propuso conquistar la fidelidad de la guardia africana a quien debía su elevación, a fuerza de prodigalidades y larguezas. Le otorgó nuevos privilegios, daba a los soldados espléndidos banquetes, agasajábalos de mil maneras, y creyéndose con esto afianzado y seguro entregóse a una vida de placeres, entre músicas, versos, juegos y festines en el palacio y jardines de Zahara que hizo reparar. Los walíes y alcaldes que le veían tan distraído y apartado de los negocios públicos y de gobierno obraban como señores independientes y disponían por sí de las rentas de las provincias, y como éstas dejaron de ingresar en el tesoro y los dispendios del califa consumían tan apresuradamente los escasos recursos que quedaban, se agotaron éstos pronto, y sólo a fuerza de gabelas y vejaciones empleadas por los recaudadores públicos podían los pueblos de Andalucía subvenir a las liberalidades de su pródigo soberano, Pero era a costa de la miseria y de la opresión del pueblo, cuyas quejas y lamentos eran necesarios y naturales. Cuando todo se apuró, y llegó a faltar no sólo para las acostumbradas larguezas sino hasta para las atenciones indispensables, murmurábanle ya simultáneamente la guardia y el pueblo, éste por lo que había dado de más, aquélla por lo que dejaba de percibir. Pueblo y guardia al fin se sublevaron; comenzó la multitud amotinada por pedir la destitución de algunos visires y las cabezas de otros, y concluyó por reclamar a gritos la del califa y sus ministros. Merced a la lealtad de algunos jinetes de la guardia africana que pudieron librarle del furor popular, logró Mohammed salir de Zahara con su familia y refugiarse en la fortaleza de Uclés, cuyo alcaide le franqueó generosamente la entrada. Pero allí le alcanzó el odio de sus perseguidores, y en aquel hospitalario asilo murió a poco tiempo envenenado, después de un corto reinado de año y medio (1025).

Córdoba suspiraba ya por un soberano capaz de poner término a la feroz anarquía que la desgarraba. Poseía entonces el emirato de Málaga y extendía su gobierno a Algeciras, Ceuta y Tánger aquel Yahia ben Alí el Edrisita, que ya había obtenido algún tiempo el califato, y gozaba fama de gobernar con moderación y con justicia. A invitación de sus parciales pasó Yahia a Córdoba, donde fue recibido con demostraciones públicas de alegría. Su primer cuidado fue escribir a los walíes ordenándoles que pasaran a la capital a jurarle obediencia, pero éstos no estuvieron con él más deferentes que con sus antecesores: los unos o se excusaron o se hicieron sordos, los otros le desobedecieron abiertamente, y aun se atrevieron a tratarle de intruso y usurpador. De este número fue el de Sevilla Mohammed ben Abed, llamado Abu al-Kasim, conocido ya por su rivalidad con Yahia. Quiso éste castigar ejemplarmente su desobediencia, y salió a combatirle con la caballería de Córdoba, dando orden a los alcaides de Málaga, de Arcos, de Jerez y de Medina-Sidonia para que se le incorporasen. Noticioso de ello el de Sevilla dispuso una emboscada, y por medio de una hábil estratagema logró envolver el ejército del califa, que fue completamente desbaratado: el mismo Yahia recibió en la refriega una lanzada que le clavó a la silla de su caballo: su cabeza fue enviada a Sevilla en señal de triunfo, y las reliquias del destrozado ejército cordobés se retiraron en el más triste abatimiento (1026). Así acabó Yahia ben Alí, último califa edrisita, que en dos veces que ocupó el trono no llegó a reinar año y medio. Mohammed ¡cosa extraña! se volvió a Sevilla sin aspirar al califato.

Hubieron de proceder a nueva elección los cordobeses, y a propuesta e influjo del visir Gehwar recayó el nombramiento del califa en Hixem ben Mohammed, otro biznieto del grande Abderramán, y hermano de aquel desgraciado Abderramán IV Almortadi. Hallábase el elegido retirado en la fortaleza de Albone (acaso Alpuente) en compañía de su alcaide, cuando le fue anunciada la nueva de su proclamación. Modesto, desinteresado y prudente Hixem, contestó a los enviados del diván que daba las gracias al pueblo de Córdoba por la honra que le hacía y el afecto que le mostraba, pero que no podía resolverse a echar sobre sus hombros el grave peso del gobierno, ni a dejar la vida quieta y pacífica de su retiro. Pasáronse algunos meses antes que pudieran vencer su repugnancia al trono, y cuando hostigado por las instancias de los principales alameríes se resolvió a aceptarlo, difirió cuanto pudo su entrada en Córdoba so pretexto de organizar un ejército en las fronteras, encomendando entretanto el gobierno de la capital al visir Gehwar a quien nombró su hagib. Habían los cristianos, a través de las discordias que también los consumían entre sí, aprovechádose algo, aunque mucho más hubieran podido hacerlo, de las que destrozaban a los musulmanes, y ensanchado considerablemente los límites de sus fronteras. Guerreó, pues, Hixem III con ellos por espacio de tres años con fortuna varia, y principalmente por la parte de Calatrava y de Toledo. Fomentó mucho la institución de los zahbits, especie de monjes guerreros, y como la milicia sagrada de los musulmanes, que se consagraban voluntariamente al ejercicio de las armas y a defender constantemente las fronteras contra los almogávares cristianos; origen, a lo que muchos creen, de las órdenes militares cristianas.

Pero si algo ganaba el califa sosteniendo el honor de las armas musulmanas en las fronteras, perdía más por otra parte el imperio con su alejamiento de la capital, aflojándose, o más propiamente desatándose ya los escasos vínculos que le unían, ya tomando ocasión de su misma ausencia los sediciosos para fomentar en la capital hablillas y disturbios, ya declarándose los walíes en completa independencia y obrando como reyes absolutos. De todo le dio aviso su fiel hagib Gehwar, instándole a que con la mayor presteza y diligencia pasase a Córdoba. Hízolo así Hixem (1029) y su presencia, su afabilidad, su prudente y generoso comportamiento no dejó de calmar los ánimos de los más revoltosos e inquietos, y de captarse las voluntades de la mayoría de la población, visitando las escuelas, colegios y hospicios, y socorriendo a los huérfanos, desvalidos y enfermos. Mas cuando quiso persuadir a los walíes con amistosas cartas y prudentes razones la necesidad de la unión y cooperación común para recuperar lo que las discordias habían hecho perder al imperio, no obtuvo ya sino o negativas o indiferencia, y no hubo manera de recabar de ellos las contribuciones y subsidios. Convencido de la ineficacia de los medios blandos y suaves, apeló a los fuertes y violentos, y encomendó a sus más fieles caudillos la reducción de los walíes desobedientes. ¡Inútiles y tardíos esfuerzos! Algunos de los disidentes eran momentáneamente sometidos, pero la unidad del imperio, ya virtualmente disuelta, acabó de disolverse en lo material. El africano Zawi ben Zeiri se hacía proclamar rey de Granada y de Málaga: los de Denia y Almería, los de Zaragoza, Badajoz, Mérida y Toledo, declaráronse independientes de hecho y de derecho; a las mismas márgenes del Guadalquivir se le rebelaban los de Carmona, Sevilla y Medina-Sidonia; y el mismo Abdelaziz a quien había dado el gobierno de Huelva se alzaba con el señorío de aquel país. Apenas le quedaba sino la capital, y ésta no tardó en enajenársele.

Supieron que el califa en última necesidad había hecho pactos y transacciones con los rebeldes, y aquella población, aquella raza degenerada, que, como el mismo Hixem decía, ni sabía ya mandar ni sabía obedecer, le criticó de débil y de cobarde, le culpó de la mala suerte de la guerra y de las calamidades del reino, y se produjo en términos y demostraciones amenazadoras contra el califa. Aconsejábale Gehwar que abandonara la ciudad: él, que no había merecido la desafección del pueblo, no creía tampoco en su ingratitud, hasta que llegó el caso de pedir la amotinada multitud a gritos por las calles la deposición del califa y su destierro. Avisóselo el mismo Gehwar, y entonces Hixem, con resignación filosófica, exclamó sin alterarse: «Gracias sean dadas a Dios que así lo quiere.» Y aquel príncipe, que con repugnancia había aceptado un trono jamás ambicionado, salió sin pesar de Córdoba acompañado de su familia y de algunos principales caballeros y literatos que quisieron correr la misma suerte que su soberano. Se retiró éste primeramente a Hisn Aby-Sheriff (1031), mas perseguido allí por los cordobeses buscó un asilo cerca de Lérida, donde acabó tranquilamente sus días en 1037. «En él, dice el historiador arábigo, feneció la dinastía de los Omeyas en España, que principió en Abderramán ben Moawiah año 138, y acabó en este Hixem al-Motadi año 423 (de 756 a 1031). Así pasó el estado y la fortuna de ellos, añade, como si no hubiese sido. Feliz quien bien obró y loado sea siempre aquel cuyo imperio jamás acabará»

 

CAPITULO XX

REINOS CRISTIANOS

DESDE ALFONSO V DE LEÓN HASTA FERNANDO I DE CASTILLA

 

De 1002 á 1037

 

Miniatura-portada del libro de los TESTAMENTOS o PRIVILEGIOS que se conserva en la catedral de Oviedo

(Ejecutada por orden del obispo D. Pelayo a principios del siglo XII)

 

Decíamos en el anterior capítulo que el resultado de la batalla de Calatañazor y la descomposición en que por consecuencia cayó el imperio musulmán, brindaba ocasión propicia a los cristianos, no sólo para recobrarse de sus pasadas pérdidas, sino para haber reducido a la impotencia a los sarracenos, si los nuestros hubieran continuado unidos y sabido convertir en provecho propio el desconcierto a que aquéllos vinieron y las disensiones que los destrozaban. Añadiremos ahora, que si después de la muerte de Almanzor (1002) y durante los seis años del gobierno de su hijo Abdelmelik pudieron todavía los estandartes que triunfaron en la cuesta de las Águilas detenerse hasta un resto de pujanza que conservaba el imperio mahometano bajo la dirección de aquel belicoso caudillo, muerto éste (1008), ni hallamos la razón ni podemos justificar la conducta de los príncipes cristianos por no haber proseguido de concierto la guerra contra los enemigos de la fe. Pronto olvidaron que una sola vez que se habían unido : habían triunfado del gran capitán de los agarenos en el apogeo de su poder; y como si hubiera pasado para ellos todo peligro, volvieron al sistema fatal de aislamiento, y renacieron antiguas rivalidades.

Seguían, es verdad, venciendo las armas cristianas en Gebal Quintos y en Akbatalbacar, allí mandadas por el conde Sancho de Castilla, aquí por los condes Ramón Borrell de Barcelona y Armengol de Urgel. Pero vencían, el uno para dar el trono de Córdoba a Solimán el Berberisco, el otro para entronizar a Mohammed el Ommiada. Eran solicitados como auxiliares, y aparecían como mercenarios pudiendo haber obrado como señores. Contentábanse con la cesión de algunas fortalezas y ciudades en pago de un servicio los que hubieran debido ganarlas por conquista, y las espadas que hubieran debido emplearse contra los enemigos de la fe eran arrojadas en la balanza musulmana para inclinarla con su peso alternativamente, ya en favor de uno ya en favor de otro de los aspirantes al trono musulmán. Algo los disculpa el haberse propuesto, como creemos, debilitar de aquella manera las fuerzas de los mahometanos y contribuir a fomentar sus escisiones.

Sin embargo, no fue por estos solos medios, ni fue solamente el material ensanche de territorio lo que ganaron los reinos cristianos durante la disolución del imperio Ommiada. Reparáronse y se repusieron de las pérdidas y desastres causados por Almanzor, y lo que fue más importante todavía, dieron grandes y avanzados pasos hacia su reorganización religiosa, política y civil. Alfonso V de León, ya en su menor edad bajo la tutela y dirección del conde Menendo de Galicia y su esposa, y de su madre doña Elvira, ya después de haber alcanzado la mayoría y enlazádose en matrimonio con la hija de los condes sus ayos llamada Elvira también (1008), en ambas épocas con recomendable piedad, p inspirada p propia, se ocupó en reparar y fundar iglesias y monasterios, p en dotarles de rentas y hacerles ricas donaciones. Llenos están el cartulario y tumbo de León y todos los pergaminos de aquel tiempo de privilegios de este género otorgados por el joven y piadoso monarca.

Mas no fueron solos monasterios e iglesias los que fundó, reedificó o restauró el hijo del segundo Bermudo. La capital misma de su reino, la ciudad de León desde las deplorables irrupciones de Almanzor y de Abdelmelik había quedado asolada, casi yerma, reducida, como dijo Ambrosio de Morales, a un cadáver de población. Alfonso V se consagró con ahincó y afán a levantarla de sus ruinas, emprendió enérgicamente obras de reparación y construcción, dictó oportunas medidas para atraer nuevos pobladores, y no perdonó medio para hacerla recobrar en lo posible su grandeza y esplendor primitivo. Aún conserva Alfonso V el título de repoblador de León, Qui populavit Legionem post destructionem Almanzor, dice todavía su epitafio: et fecit ecclesiam hanc de luto et latere. Hasta a los muertos los hizo contribuir a dar vida a aquella población exánime, haciendo trasladar a la iglesia de San Juan los restos mortales de todos los reyes que se hallaban sepultados en diferentes iglesias del reino, entre ellos el cuerpo de su padre que hizo conducir desde el Vierzo.

Las desavenencias entre el rey de León y su tío el conde Sancho de Castilla debieron comenzar de 1012 en adelante, puesto que aquel año se ve al rey don Alfonso hablar del conde con el afecto de deudo, y en 1017 le trata de inicuo, de desleal, de enemigo que no piensa ni de día ni de noche sino en hacerle daño. Acaso fue la causa de estas escisiones la protección que el castellano solía dar a los criminales que del reino de León pasaban a sus dominios, de cuyo comportamiento se vengó el leonés despojándole de algunas posesiones que aquél tenía en su reino y trasfiriéndolas a sus leales servidores. Agregóse a esto que aquella familia de los Velas, enemiga de los condes de Castilla desde Fernán González, y que expulsada por éste y unida a los sarracenos los había concitado a hostilizar la Castilla y dirigídolos a veces en sus invasiones, viendo mal paradas las cosas de los musulmanes, habíase acogido otra vez a Castilla, donde los recibió el conde don Sancho. Mas como los Velas diesen muestras de volver a sus antiguas infidelidades, los arrojó ignominiosamente el conde de sus Estados. Entonces el de León, no sólo los admitió benévolamente en su reino, sino que les señaló en los valles limítrofes de León y Asturias tierras y posesiones con que pudiesen vivir con arreglo a su distinguida clase, lo cual produjo gran resentimiento en el conde castellano, y estas disidencias duraron hasta su muerte.

No estorbaron al monarca leonés estas discordias ni le sirvieron de embarazo para congregar una de las más importantes asambleas que en la época de la restauración se celebraron en España, y de las que más influjo ejercieron en su reorganización política y civil. Hablamos del concilio de León del año 1020; asamblea político-religiosa que nos recuerda las famosas de Toledo del tiempo de los godos, y la primera de los siglos de la reconquista en que se hizo un código o pequeño cuerpo de leyes escritas que nos hayan sido conservadas después del Fuero Juzgo. Abrióse el día 1 de agosto , en presencia del rey y de su esposa doña Elvira, en la iglesia de Santa María, con asistencia de todos los prelados, abades y próceres del reino. «En la Era MLVIII (dice), el 1.° de agosto en presencia del rey don Alfonso y de la reina Elvira su mujer, nos hemos congregado en la misma sede de Santa María todos los pontífices, abades grandes del reino de España, y por mandato del mismo rey hemos ordenado los decretos siguientes, que habrán de ser firmemente observados en los tiempos futuros». Hiciéronse en él cincuenta y ocho decretos o cánones, de los cuales los siete primeros versan sobre asuntos eclesiásticos, previniéndose en el 7º que se trate primero de las cosas de la Iglesia, después lo perteneciente al rey, y en último lugar la causa de los pueblos. Los otros hasta el 20 son verdaderas leyes políticas y civiles para el gobierno de todo el reino, y los demás son como ordenanzas municipales de la misma ciudad de León y su distrito: el 20 tiene por especial objeto la repoblación de la ciudad, «despoblada (dice) por los sarracenos en los días de mi padre el rey Bermudo.»

Son notables, entre otras disposiciones de este célebre concilio, las siguientes: «Mandamos (dice el canon 13), que el hombre de benefactoría vaya libre con todos sus bienes y heredades a donde quisiere.» El hombre o pueblo de benefactoría, de donde se derivó la palabra behetría, era el que tenía derecho o facultad de sujetarse al señor que más le acomodaba, para que le amparase, defendiese e hiciese bien, con la libertad de mudar de señor a voluntad: «con quien bien me hiciere con aquel me iré»

«Los que han acostumbrado a ir al fosado con el rey, con los condes o con los merinos, vayan siempre según costumbre.» (Los merinos, derivación de la voz latina majorinus, de que ya se halla mención en el Fuero de los visigodos, eran unos jueces mayores del rey, de los cuales el sayón era el ejecutor o ministro)

Ir al fosado era lo mismo que ir a campaña, a lo cual por las leyes godas estaban obligados todos los propietarios, llevando a la guerra, además de su persona, la décima parte de sus esclavos. En las nuevas monarquías habían ido los nobles y ricos relajando esta obligación y mirando como mera costumbre lo que había sido verdadera ley. En algunas partes se había conmutado el servicio personal en una contribución llamada fonsadera. El citado canon tenía por objeto conservar aquella leyó costumbre tan útil y necesaria para la defensa del Estado.

Se decretó en el 18 que en León y en todas las ciudades del reino hubiese jueces nombrados por el rey. Que también en este punto se había relajado la legislación visigoda, apropiándose los señores en muchos lugares este derecho de la soberanía.

En cuanto a los fueros particulares que por este concilio le fueron otorgados a la ciudad de León, los había también muy notables. «Ningún vecino de León, clérigo o lego, pagará rauso (multa que debía pagarse por las heridas), fonsadera (contribución a la guerra), ni mañería (contribución por el derecho de testar los que morían sin hijos, del cual estaban privados los esclavos, colonos y demás personas de origen servil)». Se le concedía por el 24 a la ciudad de León el fuero de que si se cometía en ella algún homicidio, huyendo el reo de su casa y estando oculto nueve días, pudiera volverse a ella seguro de la justicia y guardándose de sus enemigos o componiéndose con ellos, sin que el sayón le exigiera cosa alguna por su delito. Las causas y pleitos de todos los vecinos de León y de su término habían de decidirse precisamente en la capital, y en tiempo de guerra estaban todos obligados a guardar y reparar sus muros, gozando el privilegio de no pagar portazgo de lo que allí vendiesen (can. 28). Todo vecino podía vender en su casa los frutos de su cosecha sin pena alguna (can. 33). Las panaderas que defraudaran el peso del pan, por la primera vez habían de ser azotadas, por la segunda pagarían cinco sueldos al merino del rey (can. 34). Ninguna panadera podía ser obligada a amasar el pan del rey, como no fuese esclava suya (can. 37).

Dos de los más apreciables privilegios concedidos por este concilio fueron los siguientes: «Ni merino ni sayón pueda entrar en el huerto o heredad de hombre alguno sin su permiso, ni extraer nada de él, si no fuese de siervo del rey (can. 38).» «Mandamos que ni merino, ni sayón, ni dueño de solar. ni señor alguno entren en la casa de ningún vecino de León por nenguna caloñia (calumnia alguna), ni arranque las puertas de su casa (can. 41)». Recaen estos privilegios ya sobre la mala costumbre que había, o mejor dicho, abuso, que con el nombre de fuero de sayonía se arrogaban los jueces y los ministros de hacer pesquisas y visitas domiciliarias de oficio y sin queja de parte conocida, estafando a los pueblos a pretexto de costas judiciales, ya sobre la corruptela de entrar por fuerza en las casas para cobrar deudas, en cuyos casos, entre otras vejaciones, solían arrancar y llevarse las puertas: costumbres que con razón se denominaban en algunas escrituras malos fueros. Estas mismas gracias concedidas por el concilio demuestran lo oprimidos que antes de su concesión estaban los vecinos de la capital, y de aquí puede deducirse lo tiranizados que vivirían los moradores de las pequeñas poblaciones.

Concluye el concilio con una terrible conminación de anatema a los transgresores de aquella ley: «Si alguno de nuestra progenie o de otra cualquiera intentase quebrantar a sabiendas esta nuestra constitución, cortada la mano, el pie y el cuello, arrancados los ojos, sacadas y derramadas las entrañas, herido de lepra, juntamente con la espada de la excomunión, pague la pena de su delito en condenación eterna con el diablo y sus ángeles.»

Tales fueron las principales disposiciones del célebre concilio de León de 1020. Se mantuvo este código en observancia por espacio de muchos siglos, y recibió el nombre de Fuero de León. Como principal título de gloria pregona, y con justicia, el epitafio de Alfonso V el haber dotado el reino y la ciudad de buenos fueros. Así se iba modificando, sin abolirse por eso ni dejar de regir el Fuero Juzgo, la jurisprudencia heredada de los visigodos, con arreglo a las nuevas condiciones en que se iba encontrando la sociedad española.

Continuó el rey don Alfonso en los años sucesivos promoviendo la devoción religiosa y dando de ella personal ejemplo, protegiendo a los buenos prelados como el docto Sampiro, aplicando frecuentemente a los monasterios e iglesias los bienes que confiscaba a los criminales, y recompensando los servicios de sus más leales súbditos a costa de los que intentaban rebelarse contra su autoridad. Se llegó así el año 1026, en que con motivo de la guerra que hacía por las fronteras cristianas el último califa Ommiada Hixem III, a semejanza del postrer esfuerzo de un moribundo, pasó el monarca leonés el Duero, y prosiguiendo hacia el Sur fue a poner sitio a Viseo en la Lusitania. La plaza estaba ya casi a punto de rendirse, cuando un día, hostigado el rey por el calor, excesivo para aquella estación (5 de mayo de 1027), se puso a hacer un reconocimiento a caballo al rededor del muro, sin coraza y sin otro abrigo ni defensa que una delgada camisa de lino : en esto que una flecha lanzada de lo alto de una torre por mano de un musulmán vino a clavársele en el cuerpo, y cayendo del caballo sucumbió a muy poco tiempo de la herida. Así murió Alfonso V de León, el de los buenos fueros, a los 33 años de su edad y 28 de reinado, dejando dos hijos jóvenes, Bermudo y Sancha, que ambos heredaron el reino como veremos después.

Sancho de Castilla por su parte tampoco se había contentado con dilatar las fronteras de sus dominios, ya recobrando con la espada muchas plazas perdidas en los calamitosos tiempos de Almanzor, ya recibiendo, como antes hemos enunciado, fortalezas y ciudades a cambio y premio del auxilio que a solicitud de los califas o caudillos sarracenos, solía prestarles. Ganó también Sancho, aun antes que el monarca leonés, fama y renombre de generoso y de justiciero, al propio tiempo que de político y de organizador, por la largueza con que otorgó a los pobladores de las ciudades fronterizas exenciones, franquicias y derechos apreciables, que recibieron y conservan el nombre de fueros: nueva forma que comenzó a recibir la jurisprudencia española, origen noble de las libertades municipales de Castilla, y justa y merecida recompensa con que los príncipes cristianos o remuneraban a los defensores de una ciudad que se sostenía heroicamente contra los rudos e incesantes ataques del enemigo, o alentaban a los moradores de un pueblo que había de servir de centinela o vanguardia avanzada de la cristiandad, expuesta siempre a las incursiones e invasiones de los musulmanes; pequeñas cartas otorgadas, y preciosas aunque diminutas y parciales constituciones especie de contrato mutuo entre los soberanos y los pueblos, que más de un siglo antes que en otro país alguno de Europa sirvieron de fundamento a una legislación que todavía encarecen las sociedades modernas.

Precedió, hemos dicho, el conde Sancho de Castilla al rey Alfonso V de León en la concesión de estos fueros y cartas-pueblas. Nos ha quedado escrito el que en 1012 concedió a Nave de Albura a la margen izquierda del Ebro. Las referencias de otros soberanos posteriores al confirmar los que muchos pueblos habían obtenido del conde don Sancho, nos certifican de la liberalidad con que otorgó esta clase de derechos a las poblaciones de sus dominios el que tuvo la gloria de pasar a la posteridad con el honroso sobrenombre de Sancho el de los Buenos Fueros. La exención de tributos y el no hacer la guerra sin estipendio, como hasta entonces  se había acostumbrado, fue uno de los más notables fueros que concedió este célebre conde de Castilla. Heredado é enseñoreado el nuestro señor conde don Sancho del condado de Castilla … Jizo por la ley é fuero que todo home que quisiese partir con él á la guerra á vengar la muerte de su padre en pelea, que á todos facía libres, que no pechasen el feudo ó tributo que fasta allí pagaban, é que no fuesen de allí adelante á la guerra sin soldada. «Dio mejor nobleza a los nobles, dice el arzobispo don Rodrigo, y templó en los plebeyos la dureza de la servidumbre»

El que precedió a su coetáneo Alfonso V de León en la concesión de fueros, si bien los del conde castellano no formaban todavía un cuerpo de derecho escrito como los del monarca leonés, le precedió también en la muerte, en 1021, dejando por sucesor del condado a García su hijo, muy joven aún; pues que había nacido en el mismo año que su padre hizo la expedición a Córdoba en calidad de aliado y auxiliar de Solimán.

Mientras así obraban los soberanos de León y de Castilla durante la disolución del imperio musulmán cordobés, el conde Ramón Borrell de Barcelona, no menos celoso de la prosperidad y engrandecimiento de su Estado que los castellanos y leoneses, después de su expedición a Córdoba como auxiliar de Mohammed, y de regreso de las batallas de Akbatalbacar y del Guadiaro, redobló sus ataques contra las fronteras musulmanas, en unión con los prelados, abades, vizcondes, caballeros y todos los hombres de armas, conquistando fortalezas y castillos hacia el Ebro y el Segre, y proveyéndolos de alcaides y gobernadores de probado valor. Así descendió el noble conde al sepulcro (25 de febrero de 1018), dejando por sucesor del trono condal a su hijo Berenguer Ramón, joven de tierna edad, bajo la tutela de su madre la condesa doña Ermesindis, que en las ausencias de su esposo había quedado siempre gobernando el condado, y de saber dirigir los negocios públicos con fortaleza, discreción y buen consejo había dado multiplicadas pruebas. Mas esta misma intervención en el gobierno del Estado a que se acostumbró en vida del conde su esposo, las excesivas facultades con que éste quiso dejarla favorecida en su testamento, y la corta edad e inexperiencia de su hijo, despertaron en la condesa viuda tan desmedida ambición de mando, que el joven Berenguer Ramón I tuvo que luchar después constantemente contra las exageradas pretensiones de su madre, origináronse disturbios graves en la familia, acaso las catástrofes sangrientas que luego sobrevinieron tuvieron en estas discordias su principio y causa, y el hijo tuvo por fin que pactar con la madre sobre el imperio como se pudiera pactar entre dos rivales y extraños poderes.

A pesar de estas flaquezas y de no haber sido el conde Berenguer Ramón un príncipe guerrero, debióle el condado el haber hecho sentir la fuerza blanda de la ley y haber comenzado a dar asiento y forma al imperio heredado de sus mayores. «Por esto, dice un moderno historiador de Cataluña, la historia debiera trocar por el de Justo el sobrenombre de Curvo con que designa a Berenguer Ramón I; y a Barcelona le cumple añadirle el de Liberal, ya que a él debieron en 1025 los moradores de este condado la primera confirmación histórica de todas sus franquicias y de la libertad de sus propiedades». Ya el conde Borrell II en 986 en su carta de población de Cardona había dado a esta ciudad privilegios y derechos apreciables, y estas y otras exenciones eran las que confirmaba el desgraciado hijo de Ramón y de Ermesindis.

Así iban los soberanos de la España cristiana casi simultáneamente y como por un sentimiento unánime fundando una nueva jurisprudencia y despojándose de sus atribuciones para compartirlas con los pueblos que con tan heroico y constante esfuerzo sostenían sus tronos al mismo tiempo que la causa de la cristiandad.

No de otra manera obraba por su parte Sancho el Mayor de Navarra. Aunque otro monumento no hubiera quedado de este gran príncipe que el insigne y celebrado fuero de Nájera, hubiera bastado para darle renombre. De esta manera y por una coincidencia singular, mientras el imperio mahometano de Córdoba caminaba apresuradamente hacia su disolución, los reinos o Estados cristianos de León, de Castilla, de Barcelona y de Navarra, sin dejar de progresar en lo material aunque no tanto como hubieran podido si hubieran obrado de concierto contra el enemigo común, se reorganizaban y reconstituían interiormente sobre la base de una nueva codificación, que sin destruir la antigua (pues ya hemos dicho que el código de los visigodos no dejó por eso de considerarse como la jurisprudencia general), daba nueva fisonomía a la constitución civil de los Estados, suplía a aquél en las necesidades y condiciones de nuevo creadas en las nacientes monarquías, y ampliándose cada día había de ser la base y principio de la legislación foral que tanta celebridad goza en la historia de la edad media en España.

La muerte de Sancho de Castilla y la de Alfonso V de León, ocurridas la primera en 1021, la segunda en 1027, dieron ocasión a enlaces de familia entre príncipes y princesas de las dinastías reinantes, los cuales produjeron relaciones y sucesiones que cambiaron esencialmente la condición de los Estados cristianos en que estaba la España dividida y complicaciones de largos y duraderos resultados.

Era, como hemos dicho, conde de Castilla el joven García II hijo de Sancho, cuando sucedió en el trono de León a Alfonso V su hijo Bermudo, tercero de su nombre, joven también de diez y siete a diez y ocho años, pero esclarecido en saber, aunque pequeño en edad, como le califica un antiguo escritor. Uno de los primeros actos del nuevo monarca leonés fue unirse en matrimonio con la hermana del conde castellano (1o28) llamada Jimena Teresa, en algunos documentos también Urraca. Otra hermana del conde de Castilla, doña Mayor de nombre, y mayor también en edad, estaba casada con don Sancho el de Navarra. De forma que los tres soberanos de León, Navarra y Castilla, estaban emparentados en igual grado de afinidad.

Para estrechar más todavía estos lazos entre las familias reinantes, los condes de Burgos celebraron consejo y acordaron enviar un mensaje a Bermudo III de León solicitando diese en matrimonio su única hermana Sancha al conde García, y que con tal motivo consintiese en que dicho conde tomara el título de rey de Castilla. Acogió el leonés con beneplácito la embajada de los caballeros burgaleses y les prometió acceder a los dos extremos de su demanda. Partió, no obstante. Bermudo a Oviedo, cuya iglesia parece había hecho voto de visitar, dejando en León a la reina su esposa y a su hermana. Satisfechos del resultado de su misión los nobles castellanos, regresaron a Burgos, e instaron al conde García a que pasase por León a Oviedo y concertase con Bermudo todo lo concerniente a su matrimonio y al título real. Hízolo así García, partiendo de Burgos en los primeros días de mayo de 1029, con la flor de la nobleza castellana. Llegado que hubieron a León, pasó inmediatamente García a visitar a la reina su hermana y a la hermana del rey, Sancha su prometida. Pensaba detenerse en León sólo los días precisos para el descanso y para cumplir con los deberes de la galantería y de la urbanidad. ¡Cuán ajeno estaba de sospechar la catástrofe que le esperaba allí!

Sabedores los Velas de la llegada de García a León, aquellos Velas a quienes el conde Sancho había arrojado de Castilla y Alfonso V había acogido en su reino y dádoles posesiones en las montañas de Asturias, aquellos eternos enemigos de la familia de Fernán González, que vieron una ocasión de vengar antiguos y personales agravios, aprovechándose de la ausencia del rey Bermudo, levantaron un buen golpe de gente de sus parciales, y marchando a su cabeza y caminando toda una noche sin descanso, sorprendieron al rayar el alba del otro día la ciudad de León. Habíase dirigido el conde castellano, sin duda con objeto de cumplir alguna devoción, al templo de San Juan Bautista. A la puerta misma del templo se vio de improviso asaltado por los conjurados, que sin respeto a la santidad del lugar consumaron su horrible proyecto, y la cabeza del joven conde de Castilla cayó a los pies de los que habían sido súbditos de sus mayores, en los momentos en que le sonreía el más halagüeño porvenir. Por una coincidencia que hace resaltar el horror del crimen, Rodrigo Vela, que en los días de reconciliación con el conde don Sancho había tenido en la pila bautismal al niño García, fue el que descargó ahora con mano impía el golpe mortal sobre su ahijado. Varios caballeros castellanos y leoneses que acudieron a defender al joven conde cayeron también al golpe de los afilados aceros de la gente de los Velas. Mas viendo éstos amotinarse el pueblo para vengar la muerte de García, abandonaron la ciudad y se retiraron al castillo de Monzón. Fue este lamentable suceso el 13 de mayo de 1029. La princesa Sancha, dice la crónica, derramó abundante llanto sobre el cadáver de su prometido esposo, y le hizo enterrar con los debidos honores cerca del de Alfonso su padre en la iglesia misma de San Juan Bautista.

Con la muerte de García acababa la línea masculina de la ilustre prosapia de Fernán González, su tercer abuelo, y sólo restaban dos princesas, casadas ambas, la menor con Bermudo III de León, la mayor con Sancho el Grande de Navarra. Así el importante condado de Castilla venía a quedar expuesto a las pretensiones, o del más ambicioso de los dos monarcas, o del más fuerte, o del que se creyera con más derecho a él. Reuníanse todas estas cualidades en don Sancho el Mayor de Navarra, que no tardó en hacerlas valer para alzarse con la soberanía de Castilla, ni tardó tampoco en presentarse con poderoso ejército, apoderándose del país como de una herencia de que venía a tomar posesión. Pero al propio tiempo los asesinos de García vieron caer sobre sí un vengador terrible, de aquellos de que a las veces se vale la Providencia para la expiación de los grandes crímenes.

Dijimos que los Velas se habían refugiado al castillo de Monzón. Estaba esta fortaleza situada en una colina a orillas del río Carrión, en tierra de Campos, a dos leguas de Palencia, en la villa que hoy conserva su nombre. Allí los fue a buscar el viejo rey de Navarra; púsoles apretado cerco, tomó al fin el castillo por asalto, degolló a todos sus defensores, excepto a los tres hijos de Vela, a los cuales reservaba otro género de muerte..... Los hijos de Vela, los asesinos de García, fueron quemados vivos por orden del nuevo soberano de Castilla. Después de lo cual el heredero y vengador del malogrado conde pasó a Burgos y se hizo reconocer por los grandes y caballeros castellanos como conde o duque soberano de un país que tan digna y valerosamente había sabido hasta entonces conservar su independencia desde los tiempos de Fernán González cerca de un siglo había.

Así don Sancho de Navarra se encontraba el más poderoso de los monarcas cristianos. Pero esto era poco para satisfacer sus ambiciosas miras, que la facilidad con que se apoderara de Castilla no hizo sino despertar. La proximidad al reino de León, la corta edad del príncipe que ocupaba aquel trono, la fuerza de que entonces disponía, todo le excitaba a proseguir en la carrera de conquista que tan próspera se le presentaba. Érale, no obstante, necesario otro pretexto para llevar sus armas al territorio leonés, sobre el cual carecía absolutamente de derechos que alegar. Un suceso vino a proporcionarle el motivo u ocasión que deseaba para romper con el rey de León. He aquí cómo lo refieren las crónicas.

Cazaba un día el viejo monarca navarro con sus monteros en uno de los bosques de la comarca de Palencia. Un jabalí herido y acosado por los alanos se internó en lo más fragoso de la selva: el rey, que le perseguía con el ardor e interés de entusiasmado cazador, le vio entrar en una gruta y no vaciló en entrar también en pos de la fiera con resolución de acabarla de matar: mas al levantar el brazo para arrojarla el venablo le sintió embargado e inmóvil. Entonces reparó en un altar que en el subterráneo había con la imagen de San Antolín, y conociendo que la repentina parálisis del brazo podría ser un castigo de su desacato, pidió al santo perdón y le ofreció edificarle allí un templo, con lo que el brazo recobró su acción. Y habiéndole informado a don Sancho de que aquel era el solar de la antiquísima Palencia que el tiempo y las guerras habían arruinado y convertido en bosque de jarales, determinó reedificar la ciudad y en ella el prometido templo a San Antolín, encomendando este cuidado al obispo Ponce de Oviedo, de quien no sabemos cómo estuviese en tan íntimas relaciones con el monarca navarro siendo súbdito del de León. Sea lo que quiera de esta anécdota, que se encuentra referida en uno de los privilegios del rey don Sancho, debiósele a este rey la reedificación de la ciudad y templo, y hállase hoy aquella santa gruta en medio del cuerpo principal de la catedral, dedicada al santo mártir Antolín, siendo objeto de gran veneración para los fieles palentinos, de los cuales no hay quien ignore la aventura del rey don Sancho y del jabalí, origen tradicional de la fundación del venerado santuario.

Opúsose el monarca leonés a la reedificación de Palencia comenzada por el navarro, alegando pertenecer aquel territorio a sus dominios y no a los de Castilla; sostenía lo contrario el de Navarra, y la discordia produjo un rompimiento entre los dos príncipes, que era sin duda lo que Sancho apetecía y más en aquellos momentos en que el rey de León se hallaba en Galicia con objeto de sofocar dos pequeñas sediciones que en aquel país se habían movido. Escogió, pues, el activo y experimentado Sancho ocasión tan oportuna para invadir resueltamente los Estados de su nuevo enemigo, y le fue fácil posesionarse del territorio comprendido entre el Pisuerga y el Cea. Franqueó seguidamente este río, y avanzó hasta los llanos de León. Mas allí encontró ya a los leoneses alzados en defensa de su reino y de su rey. Éste por su parte acudió también con su ejército de Galicia, y ya los dos monarcas estaban para venir a las manos, cuando los obispos de uno y otro reino se presentaron como mediadores, haciendo ver a ambos monarcas lo funestas que eran tales disensiones para la causa común del cristianismo. Y éranlo en verdad tanto, que en aquella sazón acababa de caer el último califa de los Omeyas, arrastrando tras sí la disolución del imperio musulmán; oportunísima ocasión para arruinar del todo el quebrantado poderío de los muslimes, si los cristianos no se hallaran con tales discordias distraídos. Lograron al fin las razones de los prelados traer a los dos monarcas a un acomodamiento (luego veremos si de buena fe por ambas partes), estableciéndose por bases de la paz el casamiento de Sancha, la hermana del rey de León, antes prometida al malogrado García de Castilla, con el príncipe Fernando, hijo segundo del rey de Navarra (1012), que éste tomaría el título de rey de Castilla, y que Bermudo daría en dote a su hermana el país que Sancho al principio de la campaña había conquistado entre el Pisuerga y el Cea, quedando de esta manera cercenado el reino de León. Celebráronse las bodas con la más suntuosa solemnidad y Fernando quedó instalado rey de Castilla.

Parecía que con esto debería haber quedado satisfecha la ambición del anciano rey de Navarra, si a la ambición de los conquistadores se pudiera poner límites. Pero apenas habían gozado un año de paz los leoneses, cuando volvió el navarro, sin pretexto que nos sea conocido, a llevar sus armas al territorio de León; se apoderó de Astorga, y procedió a gobernar como dueño y señor el reino de León, las Asturias y el Vierzo hasta las fronteras de Galicia, donde se había acogido Bermudo. De esta manera se halló Sancho el Grande de Navarra, merced a su ambición y a su energía, dueño de un vasto imperio que se extendía desde más allá de los Pirineos hasta los términos de Galicia, y si él no tomó ya el título de emperador, aplicáronsele después por lo menos.

Pero le duró ya poco el goce de tan vasto poder, porque se cumplió el plazo que estaba señalado a la vida del conquistador. Y bien fuese que recibiera muerte violenta yendo a visitar las reliquias y el templo de Oviedo, según la Crónica general; bien fuese natural su muerte, como parecen indicarlo los dos prelados cronistas de Toledo y de Tuy, no le cogió aquélla desprevenido, puesto que sintiendo aproximarse su fin tuvo tiempo para hacer entre sus hijos aquella célebre distribución de reinos que tantas discordias había de producir y tanto había de alterar la respectiva condición de los Estados cristianos. Dejó, pues, Sancho a su hijo mayor García el reino de Navarra; a Fernando el antiguo condado de Castilla, juntamente con las tierras conquistadas al reino de León entre los ríos Pisuerga y Cea; a Ramiro, habido fuera de matrimonio, le señaló el territorio que hasta entonces había formado el condado de Aragón, y por último, a Gonzalo, otro de sus hijos, el señorío de Sobrarbe y Ribagorza.

Tal fue la famosa partición de reinos que don Sancho el Mayor de Navarra hizo entre sus hijos poco tiempo antes de su muerte acaecida en febrero de 1035, después de un reinado de cerca de 65 años; duración prodigiosa y la más larga que se hubiese hasta entonces visto.

En este mismo año (26 de mayo de 1035), murió también el conde de Barcelona Berenguer Ramón I el Curvo, cuando sólo contaba treinta años de edad, si bien el cielo le había dotado de larga sucesión en dos mujeres que había tenido, doña Sancha de Gascuña y doña Guisla de Ampurias, sucediéndole en la soberanía condal de Barcelona el primogénito del primer matrimonio Ramón Berenguer, llamado el Viejo, aunque joven, por la razón que diremos después.

No conocemos bastante para poder apreciarlas debidamente, ni las razones especiales que moverían a Sancho de Navarra, ni la intención y el fin que pudo llevar en distribuir de la manera que lo hizo entre sus hijos la rica herencia que les legó, ni los motivos personales que le impulsaran a dejar favorecidos a unos más que a otros en aquella desigual partición. Infiérese de las escatimadas y oscuras explicaciones de los escritores de aquel tiempo que influyeron no poco en ella secretos y afecciones nacidas de la vida doméstica de aquel gran monarca. De todos modos, cualquiera que hubiese sido la partición, una vez rota la obra laboriosa de la unidad, una vez distribuido como patrimonio de familia el grande imperio que Sancho había sabido concentrar en una sola corona con los esfuerzos de su vigoroso brazo, hubiera sido difícil poner freno a la ambición, a la codicia y a la envidia que muy pronto se desarrolló entre los hermanos coherederos, y evitar las sangrientas guerras civiles que entre ellos nacieron apenas enfrió el hielo de la muerte el cadáver de su padre.

Ramiro el Bastardo, a quien tocó el pequeño reino de Aragón, fue el primero que, descontento de su lote, tomó las armas contra su hermano García de Navarra, que de orden y acaso con alguna misión de su padre se hallaba a la sazón en Roma. Mas no contando Ramiro con bastantes fuerzas propias para despojar a su hermano, llamó en su ayuda a los régulos musulmanes de Zaragoza, Huesca y Tudela, con cuyo refuerzo penetró hasta Tafalla y puso sus tiendas alrededor de esta ciudad. Pero García, que con noticia de la muerte de su padre, regresaba a sus Estados, informado del movimiento y proyectos de Ramiro, reunió apresuradamente un ejército de pamploneses, y con la celeridad del rayo cayó sobre el campamento de Tafalla, arrolló las desapercibidas huestes, huyeron despavoridos los que quedaron con vida, y el mismo rey de Aragón, que acaso reposaba descuidado, para no caer en manos de García hubo de montar descalzo y casi desnudo en un caballo desjaezado y sin más bridas que un tosco ronzal al cuello, y así huyó hasta ganar las montañas de su reino; quedando los navarros dueños de las tiendas y despojos de cristianos y musulmanes. Debe creerse que no tardaron en ajustarse paces entre los dos hermanos, pues se vio luego a don Ramiro en posesión tranquila de su reino.

Por su parte Bermudo de León, tan luego como supo la muerte de Sancho, se preparó a recobrar sus antiguos dominios. Ayudábale el buen espíritu de sus pueblos, y fácilmente se reinstaló en León y recuperó las tierras del Oeste del Cea. Como quien ostentaba hallarse otra vez en la plenitud de sus derechos, expidió carta de privilegio para la reedificación de la ciudad y templo de Palencia, anulando la que había dado don Sancho, como emanada de un poder ilegítimo. Y como en su propósito de recuperar todo lo que obligado por la fuerza y la necesidad había cedido al nuevo rey de Castilla avanzase sobre las modernas fronteras de los dos reinos, don Fernando, viéndose atacado por fuerzas superiores a las suyas, acudió en demanda de auxilio a su hermano don García el de Navarra. No tardó éste en presentarse con un ejército en Burgos. Reunidas las fuerzas de ambos reyes castellano y navarro, marcharon al encuentro del leonés. Halláronle con su gente en el valle de Tamarón, ribera del río Carrión, y se empeñó una sangrienta batalla, en que de un lado y otro se peleó con igual arrojo y esfuerzo. El rey don Bermudo se mostró uno de los más intrépidos y de los primeros en arrostrar los peligros: fiado en su juventud, en su valor y en la ligereza de su caballo, llamado Pelagiolus, se precipitó lanza en ristre en lo más cerrado y espeso de las filas enemigas buscando y desafiando a Fernando. Su ciega intrepidez le perdió. Fernando y García resistieron firmemente el choque de su rival; se tropezó Bermudo con las puntas de sus lanzas, y cayó mortalmente herido del caballo. Siete de sus compañeros de armas perecieron a su lado. El combate duró todavía algunos instantes, pero la noticia de la muerte de Bermudo se difundió entre los leoneses y se pronunciaron en dispersión y retirada hacia León (1037).

Así pereció el joven rey don Bermudo III, concluyendo en él la línea varonil de los reyes de León, pues un solo hijo que había tenido sobrevivió unos pocos días más a su nacimiento. El monje de Silos, al dar cuenta de la muerte de aquel malogrado monarca, se muestra embargado y como agobiado de dolor. Todos los historiadores elogian las virtudes de este príncipe. Joven, sin los vicios de la juventud, se ocupó en reformar las costumbres, era el consuelo de los pobres, fue justo y benéfico, y con leyes y castigos oportunos llegó a corregir en gran parte el desenfreno y la licencia que se habían introducido y propagado en el reino.

Después de la batalla de Tamarón, conociendo Fernando lo que le importaba la actividad para consumar su obra, prosiguió con su ejército victorioso hasta los muros de León. Cerráronle los leoneses las puertas; pero reflexionando luego sobre la dificultad de resistir al castellano, considerando por otra parte que no había más heredero del trono de León que doña Sancha su mujer, y que no les convenía atraerse la enemistad del que un día u otro había de ser su soberano, acordaron abrirle las puertas, entró don Fernando en León con banderas desplegadas y entre las aclamaciones de su ejército y alguna parte, aunque pequeña, del pueblo. Hízose, pues, ungir y coronar rey de León en la iglesia catedral de Santa María por su obispo Servando a 22 de junio de 1037.

De este modo vinieron a reunirse las coronas de Castilla y de León, que ambas habían recaído en hembras, la primera en doña Mayor, hija del conde de Castilla y mujer de don Sancho de Navarra, y la segunda en doña Sancha, hermana del rey de León don Bermudo III y mujer de don Fernando: «Accidente y cosa (dice el P. Mariana hablando de haber recaído las dos coronas en hembras), que todos deben aborrecer, pero diversas veces antes de este tiempo vista y usada en el reino de León : si dañosa, si saludable, no es de este lugar disputado ni determinado. A la verdad muchas naciones del mundo fuera de España nunca la recibieron ni aprobaron de todo punto.»

De esta manera se extinguió la línea masculina de aquella ilustre estirpe de reyes de Asturias y León que se remontaba hasta Pelayo y se enlazaba con las dinastías de los antiguos monarcas godos. La reunión de las dos coronas de León y de Castilla, si bien costó sangre muy preciosa, encerraba en germen la futura unidad de las monarquías cristianas de España. Por desgracia esta obra de la perseverancia española tardará todavía en llevarse a feliz término: sufrirá todavía interrupciones sensibles y contrariedades penosas; pero los cimientos de tan apetecida unión quedaron echados.

CAPITULO XX

REINOS CRISTIANOS

DESDE ALFONSO V DE LEÓN HASTA FERNANDO I DE CASTILLA

Del 1002 al 1037