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HISTORIA DE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES HASTA LA CONQUISTA DE ANDALUCÍA POR LOS ALMORAVIDES. (711-1110.)LIBRO I
LAS GUERRAS CIVILES.CAPÍTULO I
Mientras
Europa hace siglos que progresa y se desarrolla, la inmovilidad es el carácter
distintivo de esas innumerables hordas que con sus tiendas y sus rebaños
recorren los áridos y vastos desiertos de la Arabia. Hoy son lo que eran ayer,
y lo que serán mañana; en ellas nada cambia ni se modifica: los Beduinos de
nuestros días conservan en toda su pureza el espíritu que animaba a sus abuelos
en tiempo de Mahoma, y los mejores comentarios sobre la historia y la poesía de
los árabes paganos, son las noticias que nos trasmiten los viajeros modernos
acerca de las costumbres, los hábitos y la manera de pensar de los Beduinos
entre quienes han habitado.
Y sin
embargo este pueblo no carece ni de la inteligencia ni de la energía necesarias
para conocer y mejorar sus condiciones, si quisiera. Si no progresa, si
permanece extraño a toda idea de adelanto, es porque indiferente al bienestar y
a los goces materiales que ofrece la civilización, no quiere cambiar su suerte
por ninguna. El Beduino en su orgullo se considera como el tipo más perfecto de
la creación, menosprecia a los otros pueblos, porque no se le parecen y se cree
infinitamente más feliz que el hombre civilizado. Cada condición tiene sus
inconvenientes y sus ventajas; pero la vanidad de los Beduinos se explica y se
comprende sin esfuerzo. Guiados no por principios filosóficos, sino por una
especie de instinto, han realizado de buenas a primeras la noble divisa de la
revolución francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad.
El
Beduino es el hombre más libre de la tierra: «Yo no reconozco, dice, más señor
que el del Universo.» La libertad de que goza es tan grande, tan ilimitada que
comparadas con ella nuestras más avanzadas doctrinas liberales parecen
preceptos de despotismo. En nuestras sociedades un gobierno es un mal
necesario, inevitable, un mal que es la condición del bien; los Beduinos no lo
tienen. Hay, es verdad, en cada tribu un jefe elegido por ella; pero este jefe
no posee más que una cierta influencia; se le respeta, se escuchan sus
consejos, sobre todo si tiene el don de la palabra, pero no se le concede en
manera alguna el derecho de mandar. En lugar de cobrar sueldo, tiene, y aun
está obligado por la opinión pública, a proveer a la subsistencia de los
pobres, a distribuir entre los amigos los presentes que recibe y a ofrecer a
los extranjeros una hospitalidad más suntuosa que cualquier otro miembro de la
tribu. En todas ocasiones tiene que consultar el consejo de la tribu, que se
compone de los jefes de las diferentes familias. Sin el consentimiento de esta
asamblea no puede, ni declarar la guerra, ni concluir la paz, ni aun siquiera
levantar el campo. Cuando una tribu concede el título de jeque a uno de sus
miembros, no es, la más veces, sino un homenaje sin consecuencia; le da con
esto un testimonio público de estimación; reconoce solemnemente en él el más
capaz, el más bravo, el más generoso, el más adicto a los intereses de la
comunidad. «Nosotros, no concedemos a nadie esta dignidad, decía un Árabe antiguo, a menos que no nos haya dado todo lo que
posee, que nos haya permitido hollar todo lo que le es querido, y todo lo que
quisiera ver honrado, y que no nos haya servido como esclavo», pero la
autoridad de este jeque es las más veces tan mínima, que apenas se percibe.
Habiendo preguntado uno a Araba, contemporáneo de Mahoma, de qué manera había
llegado a ser el jeque de su tribu, Araba negó al principio que lo fuera, e
insistiendo el otro, Araba le respondió al cabo: «Si las desgracias aquejaban a
mis paisanos, yo les daba dinero, si alguno de ellos cometía alguna falta,
yo pagaba la multa por él, y he establecido mi autoridad apoyándome en los
hombres más dignos de la tribu. Aquél de mis compañeros que no puede hacer otro
tanto, es menos considerado que yo, el que lo puede es mi igual, y el que me
escoge es más estimado que yo.» En efecto, entonces como ahora se deponía al
jeque, si no sabía mantener su rango, o si había en la tribu un hombre más
generoso o valiente que él.
La
igualdad, aunque no es completa en el Desierto, es sin embargo mayor que fuera.
Los Beduinos no admiten ni la desigualdad de las relaciones sociales, porque
todos viven de un mismo modo, usan los mismos vestidos, y consumen los mismos
alimentos; ni la aristocracia de fortuna, porque la riqueza no es a sus ojos un
título de pública estimación. Menospreciar el dinero y vivir al día del botín
conquistado por su valor, después de haber repartido su patrimonio en regalos,
es el ideal del caballero árabe. Este desdén de la riqueza es sin duda prueba
de grandeza de alma y de verdadera filosofía; preciso es sin embargo, no perder de vista que la riqueza no puede tener para los Beduinos
el mismo valor que para los otros pueblos, pues que entre ellos es
extremadamente precaria, y cambia de dueño con asombrosa facilidad. «La riqueza
viene por la mañana y se va por la tarde» ha dicho un poeta árabe, y en el
desierto esto es estrictamente verdadero. Extraño a la agricultura, y no
poseyendo una pulgada de tierra, el Beduino no posee más bienes que sus camellos
y sus caballos; pero es una posesión con la que no puede contar un solo
instante. Cuando una tribu enemiga ataca a la suya y le quita todo lo que posee
como sucede todos los días el que ayer era rico, se encuentra reducido de
pronto a la miseria mañana tomará la revancha y volverá a ser rico.
Sin embargo,
la igualdad completa no puede existir sino en el estado de la naturaleza, y el
estado de la naturaleza no es más que una abstracción. Hasta cierto punto, los
Beduinos son iguales entre sí, pero en primer lugar sus principios igualitarios
no se extienden a todo el género humano; ellos se estiman muy superiores, no
solo a sus esclavos y a los artesanos, que ganan el pan trabajando en sus
campos, sino aun a todos los hombres de otras razas; tienen la pretensión de
haber sido amasados de un barro diferente al de todas las otras criaturas
humanas.
Luego,
las desigualdades naturales acarrean distinciones sociales, y si la riqueza no
da al Beduino consideración ni importancia alguna, tanto más se la dan la
generosidad, la hospitalidad, la bravura, el talento poético y el don de la
palabra. «Los hombres se dividen en dos clases, ha dicho Hatim: las almas
bajas se complacen en amontonar dinero, las almas elevadas buscan la gloria que
procura la generosidad.» Los nobles del desierto, los «reyes de los árabes»
como decía el Califa Omar, son los oradores, y los poetas, son aquellos que
practican las virtudes beduinas; los plebeyos son los necios o malvados que no
las practican. Por lo demás los Beduinos no han conocido nunca ni privilegios
ni títulos, a menos que no se considere como tal el sobrenombre de «Perfecto»
que se daba antiguamente al que juntaba al talento de la poesía la bravura, la
liberalidad, el conocimiento de la escritura, la destreza en nadar y en tirar
el arco.
La
nobleza de nacimiento, que bien comprendida impone grandes deberes y hace las
generaciones solidarias unas de otras, existe también entre los Beduinos. La
multitud, llena de veneración hacia la memoria de los grandes hombres a quienes
rinde una especie de culto, rodea a sus descendientes de su estimación y
afecto, con tal que, si estos no han recibido las mismas dotes que sus abuelos,
conserven al menos en su alma, el respeto y el amor a los hechos heroicos, al
talento y a la virtud.
Antes del
islamismo se consideraba nobilísimo el jeque de tribu cuyo padre, abuelo y
bisabuelo le habían precedido sucesivamente en el mismo puesto. Nada más
natural. Puesto que no se daba el título de jeque sino al más distinguido, se
debía creer que las virtudes beduinas eran hereditarias en una familia que
durante cuatro generaciones había estado a la cabeza de su tribu.
En una
tribu todos los Beduinos son hermanos; este es el nombre que se dan entre sí
cuando cuentan la misma edad; si es un anciano el que habla a un joven le
llama: hijo de mi hermano. Si uno de sus «hermanos» se halla
reducido a la mendicidad y viene a implorar su socorro el Beduino matará si es
preciso hasta su última oveja para alimentarlo; si su «hermano» ha sufrido una
afrenta de un hombre de otra tribu, sentirá esta afrenta como una injuria
personal y no se dará punto de reposo hasta que no haya obtenido la venganza.
Nada puede dar una idea bastante clara, bastante viva de esta «azabia» como él la llama, de esa adhesión profunda,
ilimitada, inquebrantable que el Árabe siente hacia sus paisanos, de esa
absoluta adhesión a los intereses, a la prosperidad a la gloria y al honor de
la comunidad que lo ha visto nacer y que lo verá morir; no es un sentimiento
parecido a nuestro patriotismo, que parecería al ardiente Beduino frío en extremo,
es una pasión violenta y terrible y al mismo tiempo el primero, el más sagrado
de los deberes, la verdadera religión del Desierto. Por su tribu, el árabe está
siempre pronto a todos los sacrificios, por ella comprometerá a cada instante
su vida en esas empresas arriesgadas en que solo la fe y el
entusiasmo pueden realizar portentos; por ella peleará hasta que su cuerpo
deshecho no tenga figura humana... «Amad a vuestra tribu, ha dicho un poeta,
porque estáis unidos a ella por lazos más fuertes que los que existen entre el
marido y la mujer»
He aquí
de qué manera comprende el Beduino la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Estos bienes le bastan, no desea, no imagina otros, está contento con su
suerte. Europa no está jamás contenta con la suya, o no lo está más que durante
un día. Nuestra febril actividad, nuestra sed de mejoras políticas y sociales,
nuestros esfuerzos incesantes para llegar a un estado mejor ¿no son en el fondo
los síntomas, la confesión implícita del tedio y malestar que entre nosotros
corroen y devoran la sociedad? La idea del progreso preconizada hasta la
saciedad en las cátedras y en la tribuna es la idea fundamental de las
sociedades modernas; ¿pero habla sin cesar de cambios y mejoras el que se
encuentra en una situación normal, el que se halla feliz? Buscando siempre la
felicidad sin conseguirla, destruyendo hoy lo que edificamos ayer, caminando de
ilusionen ilusión y de desengaño en desengaño, acabamos por desesperar de la
tierra y decimos en nuestros momentos de abatimiento y debilidad que el hombre
tiene otro destino que los Estados, y aspiramos a bienes desconocidos, en un
mundo invisible.
Completamente
tranquilo y fuerte el Beduino no conoce estas vagas y enfermizas aspiraciones
de un porvenir mejor; su espíritu alegre, expansivo, indiferente, sereno como
su cielo, no comprendería nuestros cuidados, nuestros dolores, ni nuestras
confusas esperanzas. A nosotros con nuestra ambición ilimitada en el
pensamiento, en los deseos y en el movimiento de la imaginación, esta vida
tranquila del desierto nos parecería insoportable por su monotonía y su
uniformidad, y preferiríamos pronto nuestra sobreexcitación habitual,
nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestras sociedades conturbadas y
nuestra civilización a todas las ventajas que poseen los Beduinos en su
inmutable tranquilidad.
Entre
ellos y nosotros existe una diferencia enorme, somos demasiado ricos de
imaginación para gustar del reposo del espíritu; pero es también a la
imaginación a la que debemos nuestro progreso, ella es la que nos ha dado
nuestra superioridad relativa. Donde quiera que falta, el progreso es
imposible; cuando se quiere perfeccionar la vida civil y desarrollar las
relaciones de los hombres entre sí, es preciso tener presente en el espíritu la
imagen de una sociedad más perfecta que la existente; ahora bien, los árabes a
despecho de un prejuicio acreditado no tienen sino muy escasa imaginación.
Tienen la sangre más impetuosa, más ardiente que nosotros y pasiones más
fogosas; pero son al mismo tiempo el pueblo menos inventivo del mundo. Para
convencerse de ello, basta examinar su religión y su literatura.
Antes que
se hicieran musulmanes tenían sus Dioses, representantes de los cuerpos
celestes; pero nunca han tenido mitología, como los Indios,
los Griegos y los Escandinavos, sus Dioses no tenían
pasado, no tenían historia y nadie ha intentado componerles una. En cuanto a la
religión predicada por Mahoma, simple monoteísmo al que han venido a juntarse
algunas instituciones y algunas ceremonias tomadas del judaísmo y del antiguo
culto pagano, es sin disputa, de entre todas las religiones positivas la más
simple y la más desnuda de misterio, la más razonable y la más depurada, dirían
aquellos que excluyen lo sobrenatural en cuanto es posible y que destierran del
culto las demostraciones exteriores y las artes plásticas.
En la
literatura, la misma falta de invención, la misma predilección por lo real y
positivo. Los demás pueblos han producido epopeya en que lo sobrenatural juega
un gran papel. La literatura árabe no tiene epopeya, no tiene tampoco poesía
narrativa; exclusivamente lírica y descriptiva, esta poesía no ha expresado
nunca más que el lado práctico de la realidad. Los poetas árabes describen lo
que ven y lo que experimentan; pero no inventan nada, y si alguna vez se
permiten hacerlo, sus compatriotas en vez de complacerse en ello, los tratan
secamente de embusteros.
La
aspiración hacia lo infinito, hacia lo ideal, les es desconocida y lo que vale
más a sus ojos, desde los tiempos más remotos, es lo preciso y lo elegante de
la expresión, el lado técnico de la poesía.
La
invención es tan rara en su literatura que cuando se encuentra en ella un poema
o un cuento fantástico, se puede casi siempre asegurar desde luego, sin temor
de equivocarse, que tal producción no es de origen árabe, que es una
traducción. Así, en «Las mil y una Noches» todos los cuentos de hadas, esas
graciosas producciones de una imaginación fresca y alegre que han encantado
nuestra adolescencia son de origen persa o índico; en esta inmensa
colección, las únicas narraciones verdaderamente árabes son los cuadros de
costumbres, las anécdotas tomadas de la vida real.
En fin,
cuando los árabes establecidos en inmensas provincias conquistadas con la punta
de su espada, se han ocupado de materias científicas,
han mostrado la misma falta de poder creador. Han traducido y comentado las
obras de los antiguos, han enriquecido ciertas especialidades con observaciones
pacientes y minuciosas; pero no han inventado nada, no se les debe ninguna
concepción grande y fecunda.
Existen,
pues, entre los árabes y nosotros diferencias esenciales. Acaso tienen ellos
más elevación de carácter, más grandeza de alma y un sentimiento más vivo de la
dignidad humana; pero no llevan consigo el germen del desarrollo y del progreso
y con su necesidad apasionada de independencia personal y con su carencia absoluta
de espíritu político parecen incapaces de plegarse a las leyes sociales. Lo han
ensayado con todo: arrancados por un profeta, de sus desiertos, y lanzados por
él a la conquista del mundo, lo han llenado con la fama de sus hazañas;
enriquecidos con los despojos de cien provincias, han aprendido a conocer los
goces del lujo; puestos en contacto con los pueblos que habían vencido, han
cultivado las ciencias y se han civilizado tanto como era posible. Sin embargo,
aun después de Mahoma ha trascurrido un periodo bastante largo antes de que
perdieran su carácter nacional. Cuando llegaron a España, eran todavía los
verdaderos hijos del Desierto y era natural que a las orillas del Tajo o del
Guadalquivir, no pensaran al principio sino en proseguir las luchas de tribu a
tribu, de horda a horda comenzadas en la Arabia, en la Siria y en el África. De
estas guerras es de lo que primero debemos ocuparnos y para comprenderlas bien
es necesario subir hasta Mahoma.
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