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Esta es la Voluntad Presente de Dios:

"Unifíquense todas las iglesias en una sola y única"

 

LA

HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 

 

RAÚL PALMA GALLARDO

(RPI . Z-229-20 )

 

 

INTRODUCCIÓN BIOHISTÓRICA

 

LIBRO PRIMERO

EL CORAZON DE MARIA

 

 “YO SOY”  

CAPÍTULO I:  “EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

CAPÍTULO II: “EL ALFA Y LA OMEGA” VIDA Y TIEMPO DE LOS PRECURSORES

CAPÍTULO III: EDAD APOSTÓLICA

 

APÉNDICES HISTÓRICOS

1. PREHISTORIA Y FUNDACIÓN DEL CRISTIANISMO

2. CRÓNICAS GALILEAS

3. EL MISTERIO DEL ROSTRO DE LA MADRE DE JESÚS

4. EL ORIGEN ESENIO DE JUAN EL BAUTISTA

 

 

LIBRO SEGUNDO

 

DOCTRINA DEL REINO DE DIOS

APERTURA DEL TESTAMENTO UNIVERSAL DE CRISTO JESÚS DE YAVÉ Y SIÓN

 

 

1.-“YO SOY EL PRINCIPIO Y EL FIN” DIOS, EL INFINITO Y LA ETERNIDAD.  INCREACIÓN Y CREACIÓN

2.- CARTA MAGNA DEL REINO DE DIOS

3.- LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL

4.- CONCILIO UNIVERSAL SIGLO XXI DE ADORACIÓN DEL HIJO DE DIOS . CONSTITUCIÓN SEMPITERNA DE LA IGLESIA

5.- EL ESPÍRITU DE YAVÉ

 

LIBRO TERCERO

 

LA CREACIÓN DEL UNIVERSO SEGÚN EL GÉNESIS.

UNA INTRODUCCIÓN A LA COSMOLOGIA DEL SIGO XXI

UNA INTRODUCCIÓN A LA COSMOLOGÍA DEL SIGLO XXI

PRIMERA PARTE. CREACIÓN DE LA LUZ DEL GÉNESIS

SEGUNDA PARTE. CREACIÓN DEL FIRMAMENTO DE LOS CIELOS

TERCERA PARTE. CREACIÓN DE LA ESCALERA DE LOS ELEMENTOS NATURALES

CUARTA PARTE. CREACIÓN DE LA BIOSFERA

QUINTA PARTE. CREACIÓN DE LA ECOSFERA

SEXTA PARTE. CREACIÓN DEL SISTEMA SOLAR

SEPTIMA PARTE. CREACIÓN DELOS CIELOS

OCTAVA PARTE. LOS NUEVOS CIELOS Y LA NUEVA TIERRA. DISTRIBUCIÓN DE MATERIA ASTROFÍSICA EN LA VÍA LÁCTEA

 

EPÍLOGO UNIVERSAL

 

 

 

ebook & papel

 

 

INTRODUCCIÓN BIOHISTÓRICA A LA HISTORIA DIVINA

EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO

 

Al que venciere le daré una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe. Yo le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá ya jamás fuera de él, y sobre él escribiré el nombre de Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo de mi Dios, y mi nombre nuevo.

Ap. 3,12

 

Este Libro tuvo su Principio en un Librito, “Luz, Verdad y Vida”, escrito en la prisión militar del Ferrol del Caudillo, Galicia, España, a finales del 1978, durante los días del cambio de Obispo en Roma entre Juan Pablo I y Juan Pablo II. Aquel que me abrió la Puerta de su Omnisciencia sabía que, de la Ignorancia al Conocimiento de todas las cosas, aquel Librito tendría que hacer un Camino, estrecho y largo, hasta adquirir el cuerpo que Hoy tiene; camino que no otro sino su Autor tendría que vivir.

Su Autor, yo, Cristo Raúl, abandoné el Cuartel de la Marina con aquél “librito”, escrito a mano, que me sería dado a comer, y que yo comí. Ese “librito” que le supo a mi alma más dulce que todas las riquezas de este mundo, andando el Tiempo habría de saberme más amargo que el veneno más ácido.

Mas la Criatura que vive del Amor de aquél que lo engendra no conoce su sino más que cuando arrecian los vientos y las tormentas, cruje la tierra y caen los muros, se levantan las aguas y llueve duro sobre un edificio que, a pesar de su fragilidad externa, fue fundado sobre Roca.

Alegre pues, sabiendo que Dios no abandona a sus hijos, y habiéndoseme Prometido la Victoria, comencé mi travesía por el Tiempo, la Confianza puesta en la Palabra de quien me engendró para traer a las naciones el Conocimiento de todas las cosas, anunciarles el Fin de la Noche y el Nacimiento de un Nuevo Día. ¡Pero cómo podía saber aquella criatura que el Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal habría de vivirlo en sus propias carnes! La Injusticia, la Pasión, el Odio, el Desprecio, la Pobreza … ¿no forman parte de la Ciencia del Bien y del Mal?

Siendo Dios quien ha estado dirigiendo, y dirige el curso de la Historia del Género Humano desde su Caída hasta el Reestablecimiento de su Creación, acorde a su Decreto: “Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y Semejanza”, es decir, hijo de Dios, el hombre, expuesto a un Mundo esclavizado a la Ley del Bien y del Mal, y aunque engendrado a Imagen de su Creador, ha de vivir su crecimiento sujeto a la Ley del Mundo.

 

Este Libro contiene el Conocimiento de todas las cosas, las del Cielo, las de los Cielos y las de la Tierra. El Rey y Señor del Universo es quien da, y viendo buena su Obra, es Él quien envía a su hijo, como Él fue enviado por su Padre.

Pasado, Presente y Futuro, he aquí las líneas sobre las que el espíritu de Inteligencia, a Imagen y Semejanza de la Inteligencia Divina, se mueve el Autor a través de los Libros que componen esta Obra.

Los hechos tuvieron lugar de este modo:

 

Un día de aquellos, durante la última encrucijada entre milenios, yo, Raúl, un joven de 20 años, invoqué al Hijo de Dios. Subí a un monte, dejé el mundo y todos sus valores atrás y me planté delante de Dios con un mar de preguntas quemándome el ser. Aquél día el salto al otro lado de la Duda. Más allá de la Duda me planté delante de mi Creador.

Para mí, Raúl, el tiempo de la Duda había pasado. Dios existe con la seguridad que existen el Sol y las estrellas. Así que arrojando al suelo el lastre de la opinión de los expertos subí a aquel monte y liberé mi pensamiento.

Y digo que fueron muchas las horas que aquel joven alzó su voz al Cielo. El firmamento, el sol, la tierra, el mar, fueron testigos de mis palabras. Sólo ellos saben con qué palabras invoqué a mi Creador.

Y al cabo, caí al suelo sin fuerzas. En lo alto de aquél monte permanecí como muerto durante un tiempo.

Cuando me levanté regresé a casa, y esperé que se cumpliera lo que está escrito: “Al que llama, se le abre”. Y así fue. El Hijo de Dios me oyó, y me abrió. Entonces se cumplió en mi ser lo que está escrito: Al que crea de las entrañas le manará una fuente de aguas vivas.

Después de estas cosas yo, Raúl, seguí mi camino, y andando conocí a una persona muy especial. Lo llamaban el Profe.

De joven el Profe se fue a hacer las Américas. Al cabo de décadas regresó a la madre patria lleno de glorias, honoris causa, y todo eso, cosecha de su siembra por las universidades latinoamericanas. Ya en su patria chica el Profe no tardó en descubrir que para servir a Dios no hay que irse tan lejos; basta doblar la esquina, mirar alrededor y ver ovejas perdidas por todos los riscos.

Conmovido por la suerte de aquella juventud -Dios sabe por quién condenada a morir bajo los efectos del veneno de las cuatro letras malditas: SIDA- el Profe abrió un caserón en el centro de su ciudad natal, Málaga, y puso sus habitaciones al servicio de los jóvenes que como perros sin dueño proliferaban por las calles. En aquella Casa se conocieron el Profe y Raúl.

Al tiempo regresé a hacer mi propio camino. Y se fueron el otoño y el invierno de aquel año, (1976). Durante la primavera siguiente el Profe y yo, Raúl, volvimos a encontrarnos en Madrid.

El hecho de hallarse el Profe en Madrid se debía a que se le había descubierto una enfermedad en el cerebro. Sus enemigos decían que aquello era castigo de Dios por haber dilapidado su fortuna en aquellos leprosos sin salvación. Ciertamente la operación costaba una fortuna, que el Profe no tenía, porque se la había gastado en aquellas ovejas perdidas, y ahora andaba el pobre mendigando ayuda.

El Profe peregrinaba por Madrid de puerta en puerta. Cuando volvió a encontrarse con Raúl el hombre ya había perdido la cuenta. ¡Los amigos de los viejos días de gloria! La cosa era que aquél hombre tampoco desesperaba. Lo que sí se sentía era solo.

“¿Y tú qué, Raúl? No me lo digas, no acudiste a tu cita con el ejército. Y ahora vas por ahí a la aventura, un día acá, y el siguiente allá”.

Era genial. Estaba en sus cincuenta. De mediana estatura, rostro alegre, facciones latinas. Conversación entretenida. Siempre se le veía risueño, “al mal tiempo: buena cara”, decía. No fumaba, no bebía. No estaba casado. La gran pasión de su vida, la única que tuvo jamás, fue Cristo, y lo confesaba como quien está orgullosísimo de tener el tesoro más fabuloso del mundo.

Las siguientes semanas se diluyeron en el río del tiempo. El Profe siguió su vía crucis de puerta en puerta. Mientras tanto el mal seguía creciendo en su cerebro. Y él llevando su cruz a cuestas sin más consuelo que el que podía hallar en la compañía de un muchacho.

A mí la tragedia y la grandeza de aquel hombre me impresionaron. Muchas han sido las historias que me han impresionado a lo largo de mi existencia alrededor de mundo, pero ninguna tuvo un efecto tan decisivo en mi vida.

Y pasó lo que tenía que pasar. Una noche de aquel verano, de tanto patearme las avenidas madrileñas regresé retido a la habitación que compartía con el Profe. En el firmamento de los cielos la Luna Llena paseaba su gracia; el velo de su luz me cerró los ojos. Al poco me despertaron unos lamentos. Creyendo que venían de un Profe perdido en sus sueños, seguí durmiendo. Al fin abrí los ojos y al Profe, sentado en el borde de su cama con la mirada perdida en el infinito. Por su barbilla corría un hilo de sangre. El Profe estaba hablando solo.

Aquel muchacho que fuí, dejó al hombre hablar. Madre de Dios, la pena que estaba matando al Profe no era su enfermedad, ni descubrir que sus amistades se desentendían de su problema. La pena más grande que tenía su alma era no saber por qué Dios lo había abandonado.

“¿Este es el precio a una vida de servicio, Señor? ¿Esta es mi paga?”, se lamentaba en su ignorancia aquel doctor en más teologías que los san Agustín y santo Tomás juntos.

Llegó el verano del 77, yo me moví a Ibiza. No todo en este mundo tiene por qué ser trabajos, aventuras, errores, aciertos. Cuando Dios creó los Cielos y la Tierra allanó montes, y trazó verdes praderas a orillas de ríos hermosos, para que el ser humano se desnudara y se dedicara a practicar el deporte de vivir la vida.

Por aquellos días yo solía plantarme en los acantilados al otro lado de las murallas del castillo, mirando al mar. Fue entonces cuando en el campo de mis reflexiones y meditaciones el Hijo de Dios sembró en mi corazón un deseo maravilloso: Disfrutar de inteligencia sin medida para conocer todas las cosas

Y como semilla en tierra buena que se hace árbol, aquél deseo dio en mi alma su fruto. Así que uno de aquellos días yo, Raúl, me puse de pie, abrí sus brazos y le pedí al Hijo de Dios lo que más deseaba tener en este mundo:

“El Espíritu de Yavé:  Espíritu de Inteligencia sin medida para conocer todas las cosas”.

Mi Fe, puesta en su Palabra, y mi Confianza en su Gloria, no teniendo Duda de haber sido Él quien sembró para recoger en mí, según está escrito, “¿quién es el que primero da para tener que reclamarle a Dios?”, seguí mi camino en la Esperanza de recibir Respuesta.

Y así fue. Al poco el Hijo de Dios me dio a conocer su respuesta: “Tú lo conocerás todo, tú sabrás todas las cosas” me dijo.

Esto sucedió en el corazón de Europa, en la nación que llaman Bélgica.

Había pegado y se me había abierto, había pedido y se me había dado. Con la confianza puesta en la veracidad del Hijo de Dios continué mi camino.

Entonces se levantó un viento muy fuerte. Sirviendo a su Creador la creación entera agarró a aquel joven por los pelos, lo levantó, y cuando fue a abrir los ojos se encontró bajo tierra. Al día siguiente me descubrí en la casa de mis padres con mi vieja biblia en las manos y una pregunta en mi mente: ¿cómo creó Dios la Luz, el Firmamento, en una palabra: el Universo?

Durante las próximas semanas intenté descifrar el Jeroglífico de Moisés. Todo para nada. No importase las vueltas que le diese al Texto, no encontraba la Llave que me permitiese abrir su Sello, para entrar y ver lo que había al otro lado de la Puerta de la Luz del Génesis. Pero un día, regresando de Málaga la Bella, mientras por los cristales del bus admiraba aquel firmamento otoñal, la Luz. Tenía en mis manos la Llave de la Luz.

Me bajé del bus volando, abrí la puerta de casa. Mi madre me miró expectante.

“Voy a ser escritor, mamá”, le dije sin pensármelo dos veces.

“Acuérdate de tus hermanos cuando seas famoso”, me respondió ella.

Aquella mujer no sabía leer ni escribir ¡Qué mujer! ¡Qué grande es el misterio de la maternidad humana! Se parten los sesos los sabios buscando la fórmula de la producción industrial de Einsteines, Newtones y colegas, y viene la Naturaleza y se ríe de la Ciencia haciendo que una analfabeta para la piedra filosofal. Así pues, hiperexcitado por lo que me acababa de mostrar mi Dios, agarré papel y lápiz y comencé a balbucear las primeras palabras de Inteligencia sin medida que llenan este Libro (Creación del Universo según el Génesis. Una Introducción a la Cosmología del Siglo XXI).

Yo, personalmente, a mis 21 años, no cabía en mí de admiración por el Creador del Jeroglífico del Génesis, cuyo Sello se ha mantenido impenetrable delante de todos los genios de todos los tiempos. Su Omnisciencia y su Sabiduría Salvadora me tenían seducido, cautivado, maravillado. Y en fin, en aquel estado de excitación intelectual sin medida me hallaba cuando me llamaron para cumplir con mis obligaciones militares.

 

En noviembre de ese mismo año me incorporé a la Marina. Durante el siguiente invierno, primavera y verano, el Hijo de Dios me mostró todas las cosas concernientes al Derecho Divino, Justicia de la Salvación, fundamentos de la Redención. En fin, el alimento sobre el que Él dijera: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”.

Pues bien, se fue el verano y vino el otoño. Un día de aquel otoño me metieron en la prisión militar a cumplir sentencia de dos meses y un día, en castigo por mi etapa de prófugo.

Estando en la celda el Hijo me presentó al Padre, y Este me mostró lo que tenía en su Corazón: la Esperanza de Salvación Universal que concibió al principio de los tiempos

En efecto, sólo un hombre pecó, y su pecado, sujeto al efecto dominó, se extendió por toda la superficie de la Tierra. Así que al elevar al Trono del Juicio Universal a su Hijo, Él lo volvió a glorificar otorgándole todos los poderes del Presidente de la Corte Suprema de su Reino, entre cuyos poderes está el dictar Absolución para el Acusado, en este caso Absolución Universal en base al Derecho de Redención por Él mismo conquistado para el Género Humano. Pues al ofrecernos la Justicia de la Fe quedaron privados de su Gracia todos los pueblos nacidos ante de Cristo; y, sin embargo, fuimos todas las naciones las que fuimos entregados a la Muerte por el pecado de un sólo hombre. Así que habiendo vivido bajo la misma ignorancia que nos hizo a todos merecedores de la Gracia, en razón de la Necesidad de la Muerte de Cristo nuestros padres quedaron privados de Salvación. Pero Dios, en su maravillosa Justicia, elevando a la Presidencia de la Corte Suprema de Justicia de su Reino a su Hijo le concedió poderes infinitos y eternos para dictar Sentencia según espíritu y verdad. Él puede ajustar su Veredicto Final a la profecía en base a nuestra maldad, o a la Salud de su Paz en premio a nuestra Fe por creer que Él puede restaurar todas las almas a su condición natural de bondad. Nuestra bondad está en creer que el ser humano jamás se hubiera apartado de su Creador de no haberse interpuesto entre Dios y el Hombre la Traición de la Serpiente. Nuestra victoria: escribir en las páginas de la Historia Universal lo que creemos, con nuestros hechos dándole cuerpo al argumento de la Defensa.

 

Por esos días murió un Obispo de Roma. Le sucedió otro. Y a los 33 días su sucesor murió. Al muerto le sucedió Juan Pablo II.

Por aquéllos mismos días el Hijo de Dios me dio a conocer la Voluntad Presente de su Padre:

“Esta es la Voluntad presente de Dios -me dijo-: Unifíquense todas las iglesias en una sola y única”.

Enseguida el Hijo de Dios me adoctrinó en la naturaleza del espíritu participativo del Verbo, en la cual tienen todos los hijos de Dios su crecimiento. Pues al corresponderle a Dios la acción y abrirle espacio a sus hijos, Él dota a sus criaturas de todos los medios necesarios para su realización. De aquí que la Obediencia sea el principio del crecimiento sobrenatural de su Reino.

Terminada su Visita el Hijo de Dios me dijo : “YO SOY LA RESPUESTA”. Yo entend; quien quiere conocer si mi Palabra viene de Dios que se acerque a Él y le pregunte, Él responde de mis palabras, y nada viene de Dios sino es por Él, y el que quiera de Dios recibir Inteligencia y Sabiduría que se acerque a Él y pida, y nadie recibe de Dios sino es el Hijo quien da, El es la Puerta que da a Dios y nadie se acerca a Dios si no es por la Voluntad y Gracia del Hijo de Dios, Jesucristo, el Rey Universal y Señor Todpopoderoso que Dios le da dado por la Eternidad a su Reino y Creación.

 

Sucedió entonces que según se fue acercando la Navidad del 1978 una pregunta fue abriéndose espacio en mi espíritu; y según fue adquiriendo cada vez más espacio también fue apoderándose de mis noches, hasta el punto de no atreverme siquiera a cerrar los ojos.

La cuestión que se había instalado en mi ser tenía su raíz en la Esperanza de Salvación Universal que Dios y su Hijo me habían mostrado. ¿Qué estaba yo dispuesto a dar por esa Absolución Universal?

¡¡Mi alma!! Fue mi respuesta.

Pero una cosa es decir, y otra es hacer. ¿Un amor sin hechos, qué es? Que la Deserción sería la Prueba de este Amor, pues adelante. Que al otro lado me esperaba una obscuridad densísima, también. La decisión era mía.

Y decidido, crucé aquella puerta.

Me detuve en Madrid, con el Librito aquel, “Luz, Verdad y Vida”, escrito a mano durante aquellos dos meses y un día; entré en la Editorial Cristiana. Y por la puerta que entré, salí.

De Madrid salté a Zaragoza. Acogido por un amigo en su casa, ignorantes él mismo y su familia de mi estado militar pero encantados de tenerme con ellos esa Navidad, solía yo sentarme a meditar en la Plaza del Pilar. Los acontecimientos vividos durante el último año le habían dado a mi ser un nuevo sentido. ¿Qué iba a hacer ahora, adónde ir?

En aquellos días de meditación profunda existencial mi alegría se hizo infinita cuando Dios me dio una “piedrecita con un nombre escrito que solo el que lo recibe conoce”. Era para mí. Era mía. Yo leí: “Cristo Raúl”. 

 

CRISTO RAÚL Y LA REVOLUCIÓN MUNDIAL DE ANA

 

Así que, saltando de Zaragoza a Paris, y de Paris a Madrid, años 79 y 80, ya me disponía a regresar a Paris cuando “mi Padre que está en los cielos” me detuvo. Una hija de Dios, de nombre Ana, había sido atacada por la Muerte; ya se disponía la Muerte a llevársela, matando con ella la Nueva que traía ella consigo para el mundo, a saber, Dios ha dado su bendición a una Revolución Omnisciente Mundial, que tocando todas las ramas del árbol del conocimiento, ha de hacer saltar la Sociedad de la Plenitud de las Naciones de un modelo fundado en la Antigüedad, y recogido por la Modernidad, a una Sociedad fundada sobre los Principios Eternos e Inconmovibles sobre los que Dios ha levantado su Reino. 

Cristo Raúl le dio su mano a Ana, la liberó del abrazo de la Muerte, y como la paloma atravesada por la flecha de un enemigo, herida de muerte, pero no letal, una vez curada de su herida, abre sus alas y regresa al cielo en libertad, así Ana siguió su camino hasta la Hora en que la Voluntad de Dios llenase la Tierra, y llamando a sus hijos a Batalla Final, volviese a reunirlos. He aquí, entonces, algunas de las cosas que han de suceder en los años que vienen.

 

Unificación de todas las iglesias cristianas alrededor del Tronco Católico;

Disolución de la Federación Rusa, y Conversión de Moscú;

Caída de Bruselas y Berlín;

Extinción de las religiones: Islam e Hinduismo;

Independencia del Tíbet y Desmembración de China y de la India en muchos Estados con sus naciones; 

Extinción del Ateísmo Científico y Revolución de las ciencias médicas y ciencias de las energías;

Caída del Cuerpo de Seguridad de la ONU y Creación del Árbol de la Plenitud de las Naciones con Jurisdicción Universal contra la Guerra y las Dictaduras;

Abolición de todas las coronas, europeas, africanas y asiáticas;

Creación de la Comunidad de los Estados Latinoamericanos y Multiplicación de Brasil en distintos Estados con sus naciones;

Creación de un Cuerpo Judicial-Policial Mundial de Lucha contra el Crimen y las organizaciones Criminales Internacionales; 

Revolución Agrícola Mundial: Extinción de las plantas del Tabaco, Cocaína y Marihuana; control de las plantas del Café, de la Vid y de la Amapola; 

Reforestación del Planeta;

Fin del Comunismo, en todas sus formas, políticas e ideológicas;

Adhesión del Estado de Israel a la Alianza Militar de la Plenitud de las Naciones Cristianas;

Adhesión de los Estados Unidos de América al Tribunal Penal Internacional;

Abandono de las energías destructivas del planeta: Petróleo, Carbón y Gas;

Evolución de los Estados hacia Administraciones sujetas al Deber de Cumplimiento de los Derechos de la Familia;

Evolución del Dinero en Metálico y Papel al Dinero Digital y la sujeción de su Movimiento al Cuerpo de la Justicia;

Acceso libre de todos los hombres a la Educación Universitaria y a los medios de desarrollo de sus capacidades creativas;

Creación de Tres Comunidades Africanas Internacionales: África Blanca o del Sur; África Negra o Media, y África Mediterránea: libres de los Monopolios y oligarquías europeas, asiáticas y americanas.

 

Superado este periodo de dos años caminando en la oscuridad, y conociendo que mi Hora estaba lejos aún en el tiempo, mi Dios despidió a la mujer que me había ofrecido la mano para llegar a Paris.

Después de encerrarme entre libros durante los siguientes tres años, tomé mujer, que me dio un hijo. Yo, Cristo Raúl, tomé a la mujer y al niño y me trasladé a Creta, donde a la altura del 86, movido por el Espíritu arrojé mi vieja Biblia al fuego. Surgiendo de aquel fuego, el Hijo de Dios me mostró la Historia de la Increación, del Infinito, de la Eternidad, y del Dios que desde el Principio sin principio de la Increación fue la Causa Metafísica del Cosmos, y luego, siendo formado por la Sabiduría, según está escrito “Yo soy Dios, Yo solo fui formado, y después de mí no habrá otro”, vino a ser la Causa Física del Nuevo Cosmos: su Creación.

“Escribe todo lo que se te muestre”, me dijo el Señor Jesús. Yo, Cristo Raúl, así lo hice.

Regresando a la casa de mis progenitores dejé con ellos a la mujer y a su hijo; salté a Paris, de París a Londres, de Londres a Jerusalén, y de Jerusalén a Madrid. Aquí me dijo el Rey del Cielo: “Envía a la mujer y a su hijo a la casa de sus padres, pues su casa de ella no tendrá parte en tu casa”. Yo, Cristo Raúl, así lo hice.

Regresé a Londres, me instalé en Finsbury Park, donde fue visitado por la Madre de Cristo, abriéndole a mis ojos a lo que contenía su Corazón: “El Corazón de María”. 

Habiendo escrito todo lo que la Madre de Jesucristo guardaba en su Corazón desde el día de su Ascensión al Cielo, y apenas comencé a gozar de la victoria, la Muerte se cebó en la casa de mis progenitores. Desecho permanecí en Madrid; como no era bueno que estuviese solo Dios me dio una compañera, que concibió una hija, pero Dios me dijo: “Sal de su casa, pues tu casa no será contada por ella”. Yo así lo hice. 

El viento se alzó y crucé el océano; permanecí en Méjico un mes, y nueve meses en los Estados Unidos. A mi regreso, y tras la muerte del hombre que me trajo al mundo, regresé a Creta, donde permanecí un año. Pasado este año el viento volvió a levantarse, y me llevó desde Atenas a Viena, Praga, Budapest, Bratislava, Berlín, Copenhague, Estocolmo, Helsinki, Oslo y Roma, donde celebré el Bimilenario del Nacimiento de Cristo. Pero mi tiempo, aunque se acercaba, aún no había llegado.

Amaneciendo el Nuevo Día regresé a la casa donde nací, y puse manos a la obra. Estando en ello, una mujer entró en mi vida, y diciéndome Dios: “Por ella será contada tu casa”, la tomé conmigo a Berlín. Pero tentada la mujer por el Diablo, se dejó seducir. Buscando mi destrucción a fin de enterrar esta Historia Divina en el polvo de los tiempos, el Diablo usó a la mujer para inyectar en mi alma el veneno de un odio que pedía sangre. Pero Dios me dijo: “No derramarás sangre; pero si ella toca la tuya, serás libre de su sangre”. Yo obedecí. Despedí a la mujer y la envié con sus hijos a la casa de sus padres. 

Tendido en el suelo permanecí durante tres tiempos y medio. Cuando me recuperé vi al Rey del Cielo al frente de la Casa de los hijos de Dios, la Casa De Yavé y Sión, que venía a conquistar para el Reino de Dios la Plenitud de las Naciones del Género Humano, y dirigiéndose a mí, me dijo: “Levántate, hijo, y pues que no has derramado la sangre de tus enemigos, sin sangre liberaré yo al mundo, y tus hijos serán testigos ante las naciones de que Soy Yo quien lo ha hecho: ¡Habrá Revolución Mundial, no habrá Guerra Mundial! Cobra ánimo, hijo, y fortalécete, que tu Hora se acerca”.

Yo me levanté, y lleno del espíritu exclamé: “Que el mundo despierte a la Verdad”.

 

Corría el 2014 cuando en un juicio inicuo fui despojado de todo lo que amaba en este mundo; pedí justicia a Dios, mi Salvador, y liberándome de las tinieblas me condujo de regreso a la casa de mis progenitores, donde me fortalecí. A la puerta de la primavera del 2016 seguí a mi Rey hasta allí donde empezó todo, Galicia, el Ferrol. Y abriéndome los ojos, leí: “Ten celo y compra de mí oro acrisolado en el fuego, y cómprate vestiduras nuevas”. Maravillado por lo que leí, supe que antes de empezar el Camino, Él ya conocía el fin. Y no sólo desde ese día, sino desde el principio de los tiempos ya sabía Él la naturaleza del camino que el Vencedor, su hijo, habría de vivir. 

Tomando fuerzas, compré el oro de ley de su Palabra. Y oí la Voz de Dios Padre Todopoderoso, que decía: “Que no sea hallado en la Tierra lugar para el Diablo”. 

Alcanzada Zaragoza, donde se me prometiera la Victoria, ya me disponía a seguir mi camino cuando mi Rey y Padre me detuvo, diciéndome: “El Reino de Dios es semejante a dos reyes jugándose a una partida de ajedrez su reino. Desde el principio la Victoria está sellada; el rey Vencedor ha dispuesto darle el jaque mate a su enemigo mediante el más pequeño de sus siervos, un peón. El rey enemigo no ve la jugada hasta que el peón nacido para darle la victoria a su rey se acerca a su objetivo; en ese momento el rey enemigo lanza todas sus fuerzas contra ese peón vestido de la invencibilidad de su rey; debe destruirle antes de caer. Pero el peón es invencible. Su fuerza está en la confianza en la Invencibilidad de su rey”.

“El reino de Dios es también como un rey que deja a su hijo pequeño al cuidado de sus siervos y se va a hacer la guerra contra su enemigo. Pasando el tiempo el hijo del rey crece y sintiéndose fuerte, sin esperar la llamada de su padre, va y se une a su ejército. El enemigo reconoce en él al hijo del rey y lanzándose contra él lo hiere de muerte. El rey ordena sacar a su hijo del campo de batalla y dejarlo al cuidado de su madre hasta que sanen sus heridas”. 

“El reino de Dios es como un señor que, teniendo dos siervos, uno sabio y el otro necio, los llama, y queriendo levantar una casa les dice: “Id”. Los dos siervos fueron a la cantera, a extraer la piedra y tallarla, pero al llegar no encontraron herramientas con las que hacer su trabajo. El necio se dijo: Dios se ha burlado de nosotros, ¿qué quiere, que extraigamos los bloques con las uñas? Y se fue. Pero el sabio se dijo: Dios dará. Pues qué padre le dice a su hijo: “Ve y corta aquel árbol”, ¿y lo envía sin darle hacha con la que cortarlo? Tú, pues, hijo mío, espera en Dios, pues el que cree en Él, no es confundido”. 

Heme aquí en la Plaza del Pilar; pues en mí está el Espíritu de Inteligencia para llamar a todos los hijos de Dios a Batalla Final por la Libertad de la Plenitud de las Naciones del Género Humano, y así se cumpla, como en el Cielo en la Tierra, la Voluntad de Dios, que no hallando lugar en su Creación el Maligno sea arrojado al Infierno preparado para él y sus hermanos en el fondo del Abismo cubierto por las Tinieblas. 

En cuanto a aquéllos que sirviendo al Diablo intentaron destruir al Vencedor, he aquí que no me pondré delante entre ser alguno y la puerta del Paraíso, pero contra aquel, aquella y aquellos que se ponga entre hombre y Dios yo me alzaré con la libertad de la gloria del Vencedor, y allá que cada cual sea juzgado por su propio crimen. 

 

 

EPÍLOGO UNIVERSAL

 

A la altura de la Creación de nuestros Cielos y de nuestra Tierra la Batalla Final entre Dios y la Muerte estaba en el aire. Las medidas que Dios Padre tomara contra una Tercera Guerra Universal entre sus hijos, a saber: Apertura de la Creación de Mundos a sus hijos, y Participación de éstos en la Formación de los Pueblos llamados a la vida eterna, dejaba en el aire la Batalla Final cuya Victoria debería dejar asentada su Creación sobre Roca.

El Proceso de Formación a que había sido sometido Dios por la Sabiduría, efecto de Su Deseo de elevar la Vida Mortal a la condición de su propia Vida, ese Deseo, Reto de Dios a la Sabiduría Increadora, la implicaba, dicha Batalla Final. El Hecho de haber adoptado Dios dichas dos medidas revolucionarias: Apertura de la Creación y Participación en la Formación de los Pueblos, lo decía todo sobre la Necesidad que tenía la Sabiduría de abrirle a Dios los ojos a la visión del verdadero Enemigo de su Creación.

Mientras antes se produjera el descubrimiento por Dios de la Muerte como Fuerza activa desde el principio sin principio de la Increación, antes la Creación se vestiría de la Indestructibilidad de su Creador.

Que Dios había presentido la presencia de una Fuerza no sujeta a su Brazo detrás y en el origen de las Guerras de sus hijos, esto era un hecho que la Sabiduría había sentido. Era Necesario que Dios viese cara a cara a su Enemigo, la Muerte. Pero en cuanto a cuándo esta Visión se produciría, la Sabiduría no podía decirlo.

La Sabiduría, para quien Dios era su Señor, no podía acelerar esa Visión. La Muerte se dejaría ver por sí misma.

Cual bien dejara escrito Salomón sobre la Sabiduría, Ella estuvo desde el Principio de la Creación del Género Humano al servicio de su Señor, compartiendo con Dios Su Confianza en el éxito de la respuesta que Él le diera al Futuro de su Imperio.

Así pues, creados los Cielos y la Tierra, despejada la Duda sobre la Veracidad Divina del Rey de reyes y Señor de señores, Dios Hijo Unigénito y Primogénito, Jesús, no mediante teologías ni argumentos metafísicos, sino sobre la Roca de los Hechos, pues todos los hijos de Dios estuvieron presentes cuando abriendo Él su Boca dijera: “Haya Luz”, y la Luz se hizo; Dios Padre pasó a asentar su Imperio sobre la Ley, de manera que elevando su Ley a la Naturaleza Divina, haciendo de su Verbo la Roca sobre la que edificarle a la Justicia un Palacio Incorruptible, por el Temor a la Incorruptibilidad de su Espíritu creyó Dios alejar a sus hijos de la Tentación de comer del Árbol de la Ciencia del bien y del mal, es decir, de darse a la Guerra.

Si por la carencia del Amor a la Paz la Tentación incendió el Imperio de Dios, por el Temor al Verbo, expuestos a su Destrucción en caso de Transgresión, sus hijos se mantendrían en la Obediencia, andando cuyo Camino el Género Humano alcanzaría la Ciudadanía Eterna para la que el Hombre fuera creado.

 

LA BATALLA FINAL

 

Todos los hijos de Dios, “no de esta Creación”, en efecto, vieron la Gloria del Rey de reyes y Señor de señores del Paraíso de Dios, Gloria de Dios Hijo Unigénito, “Increado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre”, conforme al Dogma revelado al mundo por Dios Padre a través de, en y por la Iglesia Católica de Roma.

Así que, despejada la Duda sobre la veracidad Divina del Rey de reyes y Señor de señores del Imperio del Cielo, argumento con el que la Muerte, en y por la boca de Satán, uno de ésos hijos “no de esta creación”, incendió el Paraíso, llamó Dios a todos sus hijos a doblar sus rodillas ante su Ley.

La Confianza de Dios Padre puesta en que la Obediencia que viene del Amor, sería reforzada por la que procede del Temor, dejó el Proceso de Formación del Hombre en las manos de sus hijos, “los dioses de muy antiguo”, entre quienes se contaba, en cuanto hijo de Dios, el mismo Satán que “ya acorneara” la Paz en el Cielo durante los Días de la Creación, antes de la creación de nuestros Cielos y de nuestra Tierra.

Y sin embargo la Batalla Final entre Dios y la Muerte seguía en el aire.

Aun cuando la Muerte se escondiese a la espera de una mejor ocasión para asestar su golpe fatal, y el Género Humano alcanzase la Inmortalidad, más tarde o más temprano la Muerte volvería a extender su Fuerza sobre la Creación para conducirla a su Destrucción.

Que los hijos de Dios, consciente de la Naturaleza de la Ley, elevada a la Naturaleza del Verbo, cayesen en la Tentación y amparándose en el Amor de Dios por sus hijos invocasen al Padre en Dios en contra del Juez en Dios, esto estaba por verse.

El hecho es que todos los hijos de Dios tenían que decir su última palabra sobre el Modelo de Creación que la Muerte y Dios, cada uno, habían puesto sobre la mesa del Infinito y la Eternidad: Verdad, Justicia y Paz, o Mentira, Corrupción y Guerra.

Dios, confiando en el Temor a su Verbo, dejó el Futuro del Género Humano en las manos de sus hijos, los dioses de muy antiguo. Pues desde el origen de los tiempos de la vida en la Tierra los hijos de Dios habían estado bajando del Cielo a la Tierra y regresando de la Tierra al Cielo con toda la libertad del mundo.

La Hora de dejar en el Pasado las Guerras del Cielo, había llegado. Dando a conocer su Ley, “y la Ley es el Verbo, y el Verbo es Dios”, Dios dejó a sus hijos en Libertad para que en la plenitud de sus facultades mentales e intelectuales se adhirieran a la Ley o se alzasen contra ella.

Y pasó lo que Dios jamás quiso que pasara, y la Sabiduría Increadora sabía que habría de pasar, pero que no estando los ojos de su Señor abiertos a la visión de su Enemigo, la Muerte, Ella no podría impedir que sucediese.

Aquéllos hijos de Dios que antes se conjuraran para abrirle al Infierno las puertas del Paraíso del Cielo, se conjuraron de nuevo para, usando al Hombre como Hacha de guerra, declararle la Guerra al Modelo de Creación que la Ley buscaba edificar por la Eternidad.

El Hombre, habiendo sido formado a la Imagen de Dios, teniendo su propia Palabra por Ley, “a imagen y semejanza de Dios”, ignorante de la Ciencia del Bien y del Mal, que conocía como se conoce una Historia por otros vivida, pero de cuyo Fruto, la Guerra, jamás había comido, sin conocimiento de causa comió del Fruto Prohibido: la Guerra Santa.

Históricamente hablando tenemos el efecto final de la formación de las familias del género humano a imagen y semejanza de los hijos de Dios en la creación del primer reino que conoció el mundo, el reino del primer Hombre, el Adán bíblico, aquel Alulim sumerio “sobre cuya cabeza descendió la corona que bajó del Cielo”.

Así pues, una vez consumada la Revolución Neolítica forjadora de las primeras ciudades mesopotámicas, la aproximación de los pueblos de la Tierra al reino de Dios un proyecto a asumir con el paso de los siglos bajo el imperio de la Ley, la Perversión de aquéllos hijos de Dios que en pleno uso de sus facultades intelectuales se decidieron por obligar a Dios a legitimar la Guerra como Privilegio de los reyes de su Imperio : los condujo a engañar al Primer Hombre usando su amor a la Palabra como lanza con la que atravesar el costado de Dios.

No conociendo la Mentira, el Hombre no podía ver en la Palabra de Satán, “la serpiente antigua”, sino Palabra de Dios. Y en consecuencia el primer Hombre se alzó en Guerra Santa contra todas las familias de la Tierra a fin de conducirlas a todas al reino de Dios.

La Astucia de la Serpiente no podía ser más odiosa en razón de la Ignorancia del Hombre sobre la Maldad y la Causa que arrastraba a “la serpiente antigua” a usarle como Hacha de Guerra.

No el Hombre, la Ley era el Enemigo de la Serpiente que Satanás llevaba dentro.

Pero si su triunfo le supo a mieles, su Transgresión dejaba ver su Locura: ¿Una simple criatura se atrevía a retar a Dios Increado, Creador del Campo de las galaxias y de los dioses del Cielo, a una Guerra Total? ¿No había podido derrotar el Dragón satánico a los dioses, criaturas como son, y se atrevía a declararle la Guerra al mismísimo Dios, Creador de los dioses? ¿¡Qué locura era ésa!?

La Batalla Final se acababa de declarar. La inmensidad de la locura de sus hijos rebeldes, la Sabiduría lo sabía, no podía sino abrirle los ojos a su Señor. Mientras la Muerte no fuera desconectada de la Vida, la Creación estaría siempre en Guerra. Fuerza ciega, la Muerte, desde el principio sin principio de la Eternidad actuando en complementariedad con la Vida, seguiría lloviendo Infierno sobre el Paraíso.

Lo había hecho ya por dos veces, lo volvía a hacer por tercera vez, y seguiría haciéndolo hasta encontrar en la Creación su lugar.

Únicamente Dios podía llevarla la Desconexión entre la Vida y la Muerte. De aquí que la Sabiduría, conociendo a su Señor, viese venir la Batalla Final.

Declarada la Guerra, la Caída del Hombre un hecho consumado, la locura de sus hijos rebeldes delante de sus ojos, Dios abrió los ojos a su verdadero Enemigo, el Enemigo de su Creación, y actuó en consecuencia.

Si por Amor a su hijo Adán, arrastrado en su Ignorancia a la Transgresión, Dios perdonaba su Delito: la Elevación de la Ley a la Naturaleza Divina se vendría abajo, y su Reino quedaría expuesto a las pasiones de sus hijos. El Hombre había comido y su reino, alzado en Guerra Santa, tenía que sufrir la Pena debida al Delito.

Mas existiendo Ignorancia por la parte del Hombre sobre la verdadera Causa de la Manipulación de la que fuera objeto, y considerando que de haber conocido la Maldad de “la serpiente” el Hombre jamás hubiera Transgredido: en su Justicia no podía Dios dejar de sujetar su Pena a Redención.

Pero aunque sujeta la Pena a Redención, dicha Pena había de cumplir su tiempo.

La Tragedia del Género Humano estaba servida.

Ahora bien, pues que la Historia de la Redención está escrita, debemos atenernos al efecto de la Visión de Dios de su Enemigo, la Muerte, y como esta Visión venía a afectarle a su Creación entera.

 

LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS

 

El Odio de Dios hacia la Ciencia del bien y del mal está enraizado en una experiencia eterna. Si bien su Casa ha conocido su Fruto: la Guerra, el hecho es que su Casa no había conocido los efectos de la Ciencia del bien y del mal hasta vivir ése odio, que Él había conocido en su Juventud, un odio enraizado en una repugnancia visceral ilimitada contra la Mentira, la Corrupción, el Poder por el poder…

Su Creación entera tenía que vivir ese Odio, vivir esa repugnancia, entrar en su Ser y sentir el Infierno que Él viviera y que, no deseando para nadie, ni volver a vivir Él, debía conocer su Creación.

Y si su Creación, cuanto más su Hijo Unigénito.

Pues el as que “la serpiente satánica” guardaba en la manga era tentar al mismísimo Unigénito y Primogénito de Dios con el Fruto de la Ciencia del bien y de mal, y, ganándoselo para su Causa, suscitando en Él la pasión por la Guerra, por Amor al Hijo obligar al Padre a bendecir la conversión de su Imperio en una Corte de dioses más allá del bien y del mal.

¿Si el Hijo de Dios se unía a los “dioses rebeldes”, qué haría entonces su Padre?

La diana de la Muerte era, en definitiva, el Hijo.

Pero si Dios había abierto sus ojos a su Enemigo, su Hijo tendría que abrirlos igualmente.

La Caída un Acontecimiento irreversible en razón de la Divinidad del Verbo, siendo la Redención el efecto natural de la Ignorancia del Hombre, la propia Necesidad de abrir su Mente a toda su Casa, conduciría al Hijo de Dios a ver a su Enemigo, y, siendo “Dios Verdadero de Dios Verdadero”, no albergando su Padre duda sobre la última Palabra de su Hijo sobre y contra la Muerte, de la redención de la Casa de Adán la Historia del Género Humano pasaría a la Historia de la Salvación de la Plenitud de las naciones de la Tierra.

Porque, en efecto, del Acontecimiento del Niño en el Templo vemos cómo al entrar en nuestra Historia, vestido de la sangre y la carne de Adán, su padre en José y María, el Hijo de Dios bajó del Cielo movido por el Celo del Verbo, y en su condición de Rey de reyes y Señor de señores vino a conquistar la Tierra con las armas de David, y arrojando de su reino al enemigo de su Corona, Satán y sus ángeles rebeldes, extender la Ciudadanía del Cielo a todos los pueblos del género humano. En este espíritu entró en el Templo de Jerusalén, porque en este espíritu bajó del Cielo.

Los Hechos sucedieron de esta manera.

El Acontecimiento de la Caída del Hombre implicó a Dios, dando Él por hecha su Victoria sobre la Muerte, en la toma de nuevas medidas revolucionarias sobre las que refundar su Reino. La primera de todas era la Necesidad de que su Hijo viese al Enemigo de su Corona, y la segunda que el Hijo descubriese al Dios de la Increación en el Padre. Pues el Futuro de la Creación dependía exclusivamente de la Respuesta del Hijo al Conocimiento del Espíritu Santo del Dios de la Increación.

Así pues, ateniéndonos al Libro de la Revelación, con el que Dios cerró su Libro, y cuya Puerta selló a fin de que nadie, sino el Heredero de Cristo abriese, el Padre tomó al Hijo y le santificó con su Palabra, que el Hijo, una vez hecho hombre, nos daría a conocer a todos en el Evangelio.

Inmediatamente nos lo envió a nosotros, y encarnándose en el seno de la Virgen, cuyo nombre todos conocemos, María de Nazaret, nos lo dio a todas las familias de la Tierra como el Campeón que, naciendo de la hija de Eva, habría de alzarse para aplastarle la cabeza a la Serpiente y redimir el Pecado de todos los hombres.

Esto hecho, la Encarnación, por obra y gracias del Espíritu Santo acontecida, pues “el Hijo es Dios, y Dios es el Espíritu Santo”, el Padre Eterno se sentó en su Trono, y llamando a todos sus hijos “no de esta creación” decretó que todos los príncipes de su Imperio depositasen sus coronas a sus pies.

Pero Satán y sus aliados en el Eje de la Serpiente se negaron.

No siendo hallado sitio para Satán en el Cielo, Dios ordenó su Expulsión y lo arrojó a la Tierra, donde, conociendo que el Día de Yavé, Día de Venganza, había nacido, Satán se dio a perseguir a la Virgen que había de concebir al Redentor, “Príncipe de la Paz, Consejero Maravilloso, Padre Sempiterno, Dios con nosotros”.

Ya conocemos lo que sucedió.

José de Belén, en quien Dios había dejado la Guarda y Custodia de su Hijo, tomó a la Madre y al Niño y cruzando las aguas escondió al Niño y a la Madre en el Barrio Judío de Alejandría del Nilo.

Ya sabemos lo que pasó al Regreso de la Sagrada Familia a Israel. Y porqué el Niño desobedeciendo “a sus padres” se internó en el Templo para darse a conocer como el Mesías.

Aquel Episodio cambió al Hijo de Dios para siempre. Jesús descubrió a Cristo, y en Cristo descubrió Jesús al Dios de la Increación.

Lo que Cristo Jesús vio es lo que Cristo Raúl ha escrito en la Historia Divina

 

FUNDACIÓN DEL REINO UNIVERSAL DEL HIJO DE DIOS

 

El Hijo vio a su Enemigo, la Muerte. Y conoció las medidas revolucionarias que el Padre había adoptado para refundar su Creación sobre la Roca Incorruptible, Indestructible, del Espíritu Santo, que está en el Padre y en el Hijo.

Dios abolía el Imperio y fundaba un Reino Universal cuya Corona sempiterna le era dada a Él, Jesucristo, Dios Hijo Unigénito y Primogénito.

Al igual que sus hermanos “no de esta creación” habían puesto sus coronas a los pies de Dios, mismamente le tocaba al Rey de reyes y Señor de señores hacer lo mismo, y como Ciudadano del Reino de Dios doblar las rodillas ante la Sabiduría del Dios Señor del Infinito y la Eternidad.

Y el Hijo así lo hizo.

El Hijo entró en nuestro mundo como Rey de reyes y Señor de señores del Imperio del Cielo, murió como un Ciudadano más del Reino de su Padre, y subió al Cielo para sentarse en el trono del Rey Universal en cuyas manos ponía Dios su creación entera. De aquí Dios dijera: “Lo glorifiqué y lo volveré a glorificar”.

En efecto, Cabeza de todos los Pueblos, todos los Ciudadanos del reino de Dios le deben Obediencia única y exclusivamente al Rey, Jesucristo; cualquier decreto que atente contra esta Obediencia a la Ley del Rey – ley de Paz y Vida – es Traición a la Corona de Dios, su Castigo es la Expulsión del transgresor de los límites de la Creación.

Con la Corona Universal Sempiterna heredó el Hijo todos los Atributos naturales a quien se sienta en el Trono de Dios: Todopoder y Sabiduría para alzarse como Juez Universal ante cuyo Cetro responden todas los Pueblos de la Creación, los que existen como los que existirán, incluyendo en esta Gloria el Poder de Absolución Universal del Género Humano en el origen de la Esperanza de Salvación Universal.

Pero si esta primera medida revolucionaria, ¡abolición del Imperio y su Transfiguración en Reino Universal Sempiterno!, condujo a Cristo Jesús a la Cruz, haciendo de la ley humana un espejo en la que se refleja su Obediencia a la Ley del Cielo, con su Resurrección Dios llevó a su Reino un Cuerpo Sacerdotal cuya Religión es la del Espíritu Santo hecho Hombre: Cristo. 

En Cristo el Espíritu Santo, que está en el Padre y en el Hijo, adquirió un Cuerpo Visible, a fin de que habiendo sido criado en los fuegos de la Ciencia del Bien y del Mal el Paraíso de Dios se halle inmunizado para siempre contra la Mentira y el Pecado.

Rey Universal; y Juez Todopoderoso; y Sumo Pontífice Universal, que viviendo en Dios, pues en Él está Dios, se acerca al Padre vestido del Espíritu Santo para santificar a todas las iglesias al hacerlas a todas su Cuerpo.

Pues en efecto, en el Señor Jesús todas las iglesias de todos los Pueblos de la Creación se unen en una Religión. Para que, así como los hijos de Dios han sido hecho participes de la Jurisdicción Universal sobre todo el Reino, – en lo referente a la Política y a la Defensa –, igualmente el Cuerpo de los Siervos del Señor Jesús adquieren Jurisdicción Universal en lo tocante a la Religión sobre todas las iglesias del Reino del Espíritu Santo, que está en el Padre y en el Hijo.

Medidas revolucionarias que implicaban, en efecto, la continuación de la tragedia del género humano; pero que dada la necesidad de Dios, una vez sus ojos abiertos a la Muerte, de Refundar su Creación: hacían inevitable. Era necesario, en verdad, que toda la Creación viese con sus ojos el fin hacia el que conduce la Ciencia del bien y del mal a todo mundo fundado sobre su ley: ley de guerra entre las naciones y odio entre los hermanos.

Pero no sólo los hijos de Cielo, también los hijos de Dios de la Tierra debíamos ver cara a cara a la Muerte, de manera que acogiéndonos a la Ley del Rey determinase Dios, por la Fe, la No-necesidad de la Consumación del Pecado.

 

PRIMER MILENIO DE LA ERA DE CRISTO

 

A fin de que la Muerte fuese vista por los hijos de Dios del Cielo, ordenó Dios, tras la Elevación de su Hijo al Trono del Rey Universal, que el Diablo, Satanás, la serpiente antigua, fuese encadenada y alejada de la Tierra durante el Primer Milenio de la Era de Cristo; y a fin de acelerar la Consumación del Pecado ordenó Dios que al principio del Segundo Milenio de nuestra Era el Diablo fuese liberado de su prisión y dejado en libertad en la Tierra.

Tenía también Dios necesidad de que sus hijos, tanto del Cielo como de la Tierra, viésemos con nuestros ojos que la disposición de Satanás contra el Espíritu Santo es eterna. Pues Misericordioso es Dios, en cuanto Padre Creador, para abrazar a quienes habiéndose perdido suplican el perdón por sus actos insensatos y malignos.

Apenas liberado de su prisión en al año Mil, el Diablo se entregó a la Destrucción de su Enemigo.

Romper la Unidad de las iglesias era de necesidad maligna para dividiendo a las naciones conducirlas a las guerras mundiales que habrían de abrirle la puerta a la destrucción de la Humanidad. Ya lo había profetizado Dios, el Maligno sembraría la Cizaña de la División de las iglesias.

Expulsado primero del Cielo y después de la Tierra durante Mil años, esta Siembra Maligna comenzaría tras el año Mil.

 

EL CISMA DE ORIENTE

 

El Odio encubado durante los Mil años de prisión encontró en un hombre perverso, Miguel Cerulario, su instrumento más fiel.

La Muerte había labrado el terreno en el que su Príncipe Maligno habría de sembrar su Cizaña maldita. Por un lado tenemos en el siglo X, la Pornocracia Vaticana, y del otro el error anticristiano en el que la Iglesia Ortodoxa había caído negando la existencia de Espíritu Santo en el Hijo. Negación que implica la Negación de la Divinidad del Hijo, negación que el propio Satán sostuviera antes de la Creación de nuestros Cielos y de nuestra Tierra, y desencadenase las guerras del Cielo. Pues siendo el Espíritu Santo: Dios, y el Hijo es Dios, negar que el Espíritu Santo se derrama en las iglesias en razón de quien es su Cabeza, el señor Jesús, esta Negación es una Rebelión abierta contra la Divinidad del Padre y del Hijo. Negación que determinara la Destrucción de la Iglesia Ortodoxa Bizantina, destrucción que alcanzó a su sucesora, la Iglesia Ortodoxa Rusa, y destrucción hacia a que se acerca la iglesia Ortodoxa Griega de mantenerse en la División. Negación en la que de persistir, Dios se alzará contra las iglesias ortodoxas de origen bizantino para desgajándolas del árbol de las iglesias echarlas al fuego preparado para el Diablo y sus ángeles rebeldes.

Sin embargo la destrucción de Bizancio ya estaba en el aire desde el día en que desobedeciendo el decreto de Dios, que ordenaba a todas las iglesias separarse del Imperio Romano, la iglesia ortodoxa bizantina se dio al Emperador de Constantinopla como sierva y garante de su imperio. Por amor a ella pretendió la iglesia bizantina obligar a Dios a anular su Decreto contra el Imperio Romano de Oriente.

En efecto, esta trampa fue la trampa en la que quiso el Diablo atrapar a Dios al arrastrar a Adán a su Caída. Trampa en la que no cayó Dios, y perseverando en la cual la iglesia ortodoxa bizantina condujo al pueblo griego medieval a su ruina.

 

LA LUCHA DE LAS INVESTIDURAS

 

Moviéndose hacia el Occidente, buscando siempre dirigir los siglos hacia la confrontación universal absoluta entre cuyos fuegos apocalípticos debía desaparecer toda vida sobre la Tierra, el Diablo encontró en el pueblo alemán un siervo fervorosísimo.

Pueblo bárbaro desde su cuna; enemigo de la civilización desde sus comienzos, el pueblo alemán cometió el terrible pecado de querer hacer de la Iglesia Católica, la Esposa del Señor Jesús, la prostituta imperial de su Emperador, escribiendo su fracaso el Acontecimiento llamado la Lucha de las Investiduras.

 

LA REFORMA

 

Apenas vencido por Gregorio VII, pueblo homicida desde su adolescencia, se alzó Alemania contra Italia para llevar el fuego del Infierno a las misma puertas de la Casa de Cristo en la Tierra. Fuego infernal que cultivó el Diablo entre los muros de los palacios de unos príncipes que no pudiendo tolerar más religión ni ley que la del hierro y el fuego de la guerra, se entregó a Satanás en cuerpo y alma, y engendrando ese aborto del Diablo llamado Martín Lutero, pues que Alemania no pudo hacer de la Esposa de Cristo su prostituta imperial, se alzó contra el Espíritu Santo para destruir su Obra y conducir a todas las naciones cristianas europeas a su primera guerra mundial, la llamada Guerra de los Treinta Años.

Pero si Alemania se entregó al Infierno, no menos lo hizo Suiza engendrando ese siervo del Diablo llamado Calvino, quien, vistiéndose de sabiduría, acusó a Dios Padre de haber determinado la Caída y haber elegido a un hijo suyo, Satanás, para escondiéndose detrás de sus vestiduras ocultar su Mano Todopoderosa y Eterna.

Siguiendo con su obra de destrucción de la Obra de Cristo, el Diablo engendró a su Anticristo, el tal Enrique VIII de Inglaterra, quien, alzándose como cabeza de la iglesia, se erigió en Dios de las Islas británicas.

La burla sonó con ecos infernales cuando el monstruo británico mostró sus dos cabezas, una de varón y otra de hembra.

Decapitando a la iglesia inglesa, cuya cabeza era Cristo Jesús, Cabeza de todas las iglesias, y siendo Dios por su Divinidad y en su Divinidad adquieren todas la Santidad debida a Dios, el Diablo le entregó a su monstruosa criatura el imperio, con el que la división entre las naciones cristianas se hizo absoluta.

 

NACIMIENTO DEL IMPERIO ESPAÑOL

 

La Muerte, que en su día patrocinara la Caída, y al siguiente la persecución contra los Cristianos, de un sitio, y la Destrucción del Cristianismo mediante los Bárbaros, del otro, tal cual labrara el terreno a fin de que a su salida de su Prisión su Príncipe encontrase tierra fértil donde su Cizaña diese fruto, movió todas sus fuerzas en la Tierra para aprovechando la división de las iglesias asaltar la Europa Cristiana, Baluarte del Reino de Dios en el mundo. Ya estaban los ejércitos de la Muerte para invadir la Cristiandad, cuando estando a las puertas de Viena, suscitó Dios su espíritu de Victoria en el pueblo más fiel que jamás tuvo la Iglesia, el Español.

Cual se avanza un peón inofensivo con el que nadie cuenta, pero que está llamado a llegar a la meta de su coronación tras la caída de su reina, vistió Dios al Español de su Fuerza, y nacido para vencer a la Muerte una vez tras otra, puso el Señor Dios a su servicio todas las riquezas de las Américas, con las que se enfrentó a los ejércitos de la Muerte a costa de perder sus mejores hombres y unas riquezas que de haber dejado en su Tesoro hubiera hecho de España la nación más poderosa de la Tierra por muchos siglos.

Vencida la Muerte en aquella contienda, los siervos del Diablo se lanzaron contra la nación elegida por el Señor Dios de Abraham, para devorarse en la guerra mundial europea de los Treinta Años. Tales fueron las gracias que recibiera el pueblo español de aquéllos pueblos a los que salvara de la ruina y de la desolación que de haberle dado España las espaldas a Europa los ejércitos de la Muerte hubieran sembrado en las tierras de Alemania, Austria y Francia.

 

GOG Y MAGOG

 

Disuelta la Unidad entre las naciones cristianas, el odio de las unas hacia las otras cultivado con el poder heredado por Satán de la Muerte, el camino hacia las guerras mundiales, hacia la Batalla entre Gog y Magog, quedaba despejado. Disuelto el Imperio Español, la pérdida de la Autoridad Doctrinal de la Iglesia Católica abandonada a su suerte, el Diablo volvió sus ojos hacia los dos pueblos en los que su Cizaña había encontrado tierra fértil, el pueblo Ruso y el pueblo Alemán. Incapacitados para ver el error en que cayeron al alzarse contra la Esposa de Cristo y enfrentados por la hegemonía mundial, Gog y Magog hicieron del siglo XX su campo de batalla.

 

EL SIGLO XXI, EL DIA DE LA GLORIA DE LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS

 

Y sin embargo, Dios había dispuesto el tiempo de la Liberación del Diablo en la Tierra por Mil años. Pasados los cuales, siguiendo la pauta de Abraham y Sara, el Rey engendraría Descendencia de su Esposa, y con esta Descendencia nacería el Día por el Espíritu Santo anunciado: El día de la gloria de la Libertad de los hijos de Dios: ¡Día de Revolución Mundial! Pues habiendo decretado Dios la Expulsión del Diablo de la Tierra, diciendo:

“Que no sea hallado lugar para Satanás en la Tierra”,

el decreto de Abolición de todas las Coronas que implicó al Cielo, había de ser oído.

Y en efecto, nacido el Nuevo Día, así dice Dios:

“Pongan todos los reyes de la Tierra sus coronas a los pies del Trono del Rey del Cielo; la nación que desobedezca será destruida como vasija golpeada por Vara de hierro”.

Y en mi salud yo, hijo de Dios, digo:

“Que el mundo despierte a la Verdad”.

 

En el Nombre de Jesucristo, Dios Hijo Unigénito, Rey Universal Sempiterno, Señor y Cabeza Sacerdotal de todas las iglesias de los pueblos que son y serán. Que su Ley gobierne la Tierra como lo hace en el Cielo.

 

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Editada por Raúl Palma Gallardo

 

“EL VENCEDOR EDICIONES”

 

CARTA A TODOS LOS CRISTIANOS. EL ESPÍRITU DEL VERBO,

ESPIRITU DE OBEDIENCIA Y PARTICIPACIÓN.