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SALA DE LECTURA

Historia General de España
     

 

 

TOMO SEGUNDO - LIBRO QUINTO

DOMINIO MUSULMAN

 CAPÍTULO XV

ABDERRAMÁN III EN CÓRDOBA. — DESDE ORDOÑO III HASTA SANCHO I EN LEÓN 

Del 950 al 961

 

 

A cinco millas río abajo de Córdoba había un ameno y apacible sitio, donde Abderramán, convidado por su frescura y frondosidad, solía pasar las temporadas de primavera y otoño. Allí hizo construir edificios magníficos y bellos jardines, pasión predilecta de los árabes. En medio levantó un soberbio alcázar, que se propuso decorar y enriquecer con todo lo más suntuoso y que más pudiera halagar los caprichos de la imaginación humana. Tan galante como espléndido el califa, dedicóle a su esclava favorita, la más hermosa y linda de su harem, llamada Zahara, que significa Flor, y de cuyo nombre llamó a la nueva ciudad Medina Zahara, ciudad de las flores.

Para la construcción de este palacio trabajaron, dicen sus historias, diez mil hombres, mil quinientos mulos y cuatrocientos camellos. Entraban cada día diez mil piedras labradas, sin contar las de mampostería. Hiciéronsele quince mil puertas, y sustentábanle cuatro mil trescientas columnas de mármoles preciosos. Empleábanse en su servicio interior trece mil setecientos cincuenta esclavos varones y seis mil trescientas cuarenta mujeres. Los pavimentos y paredes eran también de mármol, los techos pintados de oro y azul, las vigas y artesonados de cedro con relieves de un trabajo exquisito. En los salones había elegantes fuentes que derramaban sus aguas en tazas y conchas de mármoles de colores. En la llamada del Califa había una de jaspe con un cisne de oro de maravillosa labor, trabajado en Constantinopla, y sobre la fuente del cisne pendía del techo una magnífica perla que había regalado a Abderramán el emperador griego León VI. Contiguo al alcázar estaba el generalife, con multitud de árboles frutales, bosquecillos de laureles, arrayanes y mirtos, estanques y lagos en que se pintaban las frondosas copas de los árboles y las arreboladas nubes del cielo. En medio de los jardines, y sobre un cerro que los dominaba, se veía el pabellón del califa, sostenido por columnas de mármol blanco con capiteles dorados, en el cual descansaba cuando volvía de caza. Las puertas eran de ébano y marfil. Cuentan que en el centro de este pabellón había una gran concha de pórfido con un surtidor de azogue vivo, que fluía y refluía como si fuese de agua, y daba con los rayos del sol y de la luna un resplandor fantástico. Los baños de los jardines eran igualmente de mármol, hermosos y cómodos; las alcatifas, cortinas y velos tejidos de oro y seda, con figuras de flores y animales, que parecían vivos y naturales a los que los miraban. En suma, dice el escritor árabe de quien tomamos esta descripción, dentro y fuera del alcázar estaban como compendiadas todas las riquezas y delicias del mundo que puede gozar un príncipe poderoso. Con razón, pues, exclama en su estilo otro escritor arábigo, «que sólo el Dios del cielo podría llevar cuenta de los grandes tesoros que en esta posesión consumió el califa Abderramán»

Espléndido y fastuoso en todo, hizo construir en Medina Zahara una mezquita que en preciosidad y elegancia, ya que no en grandeza, aventajaba a la de Córdoba. Edificó también una zeka o casa de moneda, y otros muchos edificios y cuarteles para el alojamiento de su guardia, que se componía de doce mil hombres, cuatro mil esclavos de a pie, cuatro mil africanos zenetas de caballería y otros cuatro mil caballeros andaluces; los jefes y capitanes de esta guardia habían de ser o de la propia familia real, o jeques principales de Andalucía. En sus cacerías y expediciones, además de la guardia militar que le acompañaba, llevaba siempre consigo un número de esclavos y esclavas, y hacía también que le acompañasen algunos visires, alcatibes, sabios, poetas y astrónomos, porque Abderramán no daba un paso en que no desplegase una ostentación y una pompa verdaderamente orientales. ¿Pero qué se hizo esa ciudad de delicias, ese depósito de todo lo más magnífico y bello que la imaginación de un árabe pudo inventar? ¿Qué fue de Medina Zahara? Ni un solo vestigio ha quedado de esa ciudad de maravillas, todo ha desaparecido, y tuviéramosla por una ciudad fantástica, y las descripciones que de ella hacen sus historias se nos antojaran fabulosas, si no nos certificaran de su existencia las muchas monedas en ella acuñadas que se han conservado y aún subsisten. Edificóse Medina Zahara por los años 321 y 325 (936 y 937 de nuestra era).

 

CIERVO DE BRONCE, ENCONTRADO EN EL SITIO DONDE ESTUVO MEDINA-ZAHARA (MUSEO PROVINCIAL DE CÓRDOBA)

 

 

Así vivía el califa Abderramán III el tiempo que le dejaban libre las guerras de que en el capítulo anterior hemos hablado. La tregua celebrada en 941 con el rey Ramiro de León, le permitió poderse dedicar más tranquilamente a los placeres del campo y al trato y comunicación con los eruditos y sabios de su corte, que eran entonces muchos y de los cuales andaba constantemente acompañado. La fama del esplendor y brillo de la corte de Córdoba y de las guerras de Abderramán en África y España había llegado a los reinos extranjeros y a los países más apartados. En 949 recibió el esclarecido príncipe Ommiada una embajada del emperador griego Constantino Porfirogeneto, hijo de León VI, el que le había regalado la famosa perla del alcázar de Zahara, solicitando la renovación de las antiguas relaciones de amistad y alianza que habían existido entre sus mayores contra los califas de Bagdad. La carta del emperador venía escrita en pergamino con caracteres de oro y azul; esta carta contenía otra en fondo azul y letras de plata, en que se expresaban los regalos que ofrecerían al príncipe musulmán los enviados del monarca bizantino. La primera estaba escrita de mano del mismo emperador, de quien dicen que era un excelente calígrafo. Cerrábala un sello de oro, de peso de cuatro mitcales, en cuyo anverso se representaba el rostro de Cristo, y en el reverso los bustos de Constantino y de su hijo Romano. Esta carta iba dentro de una cajita de plata elegantemente cincelada, sobre la cual en un cuadro de oro se veía el retrato de Constantino pintado sobre el cristal. Otra segunda caja de forma de un carcaj, forrada de tela tejida de oro y plata, servía de cubierta a la primera. La carta comenzaba así: «Constantino y Romano, adoradores del Mesías, ambos emperadores y soberanos de Roma, al grande, al glorioso, al noble Abderramán, Califa reinante de los árabes de España, prolongue Dios su vida, etc.»

El recibimiento no podía menos de corresponder, y aun era de esperar que excediese en magnificencia y brillo a la embajada. Desde que Abderramán supo que venían los embajadores había enviado a la frontera a Yahia ben Mohammed con un escogido cortejo para recibirlos, y cuando se aproximaron a la corte, las mejores tropas con los jefes más distinguidos salieron a darles escolta. Alojáronse en el palacio Meruán, y allí estuvieron sin comunicarse con nadie hasta el día de la recepción solemne, que fue el 11 de la luna de rabie primera (7 de setiembre de 949). Aquel día las tropas de la guardia se pusieron de gran gala; el pórtico, vestíbulo y escalera del alcázar se adornaron con ricas colgaduras. El califa estaba sentado en su trono con sus hijos a la derecha, sus tíos a la izquierda, y sus ministros a un lado y otro en el orden de su respectiva jerarquía; los hijos de los visires con los funcionarios subalternos, vestidos con ricos trajes, ocupaban el fondo del salón, cuando comparecieron los embajadores, e hicieron presentación al califa de la carta de Constantino. Abderramán, para hacerles los honores, mandó a los poetas y literatos de su corte que celebrasen la grandeza del Islam y del califato, dando gracias a Dios por la protección manifiesta que había dispensado a su santa religión humillando a sus enemigos. Cuentan con este motivo una curiosa anécdota, en que no sabemos si habrá tenido alguna parte la imaginación hiperbólica de los escritores orientales.

Dicen que turbados oradores y poetas con el brillo y majestad que presentaba aquella asamblea, bajaron los ojos y apenas pudieron tartamudear las primeras frases de sus discursos. Mohammed ben Abdilbar, encargado por Alhakem, hijo mayor del califa, de pronunciar una oración, al tiempo de comenzar a hablar se sintió indispuesto y no pudo proseguir. Hallábase de huésped del califa un afamado sabio y poeta llamado Abu Aly al Kaly, el cual fue con este motivo invitado a hablar; pero ni él ni nadie pudieron pronunciar sino algunas palabras. Presentóse entonces un joven, a quien nadie tenía por poeta, y sin haberse preparado pronunció un largo discurso, que más bien, dicen, fue un largo poema, con tal facilidad, elegancia y facundia, que dejó atónita la asamblea, y aquel hombre hasta entonces ignorado y oscuro fue mirado ya como un genio superior. Llamábase Almondir ben Said, y tan satisfecho quedó el califa de las disposiciones de aquel joven, que le confirió de pronto una de las primeras dignidades de la mezquita de Zahara, y después le hizo cadí de los cadíes de la grande aljama de Córdoba, en cuyo empleo murió con gran reputación de predicador, poeta y escritor moralista.

Los embajadores, después de haber visitado y admirado las maravillas de Córdoba, despidiéronse del califa, el cual dispuso que los acompañara uno de sus visires hasta Constantinopla, con encargo de saludar al emperador, de llevarle algunos presentes, que consistieron en hermosos caballos andaluces, con jaeces y armas, y de mantener allí y estrechar los lazos de amistad que ya unían a los dos príncipes.

Habíase extendido la fama de Abderramán y de su grandeza por toda Europa, y embajadores de otros monarcas extranjeros vinieron entonces a la capital de los musulmanes de Occidente. Cuéntanse entre ellos los del rey de los Eslavos, los de Hugo, rey de Italia y de Provenza, y los de la reina viuda de Carlos el Simple, y madre de Luis de Ultramar, a quienes acompañaron enviados de Sumario conde de Barcelona, los cuales todos volvieron maravillados de la esplendidez de la corte del califa. Hallábase, pues, Abderramán III en el apogeo de su poder y de su gloria, cuando vino a acibarar sus satisfacciones un suceso de familia de que ahora daremos cuenta, no por serlo de familia, sino por el influjo que tuvo en la suerte del Estado.

Tenía Abderramán dos hijos, Alhakem y Abdallah, ambos de brillantes prendas, de talento distinguido, y celebrados ambos por su vasta erudición. Abdallah era poeta, astrónomo, filósofo y jurisperito, y había escrito una historia de los Abassidas. Gozaba de gran popularidad; pero Abderramán amaba con predilección a Alhakem; habíale educado con esmero, y proporcionádole los maestros y profesores de más reputación y saber: entre otros había hecho venir a costa de oro al que en Oriente tenía más celebridad por su ciencia y erudición, y éste era el que instruía y acompañaba constantemente al príncipe, con el cual vivía en el palacio de Zahara: llamábase Abu Aly al Kaly, y era el mismo a quien hemos nombrado en la solemne recepción de la embajada de Constantinopla. Digno Alhakem por su instrucción, por su bondad y hasta por su carácter amable de ocupar el trono de los Ommiadas, había sido declarado por su padre walí alahdi, o príncipe heredero, ante el cuerpo reunido de los walíes, visires, alcatibes y demás altos funcionarios del Estado, según costumbre.

Pero Abdallah tenía a su lado un consejero ambicioso, Ahmed ben Mohammed, conocido por Ben Abdilbar, a quien también hemos nombrado en la audiencia de los embajadores griegos, que queriendo explotar para sí la popularidad de Abdallah, comenzó por adularle diciendo que todo el pueblo estaba resentido de la preferencia que su padre había dado a su hermano; que conocía la superioridad de las prendas y de los merecimientos de Abdallah, y que por lo tanto estaba muy dispuesto a hacer una aclamación popular en su favor, y a obligar al califa a revocar la declaración hecha, para lo cual sólo se necesitaba que diese su consentimiento: que en esto su padre no haría sino seguir el noble ejemplo del primer Abderramán, el fundador de la dinastía de los Omeyas, que no había vacilado en dar la preferencia a su hijo Hixem sobre sus dos hermanos mayores Suleiman y Abdallah atendiendo a la superioridad de sus talentos, que era el mismo caso en que él se hallaba con Alhakem su hermano. En fin, tales razones le dijo el ambicioso consejero, y tan fácil y segura le representó la empresa, que el buen Abdallah, no exento de la flaqueza común a todos los hombres, y más común a los príncipes, de creer todo lo que les lisonjea, dejóse deslumbrar hasta el punto, no sólo ya de acceder a que hiciese el pueblo la demostración ofrecida, sino a fomentarla por su parte hablando al efecto y tratando de ganar a los walíes y caudillos y a los hombres de más valer. Así fascina y pierde machas veces a los mejores y más virtuosos príncipes la lisonja y la instigación de un consejero interesado y ambicioso. Éralo en gran manera Abdilbar bajo un exterior modesto y humilde; pero menos prudente y cauto que intrigante, confió el secreto de la conjuración a uno con quien equivocadamente se atrevió a contar, y éste lo denunció todo al califa, designando el día en que estaba dispuesta y acordada la revolución, que era el de la Pascua de las Víctimas, una de las cuatro pascuas que celebraban los musulmanes de España.

Consultó el califa sobre tan grave negocio con su tío Almudhaffar, y para averiguar la verdad que pudiera haber en la delación acordaron despachar uno de los visires de palacio con la misión de sorprender a medianoche el de Meruán en que habitaba Abdallah. Hízolo así el visir, y habiendo hallado al príncipe acompañado de Abdilbar y de otro caballero conocido con el nombre del Señor de la Rosa (Sahed al Ward), los prendió a todos tres por sospechosos y los condujo al palacio de Medina Zahara, donde fueron encerrados separadamente y sin comunicación. Cuando Abdallah fué presentado a su padre, le preguntó éste: «¿Te tienes por ofendido porque no reinas?» Abdallah dio sólo lágrimas por respuesta. Interrogado después por dos visires del consejo de Estado declaró cuanto había, por instigación de quién obraba, y que todo era obra de las sugestiones de Abdilbar, que aspiraba a ser cadí de los cadíes de todas las mezquitas de España, pero que el Señor de la Rosa era inocente y no tenía complicidad alguna en la conspiración. Ni la franqueza ni el arrepentimiento, le sirvieron al infeliz Abdallah; Abderramán obró menos como padre que como inexorable juez, y el ilustrado príncipe fue sentenciado a muerte el día de la Pascua de las Víctimas, el señalado para estallar la conspiración. El pérfido Abdilbar se suicidó en la cárcel la noche de la víspera en que había de ser ejecutado.

Dícese que Alhakem pidió a su padre el perdón de su hermano, y que Abderramán le respondió: «Bien están de tu parte la intercesión y los ruegos, y si yo fuese un hombre privado y pudiera escuchar sólo los impulsos y sentimientos del corazón, desde luego accedería a tus súplicas; pero como imán y califa que soy, tengo un deber de justicia que cumplir y dar ejemplo de ella a mis pueblos mientras viva: yo debo imitar al gran califa Omán ben Alchitab: así, pues, ni tus lágrimas ni mi desconsuelo y el de toda nuestra casa pueden librar a mi desgraciado hijo de la pena debida a su crimen.» El infeliz Abdallah también intercedió con su padre pidiéndole por el Señor de la Rosa: «Señor, le dijo, que no padezca un inocente por mi culpa.» Estas fueron las últimas palabras del desgraciado príncipe. Aquella misma noche recibió la muerte en su propia habitación, y al siguiente día fue enterrado en el cementerio de la Ruzafa, acompañando sus restos mortales sus mismos hermanos y toda la nobleza de Córdoba. ¡Severidad admirable de un padre, y lastimoso y sensible sacrificio el de un hijo de tan grandes prendas!

«Como las desgracias no vienen solas, añade aquí el historiador árabe, poco después falleció el príncipe Almudhaffar, tío del rey, con grande sentimiento de este que le amaba como a padre.» Y bien pudo sentirlo, porque en él perdió el mejor y más acreditado y temible guerrero del imperio, y sobre todo un príncipe que había sido para él el tipo de la lealtad, de la nobleza y de la generosidad.

Era esto en ocasión en que Ordoño III acababa de suceder a su padre Ramiro en el trono de León. Príncipe hábil, valeroso y discreto el tercer Ordoño, hubiera podido dar al reino días de ventura si desde el principio no se hubiera levantado contra él su hermano Sancho, llamado después el Gordo, gobernador de Burgos. Tuvo Sancho maña para arrastrar a su partido no sólo a su tío García de Navarra, sino también a Fernán González, suegro del de León, que así correspondió a los deberes de deudo y al juramento de fidelidad prestado a Ramiro en la prisión. De acuerdo el ingrato conde con el desnaturalizado Sancho, entráronse cada uno con su ejército por tierras de León para caer simultáneamente sobre la capital. Pero engañáronse en sus cálculos, porque prevenido Ordoño hallaron los pasos tan cerrados, tan fortificadas las plazas, y tan apercibidas y bien distribuidas las tropas reales, que convencidos de las insuperables dificultades de su empresa tuvieron que desistir y retirarse vergonzosamente a sus casas (952).

Todo el golpe de esta campaña vino a descargar sobre la reina; porque irritado Ordoño de la infidelidad de su suegro, repudió a su hija, buscando en la infecundidad de Urraca motivo o pretexto para la anulación del matrimonio, pasando después a contraer segundas nupcias con Elvira, hija del conde de Asturias Gonzalo, de quien tuvo á Bermudo, que llegó a reinar más adelante.

No bien frustrada la tentativa de Sancho, un nuevo movimiento estalló en Galicia que llenó de amargura el corazón todavía lacerado de Ordoño: pero acudiendo prontamente con un ejército respetable logró fácilmente sujetar a los turbulentos, sin que nadie osara más rebelarse contra el legítimo monarca; el cual, viéndose allí con fuerzas imponentes, no quiso volver a León sin señalarse con alguna empresa contra los mahometanos. Entróse, pues, por tierras de Lusitania, avanzó hasta la embocadura del Tajo, tomó y saqueó Lisboa, y regresó a León victorioso con multitud de despojos y cautivos. Invasión tan atrevida exasperó a los musulmanes, y a su vez penetraron en Castilla, talando también y saqueando pueblos desde San Esteban de Gormaz hasta las puertas de Burgos. La política o la necesidad había obligado al conde Fernán González a volverse a poner al servicio del rey de León, y castellanos y leoneses marcharon ya juntos contra los moros persiguiéndolos hasta el Duero, y forzándolos a dejar en su poder tiendas, prisioneros y caballos (954). Los historiadores árabes traducen, no obstante, esta campaña como gloriosa a sus banderas, suponiendo haber arrojado a los cristianos de Setmánica (Simancas) y de otras fortalezas del Duero, llevando sus algaras hasta los montes con gran matanza de infieles y gran presa de despojos, cautivos y ganados. Que así se confunde y se oscurece la verdad histórica por el empeño de interpretar cada historiador los sucesos de una misma campaña en favor de las armas de su nación.

Disponíase Ordoño III a pelear otra vez en persona contra los sarracenos al año siguiente, cuando la muerte vino a atajar sus pensamientos en lo mejor de sus días. Falleció, pues, Ordoño en Zamora (agosto de 955) después de un corto reinado de poco más de cinco años y medio. Su cuerpo fue trasportado a León y sepultado en la iglesia de San Salvador al lado del de su padre Ramiro.

Con esto quedó abierto el camino del trono a su hermano Sancho que tan ansiosamente había mostrado codiciarle. Reinó, pues, Sancho I, y reinó el primer año con sosiego y tranquilidad. Pero al siguiente (956) «dispuso el Dios de las venganzas, dice no sin oportunidad un escritor moderno, que sufriese los mismos trabajos que él había hecho padecer a su hermano, y por los mismos caminos y con resultas todavía más pesadas.» Y así fue, que el conde Fernán González, que parecía ser el instrumento escogido por la Providencia o para castigar los vicios o para poner a prueba las virtudes de todos los reyes de León; este mismo conde que años antes había sido el alma de las pretensiones de Sancho contra su hermano Ordoño III, concertóse ahora con otro Ordoño, hijo de Alfonso (monje de Sahagún), para destronar al que antes había favorecido. Fernán González había casado a su hija Urraca, la repudiada de Ordoño III, con este otro Ordoño, y entraba en sus intereses colocar otra vez a su hija en el trono de León. Esta vez fue el conde de Castilla más afortunado: logró cohechar las tropas del rey, faltóle a Sancho el apoyo de la fuerza material, y se vio precisado a huir de León y buscar un asilo en Pamplona al lado de García su tío, dejando el trono a merced de otro Ordoño, cuarto de su nombre.

No negó el navarro al destronado sobrino la hospitalidad debida al infortunio, mas no se atrevió o no pudo suministrarle socorros positivos con que pudiese recobrar el perdido trono. Aconsejóle, sí, que pasara a Córdoba a ponerse en manos de los médicos árabes para que le curaran aquella excesiva obesidad a que debió el sobrenombre de Sancho el Gordo. Sancho el Craso, con que es conocido en la historia: grosura tal, que le inhabilitaba, dicen, para montar a caballo y para todo ejercicio militar, que en unos tiempos en que tan necesaria era la actividad personal a los reyes equivalía a imposibilitarle para el gobierno del reino. Decidióse Sacho a hacer el viaje, despachó García embajadores al califa cordobés, hizo que acompañaran a su sobrino varios personajes de su corte, entre los cuales afirman algunos haber ido la reina madre, Teuda, abuela de Sancho. Aunque el objeto ostensible de este viaje era la curación del obeso monarca, llevaba además el fin político de interesar al califa en su favor por si llegaba la oportunidad de poder reclamar sus derechos al trono: que ya los reyes de León y de Navarra no eran aquellos primitivos caudillos de groseros y rudos montañeses, sino príncipes que sabían manejarse con una astucia que hoy llamaríamos diplomacia.

Fue Sancho recibido en Córdoba con aquella cortesanía que distinguía a los árabes, y Abderramán le hizo alojar en su mismo palacio, dándole sus propios médicos para que le asistiesen y tratasen. Plácenos ver a dos príncipes de enemigas religiones y pueblos, al uno arrojarse confiadamente en brazos del otro, buscando en él y en sus sabios el remedio a sus males, al otro hospedándole en su propio alcázar y haciendo servir a su bienestar la ciencia de sus doctores, siendo tan admirable la generosa correspondencia del sarraceno como la noble confianza del cristiano. Tuvo Sancho la fortuna y los médicos cordobeses el acierto de corregir su extremada obesidad, y hasta de volverle toda la agilidad y soltura de la juventud. Mas para esto hubo de hacer larga residencia en Córdoba, y en este intervalo se instruía en la lengua de los árabes y en sus costumbres, captábase mañosamente la gracia del califa y del diván mismo, ayudábale también el rey de Navarra con sus manejos, y cuando al cabo de tres años de permanencia trató de recuperar el usurpado trono, encontró tan propicio a Abderramán y sus principales jeques, que llegaron a poner a su disposición un ejército musulmán. Las crónicas no expresan las condiciones del tratado que debió ajustarse entre el destronado huésped y el poderoso Miramamolín, pero los resultados inducen a creer que fueron harto generosas por parte del califa y nada humillantes para el rey depuesto.

Vio, pues, España por primera vez con asombro ponerse en marcha un ejército agareno conducido por un príncipe cristiano. Emprendió éste en derechura el camino de León (959). Ordoño IV llamado el Intruso, y a quien por sus violencias y exacciones apellidaban el Malo, no tuvo valor para esperar las huestes sarracenas, y de noche y a la escapada se refugió en Asturias, donde esperaba con ayuda de algunos parciales, mantenerse contra su rival. Continuó Sancho majestuosamente su marcha de ciudad en ciudad, aclamándole las más como libertador, sujetando con las armas a las que le resistían, que eran las menos, porque el escaso partido que tenía Ordoño el Malo acabó de perderle con su cobarde fuga, y apenas había quien se atreviera a defender su causa. Así llegó Sancho a León donde le esperaban numerosos parciales, y ganada la capital sometióse luego todo el reino de sus mayores.

Ordoño, no considerándose ya seguro en Asturias, pasó con su familia a Burgos: pero allí donde pensaba encontrar más favor y apoyo, ni siquiera encontró un asilo. El conde Fernán González su suegro, único que hubiera podido protegerle, había salido a defender las tierras de Castilla acometidas por el rey de Navarra, y él y su hijo fueron hechos prisioneros por García en el pueblo de Cirueña (960), y de allí enviados a Pamplona. Los burgaleses, sin dolerse siquiera del infortunio y sin mostrarse conmovidos de la suerte de un monarca abandonado y prófugo, apoderáronse de su mujer Urraca y de sus dos hijos, y a él le hicieron salir de la ciudad, no quedándole otro recurso que pasarse a los dominios de los moros de Aragón, entre los cuales vivió algún tiempo haciendo una vida harto desgraciada y miserable, y allí murió ignorado y oscuro, sin que se sepa siquiera el lugar en que acabó su existencia infortunada. Tal fue el desastroso fin de Ordoño, cuarto de este nombre, llamado el Intruso, y más conocido en las historias por Ordoño el Malo.

De este modo Abderramán, de enemigo que había sido de los cristianos, vino en cierto modo a hacerse mediador de sus diferencias, y con haber logrado colocar y asegurar en el trono a su protegido se halló en paz con toda la España. Sancho por su parte, viéndose tranquilo poseedor del reino, pensó en tomar estado, y se enlazó en matrimonio con doña Teresa, hija del conde de Monzón Ansur Fernández, de quien tuvo a Ramiro, que más adelante veremos reinar también.

Aun se prolongó por algunos años el reinado de Sancho. Pero la circunstancia de haber ocurrido este mismo año la muerte del califa Abderramán III, personaje interesante y colosal del siglo X, nos mueve a dejar por ahora al repuesto rey de León para dar cuenta de lo que entretanto había acaecido en la corte y dominios de los musulmanes españoles bajo el más esclarecido de sus príncipes.

Habíase hecho el califa español dueño de una gran porción de la Mauritania, si bien teniendo que desplegar un rigor y una severidad inflexibles para con las tribus bereberes, que siempre turbulentas, inconstantes siempre, sin fe ni palabra, haciendo causa tan pronto con los Fatimitas, tan pronto con los Edrises, apenas pasaba año en que no fatigasen con alguna revolución al califa cordobés. Bien se necesitaba el rigor de Abderramán para tener a raya a aquellos díscolos y volubles africanos.

Un hecho privado, y pudiera decirse casual, vino a proporcionar a Abderramán la conquista de las principales y más opulentas ciudades de la costa de África. Apoderadas sus escuadras de Túnez, sacaron de allí riquezas inmensas, así en oro y pedrería, como en telas y vestidos de todo género, y como en armas, caballos y esclavos; tanto, que después de deducido el quinto para el califa, y después de hacer una distribución abundante a los generales, capitanes y soldados, hasta el punto de quedar satisfechos andaluces y zenetas, aun le restó al hagib una suma cuantiosísima. Recibióle Abderramán con alegría grande, hízole muchos honores, y le señaló una renta anual de cien mil doblas de oro.

Pero por grande que fuera el premio que del califa recibiese Ahmed ben Said, aun fue mucho mayor y más espléndido el regalo que éste hizo al emir Almumenín de la parte que le tocó de los despojos de aquella expedición. Consistió este célebre regalo, según lo refiere Aben Chalicán, en los objetos siguientes: cuatrocientas libras de oro puro de Tíbar, valor de cuatrocientos mil zequíes en plata en barras, cuatrocientas libras de madera de lináloe, quinientas onzas de ámbar, trescientas onzas de alcanfor precioso, treinta piezas de tela de oro y seda, ciento y diez pieles de martas finas de Korasán, cuarenta y ocho cubiertas o caparazones de oro y seda para caballos, tejidas en Bagdad, cuatro mil libras de seda en madejas, treinta alfombras de Persia, ochocientas armaduras de hierro bruñido para caballos de guerra, mil escudos, cien mil flechas, quince caballos árabes de raza con ricos jaeces recamados de oro, cien caballos de África y de España bien enjaezados, veinte acémilas con sillones y cubiertas largas, cuarenta esclavos jóvenes y veinte lindas esclavas, todas con vestidos preciosos, y una casida o composición larga de elegantes versos en elogio del rey, obra del mismo Ahmed ben Said. Todo aparece grande y suntuoso en el reinado del tercer Abderramán.

No pudiendo ya sufrir Maab ben Ismail, cuarto califa Fatimita, el engrandecimiento del imán de Córdoba en África, envió a su caudillo Gehuar el Rumí con veinte mil caballos de Ketama y Zanhaga y muchos más de otras tribus, con orden de que ocupara los Estados de Almagreb. El walí de Abderramán de Córdoba reunió también sus kabilas de zenetas y mazamudas, y saliéronse al encuentro ambas huestes. Gehwar ofreció grandes premios al que quitara la vida al walí del califa español, y en efecto logró el placer, que placer era este siempre para todo sarraceno, de enviar su cabeza a Maab ben Ismail, el cual la hizo pasear clavada en una lanza por las calles de Cairwán. A esta victoria siguieron otras, y a principios del año 960 se atrevió ya el vencedor Fatimita a poner cerco a la ciudad de Fez, principal asiento del poder del califa español en África. Combatióla día y noche sin descanso, y al cabo de trece días la tomó por asalto con gran mortandad de andaluces y zenetas que se defendieron hasta morir: la ciudad fue saqueada, cautivado su gobernador y demolidos sus muros y las torres de sus puertas. En pocos meses se apoderó el valiente Fatimita de todas las ciudades de Almagreb, a excepción de Ceuta, de Tánger y Tlencen que defendían las tropas de Abderramán. El cautivo walí de Fez con otros quince caballeros, juntamente con el gobernador prisionero de Sigilmesa, fueron llevados encadenados y desnudos en lomos de camellos; y cubiertas sus cabezas con andrajos de lana y cuernos entrelazados, y paseáronlos así por las calles y plazas de Cairwán y de Mahedia y encerráronles después en calabozos, donde todos perecieron.

Vivamente alarmado Abderramán con estas noticias, recibidas en ocasión que acababa de perder a su primer ministro Ahmed ben Said, y cuando todavía lloraba las muertes de su hijo Abdallah y de su tío Almudhaffar, en el mal humor que todos estos disgustos le produjeron juró vengar los ultrajes recibidos en Almagreb, y con los arranques de una melancólica desesperación mandó hacer prontos y numerosos aprestos de gente y naves, y que pasaran a África a volver por el honor de los Omeyas y de Córdoba. Embarcáronse con presteza y diligencia tropas de a pie y de a caballo, y unidas con las que guarnecían a Ceuta, Tánger y Tlencen, pelearon con tanto valor y con tan próspera fortuna, que en pocos meses recobraron las ciudades y fortalezas perdidas, y tomaron por asalto a Fez, quedando así dueños de todo el país desde Fez hasta el Océano. En todos los almimbares y mezquitas de Almagreb fué proclamado emir Almumenín el poderoso califa de Córdoba Abderramán Anasir Ledinala con general contentamiento y aplauso de los pueblos y kabilas zenetas.

Así iban las cosas de Abderramán en sus últimos años por parte de las armas y de la conquista. Había pacificado la España árabe aniquilando todas las facciones intestinas que la infestaban; el rey cristiano de León era hechura suya; vivía en amistad con el de Navarra; enviados del conde de Barcelona habían venido a su corte; príncipes y monarcas italianos, franceses, esclavones y griegos habían solicitado su amistad y enviádole embajadores que volvían haciéndose lenguas de su grandeza; las naves de Egipto y de Túnez habían caído en su poder, y en África acababan de triunfar sus armas, y en todas las mezquitas resonaba su nombre como el de un salvador. Réstanos dar cuenta de otra embajada que recibió de otro príncipe contemporáneo, de Otón I, rey de la Germania. emperador de la Alemania después, llamado el Grande: embajada notable y curiosa, llena de lances dramáticos, que nos revelarán el espíritu religioso y político de los hombres de ambas creencias muslímica y cristiana en aquella época, y el genio y carácter de Abderramán.

El califa de Córdoba había tenido que enviar un mensaje al gran jefe de la Alamanya que ellos decían. La carta misiva de Abderramán contenía varias frases de aquellas que tan familiares eran a los muslimes y que nunca faltaban en sus documentos oficiales, esto es. elogios de su religión, de la protección que Dios dispensaba a los mahometanos contra los infieles, de las excelencias del islamismo sobre el Evangelio y la Cruz, y otras semejantes. Pareciéronle a Otón estas expresiones otras tantas injurias que se hacían al Dios de los cristianos, y retuvo mucho tiempo a los enviados del califa, como quien temía con su respuesta ocasionar una ruptura. Pero era menester tomar una resolución, y la resolución fue despachar una embajada a Córdoba, menos al parecer para tratar de negocios políticos que para responder a la parte injuriosa de la carta de Abderramán en que se vulneraba la religión cristiana. El sabio Bruno, arzobispo de Colonia y hermano de Otón, se encargó de redactar la respuesta; respuesta en que prodigaba algunos más denuestos a Mahoma y al Corán que los que de la carta del califa se hubieran podido sacar contra Cristo. Necesitábase para llevar esta carta una persona de resolución y arrojo, que no temiera arrostrar la cólera del califa. Un monje de la célebre abadía de Gorza se ofreció espontáneamente a ello, acaso con la esperanza del martirio: llamábase este monje Juan, y se le dio por adjunto a otro monje de la misma abadía nombrado Garamanno. Partieron, pues, los dos mensajeros camino de España y llegaron a Córdoba, donde hallaron una acogida benévola de parte del monarca musulmán; el cual les destinó una casa distante dos millas de su palacio, los hizo tratar con un lujo verdaderamente regio, pero en aquella especie de cautividad dorada los tuvo más y más tiempo sin que pudieran dar cuenta de su misión.

Preguntaron ya los buenos monjes en qué consistía que tanto se tardara en admitirlos a la presencia del rey, a lo cual les fue respondido que pues los enviados del califa habían sido detenidos tres años por su monarca ellos lo serían tres veces más, es decir, nueve años. La verdad era que habiéndose traslucido que la carta del rey Otón contenía frases injuriosas a Mahoma y su religión, y prescribiendo expresamente el Corán que el que tal hiciese o autorizase fuese irremisiblemente condenado a muerte, quería el califa evitar este extremo dando largas y moratorias hasta ver si se hallaba medio hábil de salir de aquel compromiso. Ni el califa quería faltar a la ley, ni hubiera podido aunque quisiera, porque noticiosos los principales musulmanes de Córdoba del contenido de la carta, y recelando que el califa quisiera ser indulgente con los portadores de ella, presentáronse un día tumultuariamente en palacio, exigiendo la observancia de la ley del Corán, y costó no poco trabajo a Abderramán sosegar aquel movimiento hijo del celo religioso. Deseando el califa conciliario todo del mejor modo posible, envió a decir al monje Juan, que desde luego le recibiría siempre que no presentase las cartas del rey de Germania : el comisionado de Abderramán se esforzó inútilmente en hacer ver al monje cristiano los inconvenientes y peligros que esto podía traer: el monje se mostró obstinado e inflexible; pero más prudente el califa quiso todavía darle tiempo para que lo pensara mejor, a cuyo efecto mandó que se le dejara solo y entregado a sus meditaciones, sin más compañía que la del otro monje su adjunto.

Al cabo de algunos meses pasó de orden del califa el obispo mozárabe de Córdoba a la habitación del monje Juan, con el solo objeto de persuadirle a que desistiera de presentar las ya ruidosas cartas, haciéndole ver que de insistir en su empeño, además de seguirse una colisión entre los dos pueblos, se vería el califa obligado a usar con él personalmente de una severidad que no podría evitar. Pero si duro había estado el monje embajador con el que le había hablado primeramente, estuvo aún más en esta entrevista con el obispo mozárabe, reprendiéndole a él mismo por la sumisión en que vivián él y su Iglesia a un príncipe mahometano, y concluyendo con decir que nada en el mundo le haría cejar de su resolución. Comunicada a Abderramán esta respuesta, todavía quiso evitar un conflicto y discurrir algún medio de ablandar el duro temple de alma del monje cristiano, que le causaba no poca admiración. Trascurrieron algunas semanas más, y nuevos enviados pasaron a tantear las disposiciones del monje de Gorza, al cual hallaron inmutable en su propósito. Entonces el califa determinó ensayar si por el terror conseguía lo que no había podido recabar por la prudencia y la blandura; y conociendo que la amenaza de un castigo personal no bastaría a doblegar a un hombre de tanto corazón y de ánimo tan firme, hízole entender que, si persistía en su temeridad, decretaría una persecución contra los cristianos de sus dominios, y que él solo por su obstinación sería responsable de todas las víctimas y de todas las desgracias que se siguieran. Ni esto bastó a hacer desistir al inexorable monje, parapetándose en que su deber era ejecutar las órdenes de su monarca, sucediese lo que quisiera.

Ya eran los cristianos mozárabes los más interesados en buscar una solución a tan difícil y delicado negocio. Hablaron, pues, con el monje Juan, y se acordó proponer al califa que se enviase nueva embajada al rey Otón informándole de los embarazos en que se hallaban, y pidiéndole nuevas instrucciones para ver el medio de salir de ellos. A todo accedió Abderramán, y como no se encontrara quien se prestase a desempeñar tan delicada misión, publicó un edicto prometiendo un favor especial al que se ofreciese a pasar a Germania, y todo género de presentes para cuando volviese a Córdoba.

Había en el palacio de Abderramán un lego llamado Recemundo o Raimundo , empleado en la secretaría del califa por su instrucción en las lenguas latina y arábiga. Viendo Recemundo una ocasión de prosperar y acaso de elevarse a un alto puesto, y asegurado por Juan de que sería bien recibido, aceptó la embajada con una sola condición, la de obtener el obispado de Illiberis que se hallaba vacante. No tuvo dificultad el califa en acceder a ello, y de simple lego que era se encontró de repente Recemundo convertido en prelado de una de las primeras iglesias de Andalucía. Consagrado obispo, y recibidas sus instrucciones como embajador, partió de Córdoba, y al cabo de algunas semanas llegó a la abadía de Gorza, donde fue recibido con mucho agasajo, y aun le acompañaron después a Francfurt, donde Otón tenía entonces su corte. Presentado Recemundo al emperador, fácilmente consiguió lo que deseaba. Otón despachó un nuevo enviado a Córdoba acompañando a Recemundo con un escrito en que autorizaba a Juan a suprimir o no presentar la carta primera, causa de todos aquellos debates, y a negociar en cambio un tratado de paz y amistad que pusiese fin a las incursiones de los bandidos sarracenos que infestaban el imperio de Otón. Recemundo y Dudón (que era el nombre del otro mensajero) llegaron a Córdoba a principios de junio de 959.

Presentóse inmediatamente el nuevo enviado en el palacio del califa pidiendo audiencia. «No consiento, contestó Abderramán, en ver a nadie sin que venga antes ese monje testarudo que tanto tiempo me las ha estado apostando. Los otros se podrán presentar después.» Y envió una comisión a Juan mandándole comparecer a su presencia. Poco faltó para que otra vez burlara al califa aquel monje singular. Cuando los visires fueron a comunicarle la orden le encontraron despeinado y con barbas, con su túnica de sayal tosca y no nada limpia. Expusiéronle los visires que para poder presentarse al califa era menester que se hiciera rasurar la barba y peinar el cabello, así como ponerse otro vestido más decoroso, pues el califa no acostumbraba a recibir a nadie en traje desaliñado. El monje contestó sin turbarse que aquel era el hábito de su orden, y que no tenía otro. Dijérenselo así a Abderramán, quien se apresuró a mandarle diez libras de plata, cantidad que consideró sobrada para que pudiera hacerse un traje cual correspondía. Juan aceptó la suma y dio las gracias al califa por su atención y generosidad, pero la distribuyó entera a los pobres, y volvió a repetir que no se presentaría sino con su ropaje ordinario. «Pues bien, exclamó ya Abderramán al anunciarle esta última resolución, que venga como él quiera, aunque sea envuelto en un saco si así le parece, y decidle que no dejaré por eso de recibirle bien.» Era menester tanta paciencia y bondad del califa para tanta obstinación y terquedad del monje.

Fijóse, pues, el día para su recepción, y Abderramán hizo desplegar la más suntuosa pompa y aparato para hacer los honores al ya célebre benedictino. En toda la carrera, desde la casa del humilde monje hasta el palacio del poderoso califa, estaban escalonadas las tropas de infantería y caballería de la guardia, los unos con sus picas apoyadas en tierra, los otros blandiendo dardos y venablos y ejecutando una especie de simulacro de combate, los otros oprimiendo con sus largas espuelas los ijares de sus caballos, y haciéndolos retozar y caracolear de mil maneras. Unos grupos de moros, probablemente dervises, especie de monjes de la religión musulmana, que solían asistir á todas las ceremonias públicas, iban dando saltos y haciendo ridículas contorsiones, ataviados también de un modo extravagante y raro. Al aproximarse el monje cristiano al real alcázar salieron a su encuentro los principales dignatarios del califa. El atrio estaba cubierto de vistosas y ricas alfombras. El monje Juan fue introducido al fin por medio de dos filas de magníficos sillones a la presencia del príncipe de los muslimes, que sentado sobre blandos y suntuosos cojines con las piernas cruzadas á estilo oriental aguardaba al embajador en un salón cubierto de riquísimos tapices y telas de seda.

Cuando el monje lorenés estuvo ya cerca del califa español, dióle éste a besar la palma de su mano, honor que dispensaba muy rara vez a los más elevados personajes, nacionales o extranjeros; y le hizo seña de que se sentara en un sillón que a su lado preparado le tenía. Un intervalo de silencio se siguió a esta ceremonia. Rompiólo el califa exponiendo las causas que habían retardado aquella audiencia, contestó Juan de Gorza, y en seguida hizo entrega de los presentes del rey Otón; y como luego hiciera ademán de retirarse, «Oh, no, exclamó el califa, no lo consentiré sin obtener antes palabra de que nos habremos de ver muchas veces, y de que nos habremos de tratar para conocernos mejor.» Prometióselo así Juan de Gorza, y salió complacido y satisfecho de haber hallado en el príncipe musulmán un hombre que estaba lejos de merecer el epíteto de bárbaro que entonces aplicaban los cristianos a todos los ismaelitas.

Las entrevistas y conferencias se repitieron conforme habían convenido: en ellas se informó el califa de las fuerzas y poder del rey Otón, del número de sus tropas, de su sistema de guerra y de gobierno, y de otras circunstancias, y después de haber hablado y cuestionado diferentes puntos, y quedado mutuamente aficionados el emir y el monje, partió éste a dar cuenta al emperador del éxito de sus negociaciones, con lo cual quedaron amigos el emperador germano y el príncipe musulmán. Tal fue el resultado de la célebre embajada de Juan de Gorza, que pudo haber sido trágico para éste y de mil desagradables consecuencias para los dos pueblos sin la extremada prudencia de Abderramán.

Por desgracia no había sido siempre este príncipe tan tolerante con los cristianos. O era desigual su carácter, o había mudado con la edad. Porque diametralmente opuesta había sido su conducta con el cristiano español Pelayo, aquel joven sobrino del obispo Hermogio de Tuy que recordará el lector había sido dado en rehenes a Abderramán para rescatar a su tío hecho prisionero en la batalla de Valdejunquera. Era, dicen, Pelayo tan hermoso como discreto, y hacía ya tres años que estaba cautivo en Córdoba, cuando informado el califa de sus prendas quiso verle y atraerle a su religión. «Joven, le dijo, yo te elevaré a los más altos honores de mi imperio, si renegando de Cristo quieres reconocer a nuestro Profeta como el profeta verdadero. Yo te colmaré de riquezas, te llenaré de plata y oro, te daré ricos vestidos y alhajas preciosas. Tú escogerás de entre los esclavos de mi casa los que más te agraden para tu servicio. Te regalaré caballos para tu uso, palacios para tu habitación y recreo, y tendrás todas las delicias y comodidades que aquí se gozan. Sacaré de sus prisiones a quien tú quieras, y si tienes gusto en que vengan tus parientes a vivir en este país, les daré los más altos empleos y dignidades.»

A estos y otros seductores halagos resistió con entereza y constancia el joven Pelayo, que contaba entonces trece años de edad. Los escritores cristianos añaden que el califa se propasó a hacer al joven demostraciones y caricias de otro género, que hubieran sido más criminales que las primeras, con lo cual enfurecido y colérico Pelayo se arrojó intrépidamente a Abderramán, y le hirió en el rostro y le mesó la barba, desahogándose en las expresiones más fuertes contra el califa, y contra su falsa religión. El desenlace de este drama fue el martirio del joven atleta, cuyo cuerpo mandó Abderramán trocear, que después fuese arrojado al Guadalquivir: horrible muerte, que sin embargo sufrió el joven cristiano con una resignación que parecía increíble en su corta edad. Fue el martirio de San Pelayo á 25 de junio de 925. Crueldad tan desusada en Abderramán, y empeño tan grande en la conversión de un niño que apenas rayaba en la adolescencia, nos induce a sospechar que se mezclaba en ello otro interés que el de la religión, y que no carecen de fundamento las pretensiones de otro género que le atribuyen los escritores cristianos.

Esta mancha, la más negra pero no la sola que afeó al reinado del tercer Abderramán, y que tanto contrasta con otros actos de generosidad y de tolerancia de su vida, no nos impide reconocer que en lo general fue reinado el suyo lleno de esplendidez y grandeza. Protector decidido de las letras y de los sabios, las ciencias y las artes tomaron bajo su influjo un desarrollo maravilloso. La historia, la geografía, la medicina, la poesía, la gramática, las ciencias naturales, la música, la arquitectura, porción de otros ramos y conocimientos literarios y artísticos, todo prosperó de un modo admirable; fácilmente pudiéramos presentar un largo catálogo de literatos eminentes y de artistas distinguidos, que hicieron célebre en la historia de las letras el reinado del tercer Abderramán, contando a él mismo entre los poetas y entre los hombres de erudición no común. Habíase propuesto que la capital del imperio árabe-hispano fuese el centro de la religión, la madre de los sabios y la lumbrera de Andalucía. A este fin no perdonaba gasto ni medio para traer a Córdoba los profesores más ilustres y las obras más afamadas de todos los pueblos musulmanes: a aquéllos los colmaba de honores, y éstas las compraba a precio de oro. Sus mismos hijos eran historiadores y filósofos, y el palacio de Meruán, punto de reunión de todos los literatos, era más bien que el palacio de un príncipe un liceo o academia perpetua, en que se cultivaban todos los ramos del saber que en aquella época se conocían; multitud de obras arábigas de aquel tiempo llenan todavía los estantes de las bibliotecas.

Hasta las mujeres de que se acompañaba eran literatas o artistas. «Los últimos meses de su vida, dice uno de sus historiadores, los pasó en Medina Zahara, entretenido con la buena conversación de sus amigos, y en oir cantar los elegantes conceptos de Mozna, su esclava secretaria; de Aixa, doncella cordobesa, que cuenta Ebn Hayan que era la más honesta, bella y erudita de su siglo; de Safía, hija de Abdallah el Rayi, asimismo en extremo linda y docta poetisa, y con las gracias y agudezas de su esclava Noiratedia: con ellas pasaba las horas de las sombras apacibles en los bosquecillos, que ofrecían mezclados racimos de uvas, naranjas y dátiles.»

Además de los soberbios palacios y jardines de Zahara que hemos descrito en otro lugar, y que la mano destructora del tiempo, ayudada de la no menos destructora del hombre, ha hecho desaparecer, le debió la España la fundación del arsenal de Tortosa (944), la construcción de un canal de riego y de un magnífico abrevadero en Écija (en 949), la de un bello mihrab o adoratorio en la mezquita principal de Tarragona, multitud de otras mezquitas, baños, fuentes y hospitales, y el patio principal de la grande aljama de Córdoba (en 958), llamado hoy patio de los Naranjos, plantado entonces no sólo de naranjos, sino de palmeras, de jazmines, de bosquecillos de bojes, de mirtos y de rosales, por entre los cuales serpenteaban arroyuelos de puras y cristalinas aguas.

Llególe por fin a Abderramán su última hora, y como dice uno de sus cronistas, «la mano irresistible del ángel de la muerte le trasladó de sus alcázares de Medina Zahara a las moradas eternas de la otra vida, la noche del miércoles día 2 de la luna de Ramazán, del año 350 (961), a los setenta y dos años de su edad, y cincuenta años, seis meses y tres días de su reinado, que ninguno de su familia reinó más largo tiempo: loado sea aquel Señor cuyo imperio es eterno y siempre glorioso.»

Cuenta Ahmed Al-Makari, que entre los papeles que se hallaron después de su muerte se encontró uno escrito por él que decía así: «He reinado cincuenta años, y mi reino ha sido siempre o pacífico o victorioso. Amado de mis súbditos, temido de mis enemigos, respetado de mis aliados y de los príncipes más poderosos de la tierra, he tenido cuanto parece pudiera desear, poder, riquezas, honores y placeres. Pero he contado escrupulosamente los días que hgustado de una felicidad sin amargura, y sólo he hallado catorce en mi larga vida.» Otros dicen que hizo esta célebre confesión al filósofo poeta Suleiman ben Abdelgafir en un momento de melancolía. Uno y otro pudo ser muy bien. Así murió Abderramán III en el apogeo de su poder y de su gloria.

La tradición dice que San Millán apareció en la batalla, por lo que fue nombrado patrón de Castilla 

CAPÍTULO XVI

ALHAKEM II EN CÓRDOBA. — DESDE SANCHO I HASTA RAMIRO III EN LEÓN 

Del 961 al 976