DOCTRINA DEL REINO DE LOS CIELOS. APERTURA DEL TESTAMENTO UNIVERSAL DE CRISTO

CAPÍTULO SEGUNDO

 

LA ESPERANZA DE SALVACIÓN UNIVERSAL

DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES DEL GÉNERO HUMANO.

 

 

EL REY ES DIOS

JESUCRISTO ES EL REY

JESUCRISTO ES DIOS

 

 

HISTORIA DE LA SALVACIÓN CRISTIANA

I

Acción de gracias

 

Bendito sea Dios, porque su Amor a la Ley fue mayor que su amor hacia sus hijos, pues aun siendo el Manipulador como el Manipulado ambos hijos de Dios, una vez dados ambos a la Transgresión, aunque uno por Ignorancia y el otro por Maldad, Dios puso el Espíritu de la Ley sobre el Amor a sus hijos, descubriéndose así, a los ojos de toda su Creación, que su Reino está fundado sobre la Roca de una Justicia Universal cuyos Principios no hacen acepción de persona y cuya Ley no conoce la excepción.

 

II

AL PRINCIPIO

 

La búsqueda de esta “Acepción Excepcional” fue la Causa de la Tragedia del Género Humano. Desde antes de la Creación de nuestro Mundo una parte de la Casa de los hijos de Dios, (en palabras de San Pablo: “no de esta creación”), liderada por Satán, hijo de Dios, y como tal hijo de Dios este Satán se encontró entre los hijos de Dios a los que Dios invitó a participar en la Formación del Hombre a su Imagen y Semejanza, esto es, a elevar al Hombre a la Condición de los hijos de Dios; se había conjurado contra la Ley, exigiéndole a Dios, en cuanto Padre: “Inmunidad para sus hijos”.

El Dilema no era pequeño.

La Cuestión sobre la Relación entre los hijos de Dios y la Ley era conocida desde antes de la Creación del Género Humano. El Imperio Universal de Dios había sufrido ya las consecuencias de esa Aventura que amenazó con enfrentar al Padre con el Hijo. Los enfrentamientos bélicos entre los Mundos aquel Imperio por dos veces habían sacudido la estructura entera de la Relación del Creador con su Creación. El Padre en Dios estaba siendo forzado a tomar partido en la Rebelión de esa parte de la Casa de sus hijos que le amenazaban, de no concedérseles lo que en tanto que hijos de Dios les parecía a ellos natural: Inmunidad frente a la Ley, el Paraíso en un Infierno.

No era tema baladí ni mucho menos. El amor de Dios en cuanto Padre estaba siendo retado por sus hijos.  Dios tenía que tomar las medidas necesarias para que sus hijos no se le subieras a las barbas y, poniéndole contra las cuerdas entre “el amor a la Ley o el amor a su Creación”, se viese obligado a darle fin a una Creación en Rebelión abierta contra su Imperio y abrir una Nueva Creación.  De aquí que, desde el Principio de nuestro Universo el Decreto contra la Guerra, aunque aún no había sido Pronunciado ni Escrito, estuviese ya vivo en la Mente del Creador: “El que comiere, morirá”. Es decir, pues que la Palabra de Dios es Ley, según lo vieron en vivo los hijos de Dios: “Dios dijo, Dios hizo”, y la Palabra es Dios, ergo: la Ley es Dios. De manera que quien se rebela contra la Ley, se rebela contra Dios. ¿Y quién osará soñar con sobrevivir a un Duelo a muerte con su propio Creador?

La Ley que el Primer Hombre recibió de boca de Dios: “El día que comieres del fruto de la Ciencia del bien y del mal (es decir, la Guerra), ese día morirás”; esta Ley se limitaba su Extensión exclusivamente al Género Humano, sino que comprendía en su Naturaleza a toda la Creación de Dios, de nuestro Mundo como de los Mundos creados por Dios antes de nuestra Creación.

Todos los hijos de Dios, del Cielo como de la Tierra, siendo todos Ciudadanos del Reino de Dios, y por ello sujetos todos al Imperio de la Ley, quedaban sujetos al Imperio de la Justicia del Creador. El Padre y el Creador son un mismo Ser: ¡Dios!, Señor del Infinito y la Eternidad, Creador del Nuevo Cosmos Origen de toda Vida. Hijo y siervo, todos Ciudadanos del mismo Reino de Dios, todos sujetos a la misma Ley: Quien se levanta en Rebelión contra sus hermanos bajo Bandera de Odio le declara la Guerra a la Creación de Dios, y quien le declara la Guerra as la Creación de Dios se levanta en Guerra contra su Creador: Dios en Persona.

Así pues, la Creación del Hombre en tanto que Alma Viviente formaba parte de la Respuesta que Dios, en cuanto Padre, quería darle a la Cuestión de la Petición de “Acepción Excepcional frente a la Ley” que Satán y sus Rebeldes, le exigieron a Dios, las Dos Guerras Mundiales que, antes de la Creación de nuestro Universo, asolaron el Imperio del Hijo de Dios mediante.

“La Palabra de Dios es Ley”, fue el Principio Filosófico cuyas aguas alimentaron la Inteligencia del Primer Hombre. Hecho a la Imagen y Semejanza de Dios, la Palabra del Hombre era Ley. Siendo hijo de Dios, la palabra de los hijos de Dios lo era también. Criado por esta Fuente, el Alma del Hombre sellaría el Edificio de la Fraternidad Universal, como argamasa entre piedras labradas, con su Pensamiento iluminando la Mente de todos los Pueblos de la Creación. En el Hombre, el Imperio de la Ley es la Manifestación perfecta del Amor del Creador por su Creación, de Dios Padre por sus hijos, a sus Ojos todos Iguales, sin excepción.

La Respuesta del Creador a la Cuestión de los hijos de Dios encontraba en el Hombre su Encarnación, su Alma Viviente. “Porque Dios es Amor, la Ley es Dios”. Desde el Momento de su Declaración Divina la Transgresión a la Ley de la Paz Universal quedó Firmada para la Eternidad: El que hace la Guerra, quien come del Fruto árbol de la Ciencia del bien y del mal, quien se levanta en Guerra Santa contra toda o parte de la Creación de Dios, transgrede la Ley, en consecuencia, siendo la Ley la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios es Dios, le declara la Guerra a Dios. La Sentencia contra el Enemigo de Dios es la Muerte.

 

III

LA TERCERA GUERRA MUNDIAL DE LOS HIJOS DE DIOS

 

Y sin embargo aquella parte de la Casa de los hijos de Dios, que antes de la Creación del Hombre se declarara en Guerra abierta contra Su Reino, no dudó en usar al más pequeño de los hijos de Dios, Adán, padre de Noé, padre de Abraham, padre de David, padre de Jesús, hijo de Dios, para mediante su muerte declararle la Guerra a la Ley. Satán y sus Rebeldes, aun sabiendo que retaban al propio Dios, no se echaron para atrás pensando en las consecuencias. Para todos era obvio que la Muerte decretada por el Verbo Divino sólo podía referirse a un Exilio ad eternum: no ya del Reino de Dios, sino de la Creación entera. Habiendo Dios dispuesto que su Creación gozase de la Indestructibilidad Natural a su Creador: la Muerte que la Ley disponía abría las puertas del Abismo Exterior, en cuyo Pozo sin Fondo serían encerrados por el Infinito para la Eternidad.

Más grave la Sentencia, más pronta la Obediencia. De manera que si por Amor a la Ley sus pensamientos no se aviniesen a su Imperio, sí lo hiciesen por Temor a Dios. Y Dios no estaba asustando. No proceder a la Sentencia en caso de Transgresión sería separar a Dios de la Ley, debiendo borrarse de la Creación el Dogma eterno por excelencia: La Palabra es Dios, la Palabra es Ley, la Ley es Dios.

Si el Amor a la Ley no era suficiente para establecer la Paz entre los hijos de Dios, que el Temor a Dios corrigiese por la Voluntad de Dios lo que por voluntad propia no quería doblegarse a la Verdad.

 

IV

EL ODIO ENGENDRA LA GUERRA

 

Tenemos por consiguiente una nueva componente, el Odio hacia el Hombre. Y este Odio vino a nacer, de una parte en la Envidia, y de otra en el Racismo de quien se creyó, por su Edad, superior al Hombre. En cuanto a la Segunda componente esta era a su vez fruto de la primera. Dios no sólo daba a conocer su Respuesta la Cuestión de la Transformación de su Paraíso en un Olimpo de dioses más allá de la Ley, que por herencia recibían la Guerra como Legado Paternalicio; Dios le había dado a su Respuesta un Cuerpo, un Ser Vivo, ¡el Hombre! 

 “Aquel mono desnudo” que los hijos de Dios habían formado a “imagen y semejanza de Dios” iba a gobernar el Alma de todos los Pueblos del Paraíso. Los hijos de Dios gobernarían los cuerpos, pero el Hombre gobernaría el alma de todos los seres vivientes, independientemente del Mundo en que hubiesen nacido...

La Envidia dio paso al Odio, y el Odio engendró la Rebelión que condujo a la Tercera Guerra Mundial de los hijos de Dios.

“El Hombre tenía que morir” fue el Juramento que sellaron los Rebeldes, aún al precio del Exilio y Caída en el mismísimo Infierno, más allá de los Muros del Cosmos, en lo más profundo de las Tinieblas que rodean el Océano de las Galaxias, encerrados en lo más profundo del Pozo del Infinito, donde no hay luz ni calor, donde el crujir de huesos y el castañear de dientes sólo puede ser ahogado por el Odio a muerte de todos contra todos. Antes la Eternidad buscando la Salida del Cementerio en el que Dios transformó el Cosmos Antiguo que vivir en una Creación gobernada por la Verdad, la Justicia y la Paz, ese Árbol de Vida cuyo Fruto es la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

 

 

 

HISTORIA DE LA SALVACIÓN UNIVERSAL

I

LAS TINIEBLAS Y EL INFIERNO

 

La Historia de la Salvación de la Creación de Dios se remonta a las dos Guerras Mundiales que sembraron el Infierno en el Paraíso. Observamos diferentes componentes en la Respuesta de Dios a la Caída del Paraíso en el Infierno de la Guerra. Dios, en cuanto Creador, se autorresponsabiliza de los acontecimientos. El hecho de permanecer en su Mundo durante los Períodos Creacionales acabó introduciendo en los reyes de su Imperio una componente psicológica contra cuya malignidad era necesario adoptar una respuesta. La Apertura de los Períodos Creacionales a sus hijos era de Necesidad; Dios consideró que no se podía mantener a sus hijos en esa situación de soledad cuya duración se remontaba a millones de años.

La segunda componente en la causa de las guerras mundiales del Imperio Divino tenía que ver con la Duda sobre la Veracidad Divina del Rey de reyes y Señor de señores del Imperio de su Padre, Dios Hijo unigénito y Primogénito. Sobre esta Unigenitura, por la que el Rey de reyes y Señor de señores es Dios Verdadero de Dios Verdadero, engendrado de la misma Naturaleza Increada del Padre, llovió la Duda. La Necesidad imponía su ley, y era del todo necesario que la Casa de los hijos de Dios viesen con sus ojos la Veracidad Divina del Primogénito de la Casa De Yavé y Sión. NO habiendo sido testigos presenciales de los Períodos Creacionales nadie había visto con sus ojos esa Veracidad Divina en razón de la cual el Padre Eterno tenía en su Hijo a Tú-Dios, mi Semejante, mi Igual, Dios Verdadero de Dios Verdadero, Engendrado de la misma Naturaleza del Padre, Ser Increado de Ser Increado. Era la Hora de que esta Necesidad de ser testigos Presenciales de la Veracidad del Hijo de Dios tuviese su tiempo.

El Pensamiento de Dios Padre, Creador del Nuevo Cosmos, puso manos a la Obra. Y así comenzó nuestra Historia.

En la Historia Divina ya hemos visto qué pasó a raíz de esta Respuesta. La Historia de la Creación de nuestro Universo encaja en el Cuerpo de esta Respuesta. El Viaje de Dios a los confines del Nuevo Cosmos asienta la diferencia entre la Naturaleza del Creador y de la Criatura. Para Dios el Cosmos es su Universo, su espacio natural. El Infinito y la Eternidad son su Realidad. Ninguna Criatura puede sobrevivir ni extender su existencia en ese Medio Natural. El Cosmos no es territorio prohibido, pero sí incomprensible para la Criatura dejada en él a sus solas fuerzas. El Bosque de las Galaxias está en constante movimiento, las distancias entre ellas hacen que el tiempo juegue con sus árboles, y a la manera que una criatura que se adentrase en un bosque con vida propia no encontraría jamás su camino de regreso, nadie excepto Dios puede internarse en el infinito y la eternidad natural al Bosque de las Galaxias, y volver al punto de partida con la naturalidad de quien se mueve por un terreno sólido.

Habiendo abierto Dios su Creación revoluciona a su vez su Futuro al abrirle a sus hijos “Los Cielos de los cielos”, es decir, el Universo en cuyo Centro Él creó su Casa, y alrededor del cual Él le dio al árbol de la Vida un Campo propio donde echar raíces y producir mucho fruto.

Viaje a los Confines del Nuevo Cosmos del todo punto fascinante y maravilloso el que los hijos de Dios vivieron inmediatamente antes de la Creación de nuestro Cielos y de nuestra Tierra. Pero la Historia de la Salvación solo acababa de empezar. El Amor a Dios es Amor a la Ley. Y la Ley implica el Temor al Castigo a su Transgresión. Así que, en cuanto Padre que busca corregir para siempre una tendencia cuya progresión maligna podría conducir al Creador a levantarse contra su Criatura, Dios cruza la Frontera del Cosmos y conduce a toda su Casa al otro lado de las Costas del Nuevo Cosmos. La Expansión del Océano Cosmológico es constante y eterna, en dirección a un Infinito abierto a la constante creación de nuevas galaxias. Mas esta Expansión se realiza sobre la superficie del Abismo n que Dios transformase el Cosmos de su Juventud, aquél Cosmos cuyo Principio fue la Eternidad y cuyo reino cubrió la faz del Infinito. Donde antes la Transformación de la materia-energía cósmica en materia astrofísica tuvo lugar, Ahora existe un Cementerio en el que la Materia, privada de energía, flota muerta a la deriva.  En el fondo de aquel Abismo encerraría Dios, cerrando la Eternidad la Puerta del Infinito, a todo hijo de Dios que volviese a abrirle las Puertas del Paraíso al Infierno de la Guerra. En ese Infierno, serían encerados los Transgresores a la Ley del Creador.

El Infierno a un lado, el Paraíso al otro; cada cual debe elegir. Dios crea Vida a su Imagen y Semejanza para en Libertad y con pleno conocimiento de causa cada cual lija: Amar u Odiar la Ley, una Ley fundada sobre la Verdad, y establecida para mantener el Árbol de la Vida Inteligente en constante y perpetuo crecimiento. Todo el que se alza contra la Creación se levanta en rebelión contra su Creador. La Pena por Rebelión es el Destierro Eterno del Reino de Dios, un Reino que cubre de extremo a extremo los límites en crecimiento constante del Cosmos. Una vez expulsados de su Reino no hay regreso.

Así pues, si no por amor a la Ley, Origen de la Paz y de la Libertad, por Temor a Dios todo Poder establecido para el Gobierno de su Reino se ha de sujetar a la Ley de la Verdad, y esta Verdad es que el Primogénito de Dios es Aquél a quien Dios llama su Igual: Tú Dios, de su misma Naturaleza, su Hijo, el Heredero Natural de su Espíritu, Dios de Dios, para quien el Cosmos es, como lo es para su Padre, su Mundo. El Infinito y la Eternidad que viven en el Padre, viven en el Hijo.

Y es sobre esta Veracidad que en el siguiente Acto de nuestra Creación se concentró Dios.

 

II

LA LUZ Y EL PARAÍSO DEL HOMBRE

 

La acción Divina alcanzó cotas de experiencia única jamás vivida por ninguna criatura. El conducir Dios a sus hijos a través del Bosque de las Galaxias y guiarlos al otro lado de las Fronteras del Cosmos, la Experiencia fue multiforme, el Pensamiento rico en extremo. El Infinito está cubierto por las Tinieblas resultantes de la Explosión de autodestrucción vividas por Dios inmediatamente después del Big Bang en el origen del Nuevo Cosmos, y que desde su Nuevo Centro Cosmológico está en Expansión constante por la Eternidad, lo que hace de su Contemplación un Océano de luz desmadrándose por sus Costas, reabsorbiendo la materia, integrándola en su Universo, de esta manera resucitando el Espacio muerto. Mas no es aquel lugar donde plantar la tienda. Así que siguiendo con su Salvación Universal pasó Dios a mostrarle en vivo a su Casa cuál es la Relación entre el Padre y el Hijo. Comenzando por supuesto por el Principio, pues si el Hijo es Dios de Dios, lo es también “Creador de Creador”.

Aquí comienza la Historia de la Tierra.

Todos nos hemos preguntado alguna vez cuál es el origen de la Materia; cómo se produce el paso de la energía cósmica a la materia astrofísica. Esta era la pregunta que Dios se dispuso a responder, y respondió, creando el Sistema Solar en medio de las Tinieblas, al otro lado del Campo de las Galaxias. En la Introducción a la CSXXI toqué este tema del salto de la energía cósmica a la materia astrofísica en campo de espacio-tiempo producido directamente por el Divino Creador. La Creación del Sistema Solar fuera del Espacio Cosmológico abrió la inteligencia al Poder de Dios, y lo que es aún más importante, a Su Omnisciencia Creadora, que domina con perfección infinita el árbol de las ciencias de la materia, el espacio y el tiempo.

Resumiendo: la transformación de energía en materia hasta alcanzar masa infinita, una vez liberada esta transformación de energía en masa de acontecimientos externos limitativos de este proceso, tales como vemos en la tecnología de ciclotrones, y en el acontecimiento natural de producción del quantum, si liberados de estas tijeras externas se propone como el inicio del viaje de la energía cósmica a la materia astrofísica que, deduciendo de la realidad, está limitado por la naturaleza de la materia misma, dando lugar a lo que llamamos Implosión Astrofísica. Dios reproduce este proceso mediante la ley del cuadrado, tal que para recorridos iguales la velocidad se multiplica en el punto de salida al cuadrado de la velocidad de entrada. El Factor Infinito cuando el Factor Eterno n así sujeto a las Matemáticas Creadoras. De aquí que un rayo cuantificado de energía cósmica, es decir, producido por las Galaxias, dirigido hacia un campo de energía espacio-tiempo reproduzca el proceso cosmológico en una medida de tiempo racional. La Implosión de la materia producida durante este Viaje dio, a los ojos de todos los hijos de Dios, origen al Sistema Solar.

Pero si algo se salta las normas es el Pensamiento de Dios. La Creación del Sistema Solar en la región exterior del cosmos, una vez finalizada, por continuación lógica, habría de ser seguida por el Traslado de esta Masa al interior de los Cielos de todos los días. Como así fue. Mas… Dios hizo algo que si no pasó desapercibido tampoco dio lugar a un pensamiento ulterior. Dios separó de la Masa de nuestro Sistema un Planeta, y lo dejó abandonado allí, en medio de las Tinieblas, como si se tratase de un desecho residual, natural a la creación puntual de un Sistema Astrofísico. Hecho, Dios dirigió sus pasos, llevando consigo al Sistema, a través del Bosque de las Galaxias. Que Dios encontrase el Camino de regreso a su Mundo por un Bosque en el que el factor Tiempo era parte integrante de su estructura, no era la cuestión; la cuestión era cómo encontraría ese Camino alguien que no fuera Dios. NO olvidemos que el factor tiempo hace que el punto hacia el que uno se dirija esté en movimiento y cambie de lugar en el espacio a medida que uno se acerca a él; este movimiento es general; perderse por la eternidad en este Bosque es lo lógico. Excepto para Dios. La experiencia no pudo ser más rica. En las Alas de Dios el Viaje fue de una riqueza sin medida. Y allí al fondo, el Mundo del Creador, su Casa, en el Centro de la Región Local, y Centro Cosmológico Universal desde donde el Infinito y la Eternidad comenzaron a vestirse de Galaxias tras la Destrucción del Viejo Cosmos: “Andrómeda, un Mundo tan grande como una Galaxia, un Mundo en expansión constante”. Alrededor de Andrómeda Galaxia “los Cielos de los cielos” donde el Árbol de la Vida echa sus raíces, cuna de los Pueblos que habitan el Paraíso de Dios. Dejándolo de lado, Dios se internó en un Cúmulo Globular supergigante, y abriéndose camino por un mar de astros sin ley general depositó el Sistema Solar donde lo tenemos hoy, donde ha estado desde entonces, donde permanecerá eternamente.

 Una vez más los hijos de Dios se encontraron en el fondo de un mar cubierto por estrellas al alimón, perdidos en profundidades abisales. Dios depositó el Sistema Solar en su lugar y abrió el camino hacia la superficie. Lo que vino entonces fue aún más sorprendente que todo lo vivido hasta entonces. Dios regresaba al Bosque de las Galaxias; los conducía a todos sus hijos a las Fronteras del Cosmos. Cruzaron las Costas del Campo de las Galaxias; se internaron en las Tinieblas que cubrían el Abismo. Y allí estaba, aquel Planeta que Dios abandonara en las Tinieblas. Era la Tierra.  “Estaba confusa y vacía”. Estaba al borde de su destrucción. Su Corazón estaba al borde del colapso. Su campo de energía se agotaba, su Núcleo estaba ya al límite. La aglomeración de materia sobre su superficie había aumentado su masa original. La pérdida de masa gravitatoria, sin embargo, amenazaba con la muerte de su núcleo y la consiguiente transformación del cuerpo geofísico en otra roca sólida a la deriva expuesta a su destrucción por choque contra otras masas sólidas a la deriva por las Tinieblas. El regreso de Dios era el Regreso del Señor del Tiempo. Ni un minuto antes ni un minuto después. Sincronización perfecta de sus movimientos. Durante Su actividad creacional cada paso está cronometrado hasta el infinito. En la materia está, no obstante, sufrir ese futuro que le rodea, sobre el que no tiene poder. Confusión de la Tierra que hemos heredados sus hijos, cual se ve de los acontecimientos, y en la Ignorancia de nuestra cuna la Confusión de nos transforma en locura; únicamente en la Confianza de la Omnisciencia Creadora la Confusión se abre a la Sabiduría, haciendo de nosotros hijos verdaderos de Dios.  En suma, ¿qué iba a pasar Ahora?

Fue en eso que Dios en el Hijo se adelantó, y abriendo su Boca dijo: “Haya Luz”. Y la Luz se hizo.

En el ensayo filosófico la Creación del Universo según el Génesis relaté lo debido a los acontecimientos vividos. El hecho de haber sido creada la Luz en una región sujeta a temperatura cero absoluto aceleró los procesos de Sublimación de la Atmósfera Primigenia y le imprimió a la Masa de Hielos la naturaleza que la ha permitido mantenerse viva hasta nuestros días.

Dios Padre le estaba descubriendo a Tú-Dios en su Primogénito. Desde este Día es Él quien dirige los Movimientos, quien abre la Marcha desde las Tinieblas hasta nuestros Cielos, quien desplaza la Tierra en su Órbita, quien dice: “Haya Firmamento…”  … “Aparezca lo seco”… Y quien, rompiendo toda expectativa, dirigiendo su Voz a los Cielos dice: “Brille en el Firmamento de los cielos estrellas que separen la Luz de las Tinieblas”. Es en este Cuarto Día que todos los hijos de Dios descubren a Dios Hijo Unigénito en el Primogénito de la Casa de Dios. Los Cielos informes del Principio se expanden, se visten de las Constelaciones tal cual las conocemos de toda la vida. Es la Fuerza del Hijo de Dios, es la Fuerza de Dios; su Poder no tiene límites, su Inteligencia no conoce medida. El Hijo es Dios Verdadero de Dios Verdadero. El Hijo lo tiene todo en el Padre. La Sabiduría, Esposa del Señor del Infinito y la Eternidad, es su Madre. La Creación entera obedece la Voz de Dios. Su Palabra es Dios. La Respuesta a la Duda sobre la Veracidad Divina del Hijo quedaba escrita. Puesto que jamás habían visto al Creador en el Primogénito de Dios podía aceptar el Padre la Duda como justificada en la Necesidad de la Vivencia. Con este Acto de Omnipotencia y Todopoder la Respuesta quedó vivida. Toda palabra y pensamiento en esa dirección cerrada que en el Futuro conociera cuna quedaría expuesta a Alta Traición contra la Veracidad Divina del Padre, pues quien niega al Hijo niega al Padre, quien niega que el Espíritu de Dios está en el Hijo porque el Hijo es Dios, niega al Padre; quien niega que el Espíritu de Dios procede del Padre y del Hijo, niega al Hijo y al Padre. Dios no hace nada sin su Hijo, y todo lo que hace lo hace por y para su Hijo; quien niega que el Espíritu Santo procede del Hijo niega que el Espíritu de Dios está en el Hijo, niega que el Hijo es Dios, ergo: niega que el Padre es Dios.

El Hijo es Creador de Creador, Tú-Dios, la gloria del Padre, en quien tiene Dios su Vida y su Felicidad. Y cualquiera que pone en Duda la Veracidad del Hijo se levanta en Rebelión contra el Padre; la sentencia es de Alta Traición; el Delito conlleva el Destierro de la Creación de Dios. Este Destierro es la Puerta del Infierno.

Este Proceso Revolucionario de Salvación de su Casa se consumó cuando se escribió la Ley: “NO comas, porque el día que comieres, morirás”.

 

III

LA CIENCIA DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL

 

La Respuesta del Padre del Rey a la cuestión de la integración de la Ciencia del Bien y del Mal en su Creación, estamos viendo, fue un NO absoluto, rotundo, irreversible. Y a fin de inmunizar a su Creación y Casa contra la Posibilidad maligna de darle su Bendición a la Guerra e n tanto en cuanto Privilegio de sus hijos, Dios Padre abrió su Creación a todos sus hijos, de un lado en cuanto testigos y del otro en cuanto partícipes activos.  NO hubo jamás en el Corazón del Señor del Infinito y de la Eternidad espacio para una vivencia de tal naturaleza que para comprender SU NO sus hijos vivieran el Porqué de su Rechazo al Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, cuyo fruto es la Guerra.

Como ya hemos leído en la Historia Divina la Formación del Espíritu del Creador vivió esa fase de Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal, en cuyos fuegos se forjó su Declaración para la Eternidad : La Guerra es una Abominación, el Árbol del que es su Fruto debe ser extirpado de Su Creación de raíz. NO hay discusión. NO se deja espacio para las razones. La Guerra es una Abominación, su Fin es la Destrucción de todo los vivientes. Y con esta actitud y en este Espíritu emprendió Dios Padre la Creación de los Cielos y de la Tierra. Su Palabra es suficiente. Él lo dice; y lo dice porque no quiere la Destrucción de su Obra. Cualquier discusión o espacio a poner en tela de juicio el Derecho de Dios a decidir por todos lo que le conviene o no le conviene a su Creación es una Ofensa contra Dios en tanto que Creador y en cuanto Padre. Evidentemente que la Muerte encontró por dónde meterse en SU Paraíso y sembrando su Semilla Maligna esparció el Infierno de la Guerra por todos sus costados, esta realidad no era un Hecho Histórico que pudiera ser borrada de la Memoria de la Creación. NO menos evidente es que Dios Padre, en el Amor por sus hijos, quiso mantener y mantuvo a su Unigénito y Primogénito lejos del Conocimiento de la Existencia de dicho Árbol Maldito. La irrupción de la Guerra en su Imperio Le expuso la Necesidad de abrirle a su Hijo el conocimiento de la existencia de la Ciencia del Bien y del Mal. Pero un Conocimiento de Dios a Dios, de Padre a Hijo, Conocimiento del todo punto alejado de la Experiencia que durante los días de su Formación vivió YAVÉ Dios.  Aquéllos, por consiguiente, que bajo la bandera de la Reforma de la Jerarquía Católica expandieron lo contrario, a saber, que desde el principio de la Creación Dios predestinó a unos al Cielo y a otros al Infierno, niegan esta Relación Divina entre el Padre y el Hijo, en virtud de la cual el Padre no tenía Necesidad de abrirle a la Muerte la Puerta de la Tierra para que usando al Género Humano como carne de lección aprendiera el Hijo el Porqué del NO de su Padre a la Guerra. Al Hijo le basta mirar al Padre para ver su Corazón, su Mente y su Pensamiento. Al Padre le basta abrirle al Hijo su Ser para que viendo su Memoria el Espíritu de Dios que está en el Hijo sienta y viva como propia la Experiencia y el Pensamiento de su Padre. La Predestinación Calvinista, en consecuencia, acusa a Dios Padre de ser el Autor Intelectual de la Caída del Hombre y de la Traición de Satanás y sus aliados en la Conjura Final por obligar a Dios a bendecir la Evolución de la Corte de los hijos de Dios en un Olimpo de dioses, todos más allá del bien y del mal, que por herencia disfrutan del “Privilegio de jugar a la Guerra”.

La doctrina Calvinista, hugonótica como puritanglicana, es, pues, una Acusación contra Dios, y una Defensa del Traidor a la Ley del Rey, Jesucristo, en virtud de la cual los Acusadores hacen de Dios Padre el Origen de todo Mal, al que acusan de ser un Dios Maligno que se Oculta tras su Todopoder para bendecir el Infierno de la Guerra; amén de acusar al Hijo de ser la Causa por la que para llevarlo a su NO emprendió Dios esta Gran Farsa en la que el Calvinismo y el Puritanglicanismo, emparentándose con el Islam, hacen de Dios un déspota todopoderoso ante quien no cabe más que la sumisión absoluta en base al Terror que inspira su Omnipotencia y Crueldad infinitas.

Ahora bien, Dios hizo al Hombre a su Imagen y Semejanza, y, por consiguiente, haciéndole Alma Viviente heredó de Dios, su Padre, el mismo Espíritu de Dios estando en el Hijo hace de la Experiencia una Maldición en cuanto se alza contra la Palabra del Creador. NO es Necesario vivir la Guerra para saber que su Fin es la Destrucción de todo Pueblo que hace de la Guerra su modus vivendi. Basta que lo diga Dios para creer que todo caído bajo la Ley de la Ciencia del Bien y del Mal. Lo contrario, que Dios tuviera Necesidad de mostrarle a su Hijo en la carne del Hombre la Causa de su Rechazo Eterno e Infinito a la Ciencia del Bien y del Mal, cuyo Fruto es la Guerra, esto es Negar al Hijo en su Divinidad, y al Padre en su Sabiduría. ¡Qué otro Argumento en su propia Defensa podría hacer Oración Suya el Enemigo de Dios y de su Reino! Calvino le prestó la Mano al Traidor a Dios y Enemigo de su Reino para que expusiera ante la Creación entera su Defensa. ¿Pues siendo Dios Todopoderoso quien podrá resistir su Poder? Las Instituciones Eclesiásticas de Calvino son una Traición en toda regla a Jesucristo, o lo que es lo mismo: contra el Padre y el Hijo, en quienes niegan que viva el mismo Espíritu, en virtud del cual el Padre y el Hijo siendo dos Personas, son un solo Dios Verdadero.

El Hecho es que Dios, en su Esperanza de darle Fin a la situación de Guerra en que su Reino había estado viviendo en los últimos tiempos, unos porque ya habían vivido su Infierno, y al Hombre porque formado a la Imagen y Semejanza del Hijo de Dios le bastaba la Palabra de Dios para Amar Su Ley, escribiendo su Ley: “El que haga la Guerra, morirá”, Dios quiso cerrar, sin Necesidad de la Muerte de Adán, la Historia de la Caída del Cielo en los fuegos del Infierno.

Ahora bien, el Calvinismo Protestanglicanista defendió la Necesidad de la Muerte de Adán en virtud de la Razón de un Dios de Terror ante el que no cabe la discusión, y únicamente el Terror a su Todopoder, sin lugar para el Amor, en esto dándose la Mano Calvino, Mahoma y Cromwell. De donde se ve que Calvino fue un Ignorante y ciego, de la escuela de Lutero, ambos incapaces de verle al Dios Oculto al que adoraban su verdadero rostro, pues si lo hubiesen visto jamás se hubiesen atrevido a actuar de Abogados de Satanás contra la Sentencia de Dios: “Destierro eterno de Su Creación”. Incapaces ambos Abogados del Diablo de comprender lo que estaba en juego en el Paraíso del Edén firmaron unas declaraciones anticristianas por las que tanto la Obra de Jesucristo como la de su Padre eran selladas como Obras de un Dios infinitamente más maligno que el Propio Satanás. La Ignorancia, este fue el lote del Género Humano a causa de la Caída de Adán; el Orgullo, la antorcha que le prendió fuego a la Europa Cristiana. ¡Quien es incapaz de ver el Rostro de Dios cómo puede ver su Corazón y tener su Pensamiento! El Dos Oculto que prendió la Mecha de la Reforma y condujo a la Europa Cristiana a la Guerra de los 30 años, en primera instancia, y a las guerras Mundiales, en última, no fue otro que el mismo Traidor que acercándose al primer Hombre, manipulando a su mujer, vistiéndose de luz, la engasó para arrojar a todo el Género Humano al infierno de las Guerras Mundiales, cuyo colofón, acorde a la Sentencia: “Morirás”, habría de desembocar en una Guerra Apocalíptica Final en la que nuestra Destrucción Absoluta habría de ser el Destino al que Dios predestinó a nuestro Mundo, según el Abogado del Diablo, desde el principio de nuestra Creación.

 

IV

LA MUERTE

 

La estrategia de la Muerte y su Príncipe centró su astucia en darle a probar al Hijo de Dios la fruta del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, es decir, la Guerra. La Astucia del Maligno alcanzaría su clímax al seducir al Único que podría lograr que Dios abriese en el cuerpo de la Ley una excepción, englobando en su Olimpo a los dioses, o sea, a toda la Casa de Dios.

¿Qué pasaría si el Hijo de Dios encontraba satisfacción en la Guerra? ¿Cómo podía saber Dios si a su Hijo Unigénito le gustaba o no la Ciencia del Bien y del Mal si aún no había probado su fruto?

¿Ante una supuesta elección terminal del Hijo de Dios a favor de la escuela del Diablo... no perdería el Espíritu Santo la Batalla?

Este era el esquema para locos por el Infierno que alzó el Maligno como sabiduría propia mediante la cual crear una brecha entre el Padre y el Hijo.

Cuando Dios se vio ante los hechos consumados, le vio por primera vez la cara a su Verdadero Enemigo, la Muerte.

Estaba claro que Allí había estado actuando una Fuerza no Creada, y pues que la única parte de la Increación que no vino a formar parte de la Creación fue la Muerte, no podía Dios seguir excusando el comportamiento de sus hijos en esto y aquello otro; ni culpándose a sí mismo por haber minusvalorado el valor de su propia Victoria contra la Muerte, a saber, la creación de vida a su imagen y semejanza.

La Muerte, esa realidad que en su día Él definiera por la ausencia de vida, se le descubría en toda su Realidad Increada en la Locura de la escuela de la Serpiente, cuya cabeza Satán, criatura de sus propias manos, pretendía destruir al Espíritu Santo utilizando al Hijo contra el Padre.

La Batalla pasó a ser Cósmica. Era la Creación entera la que se veía amenazada por aquella Fuerza Increada contra la que se alzara Dios con su Modelo de Cosmos, un Nuevo Universo en el que la Vida tiene su Origen en Dios, hereda su Inmortalidad y se hace un Árbol cuyas ramas cubren con su fruto la Eternidad y el Infinito.

Era este Nuevo Universo el que la Muerte tenía que echar abajo.

Y sólo Dios en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla de su Creación. ¡Era la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le declarara Dios a la Muerte cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si hasta entonces Dios no había visto cara a cara al verdadero enemigo de su Creación, una vez que la locura desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios los ojos y le vio el Rostro a su Enemigo.

Toda cuestión quedó desde ese momento en suspense.

Pero es evidente que Aquel que una vez abriera en el Infinito la Fuente de la que mana toda la energía creadora del Cosmos, Este mismo Dios podía destruir todo lo creado, abrir un agujero negro en el Infinito y arrojar a su Enemigo dentro, sellando esa fosa por la Eternidad.

Pero ¡cómo explicarle a su Hijo la destrucción masiva de todo un Cosmos sin fundar su Poder en el capricho de un Dios que puede permitirse hacer y deshacer a su antojo!

La Muerte había atacado por donde creyó que su flecha pondría de rodillas al Creador.

 

V

LA SALVACIÓN DEL REINO DE DIOS

La Creación entera permaneció en suspense desde Adán hasta Cristo. Pues era evidente tanto que la Inmortalidad para todo Viviente y la Ciencia del Bien y del Mal son incompatibles, cuanto que Dios por amor a su Hijo Unigénito, si llevado al extremo de elegir entre su Hijo y el Universo, destruiría todo la Obra de sus manos, reduciría el Cosmos a polvo, y, como ya lo hiciera antes, volvería a empezarlo todo de nuevo, cuidando ésa próxima vez de no dejar ninguna puerta abierta a la Semilla del Diablo.

El Futuro de la Creación entera, tal cual existe, estuvo, pues, en las manos del Hijo de Dios. Y únicamente había una forma de cerrar la Duda: que el Hijo de Dios hablara por sí mismo.

Para Dios la cuestión estaba fuera de toda Duda, pero pues que la Duda había encontrado su camino y exigía oír del propio Hijo de Dios su Palabra Final al respecto: NO a la excepción a la Ley para los hijos de Dios, así sería.

Todo el Antiguo Testamento no es más que la Preparación del Escenario desde el que el Hijo de Dios daría a conocer su respuesta “a la creación entera” sobre su Posición respecto a la Ciencia del Bien y del Mal: ¿Excepción en la Ley para los hijos de Dios, o Reino de la Justicia sobre todo ser sin acepción de persona?

Los hijos de Dios que se hicieron cuerpo de la Serpiente Antigua, haciendo de Satán su cabeza suprema, dieron a conocer su decisión sobre la sangre de Adán, demostrando que por nada del mundo estaban dispuestos a vivir bajo el Imperio de una Ley que no diferenciase entre Gobernante y Gobernado, entre Rey y Pueblo. Firmada la Declaración de Guerra contra el Espíritu Santo sobre la sangre de Adán, la creación entera, escandalizada por el Fin que se dibujaba en su horizonte, permaneció con el pecho en vilo, el corazón encogido a la espera de la Decisión del Único que podía obtener de Dios semejante transformación de su Imperio en un Olimpo de dioses, todos más allá del Bien y del Mal.

 

VI

EL SALVADOR

 

Se llamaba Jesús. Tal era el Nombre del Hijo de Dios de cuyos labios dependía el Futuro de la Creación entera. Por amor a su Hijo no hubiera dudado Dios en borrar las galaxias del mapa del cosmos, borrar el mismo cosmos y empezar una Creación Nueva. Suya era la Decisión.

Se hizo hombre a fin de que la creación entera escuchase con palabras connaturales a su cuerpo la Respuesta del Hijo de Dios a la cuestión en pugna: “SÍ” al Espíritu Santo de una Ley que no admite excepción y se expone como Roca sobre la que el Edificio de la Justicia se mantiene indestructible contra el paso del Tiempo.

Suya era la Última Palabra. Si su respuesta era un No a la Igualdad de todas las personas ante la Ley, Jesús sólo tenía que escribir su No encarnando la visión del Mesías que el Judaísmo se había formado partiendo en su ignorancia del Espíritu inspirador de las Escrituras. Una vez una decisión final acorde al Judaísmo tomada nada ni nadie podría cortarle el paso al hijo de David hacia el Imperio Universal de Jerusalén; Roma sucedió a Atenas, Atenas a Susa, Susa a Babilonia, Babilonia a Nínive, Nínive a ... el viaje del “testigo del imperio” acabaría en Jerusalén ... si la decisión final del Hijo de David era un No a la Ley del Espíritu Santo.

Si la Respuesta de Jesús era un Sí a la Ley del Espíritu Santo, el Hijo de Dios sólo tenía que doblar las rodillas y subir a la Cruz, firmando así su Declaración Final con la sangre de Cristo.

Dos puertas. La una daba a la gloria efímera del imperio; la otra... a la Gloria sempiterna del Reino de Dios. La Decisión era Suya. El Futuro de la Creación entera estaba en sus manos. Si el Hijo quería ver con sus propios ojos en qué experiencia tuvo origen la Ley del Padre contra la Ciencia del Bien y del Mal, esta experiencia llevaría a la creación entera a su destrucción total. Tendríamos alegría para Hoy y Tristeza de muerte para Mañana... aunque este Mañana alborease a una eternidad al otro lado de la Noche de los tiempos.  

 

VII

LA DOCTRINA DEL REINO DE LOS CIELOS

 

Se llamaba Jesús, y era el Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Ese fue el momento en que el corazón de la creación entera se soltó y el pecho que estaba encogido se ensanchó, y en el gozo de tantos hijos las lágrimas se le saltaron a Dios. Y un grito se oyó en el Infinito: ¡Victoria!

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, una sola Realidad Eterna.

En consecuencia, Dios, exaltado ante su Casa entera por la Obediencia de su Hijo Amado, abolió el Imperio de los hijos de Dios y elevó la Corona de su Unigénito al Reino Universal. No hay reyes, todos Ciudadanos, todos sujetos a la Corona Universal y sempiterna del Hijo de Dios. Un solo Rey, un solo Señor y Salvador. 

Pero Dios hizo más. Glorificó a su Hijo sentándole en su Trono de Rey Universal, y volvió a glorificarle sentándole en el el Trono del Juicio Universal, ante cuyo Tribunal responde toda criatura. Y poniendo en sus manos el Juicio Final, invistió Dios a su Hijo de la Gloria que Dios se había reservado para sí mismo: la Gloria de quien tiene el Poder de Firmar Absolución Universal o Sentencia Condenatoria ad eternum, siendo su Sentencia Inapelable y Final.

Recogiendo, pues, la Justicia por la que la ignorancia de nuestros padres nos hizo dignos de Redención, quiso Dios darnos por Juez al mismo que al Principio dijera: “Haya Luz”, de manera que encontrásemos en el Juez a nuestro mismo Salvador, Aquel que sufrió en su ser -aunque sobre Él no tuvo poder- el Poder de la Muerte, y nos juzgue de acuerdo a nuestra naturaleza y no en relación a la Suya.

Desde la más tierna Adolescencia entregados al Imperio de la Muerte, monstruo todopoderoso que le preparó mesa de banquete a sus príncipes, sirviendo nuestra carne por manjar de reyes y nuestra sangre por ambrosía para dioses, las naciones humanas tuvimos el odio y la venganza por tutores y maestros, la crueldad y el terror fueron nuestra escuela y academia, hicimos el camino por los milenios como las bestias que reptan a cuatro patas por desiertos inhóspitos en los que la ley es devorar o ser devorados. ¡La Ciencia del bien y del mal fue nuestra suerte! ¿Quién se apiadará de crímenes cometidos en las tinieblas de una batalla en la que la tregua y el cuartel fueron para los muertos?

¿Cómo iba el Dios del Amor a entregarnos desnudos, forjada nuestra alma original entre nubes de algodones ingrávidos como sueños felices, a un Tribunal ajeno a la Misericordia?

¿Iba el Dios de todos los amores a permitir que un Juez que no conoció nunca la fragilidad de esta carne nuestra encadenada al muro de los infiernos crueles del hambre y sed de justicia levantara su puño contra nosotros?

¿Cómo juzgar al barro por no resistir el ímpetu de la corriente que baja de las montañas arrastrando piedras y troncos?

¿Por qué ley puede ser juzgado el bocado que el cachorro abandonado en la selva da contra la pierna del que duerme en su tienda?

¿Qué Derecho ha de ser abandonado para juzgarnos por nuestros actos sin tener en cuenta la fuerza todopoderosa que desde núcleos incógnitos lanzó sus rayos contra mentes sorprendidas en plena adolescencia?

¿Aquel que soñó nuestra Liberación en el espacio no había de llevarse consigo nuestra liberación en el tiempo?

Dios, amantísimo de su creación entera, quiso abrirle horizontes al Poder de su Hijo y mostrarle cómo con una sola Palabra puede hacer que un Mundo entero nazca de nuevo y su Alma no se acuerde del dolor y de la pena sino que como quien tiene un mal sueño, se levante y se olvide para siempre de la pesadilla en que fuera atrapado por una Traición abominable.

He aquí la Gloria de nuestro Juez, no está en nuestra Condena, sino en nuestra Absolución.

Y como en el espíritu de la profecía está la Absolución para el que se convierte, fue en este Espíritu que nos vino la Doctrina del reino de los cielos, a fin de que por nuestra Conversión alcanzásemos Gracia para todas las naciones de nuestro Género, de manera que, si por un hombre todos fuimos hechos pecadores, y por otro solo muchos fueron hechos justos, por los que creemos sean justificados los que no conocieron ni vieron al Hijo de Dios. Pues justificada por la sabiduría de nuestras obras el argumento de haber procedido el pecado de las naciones de su ignorancia sobre la ciencia del bien y del mal, puerta por la que entró el Diablo en nuestro mundo, por nuestras obras, alzadas como argumento de defensa de las obras cometidas en la ignorancia, vea el Juez Universal que una vez instalados en su Sabiduría el Pecado no puede ya tener Poder sobre el Hombre, desde Hoy y por la Eternidad.

 

 

CAPÍTULO TERCERO.

CONCILIO VATICANO SIGLO XXI.

CONCILIO UNIVERSAL DE ADORACIÓN DEL HIJO DE DIOS

 

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO.

LIBRO SEGUNDO.

EL EVANGELIKOM.DOCTRINA DEL REINO DE LOS CIELOS.