CARTA MAGNA
DE LOS DERECHOS Y DEBERES DIVINOS DEL HOMBRE
CRISTO
RAUL DE YAVÉ Y SIÓN
Todo
cristiano es por la Fe en Jesucristo declarado Ciudadano del Paraíso de la vida
eterna. Por esta declaración divina cada Ciudadano participa de los derechos
naturales a quien es hijo de Dios, nuestro Creador. Formados a la imagen y
semejanza del Hijo de Dios, nuestro Jesucristo, nuestro Derecho a disfrutar
plenamente de las maravillas de su Mundo es el natural a quien amados por su
Padre tienen todo su Reino delante para disfrutar de sus maravillas y gozar el
espíritu de la Libertad en toda su potencia y virtud. El amor a nuestro Creador
es eterno, nuestra Alma es el espejo en el que su Personalidad y su Amor por su
Creación cobra vida, y esta vida es a imagen y semejanza de su Hijo
Primogénito, cuya Personalidad vemos vivo en la Historia de los Evangelios, de
forma espiritual, y en los siervos de Cristo en su forma presente viva. La
Inmortalidad vive en la Naturaleza del Alma, por el Creador del Universo
levantada hasta la vida eterna a imagen y semejanza de la vida divina, de forma
que habiendo sido investida de la Indestructibilidad natural a su Creador su
destrucción escapa a los brazos de la Muerte, tal cual tenemos atestiguado en
la Resurrección de Jesús por sus Discípulos, Testigos de su gloria, sellado su
Testimonio con la Prueba más poderosa que el ser humano puede ofrecer a
sus semejantes ante el Tribunal de la
Historia y de la Vida, su sangre, en virtud de cuyo Testimonio todos vivimos.
De donde se ve la naturaleza de la Iglesia Católica, en la que el Testimonio
del Espíritu Santo vive en el Sacerdote, engendrado a la imagen y semejanza de
Cristo Jesús, “Jesucristo, Sumo Pontífice Universal”, el Único Siervo cuya Presencia ante el Señor Dios
Yavé se mantiene, no ya solo de pie, sino a su lado, pues el mismo que es
Siervo es Hijo. De aquí que todo hijo de Dios herede el Derecho y el Deber
naturales a quien siendo Creación de Dios es engendrado en el seno de esta
Creación para disfrutar de los derechos naturales a un hijo, y de los deberes
igualmente divinos que vienen en el Ser de hijos de Dios. De manera que la gloria del Creador, en la
que nos gozamos y crecemos admirando su Mundo en el Ser de quien nos hace
partícipes de sus Maravillas desde el Conocimiento de la Omnisciencia y Poder
Infinitos de su Padre, es, a la vez, el origen de nuestro Deber de Ciudadanos del Su Reino. Pues toda
Civilización tiene un Edificio Social cuyos Fundamentos, Estructura y Poder
tienen por sentido la Felicidad de todos las Naciones que viven por la Ley de
su Fundador, y, viviendo en nosotros la naturaleza del Alma que nos ha sido
dada, casa del espíritu de la inteligencia natural al espíritu de nuestro Creador, vivimos del fruto de este
Árbol de la Vida: La Libertad, sin la cual no podemos entender nuestra
existencia.
Luego se
ve que nuestro comportamiento aquí en la Tierra pone de manifiesto el
comportamiento que cada uno expondrá en el Paraíso de la vida eterna. Se
comprende que quien es Señor de su Casa tiene el Poder de abrirle y cerrarle la
Puerta a quien él juzgue bueno o malo
acorde a su Justicia. La hipocresía de quien esconde tras un ¡Señor Señor! la naturaleza de sus delitos, invisibles a sus
semejantes son visibles a quien es Dios. Quien tiene el Poder de absolver
de un delito a un siervo, a un ciudadano
de su Reino, lo hace mirando su Deber de Rey de impedir que la Paz y la
Libertad en su Reino no sea jamás rota
por hipócritas. Lo cual quiere decir que nuestra Responsabilidad de Ciudadanos
de su Reino comienza aquí en la Tierra. Por el Derecho de hijos de Dios tenemos
la plena libertad de quien lo tiene todo en su Padee, según nos ha sido dejado
escrito en su testamento: “Todo lo del Padre es mío, por esto os he dicho que
tomará de lo mío y os lo dará a
conocer”. En efecto, así como Dios Hijo lo tiene todo Dios Padre, todos los
hijos de Dios lo tenemos en Dios Hijo. De aquí el Delito de Rebelión de
aquellos que apartaron al Hijo de Dios, y declararon no tener necesidad del
Hijo para acercarse a Dios, su Padre; delito que se mereció el Castigo, la
Destrucción de la iglesia de Bizancio, debido a quien creyéndose igual, si no superior, al Sumo Sacerdote Universal, Cristo Jesús, se
proclamó digno de presentarse ante el Dios de los dioses y Creador del Universo
con el mismo Derecho que el Dios Hijo. Es en el Amor, no en el Orgullo donde
reside la Vida del Hombre. ¿Pues qué hombre se atreverá a compararse con su
Creador? ¿No ha sido acaso este Orgullo la causa de la ruina eterna de aquel
hijo de Dios que se atrevió a ponerse a la altura del Señor del Infinito y de
la Eternidad retando a Guerra al Espíritu Santo del Rey del Paraíso, su Hijo
Amado, Nuestro Jesucristo? La Declaración de Jesús fue clara: “Si no me voy, no
os enviaré al Espíritu Santo”. De donde vuelvo a la declaración anterior: “Todo
lo teneos en Dios Hijo, como Dios Hijo lo tiene todo en Dios Padre”, y quien
crea que puede acceder a Dios Oadee
apartando a Dios Hijo la puerta que abre es la puerta de Satanás, y esta Puerta
conduce al infierno. “Pedid y se os dará”; es a él Dios Hijo a quien el Hombre
debe invocar para tener abierta la Puerta de la Inteligencia, em la que viven
todos los tesoros de la Sabiduría y Omnisciencia Divina.
Así pues, siendo inmortal nuestra Alma,
nuestra vida en la Eternidad comienza aquí en la Tierra; de nuestro
comportamiento aquí en la Tierra depende el Futuro de las generaciones que han de mantener vivo el Fuego del Amor
a nuestro Creador. Si no tuviésemos ese Modelo de Hijo por amor al cual Dios
nos lo da todo, todos los hijos de Dios estaríamos perdidos delante de quien
habiendo Creado un Nuevo Cosmos ha asentado su Mundo sobre la Roca
Indestructible de su Personalidad. Los Antiguos vieron en esta Personalidad de
Nuestro Creador un Dios ante el que
arrodillarse como quien se arrodilla ante el Terror. Dios Hijo se hizo Hombre
para presentarnos a Dios Padre, y viéndole el Hombre exclamó: “Dios es Amor”.
Declaración de Principios
Antes del
Concilio de Nicea, celebrado durante el 325 de nuestra Era Cristiana, Concilio
en el que la Iglesia Católica adoptó el título de Romana como respuesta al
Arrianismo, título en el que el Protestantismo Anglicano no quiso ver más que
la ubicuidad del Sucesor de San Pedro, operando así el Protestantismo Anglicano
a la manera que una religión sectaria, exigiendo una ruptura esquizoide,
irreversible e incontrovertible contra la Memoria Histórica de la Nación,
exigencia que la Historia Universal vio consumarse en el proceso de expansión
del Islam, la conversión al cual determinó la demonización de todo el pasado
del pueblo sometido a hierro y fuego al Corán, y porque era necesario que el
Catolicismo Jesucristiano alzara una barrera visible
entre la Iglesia Apostólica y aquel Arrianismo que negara el Dogma de la
Trinidad, en consecuencia la Divinidad del HIJO; hasta el advenimiento de dicho
Concilio Universal del 325 d.C. : la Declaración de Fe, bajo pena de muerte
confesada por todas las iglesias, podemos resumirla en las siguientes palabras:
“YAVÉ
DIOS es el Señor de los ejércitos de las Sagradas Escrituras de los Hebreos, el
Dios de dioses del Patriarca Abraham, del Profeta Moisés y del rey David :
YAVÉ DIOS
es el PADRE de JESUCRISTO, el Autor Intelectual de la Biblia, y Padre de la
Iglesia Católica Romana:
de manera
que quien no cree en la Iglesia Católica Romana no cree en Jesucristo, su
Esposo y Señor, y quien no cree en Jesucristo no cree en su Padre, YAVÉ DIOS.”
Esta
Confesión separa la Vida de la Muerte. Quien cree, aunque muera, vivirá para
siempre; el que no cree se verá sometido a Juicio delante de Aquel en quien no
creyó.
Por la
sangre del Rebaño de Dios fue sellada esta Confesión delante de la Historia
Universal para el que lea, por el Testimonio de los Apóstoles y de los Santos:
crea.
Así pues,
por la Revelación, no por la Razón; por la Sabiduría, no por la Ciencia; no por
filosofías, por los Hechos y las Palabras de los Apóstoles descubrimos que YAVÉ
DIOS es PADRE; su HIJO Primogénito se llama JESUCRISTO. Y de este HIJO es de
quien se escribe y se lee:
“Dios de
Dios, Engendrado de la Naturaleza Increada de Dios. ¡Tú Dios, Jesucristo, Hijo
Unigénito de YAVÉ DIOS PADRE!”.
Este
Unigénito-Primogénito de Dios fue quien se hizo hombre, y nació en Belén de
Judá durante el imperio del César Octavio Augusto, al final del reinado de
Herodes Ben Antípater, año primero del Siglo de Cristo.
Este
JESÚS, Hijo Unigénito de Dios, vino al mundo para comprar nuestra Salvación y
Redención al precio de la sangre de CRISTO.
Este
Redentor, mientras estuvo en el mundo, nos descubrió al Hombre que, al
Principio, Dios creara a su Imagen y Semejanza. Ese Hombre es Cristo. Y ese
Hombre está en nosotros.
Este
Hombre es el que confiesa con el corazón rebosante de eternidad y el espíritu
abierto al infinito que el Primogénito de Dios, Jesús, el Cristo, es el Modelo
sempiterno a cuya Imagen y Semejanza Dios ha creado al Hombre.
Aquel
Jesús que vino al mundo para ofrecernos la vida eterna, ese Jesús es el Hijo
Unigénito de Dios, increado, no creado, principio y fin de la Creación, alfa y
omega de la actividad Divina, el primero y el último de su Naturaleza: Dios
Hijo Unigénito, nuestro Rey y Señor, nuestro Maestro y Salvador.
Respecto
a esta Fe se cumple la Palabra de Dios, que dice: “El Justo vivirá de la Fe”.
Esta
Confesión sencilla y elemental donde las haya, esta elemental y sencilla
declaración de Fe, al igual que hoy en día le sigue costando la vida a muchos
hombres y mujeres en África y Asia, también ayer, antes de Nicea, significó la
muerte de todo el que creyó que Jesucristo es Dios Hijo.
Nosotros ,Hoy,
con independencia de la reacción de quien la oye o la oiga, seguimos confesando
la Declaración Universal que toda la Creación confiesa con la boca y vive con
el corazón:
Artículo
Uno: Dios es Amor
Dios,
voluntaria y libremente, movido por el Amor a su Hijo, ha transformado su
Creación en un Único Reino Universal Sempiterno, la Corona de cuyo Reino vive
en la Cabeza del Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios Padre, por quien el Trono
de su Hijo deviene Omnipotente, Todopoderoso y Omnisciente, Gloria de la que
participan quienes heredaron con ÉL el Reino de YAVÉ DIOS, Creador de los
Cielos y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible, hacedor de la Luz y
de las Tinieblas que cubren el Abismo.
Este
Espíritu que vive en el PADRE y en el HIJO se encarnó, se hizo Hombre, y
descendiendo del Hijo en forma de lenguas de fuego le engendró al Espíritu
Santo un Cuerpo de Gloria: para Bien y Salvación de las plenitud de las
Naciones de su Creación. Este Cuerpo Santo, coheredero del Reino de Dios, cuya
Cabeza es el HIJO, fue engendrado por YAVÉ DIOS para estar por la Eternidad
presente en medio de los pueblos que llenan su Paraíso, mantener la Verdad por
siempre viva, y ser el Hortelano que labra la tierra de su Señor haciendo
imposible un rebrote de la Semilla de la Ciencia del Bien y del Mal, pues ante
el Espíritu de Dios nada puede ser escondido ni permanecer oculto.
En
efecto, ninguna otra fuerza otra que el Amor a la Vida está en el origen del
impulso que condujo a Dios a Crear este Reino Sempiterno, espacio donde la
Plenitud de las Naciones de su Creación comparten una misma Vida y se
relacionan con su Creador a la luz del Amor a su Infinita Sabiduría.
La
doctrina del Protestantismo Anglicano, de corte calvinista, igualando a YAVÉ
Dios con un Ser Todopoderoso dirigiendo la Ciencia del Bien y del Mal a su
antojo es, como lo fuera el Arrianismo en su día, una negación de la Teología
Jesucristiana de los Padres del Concilio de Nicea, y en consecuencia fue
enemiga del Espíritu Santo que por boca de sus hijos dijera: “Dios es Amor”.
¿Pues qué
hay más contrario al Amor a la Vida que un Dios maléfico creador de mundos con
el único fin de pasar la Eternidad matando el tiempo al Juego Apocalíptico de
la Salvación? El Calvinismo Anglicano, basando su defensa en la imposibilidad
de una criatura a la hora de oponerse al Designio de su Creador, absolvió al
Diablo de ser el autor intelectual de la Caída.
Artículo
Dos: Dios es Padre
La
Sabiduría de Dios Padre es la fuente de la que emana la Constitución del Reino
de su Hijo; Constitución por la que todas las Civilizaciones de los Pueblos de
la Creación se rigen, y la Plenitud de sus Naciones se articula.
Esta
Constitución Universal tiene en la Paternidad Divina su Origen y su Principio.
Desde esta Paternidad y por ella Dios legisla desde su Omnisciencia y juzga
desde su Presciencia, la Verdad como principio, medio y fin de su acción.
Hijos de
Dios, Ciudadanos de su Reino, corremos hacia El espontáneamente y nos echamos
en sus brazos clamando con todo nuestro ser ¡Padre Nuestro! Y porque todos los
Ciudadanos del Reino del Hijo de Dios, participamos de esta Filiación, el
espíritu de la Fraternidad gobierna las relaciones entre todos los pueblos y
naciones que vivimos en Su Reino.
Es por
este Espíritu de Fraternidad Universal que las Leyes nacen, y los Derechos y
Deberes de todos los Ciudadanos del Reino de Dios, por Amor a este espíritu,
une toda la Vida creada a Imagen y semejanza del hijo de Dios en una Familia
Universal, en la que cada Pueblo es una Rama del Árbol de la Vida. La Justicia,
la Paz, la Libertad son el Fruto de este Árbol Divino.
Artículo
Tres: YAVÉ es DIOS
YAVÉ es
el nombre del Ser Divino que creó el campo de las galaxias y el océano de las
estrellas del Universo. ÉL es el Creador del Cosmos y de todo cuanto existe en
el Universo. ÉL es la fuente de la que mana el Futuro de todas las cosas, a las
que con su Ser sustenta y con su Palabra mueve hacia el horizonte que jamás se
alcanza y tiene en el Infinito su Orto.
YAVÉ es
la fuente del río de la Vida, ÉL es quien mantiene el Futuro de la Plenitud de
las Naciones en crecimiento eterno y alegre, y hace desembocar su caudal en el
océano de su Omnisciencia. Todo lo que existe en el Cosmos como en el Universo
tiene en ÉL, YAVÉ, PADRE de JESUCRISTO: su causa física, la fuente de energía
que le permite al Cosmos crecer por la Eternidad. Y sin ÉL no existiría
nada.
ÉL, YAVE
DIOS, Padre de JESUCRISTO, creó el BIG BANG que dio Nacimiento al Campo de las
Galaxias, estableciendo un Antes y un Después, un Fin y un Principio en el seno
del Cosmos Increado, su Universo de Origen. Todo lo que existe, la Luz como las
Tinieblas, existe porque ÉL es DIOS VERDADERO, Señor del Infinito y de la
Eternidad, Esposo de la Sabiduría Creadora.
YAVÉ es
el Nombre de DIOS, PADRE DEL REY: JESUCRISTO; quien no cree en su NOMBRE no
conocerá la Vida eterna; quien no vive en YAVÉ: CREADOR DE CIELOS Y TIERRA,
vive en la Mentira y la Mentira será su tumba.
Artículo
Cuatro: Dios es Señor
Por
derecho de Creación todo lo pertenece a YAVÉ DIOS. ÉL tiene todos los derechos
de propiedad sobre toda su Creación. Todas las cosas, las del Cosmos como las
del Universo, las del Cielo como las de la Tierra, todas le pertenecen, y ÉL
las gobierna desde su Infinita Sabiduría.
YAVÉ DIOS
le ha dado la Corona de su Reino Universal a su Hijo Unigénito JESUCRISTO, en
quien, así como Él vive en el Padre: en Él vive DIOS. Y este JESUCRISTO DIOS
HIJO UNIGÉNITO es el Rey de la Plenitud de las Naciones, quien las gobierna al
Servicio de su PADRE, y quien tiene otro REY que el HIJO DE DIOS, aquí en la
Tierra como en el Cielo, se declara en Guerra contra DIOS, su PADRE.
Así como
en el Cielo fue abolida toda Corona, cual en la Revelación está escrito: TÚ,
JESUCRISTO, DIOS VERDADERO DE DIOS VERDADERO, así en la Tierra será abolido
todo trono, y todas las rodillas del Género Humano se doblarán ante el REY
UNIVERSAL SEMPITERNO JESUCRISTO; el pueblo que no lo haga será borrado del
Libro de la Vida.
Artículo
Cinco: El Rey es Hijo Unigénito
Dios le
ha dado a su Creación un ÚNICO REY UNIVERSAL SEMPITERNO, en quien vive el
Espíritu del CREADOR.
El REY
tiene toda Omnisciencia y Todopoder en su PADRE. Su Padre es YAVÉ DIOS.
Al Padre
es la adoración de todas las criaturas del Universo, al Hijo la Obediencia de
todos los Ciudadanos de su Reino.
El Rey es
Hijo Unigénito. Hijo Amado: Él es la causa metafísica de la Creación de Dios.
Como Rey
Él es el Jefe de todos los ejércitos del Reino de Dios, Él es el Brazo de YAVÉ,
su Padre. Él es el Príncipe de los príncipes del Cielo, el Primogénito de los
hijos de Dios.
Artículo
Seis: El Señor de los ejércitos
YAVÉ DIOS
es el Señor de los ejércitos de su Reino. A la cabeza de todos los ejércitos de
la Plenitud de las Naciones del Universo ÉL ha puesto a su Primogénito, nuestro
Rey, su Hijo Amado.
Todos los
ejércitos de su Reino obedecen única y exclusivamente a su Rey Universal
Sempiterno, y sólo a la Orden de su Voz se mueven.
Ningún
poder ejecutivo exterior a su Corona tiene el Poder de la Guerra y la Paz.
Todas las
Naciones del Reino de Dios ponen sus ejércitos a los pies del Rey, cuyo Consejo
tiene el Poder de la Guerra y la Paz. Este Consejo tiene en el Padre, YAVÉ
Dios, su Cabeza Todopoderosa y Omnisciente.
Todos los
ejércitos de la Plenitud de las Naciones se gobiernan por esta Ley de
Obediencia al Consejo del Rey de los Cielos. Ningún Gobierno tiene el Poder
sobre los ejércitos de la Nación a la que pertenecen. Al Rey, efectivamente, y
sólo al Rey le ha dado su Padre, Dios, este Poder. Su Hijo, nuestro Rey, es su
Brazo, el Brazo derecho de YAVÉ, Señor de los ejércitos.
La
Plenitud de las Naciones del Género Humano articularán la Paz Mundial, consigo
misma y con las Naciones de los Pueblos del Reino de Dios, acorde a esta Ley
del SEÑOR.
El
Consejo de los hijos de Dios, de la Casa del Rey, tendrá en la Tierra la Voz de
su Padre que está en los Cielos. El Poder que se levante contra la Casa de los
hijos de Dios, invocando división contra la Fraternidad Universal en base a
Nacionalismos: se levanta contra el Rey, deviene Enemigo de Dios: será borrado
del Libro de la Historia del Género Humano.
Artículo
Siete: El Sumo Pontífice
El REY es
el Único Sumo Pontífice de la Plenitud de las Naciones. La Plenitud de las
Naciones de la Creación tienen una sola Religión, un Único Dios y un Único Sumo
Pontífice, alrededor del cual todos los Pueblos del Universo se unen para
adorar al Dios Verdadero, YAVÉ DIOS PADRE, Creador de todas las cosas, del
Cielo como de la Tierra, cuyo Espíritu Santo lo anima todo y lo mantiene todo
en crecimiento sano y alegre.
Él es
JESUCRISTO: Sumo Pontífice Universal Sempiterno. Él es el Único SER Viviente
que se mantiene de pie delante del Dios de la Eternidad y del Infinito. Su
Nombre es JESUCRISTO; por Amor a Él su Padre mantiene todas las cosas en
existencia y vida.
Quien no
ama al Hijo de Dios no ama a Dios. Quien no tiene la Religión del Hijo de Dios,
no tiene Religión. Esta Religión consiste en la Adoración de Dios: PADRE e
HIJO: Dos Personas y un sólo Espíritu Divino: Santo, Inmarcesible,
Incorruptible
Quien
niega que este Espíritu Santo del Creador viene del Padre y del Hijo, niega a
Dios; su suerte será la de los enemigos del Rey y su Dios.
Quien
niega que el Hijo es Dios Verdadero, según confiesa la Revelación de la Sanata
Madre Iglesia Católica, niega la VERACIDAD de Dios Padre.
JESUCRISTO:
Rey Universal y Sumo Pontífice Sempiterno, Él es la Cabeza de todas las
Criaturas del Reino de su Padre. Sin Él no existimos. Él es la Viña, el Tronco
del Árbol de la Vida, del que se desprenden los Mundos como Ramas.
Su Padre,
YAVÉ DIOS, es el VIÑADOR, Hortelano Divino que cultiva el Árbol de la Vida de
los Mundos, Vida a Imagen y Semejanza de su Hijo, por Amor a quien todos somos
Adoptados como hijos y como hijos participamos de todos los Derechos Divinos
naturales a los hijos de Dios. La Vida eterna nos pertenece por Derecho de
Adopción Verdadera.
Artículo
Ocho: La Iglesia
JESUCRISTO,
Sumo Pontífice Divino, es la Única Cabeza Suprema, y por Divina: Visible, de
todos los Obispos y de todos los sacerdotes y pastores de la Plenitud de las
Naciones. Únicamente a Él le deben Obediencia Sempiterna Infinita todos los
Obispos, y los sacerdotes y pastores que con Él y en Él forman un sólo y único
Cuerpo, sagrado y sempiterno, la Iglesia.
Esta
Iglesia, su Cuerpo, la Esposa de Cristo según en la Revelación Divina está
escrito: tiene por Casa todo el Reino de Dios, y en medio de la Plenitud de las
Naciones mantiene viva la Doctrina de la Eternidad y el Infinito: YAVÉ es Dios
Verdadero, y Padre Eterno
En
JESUCRISTO, su Unigénito, tiene YAVÉ DIOS, Su Padre, su Alegría eterna; en su
Primogenitura, la Creación entera ha encontrado su Felicidad perfecta. Gloria
al Padre, Gloria al Hijo, Dos Personas, un Único Espíritu Divino, Santo, del
que se dice DIOS ES AMOR.
Artículo
Nueve: Dios es Juez
Creador y
Fundador del Reino de los Cielos, cuya Corona le pertenece a EL y EL la
comparte en vida con su Hijo, pues siendo Dios no puede morir, heredando su
Hijo en vida la Corona que por Derecho de Primogenitura le pertenece; siendo su
Creador y Fundador, YAVÉ Dios reservó para el Rey la Presidencia del Tribunal
Supremo de Justicia, cuya Jurisdicción comprende la Plenitud de las Naciones de
su Reino, poniendo así Dios en las manos del Rey el Poder sin límites para
Juzgar de quien preside la Corte Suprema de Justicia de su Reino.
Al
heredar el Hijo en vida la Corona que debía heredar tras la muerte del Padre,
siendo el Padre Dios: su Padre abrió su testamento en vida para que en vida,
siendo el Hijo de sus entrañas, su Hijo disfrute de lo que de otro modo jamás
podría.
Lo
glorificó al Nacer, aboliendo toda corona y elevando la Suya hasta el Trono de
Dios, su Padre; y volvió a glorificarlo al Resucitar, sentándolo en el Trono
del Presidente de la Corte de Justicia de su Reino, con poder sin límites para
dictar sentencia, a la medida del propio Dios, Absolución Universal
comprendida.
Artículo
Diez: La Ley de la Igualdad
Todos los
Ciudadanos del Reino de los Cielos, en cuanto hijos de Dios, independientemente
de la Nación de Origen, todos disfrutamos de la misma Igualdad ante la Ley.
Todos los
Ciudadanos del Reino de Dios, sin excepción, desde los príncipes que se sientan
a la Derecha del Padre hasta el más pequeño de sus hijos, todos los Ciudadanos
de la Plenitud de las Naciones somos responsables de nuestros actos ante su
Justicia, todos estamos sometidos a la Ley Universal de Igualdad en la
Responsabilidad.
Artículo
Once: La Ley de la Libertad
Dios es
el Señor y a EL le pertenece el suelo donde moran la Plenitud de las Naciones.
Heredero de su Padre, partícipe de todos Sus bienes, el Rey es el Señor del
suelo donde moramos todas las Naciones. Las fronteras de su Reino se extienden
alrededor de la Plenitud de las Naciones. Los Ciudadanos de la Plenitud de las
Naciones de su Reino somos libres y disfrutamos de la Libertad de Movimiento de
quienes tenemos a Dios por Padre y por Hermano al Rey del Cielo.
Artículo
Doce: La Ley de la Fraternidad
Todos los
bienes y riquezas de la Plenitud de las Naciones, del suelo como de las
personas, le pertenecen a Dios. Todos los Ciudadanos de su Reino,
independientemente de su Nación, poseemos por nacimiento el Derecho de uso y
disfrute de todos los bienes y riquezas del Universo. Dios es el que multiplica
los bienes y riquezas de su Reino, sea a través de la Naturaleza, sea a través
de sus hijos, mirando a la felicidad de la Plenitud de las Naciones.
Artículo
Trece: La Ley de la Inteligencia
Dios crea
a sus hijos inteligentes a la imagen y semejanza de su Hijo para el
enriquecimiento de la Plenitud de las Naciones en toda clase de ciencias y
tecnologías. Siendo Dios el Origen de todo Conocimiento todos los beneficios
vienen de su Omnisciencia y están sujetos a la Ley de la Fraternidad
sempiterna. Pues Dios actúa en todos para el enriquecimiento y crecimiento de
todos en el Conocimiento de todas las cosas.
Artículo
Catorce: La Ley de la Paz
Los hijos
de Dios tenemos el Derecho a hacer que la Plenitud de las Naciones tenga acceso
gratuito y libre a la Biblioteca del Conocimiento Universal para la
satisfacción y felicidad de sus Pueblos en todo lo que concierne a las
necesidades de estructuras e infraestructuras relativas a las Tecnologías y
Ciencias de la Paz y la Salud.
La
Plenitud de las Naciones, bien a través de los Hijos de Dios y sus Fundaciones
desde proyectos privados o internacionales, bien a través de su Consejo, tienen
el deber de poner todos los medios financieros y económicos necesarios para que
esta Norma de Sabiduría se cumpla, y las naciones más alejadas del Modelo
Social de Civilización se acerquen al centro universal sin sufrir el largo y
estrecho camino recorrido por las naciones que componen su núcleo.
Ningún
Mundo ni ningún Sistema de Civilización puede subsistir en el tiempo y el
espacio sujeto a una diferencia crónica invencible entre sus Naciones. La
desigualdad imbatible a través de la destrucción constante de los modelos
temporales conduce a los Mundos a su desaparición de la faz del Universo
mediante el progresivo desgaste de los recursos naturales y el incremento
cíclico de las armas de combate entre quienes imponen la desigualdad como medio
de subsistencia. ¿Si el que siembra vientos recoge tormentas los que siembran
tormentas qué recogerán? Ofrecer libre y gratuitamente a todos los Pueblos los
frutos de la Civilización es ofrecerles a todas las Naciones el fruto del árbol
de la vida: que es la Paz.
Artículo
Quince: La Ley de la Guerra
El fruto
del árbol prohibido es la Guerra.
El
Derecho Natural Divino establece que los accesos y la participación en el
crecimiento de las ciencias del árbol de las Tecnologías de Defensa le estén
prohibidos a todo agente externo al Cuerpo de los Ejércitos de la Plenitud de
las Naciones.
El
Derecho Natural Divino establece que el fruto del árbol de las Tecnologías de
Defensa esté bajo la Administración del Consejo Universal de los hijos de Dios,
y en consecuencia establece expresa prohibición de venta de producto e
información bajo pena de delito contra la Seguridad de su Reino.
Nadie
puede vender a un tercero a través de un segundo tecnología e información sin
ocasionar en la Comunidad Internacional grietas bélicas y en las nacionales
terremotos dictatoriales. Para el cumplimiento de este Ley por la Paz y la
Seguridad de la Humanidad los hijos de Dios tienen el Deber de promover y
edificar la formación de un Consejo de Estados Mayores como responsable y
garante del cumplimiento de esta Ley, y la sujeción de este Consejo al Tribunal
de la Plenitud de las Naciones del Reino de Dios en la Tierra.
La
Historia ha demostrado con ejemplos tremendos cómo las tecnologías de Defensa
en manos de grupos privados se convierten en el origen de terremotos bélicos
que arrasan el progreso de las naciones en vías de desarrollo en nombre de los
beneficios de ese grupo de producción, y cómo semejantes grupos son los
enemigos de la Paz Mundial a todos los niveles, pues debiendo vivir a toda
costa de la venta de sus Productos la obligación los arrastra a crear nuevas
guerras, sembrando el odio entre las naciones como medio de hacer ventas.
Aunque al
Principio Dios no quiso introducirnos por el método de la experiencia en el
conocimiento de la Ciencia del bien y del mal, una vez provocado el conflicto
cósmico en el que el Género Humano está aún atrapado, dispuso Dios en su
Omnisciencia llevarnos al conocimiento de todas las leyes en el menor tiempo
posible aún a costa de la tragedia tan inmensa que este espectáculo supone.
Hecho, el
Conocimiento de las leyes de esta Ciencia es la plataforma desde la que
articular la estructura del Futuro sobre la Roca de nuestra experiencia.
Sabiendo que el destino de todo mundo sujeto a las leyes de la Ciencia del bien
y del mal es su desaparición apocalíptica, en palabras de Dios: “su regreso al
polvo cósmico”, la experiencia se suma a la Ciencia para poner sobre la mesa
las bases de una Arquitectura Biopolítica acorde a cuyos axiomas y espíritu: el
bien de todos a través de la participación de todos en todo, articular el
Edificio de la Plenitud de las Naciones.
En este
terreno, sin violencias pero sin concesiones, todos los hijos de Dios tenemos
el Deber de aportar cada uno su grano, sabiendo que, la cantera de la que
aportamos cada uno nuestro grano, tiene en nuestro Creador su origen. Por
consiguiente: Las Tecnologías de Defensa sirven a la Paz y el proceso de
producción estará sujeto a esta Norma de Paz y Seguridad.
Artículo
Dieciséis: La Ley de la Seguridad
El fruto
del árbol de la Vida es la Paz.
Las
Naciones no pueden tener acceso vallado a La Paz en razón del interés privado
de ciertos grupos financieros de carácter internacional; ni los hijos de Dios
podemos aceptar la sujeción del disfrute de la Libertad a los objetivos de esos
grupos de presión, extranjeros o locales, cuyas metas y fines tienen en la
desestabilización de los Gobiernos la puerta por la que entrar a saco y asaltar
las riquezas de las naciones.
El
Consejo Universal de la Plenitud de las Naciones no puede garantizar la Paz y
la Libertad Internacional sin el Poder para enfrentarse a esos grupos,
someterlos a las leyes y declararlos fuera de la Ley en caso de persistir en
sus actuaciones contra la Seguridad.
Mirando a
este horizonte el Derecho Natural Divino establece que el Consejo de los hijos
de Dios esté facultado de todo el Poder para decretar la expropiación de los
bienes de cualquier asociación financiera internacional que tenga en la
desestabilización de los Gobiernos Nacionales su medio de lucro.
El
Derecho Natural Divino establece que el Tribunal Universal de los hijos de Dios
tiene el Poder para decretar la desintegración de las asociaciones financieras
internacionales que operen bajo una ley de la legalidad imperial, sin curso
legal en este Nueva Era, y llevar ante la Corte de Justicia Internacional a sus
jefes y colaboradores locales, cabeza y cola.
La
intervención en la Economía de una nación por un grupo de intereses, físico o
jurídico, externo al cuerpo legislativo de la nación afectada supone su
invasión por un Estado sin Patria, cuya actividad, aunque enmascarada en la
legitimidad de operaciones financieras, tiene por fin una actividad terrorista
internacional, cual es la desestabilización del gobierno de un pueblo en razón
de los intereses del grupo financiero invasor.
Así pues,
cualquier intervención de un grupo de intereses financieros contra la legalidad
de un Gobierno de Derecho es un atentado contra la Seguridad, del que se hace
responsable el Estado que respalde los intereses de ese grupo poniendo a su
disposición sus recursos nacionales, bien militares bien logísticos, sufriendo los
pueblos las consecuencias, como se ha visto en los últimos tiempos.
De donde
se entiende que todo grupo financiero que desde la Libertad Internacional actúe
en la economía de una Nación para desestabilizar su Gobierno pierde todos sus
derechos internacionales desde el momento que usa la Libertad como medio de
empobrecimiento del Pueblo, y el empobrecimiento como medio de
desestabilización de la Paz.
La
Historia de las Naciones ha demostrado, con amplios ejemplos, cómo el
terrorismo de tales grupos financieros sobre un Gobierno legítimamente
establecido conduce a los Pueblos a las profundidades de infiernos hacia los
que para nada labraron sus víctimas semejante destino.
El Futuro
de la Humanidad y de un Reino que mire a un Horizonte que no se acaba:
únicamente puede permitirse la alegría y la felicidad de avanzar bajo un cielo
sin nubes desde el Poder de un Tribunal Mundial para la defensa de la
legitimidad de los Gobiernos de los Pueblos.
Artículo
Diecisiete: Ley del Pan
La
Propiedad de todas las cosas del Universo, de los Cielos como de la Tierra, le
pertenece a Dios, su Creador.
Todas las
Criaturas somos alimentadas por nuestro Creador a través de su Creación.
Cualquier límite de producción o destrucción de los bienes de la tierra de
cultivo en razón de intereses privados o comunitarios es un delito contra la
Humanidad.
Ninguna
razón justifica la muerte por hambre de las naciones del Mundo en nombre de un
Mercado que ordena la destrucción de millones de toneladas por año de productos
vitales para la vida y crecimiento alegre y sano de las naciones. La capacidad
de ese Mercado y de las Comunidades para ordenar la destrucción y limitar la
productividad de la tierra para producir alimentos es un delito contra la
Humanidad.
Los hijos
de Dios tenemos el Derecho de abolir esa capacidad delictiva del Mercado para
asesinar por hambre a muchedumbres enteras en nombre del Concepto criminal de
estabilidad de los precios. Ningún precio justifica el asesinato en masa de los
pueblos de la Humanidad.
Los hijos
de Dios tenemos el Deber de abolir este sistema de Cuotas de producción y
liberar la tierra de las cadenas que sobre ella echaron los intereses de los
líderes de todos los tiempos.
Artículo
Dieciocho: La Ley de la tierra
La
Propiedad Legal de la tierra es del Dios que la creó para alimentar con el
fruto de la tierra a todas sus criaturas.
Este
Derecho Divino establece para el Consejo de la Plenitud de las Naciones de su
Reino poder ilimitado para la Distribución del fruto de la tierra entre los
pueblos de su Reino en Hora de Necesidad. En esta Hora todos los excedentes
almacenados y todas las cosechas en su fruto estarán a disposición del Tribunal
de los hijos de Dios para socorrer la necesidad de los pueblos hermanos.
Artículo
Diecinueve: La Ley de la Propiedad
Todas las
criaturas somos hermanos, por el amor del Hijo a la Creación de su Padre, nuestro
Creador.
Nuestro
Creador y Padre dispuso que la capacidad de la tierra para alimentar a sus
hijos sea ilimitada. Pero las guerras entre los que se rebelaron, en su
ignorancia, contra esta Disposición Divina por la que todos los recursos son
propiedad de todos los hombres y están sujetos a su Distribución Internacional
según la necesidad, esas guerras, como la marea borra de la costa la escritura
en la playa, deshicieron lo que Dios hizo y le entregaron el derecho de
propiedad de la tierra a la criatura, desheredando al Creador de su Creación.
Origen
esta locura de las hambres que han devorado a muchedumbres enteras delante de
nuestros ojos, habiendo asistido impotentes al espectáculo inhumano de la
destrucción de los alimentos excedentes, mediante el fuego y las cuotas, el
Derecho Natural Divino establece que el abandono de la tierra de cultivo por
sus propietarios temporales implique la reversión a este Derecho de Creación
del título de propiedad, que le será concedido libre y gratuitamente a quien le
dé a la tierra lo que la tierra quiere, y mediante esta satisfacción el hombre
sacie la Necesidad de los suyos y de todos los demás seres humanos.
Artículo
Veinte: La Ley de la Humanidad
La
Propiedad Legal de la tierra de cultivo, de la que depende la vida de sus
hijos, le pertenece a Dios de manera inalienable. Su propiedad temporal le es
concedida a quien la labra y está dispuesto en el Derecho Natural Divino que
permanezca en su familia mientras haya manos que la trabajen.
Perteneciendo
en usufructo a quien la labra la tierra no puede ser vendida ni comprada, sino
que al término del trabajo, por ausencia de manos familiares, la tierra
revertirá a su Creador, entrando en ella quien continúe dándole a la tierra lo
que la tierra pide, las manos del hombre. De este trabajo, no de la tecnología
y las ciencias del ocio, depende la vida de la Humanidad.
De aquí
que cuando Dios creara al Hombre y entre ellos fuera a elegir al que sería el
más grande de entre ellos, tomó para sí un hortelano, un campesino, un
labrador. Heredero de su Padre, perteneciéndole a su Padre todas las cosas,
heredando la propiedad de la Tierra la preservaba su Padre del saqueo y la
esclavitud a que luego, contra su Voluntad, la tierra fue sometida,
encontrándose, la que fue creada con capacidad ilimitada, en la contradicción
de ver a sus hijos morirse de hambre.
Esta
Propiedad revierte, pues, a las manos de la Humanidad, cuya Cabeza fue Adán, y
al presente Jesucristo, el Legítimo Dueño y Señor de todas las cosas, del Cielo
como de la Tierra.
Artículo
Veintiuno: La Ley del Futuro
El
Derecho Natural Divino establece que las manos que expropiaron al Señor de su
Creación reduciendo a esclavitud a los hijos de la tierra no tienen ningún
derecho sobre la tierra. Son manos de delito.
La
historia universal es larga en ejemplos sin nombres y generosa en lecciones sin
títulos. La existencia del terrateniente
es un delito contra la Humanidad cuyo fruto ha demostrado ser la ignorancia, la
miseria y la guerra civil.
La tierra
pertenece a los que la habitan y de ella viven manteniendo con el fruto de su
trabajo a la Humanidad, empezando por sí mismos y sus casas.
Los hijos
de Dios tenemos el Derecho de abolir esta forma de delincuencia, heredada del
Pasado, por la que los hijos de la tierra eran enajenados del medio que el
Creador les diera para vivir y con el que participar en la Sociedad mediante la
producción de los frutos de la tierra, sin los cuales no puede vivir la
Humanidad.
La
abolición de esta forma criminal de administración de la tierra será abolida
por la Plenitud de las Naciones del Reino. Como está abolida en el Cielo así en
la Tierra.
Artículo
Veintidós: La Ley de la Salud
Los hijos
de Dios tenemos el Deber de declarar delito contra la Humanidad la guardia y
protección de todas las puertas que prohíben el acceso de todos los pueblos del
Reino de Dios a las tecnologías de la Salud, Física y Mental, de los seres
humanos, cuya protección y guardia, en nombre de no importa qué tipo de sistema
y legalidad, es la condena a muerte de muchedumbres de criaturas.
Los hijos
de Dios tenemos el Deber de dotar al Consejo de la Plenitud de las Naciones de
un Comité de Urgencia facultado de todo Poder sobre las empresas públicas y
privadas de las Naciones del Reino de Dios dedicadas a la producción médica, en
todas sus formas, en orden a la Distribución, libre y gratuita, de sus
productos entre las naciones, según la Necesidad.
Las
medicinas son el arma con el que una criatura lucha por su vida contra la
Muerte. Si se le priva de ellas se le arroja al circo de los leones, a que se
ceben las fieras que, hasta hoy, muchos
hombres han llevado dentro .
Pero el
Creador ha dispuesto todos los recursos de su Creación en las manos de sus
hijos para la Victoria de sus criaturas.
Artículo
Veintitrés: La Ley de la Sabiduría
Los hijos
de Dios tenemos el Deber de financiar y articular todos los esfuerzos de los
sabios de la Plenitud de las Naciones, liberando la Ciencia de las ciencias, la
de la Salud, de todos los intereses privados, estatales e individuales, creando
una Comunidad Científica congregada y consagrada en vida a la Victoria de la
Humanidad contra todas las enfermedades, hereditarias y seculares, que
parasitan en el ser humano desde los días de la Caída de Adán.
Los
frutos de esta Comunidad serán Patrimonio de la Humanidad y puestos en las
manos de las Naciones, gratuita y libremente, para la alegría de todos los
seres humanos.
Artículo
Veinticuatro: La Ley de la Verdad
Todos los
hijos de Dios, sin excepción, somos responsables de nuestros actos delictivos
contra nuestros semejantes ante la Justicia.
Los hijos
de Dios tenemos el Derecho de liberar la Justicia de cualquier tipo de sumisión
al Poder Político y Religioso a fin de que se cumpla, desde la Libertad, los
principios de la Verdad, entre los que la Igualdad de todas las criaturas a los
ojos de la Justicia Divina de nuestro Creador es la Roca sobre la que levanta
su Reino.
Y tenemos
el Deber de dotar a la Justicia de todo el Poder Jurisdiccional para hacer que
esta Ley se cumpla para todos los Ciudadanos sin excepción.
Cualquier
desviación de este Principio Eterno y cualquier excepción a esta Regla Divina
es una puerta que conduce al terrorismo de la Ciencia del bien y del mal, de
cuyos fuegos y horrores estamos saciados hasta el vómito y ebrios hasta la
ira
Artículo
Veinticinco: La Batalla Final
En su
Omnisciencia para articular su Civilización mirando a la vida eterna ha
establecido Dios que su Reino tenga por columna maestra de su Edificio un
Cuerpo Judicial con Poder Legislativo ilimitado para combatir el crimen, la
delincuencia, el terrorismo... el Mal en todas sus formas.
Habiendo
elevado a la Cabeza de este Cuerpo a su Hijo, nuestro Rey sempiterno, los hijos
de Dios tenemos el Deber de articular el Cuerpo de la Justicia de nuestra
Civilización a imagen y semejanza del modelo divino, cuyo Principio es la
Verdad y cuyo Fin es la Paz.
Siendo el
ejército de los jueces la vanguardia de choque en la Batalla de la Humanidad
contra el Crimen, en todas sus formas, al Cuerpo Judicial le corresponde
legislar todas las medidas sin las cuales la Batalla está perdida y mediante la
aplicación de las cuales la Victoria es nuestra.
Es
nuestro Deber abolir esa facultad del Cuerpo Político para alienar a la
Justicia del Poder Legislativo Anticriminal sin el que la batalla contra el
Crimen Organizado, Nacional e Internacional, crece y extiende sus tentáculos
hasta el núcleo duro de los gobiernos democráticos.
Artículo
Veintiséis: El Modelo Divino
En su
lucha por conducirnos de las tinieblas a la luz de la Verdad ha querido Dios
que nuestra Civilización contenga en su cuerpo la semilla de los valores que la
Suya contiene en árboles maduros de cuyo fruto, la Paz, se alimentan la
Plenitud de las Naciones de su Reino.
Es
nuestro Deber articular nuestra Civilización a la imagen y semejanza de la
Divina.
Por esto
los hijos de Dios de la Plenitud de las Naciones tenemos el Deber de firmar la
Carta de Adhesión al Tribunal Penal Internacional y dotar a su Cuerpo de Plenos
Poderes Ejecutivos para hacer que sus órdenes de detención contra los hallados
culpables de delitos contra la Humanidad sean entregados sin ninguna
disposición contraria por parte de los Gobiernos a quienes se dirija la orden
de captura y entrega.
Cualquier
negación por parte de un Gobierno a someterse a la Justicia Internacional sea
considerada rebelión contra la Humanidad, y quede sujeto ese Gobierno a la
investigación por colaboración y complicidad en los delitos contra la Humanidad
perpetrados por el sujeto contra el que el Tribunal firmara orden de Detención
y Entrega.
Artículo
Veintisiete: Defensa y Libertad
En la
lucha común Creador-Criatura, Dios-Hombre, contra los sistemas y males
heredados del Pasado y naturales a la Ciencia del bien y del mal, y mirando a
cerrarles el paso al Futuro a tales sistemas y organizaciones criminales que
bajo la bandera de ideologías y religiones se elevan al poder para desde el
Poder arrasar a los pueblos, propios y vecinos, los hijos de Dios de la
Plenitud de las Naciones tenemos el Deber de fundar una Corte de Apelación
Universal ante cuya Mesa los pueblos, víctimas de tales monstruos, puedan pedir
Defensa y Libertad.
La Corte
de Apelación Universal defenderá la Causa ante el Tribunal Penal Internacional
y ante el Consejo de la Plenitud de las Naciones, movilizando a ambos para la
Libertad y la Defensa de los pueblos atrapados bajo las ruedas de la Tiranía.
El
Tribunal decretará orden Internacional de detención y el Consejo moverá las
fuerzas de Captura necesarias.
Todos los
Gobiernos de la Plenitud de las Naciones trabajarán con la Corte para la
Defensa de los Pueblos poniendo a su disposición todos los medios necesarios
para el desarrollo de la Victoria de todos contra los tiranos y los dictadores
cuyo alimento es la carne humana y cuya bebida es la sangre humana.
El
Consejo entregará tales monstruos al Tribunal para que sean juzgados por sus
delitos contra la Humanidad.
Artículo
Veintiocho: La Ley de la Vida
El
Derecho Natural Divino establece que los extranjeros que huyen buscando refugio
de las guerras civiles, y hambrientos y sedientos de Justicia y Libertad, y
temiendo por sus vidas peregrinan hacia una tierra de promisión en busca de la
naturaleza humana que se les niega en sus lugares de origen: sean acogidos como
hermanos y vivan bajo la protección del Derecho, estableciendo como delito
contra la Humanidad cualquier forma de esclavitud de quien manipula su
situación para enriquecerse, sea a través del salario sea a través de la
prostitución.
Fundando
su Creación sobre una Nueva Roca contra cuyos átomos se desintegre cualquier
posibilidad de rebrote de la Ciencia del bien y del mal en el Universo, Dios
maldijo la esclavitud y decretó sentencia de Destierro de su Reino contra el
esclavista.
De aquí
que el Derecho Natural Divino establezca que los hijos de Dios tenemos el Deber
de sujetar todas las cosas a la Ley de la Igualdad, de manera que dos personas
que hacen la misma cosa no puedan recibir la una miseria, por ser extranjero, y
la otra gloria, por ser hijo del país.
El
extranjero como los nativos todos somos hijos de la misma Tierra, todos tenemos
derecho al mismo salario por el mismo trabajo.
Artículo
Veintinueve: La Ley de la Misericordia
No hay
más que una clase de Misericordia: “Estaba hambriento y me disteis de comer,
sedientos y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis, enfermo y me
curasteis, en la cárcel y me liberasteis”.
Cuando
estando en la mano impedirlo se deja morir a Cristo en el hombre el Derecho
Natural Divino establece que la sangre de los inocentes caiga tanto sobre la
cabeza del que promueve cuanto sobre la del que permite.
Los hijos
de Dios tenemos el Derecho de romper fronteras y pasar por lo alto de gobiernos
cuya política asesina es la firma de la condena a muerte de cientos de miles de
criaturas víctimas de las locuras de sus gobiernos, locura alimentada por los
intereses financieros de los monstruos internacionales que tienen en la guerra
civil controlada una fuente de lucro y poder.
La
inactividad del que ve cómo sucede el crimen y la del que promovió el crimen
son las dos caras de la misma moneda, ambas tienen por castigo la misma
sentencia: Iros al Infierno a castañear dientes.
La
Misericordia, en efecto, no se riñe con la Justicia, pero la Justicia sí lo
hace con la dureza de corazón.
Hubo una
vez otro rey que habiendo batido al enemigo con un número netamente inferior de
soldados a la hora de la victoria se encontró con miles de vencidos y heridos.
Su decisión salomónica fue asesinarlos a todos para no tener que alimentar ni
curar a ninguno. Era rey y era cristiano, era el rey de los ingleses.
La
memoria de Dios es infinita y eterna, a la hora de dar retribuirá con
Misericordia, al cristiano como al que no, ofreciendo Misericordia a quien la
tuvo de su prójimo, amigo o enemigo, conocido o desconocido, y con Justicia,
cristiano o no, a quien pisó la Justicia.
Pues el
que crea que confesando Jesús es el Señor ya está salvado ¡ay de él cuando el
Hijo del Hombre se levante para Juzgar según la Ley y no según la Esperanza!,
ese día se verá que Dios juzga a cada cual por las obras y no por las misas ni
por los aleluyas cantados en una mañana de glorias al Señor que nos perdona
todos nuestros crímenes.
La
Misericordia es para el que la da, no para el que la guarda. Pero si no se ama
al extranjero que está en medio de nosotros y se le esclaviza sin misericordia
a la vista de todos, reteniéndole su salario, ¿cómo nos preocupará el que se
muere en un campo de refugiados a miles de kilómetros de distancia?
¿Si no
nos preocupa el que está en la cárcel a la vuelta de la esquina cómo nos
preocupará el que se muere en la cárcel de un tirano por amor a la libertad?
El que
tiene el Poder y no hace nada es tan culpable como el que no le arranca ese Poder
y se lo entrega a otro que sí haga lo que debe ser hecho.
La Fe sin
las obras es un suicidio, y matar a Cristo desde la fe sin obras es un crimen.
¿Qué
castigo se merecerá el que mata al hombre que Dios creó a su imagen y
semejanza, que está en nosotros, y engendró en nosotros al precio de la
crucifixión de su Hijo?
Artículo
Treinta: El Día de Yavé
Todas las
Naciones fuimos abandonadas en las manos de una generación de hijos de Dios,
todos malvados, rebeldes a su Padre, contra el que se alzaron y a cuyo Reino le
declararon la Guerra, prefiriendo la eternidad en el Destierro a un día más en
un Universo gobernado por una Justicia que no diferencia entre el siervo y el
hijo, entre el príncipe y el ciudadano, sobre todos estableciendo la Igualdad
Eterna.
No
creyendo Dios que la criatura se atreviese a retar a su Creador mediante la
política de hechos consumados, atravesado su corazón por la lanza de la
Traición, Dios, Indestructible, abrió los ojos y, levantándose, en su dolor
alzó su Voz y poniendo su cabeza por testigo juró aplastar a su enemigo,
diciendo:
Yo alzo
mi mano al Cielo
y juro
por mi eterna vida:
cuando yo
afile el rayo de mi espada
y tome en
mis manos el juicio,
yo
retribuiré con venganza a mis enemigos
y daré su
merecido a los que me aborrecen,
emborracharé
de sangre mis saetas
y mi
espada se hartará de carne,
de la
sangre de los muertos
y de los
cautivos, de las cabezas
de los
jefes enemigos.
Alegría
en el Cielo, tristeza en la Tierra. Alegría Arriba porque Dios había recogido
el guante y con ese mismo guante, guardando ahora un puño de hierro, devolvía
el reto; tristeza Abajo porque la Batalla Final tendría por campo de batalla la
Tierra. Pero regocijo tras el sufrimiento:
Regocijaos,
gentes, por su pueblo,
porque ha
sido vengada la sangre
de sus
siervos, le ha vengado
de sus
enemigos, y hará la expiación
de la
tierra y su pueblo.
Como
grande fue el dolor, así es grande la Esperanza; si el dolor fue infinito la
Esperanza es eterna, y en ella la Victoria, firme:
Se
apoderará tu Descendencia
de las
puertas de sus enemigos.
Reducidos
a esclavitud los hijos de Abraham, en sus cadenas Dios descubría que no era a
Isaac a quien miraba, sino a Cristo.
Artículo
Treinta y uno: El Derecho a la Verdad
El
argumento supremo sobre el que un testigo puede establecer delante de un
tribunal la veracidad de su testimonio es su vida, su sangre.
Sobre su
propia sangre Cristo estableció la Inocencia de Dios respecto a cualquier
participación, ni por activa ni por pasiva, en la Muerte de Adán, de un sitio,
y la Ignorancia de Adán respecto a las intenciones criminales del ángel rebelde
por antonomasia, el llamado Satán, cabeza de la Serpiente, del otro sitio.
Porque
hubo Ignorancia Dios abrió la puerta de la Redención, Sacrificio Expiatorio por
el pecado mediante.
La Ley de
la Expiación -por el pecado del pueblo y de su príncipe- exigía como condición
sine qua non la ignorancia del transgresor.
La
corrupción del Judaísmo y la Ruptura de la Alianza entre Dios y los hijos de
Abraham según la carne vino cuando el Sacrificio se convirtió en demonismo al
pagar primero el transgresor el precio del crimen y pasar enseguida a
cometerlo, demonismo salvaje y monstruoso instaurado por costumbre sagrada que
Dios nos descubrió en el Caso de Judas el Iscariote.
Es decir,
habiendo premeditación para el crimen no hay ignorancia, y sin ignorancia no
hay perdón, razón por la cual Dios no podía perdonar a los judíos su crimen,
aunque se lo pidiera su Hijo desde la Cruz, pues cometido con premeditación,
pervirtiendo la Alianza de Moisés y transformando la Ley en Templo del Pecado,
no podía tener lugar la expiación, y sin expiación no podía procederse al
perdón.
Con
aquella transformación del sacerdocio aaronita en un negocio, tanto vale el
crimen tanto pago y paso a cometerlo con el perdón en el bolsillo, el judaísmo,
en su ignorancia, hizo una defensa del Infierno y su ideología, esa misma que
en el Edén puso en práctica su filosofía maligna bajo el presupuesto del perdón
divino en base a la Paternidad del Juez del Cielo sobre el criminal.
Hijo de
Dios, por el hecho de serlo se le debía permitir todo crimen y delito, así que
en nombre de Dios por aquí te apuñalo y por aquí te maldigo.
Los
judíos, teniendo un precio por el delito, y olvidándose de la condición sagrada
para el perdón, la ignorancia, transformaron el Templo en un negocio lucrativo
cuando los propios sacerdotes depositaban con antelación las monedas de plata
en el tesoro contra el crimen que se disponían a cometer, fuese adulterio,
robo, asesinato, o falso testimonio, etcétera.
Filosofía
maligna en la que cayera la iglesia romana y de la que fuera salvada la Iglesia
Católica por la iglesia alemana en los días de Lutero, cuando sin darse cuenta
en su ignorancia la iglesia católica fue arrastrada por la iglesia italiana a
la transformación del pecado en un negocio lucrativo, llamémoslo “el escándalo
de las indulgencias”.
Dios se
rebeló contra la Filosofía del Infierno. Ni defendida por un hijo suyo, caso
Satán, ni defendida por un siervo suyo, caso Aarón, aceptaría jamás la
transformación de su Corona en la corte pagana de un dios de dioses a cuya
salud los príncipes de su Reino podrían contar con su bendición a la hora de
matar el tiempo jugando con las vidas humanas a diablos y ángeles, policías y
ladrones, malos y buenos, héroes y monstruos.
Dios alzó
su mano al Cielo contra un hijo suyo, Satán, que osó llevar a la cruz a su hijo
pequeño, Adán, ¿y no iba a alzar su Puño contra un siervo, Aarón, que se
atrevió a clavar en la Cruz a su Hijo Primogénito?
Y como no
hay tres sin dos ¿qué le hizo pensar a la iglesia que a su obispo y a su corte
de cardenales le iba a permitir Dios lo que no le permitiera ni a su siervo ni
a su hijo, a saber, que le llenaran la copa con la sangre de sus delitos?
Artículo
Treinta y dos: El Derecho a la Misericordia
Judíos y
romanos todos fueron atrapados en la misma Ignorancia.
Sobre
Cristiano y gentil sobre todos permaneció el Velo que le impidió a los judíos
ver a Dios. Los que le vieron le amaron con una fuerza más poderosa que la
Muerte. Pero cuando se fueron los que le sucedieron vivieron de la Fe,
permaneciendo entre ellos las palabras proféticas de los que sí vieron a Dios
como antorchas en las tinieblas.
Ahora
bien, la Fe sin el Conocimiento perfecto del Hijo de Dios se corrompe.
Declaración que los Apóstoles se encargaron de establecer en sus Epístolas y
que más tarde los siglos se encargaron de demostrar, “el escándalo de las
indulgencias” la cabeza del iceberg.
Misericordia
pues para con todos, judíos y romanos, cristianos y gentiles porque en su
Omnisciencia había establecido Dios que el velo del Conocimiento perfecto de la
Divinidad no cayera de los ojos de su criatura humana hasta que le naciera a
Cristo Descendencia, esa Descendencia nacida para vencer y conquistar las
puertas de los enemigos de su Padre que está en los Cielos, su Rey.
Artículo
Treinta y tres: El Derecho a la Paz
Todos los
ejércitos del Reino de Dios están bajo el Mando del Rey del Cielo, Cabeza
Suprema del Consejo de los hijos de Dios, a cuya Voz y sólo a cuya Voz se
mueven los ejércitos de la Alianza de la Plenitud de las Naciones del Universo.
Como en
el Cielo en la Tierra, los hijos de Dios tenemos el Deber de separar los
gobiernos políticos de las naciones miembros del Consejo de la Plenitud de las
Naciones, en cuyos Miembros residirá el Poder de la Guerra y la Paz, y ante
cuyo Cuerpo y sólo a su Consejo los ejércitos de la Alianza de la Plenitud de
las Naciones deberán Obediencia.
Siendo la
Paz el bien supremo por excelencia de la Creación, Dios ha dispuesto que este
Poder resida sólo en la Corona de su Hijo, Cabeza Suprema del Consejo de la
Alianza de la Plenitud de las Naciones de su Reino.
El
Consejo de los hijos de Dios y el Consejo de los Estados Mayores de los
ejércitos de la Alianza de la Plenitud de las Naciones del Reino de Dios
forman, como cabeza y brazo, parte del mismo Cuerpo y únicamente este Cuerpo,
cuya Cabeza es el Rey, Jesucristo, tiene el Poder de la Guerra y la Paz.
Artículo
Treinta y cuatro: La Ley del Rey
La
experiencia es la madre de la Ciencia. Pero la Ciencia al servicio del hombre
en tanto que animal político se convierte en arma de destrucción en las manos
de una bestia, con apariencia humana, nacida de hombre pero inhumana, con un
sólo propósito en mente: Imponer su infierno en el mundo.
Sobre
esta Ley ha establecido Dios el núcleo duro de su Reino, prohibiendo el acceso
de todo gobierno ajeno a la Alianza Cristiana Mundial a las Tecnologías de
Defensa.
Las leyes
que se derivan, la prohibición de venta de información y material fuera de la
Alianza del Rey, y la adquisición de la propiedad de las industrias de Defensa,
para su transformación en Patrimonio para la Paz Universal, sujeto al Consejo
de los hijos de Dios, tienen por fundamento la necesidad de establecer los
pilares de su Reino acorde a las dimensiones de infinitud y eternidad de la
Creación.
Habiendo
aprendido Dios de la experiencia que la sujeción de los ejércitos nacionales e
internacionales a la voluntad temporal y a los intereses pasajeros de los
gobiernos políticos está en la causa de la guerra, puso sobre la mesa una Nueva
Alianza por la que todos los Gobiernos ponen sus ejércitos en sus Manos.
Anticipando
esta Revolución Universal Sempiterna se presentó ante nosotros en su Libro como
YAVÉ de los ejércitos. Que el Hombre la firme o se niegue a poner en las manos
de su Creador lo que le pertenece por Derecho de Creación es un tema diferente.
Satán se
negó a firmar la Alianza que Dios y su Hijo nos pusieron delante de los ojos, a
todos, hombres y no hombres, por la que Yavé de los ejércitos es el Dios de
todos y su Hijo, Jesús, el Rey Universal y Sempiterno de su Creación.
Unigénito
y Primogénito, “el Brazo de Yavé”, el Rey de sus ejércitos, Jesús, nuestro
Jesucristo, Origen de nuestra Luz, Nuestro Maestro y Salvador, Señor y Rey, las
dos condiciones que el Infinito y la Eternidad ponen sobre la mesa para el
crecimiento y la perpetuación de una Civilización en el espacio y el tiempo,
Universalidad y Sempiternidad, estas dos condiciones
cumplidas en su Naturaleza de Dios Hijo, sujetando todo el Poder a su Corona :
su Padre estableció la Ley del Rey contra la voluntad temporal y los intereses
pasajeros de los Gobiernos Nacionales e Internacionales en el origen de las
guerras, civiles y mundiales, que hasta el presente ha sufrido la creación
entera.
Por esta
Ley cualquiera que no firme la Nueva Alianza sobre la que Dios volvió a crear
de nuevo su Reino firma contra su cabeza, sea hijo o siervo de Dios, la pena de
destierro de la Creación.
Artículo
Treinta y cinco: La Ley de la Civilización
Que
ningún hombre ni grupo humano alguno sea objeto de persecución por sus ideales
de justicia. En razón de lo cual los hijos de Dios tenemos el Deber de abolir
cualquier potestad del Estado para atentar, reprimir, demonizar o controlar las
fuerzas que la Imagen Divina, que vive en el Hombre, pone en movimiento para
sacudir de la Sociedad la Inercia natural a cualquier etapa posterior a una
gran victoria.
Todo
movimiento del Estado que extralimite sus funciones administrativas es un
delito contra la Sociedad.
La
Sociedad ha nacido libre y ha sido dotada por su Creador de todas las fuerzas
necesarias para, sin la Violencia del Estado, ser capaz por sí sola de abrirse
paso hacia las fronteras tras las que se halla la tierra prometida de la
Verdad, la Justicia y la Paz.
Esta Idea
de la Justicia es irrenunciable porque es Divina y, cualquier acción del Estado
en contra, como la Historia ya se ha encargado de demostrarlo, es objeto de
ruina.
En
consecuencia los hijos de Dios tenemos el Deber de cortar todos los hilos por
los que el Estado se arma para combatir la Justicia Divina que se descubre en
quienes esa Imagen es más fuerte que su propia vida.
Como en
su día la Separación Estado-Iglesia demostró ser uno de los pilares de la
Civilización, en el nuestro la Separación Estado-Gobierno es, a la vista los
hechos, una Necesidad de Justicia: revolucionaria e irreversible, es decir,
Divina.
Artículo
Treinta y seis: La Ley de la Justicia
Que todo
sacerdote que haga apología del crimen ordenando cárcel o muerte contra quienes
sus ideas disientan de las suyas sea llevado ante la justicia humana para
responder de su delito de incitación al crimen.
Los hijos
de Dios tenemos el Deber de expulsar de la sociedad de nuestro Padre a todos
los siervos que, contra el Espíritu de la Justicia Divina, se alzan en
inquisidores y ejecutores, sea directa o indirectamente, de quienes, según su
entendimiento, yerran su camino.
La
Palabra de inteligencia y sabiduría es la única arma que alzó Cristo contra
quienes querían crucificarle, y esta, la Palabra, es la única arma que hemos
heredado, hijos y siervos de Dios.
CONCLUSIONES
FINALES
Cuando
Dios creó el Hombre proyectó sobre nuestro ser la Naturaleza Social de su Ser.
Sociales
por naturaleza quiso Dios, acercándonos a su Naturaleza, proyectar sobre
nuestro ser la Inteligencia de su Ser.
Inteligentes
por naturaleza quiso Dios acercarnos aún más a su Ser proyectando su Paternidad
sobre nuestro ser.
Finalmente,
amándonos con todas sus fuerzas, y viendo que no encontrábamos nuestra
naturaleza de hijos de Dios, nos envió a su Hijo Primogénito para que en su
Naturaleza encontrásemos la naturaleza de hijos que nos fue dada al Principio.
Hijos de
Dios, por la carne o por el espíritu, nuestra naturaleza inteligente nos pone
delante del Hecho de la Sociedad del Reino en el que Dios ha transformado su
Relación con su Creación. Sobre la cual entendemos lo que en la Declaración de
Principios se expusiera, que la Libertad y el Amor son las dos columnas eternas
sobre las que Dios ha levantado el Edificio de esta Sociedad Creador-Criatura.
Y nos
pone delante de la situación que nuestro Dios se encontró al tener que salir
del Conflicto Cósmico en que una parte de sus hijos le obligó a entrar. El
Modelo Antiguo anterior a la Caída, habiendo provocado esa situación, tenía que
desaparecer y ser sustituido por uno Nuevo, éste fundado sobre una Roca
Inconmovible cuyo horizonte se abriese al Infinito y cuyo cuerpo social
estuviese inmunizado contra cualquier conato de Guerra, por la Eternidad.
Enfrentado
a esta Situación de Revolución, Dios tenía que adoptar las medidas necesarias,
en la matriz de su Victoria poniendo en primer lugar la Fundación de ese Nuevo
Modelo Social, a cuyo Nacimiento debería quedar supeditado todo lo demás,
incluso el Género Humano, incluso el Dolor de su Hijo si era necesario.
La
Necesidad impuso su Ley. El Género Humano tendría que seguir sufriendo los
golpes del látigo de la Guerra Civil perpetua hasta que la Nueva Estructura que
su Creación había de recibir quedase definitivamente configurada. Con todo el
dolor de su Corazón así debía de ser. La Necesidad le impuso beber a su Hijo
Unigénito el Cáliz de la Pasión.
Esa misma
Necesidad tenía que alcanzar su meta y, sufriendo el dolor pasajero de los
siglos venideros, depositando la creación entera su expectación en el bien que
el futuro nos reservaba a todos, llenarle a Dios la Copa con las lágrimas que
el dolor de dos mil años había de servirle en abundancia. ¿Quién sino ÉL, Dios
de la Eternidad y el Infinito, el Amado de la Sabiduría Creadora, podría darle
la vuelta a la tortilla y convertir la Tragedia del Género Humano en una
Epopeya con final feliz?
Aliviada
su alma con la Obediencia de su Hijo, que al precio de su sangre nos engendró a
todos, en sus Manos puso nuestras vidas, depositando en su Juicio la Esperanza
de Salvación Universal en la que la Creación entera, conociéndola, halló el
alivio que los desgarros de nuestra tragedia habrían de ocasionarle a su
corazón.
Un Reino
Universal y Sempiterno, formado por muchos Mundos, cada uno con su Origen en
Tiempos y Estrellas distintas, creciendo sin límites, extendiendo sin término
sus fronteras y sus naciones.
Una
Iglesia Universal y Sempiterna, a la imagen y semejanza de su Señor,
depositaria de las verdades eternas para la alegría de todas las Naciones y
gloria de nuestro Rey.
Un
Pueblo, el Humano, formado por muchas naciones, Nación entre otras Naciones,
cada uno un Mundo, todos unidos al mismo tronco, la Corona de Dios, como las
ramas al mismo árbol, el Árbol de la Vida.
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