EL EVANGELIKOM

APERTURA DEL TESTAMENTO UNIVERSALDE CRISTO JESÚS DE YAVÉ Y SIÓN

 

CAPÍTULO SEGUNDO

LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES DEL GÉNERO HUMANO.

 

EL REY ES DIOS

JESUCRISTO ES EL REY

JESUCRISTO ES DIOS

 

I

Acción de gracias

 

Bendito sea Dios, porque el amor no le detuvo y puso la Justicia sobre el amor, fundando de esta manera, a los ojos de toda su Creación, su Reino en una Justicia Universal cuyos principios no hace acepción de persona y cuya Ley no conoce la excepción.

La Inmunidad para sus actos que una parte de los hijos de Dios venía, de un tiempo atrás, antes de la creación del Hombre, pidiéndole al Dios de la Eternidad y del Infinito, reclamación que devino pública cuando con una sola voz usaron a Eva como beso de Judas y a Adán como lanza contra el pecho de Dios, a voces limpias reclamándole al Señor del Cosmos y los espacios infinitos que la Casa de Yavé y Sión, -dioses e hijos de Dios, príncipes del Imperio del Cielo-, formasen la excepción a la Ley, excepción obligatoria ante la cual la Justicia Divina se plegase y concediese libertad eterna y todopoderosa para obrar a voluntad sin responder ante ninguna Justicia por sus pensamientos, palabras y obras; esa Inmunidad infernal, demoníaca y maligna que pretendía hacer de las Naciones del Universo ejércitos de soldaditos de plomo para diversión de dioses, y porque Dios ama sobre todas las cosas la Justicia, Dios, sobre el cadáver de su hijo pequeño, nuestro Adán, la negó de una vez y para siempre por la eternidad de las eternidades, jurando por su Cabeza Omnisciente y Gloriosa que todos los enemigos de la Justicia serían desterrados de su Reino y Creación para siempre.

Grande y profundo fue el dolor de aquel Padre a quien, mientras disfrutaba del Descanso, le mataron a su hijo pequeño sin darle ocasión de defenderle. Y terrible el grito de dolor que contra la casa rebelde se dejó oír a lo largo y ancho de los Cielos. Pero aun estando traspasado su pecho por la lanza de la Traición el Todopoderoso y Omnisciente Creador del Cosmos tenía sus manos y sus pies clavados a la Cruz de su Justicia; porque si se bajaba de esa Cruz sería el Espíritu Santo de la Justicia quien bajaría al Infierno, y no cabiéndole en su Cabeza semejante Futuro para su Reino, Dios Padre abandonó a la Muerte a su hijo pequeño, y con él a la Plenitud de las naciones del Género Humano. Terrible sería la acusación de quienes levantarían contra Su Justicia el argumento de haber condenado a un mundo entero por el pecado de un sólo hombre. Pero infinita su Bondad porque puso la Justicia sobre el Amor a fin de que la Verdad reinase por siempre jamás. Bendito sea Dios Todopoderoso, pues, porque pudiendo resucitar a su hijo Adán, al precio de quedar expuesta la creación entera a la corrupción que nace de la Inmunidad Absoluta a favor de quienes la gobiernan, arrojó lejos de sí una felicidad pasajera y eligió un dolor presente, cuna de la gloria futura, arrojando lejos de sí aquella Reclamación Maligna al infierno que tras el perdón escondía su fuego 

 

II

La Ley: Universal y Eterna

 

El Caso era simple. Por una parte estaba Dios, Creador de toda vida, la que ha florecido en la Tierra como la que antes floreciera en otras partes de su Creación, y florecerá por su Voluntad durante la Eternidad por todo el Universo.

Mirando a la existencia pacífica de todos los Pueblos de su Reino estableció Dios una Ley Eterna, que impera sobre las leyes particulares y es el núcleo desde el que surgen esas leyes particulares cual las ramas de un mismo tronco. Esta Ley no tiene excepción, no concede Inmunidad a ninguna criatura.

Ya Hermano, Hijo, o Siervo de Dios, todo viviente, desde el que se sienta a la Derecha del Trono de Dios hasta el ser más humilde del Paraíso, todos estamos sujetos a esta Ley por la que cada cual es responsable de sus actos ante una Justicia Universal que no hace excepción de Hermano, Hijo o Siervo, y ante su Tribunal todas las criaturas se presentan desnudas para ser juzgadas según sus pensamientos, palabras y obras. No ha lugar a invocación a la Paternidad Divina. Y la raíz de esta Justicia es la Verdad; su fruto, la Paz.

Del otro lado tenemos una parte de los hijos de Dios, que no podían aceptar esta desnudez ad eternum y reclamaban la inmunidad de dioses nacidos de un Dios Todopoderoso y Eterno a quien nadie puede juzgar. Y como hijos de ese Dios reclamaban el Todopoder que le era natural al Dios de dioses, por este poder dando luz a la excepción, que no concede la Ley.

La cuestión era cómo arrancarle a Dios esta Inmunidad. Pues Dios no sólo no estaba dispuesto a dar luz verde a la transformación de su Casa en un Olimpo de dioses fuera de la Ley sino que, para zanjar la cuestión, públicamente y delante de toda su Casa, personificada en su hijo menor Adán, daba a conocer su última Palabra: “El que coma de ese fruto, morirá, sin excepción”. Y no quería volver a oír hablar del asunto, ¡jamás!

La Ley es Universal y permanecerá así por la Eternidad.

 

III

La Astucia de la Serpiente

 

El pensamiento de quienes no podían concebir la vida eterna en el seno de una Paz Universal fundada en una Justicia Divina ante cuyo Tribunal todas las criaturas, independientemente de la posición y origen, somos iguales ante la Ley; el pensamiento de los tales, digo, y aun habiendo dado Dios su Última Palabra, y precisamente porque la había dado, no sólo no se sujetó a la Necesidad, por no hablar de la Bondad Infinita que el Verbo derramaba sobre el Futuro de la Creación, sino que se dejó arrastrar a la Rebelión abierta en base a la Decisión Final manifestada: “El día que de él comieres, ciertamente morirás”.

En su astucia maligna el cabecilla y príncipe de los Rebeldes puso sobre la mesa de los Conjurados, bajo el Signo de la Serpiente, la respuesta a su problema. Es evidente que la Ley es todopoderosa mientras tiene en el Ser de Dios su Fuerza, ¿pero y si Dios quedase esclavizado a su propia Palabra y por amor a su Libertad El mismo debiera romperla? En este caso hipotético, ¿no quedaría en entredicho que el Verbo sea Dios? Me explico:

La Ley es Todopoderosa y no hace excepción. Adán come, Adán muere. Por el pecado de un sólo hombre, Cabeza de su Mundo, pues “creó Dios al hombre a su imagen y semejanza”, todo el Mundo muere. Ahora bien, la Ley ata a Dios al Verbo, a su Palabra, esclavizándole a consumar su Proyecto de Formación del Género Humano. De manera que siendo el Verbo: Dios, la Ley ata a Dios al Mundo hasta que su Voluntad se cumpla. Pero si esta Voluntad no se realiza jamás y por tanto el Género Humano no alcanza nunca la condición de los hijos de Dios, Dios se vería obligado a renunciar a su Voluntad, con lo cual la Divinidad de la Ley, a fin de quedar Libre de su Palabra, tendría que ser por El mismo abolida. Obligado por su Palabra, Dios tendría que intentarlo una vez y otra hasta que su Voluntad se cumpliese... pero ¿y si no pudiera cumplirse... por no haber... materia?

Luego todo lo que había que hacer era usar a Adán como lanza contra el Verbo, hincarle la lanza en el pecho a Dios, y a partir de ahí entregarse a la Destrucción del Género Humano, de manera que no existiendo materia Dios se viera obligado a reconocer que había sido vencido y en consecuencia tenía que otorgar la Excepcionalidad a la Ley, imponiéndole a su Justicia dicha Excepcionalidad. Es decir, el Monte de Dios, Sión, tendría que evolucionar y transformarse en el Olimpo. La Creación entera tendría que ajustarse a esta nueva Ley... y todos los Pueblos del Universo... estarían a merced... de los Nuevos Dioses.

 

IV

LA BATALLA FINAL

 

Dios, Padre de Adán, se sintió herido hasta lo más profundo de su corazón. Como padre que al regresar de un viaje se encuentra con el cadáver de su hijo aún fresco en el jardín de su casa, Dios entró en cólera infinita al descubrir que el asesino de su hijo había sido aquél mismo a quien le confiara su custodia mientras estaba de viaje.

Dios, como Juez incorruptible, dictó sentencia contra todas las partes con la severidad que le reclamaba la Justicia, imponiendo castigo sin mirar el origen y condición social de los delincuentes.

Dios, en tanto que Creador, se quedó maravillado ante la locura infinita que era a sus ojos la declaración de guerra que le lanzaba a pleno rostro una criatura que El mismo había sacado del polvo y cuya existencia la podía borrar de la faz del Tiempo y del Espacio con un simple soplo.

Dios, en cuanto Dios, no podía dejar de ver tras el movimiento en el Tablero de la Eternidad de estos peones el rostro de su Verdadero Enemigo: la Muerte.

Durante muchas eternidades, desde el mismo Día que El se lanzara a la conquista de la Inmortalidad, primero, y vida eterna, finalmente, para todos los Vivientes, la Muerte había estado siguiéndole a Dios los pasos por todo el Infinito a fin de obligarle a aceptar la Coexistencia sempiterna, como había sido desde el principio sin principio de la Increación, de la Vida y la Muerte en el seno de la Creación.

Dios se había limitado a ignorar la existencia de la Muerte en tanto en cuanto Ente Increado y la había considerado un fenómeno de carencia inherente a la Vida, que una vez conquistada la Inmortalidad Indestructible que supone la vida eterna, dio por finalizado y desterrado de su Mundo. La Alegría de la Transfiguración de Dios en el Padre y el Hijo, la Alegría de la Creación del Universo y sus primeros Mundos, la Alegría del crecimiento de su Paraíso en un Imperio Maravilloso lleno de vitalidad, eran alegrías que se habían visto empañadas por las Guerras del Cielo; sin embargo y pues que Él ya había conocido la Ciencia del Bien y del Mal, se dispuso a extirpar de su Creación este Árbol maldito mediante la Ley, a fin de que la Guerra, su Fruto, no extendiera su fuego sobre el Universo y el Infierno se llevara su Obra a las tinieblas del olvido.

De pronto, con el Espíritu en vilo y aunque sabía Dios que “aquel toro ya había acorneado antes”, por lo que le pone a todos sus hijos, sin excepción, la Ley como yugo a fin de sujetarlos a todos a Obediencia, “aquel toro” se suelta y se lanza contra un Adán sin conocimiento ninguno de la naturaleza del fruto de la ciencia del bien y del mal, y de aquí la Ignorancia como Fundamento de la Redención, un Adán sin ningún conocimiento -decía- del instinto asesino de la Bestia, al que la Bestia acornea hasta matarlo.

Dios, se dice a sí mismo, “Imposible”; alza la mirada y ve a su verdadero enemigo, la Muerte. Y en su Dolor planta cara, acepta la declaración de guerra y se lanza a la Batalla Final.

 

V

Fundamentos de la Batalla Final

 

Hubo Redención porque hubo Ignorancia; de manera que si por la Ignorancia vino la maldición: por esa misma Ignorancia, porque la hubo, y de no haberla habido la Redención no hubiera sido posible por Ley, tuvo lugar la Redención recogida en la ley del Sacrificio Expiatorio por los pecados.

Ahora bien, la Ley de Moisés miraba al individuo y en su faceta más abierta al sacrificio por los pecados del pueblo hebreo y judío. Mas habiendo pecado todo el mundo y viviendo en el pecado a causa de la Ignorancia de Adán, cuyo pecado lo sufrimos en nuestras carnes la Plenitud de las Naciones del Género Humano, esta Ley era símbolo y anuncio del Sacrificio Expiatorio de todos los pecados del Mundo que preparaba Dios. La respuesta a la cuestión: ¿qué Cordero podía valer a los ojos de Dios tanto como para quedar lavados en su Sangre los pecados de todo un Mundo?, y sus derivadas, forman parte de la Doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles.

Lo importante para nosotros es que Dios asumiera nuestra Causa por propia y se responsabilizase de la Caída en tanto en cuanto “sabiendo que aquel toro acorneaba” expuso nuestro Futuro y el de la Creación entera a la Libertad, haciendo de cuyo uso los Enemigos del Espíritu Santo hicieron de la Ignorancia de Adán talón de Aquiles contra el que lanzar la flecha de la Traición.

Asumida nuestra Causa, el Dilema en el que los discípulos del Maligno quisieron atrapar a Dios y entre los nudos de cuyo imposible laberinto gordiano quisieron despojarlo de su Espíritu Santo, reduciendo la Divinidad al Poder, en virtud de cuya nueva Realidad quedarían marginadas la Verdad, la Justicia y la Paz de la estructura del Cosmos, ese Dilema pasaba por el Cómo separar de Dios el Espíritu Santo.

¡Era solo natural! Era esta Propiedad del Ser la que se oponía a un salto de tal naturaleza que, dejando atrás la Verdad como raíz de la Justicia, pondría al Futuro sobre un Campo de Guerra Perpetua, cuya conclusión final sería la Destrucción Absoluta de la propia Creación. Y de aquí que Dios se negase en rotundo a acceder a la transformación de su reino en un Olimpo de dioses todos más allá del Bien y del Mal.

Pero desde la óptica de la escuela maligna que defendía este nuevo status y negaba la Sabiduría de Dios afirmando que el Dilema podría ser resuelto renunciando Dios a su Verdad, la estrategia era clara. Incluso en el Acontecimiento de la Creación del Hombre manifestó Dios su voluntad de dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal en cuanto Ciencia, pero no en tanto que experiencia. Y de aquí que simbolizara este Conocimiento en la forma de un Árbol. Es por Inteligencia Pura que Dios le quiso dar a conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal.

La estrategia de la Muerte y su Príncipe centró entonces su astucia en darle a probar al Hijo de Dios la fruta del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es decir, la Guerra. La Astucia del Maligno alcanzaría su clímax al seducir al Único que podría lograr que Dios abriese en el cuerpo de la Ley una excepción, englobando en su Olimpo a los dioses, o sea, a toda la Casa de Dios.

¿Qué pasaría si el Hijo de Dios encontraba satisfacción en la Guerra? ¿Cómo podía saber Dios si a su Hijo Unigénito le gustaba o no la Ciencia del Bien y del Mal si aún no había probado su fruto?

¿Ante una supuesta elección terminal del Hijo de Dios a favor de la escuela del Diablo... no perdería el Espíritu Santo la Batalla?

Este era el esquema para locos por el Infierno que alzó el Maligno como sabiduría propia mediante la cual separar Dios y Espíritu Santo.

Cuando Dios descubrió su efecto y se vio ante los hechos consumados, le vio por primera vez la cara a su Verdadero Enemigo, la Muerte.

Estaba claro que Allí había estado actuando una Fuerza no Creada, y pues que la única parte de la Increación que no vino a formar parte de la Creación fue la Muerte, no podía Dios seguir excusando el comportamiento de sus hijos en esto y aquello otro, ni culpándose a sí mismo por haber minusvalorado el valor de su propia Victoria contra la Muerte, a saber, la creación de vida a su imagen y semejanza.

La Muerte, esa realidad que en su día El definiera por la ausencia de vida eterna, se le descubría en toda su Realidad Increada en la Locura de la escuela de la Serpiente, cuya cabeza Satán, criatura de sus propias manos, pretendía destruir al Espíritu Santo utilizando al Hijo contra el Padre.

La Batalla pasó a ser Cósmica. Era la Creación entera la que se veía amenazada por aquella Fuerza Increada contra la que se alzara Dios con su Modelo de Cosmos, un Nuevo Universo en el que la Vida tiene su Origen en Dios, hereda su Inmortalidad y se hace un Árbol cuyas ramas cubren con su fruto, los Mundos, la Eternidad y el Infinito.

Era este Nuevo Universo el que la Muerte tenía que echar abajo.

Y sólo Dios en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla de su Creación. ¡Era la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le declarara Dios a la Muerte cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si hasta entonces Dios no había visto cara a cara al verdadero enemigo de su Creación, una vez que la locura desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios los ojos y le vio el Rostro a su Enemigo.

Toda cuestión quedó desde ese momento en suspense.

 

VI

La expectación de la “creación entera”

 

Es evidente que Aquel que una vez abriera en el Infinito la Fuente de la que mana toda la energía creadora del Cosmos, Este mismo Dios podía destruir todo lo creado, abrir un agujero negro en el Infinito y arrojar a su Enemigo dentro, sellando esa fosa por Eternidad.

Pero esto se supone para un Dios que esté solo y actúe acorde a su soledad. Pero Dios no está solo. Lo que hasta que fuera Padre no tuvo jamás que hacer, explicar por qué hace esto o aquella, desde que el Padre y el Hijo eran, Dios ya no podía sencillamente actuar siguiendo su voluntad inmediata. ¡Cómo explicarle a su Hijo la destrucción masiva de todo un Cosmos sin fundar su Poder en el capricho de un Dios que puede permitirse hacer y deshacer a su antojo!

La Muerte había atacado por donde creyó que su flecha pondría de rodillas a Dios.

No se crea un Cosmos y se decide de la noche a la mañana borrarlo del mapa. Esto lo hacen los matemáticos y los locos. Nadie trabaja de sol a sol durante un verano entero para dejar que la fruta se caiga al suelo una vez que se halla madura.

Su Hijo era ser de su ser. Lo primero que haría es preguntarse por qué. Y después, el Hijo de Dios era Primogénito, es decir, tenía Hermanos. No podía Dios limitarse a coger del cuello a su Enemigo y arrojarlo al Seol. ¡Qué iba a explicarle a su Hijo!

Y lo que es más importante: ¿Cómo saber la Respuesta de su Hijo a la cuestión en el origen de la Caída de Adán y la Rebelión contra el Espíritu Santo si no era expuesto a la tentación El mismo?

La Creación entera permaneció en suspense desde Adán hasta Cristo. Pues era evidente tanto que la Inmortalidad para todo Viviente y la Ciencia del Bien y del Mal son incompatibles, cuanto que Dios por amor a su Hijo Unigénito, si llevado al extremo de elegir entre su Hijo y el Universo, destruiría todo la Obra de sus manos, reduciría el Cosmos a polvo, y, como ya lo hiciera antes, volvería a empezarlo todo de nuevo, cuidando ésa próxima vez de no dejar ninguna puerta abierta a la Semilla del Diablo.

El Futuro de la Creación entera, tal cual existe, estuvo, pues, en las manos del Hijo de Dios. Y únicamente había una forma de cerrar la Duda: que el Hijo de Dios hablara por sí mismo.

Para Dios la cuestión estaba fuera de toda Duda, pero pues que la Duda había encontrado su camino y exigía oír del propio Hijo de Dios su Palabra Final al respecto: Sí a la excepción a la Ley para los hijos de Dios, o No a la misma, sujetándose el propio Unigénito a la Ley, así sería.

Todo el Antiguo Testamento no es más que la Preparación del Escenario desde el que el Hijo de Dios daría a conocer su respuesta “a la creación entera” sobre su Posición respecto a la Ciencia del Bien y del Mal: ¿Excepción en la Ley para los hijos de Dios, o Reino de la Justicia sobre todo ser sin acepción de persona?

Los hijos de Dios que se hicieron cuerpo de la Serpiente Antigua, haciendo de Satán su cabeza suprema, dieron a conocer su decisión sobre la sangre de Adán, demostrando que por nada del mundo estaban dispuestos a vivir bajo el Imperio de una Ley que no diferenciase entre Gobernante y Gobernado, entre Rey y Pueblo. Firmada la Declaración de Guerra contra el Espíritu Santo sobre la sangre de Adán, la creación entera, escandalizada por el Fin que se dibujaba en su horizonte, permaneció con el pecho en vilo, el corazón encogido a la espera de la Decisión del Único que podía obtener de Dios semejante transformación de su Imperio en un Olimpo de dioses, todos más allá del Bien y del Mal.

 

VII

Imperio o Cruz

 

Hay dos cosas con las que no se juega: la sangre y el fuego. ¿Pero y cuándo sangre y fuego se hacen una sola cosa?

Se llamaba Jesús. Tal era el Nombre del Hijo de Dios de cuyos labios dependía el Futuro de la Creación entera. Por amor a su Hijo no hubiera dudado Dios en borrar las galaxias del mapa del cosmos, borrar el mismo cosmos y empezar una Creación Nueva. Suya era la Decisión.

Se hizo hombre a fin de que la creación entera escuchase con palabras connaturales a su cuerpo la Respuesta del Hijo de Dios a la cuestión en pugna: Sí o No al Espíritu Santo de una Ley que no admite excepción y se expone como Roca sobre la que el Edificio de la Justicia se mantiene indestructible contra el paso del Tiempo.

Suya era la Última Palabra. Si su respuesta era un No a la Igualdad de todas las personas ante la Ley, Jesús sólo tenía que escribir su No encarnando la visión del Mesías que el Judaísmo se había formado partiendo en su ignorancia del Espíritu inspirador de las Escrituras. Él era el Hijo de Dios y suyo era el Poder. Una vez una decisión final acorde al Judaísmo tomada nada ni nadie podría cortarle el paso al hijo de David hacia el Imperio Universal de Jerusalén; Roma sucedió a Atenas, Atenas a Susa, Susa a Babilonia, Babilonia a Nínive, Nínive a ... el viaje del “testigo del imperio” acabaría en Jerusalén ... si la decisión final del Hijo de David era un No a la Ley del Espíritu Santo.

Si la Respuesta de Jesús era un Sí a la Ley del Espíritu Santo, el Hijo de Dios sólo tenía que doblar las rodillas y subir a la Cruz, firmando así su Declaración Final con la sangre de Cristo.

Dos puertas. La una daba a la gloria efímera del imperio; la otra... a la Gloria sempiterna del Reino de Dios. La Decisión era suya. El Futuro de la Creación entera estaba en sus manos. Si el Hijo quería ver con sus propios ojos en qué experiencia tuvo origen la Ley del Padre contra la Ciencia del Bien y del Mal, esta experiencia llevaría a la creación entera a su destrucción total. Tendríamos alegría para Hoy y Tristeza de muerte para Mañana... aunque este Mañana alborease a una eternidad al otro lado de la Noche de los tiempos.  

 

VIII

La doctrina del Diablo

 

El Hijo era Dios, como el Padre, y se podía permitir el lujo de vivir un Apocalipsis cósmico al otro lado del libro de la Historia de un Imperio propio. ¿Y qué? ¿No es todo viviente barro sobre el que Dios sopla su aliento de vida y si lo retira expira y vuelve al polvo? ¿Por qué no vivir la experiencia? Al fin y al cabo una criatura no puede soportar la existencia eterna. Tarde o temprano necesita la Muerte, la pide, la suplica, es el sueño del descanso eterno, el sueño de la paz final, polvo al polvo, cenizas a las cenizas. ¿Por qué no hacer de ese tiempo entre el Hoy y el Mañana una Aventura Olímpica, un paseo por los campos de la Guerra de los dioses?

Dios no tiene nada que perder, pues que es indestructible, y siendo el Hijo de la misma Naturaleza que el Padre ¿dónde está el miedo? ¿No es la Creación un Espectáculo? Unas veces: tragedia, otras: comedia, ahora un circo, luego una guerra, una boda, un funeral, una lágrimas, una risa... ¿dónde está el mal en divertirse? ¿Qué bien hay en una Ley que no admite excepciones y se parece a una máquina siguiendo las pautas de un programa irracional?

Al fin y al cabo, la Divinidad es todopoderosa y le basta querer para convertir las piedras en pan, abrir la boca para apagar el fuego y resucitar los peones caídos durante la escena de una Guerra de Mundos. ¿Qué hay de malo en la gloria de un dios que pasea su Poder por las estrellas movilizando mundos como rebaños que corren al matadero para alimentar las barrigas de los dioses?

La Libertad, la Paz, ¿qué es todo eso, si no existe el Poder de liberar esclavos y acabar guerras?

 

IX

La doctrina del reino de los cielos  

 

Se llamaba Jesús, y era el Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Ese fue el momento en que el corazón de la creación entera se soltó y el pecho que estaba encogido se ensanchó, y en el gozo de tantos hijos las lágrimas se le saltaron a Dios. Y un grito se oyó en el Infinito: ¡Victoria!

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, una sola Realidad Eterna.

Ahora a firmar la Respuesta ahogando la pluma en la sangre del Cordero de Dios. Ahora a ser el Primero en certificar el No a la Excepción a la Ley.

Por Ley, Cristo Jesús debía morir, pues, siendo judío de nacimiento se alzaba contra la Ley de exclusión de todas las naciones del reino de Dios, imponiendo como condición sine qua non para el goce de la salvación: la obediencia al templo de Jerusalén. Pero Cristo Jesús era el Hijo de David, estaba en su mano invocar la Excepción o doblar sus rodillas ante la Ley.

Si Cristo Jesús seguía la doctrina del Diablo invocaría la Excepción; si la del Reino de Dios, aun siendo Dios Hijo Unigénito tenía que hacerse Igual a su criatura, a fin de que en su Sí la creación entera encontrase su Vida eterna.

La Decisión del Hijo de Dios está escrita. En su Sí a la Ley del Espíritu Santo encontró la Creación a su Salvador.

Dios, exaltado ante su Casa entera por la Obediencia de su Hijo Amado, abolió el Imperio de los hijos de Dios y elevó la Corona de su Unigénito al Reino Universal. No hay reyes, sólo príncipes, todos sujetos a la Corona Universal y sempiterna del Hijo de Dios. Un solo Rey, un solo Señor y Salvador. 

 

X

La Esperanza de Salvación Universal

 

Pero Dios hizo más. Lo puso todo a los pies de su Hijo, lo mismo el Trono del Reino ante el que responde todo Poder, como el Trono del Juicio Universal, ante cuyo Tribunal responde toda criatura. Y poniendo en sus manos el Juicio Final, invistió Dios a su Hijo de la Gloria que Dios se había reservado para sí mismo: la Gloria de quien tiene el Poder de Firmar Absolución Universal o Sentencia Condenatoria ad eternum, siendo su Sentencia Inapelable y Final.

Recogiendo, pues, la Justicia por la que la ignorancia de nuestros padres nos hizo dignos de Redención, quiso Dios darnos por Juez al mismo que al Principio dijera: “Haya Luz”, de manera que encontrásemos en el Juez a nuestro mismo Salvador, Aquel que sufrió en su ser -aunque sobre El no tuvo poder- la Muerte, y conociendo su Poder nos juzgue de acuerdo a nuestra naturaleza y no en relación a la Suya.

Desde la más tierna Adolescencia entregados al Imperio de la Muerte, monstruo todopoderoso que le preparó mesa de banquete a sus príncipes, sirviendo nuestra carne por manjar de reyes y nuestra sangre por ambrosía para dioses, las naciones humanas tuvimos el odio y la venganza por tutores y maestros, la crueldad y el terror fueron nuestra escuela y academia, hicimos el camino por los milenios como las bestias que reptan a cuatro patas por desiertos inhóspitos en los que la ley es devorar o ser devorados. ¡La Ciencia del bien y del mal fue nuestra suerte! ¿Quién se apiadará de crímenes cometidos en las tinieblas de una batalla en la que la tregua y el cuartel fueron para los muertos?

¿Cómo iba el Dios del Amor a entregarnos desnudos, forjada nuestra alma original entre nubes de algodones ingrávidos como sueños felices, a un Tribunal ajeno a la Misericordia?

¿Iba el Dios de todos los amores a permitir que un Juez que no conoció nunca la fragilidad de esta carne nuestra encadenada al muro de los infiernos crueles del hambre y sed de justicia levantara su puño contra nosotros?

¿Cómo juzgar al barro por no resistir el ímpetu de la corriente que baja de las montañas arrastrando piedras y troncos?

¿Por qué ley puede ser juzgado el bocado que el cachorro abandonado en la selva da contra la pierna del que duerme en su tienda?

¿Qué Derecho ha de ser abandonado para juzgarnos por nuestros actos sin tener en cuenta la fuerza todopoderosa que desde núcleos incógnitos lanza sus rayos contra mentes que fueron sorprendidas en plena fiesta?

¿Aquel que soñó nuestra Liberación en el espacio no había de llevarse consigo nuestra liberación en el tiempo?

Dios, amantísimo de su creación entera, quiso abrirle horizontes al Poder de su Hijo y mostrarle cómo con una sola Palabra puede hacer que un Mundo entero nazca de nuevo y su Alma no se acuerde del dolor y la pena sino que como quien tiene un mal sueño, se levante y se olvide para siempre de la pesadilla en que fuera atrapado por una Traición abominable.

He aquí la Gloria de nuestro Juez, no está en nuestra Condena, sino en nuestra Absolución.

Y como en el espíritu de la profecía está la Absolución para el que se convierte, fue en este Espíritu que nos vino la Doctrina del reino de los cielos, a fin de que por nuestra Conversión alcanzásemos Gracia para todas las naciones de nuestro Género, de manera que si por un hombre todos fuimos hechos pecadores, y por otro solo muchos fueron hechos justos, por los que creemos sean justificados los que no conocieron ni vieron al Hijo de Dios. Pues justificada por la sabiduría de nuestras obras el argumento de haber procedido el pecado de las naciones de su ignorancia sobre la ciencia del bien y del mal, puerta por la que entró el Diablo en nuestro mundo, por nuestras obras, alzadas como argumento de defensa de las obras cometidas en la ignorancia, vea el Juez Universal que una vez instalados en su Sabiduría el Pecado no puede ya tener Poder sobre el Hombre, desde Hoy y  por la Eternidad.  

 

CAPÍTULO TERCERO

CONCILIO UNIVERSAL SIGLO XXI DE ADORACIÓN DEL HIJO DE DIOS