LA ESPERANZA DE SALVACIÓN
UNIVERSAL
DE LA PLENITUD DE LAS NACIONES
DEL GÉNERO HUMANO.
I
Acción de gracias
Bendito sea Dios, porque el amor no le detuvo y puso la Justicia sobre
el amor, fundando de esta manera, a los ojos de toda su Creación, su Reino en
una Justicia Universal cuyos principios no hace acepción de persona y cuya Ley
no conoce la excepción.
La Inmunidad para sus actos que una parte de los hijos de Dios venía,
de un tiempo atrás hasta la creación del Hombre, pidiéndole al Dios de la
Eternidad y del Infinito, reclamación que devino pública cuando con una sola
voz usaron a Eva como beso de Judas y a Adán como lanza contra el pecho de
Dios, a voces limpias reclamándole al Señor del Cosmos y los espacios infinitos
que la Casa de Yavé y Sión, -dioses e hijos de Dios,
príncipes del Imperio del Cielo-, formasen la excepción a la Ley, la acepción
obligatoria ante la cual la Justicia Divina se plegara y concediera libertad
eterna y todopoderosa para obrar a voluntad sin responder ante ninguna Justicia
por sus pensamientos, palabras y obras; esa Inmunidad infernal, demoníaca y
maligna que pretendía hacer de las Naciones del Universo ejércitos de
soldaditos de plomo para diversión de dioses, y porque Dios ama sobre todas las
cosas la Justicia, Dios, sobre el cadáver de su hijo pequeño, nuestro Adán, la
negó de una vez y para siempre por la eternidad de las eternidades, jurando por
su Cabeza Omnisciente y Gloriosa que todos los enemigos de la Justicia serían
desterrados de su Reino y Creación para siempre.
Grande y profundo fue el dolor de aquel Padre a quien, mientras
disfrutaba del Descanso, le mataron a su hijo pequeño sin darle ocasión de
defenderle. Y terrible el grito de dolor que contra la casa rebelde se dejó oir a lo largo y ancho de los Cielos. Pero aún estando traspasado su pecho por la lanza de la Traición
el Todopoderoso y Omnisciente Creador del Cosmos tenía sus manos y sus pies
clavados a la Cruz de su Justicia; porque si se bajaba sería el Espíritu Santo
de la Justicia quien bajaría al Infierno, y no cabiéndole en su Cabeza
semejante Futuro para su Reino, Dios Padre abandonó a la Muerte a su hijo pequeño,
y con él a todos nosotros, la Plenitud de las naciones del Género Humano, las
que eran y las que habíamos de nacer. Terrible sería la acusación de quienes
levantarían contra Su Justicia la crueldad de haber condenado a un mundo entero
por el pecado de un sólo hombre. Pero infinita su Bondad porque puso la
Justicia sobre el Amor a fin de que la Verdad reinase por siempre jamás.
Bendito sea Dios Todopoderoso, pues, porque pudiendo resucitar a su hijo Adán,
al precio de quedar expuesta la creación entera a la corrupción que nace de la
Inmunidad Absoluta a favor de quienes la gobiernan, arrojó lejos de sí una
felicidad pasajera y eligió un dolor presente, cuna de la gloria futura,
arrojando lejos de sí aquélla al infierno que tras el perdón escondía su fuego.
II
La Ley: Universal y Eterna
El Caso era simple. Por una parte estaba Dios, Creador de toda vida, la
que ha florecido en la Tierra como la que antes floreciera en otras partes de
su Creación, y florecerá por su Voluntad durante la Eternidad por todo el
Universo.
Mirando a la existencia pacífica de todos los Pueblos de su Reino
estableció Dios una Ley Eterna, que impera sobre las leyes particulares y es el
núcleo desde el que surgen esas leyes particulares cual las ramas de un mismo
tronco. Esta Ley no tiene excepción, no concede Inmunidad a ninguna criatura.
Ya Hermano, Hijo, o Siervo de Dios, todo viviente, desde el que se
sienta a la Derecha del Trono de Dios hasta el ser más humilde del Paraíso,
todos estamos sujetos a esta Ley por la que cada cual es responsable de sus
actos ante una Justicia Universal que no hace acepción de Hermano, Hijo o
Siervo, y ante su Tribunal todas las criaturas se presentan desnudas para ser
juzgadas según sus pensamientos, palabras y obras. No ha lugar a invocación a
la Paternidad Divina. Y la raiz de esta Justicia es
la Verdad; su fruto, la Paz.
Del otro lado tenemos una parte de los hijos de Dios, que no podían
aceptar esta desnudez ad eternum y reclamaban la inmunidad de dioses nacidos de
un Dios Todopoderoso y Eterno a quien nadie puede juzgar. Y como hijos de ese
Dios reclamaban el Todopoder que le era natural al Dios de dioses, por este
poder dando luz a la excepción, que no concede la Ley.
La cuestión era cómo arrancarle a Dios esta Inmunidad. Pues Dios no
sólo no estaba dispuesto a dar luz verde a la transformación de su Casa en un
Olimpo de dioses fuera de la Ley sino que, para zanjar la cuestión,
públicamente y delante de toda su Casa, personificada en su hijo menor Adán,
daba a conocer su última Palabra: "El que coma de ese fruto, morirá, sin
excepción". Y no quería volver a oír hablar del asunto, ¡jamás!
La Ley es Universal y permanecerá así por la Eternidad.
III
La Astucia de la Serpiente
El pensamiento de quienes no podían concebir la vida eterna en el seno
de una Paz Universal fundada en una Justicia Divina ante cuyo Tribunal todas
las criaturas, independientemente de la posición y origen, somos iguales ante
la Ley; el pensamiento de los tales, digo, y aún habiendo dado Dios su Última Palabra, y precisamente porque la había dado, no
sólo no se sujetó a la Necesidad, por no hablar de la Bondad Infinita que el
Verbo derramaba sobre el Futuro de la Creación, sino que se dejó arrastrar a la
Rebelión abierta en base a la Decisión Final manifestada: "El día que de
él comieres, ciertamente morirás".
En su astucia maligna el cabecilla y príncipe de los Rebeldes puso
sobre la mesa de los Conjurados, bajo el Signo de la Serpiente, la respuesta a
su problema. Es evidente que la Ley es todopoderosa mientras tiene en el Ser de
Dios su Fuerza, ¿pero y si Dios quedase esclavizado a su propia Palabra y por
amor a su Libertad El mismo debiera romperla? En este caso hipotético, ¿no
quedaría en entredicho que el Verbo sea Dios? Me explico:
La Ley es Todopoderosa y no hace acepción. Adán come, Adán muere. Por
el pecado de un sólo hombre, Cabeza de su Mundo, pues "creó Dios al hombre
a su imagen y semejanza", todo el Mundo muere. Ahora bien, la Ley ata a
Dios al Verbo, a su Palabra, esclavizándole a consumar su Proyecto de Formación
del Género Humano. De manera que siendo el Verbo: Dios, la Ley ata a Dios al
Mundo hasta que su Voluntad se cumpla. Pero si esta Voluntad no se realiza
jamás y por tanto el Género Humano no alcanza nunca la condición de los hijos
de Dios, Dios se vería obligado a renunciar a su Voluntad, con lo cual la
Divinidad de la Ley, a fin de quedar Libre de su Palabra, tendría que ser por
El mismo abolida. Obligado por su Palabra, Dios tendría que intentarlo una vez
y otra hasta que su Voluntad se cumpliese... pero ¿y si no pudiera cumplirse...
por no haber... materia?
Luego todo lo que había que hacer era usar a Adán como lanza contra el
Verbo, hincarle la lanza en el pecho a Dios, y a partir de ahí entregarse a la
Destrucción del Género Humano, de manera que no existiendo materia Dios se
viera obligado a reconocer que había sido vencido y en consecuencia tenía que
otorgar la Excepcionalidad a la Ley. Es decir, el Monte de Dios, Sión, tendría que evolucionar y transformarse en el Olimpo.
La Creación entera tendría que ajustarse a esta nueva Ley... y todos los
Pueblos del Universo... estarían a merced... de los Nuevos Dioses.
IV
LA BATALLA FINAL
Dios, como Padre de Adán, se sintió herido hasta lo más profundo de su
corazón. Como padre que al regresar de un viaje se encuentra con el cadáver de
su hijo aún fresco en el jardín de su casa, Dios, como Señor, entró en cólera
infinita a la manera que ese padre descubre que el asesino de su hijo había
sido aquél mismo a quien le confiara su custodia mientras estaba de viaje.
Dios, como Juez incorruptible, dictó sentencia contra todas las partes
con la severidad que le reclamaba la Justicia, imponiendo castigo sin mirar el
origen y condición social de los delincuentes.
Dios, en tanto que Creador, se quedó maravillado ante la locura
infinita que era a sus ojos la declaración de guerra que le lanzaba a pleno
rostro una criatura que El mismo había sacado del polvo y cuya existencia la
podía borrar El de la faz del Tiempo y del Espacio con un simple soplo.
Dios, en cuanto Dios, no podía dejar de ver tras el movimiento en el Tablero
de la Eternidad de estos peones el rostro de su Verdadero Enemigo: la Muerte.
Durante muchas eternidades, desde el mismo Día que Él se lanzara a la
conquista de la Inmortalidad, primero, y vida eterna, finalmente, para todos
los Vivientes, -como habréis podido leer en la Tercera Parte de la Historia
Divina-, la Muerte había estado siguiéndole a Dios los pasos por todo el
Infinito a fin de obligarle a aceptar la Coexistencia sempiterna, como había
sido desde el principio sin principio de la Increación, de la Vida y la Muerte
en el seno de la Creación.
Dios se había limitado a ignorar la existencia de la Muerte en tanto en
cuanto Ente Increado y la había considerado un fenómeno de carencia inherente a
la Vida, que una vez conquistada la Inmortalidad Indestructible que supone la
vida eterna, dio por finalizado y desterrado de su Mundo. La Alegría de la
Transfiguración de Dios en el Padre y el Hijo, la Alegría de la Creación del
Universo y sus primeros Mundos, la Alegría del crecimiento de su Paraíso en un
Imperio Maravilloso lleno de vitalidad, eran alegrías que se habían visto
empañadas por las Guerras del Cielo; mas como Dios ya había conocido la Ciencia
del Bien y del Mal, Él se dispuso a extirpar de su Creación este Árbol maldito
mediante la Ley, a fin de que la Guerra, su Fruto, no extendiera su fuego sobre
el Universo y el Infierno se llevara su Obra a las tinieblas del olvido.
De pronto, con el Espíritu en vilo y aunque sabía Dios que “aquel toro
ya había acorneado antes”, por lo que le pone a todos sus hijos, sin excepción,
la Ley como yugo a fin de sujetarlos a todos a Obediencia, “aquel toro” se
suelta y se lanza contra un Adán sin conocimiento ninguno, y de aquí la Ignorancia
como Fundamento de la Redención, un Adán sin ningún conocimiento -decía- del
instinto asesino de la Bestia, al que la Bestia acornea hasta matarlo.
Dios, se dice a sí mismo, “Imposible”; alza la mirada y ve a su
verdadero enemigo, la Muerte. Y en su Dolor planta cara, acepta la declaración
de guerra y se lanza a la Batalla Final.
V
Fundamentos de la Batalla Final
Hubo Redención porque hubo Ignorancia; de manera que si por la
Ignorancia vino la maldición: por esa misma Ignorancia, porque la hubo, y de no
haberla habido la redención no hubiera sido posible por Ley, tuvo lugar la
Redención recogida en la ley del Sacrificio Expiatorio por los pecados.
Ahora bien, la Ley de Moisés miraba al individuo y en su faceta más
abierta al sacrificio por los pecados del pueblo hebreo y judío. Mas habiendo
pecado todo el mundo y viviendo en el pecado a causa de la Ignorancia de Adán,
cuyo pecado lo sufrimos en nuestras carnes la Plenitud de las Naciones del
Género Humano, esta Ley era símbolo y anuncio del Sacrificio Expiatorio de
todos los pecados del Mundo que preparaba Dios. La respuesta a la cuestión ¿qué
Cordero podía valer a los ojos de Dios tanto como para quedar lavados en su
Sangre los pecados de todo un Mundo?, y sus derivadas, forman parte de la
Doctrina de la Santa Madre Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles.
Lo importante para nosotros es que Dios asumiera nuestra Causa por
propia y se responsabilizase de la Caída en tanto en cuanto “sabiendo que aquél
toro acorneaba” expuso nuestro Futuro y el de la Creación entera a la Libertad,
haciendo de cuyo uso los Enemigos del Espíritu Santo hicieron de la Ignorancia
de Adán talón de Aquiles contra el que lanzar la flecha de la Traición.
Asumida nuestra Causa, el Dilema en el que los discípulos del Maligno
quisieron atrapar a Dios y entre los nudos de cuyo imposible laberinto gordiano
despojarlo de su Espíritu Santo, reduciendo la Divinidad al Poder, en virtud de
cuya nueva Realidad quedarían marginadas la Verdad, la Justicia y la Paz de la
estructura del Cosmos, ese Dilema pasaba por el Cómo separar de Dios el
Espíritu Santo.
¡Era solo natural! Era esta Propiedad del Ser la que se oponía a un
salto de tal naturaleza que, dejando atrás la Verdad como raíz de la Justicia,
pondría al Futuro sobre un Campo de Guerra Perpetua, cuya conclusión final
sería la Destrucción Absoluta de la propia Creación. Y de aquí que Dios se
negase en rotundo a acceder a la transformación de su reino en un Olimpo de
dioses todos más allá del Bien y del Mal.
Pero desde la óptica de la escuela maligna que defendía este nuevo
status y negaba la Sabiduría de Dios afirmando que el Dilema podría ser
resuelto renunciando Dios a su Verdad, la estrategia era clara. Incluso en el
Acontecimiento de la Creación del Hombre manifestó Dios su voluntad de dar a
conocer a su Hijo la existencia del Bien y del Mal en cuanto Ciencia, pero no
en tanto que experiencia. Y de aquí que simbolizara este Conocimiento en la
forma de un Árbol. Es por Inteligencia Pura que Dios le quiso dar a conocer a
su Hijo la existencia del Bien y del Mal.
La estrategia de la Muerte y su Príncipe centró entonces su astucia en
darle a probar al Hijo de Dios la fruta del Árbol de la Ciencia del Bien y del
Mal, es decir, la Guerra. La Astucia del Maligno alcanzaría su climax al seducir al Único que podía lograr que Dios
abriese en el cuerpo de la Ley una excepción, englobando en su Olimpo a los
dioses, o sea, a toda la Casa de Dios.
¿Qué pasaría si el Hijo de Dios encontraba satisfacción en la Guerra?
¿Cómo sabía Dios si a su Unigénito Hijo le gustaba o no la Ciencia del Bien y
del Mal si aún no había probado su fruto?
¿Ante una supuesta elección terminal del Hijo de Dios a favor de la
escuela del Diablo ... no perdería el Espíritu Santo la Batalla?
Este era el esquema para locos por el Infierno que alzó el Maligno como
sabiduría propia mediante la cual separar Dios y Espíritu Santo.
Cuando Dios descubrió su efecto y se vio ante los hechos consumados, le
vio por primera vez la cara a su Verdadero Enemigo, la Muerte.
Estaba claro que Allí había estado actuando una Fuerza no Creada, y
pues que la única parte de la Increación que no vino a formar parte de la
Creación fue la Muerte, no podía Dios seguir excusando el comportamiento de sus
hijos en esto y aquello otro, ni culpándose a sí mismo por haber minusvalorado
el valor de su propia Victoria contra la Muerte, a saber, la creación de vida a
su imagen y semejanza.
La Muerte, esa realidad que en su día El definiera por la ausencia de
vida eterna, se le descubría en toda su Realidad Increada en la Locura de la
escuela de la Serpiente, cuya cabeza Satán, criatura de sus propias manos,
pretendía destruir al Espíritu Santo utilizando al Hijo contra el Padre.
La Batalla pasó a ser Cósmica. Era la Creación entera la que se veía
amenazada por aquella Fuerza Increada contra la que se alzara Dios con su
Modelo de Cosmos, un Nuevo Universo en el que la Vida tiene su Origen en Dios,
hereda su Inmortalidad y se hace un Árbol cuyas ramas cubren con su fruto los
Mundos, la Eternidad y el Infinito.
Era este Nuevo Universo el que la Muerte tenía que echar abajo.
Y sólo Dios en persona podía alzarse contra esa Fuerza y Desterrarla de
su Creación. ¡Era la Hora de la Batalla Final de aquella Guerra que le
declarara Dios a la Muerte cuando por su Voluntad la Vida devino Inmortal! Si
hasta entonces Dios no había visto cara a cara al verdadero enemigo de su
Creación, una vez que la locura desplegada en el Edén se consumó, abrió Dios
los ojos y le vio el Rostro a su Enemigo.
Toda cuestión quedó desde ese momento en suspense.
VI
La expectación de la “creación entera”
Es evidente que Aquel que una vez abriera en el Espacio la Fuente de la
que manó toda la energía creadora del Cosmos, Ese mismo podía destruir todo lo
creado, abrir un agujero negro en el Infinito y arrojar a su Enemigo dentro,
sellando esa fosa la misma Eternidad.
Pero esto se supone para un Dios que está solo y actúa acorde a sí
mismo. Mas Dios no estaba solo. Lo que hasta que fuera Padre no tuvo jamás que
hacer, explicarse, desde que el Padre y el Hijo eran, Dios ya no podía
sencillamente actuar siguiendo su voluntad inmediata. ¡Cómo explicarle a su
Hijo la destrucción masiva de todo un Cosmos sin fundar su Poder en el capricho
de un Dios que se puede permitir hacer y deshacer a su antojo!
La Muerte había atacado por donde creyó que su flecha pondría de
rodillas a Dios.
No se crea un Cosmos, y se decide de la noche a la mañana borrarlo del
mapa. Esto lo hacen los matemáticos y los locos. Nadie trabaja de sol a sol
durante un verano entero para dejar que la fruta se caiga al suelo una vez que
se halla madura.
Su Hijo era ser de su ser. Lo primero que haría es preguntarse por qué.
Y después, el Hijo de Dios era Primogénito, es decir, tenía Hermanos. No podía
Dios limitarse a coger del cuello a su Enemigo y arrojarlo al Seol. ¡Qué iba a explicarle a su Hijo!
Y lo que es más importante: ¿Cómo saber la Respuesta de su Hijo a la
cuestión en el origen de la Caída de Adán y la Rebelión contra el Espíritu
Santo si no era expuesto a la tentación El mismo?
La Creación entera permaneció en suspense desde Adán hasta Cristo. Pues
era evidente tanto que la Inmortalidad para todo Viviente y la Ciencia del Bien
y del Mal son incompatibles, cuanto que Dios por amor a su Hijo Unigénito, si
llevado al extremo de elegir entre su Hijo y el Universo, destruiría todo la
Obra de sus manos, reduciría el Cosmos a polvo, y, como ya lo hiciera antes,
volvería a empezarlo todo de nuevo, cuidando ésa próxima vez, de no dejar
ninguna puerta abierta a la Semilla del Diablo.
El Futuro de la Creación entera, tal cual existe, estuvo, pues, en las
manos del Hijo de Dios. Y únicamente había una forma de cerrar la Duda: que el
Hijo de Dios hablara por sí mismo.
Para Dios la cuestión estaba fuera de toda Duda, pero pues que la Duda
había encontrado su camino y exigía oír del propio Hijo de Dios su Palabra
Final al respecto: Sí a la excepción a la Ley para los hijos de Dios, o No a la
misma, sujetándose el propio Unigénito a la Ley, así sería.
Todo el Antiguo Testamento no es más que la Preparación del Escenario
desde el que el Hijo de Dios daría a conocer su respuesta “a la creación entera”
sobre su Posición respecto a la Ciencia del Bien y del Mal: ¿Excepción en la
Ley para los hijos de Dios, o Reino de la Justicia sobre todo ser sin acepción
de persona?
Los hijos de Dios que se hicieron cuerpo de la Serpiente Antigua,
haciendo de Satán su cabeza suprema, dieron a conocer su decisión sobre la
sangre de Adán, demostrando que por nada del mundo estaban dispuestos a vivir
bajo el Imperio de una Ley que no diferencia entre Gobernante y Gobernado,
entre Rey y Pueblo. Firmada la Declaración de Guerra contra el Espíritu Santo
sobre la sangre de Adán, la creación entera, escandalizada por el Fin que se
dibujaba en su horizonte, permaneció con el pecho en vilo, el corazón encogido
a la espera de la Decisión del Único que podía obtener de Dios semejante
transformación de su Imperio en un Olimpo de dioses, todos más allá del Bien y
del Mal.
VII
Imperio o Cruz
Hay dos cosas con las que no se juega: la sangre y el fuego. ¿Pero y
cuándo sangre y fuego se hacen una sola cosa?
Se llamaba Jesús. Tal era el Nombre del Hijo de Dios de cuyos labios
dependía el Futuro de la Creación entera. Por amor a su Hijo no hubiera dudado
Dios en borrar las galaxias del mapa del cosmos, borrar el mismo cosmos y
empezar una Creación Nueva. Suya era la Decisión.
Se hizo hombre a fin de que la creación entera escuchase con palabras
connaturales a su cuerpo la Respuesta del Hijo de Dios a la cuestión en pugna:
Sí o No al Espíritu Santo de una Ley que no admite acepción y se expone como Roca
sobre la que el Edificio de la Justicia se mantiene indestructible contra el
paso del Tiempo.
Suya era la Última Palabra. Si su respuesta era un No a la Igualdad de
todas las personas ante la Ley, Jesús sólo tenía que escribir su No encarnando
la visión del Mesías que el Judaísmo se había formado partiendo de las
Escrituras. Él era el Hijo de Dios y suyo era el Poder. Una vez su decisión
final tomada nada ni nadie podría cortarle el paso hacia el Imperio Universal
de Jerusalén; Roma sucedió a Ateas, Atenas a Susa, Susa a Babilonia, Babilonia
a Nínive, Nínive a ... el viaje del “testigo del imperio” acabaría en Jerusalén
... si la decisión final del Hijo de David era un No a la Ley del Espíritu
Santo.
Si la Respuesta de Jesús era un Sí a la Ley del Espíritu Santo, el Hijo
de Dios sólo tenía que doblar las rodillas y subir a la Cruz, firmando así su
Declaración Final sobre la sangre de Cristo.
Dos puertas. La una daba a la gloria efímera del imperio; la otra... a
la Gloria sempiterna del Reino de Dios. La Decisión era suya. El Futuro de la
Creación entera estaba en sus manos. Si el Hijo quería ver con sus propios ojos
en qué experiencia tuvo origen la Ley del Padre contra la Ciencia del Bien y
del Mal, esta experiencia llevaría a la creación entera a su destrucción total.
Tendríamos alegría para Hoy y Tristeza de muerte para Mañana... aunque este
Mañana alborease a una eternidad al otro lado de la Noche de los tiempos.
VIII
La doctrina del Diablo
El Hijo era Dios, como el Padre, y se podía permitir el lujo de vivir
un Apocalipsis cósmico al otro lado del libro de la Historia de un Imperio
propio. ¿Y qué? ¿No es todo viviente mero barro sobre el que Dios sopla su
aliento de vida y si lo retira expira y vuelve al polvo? ¿Por qué no vivir la
experiencia? ¿A fin y al cabo una criatura no puede soportar la existencia
eterna. Tarde o temprano necesita a la Muerte, la pide, la súplica, es el sueño
del descanso eterno, el sueño de la paz final, polvo al polvo, cenizas a las
cenizas. ¿Por qué no hacer de ese tiempo entre el Hoy y el Mañana una Aventura
Olímpica, un paseo por los campos de la Guerra de los dioses?
Dios no tiene nada que perder, pues que es indestructible, y siendo el
Hijo de la misma Naturaleza que el Padre ¿dónde está el miedo? ¿No es la
Creación un Espectáculo? Unas veces tragedia, otras comedia, ahora un circo,
luego una guerra, una boda, un funeral, una lágrimas, una risa...¿dónde está el
mal en divertirse? ¿Qué bien hay en una Ley que no admite excepciones y se
parece a una máquina siguiendo las pautas de un programa irracional?
Al fin y al cabo la Divinidad es todopoderosa y le basta querer para
convertir las piedras en pan, abrir la boca para apagar el fuego y resucitar
los peones caídos durante la escena de una Guerra de Mundos. ¿Qué hay de malo
en la gloria de un dios que pasea su Poder por las estrellas movilizando mundos
como rebaños que corren al matadero para alimentar las bocas de un universo?
¡La Libertad, la Paz, ¿qué es todo eso?, si no existe el Poder de
liberar esclavos y acabar guerras!
IX
La doctrina del reino de los cielos
Se llamaba Jesús, y era el Cristo: “Apártate de mí, Satanás”. Ese fue
el momento en que el corazón de la creación entera se soltó y el pecho que
estaba encogido se ensanchó, y en el gozo de tantos hijos las lágrimas se le
saltaron a Dios. Y un grito se oyó en el Infinito: ¡Victoria!
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, una sola Realidad
Eterna.
Ahora a firmar la Respuesta ahogando la pluma en la sangre del Cordero
de Dios. Ahora a ser el Primero en certificar el No a la Excepción a la Ley.
Por Ley, Cristo Jesús debía morir, pues, siendo judío de nacimiento se
alzaba contra la Ley de exclusión de todas las naciones del reino de Dios,
imponiendo como condición sine qua non para el goce de la salvación: la
obediencia al templo de Jerusalén. Pero Cristo Jesús era el Hijo de David,
estaba en su mano invocar la Excepción o doblar sus rodillas ante la Ley.
Si Cristo Jesús seguía la doctrina del Diablo invocaría la Excepción;
si la del Reino de Dios, aún siendo Dios Hijo
Unigénito tenía que hacerse Igual a la Creación entera, a fin de que en su Sí
la creación entera encontrase su Vida eterna.
La Decisión del Hijo de Dios está escrita. En su Sí a la Ley del
Espíritu Santo encontró la Creación a su Salvador.
Dios, exaltado ante su Casa entera por la Obediencia de su Hijo Amado,
abolió el Imperio de los hijos de Dios y elevó la Corona de su Unigénito al
Reino Universal. No hay reyes, sólo príncipes, sujetos a la Corona Universal y
sempiterna del Hijo de Dios. Un solo Rey, un solo Señor y Salvador.
X
La Esperanza de Salvación Universal
Pero Dios hizo más. Lo puso todo a los pies de su Hijo, lo mismo el
Trono del Reino ante el que responde todo Poder, como el Trono del Juicio
Universal, ante cuyo Tribunal responde toda criatura. Y poniendo en sus manos
el Juicio Final, invistió Dios a su Hijo de la Gloria que Dios se había
reservado para sí mismo: la Gloria de quien tiene el Poder de Firmar Absolución
Universal o Sentencia Condenatoria ad eternum, siendo su Sentencia Inapelable y
Final.
Recogiendo, pues, la Justicia a que la ignorancia de nuestros padres
nos hizo dignos de Redención, quiso Dios darnos por Juez al mismo que al
Principio dijera: “Haya Luz”, de manera que encontrásemos en el Juez a nuestro
mismo Salvador, Aquel que sufrió en su ser -aunque sobre El no tuvo poder- la
Muerte, y conociendo su Poder nos juzgue de acuerdo a nuestra naturaleza y no
en relación a la, Suya, de Dios.
Desde la más tierna Adolescencia entregados al Imperio de la Muerte,
monstruo todopoderoso que le puso la mesa del banquete a sus príncipes,
sirviendo nuestra carne como manjar de reyes y nuestra sangre como ambrosía
para dioses, tuvimos el odio y la venganza por tutores y maestros, la crueldad
y el terror fueron nuestra escuela y academia, hicimos el camino por los
milenios como las bestias que reptan a cuatro patas por desiertos inhóspitos en
los que la ley es devorar o ser devorados. ¡La Ciencia del bien y del mal fue
nuestra suerte! ¿Quién se apiadará de crímenes cometidos en las tinieblas de
una batalla en la que la tregua y el cuartel fue para los muertos?
¿Cómo iba el Dios del Amor a entregarnos desnudos a un Tribunal forjado
entre nubes de algodones ingrávidos como sueños felices?
¿Iba el Dios de todos los amores a permitir que un Juez que no conoció
nunca la fragilidad de la carne encadenada al muro de los infiernos crueles del
hambre y sed de justicia levantara su puño contra nosotros?
¿Cómo juzgar al barro por no resistir el ímpetu de la corriente que
baja de las montañas arrastrando piedras y troncos?
¿Por qué ley puede ser juzgado el bocado que el cachorro abandonado en
la selva da contra la pierna del que duerme en su tienda?
¿Qué Derecho ha de ser abandonado para juzgarnos por nuestros actos sin
tener en cuenta la fuerza todopoderosa que desde los núcleos incógnitos lanza
sus rayos contra mentes que fueron sorprendidas en plena fiesta?
¿Aquel que soñó nuestra Liberación en el espacio no había de llevarse
consigo nuestra liberación en el tiempo?
Dios amantísimo de su creación entera, quiso abrirle horizontes al
Poder de su Hijo y mostrarle cómo con una sola Palabra puede hacer que un Mundo
entero nazca de nuevo y su Alma no se acuerde del dolor y la pena sino que como
quien tiene un mal sueño, se levantó y se olvidó para siempre.
He aquí la Gloria de nuestro Juez, no está en nuestra Condena, sino en
nuestra Absolución.
Y como en el espíritu de la profecía está la Absolución para el que se
convierte, fue en este Espíritu que nos vino la Doctrina del reino de los
cielos, a fin de que por la Conversión nuestra alcanzásemos Gracia para todas
las naciones de nuestro Género, de manera que si por un hombre todos fuimos
hechos pecadores, y por otro solo muchos fueron hechos justos, por los que
creemos sean justificados los que no conocieron ni vieron al Hijo de Dios.
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