HISTORIA
DE LA EDAD MODERNA
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EDAD MODERNA .
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Lo más notable es que las
costas de África, visitadas ya anteriormente por los aventureros normandos
hasta el cabo de Sierra Leona, fijaron la atención de Betancourt, aun antes de
concluir la conquista de las islas; y con una fragata y quince hombres recorrió
desde cabo-Cantin hasta el rio del Oro, que está mas allá del Cabo de Bojador,
haciendo algunos cautivos, adquiriendo noticias de los puertos, y proyectando
construir alguna fortaleza para poner en contribución el país, lo cual excitó
los celos del rey de Fez hasta el punto de disponer un armamento para invadir las
islas. Los castellanos no cesaron de frecuentar la navegación a ellas, y
adquirieron de este modo grandes conocimientos y cierta posesión en las costas
de África.
Las riquezas que producía a los venecianos el comercio de la especería, perfumes, piedras preciosas y otras producciones de la India, y las noticias vagas de haber allí un rey cristiano, conocido con el nombre del Preste Juan, excitaron en los portugueses el deseo de hallar por el Océano un nuevo camino para conocer este país y hacer directamente aquella negociación. Contribuyó poderosamente a acometer esta empresa el infante D. Enrique, quien después de informado por los moros de Ceuta de la extensión de la tierra interior del África y de los pueblos que la habitaban hasta la Guinea, vivía retirado en Sagres, aplicado a las matemáticas y a la geografía. Celoso por dilatar la fe católica y adquirir un buen nombre para con la posteridad, determinó emprender a sus expensas la conquista y descubrimientos por la costa de África, con objeto de proporcionar también a la orden de Cristo, de que era Gran Maestre, nuevos medios de prosperidad y de gloria. A este fin envió por dos veces en 1419 navíos que reconocieron aquellas costas hasta setenta leguas mas allá del cabo de Non, que se dice nadie había osado doblar hasta entonces, sin embargo de estar frontero y como veinte y cuatro leguas de la isla de Lanzarote, una de las Canarias. Al año siguiente fue Juan González Zarco en otro navío, y sobreviniéndole un recio temporal, corrió por el mar sin dirección determinada, y avistando la isla de Puerto Santo arribó á ella, la reconoció y volvió a informar de su descubrimiento al Infante. La mandó poblar luego; y como desde ella se avistase y reconociese entre nubes y celages otra, que por estar llena de árboles llamaron isla de la Madera, la donó el Infante a los descubridores, que comenzaron a poblarla y cultivarla inmediatamente. En 1423 se descubrió el cabo Bojador, que se dobló al año inmediato, llegando las exploraciones hasta la Angra o playa de los Rubios, donde no se halló de quien tomar lengua. Once años después avanzaron los portugueses hasta un seno que hace la tierra en frente de los desiertos de la Libia. Alli desembarcaron dos jóvenes intrépidos, que montados en sus caballos reconocieron el país, encontraron diez y nueve hombres bazos, armados con dardos a manera de azagayas, que acometieron súbitamente, y pelearon con tenacidad hasta lanzar lejos de sí a los forasteros, obligándolos a retirarse al navío, con el que después de reconocer la entrada de un río y una punta, donde hallaron redes de pescar, regresaron a Portugal contentos de haber visto gente de que no tenían noticia, y llamando a este sitio la Angra de los Caballos. Tal vez esta resistencia hizo más cautos a los portugueses para aumentar la fuerza de sus expediciones.
En
1441 envió el Infante a Antón González y a Nuño Tristán con dos navíos para
proseguir los descubrimientos. El uno descubrió hasta el puerto del Caballero,
y el otro hasta el cabo Blanco. allí pelearon con los moros; y dos años
después en otro viaje cautivaron diez, que los naturales rescataron por otros
tantos negros, y una buena cantidad de oro en polvo; y por ser el primero que
se trajo a Portugal se llamó aquel lugar río del Oro. Parece que en este viaje
descubrió Tristán las islas de Arguin, las de las Garzas, otra que llaman de
Cabo Verde, y que siguió la costa hasta Sierra-Leona. De regreso trajo a Lisboa
más de treinta negros, que causaron maravillosa novedad en Europa; pero tenemos
por más cierto que ya los habían traído los castellanos a Sevilla desde el
tiempo de Enrique III, donde eran tratados con gran benignidad, como con
referencia a memorias antiguas dice Ortiz de Zúñiga en sus Anales.
Viendo el Infante cómo empezaban a fructificar sus trabajos, condescendió con los deseos de varios vecinos de Lagos, que excitados del interés, armaron seis carabelas en 1444, con las que llegaron a la isla de las Garzas, pasaron a la de Nar, y a otras próximas, desde donde volvieron a su patria faltos de víveres y con gran número de negros. La fama de estos descubrimientos, y de la gran utilidad que producían, llevó a Portugal muchos extranjeros, especialmente italianos, cuyas repúblicas eran de las más activas, comerciantes y prácticas en la navegación. Como el Infante acogía a todos los hombres hábiles en la náutica y astronomía, procuraba sacar partido de ellos para sus empresas. En el año 1444 envió a Vicente Lago con una carabela, y en su compañía a Luis de Cadamosto, gentilhombre, veneciano, que fueron a la isla de Puerto Santo, de allí a la de la Madera y a las Canarias, y partiendo de la de la Palma, se dirigieron a Cabo-Blanco y al rio de Gambia, en donde encontraron al genovés Antonio de Nole, que con orden del Infante iba también a descubrir, y juntos se volvieron desde allá a Portugal.
Desgraciada fue la expedición que en 1445 hizo Gonzalo de Sintra, que fue muerto con otros siete de los suyos, peleando con los moros en la angra ( ensenada ) que tomó su nombre siete leguas más allá del Río de Oro; y sin duda por este escarmiento, y para tener defensa en lo sucesivo, mandó entonces el Infante fabricar un castillo en aquel lugar. Allí volvieron Antón González, Ñuño Tristán y Dionisio Fernández, con intención de convertir a los naturales y establecer con ellos trato y comunicación; pero se contentaron con reconocer el país, el Cabo Verde y la isla de Tider, y con traer de vuelta algunos negros y el oro que rescataron. Cadamosto y Nole volvieron al año siguiente en una nao que el Infante les mandó aprestar; reconocieron las islas de Cabo Verde, pasaron al rio Rha, que ahora llaman Caramansa, y prosiguieron hasta Cabo Bermejo.
En 1446 Nuño Tristán llegó hasta el Rio Grande, y veinte leguas más
adelante entró en otro río donde los naturales le quitaron la vida y a otros
diez y ocho compañeros, volviéndose los demás a Portugal llamando al rio de
Nuño Tristán, en memoria de este infausto suceso. Entre tanto Alvaro Fernández
descubrió en varios viajes el Cabo dos Mastos (de los mástiles), pasó mas de
cien leguas de Cabo Verde, llegó a la boca de un rio que apellidó Tabite,
veinte y dos del de Nuño Tristán, y libre de los riesgos que había corrido
volvió a informar de todo al Infante. Con la protección activa y generosa de
este príncipe se había ya descubierto la costa desde cabo Bojador en 26° 10' N
hasta Sierra Leona, en 8° 40'N, y se había encontrado la Malagueta que antes
traían los moros atravesando la región de Mandinga y los desiertos de Libia
hasta Berbería, desde donde la conducían a Italia y a los demás países de
Europa. Aunque las islas de Santa María y S. Miguel en las Azores se habían ya
descubierto, la Tercera no se reconoció hasta 1445 por alguno de los buques
que navegaban a Cabo Verde. Donada a un caballero flamenco llamado Jacobo de
Brujas, que la pobló desde luego, se proporcionó por este medio el
descubrimiento de las otras que aun eran desconocidas. En tal estado aconteció
el fallecimiento del Infante en 1460, cuando ya a su instancia y solicitud
había concedido el papa Martín V, que todo lo descubierto y que redescubriese
desde el cabo de Bojador, hacia el mediodía, hasta las Indias orientales,
fuese de la corona de Portugal; lo que confirmaron después otros sumos
pontífices.
La
situación de las Canarias era tan propia para adelantar los descubrimientos en
la costa de África, que su adquisición no podía dejar de excitar la ambición de
los portugueses; pero perteneciendo su dominio y señorío a los reyes de
Castilla, a quienes hablan prestado pleito homenaje Juan de Betancourt y su
sobrino Maciot, solicitó el infante D. Enrique del rey D. Juan II, con
repetidas instancias y poderosas recomendaciones, que le hiciese merced de las
islas de la Gomera y del Hierro para la orden de Cristo, de que era Gran
Maestre; a lo cual contestó que perteneciendo a la corona Real de sus reinos,
no podía condescender sin acuerdo de sus Estados. Codicioso el Infante de tan
importante dominio, y resentido de la repulsa, hizo un contrato con Maciot de
Betancourt, por el cual le vendió este la propiedad y señorío de estas islas a
cambio de algunos dineros, tributos y heredamientos en la Madera: venta
inválida y nula por muchas razones, en especial porque Maciot, como dice el rey
D. Juan, tenia las islas por Nos i de nuestra mano, é como nuestro vasallo é
súbdito nuestro, é so nuestro señorío é sujeción. Sin embargo, atropellando los
tratados vigentes de amistad y concordia entre ambos reinos, el Infante dispuso
el año 1424 una gran armada con 2500 soldados, y 120 jinetes, para
invadir y apoderarse de las Canarias. Sabedor de esto el rey de Castilla envió
a requerir al de Portugal, quejándose al mismo tiempo de los agravios y
ultrajes que sufrían los castellanos y los canarios cuando los portugueses iban
o regresaban de sus viajes a la costa de África. La expedición, a pesar de los
enormes gastos que causó al Infante, no tuvo el éxito que deseaba; y aunque
después envió más gente con el capitán Antón González, nada
adelantaron; pues luego que los isleños de Lanzarote presumieron que intentaban
separarlos del dominio de la corona de Castilla, tramaron una conspiración,
hija de su lealtad, y acometiendo con denuedo a los portugueses, los arrojaron
de allí bien escarmentados, proclamando a su legítimo soberano, después de
haber sufrido dos años el pesado yugo de estos invasores. Un escarmiento
semejante no bastó a sofocar su ambición, antes bien para recuperar lo perdido
aprestó el infante D. Enrique algunos bajeles a influjo del avieso Maciot;
pero noticioso de ello el rey D. Juan mandó no admitir en la isla persona
sospechosa, y que se les expeliese a mano armada. Contentáronse con algunas
correrías e invasiones, en que haciendo la guerra igualmente a los castellanos
y a los isleños, y persiguiendo a los cristianos como a moros, por el fruto
mezquino de algunos robos y saqueos, dieron mayor vigor a la fidelidad de los
naturales, que en sus representaciones a los reyes confesaban la dependencia
de la corona de Castilla en que habían estado y en que querían estar en lo
sucesivo. Tal estado de inquietud solo calmó cuando por las paces hechas entre
ambos reinos el año 1479 se concertó que el trato y navegación de la Guinea y
de la mina del oro, y la conquista de Fez, quedase exclusivamente para
Portugal, y todas las islas Canarias conquistadas y por conquistar para la
corona Real de Castilla. Los historiadores portugueses, especialmente Juan de
Barros, adulteran artificiosamente la relación de estos sucesos, como ya lo
advirtió y censuró Fr. Bartolomé de las Casas, y lo comprueban las cartas del
rey D. Juan II a D. Alfonso de Portugal, y los documentos que examinó D. Josef
Viera y Clavijo para escribir su apreciable Historia de las Canarias.
A estos cuidados por mantener ilesos los derechos de la corona Real, se unieron las alteraciones que fatigaron a los reinos de Castilla durante el gobierno de D. Juan II, al principio por sus tutorías, y después por la privanza de D. Álvaro de Luna; pero como aquel príncipe, aunque negligente en la gobernación de sus estados, era instruido, apreciador de los hombres de letras, y aficionado a pasatiempos y diversiones, su corte llegó a ser de las más lucidas, y creció el lujo a tal extremo que aun las mujeres de los menestrales y artesanos se confundían en los vestidos con las de alto linaje y estado, usando ropas de ricas telas de seda, de oro, de lana, con forros de martas y pieles, y con guarniciones de oro, plata y aljófar : cuyo gasto, por ser ruina de las familias, se trató de corregir, aunque sin efecto, en las cortes de Palenzuela. Las descripciones que hacen Fernán Pérez de Guzmán de la esplendidez, delicadeza y ostentación de los personajes de aquella época en sus trajes, comidas y palacios, y el bachiller Cibdareal del boato y suntuosidad con que se celebraron en Valladolid, el año 1425, las funciones por el nacimiento de un infante prueban la opulencia que en general había en el reino, a lo cual, sin duda, había contribuido mucho la prosperidad del comercio, que se procuró fomentar con varias providencias.
En las cortes de Madrid de 1419 se mandó que los extranjeros no pudiesen vender paños ni otras mercaderías sino en las aduanas, donde habían de pagar los derechos establecidos, obligándose a emplear su importe en otras manufacturas de España, según lo había ordenado ya el rey D. Enrique III; y para su cumplimiento se repitieron y tomaron nuevas disposiciones en las cortes de 1447.
En las de Madrigal de 1438, a causa de ser subido el precio de los paños extranjeros, y que ya en España se hacían de muy buena calidad, y que cada día se harían mucho mejores, se trató de prohibir la introducción de aquellos, y que no se extrajesen nuestras lanas, con el objeto de fomentar las fábricas propias con aumento de la población. Acordóse también en las cortes de 1425 se escribiese al rey de Portugal para que mandase tratar en sus dominios a los comerciantes castellanos con las consideraciones con que se trataban en Castilla a los de aquel reino; y en 1452 concedió el rey a los cómitres de Sevilla el privilegio de traer las armas que quisiesen para su propia defensa. Con esta protección se fomentaba la marina mercantil, de modo que todos los navíos de la costa Cantábrica, vizcaínos, castellanos y gallegos, hacían no solo el comercio del norte, sino el de levante con frutos propios y con mercaderías extranjeras; y así también recrecía el poder y respeto de la marina militar.
Las cortes de 1422 acordaron se mandasen fabricar nuevos
navíos y galeras, que se reparasen las demás y se empleasen contra los piratas
para proteger el comercio y defender las costas. El año 1436, notando las
cortes de Toledo la falta de navíos grandes que había en los puertos del mar de
Castilla, y cuán necesarios eran para escoltar las mercaderías que se llevaban
a Flandes, acordaron remediar este daño; e igualmente que siempre que tres
navíos o más hubiesen de partir con sus cargamentos para Flandes, Francia,
Bretaña y otras partes, fuesen unidos en recíproca escolta para evitar ser
apresados por los ingleses al paso por sus mares, como acostumbraban hacerlo
con los buques que iban solos o desunidos. La morosidad en tomar estas
providencias obligó a reclamarlas dos años después en las cortes de Madrigal,
cuando ya (según manifestó el rey) se habían empezado a fabricar algunas naos
grandes en las atarazanas Reales. Así las ciudades comerciantes de la península
acrecentaron su riqueza y su población. Ortiz de Zúñiga dice con referencia al
año 1454, último del reinado de D. Juan II, que había llegado Sevilla a la
mayor opulencia de vecindad, de comercio y de riqueza que tuvo desde su
conquista, llena de numerosísimo pueblo, en que floreciendo las industrias
mecánicas, eran muchas las fábricas de todo género de ropa : que no solo con España
sino con Italia y Francia comerciaban sus mercaderes todo género de sedas, brocados
y telas ricas: abundaba de cosechas de aceite, vino y lanas que a Inglaterra,
Francia y Flandes se conducían con gran útil: la nobleza opulenta de rentas de
sus heredades y tierras, en ellas ejercúa la labranza por sus mayordomos,
haciendo abundar la tierra de frutos y ganados &c. A la vista de tan
floreciente agricultura, de tan industriosas fábricas y de tan activo
comercio, no puede extrañarse el engrandecimiento que tuvo la marina Real, y
cuánto contribuyó a la victoria que alcanzó combatiendo sobre Gibraltar con la
armada de los reyes de Túnez y Tremecén, prestando auxilios y servicios a los
franceses, especialmente en el sitio y rendición de Bayona, e infundiendo
respeto y consideración en las demas naciones marítimas.
Tan
bella perspectiva desapareció en el siguiente reinado, aunqueaá los principios
de él se cogieron todavía algunos frutos de la discreta política anterior.
Acaso por esta razón Fernando del Pulgar, que era ya persona de crédito y
consideración en la corte de Enrique IV, divide en dos épocas el reinado de
este monarca marcando en ellas su próspera y adversa fortuna. Desde joven, y
siendo aun príncipe, se aficionó a deleites harto indecorosos, rehusó vestir
paños preciosos, y no cuidó del trato y ceremonia que correspondía a su
dignidad; pero luego que empezó a reinar usó de gran aparato y suntuosidad,
especialmente en festines públicos o en el recibimiento de los embajadores de
otros príncipesz. Ostentó esta grandeza en las vistas que tuvo con el rey de
Francia Luis XI el año 1463 en el rio Vidasoa, donde fue acompañado de los
grandes, prelados, caballeros y otros personajes de la corte, todos tan
ricamente ataviados e vestidos, como
Este lujo indica que el comerció se mantenía floreciente, como lo prueba también el aprecio que hacían en los paises extranjeros de los géneros de Castilla, pues cuando Enrique IV se confederó con los ingleses para hacerles la guerra a la Francia, el rey Luis y los de su reino (dice la Crónica) recibian no solamente daño, mas grande pérdida, porque los mercaderes de Castilla no iban a Francia con sus mercaderías . Y en efecto, en los primeros años de su reinado se tomaron providencias para facilitar el tráfico y la circulación. Favoreció el rey ala provincia de Guipúzcoa, concediéndola en 1461 que pudiese juzgar en los delitos que aconteciesen en el mar entre sus vecinos. Tanto prosperaba en ella el trato y la navegación, que ajustada la paz algunos años después, Enrique VI de Inglaterra recibió bajo su protección a los navios de Guipúzcoa y Vizcaya que arribasen a sus reinos, y mandó resarcirles los daños que habían sufrido de parte de sus vasallos, que se evaluaron en 110 coronas.
En las cortes de 1457 y 1465 se ordenó que los mercaderes y dueños de
géneros permitidos en el comercio fuesen seguros en todos sus tránsitos,
caminando bajo el amparo del rey, sin poder ser apresadis ni tomadas sus
mercaderías, sino por deuda conocida y con ciertas formalidades, y en los
casos de declaración de guerra se mandaba darles tres meses para disponer
libremente de sus géneros de comercio. Estas y otras providencias semejantes
le hicieron a los príncipes. El rey de Nápoles D.
Fernando pidió le recibiese en su homenaje; el principado de Cataluña le
ofreció ponerse bajo su señorío; el rey de Granada ajustó la paz,
sujetándose a darle cada año 120 doblas y 600 cautivos cristianos; y todos los
demas príncipes comarcanos temían su poder y respetaban su voluntad. Conquistó Gibraltar, Archidona y otros lugares, y mantuvo la paz en sus estados.
Pero a la sombra de esta prosperidad, y a imitación de algunos malos ejemplos,
iba cundiendo la corrupción de costumbres, la desobediencia de varios Grandes,
la ingratitud de los favorecidos, la envidia de los descontentos , la pobreza
originada de la prodigalidad, la codicia en unos, la venganza en otros, la
rapiña, la soberbia, la deshonestidad: olvidábase la lealtad debida al
soberano y el amor a la patria: promovíanse las disensiones domésticas, los
tumultos y parcialidades en el reino, que minaron hasta los profundos
fundamentos del trono
¿Cómo era
posible en medio de esta anarquía y desolación que floreciesen las artes, ni
las fábricas, ni el comercio, ni la marina? Todo pereció, sin dejar mas que un
ejemplo terrible y una lección saludable a los venideros para conciliar siempre
la teligion con la política, el saber y la industria con las buenas
costumbres.
Entraron
a reinar los príncipes D. Fernando y Doña Isabel, y apareció en Castilla el
iris de la paz y de la concordia, recuperó su vigor la justicia, su respeto la
autoridad, su influjo la política, y los reyes por sí mismos reconciliaron los
La navegación se hacía en carabelas y embarcaciones pequeñas para que pudiesen aproximarse más a las costas, y aun entrar por los ríos que penetraban tierra adentro. Muchos peligraban por ser la tierra enfermiza y calurosa con exceso. Dícese que tardaban dos o tres meses en ir, y siete u ocho en volver; y apenas llegaban a las costas recién descubiertas cuando los naturales, que vivían dispersos en los campos, se juntaban al son de bocinas para acudir a los rescates. Los reyes de Castilla miraron siempre aquellas tierras como propias de sus dominios desde que las descubrieron sus vasallos, según hemos referido. Por eso D. Juan II reclamando de D. Alfonso v el resarcimiento de los daños y perjuicios que sufrieron de los portugueses en las costas de Andalucía ciertos vecinos de Cádiz y Sevilla, que comerciaban en aquellas partes, le decia en carta, escrita en Valladolid el 10 de Abril de 1454, que aquellos sus súbditos venían con sus mercaderías de la tierra que llaman Guinea, que es de nuestra conquista.
Aprovechándose de las revueltas en los
últimos años del reinado de Enrique IV, se había entrometido el rey D. Alfonso
de Portugal en esta navegación y tráfico, haciéndolo exclusivo de sus vasallos. Se quejaron los de Sevilla, y no fueron oídas sus reclamaciones hasta que la
guerra los puso en posesión de sus antiguos derechos. Los Reyes Católicos en
una provisión expedida en Valladolid el 19 de Agosto de 1475, dijeron
expresamente que los Reyes de España tuvieron siempre la conquista de Africa
y Guinea, y llevaron el quinto de cuantas mercaderías en aquellas partes se
rescataban, y que por lo mismo estaban resueltos a remediar por todas vías los
daños que habian padecido sus vasallos y sus rentas Reales. Para esto
nombraron receptores y escribano mayor de las naos que se armasen para el
trafico de Guinea, y aun adelante de la Sierra Leona, con facultad de poner en
cada una de ellas un escribano encargado de llevar la cuenta de cuanto se
cargase y condujese de ida y vuelta, y de lo que se debía pagar, así del
quinto, como de los demas derechos de esclavos, oro, plata, joyas... Para fomentar este comercio mandó la reina el 4 de Marzo de 1478 que a cuantos
súbditos suyos fuesen con sus navíos a la mina del oro, se les dejase ir,
tratar y comerciar libremente, sin tomarles ni embargarles lo que llevasen por
tierra o por mar, ni a sus criados, ni demás, salvo por deudas grandes propias,
o por fianza; pero se les prohibía la introducción y comercio de cosas
vedadas, el traer franceses, portugueses u otros enemigos de Castilla, ni
bienes suyos, y el hacer daño a las naciones amigas o aliadas , bajo la
responsabilidad de los fiadores abonados que
Al año siguiente expidieron los reyes en
Trujillo otra provisión el 17 de Febrero, mandando que el oro y otros rescates
adquiridos en la mina y en las costas de Guinea, se trajesen a estos reinos, y
no se sacasen para otras partes: que se hiciesen armamentos marítimos para que los naturales dellos anden y esten pujantes por la mar, los unos para ir á facer dichos rescates, y los otros para los defender y segurar. Nombraron
ciertas personas que se habían ofrecido a armar veinte carabelas, que estarían
prontas en Junio; y previnieron que nadie fuese a dicho rescate sin licencia
Real, pena de muerte y perdimiento de bienes; y que los que quisiesen armar
para ello acudiesen al asistente de Sevilla o al corregidor de Jerez, que les
darían los auxilios necesarios para navegar con seguridad. Esto prueba el
derecho y posesión legítima en que estuvieron los reyes de Castilla de la costa
de África y Guinea, que sus vasallos descubrieron antes que.los portugueses; pero
desde que estos formaron allí sus primeros establecimientos y pretendieron
también dominar en las Canarias, no cesaron por más de medio siglo las
reyertas, hostilidades y reclamaciones entre ambos gobiernos, hasta que las
paces hechas con el rey y el príncipe de Portugal, y ratificadas por la
Reina Católica.en Trujillo el 27 de Setiembre de 1479 pusieron término a
tan largas y enconadas pretensiones. Desde entonces los viajes que los
castellanos hacían a la mina del ero y a la costa e islas de Guinea, era con
permiso y seguro de los reyes de Portugal, y contribuyéndoles con los derechos
que les correspondían.
Asegurados los reyes de.Castilla de la posesión de las Canarias, enviaron desde Sevilla armadas para concluir la conquista de algunas de las islas, convertir a los infieles a la religión cristiana, poblar la Gran Canaria de católicos, edificar en ella una iglesia catedral, contener las ideas altivas de los que se contemplaban como señores independientes, y defenderlas en caso necesario, si, como se recelaba, pasaban los franceses a su conquista. Los portugueses por su parte, libres de la oposición y reclamaciones de los castellanos continuaron pacíficamente los descubrimientos de la costa de Africa interrumpidos desde la muerte del infante D. Enrique. Sucedió á D. Alfonso V su hijo D. Juan II en el año 1481, y se propuso seguir aquella empresa con mayor empeño y mejor dirección. Para esto formó una junta de matemáticos que establecieron las reglas de navegar por la altura del sol : envió una armada a la costa de Quinta; concluyó un convenio de paz y amistad con el señor de aquella tierra; e hizo fabricar en la Mina del Oro la fortaleza que se llamó de San Jorge, que en poco tiempo llegó a ser pueblo de consideración, y aun ciudad distinguida con grandes privilegios.
Asegurado así de lo descubierto hasta entonces, adelantó Diego Cam en 1484 hasta el Rio Zaire, que viene a dar en el reino de Congo, Juan Alfonso de Aveiro descubrió en 1486 el reino de Benin, cuyos reyes y súbditos abrazaron el cristianismo. Allí tuvieron acerca del Preste Juan y de lo interior del país algunas noticias, que aumentaron sus esperanzas de hallar por aquella vía la India oriental. Entre tanto Bartolomé Díaz y Juan Infante, reconocieron trescientas cincuenta leguas de la costa , descubriendo por los 33º 42' Sur la isla de Santa Cruz, y en seguida el cabo que llamaron Tormentoso por las tormentas que pasaron para doblarle, y que el rey D. Juan intituló de Buena Esperanza, por la que le prometía para descubrir la India y hacer directamente su comercio. Deseoso de comprobar las noticias vagas que se oían y adquirir un conocimiento seguro de la existencia del Preste Juan y de su poderío, envió el mismo rey D. Juan a Juan Pedro de Covillan y a Alfonso de Paiva en 1487. Embarcáronse en Barcelona para Nápoles, y de allí pasaron sucesivamente a Rodas,a Alejandría, al Cairo (a la sazón corte de los sultanes de Egipto) y a la ciudad de Adem, situada en la boca del mar Bermejo, donde se dividieron ambos compañeros. Paiva se dirigió a Etiopia, y Covillan a la India, donde visitó las ciudades de Cananor, Calicut y Goa. Informóse de la extensión de aquellas tierras, de sus dominios, frutos, riquezas, comercio y costumbres de sus habitantes. Regresó por Zofala a Adem y al Cairo, y allí supo la muerte de Paiva. Resuelto a volverse á Portugal, recibió por medio de unos judíos cartas del rey D. Juan, y conforme a sus órdenes partió para Ormuz , en donde se acumulaban todas las drogas y riquezas orientales que se repartían por Europa. Llegó por último a la corte del Preste Juan, que ya había muerto, y su sucesor , llamado Alejandro, le recibió muy bien, apreciando su embajada y ofreciendo despacharle favorablemente, pero a los pocos dias murió también este príncipe y le sustituyó su hermano Naut, que no quiso desprenderse de Covillan ni dejarle salir de su reino. Pasados algunos años sucedió a Naut su hijo David, y este le estableció en aquel pais, gobernándose por su dirección, y dando muestras de apreciar su talento y la instrucción que tenia en varias lenguas : de modo, que cuando en el año1515 envió el rey D. Manuel una solemne embajada a aquella corte con D. Rodrigo de Lima, este reclamó a Covillan, y se le negó la venida, diciendo el príncipe que sus antecesores le habían dado tierras y heredades para que las disfrutase con la mujer y los hijos que tenía. Entonces pudo manifestar a Francisco Alvarez, capellán del rey , las noticias que adquirió en sus viajes y en los años de su residencia allí; y con estas y con las observaciones propias escribió Alvarez una historia de las Cosas de Etiopia.
Tras la muerte del rey D. Juan ocupó el trono de Portugal el rey D. Manuel, que muy luego envió a Vasco de Gama a continuar los descubrimientos el 8 de Julio de 1497. Después de tres meses y de recios temporales,
reconoció el golfo de Santa Eléna,montó el cabo de Buena Esperanza el 20 de
Noviembre, llegó a la ensenada de S. Blas, avistó la isla de Santa Cruz, y
pasando por delante de la tierra de Natal, descubrió un río que llamó del
Cobre o Aguada de la Paz; y otro muy grande que reconoció el 25 de Enero de 1498, cincuenta leguas mas allá
de Zofala, yapellidó el Río de las Buenas Señales, a causa de las que le
lisonjearon por haber adquirido conocimiento de que hacia el nacimiento del
sol había gente blanca que navegaba en naos como las que llevaba. La vió
efectivamente cuando llegó a la isla de Mozambique a principios de Marzo: allí
fue recibido con confianza y amistad: visitó Gama al rey de la tierra, que le
facilitó pilotos para que lo guiasen a la India. Lleváronle a la isla de
Monzaba, muy cercana a la tierra firme de Etiopia; y descubierta por los
portugueses la traición y engaño que preparaban para acabar con ellos,
siguieron su camino, valiéndose de la dirección de un moro de confianza. Así
pudo Gama visitar al rey de Melinde, que le obsequió y prometió su amistad :
corrió la costa de Malavar, y el 18 de Mayo fondeó á dos leguas de Calicut.
Bajó a tierra y dió la embajada de parte de su soberano al Zamorin o emperador
de aquel país, que le recibió con gran pompa y ostentación. Ofrecióle entablar
con Portugal un comercio recíproco, de que hasta entonces estaban apoderados
los mahometanos, que con este objeto acudían a la Meca o estaban situados en
los puertos de la Arabia feliz, del mar Rojo, y del seno Pérsico; y con tan
favorable respuesta regresó a Portugal, llegando a Cascaes el 49 de Julio de
1499. Acontecimiento notable en la historia moderna que supo celebrar el
ilustre Camess en sus Lusiadas, uniendo las glorias militares de estos
intrépidos argonautas a los laureles que consiguió de la posteridad, que coloca
su nombre al lado de los cantores de Aquiles y de Eneas.
Estas
expediciones a las costas de Africa, a las Canarias, y las armadas que se
aprestaban contra los moros, tenían en actividad a los marinos españoles, ya
mucho más respetables desde que unidas las coronas de Castilla y Aragón se
había alzado la prohibición de comercio entre ambos reinos aun de las cosas
antes vedadas, y se preparaban todos reunidos a expeler de la península a los
moros que la habian ocupado muy cerca de ocho siglos. Repitieron los
Reyes Católicos la observancia de muchas leyes de sus antecesores en beneficio
del comercio y de la navegación, y publicaron otras nuevas. En el ordenamiento
de las cortes de Toledo, fechada el 28 de Mayo de 1480, mandaron que en los
puertos de mar de los reinos de Castilla, no se robasen los navios
que se perdiesen o anegasen, y que cuanto de ellos se salvase fuese para sus
dueños, como, ya lo había ordenado D. Alfonso XI en 1348. Estando en Córdoba
el 28 de Setiembre de 1482 dieron salvoconducto a todos los mercaderes y
navegantes que iban a las partes de Africa, y de allí á otros reinos
extranjeros, y traian oro , cera, cobre, añil, cueros &c., mandando no
detener ni embargar sus personas ni mercaderías, con tal que no llevasen
cosas prohibidas, ni fuesen al reino de Granada, ni pasasen del estrecho.
Hallándose en Tarazona el 22 de Marzo de 1480 confirmaron a los marcantes de los
puertos de Galicia, que fuesen armados por los maestres de las naos en los usos,
costumbres y libertades que tenian de tiempo inmemorial, según lo disponía el
fuero de León, é intentaban usurparles otros marineros no armados en la
forma prevenida. Consistían principalmente estos privilegios: 1.° en que todo
marinero que fuese condenado a muerte gozase en esta
A solicitud de la provincia de Guipúzcoa
repitieron el 20 de Diciembre de 1491 lo mandado ya por D. Enrique III y D.
Juan II, para que los extranjeros que traian mercaderías a nuestros puertos las
inventariasen, y no pudiesen extraer su valor en oro, plata o moneda, sino en
otras mercaderías de estos reinos, dando fianza de hacerlo así; pues los
ingleses iban a emplear en vinos y géneros de Francia la moneda que sacaban de
España. Esta disposición la repitió el Rey Católico hallándose en Zaragoza el 3
de Agosto de 1498; y a solicitud del prior y cónsules de Burgos en Alcalá de
Henares el 11 de Febrero de 1503. Más adelante renovaron la pragmática de
Enrique ni para que en los fletes y cargamentos fuesen preferidos siempre los
navios de los naturales a los extranjeros : establecieron premios para los
que en su costa construyesen navíos desde más de mil toneles hasta seiscientos,
teniéndolos aparejados y dispuestos para todo : prohibieron que la venta de
naves españolas se hiciese a extrangeros sin preceder carta o licencia
expresa, firmada de les Reyes : que no se llevasen diezmos ni otros derechos
a los navíos que llegasen a puertos si no descargaban las
mercaderías que conducían. Finalmente, fueron tantas y tan atinadas las
providencias que tomaron los Reyes Católicos, desde que ocuparon el trono, para
la prosperidad del comercio y navegación mercantil, qae
la Real provisión dada en Medina del Campo el 21 de Julio de 1494, para
la jurisdicción privada del prior y cónsules de la universidad
de mercaderes de Burgos, al mismo tiempo que establece las leyes más sensatas
sobre los juicios mercantiles, y recopila otras anteriores sobre fletes y
navegación, prueba la gran protección y auxilio que se
dispensaba a todos los comerciantes, señaladamente a los de Burgos, Segovia,
Vitoria, Logroño, Valladolid y Medina de Rioseco. No menos irrefragable
testimonio eran igualmente la coocurrencia, actividad del tráfico, cambios y
giros en las famosas ferias de Medina del Campo; y la extensión del comercio
que hacían los españoles en Flandes, Francia, Inglaterra, Bretaña y en otros
estados, donde ya tenían sus cónsules y factores de estos reinos, para que asi
quedase en beneficio suyo y no de extrangeros la ganancia de los fletes,
comisiones, encomiendas y otras utilidades que produce el comercio activo.
Según
que los reyes iban conquistando las plazas marítimas del reino de Granada se
habilitaban nuevos puertos para el comercio, que si era lucrativo por el norte
y mediodía en el Océano, no pudo dejar de serlo en el Mediterráneo,
principalmente cuando por los derechos de la casa de Aragón, se habían reunido
A la corona varios estados en Italia. Por otra parte desde los principios
cuidaron los reyes de sentar el crédito, la buena fe, la exactitud en todos sus
contratos, procurando para ello remediar la corrupción escandalosa que había
padecido la moneda en el reinado anterior, providencia tanto más urgente y
necesaria cuanto era fijar la ley y autoridad del signo representativo del
valor se los productos de la agricultura e industria que habían de trocarse
por ella. Asi fué mas rápida y segura la circulación, se animó y estimuló el
trabajo, se multiplicaron las labores y manufacturas, y se acrecentó la
riqueza pública.
Mucho mayor
hubiera sido este aumento si otras providencias, hijas de circunstancias
particulares, se hubieran dictado con arreglo a los principios de economía
pública; que todavía se ignoraban. Las tasas hasta en los géneros de
primera necesidad, las prohibiciones tan generales y mal calculadas, las leyes
suntuarias, siempre ineficaces aun con el ejemplo de parsimonia y moderación
de los mismos soberanos, si no pudieron extinguir los benéficos efectos de las
otras leyes, a lo menos los coartaron y disminuyeron. Errores parecen estos
propios de aquellos tiempos; pero estaban compensados con tantas providencias
dirigidas a la prosperidad general, con tal protección a los inventos útiles, a las artes, a la industria, a la literatura, que no puede desconocerse su
influjo en el esplendor de la monarquía española, y en aquel decoro, magestad,
grandeza y sabiduría con que se ostentó gloriosa en todo el siglo XVI, durante
los reinados de Carlos V y de Felipe II, como lo ha demostrado en sus excelentes
Ilustraciones al elogio de la Reina Católica el Sr. D. Diego Clemencin,
secretario de la Real Academia de la Historia, aclarando muchos hechos
importantes, ya con nuevos y auténticos documentos, ya con juiciosa crítica
en la parte militar, legislativa, literaria, política y numismática de aquel
célebre y venturoso reinado.
Aunque
desde la paz con Portugal en 1479 se habían disminuido las.navegaciones a la
costa de Africa, más allá de Canarias; y con la conquista de Granada cesó el
tráfico que les moros hacían de las producciones de la India, no perdieron de
vista los reyes este ventajoso comercio, ni descuidaron de promoverlo según la
inclinación de aquel siglo. Los navieros y pilotos de la costa de Sevilla y
Cádiz, especialmente los de Palos, Huelva y Lepe, acostumbrados por mucho tiempo
a navegar a las Canarias y a la costa de Africa, e instruidos en la
Esta
primacía en la idea o proyecto de navegar a la India por la dirección o rumbo
del poniente, de que quieren despojar a Cristóbal Colon dos escritores
coetáneos y paisanos suyos, está apoyada en su favor por el testimonio unánime
de los historiadores españoles, entre los cuales merece mucha fe el obispo
Casas, que conoció a los dos hermanos, de quienes conservaba varios papeles de
su propia letra : y sobre todo los Reyes Católicos, que no podían dejar de
saber lo cierto, decían al almirante el 16 de Agosto de 1494: una de las principales
cosas porque esto nos ha complacido tanto, es por ser
inventada, principiada y habida por vuestra mano, trabajo é industria. Lo
mismo indicaron en otras cartas, lo mismo confirman las de Paulo Toscanelli,
escritas diez y ocho años antes del primer viaje, y todo es análogo a lo que
refieren D. Hernando Colón y Casas de haber enseñado el almirante a su hermano
la profesión náutica. Por otra parte los estudios que el mismo almirante
decía haber hecho en todas estrituras, cosmografía, historias, filosofía y de otras artes; en marinería, astrología, geometría y aritmética, su
habilidad en el dibujo y
Si
por el objeto de las pragmáticas y leyes coetáneas a corregir y contener el
lujo de toda especie, se puede calcular la opulencia de estos reinos, que
acrecentaba el comercio activo y el entusiasmo de los descubrimientos,
también es fácil inferir cuál sería el poder de la marina militar, cuando no
solo favorecían directamente las mismas leyes con premios la construcción
naval, y con privilegios y exenciones la marinería, sino también la navegación
mercantil, procurando promover sus ganancias y utilidades. Asi se vio que en
medio del tráfico continuo que tenían los castellanos con los estados
septentrionales de Europa, y con los del Mediterráneo, Adriático y
Archipiélago, los reyes sostuvieron poderosas armadas para defensa de las costas
de sus dominios. Por haberse apoderado los turcos de la plaza de Otranto,
enviaron en 1481 para arrojarlos de Italia una escuadra de treinta navíos, que
se armaron enVizcaya, a los que se unieron otros veinte que se habían
construido en los puertos de Galicia y Andalucía. En 1486, y para socorro del
rey de Nápoles, aprestaron otra armada, que salió de Sevilla a principios de
Junio, al mando de Melchor Maldonado, acompañándole muchos caballeros
principales de aquella ciudad. Cuando la Reina Católica preparaba los medios
de estrechar el sitio de Granada, pasó a Vizcaya en 1483, y de allí envió al
Mediterrárneo una armada para cortar o evitar toda comunicación entre los
moros granadinos y los de Africa: providencia que contribuyó eficazmente al feliz
y glorioso éxito que tuvo la campaña, después de haber apresado e interceptado cuantos bajeles intentaron auxiliar o socorrer a los moros de la
península. Iguales armamentos aseguraron en 1496 las costas del Rosellón y
Cataluña, amenazadas por el rey de Francia; y sin perjuicio ó menoscabo de estas
atenciones, se aprestó al mismo tiempo en Laredo una escuadra de ciento y
treinta embarcaciones entre grandes y pequeñas, mandadas por personas de la
mayor distinción, en la cual se embarcó la infanta archiduquesa Doña juana
para Flandes, acompañada de más de 200 hombres de guerra; y finalmenteaá
instancia de la república de Venecia, que vió amenazadas sus costas, las de
toda Italia y Sicilia por las fuerzas navales del emperador de los turcos
Bayaceto, se despachó al Gran Capitán con una armada de 52 buques, 4o
infantes, 200 lanzas y otros tantos caballos para Sicilia, y dirigiéndose
desde allí al Archipiélago se apoderó de Cefalonia, combatiendo gloriosamente
con los turcos, y entregó la isla a los venecianos, a quienes anteriormente
habia pertenecido. Esto basta para dar idea del acrecentamiento que debió a
los Reyes Católicos el poder marítimo de Castilla, y del respeto que inspiraron
en todo el mundo sus virtudes sublimes, sus victorias gloriosas, su discreta
política, como lo decia a los mismos reyes el canónigo de Toledo Alfonso Ortiz,
felicitándoles por la gloriosa conquista de Granada y venturoso principio del
descubrimiento de las Indias occidentales. "No hay gente tan bárbara, aunque
sea en las Indias remotas, que ya de vuestros tan prós- peros
vencimientos sea ignorante. Ca de los fines
Tales
fueron los intentos de los españoles hasta fines del siglo XV, para
proporcionarse un camino más corto para la India oriental, por donde.se
estableciesen directamente sus relaciones de comercio, y adquiriesen de primera mano
los preciosos géneros que hacian parte de su fausto y ostentación, y
alimentaban el lujo de todas las naciones europeas. Los portugueses buscaron
este camino, y lo hallaron siguiendo las costas de Africa en el Océano, y
doblando su cabo meridional: Colon propuso a los Reyes Católicos encontrarle
navegando al occidente, y con admiración universal dio a conocer un nuevo
mundo, que creyó ser el continente de la India, y que después ha influido tanto
en la política, en el comercio, en la ilustración y en las costumbres de las
naciones y gentes de todo el universo. Este fue el origen de su inesperado y
asombroso descubrimiento, que seguido con noble valor y constancia por otros
españoles reconocieron un nuevo continente, que después se llamó América con
harta injusticia e impropiedad y la mar del Sur y tantos archipiélagos e
islas en él y en los mares de la India.
HISTORIA
DE LA EDAD MODERNA
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