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MIS DIARIOS. FE DE VIDA. TESTIMONIO DE FE9-10-26. HISTORIA DE CEUTA, PRIMERA PARTE10-10-26 HISTORIA DE CEUTA, SEGUNDA PARTE11-10-26 HISTORIA DE CEUTA, TERCERA PARTE14-10-26 HISTORIA DE CEUTA, PRIMERA PARTE16-10-26 QUINTA PARTECAPÍTULO 21
El Rey resuelve que se mantenga la
plaza; esto es lo que ocurrió al respecto: la entrega al conde don Pedro de
Meneses
Una vez conquistada con tanta gloria la
ciudad de Ceuta, el Rey convocó a los miembros de su Consejo para saber qué
convenía más: si destruirla o conservarla. Se dividieron en opiniones
contrarias: unos opinaban que se dejara, alegando que no sería justo imponer al
Reino cargas mayores que aquellas con las que podían sus fuerzas. Que de
conservar aquella plaza se podría derivar para la Corona fama y gloria, pero
ninguna comodidad, sino más bien inmensos gastos, pues en cuanto a la
guarnición era necesario dejar una tan numerosa y bien equipada que pudiera
resistir bien los ímpetus de los moros, de cuyos ánimos no se borraría tan
fácilmente la reciente herida. Y en cuanto a las provisiones y los suministros,
que fueran tan abundantes que no se necesitaran, durante muchos días, en caso
de que fuera sitiada (como sucedería más tarde), los refuerzos de Portugal,
siendo siempre tan inciertos los que han de transportarse por mar, cuando se
presente la oportunidad. Que era cierto que no solo los recién despojados de su
patria, sino toda África se unirían para devolver esta ciudad a su dominio,
pues no solo habían perdido con ella las esperanzas de conservar lo que poseían
en España, sino que se había abierto la puerta principal para su conquista. Que
la paz en Castilla solo podía garantizarse mientras durara la minoría de edad
de su rey, sobre todo ahora que se podía reforzar su posición, tanto en la
conquista de Granada —cuya suerte se vería inevitablemente mermada con la
pérdida de Ceuta— como, mucho más aún, al contar Portugal con una fuerza tan
conveniente para su socorro. En cuanto se produjera un paso que hiciera
declinar la suerte de los moros en España, se vería favorecida la de Castilla,
pues, al verse liberada de un obstáculo tan importante, uniría sus fuerzas
contra Portugal, provocando así a los portugueses sus propias inquietudes. Que,
dado que se había logrado una victoria tan importante con tanta gloria para el
nombre portugués, se conservara la reputación adquirida, sin exponerse a
perderla en el primer asedio; pues ante cualquier contratiempo se perdería la
estima de la que, en ese momento, se había asegurado gracias a tan gloriosa
victoria, y que su última resolución era que la ciudad debía ser destruida y
que el rey se retirara a Portugal.
Los que se oponían opinaban que convenía
conservar la plaza, pues de lo contrario resultarían infructuosas tantas
precauciones y gastos, y su efecto no sería más que su desolación, empresa más
propia de un corsario que de un rey poderoso. Que, al abandonar una plaza tan
importante y permitir que los moros volvieran a ella, estos quedarían
enfurecidos y ansiosos de venganza, cuyos efectos ya amenazaban las costas del
Algarve y de Portugal, que sufrirían en lo sucesivo daños irremediables. Que
esto no sucedería si se conservaba Ceuta, pues sería en todo momento el freno
más seguro contra sus osadías. Que ya se había desterrado el culto a Mahoma de
aquellas mezquitas y se había restablecido el católico; y sería una pérdida
para la nación portuguesa, y motivo de efectos contrarios a sus armas, el hecho
de que no se mantuviera a costa de su sangre y de su vida. Que, para la
conservación de Portugal ante el respeto de las naciones extranjeras, nada
convenía más que mantener aquel presidio como escuela para su nobleza; pues el
continuo ejercicio militar proporcionaría siempre al Reino súbditos para su
conservación y maestros eminentes para su defensa. Que estos no se forjaban en
los placeres y la ociosidad de la paz, sino en los enfrentamientos y las
penurias de la guerra; y que en todo momento se encontrarían en aquella escuela
para sus ejércitos, en caso de que se alterara la tranquilidad del Reino. Que,
mientras se conservara esta, sería mejor que los nobles de Portugal adquirieran
conocimientos militares en las conquistas de sus propios reyes, en lugar de
buscarlos al servicio de extranjeros, como ya empezaban a intentarlo en Francia
e Inglaterra tras las paces con Castilla; y que sería más justo recompensarles
por los servicios prestados a la corona que por los realizados al servicio de
otros reyes. Que Dios, a quien pertenecía la presente causa, así como ayudó tan
vivamente a la conquista, sería sin duda propicio a la defensa. Que de la
defensa de esta ciudad dependería la tranquilidad y la seguridad de España, al
ser la más importante de sus puertas. Que el valor de la nación no solo
defendería aquellas murallas, sino que obligaría a los bárbaros a contribuir a
su sustento, y que, cuando este faltara, Portugal no dejaría de brindar su
solicitud y sus socorros; ni era justo prever las desgracias, pues podían
esperar repetidos favores de Dios, por una causa tan propia de su Iglesia y de
un Reino que Él mismo fundó con las sacrosantas insignias de su Pasión y
nuestro remedio.
Esta fue siempre la opinión de aquel rey
invicto, y así la abrazó con determinación sin dar lugar a nuevas réplicas,
ocupándose únicamente de elegir a una persona con las cualidades adecuadas, a
cuyo valor y disposición encomendara la defensa de aquella plaza. Al ordenar
que se votara sobre este punto, fue aclamado el valiente condestable don Nuño
Alvares Pereira, quien, por su experiencia y valor, y por lo mucho que había
merecido en las guerras pasadas, era quien en aquella ocasión debía ser elegido
para un cargo de tanta importancia. Sus muchos años le sirvieron de excusa,
aunque se resignó a la voluntad del rey, quien, además, sabía que el
condestable estaba decidido a retirarse al convento del Carmen de Lisboa, que
había fundado con la intención de terminar allí su vida dedicándose a Dios, tal
y como luego llevó a cabo. Fue una resolución prudente la del condestable,
pues, habiendo sido colmado por nuestro Señor de tantos honores y riquezas,
parece que lo único que le faltaba a su prosperidad era saber moderarla y
despedirse de los halagos del mundo antes de que su fortuna se deteriorara y de
que la debilidad y la impotencia causadas por los años la convirtieran en algo
desgraciado y penoso. En segundo lugar fue nombrado Gonzalo Vaz Coutino,
ilustre caballero, de amplia experiencia militar y prudente capitán, quien,
debido a su edad y a otras causas justas, se excusó de ocupar dicho cargo, para
disgusto del rey. El rey llamó en tercer lugar a Martín Alonso de Melo; y, tras
manifestarle el agrado que le supondría que se quedara al frente de aquel
puesto, se remitió a la voluntad de quienes le acompañaban y, tras consultarlo
con ellos; ni ellos deseaban quedarse con él, ni él quedarse sin tan buenos
compañeros; y anteponiendo el gusto de los suyos al del Rey, se excusó, no sin
gran nota, aunque no en cuanto a su valor, en el que se le podrían haber
confiado las responsabilidades. El rey aceptó la excusa, aunque no la de los
compañeros, pues los dejó como guarnición en la plaza a modo de castigo. Se
reservó este gobierno para gloria del conde don Pedro de Meneses, quien, al
conocer la primera excusa del condestable, se valió del favor del Maestre de
Cristo, su tío, y del prior del Hospital. Estos, al ver que todos se excusaban
de la tarea, propusieron al rey la figura del conde. Les apoyaron los infantes,
y al comprender el rey que se trataba de una iniciativa voluntaria, acudió a
entregarle el gobierno y se ofreció a honrarle, ya que deseaba servirle. Le
entregó el bastón que tenía en la mano y el gobierno de aquella plaza, no sin
la envidia de sus rivales y con numerosas murmuraciones de sus amigos, que se
extrañaban de que se encargara de una empresa tan difícil. Cuenta la tradición
popular que, al preguntarle el rey si se atrevía a defender Ceuta, él respondió
con gran confianza: «Yo solo, con esta espada (tenía una en la mano), la
defenderé de todo el poder de África»; y al ver el rey esta valiente resolución
y esta oferta, se la entregó; y con ese bastón, que aún se conserva, juran
fidelidad todos los generales de Ceuta al asumir su mando, pues, dado que don
Pedro demostró con hazañas heroicas que aquellas palabras no parecían
arrogancia, fue oportuno que el bastón quedara como testigo de las mismas y
mereciera ser el bastón de aquella valiente mano, para honrar a quienes le
sucedieron.
Una vez elegido el general, el rey trató
el asunto de la guarnición que debía permanecer allí y, tras decidir que
bastaban dos mil quinientos soldados, los seleccionó de entre todo su ejército,
con capitanes de calidad, experiencia y valor. López Vaz de Castelbranco,
Montero Mayor del Reino, se quedó con trescientos escuderos, todos al servicio
y de la casa del rey. El infante don Duarte dejó otros trescientos, sin
capitán, alegando que no deseaba que fueran gobernados sino directamente por el
conde. Con doscientos cincuenta del infante don Pedro, se quedó Gonzalo Núñez
Barreto, caballero del Reino del Algarve y pariente cercano del conde don
Pedro, a quien entregó la torre de Fez para que la defendiera. Trescientos
hombres del infante don Enrique quedaron a cargo de un caballero llamado Juan
Pereira, a quien se le encomendó el puesto de Santa María de África. La torre
de la Almadraba se entregó, junto con la gente de Évora y de Beja, a su capitán
Álvaro Méndez Serveira, cuyo hombre permaneció al mando de dicha torre por las
valerosas hazañas que había realizado al defenderla. A Alvaro Anes de Sarnache, jefe mayor de los ballesteros, se
le encomendó la coraza con seiscientos hombres a pie y a caballo; a Bartolomé
Alonso se le asignó la guardia del Rey, y a Fernando Barreto la de la Almina; a
otros capitanes se les asignaron otros puestos guarnecidos con tropa, y
quedaron otros ilustres caballeros, en particular Rui Gomes da Silva, quien más
tarde fue yerno del conde don Pedro; Luis Vázquez de Acuña, Lope Vázquez de
Acuña, su hermano, Pedro González Malafaya, quien más tarde fue veedor de
Hacienda, Luis Álvarez de Acuña, Pedro López de Acevedo y Ruiz de Sosa, alcaide
—quien más tarde fue del castillo— de Moural. Al
conde don Pedro le quedó reservada la defensa del castillo con mil hombres de
guarnición, que le entregó el rey sin exigirle juramento de lealtad ni a él ni
a la ciudad, tal era la confianza en su valor y lealtad: le dijo en presencia
de todos que confiaba en su nobleza para el cargo del que dependía su
reputación y la de todo el reino, y que, además, era él quien debía cumplir con
la defensa y conservación de aquella plaza, con las obligaciones que le
correspondían. Le aseguró que siempre le prestaría especial atención a sus
intereses: que dejaría la plaza, antes de su regreso de Portugal,
abundantemente abastecida, y que desde aquel reino le enviaría siempre
repetidos socorros. Que él personalmente acudiría en su ayuda cuando fuera
necesario, y que le dejaba a su disposición a los soldados más selectos de su
ejército, y a los capitanes de mayor valor; le encargó que su principal
objetivo fuera el servicio a Dios y la exaltación de la fe católica, pues,
partiendo de este principio, él, a quien tanto le importaba aquella causa, le
ayudaría en todas sus acciones, con lo que haría eterna su memoria y
conservaría la reputación adquirida por la nación portuguesa en aquella guerra.
CAPÍTULO 22
Ascendencia del conde don Pedro de
Meneses. Comienza a ejercer su cargo de general en Ceuta. Los moros intentan en
varias ocasiones recuperar la ciudad
Antes de pasar a relatar los gloriosos
acontecimientos que vivió la ciudad de Ceuta en la época en que la gobernó el
conde don Pedro de Meneses, conviene dar a conocer su origen, y, aunque debo
seguir el mismo estilo con los generales de esta plaza, referiré con mayor
detalle su ascendencia, tal y como hice al principio, antes de que la
gobernara, y a cuyos descendientes quedó la propiedad de su generalato. El
conde don Pedro, en el libro que escribió sobre las familias ilustres de
España, hace remontar el origen de los Meneses a don Pedro Bernardes, llamado
«el de Sahagún», que sirvió al rey don Alonso VII, llamado «el Emperador».
Este, hijo de doña María Mendes de Amaya, hija de don
Sueiro Mendes de Amaya, tuvo por hijo a Tel Pérez de
Sahagún, y posteriormente de Meneses, por ser señor de la villa de ese nombre,
que le concedió el rey don Alonso en las ocasiones de su época con valor y
ostentación, al ser uno de los señores más ricos de aquel siglo. Su esposa fue
doña Gotroda, y de ambos nació don Alonso Téllez de
Meneses, a quien llamaron de Albuquerque, pues fundó aquella villa y fue señor
de ella, así como de Meneses, Montalegre, Fuentempudia, San Cebrián, Albadeliste,
Castro Verde, Carvajales, Castro Nuño, Cea, Iedra, Garajal, y otras, sin contar las que heredó de su
padre, con lo que fue uno de los señores más poderosos de su época. De doña
Teresa Sánchez, hija del rey don Sancho I de Portugal, tuvo a don Juan Alonso
Telles de Menezes, segundo señor de Albuquerque, quien, además de los dominios
que heredó de su padre, fue señor de Medellín, Alconchel y otros lugares.
Floreció en tiempos del rey don Fernando el Santo y se casó con doña Leonor
González Girón, hija de don Gonzalo Ruiz Girón y de su segunda esposa, doña
Margarita. De este matrimonio nació don Gonzalo Lanes de Menezes, de Alcuña Raposo —llamado así por las numerosas artimañas que
empleaba en la guerra contra los moros—, de quien, junto con su esposa doña
Urraca Fernández de Lima (hija de don Fernando Láñez de Lima y de su esposa
doña Teresa Láñez de Amaya), nació don Alonso Téllez de Meneses. Este sirvió a
los reyes de Castilla: don Sancho el Bravo, don Fernando IV, don Alonso XI y
don Pedro, llamado el Cruel, de quien se ganó el odio por sus virtudes; y, con
la violencia con la que ejecutó otras muertes, mató también a Martín Alfonso
Tello, su hijo. Temiendo que la crueldad del rey fuera en aumento, se retiró
con su casa y su familia a Portugal, donde el rey don Alfonso IV, impresionado
por su gran calidad y sus dotes, le otorgó el cargo de mayordomo mayor. También
lo fue del rey don Fernando, quien le concedió el condado de Ourén. De él y de su esposa, doña Guiomar López de
Villalobos, hija de López Fernández Pacheco, señor de Ferreira, y de su segunda
esposa, doña María de Villalobos, nació don Juan Alonso Téllez de Meneses,
primer conde de Viana, señor de Alvito, Villa-Nueva y Penela,
donde fue asesinado por sus vasallos por seguir la voz de la reina de Castilla,
doña Beatriz, princesa de Portugal, contra el maestre de Aviz. Por este motivo,
perdieron todos sus bienes y su hogar en aquel reino, trasladándose a Castilla
su esposa, la condesa, doña Mayor Porto Carrero, señora del Estado de Villa
Real, hija de Juan Rodríguez Porto Carrero, señor de Villa Real y Panoyas. De este matrimonio nació don Pedro de Menezes,
quien, tras pasar muchos años en Castilla con su madre, fue en este reino conde
de Aguilar y de Aillon; pero, al unirse posteriormente ambos reinos, se le
concedió a ella el título de condesa, y a su hijo, por parte del rey don Juan
I, la restitución de todos sus bienes maternos. Perseveró en su servicio hasta
acompañarle en la conquista de Ceuta y convertirse en el primer general de
aquella plaza.
Los moros, expulsados de la ciudad el
mismo día en que la perdieron, se dispersaron por los valles vecinos, donde
tenían sus fincas y casas de recreo, con la esperanza de que el rey se
contentara con destruir Ceuta y volviera con todas sus fuerzas a Portugal sin
dejarla guarnecida. Pasaron aquella noche entre lamentos lastimeros y gemidos
en medio de aquellos bosques; las madres buscaban a sus hijos; los maridos a
sus esposas, y viceversa; los parientes a sus parientes; los amigos a sus
amigos; a unos les faltaba una cosa, a otros otra, y a otros todo. Las
tinieblas aumentaban enormemente la confusión; unos relataban los antiguos
vaticinios o presagios. Unos animaban a los desmayados con la esperanza de que
iban a recuperar la ciudad, y otros, desesperados de verlo, se entregaban a
aquellas deliciosas diversiones. Así permanecieron hasta que la partida de la
armada victoriosa les notificó la última sentencia de su expolio, lo que a
aquellos que se encontraban sin fuerzas para vengar sus injurias les causó una
desesperación aguda, mientras que a los jóvenes les infundió mayor ímpetu, pues
confiaban en que su valor les permitiría revertir su adversa suerte. Estos,
dejando a los ancianos y a los incapacitados al cuidado de sus mujeres e hijos,
se unieron en un solo cuerpo y, liderados por un valiente jefe de sangre noble
y presencia singular, deseosos de entrar en la ciudad y al ver por la muralla a
poca gente, con increíble audacia y valor se lanzaron contra la puerta que
después se llamó de Álvaro Méndez. Al ver nuestros hombres tal osadía, sin
orden del general, tomaron las armas y salieron en tropel a hacerles frente. Se
libró una escaramuza tan encarnizada que podría haber sido una sangrienta
batalla, pero cesó casi al principio con la muerte de su caudillo, a quien
ejecutó un soldado del infante don Enrique llamado Martín del Algarve, quien
regresó con algunas heridas infligidas por los nuestros. Cuando la refriega
estaba en su punto álgido, acudió el conde en su ayuda con refuerzos, para
impedir que se alejaran de las murallas. Los moros flaquearon ante los
numerosos heridos y ante el gran valor de nuestra gente, entre los cuales
también hubo algunos, y al fin se vieron obligados a retirarse sin la ganancia
que deseaban, convencidos de que sería más difícil expulsar de allí tan pronto
a los portugueses.
No obstante, no cesaron en sus
emboscadas y, tras haber comprobado la resistencia de los nuestros y la audacia
con la que salieron de la ciudad, intentaron llevar a cabo con astucia lo que
no pudieron lograr con la fuerza, provocando cada día a los portugueses con
amenazas y escaramuzas, para que, al alejarse cada vez más de la plaza, cayeran
en alguna emboscada. Al enterarse de ello, el conde no consentía tales salidas,
mientras no tuviera la ciudad tan bien organizada que pudiera llevarlas a cabo
con mayor seguridad, y dado que los caballeros soportaban mal tales retiradas,
una vez ordenados sus asuntos, permitió que saliera una compañía de setenta
ballesteros, al mando de Juan Pereira, capitán de los que el infante don
Enrique había dejado en la plaza. Estos se lanzaron contra los moros, que,
debido al daño recibido de las ballestas de la muralla, se habían alejado un
poco de ella, y los nuestros se acercaban tomándola por amiga. Ya eran mil los
moros, y trescientos los nuestros, cuando salieron de entre ellos dos valientes
árabes que, haciendo señal de seguridad, desafiaron a dos cristianos; estos,
apartándose de su escuadrón, se abalanzaron sobre ellos con gran valor, y al
desarrollarse bien aquel desafío, acudieron los moros y también los nuestros, y
entre todos se desató una sangrienta escaramuza a la que acudió el conde con el
resto de su gente. Cerca de la ciudad se alzaba un hermoso palacio en el que se
alojaban los reyes de Fez cuando venían a Ceuta, y a su alrededor había un
espeso bosque, en el que los moros habían tendido una
gran emboscada; y al ver a nuestra gente enzarzada en la escaramuza, mostraron
signos de flaquear y se retiraron hacia ella. Los portugueses los persiguieron
hasta más allá: los que estaban emboscados asaltaron una puerta de la ciudad,
con la intención de tomarla, donde fueron repelidos con singular valor, y con
igual daño por parte de los moros; y al ver que su intento resultaba vano,
dieron la vuelta para atrapar en medio a los que luchaban, cargaron contra
ellos por un lado mientras los que se retiraban lo hacían por el otro,
entablándose una sangrienta batalla; al ver el conde que el número de moros
crecía por momentos, intentó retirarse, para que no aumentara el
enfrentamiento. Animó a su gente y, situándose al frente, embistió contra los
que tenía a sus espaldas, los desbarató causando gran estrago, con treinta y
cinco muertos y muchos heridos, de los cuales no pocos fallecieron
posteriormente; por nuestra parte murió un judío, al apartarse descontroladamente
de los demás, y resultó herido Juan Ferreira, criado del infante don Pedro, con
una azagaya en el cuello; posteriormente cambió de estado y llegó a ser
tesorero de la Santa Iglesia de Coímbra. Esta emboscada no causó daño alguno a
nuestra gente, sino que más bien sirvió de advertencia para evitar otras.
Habían llegado de Castilla algunos caballos, que el conde ordenó traer, y así
se decidió talar el bosque vecino y derribar algunas casas y fincas que
pudieran causar daño a la ciudad. Lo llevó a cabo y, al salir un día acompañado
de un gran número de oficiales, arrasó bosques antiquísimos y encantadores,
derribó excelentes casas de recreo y todas las vallas que pudieran servir de
impedimento para nuestras retiradas o de refugio para las emboscadas de los
moros. La compañía quedó algo más despejada, y el conde pudo llevar a cabo con
facilidad las salidas, así como desengañar a los moros, para quienes la
restauración de su patria avanzaba más lentamente.
Durante veinte días seguidos
permanecieron sin separarse, y en todos ellos hubo incursiones de poca
importancia, pero siempre con perjuicio para ellos; así, a su costa, llegaron a
convencerse de que este asunto requería más tiempo del que habían imaginado al
principio, por lo que fueron retirándose poco a poco, al darse cuenta de lo
poco que podían lograr en aquella guerra sin un líder con experiencia y valor.
Para ello eligieron a Abu Señor de Morequeri, de la estirpe de los Merines, un hombre experto
y de corazón valiente, quien valoró el cargo por el prestigio que podía ganarse
entre ambos bandos de su secta. Este mejoró la situación y comenzó a actuar con
mayor prudencia; y aunque al principio llevó a cabo algunas incursiones, en
ninguna hubo un resultado que merezca nuestra atención, hasta que, unos días
más tarde, cuando los moros intentaron tomar una atalaya, acudió el conde y la
salvó. Aunque algunos le aconsejaron que no persiguiera al enemigo, lo hizo,
para que este no cobrara ímpetu, y en la primera embestida cayeron cuatro
muertos, con lo que los demás se dieron a la fuga. Prosiguió la persecución y
apretó tanto a los adversarios que estos se vieron obligados a retirarse
luchando con ardor, que les duró poco, pues al ser cargados de nuevo, pusieron
sus esperanzas en la ligereza de sus pies, dejando en el campo treinta muertos
y llevando muchos heridos. Ante esto, el general detuvo la marcha e intentó reagrupar
a sus hombres en orden para evitar caer en alguna emboscada, y así lo hizo,
regresando victorioso al campamento.
Poco después, Abu tendió una emboscada
y, al aparecer un día cerca de la ciudad, fue atacado por algunos portugueses,
por lo que se retiró para atraerlos hacia ella, y lo consiguió. A continuación,
cargó contra ellos con tal furia que aquellos pocos intentaron atrincherarse en
un punto elevado; pero, antes de que pudieran vencerlo, perdieron en la
retirada a Martín Gómez, Juan de Soure y otros dos soldados; los demás
alcanzaron la altura, donde se defendieron con gran valor hasta que recibieron
el socorro de la gente del conde, que ya había salido al rebato. Los moros no
quisieron esperar su llegada, sino que, retirándose, satisfechos con aquella
pequeña victoria, regresaron a sus cuarteles. Nuestra gente los persiguió y,
durante la retirada, hirió a algunos y mató a un caballero de avanzada edad,
señor principal y caudillo de muchos moros que se encontraban allí; muerte que
compensó con creces la pérdida anterior, según el sentimiento que mostraron,
particularmente un hijo suyo que se encontraba allí, quien acudió al alcaide de
Alcazar, y regresó acompañado de mucha gente para vengar en aquella guerra la
muerte de su padre. De los nuestros quedaron algunos heridos, con lo que cesó
la refriega.
CAPÍTULO 23
El conde se adentra en las aldeas de los
alrededores. Destruye algunas; libra varios enfrentamientos, de los cuales sale
victorioso, aunque herido en el último.
Abu no descansó muchos días tras este
suceso, sino que, deseando agotar y cansar a nuestra gente, tendió al día
siguiente dos emboscadas, de las que se avisó al conde, por lo que este actuó
con mayor cautela aquel día, en el que la emboscada de los moros no pudo surtir
efecto. Hubo, sin embargo, una escaramuza en la que murió Almanzor, sobrino de
Abu, y otros cuatro; Don Pedro se retiró sin más daños que algunos heridos.
Tantos y tan repetidos daños hicieron ver a los moros que les convenía
abandonar la ciudad de Ceuta, dada la imposibilidad de recuperarla sin un mayor
poder; y aunque algunos de mayor ímpetu se opusieron a esta resolución, otros,
más prudentes, la aceptaron, y opinaban que debían retirarse por completo hasta
disponer de poder para el asedio. El término medio entre ambas opiniones fue ni
abandonarla del todo ni permanecer tan cerca, sino retirarse y dividirse en las
aldeas vecinas, fortificándose, y quedando Abu como capitán de aquella guerra.
El conde no dejaba de realizar continuas incursiones y, al cobrar nueva
confianza ante el temor de los adversarios, llevó a cabo una incursión por mar
y tierra con pocos hombres. Esta incursión la llevaron a cabo los almogávares,
por lo que tuvo escaso éxito: quedó prisionero un moro, murieron dos, y Abu
corrió el riesgo de ser asesinado o hecho cautivo. Este suceso tuvo lugar a
finales de noviembre de aquel año de 1415, día que quedó en la memoria de los
habitantes de Ceuta, por ser aquel en el que se mató al primer jabalí de
aquellos campos, que encontraron durante la retirada.
El ánimo del conde no se calmaba, pues
de un buen éxito tomaba motivo para otros mejores; y así dispuso la primera
incursión de gente escogida con la intención de mantener despiertos a los
moros, de modo que se alejaran más y dejaran libre el campo. Decidió destruir
una aldea vecina, llamada Valle del Naranjo, que contaba con pocos moros de
guerra: una noche, hizo salir a un número y calidad de hombres suficientes para
poder enfrentarse a los que acudieran desde las aldeas vecinas. Los nuestros
atacaron al amanecer aquella aldea y, aunque no sorprendieron a los moros
desprevenidos, mataron a algunos, capturaron a otros, y la mayoría huyó
luchando hacia todos los demás lugares, que se unieron con ahínco para
oponerse; nuestra gente saqueó el lugar y comenzó a retirarse por la zona de la
Ribera, cuando ya rompía el alba, y los moros la acosaron de tal manera que la
obligaron a avanzar luchando con gran riesgo, pues eran menos de los que
convenía para aquella incursión, y la multitud de los adversarios crecía por
momentos. En ese momento, el conde había salido en su ayuda y, al ver la
difícil situación en la que se encontraba su gente, hizo que Gil de Eivas
adelantara algunos caballos para que le ayudaran, mientras él se acercaba. Su
mera presencia bastó para que los moros no prosiguieran la persecución, al
suponer que el conde se encontraba cerca con todo su ejército. Los de la
incursión lucharon ese día con gran valor, pues, tras cruzar la Ribera, la
defendieron de los moros; desde allí pidieron socorro al general, quien los
encontró en ese lugar cuando llegó con sus hombres, y los rescató con la presa
de treinta cautivos y algo de ganado. En la aldea murieron ocho moros, y en la
persecución hubo muchos heridos; de los nuestros, cinco resultaron heridos,
pero ninguno murió.
Con este buen comienzo en las
incursiones, el conde decidió continuarlas, para obligar a los moros a que se
alejaran de Ceuta. A dos leguas de la ciudad se encuentra un valle llamado de Boullones, que separa el llamado de Barbeche de una ladera
de la Jimera, y, al ser un lugar fértil y apacible,
en él se alojaron muchos moros de entre los expulsados. En un lugar de este
valle, el conde dispuso enviar a la gente adecuada para destruirlo. Lo
custodiaban ciento cincuenta hombres de guerra, y, tras recabar información,
ordenó que una noche lo asaltaran doscientos soldados; sin embargo, a la hora
de partir no se reunieron más que ciento nueve, lo que hizo que algunos dudaran
de continuar la expedición; pero, animados por los demás, la prosiguieron,
llegando tan de noche que se vieron obligados a esperar hasta el amanecer, para
que no se confundieran unos con otros en la refriega. Al romper el alba,
irrumpieron en el lugar tan repentinamente y con tales gritos que los moros,
aunque eran más numerosos, cayeron en gran confusión, preocupados únicamente
por ponerse a salvo; y, aun así, quedaron treinta y siete muertos y cinco
cautivos, tras lo cual los nuestros se retiraron con algo de ganado. Los que se
quedaron avisaron a los lugares vecinos, que acudieron con prontitud al rebato.
Abu apareció poco después en la sierra con unos trescientos hombres y algunos
caballos, y se lanzaron a atacar a los portugueses; la multitud de los moros
crecía, pero el ánimo de los nuestros no decayó. En ese momento, el conde
acudió en su ayuda con el grueso de sus hombres y, para animarlos, hizo que Gonzalo
Nuñes Barreto se adelantara con una parte de ellos, que llegó a unirse a ellos
justo cuando más necesitaban su ayuda. Llegó el general, quien los encontró a
salvo y con el botín, aunque en un lugar poco adecuado para la batalla. Aun
así, se produjo una seria escaramuza en la que murieron nueve enemigos y
quedaron muchos heridos, tras lo cual nuestra gente se retiró —con algunos
heridos— recogiendo el botín.
Con los acontecimientos mencionados, y
otros de menor importancia, transcurrió lo que restaba del año 1415, y aunque a
principios del 1416 hubo algunos enfrentamientos, no ocurrió nada que merezca
un lugar en esta historia, salvo que, al verse los moros acosados por tantas
incursiones y pérdidas, se alejaban cada día más de la ciudad. Los habitantes
del valle de Barbeche lo abandonaron por completo, y al ver el conde lo bien
que le salían las incursiones para aliviar la presión sobre la ciudad, intentó
una en el valle de Castillejo, donde había cuatro o cinco aldeas y una gran
cantidad de ganado. El ocho de febrero de este año, partió con seiscientos
hombres y, al llegar al valle antes del amanecer, esperó hasta la madrugada
para evitar la confusión. Allí dispuso la incursión en las localidades,
dividiendo a sus hombres en tres grupos. Él se quedó con uno para prestar
apoyo, y a los otros les ordenó que atacaran dos aldeas diferentes; lo
ejecutaron con tal rapidez que en breve sumieron a los moros en la confusión,
con la muerte de muchos. Abu, que se encontraba cerca y fue avisado, acudió a
tiempo, pues los nuestros se demoraron mucho en el saqueo. Todos se enzarzaron
en el mismo lugar donde habían luchado hasta que llegó el conde con el resto de
sus hombres; ante su llegada, y habiendo perdido a siete en la entrada de
nuestro refuerzo, los moros se retiraron, sin atreverse a perseguir a nuestra
gente, que, una vez reunida, marchó con el botín. El botín constaba de ochenta
cautivos, hombres y mujeres, gran cantidad de ganado y ropa; en el campo
quedaron ciento veinte muertos, sin más pérdidas por nuestra parte que tres
caballos.
Para vengarse de tantos daños, los moros
reunieron a un grupo de hombres con la intención de causar entre los nuestros
tal matanza que les sirviera de escarmiento en lo sucesivo, y para ello
tendieron diversas emboscadas. Al ser avisado, el conde organizó otra
emboscada, aunque con menos gente de la que convenía, pues no había comprendido
que la del enemigo era tan numerosa. Al día siguiente de recibir el aviso,
salieron nuestros exploradores, y al correr algunos moros hacia ellos,
intentaron rodearlos y atrapar a quienes les daban la espalda para meterlos en
su emboscada. Ellos pretendían lo mismo con los moros, hasta que se dieron
cuenta de su error al salir una gran cantidad de gente, y los acorralaron de
tal manera que nuestros hombres se vieron obligados a socorrerlos; salieron de
su emboscada para enfrentarse al enemigo, quien, al encontrarse con más
adversarios de los que imaginaba, hizo señales para que saliera el resto de su
gente; los cronistas elevan el número a veinte mil, lo cual no parecerá mucho a
quienes saben con qué facilidad se reúnen aquellos bárbaros para permanecer uno
o dos días en el campo de batalla. Cargaron contra nuestra gente de tal manera
que tuvieron que retirarse luchando. En ese momento llegaron cuatrocientos
ballesteros en ayuda, y poco después el conde con más gente; y, atrincherándose
en unas vallas, lucharon de tal forma que, al no poder los moros soportar su
resistencia, ni el gran daño que recibían, se vieron obligados a retirarse,
recogiendo primero a los muertos, que, según se supo después por sus alfaques,
junto con los que murieron tras resultar heridos, superaron los ochocientos;
una gran victoria, si tenemos en cuenta el escaso número de portugueses que
defendían aquella plaza, tan lejos de los refuerzos de su patria y frente a
tantos enemigos tan enfurecidos.
Los moros no se calmaban; al contrario,
los sucesivos reveses que sufrían constituían continuos incentivos para su
venganza. El conde permaneció algunos días sin salir de la plaza, tras la
entrada del Castillejo, y así eran perseguidos por los moros. Estos se lanzaron
contra los que realizaban la «yerra» en el mes de abril, el día de San
Ambrosio, con quinientos hombres procedentes de un lugar llamado «el Ramal», y
en el primer encuentro con los nuestros, les mataron dos caballos, con lo que
se pusieron en retirada, luchando sin cesar y dando la espalda al enemigo con
valentía. Al oír el rebato, salió el conde y, adelantándose con los pocos
caballos que tenía, tomando la delantera con un solo soldado que le acompañaba
más de cerca, se adentró entre los moros con más valor que prudencia; siete
enemigos cayeron a los primeros golpes; pero, a cambio, el conde recibió dos
golpes de azagaya en una pierna y la muerte de su caballo, con lo que cayó
entre los moros. Allí habrían terminado sus hazañas, de no haber sido socorrido
por Luis Vázquez de Acuña, por su hermano y por Ruy Gómez da Silva, quienes se
adentraron entre los moros y los apartaron, hasta que el conde fue socorrido
con otro caballo. Con el valor que le infundieron las heridas, y junto a los
que se le unieron de nuevo, lanzó una contraataque tan enérgica contra los
moros que, causando la muerte de muchos, los puso en fuga, impidiéndoles seguir
la persecución debido a las dificultades del terreno y a la proximidad de la
sierra que los adversarios tenían a sus espaldas, en la que se refugiaron a
continuación. El conde se retiró con su gente, herido, pero con gran prestigio,
y se le advirtió de su temeridad. Gonçalo Núñez Barreto, su primo y de mayor
edad, tuvo más confianza para reprenderle tras haberse recuperado de las
heridas. Escuchó la advertencia con respeto y se disculpó con prudencia, pues
los errores que provoca el valor siempre encuentran una buena salida.
CAPÍTULO 24
Continúa la guerra, en el interior de la
aldea de Dalbegal. El enemigo intenta escalar la
muralla y es repelido.
En ese momento se acercó a los moros un
soldado que, según relatan las historias antiguas, era catalán, y les informó
de que el conde se encontraba herido; exagerando el peligro que corría su vida
y facilitándoles, con este nuevo percance, la reconquista de Ceuta, la noticia
fue bien recibida. Sin demora avisaron a Abu y a otro moro poderoso, quienes,
reuniendo las fuerzas de aquellos alrededores —que se componían de mil
quinientos caballos y quince mil soldados de a pie—se emboscaron en cuatro
grupos junto a Ceuta. Aquella noche habían enviado exploradores para
inspeccionar el campo y asegurarlo al día siguiente para la leña. Estos le
avisaron esa misma noche y, aprovechando la ocasión, salió antes del amanecer
con un número considerable de hombres, divididos en grupos, y tendió otras
tantas contraemboscadas a los moros. Al amanecer, salieron nuestras atalayas,
con la orden de no entablar combate, sino de atraerlos hacia las emboscadas; y,
al haberse empeñado ya en explorar el campo, los enemigos huyeron tan deprisa
que por poco no se les capturó. Los alcanzaron en la emboscada del conde, quien
los embistió con gran determinación; al verlo en este empeño, las demás tropas
salieron con igual prontitud y, enzarzándose todos con los enemigos, a pesar de
que el número era desigual, fueron muchos los que cayeron muertos, y en los
primeros enfrentamientos, y al no poder soportar el ímpetu de nuestra gente,
dieron media vuelta, y ellos los persiguieron durante un buen trecho. Esto
ocurrió entre una y otra caballería; y cuando el conde quiso continuar la
persecución, en el momento en que se disponía a ello, la infantería se había
unido a los caballos bereberes, que, reunidos en buen orden, embistieron con
gran valor. Al conde le pareció más prudente la retirada, y la dispuso con
singular acierto, y con tal orden que los enemigos no pudieron causarle daño,
ya que él siempre iba en última posición. No fue durante la retirada, sino que,
desbocados en el saqueo de los muertos, perecieron en venganza por tantas
muertes cinco cristianos, de los cuales solo se recuerda a uno llamado Pedro
Gil, que vivía con López Vázquez de Castellobranco.
Una vez que los portugueses se refugiaron tras las murallas, fueron provocados
por los moros en numerosas ocasiones, pero, desesperados por vengarse aquel
día, regresaron llorando junto a los muertos que habían retirado.
En el ámbito marítimo, la fortuna no le
fue menos favorable al conde. El rey había dejado en Ceuta como capitán de dos
galeras para la guardia del estrecho a don Carlos, hermano del almirante don
Laçarote, quien no llevó a cabo ninguna acción en aquellos primeros tiempos,
pues se necesitaban naves ligeras. El conde dispuso que se construyera una barca
de diez bancos por banda y, al otorgarle el mando de la misma a Alonso García
de Queirós, un valeroso hidalgo, le hizo zarpar para que llevara a cabo algunas
incursiones. En su primera salida llegó al anochecer a Cádiz y, al día
siguiente, al amanecer, se topó con un barco enemigo, a la deriva con catorce
moros a bordo, quienes, aunque al principio se resistieron, consideraron que
perder sus libertades era un mal menor que perder la vida. El botín consistió
en gran cantidad de trigo, cebada y legumbres, así como seis caballos, con lo
que se dio inicio a las hazañas marítimas. Alonso García se reunió con el
botín, y ante tan buenos comienzos, el conde no quiso que se desperdiciaran las
oportunidades que se presentaran; más bien, tras recompensar a los soldados,
hizo zarpar por segunda vez a la «Fusta», que al día siguiente se topó con una
«Albetoca», que, cargada de mercancías, navegaba
desde Málaga a Tánger; la persiguieron hasta hacerla encallar en la costa de
Berbería; solo capturaron a dos moros; los demás lograron escapar, y se
apoderaron del barco, cargado de numerosas y valiosas mercancías: telas de oro,
seda y otras prendas, que, al venderse a precios muy bajos, el botín ascendió a
más de diez mil coronas.
Tras este suceso, Alonso García descansó
unos días, pero al saber que en Gibraltar se encontraba un barco cargado de
ricas mercancías, que partía hacia la ciudad de Anafe para intercambiarlas por
trigo —del que Gibraltar se hallaba necesitado—, armó bien su fusta y se dirigió a Gibraltar. Al caer la noche, embistió con gran valor contra el
barco, que no se encontraba desprevenido debido a los temores que le inspiraba
Ceuta. Acudieron a las bordas para defender la entrada con piedras, lo que
causó un daño considerable. La contienda duró una larga hora, con gran ventaja
para los moros, tanto por contar con más gente como por luchar desde un lugar
más elevado; pero al fin flaquearon en la resistencia, y los portugueses
entraron en el navío, arrojándose al mar los moros, de los cuales capturaron a
cuatro vivos; cinco murieron en la defensa; algunos se ahogaron; y otros
perdieron la vida a causa de las heridas. Por nuestra parte, falleció Payo Gonzales,
un joven noble que el conde había criado. Un soldado vizcaíno resultó
atravesado por una lanza en la espalda, y Alonso García sufrió numerosas
heridas, aunque no graves. Recogió las armas y el botín, y, tras cortar las
amarras del navío, entró al día siguiente en Ceuta. Este botín tuvo gran valor,
pues consistía en seda fina, ropa, mucha moneda de oro y plata, y otras
mercancías. Con estos acontecimientos marítimos, y otros que se sucedieron
después, se fue reconociendo la importancia de aquella plaza, y lo mucho que
los moros habían perdido con ella.
Hacía diez meses que Ceuta se encontraba
bajo dominio portugués cuando, siguiendo el consejo y a petición de algunos
hidalgos, se decidió destruir una aldea llamada Dalbegal,
rica y bien provista de ganado, aunque de difícil acceso, especialmente para la
caballería. Partió una noche con este propósito con ciento cincuenta hombres a
caballo y doscientos a pie, y al amanecer se encontraba frente a la aldea.
Antes de llegar, nuestra caballería se topó con cien moros a pie, que montaban
guardia en aquel lugar, y aunque estaban armados, se valieron de la espesura de
un monte vecino, donde se atrincheraron; los rodearon y lucharon durante un
buen rato, hasta que decidieron adentrarse en el bosque sin esperar a los que
iban a pie, que aún no habían llegado. El primero en entrar fue Pedro López de
Acevedo, caballero de gran valor y merecedor de gran fortuna, quien, a pocos
pasos del bosque, se hundió con su caballo en un pantano; los moros lo atacaron
y, tras tantos golpes, perdió la vida en breve tiempo; lo mismo le sucedió a
Pedro Gómez de Abreu, a quien llamaban Vasco de Río Caldo. Al enterarse el
conde de esta pérdida, y una vez que llegó la tropa a pie, dio orden de que se
irrumpiera en el bosque y se degollara a los bárbaros. Así se llevó a cabo, y
de cada cien perdieron la vida noventa y ocho; se perdonó la vida a dos para
que guiaran a nuestra gente en la destrucción de la aldea que buscaban. Estos
afirmaron que llevaba cuatro días desierta, y se confirmó la información al ver
a unos jinetes que entraron a reconocerla. Con esta noticia regresó el conde,
trayendo los cuerpos de aquellos dos caballeros, que, aunque costaron muchas
vidas, no fueron recompensa suficiente por tanta pérdida.
El conde no descuidaba enviar
continuamente espías entre los moros para que le avisaran de sus movimientos. A
principios de abril recibió noticias de que se estaba reuniendo una gran
multitud para atacar Ceuta, y que sería el Viernes Santo, día tan sagrado para
los cristianos por sus santas ceremonias. Tomó todas las medidas necesarias
para la defensa y, ese mismo día, mientras la gente asistía al sermón,
aparecieron los enemigos en gran número; se afirma que se reunieron veintisiete
mil hombres, de los cuales dos mil iban a caballo, aunque no se revelaron todos
de inmediato para que la gente se comprometiera aún más. Reforzó las murallas
y, tras colocar al conde en una disposición prudente, y al ver que todo estaba
preparado, hizo salir a algunos soldados para que entablaran una escaramuza.
Estos se enfrentaron a una multitud desproporcionada, pues había cincuenta
moros por cada cristiano. De su parte cayeron enseguida cuatro muertos y
algunos heridos; de los nuestros perdió la vida un soldado, cuya muerte fue
lamentada por el conde. La escaramuza se prolongó durante un buen rato, hasta
que los moros dieron señales de reunirse en un solo cuerpo y de lanzarse al
asalto de la ciudad. Avanzaron con ese propósito, y al frente iba Abu, montado
en un hermoso caballo blanco, armado con todas las armas al estilo bereber. Se
arriesgó demasiado al intentar llegar a la puerta de Fez, pues al dispararle
dos flechas desde la muralla, una le hirió en una pierna y la otra lo derribó
del caballo. Los moros acudieron a rescatarlo, y lo hicieron a costa de muchas
vidas. La artillería les causó un daño considerable, pues la multitud era
numerosa y los artilleros, diestros: esto se prolongó hasta la hora de las
vísperas, momento en el que se reunió una gran tropa de moros, y se dirigieron
en bloque hacia la puerta de Machamaxabeçon con gran
ímpetu, que pronto cesó, pues el alférez, que iba al frente, cayó muerto
atravesado por una flecha en el pecho; y muchos otros que se le unieron
perdieron con él la vida. Este suceso no solo obligó a detener a quienes le
seguían, sino también a alejarse de la muralla, con lo que cesaron los intentos
aquel día; y el conde pasó la noche con poca tranquilidad y gran vigilancia en
los preparativos necesarios.
Al día siguiente, al amanecer, los
moros, divididos en varios grupos, se acercaron a las murallas con escaleras,
mantas y material para rellenar el foso. No se atrevieron a llevarlo a cabo
hasta la hora de tercia, y durante ese tiempo se produjeron algunas escaramuzas
en las que murieron algunos moros y un soldado cristiano resultó levemente
herido. Continuaron acercándose a las murallas, pero las numerosas bajas que
les infligieron desde ellas los ballesteros y la artillería les hicieron
detenerse, hasta que, por un descuido de un artillero, se incendió una gran
cantidad de pólvora que se encontraba sobre la muralla, lo que habría causado
un gran daño de no haberse actuado con prontitud para remediarlo. Los moros
pensaron que el peligro era mayor y, sin detenerse, embistieron con gran furia
y muchos gritos contra las murallas; pero una tal cantidad de saetas cayó sobre
ellos que el campo quedó sembrado de muertos, y los que escaparon de este
peligro dieron media vuelta sin orden, sin que por ello dejaran de llegar otros
por las flancos. La artillería también causó entre ellos grandes estragos; y
las saetas continuaron con ello: fueron muchos los moros que murieron en esta
ocasión, y en particular perdieron la vida dos caballeros merines de Vizcaya,
de los cuatro que cabalgaban juntos en la batalla, y durante la retirada de sus
cuerpos se produjeron muchas otras muertes. Los moros se retiraron para llorar
a los difuntos, y en particular a uno de estos dos caballeros, que era el
principal caudillo de esta empresa. El conde aprovechó la retirada e hizo una
enérgica salida, en la que quemó la leña, retiró las escaleras y desmontó las
mantas. Fue tan grande la consternación que causó aquella muerte entre los
moros, que no intentaron vengarse en ese momento, sino que dispusieron la
retirada ese mismo día, dividiéndose en tropas y dejando a los nuestros
victoriosos y satisfechos. Al día siguiente, que fue el de Pascua de
Resurrección, el conde ofreció un espléndido banquete a todos los hidalgos y
capitanes, y por la tarde realizó una salida con numerosas tropas a pie y a
caballo, y recogió todo lo que los moros habían dejado; y para que no
encontraran en otra ocasión las oportunidades que en esta para atacar la
ciudad, derribó algunas de las casas que habían quedado en pie y tapó todos los
pozos para que les faltara agua en tales ocasiones.
CAPÍTULO 25.
El conde prosigue sus empresas por mar y
tierra con buena suerte.
Pocos días después, el conde decidió
destruir dos aldeas bastante alejadas de la ciudad, llamadas Almarca y Guaderrarel. Para ello,
seleccionó a trescientos treinta hombres a pie y once caballos; y encomendó la
ejecución a Álvaro Mendes Cerveira, un capitán
valeroso y experimentado, mientras que él se quedó con el resto de la
caballería para partir más tarde y cubrir la retaguardia de los primeros. Estos
irrumpieron en las aldeas, las destruyeron y prendieron fuego a las fincas que
no podían llevarse; mataron a veinte moros, capturaron a algunos y se llevaron
ochocientas cabezas de ganado y algunas yeguas. Aunque los moros opusieron
resistencia al principio, pronto flaquearon, con lo que se pudo llevar a cabo
lo mencionado sin pérdidas y la gente pudo retirarse sin obstáculos. Poco
después envió a otras dos aldeas, en lo alto de la sierra frente al valle del
Negrón, a Luis de Ataide, su tío, con la mayor parte de la caballería y
trescientos de a pie. Le acompañaron, entre otros hidalgos, Rui de Souza y dos
caballeros catalanes, llamados Mosen de Plumar y
Mosen Gil Albate de Ritieca, quienes, atraídos por la
fama de esta conquista, deseaban ganarse un nombre en ella, tal y como sucedió
con muchos de España y otras naciones. Llegaron antes del amanecer a la primera
aldea, llamada Cinde Carrean: la encontraron desierta de sus habitantes, que se
habían llevado consigo todas las pertenencias que poseían; se dirigieron luego
a la segunda, que se llamaba Benabeidam; pero, al ser
descubiertos, los vecinos se refugiaron en la sierra con su ganado; los
interceptaron Gil Vázquez Puerto Carrero, Lope Vázquez y Diego Vázquez, sus
hermanos, Gonzalo Vázquez de Ferreira, Juan de Beça, Men Suárez, Pedro Alonso y Lorenceanes de Moraes, quienes se apoderaron del
ganado tras matar a muchos moros, saquearon la aldea y capturaron allí a una
mora con su hijo pequeño, así como a otros tres muchachos. Recogieron
cuatrocientas y diez cabezas de ganado, así como los enseres que pudieron
llevarse, y con ello se retiraron; y aunque en el camino se encontraba una
tropa de trescientos moros, que parecían querer salir al paso, ya en ese
momento apareció el conde con el resto de la caballería, con lo que, al avistar
al enemigo, se hicieron con el botín.
El 9 de mayo, los enemigos, al mando de
un infante moro, vinieron a asaltar Ceuta, y aunque prepararon emboscadas para
atrapar a los nuestros desprevenidos, fueron detectados la noche anterior por los
vigías, que avisaron al conde, quien se preparó para la batalla. Al día
siguiente, al salir los moros, los nuestros entablaron la escaramuza, que, al
recrudecerse entre ambas partes, se tornó sangrienta; su caudillo cayó muerto,
para gran pesar de sus soldados, y de nuestra parte murieron cinco: tres en
combate y dos que se descontrolaron al saquear a los muertos, que fueron
muchos. La batalla duró hasta el mediodía, momento en el que los moros cesaron
y se retiraron. Ese mismo día, nueve soldados, que se dirigían a un puesto
llamado Bullones, fueron capturados por dos bergantines bereberes; asimismo, en
esa ocasión se pasó a Ceuta un caballero moro, que había ido desde Granada a Belemenin con Muley Jacob, a quien los principales de aquel
reino llamaron para coronarlo. Los del bando contrario mataron a Muley Jacob y
se salieron con la suya al otorgar la corona a otro; este, que le acompañaba,
se trasladó a Ceuta con un criado para continuar la guerra contra sus enemigos
y vengarse por esta vía de los agravios sufridos. Permaneció poco tiempo, pues
enseguida fue llamado por los de su bando y regresó con el beneplácito y las
gracias del conde.
En el mismo mes de mayo, el conde quiso
informarse sobre la situación y la disposición de un campamento que se
encontraba en tierras de Benazaide. Envió a Diego
Vázquez Puerto Carrero en un bergantín bien armado para que lo reconociera y
recabara información, y así lo hizo; capturó a uno y, como no pudo capturar a
otros, cuando se disponía a regresar, avistó una vela latina que reconoció y,
tras darle caza, la sometió, haciendo ocho esclavos y una buena presa de
mercancías. Dos días después, los moros armaron tres fustas, comandadas por un
valiente corsario, al que llamaban «el Desnarigado», y llegaron a La Almina una
noche en una de ellas, de quince bancos por banda, otra de trece y la más
pequeña de doce; y al amanecer desembarcaron en una cala que La Almina tiene en
la parte de levante. Las centinelas dormían, y pudieron llevar a cabo lo que
pretendían sin ser descubiertos, capturándolos por la mañana, junto con otros
cuatro hombres que iban a llevar unas redes; y habrían cautivado a mucha más
gente desprevenida si las voces de los primeros y de los segundos no hubieran
alertado a otros que se dirigían a pescar o a realizar otras actividades. Estos
dieron la voz de alarma en la ciudad, y acudió con mucha gente Fernán Barreto,
a quien aquel día le tocaba la guardia de la Almina, pero llegó a tiempo de que
las fustas ya se hubieran alejado con el botín.
El conde, que no perdía ocasión alguna
para conservar la reputación adquirida, hizo que Diego Vázquez Puerto Carrero
saliera de inmediato en una fusta para entretener a los enemigos,
mientras se preparaban otras para la batalla. Este valiente caballero salió sin
demora y en breve se topó con las lanchas enemigas, procurando únicamente
entretenerlas y no llegar a las manos, mientras no pudiera hacerlo con mayor
seguridad. Tras el envío por parte del conde de otras dos galeras de Juan
Pereira, con una tripulación de gran valía, entre la que se encontraban Fernán
González del Arca y Martín de Castro; a continuación salió el padre Martín con
la suya, y tras él el padre Juan, y Juan de Vega con su bergantín, así como
otras cuatro barcas pequeñas y soldados muy valientes, ansiosos de venganza.
Diego Vázquez no cesaba de entretener a las naves enemigas, llegando con ellas
a una ensenada situada en el lado de Berbería, hasta que las demás
embarcaciones llegaron por sorpresa. Nuestra superioridad numérica ya era evidente,
y al darse cuenta de ello, los moros huyeron si el corsario que los gobernaba
no los hubiera animado a la lucha, con lo que plantaron cara, aunque solo fuera
por un breve instante, pues dos de las fustas, acorraladas por las de Ceuta,
embistieron contra la playa, salvándose la gente, y en una de ellas los moros
mataron a los cautivos antes de salir; los de la otra tuvieron mejor suerte,
pues no hubo tiempo para que se les hiciera lo mismo. La tercera se adentró en
el río Benamáden, donde fue protegida por una
multitud de moros que habían bajado en su auxilio. Los nuestros se retiraron
con honor y se hicieron con las dos embarcaciones que resultaron útiles en
otras ocasiones.
Pocos días después, el conde armó las
embarcaciones de que disponía para surcar las costas de Berbería y Andalucía,
cuya mayor parte se encontraba en poder de los moros. Los capitanes fueron Juan
Pereira, Gonzalo Vázquez, Juan de Vega, Diego Vázquez Puerto Carrero, Benito
Sánchez, Martín de Castro, Lorenzo Anes de Padua y Juan Martínez; este último
partió primero y, en el monte de Gibraltar, capturó un pequeño barco que opuso
poca resistencia, y se hizo con quince esclavos, que transportaban no pocas mercancías
de valor. Los demás, al llegar a la costa de España, una parte se quedó en el
mismo monte de Gibraltar, y otra parte se dirigió a la costa de Málaga, donde
capturaron un cárabo (barco) cargado de vidriero que navegaba hacia Málaga;
aunque la tripulación logró escapar, ya que el barco encalló en tierra,
perdiendo la carga, y el barco; y aunque fueron perseguidos, se vieron
amparados por algo de caballería e infantería que salió de Málaga, por lo que
se libró una batalla durante algún tiempo sin que ninguna de las partes
sufriera más pérdidas que algunos heridos. Con este botín, los nuestros se
disponían ya a dirigirse hacia las costas de Berbería cuando se toparon en
aquel paraje del Estrecho con las galeras de Venecia que se dirigían a Flandes,
y mostraron notable alegría al ver la gallardía con la que los portugueses se
erigían en árbitros del Estrecho, librando una guerra continua contra los moros
por mar, y por tierra, obsequiaron a los capitanes de nuestras fustas,
prodigando elogios al rey don Juan y a sus vasallos, pues con tal celo y valor
perseguían a los infieles, enemigos mortales de la cristiandad. De allí se
dirigieron los nuestros al puerto de Tánger, donde no encontraron más que un cárabo
que, al huir, encalló entre las rocas y se hundió con todo lo que transportaba,
salvándose los moros. Recorrieron la costa hasta Alcázar y, al no hallar nada
que capturar, regresaron con el botín mencionado, siendo recibidos por el conde
y por todo aquel pueblo con notables aplausos.
Los moros no cesaban de realizar
incursiones para agotar a nuestra gente; pues, tras los sucesos mencionados, se
emboscaron junto a la ciudad en diferentes lugares, y al salir una atalaya para
explorar, la capturaron; salieron algunos en su auxilio, y se vieron tan
acorralados que los persiguieron hasta las puertas de la ciudad. Álvaro Mendes, que se encontraba entre ellos y se disponía a
retirarse, les gritó que volvieran contra los moros y, con la ayuda de otros
que ya habían acudido, dieron la vuelta con gran valor. A los primeros golpes
cayeron cuatro enemigos muertos y quedaron dos prisioneros; los demás dieron
media vuelta, muriendo en la refriega treinta a pie y dos a caballo, sin contar
a los que se encontraron después en lugares más apartados; por nuestra parte,
solo murieron cuatro jinetes. En ese momento había salido el conde con su gente
y, pensando que los moros querrían continuar la refriega, se puso en orden para
atacarlos; pero ellos tomaron una mejor decisión al retirarse y, vengándose de
tanta pérdida, mataron y descuartizaron a la vista de los nuestros al centinela
que habían capturado; Mem Suárez también resultó
herido por un moro al que hizo prisionero: se supuso después que eran quince
mil a pie y trescientos a caballo, capitaneados por Abu, y que se trataba de
gente de Arcila, Tánger y de la Sierra de Macemude.
Unos días después, el conde envió a
Pedro Bugallo con ciento veintiocho hombres a arrasar una aldea que se
encontraba al otro lado de la Jimera. Cuando
llegaron, la encontraron despoblada, por lo que despidió a su gente hacia
Ceuta, quedándose con cincuenta hombres para retirarse por otro camino. Se
retiraba al día siguiente, cuando fue visto desde la ciudad en apuros con
algunos moros que le perseguían; el conde acudió sin demora en su ayuda y llegó
tan a tiempo que pudo enzarzarse en combate con los moros, en el que cayeron
inmediatamente dos muertos; a estos les siguieron otros dos, que murieron
luchando con gran valor, y el conde se empleó a fondo hasta tal punto que su
caballo resultó herido por tres azagayas, aunque no cayó a las puertas de la
ciudad. El propio conde resultó herido en una pierna, dejando a sus pies muerto
al moro que le había herido; nuestros hombres mataron a otros dos y capturaron
a uno, y al ver el conde que no podía llevar a cabo ninguna acción de
importancia debido al bosque en el que tuvo lugar la refriega, se retiró con la
pérdida de tres o cuatro caballos. Ese mismo día, tras haber zarpado Lorenzo
Anes de Padua con una galera bien armada, capturó un carabo de moros que venía de Tánger a España, y luego otras dos barcas, y regresó sin
sufrir ningún daño.
CAPÍTULO 26.
Continúan los acontecimientos similares
a los del capítulo anterior. Los reyes moros de Berbería y de España intentan
sitiar esta plaza.
Llegó a Ceuta una galera procedente de
Cartagena, y su capitán, que se llamaba Juan Riquelme, pidió ayuda al conde
para patrullar la costa de Berbería. Le asignó como escolta a Diego Vázquez con
su bergantín bien armado, y la expedición resultó fructífera, pues en breve
Diego Vázquez regresó con algunos botines. Mientras se encontraba en la costa
de Berbería, en una cala, se topó con un barco árabe; lo embistió, y, aunque
este opuso resistencia —por lo que quedaron algunos moros heridos—, se rindió
junto con los catorce que traía, además de una considerable hacienda; y,
mientras repartían el botín, avistaron en el mar un bergantín que vigilaba la
costa para proteger a una caravana de mercaderes de posibles enemigos. Le
persiguieron, pero el bergantín moro se alejó, pues antes de que pudieran
llegar a las manos, se dirigió hacia la costa, salvándose la tripulación, salvo
un moro, una mora y una hija suya de corta edad, así como algunas mercancías
que sacaron del barco; poco después llegó el carabo al que guiaba el bergantín, el cual fue capturado sin resistencia con seis
mercaderes y gran cantidad de hacienda. Con este botín se dirigieron a Túnez,
donde vendieron los barcos y rescataron a los moros heridos; y, tras repartir
la hacienda a partes iguales, regresaron a la costa de España, quedándose Juan
Riquelme en Cartagena y volviendo Diego Vázquez a Ceuta.
El 14 de junio de este año, los moros
saquearon el campo y fueron descubiertos antes de llevar a cabo nada de
importancia: los nuestros acudieron en su defensa y algunos se adelantaron;
enzarzados en una escaramuza, dieron pie a que el conde acudiera en su ayuda
con un contingente considerable de hombres. Embistieron a los moros con tal
determinación que, en poco tiempo, les hicieron dar media vuelta y adentrarse
en el monte; fueron perseguidos por nuestra gente, que capturó a cincuenta y
siete, y los muertos fueron muchos más, sin que por nuestra parte se produjera
otra pérdida que la de siete caballos, que quedaron muertos; los moros que
corrieron ese día por orden de Abu eran gazules, y la mayor parte de esta
victoria se la debe atribuir a Ruiz Gómez da Silva, quien fue el primero en
embestirlos con pocos compañeros.
El 20 de agosto tuvo lugar una
escaramuza de poca importancia en la que murieron dos de los enemigos, y Martín
López de Azevedo mató a uno en combate cuerpo a cuerpo. En este mismo mes,
Benito Sánchez partió para llevar a cabo algunas incursiones en una fusta hacia
la costa de Berbería, que no surtieron efecto, pues no encontró los campamentos
que buscaba, ya que, por miedo, se habían adentrado en el interior; pero la
expedición no resultó infructuosa, pues persiguió a un «cárabo» que salía de Targa, lo obligó a varar en tierra y se apoderó de la
embarcación. Lo mismo ocurrió con dos zarras de pescadores, a cuya defensa acudió la gente de tierra, con quienes lucharon
desde la fusta durante un buen rato; mataron a siete moros e hirieron a
veintitrés; por nuestra parte, solo resultó herido un soldado, sin peligro. Por
otra parte, dos bergantines de esta plaza capturaron un cárabo cargado de
trigo, que navegaba desde Gibraltar hacia Tánger, y cautivaron a dieciséis
moros. Otro bergantín, ese mismo mes de agosto, hundió un cárabo cargado de
trigo; cautivaron a cinco moros y uno se ahogó.
A principios de septiembre, Pedro
Vázquez Pinto y Juan Rodríguez Godino, con pocos compañeros, realizaron una
incursión en una aldea vecina; en ella capturaron a un moro y se llevaron algo
de ganado; y, aunque fueron atacados, se llevaron el botín sin llegar a las
manos. El día 9 del mismo mes, el conde partió para arrasar unas aldeas de las
que había obtenido información de este cautivo; pero cayó tal lluvia la noche
de la jornada que tuvo que dar media vuelta; iban al frente algunos a pie, y a
caballo Rui Gómez de Silva, Luis Vázquez de Acuña y Lopo Vázquez de
Castelbranco, quienes, al desconocer la decisión del conde, se adentraron en
una de las aldeas y, al ser descubiertos, la encontraron ya desierta:
capturaron a dos hombres, mataron a tres y a una mora, y, tras recoger el
ganado que encontraron por el campo, regresaron.
Desde entonces hasta el dos de febrero
del año siguiente, parece que la situación en Ceuta permaneció tranquila, pues
no hallo constancia de ningún suceso. El día mencionado, salieron Rui Vázquez
de Castelbranco y Estevan Suárez de Melo, con cincuenta hombres a caballo, para
arrasar una aldea llamada Albergar, más allá de la sierra del Negro, casi en la
lengua del agua, y para ayudarles se envió por mar un refuerzo de sesenta
soldados en seis barcas. Partieron, pero, al perderse por el camino, llegaron muy
tarde a la aldea y fueron descubiertos: los moros se pusieron a salvo, salvo
seis que prefirieron perder la vida antes que la libertad, además de ciento
ochenta cabezas de ganado y más. Era invierno, y había tanta agua que, a la
vuelta, al querer cruzar la orilla —que poco antes habían vadeado sin
dificultad—, no pudieron hacerlo sin gran peligro; el primero en despreciar el
peligro para animar a los demás fue López Vázquez de Puerto Carrero, y
siguiendo su ejemplo, los demás cruzaron con el botín, ya acosados por los
moros, que acudieron a arrebatárselo y a vengarse. Una vez cruzados al otro
lado de la orilla, causaron gran daño a los moros con las ballestas, de tal
manera que allí sufrieron mayores pérdidas que las que pretendían vengar; pero
tan pronto como los nuestros se alejaron un poco de la orilla, mientras
conducían el botín, los moros vadeó el río junto con otros que llegaron en su
ayuda; y, una vez reunidos, intentaron atacarlos; pero fueron atacados primero
y puestos en fuga; de esta escaramuza quedaron seis en el campo de batalla y
muchos resultaron heridos; y ante este desenlace se retiraron sin intentar nada
más, mientras que los nuestros se replegaron con el botín. Una suerte diferente
corrió, pocos días después, Alfonso Alunos, el Adalid de la Plaza; se dirigió
con otros compañeros a reconocer unas aldeas, pero al ser descubiertos, la
mayoría se perdió, quedando cautivo el Adalid junto con cinco compañeros; los
demás se salvaron en la sierra y, al cabo de muchos días, entraron en la ciudad
de Ceuta. Al ser reconocido el Adalid, quisieron matarlo en venganza por tantas
muertes, pero fue defendido por el alcaide del Alcázar, que se llamaba Hazen; y
aunque le ofrecieron mil quinientas doblas —a razón de una dobla por cada
vecino— para que lo hiciera, la razón prevaleció sobre el interés, por lo que
defendió al Adalid de la furia del pueblo y, poco después, lo entregó a cambio
de un rescate.
En el mes de junio, salió sin permiso
del conde Álvaro Alfonso de Negrelos junto con otros compañeros para recoger
heno en un lugar adecuado para embarcarlo, para lo cual llevaron también dos
barcas. Le sucedió, como merecía por su desorden, que, cuando se encontraban
más descuidados, salieron los moros, quienes, en número superior, los
embistieron, matando a Álvaro Alfonso y a seis compañeros, mientras que la
mayoría se salvó en las embarcaciones, salvo otros que se adentraron en la
sierra y entraron en la ciudad más tarde. Poco tiempo después salieron nuestras
fustas con algunos cautivos moros, con la intención de rescatarlos a cambio de
otros nuestros que se encontraban en Berbería. Destruyeron en la costa un
campamento, donde se enfrentaron a los moros y mataron a dos; persiguieron a
una zarra cargada de cebada, y los mismos que
la navegaban, al ponerse a salvo en tierra, la hundieron sin que los nuestros
se aprovecharan de nada. Asimismo, en el cabo de Esparte persiguieron a un cárabo que navegaba de Arzila a
Tánger, y lo hicieron encallar en tierra, apoderándose del barco y de las
mercancías. Cerca de Tánger se toparon con otras dos embarcaciones, que desde
aquella ciudad llevaban a España a unos embajadores que el rey de Granada había
enviado a África; a una de ellas, que transportaba muchos caballos (pues la
otra escapó al caer la noche), le dieron la estiba y la hicieron encallar en
tierra; los moros se salvaron, aunque dejaron muchos muertos y sufrieron no
pocos heridos, y murió un soldado de nuestras filas. Se apoderaron de todo el
botín, salvo las personas, y, lo que fue de mayor importancia, las cartas, por
las que el conde se certificó de que los moros de España y Berbería se habían
aliado para sitiar Ceuta; aunque este aviso se repetía por diferentes partes,
con estas cartas se supo con certeza y se pudo tomar el remedio, poniendo la
plaza a salvo y avisando a Portugal.
Pocos días después, mientras Fernán
Barreto, hijo de Gonzales Nuño Barreto, se encontraba de caza junto con otros,
se alejó demasiado, a pesar de que estaba protegido por las atalayas; cayó en
manos de los moros y, aunque pudo haber salvado la vida, prefirió morir como
correspondía a su rango, y tras luchar valerosamente fue dado de baja; y aunque
algunos de los nuestros intentaron socorrerlo, no llegaron a tiempo. Uno de los
que más se adelantó fue Rui Gómez da Silva, quien quedó cautivo y se comportó
en la prisión con tal dignidad que no se supo si, en realidad, ya fuera por su
condición o por estar ya comprometido para casarse con la hija del conde,
sufriría un largo cautiverio; pero, al desarrollarse felizmente el asunto, fue
rescatado en breve, para gran consternación de su amo, quien, al acompañarle
hasta Ceuta, se enteró de la verdad. Posteriormente, al pasar a ser cautivo de
su propio esclavo, vivió siempre como un hombre libre y gozó de muchos favores
por parte de Ruiz Gómez.
Juan Pereira, Diego Vázquez Puerto
Carrero y Lorenzo Anes de Padua zarparon con tres fustas para realizar capturas
en la costa de Gibraltar. En el puerto de dicha ciudad capturaron un careno;
murió uno de los moros, tres resultaron heridos y estos, junto con los demás,
se salvaron en el agua. En este careno, entre otras muchas cosas, hallaron tres
hermosos caballos y diez podencos que el rey de Fez enviaba como regalo al de
Granada, y no llevaba otra hacienda de importancia. Al día siguiente, Diego
Vázquez capturó una fusta en el mismo puerto de Gibraltar; aunque los moros se
arrojaron al agua y se salvaron, el botín fue considerable, pues el barco iba
cargado de ropa, así como de una gran cantidad de plomo como lastre y otras
mercancías de gran valor.
CAPÍTULO 27
Continúan los acontecimientos de Ceuta:
nuestros barcos toman Larache y la arrasan. Se rinden algunos barcos enemigos.
Los moros inician el asedio de esta plaza.
El 25 de junio, el conde intentó
destruir un lugar situado junto a la costa, llamado Almarza, y para ello envió
por tierra a doscientos hombres y por mar tres fustas, capitaneadas por Juan
Álvarez Pereira, Nuño de Goes y un vecino de Cartagena, subordinado al primero.
Llegaron cerca del lugar antes del amanecer, y sucedió que aquella noche se
había quedado allí una tropa de moros que venían a saquear el campo; algunos de
los nuestros se adelantaron, mientras que los demás permanecieron en dos
emboscadas, y al ser descubiertos, aquellos guerreros salieron a combatir. Ya
se había iniciado la escaramuza cuando salió nuestra primera emboscada; a los
primeros golpes puso en fuga a los moros, que se volvieron hacia la segunda,
con lo que quedaron acorralados; de los que iban a caballo murieron tres y
fueron capturados siete; de los que iban a pie, veinticinco; y el botín de
armas y caballos no fue escaso. Gonzalo Vázquez, que se encontraba al mando de
la tropa de a pie, y otros opinaron que debían retirarse a las fustas; pero el
resto de la tropa quiso volver por tierra, tal y como habían salido, y,
descuidados por la victoria, prosiguieron el camino a un ritmo considerable.
Los moros que escaparon avisaron a los
pueblos vecinos, que en breve reunieron a gente para obstaculizar el paso a
nuestra tropa, y lo consiguieron. Al verlos Gonzalo Vázquez tan cerca, hizo que
algunos de sus compañeros se adelantaran con el botín hasta un punto
determinado; y, tras haberlo alejado una gran distancia, dio la vuelta con el
resto de la gente hacia los enemigos, con lo que cayeron algunos muertos más;
al aumentar el número de los que acudían precipitadamente, se abalanzaron sobre
nuestra gente con tanta furia, que en breve la mayoría se dio a la fuga,
quedando cuarenta y seis muertos y cautivos; Gonzalo Vázquez, con solo veintiséis
compañeros, al verse ya perdido, degolló a todos los prisioneros que llevaba y
cortó las patas a los caballos. Juan Alvares Pereira, al ver desde su barcaza
que los nuestros luchaban, intentó socorrerles y, sin demora, desembarcó con su
gente y reunió a todos los que se encontraban dispersos por el campo. Gonzalo
Vázquez se atrincheró en una colina con sus compañeros, donde fue atacado en
tres ocasiones por quienes le perseguían; pero siempre se les hizo frente con
grandes pérdidas de muertos y heridos, hasta que finalmente cayó muerto un
renegado que les persuadía de que se rindieran; con cuya muerte, y con el nuevo
socorro que ya llegaba desde el mar, los moros desistieron de su intento de
someterles y regresaron satisfechos del éxito, que les costó no poca sangre.
Gonzalo Vázquez se unió a la gente de la fusta, y todos juntos regresaron a
Ceuta con un resultado distinto del que podrían haber obtenido si se hubiera
seguido su consejo.
Hacia el mes de julio, el conde
emprendió una empresa de mayor envergadura que las anteriores, que consistió en
tomar por sorpresa Larache y quemar aquella villa, como puerto principal de
Berbería. Para lograrlo, recabó abundantes noticias de personas que habían
estado allí. Larache era entonces un puerto de gran actividad comercial, tanto
de las regiones de Berbería como de España, y por ello rico y poblado de
mercaderes. Los africanos llaman a esta ciudad «Elaraiz de Beniaroz», y es una población antigua, formada por
la propia naturaleza del terreno en la costa del mar Océano Hércules; está
rodeada por un lado por el mar, donde desemboca el río Lucus, o Lisso, y por el otro lado por este mismo río; la barra
presenta una entrada peligrosa, y junto a ella se encuentra un castillo, obra
de Muley Nacer. La ciudad está completamente rodeada de murallas, y junto a
ella hay muchos prados y grandes lagunas, donde se crían infinidad de peces y
aves acuáticas; en las riberas del río hay densos bosques, donde habitan muchos
leones y otras fieras. El conde ordenó que Diego Vázquez de Puerto Carrero, con
tres bergantines, se dirigiera a esta empresa y se reuniera con Juan Barreto,
Álvaro Pérez y Lorenzo Anes de Padua, que hasta aquel momento navegaban en sus
embarcaciones, y que todos juntos atacaran Larache, la saquearan y la
incendiaran. Así se llevó a cabo; pues, una vez que partió Diego Vázquez, se
reunió con los demás y les comunicó la orden del conde, y todos juntos pasaron
la noche en la barra de Larache. La gente desembarcó y fue avistada desde una
atalaya; ante sus gritos se despertaron los vecinos, y aunque esto pudo hacer
que los nuestros dudaran de la empresa, la prosiguieron con el mismo ímpetu.
Guiados hacia la parte más débil de la muralla, la embistieron, pero hallaron
que estaba mejor defendida; lucharon durante un largo rato, hasta que entraron
en la muralla causando una gran mortandad entre el enemigo, que fue aún mayor
una vez que todos estuvieron dentro y se hicieron con el control de las calles;
sin embargo, muchos escaparon por la puerta de la traición y otros se
refugiaron en el castillo, y de todos ellos quedaron cautivos unos
cuatrocientos. Una vez superado este obstáculo, se dedicaron al saqueo de la
villa, que resultó riquísimo; no cabía todo en las embarcaciones, que eran
pocas, por lo que las llamas consumieron gran parte del botín. Una vez cargadas
las embarcaciones con el botín, Diego Vázquez atacó el castillo; pero, al tener
las puertas fuertes, no pudo derribarlas, por lo que se vio obligado a socavar
la muralla, y entrar con otros compañeros, corriendo un gran riesgo; al fin
entraron y, aunque con mucha resistencia, abrieron la otra puerta a la gente,
que puso en fuga a los moros, obligándolos a abandonar el castillo. En él fue
el saqueo de mayor provecho que el de la villa, pues allí habían reunido lo más
precioso de sus haciendas. Se embarcó entonces todo lo que se pudo, y al resto,
así como a toda la población, se le prendió fuego, que en breve la consumió por
completo; y aunque ya habían acudido moros en socorro desde Arcila, los
nuestros pudieron embarcarse sin pérdidas y regresar a Ceuta.
Uno de los capitanes de los tres
bergantines que participaron en esta incursión era un tal Pedro Jiménez, quien,
al salir de la plaza, se apartó de los demás en busca de algún botín. Capturó
un cárabo que iba de Cádiz a Azamor con cuatro moros
y dos judíos, y en una incursión que realizó en tierra mató a tres, cautivó a
cinco y, en otras muchas acciones que llevó a cabo en aquella costa, causó
grandes daños, tanto en muertes como en cautivos. Pero el regocijo por estos
éxitos duró poco, pues, tras haberse detenido unos días en estos Robos, acabó
luchando contra un grupo de moros de a pie y de a caballo, que acudieron a
plantarle cara; y aunque podía haberse salvado en su embarcación y en otra que
le acompañaba, prefirió luchar y morir como un valiente. Así sucedió, y él,
junto con cinco de sus compañeros, pagaron con la vida tras causar una gran
mortandad entre los adversarios; los demás se refugiaron en las fustas y
regresaron a Ceuta. En ese momento, dos bergantines de esta plaza capturaron un
barco de Gibraltar cargado de trigo, haciendo prisioneros a ocho moros; los
demás se ahogaron al intentar ponerse a salvo en la costa.
Por estos días hallo en las memorias que
sigo que un duque alemán, tío del emperador Segismundo, rey de Bohemia, llegó a
Ceuta; fue agasajado por el conde con las honras que correspondían a quien era,
y lo acompañó al campo con los hidalgos; y aunque se alejaron mucho, no hubo
encuentro con los moros. En aquella campaña de Berbería, el duque nombró
caballeros a algunos parientes que le acompañaban; elogió profusamente al Reino
de Portugal por haber logrado una empresa tan santa como la de aquella conquista,
y no menos a los caballeros, que la sostuvieron a costa de tanta sangre; se
detuvo poco tiempo y, tras despedirse del conde con grandes muestras de afecto
y de honrada envidia, prosiguió su viaje.
No cesaban las victorias marítimas,
mientras Berbería se preparaba para un gran asedio. Gonzalo Vázquez de
Ferreira, que se dedicaba a la piratería a bordo de una galera de la que era
capitán, luchó valerosamente contra un barco de moros, en el que había setenta
y siete hombres; y aunque fue rechazado y herido, embistió por segunda vez en
contra de la opinión de sus compañeros, que habían experimentado la primera
resistencia y la desigualdad de fuerzas de los adversarios; tras una tenaz
lucha, los nuestros abordaron el barco bereber; lo sometieron con la muerte de
quince de ellos, la captura de los demás y un botín nada desdeñable, siendo
esta hazaña de mayor importancia que la que se llevó a cabo con los barcos de
Ceuta, pues los moros lucharon con valor y la diferencia numérica era muy
desproporcionada. Hubo muchos otros acontecimientos en el mar que no menciono
para no alargar la historia con hechos de poca importancia y muy habituales en
los presidios de África. A través de los prisioneros de todos estos barcos se
supo de los intentos que tenían los moros de sitiar Ceuta, y de que se estaba
reuniendo un poderoso ejército procedente de toda Berbería; y, de acuerdo con
estos avisos, el conde se disponía a la defensa.
Todo lo mencionado sucedió cerca de tres
años después de la conquista de Ceuta, y, aunque durante todo ese tiempo no fue
sitiada, sino que solo sufrió incursiones, a los moros no les faltaba voluntad
para recuperar tan importante plaza; sin embargo, las guerras internas lo
suspendieron durante tres años, pues Mulei Bucaide se
enfrentó a su hermano, Mulei Jacob, por el señorío del reino de Fez, y en el de
Marruecos hubo en aquella época no pocas disputas por la corona. Pero, una vez
calmadas las inquietudes, el rey de Granada negoció con los africanos esta
empresa, tanto en lo que respecta a la ley en general como a los daños
particulares que sufrían sus costas. No cesó de enviar a sus embajadores a los
reyes de Fez y Marruecos para que se unieran a este asedio, hasta que
finalmente lo consiguió: se acordó que Ceuta quedaría perpetuamente bajo el
dominio de los reyes de Granada, y que él enviaría toda la fuerza naval que
fuera necesaria para esta empresa. Una vez acordado todo de esta manera, se dio
inicio al asedio el domingo 12 de agosto del año 1418. Ese día salieron las
atalayas, vieron que se acercaba gente, aunque escasa, y dieron aviso, tras lo
cual salió el conde con algunos caballos para averiguar sus intenciones. Cuando
llegó a un lugar adecuado, vio que el número era elevado, tanto de infantería
como de caballería, y que por todas partes iban entrando tropas; con esto se
convenció de que su intención era sitiar la plaza, de acuerdo con los repetidos
avisos que le habían llegado de todas partes. Dio orden de que se retiraran las
atalayas y, tras observar detenidamente la formación en la que avanzaban los
enemigos, se retiró a la ciudad para prepararse para la defensa. A
continuación, guarneció todos los puestos de la muralla como mejor le pareció.
A Diego Vázquez Puerto Carrero le encargó que saliera con un bergantín para
observar los movimientos del enemigo, lo cual hizo con rapidez y causando no
poco daño a quienes se encontraban en la playa. Una vez dispuestas así las
cosas, y tras asegurarse el conde del asedio, envió a algunos jinetes y a gente
a pie a escaramuzar, y lo hicieron con gran valor hasta la tarde, momento en el
que salió Juan López de Acevedo a recogerlos; pero ya se encontraban tan
acosados que fue necesario que saliera el conde a recogerlos. Cuando
terminaron, ya caía la noche, por lo que los moros se dirigieron a sus
alojamientos y los nuestros a la ciudad, quedando en el campo algunos almogavares para avisar de sus movimientos, lo que hizo
que, por este motivo, fueran detectados e impedidos cuando, de noche,
intentaron reconocer las murallas. Se colocaron guardias en todas las calas de
la Almina y, una vez dispuesto todo lo demás como mejor convenía, transcurrió
aquella noche sin incidentes de importancia.
CAPÍTULO 28.
Los moros continúan el asedio y lanzan
diversos asaltos contra la plaza. Se producen algunas salidas desde ella y son
repelidos en la última.
Del segundo día tampoco hay mucho que
relatar, pues los moros, a la espera de la armada del rey de Granada, no
intentaron nada nuevo, dedicándose únicamente a organizar sus campamentos para
el asedio. El conde envió tropas de caballería e infantería a la Almina para
custodiarla e impedir el desembarco de los moros, en caso de que llegaran sus barcos,
y a la parte del campo hizo salir a algunos para que entablaran una escaramuza,
con la orden de que se retiraran hasta atraerlos hacia las murallas, y así lo
hicieron, lo que permitió actuar a los ballesteros que las ocupaban. La
escaramuza duró todo el día, y nuestros hombres se iban relevando de vez en
cuando con nuevas tropas, que salían continuamente, en lo que los moros
sufrieron doce muertos y algunos heridos. La noche siguiente transcurrió sin
sucesos destacables, aunque con continuas inquietudes. Al tercer día, los moros
comenzaron a actuar con mayor ímpetu y se hicieron con la torre de Bullones: el
rey había cedido el valle de ese nombre a Juan Pereira, por los numerosos
servicios que le había prestado en esta plaza, y para proteger mejor el valle,
que era fértil, mantenía la torre a su costa con gente y provisiones. Él la
gobernaba y se ocupaba de ella mientras se encontraba en Ceuta, pero en esta ocasión
se hallaba en Portugal, por lo que había dejado a Fernán González a cargo de su
gobierno. Los moros asaltaron la torre y la conquistaron, capturando a quienes
se encontraban en su interior; no se pudo llegar a un acuerdo, por lo que se
rindió, ya que quienes la defendían afirmaban que, tras combates encarnizados y
tenaces, la entregaron agotados, salvando así sus vidas; los moros, por el
contrario, afirmaban que se había rendido mediante engaño, debido a un rumor
que difundieron de que el conde había muerto y su gente se había desbandado, y
mostrando como suya una cabeza que llevaban en la punta de una lanza, y algunas
banderas que habían capturado en el mar: la primera versión se consideró
siempre más verosímil, pues a Fernán González del Arca le caracterizaban el
valor y el brío con que se había comportado en ocasiones anteriores, por lo
que, para que todos lo creyeran, no fallaría en esta ocasión ni se dejaría
llevar por una ligereza como la que referían los moros.
Esto sucedió en la torre de Bullones,
mientras que, a primera hora de la mañana del tercer día, los moros se
enzarzaron en diversas escaramuzas, que el conde alimentaba constantemente con
nuevas tropas, en las que el enemigo sufrió grandes pérdidas, pues, como los
nuestros luchaban al amparo de las murallas sin desbandarse, los ballesteros y
la artillería podían actuar con eficacia, con lo que los enemigos sufrieron
considerables bajas entre muertos y heridos. Este día destacó grandemente Diego
Vázquez Puerto Carrero, que mató a moros en combate cuerpo a cuerpo y resultó
herido; también actuaron con valor Álvaro Méndez y su hermano, uno desde una
torre y el otro desde la coraza. Por la tarde salieron las barcas desde una
ensenada, en la que se encontraban ocultas para desembarcar en la Almina;
fueron avistadas, y se alertó con diligencia a los puestos de aquella zona, a
cargo de Rui Vázquez, Juan López de Acevedo y Martín de Castro. Una vez
incorporadas las fustas, llegaron cerca de la playa y, al intentar desembarcar,
encontraron tal resistencia que se vieron obligados a retirarse. Se reunieron
en consejo e intentaron el desembarco por segunda vez; les sucedió lo mismo que
la primera vez, y a costa de muchas vidas tuvieron que retirarse a la ensenada
sin lograr nada provechoso.
Mientras las galeras intentaban
desembarcar a su gente, los del ejército, divididos en tropas, lanzaron un
asalto general contra la ciudad por todas partes: tanto los del campo contra
las murallas como los de la playa contra las fortificaciones; y la mayor fuerza
se abalanzó contra la Torre de Fez. Fue grande la mortandad que sufrieron en la
primera embestida, pues los nuestros estaban bien preparados y muy bien
ordenados, y como la multitud de los adversarios era numerosa y se acercaron
tanto, no fallaron ni un solo tiro. En la Torre de Fez, un soldado —cuyo nombre
no debería caer en el olvido— realizó algunas hazañas dignas de elogio, pues,
cuando dos moros se abalanzaron con una escalera contra la torre, derribó al
primero de un disparo de ballesta; y cuando el otro intentó levantar al muerto,
le clavó la adarga en el pecho y lo dejó sin vida; sus muertes causaron tal
espanto entre los demás, que no se atrevieron a intentar por segunda vez
acercar la escalera por aquel lado. Murieron en este asalto dos valerosos
caudillos; a uno de ellos lo mató Fernán Rodríguez de Buarcos, y al otro, Abu,
a quien él mismo le clavó una flecha en un brazo. El mayor ímpetu se centró en
la coraza, y así acudió el conde a esa zona con pronta ayuda, con lo que la
mortandad de los moros fue mayor en ella. En este puesto se encontraba Gonzalo
Vello, criado del infante don Enrique, quien más tarde fue comendador de Santa
María de las Azores y alcaide del castillo de Almourol;
defendía la parte de la muralla que se extiende hasta Barbaçote,
y mantuvo su posición junto a quienes le acompañaban con gran esfuerzo, hasta
que el valor de los nuestros cedió ante la multitud de los enemigos, quienes, a
costa de muchas vidas, entraron en aquella zona. Aunque el conde fue avisado de
inmediato, no pudo acudir en su ayuda con tal rapidez que no encontrara dentro
a treinta moros apoderados de la muralla, que se encontraba desprotegida, salvo
Gonzalo Vello, quien, junto con otro caballero, defendió valerosamente su
posición; y aunque intentaron impedir la entrada, no lo consiguieron hasta que
se retiraron luchando. Ya para entonces habían llegado portugueses en ayuda a
aquel lugar, quienes, al unirse a la lucha, embistieron con tal ferocidad
contra los moros que les obligaron a abandonar lo que habían conquistado,
siendo siempre Gonzalo Vello quien iba al frente, quien mató al último moro que
quedó sobre la muralla y resultó herido en esta ocasión. Muchos otros perdieron
la vida en ella, tanto en la refriega como al precipitarse por los acantilados
o ahogarse; y, habiendo sufrido daños considerables por todas partes, al ver lo
poco que habían logrado las fustas, se retiraron a sus cuarteles, sin que al
conde le quedara otra preocupación que prevenir, aquella noche, la llegada de
nuevos refuerzos de gente y víveres a los puestos de mayor peligro. Gran parte
del éxito se debe a las mujeres, pues prestaron tal servicio que no fue
necesario que ningún soldado se alejara de las murallas; y no solo ayudaron de
esta manera, sino que muchas, tras cambiarse de ropa y bien armadas, hicieron
más de lo que cabía esperar de su frágil sexo.
Al día siguiente, miércoles, nada más
amanecer, el conde envió a algunos almogávares a entablar una escaramuza con
los moros; y aunque estos tardaron algún tiempo en aparecer, al fin se
enzarzaron en combate y los hicieron retroceder hasta las murallas, donde
sufrieron grandes pérdidas y se vieron obligados a retirarse, dejando muchos
muertos. No ocurrió nada más digno de mención ese día, salvo que llegó a la
ciudad un hombre de Elche, quien proporcionó información importante sobre los
planes del enemigo y advirtió de que al día siguiente se llevaría a cabo un
segundo asalto. El conde dedicó la noche a reparar algunas partes de la muralla
que habían resultado dañadas, obra que se realizó con gran rapidez y resultó de
gran utilidad para la resistencia. Al amanecer del día siguiente, los moros
intentaron el asalto y, al salir de la ensenada las fustas bien reforzadas con
hombres, embistieron la playa. El conde envió de inmediato repetidos refuerzos
para impedir el desembarco. Al ver el ejército que las fustas arremetían por la
Almina, acudieron con valentía a las murallas provistos de numerosas escaleras,
y fueron resistidos de tal manera en todas partes que pronto cedieron ante
aquel ímpetu, quedando muchos muertos y retirándose no pocos heridos. Por el
lado del mar, el combate fue más encarnizado, aunque se resistió con igual
valor: los moros se acercaron tanto a la muralla que muchos perdieron la vida a
causa de las losas que les arrojaban; insistieron durante algún tiempo por
todas partes, pero encontraron tal resistencia que, con numerosas bajas, se
vieron obligados a retirarse.
Las fustas de la Almina se comportaron
de tal manera que lograron llegar a la playa, aunque con gran resistencia:
saltaron los primeros doscientos moros, valientes y bien armados, y,
dividiéndose en dos grupos, uno embistió la puerta y el otro un albanar, que
desde la Almina, por debajo de la muralla, salía a la playa tan alto que cabía
gente de pie por él, y tan ancha que podían entrar de dos en dos: los moros
eran gente selecta y valiente, y se empeñaron de tal manera que los nuestros,
abandonando las armas, la desampararon vergonzosamente, pues se trataba de
gente del pueblo y, en su casi totalidad, sin experiencia, quienes defendían
aquel puesto; pero llegó tan pronto el socorro de soldados veteranos que no se
perdió; más bien, unidos opusieron tal resistencia que, a costa de la muerte de
muchos, obligaron a los enemigos a retirarse para reorganizarse con la
intención de volver pronto al combate. Los que cargaron por el albanar
penetraron tan profundamente que uno salió por el otro lado, y ya le seguían otros,
cuando Alfonso Pérez, desmontando del caballo, le atravesó el pecho con la
lanza, dejándole muerto; y a él le habría ocurrido lo mismo de no ser por el
socorro de otros, que, tras la muerte de un segundo moro, le obligaron a
retirarse. Una vez que se reagruparon los combatientes, embistieron por segunda
vez con el mismo valor que antes y habrían escalado la muralla de no ser por la
valerosa resistencia que se les opuso. En lo más encarnizado del combate, y con
los portugueses casi sin esperanzas de poder defender las murallas de la
Almina, el conde hizo salir por la zona de la playa una tropa selecta de
caballería, en la que se encontraban Rui Vaz Pereira, Juan López de Azevedo,
Gonçalo Vázquez y otros caballeros; y aunque la marea estaba alta, se vieron
obligados a cruzar casi a nado y con gran peligro; al fin llegaron de improviso
al lugar donde los moros atacaban la muralla, y los embistieron con tal valor
que los desbarataron, causando la muerte de muchos. Esto les sucedió en el
primer ímpetu, pero cuando los adversarios quisieron valerse de las
embarcaciones para salvarse, la mortandad fue mayor, pues unas estaban
apartadas y otras en seco. Los enemigos, asustados y desordenados, y los
nuestros, atentos a aprovechar la ocasión —lo cual se logró con éxito—,
impidieron al mismo tiempo que los moros entraran en la muralla y los
desbarataron de tal manera que fueron pocos los que pudieron salvarse. Todos
merecieron gran elogio por lo que hicieron ese día, y en particular Gil Alonso
Almoxarife y otro oficial del Rey, pues murieron muchos moros a manos de ellos;
pero el valor con el que actuaron las mujeres merece que no caigan en el olvido
ni los nombres de algunas de ellas, ni lo que hicieron. Leonor Alonso, esposa
de un tal Lope Martínez, mató a un moro desde la muralla; otra mujer soltera
llamada Catalina de Santiago mató a otro y hirió a
varios; la esposa de un tal Rui Gómez, que junto a él ayudaba a defender la
puerta, resultó herida junto con su marido mientras luchaba y le ayudaba con
gran valor. Hubo muchos otros heridos; pero no sabemos si en este asalto
muriera alguno de los nuestros. La galera mayor de los moros se vio en apuros
al encontrarse en aguas poco profundas, pero salió del peligro, aunque a costa
de muchas bajas; las demás quedaron tan destrozadas que algunas, de veintiséis
bancos, ya no podían ser gobernadas con más de ocho remos.
CAPÍTULO 29.
Se levanta el asedio y llega en socorro
don Alonso de Norona. Se unen los moros de España y de África para asaltar por
segunda vez la plaza. Los granadinos defienden la Almina.
Al ver los miembros del ejército el mal
resultado de los ataques, se desanimaron en el combate, y muchos comenzaron a
abandonar el campamento; en menos de media hora faltaba la mayor parte, sobre
todo por falta de provisiones, ya que no podían abastecer a una multitud tan
grande como la que suele concurrir en África a asedios de este tipo. Esta
situación se prolongó durante cinco días, en los que cada uno consumió lo que
pudo sacar de su aldea, tras lo cual la mayor parte abandonó el campamento.
Quedó junto a la muralla una gran cantidad de escaleras, que intentaron
retirar, pero se lo impidieron con una salida en la que murieron muchos; y para
que el día fuera plenamente dichoso, Diego Vázquez, con un bergantín, capturó
tres barcazas de moros (aunque se le escapó la gente) cargadas de trigo, sin
sufrir ningún daño.
Al ver los principales caudillos de los
moros que les faltaba tanta gente y que ganar la batalla parecía entonces
imposible, decidieron levantar el asedio y lo llevaron a cabo, dejando a los
nuestros libres de esa preocupación, aunque no por ello el conde bajó la
guardia, pues, aunque se hubieran marchado, no dejó de prepararse como si se
encontrara en lo más intenso del asedio. A pesar de que la gente estaba
cansada, mandó reparar los daños que habían sufrido las murallas con tal
rapidez como si supiera que al día siguiente volvería el enemigo. Su discurso
no fue en vano, pues el martes siguiente le llegaron cartas de Tánger, en las
que se le avisaba de que había estado en aquella ciudad un vecino de Málaga,
quien certificaba que el rey de Granada estaba preparando su flota para
dirigirse a Ceuta. Tras este aviso llegaron muchos otros de diferentes lugares,
que confirmaban lo mismo; y así lo escribió en particular Rui Gómez de Silva,
que se encontraba cautivo, y la verdad se confirmó posteriormente gracias a
muchos moros que fueron capturados y a las cartas que se incautaron. Con estos
avisos, el conde se preparó de nuevo para la defensa, tras haber salido de un
asedio de tal peligro que, según afirman las memorias de aquellos tiempos, en
él concurrían ciento veintidós mil bárbaros.
Tan pronto como los moros iniciaron el
asedio mencionado, el conde envió a Portugal, a través de Tarifa, a dos
sirvientes con cartas, advirtiendo de la difícil situación en la que se
encontraba. El rey tenía entonces noticias de que los castellanos pretendían
entrar en Portugal, por lo que el infante don Pedro se encontraba en la
frontera en Villa Real, el infante don Enrique en Viseu y el conde de Barcelos
en Berganza. Pero estas sospechas se disiparon, pues los castellanos no
intentaron nada nuevo; y el rey cayó gravemente enfermo, mientras se encontraba
en el palacio de la Sierra, de lo cual fueron avisados sus hijos; y las
antiguas memorias, que sigo, señalan que el infante don Enrique, en un día y
una noche, llegó hasta donde se encontraba su padre; lo cual supuso cuarenta
lenguas. Una vez que los infantes se encontraron con el rey, llegaron las
primeras noticias del asedio de Ceuta, incluso antes que las cartas del conde;
y, aunque la enfermedad le agobiaba, se ocupó sin demora del socorro. Hizo que
su hijo mayor, don Duarte, partiera de inmediato hacia Lisboa para preparar la
armada, con la orden de que se difundieran las noticias y se prestara socorro
con la mayor brevedad. El infante don Enrique, como quien había tenido tanta
participación en la empresa de Ceuta, pidió permiso a su padre para unirse al
socorro. Este le respondió que, por el momento, no se necesitaba su presencia;
pero que, si llegaban nuevas noticias de que la situación se agravara, se lo
concedería; que, mientras tanto, partiera con don Duarte hacia Lisboa para
preparar la Armada y esperara nuevas instrucciones. Los infantes partieron
aquella noche y, tras viajar toda la noche, llegaron a Lisboa poco después de
la salida del sol —un trayecto de 13 leguas— y, sin demora, comenzaron a cumplir
las órdenes de su padre; allí encontraron las primeras cartas del conde, que
avisaban del asedio y pedían socorro, escritas el segundo día tras la llegada
de los moros a Ceuta. El infante don Enrique, tras recibir este aviso, sin más
demora, partió a pedir permiso a su padre para acudir en socorro, y este se lo
concedió de buen grado, como quien había comprobado de sobra su valor y su
celo; y en el trayecto de ida a Lisboa y en el de vuelta desde la sierra,
recorrió 26 leguas en 15 horas. Regresó luego a Lisboa acompañado del conde de
Barcelos y de otros señores y hidalgos; y, al llegar,
encontró segundas cartas del conde, en las que avisaba de que los moros habían
levantado el asedio y relataba los acontecimientos de los cinco días que este
duró. Este aviso no bastó para que don Duarte descuidara socorrerlo, si bien no
con todo el grueso de las tropas que antes se necesitaba, al menos con algunos
hombres que suplieran a los que pudieran faltar en la guarnición a causa del
asedio; y así envió de inmediato a don Juan de Norona como gobernador de
seiscientos hombres; y como capitanes a don Fernando de Norona, que más tarde
fue conde de Villareal y general de Ceuta; a Pedro Vázquez de Almada, a Juan
Pereira de la Mano, a Rui Borges de Souza, a Luis González, que más tarde fue
interventor de la Hacienda de Lisboa; a Vasco Martínez de Albergaria y a Juan
de Almeida. Se trataba de gente selecta, y tuvieron un viaje tan rápido que en
tres días llegaron al puerto de Ceuta. Además de esta gente que don Duarte envió
desde Lisboa, partieron de la ciudad de Oporto Hernán de Saa, su alcaide mayor,
y Diego Suárez de Padua, que estaban a punto de partir desterrados a Ceuta. Del
Reino del Algarve partieron, tras recibir el primer aviso, el señor Carlos,
hijo del almirante, y Alonso Vaz de Acosta, con toda la gente que pudieron
reunir.
Cuando llegaron a Ceuta, los moros ya
habían levantado el asedio; y como el conde tenía diversos avisos de que
volverían con más gente y una flota mayor, permanecieron un mes a la espera sin
que se produjera ninguna novedad. Esto provocó entre los recién llegados no
pocas murmuraciones contra el conde, atreviéndose a decir que, ante los
primeros moros que habían visto, el miedo le había llevado a perturbar el
reino, pidiendo socorros poco necesarios; y así se decidió la mayor parte de
ellos a decirle a don Fernando de Norona que querían volver a Portugal; al ver
su resolución, y dado que, por otra parte, los moros no regresaban, les
concedió permiso y les permitió embarcarse para esperar el momento adecuado
para el viaje; y aunque entonces el tiempo era favorable, Dios quiso que
cambiara pronto, lo que provocó que se retrasara la expedición. Esperaban un
cambio de tiempo, cuando un domingo por la noche se avistó un fuego en lo más
alto de la cima, que duró unas cuatro horas, y confirmó al conde, a los demás señores
y a los capitanes las sospechas que tenían, y en que, mediante él, se avisaba a
las costas de Granada de que era el momento de que zarpara la armada, por lo
que enseguida se dispusieron a organizar la defensa. Pero no cesaron, sino que
aumentaron los rumores de quienes se encontraban embarcados, quienes decían
públicamente que ahora experimentaban las dificultades que el Reino tenía con
el general de Ceuta, pues bastaba un fuego —que tal vez encendían los pastores—
para perturbar a todo el Reino; y que se había quedado tan temeroso de las
amenazas pasadas, que las sombras de los árboles le asustaban. El conde, tan
pronto como amaneció, ordenó colocar centinelas en puestos adecuados para que
le avisaran cuando salieran los barcos de Gibraltar; reforzó y preparó las
murallas; y, siendo ya la hora de tercia, comenzaron a salir de Gibraltar las
fustas, así como las galeras y el resto de embarcaciones menores, y en breve
llegaron todas juntas al puerto de Ceuta. Eran en total sesenta y cuatro velas,
y las galeras remaron desde la punta de la Almina, frente a la ciudad, y se
dirigieron a Bullones. Navegaban en ellas toda la nobleza y la fuerza principal
de los moros, cuyas esperanzas se fundaban en desembarcar en la Almina, pues
creían que esto bastaba para conquistar la ciudad. Como toda aquella gente del
Reino de Granada era valiente y estaba curtida por las continuas guerras que
habían librado en Castilla, hubo entre ellos algunas discusiones sobre el lugar
por donde debía realizarse el desembarco. Los gobernaba un valiente moro,
aunque joven, llamado Muley Zaide, sobrino del rey de Granada. Este dijo que
todo el grueso de las tropas se dirigiera hacia la Almina y que dieran a
entender que querían desembarcar por un lado; y que, una vez que los cristianos
hubieran acudido allí, él, junto con otros, saldría a la playa por el otro lado
de Barbazote.
Cuando el conde vio que los moros se
dirigían hacia la Almina, comenzó a distribuir sus guardias por la ciudad para
defenderse de los asaltos por tierra; y dado que el puerto de la Almina era el
de mayor importancia, tuvo que encargar su defensa a don Juan de Norona, quien
era la persona de mayor rango que se encontraba entonces en Ceuta, como nieto
de dos reyes: don Enrique de Castilla, por parte paterna, y don Fernando de
Portugal por parte materna; y, gracias a tan ilustre linaje, poseía todas las
mejores cualidades naturales de valor, seriedad, amabilidad y cortesía en grado
superior. Don Juan aceptó el cargo de buen grado, al ver que se le encomendaba
el de mayor riesgo y que los moros tendrían que esforzarse más por
conquistarlo, ya que era el de mayor importancia para entrar en la ciudad, y,
tras reunir a toda su gente, se dirigió a la Almina, acompañado de Pedro
Vázquez Almada, su hermano Luis Vázquez de Almada, Alonso Pereira, Juan
Pereira, Luis González Malafaya, el señor Carlos, Álvaro Barreto, Martín de
Castro, Pedro Lopes Azevedo y otros caballeros y
capitanes; llegó y guarneció todos los puestos convenientemente. Ya en ese
momento las galeras del enemigo se acercaban a la plaza, y enviaron a los
barcos pequeños a que capturaran nuestras embarcaciones, que se encontraban
junto a las corazas; y aunque hicieron todo lo posible, no lo consiguieron,
retirándose con muchos muertos y heridos. Las galeras, siguiendo el consejo que
habían recibido en Bullones, embistieron por un flanco con gran ímpetu, y los
nuestros les impidieron la salida con igual valor. Cuando la refriega estaba
más encarnizada, Mulei Zaide se separó de su grupo principal y, rodeando la
plaza con algunas embarcaciones, llegó a tierra sin encontrar resistencia; y
cuando se avisó a los nuestros, ya había mil quinientos moros en la Almina, de
los cuales la mayor parte ocupó enseguida la montaña principal. Luis González
de Albergaria, Juan de las Águias, Alonso Pereira y Nuño de Barros, que se
encontraban a caballo, se apartaron y los embistieron con gran valor; tras
haber matado a cuatro de la multitud enemiga; pues ya Don Juan, desesperado por
seguir resistiendo, se había retirado con toda su gente hacia la puerta de la
ciudad, al verse los cuatro en tan evidente peligro, procuraron salvar la vida
y lo hicieron con tal valor que cada uno derribó a un moro a sus pies, aunque
no sin gran esfuerzo, pues Juan de las Águias quedó allí muerto, Alonso Pereira
resultó herido y a Nuño de Barros le mataron el caballo, aunque él se salvó.
Acudió en su ayuda don Juan con toda su gente, y murieron siete moros en la
refriega, uno de los nuestros, y de ambas partes hubo muchos heridos, en
particular don Juan de Norona, quien recibió en esta ocasión una herida, a
causa de la cual murió poco tiempo después en Portugal, en la villa de
Almodóvar. Dado que la multitud era tan numerosa, y se hacía cada vez mayor con
los que desembarcaban por todas partes, los nuestros no pudieron resistir su
furia, por lo que tuvieron que retirarse a la ciudad, luchando en buen orden; y
en ese momento había en la Almina más de cinco mil moros.
CAPÍTULO 30.
Los moros inician los asaltos a la
ciudad. Parten los infantes don Enrique y don Juan en su ayuda: huye la armada
enemiga, dejando en tierra al ejército granadino.
La campaña, en la zona de Berbería,
estaba ocupada por una multitud innumerable de bárbaros, que acudieron de todas
partes a este asedio. Hebor y Mohamed Angelin eran los principales caudillos;
quienes, al ver el buen éxito de los granadinos y andaluces que se habían
apoderado de la Almina, iniciaron por su parte el asalto a la ciudad; y aunque
la resistencia fue tenaz y la defensa sólida, y entre ellos hubo numerosas
bajas, a muchos de los nuestros les faltó el ánimo; pero no así al Gonde, que
se encargó de animarles y disponer lo que convenía, socorriendo con efectivos y
municiones a los puestos que lo necesitaban. Por nuestra parte, sin contar a
los de la Almina, murieron otros tres soldados; estos perdieron la vida, aunque
más bien por los errores de las saetas, que debieron de ser heridas mortales;
se reconoció el daño, pero se previno de inmediato con el remedio, y así se
evitaron muchas muertes en los días siguientes.
Al conde le pareció que la salida que
los moros hicieron por tierra por la zona de la Almina no sería tan perjudicial
como si la hubieran emprendido en alguna otra parte de la costa; y, por tanto,
impedirla fue su mayor preocupación, ordenando que cincuenta caballos y cien
infantes vigilaran la playa. Esta medida resultó tan importante que, aunque se
esforzaron por superarla, no pudieron lograrlo, pues en todas partes se les
impedía el desembarco, hasta que desistieron; al ver que por aquel lado se les
impedía el paso, intentaron derribar algún tramo de la muralla para asaltar la
ciudad; ya entonces se utilizaba el violento invento de las bombardas, como
vimos en la conquista de esta plaza, y los moros traían en su ejército dos, lo
cual era una gran cantidad para aquellos tiempos, pues esta diabólica ofensiva
se encontraba aún en sus inicios. Apuntaron contra la muralla, pero con
infructuoso resultado, pues al ver nuestros hombres que por allí se les podía
infligir el mayor daño, intentaron contrarrestarlo con el mismo medio; y aunque
las bombardas del enemigo estaban bien preparadas, un ingeniero experto realizó
un disparo tan acertado con una pieza que destrozó la principal del enemigo,
mató al artillero, y a tres ayudantes, con lo que no quedó nadie capaz de poner
a salvo la otra, y se quedaron, desde luego, sin artillería, que era su
principal fuerza. Los moros quedaron desanimados ante este suceso; y
continuaron los combates por todas partes, siempre con gran perjuicio para
ellos: en la Almina fue más reñida la contienda, y aunque los moros que la
libraban se retiraban con grandes pérdidas, no cejaban en el combate, pues se
trataba de la élite y la principal nobleza del Reino de Granada.
Tan pronto como se supo en Tarifa los
preparativos que los moros estaban realizando para tomar Ceuta, el alcaide de
aquella fortaleza avisó con toda celeridad al rey don Juan, para que buscara
socorro. Este se encontraba aún en el Palacio de la Sierra, y tan pronto como
este aviso llegó a Lisboa, los infantes partieron para pedir permiso a su padre
a fin de participar en esta campaña. Don Enrique la obtuvo, y al enterarse Don
Pedro —que en aquel momento se encontraba en sus tierras, a treinta leguas de Lisboa—,
temiendo que, si la solicitara, no se la concedieran, y deseando participar de
cualquier forma, se trasladó de incógnito a Lisboa con la intención de
embarcarse sin ser reconocido, haciéndose pasar por criado de alguno de los
capitanes que se preparaban para la expedición. Pero, al descubrir incluso un
religioso su propósito, este lo hizo público poco después en un sermón, pues,
para concluir el mismo, pidió que encomendaran a Dios la situación actual del
reino, a sus infantes y, en particular, a don Pedro, de quien sabía muy bien
que se encontraba oculto en Lisboa, y que se encontrarían en esta expedición;
con lo cual se hizo pública su decisión y se supo que se encontraba en Lisboa,
por lo que se decidió solicitar permiso a su padre, que no concedió, ni tampoco
el príncipe don Duarte. Pero, tras ordenar que ambos partieran hacia el Algarve
para esperar noticias y ocuparse de los preparativos, dispuso que partiera de
inmediato el infante don Enrique con el refuerzo, y que le acompañara el
infante don Juan, que en aquel momento tenía diez y ocho, o diez y nueve años,
y aún no había salido del Reino. Don Enrique partió con gran celeridad del
puerto de Lisboa y, al llegar al cabo de San Vicente, se topó con algunos
barcos moros cargados de trigo y vino, que se rindieron, lo cual supuso un
socorro de gran importancia y un gran beneficio en aquella ocasión. La Armada
llegó a Lagos y, aunque los capitanes persuadían al infante de que partiera sin
demora, al no encontrar a sus hermanos —que viajaban por tierra—, quiso
esperarlos. Llegaron a la ciudad de Faro, adonde también se dirigió don Enrique
por ese motivo, y tras la orden del rey de que prosiguiera su camino sin
detenerse; y de que los infantes permanecieran allí a la espera de noticias, y
que, si la situación se agravara hasta tal punto que se requiriera su
presencia, se les concedía permiso, y que él mismo acudiría personalmente si
fuera necesario.
El conde, como capitán prudente y
experimentado, al ver que los moros aumentaban por momentos y que la presión
del frente era mayor, y al recibir, por otra parte, avisos continuos de que el
rey de Granada se disponía a participar personalmente en esta empresa, se
dispuso a escribir al rey informándole de la situación en la que se encontraba.
Envió a Alonso García de Queirós en una galera bien equipada y dotada de gente
selecta, para que se dirigiera directamente a Portugal con el aviso,
preparándose lo más pronto que pudo; partió una noche con gran cautela, por
temor a ser detectado por la flota enemiga; pasó afortunadamente por ella y, en
cuanto se vio algo alejado de ella, hizo remar con diligencia y cuidado; y,
tras pasar por Tarifa, a siete leguas de Ceuta, amaneció en el cabo de la
Plata, continuando su viaje hasta llegar a la Peña Oradada,
junto al cabo de Trafalgar. Al ver a la gente agotada, se detuvo allí hasta el
cuarto del alba, momento en el que comenzó a doblar el cabo. Al amanecer se
percataron de que nuestra armada se encontraba en calma: recibieron con gran
alegría tan buen resultado y, al acercarse rápidamente a los barcos, se
enteraron por el primero —que era el General— de que el Infante don Enrique
había acudido en su ayuda, cuyo barco era entonces la fusta; y al enterarse los
Infantes, por Alonso García, de la difícil situación en la que se encontraba la
ciudad, de la tenacidad con la que los moros se empeñaban en conquistarla y de
que, dada la situación en la que se encontraba, podían sufrir un gran daño
gracias a nuestro socorro, se mostraron complacidos. Don Enrique reunió a los
capitanes y deliberó sobre lo que debía hacerse. Acordaron que convenía entrar
de día en el puerto, y así lo ordenó, y que nadie se adelantara, y dispuso las
órdenes para el desembarco; avanzando la armada con escaso apoyo del viento,
pasaron aquel día por Tarifa, fueron avistados desde Gibraltar, donde se
encontraba el rey de Granada, enviando continuos refuerzos a su ejército, y
preparándose con diligencia para cruzar a África. Al ver esto, dado que la
armada era grande y presentaba un magnífico despliegue, el Bárbaro se desmayó,
al considerar no solo que la plaza estaba socorrida, sino también al presagiar
una gran desgracia para su gente, en la que tenía mucho en juego, pues tenía
comprometida a la más valiente y noble del Reino. Hizo avisar de inmediato a
los sitiadores mediante diversas señales desde Gibraltar, para que advirtieran
del peligro; pero, como estos no tenían vista de la armada, pensaban que se trataba
de infundirles ánimo y esperanzas de nuevos refuerzos. Así, avivaban aún más
los combates y proseguían el asedio con mayor esfuerzo.
Algunos moros, que en la Almina se
afanaban en enterrar a los muertos, vieron las señales de Gibraltar y de otras
partes de su costa, y, sospechando que no podía ser sin una causa de gran
importancia, avisaron a los cabos, y estos enviaron a un hombre al castillo de
la Almina para que comprobara si había velas en el estrecho. Llegó y, al ver
que un barco se acercaba a la punta de Bullones, encendió una hoguera; vio un
segundo barco y encendió una segunda hoguera, con lo que los moros
comprendieron que había llegado socorro de Portugal, y tal fue la confusión
entre todos que comenzaron a flaquear en el combate; y lo hicieron aún más
cuando el moro encendió doce fuegos seguidos y, poco después, esparció el fuego
por todas partes como señal de que los barcos eran tantos que ya no se podían
contar; tal fue la confusión entre los moros, especialmente entre los que se
encontraban en la Almina, que no sabían qué consejo seguir ante un éxito tan
repentino. Las galeras se encontraban todas del lado de Barbazote,
y Mulei Zaide, como hombre experto y valiente, ordenó que ellas, y los barcos
que se encontraban al otro lado de la montaña, se dirigieran de inmediato a la
Almina por todas partes para embarcar a la gente; pero de todas ellas, solo una
obedeció, pues las demás, ya fuera porque se sentían menos libres de actuar o
porque consideraron que les convenía más ponerse a salvo, no solo no llegaron a
embarcar a la gente, sino que al instante se dispusieron a partir hacia
Gibraltar.
El conde, al ver tan desconcertado al
enemigo, comprendió que contaba con refuerzos y, como capitán prudente, se
preparó mejor para la defensa y puso en orden a su gente; ordenando a los que
custodiaban las murallas que en ningún caso salieran de ellas, pues temía —como
quien conoce el carácter de los portugueses— que, al ver a los moros en
desorden, salieran confusamente contra ellos, lo cual habría sido un gran
inconveniente, dado que nuestra gente era tan escasa y la de los moros, tan
superior en número. Para evitarlo, duplicó las guardias de la muralla,
colocando a personas de prestigio y en puestos que inspiraran respeto a los
demás. Envió orden a don Juan de Norona para que le esperara firme en su
puesto, pues estaba disponiendo lo necesario para el socorro y que en breve
estaría con él; pero las cosas ya no se encontraban en esos términos, pues la
nación portuguesa nunca dejó de aprovechar las ocasiones, aun en contra de los
preceptos militares, aun en contra de las órdenes de sus superiores; circunstancia
que le ha reportado éxitos sumamente felices y fracasos sumamente lamentables
en sus conquistas.
CAPÍTULO 31.
Nuestros hombres salen hacia la Almina y
son rechazados. El conde acude en su ayuda y sale victorioso. Los infantes
desembarcan para prestar socorro.
Don Juan de Norona quiso retener a sus
hombres, tanto para obedecer a su general como porque le pareció que, si
esperaban, aprovecharían mejor la ocasión; pero los caballeros y capitanes que
le acompañaban, sin miramientos y sin recibir orden alguna, se lanzaron al
campo de batalla para luchar contra los moros e impedir su embarque. Don Juan
decidió seguirles con el resto de sus hombres, para que el peligro y el
desorden fueran menores, y así, al salir por la puerta de la Almina, se
enfrentaron a los moros. Aquí se mostró valeroso su general, pues al ver a los
nuestros decididos a impedirles el embarque, con gran valor y ardor, montado en
un valiente caballo, gritando a los suyos —que avanzaban desordenados—, los
reunió rápidamente en un solo cuerpo; y no solo esperó a los nuestros, sino que
salió a recibirlos y les dirigió estas breves palabras. “Esta es, valerosos
granadinos, la ocasión más propicia para que los cristianos vuelvan a comprobar
vuestro valor, que tantas veces han reconocido; nuestro peligro es grande, pues
por mar se acerca su armada y por tierra los sitiados para impedir nuestra embarque:
ya no nos queda otra opción que morir como valientes o perecer como cobardes: a
lo primero deben aspirar más sus valerosos corazones; y puesto que así es, embistan
con ánimo, y que la muerte sea la última corona de su valor, para memoria
eterna de nuestra belicosa nación.” Así habló y, empuñando la espada, embistió
a los portugueses con tal valor que, aunque en ambos bandos se luchó
valerosamente, al fin el ardor lusitano cedió ante la multitud granadina; y
aunque no dieron la espalda, se retiraron en orden al amparo de las murallas.
Entre ellos se encontraba su valeroso capitán, don Juan de Norona, luchando
como correspondía a quien era, y, tras reunirlos de nuevo, lanzó una segunda
embestida; pero, con igual resultado, por segunda vez se retiraron sin poder
hacer frente a la multitud de aquellos bárbaros, quienes, con este buen
resultado, se pusieron en orden de retirada para tomar las embarcaciones. Ya
para entonces había dispuesto el conde todo lo necesario al otro lado de la
ciudad; y, volviendo sin demora a la Almina, encontró a nuestra gente en
apuros. Olvidando el enfado por la desobediencia, y solo preocupado por
aprovechar plenamente la ocasión, con el resto de la gente que le acompañaba
salió hacia la Almina, y al unirla con la que ya se encontraba allí formó su
escuadrón, y les dijo: “Hoy es el día, señores, en el que más presente debe
estar en sus memorias el valor y la virtud de sus antepasados: bien han visto
lo que estos bárbaros pretendían en este asedio; pues de haber tenido éxito en
sus intentos, en muy poco tiempo habríamos perdido todos la vida o, como
mínimo, la libertad. Ha llegado la ocasión en la que podemos vengarnos de su
soberbia; si ahora la dejan pasar, nunca volverán a encontrarla tan propicia
para asegurar su tranquilidad; no queda más que encomendarse a Cristo, armar
los corazones con su santísima Cruz y atacar por todas partes sin perdonar a
nadie; pues hoy es el día en que debemos inmortalizar nuestra fama, y en el que
debéis saciar el hambre de honor que siempre habéis tenido.” Dijo esto y,
espoleando al caballo y empuñando la lanza, se adentró el primero entre los
moros, que se retiraban en orden hacia la playa; al ver ellos la determinación
de nuestra gente, muy pronto les dieron la espalda y esperaron; y, una vez
entablada la batalla, se luchó por ambas partes con valor y determinación. Se
distinguió con gran valentía Muley Zayde, sobrino del rey de Granada, luchando
con gran esfuerzo y animando a los suyos con igual esmero. Pero no bastó para
que, en un instante, su ejército se viera mermado, tanto por los muertos, que
eran muchos, como por los que se refugiaban en las playas con la esperanza de
salvar la vida. El conde se encontraba en ese momento con la lanza rota y el
caballo muerto, y en gran peligro; pero pronto fue socorrido con otro, y al
montarlo, comenzó a llamar a los suyos y a decirles que conquistaran el monte
de la Almina; y aunque costó mucha sangre a ambos bandos, al fin los moros lo
abandonaron. En esta subida, el conde —que, como siempre, se encontraba entre
los primeros— recibió un golpe de piedra en la cabeza que le dejó inconsciente
durante un largo rato; perecieron Fernán Rodríguez de Buarcos, valeroso soldado
que había prestado grandes servicios a la Corona en este frente, y Diego
Vázquez Puerto Carrero, quien había realizado tantas hazañas en su defensa.
Fernán Rodríguez del Cadaval recibió una herida mortal, a causa de la cual
perdió la vida en pocas horas; también resultó herido Vasco Martínez de Albergaria,
que luchó valerosamente, y aunque murió años después de haber presenciado
aquellos hechos, falleció a causa de la misma herida. Sueiro da Costa, criado
del infante don Duarte, merece grandes elogios por lo que hizo en esta ocasión,
pues, al quedarse solo frente a tres valientes moros con los que luchó durante
un largo rato, mató a dos de ellos, hirió gravemente al tercero y, de este,
recibió una puñalada que le costó una mano. Posteriormente fue alcaide de Lagos
y, con la mano que le quedó, realizó después no pocas hazañas en Guinea, lo que
le valió otros premios bien merecidos por su valor. Muchos otros portugueses
resultaron heridos en esta refriega, de los cuales la mayoría sobrevivió, y los
que fallecieron posteriormente lo hicieron más por el veneno de las armas que
por la gravedad de los golpes.
Las galeras y fustas de los moros, al
ver a nuestra armada tan cerca, intentaron ponerse a salvo; y de las once naves
de gran tamaño que allí se encontraban, solo una no zozobró en el cabo de la
Almina, pues fueron tantos los moros que acudieron a ella para salvar sus vidas
y su libertad, que se hundía sin remedio. El capitán y los oficiales, para que
no perecieran todos, ya no se dedicaban más que a cortar manos, brazos y
piernas, infligiendo heridas inhumanas; y, tras haber puesto gran diligencia en
ello, se alejaron de la playa y navegaron hacia Gibraltar. Las demás galeras y
navíos que se encontraban al otro lado del Barbazote,
al ver lo que ocurría en tierra y que, de quedarse, su perdición era segura,
recogieron a los moros que habían llegado a nado mientras se preparaban para
escapar y se dieron a la fuga. La mayor parte de los moros se quedó en la
playa; muchos se ahogaron al intentar salvar la vida en las embarcaciones;
otros les llamaban con palabras lastimeras, recordando a los que estaban en ellas
que todos eran vasallos de un mismo rey, naturales de una misma tierra y
compañeros bajo una misma ley, y les pedían que no los abandonaran, pues ellos
mismos los habían traído hasta allí. Pero ellos no hicieron caso de estas
peticiones y quejas, sino que se apresuraron a ponerse a salvo, pues nuestra
armada ya se acercaba. Muchos de los barcos tomaron sin gran dificultad
diversos puertos de Berbería, pues toda aquella costa abundaba en asentamientos
de moros; y aunque todas las embarcaciones procedían de las costas de España,
recurrieron a este recurso para cruzar después el estrecho con mayor seguridad;
estrategia que engañó a la mayor parte de los barcos pequeños, que cayeron en
nuestras manos cuando intentaban cruzar. Mulei Zaide, valeroso general del pueblo
de Granada, luchó ese día hasta perder la vida sin dar la espalda; le
acompañaron en la muerte casi todos los mejores de su ejército, con lo que se
perdió la mayor y mejor parte de la nobleza de Granada.
En estas circunstancias, nuestra armada
llegó al puerto del Rey, y al ser avisado el conde de que los infantes deseaban
desembarcar, hizo reunir con gran celeridad a toda la caballería y, tomando
otros caballos de la derecha para sus personas y para los caballeros que los
acompañaban, salió a recibirlos. Tan pronto como los infantes pisaron tierra,
vieron a sus pies a aquel valeroso Marte lusitano, el conde don Pedro Meneses,
bañado en sangre musulmana y con la espada en la mano; con evidentes señales de
los golpes mortales que había asestado aquel día, procuró besarles las manos,
pero no se lo permitieron, por mucho que insistiera en la debida sumisión.
Llegaron a besársela don Juan y don Fernando de Norona, hermanos, junto con
todos los hidalgos y capitanes que allí se encontraban, en una escena que
habrían envidiado los príncipes más poderosos del mundo. Los infantes montaron
a caballo y, acompañados por toda la nobleza, se dirigieron al lugar de la
refriega principal; por allí ya se movían las mujeres y los judíos, junto con
mucha otra gente de la ciudad, despojando a los muertos, de los que obtuvieron
no pocos botines. Allí yacía el cuerpo del valiente Muley Zaide, digno de los
más altos elogios. Era de complexión robusta, con miembros acordes a su estatura;
de tez blanca y melena rubia y larga; y, aunque algo desfigurado por los golpes
mortales, incluso en tal estado reflejaba claramente la nobleza de su linaje y
el valor de su persona. Los infantes y quienes los acompañaban no cesaban de
ensalzar con los debidos elogios al conde y a quienes habían participado en tan
notable victoria. Este era el campo de batalla, sembrado de cadáveres de
bárbaros, y aunque en otras batallas se había visto muchas veces una mayor
cantidad de muertos, es cierto que en pocas se perdería tanta gente selecta y
noble, ni tan ávida de fama y gloria. La opinión general afirmaba
constantemente que, si en esta ocasión el rey de Castilla hubiera contado con
las fuerzas y la edad necesarias para emprender la conquista del reino de Granada,
la habría logrado, pues aquel reino sufrió la mayor parte de las bajas en esta
derrota.
Muchos de los nuestros no pudieron
evitar compadecerse ante aquel desastre, aunque se tratara de enemigos, pues,
dejando a un lado la gran multitud de cadáveres que ocupaba la playa, yacían
infinitos en las orillas: unos sin brazos, otros sin manos —que les habían
cortado sus propios compañeros cuando intentaban embarcarse—; unos se movían
sobre las olas, ahogados en su intento por salvarse; otros, aún con vida,
nadaban, pero con tal desorientación que no se decidían hacia dónde dirigirse:
unos, con los brazos cruzados, se arrojaban a los pies de los cristianos;
otros, con alguna esperanza de salvarse, se adentraban en los bosques de la
Almina, pero cuando se veían sitiados por todas partes, y sin remedio, se
maldecían a sí mismos y entregaban su libertad a cualquier persona con la que
se topaban, por frágil que fuera, con miserable humildad. Sucedió que tres
moros juntos se entregaron a una mujer y le permitieron que les atara las
manos, unos a otros, y que los llevara a la ciudad. Los judíos supusieron también
un alivio nada desdeñable para el cansancio y la fatiga de los soldados, pues,
como sus ánimos se elevan mucho cuando se ven del bando victorioso, se
mostraban tan feroces y valientes tras alcanzar la victoria, que fue motivo de
gran satisfacción para los infantes, los señores y los soldados verlos con
aquel ardor, en contra de la inclinación natural a la que los había reducido el
mayor de los pecados. Entraron como cautivos en la ciudad ese primer día
novecientos ochenta y seis moros, y, sin contar estos, los soldados ocultaron a
muchos otros para quedarse con ellos, sin que se contaran en el quinto. Mayor
fue el número de los que se adentraron en los bosques de la Almina, que o bien
fueron hallados en los días siguientes, o bien, obligados por el hambre, se
rendían, pues en aquel lugar se veían por completo aislados y sin esperanza de
salvarse. El número no parecerá elevado si se tiene en cuenta la gran cantidad
de gente que desembarcaron las galeras y que, en esos breves días, llegaron
tres veces refuerzos desde España: del número exacto de muertos no quedó
constancia, pues fueron tantos y en tantos lugares distintos que no se pudo
hacer una estimación precisa de cuántos eran.
CAPÍTULO 32
Los moros levantan el asedio. Los
infantes entran en la ciudad y regresan a Portugal tras una navegación muy
adversa. El rey de Granada intenta sitiar la plaza personalmente
.
Los moros que sitiaban desde el campo,
informados de lo que ocurría en la Almina y de que las galeras y los barcos
habían huido, levantaron el asedio, y cada uno se retiró a su tierra con la
tristeza y la confusión que merecía un suceso tan repentino y desafortunado,
llevando consigo a sus principales caudillos muertos; solo Xeber,
que se había pasado a la Almina, quedó cautivo en aquella zona por un criado de
Juan Pereira, quien se lo entregó a su amo a cambio de otro moro. Juan Pereira
descubrió quién era, y este le pidió libertad, advirtiéndole de que, en lo
sucesivo, podría granjearse no pocas amistades, pues, tras la muerte de Abu y
de los demás capitanes veteranos, sin duda él dirigiría la guerra de allí en
adelante, en lo cual no faltarían ocasiones para agradecerle su libertad. Juan
Pereira respondió que no podía liberarlo a un infiel sin un rescate, y se quedó
con el cautivo, que más tarde murió en Ceuta, tras haber ofrecido dos mil
doblones por su libertad; lo que impidió que esto se llevara a cabo fue la
ausencia de Juan Pereira de esta plaza, que se había marchado a Portugal:
también murió en esta guerra el señor de Beneigen,
poderoso en Berbería, a manos de Gonçalo
Los infantes entraron en la ciudad con
aquel espléndido acompañamiento; y, junto con aquellos príncipes católicos, se
dirigieron a la catedral para dar a Nuestro Señor las debidas gracias por tan
afortunado éxito. Al salir de la iglesia, el conde se arrodilló ante don
Enrique y, besando las llaves del castillo, se las entregó; pero este no quiso
aceptarlas, considerando que estaban bien empleadas en él y que las poseía por
orden del rey, su padre. Al ver que no lo conseguía, pidió a los infantes que
quisieran ser sus huéspedes durante los pocos días que se demoraran; estos se
lo concedieron, entendiendo que se quedarían poco tiempo, dado que ya había
concluido el motivo que los había llevado hasta allí, y que el conde se lo
suplicaba con insistencia. Fueron alojados con la magnificencia propia de su
grandeza y acorde con el generoso corazón del conde, pues en los tres meses que
permanecieron allí a causa de las tormentas, se comprobó posteriormente, según
los libros de la casa del conde, que gastó en este alojamiento seis mil
setecientas cincuenta y seis doblas, lo cual, para aquella época, la economía
en las viandas ya suponía una suma considerable, y la despedida fue tan
generosa que todos alabaron enormemente la grandeza con la que se comportó. Es
cierto que, así como Dios quiso coronar los méritos y esfuerzos del rey don
Juan, príncipe gloriosísimo y digno de gloria eterna, otorgándole como colofón
una ciudad tan importante y que tanto honor aportaba a su ilustre nombre; así
dispuso que quedara como su primer general, y para resistir aquellos primeros
embates de Berbería, uno de los más excelentes capitanes que dio España en
muchos siglos, como fue el conde don Pedro de Meneses. Los infantes no solo
fueron sus huéspedes durante el tiempo que permaneció allí la armada, sino que
era grande el número de caballeros y capitanes que comían con él todos los
días. El conde quiso que el botín se repartiera entre los soldados a partes
iguales, pero el infante don Enrique no lo consintió, ordenando que cada uno se
quedara con lo que hubiera ganado; y como este gran y excelente príncipe era
magnánimo y valeroso, y deseoso de adquirir nueva gloria por las armas, le
pareció que, al haber sido derrotados los moros antes de su llegada, no había
realizado nada digno de alabanza, por lo que intentó la conquista de Gibraltar
y ordenó disponer la artillería y otros ingenios militares; y, una vez todo
dispuesto de la mejor manera que permitía la brevedad del tiempo, quiso dar
inicio a la empresa. Pero se topó con la oposición generalizada de los más
experimentados y prudentes, tanto por la proximidad del invierno como por la
falta de lo necesario para una empresa de tal envergadura. Quiso informarse
personalmente de la dificultad y zarpó en las galeras para reconocer Gibraltar,
pero aquella noche se desató tal tempestad que los arrojó al Cabo de Gata,
donde permanecieron quince días. Al volver a calmarse el tiempo, se refugiaron
en Ceuta, donde encontraron cartas de su padre con la orden de que regresaran
al Reino, pues él, conociendo bien la grandeza de sus corazones, suponía que no
dejarían de intentar alguna empresa grandiosa, para la que ni el tiempo ni el
número de hombres les eran favorables. Eran sumamente obedientes a su padre,
una de las mayores alegrías de este príncipe, y decidieron regresar a Portugal.
No hubo otra demora que la del tiempo, pues durante muchos días soplaron
vientos contrarios; pero, al llegar por fin el tiempo que deseaban, tras
despedirse del conde con las muestras de amor y benevolencia que merecían su valor
y su generosidad, partieron. Poco después les sobrevino una tempestad tan
violenta que muchos de los barcos se refugiaron en Algeciras, donde Rui Gómez
de Azevedo, alcaide mayor de Alenquer, al ver que su barco estaba a punto de
zozobrar, saltó a su bote para salvarse, y, movido por la compasión que sintió
hacia los que quedaban en el barco, dejó entrar a tantos que, debido al gran
peso, este se hundió primero, pereciendo allí mucha y muy noble gente. Álvaro
Vaz de Almada se encontraba en su barco con otros hidalgos, en el mismo
peligro; pero, escarmentado por lo que había visto, saltó él al bote y, junto
con otros que, con sus espadas, defendieron la entrada, permitieron el paso
únicamente a las personas más distinguidas, y aun así se salvaron con gran peligro;
era lamentable oír las voces y el llanto de los que quedaban, quienes, al ver
la muerte tan cerca, pedían lastimosamente que les socorrieran, pero fue
imposible, pues la barca, debido a la fuerza del tiempo, no pudo dar la vuelta,
y mientras tanto el barco chocó contra unos escollos donde se hundió con toda
la tripulación. El capitán Diego Suárez de Albergaria y otros se salvaron
afortunadamente. Álvaro Vázquez y otros hidalgos lo pasaron con gran
dificultad, pues desembarcaron en territorio morisco, y el frío era tan intenso
que uno de los miembros de la compañía murió congelado, ya que, al no sentir el
frío, no encendieron fuego. Al caer la noche, se dirigieron hacia Tarifa, y en
este camino les socorrió la divina Providencia, pues al encontrarse con los almogávares
de aquella plaza fueron conducidos hasta allí y acogidos por el portugués
Puerto Carrero, su alcaide, con la generosidad que debía a sus compatriotas,
amigos y parientes. Los «infantes» y otros barcos se vieron arrastrados por la
tormenta a lo largo de aquellas costas; unos entraron en los puertos de
Andalucía, que estaban bajo dominio de Castilla, y otros en los del Algarve,
por lo que durante algunos días corrió en Portugal un rumor muy creíble de que
se habían perdido. De toda la armada, solo llegó a Lisboa el barco de Bernardin
de Barbuda, a quien el rey preguntó por sus hijos; y al responder él que no
sabía nada de ellos, pues la tormenta le había separado de su compañía, el rey
le reprendió severamente por haber entrado en Lisboa, y su enfado se prolongó
durante bastante tiempo; unos días después entraron los infantes, y fueron
recibidos con alegría general en todo el reino.
Reinaba por entonces en Granada aquel
bárbaro al que llamaban «el Zurdo», de corazón valeroso y honrado. Este, al
enterarse de la derrota que habían sufrido sus vasallos, sintió el dolor que
merecía tal pérdida. Se encontraba en Gibraltar en esa ocasión, y pocos días
después se trasladó a Málaga, donde reunió a todas las personas nobles de su
reino; tras informarles del suceso, les pidió consejo para vengar esta afrenta,
y dijo: Que no era justo que una injuria como la que había sufrido el belicoso
reino de Granada quedara sin venganza con la vida misma, pues esta causa era
tan suya como de todo el reino, ya que él había perdido a sus mejores vasallos
y ellos a la flor y nata de sus amigos, parientes y súbditos, en quienes se
basaba la seguridad y la tranquilidad de todos. Que era necesario buscar medios
para vengar la reciente herida, cuyo efecto fuera tal que diera satisfacción al
mundo. Que los infantes de Portugal, toda su armada y la gente de esta
expedición ya habían regresado al reino, y no solo ellos, sino también muchos
otros soldados que se encontraban en la plaza. Que esta ciudad, sin duda, se
encontraba falta de provisiones, ya que se encontraban a principios de
invierno, y que este era prolongado, lo que impedía o retrasaba los socorros, y
le parecía una ocasión para ganar la plaza a bajo coste. Que contaba con una
flota y personal suficiente para intentar la empresa, y que si el rey de Fez se
dispusiera a ayudarle, la emprendería en persona, pues, aunque su sobrino era
un príncipe valeroso, se había perdido por temerario, confiando más en su valor
que en las disposiciones reales, y disposiciones militares, pues, a pesar de
haberle ofrecido artillería suficiente —que tanto se necesitaba para esta
expedición—, no había querido llevarla, ni había organizado la armada de manera
que pudiera reunir a la gente en el momento de mayor necesidad. Que, al
encontrarse personalmente en esta empresa, subsanaría los errores del pasado y
solicitaría al rey de Túnez que incorporara a su armada las galeras, que siempre
tenía bien preparadas; y que haría que se vigilara el estrecho de tal manera
que no pudieran pasar mensajes de Ceuta a Tarifa, ni a Portugal, para que la
plaza pudiera ser conquistada antes de que recibiera socorro.
Esto lo propuso a los miembros del
consejo para que dieran su opinión sobre lo que debía hacer: le tocó hablar
primero a un alcaide anciano, gobernador en nombre del rey en Almería; este, al
no estar de acuerdo con sus intenciones, dijo que no era cierto que la plaza de
Ceuta careciera de provisiones, sino que era creíble que estuviera bien
abastecida gracias a los socorros que le habían llegado en repetidas ocasiones
desde Portugal: que, además, aunque alguna gente se hubiera vuelto al Reino
para descansar, la guarnición quedaría suplida con otra igual de la tropa de
socorro, pues, así como el rey de Portugal tuvo la disposición para
conquistarla, no le faltarían mano y juicio para defenderla, sobre todo
teniendo en Ceuta a un general de tanto valor y dotes, y de quien se podían
esperar mayores disposiciones. Que, aunque faltaran los refuerzos de Portugal,
siempre les aseguraba la proximidad de Castilla, donde el conde tenía tantos
amigos y parientes, y que, cuando estos no acudieran, como era de esperar, le
bastaban los cautivos moros, con los que disponía para obtener, vendiéndolos en
los puertos marítimos de Andalucía, todos los víveres necesarios para sustentar
un largo asedio. Que era creíble que los Infantes no regresaran al Reino sin
dejar aquella plaza tan bien abastecida de todo, que no necesitara durante
muchos días nuevos refuerzos, pues era necesario que pensaran entonces en lo
que ahora tramaban sus adversarios. Que el invierno causaría tanto daño a los
sitiadores como a los sitiados, o quizá mayor, pues estos se encontrarían en
tierra firme, mientras que el principal poder de Granada residía en el mar y en
la impetuosa desembocadura del Estrecho; y que, si se desatara una gran
tormenta —que en épocas semejantes nunca faltan—, o bien los barcos encallarían
en la costa, o bien se alejarían de tal manera, que no sería fácil volver a
reunirlos; y que, en este caso, el Reino de Granada sufriría un segundo daño,
más grave que el primero, pues quedaría lo mejor de su gente, las fuerzas de
todo el reino y, lo que es más importante, la persona real, en la Almina de
Ceuta, como en una fortaleza en poder de los cristianos. Que los barcos
situados en la boca del Estrecho para impedir que llegaran avisos desde la
plaza a España no podían surtir efecto alguno, pues, aunque se perdieran unos,
otros pasarían sin obstáculos. Que, además, el alcaide de Tarifa era pariente
cercano del conde, cristiano como él y de su misma nación, y no solo estaba
sujeto a estas obligaciones, sino que también estaba en deuda con el rey de
Portugal por grandes favores y beneficios; y, como tal, solía enviar por orden
suya a muchos espías entre los moros, que le informaban de todos sus
movimientos; que, además de esto, tenía en Tarifa a un residente, y algunos
mensajeros que le ayudaban a mantenerle informado continuamente de lo que se le
presentara; y que, por estas razones, los fundamentos en los que el rey basaba
su decisión estaban sujetos a error: pues su opinión era que la empresa de
Ceuta se volviera a intentar poco a poco, y con mejores preparativos,
escribiendo a todos los señores de África que habían participado en la ocasión
anterior, y a aquellos que no habían acudido para que se prepararan,
manifestándoles el Rey su intención y pidiéndoles consejo y ayuda para que, una
vez decididas las cosas con más tiempo y con preparativos más seguros, todo
saliera más felizmente que en la ocasión anterior.
Este fue el parecer de aquel anciano
alcaide, al que se adhirió la mayor parte del Consejo; otros, ya fuera porque
opinaban lo contrario, ya porque percibían que el rey se inclinaba por una
venganza inmediata, aprobaron su decisión, añadiendo a las suyas otras razones
para refutar las del alcaide. El rey comenzó entonces a prepararse con el mayor
sigilo posible, pero le sirvió de poco su discreción, pues el conde no dejaba
de informarse por todos los medios de sus intenciones a través de los espías
que tenía en Berbería, y en España; y, sin conformarse con sus avisos, envió un
bergantín para que recabara información en las costas de Andalucía, que regresó
rápidamente, y por medio de él supo, con detalle, los intentos y las
previsiones del rey de Granada. Al ver que se disponía a sitiar en persona
Ceuta con todo su poderío, y el de Berbería, no cesaba de prepararse para su
defensa trabajando físicamente como cualquiera de sus soldados, y animándolos
con su ejemplo, de modo que en breve no solo reparó las murallas, sino que
realizó otras obras nuevas de gran importancia. A pesar de todas las
previsiones del rey de Granada, su determinación no llegó a surtir efecto, pues
al mismo tiempo que África se preparaba para desterrar el nombre lusitano de su
puerta más importante, se desataron nuevas guerras civiles en el reino de Fez
por la sucesión, que perturbaron la paz común de Berbería, y fueron la causa de
que, al ocuparse los moros de sus propios daños, se olvidaran de los ajenos;
con esta ocasión, Ceuta se libró de las amenazas previstas, aunque fuera por
poco tiempo.
CAPÍTULO 33 Continúan los éxitos militares y
marítimos con buena suerte. Matrimonios tramados por el conde.
Tras tantos éxitos gloriosos de los
portugueses, los moros se calmaron notablemente respecto a aquella furia
inicial con la que intentaron recuperar
esta plaza, pues los nuestros, al verse tantas veces vencedores, cobraron
nuevas fuerzas en su defensa. En ese momento se encontraban en Ceuta la mayoría
de los portugueses con experiencia en la guerra de Berbería; y así, tras este
asedio, aunque los moros realizaron continuas incursiones en el campo y
diversas entradas por mar, no fue con el poderío que acabamos de mencionar,
pues nunca más, ya fuera por las guerras internas de Berbería o por las que
tenían en España, pudieron dedicarse a esta empresa que tanto les convenía. A
esto se sumó que, en la ocasión anterior, falleció aquel valeroso capitán Abu,
que tanto fomentaba esta guerra, junto con otros valientes caudillos de su
séquito en Berbería, que se unían a él, por lo que durante muchos días se
encontraron sin líderes, y así, aunque continuaron las incursiones, fue más
bien porque pensaban que con ello prestaban servicio a su falso profeta, a
quien, al dejarse persuadir, creían que podrían llevar a cabo algo importante
en nuestro perjuicio.
Durante muchos días lloraron los moros
la pérdida sufrida sin intentar nada nuevo, pues a la mayor parte de Berbería
le tocó sufrir en gran medida aquel infeliz suceso. Sus caciques, y aquellos a
quienes consideraban santos, les predicaban animándoles a la venganza, y no
cesaban de instarles a que dejaran a un lado la tristeza y trataran de
recuperarse, pues no era posible que el rigor del cielo se prolongara tanto
contra su pueblo. Aunque las persuasiones eran continuas, durante muchos días
no se encontró ningún capitán que quisiera hacerse cargo de una empresa tan
ardua, hasta que uno llamado Abderramán, considerado entre ellos un hombre de
gran virtud y valor, se encargó de llevar a cabo la guerra. Con esta
determinación se dirigió a las tierras de los gazules para reclutar gente;
predicó por todos aquellos lugares, incitando a los bárbaros a esta guerra, y
aunque era una persona de prestigio, esta vez no pudo reunir más que cien
caballos y mil peones. Con ellos se dispuso a invadir el campo de Ceuta. Entraron
justo cuando el conde había enviado a sus exploradores a recabar información
con la intención de proporcionar leña a los vecinos al día siguiente; y
mientras unas se encontraban en la curva de Ramal y otras en el puerto de los
Álamos, al cuarto de la alba avistaron a moros a caballo y a mucha otra gente a
pie, y, al intentar llevar las noticias de su llegada al conde, se toparon con
las patrullas enemigas; y como estas eran más numerosas, las tres se pusieron
en fuga, y al ver que no podían llegar a la ciudad sin caer en manos de los
moros, ya que el camino era largo, se refugiaron en una torre que se
conservaba, aunque sin guarnición, entre las quintas, donde luego fueron
sitiados. Se defendieron con gran valor hasta el día siguiente, en el que los moros
prendieron fuego a las puertas para entrar en la torre. Ya para entonces habían
salido las atalayas de la plaza y, al ver la situación en la que se encontraban
los nuestros, avisaron rápidamente al conde, quien hizo salir treinta y cinco
caballos —que eran todos los que quedaban en la plaza— y cien soldados a pie, y
él mismo los acompañó. Al llegar en breve tiempo a las quintas, al ver que los
moros continuaban el combate desde la torre, ordenó a los jinetes que
entablaran la escaramuza, para que los moros no salieran victoriosos; más bien,
como gente deseosa de vengarse de tantos daños, lucharon valerosamente durante
un largo rato sin que se apreciara ventaja por ninguna de las partes. Se
produjeron cinco rondas en las que murieron cinco moros a caballo y, de nuestra
parte, Álvaro Pinto el joven; pero los nuestros, en la cuarta ronda,
embistieron con tal ímpetu que los expulsaron del campo, y los pusieron en
fuga; y, siguiendo la persecución por la sierra, matando y derribando a muchos
otros, al ver el conde que los jinetes habían huido, dio órdenes rápidamente a
otra tropa que había llegado en socorro y cargó contra los infantes, que eran
en número mucho más numerosos que los nuestros. Por ambos bandos se luchó
valerosamente durante cuatro horas, hasta que el valor de los moros cedió ante
el esfuerzo de nuestra gente y se declaró la victoria a su favor. Murieron en
ella más de doscientos y quedaron cautivos cuarenta y cinco; por nuestra parte,
murieron dos soldados y un Álvaro Pinto. Con esta victoria, el conde recogió la
lanza manchada de sangre enemiga, y con el regocijo que cabe esperar por el
éxito obtenido. Todos se distinguieron mucho, pero quedó un recuerdo especial
del esfuerzo de Rui Gómez de Silva, quien se encontraba libre del cautiverio y
procuró vengarse de todo lo que había padecido en Berbería.
Por aquel entonces llegaron al conde
cartas del rey de Castilla, en las que le rogaba que concediera un campo de
batalla a dos caballeros para que se enfrentaran; uno era castellano y se
llamaba Lope Alonso de Montemolín, y el otro, catalán, que servía en la casa
del rey de Aragón y se llamaba Mosen Felipe Buil; el motivo de su desafío era
tan insignificante (aunque no ha quedado en la memoria) que el conde se esforzó
mucho por conciliarlos para que no llegaran a la ruptura, pero no fue posible,
por lo que tuvo que concederles un campo seguro para su combate. Ambos lucharon
con gran valor, y aunque el castellano resultó herido, salieron con igual
reputación; el conde, sin permitir que llegaran a las últimas estocadas, hizo
que los separaran y se dieran la mano como amigos, y los tuvo como huéspedes
durante muchos días, despidiéndolos después con importantes obsequios, que
recibieron tanto de él como de los caballeros portugueses.
Unos meses después, le tocó un día a Rui
Gómez de Silva la guardia del campo, y salió con varios caballos para
vigilarlos mientras los vecinos recogían hierba. En cuanto salió, descubrió la
emboscada del Cañaveral, que se hallaba desierta, y, pensando que el campo
estaba a salvo, se retiró hasta el monte de los Gazules; mientras se encontraba
en aquel puesto montando guardia a los que trabajaban, salieron cien moros a
caballo de la curva del Ramal, y con ellos mil a pie, que no fueron vistos
hasta que se encontraron sobre el puerto de los Álamos, con lo que Rui Gómez
quedó aislado sin poder replegarse. Pero, como hombre valiente y sereno,
decidió atrincherarse con su gente en una torre, que un tal Juan Preto había
solicitado al rey con la intención de mantenerla y avisar desde allí a la
ciudad de cualquier novedad que surgiera, a lo que asistía continuamente. Allí
se refugió Rui Gómez con sus valientes compañeros y, tras meter los caballos en
un establo de la torre, trató de defenderse con las armas que había en ella.
Los moros combatieron con gran furia, pero, por mucho que se esforzaran, los
nuestros no sufrieron mayor daño que la pérdida de cuatro caballos. Le llegaron
al conde las noticias sobre la situación apremiante en la que se encontraba Rui
Gómez, y trató de socorrerlo; pero, temeroso de alguna emboscada debido a la
distancia del camino, hizo primero que se explorara el campo por un lado y por
otro, y, al saber que estaba seguro, salió con el resto de la caballería —que
era escasa— y con quinientos soldados escogidos, se dirigió hacia la torre
sitiada. Pero, al ser descubiertos por los moros —aunque estos eran mucho más
numerosos—, no se atrevieron a esperarle, sino que desistieron del combate y se
retiraron sin luchar, dejando muchos muertos y llevando a otros muchos heridos,
pues Rui Gómez y sus compañeros se defendieron valerosamente hasta que
recibieron refuerzos, infligiendo grandes daños a los enemigos.
En la zona costera se produjeron al
mismo tiempo algunos enfrentamientos de poca importancia, en los que los
nuestros salieron victoriosos; solo se tiene constancia de tres fustas que
partieron de Ceuta, capitaneadas por Andrés Martínez, Alonso García y Gomes Fernández:
estos se encontraron en la boca del Estrecho con cuatro navíos, con los que
lucharon valerosamente hasta derrotarlos: dos quedaron rendidos con treinta
tripulantes y cinco cautivos; fueron muchos los muertos entre los cuatro, y sin
duda todos habrían quedado rendidos de no ser porque cayó la noche, con lo que
pudieron escapar. Los nuestros quedaron casi todos heridos, pero ninguno murió,
y se retiraron apresuradamente.
El conde se había casado en primeras
nupcias con doña Margarita de Miranda, hija de don Martín Alfonso de Miranda,
quien fue arzobispo de Braga, matrimonio con el que obtuvo una dote
considerable. Esta señora estaba dotada de virtudes heroicas y, debido a sus
continuas enfermedades, no pudo trasladarse a Ceuta; permaneció en el Reino
durante el tiempo que el conde gobernó esta provincia, viviendo con notable
ejemplo, hasta que nuestro Señor, en recompensa por sus virtudes y esfuerzos,
la llamó a su lado. Tras este último asedio, que el conde defendió con tanta
valentía, el rey trató de casarlo, pues no tenía ningún hijo varón legítimo que
heredara su casa y sus servicios, sino solo dos hijas que le habían quedado de
doña Margarita de Miranda; y así concertó su matrimonio con la hija de Gonçalo
Vázquez Coutino, mariscal de Portugal. Una vez dispuestas las cosas para que
esta señora se trasladara a Ceuta, el conde solicitó al rey permiso para que le
acompañaran sus hijos ilegítimos, y se le concedió; y al partir todos, una vez
que los barcos se habían alejado de la costa del Algarve, durante la travesía
falleció en el mar la esposa del conde, para gran pesar de todos, y también el
suyo al enterarse de la triste noticia. Al mando de los barcos se encontraba
Vasco Fernández Coutino, quien más tarde fue conde de Marialva, y, a pesar de
lo ocurrido, se dirigió a Ceuta y entregó a sus hijos al conde. De entre las
hijas, una de las ilegítimas se llamaba doña Isabel, que estaba prometida para
casarse en Ceuta con Rui Gómez de Silva. Se celebraron las bodas poco después
de su llegada, para gran satisfacción del conde, quien conocía bien los méritos
del yerno que había elegido.
CAPÍTULO 34.
Los gazules atacan por tercera vez,
libran batalla y son derrotados. Don Fernando de Norona libera el estrecho de
unos corsarios. El rey de Fez sitia Arcila y la conquista con gran éxito.
Había por aquel tiempo en las costas de
Andalucía dos corsarios, valerosos castellanos; uno se llamaba Gonzalo Correa y
el otro Bartolomé. Estos, de origen humilde, llegaron a tener sus propios
barcos y, dedicándose al oficio de piratas, ganaron otros, y al sumar a su
banda a mucha gente más, se apoderaron del mar, y eran los señores del paso del
Estrecho. Ceuta sufrió mucho a causa de estos corsarios, pues le privaban de la
comunicación y el comercio con Portugal y Andalucía, capturando tanto sus
propios barcos como los que llegaban a ella con los socorros habituales. Esto
le pareció al rey un gran inconveniente y un obstáculo considerable para
mantener aquella plaza; por lo que armó algunos barcos que dotó de gente
escogida tanto por su linaje como por su valor. Nombró general a don Fernando
de Norona, y en esta armada iba también don Fernando de Castro, gobernador de
la casa del infante don Enrique, caballero muy noble y de gran renombre y
prestigio. Partieron de Lisboa y, tras pasar el cabo de San Vicente,
recorrieron las costas de Andalucía, sin encontrar en ninguna parte a los
corsarios; embocaron el estrecho y entraron en Ceuta, donde fueron bien
recibidos por el conde. Habiendo entrado el día 18, el 24 de junio llegó un
moro llamado Yusuf, que era uno de los espías a los que el conde pagaba en
Berbería; este le confirmó que habían llegado muchos gazules y que al día
siguiente entrarían en el campamento. El Conde informó entonces a los señores
que allí se encontraban, quienes, disgustados por no haber combatido en el mar,
se alegraron especialmente ante tal noticia. Al día siguiente, el Conde envió a
Fernán Suárez de Albergaria y a Fernán Camelo a realizar la guardia ordinaria;
pero, al estar al tanto de la llegada de los moros, no se alejaron demasiado de
la playa ni de las atalayas. Poco después se les avistó en gran número, pues no
solo venían los «gazules», sino todos los de aquellos alrededores, que se
encontraban preparados. En cuanto los nuestros los percibieron, comenzaron a
replegarse en buen orden y avisaron al conde, quien, como estaba prevenido,
salió con mucha gente y se situó en la colina, donde se reunió con los de la
guardia y esperó a don Fernando de Norona, que aún no había llegado. Una vez
reunidos, se dirigieron hacia un monte en el que se encontraban los moros, que
sumaban mil seiscientos a pie y ochenta y cinco a caballo, y ambos bandos se
reunieron en el mismo lugar en el que los gazules habían sido derrotados la vez
anterior. Entre los hidalgos que el conde llevaba consigo se encontraba Gileanes de Freitas, un caballero de gran valor; este, al
llegar junto a los moros sin recibir orden alguna, embistió el primero y se
adentró entre ellos, enzarzándose tanto en la lucha que, de no haberle
socorrido un criado, lo habrían matado. Este, al ver a su señor en tan gran
peligro, con rostro sereno y dispuesto a salvar la vida de quien le había
criado o a acompañarle en la muerte, apretó la lanza y embistió con fuerza a
los adversarios, y tal fue la embestida, y tal la confusión de los moros, que
le permitió a Gileanes de Freitas zafarse de los muchos que antes le rodeaban.
El conde no dejó de percibir la temeridad de este caballero y el hecho de que
hubiera iniciado la refriega sin orden, pero, olvidando su falta, trató de
socorrerle en tan gran apuro. El primero cargó, y tras él, noventa y cinco
caballos; y aunque los moros lucharon bien al principio, después, al carecer de
suficientes jinetes, se debilitaron notablemente, pues a los primeros golpes
murieron catorce, por lo que se pusieron en retirada y, poco después, huyeron.
Los nuestros prosiguieron la victoria, degollando y hiriendo, y cada uno procuraba adelantarse a sus compañeros. Fernán Suárez de Albergaria
resultó herido en una mano; los moros, al ver que en cuestión de instantes
perdían más hombres, se lanzaron a la huida desordenadamente, y los que iban a
pie se apartaron huyendo hacia las fincas, donde el conde, al ser el terreno
accidentado y escarpado, los atacó por la parte de la sierra, arremetiendo
contra ellos por dos frentes. Lope de Albuquerque, un joven y valeroso
caballero, siguió a los moros sin compañía, y estos le rodearon de tal manera
que le mataron el caballo y lo derribaron; habría perdido la vida de no ser
porque Rui Gómez de Silva, junto con otros dos compañeros, logró llegar a su
ayuda y, luchando valerosamente y causando la muerte de algunos adversarios, lo
liberaron, y lo sacaron herido en una pierna. Rui Gómez prosiguió con la
victoria, y por otra parte el conde mató e hirió a muchos enemigos hasta que le
pareció que se exponía a un gran peligro al avanzar más, por lo que hizo una
señal para que cesara la persecución, y se dispuso a retirar a los heridos, que
eran numerosos; capturaron a cinco moros, y quedaron muertos en el campo de
batalla doscientos, ochenta y cuatro, además de muchos otros heridos, y los que
perecieron durante la retirada. Entre todos destacó Pedro González, y para
recompensarle por su valor, el conde le llamó ante todos y le dirigió estas
palabras: «Honrado caballero, aunque todos los aquí presentes lucharon hoy con
valentía, sin duda su valor se distinguió entre todos; y aunque no es nuevo
para mí saber cómo se comporta usted ante los peligros, y en situaciones
difíciles como aquella en la que os ha visto realizar hazañas dignas de gran
alabanza, con todo ello, como testimonio eterno de vuestra virtud, os distingo
entre todos y deseo armaros caballero; y ruego a estos señores que, además de
lo que yo escriba, transmitan a nuestro señor el rey las palabras que aquí me
han oído. Este caballero, tanto en esta ciudad como en los reinos de Castilla,
realizó hazañas dignas de gran alabanza, tal y como vemos a cada paso en la
historia de Portugal. Esta fue la única ocasión en que los «gazules» atacaron
bajo el mando del conde, habiendo sufrido en las tres ocasiones en que le
provocaron los daños mencionados. Don Fernando de Norona, tras este suceso,
emprendió un viaje a Portugal y, para que la travesía se completara en su
totalidad, se topó en las costas de Castilla con una carraca del corsario
castellano llamado Bartolomé, con quien luchó, y, aunque con gran esfuerzo, al
fin lo sometió, junto con otros barcos que lo acompañaban, hazaña por la que
mereció grandes elogios y que fue la causa de que el estrecho quedara despejado
y de que los barcos de Ceuta pudieran navegar con seguridad.
Mientras Don Fernando de Norona aún se
encontraba en esta plaza, el conde recibió noticia de que el rey de Fez tenía
sitiado en Arcila a Zalabenzalá, aquel poderoso marinero que había perdido
Ceuta y era señor de muchos otros lugares de la costa de Berbería. Al enterarse
de ello y queriendo aprovechar la ocasión, procuró entablar conversaciones con Zalabenzalá
para asegurarle que le socorrería en aquella ocasión y le ayudaría en todas las
que se le presentaran contra el rey de Fez, si cedía el dominio de aquella
villa a Portugal. Eligió para esta embajada a Pedro González, a su hermano, y a
Rui Gómez de Silva, y los envió en una galera con carta de credenciales; los
embajadores prosiguieron su viaje y llegaron al día siguiente a Arcila; y, al
ser avistados y comprobarse que venían en son de paz, salió una zarra a hablar con ellos y a averiguar qué deseaban.
Le entregaron la carta y se enteraron de que el rey de Fez, dos días antes,
había levantado el asedio, desengañado de poder conquistar la plaza, pues la halló
más fuerte y mejor defendida de lo que pensaba; y así, no solo no consiguió lo
que deseaba, sino que sufrió daños considerables. Zalabenzalá, al saber de
quiénes eran los embajadores, los recibió con gran hospitalidad y les pidió que
se quedaran hasta el día siguiente, a lo que ellos accedieron. Al día
siguiente, les mandó visitar con un sobrino, rogándoles que salieran a tierra,
o al menos Rui Gómez de Silva, a quien deseaba mucho ver; y, tras deliberar,
decidieron que Pedro González se quedara en la galera, y que salieran su
hermano y Rui Gómez a visitar a Zalabenzalá. Este les esperaba junto a la
puerta de La Tarazana, acompañado de gente distinguida, y al ver que la galera
llegaba a la playa, salió a recibirles en la lengua de tierra y, acompañándoles
hasta el lugar donde se encontraba antes, les hizo sentarse; y, quedándose solo
con sus consejeros, escuchó a los embajadores. Rui Gómez expuso el motivo de la
embajada y, dirigiéndose a él en nombre del conde, le dijo que este se había
enterado de la injusta guerra que le libraba el rey de Fez, y de que tenía
sitiada aquella plaza; y que, teniendo en cuenta su gran bondad y nobleza,
había decidido acudir en su ayuda personalmente, y que, por orden suya, iba a
averiguar qué necesitaba. Zalabenzalá, agradecido por las ofertas del conde,
respondió que estaba convencido de la voluntad que le mostraba, que, por lo que
siempre había oído de los moros, le tenía simpatía, pero que ahora se sentía
sumamente agradecido por el plan que tenía para su defensa frente a un enemigo
tan poderoso. Que, del mismo modo, le encontraría dispuesto a todo lo que
necesitara la plaza de Ceuta contra el rey de Fez, tanto en provisiones como en
soldados, pues ya se había librado del asedio, y el rey de Fez se había
arrepentido de haberlo intentado debido a la gran cantidad de hombres que
perdió en vano; y que la plaza se encontraba preparada de tal manera que bien
podría soportar combates aún más encarnizados, si el rey de Fez la atacara por
segunda vez, cosa que no creía. Hablaron después de otros asuntos y, colmados
de los regalos que les hizo Zalabenzalá, se despidieron de él y regresaron.
CAPÍTULO 35
Gonzalo Vello obtiene notables victorias
por mar y por tierra, en las costas de Gibraltar: las fustas de Ceuta combaten
y vencen a las de Tánger y Arcila; se relatan otros acontecimientos marítimos
de esta plaza.
Ceuta padecía escasez de provisiones
cuando llegó al puerto una galera, que Gonzalo Vello había armado a sus
expensas, deseoso de servir a Dios y a su rey en las costas de Berbería. Antes
de entrar, se encontraba en Belez rescatando a algunos cautivos que habían sido
capturados en un cárabo. En aquel entonces, el señor de aquella ciudad era
Almanzor, quien le dispensó honores extraordinarios, tanto por la fama que
tenía de su gran valor, como porque Gonzalo Vello, durante el asedio de esta
plaza, había dado muerte a Beinegen, gran enemigo suyo, con quien mantenía
guerras continuas y a quien reconocía como superior en poder. Intentó que
desembarcara para verle, pero no lo consiguió; tras enviarle provisiones y
permiso para cargar víveres, se dirigió a Ceuta, donde fue bien recibido con el
socorro que no esperaba. Partió de aquí para recorrer las costas de Andalucía,
y junto a Cádiz capturó un cárabo, y otro en la bahía de Gibraltar con trece
caballos y abundantes provisiones, aunque sin gran resistencia. Se encontraban
en aquel momento en Castellar dos hermanos, Juan y Gonzalo de Saavedra,
quienes, al saber que Gonzalo Vello se encontraba en aquellas costas, le
enviaron un mensaje pidiéndole que bajara a tierra, pues deseaban informarle de
algunas cuestiones importantes al servicio de Dios y para el aumento de sus
honores. Él accedió a ello y, tras desembarcar al día siguiente, le informaron
de cómo intentaban tomar Gibraltar por sorpresa; para lo cual contaban con dos
barcos armados con el fin de desembarcar a la gente una noche, que debía atacar
por la parte de la montaña, mientras ellos lo harían por la otra, y le pedían
que quisiera ayudarles en una empresa tan al servicio de Dios; y para
convencerle aún más, le mostraron firmas en blanco del rey de Castilla, que
tenían para otorgar mercedes a quienes les ayudasen. Gonçalo Vello respondió
que, por supuesto, les acompañaría sin otra intención que la del servicio a
Dios y el aumento de su honor, pues no aceptaba mercedes de ningún otro
príncipe que no fuera el rey de Portugal, de quien era vasallo, ni del infante
don Enrique, a quien servía. La incursión en Gibraltar, aunque se intentó, no
tuvo éxito, pues el adalid castellano que guiaba a nuestra gente se extravió
aquella noche, y al ser descubiertos, no lograron lo que deseaban, ni lo
intentaron por segunda vez, ya que los de Gibraltar se encontraban preparados.
Desesperados ante el fracaso de esta empresa, se reunieron en consejo y
acordaron ir a saquear y quemar una aldea rica de trescientos vecinos, situada junto
a Marbella; dispusieron que Gonzalo Vello la atacara por un lado con los
portugueses, y los Saavedras por otro con los
castellanos; y aunque esta empresa fue rechazada por algunos debido a la
fortaleza del lugar, y por la proximidad de refuerzos procedentes de otros
lugares, formados por gente belicosa; y lo respaldaban con un precedente en el
que los castellanos habían sido totalmente derrotados al intentar lo mismo; sin
embargo, la mayoría decidió que se llevara a cabo. Gonzalo Vello partió por mar
con su gente y desembarcó en la playa, a una legua de la población; poco
después fue descubierto: se alegró de ello, al comprender que los castellanos
llegarían por tierra a tiempo para atacar a los enemigos por la retaguardia;
pero, al tardar demasiado, tuvo que soportar todo el peso de la contienda sin
otra ayuda que la de los suyos. Llevaba solo a noventa y siete compañeros, y
avanzaron en buen orden hasta cerca de la aldea, guiados por un guía moro que
se había convertido; ya, como he dicho, se les había detectado, y los vecinos
de la aldea procuraron poner a salvo a sus mujeres e hijos para poder actuar
con mayor libertad en la batalla. El lugar se encontraba en una llanura y, a un
tiro de mosquete, había un monte frondoso, llano en la cima, cuya entrada solo
contaba con unos pasos estrechos y de difícil acceso, en los que los moros se
apostaron para defenderlo. Gonzalo Vello dispuso a su gente y, tras pronunciar
una breve exhortación y dar las órdenes oportunas —embarcando el escudo y
apretando la espada—, fue el primero en lanzarse contra una de esas entradas.
Los moros salieron a la defensa con igual rapidez, y en la primera embestida
cayeron seis con golpes mortales, y muchos de los nuestros resultaron heridos.
Los moros lanzaron un segundo ataque con mayor ímpetu que el primero; pero
encontraron tal resistencia por parte de los nuestros que tuvieron que
retirarse con mayores pérdidas que las anteriores; pero al volver de nuevo con
mayor furia, se enzarzaron unos contra otros en un amplio espacio, hasta que,
al ver que les habíamos matado a veinticinco, se pusieron en retirada dando la
espalda a la montaña. En ese momento, sus familias ya se encontraban en la
cima, adonde ellos también se retiraron para defender las entradas. Gonçalo
Vello, acompañado de algunos, quiso subir; pero recibió una peligrosa herida en
la frente, a causa de la cual quedó ciego de un ojo para siempre, y lo
derribaron desde un peñasco, donde habría perecido de no ser porque su escudo
lo protegió de las saetas y las piedras que le lanzaban. Aquí mató Juan de
Almeida a un valeroso joven moro, tras una singular y valiente batalla. Gonzalo
Vello se levantó como pudo y, al considerar que era imposible penetrar en la
espesura del bosque con una defensa tan fuerte y que tenía muchos heridos,
intentó retirarse al campo, tal y como hizo. Pero los moros, pensando que esta
acción se debía al miedo y que los nuestros huían, unieron sus fuerzas y
salieron con gran ímpetu hacia la llanura. Se enzarzaron unos contra otros con
valentía, y cuando la victoria estaba de nuestro lado —con la muerte de otros
diecisiete moros—, los portugueses se desanimaron al ver que a los enemigos les
llegaban refuerzos cada vez más numerosos; y que, cuanto más avanzara el día,
mayores serían. En ese momento vieron hacia la zona de Marvella a una tropa de
caballería, con lo que no solo se desanimaron, sino que emprendieron una
vergonzosa huida sin que Gonzalo Vello pudiera impedírselo; pero al ver que
esto provocaba su total destrucción, volvió la espada contra sus soldados y,
hiriendo sin piedad, les decía: «¡Cobardes, vergüenza de vuestra nación! ¿De
quién huís? ¿No ven que, si esa caballería es
enemiga, no podrán escapar a pie, y cansados de luchar en retirada durante una
legua? ¿Quieren morir vilmente huyendo, y no como valientes luchando? ¡Vuelvan,
portugueses, pues se pierden sin remedio, y mueran como valientes!». Gonzalo
Vello puso en ello tal diligencia que, temiendo ya los portugueses más los
golpes de su capitán que las heridas de los moros, tuvieron que volver a
reagruparse y resistirles; el valeroso caudillo los puso en orden y se retiró,
tras reagruparse, a unas vallas para defenderse, y, tras animarlos, salió de
nuevo; y con gran determinación cargaron, animados ya porque reconocieron, por
los estandartes de la caballería, que se dirigía hacia ellos la otra tropa de
caballería de los Saavedra, que, al ser reconocida por los moros, se retiró a
la montaña, dejando otros quince muertos. En ese momento llegaron los
castellanos, quienes, al ver la matanza de los moros, alabaron enormemente el
valor de Gonçalo Vello y de sus compañeros, y se dispusieron a atender a los
heridos, que eran muchos, desnudando a algunos y rasgando sus propias camisas
para limpiarles la sangre y vendarles las heridas, y, aunque la mayoría de los
portugueses resultaron heridos, solo uno de ellos falleció. Estando así
reunidos, dijo Gonzalo Vello que aprovecharan aquella ocasión y arremetieran
contra los moros, que se encontraban cansados antes de que llegaran los
refuerzos; los castellanos respondieron que dejaran descansar un poco a los
caballos, pues habían caminado diez leguas sin parar, y que después podrían
actuar mejor; esto le pareció bien a Gonzalo Vello, y tras dividir a su gente,
colocó a la mitad entre los moros y los caballos castellanos, que estaban
comiendo, y la otra mitad se fue a saquear y quemar el lugar. Era una aldea muy
noble, de trescientos vecinos y con buenos edificios; en las casas había gran
cantidad de lino, que era su principal actividad comercial, por lo que el
incendio fue más rápido y menos remediable. Aquí se quemó una mezquita
principal, considerada más importante que las de los alrededores, y tras haber
recogido, a la vista de los moros, lo más precioso y menos engorroso del botín,
regresaron junto a sus compañeros, con quienes lo repartieron a partes iguales.
A todos les pareció que no convenía detenerse más, pues el número de moros no
dejaba de crecer, y así se despidieron unos de otros con lo que cada uno pudo
llevarse. Gonzalo Vello se retiró a su galera con el botín sin ser atacado, y
se embarcó con toda su gente para hacer el viaje a Ceuta; y en el camino
capturó una carraza de moros cargada de trigo, lo cual supuso un socorro de
suma importancia para la plaza, pues repartió generosamente su parte entre los
vecinos, y el conde compró el resto, con lo que pudo mantener a Ceuta hasta que
llegó el socorro de Portugal.
Debido a estos y a otros muchos daños
que los moros sufrían continuamente en sus costas por la proximidad de Ceuta,
intentaron en diferentes lugares armar barcos para el asalto; en particular, en
Tánger, al ser una ciudad tan cercana, se armaron tres grandes fustas con la
mejor y más valiente gente de la zona. Uno de sus capitanes era aquel valeroso
corsario al que llamaban «el Desnarigado»; otro, Abenzagao,
y otro, Bucar Candil. En ese momento, el conde
recibió aviso de que en Málaga estaban cargando una fusta y algunas barcazas
con gran cantidad de mercancías, por lo que envió tres de sus fustas para que
intentaran capturar este botín, nombrando como capitanes a un sirviente suyo
llamado Martín Vázquez Pestana, hombre valeroso y audaz ante los peligros, y a
Álvaro Fernández Palenzo, experimentado en las guerras marítimas; y Álvaro
Fernández do Cavacai; a estos tres les encomendó la expedición. Partieron una
noche y, al encontrarse ya tan adelante como la punta de Bullones, se topó
inesperadamente con las tres fustas mencionadas, a las que acompañaban otras
tres que se unieron a ellas: dos de la misma ciudad y una de Arcila; una de las
nuestras, a la que llamaban «El Raposo», se había adelantado un poco, y las
fustas enemigas, al percibir la presencia de nuestros barcos, los embistieron
con gran valor, repitiéndose la acción de tal manera que cada dos cargaban
contra uno. «Raposo» abordó una fusta enemiga con tal tenacidad que, al clavar
todo el espolón, arrojó al mar a parte de los moros, quienes, debido al tumulto
de la refriega, no pudieron ser socorridos y se ahogaron. Al prolongarse esta
embestida por segunda vez contra una fusta cristiana, luchó con ella durante un
largo rato, hasta que llegaron a reconocerse, tras haber sufrido numerosas
bajas en ambos bandos, y la otra fusta se habría perdido por completo de no
haberse reconocido a tiempo. Una gran fusta de los moros atacó a Raposo por un
lado, y otra por el otro; pero, al reconocerla, se apartaron sin atreverse a
embestirla. A continuación, se abalanzó contra Raposo otra fusta, y Abensigan, quien realizó dos arpeos para que no se soltara,
tras lo cual se entabló una dura refriega: parte de nuestra gente se unió a la
que se encontraba más cerca y acorraló a los moros con tal valor que todos
ellos, o murieron o se arrojaron al agua, salvo tres, que se escondieron bajo
la cubierta, y fueron hallados posteriormente. Con este buen resultado quedó la
contienda, igual en embarcaciones, aunque desigual en número de hombres; si
bien las dos barcazas enemigas que luchaban contaban con los mejores y más
valientes de toda la compañía. Se reanudó la refriega con gran valor por ambas
partes, y se prolongó durante un largo rato, hasta que algunos portugueses,
decididos, saltaron a otra fusta y, embistiendo con determinación, obtuvieron
el mismo éxito en esta, obligando a los moros, que huían de sus golpes, a
arrojarse al agua. Con esto ya se declaró la victoria de nuestra parte, y al
verlo, una de las fustas enemigas embistió a la «Raposo» con gran
determinación, y se reanudó la lucha; y como estaban abordadas, saltó a la
fusta enemiga un valeroso soldado, que se llamaba Pedro Alfonso, y otro tras él
cuyo nombre no quedó en la memoria; que se encontraba en la popa, y de tal
manera lucharon contra los moros una vez que se encontraron en su interior, que
la despejaron hasta el mástil; pero, al no recibir socorro, los moros se
abalanzaron sobre ellos y mataron a Pedro Alfonso, quien perdió la vida
realizando hazañas prodigiosas, mientras que su compañero, tras seguir luchando,
se salvó en nuestra fusta. Con esto, la nave enemiga fue retirándose de la
refriega y escapó junto con las demás aprovechando la oscuridad de la noche,
así como el descuido y la escasa experiencia de algunos de los nuestros. Así
terminó la batalla, y nuestras fustas regresaron a Ceuta sin que quedara nadie
que no saliera herido, aunque de todos ellos no murió más que Pedro Alfonso; de
los moros murieron más de sesenta, y entre ellos cuatro corsarios de gran
renombre. Esta fue una de las batallas de mayor renombre que libraron los
barcos de Ceuta, aunque no quedaron grabadas en la memoria todas las
circunstancias de la misma, que sin duda merecerían ser relatadas. A estas les
siguieron otras capturas, no tan célebres, pero de mayor provecho; pues las
fustas del Conde tomaron una de Alcazar sin apenas resistencia, y Luis
González, que más tarde fue veedor de la Hacienda de Lisboa, capturó una
poderosa carraca de los moros cargada de mercancías, cuyo botín fue de tan gran
importancia para este caballero que desde entonces vivió en la opulencia.
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