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LIBRO TERCEROEL CALIFATO. ALMANZORIX.
En el mismo día en que Mozhafí había sido destituido y arrestado, Ibn-Abí-Amir fue promovido a la dignidad de hadjib. En adelante, partía pues, con su suegro la autoridad soberana, y su poder era tan grande que debía parecer temerario resistirle. Sin embargo, se atrevieron. El partido que quiso dar la corona a otro que al joven hijo de Haquem II, y cuya alma era el eunuco Djaudhar, existía aun; demasiado lo atestiguan los versos satíricos que se cantaban por las calles de Córdoba, a despecho de la policía. Ibn-Abí-Amir no toleraba la menor alusión a las relaciones, acaso demasiado estrechas que habían entre él y la Sultana, y llegó a condenar a muerte a una cantadora a quien su dueño que quería venderla al ministro, había enseñado un canto de Amor acerca de Aurora; y sin embargo, se cantaban por las calles versos tales como estos: Este es el fin del mundo, porque pasan las peores cosas. El Califa está en la escuela, y su madre preñada de sus dos amantes. Mientras que se limitaron a hacer coplas a la corte, no era muy grande el peligro, pero Djaudhar se atrevió a más. De concierto con el Presidente del tribunal de alzada, Abdelmelic ibn-Mondhir, urdió una conspiración, cuyo objeto era asesinar al joven Califa, y colocar en el trono a otro nieto de Abderramán III, es a saber, Abderramán Ibn-Obaidallah. Una multitud de cadíes, de faquíes y de literatos, entre los que se hacía notar el ingenioso poeta Ramadí, estaban complicados en esta conspiración. Ramadí tenía a Ibn-Abí-Amir un odio mortal. Había sido amigo de Mozhafí, y era del escaso número de los que le permanecieron fieles, cuando la fortuna le había vuelto las espaldas. Ardía ahora en deseos de vengarlo, y había compuesto contra Ibn-Abí-Amir sátiras virulentas. Los conjurados estaban tanto más seguros del éxito de su empresa, cuanto que el visir Ziyad ibn-Aflah, que era entonces prefecto de la capital, estaba en el ajo. Asi, que ellos habían convenido con él el día y la hora en que habían de ejecutar su designio. Dejaudhar, que no estaba ya en la corte, pero que, gracias al empleo que había tenido, podía acercarse todavía fácilmente al soberano, se había encargado de asesinarlo, inmediatamente después de lo cual, sus cómplices proclamarían a Abderramán IV. En el día prefijado, cuando el prefecto hubo salido del palacio del Califa para volverse a su casa, que estaba situada al extremo de la ciudad, llevándose consigo todos sus agentes, Djauhar pidió y obtuvo una audiencia. Puesto en presencia del Califa trató de darle de puñaladas, pero un tal Ibn-Aruz que se encontraba en el salón se echó sobre él antes que hubiera podido realizar su proyecto. Empeñóse una lucha en la que se desgarraron los vestidos de Djaudhar, pero habiendo llamado Ibn-Aruz en su auxilio a la guardia, esta arrestó al eunuco. Poco después Ziyad-ibn-Aflah que había oido decir que el complot había fracasado, se presentó en palacio a toda prisa. Ibn-Aruz le censuró su negligencia, dándole claramente a entender que lo creía cómplice del crimen que Djaudhar había intentado, pero el prefecto se excusó lo mejor que pudo, protestó de su lealtad al monarca, y queriendo desmentir con su celo las sospechas que pesaban sobre él, hizo prender inmediatamente a les sospechosos, mandando conducirlos con Djaudhar a la prisión de Zahra. Instruyóse enseguida el proceso a los conspiradores, y la sentencia no se hizo esperar. El presidente del tribunal de alzada fue declarado culpable del crimen de alta traición, pero sus jueces no indicaron de una manera precisa la pena que debía sufrir, declarándolo solamente incurso en los términos de este versículo del Coran: «He aquí cuál será la recompensa de los que combatan a Dios y a su profeta, y de los que emplean todas sus fuerzas en producir desórdenes sobre la tierra: los condenaréis a muerte o les haréis sufrir el suplicio de la cruz: les cortaréis las manos y los pies alternados; serán arrojados del pais.» Como se ve, en este versículo la enunciación de las penas es muy vaga, así que el tribunal dejó al Califa la elección de la que debía aplicarse. En aquellas circunstancias, debía, pues decidir el consejo de Estado, y en esta asamblea, a que pertenecía Ziyad-ibn-Aflah que se esforzaba por reconquistar el favor de Ibn-Abí-Amir, fue el primero que opinó porque se aplicara la pena más grave. Prevaleció su opinión, y Abdelmelic-ibn-Mondhir fue crucificado. El pretendiente Abderramán fué también condenado a muerte. En cuanto a Djaudar, ignoramos lo que se decidió respecto a él, pero todo inclina a creer que fué también crucificado. La suerte de Ramadí, aunque tampoco envidiable, fué sin embargo, menos dura. Ibn-Abí-Amir, que quería desterrarlo, se dejó ablandar por las súplicas de los amigos del poeta, pero permitiéndodole permanecer en Córdoba, puso a esta gracia una restricción cruel; hizo proclamar por los heraldos que sería severamente castigado el que le dirigiera la palabra. Condenado así a un mutismo perpetuo, el pobre poeta erraba «en adelante como un muerto,» (tal es la expresion de un autor arábigo) en medio de la multitud que llenaba las calles de la capital. Esta conspiración había demostrado al ministro que sus más encarnizados enemigos se encontraban precisamente entre los que habían estudiado a su lado Bellas letras, Teología y Derecho. ¿Era envidia? En parte sí; Ibn-Abí-Amir su igual y su condiscípulo en otro tiempo, se había elevado demasiado para que los faquíes y los hombres de ley no le tuvieran envidia. Pero no era este el único ni el principal motivo de la aversión que les inspiraba: lo odiaban sobre todo a causa de las opiniones religiosas que le atribuían. Si se exceptúan algunos atrevidos pensadores y algunos poetas descreidos, los hombres educados en la escuela de los profesores de Córdoba, eran muy adictos al Islamismo. Mas Ibn-Abí-Amir, pasaba con razón o sin ella por musulmán muy tibio. No se le podía censurar el que pregonara ideas liberales en materia de fe, pero se decía que era aficionado a la Filosofía y que en secreto cultivaba mucho esta ciencia. Esto era en este tiempo una acusación terrible. Ibn-Abí-Amir lo conocía. Filósofo o no, era ante todo hombre de Estado, y queriendo quitar a sus enemigos el arma terrible de que se servían contra él, resolvió mostrar por un acto notorio de ortodoxia, que era buen musulmán. Habiendo mandado venir a los ulemas más considerados, tales como Acili, Ibn-Dhacwan y Zobaidi, los llevó a la la gran biblioteca de Haquem II, donde les dijo, que teniendo el propósito de acabar con los libros que trataban de Filosofía, de Astronomía y demás ciencias prohibidas por la religión, les suplicaba que ellos mismos hicieran el apartado. Pusieron enseguida manos a la obra, y cuando concluyeron la operación, el ministro mandó arrojar los libros condenados a una gran hoguera, y a fin de demostrar su celo por la fe, quemó algunos con sus propias manos. Esto era seguramente un acto de vandalismo. Ibn-Abí-Amir, era demasiado ilustrado para no juzgarlo así también; pero no por eso produjo menos buen efecto entre los ulemas y el pueblo bajo, tanto más, cuanto que el ministro se mostró desde entonces el enemigo de los filósofos, la columna de la religión. Rodeaba a los ulemas de consideraciones y de homenajes, los colmaba de favores y escuchaba sus piadosas exhortaciones, por largas que fueran a veces, con una atención y una paciencia de todo punto edificantes. Hizo más: se puso a copiar el Corán con sus propias manos, y desde entonces, cuando se ponía en camino, llevaba siempre consigo esta copia. Habiéndose formado así una reputación de ortodoxia, que pronto nadie se atrevió a disputarle, tan bien establecida estaba, dirigió su atención al Califa, que a medida que avanzaba en años, se hacía más temible para él. Según el testimonio de su preceptor, Zobaidi, Hixem II anunciaba en su infancia las más felices disposiciones; aprendía con asombrosa facilidad todo lo que se le enseñaba, y tenía un juicio más sólido que la mayor parte de los niños de su tiempo. Pero cuando, muy joven aún, hubo subido al trono, su madre e Ibn-Abí-Amir se dedicaron a deprimir sistemáticamente sus facultades. No nos atreveríamos a afirmar que ellos le hicieran gustar prematuramente los goces del harem, pues si bien la circunstancia de que Hixem no tuvo nunca hijos, da cierto grado de verosimilitud a esta sospecha, no se apoya sin embargo en ningún testimonio; pero lo que sí es cierto es que se esforzaron en oscurecer su inteligencia sobrecargándolo con ejercicios de devoción, y que trataron de persuadirle de que si reinaba por sí mismo los negocios le distraerían de la contemplación de las cosas divinas y le impedirían trabajar en su salvación eterna. Hasta cierto punto habían conseguido su designio: Hixem hacía buenas obras, leía asiduamente el Corán, oraba y ayunaba; sin embargo, su inteligencia no estaba suficientemente cegada para que Ibn-Abí-Amir estuviera completamente tranquilo acerca de él, y lo que más temía era que más tarde o más temprano otras personas se apoderaran del ánimo del joven monarca y le abrieran los ojos sobre su verdadera situación. Mientras que los negocios de Estado se trataran en el palacio del Califa semejante peligro era de temer; en las idas y venidas de tantos generales y empleados una simple casualidad podía poner al Califa en relación con alguno de ellos y por poco ambicioso y diestro que fuera podía hacer caer al ministro en un cerrar de ojos. Era preciso prevenir este peligro, y para esto, Ibn-Abí-Amir, resolvió que los negocios de Estado se trataran en otra parte, a cuyo fin hizo edificar al E. de Córdoba y a orillas del Guadalquivir una nueva ciudad con un soberbio palacio para sí y otros para los altos dignatarios. En dos años quedó concluida la ciudad que recibió el nombre de Zahira, y entonces el ministro hizo trasladar allí las oficinas del gobierno. No tardó Zahira en albergar una numerosísima población. Las altas clases sociales dejaron Córdoba y Zahra para acercarse a la fuente de donde manaban todos favores; afluyeron también los comerciantes, y a poco fue tal la estension de Zahira, que sus arrabales tocaban los de Córdoba. Desde entonces fue fácil vigilar al Califa, y excluirle de toda participación en los negocios; sin embargo, el ministro no desdeñó nada para que su aislamiento fuera lo más completo posible. No contento con rodearlo de guardias y de espías, hizo cercar el palacio califal con un muro y un foso, y hacía castigar de la manera más severa a cualquiera que osaba aproximarse. Hixem estaba realmente prisionero: no se le permitía salir de palacio, no podía pronunciar una palabra ni hacer un movimiento sin que el ministro no lo supiera inmediatamente, y no sabía de los negocios de Estado más que lo que este quería decirle. Mientras que tuvo todavía algunos miramientos que guardar, Ibn-Abí-Amir pretendía que el joven monarca le había abandonado la dirección de los negocios, a fin de poder entregarse enteramente a sus ejercicios espirituales; pero cuando ya se creyó seguro, no volvió a cuidarse más de él, y hasta prohibió pronunciar su nombre. A todas estas medidas, quiso Ibn-Abí- Aimr unir otra no menos importante: reorganizar el ejército. Dos motivos le impulsaban a ello, uno patriótico y otro enteramente personal: quería hacer de España una de las primeras potencias de Europa, y desembarazarse de su colega Galib. El ejército, tal como estaba constituido, es decir, compuesto en su mayoría de árabes españoles, no parecía adecuado para ninguno de los dos proyectos. La organización militar era sin duda defectuosa. Dejaba demasiado poder a los jefes de los «djond,» y ponía pocos soldados a disposición del soberano. Verdad es que este podía servirse no solo de las tropas sacadas de los «djond» sino también de las de las fronteras, que parecen haber sido las mejores; sin embargo, la costumbre hacía que estas no fueran llamadas a las armas sino en caso de necesidad, y no formaban parte del ejército permanente. En cuanto a este último, era poco numeroso. No contaba más que cinco mil caballos, aunque la caballería fuera entonces el arma más importante, y la de que dependía la suerte de las batallas. Además estas tropas dejaban bastante que desear. El viajero Ibn-Haucal atestigua, por lo menos, que los jinetes andaluces tenían muy poca gracia, pues que no atreviéndose, o no pudiendo usar estribos, dejaban caer y flotar las piernas, y añade, que en general, el ejército español debía la mayor parte de sus triunfos no a la bravura sino a la astucia. Verdad es que el testimonio de este viajero es algo sospechoso. Como deseaba que su soberano el Califa fatimita emprendiera la conquista de la península, acaso denigró demasiado a las tropas del país; sin embargo algo de verdad hay en sus críticas, y es incontestable que los Árabes enmuellecidos por el lujo y por la dulzura del clima, habían ido perdiendo poco a poco su espíritu marcial. Ibn-Abi-Amir no podía esperar, pues, hacer con semejante ejército brillantes conquistas. Además no tenía confianza en él, para en caso que tuviera que hacerle combatir contra Galib, Y preveía, sin embargo, que la lucha con su colega era inevitable. Verdad es que este le había servido de mucho para hacer caer a Mozhafí, pero ya no podía servirle de nada, y lo que es peor, le incomodaba. Galib no aprobaba siempre las medidas que él juzgaba convenientes, y lo contrariaba sobre todo respecto a la reclusión del Califa. Cliente de Abderramán III, y realista ardiente, se afligía y se indignaba viendo al nieto de su patrono guardado y encerrado como un cautivo, o como un criminal. Ibn-Abí-Amir, poco amigo de contradicciones, estaba muy decidido a desembarazarse de su suegro, ¿pero cómo? Galib no era hombre como Mozhafí, que se pudiera echar abajo por una intriga cortesana: era un general ilustre, que si llegaba a manifestar que quería sustraer al soberano de la tiranía de su ministro, tendría de su parte casi todo el ejército, cuyo ídolo era. Ibn-Abí-Amir no se hacía ilusiones en este punto; conocía que para alcanzar su objeto, necesitaba de otras tropas, de tropas que le fueran esclusivamente adictas. En otros términos, tenía necesidad de soldados extranjeros: la Mauritania y la España cristiana se los suministraron. Hasta entonces se había ocupado poco de la Mauritania. Por la estancia que había hecho allí en calidad de Cadí supremo, se había convencido de que la posesión de aquellas tierras lejanas, y pobres era para España, más gravosa que útil, y conformándose en esto a la política de Mozhafí, se había limitado a mantener completa la guarnición de Ceuta. Respecto a lo demás del país, había confiado su administración a los príncipes indígenas, cuidando sin embargo de mantenerlos adictos con liberalidades de toda especie. Bajo el punto de vista español, esta política era sin duda buena y sensata, pero para la Mauritania tuvo funestas consecuencias. Viendo el pais abandonado a sus propias fuerzas, Bologguin, virey de Ifrikia, lo invadió en 779. Consiguió triunfo sobre triunfo, y arrojando ante sí a los príncipes que reconocían por señor al Califa omeya, los obligó a refugiarse tras de las murallas de Ceuta. Pero los triunfos de Bologguin, lejos de ser obstáculo a los designios de Ibn-Abí-Amir los favorecían por el contrario. Los berberiscos amontonados en Ceuta se encontraban en gran estrechez, y como el vencedor les había quitado casi todo lo que poseían, no sabían de qué vivir. Esta era para el ministro español una ocasión escelente de proporcionarse de una vez gran número de excelentes jinetes, así, que no la dejó escapar. Escribió a los berberiscos, diciéndoles que si querían servir en España, podían estar seguros de no carecer de nada, y de recibir un elevado sueldo. Ellos respondieron en masa a su llamamiento. Un príncipe del Zab, un tal Djfar, a quien sus aventuras hacía tiempo que habían hecho famoso, se dejó ganar también por las brillantes promesas del ministro, y vino a España con un cuerpo de seiscientos caballos. Los berberiscos no tuvieron por qué arrepentirse de su resolución. Nada pudo igualar la generosidad de Ibn-Abí-Amir respecto a ellos. «Cuando llegaron a España estos africanos, dice un historiador arábigo, sus vestidos estaban llenos de andrajos, y ninguno de ellos tenían más que un mal jamelgo; pero poco después se los vió caracolear por las calles, vestidos con las más ricas telas y montados en los más hermosos caballos, mientras que habitaban palacios que no habían imaginado ni aun ensueños.» Eran muy ávidos, pero, si ellos no dejaban de pedir, Ibn-Abí-Amir no les dejaba de dar, y era muy sensible al reconocimiento que le manifestaban. Los protegía con todos y contra todos, y no permitía que se les ofendiera, ni aun que se burlasen de la jerga que hablaban, cuando querían expresarse en árabe, porque de ordinario hablaban su lengua materna, de la que los árabes no entendían una palabra. Un día que pasaba revista a sus soldados, se le aproximó un oficial berberisco, llamado Wanzemar, y estropeando el árabe de una manera horrible, le dijo: —Señor, os suplico que me deis una habitación, porque tengo que acostarme al raso. —¿Pues qué, Wanzemar, le respondió el ministro, nó tienes ya la casa grande que te di? —Señor, vos me habéis echado por las bondades de que me colmásteis. Me habéis dado tantas tierras que todas la habitaciones están llenas de grano y no queda sitio para mi. Acaso me diréis que si me estorba el grano, no tengo más que tirarlo por la ventana; pero, señor, dignaos recordar que yo soy un berberisco, es decir, un hombre que antes de ahora, se ha visto obligado a sufrir la miseria, y que ha estado a veces a punto de morir de hambre, y ya conocéis que un hombre semejante lo piense dos veces antes de tirar el grano por la ventana. —No digo que tú seas un elocuente orador, replicó el ministro sonriendo, y sin embargo, tu estilo me parece más diserto y más conmovedor que los discursos mejor hechos de mis sábios académicos. Y luego, dirigiéndose a los andaluces que lo rodeaban y que se ahogaban de risa en tanto que hablaba el berberisco: «He aquí, les dijo, el verdadero modo de mostrar y obtener nuevos favores. Este hombre de que os reís, vale más que vosotros, decidores, no olvida los beneficios que ha recibido y no pretende que se le ha dado poco como vosotros lo hacéis todos los días.» Y mandó dar enseguida a Wanzamar un soberbio palacio. La España cristiana le suministró también exccelentes soldados. Pobres, ávidos y malos patriotas los Leoneses, los Castellanos y los Navarros se dejaron fácilmente seducir por la buena paga que el árabe les ofrecía y cuando servían una vez bajo sus banderas, su bondad su generosidad y el espíritu de justicia que presidía sus decisiones hacían tanto más querido cuanto que en su patria no estaban acostumbrados a tanta equidad. Ibn-Abí-Amir tenía para ellos infinitas consideraciones. En su ejército, el domingo era día de descanso para todos sus soldados, cualquiera que fuese su religión, y si se suscitaba alguna disputa entre un cristiano y un musulmán, siempre favorecía al cristiano. No debe pues admirarnos que los cristianos le fueran tan adictos como los bereberes. Unos y otros creían por decirlo así su propiedad. Habían renegado y olvidado su patria y la Andalucía no había llegado a ser para ellos una patria nueva; apenas entendían el idioma. Su patria era el campamento y aunque pagados por el erario público no estaban al servicio del Estado, sino al de Ibn-Abí-Amir. A él era a quien debían su fortuna; de él dependían y de él se dejaban emplear contra cualquiera. Al mismo tiempo que daba así a los extranjeros preponderancia en el ejército, cambiaba el hábil ministro la organización de las tropas españolas, que en otro tiempo constituía su fuerza frente al gobierno. Desde tiempo inmemorial las tribus con sus divisiones y subdivisiones formaban los regimientos, las compañías y las escuadras. Ibn-Abí-Amir abolió esta costumbre e incorporó a los Árabes en los diferentes regimientos sin consideración a la tribu a que pertenecían. Un siglo antes cuando los Árabes estaban todavía animados del espíritu de corporación, semejante medida que implicaba un cambio radical en la ley de alistamiento y que quitaba a la nobleza los últimos restos de su poder, hubiera provocado sin duda violentas murmuraciones y acaso hubiera sido motivo de un levantamiento general; ahora se ejecutó sin obstáculo; tanto habían cambiado los tiempos. La antigua división en tribus no quedaba ya más que como recuerdo. Muchos árabes ignoraban la tribu a que pertenecían y reinaba en este punto una confusión que desesperaba a los genealogistas. Verdad es, que Haquem II, que amaba y que admiraba lo pasado, que conocía tan bien, había intentado hacer renacer esta reminiscencia de otra edad; hizo examinar por sabios las genealogías y quiso que cada árabe volviera a colocarse en su tribu, pero sus esfuerzos, contrarios a la sana política, se había estrellado contra el espíritu del siglo que tendía en todas partes y salvo raras escepciones, a la unidad y a la fusión de razas. Dando el último golpe a la antigua división en tribus, Ibn-Abí-Amir, no hizo más que acabar el trabajo de asimilación que Abderramán III, había emprendido y que el sentimiento nacional aprobaba. Mientras que así se preparaba para la guerra, Ibn-Abí-Amir parecía vivir en buena inteligencia con su suegro. Pero este tenía sobrada penetración para equivocarse sobre el objeto de los grandes cambios que hacía su yerno en el ejército y estaba decidido a romper con él. Un día que se encontraban juntos en lo alto de la torre de un castillo fronterizo comenzó a abrumarlo de recriminaciones. Ibn-Abí-Amir le respondió con no menos vivacidad y su altercado tomó tal carácter de violencia que Galib furioso le gritó: «Perro! Abrogándote la autoridad suprema, lo que tu preparas es la caída de la dinastía!» Y sacando la espada se precipitó sobre él echando espumarajos de cójera. Algunos oficiales trataron de contenerle, pero no lo consiguieron más que a medias; Galib hirió a Ibn-Abí-Amir y este aterrorizado se tiró desde lo alto de la torre. Afortunadamente para él se quedó enganchado de algún pico y esto fue lo que lo salvó. Después de esta escena la guerra era inevitable, así que no tardó en estallar. Galib se declaró campeón de los derechos del Califa; parte de las tropas siguieron sus banderas y consiguió además la ayuda de los Leoneses. Diéronse muchos combates en los que algunos de los personajes más notables de la corte perdieron la vida. La última vez que vinieron a las manos estaba ya a punto de ser derrotado le ejército de Ibn-Abí-Amir, cuando Galib que cargaba a la cabeza de su caballería tuvo la desgracia de pegar con la cabeza contra el arzón de la silla. Gravemente herido cayó enseguida del caballo y no viéndolo sus soldados y sus aliados cristianos emprendieron la fuga, de modo que Ibn-Abí-Amir consiguió una brillante victoria. Entre los cadáveres se encontró el de Galib (d.C. 981). Pero Ibn-Abí-Amir no se contentó con este tiempo por grande que hubiera sido. Quería al par castigar a los Leoneses por el apoyo que habían prestado a su rival, y mostrar a sus compatriotas que si habia formado un soberbio ejército no era solo por su interés, sino también por el de su patria, invadió pues el reino de León y le hizo sufrir un tremendo castigo. Su vanguardia mandada por un príncipe de la familia real, llamado Abdallah, más conocido con el nombre de «Piedra seca,» tomó y saqueó Zamora (julio del 981.) Verdad es que los musulmanes no pudieron obligar a que se rindiera la ciudadela, pero se vengaron talando a sangre y fuego toda la comarca. Pasaron a cuchillo tres mil cristianos, hicieron otros tantos prisioneros, y en un solo distrito destruyeron un centenar de lugares o de aldeas, casi todos bien poblados y llenos de iglesias y de conventos. Ramiro III que apenas tenía entonces veinte años se alió con Garci-Fernandez, conde de Castilla y con el rey de Navarra. Marcharon juntos los tres príncipes contra Ibn-Abí-Amir y le presentaron la batalla en Rueda, al S. O. de Simancas, pero fueron batidos y la importante plaza de Simancas, cayó en poder de los Musulmanes. Estos, hicieron pocos prisioneros, la mayor parte de los habitantes y de los soldados fueron muertos. Aunque la estación estaba ya muy adelantada, Ibn-Abí-Amir marchó contra León. Ramiro salió a su encuentro y trató de detenerlo. La fortuna pareció favorecer su audacia; rechazó a los enemigos y los obligó a retirarse a su campamento. Pero allí estaba Ibn-Abí-Amir. Sentado sobre una especie de trono bastante elevado, miraba la batalla y daba sus órdenes. La fuga de sus soldados le hizo estremecerse de indignación y de ira, y tirándose de su asiento, se quitó su casco de oro, y se sentó en el suelo. Sus soldados sabían lo que significaba esto. Su general no lo hacía sino cuando quería manifestarles su descontento, porque peleaban cobardemente. Así que la vista de aquella cabeza descubierta les produjo un efecto extraordinario, avergonzados de su derrota pensaron que era preciso repararla a toda costa, y dando gritos salvajes se precipitaron sobre el enemigo con tal ímpetu, que le hicieron volver grupas yéndole tan encima que entraron con él por las puertas de León, y hubieran tomado la ciudad, si una tormenta de nieve y granizo que descargó de pronto, no les obligara a suspender el combate. Cuando Ibn-Abí-Amir volvió a Córdoba (porque la proximidad del Invierno le había obligado a retirarse) tomó uno de esos sobrenombres que hasta entonces no habían sido llevados sino por los Califas, y por el cual hemos de designarle en adelante, el de Almanzor. Quiso también que se le tributaran todos los honores reales. Exigió, por ejemplo, que todo el que llegara a su presencia, sin exceptuar a los visires ni a los principes de la sangre, le besara la mano, como se hacía con el monarca. Se le obedeció, y era tanto el deseo que había de agradarlo, que se la besaron también a sus hijos, hasta a aquellos que apenas habían salido de la cuna. Parecía pues omnipotente y nadie hubiera dicho que tenía rival. Sin embargo él no lo juzgaba así. En su opinión había todavía un hombre que, si no era peligroso, podía serlo, y este hombre era el general Djafar, príncipe del Zab. Dejafar le había hecho grandes servicios en la guerra contra Galib, pero el doble brillo de su nacimiento y de su fama, habían despertado los celos del ministro y de la nobleza de la corte. Almanzor tomó respecto a él una resolución que echa una mancha indeleble sobre su gloria. Habiendo dado órdenes secretas a los dos Todjibitas Abu-l-Ahwaz Man y Abderramán ibn-Motarrif, invitó a Djafar a un convite. Djafar aceptó la invitación. La fiesta fue magnífica y gracias a los vinos generosos estaban ya todos alegres cuando el escanciador presentó una copa al ministro. «Llévasela, dijo a este, al que más estimo.» El copero permaneció suspenso, no sabiendo a cuál de aquellos nobles convidados era al que su señor quería designar. «¡Maldito copero! esclamó entónces Almanzor, llévasela al visir Djafar!» Este, lisonjeado con semejante testimonio de estimación se levantó enseguida, y cogiendo la copa la vació toda de un trago, y olvidando toda etiqueta se puso a bailar. Los demás convidados, arrastrados por su loca alegría siguieron su ejemplo. La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche, y cuando se separaron, Djafar estaba ya completamente ebrio. Volvía a su casa acompañado solo de algunos pajes, cuando de pronto se vió asaltado por los soldados de los Todjibitas, y antes que tuviera tiempo de defenderse, había dejado de existir; (22 de Enero del 983). Su cabeza y su mano derecha fueron enviadas secretamente a Almanzor, que fingió no conocer los autores de este asesinato, y que manifestó una profunda tristeza. X Si el pueblo conoció o sospechó la verdad respecto a la muerte de Djafar, pronto olvidó este crimen para no ocuparse más que de las nuevas victorias del ministro. Los asuntos del reino de León, habían tomado para éste un giro favorabilísimo. Los desastres que esperimentó Ramiro III en la campaña de 981, le fueron fatales. Los grandes no querían ya a un príncipe que parecía perseguido por la desgracia, y que además lastimaba su orgullo con sus pretensiones a la autoridad absoluta. Estalló una rebelión en Galicia. Los nobles de esta provincia resolvieron dar el trono a Bermudo, primo hermano de Ramiro, y el 15 de Octubre de 982 lo consagraron en la iglesia de Santiago de Compostela. Ramiro marchó al punto contra él, y se dió una batalla en Portilla de Arenas, fronterizo entre León y Galicia, pero aunque encarnizada quedó indecisa. En adelante, la fortuna favoreció cada vez más las armas de Bermudo II, y en Marzo del año 984 quitó la ciudad de León a su competidor. Para no sucumbir por completo, Ramiro, que se había refugiado en las cercanías de Astorga, se vió obligado a implorar la ayuda de Almanzor, reconociéndose su vasallo. Poco después murió, (26 de Junio del 984). Su madre pretendió reinar en su lugar, apoyándose en los Musulmanes; pero pronto se vió privada de sus auxilios. Bermudo había comprendido que si no se humillaba a pedir lo que había pedido Ramiro, le sería difícil sujetar a los grandes, que se negaban a reconocerlo. Dirigióse, pues a Almanzor, y las promesas que le hizo debieron ser mayores que la de su enemigo, puesto que aquel se declaró por él, poniendo a su disposición un gran ejército de Musulmanes. Gracias a esta ayuda, Bermudo consiguió someter todo el reino a su autoridad, pero fue desde entonces también un lugarteniente de Almanzor, gran parte de cuyas tropas permaneció en el país tanto para vigilarlo como para ayudarlo. Habiendo hecho así del reino de León una provincia tributaria resolvió Almanzor volver sus armas contra Cataluña. Como esta era un feudo del rey de Francia, los Califas la habían respetado hasta entonces, temiendo que si la atacaban tendrían también que combatir con los franceses. Pero Almanzor no participaba de estos temores; sabía que Francia era presa de la monarquía feudal y que los condes catalanes no podían esperar auxilio alguno por esta parte. Habiendo reunido pues, gran número de tropas salió de Córdoba el 5 de Mayo del 985, llevando consigo unos cuarenta poetas asalariados para que cantaran sus victorias. Pasando por Elvira, Baza y Lorca, llegó a Murcia donde fue a vivir en casa de Ibn-Khattab. Este era un simple particular que no tenía ningún empleo, pero cuyas propiedades eran grandísimas y sus rentas enormes. Cliente de los Omeyas procedía probablemente de origen visigodo y acaso descendía de aquel Teodomiro que cuando la conquista, había hecho con los musulmanes una capitulación tan ventajosa, que él y su hijo Atanagildo reinaron como príncipes casi independientes en la provincia de Murcia. Sea de esto lo quiera, Ibn-Khattab era tan generoso como rico. Durante trece dias consecutivos, no solo costeó a Almanzor con su comitiva, sino a todo el ejército desde los visires hasta el último soldado. Cuidó de que la mesa del ministro estuviera siempre suntuosamente servida; jamás le presentó por segunda vez manjares que ya hubiera comido, ni vajilla que ya hubiera usado, y llevó su prodigalidad hasta ofrecerle un baño preparado con agua de rosas. Por acostumbrado al lujo que estuviera Almanzor quedó asombrado del que desplegaba su huésped. Asi que no cesaba de elogiarlo y queriendo darle una prueba de su reconocimiento lo declaró exento de una parte de la contribución territorial, ordenando además a los magistrados encargados de la administración de la provincia que le tuvieran las mayores consideraciones y que se conformaran en todo lo posible á sus deseos. Dejando Murcia, Almanzor continuó su marcha a Cataluña y después de haber batido al conde Borrel, llegó el miércoles, primero de Julio, delante de Barcelona, y el lunes siguiente la tomó por asalto. La mayor parte de los soldados y de los habitantes fueron pasados a cuchillo, los demás reducidos a servidumbre; la ciudad, saqueada y quemada. Apenas de vuelta de esta campaña la vigésimotercera que había hecho Almanzor, siempre infatigable y siempre ávido de nuevas conquistas, fijó su atención en la Mauritania. Durante muchos años había estado este pais en poder de Bologguin, virey de Ifrikia, pero desde los últimos años del reinado de este príncipe, y sobre todo después de su muerte (acaecida en Mayo de 984) el partido omeya había comenzado a levantar la cabeza. Muchas ciudades, tales como Fez y Sidjilmesa, habían sacudido ya el yugo de los Fatimitas, cuando un principa africano que estaba ya casi olvidado, reapareció en la escena, el Edrisita Ibn-Kennum. En tiempos de Haquem II, Ibn-Kennum, como ya hemos referido, tuvo que entregarse a Galib, y habiéndolo traído a Córdoba, permaneció allí hasta que Mozhafí lo envió a Túnez, después de haberle hecho prometer no volver a la Mauritania. Pero Ibn-Kenum no tenia intención de cumplir su promesa. Habiéndose presentado en la corte del Califa Fatimita asedió a este príncipe durante diez años, suplicándole que lo restableciera. Y habiendo obtenido al fin tropa y dinero, había vuelto á su pais natal, y como había comprado el apoyo de muchos jeques berberiscos, se hallaba ahora en camino de enseñorearse de él. Esto es lo que quería impedir Almanzor, y para lo que tomó al efecto las medidas necesarias. Envió a Mauritania gran número de tropas bajo el mando de su primo hermano Askeledja. La guerra no fue de larga duración: demasiado débil para resistir a sus enemigos, Ibn-Kennum se entregó después de haber obtenido de Askeledja la promesa de que sería respetada su vida, y de que podría habitar en Córdoba como antes. Semejante promesa hecha a un hombre muy ambicioso y muy pérfido era seguramente una imprudencia, y puede preguntarse si Askeledja estaba autorizado a hacerla. Los cronistas árabes nos dejan en duda respecto a este particular, pero la conducta de Almanzor nos inclina a creer que Askeledja había traspasado sus poderes. El ministro declaró que el tratado era nulo, y haciendo traer a Ibn-Kennum a España, lo hizo decapitar de noche en el camino que va de Algeciras a Córdoba, (Setiembre ú Octubre del 985). Aunque Ibn-Khennum hubiera sido un tirano cruel que tenía el bárbaro placer de precipitar sus prisioneros desde lo alto de la Roca de las Águilas, el modo con que fue muerto excitó sin embargo en su favor una simpatía que parece haber sido bastante general. Añádase a esto, que era un cherif, un descendiente del yerno del profeta. Atentar contra la vida de un hombre semejante era un sacrilegio a los ojos de las masas ignorantes y supersticiosas. Aun los rudos soldados, que obedeciendo las órdenes recibidas lo habían muerto, lo juzgaron así, y una tormenta que sobrevino de pronto y que los tiró a tierra, les pareció un milagro, un castigo del cielo. Unos decían que Almanzor había cometido una impiedad, otros, que había hecho una perfidia, puesto que hubiera debido respetar como suya la palabra dada por su teniente. Esto se decía en voz alta a pesar del temor que inspiraba el ministro y el descontento se manifestó de un modo tan palpable, que Almanzor no podía engañarse sobre la disposición de los ánimos, y comenzó a alarmarse seriamente. Juzgúese cuál sería su cólera, cuando supo que Askeledja estaba mas indignado que nadie y que hasta delante de sus tropas se había atrevido a llamar pérfido a su primo. Audacia semejante exigía un castigo ejemplar. Así, que Almanzor se apresuró a enviar a su primo la orden de venir inmediatamente a España, le formó causa, y habiéndolo hecho condenar como reo de malversación y de alta traición lo mandó matar (Octubre o Noviembre del 985). Entonces se redoblaron los clamores. Ahora se compadecían, no solo de la suerte del desgraciado cherif, sino de la de Askeledja, y se preguntaban, si no había dado Almanzor una nueva prueba de su atroz política y de su menosprecio de todos los lazos, aun de los de la sangre, haciendo decapitar a su propio primo. Los parientes de Ibn-Kennum, engañados en las esperanzas que habían concebido cuando este príncipe parecía estar a punto de conquistar toda la Mauritania, fomentaban el descontento todo lo que podían. Instruido de sus manejos, Almanzor los sentenció a todos al destierro. Entonces dejaron España y la Mauritania, pero Ibrahin-ibn-Edris, uno de ellos, lanzó todavía antes de partir, un dardo contra el ministro, componiendo un largo poema que tuvo mucha boga y en el que se encontraban estos versos: -- ¡El destierro, he aquí siempre mi triste suerte! La desgracia me persigue sin cesar; es mi acreedor, el mismo dia del vencimiento se me presenta. Lo que acaba de suceder me llena de estupor, nuestro infortunio es inmenso y casi imposible de remediar. Apenas puedo creer a mis ojos y casi estoy tentado do decir que me engaño. ¡Qué, existe todavía la familia de Omeya, y sin embargo un jorobado gobierna este vasto imperio! He ahí soldados que marchaban al rededor de un palanquín, en donde va un mono rojo! Hijos de Omeya, vosotros que brillábais antes como estrellas en medio de la noche ¿cómo es que ahora ya no se os ve? Antes érais leones, pero habéis dejado de serlo y he ahí por qué ese zorro se ha hecho amo del poder. Zorro o no,—y como se ve, el apodo que antes encontramos en un verso de Mozhafí, se quedó,—estaba convencido Almanzor de la necesidad de hacer algo que en la opinión lo rehabilitara. Resolvió por consiguiente, agrandar la mezquita, que era demasiado pequeña para contener los habitantes de la capital y los innumerables soldados venidos de África. Debía comenzarse por expropiar a los dueños de las casas que ocupaban el terreno sobre que se iba a edificar y esta era una medida que para no hacerse odiosa pedía mucho tacto y delicadeza, pero Almanzor tenía para estas cosas una admirable habilidad. Mandaba presentársele a cada propietario (lo que ya era un gran honor) y le decía: «Amigo mío, tengo el proyecto de agrandar la mezquita, santo lugar en que dirigimos nuestras oraciones al cielo y quisiera comprar tu casa en interés de la comunidad musulmana y a costa del tesoro que está bien provisto, gracias a las riquezas que he arrebatado a los infieles; dime pues, lo que quieres por ella, no te quedes corto, dime francamente lo que quieres.» Y cuando su interlocutor decía una suma que creía exhorbitante, esclamaba el ministro: «Eso es muy poco, tienes demasiada conciencia. Toma, yo te doy ahora, tanto.» Y no solo le ponía el dinero en la mano, sino que mandaba que le compraran otra. Topó sin embargo con una señora que rehusó durante mucho tiempo venderle la suya. Había en su jardín una hermosa palmera por la que tenía capricho y cuando ella consintió al fin en deshacerse de su casa, fue con la condición de que se le había de comprar otra que tuviera también una palmera en el jardín. Esto era difícil de encontrar, pero en cuanto el ministro se informó de la petición de la señora, exclamó: «Pues bien le compraremos lo que desea aunque tengamos que vaciar todos las arcas del Erario.» Después de mucho trabajo se encontró al fin una casa tal como se deseaba y se compró a un precio exhorbitante. Tanta generosidad dió su fruto. Por quejas que se tuvieran contra el ministro no podía negarse que hacía las cosas grande y noblemente y por otra parte, las personas devotas se veían obligados a confesar que el ensanche de la mezquita era una obra muy meritoria. Y todavía fue otra cosa, cuando habiendo comenzado los trabajos se vio sacar los escombros a una multitud de prisioneros cristianos con grillos en los pies. Entonces se dijo que jamás había brillado tanto el Islamismo y que nunca los infieles habían sido humillados a tal extremo. ¡Y luego, cuando se vió al mismo Almanzor, el señor omnipotente, el general más grande del siglo, manejar para agradar a Dios, la espiocha, el palustre y la sierra como si hubiera sido un simple trabajador! Ante semejante espectáculo enmudecieron todos los odios. Mientras que todavía se trabajaba en el ensanche de la mezquita, se renovó la guerra contra León. Las tropas musulmanas que habían quedado en el reino lo trataban como país conquistado y cuando Bermudo II se quejaba, no recibía de Almanzor más que respuestas altivas y desdeñosas. Perdió al cabo la paciencia y tomando una atrevida resolución echó a los musulmanes. Almanzor se vio pues, obligado de hacerle conocer una vez más la superioridad de sus armas, y en el fondo no le disgustó esta nueva guerra, porque con ella los vecinos de la capital, en lugar de hablar de cosas que en su opinión no eran de su competencia, preferirían entretenerse de nuevo con sus batallas, sus victorias y sus conquistas. Y tuvo buen cuidado de suministrarles materia para sus conversaciones. Habiéndose apoderado de Coimbra en Junio de 987, arruinó la ciudad de tal modo que estuvo desierta siete años. Al siguiente atravesó el Duero y entonces el ejército musulmán se lanzó como un torrente en el reino de León, matando y destruyendo todo lo que encontraba al paso. Ciudades, castillos, conventos, iglesias, lugares, aldeas, nada se perdonó. Bermudo se había metido en Zamora, probablemente porque creía que esta ciudad sería la primera atacada, pero Almanzor le dejó de lado y se fue derecho a Leon. Ya una vez había estado a punto de tomarla, pero gracias a su buena ciudadela, a sus fuertes torres, a sus cuatro puertas de marmol y a sus murallas romanas que tenían más de veinte pies de espesor, era muy fuerte y resistió por mucho tiempo los esfuerzos del enemigo. Al fin logró abrir una brecha cerca de la puerta occidental, cuando el gobernador de la plaza, el conde gallego Gonzalvo González, se encontraba en cama a consecuencia de una grave dolencia. El peligro era extremo, así que el conde, enfermo y todo como estaba se hizo poner la armadura y llevar en litera a la brecha. Con su presencia y sus palabras reanimó el valor abatido de sus soldados que durante tres dias consiguieron todavía rechazar a los enemigos, pero al cuarto los Musulmanes penetraban en la ciudad por la puerta meridional. Entonces comenzó una horrible carnicería. El mismo conde, cuyo heroísmo hubiera debido inspirar respeto, fue muerto en su litera. Después de matar, destruyeron. No se dejó piedra sobre piedra. Puertas, torres, murallas, ciudadela, todo fue destruido hasta los cimientos. No se dejó de pie más que una sola torre que se hallaba cerca de la puerta septentrional, y que era poco más ó menos de la misma altura que las otras. Almanzor había mandado perdonarla, quería que mostrara a las futuras generaciones, cuán fuerte había sido aquella ciudad que había hecho desaparecer de la faz de la tierra. Los Musulmanes regresaron enseguida hacia Zamora, y después de haber quemado los soberbios conventos de San Pedro de Eslonza y de Sahagún, que se hallaban en su camino, pusieron sitio a esta ciudad. Bermudo se mostró menos valeroso que su teniente de León. Escapó furtivamente, y cuando hubo partido, los habitantes rindieron la plaza, que Almanzor mandó saquear. Casi todos los condes lo reconocieron entonces por soberano, y Bermudo no conservó más que los distritos de la costa. De vuelta a Zahira después de esta gloriosa campaña, tuvo Almanzor que ocuparse de asuntos gravísimos: descubrió que los grandes conspiraban contra él, y que su propio hijo Abdallah, joven de veintidós años, era de los conjurados. Bravo y distinguido caballero, no era sin embargo querido de su padre. Este tenía sus razones para creer que no era hijo suyo, pero esto lo ignoraba el joven, y como se veía siempre postergado a su hermano Abdelmelic, que tenía seis años menos que él, y al que se creia muy superior en talento y en bravura, estaba ya grandemente descontento de su padre cuando llegó a Zaragoza, residencia del virrey de la Frontera superior, Abderramán-ibn-Motarrif el Todjibita. El aire de esta corte le fue fatal. Su huésped era el jefe de una ilustre familia, en la cual había sido el vireinato hereditario durante un siglo, y como Almanzor había derribado sucesivamente a los hombres mas poderosos del imperio, temía con razón que siendo el último de los nobles que quedaba en pie, no cayera también a su vez, víctima de la ambición del ministro. Tenia, pues, intenciones de adelantarse, y solo esperaba para sublevarse ocasión oportuna. Ahora creyó haberla encontrado; el joven Abdallah le pareció un instrumento muy a propósito para realizar sus proyectos. Fomentó su disgusto, y poco a poco le inspiró la idea de rebelarse contra su padre. Resolvieron pues, levantarse en armas, en cuanto las circunstancias se lo permitieran, conviniendo entre si, que si salían en la lucha vencedores, se dividirían España, reinando Abdallah en el Mediodía y Abderramán en el Norte. Muchos altos funcionarios, tanto militares como civiles, entraron en esta conjuración, y entre otros, el príncipe real Abdallah Piedra Seca, que era entonces gobernador de Toledo. Era un complot formidable, pero cuyas ramificaciones se extendian demasiado para que pudiera quedar oculto mucho tiempo al ojo vigilante del primer ministro. Rumores vagos, al principio, pero que poco a poco tomaron consistencia, llegaron a sus oidos, y enseguida tomó medidas eficaces para desbaratar los proyectos de sus contrarios. Hizo venir a su hijo y le inspiró una pérfida confianza, colmándolo de consideraciones y de pruebas de cariño. Llamó también a Abdallah Piedra Seca, y le quitó el gobierno de Toledo, pero lo hizo bajo un pretexto muy plausible, y de una manera cortés, de modo que al principio el príncipe no sospechó nada. Sin embargo, poco después Almanzor le quitó su título de visir y le prohibió salir de su casa. Habiendo reducido así a dos de los principales conspiradores a la impotencia, el ministro salió de campaña contra los castellanos, después de enviar a los generales de la Frontera orden de reunirse con él. Abderramán obedeció lo mismo que los demás. Entonces Almanzor excitó bajo cuerda a los soldados de Zaragoza a que se querellaran de él. Así lo hicieron, y habiéndolo acusado de haber retenido sus sueldos para apropiárselos Almanzor lo destituyó (8 de Junio de 989.) Sin embargo, como no quería malquistarse con toda la familia de los Beni-Hachim, nombró para el gobierno de la Frontera superior, al hijo de Abderramán, Yahya-Siemdja. Pocos dias después hizo prender a Abderramán, pero sin dejar conocer que sabía el complot, pues mandó solamente que se procediera a una información acerca del uso que Abderramán había hecho de las sumas que se le habían entregado para pagar las tropas. Algún tiempo después, Abdallah se reunió al ejército, cumpliendo la orden que había recibido. Almanzor trató de reconquistar su cariño a fuerza de bondad, pero fueron vanos todos sus esfuerzos. Abdallah había decidido romper definitivamente con su padre, y durante el sitio de San Esteban de Gormaz, abandonó en secreto el campamento, acompañado tan solo de seis de sus pajes, para buscar asilo cerca de Garci-Fernandez, conde de Castilla. Este le prometió su protección, y a pesar de las amenazas de Almanzor cumplió su palabra durante más de un año. Pero en este intérvalo sufrió derrota tras derrota; fue batido en campo raso; en Agosto de 989 perdió Osma, ciudad en la que Almanzor puso guarnición musulmana; en Octubre le quitaron también Alcoba y al final se vió obligado a implorar la paz y entregar a Abdallah. Una escolta castellana condujo al rebelde al campo de su padre. Iba montado en una mula magníficamente enjaezada que le había regalado el conde, y como estaba convencido de que su padre le perdonaría estaba tranquilo sobre su suerte. En el camino encontró un destacamento musulmán mandado por Sad, quien después de haberle besado la mano le dijo que no tenía nada que temer, porque su padre consideraba lo que había hecho como una calaverada que era preciso perdonar a un muchacho. Habló así mientras que los castellanos estuvieron, pero en cuanto se alejaron y llegó la cabalgata a las orillas del Duero, Sad se quedó atrás y los soldados dijeron a Abdallah que echara pie a tierra y se preparase a morir. Por inesperadas que fueran estas palabras, no alteraron al valiente Amirida. Saltó prontamente de su mula, y con rostro sereno presentó sin pestañear la cabeza al golpe mortal, (9 de Setiembre de 990.) Antes que él había dejado de existir su cómplice Abderramán. Condenado por malversación había sido decapitado en Zahira. Abdallah Piedra Seca, consiguió evadirse y se puso bajo la protección de Bermudo. Almanzor sin embargo, no se contentó con haber deshecho este complot. No había perdonado al conde de Castilla el apoyo que había dado a Abdallah y en represalias indujo a Sancho, hijo del conde, a rebelarse á su vez contra su padre. Apoyado por la mayor parte de los grandes, Sancho tomó las armas en el 994 y entonces Almanzor que también se declaró por él, se apoderó de las fortalezas de San Esteban y de Clunia. Pero tenía prisa de acabar esta guerra. Su comitiva acostumbrada a pensar como el o por lo ménos a hacer que pensaba, participaba de su impaciencia y la mejor manera de agradarle era decirle que según toda probabilidad García no tardaría en sucumbir. El poeta Zaid, le presentó un dia, un siervo atado de una cuerda y le recitó un poema bastante mediano, en que había estos versos: "Vuestro esclavo que habéis arrancado a la miseria, os trae este siervo. Le he puesto García y os lo traigo con una cuerda al cuello, esperando que mi pronóstico sea verdadero". Por una singular casualidad, lo era: herido de lanza, García había sido hecho prisionero a orillas del Duero entre Alcocer y Langa, el mismo día en que el poeta había presentado el siervo a su señor (lunes 25 de Mayo de 995.) Cinco dias después expiró el conde a consecuencia de su herida y desde entonces no fue disputada la autoridad de Sancho, pero tuvo que pagar a los Musulmanes un tributo anual. En el Otoño del mismo año Almanzor marchó contra Bermudo, para castigarlo por haber albergado a otro conspirador. Este rey se hallaba en una situación deplorable. Había perdido hasta la sombra de autoridad. Los señores se apropiaban de sus tierras y sus siervos; sus ganados los echaban a suerte entre entre sí, y cuando se los reclamaba se burlaban de él. Simples hidalgos a quienes había confiado un castillo se rebelaban. A veces le hacían pasar por muerto, y en verdad que importaba poco que lo estuviera o no. Gran atrevimiento había sido el suyo cuando se atrevió a echar plantas contra Almanzor. ¿Qué podía contra el poderoso capitán? Nada absolutamente; así que bien pronto se arrepintió de su imprudencia. Habiendo perdido Astorga, donde había establecido su capital después de la destrucción de León, pero que abandonó prudentemente al acercarse el enemigo, tomó el partido más sensato: pidió la paz. Obtúvola a condición de entregar a Abdallah Piedra Seca, y de pagar un tributo anual. Después de haber quitado su capital a los Gómez, condes de Carrión, que a lo que parece habían desconocido su autoridad, Almanzor se retiró llevando consigo al desventurado Abdallah, que le había sido entregado en el mes de Noviembre. Como era de esperar, castigó cruelmente a este príncipe. Habiéndolo hecho poner cargado de cadenas en un camello, mandó pasearlo ignominiosamente por los calles de la capital, mientras que gritaba un pregonero que iba delante: «He aquí Abdallah, hijo de Abdalazis, que abandonó a los musulmanes para hacer causa común con los enemigos de la religión!» Cuando oyó por primera vez estas palabras, el príncipe se indignó tanto, que exclamó: «¡Mientes, di mas bien, he aquí un hombre que ha huido impulsado por el miedo; ha ambicionado el imperio, pero no es un politeísta ni un apóstata!» Pero no tenía fuerza moral, no había comprendido que antes de conspirar es preciso armarse de valor. Puesto en prisión y temiendo no tardar en ser conducido al cadalso, mostró una cobardía indigna de su alto nacimiento y que forma singular contraste con la firmeza de que había dado pruebas su cómplice el hijo de Almanzor. En los versos que enviaba de continuo al ministro, confesaba que había hecho mal en huir, procuraba apaciguar su furia a fuerza de adulaciones, y le llamaba el más generoso de los hombres. «Nunca, decía, un desgraciado imploró en vano tu piedad: tus bondades y tus beneficios son innumerables como las gotas de la lluvia.» Esta bajeza no le sirvió de nada. Almanzor perdonó su vida, porque lo despreciaba demasiado para hacerlo morir, pero lo dejó en la cárcel, y Abdallah, no recobró su libertad sino después de la muerte del ministro. XI Reinando de hecho hacía veinte años Almanzor quería también reinar de derecho. Era preciso estar ciego para no conocerlo, pues se le veia marchar hacia su fin, lenta, prudentemente, con paso mesurado, pero con una obstinación que saltaba a la vista. En el 991 hizo dimisión de su título de hadjib o primer ministro, en favor de su hijo Abdelmelic que apenas contaba entonces diez y ocho años, y se hizo que desde entonces se le llamara Almanzor a secas. Al año siguiente ordenó que se que se pusiera a los documentos de cancillería su propio sello en lugar de el del monarca, y tomó el sobrenombre de Mowaiyad, que también llevaba el Califa. En el año 996 declaró que la denominación de «Seyid», solo debía dársele a él, y tomó al mismo tiempo el título de «melic carim» (noble rey.) Era ya rey, pero no era todavía Califa. ¿Qué era lo que le impedía serlo? Seguramente que no era Hixem II a quien temer. Aunque este príncipe estuviera entonces en la flor de su edad, no había mostrado nunca la más mínima energía, ni había tenido el menor asomo de querer sustraerse al yugo que le habían impuesto. No eran más de temer los príncipes de la dinastía: Almanzor había hecho perecer a los más peligrosos, había desterrado a los que no lo eran tanto y reducido a los demás a un estado muy cercano a la miseria. ¿Creía que el ejército se había de oponer a sus designios? De ningún modo; compuesto en su mayoría de berberiscos, de cristianos del Norte, de soldados que habían sido hechos prisioneros en su infancia, en una palabra, de aventureros de todo género; el ejército era suyo; hiciera lo que hiciera, había de obedecerlo ciegamente. ¿Qué temía pues? Temía a la nación. Ella no conocía apenas a Hixem II; en la misma capital pocos lo habían vislumbrado, porque cuando salía de su dorada cárcel para ir a alguna de sus casas de campo, (lo que además sucedía raras veces) iba rodeado de las mujeres de su serrallo y como ellas, enteramente cubierto con su gran albornoz, de modo, que no podía distinguírsele de los demás y las calles porque tenía que pasar estaban siempre cubiertas de una hilera de soldados, por orden expresa del ministro; y sin embargo lo amaban. ¿No era hijo del bueno y virtuoso Haquen II, nieto del glorioso Abderramán III y sobre todo, no era el monarca legítimo? Esta idea de la legitimidad había arraigado en todos los ánimos y era aun mucho más viva en el pueblo que en la nobleza. Los nobles, en su mayor parte de origen árabe, acaso hubieran llegado a convencerse de que era útil y necesario un cambio de dinastía, pero el pueblo que era de origen español pensaba de otro modo. Como el sentimiento religioso, el amor a la dinastía formaba parte de su ser. Aunque Almanzor hubiera dado á su pais una gloria y una prosperidad hasta entónces desconocidas, el pueblo no le perdonaba haber hecho del Califa una especie de prisionero de Estado y estaba pronto a levantarse en masa si el ministro se atrevía a intentar sentarse en el trono. Esto no lo ignoraba Almanzor, de ahí su prudencia, de ahí su vacilación; pero creía que la opinión pública se modificaría poco a poco, se lisonjeaba en la esperanza de que se acabaría por olvidar enteramente al Califa para no pensar más que en él y entonces el cambio de dinastía podría realizarse sin convulsión. ¡Bien hizo en haber dilatado su gran proyecto! Bien pronto pudo convencerse de que su elevada posición no pendía más que de un hilo. A despecho de todas sus conquistas y de toda su gloria, una mujer llegó casi a derribarlo. Esta mujer era Aurora. Ella lo había amado, pero la edad de los tiernos sentimientos había pasado para ambos; se habían desavenido, y como sucede muchas veces, el amor se había trocado en sus corazones, no en indiferencia, sino en odio. Y Aurora no hacía nada a medias: rendida en el amor, era implacable en el resentimiento. Resolvió hacer caer a Almanzor, y para conseguirlo puso en conmoción todo el serrallo, hombres y mujeres. Habló a su hijo, le dijo que el honor le ordenaba mostrarse hombre, y romper al fin el yugo que un ministro tiránico había osado imponerle. Hizo un verdadero milagro: inspiró al más débil de los hombres una apariencia de voluntad y de energía. Pronto lo experimentó Almanzor. El Califa le trató, primero, con frialdad, luego se enardeció hasta dirigirle censuras. Queriendo conjurar la tormenta el ministro, alejó del serrallo a muchas personas peligrosas, pero como no podía hacer salir a la que era el alma del complot, esta medida no sirvió más que para irritar más a su enemiga. Y la navarra era infatigable, ella mostró que tenía también como su antiguo amante, una voluntad de hierro. Sus emisarios propalaban en todas partes que el Califa quería al fin reinar por sí mismo, y en los mismos instantes en que se formaban en Córdoba corrillos sediciosos; el virey de Mauritania Zirí-Ibn-Atia, desplegó el estandarte de la rebelión, declarando que no podía sufrir por más tiempo que el soberano legítimo permaneciera cautivo de un ministro omnipotente. Zirí era el único hombre que Almanzor temía, o mas bien, el único a quien temió en su vida, pues de ordinario despreciaba demasiado a sus enemigos para temerlos. Este jeque semi-bárbaro, había conservado en los desiertos africanos el vigor, la espontaneidad y el orgullo de raza, que parecían propios de otra era, y Almanzor a pesar suyo, había sufrido el ascendiente de este espíritu, a la par impetuoso, penetrante y cáustico. Algunos años antes había recibido una visita suya, y en esta ocasión le había prodigado todas las señas de estimación: le había conferido el título de visir, con el sueldo anejo a esta dignidad; había hecho inscribir a todos los de su comitiva en la nómina de las oficinas militares, y en fin, no le dejó ir sino después de haberle indemnizado ampliamente de sus gastos de viaje y de sus regalos. Pero nada de esto había conmovido a Ziri. De vuelta en la ribera africana, se puso la mano en la cabeza diciendo: «Solo ahora sé que tú me perteneces todavía!» Y habiéndole llamado uno de los suyos «señor visir». «Señor visir, exclamó, vete al diablo con tu señor visir! «Emir, hijo de emir,» ese es mi título! Bien tacaño ha sido para mi Ibn-Abí-Amir! En lugar de darme buena monedas contantes y sonantes me me ha cargado con un título que me degrada! Vive Dios que no estaría ahora donde está, si en España hubiera algo más que cobardes e imbéciles! Gracias a Dios que estoy ya de vuelta, que no miente el proverbio que dice «que vale más oir hablar del diablo que verlo.» Habiendo llegado a oidos de Almanzor estas palabras, que a cualquier otro hubieran costado la cabeza, este fingió no escucharlas, y más adelante llegó a nombrar a Zirí virey de toda la Mauritania. Le temía, lo odiaba acaso, pero lo creía sincero y leal. Los sucesos mostraron que se había equivocado: bajo una ruda y franca corteza, Ziri ocultaba mucha astucia y ambición. Dejóse tentar fácilmente por el dinero que Aurora le prometía y por el papel caballeresco que le destinaba. Iba a libertar a su soberano del yugo de Almanzor. No ignoraba Aurora que era preciso empezar por pagarle, pero gracias a su astucia de mujer, ella sabía lo que tenia que hacer para proporcionarse dinero y para hacerlo llegar a su aliado. El tesoro encerraba cerca de seis millones en oro y estaba en el palacio califal. Ella tomó de allí ochenta mil monedas de oro y las metió en un centenar de cántaros y encima echó miel, ajenjos y otros licores de uso y habiéndole puesto una etiqueta á cada cántaro, encargó á algunos esclavos que los llevaran fuera de la ciudad a un lugar que ella designó. La astucia le salió bien. El prefecto no cayó en sospecha y dejó pasar a los esclavos con su carga. Así, que, cuando Almanzor llegó a informarse de un modo o de otro de lo que había pasado, el dinero iba ya camino de Mauritania. Almanzor estaba muy alarmado. Acaso lo hubiera estado menos si hubiera tenido certeza de que Aurora había sustraído el dinero de su señor, pero todo le inclinaba a creer que ella había sido autorizada por el Califa y si era así, era dificilísima la coyuntura. Sin embargo era preciso tomar un partido. Almanzor tomó el de reunir los visires, los magistrados, los ulemas y otros personajes notables de la corte y de la ciudad. Habiendo informado a esta reunión de que las damas del serrallo se permitían apoderarse de los fondos de la caja pública, sin que el Califa, enteramente entregado a sus ejercicios de devoción, lo impidiera, pidió autorización para traspasar el tesoro a sitio más seguro. La obtuvo, pero nada adelantó con esto, porque cuando los empleados se presentaron en palacio para llevarse la caja, Aurora se opuso declarando que el Califa había prohibido tocarla. ¿Qué hacer entonces? ¿Emplear la violencia? Pero habría que emplearla contra el monarca mismo y si Almanzor se atrevía hasta esto, la capital se levantaría en un cerrar de ojos; estaba dispuesta, no esperaba más que una señal. La situación era pues harto peligrosa, sin embargo, no era desesperada; para que lo fuera hubiera sido preciso, primero: que Zirí estuviera ya en España con su ejército, después que el Califa fuera hombre capaz de persistir en una resolución atrevida. Pero Zirí, estaba todavía en África y el Califa era un espíritu inconstante. Almanzor no perdió el ánimo. Jugando el todo por el todo, se proporcionó a escondidas de Aurora una entrevista con el monarca. Le habló y gracias al ascendiente que los espíritus superiores tienen sobre las almas débiles, volvió a encontrarse soberano después de unos minutos de conversación. El Califa confesó que no era capaz de gobernar por sí y autorizó al ministro a trasladar el tesoro. Pero el ministro quería más aún. Dijo que para quitar todo pretexto a los mal intencionados, necesitaba una declaración escrita, una declaración solemne. El Califa le prometió firmar todo lo que quisiera y entonces Almanzor, sin levantar mano, hizo redactar un acta por la cual Hixem le abandonaba como antes la dirección de los negocios. El Califa puso en ella su firma en presencia de muchos notables que la firmaron también como testigos (Febrero o Marzo de 997) y Almanzor tuvo buen cuidado de dar a este documento importante la mayor publicidad. Desde entonces, no era ya de temer una rebelión en la capital. ¿Cómo se había de pretender libertar a un cautivo que no quería la libertad? Sin embargo el ministro comprendió que era preciso hacer alguna cosa para contentar al pueblo. Como gritaban de continuo que querían ver al monarca, resolvió enseñárselo. Lo hizo montar a caballo, e Hixem paseó las calles de la capital con el cetro en la mano y cubierto con un gorro alto, que solo los Califas tenían derecho de llevar. Lo acompañaban Almanzor y toda la corte. Compacta e innumerable era la multitud que se agolpó a su paso, pero ni por un momento se turbó el orden, ni se escuchó un solo grito sedicioso. Aurora se declaró vencida. Humillada, agolada, destrozada, fue a buscar en la devoción el olvido de lo pasado, y una compensación a la pérdida de sus esperanzas. Quedaba Ziri. Este se había hecho menos temible desde que no podía contar ni con el apoyo del Califa, ni con los subsidios de Aurora. Así que Almanzor no guardó ninguna consideración con él. Lo declaró fuera de la ley y encargó a su liberto Wadhih de ir a combatirlo al frente de un excelente ejército que puso á sus órdenes. Hubiérase podido creerse que Almanzor no emprendería ninguna otra guerra hasta que hubiera terminado la de la Mauritania. Pero no lo hizo así. El ministro tenía ya concertada con los condes leoneses, que eran vasallos suyos, una gran expedicion contra Bermudo, que contando, acaso demasiado, con la diversión que la rebelión de Zirí había de hacer en favor suyo, se había atrevido a rehusar el tributo, y aunque habían cambiado las circunstancias no había renunciado a su proyecto. Acaso, quería mostrar a Zirí, a Bermudo y a todos sus enemigos declarados o encubiertos, que era bastante poderoso para emprender dos guerras a la par, y si tal fué su intención no había presumido demasiado de sus fuerzas, pues ha querido el destino que la campaña que iba a hacer, la de Santiago de Compostela, haya quedado como la más célebre de todas las que hizo en su larga carrera de conquistador. A excepcion de la ciudad eterna, no había en toda Europa, lugar tan famoso por su santidad, como Santiago de Galicia. Y sin embargo, su reputación no era muy antigua, no databa más que de los tiempos de Carlomagno. En esta época, se dice que muchas personas piadosas informaron a Teodomiro, obispo de Iria (hoy el Padrón) que habían visto durante la noche luces extrañas en un bosquecillo y que también habían oido una música deliciosa que nada tenía de humana. Creyendo enseguida en un milagro, el obispo se preparó a justificarlo, ayunando y orando durante tres dias, y habiendo ido después al bosquecillo encontró allí una tumba de mármol. Inspirado por la sabiduría divina, declaró que era el del apóstol Santiago, hijo de Zebedeo, que según la tradición había predicado en España el Evangelio y añadió que, cuando este apóstol fué decapitado en Jerusalen, sus discípulos trajeron su cuerpo a Galicia, donde lo enterraron. En otro tiempo semejantes aserciones acaso hubieran sido disputadas, pero en esta época de fé sencilla nadie tenía el atrevimiento de suscitar dudas irrespetuosas cuando hablaba el clero, y aun dado caso que hubiera habido incrédulos, la autoridad del Papa León III, que declaró solemnemente que el sepulcro en cuestión era de Santiago, hubiera hecho enmudecer todas las objeciones. La opinión de Teodomiro fue pues acatada y todos en Galicia se regocijaron de que su país poseyera las reliquias de un apóstol. Alfonso II quiso que el obispo de Iria residiese en adelante en el lugar en que había sido descubierto el sepulcro y sobre él hizo contruir una Iglesia. Más adelante Alfonso III hizo edificar otra más grande y más hermosa que pronto adquirió gran fama por los numerosos milagros que se verificaban en ella; de modo que al fin del siglo X Santiago de Compostela era el lugar de una peregrinación famosísima a donde acudían de todas partes; de Francia, de Italia, de Alemania y hasta de los países mas apartados del Oriente. También en Andalucía tenía todo el mundo noticias de Santiago y de su soberbia Iglesia, que para servirnos de las expresiones de un autor arábigo, era para los Cristianos lo que para los Musulmanes la Cava de la Meca, pero no se conocía este santo lugar más que por su reputación; para haberlo visto, era preciso haber estado cautivo entre los Gallegos, pues a ningún príncipe árabe se le había ocurrido todavía la idea de penetrar con un ejército en este país lejano y de difícil acceso. Pero lo que nadie había intentado, Almanzor resolvió hacerlo; quería demostrar que lo que era imposible para otros no lo era para él y tenía la ambición de destruir el santuario más venerado de los enemigos del Islamismo, el santuario del apóstol que según la creencia de los Leoneses, había combatido algunas veces en sus filas. El sábado 3 de Julio del año 997, salió de Córdoba a la cabeza de la caballería. Se dirigió primero a Coria, luego a Viseo donde se le reunieron gran número de condes sometidos a su autoridad y después a Oporto, donde le esperaba una flota que había salido del puerto de Cazr-Abi-Danis, (hoy Alcacer do Sal en Portugal.) En esta flota venía la infantería a la que el ministro había querido excusar tan larga jornada y que venía cargada también de armas y provisiones. Sus bajeles colocados en fila sirvieron además de puente al ejército para pasar el Duero. Como el país situado entre este rio y el Miño pertenecía a los condes aliados, los Musulmanes pudieron atravesarlo sin tener que vencer más obstáculos que los que les oponía el terreno. Entre estos había una montaña muy elevada y de difícil acceso, pero Almanzor hizo abrir un camino por sus minadores. Después de haber pasado el Miño se encontró en un pais enemigo. Desde entonces era preciso mantenerse alerta, tanto más cuanto que los Leoneses que iban en el ejército, no parecian muy bien dispuestos. Su conciencia, por tanto tiempo adormecida se despertó de pronto a la idea de que iban a cometer un gran sacrilegio, y acaso hubieran conseguido malograr la expedición si Almanzor, que se olió sus proyectos, no los hubiera desbaratado a tiempo. He aquí lo que se cuenta sobre este asunto: Érase una noche fria y lluviosa, cuando Almanzor mandó llamar a un caballero musulmán en quien tenía confianza: «Es preciso, le dijo, que vayas en seguida al desfiladero de Taliares. Ponte allí de centinela, y tráeme al primero que veas.» El caballero se puso en seguida en camino, pero habiendo llegado al desfiladero, esperó toda la noche, maldiciendo el mal tiempo, sin que apareciera alma viviente, y ya apuntaba la aurora, cuando vió al fin llegar por el camino del campamento un viejo montado en un burro, que parecía un leñador, porque traía las herramientas de su oficio. El caballero le preguntó á dónde iba. «Voy a cortar leña en el monte,» le respondió él. El soldado no sabía qué hacer. ¿Sería ese el hombre que tenía que llevar al general? No era probable, porque para qué podia querer el general a un pobre viejo que parecía tener que ganarse la vida con tanta fatiga? Así, que el soldado le dejó seguir su camino; pero un momento después volvió sobre si. Almanzor le había dado una orden precisa y creyó peligroso desobedecerle. Poniendo espuelas al caballo, alcanzó al viejo, y le dijo: —Es preciso que te lleve ante mi señor Almanzor. —Qué tiene que decir Almanzor a un hombre como yo? le replicó el otro. Dejadme ganar el pan. —No, le respondió el soldado; has de acompañarme, quieras o no. El otro tuvo que obedecer, y juntos emprendieron el camino del campamento. El ministro, que no se había acostado todavía, no manifestó ninguna sorpresa a la vista del viejo, y dirigiéndose a sus sirvientes eslavos, les dijo: «Registrad a ese hombre.» Los eslavos ejecutaron esta orden, pero sin que encontraran nada que pudiera parecer sospechoso. «Registrad ahora el aparejo del burro» continuó Almanzor. Y esta vez sus sospechas no eran infundadas, porque se encontró en el aparejo una carta que algunos de los Leoneses del ejército musulmán escribían a sus compatriotas, dándoles noticias de que cierta parte del campamento estaba mal guardada, de modo que podrian atacarla con buen éxito. Habiendo descubierto por este mensaje el nombre de los traidores, Almanzor hizo en seguida cortarles las cabezas, como también al supuesto leñador, que los había servido de intermediario. Esta medida enérgica produjo sus resultados. Intimidados con la severidad del general, los demás Leoneses no se atrevieron a mantener inteligencias con el enemigo. Habiéndose vuelto a poner el ejército en camino, se precipitó como un torrente en el llano. El monasterio de San Cosme y San Damian fue saqueado; la fortaleza de San Payo, tomada por asalto. Como gran número de habitantes del país se hubieran refugiado en la mayor de las dos islas, o más bien, de las dos rocas poco elevadas que hay en la bahía de Vigo, los Musulmanes que habían descubierto un vado pasaron a esta isla y los despojaron de todo lo que habían llevado consigo. Pasaron enseguida el Ulla, saquearon y destruyeron Iria (el Padrón) que era también un famoso lugar de peregrinación, lo mismo que Santiago de Compostela, y el 11 de Agosto, llegaron por fin a esta última ciudad. Halláronla desierta de habitantes, habiendo huido todo el mundo a la aproximación del enemigo. Tan solo un anciano monje, había quedado al lado del sepulcro del Apóstol. «¿Qué haces ahí?» le preguntó Almanzor. «Rezo a Santiago,» le contestó el viejo. «Reza todo lo que quieras,» le dijo entonces el ministro, y prohibió que le hicieran daño. Almanzor puso una guardia a la tumba de modo que quedó al abrigo del furor de los soldados, pero toda la ciudad fue destruida, lo mismo las murallas y las casas que la iglesia, la que dice un autor arábigo «fue arrasada de modo, que nadie hubiera sospechado que existía la víspera.» Los alrededores fueron desvastados por tropas ligeras que llegaron hasta San Cosme de Mayanca, (cerca de la Coruña). Habiendo pasado una semana en Santiago, Almanzor ordenó la retirada, dirigiéndose a Lamego. Cuando llegó a esta ciudad, se despidió de los condes aliados, después de haberles hecho grandes regalos, que consistían principalmente telas preciosas. También fue desde Lamego, desde donde dirigió a la corte una relación detallada de esta campaña, de cuya relación los autores arábigos nos han conservado la sustancia, quizá las palabras mismas. Hizo enseguida su entrada en Córdoba, acompañado de multitud de prisioneros cristianos, que llevaban acuestas las puertas de la ciudad de Santiago y las campanas de su iglesia. Las puertas fueron colocadas en el techo de la mezquita, que aun no estaba acabada, y las campanas fueron colgadas en el mismo edificio para servir de lámparas. ¡Quién había de decir entonces que había de llegar un dia en que un rey cristiano las hiciera devolver a Galicia a hombros de cautivos musulmanes! En Mauritania las armas de Almanzor habían sido menos felices. Verdad es que Wadhih había conseguido al pronto algunas ventajas: habiéndose apoderado de Arcilla y de Necur, logró sorprender de noche el campo de Zirí, y matarle mucha gente; pero pronto le volvió la espalda la fortuna y batido a su vez, se había visto obligado a refugiarse en Tánger, desde donde escribió al ministro pidiéndole socorros. No tardó en recibirlos. Desde que tuvo carta de su teniente, Almanzor envió orden a gran número de cuerpos de dirigirse a Algeciras a donde él mismo fué en persona para apresurar su embarque. Luego, su hijo Abdelmelic-Mudhaffar, a quien había confiado el mando de la expedicion, pasó el Estrecho con un ejército escojido. Desembarcó en Ceuta, y la noticia de su llegada produjo un efecto excelente, pues la mayor parte de los príncipes berberiscos, que hasta entonces habían sostenido a Zirí, se apresuraron a alistarse en sus banderas. Habiéndose unido con Wadhid, se puso en marcha, y no tardó en descubrir el ejército de Zirí que venía a su encuentro. Dióse la batalla en el mes de Octubre del 998; duró desde el amanecer hasta el anochecher, y fue extraordinariamente encarnizada. Hubo un momento en que los soldados de Mudhaffar comenzaban a temer una derrota, pero en este mismo momento, Zirí recibió tres puñaladas de un negro, a cuyo hermano mató, y que corrió enseguida a rienda suelta a dar esta noticia a Mudhaffar. Como el estandarte de Zirí estaba todavía enhiesto, el príncipe trató al principio al tránsfuga de embustero, pero cuando supo la verdad de lo sucedido, cargó al enemigo y lo puso en completa derrota. Desde entonces concluyó el poder de Zirí. Sus estados volvieron todos a poder de los Andaluces, y poco después, en el año de 1001, murió a consecuencia de las heridas que el negro le había hecho, y que se le volvieron a abrir. XII La carrera de Almanzor tocaba a su fin. En la primavera del año 1002 hizo su última expedición. Él había deseado siempre morir en campaña y estaba tan convencido de que se cumplirían sus votos, que llevaba siempre consigo la mortaja. Esta había sido cosida por sus hijas, y para comprarla no había empleado más dinero que el que procedía de las tierras de su antiguo castillo de Torrox, pues que lo quería puro de toda mancha y según su propia opinión, el que le producían sus numerosos empleos no lo estaba. A medida que envejecía se iba haciendo más devoto y como el Coran dice que Dios preservará del fuego a aquellos cuyos pies se hayan cubierto de polvo en el camino del Señor (en la guerra Santa), había tomado la costumbre de hacer sacudir con cuidado, cada vez que llegaba al alojamiento, el polvo que llevaban sus vestidos y de guardarlo en una caja hecha expresamente, y quería que cuando lanzara su último aliento, se cubriera su tumba con este polvo, estando persuadido de que las fatigas, que había sufrido en la guerra Santa serían su mejor justificación ante el tribunal supremo. Su última expedición, dirigida contra Castilla, fue tan feliz como todas las precedentes. Penetró hasta Canales y destruyó el monasterio de San Millán, patrono de Castilla; como había destruido cinco años antes la iglesia del patrono de Galicia. A la vuelta conoció que se agrababa su enfermedad. Desconfiando de los médicos que no estaban de acuerdo sobre su naturaleza, ni sobre el plan de curación que debía seguirse, rehusó obstinadamente los auxilios del arte y estaba plenamente convencido de que no se podía curar. No pudiendo ya tenerse a caballo, se hacía llevar en una litera. Padecía horriblemente. «Veinte mil soldados, decía, están incritos en mis banderas, pero ninguno entre ellos es tan miserable como yo.» Llevado así a hombros durante catorce días llegó por fin a Medinaceli. Un solo pensamiento le ocupaba. Habiendo estado siempre su autoridad disputada y vacilante a despecho de sus numerosas victorias y de su gran fama, temía que después de su muerte estallara la revolución y quitara el poder a su familia. Atormentado sin descanso por esta idea, que emponzoñaba sus últimos dias, mandó venir a su primogénito Abdelmelic al lado de la cama y dándole sus últimas instrucciones, le recomendó confiara el mando del ejército a su hermano Abderramán y se volviera sin tardanza a la capital, donde debería tomar las riendas del poder y estar pronto a reprimir inmediatamente toda tentativa de insurrección.Prometióle Abdelmelic seguir sus consejos, pero tal era la inquietud de Almanzor que volvía a llamar a su hijo cada vez que éste, creyendo que su padre había acabado de hablar iba a retirarse; el moribundo temía siempre haber olvidado algo y siempre hallaba un nuevo consejo que añadir a los que le había dado ya. Lloraba el joven, pero el padre le reprendía su sentimiento como signo de debilidad. Cuando Abdelmelic se marchó se encontró Almanzor un poco mejor y mandó venir a sus capitanes. Estos, apenas le conocieron; estaba tan delgado y tan pálido que parecía un espectro y había perdido casi enteramente el uso de la palabra. Parte por gestos, parte por frases entrecortadas se despidió de ellos y poco tiempo después, en la noche del 10 de Agosto exhaló su último aliento. Fue enterrado en Medinaceli y grabaron sobra su tumba estos dos versos: "Las huellas que ha dejado en la tierra te enseñarán su historia como si lo vieras con tus mismos ojos. Por Allah que jamás los tiempos traerán otro que se le parezca, ni que como él defienda nuestras fronteras". El epitafio que un monje cristiano le puso en su crónica no es menos característico. «En el año de 1002, dice, murió Almanzor y fue enterrado en los infiernos.» Estas sencillas palabras arrancadas por el odio a un enemigo aterrado, dicen más que los elogios más pomposos. En efecto, nunca los cristianos del Norte de la península, habían tenido que combatir un adversario semejante. Almanzor había hecho contra ellos más de cincuenta campañas, (por lo común, hacía dos anualmente, una en la Primavera y otra en el Otoño) de las que siempre salió con gloria. Sin contar una multitud de ciudades, entre las que se contaban tres capitales León, Pamplona y Barcelona, destruyó el santuario del patrón de Galicia y el del patrón de Castilla. «En este tiempo, dice un cronista cristiano, el culto divino estaba anonadado en España; la gloria de los servidores de Cristo, completamente abatida; los tesoros de la Iglesia acumulados durante tantos siglos, fueron robados.» Así que los cristianos temblaban al oir su nombre. El miedo que les inspiraba lo sacó muchas veces de los peligros en que lo había precipitado su audacia y hasta, cuando por decirlo así, lo tenían en su poder, no se atrevían a aprovecharse de sus ventajas. Por ejemplo; una vez se había metido en país enemigo después de haber atravesado un desfiladero encerrado entre dos altos montes. Mientras que sus tropas, saqueaban y destruían a diestro y siniestro, los Cristianos no se atrevieron a hacer nada contra ellas, pero al volver sobre sus pasos, vió Almanzor que los enemigos habían tomado posesión del desfiladero. Como no había modo de forzarlo la situación de los Musulmanes era peligrosa, pero su general tomó al punto una atrevida resolución. Habiendo buscado y encontrado un lugar conveniente hizo construir barracas y chozas y mandando cortar la cabeza a muchos cautivos amontonar sus cadáveres a guisa de murallas. Luego, como su caballería recorriera el país sin encontrar víveres, reunió instrumentos de labranza e indujo a sus soldados a que cultivasen la tierra. Los enemigos se inquietaban mucho con estos preparativos, que parecían indicar que los Musulmanes no pensaban dejar el país. Les ofrecieron pues, la paz a condición de que les entregaran el botín. Almanzor rechazó esta proposición. «Mis soldados, les contestó, desean quedarse donde están porque piensan que apenas tendrían tiempo de volver a sus casas, debiendo comenzarse dentro de poco la próxima campaña.» Después de muchas negociaciones, los Cristianos consintieron al cabo, en que Almanzor se llevara su botin, comprometiéndose además, tan grande era el miedo que les inspiraba, a prestarle sus caballerías para transportarlo, a suministrarle víveres hasta que llegara a la frontera musulmana y a quitar ellos mismos los cadáveres que obstruían el camino. En otra campaña, un abanderado había abandonado en el momento de la retirada su estandarte, que había clavado en el suelo, en la cumbre de una montaña, vecina a una ciudad cristiana. El estandarte permaneció allí muchos dias sin que los Cristianos se atrevieran a venir a ver si los Musulmanes se habían marchado o no. Cuéntase también que un mensajero de Almanzor que había ido a la corte de García de Navarra, donde fue colmado de honores, halló en una iglesia una vieja musulmana que le refirió, que habiendo sido hecha prisionera en su juventud, estaba desde entonces de esclava en esta iglesia, suplicándole llamara sobre ella la atención de Almanzor. Prometióselo él, y volvió cerca del ministro, y le dió cuenta de su misión. Cuando acabó de hablar, Almanzor le preguntó si no había visto en Navarra nada que le hubiera disgustado. El otro le habló entonces de la esclava musulmana: «¡Vive Dios! esclamó Almanzor, que por ahí es por donde debieras haber comenzado!» y poniéndose en seguida en campaña, se dirigió a la frontera de Navarra. Asustadísimo García, le escribió enseguida para preguntarle qué delito había cometido, pues a él no le remordía la conciencia de haber hecho nada que pudiera provocar su cólera. «Qué! dijo entónces el ministro a los mensajeros que le traían esta carta; ¿no me juró que no quedaba en su pais ningún prisionero de uno ni otro sexo? Pues bien, mintió; porque yo tengo seguridad de que hay todavía una musulmana en tal iglesia, y no he de abandonar Navarra antes que la pongas en mis manos.» Habiendo recibido esta respuesta, García se apresuró a enviar al ministro la mujer que reclamaba, así como otras dos que había descubierto, a fuerza de pesquizas. Al mismo tiempo le juró que nunca había visto ni oido hablar de estas mujeres, añadiendo que ya había mandado destruir la iglesia de que Almanzor hablaba. Almanzor era el terror de sus enemigos, pero era también el ídolo de sus soldados, porque para ellos era un padre que se ocupaba con constante solicitud de satisfacer todas sus necesidades. Sin embargo, mostraba una excesiva severidad en todo lo concerniente a la disciplina militar. Un día que revistaba tropas, vio brillar extemporáneamente una espada al final de la línea. Enseguida hizo traer ante sí al culpable. —¡Qué! le dijo con los ojos inflamados de cólera, ¿te atreves a sacar la espada sin que te se mande? —Quería enseñarla a mis compañeros, balbuceó el soldado: no tenía intención de sacarla de la váina, se ha salido por casualidad. —¡Excusas!, dijo Almanzor, y dirigiéndose a su escolta prosiguió: ¡Que le corten la cabeza a ese hombre con su propia espada y que la paseen a través de las filas a fin de que todos aprendan a respetar la disciplina! Tales ejemplos, difundían entre los soldados un terror saludable. Así que cuando se pasaba revista se guardaba un silencio solemne. Hasta los caballos, dice un autor arábigo, parecían entender sus deberes, pues era muy raro que se les oyera relinchar. Gracias a este ejército que había creado y acostumbrado a la obediencia, Almanzor había dado a la España musulmana un poder que no tuvo nunca, ni aun en tiempo de Abderramán III. Pero no era este su único mérito; su patria le debe otras obligaciones, y la civilización también. Amaba y animaba la cultura de la Inteligencia, y aunque obligado por consideraciones políticas a no tolerar los filósofos, se complacía sin embargo en protegerlos hasta donde podía, sin herir la susceptibilidad del clero. Sucedió, por ejemplo, que un tal Ibn-az-Sonbosí fué detenido y puesto en prisión como sospechoso de incredulidad. Habiendo atestiguado contra él muchas personas, los faquíes declararon que merecía el último suplicio. Esta sentencia estaba ya a punto de ser ejecutada, cuando un faquí muy considerado, Ibn-al-Maewa, que había rehusado mucho tiempo formar parte de la asamblea, llegó a toda prisa. A fuerza de sofismas, muy raros, pero que honran, si no a su lógica, a su buen corazón al menos, consiguió hacer revocar la sentencia que condenaba al acusado, a pesar de la vehemente oposición del Cadí que presidía el tribunal. Desde entonces la cólera del ministro se tornó contra este último. Contento de hallar por fin ocasión de poner freno al feroz fanatismo de los mogigatos, dijo: «Nosotros debemos mantener la religión y todos los verdaderos creyentes tienen derecho a que los protejamos. Ibn-az-Sonbosí, pertenece a este número, asi lo ha declarado el tribunal. Sin embargo, el Cadí ha hecho esfuerzos inauditos para hacer que lo condenen; es pues, un hombre sanguinario, y no podemos dejar vivir a un hombre semejante.» Esto no era más que una amenaza; el Cadí pagó con algunos dias de prisión, pero es de presumir que en adelante fuera algo menos rigoroso con los pobres pensadores que se atrevían a emanciparse de los dogmas recibidos. Los literatos hallaban en Almanzor la más honrosa acogida, tenía en su corte una multitud de poetas pensionados y que a veces le acompañaban en sus expediciones. Entre ellos, Zaid de Bagdad era no el más ilustre, pero sí el más notable y divertido. No se puede negar—aunque los Andaluces siempre extremadamente celosos de los extranjeros se complazcan en hacerlo—no se puede negar, que fuera un poeta de talento, un buen novelista, un hábil improvisador, pero era al mismo tiempo el hombre que tenía menos respeto a la verdad, el impostor más atrevido que puede imaginarse. Una vez lanzado nada le detenía, inventaba tantas cosas que era maravilla. Cuando se le pedía que explicara una palabra que no había existido nunca, siempre tenía una interpretación que dar y un verso de un antiguo poeta que citar. De creerle, no había libro que no hubiera leído. Queriendo desenmascararlo, los literatos le enseñaron un dia a presencia de Almanzor, un libro en blanco en cuya primera hoja habían escrito: Libro sobre los pensamientos ingeniosos, por Abul-Ghauth Zanani. No había habido nunca ni semejante obra, ni semejante autor, sin embargo, desde que echó una ojeada al título: «¡Ah! yo he leído este libro» exclamó, besándolo con respeto, nombró a la ciudad donde lo había leído y el profesor que se lo había explicado. «En este caso, le dijo entonces el ministro, que se apresuró a quitarle el libro de la mano por miedo de que lo abriera, tú debes saber lo que contiene. Seguramente que lo sé. Verdad es que hace mucho tiempo que leí esta obra y que no sé nada de memoria, pero me acuerdo muy bien que solo contiene observaciones filológicas y que no trae ningún verso, ni ninguna historia.» Todos se echaron a reir a carcajadas. Otra vez, Almanzor había recibido de un gobernador que se llamaba Mabraman Ibn-Yezid; una carta en que se trataba de «Calb» y de «Tazbil,» es decir de la cultura y del abono. Y dirigiéndose a Zaid, le dijo: —Has visto un libro escrito por Mabraman Ibn-Yezid que lleva por título de «al-cawa-lib wa-z-zawalib? —Ah! sí por Dios! le respondió Zaid; he visto este libro en Bagdad, en una copia que había sido hecha, por el célebre Ibn-Doraid y en cuyas márgenes había rasgos como patas de hormigas. —Embustero! el nombre que he dicho no es el de un escritor, sino el de uno de mis gobernadores que en una carta que me ha enviado me hablaba del cultivo y del abono. —Muy bien, pero no creáis por eso que yo he inventado algo, yo no invento nunca nada. El libro y el autor que habéis nombrado existen, palabra de honor, y si vuestro gobernador tiene el mismo nombre que el autor, eso no es más que una curiosa coincidencia. Otra vez, le enseñó Almanzor la colección que el célebre Cali había compuesto. —Si queréis, le respondió Zaid, yo dictaré a vuestro secretario un libro mejor que ese; en el que contaré historias que no se hallan en el libro de Calí. —Hazlo, le respondió Almanzor, que no deseaba otra cosa que verse dedicar un libro superior al que Calí había dedicado al difunto Califa, pues si él había hecho venir a Zaid a España, era precisamente porque esperaba que había de eclipsar la gloria de Cali, que había ilustrado los reinados de Abderramán III y Haquem II. Zaid puso en seguida manos a la obra, y en la Mezquita de Zahira dictó sus «Engarces de anillo.» Cuando acabó el libro, lo examinaron los literatos de la época. Con gran sorpresa, pero con secreta satisfacción, vieron que de cabo a rabo, no contenía más que embustes. Explicaciones filológicas, anécdotas, versos, proverbios, todo era invención del autor. Ellos por lo menos, así lo declararon, y Almanzor lo creyó. Esta vez se enfadó de veras con Zaid, y mandó tirar el libro al río. Sin embargo, no le retiró su favor. Desde que Zaid le predijo que el conde de Castilla, García, había de ser hecho prisionero (predicción que como hemos visto se cumplió,) concibió por él un gran afecto, o más bien un respeto supersticioso. Y además el poeta le manifestaba su gratitud de mil maneras, a las que Almanzor era muy sensible. Por ejemplo, una vez tuvo la idea de reunir todas las bolsas que Almanzor le había enviado llenas de dinero, y hacer con ellas un vestido para su esclavo negro Cafur; fue a palacio, y habiendo conseguido poner al ministro de buen humor, le dijo: —Señor, tengo una súplica que haceros. —¿Qué quieres? —Que entre aquí mi esclavo Cafur. —Extraña petición! —Concedédmela. —Pues bien, que entre si quiere. Cafur, un hombre más alto que una palmera, entró entonces vestido con una ropa de diversos colores, que parecía el vestido remendado de un mendigo. —Pobre hombre, exclamó el ministro, que mal ataviado está! Por qué le pones esos andrajos? —He aquí el objeto: Sabed, señor, que me habeis dado ya tanto dinero, que las bolsas que lo contenían han bastado para vestir un hombre de la talla de Cafur. Una sonrisa de satisfacción apareció en los labios de Almanzor. «Tienes un tacto admirable para mostrarme tu gratitud, estoy satisfecho de tí» y en el mismo instante le mandó nuevos regalos, entre los que iba un hermoso traje para Cafur. En fin, preciso es decirlo; si hombres como Zaid gozaban el favor del ministro, es porque respecto a literatura, este no tenía la delicadeza de gusto que poseyeron la mayoría de los Omeyas. Se creía obligado a pensionar poetas, pero los consideraba más bien como objetos de lujo, que tenía que mantener por su alta posición, y no tenía un gusto bastante exquisito para distinguir las piedras preciosas de las falsas. En desquite, si no tenía comprensión literaria, la tenía eminentemente práctica. Los intereses materiales del país, tenían en él un inteligente protector. La mejora de los medios de comunicación le preocupaba sin cesar. Hizo abrir multitud de caminos. En Écija hizo echar un puente sobre el Genil y otro sobre el Guadalquivir en Córdoba, que costó ciento cuarenta mil monedas de oro. En todos los asuntos, grandes o chicos, tenía el golpe de vista del genio. Cuando quería emprender un negocio importante, consultaba por lo común a los grandes dignatarios, pero seguía sus consejos raras veces. Estos hombres, no salían jamás del carril acostumbrado. Esclavos de la rutina, sabían lo que Abderramán III o Haquem II habían hecho en análogas circunstancias, y no comprendían que pudiera hacerse de otro modo. Y cuando veían a Almanzor seguir su propio pensamiento, gritaban que todo se había echado a perder, hasta que los hechos desmentían evidentemente sus prediccciones. En cuanto a su carácter, verdad es, que para llegar y para mantenerse en el poder, había cometido actos que la moral condena y hasta crímenes, que en manera alguna hemos tratado de atenuar, pero la justicia nos ordena añadir aquí, que siempre que no se ponía en juego su ambición, era leal, generoso y justo. La firmeza, como hemos tenido ocasión de decirlo, constituía el fondo de su carácter. Una vez tomado un partido, nada podía hacerlo variar. Cuando quería soportaba los dolores físicos con la misma impasibilidad que los morales. Un día que tenía un pie malo, se lo hizo cauterizar durante una sesión del consejo. Hablaba como si no le pasara nada y los miembros del consejo no se hubieran apercibido de la operación, si no les hubiera llamado la atención el olor de la carne quemada. Todo revelaba en él una voluntad y una perseverancia extraordinarias, lo mismo persistía en sus amistades que en sus odios; jamás olvidaba un servicio, pero tampoco nunca perdonaba una ofensa. Así lo experimentaron aquellos condiscípulos, a quienes joven aun, dio a elegir los empleos que habían de ocupar cuando fuera primer ministro. Los tres estudiantes que en aquella ocasión habían parecido tomar su proposición en serio y que dijeron los empleos que ambicionaban, los obtuvieron en efecto, cuando fue ministro, mientras que el cuarto que había hablado de una manera inconveniente, expió su imprudencia con la pérdida de sus bienes. Sin embargo, algunas veces, cuando se había equivocado y lo conocía, conseguía vencer la terquedad de su carácter. Un día en que se trataba de conceder una amnistía, leía la lista de los presos, cuando se fijaron sus ojos en el nombre de uno de sus servidores contra el que había concebido un odio violento y que estaba en la cárcel hacía mucho tiempo, sin que mereciera ser tratado de este modo. «Este, escribió al margen, permanecerá donde está, hasta que el infierno venga a reclamarlo.» Pero llegó la noche, en vano buscó el descanso, le atormentaba la conciencia y en ese estado intermedio que no es ni sueño ni vela, figuróse ver un hombre de una fealdad asquerosa y de unas fuerzas sobre humanas, que le decía: «Devuelve la libertad a ese hombre o serás castigado por tu injusticia.» Trató entónces de desechar estas negras visiones y no pudiendo lograrlo, mandó traer a su cama avíos de escribr y dió la órden de poner al preso en libertad, pero añadiendo estas palabras: «Este hombre debe su libertad a Dios y Almanzor no ha consentido en ella sino a su despecho.» En otra ocasión bebía con el visir Abul-Moghira ibn-Hazm, en uno de sus soberbios jardines de Zahira, porque, a pesar del respeto que manifestaba a la religión, bebió vino toda su vida a excepción de los dos años que precedieron a su muerte. Era la tarde, una de esas hermosas tardes que no hay más que en los países privilegiados del Mediodía. Una hermosa cantadora a quien Almanzor amaba, pero que había concebido una gran pasión por el huésped del ministro, cantó estos versos: "Huye el día, y la luna muestra ya la mitad de su disco. El sol que se oculta parece una mejilla, y las tinieblas que se acercan el bello que la cubre, el cristal de las copas agua helada, y el vino fuego líquido. Mis miradas me han hecho cometer pecados que nada puede escusar. Ay, gentes de mi familia, yo amo a un joven que no está al alcance de mi amor, aunque se halla cerca de mí. ¡Ah! que yo no pudiera arrojarme a él y estrecharlo contra mi corazón." Abul-Moghira comprendió demasiado bien la intención de estos versos y tuvo la imprudencia de responder enseguida con estos otros: "¡El medio, el medio de aproximarme a esa belleza que está rodeada de un vallado de espadas y de lanzas! ¡Ah! si yo tuviera la convicción de que es sincero tu amor, yo arriesgaría de buena gana mi vida por poseerte. Un hombre generoso cuando quiere alcanzar su fin no teme ningún peligro". Almanzor no aguantó más. Bramando de cólera sacó su espada, y dirigiéndose a la cantadora: —Dime la verdad, le gritó con voz de trueno; ¿es al visir a quien se dirige tu canto? —Una mentira podría salvarme, le respondió la valiente joven, pero no mentiré. Sí, su mirada me ha traspasado el corazón, el amor me lo ha hecho decir, me ha hecho decir lo que yo quería callar. Podéis castigarme, señor, pero sois tan bueno, sois tan amigo de perdonar cuando se confiesan las faltas... Y diciendo esto se deshizo en lágrimas. Almanzor la había perdonado ya a medias, pero ahora se tornó su cólera contra Abul-Moghira y le abrumó con un torrente de reprensiones. El visir lo escuchó sin decir palabra, y cuando acabó de hablar, le dijo: «Señor, convengo en que he cometido una gran falta, convengo en ello, ¿pero qué podía hacer? Cada uno es esclavo de su destino, ninguno lo elige, todos lo sufren, y el mío ha querido que yo amara a la que no debo amar.» Almanzor guardó silencio por algunos instantes. «Pues bien! dijo al fin, a ambos os perdono. ¡Abul-Moghira! la que amas es tuya; yo soy quien te la da» Su amor a la justicia habia pasado en proverbio. Quería que se egerciera sin acepción de personas, y el favor que dispensaba a algunos individuos, no los colocaba nunca por cima de las leyes. Un hombre del pueblo se presentó un dia en la audiencia. —Defensor de la justicia, le dijo, tengo que quejarme del hombre que se encuentra detrás de vos» y señaló con el dedo al Eslavo que tenía el empleo de portaescudo y del que Almanzor hacía mucho caso. «Lo he citado delante del juez prosiguió, pero no ha querido ir. —¿De veras?, dijo entonces el ministro. ¿No ha querido ir y el juez no lo ha obligado? Yo creía que Abderramán ibn-Fotais (este era el nombre del juez) tenía más energía. Y bien, amigo mío, ¿de qué te quejas? El otro le contó entónces que había hecho un contrato con el Eslavo y que este lo había roto. Cuando acabó de hablar, dijo Almanzor: «Mucho nos dan que hacer estos servidores de nuestra casa,» y dirigiéndose al Eslavo, que temblaba de miedo: «Entrega el escudo al que está a tu lado, le dijo, y ve humildemente a responder delante del tribunal a fin de que se haga justicia. Y vos, continuó dirigiéndose al prefecto de policía, conducid a ambos ante el juez y decidle que si mi Eslavo ha contravenido al contrato, yo deseo que se le aplique la pena más grave, la prisión o cualquier otra. Y habiendo dado la razón el juez al hombre del pueblo, este, volvió a presentarse a Almanzor para darle las gracias. «Nada de gracias, le dijo el ministro, tú has ganado tu pleito, está bien y debes estar contento, pero yo lo estoy aún, yo tengo también que castigar al bribón que no se ha avergonzado de cometer una bajeza estando a mi servicio.» Y lo despidió. Otra vez, su mayordomo tenia un pleito con un mercader y fue requerido por el juez, para que prestara juramento: pero creyendo que el empleo elevado que ocupaba le ponía al abrigo del procedimiento, se negó a ello. Pero un día que Almanzor llegó a la mezquita acompañado de su mayordomo, se le acercó el mercader y le contó lo que había pasado. El ministro hizo arrestar al mayordomo en el mismo instante, mandando que lo condujeran delante del juez y cuando supo que había perdido el pleito lo destituyó. En resumen, si los medios que Almanzor empleó para apoderarse del poder deben ser condenados, es preciso sin embargo confesar que una vez que lo obtuvo lo ejerció noblemente. Si el destino lo hubiera hecho nacer en las gradas del trono, acaso hubiera habido poco que censurarle, quizás entonces, hubiera sido uno de los príncipes más grandes que recuerda la historia, pero habiendo visto el día en un antiguo castillejo de provincia, se vió obligado para alcanzar el objeto de su ambición a abrirse camino a través de mil obstáculos y debe sentirse que tratando de vencerlos, se preocupara rara vez de la legitimidad de los medios. Era, bajo muchos respectos, un gran hombre, y sin embargo por poco que se consideren los eternos principios de la moral, es imposible amarlo y hasta se hace difícil admirarlo.
HISTORIA DE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES HASTA LA CONQUISTA DE ANDALUCÍA POR LOS ALMORAVIDES.(711-1110.)
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