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LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 

EL CORAZÓN DE MARÍA

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA

VIDA Y TIEMPOS DE LA SAGA DE LOS RESTAURADORES

 

 “He aquí que vengo presto. Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este Libro. Y yo, Juan, oí y ví cosas. Cuando las oí y las vi, caí de hinojos para postrarme a los pies del ángel que me las mostraba.

Pero me dijo: No hagas eso, pues soy consiervo tuyo, y de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este Libro; adora a Dios. Y me dijo: No selles los discursos de la profecía de este Libro, porque el tiempo está cercano. El que es injusto continúe en sus injusticias, el torpe prosiga sus torpezas, el justo practique aún la justicia y el santo santifíquese más. He aquí que vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA, EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO, EL PRINCIPIO Y EL FIN. Bienaventurados los que lavan sus túnicas para tener acceso al árbol de la vida y a entrar por las puertas que dan acceso a la Ciudad. Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todos los que aman y practican la mentira.

Yo, Jesús, envié un ángel para testificaros estas cosas sobre las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella brillante de la mañana. Y el Espíritu y la Esposa digan: Ven. Y el que escucha diga: Ven. Y el que tenga sed, venga, y el que quiera tome gratis el agua de la vida...Amén” 

 

1

La Saga de los Restauradores 

 

Por aquellos días (s. I a.C.) le suscitó Dios un hombre de su agrado a su pueblo. Del linaje de Aarón, sacerdote, aquel hombre llamado Abías era el único ciudadano en toda Jerusalén capaz de plantarse delante del rey, cortarle el paso, quitarle la palabra y cantarle en pleno rostro las cuarenta verdades que se merecían sus actos y su forma de gobernar.

El Asmoneo -Alejandro Janneo era su verdadero nombre- miraba al tal Abías con los ojos perdidos en el horizonte, el pensamiento clavado en alguna de las páginas del libro del que parecía haberse escapado aquel hombre de Dios, posiblemente de las del libro de Nehemías. Una de aquéllas páginas de reyes y profetas que tanto les gustaba a los niños de Israel y sus padres les narraban con acentos épicos en la garganta, la voz en el eco de tambores lejanos tocando a hazañas bélicas, cuando los héroes de muy antiguo, Sansón y Dalila, los treinta valientes del rey David y su arpa de cuerdas de pelo de cabra, Elías el vidente volando a lomos de los cuatro caballos del Apocalipsis, uno de fuego, otro de hielo, otro de tierra y el último de agua, los cuatro cabalgando juntos por el viento de los siglos tras el Mesías que habría de ser bautizado en las mismas aguas del Jordán que se partió en dos para dejar paso a un profeta calvo. El holocausto de naciones perdidas bajo cenizas de apocalipsis escritos en la pared, las guerras del fin del mundo de los poetas muertos, las historias interminables de los sueños de las romas eternas, visiones de druidas sobre una babilonia en plena construcción de una escalera al cielo, hércules paridos por una loba con mala leche, ruinas de ciudades de filisteos sin nombre ni patria a la búsqueda del paraíso perdido, la utopía de las meretrices egipcias amamantando hebreos más viejos que Matusalén, el héroe de Ur la Oscura proclamando su divinidad sobre el altar de los bárbaros del Norte, el sur al este del Edén, el oeste a la derecha del río de la vida, cuando la muerte tenía un precio, al principio de los tiempos, al alba de los siglos. Érase una vez un copero que conquistó un imperio. Érase una vez un diluvio universal, un arca sobre las aguas que cubrían el mundo. La pasión de ser, el hecho de ser, la actualidad del ayer siempre presente, omnipresente, omnisciente, más guerras del fin del mundo, más héroes de hierro, nuevos másteres del universo, el futuro es mañana, la verdad la tiene el elegido, el elegido es el vencedor, ¡a mí los de Yavé!, tengo la esquina de tu manto ensartada en la punta de mi espada, rey, señor. Hace falta algo más que una corona para ser rey, algo más que tres brazos para ser el más fuerte, el pasado fue ayer, hoy es mañana, los ángeles nunca beben ni comen pero a veces se aparean con las hembras humanas y paren mala saña, la semilla del diablo, cuando los héroes eran semidioses y los semidioses monstruos de dos cabezas imponiendo su ley de terror. Y sigue trayendo a la memoria nombres, y tiempos.

¡Ah, aquellos mitos y leyendas del pueblo que salió del mar, se desparramó por la Palestina bíblica y revolucionó la historia del mundo con su terremoto de tribus en misión sagrada!

¡Qué niño en Jerusalén no conocía aquellas historietas de los tiempos de María Castaña!

“Que viene Goliat”, les decían los abuelos a los críos cuando eran malos y querían asustarlos.

El Asmoneo se burlaba de aquellas historietas para niños y se reía en las barbas de sus abuelos de los fantasmas del pasado. Él era real, su profeta Abías era real. ¿De qué le había valido a nadie el sueño del reino mesiánico? ¿Adónde los había conducido una vez y otra el deseo de hacerlo realidad?

“¡Y todavía quieren volver a intentarlo una vez más! De locos”, pensó para sí el Asmoneo.

Los hombres del rey de Jerusalén, todos perros de la guerra, todos soldados de fortuna de la Palestina oscura y profunda al servicio de la Abominación Desoladora, todos miraban al último profeta hebreo con los ojos atravesados por la rabia. Aunque al Asmoneo le hiciera gracia su personal profeta de desgracias lo cierto es que también a él se le cambiaba la cara cada vez que Abías le lanzaba a bocajarro sus oráculos. Sin embargo, en su papel de rey para un profeta el Asmoneo detenía la rabia de sus hombres y se dejaba enjuagar las orejas con aquellas frases tan apocalípticas sobre su suerte.

“Escucha el oráculo de Yavé sobre tu linaje, hijo de Matatías”, con aquella voz tan suya le anunciaba Abías.

“El Dios al que profanas en el trono y en su Templo extirpará de raíz tu semilla de la faz de la tierra sobre la que reinas. Ha hablado Yavé y no se arrepentirá; no abolirá su sentencia: Tus hijos serán devorados por una fiera extranjera”.

A los asesinos a sueldo del Asmoneo maldita la gracia que le encontraba el rey de Jerusalén a semejantes anuncios de muertes, desolaciones, ruinas, devastaciones, destrucciones, infiernos. ¿Pero cómo podía permitirse él, Alejandro Janneo, un descendiente legítimo de los Macabeos, de raza pura, que un sacerdote le hablara de aquella manera?, se preguntaban los unos a los otros aquellos perros de la guerra.

Alejandro los miraba con cara de asombro. ¿Le merecía la pena perder su tiempo tratando de explicarles por qué se dejaba lavar las orejas con aquellas sentencias espeluznantes tan bíblicas, tan típicamente testamentarias, tan netamente sagradas? Por un momento se lo pensaba, pero al siguiente se decía que no. No lo entenderían nunca.  

Aunque él se parase días enteros a explicarles de qué iba la cosa los cerebros de sus mercenarios nunca serían capaces de elevarse más allá de la distancia que lo hacían sus espadas del suelo.

¿Estaba el mundo para perder el tiempo esperando a que los burros volasen tras la estela del carro del sol, o que los peces volasen por las sierras de las nieves en busca del último yeti, o que los pájaros nadasen por las aguas detrás del buque de un Colón aún no nacido? ¡Cómo podría meterles en la cabeza el Asmoneo a sus perros de fortuna que aquél Abías era su profeta!

Ese Abías era el profeta que le daba todo el sentido divino a su corona. Sin su profeta particular, personal, suyo, su corona nunca trascendería, su dignidad de rey no se vería nunca sublimada a los ojos del futuro. Abías sería el carro de gloria sobre el que su nombre trascendería los siglos y llevaría su memoria más allá de los milenios incluso. Podía ser que su nombre se olvidara, pero el de Abías viviría para siempre en la memoria del pueblo.

“¿Lo comprendéis ahora? ¿Os entra en la cabeza? Mi nombre y el suyo irán asociados en la eternidad. Pero si yo lo mato mataré mi memoria. ¿Os dice esta perspectiva algo sobre la naturaleza de mi relación con el creador de vuestras más terribles pesadillas?”, lo mejor que podía intentaba el Asmoneo meterles a sus perros de la guerra algo de inteligencia en sus cráneos de piedra.

Todo para nada.

Pero era la verdad. Alejandro debía felicitarse porque también a él le había dado Dios su propio profeta. Todos los reyes de Judá tuvieron su bufón, su harén, y, cómo no, su profeta. Para bien o para mal es otra cuestión; lo importante era tenerlo.

Por lo demás, desde el punto de vista de la política el tal Abías era inofensivo. Sí señor, su profeta era tan inofensivo como una libélula del estanque real, tan poco dañino como una araña del jardín de su harén balanceándose entre el polvo de las cortinas, tan indefenso como un gorrioncillo abandonado con el ala rota a la intemperie de un invierno boreal. Un despiste, un sólo paso en falso y en un abrir y cerrar de ojos “el último profeta” sería convertido en el rastro que el aliento de la aurora dejó en alguna parte al otro lado del orto. ¿O acaso creían sus perros mercenarios que él, Alejandro Janneo, el hijo de los hijos de los Macabeos, iba a permitir que el tal Abías cruzase la línea entre anunciar desgracias y provocarlas? ¿Estaban bien de la cabeza?

Aquélla era su gente. El Asmoneo no las amaba ni sentía por su pueblo ninguna pasión nacionalista, pero era su gente y sabía cómo funcionaban sus mentes. Si Abías no cruzaba la raya no era porque le tuviera miedo a la muerte; era porque no estaba en su natural provocar lo que anunciaba, él se limitaba a dar el Oráculo de Yavé. Su Dios decía y él hablaba. Podía callarse y no exponerse a que una espada le cortase el cuello de un tajo, pero eso iría contra su naturaleza.

Además que con la misma pasión que Abías le servía su cabeza en bandeja de plata sin miedo de ninguna clase a que un día el Asmoneo se cansara del baile, con esa misma pasión su profeta, no el profeta del rey aquél, o del rey tal y cual, su profeta, el suyo propio, aquél Abías arremetía sin cortarse un pelo de la lengua contra saduceos y fariseos juntos por echarle leña al fuego del odio que los consumía a todos y los arrastraba a la guerra civil.

“Es único este Abías”, se decía. Y seguía el Asmoneo su camino muerto de risa.

 

2

La Matanza de los Seis Mil

 

Cosa curiosa donde las haya el Pueblo pensaba lo mismo que su rey sobre la misión sagrada del último profeta vivo que les quedaba.

El Pueblo corría al encuentro del sacerdote Abías, llenaba el Templo durante su Turno. Igual que si se tratara de un enjambre de niños abandonados a su suerte en el núcleo más violento de una jungla de pasiones alimentadas por un odio que no se satisface nunca, y de golpe vieran alzarse un hombre de verdad entre ellos, el pueblo de Jerusalén corría al encuentro de Abías en busca de entendimiento, comprensión y esperanza.

“No lloréis, hijos de Jerusalén, por las almas que se van sacadas de sus casas por la violencia. En el seno de Abraham reposan esperando el día del Juicio. Llorad más bien por las que se quedan porque su destino es el fuego eterno” les decía Abías.

El hombre de Dios y el Pueblo estaban hechos el uno para el otro. Era la verdad. Y él, el Asmoneo, estaba hecho para cortar cabezas y oír luego la sentencia de su profeta sobre la suya:

“Ha hablado el Señor, Oráculo de Yavé, y no se arrepentirá. El águila contempla desde la altura a la serpiente y el buitre planea esperando el despojo. Tus hijos son la carne. ¿Quién es el que se afana para la casa de otro? A su tiempo se verá que hay Dios en esta tierra cuando la serpiente huya del águila”.

Y también esto era verdad. Una verdad tan grande como la isla de Creta, como el mar Grande, como el cielo infinito lleno de estrellas, como la gran pirámide del Nilo. Y si no que se lo preguntasen a la montaña que el Asmoneo levantó con las cabezas que arrancó de sus cuellos aquella jornada para el olvido.

No fueron dos ni tres, ni cien ni doscientas. Fueron “seis mil” las cabezas que sacrificó a su pasión por el poder absoluto el nieto de los Macabeos. Seis Mil almas en una sola jornada. ¡Qué horror, qué locura, qué humillación!

Sucedió en Jerusalén la Santa, aquella Jerusalén hacia cuyos muros dirigían su plegaria todos los judíos del orbe. No sucedió en la ciudad de un rey bárbaro, ni sucedió en pleno campo de batalla durante el remate de los caídos. Ni fueron las cabezas de un pueblo extraño las que corrieron cuestas abajo Vía Dolorosa arriba hasta acabar a los pies del Gólgota. Fueron las cabezas de sus vecinos, las cabezas de las gentes que le saludaban cada noche, las cabezas de la gente que solían darle los buenos días. ¡Qué desastre, qué vergüenza, qué tragedia!  

Sucedió durante la celebración de una fiesta religiosa. Una de las tantas que el calendario templario tenía consagrada a la memoria de los inolvidables acontecimientos vividos por los hijos de Israel desde Moisés a los días corrientes. Pasó que el Asmoneo heredó de sus padres el sumo sacerdocio. En calidad de Pontífice fue a celebrar el rito de apertura que rompía la monotonía del año. Aquel detalle de creerse igual al César, general y pontífice máximo en un todo, les molestaba a los nacionalistas más que nada en el mundo. Les molestaba y les divertía. ¿Cuándo se vio a una serpiente soñando con ser águila?

En su papel de Papa de los judíos allá que fue el Asmoneo a declarar abiertos los festejos que solían romper la monotonía del año. Se sentó en su trono de sumo sacerdote todo metido en su papel de Su Santidad en la Tierra. A punto de dar su bendición urbe et orbis estaba cuando, de pronto, sin avisar, movido por un inexplicable cambio de humor, el Pueblo comenzó a arrojarle tomates podridos, gusanos fétidos, papas revueltas en barro agusanado, limones de cuando los dinosaurios habitaron tierra santa. ¡Un escándalo! Sus enemigos contemplaron desde las murallas el show. Con las miradas se lo preguntaron todo: ¿Qué hará el Asmoneo? ¿Se meterá para dentro y dejará correr la bola? ¿O saldrá enfurecido con la cólera de un semidiós sacado de su séptimo sueño, el triunfalista?

Por las barbas de Moisés, si el Asmoneo los hubiera dejado seguir seguro que los jerusaleños hubieran convertido la fiesta en un concurso y se hubiesen jugado el todo por el todo a ver quién arrojaba el primero la última piedra. El Asmoneo sacó su espada de debajo del sobaco de los santos y dio la orden a sus perros de la guerra: “¡Qué no quede ni uno!”, bramó sanguinario.

Lo que se vio entonces no se había visto jamás en toda la historia de los judíos. Nunca antes se había visto salir del Templo un ejército de demonios macabros, espada en mano, degollando sin mirar edad ni sexo. Si en el Templo de Jerusalén tenía su trono el Señor Dios ¿a las órdenes de quién entonces estaban aquellos monstruos asesinos segando vidas sin mirar a quién?

¿No es más bien el Diablo quien tiene su trono en esta Jerusalén de los Asmoneos?, inconsolables se preguntarían después los familiares de los muertos mientras Vía Dolorosa abajo acompañarían a sus difuntos al Cementerio Judío. ¡Para entonces sería demasiado tarde!

En aquel día de fiesta y alegrías los perros del Asmoneo se desparramaron por las calles y según fueron encontrando judíos los fueron degollando, atravesando, mutilando, descabezando, cortando en pedazos, por diversión, por deporte, por pasión, por devoción al Diablo.

Éste, el Diablo, sentado en su trono el Diablo contemplaba aquella orgía de sangre y terror, y preso de la angustia del que sabe que el día terrestre sólo tiene 24 horas se lamentaba de lo rápido que pasan dos docenas de sesenta minutos. De haber tenido a su disposición una docena más seguro que no hubiera dejado vivo ni un judío. La voluntad del Diablo era clara, matarlos a todos; pero el todopoder de su siervo para ejecutarla no llegaba a tanto. Así que señor y siervo tuvieron que conformarse con la cifra de Seis Mil cabezas. Que tampoco estaba tan mal para un solo día. Después de todo el demonio más malo trabajando a destajo no hubiera sobrepasado esa cifra en mucho. Se dice muy pronto “seis mil muertos” en una jornada.

Flavio Josefo, el historiador oficial de los judíos, en sus días acusado por los historiadores cristianos de falso, apuntó alto al dar Seis Mil muertos en una jornada. La cuestión es, ¿redujo Flavio Josefo el número de víctimas a su mínima expresión posible mirando a suavizar ante los ojos de los romanos el alcance de la tragedia? O al contrario, ¿movido por su política de odio hacia la dinastía asmonea exageró el número?

Como todo el mundo sabe entre los judíos la popularidad de los Asmoneos cayó muy bajo en tiempos postreros; hasta el punto de llegar a ser considerada por las generaciones que les sucedieron un periodo maldito, una mancha negra en la historia del pueblo elegido. Seguramente Flavio Josefo fue de esta última opinión y especialmente crítico con los dinastas Asmoneos, sobre todo con el gobierno de Alejandro I Janneo, hinchó la naturaleza de sus crímenes con el objetivo de transmitir a sus paisanos su particular odio. O pudo ser lo contrario y desinfló la cuenta pensando en la repulsa visceral hacia los judíos que sus lectores romanos sentirían leyendo la historia de aquella matanza. Volvamos no obstante a los hechos.

Desde el punto de vista del Asmoneo lo suyo hubiera sido que no hubiese quedado nadie para contarlo. Pero como los muertos no hablan la fama de aquella jornada no hubiese subido a la memoria y nadie se hubiera acordado de ella el día de mañana.

Desgraciadamente para los malos el Diablo alaba su gloria más de lo que su gloria infernal se merece; en consecuencia, sus servidores acaban siempre frustrados y atrapados en las redes de una araña que sin ser todopoderosa sí es lo suficientemente fuerte para engullirlos a todos en sus maniobras. Lo natural fuera que un príncipe del Infierno se sentara a contemplar su obra desde el epicentro de la gloria de quien está más allá del bien y del mal; afortunadamente los cuernos del Diablo se retuercen hacia abajo, y, contra natura, acaban hincándosele al propio demonio por la espalda. Ignorantes de su suerte tarde o temprano sus adoradores por ahí la cagan, y claro, así apestan.

En definitiva, aunque la voluntad del Diablo fuera el exterminio total de los judíos, ¡hombre! digo yo que alguno sí tuvo que quedar. Y como parece ser que al otro día Jerusalén entera se hartó de llorar no miento diciendo que alguno sí que quedó.

Luego, repensándolo con más claridad y tiempo, el Asmoneo no logró encontrar la salida del laberinto en que en su cólera se había metido. Sucedió todo tan rápido. ¡Si al menos hubiera olido el guiso que a sus espaldas se estuvo cociendo! De todas formas tampoco mostró signo alguno de arrepentimiento. Al contrario. “¡Hay que ver, es una maravilla lo que tarda un cachorro de la especie humana en criarse y lo poco que tarda en desangrarse!” se dijo.

El Asmoneo no se cansaba jamás de maravillarse. Después, durante el entierro en masa de los desgraciados jerusaleños que quedaron atrapados en las redes de su locura insana, el Asmoneo no paró de mover la cabeza. Nadie sabía si de lástima o porque estaba echando en falta algún que otro muerto.

Yo creo que el Asmoneo hacía sus matanzas con la mente del científico en pleno proyecto de experimentación de una fórmula nueva. “Si mato doscientos ¿qué pasará? ¿Y si le resto uno y le sumo treinta y tantos?” ¡Un monstruo! Su amor por la investigación no tenía tope. Ora freía un manojo de niños made in fariseolandia, ora devoraba un plato de vírgenes en su salsa. Pero sin dejarse llevar por la pasión, todo muy correcto, muy escrupulosamente, con la objetividad fría y acerada de un Aristóteles impartiendo Metafísica al aire libre.

¡Quién dijo que los hombres no pueden llegar a ser demonios si sabemos que algunos llegaron a ser como los ángeles!

Lo llamaron el Asmoneo -su apodo para la posteridad- en memoria de un tocayo del infierno, un diablo de la corte del príncipe de las tinieblas. Igualito que su tocayo maligno Alejandro Janneo sentía por el trono un amor asesino que le devoraba las entrañas y le transformaba la sangre en fuego.

Fuego en vez de sangre tenía en las venas el Asmoneo. El fuego le salía por los ojos de lo malo que eran sus pensamientos. Quien osaba sostenerle la mirada al Asmoneo veía al Diablo detrás de las bolillas de sus ojos, dominando su cerebro y desde su cerebro maquinando toda clase de maldades contra Jerusalén, contra los judíos, contra los gentiles, contra todo el mundo. Y lo más trágico era que el Asmoneo no se creía nada.

“Si no existe Dios cómo va a existir el Diablo” se confesaba con sus hombres el sumo pontífice de los hebreos. ¡Un Papa ateo! Que el César fuera sumo pontífice y fuese pagano, ateo y la demás parafernalia, se admite a trámite. Pero que el Pontífice de los judíos fuera más ateo que el César, ¿cómo se traga esta bola?

Lo cierto es que en aquella ocasión el Asmoneo estuvo casi a punto de dejarse masacrar. Al cabo lo pensó mejor y se dijo “pero qué tonto soy, un poco más y me creo de verdad que soy el santo padre”.

La verdad, si la verdad entera hay que contarla, la verdad es que el humor popular pasó a tal velocidad de la alegría más sana a la demencia más absoluta que no se pudo hacer nada. Así que, ¿cómo culpar al Asmoneo de haber luchado por su vida y haberse defendido llevando al extremo el sagrado derecho a la autodefensa?

¿Y cómo absolverlo de haber provocado con sus delitos una situación tan tremenda?

No es fácil hallar al culpable, la cabeza de turco a la que cargarle aquella monstruosa Matanza. Lo que no iba a hacer el Asmoneo era echarse las culpas. De tonto no tenía un pelo.

“Que tiemblan las piedras del Muro de las Lamentaciones, que tiemblen” se dijo. “Que la sangre navega enrabiada Jerusalén abajo hasta el Jardín de los Olivos, que navegue. Que conmovido el viento se lleva en mejillas rotas una elegía por Jerusalén que le destrozará el alma a Alejandría del Nilo, a Sardes, a Menfis, a Seleucia del Tigris y hasta a la propia Roma, que la lleve. Lo que a mí me preocupa es cuándo la vida me concederá la gracia de acabar con los cobardes que salieron huyendo como las ratas. Si tanto los querían, pues que tanto los lloran, ¿por qué los abandonaron a la matanza?” de esta manera excusaba el Asmoneo su crimen.

Los sicarios del Asmoneo le reían la gracia. Los judíos por el contrario no sabían cómo contener el grito de venganza. Si ya antes no podían soportar al Asmoneo, que les arrancaba a sus hijas sin darles a cambio plata, y se las llevaba y las vendía a su antojo y voluntad invocando tradiciones salomónicas, todas ellas santas; si ya no podían verlo cuando mataba a sus hijos por el sólo hecho de intentar despegar los labios para protestar por sus crímenes sordos; después de la Matanza de los Seis Mil en una jornada el odio le dio la mano a la locura y la declaración de guerra sin cuartel contra el Asmoneo se oyó de un confín al otro del mundo.

“El Asmoneo tiene que morir” pedía Alejandría del Nilo.

“Muerte al Asmoneo” repetía Seleucia del Tigris.

“El Asmoneo morirá” juraba Antioquía de Siria.

“Amén” respondía Jerusalén la Santa.

 

3

Los Magos de Oriente

 

El odio al Asmoneo se transmitió de sinagoga en sinagoga. Una sinagoga le pasó la consigna a la otra y en menos tiempo de lo que el Asmoneo hubiera querido el orbe entero estuvo al tanto de sus hazañas.

“Ligeras son en verdad las alas de Mercurio, alteza” vinieron a quitarle la preocupación sus perros de la guerra.

A consuelo de tontos, lágrimas de cocodrilos, decía el proverbio.

El hecho es que el odio de los jerusaleños contra el Asmoneo voló con alas ligeras de una esquina a la otra del mundo judío. Cómo no, la noticia llegó también a la sinagoga madre, la Gran Sinagoga de Oriente, la sinagoga más vieja del universo.

Aunque fundada por el profeta Daniel en la Babilonia de siempre, la Babilonia de las leyendas, la Babilonia clásica de los antiguos, con el cambio de los tiempos y las transformaciones del mundo la Gran Sinagoga de Oriente cambió de ubicación. Al tiempo presente los Magos de Nabucodonosor se habían desplazado a la capital de un emperador que no conoció la gloria de los Caldeos ni le interesaba los fantasmas de Akkad, Ur, Lagash, Umma y demás ciudades eternas de la Edad de los Héroes y los dioses, cuando criaturas de otros mundos hallaron hermosas las hembras humanas y contra prohibición divina cruzaron su sangre con ellas, cometiendo contra las leyes de la Creación pecado inolvidable, crimen que se castiga con el destierro del cosmos entero.

Alejandro Magno, como todos sabéis, echó abajo aquella Babilonia de las Leyendas. Su sucesor en el trono de Asia, Seleuco I “el invencible”, debió pensar que no merecía la pena reconstruir sus muros y en su lugar se construyó una ciudad enteramente nueva. Siguiendo la moda de la época la llamó Seleucia; y del Tigris por estar a las orillas del río del mismo nombre.

Obligados por el nuevo rey de reyes los habitantes de la Vieja Babilonia cambiaron de domicilio y vinieron a poblar la Nueva. De buen grado o a fuerza de decreto es el dilema. Pero conociendo la estructura de aquel mundo uno se puede permitir el lujo de creer que el cambio de domicilio se hizo sin más protestas que las de aquellos a los que se les negó el permiso de residencia. Al construir Seleucia del Tigris su fundador apartó de su Ciudad los elementos persas no purgados por Alejandro Magno. Medida que, como comprenderéis, benefició a las familias judías que a la sombra de la aristocracia persa dirigió el Comercio entre el Oriente Lejano y el Imperio. Protegidos de los Aqueménidas y expertos conocedores de todas las funciones de gobierno, los judíos alcanzaron en el imperio persa una posición social relevante, hasta el punto de suscitar la envidia de un sector de la aristocracia. La Biblia nos cuenta cómo el complot de este sector contra los judíos parió la primera solución final, abortada milagrosamente por la ascensión al trono de la reina Ester. Este trance superado la naturaleza siguió su curso. Los descendientes de la generación de la reina Ester se dedicaron al Comercio, y llegaron a ser con el tiempo los verdaderos intermediarios entre el Oriente y el Occidente.

Cuando Alejandro echó abajo la Babilonia persa las familias judías quedaron libres de la sujeción al amo aqueménida. Alejando fue sucedido en el gobierno de Asia por su general Seleuco I el Invencible. Con el cambio de amo la situación de los judíos mejoró. Lo único que Seleuco les exigió a los residentes de Seleucia del Tigris fue que se dedicasen a los negocios y no se metiesen en Política.

Eliminada la competencia persa, solos al frente del comercio entre el Oriente y el Occidente, a la altura del siglo en el que nos encontramos, Primero antes del Nacimiento, las familias hebreas que habían sobrevivido a las transformaciones de los dos siglos pasados llegaron a enriquecerse enormemente. (No olvidemos que las minas del rey Salomón tuvieron su fuente en el control del comercio entre el Oriente y el Occidente. Hacia esta zona los Liberados de Ciro dirigieron su talento. Tanto más cuanto que la reconstrucción de Jerusalén y la compra pacífica de la tierra perdida habrían de costarles montañas de plata. Como todos sabemos el Diezmo debido por todo hebreo al Templo era un deber sagrado. Desaparecido el Templo dejó de tener sentido ese Diezmo. Pero al ser reconstruido y entrar en funcionamiento una vez más la necesidad de hacerle llegar a Jerusalén ese Diezmo Universal exigió el Nacimiento de una sucursal recaudadora, la Sinagoga.

La Gran Sinagoga de Oriente, dirigida por los Magos de Babilonia, fue creada para ser la central desde donde el diezmo de todas las sinagogas dependientes del Imperio Persa sería canalizado hacia Jerusalén. Mientras mejor les fuera a todas las sinagogas más caudaloso sería el río de oro que, bien en metal bien en especias -oro, incienso y mirra - desembocaría en el Templo.

La paz universal era del interés judío en la medida que garantizaba las comunicaciones entre todas las partes del imperio. Los años de la conquista griega y las posteriores décadas de guerra civil entre los generales de Alejandro fue un obstáculo que frenó esa afluencia de oro y especias que todos los años solían llevar los Magos a Jerusalén. Sin embargo en lo que tuvo de trágico para el Templo el cierre de ese suministro dorado le fue recompensado a Jerusalén cuando al convertirse Alejandría del Nilo en ciudad imperial desde su Sinagoga nació un nuevo afluente de capital sagrado. Es decir, pasase lo que pasase el Templo siempre ganaba; y ocurriesen los cambios políticos que ocurriesen los Magos de Oriente siempre llegaban a la Ciudad Santa con su cargamento de oro, incienso y mirra).

En su día, en la comunidad judía de Seleucia del Tigris la noticia de la guerra de independencia de los Macabeos levantó un clamor profético espontáneo. Desde las distancias, la Gran Sinagoga de Oriente llevaba siglos esperando esa señal. Por fin había llegado el Día anunciado por el ángel al profeta Daniel. Tres siglos se habían pasado esperando este momento, tres siglos se habían diluido al otro lado del orto del tiempo, tres siglos largos, infinitos, esperando esta Hora de Liberación Nacional. La profecía de Daniel había pendido sobre el horizonte de la Sinagoga de los Magos de Oriente como una espada loca por entrar en batalla.

“La visión de las tardes y las mañanas es verdadera” decía, “guárdala en tu corazón porque es para mucho tiempo”.

“El carnero de los dos cuernos que has visto es el rey de Grecia, y el gran cuerno entre sus ojos es su rey: al romperse le saldrán en su lugar cuatro cuernos. Los cuatro cuernos serán cuatro reinos, mas no de tanta fuerza como aquél”.

¿No se cumplió la profecía cuando Alejandro Magno acorneó al rey de Persia y Media y se perfeccionó cuando a su muerte sus generales se dividieron el imperio, resultando de la guerra de los Diadocos la formación de cuatro reinos?

La profecía de la conquista del imperio del Persa por el Heleno cumplida, el entusiasmo que despertó entre los jóvenes de la Nueva Babilonia el Alzamiento Macabeo fue tan intenso en pasión como grande fue en los jefes de su Sinagoga el deseo de volver a ser jóvenes para empuñar la espada y seguir a la victoria al campeón que Dios les había suscitado.

También en Alejandría del Nilo, en Sardes, en Mileto, en Atenas y en Regio Calabria, allá donde una sinagoga echó raíces y prosperó, allá que los jóvenes se enrolaron y sus mayores los equiparon para la gloria.

¡Larga vida a Israel! Con esta proclama respondían los valientes al grito de guerra del Macabeo: “A mí los de Yavé”.

La victoria final de los Macabeos, por muy anunciada proféticamente que les resultara desde un principio, no dejó de ser celebrada por los judíos como si jamás nadie se las hubiera avanzado. Los hermanos Macabeos cayeron, como todo el mundo sabe, pero sus hazañas fueron escritas en el Libro de los libros para que sus nombres permaneciesen para siempre en la memoria de los siglos.     

 

4

Partido Saduceo versus Sindicato Fariseo 

 

La exaltación por la Independencia conquistada elevó la moral del pueblo. El grito de victoria que la Guerra de los Macabeos engendró en el mundo judío levantó en el pueblo la esperanza.

Lo que sucedió a continuación no se lo esperaba nadie. La satisfacción de vivir la Libertad endulzaba aún sus almas. Se puede decir que gozaban de la ebriedad del dulce vino de la libertad cuando a la vuelta de la esquina y emprender la recta el viejo fantasma del fratricidio de Caín despertó de su letargo.

¿Vino de improviso? ¿O tal vez no? ¿Cómo afirmarlo? ¿Cómo negarlo? ¿Lo vieron venir, no lo vieron venir? ¿En qué estaban pensando cuando miraron para atrás? ¿No aprendían nunca? Quienes propiciaron desde dentro la solución final de Antíoco IV Epífanes ¿no volverían a romper de nuevo la paz, sembrando en el día de la libertad la cizaña de las pasiones violentas por el control de los Tesoros del Templo?

¿No fueron los saduceos, el partido sacerdotal, quienes empujaron a Antíoco IV Epífanes a decretar la solución final contra el judaísmo? La Biblia dice que sí. Da nombres, detalles. Sumos sacerdotes que matan a sus hermanos, padres que asesinan a sus hijos en el nombre del Templo.

También luego, cuando las hordas criminales del Cuarto de los Antíocos se dieron a la faena, los saduceos fueron los primeros en abandonar la religión de sus padres. Eligieron la vida, desertaron del Dios de sus padres, sacrificaron a los dioses griegos. Cobardes, se rindieron a la Muerte, doblaron sus rodillas, se vendieron al mundo, y lo que es peor, vendieron a los suyos.

Lógico pues que al desencadenarse la Guerra de los Macabeos los fariseos, el sindicato de los doctores de la Ley y directores de las sinagogas nacionales y extranjeras, tomaran las riendas del Movimiento de Liberación Nacional, rodearan al Macabeo de la gloria del general que les había suscitado el Señor y se lanzasen a la victoria con la confianza del que es proclamado vencedor desde el primer día de su alzamiento.

¡Cosas de la vida! Una vez escrita la Historia de los Macabeos empezó a escribirse la historia de las envidias. Los viejos fantasmas de la lucha entre el partido saduceo y el sindicato fariseo amenazaron otra vez tormenta. El viento empezó a moverse. Así que la lluvia no tardaría en caer.

¿Pidió el clero aaronita perdón por los pecados cometidos durante la dominación seleúcida?

El clero aaronita no pidió perdón público por sus pecados. Los saduceos no doblaron la cabeza, no aceptaron meas culpas. El Templo les pertenecía por derecho divino.

No Dios, ellos eran los dueños de los Tesoros del Templo. Lo contrario, que los fariseos tomaran el control del Templo ¿no significaría una rebelión de los siervos contra sus señores?

Por supuesto que sí. Desde el punto de vista del partido saduceo cualquier movimiento del sindicato de los doctores de la Ley en la dirección contraria sería tomado como una declaración de guerra civil.

¡Lo que es el ser humano! Apenas acababa la Nación de romper sus cadenas ya sus jefes empezaban a afilar uñas. ¿Cuánto tiempo tardaría el ultimátum en venir?

La verdad, lo que se dice la verdad, el ultimátum no tardó en dejar oír su proclama fratricida. “O se les devolvía el poder -amenazaron los saduceos- o coronaban rey en Jerusalén”.

Hubo tirones de pelos, quebraderos de cabeza, túnicas rasgadas, cenizas pidiendo paso, amenazas pariendo fantasmas, lanzas que se rompían solas, hachas de guerra que se perdían y se dejaban encontrar como quien no quiere la cosa. ¡Saduceos y fariseos estaban por matarse en nombre de Dios!

¿Quién los detendría? ¿Quién les pararía los pies?

La amenaza de guerra civil flotó en la atmósfera de Jerusalén lo que duró el gobierno de Juan Hircano I. Dios les prohibió a los judíos darse rey fuera de la Casa de David. Los saduceos no sólo pensaron en un hijo de los Macabeos por rey sino que pasaron del pensamiento a los hechos consumados.

Los fariseos alucinaron. Cuando descubrieron la jugada maestra de jaque a la Ley que los saduceos estaban pensando los fariseos pusieron el grito en el cielo.

“¿Somos acaso una Nación sin sesos?” se preguntaban sus sabios públicamente. “¿Por qué volvemos a caer una vez y otra vez en la misma trampa? ¿Qué nos pasa? ¿Cuál es la naturaleza de nuestra condena por el pecado de nuestro padre Adán? Cada vez que el Señor nos da la vida se nos va la mano al fruto del árbol prohibido. Ahora quiere Caín retar a Dios a impedirle que mate a su hermano Abel. ¿Y nosotros vamos a permitir que los pastores arrojen el rebaño al barranco de sus pasiones? Si reina un hijo de los Macabeos traicionamos a Dios. Hermanos, se nos ha puesto más allá del dilema. Antes morir luchando por la verdad que vivir de rodillas adorando al Príncipe de las Tinieblas”.

Fueron muchas las palabras que se cruzaron. Se veía a las claras de una noche de luna llena que la guerra civil acabaría rompiendo la paz al alba. Por mucho que Abel amase a su hermano Caín, la locura de Caín al retar a Dios obligaba a Abel a defenderse.

Los tiempos habían cambiado. El primer Abel cayó sin ejercer su derecho a la autodefensa porque nació desnudo, vivió desnudo delante de sus padres y de su hermano. Jamás le alzó la mano a nadie. La paz era su problema. Todo Abel era paz. ¡Quien era todo paz cómo podía imaginarse la existencia de un corazón oscuro alimentado de tinieblas justo en el pecho de su propio hermano! La inocencia de Abel fue su tragedia.

Y su gloria a los ojos de Dios.

Caín no pensaba con la cabeza, pensaba con los músculos. Creía el hombre que la fuerza de la inteligencia y la de los músculos existen sujetas a alguna misteriosa ley de correspondencia. El que tiene el brazo más poderoso es el más fuerte. El más fuerte es el rey de la selva. En consecuencia, el destino de los débiles es servir al más fuerte o perecer.

Como Caín, los saduceos cayeron en la trampa de sus ambiciones personales. Así que la guerra civil por el Poder tarde o temprano habría de estallar. Tal vez más tarde que temprano. Era lo mismo. Tampoco nadie podía predecir el cuándo, la fecha exacta. La cosa es que la guerra civil se estaba cuajando en el ambiente. La atmósfera se estaba cargando. Era algo que se olía en el aire. Un día, un día… Pero no adelantemos acontecimientos.

Estaba el pueblo celebrando todavía la victoria contra el Imperio de los Seleúcidas cuando de pronto se corrió la voz del delito abominable cometido por el hijo de Juan Hircano I. No contento con el sumo sacerdocio, que la nación aceptó contra su propia conciencia, pero calló pensando en las circunstancias, el hijo de Juan Hircano I se ciñó la corona.

Con su coronación los Asmoneos le sumaron a un delito malo, contra natura, otro aún peor. A la cabeza de semejante violación de las leyes sagradas fueron hallados los saduceos. El Partido Saduceo -recordemos sus orígenes- fue una creación espontánea de la casta sacerdotal. Se creó para defender sus intereses de clase. Los intereses de los clanes sacerdotales tenían que ver con el control del Tesoro Templario. Con el paso del tiempo y una caña los cambios en la cúpula del Templo fueron engendrando poderosos clanes, cuyos familiares se fueron sumando por inercia al Sanedrín, especie de Senado Romano al estilo de las tradiciones más salomónicas. La lucha entre esos clanes por el control del Templo fue la máquina que condujo a los judíos a la situación de solución final adoptada por Antíoco IV, solución final que tanta sangre inocente vertiera en el cáliz de la ambición maligna de los padres de estos mismos saduceos que ahora coronaban contra la Ley de Dios al hijo de Hircano I como rey de Jerusalén.

Creadores indirectos de la solución final antijudía, los saduceos perdieron las riendas del Templo todos los años que duraron las gestas de los Macabeos. Judas el Macabeo los expulsó del Templo. Purgó a Martillo lo que la guadaña de la Muerte respetó. ¡Lógico que a ojos de los saduceos los Macabeos fuesen unos dictadores!

El Sindicato Fariseo -entremos un poco en la oposición- procedía de las bases encargadas de la recaudación del Diezmo. El Sindicato era el aparato del que se servía el Partido para mantener corriendo desde todo el mundo hacia las arcas del Templo aquel río de oro en el origen de la lucha fratricida entre los distintos clanes sacerdotales. Funcionarios al servicio del clero aaronita, los fariseos vivían de la recaudación del Diezmo y de las ofrendas por los pecados cometidos por los particulares.

Cuando los saduceos empezaron a matarse entre ellos por el control de la Gallina de los Huevos de Oro, los fariseos asumieron la dirección de los acontecimientos y emplearon las ofrendas del pueblo para equipar a los jóvenes voluntarios que desde todo el mundo vinieron corriendo a luchar a las órdenes de los Macabeos. Así que al término de la Guerra de Independencia las tornas se habían cambiado y era el Sindicato Fariseo el que estaba al mando de la situación. El Partido Saduceo, como es de comprender, no iba a sufrir este cambio por mucho tiempo.

La contraofensiva del Partido Saduceo no fue ni elegante ni brillante, pero sí efectiva. Todo lo que había que hacer era meterse en la piel de la Serpiente y tentar a los Asmoneos con la fruta prohibida de la corona de David.

Aquella batalla interna entre el Partido y el Sindicato por el control del Templo levantó en el mundo vanguardista hebreo un clamor espontáneo de indignación y cólera. Fue entonces cuando los mismos recursos en su día puestos al servicio de la Independencia saltaron a escena dispuestos a destronar al usurpador.

Entre fariseos y saduceos estaban convirtiendo la nación en una visión abominable a los ojos del Señor.

Urgía hacer algo, urgía declararles la guerra a los intereses privados del Partido y del Sindicato, restaurar el status nacional acorde al modelo descrito en las Escrituras.

Urgía.

Urgían tantas cosas.

Y no urgía nada.

Según los sabios más eminentes de las escuelas más elegantes de Alejandría del Nilo, de Atenas y de Babilonia la Nueva, llamémosla Seleucia del Tigris, todos los judíos del mundo tenían la santa obligación de tomar el reinado de los Asmoneos como un gobierno de transición entre la Independencia y la Monarquía Davídica.

No señor, a la fragilidad de la Independencia recién conquistada no le convenía atrapar la gripe de la guerra civil. En aras del fortalecimiento de la Libertad reconquistada todas las sinagogas tenían que mantenerse unidas y apoyar al rey de Jerusalén. Según se fuera viendo cómo progresaban los acontecimientos ya se tomarían las medidas necesarias para avanzar en la dirección del traspaso de la corona de una casa a la otra.

-¡Ya, los sabios, siempre sabios! Se creen que lo saben todo y al final no saben nada - les empezaron a responder las nuevas generaciones. La indignación de las nuevas generaciones por la situación aceptada tardó en saltar al escenario. Pero acabó haciéndolo a raíz de la Matanza de los Seis Mil. 

 

 

 

 

 

5

Simeón el Justo

 

“La presentación en el Templo”: Así que se cumplieron los días de la purificación conforme a la Ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito en la Ley del Señor que todo “varón primogénito sea consagrado al Señor”, y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu, vino al Templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribe la Ley sobre El, Simeón le tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo Israel.

 

Simeón -nuestro próximo protagonista- descendía de una de aquellas familias que sobrevivieron al saqueo de Jerusalén y se las arreglaron para progresar plantando sus viñas en Babilonia. Esta era una verdad que Simeón podía demostrar en el momento y lugar que se le emplazase a hacerlo.

Aunque no suene perfecto ni bueno decirlo, porque trae a la mente leyes que invocan acontecimientos tristes y nefastos, Simeón era hebreo de pura cepa. Delante de las autoridades más expertas y cualificadas de su pueblo cuando lo quisieran, y si se trataba de gentiles curiosos entrando en el tema con tal de poner en aprietos a los amantes del pedigrí, las estirpes rancias y todo eso, lo mismo; cuando lo quisieran y en la mesa que le pusieran estaba presto Simeón el Babilonio a poner el documento genealógico de sus padres, que era como una nave directa a las raíces del árbol bajo cuyas ramas Adán conquistó a Eva.

Sus padres conocieron la Cautividad Babilónica, también la Caída del imperio de los Caldeos; saludaron la Venida del imperio del Persa; vivieron la revolución del Griego. Cómo no, el dominio de los Helenos. Con el paso del tiempo la casa de Simeón creció, se convirtió en una Casa poderosa entre los judíos y rica delante de los gentiles. En condiciones normales Simeón heredaría el negocio de su padre, visitaría la Ciudad Santa alguna vez en su vida, sería feliz entre los suyos y se esforzaría toda su vida por ser un buen creyente delante de los hombres y de Dios. Heredero de uno de los banqueros más acaudalados de Seleucia del Tigris todo estaba dispuesto para que al morirse Simeón lo llorasen plañideras sin número. Después de su muerte, cuando el reino de Israel fuese proclamado por el hijo de David, sus descendientes desenterrarían sus huesos y les darían sepultura en Tierra Santa.

Esta crónica hubiera debido ser el resumen de la existencia de Simeón el Babilonio. Pero la usurpación de los hijos de los Macabeos borró del libro de su vida toda esa felicidad perfecta. Planes tan bellos no habían sido hechos para él. Aquello de sentarse y esperar a ver cómo se desenvolvían los acontecimientos antes de emprender la acción definitiva, por si acaso el Señor estuviera usando el reinado de los Asmoneos como periodo de transición entre los Macabeos y el reino mesiánico, conseja de los jefes de la sinagoga de Seleucia del Tigris, no era para él. Simeón llevaba ya demasiado tiempo oyendo aquella monserga. Y después de la Matanza de los Seis Mil ya no quería ni en sueños oír tales palabras de prudencia.

El derrocamiento del Asmoneo no era algo que pudiera seguir posponiéndose para mañana, ni para pasado mañana, ni siquiera para la tarde de ese mismo día. El Asmoneo tenía que morir, ya. Cada día que seguía vivo era una ofensa. Cada noche que se iba a la cama ¡la Nación se encontraba un paso más cerca de su destrucción! El Asmoneo había roto todas las reglas.

Primero: Su familia había sido elegida y recibido el sumo sacerdocio pasando por alto las tradiciones y los ritos hereditarios. Un extranjero, no el consejo de los santos en pleno le había otorgado la suprema autoridad.

La sentencia contra tal usurpación de funciones sagradas era la pena capital.

Segundo: Contra las tradiciones que le prohibían al sumo sacerdote empuñar la espada el Asmoneo se había puesto al frente de los ejércitos.

La pena contra este delito era otra pena capital.

Tercero: Contra las tradiciones canónicas más firmes el Asmoneo no sólo había pisado la monogamia que regulaba la vida del sumo sacerdote, además, cual Salomón redivivo, cultivaba su propio harén de muchachas.

La pena contra este delito era más pena capital.

Y Cuarto: Contra la ley divina que le prohibía el acceso al trono de Jerusalén a cualquier miembro que no fuera de la Casa de David, el Asmoneo, haciéndolo, estaba arrastrando a toda la nación al suicidio.

Por todas estas razones el Asmoneo tenía que morir, sin importar el precio ni los medios a emplear.

Estos argumentos de Simeón acabaron convenciendo a los jefes de la sinagoga de Seleucia del Tigris de la necesidad urgente que el orbe tenía de acabar con la dinastía asmonea. Con esta misión sagrada Simeón el Babilonio abandonó la casa de sus padres y se vino a Jerusalén.

Rico y portador del Diezmo de la Sinagoga de los Magos de Oriente, su política de amistad con la corona asmonea, necesitada de apoyo financiero para ampliar la reconquista militar del reino, punta de lanza con la que Simeón el Babilonio se ganaría la amistad de su enemigo, habría de ganarle a la vez la desconfianza de aquéllos mismos entre los que debería alzarse como la mano invisible moviendo los hilos pro davídicos. Juego doble que lo mantendría andando sobre una cuerda en el abismo desde el día de su llegada hasta el día de la victoria.

Mientras ponía todo su poder para conservar el equilibrio de su cabeza sobre su cuello, Simeón el Babilonio debía mantener su revolución dentro de los estrictos límites de las cuestiones caseras. El Egipto de los Ptolomeos permanecía agazapado a la espera del debilitamiento de Jerusalén y una guerra civil judía le serviría la ocasión propicia para invadir el país y saquearlo.

Al otro lado del río Tigris estaban los Partos. Siempre amenazantes, siempre ansiosos por romper la frontera y anexionarse las tierras al Oeste del Eufrates.

Aunque agonizantes al norte los Helenos aguardaban la revancha y no perdían comba para, aprovechando una guerra civil romana, reconquistar la Palestina perdida.

En definitiva, la necesidad de limpiar Jerusalén de la abominación desoladora no podía poner en peligro la Libertad conquistada por los padres de los Asmoneos.   

 

6

Historia de los Asmoneos  

Aristóbulo I “el Loco”

 

Tras la muerte de Juan Hircano I, hijo de Simón, el último de los Macabeos, le sucedió en el gobierno de la Judea su hijo Aristóbulo I. En este capítulo la memoria del pueblo israelí se pierde en el laberinto de sus propias fobias y terrores a la verdad. Según algunos el hijo de Juan Hircano I no acometió el asalto a la corona. Sencillamente la heredó de su padre.

Según la posición oficial, la abominación que sentenció la ruina fue cometida contra el padre por un hijo que debió superar la oposición enconada de su madre y de sus propios hermanos. En definitiva, claro no hay nada, excepto la necesidad de ir al encuentro de la realidad corriendo por la pista de los hechos. Personalmente ignoro en qué medida esos hechos son básicos para determinar la culpabilidad del padre en descargo de la absolución del hijo.

Si Aristóbulo I se coronó rey contra el testamento de su padre o si sólo se limitó a legitimar una situación monárquica encubierta, con absoluta certeza nunca lo sabremos, al menos hasta el día del juicio final.

El hecho es que Aristóbulo I abrió la gloriosa crónica de su reinado sorprendiendo a extraños y conocidos con el encarcelamiento de por vida de sus hermanos. ¿Motivos, razones, causas, excusas? Bueno, aquí entramos en el eterno dilema respecto a lo que los actores de la Historia hicieron y lo que a ellos les hubiera gustado que se escribiera. ¿Entramos en discusión o lo dejamos para otro día? Quiero decir ¿qué motivo más fuerte hay para alcanzar el Poder que la pasión por el Poder? Poder absoluto, Poder total. La libertad del que está más allá del Bien y del Mal, la gloria de quien se alza sobre las Leyes porque él es la Ley. La Vida en un puño, en el otro la Muerte, a los pies el pueblo. Ser como un dios ¡Ser un dios! La tentación maldita, la pulpa de la fruta prohibida, ser como un dios, lejos del ojo de la justicia, más allá del largo brazo de la ley. ¿No era astuto el Diablo? Que aquella pasión por ser como un dios había descubierto su naturaleza vírica, venenosa, cuando transformó un ángel en aquella Serpiente madre de todos los demonios, “pues muy bien”, se contestó Aristóbulo I, “esparciré generosamente mi veneno por toda la tierra, empezando por mi casa”.

Horror, desilusión, llevadme lejos de los sueños del Demonio. Despertadme, cielos, belleza, en algún rincón del Paraíso.

¿Qué locura es la que arrastra al barro a creerse más fuerte que el diluvio? ¿Sueña el caracol a ser más veloz que el jaguar? ¿Reta la Luna al Sol a ver quién brilla más? ¿Desprecia el león la corona de la selva? ¿Se queja el cocodrilo del tamaño de su boca? ¿La criatura fiera le envidia su canto a la sirena? ¿Envidia el águila al elefante de las llanuras? ¿Se levanta de los abismos oceánicos el pez fosforescente reclamándole al Sol luz de Luna? ¿Quién le ofrece al frío boreal pétalos de primavera? ¿Quién busca la fuente de la juventud eterna para escribir en sus orillas: Tonto el que beba?

El hecho innegociable es que Aristóbulo I subió al trono que la muerte de su padre dejó vacante. Y lo primero que hizo fue echar a sus hermanos a la mazmorra más fría de la cárcel más lúgubre de Jerusalén. Insatisfecho, no contento todavía con semejante delito contra natura, Aristóbulo “el loco” remató la faena enviándole a sus hermanos la madre.

Nadie supo nunca por qué dejó libre al benjamín de su madre. El hecho es que lo mismo que sorprendiera a todos condenando a sus hermanos a cadena perpetua volvió a sorprender a todos dejando libre a uno. Parece ser que dejó vivo al más pequeño de sus hermanos. No por mucho tiempo, sin embargo. Al poco la locura se apoderó de su cerebro y se superó a sí mismo estrangulándolo con sus propias manos. Todos estos crímenes cometidos, se vistió el rey loco de sumo pontífice y se fue a celebrar el culto como si Jerusalén hubiera rechazado a Yavé por Dios y se hubiera jurado en obediencia al mismísimo Diablo.

Tal fue el principio del reinado del hijo de Juan Hircano I.

En el fondo de un crimen semejante, digno del discípulo más aventajado de Satanás, nosotros tenemos que ver la terrible disputa entre madre e hijo, entre Aristóbulo I “el loco” y sus hermanos hablando del tema de la transformación de la República en Reino.

Aceptar la locura del nieto de Simón Macabeo por diagnóstico último, decisivo, exculpatorio incluso, no es manera de cerrar un asunto tan grave. Especialmente cuando el breve año de reinado del Segundo de los Asmoneos -dejando atrás el tema de los que mató, cuyos nombres no fueron escritos ni su memoria conservada porque no fueron sus familiares, cuyo número podemos calcular partiendo de lo que hizo, ¿o quien encarcela a sus hermanos va a dejar libres a quienes no lo son? Decía que el breve año del reinado de Aristóbulo I, si breve, configuró el futuro del pueblo judío de la forma tan profunda y dolorosa que se puede observar en la base del trauma que dos mil años después siguen padeciendo los historiadores oficiales judíos a la hora de recrear los tiempos Asmoneos.

¿Qué discusión más críticamente apocalíptica que la transformación de la República en Monarquía pudo haber empujado al nieto de los Héroes de la Independencia a convertirse en un monstruo?

Los historiadores oficiales judíos pasan por este asunto mirando para otro sitio. Haciéndolo cometen un terrible delito contra sí mismos al crear en el lector la impresión de que matar a la madre y a los hermanos era entre los judíos el pan nuestro de cada día. No sé yo hasta qué punto es ético, o tan sólo moralmente aceptable hacer recaer sobre los hijos la sangre del crimen cometido por sus padres. ¿O acaso es verdad que los hebreos solían comerse a sus madres un día sí y al otro también?

Es un crimen contra el Espíritu ocultar la verdad para imponer las propias mentiras. Si Aristóbulo I mató a sus hermanos y a su madre crimen tan monstruoso debemos entenderlo como consecuencia final de la lucha entre los sectores republicanos y monárquicos, representados los primeros por los fariseos y los segundos por los saduceos. Lucha que ganó Aristóbulo I contra sus hermanos y le costó a su madre la vida por conspiración contra la corona.

Desde nuestra cómoda posición podemos aventurar esta teoría al caso. Parece evidente que si la autoridad de aquella mujer no pudo imponer su juicio hubo de ser porque chocó contra intereses más poderosos. ¿Y qué interés más poderoso por el que jugarse la vida podía existir en Jerusalén que el control del Templo?

Tengamos en cuenta que en toda la historia de los hijos de Israel encontrar un caso de crueldad semejante, de un hijo contra su madre, no fue registrado jamás porque jamás se produjo. Así que el hecho de haberse producido contra natura nos abre las puertas a la conspiración contra las leyes patrias que tuvo lugar entre los sacerdotes aaronitas y Aristóbulo I. En este contexto, la encarcelación de los hermanos y la madre se entiende perfectamente. De hecho, los acontecimientos que vamos a ver vinieron todos marcados por el mismo hierro. Luego está la psicología del historiador oficial para aprovecharse del tipo de delito y ocultar en las mieles del horror el año de terror que la población de Jerusalén sufrió bajo la tiranía del rey loco. Al concentrar aquel año de matanzas en la familia real el historiador echó sobre la lucha en la raíz del problema la pantalla de humo de los magos del faraón. ¿Quién encarceló a sus hermanos por oponerse a su coronación qué no haría con quienes sin ser sus hermanos se negaron a transformar la república en monarquía? El historiador oficial judío pasó de largo sobre este tema. Al hacerlo nos tomó a los del futuro por tontos y a los de su tiempo por idiotas de toda la vida.

De todos modos -dejando aparte ahora las discusiones- Aristóbulo I dejó libre -como he dicho- a uno de sus hermanos. Se dice que el muchacho fue un guerrero batallador y valiente al que el juego de la guerra le encantaba, y allá que no perdía tiempo en abrir el combate al grito de “viva Jerusalén”. Digno pariente de Judas Macabeo, con cuyas historias el muchacho se crió, el Príncipe Valiente arrastraba a sus soldados a la victoria que nunca se le resistía, la propia gloria de los héroes enamorada de sus huesos.

Digamos que, rota la Reconquista pacífica de la Tierra Prometida por las guerras macabeas, Juan Hircano I abrió un nuevo período al pasar por las armas a todos los habitantes del Sur de Israel que no se convirtiesen al judaísmo. Mediante esta política se anexionó La Idumea.

Le tocaba a Aristóbulo I, su hijo, dirigir sus ejércitos contra el Norte. Jerusalén en plena efervescencia antimonárquica por los hechos ya referidos -encarcelamiento de los hermanos del rey y matanza de sus aliados republicanos- mientras se dedicaba a controlar la situación Aristóbulo I le pasó la jefatura militar a su hermano pequeño, que conquistó la Galilea. No todo iba a ser malas noticias. La conquista de la Galilea levantó la moral de unos judíos que no sabían si reírse por la victoria o llorar por el fracaso que les suponía tener por rey un asesino de la peor especie, un loco en toda regla.

Lo que vino después no se lo esperaba nadie. O lo vieron venir y no pusieron ningún remedio a su alcance. La cosa es que apenas empezaba el Príncipe Valiente a mirar para otras partes donde encontrar fama y gloria cuando los celos, y la mala conciencia que le tenía aprisionado por sus hechos, arrastraron a su hermano Aristóbulo I a condenarle a muerte.

También en este caso Aristóbulo I actuó siguiendo el ejemplo de los gentiles, aunque aplicado el sistema a la mentalidad de Oriente. El Senado Romano impuso por norma en el manual de los poderosos para quitarse de encima generales demasiado victoriosos la retirada o la muerte. Sufrieron esta norma los Escipiones y el propio Pompeyo Magno. El último caso sería el de Julio César, que tan bien les saliera, por supuesto.

Más sabio y santo que los senadores imperiales el rey de los judíos no deshojó la margarita. Sencillamente le envió a su hermano pequeño su decisión irrevocable colgada del filo del hacha del verdugo.

La noticia del asesinato del hermano pequeño por el hermano grande le cogió al Alejandro Janneo allá abajo, entre fríos de mazmorras y aullidos de cárceles excavadas en los muros del infierno. Naturalmente la noticia le heló la sangre. Pero hubiera podido el fluido vital recobrar su calor de no haber doblado el frío ambiental la presencia en los calabozos de su madre. Esta, la pobre, atravesada de aquella manera, la pobre mujer perdió el juicio y con el resto sano que le quedó se dejó morir de hambre.

Ver a la madre y a los propios hermanos morírsete por culpa de un hermano no es lo que se entiende por la mejor escuela para un rey. Pero esta fue la escuela para reyes a la que asistió a la fuerza Alejandro Janneo, el objeto de todos los odios del mundo judío tras la Matanza de los Seis Mil.

Agobiado hasta la demencia por aquella tragedia el Asmoneo juró vengarse de la muerte de su madre y de sus hermanos -si salía vivo del infierno- sobre los cadáveres de todos los cobardes que en esos momentos quemaban incienso en el Templo.

Otra cosa será -retomando el hilo de la negativa en la postura oficial judía a aceptar el hecho de la coronación de Juan Hircano I- que la locura matricida y fratricida de Aristóbulo I no hubiese sido sino el final del drama a que los condujo a todos la coronación del padre. La postura oficial judía -encabezada por el famoso Flavio Josefo- fue negarse a admitir el hecho de la coronación del hijo del último de los Macabeos. Sus medidas, sus guerras, su testamento parecen probar lo contrario, parecen gritar a pulmón abierto que su cabeza ciñó corona, y fue durante su reinado que el virus de la maldición encontró caldo de cultivo en su casa. ¿Cómo de otra forma explicar que el día después de su entierro su mujer y sus hijos se hundieran bajo el peso de aquella aplastante oposición a la continuación de su dinastía? ¿Bajo qué contexto podríamos si no comprender que el nuevo rey decidiese de la noche a la mañana la muerte de todos sus hermanos, incluida su madre, por alta traición?

La Lógica no tiene por qué presentar sus pruebas en el tribunal de la Biohistoria. Los argumentos biohistóricos se sobran para entenderse y no necesitan de testigos. Pero si ni la una ni la otra bastan para abrirse camino por la selva laberíntica en la que los judíos perdieron su memoria, nada se le puede aconsejar al que tiene apretado el gatillo, a no ser que acabe pronto con la tragedia y se deje de reunir mirones antes de irse al infierno con sus lamentaciones y sus elegías.

No hay más hechos que la realidad desnuda y sencilla. Aristóbulo I sucedió a su padre Hircano I. Inmediatamente ordenó la prisión a cadena perpetua de su hermano Alejandro. También los hermanos y hermanas de Alejandro corrieron la misma suerte. El único que se salvó de la matanza cainita fue el benjamín de su madre. Esta yacía como muerta en algún calabozo oscuro del Palacio de su hijo malvado cuando le bajaron por correas anónimas el cadáver de su benjamín. La pobre cerró los ojos y se dejó morir de hambre. Tales fueron los principios del reinado de Aristóbulo I el Loco; tales los orígenes del próximo reinado de su hermano Alejandro I.

 

7

Alejandro Janneo

 

Cuando Alejandro Janneo salió de la mazmorra, donde normalmente hubiera debido haber fallecido, la situación del reino era la siguiente. Los fariseos tenían a las masas convencidas de estar viviendo la Nación bajo el punto de mira de la cólera divina. Las leyes sagradas les prohibían a los hebreos tener un rey que no fuera de la Casa de David. Ellos lo tenían. Al tenerlo estaban provocando al Señor a destruir la Nación por rebelión contra su Palabra. Su Palabra era el Verbo, el Verbo era la Ley, y el Verbo era Dios. ¿Cómo podrían evitar que el destino siguiera su curso?

El problema era que los siervos del Señor, los sacerdotes saduceos, no sólo bendecían la rebelión contra el Señor al que servían, sino que además usaban al rey para aplastar a los sabios fariseos.

Aun así, la voracidad macabra de Aristóbulo I hizo que hasta a los saduceos se les revolvieran las entrañas. No quería decir esto que los saduceos estuviesen dispuestos a unirse a los fariseos para limpiar Jerusalén de su delito. Lo último que seguían queriendo los saduceos era compartir el poder con los fariseos.

Entonces, misteriosamente, Alejandro Janneo es liberado de su prisión y escapa a la muerte. ¿Milagro?

Si al odio que le dio fuerza y lo mantuvo vivo se le puede llamar milagro entonces fue un milagro que Alejandro sobreviviera a sus hermanos y a su madre. ¡Lástima que, aparte de las ratas, no bajara nadie a su infierno a darle el pésame por la muerte de su madre! De haberlo hecho hubieran descubierto que la fuerza que lo mantuvo vivo y alimentó su sed de venganza fue el odio, sin distinguir entre fariseos y saduceos.

De todos modos, el Asmoneo se equivocaba al pensar que la muerte de su odiado hermano se debió a la naturaleza. La muerte de Aristóbulo al año de su reinado e inmediatamente después de la muerte del Príncipe Valiente no fue cosa de azar ni de justicia divina. ¿A quién le sorprende que el crimen contra su propia madre les revolviera las entrañas a los habitantes de Jerusalén y decidieran, en complot con la reina Alejandra, acabar con el monstruo? El hecho de la celebración urgente e inmediata de la boda del preso con la viuda del difunto, su cuñada Alejandra, pone de relieve la alianza saducea que acabó con la vida de Aristóbulo I.

Adelantándose los saduceos a los fariseos quitaron rey y pusieron en su lugar al Asmoneo, las miras puestas en que al descubrirse como sus salvadores no se le ocurriera dar un bandazo hacia el otro lado y les entregara el poder a los fariseos, que, al ser enemigos naturales de sus salvadores por fuerza hubieran debido ser los suyos propios. El elemento sorpresa a su favor Alejandro aceptó la corona jurando no cambiar el status quo.

Esta era la situación explosiva sobre cuyo infierno en ebullición sentó su odio el Asmoneo.

Alejandro I, sin embargo, no les perdonaría jamás a sus libertadores haber tardado tanto en tomar su decisión. ¿A qué estuvieron esperando, a que se muriera su madre? ¡Dios!, si sólo hubieran llegado un día antes.

El odio que contra su nación incubó el nuevo rey en su año de prisión, año largo, infinito, no hay palabras que puedan describirlo. Sólo descubrirían su extensión y profundidad sus matanzas posteriores. Aquél odio fue como un agujero negro avanzando desde las entrañas a la cabeza, como una Nada inundando sus venas de un grito: Venganza. Venganza contra los fariseos, venganza contra los saduceos. De haberse tomado sus salvadores la molestia de pensar qué estaban haciendo antes se hubieran rajado las venas que abrirle la puerta de la libertad al próximo rey de los judíos.

Poco, muy poco tardaría Jerusalén en averiguar qué clase de monstruo tenía por ídolo el Asmoneo. El odio que devoraba el cuerpo, mente y alma de Alejandro I no tardaría en salirse de madre y pedir cadáveres por decenas, por cientos, por miles. ¿Seis Mil para un banquete de Pascua?

Un aperitivo. Sólo eso, un vulgar aperitivo para un verdadero demonio. ¿No decían los sabios y santos sacerdotes de Jerusalén que conocían las profundidades de Satán? ¡Otra mentira más! Él, el Asmoneo, les descubriría a todos los judíos las verdaderas profundidades de Satán. Él en persona los conduciría hasta el mismísimo trono del Diablo. ¿Que dónde tenía Satanás su trono? Locos, sobre la tumba de su madre, en la Jerusalén que viera morir a sus hermanos sin levantar un dedo para salvarlos de la ruina.

Lo mismo que hizo el padre de la historia antigua judía, Flavio Josefo, ocultándole a los suyos la causa implosiva que reventó la felicidad prometida de la casa de Hircano I, volvió a hacerlo hablando de la muerte milagrosa y repentina del matricida y fratricida, homicida por supuesto. Tenía que hacerlo si no quería descubrir la causa que acababa de ocultarle a su pueblo. Si juraba en público ante el futuro que los propios saduceos que encumbraron al hijo ordenaron la muerte del padre, haciéndolo le abría las puertas al resto del mundo para que entrara y viera con sus ojos la guerra interna a muerte entre fariseos y saduceos.

Enemigo de la verdad en aras de la salvación de su pueblo, en el punto de mira del odio romano tras la rebelión famosa que terminó con la destrucción de Jerusalén, Flavio Josefo tenía que pasar sobre el cadáver de la verdad en nombre de la reconciliación de judíos y romanos. Y de paso mantener a los hijos de los matadores de los primeros cristianos al margen del crimen contra divina natura que protagonizaron y seguían, en la medida de sus intereses, protagonizando: aunque fuera a costa de extirparse la Memoria, practicarse una lobotomía y seguir adelante como un pueblo maldito, de todos condenados, por todos tenidos por comedores de sus madres y asesinos naturales de sus hermanos. Por lo cual ningún judío debía ver con ojos raros que Aristóbulo I matase a su madre, a sus hermanos, a sus tíos, a sus cuñados, a sus sobrinos, y hasta a sus nietos de haberlos tenido. Según el parecer de Flavio Josefo y su escuela, eso era algo natural entre los judíos. Así que ¿dónde está el escándalo?  

Esta es la Historia de Jesús. No es la historia de las crónicas asmoneas. La importancia de los setenta años de aquella dinastía, con todo, es tan decisiva para comprender las circunstancias que condujeron a los judíos al anticristianismo más feroz y asesino que, por fuerza, debemos recrearlas como quien pasa volando sobre los acontecimientos más trascendentes en relación a esta Segunda Caída. En otra ocasión, en otro momento, si Dios lo quiere, entraremos en esas crónicas. Baste aquí planear sobre la línea del tiempo.

El odio del Asmoneo contra todos, fariseos y saduceos, siguió su curso. En apenas unos cuantos años se convirtió en una avalancha. Rodando sobre pendiente suicida uno de aquellos días fueron todos, fariseos y saduceos, a celebrar una especie de banquete de amistad con el rey. Las puertas se abrieron, ocuparon posiciones los estrategas, con el vino se pusieron todos a tono. Y pasando de meandros y prolegómenos acabaron se dirigieron en tromba a las playas del mar de las cuestiones personales. En el calor del momento uno de los fariseos presentes, harto de vino, le soltó en cara al rey lo que todo el mundo decía, que su madre lo tuvo con otro que no fue precisamente su padre. O sea, que el Asmoneo era un bastardo.

No estaba complicada la situación y vino el Diablo a empeorarla. Este, el Diablo, como si le estuviera ganando el pulso al Ángel le echaba leña al fuego en cada ocasión que se le terciaba. Ardiendo la mecha, el polvorín a dos pasos, lo lógico era que la explosión hiciese saltar por los aires todo lo que pillara. La Matanza de los Seis Mil en una jornada no sería la única onda devastadora. Pero hubiera podido servir al menos para calmar los ánimos y hacer que los enemigos unieran fuerzas.

Al contrario que los demás pueblos del mundo la nación de los judíos tenía por filosofía de raza no aprender jamás de los errores cometidos. Si antes fue el celo por la Ley lo que los arrastró a la Matanza, en adelante sería la sed de venganza. Esta sed desbocada fue la que cabalgó de sinagoga en sinagoga por todo el orbe llevando a todos los creyentes aquel aullido que antes oímos: El Asmoneo debe morir. Al que respondieron los más audaces y celosos del destino consagrando sus vidas a matar al Asmoneo. Entre los cuales se encontró Simeón el Babilonio, ciudadano de Seleucia del Tigris, hebreo de nacimiento, banquero de profesión. Su entrada en la Jerusalén Asmonea y sus intenciones de permanecer en el reino no podían molestar al rey, siempre necesitado de aliados y medios financieros para la guerra de reconquista de la Tierra Prometida, ni levantar sus sospechas dadas las circunstancias geopolíticas por las que estaba atravesando el antiguo imperio de los Seleúcidas.

A los Partos, en efecto, se les estaba quedando pequeño el Asia al Este del Edén, y sufrían lo indecible soñando con la invasión de las tierras al Oeste del Eufrates. Natural por tanto que los hijos de Abraham comenzasen a regresar de la Cautividad al otro lado del Jordán. Si encima quien regresaba parecía no tener ni idea de la situación política local y, para más alegría de todos, era un banquero rico y creyente devoto, tanto mejor.  

“Simeón, hijo, la paranoia es a los tiranos lo que a los sabios le es la sabiduría. Si abandonan sus consejos tanto los unos como los otros se pierden. Por eso el que se mueve entre serpientes debe estar curado contra el veneno y tener alas de paloma para vencer los designios del malvado con la inocencia del que sirve sólo a su amo.

Simeón, dale la espalda a tu enemigo en señal de confianza y te ganarás tu salvación, pero lleva bajo el manto la coraza de los sabios para que cuando la paranoia lo enloquezca el puñal de su locura se rompa contra tu piel de hierro.

Si le das la mano al tirano ten presente que en la otra esconde la daga; ofrécele entonces lo que busca porque al hombre sólo le dio Dios dos manos, y si con la una te coge la tuya y con la otra agarra lo que quiere el puñal estará siempre lejos de tu garganta.

Cuando lo veas herido, corre a curarle la herida, porque todavía no está muerto; y si vive busca su muerte, pero no lo hieras solamente y se levante para tu ruina. El demonio tiene muchas formas de conseguir su objetivo, pero a Dios le basta una sola para hacerle morder el polvo. Sé sabio, Simeón, no te olvides de las enseñanzas de tus maestros”.

Simeón el Babilonio llegó a Jerusalén con el libro de los Magos de Oriente bajo el brazo. La escuela en la que aprendió el oficio de los Magos remontaba sus orígenes a los días del profeta Daniel, aquel profeta y jefe de Magos que con una mano sirvió a su amo y con la otra cavó a su alrededor su ruina. Pero basta ya de palabras, que empiece el espectáculo.

Simeón el Babilonio puso en práctica sus enseñanzas. Logró romper el hielo de la desconfianza de los fariseos hacia el nuevo amigo del rey. Logró engañar al rey participando en la financiación de sus campañas de reconquista y consolidación de las fronteras conquistadas. A espaldas del Asmoneo, con la otra mano que le quedaba libre, el Babilonio puso su firma en todos los complots palaciegos contra los que el Asmoneo, cual atleta en plena carrera de obstáculos, realizó la hazaña imposible de sobrevivir a todos sus presuntos asesinos. Uno tras otro todos aquellos intentos de arrancarle la cabeza del cuello se cerraron con la muerte de los aspirantes a magnicidas. Cansado de tanto inepto, en su opinión ni para eso servían sus compatriotas, el Asmoneo trató los cadáveres de sus enemigos como se tratan los de los perros, se arrojan al río y allá que se los lleve la corriente al mar del olvido.

Desesperados por la suerte del Asmoneo los fariseos concibieron el plan de los planes, contratar un ejército mercenario, ponerse al frente y declararle la guerra abierta. Era hundirse en una guerra civil, pero qué remedio. La estrella del Asmoneo parecía haber salido de las mismas profundidades del infierno. Nada de lo que planeasen contra él, por muy sutil y enrevesado que fuese el plan para derrocarle, el bicho siempre salía vivo. Tenía más vidas que un gato. Si se hubiera muerto.

Sobre su conciencia el daño, se dijeron. Y allá que contrataron a los árabes para acabar con la suerte del rey más tirano, cruel y sanguinario que en toda su historia tuvo Jerusalén. Todo esto en el más estricto top secret. Lo último que podían permitirse Simeón el Babilonio y sus fariseos era que llegase al oído del Asmoneo campanas sobre sus planes. No dudaría en matarlos a todos, grandes y chicos, todos a la misma olla. Como decía el proverbio del sabio: Hay que ser inocentes como palomas, astutos como serpientes.

Mas como en este mundo no se puede engañar a todo el mundo a la vez, hubo en aquellos días una persona a quien los trucos de magia de Simeón no pudieron engañar. Aquel hombre era el sacerdote Abías, el profeta particular del Asmoneo, sobre el cual ya hemos visto algo en los anteriores capítulos.

También Simeón, cómo no, asistía al Turno de Abías a escuchar de sus labios el Oráculo. Era a él, sí a él, al nuevo amigo del rey, su enemigo secreto más jurado, a quien le dirigía Abías palabras que le rompían todos los esquemas.

“Si el Cielo combate al Infierno con las armas del Diablo ¿cómo se apagará el fuego que devora a todos en su incendio?” oraculaba el hombre. “¿Comparáis a Dios con su enemigo? ¿Se revuelve el ángel que guarda el camino de la vida contra su destino alzando el fuego de su espada contra el árbol que guarda para así evitar que nadie se le acerque? ¿Se da entonces por perdido? ¿Cuál será el juicio de su Señor contra su desesperación? ¿Al hacer así no negará al Dios que le confió su misión? No lucháis contra el diablo, lucháis contra el ángel de Dios, y aunque esté por vosotros él no puede abandonar su puesto. Su orden es firme: Que nadie se acerque. ¿Por qué creéis que bajará la espada? ¿Por amor a vosotros se rebelará contra su Señor? Cejad pues de hacer el loco. No lucháis contra un hombre, le hacéis la guerra al Dios que puso a su ángel entre vosotros y la vida que buscáis invocando a la Muerte”.

Oráculo lleno de sabiduría que, cegados sus destinatarios por el odio, caía una y otra vez en terreno pedregoso. Por un momento parecía que iba a echar raíces, pero apenas salían del Templo el olor a sangre le devolvía los sentidos a la realidad de todos los días.

 

8

Guerra Civil

 

¿A qué distancia del nacimiento de una guerra civil se fermentan las nubes que lloverán el caldo del odio a cántaros? ¿Cómo se borran las huellas de una cicatriz echa a tajo entre pecho y espalda?

Los fariseos y sus líderes tomaron la decisión desesperada de contratar un ejército mercenario para acabar de una vez por todas con el Asmoneo. No contrataron el ejército de los Diez Mil griegos perdidos en el retorno a la patria, ni cruzaron el mar en dirección a Cartago buscando la libertad en los descendientes de Aníbal. Ni invocaron a los famosos guerreros íberos. Ni echaron manos de bárbaras hordas. Para matar a sus hermanos los judíos llamaron a los árabes.

¿Cuánto tiempo necesita la carne del odio en la olla para cocerse? Cuando el veneno no basta y las conspiraciones secretas sobran ¿es legítimo llamar al propio diablo para que se lleve al infierno lo que nació al calor de su fuego?

Como hizo con tantos otros episodios el historiador oficial de los judíos de aquellos tiempos pasó sobre las causas detonadoras de aquella rebelión como quien pisa sobre huevos. Dispuesto a vender la verdad por las treinta monedas de plata del perdón del César y con el beneplácito de una generación judía que, entre el culto al emperador o la suerte de los cristianos, bailó en honor del becerro de oro delante de Dios y de los hombres, Flavio Josefo pasó por alto esas causas en la distancia del nacimiento de aquella guerra civil, tan horrorosas y pérfidas como para obviar la enemistad de siglos entre Jacob y Esaú.

El hecho detrás de la placa de hormigón bajo la que enterraron los judíos la memoria de su pasado es que contra las leyes patrias Israel contrató a Edom, Jacob llamó a Esaú para vencer juntos al Diablo, ignorando porque no quería recordarlo, que el Diablo que venciera a Adán, padre de ambos, necesitaba algo más que una alianza entre hermanos para dejarse cortar el rabo.

Fuera como fuese, la batalla entre los partidarios de la restauración de la monarquía davídica y los fieles a la dinastía asmonea se celebró. Y fueron los enemigos del Asmoneo quienes se llevaron a su campo la victoria.

Parece ser que aquel mismo Asmoneo que andaba sobre alfombras tejidas con la piel de los Seis Mil, aquel demonio sin conciencia que se atrevía a maldecir al Dios de los dioses acostándose con sus rameras en su propio Templo, aquel invencible hijo del infierno, se cuenta, huyó como una rata.

Ni para morir como un hombre valía, demasiado tarde se lamentaron luego sus enemigos.

Lamentablemente a la hora de rematar la victoria el ejército vencedor cometió el imperdonable error de echarse para atrás. Como lo digo, fueron a recoger los laureles del éxito cuando el remordimiento se apoderó de sus cerebros y se pusieron a pensar en lo que estaban haciendo. ¡Les estaban entregando el reino a los árabes!

Entre rematar al Asmoneo o verse bajo el yugo de sus enemigos tradicionales los fariseos decidieron lo impensable.

Es lo cierto, el amor a la Patria pudo más que el recuerdo de tanto sufrimiento pasado. Así que antes de verse atrapados bajo las ruedas de los errores propios rompieron el contrato con la victoria conseguida, error fatal del que no tardarían en arrepentirse, del que nunca se arrepentirían lo suficiente.

Por uno de esos giros clásicos del destino los nacionales vencedores se unieron a los patriotas perdedores y juntos se revolvieron contra el ejército mercenario que ya se disponía a conquistar Jerusalén para su rey.

Alucinado por este giro del destino a su favor el Asmoneo se transformó de rata a la fuga en león hambriento, se puso al frente de los que de nuevo le aclamaban rey y expulsó de su reino a los que acababan de verle salir corriendo como un perro.

Los primeros en lamentarlo fueron los fariseos.

Su regreso de la tumba convenció a sus enemigos de tener el Asmoneo por padrino al mismísimo Diablo. La calma, la tranquilidad con la que Alejandro hizo su entrada en Jerusalén fue festejada por casi todos. Aquella era la calma que precede a la tormenta. Al poco de regresar a su palacio, después de acostarse con todas sus concubinas, una vez que digirió la derrota en los pliegues de un mal sueño, cansado ya de prometer lo que nunca iba a cumplir, el Asmoneo ordenó que los cabecillas de los fariseos y los cientos de sus aliados fuesen reunidos como se reúnen las cabezas de ganado. El recuento de cabezas se elevó a tantas almas que nadie podía imaginarse cómo iba el Asmoneo a cocinar tanta carne.

Lo que pasó pertenece a las memorias no sagradas de Israel. Pero si hay Bien y Mal y todo tiene su contrario, el pueblo que tiene una Historia Sagrada también tiene su contraria, una Historia Maligna. Al género de los héroes de estas escrituras tenebrosas pertenecía, sin ninguna duda, Caín, el Alejandro de estas crónicas, y el Caifás que en nombre de su pueblo crucificó al Hijo de David.

Ya le hubiera gustado al cronista judío haber enterrado este capítulo de la historia maldita de su pueblo. La corta distancia entre su generación y la que sufrió al Nerón de los Judíos le hizo imposible borrar del libro de la vida de su pueblo el tenebroso acontecimiento estrella de este capítulo.

En venganza por la humillación que le hicieron vivir, cuando tuvo que verse huyendo como una rata quien hasta entonces se había estado jactando de ser el león más fiero del infierno, el Asmoneo levantó ochocientas cruces en el Gólgota. No una ni dos, ni tres ni cuatro.

Si la Pasión del Cordero os ha sido transmitida en lo físico como dura esperad a conocer qué sufrimientos tuvieron que vivir aquellos ochocientos chivos.

El Asmoneo anunció que iba a celebrar una fiesta. Cogió e invitó a conocidos y extraños, lo mismo a extranjeros que a patriotas. El festejo iba a ser neroniano. Pues que el signo natural de la inteligencia humana es la imitación, no habiendo nacido Nerón alguien tenía que elevarse como modelo del futuro matador de cristianos a granel. ¿Quién sino él, original hasta en la huida?

Fijó el día. A nadie le contó palabra alguna sobre la sorpresa que se había inventado. Y empezó el banquete. El Asmoneo sacó carne y vino para alimentar a un regimiento, contrató prostitutas extranjeras, les encargó a las nacionales hacer su oficio como nunca lo hicieron antes. No faltó de nada. Comida a espuertas, vino por barriles, mujeres a destajo.

“¿Dónde encontraréis otro rey como yo?” en el preludio de su locura gritó el Asmoneo para que le oyera el Cielo al que adoraban los ochocientos condenados que ya tenían reservada plaza en las ochocientas cruces que coronaban el Gólgota desde las faldas a la explanada de la cumbre.

Durante los últimos días todos se habían apostado a que el Asmoneo no se atrevería a tanto. Los familiares de los involucrados en el espectáculo macabro rezaron al Cielo para que no se atreviera. ¡Qué poco le conocían! Los judíos aún no se habían enterado y seguían negándose a creer que la misma madre que parió a Abel alimentó en sus entrañas al monstruo de su hermano.

“¿Sólo las mujeres griegas paren bestias?” gritando pulmón en garganta, dejó oír el Asmoneo desde lo alto de las murallas su voz. “Ahí tenéis la prueba de lo contrario. Aquí tenéis ochocientas”.

Nerón no fue tan malo. Al menos el loco por excelencia crucificó a extranjeros. Estos ochocientos eran todos paisanos de su verdugo, todos hermanos de sus invitados.

Esa fue la sorpresa. En lugar de juzgarlos o asesinar a sus enemigos sin que nadie pudiera culparlo por sus muertes el Asmoneo los reunió como se reúne el ganado y los condenó a morir en la cruz. Porque sí, porque él era el rey, y el rey era Dios. Y si no era Dios daba lo mismo, era el Diablo. Tanto monta, monta tanto.

El Monte Gólgota estaba abarrotado de cruces. Cuando los invitados cogieron asientos en sus sillones las ochocientas cruces estaban aún vacías. El espectáculo era siniestro pero gratificante si todo se quedaba en una amenaza muda. Este pensamiento positivo en mente comenzaron a meterle mano al vino.

Al cabo, quien más quien menos entre que se había comido lo que no podía, bebido lo que no está escrito y saciado a gusto su instinto de macho, el Asmoneo dio la orden. A su orden desfilaron los ochocientos condenados.

Inmediatamente comenzaron a colgarlos de los maderos. A cruz por cabeza. Si alguno de los presentes sintió partírsele el alma ninguno se atrevió a soltar una lágrima. El vino, las rameras, el placer de ver morir como bandido a quien hasta ayer paseó su condición de príncipe del pueblo, todo junto hizo el resto.

“¿Qué se hace con las ratas que invaden vuestro hogar? ¿Perdonáis a su prole maldita o la enviáis al infierno también?” en el éxtasis de la tragedia volvió a aullar el Asmoneo desde las murallas de Jerusalén.

Lo que vino a continuación no se lo esperó nadie. El Asmoneo era un saco de sorpresas. Posiblemente tampoco tú, lector, te lo imaginarías si no te lo contara y te retara a adivinarlo. Creyeron todos que con la crucifixión de los ochocientos fariseos la sed de venganza del Asmoneo se saciaría. Ya les daban las espaldas a las víctimas en sus cruces cuando empezaron a circular ochocientas familias, las ochocientas familias de los ochocientos desgraciados expuestos a las estrellas de su destino. Mujeres, niños, familia por familia fueron cogiendo sitio al pie de la cruz del cabeza de familia de cada casa.

Atónitos, creyendo haber sido invitados a vivir una pesadilla infernal, los ojos de los invitados al banquete del Nerón judío se abrieron de par en par. Paralizados de horror comprendieron lo que iba a pasar. La última y más fresca encarnación del Diablo iba a degollar cabeza y cuerpo al mismo tiempo. Si el hombre es el cabeza de familia entonces su familia es el cuerpo, y ¿quién es el loco que mata la cabeza y deja vivo un cuerpo lleno de odio para que se cobre venganza?

El ejército de verdugos del Asmoneo sacó sus espadas a la espera de la orden del hombre que convirtió Jerusalén en el trono del Diablo.

Ya se hallaban todos los cuerpos a los pies de sus cabezas, sus mujeres con sus hijos e hijas estaban temblando de horror y de desesperación, llorando la suerte del padre cuando, creyendo que su destino era el llanto, el rayo de la locura del rey los sacó de su ilusión.

Una vez más, en el cenit de su demencia, el Asmoneo gritó emocionado: “Jerusalén, recuérdame”. Acto seguido dio la orden satánica.

Degolláronlos a todos, mujeres y niños, a los pies de las ochocientas cruces y sus ochocientos cristos. Los verdugos sicarios del Asmoneo desenfundaron hachas y espadas, alzaron los brazos y comenzaron su infernal y macabra tarea. Nadie movió un dedo para impedir el crimen.

(Sobre este crimen poco más escribió el historiador oficial de los judíos. Diciendo en su prólogo ser la verdad su único interés, después de leer su relato uno se pregunta qué amor a la verdad puede tener el diablo. Pero sigamos).

 Helados, creyendo vivir un sueño, los invitados asistieron a la tercera parte del espectáculo infernal sin moverse del sitio. Actores segundones en la gran representación del Asmoneo la paga les tenía cegado el cerebro. La verdad es que no había que ser muy listo para adivinar el resto. El Asmoneo ordenó entonces que les prendieran fuego a los crucificados. Y que continuara la fiesta.

Y la fiesta continuó bajo un diluvio de alcohol, carne y rameras.

Al otro día Jerusalén entera corrió al Templo a encontrar consuelo en el Oráculo de Yavé.

El hombre de Dios sólo dijo: “Decretada está la destrucción que traerá a esta nación la ruina”.

 

9

Después de los 800

 

Después de aquella orgía de crueldad y locura ya nada podría ser igual. La ambición de unos, el fanatismo de los otros, todo los había conducido a semejante callejón sin salida. Un rey alza su locura asesina, la deja caer contra los extraños, de acuerdo, ¿pero cuándo en toda la historia del reino de Judá rey alguno se alzó contra su propio pueblo para cometer un crimen semejante?

La fama ganada a los judíos por los Macabeos se encontró al día siguiente de la Matanza de los Ochocientos reptando por los abismos más bajos de la decencia y el respeto debido a una nación por otra. Tachados de monstruos devoradores de sus hijos, los que hasta ayer se paseaban entre los gentiles reclamando para sí la condición de Pueblo Elegido el día siguiente tuvieron que esconderse de las miradas de todos como si huyesen del propio Satán. Pero volvamos a Jerusalén la Santa.

Por un tiempo el grito de dolor y pena mantuvo en calma la sed insaciable de venganza de los familiares de los Ochocientos. Pero tarde o temprano el odio a muerte se desparramaría y recorrería las calles sembrando de muerte las aceras. ¿Quiénes serían los primeros en ir cayendo? En las esquinas, en las oscuridades de los callejones, bajo cualquier portal. A cualquier hora, en cualquier ocasión. ¿Los verdugos extranjeros del rey?

¡No! Serían ellos, los saduceos. Serían los hijos de Aarón, todos sacerdotes, todos santos, todos sagrados, todos inviolables los primeros que conocerían la venganza. Pues que la venganza no se podía comer al rey se cebaría en las carnes de sus aliados. Cuñados, primos, suegros, yernos, mujeres, suegras, abuelos, nietos, todos quedaron en el punto de mira del puñal.

Ya fuese cuando salieran del Templo, ya fuese yendo de sus casas a sus campos, dondequiera que se les encontrase el odio se lanzaría sobre ellos sin distinguir justo de culpable, pecador de inocente. No habría piedad, no habría cuartel. Con su macabra lección el Asmoneo había desviado el puñal de sus espaldas ¿Quién los libraría ahora a ellos? Uno por uno. Cuando en sus casas cerrasen los ojos... de las sombras saldrían dos monedas de plata buscando cuencas donde plantar tienda. Cuando las necesidades animales... de los huecos del suelo saldrían garras. No, los saduceos no dormirían en paz, ni vivirían tranquilos desde aquel día en adelante. Llegaría el día que les habría de parecer mejor vivir en el infierno que sufrir el infierno de estar vivos.

Y así fue. Las calles de Jerusalén se despertaron todos los días después de la Matanza de los Ochocientos entre berridos de viudas y huérfanos reclamando justicia al rey. Un rey encantado de ver cómo mientras se mataban entre ellos a él le dejaban en paz.  

Es la verdad, en su locura el Asmoneo disfrutó viendo a sus aliados vivir aterrorizados como ratas atrapadas en casa de gatos hambrientos. En lo que a él le concernía su seguridad personal había quedado sellada contra todo riesgo. Sin distinguir edad ni sexo una vez mató Seis Mil en una jornada. Esta otra vez devoró 800 con sus familias. ¿Querían más aún? A él todavía le quedaba agallas para doblar el número de muertos.

¿Por qué 800 cruces? ¿Por qué no setecientas? ¿O tres mil cuatrocientas?

El hecho es que el Asmoneo tenía la memoria de las bestias. El ser humano supera los traumas de la infancia, se distingue de las bestias por su capacidad para olvidar el daño sufrido en algún momento del pasado. La bestia por el contrario no olvida nunca. Pueden pasar años, aunque transcurra un decenio las heridas se les queda clavada en la memoria. Con el paso del tiempo el cachorrillo se convierte en fiera; entonces un día se encuentra con su enemigo de infancia, se le abre la herida y por inercia salta a cobrarse su venganza. De este tipo era la memoria del Asmoneo.

¿Por qué 800 almas? ¿Por qué no setecientas ni tres mil cuatrocientas?

El pueblo tenía que conocer la verdad. El mundo entero tenía que conocer su verdad. La Historia tenía que recoger en sus anales la causa en la raíz de aquél odio del Asmoneo contra los fariseos. ¿Cuántos valientes siguieron al Macabeo en el día de la Caída de los Bravos? ¿No fueron 800 justamente? ¿No fueron los padres de los 800 fariseos crucificados quienes dieron la orden de retirada y entregaron el Héroe al enemigo? ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué aquéllos cobardes dejaron sólo al Héroe y sus 800 Bravos frente a los enemigos?

“Yo os lo diré”, gritó el Asmoneo desde la muralla. “Porque temieron que el Héroe se alzara como rey. Cobardes, vendieron al Héroe y lo entregaron para callar el temor que albergaban. Pero decidme, ¿cuándo, en qué momento, en qué ocasión secreta se le escapó al Héroe de sus 800 Bravos dirigirlos contra Jerusalén y proclamarse rey? Su alma no conoció más ambición que la libertad de su nación. Su corazón sólo latía por el ansia de libertad. Vuestros padres lo desafiaron a entregar el mando, a ponerse a sus órdenes, ignorando que aquél Valiente no reconocía más rey y señor que su Dios. Lo pusieron a prueba, lo empujaron al borde del abismo creyendo que el Valiente le daría la espalda a la muerte. Le echaron el pulso al Campeón del Omnipotente. Pues bien, esta es la paga que su Rey y Señor pone en vuestras bolsas. Coged vuestro salario, cobardes. Tocasteis al Campeón que Dios os suscitó para regalaros la libertad al precio de su sangre y la de toda su casa. ¿No queréis paraíso? Allí os envío a reclamarle al Todopoderoso vuestro salario. Os molestaba su gloria y su fama. Tuvisteis que huir del campo de batalla para demostrarle que la victoria era vuestra, que sin vosotros él no era nada. Alegraos, porque en breve os veréis con él cara a cara”.

Por mucho que dijera, no importa en qué tipo de razones justificara su conciencia, el Asmoneo sabía que después de la Matanza de los 800 ya nada podría ser igual. Después de aquella oda a las profundidades del infierno no podía esperar otra cosa que la destrucción de su casa. Se la había profetizado Abías y, sin quererlo ni buscarlo, él la había causado. El destino, la fatalidad, un paso mal dado sin corregir, otro error imprevisto imponiendo la ley de la necesidad, el puro azar, el caos, los hados, la irresponsabilidad del pueblo y sus sueños de justicia, libertad y paz. ¿Cómo culpar a la diosa fortuna de regalar besos nefastos? Unas veces se gana y otras se pierde. Dinastas peores lograron abrirles camino a sus hijos en la llanura de los siglos. ¿Pero para qué? Al final toda corona acaba siendo echada a pelón, pega el bote más alto quien menos piernas parecía tener y se ciñe la gloria del mañana el don nadie de ayer. Desde un trono el mundo es una caja de grillos; el que grita más es el rey. ¿Por qué el pueblo no se conforma con su suerte? ¿Para qué quiere más justicia, más libertad? Si le das una mano te coge el brazo. Siempre encuentra una razón para dar al traste con la felicidad de sus gobernantes. Si no fuera porque los súbditos son necesarios ¿no estarían mejor todos muertos? ¿O al menos sordomudos?

Las tenebrosas reflexiones del Asmoneo en sus momentos de agobio no tenían desperdicio. Más de una vez las dejó fluir de su cabeza sin siquiera apercibirse de hallarse presentes sus jefes pretorianos. Sus sonrisas diabólicas respondían con más elocuencia que el discurso más largo y profundo del sabio más abigarrado y conspicuo.

¿La vida de sus hijos estaba en peligro? ¿Y seguirían estándolo si no quedase un judío vivo?

Era una opción peliaguda. Cuando la depresión le ahogaba el Asmoneo la acariciaba. Pero no. Eso sería demasiado. Tenía que hallar una solución más inteligente. Darle la espalda al hecho de haber cruzado el límite no le iba a solucionar el problema. Tenía que pensar. Después de la Matanza de los 800 ya nada volvería a ser igual. Tenía que encontrar la salida del laberinto antes de que su familia abriese la puerta del infierno y las llamas del odio los consumiesen.

Sí, ya nada volvería a ser igual.  

No sólo el Asmoneo lo comprendió. También Simeón el Babilonio lo comprendió. Las palabras de Abías sonaron en su cabeza con toda la dimensión de su realidad perenne. “El odio engendra odio, la violencia engendra violencia y ambos devorarán a todos sus sirvientes”. ¿Adónde en efecto los habían conducido sus artes mágicas? La sangre de los 800 pesaba sobre su conciencia. El peso lo aplastaba. Abías siempre tuvo razón. No se cansó de decirlo: “¿Quién coge el cántaro y se va por agua al bosque en llamas? A tal fin, tales medios”. Pero claro ¿qué otro consejo podía esperarse de un hombre de Dios?

¡¿Qué otra cosa?!

Que depusieran las armas y sin abandonar el fin pusieran al servicio de la restauración de la monarquía davídica los medios que le convenían a tal causa. Por ejemplo.

Convencido por los hechos Simeón el Babilonio las depuso, se hizo discípulo y socio del Abías que durante tanto tiempo predicara en el desierto de aquellos corazones de piedra.

Por su parte la desesperación del Asmoneo fue creciendo según fueron pasando los días. La profecía de Abías sobre el destino de su casa se le empezó a hacer tan evidente que, contra todo pronóstico, dio su brazo a torcer. No porque el peso que podía soportar su conciencia, aún fuerte para soportar unos miles de cadáveres más, le conmoviera las entrañas. La verdadera causa de la opresión mental que le rodeó el cuello dejándole sin respiración estaba en el destino que les había labrado a sus hijos. Él mismo le había sacado el filo al hacha. Por su culpa sus hijos se habían convertido en el objeto de la cólera de Dios. El verdugo que habría de cortarles la cabeza aún no había nacido, pero ¿quién le aseguraría que no nacería?

En un movimiento digno de sus terrores pactó con sus enemigos un tratado de reconciliación nacional. Abías y Simeón el Babilonio serían los garantes de ese pacto que le aseguraría a su descendencia la vida entre las demás familias de Jerusalén. El pacto de estado fue el siguiente.

A su muerte la Corona pasaría a su viuda. La reina Alejandra restauraría el Sanedrín. De esta manera se cerraría entre fariseos y saduceos la batalla por el control del Templo en el origen de todos los males últimos. Su hijo Hircano II recibiría el sumo sacerdocio.

A la muerte de la reina Alejandra, que la corona pasase a su otro hijo Aristóbulo II o fuese coronado el legítimo heredero de la Casa de David dependería de los resultados de la búsqueda del Hijo de Salomón.

Una vez muerta la reina Alejandra, la Casa del Asmoneo no podría ser culpada de los hechos postreros a que condujesen la búsqueda. Esta parte del contrato se mantendría en secreto entre el rey, la reina, Hircano II y los dos hombres de su confianza, Abías y Simeón el Babilonio.

Su viuda elevaría a estos dos hombres a la jefatura del Sanedrín liderado por Hircano II. Esta parte final del pacto permanecería en secreto para evitar que el príncipe Aristóbulo se rebelase contra el testamento de sus padres y reclamase la corona.

Alejandro Janneo murió en su lecho. Le sucedió en el trono su viuda. Que reinó durante nueve años. Fiel al pacto firmado, la reina Alejandra restauró el Sanedrín, entregándole su gobierno en condiciones de igualdad a fariseos y saduceos. Su hijo Hircano II recibió el sumo sacerdocio. El príncipe Aristóbulo II quedó alienado de la sucesión y de las cuestiones de Estado. La parte secreta del pacto, la búsqueda del heredero vivo de Salomón, ya no dependería de la reina Alejandra, sino de los dos hombres a los que su difunto les encargó la misión. Una misión que debería concluir durante el reinado de Alejandra y permanecer en el secreto que le dio nacimiento. Aunque joven, si llegara a los oídos del príncipe Aristóbulo semejante plan de restauración de la monarquía davídica, nadie podría afirmar que en su locura no se alzaría en guerra civil contra su hermano.  

Fueron nueve años de paz relativa. Los dos hombres encargados de encontrar el legítimo heredero de Salomón disfrutaron de nueve años para recorrer las clases altas del reino y dar con su paradero. Digo de paz relativa porque los familiares de los 800 aprovecharon el Poder para regar las calles de Jerusalén con la sangre de los ejecutores de los suyos.

Impotentes la reina y los saduceos para frenar aquella sed de venganza que impunemente se cobraba a diario sus víctimas, cada año que fue pasando los ojos de los condenados comenzaron a fijarse más y más en el príncipe Aristóbulo como salvador. Dormido Aristóbulo en la esperanza de reinar tras la muerte de su madre, había que sacarlo de su placentera condición de príncipe heredero, proceder para ya y dar el golpe de Estado que la propia situación de indefensión de los saduceos estaba gestando.

Bajo estas circunstancias ¿de cuánto tiempo disponían Simeón y Abías para encontrar al legítimo heredero de Salomón? ¿Por cuánto tiempo podrían capear la guerra civil que se cuajaba en el horizonte?  

Dios sabe que Simeón y Abías buscaron, que rastrearon todo el reino en su búsqueda. Movieron cielo y tierra en su búsqueda. Y fue como si la casa de Zorobabel se hubiera evaporado de la escena política de Judá después de su muerte. Sí, claro que había quienes decían ser descendientes de Zorobabel, pero a la hora de poner sobre la mesa los documentos genealógicos pertinentes todo se quedaba en palabras. Así que el tiempo corriendo en su contra, la reina madre cada día más cerca de la tumba, el príncipe Aristóbulo II cada año haciéndose más fuerte al amparo de los saduceos que abogaban por el golpe de Estado que les diera el Poder; y ellos, Abías y Simeón, cada vez más lejos de lo que andaban buscando. Sus oraciones no subían al Cielo; los rumores de guerra civil, por el contrario, parecía que sí. Al noveno año de su reinado la reina Alejandra expiró. Con ella se murió la esperanza de los restauradores de encontrar al legítimo heredero de Salomón.

 

 

10

La Saga de los Precursores

 

Tras la muerte del Asmoneo, después de la regencia de la reina Alejandra, mientras Hircano II ocupaba su puesto de sumo sacerdote, después de la guerra civil contra su hermano Aristóbulo II, suscitó Dios el espíritu de inteligencia en Zacarías, hijo de Abías.

Llamado al sacerdocio por ser el hijo de Abías, Zacarías enfocó su carrera en la administración del Templo hacia el área de Historia y Genealogía de las familias de Israel. Confidente de su padre, con quien Zacarías compartía su celo por la venida del Mesías, mientras su padre y su socio el Babilonio dirigieron la búsqueda del heredero de la Corona de Judá, Zacarías concibió en su inteligencia abrir los archivos del Templo. Cuando el fracaso de la búsqueda de los legítimos herederos de Zorobabel fue un hecho consumado, Zacarías se juró que no descansaría hasta poner patas arriba las estanterías, y ¡por Yavé!, que no pararía hasta dar con la pista que le condujese a la casa del heredero vivo de Salomón.

El templo de Jerusalén cumplía todas las funciones de un Estado. Sus funcionarios actuaban como una burocracia paralela a la de la propia Corte. Registro de nacimientos, sueldos de sus empleados, contabilidad de sus ingresos, Escuela de Doctores de la Ley, todo este engranaje funcionaba como un organismo autónomo.

Los puestos de poder eran hereditarios. También dependían de las influencias de cada aspirante. Como aspirante, el aspirante Zacarías tendría a su favor las tres fuerzas clásicas con las cuales cualquiera hubiera podido llegar a lo más alto.

Contaba con la jefatura espiritual de su padre. Contaba con la influencia y el apoyo total de uno de los hombres más influyentes dentro y fuera del Sanedrín, Simeón el Babilonio, el Semayas de las fuentes tradicionales judías. En éstas a Abías se le llama Abtalión, una deformación del original hebreo, con cuya perversión de las fuentes hebreas el historiador judío pretendió ocultar a los ojos del futuro las conexiones mesiánicas entre las generaciones anteriores al Nacimiento y el propio Cristianismo. Y sobre todo y lo más importante, Zacarías contaba con el espíritu de inteligencia que su Dios le había dado para llevar a buen término su empresa.

Al mando Dios de la saga de los restauradores que lideraran Abías y Simeón el Babilonio, cuyos nombres -he dicho- fueron pervertidos por los historiadores judíos postreros con el fin de enraizar el origen del cristianismo en la mente de un loco, volvió Dios a repetir el juego que se diera entre sus dos siervos suscitando en el hijo de Simeón el espíritu precursor que engendrara en el hijo de su socio.

Habiéndole negado a los padres la victoria, porque la gloria del triunfo se la había reservado a sus hijos, mayor el de Abías que el de Simeón, quiso Dios en su Omnisciencia que el hijo de Simeón, Simeón como su padre, tuviese por maestro al hijo de Abías, cerrando la amistad que entre ellos ya existía con lazos que siempre perduran.

También, como su padre, Simeón el Joven parecía nacido para disfrutar de una existencia cómoda y feliz, lejos de las preocupaciones espirituales del hijo de Abías.

Astilla de tal palo, Simeón el Joven unió su futuro al de Zacarías poniendo a su servicio la fortuna que heredaría de su padre.

Muy tonto debía ser un hombre -hablando de Zacarías- para apoyado en tales poderes fracasar en su intento de elevarse a la pirámide de la burocracia templaria y alzarse en la cumbre como Director de los Archivos Históricos y Genealogo Mayor del Estado Teocrático en que, tras la conquista de Judá por Pompeyo el Grande, quedó convertido el antiguo reino de los Asmoneos. Esta incapacidad superada por la inteligencia sin medida que le diera su Dios para abrirse camino, Zacarías llegó a la cima y plantó su bandera en la cúspide más elevada de la estructura del Templo.

Los tiempos de todos modos eran difíciles. Las guerras civiles asolaban el mundo. El horror se instauró por norma. Gracias a Dios el fracaso de Simeón y Abías se cerró con un final feliz compensatorio.

Tras la muerte de la reina Alejandra pasó lo que ya se vio venir desde hacía mucho. Aristóbulo II reclamó para sí la corona, se enfrentó en el campo de batalla a su hermano Hircano II y se llevó la victoria. Pero si soñó con legalizar su golpe de Estado no tardó en ver su equivocación.

El mundo no estaba ya para regresos a los días de su padre. Los propios saduceos se negaban ya a perder las prerrogativas que el Sanedrín les había conferido. Ni a saduceos ni a fariseos les convenía una vuelta al status quo anterior a la inauguración del Sanedrín. Obviamente a los fariseos menos que a los saduceos. Así que se convino en hacer entrar en escena al padre del futuro rey Herodes, palestino de nacimiento, judío a la fuerza. Por orden de los fariseos Antípatro contrató al rey de los árabes para expulsar del trono a Aristóbulo II.

La maniobra de cargar el peso de la rebelión sobre los hombros de Hircano II fue una estratagema del Sanedrín para quedar al margen en caso de derrota de las fuerzas contratadas. La guerra en curso la situación se resolvió a favor de Hircano gracias a la presciencia divina, que interpuso entre los hermanos al general romano del momento, en paseo triunfal por las tierras de Asia. Hablamos de Pompeyo el Grande.

Tras conquistar Turquía y Siria el general romano recibió una embajada de los judíos rogándole interviniera en su reino y detuviera la guerra civil a la que las pasiones los habían arrastrado. Estamos en los años sesenta del siglo primero a.C.

Pompeyo aceptó hacer de árbitro entre los dos hermanos. Les ordenó que se presentasen inmediatamente a rendirle cuenta de las razones por las que se estaban matando. ¿Quién era Caín, quién era Abel?

Pompeyo no entró en discusiones de esta naturaleza. Con la autoridad de un master del universo habló palabras de sabiduría y dio a conocer su juicio salomónico sobre el caso. Desde ese día y hasta nueva orden el reino de los judíos quedaba convertido en provincia romana. Hircano II quedaba restablecido en sus funciones de jefe de Estado y Antípatro, padre de Herodes, como jefe de su estado mayor. En cuanto a Aristóbulo debía retirarse a la vida civil y olvidarse de la corona.

Y así se hizo. Después Pompeyo se fue con las águilas romanas a completar su conquista del universo mediterráneo, dejando las campanas doblar en Jerusalén por la solución adoptada, de todas las peores la mejor.

Por aquellos días el dragón de la locura trotó a sus anchas por todos los confines del Mundo Antiguo. Lo venía haciendo desde el alba de los tiempos, pero esta vez, cuando las guerras civiles romanas, más sabio el Diablo por viejo que por genio sus lenguas de fuego crearon hombres más malos que nunca. Al contrario que las otras lenguas que hacían santos, las del Diablo parían monstruos que le vendían su alma al Infierno en aras del efímero poder de la gloria de las armas. Como un Superstar firmando contratos de bodas de sangre con los novios de la Muerte el Príncipe de las Tinieblas firmaba autógrafos todo pancho, esperando en su locura manifiesta obtener de su Creador los aplausos debidos al que le dio a Dios un ultimátum.

El recuento de los muertos en las guerras mundiales romanas nunca fue anotado. El futuro nunca sabrá cuántas almas perecieron bajo las demenciales ruedas del Imperio Romano. Leyendo las crónicas de aquel imperio de las tinieblas en la Tierra uno se atrevería a decir que el propio Diablo había sido contratado como consejero de los Césares. Una vez más la Bestia recorría los confines del orbe ejecutando su voluntad soberana.

En medio de aquellos tiempos sangrientos, cuando hasta un ciego podía ver la imposibilidad de llevarle la contraria al nuevo master del universo, peor aún si el aspirante no pasaba de ser una mosca en el lomo de un elefante, contra toda lógica y sentido común Aristóbulo II pasó del juicio salomónico de Pompeyo el Grande y se declaró en rebelión armada contra el Imperio.

La ambición ilimitada por el poder absoluto no entiende de razas ni de tiempos. La Historia ha visto saltar la liebre más veces de lo que los anales de las naciones modernas pueden recordar. Al parecer el abismo entre el hombre y la bestia es menos peligroso que el salto del hombre a la condición de los hijos de Dios. Y sin embargo quienes le niegan al futuro del hombre lo que le pertenece por derecho de creación ésos son los mismos que luego defienden a fuego y bala la idea de la evolución. No sabemos si con la Duda sobre las intenciones de Dios al crear el Hombre esconde la Ciencia una rebelión abierta contra el estadio final programado en nuestros genes desde los orígenes de las edades históricas. En el fondo se pudiera tratar sólo de una cuestión de orgullo craneal elevado al cuadrado de su potencia. Es decir, no se niega que exista Dios; lo que existe es una negación a vivir una crónica anunciada. Me explico, ¿por qué tenemos que ser objetos pasivos de una historia escrita antes de nacer nosotros? ¿No es mejor ser sujetos activos de una tragedia escrita por el Destino?

Las profundidades de la psicología humana no dejan de sorprender nunca. En las oscuridades de las fosas abisales de la mente criaturas luminiscentes bellas como estrellas en la noche de repente se transforman en dragones monstruosos. Sus flechas de fuego devoran toda paz, violan toda justicia, niegan toda verdad. Y ambicionando el poder de los dioses rebeldes les dan la razón a los que sin creer en la evolución creen cuando afirman que después del hombre hay algo más.

Después de todo no se trata tanto de creer o de no creer sino de elegir entre el ser de la Bestia y el de los hijos de Dios.

A este respecto Aristóbulo II tenía una estructura mental muy típica de su tiempo. O lo tenía todo o no tenía nada. ¿Por qué compartir el Poder? Entre Caín y Abel había elegido el papel de Caín. Y no le había ido nada mal. ¿Por qué venía ahora el romano a robarle el fruto de su victoria?

Mientras a punta de espada Pompeyo el Grande le impuso su voluntad y el mito sobre la invencibilidad del Matador de Piratas mantuvo a raya su pasión, todo le salió bordado al Salvador del Mediterráneo. En cuanto Pompeyo se dio la vuelta al Aristóbulo le salió la vena asmonea y se dedicó a lo que mejor sabía, hacer la guerra.

La forma que él entendía de hacer la guerra al menos sí que la puso en práctica.

Por donde quiera que cabalgó se dedicó a dejar la huella. Una granja por aquí otra por allá la Judea iba a recordar al hijo de su padre por mucho tiempo. Fuego, ruina, desolación, ¡que se escriba la historia y lo escrito se quede escrito, si no en los anales de la Historia al menos sí en las espaldas del pueblo!

Debía saber la Serpiente Antigua que el Día de Yavé se acercaba, día de venganza y cólera. El Leviatán en el punto de mira el Infierno redobló el fuego que llevaba dentro y desde el pináculo de su maldita gloria se puso a dirigir el ejército de las tinieblas a su imposible victoria.

Hermano contra hermano, reino contra reino. Hasta el todopoderoso Senado Romano tembló de espanto el día que César cruzó su particular mar Rojo. Por culpa del Conquistador de las Galias a quien hacía nada acababa de vérsele aclamado señor de Asia, a ése mismo Pompeyo se le vio cruzando el Mar Grande como una gata para acabar siendo asesinado como un piojo en una playa por orden de un faraón con faldas.

Hasta el Egipto llegó persiguiendo a su antiguo socio quien convirtiera un río en una frase para la leyenda, y allí mismo le hubiera enterrado el mismo faraón matador de Pompeyo de no haber providencialmente intervenido en su favor los ejércitos provinciales del Asia, entre cuyos escuadrones la caballería de los judíos destacó en arrojo y valor, dándole la victoria y, lo que es más importante, salvándole la vida. Salvación que le valió a los judíos del Imperio el agradecimiento libérrimo del César, y recuperó para la nación su fama perdida de guerreros valerosos.  

La necesidad que empuja a los poderosos a necesitarse fue la que arrojó al jefe del estado mayor judío en los brazos del nuevo master del universo mediterráneo, ganando el padre de Herodes para el pueblo judío los honores de la gracia, como he dicho, y para él y su casa la amistad de quien es agradecido porque fue bien nacido, la del único e incomparable Julio César.

Gracia ésta última que en Jerusalén no cayó tan bien como en los círculos familiares del interesado. Pero que dada la persistencia del hijo del Asmoneo por seguir los pasos de su padre fue respetada como muro de contención. En tales momentos poco o nada creyeron los judíos que debían temer de la carrera fulgurante hacia el poder del cachorro Herodes.

¿Ni cuando Herodes demostrara valor sobrado para desmantelar las fuerzas de los bandoleros galileos y sentenciarlos a muerte saltándose las leyes del Senado de los Judíos?

Aprovechando su condición de lugarteniente de las fuerzas del Norte, Herodes apresó a los bandoleros, desmanteló sus bases y condenó a muerte a sus cabecillas. Nada inusual si se hubiera tratado de un jefe judío. El problema era que al atribuirse las funciones del Sanedrín -juzgar y sentenciar a muerte- la ambición personal de Herodes quedó al descubierto y obligaba al Sanedrín a cortarles las alas estando aún a tiempo.

El asunto de juzgar al cachorro idumeo era complejo en razón de quien era su padrino, el César en persona. La cuestión era que si no le cortaban las alas nadie podría detener su carrera fulgurante hacia el trono.

Simeón el Babilonio y Abías expusieron este argumento ante los demás miembros del tribunal que se reunió a juzgar a Herodes. ¿Se habían librado de la usurpación del trono de David por un judío de nacimiento para ver cómo ponía en él su trasero un palestino?

Sin miedo al cachorro idumeo Simeón el Babilonio expuso su sentencia ante todos: O lo condenaban a muerte ahora que lo tenían a merced o se arrepentirían de su cobardía el día que el hijo de Antípatro se sentara en el trono de Jerusalén.

Herodes se volvió para mirar a aquél anciano que le estaba profetizando a la luz del día lo que en sus sueños había visto tantas veces. Admirado por hallar entre aquéllos cobardes un valiente juró allí, en presencia de todos sus jueces, que el día que se ciñera la corona los pasaría a cuchillo a todos. A todos excepto al único hombre que se había atrevido a decirle en la cara lo que sentía.

Cuando Herodes fue rey esa fue la primera medida que tomó. Excepto a su profeta particular decapitó a todos los miembros del Sanedrín.

 

11

La Genealogía de Jesús según San Lucas

 

En medio de aquellos días de horrores sangrientos la Naturaleza desafió al Infierno inundando de belleza la tierra. Fue de verdad una época de mujeres hermosas. Al servicio de su Señor la Naturaleza concibió una mujer de una belleza extraordinaria, y le dio un nombre. La llamó Isabel.

Era Isabel hija de una de las familias sacerdotales de la clase alta de Jerusalén. Sus padres pertenecían a una de las veinticuatro familias herederas de los 24 turnos del Templo. Clientes sus padres de la casa de los Simeones, la extraordinaria belleza de aquella muchacha le abrió las puertas del corazón de Simeón el Joven, con quien vino a criarse como si de una hermana se tratara.

Los padres de Isabel no podían ver más que con buenos ojos la relación que los muchachos se traían. Pensando en la posibilidad de un matrimonio futuro sus padres le concedieron a Isabel una libertad por regla general negada a las hijas de Aarón. ¿Había algo que más pudiera llenar de orgullo el corazón de aquellos padres que su hija mayor llegara a ser la señora del heredero de una de las fortunas más grandes de Jerusalén?

No era ya sólo una cuestión de riqueza, también estaba la protección que Herodes había extendido sobre los Simeones. La muerte de los miembros principales del Sanedrín tras su coronación dejó a los Simeones en una posición privilegiada. De hecho, la de los Simeones fue la única fortuna que el rey no confiscó.

Si Isabel impusiera su belleza al joven Simeón, ¡ufff!, más de lo que nunca hubieran podido sus padres soñar.

Esta posibilidad secreta en mente, que cada año parecía hacerse más real en razón de la inteligencia con la que la Sabiduría había enriquecido lo que la Naturaleza vistiera de tantas dotes, los padres de Isabel la dejaron cruzar aquella delgada frontera al otro lado de la cual la mujer hebrea quedaba libre para elegir esposo.

Lo normal en las castas judías era cerrar el contrato de bodas de las hembras aarónicas antes de llegar a esa peligrosa edad, alcanzada la cual por ley a la mujer no se la podía obligar a aceptar la autoridad paterna como si se tratase de la voluntad de Dios. Convencidos de la irresistible influencia de la belleza de Isabel sobre el joven Simeón sus padres corrieron el riesgo de dejarla cruzar esa frontera.

Ella la cruzó encantada, y él fue su cómplice.

Simeón le siguió el juego a aquella alma gemela que la vida le había dado. Educado él mismo para disfrutar de una libertad privilegiada, para cuando los padres de Isabel llegaran a darse cuenta de la verdad ya sería demasiado tarde. Isabel habría cruzado para ese entonces esa frontera y ya nada ni nadie en el mundo podría impedirle casarse con el hombre al que amaba más que a su vida, más que a las murallas de Jerusalén, más que a las estrellas del cielo infinito, más que a los propios ángeles.

El día que sus padres comprendieron quién era el elegido de Isabel ese día sus padres pusieron el grito en el cielo. 

El problema del hombre al que Isabel amaba de aquella forma tan superior a los intereses familiares era simple. Le había dado Isabel su corazón al joven más cabezón de toda Jerusalén. En realidad, nadie apostaba nada por la vida del hijo de Abías. Se le había metido en la cabeza a Zacarías entrar en el Templo y expulsar a todos los vendedores de genealogías y traficantes de documentos de nacimiento al por mayor. Alucinados por lo que creían un ataque frontal a sus bolsillos fueron muchos los que se juraron acabar con su carrera al precio que fuese. Pero ni las amenazas ni las maldiciones lograron asustar a Zacarías.

En esto todos reconocían que el hijo era el replay de su padre. ¿No fue su padre el único hombre en todo el reino capaz de plantarse delante del Asmoneo en sus mejores días, cortarle el paso y profetizarle a la cara un volcán de desgracias? ¿Qué se podía esperar de su hijo, que fuera un cobarde?

De todos modos ¿por qué no dirigía Zacarías su cruzada hacia otra parte? ¿Por qué se le había metido en la cabeza centrar su cruzada contra el negocio floreciente de la compraventa de documentos genealógicos y registros falsos de nacimiento? ¿Qué daño le hacían a nadie emitiendo aquellos documentos?

Los interesados venían desde la propia Italia dispuestos a pagar cuanto le pidieran por un simple trozo de papiro firmado y sellado por el Templo. ¿A qué venía esa obcecación del hijo de Abías? ¿Por qué no se dedicaba a disfrutar de la vida como cualquier hijo de vecino? ¿Acaso se divertía cortándole el rollo a todo el mundo?

Bueno, pero antes de seguir entremos en la mente de Zacarías y en las circunstancias contra las que se alzó.

He dicho que Zacarías, hijo de Abías, y Simeón el Joven, hijo de Simeón el Babilonio, recogieron el testigo de la búsqueda del Heredero vivo de Salomón.

Dadas todas las circunstancias establecidas en los capítulos anteriores se comprende que el secreto fuera la condición sine qua non que había de conducirlos al extremo del hilo. Nadie debía saber cuál era la meta en mente.

Si a los Asmoneos la sola idea de la restauración davídica les puso los pelos de punta, a la menor sospecha de las intenciones de los hijos de sus protegidos, el Semayas y el Abtalión de los escritos oficiales judíos, Simeón y Abías para nosotros, el rey Herodes se cargaría en el día a todos los hijos de David.

Luego estaban los clásicos piratas que estarían encantados de denunciar a sus hijos, nuestros Simeón y Zacarías. Herodes recompensaría la denuncia por traición a la corona con honores miles. Y de paso eliminarían de la escena al cruzado solitario con el que no se podía llegar a acuerdo alguno.

Así que, conociendo el mar de peligros sobre cuyas olas navegaba, Zacarías no abría su mente a nadie en el mundo. Ni a la propia Isabel, la mujer con la que él era consciente que se casaría a pesar de la voluntad de sus futuros suegros.

Era natural que de todos los hombres de Jerusalén no hubiera otro que contara con más protección que el hijo de Abías.

Entremos ahora en las causas de aquella corrupción generalizada en cuyos brazos se lanzaron los funcionarios del Templo.

En agradecimiento a su salvación por la caballería judía -como he dicho antes- Julio César le concedió a la Judea privilegios fiscales y liberación para sus ciudadanos del servicio de las armas.

El César ignoraba la compleja extensión del mundo judío. Astutos como nadie, los judíos de todo su Imperio se aprovecharon de su ignorancia para beneficiarse de los privilegios concedidos a los ciudadanos de la Judea. Pero para beneficiarse de tales privilegios estaban obligados a presentar los pertinentes documentos.

Todo lo que debían hacer era ir a Jerusalén, pagar una suma de dinero y hacerse con los mismos.

¿Era para ponerse en el plan que se puso el hijo de Abías? ¿Acaso Zacarías no amaba a sus hermanos en Abraham? ¿Por qué se oponía? ¿Qué le iba a él en todo ello? Las arcas del Templo se estaban llenando. ¿No le interesaba a él, como sacerdote y judío de nacimiento, la prosperidad de su pueblo?

La enemistad creciente contra Zacarías procedía del hecho de su imparable ascensión, que, en breve, de no cortarle el paso nadie, lo conduciría a la cúspide de la dirección de los Archivos Históricos y Genealógicos, de la cual dependía la expedición de los susodichos documentos.

Hombre, razones había para que el hijo de Abías hiciera la vista gorda y se aprovechara de la ocasión para enriquecerse, y de camino compartir con todos la prosperidad que el cielo les había regalado después de tantos males pasados, razones sí había.

Pero no, el hijo de Abías decía que él no se casaba con la corrupción. Tenía la cabeza dura como una piedra. Para colmo de males la protección con la que contaba no les dejaba a sus enemigos otra salida que intentar frenar su carrera por todos los medios.

Así que por mucho que adorase al hombre de su vida la propia Isabel se preguntaba a qué venía aquella cruzada de su amado. Si ella le sacaba el tema él se dedicaba a darle largas, miraba para otra parte, cambiaba de rollo y la dejaba con la palabra en la boca. ¿Es que no la quería?

Simeón el Joven se reía de aquellos dos amantes imposibles.

Risa que Isabel cogió y como que ella era hija de Aarón y tenía a la Naturaleza de su parte que su amigo del alma le iba a descubrir qué misterio se traían los dos entre manos.

Simeón el Joven le dio largas al principio. Lo último que quería era poner en peligro la vida de Isabel. Al final tuvo que abrirle el corazón y descubrirle la verdad.

¿Un judío de cualquier parte del Imperio que desease registrarse como ciudadano de la Judea a qué familia se emparentaría y en qué ciudad pediría ser registrado como nativo?

La respuesta era tan obvia que Isabel comprendió al instante.

“En Belén de Judá y al rey David”.

Difícil que de por sí ya le era al Genealogo Mayor del Reino avanzar entre montañas de documentos, encima esta avalancha de hijos de David que de repente le estaban saliendo al legendario rey por todas partes.

“Luego estáis buscando al heredero de Salomón”, le respondió Isabel a Simeón. “¡Qué bonito!” Simeón se rió con ganas de su ocurrencia.

A Zacarías no le resultó tan gracioso que su socio le descubriera a Isabel la verdad. Hecho el daño había que tirar para adelante y confiar en la prudencia femenina. Confianza que Isabel jamás defraudó.

El mismo Espíritu que detiene el avance de los guerreros y les niega el paso a las metas por Él reservadas para los que les seguirán, ese mismo Dios es quien ordena los tiempos y mueve sobre el escenario a los actores para quien reservara la victoria que les negara a los que les abrieron camino.

Contra todos los malos presagios que les desearon sus enemigos Zacarías alcanzó la cúspide de la dirección de los Archivos del Templo. También se casó con la compañera para él elegida por el destino. Cuando hallaron que no podían tener hijos se oyó decir: “Castigo de Dios”, por haberse rebelado ella contra la voluntad de sus padres, pero ellos se consolaron amándose con toda la fuerza de la que el corazón humano es capaz.

A la pena de hallarse estériles se le sumó el fracaso de su búsqueda.  

 

12

El Nacimiento de José

 

Zacarías se pasó años revolviendo las montañas de documentos genealógicos, ordenando rollo por rollo histórico tras la pista que debía conducirle al último heredero vivo de la corona de Salomón. No se volvió loco porque su inteligencia era más fuerte que la desesperación que se apoderó de su mente, y, cómo no, porque el Espíritu de su Dios le sonreía en los labios de su socio Simeón, que no perdía nunca la esperanza y siempre estaba ahí para levantarle la moral.

“Tranquilo, hombre, ya verás tú como al final encontramos lo que andamos buscando donde menos nos lo esperemos, y cuando menos nos lo imaginemos, ya lo verás. No te partas la cabeza porque tu Dios te quiera abrir los ojos a su manera. Yo no creo que te vaya a dejar con las manos vacías. Es sólo que estamos mirando en la dirección incorrecta. La culpa es nuestra. ¿Tú crees que te ha elevado adonde te encuentras para dejarte con tu desolación en la cumbre? Descansa, disfruta de tu existencia, dejemos que Él nos haga reír”.

Era extraordinario aquél Simeón. Pero en todos los sentidos. Cuando él se casó con la mujer de sus sueños también disfrutó del sueño de ser el hombre más feliz del mundo. Con aquella felicidad suya que se derramaba sobre todos los clientes de su Casa y lo convirtió en el banquero de los pobres, un buen día cuestiones de negocios lo llevaron a Belén.

La clientela de los Simeones también extendía sus ramas por las poblaciones alrededor de Jerusalén. Entre las familias que tenían negocios con ellos figuraba el Clan de los carpinteros de Belén. Para la fecha la jefatura del Clan estaba en manos de Matat, padre de Helí. Maestros ebanistas, el Clan de los carpinteros de Belén tenía labrada su fama de profesionales de la madera desde nadie sabía cuándo. Se comentaba incluso que el fundador del Clan puso una de las puertas de la ciudad santa en los días de Zorobabel. Simples rumores, claro. La cosa fue que la llegada de Simeón el Joven a Belén coincidió con el nacimiento del primogénito de Helí. Llamaron al recién nacido, José. Felicitaciones aparte, cerrado el negocio que le trajo a Belén, el abuelo del niño y nuestro Simeón entraron en conversaciones sobre los orígenes de la familia. El tema en curso quiso la propia conversación que Matat se explayara sobre el origen davídico de su casa.

En Belén a nadie se le ocurrió nunca poner en duda la palabra del jefe del Clan de los carpinteros. Todo el mundo estaba, porque desde siempre se había creído en el pueblo, que el Clan pertenecía a la casa de David. Matat, el abuelo de José tampoco iba por ahí usando el documento genealógico de su familia como si se tratase de un látigo presto a caer sobre los incrédulos. No hubiera venido al caso. Sencillamente era así, había sido siempre así y no procedía otra cosa. Sus padres habían sido considerados hijos de David desde ya nadie se acordaba cuando, y él, Matat, estaba en todo su derecho de creer en la palabra de sus antepasados. Después de todo cada cual era libre para creerse hijo de quien mejor le conviniese. Pero claro, la investigación zacariana en punto muerto, la búsqueda del hijo de Salomón a nivel de archivos históricos anclada en un callejón sin salida, por fuerza el que una sencilla familia de carpinteros saltase al terreno de las realidades infalibles, por fuerza a nuestro Simeón, intimísimo amigo del Genealogo Mayor del Reino, tenía que resultarle si no graciosa al menos sí bastante simpática aquella seguridad absoluta del abuelo Matat. Más que nada fue el tono de certidumbre en el aliento del abuelo de José.

Cuando sin pretender ofender al jefe del clan de los carpinteros de Belén Simeón el Joven puso en duda la legitimidad del origen davídico de su casa el abuelo Matat miró al joven Simeón con las cejas algo ofuscadas. Su primera reacción fue sentirse ofendido, y por sus barbas que de haber venido la duda de otro individuo por su honor que lo hubiera puesto al instante de patitas fuera de su casa. Pero en honor a la amistad que le unía a los Simeones, y porque de ninguna manera pretendió el Joven ofenderlo el abuelo Matat se privó de darle rienda suelta a su genio. También porque con los vientos que corrían, cuando bastaba pegarle una patada a una piedra para que le salieran hijos a David, la duda del muchacho le resultó comprensible.

Hombre de muy buen carácter, a pesar de esta manera de entrar en nuestro relato, no queriendo que en lo sucesivo entre su casa y la de los Simeones flotase duda de ninguna clase, el abuelo Matat cogió a nuestro Simeón del brazo y se lo llevó aparte. Con toda la confianza del mundo depositada en su verdad el hombre lo condujo a sus habitaciones privadas. Se dirigió a un arcón viejo como el invierno, lo abrió y sacó de su interior una especie de rollo de bronce envuelto en pieles rancias.

Ante los ojos de Simeón el abuelo Matat lo puso sobre la mesa. Y lo desenrolló despacito con el misterio de quien va a desnudar su alma.

Apenas vio el contenido envuelto en aquellas pieles rancias a Simeón las pupilas se le abrieron como ventanas al partir los primeros rayos primaverales. Se le escapó de los labios un mudo “Dios santo”, pero disimuló la sorpresa y escondió la emoción que le estaba recorriendo la espalda. Y es que pocas veces en su vida, aun siendo el íntimo del Genealogo Mayor del Reino, y a pesar de lo habituado que estaba a ver documentos antiguos, algunos tan antiguos como las murallas de Jerusalén, pocas veces habían visto sus ojos una joya tan hermosa como importante.

Tenía aquel rollo genealógico la antigüedad a flor de piel. Los sellos en su metal eran dos estrellas brillando en un firmamento de cuero tan seco como la montaña donde Moisés recibió las Tablas. Los caracteres de su escritura desprendían fragancias exóticas paridas sobre el campo de batalla donde alzara David la que sería la espada de los reyes de Judá. El abuelo Matat desplegó el rollo genealógico de su clan en toda su extensión mágica y dejó leer al Joven la lista de los antepasados de José, su nieto recién nacido. Decía:

“Helí, hijo de Matat. Matat, hijo de Leví. Leví, hijo de Melqui. Melqui, hijo de Jannai. Jannai, hijo de José. José, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Amós. Amós, hijo de Nahum. Nahum, hijo de Esli. Esli, hijo de Naggai. Naggai, hijo de Maat. Maat, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Semeín. Semeín, hijo de Josec. Josec, hijo de Jodda. Jodda, hijo de Joanam. Joanam, hijo de Resa. Resa, hijo de Zorobabel”.

Mientras lo estuvo leyendo Simeón el Joven no se atrevió a levantar los ojos. Una energía fulgurante le estaba recorriendo fibra por fibra la médula. En su interior quería pegar botes de alegría, su alma se sentía como la del Héroe después de la victoria saltando desnudo por las calles de Jerusalén. De haber estado allí con él Zacarías, a su lado, por Dios que hubieran bailado la danza de los valientes alrededor del fuego de la victoria.

Claro que sí, por supuesto que Simeón el Joven había visto un documento igual a ése, variando los nombres, pero de la misma antigüedad, guardando en sus secretos los caracteres hebreos más antiguos, escritos por los hombres que vivieron en la Babilonia de Nabucodonosor. Lo había visto en su propia casa. Su propio padre lo heredó del suyo y se lo trajo a Jerusalén para depositar una copia en los Archivos del Templo. Sí, lo había visto en su propia casa, era la joya de la familia de los Simeones. ¿Cuántas familias en todo Israel podían poner sobre la mesa un documento de esa naturaleza? La respuesta la conocía Simeón desde niño: únicamente las familias que regresaron con Zorobabel de Babilonia podían hacerlo, y todas las que podían hacerlo se encontraban en el Sanedrín.

¡Dios santo!, lo que hubiera dado nuestro Simeón por haber tenido en aquel momento a su lado a su Zacarías. La Luna y las estrellas no valían a sus ojos lo que aquel rollo de bronce babilónico abrazado a aquél pergamino de cuero de vaca del Edén. Aquel documento tenía más valor que mil tomos de teología. ¡Qué no hubiera dado él por haber tenido la oportunidad de haber oído de los labios de Zacarías la lectura del resto de la Lista! Decía:

“Zorobabel, hijo de Salatiel. Salatiel, hijo de Neri; Neri, hijo de Melqui: Melqui, hijo de Addi; Addi, hijo de Cosam; Cosam, hijo de Elmadam: Elmadam, hijo de Er; Er, hijo de Jesús; Jesús, hijo de Eliezer; Eliezer, hijo de Jori; Jori, hijo de Matat; Matat, hijo de Leví; Leví, hijo de Simeón; Simeón, hijo de Judá; Judá, hijo de José; José, hijo de Eliaquim; Eliaquim, hijo de Melea; Melea, hijo de Menna; Menna, hijo de Mattata; Mattata, hijo de Natam. Natam…hijo de David”.

 

13

La Gran Sinagoga de Oriente

 

Quizá me precipito algo en la sucesión de los acontecimientos movido por la emoción de los recuerdos. Espero que el lector no me tenga en cuenta haberme lanzado casi desbocado por la llanura de las memorias que le descubro. Después de haber estado dos mil años dormidas en el silencio de las altas cumbres de la Historia el propio autor no puede controlar la emoción que le embarga, y se le van los dedos a las nubes con la facilidad que tienden las alas del águila de las nieves hacia el sol inalcanzable que le dan vida a sus plumas.

La verdad sobre la que he pasado de largo es la relativa calma internacional que trajo a la región el imperio de Julio César, paz relativa que jugó a favor de nuestros héroes, excitando su inteligencia, especialmente la de nuestro Zacarías. Bajo otras circunstancias geopolíticas, tal vez, la posibilidad de hacer entrar esa Paz en el esquema de sus intereses no se les hubiera pasado por la cabeza.

En líneas generales, grosso modo, todo el mundo conoce qué tipo de relación amor-odio entre Romanos y Partos mantuvo en jaque al Oriente Próximo durante aquel siglo. En cualquier caso, los manuales de Historia del Próximo Oriente Antiguo y de la República de Roma están al alcance de cualquiera. No es un tema que predomine dentro de la recreación oficial, sobre todo en función del origen asiático de los Partos, detalle éste que, a los historiadores occidentales, influenciados por su cultura grecolatina les es excusa suficiente para tocar de paso el tema de la historia de su Imperio. No es esta Historia el mejor sitio para abrir el horizonte en esa dirección; conste aquí el deseo de hacerlo en otro momento. En fin, esta Historia no puede abrir hasta el infinito el escenario donde se desarrolló. Los manuales oficiales están ahí para abrir el horizonte a todo el que quiera profundizar algo más en el tema.

El hecho que viene a cuento y pertenece a esta Historia centra su epicentro en la influencia que la paz del César tuvo sobre la zona y las opciones que puso en mano de sus habitantes. Pensemos que cada vez que se piensa en los días del conquistador de las Galias la nota predominante se queda en la parafernalia de sus guerras, sus instintos dictatoriales, la madeja de las conspiraciones políticas contra su imperium, pasando siempre de largo por los beneficios que su paz les supuso a todos los pueblos sometidos a Roma. En relación a nuestro relato la paz del César más que grande fue importantísima.

Zacarías, que no paraba de maquinar la forma de conducir a término su búsqueda del legítimo heredero de la corona de Salomón, un día pensó en las palabras de su socio: “Tranquilo, hombre, ya verás que al final encontramos lo que andamos buscando donde menos nos lo esperemos, y cuando menos nos lo imaginemos, ya lo verás”, y se dijo que Simeón tenía toda la verdad del mundo. Aún no habían encontrado lo que estaban buscando porque habían estado dando vueltas alrededor del vacío. Ni probablemente darían nunca con la pista de los hijos de Zorobabel de seguir hurgando donde no había huellas de su existencia. ¿Así que por qué no jugarse la carta de la Gran Sinagoga de Oriente? Lo único que tenían que hacer era enviar un correo pidiéndoles a los Magos de la Nueva Babilonia que buscasen la genealogía de Zorobabel entre sus Archivos. Así de fácil, así de simple.

Simeón el Babilonio, nativo de Seleucia del Tigris, perfecto conocedor de la Sinagoga en cuestión asintió con la cabeza. Se rió y lo soltó como le salió del alma:

“Claro, hijos, ¿cómo hemos estado tan ciegos todo este tiempo? Ahí está la clave del enigma. No perdáis el tiempo. En alguna parte de aquella montaña de archivos debe encontrarse la joya que os trae de cabeza. La ocasión es propicia. Es ahora o nunca. Nadie puede decir cuándo se romperá la paz. Manos a la obra”.

Zacarías y sus hombres eligieron un correo de toda confianza de entre los correos de la Gran Sinagoga de Oriente que solían entonces, una vez abiertas las rutas, traer a Jerusalén el Diezmo. El mensaje que debía llevar a su vuelta de regreso a Seleucia, para ser leído exclusivamente por los jefes de la Sinagoga de los Magos de Oriente, concluía con estas palabras: “Centrar la investigación en los hijos de Zorobabel que le acompañaron de Babilonia a Jerusalén”.

La tensión entre los dos imperios del momento, el Romano y el Parto, una cuerda en tensión que podía romperse en cualquier momento, amén de tener que contar con las continuas insurrecciones nacionalistas típicas del Oriente Próximo, la respuesta podría tardar algún tiempo. Pero ellos tenían tiempo.

Desde los días de Zorobabel los judíos del otro lado del Jordán se las habían arreglado para sortear los peligros y cumplir con el Diezmo. Durante la estabilidad que al Asia Occidental le dio el imperio de los persas la caravana de los Magos de Oriente llegó año tras año. Después, tras la conquista del Asia por Alejandro Magno la situación no cambió. Las cosas empeoraron cuando los Partos montaron sus tiendas al este del Edén y soñaron con la invasión del Oeste.

Antíoco III el Grande se las vio y se las deseó para contener la avalancha de los nuevos bárbaros. Su hijo Antíoco IV murió defendiendo las fronteras. Convertidas las tierras del Próximo Oriente en una tierra de nadie abierta al saqueo y al pillaje tras la muerte de la Bestia de los judíos, los judíos al Este del Jordán tuvieron que aprender a apañárselas solos; pero pasase lo que pasase la caravana de los Magos de Oriente siempre llegaba a Jerusalén con su cargamento de oro, incienso y mirra.

Esta adversidad dada por contada el correo de Zacarías llegó a su destino. A su tiempo regresó a Jerusalén con la respuesta esperada.

La respuesta a la pregunta zacariana era la siguiente:

“Dos fueron los hijos que Zorobabel trajo consigo de Babilonia. El mayor se llamaba Abiud; el menor se llamaba Resa”.

Y había más, siguió diciéndoles el correo de los Magos:

“Al mayor de sus hijos le dio Zorobabel el rollo de su padre, rey de Judá. El hijo de Abiud era, por tanto, el portador del rollo salomónico. Al menor le dio el rollo genealógico de su madre. En consecuencia, el hijo de Resa era el portador del rollo de la casa de Natán, hijo de David. Excepto en sus listas los dos rollos eran iguales. Sobre dónde estaban ambos herederos, sobre esto ellos no podían darles detalles”.  

¡Qué extraño es el Omnipotente!, venía de vuelta de Belén pensando Simeón el Joven. ¡Qué extraña forma de moverse la del Todopoderoso! Se esconde el río bajo la tierra, se lo traga la piedra, nadie sabe qué camino se labrará por los hipogeos lejos de la vista de todos los vivientes. Sólo Él, el Omnisciente, conoce el lugar exacto por dónde romperá y saldrá a flote.

Se ríe el Señor de la desesperación de su gente, les deja escarbar en el suelo buscando por dónde irá el río que se perdiera en el corazón de la tierra apenas nacido, y cuándo ya tiran la toalla bajo el peso de la victoria imposible y las manos les sangran con las heridas de la frustración entonces se le conmueve al Omnisciente el alma, se levanta, les sonríe a los suyos y con una palmada en la espalda va y les dice: Venga ya muchachos, ¿qué os pasa? Levantad esos ojos, lo que buscáis lo tenéis a dos palmos de vuestras narices.

Simeón el Joven se rió pensando en la cara que iba a poner su socio Zacarías cuando le diera la noticia. Ya se imaginaba soltándole la película de su descubrimiento.

“Siéntate Zacarías”, le diría.

Zacarías se le quedaría mirando fijamente. Simeón el Joven lo seguiría envolviendo en el misterio de su alegría, predispuesto a disfrutar ese momento segundo a segundo.

“¿Qué te pasa, hermano, ya has perdido esa capacidad tuya para leerme la mente?”, le insistiría Simeón el Joven.

Sí señor, iba a disfrutar de ese momento hasta la última micra de segundo.

En ese momento no había en el mundo cosa que desease más que vivir a cielo abierto la mirada de su socio cuando le dijera:

“Señor Genealogo Mayor del Reino, mañana voy a tener el placer infinito de presentarle a Resa, el hijo de Natán, hijo de David, padre de Zorobabel”.

 

14

El Alfa y la Omega  

 

Contra el horizonte alza su boca el océano devorando cielo. Los vientos crujen, los tiburones hunden sus caminos en las profundidades oscuras huyendo de las zarzas de fuego que en forma de látigos de agua azotan los brazos fuertes que prefirieron morir luchando a vivir muriendo. ¿Qué fuerza desconocida desde los remotos altares del universo rocía con su néctar de valentía risueña los ojos de los hombres que se descalzan y andan a alma desnuda sobre sendero de espinos buscando calentar sus huesos al fuego que nunca se consume? ¿Qué energía endurece los huesos de la alondra de las distancias entre los dos polos del imán recorriendo las estaciones cortas de su vida efímera? ¿Por qué la tierra sufrida, machacada, agotada y quemada de sus lodos primordiales pare espíritus nacidos para darle la espalda a la playa de los cocoteros y adentrarse solitarios en las profundidades de los bosques negros? ¿Qué misterio se esconde en el alma humana, que tantos buscan y tan pocos alcanzan? ¿En qué cuna amamantó el firmamento de los cielos el pecho que le muestra a la flecha la hendidura que le servirá de carcaj entre sus costillas?

¿No son los placeres de la vida ondas de nata y chocolate sobre cuyos labios pétalos fragantes depositan sus besos? Se sienta el rey de la selva en la llanura a admirar el baile de su reina en el valle de las gacelas. El cóndor indomable pasea su nave de plumas sobre cimas que cortan el cielo como espadas de héroes las filas del enemigo. El delfín de los océanos se deja llevar por las corrientes cálidas soñando encontrarse por los caminos de la mar carabelas de colones ebrios de sueños. ¿Por qué al hombre le correspondió por suerte el batir de las ambiciones, el choque de los intereses, el crujido de las pasiones?

¿Qué haremos con esa parte de la naturaleza de nuestro Género? ¿Le cantaremos una nana antes del réquiem? ¿Desterraremos de nuestro futuro el nacimiento de nuevos héroes? ¿Haremos con los hijos del futuro lo que otros hicieron, darle por libertad una tumba? ¿O los encerraremos dentro de una jaula para que píen tristones como esos pajarillos tontos que se mueren si les roban la libertad?

Todo hombre tiene ante sí una vida de peligros y otra de comodidades en el olvido de la suerte de los demás. Todo tiempo ha tenido sus abogados del diablo y sus fiscales de Cristo. Lo único que sabemos es que cuando se empieza el camino ya no hay marcha atrás.

El correo que de la Nueva Babilonia le trajo la respuesta a la Saga de los Precursores se llamaba Hilel. Era Hilel un joven doctor de la Ley de puño y letra de la escuela de los Magos de Oriente. Al igual que en su día lo hiciera Simeón el Babilonio, Hilel hizo su entrada en Jerusalén trayendo el Diezmo en una mano, y en la otra una sabiduría secreta sólo apta para esa clase de hombres que la tierra pare, aunque sus congéneres los condenen.

También la tierra llora, y también sus hijos aprenden. De siempre se ha dicho que sabe el hombre más del infierno porque ha vivido entre sus llamas desde que fue expulsado del paraíso, que el propio diablo y sus ángeles rebeldes porque siendo su futuro nuestra suerte tales hijos malditos aún no han probado el amargo sabor de los fuegos del terrible averno que les espera a la vuelta de la esquina.

Los sabios helenos se creyeron superiores a los hebreos por su capacidad para penetrar en el misterio de todas las cosas. Obligado preguntarse entonces, ¿sabe más el que tropieza en la piedra de los burros que quien nunca cayó? O sea, que estamos todos condenados a aprender tropezando como los burros dos veces. Y por consiguiente debemos condenar por sistema a todo el que aprendió la lección sin necesidad de morder el polvo por donde se retuerce la Serpiente.

En aquellos días de dragones y bestias, de alacranes y escorpiones, dos caminos se abrían ante los hombres. Si se elegía el primer camino: olvidarse de mirar a las estrellas y dedicarse a sus labores, la existencia no exigía más discurso que “el vive y deja vivir”, que el tirano aplaste y el poderoso hunda, es su destino, y el del débil ser aplastado y hundido.

Si se elegía el segundo camino toda sabiduría era poca y toda precaución insuficiente. Zacarías y sus hombres habían elegido este último camino. También Hilel, el joven doctor de la Ley que les enviaran los Magos de Oriente desde la Nueva Babilonia con la respuesta a su pregunta.

Hilel no sólo les trajo los nombres de los dos hijos de Zorobabel que le acompañaron desde la Vieja Babilonia a la Patria Perdida. A solas con la Saga de los Precursores les contó lo que nunca habían oído, les dio a conocer una doctrina cuya existencia ni en sus más remotos sueños hubieran podido imaginar.

Que Zorobabel fue el heredero de la corona de Judá, y en su calidad de príncipe de su pueblo lideró la caravana del regreso de la Cautividad es un clásico de la Historia Sagrada. Partiendo de este dado archiconocido, presuponiendo Zacarías y su Saga que al hijo mayor de Zorobabel le correspondió la primogenitura de los reyes de Judá, Zacarías se abrió camino por las cordilleras genealógicas de su nación. Al cabo la imposibilidad de superar aquellas cordilleras de interminables archivos lo condujo a mirar al otro lado del Jordán. Y de la que un día fuera la tierra del paraíso terrenal le vino la respuesta en los labios del doctor de la Ley protagonista del siguiente discurso.

“Heme aquí con los dos hijos que me dio el Señor”, empezó Hilel el mensaje que traía del actual Jefe de los Magos de Oriente, un hombre llamado Ananel.

“Muchas veces hemos leído todos los presentes estas palabras del profeta. No fueron dos sin embargo los hijos que tuvo David. Tuvo muchos. Pero sólo a dos, como atestiguan sus palabras, incluyó en su herencia mesiánica. Hablamos de Salomón y Natán. El primero fue sabio, el segundo fue profeta. Entre ellos dos dividió David su legado mesiánico.

Al hacerlo David apartó de su heredero a la corona la idea de ser él el hijo del Hombre, el Niño que le nacería a Eva para aplastarle a la Serpiente la cabeza. En otras palabras, Salomón no debía dejarse influenciar por el grito de su Corte clamando por el reino universal; pues él no era el rey Mesías de las visiones de su padre David.

Digno hijo de su padre, el rey sabio por excelencia siguió al pie de la letra el Plan Divino. También su hermano el profeta Natán. Este, desde el día después de la coronación de su hermano se retiró de la Corte y se fundió con el pueblo dejando tras de sí la estela que nunca se olvida ni jamás se alcanza”.

(Muchas dudas pueden saltar aquí al caso, respecto a si Natam, hijo del rey David, y Natán profeta fueron la misma persona. Yo no quisiera perderme en divagaciones típicas de un historiador de las cosas pretéritas. Cuando las pruebas documentales necesarias para la reconstrucción de la historia de un personaje faltan el historiador debe recurrir a los elementos de una ciencia infinitamente más exacta, hablamos de la ciencia del espíritu. Sólo una pregunta pongo sobre la mesa y dejo el tema. ¿El rey de los profetas a qué otro profeta le hubiera abierto la puerta de su palacio sino al nacido en su propia casa, nacido de su muslo como dirían los griegos? ¿No lo maravilló su Dios haciéndole reír de aquella forma? Por supuesto que el asunto queda pendiente de confirmación a título de documentación oficial. Pero insisto, cuando las pruebas naturales faltan el investigador debe levantar su mirada y buscar la respuesta en quien lleva en su memoria el registro de todas las cosas del universo. Pero si la fe falla y el testimonio de Dios es reputado por nada ante el tribunal de la historia entonces no nos queda más remedio que pasar del tema o vagar interminablemente tras esa sabiduría inalcanzable de los griegos. Considerando aquí que la sabiduría de los presentes está libre de prejuicios contra el Creador de los cielos y la Tierra, esto dicho, seguimos).  

“La casa de Salomón y la casa de Natán se separaron. A su hora, cuando en su omnisciencia Dios lo determinase, estas dos casas mesiánicas se volverían a encontrar, se unirían en una sola casa y el fruto de este matrimonio sería el Alfa. Cuando tal acontecimiento tuvo lugar sus padres le pusieron un nombre; lo llamaron Zorobabel. Este nacimiento se cumplió cinco siglos después, aproximadamente, de la muerte del rey David.

Zorobabel, hijo de David, heredero de la corona de Judá, se casó y tuvo hijos e hijas. De entre sus hijos eligió a dos de ellos para repetir la operación que realizara su legendario padre, y entre ellos dividió su legado mesiánico. Los nombres de sus dos herederos fueron Abiud y Resa.

Amantes de su padre, temerosos de su Dios, los príncipes Abiud y Resa acompañaron a su padre de la Babilonia de Ciro el Grande a la Patria Perdida. Empuñaron la espada contra quienes intentaron por todos los medios impedir la reconstrucción de Jerusalén, y tras la muerte de su padre se separaron.

Cada uno de ellos heredó de su padre Zorobabel un rollo genealógico escrito del puño y letra del propio David. El rollo salomónico comienza su Lista desde Abraham. El rollo natámico abre su Lista desde el propio Adán.

Si sobre la Lista Real de Judá nadie ignora la sucesión desde David a Zorobabel, otra cosa sucede con la Lista Natámica. Su sucesión es ésta: Natán, Mattata, Menna, Melea, Eliaquim, Jonam, José, Judá, Simeón, Leví, Matat, Jorim, Eliezer, Jesús, Er, Elmadam, Cosam, Addi, Melqui, Neri, Salatiel.

Cualquiera que se diga hijo de Resa debe presentar esta Lista. En caso contrario su candidatura a la sucesión mesiánica debe ser rechazada".

Pero recapitulemos.

15

La Hija de Salomón

 

Cinco siglos después de la muerte de David las dos casas mesiánicas se dieron encuentro en la Babilonia de Nabucodonosor II. En la Corte de los Jardines Colgantes vino al mundo Salatiel, príncipe de Judá. Salatiel se unió a la heredera de la casa de Natán, y tuvieron a Zorobabel.

Ya todos los judíos se felicitaban porque había nacido el hijo de las Escrituras cuando suscitó Dios el espíritu de profecía en Daniel. Con la autoridad del Jefe de los Magos de Nabucodonosor, Daniel acalló aquél clamor mesiánico anunciándoles a todos los judíos la voluntad divina. A saber, Dios le había entregado el imperio a Ciro, príncipe de los persas.

Lo que Daniel hizo y dijo está escrito. No seré yo quien les diga a expertos sabios en Historia Sagrada el número de los portentos entre cuyos halos Daniel envolvió el trono de los Caldeos, quitándole la corona al heredero para entregársela al elegido de su Dios.

El precio que Ciro pagó por la corona habla con pruebas indiscutibles sobre la naturaleza de la participación del profeta Daniel en los acontecimientos que condujeron al traspaso del imperio de Babilonia a Susa. Pero la preocupación que aquí nos reúne tiene que ver con la suerte del Alfa.

Adoctrinado por Daniel el joven Zorobabel repitió en sus carnes lo que su padre David hizo con la suya. Tomó a los dos hijos que le suscitó Dios y dividió entre ellos su legado mesiánico. Al mayor, Abiud, le entregó la lista genealógica de Salomón rey. Al menor, Resa, le entregó la del profeta Natán. Y luego los separó para que el Alfa siguiera sus caminos y creciera hasta transformarse en la Omega.

Ya tenemos al portador del rollo profético -continuó su relato Hilel-, el legítimo heredero del profeta Natán, hijo de David. Su salida a superficie es manifestación carnal de lo cerca que estamos de la hora en que el otro brazo de la Omega rompa y venga a luz. La palabra de esperanza que desde el Oriente portan mis labios está en vuestros corazones: Dios está con vosotros. El Señor que os ha conducido a la casa de Resa os allanará el camino a la de su hermano Abiud. En su Omnisciencia nos ha reunido a todos para ser testigos del Nacimiento del Alfa y la Omega, el hijo de Eva, el heredero del Cetro de Judá, el Salvador en cuyo nombre serán bendecidas todas las familias de la Tierra”.

El descubrimiento de la doctrina del Alfa y la Omega maravilló a Zacarías y su Saga. Posiblemente también os estará maravillando a todos los que estáis leyendo estas páginas. Las dos Genealogías de Jesús han estado delante de los ojos de todos desde que fueron escritos los Evangelios. Muchos han sido los quebraderos de cabeza que estas dos Listas les ha supuesto a los exegetas y demás expertos en interpretación de las sagradas escrituras. No pretendo en un día tan hermoso levantar mi victoria sobre la memoria de quienes intentaron transformar esas Listas en una especie de talón contra el que lanzar la flecha que mató a Aquiles. ¿Si Dios es el que cierra la puerta quién la abrirá contra su voluntad? Sólo Él sabe por qué hace lo que hace y nadie entra en sus razones sino aquél a quien Él engendró en su pensamiento. ¿O cree alguien que contra su voluntad puede alguien arrancarle la victoria que a tantos se le negara? ¿No es verdad que tenía Noé en su Arca águilas poderosas capaces de batir vientos y derramar sobre los horizontes lejanos su mirada? Y halcones veloces como estrellas fugaces nacidos para desafiar tormentas. Y sin embargo fue la más frágil de todas las aves la que desafió a la Muerte.

Pero volvamos a nuestro relato.

El haber hallado al hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, hijo de David, elevó la moral de Zacarías y sus hombres a alturas fantásticas.

Ya tenían al portador del rollo natámico. Era un niño recién nacido que acababa de venir al mundo en Belén. Sus padres lo habían llamado José.

Según esto, el hijo de Natán en pañales, la búsqueda del hijo de Salomón se convertía en la búsqueda de la Hija de Salomón. Mujer que lo mismo hubiera podido haber nacido ya como aún no. Imaginando que la encontraban y poniéndose en el mejor de los casos que lograran de sus padres el acercamiento de su familia a la de su hermano Resa y en consecuencia la unión de sus herederos, Zacarías y Simeón el Joven estaban ante el Nacimiento del Hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán. En el fruto de ese matrimonio entre el hijo de Natán y la Hija de Salomón el Alfa y la Omega se encarnaría en el Niño que les naciera.

No podían más que felicitarse y poner manos a la obra.

Pero seguía habiendo un problema. Si tal cual se había demostrado con la casa del Hijo de Natán los padres de la Hija de Salomón pertenecían a las clases humildes del reino ¿cómo darían con ella? La respuesta una vez más tendrían que buscarla en los Archivos de la Nueva Babilonia. En algún sitio debajo de la montaña de documentos de la Gran Sinagoga de Oriente debía hallarse la pista que los conduciría a la Hija de Salomón. De las dos agujas en el pajar ya dieron con una, ahora había que ir a por la otra.

Zacarías y sus hombres no tardaron en enviar a la Nueva Babilonia correo con la pregunta siguiente: ¿Dónde se instaló en Tierra Santa, Abiud, el hijo mayor de Zorobabel?

Por fuerza entre aquella montaña de pergaminos de la Gran Sinagoga de Oriente tenía que hallarse algún documento firmado de puño y letra por Abiud.

Era de creer, estaban seguros que, siguiendo la doctrina mesiánica, los dos hermanos se separaron y depositaron el futuro de su encuentro a los pies de Dios.

Constante en aquellos días la comunicación entre los que dejaron Babilonia y los que se quedaron, buscando encontrarían una carta sellada por Abiud, tenía que haber algún documento personal de su puño y letra que les descubriese hacia qué parte de Israel se dirigió y dónde se instaló el hijo mayor de Zorobabel.

La fe mueve montañas, unas veces de piedra y otras de papel. En este caso fue de papel.

Al año siguiente la respuesta fue traída a Jerusalén por el jefe de los Magos de Oriente en persona. Ananel vino con el Diezmo. Presentó sus credenciales ante el rey y el Sanedrín. Finalizados los protocolos celebró reunión secreta con Zacarías y su Saga. Fue breve.

“En efecto, Abiud y Resa se separaron. Resa se instaló en Belén y sus descendientes no se movieron del sitio. Su hermano Abiud, por el contrario, tiró hacia el norte, cruzó la Samaria y llegó al corazón de la Galilea de los Gentiles. Siguiendo la política de asentamiento pacífico mediante la compra de las tierras a sus propietarios, Abiud compró todas las tierras que abarcó con sus ojos desde una colina que llamaban Nazaret”.

Ananel repitió este nombre, “Nazaret”, con el acento de quien sabe que sus oyentes están bebiendo sus palabras. ¡Nazaret!, repitieron Zacarías y Simeón.

“Galilea de los Gentiles, una luz se alzó entre tus tinieblas”, susurraron los dos hombres al unísono.

Conociendo cómo marchaban las cosas Ananel podía asegurarles sin ningún género de dudas que la Casa de Abiud seguía en pie. La cuestión que debían resolver ahora era cómo acercarse a la Hija de Salomón sin despertar sospechas en la corte del tirano.

 

 

16

El nacimiento de la hija de Salomón

 

Sobre la línea del horizonte Jacob de Nazaret escribía palabras de poeta: Ay mujer, ¿qué haré si nadie me enseñó las leyes y los principios de la ciencia del engaño? ¿Por qué no me quieres inocente? Si me duele la costilla y de la herida brotas tú como un sueño ¿qué quieres que haga?

Jacob tenía el alma de un poeta perdido en una galaxia de versos de Sarón, aquel Lirio de los valles canta que canta a una sabiduría esquiva y dolida por los amores de su rey. Matán, su padre, se casó con María, tuvieron hijos e hijas. Jacob era su hijo mayor.

En aquellos días de insurrecciones contra el Imperio del Oeste y de invasiones del Imperio del Este, la Galilea sometida al saqueo y al pillaje, campo de batalla de todas las ambiciones de las demás gentes, Jacob de Nazaret se convirtió en el brazo derecho de su padre. El muchacho, a pesar de no ser tan muchacho, yo diría más bien que era todo un hombre ya, no se había casado aún. No porque se le hubiera pasado el tiempo sacrificando su juventud a la prosperidad de sus hermanos y hermanas. En el pueblo se decía eso. Yo no diría tanto. Él tampoco lo diría. ¡Qué poco le conocían! No tomó mujer porque soñaba con ese amor extraordinario y paradisíaco de los poetas. ¿Realizaría su sueño en aquel mundo de metal y piedra?

Tal vez sí, tal vez no.

La verdad es que Jacob de Nazaret tenía la madera del Adán que conquistó a Eva al precio de dejarse arrancar una costilla. Para Jacob el primer poeta del mundo fue Adán. Jacob se imaginaba al Primer Patriarca desnudo entre las fieras del Edén. Lo mismo echándole una carrera a la pantera que interponiéndose entre tigre y león durante una disputa por la corona de su amistad. Para Jacob que cuando Adán iba a bañarse al río los grandes lagartos del Edén se salían de las aguas. Y si veía a las aves del Paraíso posarse sobre el Árbol Prohibido de una pedrada las espantaba para que vivieran y no murieran. Luego, al caer la noche, se tumbaba panza arriba soñando a Eva. La veía corriendo a su lado con sus cabelleras largas como manto de estrellas, desnudos al sol de la primavera perenne del Edén. Al despertar le dolía a Jacob la costilla de la soledad.

Lo mismo que aquel Adán del Edén, Jacob de Nazaret se sentaba contra el tronco de uno de los árboles de la explanada del Cigüeñal a soñar con ella, su Eva. Una de aquellas tardes de ensoñaciones poéticas apareció por el camino del Sur un doctor de la Ley que decía llamarse Cleofás.

Entretanto, al otro lado del reino de Herodes, en la Judea, la entrada del jefe de la Gran Sinagoga de Oriente, un Mago llamado Ananel, revolucionó el panorama al ser elegido este Ananel para el sumo sacerdocio.

Para muchos la elección de Ananel cerró el descabezamiento del Sanedrín que Herodes llevó a cabo el día después de su coronación. Lo juró y lo hizo. Les juró a todos sus jueces lo que le vino a la cabeza hacerles el día que fuera rey y, cuando contra todo pronóstico fue rey, no se olvidó Herodes de su palabra. Excepto a los hombres que le anunciaron su futuro, los degolló a todos. No dejó escapar a uno solo de los cobardes que dejaron pasar la ocasión de aplastarlo cuando lo tuvieron bajo la planta de sus pies. Después fue y confiscó todos sus bienes.

La entrada en escena del Jefe de los Magos de Oriente -pensando en su reconciliación con el pueblo- le simplificó a Herodes la tarea. Más aún cuando como presidente del Sanedrín le puso Ananel sobre la mesa un plan de reconstrucción de las sinagogas del reino, que al rey no le costaría un euro y a su corona le reportaría el perdón de la Historia.

Ya sabéis que a raíz de la persecución de Antíoco IV Epífanes la gran mayoría de las sinagogas de Israel fueron arrasadas. La guerra de los Macabeos y las posteriores hazañas bélicas asmoneas impidieron la reconstrucción de las sinagogas desde aquellos entonces en ruinas.

Ahora que la Pax Romana se había firmado era la oportunidad.

Está claro que si la financiación de aquel proyecto de reconstrucción hubiera dependido de Herodes la siembra de sinagogas por todo el reino no se habría materializado nunca. Otra cosa era que la financiación corriera a cargo de capital privado. Como así fue, el proyecto fue llevado a término por sus promotores.

En cuanto a los clanes saduceos la costumbre de las clases sacerdotales de administrar los tesoros templarios en beneficio de sus bolsillos también hubiera impedido la ejecución del proyecto de reconstrucción de todas las sinagogas del reino. Al ser elegido Ananel como Presidente del Sanedrín y contar su proyecto con el apoyo de los hombres de Zacarías, de quienes para las fechas dependían las decisiones finales del Senado Judío, el proyecto podía y pudo salir para adelante. Ni Herodes ni nadie de fuera del círculo zacariano fue capaz de imaginar qué objetivo secreto se escondía detrás de aquel plan tan generoso de reconstrucción sinagogal. De haber Herodes sospechado algo otro gallo hubiera cantado. El hecho es que Herodes mordió el anzuelo.

La historia judía dice que al poco de haberse firmado el proyecto Ananel fue destituido del sumo sacerdocio por instigación de la reina Mariana a favor de su hermano pequeño. Bueno, no lo dice con estas palabras porque el historiador judío enterró en la ciénaga del olvido aquel proyecto. Lo que sí dice es que un favor muy flaco fue el que le hizo la reina a su hermano pequeño, pues apenas fue elevado al sumo sacerdocio vino a ser asesinado por el mismo que lo encumbrara. Pero bueno, estos pormenores tan típicos del reinado de aquél monstruo no vienen a cuento en esta Historia. El hecho es que Zacarías y sus hombres recibieron libertad total de movimiento para materializar aquel generoso proyecto de reconstrucción de las sinagogas del reino. 

Las manos libres para dirigir la reconstrucción sinagogal el problema que debía superar Zacarías era elegir a la persona adecuada. Está claro que no podían enviar a Nazaret un cantamañanas. Si el enviado descubría el objetivo detrás de un proyecto tan amplio y costoso y se iba de la lengua el futuro de la Hija de Salomón quedaría condenado. El elegido tenía que ser un hombre inteligente y ambicioso al que la elección le supusiera una especie de destierro. Cegado por lo que él consideraría un castigo toda su energía se dirigiría a terminar su misión y regresar a Jerusalén cuanto antes. Y aquí es donde entra en escena aquel doctor de la Ley que decía llamarse Cleofás.

 

17

Cleofás de Jerusalén

 

Este Cleofás fue el marido que los padres de Isabel le buscaron a su hija pequeña. Escarmentados los padres de Isabel por la desilusión que sufrieron al casarse su hija mayor con Zacarías, le buscaron marido a su hermana pequeña no fuera también ella a seguir los pasos de su hermana grande. Lo último que querían para su hija pequeña era otro elemento de la clase de Zacarías, así que la casaron con un joven doctor de la Ley que prometía mucho, inteligente, de buena familia, un muchacho clásico, la mujer en su casa, el hombre a las cosas de los hombres, el yerno perfecto. A Isabel la elección de Cleofás por marido para su hermana pequeña le sentó muy mal, pero en esto ella ya no podía meter baza.

A Cleofás su boda con la hermana de Isabel -creyó él- le abriría las puertas al círculo de influencia más poderoso de Jerusalén. Cleofás no tardó en descubrir cuál era la opinión de su cuñado Zacarías sobre eso de abrirle las puertas a su círculo de Poder. Por amor a su hermana, Isabel sí le allanó el camino, peros en lo que dependió del propio Zacarías cantó otro gallo. Lo cual era lógico teniendo en cuenta lo que se estaban jugando.  

Pues bien, Cleofás tuvo de su mujer una niña, a la que llamó Ana. Pequeña de cuerpo, hermosísima de cara, Isabel extendió sobre su sobrina todo el cariño que no pudo volcar sobre la hija que nunca tendría. Cariño que fue creciendo con la niña y se convirtió en una influencia cada vez más poderosa sobre la personalidad de Ana.

Cleofás, el interesado en cuestión, no podía ver con buenos ojos una influencia tan poderosa sobre su hija de parte de su cuñada. Su problema era que le debía tanto a Isabel que por fuerza tenía que tragarse sus quejas hacia la educación que le estaba dando la tita a “su sobrina” del alma. No porque los mimos la estuvieran privando de la educación debida a una hija de Aarón; en este capítulo la educación religiosa de Ana no tenía nada que envidiarle a la de la propia hija del sumo sacerdote. Al contrario, si de envidia se habla era su hija la que más envidia se ganaba. Hija de un doctor de la Ley, sobrina de la mujer más poderosa de Jerusalén -fuera de la propia reina y las mujeres de Herodes- Ana creció entre salmos y profecías, recibiendo la educación religiosa más acorde a una descendiente viva del hermano del gran Moisés.

El romanticismo que a su hija le estaba inculcando su cuñada era lo que sacaba de sus casillas a Cleofás. Cuando se hizo una mujercita a la muchacha no se le podía hablar de casamiento por interés. Ningún partido que le buscara su padre le entraba por el ojo. Ningún pretendiente le parecía bueno. Ana, como su tita, sólo se casaría por amor con el hombre que el Señor le eligiera. Y se lo confesaba la niña a su padre con una inocencia tan descarada que al hombre le ponía la sangre hirviendo.

Ya estaba Ana en la edad de las casaderas cuando Zacarías llamó en privado a Cleofás y le ordenó que se preparara para partir hacia la Galilea. Él era su elegido para reconstruir la sinagoga de Nazaret.

Ignorante de la Doctrina del Alfa y la Omega, Cleofás tomó la elección por una maniobra de su cuñada Isabel. Para él que su elección era cosa de su cuñada, quien así se quitaba de en medio al padre de “su niña” y le impedía cerrar tratos de boda.

Las protestas no le valieron de nada a Cleofás. La decisión de Zacarías era firme. La misión que el Templo le encomendaba tenía prioridad. Debía abandonar Jerusalén en el plazo de ya y presentarse en Nazaret cuanto antes.

Antes de enviarle a Nazaret hizo Zacarías sus investigaciones preliminares. Supo que Nazaret tenía por alcalde a un tal Matán. Este Matán era el propietario de la Casa Grande, que llamaban el Cigüeñal. Su informador le comunicó lo que estaba esperando oír. El tal Matán, según se decía en el pueblo, era de origen davídico. Ahora bien, si de palabra o de hecho nadie se lo había jurado.

Con la mosca detrás de la oreja Cleofás emprendió el camino de Nazaret. El hombre no había estado nunca en Nazaret. Había oído hablar de Nazaret, pero no recordaba qué. Deduciendo, de lo que había oído lo que le esperaba, en su imaginación ya se veía Cleofás desterrado de Jerusalén a una aldea de paletos ignorantes y, probablemente, desarrapados.

Por el camino Cleofás podía apostarse lo que fuera a que la dirección ante cuyo dueño debía presentar credenciales sería la de un morador de choza, en poco o en nada diferente de una de las cuevas del mar Muerto. Más vueltas le daba al tema más se le ponían los pelos de punta. Aún no entendía por qué él.

¿Por qué su cuñado Zacarías no le dio la misión a cualquier otro doctor de la Ley? ¿A qué estaba jugando su cuñado? Jamás le confió misión alguna y para una vez que lo metía en sus planes lo enviaba al fin del mundo. ¿Qué error había cometido él para merecerse semejante destierro?, se quejaba solo el hombre.

¿De verdad de verdad no estaba detrás de este movimiento su cuñada Isabel? Él se respondía que sí. Lo que Isabel pretendía era alejar al padre de la escena y ganarle tiempo a su sobrina Ana. Vamos, hasta podía poner la mano en el fuego. Cuando menos se lo esperase Ana habría cruzado la línea que en su día cruzara la propia Isabel y ya nadie podría obligarla a casarse con el partido que él le buscase.

Cleofás hizo todo el camino dándole vueltas a la cabeza. La verdad era que su cuñado Zacarías no era hombre del que se esperara el comportamiento de un pelele. Como tampoco Zacarías hablaba más de lo cuenta, lo justo y cortito, descubrir a qué obedecía su decisión de enviarle a Nazaret a reedificar una sinagoga que cualquier doctorucho hubiera podido poner en pie sin la ayuda de nadie, entender por qué, más que difícil, le resultaba imposible. Mejor creer que todo obedecía a la voluntad de Isabel.

Atrapado en sus visiones dramáticas sobre el destino que le aguardaba estaba cuando dobló la última curva del camino. Al otro lado estaba Nazaret. ¡Qué sorpresa fue la suya al levantar los ojos y encontrarse con aquella especie de fortaleza cortijo en pleno ombligo de la colina!

Ufff, respiró largo y aliviado. La contemplación del Cigüeñal le animó el corazón. Al menos no iba a pasar los próximos tiempos entre cavernícolas.

Aliviado, Cleofás dirigió sus pasos hacia el Cigüeñal, la Casa Grande del pueblo. Salió a recibirle el abuelo Matán, el propietario de aquel caserón de arquitectura tan inusual para la época.

Era el abuelo Matán un hombre fuerte para sus años, un hombre de campo, currado pero capaz todavía de aparejar los asnos y echarle una mano a su hijo mayor. Su mujer, María, había muerto; vivía con su primogénito, un tal Jacob, en ese momento en el campo.

Cleofás le presentó al dueño del Cigüeñal sus credenciales. Le expuso al abuelo Matán en pocas palabras la naturaleza de la misión que le traía a Nazaret.

El abuelo Matán le sonrió con toda franqueza, bendijo al Señor por haber escuchado las oraciones de sus paisanos, le mostró al enviado del Templo la habitación que ocuparía mientras la necesitase y enseguida convocó a todos los vecinos en casa para recibirle como Cleofás se merecía.

Ya más calmado Cleofás se alegró de poder servir a los nazarenos. La disposición rápida y contenta que le mostraron los aldeanos acabó por desterrar de su alma aquéllos malos presagios que le acompañaron Samaria arriba.

La tarde de ese día fue la primera vez en su vida que se encontró cara a cara con Jacob, el hijo de su anfitrión.     

 

18

Jacob de Nazaret 

 

La primera vez que Cleofás vio a Jacob se llevó una sorpresa.

Jacob era un hombre joven. Lo más característico del hijo de Matán era su sonrisa siempre a flor de piel. A veces el natural alegre de Jacob confundía a quien no lo conocía. De alguien que llevaba solo la propiedad de su padre todo el mundo se esperaba un hombre serio, mandón, cortante incluso. También Cleofás, sin saber por qué ni cómo, pensando en el hijo de Matán también él se hizo esa idea sobre cómo sería Jacob. Cuando lo vio por primera vez se llevó una sorpresa bastante grata. La idea preconcebida que se había hecho durante todo ese día sobre el heredero del Cigüeñal se derrumbó en cachos nada más ponerle Jacob el ojo encima.

El punto que ya no le hizo tanta gracia -al Doctor de la Ley que Cleofás era- fue la soltería del hijo de Matán. Cualquier otro hombre a su edad ya sería padre.

Ante el comentario Jacob se rió con ganas. Pero, en fin, Cleofás no había venido a Nazaret a hacer de Celestina. Si el muchacho era raro eso era asunto de su padre.

En buena parte Jacob le recordaba a su hija Ana. Como ella o se casaba por amor o nada.

Por lo demás, insisto, la impresión que Cleofás tuvo de Jacob fue excelente. En cuanto al punto de la ascendencia davídica de los dueños del Cigüeñal, si hijo de David de palabra o de hecho ¿qué le iba a él en ello de todos modos? ¿Había sido enviado a Nazaret a investigar la falsedad o la veracidad de la ascendencia davídica de Matán y su hijo? Por supuesto que no.

Total, la reconstrucción de la sinagoga de Nazaret empezó su andadura. No se trataba solamente de reconstruir muros. Una vez el edificio acabado y adornado por dentro y por fuera había que poner en funcionamiento el culto. Su misión era ésa, dejar la sinagoga en funcionamiento para la llegada del doctor de la Ley al que él le entregaría las llaves de la sinagoga al término de su mandato.

Esta obligación no le privaba de las vacaciones debidas.

No lo sabía Cleofás, pero en Jerusalén había quien se moría por verle regresar. De haberlo sabido tal vez otro gallo hubiera cantado y la historia que sigue no hubiera sido vivida nunca. Afortunadamente la Sabiduría juega con el orgullo humano y lo vence sirviéndose de la ignorancia de los sabios para a la vista de todos glorificar la omnisciencia divina.

Y llegó la Pascua. Como todos los años que la paz lo permitía el abuelo Matán y su hijo Jacob bajaban a Jerusalén a hacer las ofrendas por las purificaciones de sus pecados, rendir el diezmo al Templo y festejar la mayor de las fiestas nacionales.

La Pascua judía conmemoraba la noche aquélla en que mientras el ángel mataba a todos los primogénitos de los egipcios los hebreos en sus casas comían un cordero, cena que repetirían en memoria perpetua de la salvación de Dios durante todos los años de su vida.

El abuelo Matán recordaba haber asistido a Jerusalén para la fecha desde que tenía uso de razón. O sea, aunque Cleofás no hubiera estado en Nazaret él y su hijo habrían bajado a Jerusalén. Pero ya que tanto Cleofás como Matán iban a hacerlo era justo que lo hiciesen juntos.

Al llegar a Jerusalén Cleofás se negó en rotundo a aceptar la idea de Matán. Nada, que al hombre se le había metido en la cabeza pasar la fiesta en una tienda de campaña, a las afueras de Jerusalén, como todo el mundo. Era la costumbre. Para las fechas Jerusalén parecía una ciudad asediada, rodeada de tiendas de campaña por todas partes.

Cleofás se cerró en banda. Bajo ningún concepto estaba dispuesto a permitir que su anfitrión pasara la fiesta al raso teniendo él en la ciudad santa una casa en la que cabía el pueblo de Nazaret entero.

La excusa que le dieron Matán y su hijo -“si lo trataban tal cual en Nazaret no era por interés, lo que hacían lo hacían de corazón, sin esperar nada a cambio”-excusa tan inocente no les sirvió de nada. A Cleofás la única palabra que le valía era el sí.

“¿Vas a maldecir mi casa a los ojos del Señor por tu orgullo, Matán?”, enojado con la negativa a aceptar su invitación le soltó Cleofás. Matán se rió y dio su brazo a torcer.

Ignoraba Cleofás, como ya he dicho antes, el nerviosismo con el que esperaban a Matán y su hijo en Jerusalén. E ignoraba Cleofás, con aún más razón porque era cosa de Dios, que al invitar a Jacob a su casa le traía a su hija Ana el hombre de sus sueños de regalo de Pascua.

Una vez Matán y su hijo instalados en la casa de Cleofás, concluidas las presentaciones, Zacarías y el abuelo Matán entraron en conversaciones privadas. Conociendo a nuestro Zacarías no es difícil adivinar qué iba buscando ni qué tipo de rodeos se marcó para llevar al padre de Jacob al tema que le tenía a su Saga el alma en vilo. En este capítulo no vamos ni siquiera a intentar reproducir una conversación entre algo más que un mago y un hombre de campo sin oficio en las artes del Logos. Donde sí voy a centrar el punto de mira es en el pálpito de aquella Isabel cuando puso sus ojos la primera vez en el hijo de Matán.

Isabel aprovechó la conversación entre hombres para coger del brazo al joven y envolverlo en su gracia. Desde el primer momento que Isabel vio al hijo de Matán le entró en el alma un rayo de luz sobrenatural, algo que ella no podía explicar en palabras pero que la impulsaba a hacer lo que hacía como si la propia Sabiduría le hubiera susurrado al oído sus planes; y ella, encantada de ser su confidente, hacía como que renunciaba a su cuerpo y capitulaba su dirección en favor de su divina cómplice.

Sonrisa sobre sonrisa, la del hombre joven frente a la de la belleza madura, Isabel cogió a Jacob del brazo, lo apartó de la mirada de los hombres, y le presentó la joya de su casa, su sobrina Ana.

 

19

Ana, la sobrina de Isabel la de Zacarías

 

Dios es testigo de mis palabras y dirige el pulso de mis manos sobre las líneas que Él traza, si torcidas o rectas a su juicio quedan. El hecho es que el amor a primera vista existe. Y conociendo a sus criaturas mejor de lo que ellas se conocerán nunca, engendró en su Sabiduría el fuego del amor eterno en aquellos dos soñadores que desde los dos lados del horizonte, sin conocerse, se mandaban versos en las alas del firmamento.

La primera en ver los resplandores de aquella llama fue Isabel. Y fue ella la primera mujer del mundo que vio a la Hija de Salomón nacer de aquel amor que ardería sin consumirse.

Incapaces Ana y Jacob de despegarse y cubriendo Isabel bajo su manto de hada madrina aquel amor divino que tenía encantados a los muchachos, Isabel se las arregló para mantenerlos solos y juntos lejos de la atención de los hombres, siempre tan gruñones, siempre tan beatos.

Su esposo Zacarías por su parte se apropió de la compañía del abuelo Matán y empleó el arsenal de la inteligencia sin medida que su Dios le había dado para sacarle al padre de Jacob el nombre del hijo de Zorobabel del que procedía su linaje.

Al pronunciarle aquellas cinco letras, A-B-I-U-D, Zacarías sintió que las fuerzas le traicionaban.

Simeón el Joven, a su lado, le leyó en los ojos la emoción que casi lo tiró al suelo.

“¿De qué te extrañas, hombre de Dios?”, le respondió Isabel al oírle repetirle aquéllas cinco letras: A-B-I-U-D. “¿No te ha dado tu Dios pruebas suficientes de estar Él en persona al mando de tus movimientos? Yo te diré algo más. He visto a la hija de Salomón en las entrañas de tu sobrina Ana”.

El regreso a Nazaret fue duro para Jacob. Por primera vez en su vida comenzaba a descubrir Jacob el misterio del amor. La felicidad extrema y la agonía total en el mismo lote. ¿Eso es el amor? No sabía si echarse a llorar de alegría o de pena. ¿No sería por esto que Dios hizo al hombre y a la mujer para no separarse, porque si se separan se mueren? Si ya antes de la costilla de la soledad su dolor se disfrazaba de poeta y pintaba sobre el firmamento azul el rostro de su princesa, ahora que la había visto en carne y hueso aquellos versos se habían metamorfoseado, empezaban a abandonar su crisálida y, la verdad, dolía. Tanto que ya empezaba a no saber si no hubiera sido mejor que se hubiese mantenido entre albas y rocíos de primavera. Ahora que la había visto, que había saboreado de sus ojos el perfume de sus sonrisas, sensaciones que nunca imaginó se le habían colado en la médula y le hacían vibrar de pena y felicidad los huesos. Ay la costilla de Adán.  

Según cabalgaban las distancias el abuelo Matán miraba a su hijo extrañado de su silencio y de sus suspiros. De toda la vida su Jacob fue un conversador nato, extrovertido y campechano. Pero desde que habían salido de Jerusalén, y ya se habían recorrido toda la Samaria, su hijo no había trasgredido una sola de las reglas de los monosílabos.

“¿Te pasa algo, Jacob?”.

“Nada, padre”.

“Parece que va a llover, hijo”.

“Sí”.

“Pronto habrá que plantar las habas”.

“Claro”.

El Doctor de la Ley tampoco estuvo muy hablador. Se limitó a dejarse llevar y hablar lo justo. ¿El regreso al trabajo de cuando fue ocasión de celebración y de alegrías? Así que no había que darle más importancia.

La cuestión es cuánto tiempo tardaría el abuelo Matán en descubrir el mal de amores de su hijo. ¿Y cuánto el propio Cleofás?

El abuelo Matán tardó poco en llegar al meollo de la cuestión. Jacob intentó darle largas a su padre. Había sido todo tan repentino, casi como una alucinación. ¿Por cuánto tiempo todavía se negaría a sí mismo pedirle a su padre que le solicitara a Cleofás su hija por esposa? Más lo pensaba más se maravillaba.

De todas formas, aunque Jacob se callara el abuelo Matán ya se lo estaba figurando. En Jerusalén había ocurrido algo que había cambiado a su hijo de aquella manera tan rotunda, rápida y trascendente. ¿Qué otra cosa podía ser sino la hija de Cleofás?

Cuando al cabo del tiempo Cleofás anunció su deseo de bajar a Jerusalén y su hijo Jacob se le ofreció espontáneamente a acompañarle, no fuera que algún bandido quisiera aprovecharse de aquel viajero solitario, al padre de Jacob ya no le cupo ninguna duda. Su hijo estaba perdidamente enamorado de la hija de Cleofás.

Cleofás, por el contrario, no se enteraba de nada. Aceptó el hombre encantado el ofrecimiento de Jacob. Dios sabe qué hubiera pasado si Cleofás hubiera estado al corriente de la historia de amor entre su hija y el hijo de Matán. El hombre era tan clásico que no le cabía en la cabeza el matrimonio de una hija de la clase alta de Jerusalén con el hijo de un campesino de la Galilea, por muy terrateniente que fuera el novio. Y allá que se dejó acompañar.

En Jerusalén, entre lágrimas de impaciencia que la tita Isabel recogía en manos muertas de risa, su hija Ana esperaba el día de ver aparecer a su príncipe azul.

Pues que conocía a su cuñado como si lo hubiera parido Isabel cogió a Jacob y se lo llevó para su casa. Mataba así dos pájaros de un tiro. Zacarías tendría al Hijo de Abiud para sí solo, y de camino los dos muchachos tendrían todo el tiempo del mundo para prometerse una vez más en amores eternos. A su tiempo ya se enteraría su cuñado de qué iba la cosa. Según Isabel aquello era cosa del Señor y ay ay si se le ocurría a su cuñado meterse por medio.

Ajenos a los prejuicios de clase y a los intereses sociales de los adultos, Jacob y Ana se escribieron versos de Sarón entre lirios de promesas enormes como pirámides y resplandecientes como estrellas a la luz de los ojos del hada madrina que Dios les había suscitado. Y se despidieron con la promesa de la próxima vez venir él acompañado de su padre, y en sus manos la dote por las vírgenes.

Regresados Cleofás y Jacob a Nazaret el muchacho le expuso a su padre su deseo. Su padre contuvo su corazón rogándole que esperara a que Cleofás terminara su trabajo. Entonces él en persona bajaría a Jerusalén para pedirle su hija por yerna.

Jacob aceptó la sugerencia de su padre.

Cleofás, en efecto, acabó su trabajo, se despidió de los nazarenos y regresó a su vida de siempre. Al poco de haberse instalado en Jerusalén recibió una sorpresa, la visita de Matán.

“Matán, hombre, ¿qué pasa?”.

“Ya ves, Cleofás, obligaciones de padre me traen a tu casa”.

“Tú dirás”.

El padre de Jacob le contó todo lo que había. Su hijo quería por mujer a su hija y venía como consuegro con la dote por las vírgenes en la mano.

Cleofás escuchó en silencio. Acabado lo que le traía a Matán a su casa siguió sin habla. Era la típica sorpresa que se apodera del que siempre se entera de la película el último; lo tenía alucinado. En estos casos después de la sorpresa viene el clásico estallido de cólera.

La llama se enciende en el cerebro: ¿Su hija se había jurado en amor a Jacob? ¿Y cuándo había sucedido eso? ¿Y cómo se había atrevido a entregarse a un hombre sin contar con la voluntad y bendición de su padre? Y se acaba echando por la boca el fuego.

Ana, la criatura interesada, aunque no es de buena educación, escuchaba detrás de la puerta con el corazón en un puño. Sus dedos se morían por hacerle al Sí de su padre un altar en el rincón más hermoso de su alma. Su “suegro” le dedicó una mirada tan cálida al pasar que ya se daba por casada y se sentía volar en alas de la felicidad más completa hacia el tálamo de sus nupcias.

Mordiéndose los labios estaba la criatura cuando su padre abrió la boca.

“¿Y eso cómo podrá ser, mi buen Matán, si mi hija ya está prometida a otro hombre?”.

Cleofás estaba mintiendo. Una mentira inocente para no pasar por el que apuñala al hombre al que hasta ayer le profesaba una amistad eterna.

Dios santo, por evitarle la puñalada al amigo le hincaba hasta el puño la daga a su propia hija. La criatura se dejó caer pared abajo con el corazón atravesado de lado a lado. Sin fuerzas para salir corriendo y tirarse por las murallas Ana aguantó el resto.

“Lo siento, pero la pretensión de tu hijo es un imposible fuera del poder de mis manos”, concluyó su padre.

El abuelo Matán se quedó todo silencioso. En un abrir y cerrar de ojos la luz se hizo en su cerebro. Por sus barbas que Cleofás le estaba mintiendo. Para él que lo que de verdad allí se estaban cruzando espadas era la negación de Cleofás a aceptar su palabra sobre el origen davídico de su Casa. De haber sido verdad el compromiso con un novio desconocido el abuelo Matán hubiera aceptado el no sin sentir cómo la adrenalina le estaban quemando las entrañas. Pero no, el santo e inmaculado siervo de Dios que acogiera en su casa, rindiéndole los honores como si de su Señor se tratara, se estaba quitando la máscara. ¿Casarse su hija con un campesino, y de la Galilea para más desgracia?

A Cleofás le hubiera valido más soltarle a la cara lo que pensaba. La verdad era que él no se había tragado nunca el cuento sobre el supuesto linaje davídico de Jacob. Mientras estuvo en Nazaret como no le iba ni le venía se limitó a darle largas. Si lo era o no lo era no era de su incumbencia. Ahora que le pedía su hija para su hijo ya no tenía por qué seguir jugando al hipócrita.

“Es mi última palabra”, cerró Cleofás la discusión.

“Yo te daré la mía”, se arrancó el padre de Jacob. “Antes caso a mi hijo con una cerda que con la hija de un aventajado hijo de los asesinos que viven de la sangre de sus hermanos al precio de la destrucción de su pueblo”.

Señor, si ya estaba la criatura herida de muerte, las palabras del padre de su Jacob remataron su alma.

Ana salió corriendo de su casa, y recorrió las calles de Jerusalén dejando atrás un río de lágrimas rotas. Como pudo dio con la casa de su tita Isabel. Entró y se echó en sus brazos dispuesta a morirse para siempre.

Mientras Isabel intentaba cerrar las llaves de aquél diluvio el abuelo Matán montaba en su caballo y arreaba al galope tendido Samaria arriba. Llegado a Nazaret todavía le hervía la sangre. Su hijo Jacob se quedó como muerto al oír sus palabras: “Antes te casas con una cerda que con la hija de Cleofás”. Era su última palabra.

  

20

Nacimiento de María

 

¡Qué tontos son los hombres, Señor! Te buscan, y cuando te encuentran con palabras afiladas como cuchillos se maldicen a sí mismos porque Tú les hablas. Como quien encontró lo que estaba buscando y se arrepiente de haberlo encontrado porque había estado esperando otra cosa, los hombres convierten sus palabras en espadas y lanzas, se afean los rostros con pinturas de guerra y odiando el infierno se matan entre ellos creyendo matar al mismísimo Diablo ¡Una palanca para mover el universo!, dice uno. ¡Mi reino por un caballo!, clama el vecino creyendo escribir en los muros del tiempo palabras de sabiduría dorada.

¿Cuándo aprenderán a ser libres con la libertad del que tiene por delante el infinito? Es la existencia del hombre la de la mariposa que vuela veinticuatro horas y al llegar el ocaso del día entrega su cuerpo al barro del que viniera a la vida, pero a diferencia de la ingrávida criatura en esas veinticuatro horas el hombre transforma ese precioso corto día en un infierno de monstruosidades. ¿Por qué le diste boca a la piedra? ¿A qué darle brazos a quien su imaginación sólo le alcanza para hacer de sus frágiles dedos armas de destrucción? ¿Qué te movió a elevar sus cerebros sobre el de las aves que sólo piden para sus alas un trozo de cielo?

Ay el alma de Jacob. Ay cómo lloraba el hijo de Matán de Nazaret su desgracia. Entre los mismos olivares a los que un día la paloma de Noé le arrancó a Dios la promesa de eternidad sin vuelta, a los pies del tronco donde moriría un día no muy lejano el hijo de Matán derramaba aquel corazón rebosante de aquella alegría que no le cabía entre pecho y espalda. Toda la vida soñando con ella y ahora que sus manos habían tocado la carne de sus sueños era arrojada su costilla al fuego.

“Vanidad y más vanidad, todo es vanidad” escribió en un muro sagrado Cohelet el sabio. ¿Huelga creer que cuando escribió eso el hombre no debía andar muy enamorado?

Ay el corazón de Ana. ¿Lloran los ojos sangre? ¿Recorren las venas puro agua? ¿Qué misterio tan recóndito forjó Dios cuando concibió dos personas para ser una sola? ¿Por qué no hizo al macho y a la hembra humana acorde a la naturaleza de las bestias? Se aparean a la voz de mando de los instintos y se separan sin pena. ¿Por qué tuvo el Señor que hacer surgir de las brumas de los instintos la llama de la soledad asesina contra la que nació sin protección Adán en su paraíso? Con lo fácil que le hubiera sido al Eterno hacer al hombre a la imagen y semejanza de las máquinas… Se programa al bicho, se le suelta libre en su zoológico sideral, se mueven los cielos en sus constelaciones y al ritmo que marcan sus coordenadas el bicho se aparea y se reproduce en plan plaga. ¿Por qué sustituir un programa infalible, como vemos en el mundo natural, por un código de libertad? Llega la primavera y las criaturas se aparean y multiplican con tranquilidad pero sin pausa. Mientras el instinto llama a filas el ser humano se planta y le responde con una sola palabra. Amor la llaman.

¿Y sin embargo una vez gustado el fruto de ese código quién es el que mira para atrás? Sexo llaman al Amor los bestias, las bestias llaman al sexo por su nombre. ¿O cuando el sexo muere el Amor no vive? ¿O sin sexo no hay Amor? Contra la opinión de tales expertos los demás sabemos que el Amor existe con independencia del acto reproductor de las especies. Y porque existe hiere al que lo quiere y no lo tiene. Ayer como hoy y siempre, donde haya amor habrá dolor.  

El abuelo Matán cerró sus oídos a las lamentaciones de su hijo. No quería volver a oir el nombre de Cleofás ni en sueños. Para él el asunto había quedado zanjado definitivamente. Ya podía su heredero buscarse mujer entre los bárbaros si en su despecho lo quería; él no diría palabra en contra, pero por Dios y sus profetas que antes lo desheredaba que sufrir de nuevo una humillación tan grande.

Al contrario que Matán, una vez calmadas las aguas, la Señora Isabel sacó la vara de su genio, se fue a por su cuñado y la dejó caer sobre sus espaldas con estas palabras: “Necio, devorador de tu hija, ¿a qué juegas? ¿Te interpones entre Dios y sus planes invocando tu condición de siervo? ¿Contra tu Señor te rebelas conjurándole a dejar en paz tu casa? Yo te digo como hay cielo y hay tierra que mi niña se casará con el Hijo de Abiud de aquí a un año contando desde esta fecha”.

Ufff, si Cleofás se creyó que había pasado la tormenta fue porque todavía no había recibido la visita de Zacarías. Su cuñada tronó, su cuñado soltaría sobre él rayos y truenos.

Pero no con palabras de cólera ni con palabras de ira. Zacarías comprendió que parte de la culpa de lo sucedido era suya. Tal como estaban las cosas ya no podía seguir manteniendo a su cuñado al margen de la Doctrina del Alfa y la Omega. Lo sentó y se lo contó todo.

El Hijo de Resa, hijo de Zorobabel, vivía en Belén. Era un niño, y se llamaba José.

El Hijo de Abiud, el otro hijo de Zorobabel, ya lo conocía él, era Jacob. La esperanza que se les había metido en el alma a todos ellos era que la Hija de Salomón nacería del matrimonio de Jacob y Ana. Así Dios lo había dispuesto, y aunque sólo era una esperanza ellos apostaban sus vidas a que así sería. Esos dos niños se casarían, y de ellos nacería el Hijo de David, el hijo de Eva por el que todos los hijos de Abraham llevaban suspirando milenios.

En cuanto a la legitimidad genealógica de Jacob, de la que a él no le cabía ninguna duda, muy pronto tendrían la prueba.  

Por razones de prudencia impuso Isabel su decisión de ser ella la encargada de arreglar la situación. Matán se desarmaría antes frente a una mujer que si era otro de Jerusalén quien subía a exigirle que depusiera su actitud. También porque el viaje inesperado de uno de ellos podría alertar sospechas en la Corte del rey Herodes, mientras que si iba ella nadie la echaría de menos.

Y así se hizo. Isabel se presentó en Nazaret, se dirigió directa al Cigüeñal. Al verla el padre de Jacob se quedó sin habla.

¿Qué quería ahora aquella señora?

Muy sencillo. Presentarle los respetos al Hijo de Abiud. En nombre de toda su casa, incluyendo a su cuñado, venía a pedirle por esposo para su sobrina Ana a su hijo Jacob. Y de camino ella había subido desde Jerusalén a Nazaret a descubrirle al Hijo de Abiud la Doctrina del Alfa y la Omega.

El abuelo Matán escuchó maravillado la sucesión de los acontecimientos vividos por Zacarías y su Saga. Al término del relato el abuelo Matán bajó la cabeza, asintió con la mirada y le pidió que lo esperara unos momentos.  

Regresó enseguida trayendo en la mano un rollo genealógico envuelto en pieles tan antiguas como la primera mañana que extendió sobre los océanos su alba. Isabel sintió por su espina dorsal la misma sensación que en su día viviera Simeón el Joven. Al corriente del encuentro de la Casa de Resa, el abuelo Matán desplegó la Lista de San Mateo sobre la mesa.

El mismo metal, el mismo sello, los mismos caracteres, sólo cambiaban los nombres.

“Matán, hijo de Eleazar. Eleazar, hijo de Eliud. Eliud, hijo de Aquim. Aquim, hijo de Sadoc. Sadoc, hijo de Eliacim. Eliacim, hijo de Abiud. Abiud, hijo de Zorobabel”.

Isabel no pudo impedir que el aliento se le cortase al filo de los labios. Aun cuando intentara mantener la calma sus ojos bailaban de alegría sobre la línea que los hijos de Abiud habían trazado por los siglos.

Después leyó la lista de los reyes de Judá desde el último a Salomón.

“Y a todo esto, ¿dónde está tu Jacob?”, le soltó Isabel al término de la lectura.

Aquella mujer era puro genio. Jacob pegó un bote de alegría al ver a su hada madrina. El brillo en los ojos de Isabel le reveló el cambio en el ánimo de su padre. El resto ya os lo podéis imaginar. Matán y su hijo acompañaron a Isabel de vuelta a Jerusalén, trayendo con ellos la joya de la Casa de los hijos de Abiud, la dote por las vírgenes y los términos del contrato matrimonial.

Cleofás vio con sus ojos lo que nunca pidió ver durante el tiempo que estuvo alojado en el Cigüeñal. Al igual que su cuñado Zacarías, testigo del encuentro, Cleofás se maravilló viendo el rollo gemelo del otro en poder del padre de José. Pero si los presentes creyeron que las sorpresas habían acabado por ese día, se equivocaron. Los términos del contrato matrimonial los dejaron atónitos. Eran los siguientes:

Primero: La propiedad del Hijo de Abiud, en este caso, Jacob, era intraspasable. ¿Qué quería decir esto? En caso de muerte de Jacob su herencia pasaría directamente a su primogénito, fuera macho o hembra el primer fruto de la pareja.

Segundo: Dado el caso de viudedad, la viuda nunca podría vender ni parcial ni en su totalidad la propiedad del heredero de Jacob. La dicha heredad, el Cigüeñal y todas sus tierras, le sería reservada a su heredero hasta que cumpliese su mayoría de edad. ¿Qué quería decir esto? Que la casa de la viuda no tendría ningún derecho sobre la herencia de Jacob.

Tercero: En caso de volverse a casar la viuda de Jacob los hijos de este nuevo matrimonio no tendrían parte en la heredad del difunto.

Cuarto: En caso de no tener descendencia la pareja, la heredad de Jacob pasaría directamente a los hijos de Matán. La viuda de Jacob viviría en la casa de su difunto hasta su muerte sin embargo.

Quinto: En caso de ser hembra el heredero de Jacob ésta heredaría el legado mesiánico de su padre, que a su vez legaría a su heredero. Si se daba el caso, como había venido sucediendo en ocasiones anteriores, que a una hembra le sucedía otra, la sucesión mesiánica pasaría de Jacob al próximo heredero varón que viniera al caso. Digamos que si a Jacob le sucedía una hembra sólo a ésta y no a su viuda le correspondería entregar su herencia a su elegido. Cualquier traspaso de la herencia de Jacob a una casa unida a sus descendientes por lazos matrimoniales no tendría en este caso validez. La herencia pasaría de madre a hija hasta que se pusiese al frente de la Casa de Abiud un varón, cuyo nombre sería el que figuraría tras el de Jacob.

De esta forma fue cómo José pasó a seguir a Jacob, reuniendo en su mano la jefatura de ambas Casas, la de su padre y la de su difunto suegro. Herencia unificada que legaría a su primogénito, el Hijo de María.

Los términos de este contrato levantaron entre los presentes una sonrisa de admiración. En naturaleza sucesoria tan atípica dentro de las tradiciones patriarcales judías tenía su explicación la ausencia de generaciones en la Lista de la Casa de Abiud. Gracias a esta fórmula tan sui géneris la Casa de Abiud había mantenido la propiedad en su extensión original y seguía asegurándose que así fuera.

Firmado el contrato por los consuegros al año se celebró la boda, y al término de los tiempos naturales el matrimonio trajo al mundo una niña.

En memoria de su madre Jacob la llamó María.

“¿No te dije, hombre de Dios, que vi a la Hija de Salomón en las entrañas de mi niña?”, envuelta en una felicidad divina le dijo Isabel a su marido.

 

21

Vida de la Sagrada Familia

 

Una vez hallados los portadores de los rollos mesiánicos, después del nacimiento de la Virgen, Zacarías reunió en su casa a Helí, padre de José, y a Jacob, padre de María. Lo que tenían que decirse los dos hombres era mucho. El descubrimiento del Alfa y la Omega había revolucionado sus vidas y el futuro de sus hijos ¡de qué manera! Zacarías, emocionado, dejó correr su alma.

¡Qué increíble es la Sabiduría! Creen los fuertes tener estrangulados a los débiles bajo el peso de sus almas insensibles y violentas, ya los pequeños se abandonan al destino que los grandes quieren escribir en sus espaldas con el látigo de sus maldades perversas. Los sueños de libertad dejan de planear sobre el horizonte cediéndole el paso a las tinieblas, las ilusiones yacen ya rotas a los pies de sus ejércitos. Pero de pronto la Sabiduría se da la vuelta. Ya está cansada de ser perseguida, de no ser alcanzada nunca. Se vuelve la hija del viento, fija sus ojos en los atletas del pensamiento, uno le implora ser él, otro le promete amor eterno. Ella no abre la boca, la Sabiduría ha elegido a su campeón, avanza hacia él, le da la mano, lo levanta del polvo, le guiña el ojo y ella misma le da la corona de la vida. Atónitos, enloquecidos, escandalizados por su elección, porque puso sus ojos en el último entre ellos, porque le dio sus favores a quien no era nada, los despreciados del destino se conjuran entonces con las tinieblas para destruir a la Eterna. Ella, la Esposa del Omnipotente, se ríe; su Esposo levantó las galaxias con un solo movimiento de sus manos; le bastó abrir los labios una vez sola para que temblara el Infierno. Ella es la niña de sus ojos, ¿qué podrá temer de los planes de los genios?

Allí estaban sus hombres. Los dos ríos que Ella ocultara bajo tierra y todos dieran por desaparecidos habían aflorado y, misterio para el asombro y la entonación de nuevos salmos, lo habían hecho por la misma boca de tierra.

Helí y Jacob se presentaron sus hijos. La Hija de Salomón y el Hijo de Natán estaban vivos. La Virgen en su cuna, José mirándola de pie entre los hombres.

Habló entonces Simeón el Joven palabras de Sabiduría: La ignorancia, amigos, tiene al género humano encadenado al poste del can nacido para vigilar la puerta de su amo- dijo-. Creó Dios al Hombre para gustar las mieles de la libertad de un Sansón inmune a los hechizos de Dalila. El Diablo pérfido se olvidó de su condición divina, envidió la humana, y habiendo acabado poseyendo la de las bestias aúlla alucinado a las estrellas del Infierno que adora por Paraíso. Cobarde, con la cobardía del que funda su grandeza sobre el cadáver de un ejército de niños, la Serpiente ha enloquecido creyendo poder seguirle al águila la pista que su estela escribe en las alturas. No temáis, amigos, Él está con nosotros. El Águila Sagrada otea desde el risco invisible cada movimiento del Dragón; ya respira, ya el fuego tenebroso sale de sus hocicos, los músculos del Gran Espíritu se tensan como arcos prestos para la batalla; si avanza un pie, el Guerrero salta de su sueño pacífico en la tienda del Sabio y echa mano de su flecha, rápida como el rayo, fuerte como el trueno. Lo que aquí estamos viviendo es el alba de un nuevo Día que ya desparrama su aurora sobre los ojos inmaculados de la inocencia de vuestros hijos.

Que en sus cuevas planeen los enemigos del Reino de Dios sus planes de destrucción, que se escondan en los laberintos de los hipogeos del Poder los enemigos del Hombre, nosotros no tememos nada, Dios está con nosotros. Tiene el arco tenso, lleva la espada afilada, su escudo nos protege. ¿Si es más grande el Diablo que nuestro Salvador por qué huyó a esconderse después de matar a Adán? ¿Huye el león de la gacela? ¿Se arrodilla el vencedor ante el trono del vencido? Que tiene hambre el Diablo, que se coma las piedras; que tiene sed, que se beba toda la arena del desierto. Vuestros hijos están lejos de sus garras. 

Fue un juramento emocionante. Se oyeron palabras para no ser olvidadas nunca. Helí y Jacob juraron casar a sus hijos cuando llegase el día de hacerlo. El Todopoderoso hundiera sus almas en los abismos donde los demonios tienen sus moradas si faltaban a su palabra -hicieron voto.

Luego regresaron cada uno a sus vidas diarias. Helí le dio hermanos y hermanas a su hijo José. Jacob tuvo de su señora a las hermanas de María; después el varón por el que tanto suspiraron.

José estaba hecho ya un hombre y María una mujer, ambos a las puertas de la firma del contrato matrimonial más secreto e importante en la historia del mundo, cuando la noticia de la muerte de Jacob dejó boquiabiertos a todos los que vivían para ver ese día. De no haber hecho María aquél Voto suyo la boda se hubiera adelantado. El Voto de María, como dije, a quien más le afectaba era al propio José. Por un momento pareció venirse abajo el edificio de las esperanzas de todos ellos, cuando José escribió en la historia de la eternidad aquellas palabras suyas, que en su día repetiría su mujer al ángel de la Anunciación: “Hágase la voluntad de Dios; he aquí su esclavo, mil años han esperado nuestros padres, bien puedo yo esperar unos cuantos”.

Fueron los años que fueron, no fueron más ni fueron menos. Cuando llegó su hora José dispuso las cosas y partió hacia Nazaret. Le arrendó a la Viuda un terreno donde montar su carpintería y esperó a que Cleofás se casara para casarse él con María.

Tras el nacimiento de José, el segundo de los hijos de Cleofás, José pagó la dote por las vírgenes. Al año se celebró la boda.

Y se celebró la boda a pesar de la sombra de adulterio que pesó sobre la inocencia de la Virgen.

Tal cual le dijo su suegra, el ángel de Dios sacó a José de su duda. Disipada la sombra del adulterio José se montó en su caballo y voló a la Judea a recoger a la Madre del Niño. El acontecimiento de la Anunciación de Juan le había sido descubierto por el mensajero que Zacarías le enviara. Lo que José no se esperaba era encontrarse con un Zacarías y una Isabel hechos unos mozos llenos de vida. Pero después de lo que le había pasado a él ya nada le sorprendía. O al menos eso se creía. Porque al recuperar el habla Zacarías sus primeras palabras fueron para descubrirle los pensamientos que desde la llegada de la Virgen le habían crecido en el alma sobre el Hijo de María.

“Hijo mío, Dios nuestro Señor nos ha maravillado con un prodigio de naturaleza infinita. Desde antiguo sabíamos que Dios es Padre, según podemos leer en su Libro. Al formarnos a su imagen y semejanza nos dio a gustar las mieles de la paternidad; y descubriéndonos ser Padre de muchos hijos nos abrió los ojos a la existencia de uno entre ellos nacido para ser su Primogénito. Lo que nunca reveló abiertamente en su Libro es que ese mismo Primogénito fuera su Unigénito. O no quisimos verlo en sus palabras cuando su profeta dijo: Lloraréis como se llora por el primogénito, haréis duelo como se hace duelo por el unigénito.

Hijo mío, Ese es el Hijo que lleva tu Esposa en sus entrañas. En tus manos, José, ha puesto tu Señor su Niño. Su vida está en tus manos; si su vida ya corre peligro por ser quien es: el hijo de Eva que nos había de nacer ¿cuál será la responsabilidad del hombre a quien el Padre le ha entregado la custodia de su Unigénito? No bajes nunca la guardia, José. Defiéndelo con tu vida; rodea a su Madre con tu brazo y pon tu cadáver entre Ella y los que han de buscarla para matar a su Hijo. Recuerda que ha de nacer en Belén porque así está escrito. Y precisamente porque está escrito allí será el primer sitio adonde dirija el diablo su brazo asesino”.

José escuchó las palabras de Zacarías, hijo de profeta y padre de profeta, sin poder creerse que Dios fuera a permitirle a hombre alguno, se llamase Herodes o César, tocarle siquiera un cabello de la cabeza al Hijo de María.

Así que regresó a Nazaret, celebró la boda con una María ya en avanzado estado de gestación y se dispuso a bajar a Belén cuando el Edicto de Empadronamiento del César Octavio Augusto levantó en la nación un clamor espontáneo de insurrección.

Sólo en una ocasión las tribus de Israel se sometieron a un censo. En la mente de todos estaba el precio que el pueblo pagó por el censo del rey David. ¿Qué castigo les enviaría si por miedo al César desobedecían la prohibición de dejarse contar como se cuenta el ganado?

Judas el Galileo y sus hombres prefirieron morir como los valientes luchando contra el César a vivir como los cobardes delante de Dios.

La insurrección estalló en la Galilea. Judas cortó los caminos, imposibilitándole a José bajar a Belén para que se cumpliesen las Escrituras.

“¿Qué cuánto tiempo durará esta insurrección? Obviamente el tiempo que el amo de Herodes lo quiera” le respondió José a su cuñado Cleofás. “¿No crees que Herodes el Chico sea capaz de acabar con Judas y sus hombres en lo que dura el relincho de la famosa caballería de su padre? Los Herodes deben estar en estos momentos comiéndose las uñas. De depender de ellos ya hubieran acabado con esta guerra santa. Pero creo que el César no lo quiere, y el César es el que manda. El romano ha decretado que el Censo empiece en el reino de los judíos porque sabe que pasaría lo que está pasando. El aplastamiento sin piedad de Judas y sus hombres le servirá de propaganda contra cualquier otra posible insurrección; es así cómo el romano previene la enfermedad”.

José no se equivocó. Los Herodes obedecieron la orden del amo romano. Dejaron crecer la insurrección galilea. Cuando la víctima estuvo gorda para el matadero sacaron sus ejércitos. Mataron a todos los que pudieron de la banda del Galileo, y con los cuerpos de los supervivientes sembraron de cruces todos los caminos que conducían a Jerusalén.

Bajo aquella muchedumbre de cruces pasaron José y María en dirección a Belén. ¿A quién le extraña que del dolor la Virgen se echara a dar a luz apenas llegada a la casa de su esposo?

En este capítulo la verdad más que de los hechos depende de la fe de cada parte del tribunal de la historia. Si le damos nuestra confianza al historiador Flavio Josefo, traidor a su patria, salvador de su pueblo al lograr con sus Historias que los Césares aprendieran a distinguir entre judíos y cristianos, incluso al precio de convertir a sus descendientes en una nación en guerra perpetua contra la Verdad, en este caso la insurrección de la que hablan los Apóstoles nació en la imaginación de los autores del Nuevo Testamento.

Los principios de la Psicohistoria, sin embargo, se alzan contra la desvirtuación que Flavio Josefo ejecutó al imponer entre judíos y cristianos el muro de acero que los mantendría separados veinte siglos, ejecución que exigía de su persona negar la existencia del propio Cristo, convirtiéndose, al hacerlo, en el Anticristo de las palabras de San Juan.

  

22

El nacimiento de Jesús

 

La insurrección aplastada, Jerusalén cercada por un ejército de cruces, bajo semejante mar pasaron un José y una María que se encontraba ya en un avanzadísimo estado de gestación.

Al llegar José y María a Belén la aldea estaba de bote en bote. Sorprendidos los hermanos de José, porque ninguno se imaginó que José bajase antes de dar su mujer a luz, improvisaron un lecho en el pesebre para que María diese a luz.

De nuevo los elementos de la Psicohistoria nos piden paso. Quiero decir, Herodes el Chico no hubiera ordenado la Matanza de los Santos Inocentes de haber estado presentes en Belén los romanos. Los romanos, de los cuales dependía su coronación en última instancia, jamás hubieran permitido semejante crimen. En cuanto se fueron puso Herodes el Chico manos a la obra. Pero ya era demasiado tarde. José, María y el Niño se habían ido.

Este conjunto de elementos psicohistóricos nos abre los ojos a la Batalla entre el Cielo y el Infierno de la que nos habla San Juan en su Apocalipsis. La Muerte, ya que no había podido evitar que se cumplieran las Escrituras ni que se produjera el Nacimiento, tenía que ponerle la mano encima al Niño. Pero la Vida, confiada en sus fuerzas, se movía en el tablero de la Tierra con la seguridad del que conoce la estrategia y las capacidades de su enemigo y siempre va un paso por delante. Cuando Herodes el Chico fue a echarle la mano al Niño sus padres ya se habían ido. A Jerusalén desde luego no. Aunque hubieran podido refugiarse en la casa de la abuela de María.

Y digo que en Jerusalén no porque, de haberse quedado en Jerusalén, las palabras de Simeón el Joven al saludar a la Madre y al Niño en el Templo no tendrían sentido. Pero si vio al Niño por primera vez, sí.

En esto como en lo demás el lector deberá juzgar por sí mismo a quien darle credibilidad, si a un traidor a su patria, reciclado en una especie de salvador de los mismos a los que vendió, o a unos hombres que por amor a la verdad llevaron ese amor a sus últimas consecuencias. Lo digo porque a raíz de esta nueva recreación de los hechos saltarán quienes digan que esta forma de recomponer los tiempos no pertenece a la propia sucesión de los acontecimientos vividos.

Entonces, nacido el Niño, la Madre ya en pie, José registró a su hijo. No sabemos cuál era la intención original de José. Si fue la de quedarse en Belén su plan cambió tras la conversación secreta que tuvo con los Magos.

Como ya habéis deducido los Magos no eran reyes. Los Magos eran los portadores del Diezmo de la Gran Sinagoga de Oriente y como tales debían tener parada en el Templo.

Lo que nunca los Magos se imaginaron mientras vinieron alegres era que los últimos kilómetros del camino lo harían bajo un mar de cruces. Gracias a Dios la violencia del momento tenía ocupado al hijo de Herodes y se dirigieron a Belén a poner a José en guardia.

José registró a su hijo y regresó a Nazaret. A los días estipulados por la Ley bajó al Templo en la creencia de haber pasado el peligro. Entró en el Templo acompañando a su mujer cuando le salió al paso Simeón el Joven.

“¿Qué haces aquí aún, hombre de Dios?”; le dijo. “¿Nadie te ha dicho lo que ha pasado?”.

Se lo llevó aparte y lo puso al corriente.

“Zacarías ha ocultado tu pista regando tus huellas con su sangre. Al poco de irse los romanos los Herodes enviaron a sus asesinos a tu ciudad. Tus hermanos lloran la muerte de sus niños de pecho. Pero aquí no acaba todo. El horror de la noticia llegó a Zacarías. Cogió a Isabel y a Juan y los escondió en las cuevas del desierto, donde estarán a salvo de todo peligro. Luego vino al Templo. José, lo rodearon como una jauría de perros, amenazándolo con matarlo si no les descubría todo lo que sabía. No pudiendo soportar su silencio lo mataron a puñetazos y patadas en las mismas puertas del Templo. José, coge al Niño y a su Madre y vete al Egipto. No vuelvas hasta que mueran estos asesinos”.

José no le dijo palabra a María. Para evitarle que se enterara por los suyos de las noticias se la llevó de Jerusalén sin darle explicaciones de ningún tipo.

“¿Cómo has podido vivir toda esta vida llevando tú solo esta carga, esposo mío?”, lloró Ella cuando él se lo contó en el lecho de muerte.

A su regreso del Egipto vivía aún la abuela del Niño. Creo haber dicho que los emigrantes volvieron lo que podríamos llamar prósperos y felices. La situación económica de la Heredad de María era igualmente buena. Las sequías que antaño asolaron los campos fueron seguidas por tiempos de lluvias abundantes. Juana, la virgen hermana de María, dirigió las tierras de su hermana sin envidiarle nada a un hombre. Quienes creyeron que muerto Jacob su casa se hundiría tuvieron que reconocer que se habían equivocado. Aquella muchacha entregada a su familia desde su juventud no perdió comba ni se dejó engañar. Aunque liberada de su voto por la boda de Cleofás, Juana no se casó.

De golpe volver a empezar de cero el negocio de la carpintería no parecía empresa fácil. Cleofás no era de esta opinión. La situación que José tuvo que vencer el día que hizo su entrada en Nazaret fue una y ésta nueva era otra muy distinta. José era entonces un perfecto desconocido. Ahora contaban para empezar a abrirse camino con una clientela familiar rociada por toda la Galilea.

Entre estas conexiones encontraría Jesús a sus futuros discípulos. Pero regresemos al Hijo de María, su heredero, y jefe espiritual de los clanes que como ramas del mismo tronco estaban extendidos por los alrededores.  

La muerte de José implicó a Jesús en el juramento que el difunto le hiciera a Cleofás. Ya hemos visto que el Niño vivió en su ser la experiencia del que vuelve a nacer del Espíritu a raíz del episodio que protagonizara en el Templo. El Simeón que le salió al paso al Hijo de David en el Templo era el Simeón el Joven que hemos visto decirle a José: “Vete, hombre de Dios, que te lo matan”.

Durante los años siguientes a la muerte de José, Jesús dejó la carpintería en las manos de su primo Santiago y relevó a su tita Juana en la dirección de la propiedad de su Madre. Durante su mandato los campos rindieron al ciento por ciento; la fama de los vinos de los viñedos de Jacob se extendió por toda la comarca. Inteligente como él solo, Jesús se reveló como un hombre de negocios con quien hacer tratos era garantía de éxito. Compraba y vendía cosechas de aceitunas sin perder jamás una dracma.

Apoyado en las relaciones familiares y en el capital del jefe del Clan: la Carpintería de Nazaret experimentó igualmente un auge muy positivo.

Muertos los Herodes, Jesús entró en posesión de la heredad de su padre en la Judea.

Creo haber dicho antes que en Jerusalén Jesús de Nazaret fue conocido como se conoce un misterio. Los hermanos de su padre tomaron su soltería invocando el proverbio: De tal palo tal astilla. Físicamente Jesús era la imagen de aquel José alto y fuerte, hombre de una sola palabra, poco hablador, prudente en sus juicios, hogareño, siempre pendiente de las necesidades de los suyos.

El caso es que al casar a todos sus primos y dejar los negocios rodando por sí solos aquel Jesús, adorado por los suyos, los sorprendió a todos con “sus desapariciones”.

  

23

El Misterio de las desapariciones de Jesús

 

Nadie sabía adónde se iba Jesús ni qué hacía cuando desaparecía de aquella manera. Sencillamente desaparecía. Desaparecía sin avisar, sin dar explicaciones. Sus desapariciones podían ser de días, de semanas incluso. Si sus primos Santiago y José preguntaban por ahí, a ver si alguien había visto a su Jesús, todos ponían la cara del que no sabe nada de nada.

¿Dónde se metía Jesús?

Bueno, esto no era fácil de decir. Pero donde quiera se metiera regresaba de donde hubiese estado como si tal cosa. Luego regresaba todo pancho, les soltaba una excusa cualquiera a todos los que con aquella preocupación tan natural le demostraban cuánto le querían, “he tenido que atender un negocio urgente”, por ejemplo, y corto y cambio, tema cerrado. Insistir más no merecía la pena; al final Jesús se echaba a reír y los tontos parecían ellos.

“¿A qué vienen esas preocupaciones, Santiago, hermano? ¿A ti te falta de algo? ¿Tus hijos están malos? Tienes salud, dinero y amor, ¿qué más puede querer un hombre?”. ¿No lo dije? Era imposible enfadarse con Él. No sólo tenía toda la razón del mundo, si encima te lo decía con aquella sonrisa en los ojos al final el tonto parecías tú por preocuparte sin motivos.

Las únicas que parecían ni sorprenderse ni escandalizarse por sus desapariciones eran las Mujeres de la Casa. Para mayor sorpresa de Santiago y sus hermanos, las Mujeres no querían ni oír hablar de reproches. ¿Qué misterio era el Suyo para tenerlas encantadas de aquella manera?

¿Misterio? ¿Por qué tenía encantada a su Madre, a su tita Juana y a su tita María?

Sí que había misterio. Uno muy grande.

Resulta que cuando Él se iba se producía en la casa un milagro. Los sacos de harina no se agotaban nunca; aunque sacasen la harina a palas. Las tinajas de aceite jamás se vaciaban, por muchos litros que regalaran el aceite jamás bajaba su nivel en las tinajas. Y si alguna de ellas se ponía enferma las tres Mujeres de la Casa sabían que Él regresaba porque enseguida se ponían buenas. Y como estas cosas todas las demás. Así que ¿cómo no iba a tenerlas encantadas? Eso sí, a la hora de responderles a ellas o a sus primos de dónde venía o qué había estado haciendo Jesús se limitaba a mirarlas y les daba por toda respuesta un beso cubierto de sonrisas.

¿Adónde iba? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía? Creo que fue el décimo tercer apóstol quien dijo que Jesús se iba a implorarle a su Dios con potentes lágrimas misericordia para todos nosotros.

El origen de esas lágrimas no nos debe resultar un río extraño conociendo la fuente de la que manaron. Era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que su Padre, quien miraba cara a cara el futuro de la obra que iba a realizar, y viendo el Destino hacia el que conducía a sus Discípulos el corazón entero se le partía.

¿Cómo no buscar en su Padre una alternativa viable distinta que alejase de los suyos el destino hacia el que con su Cruz los arrastraba?

Y lo que es más trágico, cuando su sangre lo arrastraba a la fragilidad de la existencia humana y se preguntaba cómo podía estar seguro de que lo que iba a hacer era la voluntad de Dios, en ese momento el peso de ese Destino lo aplastaba, se le clavaba en el pecho y le arrancaba lágrimas de sangre viva. ¿Cómo podía estar seguro de que lo que iba a hacer era lo correcto? ¿Por qué la Cruz de Cristo y no la Corona de David?

La tensión, la presión, la naturaleza humana en su desnudez golpeándole el cerebro y el alma con la visión de los cientos de miles de cristianos a los que Él conduciría al martirio. Un Destino que podría ahorrarles con sólo aceptar la Corona que el pueblo en masa le ofrecería. ¿Qué hacer? ¿Cómo saber? ¿Y con qué medios resistirse al consuelo que le ofrecía su Padre? Porque después del Día de Yavé vendría el Día de Cristo, un Día de libertad y gloria: el Rey en su Trono de Poder dirigiendo los ejércitos de su Padre hacia la victoria.

Durante aquéllos días, antes de empezar su Misión, Jesús fue eligiendo en la Galilea a los que serían sus futuros Apóstoles. Las conexiones que le unían a sus futuros Discípulos provenían del nudo sanguíneo que el hijo mayor de Zorobabel comenzó a atar cuando fundó Nazaret.

A diferencia de la atmósfera en la que se multiplicaron los hombres de Zorobabel que permanecieron en la Judea, las gentes de la Galilea acogieron pacífica y amistosamente a los hombres de Abiud. Los vecinos de la Judea se escandalizaron al descubrir las intenciones de Zorobabel y sus hombres; se rebelaron contra la idea de la reconstrucción de Jerusalén e intentaron por todos los medios obligarles a abandonar el proyecto.

Dice la Biblia que ellos no lo consiguieron. A cambio de los por entonces habitantes de Tierra Santa sí obtuvieron una política de enemistad perpetua. Política que derivó en el enclaustramiento y aislamiento de los judíos del Sur del resto del mundo. Circunstancia que, andando el tiempo, transformaría al judío sureño en aquel pueblo aborrecedor de los Gentiles, a los que despreciaban y trataban en privado como si estuviesen hablando de puras bestias.

“Antes comer con un cerdo que comer con un Griego”, decía un rabino.

“Antes casarse con una cerda que con una Griega”, apuntillaba su colega.

Este odio hacia el griego y hacia los gentiles en general, aquel desprecio del pueblo que llegó a creerse la Raza Superior, fue un odio hasta cierto punto natural. Hacia el griego tras las persecuciones de Antíoco IV Epífanes. Hacia el egipcio porque un día el Faraón…Hacia los sirios porque en otro tiempo…Hacia los romanos porque los tenían encima…La cuestión era convertir el odio en una especie de identidad nacional, sacar de él las fuerzas para seguir creyéndose la Raza Superior, la llamada a someter y ser servida por el resto de la Humanidad.

Los habitantes de la Judea esperaban al Mesías para convertirse en el Nuevo Imperio Mundial. Su relación con las leyes no patrias, impuestas por el imperio, que regulaban la vida entre judíos y griegos, entre griegos y romanos, entre romanos e íberos, eran un camino en la jungla lleno de peligros mortales a través de los cuales el Judío debía mantenerse despierto y tener siempre en el Odio y el Desprecio contra las demás razas la fuerza vital que le ayudara a superar las circunstancias hasta la Venida del Mesías.

Al contrario que sus hermanos del Sur, los del Norte se integraron perfectamente en la sociedad gentil. Trabajaron con ellos, comerciaron con ellos, se vistieron como ellos, aprendieron su lengua, respetaron sus costumbres, sus tradiciones y sus dioses.

En comparación a sus hermanos del Sur los judíos de la Galilea habían evolucionado en la dirección opuesta. Mientras que el sureño invocaba al odio como muro protector de su identidad, el norteño invocaba al respeto entre todos los hombres como garante de la preservación de la paz.

Cuando por tanto llegó Jesús las diferencias mentales y morales entre judíos galileos y judíos sureños eran tan enormes como las existentes por entonces entre un bárbaro y un hombre civilizado. El galileo seguía esperando la Venida del Mesías, el Cristo que hermanaría a todos los pueblos del mundo; el judío de Jerusalén también esperaba el Nacimiento, pero no el de un Salvador, sino el de un conquistador belicoso e invencible que les pondría a sus pies, de rodillas, a todas las demás naciones del mundo. Difícilmente Jesús hubiera encontrado entre estos judíos del Sur un solo hombre que le siguiera a cantarle al Amor y a la Fraternidad Universal el poema más maravilloso jamás escrito, el Evangelio.  

Dadas tales circunstancias no fue una casualidad que todos sus Discípulos se hallaran presentes en las bodas de Canaán.

Cuando el Hijo de Zorobabel y heredero de la corona de Salomón se instaló en Nazaret sus hombres y sus hijos se unieron entre ellos y fueron esparciendo su semilla por toda la comarca. Trabajadores respetuosos con sus vecinos, amantes de las leyes de la civilización de todos, la religión un asunto privado sometida a la ley de la libertad de culto, los hombres de Abiud y sus hijos se extendieron por toda la Galilea, manteniendo el matrimonio endogámico como base de su identidad nacional. En lo demás el Judío Galileo no se diferenciaba en nada de sus vecinos. Vestía como ellos, hablaba como ellos.

En semejante ambiente el éxito del negocio del Taller de Confección de la Virgen de Nazaret basó su fortuna en la corriente nacionalista que se despertó en la Galilea a raíz de la reconstrucción de las sinagogas. Era en esos momentos únicos, claves de la vida, el matrimonio, por ejemplo, cuando el orgullo nacional afloraba y gustaba mostrarse con un traje típico, popular. El arte de la confección del traje nacional en manos de las hijas de Aarón, que lo habían convertido en un monopolio con sede en Jerusalén, la apertura del negocio por la Virgen, discípula de una maestra en el secreto mejor guardado de la casta femenina sacerdotal, la confección de mantos sin costura su exponente más supremo, fue un acierto que atrajo a Nazaret a los novios de la comarca.

Independientemente de la prosperidad que le trajo a la casa de la Virgen y a la propia Nazaret, el éxito del taller de la Virgen roturó el campo de la comarca y lo preparó para encontrar en él sus hermanas un terreno donde crecer y multiplicarse. Se casaron en la Galilea y tuvieron sus hijos y sus hijas. A los lazos preexistentes al nacimiento de la Virgen le sumamos entonces los que sus hermanas y los hijos e hijas de su hermano Cleofás crearon, y las dimensiones del cuadro en el que se movió su Hijo adquieren sus verdaderas dimensiones.

O lo que es igual, los discípulos de Jesús estuvieron presentes en la famosa boda de Canaán sencillamente porque estaban unidos a los novios por lazos de sangre. ¿O acaso creéis que la suegra de Pedro se curó sin fe?

A todo lo largo y ancho de los Evangelios vemos que la única condición que Jesús pedía para recibir la gracia de su Poder era la fe. Al curar a la suegra de Pedro ésta no había visto aún al Unigénito de Dios. Que sin ver tuviera la fe nos abre los ojos a la conexión entre la suegra de Pedro y la Virgen, gracias a la cual la fe de aquella mujer en el Hijo de María era absoluta. Y a nosotros nos ayuda a abrir la puerta de su casa y ver a Pedro, por su matrimonio con la hija de su suegra, emparentado directamente con la Virgen.

Después del milagro de la transformación de agua en vino lo único que necesitaba ver Pedro era la unción del hijo de David por el profeta.

Cuando uno lee el Evangelio la primera sorpresa salta viendo a Pedro y sus colegas abandonándolo todo a la voz de: “Seguidme”. Como si fuesen robots o autómatas sin voluntad aquellos hombres dejaron sus familias y le siguieron sin preguntar siquiera adónde. Es la primera impresión. Lógicamente simple apariencia. Aquellos hombres conocían perfectamente al Hijo de María. Sabían de qué naturaleza era su jefatura espiritual sobre todos los clanes davídicos de la Galilea. Pedro y sus colegas no eran autómatas sin voluntad obedeciendo la orden de su creador al ritmo de las pulsaciones de sus dedos sobre un teclado informático. Para nada. Inútil decir que, en más de una ocasión, unidos por lazos de sangre a la Casa de su Madre, hablaron con su Hijo sobre el Reino del Mesías. También apuntillar que el Primer Milagro en público, del que ellos fueron testigos, transformó la concepción que se habían hecho sobre la Naturaleza de la Misión Mesiánica por la que estaban dispuestos a dejarlo todo en el momento que Jesús lo quisiera. Aclarado esto, seguimos.

Ya habéis visto quién era aquel Juan y qué sentimiento vivía en la raíz de aquellas sentencias patibularias contra los judíos. Su madre vivió para criarlo y contarle toda la verdad sobre su padre, por qué murió y a quién él precedería. Al morir Isabel, Juan se retiró al desierto y vivió su vida sobrenatural a la espera del cumplimiento de la misión para la que había nacido. El bautismo de Jesús por Juan confirmó a los Discípulos en lo que ya sabían: El Hijo de María era el Mesías.

Se fueron tras Él a la conquista del reino universal. Nunca imaginaron que la espada con la que Jesús conquistaría el trono de David estuviera en su boca.

Jesús les anunció muchas veces cuál sería su fin. ¿Pero a ellos cómo podía caberles en la cabeza que el Hijo de Dios fuera a morir crucificado?

Testigos de obras prodigiosas, sobrenaturales, extraordinarias, divinas en todas sus proporciones ¿cómo podía caberles en la cabeza que sus hermanos en Abraham fueran a cometer semejante crimen contra el Padre de aquel Hijo?

Pasó lo que tenía que pasar. Increíblemente Jesús cerró su boca como quien vuelve la espada a la funda y se abandona inexplicablemente ante el enemigo que viene a matarlo. Todo lo que hubiera tenido que hacer era abrir sus labios. Si sólo hubiera dicho: “De rodillas” la turba que salió a buscarlo se hubiera quedado clavada en el suelo como estatuas de sal. Pero no, no pronunció palabra. Sencillamente se dejó encadenar.

A ellos, los Once, a ellos sólo les dejó la alternativa de los cobardes.

Pues todos corrieron a esconderse. Todos menos el que salió corriendo desnudo. Él fue quien le llevó la noticia a la Madre: Acababan de coger a su Hijo, se lo llevaban para juzgarlo.

El romano le había pedido la cabeza de aquel Mesías al Sanedrín. Acobardado por las legiones de Pilatos el Sanedrín se lo había entregado.

Este asunto de la culpabilidad absoluta que el futuro hizo caer sobre aquella generación judía, exculpando a los romanos de su participación directa en la Pasión de Cristo, se resuelve en las entrañas de las palabras del sumo sacerdote al Tribunal que le entregó a Pilatos el Mesías:

“Conviene que un hombre muera por el pueblo”.

“Conviene” significaba que o se lo entregaban a Pilatos o éste decretaría el estado de sitio y sacaría a las legiones a cazarlo. Si le entregaban a Jesús de Nazaret el pueblo se mantendría quieto al ser cogido por sorpresa, pero si Pilatos sacaba sus legiones al mismo al que ahora abandonaban a su suerte, después, por amor a la patria, lo defenderían a muerte. ¿Y dónde estaba el loco capaz de creer en la victoria de una rebelión popular contra el César?

La suerte de Jesús de Nazaret estaba echada. Era Él o la Nación. Que por su cobardía el futuro los culpara de haberle entregado, haciendo recaer sobre ellos toda la responsabilidad de su muerte, pues bueno. ¿Qué otra cosa podían hacer? El listo de Pilatos se lavaría las manos, ¿Y qué? ¿No convenía que muriera un hombre a que todo el pueblo fuera masacrado por las legiones?

El problema de los Discípulos fue creer que su pueblo no jugaría el papel del cobarde y se levantaría en armas antes que entregarles el Mesías a los romanos. Para Ellos la cosa era clara, ¿cómo podría vencer el Imperio a un ejército liderado por el Rey del Universo? ¿No habían sido cientos y cientos de hombres, mujeres y niños quienes en sus carnes habían vivido su Gloria? ¿Entre las masas no eran ésos agraciados testimonio vivo de la Misión Divina de Jesús de Nazaret? Es verdad que muchas veces esas muchedumbres le habían aclamado rey y en el mismo número de ocasiones Él les había dado la espalda. ¿Ilógico? ¿Renuncia al Trono que por Herencia le pertenecía?

Sí y no.  

Hombre, a lo largo y ancho de toda la historia de Israel había quedado demostrado que la Unción del rey no le correspondía al pueblo sino a los profetas de Dios. Desde esta experiencia era natural que Jesús rehusase una coronación establecida contra derecho histórico.

La Edad de los Profetas ida la Unción, canónicamente hablando, le correspondía al Templo. Había de llegar pues el momento en que esas mismas muchedumbres le siguieran a Jerusalén y le pidieran al Sanedrín el reconocimiento divino que por sus obras se había ganado Jesús de Nazaret.

Entonces, presionado por el testimonio de tantos y tantos agraciados y por una muchedumbre sin número clamando a grito pelado la Unción del Mesías por el sumo sacerdote, Jesús se sentaría en el Trono de David, su padre histórico, y en presencia de todos los hijos de Israel se ceñiría la corona de los reyes.

Cuando al tercer año de su Misión se corrió la voz: Jesús de Nazaret se dirige a Jerusalén para la Pascua, la expectación mesiánica arrastró a Jerusalén muchedumbres sin número.

Poncio Pilatos lo esperaba. Al corriente de las aventuras del Mesías de los Judíos hacía ya tiempo que le había pedido la cabeza de aquel Nazareno al Sanedrín. La decisión política que debía tomar respecto a la explosión mesiánica causada por aquel Nazareno era compleja y clara a la vez. Tenía que matarlo. Matando al Pastor se dispersaría el rebaño. Tampoco podía sacar sus legiones y lanzarlas al alimón contra la muchedumbre. La rebelión nacionalista estallaría en defensa de su Mesías y una guerra espartaquiana era lo último que podía desear el César. Como político su misión era prevenir la enfermedad antes que se desarrollara la guerra. Podía esperar lo peor y dejar engordar la presa. Como ya hicieran Augusto y Herodes en los días del Censo. En el momento adecuado Pilatos sacaría sus legiones y de la matanza aprenderían las demás naciones sobre cómo castiga Roma la rebelión contra el César.

El caso era que el Sanedrín en pleno estaba contra el Nazareno y no le metía mano por miedo a la multitud que le acompañaba por donde quiera que fuese. El Sanedrín le había jurado a Pilatos que se lo entregaría en persona, pero que esperase a que la fruta estuviera madura.

Después del primer año de paseo triunfal hacia el Monte del Sermón, el segundo año había sido de cuesta abajo. En la encrucijada entre el segundo y el tercero la negativa de Jesús a ser coronado rey había ido espantando a las muchedumbres, que no le entendían en absoluto.

¿Quién de entre todos ellos que hubiese disfrutado de semejante Poder Divino no se hubiese hecho acompañar de las muchedumbres a Jerusalén para exigirle al Sanedrín en pleno la Corona de su padre David?

El desconcierto y la ignorancia sobre su Pensamiento lo habían dejado solo al alba del tercer año. Sólo las Mujeres y sus Discípulos seguían siéndole fieles.

¿En qué pues se había quedado aquella primera desesperación del político romano? Y lo que les pareció aún peor al Sanedrín, ¿por qué iba a echarse atrás ahora Pilatos? ¿No había entre las filas de su ejército quien en caso de insurrección mesiánica desertaría del Imperio y se pondría al servicio del Hijo de David?

Tal cual lo demuestra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén la expectación, ahogada en el último año por el propio Jesús, despertó de su letargo. Creyendo las muchedumbres que el Hijo de David había tomado su decisión final favorable a su coronación ese año todos corrieron a Jerusalén.

Como ya sabemos y la historia lo demuestra para la Pascua Jerusalén se convertía en una ciudad asediada. De todas las partes del mundo los judíos bajaban y subían a la Ciudad Santa a celebrar aquella Cena que sirvió de preludio a la Liberación de Moisés.

Aquel año 33 de nuestra Era a la muchedumbre al uso se le sumaron todos los que una vez le proclamaron rey.

Cuál no fue la sorpresa de todos cuando Jesús entró en el Templo y con un látigo desbarató para siempre la presión contra el Sanedrín y el César que esa muchedumbre exaltada estaba dispuesta a ejercer.

Aquella fiebre mesiánica que en su primer año despertó Jesús había vuelto a escena. Alcanzó Jerusalén antes que Él llegara e hizo temblar las murallas de Jerusalén con la misma fuerza que en su día lo hicieran las trompetas de Josué. Si en lugar de irse directo al Templo para coger un látigo y declararle la guerra total al Sanedrín hubiese hecho Jesús lo que hizo cuando Niño, abrirse paso hasta el Patio de los Doctores de la ley y entrar en materia…Pero no. Que va. Para nada. Revueltas estaban las cosas y fue Él a sumirlas en el caos de la manera más explosiva imaginable.

La misma muchedumbre que hacía unas horas había batido palmas y vítores en honor del Hijo de David al caer la Noche le pedía su cabeza a un Pilatos que para entonces ya no veía a cuento de qué tenía que matar a quien se había cavado su propia tumba.

Para entender la Huida de sus Discípulos hay que ponerse en la piel de aquellos hombres que en su corazón soñaron con aquella entrada triunfal, e inmediatamente después su Coronación. Fueron ellos los primeros que se quedaron de piedra al ver a su Maestro coger un látigo y arremeter con cólera todopoderosa contra el Templo.

Fue en aquel momento cuando Judas tomó su decisión de entregárselo al Sanedrín. Los demás salieron con la moral por los suelos, como flotando en un vacío total.

¿Qué iba a pasar ahora?

¿Qué es lo que había hecho Jesús?

Mientras comían la Última Cena se sentían tan confusos y vacíos como aquella Tierra que antes del Principio vagó en las Tinieblas del Abismo confusa y vacía.

¡Ay, hijos de la Tierra, la herencia de vuestra madre es vuestro lote! ¿No recibió en el día de su nacimiento toda clase de promesas de su Creador y en cuanto su Creador se dio la vuelta se dejó atrapar en la confusión que acompaña toda soledad? ¿Habiendo vivido vuestra madre en su nacimiento la confusión y el vacío de la soledad cómo vosotros no ibais a caer en la misma piedra?

Mientras cenaban con Él no tenían la menor sus Discípulos idea de qué les estaba hablando. Sólo sabían que estaban dispuestos a morir luchando antes que dejarlo solo. ¡Pobre Pedro, el alma se le cayó al suelo cuando su Héroe y Rey le quitó la espada de las manos! Todos sin excepción salieron corriendo movidos por una fuerza que les superaba y movía sus piernas contra la voluntad de sus mentes.

“¿Qué va a pasar ahora, Madre?”, le preguntaba aquél otro Juan a la Madre de Jesús, como si ella conociera la respuesta.

¿Qué iba a pasar? Iba a pasar lo que estaba profetizado desde hacía mil años. El firmamento se vestiría de luto para llorar la muerte del Primogénito, la tierra se lamentaría por la muerte del Unigénito.

 

24

Muerte y Resurrección de Jesucristo

 

Los acontecimientos de Aquella Noche están descritos en los Evangelios. No voy a reproducirlos ni a apuntillarlos. Me limitaré a lo que no está escrito.

Mientras la farsa judeo-romana seguía su curso el cielo se fue encapotando sobre las cabezas de los miles de borrachos que coreaban: Crucifícalo.

La misma confusión que se apoderó de los Discípulos y los lanzó a la Huída, esa misma fuerza se había apoderado de la muchedumbre que le aclamara en su entrada triunfal, y, abandonada al alcohol, desahogaba su pena contra el autor de la desilusión que se apoderara de sus mentes. Enajenados, abandonados al alcohol en el que ahogaban su pena, que corría gratis y a toneles de las manos del Templo a sus gargantas, quienes hacía apenas unas horas corearon al Mesías ahora gritaban: Crucifícalo.

Mientras gritaban y gritaban las nubes rodearon el horizonte y tendieron una telaraña de rayos y truenos sobre el Gólgota. Mientras el Condenado arrastraba su cruz por la Vía Dolorosa, ajena a la muchedumbre que borracha escupía sobre el Hijo de María sus carcajadas, la noche se fue cerrando.

Absortos, maravillados por lo que estaban viviendo, mientras hacían la Procesión a muy pocos le vino a la cabeza las palabras del Profeta. En realidad, sólo a un muchacho, al pie de la Cruz según miraba al cielo se le vino a la memoria las Escrituras.

 

“Ya me rodeaban las olas de la muerte y me aterrorizaban los torrentes de Belial. Me aprisionaban las ataduras del seol, me habían sorprendido las redes de la muerte. Y en mi angustia invoqué a Yavé y lancé hacia mi Dios mi grito. El oyó mi voz desde su palacio, y mi clamor llegó a sus oídos. Conmovióse y tembló la tierra. Vacilaron los fundamentos de los montes, se estremecieron ante Yavé airado. Subía de sus narices humo, y de su boca fuego abrasador, carbones por Él encendidos. Abajó los cielos y descendió, negra nube tenía bajo sus pies. Subió sobre los querubes y voló; voló sobre las alas de los vientos. Hizo de las tinieblas un velo, formando en torno a sí su tienda; calígine acuosa, densas nubes. Ante el resplandor de su faz las nubes se deshicieron; granizo y centellas de fuego. Tronó Yavé desde los cielos, el Altísimo hizo oir su voz. Lanzóles sus saetas y los desbarató, fulminó rayos y los consternó. Y aparecieron arroyos de agua, y quedaron al descubierto los fundamentos del orbe ante la ira increpadora de Yavé, ante el soplo del huracán de su furor”.

 

Sí, únicamente aquel muchacho fijó sus ojos en el cielo que contemplaba horrorizado el delito de los hijos de la tierra. En el dolor del momento nadie se había percatado de lo que se les venía sobre sus cabezas. El cielo estaba negro como las profundidades de la cueva más impenetrable. Cuando Jesús gritó su último aliento y creyeron que el fin ya había llegado, como si de pronto despertaran todos de un sueño sus ojos se abrieron a la realidad.

Antes de sentir la amenaza del cielo se partió el firmamento en lágrimas. Dejóse oír un crujido más fuerte que el de las murallas de Jericó al caerse. Fue entonces que alzaron todos sus cabezas por primera vez y olieron en la atmósfera aquella humedad eléctrica.

Iban ya a iniciar la vuelta cuando de pronto un látigo en forma de rayo rompió la oscuridad. Pareció caer lejos. ¡Qué tontos! Era el jinete que una vez le abrió a Judas Macabeo las filas del enemigo quien ahora venía cabalgando violentamente sobre las nubes de las profecías. Sus ojos resplandecientes iluminaron la noche y de su garganta todopoderosa el trueno rodó por el horizonte; como loco, poseído por un dolor que le cegaba las entrañas, aquel jinete divino alzó su brazo y dejó caer sobre la muchedumbre su látigo de rayos y truenos.

El infierno de la Ira del Padre Eterno cayó en tromba sobre niños y mujeres, ancianos y jóvenes, sin distinguir entre culpables e inocentes. Enloquecida, como quien despierta sobresaltado de una pesadilla para al abrir los ojos encontrarse que la verdadera pesadilla acababa de empezar, la multitud comenzó a correr Gólgota abajo. La tormenta que tenían sobre sus cabezas amenazaba granizo, rayos y truenos, pero no lluvia. Era una tormenta eléctrica, que el Todopoderoso, atravesado por la lanza que le incrustaron a su Hijo en el pecho, con el corazón destrozado había cogido en sus manos y enloquecido por el dolor golpeaba contra los hijos de la tierra sin mirar a quién. El frenesí, el espanto se apoderó de todos. El terror cabalgaba sin perdonar al anciano ni al niño, varón o hembra. Enloquecida por lo que había hecho bajo los efectos del alcohol la muchedumbre empezó a moverse hacia los muros de Jerusalén. ¡Locos!, como si el dolor de Dios pudiese ser frenado por la piedra.

Y allá que empezó a correr la muchedumbre Gólgota abajo buscando la salvación entre las murallas. Entonces el látigo eléctrico del Omnipotente comenzó a caer sobre mujeres y niños, jóvenes y ancianos sin distinguir culpable de inocente. Su dolor, el dolor del Todopoderoso los alcanzaba a todos y de todos desgarraba sus carnes sin misericordia de ninguna clase. En menos que canta su segundo anuncio el gallo la cuesta del Gólgota empezó a llenarse de cadáveres chamuscados. Los que ya estaban subiendo la cuesta de la Puerta de los Leones creían haber escapado del horror cuando las tumbas del Cementerio de los Judíos comenzaron a abrirse. Salieron de sus tumbas los profetas y de sus bocas espectrales la Ira del Omnipotente les hacía llegar a los vivos su sentencia de muerte.

Horror, desolación, espanto. Los que creyeron encontrar refugio en sus casas se encontraron con las puertas cerradas. Una noche de Cena, mil quinientos años atrás, el ángel de la muerte recorrió las casas de los egipcios buscando primogénitos. Ese mismo ángel recorría ahora las calles de Jerusalén matando sin distinguir entre grandes y pequeños. El mismo dolor infinito que tenía el corazón de su Señor destrozado había alcanzado el suyo y en su dolor inenarrable hincaba la espada querúbica contra todo el que encontraba a su paso.

Aterrorizados, atrapados en una pesadilla infernal, el terror arrastró a los fugitivos al Templo. Allí se amontonaron entre sus muros buscando misericordia. Locos, con la locura del que mata al hijo y se refugia del padre de la criatura en su casa, allí encontraron su tumba cuando el látigo del Dolor dejó caer sobre la cúpula sus lágrimas, una cúpula que se vino abajo sobre la multitud aterrorizada.

Horror, espanto, desolación. El dolor del Padre de Cristo en pleno estallido violento. La sangre de un Dios transformada en bloques de piedra cayendo sobre una multitud aterrorizada, aplastando cabezas, reduciendo a escombros hombres y mujeres. ¡Gritad de nuevo Crucifícalo! escribían con sus crujidos las piedras de la cúpula del Templo según caían del techo al suelo.

Mientras estas cosas estaban sucediendo a los pies de la Cruz sólo quedó un hombre y tres Mujeres. Como si un escudo de energía le protegiera el muchacho, de pie, contemplaba el espectáculo. A los pies del Monte de la Pasión los cadáveres calcinados, los moribundos aplastados bajo el peso de los que huyeron cuestas abajo. Contra las murallas, sin huida posible de los muertos salidos de sus tumbas, las paralizadas víctimas del horror se apilaban enloquecidas. Cuando al rato se hundió la cúpula del Templo y cesaron los truenos y los rayos y el batir de carne y sangre, Juan recogió la espada del romano que confesó. Volvió el muchacho la cabeza a las tres Mujeres, les habló con los ojos, y comenzó a abrirles paso. La muchedumbre de heridos y moribundos horrorizada se apartaba como si se tratase de un ángel de Dios en pleno remate de la faena comenzada por su Señor. Tal era el fuego que despedía por sus ojos el pequeño de los hijos del Trueno.

Llegados a las calles, incapaces de resistir la mirada de aquel querubín humano, los alucinados se apartaban de su camino. Juan condujo a las tres Mujeres a casa y cerró tras él la puerta. Allí estaban los Diez y las demás mujeres. Como muerta, la Madre se echó en la cama y cerró los ojos a un mundo al que ya no parecía querer volver.

Los supervivientes se juraron arrancar de sus memorias y de la de sus hijos el recuerdo de la Noche en que Dios rompió su Alianza con los hijos de Abraham. Sus historiadores enterraron el recuerdo de aquella Noche en la tumba de los silencios milenarios. Muchas veces en la Historia de la Humanidad un pueblo se juró arrancar de su memoria un cierto acontecimiento, especial, capital para el desarrollo de su futuro. Pocas veces un pueblo logró enterrar de una forma tan definitiva un capítulo tan traumatizante.

Los Once también creyeron que tal era el destino de aquellos tres años de inolvidable gloria. De hecho, lo único que los mantuvo aquel viernes y el sábado siguiente encerrados en aquella Casa fue conocer la suerte de aquella Madre que yacía como muerta en el lecho.

¿Despertaría la Madre de su sueño? ¿No se le veía en el rostro roturado por el sufrimiento los trozos en que su corazón se había roto?

Señor, ¿cómo mirarla a la cara cuando despertara? ¿Qué palabras de consuelo le dirían para justificar la huida vergonzosa que emprendieron?

¿Qué podían hacer? ¿Abandonarla a su suerte? ¿Seguir corriendo hasta que la distancia entre ellos y sus recuerdos se hiciera un abismo?

¿No les había dicho Él que todo lo que estaban viviendo habría de pasar, y resucitaría al tercer día?

Las horas se les hicieron interminables a todos los que vigilaban el sueño de la Madre. A pesar del peligro que corrían nadie se iría sin acompañarla a Nazaret.

¿Cuánto tardaría en despertarse? Pero claro, ¿por qué iba a querer despertarse?

El sábado al mediodía la Madre empezó a salir de su estado. Los Once creyeron que no podrían soportar su mirada. Ay, ¡qué tontos estaban!

Llevaban mirando ese rostro anciano más horas de las que podían calcular. Ya se conocían de memoria cada micra de sus mejillas laceradas.

De pronto el sábado aquel rostro empezó a cobrar color. Todos se quedaron observando cada movimiento suyo. En eso la Madre abrió los ojos llenos de vida.

A su lado su hermana Juana acariciaba su frente como quien acaricia la cabeza de la persona más amada del mundo. Impensablemente la Madre pidió un poco de agua. La otra María, la de Cleofás, se levantó. Lentamente la Madre se incorporó en el lecho y los miró a todos. Estaban los Once sentados en el suelo contra las paredes de la habitación. La expresión en su rostro los tenía maravillado cuando abrió la Madre los labios. “¿Qué os pasa, hijos míos?”, les dijo sonriendo. “¿A quién estáis velando? Me miráis como si estuvieseis viendo un fantasma”.

Los Once no salían de su sorpresa. María la de Cleofás regresó con el vaso de agua y se sentó a su lado apoyando su cabeza sobre su hombro.

“Ya está, María, no seas chiquilla, no llores más, ¿o quieres que mi Hijo te encuentre así cuando venga?”.

Los Once se miraron creyendo que el dolor le había hecho perder el juicio. La Madre les leyó el pensamiento y empezó a hablarles, diciendo:

“Hijitos, yo soy la culpable de todo. Hace mucho tiempo que hube de haberos revelado quién es Ese al que llamáis Maestro y Señor. Tenía que pasar esto para que Él me librara de mi silencio. ¿A quién creéis que seguisteis de un lado a otro?

Yo soy vieja, hijos, y estoy cansada. Oídme bien y levantad el alma; cuando Él venga, mañana, tendréis la prueba de todo lo que os voy a contar hoy. ¿Qué pensaría mi Hijo si al venir mañana os encontrara de esta manera? ¿Cómo podría yo mirarle a la cara? Tened paciencia conmigo si en algún punto no soy clara. Cuando Él os envíe el Espíritu de la Promesa recordareis mis palabras y yo mismo me dejaré encantar por la sabiduría que Él derramará en vuestras almas. Lo que yo os voy a contar se lo he escuchado a Él. No tengo su gracia ni su sabiduría. Ya os digo, Él mismo os llenará de su conocimiento y entonces ya no necesitaréis que yo os cuente nada. Él me habló de su Mundo, de su Padre; yo le preguntaba y Él me respondía sin ocultarme nada. Al menos nada que no necesitase saber. Yo era su confidente, el corazón abierto e inocente en el que Él derramaba sus recuerdos divinos. Me hablaba de su Mundo con los ojos mirando al infinito; yo lo guardaba todo en mi corazón; cada una de sus palabras yo la sellaba en mi carne. No he sabido por qué selló mis labios hasta este día. Hoy me ha liberado de mi Silencio y pongo en vuestros corazones lo que Él puso en el mío y he llevado conmigo tantos años.”

Abriéndoles su Corazón, la Madre les descubrió a los Discípulos: la Anunciación, la Encarnación del Hijo de Dios, y la Historia Divina que Ella oyó de los labios de su Niño, en aquéllos días en que siendo “su Niño” venía el Hijo de Dios a encerrarse entre los brazos de “su Madre”, la Tristeza en los ojos del hijo que echa de menos a su padre amantísimo, Historia que, llevada a su Plenitud, os narro en el siguiente Capítulo.

 

EL CORAZÓN DE MARÍA

 

 

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