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HISTORIA DE LA EDAD MODERNA

 

EDAD MODERNA . RENACIMIENTO . LA EPOCA DE LOS DESCUBRIMIENTOS

 

HISTORIA DE LA NAVEGACIÓN DESDE LOS ORÌGENES HASTA EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA POR CRISTÓBAL COLÓN

Los progresos de la geografía o el conocimiento de las partes del globo que habitamos han dependido siempre de los viajes, que la necesidad, el interés o la curiosidad excitaron en los hombres para alejarse más o menos de su suelo nativo. Así que las primeras emigraciones debieron ser por tierra, y sus progresos lentos y limitados por las orillas y los confines de los mares Las tentativas o ensayos primitivos de la navegación, unicamente pudieron dar idea de la configuración de las costas, de sus puertos, playas y cabos principales; método también muy insuficiente para adelantar un estudio tan provechoso. En tiempos posteriores se combinaron ambos modos de viajar, ejecutándolo por tierra, y atravesando con barcas o canoas los ríos, las grandes bahías, los lagos o mares de corta extensión para abreviar así las expediciones. Por estos medios las naciones antiguas acrecentaron su poder y su cultura y protegieron su marina, no unicamente para defender sus estados litorales o marítimos de las invasiones extranjeras, sino para llevar su dominación y su tráfico a países más remotos; como lo hicieron los egipcios, los fenicios, los judíos, los cartagineses, los griegos y los romanos. Las conquistas del Gran Alejandro dieron a conocer el Oriente, como las de Roma el Occidente y las de Mitrídates el Norte: de manera que la ambición o la fortuna de estos conquistadores abrió el conocimiento de nuevos países, y estableció la comunicación y la civilización, que por lo común es efecto y consecuencia del trato y relaciones de los pueblos entre ellos.

Apoderados los romanos de Macedonia, Grecia, Siria y Egipto, enriquecidos con los despojos y tributos de todo el mundo conocido, se entregaron no solo a las comodidades regulares de la vida, sino a los placeres ficticios que produce el capricho y la extravagancia con la posesión de las riquezas. La seda y las exquisitas manufacturas, los aromas y las especerías, las perlas y las piedras preciosas, que un pueblo sencillo y laborioso mira con indiferencia y aun con tedio, fueron para los romanos objetos de codicia y ansiedad, y de un consumo muy general y dispendioso. Este interés animó y dio actividad al comercio de la India, que se hicieron por dos caminos; el uno por Alejandría, embarcando en el Nilo sus cargamentos y conduciéndolos a Berenice, atravesando desde allí el golfo arábigo hasta Ocelis o hasta Canna en la costa de la Arabia feliz, de donde los trasportaban a Musiris, primero y principal depósito de la India. El otro por los puertos de Siria, adonde bajaban las mercaderías atravesando los arenales desde Palmira, entonces opulenta y magnífica, y cuyas veces sustituyó Alepo, después de arruinado y destruido aquel emporio. Los pilotos griegos y egipcios, de quienes se valían los romanos, notaron en estos viajes las mudanzas regulares de los vientos periódicos o monzones, y aprovechándose de esta observación abandonaron el método lento y peligroso de navegar a la vista de las costas, lanzándose desde la entrada del golfo arábigo en medio del océano para ser llevados por el monzón del Oeste hasta Musiris, puerto situado en la costa conocida hoy con el nombre de Malabar. Así se frecuentaron los partes de oriente y se fueron conociendo más y más, como se nota en las descripciones que de ellos hicieron sucesivamente Estrabón, Plinio y Tolomeo.

Reducido el comercio a tan cortos límites, no debe parecer extraño que por largo tiempo fuese mirado por los romanos el Estrecho de Gibraltar como el término más remoto de su navegación, y que calificasen a esta de larga, estéril y penosa cuando su situación no les proporcionaba las ventajas que sacaban de sus expediciones a la India. No se hubiera intentado el viaje hecho por Hannon de orden de la república de Cartago para descubrir en el océano atlántico las costas occidentales del África, y para formar en ellas colonias de libio-fenices o cartagineses, si la vecindad de aquella ciudad al Estrecho y sus establecimientos en diferentes provincias de España, no les hubiera proporcionado los auxilios que necesitaban para empresa tan atrevida y temeraria. Los romanos con el ejemplo de los españoles intentaron mucho después navegar a las Sorlingas para hacer el comercio del estaño. Era ya el año 94, antes de la era cristiana, cuando emprendieron el primer viaje al océano atlántico, que luego frecuentaron en naves gaditanas. Los comerciantes españoles que llevaban a Roma en las suyas propias los exquisitos frutos de su país, traían en retorno los géneros de ultramar. El lujo y ostentación de los gobernadores y ministros imperiales y caudillos de los ejércitos romanos que residieron en España, dejaron en ella con otras costumbres el gusto y afición a las producciones del oriente. 

Con la decadencia del imperio romano fueron desapareciendo las artes y ciencias que se habían cultivado, las invenciones y descubrimientos que se habían hecho. Que la tierra fuese esférica y habitable en toda su redondez o superficie, y que por consiguiente hubiese antípodas, fue opinión recibida por Pitágoras, Platón, Aristóteles y casi todos los filósofos antiguos de Grecia, y aun era general entre los romanos, que, como Cicerón y Estrabón, la adoptaron igualmente. Esta materia fue objeto de contienda entre los literatos e ignorantes; y creciendo el partido de estos a medida que menguaba el esplendor del imperio y de la literatura, llegaron a burlarse de los que seguían el sistema opuesto, mirándole como falso y erróneo, y aun como irreligioso: lo cual apoyaban con la autoridad respetable de Lactancia y de S. Agustín. ¡Qué de caprichos y extravagancias no se inventaron entonces sobre la figura de la Tierra! Unos la creían llana como una tabla, otros algo cóncava como una barca; y así ni podían creer habitables las regiones opuestas a las nuestras, ni comprender el fenómeno de la sucesión de los días y las noches. Aun entre los que la suponían esférica había quienes opinaban ser inhabitables la zona tórrida situada entre los trópicos, y las dos frías o polares. Las razones físicas de algunos filósofos, y las noticias ciertas de algunos antiguos navegadores, hubieran podido persuadir la existencia de vivientes aun debajo de la equinoccial, no siendo tan fácil la persuasión o el convencimiento, respecto a las tierras polares, porque los antiguos no conocieron sino las que estaban situadas por los 58º de latitud, y desde allí entraban los países fabulosos e imaginarios conocidos con el nombre general de hiperbóreos. La isla de Tule, último confín de las regiones septentrionales, descrita por Piteas y citada por Séneca y Virgilio, está generalmente reconocida por la Islandia entre la mayor parte de los geógrafos modernos. De todos modos es claro que los viajes hubieran sido un testimonio positivo apoyado por la experiencia, como lo han sido después, para disipar tales ilusiones sobre la figura de la tierra, sobre sus zonas y partes habitables, y sobre los antípodas, apartando a los hombres del error y del espíritu de partido.

Mucho contribuyeron los árabes a conseguirlo en los tiempos inmediatos, cuando no solo escribieron varios tratados de geografía astronómica y descriptiva, sino que para hacerlo con exactitud visitaron por sí mismos las regiones mas recónditas del Asia y del África, y dando a conocer sus producciones establecieron los fundamentos del tráfico que podía serles más ventajoso. El docto anticuario D. José Antonio Conde nos ha conservado en su Historia de los Árabes de España noticia de varios que en los siglos VIII, IX y X pasaron a Egipto, a Persia, a la India, y a otros países del oriente a instruirse o perfeccionarse en sus estudios. Son notables entre otros que cita dos insignes eruditos de Guadalajara, Ahmed ben Chalaf ben Muhamad ben Fortun el Madyuni, y Ahmed ben Muza ben Yangui, que después de haber estudiado en su patria y en Toledo con doctos profesores, pasaron a oriente y volvieron a Córdoba, donde fueron muy celebrados; y el granadino Aben Isa el Gasaní, que habiendo viajado al oriente por orden del rey Alhaken, le presentó de vuelta su geografía, y una elegante descripción de las comarcas de Elvira. Consérvase la relación de un viaje que escribió e hizo un traficante árabe desde el golfo Pérsico a los continentes de la India, el año 851 de la era cristiana, comentado y explicado por otro árabe que también había visitado las partes orientales del Asia. En estas relaciones se ve que todavía continuaba el método de descubrir y navegar a la vista de las costas, y que era desconocida la aguja de marear no solo de los árabes, sino también de los chinos; y sin embargo, aquellos se extendieron por la parte del oriente mucho mas allá del golfo de Siam, término de la navegación europea: tuvieron relaciones con Sumatra y las otras islas del gran archipiélago de la India, y avanzaron hasta la China, con la cual y con los países intermedios, hacían un comercio regular desde el golfo Pérsico, adonde venían con frecuencia navíos chinos, y de otros parajes de la India, para permutar, cambiar o vender sus géneros y mercaderías

Por otra parte desde que los sultanes de Egipto restablecieron el comercio de la India por el golfo Arábigo o mar Rojo, y desde que los mercaderes italianos empezaron a frecuentar el antiguo puerto de Alejandría, Egipto, dueño de las producciones de Asia, atrajo a su seno la riqueza de los demás países; porque dueños los árabes de África, Siria, Arabia, España, e islas principales del Mediterráneo, tuvieron exclusivamente en sus manos este lucroso tráfico, que fomentaban por sostener su lujo y magnificencia. Los venecianos comenzaron a principios del siglo IX a hacer este comercio con aumento de su marina; y al mismo tiempo le hacían también los amalfitanos, y la rivalidad y el interés empeñaron sucesivamente en la misma carrera a lo de Ancona, a los pisanos y genoveses. Estas dos repúblicas o estados frecuentaron la comunicación con Cataluña entrado ya el siglo XII, y la marina y comercio de Barcelona, que empezó a robustecerse desde entonces, y principalmente desde que se recobraron las Baleares, llegó no solo a competir con las marinas de las repúblicas de Italia, sino a tenerlas en ocasiones como feudatarias o necesitadas de su alianza y protección; llegando a ser aquella ciudad el depósito de las mercaderías de oriente para lo interior de España, de cuyo tráfico y de la exportación que en cambio hacía de sus producciones y manufacturas, resultó la opulencia que conservó hasta principios del siglos XVI.

Entre la multitud de escritores geógrafos que cuentan los árabes merecen particular consideración Alcazuino, que no quiso empezar a escribir su geografía hasta que visitó personalmente muchas regiones de Asia y África: el sevillano Alzeyat, cuya cosmografía, que se conservaba en el Escorial, estaba adornada con bellísimas cartas geográficas y astronómicas: Abu Obaid, natural de Cordóba, que hizo una excelente descripción de Egipto, Africa y aun de Asia y España: el valenciano Abu Mohamad Alabderita que escribió un exacto Itinerario de África, dando a conocer las ciudades, las costumbres de los naturales, los hombres de letras que el autor visitó en su viaje; y Abu Rihan, escritor del siglo X, mas conocido por Albiruni, que después de haber viajado y reconocido muchos países, durante cuarenta años, escribió una obra completa de geografía que sirvió a Abulfeda para fijar las latitudes y longitudes de muchos pueblos, componiendo la obra más perfecta que conocían los árabes, y que entre los europeos mismos ha sido tan apreciada que Ramusio confiesa que sin su auxilio no hubiera entendido la relación del viaje que hicieron al oriente el padre y el tío de Marco Polo, a mediados del siglo XIII. Con mayor estudio y empeño adelantaron la parte especulativa de la geografía, aplicando a esta ciencia sus conocimientos astronómicos, ya para medir la tierra y la extensión de los grados, ya para observar la altura del polo, ya inventando medios para determinar la longitud, ya traduciendo e ilustrando entre otras la obra de Tolomeo, que era la base y fundamento de su doctrina. Finalmente, los árabes, dilatando con suma rapidez su dominación desde las riberas del Indo hasta las costas del océano atlántico, y apropiándose las invenciones y la industria de los pueblos conquistados, extendieron su comercio por todo el mundo, y propagaron aquellos conocimientos, no solo por el interior de los continentes de Asia y de África, sino aun en las islas del océano índico, en las cuales hasta en las Molucas se hallan todavía vestigios de su influencia.

Esta no fue, sin embargo, tan inmediata y general en los países de Europa que los árabes no pudieron sojuzgar; y fue menester otro acontecimiento y otro impulso mas eficaz y extraordinario para abrir a los europeos occidentales la comunicación y el conocimiento de los países del oriente. Las Cruzadas que excitó el celo de la religión para reconquistar los santos lugares, la piedad y compasión a los peregrinos que con tantos riesgos los visitaban, y el odio a la secta mahometana, trasladaron al Asia los principales caudillos y más floridos ejércitos de Europa, y en medio de la varia fortuna de las armas, durante dos siglos, facilitaron a los latinos los viajes largos a las regiones orientales hasta las extremidades del Asia. Aunque los primeros cruzados encontraron en la Palestina muchas mercaderías de Europa, llevadas por los amalfitanos, no hay duda que aquellas sagradas expediciones, ya para el trasporte de tropas, de armas y provisiones, ya para el continuo remplazo que de todo necesitaban, ya para la defensa de las costas, se valieron de los bajeles de las repúblicas italianas, que por estos medios aumentaron, con la actividad de su comercio e industria, las riquezas y el poder que las hizo tan respetables en aquellos siglos. Cuando los Mongoles fundaron su inmenso imperio y sus príncipes ostentaron un lujo y una magnificencia desconocida entonces, protegieron el comercio, y las caravanas caminaron con seguridad desde Siria hasta China. Los mercaderes que despachaban allí sus géneros aun los mas preciosos con gran ventaja y facilidad, se alentaron a emprender estos largos viajes. Los italianos fueron los primeros que penetraron en aquellos países. A las especulaciones del comercio se unió también el celo de la religión.

El judío Benjamín de Tudela fue el año 1160 a visitar a sus hermanos del oriente, creyendo hallar allí su secta en gran crédito y prosperidad; y pasando desde España a Constantinopla, atravesó hasta la Tartaria China y diferentes provincias del interior de la India; reconoció muchas islas del Océano índico, y volvió a su patria al cabo de trece años con muchas noticias propias y adquiridas, que dieron a conocer una gran parte de nuestro globo, desconocido entonces de los pueblos occidentales. Las esperanzas de que abrazasen el cristianismo los príncipes y pueblos del Mongol, fundadas en noticias vagas e inciertas de conversiones ya cumplidas, y especialmente la de un monarca poderoso del interior de Asia, llamado por los europeos el Preste Juan, acaloraron el celo de algunos príncipes cristianos, que con este santo propósito enviaron varios misioneros al oriente hacia mediados del siglo XIII. Dos religiosos italianos de S. Francisco fueron al príncipe Baton-Kan, que residía en Kaptchak: el uno llamado Juan de Plan Curpin, en 1246; y el otro conocido por Ascelino, en 1254, tomó otra dirección y atravesó después la mayor parte del continente del Asia hasta Caschgar. Por el mismo tiempo despachó S. Luis al franciscano Guillermo Rubruquis, natural de Brabante, a visitar al Gran Kan Mungou, que se decía haber abrazado la religión cristiana, y con este motivo recorrió los desiertas del centro del Asia. Hacia principio del siglo siguiente Oderico de Pordeno, de la misma orden, emprendió un viaje a Persia y a Ormuz, por Constantinopla: llegó hasta la India, donde se embarcó para la China, visitando las islas del grao archipiélago indio, y pasó tres años enteros en Pekín, Corte a la sazón del gran Kan.

Entretanto las especulaciones del comercio coadyuvaban a conocer más estos países y a multiplicar sus relaciones, especialmente con las repúblicas de Italia. En el año 1250 Nicolás, padre del célebre Marco Polo, y Mafeo, su tío, hicieron un viaje desde Venecia a Constantinopla, a Crimea y a la corte del Gran Kan, y en 1270 lo repitieron en compañía de su hijo, quien permaneció veinte y seis años visitando la mayor parte de aquellos países hasta China y las islas del Océano índico. Prisionero de los genoveses al regresar a Italia, coordinó en su prisión una noticia histórica de su viaje, que se tuvo largo tiempo por un libro clásico para la geografía del oriente, aunque desfigurado por la ignorancia de los copistas. De esta manera, y con noticias tan repetidas, se empezaron a conocer la Gran Tartaria, los vastos desiertos que por el norte y el oeste rodean a China, y la extensión y grandeza de este imperio, la naturaleza de su suelo y producciones, y las costumbres de sus habitantes.

LA MARINA ESPAÑOLA

El influjo de las cruzadas en la cultura y en las relaciones comerciales de los pueblos de la Europa entre sí y con los países de ultramar, es asunto que ha merecido la atención y el examen de las mas célebres academias y de los hombres más doctos de nuestros tiempos; y por lo relativo a España nos propusimos suplir la escasez y aun la inexactitud de las noticias que tienen los extranjeros cuando hablan de nuestros hechos, en una disertación, que aprobada por la Real academia de la Historia, se incluyó en el tomo V de sus Memorias. Allí manifestamos la parte que los españoles, castellanos, aragoneses y navarros tuvieron en aquellas sagradas expediciones durante los siglos XII y XIII; cómo influyeron estas para abrir las comunicaciones de nuestro comercio con los países de ultramar y con los del norte, que habían concurrido al Asia cómo nuestras marinas del Mediterráneo y de la costa cantábrica sostuvieron esta concurrencia, ya en los países de levante, ya en los del norte, especialmente con la Flandes y las ciudades anseáticas; y en fin, cómo la náutica y la hidrografía, la arquitectura naval y la maniobra, la legislación y el derecho marítimo se adelantaron con esta emulación, con esta actividad y con tan repetidas experiencias.

Mientras los reyes de Aragón se hacían respetar de las repúblicas de Italia, con el fomento y poder de su marina, y con la opulencia que les proporcionaba su extendido y acreditado comercio a todos los países de ultramar, los reyes de Castilla iban acrecentando su poder marítimo en proporción que recobraban de los moros las provincias litorales del mediodía. Ya S. Fernando había procurado fomentar la pesquería e industria de mar en varios pueblos de la costa septentrional, como se advierte en el fuero que dio a Zarauz en 28 de Setiembre de 1237, mandando que por tributo diesen al rey, de cada ballena que matasen, un tajo desde la cabeza hasta la cola; y al año inmediato, hallándose en Valladolid el 7 de Noviembre, expidió a los de Pontevedra y Noya otro privilegio sobre la extracción y elaboración del saín de la sardina. En la carta-puebla que otorgó a Cartagena el 16 de Enero de 1246, señaló la parte que habían de dar al señor los navíos que allí se armasen para las presas que hiciesen: eximió del derecho de ancoraje a los buques de los vecinos o armadores del pueblo: previno que para hacer hueste por mar solo pudiese tomarlos el señor un mes al año, siendo de su cuenta el pago de los pilotos y marineros : que los que hiciesen la guerra terrestre un mes al año quedasen exentos de hacerla por mar; y que necesitando el señor navíos para trasportar tropas, caballos, víveres u otras cosas a cualquiera parte, pagase los fletes a tasación de hombres buenos, elegidos por ambas partes. A este tenor se contienen en dicha carta otras mercedes a la gente de mar, y a los mercaderes que debían influir necesariamente en su fomento y prosperidad. Para la conquista de Sevilla hizo aprestar el Santo rey en los puertos de la costa Cantábrica una armada de trece naos y galeras, la cual, después de sostener gloriosos combates, y de inutilizar los ardides de los moros para incendiarla, rompió el puente de Triana, cortó así la comunicación de los vecinos de ambos lados, y facilitó la conquista de la ciudad. Creó el Santo rey la dignidad de Almirante de Castilla: estableció en la ciudad un cuerpo respetable de nobleza, premiando el valor de los que le ayudaron a la conquista : dio libertad a los comerciantes para vender todo género de mercaderías : excitó la concurrencia, concediéndoles franquezas de muchos derechos, y hasta la honra de caballería: extendió estos privilegios y exenciones a las gentes de mar y demás operarios de marina. De este modo atrajo tanta gente de dentro y fuera de España, que creció su tráfico y su industria hasta llegar a ser en poco tiempo una de las ciudades más ricas y comerciantes de Europa. Entre las naves, que de todas partes concurrían, se citan en la crónica general coetánea varias de las ciudades de África y de Alejandría, Génova, Pisa y Aragón, que ciertamente sostuvieron el comercio de las producciones de la India con los pueblos del occidente; a lo que no dejaron de contribuir también los enlaces de la casa de Castilla con los emperadores de Constantinopla y de Alemania, y con Juan de Breña, rey de Jerusalén, que precisado a abandonar en Asia su trono, vino a Europa a implorar el auxilio de algunos príncipes para recobrarlo.

Estos enlaces y conexiones de familia se multiplicaron en el reinado de D. Alfonso el Sabio con los reyes de Dinamarca, de Sicilia, Bohemia, Francia y Aragón, proporcionando una comunicación mas frecuente y amigable de países tan apartados entre sí. La concesión, confirmación o ampliación de los privilegios otorgados a las naves catalanas y a las de las repúblicas de Italia, y el asiento de sus mercaderes en Sevilla protegidos de sus respectivos cónsules, hicieron tan abundantes los géneros de la India, que el lujo creció en términos, que a los ocho años de la conquista intentó el rey contener sus excesos por medio de un ordenamiento que repitió dos años después: prueba de su ineficacia, como era regular, porque siendo las riquezas el efecto natural del comercio, el de las riquezas el lujo, y el del lujo la perfección de las artes, debían ser vanas cuantas leyes se opusiesen a este orden, dictado por la naturaleza del interés y de las pasiones de los hombres. Tal vez lo conoció así el rey mismo recomendando después en las Partidas el buen continente y la compostura exterior, previniendo a ciertas clases la ostentación en el vestido, enseñando al pueblo el modo seguro de enriquecerse por medio de la industria, y fomentando el cultivo de las ciencias y de la buena educación, cuando Europa, excepto Italia, estaba aun en la infancia de su civilización y cultura. Igual desengaño tuvo como resultado de haber alterado el valor de la moneda, porque todas las cosas se encarecieron más, y para remediarlo estableció en todo la tasa, de lo cual provino naturalmente la escasez y falta de los géneros de primera necesidad: lo que obligó a D. Alfonso a derogar esta ley, permitiendo que cada uno vendiese por libre convenio y ajuste.

Eran comunes entonces en España las telas de oro y plata, la seda, las pieles, los armiños, las plumas; y aunque no tanto el uso de las piedras preciosas, salvo el del aljófar, aun este se prohibió a las mujeres en el ordenamiento de 1258. La magnificencia y suntuosidad que ostentó el rey en las bodas de su hermana Doña Leonor con el príncipe Eduardo de Inglaterra, en el recibimiento de los embajadores que vinieron a ofrecerle el imperio, y de los que le envió el sultán de Egipto con varios y magníficos regalos, y en otras ocasiones semejantes, si bien son ponderadas de unos escritores como esplendor de la soberanía, y censuradas de otros como efectos de prodigalidad, prueban de todos modos la opulencia que producía un comercio tan dilatado y protegido con tanta generosidad. Por los mismos principios procuró aumentar y proteger la población de las villas de la costa septentrional, confirmando a Bermeo el fuero de Logroño que se le había dado, y concediendo muchas gracias y franquezas a los vecinos de Motrico. Así se fomentaba la marina mercantil de nuestras costas, y por una consecuencia necesaria crecía el poder de la marina militar, de que puede formarse alguna idea por la flota que en 1163 salió de Sevilla para combatir y conquistar la plaza de Cartagena; por los aprestos para la expedición al África; por la escuadra de ochenta galeras, veinte y cuatro naves y muchas galeotes y bajeles de menor porte que habilitó para el sitio de Algeciras; por la magnífica fábrica de las atarazanas de Sevilla; por la institución de la orden militar de Santa María de España para premiar los hechos de mar, y por tantas otras honrosas memorias que se conservan de aquel reinado.

La marina de Guipúzcoa debió muchas consideraciones a D. Sancho IV, quien con notables fueros o privilegios acrecentó la población de las Villas marítimas de aquella provincia, especialmente Deva y Guetaria, permitiéndoles los cortes de maderas para aderezar o construir sus navíos, y fomentando su comercio y el de los navarros en Flandes, y en otros países del norte. Dio también señalados privilegios a los mercaderes catalanes de Sevilla; confirmóles las concesiones que les hizo su padre, para que en todo fuesen iguales a los genoveses, que habían sido los más beneficiados al tiempo de la conquista. Sus armadas sostuvieron la gloria de la marina castellana, principalmente cuando al rey de Marruecos Aben Juceph, que se hallaba en Algeciras, le impidieron el paso al África, cogiéndole trece navíos cargados de gente, armas, víveres y pertrechos, e incendiando los demás; y cuando ocho años después, atacada en Tánger y derrotada la armada de los moros por la castellana, con presa de algunas naves y fuga de las demás, se facilitó el sitio y la importante conquista de Tarifa.

Imitóle su hijo D. Fernando IV, que confirmó los privilegios que había concedido el padre a los cómitres de Sevilla;, y añadió otros, estableciendo juzgado peculiar para la gente de mar: confirmó también, a ruego del señor de Vizcaya, el privilegio para la fundación de Bilbao, cimentando su próspero comercio; facilitó el que se hacia por lo interior de sus estados, mandando que en las sacas o extracción de las cosas vedadas, no fuesen reconocidos ni molestados los mercaderes hasta los puertos, donde pondría el rey hombres buenos y abonados para el efecto; y la desgracia del cerco de Algeciras la recompensó la toma de Gibraltar, en donde recibió de sus fuerzas marítimas considerables servicios. 

La hermandad de los Cómitres

Fue una organización creada en la ciudad de Sevilla en tiempos del rey Fernando III de Castilla (siglo XIII), denominada la Hermandad, Cofradía o Colegio de los Cómitres. Este último era el nombre, de origen italiano, que tenían los hombres que dirigían la navegación en un buque, los capitanes de las galeras y de los barcos. Eran denominados también «caudillos de mar» en la Partidas del rey Sabio.

El rey otorgó a los conquistadores de la ciudad de Sevilla determinadas ventajas (mercedes en castellano antiguo) a través de los privilegios que otorgaban los fueros. Inicialmente formó un barrio de la Mar, a cuyos vecinos concedió determinados derechos. El documento de su constitución data de 15 junio de 1251, y resumidamente les concedía:

Consideración de caballeros.

Gozar de libertad para realizar actividades comerciales en sus casas y tener carnicería propia.

Disponer de un grupo de artesanos, carpinteros y herreros, para garantizar la construcción de embarcaciones, además de tres barberos, que ejercerían también de cirujanos.

Estar exentos de prestación militar en tierra (con la excepción de la defensa de la ciudad), sirviendo en cambio en la mar durante tres meses al año a su cargo, aportando armas y provisiones.

Contar con jurisdicción especial para juzgar los asuntos relacionados con el mar, por medio de un alcalde nombrado por el propio rey. Incluso se les otorgó la capacidad de recurrir en alzada las decisiones del alcalde ante un consejo de seis hombres buenos «sabedores del fuero de la mar» (que era como un consejo), e incluso poder apelar al propio rey.

El rey firmó con los cómitres un acuerdo para que se comprometieran a ser siempre capitanes de sus naves, a mantener una galera cada uno, que estuviera dispuesta con cien hombres armados y a servirle, como ya se ha dicho, tres meses al año. Para ello el monarca entregaba a cada capitán la primera galera, importantes extensiones de tierra con olivos, casas en Sevilla y cien maravedíes para explotar cada heredamiento, aparte de repartirse a la mitad las ganancias del combate.

Años después de su fundación, el rey Alfonso X mandó «fabricar» y mantener una armada defensiva, compuesta por diez galeras, capitaneadas por vecinos de Sevilla de este gremio, que ya en esos momentos se llamaban cómitres. Tenemos noticia de que el gremio estaba compuesto por unas 60 personas, muchos de origen italiano. Los exámenes para llegar a ser cómitre los hacían «peritos de las cosas de la mar», según las Partidas. A pesar de la importancia del cómitre en los inicios y en el desarrollo de la Marina castellana, con el tiempo su cometido militar como capitán de la nave fue cedido a una nueva figura, el patrón. Los cómitres se verían entonces relegados a las tareas propias del primer oficial a bordo, como son la dirección de las maniobras y de la tripulación, mantenimiento del orden y castigo de los forzados.Los nuevos patrones de las galeras estaban ya designados directamente por el almirante entre gente de su confianza, como es el caso de Juan Carrillo, criado de Fadrique Enrique, con motivo de la guerra contra Aragón en 1430.

ESPAÑA, PRIMERA POTENCIA NAVAL EUROPEA

Causa admiración ciertamente que en medio de las turbulencias interiores y guerras civiles, y de las que de continuo tenían entre sí los príncipes cristianos de Castilla, Portugal, Aragón y Navarra, y frecuentemente con los reyes moros de la península y de África, llegase a tanto la opulencia y lujo de los castellanos que creyese necesario D. Alfonso XI contener o reformar sus excesos por medio de las leyes suntuarias que publicó entre otras en las cortes de Alcalá de 1348.

Comparando estas con las que ordenó su bisabuelo D. Alfonso el Sabio, se advierte cuánto se había extendido y arraigado el lujo y adelantado la civilización, efectos naturales de los progresos de la industria y del comercio. El uso de algunos géneros que antes solo se consintió a las personas de alta jerarquía, se extendió después a las de clases inferiores: el aljófar, permitido en las primeras únicamente alas mujeres, se había ya introducido hasta en los vestidos de los hombres; y las penas aplicadas a los infractores eran en las segundas más humanas y razonables, como correspondía a un pueblo mas culto e instruido. Para persuadirse de que este lujo se sostenía con las piedras preciosas y otros géneros que se traían de ultramar, y de que las artes se habían perfeccionado en Castilla, basta leer algunos pasajes de la crónica de este rey.

Cuando se coronó en Burgos el año 1330, los vestidos que se puso estaban labrados de oro y de plata, con castillos y leones, y muchos adornos de aljófar muy grueso, y de muchas piedras preciosas, rubíes, zafiros y esmeraldas. Subió en un caballo que tenía de gran precio, y los arzones de la silla estaban cubiertos de oro y de plata con muchas piedras, y las faldas y cuerdas de la silla, y las cabezadas del freno eran de hilo de oro y de plata labrado tan sutilmente y tan bien ¡que ante de aquel tiempo nunca fue fecha en Castilla tan buena obra de joyería ni tan contenible para en aquel tiempo!

Entre los singulares regocijos con que fue recibido el rey en Sevilla el año 1334, se nota que todas las calles por donde había de ir se cubrieron con paños de oro y de seda, y que en las casas se quemaron los perfumes más exquisitos, que llenaban de agradables olores las calles. Este gusto oriental conservaron los árabes por medio de sus comunicaciones en levante; y así es que en el repartimiento de la presa que se hizo en los Reales y tiendas de campaña del rey de Marruecos, del de Granada, y otros principales caudillos de resultas de la gloriosa victoria obtenida por los cristianos cerca de Tarifa en 1340, se contaron entre gruesas sumas de moneda y de barras y alhajas de oro y plata, muchas piedras preciosas, paños de oro y de seda, armas, arneses, y otras cosas adornadas y guarnecidas con gran lujo y de considerable valor. Algunos con la parte que les cupo se trasladaron a Aragón y Navarra, y otros a Aviñón en donde estaba el papa: Y tanto fue el haber (dice la Crónica) que fue llevado fuera del reino, que en París, y Aviñón, en Valencia, en Barcelona, en Pamplona, y en Estella, en todos estos logares bajó el oro y la plata la sexta parte menos de lo que valió.

Este rey, D. Alfonso, no solo confirmó el privilegio dado por su abuelo para que los cómitres de Sevilla fuesen libres de todo impuesto, sino que pocos años después lo amplió a las viudas de dichos cómitres y a los hijos menores; y confirmó también el de su padre sobre el juzgado propio de la gente de mar. Recomendó al rey de Inglaterra el resarcimiento de los daños que en tiempo de tregua habían hecho los corsarios ingleses a los mercaderes castellanos mandó que en los pueblos de las costas no se hiciese precio de venta de navío, bajel u otro barco naufrago o abandonado, y que todo fuese de sus dueños, y solo no pareciendo en el término de dos años quedase para el rey: que por deudas de reino extranjero no fuesen apresados los navíos que viniesen a estos con mercaderías o viandas; y que los cambiadores o bancos fuesen hombres buenos que supiesen su oficio o usasen lealmente de él, dando fianzas para ejercerlo. En su tiempo establecieron; los comerciantes de las provincias Vascongadas su lonja nacional en Brujas, y una compañía en la Rochela para fomentar su comercio con los países del norte, siendo tal la riqueza que producía a los flamencos, que las ciudades de Gante, Iprés y Brujas solicitaron y obtuvieron del rey de Inglaterra Eduardo un salvoconducto a favor de las naves y mercaderes castellanos, catalanes y mallorquines que hacían el viaje a Flandes.

Otra prueba del crédito de nuestra marina en esta época era la solicitud con que los reyes de Francia procuraban servirse de los buques castellanos para formar sus escuadras y defender sus estados. En la costa cantábrica mandó D. Alfonso reconocer por peritos del país la ensenada o concha de S. Sebastián y el canal de Pasajes, para señalar los lugares mas cómodos y abrigados, donde fondeasen los bajeles con mayor seguridad: concedió a los vecinos de aquella ciudad que no pagasen en Sevilla más de lo que pagaban los genoveses y bayoneses; y tomó para sí todas las escribanías del reino, con el objeto de aplicar sus productos a la conservación y aumento de sus fuerzas de mar. Así es que estas sostuvieron siempre el honor de la bandera castellana, especialmente en las gloriosas batallas dadas el año 1327 contra la armada del rey de Marruecos, en 1337 contra la del rey de Portugal, y en otros muchos hechos memorables durante el famoso cerco de Algeciras.

En tal grado de prosperidad dejó D. Alonso XI la marina castellana, que en el mismo año en que falleció, decía el rey de Inglaterra que los españoles intentaban alzarse con el dominio del mar, según las presas e insultos que hacían a los navegantes ingleses; y creyendo que sus designios eran aniquilar la marina inglesa, procuró negociar con ellos la paz y componerlas desavenencias que habían tenido. Consiguiólo al año siguiente, concluyendo en Londres un tratado con los comisionados de las villas marítimas de Castilla y de Vizcaya; prueba de que el comercio y el poder marítimo no estaba limitado a los puertos de Andalucía.

D. Pedro fue el primer rey de Castilla que se embarcó en sus bajeles, como ya observó Ortiz de Zúñiga, y mandó en persona una expedición naval, presentándose delante de Barcelona con cuarenta y una galeras, ochenta naos, tres galeotas y cuatro leños; si bien tres galeras eran auxiliares del rey de Granada, y otras diez y un galeote del de Portugal. Embarcóse en otra armada de siete galeras y seis naos que hizo preparar apresuradamente en Sevilla para perseguir una armada del rey de Aragón que iba en auxilio del rey de Francia y había violado la neutralidad de sus costas, apresando en Sanlúcar dos bajeles cargados de aceite para Alejandría; y también se embarcó en Bermeo, saliendo a la mar en unos navíos para coger al conde D. Tello, que huía de la muerte que le amenazaba. Era tal su afición a las cosas del mar, que muchas veces iba a presenciar la maniobra de los bajeles, y la pesquería de los atunes. Las alhajas que mandó hacer en Sevilla en figura de naves son prueba de esta misma inclinación a la marina, que sostuvo e hizo respetar, fomentando el comercio interior y exterior de su reino.

En las cortes de Valladolid de 1351 eximió del tributo de fonsadera a los pueblos marítimos que diesen galeras armadas para el Real servicio. (La fonsadera era una multa o pena pecuniaria impuesta por el incumplimiento del servicio militar, que posteriormente se convirtió en el tributo mediante el cual se redimía en metálico dicha obligación).

Si la prosperidad de Castilla hubiera de regularse por los cuantiosos tesoros que acumuló Don Pedro de Castilla, podría inferirse que fue muy grande, pero aunque mucha parte de ellos pertenecía a su patrimonio privado, no dejó por eso de acrecentarse la riqueza pública con el producto considerable de los derechos y contribuciones, y con la cantidad de oro y plata que circulaba en sus estados. Se apoderó de muchos caudales de las ilustres víctimas que sacrificaba a los arrebatos de su fiera condición, como sucedió con los de la reina de Aragón Doña Leonor y de su nuera Doña Isabel, si es cierto lo que refiere Pedro López de Ayala. Este autor y los historiadores árabes cuentan también que viniendo a Sevilla el rey bermejo de Granada, Abu Said, con gran aparato y comitiva, trayendo las más exquisitas joyas de esmeraldas, balajes, perlas y aljófar; tejidos de oro y de seda, ricos paños, gran cantidad de doblas de oro, caballos y jaeces y armas muy bien labradas, para ganar el ánimo del rey y de sus ministros, a fin de que le conservasen en su trono, fue muerto por el mismo rey D. Pedro, que se apoderó de todas estas riquezas, haciendo mención de algunas en su testamento. Mayor prueba del estado próspero de las artes en Sevilla son las citadas preseas, que se trabajaban allí primorosamente. Dejó a su hija Doña Costanza una galera de plata, a su hija Doña Beatriz una nao de oro con piedras y aljófar, y dos collares de piedras preciosas y perlas de gran magnitud, y a su hijo D. Juan la espada castellana guarnecida de piedras y aljófar, además de la gran suma de dinero y cantidad de joyas y pedrería de que hace memoria. Dedúcese también del mismo documento que el comercio de estos géneros del oriente se hacía por medio de los moros granadinos, que por ellos mismos o por mercaderes italianos iban s venderlos a Sevilla.

 En los dos reinados siguientes conservó la marina castellana su poder y acrecentó su gloria, especialmente en la batalla naval dada sobre la Rochela, donde trece galeras de Castilla con el auxilio de la artillería, usada por primera vez en la mar, destruyeron treinta y seis naos inglesas, apresando a su general, además de ocho mil hombres y el rico tesoro que conducían; llenando luego de terror las costas de Inglaterra, que hostilizaron con valor y buen éxito. Iguales ventajas, logradas contra las escuadras portuguesas en el Guadalquivir y en el rio de Lisboa, contribuyeron a concertar la paz entre ambas coronas. Esto prueba que no habían cesado en Castilla los elementos de su prosperidad marítima, cuales eran la protección y fomento del comercio interior y exterior, como se nota en algunas disposiciones de las cortes de 1371, que facilitaban el tráfico de los mercantes de los puertos de Castilla, Vizcaya y Guipúzcoa con los de Asturias y Galicia. Continuó este sistema Don Juan I, y las victorias logradas contra las armadas de Portugal en 1381 y 1384 le convencieron de su acierto. Resplandeció su política y su generosidad en la embajada al sultán de Babilonia, solicitando la libertad del rey de Armenia, dando así una idea a los príncipes de oriente del poderío y magnanimidad de los de Castilla, y abriendo a sus vasallos nuevas relaciones para su comercio e ilustración. Habiendo finalmente concluido el ventajoso tratado del casamiento de su primogénito Enrique III con Doña Catalina, hija del duque de Alencáster, aseguró la paz y cortó las miras ambiciosas de los portugueses. Como aquella princesa (según algunos escritores) trajo de Inglaterra en parte de su dote el ganado merino, cuyas lanas mejoraron tanto en nuestro clima, se estableció un nuevo ramo de comercio, y se fomentaron las fábricas de paños, que eran poco después un manantial de riqueza para la nación. Pero estas guerras felices y estos tratados ventajosos causaron al mismo tiempo gastos tan considerables que los vasallos estaban consumidos por la exorbitancia de las contribuciones.

Enrique III los alivió de este peso recogiendo el fruto de la política de su padre, y fijando un sistema de economía y templanza propio de su carácter moderado. Honró mucho a los hombres doctos; y solía decir que no aprovecharon menos a los atenienses los sabios consejos de Solón, que las armas victoriosas de Temístocles. Tuvo discreción y acierto para elegir ministros y consejeros, para captarse la amistad de los grandes potentados, y para conocer las costumbres, leyes y comercio de los países más remotos enviando embajadores, entre otros al emperador de los turcos Bayaceto, al sultán de Babilonia, al Preste Juan, señor de la India, y al Gran Tamerlán, a quien repitió la embajada con ricos presentes, habiendo ido los encargados de ella a Constantinopla, y desde allí a las riberas del Eufrates, a Armenia, a Persia y la India hasta Samarcanda, donde hallaron al Tamerlán, que murió en este tiempo. Así pudieron dar a su regreso noticias exactas de estos países, como lo hicieron en su Itinerario que disfrutamos impreso. Con tantos conocimientos traídos de fuera, y la protección que adentro se dispensaba a las artes, florecieron éstas en Sevilla, Toledo y otras ciudades donde las armas bien templadas, las alhajas primorosas y los exquisitos paños competían con los artefactos extranjeros, si no los aventajaban. La abundancia, general produjo nuevas ideas de comodidad, refinó el gustó, y acrecentó en todas las clases el lujo, que en vano se intentó reprimir con nuevas leyes coactivas.

Al confirmar el rey los privilegios a Bilbao, suprimió ciertos derechos que entorpecían su tráfico con los pueblos comarcanos. Este fue el primer rey de Castilla, que para fomentar la construcción naval y el comercio entre sus vasallos, dictó aquella famosa ley para que los navíos de los naturales de su reino fuesen preferidos en los fletes y cargamentos a los extranjeros, aun por los mercaderes de otras naciones, establecidos en España. Prosperando así las artes y el comercio, mantuvo la marina militar su poder y su respeto, como lo experimentó Portugal, cuando quebrantando imprudentemente las treguas concertadas, se empeñó en una guerra de tres años, en la cual, destruidas sus fuerzas marítimas y saqueadas sus costas por el almirante de Castilla D. Diego de Mendoza, se vio obligado a pedir la paz o la continuación de las treguas. Igual escarmiento tuvieron los moros en el mediterráneo y los ingleses en el océano con las atrevidas empresas de D. Pedro Niño, que destruyendo sus pueblos marítimos, batió y apresó dentro de sus mismos puertos las naves que en ellos se abrigaban.

De mayor importancia para nuestro objeto fue la expedición a las Canarias que unos refieren al año 1393 y otros a 1399. Asociáronse en Sevilla algunos andaluces y otros aventureros de Vizcaya y Guipúzcoa, que con permiso de Enrique III aprestaron una escuadra de cinco navíos con que reconocieron una parte de las costas de África, las de Fuerteventura, Canaria, Hierro, Gomera y Tenerife, y cayendo sobre Lanzarote, saquearon sus poblaciones, cautivaron al rey, a la reina y a ciento setenta isleños, y con los cueros, animales y cera, de que sacaron mucha ganancia, volvieron a Sevilla, informando al rey de la facilidad de la conquista, y excitando en otros la codicia de emprender expediciones tan lucrativas. Cuando pocos años después conquistó aquellas islas Juan de Betancourt, por noticia que de ellas tuvo de ciertos aventureros franceses que las habían visitado en compañía del español Álvaro Becerra, consta que rindió homenaje al rey D. Enrique III de Castilla, pidiéndole protección, auxilio y provisiones: juramento y vasallaje, que habiendo muerto D. Enrique, repitió a D. Juan II y a la reina Doña Catalina, como su madre y tutora, en Valladolid el 25 de Junio de 1412, por el señorío de las Canarias conquistadas y por conquistar: y ciertamente sin tan poderosos auxilios no hubiera podido Betancourt vencer la resistencia de los isleños, ni calmar las inquietudes y reyertas de sus consocios y paisanos.

Lo más notable es que las costas de África, visitadas ya anteriormente por los aventureros normandos hasta el cabo de Sierra Leona, fijaron la atención de Betancourt, aun antes de concluir la conquista de las islas; y con una fragata y quince hombres recorrió desde cabo-Cantin hasta el rio del Oro, que está mas allá del Cabo de Bojador, haciendo algunos cautivos, adquiriendo noticias de los puertos, y proyectando construir alguna fortaleza para poner en contribución el país, lo cual excitó los celos del rey de Fez hasta el punto de disponer un armamento para invadir las islas. Los castellanos no cesaron de frecuentar la navegación a ellas, y adquirieron de este modo grandes conocimientos y cierta posesión en las costas de África.

 Las riquezas que producía a los venecianos el comercio de la especería, perfumes, piedras preciosas y otras producciones de la India, y las noticias vagas de haber allí un rey cristiano, conocido con el nombre del Preste Juan, excitaron en los portugueses el deseo de hallar por el Océano un nuevo camino para conocer este país y hacer directamente aquella negociación. Contribuyó poderosamente a acometer esta empresa el infante D. Enrique, quien después de informado por los moros de Ceuta de la extensión de la tierra interior del África y de los pueblos que la habitaban hasta la Guinea, vivía retirado en Sagres, aplicado a las matemáticas y a la geografía. Celoso por dilatar la fe católica y adquirir un buen nombre para con la posteridad, determinó emprender a sus expensas la conquista y descubrimientos por la costa de África, con objeto de proporcionar también a la orden de Cristo, de que era Gran Maestre, nuevos medios de prosperidad y de gloria. A este fin envió por dos veces en 1419 navíos que reconocieron aquellas costas hasta setenta leguas mas allá del cabo de Non, que se dice nadie había osado doblar hasta entonces, sin embargo de estar frontero y como veinte y cuatro leguas de la isla de Lanzarote, una de las Canarias. Al año siguiente fue Juan González Zarco en otro navío, y sobreviniéndole un recio temporal, corrió por el mar sin dirección determinada, y avistando la isla de Puerto Santo arribó á ella, la reconoció y volvió a informar de su descubrimiento al Infante. La mandó poblar luego; y como desde ella se avistase y reconociese entre nubes y celages otra, que por estar llena de árboles llamaron isla de la Madera, la donó el Infante a los descubridores, que comenzaron a poblarla y cultivarla inmediatamente. En 1423 se descubrió el cabo Bojador, que se dobló al año inmediato, llegando las exploraciones hasta la Angra o playa de los Rubios, donde no se halló de quien tomar lengua. Once años después avanzaron los portugueses hasta un seno que hace la tierra en frente de los desiertos de la Libia. Alli desembarcaron dos jóvenes intrépidos, que montados en sus caballos reconocieron el país, encontraron diez y nueve hombres bazos, armados con dardos a manera de azagayas, que acometieron súbitamente, y pelearon con tenacidad hasta lanzar lejos de sí a los forasteros, obligándolos a retirarse al navío, con el que después de reconocer la entrada de un río y una punta, donde hallaron redes de pescar, regresaron a Portugal contentos de haber visto gente de que no tenían noticia, y llamando a este sitio la Angra de los Caballos. Tal vez esta resistencia hizo más cautos a los portugueses para aumentar la fuerza de sus expediciones.

En 1441 envió el Infante a Antón González y a Nuño Tristán con dos navíos para proseguir los descubrimientos. El uno descubrió hasta el puerto del Caballero, y el otro hasta el cabo Blanco. allí pelearon con los moros; y dos años después en otro viaje cautivaron diez, que los naturales rescataron por otros tantos negros, y una buena cantidad de oro en polvo; y por ser el primero que se trajo a Portugal se llamó aquel lugar río del Oro. Parece que en este viaje descubrió Tristán las islas de Arguin, las de las Garzas, otra que llaman de Cabo Verde, y que siguió la costa hasta Sierra-Leona. De regreso trajo a Lisboa más de treinta negros, que causaron maravillosa novedad en Europa; pero tenemos por más cierto que ya los habían traído los castellanos a Sevilla desde el tiempo de Enrique III, donde eran tratados con gran benignidad, como con referencia a memorias antiguas dice Ortiz de Zúñiga en sus Anales.

Viendo el Infante cómo empezaban a fructificar sus trabajos, condescendió con los deseos de varios vecinos de Lagos, que excitados del interés, armaron seis carabelas en 1444, con las que llegaron a la isla de las Garzas, pasaron a la de Nar, y a otras próximas, desde donde volvieron a su patria faltos de víveres y con gran número de negros. La fama de estos descubrimientos, y de la gran utilidad que producían, llevó a Portugal muchos extranjeros, especialmente italianos, cuyas repúblicas eran de las más activas, comerciantes y prácticas en la navegación. Como el Infante acogía a todos los hombres hábiles en la náutica y astronomía, procuraba sacar partido de ellos para sus empresas. En el año 1444 envió a Vicente Lago con una carabela, y en su compañía a Luis de Cadamosto, gentilhombre, veneciano, que fueron a la isla de Puerto Santo, de allí a la de la Madera y a las Canarias, y partiendo de la de la Palma, se dirigieron a Cabo-Blanco y al rio de Gambia, en donde encontraron al genovés Antonio de Nole, que con orden del Infante iba también a descubrir, y juntos se volvieron desde allá a Portugal.

Desgraciada fue la expedición que en 1445 hizo Gonzalo de Sintra, que fue muerto con otros siete de los suyos, peleando con los moros en la angra ( ensenada ) que tomó su nombre siete leguas más allá del Río de Oro; y sin duda por este escarmiento, y para tener defensa en lo sucesivo, mandó entonces el Infante fabricar un castillo en aquel lugar. Allí volvieron Antón González, Ñuño Tristán y Dionisio Fernández, con intención de convertir a los naturales y establecer con ellos trato y comunicación; pero se contentaron con reconocer el país, el Cabo Verde y la isla de Tider, y con traer de vuelta algunos negros y el oro que rescataron. Cadamosto y Nole volvieron al año siguiente en una nao que el Infante les mandó aprestar; reconocieron las islas de Cabo Verde, pasaron al rio Rha, que ahora llaman Caramansa, y prosiguieron hasta Cabo Bermejo.

En 1446 Nuño Tristán llegó hasta el Rio Grande, y veinte leguas más adelante entró en otro río donde los naturales le quitaron la vida y a otros diez y ocho compañeros, volviéndose los demás a Portugal llamando al rio de Nuño Tristán, en memoria de este infausto suceso. Entre tanto Alvaro Fernández descubrió en varios viajes el Cabo dos Mastos (de los mástiles), pasó mas de cien leguas de Cabo Verde, llegó a la boca de un rio que apellidó Tabite, veinte y dos del de Nuño Tristán, y libre de los riesgos que había corrido volvió a informar de todo al Infante. Con la protección activa y generosa de este príncipe se había ya descubierto la costa desde cabo Bojador en 26° 10' N hasta Sierra Leona, en 8° 40'N, y se había encontrado la Malagueta que antes traían los moros atravesando la región de Mandinga y los desiertos de Libia hasta Berbería, desde donde la conducían a Italia y a los demás países de Europa. Aunque las islas de Santa María y S. Miguel en las Azores se habían ya descubierto, la Tercera no se reconoció hasta 1445 por alguno de los buques que navegaban a Cabo Verde. Donada a un caballero flamenco llamado Jacobo de Brujas, que la pobló desde luego, se proporcionó por este medio el descubrimiento de las otras que aun eran desconocidas. En tal estado aconteció el fallecimiento del Infante en 1460, cuando ya a su instancia y solicitud había concedido el papa Martín V, que todo lo descubierto y que redescubriese desde el cabo de Bojador, hacia el mediodía, hasta las Indias orientales, fuese de la corona de Portugal; lo que confirmaron después otros sumos pontífices.

CONFICTO PENINSULAR POR LAS CANARIAS

La situación de las Canarias era tan propia para adelantar los descubrimientos en la costa de África, que su adquisición no podía dejar de excitar la ambición de los portugueses; pero perteneciendo su dominio y señorío a los reyes de Castilla, a quienes hablan prestado pleito homenaje Juan de Betancourt y su sobrino Maciot, solicitó el infante D. Enrique del rey D. Juan II, con repetidas instancias y poderosas recomendaciones, que le hiciese merced de las islas de la Gomera y del Hierro para la orden de Cristo, de que era Gran Maestre; a lo cual contestó que perteneciendo a la corona Real de sus reinos, no podía condescender sin acuerdo de sus Estados. Codicioso el Infante de tan importante dominio, y resentido de la repulsa, hizo un contrato con Maciot de Betancourt, por el cual le vendió este la propiedad y señorío de estas islas a cambio de algunos dineros, tributos y heredamientos en la Madera: venta inválida y nula por muchas razones, en especial porque Maciot, como dice el rey D. Juan, tenia las islas por Nos i de nuestra mano, é como nuestro vasallo é súbdito nuestro, é so nuestro señorío é sujeción. Sin embargo, atropellando los tratados vigentes de amistad y concordia entre ambos reinos, el Infante dispuso el año 1424 una gran armada con 2500 soldados, y 120 jinetes, para invadir y apoderarse de las Canarias. Sabedor de esto el rey de Castilla envió a requerir al de Portugal, quejándose al mismo tiempo de los agravios y ultrajes que sufrían los castellanos y los canarios cuando los portugueses iban o regresaban de sus viajes a la costa de África. La expedición, a pesar de los enormes gastos que causó al Infante, no tuvo el éxito que deseaba; y aunque después envió más gente con el capitán Antón González, nada adelantaron; pues luego que los isleños de Lanzarote presumieron que intentaban separarlos del dominio de la corona de Castilla, tramaron una conspiración, hija de su lealtad, y acometiendo con denuedo a los portugueses, los arrojaron de allí bien escarmentados, proclamando a su legítimo soberano, después de haber sufrido dos años el pesado yugo de estos invasores. Un escarmiento semejante no bastó a sofocar su ambición, antes bien para recuperar lo perdido aprestó el infante D. Enrique algunos bajeles a influjo del avieso Maciot; pero noticioso de ello el rey D. Juan mandó no admitir en la isla persona sospechosa, y que se les expeliese a mano armada. Contentáronse con algunas correrías e invasiones, en que haciendo la guerra igualmente a los castellanos y a los isleños, y persiguiendo a los cristianos como a moros, por el fruto mezquino de algunos robos y saqueos, dieron mayor vigor a la fidelidad de los naturales, que en sus representaciones a los reyes confesaban la dependencia de la corona de Castilla en que habían estado y en que querían estar en lo sucesivo. Tal estado de inquietud solo calmó cuando por las paces hechas entre ambos reinos el año 1479 se concertó que el trato y navegación de la Guinea y de la mina del oro, y la conquista de Fez, quedase exclusivamente para Portugal, y todas las islas Canarias conquistadas y por conquistar para la corona Real de Castilla. Los historiadores portugueses, especialmente Juan de Barros, adulteran artificiosamente la relación de estos sucesos, como ya lo advirtió y censuró Fr. Bartolomé de las Casas, y lo comprueban las cartas del rey D. Juan II a D. Alfonso de Portugal, y los documentos que examinó D. Josef Viera y Clavijo para escribir su apreciable Historia de las Canarias.

A estos cuidados por mantener ilesos los derechos de la corona Real, se unieron las alteraciones que fatigaron a los reinos de Castilla durante el gobierno de D. Juan II, al principio por sus tutorías, y después por la privanza de D. Álvaro de Luna; pero como aquel príncipe, aunque negligente en la gobernación de sus estados, era instruido, apreciador de los hombres de letras, y aficionado a pasatiempos y diversiones, su corte llegó a ser de las más lucidas, y creció el lujo a tal extremo que aun las mujeres de los menestrales y artesanos se confundían en los vestidos con las de alto linaje y estado, usando ropas de ricas telas de seda, de oro, de lana, con forros de martas y pieles, y con guarniciones de oro, plata y aljófar : cuyo gasto, por ser ruina de las familias, se trató de corregir, aunque sin efecto, en las cortes de Palenzuela. Las descripciones que hacen Fernán Pérez de Guzmán de la esplendidez, delicadeza y ostentación de los personajes de aquella época en sus trajes, comidas y palacios, y el bachiller Cibdareal del boato y suntuosidad con que se celebraron en Valladolid, el año 1425, las funciones por el nacimiento de un infante prueban la opulencia que en general había en el reino, a lo cual, sin duda, había contribuido mucho la prosperidad del comercio, que se procuró fomentar con varias providencias.

En las cortes de Madrid de 1419 se mandó que los extranjeros no pudiesen vender paños ni otras mercaderías sino en las aduanas, donde habían de pagar los derechos establecidos, obligándose a emplear su importe en otras manufacturas de España, según lo había ordenado ya el rey D. Enrique III; y para su cumplimiento se repitieron y tomaron nuevas disposiciones en las cortes de 1447.

En las de Madrigal de 1438, a causa de ser subido el precio de los paños extranjeros, y que ya en España se hacían de muy buena calidad, y que cada día se harían mucho mejores, se trató de prohibir la introducción de aquellos, y que no se extrajesen nuestras lanas, con el objeto de fomentar las fábricas propias con aumento de la población. Acordóse también en las cortes de 1425 se escribiese al rey de Portugal para que mandase tratar en sus dominios a los comerciantes castellanos con las consideraciones con que se trataban en Castilla a los de aquel reino; y en 1452 concedió el rey a los cómitres de Sevilla el privilegio de traer las armas que quisiesen para su propia defensa. Con esta protección se fomentaba la marina mercantil, de modo que todos los navíos de la costa Cantábrica, vizcaínos, castellanos y gallegos, hacían no solo el comercio del norte, sino el de levante con frutos propios y con mercaderías extranjeras; y así también recrecía el poder y respeto de la marina militar.

Las cortes de 1422 acordaron se mandasen fabricar nuevos navíos y galeras, que se reparasen las demás y se empleasen contra los piratas para proteger el comercio y defender las costas. El año 1436, notando las cortes de Toledo la falta de navíos grandes que había en los puertos del mar de Castilla, y cuán necesarios eran para escoltar las mercaderías que se llevaban a Flandes, acordaron remediar este daño; e igualmente que siempre que tres navíos o más hubiesen de partir con sus cargamentos para Flandes, Francia, Bretaña y otras partes, fuesen unidos en recíproca escolta para evitar ser apresados por los ingleses al paso por sus mares, como acostumbraban hacerlo con los buques que iban solos o desunidos. La morosidad en tomar estas providencias obligó a reclamarlas dos años después en las cortes de Madrigal, cuando ya (según manifestó el rey) se habían empezado a fabricar algunas naos grandes en las atarazanas Reales. Así las ciudades comerciantes de la península acrecentaron su riqueza y su población. Ortiz de Zúñiga dice con referencia al año 1454, último del reinado de D. Juan II, que había llegado Sevilla a la mayor opulencia de vecindad, de comercio y de riqueza que tuvo desde su conquista, llena de numerosísimo pueblo, en que floreciendo las industrias mecánicas, eran muchas las fábricas de todo género de ropa : que no solo con España sino con Italia y Francia comerciaban sus mercaderes todo género de sedas, brocados y telas ricas: abundaba de cosechas de aceite, vino y lanas que a Inglaterra, Francia y Flandes se conducían con gran útil: la nobleza opulenta de rentas de sus heredades y tierras, en ellas ejercúa la labranza por sus mayordomos, haciendo abundar la tierra de frutos y ganados &c. A la vista de tan floreciente agricultura, de tan industriosas fábricas y de tan activo comercio, no puede extrañarse el engrandecimiento que tuvo la marina Real, y cuánto contribuyó a la victoria que alcanzó combatiendo sobre Gibraltar con la armada de los reyes de Túnez y Tremecén, prestando auxilios y servicios a los franceses, especialmente en el sitio y rendición de Bayona, e infundiendo respeto y consideración en las demas naciones marítimas.

Tan bella perspectiva desapareció en el siguiente reinado, aunqueaá los principios de él se cogieron todavía algunos frutos de la discreta política anterior. Acaso por esta razón Fernando del Pulgar, que era ya persona de crédito y consideración en la corte de Enrique IV, divide en dos épocas el reinado de este monarca marcando en ellas su próspera y adversa fortuna. Desde joven, y siendo aun príncipe, se aficionó a deleites harto indecorosos, rehusó vestir paños preciosos, y no cuidó del trato y ceremonia que correspondía a su dignidad; pero luego que empezó a reinar usó de gran aparato y suntuosidad, especialmente en festines públicos o en el recibimiento de los embajadores de otros príncipesz. Ostentó esta grandeza en las vistas que tuvo con el rey de Francia Luis XI el año 1463 en el rio Vidasoa, donde fue acompañado de los grandes, prelados, caballeros y otros personajes de la corte, todos tan ricamente ataviados e vestidos, como en ningún tiempo se pudo ver en Castilla : tanto que los franceses se quedaron muy maravillados. El lujo de nuestros representantes en perlas orientales, piedras preciosas, ricas telas y utensilios de gran valor , se manifiesta en los inventarios que se han conservado de los muebles y joyas que tenían el duque de Béjar D. Alvaro de Zúñiga, y en las alhajas que D. Rodrigo Ponce de León, marques de Cádiz , dio a Doña Beatriz Pacheco, hija del maestre de Santiago, al tiempo de casarse con ella en el año 1471. No era extraño que así sucediese cuando los labradores y obreros, y sus mujeres e hijos, pretendían igualarse en su porte exterior a las personas de alta clase y gerarquía, con ruina de sus patrimonios y haciendas.

Este lujo indica que el comerció se mantenía floreciente, como lo prueba también el aprecio que hacían en los paises extranjeros de los géneros de Castilla, pues cuando Enrique IV se confederó con los ingleses para hacerles la guerra a la Francia, el rey Luis y los de su reino (dice la Crónica) recibian no solamente daño, mas grande pérdida, porque los mercaderes de Castilla no iban a Francia con sus mercaderías . Y en efecto, en los primeros años de su reinado se tomaron providencias para facilitar el tráfico y la circulación. Favoreció el rey ala provincia de Guipúzcoa, concediéndola en 1461 que pudiese juzgar en los delitos que aconteciesen en el mar entre sus vecinos. Tanto prosperaba en ella el trato y la navegación, que ajustada la paz algunos años después, Enrique VI de Inglaterra recibió bajo su protección a los navios de Guipúzcoa y Vizcaya que arribasen a sus reinos, y mandó resarcirles los daños que habían sufrido de parte de sus vasallos, que se evaluaron en 110 coronas.

En las cortes de 1457 y 1465 se ordenó que los mercaderes y dueños de géneros permitidos en el comercio fuesen seguros en todos sus tránsitos, caminando bajo el amparo del rey, sin poder ser apresadis ni tomadas sus mercaderías, sino por deuda conocida y con ciertas formalidades, y en los casos de declaración de guerra se mandaba darles tres meses para disponer libremente de sus géneros de comercio. Estas y otras providencias semejantes le hicieron a los príncipes. El rey de Nápoles D. Fernando pidió le recibiese en su homenaje; el principado de Cataluña le ofreció ponerse bajo su señorío; el rey de Granada ajustó la paz, sujetándose a darle cada año 120 doblas y 600 cautivos cristianos; y todos los demas príncipes comarcanos temían su poder y respetaban su voluntad. Conquistó Gibraltar, Archidona y otros lugares, y mantuvo la paz en sus estados. Pero a la sombra de esta prosperidad, y a imitación de algunos malos ejemplos, iba cundiendo la corrupción de costumbres, la desobediencia de varios Grandes, la ingratitud de los favorecidos, la envidia de los descontentos , la pobreza originada de la prodigalidad, la codicia en unos, la venganza en otros, la rapiña, la soberbia, la deshonestidad: olvidábase la lealtad debida al soberano y el amor a la patria: promovíanse las disensiones domésticas, los tumultos y parcialidades en el reino, que minaron hasta los profundos fundamentos del trono 

¿Cómo era posible en medio de esta anarquía y desolación que floreciesen las artes, ni las fábricas, ni el comercio, ni la marina? Todo pereció, sin dejar mas que un ejemplo terrible y una lección saludable a los venideros para conciliar siempre la teligion con la política, el saber y la industria con las buenas costumbres.

Entraron a reinar los príncipes D. Fernando y Doña Isabel, y apareció en Castilla el iris de la paz y de la concordia, recuperó su vigor la justicia, su respeto la autoridad, su influjo la política, y los reyes por sí mismos reconciliaron los ánimós más enconados ; unos con la dulzura de la persuasión, otros con el imperio de su soberanía. Moderaron los privilegios excesivos, y lograron contener a todos en su justos límites. Extendieron sus miras a lo exterior, y se hicieron reconocer y respetar de los demás príncipes. Entonces se dedicaron a promover en su reino las artes y las fábricas, el comercio y la navegación. Frecuentaban los castellanos la de las costas de África desde fines del siglo anterior, y adquirían de los naturales a cambio de cosillas de poco valor, y de conchas grandes de mar, que tomaban en las Canarias, cantidades de oro suficientes para excitar la codicia de otros traficantes y armadores de los puertos de Andalucía, especialmente de Sevilla. Viaje hubo que valió a su dueño 100 pesos de oro. No era menos lucrativo el tráfico que también se hacía de los esclavos negros, los cuales eran tratados en aquella ciudad con benigna consideración desde los tiempos de Enrique III, y los Reyes Católicos se complacieron también en dispensarles su favor.

La navegación se hacía en carabelas y embarcaciones pequeñas para que pudiesen aproximarse más a las costas, y aun entrar por los ríos que penetraban tierra adentro. Muchos peligraban por ser la tierra enfermiza y calurosa con exceso. Dícese que tardaban dos o tres meses en ir, y siete u ocho en volver; y apenas llegaban a las costas recién descubiertas cuando los naturales, que vivían dispersos en los campos, se juntaban al son de bocinas para acudir a los rescates. Los reyes de Castilla miraron siempre aquellas tierras como propias de sus dominios desde que las descubrieron sus vasallos, según hemos referido. Por eso D. Juan II reclamando de D. Alfonso v el resarcimiento de los daños y perjuicios que sufrieron de los portugueses en las costas de Andalucía ciertos vecinos de Cádiz y Sevilla, que comerciaban en aquellas partes, le decia en carta, escrita en Valladolid el 10 de Abril de 1454, que aquellos sus súbditos venían con sus mercaderías de la tierra que llaman Guinea, que es de nuestra conquista.

Aprovechándose de las revueltas en los últimos años del reinado de Enrique IV, se había entrometido el rey D. Alfonso de Portugal en esta navegación y tráfico, haciéndolo exclusivo de sus vasallos. Se quejaron los de Sevilla, y no fueron oídas sus reclamaciones hasta que la guerra los puso en posesión de sus antiguos derechos. Los Reyes Católicos en una provisión expedida en Valladolid el 19 de Agosto de 1475, dijeron expresamente que los Reyes de España tuvieron siempre la conquista de Africa y Guinea, y llevaron el quinto de cuantas mercaderías en aquellas partes se rescataban, y que por lo mismo estaban resueltos a remediar por todas vías los daños que habian padecido sus vasallos y sus rentas Reales. Para esto nombraron receptores y escribano mayor de las naos que se armasen para el trafico de Guinea, y aun adelante de la Sierra Leona, con facultad de poner en cada una de ellas un escribano encargado de llevar la cuenta de cuanto se cargase y condujese de ida y vuelta, y de lo que se debía pagar, así del quinto, como de los demas derechos de esclavos, oro, plata, joyas... Para fomentar este comercio mandó la reina el 4 de Marzo de 1478 que a cuantos súbditos suyos fuesen con sus navíos a la mina del oro, se les dejase ir, tratar y comerciar libremente, sin tomarles ni embargarles lo que llevasen por tierra o por mar, ni a sus criados, ni demás, salvo por deudas grandes propias, o por fianza; pero se les prohibía la introducción y comercio de cosas vedadas, el traer franceses, portugueses u otros enemigos de Castilla, ni bienes suyos, y el hacer daño a las naciones amigas o aliadas , bajo la responsabilidad de los fiadores abonados que debían presentar en debida forma.

Al año siguiente expidieron los reyes en Trujillo otra provisión el 17 de Febrero, mandando que el oro y otros rescates adquiridos en la mina y en las costas de Guinea, se trajesen a estos reinos, y no se sacasen para otras partes: que se hiciesen armamentos marítimos para que los naturales dellos anden y esten pujantes por la mar, los unos para ir á facer dichos rescates, y los otros para los defender y segurar. Nombraron ciertas personas que se habían ofrecido a armar veinte carabelas, que estarían prontas en Junio; y previnieron que nadie fuese a dicho rescate sin licencia Real, pena de muerte y perdimiento de bienes; y que los que quisiesen armar para ello acudiesen al asistente de Sevilla o al corregidor de Jerez, que les darían los auxilios necesarios para navegar con seguridad. Esto prueba el derecho y posesión legítima en que estuvieron los reyes de Castilla de la costa de África y Guinea, que sus vasallos descubrieron antes que.los portugueses; pero desde que estos formaron allí sus primeros establecimientos y pretendieron también dominar en las Canarias, no cesaron por más de medio siglo las reyertas, hostilidades y reclamaciones entre ambos gobiernos, hasta que las paces hechas con el rey y el príncipe de Portugal, y ratificadas por la Reina Católica.en Trujillo el 27 de Setiembre de 1479 pusieron término a tan largas y enconadas pretensiones. Desde entonces los viajes que los castellanos hacían a la mina del ero y a la costa e islas de Guinea, era con permiso y seguro de los reyes de Portugal, y contribuyéndoles con los derechos que les correspondían.

Asegurados los reyes de.Castilla de la posesión de las Canarias, enviaron desde Sevilla armadas para concluir la conquista de algunas de las islas, convertir a los infieles a la religión cristiana, poblar la Gran Canaria de católicos, edificar en ella una iglesia catedral, contener las ideas altivas de los que se contemplaban como señores independientes, y defenderlas en caso necesario, si, como se recelaba, pasaban los franceses a su conquista. Los portugueses por su parte, libres de la oposición y reclamaciones de los castellanos continuaron pacíficamente los descubrimientos de la costa de Africa interrumpidos desde la muerte del infante D. Enrique. Sucedió á D. Alfonso V su hijo D. Juan II en el año 1481, y se propuso seguir aquella empresa con mayor empeño y mejor dirección. Para esto formó una junta de matemáticos que establecieron las reglas de navegar por la altura del sol : envió una armada a la costa de Quinta; concluyó un convenio de paz y amistad con el señor de aquella tierra; e hizo fabricar en la Mina del Oro la fortaleza que se llamó de San Jorge, que en poco tiempo llegó a ser pueblo de consideración, y aun ciudad distinguida con grandes privilegios.

EL PRESTE JUAN

Asegurado así de lo descubierto hasta entonces, adelantó Diego Cam en 1484 hasta el Rio Zaire, que viene a dar en el reino de Congo, Juan Alfonso de Aveiro descubrió en 1486 el reino de Benin, cuyos reyes y súbditos abrazaron el cristianismo. Allí tuvieron acerca del Preste Juan y de lo interior del país algunas noticias, que aumentaron sus esperanzas de hallar por aquella vía la India oriental. Entre tanto Bartolomé Díaz y Juan Infante, reconocieron trescientas cincuenta leguas de la costa , descubriendo por los 33º 42' Sur la isla de Santa Cruz, y en seguida el cabo que llamaron Tormentoso por las tormentas que pasaron para doblarle, y que el rey D. Juan intituló de Buena Esperanza, por la que le prometía para descubrir la India y hacer directamente su comercio. Deseoso de comprobar las noticias vagas que se oían y adquirir un conocimiento seguro de la existencia del Preste Juan y de su poderío, envió el mismo rey D. Juan a Juan Pedro de Covillan y a Alfonso de Paiva en 1487. Embarcáronse en Barcelona para Nápoles, y de allí pasaron sucesivamente a Rodas,a Alejandría, al Cairo (a la sazón corte de los sultanes de Egipto) y a la ciudad de Adem, situada en la boca del mar Bermejo, donde se dividieron ambos compañeros. Paiva se dirigió a Etiopia, y Covillan a la India, donde visitó las ciudades de Cananor, Calicut y Goa. Informóse de la extensión de aquellas tierras, de sus dominios, frutos, riquezas, comercio y costumbres de sus habitantes. Regresó por Zofala a Adem y al Cairo, y allí supo la muerte de Paiva. Resuelto a volverse á Portugal, recibió por medio de unos judíos cartas del rey D. Juan, y conforme a sus órdenes partió para Ormuz , en donde se acumulaban todas las drogas y riquezas orientales que se repartían por Europa. Llegó por último a la corte del Preste Juan, que ya había muerto, y su sucesor , llamado Alejandro, le recibió muy bien, apreciando su embajada y ofreciendo despacharle favorablemente, pero a los pocos dias murió también este príncipe y le sustituyó su hermano Naut, que no quiso desprenderse de Covillan ni dejarle salir de su reino. Pasados algunos años sucedió a Naut su hijo David, y este le estableció en aquel pais, gobernándose por su dirección, y dando muestras de apreciar su talento y la instrucción que tenia en varias lenguas : de modo, que cuando en el año1515 envió el rey D. Manuel una solemne embajada a aquella corte con D. Rodrigo de Lima, este reclamó a Covillan, y se le negó la venida, diciendo el príncipe que sus antecesores le habían dado tierras y heredades para que las disfrutase con la mujer y los hijos que tenía. Entonces pudo manifestar a Francisco Alvarez, capellán del rey , las noticias que adquirió en sus viajes y en los años de su residencia allí; y con estas y con las observaciones propias escribió Alvarez una historia de las Cosas de Etiopia.

Tras la muerte del rey D. Juan ocupó el trono de Portugal el rey D. Manuel, que muy luego envió a Vasco de Gama a continuar los descubrimientos el 8 de Julio de 1497. Después de tres meses y de recios temporales, reconoció el golfo de Santa Eléna,montó el cabo de Buena Esperanza el 20 de Noviembre, llegó a la ensenada de S. Blas, avistó la isla de Santa Cruz, y pasando por delante de la tierra de Natal, descubrió un río que llamó del Cobre o Aguada de la Paz; y otro muy grande que reconoció el 25 de Enero de 1498, cincuenta leguas mas allá de Zofala, yapellidó el Río de las Buenas Señales, a causa de las que le lisonjearon por haber adquirido conocimiento de que hacia el nacimiento del sol había gente blanca que navegaba en naos como las que llevaba. La vió efectivamente cuando llegó a la isla de Mozambique a principios de Marzo: allí fue recibido con confianza y amistad: visitó Gama al rey de la tierra, que le facilitó pilotos para que lo guiasen a la India. Lleváronle a la isla de Monzaba, muy cercana a la tierra firme de Etiopia; y descubierta por los portugueses la traición y engaño que preparaban para acabar con ellos, siguieron su camino, valiéndose de la dirección de un moro de confianza. Así pudo Gama visitar al rey de Melinde, que le obsequió y prometió su amistad : corrió la costa de Malavar, y el 18 de Mayo fondeó á dos leguas de Calicut. Bajó a tierra y dió la embajada de parte de su soberano al Zamorin o emperador de aquel país, que le recibió con gran pompa y ostentación. Ofrecióle entablar con Portugal un comercio recíproco, de que hasta entonces estaban apoderados los mahometanos, que con este objeto acudían a la Meca o estaban situados en los puertos de la Arabia feliz, del mar Rojo, y del seno Pérsico; y con tan favorable respuesta regresó a Portugal, llegando a Cascaes el 49 de Julio de 1499. Acontecimiento notable en la historia moderna que supo celebrar el ilustre Camess en sus Lusiadas, uniendo las glorias militares de estos intrépidos argonautas a los laureles que consiguió de la posteridad, que coloca su nombre al lado de los cantores de Aquiles y de Eneas. 

POLITICA DE LOS REYES CATÓLICOS

Estas expediciones a las costas de Africa, a las Canarias, y las armadas que se aprestaban contra los moros, tenían en actividad a los marinos españoles, ya mucho más respetables desde que unidas las coronas de Castilla y Aragón se había alzado la prohibición de comercio entre ambos reinos aun de las cosas antes vedadas, y se preparaban todos reunidos a expeler de la península a los moros que la habian ocupado muy cerca de ocho siglos. Repitieron los Reyes Católicos la observancia de muchas leyes de sus antecesores en beneficio del comercio y de la navegación, y publicaron otras nuevas. En el ordenamiento de las cortes de Toledo, fechada el 28 de Mayo de 1480, mandaron que en los puertos de mar de los reinos de Castilla, no se robasen los navios que se perdiesen o anegasen, y que cuanto de ellos se salvase fuese para sus dueños, como, ya lo había ordenado D. Alfonso XI en 1348. Estando en Córdoba el 28 de Setiembre de 1482 dieron salvoconducto a todos los mercaderes y navegantes que iban a las partes de Africa, y de allí á otros reinos extranjeros, y traian oro , cera, cobre, añil, cueros &c., mandando no detener ni embargar sus personas ni mercaderías, con tal que no llevasen cosas prohibidas, ni fuesen al reino de Granada, ni pasasen del estrecho. Hallándose en Tarazona el 22 de Marzo de 1480 confirmaron a los marcantes de los puertos de Galicia, que fuesen armados por los maestres de las naos en los usos, costumbres y libertades que tenian de tiempo inmemorial, según lo disponía el fuero de León, é intentaban usurparles otros marineros no armados en la forma prevenida. Consistían principalmente estos privilegios: 1.° en que todo marinero que fuese condenado a muerte gozase en esta pena la distinción de hijodalgo, salvo en el delitó de traición : 2.° que pudiese sacar su parte de toda la mercadería que trajese por la mar: si fuere sardina, cinco millares; si otro pescado, cuatro quintales; si vino, el cuarto de un tonel; si pan, cuatro fanegas; si sal, medio moyo, sin pagar de esto diezmo ni otro derecho alguno.

A solicitud de la provincia de Guipúzcoa repitieron el 20 de Diciembre de 1491 lo mandado ya por D. Enrique III y D. Juan II, para que los extranjeros que traian mercaderías a nuestros puertos las inventariasen, y no pudiesen extraer su valor en oro, plata o moneda, sino en otras mercaderías de estos reinos, dando fianza de hacerlo así; pues los ingleses iban a emplear en vinos y géneros de Francia la moneda que sacaban de España. Esta disposición la repitió el Rey Católico hallándose en Zaragoza el 3 de Agosto de 1498; y a solicitud del prior y cónsules de Burgos en Alcalá de Henares el 11 de Febrero de 1503. Más adelante renovaron la pragmática de Enrique ni para que en los fletes y cargamentos fuesen preferidos siempre los navios de los naturales a los extranjeros : establecieron premios para los que en su costa construyesen navíos desde más de mil toneles hasta seiscientos, teniéndolos aparejados y dispuestos para todo : prohibieron que la venta de naves españolas se hiciese a extrangeros sin preceder carta o licencia expresa, firmada de les Reyes : que no se llevasen diezmos ni otros derechos a los navíos que llegasen a puertos si no descargaban las mercaderías que conducían. Finalmente, fueron tantas y tan atinadas las providencias que tomaron los Reyes Católicos, desde que ocuparon el trono, para la prosperidad del comercio y navegación mercantil, qae la Real provisión dada en Me­dina del Campo el 21 de Julio de 1494, para la jurisdicción privada del prior y cónsules de la universidad de mercaderes de Burgos, al mismo tiempo que establece las leyes más sensatas sobre los juicios mercantiles, y recopila otras anteriores sobre fletes y navegación, prueba la gran protección y auxilio que se dispensaba a todos los comerciantes, señaladamente a los de Burgos, Segovia, Vitoria, Logroño, Valladolid y Medina de Rioseco. No menos irrefragable testimonio eran igualmente la coocurrencia, actividad del tráfico, cambios y giros en las famosas ferias de Medina del Campo; y la extensión del comercio que hacían los españoles en Flandes, Francia, Inglaterra, Bretaña y en otros estados, donde ya tenían sus cónsules y factores de estos reinos, para que asi quedase en beneficio suyo y no de extrangeros la ganancia de los fletes, comisiones, encomiendas y otras utilidades que produce el comercio activo.

Según que los reyes iban conquistando las plazas marítimas del reino de Granada se habilitaban nuevos puertos para el comercio, que si era lucrativo por el norte y mediodía en el Océano, no pudo dejar de serlo en el Mediterráneo, principalmente cuando por los derechos de la casa de Aragón, se habían reunido A la corona varios estados en Italia. Por otra parte desde los principios cuidaron los reyes de sentar el crédito, la buena fe, la exactitud en todos sus contratos, procurando para ello remediar la corrupción escandalosa que había padecido la moneda en el reinado anterior, providencia tanto más urgente y necesaria cuanto era fijar la ley y autoridad del signo representativo del valor se los productos de la agricultura e industria que habían de trocarse por ella. Asi fué mas rápida y segura la circulación, se animó y estimuló el trabajo, se multiplicaron las labores y manufacturas, y se acrecentó la riqueza pública.

Mucho mayor hubiera sido este aumento si otras providencias, hijas de circunstancias particulares, se hubieran dictado con arreglo a los principios de economía pública; que todavía se ignoraban. Las tasas hasta en los géneros de primera necesidad, las prohibiciones tan generales y mal calculadas, las leyes suntuarias, siempre ineficaces aun con el ejemplo de parsimonia y moderación de los mismos soberanos, si no pudieron extinguir los benéficos efectos de las otras leyes, a lo menos los coartaron y disminuyeron. Errores parecen estos propios de aquellos tiempos; pero estaban compensados con tantas providencias dirigidas a la prosperidad general, con tal protección a los inventos útiles, a las artes, a la industria, a la literatura, que no puede desconocerse su influjo en el esplendor de la monarquía española, y en aquel decoro, magestad, grandeza y sabiduría con que se ostentó gloriosa en todo el siglo XVI, durante los reinados de Carlos V y de Felipe II, como lo ha demostrado en sus excelentes Ilustraciones al elogio de la Reina Católica el Sr. D. Diego Clemencin, secretario de la Real Academia de la Historia, aclarando muchos hechos importantes, ya con nuevos y auténticos documentos, ya con juiciosa crítica en la parte militar, legislativa, literaria, política y numismática de aquel célebre y venturoso reinado.

CRISTÓBAL COLÓN

Aunque desde la paz con Portugal en 1479 se habían disminuido las.navegaciones a la costa de Africa, más allá de Canarias; y con la conquista de Granada cesó el tráfico que les moros hacían de las producciones de la India, no perdieron de vista los reyes este ventajoso comercio, ni descuidaron de promoverlo según la inclinación de aquel siglo. Los navieros y pilotos de la costa de Sevilla y Cádiz, especialmente los de Palos, Huelva y Lepe, acostumbrados por mucho tiempo a navegar a las Canarias y a la costa de Africa, e instruidos en la náutica y en la cosmografía, propendían a intentar nuevos descubrimientos. Así es que los Pinzones eran ya vecinos ricos de la villa de Palos, reputados por grandes hombres de mar, especialmente Martin Alonso, que auxilió poderosamente a Colon para, llevar a cabo su proyecto, La fábula de que un piloto de Huelva, llamado Alonso Sánchez, navegando de España a las Canarias cerca del año 1484, fue arrojado por una tormenta hasta la isla de Santo Domingo, y que volviendo a la Tercera comunicó a Colon su viage y derrotero, la oyó contar el Inca Garcilaso a su padre, que sirvió a los Reyes Católicos y a los contemporáneos de los primeros descubridores y conquistadores. Del Inca la tomaron D. Bernardo Alderete, Rodrigo Caro, D. Juan de Solórzano, D. Fernanda Pizarro y otros posteriores. Francisco de Gomara y el P. Josef de Acosta refirieron el suceso sin citar al descubridor. Gonzalo Fernandez de Oviedo tuvo esta narración por falsa, o por un cuento que corría entre la gente vulgar. Pudo ser así respecto a la persona de Alonso Sánchez y a las circunstancias de su viaje; pero Fr. Bartolomé de las Casas, que tuvo a la vista unos libros de memorias escritos par el mismo Cristóbal Colon, refiere que tratando en ellos de los indicios que habia tenido de tierras al occidente por varios pilotos y marineros portugueses y castellanos, citaba entre otros a un Pedro Velasco, vecino de Palos, que le afirmó en el monasterio de la Rábida habia partido del Fayal y. andado 150 leguas por la mar, descubriendo a la vuelta la isla de Flores; a un marinero, tuerto que hallándose en el puerto de Santa María, y a otro gallego, que estando en Murcia le hablaron un viage que habían hecho a Irlanda, y que desviados de su derrota navegaron tanto al NO, que avistaron una tierra que imaginaron ser la Tartaria, y era Terranova o la tierra de los Bacalaos; la cual fueron a reconocer en diversos tiempos dos hijos del capitán que descubrió la isla Tercera, llamados Miguel y Gaspar Cortereal, que se perdieron uno después el otro. Añade Casas, que los primeros que fueron a descubrir y poblar la isla Espa ñola (a quienes él trató) habían oido a los naturales que pocos años antes que llegasen habían llegado alli otros hombres blancos y barbudos como ellos. Los vascos pretenden también haber descubierto un paisano suyo, que se llamaba Juan de Echaide, los bancos de Terranova muchos años antes que se conociese el nuevo mundo. Todo esto prueba por lo menos que los castellanos de la costa Cantábrica y los andaluces navegaban con intrepidez engolfándose en el Océano, y que Colón no se desdeñó de oir sus relaciones para comprobar con ellas sus conjeturas y raciocinios. Asi lo indican también dos escritores que por coetáneos de Colón y de su misma patria merecen nuestra atención. Antonio Gallo, que vivía en 1499, escribió sobre la navegación de Colón un breve comentario que publicó Muratori; y Agustín Justiniani, religioso dominico y obispo de Nevio en Córcega, reasumió la vida del almirante en una exposición sobre los salmos que imprimió en Génova el año 1516. Ambos aseguran que estando Bartolomé Colon en Lisboa, y oyendo las relaciones de los navegantes, fue el primero que concibió la idea de los descubrimientos de occidente, y la comunicó a su hermano Cristóbal, que no era tan hábil ni experto, pero que luego la promovió y ejecutó con constancia y buen éxito.

Esta primacía en la idea o proyecto de navegar a la India por la dirección o rumbo del poniente, de que quieren despojar a Cristóbal Colon dos escritores coetáneos y paisanos suyos, está apoyada en su favor por el testimonio unánime de los historiadores españoles, entre los cuales merece mucha fe el obispo Casas, que conoció a los dos hermanos, de quienes conservaba varios papeles de su propia letra : y sobre todo los Reyes Católicos, que no podían dejar de saber lo cierto, decían al almirante el 16 de Agosto de 1494: una de las principales cosas porque esto nos ha complacido tanto, es por ser inventada, principiada y habida por vuestra mano, trabajo é industria. Lo mismo indicaron en otras cartas, lo mismo confirman las de Paulo Toscanelli, escritas diez y ocho años antes del primer viaje, y todo es análogo a lo que refieren D. Hernando Colón y Casas de haber enseñado el almirante a su hermano la profesión náutica. Por otra parte los estudios que el mismo almirante decía haber hecho en todas estrituras, cosmografía, historias, filosofía y de otras artes; en marinería, astrología, geometría y aritmética, su habilidad en el dibujo y para trazar cartas y esferas, y su trato con gente sabia de varias sectas y naciones manifiestan que no era tan indocto como Justiniani y otros le quieren suponer; y asi es que sus escritos sobre las profecías, sus relaciones, cartas y derroteros dan pruebas evidentes de haber tenido la erudición y conocimientos que indica él mismo y no eran muy generales en su tiempo.

Si por el objeto de las pragmáticas y leyes coetáneas a corregir y contener el lujo de toda especie, se puede calcular la opulencia de estos reinos, que acrecentaba el comercio activo y el entusiasmo de los descubrimientos, también es fácil inferir cuál sería el poder de la marina militar, cuando no solo favorecían directamente las mismas leyes con premios la construcción naval, y con privilegios y exenciones la marinería, sino también la navegación mercantil, procurando promover sus ganancias y utilidades. Asi se vio que en medio del tráfico continuo que tenían los castellanos con los estados septentrionales de Europa, y con los del Mediterráneo, Adriático y Archipiélago, los reyes sostuvieron poderosas armadas para defensa de las costas de sus dominios. Por haberse apoderado los turcos de la plaza de Otranto, enviaron en 1481 para arrojarlos de Italia una escuadra de treinta navíos, que se armaron enVizcaya, a los que se unieron otros veinte que se habían construido en los puertos de Galicia y Andalucía. En 1486, y para socorro del rey de Nápoles, aprestaron otra armada, que salió de Sevilla a principios de Junio, al mando de Melchor Maldonado, acompañándole muchos caballeros principales de aquella ciudad. Cuando la Reina Católica preparaba los medios de estrechar el sitio de Granada, pasó a Vizcaya en 1483, y de allí envió al Mediterrárneo una armada para cortar o evitar toda comunicación entre los moros granadinos y los de Africa: providencia que contribuyó eficazmente al feliz y glorioso éxito que tuvo la campaña, después de haber apresado e interceptado cuantos bajeles intentaron auxiliar o socorrer a los moros de la península. Iguales armamentos aseguraron en 1496 las costas del Rosellón y Cataluña, amenazadas por el rey de Francia; y sin perjuicio ó menoscabo de estas atenciones, se aprestó al mismo tiempo en Laredo una escuadra de ciento y treinta embarcaciones entre grandes y pequeñas, mandadas por personas de la mayor distinción, en la cual se embarcó la infanta archiduquesa Doña juana para Flandes, acompañada de más de 200 hombres de guerra; y finalmenteaá instancia de la república de Venecia, que vió amenazadas sus costas, las de toda Italia y Sicilia por las fuerzas navales del emperador de los turcos Bayaceto, se despachó al Gran Capitán con una armada de 52 buques, 4o infantes, 200 lanzas y otros tantos caballos para Sicilia, y dirigiéndose desde allí al Archipiélago se apoderó de Cefalonia, combatiendo gloriosamente con los turcos, y entregó la isla a los venecianos, a quienes anteriormente habia pertenecido. Esto basta para dar idea del acrecentamiento que debió a los Reyes Católicos el poder marítimo de Castilla, y del respeto que inspiraron en todo el mundo sus virtudes sublimes, sus victorias gloriosas, su discreta política, como lo decia a los mismos reyes el canónigo de Toledo Alfonso Ortiz, felicitándoles por la gloriosa conquista de Granada y venturoso principio del descubrimiento de las Indias occidentales. "No hay gente tan bárbara, aunque sea en las Indias remotas, que ya de vuestros tan prós- peros vencimientos sea ignorante. Ca de los fines de la tierra ha salido tal sonido de vuestra fortaleza que ha podido ferir las orejas de todos los vivientes, poniendo pavor á los moradores de toda la tierra".

Tales fueron los intentos de los españoles hasta fines del siglo XV, para proporcionarse un camino más corto para la India oriental, por donde.se estableciesen directamente sus relaciones de comercio, y adquiriesen de primera mano los preciosos géneros que hacian parte de su fausto y ostentación, y alimentaban el lujo de todas las naciones europeas. Los portugueses buscaron este camino, y lo hallaron siguiendo las costas de Africa en el Océano, y doblando su cabo meridional: Colon propuso a los Reyes Católicos encontrarle navegando al occidente, y con admiración universal dio a conocer un nuevo mundo, que creyó ser el continente de la India, y que después ha influido tanto en la política, en el comercio, en la ilustración y en las costumbres de las naciones y gentes de todo el universo. Este fue el origen de su inesperado y asombroso descubrimiento, que seguido con noble valor y constancia por otros españoles reconocieron un nuevo continente, que después se llamó América con harta injusticia e impropiedad y la mar del Sur y tantos archipiélagos e islas en él y en los mares de la India.

 

LA ERA DE LOS DESCUBRIMIENTOS

 

 

HISTORIA DE LA EDAD MODERNA