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Sala de Lectura "Biblioteca Tercer Milenio" BIOGRAFIAS

 

LA VIDA DE SALADINO, 1138-1193 d. C., Y LA CAÍDA DEL REINO DE JERUSALÉN


 

 

SALADINO es uno de los pocos personajes orientales que no necesitan presentación para los lectores ingleses. Sir Walter Scott ha desempeñado esa amable labor con la calidez y la perspicacia propias de un genio que sabe apreciar el valor de las cosas. Saladino tuvo la suerte de llamar la atención no solo del gran novelista, sino también del rey Ricardo, y a este azar debe en parte el hecho de que, en lugar de seguir siendo una árida expresión histórica, bajo el nombre árabe de «el-Melik en-Nasir Salah-ed-din Yusuf-ibn Ayyub», se haya convertido, con el nombre abreviado de «Saladino», en ese compañero familiar y amable que se ha convertido en un nombre de uso común. La idea, es cierto, es vaga y romántica. El Talismán nos ha brindado un noble retrato del sultán, cuya caballerosidad y generosidad despertaron la admiración de los cruzados, pero el lector queda en la incertidumbre en cuanto a la historia y los logros del héroe, y lo que se le cuenta en esas fascinantes páginas no siempre es estrictamente auténtico. Al final de este libro se aborda la relación histórica de la novela a la que Saladino debe gran parte de su fama. La presente biografía, la primera que se ha escrito en inglés, aspira a completar, a partir de fuentes contemporáneas, los detalles de ese retrato.

Resulta singular que, en lo que respecta a la literatura inglesa, se haya permitido que el carácter y la historia de Saladino permanecieran tal y como los dejó Scott hace setenta años, y que no se haya escrito en nuestra lengua ninguna biografía completa del célebre adversario de Ricardo Corazón de León. Los materiales son abundantes, incluso exhaustivos, en la medida en que los eruditos orientales entendían la biografía. No debemos esperar los detalles personales que deleitan al estudioso de las «entrevistas»: en la época de Saladino no existían los periódicos ilustrados. Pero en cuanto a los hechos esenciales de su vida y las cualidades de su carácter, disponemos de la mejor evidencia posible, rica en alcance y fiel en los detalles. Los autores de los dos principales relatos árabes tuvieron excelentes oportunidades de averiguar la verdad, y ambos eran hombres cultos y de gran integridad. Baha-ed-din, que era solo siete años más joven que Saladino, aunque le sobrevivió cuarenta, era un árabe de la célebre tribu de Asad, nacido en Mosul, a orillas del Tigris, en 1145. Cursó los arduos estudios mediante los cuales los musulmanes de aquella época se cualificaban para el cargo judicial de cadí. En la famosa escuela Nizamiya de Bagdad, fundada por el gran visir Nizam al-Mulk —amigo y compañero de estudios del astrónomo y poeta Omar Khayyam—, Baha-ed-din asistió a las clases de los profesores más destacados de la época, hombres que, al igual que nuestros propios eruditos medievales, habían vagado de universidad en universidad, desde la Córdoba española hasta la Samarcanda tártara, enseñando y aprendiendo a lo largo de su recorrido. Él mismo llegó a ser profesor en su ciudad natal, Mosul, y su sabiduría y buen juicio le granjearon tal estima ante el atabeg o gobernante de Mesopotamia que este lo eligió en repetidas ocasiones como su embajador en graves emergencias políticas.

Baha-ed-din se encontraba en Mosul cuando Saladino la sitió en dos ocasiones, en 1182 y 1185; en 1184 partió en misión diplomática a Damasco, donde Saladino quedó tan impresionado por su capacidad que le ofreció un cargo de juez, que el enviado rechazó lealmente; pero se volvieron a encontrar en Harrán en la primavera de 1186, cuando Baha-ed-din colaboró en la redacción de un tratado de paz entre su soberano y Saladino. Tras realizar la peregrinación a La Meca y a Jerusalén, que acababa de ser recuperada de manos de los cristianos, visitó al sultán una vez más y, a partir de ese momento, rara vez se apartó de su lado. Entró a su servicio el 28 de junio de 1188 y estuvo presente en todas sus campañas posteriores; presenció el asedio de Acre de principio a fin, lo acompañó mientras hostigaba la marcha de Ricardo por la costa, desempeñó un papel destacado en los combates de Jaffa en 1192 y estuvo junto al lecho de Saladino durante su enfermedad mortal. Tras la muerte del sultán, aceptó el alto cargo de juez de Alepo, y allí dedicó su celo y sus ahorros a fundar escuelas y formar a doctores versados en el derecho. Uno de sus alumnos ha dejado una conmovedora descripción del venerable cadí, tal y como él lo conoció, cuando ni un nicho bien calefactado ni las pesadas pieles podían calentar la sangre enfriada de sus 85 años; pero al viejo erudito aún le encantaba enseñar a los estudiantes que acudían a él tras las oraciones del viernes, cuando ya no podía ir a la mezquita y cuando, incluso en sus devociones privadas, apenas podía mantenerse en pie. «Se encorvaba como un pájaro sin plumas por la debilidad», dice su biógrafo, y en 1234 falleció, cuarenta años después de los acontecimientos que relató en la Vida de su maestro.

En cuanto a los últimos cinco años de la carrera de Saladino, Baha-ed-din es una autoridad incomparable, un testigo ocular de lo ocurrido y un amigo íntimo y consejero del sultán. En los períodos anteriores es menos preciso y mucho menos detallado; pero incluso aquí es capaz de relatar de primera mano varios acontecimientos importantes, y su relación cercana con Saladino, sus oficiales y sus parientes debió de proporcionarle gran parte de su información. Es cierto que escribe como un panegirista declarado, pero, aunque a sus ojos el rey no puede equivocarse, es tan franco y sincero en su narración, y escribe de forma tan evidente exactamente lo que vio y pensó, que la biografía no se ha visto perjudicada por la adoración heroica del autor. Lleva el sello inconfundible de la verdad, y su sesgo personal y su hipérbole oriental se pueden descartar fácilmente. Como nuestro único testigo de primera mano de las negociaciones entre Ricardo I y Saladino, la sencilla veracidad de Baha-ed-din es una cualidad especialmente importante.

Si Baha-ed-din es un declarado admirador de los héroes, en la otra fuente principal encontramos un útil contrapeso a la admiración desmedida. Ibn al-Athir tenía todas las razones políticas para condenar al suplantador de sus señores locales, y sus anales contienen críticas al liderazgo militar de Saladino y una o dos acusaciones más graves. Ibn al-Athir, que también era árabe, de la tribu de los Sheyban, era quince años más joven que Baha-ed-din y nació en 1160 en Jezirat-ibn-Omar, a orillas del Tigris, ciudad de la que su padre era wali o prefecto. El historiador pasó la mayor parte de su vida dedicado a un estudio minucioso en Mosul, donde su hermano era un distinguido consejero del atabeg que gobernaba Mesopotamia. Otro hermano ocupaba un cargo en la cancillería de Saladino. Ibn-el-Athir, al igual que Baha-ed-din, estuvo presente cuando Saladino sitió Mosul en 1185, y acompañó al contingente que los príncipes mesopotámicos enviaron posteriormente para unirse al ejército del sultán en su campaña del norte de Siria de 1188; también fue un viajero y, en sus viajes a Damasco, Jerusalén y Alepo, tuvo la oportunidad de verificar su información. Su Historia de los atabegs de Mosul, terminada en 1211, es tan panegírica como la biografía de Saladino escrita por Baha-ed-din, pero es un panegírico de los enemigos de Saladino; su autor nunca podrá perdonarle que suplantara a la dinastía de los atabegs en Siria y que convirtiera incluso al gran señor de Mosul en su vasallo. Así pues, si hay algo que pueda esgrimirse en contra de Saladino, podemos estar seguros de que Ibn al-Athir no lo pasará por alto. Sin embargo, a pesar de este sesgo natural a favor de los antiguos señores y benefactores de su familia, no suele ser injusto. Reconoce los grandes servicios de Saladino al islam y, en su obra posterior, el ‘Kamil’ o ‘Perfección de la Historia’, que abarca hasta tres años antes de su muerte en 1233, muestra un espíritu más imparcial que en su elogio específico de los atabegs de Mosul.

Estos dos historiadores deben considerarse las principales fuentes para una biografía de Saladino; pero hay otros de gran valor para partes o aspectos concretos de su trayectoria. De entre ellos, Imad al-Din de Isfahán, conocido generalmente como al-Katib, «el Escriba», secretario jefe o canciller de Saladino para las provincias sirias, reviste una importancia primordial; pero, por desgracia, solo se ha publicado una pequeña parte de su obra. Acompañó a su señor en el asedio de Acre, y sus escritos, a pesar de su retórica insoportable, tienen el mérito de ser documentos de primera mano. La Autobiografía de Osama, un príncipe y poeta árabe del castillo de Sheyzar, a orillas del Orontes, que fue testigo de la mayor parte del periodo de las Cruzadas desde su nacimiento en 1095 hasta su muerte en 1188, ofrece un vívido retrato de la época; pero, aunque en su vejez vivió durante algunos años en Damasco en frecuente contacto con Saladino, sus recuerdos al respecto resultan decepcionantes: el anciano árabe estaba demasiado absorto en sí mismo como para dedicar mucho espacio a las palabras y los hechos de los demás. Ni Ibn-Khallikan, el asiduo biógrafo de hombres eminentes, ni Abu-Shama, autor de ‘Los dos jardines’, fueron contemporáneos suyos; pero ambos conocían a personas que conocían a Saladino, y sus escritos a veces suplen lo que faltaba, o amplían lo que era escaso, en los registros contemporáneos.

Entre los cronistas cristianos, tenemos la suerte de contar con la presencia en Palestina del incomparable arzobispo Guillermo de Tiro, cuya ‘Historia’, que supera con creces en viveza, perspicacia y erudición a todos los anales latinos o árabes de la época, aborda los acontecimientos en Oriente desde 1144 hasta 1183 a partir de su conocimiento personal. El arzobispo no dejó ningún sucesor de su misma talla, y el hecho de que no viviera lo suficiente para prolongar su historia diez años más, hasta el final de la Tercera Cruzada, es una pérdida que todo estudioso de la época, y sobre todo el biógrafo de Saladino, debe lamentar. Los diversos continuadores de su obra no pueden presumir de sus grandes cualidades como historiador, pero sus méritos no deben subestimarse, y la Crónica de Ernoul, en particular, aporta valiosos testimonios contemporáneos. Ernoul era escudero de Baliano de Ibelín, quien desempeñó un papel destacado en la Guerra Santa y mantuvo con frecuencia relaciones personales con Saladino; y el escudero, sin duda, acompañó a su señor al memorable campo de batalla de Hattin y, posteriormente, en la defensa de Jerusalén. La narración de Ernoul, repleta de vívidos detalles personales, resulta por tanto extremadamente valiosa, ya que representa el punto de vista cristiano de unos acontecimientos que los escritores árabes describen desde una perspectiva musulmana. También resulta útil, aunque en menor medida, para contrarrestar la exuberante «ricardolatría» del ‘Itinerarium Regis Ricardi’, que constituye nuestra fuente más completa sobre la Tercera Cruzada y que, a pesar de sus exageraciones y su espíritu partidista, es un relato maravillosamente gráfico de las hazañas del héroe inglés.

Estas son, pues, las principales fuentes en las que se basa la presente Vida de Saladino. Casi todas son contemporáneas, y gran parte de la historia la relatan testigos presenciales reales, mientras que en ningún caso se ha recurrido a una fuente que estuviera separada por más de una generación de los acontecimientos que relata. Se incluyen referencias a estas fuentes cuando una afirmación parecía requerir autenticación y, en los últimos capítulos, cuando resulta importante distinguir el testimonio de los testigos cristianos del de los musulmanes, dichas notas a pie de página son frecuentes; pero en la primera parte, donde casi todo se basa en la autoridad de Ibn al-Athir y Baha’ al-Din, solo se proporcionan referencias cuando existe una discrepancia grave entre ambos. En un estudio histórico basado en una investigación original, tal verificación es, por supuesto, esencial; pero cuando no se proporciona ninguna, se espera que se deposite cierta confianza en el biógrafo. No hay ni una sola línea en este volumen que no pueda corroborarse con pruebas prácticamente contemporáneas.

Se ha señalado como extraño que un material tan abundante no se haya utilizado hace tiempo en una biografía exhaustiva de Saladino, pero no sería justo ignorar la admirable labor de M. Marin, «un escritor tan conocido por la dulzura de sus modales como por la amplitud de sus conocimientos y la elegancia de su pluma». El señor Louis François Claude Marin nació en Provenza, donde llegó a ocupar los cargos de censor real y de la policía, y de secretario general de la Librería y de las Academias de Marsella y Nancy. En 1758 publicó, en dos volúmenes duodécimos de encantadora impresión, una ‘Histoire de Saladin, Suithan d’Egypte et de Syrie’ (París, chez Tilliard, Libraire, Quai des Augustins, a l’Image Saint Bendit). El libro parece ser casi desconocido; de lo contrario, seguramente habría encontrado un traductor. A la vez erudita, filosófica y escrita con ese toque ligero con el que los franceses, por excelencia, son capaces de suavizar el efecto pesado de la verdadera erudición, la biografía del Sr. Marin no hace más que leerla para admirarla. Aprovechó al máximo las crónicas de las Cruzadas y la edición de Schultens de Baha-ed-din, y consultó los ‘Atabegs’ de Ibn-el-Athir en un manuscrito árabe conservado en París. En lo que respecta a sus fuentes contemporáneas, es excelente; pero se basó en exceso en autores posteriores y en compilaciones desiguales, aunque eruditas, como la ‘Bibliothèque Orientale’ de Herbelot, y, por supuesto, se ha descubierto y publicado mucho desde su época. Aun así, teniendo en cuenta sus inevitables limitaciones, logró un éxito notable, y el único defecto grave que cabe señalar en su forma de tratar las fuentes de las que pudo disponer es una tendencia a leer más «entre líneas» de lo que el texto realmente justifica. M. Marin empleó con demasiada libertad lo que se denomina «la imaginación histórica» y, a pesar de sus frecuentes referencias a fuentes originales, se puede detectar una «ecuación personal» que debe eliminarse. Es mucho más interesante darse rienda suelta a la hora de escribir historia, pero hay que refrenar la tentación y respetar la letra del texto.

Algunos autores, al abordar la historia de Mesopotamia, han considerado necesario preparar a sus lectores comenzando por el Diluvio. M. Marin consideró que su Vida de Saladino exigía una introducción que se remontara a Mahoma y a la primera predicación del islam. No he puesto a prueba la paciencia del lector de forma tan severa, pero sin una exposición del curso de la historia en Asia occidental durante los siglos XI y XII, la situación política en la que Saladino inició su carrera resultaría incomprensible. Reviste especial importancia la posición alcanzada por su gran predecesor, Zengi, el conquistador de Edesa, cuyas ambiciones frustradas allanaron el camino para los logros imperiales de Saladino. Los capítulos introductorios, sin embargo, se han reducido al mínimo posible.

Los nombres orientales son, naturalmente, un escollo para los lectores occidentales, y el uso de acentos, marcas de longitud, puntos y similares no parece ser de gran ayuda para los no versados en la materia. Por lo tanto, en la presente obra, los nombres se escriben de la forma más sencilla posible, y solo se pide al lector que pronuncie las vocales a la manera italiana. Quienes sientan curiosidad por una transcripción más precisa podrán consultar el índice, donde cada nombre aparece provisto de los acentos y signos distintivos adecuados, y el estudioso podrá convertirlo de inmediato a la grafía árabe. En el texto, se omite generalmente el artículo «el» ante los nombres de ciudades bien conocidos, como el-Mosul o er-Ramla, y se utilizan los nombres occidentales cuando son familiares, como en el caso de Edesa (por er-Ruha), Alepo (por Halab) y El Cairo (por el-Kahira). Cuando una ciudad tiene dos nombres, uno utilizado por los árabes y otro por los «francos» o cruzados, se indican ambos la primera vez que aparece, y se conservan los nombres cruzados mientras el lugar permaneció en manos de los cruzados.

Las tablas de soberanos y príncipes contemporáneos de Asia occidental, de la familia de Saladino y de las principales casas cruzadas ayudarán al lector a comprender la situación política. Los mapas se basan en el «Estudio de Palestina Occidental», en «Siria del Norte» de Thuillier y Rey, y en los geógrafos árabes. Se ha obtenido gran ayuda de la valiosa obra del Sr. Guy Le Stranger sobre «Palestina bajo los musulmanes»; se han consultado las notas aportadas por el general Sir Charles Wilson y el teniente coronel Conder, del Cuerpo de Ingenieros Reales (R.E.), a la traducción de Baha-ed-din realizada por la Palestine Pilgrims’ Text Society; sin embargo, el texto de dicha obra, al no estar traducido directamente del árabe, no se ha citado. El autor está especialmente en deuda con el Sr. T. A. Archer, no solo por su pronta ayuda ante cualquier dificultad que surgiera en relación con las crónicas de las Cruzadas, sino también por el permiso para citar su traducción de partes del Itinerario del rey Ricardo, publicado originalmente en su fascinante librito *La Cruzada de Ricardo I*, de la serie «Historia inglesa según escritores contemporáneos», editada por el profesor York Powell. También quiere expresar su agradecimiento al Sr. E. B. Knobel, antiguo presidente de la Real Sociedad Astronómica, por haber investigado amablemente la cronología de los eclipses registrados durante las campañas de Saladino, y al editor de la Quarterly Review por permitirle reimprimir parte de un artículo sobre «La época de Saladino».


PARTE I.  INTRODUCTORIA

CAPÍTULO I. EL MUNDO DE SALADINO

CAPÍTULO II. LA PRIMERA CRUZADA, 1098

CAPÍTULO III. EL PRESAGIO, 1127

CAPÍTULO IV. LA CAÍDA DE EDESA, 1127-1144

 

PARTE II. EGIPTO, 1138-1174.

CAPÍTULO V. LA JUVENTUD DE SALADINO, 1138-1164

CAPÍTULO VI. LA CONQUISTA DE EGIPTO, 1164-1169

CAPÍTULO VII. VISIR DE EGIPTO, 1169-1171

CAPÍTULO VIII. SALADINO EN EL CAIRO, 1171-1173

 

PARTE III. EL IMPERIO, 1174-1186.

CAPÍTULO IX. LA CONQUISTA DE SIRIA, 1174-1176

CAPÍTULO X. TREGAS Y TRATADOS, 1176-1181

CAPÍTULO XI. LA CONQUISTA DE MESOPOTAMIA, 1181-1183

CAPÍTULO XII. DAMASCO, 1183-1186

 

PARTE IV — LA GUERRA SANTA, 1187-1191

CAPÍTULO XIII. LA BATALLA DE HITTIN, 1187

CAPÍTULO XIV. LA RECONQUISTA DE JERUSALÉN, 1187

CAPÍTULO XV. LA REORGANIZACIÓN EN TIR, 1187-1188

CAPÍTULO XVI. LA BATALLA DE ACRE, 1189

CAPÍTULO XVII. EL ASEDIO DE ACRE, 1189-1191

 

PARTE V — RICHARD Y SALADINO, 1191-1192

CAPÍTULO XVIII. LA PÉRDIDA DE ACRE, 1191

CAPÍTULO XIX. LA MARCHA COSTERA, AGOSTO-SEPTIEMBRE DE 1191

CAPÍTULO XX. A LA VISTA DE JERUSALÉN, SEPTIEMBRE DE 1191-JULIO

CAPÍTULO XXI. LA ÚLTIMA BATALLA EN JAFA, 1192

CAPÍTULO XXII. EN REPOSO, 1192-1193

CAPÍTULO XXIII. SALADINO EN EL ROMANCE


 

PARTE INTRODUCTORIA


CAPÍTULO I. EL MUNDO DE SALADINO.

 

En el año 1132, un ejército desorganizado, huyendo de sus perseguidores, llegó a la orilla izquierda del Tigris. Al otro lado, sobre un escarpado acantilado, se alzaba la inexpugnable fortaleza de Tekrit, defendida por tierra mediante un profundo foso y accesible únicamente a través de unos escalones secretos excavados en la roca que conducían desde el corazón de la ciudadela hasta la orilla del río. La única esperanza de los fugitivos era alcanzar el refugio del castillo, y su destino dependía de la disposición de su guardián. Afortunadamente, este se mostró benévolo y les proporcionó un transbordador con el que cruzaron a un lugar seguro. Los transbordadores del Tigris forjaron la fortuna de la casa de Saladino. El líder en huida que debía su vida a su oportuna ayuda era Zengy, el poderoso señor de Mosul; y más tarde, cuando el triunfo volvió a sus estandartes, no olvidó la deuda que tenía con Tekrit, sino que, siempre consciente de los servicios pasados, llevó a su guardián hacia adelante y hacia lo más alto en la ola de su progreso. Este guardián era el padre de Saladino.

Ayyub (en español, simplemente Job), apodado al estilo de los sarracenos Nejm-ed-din, o «Estrella de la Fe», pueblo belicoso, por regla general impermeable a la civilización y difícil de manejar para los forasteros, pero dotado de muchas virtudes rústicas. Al menos, dieron a luz a Saladino. Su comandante, más afortunado en este momento crítico, aunque oriental y musulmán, pertenecía a la misma gran estirpe aria que nosotros, ya que no era ni árabe ni turco, sino un kurdo del clan Rawadiya, nacido en su aldea de Ajdanakan, cerca de Dawin, en Armenia. Desde tiempos inmemoriales, los kurdos han llevado la misma vida pastoral y salvaje en las zonas montañosas entre Persia y Asia Menor. En su espíritu de clan, su afición al robo, su refinado sentido caballeresco del honor y la hospitalidad, y su incuestionable valentía, se asemejaban a los árabes de los «Días de la Ignorancia» anteriores al islam, o a los escoceses de las Highlands antes de las reformas del mariscal Wade. Siempre han sido un pueblo valiente y distante; de sus antepasados no se sabe nada. Sus biógrafos describen acertadamente a su familia como «una de las más eminentes y respetables de Dawin», pero, aunque fuera cierto, se trataría, como mucho, de una distinción provincial y limitada. Dawin, antiguamente llamada Dabil, fue la capital de la Armenia Interior o del Norte en el siglo X, mucho antes de que Tiflis alcanzara su mayor importancia. Era una gran ciudad amurallada, residencia del gobernador de la provincia, y sus habitantes eran principalmente cristianos, que mantenían un próspero comercio de prendas y alfombras de pelo de cabra que tejían y teñían con el brillante carmesí del gusano kirmiz. Judíos, magos y cristianos convivían allí en paz bajo el dominio de sus conquistadores musulmanes, y la iglesia armenia se erigía junto a la mezquita donde rezaban los musulmanes.

Pero Dawin ya se encontraba en declive cuando el abuelo de Saladino, Shadhy, hijo de Marwan, heredó la posición familiar de «eminencia y respetabilidad»; y, al tener un gran número de hijos, decidió buscarles una carrera en la vida más agitada de Bagdad, donde las cortes del califa y del sultán ofrecían recompensas a los ambiciosos. Shadhy no es más que un nombre; no se sabe nada de su carácter ni de su historia, salvo que tenía un amigo íntimo en el griego Bihruz, quien pasó de ser esclavo en Dawin a ocupar un alto cargo en la corte persa, se convirtió en tutor de los príncipes selyúcidas y fue recompensado con el importante gobierno de la ciudad de Bagdad. Shadhy recurrió a este viejo amigo, y Bihruz, gracias a su amplia influencia, presentó al hijo de su compañero, Ayyub, para el puesto de comandante del castillo de Tekrit. Probablemente toda la familia acompañó al afortunado designado; sin duda, Shadhy y su hijo Shirkuh se unieron a Ayyub; y si este último justificó la confianza de su mecenas con la sabiduría y la prudencia de su gobierno, Shirkuh, siempre precipitado y apasionado, echó por tierra, al parecer, la buena suerte de la familia con un acto de homicidio caballeresco: mató a un sinvergüenza al que no apreciaba; y no estaban dispuestos a pasar por alto la violencia de Shirkuh. Se ordenó a los hermanos que buscaran empleo en otra parte. Partieron de Tekrit, oprimidos por una sensación de desgracia, e interpretaron como un presagio siniestro el hecho de que, precisamente esa misma noche, Ayyub hubiera tenido un hijo. Sin duda, nunca se interpretó peor un augurio; pues el niño cuyos primeros llantos perturbaron los preparativos del viaje aquella noche en el castillo de Tekrit, en el año de la Gracia 1138, era Yusuf, que más tarde se haría famoso en Oriente y Occidente con su apodo de «Honor de la Fe», Salah-ed-din o, tal y como lo escribimos, Saladino.

Antes de intentar relatar adónde llevó Ayyub al pequeño Saladino, o qué les sucedió, debemos echar un breve vistazo a las condiciones políticas en las que el futuro líder de los sarracenos tendría que forjar su carrera. El mundo oriental de aquella época era muy diferente del antiguo imperio del califato; había cambiado radicalmente incluso durante la vida del padre de Saladino. El ardiente celo que al principio había impulsado a los ejércitos del Islam, como un incendio de pradera que avanza a toda velocidad, desde su antiguo campo de reunión árabe hasta el desierto de Sind al este y las aguas del Atlántico al oeste, no había servido para mantener unido, en una organización bien cohesionada, el vasto imperio adquirido de forma tan repentina y asombrosa. El califato duró, en efecto, más de seiscientos años, pero conservó su dominio imperial durante apenas un tercio de ese tiempo. En el siglo VII, los soldados del Profeta árabe habían sometido rápidamente Egipto, Siria, Persia e incluso el país más allá del Oxus, y a principios del siglo VIII completaron su conquista de la costa de Berbería con la anexión de España. Un imperio así, compuesto por razas beligerantes y rivales, y que se extendía por provincias muy distantes entre sí, no podía mantenerse por mucho tiempo en estricta sujeción a un gobierno central que emitía sus órdenes desde Damasco o Bagdad. El procónsul provincial del sistema musulmán era incluso más propenso a adquirir una independencia virtual que su prototipo romano. La propia idea del califato, que era tanto una autoridad eclesiástica como administrativa, animaba a los gobernadores locales a asumir poderes que no eran incompatibles con el homenaje debido a un jefe espiritual; y los cismas religiosos del islam, especialmente la extraña y fanática devoción inspirada por el linaje perseguido de Alí, condujeron por un camino diferente al desmembramiento del Estado.

Ya en el siglo IX, los confines del imperio musulmán estaban en manos de gobernantes que o bien repudiaban la autoridad del califa abasí de Bagdad, o bien, como mínimo, le rendían, en su calidad de Comandante de los Creyentes, un homenaje puramente convencional. La autoridad del califa, o su equivalente árabe, ni siquiera en los tiempos del buen Harún al-Rashid se extendía a España ni a Marruecos, y en Túnez solo suscitaba un respeto condicional. Egipto, por un lado, y el noreste de Persia, por otro, pronto siguieron el ejemplo del extremo oeste, y a mediados del siglo X el poder temporal del califa apenas se extendía más allá de los muros de su propio palacio, dentro de los cuales su autoridad se veía gravemente limitada por la guardia de mercenarios que había importado imprudentemente para su propia defensa. Este estado de impotencia papal se mantuvo sin grandes cambios hasta la extinción del califato de Bagdad a manos de los mongoles en 1258. De vez en cuando, gracias a la debilidad de sus vecinos o al ascendiente personal de algún califa en particular, los abasíes recuperaban temporalmente parte de su poder territorial en el valle del Tigris y el Éufrates; sin embargo, incluso entonces, aunque el califa contara con un ejército más numeroso y poseyera un dominio más extenso que el que había disfrutado su predecesor, su autoridad se limitaba a un estrecho territorio en Mesopotamia, y su influencia, salvo como pontífice del islam, era prácticamente insignificante en el mundo político de Saladino.

Este mundo político estaba prácticamente delimitado por el Tigris al este y el desierto de Libia al oeste. Durante un siglo y medio, antes de que Saladino comenzara a intervenir en los asuntos de Estado, Egipto había estado gobernado por los califas fatimíes, una dinastía cismática que reclamaba la supremacía espiritual por derecho de descendencia de Ah, yerno del profeta Mahoma, y que rechazaba todo reconocimiento del califato abasí de Bagdad. La situación en Siria y Mesopotamia influía aún más directamente en la política de las Cruzadas. La totalidad de estas regiones, desde las montañas del Kurdistán hasta el Líbano, están aliadas con Arabia tanto en lo racial como en lo político. Grandes tribus árabes se establecieron desde tiempos remotos en los fértiles valles de Mesopotamia, donde sus nombres aún se conservan en las divisiones geográficas. Las tribus beduinas vagaban anualmente desde Arabia hasta las tierras de pastoreo del Éufrates, tal y como lo siguen haciendo hoy en día; y muchos clanes se establecieron de forma permanente —y aún lo están— en todas las partes de Siria. La decadencia del califato fomentó naturalmente la fundación de reinos árabes en las regiones dominadas por tribus árabes, y en los siglos X y XI la mayor parte de Siria y Mesopotamia se encontraba bajo su supremacía; pero en el siglo XII todos ellos habían desaparecido. Los árabes permanecieron en sus lugares habituales y acamparon por todo el país hasta los valles altos de Diyar-Bekr, tal y como lo hacen ahora; pero ya no gobernaban las tierras donde pastaban sus rebaños. La supremacía de los árabes en aquellas regiones había terminado para siempre, y había comenzado el dominio de los turcos.

Los turcos que arrasaron Persia, Mesopotamia y Siria a lo largo del siglo XI estaban liderados por los descendientes de Seljuk, un jefe turcomano procedente de las estepas más allá del Oxus. En una rápida sucesión de campañas, primero invadieron la mayor parte de Persia; luego, otras tribus turcas se unieron a sus ejércitos; y toda Asia occidental, desde las fronteras de Afganistán hasta la frontera del Imperio griego y los confines de Egipto, quedó gradualmente unida bajo el dominio selyúcida. Persas, árabes y kurdos se doblegaron por igual ante la abrumadora ola de conquista. Pero, por muy extenso que fuera su dominio, la importancia de la invasión selyúcida va más allá de la mera expansión territorial. Su llegada marcó una época en la historia musulmana al provocar un renacimiento de la fe islámica.

«En el momento de su aparición, el Imperio del califato había desaparecido. Lo que en otro tiempo había sido un reino unido bajo un único gobernante musulmán era ahora un conjunto de dinastías dispersas, ninguna de las cuales, salvo quizá los fatimíes de Egipto (y estos eran cismáticos), era capaz de ejercer un dominio imperial. El predominio del cisma aumentó la desunión de las diversas provincias del imperio desaparecido. Se necesitaba un remedio drástico, y este se encontró en la invasión de los turcos. Estos rudos nómadas, ajenos a la vida urbana y a la indiferencia civilizada hacia la religión, abrazaron el islam con todo el fervor de sus almas rústicas. Acudieron al rescate de un Estado moribundo y lo revivieron. Se abalanzaron sobre Persia, Mesopotamia, Siria y Asia Menor, devastando el país y exterminando todas las dinastías que allí existían; y, como resultado, reunificaron una vez más la Asia musulmana, desde la frontera occidental de Afganistán hasta el Mediterráneo, bajo un único soberano; insuflaron nueva vida al fervor agonizante de los musulmanes, hicieron retroceder a los bizantinos que volvían a invadir el territorio y formaron una generación de guerreros musulmanes fanáticos a quienes, más que a nada, los cruzados debían sus repetidos fracasos».

Melik Shah, el más noble de los emperadores selyúcidas, fue uno de esos gobernantes dotados del poder de imprimir su impronta en su época. Pertenecer a su corte, cumplir sus órdenes, no era solo un honor y un privilegio; era también un aprendizaje de principios. Al servir al sultán, uno se iba pareciendo a él; y así se establecía una norma de conducta, inspirada en la vida del señor real, modelo y ejemplo de la época. Un historiador árabe relata que la opinión pública valoraba a un jefe o gobernador en función del grado en que se ajustara al ejemplo del sultán; y la norma así adoptada no constituía un ideal mezquino de los deberes de un príncipe. La justicia era el principal objetivo de Melik Shah; su mayor esfuerzo consistía en promover la prosperidad de su pueblo. Puentes, canales y caravasares daban testimonio de su apoyo al comercio y a las comunicaciones en todo su reino. Las carreteras eran seguras, y se afirma que dos viajeros podían recorrer el trayecto de Merv a Damasco sin escolta. Generoso y valiente, justo y concienzudo, encarnó el ideal de un príncipe musulmán, y su ejemplo caló hondo en las mentes de sus seguidores.

Por muy grande que fuera su carácter y su habilidad política, Melik Shah debía gran parte de sus principios y de su exitosa organización al hombre aún más sabio que ocupaba el cargo más alto del reino. Nizam-el-mulk figura entre los grandes estadistas de la historia. Sus elogiadores musulmanes se detienen con cariño en sus virtudes espirituales y relatan con devoción cómo era capaz de recitar de memoria todo el Corán a la edad de doce años; pero el testimonio supremo de su capacidad se refleja en la prosperidad y el progreso del gran imperio durante casi un tercio de siglo a su cargo. Su aptitud para los asuntos de Estado iba unida a un profundo conocimiento de la jurisprudencia y a un apoyo ilustrado al saber y la ciencia. Fue él quien animó a Omar Khayyam en sus investigaciones astronómicas —menos famosas hoy en día, pero sin duda no menos importantes que sus conocidas cuartetas— y fundó la famosa escuela Nizamiya en Bagdad. Y fue él quien, en su Tratado sobre los principios de los gobiernos, redactado a instancias de Melik Shah y adoptado por el sultán como su código, expuso una concepción ideal de la realeza que encarna una doctrina intransigente del derecho divino. El soberano, sostiene, es sin duda el ungido de Dios; pero la doctrina se ve matizada por una firme insistencia en la responsabilidad del rey ante Dios por cada detalle de su conducta hacia los súbditos confiados a su protección. «Porque a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá», es el principio del visir, al igual que lo fue de un Maestro superior antes que él, y su ideal de un verdadero monarca tiene el sabor de un consejo de perfección. Define el carácter de un rey mediante una cita de una antigua anécdota persa:

«Debe dominar el odio, la envidia, el orgullo, la ira, la lujuria, la codicia, las falsas esperanzas, la polémica, la mentira, la avaricia, la malicia, la violencia, el egoísmo, la impulsividad, la ingratitud y la frivolidad; debe poseer las cualidades de la modestia, la ecuanimidad, la gentileza, la clemencia, la humildad, la generosidad, la firmeza, la paciencia, la gratitud, la compasión, el amor por el conocimiento y la justicia».

Se afirma que un juicio sensato es más útil para un rey que un poderoso ejército. Se le advierte que evite el favoritismo y las recompensas desproporcionadas, que se abstenga del exceso de vino y de la frivolidad impropia de un rey, y se le recomienda que sea estricto en el ayuno, la oración, la limosna y todos los ejercicios religiosos. En toda circunstancia debe «observar el justo medio»; pues el Profeta del Islam dijo, citando inconscientemente a Aristóteles, que en todas las cosas hay que seguir «el justo medio».

La característica más llamativa del sistema de gobierno esbozado por Nizam al-Mulk es su constante insistencia en los deberes del soberano hacia sus súbditos, así como los elaborados mecanismos de control sugeridos para la detección y el castigo de la corrupción y la opresión oficiales. Dos veces por semana, el sultán estaba obligado a celebrar una audiencia pública, en la que cualquiera, por muy humilde y desconocido que fuera, podía acudir a presentar sus quejas y exigir justicia. El sultán debía escuchar estas peticiones él mismo, sin ningún intermediario, prestar atención con paciencia y decidir cada caso de acuerdo con la equidad. Se recomiendan diversas precauciones para garantizar el libre acceso del súbdito al rey. Se cita el ejemplo de un soberano persa que celebraba audiencias a caballo en medio de una llanura, de modo que todos pudieran verlo y acercarse a él, al eliminarse así los obstáculos de «puertas, barreras, vestíbulos, pasadizos, cortinas y chambelanes celosos». Otro rey obligaba a todos los solicitantes a vestir trajes rojos, para poder distinguirlos y apartarlos para una audiencia privada; y se elogia el ejemplo de un príncipe samánida que permaneció sentado solo y sin escolta toda la noche, en medio de una fuerte nevada, en la gran plaza de Bujará, con la esperanza de que algún súbdito oprimido, al que quizá hubieran rechazado sus chambelanes, lo viera y acudiera en busca de reparación.

Se debían tomar medidas extraordinarias para que la mala administración de los gobernadores locales no pasara desapercibida:

«Cuando se nombre a un funcionario para un cargo, que sea benevolente con las criaturas de Dios. No se les debe exigir más de lo que es justo, y se les debe exigir con gentileza y consideración. Los impuestos nunca deben reclamarse antes del día legal fijado; de lo contrario, el pueblo, bajo la presión de la necesidad, venderá sus bienes a mitad de precio y acabará arruinado y disperso».

Se recomienda la inspección constante de los recaudadores de impuestos y otros funcionarios, y se deben imponer castigos severos a los injustos. «Los espías», dice, «deben recorrer perpetuamente los caminos de las distintas provincias, disfrazados de comerciantes, derviches, etc., y enviar informes de lo que oigan, para que nada de lo que ocurra quede sin saber». Otra precaución consistía en cambiar a todos los recaudadores de impuestos y agentes cada dos o tres años, para que no se arraigaran ni se volvieran prepotentes en sus cargos. Además, se nombraban inspectores de gran integridad, por encima de toda sospecha, pagados por el erario público y no con los impuestos locales, para vigilar todo el imperio; «las ventajas que aporta su rectitud compensarán cien veces sus salarios». Un sistema rápido y regular de mensajeros postales mantenía una comunicación ágil entre los inspectores y el Gobierno. Por último, se garantizaba la buena conducta de los jefes vasallos mediante el envío de rehenes, que se renovaban cada año, a la corte imperial, donde se mantenía constantemente detenidos a no menos de quinientos.

Estas disposiciones para una administración justa y una inspección frecuente resultaban aún más necesarias en un imperio fundado sobre una organización militar, en el que el gobierno estaba en manos de extranjeros. El poder selyúcida se apoyaba en un ejército compuesto, en gran medida, por soldados a sueldo o comprados, y comandado por esclavos de la casa real. No se podía confiar a los hombres libres altos mandos, al menos en las provincias lejanas; de los persas y árabes nativos no cabía esperar, por regla general, que trabajaran lealmente para sus conquistadores turcos; y resultaba más seguro confiar en la fidelidad de los esclavos criados en la corte, en estrecha relación de devoción personal hacia los príncipes selyúcidas. Estos esclavos blancos o mamelucos, en su mayoría originarios de Kipchak y Tartaria, formaban la guardia personal del sultán, ocupaban los cargos principales de la corte y el campamento, y, ascendiendo paso a paso según sus méritos y cualidades personales, acababan por ganarse la libertad y el poder. Se les recompensaba con concesiones de castillos, ciudades e incluso provincias, que poseían en nombre de su señor, el sultán, a cambio de prestar servicio militar. Todo el imperio se organizaba sobre esta base feudal, que parece haber sido habitual entre los turcos, y que fue heredada de los selyúcidas y llevada a Egipto por Saladino, donde fue mantenida durante siglos por los sultanes mamelucos. La mayor parte de Persia, Mesopotamia y Siria se dividió en feudos militares y fue gobernada por capitanes selyúcidas —antiguos esclavos de la guardia personal mameluca— que los poseían en pleno dominio mediante cartas patentes, revocables a voluntad del sultán, y que recaudaban y vivían del impuesto sobre la tierra, con la única condición de proporcionar tropas cuando el sultán lo ordenara.

Los feudatarios más importantes, a su vez, arrendaban partes de sus feudos a subvasallos, que estaban obligados a proporcionar tropas a su señor feudal, del mismo modo que este debía llevar a sus vasallos en apoyo de su soberano. Se menciona un método primitivo de convocar a los contingentes militares, consistente en enviar una flecha de campamento en campamento o de pueblo en pueblo, a modo de señal de reunión. Tras una campaña, las tropas feudales eran despachadas a sus hogares, adonde siempre se retiraban durante el invierno, con el compromiso de reincorporarse a las filas en primavera. En el intervalo, un general se veía obligado a conformarse con sus propios seguidores inmediatos, su guardia personal y cualquier mercenario al que se pudiera convencer para que permaneciera en el campo de batalla. Saladino, como se verá, observaba invariablemente esta costumbre. Cuando vivían en sus tierras, a los vasallos solo se les permitía recaudar el impuesto legal, que al parecer ascendía a aproximadamente una décima parte de la producción, y se les ordenaba estrictamente que no oprimieran al pueblo ni se apoderaran de sus bienes. «La tierra y sus habitantes pertenecen al sultán», escribió el gran visir, «y los señores feudales y los gobernadores no son más que una guardia destinada a su protección». Sin duda, mientras el Imperio selyúcida se mantuvo unido, la omnipresente red de espías mantuvo a raya la arbitrariedad y la corrupción; pero cuando no existía un gobierno supremo, durante los tiempos turbulentos que precedieron al establecimiento del dominio organizado de Nur ad-Din y Saladino, el feudalismo debió de traer consigo mucha miseria, en lugar de «protección». Leemos constantemente que los barones o emires partían a la guerra, seguidos por sus vasallos, y era muy probable que una comitiva de este tipo se topara con una tropa rival en algún punto de los accidentados caminos de Mesopotamia, con el resultado habitual de una escaramuza, tal vez una victoria, y luego matanza y saqueo. La vida del pastor, del labrador y del comerciante debió de ser bastante agitada, y no poco precaria, en medio de la valerosa actividad de los jefes vecinos; y los preceptos equitativos de Melik Shah y de su sabio visir debieron de quedar a menudo olvidados en el fragor de la victoria.

El cronista árabe, sin embargo, por muy propenso que sea a detenerse en las hazañas bélicas, nunca pasa por alto del todo la situación de la población pacífica; y cabe destacar que, al ensalzar las virtudes de un gran señor, pone de relieve la justicia y la mansedumbre que este mostraba hacia sus súbditos. El «Halcón gerifalte» (Ak-Sunkur) de Mosul es admirado como un gobernante sabio y protector de su pueblo. Reinaba una justicia perfecta en todos sus dominios; los precios en los mercados eran bajos; las carreteras, absolutamente seguras; y prevalecía el orden en todas partes. Su política consistía en hacer que la región pagara por sus propias fechorías, de modo que, si saqueaban una caravana, las aldeas más cercanas tenían que compensar la pérdida, y toda la población se convertía así en una policía universal para la protección de los viajeros. Se dice de este buen gobernador que nunca rompió su palabra, y lo mismo podría decirse de más líderes musulmanes que cristianos de la época de las Cruzadas. El ejemplo de un jefe justo y virtuoso inspira naturalmente la emulación entre sus vasallos, y no es difícil, en muchos casos, rastrear los efectos de tales influencias. El esfuerzo constante de un gran barón consistía en rodearse de un cuerpo leal de vasallos y feudatarios menores, en quienes pudiera confiar para que apoyaran sus armas, ampliaran sus dominios y llevaran a cabo su política en la gestión de sus dominios. De su lealtad dependía la sucesión de su familia. Cuando un barón fallecía, sus vasallos y mamelucos se unían en torno a su heredero, le aseguraban la sucesión en el feudo y lo mantenían en el trono. Sin embargo, ningún gobernante débil tenía cabida en aquella época agitada; debía ser fuerte en la guerra y firme en la paz. A veces ocurría que un emir no lograba satisfacer las exigencias o conservar la lealtad de sus seguidores, quienes entonces pasaban a servir a un señor más popular.

A pesar de su carácter militar y de la belicosidad de muchos de sus líderes, nada es más destacable en la civilización selyúcida que la gran importancia que se concedía a la educación y al saber. Aunque ya existían centros de enseñanza superior en los países musulmanes, debemos atribuir al mecenazgo selyúcida —y, sobre todo, a la influencia de Nizam al-Mulk— las grandes mejoras en la oferta educativa en Oriente durante los siglos XI y XII. La célebre madraza o universidad Nizamiya de Bagdad, fundada por el propio visir, fue el centro desde el que se irradió un entusiasmo por el saber por toda Persia, Siria y Egipto, donde se unió a una corriente afín de erudición procedente de la universidad Al-Azhar de El Cairo. «Fundar una universidad era un acto tan piadoso entre los príncipes selyúcidas como construir una mezquita o conquistar una ciudad a los infieles». El mismo espíritu llevó a los grandes vasallos y a las numerosas dinastías que surgieron tras la decadencia del poder selyúcida a dedicar especial atención a las cuestiones educativas, y en la época de Saladino, Damasco, Alepo, Baalbek, Emesa, Mosul, Bagdad, El Cairo y otras ciudades se habían convertido en tantos focos de energía erudita. Los profesores viajaban de una escuela a otra, al igual que nuestros propios eruditos medievales vagaban de una universidad a otra. Muchos de estos hombres cultos y ministros de Estado (ambos cargos solían estar unidos) eran descendientes o funcionarios de la casa de los sultanes selyúcidas. El atabeg Zengy de Mosul, con toda su enorme energía y talento militar, difícilmente habría podido mantener las riendas de su vasto imperio sin la ayuda de su visir y mano derecha, Jemaleddin, apodado el-Jawad, «el Generoso», cuyo abuelo había sido cuidador de los leopardos de caza en las caballerizas del sultán Melik Shah. Administró con tanta habilidad los diversos gobiernos que se le fueron confiando sucesivamente, y tan encantadores eran sus modales y su conversación, que Zengy lo acogió en la intimidad de su amistad y lo ascendió al cargo de inspector general de su principado y presidente del Diván o Consejo de Estado. Su salario era una décima parte de los productos de la tierra y gastaba su riqueza en una caridad sin límites; atendía generosamente las necesidades de los peregrinos en La Meca y Medina; construía acueductos y restauraba mezquitas; y mantenía una gigantesca lista de pensionistas. Cuando murió, «el aire resonaba con los lamentos de las viudas y los huérfanos y de los innumerables pobres que lo habían aclamado como benefactor».

Las filas de los sabios y eruditos se nutrían de todas las partes del mundo musulmán. Profesores de Nishapur deleitaban al público en Damasco. Místicos persas como es-Suhrawardy se reunían con tradicionistas como Ibn-Asakir, a cuyo funeral asistió el propio Saladino en 1176. Ese mismo año llegó a El Cairo un forastero procedente de Xativa, en la lejana Andalucía, atraído hacia el este por la fama del renacimiento de las letras; se trataba de Ibn-Firro, quien había compuesto un voluminoso poema de 1173 versos sobre las variae lectiones del Corán, simplemente «para mayor gloria de Dios». Esta maravilla de la erudición confesaba con modestia que su memoria estaba sobrecargada con suficientes ciencias como para doblegar a un camello. Sin embargo, cuando se trataba de dar conferencias ante su numeroso público, nunca pronunciaba una palabra superflua. No era de extrañar que el Qadi al-Fadil, juez supremo y gobernador de Egipto bajo Saladino, lo alojara en su propia casa y lo enterrara en su mausoleo privado. La presencia de tales filósofos atenuaba con serena sabiduría el fuego impetuoso de los jefes depredadores. Muchos de los grandes soldados de aquella época se deleitaban en la compañía de hombres cultos; y aunque el victorioso atabeg pudiera exclamar que para él «el estruendo de las armas le era mucho más querido que la música de los dulces cantantes, y medir fuerzas con un adversario digno le proporcionaba mayor deleite que jugar con una amante», sin embargo amaba la compañía de su sabio consejero el-Jawad. Su sucesor, Nureddin, se dedicaba a la compañía de los eruditos, y poetas y hombres de letras se reunían en torno a su corte; mientras que Saladino encontraba un placer especial en la conversación de teólogos serios y juristas solemnes. Ni siquiera el barón más sanguinario de todos ellos podía prescindir de su poeta e historiador. Lo mismo ocurrió en siglos posteriores con los sultanes mamelucos de Egipto. Por muy bárbaros y salvajes que parecieran, propensos a actos sangrientos y a la traición, amaban las artes, fomentaban las bellas letras y embellecieron El Cairo con su exquisita arquitectura. Parecería que en Oriente, en cualquier caso, la violencia puede ir de la mano del gusto y la cultura, y no fue solo Saúl cuyo mal humor se aliviaba con la música de dulces cantantes.

Los efectos del dominio selyúcida se extendieron por todas partes; pero la propia dinastía tuvo una vida efímera. Menos de medio siglo después de haber entrado en Persia como conquistadores, la vasta estructura que habían planeado con audacia y mantenido espléndidamente se fragmentó. Tres emperadores selyúcidas sucesivos mantuvieron sus inmensos dominios bajo su gobierno personal sin temor a rivalidades ni revueltas; pero cuando Melik Shah murió en 1092, estalló una guerra civil entre sus hijos y el imperio quedó dividido. Los selyúcidas continuaron gobernando en Nishapur, Isfahán y Kerman; los selyúcidas en Damasco y Alepo; los selyúcidas en Anatolia; pero eran troncos separados del poderoso tronco, incapaces de resistir por mucho tiempo a las fuerzas que les presionaban desde dentro y desde fuera. Su derrocamiento fue la consecuencia inevitable de su organización feudal; cayeron víctimas de su propia trampa. Los esclavos que importaron para su defensa se convirtieron en sus destructores, y los grandes feudos que habían construido para la protección del imperio resultaron ser su principal peligro. El principal defecto del feudalismo europeo era igualmente evidente en el sistema selyúcida. El esclavo debía servicio a su amo, el vasallo estaba vinculado a su señor supremo, pero el servicio y la lealtad no se extendían más allá del superior inmediato. Si un vasallo principal se veía lo suficientemente fuerte como para rebelarse contra su señor supremo, sus seguidores, subvasallos y esclavos le seguían; no debían servicio alguno al señor supremo. Tampoco existía ningún equivalente a un juramento directo de lealtad al soberano, aunque a veces se observa el sentimiento de lealtad que llevaba a los subvasallos a abandonar a un señor feudal rebelde y pasarse al bando de la Corona. A medida que el poder soberano se debilitaba, este sentimiento dejó de surtir efecto, y los grandes feudatarios pudieron fundar sus propios reinos independientes con la plena conformidad de sus vasallos. Cuando el imperio se dividió contra sí mismo, los capitanes que habían librado sus batallas y cosechado sus recompensas se convirtieron en príncipes independientes; los mamelucos que habían obtenido victorias para sus emperadores se convirtieron en regentes o gobernadores (atabegs) de los herederos de sus emperadores; y la función delegada se sustituyó en breve por los plenos derechos de soberanía y la transmisión de la realeza hereditaria.

En el siglo XII, la mayor parte del Imperio selyúcida estaba en manos de pequeños soberanos que habían ascendido desde las filas de los mamelucos y habían convertido sus feudos en estados independientes. En Persia, y más allá del Oxus, un copero y un mayordomo habían fundado poderosas dinastías; y los esclavos de estos esclavos, una generación de «caballeros de los caballeros», habían establecido pequeños principados en los confines de los dominios de sus amos. De este modo, un esclavo se convirtió en regente del heredero de su amo y, a la muerte de este, asumió poderes reales en Damasco; así, Zengy, fundador de la larga estirpe de atabegs de Mosul, era hijo de uno de los esclavos de Melik Shah; y los Ortukidas y otros dinastas locales de Mesopotamia remontaban su fortuna a un origen similar. Por muy servil que fuera su origen, el linaje no conllevaba ningún sentido de ignominia. En Oriente, a menudo se considera que un esclavo es mejor que un hijo, y haber sido esclavo de Melik Shah constituía un motivo especial de respeto. Los grandes vasallos esclavos de los selyúcidas eran tan orgullosos y honorables como cualquier bastardo de la aristocracia medieval; y cuando, a su vez, asumían poderes reales, heredaban y transmitían a su linaje las altas tradiciones de sus antiguos señores. Los atabegs de Siria y Mesopotamia continuaron la labor civilizadora iniciada por el sabio visir de Melik Shah. Es cierto que dicha labor se vio interrumpida por disputas internas, pero su principal obstáculo durante el siglo XII provino de las Cruzadas.

 

CAPITULO II . LA PRIMERA CRUZADA. 1098

 

MELIK SHAH, el gran sultán selyúcida, murió en 1092, y de inmediato estalló una guerra civil entre sus hijos. Cuatro años más tarde, la Primera Cruzada inició su marcha hacia el este; en 1098 se tomaron las grandes ciudades de Edesa y Antioquía, así como numerosas fortalezas; en 1099, los cristianos recuperaron la posesión de la propia Jerusalén. En los años siguientes, la mayor parte de Palestina y la costa de Siria —Tortosa, Acre, Trípoli y Sidón— cayeron en manos de los cruzados, y la conquista de Tiro en 1124 marcó el apogeo de su poder. Este rápido triunfo se debió en parte a la superioridad física y al valor personal de los hombres del norte, pero aún más a la falta de una resistencia organizada. Nizam-el-Mulk había fallecido antes que su señor, y no había ningún estadista competente para resolver las diferencias entre los herederos del emperador. Mientras los príncipes selyúcidas se disputaban la corona en luchas fratricidas, los grandes vasallos, aunque en camino hacia la independencia, aún no eran conscientes de su poder: todos luchaban por los fragmentos de la diadema rota, cada uno recelaba de su vecino, pero ninguno era aún lo suficientemente audaz como para liderar. Los fundadores de las dinastías se encontraban en el campo de batalla, pero las dinastías aún no se habían fundado. La autoridad selyúcida seguía siendo nominalmente suprema en Mesopotamia y el norte de Siria, y los numerosos gobernadores de ciudades y guardianes de fortalezas apenas empezaban a descubrir que dicha autoridad no era más que el eco de un nombre sonoro, y que el dominio estaba al alcance del más fuerte.

Era una época de incertidumbre y vacilación —de asistencia atónita a las últimas agonías de un poderoso imperio—; un interregno de caos hasta que las nuevas fuerzas hubieran reunido su poder; en resumen, era el momento preciso en el que una invasión exitosa desde Europa. Una generación antes, el poder selyúcida era inexpugnable. Una generación más tarde, un Zengi o un Nur ad-Din, firmemente afianzados en las sedes sirias de los selyúcidas, probablemente habrían empujado a los invasores al mar. Una estrella afortunada llevó a los predicadores de la Primera Cruzada a aprovechar una oportunidad cuya importancia apenas comprendían. Pedro el Ermitaño y Urbano II eligieron el momento propicio con una sagacidad tan infalible como si hubieran realizado un profundo estudio de la política asiática. Las Cruzadas se abrieron paso como una cuña entre la madera vieja y la nueva, y durante un tiempo parecieron partir en astillas el tronco del imperio musulmán.

Siete años antes del nacimiento de Saladino, cuando Fulco de Anjou ascendió al trono de Jerusalén en 1131, el Reino Latino aún se encontraba en su apogeo. Siria y la Alta Mesopotamia yacían a los pies de los cruzados, cuyas incursiones, casi a diario, se extendían desde Maridin y Amid, en Diyar-Bekr, hasta el-Arish y «el arroyo de Egipto». Sin embargo, el país no estaba realmente sometido. Los cruzados se contentaban con una ocupación parcial y, aunque controlaban las tierras costeras y muchas fortalezas del interior, hasta el Jordán y el Líbano, no se dedicaron seriamente a una conquista a fondo. Las grandes ciudades —Alepo, Damasco, Hama, Emesa— seguían en manos musulmanas y nunca fueron tomadas por los cristianos, aunque su conquista sin duda habría sido posible en más de una ocasión crítica. La única gran ciudad que los cruzados controlaban en el interior, además de Jerusalén, era Edesa, y esta la perderían pronto. El Reino Latino, con sus principados, condados, baronías y feudos subordinados, fue más una ocupación armada que una conquista sistemática; sin embargo, incluso como ocupación resultó ineficaz. En el momento de su máxima extensión, el dominio «franco» se extendía a lo largo de una franja de más de quinientas millas de norte a sur, pero rara vez superaba, y a menudo no alcanzaba, las cincuenta millas de ancho. En el norte, el condado de Edesa (er-Ruha, Orfa) se extendía desde (y a menudo más allá de) las fronteras de Diyar-Bekr hasta un punto no muy al norte de Alepo, e incluía feudos tan importantes como Saruj, Tell-Bashir (Turbessel), Samosata y Ayn-Tab (Hatap). Al oeste y al sur del condado de Edesa se encontraba el principado de Antioquía, que en su momento incluyó a Tarso y Adana en Cilicia, pero que por lo general se extendía desde el Piramo (río Ceyhan) a lo largo de la costa turca hasta un poco al norte de Margat, y hacia el interior hasta cerca de las ciudades musulmanas de Alepo y Hamá; entre sus principales feudos se encontraban Atharib (Cerep), Maarra, Apamea, con el puerto de Ladikiya (Laodicea). Más al sur aún de Antioquía se encontraba el condado de Trípoli, una estrecha franja entre el Líbano y el Mediterráneo, que incluía Margat (Markab), Tortosa, Crac de los Caballeros,Trípoli y Jubeyl. Por encima de todos estos estados, como señor supremo, se encontraba el rey de Jerusalén, cuyos propios dominios se extendían desde Beirut, pasando por Sidón, Tiro, Acre, Cesarea, Arsuf y Jaffa, hasta la fortaleza fronteriza egipcia de Ascalón, y estaban delimitados, en general, al este por el valle del Jordán y el mar Muerto. Las principales subdivisiones eran el condado de Jaffa y Ascalón (que incluía también las fortalezas de Ibelin, Blanche Garde y Mirabel, y las ciudades de Gaza, Lida y Ramla); el señorío de Karak (Crac) y Shaubak (Mont Real), dos fortalezas periféricas más allá del Mar Muerto, que cortaban la ruta de las caravanas de Damasco a Egipto; el principado de Galilea, que incluía Tiberíades, Safed, Kaukab (Belvoir) y otras fortalezas; el señorío de Sidón; y los feudos menores de Torón, Beysán (Bet-shán), Nablus, etc.

 

Un vistazo al mapa basta para comprobar que una gran parte de estas posesiones cristianas se encontraba a un día, o como mucho a dos días, de marcha de una ciudad musulmana o de un fuerte guarnecido, desde donde cabía esperar frecuentes incursiones en represalia por las incursiones de los francos. La autobiografía de uno de los contemporáneos más mayores de Saladino, el árabe Osama, revela un estado perpetuo de enfrentamientos de guerrilla, que se alternaban con períodos de relativa cordialidad y tranquilidad. La tendencia general de los colonos originales de la Primera Cruzada se orientaba, sin duda, hacia unas relaciones amistosas con sus vecinos musulmanes. La gran mayoría de los labradores de los territorios cristianos eran, por supuesto, musulmanes, y el contacto constante con ellos, así como las relaciones sociales y domésticas de la naturaleza más íntima, tendían a disminuir los puntos de diferencia y a poner de relieve los intereses y virtudes comunes. En la actualidad, una familia europea rara vez puede llegar a la tercera generación en Oriente sin acabar más o menos orientalizada. Los primeros cruzados, tras treinta años de residencia en Siria, se habían asimilado en gran medida, en carácter y costumbres, al pueblo al que habían conquistado en parte, entre el que vivían y cuyas hijas no desdeñaban casarse; se estaban convirtiendo en levantinos; se les conocía como criollos. Los musulmanes, por su parte, no eran mucho menos tolerantes; difícilmente podían aprobar el matrimonio con los «politeístas», como llamaban a los trinitarios; pero estaban perfectamente dispuestos a trabajar para ellos y a cobrar su salario, y a más de un gobernante musulmán le resultaba conveniente formar alianzas con los francos incluso contra sus vecinos musulmanes.

Encontramos esta interesante aproximación entre las razas rivales claramente reflejada en las fascinantes memorias del nonagenario Osama, el príncipe árabe de Sheyzar. Como testigo histórico, Osama tuvo suerte con su época. Nació en 1095, tres años antes de que la toma de Antioquía proporcionara a los francos el punto de apoyo desde el que avanzaron hacia la conquista de Jerusalén; y murió en 1188, cuando la Ciudad Santa acababa de ser reconquistada por Saladino. Fue testigo de casi todo el curso, el flujo y reflujo, del esfuerzo cruzado. Su larga vida, de noventa y tres años, abarcó todo el período del dominio latino en Jerusalén, y por muy poco se perdió la cruzada de Ricardo Corazón de León. Su familia, los Beny Munkidh, eran los señores hereditarios de la fortaleza rocosa de Sheyzar, cuyas murallas aún se alzan sobre el Orontes. Por muy fuerte que fuera el castillo —protegido por un escarpado acantilado de las montañas de Ansariya, al que solo se podía acceder por un sendero ecuestre que cruzaba el río, atravesaba luego un túnel excavado en la roca y estaba protegido de nuevo por un profundo foso que cruzaba un puente de tablones—, —, su ubicación en las inmediaciones de guarniciones cristianas, a medio camino entre los centros cruzados de Antioquía y Trípoli, la ponía en peligroso contacto con las incursiones que pasaban constantemente bajo sus almenas.

Sheyzar era uno de esos pequeños estados fronterizos, entre el mundo musulmán y el cristiano, que encontraban su política más segura en moderar la ortodoxia con la diplomacia. No se podría haber elegido mejor puesto de observación desde el que contemplar la lucha que se libró sin cesar a lo largo del siglo XII; no se podría encontrar testigo más competente ni más oportuno que el jefe árabe que observaba la contienda desde su torre de mando de Sheyzar. Conocía a todos los grandes líderes de la guerra y a menudo participaba en la refriega. Su primera batalla la libró bajo el mando de aquel turcomano belicoso, Il-Ghazy, el hombre que, antes de la llegada de Zengy, hizo más que nadie por sembrar el pánico entre las filas cristianas. Osama sirvió bajo las órdenes del propio Zengy y estuvo presente en la famosa huida a través del Tigris hacia Tekrit, cuando el oportuno socorro de Ayyub cambió el destino de la casa de Saladino. Había visto a Tancredo más de una vez, cuando el príncipe lideró un asalto contra Sheyzar; y recordaba el hermoso caballo que el cruzado recibió como regalo de su castellano. El rey Balduino du Bourg estuvo prisionero en la fortaleza durante algunos meses en 1124 y recompensó la amabilidad de su anfitrión incumpliendo todos sus compromisos en cuanto fue liberado. Joscelin de Courtenay fue otra figura muy conocida en las expediciones armadas que cruzaban en procesión perpetua el Orontes; el autor de la autobiografía llegó incluso a ver al emperador Juan Comneno sitiar su propio nido en la «Cresta de Gallo». Más tarde visitó al rey Fulco en Acre y le explicó a través de un intérprete —pues Osama no conocía la lengua franca— que él también, aunque fuera árabe, podía llamarse «caballero, a la manera de mi raza y mi familia; pues lo que admiramos en un caballero es que sea delgado y alto». El círculo de conocidos de Osama tampoco se limitaba a personajes tan ilustres como aquellos con los que se cruzaba en Sheyzar o a los que visitaba durante sus breves incursiones en territorio franco. Vivió durante largos años en Damasco, en la corte de Nur al-Din, para quien mantuvo una correspondencia diplomática con Egipto; durante un tiempo fue huésped del califa fatimí en El Cairo y cultivaba un feudo cercano, en Kom Ashfin, donde criaba doscientas cabezas de ganado, mil ovejas y obtenía abundantes cosechas de cereales y fruta; y en sus últimos días mantuvo una estrecha amistad con Saladino, quien disfrutaba de su poesía y de sus recitaciones improvisadas.

Osama traza una línea de distinción clara entre los francos asentados —las familias de los primeros cruzados, que se habían acostumbrado a la vida oriental y entablado amistad con sus vecinos musulmanes— y los recién llegados, un grupo de peregrinos intolerantes y aventureros necesitados, cuyo celo indiscreto y ansia de saqueo enturbiaron la buena relación que se había establecido entre las dos religiones en Palestina. «Esos francos —dice— que han venido a establecerse entre nosotros y han cultivado la convivencia con los musulmanes son muy superiores a los demás que se han unido a ellos recientemente… Los recién llegados son invariablemente más inhumanos que los colonos más antiguos, que se han familiarizado con los mahometanos». Las amistades personales eran frecuentes entre los cruzados asentados y los musulmanes vecinos, y no era raro que un mahometano disfrutara de la hospitalidad de un caballero cristiano. El propio Osama tenía conocidos entre los templarios, a quienes llamaba sus «amigos» y a quienes prefería por encima de todos los demás francos. Cuando visitó Jerusalén, le cedieron uno de sus oratorios, cerca de la mezquita cristianizada de Al-Aqsa, para que allí rezara sus oraciones musulmanas; paseó con ellos por el Santuario y le llevaron a la Cúpula de la Roca y a la Casa de la Cadena. Tampoco escatima elogios hacia la hospitalidad de los caballeros de San Juan. Fue testigo de un juicio por combate y de juicios por agua, lo que no aumentó su respeto por la jurisprudencia cristiana, y no puede ocultar su indignación ante las frecuentes violaciones de la fe jurada por parte de los cruzados, que rara vez respetaban los pactos con los «infieles». Aunque admira generosamente su valor, hace especial hincapié en sus tácticas defensivas, sus movimientos cautelosos y ordenados, sus precauciones contra emboscadas y sorpresas, y su autocontrol tras la victoria al privarse de los placeres de una persecución desenfrenada. Sin embargo, como un oriental serio, no puede aprobar la alegría ociosa, las carcajadas joviales y la búsqueda desenfrenada del placer que observó entre los francos de todos los rangos. Un caballero oriental nunca puede comprender las payasadas infantiles ni las amplias sonrisas entre hombres de sentido y posición. Menos aún puede tolerar la más mínima manifestación pública de esa suave pasión que, como buen musulmán, oculta tras las cortinas de su harén. No tiene paciencia con la asombrosa libertad que los maridos cruzados conceden a sus esposas.

«No saben lo que significa el honor», escribe, «ni tampoco los celos. Si pasean por la calle con sus esposas y se encuentran con otro hombre, dejan que este le coja de la mano a la mujer y se la lleve a un lado para hablar, mientras el marido se mantiene al margen hasta que termine la conversación. Si la dama la alarga demasiado, su esposo se marcha y la deja sola con su amigo».

Era poco probable que una escena tan pacífica de tolerancia mutua y buena voluntad entre cristianos y musulmanes durara mucho tiempo. El primer soplo de fanatismo, por supuesto, haría añicos toda esta delicada telaraña. Y vino de ambos bandos. A medida que los primeros cruzados se volvían más tolerantes y tolerantes —por no decir descuidados y licenciosos—, los visitantes posteriores encontraban más motivos para hacer gala de su celo. A una aventura política y a una anexión militar les siguió una época de peregrinaciones piadosas, acompañadas de un saqueo apenas velado. Tan pronto como los primeros cruzados convirtieron Palestina en un terreno seguro para los turistas devotos, los santuarios se vieron asediados por peregrinos cuya experiencia más limitada no podía tolerar la tolerancia mundana que habían adoptado los primeros colonos cristianos. Al fanatismo de los intolerantes sinceros se sumó la anarquía de los peregrinos-aventureros, mercenarios que disfrazaban su ansia de saqueo bajo una pía apariencia. Ambas clases exasperaban a la población musulmana e incitaban a los líderes cruzados a realizar incursiones sin provocación previa. Al describir la situación a finales del primer cuarto del siglo XII, un historiador musulmán afirma:

«Los francos asaltaban el país día tras día; causaban un daño indescriptible a los musulmanes y les traían ruina y desolación… Sus incursiones se adentraban en Diyar-Bekr, hasta Amid; no perdonaban ni a ortodoxos ni a herejes; en Mesopotamia despojaban al pueblo de toda la plata y los objetos de valor que poseían. En cuanto a Harran y Rakka, las oprimieron con desprecio y vergüenza, y les hicieron beber a diario de la copa de la muerte... Todos los caminos hacia Damasco quedaron cortados, salvo el que pasa por Rahba y el desierto, y los comerciantes y viajeros se vieron obligados a soportar los peligros y las fatigas de un largo viaje a través de los páramos, con la vida y sus bienes en peligro a causa de los beduinos errantes. Los francos llegaron incluso a extorsionar a todas las ciudades de su entorno, y llegaron tan lejos como a enviar agentes a Damasco para liberar a los esclavos cristianos. En Alepo obligaron a los habitantes a pagar un tributo de hasta la mitad de sus ingresos —incluso de los ingresos del molino de la Puerta del Jardín».

Por otro lado, los sarracenos —al menos los musulmanes turcos—, aunque por el momento estaban divididos e incapaces de oponer una resistencia decidida al enemigo, eran soldados por naturaleza y por entrenamiento, y fanáticos por raza y por enseñanza. El sistema militar de los selyúcidas forjó una nación de combatientes; y su reciente conversión al islam, su ignorancia y la consiguiente sumisión a la influencia de mulás fanáticos les imbuían del proverbial celo de los conversos. Cada pequeña corte que asumía atributos reales ante el declive del poder central se convertía en una cantera de guerreros, cada uno de los cuales era un ferviente defensor del islam. Al igual que con sus oponentes cristianos, el botín y el Paraíso sin duda se combinaban para estimular su entusiasmo por una guerra religiosa; pero, fuera cual fuera el motivo predominante, era cierto que solo se necesitaban la unión y un líder para convertir a estas fuerzas dispersas en un ejército formidable dispuesto a morir por la fe. Bastaba con predicar la yihad —la guerra santa— y mostrarles un comandante cuyo valor y genio militar todos debieran respetar, para que los jefes y vasallos turcomanos se convirtieran de inmediato en una Iglesia militante con la que los cruzados tendrían que contar muy en serio. El líder se encontró en Imad-ed-din Zengy.

 

CAPÍTULO III. EL PRESAGIO. 1127.

 

ENTRE los numerosos oficiales selyúcidas, que en su día habían sido esclavos de Melik Shah y que fueron recompensados por sus servicios con valiosos cargos, Ak-Sunkur ocupaba un lugar destacado. Como chambelán de la corte, gozaba de la plena confianza de su señor real y del privilegio especial de situarse a su derecha en todas las audiencias públicas y consejos de Estado. Más tarde, como gobernador de la provincia de Alepo, su gobierno fue clemente e ilustrado; su nombre se convirtió en sinónimo de lealtad y rectitud; y murió por su fidelidad al hijo de su antiguo señor (1094). Dejó un niño de diez años, Zengy, apodado Imad-ed-din o «Pilar de la Fe», en torno al cual se unieron sus vasallos. El hombre más importante que gobernaba entonces en Mesopotamia era Kurbugha, señor de Mosul y de muchas otras ciudades, vasallo del hijo y sucesor de Melik Shah. Kurbugha no había olvidado a su viejo amigo, el «Halcón Gerifalco», y convocó a Zengy y a sus mamelucos a su corte. «Traed al muchacho», escribió, «pues es el hijo de mi compañero de armas, y me corresponde velar por su crianza». Así pues, se dirigieron a Mosul, donde se les asignaron feudos acordes con su rango, y siguieron a su nuevo señor en sus campañas. Una vez cerca de Amid, cuando el resultado de una batalla pendía de un hilo, Kurbugha abrazó a Zengy ante el ejército y luego lo entregó a sus propios mamelucos, diciendo: «He aquí al hijo de vuestro antiguo señor; ¡luchad por él!». Rodearon al muchacho con tal furia que se ganó la batalla. Este fue el primer campo de batalla de Zengy, y entonces tenía unos quince años.

A partir de entonces, durante muchos años, vivió la vida de un favorito privilegiado en la corte de Mosul bajo sucesivos líderes —un notable escudero de los señores guerreros que controlaban la zona fronteriza entre la Media Luna y la Cruz—. Se había convertido en un hombre alto y de aspecto distinguido, de tez morena y mirada penetrante, y su carácter era tan recto como su porte. Hasta los treinta y ocho años siguió desempeñando un papel secundario en las guerras y la política de Mesopotamia. Cinco grandes barones, uno tras otro, ostentaron el gobierno de Mosul y la defensa de las fronteras, y cada uno de ellos lo trató como a un hijo, le otorgó ricos feudos y le confió altos mandos en sus constantes expediciones contra los francos. En una de esas ocasiones, durante el asedio de Tiberíades, Zengy se distinguió por una notable hazaña de valor. Al frente de sus hombres había repelido una salida de la guarnición y los había perseguido hasta la puerta de la ciudad, a la que abolló con su lanza. Entonces, al darse la vuelta, se dio cuenta de que estaba solo; su tropa se había detenido tras el enfrentamiento y lo había dejado solo para perseguir al enemigo. Durante un tiempo mantuvo su arriesgada posición y mantuvo ocupados a los francos, con la esperanza de que sus hombres se acercaran y se unieran al asalto; pero, al no aparecer ninguno, se vio obligado a batir retirada a regañadientes y regresó lentamente a las líneas sin sufrir ningún daño. La fama de su hazaña se difundió por todas partes y, a partir de entonces, se le conoció con el nombre de esh-Shamy, «el sirio».

En 1122, «el sirio» fue recompensado por el sultán selyúcida por sus servicios militares con el regalo de su primer gobierno directo, el feudo de Wasit —por entonces una ciudad grande e importante—, junto con el cargo de gobernador de Basora. Rápidamente hizo honor a la elección del sultán. Los árabes de «los Pantanos» en la Baja Mesopotamia, donde en aquellos días desembocaban el Éufrates y el Tigris, estaban ansiosos por recuperar su supremacía perdida en los fértiles campos regados por el Gran Río; pero mientras Zengy comandara la frontera, se les mantendría a raya. El historiador árabe ofrece una descripción gráfica de la decisiva batalla librada el 1 de marzo de 1123 entre los árabes y los turcos. Los primeros estaban liderados por el famoso emir de la tribu de los Asad, Dubeys, hijo de Sadaka, quien se había establecido en Hilla, había atacado Madain (Ctesifonte) e incluso había marchado contra la «Ciudad de la Paz», la propia Bagdad, sede del califato abasí. El califa al-Mustarshid no se quedó atrás; se puso al frente de su guardia turca, reunió a sus tropas y, ataviado con su túnica negra y su turbante, con la capa del Profeta sobre los hombros y el bastón sagrado en la mano, se embarcó en su galera. Al desembarcar en la otra orilla, fue recibido por su gran vasallo, al-Bursuky, señor de Mosul, Zengy de Basora, el cadí principal, el jefe de los nobles seyyids, el jefe de los ulemas y otros guerreros y dignatarios destacados, quienes, tan pronto como vieron el conocido dosel que coronaba el caballo del califa, cayeron de rodillas y besaron el suelo ante él. El-Mustarshid los recibió en su tienda, y uno tras otro los barones prestaron juramento de lealtad. A continuación, marcharon hacia Hilla, la fortaleza enemiga. Dubeys les salió al encuentro junto al canal llamado «Nilo», que unía el Éufrates y el Tigris, y ambos bandos se prepararon para la batalla.

Los árabes contaban con diez mil jinetes y doce mil soldados de a pie; el califa y sus señores solo reunieron ocho mil jinetes, y su infantería no superaba los cinco mil. El Comandante de los Fieles se situó con su estado mayor detrás de la línea de batalla, pero a la vista de los combatientes. Delante de él se encontraban sus capellanes, cada uno con un Corán abierto ante sí; todo Bagdad estaba de rodillas aquel día, recitando la Palabra Sagrada y buscando la protección de Dios; y si se leía una vez, el Libro se leía de principio a fin mil veces en aquella hora de tensión. El ala derecha del ejército del califa estaba bajo el mando de Zengy y otro emir, y recibió el peso del ataque enemigo. Antar dirigió a sus jinetes beduinos en dos brillantes cargas y casi había puesto en fuga a las tropas del califa, cuando Zengy, con un hábil movimiento, flanqueó a los árabes y, con la ayuda de el-Bursuky, empujó al enemigo hacia el canal. La derrota fue total, los prisioneros fueron masacrados sin piedad, su líder huyó y sus mujeres cayeron en manos de los conquistadores.

Tras la victoria, Zengy decidió probar suerte en la corte. Estaba harto de estar a merced de superiores efímeros. Reunió a sus secuaces y compañeros y se dirigió a ellos: «Nuestra situación —dijo— se ha vuelto insoportable. ¡No paran de nombrar nuevos gobernadores y tenemos que obedecer sus caprichos y sus órdenes! Nos envían unas veces a Irak, otras a Mosul, hoy a Mesopotamia, mañana a Siria. ¿Qué me aconsejáis que haga?». Entonces Zeyn-ed-din Aly, el amigo en quien Zengy más confiaba, tomó la palabra: «Mi señor, los turcomanos tienen un dicho: “Si un hombre tiene que colocarse una piedra sobre la cabeza, que al menos sea extraída de una alta montaña”. Del mismo modo, si es necesario que sirvamos a alguien, que sea al propio sultán». Zengy siguió este consejo y se dirigió a Hamadán, a la corte del selyúcida Mahmud. Allí permaneció a la espera, sin obtener otra recompensa más allá del privilegio heredado de su padre de ocupar el puesto de honor junto al trono. Disfrutó de este honor hasta que se le vaciaron los bolsillos. «Oh, Ali, amigo mío», le dijo a Zeyn-ed-din, «ciertamente nos hemos puesto la piedra sobre la cabeza, tal y como propusiste, ¡y, de verdad, pesa bastante!».

Por fin, un día, el sultán salió a caballo a jugar al polo, acompañado por su corte. A la hora de elegir compañeros, se fijó en Zengy y le entregó el chogan mall, diciéndole: «Ven a jugar». Tras el partido, se volvió hacia los demás cortesanos y les reprendió por sus groseros celos.

«¿No os da vergüenza?», preguntó. «Aquí hay un hombre muy conocido, cuyo padre ocupó un cargo elevado en el Estado, ¡y ninguno de vosotros le ha ofrecido ni siquiera un regalo, ni lo ha invitado a su mesa! Por Alá, si lo he dejado tanto tiempo sin cubrir sus gastos ni asignarle un feudo, ha sido solo para ver qué haríais vosotros». Luego, dirigiéndose a Zengy, añadió: «Te entrego en matrimonio a la viuda de Kundughly, y mi gente te proporcionará oro para la boda».

Kundughly había sido el noble más rico de la corte, y su viuda poseía una dote digna de la hija de un rey. Al día siguiente de su boda, el afortunado emir salió a cabalgar con gran pompa, rodeado por los sirvientes tanto suyos como de su esposa.

La visita de Zengy a la corte había sido un éxito, y regresó en 1124 al doble feudo de Basora y Wasit, que gobernó con mano firme pero generosa. Cuando el sultán y su soberano espiritual llegaron a las manos, Zengy defendió Wasit contra el ejército del califa y, a continuación, apoderándose de todas las embarcaciones que pudo conseguir, embarcó a sus tropas y llevó un refuerzo oportuno al sultán, que se encontraba entonces a las afueras de Bagdad y se sintió tan asombrado como aliviado al ver de repente el emblema de su fiel barón ondeando en la flotilla que se acercaba. Como resultado, el califa se vio obligado a firmar la paz; el selyúcida accedió de buen grado a establecer su indeseada residencia en la Ciudad de la Paz; y Zengy recibió el cargo, largamente codiciado, de gobernador de Bagdad, con el control y el patronato de todo Irak (Caldea). En el otoño de 1127 fue nombrado gobernador de Mosul y Jezira (la «Isla», Mesopotamia). Tampoco era simplemente un gran feudatario y gobernante de vastos territorios; se le encomendó además la importante tarea de criar a dos de los hijos del sultán y, en virtud de este cargo, alcanzó la dignidad de atabeg o gobernador de príncipes. Su nuevo cargo lo situó en primera línea de la lucha contra el poder latino. De ahí en adelante lo veremos como el paladín de la fe contra los francos: el Cid Campeador de Oriente. Su bardo recita sus hazañas en prosa rimada:

«Asoló a los francos en medio de su dominio; y vengó el dolor de los verdaderos creyentes; hasta que las medias lunas del Islam alcanzaron su plenitud, tras su mengua; y los soles de la fe, hasta entonces extinguidos, volvieron a resplandecer; y los musulmanes caminaron con orgullo, ataviados con el manto de la victoria; y bebieron de los pozos de éxito que nunca se agotan; privaron a los trinitarios de sus fortalezas y baluartes; y les devolvieron sus mentiras y su maldad: así se restableció el culto al Único en la isla y en las regiones sirias; y allí acudieron en legiones los defensores de la causa del islam». Sin embargo, antes de poder cruzar espadas con los cruzados, tuvo que afianzar su posición en su nuevo e importante gobierno. Hasta entonces no había sido más que uno de entre muchos pares: un gran capitán, pero no un rey. Pero en Mosul, a doscientas millas río arriba por el Tigris, era prácticamente independiente y no permitía ninguna injerencia en su gobierno. Su sistema era el que había recibido la aprobación del emperador ideal, Melik Shah, y que servía de modelo para la administración de todos los estados que surgieron de las ruinas del Imperio selyúcida. Se basaba en un gobierno personal directo, llevado a cabo por una elaborada red de inspectores, cuyos informes eran verificados por un ejército de espías. Zengy tenía agentes en las capitales de todos los príncipes vecinos e incluso en la corte imperial, y sabía exactamente lo que hacía el sultán desde la mañana hasta la noche. Cada día llegaban mensajeros de diversas partes con despachos, y él era siempre el primero en enterarse de cualquier noticia. Se ofrecía la más amplia hospitalidad a los visitantes, pero esta iba acompañada de una estricta vigilancia. Ningún enviado atravesaba su territorio sin el debido aviso y permiso, y cuando llegaban se les proporcionaba una escolta de confianza para evitar preguntas incómodas a la población y el espionaje del territorio. A sus súbditos no se les permitía abandonar sus dominios, por temor a que revelaran los puntos débiles de sus defensas; si alguno escapaba, le obligaba a entregarse. Cuando un grupo de campesinos emigró de Mosul a Maridin, pidió al príncipe ortukida de esa ciudad que los devolviera. Timurtash se opuso: «Tratamos bien a nuestros fellah», escribió, «y solo les cobramos el diezmo de sus cosechas; si tú hubieras hecho lo mismo, estos campesinos no te habrían abandonado».

«Dile a tu señor», respondió Zengy al mensajero, «que si te quedaras tan solo con una centésima parte de la cosecha, ya sería demasiado, dado que vives en el lujo y la ociosidad en tu peñón de Maridin; mientras que si yo gravara a mi pueblo con hasta dos tercios, no sería nada a cambio de mis servicios. Pues no solo tengo que luchar contra mis propios enemigos, sino que además debo librar la Guerra Santa; y de no ser por mí, ni siquiera podrías beber un vaso de agua con seguridad en tu Maridin, pues los francos se habrían apoderado de él. Por lo tanto, a menos que se devuelva a esos campesinos, en verdad sacaré a cada paleto de Maridin y lo dejaré tirado en Mosul».

Los emigrantes fueron enviados de vuelta a toda prisa. En otra ocasión, Zengy obligó al sultán a entregar a un noble fugitivo; el desdichado fue encarcelado y no se volvió a saber nada de él.

Evidentemente, no se trataba de un gobernador indulgente. Se cuenta que, en una ocasión, Zengy sorprendió a un barquero dormido en su puesto, cuando debería haber estado alerta y esperándole; al despertarlo, el hombre se asustó tanto al ver a su temido señor de pie ante él que cayó muerto en el acto. Sus esclavos se quejaban, con toda razón, de su crueldad, y sus sirvientes vivían con tal miedo que no se atrevían a pedirle que repitiera una orden que no hubieran entendido. Se cuenta que una vez le dio a uno de sus pajes una torta para que la sostuviera, y el hombre no se atrevió a soltarla. Había pasado casi un año cuando Zengy lo pidió de repente; el hombre se lo entregó al instante, cuidadosamente envuelto en una servilleta. Su obediencia fue recompensada con un cargo de gran prestigio.

Zengy era un agudo conocedor de la naturaleza humana, y siempre que encontraba a un sirviente u oficial capaz, ese hombre se ganaba su confianza y apoyo inquebrantables. Además, por muy severo que fuera él mismo, no permitía que nadie más tiranizara a sus súbditos: «Solo puede haber un tirano a la vez en el país», solía decir. Una vez, durante una campaña, cuando descubrió que uno de sus capitanes favoritos había echado a una familia judía al frío del invierno para instalar su cuartel en su casa, Zengy se volvió hacia aquel hombre y le dirigió una sola mirada, y aquel emir salió humildemente de la ciudad y montó su tienda en medio del barro y la lluvia. Nunca permitió la opresión ni el abuso entre sus oficiales, y nadie en aquella época castigaba con mayor rigor las agresiones a las mujeres. Las esposas de sus soldados, sostenía, estaban bajo su protección especial, y ningún hombre las insultaba impunemente durante la ausencia de sus maridos en la guerra. Desalentaba a sus seguidores a la hora de adquirir propiedades. «Mientras mantengamos el país», decía, «¿de qué os sirve vuestra finca, si vuestro feudo militar cumple la misma función? Si perdemos el país, vuestras fincas también se perderán. Cuando los seguidores de un sultán poseen tierras, oprimen, acosan y despojan al pueblo». Nunca permitió que sus ejércitos pisotearan las cosechas del pueblo; marchaban, según el cronista, «por así decirlo, entre dos cuerdas», y a ningún soldado se le permitía tomar ni siquiera un haz de paja de un campesino sin pagarlo. Los actos de violencia se castigaban rigurosamente con la crucifixión. Era indulgente en sus impuestos hacia los pobres, pero las ciudades ricas como Alepo eran fuertemente gravadas para sufragar el coste de sus campañas. Al fin y al cabo, les ofrecía un buen rendimiento por su dinero. Los efectos de su gobierno severo y resuelto se reflejaban en la seguridad y la prosperidad de sus dominios, y especialmente en el renacimiento de su capital. El padre del historiador Ibn-el-Athir relata:

«Vi cómo estaba Mosul, la Madre de la “Isla”, cuando nuestro señor mártir llegó por primera vez. La mayor parte de la ciudad estaba en ruinas, y el terreno baldío se extendía desde el Barrio de los Tamborileros hasta la Ciudadela y el Palacio... La antigua mezquita estaba desierta, y todas las casas cercanas a las murallas estaban abandonadas hasta una distancia de un tiro de piedra... Pero a medida que avanzaba el reinado del Mártir, el país gozó de protección, los designios de los malvados se vieron frustrados y se impidió a los poderosos ejercer la tiranía. Las noticias de la mejora se difundieron por todas partes, y la gente acudió en masa a su territorio y se estableció allí. En verdad, la generosidad engendra apego. Los edificios se multiplicaron en Mosul y en las demás ciudades, hasta tal punto que los propios cementerios desaparecieron bajo los nuevos barrios».

Zengy construyó la gran Casa de Gobierno frente al Almeida, duplicó la altura de las murallas, profundizó el foso y erigió la puerta que lleva su nombre, el-Bab el-Imady. Antes de su llegada, Mosul era tan pobre en frutos que, cuando un comerciante vendía uvas, cortaba pequeños racimos con unas tijeras para que el peso fuera exacto; pero cuando Zengy restableció su prosperidad, surgieron fértiles huertos a su alrededor, abundaban las granadas y las peras, las manzanas y las uvas, hasta tal punto que la cosecha del año anterior apenas se había agotado cuando la nueva ya estaba lista para ser recogida.

 

CAPÍTULO IV LA CAÍDA DE EDESA.1127-1144.

 

La importancia histórica de Zengy no radica en sus beneficencias hacia Mosul y sus dependencias, sino en su defensa del islam frente a los cruzados, en una época en que la causa musulmana parecía desesperada. Los jefes turcomanos de Mesopotamia estaban desunidos y tan propensos a luchar entre sí como a seguir el Camino de Dios, y no estaban en absoluto dispuestos a seguir el liderazgo del nuevo gobernador de Mosul. Todo el país estaba dividido en feudos militares, similares al propio feudo de Zengy, cada uno con una serie de vasallos, y entre los grandes feudatarios había algunos de larga tradición y renombre. Los príncipes ortukidas se habían establecido en los castillos de Keyfa y Maridin desde principios de siglo. Los dos hijos de Ortuk, Sukman e Il-Ghazy, se habían hecho famosos por sus incursiones contra los francos; y este último había ocupado el alto cargo de gobernador de Bagdad. Ningún líder había inspirado hasta entonces ni la mitad del terror en las filas cristianas que este turcomano belicoso había despertado. Desde su fortaleza montañosa había asaltado el norte de Siria; y cuando Alepo se puso bajo su protección, marchó al socorro de la ciudad al frente de tres mil jinetes y nueve mil soldados de a pie, y tras asaltar la colina de Ifrin, donde los francos estaban fuertemente atrincherados, obtuvo una victoria rotunda, en la que Roger de Antioquía fue dado a la muerte. Il-Ghazy murió en 1122, el mismo año del primer nombramiento de Zengy, pero su hijo Timurtash le sucedió en su feudo de Maridin y, posteriormente, en Alepo; y aunque era un príncipe tranquilo, que prefería una vida apacible, no parecía dispuesto a olvidar lo que le debía al hijo de su padre —al menos, hasta que recibiera una lección de comportamiento—.

Un líder más poderoso y enérgico de los Ortukids fue su primo David, quien había heredado el castillo de Keyfa en 1108 y se convirtió en el jefe más famoso de todo Diyar-Bekr. Cuando hizo circular una de sus flechas entre los turcomanos, todos se prepararon con entusiasmo ante la perspectiva de la batalla, y pronto se reunieron veinte mil hombres bajo sus estandartes. Un príncipe así no estaba dispuesto a ceder el primer puesto a un recién llegado, y Zengy pronto se dio cuenta de que tenía que contar con David antes de poder aventurarse a campos más amplios. Era necesario someter o desarmar a Diyar-Bekr, o nunca podría avanzar con seguridad hacia Siria sin temor a un ataque por el flanco. Su primera acción se dirigió contra la ciudad de Jeziret-ibn-Omar, que recientemente se había liberado del yugo de Mosul; cruzó el Tigris con su ejército, unos a nado y otros en barcas, y, con la ayuda de unos habitantes traicioneros, entró en la ciudad justo a tiempo, pues al día siguiente se produjo una crecida de la altura de un hombre y el río se volvió intransitable. Desde Jezira marchó contra Nisibis, antaño una famosa capital, de cuya conquista Trajano derivó su título de «Pártico». En aquel momento era una de las ciudades ortúquidas, y Zengy la conquistó mediante un artificio indigno; capturó una de las palomas mensajeras del enemigo —que solían servir de mensajeras en Mesopotamia y Siria— y sustituyó el mensaje por uno falso, lo que provocó la rendición inmediata de Nisibín, rápidamente imitada por Sinjar.

Allí le esperaba un nuevo peligro. Las ciudades que dominaban el curso superior del Éufrates —Edesa, Saruj, Bira, etc.— constituían puestos avanzados de los cristianos y, en manos de Joscelin de Courtenay, sus guarniciones formaban un cuerpo de élite. No podían dejarse a salvo en la retaguardia sin tomar precauciones. Zengy resolvió la dificultad negociando un armisticio con Joscelin, quien probablemente se alegró de posponer un enfrentamiento con un adversario tan formidable; y el atabeg quedó libre para avanzar hacia Siria. Estaba ocupado restableciendo el orden en sus nuevos territorios cuando recibió una petición de Alepo para que lo liberara de las exacciones de los francos. Era la oportunidad que estaba buscando. De inmediato cruzó el Éufrates (1128), pasó por Manbij y fue recibido con acciones de gracias en Alepo. El único señor sirio que había sido capaz de plantar cara a los cruzados era Tughtigin, el atabeg de Damasco; y acababa de fallecer. Justo a tiempo, Zengy, ahora «el sirio» por excelencia, llegó para ocupar su lugar y defender a los musulmanes desesperados frente a los infieles.

Un incidente melancólico empañó su llegada. Al registrar el tesoro y el guardarropa de los gobernadores de Alepo, se topó por casualidad con una túnica manchada de sangre. Era precisamente la túnica con la que habían ejecutado a su padre; y la esposa que estaba a su lado era una nieta del selyúcida Tutush, quien había ordenado la ejecución. Con una aversión incontrolable, Zengy la apartó de su lado y, a pesar de sus súplicas y de las protestas del juez, se divorció de ella sin piedad.

Como señor de Alepo, Zengy permaneció más de un año en el norte de Siria, causando todo el daño posible a los cristianos. Armado con las cartas patentes del sultán como gobernador de todas las provincias occidentales, sitió el fuerte castillo de Atharib (el Cerep de los francos), a un día de viaje de Alepo, para el que había sido durante mucho tiempo una amenaza constante. Su guarnición estaba formada por guerreros de élite y, por su ubicación y el valor de sus defensores, era una de las fortalezas latinas más formidables. Durante mucho tiempo, los furiosos asaltos de Zengy fueron repelidos sin cesar, pero él acortó distancias y nunca perdió el ánimo. Los sitiados se encontraban en una situación desesperada, y el rey Balduino, en Jerusalén, convocó un consejo de guerra para decidir si debía o no avanzar en su socorro. Algunos lo consideraban un asunto sin importancia y estaban seguros de que los sarracenos batirían en retirada, como solían hacer últimamente; pero uno de los miembros del consejo, «un tipo difícil de entender», según el cronista, vio algo más grave en los movimientos de Zengy: «De estas chispas surgirá un incendio», dijo, «y bajo este humo hay llamas. ¿No es este el joven león que dejó su huella en Tiberíades?».

Balduino decidió finalmente socorrer a la ciudad sitiada y marchó «con sus jinetes y su infantería, sus estandartes y cruces, sus príncipes, caballeros y condes», para enfrentarse al león de Tiberíades. Los consejeros de Zengy le aconsejaron que se retirara a Alepo, pero él no quiso seguir su consejo: «Confiemos en Dios y enfrentémonos a ellos, para bien o para mal». En lugar de esperar al ejército de socorro, salió al encuentro del enemigo y se desató una batalla furiosa. Zengi, al frente de sus hombres, cargó contra el enemigo una y otra vez, gritando las palabras del Profeta: «¡Probad el sabor del infierno!». Los cruzados fueron completamente derrotados: «las espadas de Dios se enfundaron en los cuellos de sus enemigos», y muy pocos escaparon para contar lo ocurrido en aquel campo de matanza. Intentaron huir, pero ¿de qué les servía cuando «la botella estaba colgada del gancho y la langosta había terminado su canto»? No se concedió cuartel; el «Mártir» se sumergió en un mar de sangre, hendiendo cabezas y dejando al descubierto los huesos, hasta que el campo quedó cubierto de cadáveres mutilados y miembros cortados. Solo escaparon aquellos que se escondieron bajo los montones de muertos o «montaron en el camello de la noche».

Privada de su última esperanza, Atharib fue tomada por asalto, sus fortificaciones arrasadas y su guarnición esclavizada o pasada a cuchillo; las pilas de sus huesos pudieron verse durante años. Así se aplacó el terror de Cerep. Sin embargo, las pérdidas no fueron solo de un bando, y Zengy estaba ansioso por llevar a sus heridos a casa y dar descanso a sus hombres. Tras llegar a un acuerdo con la fortaleza vecina de Harim, regresó a Mosul en 1130, convertido en el líder más famoso del Islam. Sus hazañas se difundieron por todo el territorio, y su nombre se convirtió en sinónimo de valor y ferocidad. Los cristianos lo llamaban «Sanguineus», y él mismo lo había firmado con sangre en el campo de batalla de Atharib.

Zengy se tomó cuatro años de respiro de la guerra santa. Tenía mucho en qué ocuparse en Mosul, manteniendo su supremacía sobre los jefes vecinos; y la muerte de su soberano, el sultán, en 1131 desencadenó otra guerra por la sucesión selyúcida, en la que Zengy participó. Fue en esta campaña cuando sufrió la derrota a manos de Karaja, el copero, que le obligó a él y a su ejército a huir en desbandada hacia el Tigris, donde las barcas del gobernador de Tekrit les salvaron de la destrucción. El califa intentó sacar partido de este revés y saldar viejas cuentas con el atabeg; pero su asedio de Mosul en 1133 fue literalmente frustrado por Zengy, quien rodeó por completo a los sitiadores, y tras tres meses de ataques infructuosos, Su Santidad se retiró. Una vez que el horizonte oriental volvió a estar en calma, el atabeg volvió a dirigir su mirada hacia Siria. Para librar con éxito la yihad, era esencial tomar posesión de Damasco, el corazón de Siria, que por entonces no era más que un simple puesto avanzado de los francos. Damasco debía ser suyo y, entonces, reuniendo los ejércitos de Siria y de la «Isla», arrojaría a los «perros de los cristianos» al mar.

Era un sueño destinado a no hacerse realidad para quien lo soñaba, aunque se cumpliera tras su muerte. Su primer intento, en 1135, fue repelido con éxito. Entonces, el hábil estadista que gobernaba Damasco en nombre de una serie de señores nominales, Muineddin Anar (el Ainardus de los cronistas latinos), tomó la única medida posible para frustrar el plan de Zengi, y se alió con los francos. Los propios cruzados sentían un temor no desdeñable ante el furioso defensor del Islam, y se alegraron de ayudar a Damasco a frenar su avance. Cuando Zengi volvió a llegar a Siria en el verano de 1137, se encontró con que los francos estaban del lado de Anar, y su primera acción fue acorralarlos, junto con el rey de Jerusalén, en el castillo de Barin (Mont Ferrand). Los historiadores árabes describen la fortaleza como «alta como la cresta de Orión, más elevada que las cimas de las montañas», cuya vertiginosa cumbre era inalcanzable para las aves de alas cansadas; y los francos la consideraban inexpugnable. Sin embargo, después de que las mangonelas de Zengy hubieran bombardeado sus murallas, Mont Ferrand se vio obligado a arriar su bandera. (Una mangonela o honda de piedras era una máquina para lanzar piedras accionada mediante cuerdas trenzadas. La otra máquina de asedio principal de la época, la catapulta (balista), se asemejaba a una enorme ballesta). El atabeg obsequió al rey Fulco —«ab hoste satis humane tractatus», como admite Guillermo de Tiro— con una túnica de ceremonia, y se permitió a la guarnición, agotada y desanimada, retirarse con los honores de la guerra.

Esta inusitada clemencia fue fruto de la prudencia común. Zengi se había enterado de que fuertes refuerzos procedentes de Europa estaban desembarcando en Siria, por lo que, tras concertar apresuradamente una tregua con Damasco, se retiró a Mosul. De hecho, se estaba formando una formidable coalición para su derrota. El emperador Juan Comneno introdujo un ejército en Siria, al que se unieron no solo los estados cruzados, sino también el señor musulmán de Damasco y sus dependencias. Juan comenzó intercambiando embajadas amistosas con Zengi, y se hace mención de regalos de halcones y leopardos de caza, así como de un tratado que garantizaba las inmunidades de Alepo. Pero tales hechos no valían ni el pergamino en que estaban escritos en una época en la que los eclesiásticos cristianos establecían la norma de que un juramento a un infiel era nulo y sin efecto. A continuación, el emperador tomó Bizaa y Kafar Tab, y luego sitió Sheyzar, la fortaleza familiar de Osama a orillas del Orontes, en abril de 1138. Se convocó a Zengi para que acudiera al rescate, y este se apresuró con marchas forzadas. Aunque no tenía fuerzas suficientes para expulsar al enemigo de su posición en las alturas, sus escaramuzas de hostigamiento, los rumores sobre el avance de David de Keyfa, junto con una hábil diplomacia y el pago de dinero en efectivo, hicieron cambiar de opinión al emperador, ya indignado por la indiferencia y la frivolidad de los príncipes latinos; pues el vigésimo cuarto día del asedio «el Perro de los Romanos» partió, abandonando su equipo de asedio, incluidos dieciocho enormes mangoneles, que Zengy se apropió al instante. «Fue así —dijo Ibn al-Athir— como Dios bastó a los fieles en la lucha».

La intervención del emperador había resultado inútil; pero el acuerdo entre Damasco y Jerusalén se mantuvo. En vano intentó Zengy conciliar a los gobernantes de la capital siria casándose con la Dama Esmeralda (Zumurrud Khanum), la madre viuda del señor reinante, y entregando a su propia hija al propio emir. El joven fue asesinado poco después, y todo tuvo que volver a empezar desde cero. Nada podía tentar ni intimidar a Anar, el verdadero gobernante de la ciudad, ni siquiera la salvaje ejecución de la guarnición de Baalbek —su feudo personal— después de que esta se hubiera rendido en octubre de 1139 ante la solemne promesa de salvoconducto de Zengi, jurada sobre el Corán y el triple divorcio. Esta traicionera masacre no hizo más que reforzar la alianza con los cristianos, que quedó ahora consolidada mediante un tratado formal, por el que Anar accedió a pagar al rey de Jerusalén una subvención mensual de 20 000 piezas de oro y a cederle Banias, si este le ayudaba a arrebatársela a Zengy y a expulsarlo del territorio. La ciudad fue tomada como estaba previsto por los extraños aliados, pero Zengi les ahorró la molestia de cumplir la última parte del acuerdo al retirar él mismo su ejército de Siria. Dejando al padre de Saladino como gobernador de Baalbek en recompensa por sus largos y probados servicios, volvió a dejar Damasco sin someter y regresó a Mosul.

La resistencia de Damasco frustró los planes de Zengi en Siria. Entonces decidió lanzar un ataque contra los cruzados desde otro flanco. Rechazado en el sur, se abalanzaría sobre ellos desde las montañas del norte. Sus preparativos fueron minuciosos. Protegió su retaguardia y sus flancos intimidando a los kurdos, tomando Shahrzur y Ashib (que reconstruyó y bautizó con su propio nombre, el-Imadiya, Amadia, como se llama hasta hoy), y aliándose por matrimonio con el sah de Armenia. A continuación, avanzó gradualmente hacia el enemigo. Una tras otra, las ciudades de Diyar-Bekr cayeron en sus manos, hasta que su ejército se plantó ante las fuertes murallas de Amid, a la que comenzó a sitiar sin otra causa más justa que el adagio árabe: «La espada es mejor título de propiedad que los pergaminos». Pero Amid no era su objetivo; su mirada se dirigía a otra parte; y, como dice el cronista oriental, «no hacía más que coquetear con Amid para ocultar su deseo de conquistar Edesa».

Mientras su viejo adversario, Joscelin de Courtenay, hubiera ocupado la famosa ciudad episcopal, Calirroa de las dulces aguas, Zengy no se había atrevido a acercarse a ella. El inquieto conde había sido un terror en todo Diyar-Bekr y Siria: un auténtico «demonio entre los infieles», como lo llamaba el cronista musulmán; y Edesa había sido el bastión más fuerte del Estado cristiano. Pero Joscelin había muerto, y un segundo Joscelin, muy diferente, ocupaba ahora su lugar. Valiente como su padre, pero solo en impulsos esporádicos, por lo general indolente y hedonista, Joscelin II prefería la cómoda tranquilidad de su feudo en Tell Bashir (Turbessel) a los rigores de la región montañosa, y la artimaña de Zengy de asediar Amid bastó para que el conde decidiera retirarse a su agradable finca siria. A sus seguidores latinos no les costó nada seguir su ejemplo, y Edesa quedó al cuidado de comerciantes caldeos y armenios, inexpertos en el manejo de las armas, que dependían de la protección de mercenarios a los que a menudo se les debía el sueldo de un año o más. Con tales defensores, ni siquiera las murallas más fuertes servían de mucho.

Había llegado la oportunidad de Zengy, y cuando la ciudad quedó abandonada por su señor y la selecta caballería cruzada, levantó de repente el asedio de Amid y avanzó sobre Edesa con un vasto ejército. En primer lugar, instó a la guarnición a rendirse, reacio a causar daño a una ciudad tan majestuosa; pero cuando se negaron —conscientes, sin duda, del destino de Baalbek—, consultó el Corán y, tras obtener un augurio favorable, dio la orden de asedio. Había traído mangoneles y zapadores expertos, y cubrió los avances de los ingenieros con un bombardeo devastador y asaltos incesantes, hasta que los sitiados comprendieron las palabras del Corán: «La tierra, por muy espaciosa que sea, se les hizo demasiado estrecha». Un poeta árabe cantó sobre él:

Cabalga en una oleada de jinetes, que se extienden por la tierra como un torrente;

Sus lanzas lanzan palabras al enemigo con lenguas teñidas de sangre.

Su belleza es oscura como la noche, pero su frente tiene la luz de la mañana;

Muestra misericordia a su antojo, pero no en el fragor de la batalla:

Corazón del corazón de su ejército, y alas de sus alas, tal es su poder.

Tras enviar en vano repetidas partidas de asalto, los ingenieros llevaron por fin sus minas, rellenas de leña ardiente, hasta las murallas. El propio Zengy inspeccionó las trincheras y luego dijo: «Que ningún hombre cene conmigo esta noche a menos que esté dispuesto a cabalgar conmigo hacia Edesa por la mañana». Tras un mes de asedio, se abrió una brecha de más de cien codos y las tropas turcomanas se abalanzaron sobre la ciudad rendida (23 de diciembre de 1144). Estaban enloquecidos por la embriaguez de la victoria y ardían en deseos de vengar los mil insultos que los señores de Edesa habían hecho tragar a los musulmanes; había llegado el momento de borrar con sangre las incursiones y masacres, los saqueos y los incendios que habían convertido a los caballeros de Balduino y Joscelin en un terror para toda la región. En su furia inicial no perdonaron a nadie: «asesinaron a las viudas y a los extranjeros y dieron muerte a los huérfanos»; derribaron cruces, mataron a monjes y sacerdotes, lo destruyeron y pisotearon todo, salvo a las muchachas esbeltas como gacelas, a los jóvenes aptos para ser esclavos y a los tesoros de los comerciantes. Fue despiadado, pero ¿acaso no describía el Corán castigos justos como este?

«Así fue la mano pesada de tu Señor Dios, que Él hizo caer sobre las ciudades que habían cometido maldad: ¡sin duda, Su agarre es mortal y temible!»

Entonces el propio Zengy entró en la ciudad y quedó asombrado por su belleza y majestuosidad, y se entristeció al pensar que tuviera que sufrir a manos suyas. Detuvo a los soldados en su furia destructiva y les obligó a entregar a sus prisioneros —los jóvenes y las muchachas parecidas a gacelas—, así como el tesoro y los bienes que habían arrebatado. Devolvió a los habitantes —todos los que quedaban— a sus hogares, para que la ciudad pudiera recuperar su prosperidad, y no escatimó esfuerzos para reparar el daño que había causado.

Edesa, en palabras del historiador árabe, fue «la conquista de las conquistas»: el pilar más sólido del Reino Latino fue arrancado de raíz; Saruj y los demás satélites de la gran ciudad se rindieron de inmediato; y el valle del Éufrates quedó finalmente liberado de la opresión de los infieles. «La verdad ha llegado y la falsedad se ha desvanecido» se proclamó a lo largo y ancho de la tierra; pues el islam había triunfado. La victoria fue tema de conversación en todo el mundo civilizado, y la gente se deleitaba en relatar extraños presagios de aquel maravilloso acontecimiento. Muy lejos de allí, un hombre santo, que sometía su cuerpo a la abstinencia y al rigor, salió un día de su celda con el rostro transfigurado por la alegría y dijo al pueblo: «Uno de los hermanos me ha dicho que Zengy ha tomado Edesa hoy». Al cabo de un tiempo, algunos de los hombres que habían combatido en el asedio se encontraron por casualidad en su retiro: «Oh, maestro», le dijeron, «sabíamos que triunfaríamos desde el momento en que te vimos de pie en las murallas gritando el grito de guerra: “Alá Akbar”». El santo negó haber estado en Edesa, pero todos juraron con gran fervor que lo habían reconocido en la muralla. Aún más extrañas fueron las palabras del piadoso sabio musulmán de Palermo, ante quien el rey Roger de Sicilia se regocijaba por algunos éxitos recientes de sus tropas sobre los sarracenos: «¿Dónde estaba vuestro Profeta —preguntó—, que no acudió en ayuda de sus fieles?». El sabio respondió: «¡Estaba ayudando en la conquista de Edesa!». Los cortesanos estallaron en carcajadas, pero el rey los reprendió con severidad: aquellas palabras le habían impresionado de manera extraña. Poco después, se explicaron con toda claridad.

El gran atabeg no sobrevivió mucho tiempo a su triunfo supremo. Sin duda, pasó los dos años siguientes organizando sus nuevos dominios, pues nunca regresó a Mosul. En el marco de sus planes para establecer un imperio sirio, en 1146 estaba sitiando activamente el castillo de Jaabar, junto al Éufrates, cuando una noche, mientras dormía, embriagado por el vino, algunos de sus esclavos se colaron en su tienda y comenzaron a beber lo que quedaba. El ruido despertó a Zengy, quien reprendió duramente a los hombres y luego volvió a dormirse. Al parecer, los hombres temían el castigo que sin duda les esperaba a la mañana siguiente; pero el atabeg solía ser un amo tan cruel que bastaba muy poco para llevarlos a la desesperación, incluso si el gobernador de la fortaleza sitiada no les hubiera ofrecido una recompensa por su vida. Se armaron de valor y lo apuñalaron mientras yacía. El eunuco Yaruktash asestó el golpe mortal y, a continuación, los tres se dieron la vuelta y huyeron al castillo. Cuando se dio la alarma, el gran emir se encontraba al borde de la muerte. Uno de los presentes contó cómo había encontrado a su señor aun respirando:

«Al verme, pensó que había venido a asestarle el golpe final, y alzó un dedo lastimero, como si suplicara clemencia. Me detuve en seco, exclamando: “¡Oh, mi señor, ¿quién ha hecho esto?”. Pero no tuvo fuerzas para responder, y en ese instante exhaló su último aliento». (14 de septiembre de 1146).

Así murió Imad-ed-din Zengy, «Rey de los emires», «Pilar de la Fe», a la edad de sesenta y dos años, a manos de la espada que él mismo había esgrimido sin piedad: con su gran ambición insatisfecha y su objetivo sin alcanzar. Mientras yacía allí inerte, traicionado y asesinado por hombres que habían comido en su mesa, nadie le prestó atención; sus hijos y sus secuaces estaban todos ansiosos por reivindicar su herencia o ganarse el favor de su sucesor; el ejército, paralizado por el crimen y la pérdida, se disolvió consternado; y el hombre que los había liderado y alimentado, y conquistado un reino junto a ellos, quedó solo en su fría tienda. Corrió a cargo de unos forasteros de Rakka recomponer sus restos y enterrarlo cerca de allí, en el campo de Siffin, donde tantos de los Fieles habían caído quinientos años antes. En tiempos más tranquilos, sus hijos construyeron una cúpula sobre la tumba, y los cronistas admirados lo llamaron héroe y «mártir». Incluso le tocó a un santo de aquellos tiempos verlo en una visión, con el rostro glorificado por la paz, y preguntarle por su estado:

«¿Cómo te ha tratado Dios?»

«Con perdón».

«¿Por qué motivo?»

«Por Edesa».

Mientras tanto, los cruzados hacían juegos de palabras sobre el trágico final de «Sanguin» en su latín burlesco:

«¡Qué buen desenlace! Sanguin se volvió sanguinario

                    Vir homicida reus nomine Sanguineus»,

Pero se alegraron demasiado pronto. Zengy estaba muerto, es cierto, pero había realizado una obra que todos los príncipes de la cristiandad juntos no podrían deshacer, y dejó en su hijo Nur-ed-din y en su seguidor Saladino a líderes que sabían cómo coronar la tarea que él había comenzado. Cuarenta años después de la muerte del gran atabeg, Tierra Santa pertenecía a Saladino, y Jerusalén había vuelto a caer en manos de los musulmanes, que la han conservado hasta el día de hoy.

 

PARTE II.EGIPTO. 1138-1174.

 

CAPÍTULO V. LA JUVENTUD DE SALADINO. 1138-1164.

 

Dejamos a Ayyub en 1138 alejándose con tristeza del castillo de Tekrit, junto a su hermano, precisamente la noche en que nació Saladino. Se dirigieron a Mosul, donde se encontraban con Zengy, y la acogida que recibieron no les decepcionó. El gran atabeg no había olvidado el transbordador del Tigris y nunca fue hombre de rechazar una buena espada. Los dos hermanos sirvieron en sus ejércitos en numerosas guerras y, cuando cayó Baalbek, en octubre de 1139, Ayyub se convirtió en gobernador de la ciudad conquistada. Baalbek, o Heliópolis, la antigua «ciudad del Sol», era famosa no solo por su antigüedad y sus templos, sino también por su elevada ubicación. Se alzaba entre el Líbano y el Antilíbano, dominando el valle del Litani, a una altura de cuatro mil pies sobre el nivel del mar, y se decía que era la ciudad más fría de Siria. Una leyenda cuenta que unos hombres le preguntaron al Frío: «¿Dónde te encontraremos?», y él respondió: «Mi hogar es Baalbek». Aunque lejos de ser la magnífica ciudad que fue en los tiempos en que Antonino Pío construyó el gran templo —del que aún se conserva una parte—, Baalbek, en la época de Ayyub, seguía siendo una ciudad importante, rodeada de campos fértiles, huertos y jardines, y defendida por una muralla sólida, con una ciudadela, o acrópolis, al oeste. Aún no había sufrido el azote de los mongoles ni la catástrofe final del terremoto que la redujo a su actual estado de ruinas. Sus «prensas rebosaban de uvas», el agua dulce corría por la ciudad y los molinos y las ruedas hidráulicas que la rodeaban daban testimonio de su fertilidad. Que se le confiara el mando de una ciudad tan grande y próspera era una prueba convincente de la confianza que Zengy depositaba en él, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba del puesto avanzado más meridional frente a la hostil ciudad de Damasco, situada a solo treinta y cinco millas de distancia.

Allí pasó Saladino, el hijo del gobernador, algunos años de su infancia; y, según reza el dicho, debieron de ser años felices, porque no hay constancia de ellos. No sabemos absolutamente nada de la familia de Ayyub entre 1139 y 1146, el período en que residieron en Baalbek. Sin duda, Saladino recibió la educación habitual de un niño musulmán; probablemente, como hijo del comandante, tuvo acceso a la mejor enseñanza posible. Ayyub era especialmente devoto, e incluso fundó un convento para ermitaños sufíes en Baalbek. Sin duda, su hijo recibió durante años una formación rigurosa en el Corán, en gramática árabe y en los fundamentos de la retórica, la poesía y la teología; pues, independientemente de la raza de los gobernantes sarracenos de aquella época, su nivel educativo era árabe; e inculcar el Corán y las tradiciones, enseñar un estilo árabe puro y las sutilezas de la sintaxis árabe, constituía el objetivo principal de aquellos hombres eruditos, aunque de miras limitadas, a quienes se había confiado la formación de la juventud distinguida.

Cualquiera que fuera la educación que Saladino recibiera en Baalbek, debió de ser escasa en comparación con las oportunidades que tuvo más tarde. Aún no había cumplido los nueve años cuando el mecenas de su padre fue asesinado, y la muerte del gran atabeg supuso, por supuesto, la señal para que Baalbek fuera recuperada por su antiguo propietario de Damasco. Ayyub no hizo ningún esfuerzo por defender la ciudad. Siempre fue un hombre diplomático y prudente, muy atento a sus propios intereses. Se dio cuenta de que los dos hijos de Zengy, que se repartían los dominios de su padre, estaban ocupados vigilándose mutuamente y no tenían tiempo para ocuparse de Baalbek. Mosul estaba lejos y Alepo se mostraba tímida. Por otro lado, Damasco estaba cerca y estaba decidida a recuperar lo que era suyo. Cuando sus tropas entraron en Baalbek, Ayyub negoció las condiciones desde la ciudadela y, antes de rendirse, había acordado recibir un generoso feudo, que incluía diez aldeas cercanas a Damasco, una buena suma por adelantado y una casa en la capital. Gracias a su habilidad política y su sagacidad, pronto consiguió un alto cargo en la corte de Abak, nieto de Tughtigin, y en pocos años ascendió hasta convertirse en comandante en jefe del ejército de Damasco.

Ayyub ocupaba este elevado cargo cuando el hijo de Zengy, el rey de Alepo, Nureddin Mahmud, marchó contra Damasco en abril de 1154. El nombre de Nur-ed-din (Noradin) solo es superado por el de Saladino entre los grandes defensores del islam. «Tras la catástrofe de Jaabar, el reino del atabeg se había dividido en dos partes: su hijo mayor, Seyf-ed-din Ghazy, le sucedió debidamente en Mosul, mientras que su hijo menor, Nureddin, gobernaba la provincia siria. Apenas se había afianzado en el trono de Alepo cuando se le pidió que defendiera Edesa. Inmediatamente tras la muerte de Zengy, los habitantes armenios invitaron a su antiguo conde, Joscelin de Courtenay, a recuperar la ciudad, y en noviembre de 1146 este tomó por sorpresa a la guardia turcomana mientras dormía, y la ciudad quedó en sus manos. La ciudadela, sin embargo, resistió hasta la llegada de Nureddin, momento en el que Joscelin y sus tropas se retiraron prudentemente, mientras que los armenios que intentaban huir bajo su protección quedaron atrapados entre la guarnición y los ejércitos de socorro y fueron masacrados.

«Era lamentable de ver y doloroso de contar: la multitud indefensa, la población pacífica, ancianos y enfermos, matronas y doncellas tiernas, abuelas ancianas y niños pequeños, incluso lactantes, en las fauces de la puerta, unos pisoteados por los jinetes, otros asfixiados en la aglomeración, otros asesinados por las espadas despiadadas del enemigo».

Muy pocos escaparon con el ejército en retirada, al que Nur-ed-din persiguió y acosó hasta el Éufrates.

El propio Joscelin fue capturado más tarde, cegado y encarcelado en Alepo, donde murió tras nueve años de sufrimiento. Su fracaso fue seguido por la extinción total del poder franco en todo el país de Edesa y a lo largo de la frontera norte. La desastrosa Segunda Cruzada, liderada por el emperador Conrado y Luis VII, minó aún más el ánimo de los cristianos. Acudieron, impulsados por la predicación de San Bernardo, para borrar la vergüenza de Edesa; pero solo se deshonraron a sí mismos ante Damasco, en 1148, donde el vigilante Anar —que ya no temía a Zengy y que, sin duda, contaba con la ayuda de Ayyub— los mantuvo a raya y, finalmente, vio cómo sus fuerzas se desvanecían.

«Desde el lugar de reunión en Tiberíades, el ejército, con la Santa Cruz a la cabeza, cruzó el Jordán; primero iban los barones del reino al mando del rey Balduino, luego los franceses y, por último, los alemanes. La muralla de barro que rodeaba los famosos jardines de Damasco no supuso ningún obstáculo para el avance de un ejército semejante. Pero los frondosos huertos, con sus estrechos senderos y su profusión de frutos y vegetación, constituían una protección mucho mejor para la ciudad. Por todas partes, a lo largo y ancho de esta vasta extensión de verdor y árboles, los sarracenos, emboscados, se oponían al avance de los invasores; o, encerrados en edificios elevados, que aquí y allá se alzaban como islas de piedra en un mar de verdor, lanzaban sus flechas desde lo alto. Por fin, tras una larga lucha, se despejaron los bosques, y los cristianos, agotados por el calor y la sed, se dirigieron hacia el río, solo para encontrarse con un nuevo ejército desplegado contra ellos. «¿Por qué no avanzamos?», gritó Conrado desde la retaguardia y, al enterarse de la causa, se abrió paso a través del batallón francés hasta la vanguardia. Allí, al más puro estilo teutónico, él y sus caballeros saltaron de sus caballos de guerra y, cerrando filas tras su muro de escudos, pronto hicieron retroceder al enemigo hasta el interior de la ciudad».

«El asedio comenzó entonces en serio y habría tenido un desenlace favorable», dice Guillermo de Tiro, «de no ser por la codicia de los príncipes, que entablaron negociaciones con los ciudadanos. Siguiendo el consejo de los traidores, el campamento se trasladó al suroeste, donde, según corría el rumor, la muralla era demasiado débil para resistir el más leve asalto. Pero allí los cruzados se encontraron con un enemigo más letal que las fuertes fortificaciones; pues en su nueva posición quedaron aislados del río y privados de los frutos de los huertos; y, por falta de alimentos y de liderazgo, la desesperación se apoderó del ejército, hasta el punto de que los hombres comenzaron a hablar de retirada. Además, existían celos entre los francos sirios y sus aliados occidentales, y de esta doble fuente fértil de maldad, Anar, el visir de Damasco, no tardó en sacar provecho para sí mismo. Les señaló a los primeros la insensatez de ayudar a sus hermanos a tomar Damasco, cuya conquista no sería más que el preludio de la toma de Jerusalén. Sus argumentos, respaldados sin duda por sobornos, provocaron el abandono del asedio».

Para la Pascua de 1149, esta valiente cruzada ya se dirigía de vuelta a casa.

En una crisis semejante, ningún hombre capaz de empuñar una espada podría haber permanecido ocioso en Damasco. Ayyub, aunque probablemente no alcanzara el rango de comandante en jefe hasta después de la muerte de Anar, en el mes de agosto siguiente al asedio, debió de desempeñar un papel destacado en la defensa. Saladino era, por supuesto, demasiado joven para ser más que un espectador absorto. Es cierto que la leyenda occidental cuenta cómo Leonor de Francia mantuvo sus amoríos con el futuro «sultán»; pero, dado que él no tenía entonces más que once años, los celos del rey Luis encontraron un cómplice más probable para el divorcio —que tuvo lugar posteriormente— que un buen niño en la escuela.

Cinco años más tarde, Ayyub fue el principal artífice del cambio de dinastía y de la admisión del hijo de su antiguo mecenas en la capital de Siria. Sucedió que, mientras el hermano mayor había llegado a un acuerdo con Damasco y había ascendido allí a un alto cargo, el menor, Asad-ed-din Shirkuh, el «León de la Montaña», había entrado al servicio de Nureddin, y tal fue el valor que demostró en cada enfrentamiento, que su señor no solo le concedió valiosas ciudades en feudo —como Emesa y Rahba—, sino que le puso al mando del ejército destinado a la conquista de Damasco.

Por fin parecía haber llegado la gran oportunidad. Los francos estaban desacreditados y consternados tras el lamentable fracaso de la Segunda Cruzada; Mesopotamia gozaba de paz bajo el magnánimo gobierno del hijo mayor de Zengi; el indomable Anar, que había resistido en repetidas ocasiones al propio gran atabeg, había fallecido, y en su lugar había surgido Ayyub, cuyo hermano era el mariscal de confianza de Nur-ed-din; y el príncipe de Damasco ya había rendido humildemente homenaje al rey de Alepo. Si alguna vez había llegado el momento de hacer realidad el sueño de Zengi de un imperio sirio, con Damasco como centro, era ahora.

En abril de 1154, el ejército de Nur-ed-din se presentó con algún pretexto ante la ciudad aún inconquistada. Shirkuh entabló negociaciones con su astuto hermano dentro de las murallas. En seis días todo quedó acordado; Ayyub hizo honor a su antigua devoción por la casa de Zengy y se puso del lado de los batallones más fuertes. El pueblo de Damasco, como ovejas descarriadas, ahora que Anar había muerto, abandonó a su señor hereditario y, siguiendo el consejo de Ayyub, abrió sus puertas al soberano más poderoso de la época. Nur-ed-din entró en Damasco sin derramar una gota de sangre, y los hermanos fueron debidamente recompensados. A Ayyub, el único de toda la corte, se le concedió el derecho a sentarse en presencia del rey, y fue nombrado gobernador de Damasco; Shirkuh se estableció en Emesa, con el virreinato sobre toda la provincia damascena. El transbordador del Tigris había resultado ser un talismán infalible; pero si bien debían su primer avance a un golpe de suerte, ambos hermanos poseían evidentemente el talento y el valor necesarios para aprovechar sus oportunidades.

Entre 1154 y 1164, Saladino vivió en Damasco, en la corte de Nur ad-Din, con el respeto que correspondía al hijo del comandante. En cuanto a lo que hizo, lo que estudió, cómo pasó el tiempo y con quién, los cronistas árabes guardan un silencio exasperante. Se nos informa de que se mostró como un joven de «excelentes cualidades», que aprendió de Nur ad-Din a «caminar por la senda de la rectitud, actuar con virtud y ser celoso en la lucha contra los infieles». Como hijo del gobernador, gozaba naturalmente de una posición privilegiada, pero, lejos de mostrar ningún indicio de futura grandeza, era evidentemente un brillante ejemplo de esa virtud serena que rehúye «la última debilidad de las mentes nobles». Esto es todo lo que se nos cuenta de Saladino hasta los veinticinco años. Los nobles sirios —y el rango de Saladino era ya elevado— dedicaban su juventud al estudio y su edad adulta a la guerra, la caza y el cultivo de las letras. El acecho del león era el rey de los deportes, pero la caza con sabuesos y la cetrería se practicaban con energía incansable. Leemos que se importaban regularmente perros de caza y halcones de Constantinopla, donde se criaban con gran esmero y pericia. Pero no se nos dice ni una palabra que respalde la suposición de que Saladino, en su juventud, fuera un gran cazador; todo lo que sabemos nos lleva a creer que prefería un retiro tranquilo y que, al igual que su sagaz padre —más que su impetuoso tío—, regía su vida según principios de prudencia y serenidad. A la hora de elegir entre dos caminos —uno arduo pero que conducía al honor y la fama, y otro a una insignificancia pacífica—, Saladino, como veremos, se esforzó por elegir este último; tampoco se trataba de un «noli episcopari» formal, sino más bien de la protesta de un carácter reservado contra el ajetreo y la presión de una carrera ambiciosa. Era uno de esos a quienes la grandeza les viene impuesta; y aunque, una vez que se lanzó de lleno, no dejó pasar ninguna oportunidad de ampliar su poder, cabe dudar de si alguna vez habría dado el primer paso de no ser por la insistencia de sus amigos. Una juventud sin incidentes podría haber dado paso suavemente a una vejez tranquila, y Saladino podría haber seguido siendo el sencillo Salah-ed-din de Damasco, con un nombre demasiado oscuro para ser europeizado.

Tampoco es probable que hubiera destacado como erudito o poeta. A juzgar por sus últimos años, sus gustos literarios se inclinaban hacia lo teológico; le encantaba la poesía, sin duda, pero menos que la dialéctica aguda; y escuchar cómo se rastreaban y verificaban las tradiciones sagradas, cómo se formulaba el derecho canónico, cómo se explicaban pasajes del Corán y cómo se reivindicaba la ortodoxia sólida le inspiraba un extraño deleite. Al igual que su padre Ayyub, era ante todo un musulmán devoto; y en Damasco tuvo amplias oportunidades para cultivar la teología. El saber en aquellos tiempos significaba, más que nada, un arsenal teológico, y los sabios acudían en masa desde Oriente y desde Occidente, desde Samarcanda y desde Córdoba, para enseñar y aprender en las mezquitas y madrasas de Damasco. Seguramente trajeron consigo el conocimiento de otras tierras, otras costumbres y otras artes. Quizá Saladino se sentaba a escuchar en el rincón occidental de la Gran Mezquita Omeya, cuando Ibn-Aby-Usrun impartía allí sus clases. No podía tener mejor maestro que aquel a quien se calificaba de «líder de su época en talento y erudición jurídica», y a quien Nur ad-Din no solo trajo consigo a Damasco, sino que incluso construyó facultades en la mayoría de las grandes ciudades de Siria para que impartiera clases, a fin de que todos pudieran conocer sus maravillosos dones. Llegó a ser juez en Mesopotamia, y dice mucho de la fidelidad de Saladino a sus primeros vínculos el hecho de que, cuando el anciano perdió la vista, el joven de Damasco que se había convertido en el más grande de los sultanes se negara a que se le privara de su honorable cargo.

Una prueba indirecta de la vida retirada que llevó Saladino en su juventud y primera madurez se encuentra en el hecho de que Osama, quien pasó casi la totalidad de los diez años, de 1154 a 1164, en Damasco manteniendo relaciones íntimas con la corte (cuando esta se encontraba allí), no lo menciona ni una sola vez, y cuando por fin lo conoció en 1174, parece que hubo que hacer una presentación formal. Si Saladino hubiera estado constantemente en la corte, Osama habría tenido que conocerlo. Al mismo tiempo, hay que recordar que el caudillo árabe tenía entre sesenta y setenta años en la época de su primera estancia en Damasco, y difícilmente habría prestado mucha atención a un simple jovencito; y, además, que la naturaleza impulsiva y bohemia del viejo poeta habría tenido poco en común con el joven serio que prefería la compañía de los teólogos. Es posible que Saladino considerara a Osama una triste advertencia, y que el viejo árabe alocado quizá replicara con la opinión de que el discreto hijo del gobernador no era más que un pedante.

El hecho de que Saladino, quien más tarde se convertiría en el líder más ilustre de su época, fuera aparentemente un individuo completamente desconocido hasta los veinticinco años, resulta aún más curioso si se tiene en cuenta que su tío Shirkuh —quien posteriormente lo introdujo en la vida pública— era la mano derecha de Nur-ed-din, un general notablemente capaz y ambicioso, e incluso se hablaba de él como si fuera casi su colega en el poder. Cuando en 1159 Nur-ed-din parecía estar muriendo a causa de una enfermedad que lo mantuvo postrado durante meses en un lecho de enfermo en Alepo, Shirkuh, por entonces sin duda el noble más importante de Siria, estuvo a punto de hacerse con la propia corona, y solo lo disuadieron los consejos siempre prudentes de Ayyub, quien sugirió que tal vez fuera prudente esperar y ver si su señor iba realmente a morir o no. En 1160, Shirkuh actuó como jefe de la caravana de peregrinos de Damasco a La Meca y hizo gala de una pompa extraordinaria en dicha ocasión; sin embargo, no se tiene constancia de que Saladino formara parte de su brillante séquito, ni este último, a pesar de su instinto religioso, realizó jamás ese viaje que para los musulmanes constituye el acto culminante de la gracia. Shirkuh, por supuesto, desempeñó un papel destacado en las guerras de Nur-ed-din, en la conquista de Harim (Harenc) a los francos en 1162, y en la posterior toma de cincuenta fortalezas sirias, gracias a lo cual el reino del prudente hijo de Zengi se extendió hasta Marash, en la frontera con el sultanato selyúcida de Rum al norte, y hacia el sur hasta Banias, al pie del monte Hermón, y hasta Bozra, en el Haurán.

Saladino no participó en nada de esto: si hubiera tenido la más mínima participación en alguna operación bélica, podemos estar seguros de que sus admirados biógrafos lo habrían registrado. No fue hasta que Shirkuh realizó sus memorables expediciones a Egipto cuando el futuro «sultán de los musulmanes» salió de su retiro voluntario y ocupó con valentía el lugar de su tío como verdadero sucesor de Zengi en el papel de defensor del Islam.

 

CAPÍTULO VI. LA CONQUISTA DE EGIPTO.

 

Durante dos siglos, Egipto había sufrido el dominio de una dinastía de califas heréticos que se jactaban de descender de Fátima, la hija del profeta Mahoma, y que por ello eran conocidos como los fatimíes. Profesaban la peculiar filosofía mística de los chiitas, defendían la encarnación de la Razón Divina en los imanes descendientes de Alí y Fátima, y creían en la llegada del Mahdi, el último líder inspirado de ese mismo linaje elegido. A pesar de la rígida ortodoxia de la gran mayoría de los egipcios, que seguían las enseñanzas del gran imán suní esh-Shafiy —cuya tumba en el desierto, a las afueras de la muralla sur de El Cairo, sigue siendo objeto de profunda veneración—, los califas fatimíes impusieron su autoridad sin gran dificultad sobre un pueblo acostumbrado a la sumisión y dócil en cuestiones de fe; y durante varias generaciones ejercieron un poder sin igual entre los estados musulmanes. Sus armadas disputaron el dominio del Mediterráneo a las de los califas de Córdoba; ocuparon con éxito Sicilia y asaltaron Cerdeña y Córcega; sus barcos surcaban el mar Rojo y el océano Índico, e incluso navegaban por la costa de África Occidental a través del estrecho de Gibraltar; sus caravanas comerciaban con Asia y Europa, y penetraban en el corazón de África hasta el lago Chad; sus ejércitos controlaban Siria y Arabia, además de Egipto, y provocaban una alarma constante en sus rivales en decadencia, los califas abasíes ortodoxos de Bagdad. Su riqueza, fruto del gran comercio con la India, que pasaba por sus aduanas hacia los mercaderes de Venecia y Pisa, era fabulosa, si damos crédito al asombroso inventario de joyas y tesoros que recogen los historiadores árabes; el lujo y la prodigalidad de su corte eran motivo de asombro para los enviados extranjeros; las murallas, las puertas y las mezquitas de El Cairo dan testimonio de su espléndida concepción de lo que le correspondía a la ciudad real; sin embargo, lo que queda de su arquitectura no es más que un vestigio de las nobles obras en las que, según se sabe, prodigaron todos los recursos del arte decorativo.

Egipto ha demostrado ser la Capua de más de una raza conquistadora. Los califas fatimíes, abandonando la sencillez de sus primeros tiempos, cuando gobernaban como misioneros entre los sencillos y robustos bereberes de Kayrawán, se deleitaban en la riqueza y el lujo de sus hermosos palacios de El Cairo, y al cabo de un tiempo se contentaron con dedicarse exclusivamente a la búsqueda del placer y dejar la odiosa labor de gobernar en manos de sus sirvientes. Sus visires usurparon gradualmente todos los poderes soberanos e incluso asumieron el título de rey, mientras que el pontífice fatimí, sumido en los cojines de su harén, conservaba únicamente la misteriosa autoridad espiritual de la que, a ojos de todos los devotos seguidores de la secta de Alí, estaba investido el «verdadero imán». El califa de El Cairo, en su trono enjoyado, se convirtió en una marioneta tanto como su rival de Bagdad. Las intrigas y las facciones fueron las consecuencias naturales del gobierno burocrático, y el reino fatimí, dividido contra sí mismo, con una población que no se había reconciliado del todo con la secta chií, podría haber caído fácilmente presa de cualquier invasor decidido. La prolongada inmunidad de Egipto se debió principalmente a la debilidad de sus vecinos. Los selyúcidas le habían arrebatado, es cierto, Siria, pero el imperio selyúcida se había fragmentado antes de que se intentara una invasión de Egipto. La única potencia que amenazaba al gobierno fatimí en la primera mitad del siglo XII era el Reino de Jerusalén. Los francos no solo estaban en posesión de la costa siria y de muchas fortalezas del interior, sino que eran guerreros ambiciosos, empeñados en el saqueo. Afortunadamente para Egipto, los cruzados luchaban al menos tanto por el oro como por la gloria, y no cabe duda de que los últimos fatimíes se ganaron su indulgencia mediante una prudente concesión de subsidios, si no un tributo anual fijo.

La llegada de Nur al-Din a la escena política siria, especialmente tras su conquista de Damasco, supuso una influencia sumamente perturbadora. El rey de Siria y el rey de Jerusalén eran ahora potencias rivales: ninguno podía permitir que el otro aumentara su poder mediante la anexión de Egipto y, de este modo, obtuviera una posición estratégica desde el sur. Ambos codiciaban el delta del Nilo y cada uno vigilaba a su rival con celosa atención. Los visires egipcios, los verdaderos gobernantes del país, plenamente conscientes de las posibilidades que ofrecía la situación, se dedicaron a coquetear con ambas partes y a enfrentarlas entre sí. Al final llevaron el juego demasiado lejos y le dieron a Saladino una oportunidad que este no dejó pasar.

El motivo de la primera intervención armada de Nur al-Din en los asuntos de Egipto fue una petición de un visir destituido. En una época de frecuentes asesinatos y cambios de ministros, Shawar, el gobernador árabe del Alto Egipto, llegó al cargo de visir en enero de 1163, solo para ser destituido siete meses después y expulsado del país por Dirgham, el guardián de la Puerta y comandante del batallón de Barkiya. Shawar huyó a Damasco, donde se presentó ante Nur ad-Din y le imploró ayuda. No era la primera vez que un visir egipcio proponía condiciones de alianza al rey sirio, pero las propuestas de Shawar eran promesas desmesuradas fruto de la desesperación. Se ofreció a sufragar el coste total de una invasión y, posteriormente, a entregar a Nur ad-Din un tercio de los ingresos egipcios en concepto de tributo anual. El rey de Siria no era indiferente a la importancia de hacerse con el control de Egipto: sabía que era la clave maestra de la situación política y que constituiría una prolífica fuente de ingresos. Sin embargo, dudaba en aceptar las propuestas de Shawar. La desconfianza hacia el propio hombre y el temor a los riesgos a los que se vería expuesta una expedición al marchar por el desierto por el flanco de los cruzados le hicieron detenerse.

Los acontecimientos, sin embargo, se sucedieron con demasiada rapidez para su prudencia. Dirgham se enzarzó en una disputa con Amalric por la subvención anual, y el nuevo rey de Jerusalén, con rápida decisión, invadió Egipto en septiembre de 1163 para exigir el tributo habitual. Dirgham, tras sufrir una dura derrota cerca de Bilbeys, evitó ingeniosamente la derrota total rompiendo las presas y los diques e inundando el país con las aguas embalsadas del Nilo, que entonces se encontraba en su nivel máximo. Amalric ya se había retirado a Palestina, pero medio satisfecho con algún tipo de acuerdo, cuando Dirgham, al enterarse de las negociaciones de Shawar en Damasco, se percató de su error al no haber conciliado al rey latino, y se apresuró a ofrecer una alianza eterna, que se consolidaría mediante un aumento del tributo. Nureddin debió de estar al corriente de esta medida: fortalecido por una consulta auspiciosa del Corán, se desprendió inmediatamente de sus antiguos escrúpulos; y antes de que Amalric pudiera intervenir, Shawar ya se encontraba en marcha hacia Egipto (abril de 1164), respaldado por una fuerte fuerza de turcomanos procedentes de Damasco, liderada por Asad-ed-din Shirkuh, con Saladino en su estado mayor. Los egipcios fueron derrotados en Bilbeys, pero se reagruparon de nuevo bajo las murallas de El Cairo.

Durante varios días se libraron enfrentamientos sin un resultado claro: Shawar controlaba Fustat y el otro, el castillo de El Cairo. Entonces, para recaudar fondos, Dirgham se apoderó del «dinero de los huérfanos», y de inmediato el pueblo comenzó a alejarse de él. Peor aún, el califa y el ejército le dieron la espalda. Acorralado, convocó por última vez a la «asamblea». En vano resonaban los tambores y retumbaban las trompetas, ma-sha-llah en las almenas: nadie respondió. En vano el emir desesperado, rodeado por su escolta de quinientos jinetes —todo lo que le quedaba de un poderoso ejército—, permaneció suplicante ante el palacio del califa durante todo un día, incluso hasta la llamada a la oración del atardecer, e imploró al califa, en nombre de la memoria de sus antepasados, que se asomara a la ventana y bendijera su causa. No llegó respuesta; «la propia guardia se fue dispersando poco a poco, hasta que solo quedaron treinta jinetes». De repente, le llegó un grito de advertencia: «¡Cuídate y salva tu vida!» —y he aquí que se oyeron las trompetas y los tambores de Shawar, que entraban por la Puerta del Puente». Entonces, por fin, el líder abandonado cabalgó a través de la puerta de Zuweyla hacia las calles más allá, exhortando al pueblo —que en otro tiempo lo había adorado y se había enriquecido gracias a su favor— a levantarse y luchar por su causa; pero estos solo le abucheaban y maldecían, como suele hacer la multitud con los favoritos caídos en desgracia. Aun así, siguió cabalgando, hasta que su caballo, enloquecido por el tumulto, desmontó a su jinete junto a la capilla sagrada de «Nuestra Señora Nefisa». Al instante, la voluble multitud le cortó la cabeza y la llevó en señal de triunfo por las calles; su cuerpo lo dejaron a merced de los perros. Tal fue el trágico final de un caballero valiente y gallardo, poeta y paladín; cortés y apuesto en el rostro y el porte, culto de mente y consumado en todos los deportes varoniles; alguien que sabía escribir como Ibn-Mukla y componía poemas con rimas dobles; «el mejor jinete de su época» y un arquero tan hábil como cualquiera que jamás haya tensado un arco en Egipto.

Shawar, restituido en el poder en mayo de 1164, estaba ansioso por ver la espalda de los aliados que habían propiciado su reinstauración. Excluyó cautelosamente a Shirkuh de la ciudad fortificada de El Cairo y lo mantuvo en los suburbios. Entonces, a salvo —o eso creía— tras sus propias murallas, desafió a su aliado, rompió todas sus promesas y se negó a pagar la indemnización. Shirkuh no era hombre para renunciar a sus derechos ni para pasar por alto la falta de palabra; envió a Saladino a ocupar Bilbeys y la provincia oriental. Este movimiento hostil obligó a Shawar, a su vez, a recurrir a Amalric. Ahora bien, el rey de Jerusalén preveía claramente la ruina de la causa cristiana en Palestina, acorralada «entre la espada y la pared», si Nureddin lograba afianzarse en Egipto, y envió de buen grado el mismo ejército con el que había pretendido apoyar a Dirgham contra el mismo hombre al que ahora debía proteger. Así se invirtieron los papeles: los francos eran ahora aliados de su antiguo enemigo, y el salvador del visir egipcio se había convertido en su adversario.

A la llegada de los cruzados, el ejército sirio se atrincheró en Bilbeys, donde resistió todos los asaltos de Amalric durante tres meses. Una afortunada maniobra de distracción acudió por fin en su auxilio. Nureddin estaba llevando a cabo una exitosa campaña en Palestina. Tras sufrir una derrota a manos de Gilbert de Lacy y Robert Mansel, había tomado Harim (Harenc) y estaba sitiando Banias (Cesarea de Filipo), entonces comandada por Walter Chesney; y Amalric era muy necesario en su país para proteger su propio reino, siempre peligrosamente expuesto en sus fronteras orientales. Shirkuh tampoco estaba menos ansioso por salir de una situación en la que, atacado todo el día y todos los días, acorralado tras débiles fortificaciones de tierra y con las provisiones escasas, su posición no era ni segura ni agradable. En consecuencia, se acordó un armisticio y ambas partes llegaron a un acuerdo. El 27 de octubre, los sirios marcharon fuera de su campamento y se retiraron en fila india entre las líneas de los cruzados y los egipcios aliados, con el propio Shirkuh, hacha de guerra en mano, cerrando la retaguardia. Un oficial franco, sorprendido por esta actitud belicosa, preguntó al viejo y combativo guerrero si temía que los cristianos lo atacaran a pesar de su promesa. «¡Que lo intenten!», dijo Shirkuh, y siguió su camino. De acuerdo con el pacto, el ejército regresó a Damasco, donde se enteró de que las victorias de Nur-ed-din habían culminado con la rendición de Banias a mediados de octubre y la captura de Bohemundo, príncipe de Antioquía; Raimundo, conde de Trípoli; junto con Hugo de Lusignan y otros caballeros destacados, que fueron conducidos encadenados a Alepo. La expedición a Egipto había terminado sin gloria, pero había cumplido su objetivo; había explorado el territorio, y Shirkuh pudo informar favorablemente sobre la posibilidad y las ventajas de la anexión. Egipto era un país, dijo, «sin hombres» y con un gobierno precario y despreciable. Su riqueza y su indefensión invitaban a la agresión.

El ambicioso general estaba consumido por el deseo de ocupar el trono viceregal de El Cairo y, a partir de ese momento, instó persistentemente a Nur ad-Din a que autorizara la conquista de Egipto. Los espíritus más audaces de la corte apoyaron su insistencia, y el califa de Bagdad concedió su bendición y su aliento a un proyecto que implicaba la destitución de su rival herético. Nureddin, siempre cauteloso, se resistió a estas influencias durante un tiempo, pero al final cedió, posiblemente porque le habían llegado rumores de una unión más estrecha entre Shawar y los francos, que pronto resultaron estar bien fundados.

Se trataba, de hecho, de una carrera por el Nilo. Shirkuh partió primero, a principios de 1167, con dos mil jinetes de élite, y, tomando la ruta del desierto por el Valle de la Gacela (Wadi el-Ghizlán) para evitar un enfrentamiento con los francos, aunque se topó por el camino con una violenta y desastrosa tormenta de arena, llegó al Nilo en Atfih, a unas cuarenta millas al sur de El Cairo, donde podía cruzar a la orilla occidental sin temor a ser molestado. Sin embargo, apenas había cruzado con su ejército cuando Amalric apareció en la orilla este, tras haber acudido apresuradamente desde Palestina tan pronto como se enteró de los movimientos del enemigo. Los dos ejércitos siguieron las orillas opuestas hasta El Cairo, donde Amalric acampó cerca de Fustat, mientras que Shirkuh tomó posiciones exactamente frente a él, en Giza. Allí, cada uno esperaba a que el otro iniciara las operaciones. Mientras tanto, Shawar se había recuperado de la sorpresa que le había causado la repentina irrupción de los francos —a quienes al principio no había reconocido con certeza como enemigos o amigos— y comenzó a manifestar su gratitud por su protección de forma tangible. Amalric aprovechó la disposición amistosa del visir para dar a su alianza un carácter más formal. Convencido del carácter inestable del ministro, decidió que el califa ratificara personalmente un tratado. Las condiciones eran que Egipto pagara al rey doscientas mil piezas de oro, en ese mismo momento, y otra suma similar en una fecha posterior, a cambio de su ayuda para expulsar al enemigo. Tras este acuerdo, Amalric estrechó la mano a los representantes del califa y reclamó una ratificación similar por parte del propio califa.

La presentación de embajadores cristianos ante la sagrada presencia, donde apenas se admitía ni siquiera a los musulmanes más ilustres, no tenía precedentes; pero Amalric se encontraba en posición de dictar sus propias condiciones. Se concedió el permiso, y Hugo de Cesarea y Geoffrey Fulcher, el templario, fueron seleccionados para esta embajada sin precedentes. El propio visir los condujo, con todo el detalle propio de la ceremonia y el boato orientales, hasta el Gran Palacio de los fatimíes. Fueron guiados por misteriosos pasillos y a través de puertas custodiadas, donde robustos sudaneses los saludaban con las espadas desenvainadas. Llegaron a un espacioso patio, abierto al cielo y rodeado de arcadas que descansaban sobre pilares de mármol; los techos panelados estaban tallados e incrustados con oro y colores; el pavimento era un rico mosaico. Los ojos poco acostumbrados de los rudos caballeros se abrieron de par en par con asombro ante el buen gusto y el refinamiento que les recibían a cada paso; allí vieron fuentes de mármol, aves de múltiples cantos y plumaje maravilloso, desconocidas en el mundo occidental; allí, en una sala más allá, aún más exquisita que la primera, «una variedad de animales tales como los que la ingeniosa mano del pintor podría representar, o la licencia del poeta inventar, o la mente del durmiente evocar en las visiones de la noche; tales, en efecto, como los que las regiones del Este y del Sur producen, pero que Occidente nunca ve y de los que apenas oye hablar». Por fin, tras muchos giros y recovecos, llegaron a la sala del trono, donde la multitud de pajes y sus suntuosos atuendos proclamaban el esplendor de su señor. Tres veces se postró el visir en el suelo, desatándose la espada, como en humilde súplica a su dios; luego, con un rápido y repentino movimiento, se corrieron las pesadas cortinas bordadas con oro y perlas, y, sentado en un trono dorado, ataviado con un atuendo más que real, se reveló el califa.

El visir presentó humildemente a los caballeros extranjeros y expuso con palabras modestas el peligro inminente que se cernía desde el exterior y la gran amistad del rey de Jerusalén. El califa, un joven moreno que acababa de salir de la infancia, respondió con suave dignidad: estaba dispuesto, dijo, a confirmar de la manera más amplia los compromisos contraídos con su amado aliado. Pero cuando se le pidió que diera su mano en señal de fidelidad, vaciló, y una oleada de indignación ante la presunción de los forasteros recorrió la corte que escuchaba. Tras una pausa, sin embargo, el califa ofreció su mano —aunque enguantada— a sir Hugh. El franco caballero le habló sin rodeos: «Mi señor, la lealtad no se oculta: en la buena fe de los príncipes, todo es franco y abierto». Entonces, por fin, muy a su pesar, como si ello menoscabara su dignidad, el califa, esbozando una sonrisa forzada, se quitó el guante y puso su mano en la de Hugh, jurando palabra por palabra cumplir el pacto fielmente y de buena fe.

Una vez ratificado así el tratado, Amalric intentó tender un puente de barcas sobre el Nilo; pero la presencia del enemigo al otro lado frustró el plan, por lo que recurrió a otro. Al encontrar una isla donde el río se bifurcaba en sus dos cauces principales, trasladó a su ejército hasta allí de noche y, desde allí, al otro lado, en barcos. Shirkuh descubrió el movimiento demasiado tarde para oponerse y, al ver que el enemigo había desembarcado, se retiró al Alto Egipto.

El rey, que lo perseguía, lo alcanzó en «las dos Puertas» (el-Baban), a diez millas al sur de Minya. Allí había una llanura, en la frontera donde las tierras cultivadas lindaban con el desierto, y numerosas colinas arenosas ofrecían cobertura a los combatientes. Al principio, los capitanes de Shirkuh le aconsejaron que no se arriesgara a librar una batalla; pero uno de ellos se adelantó y dijo con firmeza: «Quienes temen a la muerte o a la esclavitud no son aptos para servir a los reyes: que se hagan labradores o se queden en casa con sus esposas». Saladino y otros aplaudieron; y Shirkuh, siempre dispuesto a afrontar duras pruebas, aceptó de buen grado la batalla (18 de abril de 1167). Colocó el bagaje en el centro, protegido por la tropa de Saladino, que debía soportar el primer embate del ataque. Las órdenes de Saladino eran replegarse cuando se viera acosado y atraer al enemigo para que lo persiguiera, para luego presionarlo a su vez, según lo permitiera el desarrollo de la batalla. El propio Shirkuh tomó el mando del ala derecha, compuesta por un cuerpo de jinetes de élite, cuya misión era atacar la retaguardia enemiga, formada por los egipcios menos belicosos. Todo salió tal y como él esperaba. Los francos fueron atraídos por Saladino; los egipcios fueron aniquilados y puestos en fuga; y cuando los cruzados, al regresar de la persecución, descubrieron que sus aliados habían huido, también se retiraron apresuradamente, abandonando su equipaje y dejando a Hugo de Cesarea entre los prisioneros.

Los vencedores, sin embargo, no tenían la fuerza suficiente para aprovechar el éxito, avanzar hacia El Cairo y acorralar a Shawar y Amalric. Optando por el riesgo menor, Shirkuh se dirigió al norte por una ruta desértica y entró en Alejandría sin encontrar oposición. Allí nombró gobernador a Saladino, a quien dejó con la mitad de su ejército, mientras que con la otra mitad se dirigió de nuevo hacia el sur para recaudar tributos en el Alto Egipto. Las fuerzas conjuntas de los francos y los egipcios sitiaron entonces Alejandría, mientras que la flota cristiana controlaba la costa. La defensa de la ciudad supuso el primer mando independiente de Saladino, y se desempeñó con acierto. No contaba más que con mil seguidores propios, en medio de una población heterogénea y en parte extranjera que, como descontentos, no lamentaban participar contra un gobierno débil ni defender su ciudad frente a los salvajes y sanguinarios francos; sin embargo, como comerciantes y artesanos, no podían ocultar su terror ante las máquinas de asedio y los artilugios infernales que los «infieles» traían contra sus murallas. Además, las provisiones escaseaban; y las raciones escasas humillan el estómago. Al fin se levantaron en tumulto y hablaron abiertamente de rendirse: «¿Por qué sufrimos estas cosas por un forastero y una causa que no es la nuestra?». Mientras tanto, Saladino había pedido ayuda a su tío, y Shirkuh se apresuraba a bajar desde Cos cargado de tesoros. La noticia infundió nuevo ánimo al pueblo, ya estimulado por las enérgicas exhortaciones de Saladino y la promesa de refuerzos, o empujado a un valor desesperado por sus relatos sobre las monstruosas barbaridades infligidas por los francos a los vencidos. Aguantaron setenta y cinco días, a pesar del hambre y los asaltos incesantes, hasta que se supo que Shirkuh se encontraba en el lago de los abisinios, sitiando El Cairo. Ante esto, Amalric abandonó toda idea de conquistar Alejandría y se acordó la paz (4 de agosto de 1167), por la que ambas partes acordaron dejar Egipto en manos de los egipcios. Alejandría fue entregada a Shawar; se intercambiaron prisioneros; y Shirkuh condujo al agotado resto de sus dos mil jinetes de vuelta a Damasco. Antes de partir, Saladino fue agasajado con todos los honores en el campamento de Amalric durante varios días, aunque, según se sospecha, más como rehén que como invitado. No obstante, la experiencia pudo haber sido valiosa. Debió de haber sido testigo de cierto orden y disciplina caballerescos, y es posible que allí entablara amistad con Humphrey de Toron, quien mantenía una relación fraternal con al menos un emir sarraceno. Es incluso probable que esta fuera la ocasión en la que Saladino recibiera el título de caballero cristiano de manos de Humphrey.

Los cristianos consideraron la campaña como un triunfo y la evacuación de Alejandría como una rendición; pero si los cronistas árabes tienen razón al afirmar que Amalric pagó a Shirkuh cincuenta mil piezas de oro para que se marchara, la ventaja parecería haber estado del lado de los musulmanes. Por otra parte, los francos, incumpliendo (aparentemente) su acuerdo, no solo dejaron un residente o prefecto en El Cairo, sino que insistieron en proporcionar los guardias de las puertas de la ciudad con sus propios soldados; además, aumentaron la subvención anual que Shawar debía pagar al rey de Jerusalén a cien mil piezas de oro. La aparente incoherencia de estos acuerdos en Alejandría y El Cairo puede explicarse suponiendo que los cristianos, alarmados por las noticias de los éxitos de Nur-ed-din en Palestina, estaban ansiosos por regresar a casa a toda costa y, por lo tanto, abandonaron sus posibilidades frente a Shirkuh, por muy propicias que fueran; sin embargo, no abandonaron Egipto sin afianzar su control sobre el voluble visir de El Cairo.

No contentos con este control, los más impetuosos entre los consejeros de Amalric comenzaron pronto a instar a la conquista total de Egipto, y su consejo contó con el firme apoyo de la guarnición que habían dejado en El Cairo y Fustat, que, como era natural, disponía de los mejores medios para descubrir la debilidad de las defensas. El rey de Jerusalén se opuso en vano a estos consejos. Sin duda, para entonces ya se había dado cuenta de que la única estrategia segura consistía en conquistar primero Damasco y asegurar el reino por el este, con el gran desierto sirio como frontera, antes de intentar anexionar Egipto, ya que una invasión significaba exponer su retaguardia a los ataques de Nur ad-Din. Además, Egipto —decía— era su vaca lechera; y señaló lo erróneo de convertir a un amigo en enemigo y arrojar a Shawar a los brazos de Nureddin —con quien se suponía que ya estaba conspirando—, pero sus argumentos no sirvieron de nada. Sus capitanes estaban empeñados en la invasión y confiados en el éxito, y al fin se dejó convencer. En flagrante violación de su palabra, tal y como la entendían los sarracenos, y al menos sin la más mínima excusa, marchó una vez más hacia Egipto; pero ahora entraba como enemigo donde antes había sido acogido como aliado. Al llegar a Bilbeys el 3 de noviembre de 1168, añadió a la perfidia el crimen de una masacre generalizada; no perdonó ni a viejos ni a mujeres, según cuenta el cronista latino, en la ciudad sometida.

Este acto bárbaro hizo que los egipcios se pusieran de inmediato del lado de Nur ad-Din y los inspiró a realizar esfuerzos heroicos. Aprovecharon la insensata demora de los cristianos para reorganizar sus fuerzas y reforzar sus defensas. La antigua ciudad de Fustat, durante trescientos años la metrópoli de Egipto y aún hoy un suburbio densamente poblado de El Cairo, fue incendiada por orden de Shawar, para que no diera refugio a los francos (12 de noviembre de 1168). Se encendieron veinte mil barriles de nafta y diez mil antorchas. El incendio duró cincuenta y cuatro días, y aún hoy pueden encontrarse sus rastros en el páramo de montículos de arena que se extiende a lo largo de millas de escombros enterrados al sur de El Cairo. La gente huía como si se tratara de sus propias tumbas, el padre abandonaba a sus hijos, el hermano a su gemelo; y todos se precipitaron hacia El Cairo para salvar la vida. El alquiler de un camello para recorrer una o dos millas costaba treinta piezas de oro. La propia capital se encontraba en plena agitación, preparándose para el ataque. Amalric no la mantuvo mucho tiempo en vilo, pero se vio obligado a abandonar el campamento habitual (el Birket-el-Habash) a causa del humo asfixiante procedente de Fustat. El asalto, sin embargo, se pospuso debido a las negociaciones que Shawar urdió hábilmente para sobornar a sus codiciosos asaltantes. Había más fingimiento que honestidad en su diplomacia, pues al mismo tiempo enviaba mensajeros a Damasco para implorar la ayuda de Nur ad-Din. El joven califa de Egipto escribió personalmente e incluso adjuntó un mechón de pelo de una de sus esposas como acto supremo de súplica al que ningún caballero podría resistirse.

Esta vez, el rey de Siria no dudó; estaba molesto por los escasos resultados de las dos expediciones anteriores e indignado con los francos por lo que consideraba una flagrante falta de lealtad. Incluso podría haber acudido en persona, de no estar preocupado por la inestable situación de Mesopotamia. Sin embargo, no perdió tiempo en enviar una fuerza de dos mil jinetes selectos de su propia guardia, junto con seis mil turcomanos a sueldo de probada valentía, bajo el mando de Shirkuh, apoyados por un numeroso grupo de emires ambiciosos. El único que se mantuvo al margen fue, por extraño que parezca, el propio Saladino. Había sido la mano derecha de su tío en las campañas anteriores, pero seguía prefiriendo su antiguo retiro y las conversaciones con hombres piadosos; y cuando Shirkuh, en presencia de Nureddin, dijo: «Ahora, Yusuf, prepárate para la marcha», Saladino respondió: «Por Alá, que si me ofrecieran la soberanía de Egipto, no iría: nunca olvidaré lo que sufrí en Alejandría».

Entonces Shirkuh le dijo a Nureddin: «Es necesario que venga conmigo», y Nureddin se volvió hacia el joven y le repitió las palabras: «Es necesario que vayas con tu tío». En vano alegó Saladino su aversión a la campaña y su falta de medios; Nureddin no quiso escuchar, sino que le proporcionó caballos y armas y le ordenó que se preparara: «Así que fui», dijo Saladino, relatando la escena años más tarde, «fui como alguien conducido a la muerte». Así se cumplieron las palabras del Corán: «Quizá odiéis algo aunque sea mejor para vosotros y quizá améis algo aunque sea peor para vosotros: pero Dios lo sabe y vosotros no lo sabéis». El propio Nur ad-Din supervisó la concentración del ejército en la Fuente, a un día de marcha de Damasco, y entregó a cada hombre un regalo de veinte piezas de oro, mientras que confió a Shirkuh doscientos mil dinares para su caja de guerra.

El 17 de diciembre de 1168, la tercera expedición inició su marcha hacia Egipto, una vez más con el pretexto de rescatar a Shawar, pero en realidad con planes mucho más ambiciosos. Amalric, siempre necesitado y codicioso, seguía esperando a las puertas de El Cairo a que le llegara más del oro prometido por el visir, cuando Shirkuh se unió de improviso a las tropas egipcias (8 de enero de 1169), eludiendo al ejército franco que había salido a interceptar su avance. Engañado por Shawar y superado tácticamente por Shirkuh, el rey derrotado se retiró a Palestina sin ofrecer batalla, habiéndose ganado, como dice el proverbio, nada mejor que las «botas de Honeyn». Los sirios entraron triunfantes en El Cairo y fueron recibidos como libertadores. El agradecido califa concedió audiencia a Shirkuh y le obsequió con una túnica de honor, con la que este regresó para mostrarse ante el ejército. Shawar, devorado por dentro por los celos y el temor, cabalgaba a diario hasta el campamento sirio, con gran pompa, con todos sus estandartes, tambores y trompetas, y abrumaba al general con protestas de devoción; pero, mientras tanto, no tomaba ninguna medida para cumplir sus compromisos con Nureddin, sino que, de hecho, meditaba en una traicionera detención de Shirkuh y sus oficiales durante un banquete amistoso. Los líderes sirios pronto llegaron a la conclusión de que no se podía confiar en él, y Saladino y Jurdik decidieron deshacerse de él. Mientras el visir cabalgaba para visitar al general, quien casualmente se encontraba rindiendo homenaje a la venerada tumba del imán esh-Shafiy, Saladino y sus hombres lo arrancaron de su caballo y lo hicieron prisionero. Cualquier duda que Shirkuh pudiera haber albergado sobre el destino de Shawar quedó disipada por una orden perentoria del propio califa, quien, como un esclavo liberado de un amo severo, exigió la cabeza del visir. Esta fue enviada, y así terminó la breve y accidentada carrera de un ministro notable y astuto; un jefe árabe, además, de antiguo linaje, con toda la audacia de los beduinos y el amor ancestral por la poesía —hasta tal punto que una vez llenó la boca de Omara con oro, encantado por una oda— y, hay que añadir, con toda la dosis de falsedad y engaño propia de los árabes.

El califa al-Adid, que quedó muy impresionado por el porte gallardo de sus libertadores, nombró inmediatamente a Shirkuh para el cargo vacante, lo vistió con las vestiduras de visir, lo invistió de plenos poderes y le otorgó los títulos de «Rey Victorioso» y «Comandante en jefe» (18 de enero de 1169). El pueblo estaba tan complacido como el pontífice; les había caído bien aquel alegre soldado cuando recorrió el país a caballo hacía un año y medio, aunque estuviera recaudando impuestos; y los cairoños apreciaban la generosidad con la que había repartido el dinero de su abultado erario militar y les había alegrado con el saqueo del palacio de Shawar, ¡donde no dejaron ni siquiera un cojín sobre el que sentarse a su fastuoso sucesor! El poeta árabe vio las cosas con mayor claridad cuando señaló que las garras del «León» se habían clavado ya en su presa. El «León de la Fe», sin embargo, apenas vivió más de dos meses para disfrutar de su botín, pues murió repentinamente el 23 de marzo de 1169, a causa de haber comido en exceso; ya que era un gran comilón y adicto a las comidas copiosas. En cuanto a su aspecto físico, Shirkuh era bajo y corpulento, de rostro colérico y de naturaleza feroz; además, Alá no le había dotado de una inteligencia desmesurada. Sin embargo, era un soldado audaz y capaz, ávido de gloria, paciente ante las penurias, generoso más allá de sus posibilidades y querido por sus hombres; y tuvo la gracia de morir en el momento oportuno. El camino estaba ahora abierto para Saladino.

 

CAPÍTULO VII. VISIR DE EGIPTO.1169-1171

 

«Yo quería a Amr, pero Dios quería a Jariya», es la versión árabe de «El hombre propone y Dios dispone». Saladino había sido arrastrado a Egipto en contra de su voluntad, sin vislumbrar más que miseria; y ahora, precisamente el paso que había intentado evitar iba a llevarlo a la cima de la fama. El Profeta, en efecto, dijo con razón: «Dios hará que los hombres se maravillen cuando vean a gente arrastrada al Paraíso encadenada». Con tales gratos grilletes, Saladino fue conducido al trono. El califa fatimí lo eligió de entre todos los capitanes sirios para ser el sucesor de su tío y, el 26 de marzo de 1169, tres días después de la muerte de Shirkuh, fue investido con el cargo de visir y condecorado con el título de el-Melik en-Nasir, «El Rey Fuerte para ayudar». Sus compañeros de armas, muchos de los cuales eran mayores y más experimentados que él, no se resignaron fácilmente a que un joven de treinta años fuera ascendido por encima de ellos. Lo consideraban un subalterno educado e inteligente, demasiado tranquilo y poco ambicioso para el alto mando; de hecho, fue precisamente esta opinión sobre la docilidad de Saladino lo que le había procurado un cargo en el que se necesitaba una herramienta dócil; pero elevarlo por encima de los capitanes curtidos en la guerra de las campañas de Nur-ed-din era más de lo que podían soportar. Hicieron falta todo el tacto y la diplomacia de Saladino, respaldados por los argumentos engañosos del abogado el-Hakkary y una generosa apertura de las arcas del tesoro, para convencer a los guerreros celosos de que se sometieran; y varios de ellos regresaron a Siria antes que servir bajo las órdenes de su subordinado.

Por su parte, Saladino comenzó a organizar su vida con mayor rigor. Aunque siempre se había mostrado devoto, se volvió aún más estricto y austero. Dejó de lado el pensamiento del placer y el amor por la comodidad, adoptó una disciplina espartana y la impuso como ejemplo a sus tropas. A partir de entonces, dedicó todas sus energías a un gran objetivo: fundar un imperio musulmán lo suficientemente fuerte como para expulsar a los infieles de la tierra. «Cuando Dios me concedió la tierra de Egipto», dijo, «estaba seguro de que también me destinaba Palestina». Es muy posible que una ambición egoísta natural avivara su celo; pero el resultado fue el mismo: a partir de entonces, su carrera fue una larga defensa del islam. Se había consagrado a la guerra santa.

La posición del nuevo visir era curiosamente anómala: era a la vez primer ministro de un califa herético (chií) y lugarteniente de un rey ortodoxo (suní). Con admirable incoherencia, se rezaba debidamente por ambos nombres todos los viernes en la mezquita. Esa anomalía tendría que eliminarse, pero solo de forma gradual: los cambios violentos podrían resultar fatales mientras el pueblo de Egipto conservara el afecto por las doctrinas (chiitas) que dos siglos de dominio fatimí habían inculcado y que se veían fomentadas por la propia naturaleza de esos principios. Las relaciones de Saladino con Nur ad-Din también eran delicadas. El rey de Siria le felicitó, es cierto, por su nombramiento y le confirmó al mando del ejército sirio en Egipto, pero estaba claramente decidido a mantenerlo en su sitio. Sus despachos desde Damasco iban dirigidos simplemente «Al emir Salah-ed-din, comandante en jefe, y a los demás emires», para demostrarle que no era más que un primus inter pares, susceptible de ser destituido o degradado a voluntad de su soberano. Fortalecer gradualmente su propia posición sin despertar la desconfianza del pueblo de Egipto ni los celos de Nur ad-Din era la política prudente que Saladino debía seguir necesariamente.

Su primer paso fue rodearse de su familia. Al igual que otro José, también visir de Egipto, pero al servicio de un faraón en lugar de un califa, mandó llamar a su padre y a sus hermanos desde Siria y les hizo partícipes de su esplendor. Incluso se ofreció a ceder su alto cargo a su padre, pero Ayyub rechazó el honor. «Hijo mío —le dijo—, Dios no te habría elegido para este gran cargo si no hubieras sido apto para él; no conviene jugar con la suerte». Ayyub, sin embargo, asumió las funciones de tesorero, y sus otros hijos apoyaron lealmente a su hermano en su difícil situación. Obtuvieron su recompensa, pues Saladino les concedió los feudos de los egipcios indeseables, a quienes desterró a lugares donde no pudieran causar daño alguno. Su plan consistía en debilitar al bando del califa, y no le importaba cuánto le odiaran los cortesanos y oficiales egipcios, siempre y cuando se ganara la confianza del pueblo. Se propuso ganársela con seriedad, y su biógrafo árabe cuenta que la gente acudía de todas partes de Egipto para verle, y rara vez se marchaba con las manos vacías: siempre había un suplicante junto a él, y ninguno acudía a él en vano.

Necesitaba toda su popularidad entre el pueblo, pues el palacio, con sus numerosas tropas y dependientes, se mostraba abiertamente hostil. El califa había descubierto que se había equivocado al juzgar el carácter de Saladino, que no había acogido a un esclavo, sino a un amo; y pronto se urdieron intrigas para destruir al nuevo visir. Nejah, el eunuco negro jefe y mayordomo, encabezó una conspiración entre los defensores de la dinastía fatimí. Planeaban un acuerdo con los francos, que debían invadir Egipto y atraer a Saladino fuera de El Cairo, momento en el que los conspiradores lo atacarían por la retaguardia, y así, atacado por ambos flancos, él y sus turcomanos perecerían. Un accidente reveló la conspiración a Saladino, quien mandó vigilar al eunuco jefe hasta que, al fin, logró capturarlo en su casa de campo, fuera de la protección del palacio, y el desafortunado negro fue rápidamente decapitado (julio de 1169). Esta ejecución sumaria de su compatriota y líder despertó la furia de las tropas del califa, compuestas entonces (al igual que en el Egipto moderno) en gran parte por sudaneses; y, según se afirma, cincuenta mil de estos negros se levantaron para vengarlo. Se desató una sangrienta lucha en el amplio patio que dividía los palacios (Beyn el-Kas-reyn), y se incendiaron muchas casas y calles; pero al fin los negros fueron derrotados, su barrio, el-Mansuriya, fue incendiado y se vieron obligados a suplicar clemencia. Fueron enviados al otro lado del Nilo, a Giza, y de allí al Alto Egipto, donde la rebelión se mantuvo latente durante varios años. En el invierno de 1171-1172, el hermano mayor de Saladino, Turan Shah, los sometió temporalmente, pero en el invierno siguiente tuvo que volver a combatirlos, e incluso los persiguió hasta Nubia, donde tomó la ciudad de Ibrim (Primis), cerca de Korosko, saqueó la iglesia de los cristianos monofisitas, torturó al obispo y mató a setecientos de los cerdos que allí abundaban en gran cantidad, para disgusto de todos los musulmanes piadosos.En 1174 se produjo un formidable levantamiento de los negros en Asuán, liderado por Kenzed-daula; y fueron necesarias duras batallas antes de que fuera derrotado y asesinado en septiembre por Seyf-ed-din (el-Adil), otro de los hermanos de Saladino. Otro levantamiento más, en Koptos, tuvo que ser sofocado por el mismo general en 1176. A partir de entonces no se vuelve a mencionar ningún levantamiento entre los negros, pero, como concluye piadosamente el historiador árabe, «Dios puso fin a su villanía». Es evidente que la lucha fue tenaz y que el Alto Egipto se encontraba desde hacía seis años en un estado de rebelión intermitente; y no cabe duda de que los negros que se rebelaron repetidamente fueron incitados por los esclavos sudaneses fugitivos y otros partidarios de los fatimíes.

Apenas había expulsado Saladino a los negros amotinados de El Cairo, cuando surgió un peligro aún más acuciante. Los cruzados no tardaron en comprender la importancia del cambio político en Egipto. El control del Nilo por parte del general de Nur al-Din colocaba al Reino de Jerusalén, por así decirlo, entre la espada y la pared, acorralado por ambos flancos por ejércitos controlados por la misma potencia. Los puertos de Damieta y Alejandría proporcionaban a los musulmanes el mando de una flota y les permitían cortar las comunicaciones de los cruzados con Europa, detener los barcos anuales de peregrinos y apoderarse de sus suministros. Había que hacer todo lo posible por romper esta cadena fatal, que amenazaba la propia existencia del poder latino en Palestina. En consecuencia, se organizó el ataque más formidable al que Saladino tuvo que hacer frente jamás en Egipto, probablemente en colaboración con conspiradores de El Cairo. Amalrico se alió con el emperador de Oriente, y una flota griega de 220 veleros cooperó con una fuerte fuerza terrestre de cruzados en el asedio de Damieta. Afortunadamente para los defensores, los vientos contrarios retrasaron a la flota en su travesía desde el Mar Dorado, y Saladino aprovechó este respiro para reforzar la guarnición y prepararse para el ataque. Al mismo tiempo, envió mensajeros a Nur ad-Din para informarle de la situación y, sobre todo, para señalar el riesgo de dejar una facción hostil a sus espaldas en El Cairo mientras él mismo acudía en ayuda de Damieta. En respuesta, el rey de Siria envió tropas a Egipto, batallón tras batallón, y comenzó a distraer la atención del enemigo con una demostración de fuerza contra Palestina.

El asedio de Damieta comenzó en noviembre de 1169. Amalarico tomó posición entre el mar y la ciudad, y esperó la llegada de la flota griega. Esta apareció al cabo de tres días, pero una cadena de hierro custodiada por una torre inexpugnable le impidió entrar en el puerto, por lo que no pudo prestar la ayuda que se esperaba. Nocuit differre paratis: las posibilidades de éxito se vieron mermadas por la demora; y cuando por fin, liderados en persona por su valiente rey, los francos atacaron con todo su elaborado arsenal de mangoneles y torres de combate, la guarnición se mostró más que capaz de repelerlos, y al salir al encuentro quemó sus máquinas de asedio e incluso incendió parte de la flota. Mientras tanto, Saladino había traído sus tropas, con abundantes provisiones y municiones de guerra, y un millón de piezas de oro en su cofre, y acosaba sin cesar a los sitiadores. La guarnición se abastecía fácilmente, ya que el brazo del Nilo estaba abierto y protegido por las tropas de El Cairo; pero a los francos se les acabó el pan; una dieta a base de fruta alteró sus estómagos poco acostumbrados, y las enfermedades y la hambruna diezmaron sus filas. Los griegos a bordo de los barcos se morían de hambre, y los latinos en tierra no podían compartir nada con ellos.

Los propios elementos parecían conspirar con la imprudencia de los comandantes para completar su derrota. Las fuertes lluvias hicieron crecer el Nilo, inundaron la llanura y empaparon el campamento. La tormenta derribó sus tiendas y andamios de asedio, y la guarnición aprovechó su difícil situación para lanzándoles piedras con potentes catapultas. Surgieron murmullos entre las filas; los desdichados soldados, medio muertos de hambre y medio ahogados, suplicaban volver a casa; y tras cincuenta días de esfuerzos infructuosos, Amalric se vio obligado a abandonar el asedio. Se firmó la paz, y los generosos y prácticos alejandrinos abrieron sus mercados a los invasores hambrientos, quienes, una vez saciados, emprendieron con gran abatimiento el regreso a Palestina (19 de diciembre). Para colmo del desastre, una tempestad destrozó casi toda la flota, y los cadáveres de los griegos fueron arrojados a la costa que habían venido a conquistar. Como dice el proverbio: «El avestruz salió a buscarse cuernos y volvió sin orejas». A partir de entonces, en lugar de salir al ataque, el Reino Latino se vio obligado a defenderse.

Animado por el fracaso de los francos en Damieta, Saladino salió al campo de batalla al año siguiente —un año memorable por el terremoto que devastó Siria y arrasó muchas de sus antiguas ciudades— y comenzó la serie de ataques que se prolongaron hasta su tratado con Ricardo de Inglaterra, veintidós años más tarde. Su primera incursión fue contra Gaza, la ciudad fronteriza del Reino Latino. De camino, sitió el pequeño castillo de Darum, el puesto avanzado meridional del cristianismo, que había sido fortificado recientemente por Amalrico y estaba en manos de los Caballeros Templarios. Su comandante, Ansel de Pass, opuso una enérgica defensa y ganó tiempo para que Amalric llegara con 250 caballeros de ambas órdenes militares y 2.000 soldados de a pie, quienes rápidamente desalojaron a los sarracenos de sus posiciones. Saladino no esperó a librar una batalla campal: en plena noche se escabulló y, casi antes de que se despertaran, los habitantes de Gaza se encontraron con que su ciudad había sido tomada. La ciudadela, sin embargo, una sólida fortaleza construida por Balduino II, resistió, y su gobernador, Milo de Planci, se negó rotundamente a admitir a los ciudadanos fugitivos, que se vieron así obligados a permanecer fuera de las puertas y luchar hasta la muerte. Saladino no tenía intención de llevar a cabo un largo asedio y, tras saquear la ciudad, dejó el castillo en paz y regresó a Egipto con el botín. De camino, pasó cerca de Amalrico, quien había puesto a sus hombres en armas, pero se sintió aliviado al verlo partir sin ofrecer batalla. Los éxitos de aquel año culminaron en diciembre de 1170 con la toma de Elat, en la cabecera del golfo de Aqaba, la misma Elat desde donde la flota de Salomón zarpó hacia Ofir, la clave de la ruta del mar Rojo para los peregrinos que se dirigían a La Meca. Para rescatar este importante puesto de los cruzados, Saladino mandó construir barcos por secciones en El Cairo, transportó las piezas en camellos hasta el mar Rojo, donde las ensambló, y tomó la fortaleza tras un ataque combinado por mar y tierra.

Estos triunfos contra los «infieles» le valieron a Saladino gran renombre entre los egipcios, que no dudaban en olvidar sus celos y diferencias religiosas cuando se libraba una campaña y el botín estaba a la vista. Como su paladín frente al enemigo común, suníes y chiíes, egipcios y turcomanos, seguían con entusiasmo los estandartes del joven líder, contra quien habían conspirado con igual entusiasmo cuando no estaba en juego ninguna guerra santa. El valor y la destreza militar de Saladino convencieron al ejército de su derecho al mando, y la mayoría del pueblo, en la medida en que lo entendía, reconoció en él a un poderoso protector. Su autoridad estaba ya tan firmemente establecida que pudo atreverse a dar un paso trascendental. La situación anómala de un visir suní que ocupaba un cargo bajo un califa fatimí resultaba especialmente desagradable para un hombre de las opiniones ortodoxas de Saladino. Desde hacía algún tiempo, el rey de Siria y el califa abasí de Bagdad le habían presionado para que pusiera fin a esta incoherencia política y teológica introduciendo el nombre del verdadero califa, en lugar del falso, en la oración pública del viernes (jutba), la forma reconocida de juramento de lealtad. Hasta entonces, Saladino, a pesar de sus principios religiosos, se había opuesto a esta propuesta alegando que el cambio podría provocar una revolución en Egipto. Otra razón, que no mencionó, era que su popularidad entre los egipcios heterodoxos podría resultar un valioso apoyo en el muy probable caso de una ruptura con Nur ad-Din.

En 1171, sin embargo, su posición se había fortalecido considerablemente y podía permitirse correr cierto riesgo. El califa fatimí ya no era un factor político por sí mismo. Desde el asesinato de su chambelán negro, tanto él como su palacio habían quedado bajo el control vigilante del eunuco blanco Karakush, la mano derecha de Saladino, cuyo nombre, por curioso que parezca, en lugar de asociarse con actos de fidelidad y severidad, se ha convertido en el Imperio turco en la designación de un ridículo títere: Punch. El aislamiento y la impotencia del califa habían mermado la influencia de la doctrina chií en El Cairo, y Saladino había proporcionado una sólida instrucción religiosa conforme a las normas suníes mediante la fundación de colegios y el nombramiento de maestros autorizados de la ortodoxia en la capital y en las principales ciudades de provincia.

Así quedó preparado el terreno, y se aprovechó la enfermedad del indefenso cautivo —que aún se autodenominaba imán, o líder guiado por Dios— para llevar a cabo el cambio en el califato que se había decidido hacía tiempo. El primer viernes del mes sagrado de Muharram, el primer mes del año de la Huya 567 (el 10 de septiembre de 1171), un audaz clérigo de Mosul, adelantándose al predicador habitual de la mezquita principal, recitó la oración de súplica por la preservación y la prosperidad del califa ortodoxo de Bagdad: «Oh Dios, ayúdale y ayuda a sus ejércitos; oh Señor de la Fe y del mundo presente y del mundo venidero, oh Señor de los seres de todo el mundo. Oh Dios, ayuda a las fuerzas de los musulmanes y a los ejércitos de quienes solo te adoran a Ti. Oh Dios, frustra a los infieles y a los politeístas, tus enemigos, enemigos de la Fe».

Esta revolución eclesiástica tuvo lugar sin ningún indicio de oposición; ni siquiera hubo un choque entre dos cabras, dice el cronista; la multitud reunida no mostró más que sorpresa. El califa de Bagdad se llenó de alegría, iluminó su capital y envió a Nur ad-Din y a Saladino túnicas de honor y las famosas banderas negras enarboladas por las legiones abasíes. A Nur ad-Din le envió, además, dos espadas, una para el dominio de Siria y la otra para Egipto, y lo aclamó sultán. Mientras tanto, la persona más afectada yacía moribunda en su gran palacio de El Cairo. El-Adid, el último de los califas fatimíes, nunca llegó a enterarse de que había sido sustituido en las oraciones públicas; Saladino había prohibido a sus sirvientes que se lo dijeran, diciendo: «Si se recupera, se enterará de la verdad muy pronto, pero si no, que muera en paz». Murió tres días después, sin haber cumplido aún los veintiún años. En su lecho de muerte había pedido ver a Saladino, pero el visir sospechó una conspiración y se excusó. Posteriormente, cuando comprobó que el deseo era sincero, se arrepintió de su negligencia y elogió las numerosas virtudes del joven califa, su carácter afable, sus buenas cualidades y sus gestos amistosos. Así terminó, entre debilidad y abandono, la dinastía fatimí, que había sido la mayor potencia musulmana a orillas del Mediterráneo durante casi tres siglos. La familia sobrevivió, es cierto, durante dos generaciones, pero no pudo hacer nada contra la autoridad indiscutible de Saladino. El-Adid dejó once hijos, cuatro hermanas, cuatro esposas y otros parientes, hasta un total de ciento cincuenta y dos personas; pero Karakush, el mayordomo, los encerró bajo estricta vigilancia, a los hombres en un lugar y a las mujeres en otro, proporcionándoles los lujos y el respeto a los que estaban acostumbrados. El gran palacio de los fatimíes tenía un nuevo dueño.

 

CAPÍTULO VIII. SALADINO EN EL CAIRO. 1171-1173

 

El Cairo en los días de Saladino

 

Los visitantes del El Cairo moderno apenas ven nada de la capital de Saladino. Aparte de las tres puertas antiguas, tres mezquitas en ruinas y parte de las antiguas murallas, no queda nada de la ciudad que atravesó cuando salió por primera vez del palacio fatimí al frente de su guardia. El elemento más llamativo del El Cairo actual, la Ciudadela, con sus esbeltos minaretes turcos y sus imponentes almenas, no existía: solo un espolón redondeado del monte Mukattam sugería el lugar donde debía construirse una fortaleza. La mayor parte de la amplia extensión, ahora ocupada por las casas europeas del barrio de Ismailiya, entre Ezbektya y el río, estaba sumergida; pues en la época de Saladino el Nilo discurría mucho más al este y casi bañaba la muralla de la ciudad en la zona donde entonces se encontraba el barrio ribereño de el-Maks; Bulak y su isla aún no se alzaban por encima de la superficie del agua, y no existía el barrio de Abbasiya al norte. Las casas y las calles se extendían entonces, al igual que ahora, más allá de la antigua Puerta de Zuweyla, hacia el sur, hasta la capilla de «Nuestra Señora Nefisa», y más allá de esta había muchos edificios o ruinas de antiguas viviendas, donde ahora solo vemos colina tras colina de montones de escombros cubiertos de arena: los melancólicos vestigios de lo que en su día fue la majestuosa ciudad, rodeada de jardines, de la antigua Fustat y de la aún más antigua Babilonia.

Esos suburbios y ruinas no formaban parte entonces de El Cairo. El verdadero El Cairo, la ciudad de los califas fatimíes, no fue nunca más que un inmenso castillo real, llamado «La Victoriosa», el-Kahira, la Cahere de Guillermo de Tiro, nombre que los italianos deformaron hasta convertirlo en nuestro El Cairo moderno. También se la conocía como «la ciudad», el-Medina, y fue fundada en 969 expresamente para que sirviera de residencia al califa y a su vasto harén y servidumbre, con alojamientos alrededor de su palacio para las distintas brigadas de su ejército, el visir y los funcionarios del Estado, así como para los departamentos del gobierno. El espacioso recinto del castillo, protegido por murallas macizas e imponentes puertas de estilo normando, era terreno prohibido para todos salvo para los altos funcionarios del Estado. Incluso los embajadores de potencias extranjeras debían desmontar fuera y eran conducidos ante la presencia del califa, tomados por ambas manos, a la manera de las antiguas cortes bizantinas y otomanas medievales.

Los edificios principales eran el «Gran Palacio del Este», la residencia personal del califa, donde mantenía a sus mujeres, hijos, esclavos, eunucos y sirvientes —cuya cifra se estimaba entre dieciocho y treinta mil— y el «Pequeño Palacio del Oeste», o casa de recreo, que daba al espacioso jardín de Kafur, donde un meydan o hipódromo servía de lugar de ejercicio para la corte. Ambos estaban separados por la plaza llamada «Entre los Palacios», donde podían desfilar hasta diez mil soldados; el nombre se conserva aún en parte del Suk-en-Nah-hasin o Mercado de los Caldereros. Un pasadizo subterráneo conectaba los dos palacios, por el que el califa podía pasar sin violar ese misterioso aislamiento que formaba parte de su carácter sagrado.

Muy cerca se encontraban el mausoleo donde descansaban los restos de sus antepasados fatimíes, traídos desde la lejana Kayrawán; y la mezquita (el-Azhar), donde el califa solía dirigir las oraciones del viernes como príncipe y cantor de los fieles; y cerca de esta, señala el historiador árabe, como si se tratara de un elemento arquitectónico habitual, se encontraba «el pozo en el que el califa solía arrojar a los asesinados». El pueblo creía que en sus lúgubres profundidades se ocultaba algo más valioso que los cadáveres de califas asesinados, esclavos o favoritos caídos en desgracia; pero cuando buscaban oro y piedras preciosas, eran repelidos de forma sobrenatural; y como ningún hombre puede enfrentarse con seguridad a «los genios», el pozo fue taponado, para evitar que ocurriera algo peor.

Los historiadores árabes hablan con gran admiración del tamaño y el esplendor del Gran Palacio. Leemos de cuatro mil salas; de la Puerta Dorada que daba al Salón Dorado, un magnífico pabellón donde el califa, sentado en su trono de oro, rodeado de sus chambelanes y caballeros de la corte (por lo general griegos o sudaneses), contemplaba desde detrás de un biombo de filigrana dorada las fiestas del Islam; del Salón Esmeralda con sus hermosos pilares de mármol;—el Gran Diván, donde se sentaba en acto de estado los lunes y jueves, junto a una ventana bajo una cúpula —la misma ventana, tal vez, bajo la cual Dirgham se presentó suplicante en su caída—; y la sakifa o Pórtico, donde el califa escuchaba cada tarde, mientras los oprimidos y agraviados se reunían abajo y proclamaban en voz alta el credo de los chiitas, hasta que él oía sus quejas y daba órdenes para que se les hiciera justicia. Los historiadores dicen poco del esplendor del interior del palacio, pero cabe hacerse una idea de sus tesoros a partir de las maravillas observadas por Hugo de Cesarea y de la afirmación de que, entre la asombrosa riqueza de joyas y piedras preciosas que Saladino descubrió tras la muerte de el-Adid, había una esmeralda de cuatro dedos de largo y un rubí conocido como «la Montaña», cuyo peso, en nuestros términos, superaba los 2.400 quilates («Yo mismo la he visto y pesado», dice Ibn al-Athir). La riqueza de los fatimíes en joyas y obras de orfebrería era desde hacía tiempo proverbial. En el inventario de los tesoros de uno de estos califas leemos acerca de grandes cantidades de esmeraldas y perlas, jarrones de cristal tallado, vajilla de oro cincelada y esmaltada; cofres con incrustaciones de motivos en oro; muebles y adornos de sándalo, ébano y marfil, adornados con piedras preciosas; copas y jarras de porcelana fina llenas de alcanfor y almizcle; espejos de metal enmarcados en plata y oro con bordes de esmeraldas y cornalina; mesas de sardónice; innumerables vasijas de bronce con incrustaciones de plata y oro; tapices, sedas y brocados, ricamente bordados en oro y adornados con retratos de reyes.

De todos los tesoros que encontró, Saladino no se quedó con nada para sí mismo. Algunos los repartió entre sus seguidores o se los regaló a Nur-ed-din; la gloriosa biblioteca de 120 000 volúmenes manuscritos se la entregó a su erudito canciller, el Kady el-Fadil; el resto del tesoro se vendió para las arcas públicas. Tampoco encajaba con su modo de vida sencillo y austero instalarse en el majestuoso palacio del difunto califa. Los divanes de Silkeji y los «Pabellones de Perlas» no significaban nada para él. Permaneció en la «Casa del visir» y cedió el Gran Palacio a los capitanes de su ejército, asignando la casa de recreo occidental a su hermano el-Adil. Al dejar de ser residencias reales, las hermosas mansiones de los fatimíes cayeron gradualmente en ruinas. «¡Oh, detractor de mi amor por los hijos de Fátima!», exclamó Omara, el poeta de Yemen, «¡únete a mis lágrimas por los salones desolados de los palacios gemelos!». Uno de los porteros comentó que hacía mucho tiempo que no veía que trajeran leña ni que sacaran basura; y cuando la carpintería se utiliza como combustible y se deja que los residuos se acumulen, el fin de un edificio no está lejos. Así ocurre que no queda ni un vestigio de estos palacios, antaño espléndidos, que eran la maravilla y la envidia de los príncipes.

A las afueras de la ciudad o castillo de El Cairo había una gran población al suroeste, y cuando Saladino partía a caballo para visitar la tumba sagrada del imán esh-Shafiy en el desierto, pasaba por los emplazamientos de tres antiguas capitales. Al salir por la puerta de Zuweyla, atravesaba primero los barrios relativamente recientes que habían surgido desde la construcción de la ciudad real y oficial; pasaba junto a las ruinas de la Mansuriya, de donde había expulsado a los negros rebeldes como si fueran un nido de avispas. Más adelante, a su derecha se encontraba el «Lago del Elefante», seco desde hacía mucho tiempo, mientras que a la izquierda las escarpadas estribaciones de la cordillera de Mukattam habían motivado la construcción de la ciudadela que él mismo comenzó más tarde. Durante todo el trayecto, su camino discurría por los abarrotados barrios periféricos del pueblo, cuyas casas cubrían el emplazamiento donde antaño se había alzado la famosa ciudad de «los Barrios» (el-Katai), donde Ibn Tulún, tres siglos antes, había mantenido su corte real.

El-Katai era, al igual que la ciudad de El Cairo, esencialmente una capital oficial, y estaba habitada principalmente por el rey y su corte, sus soldados y sus proveedores, cada clase en un barrio distinto. Fue la tercera capital construida desde que los árabes conquistaron Egipto, y de toda su magnificencia no queda nada más que la mezquita en ruinas de Ibn-Tulun, cuya grandeza y admirables diseños revelan algo de lo que se ha perdido. Más allá, aún hacia el suroeste, se alzaba antaño el-Askar, «el Campamento», otro centro oficial, donde residían los gobernadores enviados desde Bagdad para gobernar Egipto en la época en que el califa abasí ejercía un dominio absoluto desde las fronteras de la India hasta el océano Atlántico. Más al sur aún, entre el lago de los abisinios y el Nilo, se encontraban los restos de la capital más antigua del Egipto musulmán, a la vez centro oficial y metrópoli comercial, llamada el-Fustat, «la Tienda», en recuerdo del pabellón del conquistador árabe. A pesar de las devastaciones causadas por el gran incendio de 1168, los habitantes habían comenzado a regresar a sus hogares en ruinas e intentaban repoblar las calles desoladas. Pero Fustat nunca recuperó la prosperidad perdida, cuando sus bazares eran famosos por su riqueza y su comercio, sus casas se elevaban seis pisos en altura y los jardines de frutas y flores se extendían por todas partes. Ahora no queda nada más que la antigua mezquita de Amr, tan a menudo reparada y modificada que su fundador no la reconocería, y la fortaleza romana de Babilonia, el «Castillo de la Baliza» de los árabes, ahora un hervidero de iglesias coptas atendidas por zánganos coptos, pero que en su día fue la guardiana de una bulliciosa ciudad cristiana, la antigua y populosa «Babilonia de Egipto». El escaso suburbio del Cairo Antiguo, o Masr-el-Atika, no es una reliquia de Fustat, pues se erige sobre un terreno que estaba cubierto por el Nilo en la época en que Fustat era una ciudad.

La historia de la capital de Egipto bajo sus gobernantes musulmanes había sido, por tanto, una sucesión de traslados del sur al noreste. En primer lugar, el-Fustaty, «la Tienda», fue fundada por Amr el Conquistador en el año 641; después se construyó el-Askar, «el Campamento», como centro de gobierno, en el emplazamiento del campamento del general abasí en el año 750; en tercer lugar, se trazó el-Katai, «los Barrios», aún más al noreste, en el año 869, por Ahmad ibn Tulun, como capital de su dinastía; y, por último, en el año 969, Johar, el general del califa fatimí de Kayrawan, tras anexionar Egipto, fundó el-Kahira, «la Victoriosa», como residencia fortificada para su señor.

Saladino continuó con la tradición constructora de la que se enorgullecía todo gran gobernante oriental; pero, en lugar de desplazar la capital aún más hacia el noreste, trató de unir los emplazamientos de las cuatro capitales y de construir una ciudadela —el famoso «Castillo de la Montaña»— en el espolón más occidental del monte Mukattam, para que fuera el centro del gobierno y constituyera una fortaleza militar capaz de dominar toda la ciudad y resistir los asaltos externos. Su plan consistía en conectar esta fortaleza mediante una muralla con bastiones con las antiguas fortificaciones de la «ciudad» fatimí, y ampliarla de modo que abarcara los emplazamientos de Fustat y Katai, llegando así hasta el río; pero el plan no se llevó a cabo, y ni siquiera la ciudadela se terminó hasta mucho después de su muerte. La ampliación de la superficie de la ciudad llevada a cabo por Saladino vino acompañada de la demolición de barrios enteros situados entre la ciudad vieja y el santuario de Nefisa. Estos fueron sustituidos por jardines de recreo, y se tiene constancia de que la alta puerta de Zuweyla podía verse desde la entrada de la mezquita de Ibn Tulún. Jehan Thenaud, que acompañó a una embajada de Luis XII a El Cairo en una época posterior, consideró que estos jardines seguían siendo un rasgo llamativo de la ciudad:

«jardines muy suntuosos y grandes, llenos de todo tipo de árboles frutales: como cidras, limones, melones, naranjas, albaricoques, casis y manzanas de Mose o de Adán, pues se dice que la fruta por la que Adán desobedeció el mandamiento de Dios fue precisamente esa. Dichos jardines se riegan todas las mañanas y todas las tardes con agua del Nilo, que extraen bueyes y caballos».

Aún hoy pueden verse vestigios de algunos de estos jardines de recreo desde las almenas de la Ciudadela.

Se ha supuesto que Saladino diseñó la Ciudadela de El Cairo para protegerse de una posible insurrección de los partidarios de la dinastía anterior. Sin embargo, una explicación suficiente se encuentra en sus primeras experiencias: toda ciudad siria tenía su ciudadela o fortaleza, y la experiencia había demostrado en numerosas ocasiones que la ciudad podía ser tomada mientras la ciudadela permaneciera inexpugnable, como refugio para el pueblo y medio de recuperación. Por lo tanto, El Cairo también debía tener una ciudadela. Pronto podría ser necesaria como torre de defensa contra su propio señor feudal, Nur al-Din. Saladino se había ganado el favor del rey de Siria con regalos procedentes de los tesoros del palacio fatimí; todos los viernes se rezaban oraciones por él como señor soberano en las mezquitas, sobre todo en la gran mezquita de el-Hakim, que ahora había sustituido a la de Al-Azhar como mezquita principal de la ciudad; y su nombre aparecía en las monedas acuñadas por Saladino en El Cairo. Pero, a pesar de esta sumisión nominal y de la ausencia de todo símbolo de soberanía personal, Saladino era prácticamente su propio señor; y, respaldado como estaba por un poderoso ejército al mando de sus hermanos y sobrinos, era, de hecho, rey de Egipto. Nur-ed-din era muy consciente de ello, pero sus dificultades con los francos, con el sultán selyúcida de Rum y con diversos gobernantes conflictivos de Mesopotamia no le dejaban tiempo libre para recortar las alas a su vasallo en Egipto. Ni siquiera podía contar con la cooperación de Saladino en la Guerra Santa; pues, aunque es difícil determinar si con razón o sin ella, Saladino estaba convencido de que, si alguna vez su soberano tuviera la oportunidad de capturarlo, su poder llegaría a su fin; y nada podía inducirlo a aventurarse al alcance de Nur-ed-din. No solo eso, sino que parece que llevó ese temor tan lejos que prefirió tener a los francos en sus fronteras como obstáculo al avance de Nur-ed-din.

Un ejemplo de ello se produjo inmediatamente después de la muerte del califa egipcio. Amalarico se encontraba ausente en Constantinopla, acordando nuevas medidas contra los sarracenos con el tío de su esposa, el emperador Manuel Comneno; y Saladino, probablemente actuando bajo órdenes de Damasco, aprovechó la oportunidad para lanzar un ataque contra Mont Real (esh-Shaubak), una pequeña y molesta fortaleza construida por Balduino I en 1115. Sus relucientes almenas blancas coronaban una colina cubierta de olivos, y sus jardines de albaricoqueros, situados más abajo, formaban un delicioso oasis en el desierto al sur del mar Muerto. Pero se erigía como un centinela en la frontera entre Siria y Egipto, y dominaba la ruta de las caravanas entre ambos países, lo que suponía una molestia constante para su comercio. Conservarla o destruirla fue durante muchos años un objetivo muy querido para Saladino, pero se le escapaba constantemente de las manos. En este primer intento partió el 21 de septiembre de 1171 y estableció su asedio alrededor de las blancas murallas sin encontrar apenas oposición. De hecho, tras una breve defensa, la guarnición solicitó un armisticio de diez días, para acordar las condiciones de la capitulación o, más probablemente, para ganar tiempo con vistas a un rescate. Durante este intervalo, el propio Nur al-Din partió de Damasco para reunirse con su virrey egipcio; ante lo cual Saladino levantó el campamento y se retiró a El Cairo. En una carta a su señor feudal, alegó un rumor oportuno sobre una conspiración a favor de la antigua dinastía como excusa para su repentina retirada. Era cierto, pero insuficiente; sus hermanos eran plenamente competentes para hacer frente al levantamiento de los Negros en el Alto Egipto. Nur-ed-din no se dejó engañar y decidió invadir Egipto y poner fin a tal insubordinación.

Los rumores sobre el inminente ataque no tardaron en llegar a El Cairo, y la familia de Ayyub y los principales capitanes del ejército, a quienes Saladino comunicó la noticia, celebraron un consejo lleno de inquietud. Se hizo un silencio sepulcral. Entonces, un joven sobrino impetuoso, Taki-ed-din Omar, tomó la palabra: «Si viene Nur-ed-din —dijo—, lucharemos contra él y lo expulsaremos del país». Pero Ayyub, prudente y sagaz como siempre, reprendió con severidad al joven impulsivo y, volviéndose hacia Saladino, dijo:

«Yo soy tu padre, y aquí está Shihab-ed-din, el hermano de tu madre: piénsalo bien, ¿hay alguien en esta asamblea que te quiera y desee tu bienestar tanto como nosotros?».

«¡No, por Alá!», exclamó Saladino.

«Sabe, pues —dijo Ayyub—, que si tu tío y yo nos encontráramos con Nur-ed-din, nada nos impediría desmontar y besar el suelo a sus pies. Incluso si nos ordenara cortarte la cabeza con la espada, lo haríamos. A partir de esto, juzga lo que harían los demás. Todos los que ves aquí, y todas las tropas, se verían obligados a rendir homenaje a Nur-ed-din, si llegara. Esta tierra es suya, y si quisiera destronarte, tendríamos que obedecer al instante. Por lo tanto, este es mi consejo: escríbele y dile: “Me ha llegado la noticia de que pretendes liderar una expedición a este país; pero ¿qué necesidad hay de ello? Que mi señor envíe aquí un mensajero en dromedario, que me guíe hasta ti con un turbante colgado del cuello; nadie aquí se atreverá a resistirse”.

A continuación, dio por terminada la reunión: «Retiraos y dejadnos solos. Somos mamelucos y esclavos de Nur-ed-din, y él puede hacer con nosotros lo que le plazca».

Todo esto se dijo para causar efecto, pues Ayyub sabía que algunos de los emires celosos seguramente escribirían e informarían de todo lo ocurrido a Damasco. Cuando se quedó a solas con su hijo, le reprendió por haber dejado que los oficiales vieran su ambición secreta, y reiteró su convicción de que ningún hombre del ejército se atrevería a tomar las armas contra el rey de Siria, y de que la única actitud prudente era la conciliación. Repitió el mensaje que había propuesto antes y luego añadió: «Cuando lea esto, renunciará a su proyecto. Mientras tanto, el tiempo juega a nuestro favor, y a cada instante Dios está haciendo algo». Entonces, el viejo guerrero exclamó: «¡Por Alá! Si Nur al-Din intentara quitarnos tan solo una caña de azúcar, yo mismo lucharía contra él hasta la muerte». Saladino siguió el consejo de su padre y, tal y como Ayyub había previsto, el rey consideró prudente aceptar el mensaje de sumisión, sin arriesgarse a la prueba del dromedario.

La sinceridad de la obediencia de Saladino pronto se puso a prueba. En mayo o junio de 1173, partió, siguiendo las instrucciones de Nur-ed-din, para sitiar Karak. Esta célebre fortaleza, al norte del Monte Real y cerca del extremo sur del Mar Muerto, se encontraba también en la ruta de las caravanas, era la clave misma de Siria y una espina perpetua en el costado de los sarracenos. Se alzaba, y aún se alza, en el emplazamiento de Kir Moab, que, en tiempos de Mesha, repelió el ataque de Josafat, rey de Judá; y mantuvo noblemente su tradición. «El Castillo del Cuervo», como lo llamaban los árabes, fue reconstruido sobre cimientos romanos por Payen, copero del rey Fulco, en una elevada colina de la cordillera del monte Seir, a casi tres mil pies sobre el nivel del mar, y con vistas a un fértil valle, calentado por aguas termales, donde crecían frutas en abundancia. La ubicación y la solidez de las fortificaciones —cuyas torres, esculpidas con leones, aún pueden verse— hacían que la fortaleza fuera casi inexpugnable: un profundo foso la separaba de la ciudad situada más abajo, que también estaba fortificada, y desde donde solo se podía acceder al castillo a través de dos túneles empinados y estrechos excavados en la roca viva. Un precipicio escarpado defendía el flanco este. En su construcción general, era una típica fortaleza de las Cruzadas; y, bien abastecida de agua y provisiones, resistió un asedio tras otro.

Saladino aún no estaba destinado a tomarla. Apenas había comenzado a librar escaramuzas con los puestos avanzados del enemigo, cuando llegó la noticia de que Nur-ed-din, tal y como se había acordado de antemano, se acercaba con su ejército sirio. Hasta ese momento, Saladino parecía haberse armado de valor para enfrentarse a su señor feudal, pero en el último momento le falló el valor. Temió una trampa y se retiró apresuradamente a Egipto. Su excusa era bastante válida: la enfermedad de su padre, a quien había dejado al mando en El Cairo y cuya muerte podría provocar una revolución. Nur-ed-din se tomó la deserción con buen talante, diciendo: «La conquista de Egipto es nuestro objetivo primordial». Tal y como sucedieron las cosas, Saladino regresó demasiado tarde para ver a su padre con vida. Ayyub se había caído de su caballo a las afueras de la Puerta de la Victoria, mientras realizaba su paseo diario para ejercitar a sus tropas, y murió el 9 de agosto, antes de la llegada de su hijo. La pérdida de su sagacidad política no podía sustituirse fácilmente.

Saladino era muy consciente de que, a pesar de sus palabras amables, Nur al-Din seguía albergando hacia él sentimientos todo menos amistosos, por lo que se puso a buscar un refugio seguro ante la amenaza de invasión. Siguió reforzando las fortificaciones de El Cairo, aumentando su ejército y acumulando provisiones y armas; pero distaba mucho de confiar en su capacidad para resistir un ataque procedente de Siria, por lo que se dedicó a preparar un lugar de retirada por si se veía obligado a abandonar Egipto. Ya había conquistado las provincias de la costa africana, Barka y Trípoli, hasta Kabis (Gabés), en una expedición dirigida por un segundo Karakush (que no era el constructor de la ciudadela de El Cairo) en 1172-1173; pero esta franja de territorio era demasiado vulnerable a las invasiones por mar y por tierra como para ofrecer un refugio seguro, y la expedición se llevó a cabo principalmente con el fin de mantener ocupadas a sus numerosas tropas y proporcionarles nuevo botín y dinero de los premios de guerra. Los mismos objetivos, junto con el traslado de los oficiales intrigantes a una distancia más segura y el castigo a los negros aún rebeldes, sin duda motivaron en cierta medida la expedición que envió al Sudán a principios de 1173; pero en este caso tenía un plan más profundo. Si Egipto resultaba insostenible, entonces el Sudán, o tal vez el sur de Arabia, podría servir como lugar de refugio, adonde Nur al-Din probablemente no le seguiría. El Sudán, sin embargo, resultó ser todo menos un refugio deseable. El hermano mayor de Saladino, Turán Shah —un soldado valiente y audaz, pero imprudente e inestable como el agua— logró con éxito su objetivo inmediato: sometió a los negros y ocupó Ibrim, tal y como se ha relatado. Pero vivir de forma permanente en un país que no producía más que maíz, y donde la única ocupación consistía en luchar y esclavizar a una población irreconciliable bajo un sol abrasador, no era en absoluto de su agrado, por lo que regresó a El Cairo con una caravana de esclavos e informó de que Sudán no serviría para los propósitos de Saladino.

Quedaba aún la opción de Arabia. Omara, un poeta e historiador de Yemen que por entonces vivía en El Cairo, agotó todos los recursos del lenguaje para ensalzar la belleza y la fertilidad de su tierra natal, famosa en la Antigüedad como Arabia Felix. Más tarde se creyó que su entusiasmo estaba dictado en parte por el deseo de alejar a un líder tan feroz y belicoso como Turan Shah antes de que viera la luz una conspiración que se estaba gestando. Sin embargo, las descripciones del poeta, que eran bastante veraces, se tomaron de buena fe, y Turán Shah organizó una expedición bien equipada, que partió de Egipto el 5 de febrero de 1174 con destino a La Meca, en su marcha hacia Yemen. Allí se le unió un poderoso jefe árabe, y entre ambos acabaron rápidamente con la resistencia de los yemeníes. Zebid, Jened, Adén, Saná y las demás fortalezas cayeron una tras otra, entre mayo y agosto, y Turán Shah estableció su sede de gobierno en Taiz y gobernó la Arabia Feliz hasta su regreso junto a su hermano a principios de 1176. La provincia permaneció bajo la autoridad de la dinastía ayubí durante cincuenta y cinco años, pero nunca se utilizó para el fin previsto: servir de refugio frente a la venganza de Nur al-Din.

Mientras tanto, las insurrecciones y las intrigas habían perturbado la serenidad de Egipto. La conspiración, de la que se creía que Omara era el instigador, estaba madurando. Varios egipcios y sudaneses, e incluso algunos de los oficiales y tropas turcomanos, se unieron a la conspiración; se había comprometido a los reyes de Sicilia y Jerusalén a prestar su ayuda a cambio de promesas de oro y territorios; y se estaban llevando a cabo los preparativos para un ataque combinado por mar y tierra, en el que se pretendía atrapar a Saladino. Afortunadamente, todo el plan fue delatado a la víctima prevista por un clérigo a quien los conspiradores habían confiado imprudentemente su secreto. Saladino esperó hasta que la información se confirmara por completo y, entonces, se abalanzó sobre los conspiradores, detuvo a los líderes —incluido el poeta demasiado político— y los mandó crucificar a todos el 6 de abril de 1174. Los egipcios amotinados y los esclavos negros fueron exiliados al Alto Egipto.

El ataque marítimo, que debía haber respaldado la conspiración de El Cairo, no se produjo hasta finales del verano. Los francos de Palestina no se movieron cuando se enteraron de que la conspiración había fracasado; pero el rey de Sicilia, menos bien informado, envió una gran flota, estimada en 282 embarcaciones, que llegó frente a Alejandría el 28 de julio. Los habitantes de la escasa guarnición fueron tomados completamente por sorpresa, pero intentaron resistir el desembarco, que, no obstante, se llevó a cabo cerca del faro. Las catapultas y mangoneles que habían traído los sicilianos pronto comenzaron a disparar contra la cortina de las murallas de la ciudad, y los defensores se vieron obligados a luchar desesperadamente durante todo el primer día hasta que cayó la noche, para resistir a las tropas de asalto. Al día siguiente, los cristianos acercaron sus máquinas hasta las murallas, pero la guarnición había recibido refuerzos de las aldeas vecinas y, de nuevo, el ataque fue repelido. Al tercer día, se produjo una enérgica salida: se quemaron las máquinas, el enemigo sufrió graves pérdidas y la guarnición regresó eufórica por el triunfo. Apenas habían traspasado las puertas cuando llegó un mensajero urgente de Saladino, a quien habían pedido ayuda. El mensajero había cabalgado desde El Cairo ese mismo día con relevos de caballos y, al llegar a Alejandría entre las tres y las cuatro de la tarde, proclamó a voz en grito la llegada del ejército de Saladino. La noticia infundió nuevo ánimo a los defensores, que se lanzaron de nuevo al exterior en la oscuridad creciente, se abalanzaron sobre el campamento de los sicilianos y los expulsaron, a unos hacia los barcos y a otros al mar. La noticia de que Saladino estaba en marcha puso fin al fiasco: los sicilianos soltaron amarras y huyeron, tan repentinamente como habían llegado.

El peligro que representaban los francos había pasado, pero había sido muy grave. No obstante, la invasión siciliana, la conspiración en El Cairo y la insurrección a lo largo del Nilo no pesaban nada en la balanza frente a las importantes noticias que habían llegado de Siria. El mayor de los peligros había pasado, el mayor de los rivales ya no era temible; pues el 15 de mayo el sultán de Siria yacía muerto.

 

PARTE III.IMPERIO. 1174-1186

 

 

 

 

CAPÍTULO IX. LA CONQUISTA DE SIRIA. 1174-1176

 

La noticia de la muerte de Nur-ed-din cayó como un rayo entre los sarracenos. Fue totalmente imprevista. El 6 de mayo de 1174, salía a cabalgar con uno de sus cortesanos, discurriendo, con su estilo filosófico, sobre la incertidumbre de la vida humana; el día 15, a los cincuenta y seis años, le arrebató la vida una insignificante angina. Ningún soberano desde Melik Shah había sido tan venerado. Para sus súbditos era un modelo de todas las virtudes, la encarnación de la piedad musulmana, «un segundo Omar ibn Abd-el-Aziz», un rey tan piadoso, justo y clemente como ninguno que hubiera reinado jamás. Incluso los cruzados dieron testimonio de su carácter caballeroso, y Guillermo de Tiro admite que, a pesar de su raza y credo, «Noradino era un príncipe justo, sabio y religioso», aunque un gran opresor de los cristianos. La justicia era la cualidad que más valoraba después de la piedad —de hecho, como parte de ella—. Él mismo comparecía ante el tribunal del cadí para responder a la demanda de un súbdito, e insistía en que no se le mostrara ningún favor por su rango. Eximió de todos los aranceles, derechos y diezmos en todos sus dominios, y vivía de forma sencilla y frugal con sus medios privados, sin tocar los ingresos públicos. Cuando su esposa se quejó de su pobreza y desdeñó su oferta de tres tiendas en Emesa, pertenecientes a su patrimonio y con un valor aproximado de veinte piezas de oro al año, él la reprendió: «No tengo nada más, pues todo lo demás lo administro únicamente en fideicomiso para el pueblo». En cumplimiento de esa responsabilidad, construyó ciudadelas para su defensa y fundó numerosas escuelas, conventos, hospitales y caravasares para su bienestar espiritual y físico. Ningún hombre disfrutaba más de la conversación de los eruditos y devotos. Ninguno era más diligente en la observancia de las normas más minuciosas de su religión. Había una calma sagrada en sus ojos serios pero amables, que suavizaban la frente maciza y ennoblecían el rostro moreno, casi imberbe. Poseía la dignidad y la serenidad del verdadero caballero oriental; en su presencia reinaban el silencio y la quietud.

La grandeza de Nur-ed-din reside más en su administración justa y competente que en sus campañas victoriosas. Sin embargo, era un guerrero audaz e intrépido, un espléndido jinete, dispuesto a exponerse en primera línea de cada batalla; y organizaba sus reclutamientos feudales con mucho esmero, hacía hereditarios los feudos de los soldados y llevaba un registro estricto de los hombres y las armas que cada uno de sus vasallos estaba obligado a proporcionar a su requerimiento. Pero su poder de conquista se vio limitado desde el principio por la división de los dominios de su padre Zengi y por los celos de su hermano mayor de Mosul. Tuvo que construir un reino y protegerlo de los ataques tanto por el este como por el oeste antes de poder emprender proyectos de mayor envergadura; y a ello debió Jerusalén su seguridad temporal. Sus primeras guerras contra los cruzados no habían sido más que incursiones; y tras tomar Damasco (1154) y someter el resto del interior de Siria, su atención se centró principalmente en Egipto; por regla general, solo mantenía escaramuzas con los francos y los mantenía a distancia. De hecho, había tomado Harenc y Banias, y en el norte había hecho sentir su poder hasta Marash. Sin embargo, en el momento de su muerte se estaba preparando para emprender empresas de mayor envergadura. Había invadido Mesopotamia tras la muerte de su hermano en 1170 y, aunque dejó al hijo de este en el poder nominal en Mosul, toda la Yezira y Diyar-Bekr estaban en realidad bajo el dominio de Damasco. Liberado de cualquier amenaza procedente de ese frente y fortalecido por la ampliación del territorio para reclutar a su ejército, estaba reuniendo fuerzas para someter a Saladino a una humildad más acorde con su rango cuando la mano de la muerte truncó sus planes. Si habría tenido éxito y si, tras destronar a Saladino, habría liderado un ejército unido de egipcios y sirios contra los francos y los habría expulsado de Tierra Santa, son meras especulaciones; pero los cristianos, cabe creer, tenían menos que temer de la política cautelosa de Nur al-Din que del celo de su gran sucesor.

Tras la muerte de Nur-ed-din, Saladino se convirtió en el gobernante más poderoso entre Bagdad y Cartago. Es-Salih Ismail, el heredero del difunto rey, era un niño de once años, un pelota de bádminton sin suerte entre tutores rivales. Los dominios de los descendientes de Zengy en Mesopotamia quedaron repartidos entre facciones envidiosas. La campana fúnebre del Reino Latino repicó en julio, cuando los francos perdieron a Amalarico, y Raimundo de Trípoli se convirtió en regente de Balduino, el afligido heredero, un muchacho de trece años y leproso. Dos niños rodeados de camarillas de consejeros envidiosos no constituían un obstáculo muy formidable para el avance de un gobernante decidido, respaldado por un ejército poderoso y experimentado. La mera ambición personal habría llevado a la mayoría de los hombres en la posición de Saladino a aprovecharse de la debilidad de sus vecinos, pero atribuirle un motivo consciente de ese tipo sería malinterpretar su carácter. A menos que pudiera convencerse de que los intereses generales de los sarracenos, y especialmente de la fe musulmana, exigían su intervención, habría dudado en aumentar su poder a costa de alguien cuya hermana era su propia esposa y cuyo padre había sido en su día su señor y benefactor. La situación de Siria no le dejaba otra alternativa, a menos que se contentara con quedarse de brazos cruzados mientras el reino que Zengi y su hijo habían construido con tanto esfuerzo caía poco a poco en manos de sus rivales, o incluso de los infieles. Reinaban la desunión y la anarquía; el primo del joven rey, de Mosul, renunció a su lealtad e incluso se anexionó Edesa y otras dependencias de Siria; el emir a cargo de Alepo estaba enemistado con quienes rodeaban al joven soberano en Damasco; muchos de los grandes vasallos se declararon independientes; el islam en Siria carecía de líder, y si los francos no se hubieran encontrado en una situación similar, habrían podido hacer lo que les hubiera placido con los fragmentos del reino de Zengi.

En esta situación, Saladino, como máximo responsable entre los oficiales del difunto rey, se ofreció naturalmente a dar consejos y a prestar ayuda, lo que casi podría interpretarse como órdenes, a pesar de los términos respetuosos en los que estaban redactados. Envió un embajador al joven rey con garantías de su lealtad y ordenó que el nombre de «es-Salih, hijo de Nur-ed-din» se recitara en la oración y se grabara en la moneda de Egipto. Escribió a los señores de Damasco para reprenderles por sus celos:

«Si Nur-ed-din —decía—, hubiera considerado a alguno de vosotros capaz de ocupar mi lugar o de merecer la confianza que él depositó en mí, lo habría nombrado gobernador de Egipto, la más importante de todas sus posesiones. Si la muerte no se lo hubiera impedido, no habría legado a nadie más que a mí la tutela y la crianza de su hijo. Me doy cuenta de que, en mi perjuicio, os habéis arrogado el cuidado de mi señor, el hijo de mi señor. Sin duda vendré a rendirle homenaje y a devolver los favores de su padre con un servicio que será recordado para siempre; y trataré a cada uno de vosotros según sus actos, [especialmente] por haber abandonado la defensa de los dominios del rey».

El consejo de Damasco no solo se había quedado impasible mientras el príncipe de Mesopotamia arrasaba ciudades; incluso había comprado con oro la buena voluntad de los francos, para gran desprecio de Saladino. De hecho, temían por igual a sus vecinos de ambos lados, Seyf-ed-din de Mosul y Saladino de El Cairo, y para protegerse de ambos habían llegado a un acuerdo con los «infieles», tal y como había hecho su predecesor Amr en tiempos de Zengi.

Pero cuando, en agosto, el joven rey fue trasladado a Alepo, les acechaba un peligro más inminente. El enérgico capitán de los veteranos de Nur-ed-din, que gobernaba Alepo y ahora asumía la tutela del rey, estaba dispuesto a arrollar a todos sus rivales, y sin duda comenzaría por Damasco. Ante esta situación de emergencia, pidieron ayuda al rey de Mosul; y cuando este se negó, invitaron a Saladino. No esperó a que se lo repitieran, sino que, tomando solo setecientos jinetes selectos, cabalgó directamente a través del desierto hacia Damasco, confiando en que la suerte le permitiera atravesar sanas y salvas las fronteras francas. Salió ileso del páramo y, al entrar en la antigua ciudad en medio de aclamaciones generales, descansó en la antigua casa de su padre, hasta que la ciudadela también le abrió sus puertas, el 27 de noviembre. Entonces se instaló en el castillo y recibió el homenaje y los saludos de los ciudadanos, ganándose el aplauso general con una generosa distribución de fondos del tesoro real de es-Salih. Todo esto lo hizo en calidad de representante del joven rey, de quien aún se declaraba «mameluco», y cuya soberanía quedaba formalmente atestiguada por las oraciones y la acuñación de moneda.

Dejando a su hermano Tughtigin, apodado la «Espada del Islam», como gobernador de Damasco, Saladino se apresuró de inmediato a conquistar otras ciudades que pertenecían al reino de Nur-ed-din, pero que ahora eran prácticamente independientes. Era pleno invierno, y el frío y la nieve eran severos en las tierras altas; pero su misión no admitía demora. Tras atravesar la hermosa Bekaa, el valle boscoso del río Litania, el 9 de diciembre entró victorioso en la opulenta ciudad de Emesa, donde Aureliano había ofrecido en su día un sacrificio a los dioses por su victoria sobre Zenobia; y luego, sin atacar su castillo —demasiado fuerte para ser tomado por asalto—, descendió por el fértil valle del Orontes hacia la tierra de exuberantes campos y norias, hasta Hama —la misma Epifania donde la heroica reina de Palmira perdió su trono y su libertad—. La ciudad abrió sus puertas y la ciudadela se rindió al poco tiempo, tras el juramento de Saladino de que acudía como virrey y servidor de es-Salih. A continuación, se dirigió a Alepo, al famoso «Castillo Gris» que se elevaba sobre su colina redondeada por encima de la llanura, «una auténtica novia por su belleza», y que albergaba entre sus fuertes murallas a su soberano nominal. El gobernador y visir Gumushtigin no tenía intención alguna de ceder su autoridad a un visitante tan peligroso, y, con prudencia, le cerró las puertas en las narices. Saladino inició el asedio el 30 de diciembre, con el pretexto de que había acudido a rescatar a su señor feudal de los malos consejeros; pero es-Salih, tan temeroso de su libertador como desconfiado de su gobernador, salió del palacio y, cabalgando entre la multitud, se puso a merced de ella. El niño dirigió un llamamiento tan conmovedor a la multitud, suplicándoles, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, que no lo entregaran a aquel feroz invasor que le había robado su herencia, que sus corazones se conmovieron; redoblaron sus esfuerzos, y sus vigorosas y repetidas salidas hicieron que el invasor se detuviera.

La energía de la defensa, unida a un nuevo y inquietante peligro, llevó a Saladino a abandonar el asedio. Gumushtigin, el visir, decidido a no escatimar esfuerzos para evitar caer en manos de los egipcios, buscó la ayuda del jeque Sinán, el llamado «Viejo de la Montaña», gran maestre de los asesinos de Siria. Esta temible sociedad secreta, en parte religiosa, pero aún más política, se había extendido desde su cuna en el castillo de Alamut, en las montañas al sur del mar Caspio. Su cuerpo de offidawis, o emisarios, entrenados para el asesinato como un arte refinado, había utilizado sus dagas con cierta eficacia en las guerras que habían asolado Siria, y la sociedad había sido recompensada con la adquisición gradual de nueve fortalezas entre las montañas de Ansariya, formando una cadena casi inexpugnable de fortalezas desde Valenie (tomada en 1125), en la costa, hasta Masyaf, en el interior. Estos «asesinos» —hashshashin o fumadores de hachís (su nombre entre el vulgo), más propiamente ismaelitas o batinis, «esotéricos»— se habían arraigado firmemente en Siria en la época de la invasión de Saladino y eran el terror del país. Nur al-Din había intentado en vano someterlos y no había obtenido nada de su esfuerzo, salvo el desagradable descubrimiento de una advertencia clavada en su almohada con una daga envenenada. En Egipto habían apoyado la causa perdida de los fatimíes, de cuya secta procedían, y probablemente habían participado en la instigación de la conspiración de Omara. Por lo tanto, el Maestro se mostró más que dispuesto a ayudar al visir de Alepo enviando a sus fanáticos a asesinar a Saladino en su campamento. Consiguieron entrar sin dificultad, pero fueron descubiertos justo a tiempo. Uno de los desdichados fue abatido por Tughril, el chambelán mayor, en la propia tienda de Saladino, y el resto opuso una defensa desesperada antes de ser reducidos y asesinados.

Es muy posible que este escape por los pelos le disuadiera de correr más riesgos. Además, se veía amenazado desde otros frentes: el rey de Mosul estaba reuniendo tropas para defender a su primo de Alepo; y los francos ya habían cortado el camino hacia la base de Saladino en Damasco. Raymundo, conde de Trípoli, había sido durante muchos años prisionero de Nur al-Din en Alepo y, tras su liberación a cambio de un rescate (que no se pagó), se había convertido en regente del Reino Latino durante la minoría de edad de Balduino IV. El visir de Alepo, acosado por Saladino, pidió ayuda al conde, y Raimundo vio ventajas, tanto políticas como económicas, en ayudar a la ciudad sitiada contra el nuevo agresor. Por ello, llevó a cabo una maniobra de distracción, marchando sobre Emesa, que aún estaba oculta y bloqueada por parte del ejército de Saladino. Al parecer, el gobernador mantuvo algunas negociaciones con Raimundo, que, como era habitual, implicaban dinero en efectivo. Animados por esta esperanza dorada, los cristianos lanzaron el ataque el 1 de febrero de 1175 y tuvieron la satisfacción de alcanzar su objetivo principal: levantar el asedio de Alepo; pues al día siguiente se supo de Saladino. Este ya había llegado a Hama y estaba tomando una posición fuerte cerca del gran puente de piedra sobre el Orontes, donde se encuentra la aldea de Arethusa (er-Rastan). Los francos abandonaron inmediatamente la famosa ciudad, que en su día vio nacer a Julia Domna y enseñó al niño Heliogábalo aquellos ritos sirios que más tarde, ya como emperador, llevó a Roma. Saladino entró en Emesa y, tras una tenaz resistencia, tomó la ciudadela a mediados de marzo. A finales de mes ocupó Baalbek. Ahora era dueño de todo el reino sirio de Nur al-Din, salvo los distritos que dependían directamente de Alepo.

Estos éxitos despertaron finalmente a Seyf-ed-din Ghazy II, el atabeg de Mosul, quien, como jefe de los descendientes de su abuelo Zengy, consideraba Siria y Mesopotamia como un patrimonio familiar. Como miembro de la familia, no había tenido ningún reparo en aprovecharse de la juventud de su primo y anexionarse sus posesiones mesopotámicas; pero otra cosa muy distinta era que un advenedizo, que no tenía ni una gota de sangre de Zengy, se atreviera a usurpar las prerrogativas familiares. En consecuencia, Seyf-ed-din reunió un gran ejército y lo envió a Alepo, donde se esperaba con ansiedad su llegada. Las fuerzas combinadas marcharon contra el enemigo común y lo encontraron cerca de Hama. Aunque recientemente había recibido refuerzos con la llegada de un contingente procedente de Egipto, Saladino se encontraba evidentemente en inferioridad numérica; por ello, hizo propuestas para llegar a un acuerdo, llegando incluso a ofrecer abandonar todas sus conquistas al norte de la provincia de Damasco. El enemigo, sin embargo, no quiso escuchar ninguna condición y le ordenó bruscamente que se retirara a Egipto. Obligado a resolver la cuestión por las armas, tomó posiciones junto al desfiladero del Orontes, en las colinas llamadas «Homs de Hama», donde una posición estratégica compensaba la disparidad numérica. El 13 de abril de 1175, las tropas de Mosul y Alepo marcharon al ataque, confiadas en su fuerza; pero, al verse en desventaja y atrapadas en un barranco entre los aguerridos veteranos de Damasco y El Cairo, fueron aniquiladas, y la batalla terminó en una vergonzosa derrota. Saladino persiguió a los fugitivos hasta las puertas de Alepo, y los consejeros de es-Salih se vieron obligados a aceptar una tregua, por la que cada bando conservaba el territorio que poseía en ese momento. Mediante este acuerdo, Saladino siguió siendo el señor indiscutible, no solo de las provincias de Damasco, Emesa y Hamá, sino incluso de las ciudades de Kafar Tab, Barin y Maarra, no muy lejos de la propia Alepo.

Ahora, por primera vez, Saladino afirmó su independencia, se proclamó rey y suprimió el nombre de es-Salih de las oraciones y la acuñación de moneda. Ese año se rezó por él en todas las mezquitas de Siria y Egipto como señor soberano, y acuñó en la casa de la moneda de El Cairo monedas de oro a su propio nombre: «el-Melik en-Nasir Yusuf ibn Ayyub, ala ghaya». «El rey fuerte para ayudar. José, hijo de Job; exaltado sea el estandarte». Por lo que se desprende de sus palabras, había hecho todo lo posible por convencer al joven rey de Alepo de que estaba dispuesto a servirle lealmente, aunque había dejado bastante claro que no permitiría que ningún rival se acercara al trono. Es-Salih, naturalmente, percibió que tal servicio nominal significaba un dominio real, y no quiso tener nada que ver con él. Al verse rechazado rotundamente en todas sus propuestas de conciliación, Saladino se sintió liberado de cualquier obligación de lealtad, y, dadas las circunstancias, no había razón para que no asumiera él mismo la dignidad de rey. Su asunción de las prerrogativas reales recibió la benevolente sanción del califa de Bagdad, quien le envió el diploma habitual y las vestiduras de investidura como rey de Egipto y Siria; le llegaron a Hama, donde estaba organizando sus nuevas posesiones, en mayo de 1175.

Las tareas administrativas y la movilización de tropas ocuparon el resto del año, y no ocurrió nada de importancia hasta la primavera siguiente. Pero la contienda entre las casas de Zengi y Ayub no había terminado con la victoria de Saladino en Homs de Hama. Ambas partes estaban reuniendo fuerzas activamente para una nueva lucha. Seyf-ed-din estaba reclutando tropas entre los pequeños estados de Diyar-Bekr y Jezira, con las que, en la primavera de 1176, logró cruzar el Éufrates en Bira. Su ejército contaba con 6.000 hombres y se vio reforzado aún más cuando se unió al contingente de es-Salih en Alepo. Saladino, que había partido de El Cairo con tan solo 700 jinetes, ya había trasladado para entonces sus fuerzas desde Egipto para unirse a las tropas de Damasco.

Mientras cruzaba el Orontes el 11 de abril de 1176 para hacer frente a la tormenta que se avecinaba, se produjo un eclipse solar, la tierra quedó sumida en la oscuridad y las estrellas brillaban con claridad en el cielo del mediodía. A pesar de este presagio, continuó su marcha, pero no había avanzado mucho más allá de Hamá cuando se reveló el siniestro significado del eclipse, pues escapó por los pelos de una grave catástrofe. Seyf-ed-din apareció inesperadamente mientras los hombres de Saladino se encontraban dispersos en los Pozos de los Turcomanos (Jibab et-Turkman) dando de beber a sus caballos. De haber atacado de inmediato, el resultado habría sido una victoria; pero vaciló, y cuando salió al campo de batalla a la mañana siguiente, el jueves 22 de abril, se encontró con Saladino esperándole cerca del Pequeño Caravasar, en el «Montículo del Sultán», a quince millas de Alepo. Se produjo entonces un sangriento combate cuerpo a cuerpo. El señor de Irbil derribó el flanco izquierdo de Saladino y lo estaba haciendo retroceder cuando el propio rey cargó al frente de su guardia y cambió el rumbo de la batalla. Un pánico repentino se apoderó del enemigo, y todos huyeron para salvar la vida. La mayoría de los oficiales del atabeg murieron o fueron hechos prisioneros, y Seyf-ed-din logró escapar con dificultad del campo de batalla. El campamento, los caballos, el equipaje, las tiendas y las provisiones cayeron en manos del vencedor.

Saladino se mostró digno de la victoria. Trató a sus prisioneros con generosidad, los liberó y despidió a muchos de ellos con obsequios. Los heridos, en especial, le debían la vida a sus cuidados, y muchos estaban deseosos de entrar a su servicio. En cuanto al rico botín del campamento enemigo, lo entregó todo al ejército y no se quedó con nada para sí mismo. Con ello demostró tanto los instintos de un carácter generoso como la previsión de un estadista. Se ganó la lealtad tanto de sus propias tropas como de las del enemigo mediante lazos de gratitud y devoción personal. Los prisioneros a los que había liberado, algunos de los cuales eran hombres de rango e influencia, regresaron a sus hogares junto al Gran Río llenos de elogios hacia él, ensalzando su clemencia y su gran generosidad, y dispuestos a convertirse en sus súbditos voluntarios. Sus propios hombres, embriagados por el triunfo y enriquecidos con el botín, estaban dispuestos a seguirlo a cualquier parte.

Tras unos días de descanso ante Alepo, que seguía manteniendo cerradas sus puertas, los condujo más allá mientras su ímpetu aún estaba vivo. Una jornada de marcha los llevó a Buzaa, que tomaron; al día siguiente asaltaron Manbij; luego se dirigieron hacia el oeste, a la sólida fortaleza de Azaz, cuya conquista les costó treinta y ocho días de asedio y grandes pérdidas, y que estuvo a punto de costarle la vida a Saladino. El asedio comenzó el 15 de mayo y, el día 22, Saladino descansaba en la tienda de uno de sus capitanes cuando un fanático se abalanzó sobre él y le asestó un golpe en la cabeza con un cuchillo. El yelmo de malla que el rey llevaba bajo su malla le salvó por un momento, y agarró las manos del asesino; pero, al estar sentado, no pudo impedir que este siguiera apuñalándole en la garganta. La daga rasgó el cuello de su gambesón, pero los anillos de la armadura impidieron que le atravesara el cuello. Todo esto sucedió en un instante, y al momento siguiente, Bazkush había agarrado el cuchillo y lo sujetaba, aunque le cortaba los dedos, hasta que por fin el desesperado murió, con el cuchillo aún apretado en la mano. Le siguió otro asesino, que cayó muerto; y luego un tercero; pero la guardia ya estaba en alerta. Saladino montó a caballo y cabalgó hacia el cuartel general presa del pánico, sin apenas darse cuenta de que estaba vivo. El repentino asalto del asesino secreto le provocó un terror que nunca había sentido en el campo de batalla, y este segundo intento de los agentes del «Jeque de la Montaña» lo dejó desconcertado. Se descubrió que los tres forajidos habían logrado infiltrarse en la propia guardia personal: Saladino se apresuró a reorganizarla y buscó entre sus filas rostros sospechosos; pero los emisarios de Sinan poseían el arte de adoptar cualquier disfraz y eludir todas las precauciones, y no podía haber una verdadera sensación de seguridad hasta que su señor fuera derrotado o apaciguado.

Convencido de que Gumushtigin estaba detrás de este cobarde intento, Saladino redobló sus ataques contra Azaz y, por fin, el 21 de junio, la fortaleza capituló. A continuación, se apresuró a dirigirse a Alepo para castigar al conspirador y, el día 25, inició su tercer asedio al Castillo Gris. Sus ataques encontraron la misma resistencia que antes, pero antes de arriesgarse a morir de hambre, la guarnición accedió a negociar. Se llegó a un acuerdo general (29 de julio) entre el joven rey de Alepo, los príncipes ortukidas vecinos de Keyfa y Maridin (que le habían apoyado en todo momento) y Saladino, por el que este fue finalmente reconocido como soberano de todos los territorios que había conquistado, y los cuatro signatarios se comprometieron solemnemente mediante un juramento de alianza mutua.

Cuando se concluyó el tratado, se presentó ante Saladino una joven, la hermana menor de es-Salih. Él la recibió con honores y le preguntó:

«¿Cuál es tu deseo?».

«El castillo de Azaz», respondió ella.

Así pues, devolvió el castillo a sus antiguos propietarios, colmó a la princesa de regalos y la acompañó de vuelta hasta la puerta de Alepo al frente de su séquito. El gran condestable Humphrey de Toron tenía motivos para estar orgulloso de su caballero.

 

CAPÍTULO X. TREGUAS Y TRATADOS. 1776-1781

 

Mezquita de Ibn Tulun, El Cairo

 

Durante seis años reinó la paz entre Saladino y la casa de Zengi. Es-Salih permaneció en Alepo, disfrutando sin perturbaciones de lo que le quedaba del reino de su padre. El atabeg de Mosul no quiso que se repitieran los desastres de Homs de Hama y del Montículo del Sultán. También hubo una tregua nominal con el rey de Jerusalén, que Saladino había concertado en el verano de 1175, con la ayuda de generosos obsequios y la mediación de Humphrey de Toron, con quien probablemente mantenía la relación amistosa que se remontaba a la época de su propio nombramiento como caballero. Su objetivo era asegurarse la retaguardia mientras se ocupaba del norte. Sin embargo, los tratados con los soldados de la Cruz eran peor que inútiles, mientras prevaleciera en la cristiandad la doctrina de que no era necesario respetar la palabra dada a los «infieles»; y apenas habían concluido el pacto de amistad, cuando comenzaron a saquear el hermoso valle del Litani, quemaron el trigo en pie, incendiaron las aldeas y regresaron triunfantes, cargados de botín y conduciendo grandes rebaños de ovejas y ganado robados.

Las incursiones de los francos, sin embargo, no debieron de ser muy graves ni suponer ninguna pérdida de territorio, pues Saladino parece no haberles prestado atención alguna. Había otra potencia, independiente tanto de los francos como de los zengidas, con la que se vio obligado a lidiar. Era imposible poner su vida a disposición del jeque de los asesinos. Por consiguiente, Saladino decidió entrar en su territorio y aniquilarlos de raíz. Tan pronto como concluyó su tratado de paz en Alepo y despidió a sus tropas egipcias para que recuperaran fuerzas en su patria, marchó con el resto de su ejército hacia los pasos rocosos de la cordillera de Summak, o montañas de Ansariya, donde los fanáticos tenían sus fortalezas. Se adentró en esta lúgubre región en agosto y de allí salió también en agosto; pero el Anciano seguía gobernando desde su montaña, y los Asesinos permanecían invictos. Lo que ocurrió se relata de diversas maneras. Hay consenso en que Saladino arrasó gran parte del país y que sitió Masyaf, el principal de los nueve castillos de la sociedad —un auténtico nido de águilas, encaramado en un pico de difícil acceso y que dominaba un desolado barranco—. Es igualmente cierto que ni su artillería de asedio ni sus tropas de asalto lograron hacer mella en la fortaleza rocosa. La divergencia surge a la hora de explicar la causa de su repentina retirada. Los historiadores musulmanes, como es natural, le dan el mejor giro posible y afirman que Sinán logró la paz gracias a la mediación del tío de Saladino; pero incluso para estos apologistas, la humildad de la propuesta del Maestro queda considerablemente mermada por la amenaza que la acompañaba: el asesinato en masa de la familia ayubí en caso de negativa. La historia contada por el panegirista de Sinan resulta más probable, una vez despojada de sus absurdos sobrenaturales. Esta historia es la siguiente.

Cuando Saladino sitió Masyaf, Sinan se encontraba ausente, y la orden del rey de rendirse le llegó en un pueblo cercano a Kadamus. Le dijo al mensajero que debía mantener una entrevista personal con Saladino; y entonces, dado que el acceso a Masyaf estaba bloqueado por el ejército sitiador, se retiró con solo dos compañeros a la cima de una montaña vecina, desde donde contempló el asedio y esperó el desenlace. Saladino, creyendo que tenía a su archienemigo en su poder, envió un contingente de tropas para rodearlo; pero tanto los soldados hostiles como los mensajeros pacíficos se vieron retenidos por una fuerza misteriosa que les paralizaba los miembros. Tal era el poder milagroso del santo Maestro, en quien se enseñaba a sus seguidores a reconocer una verdadera encarnación de la Razón Divina. Los informes, llenos de temor, de sus enviados desconcertados y perplejos avivaron los temores de Saladino. Recordó los dos intentos anteriores de atentar contra su vida y comenzó a dudar de que nada humano pudiera salvarlo de las fuerzas sobrenaturales de aquel demonio o santo. Hizo esparcir tiza y cenizas alrededor de su tienda para detectar pasos secretos; sus guardias iban provistos de antorchas encadenadas y las guardias nocturnas se relevaban con frecuencia. Pero le rodeaban terrores sobrenaturales y su sueño era inquieto. Una noche, los centinelas apostados en las almenas de Masyaf percibieron una chispa, como la de una luciérnaga, que se deslizaba lentamente colina abajo, hacia donde se encontraba el Maestro. Desapareció entre las tiendas de los sarracenos. Al poco rato, Saladino se despertó de sus inquietos sueños y vio una figura que se deslizaba hacia la salida de la tienda. Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que las lámparas habían sido desplazadas y, junto a su cama, yacían unos bollos calientes con la forma característica de los Asesinos, con una hoja de papel encima, sujeta con una daga envenenada. En el papel había unos versos:

«¡Por la majestad del reino! Lo que posees se te escapará, a pesar de todo, pero la victoria nos pertenece:

Te informamos de que te tenemos en nuestro poder y que te reservamos hasta que se haya pago».

Saladino lanzó un grito terrible y espantoso, y los guardias y los oficiales irrumpieron en la habitación. Les mostró los bollos, la daga y los versos. El temible Maestro había estado realmente junto a su almohada: era nada menos que un milagro. Nadie había oído un paso ni visto un alma viviente: había huellas en las cenizas, pero todas apuntaban hacia fuera. Entonces Saladino dijo: «Lo he visto, y eso es muy diferente a oír hablar de él. Id a ver a este hombre y pedidle un salvoconducto, y rogadle que no me castigue por mis errores pasados». Un mensajero fue a buscar a Sinan a la montaña; pero el Maestro respondió que no podía garantizar la vida del rey mientras este continuara con el asedio. Saladino partió, pues, con tal prisa que incluso dejó atrás su artillería; y en el Puente de Ibn-Munkidh recibió un salvoconducto del Maestro de los Asesinos.

Este es el relato de un partidario y un visionario, pero bien podría basarse en hechos reales. Es posible que Sinan se abriera paso a tientas o mediante sobornos hasta la tienda de Saladino y, de este modo, lo convenciera en persona de que ninguna precaución le serviría contra los cuchillos de la sociedad secreta. El temor al asesinato, unido al carácter intransitable de la región y a la fortaleza de sus fortalezas, pudo haber inducido razonablemente al rey a abandonar su propósito de erradicar a la aborrecida secta; y si no podía destruirlos por completo, la única alternativa prudente era convertirlos en sus amigos. Además, como medida política, vincular al Maestro mediante lazos de tolerancia mutua fue un golpe maestro. Privó a los chiitas aún descontentos de Egipto de su esperanza de contar con el siniestro apoyo de Sinan y despojó a los cruzados de un arma secreta.

Tras abandonar las montañas, Saladino regresó a Damasco (25 de agosto), despidió a sus sirios para que regresaran a sus hogares, dejó al mando en Siria a su hermano, Turán Shah, el conquistador de Yemen, y, llevándose consigo únicamente a sus seguidores personales, se dirigió a El Cairo (22 de septiembre). Había estado ausente dos años, y había mucho que organizar y supervisar. Ahora podía dedicar sus energías a la fortificación y reconstrucción de la ciudad, tal y como ya había proyectado. Se repararon las murallas, se trazaron sus ampliaciones y se inició la construcción de la Ciudadela. El viajero morisco Ibn Jubayr vio en 1183 a cautivos cristianos aserrando piedras y excavando el foso bajo las imponentes murallas del castillo. Sin embargo, fue un sobrino quien, treinta años más tarde, completó las fortificaciones que su famoso tío había planeado, y en la actualidad la ciudadela ha sido remodelada tantas veces por los sultanes mamelucos y, finalmente, por Mohamed Alí, que resulta difícil identificar con precisión ninguna parte importante de las defensas originales.

No obstante, la inscripción del fundador aún puede leerse sobre la antigua «Puerta de las Escaleras», Bab el-Mudarraj, un portal oscuro y misterioso en la fachada oeste de la muralla original. En ella se relata cómo «la construcción de esta espléndida ciudadela —cerca del Cairo el Protegido, en la terraza que aúna utilidad y belleza, y amplitud y fortaleza, para quienes buscan el amparo de su poder— fue ordenada por nuestro Señor, el Rey Fuerte para Ayudar, Honor del Mundo y de la Fe (el-Melik en-Nasir Salah ed-dunya wa-d-din), Padre de los Conquistadores, Yusuf, hijo de Ayyub, Restaurador del Imperio del Califa; bajo la dirección de su hermano y heredero, el Rey Justo (el-Adil) Seyf-ed-din Abu-Bekr Mohammed, amigo del Comandante de los Fieles; y bajo la dirección del emir de su reino y apoyo de su imperio, Karakush, hijo de Abdallah, el esclavo de el-Melik en-Nasir, en el año 579 (o 1183-1184 d. C.)». El famoso «Pozo de las Escaleras de Caracol», de 280 pies de profundidad, aún llamado Bir Yusuf, «Pozo de José», fue sin duda excavado en la roca maciza por Karakush bajo las órdenes de Saladino; pero los demás edificios que existían hasta hace poco en la Ciudadela y que llevaban su nombre pertenecían en realidad a épocas posteriores. Los egipcios solían dar el nombre del famoso sultán a las obras públicas. Su recuerdo, aunque no su obra, se conserva en el largo acueducto de El Cairo, e incluso en el gran canal del Alto Egipto, aún conocido como el «río de José», Bahr Yusuf, aunque data de la época de los faraones. Sin embargo, la principal obra pública que llevó a cabo, más allá del propio El Cairo, fue el gran puente o dique de Giza, que se construyó, al igual que la Ciudadela, con piedras de las pirámides, entre 1183 y 1184, y se extendía a lo largo de cuarenta arcos por el límite del desierto, a siete millas de El Cairo, con la intención de constituir una fortificación exterior de defensa contra una invasión de los moros, que nunca llegó a producirse.

Saladino permaneció en El Cairo, ocupado con estas mejoras, construyendo escuelas como la madraza de los armeros y organizando la administración interna de su provincia principal, durante todo un año, hasta noviembre de 1177, cuando partió para una incursión en Palestina. Los francos habían realizado recientemente incursiones en la región de Damasco, y ya no valía la pena mantener la apariencia de una tregua. Los cristianos habían enviado ya una gran parte de sus fuerzas al norte para sitiar Harim, una fortaleza perteneciente al rey de Alepo, y el sur de Palestina se encontraba relativamente desprovisto de defensores. La ocasión era propicia, y Saladino marchó alegremente hacia Ascalón, «la Novia de Siria». Guillermo de Tiro afirma que, tras una minuciosa investigación, se enteró de que los sarracenos contaban con 26 000 hombres de combate, de los cuales 8 000 eran toassin o de élite, incluida la guardia personal de mil mamelucos con túnicas amarillas—el color de Saladino— y 18 000 eran caragholam (esclavos negros) de rango inferior —sin duda la antigua infantería pesada egipcia procedente del Sudán—. Al no encontrar oposición, comenzaron a saquear el país con total confianza, arrasaron e incendiaron Ramla y Lydda, y se dispersaron por todo el territorio, llegando incluso hasta las puertas de Jerusalén, en una alegre orgía de saqueo y devastación.

Tan seguros estaban de su fuerza que trataron al enemigo con desprecio y permitieron que el rey Balduino entrara en Ascalón y que los templarios de Gaza se unieran a él, sin tomar ninguna precaución contra un ataque repentino. Es cierto que el rey de Jerusalén solo contaba con 375 caballeros a su lado; pero Saladino ya debía de saber para entonces que 375 caballeros no eran un número desdeñable, sobre todo cuando estaban al mando de guerreros como Balian, Reginaldo de Sidón, Odo, el Maestro del Templo, y Joscelin, el senescal, y animados por la presencia de «la Vera Cruz», llevada por el obispo de Belén. No está claro cómo sucedió, pero lo que sí es cierto es que el 25 de noviembre de 1177, en ausencia de la mayor parte de su ejército, los hombres de Saladino fueron sorprendidos en Tell Jezer, cerca de Ramla, y antes de que pudieran formarse en orden de batalla, los caballeros ya los estaban aniquilando. Al principio, el sultán se replegó luchando e intentó poner a sus hombres en orden de batalla; pero su guardia personal fue destrozada a su alrededor y él mismo estuvo a punto de ser hecho prisionero. Al ver que la batalla estaba perdida, dio media vuelta por fin y, montando en un camello veloz, huyó para salvar la vida. Un remanente de sus tropas escapó con él y, deshaciéndose de armaduras y armas, y dejando a los heridos a su suerte, huyeron en desbandada al amparo de la noche hacia Egipto, donde llegaron tras grandes privaciones. Del resto del ejército que había marchado tan alegremente para saquear Tierra Santa, pocos sobrevivieron. El hambre, el frío y las fuertes lluvias remataron lo que la espada había comenzado. Nunca las armas de Saladino habían sufrido semejante desastre.

Sin embargo, lejos de dejarse llevar por el desánimo, el gran capitán, que por una vez había perdido un ejército, se apresuró a reunir otro. En una carta a su hermano Turán Shah en Damasco, Saladino admite el carácter desesperado de la batalla, pero es capaz de citar poesía al respecto: «Pensé en ti», escribió (e Ibn al-Athir vio la propia carta), «Pensé en ti, en medio de las estocadas de sus lanzas, mientras las rectas hojas ennegrecidas saciaban su sed con nuestra sangre» —y añade— «una y otra vez estuvimos al borde de la destrucción; y Dios no nos habría salvado de no ser por algún deber [futuro]». En tres meses estuvo listo para enfrentarse de nuevo a los francos, y en la primavera de 1178 se encontraba acampado bajo las murallas de Emesa. Se produjeron algunas escaramuzas entre sus generales (que también eran parientes suyos) y los francos. Las tropas de Hamá obtuvieron una victoria sobre el enemigo y llevaron el botín, junto con numerosas cabezas y prisioneros, a Saladino, quien ordenó decapitar a los cautivos. Eran «infieles» y habían estado saqueando y arrasando las tierras de los fieles. El resto del año transcurrió en Siria, sin que se produjeran acciones destacadas por ninguna de las partes. Saladino pasó el invierno en Damasco y, en primavera, se preparó para desbaratar la última maniobra de Balduino.

El rey de Jerusalén había aprovechado su triunfo en Ramla para avanzar hacia el territorio de los sarracenos y establecer un puesto avanzado en el camino a Damasco. Había un vado sobre el Jordán llamado «Vado de Jacob», porque allí Jacob luchó con el ángel; también se le conocía como el «Vado de los Dolores»; y allí el rey restauró una fortaleza que no solo defendía el paso del río, sino que dominaba el acceso a la llanura de Banias, el granero de Damasco, donde los campos de arroz y algodón y los bosquecillos de limoneros se extendían densamente al pie del «Monte de la Nieve».» Hasta entonces, esta fértil llanura se había repartido de la manera más amistosa entre los francos y los musulmanes, y un poderoso roble marcaba la frontera entre las dos naciones, cuyos rebaños pastaban uno junto al otro. Saladino había ofrecido en vano primero 60 000 y finalmente 100 000 piezas de oro para inducir al rey a abandonar un proyecto que resultaba especialmente ofensivo para los sarracenos. Ahora se había propuesto arrasar la fortaleza hasta los cimientos. Su sobrino Ferrukh Shah ya había obtenido una victoria sobre los francos mediante una emboscada en abril de 1179: había sorprendido al rey Balduino, con un escaso séquito, en un desfiladero rocoso cerca de Belfort, y solo el valor del valiente condestable Humphrey de Toron salvó a su joven soberano de la captura, a costa de su propia vida. La pérdida de este valiente caballero supuso un duro golpe para los francos. «No hay palabras para describir a Hunfary», dice el historiador árabe; «su nombre era sinónimo de valentía y destreza en la guerra. Era, en verdad, una plaga enviada por Dios para castigar a los musulmanes».

Aprovechando esta ventaja, Saladino, que para entonces había trasladado su cuartel general a Banias, avanzó y, en junio, se enfrentó de nuevo al rey de Jerusalén. Balduino, al enterarse de que los sarracenos estaban saqueando en dirección a Sidón, partió de inmediato al rescate, ansioso por borrar su reciente deshonra. Marchando hacia el norte por Safed y Toron, ascendió a una altura de las montañas hasta la aldea de Mesafa («la estación»), desde donde dominaba una amplia vista, y contempló el campamento de Saladino, como si estuviera a sus pies, extendido en la «Pradera de los Manantiales» (Marj Oyun, Mergion). Al precipitarse al ataque, sus tropas cayeron en desorden, la infantería se quedó rezagada y el ejército entró en combate de forma desorganizada. Al principio tuvieron vía libre y pusieron en fuga a parte del enemigo; pero Odo, al frente de sus templarios, persiguió imprudentemente a los fugitivos demasiado lejos y dividió aún más las ya dispersas fuerzas de los cristianos. Saladino, aprovechando esto, reagrupó a sus tropas en desbandada y, exhortándolas a un gran esfuerzo, lanzó una de sus furiosas cargas. El enemigo, que creía la victoria asegurada, fue tomado por sorpresa; y, lastrado por el botín de los caídos, no tuvo tiempo de reordenarse. Muchos murieron o fueron hechos prisioneros, y el resto, tras cruzar el río Litani, buscó refugio en la fortaleza vecina de Belfort; algunos no se detuvieron hasta llegar a Sidón. La victoria fue especialmente notable por el alto rango de los prisioneros. Los Maestros del Hospital y del Templo, Raimundo de Trípoli, Balián de Ibelín, Balduino de Ramla y Hugo de Tiberíades, se encontraban entre los setenta caballeros que el secretario Imad-ed-din contó mientras permanecían de pie en la tienda de Saladino. Balduino obtuvo su libertad tras pagar un rescate de 150 000 piezas de oro de Tiro y liberar a mil prisioneros sarracenos; pero cuando Saladino se ofreció a intercambiar a Odo por un emir que había sido capturado por los francos, el Maestre —«un hombre altivo y arrogante, con el aliento de la furia en las fosas nasales, que no temía a Dios ni respetaba a los hombres»—, cuya frenética lucha había sido la maravilla y la ruina de aquel día, respondió con orgullo: «Un templario no puede ofrecer como rescate más que su cinturón y su daga». Odo murió en cautiverio: «pasó de su prisión al infierno», dice Abu-Shama. El camino estaba ahora despejado hacia la «Locura del rey Balduino», el Castillo de los Dolores en el Vado de Jacob. El 25 de agosto Saladino marchó hacia allí y, tan pronto como sus pioneros reunieron suficientes sarmientos para hacer pantallas para los zapadores, inició el ataque. En el primer asalto, un hombre de entre la multitud, con una camisa andrajosa, saltó a la fortificación exterior y comenzó a enfrentarse al enemigo en la cortina; otros le siguieron, y la fortificación exterior fue tomada. Los francos, sin embargo, seguían defendiendo las murallas con determinación, confiando en que les llegarían refuerzos. A la mañana siguiente, los sarracenos excavaron una mina en la muralla, la hicieron profunda y la llenaron de leña encendida, y esperaron a que la muralla se derrumbara. Pero esperaron dos días, con el fuego ardiendo todo ese tiempo, y la muralla seguía en pie, pues tenía nueve codos de grosor —y no eran codos comunes, sino codos de carpintero, la mitad más largos—; y la mina apenas la había atravesado un tercio. Saladino vio que era inútil y pidió agua: «Todo hombre que me traiga un odre de agua recibirá un dinar de oro». El agua se trajo con tal entusiasmo que las obras quedaron prácticamente inundadas. Entonces los zapadores regresaron, profundizaron la mina, perforaron la muralla y volvieron a prender fuego, y por fin esta cayó el jueves 30 de agosto de 1179. Los sarracenos se abalanzaron a través de la brecha y tomaron el castillo por asalto; hicieron prisioneros a setecientos defensores y liberaron a los cautivos musulmanes; pero, de entre los francos, Saladino mató a muchos y los arrojó al pozo del castillo, y envió al resto a prisión en Damasco. Permaneció en el lugar hasta que el Castillo de los Dolores quedó arrasado hasta los cimientos, sin que quedara ni un vestigio del mismo. Como cantaba Ali de Damasco, el relojero:

«¿Cómo podemos dejar en la casa del Patriarca a quienes rompen su palabra después de haberla jurado?

Os advierto sinceramente —la sinceridad forma parte de la religión—: abandonad la Casa de Jacob, pues José ha llegado».

Cuando el rey de Jerusalén llegó por fin para levantar el asedio de su castillo favorito, solo encontró montones de piedras ennegrecidas por el fuego. Los cruzados no intentaron más negociaciones con Saladino aquel año. La enfermedad de su rey iba en aumento y cundía la inquietud por la sucesión; una tregua sería bienvenida. De hecho, hubo un respiro durante el invierno, que Saladino dedicó a equipar una poderosa flota para que le ayudara en la siguiente expedición. Su flota de setenta barcos había causado estragos considerables en el otoño de 1179; asoló la costa y trajo de vuelta a mil prisioneros cristianos. Esto le animó a intentar una acción combinada por mar y tierra. En la primavera de 1180 se encontraba una vez más en los alrededores de Safed, esperando a que su flota llegara a la costa, antes de iniciar una enérgica campaña. Balduino optó sabiamente por la prudencia y envió mensajeros para proponer la paz. A Saladino no le disgustó aceptar, pues las sequías y las malas cosechas estaban dificultando gravemente su intendencia. En verano consintió en una tregua de dos años por mar y tierra, tanto para los nativos como para los recién llegados, y esta fue confirmada mediante juramentos solemnes. Para los francos fue una concesión humillante: nunca antes habían sellado un tratado redactado en igualdad de condiciones que no les reservara ninguna ventaja. No es de extrañar que su orgullo se rebelara. El conde de Trípoli, que no era amigo del rey, denunció en voz alta el pacto; pero una rápida incursión de los sarracenos en su territorio en mayo, y la aparición de la flota de Saladino frente a Tortosa, hicieron entrar en razón a Raimundo. La Guerra Santa cesó por un tiempo.

Había otras partes implicadas en la paz que ahora reinaba en el Oriente Próximo, y la causa inmediata de esta pacificación generalizada fue… una cantante. A Nur-ed-din, príncipe de Keyfa, le habían dado por esposa a una gran dama, la hija de Kilij Arslan, el sultán selyúcida de Konia. Por desgracia, no la trataba bien, sino que dedicaba su afecto a una cantante sin ningún linaje. La esposa desatendida acudió a su padre, y Kilij Arslan declaró la guerra. Mediante el tratado de Alepo, Saladino había acordado apoyar a sus aliados, entre los que se encontraba el príncipe de Keyfa. Además, él mismo tenía una disputa con el sultán de Konia en relación con la fortaleza de Raaban, en las fronteras del norte, y se había derramado sangre. Por lo tanto, no estaba de humor para oír hablar de una expedición punitiva contra su aliado. «Dile a tu señor, en nombre de Dios —le dijo al enviado selyúcida—, que, por mi fe, en dos días marcharé con mis hombres hacia su capital y me apoderaré de todos sus dominios». Así, llevado por la ira, había llegado tan al norte como Raaban, donde se encontró de nuevo con el embajador, esta vez con argumentos pacíficos. Saladino, al ver la situación, presionó a su amante aliado, y la disputa se agravó con el despido sumario de la cantante. A este feliz resultado le siguió una expedición a Cilicia o la Pequeña Armenia, hasta Mopsuestia (el-Massisa), para obligar a su rey, Rhupen, a mantener la fe con los turcomanos que pastaban en su territorio y bajo su protección. Tras la destrucción del castillo de el-Menakir, Rhupen se sometió.

El poder de Saladino se hacía sentir ya hasta en Asia Menor; era, sin lugar a dudas, el jefe de los gobernantes sarracenos desde el Éufrates hasta el Nilo, y otros príncipes le invitaban a actuar como árbitro en sus disputas. Utilizó esta elevada posición con un noble propósito, fuera cual fuera el motivo que le impulsara. Logró una paz general, una «Truga Dei», entre todos los pueblos sobre los que podía ejercer influencia.

El 2 de octubre de 1180, presidió un memorable congreso a orillas del Senja, cerca de Sumeysat, en el que los príncipes de Mesopotamia —Mosul, Jezira, Irbil, Keyfa y Maridin—, el sultán de Konia y el rey de Armenia estamparon sus sellos en un pacto solemne, por el que se comprometían bajo juramento a mantener la paz entre ellos durante un período de dos años. Durante ese tiempo, la guerra no se conocería dentro de sus fronteras, y una tregua sagrada, una Magna Pax Saracenica, reinaría por toda la tierra. Era una gran idea, pero ya veremos cómo se cumplió.

 

CAPÍTULO XI. LA CONQUISTA DE MESOPOTAMIA. 1181-1183.

 

Se firmó la Gran Tregua y Saladino quedó libre para regresar a Egipto. Dejó a su sobrino Ferrukh Shah al mando de Siria y llegó a El Cairo a principios de 1181. El año transcurrido había traído cambios a muchos tronos. Luis el Joven de Francia había fallecido y le había sucedido Felipe Augusto; el papa Lucio había sucedido a Alejandro, y Alejo II ocupaba el trono del emperador Manuel Comneno. En Asia se había producido una sucesión en el califato; el-Mustady había fallecido y en-Nasir, el más enérgico de los últimos abasíes, era pontífice en Bagdad; Seyf-ed-din, el atabeg de Mosul, había fallecido, y su hermano Izz-ed-din reinaba en su lugar. El final de 1181 fue testigo de un acontecimiento de aún mayor importancia para Saladino. El 4 de diciembre, el heredero de Nur-ed-din, es-Salih Ismail, puso fin a su vida apacible e inofensiva en Alepo a causa de un ataque mortal de cólico —no sin la habitual sospecha de envenenamiento—. Cuando supo que su muerte estaba cerca, mandó llamar a sus principales oficiales y les hizo jurar lealtad a su primo de Mosul —el único príncipe de la casa de Zengí lo suficientemente poderoso como para cruzar espadas con su gran usurpador—. El joven moribundo no podía perdonar a Saladino su transgresión contra los derechos soberanos de la dinastía.

El atabeg de Mosul se apresuró a tomar posesión de Alepo, donde fue recibido con alegría por los vasallos de su primo. Otras ciudades de Siria se mostraron dispuestas a volver a su antigua lealtad, y Hamá manifestó abiertamente su simpatía. No obstante, el atabeg se mantuvo fiel al tratado que había jurado y rechazó todos los incentivos para invadir los dominios de Saladino. Su conducta posterior sugiere que el miedo tuvo algo que ver en esta moderación, pues nunca se atrevió a enfrentarse a su rival en campo abierto. Incluso la posesión de Alepo suponía una carga demasiado grande para sus fuerzas; y acosado por el temor de no poder defender a la vez sus capitales de Siria y Mesopotamia, cedió a la insistencia de su hermano, Imad-ed-din, gobernante de Sinjar, y accedió a intercambiar ciudades con él. Imad-ed-din entró en Alepo el 19 de mayo de 1182.

Saladino no opuso resistencia alguna a estas transacciones. Estaba obligado por su tratado a respetar a su aliado de Mosul, y nunca en su vida rompió un tratado. Al mismo tiempo, observaba de cerca los acontecimientos en su frontera norte. Por supuesto, había decidido, mucho antes, que la muerte de es-Salih sería la señal para su propio avance hacia Alepo. El hecho de que estuviera en manos de un gobernante tan ambicioso y sin escrúpulos como Imad-ed-din supuso un obstáculo imprevisto para sus planes. Pero no se podía hacer nada mientras la paz estuviera en vigor; y esta no expiraría hasta el 9 de septiembre de 1182. Es cierto que las otras partes del tratado le habrían dado motivos para romperlo. Los francos habían vuelto a romper su palabra. Reginaldo de Châtillon, liberado de su agotador cautiverio en Alepo y sediento de venganza, se había convertido ahora en señor de las fortalezas del Mar Muerto, en virtud de su matrimonio con Estefanía, viuda del tercer Humphrey de Toron y heredera de Karak. Hizo uso de su posición sin escrúpulos y, recientemente, había capturado una pacífica caravana de mercaderes en tiempo de tregua; a cambio, Saladino había retenido un barco de peregrinos que había encallado en Damieta. Cuando se disponía a volver a entrar en Siria para proteger a sus súbditos, se enteró, además, de que los príncipes zengíes habían olvidado hasta tal punto su honor y su religión que habían firmado un tratado formal con los cristianos e incluso con el Maestro de los Asesinos para oponerse conjuntamente al enemigo común: él mismo. Ni siquiera esto le tentó a incumplir su palabra. Avanzó hacia Siria, para mantenerse en guardia; pero no tomó medidas contra sus traicioneros aliados hasta que el tratado expiró.

El 11 de mayo de 1182, Saladino partió de El Cairo. Los principales oficiales y grandes de su corte se reunieron junto al lago para despedirlo. Uno tras otro se acercaron a su estribo y se despidieron del soberano a quien, durante catorce años de gloria en el extranjero y equidad en el país, habían aprendido a honrar y admirar. Se recitaron odas y se declamaron rapsodias. De repente, una voz discordante rompió la armonía de las palabras corteses. «Disfruta», gritó, citando los versos del viejo poeta árabe:

«Disfruta del perfume de los ojos de buey de Nejd:

Después de esta noche, ya no habrá más ojos de buey».

La nota discordante inquietó a Saladino, sensible como todos los orientales al presagio de mal agüero, y se alejó de Egipto a caballo con un peso en el corazón. El verso profético no se equivocó. Ya no habría más «ojos de buey» para él en Egipto: nunca volvió a ver El Cairo.

Sabiendo que los cristianos se habían concentrado en la frontera para interceptarlo, Saladino tomó la ruta del desierto a través de la península del Sinaí hasta Eilat, en la cabecera del golfo de Aqaba, y desde allí marchó hacia el norte por la árida llanura pedregosa junto al monte Seir (la cordillera de Shera), explorando en busca del enemigo. Al no encontrar oposición, saqueó los alrededores de Mont Real, mientras el ejército de Balduino lo observaba desde sus trincheras cerca de Karak, sin mover un dedo, ni para combatirlo ni para cortarle el paso a los pozos. Aprovechándose de su letargo, marchó sin obstáculos a través de Moab hasta Damasco a mediados de junio. Descubrió que su activo sobrino Ferrukh Shah había aprovechado la ausencia de Balduino en el sur para cruzar el Jordán, arrasar Galilea, saquear Deburiya entre los robles y los mirtos de las boscosas laderas occidentales del monte Tabor, e incluso hacerse con el control de una fortaleza rocosa (Habis Jeldek), a la que los francos concedían gran importancia. Los asaltantes se llevaron veinte mil cabezas de ganado y mil cautivos.

Aprovechando esta ventaja en julio, Saladino envió de nuevo a Ferrukh Shah a Palestina. Este se dirigió por Ras-el-Ayn y cruzó el Jordán hacia Beysan (Bethsan), antaño Escitópolis, la tercera ciudad de Palestina, pero entonces una pequeña localidad situada en la fértil campiña al pie de los picos desnudos del monte Gilboa. Mientras tanto, los francos levantaron su campamento en los manantiales de Saffuriya y se apresuraron hacia el sur para proteger Belvoir, un nuevo castillo cerca de Beysan, donde tenían grandes reservas de artillería. Siguiendo el curso del Jordán río abajo, acamparon al pie de «la colina de la Estrella», sobre la que se alzaban las murallas de Belvoir. Saladino se encontraba cerca de Tiberíades, pero envió a sus dos generales más capaces, Taki-ed-din y Ferrukh Shah, al frente de un gran contingente de arqueros a caballo, para atacar la posición. Los sarracenos, según sus enemigos, contaban con 20 000 hombres en formación de combate, frente a los 700 caballeros de los cristianos con sus seguidores; pero Guillermo de Tiro nos quiere hacer creer que, gracias al valor de los hermanos Balian y Balduino de Ramla, y de otros valientes guerreros, los cristianos salieron claramente victoriosos de la escaramuza, a pesar de la deserción de «muchos cuyos nombres, por pura vergüenza, no escribiremos». Los musulmanes, por su parte, aunque admitían haber sufrido grandes bajas, se atribuyeron la victoria. Ambos bandos se retiraron tras la batalla: los francos a Forbelet (Afrabela) y Saladino a Damasco.

Los sarracenos no parecen haberse desanimado, pues en agosto Saladino condujo en persona a sus tropas a través de la Bekaa. Su objetivo era apoderarse de Beirut, que esperaba tomar por sorpresa y asaltar con la ayuda de su flota egipcia, con la que su hermano el-Adil estaba hostigando la costa de Palestina. Los barcos bombardearon Beirut; mientras tanto, Saladino, bajando de las colinas —desde donde sus exploradores habían avistado a la flota—, dirigió un ataque general por tierra. Las flechas llovían con tal intensidad que los habitantes «no se atrevían a mover un dedo», pero la ciudad estaba bien fortificada y guarnecida, y opuso una tenaz resistencia. Los sarracenos, que esperaban tomar la ciudad por asalto, no habían traído mangoneles para un asedio en toda regla. Además, el rey Balduino estaba equipando apresuradamente barcos en Acre y Tiro para el socorro del puerto, y el ejército cristiano se acercaba. La sorpresa había fracasado y Saladino, que tenía asuntos más importantes que atender en el norte, abandonó un asedio que prometía escaso éxito.

Su cambio de planes se explica por el hecho de que había recibido una invitación de Kukbury, el emir de Harran, para entrar y ocupar Jezira. Cualquier motivo era bueno para Saladino, que contaba las horas que le quedaban para ajustar cuentas con la casa de Zengy. Por fin había llegado el fin de la tregua; había aliados que, de hecho, estaban impacientes por darle la bienvenida en el Gran Río; y en cuanto pudo avanzar con honor, reunió un tren de asedio y partió. Tras un ataque simulado contra Alepo, ante la que permaneció tan solo tres días (del 19 al 21 de septiembre), cruzó el Éufrates en Bira. Sus partidarios se apresuraron a salir a su encuentro. Primero Kukbury, cuyo temor a Mosul le había llevado a invitar a la invasión; luego Nur-ed-din de Keyfa, que unieron sus tropas a su causa. Una tras otra, las ciudades de «la Isla» cayeron ante ellos. Edesa, Saruj, Rakka, Karkisiya, Nisibis, todas y cada una se sometieron, como súbditos ante una procesión real. En medio de este triunfo, llegó la noticia de que los francos volvían a realizar incursiones en los alrededores de Damasco. «Que lo hagan», dijo Saladino: «mientras ellos arrasan aldeas, nosotros tomamos ciudades; cuando regresemos, tendremos aún más fuerzas para combatirlos».

Así pues, avanzó hacia Mosul, la capital de su único rival musulmán. Una vez más, las fuertes murallas resultaron ser un rival a la altura de sus zapadores. Primero Karak, luego Beirut y ahora Mosul resistieron todos los asaltos. Las dobles murallas estaban repletas de defensores entusiastas y no había ningún punto débil en la armadura. La ciudad estaba repleta de almacenes, provisiones, municiones y máquinas de guerra, preparadas con previsión precisamente para esta emergencia. No obstante, Izz-ed-din habría preferido ahorrarle a su ciudad los rigores de un asedio si se hubiera podido llegar a un acuerdo honorable; pero la única exigencia persistente de Saladino era la cesión de Alepo, y Izz-ed-din no tenía ni la voluntad, ni quizás el poder, para obligar a su hermano a abandonarla. Los gobernantes vecinos de Armenia y Persia intentaron en vano mediar; Saladino solo tenía una respuesta: «Alepo… o Mosul».

El asedio comenzó, por tanto, el 10 de noviembre de 1182. El propio Saladino tomó posiciones frente a la puerta de Kinda; su hermano Bury, «Corona de los Reyes» (Taj-el-muluk), dirigió el ataque contra la puerta de Imadiya; mientras que Nur-ed-din, de Keyfa, se hizo cargo de la puerta del Puente. Sin embargo, todos sus esfuerzos resultaron inútiles ante la sólida mampostería y, tras un mes de intentos infructuosos, Saladino retiró su ejército y marchó durante tres días hasta Sinjar, con la intención de quebrantar el ánimo de los habitantes de Mosul sometiendo los territorios circundantes de los que dependían para su abastecimiento. Sinjar opuso una enérgica defensa, y durante quince días Saladino permaneció ante las murallas bajo las que Constantino libró en su día su gran batalla contra Sapor; pero el 30 de diciembre la antigua ciudad fue tomada por asalto y saqueada por la soldadesca enfurecida, que rompió toda disciplina en su ansia de botín. Saladino solo logró proteger al gobernador y a sus oficiales, y los envió a Mosul con todos los honores. Tras establecer una guarnición en Sinjar, se preparó para enfrentarse a una coalición formada por el atabeg de Mosul y el sah de Armenia, con la ayuda de los vasallos del príncipe de Maridin y tropas procedentes de Alepo. A finales de febrero de 1183, un gran ejército se había reunido en la llanura de Harzem, a los pies de Maridin; pero, al enterarse de la llegada de Saladino, enviaron apresuradamente mensajeros para negociar la paz. Él respondió que recibirían su respuesta en la llanura de Harzem. La amenaza fue suficiente. Cada uno de los aliados huyó inmediatamente a su propia ciudad y, cuando Saladino llegó al lugar de encuentro, no había ningún enemigo. «Avanzaron como hombres», dice el canciller; «desaparecieron como mujeres».

El atabeg se había replegado una vez más tras las murallas de Mosul; pero Saladino no lo persiguió. Abandonó por el momento todo intento de tomar aquella ciudad y, cuando hubo completado la organización de sus conquistas mesopotámicas según su habitual sistema de feudos militares, marchó hacia el norte y, tras ocho días de asedio, el 6 de mayo de 1183, tomó la ciudad de Amid, a pesar de la doble muralla formada por sus imponentes muros de basalto negro, sus puertas de hierro y el foso natural que formaba el recodo en forma de media luna del Tigris. El lugar estaba repleto de precioso botín, de armas y máquinas de guerra, provisiones y tesoros. La famosa biblioteca de «un millón de volúmenes» fue entregada al erudito canciller, el Kady el-Fadil, quien se llevó apenas una selección de los libros en setenta camellos. Saladino cedió esta fortaleza a su leal y valiente aliado, el príncipe de Keyfa. En ese momento le llegó la noticia de que Imad-ed-din de Alepo había llegado a un acuerdo con los francos y estaba arrasando con fuego y espada las tierras del sultán en Siria; así que cruzó apresuradamente el Éufrates por Bira y, tras tomar Ayn Tab por el camino, el día 21 acampó una vez más en el Meydan Verde, frente a Alepo. Imad-ed-din no opuso una resistencia prolongada. Era impopular entre sus nuevos súbditos y deseaba regresar a sus antiguos dominios en Sinjar. Por su parte, Saladino estaba ansioso por consolidar su imperio mediante la conquista de la capital del norte de Siria. Se negoció un acuerdo por el que, a cambio de la rendición de Alepo, se devolvía a Imad-ed-din el principado de Sinjar, con sus ciudades dependientes de Nisibín, Saruj y Rakka, que debía gobernar como vasallo de Saladino a cambio de prestar servicio militar.

El 12 de junio, la ciudad pasó formalmente a manos de Saladino. La guarnición desfiló por el Meydan Verde y le rindió homenaje; se celebró un gran banquete para conmemorar el acontecimiento y reinó la alegría general. El pueblo nunca había visto con buenos ojos a su difunto príncipe; lamentaba los días gloriosos de Nur-ed-din y esperaba su resurgimiento bajo un rey poderoso y generoso, tal y como Saladino prometía ser. Imad-ed-din se convirtió en blanco del escarnio de la multitud, que se burlaba de «el burro que cambió la leche fresca (en árabe, Halab, es decir, Alepo) por la agria (Sinjar)», e incluso desfiló con una tina ante él, diciendo: «¡Nunca estuviste hecho para ser rey! ¡Intenta llevar la colada!». Se alegró de escapar de ese torrente de burlas y, tras despedirse de Saladino el día 17, partió hacia Sinjar, ricamente provisto de caballos selectos y vestiduras de honor que le había obsequiado su generoso adversario. Al día siguiente, Saladino entró en Alepo. La multitud lo aclamó; los poetas entonaron sus alabanzas. El gobernador lo agasajó con esplendor en el castillo, y toda la ciudad enloqueció de alegría: ¿no era Saladino su rey? ¿Y había acaso otro tan poderoso, tan justo y tan generoso en toda la tierra?

La toma de Alepo convirtió a Saladino en el gobernante más poderoso del Islam. Desde el Tigris hasta el Nilo, y a lo largo de la costa africana hasta Trípoli, muchas grandes ciudades y pueblos diversos se encontraban bajo su dominio. Se rezaba por él en las mezquitas desde La Meca hasta Mesopotamia. Cuando escribió al Papa, llegó incluso a utilizar el título «ex omnium regum orientalium», y, de todos los príncipes orientales a su alcance, era sin duda el rey. Pero para ser indiscutiblemente supremo sobre este vasto dominio, aún debía dar un paso más. No tenía nada que temer del este ni del norte: Mosul estaba sometida y el selyúcida de Konya le era amigo; pero aún quedaba esa estrecha franja de tierra que se extendía más allá de las montañas a lo largo de la costa siria, desde Antioquía hasta Ascalón —las ciudades más allá del Orontes y del Jordán, y las alturas del Líbano que actuaban como barrera—, y, sobre todo, la propia Jerusalén, santa tanto para los musulmanes como para los cristianos. Esa franja de territorio hostil que separaba su reino del gran mar; aquellas fortalezas, ciudades y lugares sagrados, que aún se encontraban en las manos acorazadas de sus enemigos; aquel valle dichoso del Jordán, donde las campanas de madera de los cristianos resonaban estridentemente en lugar del canto dulce y solemne del muecín: todo ello era como una piedra de tropiezo para «el sultán del Islam y de los musulmanes». Hasta que la Ciudad Santa volviera a estar bajo la custodia de los fieles, hasta que el dominio de los francos fuera derrocado, al menos para él no habría descanso.

CAPÍTULO XII. DAMASCO.1183-1186

 

Saladino permaneció dos meses en Alepo, organizando el gobierno, otorgando cargos y feudos, y regulando las diversas ciudades y fortalezas dependientes. El 14 de agosto de 1183 partió hacia Damasco, que iba a ser su capital y cuartel general durante el resto de su vida. Mucho había sucedido durante su larga ausencia en el norte. Su valiente virrey Ferrukh Shah había fallecido, y los francos se habían vuelto más audaces. Habían saqueado Busra y Zora y todo el país, llegando incluso hasta Darayya, a pocas millas de Damasco, destruyendo las cosechas y los huertos, y arrasándolo todo. Habían recuperado la fortaleza rocosa del «Suhite», de la que los sarracenos se habían enorgullecido tanto. Reginaldo de Châtillon había concebido incluso el audaz proyecto de invadir Arabia, destruir la tumba del «maldito camellero» en Medina y arrasar hasta los cimientos la sagrada Kaaba de La Meca. Transportó sus barcos por secciones desde Karak hasta el golfo de Aqaba y, tras enviar la flota a saquear el puerto de Aydhab, en la costa africana del mar Rojo, bloqueó Eyla con dos buques. La flota egipcia no tardó en lanzarse en su persecución, y el almirante Lulu, tras levantar fácilmente el bloqueo de Eyla, se topó con el grueso de la expedición cerca de el-Haura, un pequeño puerto del mar Rojo, desde donde pretendían marchar sobre Medina. La visión de la escuadra egipcia los obligó a desembarcar apresuradamente y se dirigieron hacia las montañas. Lulu montó a sus marineros en los caballos de los beduinos y, al alcanzar al enemigo en el desfiladero de Rabugh, los hizo pedazos. Reginald escapó, pero la mayoría de sus hombres murieron; no se concedió cuartel, salvo a unos pocos prisioneros que fueron enviados a La Meca para ser sacrificados como cabras en el valle de Mina durante el sacrificio anual de la peregrinación. Así debían expiar el sacrilegio que pretendían cometer.

El árabe español Ibn-Jubeyr se encontraba en Alejandría en mayo de 1183, cuando llegaron algunos de los prisioneros capturados de la expedición de Reginald de Châtillon, atados a camellos, con la cara hacia las colas, en medio del redoble de los tambores y los gritos de la plebe. Nunca, dice, había habido tal consternación como cuando la noticia de la incursión llegó a Egipto. La gente se contaba entre sí, temblando, cómo el maldito señor de Karak había sobornado a los beduinos para que transportaran sus barcos a través del desierto hasta el mar Rojo; cómo había incendiado dieciséis embarcaciones árabes, capturado un barco de peregrinos frente a Yeda, desembarcado en Aydhab y capturado una caravana que había partido de Kos, en el Nilo, cuya tripulación fue masacrada en su totalidad; y cómo, tras apoderarse de dos barcos del Yemen, cargados con provisiones para las ciudades santas, había cruzado a Arabia con el perverso designio de saquear Medina y arrastrar al bendito Profeta fuera de su tumba. ¡Nunca hubo noticias tan espantosas! Alabado sea Alá: Lulu, el capitán de la flota, alcanzó a los malhechores con sus veloces naves, tripuladas por moros del Magreb, y se evitó la catástrofe.

El primer objetivo de Saladino al regresar a Siria fue castigar a los francos por su temeridad. Llamó de vuelta a las tropas a las que había permitido regresar a casa durante su descanso en Alepo y, marchando hacia el sur por la ruta del desierto pasando por el-Fawar, cruzó el Jordán el 29 de septiembre, devastó el fértil Ghaur y, al encontrar Beysan abandonada por sus aterrorizados habitantes, la saqueó y la incendió. Avanzando por el valle de Jezreel, acampó junto al Pozo de Goliat (Ayn Jalud), al pie del Gilboa. Desde allí, sus exploradores —veteranos de los ejércitos de Nur-ed-din— arrasaron los alrededores, llegando hasta el Tabor y las colinas que dominan Nazaret, capturaron Forbelet y, al toparse con un contingente de francos que marchaba desde Karak para reunirse con el ejército principal en los manantiales de Saffuriya, los derrotaron (el 30 de septiembre) con la pérdida de un solo hombre. Ante esto, Guido de Lusignan, que estaba al mando durante la enfermedad del rey Balduino, levantó inmediatamente el campamento, cruzó las colinas de Nazaret hacia la llanura de Esdraelón y avanzó hasta «el castillo del Frijol», el-Fula (que los francos llamaban Faba y La Feve), donde Saladino le dio batalla.

«Nunca —decían los ancianos— había visto Palestina un despliegue tan vasto de cruzados; había mil trescientos caballeros y más de quince mil soldados de a pie bien armados; entre ellos se encontraban grandes nobles de Europa: Enrique, duque de Lovaina, y Ralf de Maleine, de Aquitania, junto con los señores de la tierra: Guy de Lusignan, Reginald de Châtillon, Balduino y Balian de Ibelin, Reginald de Sidón, Walter de Cesarea y Joscelin de Courtenay».

Sin embargo, la batalla no se decidió. Fue un combate cuerpo a cuerpo, en el que «los ojos se miraban a los ojos». La vanguardia de Saladino, compuesta por quinientos jinetes, causó numerosas bajas, pero no pudo penetrar en las apretadas filas de las lanzas enemigas; y, finalmente, ambos ejércitos acamparon uno frente al otro, en Tubania y en el Pozo de Goliat, a apenas una milla de distancia. Aquí se produjo un retraso extraordinario. Durante cinco días, el ejército cristiano permaneció inmóvil, mientras sus líderes discutían entre sí, unidos únicamente por un propósito: desafiar la autoridad de Lusignan. Mientras tanto, Saladino había ocupado las alturas, y los cruzados se vieron acorralados y aislados de los suministros. Sus filas se vieron engrosadas por multitudes de comerciantes italianos —pisanos, lombardos, venecianos y genoveses—, que habían abandonado sus barcos y se habían apresurado a unirse al ejército de la Cruz, sin pensar en la comida y sin estar acostumbrados a empuñar las armas ni a soportar privaciones. Estos fueron los primeros en sentir el peso del cansancio y la penuria, y como ningún suministro podía atravesar el estrecho cerco de los vigilantes sarracenos, una grave hambruna se abatió sobre el campamento. Además, estábamos a mediados de octubre y la temporada de lluvias estaba a punto de llegar. Parece que Saladino intentó todo tipo de estratagemas para llevarlos al campo de batalla, pero fue en vano: al fin lograron escapar, perseguidos por sus flechas, y se retiraron avergonzados a Saffuriya, de donde habían partido en glorioso despliegue apenas una semana antes.

En ese mismo mes de octubre, el sultán partió de Damasco para ajustar cuentas con Reginaldo de Châtillon en Karak; pero todos los intentos de capturar a aquel astuto mercenario o de abrirse paso hasta su fortaleza fracasaron, a pesar de que un ejército egipcio al mando de el-Adil colaboró en el asedio. Sus siete mangoneles dispararon en vano contra las robustas murallas, y cuando se supo que las fuerzas reales marchaban en su socorro, Saladino retiró su ejército (4 de diciembre) y, furioso por el revés sufrido, lo condujo de vuelta a Damasco. En el verano siguiente (13 de agosto de 1184) realizó otro intento de tomar la fortaleza, pues no podría haber paz mientras Reginaldo de Châtillon la mantuviera en su poder; pero el asedio —el quinto que Saladino había iniciado— terminó como todos los demás. Al principio, de hecho, parecía como si el éxito estuviera a punto de coronar la perseverancia de los sarracenos. La ciudad no estaba de humor para la batalla: estaba llena de bailarines y músicos, que se divertían con motivo de la boda de la hermanastra del rey, Isabel, con el cuarto Humphrey de Toron. Los banquetes nupciales estaban a punto de convertirse en ritos fúnebres. Saladino y sus mamelucos irrumpieron en la ciudad, y Reginaldo se replegó al otro lado del foso, al interior del castillo. Aun así, escapó por los pelos, y de no ser por el valor de un caballero solitario, que defendió el puente como el antiguo Horacio mientras la guarnición lo serraba a sus espaldas, la fortaleza habría caído en manos de los sarracenos. En una curiosa muestra de los modales caballerescos de la época, Reginaldo envió a Saladino carne y vino —como si fuera un trozo del pastel nupcial— para que participara en el banquete; y, a cambio, el sultán dio órdenes estrictas, proclamadas ante el ejército, de que la torre nupcial de los novios fuera respetada escrupulosamente por sus arqueros y su artillería.

Saladino se encontró en posesión de la ciudad y los alrededores, y dueño de todo tipo de lujos festivos y manjares nupciales; pero estaba tan lejos como siempre de tomar el castillo. Comenzó, en efecto, a rellenar el foso y a instalar sus máquinas de asedio; y su fiel aliado, Nur-ed-din de Keyfa, se distinguió brillantemente en los combates contra la guarnición. Nueve mangoneles bombardearon la puerta y la hicieron estallar, pero el enemigo defendió la brecha. El foso se había rellenado tanto que un prisionero pudo saltar desde las murallas y escapar. Pero fue un esfuerzo en vano: la roca desafiaba el asalto. Mientras tanto, los mensajeros habían llevado la noticia a Balduino y, en septiembre, una fuerza de socorro apostada en el-Wala, sin arriesgarse a una batalla campal, abasteció al castillo de víveres y agotó a los sitiadores. Saladino detestaba las estrategias de espera y, al no conseguir sacar a los cristianos de sus trincheras, pronto abandonó sus posiciones en Hesbón y Main y se marchó a arrasar Samaria, saquear e incendiar Nablus (Siquem) con sus famosos olivares y melones, y desde allí regresó a Damasco el 16 de septiembre de 1184.

Tras esto, reinó la paz entre sarracenos y cristianos durante un tiempo. La desgracia del rey Balduino llegó a su fin en el invierno de 1184-1185. La corona descansaba ahora sobre la cabeza de un niño, y Guido de Lusignan y Raimundo de Trípoli, regente del infante Balduino V, encabezaban facciones rivales. No era momento para una guerra santa, decían las antiguas casas cruzadas; era mejor establecer una tregua y, al menos, esperar hasta que se presentara una ocasión favorable. Así lo pensaban el príncipe de Antioquía, los condes de Trípoli y Sidón, y los valientes hermanos de Ibelín. No opinaban lo mismo las dos grandes órdenes militares, los Templarios y los Hospitalarios; ni los recién llegados como Guido de Lusignan, aunque su única campaña hubiera sido una farsa ridícula; y mucho menos Reginaldo de Châtillon, quien aún sentía, en su fortaleza de Karak, cómo el hierro de sus inolvidables cadenas le carcomía el alma y ansiaba insaciablemente venganza. Por el momento prevaleció la política prudente y, a propuesta del regente, se firmó un tratado con Saladino por cuatro años. Para el propio Raimundo era más que una tregua; era una alianza ofensiva y defensiva. Saladino debía apoyarle en sus designios sobre la corona, y Raimundo, a cambio, liberó a todos los sarracenos que tenía cautivos en Trípoli, e incluso abasteció generosamente a Damasco con alimentos durante la hambruna de 1185. No obstante, por mucha que fuera la amistad entre Saladino y Raimundo, la tregua era como el sueño inquieto de un soldado, que podía romperse en un instante ante la llamada a las armas. No era una paz verdadera mientras el patriarca Heraclio recorría Europa en busca de reclutas, mientras los caballeros ingleses, desde los Cheviots hasta los Pirineos, tomaban la Cruz, y mientras las dos grandes órdenes militares ardían en deseos de asestar un golpe en nombre de la fe. La Guerra Santa dormía, pero estaba claro que despertaría.

Saladino, por su parte, aprovechó al máximo su tiempo libre para poner en orden los asuntos de su reino. Una vez más, Damasco se había convertido en la sede de la soberanía. Saladino solía decir que Siria era la raíz y la base del Imperio; Juliano había llamado a Damasco «el ojo de Oriente». Antes del inicio de la historia, Damasco ya era una ciudad. Desde el momento en que Abram tomó a su siervo Eliezer de entre sus ciudadanos, la antigua capital siria ha sido famosa. En tiempos de Ezequiel, su comercio era famoso, y al puerto de Tiro se le escribió: «Damasco era tu comerciante en la multitud de las mercancías de tu fabricación, por la multitud de todas las riquezas». En todos los antiguos imperios de Oriente, Damasco ha desempeñado su papel, como metrópoli natural de su región, lugar de encuentro de los pueblos. Por sus bulliciosos mercados pasaba el comercio de Babilonia, Persia y la lejana India, traído desde tiempos inmemoriales por interminables caravanas que partían del Éufrates pasando por Palmira o Alepo, y transportaban sus preciosos fardos hacia los puertos del Mediterráneo, o se desviaban hacia el sur, hacia Egipto y Arabia. A Damasco llegaba la nación nómada de los beduinos con sus innumerables tribus, que pastoreaban sus rebaños en primavera e invierno con el forraje ligero del desierto, vagando cada año entre Arabia y el Gran Río a lo largo de las conocidas cadenas de pozos; una raza de comerciantes de ganado y camelleros, transportistas de la riqueza ajena y vendedores de sus propios productos pastorales a cambio de las mercancías de los comerciantes.

Rica y poblada, Damasco lo debía todo a su situación central y a sus ventajas naturales. Los griegos la llamaban «La Más Bella», y los árabes la bautizaron como «La Novia de la Tierra» y «El Jardín del Mundo». Y al contemplar la antigua ciudad desde la Cúpula de la Victoria, que corona la cercana cordillera del Antilíbano al oeste, uno comprende el orgullo del damasceno por su paraíso terrenal. La famosa llanura, la Ghuta, ricamente fértil, aunque forma parte de la alta meseta siria que se eleva dos mil pies sobre el nivel del mar, gana en belleza por el contraste con el desierto pardo y las colinas rocosas que la rodean, a través de las cuales el Barada —bien llamado «Arroyo de Oro» por los griegos— se abre paso y, al extenderse en siete brazos por la llanura, le da vida en abundancia. Un gran campo verde se extiende a lo largo de millas desde las montañas hasta el desierto, y en medio de él, en un cinturón esmeralda de jardines y huertos de naranjos, cidros y jazmines, en una confusión de arroyos murmurantes, se alzan las antiguas murallas romanas de la ciudad, el mar amarillento de sus casas de adobe, un bosque de minaretes, y la gran cúpula de la mezquita omeya, que en su día fue la iglesia de San Juan Bautista y, antes de eso, tal vez, la Casa de Rimmón.

«Aunque tan antigua como la propia historia, eres fresca como el aliento de la primavera, floreciente como tu propio capullo de rosa, fragante como tu propia flor de azahar, ¡oh, Damasco, Perla de Oriente!».

Cada época de su variada historia ha dejado sus vestigios en Damasco: puertas romanas de arenisca roja pulida y portadas revestidas de hierro macizo; antiguas murallas de quince pies de grosor y veinte de altura, construidas sobre cimientos aún más antiguos de mampostería ciclópea; torres bastión cuadradas, desde donde los arqueros medievales repelieron a más de una tropa asaltante con su fuego de flanqueo. La Via Recta, «la calle llamada Recta», sigue conduciendo desde la puerta oriental, tal y como lo hacía en la época en que San Pablo era aún Saulo de Tarso; y en una pared de la mezquita árabe, el peregrino que se dirige a la tumba de Saladino aún puede leer la inscripción que coronaba el dintel de la antigua iglesia, y que trece siglos de dominio musulmán no han borrado:

«Tu reino, oh Cristo, es un reino eterno, y tu dominio perdura por todas las generaciones»

La ciudad en tiempos de Saladino debió de presentar una mezcla de colores y razas muy similar a la actual. La vestimenta y las costumbres de los musulmanes cambian muy lentamente, y los mismos pueblos, ataviados de la misma manera durante muchos siglos, debieron de abarrotar sus bazares y habitar en las habitaciones exquisitamente talladas y pintadas que rodeaban los patios sombreados de las casas. Entonces, al igual que ahora, la ciudad estaba dividida en numerosos barrios amurallados, cerrados por la noche con pesadas puertas, y ocupados originalmente por miembros de un clan distinto. Entonces, al igual que ahora, las aguas cristalinas del Arroyo Dorado fluían a través de una red de canales cuidadosamente planificados, y llegaban a todas las calles e incluso a las casas más humildes. Pero las invasiones y los incendios, el vandalismo tártaro y el abandono otomano han empañado el esplendor de las mezquitas y los palacios; y ahora incluso la noble mezquita omeya, donde los grandes califas del siglo VII predicaban como líderes de los fieles, donde Muawiya mostró ante la temblorosa congregación la camisa ensangrentada del asesinado Uthman y clavó los dedos cortados de Naila al púlpito —la mezquita donde Saladino adoraba al Dios de las Batallas—, ha quedado calcinada y en ruinas por un fuego devorador. Sus mosaicos fueron el triunfo de artistas de Persia, la India y Bizancio, y agotaron los ingresos de Siria durante siete años, además de dieciocho cargamentos de oro y plata procedentes de Chipre.

El árabe español Ibn Jubayr, que visitó Damasco en 1184, cuando Saladino vivía allí, nos ha dejado una descripción minuciosa de las maravillas de esta magnífica mezquita, entre las que destacaban el reloj en el que unos halcones de bronce marcaban las horas y una puerta de latón que se cerraba al pasar cada hora, mientras que por la noche unas lámparas rojas indicaban la hora, medida por el descenso del nivel del agua. Menciona veinte colegios, dos hospitales gratuitos y numerosos monasterios.

«Damasco», añade, «cuenta con un castillo, donde reside el sultán, que se alza aislado en el barrio moderno de la ciudad, y en él se encuentra la mezquita del sultán. Cerca del castillo, a las afueras de la ciudad hacia el oeste, hay dos meydanes que parecen piezas de brocado de seda desplegadas, por su verdor y belleza. El río discurre entre los dos meydanes, y junto a ellos se extiende una arboleda de álamos, de una belleza deslumbrante. El sultán suele acudir allí para jugar al mall y hacer correr a sus caballos; y nada puede ser más agradable de ver que esto. Cada tarde, los hijos del sultán acuden allí para practicar el tiro con arco, correr y jugar al mall».

El viajero español nos ofrece solo un atisbo del gran sultán, jugando al polo sobre el césped sedoso del Meydan, y tampoco los biógrafos y cronistas de Saladino nos cuentan mucho más. Oímos hablar, en efecto, de veladas dedicadas a debates literarios, de la intimidad de Saladino con el viejo guerrero y poeta Osama, de recitaciones de poesía y de frecuentes partidas de ajedrez, a las que el sultán se dedicaba con pasión. Pero los ecos de estas voces son, en verdad, muy débiles. Para hacernos una idea de la vida y las ocupaciones de un gobernante musulmán en la época de las Cruzadas, debemos recurrir al historiador de los sultanes mamelucos y ver cómo Beybars, sultán de Siria y Egipto, gobernaba su reino en el siglo XIII. Era un mameluco de la familia de Saladino y modeló su corte siguiendo el ejemplo de su gran predecesor.

El sultán de aquella época no disfrutaba de ningún cargo honorífico; trabajaba tan duro como su súbdito más humilde. Se reunía en la Sala de Justicia dos días a la semana para escuchar las quejas y reparar los agravios de sus súbditos. Su correspondencia era inmensa y, aunque Saladino contaba con cancilleres y secretarios incansables como Kady el-Fadil, Imad-ed-din y, más tarde, Baha-ed-din, seguramente se ocupaba personalmente de gran parte de los despachos. En la época de Beybars existía «un sistema postal bien organizado que conectaba todas las partes de sus vastos dominios con la capital». En cada estación de correos había caballos de relevo preparados, y dos veces por semana el sultán recibía y respondía a los informes procedentes de todas las partes del reino. Además del correo ordinario, existía también un servicio de palomas mensajeras, que se gestionaba con igual esmero. Las palomas se alojaban en palomares en las distintas etapas, y se las entrenaba para que se detuvieran en el primer palomar de la etapa, donde su carta se adjuntaba a otra paloma para la siguiente etapa».

Afortunadamente, sabemos algo de los secretarios principales de Saladino que gestionaban su vasta correspondencia. Lo que el-Jawad fue para el belicoso Zengy, el erudito juez Kady el-Fadil lo fue para la más amplia administración imperial de Saladino. El-Fadil no era turco ni persa, como tantos de los estadistas de la época, sino un árabe lakhmí puro, nacido en Ascalón, miembro de una familia de jueces. Su colega en el Consejo, Aluh, ensalza su estilo exquisito —considerado entonces una cualidad fundamental en un secretario de Estado— con su habitual grandilocuencia:

«Soberano de la pluma y la lucidez, de la elocuencia y del estilo, su genio era resplandeciente, su sagacidad profunda y su dicción tan novedosa como fascinante… Era como la ley de Mahoma, que anuló todas las demás y se convirtió en la raíz de todo conocimiento. Su pensamiento era original, sus ideas eran nuevas; derramaba brillantez y hacía brotar las flores más hermosas. Era él quien guiaba el imperio con sus consejos y entretejía el discurso con las perlas del estilo», y así sucesivamente.

A pesar de su elegante prosa y de su curioso eufuismo, el Kady era un admirable funcionario público, y Saladino le dejaba con frecuencia al mando supremo del gobierno en Egipto mientras él se ausentaba en campañas en Siria. Egipto, de hecho, era su patria adoptiva; allí lo encontró Saladino en la cancillería; y él nunca era feliz lejos de su amado Nilo. «Llévame un mensaje al Nilo», exclama en uno de sus poemas, escrito durante una campaña en Mesopotamia; «¡dile que el Éufrates nunca podrá saciar mi sed!».

Otro hombre erudito, cuyos consejos, según se dice, Saladino nunca rechazaba, era el-Hakkary, el jurista árabe, que trataba a su señor con una familiaridad sin ceremonias que nadie más se atrevía a emplear. Su pintoresca figura, con el turbante de jurista sobre el uniforme de soldado, rara vez faltaba a los consejos del sultán. Pero la mano derecha de Saladino en Siria, el homólogo del Qadi el-Fadil en Egipto, era el secretario de Estado Imad-ed-din de Isfahán, comúnmente llamado Aluh («Águila»), un poeta, un maestro del estilo, un doctor versado en derecho y profundo conocedor de los misterios de la astrología, y un formidable gladiador en las polémicas teológicas. De ser un simple profesor en la universidad de Damasco a la que dio su nombre, «La Imadiya», pasó a ser presidente del Consejo de Estado y canciller del reino sirio. Su admirable destreza para llevar a cabo la correspondencia diplomática en persa y árabe, en el estilo ampuloso y pomposo admirado por los orientales, sumada a su erudición y sagacidad, lo convirtió en una figura inestimable para el sultán, quien finalmente le otorgó toda su confianza.

Además de los asuntos necesarios, las ceremonias de Estado suponían una pesada carga para el sultán. La corte musulmana medieval estaba minuciosamente organizada, y la selección de funcionarios para cubrir los numerosos puestos de la casa real, el apaciguamiento de sus celos y disputas, y la recompensa de sus servicios con vestimentas de honor, títulos y feudos, requerían tiempo y reflexión. Todo el mundo, desde el comandante en jefe hasta el copero, el catador y el maestro de polo, quería algo o envidiaba a otra persona, y había que atenderlo, aunque fuera de forma somera, en aras del buen humor y la lealtad generales.

Las revistas de tropas y las procesiones de estado eran actos que implicaban mucha ceremonia. El propio sultán (al menos en la época de Beybars) cabalgaba en medio de la procesión, vestido con una sencilla túnica de seda negra de mangas anchas, un turbante sobre su casco de acero, una cota de malla bajo la túnica y una larga espada árabe a la cintura. Al frente, algún gran noble exhibía la mantilla real, cubierta de piedras preciosas y brocado de oro; y la cabeza del sultán estaba protegida por la sombrilla de estado de seda amarilla con bordados dorados, coronada por un águila dorada y llevada por un príncipe de sangre real, mientras que otro noble portaba el estandarte imperial. El caballo real estaba ataviado con seda amarilla y satén de atlas rojo, y los estandartes del regimiento de la escolta también eran de seda amarilla de El Cairo, bordados con la insignia de su coronel.

«Justo delante del sultán cabalgaban dos pajes sobre caballos blancos, con ricas guarniciones; sus túnicas eran de seda amarilla con ribetes de brocado dorado, y llevaban una kuffiya o pañuelo del mismo material. Su deber era comprobar que el camino estuviera en buen estado. Un flautista iba delante y un cantante le seguía, entonando las hazañas heroicas de antiguos reyes, al son de un tambor; los poetas recitaban versos a modo de antífona, acompañándose con la kemenga y el mosil. Los tabardares portaban alabardas delante y detrás del sultán, y las dagas de estado las sostenía el maestro de polo en una vaina a la izquierda, mientras que otra daga con un escudo se llevaba a la derecha del monarca. Justo a su lado cabalgaba el portador de la maza, que sostenía en alto la maza dorada y nunca apartaba la mirada del rostro de su señor. Los grandes oficiales de la corte le seguían con una pompa apenas menor.

«Cuando se ordenaba hacer una parada para pasar la noche, en los largos viajes, se llevaban antorchas delante del sultán, y al acercarse a la tienda —que se había adelantado y se había montado antes de su llegada—, sus sirvientes salían a su encuentro con velas de cera en candelabros con incrustaciones de oro; los pajes y los alabarderos lo rodeaban, los soldados entonaban un coro y todos desmontaban, excepto el sultán, que entraba a caballo en el vestíbulo de la tienda, donde dejaba su caballo, para luego acceder al gran pabellón redondo situado detrás. De este se accedía a un pequeño dormitorio de madera, más cálido que la tienda, y a un baño con medios de calefacción a mano. El conjunto estaba rodeado por una empalizada, y los mamelucos montaban guardia en turnos regulares, inspeccionados periódicamente por rondas de visita, con Grandes Rondas dos veces por noche».

No sabemos en qué medida Saladino observaba este ceremonial de Estado, pero, por muy sencillos que fueran sus gustos personales, ningún soberano oriental podía permitirse descuidar esos adornos externos que siempre han producido una vívida impresión de poder en la imaginación popular, especialmente en Oriente, donde el simbolismo se estudia con especial atención. Saladino, aunque vestía con gran sencillez, con ropa de lino o lana, sin duda mantenía todo el protocolo habitual de un rey musulmán y se esmeraba en mostrar todas las ceremonias de la corte al recibir embajadas de príncipes extranjeros. Fue en una ocasión de este tipo cuando conoció por primera vez a Baha-ed-din, quien más tarde se convertiría en su secretario y biógrafo. Baha-ed-din residía en Mosul cuando Saladino invadió Mesopotamia, y había sido encargado por el atabeg de llevar una petición de ayuda al califa de Bagdad. Cuando Saladino se estableció en Damasco, Baha-ed-din fue enviado de nuevo en misión diplomática. Su soberano, el atabeg de Mosul, con la aprobación del califa, le facultó para negociar los términos de la paz con Saladino. Llegó a Damasco el 25 de febrero de 1184, acompañado por Bedr-ed-din, el «jeque de los jeques», y fue recibido por el sultán con todas las muestras de hospitalidad. Aunque no logró llegar a ningún acuerdo, causó tan buena impresión a Saladino que este le ofreció un puesto a su servicio. Baha-ed-din, en su calidad de embajador de un príncipe rival, no pudo aceptar tal honor, y la misión partió de regreso a Mosul el 22 de marzo.

Le siguieron otras embajadas, la del sobrino del atabeg, Sinjar-Shah de Jezira, y la del señor de Irbil (Arbela), quienes rindieron homenaje como vasallos del sultán. El príncipe de Mosul, como era de esperar, se resintió ante estas deserciones y se dispuso a castigar al jefe de Irbil, cuya petición acabó por llevar de nuevo a Saladino al campo de batalla. Tras cruzar el Éufrates, como era habitual, por Bira, el 15 de abril de 1185, se le unió Kukbury, y en Ras-el-Ayn se enteró de que existía una coalición general de los príncipes orientales para defender al atabeg de Mosul. Haciendo caso omiso de sus amenazas, marchó hacia Duneysir, al pie de la colina de Maridin, cuyas tropas se unieron a él, y llegó a las puertas de Mosul en junio de 1185. En vano, el atabeg envió a su madre y a otras damas de la corte a humillarse ante él y suplicar la paz. Fueron recibidas con toda deferencia, pero no se hizo ninguna promesa: Saladino se mostró inflexible.

Preparados para lo peor, los habitantes de Mosul se esforzaron con la fuerza de la desesperación, y el asedio resultó tan infructuoso como antes. Una disputa en Armenia sirvió de pretexto para retirar al agotado ejército hacia el clima más fresco de Diyar-Bekr. Saladino ocupó Mayyafarikin a finales de agosto y luego regresó al asedio de Mosul. Pero ahora la temporada de lluvias había sucedido a los tórridos calores del verano, y ni el general ni las tropas podían soportar aquel clima insalubre. Saladino cayó gravemente enfermo y se vio obligado a trasladarse a Harran para cambiar de aire; apenas capaz de mantenerse a lomos de su caballo, llegó casi moribundo al castillo de su amigo Kukbury. Su hermano el-Adil acudió apresuradamente desde Alepo con los médicos de la corte, pero durante mucho tiempo Saladino permaneció entre la vida y la muerte.

En un momento dado se extendió el rumor de que había llegado su fin, y más de un pariente sopesó sus propias posibilidades de sucesión. El propio Saladino perdió la esperanza y, tras reunir a sus capitanes, les hizo jurar lealtad a sus hijos.

Por fin comenzó a recuperarse muy lentamente y, a finales de febrero de 1186, ya pudo recibir a una embajada de Mosul, encabezada por Baha-ed-din, que acudió para negociar la paz. Aún demasiado débil para soñar con una campaña, y tal vez ablandado por el sufrimiento y el peligro, Saladino accedió a un tratado (3 de marzo), por el que se quedó con todo el territorio alrededor de Shahrzur, más allá del Zab, pero dejó al atabeg Izz-ed-din en posesión del territorio que entonces gobernaba, entre los grandes ríos, a condición de que reconociera plenamente la soberanía del sultán en las oraciones y en la acuñación de moneda. Mediante este tratado, toda la Mesopotamia septentrional y parte del Kurdistán se unieron al imperio de Saladino, y el atabeg de Mosul engrosó las filas de sus vasallos.

Al regresar lentamente de Harrán a Damasco, Saladino hizo una parada en Emesa. Recientemente había concedido la ciudad en feudo a su primo Nasir-ed-din, hijo de Shirkuh, cuyo vínculo familiar se había fortalecido mediante el matrimonio con una de las hijas de Saladino. Sin embargo, durante la enfermedad de su primo, Nasir-ed-din había conspirado para hacerse con el trono de Siria. El castigo no se hizo esperar; pues, tras retirarse, ebrio y de buen humor, en la Fiesta de las Víctimas (4 de marzo de 1186), el pretendiente fue hallado muerto en su lecho a la mañana siguiente. De camino a la ciudad, Saladino se encontró con el hijo, un muchacho de doce años, a quien había nombrado heredero del feudo de su padre; sin embargo, se apropió, para los fines del Estado, de una gran parte del tesoro paterno. Se cuenta que Saladino se mostró amable con el niño y se interesó por sus estudios. Pero cuando le preguntó por sus lecturas y le preguntó hasta dónde había llegado en el Corán, el niño respondió: «Hasta el pasaje donde está escrito: “En cuanto a aquellos que se apropian injustamente de los bienes de los huérfanos, en verdad se tragarán fuego en sus entrañas y arderán en el Fuego”.». El sultán se maravilló de la agudeza del niño y no reprendió su presunción. Dejándole al mando de Emesa, se dirigió a Alepo y, desde allí, en abril, a Damasco, donde fue recibido con tumultuosas celebraciones, como si fuera otro Lázaro resucitado de entre los muertos.

 

PARTE IV. LA GUERRA SANTA.

Campañas de Saladino 1187-1193

 

CAPÍTULO XIII. LA BATALLA DELOS CUERNOS DE HATTIN.1187.

 

 

 

La gran crisis estaba a punto de estallar. Saladino se encontraba por fin en condiciones de atacar a los francos. Había alcanzado el objetivo de sus campañas en el Tigris y el Éufrates. Ahora contaba con aliados, en lugar de enemigos, en su flanco norte. Antes de esto, no se podía llevar a cabo con seguridad ninguna invasión del territorio cristiano sin desplegar un ejército de vigilancia para protegerse de un ataque desde el norte; pero ahora podía avanzar con confianza. También contaba con más tropas en su retaguardia y no solo podía disponer de toda la fuerza de sus reclutas sirios y egipcios, sino que también podía contar con grandes contingentes procedentes de las provincias mesopotámicas. Veremos cómo, durante el asedio de Acre, los grandes barones de estas comarcas acudieron a reforzar el ejército musulmán, y cómo los príncipes de la dinastía de Zengi —los señores de Mosul, Sinjar, Jezira, Irbil y Harran— y los kurdos de más allá del Tigris engrosaron las filas generales con sus vasallos y seguidores. Este fue, sin duda, el resultado más importante de sus campañas del norte. Había abierto nuevos campos de reclutamiento; y sin esta fuerza adicional nunca habría podido hacer frente y resistir a las nuevas fuerzas procedentes de Europa que se le enfrentaron en la Tercera Cruzada.

La Guerra Santa había sido desde hacía tiempo una resolución firme de Saladino, pero la provocación inmediata provino, como de costumbre, de Reginaldo de Châtillon. El señor de Karak se había ganado una reputación poco envidiable como rompedor de tratados. Le deleitaba asaltar caravanas pacíficas de comerciantes y peregrinos que se dirigían a Siria desde Egipto o La Meca. Lo había hecho en 1179, en época de tregua. Una caravana acampó confiada bajo su castillo, y él se llevó a todos los hombres, mujeres y animales, junto con mercancías por valor de doscientas mil piezas de oro; y cuando el rey Balduino protestó y envió una embajada para que le devolviera el botín robado y a los cautivos, él se burló de los mensajeros reales. En 1182 repitió esta hazaña, también en un periodo de tregua; incluso se había atrevido a hacer avanzar a sus tropas hacia Arabia hasta situarse a un día de marcha de la ciudad santa donde descansan los restos del Bendito Profeta. En 1186 volvió a haber un periodo de paz. Las caravanas circulaban libremente entre Egipto y Siria, sin pensar en ningún peligro procedente del castillo del Mar Muerto. De repente, Reginaldo se abalanzó sobre un grupo de comerciantes y se hizo con un rico botín. Se rumoreaba que una de las hermanas del sultán viajaba en la litera cerrada que formaba parte del convoy de los comerciantes. Ante sus protestas, el señor de Karak repitió con sorna las burlas de los sumos sacerdotes en el Calvario: «Puesto que confiaron en Mahoma, ¡que venga Mahoma a salvarlas!». Un año más tarde tuvo motivos amargos para arrepentirse de su burla. Al enterarse de la atrocidad, Saladino juró solemnemente que mataría al rompedor de la tregua con sus propias manos; y cumplió su voto.

«El asalto a aquella caravana supuso la ruina de Jerusalén». Saladino había intentado en repetidas ocasiones conquistar Karak y hacerse con su señor, y siempre había fracasado. Ahora estaba decidido a no recurrir más a medias tintas, sino a librar una guerra de exterminio contra todo el reino cristiano. Primero debía pasar el invierno, época en la que las operaciones de campo eran casi imposibles; pero en marzo de 1187, hizo sonar la campana de alarma para la yihad. Sus mensajeros se apresuraron a acudir a los príncipes de Mesopotamia, a sus vasallos, virreyes y gobernadores en las ciudades de Jezira, Diyar-Bekr, Siria y Egipto, para ordenarles que reunieran sus fuerzas para la Guerra Santa. Una tropa tras otra se apresuró a llegar a Damasco, y cada una, a medida que llegaba, era desplegada en la frontera contra los francos. El propio sultán marchó hacia Karak, en abril, para proteger la caravana de peregrinos que regresaba de La Meca. Una vez que estos hubieron pasado a salvo, y tras haber arrasado el territorio de su enemigo más acérrimo, izó su estandarte en Ashtara el 28 de mayo y reunió a sus escuadrones para la gran campaña.

Los francos no estaban en condiciones de oponer una resistencia conjunta. Había disputas y envidias entre sus líderes. El joven rey, Balduino V, había fallecido el septiembre anterior, y una facción encabezada por Gerardo de Rideford, el maestre de los templarios, Joscelin de Courtenay y Reginaldo de Châtillon, entronizó a Sibila, la hija mayor de Amalarico; y ella, a su vez, coronó a su marido, Guido de Lusignan, como rey. El conde Raimundo de Trípoli, regente del difunto rey, al rechazar esta coronación irregular, entronizó a un soberano rival en la persona del cuarto Humphrey de Toron, esposo de Isabel, la hija menor de Amalric. Es cierto que Humphrey desconfiaba de aquel honor no deseado y se apresuró a rendir homenaje a Sibila y a Guy; pero Raimundo y Balduino de Ramla se negaron, no obstante, a reconocer al nuevo rey. Fue Raimundo quien había firmado el tratado con Saladino en 1184, y las relaciones entre ambos se volvieron sumamente cordiales ahora que el conde se encontraba prácticamente aislado de sus compañeros nobles. Raimundo visitó a Saladino y fue recibido con cordialidad. Incluso se rumoreaba que el conde habría abrazado el islam de no ser por el temor al desprecio europeo. Cuando Guy se dispuso a invadir el territorio del conde y a obligarle a someterse por las armas, Raymond confió en la ayuda prometida por Saladino. Sin embargo, la invasión se aplazó gracias a una prudente mediación, y el conde alimentó su resentimiento en Tiberíades durante el invierno de 1186-1187.

En primavera se hizo un nuevo intento por restablecer la armonía, y se envió a Baliano de Ibelín a Tiberíades, junto con los Maestros de las dos Órdenes, para conciliar al malhumorado Aquiles. Ernoul, que acompañó a Baliano como su escudero, ha dejado un relato gráfico de la expedición en su crónica. Cuenta cómo Balian fue retenido en Nablus, mientras los demás proseguían hacia Faba; cómo se detuvo de nuevo en Sabat para visitar al obispo y asistir a misa; y cómo, al llegar a Faba, se encontró con las puertas del castillo de par en par y las tiendas de sus compañeros desiertas. Envió a Emoul a la fortaleza vacía, y el escudero recorrió los pasadizos gritando y vociferando, pero nadie le respondió. Por fin encontró a dos hombres enfermos en una habitación, pero no pudieron decirle nada de lo que había ocurrido. Así que cabalgó hacia Nazaret y, por el camino, un hermano del Templo lo saludó. Cuando se acercó, Balian le preguntó: «¿Qué noticias hay?», y el templario respondió: «Malas». A continuación, les contó que al maestre de la Orden del Hospital le habían cortado la cabeza, que todos los templarios que estaban con él habían sido asesinados, salvo el maestre y otros dos, y que cuarenta de los caballeros del rey estaban prisioneros en manos de los sarracenos.

Al parecer, Saladino había enviado a su hijo mayor, el-Afdal, al lago de Tiberíades, donde su amigo, el conde Raimundo, seguía en abierta enemistad con el rey de Jerusalén. El-Afdal, en calidad de aliado, pidió permiso para cruzar el Jordán y realizar una incursión en el territorio de Raimundo. No se especifica cuál era su objetivo; tal vez necesitara forraje o provisiones, o quizá simplemente deseara pasar un día de caza —pues todos los príncipes de la tierra en aquella época eran cazadores—; pero todo apunta más bien a un reconocimiento en fuerza. Raymundo no podía negarle el permiso sin arriesgarse a perder la amistad de Saladino, su mejor protección frente al rey Guido. Sin embargo, para reducir el peligro de la incursión, estipuló que los sarracenos cruzaran y regresaran en un solo día, a la luz del sol, y que no hostigaran ni a ninguna ciudad ni a ninguna casa por el camino. A ello accedieron. El conde envió mensajeros para anunciar la incursión y sus condiciones, y para advertir a todos los cristianos que permanecieran dentro de las murallas.

Todo habría ido bien de no ser por la inoportuna llegada de los dos Maestros a Faba. Por desgracia, uno de los mensajeros de Raimundo llevó la noticia al castillo justo en el momento en que descansaban allí, y, llenos de justa ira, reunieron a tantos caballeros como pudieron —un total de 130— y a entre 300 y 400 soldados de a pie, y salieron en tropel a atacar a los sarracenos errantes. Ellos, al menos, no querían tener nada que ver con los «infieles». Se toparon con ellos en el manantial de Cresson, cuando estos ya regresaban de Caná de Galilea hacia su propio país. No era ni la primera ni la última vez que el celo impulsivo de los monjes-soldados provocaba su propia destrucción. Los caballeros atacaron precipitadamente, en su prisa, sin esperar a la infantería, y fueron totalmente aniquilados. Los sarracenos continuaron tranquilamente su marcha hacia el Jordán y, al pasar cerca de Tiberíades, Raimundo pudo distinguir cabezas de cristianos clavadas en sus lanzas. Habían cumplido estrictamente su palabra. No habían causado daño alguno a ninguna ciudad, casa o castillo, y regresaron antes del atardecer, tal y como se había acordado. Era viernes 1 de mayo, fiesta de San Felipe y San Santiago.

Ante este desastre, del que se le consideraba responsable, Raimundo accedió a dejar de lado su resentimiento y hizo las paces con Guy. Se abrazaron ante una multitud jubilosa junto al Pozo de José y acordaron medidas de defensa. Se ordenó que se celebrara una concentración general de las fuerzas cristianas en los manantiales de Saffuriya, a unas tres millas al norte de Nazaret, para resistir la invasión de los sarracenos. El Maestre del Templo entregó a Guy el dinero que le había enviado el rey Enrique de Inglaterra, en expiación del martirio de Becket; y los hombres a los que se pagó con este tesoro lucían el escudo de Inglaterra en sus escudos. El total de las fuerzas reunidas pudo ascender a 1 200 caballeros, más de 18 000 soldados de a pie y un gran número de caballería ligera, o turcopoles, armados al estilo sarraceno.

Mientras tanto, Saladino, como se ha visto, al regresar de la región del Mar Muerto, había reunido a sus tropas en Ashtara, en el Haurán, y, con el ejército de Alepo y los contingentes de Mosul y Maridin sumados a su fuerza principal, se encontró al frente de 12 000 jinetes, «todos ellos titulares de feudos y estipendios», además de numerosos voluntarios para «el Camino de Dios». Pasó revista a las tropas en Tesil y dispuso su ejército en la formación habitual de batalla, con centro, alas derecha e izquierda, vanguardia y retaguardia; Taki-ed-din y Kukbury comandaban las dos alas, mientras que el propio sultán dirigía el centro. Con esta formación inició su marcha el 26 de junio de 1187. Era un viernes, a la hora de la oración pública; y este era el día y la hora que él prefería por encima de todos los demás para la guerra, para que las súplicas del pueblo y las oraciones de los hombres santos intercedieran por él ante el trono de Dios. El ejército sarraceno acampó la primera noche en el-Ukhuwana, en el extremo sur del lago de Galilea. Allí esperó Saladino, mientras sus exploradores recababan información sobre las posiciones del enemigo. Le informaron de la gran concentración de francos en Saffuriya y de su espíritu marcial. Se celebró un consejo de guerra en el campamento musulmán y se decidió avanzar y dar batalla. El siguiente paso fue cruzar el Jordán hasta es-Sinnebra, desde donde Saladino trasladó a sus hombres a las colinas de Kafar Sebt, a unas seis millas al suroeste de Tiberíades y que dominaban la carretera, el miércoles 1 de julio. Mientras esperaba a que los francos avanzaran, ordenó a sus tropas que saquearan e incendiaran la ciudad de Tiberíades, que ya no era el hogar de un aliado. El castillo resistió bajo el mando de la esposa del conde Raimundo, Eschiva, hija de Hugo de Saint-Omer. Su petición de ayuda llegó a Guy, en Saffuriya, el jueves por la tarde, a la hora de las vísperas, y provocó el avance inmediato de los francos. Las avanzadillas de Saladino trajeron noticias de su aproximación a la mañana siguiente y, tras dejar una pequeña fuerza para cubrir el castillo, se apresuró a reunirse con el ejército principal en las colinas y se preparó para la batalla.

La región donde se libró la memorable batalla de Hittin ha sido descrita de forma pintoresca por un oficial que conoce cada palmo del terreno.

 

 

«Saffuriya», escribe, «era una ciudad amurallada situada en las colinas bajas al noroeste de Nazaret. La iglesia de Santa Ana se alzaba en el centro, y una torre fortificada en la colina de arriba dominaba los campos de trigo dorados que se extendían hacia la escarpada cadena montañosa de la Alta Galilea y, hacia el este, hasta la llanura que se extiende más allá de Tiberíades —una meseta abierta y árida—. La fuente de Saffuriya se encontraba a una milla hacia el sur, en un valle abierto lleno de huertos, con un arroyo que hoy en día acciona ocho molinos y que, por lo tanto, era suficiente para un ejército tan numeroso como el que se había reunido en torno al rey Guido. Las tierras circundantes también estaban repletas de aldeas y proporcionaban abundantes provisiones.

«El campamento de Saladino se encontraba a diez millas al este, en la meseta cercana [o, más bien, extendiéndose considerablemente al sur de] la pequeña aldea de Hittin. El lugar estaba rodeado de olivos y árboles frutales, y un buen manantial —abundante y fresco— fluía hacia el noroeste, hacia el desfiladero de Wadi Hammam. Había agua en abundancia en los valles situados más abajo y cerca de Tiberíades, donde la esposa de Raimundo de Trípoli se encontraba recluida en su castillo a orillas del lago sagrado. Justo al sur de Hittin se eleva la colina oscura y rocosa famosa en la historia como el «Cuerno de Hittin», a seiscientos pies por encima de la aldea, situada a menor altitud, y con vistas a la llanura occidental, cien pies más abajo. La carretera que partía de Acre atravesaba la llanura, y no existía ni un solo manantial ni arroyo de cierta envergadura entre los campamentos. Era la estación más calurosa del año, y una larga marcha para la infantería separaba a los ejércitos de la cristiandad y del islam.

«Desde la cima de Hittin, el centinela miraba hacia el oeste, sobre una llanura abrasada por el sol, con largas crestas grises salpicadas de matorrales al norte y al sur. A sus espaldas se extendía el lago de Galilea, a mil setecientos pies más abajo, encerrado entre precipicios que se reflejaban en sus aguas brillantes, con el Hermón al norte elevándose, salpicado de nieve, sobre el valle del Alto Jordán. Hacia el extremo este, los cráteres de la cordillera de Jaulan se alzaban frente a las llanuras que se extendían hacia Damasco. Las torres de Safed se alzaban sobre la orilla norte del lago, y al sur las negras murallas y fosos de Belvoir se cernían sobre la meseta ondulada. Una derrota en tal posición significaba un desastre para las fuerzas musulmanas, que serían arrojadas por las laderas y empujadas hacia el lago; pero para atacar, el ejército cristiano debía cruzar la llanura árida y, tras una larga marcha, se encontraría con el enemigo controlando todos los manantiales y arroyos que desembocaban en el lago.

«Si tenemos en cuenta que los francos contaban con dos fuertes puestos avanzados, en Fula [Faba] y en Belvoir; que se podría haber llevado a cabo un avance por el valle de Jezreel hasta Beysan sin ninguna dificultad en cuanto al abastecimiento abundante de agua; y que la posición de Saladino era también sumamente peligrosa, al encontrarse en ángulo con su línea de retirada, resulta extraño para un soldado que no se enviara, al menos, una parte del ejército cristiano a atacar los puentes del Jordán y a cortar la retirada musulmana, lo cual solo habría podido lograrse entonces por el puente norte, custodiado por la fortaleza de Chateau Neuf. Un general como Godofredo no habría dejado de tomar una precaución tan evidente, pero probablemente los francos temían el calor del verano en el valle del Jordán».

Los francos temían algo peor que el calor del verano: temían el inmenso ejército que, según los rumores, seguía el estandarte de Saladino, y temían destinar ninguna parte de sus fuerzas, cuando cada hombre podía ser necesario en la gran batalla que tenían por delante. Tampoco hay pruebas de que Saladino no hubiera dejado una guardia suficiente para defender los puentes del Jordán: era su costumbre colocar cuerpos de observación en puntos peligrosos. El desvío de cualquier fuerza cristiana considerable para cortarle la retirada podría haber expuesto al ejército principal a la derrota y dejado toda Palestina a merced de los invasores. El error fundamental de los francos fue olvidar que su deber era defender y no atacar. Si hubieran elegido una posición defensiva sólida y hubieran esperado el ataque de Saladino, el resultado podría haber sido diferente; pues los sarracenos, en combate cuerpo a cuerpo, no eran rivales para los caballeros de la Cruz, bien armados y de gran temple, apoyados por una infantería firme y bien protegida. Desperdiciaron su ventaja cuando, a pesar de la urgente advertencia del conde Raimundo, el rey cedió a la insistencia del maestre del Templo y dio la señal para la fatídica marcha a través de la llanura árida. «Mejor —dijo Raimundo— que caiga mi ciudad de Tiberíades y que los sarracenos se apoderen de mi esposa y de todo lo que poseo, que perder toda la tierra; pues, sin duda, si vais por ese camino, estará perdida». Era el consejo de un soldado, pero el Maestre lo tildó de traición.

El viernes 3 de julio, el ejército cristiano levantó el campamento en Saffuriya y comenzó su desastroso avance hacia Tiberíades. Apenas había partido cuando las escaramuzas sarracenas se abalanzaron sobre él. El señor de Ernoul, Balian de Ibelin, se encontraba con la vanguardia, bajo el mando del conde Raimundo, y perdió a muchos de sus caballeros. Durante todo aquel día, la caballería ligera de los sarracenos acosó a las tropas, mientras estas avanzaban penosamente por el camino de piedra caliza, sin sombra y deslumbrante, con el sol golpeando con fuerza sobre las armaduras y los yelmos, y sin una sola gota de agua a la vista. Los templarios y los turcopoles de la retaguardia se veían tan acosados que no podían seguir el ritmo de la batalla del rey en el centro, y corrían un grave peligro de quedar aislados. Al ver el peligro que corrían, Guy ordenó hacer una parada, aunque solo se había recorrido la mitad de la distancia hasta Tiberíades; y se decidió acampar en orden de batalla para pasar la noche. En vano, el conde Raimundo, que se encontraba muy por delante con la vanguardia, insistió en la necesidad vital de seguir avanzando hasta el agua. Los soldados agotados no tenían ánimos para enfrentarse a los sarracenos que les cerraban el paso en las colinas de enfrente. La retaguardia se encontraba en apuros. Todo el ejército estaba desmoralizado. Desesperado, Guy ordenó que se montaran las tiendas en Marescalcia. Raimundo llegó cabalgando desde el frente, desesperado, gritando: «¡Ay! ¡Ay, Señor Dios! ¡La guerra ha terminado; somos hombres muertos; el Reino está perdido!».

Fue una noche inolvidable. A lo largo de sus largas horas, el único grito era por agua. Una sed voraz consumía a hombres y caballos. Se oían las voces de los sarracenos muy cerca, mientras patrullaban el círculo del ejército condenado, gritando triunfalmente: «Alá Akbar, Dios es el más grande, no hay más Dios que Él». El enemigo prendió fuego a la maleza, y el humo y el fuego aumentaron el tormento de los cristianos. «En verdad, Dios los alimentó con el pan de las lágrimas y les hizo beber de la copa del arrepentimiento sin medida».

Por fin llegó el día siguiente: la fiesta de la Traslación del Beato Martín, sábado 4 de julio. Los caballeros montaron a caballo temprano, pero la infantería ya estaba agotada y moría de sed. Los sarracenos, que controlaban los pozos, estaban frescos y seguros de sí mismos. Saladino había apostado a sus hombres durante la noche y había distribuido cuidadosamente sus raciones de flechas. El carcaj de cada jinete estaba lleno; setenta camellos se encontraban a mano cargados de flechas para reponerlas; y había cuatrocientas cargas de munición de reserva. Todo estaba listo, y la ansiedad de los musulmanes, que habían sido conscientes del peligro de su posición —donde, según decían, «solo Dios Altísimo podía salvarlos»—, se transformó en júbilo cuando se dieron cuenta del estado en que se encontraban los francos. Los dos ejércitos se enfrentaron cerca de la aldea de Lubia, a un par de millas al suroeste de Hittin. Guy había sido expulsado de la carretera de Tiberíades por la fuerte fuerza de sarracenos que defendía la colina de Kafar Sebt, y ahora avanzaba con dificultad hacia los pozos del Wadi Hammam, al norte. Los musulmanes se mantuvieron a la espera durante un tiempo, hasta que el sol ascendente hiciera su mortífero efecto sobre los agotados cristianos, y entonces avanzaron, con el centro ligeramente «retrocedido» y las alas lanzadas hacia delante. La batalla comenzó con una nube de flechas lanzadas por los arqueros sarracenos, «tán densa como una plaga de langostas», que derribó de sus caballos a muchos de los enemigos. Entonces, con un grito, los musulmanes cargaron como un solo hombre y se desató un combate cuerpo a cuerpo. Saladino se encontraba en todos los rincones del campo de batalla, animando, alentando y frenando a sus hombres según lo exigía la urgencia, y empleando las tácticas desconcertantes de los árabes: la retirada ante una carga, seguida de la persecución inmediata de la caballería en retirada. A pesar de su agotamiento, los caballeros cristianos lucharon como héroes.

«Pero el miedo se había apoderado de la multitud, que avanzaba como bestias conducidas al matadero; contaban con un desastre seguro y con la consternación. Y sabían que al día siguiente estarían entre los visitantes de las tumbas. Sin embargo, la furia de la lucha nunca decayó, y cada caballero atacó a su adversario; hasta que se logró el triunfo (de los Fieles) y la ruina se abatió sobre los infieles».

La infantería franca, enloquecida por la sed, abrasada por el sol abrasador y cegada por las llamas y el humo de la maleza que los musulmanes habían incendiado, perdió la formación, descuidó la coordinación con los caballeros —que era la única esperanza de victoria— y luchó frenéticamente por avanzar hacia el lago, en un deseo desesperado de agua; pero Saladino les cerró el paso.

Se encontraron apiñados en un montón en la cima de una colina y, ante las repetidas súplicas del rey para que bajasen y cumpliesen con su deber por la Cruz y el Trono, le hicieron saber que se estaban muriendo de sed y que no podían luchar. A partir de entonces, la infantería no participó en la batalla: los sarracenos acabaron abalanzándose sobre ellos, arrojaron a algunos por el precipicio y mataron o capturaron al resto. Muchos de ellos arrojaron las armas y se rindieron, acercándose a los sarracenos con la boca abierta como perros sedientos. Cinco de los caballeros de Raimundo llegaron incluso a acudir a Saladino en su desesperación y le dijeron: «Señor, ¿por qué tardáis? Atacadlos, no pueden defenderse; son todos hombres muertos».

En realidad, no solo la infantería, sino también los templarios y los hospitalarios en la retaguardia, y el rey en el centro, se veían tan acorralados, y en tal confusión y desorden, con enjambres de sarracenos irrumpiendo entre ellos, que Guy, al ver que era inútil resistir sus ataques sin infantería, había intentado formar una especie de campamento con las tiendas apiñadas alrededor de la Cruz. Aún quedaba una oportunidad, una esperanza desesperada: el rey pidió a Raimundo que cargara; el campo de batalla se encontraba en sus tierras y, según las leyes de la caballería, el puesto de honor también le correspondía a él. El conde encabezó a sus caballeros en un último y desesperado esfuerzo, pero el sobrino de Saladino fue más rápido que él: Taki-ed-din abrió sus filas y la división de Raimundo las atravesó; luego, cuando los cristianos quedaron así hábilmente separados, los sarracenos acorralaron al rey por todos lados. La última resistencia se libró en el Cuerno de Hittin. El rey y 150 de los nobles y caballeros más valientes se habían reunido en esta loma alrededor de la tienda real roja y de la Santa Cruz. «Los musulmanes giraban a su alrededor como un globo gira en torno a su eje», y los desafortunados francos intentaron en vano romper el cordón.

El propio hijo de Saladino, un muchacho de dieciséis años, cuenta esta lamentable historia:

«Fue mi primera batalla campal», dijo el-Afdal, «y yo estaba al lado de mi padre. Cuando el rey de los francos se retiró a la colina, sus caballeros lanzaron una valiente carga y hicieron retroceder a los musulmanes hacia mi padre. Lo observé y vi su consternación; palideció, se mesó la barba y se abalanzó hacia delante, gritando: ¡Desmentid al diablo! Así, los musulmanes se abalanzaron sobre el enemigo, que se replegó hacia la colina. Cuando vi a los francos huyendo y a los musulmanes persiguiéndolos, grité lleno de júbilo: ¡Los hemos derrotado! Pero los francos volvieron a cargar y hicieron retroceder a nuestros hombres una vez más hasta donde estaba mi padre. De nuevo él los instó a avanzar, y empujaron al enemigo cuesta arriba. De nuevo grité: «¡Los hemos derrotado!». Pero mi padre se volvió hacia mí y dijo: «¡Cállate! No los hemos vencido mientras esa tienda siga en pie». En ese instante, la tienda real fue derribada. Entonces el sultán desmontó y se postró en tierra, dando gracias a Dios con lágrimas de alegría».

Era, sin duda, el final. Los francos habían gastado sus últimas fuerzas en luchar por abrirse paso hasta los pozos. El «Bosque de la Vera Cruz», que había sido su estandarte durante la agotadora marcha y la batalla desesperada, había caído en manos de los infieles; el obispo de Acre, que lo llevaba en alto, fue asesinado, a pesar de su armadura; y Dios mismo parecía haberlos abandonado. Atormentados por la sed, resecos por el calor y el esfuerzo, se bajaron de sus caballos y se dejaron caer sobre la hierba chamuscada en pura desesperación. Los sarracenos se abalanzaron sobre ellos en un instante, y no intentaron defenderse. Los caballeros estaban demasiado débiles para vender cara su vida: entregaron sus espadas. La flor y nata de la caballería fue capturada. Entre los prisioneros se encontraban el rey y su hermano, Reginaldo de Châtillon, Joscelin de Courtenay, Humphrey de Toron, los Maestros del Templo y del Hospital, y muchos otros nobles. El conde Raimundo, tras abrirse paso entre los sarracenos, había presenciado la captura del rey y no aflojó las riendas hasta que se encontró a salvo en Tiro, solo para morir de pena y vergüenza. La leyenda no trató con indulgencia su memoria. Se convirtió en el Judas que traicionó a la cristiandad, y durante siglos los juglares contaron cómo Raimundo conspiró vilmente contra el rey Guido y entregó la Vera Cruz en manos de los infieles. Balián de Ibelín, que había estado en la vanguardia, también escapó, junto con el príncipe de Sidón. El resto de la caballería de Palestina quedó bajo la custodia de guardias musulmanes. De la tropa de a pie, todos los que seguían con vida fueron hechos prisioneros. Se vio a un solo sarraceno arrastrando a unos treinta cristianos que él mismo había capturado, atados juntos con una cuerda de tienda. Los muertos yacían amontonados, como piedras sobre piedras, entre cruces rotas, manos y pies cortados, mientras que las cabezas mutiladas salpicaban el suelo como una abundante cosecha de melones.

Saladino acampó en el campo de batalla. Cuando se montó su tienda, ordenó que le trajeran a los prisioneros. Recibió en su tienda al rey de Jerusalén y a Reginaldo de Châtillon; sentó al rey cerca de él y, al ver que tenía sed, le dio una copa de agua helada con nieve. Guy bebió y le pasó la copa al señor de Karak; pero Saladino se mostró visiblemente molesto. «Dile al rey —le dijo al intérprete— que fue él, y no yo, quien le dio de beber a ese hombre». La protección del «pan y la sal» no iba a impedir su venganza. Entonces se levantó y se enfrentó a Reginaldo, que seguía de pie: «Dos veces he jurado matarlo; una cuando intentó invadir las ciudades santas, y otra cuando se apoderó de la caravana mediante traición.—¡He aquí que vengaré a Mahoma sobre ti!». Y desenvainó su espada y lo abatió con sus propias manos, tal y como había jurado. La guardia remató la faena y arrastró el cadáver fuera de la tienda; «y Dios envió su alma al infierno».

El rey, temblando ante aquella escena, creyó que ahora le tocaba a él, pero Saladino lo tranquilizó: «No es costumbre de los reyes matar a otros reyes; pero aquel hombre había traspasado todos los límites, así que lo que pasó, pasó». Las dos órdenes militares fueron terriblemente castigadas por su audacia y su celo por la fe. Todos los caballeros de la Orden de San Juan y de la Orden del Templo que estaban prisioneros fueron ejecutados, hasta un total de doscientos, pero al rey y a los principales nobles se les trató bien y se les envió a Damasco. El campo conservó durante mucho tiempo las huellas de la sangrienta batalla en la que, según se decía, habían caído «30 000» cristianos. Un año después, los montones de huesos blanqueados por el sol podían verse desde lejos, y las colinas y los valles estaban sembrados de los restos de las horribles orgías de las bestias salvajes.

 

CAPÍTULO XIV. LA RECONQUISTA DE JERUSALÉN. 1187.

 

 

Los sarracenos pasaron la noche de la batalla regocijándose y dando gracias. El grito de guerra y el credo resonaban en miles de voces triunfantes; «Alá es el más grande», «No hay más dios que Alá», se repetía de boca en boca hasta el amanecer. Los musulmanes tenían motivos para regocijarse. La victoria de Tiberíades había puesto toda Palestina a su merced. El Reino de Jerusalén había llegado a su fin. Su rey y casi todos sus nobles estaban prisioneros, y apenas quedaba ningún líder capaz de reunir a los restos desorganizados de los cruzados. Desde que entraron en Tierra Santa noventa años antes, nunca habían sufrido tal desastre. Fue el golpe de gracia para su dominio, y hasta el día de hoy la cristiandad nunca ha recuperado lo que perdió en la memorable fiesta de San Martín. En dos meses, desde Beirut, en el norte, hasta Gaza, en el sur, toda Palestina, salvo unos pocos castillos aislados de las órdenes militares, quedó en manos de Saladino, y solo Tiro y la propia Jerusalén permanecieron como testimonio de que había existido un reino cristiano. La Ciudad Santa pronto corrió la misma suerte que sus dependencias.

La primera medida de Saladino fue tomar el castillo de Tiberíades. Bajó el domingo 5 de julio, y la noble Eschiva, abandonada por su marido y privada de toda esperanza de socorro, no tuvo más remedio que rendirse; el sultán le permitió partir a salvo, con sus hijos y sus sirvientes. Luego, tras un día de descanso, los sarracenos comenzaron a extenderse por Palestina en una gran oleada de conquista. En realidad, no se trató tanto de una conquista como de un avance triunfal. La resistencia fue de lo más débil. A los musulmanes les bastaba con presentarse ante una ciudad y, como en Jericó, las murallas se derrumbaban y la guarnición se rendía. Solo unos pocos castillos fuertes resistieron el asedio, y de ellos apenas uno aguantó una semana. Los líderes de los francos habían muerto o habían sido hechos prisioneros; su ejército había sido aniquilado, capturado o dispersado; no había reservas, ni esperanza de refuerzos, ni nadie que organizara la resistencia. También el pueblo —los campesinos y comerciantes musulmanes— estaba del lado de los conquistadores. Creían, a su manera, en la religión de Saladino, admiraban su valor y sus éxitos, y reconocían su clemencia y su justicia imparcial. Había miles de esclavos musulmanes en las ciudades que esperaban con alegría su liberación de manos de Saladino. Incluso las dispersas sectas cristianas tenían menos que temer del generoso sultán que de la rapacidad y la tiranía de sus amos cristianos, para quienes la herejía era casi tan odiosa como el propio islam. Con el apoyo del pueblo y sin nadie que se le opusiera, salvo alguna guarnición desesperada aquí y allá, no es de extrañar que el avance de Saladino por Palestina fuera una marcha triunfal casi ininterrumpida.

No dio tiempo a los francos para reagruparse. El miércoles 8 de julio de 1187, cuatro días después de la batalla de Hattín, se encontraba ante las fuertes murallas de Acre; y el viernes celebró las oraciones públicas en la mezquita que había sido utilizada como iglesia durante tres generaciones: las primeras oraciones musulmanas que se habían rezado en la costa de Palestina desde la llegada de los primeros cruzados. Solo en Acre liberó a cuatro mil cautivos musulmanes. El tesoro y las provisiones del gran emporio y mercado del comercio mediterráneo le proporcionaron los recursos necesarios para la guerra y los medios para recompensar y motivar a su ejército. Envió a las tropas en destacamentos en todas direcciones para someter el país, y convocó a su hermano el-Adil para que trajera al ejército de Egipto en ayuda de la conquista de Palestina. Algunas de sus brigadas ocuparon Nazaret, Saffuriya y el-Fula, en el interior; otras entraron en Haifa y Cesarea, en la costa; otro destacamento se apoderó de Sebaste y Nablus; y el-Adil, marchando desde El Cairo, tomó el castillo de Mirabel y Jaffa por asalto. El propio Saladino sitió Toron y, tras seis días, la tomó el 26 de julio. De regreso a la costa, recibió a continuación la rendición de Sarafenda, Sidón, Beirut y Jubeyl, durante la primera semana de agosto: solo Beirut resistió durante ocho días. En todos los casos concedió condiciones honorables a las guarniciones y a la población, y estos comprendieron que se podía confiar en la palabra de este musulmán.

Todo el Reino de Jerusalén estaba ahora sometido, a excepción de unos pocos castillos, como Belfort y Safed, que aún estaban en manos de los templarios, y Hunin y Belvoir, guarnecidos por caballeros de la Orden de San Juan; las dos ciudades de Tiro y Ascalón, en la costa; y la propia Ciudad Santa. Tiro se salvó por los pelos. Saladino había evitado al principio poner a prueba la resistencia de su ejército con un largo asedio, como cabría esperar que aguantara una ciudad tan fuertemente fortificada. Prefirió mantener la moral de sus hombres con conquistas más fáciles. Si hubiera atacado Tiro directamente después de Acre, esta habría capitulado, pues el conde Raimundo se había retirado a Trípoli, donde murió rápidamente de pena y vergüenza; y el príncipe de Antioquía, que sucedió al condado de Trípoli, no había reforzado la pequeña guarnición de Tiro. Incluso cuando Saladino se atrevió a acampar ante sus murallas, tras la toma de Beirut, sus defensores se desesperaron ante la idea de resistir. «Reginaldo de Sidón y el comandante vieron que todos los caballeros se habían marchado, y que solo quedaban unos pocos hombres y poca comida, por lo que enviaron a decir a Saladino que, si se retiraba, entregarían Tiro». La situación había llegado incluso tan lejos que Saladino había enviado dos de sus estandartes para que se izaran en el castillo al día siguiente; cuando un acontecimiento inesperado salvó la ciudad y cambió el futuro de la costa siria.

Conrad, el joven marqués de Montferrat, que se había labrado una gran reputación en las guerras italianas y bizantinas, al verse envuelto en una disputa sangrienta en Constantinopla, escapó en un barco que transportaba a algunos de sus seguidores, aparentemente en una peregrinación al Santo Sepulcro. Las noticias de las conquistas de Saladino aún no habían llegado a la Ciudad Dorada, y cuando Conrado llegó a las costas de Acre se sorprendió al no oír las campanas del puerto ni ver ninguna embarcación que zarpara a su encuentro. Sospechando que algo iba mal, no se atrevió a echar el ancla, sino que se mantuvo a la deriva, a la espera de lo que sucediera. Al poco rato, un oficial sarraceno del puerto salió en una barca para preguntar quiénes eran los visitantes. El propio marqués respondió que eran «comerciantes». «Entonces, ¿por qué no desembarcáis?». Conrado respondió que no sabía quién estaba en posesión de Acre. El sarraceno le aseguró que podía desembarcar con total confianza, ya que la ciudad pertenecía a Saladino, quien había capturado al rey de Jerusalén y a todos sus barones y los había encarcelado en Damasco, y había conquistado todo el territorio excepto Jerusalén y Tiro, que estaba sitiando. Por lo tanto, podían desembarcar con total seguridad. La pena que los francos no pudieron reprimir al escuchar esta lamentable historia los delató, y el sarraceno se apresuró al puerto para armar la flota con el fin de darles caza; pero Conrado se le adelantó y llegó sano y salvo a Tiro. Su alegría fue inmensa al descubrir que el lugar seguía en manos cristianas, y fue recibido con vítores por los habitantes, se instaló con sus caballeros en el castillo y se le otorgó el mando supremo. El castellano y Reginaldo de Sidón, que se disponían a entregar la ciudad a Saladino al día siguiente, tomaron un barco por la noche, presa del pánico, y huyeron a Trípoli. Su cobardía quedó rápidamente al descubierto al hallarse los estandartes de Saladino, que el marqués arrojó inmediatamente al foso. Pues «la voluntad de Dios es un destino inalterable» y Tiro estaba destinada a ser salvada para los cristianos gracias a este «hombre de los francos que bordean el Mediterráneo, llamado el-Markis —¡que la maldición de Dios caiga sobre él!», exclama el piadoso historiador musulmán, «pues era un hombre endiablado en cuanto a precaución y vigilancia, y de inmensa valentía además».

Los efectos de la energía de Conrado se dejaron sentir de inmediato. Se abandonó toda idea de capitulación y la guarnición, inspirada por un nuevo valor, se dispuso a reforzar sus defensas y a prepararse para una resistencia tenaz. Saladino se dio cuenta de que había perdido la oportunidad: intentó un argumento, y no precisamente digno, al traer a su padre, el anciano marqués de Montferrat, de su prisión en Damasco, y ofrecer su vida a cambio de la ciudad. Pero Conrado se mostró completamente despiadado, dijo que su padre ya había vivido lo suficiente y que Saladino podía matarlo si quería: ni la más mínima piedra de Tiro se entregaría para salvarlo.

Sin embargo, el anciano no fue sacrificado; Saladino se vio obligado a levantar el asedio y partió hacia Ascalón —el único otro puerto de Palestina que aún enarbolaba la cruz—. Su biógrafo alega otra razón, que probablemente tuvo su peso, cuando afirma que el sultán abandonó el asedio «porque sus hombres estaban dispersos por toda la costa, cada uno saqueando por su cuenta, y el ejército estaba cansado de luchar y de una guerra sin fin». También era de suma importancia tomar tanto Ascalón como Jerusalén, ya que impedían las comunicaciones entre sus dos grandes provincias de Egipto y Siria. Así pues, se apresuró hacia la frontera sur, ocupó Ramla, Ibelín y Darum, y se apostó ante Ascalón el 23 de agosto. El-Adil se unió a él con el ejército de Egipto, y los dos hermanos intensificaron el asedio y dirigieron las catapultas, mientras que sus partidas de aprovisionamiento tomaban Gaza, Beyt Jibrin y Natrun. Repitiendo la estrategia de Tiro, Saladino hizo traer desde Damasco al rey Guido y al maestre de los Templarios, y les prometió la libertad si lograban persuadir a la guarnición para que se rindiera; pero Ascalón, al igual que Tiro, rechazó en un primer momento la tentación. La guarnición resistió casi quince días, pero finalmente autorizó al rey a negociar en su nombre. Se les permitió partir en paz, y los sarracenos ocuparon Ascalón el viernes 4 de septiembre. No está claro hasta qué punto Guy había contribuido a este resultado, pero Saladino cumplió su promesa y, tras un nuevo periodo de retención en Nablus —donde se le permitió mantener una «triste entrevista» con su reina—, el rey fue liberado, junto con su hermano y los demás nobles, el verano siguiente.

El día en que los sarracenos tomaron posesión de Ascalón, el sol ocultó su rostro y el día se volvió casi como la noche. Un eclipse es siempre un presagio siniestro para la gente crédula de Oriente, y debió de tener un significado especialmente ominoso para los burgueses de Jerusalén que habían acudido a instancias de Saladino para negociar la paz. El sultán estaba ansioso por ahorrarle a la Ciudad Santa la miseria de un asedio. «Creo —les dijo— que Jerusalén es la Casa de Dios, tal y como vosotros también creéis, y no sitiaré ni asaltaré voluntariamente la Casa de Dios». Para obtenerla «en paz y amistad», se ofreció a dejar a los habitantes libres para fortificar la ciudad y cultivar la tierra en un radio de cinco leguas, e incluso a abastecerles abundantemente de dinero y alimentos hasta el siguiente Pentecostés, con la condición de que, cuando llegara el Pentecostés, si veían perspectivas de ser rescatados, conservaran la Ciudad Santa; pero si no veían ninguna posibilidad de socorro, entonces debían entregar Jerusalén, y él los conduciría a ellos y a sus bienes a salvo a territorio cristiano.

La oferta era caballeresca, incluso quijotesca, si se tiene en cuenta la notoria mala fe de los cruzados y la falta de garantías de que cumplieran su promesa. Pero los delegados de Jerusalén la rechazaron sin vacilar. Si Dios lo permitía —dijeron—, nunca entregarían la ciudad donde el Salvador murió por ellos. Así pues, Saladino, complacido por su devoción, les prometió bajo juramento que nunca la tomaría salvo de la manera honorable, es decir, por la espada. La caballerosidad del sultán resulta aún más notable, ya que la propia Jerusalén había dado recientemente un claro ejemplo de mala fe. Después de que Balian de Ibelin escapara del campo de batalla de Hattin, envió un mensaje a Saladino suplicándole que le concediera un salvoconducto para ir a Jerusalén y traer a su esposa e hijos de vuelta a Tiro. La petición fue concedida de inmediato, con la condición de que Balian solo permaneciera una noche en la ciudad y de que nunca más empuñara las armas contra el sultán. Cuando llegó a Jerusalén, fue recibido con gran alegría como un libertador, pues allí no había caballeros de rango, y fue nombrado comandante y guardián de la ciudad por aclamación unánime. En vano alegó que había prestado juramento a Saladino y que, para mantener su honor, no podía quedarse ni ayudar en la defensa. «Te absuelvo», dijo el patriarca, «de tu pecado y de tu juramento, pues sería un pecado mayor para ti cumplirlo que romperlo; pues sería una deshonra perpetua para ti abandonar Jerusalén en esta situación tan apremiante y marcharte, y nunca volverías a tener honor dondequiera que fueras». Así pues, Balian se quedó, y como solo quedaban en la ciudad dos caballeros, que también habían huido de Hattin, nombró caballeros a treinta burgueses. El patriarca le abrió el tesoro, y la guarnición salió a comprar provisiones para el asedio. Habían llegado fugitivos de todas partes, y se calculaba que había 60 000 hombres en la ciudad, además de mujeres y niños.

La paciencia de Saladino no se agotó ni siquiera tras esta deshonra. Quizá creía que Balian no podía hacer nada al respecto; y, lejos de mostrar rencor, le dio una nueva prueba de su confianza. Balian volvió a enviarle un mensaje a Ascalón para suplicarle que le concediera otro salvoconducto, a fin de trasladar a su esposa e hijos a Trípoli; le explicó que se le impedía por la fuerza cumplir su promesa anterior. En lugar de reproches, Saladino envió una escolta de cincuenta jinetes, que cumplieron sus deseos.

El domingo 20 de septiembre de 1187, los sarracenos aparecieron por fin ante las murallas de la Ciudad Santa. En setenta y cinco días habían invadido y sometido el Reino de Jerusalén; ahora debían tomar la propia capital, causa y motivo de las cruzadas, objeto de veneración tanto para cristianos como para musulmanes. Saladino tomó posición primero en el flanco occidental, frente a la línea de murallas que se extendía desde la Puerta de David hasta la Puerta de San Esteban. Se quedó asombrado al ver las almenas repletas de innumerables defensores, que, de hecho, no encontraban sitio en las abarrotadas casas e iglesias. Pronto descubrió que el terreno estaba mal elegido, pues las grandes torres de Tancredo y de David (o el Castillo de los Pisanos, como se llamaba entonces) dominaban sus baterías, y las frecuentes salidas de los cristianos hacían retroceder a sus ingenieros e impedían el montaje de sus mangoneles. Además, el sol deslumbraba a los musulmanes, que no podían ver para luchar hasta la tarde debido al resplandor. Por lo tanto, exploró los demás flancos de la ciudad y, al cabo de cinco días, trasladó su ejército al este, con vistas al valle del Cedrón, donde las murallas eran menos sólidas. Se puso en marcha la tarde del 25 de septiembre, y los habitantes, al verlo partir, pensaron que había abandonado el asedio y corrieron a las iglesias para dar gracias y entregarse a transportes de alegría. Pero al día siguiente, el llanto siguió de cerca a la risa: los estandartes sarracenos ondeaban en el Monte de los Olivos; ya había cuarenta mangoneles en posición, y los ingenieros, que habían trabajado toda la noche, comenzaban a minar la barbacana. Diez mil jinetes musulmanes bloqueaban las puertas de San Esteban y Josafat, impidiendo las salidas, y los zapadores avanzaban bajo un muro de escudos, cubiertos por las flechas de los arqueros y las piedras y el fuego griego lanzados desde las máquinas de asedio. Era imposible mantenerse en pie sobre las murallas bajo la lluvia de piedras y flechas, pues «las flechas servían de palillos para los dientes de las almenas»; y la excavación de la mina prosiguió sin contratiempos, hasta que en dos días se socavaron treinta o cuarenta pasos de la muralla de la barbacana; las minas se rellenaron de madera y se prendieron fuego, y se abrió una gran brecha. Los caballeros intentaron en vano una salida para cortar el paso a los ingenieros; los jinetes de Saladino los hicieron retroceder. El lamento y la desesperación se apoderaron de la ciudad. El pueblo se agolpaba en las iglesias para rezar y confesar sus pecados; se flagelaban con piedras y látigos, suplicando la misericordia de Dios. Las mujeres cortaban el pelo a sus hijas y las sumergían desnudas en agua fría, con la esperanza de evitar su vergüenza. Los sacerdotes y monjes recorrieron la ciudad en solemne procesión, portando el Corpus Domini y la Cruz, y entonando el Miserere. Pero la maldad y la lascivia de la ciudad apestaban en las narices del Señor, y las oraciones del pueblo pecador no podían llegar hasta el propiciatorio.

Al fin, la brecha ya no pudo defenderse; ni por cien piezas de oro habría un ciudadano dispuesto a permanecer allí ni una sola noche. El pueblo llano estaba totalmente a favor de la rendición. Los líderes se reunieron para deliberar y decidieron salir al encuentro de la muerte. Pero el patriarca Heraclio les hizo ver que, de ese modo, expondrían a sus mujeres e hijos a la esclavitud —tenía sus razones personales— y se les convenció para que negociaran las condiciones. Balian se dirigió a la tienda de Saladino, pero, incluso mientras le suplicaba, la brecha fue tomada y la bandera sarracena ondeó sobre la barbacana. «¿Acaso se conceden condiciones a una ciudad cautiva?», se burló el sultán. Además, había jurado tomar Jerusalén por la espada y debía cumplir su voto. Sin embargo, la ciudad aún no había caído: la guarnición volvió a armarse de valor y hizo retroceder a los asaltantes. Saladino deseaba perdonar la vida a los devotos habitantes y pidió consejo a sus teólogos para ver si había otra forma de cumplir su voto. La última visita de Balian lo había llenado de horror, pues el barón había hablado sin rodeos de la resolución desesperada de la guarnición:

«Oh, sultán», dijo, «sabe que nosotros, los soldados de esta ciudad, nos encontramos en medio de Dios sabe cuántas personas, que están cejando en la lucha con la esperanza de tu clemencia, creyendo que se la concederás como la has concedido a las otras ciudades, pues aborrecen la muerte y desean la vida. Pero en cuanto a nosotros, cuando veamos que la muerte es inevitable, por Dios que mataremos a nuestros hijos y a nuestras mujeres, quemaremos nuestras riquezas y nuestras posesiones, y no os dejaremos ni una lentejuela ni un centavo que saquear, ni un hombre o una mujer que esclavizar; y cuando hayamos terminado con eso, demoleremos la Roca y la mezquita de-Aksa y los demás lugares sagrados; mataremos a los esclavos musulmanes que están en nuestras manos —son 5.000— y sacrificaremos todas las bestias y monturas que tengamos; y luego saldremos en masa hacia vosotros y lucharemos contra vosotros por nuestras vidas: ni un solo hombre de los nuestros caerá antes de haber matado a sus iguales; así moriremos gloriosamente o venceremos como caballeros».

Las amenazas desesperadas de Balián y los argumentos de su propio consejo llevaron finalmente a Saladino a modificar su promesa. Anunció que se consideraría cumplida si Jerusalén se rendía sin condiciones, como si hubiera sido tomada realmente por asalto. En ese caso, ejercería su clemencia y mantendría a la población como rehenes, a cambio de un rescate, en calidad de prisioneros de guerra. Cada hombre debería pagar diez piezas de oro por su libertad, y dos mujeres o diez niños se contarían como un hombre; mientras que, de entre los pobres, que ni siquiera poseían una moneda de oro, se liberaría a siete mil a cambio de la suma de treinta mil besantes, que se pagarían con el tesoro del rey Enrique, cuyo remanente aún se atesoraba en la casa de los Hospitalarios. Se concedieron cuarenta días para el rescate; pasado ese plazo, todos los que quedaran se convertirían en esclavos. Los artículos de la capitulación se firmaron el viernes 2 de octubre, festividad de San Leger. Por una extraña coincidencia, era el 27 de Rejeb, el aniversario de la bendita Leylat el-Miraj, cuando el profeta del Islam tuvo su maravilloso sueño y visitó en sueños la Ciudad Santa que sus seguidores habían recuperado ahora tras noventa años de ocupación cristiana.

Balián regresó a la ciudad y anunció las condiciones. Estas fueron aceptadas, entre gratitud y lamento. El pueblo gemía y lloraba, y no había consuelo para él; besaban los muros sagrados que quizá nunca volverían a ver y, inclinando el rostro contra el suelo ante el Sepulcro, regaban el lugar sagrado con sus lágrimas. Abandonar Jerusalén era como arrancarles el corazón. Pero no había remedio; la bandera musulmana ondeaba sobre sus cabezas, las llaves estaban en manos de los sarracenos y, en cuarenta días, la ciudad debía ser entregada. Nunca se mostró Saladino más grande que durante esta memorable rendición. Sus guardias, al mando de emires responsables, mantuvieron el orden en todas las calles e impidieron la violencia y los insultos, hasta tal punto que nunca se tuvo noticia de ningún maltrato hacia los cristianos. Todas las salidas estaban bajo su control, y se designó a un señor de confianza para que, en la Puerta de David, recibiera los rescates a medida que salía cada ciudadano.

Entonces comenzó una escena extrañamente conmovedora. Primero, Balián entregó los treinta mil besantes de oro, y a los siete mil pobres que habían sido rescatados con el tesoro del rey de Inglaterra se les permitió salir arrastrando los pies. A continuación, salieron uno tras otro los burgueses, con el dinero en la mano, acompañados de sus familias y, a veces, de personas pobres a su cargo que no podían pagar su propio rescate. Soldados y comerciantes sarracenos abarrotaban la ciudad y compraban las mercancías de los ciudadanos que partían, para que cada uno pudiera subir el precio de la libertad. Kukbury rescató a mil armenios de Edesa y los envió a sus hogares; y otros no fueron menos benévolos. Hubo engaños y estafas, por supuesto, y algunos de los emires musulmanes reclamaron falsamente a sirvientes perdidos y se quedaron con sus rescates en secreto, mientras que otros sacaron a escondidas a los francos de la ciudad vestidos con ropas sarracenas y los despojaron de todo tan pronto como se libraron de la guardia. El patriarca, que carecía tanto de moral como de conciencia, se llevó los tesoros de las iglesias, cálices y custodia de oro, e incluso la vajilla de oro del Santo Sepulcro, además de un vasto tesoro propio, que habría sido mejor emplear en rescatar a los pobres que aún permanecían allí. Cuando los emires sarracenos instaron a Saladino a que no dejara que aquel viejo sinvergüenza se largara con su botín, él respondió: «No, no voy a romper mi palabra con él», y el patriarca se marchó como los demás a cambio de sus diez besantes. Le tocó al rey musulmán enseñar al sacerdote cristiano el significado de la caridad.

Durante cuarenta días, la melancólica procesión salió en tropel por la Puerta de David, y el plazo de gracia expiró. Sin embargo, aún quedaban miles de pobres a quienes los mezquinos burgueses y las casas religiosas habían abandonado a la esclavitud. Entonces, el-Adil acudió a su hermano y le dijo: «Señor, con la gracia de Dios os he ayudado a conquistar el país y esta ciudad; por lo tanto, os ruego que me deis mil esclavos de entre los pobres que hay aquí». A la pregunta de Saladino de qué haría con ellos, respondió que haría lo que le placiera. Entonces el sultán le entregó los mil esclavos, y el-Adil los liberó a todos como ofrenda a Dios. A continuación acudieron el patriarca y Balián, y suplicaron lo mismo, y Saladino les concedió otros mil esclavos, que fueron puestos en libertad.

Entonces Saladino dijo a sus oficiales: «Mi hermano ha hecho su limosna, y el patriarca y Balián han hecho la suya; ahora me gustaría hacer la mía». Y ordenó a sus guardias que proclamaran por las calles de Jerusalén que todos los ancianos que no pudieran pagar eran libres de marcharse. Y salieron por la poterna de San Lázaro, y su partida se prolongó desde la salida del sol hasta que cayó la noche. «Tal fue la caridad que Saladino tuvo con un sinfín de personas pobres».

«Entonces os contaré —dice el escudero de Balián— la gran cortesía que Saladino mostró hacia las esposas e hijas de los caballeros, que habían huido a Jerusalén cuando sus señores fueron muertos o hechos prisioneros en la batalla. Cuando estas damas fueron rescatadas y salieron de Jerusalén, se reunieron y se presentaron ante Saladino suplicando misericordia. Al verlas, Saladino les preguntó quiénes eran y qué buscaban. Y le dijeron que eran las damas y doncellas de caballeros que habían sido capturados o muertos en la batalla. Entonces preguntó qué deseaban, y ellas respondieron: “Por el amor de Dios, ten piedad de nosotras; pues los maridos de algunas estaban en prisión, y los de otras habían muerto, y habían perdido sus tierras; y, en nombre de Dios, que él las aconsejara y ayudara”. Cuando Saladino las vio llorar, sintió una gran compasión por ellas y él mismo lloró de piedad. Y pidió a las damas cuyos maridos estaban vivos que le dijeran dónde se encontraban cautivos, y que tan pronto como pudiera acudir a las prisiones los liberaría. (Y todos fueron liberados dondequiera que se les encontrara.) Después de eso, ordenó que a las damas y doncellas cuyos señores habían fallecido se les repartiera generosamente de su propio tesoro, a unas más y a otras menos, según su condición. Y les dio tanto que alabaron a Dios y difundieron por todas partes la bondad y el honor que Saladino les había dispensado».

Así mostraron misericordia los sarracenos hacia la ciudad caída. Uno recuerda la salvaje conquista de los primeros cruzados en 1099, cuando Godofredo y Tancredo cabalgaron por calles atestadas de muertos y moribundos, cuando musulmanes indefensos fueron torturados, quemados y abatidos a sangre fría en las torres y el tejado del Templo, cuando la sangre de una masacre desenfrenada mancilló el honor de la cristiandad y manchó el escenario donde antaño se había predicado el evangelio del amor y la misericordia. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia» fue una bienaventuranza olvidada cuando los cristianos convirtieron la Ciudad Santa en un matadero. Afortunados fueron los despiadados, pues obtuvieron misericordia de manos del sultán musulmán.

«El mayor atributo del cielo es la misericordia;

y es la corona de la justicia y la gloria,

donde puede matar con severidad para salvar con piedad».

Si la toma de Jerusalén fuera el único hecho conocido sobre Saladino, bastaría para demostrar que fue el conquistador más caballeroso y generoso de su época, y quizá de todas las épocas.

 

MANUSCRITO DEL SIGLO XII.

 

CAPÍTULO XV. LA RENDICIÓN DE TIRO. 1187-1188.

 

Cuando todos los francos se hubieron marchado y solo quedaban los esclavos y los cautivos musulmanes rescatados, junto con los cristianos autóctonos, que suplicaban quedarse y pagar tributo, Saladino ordenó que se purificaran y restauraran los lugares sagrados para el culto al islam. La cruz dorada había sido arrancada de la Cúpula de la Roca, y se eliminaron todos los rastros de las adiciones de los templarios del Haram, donde se alzaba la antigua mezquita de Omar. Médicos, teólogos y peregrinos acudieron apresuradamente desde todas partes para participar en la gran consagración. Las delegaciones se agolpaban en la tienda del sultán, a las afueras de la ciudad, entonando el Corán, recitando poemas y declamando panegíricos en su honor. Los secretarios se afanaban por difundir la buena nueva hasta los confines de los reinos del Islam: el propio Imad-ed-din escribió setenta despachos el día de la reconquista de Jerusalén. El viernes 9 de octubre se reunió una inmensa congregación para rezar con Saladino en el santuario de Al-Aqsa. El cadí principal de Alepo pronunció el sermón. Alabó a Dios por el triunfo de la fe y la purificación de su Santa Casa; proclamó el credo puro del Corán y pronunció las bendiciones sobre el Profeta y los califas, siguiendo la forma prescrita de la oración de súplica musulmana.

Entonces, «¡Oh, hombres!», exclamó, «¡alegraos por las buenas nuevas! Dios está complacido con lo que habéis hecho, y esta es la cúspide del deseo humano; Él os ha ayudado a recuperar este camello descarriado de manos equivocadas y a devolverlo al redil del islam, después de que los infieles lo hubieran maltratado durante casi cien años. Regocijaos por la purificación de esta Casa, que Dios permitió que se erigiera y en la que permitió que se pronunciara su nombre, sobre la cual extendió su tienda y en la que estableció sus ritos sagrados; la casa cuyos cimientos se asientan en el credo del Dios Único, el mejor de los cimientos, y cuyas paredes se construyeron para su gloria, y se mantienen firmes sobre la piedad desde tiempos antiguos hasta ahora. Fue la morada de vuestro padre Abraham, el lugar desde donde vuestro profeta Mahoma, que Dios lo bendiga, ascendió al Cielo, la mezquita hacia la que os volvíais para orar en los primeros tiempos del islam, la morada de los profetas, el refugio de los santos, la tumba de los apóstoles, el lugar donde descendió la revelación de Dios y donde toda la humanidad deberá reunirse el Día de la Resurrección y del Juicio... Es la ciudad a la que Dios envió a su siervo y apóstol, la Palabra que entró en María, Jesús, el espíritu de Dios, a quien honró con su misión y ennobleció con el don de la profecía, sin por ello elevarlo por encima del rango de sus criaturas: pues el Altísimo ha dicho: «Cristo no desdeñará ser siervo de Dios, ni tampoco los ángeles que rodean su presencia»

Si no hubierais sido siervos elegidos de Dios, no os habría honrado con esta gracia, en la que nunca podréis tener rival ni nadie compartirá jamás su perfección. ¡Bienaventurados seáis vosotros, que habéis luchado como los de Badr, que habéis sido firmes como Abu Bakr, victoriosos como Omar, que habéis recordado las huestes de Uthman y las embestidas de Alí! Habéis renovado para el Islam los gloriosos recuerdos de Qadisiya, de Yarmuk, de Jaybar y de Jalid, la Espada de Dios. Que el Todopoderoso os recompense, acepte el sacrificio de la sangre que habéis derramado a su servicio y os conceda el Paraíso, donde seréis felices para siempre.

«Y prolonga, oh Dios Todopoderoso, el reinado de tu siervo, humildemente reverente, agradecido por tu favor y por tus dones, tu espada afilada y tu antorcha resplandeciente, el paladín de tu fe y defensor de tu tierra santa, el que resiste con firmeza, el gran rey victorioso, el fortalecedor de la verdadera religión, el vencedor de los adoradores de la Cruz, el Honor del Mundo y de la Fe [Saladino], sultán del Islam y de los musulmanes, purificador del templo sagrado, Abu-l-Muzaffar Yusuf, hijo de Ayyub, restaurador del imperio del Comandante de los Fieles. Concede, oh Dios, que su imperio se extienda por toda la tierra, y que los ángeles rodeen siempre sus estandartes; presérvalo por el bien del Islam; protege su reino en beneficio de la Fe; y extiende su dominio sobre las regiones de Oriente y de Occidente... Sálvalo, oh Dios, y a sus hijos después de él; que gobiernen la tierra hasta el fin de los tiempos; preserva sus días, y a sus hijos y a sus hermanos; fortalece su poder con sus largas vidas; y, en la medida en que por medio de él has traído este bien duradero al islam, para que perdure mientras transcurran los meses y los años, concédele, oh Dios, el reino que nunca termina en las moradas de los bienaventurados, y escucha la oración que te dirige: «¡Oh Señor! ayúdame a estar agradecido por el favor con el que nos has agraciado a mí y a mi padre, para que pueda hacer lo que es justo y te sea grato; y llévame al fin, por tu misericordia, a morar entre tus siervos justos».

Esta noble jutba,(sermón) con su hermosa perorata, fue pronunciada con un efecto tan abrumador —escribe el Qadi al-Fadil— que «los cielos casi se resquebrajaron, no por ira, sino para derramar lágrimas de alegría, y las estrellas abandonaron sus lugares, no para lanzarse sobre los malvados, sino para regocijarse juntas». El júbilo de los musulmanes por la recuperación del Santuario no tenía límites. Saladino le devolvió su antigua belleza y sencillez, y trajo de Damasco un exquisito púlpito tallado que Nur-ed-din había mandado diseñar en Alepo veinte años antes. Sigue allí hasta el día de hoy, y sobre el gran nicho de la mezquita aún se puede leer la inscripción:

«¡En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso! Ha ordenado la reparación de este sagrado mihrab y la restauración de la mezquita de Al-Aqsa, fundada en la piedad, el siervo y representante de Dios Yusuf, hijo de Ayyub Abu-l-Muzaffar el-Melik en-Nasir Salahed-dunya wa-d-din, cuando Dios, por su mano, había triunfado, en el mes del año [de la Huida] 583: y él ruega a Dios que le conceda gratitud por este favor y que le haga partícipe de la remisión de los pecados, a través de su misericordia y perdón».

Se reconquistaron Jerusalén y Ascalón; Karak y el Monte Real en «Oultre Jourdain», así como Safed y Belvoir, cerca de Tiberíades, eran los únicos castillos de los cruzados al sur de Tiro que aún albergaban guarniciones cristianas; pero cada uno de estos castillos estaba rodeado por una fuerza suficiente, y era solo cuestión de tiempo que se vieran obligados a rendirse por falta de provisiones. Tiro era el único lugar importante de toda Palestina que Saladino no había conquistado; y hacia Tiro envió a su ejército jubiloso el 1 de noviembre de 1187. Doce días después llegó para asumir el mando. Encontró la ciudad llena de las guarniciones a las que había permitido capitular en otros lugares. Conrado de Montferrat había trabajado día y noche, reforzando las fortificaciones, animando a los defensores y «dirigiéndolos con gran habilidad». Había profundizado y ampliado los fosos hasta que Tiro se convirtió en «una mano extendida sobre el mar, unida únicamente por la muñeca», una isla a la que se accedía por una lengua de tierra tan estrecha que podía defenderse fácilmente con una pequeña fuerza, además de estar cubierta por las ballestas de las barcazas cristianas blindadas o barbotes, Saladino contaba con el apoyo de su hermano, sus hijos y su sobrino, junto con sus contingentes procedentes de Egipto, Alepo y Hamá; pero fue incapaz de hacer valer su fuerza, muy superior, frente al enemigo. Es cierto que contaba con diecisiete máquinas de asedio que atacaban las murallas día y noche, pero solo un pequeño número de hombres podía avanzar a la vez por la lengua de tierra, y estos no solo tenían que hacer frente a las frecuentes salidas de los francos en el frente, lideradas por el valiente Caballero de Verde, sino también protegerse de los ataques por los flancos de las barbotes desplegadas a ambos lados. Diez de los barcos sarracenos fueron traídos desde Acre y pronto obligaron a las galeras de Tiro a refugiarse en el puerto; pero a primera hora de la mañana de la festividad del santo mártir, San Tomás de Canterbury (29 de diciembre), la mitad de la flota musulmana fue sorprendida y capturada por el enemigo, y el resto fue enviado a Beirut, ya que no era lo suficientemente fuerte como para mantener a raya a las galeras. Mientras se alejaban, fueron perseguidos por los tirios y, presa del pánico, todas sus naves menos dos encallaron, por lo que tuvieron que ser quemadas. Al fracaso en el mar le siguió un revés en tierra: los sarracenos, aprovechando la distracción en el mar, habían escalado la muralla de la barbacana y estaban intentando tomar la muralla principal, cuando Conrado salió al frente de sus hombres y los expulsó con grandes pérdidas.

Ante esto, Saladino convocó un consejo de guerra. Algunos de los emires abogaban por la retirada; alegaban, con razón, la inclemencia de la estación —pues ya estábamos a finales de diciembre, cuando la lluvia y la nieve convierten la llanura en un mar de barro, y la humedad y el frío propagan enfermedades entre los soldados y los caballos—; hablaban del número de muertos y heridos, y de la falta de provisiones y dinero; y proponían levantar el asedio y volver al ataque en primavera. Frente a estos defensores de la moderación, otros insistían en que era de suma importancia conquistar Tiro, ya que era la única esperanza de los francos en aquella costa, y si caía no llegarían más refuerzos desde el otro lado del mar. Sin embargo, prevalecieron los consejos más temerosos y, el día de Año Nuevo de 1188, Saladino despidió a los distintos contingentes para que regresaran a sus hogares en Egipto, Siria y Mesopotamia, y se retiró con sus propias tropas personales a Acre.

La retirada de Tiro supuso un punto de inflexión en la carrera victoriosa de Saladino. Fue un error fatal e irremediable. Tenía por principio inamovible evitar los asedios prolongados siempre que fuera posible, y ese principio no era erróneo. Sus tropas consistían en gran parte en una milicia feudal mal disciplinada, de diferentes razas y dialectos, unida más por la esperanza del botín que por la devoción al sultán o incluso por el celo por la Guerra Santa. Bien dirigidas, podían luchar con éxito en campo abierto, y cuando una ciudad o un castillo podían tomarse por asalto, la perspectiva del botín y el mero amor por el combate infundían a la tropa de asalto un valor furioso. Pero un asedio prolongado los desanimaba y daba pie a las envidias y los descontentos inevitables en un ejército tan heterogéneo. En lugar del aliciente de triunfos rápidos y botines frecuentes, se enfrentaban al agotador socavamiento de murallas robustas, a la exposición diaria a los tiradores emboscados en las almenas y a las cargas desesperadas desde la puerta de salida. En el caso de un castillo cruzado típico, bien guarnecido y comandado por un líder capaz, las probabilidades estaban en contra de los sitiadores, cuyas torpes mangonelas tenían una puntería imprecisa y lanzaban piedras que, aunque pesadas, resultaban de dudosa eficacia contra una muralla de piedra bien construida de veinte pies de grosor. La excavación de túneles, aunque había que utilizar leña en lugar de pólvora o dinamita, tenía más éxito que el bombardeo, pero se llevaba a cabo con gran riesgo cuando una guarnición decidida hostigaba a los zapadores; además, los ingenieros sarracenos no estaban familiarizados con la ciencia moderna de los accesos por trincheras, los zigzags y otros dispositivos de protección. Un bloqueo estrecho, que acabara por matar de hambre a la guarnición, era el método más seguro; pero esto implicaba mantener a un gran contingente de hombres en una inactividad que generaba descontento, tal vez durante la dura temporada invernal, y sin una flota resultaba, por supuesto, inútil contra una ciudad costera que podía abastecerse por mar.

No es de extrañar, por tanto, que Saladino evitara los asedios prolongados, para los cuales, además, no mostraba la misma capacidad que demostraba en las batallas campales y las campañas rápidas. Su aversión a las operaciones de asedio puede explicar, al igual que su clemencia natural, su costumbre habitual de aceptar la rendición de una fortaleza y dejar en libertad a la guarnición, incluso cuando existía una perspectiva cercana de tomar el lugar por asalto. Parece que nunca tuvo en cuenta que cada guarnición así liberada iba a engrosar las fuerzas del enemigo, y que, aunque les exigiera palabra de honor, era seguro que la romperían a la primera oportunidad para vengarse. Obviamente, lo prudente habría sido mantenerlos como prisioneros de guerra en Damasco, o en alguna otra ciudad lejana, hasta que la campaña hubiera terminado y se hubiera firmado la paz. Tiro estaba repleta de estas guarniciones capituladas, y Saladino solo podía reprocharse a sí mismo la fortaleza de los defensores.

No obstante, fueran cuales fueran las dificultades del asedio, «Delenda est Tyrus» debería haber sido su resolución inquebrantable. Debería haber construido una nueva flota, destruido las galeras tirias, rellenado los fosos y abierto brechas en las murallas, aunque para ello perdiera la mitad de su ejército. La única respuesta es que Saladino conocía a sus hombres y sentía que no podía contar con su resistencia. Pero ni siquiera esto explica su omisión a la hora de bloquear la ciudad por mar y por tierra, para impedir la llegada de refuerzos y matar de hambre a su numerosa población. Se mire como se mire, las medidas de Saladino contra Tiro no parecen propias ni de un militar ni de un estadista. Tiro se convirtió en el punto de reunión desde el que los cruzados recuperaron parte de su poder y prestigio perdidos a lo largo de la costa de Palestina; y si esta única ciudad no hubiera resistido, cabe preguntarse si la Tercera Cruzada habría llegado a ser conocida en Acre.

Los efectos de este grave revés no se hicieron evidentes, por supuesto, de inmediato. Europa tardó en reunir sus fuerzas para la reconquista de Tierra Santa y, mientras tanto, Saladino, que seguía ignorando el peligro que representaba Tiro, llevó a cabo una campaña triunfal en el norte. Hasta entonces se había contentado con la sumisión del Reino de Jerusalén; ahora extendió sus conquistas al condado de Trípoli y al principado de Antioquía. Bohemundo III era su príncipe, y su hijo Raimundo había heredado el condado de Trípoli por voluntad de su homónimo, el desdichado superviviente de la batalla de Hattin. Padre e hijo habían abandonado alegremente Tiro a su suerte, y no fue gracias a ellos que Conrado hubiera repelido a los invasores. Es cierto que Raimundo envió algunas galeras hacia la ciudad sitiada, pero una tormenta oportuna les había permitido regresar a Trípoli con una excusa plausible para no hacer nada. Tan temeroso estaba Bohemundo de aumentar sus responsabilidades que había rechazado a los refugiados de Jerusalén por miedo a que agotaran sus reservas de alimentos y, al mismo tiempo, les había quitado el dinero que llevaban consigo para satisfacer sus propias necesidades. Los príncipes del norte llevaban mucho tiempo aplicando una política de conciliación hacia Saladino, y tal vez esta mezquindad pretendía ser una prueba de buena voluntad, algo que el generoso sultán difícilmente pudo haber elogiado. Al menos, no le impidió atacar las provincias del norte.

Pasaron el invierno en Acre, donde Saladino ocupó el Palacio de el-Afdal, que había sido reconvertido en un castillo de los templarios. Los clérigos se instalaron en el Hospital de San Juan, y el palacio episcopal se convirtió en un hospital: ambos recibieron generosas donaciones de Saladino procedentes del botín. Mientras tanto, se mandó llamar a Karakush, el fortificador de El Cairo, para que reforzara las defensas de Acre. Tras abandonar la costa en primavera y, en marzo, inspeccionar el bloqueo de Belvoir (Kaukab), el castillo de los Hospitalarios al sur de Tiberíades —que le pareció demasiado fuerte para ser asaltado—, Saladino visitó Damasco y, a continuación, el 14 de mayo, marchó hacia el norte. La causa inmediata fue una incursión de los francos sobre Jubeyl, pero la dirección de su marcha indica que sus planes apuntaban hacia Trípoli o Antioquía. Acampó cerca de Emesa, desde donde exploró el territorio. Ernoul afirma que Saladino llegó a sitiar Trípoli, pero al encontrarla tan fuertemente reforzada, se retiró. Guillermo de Sicilia, el primero de todos los príncipes de Europa en acudir al rescate, había enviado quinientos caballeros y una flota de cincuenta galeras al mando de su valiente almirante Margaritus, cuyas hazañas le habían valido el sobrenombre de «el Rey del Mar» y «un segundo Neptuno», y los sicilianos aportaron una ayuda inestimable a los supervivientes de las Cruzadas. Conrado de Montferrat también se había apresurado a acudir en ayuda de su flemático vecino. Junto a Conrado llegó el famoso Caballero Verde, cuya destreza volvió a llamar la atención de Saladino, que lo admiraba. El sultán lo invitó a su tienda; él acudió, y Saladino le dispensó una cálida bienvenida, le obsequió con caballos y joyas, y le ofreció tierras y posesiones si aceptaba entrar a su servicio. Pero el Caballero Verde lo rechazó todo; dijo que no había venido a Tierra Santa para quedarse con los sarracenos, sino para hacerles daño y desconcertarlos; cosa que haría siempre que pudiera. Así que se despidieron con sincero respeto.

 

El Castillo de los Caballeros

 

Abandonando cualquier plan que tuviera sobre Trípoli, Saladino regresó a su campamento cerca de la fortaleza virgen de los Hospitalarios, el Castillo de los Caballeros (Hisn el-Akrad, «el castillo de los kurdos»), y, junto con sus vasallos de Mesopotamia bajo el mando de Imad-ed-din de Sinjar, formó su ejército en orden de batalla. Emprendió su campaña el viernes, su día favorito, el 1 de julio. No había ningún ejército cristiano que se le opusiera, y la campaña es un relato monótono de la toma por asalto o la rendición de ciudad tras ciudad, castillo tras castillo. Tortosa (Antartus) fue la primera en sufrir el peso de su ira, pues el trato inusualmente severo que dispensó a la ciudad demuestra que su fracaso en Trípoli le había irritado profundamente. Al llegar el 3 de julio, dispuso a su ejército en forma de media luna alrededor de la ciudad, de mar a mar, y ordenó un asalto inmediato. La ciudad cayó antes de que los soldados tuvieran tiempo de montar las tiendas de los musulmanes; y la saquearon, la incendiaron y la arrasaron hasta los cimientos. Sin embargo, de los dos castillos, solo uno fue destruido; la Torre de los Templarios resistió todos los asaltos y tuvo que ser abandonada, convirtiéndose en un bastión para los cristianos. Valenia fue abandonada por sus habitantes; pero la gran fortaleza de Margat se resistió a la captura. Jebela abrió sus puertas y su ciudadela se rindió el viernes 15 de julio. El viernes siguiente capituló la guarnición de Ladikia; el viernes posterior, Saone (Sahyun), el gran castillo de los Hospitalarios situado en las colinas, fue tomado por asalto, pero el sultán retuvo a la guarnición y a la población a cambio de un rescate en las mismas condiciones que en Jerusalén. Durante tres viernes de agosto cayeron las fortalezas gemelas del Orontes, Bukas y esh-Shughr, hasta entonces consideradas inexpugnables, así como la ciudad de Sarmin. La toma de seis fortalezas en seis viernes consecutivos convenció a los musulmanes de que las oraciones de los fieles en el día de culto habían sido aceptadas, y recordaron la promesa sagrada de que una buena acción realizada un viernes sería doblemente recompensada en el Paraíso.

Barzuya, al este del Orontes, una fortaleza tan sólida que su inexpugnabilidad se había convertido en un proverbio, fue tomada por asalto tras duros combates el 23 de agosto; sus defensores fueron hechos prisioneros y los musulmanes se llevaron un gran botín. Solo el gobernador y sus familiares, que eran parientes del príncipe de Antioquía, fueron puestos en libertad y escoltados hasta sus amigos. Entre ellos se encontraba una pareja de recién casados a la que los sarracenos habían separado sin piedad. Saladino se compadeció de su desgracia, los buscó y los envió, ya reunidos, a un lugar seguro. Bohemundo no estaba dispuesto a olvidar esta generosidad y, después de que los musulmanes tomaran Darbesak y Baghras —importantes fortalezas fronterizas que dominaban el paso de Beylan, al norte de Antioquía— y marcharan ya hacia la propia capital, su príncipe solicitó la paz. El ejército de Saladino estaba saciado de botín y cansado de la conquista. Llevaban tres meses de duras marchas y no pocas batallas encarnizadas. Los oficiales estaban ansiosos por volver a casa con su botín y dar a sus hombres tiempo para descansar y recuperar fuerzas. Como todos los ejércitos musulmanes, se trataba de un ejército compuesto por hombres casados, y las tropas echaban de menos a sus esposas. El 1 de octubre se firmó una tregua de ocho meses; el príncipe de Antioquía liberó a todos los cautivos sarracenos que tenía en su poder y accedió a entregar su ciudad si no era rescatada antes de que terminara la tregua.

En Alepo, los contingentes mesopotámicos al mando del príncipe de Sinjar, que estaban ansiosos por partir, fueron despachados a sus hogares; y tras las ovaciones recibidas en el Castillo Gris, donde mandaba ez-Zahir, hijo de Saladino, y en Hamá, que estaba bajo el mando de su sobrino más valiente, Taki-ed-din, el sultán regresó a Damasco hacia el 20 de octubre. Había concedido a sus vasallos y parientes el merecido descanso, pero él mismo no descansó ni un momento aquel invierno. Se acercaba el mes del Ramadán, pero incluso el ayuno sagrado debía ceder ante el deber urgente de luchar por la fe. Al norte y al sur del lago de Galilea, Safed y Belvoir seguían resistiendo el prolongado asedio de los musulmanes. Dejando de lado los pensamientos de descanso y hogar que todo musulmán atesora durante el mes sagrado, y despreciando los rigores del invierno sirio, Saladino dirigió a su propia guardia contra la fortaleza de los templarios. Los sarracenos sitiaron la colina rocosa de Safed. Llovía a cántaros y el terreno era un pantano, pero el propio sultán señaló los lugares donde colocar sus cinco mangoneles y se negó a dormir hasta que estuvieran instalados. Los ordenanzas iban y venían toda la noche para informar del avance de los trabajos. El asedio se prolongó durante un mes, día y noche sin interrupción, hasta que la guarnición finalmente se rindió (6 de diciembre). Se les permitió partir hacia Tiro con los honores de la guerra. A continuación fue atacada Belvoir, la fortaleza «situada entre las estrellas, como un nido de halcón», «la ciudad de los ladridos, cuyos perros siempre aullaban y cuyos osos gruñían». El asedio se llevó a cabo en medio de tormentas de lluvia y viento, con un mar de barro bajo los pies. Tras sufrir grandes bajas, por fin se logró abrir una brecha, y los hospitalarios siguieron el ejemplo de la orden rival y capitularon (5 de enero de 1189). Por esas mismas fechas llegó la noticia de que la fortaleza que tanto tiempo había perturbado la paz de los musulmanes, y que Saladino había sitiado tantas veces, había acabado por rendirse por falta de provisiones: Karak se había rendido a el-Adil. La guarnición se había visto obligada a expulsar a sus mujeres e hijos y a comerse a sus caballos antes de abandonar su puesto, a pesar de que ellos mismos habían sido abandonados por los cristianos y no había ningún señor allí para dirigirlos. Cabe destacar que Saladino buscó a esas mujeres y niños, los compró él mismo y se los devolvió a sus estoicos parientes. Luego los envió a todos sanos y salvos a territorio cristiano.

Así, el año 1188, tras una serie de conquistas, concluyó con una triple corona de victoria. Belvoir, Safed y Karak ya no supondrían una amenaza para los pacíficos comerciantes y peregrinos en las rutas procedentes de Egipto y Arabia, ni a lo largo del valle del Jordán. Pero los acontecimientos pronto demostraron que ni siquiera estas conquistas compensaban la pérdida que el imperio de Saladino iba a sufrir a causa de la reorganización sin obstáculos de los cristianos en Tiro.

 

 

 

CAPÍTULO XVI. LA BATALLA DE ACRE.1189

 

CUANDO se supo en Europa la caída de Jerusalén, se oyó un grito universal de consternación en todas las cortes, campamentos y aldeas. Las velas negras del barco que transportaba al arzobispo de Tiro, como el antiguo Teseo, desde aquel lúgubre escenario anunciaban desde lejos la «noticia fatal».

«Es difícil», dice nuestra más erudita autoridad inglesa en historia de las cruzadas, «a tanta distancia en el tiempo, comprender la magnitud del desastre a los ojos del mundo occidental. No se trataba simplemente de que la Ciudad Santa hubiera caído; de que todos los escenarios de esa historia bíblica, que constituían de manera destacada la literatura de la cristiandad medieval, hubieran pasado a manos de los infieles. Era todo eso y algo más: el pequeño Reino de Jerusalén era el único bastión de la Iglesia latina y la cultura latina en Oriente; era la creación de aquellos héroes de la Primera Cruzada cuyas hazañas ya habían sido tema de más de un romance; se encontraba en los confines de aquel Oriente misterioso, con toda su riqueza de oro, piedras preciosas y mercancías, hacia el cual la espada del caballero del siglo XII se dirigía tan instintivamente como la proa del aventurero inglés o español se dirigió cuatro siglos más tarde hacia Occidente... Palestina inspiraba por igual la imaginación, el espíritu emprendedor y la fe de la cristiandad occidental».

Recuperar lo que se había perdido se convirtió en el deseo apasionado de cada caballero piadoso, en la ambición de todo aventurero. El Papa lanzó un llamamiento a una nueva cruzada, que debía borrar todos los pecados. Ricardo de Inglaterra, entonces conde de Poitou, fue el primero en tomar la cruz. Los reyes de Inglaterra y Francia zanjaron su disputa y recibieron la insignia sagrada de manos del arzobispo de Tiro. Balduino de Canterbury predicó la cruzada, en la que más tarde moriría ante Acre, y se recaudó por todo el país un «impuesto de Saladino», un diezmo de la riqueza de cada hombre. La elocuencia de Berter de Orleans despertó el entusiasmo de Francia, que se hizo eco de su canto:

El ejército sigue el ejemplo de la madera de la cruz,

que no se doblegó, sino que marchó por delante

con el poder del Espíritu Santo.

El celo de la cristiandad se encendió con facilidad, pero sus ejércitos tardaron en ponerse en marcha. Guillermo de Sicilia se había apresurado a socorrer a Trípoli; pero Inglaterra y Francia reanudaron su eterna contienda, y sus soberanos no emprendieron su pausada cruzada hasta el verano de 1190. El emperador Federico Barbarroja, único entre los grandes príncipes de Europa, cuyo fuego de naturaleza caballeresca no se había apagado a pesar de sus setenta años, encabezó un vasto ejército desde Alemania a través del territorio de los griegos en mayo de 1189; pero el valiente y anciano guerrero encontró la muerte en las rápidas aguas del Salef, y solo un remanente de su hueste siguió avanzando lentamente hacia los campos de batalla de Palestina.

Mientras tanto, los francos en el frente no habían permanecido inactivos. La reina Sibila había exigido a Saladino que cumpliera la promesa hecha en Ascalón; y su marido, Guido, junto con sus diez compañeros de cautiverio en Damasco, fueron llevados ante el sultán en Tortosa en julio de 1188 y, tras jurar por su honor de caballero que nunca levantarían las armas contra él, se les permitió marchar en libertad. El marqués de Montferrat fue enviado con su hijo a Tiro; Humphrey de Toron fue devuelto a su madre, la viuda de Reginaldo de Châtillon; y el rey Guy y su hermano, junto con el maestre del Templo, se reunieron con Sibila y acordaron planes de venganza en Trípoli y Antioquía. Todos ellos fueron debidamente absueltos de su juramento y no tardaron en recompensar la buena fe y la generosidad de Saladino a su manera habitual. Un buen número de caballeros y voluntarios se reunieron en torno al estandarte de Guy, y con ellos a la cabeza, el rey y la reina se dirigieron a Tiro. Sin embargo, Conrado de Montferrat se negó rotundamente a reconocer su autoridad o a admitirlos en su ciudad, la cual, según dijo, Dios había puesto bajo su custodia. El rey y la reina se vieron obligados a acampar en las afueras y, tras algunas escaramuzas victoriosas contra los puestos avanzados de los sarracenos, que se encontraban frente a Belfort (Shekif Arnun), a unas quince millas de distancia, Guido convocó a la flota siciliana para que lo siguiera a lo largo de la costa y marchó audazmente sobre Acre en agosto,

Las fuerzas del rey eran muy inferiores al ejército que Saladino podía reunir contra él. Las estimaciones de los distintos cronistas difieren, y probablemente ninguna pueda considerarse más que una aproximación muy aproximada, pero la afirmación del «Itinerario» es quizás tan válida como cualquier otra. El ejército de Guy, incluidos los pisanos de Tiro que se habían unido al rey, se calcula allí en 9.000 hombres de todas las naciones, de los cuales 700 eran caballeros; pero a los pocos días «la Estrella de la Mañana los visitó desde lo alto; pues he aquí que se ven acercarse cincuenta barcos, de los que comúnmente se llaman coggs, con 12.000 hombres a bordo». Se trataba de daneses y frisones, «hombres de complexión robusta, resolución inquebrantable y ferviente devoción». El total ascendía, pues, a 21 000. Baha-ed-din estimó el ejército franco en esa misma fecha en 2 000 caballeros y 30 000 soldados de a pie, y añade que nunca oyó a nadie situar esa cifra en un número inferior, y que «recibían refuerzos constantes por mar». Era cierto, pues el famoso caballero Jaime de Avesnes, «un Néstor en el consejo, un Aquiles en las armas y, en honor, un Regulo», se unió pronto a los sitiadores; y lo mismo hizo el obispo de Beauvais, «que se esforzaba por ser un Turpino, si tan solo pudiera encontrar un Carlos», junto con muchos otros. Los cristianos estimaban que el ejército de Saladino era mucho más numeroso que el suyo, pero ninguna de las partes intenta dar cifras exactas.

Es el momento de preguntarse qué estaba haciendo Saladino para permitir que se reunieran las fuerzas del rey y que este avanzara hacia Acre. Tras la rendición de Belvoir en enero de 1189, el sultán, junto con su hermano el-Adil, visitó Jerusalén y celebró allí la Fiesta del Sacrificio; a continuación, inspeccionó Ascalón y permaneció en Acre hasta marzo. Había nombrado comandante a su antiguo oficial Karakush, fundador de la ciudadela de El Cairo, con una guarnición de veteranos de probada valía procedentes de Egipto, y, tras ordenar la reparación de las murallas de la gran fortaleza costera —que iba a ser la capital de Palestina—, regresó a Damasco. En abril, en un momento desafortunado, partió para tomar Belfort, un fuerte castillo de los templarios, al este de Tiro, que era la única fortaleza del interior que les quedaba a los cristianos, salvo el famoso Crac des Chevaliers, encaramado en un peñasco inaccesible del Líbano, que resistió a los musulmanes hasta 1285. Si Saladino consultó un augurio en el Corán en esta ocasión, como era su costumbre, el libro sagrado lo llevó por un camino muy equivocado. El lugar podría haber sido defendido por una fuerza moderada mientras el sultán dedicaba sus energías a la tarea mucho más importante de aplastar al pequeño ejército del rey antes de que se hiciera demasiado fuerte. Tal y como sucedió, se desperdiciaron cuatro preciosos meses frente a Belfort, mientras se permitía que el recuerdo de Hittin, que ya tenía dos años, se desvaneciera de la mente de los cristianos, y el enemigo se volvía cada día más audaz.

Reginaldo de Sidón, uno de los pocos supervivientes de Hattin, estaba al mando en Belfort y prestó un servicio inestimable a la causa. Se dio cuenta de que lo más importante era ganar tiempo y, como era un diplomático astuto, se puso manos a la obra para «echar polvo» a los ojos del buen sultán. Hablaba árabe y había estudiado la historia y la literatura de los musulmanes. Su inteligencia solo era comparable a sus modales fascinantes. Aprovechando estas ventajas, se presentó en la tienda de Saladino, se declaró su servidor devoto y prometió entregar el castillo sin derramamiento de sangre, siempre y cuando se le concedieran tres meses para traer a su familia y a sus dependientes desde Tiro, por quienes temía la venganza del marqués. Tras la rendición, nada le gustaría más que vivir en Damasco, en la generosa corte del sultán, con una pensión adecuada. De hecho, en sus numerosas conversaciones, aquel astuto pícaro descubrió el punto débil de Saladino: comenzó a debatir cuestiones serias de religión, y Saladino razonaba con él, y sin duda albergaba la esperanza, tan querida por el misionero laico, de convertir a alguien a la verdadera fe.

El «servicio de inteligencia» del sultán debió de ser singularmente incompetente para no haberle advertido de que el gobernador de Belfort era un amigo y aliado especial del marqués de Montferrat, y que no era en absoluto probable que conspirara contra él. Por fin, las dudas sobre su fascinante huésped comenzaron a perturbar la mente de Saladino, pero estaba comprometido con la tregua de tres meses y no podía hacer nada hasta que expirara.

Fue entonces cuando se descubrió que Reginaldo había estado jugando con él todo el tiempo y que, mientras el digno gobernador se entregaba al debate teológico, la guarnición había estado reforzando las fortificaciones; el castillo estaba más lejos que nunca de capitular. Fue una desilusión melancólica, y Saladino demostró una generosidad inusual al perdonar la vida del diplomático y limitarse a encadenarlo; pero, mientras tanto, abril había dado paso a agosto, y el rey Guido estaba listo para avanzar sobre Acre.

El ataque se había anunciado con amplia antelación. Los movimientos del rey en torno a Tiro no eran ningún secreto; Saladino tenía allí sus puestos de avanzada, y a principios de julio se habían producido más de una escaramuza con sus tropas en el puente sobre el Litani. Saladino solía salir a caballo todos los días para reconocer el terreno, ya que su campamento en Marj Oyun se encontraba a poca distancia tanto de la costa como de Belfort, y él mismo había presenciado uno de esos enfrentamientos en los que los francos habían salido victoriosos. Incluso había realizado una rápida cabalgada hasta Acre en julio para ordenar nuevas fortificaciones e imponer la máxima vigilancia a la guarnición. Era evidente que era plenamente consciente del peligro de un ataque cristiano. Sin embargo, mantuvo a su ejército frente a Belfort hasta que quedó al descubierto la astucia de su gobernador, y no fue hasta el 27 de agosto, tras enterarse de que los francos se encontraban realmente en camino, cuando finalmente dio órdenes de marchar hacia Acre. Dejó una fuerza suficiente para bloquear Belfort, que se rindió siete meses después, y sin duda podría haberla disimulado de la misma manera tres meses antes y haber salido al encuentro del enemigo.

Por fin, sin embargo, los sarracenos estaban en camino y marchaban día y noche. Tomaron la ruta más fácil por Tiberíades y luego se desviaron por la gran carretera del oeste, pasando por Kafar Kenna (Caná) hasta el-Kharruba, donde se reunieron con una división que había llegado por las montañas de Torón para vigilar al enemigo. Se enviaron destacamentos uno tras otro, y se trasladaron hombres y pertrechos a la fortaleza amenazada; y todo el ejército acampó en las colinas frente a Acre tres días después de su partida de Belfort. El rey Guido había llegado allí dos días antes, el día 28, festividad de San Agustín, y había establecido su campamento en el «monte Turón», la Colina de las Oraciones (Tell el-Musalliyin), hoy Tell el-Fokhkhar, justo frente a la puerta de la ciudad. El objetivo de Saladino era flanquear al enemigo —sitiar a los sitiadores—; extendió sus líneas desde el río Belus hasta la colina de el-Ayyadiya, situando su cuartel general en Tell Keysan; al cabo de un mes se desplazó más al norte, con el fin de extender sus líneas hasta la costa situada más arriba de Acre, y estableció su cuartel general en el-Ayyadiya.

«Si una guerra de diez años dio renombre a Troya; si el triunfo de los cristianos ennobleció a Antioquía; sin duda a Acre le corresponde la fama eterna: la ciudad por la que todo el mundo luchó». Se alza sobre una lengua de tierra que se adentra hacia el sur, detrás de la cual la Mina o puerto queda protegida del oeste y del norte. El barrio norte, o de Musart, no se había construido en la época de Saladino, y la ciudad medía tres cuartos de milla por un cuarto; unas sólidas murallas y torres protegían la ciudad por tierra, al este y al norte; el mar bañaba los demás lados. Entre las defensas, la Turris Maledicia o Torre Maldita, situada en el ángulo noreste, recibía ese nombre porque la leyenda la relacionaba con el soborno de Judas; y el puerto estaba protegido por una cadena y por una formidable fortaleza rocosa, llamada la Torre de las Moscas, por la desagradable razón de que en otro tiempo había sido un famoso lugar de sacrificios. Las murallas de la ciudad dominaban la gran llanura de Acre, de veinte millas de norte a sur, regada por los dos grandes brazos del río Belus, con numerosos arroyos afluentes, y delimitada al sur por el Kishón, que discurre paralelo a la gran barrera del monte Carmelo y desemboca en el mar en Haifa, en el extremo de la bahía. Unas colinas aisladas, de escasa altura, ofrecían posiciones militares a una distancia de unas cinco millas de la costa, y un par de millas más allá de estas, la prolongación meridional de la cordillera del Líbano formaba el límite oriental de la llanura y servía a Saladino a la vez como refugio contra la malaria de las tierras bajas en invierno, como retirada ante fuerzas superiores y como puesto estratégico y de observación.

Los francos no eran lo suficientemente fuertes en ese momento como para bloquear completamente la ciudad, y el ala derecha de los sarracenos, al mando del siempre valiente Taki-ed-din, logró abrirse paso con facilidad (15-16 de septiembre). El propio Saladino entró en Acre y examinó la posición del enemigo desde las murallas. Baha-ed-din también visitó la fortaleza: «Subí a lo alto de la muralla», dice, «como hicieron todos, y desde allí lancé al enemigo lo primero que tuve a mano». El lugar contaba con una guarnición fuerte y estaba bien abastecido, por lo que no había temor inmediato de que fuera asaltado o asediado hasta la inanición.

Se producían continuas escaramuzas entre los ejércitos, y los soldados de ambos bandos se habían acostumbrado tanto a estos pequeños enfrentamientos que a veces interrumpían el combate en medio de un enfrentamiento y se ponían a charlar. Cuando se cansaban de las escaramuzas, se entretenían haciendo que los muchachos de cada bando se enfrentaran entre sí, para que ellos también pudieran participar en la diversión, y los muchachos libraban una lucha encarnizada mientras sus mayores formaban un círculo de manera estrictamente deportiva. Por otra parte, leemos de actos bárbaros cometidos por ambos bandos: de beduinos salvajes a sueldo de Saladino, que se abalanzaban sobre cristianos rezagados, les cortaban la cabeza y se las llevaban al sultán a cambio de una recompensa; y de mujeres cristianas que arrastraban a prisioneros turcos por el pelo, abusaban de ellos de forma vergonzosa y les cortaban la cabeza con cuchillos».

Estos diversos enfrentamientos desembocaron en una batalla general, que estuvo a punto de poner fin a la guerra. El 4 de octubre, poco después del amanecer, los francos se pusieron en marcha. Su ejército se extendía en semicírculo alrededor de Acre, a lo largo de una línea de dos millas completas, desde el mar hasta el río Belus, para igualar la longitud de la línea de batalla concéntrica de los sarracenos. Sus arqueros y ballesteros ocupaban, como de costumbre, la vanguardia, y los caballeros y la infantería se disponían en orden cerrado detrás de ellos. Avanzaban en cuatro divisiones. El rey comandaba la derecha, con el Evangelio llevado ante él bajo un dosel de satén. Las dos divisiones del centro estaban a las órdenes de Conrado de Montferrat y Luis, landgrave de Turingia, mientras que los templarios se agrupaban a la izquierda. El propio Saladino comandaba el centro musulmán, con sus hijos el-Afdal y ez-Zafir a su derecha. A la derecha del centro se encontraban los contingentes de Mosul y Diyar-Bekr; y el ala derecha, que se apoyaba en el mar, estaba formada por las excelentes tropas del norte de Siria al mando del mejor general de Saladino, su sobrino Taki-ed-din. La izquierda del centro estaba compuesta por clanes kurdos del Tigris liderados por sus jefes, junto con las reclutas de Sinjar y los vasallos de Kukbury procedentes de Harran; mientras que el ala izquierda estaba formada por veteranos selectos de entre los mamelucos de Shirkuh, los antiguos conquistadores de Egipto. Así, los puestos más críticos, la extrema derecha y la extrema izquierda, se confiaron a la flor y nata del ejército sarraceno; pero el centro, aparte de la guardia personal de Saladino, contaba con elementos dudosos entre las tropas de reclutamiento menos experimentadas procedentes de Mesopotamia y Kurdistán.

La batalla de Acre comenzó a la cuarta hora tras la salida del sol con un ataque de los francos contra el flanco derecho de los sarracenos. En lugar de esperarles, Taki-ed-din ordenó a sus hombres que retrocedieran, siguiendo la táctica turca habitual, con la intención de atraer al enemigo y luego maniobrar para atacarlo por el flanco. Desgraciadamente, Saladino confundió este movimiento con una retirada y envió parte de su centro en refuerzo. Así reforzada, la izquierda logró hacer retroceder a los francos. Pero, mientras tanto, el enemigo se había percatado del debilitamiento del centro de Saladino y, aprovechando la oportunidad, avanzó con fuerza sobre él, con la caballería y la infantería manteniéndose firmemente unidas. Cuando llegaron al cuerpo a cuerpo, la infantería se dispersó, los caballeros cabalgaron entre ellos y descargaron todo el impacto de una carga con cota de malla sobre los sarracenos. El peso de este fuerte ataque recayó sobre los hombres de Diyar-Bekr, que se desbandaron en desorden y huyeron del campo de batalla: ¡se volvió a saber de ellos en el puente junto al lago de Galilea, ya bien encaminados hacia Damasco! Los caballeros, impulsivos e indisciplinados como siempre, persiguieron al enemigo en fuga hasta la colina del cuartel general, registraron el campamento y entraron en la tienda de Saladino, donde el impetuoso conde de Bar se divertía triunfante. Al mirar a su alrededor, descubrieron que su carga no había sido respaldada y que se habían separado de sus compañeros. Ahora tenían que regresar como mejor pudieran. La izquierda de Saladino había quedado intacta y seguía manteniéndose firme. Reunió a lo que quedaba de su centro y los mantuvo bien controlados hasta que los francos victoriosos pasaban de regreso de su campamento; entonces, con su famoso grito de guerra «Yala-l-Islam», lanzó toda su fuerza contra su retaguardia, ordenando a sus alas derecha e izquierda que se unieran a la carga general, mientras la guarnición de Acre realizaba una salida oportuna. El resultado fue la derrota total del enemigo. Al ver huir a sus compañeros, las demás divisiones se vieron presa del pánico y huyeron hacia su campamento en la colina, donde lograron por los pelos repeler a sus perseguidores.

En medio del tumulto, el propio rey rescató a su rival, Conrado de Montferrat, de un peligro inminente. Andrés de Brienne, el flor y nata de la caballería, fue asesinado mientras reagrupaba a sus compañeros, ante la mirada de su hermano, quien lo abandonó a su suerte. Un soldado vio a Jaime de Avesnes caer de su corcel y encontrarse en grave peligro; le cedió su propio caballo para que pudiera escapar y «con su propia muerte salvó noblemente la vida de su señor». Pero la pérdida más notable de aquel día fue la del Maestre del Templo. Gerardo de Rideford, cuya ambición y odio habían avivado la discordia entre los cristianos y causado la muerte de muchos sarracenos, puso fin a su agitada vida en el campo de batalla de Acre. Se negó a huir y murió como un soldado. Incluso las mujeres lucharon valientemente a caballo junto a sus hermanos de armas, y no fueron descubiertas hasta que cayeron prisioneras. Fue un día de héroes y de amazonas.

Los francos reconocieron una pérdida de 1 500 muertos; pero Baha-ed-din, que vio cómo sus cadáveres eran transportados hasta el río para ser arrojados al agua, estimó que sus bajas superaban los 4 000. Por parte de los musulmanes, las pérdidas se debieron más a la huida que a la matanza. El contingente de Diyar-Bekr había desaparecido; pero del resto, solo se registró la muerte del líder de los kurdos y de otro emir, junto con unos 150 guerreros sin distinción. El pánico explica gran parte de ello, pero la desproporción de estas estimaciones resulta poco verosímil. La estimación cristiana de las bajas musulmanas, de 1 500 jinetes, concuerda más con los relatos de la batalla.

 

 

CHAPTER XVII. THE SIEGE OF ACRE. 1189-91.

 

TRAS la batalla, Saladino no supo aprovechar su victoria. Incluso permitió que el enemigo, presa del pánico, levantara terraplenes y se atrincherara con mayor seguridad, mientras dejaba descansar a sus hombres y restablecía el orden en el campamento saqueado. Al parecer, el ejército no estaba de humor para aprovechar su éxito. Estaba agotado, y el saqueo del campamento por parte de sus propios seguidores (que dejaron poco o nada para los templarios que los perseguían) había exasperado a los hombres. Una semana más tarde se celebró un consejo de guerra, y el sultán se dirigió a los generales:

«En el nombre de Dios, y alabado sea Dios, y bendito sea el Apóstol de Dios.

«Sabed que este enemigo de Dios, y nuestro enemigo, ha entrado en nuestro país y ha pisoteado el suelo del Islam; pero ya la estrella de la victoria (si Dios quiere) ha brillado sobre nosotros. Solo queda un puñado de sus fuerzas, y debemos destruirlas sin demora. ¡Por Dios, es nuestro deber ineludible! Sabéis que nuestro ejército solo puede esperar refuerzos de el-Melik el-Adil, que está en camino. En cuanto al enemigo, si se le permite mantener su posición hasta que se abra el paso por el mar, recibirá un gran refuerzo. Mi opinión es que luchemos contra ellos. Que cada uno de vosotros dé la suya».

El consejo estaba dividido y hubo un intenso debate, pero al fin se decidió retirar el ejército a las colinas para que los hombres descansaran, tras cincuenta días en armas; cuando se hubieran recuperado y se hubiera recuperado a los desertores, se reanudaría el ataque. Una vez más, Saladino permitió que el consejo se impusiera a su sensato juicio. Es posible que estuviera más a merced de ellos de lo que se reconoce; sin duda, tenía la difícil tarea de mantener unida una fuerza tan heterogénea y de conciliar los celos y el descontento de los líderes y las razas rivales. Pero la mejor explicación de que cediera ante una decisión tan poco militar es que estaba gravemente enfermo. Sufría violentos ataques de lo que los cronistas árabes denominan «cólico» —más probablemente la fiebre maligna siria— y sus médicos se unieron a los emires para aconsejarle un cambio de aire. Las constantes fatigas y ansiedades de los dos últimos años le habían pasado factura. Tenía más de cincuenta años y había trabajado más duro que cualquiera de sus hombres. Sus largas cabalgadas por el país y su exposición a todas las inclemencias del tiempo, los asedios invernales que había emprendido, la marcha forzada sobre Acre en un sofocante mes de agosto y, por último, los enfrentamientos diarios con los francos, en los que siempre se encontraba en el centro de la batalla, cargando con una pesada armadura y, durante días, demasiado absorto como para pensar en alimentarse adecuadamente; todo ello bastaba para agotar a un hombre más joven. De no ser por esta desafortunada debilidad, Saladino podría haber insistido en llevar a cabo su plan, y el resultado difícilmente habría sido dudoso. Con el ánimo quebrantado y mermados por la pérdida de miles de sus hombres, acorralados entre el ejército sarraceno y las murallas bien armadas de Acre, los cruzados habrían sufrido una segunda Hittin, de la que no habría habido recuperación: habrían sido empujados al mar. El error fatal cometido ante Tiro se repitió ante Acre. A los francos se les dio tiempo para atrincherarse y mantener la posición hasta que llegaran los refuerzos. El asedio podría haber llegado a su fin de forma rápida el 5 de octubre de 1189, en lugar de prolongarse tediosamente durante casi dos años más, coronado al fin por la victoria de los cruzados.

La retirada a las colinas de El-Kharruba el 16 de octubre supuso algo más que un descanso temporal. Comenzaron las lluvias y no se llevó a cabo ninguna otra acción hasta la primavera. Los francos dedicaron los meses de invierno a reforzar su posición cavando una gran zanja, no sin interrupciones hostiles, mientras que Saladino se dedicó a reclutar nuevos soldados. El-Adil se unió a él con un contingente egipcio, y el almirante Lulu, que llegó a Acre con cincuenta veleros procedentes de Alejandría, capturó un par de valiosos botines y desembarcó una brigada naval de 10 000 marineros para hostigar al enemigo. Pronto quedó descartada la posibilidad de luchar, ya que el barro era tan profundo que los dos ejércitos no podían llegar el uno al otro. El sultán volvió a visitar Acre con gran pompa, inspeccionó sus defensas y sus provisiones y, a continuación, tras despedir a sus tropas para que regresaran a sus hogares, permaneció en el-Kharruba con su guardia hasta que la primavera reabrió el mar y los caminos. Mientras tanto, había surgido un nuevo motivo de inquietud. Habían llegado noticias de la marcha de Federico Barbarroja a través de Asia Menor, y la carta del catolicós armenio —que, al igual que el emperador de Constantinopla, estaba del lado de Saladino—, en la que se anunciaba la trágica muerte del viejo cruzado, informaba también al sultán de que el hijo de Federico estaba dirigiendo el ejército hacia Siria. Si el sultán hubiera conocido la extrema debilidad de lo que quedaba del ejército alemán, difícilmente habría debilitado su magnífico ejército enviando una gran división para cortarles el paso. En respuesta a su llamamiento y a los esfuerzos de su secretario Baha-ed-din, quien visitó al califa y a los príncipes de Mesopotamia en invierno y convocó a todos los hombres a la guerra santa, las tropas procedentes de Alepo, Harran, Sinjar, Jezira, Mosul e Irbil habían ido llegando en masa a su campamento (ahora situado en Tell el-Ajjul, cerca de el-Ayyadiya) durante todo mayo y junio. El califa de Bagdad había enviado lanzas, flechas y máquinas que lanzaban dardos incendiarios. Pero los contingentes sirios fueron enviados de nuevo al norte casi de inmediato para hacer frente al peligro imaginario de la invasión alemana, y se descuidó la necesidad más urgente de aplastar a los sitiadores —que, en realidad, se encontraban ellos mismos estrechamente sitiados por los musulmanes— antes de que pudieran recibir refuerzos. El ejército cruzado debió de ser, en realidad, más formidable de lo que se desprende de las crónicas para haber intimidado así a los sarracenos; de hecho, el relato de los ocho días de combate en Pentecostés muestra que ambos bandos debían de estar bastante igualados.

El error de Saladino se hizo dolorosamente evidente cuando Enrique de Champaña desembarcó a finales de julio con 10000 hombres y un buen número de caballeros, nobles y prelados guerreros. Hasta ese momento, la situación se había mantenido sin cambios; aunque parcialmente rodeada, Acre no se encontraba aislada de las comunicaciones con las fuerzas de Saladino, que a su vez rodeaban al enemigo; y las escaramuzas y salidas, los ataques a las trincheras y la destrucción de las máquinas de asedio habían favorecido, en general, a los sarracenos. El ingenio de un joven calderero de Damasco, que poseía el secreto para fabricar una especie de fuego griego que incendiaba las torres y máquinas de asedio del enemigo, deleitó a Saladino, y aún más le deleitó la respuesta del joven cuando, al ofrecerle riquezas, este le dijo que no aceptaría recompensa alguna por lo que había hecho en nombre de Dios. Una flota procedente de Alejandría había logrado abrirse paso hasta el puerto en junio y reponer las provisiones de los sitiados; y un intento de sorprender el flanco derecho del campamento musulmán, debilitado por la partida de las tropas hacia el norte, fue repelido por el-Adil con pérdidas muy cuantiosas el día de la fiesta de Santiago (25 de julio). Al menos cuatro mil cristianos cayeron aquel día, según sus propias declaraciones; pero los testigos oculares árabes estimaron las bajas en más del doble. Entre los caídos había algunas mujeres con armadura, que habían luchado valientemente junto a los caballeros. Imad-ed-din recordó mucho tiempo después los gritos desgarradores de una mujer a la que vio morir en el campo de batalla. Pero Saladino, evidentemente, no se sentía lo suficientemente fuerte como para ordenar un asalto general a las trincheras del rey; no se podía tentar de nuevo a los francos a arriesgarse a una batalla campal; y dos días después de este enfrentamiento llegó el conde Enrique y asumió el mando del ejército.

Este gran refuerzo, el primero de varios que pronto le seguirían, cambió la situación. Saladino retiró su ejército una vez más a las colinas (1 de agosto), y Acre quedó tan aislada que las comunicaciones solo podían mantenerse mediante palomas mensajeras, nadadores expertos o rápidas barcas por la noche. Fue un escaso consuelo para el sultán recibir una carta amistosa de su inútil aliado, el emperador griego Isaac, en la que le instaba a no dejar que la llegada de los alemanes le pesara en el corazón: «sus planes y propósitos provocarán su propia confusión»; los franceses, al menos, ya se encontraban allí y habían sometido a Acre a un estricto bloqueo. Es cierto que los barcos sarracenos seguían abriéndose paso a la fuerza para socorrer a la guarnición; uno de ellos logró colarse camuflado como francés, pero, por lo general, tenían que atravesar el fuego cruzado. Una de esas aventuras tuvo lugar en septiembre. Tres dromones egipcios, o barcos de carga, llegaron oportunamente, cuando en la ciudad no quedaban provisiones suficientes para aguantar ni un día más. Las galeras cristianas se abalanzaron sobre los recién llegados en un instante. La playa estaba repleta de soldados del ejército musulmán, que invocaban en voz alta a Dios para que salvara a los barcos. El propio sultán se encontraba allí, sumido en una agonía de incertidumbre, observando la lucha, «como un padre al que le han arrebatado a su hijo». La batalla se recrudeció, pero, afortunadamente para la guarnición, soplaba un viento favorable y, al fin, los tres barcos entraron en el puerto sanos y salvos, en medio de los furiosos gritos del enemigo y las ruidosas acciones de gracias de los fieles.

Una vez en el puerto, quedaban protegidos por la célebre Torre de las Moscas, que se alzaba sobre un peñón a la entrada del puerto y protegía eficazmente a todas las embarcaciones que lograban pasar por ella. Los cruzados respondieron con un decidido intento de destruir esta molesta defensa. Los pisanos, siempre expertos en navegación, instalaron torretas en sus galeras, lo suficientemente altas como para sobrepasar la Torre de las Moscas y bombardearla o incendiarla, mientras se enviaba un barco incendiario al puerto para destruir las naves sarracenas que pudieran salir a interferir.

Sin embargo, el plan fracasó estrepitosamente. Los pisanos lograron enganchar la torre y izar sus escaleras de asalto, al amparo de un intenso bombardeo desde sus torretas; pero justo cuando contaban con el éxito, los defensores se reagruparon, aplastaron al grupo de asalto en las escaleras con grandes rocas y, lanzando su fuego griego, incendiaron escaleras, torretas y galeras, en medio de los gritos burlones de los musulmanes. El barco incendiario se desvió por culpa de un viento adverso y fue fácilmente extinguido y capturado.

A principios de octubre hicieron su aparición los temidos alemanes: Federico, duque de Suabia, llegó a Acre con apenas mil hombres. Por insignificante que fuera este refuerzo, la presencia del hijo de Barbarroja levantó la moral de los sitiadores, y su energía infundió un nuevo celo en la guerra. Al principio, nada le satisfacía salvo un enfrentamiento con el enemigo en campo abierto; pero la vanguardia de Saladino, aún apostada en el-Ayyadiya, ayudada por los hombres de Mosul —a quienes se ordenó avanzar desde Tell Keysan—, hizo retroceder a los cruzados sin gran dificultad. Tras este fracaso, centraron sus esfuerzos en intensificar el asedio con gran ingenio. Por primera vez emplearon un ariete —la guarnición de Acre se había debilitado evidentemente hasta el punto de permitirles acercarse—: se trataba de una enorme viga con una cabeza de hierro que pesaba casi tres quintales y que había sido construida a un gran coste por el arzobispo de Besançon. También se puso en marcha otro ariete, llamado «el gato», con una cabeza puntiaguda en forma de arado y una cubierta o «cerda» para proteger a varios hombres; además, se equipó un barco con una torreta y un puente levadizo, para dejarlo caer sobre la Torre Fly. A principios de octubre se llevó a cabo un gran asalto; las nuevas máquinas fueron arrastradas hasta la ciudad, y los asaltantes se lanzaron al foso para escalar las murallas; entonces, la guarnición abrió de repente un intenso fuego de flechas, bolas de fuego, piedras y dardos lanzados con arcos, mangoneles, hondas y ballestas, y, saliendo en una salida desesperada, hizo retroceder a los francos; luego rociaron de nafta la catapulta y el ariete y les prendieron fuego, y finalmente arrastraron triunfalmente el ariete en llamas hasta el interior de la puerta.

El júbilo de la guarnición se vio casi inmediatamente empañado por la llegada de más refuerzos desde Europa. Por fin se avistó una flota inglesa.

Balduino, arzobispo de Canterbury; Hubert Walter, obispo de Salisbury; y el justiciador, Ranulf de Glanville, habían llegado a Tiro con hombres, provisiones y dinero en septiembre, y al reunirse con el ejército ante Acre el 12 de octubre, anunciaron que los reyes de Inglaterra y Francia se encontraban efectivamente de camino a Tierra Santa. El capellán del arzobispo ofreció un panorama desolador del campamento de los cruzados:

«Encontramos a nuestro ejército (lo digo con dolor y gemidos) entregado a prácticas vergonzosas, y cediendo a la comodidad y la lujuria en lugar de fomentar la virtud. El Señor no está en el campamento; no hay nadie que haga el bien. Los jefes se envidian unos a otros y luchan por obtener privilegios. La gente de a pie pasa necesidad y no encuentra a nadie que les ayude. En el campamento no hay ni castidad, ni sobriedad, ni fe, ni caridad —una situación que, lo juro por Dios, no habría creído de no haberla visto con mis propios ojos. Los turcos nos sitian, y a diario nos desafían y persisten en atacarnos, mientras nuestros caballeros yacen acobardados en sus tiendas y, como hombres vencidos, permiten que el enemigo los afronte con impunidad. La fuerza de Saladino aumenta cada día, mientras que nuestro ejército se reduce día a día».

La llegada de los ingleses infundió algo de ánimo a los «caballeros acobardados». Los clérigos avivaron su celo, a falta de poder enmendar su moral; el propio venerable arzobispo enarboló el estandarte del santo mártir, San Tomás de Canterbury, y envió al ejército con su bendición a la batalla; mientras que el obispo de Salisbury y muchos otros sacerdotes y prelados participaron valientemente en la lucha.

Una batalla general cerca de Spring Head (o manantial del brazo sur del río Belus), a unas seis millas al sur de Acre, comenzó «el día siguiente a San Martín», el 12 de noviembre. El objetivo del enemigo era traer provisiones desde Haifa, ya que se estaban quedando sin alimentos. Al verlos avanzar con fuerza, el puesto avanzado sarraceno, tras una encarnizada escaramuza, se retiró de su posición habitual en el-Ayyadiya a Tell Keysan, y el día 13 el ejército se desplegó en dos posiciones casi enfrentadas entre sí, rodeando al enemigo, que, no obstante, avanzó hasta Spring Head. El ala izquierda de Saladino se extendía desde cerca del mar hasta el Belus, orientada hacia el noreste, mientras que la derecha, apostada en las colinas, miraba hacia el oeste, en dirección al río, con el que tocaba en la orilla este, cerca del puente de Dauk. El centro se adelantó bajo la reserva de Saladino, que, junto con su cuartel general, se encontraba en la cima del monte Kharruba, desde donde podía divisar toda la llanura que se extendía a sus pies; además, controlaba la colina de Shafraamm, que en su día fue una fortaleza de los templarios. Esta situación se mantuvo el día 14, cuando los francos, al enterarse de que no había provisiones en Haifa, dieron media vuelta por la orilla este y se dirigieron hacia el puente de Dauk. Durante todo el trayecto se vieron estrechamente acorralados por los sarracenos, cuya caballería ligera los atacaba cuerpo a cuerpo con mazas, espadas y lanzas, esforzándose por romper su sólida y ordenada formación; y Saladino enviaba continuamente refuerzos desde las colinas situadas a sus espaldas; pero ellos, con valentía, se abrieron paso hasta el puente, acamparon allí para pasar la noche y, tras cortar el paso tras de sí a la mañana siguiente, se retiraron muy agotados, aunque en buen orden, y llevando a muchos heridos, a sus trincheras. Allí fueron cubiertos por sus reservas, que salieron al mando de Godofredo de Lusignan y hicieron retroceder a los musulmanes que los perseguían. Conrado y Enrique de Champaña habían dirigido personalmente la expedición, pero los francos habían sufrido grandes pérdidas. Entre los muertos se encontraba un caballero cuya apariencia asombró a Baha-ed-din: montaba un corcel con guarniciones de cota de malla hasta las pezuñas. La guardia de élite de Saladino también había sufrido graves pérdidas.

Por indecisa que fuera la acción, animó a los sarracenos, que deseaban aprovecharla de inmediato. Evidentemente, se trataba de una prueba decisiva, de resultado incierto, pues Saladino había enviado su bagaje a la retaguardia, hacia Nazaret, por motivos de seguridad; y el hecho de que él mismo volviera a estar enfermo, con cólico o fiebre, y no pudiera participar en la batalla, aumentaba su ansiedad. Sin embargo, conservó su espíritu indomable; y cuando alguien mencionó los sufrimientos y las muertes de los musulmanes a causa de las condiciones insalubres de la llanura, citó el proverbio árabe: «Mátame a mí y a Malik; mata a Malik conmigo», aludiendo a un famoso combate histórico en el que el héroe instó a sus compañeros a matar al adversario que luchaba con él en el suelo, aunque con ello también lo mataran a él. Saladino estaba dispuesto a morir, junto con todo su ejército, con tal de que los francos también murieran. Sin embargo, cuando unos cruciados de alto rango cayeron en una emboscada poco después, Saladino los recibió con majestuosa cortesía, los vistió con túnicas de honor, les proporcionó pieles para protegerse del frío glacial, les permitió escribir al campamento para pedir lo que quisieran y los envió a Damasco de muy buen humor. Era mejor ser huésped de Saladino que temblar de frío y pasar hambre en una tienda cristiana.

El invierno de 1190-1191, que detuvo todas las operaciones activas, transcurrió en gran miseria para los cruzados. Muchos de sus jefes habían fallecido. Habían perdido a su reina, Sibylla; entre los ingleses, ya no estaban Ranulf de Glanville, conde de Ferrers, y el hermano del conde de Clare; y el anciano arzobispo de Canterbury murió en noviembre, afligido hasta la muerte por el desenfreno que le rodeaba. Conrado de Montferrat había dado el primer paso hacia su ambición mediante su matrimonio sin escrúpulos con Isabel, ahora heredera de la corona de Jerusalén, cuyo divorcio de Humphrey de Toron había logrado orquestar con éxito; a continuación, se retiró a Tiro para alimentar sus planes de reinar, dejando al ejército frente a Acre a su suerte. El «Itinerario» inglés está repleto de maldiciones contra el marqués por su cruel indiferencia hacia el pueblo que perecía, al que tal vez podría haber socorrido. Pues el hambre y las enfermedades causaban estragos tras las trincheras. El trigo se vendía a cien piezas de oro el saco, y un solo huevo costaba seis denarios. Los mercaderes codiciosos mantenían altos los precios, y el campamento se moría de hambre. Se sacrificaban caballos de raza para alimentarse, y la gente hambrienta no desdeñaba ni siquiera las vísceras de los animales que morían de vejez o enfermedad.

Comían hierba como el ganado, se peleaban por los hornos de los panaderos y roían los huesos desnudos que abandonaban los perros. Incluso los nobles se veían reducidos a robar, y se cuenta una historia lamentable de cómo dos amigos, al quedarse sin una sola moneda, la gastaron en la compra de trece habas y, al descubrir que una estaba en mal estado, recorrieron un largo camino de vuelta hasta el vendedor para insistir en que se la sustituyera por una buena. Algunos incluso buscaron alivio convirtiéndose al islam. Los prelados y algunos de los nobles más acomodados hicieron donaciones para los pobres, pero poco podían hacer. Este estado de miseria, agravado por las enfermedades y la fiebre provocadas por las lluvias incesantes, se prolongó hasta la Cuaresma de 1191, cuando por fin el mar se volvió navegable para los tímidos marineros de la época, y un barco de abastecimiento salvó al campamento de la inanición.

Mientras tanto, Saladino había despedido a la mayor parte de su ejército para que regresaran a sus hogares, y solo se quedó con su propia guardia. Los príncipes mesopotámicos fueron los primeros en marcharse en noviembre: se les había convencido con dificultad para que se quedaran tanto tiempo. No cabía esperar que los descendientes vencidos de Zengi mostraran mucho entusiasmo al servicio de su suplantador; pero, aparte de esos celos naturales, Las tropas orientales no soportan estar separadas durante mucho tiempo de sus esposas y hogares. El abastecimiento de Acre fue la principal ocupación de Saladino durante el invierno. Las galeras cristianas habían partido para escoltar a Conrado a Tiro con motivo de su boda, y la ciudad quedaba expuesta al mar. Un convoy egipcio no logró entrar en diciembre, pero el-Adil, apostado en Haifa, se las ingenió para enviar provisiones, y Saladino introdujo en febrero una nueva guarnición al mando de un nuevo comandante. La nueva guarnición, sin embargo, era más reducida que la anterior; salieron muchos más de los que entraron; además, los recién llegados no eran expertos en el arte del asedio, y se acusó a Saladino de imprudencia y descuido por delegar demasiado en subordinados incompetentes o con intereses propios. Probablemente aún sufría las secuelas de una enfermedad.

El socorro a Acre no se llevó a cabo sin los asaltos de los francos, cuya miseria no paralizó del todo su energía, pues la hambruna aún no había alcanzado su punto álgido. Por otra parte, la guarnición repelió sus ataques, y Saladino capturó algunos barcos dispersos, con la ayuda de unos desertores del campamento enemigo.

Así transcurrieron los agotadores meses de invierno. La primavera encontró a las fuerzas enfrentadas en la misma situación: la ciudad bien guarnecida y, por el momento, suficientemente abastecida; Saladino en las colinas, a la espera del regreso de sus tropas; los cristianos, en medio de ambos, debilitados, desanimados y desmoralizados, pero manteniendo su campamento atrincherado sin ser molestados, salvo por ocasionales salidas de la guarnición o escaramuzas con los puestos avanzados de Saladino. El verano trajo consigo un cambio radical en las relaciones entre las dos fuerzas, y los sarracenos pronto se verían ya no como los asediadores de los asediadores, sino como los atacados. La cruzada de Ricardo Corazón de León estaba a la vuelta de la esquina.

 

PARTE V.

RICARDO Y SALADINO.1191-1192.

 

CAPÍTULO XVIII. LA RENDICIÓN DE ACRE. 1191.

 

Ricardo de Inglaterra y Felipe de Francia se acercaban por fin a Tierra Santa. Habían partido en el verano de 1190, pero su avance era tan pausado como un crucero en yate. Las largas demoras en Mesina y en Chipre —la sometimiento de la primera y la conquista de la segunda—, así como el matrimonio con Berengaria, son hechos históricos bien conocidos, pero estuvieron a punto de provocar la destrucción del ejército ante Acre. Una luna de miel en Chipre fue una extraña forma de socorrer a un campamento que se moría de hambre. El rey de Francia fue el primero en llegar.

Fue recibido en Semana Santa «con himnos, cantos y un torrente de lágrimas, como si fuera un ángel de Dios». Inmediatamente instaló sus máquinas de asedio y, en mayo, la ciudad fue asaltada con renovada energía. El canciller de Saladino relata en una carta cómo los francos atacaron con torres de madera, catapultas de piedra, arietes y otras máquinas de asedio; cómo se esforzaban de día por derribar las murallas y de noche trabajaban sin descanso en las trincheras, rellenando el foso, colocando escaleras de asalto, sin desistir ni de día ni de noche. Comenzaron a construir un dique de tierra, que era como una muralla, con torres redondas, y que se reforzó con madera y piedras. Partía de su campamento y, a medida que avanzaba, excavaban la tierra por detrás y la arrojaban por delante, empujándolo así hasta situarlo a media distancia de un tiro de arco de las murallas. Ni las piedras ni el fuego surtían el más mínimo efecto sobre él. Pero, aunque presionaba el asedio con vigor, Felipe esperó cortésmente la llegada de Ricardo antes de iniciar el asalto general.

La forma en que Corazón de León zarpó por fin de Chipre hacia Acre, y cómo el asedio se coronó de éxito, se puede leer mejor en el «Itinerario de Ricardo» contemporáneo, que, por muy parcial que sea a favor del héroe de Inglaterra, presenta el relato más detallado y pintoresco del gran asedio que poseemos.

«Y así, una vez concluidos estos asuntos, Ricardo dirigió de inmediato sus pensamientos hacia su travesía [hacia Tierra Santa]; y, tras haber dispuesto su equipaje, zarpó con viento favorable... ¡Y he aquí que se difundió la noticia de que Acre estaba a punto de ser tomada! Al oírlo, el rey, con un profundo suspiro, rezó a Dios para que la ciudad no cayera antes de su llegada, pues, dijo, tras un asedio tan prolongado, nuestro triunfo debería ser, si Dios quiere, de una gloria excepcional. Entonces, con gran prisa, subió a bordo de una de las mejores y más grandes de sus galeras en Famagusta; y, impaciente ante cualquier retraso, como siempre, siguió adelante sin desviarse, aunque otras galeras mejor equipadas le seguían por todos lados. Y así, mientras surcaban el mar a toda prisa, divisaron por primera vez aquella Tierra Santa de Jerusalén. El castillo de Margat fue lo primero que les llamó la atención; luego, Tortosa, situada a orillas del mar; Trípoli, Nefín, Botrón y, poco después, la altísima torre de Gibeleth. Por fin, a este lado de Sidón, cerca de Beirut, divisaron a lo lejos un barco repleto de los guerreros más selectos de Saladino, la flor y nata de todo su reino pagano, y destinado a llevar ayuda a los sitiados en Acre. Al ver que no podían dirigirse directamente a Acre debido a la proximidad de los cristianos, los sarracenos se retiraron un poco mar adentro y esperaron el momento oportuno para irrumpir de improviso en el puerto. Ricardo, que se había fijado en el barco, llamó a uno de sus remeros de galera, Peter des Barres, y le ordenó que remara a toda prisa y averiguara quién lo comandaba. Le trajeron la noticia de que pertenecía al rey de Francia; pero Ricardo, al acercarse con impaciencia, no pudo oír ninguna palabra en francés ni ver ningún estandarte o bandera cristiana. A medida que se acercaba, comenzó a sorprenderse por su tamaño y su construcción firme y sólida. Y es que lucía tres mástiles de gran altura y sus costados, de acabado pulido, estaban adornados aquí y allá con pieles verdes o amarillas. A ello se sumaba que estaba tan bien equipado con todo el pertrecho necesario y tan bien provisto de provisiones de todo tipo que no dejaba lugar a mejoras...

«Por orden del rey, una galera partió en persecución de la extraña embarcación a toda velocidad. Al ver esto, sus marineros comenzaron a lanzar flechas y dardos contra la tripulación de la galera, que se había puesto a su lado sin ofrecer ningún saludo. Al darse cuenta de ello, Ricardo dio la orden de un ataque inmediato. Por ambos lados, los proyectiles caían como lluvia y la extraña nave avanzaba ahora a menor velocidad, pues los remeros tuvieron que cejar en su esfuerzo y no soplaba mucho viento. Y, sin embargo, por mucho que nuestros galereros dieran vueltas alrededor del enemigo, no encontraban una buena oportunidad para atacar; tan sólida era la construcción de la embarcación y tan bien estaba tripulada por guerreros, que no cesaban de lanzar sus dardos sin pausa alguna... Nuestros hombres comenzaron a vacilar y relajaron sus esfuerzos, preguntándose qué consideraría el incomparable valor del propio rey Ricardo, el invicto, como la mejor estrategia en estas circunstancias. Pero él gritó con audacia a sus propios hombres lo siguiente:

¡¿Qué?! ¿Vais a dejar que esa nave se escape ilesa y sin un rasguño? ¡Qué vergüenza! Después de tantos triunfos, ¿vais a dejar que la pereza se apodere de vosotros ahora y cedáis como cobardes?

Nunca, mientras quede algún enemigo,

debéis buscar el descanso.

Todos vosotros sabéis muy bien que mereceréis ser colgados en la horca y ejecutados si permitís que estos enemigos escapen.

«Al oír estas palabras, nuestros galeotes, haciendo de la necesidad virtud, se lanzaron con ímpetu al mar y, situándose bajo la nave enemiga, ataron el timón con cuerdas para hacer que la embarcación se inclinara hacia un lado e impedir su avance. Otros, acercándose a la borda con gran destreza y perseverancia, se agarraron al cordaje y saltaron a bordo. Los turcos estaban preparados para esto y los mataron sin demora, cortándole los brazos a uno, las manos o la cabeza a otro, y arrojando los cadáveres al mar. Esta visión infundió mayor valor a los demás cristianos… de modo que, trepando por las amuradas del barco, se abalanzaron sobre los turcos y no dieron cuartel a quienes ofrecían resistencia alguna.

«Pero los turcos, envalentonados por la desesperación, hicieron todo lo posible por repeler a los galeotes y lograron cortar un pie por aquí, una mano o una cabeza por allá; mientras que sus oponentes, tensando todos sus nervios, hicieron retroceder a los turcos hasta la misma proa del barco. Ante esto, otros turcos salieron precipitadamente de la bodega del barco y, uniéndose en un solo cuerpo con sus compañeros, opusieron una tenaz resistencia, decididos a morir con valentía o a repeler a sus adversarios como hombres. Pues estos eran la flor y nata de la juventud turca: una banda experta en hazañas bélicas y bien armada. Así continuó la lucha y cayeron guerreros por todas partes en ambos bandos hasta que, al fin, los turcos, presionando con mayor vigor, hicieron retroceder a nuestros hombres y los obligaron a abandonar el barco. En consecuencia, nuestros remeros se dirigieron a sus propias galeras y volvieron a remar alrededor del barco, buscando un lugar adecuado para el ataque.

«Mientras tanto, el rey, al darse cuenta del peligro que corrían sus hombres y al ver que no sería fácil apoderarse del buque turco con todas sus armas y provisiones intactas, dio orden de que cada una de sus galeras embistiera al enemigo con su proa. Así, las galeras, tras retroceder un trecho, se lanzaron una vez más hacia delante impulsadas por numerosos remos para perforar los costados del enemigo. Gracias a estas tácticas, el barco quedó abollado de inmediato y, al abrirse una brecha por la que entraban las olas, comenzó a hundirse; mientras tanto, los turcos, para evitar hundirse con su embarcación, saltaron por la borda al mar, donde fueron asesinados o se ahogaron. El rey, sin embargo, perdonó la vida a treinta y cinco de ellos, a saber, los emires y los expertos en la fabricación de máquinas de guerra. Todos los demás perecieron; el armamento se perdió, y las «serpientes» se ahogaron o quedaron a la deriva aquí y allá entre las olas del mar.

«De haber llegado ese barco sano y salvo a Acre, los cristianos nunca habrían tomado la ciudad. Así fue como Dios trajo la desgracia sobre los infieles, mientras que a los cristianos que confiaban en él les prestó ayuda de la mano del rey Ricardo, cuyos esfuerzos bélicos prosperaron sin interrupción...

«Tras destruir este barco, el rey Ricardo y toda su comitiva se apresuraron con alegría y entusiasmo hacia Acre, donde él anhelaba estar. Gracias a un viento favorable, ya a la noche siguiente su flota echó el ancla frente a Tiro. A primera hora de la mañana siguiente izó velas una vez más, y no había avanzado mucho cuando avistó aquel lugar que hemos mencionado antes: Scandalion; desde allí, pasando por Casal Imbert, se alzaba en la distancia la altísima torre de Acre, y luego, poco a poco, las demás fortificaciones de la ciudad.

«Acre estaba entonces rodeada por todos lados por un número infinito de personas procedentes de todas las naciones cristianas bajo el cielo: los guerreros elegidos de todas las tierras cristianas, hombres bien preparados para afrontar los peligros de la guerra... Más allá de ellos se extendía un ejército innumerable de turcos que pululaban por las montañas y los valles, las colinas y las llanuras, y que tenían sus tiendas, resplandecientes con emblemas de todo tipo, plantadas por doquier. Nuestros hombres también podían ver los dos leones de Saladino y los de su hermano Saphadin, así como los de Takadin, el campeón de la paganidad. El propio Saladino vigilaba las costas y los puertos sin dejar, sin embargo, de urdir frecuentes y feroces ataques contra los cristianos. El rey Ricardo, al asomarse, calculó el número de sus enemigos; y al llegar al puerto, el rey de Francia, junto con los jefes de todo el ejército, todos los señores y hombres poderosos, le dieron la bienvenida con alegría y júbilo, pues llevaban mucho tiempo esperando ansiosamente su llegada. Fue el [8 de junio], el sábado anterior a la fiesta del beato apóstol Bernabé, en la semana de Pentecostés, cuando el rey Ricardo, junto con sus seguidores, llegó a Acre. A su llegada, toda la tierra se conmovió con la alegría exultante de los cristianos. Todo el pueblo estaba en éxtasis, gritando felicitaciones y tocando trompetas. Lo llevaron a tierra entre gritos de júbilo; y hubo gran alegría porque había llegado el anhelado por todas las naciones...»

Desde el inicio de la campaña, Saladino había vuelto a tomar posiciones en la colina de el-Ayyadiya (5 de junio), desde donde lanzaba ataques diarios contra las trincheras enemigas. La guarnición se veía sometida a una fuerte presión; la labor diaria de limpiar el foso de los cadáveres de caballos y hombres con los que los francos lo llenaban, sumada a la lucha constante por repeler a las partidas de asalto y destruir las máquinas, los había agotado; y el objetivo principal de Saladino era desviar la atención de los enemigos hacia la retaguardia acosando sin cesar las trincheras del campamento, día y noche, con el fin de aliviar a la guarnición. Aún no contaba con todas sus fuerzas, aunque las tropas del norte de Siria se habían reunido con él a principios de mes; pero a finales de junio recibió importantes refuerzos tanto de Egipto como de Mesopotamia. Era incansable a la hora de reclutar nuevos soldados, y sus despachos están llenos de reproches por el apoyo tibio de los príncipes musulmanes a la Guerra Santa. Llegó incluso a enviar una embajada al califa almohade de Marruecos para solicitar su ayuda.

Apenas había desembarcado Ricardo cuando cayó enfermo con la fiebre del país, que los francos llamaban «Amoldia»: pero «no obstante, durante todo el transcurso de su enfermedad continuó con la construcción de sus catapultas de piedra y mangoneles, así como con la erección de un castillo frente a la puerta de la ciudad» —como la torre «Mate Griffon» o «Kill Greek», que había instalado con éxito contra Mesina y que ahora había traído a Acre—. Felipe también cayó enfermo de la misma manera, pero fue el primero en recuperarse.

«Cuando el rey de Francia se recuperó de su enfermedad, se dedicó a preparar sus máquinas de guerra y a instalar sus catapultas de piedra en los lugares adecuados, desde donde las mantenía en funcionamiento día y noche. Contaba con una máquina de guerra muy eficaz llamada «El Mal Vecino»; y, dentro de la ciudad, los turcos tenían otra a la que llamaban «El Mal Pariente», con cuya ayuda conseguían con frecuencia destruir al «Mal Vecino». El rey de Francia, por su parte, no dejaba de reconstruir esta última máquina hasta que, a base de golpes constantes, logró derribar en parte la muralla principal de la ciudad y destrozar la Torre Maldita. Por un lado, la catapulta del duque de Borgoña también solía funcionar, y no sin efecto; por el otro, la de los templarios causaba grandes daños a los turcos, mientras que la de los hospitalarios —igualmente temida por los turcos— no dejaba de funcionar en ningún momento. Además de todas estas, había una catapulta, construida con fondos comunes, a la que solían llamar «la catapulta de Dios». Cerca de ella, un sacerdote, hombre de la mayor integridad, predicaba sin cesar y, al mismo tiempo, pedía limosna para su reconstrucción o para pagar a quienes recogían las piedras que lanzaba. Sus golpes hacían temblar la muralla cercana a la Torre Maldita en un tramo de dos perchas.

El conde de Flandes también poseía una catapulta de lo más selecta, por no hablar de otra más pequeña. El rey Ricardo se hizo con la primera tras la muerte del conde. Estas dos catapultas no cesaban de disparar contra una torre cercana a una de las puertas, muy frecuentada por los turcos, hasta que quedó medio derruida. Además, el rey Ricardo había mandado fabricar otras dos nuevas catapultas de material y factura extraordinarios, y estas alcanzaban su objetivo a una distancia increíble. También había construido una máquina de la más sólida construcción a base de vigas. Tenía escalones incorporados para subir a ella y se la conocía comúnmente como el campanario. Esta máquina estaba recubierta de pieles bien ajustadas, cuerdas y robustos tablones de madera, para que no quedara destruida por los impactos de las catapultas ni siquiera por el fuego griego. [Ricardo] también había preparado dos mangoneles, uno de ellos de tal potencia que podía lanzar su proyectil hasta el centro mismo del mercado de la ciudad.

«Las catapultas del rey Ricardo funcionaban día y noche, y es un hecho conocido que una sola piedra lanzada desde una de las máquinas de este rey mató a doce hombres. Esta piedra fue enviada a Saladino para que la examinara. Los mensajeros que la llevaron dijeron que aquel demonio, el rey de Inglaterra, había traído de la ciudad capturada de Mesina [una reserva de] tales piedras de mar y piedras de gran brillo para ejecutar a los sarracenos. Nada —continuaron— podía resistir los golpes de estas piedras sin quedar destrozado o reducido a polvo. Mientras tanto, el rey, cuya fiebre empeoraba, yacía en su lecho, enfureciéndose profundamente al ver a los turcos desafiando a nuestros hombres, mientras su enfermedad le impedía atacarlos. Pues los constantes ataques de los turcos le causaban dolores más agudos que los más ardientes espasmos de su fiebre.

«Acre parecía una ciudad muy difícil de tomar, no solo por la fortaleza natural de su posición, sino también porque estaba defendida por las tropas turcas más selectas. De nada sirvió que los franceses se hubieran esforzado tanto en construir máquinas de guerra y artilugios para derribar las murallas; pues los turcos, con una repentina descarga de fuego griego, destruían todo lo que sus enemigos habían preparado, sin importar a qué precio, y lo consumían por completo con el fuego. Entre las demás máquinas fabricadas por el rey de los franceses había una que había construido con sumo esmero. Estaba destinada a escalar las murallas y, por esta razón, se llamaba «El Gato», porque, tras trepar a la manera de un gato, se agarraba a la muralla y se aferraba firmemente a ella. También había terminado otro artilugio formado por vallas muy sólidamente unidas entre sí con ramitas, y a esto el pueblo solía llamarlo «circleia». Bajo esta pequeña estructura de vallas, cubierta con pieles en bruto, el rey solía sentarse, disparando con ansiedad dardos con su ballesta y esperando la oportunidad de alcanzar a algún turco descuidado en las almenas de la ciudad».

Estas máquinas causaron estragos en las defensas de Acre; las murallas comenzaron a desmoronarse y la guarnición, agotada por las vigilias incesantes, envió mensajes desesperados a Saladino ante la gravedad de su peligro. En respuesta, parece que no perdió ninguna oportunidad de atacar el campamento del enemigo y desviar su atención de la ciudad. La guarnición tocaba los tambores para avisar de que estaban siendo asaltados; los tambores de Saladino respondían al instante, y sus tropas cargaban de inmediato contra las trincheras de los francos. Se tiene constancia de tales ataques los días 14 y 17 de junio; los sarracenos irrumpieron en las fortificaciones de tierra y saquearon parte del campamento; el enemigo se retiró apresuradamente de las murallas de la ciudad; los enfrentamientos se prolongaron hasta la noche, momento en el que cada bando se replegó a su posición. Sin embargo, el intento más feroz contra el campamento tuvo lugar los días 2 y 3 de julio, cuando la guarnición llegó a amenazar con rendirse a menos que Saladino pudiera salvarlos. Así se describe en el «Itinerario»:

«Sucedió entonces que un día, mientras los franceses se acercaban demasiado a las murallas en su afán por colocar la catapulta, los turcos arrojaron un montón de leña seca desde las murallas sobre la catapulta. A continuación, sin demora alguna, lanzaron una gran cantidad de fuego griego sobre la «circleia» que se había preparado con tanto esmero. Tras esto, instalaron una catapulta, apuntando al mismo lugar, cuando, ¡he aquí!, de repente todo quedó en llamas o fue destruido por los impactos de la catapulta. Ante esto, el rey de Francia, enloquecido por la ira, comenzó a maldecir con horribles juramentos a todos los que estaban bajo su dominio y a reprenderlos con vergonzosos reproches por no vengarse de los sarracenos que le habían infligido tal agravio. En el fragor de su ira, al caer la tarde, proclamó un ataque para el día siguiente por boca del heraldo.

«A primera hora de la mañana siguiente, se apostaron guardias selectos en los fosos exteriores para repeler ataques repentinos de los sarracenos [del exterior]. Y es que Saladino se había jactado de que ese mismo día cruzaría las trincheras con toda su fuerza y demostraría su valor, para la destrucción de los cristianos. Pero no cumplió su palabra; pues él no acudió en persona, sino que su feroz y tenaz ejército, al mando de su lugarteniente Kahadin [Taki-ed-din], lanzándose en grandes masas contra las trincheras, se topó con la valiente resistencia de los franceses. Hubo una matanza considerable en ambos bandos. Los turcos, desmontando, avanzaron a pie. La lucha se libró cuerpo a cuerpo con espadas desenvainadas, dagas y hachas de doble filo, por no hablar de las porras que se erizaban de dientes afilados. Los turcos presionaban; los valerosos cristianos los hacían retroceder; cada bando se desataba con doble furia, pues era época de calor estival.

«La parte del ejército destinada a tomar la ciudad siguió lanzando dardos, socavando las murallas, abriéndose paso con máquinas de asalto o arrastrándose para escalar las murallas. Los turcos, temiendo el valor de estos asaltantes, hicieron señales a sus compañeros del exterior alzando en alto el estandarte de Saladino, con la esperanza de que [sus amigos] acudieran en su ayuda de inmediato o desviaran al enemigo con un ataque [por la retaguardia]. Al ver esto, Kahadin y sus turcos, avanzando con todo su ímpetu, llenaron el foso, pero se encontraron con la resistencia de nuestros hombres, que, gracias a Dios, se mantuvieron firmes como un muro impenetrable. Mientras tanto, los excavadores del rey de Francia, abriéndose paso gradualmente por pasadizos subterráneos, llegaron hasta los cimientos mismos de las murallas y rellenaron la brecha que habían abierto con troncos, a los que prendieron fuego. Entonces, cuando el fuego consumió las vigas que sostenían la muralla, una gran parte de esta cedió, inclinándose poco a poco, pero sin derrumbarse por completo. Muchísimos cristianos corrieron hacia ese lugar con la esperanza de entrar, mientras que los turcos se acercaron para hacerlos retroceder. ¡Oh! Cuántos estandartes y emblemas de las más diversas formas se podían ver entonces, por no hablar del [valor] desesperado de los turcos al lanzar fuego griego contra nuestros hombres. Por un lado, los franceses acercaron escaleras e intentaron escalar la muralla que aún no se había derrumbado por completo; por otro, los turcos utilizaron escaleras para defender la brecha...»

Durante este ataque, el-Adil había liderado en vano dos valientes cargas, y el propio Saladino había ido de batallón en batallón, lanzando su grito de guerra y animando a sus hombres. Al mirar hacia la ciudad, vio la terrible crisis y el peligro en que se encontraba la guarnición que luchaba, y se le llenaron los ojos de lágrimas mientras cargaba una y otra vez. En todo ese día no ingirió ningún alimento, y nada pasó por sus labios salvo el medicamento que el médico le obligó a tomar. Mientras tanto, el asalto se volvía cada vez más feroz.

«El rey Ricardo… mandó construir una especie de cobertizo de mimbre (comúnmente llamado circleia) y lo hizo llevar hasta el foso situado fuera de la muralla de la ciudad. Bajo su protección se colocaron sus ballesteros más hábiles; mientras que, para animar a sus propios hombres para el combate y desmoralizar a los sarracenos con su presencia, se hizo llevar hasta allí sobre cojines de seda. Desde esa posición manejaba una ballesta, en cuyo manejo era muy hábil, y mató a muchos enemigos con los dardos y flechas que disparaba. También sus mineros, al acercarse a la torre contra la que se estaban apuntando sus catapultas, a través de un pasadizo subterráneo excavado hasta los cimientos, rellenaban los huecos que abrían con troncos de madera, a los que prendían fuego, provocando así que los muros, que ya habían sido sacudidos por las catapultas, se derrumbaran con un estruendo repentino...

«Por fin, cuando la torre había caído derribada ante los golpes de nuestras catapultas y los hombres del rey Ricardo comenzaron a dejar de excavar, nuestros hombres de armas, en su ansia de fama y victoria, comenzaron a ponerse las armas. Entre sus estandartes se encontraban el del conde de Leicester, el de Andrew de Chavigny y el de Hugh Brown. También se presentó el obispo de Salisbury, ataviado con la mayor nobleza, y muchos más. Era aproximadamente la tercera hora, es decir, a la hora del desayuno, cuando estos valerosos hombres de armas comenzaron su labor, lanzándose a asaltar la torre, que escalaron con audacia de inmediato. Los centinelas turcos, al verlos, lanzaron un grito, y ¡he aquí que toda la ciudad se vio pronto en alboroto! Los guerreros turcos, empuñando apresuradamente sus armas, acudieron en masa y se abalanzaron sobre los asaltantes. Los hombres de armas se esforzaban por entrar; los turcos, por hacerlos retroceder. Enredados en una masa confusa, lucharon cuerpo a cuerpo, mano contra mano y espada contra espada. Por un lado los hombres golpeaban, por otro caían. Nuestros hombres de armas eran pocos, mientras que el número de turcos no dejaba de aumentar. Los turcos también lanzaron fuego griego contra sus enemigos, lo que al fin obligó a los hombres de armas a retirarse y abandonar la torre, donde algunos de ellos fueron asesinados con armas y otros quemados por aquel fuego tan mortífero. Por fin, los pisanos, ávidos de fama y venganza, treparon a la propia torre con un gran esfuerzo; pero, por muy valientemente que se comportaran, también ellos tuvieron que retirarse ante el embate de los turcos, que se abalanzaban como enloquecidos. Nunca ha habido un pueblo como estos turcos en cuanto a destreza en la guerra.

«Aunque sus murallas estaban en parte derrumbadas y en parte resquebrajadas, y aunque gran parte de los habitantes habían sido asesinados o estaban debilitados por las heridas, aún quedaban en la ciudad 6.000 turcos. Entre ellos se encontraban los líderes, Mestoc [el-Meshtub] y Caracois [Karakush], que empezaban ya a perder la esperanza de recibir ayuda... Así pues, de común acuerdo y tras deliberar, los sitiados suplicaron una tregua mientras enviaban un mensaje a Saladino informándole de su difícil situación, con la esperanza de que, de acuerdo con sus costumbres paganas, él garantizara su seguridad —como debía hacer— enviándoles ayuda rápida u obteniendo permiso para que abandonaran la ciudad sin deshonra. Para obtener este favor, estos dos nobles sarracenos, los [guerreros] más renombrados de todo el paganismo, Mestoc y Caracois, acudieron a nuestros reyes, prometiendo entregar la ciudad si Saladino no les enviaba ayuda rápida. Estipularon, sin embargo, que todos los turcos sitiados tuvieran libertad para ir adonde quisieran con sus armas y todos sus bienes. El rey de Francia y casi todos los franceses aceptaron esto; pero el rey Ricardo se negó rotundamente a ni siquiera considerar la posibilidad de entrar en una ciudad vacía tras un asedio tan largo y penoso. Por lo tanto, al percibir la postura del rey Ricardo, Caracois y Mestoc regresaron a Acre sin cerrar el acuerdo. Saladino, por su parte, tras recibir a los enviados de los sitiados, les instó a resistir con firmeza, con la certeza de que en breve les enviaría una ayuda eficaz. Declaró que tenía noticias fiables de la llegada de un poderoso ejército de guerreros procedentes de Babilonia [es decir, El Cairo] en barcos y galeras».

El socorro ya había llegado. Saladino recibió frecuentes refuerzos a finales de junio y principios de julio. El día 25 llegaron los reclutas de Sinjar; luego, una fuerte fuerza procedente de Egipto; al día siguiente llegó el señor de Mosul con su división; el día 28, más tropas de Egipto; el 9 de julio llegó el príncipe de Sheyzar con sus árabes; el día 10, Dolderim con una gran escuadra de turcomanos a sueldo de Saladino; el día 11, el joven príncipe de Hamá. Sin embargo, a pesar de todo este ejército de sarracenos a su alrededor, Acre se rindió el día 12. Tras una magnífica defensa de casi dos años, ¡la guarnición depuso las armas ante la vista de un gran ejército de socorro que aún no había conocido la derrota! Es más, parecía que incluso los espíritus de los héroes caídos intentaban en vano prestar una ayuda misteriosa a la ciudad sitiada. Por la noche se oyó dentro de las murallas un estruendo poderoso, como el pisar de muchos hombres armados. Los puestos avanzados cristianos se alzaron en armas y, asombrados, percibieron como si un regimiento entrara por las puertas, ataviado con túnicas verdes; pues tal es el aspecto de los mártires del Islam que moran en el Paraíso. Ni siquiera las almas de los fieles pudieron infundir fe en el pueblo presa del pánico.

La historia de esta rendición, sin embargo, no es difícil de entender. Las grandes fuerzas y las máquinas de asedio perfeccionadas que los reyes de Inglaterra y Francia habían desplegado contra la ciudad la hacían insostenible: solo podía ser rescatada desde el exterior. El ejército de Saladino parecía lo suficientemente numeroso para cualquier tarea que se le encomendara; sin embargo, era evidente que no podía luchar contra las fortificaciones de tierra. Algunos líderes audaces pudieron abrirse paso entre las tiendas, pero el campamento atrincherado del enemigo nunca fue realmente tomado por los sarracenos. Algunos de los hombres de Saladino incluso se amotinaron, se negaron a atacar y lo acusaron de «arruinar el islam».

Convencida de que Saladino no podría romper el anillo de hierro que los rodeaba, la guarnición no preveía más que una masacre. Resistir mucho más tiempo era imposible. Tres emires destacados lograron escapar cobardemente por la noche. Se desató el pánico. Algunas de las personas aterrorizadas se arrojaron desde las almenas; otras huyeron al campamento enemigo y suplicaron que las bautizaran. Karakush, el gobernador de la ciudad, y el-Meshtub («Le Balafre»), el comandante de la guarnición, decidieron negociar. Se dirigieron al campamento cristiano el 4 de julio, pero se les denegó la capitulación. Saladino no estaba de acuerdo con ello: instó a la resistencia y prometió socorro. A la mañana siguiente, el día 5, tenía a su ejército listo para la ofensiva, pero la guarnición no cumplió con su parte. El día 7, un nadador trajo un mensaje desesperado: «Hemos jurado morir juntos; lucharemos hasta que nos maten; y no entregaremos esta ciudad mientras vivamos. Ocupaos de distraer al enemigo y de impedir que nos ataque... Nuestra hora ha pasado». Era una última súplica. Aún así, no llegó ningún socorro y, el día 12, a pesar de su desesperada determinación, el mismo nadador trajo el mensaje de que la guarnición había capitulado. Saladino se encontraba precisamente preparando una respuesta, en la que denunciaba los términos del tratado, cuando de repente las banderas y las cruces de los francos brillaron sobre las murallas y torres de la ciudad. Ya estaba hecho; Acre se había rendido sin el consentimiento de su soberano.

«Así, el viernes siguiente a la traslación del beato Benito [12 de julio], los emires más ricos y nobles fueron ofrecidos y aceptados como rehenes, concediéndose un mes para la restitución de la Santa Cruz y la recogida de los cristianos cautivos. Cuando se dio a conocer la noticia de esta rendición, la multitud irreflexiva se llenó de ira; pero los más sensatos se alegraron mucho de haber conseguido tan rápidamente y sin peligro lo que antes no habían podido obtener en tanto tiempo. Entonces los heraldos hicieron un edicto en el que se prohibía a cualquiera insultar a los turcos con palabras o con hechos. No se debía lanzar ningún proyectil contra las murallas ni contra los turcos si por casualidad aparecían en las almenas. Aquel día, cuando esos famosos turcos, de tan maravilloso valor y excelencia guerrera, comenzaron a pasearse por las murallas de la ciudad con sus espléndidos atuendos, antes de su partida, [nuestros hombres] los contemplaban con la mayor curiosidad. Quedaron asombrados ante el aire alegre de unos hombres que abandonaban su ciudad casi sin un céntimo y a quienes solo la más severa necesidad había llevado a suplicar clemencia; hombres a quienes la derrota no abatía y cuyos rostros no delataban timidez alguna, sino que incluso lucían una expresión de victoria...

«Por fin, cuando todos los turcos hubieron abandonado Acre, los cristianos entraron en la ciudad con alegría y regocijo, glorificando a Dios en voz alta y dándole gracias por haber magnificado su misericordia hacia ellos y haber traído la redención a su pueblo. Así, los reyes colocaron sus estandartes y diversas insignias en las murallas y torres; mientras que la ciudad, junto con todo lo que contenía en cuanto a víveres y armas, se repartió a partes iguales entre ellos.

También hicieron recuento de los cautivos y se repartieron el botín a partes iguales. Al rey de Francia le correspondieron los nobles de Caracó y una gran multitud de otras personas; al rey Ricardo, Mestoc y muchos más. Además, al rey de Francia le correspondió el noble palacio de los Templarios con todos sus anexos, mientras que el palacio real recayó en manos del rey Ricardo, quien instaló allí a las dos reinas con sus doncellas y sirvientes. Así, cada rey dispuso en paz de su propia parte de la ciudad, mientras que el ejército se distribuyó por toda su extensión, disfrutando de un agradable descanso tras un asedio tan largo y continuo».

 

 

CAPÍTULO XIX. LA MARCHA COSTERA. Agosto —septiembre de 1191.

 

La rendición de Acre tomó por sorpresa a Saladino, pero su ira se despertó más por las condiciones que se habían acordado a sus espaldas que por el acto en sí. Evidentemente, se había dado cuenta de que la ciudad no podría resistir mucho más tiempo y de que su ejército no podía ni romper las trincheras enemigas ni atraerlas a una batalla campal. Mientras tuvo que lidiar con Guy de Lusignan y los francos de Palestina, nunca había pensado en una tregua; pero la llegada de los dos reyes cambió la situación, y se dispuso a negociar. La primera propuesta, sin embargo, partió de Ricardo. El rey de Inglaterra había enviado un mensaje muy poco después de desembarcar para solicitar una entrevista personal. Era propio de su carácter franco y marcial desear encontrarse cara a cara con el hombre cuyo valor y grandeza de corazón resonaban incluso en el campamento cristiano. Pero Saladino rechazó la reunión: no era conveniente, dijo, que unos reyes en guerra entre sí se reunieran en conversación amistosa hasta que hubiera un tratado de paz realmente en marcha. Es posible que temiera dejarse llevar en exceso por la presencia viril y los modales caballerosos del héroe cuyas hazañas él también había oído tanto; lo más probable es que su respuesta fuera una tanteo de cara a la paz.

Otros enviados llegaron desde el campamento inglés durante la enfermedad del rey. Se concertó un encuentro entre Ricardo y el-Adil; debía tener lugar en medio de la llanura entre los dos campamentos, pero la enfermedad del rey pospuso la entrevista. Se intercambiaron algunas ocurrencias entre el embajador y el hermano del sultán, sobre un regalo de halcones que Ricardo deseaba ofrecer a Saladino y las aves que este exigía a cambio, y cada uno intentaba descubrir qué pretendía el otro. El 1 de julio, el propio Saladino recibió al enviado y a su intérprete magrebí. «Todas estas entrevistas», dice Baha-ed-din, «tenían por objeto averiguar nuestro estado de ánimo, nuestra fuerza y nuestra debilidad». Sin duda, fue para facilitar estas negociaciones por lo que los francos suspendieron el bombardeo durante tres días. Los embajadores volvieron el día 4, pidiendo fruta y nieve; y se anunció que el maestre de los Caballeros de San Juan acudiría al día siguiente para negociar la paz. En su lugar llegaron tres enviados, que mantuvieron una reunión de una hora con el-Adil, pero no se llegó a ningún acuerdo. El día 6 hubo una nueva discusión, pero las condiciones cristianas eran demasiado duras. Saladino mantuvo a su ejército en formación de batalla y amenazó a los francos tanto como se atrevió, para inducirlos a rebajar sus exigencias. Pero hasta el día 11, «se mantuvieron firmes, sin estar dispuestos a hacer la paz ni a conceder una capitulación a los ciudadanos, a menos que se liberara a todos los prisioneros que estaban en manos de los musulmanes y se les devolvieran las ciudades de la costa. Se propuso (por nuestra parte) entregar la ciudad y todo lo que había en ella, salvo sus defensores, pero no aceptaron; y ofrecimos además la Cruz de la Crucifixión, pero tampoco aceptaron».

Al día siguiente llegó la noticia de que la guarnición había capitulado en los siguientes términos: (1) la entrega de Acre con todo su contenido, barcos, provisiones y material de guerra; (2) el pago de 200 000 piezas de oro a los francos; (3) Se entregarían 1 500 prisioneros, junto con 100 prisioneros de rango; (4) se les devolvería la Vera Cruz; (5) se pagarían 4 000 piezas de oro al marqués de Montferrat.

Bajo estas condiciones, los habitantes quedarían en libertad, sin sufrir ningún tipo de acoso, y podrían llevarse consigo a sus familias y las pertenencias personales que pudieran transportar.

Condiciones como estas resultaban, naturalmente, repugnantes para el sultán, que aún estaba al frente de un poderoso ejército que no había perdido ninguna batalla desde la derrota de Ramla catorce años antes. Los términos habían sido negociados por los oficiales de Saladino, y él no los rechazó; pero se trataba del mayor revés que jamás había sufrido, y no ocultó su dolor. Al no tener ya necesidad de defender la ciudad, trasladó de inmediato su ejército a Shafraamm y esperó a los comisionados que debían organizar la ejecución del humillante tratado. Los enviados se desplazaban entre los dos campamentos y visitaban Damasco, elaborando listas completas de los prisioneros y allanando el camino para un tratado de paz permanente. Esto se prolongó durante un mes, en el que los puestos avanzados de ambos ejércitos se enfrentaban sin ningún ánimo amistoso, y en una ocasión incluso se enzarzaron en una auténtica refriega, en la que los francos fueron empujados hacia sus trincheras.

Mientras tanto, la disputa latente entre Felipe y Ricardo había vuelto a estallar; el rey de Francia padecía una fiebre, como la que acababa de llevarse por delante al conde de Flandes, y la utilizó como excusa para abandonar la cruzada y regresar a casa, donde provocaría «confusión en Normandía». Pero si, en palabras de Corazón de León, «Felipe, en contra de la voluntad de Dios y para eterna deshonra de su reino, incumplió tan descaradamente su voto», al menos dejó tras de sí la mayor parte de su ejército, al mando del duque de Borgoña, para continuar la cruzada. Los franceses, por desgracia, fueron más una fuente de debilidad que de fortaleza, pues se opusieron al rey de Inglaterra a cada paso, y en ello contaron con la cordial complicidad de Conrado de Montferrat, quien se retiró a Tiro el 1 de agosto, al comprobar que sus planes para hacerse con la corona de Jerusalén no contaban con el respaldo de Ricardo.

«Mientras el rey de Francia se apresuraba a regresar a casa, el rey Ricardo se ocupaba de la reparación de las murallas de la ciudad, construyéndolas más altas y más sólidas que antes. Él mismo recorría constantemente las murallas, animando a los obreros y albañiles, como si su única misión fuera recuperar la herencia de Dios. Seguía esperando que llegara el plazo acordado entre él y los turcos, ocupándose mientras tanto de reunir sus mangoneles y su equipaje para poder transportarlos. Una vez transcurridas tres semanas desde el plazo acordado para la devolución de la Santa Cruz y los cautivos —a la espera de ver si Saladino cumpliría su palabra—, cuando los sarracenos seguían exigiendo un nuevo aplazamiento, los cristianos comenzaron a preguntar cuándo llegaría la Santa Cruz. Uno dijo: «¡La Cruz ya ha llegado!». Otro dijo: «Se ha visto en el ejército de los sarracenos».

(El destino de la «Verdadera Cruz» es incierto. Cuando fue capturada en la batalla de Hittin, se describe la madera sagrada como engastada en oro rojo y adornada con perlas y piedras preciosas. Fue enviada primero a Damasco y luego a Bagdad, donde el califa la enterró (4 de junio de 1189) bajo el umbral del Bab en-Nuby para que fuera pisoteada por los pies musulmanes: se podía ver un trozo del oro. Sin embargo, Baha-ed-din afirma que la «Verdadera Cruz» se exhibió en el campamento de Saladino en Acre y se incluyó en el primer pago de la indemnización ofrecida. Cuando se rompieron las negociaciones, esta Cruz fue enviada a Damasco y expuesta al desprecio en la Mezquita de los Omeyas. Cabe señalar que, dado que los musulmanes consideran la historia de la crucifixión una fábula indigna, el desprecio por lo que ellos consideran una falsificación supersticiosa no implica falta de respeto hacia el nombre venerado de Jesús, a quien reverencian. Se dice que desde Damasco la Cruz fue enviada como regalo a Isaac, emperador de Constantinopla. Sin embargo, se cuenta que el obispo de Salisbury la vio en Jerusalén con permiso de Saladino en septiembre de 1192. Emoul, además, cuenta una curiosa historia sobre un soldado franco que se propuso encontrarla en el campo de Hittin, en el lugar donde él mismo la había enterrado con sus propias manos durante la batalla; pero, tras tres noches excavando, desistió de la búsqueda. El abad de San Elías, en Beyt Nuba, mostró a Ricardo otro supuesto fragmento. Sin duda, había varias «Cruces Verdaderas» —y imitaciones—.

Pero todos se vieron engañados, pues Saladino ni siquiera se había puesto a trabajar en su restauración; es más, descuidó a los rehenes, con la esperanza de obtener mejores condiciones si la mantenía en su poder. Y, mientras tanto, no dejaba de enviar frecuentes obsequios y emisarios, al tiempo que se proponía ganar tiempo con largas conversaciones y palabras ambiguas.

La Santa Cruz (o una imitación convincente) se encontraba de hecho en el campamento de Saladino, pues Baha-ed-din afirma que se mostró a algunos oficiales ingleses, quienes se postraron devotamente en el polvo. No se puede ni demostrar ni refutar que Saladino estuviera prolongando las negociaciones simplemente para ganar tiempo; pero el relato de su secretario parece auténtico y no confirma la insinuación de mala fe. Según este relato, dichos oficiales ingleses trajeron, el 2 de agosto, la aceptación por parte de Ricardo de la propuesta de Saladino de entregar a los prisioneros y el dinero especificados en el tratado, en tres plazos separados, con intervalos de un mes cada uno. El primero de estos plazos estaba listo al final del primer mes. Los oficiales enviados por los francos certificaron que las cifras eran correctas, salvo que aún no se habían incluido ciertos prisioneros especificados por su nombre. El 11 de agosto vinieron a reclamar lo que se les debía en su totalidad, y Saladino, para sortear la dificultad, dijo: «O bien nos entregáis a nuestros compañeros (los cautivos de Acre) y os lleváis lo acordado para este plazo, y nosotros os daremos rehenes para el cumplimiento de las condiciones restantes; o bien os lleváis lo que os ofrecemos ahora y nos dais rehenes que retendremos hasta que nuestros compañeros que están en vuestro poder se reúnan con nosotros». Los comisionados respondieron: «No haremos eso; pero dadnos lo que se debe para este plazo y aceptad nuestra promesa de que se os entregarán vuestros hombres». A esto Saladino no accedió; ya tenía demasiada experiencia sobre lo que valía un juramento cristiano. Evidentemente, ninguna de las partes confiaba en la otra, y la demanda natural de Saladino de alguna garantía de que el cumplimiento del tratado por su parte fuera seguido de la correspondiente liberación de los cautivos en Acre fue considerada por los cristianos como una evasiva. Si damos crédito a la declaración de Baha-ed-din, no había motivo para esta sospecha; pero, lo creamos o no, no hay excusa ni atenuante imaginable para la cruel y cobarde masacre que siguió. La horrible escena es descrita por el cronista, que no oculta su admiración:

«Se dieron entonces órdenes de decapitar a los rehenes, con la excepción de unos pocos prisioneros de más alto rango, que tal vez aún pudieran ser rescatados o intercambiados por cristianos cautivos. El rey Ricardo, siempre ansioso por destruir a los turcos, por confundir por completo la ley de Mahoma y reivindicar la de Cristo, el viernes después de la Asunción ordenó que se sacara de la ciudad a 2.700 rehenes turcos y se les decapitara. Y no hubo demora alguna. Los seguidores del rey se lanzaron adelante, ansiosos por cumplir las órdenes y agradecidos a la Gracia Divina que les permitía tomar tal venganza por aquellos cristianos a quienes estos mismos [cautivos] habían asesinado con flechas y dardos».

Cuando el puesto avanzado sarraceno situado frente a Acre vio cómo sus compatriotas eran masacrados a sangre fría ante sus propios ojos, se abalanzaron frenéticamente para impedir la matanza; pero, aunque lucharon hasta la noche, no pudieron salvarlos. «Solo se había perdonado la vida a quienes eran personas destacadas o tenían fuerza para trabajar»; y los ancianos y los débiles, al parecer incluso mujeres y niños, habían sido pasados a cuchillo sin piedad. Tras los actos casi quijotescos de clemencia y generosidad de Saladino, la crueldad del rey de Inglaterra resultará asombrosa. Pero a quienes estudian las Cruzadas no hace falta recordarles que, en esta contienda, las virtudes de la civilización, la magnanimidad, la tolerancia, la verdadera caballerosidad y la cultura refinada estaban todas del lado de los sarracenos.

Inmediatamente después de la masacre, Ricardo se dispuso a marchar por la costa hacia Ascalón, de camino a la Ciudad Santa, donde Saladino había impartido de forma tan notable la lección de la misericordia. Resultó muy difícil conseguir que los cruzados se pusieran en marcha. Nada menos que 300 000 hombres estaban bajo el mando del rey, pero abandonaron la ciudad «lentamente y de mal humor». «El pueblo, entregado a la pereza y al lujo, se mostraba reacio a abandonar una ciudad tan rica en comodidades, es decir, en los vinos más selectos y las doncellas más bellas. Muchos, por un conocimiento demasiado íntimo de estos placeres, se volvieron disolutos, hasta el punto de que la ciudad quedó contaminada por su lujo, cuya glotonería y libertinaje hacían sonrojar a los hombres más sensatos». La orden de Ricardo de que ninguna mujer, salvo las lavanderas, «que no pudieran ser motivo de pecado», siguiera al ejército, difícilmente animó el celo de estos dignos guerreros. Sin embargo, logró reunir a 100 000, a los que alineó en la víspera de San Bartolomé.

Tras la rendición de Acre, Saladino se había replegado de inmediato hacia su línea de retirada y había concentrado su ejército principal en las colinas que dominaban las dos grandes carreteras: una que conducía al este, hacia Tiberíades y Damasco, y la otra al sureste, pasando por Nazaret hasta Jerusalén. La colina de Shafraamm dominaba ambas rutas. Ricardo, sin embargo, no complació a su adversario intentando forzar los pasos; por muy audaz que fuera, no se arriesgaría a avanzar a través de colinas completamente controladas por los sarracenos. Eligió la ruta más larga, pero más segura, por la antigua calzada romana que bordea la costa, donde, si tenía al enemigo en las colinas a su izquierda, también contaba con la protección del mar y el apoyo de su flota a su derecha. Su plan consistía en descender por la costa hasta Jaffa y Ascalón y, tras establecer una base fortificada, avanzar en dirección a Jerusalén. La distancia hasta Jaffa, en línea recta, era de poco más de sesenta millas; pero había que vadear ocho ríos, el camino resultaba a menudo difícil debido a la maleza y la hierba alta, era la época más calurosa del año; y toda la ruta estaba dominada por una cadena de colinas bajas y boscosas, que ofrecían una posición estratégica a los sarracenos y que, de haber dispuesto Saladino de artillería de campaña, habrían hecho la marcha totalmente imposible. Tal y como estaban las cosas, solo la firme resolución de Ricardo de mantener a sus hombres en formación cerrada y avanzar tenazmente, sin intentar seguir a los musulmanes hacia las colinas, le salvó del desastre.

El viernes 22 de agosto, los francos cruzaron el Belus y acamparon en la orilla sur. Al amanecer del domingo, Saladino avistó las hogueras del enemigo, lo que anunciaba que estaban levantando el campamento. Al instante cargó su equipaje y partió hacia la colina de Keymun, un espolón de la cordillera del Carmelo, que dominaba la principal carretera del sur que iba desde Acre y Haifa hacia el interior de Palestina. Los destacamentos que había enviado para hostigar a los francos le informaron de que el enemigo había cruzado el Kishón y acampado en Haifa. Al parecer, no iban a marchar hacia el interior. Se desplegó una línea de tropas durante la noche para vigilar sus movimientos y, a la mañana siguiente, tras dejar un fuerte destacamento cerca del enemigo, al mando de Jurdik —un emir de confianza del antiguo estado mayor egipcio de Shirkuh—, el propio Saladino cabalgó a través de las colinas hacia Cesarea, donde comenzaban los bosques costeros y donde los francos, si se mantenían en la costa, debían establecer su siguiente campamento. Allí examinó la configuración del terreno para encontrar una buena posición para una batalla campal. «Regresó al campamento muy cansado tras la hora de la oración vespertina» y anunció que los francos seguían en Haifa y que no se podía hacer nada hasta que se definieran sus movimientos. Al día siguiente pasó revista a sus tropas y les infundió ánimo con regalos y compensaciones para aquellos que habían perdido sus bienes y caballos. El día 27 cabalgó tres veces hacia la costa, en busca de un lugar adecuado para enfrentarse al enemigo, que rodeaba lentamente el saliente de tierra formado por las estribaciones del monte Carmelo; y al día siguiente hizo avanzar al ejército para cubrir Cesarea. Se trajeron prisioneros, quienes le dijeron que los francos estaban esperando la flota que transportaba sus provisiones. Todos los prisioneros, excepto las mujeres, fueron ejecutados sin piedad: la crueldad del rey de Inglaterra no quedaría sin venganza, ni siquiera por parte de Saladino. Dieciocho francos fueron así ejecutados en un solo día.

Por fin, el día 30, llegó la noticia de que el enemigo estaba cerca. Los sarracenos seguían cerca de Cesarea, y Saladino los dispuso de inmediato a lo largo de la línea de avance. Baha-ed-din se encontraba junto a su señor, cerca del enemigo, y describe el primer enfrentamiento. Dice que los arqueros musulmanes poco podían hacer contra la armadura de los francos: «su infantería, desplegada frente a los jinetes, se mantenía firme como un muro, y cada soldado de a pie llevaba un grueso gambesón y una cota de malla, tan densos y resistentes que nuestras flechas no surtían efecto, mientras que sus ballestas herían tanto a nuestros caballos como a sus jinetes. Vi a soldados con entre una y diez flechas clavadas en el cuerpo, que seguían avanzando».

Las divisiones más cercanas a la costa, al no estar expuestas al ataque sarraceno, relevaban por turnos a los batallones de combate de la izquierda, y los caballeros se mantenían en el centro, protegidos por la infantería, sin que se les permitiera cargar. Con esta formación, los cristianos avanzaban con paso firme, luchando en el flanco izquierdo durante todo el trayecto. «Los arqueros musulmanes los acosaban e intentaban inducirlos a romper filas, pero los hombres se controlaron admirablemente y siguieron adelante, sin prisas, con sus barcos siguiéndolos a lo largo de la costa».

Este enfrentamiento es representativo de toda la marcha. Los francos avanzaban tenazmente, mientras que los musulmanes, «como torrentes de montaña que caen en cascada desde las alturas», los acosaban a cada paso. Se acercaban en pequeños grupos, intentando tentar a los cruzados para que rompieran su formación impenetrable, pero las órdenes de Ricardo eran estrictas. Sin embargo, leemos en el «Itinerario» cómo «el duque de Borgoña y sus franceses, que iban en la retaguardia, avanzaban a menor velocidad y, debido a su retraso, estuvieron a punto de sufrir una pérdida terrible. El ejército marchaba con el mar a su derecha, mientras que desde las alturas de la montaña, a la izquierda, los turcos vigilaban todos nuestros movimientos… El ejército había llegado ya a un paso estrecho por el que tenían que pasar los carros de provisiones. Allí, debido a la estrechez del camino, se produjo cierta confusión y desorden, lo que, al observarlo, los sarracenos se abalanzaron sobre los caballos de carga y los carros, matando a hombres y cabalgaduras desprevenidos, saqueando gran parte del equipaje, abriéndose paso y dispersando a quienes ofrecían resistencia, y empujándolos en huida y matanza hasta la orilla del mar. Allí ambos bandos lucharon con valiente coraje por salvar la vida. En esa ocasión, cuando un turco le cortó la mano derecha a un tal Everard, uno de los hombres del obispo de Salisbury, este, sin cambiar de expresión, empuñó su espada con la mano izquierda y, enzarzándose con los turcos, se defendió con firmeza contra todos ellos, blandiendo su arma».

Entonces el rey Ricardo acudió al rescate y «se abalanzó contra los turcos, matándolos a diestro y siniestro con su espada. No hubo vacilación alguna, sino que, a diestro y siniestro, al igual que antaño los filisteos huían ante los macabeos, así ahora los turcos se dispersaron y huyeron ante el rey Ricardo hasta alcanzar las alturas de la montaña, dejando, sin embargo, a algunos de los suyos decapitados en nuestras manos».

Ricardo, por supuesto, siempre estaba al frente en estas situaciones de emergencia, «avanzando como un jabalí» y arrancando cabezas como un indio americano arrancaba cabelleras. Saladino tampoco se quedaba atrás: a menudo se le veía cabalgando entre las primeras filas, con las flechas volando a su alrededor y solo un par de mozos con caballos de repuesto como escolta. Pero no solía luchar en persona y, desde luego, nunca se enfrentó a Ricardo en el campo de batalla.

Los días eran ahora insoportablemente calurosos, y ambos bandos sufrían mucho; los francos, poco acostumbrados al calor, se desmayaban por el camino y muchos morían de insolación. Pero mantuvieron el ánimo, y cada noche, cuando se disponían a dormir, un heraldo recorría el campamento gritando en medio de la multitud: «¡Ayudadnos, Santo Sepulcro!».

«Al oír estas palabras, toda la multitud se unía al grito, alzando las manos al cielo y, con lágrimas abundantes, suplicando a Dios ayuda y misericordia. Entonces, por segunda vez, el heraldo repetía las mismas palabras, exclamando como antes: «sanctum sepulchrum adjuva», tras lo cual todo el ejército repetía las palabras; del mismo modo, cuando gritaba en voz alta por tercera vez, todos lo imitaban con la mayor aflicción en el corazón y entre lágrimas».

Mientras tanto, Saladino había elegido por fin un lugar para una batalla campal. Estaba cerca de Arsuf, donde las colinas descienden suavemente hacia la costa; los densos bosques de robles ofrecían refugio hasta un par de millas de la playa, pero aún así había espacio para que maniobrara la caballería. Allí, si en algún sitio, se podría romper la formación cristiana y detener su avance. La noticia de que un ejército sarraceno —cuyo tamaño, según los rumores, se había exagerado hasta alcanzar los 300 000 hombres— esperaba la batalla parece haber sacudido la fortaleza de los invasores, que calculaban sus propias filas de forma más modesta, en 100 000. Así, el 5 de septiembre, Ricardo solicitó una negociación. Estaba cansado de los combates diarios y afligido por los sufrimientos y las pérdidas de sus tropas.

El-Adil salió a su encuentro; pero cuando el rey propuso que se firmara la paz a condición de que los sarracenos devolvieran toda Palestina y se retiraran a «su propio país», el hermano de Saladino interrumpió con desdén la negociación. No quedaba más remedio que dejar que la batalla decidiera el resultado. Los francos se encontraban ahora en Rochetaillie, el «Arroyo de la Hendidura» (Nahr el-Falik), a medio camino entre Cesarea y Jaffa. Allí descansaron un día, protegidos por el gran pantano de Ramadán, y el día 7 iniciaron la marcha de seis millas por el camino hacia Arsuf. Los sarracenos se habían apostado en las colinas de la izquierda, entre Rochetaillie y Arsuf. La batalla se narra con detalle en el «Itinerario»:

«El sábado [7 de septiembre], víspera de la Natividad de la Santísima Virgen María, al amanecer todos se prepararon con sumo cuidado, como si los turcos fueran a atacar de inmediato; pues sabían que el enemigo se había adelantado en nuestro camino y que la insolencia de los turcos no remitiría hasta que se hubiera librado una contienda muy encarnizada. De hecho, los turcos ya estaban ordenando a sus hombres y acercándose cada vez un poco más. Por esta razón, todos nuestros hombres se ocuparon de sus propios asuntos con mucho esmero, y las filas se dispusieron con la máxima precaución. El rey Ricardo, que era muy hábil en asuntos militares, organizó las escuadras según un esquema especial, decidiendo quién debía encabezar la vanguardia y quién cerrar la retaguardia. Con este propósito, designó doce escuadras y organizó [todo su ejército] en cinco batallones, asignando a cada uno hombres de gran destreza en la guerra: guerreros a los que no se podía encontrar mejores en la tierra si sus corazones se hubieran mantenido firmemente fijos en Dios. Aquel día, los templarios encabezaban la primera fila; tras ellos marchaban los bretones y los hombres de Anjou en el orden establecido; a continuación iba el rey Guido con los hombres de Poitou; en la cuarta fila se encontraban los normandos y los ingleses, con el estandarte real a su cargo. Los últimos en marchar fueron los hospitalarios, en orden de batalla. Esta última formación estaba compuesta por caballeros de élite divididos en escuadrones, y sus miembros marchaban tan juntos que no se podía lanzar una manzana al suelo sin que tocara a los hombres o a sus caballos. Nuestro ejército ocupaba todo el espacio entre las tropas de Saladino y la orilla del mar... El conde Enrique de Champaña montaba guardia en el flanco de las montañas, al igual que los seguidores a pie. En último lugar se disponían los arqueros y los ballesteros, que cerraban la retaguardia. Las caballerizas y las carretas que transportaban provisiones, equipaje, etc., circulaban entre el ejército y el mar para estar a salvo de cualquier ataque. Así avanzaba el ejército a un ritmo pausado para evitar que se separara...

«Se acercaba ya la tercera hora, cuando, ¡he aquí!, una horda de turcos, diez mil en total, se abalanzó rápidamente sobre nuestros hombres, lanzando dardos y flechas y armando un estruendo terrible con sus gritos confusos. Tras ellos acudieron corriendo una raza de demonios de color muy negro; por esta razón, al ser negros, no es inapropiado que se les llame la manada negra. [Luego también llegaron] aquellos sarracenos que viven en el desierto y a los que comúnmente se llama beduinos, hombres rudos, más oscuros que el humo, soldados de a pie sumamente pestilentes con sus arcos y escudos redondos —un pueblo de paso ligero y muy ávido de batalla—. Estos amenazaban constantemente a nuestro ejército. Y más allá de los que hemos mencionado, se podían ver, a lo largo del terreno más llano, falanges bien equipadas de turcos avanzando con sus diversas insignias, estandartes y emblemas. Parecían sumar más de 20 000 hombres. Sobre corceles más veloces que las águilas se abalanzaron sobre nosotros como un trueno, hasta que el polvo arremolinado por su rápida cabalgada ennegreció el aire mismo. Delante de los emires iban hombres haciendo resonar trompetas y clarines; otros llevaban tambores, otros flautas y panderetas, sonajeros, gongs, címbalos y otros instrumentos aptos para armar jaleo…

«Aquel día, nuestras propias bajas y el sufrimiento de nuestros caballos, que quedaban atravesados de parte a parte por flechas y dardos, pusieron de manifiesto la persistencia con la que el enemigo mantenía el ataque; y fue entonces cuando realmente descubrimos la utilidad de nuestros robustos ballesteros, nuestros arqueros y aquellos seguidores apiñados en la retaguardia que repelían la embestida turca lanzando constantemente sus armas tan lejos como podían. Sin embargo, a pesar de todo ello, el enemigo, al poco rato, se abalanzó de nuevo sobre ellos como un torrente de aguas, redoblando sus golpes y tan embriagado de furia que, al fin, muchos de nuestros ballesteros ya no pudieron resistir más, sino que, arrojando sus arcos y ballestas, presa del pánico ante la muerte, cedieron ante la insoportable embestida de los turcos y se abrieron paso entre las apretadas filas de nuestro ejército principal, para no quedar aislados de sus compañeros. Pero los hombres más valientes y audaces, a quienes la vergüenza impedía rendirse, se volvieron y lucharon contra los turcos con valor inquebrantable. Así, marcharon hacia atrás, ansiosos por evitar el peligro que correrían si avanzaran con demasiada confianza siguiendo el método habitual; y durante todo aquel día siguieron adelante, avanzando con cautela más que marchando, con la mirada puesta en los turcos, que los amenazaban por la retaguardia. ¡Ay! En la tensión y el amargo peligro de aquel día no había nadie que no deseara estar a salvo en casa, con su peregrinación terminada...

«Los turcos avanzaban con tal ímpetu que estuvieron a punto de aplastar las filas de los hospitalarios, quienes hicieron saber al rey Ricardo que no podrían resistir más a menos que se permitiera a sus caballeros cargar contra el enemigo:

Pero él, prohibiéndolo, les ordenó que esperaran

en una formación más cerrada y con paciencia.

Por ello, a pesar de todo el peligro en que se encontraban, aguantaron; aunque con muchos jadeos, ya que no se les permitía respirar libremente. Así prosiguieron su camino, con el calor excesivo sumándose a su esfuerzo. Cualquiera habría podido augurar que les esperaban cosas malas a un ejército tan pequeño acorralado por una hueste tan grande. Y ahora nuestros atacantes golpeaban las espaldas de nuestros hombres a medida que avanzaban, como si fueran mazos; de modo que ya no se trataba de lanzar flechas y dardos desde la distancia, sino de atravesar con lanzas o aplastar con pesadas mazas cuerpo a cuerpo: en combates mano a mano con espadas desenvainadas, mientras los golpes de los turcos resonaban como si provinieran de un yunque. La batalla se libró con mayor ferocidad en la retaguardia de los hospitalarios, pues no podían devolver el golpe al enemigo, sino que tenían que soportar pacientemente sus sufrimientos, en silencio aunque maltrechos por los garrotes, y, aunque golpeados, sin devolver los golpes. Por fin, incapaces de resistir ante una horda tan vasta, comenzaron a ceder y a empujar contra el escuadrón que tenían delante. Huyeron ante los turcos, que se desataban furiosamente a su espalda...

«Por fin, más de 20 000 turcos lanzaron una repentina y confusa embestida, golpeando cuerpo a cuerpo con garrotes y espadas, redoblando sus golpes contra los hospitalarios y presionando por todos lados, cuando, ¡he aquí!, uno de esta hermandad, Garnier de Napes, exclamó en voz alta: “¡Oh, ilustre caballero San Jorge, por qué permites que seamos así derrotados! ¡La propia cristiandad está pereciendo ahora mismo si no hace retroceder a este odioso enemigo! Acto seguido, el Maestre del Hospital se dirigió al rey y le dijo:

—Señor rey, nos vemos gravemente acosados y corremos el riesgo de ser tachados de vergüenza eterna como hombres que no se atreven a golpear en su propia defensa. Cada uno de nosotros está perdiendo su caballo en vano, ¿y por qué deberíamos seguir aguantándolo?

A lo que el rey respondió:

—Mi buen maestro, hay que soportarlo, [puesto que] nadie puede estar en todas partes.

Así pues, el Maestre regresó y se encontró con que los turcos seguían avanzando y sembrando la muerte en la retaguardia, mientras que no había ningún jefe ni conde que no se sonrojara de vergüenza».

Por fin, dos de los Caballeros Hospitalarios no pudieron soportarlo más; invocando a San Jorge, espolearon sus caballos contra los sarracenos; el resto no se quedó atrás, y escuadrón tras escuadrón giró sobre sus talones, hasta que se produjo una carga general de caballería de un extremo a otro. Baha-ed-din fue testigo de esta maravillosa carga, que estalló cuando los francos llegaron a los bosques y jardines de Arsuf.

«Yo mismo vi a sus caballeros reunirse en medio de la infantería; empuñaron sus lanzas, lanzaron su grito de batalla como un solo hombre, la infantería se abrió y se abalanzaron en una gran carga en todas direcciones —unos sobre nuestro flanco derecho, otros sobre el izquierdo y otros sobre nuestro centro—, hasta que todo quedó destrozado».

La carga se había adelantado a la señal de Ricardo, pero la maniobra no fue inoportuna, y él se apresuró a dirigirla.

«El rey Ricardo, al ver al ejército sumido en la confusión, espoleó a su caballo y se precipitó hacia el lugar, sin cejar en su carrera hasta que se abrió paso entre los hospitalarios, a quienes acudió en ayuda con sus seguidores. A continuación, se abalanzó sobre los turcos, arremetiendo contra ellos con furia y asombrándolos enormemente con los golpes mortales que asestaba. A derecha e izquierda caían ante él… Feroz y en solitario, siguió presionando a los turcos, derribándolos; ninguno de los que tocaba su espada podía escapar; pues dondequiera que iba se abría un amplio camino, blandiendo su espada por todas partes. Cuando hubo aplastado a esa odiosa raza con los constantes golpes de su espada, que los segaba como si fueran una cosecha para la hoz, los que quedaban, abrumados ante la visión de sus compañeros moribundos, comenzaron a mantenerse a mayor distancia de él; pues para entonces los cadáveres de los turcos cubrían la superficie del suelo a lo largo de media milla...

«Pero los cristianos siguieron atacando con sus espadas hasta que los turcos se debilitaron por el terror, aunque el resultado aún es incierto. ¡Oh! Cuántos estandartes y banderas de las más diversas formas, cuántos innumerables gallardetes y banderines se veían caer al suelo; sí, y otras tantas espadas de calidad esparcidas por doquier, lanzas de caña con puntas de hierro, arcos turcos y garrotes repletos de dientes afilados. En el campo de batalla se podrían haber recogido veinte o más cargas de carro de dardos, flechas y otros proyectiles. Allí se podía ver a más de un turco barbudo yaciendo mutilado y desmembrado, pero aún esforzándose por resistir con el valor de la desesperación hasta que, cuando nuestros hombres comenzaron a imponerse, algunos de los enemigos, liberándose de sus corceles, se escondieron entre los matorrales o treparon a los árboles, desde donde cayeron moribundos con horribles gritos ante las flechas de nuestros hombres. Otros, abandonando sus caballos, se esforzaban por escapar por caminos tortuosos hacia el mar, en el que se lanzaban de cabeza desde los promontorios, de unas cinco perchas de altura».

La derrota de los sarracenos la confirma su propio historiador. Baha-ed-din vio cómo el centro, la izquierda y la derecha huían en desbandada, hasta que solo diecisiete hombres permanecieron junto al estandarte, donde el tambor del sultán seguía llamando a la acción. Él mismo registra tres cargas distintas, y cada una de ellas empujó a los musulmanes más arriba por las lomas; pero, a medida que cada una se retiraba, los musulmanes se reagrupaban. Saladino permaneció imperturbable junto a su estandarte, tratando de contener el pánico y hacer que los hombres volvieran a la batalla. Por fin logró reunir a un gran número de hombres en torno a la bandera, y de los siguientes pasajes del «Itinerario» se desprende claramente que los sarracenos volvieron al ataque más de una vez.

«Los normandos e ingleses elegidos para custodiar el estandarte avanzaron gradualmente y con pasos cautelosos hacia aquella parte de nuestro ejército que estaba combatiendo, sin alejarse demasiado del campo de batalla, para que todos tuvieran un lugar seguro donde refugiarse. Por fin, tras haber terminado su matanza, nuestros hombres se detuvieron, pero los turcos continuaron su huida hasta que, al ver nuestra relajación, recuperaron el ánimo y, de inmediato, más de 20 000 de ellos se abalanzaron sobre nuestros hombres en la retaguardia, amenazándolos con garrotes con la esperanza de liberar a nuestros cautivos. Con efectos mortíferos, no cesaban de lanzar sus dardos y flechas, aplastando, cortando y magullando las cabezas, los brazos y otras extremidades de nuestros caballeros, hasta que estos se inclinaron estúpidamente sobre los arcos de sus sillas de montar. Por fin, nuestros hombres, recuperando el valor, feroces como una leona a la que le han arrebatado sus cachorros, se abalanzaron de nuevo sobre ellos, abriéndose paso entre ellos como si simplemente estuvieran desgarrando unas mallas...

«Al frente de este ejército de turcos se encontraba un emir, pariente de Saladino. Este guerrero llevaba un estandarte marcado con un emblema maravilloso, a saber, un par de calzones. Así lo llevaba, un emblema bien conocido por sus hombres. Este Tekedin perseguía a los cristianos con un odio particularmente feroz; y en esta ocasión contaba con más de 700 turcos selectos y robustos a su servicio. Habían sido seleccionados de entre los seguidores más fieles de Saladino. Cada escuadrón de este cuerpo llevaba al frente un estandarte amarillo con un gallardete de un color diferente. Y entonces, avanzando a toda velocidad, con estruendo y orgullo, se abalanzaron sobre nuestros hombres, que comenzaron a desviarse de ellos hacia el estandarte… Entonces el rey, montado en su incomparable corcel chipriota, se dirigió con su grupo de élite hacia las colinas, poniendo en desbandada a todos los turcos con los que se topaba; los yelmos tintineaban mientras el enemigo caía ante él, y las chispas saltaban del filo de su espada. Tan feroz fue su embestida aquel día que muy pronto todos los turcos se apartaron de su ataque irresistible y dejaron paso libre a nuestro ejército. Así, por fin, a pesar de sus heridas, nuestros hombres alcanzaron el estandarte, se volvieron a formar las filas y el ejército se dirigió a Arsuf, a las afueras de cuya ciudad plantó sus tiendas.

«Mientras se realizaba esta tarea, una enorme masa de turcos se abalanzó sobre nuestra retaguardia. Al oír el estruendo de la batalla, el rey Ricardo, llamando a los suyos a la lucha, soltó las riendas de su caballo y, con solo quince compañeros, se lanzó contra los turcos, gritando a voz en cuello: “Que Dios y el Santo Sepulcro nos ayuden”. Este grito lo profirió una segunda y una tercera vez y, cuando el resto de sus hombres oyeron su voz, se apresuraron a seguirle, se abalanzaron sobre el enemigo y los hicieron huir precipitadamente hasta el bosque de Arsuf, de donde habían venido anteriormente...

«Entonces el rey regresó a su campamento, y nuestros hombres, agotados por un combate tan feroz, descansaron durante la noche. Los que ansiaban el botín volvieron al campo de batalla y obtuvieron todo el que desearon. Los hombres que regresaron de este modo solían decir que habían contado treinta y dos emires a los que encontraron muertos, todos ellos abatidos ese mismo día. Consideraban que se trataba de hombres de la mayor autoridad y poder, a juzgar por sus espléndidas armas y su costoso equipamiento; y los turcos solicitaron posteriormente permiso para llevárselos debido a su rango. Además, trajeron noticias de 7.000 cadáveres turcos, por no hablar de los heridos, que, dispersos aquí y allá tras la batalla, murieron más tarde y yacían esparcidos por los campos. Pero, gracias a la protección de Dios, apenas una décima parte, o incluso una centésima, de este número cayó de nuestro lado».

Ningún emir de primer rango cayó, salvo Musik el kurdo; pero los cristianos perdieron a aquel caballero sin igual, Jaime de Avesnes, cuyo cuerpo fue hallado rodeado por quince sarracenos muertos. Un cristiano fue hecho prisionero y decapitado. Saladino quedó tan abatido por el revés que no quiso escuchar los bienintencionados consuelos de su secretario. Se sentó a la sombra de un paño —pues su tienda se había volado—, atendiendo a los heridos y cediendo sus propios caballos a los hombres que habían perdido sus monturas. Luego, el ejército siguió su camino y acampó en los verdes campos junto al río de Jaffa, a unas pocas millas del campamento enemigo, bajo las murallas de Arsuf.

La victoria del 7 de septiembre fue el mayor logro de Ricardo en Palestina, aunque se produjo en contra de sus órdenes debido a una falta de disciplina. Pero los cruzados no le dieron continuidad. Lejos de quedar abatido por el desastre, Saladino, recuperándose de su momentánea depresión, marchó al día siguiente con toda su fuerza de vuelta a Arsuf, las dispuso en orden de batalla ante el enemigo y lo desafió a reanudar la lucha. Esperó todo el día, pero los francos no se movieron. El lunes repitió su desafío y acosó al enemigo con sus arqueros, pero estos mantuvieron su obstinada reserva y lograron llegar a Jaffa sin entrar en combate general. Una vez allí, contaban con las murallas a sus espaldas, y Saladino retiró su ejército a Ramla, a una docena de millas al sureste, para controlar el camino a Jerusalén y esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. La marcha costera se había llevado a cabo, lenta y penosamente, pero con una maestría militar consumada y un éxito final.

 

CAPÍTULO XX. A LA VISTA DE JERUSALÉN.Septiembre de 1191 — julio de 1192.

 

Los francos no tenían prisa por aprovechar su victoria. Rechazaron las propuestas de batalla de Saladino y se encerraron en Jaffa durante dos meses. Habían logrado, con gran dificultad y a un ritmo de tres millas al día, abrirse paso desde Acre sesenta millas al sur, y se dispusieron a fortificar su base antes de aventurarse a abandonar la costa y la flota que hasta entonces les había proporcionado suministros y refuerzos de forma intermitente.

Los agradables huertos de Jaffa supusieron un cambio refrescante tras una dieta a base de caballos muertos, y las tropas agotadas mostraban poco entusiasmo por avanzar hacia Jerusalén. «El ejército descansó durante mucho tiempo en la comodidad y el placer; mientras, día tras día, aumentaban sus múltiples pecados, a saber, la embriaguez y el lujo. Pues las mujeres de Acre comenzaron a regresar al ejército y fueron una fuente de iniquidad que corrompió a todo el pueblo, cuyo amor por la peregrinación disminuyó a medida que se apagaba su celo religioso»; de hecho, algunas de ellas comenzaron a volver en masa a Acre, «donde pasaban el tiempo en tabernas». Ricardo, al menos, no toleró esta pereza e inmoralidad. Envió al rey Guido a Acre para que llamara a la orden a los desertores y, cuando esta súplica resultó infructuosa, acudió él mismo y pronunció «un discurso sumamente conmovedor», exhortando a los descarriados a ceñirse los lomos para la obra sagrada.

Gracias a estos esfuerzos, el ejército recuperó incluso más fuerza de la que tenía antes. Pero hasta mediados de noviembre, aparte de reforzar Jaffa y restaurar dos o tres puestos fortificados en la llanura, a unas pocas millas por el camino de Lydda, este ejército numeroso y bien equipado no logró nada. Hubo algunas escaramuzas intensas con los puestos avanzados sarracenos, que no les permitieron reconstruir el «Casal de las Llanuras» sin ser molestados, y Ricardo se entregó a su amor por la aventura y las hazañas heroicas mientras deambulaba por el país. En una ocasión, mientras practicaba la cetrería, fue sorprendido por los sarracenos mientras dormía, y podría haber sido hecho prisionero de no ser por la devoción de William de Preaux, quien, gritando en árabe que él era el «Melik», se hizo pasar ante el enemigo desprevenido por el rey de Inglaterra y fue llevado en triunfo. Pero en cuanto al objetivo de la cruzada, los francos nunca avanzaron más allá de una buena jornada de marcha por el camino a Jerusalén durante todo el tiempo que permanecieron en Palestina.

Una de las razones de la inacción de los cruzados hay que buscarla en las negociaciones de paz que se prolongaron durante todo el mes de octubre y parte de noviembre. La fuerza de Saladino, a pesar de sus pérdidas en Arsuf, seguía intacta, y su ejército controlaba el camino hacia Jerusalén. Había demostrado que no escatimaría ningún sacrificio para derrotar a su enemigo, pues inmediatamente después de su retirada a Ramla había comenzado a arrasar la ciudad fortificada de Ascalón, para impedir que sirviera de apoyo a los francos. «Por Dios», le dijo a Baha-ed-din, «preferiría perder a todos mis hijos antes que derribar una sola piedra de ella; pero es la voluntad de Dios, y de ello depende la seguridad de los musulmanes». Las labores de demolición e incendio duraron un mes entero, en medio de lamentos generales, y la población fue trasladada a Egipto y a otras tierras. La ubicación de Ascalón, como gran puerto cercano a la frontera egipcia y poderosa base de operaciones por mar y tierra para el sur de Palestina, justificaba la precaución de Saladino; pero los cristianos consideraban que el hombre capaz de destruir una ciudad tan noble no se detendría ante nada.

Pero incluso antes de que se supiera en Jaffa la destrucción de Ascalón, Ricardo ya había hecho propuestas de paz. El ejemplo de Acre sugería la posibilidad de repetir un éxito similar sin derramamiento de sangre. A la semana de la batalla de Arsuf, envió a Humphrey de Toron para sondear el terreno de cara a un acuerdo. Saladino estaba entonces ocupado desmantelando Ascalón, pero su hermano, el-Adil, que comandaba la vanguardia en Lida, tenía plenos poderes para negociar y, a partir de ese momento, se encargó en general de las negociaciones. Según Baha-ed-din, en quien debemos basarnos principalmente para esta historia diplomática, el sultán estaba ansioso por la paz, dado el estado de agotamiento de su ejército; y, de hecho, la prisa con la que arrasó Ascalón y, posteriormente, desmanteló Lida, Ramla y Natrún, por temor a que fueran tomadas y guarnecidas por el enemigo, parece casi un signo de pánico. Así, Saladino, casi tan impetuoso como Ricardo, se mostraba dispuesto a aceptar las condiciones, aunque estas incluyeran la entrega de toda la costa a los invasores; pero el-Adil era un diplomático más sensato y decidió prolongar las negociaciones al estilo ortodoxo, con el fin de ganar al menos tiempo para la demolición total de Ascalón.

Mientras se desarrollaban estos acontecimientos, un nuevo factor complicó las negociaciones, en beneficio exclusivo de los sarracenos. El 3 de octubre, Conrado de Montferrat entabló desde Tiro una correspondencia independiente con Saladino. Le ofreció romper con el resto de los cruzados, convertirse en aliado del sultán y reconquistar Acre para los sarracenos, a condición de que Sidón y Beirut se incorporaran a su dominio. Ese mismo día llegó otro embajador de Ricardo. Se trataba, sin duda, de una oportunidad diplomática inmejorable: el-Adil, que evidentemente se sentía como pez en el agua con este tipo de maniobras, comenzó a enfrentar al marqués con el rey. A lo largo de todo el mes de octubre se intercambiaron mensajes entre los dos bandos. Ricardo intuyó la traición de Montferrat y redobló sus atenciones hacia el-Adil, al que llamó «mi verdadero amigo y hermano», e instó a alcanzar un acuerdo duradero para zanjar la disputa. «Tanto los musulmanes como los francos», escribió el rey, según la paráfrasis árabe, «están agotados; todas sus ciudades están siendo destruidas; en ambos bandos se pierden vidas y riquezas. Este asunto ya ha ido demasiado lejos. La única cuestión es la Ciudad Santa, la Cruz y la tierra. En cuanto a Jerusalén, nos mantenemos firmes; no daremos marcha atrás, no, ni aunque solo quedara un solo hombre de los nuestros. En cuanto a la tierra, devolvednos la que está al otro lado del Jordán. En cuanto a la Cruz, para vosotros no es más que madera sin valor, pero para nosotros es inestimable; que el sultán sea, pues, clemente con nosotros al respecto, y habrá paz, y descansaremos de este agotador esfuerzo».

A esta súplica, Saladino respondió:

«Jerusalén es santa tanto para nosotros como para vosotros, y más aún, ya que es el escenario del viaje de nuestro Profeta y el lugar donde nuestro pueblo debe reunirse en el Día del Juicio Final. No penséis que vamos a retirarnos de allí, ni que podamos ceder en este asunto. Y en cuanto a la tierra, era nuestra desde el principio, y vosotros la invadisteis; y no la habríais tomado de no ser por la debilidad de los musulmanes que entonces la poseían; y mientras dure esta guerra, Dios no os permitirá levantar ni una piedra en ella. Y en cuanto a la Cruz, su posesión es para nosotros una ventaja estratégica, y no podemos renunciar a ella salvo en beneficio del islam».

Sin duda, el secretario ha infundido en estos despachos el tono que consideraba apropiado para cada parte, y no deben aceptarse implícitamente como copias literales; pero probablemente conservan el sentido general de la correspondencia. Su siguiente revelación, sin embargo, es más sorprendente. Dice que el 20 de octubre el-Adil le informó de las últimas propuestas del rey de Inglaterra.

Ricardo ofrecía la paz en estos términos: el-Adil debía casarse con su hermana Juana, la reina viuda de Sicilia, a quien se le concederían como dote las ciudades costeras. Acre, Ascalón y Jaffa, y viviría en Jerusalén; Saladino, por su parte, debía otorgar a el-Adil el resto de Palestina, además de lo que ya poseía en feudo, y los recién casados reinarían juntos sobre la tierra; se entregaría la Cruz; se liberaría a los prisioneros; se concederían establecimientos a los templarios y a los hospitalarios; una vez acordadas estas condiciones, Ricardo regresaría a Inglaterra.

El-Adil consideró que el plan era excelente y envió a Baha-ed-din a Saladino para obtener su consentimiento; el sultán dijo «Nam» («sí») enérgicamente tres veces, en presencia de testigos. El secretario añade que Saladino lo tomó como una broma de mal gusto por parte de Ricardo, y todo el asunto provocó evidentemente mucha hilaridad en los círculos diplomáticos. El fantástico humor de la idea llamó la atención de Sir Walter Scott, quien en *El talismán* la modificó para convertirla en una alianza proyectada entre Saladino y la imaginaria Edith Plantagenet; mientras que Lessing, en *Nathan el Sabio*, adopta la versión verdadera.

La sugerencia no es incompatible, tal vez, con el carácter de un caballero andante; pero era claramente imposible que un musulmán tan estricto como Saladino la considerara en serio. No hay duda, sin embargo, de que Ricardo entabló una cálida amistad con el-Adil. Se dice, es cierto, que Juana se negó indignada a casarse con un musulmán, y la siguiente idea de su hermano, que el-Adil se convirtiera al cristianismo, era apenas más factible. No obstante, lo invitó a su campamento el 8 de noviembre, lo agasajó suntuosamente con una cena en su propia tienda y, tras un día de gran jolgorio, se despidieron con renovado afecto. Este encuentro es la única parte de las negociaciones a la que alude el autor inglés del «Itinerario», quien lamenta la habilidad con la que el-Adil (o, como él lo llama, «Saphadin», es decir, Seyf-ed-din) «engañó al rey desprevenido con sus discursos ingeniosamente elaborados, hasta tal punto que parecía que hubieran entablado una amistad íntima entre ellos». Pues el rey accedió a recibir los obsequios de Saphadin, y constantemente iban y venían mensajeros entre ambos llevando pequeños regalos de Saphadin para el rey Ricardo. La conducta del rey parecía muy censurable a los ojos de sus hombres, y era un dicho común que la amistad con los gentiles era un crimen atroz. Pero Saphadin se declaró ansioso por establecer una paz firme y duradera. Así pues, el rey consideró que actuaba con sensatez al forjar una paz abierta y justa para la ampliación de los límites de la cristiandad».

El deseo de paz de Ricardo ciertamente no se vio mermado por el hecho de saber que, en el mismo momento en que recibía a el-Adil, el embajador de Conrado se encontraba en realidad en el campamento de Saladino, a pocas millas de distancia. El marqués estaba ansioso por asegurarse el apoyo del sultán en su reclamación a la corona de Jerusalén, frente al amigo y vasallo de Ricardo, el rey nominal Guido, quien había desempeñado un papel muy secundario en los acontecimientos recientes. Su embajador para este fin era el mismo ingenioso Reginaldo de Sidón que le había gastado una artimaña tan ruin a Saladino en Belfort dos años antes. El sultán, sin embargo, no le guardaba rencor, lo recibió con hospitalidad y aprobó provisionalmente la renovada propuesta del marqués de una alianza contra los cruzados, aunque pospuso una respuesta definitiva.

Esa misma tarde llegó Humphrey de Toron con nuevas sugerencias de Ricardo, en las que este reiteraba su deseo de que el-Adil fuera nombrado rey de Palestina, pero insistía en que los cristianos tuvieran una parte en Jerusalén. También con él se mostró Saladino todo complacencia y buena voluntad. A continuación, convocó un consejo y presentó las dos propuestas de tratado ante los emires. Descubrió que opinaban que, si había que hacer la paz, era mejor hacerla con Ricardo que con el marqués, porque la experiencia les había enseñado que era imposible confiar en la buena fe de los francos sirios. Las condiciones así aceptadas eran aquellas por las que el-Adil se casaría con Juana y sería gobernante de toda Palestina, tal y como se había propuesto anteriormente. La negativa de la exreina no parece haber sido considerada definitiva.

Ricardo, en su última comunicación a el-Adil, confesó que todos los cristianos le reprochaban que quisiera entregar a su hermana a un musulmán; pero que intentaría obtener la dispensa del Papa; y si eso fracasaba, entregaría a el-Adil a su sobrina en lugar de a su hermana.

La sobrina fue rechazada, pero, por lo demás, las negociaciones continuaron sobre esta base, y la visión de Reginaldo de Sidón cabalgando junto a el-Adil por las colinas entre los campamentos dio alas temporales a los lentos mensajeros de la diplomacia. Pero no parece que se hubiera llegado a ninguna conclusión definitiva cuando el invierno interrumpió las negociaciones.

Las estaciones desempeñan un papel importante en las campañas sirias. El comienzo de las lluvias obligó a Saladino a retirarse a sus cuarteles de invierno. Hasta entonces había mantenido su vanguardia en Lida, pero el ejército principal había acampado en las colinas, últimamente en Tell Jezer, al oeste de la carretera de Ramla, en busca de forraje. Estas tropas se retiraron entonces a Jerusalén, desde donde, al cabo de un tiempo, los contingentes más lejanos fueron despachados gradualmente a sus hogares tan pronto como se les pudo prescindir con seguridad. Saladino tenía gran fe en la protección que ofrecía el barro, pero Ricardo aún tenía que aprender las virtudes de un invierno sirio. En diciembre, los cruzados emprendieron su famosa marcha hacia la Ciudad Santa, meta de toda su peregrinación. Se aventuraron hasta Ramla, a nada menos que once millas de su base en Jaffa, y tras esperar allí seis semanas, en una ciudad en ruinas, expuestos a constantes ataques de los puestos avanzados de Saladino, se armaron de valor para adentrarse siete u ocho millas más, hasta Beyt Nuba; y entonces, casi a la vista de Jerusalén, dieron media vuelta y regresaron.

El «Itinerario» narra esta trágica historia. Tras describir la demora en la ciudad en ruinas de Ramla y las peligrosas aventuras del conde de Leicester y otros caballeros, continúa:

«Nuestro ejército partió en orden de marcha hacia el Casal de Betenoble [Beyt Nuba], donde nos vimos afectados por una lluvia torrencial y un tiempo adverso, a causa de lo cual murieron muchísimas de nuestras bestias de carga. De hecho, tan grande fue la tempestad y tal el aguacero y las lluvias torrenciales, acompañados de ráfagas de vientos violentos, que las estacas de [nuestras] tiendas fueron arrancadas y arrastradas por el viento, mientras que nuestros caballos perecieron de frío y humedad. Gran parte de nuestra comida y nuestras galletas también se echaron a perder; y la carne de cerdo, comúnmente llamada tocino, se pudrió. Nuestras armaduras y corazas se cubrieron de óxido y no fue posible devolverles su brillo original por mucho que las frotáramos; la ropa comenzó a desgastarse y muchísimas personas, debido a la larga estancia en tierra extranjera, perdieron la salud y padecieron graves dolencias. Solo este consuelo les sostenía: la esperanza de que, por fin, estaban a punto de visitar el Sepulcro del Señor; pues deseaban sobremanera ver la ciudad de Jerusalén y concluir su peregrinación...

«Pero los hombres más sensatos no se dejaron llevar por el celo demasiado precipitado del pueblo llano. Los templarios, los hospitalarios y los fullani, que tenían una visión más aguda del futuro, disuadieron al rey Ricardo de dirigirse hacia Jerusalén en ese momento; porque, según decían, si sitiaba la ciudad y se dedicaba con todas sus fuerzas a capturar a Saladino y a todos los turcos encerrados en ella con él, el ejército turco que se encontraba en las alturas de las montañas a las afueras lanzaría ataques repentinos. Así, en cada combate se correría un doble peligro: el del enemigo dentro de Jerusalén y el del enemigo fuera. Además —continuaron—, aunque lograran conquistar la ciudad, su éxito no serviría de mucho a menos que contaran con guerreros muy valientes a quienes pudieran confiar la custodia de la ciudad. Y no creían que eso fuera probable, pues, en su opinión, la gente mostraba un gran afán por terminar su peregrinación, con el fin de poder regresar a casa sin demora, ya que se encontraban indescriptiblemente agotados por lo que habían soportado».

Estos prudentes consejos prevalecieron, para «gran pesar del pueblo llano; todos gemían y suspiraban al ver cómo la querida esperanza de su corazón de visitar el Sepulcro del Señor se desvanecía tan repentinamente… Maldijeron el retraso y a quienes habían provocado tales contratiempos». Pero el decreto ya se había promulgado, y la multitud fue conducida con tristeza, entre nieve y granizo, de vuelta a las miserables ruinas de lo que en otro tiempo fue Ramla. Esto ocurrió antes de la fiesta de San Hilario, que se celebra el 13 de enero.

«Ahora bien, mientras el ejército permanecía en Ramla sumido en la más profunda aflicción, muchísimos comenzaron a desertar, ya fuera por aversión a la agotadora marcha o por indignación. Debido a ello, el ejército se vio mermado en no poca medida; pues la mayor parte de los franceses se marcharon airados a Jaffa, donde permanecieron a sus anchas. Algunos también se dirigieron a Acre, donde no escaseaba la comida. Otros aceptaron la urgente invitación del marqués de Tiro; mientras que algunos, en su ira e indignación, acompañaron al duque de Borgoña cuando se desvió hacia el Casal de las Llanuras, lugar en el que permaneció ocho días».

Con el fin de remediar este deplorable fracaso y devolver el ánimo al ejército, Ricardo ideó un plan para reconstruir Ascalón y devolverle su antiguo poder como gran bastión cristiano. En otras circunstancias, la estrategia habría sido admirable, pero una marcha invernal no era el recurso más alentador que se pudiera haber concebido. Ricardo y Enrique de Champaña condujeron al desanimado y mermado ejército hasta Ibelín.

«Los caminos les resultaron tan pantanosos y arcillosos que, a la hora de montar las tiendas, no podían pensar en otra cosa que en cómo descansar mejor sus cabezas agotadas. En Ibelin permaneció una noche, agotado por el dolor y el esfuerzo, de una forma que ninguna lengua ni pluma puede describir. Al amanecer, el ejército avanzó en orden, precedido por aquellos cuya tarea era montar las tiendas. Pero el sufrimiento del día anterior no fue nada comparado con la marcha de ese día. Pues, mientras nuestros hombres avanzaban con paso pesado y cansado, la nieve amarga les azotaba el rostro, caían gruesos granizos y una lluvia torrencial los envolvía. El terreno pantanoso también cedía bajo sus pies; el equipaje, los caballos y los hombres se hundían en los pantanos, y cuanto más forcejeaban, más se atascaban… Tan maltrechos, tan cansados y tan agotados, maldiciendo el día en que nacieron y azotándose a sí mismos, llegaron por fin a Ascalón, solo para encontrarla tan arrasada por los sarracenos que apenas pudieron atravesar las puertas por encima de los montones de piedras».

La reconstrucción de Ascalón y las dificultades con los franceses y con Conrado de Montferrat ocuparon los cuatro meses siguientes, y no se hizo ningún intento de hostigar a los sarracenos. En Acre estalló una guerra civil; el duque de Borgoña y los franceses volvieron a desertar; y, para colmo, el prior de Hereford llegó desde Inglaterra con la noticia de que el reino se veía minado por la opresión de Juan, quien estaba usurpando abiertamente la soberanía. Ante esto, Ricardo declaró que debía regresar a casa para ocuparse de su propio reino; pero, dado que nadie se quedaría para continuar la cruzada a menos que hubiera un líder, y había dos aspirantes a la corona, hizo que el pueblo eligiera a su rey. Sin vacilar, todos y cada uno eligieron al marqués de Montferrat, y Ricardo dio su consentimiento a regañadientes. El impopular viudo de Sibilla, que hasta entonces había ostentado, aunque no disfrutado, el título, fue compensado con el reino de Chipre. Su suplantador tuvo menos suerte. Apenas había alcanzado Conrado su ambición cuando fue asesinado repentinamente por dos emisarios del jeque de los Asesinos (27 de abril). Enrique de Champaña le sucedió como rey por aclamación general.

Mientras todo esto sucedía en la costa, Saladino había pasado el invierno tranquilamente en Jerusalén, tras despedir a su ejército para que regresara a sus hogares. Los francos seguían manteniendo correspondencia con él, pues Conrado no había interrumpido las negociaciones durante los meses de invierno. De hecho, en abril se firmó una alianza ofensiva y defensiva, cuyos detalles revisten escaso interés, ya que el marqués-rey fue asesinado inmediatamente después. Pero el tratado, tal y como lo resume Baha-ed-din, contiene una referencia a un acuerdo ya existente entre Saladino y Ricardo, lo que probablemente explica una cierta visita misteriosa de Esteban de Tumham a Jerusalén. Esteban se quedó atónito al ver a los enviados del marqués, Baliano de Ibelín y Reginaldo de Sidón, «dos miserables intermediarios», saliendo de la ciudad. Al parecer, se trataba de un encuentro entre griegos. El digno Esteban era probablemente él mismo un «intermediario», pues el secretario árabe menciona un mensaje recibido hacia marzo del rey de Inglaterra en el que se solicitaba una entrevista con «mi hermano» el-Adil, con vistas a un tratado.

El-Adil partió en esta misión el 20 de marzo, con instrucciones precisas. Estaba facultado para celebrar un tratado de paz que incluyera la división del país, la entrega de la Cruz, con el derecho de peregrinación a Jerusalén y de establecer sacerdotes en la Iglesia de la Resurrección; si el rey insistía en la cesión de Beirut, debía obtenerla, pero solo con la condición de que fuera destruida.

Hasta ahí podía llegar el-Adil en sus concesiones. Cuando llegó a la llanura de Acre, Ricardo estaba a punto de regresar a Ascalón, pero las condiciones del tratado se acordaron a través de un intermediario, Abu Bekr, el chambelán, y el-Adil regresó a principios de abril, habiendo aparentemente tenido éxito en su misión. Jerusalén se dividiría entre los cristianos y los musulmanes, pero estos últimos conservarían la sagrada Cúpula de la Roca. Que el tratado no se ratificó resulta obvio a la luz de los acontecimientos posteriores; pero una prueba de la extraordinaria amistad que existía entonces se encuentra en las asombrosas palabras del «Itinerario»: «El Domingo de Ramos [29 de marzo], el rey Ricardo, en medio de gran esplendor, ciñó con el cinturón de caballería al hijo de Saphadin, que había sido enviado a él con ese fin».

Cuesta creer que, tras una muestra de amistad tan sin precedentes —casi increíble—, el rey se aprovechara de un rumor sobre las dificultades temporales de Saladino con un sobrino rebelde en Mesopotamia para posponer la conclusión de la paz, con la esperanza de presenciar una guerra civil entre los sarracenos. Sin embargo, es indiscutible que, en mayo, a pesar de un tratado prácticamente ratificado, Ricardo volvió a pasar a la ofensiva y, navegando por la costa, sitió el castillo de Darum, donde los cruzados demostraron lamentablemente que no habían perdido nada de su habitual crueldad al tratar con los musulmanes vencidos:

«A aquellos turcos que nuestros hombres encontraron resistiendo en las almenas los arrojaron al foso para que quedaran hechos pedazos. El número de turcos muertos en las distintas partes del castillo ascendió a sesenta. Los que se habían refugiado en la torre, al ver que estaban perdidos… se entregaron a la esclavitud perpetua el viernes anterior al Domingo de Pentecostés… La noche del viernes, el rey ordenó a sus hombres que vigilaran a los turcos que aún permanecían en la torre hasta la madrugada del sábado. Luego, en la víspera de Pentecostés, los turcos, al bajar de la torre por orden del rey, tuvieron las manos atadas tan fuertemente a la espalda con correas de cuero que rugían de dolor. Eran trescientos, sin contar a los niños pequeños ni a las mujeres. Así, antes de que llegaran los franceses, y con la ayuda únicamente de sus propios hombres, el rey Ricardo tomó noblemente posesión de Darura tras un asedio de cuatro días».

La toma de Darum animó tanto a los cruzados, poco acostumbrados últimamente al éxito, que se atrevieron a realizar una incursión a través de la llanura hasta Ibelin de los Hospitalarios (Beyt Jibrin), y en junio decidieron avanzar una vez más hacia Jerusalén. Tras partir de Ascalón el día 7, Ricardo marchó por Blanche Garde y «Toron de los Caballeros» (Natrun), y acampó una vez más cerca de Betenoble, donde se le unieron los franceses. Allí, todo el ejército esperó un mes al nuevo rey, Enrique, y durante esa demora Ricardo recorrió el país en busca de aventuras. Una vez, «al día siguiente de San Bernabé», mientras perseguía acaloradamente a unos sarracenos por las colinas, alzó la vista y, de repente, contempló la Ciudad Santa a lo lejos; o, según otros, no quiso verla, sino que, sosteniendo su escudo de armas ante su rostro, lloró y rezó: «Oh, justo Señor Dios, te ruego que no me dejes ver tu Ciudad Santa, si no puedo liberarla de las manos de tus enemigos». Pero Jerusalén no iba a ser liberada por su espada.

Mientras los cruzados se demoraban en Beyt Nuba, su enemigo ganaba fuerzas día a día. Los contingentes provinciales de Saladino comenzaron a regresar de sus hogares tras el fin del invierno y se unían a sus filas por miles. Dolderim, señor de la antigua fortaleza de los Courtenay en Turbessel, fue el primero en llegar con sus turcomanos a finales de mayo; otros le siguieron de cerca.

Se llevaron a cabo minuciosos preparativos para la defensa de Jerusalén, y el propio Saladino sacó a las tropas ligeras para entablar escaramuzas con el enemigo. Ambos bandos obtuvieron éxitos en estos enfrentamientos, pero el 23 de junio la pérdida de una importante caravana procedente de Egipto, cargada de tesoros, provisiones y armas, supuso el peor golpe que recibieron los musulmanes. Tras esto, con miles de animales de carga frescos a su disposición, Saladino no dudó de que los cruzados marcharían sin demora hacia la Ciudad Santa, y se dispuso a destruir los pozos y cisternas de los alrededores, hasta que no quedó ni una gota de agua apta para beber. Pero el enemigo seguía vacilando.

El miércoles por la noche, 1 de julio, se celebró en Jerusalén un consejo lleno de inquietud. Incluso asistió Abu-l-Heyja «el Gordo», aunque caminaba con dificultad y tuvieron que proporcionarle una silla en la tienda del sultán. Se ordenó a Baha-ed-din que se dirigiera a los emires reunidos, y este «habló según le inspiró Dios», instándoles a la guerra santa. Saladino permaneció mucho tiempo sumido en sus pensamientos; luego dirigió un breve y ferviente llamamiento a los soldados: «Las vidas, los hijos y las posesiones de los musulmanes dependen de vosotros», dijo; «si falláis, lo cual Dios no permita, enrollarán la tierra como un pergamino... Los musulmanes de todo el país dependen de vuestro valor. Wa-s-Selam». Entonces, el Balafre, recientemente rescatado de su prisión en Acre, tomó la palabra:

«Oh, Maulana, somos tus mamelucos y tus esclavos. Has sido generoso con nosotros y nos has hecho grandes y poderosos; nos has dado y nos has enriquecido; solo tenemos nuestros cuellos que ofrecer, y están en tus manos. ¡Por Dios, ni uno solo de nosotros dejará de ayudarte hasta que muramos!».

Todos los emires dijeron lo mismo, y Saladino se sintió reconfortado.

El jueves transcurrió entre intensos esfuerzos para que no se descuidara ningún medio de defensa, y después de haber rezado juntos la oración de la tarde, Saladino y su secretario pasaron la noche en una consulta llena de inquietud. El sultán estaba muy inquieto; había opiniones divididas entre sus oficiales sobre la mejor manera de hacer frente al ataque; y los kurdos y los turcos no colaboraban bien entre sí. Al amanecer seguía deliberando. Era viernes, y en la mezquita rezó con más fervor que nunca, en voz baja, mientras sus lágrimas caían sobre la alfombra. Sentía que, en cualquier momento, el enemigo podría estar a las puertas y Jerusalén podría caer —«la Ciudad Santa por la que sentía un cariño inefable»—.

Esa tarde llegó un despacho del viejo Jurdik, que comandaba la vanguardia: «El enemigo ha salido a caballo y ha tomado posición en la colina, y luego ha regresado al campamento». A la mañana siguiente (sábado 4) llegó otro mensaje: los exploradores de Jurdik se habían enterado de que había disensión en el campamento cristiano; unos estaban a favor de seguir adelante, otros de volver; los franceses declararon que habían abandonado su país por el bien de Jerusalén y que no volverían sin recuperarla; el «Inkitar» (inglés) había señalado que todos los pozos estaban contaminados y que no había agua; finalmente, se nombró un jurado para decidir la cuestión.

Los exploradores decían la verdad: otro episodio de vacilación fatal se había apoderado de los cruzados y, en medio de la confusión de opiniones, la decisión se había dejado en manos de un jurado compuesto a partes iguales por caballeros del Templo y del Hospital, franceses y francos sirios. Decidieron abandonar el avance hacia Jerusalén, que ya estaba casi a la vista, y recomendaron marchar hacia El Cairo —¡a 250 millas de distancia, atravesando el desierto! Los caballeros franceses protestaron en vano.

Al día siguiente se encontraban en plena retirada. El sultán salió a caballo al frente de sus hombres para contemplar aquel maravilloso espectáculo. El júbilo era indescriptible. El peligro había pasado, y Saladino sintió que sus oraciones habían sido realmente escuchadas. La Ciudad Santa se había salvado.

 

CAPÍTULO XXI. LA ÚLTIMA BATALLA EN JAFFA.1192.

 

Apenas se habían retirado los cruzados, cuando se anunció la llegada de un embajador de Enrique, «rey de Jerusalén», ante Saladino. Este envió a informar al sultán de que el rey de Inglaterra le había cedido todas las tierras que había conquistado en la costa:

«Devuélveme, pues, mis [otras] tierras», fue su modesta petición, «para que pueda hacer las paces contigo y convertirme en uno de tus hijos». Saladino se sintió tan furiosamente indignado ante esta exigencia, que se producía poco después de una retirada ignominiosa, que apenas pudo contenerse para no agredir al embajador. Se controló con esfuerzo y despidió al enviado el 6 de julio con la respuesta de que, como sucesor del marqués, Enrique debía ajustarse al acuerdo de Conrado, y que nada más allá de Tiro y Acre podía ser objeto de discusión. Tres días más tarde llegó otro mensaje, muy diferente, del propio Ricardo, en el que recomendaba a «el hijo de su hermana, el conde Enrique», a la benevolencia de Saladino, e instaba a llegar a un acuerdo con espíritu amistoso y conciliador.

El consejo del sultán estaba totalmente a favor de la paz, y se envió una respuesta amistosa: Saladino trataría a Enrique «como a un hijo», cedería la Iglesia de la Resurrección a los cristianos y dividiría el país; la costa pertenecería a los francos, las colinas a los sarracenos, como hasta entonces, y las tierras intermedias se repartirían a partes iguales entre ambos; pero Ascalón sería demolida y no pertenecería a ninguna de las partes. Sin embargo, en pocos días llegaron una tercera y una cuarta embajada, con un regalo de halcones de parte de Ricardo; su objetivo era discutir los detalles y, sobre todo, conservar Ascalón. Saladino, no obstante, se mantuvo firme; ofreció Lida a cambio, pero Ascalón debía ser inevitablemente desmantelada. En este escollo naufragaron las negociaciones. Ricardo se negó a permitir que se derribara ni una sola piedra de Ascalón.

El rey de Inglaterra y la mayor parte de su ejército se habían retirado a Acre, donde se preparaban con impaciencia para regresar a Europa, hartos de la campaña militar. Ricardo tenía la intención de embarcar en Beirut, ciudad que se proponía tomar por sorpresa. Saladino, al enterarse más de la incursión que se tramaba contra su ciudad que de la travesía que seguiría, aprovechó la oportunidad para lanzar una incursión contra Jaffa. Partió de Jerusalén el 27 de julio y ese mismo día ya se encontraba ante las murallas de Jaffa. Encontró más resistencia de la que esperaba, pero tras tres días de intensos trabajos de socavación y bombardeos, en los que el propio Saladino participó activamente, se abrió una brecha en la cortina de murallas y los sarracenos se lanzaron al asalto. Se encontraron con un muro de acero; cuando caía un hombre, otro ocupaba su lugar. La constancia y el valor de la guarnición llenaron de admiración al cronista musulmán. «¡Qué soldados eran!», exclama, «¡qué intrépidos y valientes!». Al fin, sin embargo, no quedaba esperanza de mantener a raya a los sitiadores, y se acordó una capitulación en los mismos términos que en Jerusalén cinco años antes. Pero los musulmanes estaban exaltados por la batalla; no estaban dispuestos a conceder clemencia; y Saladino confesó que no podía contenerlos. «Retiraos a la ciudadela», dijo a los sitiados, «y entregad la ciudad, pues nada impedirá que los musulmanes entren».

De hecho, no era momento para que los ciudadanos pacíficos anduvieran por ahí. La ciudad estaba llena de kurdos y turcomanos desenfrenados, que recorrían las calles con la espada en la mano y saqueaban todas las casas en las que entraban: «las reservas de telas finas, el trigo en abundancia, incluso lo que quedaba del botín de la caravana egipcia… todo cayó en sus manos». No es de extrañar que algunos ciudadanos que se habían quedado rezagados fueran asesinados «por error». En una orgía de victoria, es fácil que se produzcan este tipo de errores. Mientras tanto, el sultán había recibido noticias que hacían urgente la necesidad de poner sus tropas bajo control. Los oficiales al mando del cuerpo de observación cerca de Acre comunicaron que, en la víspera misma de su partida, el rey Ricardo se había enterado de los peligros que corría Jaffa y se dirigía al rescate. Ahora era esencial tomar posesión de la ciudadela, sin la cual no se podría mantener la ciudad; pero la dificultad radicaba en sacar de allí a la guarnición y a los refugiados. Aunque se habían rendido, era poco probable que abandonaran la seguridad de sus murallas sin una fuerte presión, y los musulmanes, saciados de botín y cansados de saquear, no prestaban atención a las repetidas órdenes de Saladino. Este intentó reunir una fuerza para subir a la ciudadela hasta bien entrada la noche, pero sus palabras cayeron en saco roto.

Durante toda la noche, aquel hombre digno, el secretario Baha-ed-din, permaneció despierto, acosado por inquietantes presentimientos. Al amanecer se oyeron en el mar las trompetas de Ricardo. El rey se encontraba en Acre, a punto de embarcar hacia Inglaterra, cuando llegaron mensajeros sin aliento desde Jaffa, rasgándose las vestiduras y lamentando la situación extrema de su ciudad. Ricardo no esperó a que terminaran de hablar, sino que exclamó: «Por la vida de Dios y con Su ayuda, partiré y haré lo que pueda»; el heraldo tocó la campana de reunión; los caballeros acudieron a la llamada; y con todas las fuerzas que pudo reunir apresuradamente, el rey zarpó de inmediato. Fueron las trompetas de sus galeras las que despertaron a los sarracenos aquella mañana de sábado.

No había tiempo que perder. Saladino mandó llamar de inmediato a Baha-ed-din. Al hombre de paz, que había presenciado tantas sangrientas batallas desde el lomo de su mula, no siempre a una distancia segura, se le encomendó ahora la tarea de ayudante de campo. Mientras Saladino enviaba tropas a la costa para oponerse al desembarco de Ricardo, Baha-ed-din debía ayudar a asegurar la ciudadela y sacar a la guarnición. Debía llevarse a tres emires y recoger al príncipe ez-Zahir por el camino. Encontraron al príncipe dormido con su armadura, envuelto en su gambesón acolchado; y, aún medio dormido, montó en su caballo y se unió a los demás. Cabalgaron por las calles abarrotadas y llegaron a la ciudadela. Ante su orden de rendirse, la guarnición, que desconocía la llegada de Ricardo, obedeció y se dispuso a marcharse. Si se les hubiera permitido salir de inmediato, el desenlace podría haber sido diferente. Pero uno de los emires, el anciano Jurdik, que había servido a Saladino en la invasión de Egipto casi treinta años antes, era un hombre compasivo y declaró que no podía permitir que la gente saliera de la ciudadela hacia la multitud de musulmanes que se estaba congregando, donde serían robados y maltratados. Comenzó a hacer retroceder a la multitud para abrir un paso seguro para la retirada de la guarnición, pero las tropas estaban de muy mal humor y fuera de control. Al fin se logró sacar a cuarenta y nueve miembros de la guarnición, con sus caballos y sus esposas; pero se había perdido tanto tiempo en el tumulto que ya era casi mediodía, y mientras marchaban hacia fuera, se divisaba cerca de la costa la flota de Ricardo, compuesta por nada menos que treinta y cinco barcos y quince galeras velozes. Esta alentadora visión infundió nuevo valor al resto de los defensores, y uno de ellos se acercó a Baha-ed-din y le informó cortésmente de que habían cambiado de opinión. En pocos minutos, las murallas de la ciudadela volvieron a estar guarnecidas; y lo siguiente fue una carga de la guarnición, que expulsó a los musulmanes de la ciudad. Pronto fueron perseguidos de vuelta a la fortaleza, y el lugar fue atacado con furia; de hecho, tan desesperada era la situación, tan lento el socorro, que acababan de enviar de nuevo un mensaje a Saladino para suplicarle las mismas condiciones que antes, cuando la suerte dio un giro.

En ese mismo instante, las galeras inglesas comenzaron de repente a remar. Ricardo había estado esperando y se preguntaba por qué no veía ondear los estandartes musulmanes en las torres, y temía que la ciudadela ya hubiera caído. El ruido del mar, los alaridos de los combatientes y los gritos de guerra de los musulmanes ahogaban las súplicas de los hombres acorralados. Desembarcar frente al ejército sarraceno, si ya no quedaba nada que rescatar, era una aventura demasiado temeraria incluso para Corazón de León. En medio de esa incertidumbre y consternación, su aguda mirada divisó a un hombre que se zambullía audazmente desde el castillo al mar y nadaba con fuerza hacia la flota. Pronto lo subieron a bordo, y resultó ser un sacerdote. —¡Oh, noble rey! —jadeó—, los que quedan ansían tu llegada. Están acorralados por las espadas en alto de aquellos carniceros; tienen el cuello extendido como ovejas para el matadero; perecerán en el acto a menos que Dios les ayude a través de ti. Y le mostró al rey dónde seguía resistiendo la guarnición «frente a aquella torre». Eso bastó a Ricardo: «¡Que perezcan los que se queden atrás!», gritó, y la galera roja del rey se dirigió a toda velocidad hacia la orilla. Antes de que encallara, Ricardo ya estaba sumergido hasta la cintura en el mar; sus caballeros saltaron tras él y se abalanzaron sobre los sarracenos con todas sus fuerzas. A diestra y siniestra, el rey derribaba a los hombres con golpes de su famoso hacha danesa. Los musulmanes se dispersaron en todas direcciones, la playa quedó despejada: «ante mis propios ojos», dice el asombrado secretario, «nos expulsaron del puerto». El rey subió solo por una escalera de la casa de los templarios y, en un instante, la bandera inglesa ondeaba en las murallas, una señal de salvación para la guarnición. Estos bajaron al ataque y, al encontrarse con su libertador blandiendo su espada como solo Ricardo sabía hacerlo, todos se unieron y pronto no quedó ni un musulmán con vida en las calles.

Solo podemos especular sobre lo que Saladino estaba a punto de permitir que sucediera. Quizá se hubiera dejado engañar por la prolongada inactividad de la flota y creyera que no se atreverían a desembarcar ante sus tropas. En el momento crítico, le llamaron para que se retirara, y fue el hombre de paz quien advirtió al general del peligro que corría. «Galopé hasta el sultán», escribe el secretario, «y lo encontré con los dos enviados», que para entonces ya habían llegado desde la guarnición para negociar las condiciones. Un susurro le reveló a Saladino lo que había sucedido, pero siguió hablando para que los enviados no adivinaran la verdad.

Las multitudes de fugitivos que pasaban a toda prisa junto a la tienda no dejaron lugar a dudas, y el sultán ordenó formalmente la retirada que ya era una derrota en desbandada. Se abandonaron los grandes fardos de botín; el ejército se desvaneció hacia Yazur; solo Saladino permaneció en el lugar con una división de caballería ligera.

Así fue como Jaffa fue tomada y reconquistada en dos días.

El valiente rescate coronó la cruzada de Ricardo con un resplandor de gloria moribunda. ¡Había derrotado a un ejército musulmán con un puñado de héroes y los había puesto en fuga con solo tres caballos!

La huida había terminado, pero no la lucha. Ricardo lo sabía tan bien como cualquiera. Abu-Bekr, el chambelán, fue a visitarlo —evidentemente con propuestas de tregua— la misma noche de la derrota, y trajo consigo una curiosa anécdota. Encontró al rey, dijo, conversando con su habitual jovialidad con algunos de los emires musulmanes —prisioneros, probablemente— y relató su charla, a medio camino entre la seriedad y la burla: «¿Por qué huyó ese poderoso sultán vuestro con solo verme? Por Dios, ni siquiera llevaba armadura ni estaba listo para la batalla: ¡solo llevaba puestos mis zapatos de barco! ¿Por qué salisteis corriendo?». Luego continuó: «Dios mío, pensaba que no habría podido tomar Jaffa en dos meses… ¡y lo hizo en dos días!». Dirigiéndose a Abu-Bekr, le dijo: «Dale mis saludos al sultán y dile que le ruego, en nombre de Dios, que haga las paces. Todo esto tiene que acabar. Mi país, al otro lado del mar, está en una mala situación. Ni a nosotros ni a vosotros nos sirve de nada seguir con esto».

Saladino no rechazó la propuesta, pero limitó el ámbito de las negociaciones a la costa entre Tiro y Cesarea. No era la actitud de un general derrotado. Ricardo propuso entonces que el sultán le concediera en feudo Jaffa y Ascalón, con lo que se convertiría en su «vasallo», según la costumbre de los francos, y tanto él como sus tropas estarían al servicio de Saladino.

Dado que el rey se marcharía en breve, el vasallaje propuesto (aunque fuera cierto lo relatado) difícilmente tendría mucho valor, pero Saladino no lo rechazó por completo; ofreció ceder Jaffa y quedarse con Ascalón. El domingo llegó un embajador a Ramla, reiterando la exigencia de Ascalón. La respuesta de Saladino no se hizo esperar: «No podemos ceder Ascalón —dijo—, y vuestro rey no puede marcharse como propone sin dejar que todo el territorio que ha conquistado caiga en nuestras manos. Si él puede pasar un invierno aquí, lejos de su país y de su pueblo, cuando aún se encuentra en plena juventud y disfruta de los placeres de la vida, ¿cuánto más puedo yo permanecer aquí, tanto en invierno como en verano?». «Estoy en el corazón de mi propio país», añadió, «mis hijos y mi gente están a mi alrededor, puedo obtener todo lo que deseo. Y soy un anciano; los placeres de este mundo no significan nada para mí: los he disfrutado al máximo y he renunciado a ellos por completo... Creo en lo más profundo de mi alma que estoy realizando la mejor de las buenas obras, y no desistiré hasta que Dios conceda la victoria a quien Él quiera».

Esta negociación fracasó en la roca de Ascalón, al igual que la anterior. Es posible que su único objetivo fuera ganar tiempo, ya que el lunes se supo que unos refuerzos marchaban desde Acre en apoyo del rey. Saladino envió su equipaje a las colinas y, llevando consigo solo a su caballería, salió al encuentro del nuevo peligro. Descubrió que los francos ya se habían puesto a salvo en Cesarea; y, tras dejarlos allí, dio media vuelta y decidió hacer otro intento contra Jaffa. Los sarracenos eran ahora muy conscientes de la debilidad de la fuerza de la que habían huido el sábado, pero, aun así, prefirieron aprovechar la ventaja de la sorpresa. Un genovés que merodeaba al amanecer del miércoles (8 de agosto) oyó el relincho de los caballos y el pisoteo de los hombres, y vio el destello del acero bajo los rayos oblicuos del sol. Corrió de vuelta al campamento para dar la alarma, y los caballeros saltaron de sus lechos. No tuvieron tiempo de ponerse toda la armadura. Ricardo y muchos otros salieron sin protección para los ojos; algunos no llevaban calzones y el aire fresco de la mañana les golpeaba con frío los muslos desnudos; cada uno cogió el arma que tenía más a mano y salió al encuentro del enemigo.

El rey solo contaba con cincuenta y cuatro caballeros en total, de los cuales solo quince tenían caballos, y unos dos mil soldados robustos; pero a la cabeza de ellos se encontraban Enrique de Champaña, el conde de Leicester, Bartolomé de Mortimer, Ralph de Malo-Leone, Andrés de Chavigny, Gerardo de Furnival y muchos otros espadachines de confianza. Los sarracenos avanzaban al galope en siete divisiones, cada una de mil jinetes; pero sus lanzas traqueteaban contra una valla de hierro. Detrás de una ligera empalizada, levantada a toda prisa con estacas de tienda para entorpecer a la caballería, los francos se habían formado con una rodilla en el suelo para recibir a la caballería, con las puntas de sus lanzas firmemente clavadas en la tierra y los escudos entrelazados ante ellos. Entre cada par, Ricardo colocó a un arquero, que disparaba su ballesta por encima de los escudos; otro hombre permanecía detrás para tensar y cargar un arco de repuesto. Escuadrón tras escuadrón avanzaba atronadoramente, solo para ser frenado bruscamente por el muro de lanzas.

Durante un rato permanecieron allí como hombres paralizados, lanza contra lanza, incapaces de hacer más que gritar y maldecir, y tan cerca unos de otros que nadie soltó la cuerda del arco; luego se retiraron con aire hosco. La carga se repitió cinco o seis veces, con el mismo resultado; pero al fin, a las tres de la tarde, Ricardo hizo que sus ballesteros se abrieran paso hasta la primera línea y lanzaran una descarga de dardos contra la línea al galope. Los lanceros dejaron entonces que los arqueros pasaran entre ellos y, prosiguiendo el ataque, completaron la derrota del enemigo. En el momento de la retirada, Ricardo salió al encuentro con sus quince caballeros a caballo y se abalanzó sobre los sarracenos con su incomparable furia, partiendo cabezas y cortando miembros en todas direcciones. En el fragor de la batalla, debió de perder su caballo; pues, de repente, un turco se le acercó montado en un corcel espumante, guiando a otro; al ver al rey desmontado, Saladino le había enviado dos ágiles árabes, considerando una vergüenza que un guerrero tan valiente luchara a pie. Ricardo los aceptó con el mismo espíritu, y la batalla continuó. Mientras tanto, los musulmanes intentaron apoderarse de la ciudad por la retaguardia, pero Ricardo, con un puñado de caballeros, los expulsó; los cobardes galeotes huyeron alarmados, pero el rey los hizo volver para defender la ciudad; aquel día es un largo relato de las hazañas de Ricardo. «Velut leo ferocissimus invadit, invadendo prosternit, prostratos interficit (Como el león más feroz, ataca, derriba a sus enemigos y mata a aquellos a los que ha derribado)». Y esto no es fruto de la imaginación exagerada del cronista cristiano. Baha-ed-din admite el fracaso total del ataque musulmán, que atribuye a la clemencia mostrada hacia la guarnición de Jaffa; algunos de los soldados, dice, incluso se burlaron del sultán: «Haz que carguen tus esclavos, que derrotaron a nuestra gente el día que tomamos Jaffa». Fuera cual fuera la causa, Saladino no consiguió que sus hombres volvieran al ataque, y su secretario relata, con admiración y repugnancia, cómo el rey de Inglaterra cabalgó a lo largo de todo el frente del ejército sarraceno, con la lanza en reposo, desafiándolos, ¡y ni un solo hombre intentó tocarlo! Al final, Saladino abandonó el campo de batalla furioso y, el viernes, ya se encontraba en Jerusalén ordenando nuevas fortificaciones. Ya no confiaba en que Ricardo se marchara sin tomar la Ciudad Santa.

Al día siguiente, el sultán estaba de vuelta en el campamento cerca de Ramla, rezando por refuerzos: no podía confiar en los hombres que le habían fallado dos veces. Los refuerzos llegaron justo a tiempo: tropas de Mosul, de Egipto, los viejos mamelucos de Shirkuh, los reclutas del norte de Siria; en pocos días disponía de un nuevo ejército capaz de avergonzar a los hombres que se habían acobardado ante Jaffa. Pero no fueron necesarios. El rey de Inglaterra estaba gravemente enfermo; tanto su salud como los problemas en su país le instaban a actuar con rapidez; los demás cruzados estaban impacientes por partir; el nuevo rey de Jerusalén e incluso las dos órdenes militares se negaron a asumir la responsabilidad de las ciudades conquistadas en la costa a menos que Ricardo estuviera allí para dirigirlos: «rechazaron sus propuestas y ya no le acompañaron más»

Con tan escaso séquito y tantos amigos distanciados; postrado en un lecho de enfermo con «hordas pululantes de turcos» a su alrededor; el rey no tuvo más remedio que llegar a un acuerdo con Saladino y marcharse. El segundo fracaso en Jaffa había enseñado una lección al sultán, y ni siquiera con sus tropas frescas estaba dispuesto a llevar la guerra hasta el extremo. Ya se había luchado lo suficiente, en conciencia, y nadie podía negar que, durante cinco años, los musulmanes habían recorrido «el camino de Dios» con el celo y la resistencia de los mártires. La enfermedad del rey ablandó los corazones de Saladino y el-Adil, siempre dispuestos a la amistad con un adversario tan franco y marcial. En medio de su fiebre ardiente, Ricardo ansiaba fruta refrescante, y Saladino le enviaba constantemente peras y melocotones, así como nieve refrescante de las montañas. Se dice que el-Adil se sintió afligido por el peligro que corría el rey, y Ricardo de Devizes relata una bonita anécdota sobre una de sus visitas a la tienda del enfermo:

«Mientras tanto, bajó a ver al rey, como era su costumbre, un tal gentil Saffadin, hermano de Saladino, un viejo soldado, muy cortés y sabio, a quien la magnanimidad y la generosidad del rey habían ganado para su causa. Cuando los sirvientes del rey lo recibieron con menos alegría de lo habitual y no le permitieron hablar con su señor, él dijo: Por lo que me dice el intérprete, percibo que estáis sumidos en gran aflicción, y no ignoro la causa. Mi amigo, vuestro rey, está enfermo, y es por esta razón por la que me cerráis la puerta. Entonces, rompiendo a llorar, dijo: “Oh, Dios de los cristianos”, “si de verdad eres Dios, no puedes permitir que un hombre así, y tan necesario, muera tan pronto”

Es una lástima, pero es bastante cierto que el-Adil nunca estuvo en Jaffa durante la enfermedad del rey.

Sin embargo, fue a el-Adil, aunque yacía enfermo en Mar Samwil, a quien Ricardo recurrió en su angustia; le suplicó que negociara «las mejores condiciones que pudiera» con Saladino. «Pídele a mi hermano, el-Adil», instó a Abu-Bekr, el chambelán, «que vea cómo puede convencer al sultán para que haga la paz, y rúgale que me deje Ascalón». Pero Ascalón no iba a ser suya. Las negociaciones diplomáticas se prolongaron desde el viernes 28 de agosto hasta el miércoles siguiente; un mensajero rápido hizo de enlace entre el-Adil y los dos campamentos; y, finalmente, el 2 de septiembre de 1192 se firmó el tratado de paz por tres años. Las ciudades costeras que había conquistado, desde Acre hasta Jaffa, fueron cedidas al rey de Inglaterra; Ascalón debía ser demolida; musulmanes y cristianos podían circular libremente por los territorios de la otra parte, y los peregrinos podían visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén. Cuando el mensajero le entregó el borrador del tratado, el rey se encontraba muy enfermo y dijo: «No tengo fuerzas para leerlo, pero aquí está mi firma en el tratado de paz». Cuando la embajada acudió para la firma, Ricardo tendió la mano a cada uno de ellos, y todos le dieron su palabra. Él mismo no quiso prestar juramento, alegando que no era propio de los reyes, pero Enrique de Champaña, aunque era rey, Balian de Ibelín, los caballeros del Templo y del Hospital, y todos los presentes, prestaron juramento.

Por la tarde, los francos enviaron a sus embajadores para que el sultán ratificara el tratado, y a la mañana siguiente Saladino lo firmó, y la paz se proclamó por todo el campamento. «Fue un día de alegría: solo Dios conoce el inmenso gozo de ambos pueblos».

El rey Ricardo embarcó en Acre el 9 de octubre; pero antes de zarpar envió un mensaje a su caballeroso adversario diciéndole que, cuando terminara la tregua de tres años, volvería para liberar Jerusalén; y Saladino respondió que, si tenía que perder sus tierras, prefería perderlas a manos de Ricardo antes que a manos de cualquier otro hombre vivo. Y así se separaron, y la tierra disfrutó de paz.

 

CAPÍTULO XXII. LA PAZ. 1192-1193.

 

La Guerra Santa había terminado; la contienda de cinco años había llegado a su fin. Antes de la gran victoria de Hattin, en julio de 1187, ni una pulgada de Palestina al oeste del Jordán estaba en manos de los musulmanes. Tras la paz de Ramla, en septiembre de 1192, toda la tierra era suya, salvo una estrecha franja costera que se extendía desde Tiro hasta Jaffa. Saladino no tenía motivos para avergonzarse del tratado. Es cierto que los francos conservaron la mayor parte de lo que los cruzados habían conquistado, pero el resultado fue insignificante en comparación con el coste. A instancias del Papa, toda la cristiandad se había levantado en armas. El emperador, los reyes de Inglaterra, Francia y Sicilia, Leopoldo de Austria, el duque de Borgoña, el conde de Flandes, cientos de famosos barones y caballeros de todas las naciones, se habían unido al rey y a los príncipes de Palestina y a los indomables hermanos del Templo y del Hospital, en el esfuerzo por liberar la Ciudad Santa y restaurar el desaparecido reino de Jerusalén. El emperador había muerto; los reyes se habían marchado; muchos de sus seguidores más nobles yacían enterrados en Tierra Santa; pero Jerusalén seguía siendo la ciudad de Saladino, y su rey titular reinaba sobre un pequeño reino en Acre.

Ni siquiera toda la fuerza de la cristiandad concentrada en la Tercera Cruzada había logrado hacer tambalear el poder de Saladino. Puede que sus soldados se quejaran de los largos meses de servicio duro y peligroso, año tras año, pero nunca se negaron a acudir a su llamada y a dar la vida por su causa. Es posible que sus vasallos en los lejanos valles del Tigris se quejaran de sus constantes exigencias, pero traían lealmente a sus hombres bajo sus estandartes; y en la última batalla campal, en Arsuf, fue la división de Mosul la que más se distinguió por su valor. A lo largo de estas penosas campañas, Saladino siempre pudo contar con el apoyo de las tropas reclutadas en Egipto y Mesopotamia, así como en el norte y el centro de Siria; kurdos, turcomanos, árabes y egipcios: todos eran musulmanes y sus siervos cuando él los llamaba. A pesar de sus diferencias raciales, sus celos nacionales y su orgullo tribal, los había mantenido unidos como un solo ejército —no sin dificultad y tras dos o tres momentos críticos de vacilación—. Pero, a pesar de la deserción en Jaffa, seguían siendo un ejército unido bajo sus órdenes en el otoño de 1192, tal y como lo habían sido cuando los condujo por primera vez «por el Camino de Dios» en 1187. Ni una sola provincia se había separado, ni un solo jefe o vasallo se había rebelado, aunque las exigencias a su lealtad y resistencia eran suficientes para poner a prueba la fe más firme y agotar la fuerza de gigantes. La breve deserción, rápidamente perdonada, de un joven príncipe de su propia sangre en Mesopotamia no hace sino subrayar, por su carácter aislado, la irresistible influencia de Saladino sobre sus súbditos. Cuando terminaron las pruebas y los sufrimientos de los cinco años de guerra, él seguía reinando sin rival desde las montañas del Kurdistán hasta el desierto de Libia, y mucho más allá de estas fronteras, el rey de Georgia, el catolicós de Armenia, el sultán de Konya y el emperador de Constantinopla estaban deseosos de considerarlo amigo y aliado.

A esos aliados no les debía nada: no habían venido a ayudarle, sino a felicitarle. La lucha la libró Saladino en solitario. Salvo al final, cuando su hermano pasó a ocupar un lugar destacado en primera línea, no se puede señalar a ningún general o consejero del que se pueda decir que dirigiera, y mucho menos que dominara, al sultán. Sin duda, un consejo de guerra guiaba sus decisiones militares y, en ocasiones, se imponía a su buen juicio, como ocurrió ante Tiro y Acre, pero en ese consejo es imposible destacar una voz concreta que tuviera más peso que otra a la hora de influir en su decisión. Hermanos, hijos, sobrinos, viejos compañeros, nuevos vasallos, el astuto cadí, el cauteloso secretario, el predicador fanático… Todos participaban en el veredicto general, todos ayudaban lealmente a su señor según sus capacidades, pero ninguno de ellos olvidó jamás quién era el señor. En todo aquel tiempo angustioso, laborioso y crítico, una sola mente, una sola voluntad reinaban supremas: la mente y la voluntad de Saladino.

Cuando la lucha por fin terminó, cuando los francos habían sido empujados hasta la costa y los lugares sagrados tanto para los musulmanes como para los cristianos estaban de nuevo bajo su custodia, es muy posible que Saladino soñara con un imperio más extenso, con planes más ambiciosos. Los recuerdos de la primera gran oleada de victorias sarracenas, e incluso el reciente ejemplo de los triunfos selyúcidas, podrían haber despertado en él pensamientos de otros mundos por conquistar. Pero tales fantasías aún no estaban maduras como para perturbar su paz recién encontrada. La primera preocupación de Saladino era el descanso de sus agotadas tropas. Apenas se había firmado el tratado cuando las despidió para que regresaran a sus hogares, y los días 10 y 11 de septiembre la larga procesión de los hombres de Mesopotamia inició la alegre marcha hacia sus aldeas junto a los grandes ríos y en las tierras altas. Su siguiente preocupación fueron las abarrotadas caravanas de peregrinos cristianos que, por fin, iban a saciar el anhelo de sus almas de ver el lugar donde murió el Señor. En Jerusalén había rudos soldados sarracenos, sedientos de venganza contra los asesinos de sus parientes en la llanura de Acre; pero la escolta de Saladino en el camino y el gobierno humano del honrado Jurdik en la ciudad permitieron a los peregrinos superar todos los peligros.

El propio sultán se encontraba en Jerusalén en septiembre, cuando Hubert Walter, obispo de Salisbury, condujo la tercera de las caravanas de peregrinos a los Lugares Santos.

«A este obispo, en razón de su rectitud, su reputación de sabiduría y su gran renombre, Saladino le envió un mensaje ofreciéndole una casa sin coste alguno. Pero el obispo se negó alegando que tanto él como su comitiva eran peregrinos. Entonces Saladino ordenó a sus sirvientes que mostraran toda clase de cortesía al obispo y a sus hombres. Saladino también le envió muchos regalos de gran valor e incluso lo invitó a una reunión para ver qué tipo de hombre era en apariencia. Le mostró la Santa Cruz y permanecieron sentados juntos durante largo rato conversando de manera amistosa. En esa ocasión, Saladino le preguntó por el carácter y los hábitos del rey de Inglaterra. También le preguntó qué decían los cristianos sobre sus sarracenos. El obispo le respondió: «En cuanto a mi señor el rey, puedo decir que no hay caballero en el mundo que pueda considerarse su igual en asuntos militares, ni su par en valor y generosidad. Se distingue por poseer en su totalidad todas las buenas cualidades… Si alguien pudiera otorgar tus nobles cualidades al rey Ricardo y las suyas a ti, de modo que cada uno de vosotros estuviera dotado de las facultades del otro, entonces ni siquiera el mundo entero podría proporcionar dos príncipes semejantes. Por fin, Saladino, tras haber escuchado pacientemente al obispo, intervino: «Conozco muy bien el gran valor y la valentía de vuestro rey; pero, sin querer ser demasiado severo, a menudo se expone a peligros innecesarios y es demasiado pródigo con su vida. Por mi parte, por muy gran rey que sea, preferiría con mucho estar dotado de riqueza, siempre que vaya acompañada de sabiduría y moderación, antes que de audacia  y moderación».

«Tras una larga conversación por medio de un intérprete, Saladino invitó al obispo a pedir cualquier regalo que deseara y se lo concedería. El obispo le dio las gracias por esta oferta, suplicando que se le concediera un tiempo —hasta el día siguiente— para deliberar. Al día siguiente, pidió que se permitiera a dos sacerdotes latinos y a dos diáconos latinos celebrar el servicio divino junto con los sirios en el Santo Sepulcro. El sustento de estos sacerdotes se cubriría con las ofrendas de los peregrinos. Y es que, al visitar el Santo Sepulcro, el obispo había encontrado que los servicios se celebraban solo a medias, según la bárbara costumbre de los sirios. Hizo una petición similar para Belén y Nazaret. Se trataba de una gran petición y, según se cree, muy grata a Dios. Cuando el sultán dio su consentimiento, el obispo, de acuerdo con su petición, estableció sacerdotes y diáconos en cada lugar, inaugurando así un culto digno a Dios».

Cuatro meses antes de que se instalaran estos sacerdotes latinos, un embajador del emperador griego había presentado una petición similar a Saladino en nombre de los sacerdotes de la Iglesia ortodoxa, y había sido rechazada. Resulta curioso descubrir en el siglo XII la misma disputa por los Lugares Santos que constituyó uno de los pretextos rusos para la guerra con Turquía en 1854.

Cuando se le aseguró que el rey de Inglaterra había zarpado realmente y abandonado el país, Saladino emprendió una gira por las tierras que se habían conquistado y mantenido a tan alto precio. Visitó todas las fortalezas y ciudades principales, examinando sus defensas, dando órdenes para las fortificaciones y colocando en cada una de ellas una fuerte guarnición de caballería e infantería. En Beirut, el 1 de noviembre, recibió al príncipe de Antioquía, Bohemundo el Tartamudo, quien participó en el tratado de paz; el encuentro fue cordial, y al príncipe se le concedieron tierras en la llanura de Antioquía por un valor de 15 000 piezas de oro al año. En Kaukab —que ya no se llamaría Belvoir— se encontró con su antiguo sirviente de los primeros tiempos, Karakush, el constructor de las murallas de El Cairo, que había languidecido en la prisión de Acre desde la rendición. No hubo reproches, sino solo la bienvenida que merecía una devoción antigua y probada. El 4 de noviembre, Damasco aclamó una vez más a su sultán. Llevaba cuatro años sin cruzar sus puertas, y su recepción pública al día siguiente se vio abarrotada de viejos amigos y súbditos jubilosos. Los poetas no tenían palabras lo suficientemente raras y ricas para la gran ocasión.

Una vez más, Saladino se sentía como en casa entre sus hijos. Lo vemos sentado en su pabellón de verano, en los terrenos del castillo, rodeado de sus hijos más pequeños. Le anunciaron la llegada de unos enviados de los francos, pero cuando se presentaron ante él, sus barbas afeitadas, su pelo muy corto y sus extrañas ropas asustaron al pequeño Abu-Bekr, que se echó a llorar. El padre, pensando únicamente en el niño, despidió a los embajadores con una excusa, antes incluso de que hubieran entregado su mensaje. Allí estaban sus hijos mayores, hombres ya hechos y derechos que habían luchado en sus batallas, y con ellos y con su hermano, el-Adil, salía día tras día a cazar gacelas en las amplias llanuras que rodeaban Damasco. Pensaba en ir a La Meca en peregrinación, el deber supremo del musulmán piadoso; deseaba volver a visitar aquel Egipto que había sido su trampolín hacia el poder; pero el tiempo pasaba, y los peregrinos regresaban de Arabia, y Saladino seguía en Damasco, deleitándose con las alegrías de un hogar tranquilo.

El viernes 20 de febrero salió a caballo con Baha-ed-din para recibir a la caravana del hajj. Últimamente no se encontraba bien, y era la temporada de lluvias; los caminos estaban anegados tras las fuertes lluvias, y había cometido la imprudencia de olvidarse de ponerse su habitual gambesón acolchado. Esa noche tuvo fiebre. Al día siguiente no pudo reunirse con sus amigos para cenar, y la visión del hijo sentado en el asiento del padre hizo llorar a muchos —lo tomaron como un presagio—. Cada día el sultán empeoraba, le dolía terriblemente la cabeza y sufría internamente. Al cuarto día, los médicos le hicieron una sangría; y a partir de ese momento su estado empeoró progresivamente. La fiebre le resecaba la piel y se iba debilitando cada vez más. Al noveno día, su mente divagaba; cayó en un estado de estupor y ya no pudo tomar su medicación. Cada noche, Baha-ed-din y el canciller el-Fadil iban a verlo, o al menos a escuchar el informe de los médicos; y a veces salían con lágrimas a raudales, que se esforzaban por contener, pues siempre había una multitud a las puertas esperando ver en sus rostros cómo se encontraba el Amo. El domingo, décimo día de la enfermedad, la medicina le proporcionó algo de alivio; el enfermo bebió un buen trago de agua de cebada y rompió a sudar profusamente. «Dimos gracias a Dios… y salimos con el corazón aliviado». No fue más que el último esfuerzo. El martes por la noche, el fiel secretario y el canciller fueron convocados al castillo, pero no vieron al sultán, que se estaba apagando rápidamente. Había un clérigo con él, repitiendo la confesión de fe y leyendo la Sagrada Palabra; y cuando llegó al pasaje «Él es Dios, más allá del cual no hay otro Dios, que conoce lo oculto y lo manifiesto, el Compasivo, el Misericordioso», el sultán murmuró: «Cierto»; y cuando llegaron las palabras «En Él confío», el moribundo sonrió, su rostro se iluminó y entregó su alma a su Señor.

Saladino murió el miércoles 4 de marzo de 1193, a la edad de cincuenta y cinco años.

Lo enterraron ese mismo día en la casa del jardín de la Ciudadela de Damasco, a la hora de la oración del asr. La espada que había llevado durante la Guerra Santa fue depositada a su lado: «se la llevó consigo al Paraíso». Lo había dado todo, y hubo que pedir prestado el dinero para el entierro, incluso la paja para los ladrillos con los que se construyó la tumba. La ceremonia fue tan sencilla como el funeral de un indigente. Un paño a rayas cubría el sencillo féretro. No se permitió a ningún poeta entonar un canto fúnebre, ni a ningún predicador pronunciar un sermón. Cuando la multitud, que se agolpaba junto a la puerta, vio el féretro, se alzó un gran lamento, y la gente estaba tan desconsolada que no podía articular las palabras de la oración, sino que solo lloraba y gemía. Todos tenían los ojos húmedos, y eran pocos los que no lloraban en voz alta. Entonces cada uno se fue a su casa y cerró la puerta, y las calles vacías y silenciosas dieron testimonio de un gran dolor. Solo el secretario, que lloraba, y los miembros de la familia acudieron a rezar junto a la tumba y a dar rienda suelta a su dolor. Al día siguiente, la gente se agolpó ante la tumba, rezando, lamentándose, recitando el Corán e invocando la bendición de Dios sobre aquel que dormía bajo tierra. No fue hasta el final del segundo año cuando el cuerpo del sultán fue enterrado, gracias al amoroso cuidado de uno de sus hijos, en la capilla situada en el lado norte de la Kellasa, junto a la gran mezquita omeya, donde yace ahora. Sobre él, el fiel canciller, que pronto seguiría a su señor, escribió el epitafio: «Oh Dios, acoge esta alma y ábrele las puertas del cielo, esa última victoria que él esperaba».

«Entré en este oratorio», cuenta un biógrafo posterior, «por la puerta que da a la Kellasa y, tras recitar un pasaje del Corán sobre la tumba, invoqué la misericordia de Dios para quien yace en ella. El guardián me mostró un paquete que contenía las ropas de Saladino, y vi entre ellas un chaleco corto amarillo con puños negros, y recé para que aquella visión fuera una bendición para mí».

El sabio médico Abd-el-Latif escribió, con cierto cinismo, que, según su conocimiento, este fue el único caso en el que la muerte de un rey fue verdaderamente llorada por el pueblo. El secreto del poder de Saladino residía en el amor de sus súbditos. Lo que otros intentaban conseguir mediante el miedo, la severidad o la majestad, él lo lograba con bondad. En las memorables palabras que pronunció, poco antes de su muerte, a su hijo más querido, ez-Zahir, al despedirlo para que se incorporara a su cargo en la provincia, reveló la fuente de su propia fuerza.

«Hijo mío», le dijo, «te encomiendo a Dios Altísimo, fuente de toda bondad. Haz Su voluntad, pues en ello reside la paz. Abstente de derramar sangre; no confíes en eso, pues la sangre derramada nunca descansa. Procura ganarte el corazón de tu pueblo y vela por su prosperidad; pues es para garantizar su felicidad por lo que has sido designado por Dios y por mí. Intenta ganarte el corazón de tus emires, ministros y nobles. He llegado a ser tan grande como soy porque me he ganado el corazón de los hombres con dulzura y bondad».

La dulzura era la nota dominante de su carácter. En vano buscamos en las descripciones de la época los atributos habituales de los reyes. ¿Majestad? No se menciona, pues el respeto que inspiraba brotaba del amor, que «expulsa el temor». ¿Protocolo? Lejos de adoptar un porte imponente y formas puntillosas, ningún soberano fue jamás más afable y accesible. Le encantaba rodearse de conversadores ingeniosos, y él mismo era «una delicia con quien conversar». Conocía todas las tradiciones de los árabes, las «hazañas» de sus antiguos héroes, los pedigríes de sus famosas yeguas. Su simpatía y su interés sincero hacían que todo el mundo se sintiera a gusto, y en lugar de coartar la libertad de conversación, dejaba que la charla fluyera a tal ritmo que, a veces, uno no podía oír su propia voz. Los cortesanos de la vieja escuela echaban de menos la estricta corrección de las audiencias de Nur-ed-din, en las que cada uno permanecía en silencio, «como si tuviera un pájaro posado en la cabeza», hasta que se le invitaba a hablar. En la corte de Saladino todo era conversación animada: un murmullo de lo más poco real. Sin embargo, había límites que nadie se atrevía a traspasar en presencia del sultán. No toleraba las conversaciones indecorosas, ni se permitía ninguna irreverencia frívola o falta de respeto hacia las personas. Nunca utilizó ni permitió un lenguaje difamatorio. Mantenía su propia lengua, incluso ante grandes provocaciones, bajo un control riguroso, y su pluma no era menos disciplinada: nunca se supo que escribiera una palabra amarga a un musulmán.

El médico de Bagdad ha dejado un relato, demasiado breve, de sus primeras impresiones sobre Saladino, en el que vemos al sultán en su faceta social.

«Lo encontré —escribió Abd-el-Latif— como un gran príncipe, cuya apariencia inspiraba a la vez respeto y amor, que era accesible, profundamente intelectual, cortés y noble en sus pensamientos. Todos los que se acercaban a él lo tomaban como modelo... La primera noche que pasé con él, lo encontré rodeado de una gran multitud de hombres eruditos que debatían sobre diversas ciencias. Él escuchaba con placer y participaba en su conversación. Habló de fortificaciones, abordó algunas cuestiones jurídicas, y su discurso abundaba en ideas ingeniosas. Por entonces [1191-2] se encontraba absorto en el refuerzo de las defensas de Jerusalén, y supervisaba personalmente las obras, llegando incluso a transportar piedras sobre sus propios hombros; y todos, ricos y pobres, seguían su ejemplo, incluso Imad-ed-din el Katib y el Kady el-Fadil. Montaba a caballo antes del amanecer, supervisaba las obras hasta el mediodía y de nuevo desde la oración de la tarde hasta que regresaba a la luz de las antorchas. Luego dedicaba gran parte de la noche a organizar las labores del día siguiente».

Toda su vida fue sencilla, laboriosa y ascética. Cuando le mostraron un hermoso pabellón que se había construido para él en Damasco, apenas le echó un vistazo: «No vamos a quedarnos aquí para siempre», dijo. «Esta casa no es para quien busca la muerte. Estamos aquí para servir a Dios». Despreciaba el lujo y la autocomplacencia. Cuando descubrió que uno de sus hijos descuidaba sus obligaciones por su pasión por una esclava, reprendió severamente al libertino y lo separó de la muchacha.

«Nuestro sultán —dice Baha-ed-din— tenía un corazón muy noble, la bondad resplandecía en su rostro, era muy modesto y exquisitamente cortés». Las crónicas están repletas de su bondad. No soportaba que se azotara a sus sirvientes, en una época en la que azotar a los sirvientes era algo habitual. Si le robaban dinero, los despedía; pero aborrecía el látigo. Su indulgencia y paciencia no conocían límites, y nunca daba importancia a su propia dignidad. Baha-ed-din relata con horror cómo, cuando cabalgaban juntos hacia Jerusalén en un día lluvioso, su mula salpicó de barro al sultán; pero Saladino se limitó a reír y no dejó que el avergonzado secretario cabalgara detrás. En otra ocasión, un sirviente lanzó un zapato y casi le dio al sultán, pero este se giró sonriendo hacia el otro lado, como si no se hubiera dado cuenta. Un viejo mameluco le importunaba con una petición cuando estaba agotado por el cansancio, pero él mismo fue a buscar el tintero y accedió a la petición sin mostrar ningún signo de irritación. Los solicitantes lo rodeaban de tal manera cuando se sentaba en audiencia, que incluso pisoteaban su diván, pero él siempre recogía sus peticiones con su propia mano y atendía sus quejas, y ninguno se marchaba con las manos vacías. Todos los días recibía esos documentos problemáticos y reservaba un tiempo determinado para revisar los papeles con su secretario y responderlos con las respuestas adecuadas.

Los lunes y jueves se sentaba en el estrado, junto a los cadíes y los jurisconsultos, en el tribunal, y administraba justicia a todos los que acudían. No reclamaba ni concedía privilegios ante el tribunal, y si un hombre tenía un pleito contra uno de los príncipes reales, o incluso contra el propio sultán, debía comparecer ante el cadí como cualquier demandado corriente y someterse a la ley. Pero si Saladino ganaba el caso, vestía al demandante derrotado con una túnica de honor, le pagaba los gastos y lo despedía feliz y asombrado. De un juez así, la gente no podía temer severidad. Sin embargo, en la guerra por la fe podía mostrarse severo, casi implacable, y la lista de ejecuciones, especialmente de templarios, demuestra cómo la religión puede endurecer incluso al más apacible de los hombres. Pero no siempre fue así. Se cuenta que un prisionero franco fue llevado temblando ante Saladino y entonces exclamó: «Antes de ver su rostro tenía mucho miedo, pero ahora que lo he visto sé que no me hará ningún daño». Se marchó como un hombre libre.

En estas páginas se han recogido ejemplos de su clemencia y su bondad, pero se podrían añadir muchos más. Está la conmovedora historia de la mujer que llegó desde el campamento de los cruzados en Acre en busca de su bebé, que había sido secuestrado por la soldadesca sarracena. Los centinelas la dejaron pasar y la llevaron ante el sultán, a quien ella había acudido en busca de ayuda, «pues es muy misericordioso», le dijeron. Saladino se conmovió ante su angustia; se le llenaron los ojos de lágrimas; y ordenó que registraran el campamento hasta que la niña fuera devuelta sana y salva a su madre, y ambas fueran conducidas de vuelta a las líneas enemigas. Su amor por los niños era una hermosa faceta de su carácter. Consideraba que cada niño huérfano era su responsabilidad especial. Estaba profundamente apegado a sus propios hijos: no leemos nada sobre sus esposas; los caballeros orientales no hablan de sus esposas; pero hay muchas referencias al placer que le producían sus hijos. No les permitía presenciar actos sangrientos —una precaución bastante natural a nuestros ojos, pero muy poco común en su época—. «No deseo —decía Saladino— que se acostumbren al derramamiento de sangre, tan jóvenes como son, ni que se deleiten en quitar la vida, cuando aún no conocen la diferencia entre musulmanes e infieles». Solía enseñarles él mismo y se deleitaba, quizá más que ellos, en inculcar en sus mentes infantiles un cierto compendio de teología, que tenían que aprender de memoria.

Porque, por encima de todo, Saladino era un musulmán devoto. Su religión lo era todo para él. Solo en esto era fanático; y el único acto de severidad, no cometido en la guerra, que se le puede imputar fue la ejecución del filósofo místico es-Suhrawardy, por motivos de herejía. Saladino odiaba con un horror sagrado a todos los filósofos eclécticos, materialistas y librepensadores. Su propia fe era tan rígidamente ortodoxa como sencilla, firme y sincera. El islam, en su esencia y tal y como lo profesaba un hombre como Saladino, es una religión de noble sencillez y austero sacrificio. Decir que era riguroso en sus observancias ceremoniales es quedarse corto, salvo que su determinación por recuperar los dos meses de ayuno que se había visto obligado a omitir durante la guerra probablemente aceleró su fin. Tanto sus frecuentes enfermedades como sus arduos esfuerzos hacían que el ayuno resultara peligroso para su salud; sus médicos le advirtieron en vano, y su persistencia en este deber religioso mientras se encontraba en Jerusalén en su último año debilitó su constitución y le hizo menos capaz de resistir la fiebre mortal. Nadie era más asiduo en las cinco oraciones diarias y en la asistencia semanal a la mezquita; e incluso cuando estaba gravemente enfermo, mandaba llamar al imán y se obligaba a ponerse de pie y repetir el agotador servicio del viernes. Le encantaba que le leyeran el Corán, pero quien se lo leyera tenía que ser un experto con mucha práctica. Saladino escuchaba hasta que se le enternecía el corazón y las lágrimas le rodaban por las mejillas. Tenía esta debilidad propia de una mujer, pero no por ello deja de gustarnos por su naturaleza emotiva y sensible. «Su corazón era humilde y estaba lleno de compasión, y las lágrimas le brotaban con facilidad».

Le entristecía no haber podido cumplir nunca con el deber religioso de la peregrinación; pero, al menos, fue un benefactor para los peregrinos. Una de sus primeras medidas como soberano fue abolir los onerosos peajes que durante siglos habían supuesto una carga para los fieles que visitaban La Meca, y su última aparición pública fue para dar la bienvenida a los peregrinos que regresaban del hach (viaje a la Meca). Cuando los peregrinos lo saludaron, se notó lo radiante que se le veía. Solo le quedaba una semana de vida.

En nada mostró su celo religioso con más fervor que en el deber principal y supremo de los musulmanes: la yihad o guerra santa. Aunque por naturaleza reacio al derramamiento de sangre, e incluso poco belicoso, se convertía en un hombre diferente cuando se trataba de luchar contra los infieles. «Nunca le vi —dice Baha-ed-din— mostrar inquietud alguna por el número y la fuerza del enemigo. Escuchaba planes de todo tipo y discutía sus consecuencias sin ningún tipo de agitación ni pérdida de compostura». Solía cabalgar, como hemos visto, entre las líneas de batalla, acompañado únicamente por un paje; y en una ocasión se sentó allí a lomos de su caballo, rodeado de su estado mayor, y escuchó con calma mientras le leían en voz alta las Tradiciones sagradas frente al enemigo. Librar la guerra de Dios era para él una auténtica pasión; todo su corazón estaba volcado en ella, y a esta causa se dedicó en cuerpo y alma. Durante aquellos últimos años apenas podía hablar ni pensar en otra cosa, y sacrificó todo placer, comodidad y felicidad doméstica en su servicio. Incluso soñaba con batallas más amplias por la fe: cuando los francos fueran expulsados de Palestina —le dijo a su secretario—, los perseguiría más allá del mar y los conquistaría, hasta que no quedara ni un solo infiel sobre la faz de la tierra. «¿Cuál es la muerte más gloriosa?», le preguntó a su amigo, quien respondió: «Morir en el camino de Dios». «Entonces lucho por alcanzar la puerta de la más gloriosa de las muertes», dijo Saladino. Cuando, durante el asedio de Acre, se vio tan postrado por una dolorosa enfermedad que no podía sentarse a la mesa, se pasaba todo el día a caballo frente al enemigo; y cuando los hombres se maravillaban de su fortaleza, decía: «El dolor me abandona cuando estoy a caballo. Solo vuelve cuando desmonto». Mientras realizaba la obra de Dios, no sentía dolor alguno; pero la inactividad lo torturaba.

En aquella Guerra Santa lo dio todo: fuerzas, salud, incluso se podría decir que la vida misma. Vació su tesorería por la causa. Pero para él era natural dar, y lo hacía sin rencor, con una generosidad desmedida y con ambas manos, tan libremente cuando era pobre como cuando era rico. Comparaba el dinero con mero polvo, y detestaba negárselo a quien se lo pedía. Siempre daba más de lo que se esperaba, y nunca decía «ya le hemos dado antes». Era presa de mendigos codiciosos, y Baha-ed-din se avergonzaba de la insistencia de las peticiones que pasaban por sus manos. De haberse dejado a su aire, sus campañas se habrían arruinado por falta de fondos, pues era su norma que su intendencia pagara por las provisiones que tomaban de la gente del campo. Sus tesoreros solían mantener siempre un saldo secreto para emergencias, e incluso entonces el sultán habría vendido su última granja antes que rechazar a un pobre. Así sucedió que, cuando murió, solo se encontró un dinar de Tiro y 47 dirhams de plata en el tesoro. No dejó ni casa, ni bienes, ni tierras, ni pueblos, ni ningún tipo de propiedad personal. El gran sultán murió casi sin un céntimo. Sería difícil imaginar un carácter más desinteresado, más dedicado a fines elevados o más digno de amor. Si hubiera tenido un carácter más firme, o si hubiera sido experto en la economía prudente y la previsión ahorradora propias de una política meramente egoísta, tal vez habría fundado un imperio más duradero y unido, pero no habría sido Saladino, el arquetipo de la generosa caballerosidad.

El fiel secretario, al terminar su relato sobre la vida de su señor, escribió: «He concluido mi relato el día de su muerte; que la misericordia de Dios sea con él. Mi objetivo era merecer la compasión del Dios Altísimo y animar a los hombres a rezar por Saladino y a recordar su bondad».

 

 

CAPÍTULO XXIII. SALADINO EN LA LITERATURA ROMÁNTICA.

 

El romance inglés más famoso de la Edad Media relacionado con Saladino es el «Romance de Ricardo Corazón de León», que parece haber adquirido su forma actual a principios del siglo XIV. En este lúgubre poema encontramos a Ricardo, postrado por la enfermedad frente a Acre, exigiendo carne de cerdo con la insistencia propia de un enfermo. Sus sirvientes están desesperados, porque no es fácil conseguir carne de cerdo en un país musulmán. Un astuto caballero anciano da con un sustituto perfecto. Mata a un joven sarraceno bien alimentado, y Corazón de León considera que es una «carne de cerdo» excelente. Con un refinado gesto de hospitalidad, ofrece el nuevo plato a sus prisioneros sarracenos y los invita a un banquete de Estado, donde el plato de cada comensal está adornado con la cabeza de un amigo en particular. El propio Ricardo preside este festín pelopeo y, a modo de estímulo, trincha con elegancia la cabeza de un sarraceno. «¡Amigos!», exclama, al percibir una vacilación comprensible entre los comensales:

Amigos, ¡no seáis remilgados! Esta es la costumbre de mi casa,

que me sirvan primero, Dios lo sabe. Con cabezas de sarracenos por todas partes.

El «Romance de Ricardo Corazón de León» resulta más que satisfactorio en lo que respecta a su héroe, pero decepcionante por su vaga descripción de Saladino. Al igual que el ‘Itinerarium Regis Ricardi’, en el que quizá se basen lejanamente sus incidentes más históricos —o menos ahistóricos—, se centra por completo en las hazañas heroicas del rey Ricardo, el mejor guerrero que los hombres puedan encontrar en cualquier relato.

Cuando se enfrentó a Saladino en combate singular (lo cual, como sabemos, nunca ocurrió), el sultán sufrió una derrota estrepitosa. En la batalla de Arsuf, por ejemplo, Ricardo no dejó pasar la oportunidad de vencer personalmente a su adversario «pagano», además de poner en desbandada a su ejército:

A un soldado de a pie le quitó el arco,

 tensó una flecha hasta el gancho.

Y se la lanzó al sultán al instante,

y le atravesó el omóplato.

Ante lo cual Saladino, sumido en gran aflicción,

huyó a El Cairo: El jefe de los paganos

huyó a Babilonia, según tengo entendido.

Sin embargo, enseguida se armó de valor para volver y desafiar a Ricardo a un combate singular. Aquí se introduce, con algunas variaciones, la verdadera historia del caballo que Saladino envió a Ricardo cuando lo vio luchando a pie en Jafifa. Saladino manda llamar a su astrólogo, «un poderoso negromante», quien conjura a «dos poderosos demonios del aire» para que adopten la forma de dos corceles. Uno de ellos es enviado al rey Ricardo, y se le ordena que acuda al relincho de su compañera, la yegua que Saladino iba a montar, con lo que el rey quedaría atrapado en el momento crítico del enfrentamiento. Un ángel, huelga decirlo, advierte a Ricardo de este engaño y le indica cómo manejar al poderoso demonio con una enorme pértiga.

Allí pudieron los hombres ver, de un solo vistazo.

Cómo el rey Ricardo, el noble hombre,

se enfrentó al sultán

que se había separado de Damasco.

Su confianza residía en su yegua.

Por eso, como cuenta el libro,

su lomo estaba repleto de campanas

y su pecho, y su espalda;

y el sonido se oía a tres millas de distancia.

 

El resultado del duelo nunca estuvo en duda: nadie podía resistir el brazo de Ricardo. Pronto

asestó a Sawdon un golpe mortal.

En su escudo, a decir verdad,

estaba pintada una serpiente.

Con la lanza que Richard empuñaba.

Lo atravesó por debajo del escudo.

Ninguna de sus armas pudo resistir;

el yugo y el petral, todos reventados,

su cincha y sus estribos también;

y, para abreviar una larga historia, el poderoso sultán, atravesado por las lanzas de su adversario, se desplomó sobre la grupa de su yegua y quedó tendido en la postura más indigna, con los «pies hacia el firmamento». Sin embargo, Saladino volvió a desafiar a Ricardo en Jaffa, a cuyo embajador el Corazón de León respondió:

¡Que Dios le inflija un dolor terrible!

Y a Saladino, vuestro señor,

que el diablo lo cuelgue de una soga.

Ahora ve y dile a Saladino,

que, a pesar de su dios Apolo,

le esperaré a su debido tiempo

y si ese perro se atreve a acercarse a mí,

mi hacha será su perdición.

La famosa hacha de mano, sin embargo, el hacha danesa de dos manos de la historia de Ernoul, resultó menos letal para Saladino que para sus hijos, a dos de los cuales Ricardo mató sin pensárselo dos veces, según el romance.

En los romances franceses se encuentra un acervo mucho más rico de leyendas sobre Saladino. Por citar solo uno o dos hilos de esa madeja mítica, los «Cuentos de un juglar de Reims» dan una buena idea de las recitaciones que solían deleitar a las audiencias distinguidas en cortes y castillos, la alta sociedad del siglo XIII. De hecho, es evidente que esos mismos cuentos seguían vigentes dos siglos más tarde, como cualquiera puede comprobar consultando a Pierre Cochon. Son mucho más artísticos que el torpe romance inglés de Ricardo, y como su objetivo no era en absoluto alabar a ese héroe, ni a los británicos «caudados» —de quienes los franceses suponían que se ponían la cola entre las piernas y huían—, tuvieron que recurrir a otros personajes e incidentes para despertar y mantener el interés de sus oyentes. En materia de historia, el juglar no se detiene ante nada. Comienza las aventuras de Saladino a una edad precoz y lo vincula de manera deshonrosa con Leonor de Aquitania, que más tarde sería la reina de Enrique II y madre de Ricardo I, pero que en la época de la historia era esposa de Luis el Joven de Francia.

Explica que Leonor, cuando fue a Palestina en cruzada con su marido, se sintió muy molesta por la pereza de Luis. Este se quedó en Tiro todo el invierno (1148-1149), sin hacer más que gastar dinero, mientras Leonor caía presa de la melancolía. Sus pensamientos errantes se desviaban hacia la gallarda figura de Saladino, quien criticaba abiertamente el lujo poco guerrero del rey francés y le desafiaba en vano a salir a luchar. Eleonora quedó tan impresionada con los rumores que oía sobre la destreza y la generosidad de Saladino, que se enamoró perdidamente de él y, al buen estilo franco medieval, envió a un dragomán para decírselo, ofreciéndole convertirlo en su señor y cambiar de religión por él. Saladino, por supuesto, no podía sino sentirse encantado ante tal propuesta de una dama tan bella, con tal dote: «la plus gentis dame de crestiente et la plus riche». Enseguida envió una galeaza veloz desde Ascalón para ir a buscarla. Al no ir él mismo, demostró quizá más prudencia que galantería; pero los amantes sarracenos, sin duda, tenían su propio código de etiqueta. La galera llegó a Tiro en plena noche, y el dragomán se apresuró por un pasadizo secreto hasta la alcoba de la reina. Cuando ella oyó que la galera estaba esperando, se llenó de éxtasis: «Parfoi», dijo, «c’est bien fait». Acompañada de dos damiselas y dos cofres bien repletos de oro y plata, se apresuró hacia la orilla, cuando, justo en el momento en que se encontraba allí, «con un pie en el mar y otro en tierra», el rey, su esposo, la agarró y la trajo de vuelta. Una dama de honor chismosa había despertado al buen hombre y le había dicho que su reina se dirigía hacia Saladino, y Luis se había puesto los pantalones y la armadura justo a tiempo. Una vez a solas de nuevo en el castillo, él, como era de esperar, le preguntó por qué lo había hecho. «¡Por el amor de Dios!», exclamó la reina, «por tu cobardía: no vales ni una manzana podrida. Y he oído cosas tan buenas de Saladino que lo quiero más que a ti». Sin embargo, la enormidad de su vicio solo se aprecia plenamente cuando la historia nos informa de que, en la fecha de este romance, Saladino era un buen niño de once años que, sin duda, acudía regularmente a la escuela de la mezquita de Baalbek.

Se observará que el juglar no es muy riguroso con la cronología, y no le importa en absoluto dar un salto de 1148 a 1187 para contar la historia de la traición del conde Raimundo. Cuando Sibila coronó a su marido Guido como rey de Jerusalén, cundió un gran descontento entre la antigua nobleza de Palestina; y Raimundo de Trípoli, al parecer, se consultó con el patriarca y los barones, y conspiró contra el nuevo rey. Concertaron una entrevista secreta con Saladino y le propusieron entregarle el territorio, «car li rois est nices et mauvais, et n'apoint depouoir separ nous non». Saladino no puso ninguna objeción; al contrario, prometió a los conspiradores inmensas recompensas. «Decidnos qué garantía exigís», dijo el conde de Trípoli.

«Por Mahoma, mi dios», exclamó Saladino, «bien dicho. Todos vosotros juraréis por vuestra religión, y más aún, pues nos uniremos en sangre y beberemos la sangre de los demás en señal de amistad y unión».

Así se hizo: todos juraron por su fe y bebieron la sangre de los demás, y el complot quedó sellado. Cuando tuvo lugar la gran batalla «ante Acre», a tres leguas de la ciudad, el día de «Sant Jehan Decollace», llegó el momento de cumplir el juramento. Saladino gritó en pleno combate: «¡Conde de Trípoli, conde de Trípoli, cumple tu juramento!». Acto seguido, el conde Raimundo bajó su estandarte, y todos los demás traidores hicieron lo mismo; así, los cristianos fueron derrotados, y el rey y sus caballeros fueron enviados prisioneros a «Babilonia». Pero Saladino despreciaba a los traidores y la traición, y se conmovió ante la desgracia de Guy, al descubrir que era, en efecto, un «hombre prudente y buen caballero». Así que pronto lo liberó, junto con veinte de sus caballeros, todos bien provistos de armas y provisiones, y los envió de vuelta con sus amigos a la costa siria.

La siguiente vez que oímos hablar de Saladino es en relación con el Hospital de Acre. Ralph de Diceto atribuye la fundación de esta famosa casa de caridad a su propio capellán, un tal Guillermo, quien «de camino a Jerusalén hizo el voto de que, si llegaba sano y salvo y pronto al puerto de Acre, construiría allí, en la medida de sus posibilidades, una capilla dedicada a santo Tomás el Mártir», y al llegar allí así lo hizo, se convirtió en su prior y atendió a los enfermos. El Minstrel convierte a Saladino en su piadoso benefactor. Su fuente de información es un tío imaginario de Saladino, un hombre venerable de rostro rubicundo y una gran barba blanca que le llegaba hasta la mitad de los pies, además de una hermosa y larga trenza que le caía hasta la cintura. A pesar de estas excentricidades, tenía el aspecto de un auténtico caballero y se mostraba muy cortés al hablar de su famoso sobrino, cuando fue interrogado como prisionero en Acre en los días del alegre obispo de Beauvais.

Al parecer, Saladino había oído hablar de la caridad sin límites del Hospital y decidió poner a prueba su generosidad. Así que se vistió con ropas de peregrino, tomó un bastón de peregrino —«bourdon, escharpe et esclavine»— y se presentó en el Hospital en un estado de agotamiento extremo. Lo acogieron y lo atendieron con esmerado cuidado, pero durante tres días rechazó toda comida. El maestro temía que muriera, y se emplearon todos los medios de persuasión para convencerlo de que comiera. Al fin confesó que sentía un anhelo, el anhelo de un enfermo, por un plato en concreto. Los buenos hermanos prometieron de buen grado satisfacer su deseo. Entonces dijo que debía comer un plato de la pata delantera del caballo del Gran Maestre, y que no probaría nada más. Sin embargo, protestó diciendo que prefería morir, pues sabía lo selecto y excepcional que era aquel corcel, y lo querido que era para su amo, quien había pagado mil besantes de oro por él. Pero el Gran Maestre dijo que la vida de un hombre valía más que la de un caballo, y de inmediato envió a su favorito a la habitación del enfermo. Lo tiraron al suelo y lo ataron, y un hombre llegó con un hacha y preguntó qué pata se quería. —La pata delantera izquierda —dijeron. Entonces él blandió el hacha con ambas manos y estaba a punto de asestarle el golpe, cuando Saladino gritó:

«¡Alto! Mi deseo se ha cumplido, y ahora ansío otra carne: quiero comer carne de oveja». Así que desataron al caballo y lo llevaron de vuelta al establo, y Saladino comió cordero. Cuatro días después partió tras despedirse con gratitud y, al llegar a su propio reino, mandó redactar una carta en la que concedía mil besantes de oro, con cargo a los ingresos de Babilonia, que se pagarían al Hospital de Acre cada año el día de San Juan Bautista. Ante lo cual el Gran Maestre y los hermanos se alegraron, «pues sabían que Saladino no mentía», y las mil piezas de oro se pagaron debidamente cada año, y así se siguen pagando hasta el día de hoy. Al menos, eso es lo que contó nuestro juglar a sus oyentes del siglo XIII, y es muy probable que estos creyeran su bonita historia.

Otra historia del prisionero de cabello blanco guarda un parecido familiar con otras leyendas. El marqués de Cesarea era un hombre avaro que reducía su guarnición mientras llenaba sus arcas. Saladino le advirtió que, si seguía por ese camino, perdería la ciudad. «¡Silencio!», exclamó el marqués, «¡Puedo hacer que mil caballeros salten de mis arcas cuando me plazca!». A su debido tiempo, Saladino tomó la ciudad por asalto, y el avaro fue llevado ante él como prisionero. «Marqués, marqués», dijo el conquistador, «¿dónde están los mil caballeros que ibas a sacar de tus cofres? Por Mahoma, tu codicia te ha engañado. Nunca te has saciado de oro ni de plata, pero hoy te saciaré aún más». Entonces se fundieron oro y plata en un cubo de hierro y se los vertieron por la garganta al marqués, y así lo hicieron morir.

Existe una antigua leyenda recogida por Vincent de Beauvais y Pippin, según la cual, cuando Saladino yacía moribundo, «llamó a su abanderado y le encomendó, diciendo: Tú, que sueles llevar mi estandarte en las guerras, lleva también el estandarte de mi muerte. Y que sea un harapo miserable, que deberás llevar por todo Damasco clavado en una lanza, proclamando: “He aquí que, al morir, el rey de Oriente no pudo llevarse nada consigo salvo este trapo”».

El juglar también conoce la historia y la pone en boca de su prisionero de confianza. En esta versión, se presenta a Saladino enviando a un sirviente por todas sus ciudades, con una tira de lino en la punta de una lanza; el hombre se situaba en todas las esquinas de las calles y proclamaba estas palabras: «De su reino y de todo su tesoro, Saladino no se llevará nada, salvo estas tres codos de lino para su mortaja». La idea concuerda perfectamente con el carácter piadoso y humilde del sultán, y es una lástima que no encuentre confirmación en los registros árabes.

El prisionero dio otros detalles sobre los últimos momentos de Saladino. El sultán moribundo, dijo, pidió agua, y se la trajeron en un cuenco de plata. La tomó con la mano izquierda y, con la derecha, hizo la señal de la cruz sobre el agua, tocando el borde del cuenco en cuatro puntos opuestos, mientras decía: «Tan lejos está de aquí a allá como de aquí a allá», para despistar a quienes observaban. A continuación, se derramó el agua sobre la cabeza y el cuerpo, y pronunció tres palabras en francés, que no logramos entender, pero parecía como si se hubiera bautizado a sí mismo. «Así murió Saladino», concluye el juglar, «el mejor príncipe que jamás haya existido en el mundo pagano, y fue enterrado en el cementerio de mi señor San Nicolás de Acre, junto a su madre, que yacía allí sepultada con gran fastuosidad. Y sobre ellos hay una hermosa y alta cúpula, donde arde día y noche una lámpara de aceite de oliva, provista e iluminada por los de San Juan del Hospital de Acre, que disponen de grandes ingresos que Saladino y su madre les legaron».

Saladino yace enterrado en Damasco y, sin duda, no donó ni legó ni un solo dirham a ninguna organización benéfica cristiana. Pero la leyenda de su bautismo probablemente proviene de la historia, ampliamente aceptada, de que recibió solemnemente la Orden de Caballería cristiana. A primera vista parece increíble que un musulmán devoto, que llevaba su religión a cada uno de sus actos y consagró los últimos cinco años de su vida a la guerra santa por la fe, pudiera consentir en realizar las ceremonias propias de la iniciación cristiana a la caballería, tal y como las practicaban los cruzados. Sin embargo, el autor del «Itinerario del rey Ricardo» afirma de manera categórica, y sin una sola sílaba de sorpresa o explicación, que cuando Saladino alcanzó la madurez y estuvo en condiciones de empuñar las armas, «acudió a Humphrey de Toron, el ilustre noble de Palestina, para ser investido, y según la costumbre de los francos recibió de él el cinturón de caballero». Si se tratara de un caso aislado, tal vez podría descartarse como ficción, ya que el cronista no se encontraba entonces en Palestina. Pero más adelante, en un momento en que el autor del «Itinerario» probablemente se encontraba él mismo con el ejército cruzado, relata: «El Domingo de Ramos, el rey Ricardo, en medio de gran esplendor, ciñó con el cinturón de caballería al hijo de Saphadin, que le había sido enviado con ese fin». Así pues, parece que Saladino no solo solicitó voluntariamente la investidura de caballero de manos de Humphrey de Toron, sino que él (o su hermano el-Adil, el Saphadin de las crónicas) también envió voluntariamente a su sobrino para que fuera investido por el propio Ricardo. Naturalmente, no hay ni una palabra de esto en las historias árabes contemporáneas: si lo supieran, como buenos musulmanes, sentirían el deber de ocultar tal dolorosa recaída de su héroe y señor. Pero si tales hechos llegaran a ocurrir, Humphrey de Toron era precisamente el hombre indicado para llevarlos a cabo. Ya en 1152 había sellado un pacto fraternal con un poderoso emir sarraceno; hablaba árabe y, en 1175, ejerció su influencia para concertar una tregua entre el sultán musulmán y el rey de Jerusalén. Es posible que la amistad comenzara en 1167, cuando Saladino fue recibido con honores como invitado o rehén en el campamento de Amalarico, frente a Alejandría. Allí pudo haber adquirido una admiración por los ideales de la caballería, que sin duda puso en práctica. En Oriente también existían ritos de iniciación que podrían haber preparado su mente para la ceremonia de investidura como caballero; y el sistema feudal de los turcos, en el que se crió y sobre el que organizó su propio imperio, podría haberle sugerido una mayor asimilación de las costumbres militares de Europa.

El relato más detallado de esta sorprendente ceremonia se encuentra en el antiguo romance métrico «L’Ordene de Chevalerie». La investidura la lleva a cabo aquí Hugo, hijo de Raimundo, conde de Trípoli y (a través de su esposa) señor de Tiberíades, el mismo Raimundo cuya supuesta traición en el campo de Hattin ya se ha descrito. El joven Hugo de Tiberíades, por varias razones, era un protagonista mucho menos probable que Humphrey de Toron; pero lo interesante es la ceremonia, y no quien la oficia. Hugh de Tiberíades había sido hecho prisionero por Saladino (esto ocurrió realmente en 1179) y, antes de liberarlo a cambio de un rescate, el sultán lo llevó aparte y le suplicó, por su fe en Dios y en su reinado, que le mostrara cómo se nombraba caballero a alguien. «Beau Sire», dijo Hugo con firmeza, «no lo haré»; y explicó que, dado que Saladino carecía de bautismo y de la fe cristiana, era una locura hablar de caballería. Saladino, sin embargo, insistió en que no se le podía culpar por hacerlo bajo coacción, como prisionero, y Hugo acabó cediendo. Entonces comenzó la ceremonia. Primero le arregló el pelo y la barba al sultán.

A continuación, lo bañó; pues, dijo, al igual que el niño pequeño sale del bautismo puro de pecado, así debe purificarse simbólicamente el caballero y salir lleno de cortesía y bondad.

Saladino, que mostraba gran curiosidad por conocer el significado exacto de cada acto de la iniciación, quedó muy impresionado: «Por Dios, el más grande —exclamó—, este comienzo es hermoso». A continuación, tras acostarlo en un lecho —símbolo del descanso eterno del Paraíso—, Hugo lo vistió con vestiduras blancas, en señal de pureza, y luego con otras escarlatas, en señal de que debía servir y honrar siempre a Dios y defender a la Santa Iglesia. A continuación, le calzó unos zapatos oscuros, «para que recuerdes la muerte y la tierra en la que deberás yacer, de donde viniste y adonde deberás ir; pues ningún caballero debe alimentar el orgullo, sino que debe esforzarse siempre por alcanzar la humildad». «Todo esto suena bien», dijo el sultán, a quien a continuación se le ciñó, de pie, un delgado cinturón blanco, signo de castidad y desprecio por el lujo.

A continuación le colocaron las espuelas doradas, para que se viera impulsado al ardor en el servicio de Dios, y luego Hugo le ciñó la espada, que representaba la rectitud, la honradez y la lealtad, y significaba que un caballero debe mantenerse firme frente a los poderosos y socorrer a los débiles. Una cofia blanca y pura completaba el atuendo, símbolo de un alma blanca, libre de grandes pecados y locuras carnales, digna de presentarse ante Dios en el Juicio Final. Saladino asintió alegremente a cada paso y ahora preguntó si no quedaba nada más. «Sí, señor», fue la respuesta de Hugh, «pero no me atrevo a hacerlo». «¿Qué es entonces?» «Es el acolado». El prisionero no podía asestar un golpe, ni siquiera el de la investidura, a un rey.

Aunque es demasiado respetuoso como para investirlo, Hugh instruye a Saladino en los cuatro deberes de un verdadero caballero. En primer lugar, nunca deberá participar en ninguna injusticia ni traición: si no puede impedir el mal, al menos debe apartarse de él. «Lo siguiente es muy hermoso: bajo ningún concepto deberá engañar a una matrona ni a una doncella, pero si ellas lo necesitan, deberá ayudarlas en todo lo que esté en su mano, si quiere ganarse gloria y estima; pues hay que honrar a las mujeres y emprender grandes hazañas en su causa». El ayuno y la asistencia a misa eran los últimos deberes impuestos al nuevo caballero. Todo esto deleitó enormemente a Saladino. Si al principio había asistido a la ceremonia meramente por curiosidad, ahora estaba evidentemente impresionado, y tanto la novela como la historia coinciden en el punto principal: que Saladino se convirtió en caballero.

Sería interesante rastrear el efecto de estos relatos medievales en los dos grandes escritores que han introducido a Saladino entre los personajes de los clásicos europeos. Scott, por supuesto, había leído las crónicas y los romances, en la medida en que eran fácilmente accesibles, y algunos episodios de «El talismán» pueden atribuirse de forma plausible a las leyendas de los juglares. La visita de Saladino al campamento de Ricardo disfrazado de hakim pudo haber sido inspirada por el relato de los juglares sobre la visita, igualmente imaginaria, al Hospital de San Juan en Acre. La disputa por el estandarte de Austria aparece en el «Romance de Ricardo Corazón de León», publicado en Edimburgo, en los «Romances métricos» de Weber, quince años antes de «El talismán». Pero su fuente principal no fueron, claramente, los romances, sino las crónicas, que utilizó en la medida en que le convenían y que, muy acertadamente, descartó cuando no encajaban en su esquema. Como él mismo escribió en el prefacio de 1832:

«Uno de los personajes secundarios introducidos era un supuesto pariente de Ricardo Corazón de León; una violación de la verdad histórica que ofendió al señor Mills, autor de la Historia de la caballería y las cruzadas, quien, cabe suponer, no era consciente de que la ficción romántica incluye naturalmente el poder de tal invención, que es, de hecho, uno de los requisitos del arte».

Scott afirma con audacia que «tuvo acceso a todo lo que la antigüedad creía, ya fuera realidad o fábula», sobre Ricardo I; pero difícilmente pudo haber profundizado mucho en las fuentes orientales, aunque algunas ya eran entonces fácilmente accesibles en latín. Es obvio, sin embargo, que cuando peca contra «la verdad histórica», en lo que respecta a sus personajes europeos, lo hace con malicia premeditada. Admite que, a sabiendas, mató a Conrado de Montferrat de forma errónea, en el momento equivocado y en el lugar equivocado, y sus otras desviaciones respecto a la historia probablemente no sean menos intencionadas. Sitúa la acción de la novela en Jaffa, en el otoño de 1192, como demuestran diversos indicios; y debía de saber que tanto Felipe de Francia como Leopoldo de Austria habían abandonado Tierra Santa tras la rendición de Acre más de un año antes. Sitúa «El diamante del desierto» cerca del Mar Muerto, en el camino a Jerusalén, a medio camino entre los campamentos de los cruzados y los sarracenos; lo que situaría el campamento de Saladino, «frente a Jaffa», en algún lugar de Moab, al otro lado del Mare Mortuum. Tampoco podría Ilderim haberse dejado engañar ni por un momento por la idea de que el Caballero del Leopardo pudiera encontrarse junto a esas aguas inhóspitas si cabalgaba de Jaffa a Jerusalén, ya que debía de haber dejado la Ciudad Santa directamente a sus espaldas. Además, en aquella época ni siquiera cabía plantearse una «peregrinación al Santo Sepulcro». Pero una historia de cruzadas sin desierto, sin arena, sin oasis, sin el Mar Muerto, sin peregrinación, carecería del color local esencial, y Scott lo incluyó muy acertadamente. Así pues, todas las disputas entre las naciones rivales —que eran muy reales en el caso de franceses e ingleses— resultan infinitamente más interesantes cuando es el propio rey de Francia, ausente, quien lidera a sus caballeros; a ningún lector de novelas le importaría lo más mínimo la envidia de un duque de Borgoña, a menos, claro está, que se tratara de Carlos el Temerario.

El tratamiento que Scott da al lado oriental del cuadro se caracteriza por tomar menos libertades, ya que había menos motivos para ello. Ha actuado con prudente cautela al incluir prácticamente un solo personaje oriental —el del propio Saladino— en su lienzo, y al evitar la tentación de detenerse en nada más que su personalidad. No dice nada concreto sobre la historia del sultán y, al sustituirlo por su hermano «Saphadin» en la historia del matrimonio propuesto, se libra de la necesidad de individualizar a un segundo personaje musulmán importante; pero Scott sabía muy bien que se trataba de una alianza entre «Saphadin», no Saladino, y Juana de Sicilia, no Edith. Para evitar abarrotar la trama con «personajes secundarios», por no hablar de menoscabar la dignidad de la alianza, un trazo de pluma eliminó tanto a Juana como a su prometido. Nadie puede negar que la historia sale ganando con ello; y una nota al pie de página apacigua fácilmente a la historia complaciente.

Pero si Saladino iba a casarse con Edith, tenía que haber un encuentro; y así, la prueba de combate y la matanza —ajena a la realidad histórica— de Conrado y del Maestre del Templo (cuyo nombre no era «Sir Giles Amaury») sirven también de manera muy conveniente para que los protagonistas se conozcan. Es posible que Scott realmente desconociera el hecho —algo singular, teniendo en cuenta sus estrechas relaciones, tanto hostiles como diplomáticas— de que Ricardo y Saladino nunca se encontraron cara a cara. El rey propuso en dos ocasiones una entrevista, pero en ambas ocasiones Saladino la rechazó. Fue Saphadin quien realmente se reunió con Ricardo e intercambió con él una cordial hospitalidad, y quien llevó a cabo todas las negociaciones. Igualmente ficticias son la visita de Saladino disfrazado de hakim y sus cabalgatas solitarias por las llanuras. El sultán nunca viajaba sin escolta; por lo general, contaba con su guardia de mamelucos cuando se encontraba cerca del enemigo; y el encuentro fortuito con Kenneth, el disfraz y el talismán pertenecen a la categoría de «Las mil y una noches». Tampoco puede justificarse honestamente a Scott en su descripción del aspecto de Saladino. Dice que estaba «en la flor y nata de su edad», pero las flores orientales a los cincuenta y cuatro años suelen estar marchitas; y se atreve a trazar su retrato, algo que, para nuestra pena, ningún oriental contemporáneo intentó. Lo único que sabemos con certeza sobre su rostro es que a los cincuenta años llevaba barba, y solo lo sabemos porque, por casualidad, se la tiró durante la batalla de Hattin. Sir Walter ha acertado con la barba, «una barba negra, fluida y rizada», además, «que parecía recortada con especial esmero»; pero cuando pasa a describir la nariz, los ojos, los dientes y la frente, recurre a esa admirable fuente que es su propia imaginación.

Dejando de lado estas licencias naturales del novelista, el retrato de Saladino está trazado con notable perspicacia y precisión. Su gentileza, cortesía y nobleza de carácter, su justicia, veracidad y generosidad —que El talismán ha dado a conocer a tantos lectores que no saben nada más de la historia musulmana— se recogen en todos los relatos de la época. Sus raros arrebatos de pasión, que Scott ha plasmado con acierto, también formaban parte, históricamente, de su temperamento. Por desgracia, parece que nunca oyó hablar del título de caballero de Saladino, por lo que probablemente hayamos perdido un capítulo magnífico. El porte general, la vestimenta y demás aspectos son suficientemente orientales, pero no revelan un estudio minucioso del tema.

El odio hacia los templarios es otro detalle veraz. Las dos órdenes militares eran los únicos cristianos a los que, como clase, Saladino no mostraba piedad: y tenía sus razones. Por otra parte, Scott se equivoca por completo cuando afirma que el sultán «siempre se ha encontrado» en «la primera línea de la batalla», «ni es su costumbre apartar la cabeza de su caballo de ningún valiente enfrentamiento». Saladino se deleitaba con el espectáculo de la batalla; «no había nada que le gustara tanto como un buen caballero», dice Ernoul —como lo demuestra su sincera admiración por el Caballero Verde de España—, pero no luchaba en persona. Se exponía sin miedo entre las líneas de batalla, acompañado únicamente por un mozo con un caballo de repuesto, mientras los dardos y las flechas silbaban a su alrededor; incluso hacía que sus capellanes leyeran oraciones bajo el fuego enemigo; y se le veía por todas partes del campo de batalla. Pero su deber como general, según él concebía, era dirigir, animar, contener y ordenar la disposición de las tropas, no participar en enfrentamientos personales; y, en lo que al combate se refería, un bastón de mariscal o el bastón de Gordon serían sus armas adecuadas. En una conversación con el obispo de Salisbury, tras firmarse la paz, censuró la imprudencia del «Inkitar» Ricardo al involucrarse personalmente en la refriega. Que Scott se tomara algunas libertades con la historia no viene realmente al caso; pero que fuera capaz, a través de los registros confusos e imperfectos que utilizó, de ver y retratar el verdadero carácter de Saladino con notable precisión, no es más que otra prueba de su genio.

Lessing, en ‘Nathan der Weise’, había esbozado un retrato del caballeroso sultán medio siglo antes de que se escribiera ‘El talismán’, y la obra muestra indicios de un estudio serio de las fuentes por parte de un alemán. Es posible que Lessing hubiera leído la ‘Histoire de Saladin’ de Marin (1758), o incluso la traducción al latín de Schultens (1732) de la biografía árabe contemporánea de Baha-ed-din. Comete errores históricos como Scott, pero, a diferencia de este, no lo hace a propósito, por deferencia a las exigencias de la ficción romántica. No se persigue ningún objetivo artístico, por ejemplo, al hacer que el padre de Saladino actuara como su tesorero en 1192 en el Líbano, un lugar poco conveniente para el pagador de un ejército en Jerusalén; además, el padre llevaba muerto casi veinte años. Pero precisamente ese error demuestra que Lessing había leído en alguna parte que el padre de Saladino fue en su día gobernador de Baalbekk y que posteriormente fue tesorero de su hijo en El Cairo, siendo ambos hechos históricos.

Una vez más, Lessing se ciñe a la versión histórica del matrimonio proyectado, pero añade un plan totalmente inauténtico de matrimonio entre la hermana de Saladino, Sittah (en realidad, Sitt esh-Sham, o «La Dama de Siria»), y el hermano de Ricardo —presumiblemente el bastardo Guillermo Longsword—. Toda la historia del matrimonio es tan extraña, incluso según las fuentes orientales, que no es de extrañar que las interpretaciones modernas contengan ciertas exageraciones.

Saladino exclama ante Sittah: «¡Menuda casa, sin duda!». La idea de que Ricardo introdujera a Juana de Sicilia en el harén de Saladino, y de que la pareja reinara conjuntamente en Palestina, bajo el afectuoso patrocinio de sus hermanos cristianos y musulmanes de Inglaterra y Egipto, es lo suficientemente encantadora como para tentar a la imaginación más pobre a dar rienda suelta a su fantasía.

Sin duda, hay muchos detalles veraces en el retrato que Lessing hace de Saladino: como su amor por los suyos, su generosidad y su desprecio por el dinero; aunque le da un aire de caballero andante que no formaba parte de su verdadero carácter. El principal defecto, sin embargo, de la descripción de Lessing (considerada desde un punto de vista histórico), es que es demasiado europea. Su Saladino no es un auténtico sarraceno, como lo es el de Scott. El propósito deliberado de ‘Natan el Sabio’, como drama temático, de predicar la tolerancia y acallar las críticas intolerantes del digno pastor Goetze, obliga a Lessing a presentar a Saladino como un arquetipo no solo de buen musulmán, sino también de musulmán tolerante.

Lo primero era, sin lugar a dudas; pero la tolerancia no era su virtud; su caballerosidad y clemencia se manifestaban en los hechos, no en los pensamientos. Podía mostrarse amable con los cristianos, pero nunca dudaba de que, al final, acabarían cayendo en el abismo. Sentía un santo horror por la filosofía, el librepensamiento, las ideas abiertas y toda clase de heterodoxia. El único acto cruel del que se tiene constancia en su contra, al margen de las represalias de la guerra, fue la ejecución deliberada de un filósofo: un místico sufí. Como muchos fanáticos, toleraba mejor la oposición frontal de otras religiones que la herejía dentro de los límites de su propio credo. Su caballerosidad hacia los cruzados era fruto de los buenos modales de un caballero; no afectaba a su apreciación intelectual de los errores de estos. Tenía un alma gentil y un corazón tierno, pero ello no disipaba su convicción de que los cristianos eran leña para el infierno. Es el arquetipo de un verdadero musulmán de la raza más pura; pero Lessing le otorga una libertad teológica que él habría rechazado indignado. Por supuesto, todo esto no tiene nada que ver con la obra teatral en sí misma, del mismo modo que la crítica histórica de El talismán no afecta en modo alguno a sus méritos como novela. Para el estudioso del extendido mito de Saladino, ambas obras revisten un gran interés porque conservan, entre algo de verdad histórica y algo de leyenda romántica, el carácter general que la opinión de todos los tiempos ha atribuido al gran sultán.

Resulta singular que Oriente, cuna de Saladino, que ha sido la madre de tantos relatos admirables, lo haya descuidado casi por completo en su ficción.

Las Mil y una noches no desdeñan las historias sobre las cruzadas, como lo demuestra el relato del rey Omar ibn en-Noaman y sus hijos Sharrkan y Zau el-Mekam, pero el nombre de Saladino no aparece ni una sola vez. La omisión resulta aún más singular si se tiene en cuenta que las Noches probablemente adquirieron su forma definitiva en El Cairo, donde el fundador de la Ciudadela siempre ha sido un héroe muy querido. Sin duda ha sido protagonista de muchos relatos populares, contados en las cafeterías y en los bazares de Egipto, pero hasta ahora inéditos. De hecho, una de esas historias ha salido a la luz en un manuscrito árabe conservado en Berlín, pero es de poca calidad. Rumina, la hermana de Ricardo, es llevada cautiva ante Saladino. Saphadin se enamora de ella al instante, le quita las cadenas y la lleva a su tienda. Allí ella promete adoptar su religión, pero solo para ganar tiempo. Mientras él duerme, ella huye, vestida con ropa de hombre. Saphadin escribe a Ricardo para pedirla en matrimonio, pero entretanto es capturado mediante una artimaña. Rumina sale a caballo, ataviada con una cota de malla de caballero, para enfrentarse a Saladino. Vuelve a ser hecha prisionera, Saphadin es rescatado, Rumina abraza el islam —y a Saphadin—, y la boda se celebra con gran pompa. El interés de la historia radica en la repetición de la idea original de un matrimonio entre un cristiano y una musulmana, entre el-Adil y algún pariente de Ricardo I, lo que parece ser el detalle más perdurable y universal del mito de Saladino. Resulta extraño, sin embargo, que no se asocie a este tema ningún ejemplo mejor del romance árabe. El personaje del gran sultán, sin embargo, atrae más a los europeos que a los musulmanes, quienes admiran menos su caballerosidad que sus triunfos bélicos. Para nosotros, es la generosidad del personaje, más que el éxito de su carrera, lo que convierte a Saladino en un héroe auténtico y romántico.

 

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