LA VIDA DE SALADINO, 1138-1193 d. C., Y LA CAÍDA DEL REINO DE
JERUSALÉN
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Un vistazo al mapa basta
para comprobar que una gran parte de estas posesiones cristianas se encontraba
a un día, o como mucho a dos días, de marcha de una ciudad musulmana o de un
fuerte guarnecido, desde donde cabía esperar frecuentes incursiones en represalia
por las incursiones de los francos. La autobiografía de uno de los
contemporáneos más mayores de Saladino, el árabe Osama, revela un estado
perpetuo de enfrentamientos de guerrilla, que se alternaban con períodos de
relativa cordialidad y tranquilidad. La tendencia general de los colonos
originales de la Primera Cruzada se orientaba, sin duda, hacia unas relaciones
amistosas con sus vecinos musulmanes. La gran mayoría de los labradores de los
territorios cristianos eran, por supuesto, musulmanes, y el contacto constante
con ellos, así como las relaciones sociales y domésticas de la naturaleza más
íntima, tendían a disminuir los puntos de diferencia y a poner de relieve los
intereses y virtudes comunes. En la actualidad, una familia europea rara vez puede
llegar a la tercera generación en Oriente sin acabar más o menos orientalizada.
Los primeros cruzados, tras treinta años de residencia en Siria, se habían
asimilado en gran medida, en carácter y costumbres, al pueblo al que habían
conquistado en parte, entre el que vivían y cuyas hijas no desdeñaban casarse;
se estaban convirtiendo en levantinos; se les conocía como criollos. Los
musulmanes, por su parte, no eran mucho menos tolerantes; difícilmente podían
aprobar el matrimonio con los «politeístas», como llamaban a los trinitarios;
pero estaban perfectamente dispuestos a trabajar para ellos y a cobrar su
salario, y a más de un gobernante musulmán le resultaba conveniente formar
alianzas con los francos incluso contra sus vecinos musulmanes.
Encontramos esta
interesante aproximación entre las razas rivales claramente reflejada en las
fascinantes memorias del nonagenario Osama, el príncipe árabe de Sheyzar. Como
testigo histórico, Osama tuvo suerte con su época. Nació en 1095, tres años
antes de que la toma de Antioquía proporcionara a los francos el punto de
apoyo desde el que avanzaron hacia la conquista de Jerusalén; y murió en
1188, cuando la Ciudad Santa acababa de ser reconquistada por Saladino. Fue
testigo de casi todo el curso, el flujo y reflujo, del esfuerzo cruzado. Su
larga vida, de noventa y tres años, abarcó todo el período del dominio latino
en Jerusalén, y por muy poco se perdió la cruzada de Ricardo Corazón de León.
Su familia, los Beny Munkidh, eran los señores hereditarios de la fortaleza
rocosa de Sheyzar, cuyas murallas aún se alzan sobre el Orontes. Por muy fuerte
que fuera el castillo —protegido por un escarpado acantilado de las montañas de Ansariya, al que solo se podía acceder por un sendero
ecuestre que cruzaba el río, atravesaba luego un túnel excavado en la roca y
estaba protegido de nuevo por un profundo foso que cruzaba un puente de
tablones—, —, su ubicación en las inmediaciones de guarniciones cristianas, a
medio camino entre los centros cruzados de Antioquía y Trípoli, la ponía en
peligroso contacto con las incursiones que pasaban constantemente bajo sus
almenas.
Sheyzar era uno de esos
pequeños estados fronterizos, entre el mundo musulmán y el cristiano, que
encontraban su política más segura en moderar la ortodoxia con la diplomacia.
No se podría haber elegido mejor puesto de observación desde el que contemplar
la lucha que se libró sin cesar a lo largo del siglo XII; no se podría
encontrar testigo más competente ni más oportuno que el jefe árabe que
observaba la contienda desde su torre de mando de Sheyzar. Conocía a todos los
grandes líderes de la guerra y a menudo participaba en la refriega. Su primera
batalla la libró bajo el mando de aquel turcomano belicoso, Il-Ghazy,
el hombre que, antes de la llegada de Zengy, hizo más que nadie por sembrar el
pánico entre las filas cristianas. Osama sirvió bajo las órdenes del propio
Zengy y estuvo presente en la famosa huida a través del Tigris hacia Tekrit,
cuando el oportuno socorro de Ayyub cambió el destino de la casa de Saladino.
Había visto a Tancredo más de una vez, cuando el príncipe lideró un asalto
contra Sheyzar; y recordaba el hermoso caballo que el cruzado recibió como
regalo de su castellano. El rey Balduino du Bourg estuvo prisionero en la
fortaleza durante algunos meses en 1124 y recompensó la amabilidad de su
anfitrión incumpliendo todos sus compromisos en cuanto fue liberado. Joscelin
de Courtenay fue otra figura muy conocida en las expediciones armadas que
cruzaban en procesión perpetua el Orontes; el autor de la autobiografía llegó
incluso a ver al emperador Juan Comneno sitiar su propio nido en la «Cresta de
Gallo». Más tarde visitó al rey Fulco en Acre y le explicó a través de un
intérprete —pues Osama no conocía la lengua franca— que él también,
aunque fuera árabe, podía llamarse «caballero, a la manera de mi raza y mi
familia; pues lo que admiramos en un caballero es que sea delgado y alto». El
círculo de conocidos de Osama tampoco se limitaba a personajes tan ilustres
como aquellos con los que se cruzaba en Sheyzar o a los que visitaba durante
sus breves incursiones en territorio franco. Vivió durante largos años en
Damasco, en la corte de Nur al-Din, para quien mantuvo una correspondencia
diplomática con Egipto; durante un tiempo fue huésped del califa fatimí en El
Cairo y cultivaba un feudo cercano, en Kom Ashfin,
donde criaba doscientas cabezas de ganado, mil ovejas y obtenía abundantes
cosechas de cereales y fruta; y en sus últimos días mantuvo una estrecha
amistad con Saladino, quien disfrutaba de su poesía y de sus recitaciones
improvisadas.
Osama traza una línea de
distinción clara entre los francos asentados —las familias de los primeros
cruzados, que se habían acostumbrado a la vida oriental y entablado amistad con
sus vecinos musulmanes— y los recién llegados, un grupo de peregrinos intolerantes
y aventureros necesitados, cuyo celo indiscreto y ansia de saqueo enturbiaron
la buena relación que se había establecido entre las dos religiones en
Palestina. «Esos francos —dice— que han venido a establecerse entre nosotros y
han cultivado la convivencia con los musulmanes son muy superiores a los demás
que se han unido a ellos recientemente… Los recién llegados son invariablemente
más inhumanos que los colonos más antiguos, que se han familiarizado con los
mahometanos». Las amistades personales eran frecuentes entre los cruzados
asentados y los musulmanes vecinos, y no era raro que un mahometano disfrutara
de la hospitalidad de un caballero cristiano. El propio Osama tenía conocidos
entre los templarios, a quienes llamaba sus «amigos» y a quienes prefería por
encima de todos los demás francos. Cuando visitó Jerusalén, le cedieron uno de
sus oratorios, cerca de la mezquita cristianizada de Al-Aqsa, para que allí
rezara sus oraciones musulmanas; paseó con ellos por el Santuario y le llevaron
a la Cúpula de la Roca y a la Casa de la Cadena. Tampoco escatima elogios hacia
la hospitalidad de los caballeros de San Juan. Fue testigo de un juicio por
combate y de juicios por agua, lo que no aumentó su respeto por la
jurisprudencia cristiana, y no puede ocultar su indignación ante las frecuentes
violaciones de la fe jurada por parte de los cruzados, que rara vez respetaban
los pactos con los «infieles». Aunque admira generosamente su valor, hace
especial hincapié en sus tácticas defensivas, sus movimientos cautelosos y
ordenados, sus precauciones contra emboscadas y sorpresas, y su autocontrol
tras la victoria al privarse de los placeres de una persecución desenfrenada.
Sin embargo, como un oriental serio, no puede aprobar la alegría ociosa, las
carcajadas joviales y la búsqueda desenfrenada del placer que observó entre los
francos de todos los rangos. Un caballero oriental nunca puede comprender las
payasadas infantiles ni las amplias sonrisas entre hombres de sentido y
posición. Menos aún puede tolerar la más mínima manifestación pública de esa
suave pasión que, como buen musulmán, oculta tras las cortinas de su harén. No
tiene paciencia con la asombrosa libertad que los maridos cruzados conceden a
sus esposas.
«No saben lo que
significa el honor», escribe, «ni tampoco los celos. Si pasean por la calle con
sus esposas y se encuentran con otro hombre, dejan que este le coja de la mano
a la mujer y se la lleve a un lado para hablar, mientras el marido se mantiene
al margen hasta que termine la conversación. Si la dama la alarga demasiado, su
esposo se marcha y la deja sola con su amigo».
Era poco probable que
una escena tan pacífica de tolerancia mutua y buena voluntad entre cristianos y
musulmanes durara mucho tiempo. El primer soplo de fanatismo, por supuesto,
haría añicos toda esta delicada telaraña. Y vino de ambos bandos. A medida que
los primeros cruzados se volvían más tolerantes y tolerantes —por no decir
descuidados y licenciosos—, los visitantes posteriores encontraban más motivos
para hacer gala de su celo. A una aventura política y a una anexión militar les
siguió una época de peregrinaciones piadosas, acompañadas de un saqueo apenas
velado. Tan pronto como los primeros cruzados convirtieron Palestina en un
terreno seguro para los turistas devotos, los santuarios se vieron asediados
por peregrinos cuya experiencia más limitada no podía tolerar la tolerancia
mundana que habían adoptado los primeros colonos cristianos. Al fanatismo de
los intolerantes sinceros se sumó la anarquía de los peregrinos-aventureros,
mercenarios que disfrazaban su ansia de saqueo bajo una pía apariencia. Ambas
clases exasperaban a la población musulmana e incitaban a los líderes cruzados
a realizar incursiones sin provocación previa. Al describir la situación a
finales del primer cuarto del siglo XII, un historiador musulmán afirma:
«Los francos asaltaban
el país día tras día; causaban un daño indescriptible a los musulmanes y les
traían ruina y desolación… Sus incursiones se adentraban en Diyar-Bekr, hasta Amid; no perdonaban ni a ortodoxos ni a
herejes; en Mesopotamia despojaban al pueblo de toda la plata y los objetos de
valor que poseían. En cuanto a Harran y Rakka, las
oprimieron con desprecio y vergüenza, y les hicieron beber a diario de la copa
de la muerte... Todos los caminos hacia Damasco quedaron cortados, salvo el que
pasa por Rahba y el desierto, y los comerciantes y
viajeros se vieron obligados a soportar los peligros y las fatigas de un largo
viaje a través de los páramos, con la vida y sus bienes en peligro a causa de
los beduinos errantes. Los francos llegaron incluso a extorsionar a todas las
ciudades de su entorno, y llegaron tan lejos como a enviar agentes a Damasco
para liberar a los esclavos cristianos. En Alepo obligaron a los habitantes a
pagar un tributo de hasta la mitad de sus ingresos —incluso de los ingresos del
molino de la Puerta del Jardín».
Por otro lado, los sarracenos —al menos los musulmanes turcos—, aunque por el momento estaban divididos e incapaces de oponer una resistencia decidida al enemigo, eran soldados por naturaleza y por entrenamiento, y fanáticos por raza y por enseñanza. El sistema militar de los selyúcidas forjó una nación de combatientes; y su reciente conversión al islam, su ignorancia y la consiguiente sumisión a la influencia de mulás fanáticos les imbuían del proverbial celo de los conversos. Cada pequeña corte que asumía atributos reales ante el declive del poder central se convertía en una cantera de guerreros, cada uno de los cuales era un ferviente defensor del islam. Al igual que con sus oponentes cristianos, el botín y el Paraíso sin duda se combinaban para estimular su entusiasmo por una guerra religiosa; pero, fuera cual fuera el motivo predominante, era cierto que solo se necesitaban la unión y un líder para convertir a estas fuerzas dispersas en un ejército formidable dispuesto a morir por la fe. Bastaba con predicar la yihad —la guerra santa— y mostrarles un comandante cuyo valor y genio militar todos debieran respetar, para que los jefes y vasallos turcomanos se convirtieran de inmediato en una Iglesia militante con la que los cruzados tendrían que contar muy en serio. El líder se encontró en Imad-ed-din Zengy.
CAPÍTULO III. EL
PRESAGIO. 1127.
ENTRE los numerosos
oficiales selyúcidas, que en su día habían sido esclavos de Melik Shah y que
fueron recompensados por sus servicios con valiosos cargos, Ak-Sunkur
ocupaba un lugar destacado. Como chambelán de la corte, gozaba de la plena
confianza de su señor real y del privilegio especial de situarse a su derecha
en todas las audiencias públicas y consejos de Estado. Más tarde, como
gobernador de la provincia de Alepo, su gobierno fue clemente e ilustrado; su
nombre se convirtió en sinónimo de lealtad y rectitud; y murió por su fidelidad
al hijo de su antiguo señor (1094). Dejó un niño de diez años, Zengy, apodado
Imad-ed-din o «Pilar de la Fe», en torno al cual se
unieron sus vasallos. El hombre más importante que gobernaba entonces en
Mesopotamia era Kurbugha, señor de Mosul y de muchas otras ciudades, vasallo del
hijo y sucesor de Melik Shah. Kurbugha no había olvidado a su viejo amigo, el
«Halcón Gerifalco», y convocó a Zengy y a sus
mamelucos a su corte. «Traed al muchacho», escribió, «pues es el hijo de mi
compañero de armas, y me corresponde velar por su crianza». Así pues, se
dirigieron a Mosul, donde se les asignaron feudos acordes con su rango, y siguieron
a su nuevo señor en sus campañas. Una vez cerca de Amid, cuando el resultado de
una batalla pendía de un hilo, Kurbugha abrazó a Zengy ante el ejército y luego
lo entregó a sus propios mamelucos, diciendo: «He aquí al hijo de vuestro
antiguo señor; ¡luchad por él!». Rodearon al muchacho con tal furia que se ganó
la batalla. Este fue el primer campo de batalla de Zengy, y entonces tenía unos
quince años.
A partir de entonces,
durante muchos años, vivió la vida de un favorito privilegiado en la corte de
Mosul bajo sucesivos líderes —un notable escudero de los señores guerreros que
controlaban la zona fronteriza entre la Media Luna y la Cruz—. Se había convertido
en un hombre alto y de aspecto distinguido, de tez morena y mirada penetrante,
y su carácter era tan recto como su porte. Hasta los treinta y ocho años siguió
desempeñando un papel secundario en las guerras y la política de Mesopotamia.
Cinco grandes barones, uno tras otro, ostentaron el gobierno de Mosul y la
defensa de las fronteras, y cada uno de ellos lo trató como a un hijo, le
otorgó ricos feudos y le confió altos mandos en sus constantes expediciones
contra los francos. En una de esas ocasiones, durante el asedio de Tiberíades,
Zengy se distinguió por una notable hazaña de valor. Al frente de sus hombres
había repelido una salida de la guarnición y los había perseguido hasta la
puerta de la ciudad, a la que abolló con su lanza. Entonces, al darse la
vuelta, se dio cuenta de que estaba solo; su tropa se había detenido tras el
enfrentamiento y lo había dejado solo para perseguir al enemigo. Durante un
tiempo mantuvo su arriesgada posición y mantuvo ocupados a los francos, con la
esperanza de que sus hombres se acercaran y se unieran al asalto; pero, al no
aparecer ninguno, se vio obligado a batir retirada a regañadientes y regresó
lentamente a las líneas sin sufrir ningún daño. La fama de su hazaña se
difundió por todas partes y, a partir de entonces, se le conoció con el nombre
de esh-Shamy, «el sirio».
En 1122, «el sirio» fue
recompensado por el sultán selyúcida por sus servicios militares con el regalo
de su primer gobierno directo, el feudo de Wasit —por entonces una ciudad
grande e importante—, junto con el cargo de gobernador de Basora. Rápidamente
hizo honor a la elección del sultán. Los árabes de «los Pantanos» en la Baja
Mesopotamia, donde en aquellos días desembocaban el Éufrates y el Tigris,
estaban ansiosos por recuperar su supremacía perdida en los fértiles campos
regados por el Gran Río; pero mientras Zengy comandara la frontera, se les
mantendría a raya. El historiador árabe ofrece una descripción gráfica de la
decisiva batalla librada el 1 de marzo de 1123 entre los árabes y los turcos.
Los primeros estaban liderados por el famoso emir de la tribu de los Asad, Dubeys, hijo de Sadaka, quien se había establecido en
Hilla, había atacado Madain (Ctesifonte)
e incluso había marchado contra la «Ciudad de la Paz», la propia Bagdad, sede
del califato abasí. El califa al-Mustarshid no se
quedó atrás; se puso al frente de su guardia turca, reunió a sus tropas y,
ataviado con su túnica negra y su turbante, con la capa del Profeta sobre los
hombros y el bastón sagrado en la mano, se embarcó en su galera. Al desembarcar
en la otra orilla, fue recibido por su gran vasallo, al-Bursuky,
señor de Mosul, Zengy de Basora, el cadí principal, el jefe de los nobles seyyids, el jefe de los ulemas y otros guerreros y
dignatarios destacados, quienes, tan pronto como vieron el conocido dosel que
coronaba el caballo del califa, cayeron de rodillas y besaron el suelo ante él.
El-Mustarshid los recibió en su tienda, y uno tras
otro los barones prestaron juramento de lealtad. A continuación, marcharon
hacia Hilla, la fortaleza enemiga. Dubeys les salió
al encuentro junto al canal llamado «Nilo», que unía el Éufrates y el Tigris, y
ambos bandos se prepararon para la batalla.
Los árabes contaban con
diez mil jinetes y doce mil soldados de a pie; el califa y sus señores solo
reunieron ocho mil jinetes, y su infantería no superaba los cinco mil. El
Comandante de los Fieles se situó con su estado mayor detrás de la línea de
batalla, pero a la vista de los combatientes. Delante de él se encontraban sus
capellanes, cada uno con un Corán abierto ante sí; todo Bagdad estaba de
rodillas aquel día, recitando la Palabra Sagrada y buscando la protección de
Dios; y si se leía una vez, el Libro se leía de principio a fin mil veces en
aquella hora de tensión. El ala derecha del ejército del califa estaba bajo el
mando de Zengy y otro emir, y recibió el peso del ataque enemigo. Antar dirigió
a sus jinetes beduinos en dos brillantes cargas y casi había puesto en fuga a
las tropas del califa, cuando Zengy, con un hábil movimiento, flanqueó a los
árabes y, con la ayuda de el-Bursuky, empujó al
enemigo hacia el canal. La derrota fue total, los prisioneros fueron masacrados
sin piedad, su líder huyó y sus mujeres cayeron en manos de los conquistadores.
Tras la victoria, Zengy
decidió probar suerte en la corte. Estaba harto de estar a merced de superiores
efímeros. Reunió a sus secuaces y compañeros y se dirigió a ellos: «Nuestra
situación —dijo— se ha vuelto insoportable. ¡No paran de nombrar nuevos gobernadores
y tenemos que obedecer sus caprichos y sus órdenes! Nos envían unas veces a
Irak, otras a Mosul, hoy a Mesopotamia, mañana a Siria. ¿Qué me aconsejáis que
haga?». Entonces Zeyn-ed-din Aly, el amigo en quien
Zengy más confiaba, tomó la palabra: «Mi señor, los turcomanos tienen un dicho:
“Si un hombre tiene que colocarse una piedra sobre la cabeza, que al menos sea
extraída de una alta montaña”. Del mismo modo, si es necesario que sirvamos a
alguien, que sea al propio sultán». Zengy siguió este consejo y se dirigió a
Hamadán, a la corte del selyúcida Mahmud. Allí permaneció a la espera, sin
obtener otra recompensa más allá del privilegio heredado de su padre de ocupar
el puesto de honor junto al trono. Disfrutó de este honor hasta que se le
vaciaron los bolsillos. «Oh, Ali, amigo mío», le dijo a Zeyn-ed-din, «ciertamente nos hemos puesto la piedra sobre la
cabeza, tal y como propusiste, ¡y, de verdad, pesa bastante!».
Por fin, un día, el
sultán salió a caballo a jugar al polo, acompañado por su corte. A la hora de
elegir compañeros, se fijó en Zengy y le entregó el chogan mall, diciéndole: «Ven a jugar». Tras el partido, se volvió hacia los demás
cortesanos y les reprendió por sus groseros celos.
«¿No os da vergüenza?», preguntó. «Aquí hay un hombre muy conocido, cuyo
padre ocupó un cargo elevado en el Estado, ¡y ninguno de vosotros le ha
ofrecido ni siquiera un regalo, ni lo ha invitado a su mesa! Por Alá, si lo he
dejado tanto tiempo sin cubrir sus gastos ni asignarle un feudo, ha sido solo
para ver qué haríais vosotros». Luego, dirigiéndose a Zengy, añadió: «Te
entrego en matrimonio a la viuda de Kundughly, y mi gente te proporcionará oro
para la boda».
Kundughly había sido el noble más rico de la corte, y su viuda
poseía una dote digna de la hija de un rey. Al día siguiente de su boda, el
afortunado emir salió a cabalgar con gran pompa, rodeado por los sirvientes
tanto suyos como de su esposa.
La visita de Zengy a la
corte había sido un éxito, y regresó en 1124 al doble feudo de Basora y Wasit,
que gobernó con mano firme pero generosa. Cuando el sultán y su soberano
espiritual llegaron a las manos, Zengy defendió Wasit contra el ejército del califa
y, a continuación, apoderándose de todas las embarcaciones que pudo conseguir,
embarcó a sus tropas y llevó un refuerzo oportuno al sultán, que se encontraba
entonces a las afueras de Bagdad y se sintió tan asombrado como aliviado al ver
de repente el emblema de su fiel barón ondeando en la flotilla que se acercaba.
Como resultado, el califa se vio obligado a firmar la paz; el selyúcida accedió
de buen grado a establecer su indeseada residencia en la Ciudad de la Paz; y
Zengy recibió el cargo, largamente codiciado, de gobernador de Bagdad, con el
control y el patronato de todo Irak (Caldea). En el otoño de 1127 fue nombrado
gobernador de Mosul y Jezira (la «Isla»,
Mesopotamia). Tampoco era simplemente un gran feudatario y gobernante de vastos
territorios; se le encomendó además la importante tarea de criar a dos de los
hijos del sultán y, en virtud de este cargo, alcanzó la dignidad de atabeg o gobernador de príncipes. Su nuevo cargo lo situó
en primera línea de la lucha contra el poder latino. De ahí en adelante lo
veremos como el paladín de la fe contra los francos: el Cid Campeador de
Oriente. Su bardo recita sus hazañas en prosa rimada:
«Asoló a los francos en
medio de su dominio; y vengó el dolor de los verdaderos creyentes; hasta que
las medias lunas del Islam alcanzaron su plenitud, tras su mengua; y los soles
de la fe, hasta entonces extinguidos, volvieron a resplandecer; y los musulmanes
caminaron con orgullo, ataviados con el manto de la victoria; y bebieron de los
pozos de éxito que nunca se agotan; privaron a los trinitarios de sus
fortalezas y baluartes; y les devolvieron sus mentiras y su maldad: así se
restableció el culto al Único en la isla y en las regiones sirias; y allí
acudieron en legiones los defensores de la causa del islam». Sin embargo, antes
de poder cruzar espadas con los cruzados, tuvo que afianzar su posición en su
nuevo e importante gobierno. Hasta entonces no había sido más que uno de entre
muchos pares: un gran capitán, pero no un rey. Pero en Mosul, a doscientas
millas río arriba por el Tigris, era prácticamente independiente y no permitía
ninguna injerencia en su gobierno. Su sistema era el que había recibido la
aprobación del emperador ideal, Melik Shah, y que servía de modelo para la
administración de todos los estados que surgieron de las ruinas del Imperio
selyúcida. Se basaba en un gobierno personal directo, llevado a cabo por una
elaborada red de inspectores, cuyos informes eran verificados por un ejército
de espías. Zengy tenía agentes en las capitales de todos los príncipes vecinos
e incluso en la corte imperial, y sabía exactamente lo que hacía el sultán
desde la mañana hasta la noche. Cada día llegaban mensajeros de diversas partes
con despachos, y él era siempre el primero en enterarse de cualquier noticia.
Se ofrecía la más amplia hospitalidad a los visitantes, pero esta iba
acompañada de una estricta vigilancia. Ningún enviado atravesaba su territorio
sin el debido aviso y permiso, y cuando llegaban se les proporcionaba una
escolta de confianza para evitar preguntas incómodas a la población y el
espionaje del territorio. A sus súbditos no se les permitía abandonar sus
dominios, por temor a que revelaran los puntos débiles de sus defensas; si
alguno escapaba, le obligaba a entregarse. Cuando un grupo de campesinos emigró
de Mosul a Maridin, pidió al príncipe ortukida de esa
ciudad que los devolviera. Timurtash se opuso:
«Tratamos bien a nuestros fellah», escribió,
«y solo les cobramos el diezmo de sus cosechas; si tú hubieras hecho lo mismo,
estos campesinos no te habrían abandonado».
«Dile a tu señor»,
respondió Zengy al mensajero, «que si te quedaras tan solo con una centésima
parte de la cosecha, ya sería demasiado, dado que vives en el lujo y la
ociosidad en tu peñón de Maridin; mientras que si yo
gravara a mi pueblo con hasta dos tercios, no sería nada a cambio de mis
servicios. Pues no solo tengo que luchar contra mis propios enemigos, sino que
además debo librar la Guerra Santa; y de no ser por mí, ni siquiera podrías
beber un vaso de agua con seguridad en tu Maridin,
pues los francos se habrían apoderado de él. Por lo tanto, a menos que se
devuelva a esos campesinos, en verdad sacaré a cada paleto de Maridin y lo dejaré tirado en Mosul».
Los emigrantes fueron
enviados de vuelta a toda prisa. En otra ocasión, Zengy obligó al sultán a
entregar a un noble fugitivo; el desdichado fue encarcelado y no se volvió a
saber nada de él.
Evidentemente, no se
trataba de un gobernador indulgente. Se cuenta que, en una ocasión, Zengy
sorprendió a un barquero dormido en su puesto, cuando debería haber estado
alerta y esperándole; al despertarlo, el hombre se asustó tanto al ver a su
temido señor de pie ante él que cayó muerto en el acto. Sus esclavos se
quejaban, con toda razón, de su crueldad, y sus sirvientes vivían con tal miedo
que no se atrevían a pedirle que repitiera una orden que no hubieran entendido.
Se cuenta que una vez le dio a uno de sus pajes una torta para que la
sostuviera, y el hombre no se atrevió a soltarla. Había pasado casi un año
cuando Zengy lo pidió de repente; el hombre se lo entregó al instante,
cuidadosamente envuelto en una servilleta. Su obediencia fue recompensada con
un cargo de gran prestigio.
Zengy era un agudo
conocedor de la naturaleza humana, y siempre que encontraba a un sirviente u
oficial capaz, ese hombre se ganaba su confianza y apoyo inquebrantables.
Además, por muy severo que fuera él mismo, no permitía que nadie más tiranizara
a sus súbditos: «Solo puede haber un tirano a la vez en el país», solía decir.
Una vez, durante una campaña, cuando descubrió que uno de sus capitanes
favoritos había echado a una familia judía al frío del invierno para instalar
su cuartel en su casa, Zengy se volvió hacia aquel hombre y le dirigió una sola
mirada, y aquel emir salió humildemente de la ciudad y montó su tienda en medio
del barro y la lluvia. Nunca permitió la opresión ni el abuso entre sus
oficiales, y nadie en aquella época castigaba con mayor rigor las agresiones a
las mujeres. Las esposas de sus soldados, sostenía, estaban bajo su protección
especial, y ningún hombre las insultaba impunemente durante la ausencia de sus
maridos en la guerra. Desalentaba a sus seguidores a la hora de adquirir propiedades.
«Mientras mantengamos el país», decía, «¿de qué os sirve vuestra finca, si
vuestro feudo militar cumple la misma función? Si perdemos el país, vuestras
fincas también se perderán. Cuando los seguidores de un sultán poseen tierras,
oprimen, acosan y despojan al pueblo». Nunca permitió que sus ejércitos
pisotearan las cosechas del pueblo; marchaban, según el cronista, «por así
decirlo, entre dos cuerdas», y a ningún soldado se le permitía tomar ni
siquiera un haz de paja de un campesino sin pagarlo. Los actos de violencia se
castigaban rigurosamente con la crucifixión. Era indulgente en sus impuestos
hacia los pobres, pero las ciudades ricas como Alepo eran fuertemente gravadas
para sufragar el coste de sus campañas. Al fin y al cabo, les ofrecía un buen
rendimiento por su dinero. Los efectos de su gobierno severo y resuelto se
reflejaban en la seguridad y la prosperidad de sus dominios, y especialmente en
el renacimiento de su capital. El padre del historiador Ibn-el-Athir relata:
«Vi cómo estaba Mosul,
la Madre de la “Isla”, cuando nuestro señor mártir llegó por primera vez. La
mayor parte de la ciudad estaba en ruinas, y el terreno baldío se extendía
desde el Barrio de los Tamborileros hasta la Ciudadela y el Palacio... La antigua
mezquita estaba desierta, y todas las casas cercanas a las murallas estaban
abandonadas hasta una distancia de un tiro de piedra... Pero a medida que
avanzaba el reinado del Mártir, el país gozó de protección, los designios de
los malvados se vieron frustrados y se impidió a los poderosos ejercer la
tiranía. Las noticias de la mejora se difundieron por todas partes, y la gente
acudió en masa a su territorio y se estableció allí. En verdad, la generosidad
engendra apego. Los edificios se multiplicaron en Mosul y en las demás
ciudades, hasta tal punto que los propios cementerios desaparecieron bajo los
nuevos barrios».
Zengy construyó la gran Casa de Gobierno frente al Almeida, duplicó la altura de las murallas, profundizó el foso y erigió la puerta que lleva su nombre, el-Bab el-Imady. Antes de su llegada, Mosul era tan pobre en frutos que, cuando un comerciante vendía uvas, cortaba pequeños racimos con unas tijeras para que el peso fuera exacto; pero cuando Zengy restableció su prosperidad, surgieron fértiles huertos a su alrededor, abundaban las granadas y las peras, las manzanas y las uvas, hasta tal punto que la cosecha del año anterior apenas se había agotado cuando la nueva ya estaba lista para ser recogida.
La importancia histórica
de Zengy no radica en sus beneficencias hacia Mosul y sus dependencias, sino en
su defensa del islam frente a los cruzados, en una época en que la causa
musulmana parecía desesperada. Los jefes turcomanos de Mesopotamia estaban desunidos
y tan propensos a luchar entre sí como a seguir el Camino de Dios, y no estaban
en absoluto dispuestos a seguir el liderazgo del nuevo gobernador de Mosul.
Todo el país estaba dividido en feudos militares, similares al propio feudo de
Zengy, cada uno con una serie de vasallos, y entre los grandes feudatarios
había algunos de larga tradición y renombre. Los príncipes ortukidas se habían establecido en los castillos de Keyfa y Maridin desde principios de siglo. Los dos hijos de Ortuk, Sukman e Il-Ghazy, se habían
hecho famosos por sus incursiones contra los francos; y este último había
ocupado el alto cargo de gobernador de Bagdad. Ningún líder había inspirado
hasta entonces ni la mitad del terror en las filas cristianas que este
turcomano belicoso había despertado. Desde su fortaleza montañosa había
asaltado el norte de Siria; y cuando Alepo se puso bajo su protección, marchó
al socorro de la ciudad al frente de tres mil jinetes y nueve mil soldados de a
pie, y tras asaltar la colina de Ifrin, donde los francos estaban fuertemente
atrincherados, obtuvo una victoria rotunda, en la que Roger de Antioquía fue
dado a la muerte. Il-Ghazy murió en 1122, el mismo
año del primer nombramiento de Zengy, pero su hijo Timurtash le sucedió en su feudo de Maridin y, posteriormente, en Alepo; y aunque era un
príncipe tranquilo, que prefería una vida apacible, no parecía dispuesto a
olvidar lo que le debía al hijo de su padre —al menos, hasta que recibiera una
lección de comportamiento—.
Un líder más poderoso y
enérgico de los Ortukids fue su primo David, quien
había heredado el castillo de Keyfa en 1108 y se
convirtió en el jefe más famoso de todo Diyar-Bekr.
Cuando hizo circular una de sus flechas entre los turcomanos, todos se
prepararon con entusiasmo ante la perspectiva de la batalla, y pronto se
reunieron veinte mil hombres bajo sus estandartes. Un príncipe así no estaba
dispuesto a ceder el primer puesto a un recién llegado, y Zengy pronto se dio
cuenta de que tenía que contar con David antes de poder aventurarse a campos
más amplios. Era necesario someter o desarmar a Diyar-Bekr,
o nunca podría avanzar con seguridad hacia Siria sin temor a un ataque por el
flanco. Su primera acción se dirigió contra la ciudad de Jeziret-ibn-Omar, que
recientemente se había liberado del yugo de Mosul; cruzó el Tigris con su
ejército, unos a nado y otros en barcas, y, con la ayuda de unos habitantes
traicioneros, entró en la ciudad justo a tiempo, pues al día siguiente se
produjo una crecida de la altura de un hombre y el río se volvió intransitable.
Desde Jezira marchó contra Nisibis,
antaño una famosa capital, de cuya conquista Trajano derivó su título de «Pártico». En aquel momento era una de las ciudades ortúquidas, y Zengy la conquistó mediante un artificio
indigno; capturó una de las palomas mensajeras del enemigo —que solían servir
de mensajeras en Mesopotamia y Siria— y sustituyó el mensaje por uno falso, lo
que provocó la rendición inmediata de Nisibín,
rápidamente imitada por Sinjar.
Allí le esperaba un
nuevo peligro. Las ciudades que dominaban el curso superior del Éufrates
—Edesa, Saruj, Bira, etc.— constituían puestos avanzados de los cristianos y,
en manos de Joscelin de Courtenay, sus guarniciones formaban un cuerpo de
élite. No podían dejarse a salvo en la retaguardia sin tomar precauciones.
Zengy resolvió la dificultad negociando un armisticio con Joscelin, quien
probablemente se alegró de posponer un enfrentamiento con un adversario tan
formidable; y el atabeg quedó libre para avanzar
hacia Siria. Estaba ocupado restableciendo el orden en sus nuevos territorios
cuando recibió una petición de Alepo para que lo liberara de las exacciones de
los francos. Era la oportunidad que estaba buscando. De inmediato cruzó el
Éufrates (1128), pasó por Manbij y fue recibido con
acciones de gracias en Alepo. El único señor sirio que había sido capaz de
plantar cara a los cruzados era Tughtigin, el atabeg de Damasco; y acababa de fallecer. Justo a tiempo,
Zengy, ahora «el sirio» por excelencia, llegó para ocupar su lugar y
defender a los musulmanes desesperados frente a los infieles.
Un incidente melancólico
empañó su llegada. Al registrar el tesoro y el guardarropa de los gobernadores
de Alepo, se topó por casualidad con una túnica manchada de sangre. Era
precisamente la túnica con la que habían ejecutado a su padre; y la esposa que
estaba a su lado era una nieta del selyúcida Tutush,
quien había ordenado la ejecución. Con una aversión incontrolable, Zengy la
apartó de su lado y, a pesar de sus súplicas y de las protestas del juez, se
divorció de ella sin piedad.
Como señor de Alepo,
Zengy permaneció más de un año en el norte de Siria, causando todo el daño
posible a los cristianos. Armado con las cartas patentes del sultán como
gobernador de todas las provincias occidentales, sitió el fuerte castillo de
Atharib (el Cerep de los francos), a un día de viaje
de Alepo, para el que había sido durante mucho tiempo una amenaza constante. Su
guarnición estaba formada por guerreros de élite y, por su ubicación y el valor
de sus defensores, era una de las fortalezas latinas más formidables. Durante
mucho tiempo, los furiosos asaltos de Zengy fueron repelidos sin cesar, pero él
acortó distancias y nunca perdió el ánimo. Los sitiados se encontraban en una
situación desesperada, y el rey Balduino, en Jerusalén, convocó un consejo de
guerra para decidir si debía o no avanzar en su socorro. Algunos lo
consideraban un asunto sin importancia y estaban seguros de que los sarracenos
batirían en retirada, como solían hacer últimamente; pero uno de los miembros
del consejo, «un tipo difícil de entender», según el cronista, vio algo más
grave en los movimientos de Zengy: «De estas chispas surgirá un incendio»,
dijo, «y bajo este humo hay llamas. ¿No es este el joven león que dejó su
huella en Tiberíades?».
Balduino decidió
finalmente socorrer a la ciudad sitiada y marchó «con sus jinetes y su
infantería, sus estandartes y cruces, sus príncipes, caballeros y condes», para
enfrentarse al león de Tiberíades. Los consejeros de Zengy le aconsejaron que
se retirara a Alepo, pero él no quiso seguir su consejo: «Confiemos en Dios y
enfrentémonos a ellos, para bien o para mal». En lugar de esperar al ejército
de socorro, salió al encuentro del enemigo y se desató una batalla furiosa.
Zengi, al frente de sus hombres, cargó contra el enemigo una y otra vez,
gritando las palabras del Profeta: «¡Probad el sabor del infierno!». Los
cruzados fueron completamente derrotados: «las espadas de Dios se enfundaron en
los cuellos de sus enemigos», y muy pocos escaparon para contar lo ocurrido en
aquel campo de matanza. Intentaron huir, pero ¿de qué les servía cuando «la
botella estaba colgada del gancho y la langosta había terminado su canto»? No
se concedió cuartel; el «Mártir» se sumergió en un mar de sangre, hendiendo
cabezas y dejando al descubierto los huesos, hasta que el campo quedó cubierto
de cadáveres mutilados y miembros cortados. Solo escaparon aquellos que se
escondieron bajo los montones de muertos o «montaron en el camello de la
noche».
Privada de su última
esperanza, Atharib fue tomada por asalto, sus fortificaciones arrasadas y su
guarnición esclavizada o pasada a cuchillo; las pilas de sus huesos pudieron
verse durante años. Así se aplacó el terror de Cerep.
Sin embargo, las pérdidas no fueron solo de un bando, y Zengy estaba ansioso
por llevar a sus heridos a casa y dar descanso a sus hombres. Tras llegar a un
acuerdo con la fortaleza vecina de Harim, regresó a Mosul en 1130, convertido
en el líder más famoso del Islam. Sus hazañas se difundieron por todo el
territorio, y su nombre se convirtió en sinónimo de valor y ferocidad. Los
cristianos lo llamaban «Sanguineus», y él
mismo lo había firmado con sangre en el campo de batalla de Atharib.
Zengy se tomó cuatro
años de respiro de la guerra santa. Tenía mucho en qué ocuparse en Mosul,
manteniendo su supremacía sobre los jefes vecinos; y la muerte de su soberano,
el sultán, en 1131 desencadenó otra guerra por la sucesión selyúcida, en la que
Zengy participó. Fue en esta campaña cuando sufrió la derrota a manos de
Karaja, el copero, que le obligó a él y a su ejército a huir en desbandada
hacia el Tigris, donde las barcas del gobernador de Tekrit les salvaron de la
destrucción. El califa intentó sacar partido de este revés y saldar viejas
cuentas con el atabeg; pero su asedio de Mosul en
1133 fue literalmente frustrado por Zengy, quien rodeó por completo a los
sitiadores, y tras tres meses de ataques infructuosos, Su Santidad se retiró.
Una vez que el horizonte oriental volvió a estar en calma, el atabeg volvió a dirigir su mirada hacia Siria. Para librar
con éxito la yihad, era esencial tomar posesión de Damasco, el corazón
de Siria, que por entonces no era más que un simple puesto avanzado de los
francos. Damasco debía ser suyo y, entonces, reuniendo los ejércitos de Siria y
de la «Isla», arrojaría a los «perros de los cristianos» al mar.
Era un sueño destinado a
no hacerse realidad para quien lo soñaba, aunque se cumpliera tras su muerte.
Su primer intento, en 1135, fue repelido con éxito. Entonces, el hábil
estadista que gobernaba Damasco en nombre de una serie de señores nominales, Muineddin Anar (el Ainardus de
los cronistas latinos), tomó la única medida posible para frustrar el plan de
Zengi, y se alió con los francos. Los propios cruzados sentían un temor no
desdeñable ante el furioso defensor del Islam, y se alegraron de ayudar a
Damasco a frenar su avance. Cuando Zengi volvió a llegar a Siria en el verano
de 1137, se encontró con que los francos estaban del lado de Anar, y su primera
acción fue acorralarlos, junto con el rey de Jerusalén, en el castillo de Barin
(Mont Ferrand). Los historiadores árabes describen la fortaleza como «alta como
la cresta de Orión, más elevada que las cimas de las montañas», cuya
vertiginosa cumbre era inalcanzable para las aves de alas cansadas; y los
francos la consideraban inexpugnable. Sin embargo, después de que las mangonelas de Zengy hubieran bombardeado sus murallas, Mont
Ferrand se vio obligado a arriar su bandera. (Una mangonela o honda de piedras era una máquina para lanzar piedras accionada mediante
cuerdas trenzadas. La otra máquina de asedio principal de la época, la
catapulta (balista), se asemejaba a una enorme ballesta). El atabeg obsequió al rey Fulco —«ab hoste satis humane tractatus», como admite Guillermo de Tiro— con una túnica
de ceremonia, y se permitió a la guarnición, agotada y desanimada, retirarse
con los honores de la guerra.
Esta inusitada clemencia
fue fruto de la prudencia común. Zengi se había enterado de que fuertes
refuerzos procedentes de Europa estaban desembarcando en Siria, por lo que,
tras concertar apresuradamente una tregua con Damasco, se retiró a Mosul. De
hecho, se estaba formando una formidable coalición para su derrota. El
emperador Juan Comneno introdujo un ejército en Siria, al que se unieron no
solo los estados cruzados, sino también el señor musulmán de Damasco y sus
dependencias. Juan comenzó intercambiando embajadas amistosas con Zengi, y se
hace mención de regalos de halcones y leopardos de caza, así como de un tratado
que garantizaba las inmunidades de Alepo. Pero tales hechos no valían ni el
pergamino en que estaban escritos en una época en la que los eclesiásticos
cristianos establecían la norma de que un juramento a un infiel era nulo y sin
efecto. A continuación, el emperador tomó Bizaa y
Kafar Tab, y luego sitió Sheyzar, la fortaleza familiar de Osama a orillas del
Orontes, en abril de 1138. Se convocó a Zengi para que acudiera al rescate, y
este se apresuró con marchas forzadas. Aunque no tenía fuerzas suficientes para
expulsar al enemigo de su posición en las alturas, sus escaramuzas de
hostigamiento, los rumores sobre el avance de David de Keyfa, junto con una
hábil diplomacia y el pago de dinero en efectivo, hicieron cambiar de opinión
al emperador, ya indignado por la indiferencia y la frivolidad de los príncipes
latinos; pues el vigésimo cuarto día del asedio «el Perro de los Romanos» partió,
abandonando su equipo de asedio, incluidos dieciocho enormes mangoneles, que Zengy se apropió al instante. «Fue así
—dijo Ibn al-Athir— como Dios bastó a los fieles en la lucha».
La intervención del
emperador había resultado inútil; pero el acuerdo entre Damasco y Jerusalén se
mantuvo. En vano intentó Zengy conciliar a los gobernantes de la capital siria
casándose con la Dama Esmeralda (Zumurrud Khanum), la madre viuda del señor reinante,
y entregando a su propia hija al propio emir. El joven fue asesinado poco
después, y todo tuvo que volver a empezar desde cero. Nada podía tentar ni
intimidar a Anar, el verdadero gobernante de la ciudad, ni siquiera la salvaje
ejecución de la guarnición de Baalbek —su feudo personal— después de que esta
se hubiera rendido en octubre de 1139 ante la solemne promesa de salvoconducto
de Zengi, jurada sobre el Corán y el triple divorcio. Esta traicionera masacre
no hizo más que reforzar la alianza con los cristianos, que quedó ahora
consolidada mediante un tratado formal, por el que Anar accedió a pagar al rey
de Jerusalén una subvención mensual de 20 000 piezas de oro y a cederle Banias, si este le ayudaba a arrebatársela a Zengy y a
expulsarlo del territorio. La ciudad fue tomada como estaba previsto por los
extraños aliados, pero Zengi les ahorró la molestia de cumplir la última parte
del acuerdo al retirar él mismo su ejército de Siria. Dejando al padre de
Saladino como gobernador de Baalbek en recompensa por sus largos y probados
servicios, volvió a dejar Damasco sin someter y regresó a Mosul.
La resistencia de
Damasco frustró los planes de Zengi en Siria. Entonces decidió lanzar un ataque
contra los cruzados desde otro flanco. Rechazado en el sur, se abalanzaría
sobre ellos desde las montañas del norte. Sus preparativos fueron minuciosos.
Protegió su retaguardia y sus flancos intimidando a los kurdos, tomando Shahrzur y Ashib (que reconstruyó y bautizó con su propio
nombre, el-Imadiya, Amadia,
como se llama hasta hoy), y aliándose por matrimonio con el sah de Armenia. A
continuación, avanzó gradualmente hacia el enemigo. Una tras otra, las ciudades
de Diyar-Bekr cayeron en sus manos, hasta que su
ejército se plantó ante las fuertes murallas de Amid, a la que comenzó a sitiar
sin otra causa más justa que el adagio árabe: «La espada es mejor título de
propiedad que los pergaminos». Pero Amid no era su objetivo; su mirada se
dirigía a otra parte; y, como dice el cronista oriental, «no hacía más que
coquetear con Amid para ocultar su deseo de conquistar Edesa».
Mientras su viejo
adversario, Joscelin de Courtenay, hubiera ocupado la famosa ciudad episcopal, Calirroa de las dulces aguas, Zengy no se había atrevido a
acercarse a ella. El inquieto conde había sido un terror en todo Diyar-Bekr y Siria: un auténtico «demonio entre los infieles»,
como lo llamaba el cronista musulmán; y Edesa había sido el bastión más fuerte
del Estado cristiano. Pero Joscelin había muerto, y un segundo Joscelin, muy
diferente, ocupaba ahora su lugar. Valiente como su padre, pero solo en
impulsos esporádicos, por lo general indolente y hedonista, Joscelin II
prefería la cómoda tranquilidad de su feudo en Tell Bashir (Turbessel)
a los rigores de la región montañosa, y la artimaña de Zengy de asediar Amid
bastó para que el conde decidiera retirarse a su agradable finca siria. A sus
seguidores latinos no les costó nada seguir su ejemplo, y Edesa quedó al
cuidado de comerciantes caldeos y armenios, inexpertos en el manejo de las
armas, que dependían de la protección de mercenarios a los que a menudo se les
debía el sueldo de un año o más. Con tales defensores, ni siquiera las murallas
más fuertes servían de mucho.
Había llegado la
oportunidad de Zengy, y cuando la ciudad quedó abandonada por su señor y la
selecta caballería cruzada, levantó de repente el asedio de Amid y avanzó sobre
Edesa con un vasto ejército. En primer lugar, instó a la guarnición a rendirse,
reacio a causar daño a una ciudad tan majestuosa; pero cuando se negaron
—conscientes, sin duda, del destino de Baalbek—, consultó el Corán y, tras
obtener un augurio favorable, dio la orden de asedio. Había traído mangoneles y zapadores expertos, y cubrió los avances de
los ingenieros con un bombardeo devastador y asaltos incesantes, hasta que los
sitiados comprendieron las palabras del Corán: «La tierra, por muy espaciosa
que sea, se les hizo demasiado estrecha». Un poeta árabe cantó sobre él:
Cabalga en una oleada de
jinetes, que se extienden por la tierra como un torrente;
Sus lanzas lanzan
palabras al enemigo con lenguas teñidas de sangre.
Su belleza es oscura
como la noche, pero su frente tiene la luz de la mañana;
Muestra misericordia a
su antojo, pero no en el fragor de la batalla:
Corazón del corazón de
su ejército, y alas de sus alas, tal es su poder.
Tras enviar en vano
repetidas partidas de asalto, los ingenieros llevaron por fin sus minas,
rellenas de leña ardiente, hasta las murallas. El propio Zengy inspeccionó las
trincheras y luego dijo: «Que ningún hombre cene conmigo esta noche a menos que
esté dispuesto a cabalgar conmigo hacia Edesa por la mañana». Tras un mes de
asedio, se abrió una brecha de más de cien codos y las tropas turcomanas se
abalanzaron sobre la ciudad rendida (23 de diciembre de 1144). Estaban
enloquecidos por la embriaguez de la victoria y ardían en deseos de vengar los
mil insultos que los señores de Edesa habían hecho tragar a los musulmanes;
había llegado el momento de borrar con sangre las incursiones y masacres, los
saqueos y los incendios que habían convertido a los caballeros de Balduino y
Joscelin en un terror para toda la región. En su furia inicial no perdonaron a
nadie: «asesinaron a las viudas y a los extranjeros y dieron muerte a los
huérfanos»; derribaron cruces, mataron a monjes y sacerdotes, lo destruyeron y
pisotearon todo, salvo a las muchachas esbeltas como gacelas, a los jóvenes
aptos para ser esclavos y a los tesoros de los comerciantes. Fue despiadado,
pero ¿acaso no describía el Corán castigos justos como este?
«Así fue la mano pesada
de tu Señor Dios, que Él hizo caer sobre las ciudades que habían cometido
maldad: ¡sin duda, Su agarre es mortal y temible!»
Entonces el propio Zengy
entró en la ciudad y quedó asombrado por su belleza y majestuosidad, y se
entristeció al pensar que tuviera que sufrir a manos suyas. Detuvo a los
soldados en su furia destructiva y les obligó a entregar a sus prisioneros —los
jóvenes y las muchachas parecidas a gacelas—, así como el tesoro y los bienes
que habían arrebatado. Devolvió a los habitantes —todos los que quedaban— a sus
hogares, para que la ciudad pudiera recuperar su prosperidad, y no escatimó
esfuerzos para reparar el daño que había causado.
Edesa, en palabras del
historiador árabe, fue «la conquista de las conquistas»: el pilar más sólido
del Reino Latino fue arrancado de raíz; Saruj y los
demás satélites de la gran ciudad se rindieron de inmediato; y el valle del
Éufrates quedó finalmente liberado de la opresión de los infieles. «La
verdad ha llegado y la falsedad se ha desvanecido» se proclamó a lo largo y
ancho de la tierra; pues el islam había triunfado. La victoria fue tema de
conversación en todo el mundo civilizado, y la gente se deleitaba en relatar
extraños presagios de aquel maravilloso acontecimiento. Muy lejos de allí, un
hombre santo, que sometía su cuerpo a la abstinencia y al rigor, salió un día
de su celda con el rostro transfigurado por la alegría y dijo al pueblo: «Uno
de los hermanos me ha dicho que Zengy ha tomado Edesa hoy». Al cabo de un
tiempo, algunos de los hombres que habían combatido en el asedio se encontraron
por casualidad en su retiro: «Oh, maestro», le dijeron, «sabíamos que
triunfaríamos desde el momento en que te vimos de pie en las murallas gritando
el grito de guerra: “Alá Akbar”». El santo negó haber estado en Edesa, pero
todos juraron con gran fervor que lo habían reconocido en la muralla. Aún más
extrañas fueron las palabras del piadoso sabio musulmán de Palermo, ante quien
el rey Roger de Sicilia se regocijaba por algunos éxitos recientes de sus tropas
sobre los sarracenos: «¿Dónde estaba vuestro Profeta —preguntó—, que no acudió
en ayuda de sus fieles?». El sabio respondió: «¡Estaba ayudando en la conquista
de Edesa!». Los cortesanos estallaron en carcajadas, pero el rey los reprendió
con severidad: aquellas palabras le habían impresionado de manera extraña. Poco
después, se explicaron con toda claridad.
El gran atabeg no sobrevivió mucho tiempo a su triunfo supremo. Sin
duda, pasó los dos años siguientes organizando sus nuevos dominios, pues nunca
regresó a Mosul. En el marco de sus planes para establecer un imperio sirio, en
1146 estaba sitiando activamente el castillo de Jaabar,
junto al Éufrates, cuando una noche, mientras dormía, embriagado por el vino,
algunos de sus esclavos se colaron en su tienda y comenzaron a beber lo que
quedaba. El ruido despertó a Zengy, quien reprendió duramente a los hombres y
luego volvió a dormirse. Al parecer, los hombres temían el castigo que sin duda
les esperaba a la mañana siguiente; pero el atabeg solía ser un amo tan cruel que bastaba muy poco para llevarlos a la
desesperación, incluso si el gobernador de la fortaleza sitiada no les hubiera
ofrecido una recompensa por su vida. Se armaron de valor y lo apuñalaron
mientras yacía. El eunuco Yaruktash asestó el golpe
mortal y, a continuación, los tres se dieron la vuelta y huyeron al castillo.
Cuando se dio la alarma, el gran emir se encontraba al borde de la muerte. Uno
de los presentes contó cómo había encontrado a su señor aun respirando:
«Al verme, pensó que
había venido a asestarle el golpe final, y alzó un dedo lastimero, como si
suplicara clemencia. Me detuve en seco, exclamando: “¡Oh, mi señor, ¿quién ha
hecho esto?”. Pero no tuvo fuerzas para responder, y en ese instante exhaló su
último aliento». (14 de septiembre de 1146).
Así murió Imad-ed-din Zengy, «Rey de los emires», «Pilar de la Fe», a la
edad de sesenta y dos años, a manos de la espada que él mismo había esgrimido
sin piedad: con su gran ambición insatisfecha y su objetivo sin alcanzar.
Mientras yacía allí inerte, traicionado y asesinado por hombres que habían
comido en su mesa, nadie le prestó atención; sus hijos y sus secuaces estaban
todos ansiosos por
«¿Cómo te ha tratado Dios?»
«Con perdón».
«¿Por qué
motivo?»
«Por Edesa».
Mientras tanto, los
cruzados hacían juegos de palabras sobre el trágico final de «Sanguin» en su
latín burlesco:
«¡Qué buen desenlace!
Sanguin se volvió sanguinario
Vir homicida reus nomine Sanguineus»,
Pero se alegraron
demasiado pronto. Zengy estaba muerto, es cierto, pero había realizado una obra
que todos los príncipes de la cristiandad juntos no podrían deshacer, y dejó en
su hijo Nur-ed-din y en su seguidor Saladino a
líderes que sabían cómo coronar la tarea que él había comenzado. Cuarenta años
después de la muerte del gran atabeg, Tierra Santa
pertenecía a Saladino, y Jerusalén había vuelto a caer en manos de los
musulmanes, que la han conservado hasta el día de hoy.
Dejamos a Ayyub en 1138
alejándose con tristeza del castillo de Tekrit, junto a su hermano,
precisamente la noche en que nació Saladino. Se dirigieron a Mosul, donde se
encontraban con Zengy, y la acogida que recibieron no les decepcionó. El gran atabeg no había olvidado el transbordador del Tigris y
nunca fue hombre de rechazar una buena espada. Los dos hermanos sirvieron en
sus ejércitos en numerosas guerras y, cuando cayó Baalbek, en octubre de 1139,
Ayyub se convirtió en gobernador de la ciudad conquistada. Baalbek, o
Heliópolis, la antigua «ciudad del Sol», era famosa no solo por su antigüedad y
sus templos, sino también por su elevada ubicación. Se alzaba entre el Líbano y
el Antilíbano, dominando el valle del Litani, a una
altura de cuatro mil pies sobre el nivel del mar, y se decía que era la ciudad
más fría de Siria. Una leyenda cuenta que unos hombres le preguntaron al Frío:
«¿Dónde te encontraremos?», y él respondió: «Mi hogar es Baalbek». Aunque lejos
de ser la magnífica ciudad que fue en los tiempos en que Antonino Pío construyó
el gran templo —del que aún se conserva una parte—, Baalbek, en la época de
Ayyub, seguía siendo una ciudad importante, rodeada de campos fértiles, huertos
y jardines, y defendida por una muralla sólida, con una ciudadela, o acrópolis,
al oeste. Aún no había sufrido el azote de los mongoles ni la catástrofe final
del terremoto que la redujo a su actual estado de ruinas. Sus «prensas
rebosaban de uvas», el agua dulce corría por la ciudad y los molinos y las
ruedas hidráulicas que la rodeaban daban testimonio de su fertilidad. Que se le
confiara el mando de una ciudad tan grande y próspera era una prueba
convincente de la confianza que Zengy depositaba en él, sobre todo teniendo en
cuenta que se trataba del puesto avanzado más meridional frente a la hostil
ciudad de Damasco, situada a solo treinta y cinco millas de distancia.
Allí pasó Saladino, el
hijo del gobernador, algunos años de su infancia; y, según reza el dicho,
debieron de ser años felices, porque no hay constancia de ellos. No sabemos
absolutamente nada de la familia de Ayyub entre 1139 y 1146, el período en que
residieron en Baalbek. Sin duda, Saladino recibió la educación habitual de un
niño musulmán; probablemente, como hijo del comandante, tuvo acceso a la mejor
enseñanza posible. Ayyub era especialmente devoto, e incluso fundó un convento
para ermitaños sufíes en Baalbek. Sin duda, su hijo recibió durante años una
formación rigurosa en el Corán, en gramática árabe y en los fundamentos de la
retórica, la poesía y la teología; pues, independientemente de la raza de los
gobernantes sarracenos de aquella época, su nivel educativo era árabe; e
inculcar el Corán y las tradiciones, enseñar un estilo árabe puro y las
sutilezas de la sintaxis árabe, constituía el objetivo principal de aquellos
hombres eruditos, aunque de miras limitadas, a quienes se había confiado la formación
de la juventud distinguida.
Cualquiera que fuera la
educación que Saladino recibiera en Baalbek, debió de ser escasa en comparación
con las oportunidades que tuvo más tarde. Aún no había cumplido los nueve años
cuando el mecenas de su padre fue asesinado, y la muerte del gran atabeg supuso, por supuesto, la señal para que Baalbek
fuera recuperada por su antiguo propietario de Damasco. Ayyub no hizo ningún
esfuerzo por defender la ciudad. Siempre fue un hombre diplomático y prudente,
muy atento a sus propios intereses. Se dio cuenta de que los dos hijos de
Zengy, que se repartían los dominios de su padre, estaban ocupados vigilándose
mutuamente y no tenían tiempo para ocuparse de Baalbek. Mosul estaba lejos y
Alepo se mostraba tímida. Por otro lado, Damasco estaba cerca y estaba decidida
a recuperar lo que era suyo. Cuando sus tropas entraron en Baalbek, Ayyub
negoció las condiciones desde la ciudadela y, antes de rendirse, había acordado
recibir un generoso feudo, que incluía diez aldeas cercanas a Damasco, una
buena suma por adelantado y una casa en la capital. Gracias a su habilidad
política y su sagacidad, pronto consiguió un alto cargo en la corte de Abak, nieto de Tughtigin, y en pocos años ascendió hasta
convertirse en comandante en jefe del ejército de Damasco.
Ayyub ocupaba este
elevado cargo cuando el hijo de Zengy, el rey de Alepo, Nureddin Mahmud, marchó
contra Damasco en abril de 1154. El nombre de Nur-ed-din
(Noradin) solo es superado por el de Saladino entre
los grandes defensores del islam. «Tras la catástrofe de Jaabar,
el reino del atabeg se había dividido en dos partes:
su hijo mayor, Seyf-ed-din
Ghazy, le sucedió debidamente en Mosul, mientras que su hijo menor, Nureddin,
gobernaba la provincia siria. Apenas se había afianzado en el trono de Alepo
cuando se le pidió que defendiera Edesa. Inmediatamente tras la muerte de
Zengy, los habitantes armenios invitaron a su antiguo conde, Joscelin de
Courtenay, a recuperar la ciudad, y en noviembre de 1146 este tomó por sorpresa
a la guardia turcomana mientras dormía, y la ciudad quedó en sus manos. La
ciudadela, sin embargo, resistió hasta la llegada de Nureddin, momento en el
que Joscelin y sus tropas se retiraron prudentemente, mientras que los armenios
que intentaban huir bajo su protección quedaron atrapados entre la guarnición y
los ejércitos de socorro y fueron masacrados.
«Era lamentable de ver y
doloroso de contar: la multitud indefensa, la población pacífica, ancianos y
enfermos, matronas y doncellas tiernas, abuelas ancianas y niños pequeños,
incluso lactantes, en las fauces de la puerta, unos pisoteados por los jinetes,
otros asfixiados en la aglomeración, otros asesinados por las espadas
despiadadas del enemigo».
Muy pocos escaparon con
el ejército en retirada, al que Nur-ed-din persiguió
y acosó hasta el Éufrates.
El propio Joscelin fue
capturado más tarde, cegado y encarcelado en Alepo, donde murió tras nueve años
de sufrimiento. Su fracaso fue seguido por la extinción total del poder franco
en todo el país de Edesa y a lo largo de la frontera norte. La desastrosa
Segunda Cruzada, liderada por el emperador Conrado y Luis VII, minó aún más el
ánimo de los cristianos. Acudieron, impulsados por la predicación de San
Bernardo, para borrar la vergüenza de Edesa; pero solo se deshonraron a sí
mismos ante Damasco, en 1148, donde el vigilante Anar —que ya no temía a Zengy
y que, sin duda, contaba con la ayuda de Ayyub— los mantuvo a raya y,
finalmente, vio cómo sus fuerzas se desvanecían.
«Desde el lugar de
reunión en Tiberíades, el ejército, con la Santa Cruz a la cabeza, cruzó el
Jordán; primero iban los barones del reino al mando del rey Balduino, luego los
franceses y, por último, los alemanes. La muralla de barro que rodeaba los famosos
jardines de Damasco no supuso ningún obstáculo para el avance de un ejército
semejante. Pero los frondosos huertos, con sus estrechos senderos y su
profusión de frutos y vegetación, constituían una protección mucho mejor para
la ciudad. Por todas partes, a lo largo y ancho de esta vasta extensión de
verdor y árboles, los sarracenos, emboscados, se oponían al avance de los
invasores; o, encerrados en edificios elevados, que aquí y allá se alzaban como
islas de piedra en un mar de verdor, lanzaban sus flechas desde lo alto. Por
fin, tras una larga lucha, se despejaron los bosques, y los cristianos,
agotados por el calor y la sed, se dirigieron hacia el río, solo para
encontrarse con un nuevo ejército desplegado contra ellos. «¿Por qué no
avanzamos?», gritó Conrado desde la retaguardia y, al enterarse de la causa, se
abrió paso a través del batallón francés hasta la vanguardia. Allí, al más puro
estilo teutónico, él y sus caballeros saltaron de sus caballos de guerra y,
cerrando filas tras su muro de escudos, pronto hicieron retroceder al enemigo
hasta el interior de la ciudad».
«El asedio comenzó
entonces en serio y habría tenido un desenlace favorable», dice Guillermo de
Tiro, «de no ser por la codicia de los príncipes, que entablaron negociaciones
con los ciudadanos. Siguiendo el consejo de los traidores, el campamento se trasladó
al suroeste, donde, según corría el rumor, la muralla era demasiado débil para
resistir el más leve asalto. Pero allí los cruzados se encontraron con un
enemigo más letal que las fuertes fortificaciones; pues en su nueva posición
quedaron aislados del río y privados de los frutos de los huertos; y, por falta
de alimentos y de liderazgo, la desesperación se apoderó del ejército, hasta el
punto de que los hombres comenzaron a hablar de retirada. Además, existían
celos entre los francos sirios y sus aliados occidentales, y de esta doble
fuente fértil de maldad, Anar, el visir de Damasco, no tardó en sacar provecho
para sí mismo. Les señaló a los primeros la insensatez de ayudar a sus hermanos
a tomar Damasco, cuya conquista no sería más que el preludio de la toma de
Jerusalén. Sus argumentos, respaldados sin duda por sobornos, provocaron el
abandono del asedio».
Para la Pascua de 1149,
esta valiente cruzada ya se dirigía de vuelta a casa.
En una crisis semejante,
ningún hombre capaz de empuñar una espada podría haber permanecido ocioso en
Damasco. Ayyub, aunque probablemente no alcanzara el rango de comandante en
jefe hasta después de la muerte de Anar, en el mes de agosto siguiente al asedio,
debió de desempeñar un papel destacado en la defensa. Saladino era, por
supuesto, demasiado joven para ser más que un espectador absorto. Es cierto que
la leyenda occidental cuenta cómo Leonor de Francia mantuvo sus amoríos con el
futuro «sultán»; pero, dado que él no tenía entonces más que once años, los
celos del rey Luis encontraron un cómplice más probable para el divorcio —que
tuvo lugar posteriormente— que un buen niño en la escuela.
Cinco años más tarde,
Ayyub fue el principal artífice del cambio de dinastía y de la admisión del
hijo de su antiguo mecenas en la capital de Siria. Sucedió que, mientras el
hermano mayor había llegado a un acuerdo con Damasco y había ascendido allí a
un alto cargo, el menor, Asad-ed-din Shirkuh, el
«León de la Montaña», había entrado al servicio de Nureddin, y tal fue el valor
que demostró en cada enfrentamiento, que su señor no solo le concedió valiosas
ciudades en feudo —como Emesa y Rahba—, sino que le
puso al mando del ejército destinado a la conquista de Damasco.
Por fin parecía haber
llegado la gran oportunidad. Los francos estaban desacreditados y consternados
tras el lamentable fracaso de la Segunda Cruzada; Mesopotamia gozaba de paz
bajo el magnánimo gobierno del hijo mayor de Zengi; el indomable Anar, que había
resistido en repetidas ocasiones al propio gran atabeg,
había fallecido, y en su lugar había surgido Ayyub, cuyo hermano era el
mariscal de confianza de Nur-ed-din; y el príncipe de
Damasco ya había rendido humildemente homenaje al rey de Alepo. Si alguna vez
había llegado el momento de hacer realidad el sueño de Zengi de un imperio
sirio, con Damasco como centro, era ahora.
En abril de 1154, el
ejército de Nur-ed-din se presentó con algún pretexto
ante la ciudad aún inconquistada. Shirkuh entabló
negociaciones con su astuto hermano dentro de las murallas. En seis días todo
quedó acordado; Ayyub hizo honor a su antigua devoción por la casa de Zengy y
se puso del lado de los batallones más fuertes. El pueblo de Damasco, como
ovejas descarriadas, ahora que Anar había muerto, abandonó a su señor
hereditario y, siguiendo el consejo de Ayyub, abrió sus puertas al soberano más
poderoso de la época. Nur-ed-din entró en Damasco sin
derramar una gota de sangre, y los hermanos fueron debidamente recompensados. A
Ayyub, el único de toda la corte, se le concedió el derecho a sentarse en
presencia del rey, y fue nombrado gobernador de Damasco; Shirkuh se estableció en Emesa, con el virreinato sobre toda la provincia damascena. El
transbordador del Tigris había resultado ser un talismán infalible; pero si
bien debían su primer avance a un golpe de suerte, ambos hermanos poseían
evidentemente el talento y el valor necesarios para aprovechar sus
oportunidades.
Entre 1154 y 1164,
Saladino vivió en Damasco, en la corte de Nur ad-Din, con el respeto que
correspondía al hijo del comandante. En cuanto a lo que hizo, lo que estudió,
cómo pasó el tiempo y con quién, los cronistas árabes guardan un silencio
exasperante. Se nos informa de que se mostró como un joven de «excelentes
cualidades», que aprendió de Nur ad-Din a «caminar por la senda de la rectitud,
actuar con virtud y ser celoso en la lucha contra los infieles». Como hijo del
gobernador, gozaba naturalmente de una posición privilegiada, pero, lejos de
mostrar ningún indicio de futura grandeza, era evidentemente un brillante
ejemplo de esa virtud serena que rehúye «la última debilidad de las mentes
nobles». Esto es todo lo que se nos cuenta de Saladino hasta los veinticinco
años. Los nobles sirios —y el rango de Saladino era ya elevado— dedicaban su
juventud al estudio y su edad adulta a la guerra, la caza y el cultivo de las
letras. El acecho del león era el rey de los deportes, pero la caza con
sabuesos y la cetrería se practicaban con energía incansable. Leemos que se
importaban regularmente perros de caza y halcones de Constantinopla, donde se
criaban con gran esmero y pericia. Pero no se nos dice ni una palabra que
respalde la suposición de que Saladino, en su juventud, fuera un gran cazador;
todo lo que sabemos nos lleva a creer que prefería un retiro tranquilo y que,
al igual que su sagaz padre —más que su impetuoso tío—, regía su vida según
principios de prudencia y serenidad. A la hora de elegir entre dos caminos —uno
arduo pero que conducía al honor y la fama, y otro a una insignificancia
pacífica—, Saladino, como veremos, se esforzó por elegir este último; tampoco
se trataba de un «noli episcopari» formal, sino
más bien de la protesta de un carácter reservado contra el ajetreo y la presión
de una carrera ambiciosa. Era uno de esos a quienes la grandeza les viene
impuesta; y aunque, una vez que se lanzó de lleno, no dejó pasar ninguna
oportunidad de ampliar su poder, cabe dudar de si alguna vez habría dado el
primer paso de no ser por la insistencia de sus amigos. Una juventud sin
incidentes podría haber dado paso suavemente a una vejez tranquila, y Saladino
podría haber seguido siendo el sencillo Salah-ed-din
de Damasco, con un nombre demasiado oscuro para ser europeizado.
Tampoco es probable que
hubiera destacado como erudito o poeta. A juzgar por sus últimos años, sus
gustos literarios se inclinaban hacia lo teológico; le encantaba la poesía, sin
duda, pero menos que la dialéctica aguda; y escuchar cómo se rastreaban y verificaban
las tradiciones sagradas, cómo se formulaba el derecho canónico, cómo se
explicaban pasajes del Corán y cómo se reivindicaba la ortodoxia sólida le
inspiraba un extraño deleite. Al igual que su padre Ayyub, era ante todo un
musulmán devoto; y en Damasco tuvo amplias oportunidades para cultivar la
teología. El saber en aquellos tiempos significaba, más que nada, un arsenal
teológico, y los sabios acudían en masa desde Oriente y desde Occidente, desde
Samarcanda y desde Córdoba, para enseñar y aprender en las mezquitas y madrasas
de Damasco. Seguramente trajeron consigo el conocimiento de otras tierras,
otras costumbres y otras artes. Quizá Saladino se sentaba a escuchar en el
rincón occidental de la Gran Mezquita Omeya, cuando Ibn-Aby-Usrun impartía allí sus clases. No podía tener mejor maestro que aquel a quien se
calificaba de «líder de su época en talento y erudición jurídica», y a quien
Nur ad-Din no solo trajo consigo a Damasco, sino que incluso construyó
facultades en la mayoría de las grandes ciudades de Siria para que impartiera
clases, a fin de que todos pudieran conocer sus maravillosos dones. Llegó a ser
juez en Mesopotamia, y dice mucho de la fidelidad de Saladino a sus primeros
vínculos el hecho de que, cuando el anciano perdió la vista, el joven de
Damasco que se había convertido en el más grande de los sultanes se negara a
que se le privara de su honorable cargo.
Una prueba indirecta de
la vida retirada que llevó Saladino en su juventud y primera madurez se
encuentra en el hecho de que Osama, quien pasó casi la totalidad de los diez
años, de 1154 a 1164, en Damasco manteniendo relaciones íntimas con la corte
(cuando esta se encontraba allí), no lo menciona ni una sola vez, y cuando por
fin lo conoció en 1174, parece que hubo que hacer una presentación formal. Si
Saladino hubiera estado constantemente en la corte, Osama habría tenido que
conocerlo. Al mismo tiempo, hay que recordar que el caudillo árabe tenía entre
sesenta y setenta años en la época de su primera estancia en Damasco, y
difícilmente habría prestado mucha atención a un simple jovencito; y, además,
que la naturaleza impulsiva y bohemia del viejo poeta habría tenido poco en
común con el joven serio que prefería la compañía de los teólogos. Es posible
que Saladino considerara a Osama una triste advertencia, y que el viejo árabe
alocado quizá replicara con la opinión de que el discreto hijo del gobernador
no era más que un pedante.
El hecho de que
Saladino, quien más tarde se convertiría en el líder más ilustre de su época,
fuera aparentemente un individuo completamente desconocido hasta los
veinticinco años, resulta aún más curioso si se tiene en cuenta que su tío
Shirkuh —quien posteriormente lo introdujo en la vida pública— era la mano
derecha de Nur-ed-din, un general notablemente capaz
y ambicioso, e incluso se hablaba de él como si fuera casi su colega en el
poder. Cuando en 1159 Nur-ed-din parecía estar
muriendo a causa de una enfermedad que lo mantuvo postrado durante meses en un
lecho de enfermo en Alepo, Shirkuh, por entonces sin duda el noble más
importante de Siria, estuvo a punto de hacerse con la propia corona, y solo lo
disuadieron los consejos siempre prudentes de Ayyub, quien sugirió que tal vez
fuera prudente esperar y ver si su señor iba realmente a morir o no. En 1160, Shirkuh actuó como jefe de la caravana de peregrinos de
Damasco a La Meca y hizo gala de una pompa
extraordinaria en dicha ocasión; sin embargo, no se tiene constancia de que
Saladino formara parte de su brillante séquito, ni este último, a pesar de su
instinto religioso, realizó jamás ese viaje que para los musulmanes constituye
el acto culminante de la gracia. Shirkuh, por supuesto, desempeñó un papel
destacado en las guerras de Nur-ed-din, en la
conquista de Harim (Harenc) a los francos en 1162, y
en la posterior toma de cincuenta fortalezas sirias, gracias a lo cual el reino
del prudente hijo de Zengi se extendió hasta Marash, en la frontera con el
sultanato selyúcida de Rum al norte, y hacia el sur hasta Banias,
al pie del monte Hermón, y hasta Bozra, en el Haurán.
Saladino no participó en
nada de esto: si hubiera tenido la más mínima participación en alguna operación
bélica, podemos estar seguros de que sus admirados biógrafos lo habrían
registrado. No fue hasta que Shirkuh realizó sus memorables expediciones a Egipto
cuando el futuro «sultán de los musulmanes» salió de su retiro voluntario y
ocupó con valentía el lugar de su tío como verdadero sucesor de Zengi en el
papel de defensor del Islam.
Durante dos siglos,
Egipto había sufrido el dominio de una dinastía de califas heréticos que se
jactaban de descender de Fátima, la hija del profeta Mahoma, y que por ello
eran conocidos como los fatimíes. Profesaban la peculiar filosofía mística de
los chiitas, defendían la encarnación de la Razón Divina en los imanes
descendientes de Alí y Fátima, y creían en la llegada del Mahdi, el último
líder inspirado de ese mismo linaje elegido. A pesar de la rígida ortodoxia de
la gran mayoría de los egipcios, que seguían las enseñanzas del gran imán suní esh-Shafiy —cuya tumba en el desierto, a las afueras de la
muralla sur de El Cairo, sigue siendo objeto de profunda veneración—, los
califas fatimíes impusieron su autoridad sin gran dificultad sobre un pueblo
acostumbrado a la sumisión y dócil en cuestiones de fe; y durante varias
generaciones ejercieron un poder sin igual entre los estados musulmanes. Sus
armadas disputaron el dominio del Mediterráneo a las de los califas de Córdoba;
ocuparon con éxito Sicilia y asaltaron Cerdeña y Córcega; sus barcos surcaban el
mar Rojo y el océano Índico, e incluso navegaban por la costa de África
Occidental a través del estrecho de Gibraltar; sus caravanas comerciaban con
Asia y Europa, y penetraban en el corazón de África hasta el lago Chad; sus
ejércitos controlaban Siria y Arabia, además de Egipto, y provocaban una alarma
constante en sus rivales en decadencia, los califas abasíes ortodoxos de
Bagdad. Su riqueza, fruto del gran comercio con la India, que pasaba por sus
aduanas hacia los mercaderes de Venecia y Pisa, era fabulosa, si damos crédito
al asombroso inventario de joyas y tesoros que recogen los historiadores
árabes; el lujo y la prodigalidad de su corte eran motivo de asombro para los
enviados extranjeros; las murallas, las puertas y las mezquitas de El Cairo dan
testimonio de su espléndida concepción de lo que le correspondía a la ciudad
real; sin embargo, lo que queda de su arquitectura no es más que un vestigio de
las nobles obras en las que, según se sabe, prodigaron todos los recursos del
arte decorativo.
Egipto ha demostrado ser
la Capua de más de una raza conquistadora. Los califas fatimíes, abandonando la
sencillez de sus primeros tiempos, cuando gobernaban como misioneros entre los
sencillos y robustos bereberes de Kayrawán, se
deleitaban en la riqueza y el lujo de sus hermosos palacios de El Cairo, y al
cabo de un tiempo se contentaron con dedicarse exclusivamente a la búsqueda del
placer y dejar la odiosa labor de gobernar en manos de sus sirvientes. Sus
visires usurparon gradualmente todos los poderes soberanos e incluso asumieron
el título de rey, mientras que el pontífice fatimí, sumido en los cojines de su
harén, conservaba únicamente la misteriosa autoridad espiritual de la que, a
ojos de todos los devotos seguidores de la secta de Alí, estaba investido el
«verdadero imán». El califa de El Cairo, en su trono enjoyado, se convirtió en
una marioneta tanto como su rival de Bagdad. Las intrigas y las facciones
fueron las consecuencias naturales del gobierno burocrático, y el reino fatimí,
dividido contra sí mismo, con una población que no se había reconciliado del
todo con la secta chií, podría haber caído fácilmente presa de cualquier
invasor decidido. La prolongada inmunidad de Egipto se debió principalmente a
la debilidad de sus vecinos. Los selyúcidas le habían arrebatado, es cierto,
Siria, pero el imperio selyúcida se había fragmentado antes de que se intentara
una invasión de Egipto. La única potencia que amenazaba al gobierno fatimí en
la primera mitad del siglo XII era el Reino de Jerusalén. Los francos no solo
estaban en posesión de la costa siria y de muchas fortalezas del interior, sino
que eran guerreros ambiciosos, empeñados en el saqueo. Afortunadamente para
Egipto, los cruzados luchaban al menos tanto por el oro como por la gloria, y
no cabe duda de que los últimos fatimíes se ganaron su indulgencia mediante una
prudente concesión de subsidios, si no un tributo anual fijo.
La llegada de Nur al-Din
a la escena política siria, especialmente tras su conquista de Damasco, supuso
una influencia sumamente perturbadora. El rey de Siria y el rey de Jerusalén
eran ahora potencias rivales: ninguno podía permitir que el otro aumentara su
poder mediante la anexión de Egipto y, de este modo, obtuviera una posición
estratégica desde el sur. Ambos codiciaban el delta del Nilo y cada uno
vigilaba a su rival con celosa atención. Los visires egipcios, los verdaderos
gobernantes del país, plenamente conscientes de las posibilidades que ofrecía
la situación, se dedicaron a coquetear con ambas partes y a enfrentarlas entre
sí. Al final llevaron el juego demasiado lejos y le dieron a Saladino una
oportunidad que este no dejó pasar.
El motivo de la primera
intervención armada de Nur al-Din en los asuntos de Egipto fue una petición de
un visir destituido. En una época de frecuentes asesinatos y cambios de
ministros, Shawar, el gobernador árabe del Alto Egipto, llegó al cargo de visir
en enero de 1163, solo para ser destituido siete meses después y expulsado del
país por Dirgham, el guardián de la Puerta y comandante del batallón de Barkiya. Shawar huyó a Damasco, donde se presentó ante Nur
ad-Din y le imploró ayuda. No era la primera vez que un visir egipcio proponía
condiciones de alianza al rey sirio, pero las propuestas de Shawar eran
promesas desmesuradas fruto de la desesperación. Se ofreció a sufragar el coste
total de una invasión y, posteriormente, a entregar a Nur ad-Din un tercio de
los ingresos egipcios en concepto de tributo anual. El rey de Siria no era
indiferente a la importancia de hacerse con el control de Egipto: sabía que era
la clave maestra de la situación política y que constituiría una prolífica
fuente de ingresos. Sin embargo, dudaba en aceptar las propuestas de Shawar. La
desconfianza hacia el propio hombre y el temor a los riesgos a los que se vería
expuesta una expedición al marchar por el desierto por el flanco de los
cruzados le hicieron detenerse.
Los acontecimientos, sin
embargo, se sucedieron con demasiada rapidez para su prudencia. Dirgham se
enzarzó en una disputa con Amalric por la subvención anual, y el nuevo rey de
Jerusalén, con rápida decisión, invadió Egipto en septiembre de 1163 para exigir
el tributo habitual. Dirgham, tras sufrir una dura derrota cerca de Bilbeys, evitó ingeniosamente la derrota total rompiendo
las presas y los diques e inundando el país con las aguas embalsadas del Nilo,
que entonces se encontraba en su nivel máximo. Amalric ya se había retirado a
Palestina, pero medio satisfecho con algún tipo de acuerdo, cuando Dirgham, al
enterarse de las negociaciones de Shawar en Damasco, se percató de su error al
no haber conciliado al rey latino, y se apresuró a ofrecer una alianza eterna,
que se consolidaría mediante un aumento del tributo. Nureddin debió de estar al
corriente de esta medida: fortalecido por una consulta auspiciosa del Corán, se
desprendió inmediatamente de sus antiguos escrúpulos; y antes de que Amalric
pudiera intervenir, Shawar ya se encontraba en marcha hacia Egipto (abril de
1164), respaldado por una fuerte fuerza de turcomanos procedentes de Damasco,
liderada por Asad-ed-din Shirkuh, con Saladino en su
estado mayor. Los egipcios fueron derrotados en Bilbeys,
pero se reagruparon de nuevo bajo las murallas de El Cairo.
Durante varios días se
libraron enfrentamientos sin un resultado claro: Shawar controlaba Fustat y el
otro, el castillo de El Cairo. Entonces, para recaudar fondos, Dirgham se
apoderó del «dinero de los huérfanos», y de inmediato el pueblo comenzó a alejarse
de él. Peor aún, el califa y el ejército le dieron la espalda. Acorralado,
convocó por última vez a la «asamblea». En vano resonaban los tambores y
retumbaban las trompetas, ma-sha-llah en
las almenas: nadie respondió. En vano el emir desesperado, rodeado por su
escolta de quinientos jinetes —todo lo que le quedaba de un poderoso ejército—,
permaneció suplicante ante el palacio del califa durante todo un día, incluso
hasta la llamada a la oración del atardecer, e imploró al califa, en nombre de
la memoria de sus antepasados, que se asomara a la ventana y bendijera su
causa. No llegó respuesta; «la propia guardia se fue dispersando poco a poco,
hasta que solo quedaron treinta jinetes». De repente, le llegó un grito de
advertencia: «¡Cuídate y salva tu vida!» —y he aquí que se oyeron las trompetas
y los tambores de Shawar, que entraban por la Puerta del Puente». Entonces, por
fin, el líder abandonado cabalgó a través de la puerta de Zuweyla hacia las calles más allá, exhortando al pueblo —que en otro tiempo lo había
adorado y se había enriquecido gracias a su favor— a levantarse y luchar por su
causa; pero estos solo le abucheaban y maldecían, como suele hacer la multitud
con los favoritos caídos en desgracia. Aun así, siguió cabalgando, hasta que su
caballo, enloquecido por el tumulto, desmontó a su jinete junto a la capilla
sagrada de «Nuestra Señora Nefisa». Al instante, la
voluble multitud le cortó la cabeza y la llevó en señal de triunfo por las
calles; su cuerpo lo dejaron a merced de los perros. Tal fue el trágico final
de un caballero valiente y gallardo, poeta y paladín; cortés y apuesto en el
rostro y el porte, culto de mente y consumado en todos los deportes varoniles;
alguien que sabía escribir como Ibn-Mukla y componía poemas con rimas dobles;
«el mejor jinete de su época» y un arquero tan hábil como cualquiera que jamás
haya tensado un arco en Egipto.
Shawar, restituido en el
poder en mayo de 1164, estaba ansioso por ver la espalda de los aliados que
habían propiciado su reinstauración. Excluyó cautelosamente a Shirkuh de la
ciudad fortificada de El Cairo y lo mantuvo en los suburbios. Entonces, a salvo
—o eso creía— tras sus propias murallas, desafió a su aliado, rompió todas sus
promesas y se negó a pagar la indemnización. Shirkuh no era hombre para
renunciar a sus derechos ni para pasar por alto la falta de palabra; envió a
Saladino a ocupar Bilbeys y la provincia oriental.
Este movimiento hostil obligó a Shawar, a su vez, a recurrir a Amalric. Ahora
bien, el rey de Jerusalén preveía claramente la ruina de la causa cristiana en
Palestina, acorralada «entre la espada y la pared», si Nureddin lograba
afianzarse en Egipto, y envió de buen grado el mismo ejército con el que había
pretendido apoyar a Dirgham contra el mismo hombre al que ahora debía proteger.
Así se invirtieron los papeles: los francos eran ahora aliados de su antiguo
enemigo, y el salvador del visir egipcio se había convertido en su adversario.
A la llegada de los
cruzados, el ejército sirio se atrincheró en Bilbeys,
donde resistió todos los asaltos de Amalric durante tres meses. Una afortunada
maniobra de distracción acudió por fin en su auxilio. Nureddin estaba llevando
a cabo una exitosa campaña en Palestina. Tras sufrir una derrota a manos de
Gilbert de Lacy y Robert Mansel, había tomado Harim (Harenc)
y estaba sitiando Banias (Cesarea de Filipo),
entonces comandada por Walter Chesney; y Amalric era muy necesario en su país
para proteger su propio reino, siempre peligrosamente expuesto en sus fronteras
orientales. Shirkuh tampoco estaba menos ansioso por salir de una situación en
la que, atacado todo el día y todos los días, acorralado tras débiles
fortificaciones de tierra y con las provisiones escasas, su posición no era ni
segura ni agradable. En consecuencia, se acordó un armisticio y ambas partes
llegaron a un acuerdo. El 27 de octubre, los sirios marcharon fuera de su
campamento y se retiraron en fila india entre las líneas de los cruzados y los
egipcios aliados, con el propio Shirkuh, hacha de guerra en mano, cerrando la
retaguardia. Un oficial franco, sorprendido por esta actitud belicosa, preguntó
al viejo y combativo guerrero si temía que los cristianos lo atacaran a pesar
de su promesa. «¡Que lo intenten!», dijo Shirkuh, y siguió su camino. De
acuerdo con el pacto, el ejército regresó a Damasco, donde se enteró de que las
victorias de Nur-ed-din habían culminado con la
rendición de Banias a mediados de octubre y la
captura de Bohemundo, príncipe de Antioquía; Raimundo, conde de Trípoli; junto
con Hugo de Lusignan y otros caballeros destacados, que fueron conducidos
encadenados a Alepo. La expedición a Egipto había terminado sin gloria, pero
había cumplido su objetivo; había explorado el territorio, y Shirkuh pudo informar favorablemente sobre la posibilidad y
las ventajas de la anexión. Egipto era un país, dijo, «sin hombres» y con un
gobierno precario y despreciable. Su riqueza y su indefensión invitaban a la
agresión.
El ambicioso general
estaba consumido por el deseo de ocupar el trono viceregal de El Cairo y, a partir de ese momento, instó persistentemente a Nur ad-Din a
que autorizara la conquista de Egipto. Los espíritus más audaces de la corte
apoyaron su insistencia, y el califa de Bagdad concedió su bendición y su
aliento a un proyecto que implicaba la destitución de su rival herético.
Nureddin, siempre cauteloso, se resistió a estas influencias durante un tiempo,
pero al final cedió, posiblemente porque le habían llegado rumores de una unión
más estrecha entre Shawar y los francos, que pronto resultaron estar bien
fundados.
Se trataba, de hecho, de
una carrera por el Nilo. Shirkuh partió primero, a principios de 1167, con dos
mil jinetes de élite, y, tomando la ruta del desierto por el Valle de la Gacela
(Wadi el-Ghizlán) para evitar un enfrentamiento con los francos, aunque se topó
por el camino con una violenta y desastrosa tormenta de arena, llegó al Nilo en
Atfih, a unas cuarenta millas al sur de El Cairo, donde podía cruzar a la
orilla occidental sin temor a ser molestado. Sin embargo, apenas había cruzado
con su ejército cuando Amalric apareció en la orilla este, tras haber acudido
apresuradamente desde Palestina tan pronto como se enteró de los movimientos
del enemigo. Los dos ejércitos siguieron las orillas opuestas hasta El Cairo,
donde Amalric acampó cerca de Fustat, mientras que Shirkuh tomó posiciones
exactamente frente a él, en Giza. Allí, cada uno esperaba a que el otro
iniciara las operaciones. Mientras tanto, Shawar se había recuperado de la
sorpresa que le había causado la repentina irrupción de los francos —a quienes
al principio no había reconocido con certeza como enemigos o amigos— y comenzó
a manifestar su gratitud por su protección de forma tangible. Amalric aprovechó
la disposición amistosa del visir para dar a su alianza un carácter más formal.
Convencido del carácter inestable del ministro, decidió que el califa
ratificara personalmente un tratado. Las condiciones eran que Egipto pagara al
rey doscientas mil piezas de oro, en ese mismo momento, y otra suma similar en
una fecha posterior, a cambio de su ayuda para expulsar al enemigo. Tras este
acuerdo, Amalric estrechó la mano a los representantes del califa y reclamó una
ratificación similar por parte del propio califa.
La presentación de
embajadores cristianos ante la sagrada presencia, donde apenas se admitía ni
siquiera a los musulmanes más ilustres, no tenía precedentes; pero Amalric se
encontraba en posición de dictar sus propias condiciones. Se concedió el
permiso, y Hugo de Cesarea y Geoffrey Fulcher, el templario, fueron
seleccionados para esta embajada sin precedentes. El propio visir los condujo,
con todo el detalle propio de la ceremonia y el boato orientales, hasta el Gran
Palacio de los fatimíes. Fueron guiados por misteriosos pasillos y a través de
puertas custodiadas, donde robustos sudaneses los saludaban con las espadas
desenvainadas. Llegaron a un espacioso patio, abierto al cielo y rodeado de
arcadas que descansaban sobre pilares de mármol; los techos panelados estaban tallados e incrustados con oro y colores; el pavimento era un rico
mosaico. Los ojos poco acostumbrados de los rudos caballeros se abrieron de par
en par con asombro ante el buen gusto y el refinamiento que les recibían a cada
paso; allí vieron fuentes de mármol, aves de múltiples cantos y plumaje
maravilloso, desconocidas en el mundo occidental; allí, en una sala más allá,
aún más exquisita que la primera, «una variedad de animales tales como los que
la ingeniosa mano del pintor podría representar, o la licencia del poeta
inventar, o la mente del durmiente evocar en las visiones de la noche; tales,
en efecto, como los que las regiones del Este y del Sur producen, pero que
Occidente nunca ve y de los que apenas oye hablar». Por fin, tras muchos giros
y recovecos, llegaron a la sala del trono, donde la multitud de pajes y sus
suntuosos atuendos proclamaban el esplendor de su señor. Tres veces se postró
el visir en el suelo, desatándose la espada, como en humilde súplica a su dios;
luego, con un rápido y repentino movimiento, se corrieron las pesadas cortinas
bordadas con oro y perlas, y, sentado en un trono dorado, ataviado con un
atuendo más que real, se reveló el califa.
El visir presentó
humildemente a los caballeros extranjeros y expuso con palabras modestas el
peligro inminente que se cernía desde el exterior y la gran amistad del rey de
Jerusalén. El califa, un joven moreno que acababa de salir de la infancia,
respondió con suave dignidad: estaba dispuesto, dijo, a confirmar de la manera
más amplia los compromisos contraídos con su amado aliado. Pero cuando se le
pidió que diera su mano en señal de fidelidad, vaciló, y una oleada de
indignación ante la presunción de los forasteros recorrió la corte que
escuchaba. Tras una pausa, sin embargo, el califa ofreció su mano —aunque
enguantada— a sir Hugh. El franco caballero le habló sin rodeos: «Mi señor, la
lealtad no se oculta: en la buena fe de los príncipes, todo es franco y
abierto». Entonces, por fin, muy a su pesar, como si ello menoscabara su
dignidad, el califa, esbozando una sonrisa forzada, se quitó el guante y puso
su mano en la de Hugh, jurando palabra por palabra cumplir el pacto fielmente y
de buena fe.
Una vez ratificado así
el tratado, Amalric intentó tender un puente de barcas sobre el Nilo; pero la
presencia del enemigo al otro lado frustró el plan, por lo que recurrió a otro.
Al encontrar una isla donde el río se bifurcaba en sus dos cauces principales,
trasladó a su ejército hasta allí de noche y, desde allí, al otro lado, en
barcos. Shirkuh descubrió el movimiento demasiado tarde para oponerse y, al ver
que el enemigo había desembarcado, se retiró al Alto Egipto.
El rey, que lo
perseguía, lo alcanzó en «las dos Puertas» (el-Baban), a diez millas al sur de
Minya. Allí había una llanura, en la frontera donde las tierras cultivadas
lindaban con el desierto, y numerosas colinas arenosas ofrecían cobertura a los
combatientes. Al principio, los capitanes de Shirkuh le aconsejaron que no se arriesgara a librar una batalla; pero uno de ellos se
adelantó y dijo con firmeza: «Quienes temen a la muerte o a la esclavitud no
son aptos para servir a los reyes: que se hagan labradores o se queden en casa
con sus esposas». Saladino y otros aplaudieron; y Shirkuh,
siempre dispuesto a afrontar duras pruebas, aceptó de buen grado la batalla (18
de abril de 1167). Colocó el bagaje en el centro, protegido por la tropa de
Saladino, que debía soportar el primer embate del ataque. Las órdenes de
Saladino eran replegarse cuando se viera acosado y atraer al enemigo para que
lo persiguiera, para luego presionarlo a su vez, según lo permitiera el
desarrollo de la batalla. El propio Shirkuh tomó el mando del ala derecha,
compuesta por un cuerpo de jinetes de élite, cuya misión era atacar la
retaguardia enemiga, formada por los egipcios menos belicosos. Todo salió tal y
como él esperaba. Los francos fueron atraídos por Saladino; los egipcios fueron
aniquilados y puestos en fuga; y cuando los cruzados, al regresar de la persecución,
descubrieron que sus aliados habían huido, también se retiraron
apresuradamente, abandonando su equipaje y dejando a Hugo de Cesarea entre los
prisioneros.
Los vencedores, sin
embargo, no tenían la fuerza suficiente para aprovechar el éxito, avanzar hacia
El Cairo y acorralar a Shawar y Amalric. Optando por el riesgo menor, Shirkuh
se dirigió al norte por una ruta desértica y entró en Alejandría sin encontrar
oposición. Allí nombró gobernador a Saladino, a quien dejó con la mitad de su
ejército, mientras que con la otra mitad se dirigió de nuevo hacia el sur para
recaudar tributos en el Alto Egipto. Las fuerzas conjuntas de los francos y los
egipcios sitiaron entonces Alejandría, mientras que la flota cristiana
controlaba la costa. La defensa de la ciudad supuso el primer mando
independiente de Saladino, y se desempeñó con acierto. No contaba más que con
mil seguidores propios, en medio de una población heterogénea y en parte
extranjera que, como descontentos, no lamentaban participar contra un gobierno
débil ni defender su ciudad frente a los salvajes y sanguinarios francos; sin
embargo, como comerciantes y artesanos, no podían ocultar su terror ante las máquinas
de asedio y los artilugios infernales que los «infieles» traían contra sus
murallas. Además, las provisiones escaseaban; y las raciones escasas humillan
el estómago. Al fin se levantaron en tumulto y hablaron abiertamente de
rendirse: «¿Por qué sufrimos estas cosas por un forastero y una causa que no es
la nuestra?». Mientras tanto, Saladino había pedido ayuda a su tío, y Shirkuh se apresuraba a bajar desde Cos cargado de tesoros.
La noticia infundió nuevo ánimo al pueblo, ya estimulado por las enérgicas
exhortaciones de Saladino y la promesa de refuerzos, o empujado a un valor
desesperado por sus relatos sobre las monstruosas barbaridades infligidas por
los francos a los vencidos. Aguantaron setenta y cinco días, a pesar del hambre
y los asaltos incesantes, hasta que se supo que Shirkuh se encontraba en el
lago de los abisinios, sitiando El Cairo. Ante esto, Amalric abandonó toda idea
de conquistar Alejandría y se acordó la paz (4 de agosto de 1167), por la que
ambas partes acordaron dejar Egipto en manos de los egipcios. Alejandría fue
entregada a Shawar; se intercambiaron prisioneros; y Shirkuh condujo al agotado resto de sus dos mil jinetes de vuelta a Damasco. Antes de
partir, Saladino fue agasajado con todos los honores en el campamento de
Amalric durante varios días, aunque, según se sospecha, más como rehén que como
invitado. No obstante, la experiencia pudo haber sido valiosa. Debió de haber
sido testigo de cierto orden y disciplina caballerescos, y es posible que allí
entablara amistad con Humphrey de Toron, quien mantenía una relación fraternal
con al menos un emir sarraceno. Es incluso probable que esta fuera la ocasión
en la que Saladino recibiera el título de caballero cristiano de manos de
Humphrey.
Los cristianos
consideraron la campaña como un triunfo y la evacuación de Alejandría como una
rendición; pero si los cronistas árabes tienen razón al afirmar que Amalric
pagó a Shirkuh cincuenta mil piezas de oro para que
se marchara, la ventaja parecería haber estado del lado de los musulmanes. Por
otra parte, los francos, incumpliendo (aparentemente) su acuerdo, no solo
dejaron un residente o prefecto en El Cairo, sino que insistieron en
proporcionar los guardias de las puertas de la ciudad con sus propios soldados;
además, aumentaron la subvención anual que Shawar debía pagar al rey de
Jerusalén a cien mil piezas de oro. La aparente incoherencia de estos acuerdos
en Alejandría y El Cairo puede explicarse suponiendo que los cristianos,
alarmados por las noticias de los éxitos de Nur-ed-din
en Palestina, estaban ansiosos por regresar a casa a toda costa y, por lo
tanto, abandonaron sus posibilidades frente a Shirkuh, por muy propicias que
fueran; sin embargo, no abandonaron Egipto sin afianzar su control sobre el
voluble visir de El Cairo.
No contentos con este
control, los más impetuosos entre los consejeros de Amalric comenzaron pronto a
instar a la conquista total de Egipto, y su consejo contó con el firme apoyo de
la guarnición que habían dejado en El Cairo y Fustat, que, como era natural,
disponía de los mejores medios para descubrir la debilidad de las defensas. El
rey de Jerusalén se opuso en vano a estos consejos. Sin duda, para entonces ya
se había dado cuenta de que la única estrategia segura consistía en conquistar
primero Damasco y asegurar el reino por el este, con el gran desierto sirio
como frontera, antes de intentar anexionar Egipto, ya que una invasión
significaba exponer su retaguardia a los ataques de Nur ad-Din. Además, Egipto
—decía— era su vaca lechera; y señaló lo erróneo de convertir a un amigo en
enemigo y arrojar a Shawar a los brazos de Nureddin —con quien se suponía que
ya estaba conspirando—, pero sus argumentos no sirvieron de nada. Sus capitanes
estaban empeñados en la invasión y confiados en el éxito, y al fin se dejó
convencer. En flagrante violación de su palabra, tal y como la entendían los
sarracenos, y al menos sin la más mínima excusa, marchó una vez más hacia
Egipto; pero ahora entraba como enemigo donde antes había sido acogido como
aliado. Al llegar a Bilbeys el 3 de noviembre de
1168, añadió a la perfidia el crimen de una masacre generalizada; no perdonó ni
a viejos ni a mujeres, según cuenta el cronista latino, en la ciudad sometida.
Este acto bárbaro hizo
que los egipcios se pusieran de inmediato del lado de Nur ad-Din y los inspiró
a realizar esfuerzos heroicos. Aprovecharon la insensata demora de los
cristianos para reorganizar sus fuerzas y reforzar sus defensas. La antigua
ciudad de Fustat, durante trescientos años la metrópoli de Egipto y aún hoy un
suburbio densamente poblado de El Cairo, fue incendiada por orden de Shawar,
para que no diera refugio a los francos (12 de noviembre de 1168). Se
encendieron veinte mil barriles de nafta y diez mil antorchas. El incendio duró
cincuenta y cuatro días, y aún hoy pueden encontrarse sus rastros en el páramo
de montículos de arena que se extiende a lo largo de millas de escombros
enterrados al sur de El Cairo. La gente huía como si se tratara de sus propias
tumbas, el padre abandonaba a sus hijos, el hermano a su gemelo; y todos se
precipitaron hacia El Cairo para salvar la vida. El alquiler de un camello para
recorrer una o dos millas costaba treinta piezas de oro. La propia capital se encontraba
en plena agitación, preparándose para el ataque. Amalric no la mantuvo mucho
tiempo en vilo, pero se vio obligado a abandonar el campamento habitual (el
Birket-el-Habash) a causa del humo asfixiante procedente de Fustat. El asalto,
sin embargo, se pospuso debido a las negociaciones que Shawar urdió hábilmente
para sobornar a sus codiciosos asaltantes. Había más fingimiento que honestidad
en su diplomacia, pues al mismo tiempo enviaba mensajeros a Damasco para
implorar la ayuda de Nur ad-Din. El joven califa de Egipto escribió
personalmente e incluso adjuntó un mechón de pelo de una de sus esposas como
acto supremo de súplica al que ningún caballero podría resistirse.
Esta vez, el rey de
Siria no dudó; estaba molesto por los escasos resultados de las dos
expediciones anteriores e indignado con los francos por lo que consideraba una
flagrante falta de lealtad. Incluso podría haber acudido en persona, de no
estar preocupado por la inestable situación de Mesopotamia. Sin embargo, no
perdió tiempo en enviar una fuerza de dos mil jinetes selectos de su propia
guardia, junto con seis mil turcomanos a sueldo de probada valentía, bajo el
mando de Shirkuh, apoyados por un numeroso grupo de emires ambiciosos. El único
que se mantuvo al margen fue, por extraño que parezca, el propio Saladino.
Había sido la mano derecha de su tío en las campañas anteriores, pero seguía
prefiriendo su antiguo retiro y las conversaciones con hombres piadosos; y
cuando Shirkuh, en presencia de Nureddin, dijo: «Ahora, Yusuf, prepárate para
la marcha», Saladino respondió: «Por Alá, que si me ofrecieran la soberanía de
Egipto, no iría: nunca olvidaré lo que sufrí en Alejandría».
Entonces Shirkuh le dijo
a Nureddin: «Es necesario que venga conmigo», y Nureddin se volvió hacia el
joven y le repitió las palabras: «Es necesario que vayas con tu tío». En vano
alegó Saladino su aversión a la campaña y su falta de medios; Nureddin no quiso
escuchar, sino que le proporcionó caballos y armas y le ordenó que se
preparara: «Así que fui», dijo Saladino, relatando la escena años más tarde,
«fui como alguien conducido a la muerte». Así se cumplieron las palabras del
Corán: «Quizá odiéis algo aunque sea mejor para vosotros y quizá améis algo
aunque sea peor para vosotros: pero Dios lo sabe y vosotros no lo sabéis». El
propio Nur ad-Din supervisó la concentración del ejército en la Fuente, a un
día de marcha de Damasco, y entregó a cada hombre un regalo de veinte piezas de
oro, mientras que confió a Shirkuh doscientos mil dinares para su caja de
guerra.
El 17 de diciembre de
1168, la tercera expedición inició su marcha hacia Egipto, una vez más con el
pretexto de rescatar a Shawar, pero en realidad con planes mucho más
ambiciosos. Amalric, siempre necesitado y codicioso, seguía esperando a las
puertas de El Cairo a que le llegara más del oro prometido por el visir, cuando
Shirkuh se unió de improviso a las tropas egipcias (8 de enero de 1169),
eludiendo al ejército franco que había salido a interceptar su avance. Engañado
por Shawar y superado tácticamente por Shirkuh, el rey derrotado se retiró a
Palestina sin ofrecer batalla, habiéndose ganado, como dice el proverbio, nada
mejor que las «botas de Honeyn». Los sirios entraron
triunfantes en El Cairo y fueron recibidos como libertadores. El agradecido
califa concedió audiencia a Shirkuh y le obsequió con una túnica de honor, con
la que este regresó para mostrarse ante el ejército. Shawar, devorado por dentro
por los celos y el temor, cabalgaba a diario hasta el campamento sirio, con
gran pompa, con todos sus estandartes, tambores y trompetas, y abrumaba al
general con protestas de devoción; pero, mientras tanto, no tomaba ninguna
medida para cumplir sus compromisos con Nureddin, sino que, de hecho, meditaba
en una traicionera detención de Shirkuh y sus oficiales durante un banquete
amistoso. Los líderes sirios pronto llegaron a la conclusión de que no se podía
confiar en él, y Saladino y Jurdik decidieron
deshacerse de él. Mientras el visir cabalgaba para visitar al general, quien
casualmente se encontraba rindiendo homenaje a la venerada tumba del imán esh-Shafiy, Saladino y sus hombres lo arrancaron de su
caballo y lo hicieron prisionero. Cualquier duda que Shirkuh pudiera haber
albergado sobre el destino de Shawar quedó disipada por una orden perentoria
del propio califa, quien, como un esclavo liberado de un amo severo, exigió la
cabeza del visir. Esta fue enviada, y así terminó la breve y accidentada
carrera de un ministro notable y astuto; un jefe árabe, además, de antiguo
linaje, con toda la audacia de los beduinos y el amor ancestral por la poesía
—hasta tal punto que una vez llenó la boca de Omara con oro, encantado por una
oda— y, hay que añadir, con toda la dosis de falsedad y engaño propia de los
árabes.
El califa al-Adid, que
quedó muy impresionado por el porte gallardo de sus libertadores, nombró
inmediatamente a Shirkuh para el cargo vacante, lo vistió con las vestiduras de
visir, lo invistió de plenos poderes y le otorgó los títulos de «Rey
Victorioso» y «Comandante en jefe» (18 de enero de 1169). El pueblo estaba tan
complacido como el pontífice; les había caído bien aquel alegre soldado cuando
recorrió el país a caballo hacía un año y medio, aunque estuviera recaudando
impuestos; y los cairoños apreciaban la generosidad
con la que había repartido el dinero de su abultado erario militar y les había
alegrado con el saqueo del palacio de Shawar, ¡donde no dejaron ni siquiera un
cojín sobre el que sentarse a su fastuoso sucesor! El poeta árabe vio las cosas
con mayor claridad cuando señaló que las garras del «León» se habían clavado ya
en su presa. El «León de la Fe», sin embargo, apenas vivió más de dos meses
para disfrutar de su botín, pues murió repentinamente el 23 de marzo de 1169, a
causa de haber comido en exceso; ya que era un gran comilón y adicto a las
comidas copiosas. En cuanto a su aspecto físico, Shirkuh era bajo y corpulento,
de rostro colérico y de naturaleza feroz; además, Alá no le había dotado de una
inteligencia desmesurada. Sin embargo, era un soldado audaz y capaz, ávido de
gloria, paciente ante las penurias, generoso más allá de sus posibilidades y
querido por sus hombres; y tuvo la gracia de morir en el momento oportuno. El
camino estaba ahora abierto para Saladino.
«Yo quería a Amr, pero
Dios quería a Jariya», es la versión árabe de «El hombre propone y Dios
dispone». Saladino había sido arrastrado a Egipto en contra de su voluntad,
sin vislumbrar más que miseria; y ahora, precisamente el paso que había
intentado evitar iba a llevarlo a la cima de la fama. El Profeta, en efecto,
dijo con razón: «Dios hará que los hombres se maravillen cuando vean a gente
arrastrada al Paraíso encadenada». Con tales gratos grilletes, Saladino fue
conducido al trono. El califa fatimí lo eligió de entre todos los capitanes
sirios para ser el sucesor de su tío y, el 26 de marzo de 1169, tres días
después de la muerte de Shirkuh, fue investido con el cargo de visir y
condecorado con el título de el-Melik en-Nasir, «El Rey Fuerte para ayudar».
Sus compañeros de armas, muchos de los cuales eran mayores y más experimentados
que él, no se resignaron fácilmente a que un joven de treinta años fuera
ascendido por encima de ellos. Lo consideraban un subalterno educado e
inteligente, demasiado tranquilo y poco ambicioso para el alto mando; de hecho,
fue precisamente esta opinión sobre la docilidad de Saladino lo que le había
procurado un cargo en el que se necesitaba una herramienta dócil; pero elevarlo
por encima de los capitanes curtidos en la guerra de las campañas de Nur-ed-din era más de lo que podían soportar. Hicieron falta
todo el tacto y la diplomacia de Saladino, respaldados por los argumentos
engañosos del abogado el-Hakkary y una generosa
apertura de las arcas del tesoro, para convencer a los guerreros celosos de que
se sometieran; y varios de ellos regresaron a Siria antes que servir bajo las
órdenes de su subordinado.
Por su parte, Saladino
comenzó a organizar su vida con mayor rigor. Aunque siempre se había mostrado
devoto, se volvió aún más estricto y austero. Dejó de lado el pensamiento del
placer y el amor por la comodidad, adoptó una disciplina espartana y la impuso
como ejemplo a sus tropas. A partir de entonces, dedicó todas sus energías a un
gran objetivo: fundar un imperio musulmán lo suficientemente fuerte como para
expulsar a los infieles de la tierra. «Cuando Dios me concedió la tierra de
Egipto», dijo, «estaba seguro de que también me destinaba Palestina». Es muy
posible que una ambición egoísta natural avivara su celo; pero el resultado fue
el mismo: a partir de entonces, su carrera fue una larga defensa del islam. Se
había consagrado a la guerra santa.
La posición del nuevo
visir era curiosamente anómala: era a la vez primer ministro de un califa
herético (chií) y lugarteniente de un rey ortodoxo (suní). Con admirable
incoherencia, se rezaba debidamente por ambos nombres todos los viernes en la
mezquita. Esa anomalía tendría que eliminarse, pero solo de forma gradual: los
cambios violentos podrían resultar fatales mientras el pueblo de Egipto
conservara el afecto por las doctrinas (chiitas) que dos siglos de dominio
fatimí habían inculcado y que se veían fomentadas por la propia naturaleza de
esos principios. Las relaciones de Saladino con Nur ad-Din también eran
delicadas. El rey de Siria le felicitó, es cierto, por su nombramiento y le
confirmó al mando del ejército sirio en Egipto, pero estaba claramente decidido
a mantenerlo en su sitio. Sus despachos desde Damasco iban dirigidos
simplemente «Al emir Salah-ed-din, comandante en
jefe, y a los demás emires», para demostrarle que no era más que un primus
inter pares, susceptible de ser destituido o degradado a voluntad de su
soberano. Fortalecer gradualmente su propia posición sin despertar la
desconfianza del pueblo de Egipto ni los celos de Nur ad-Din era la política
prudente que Saladino debía seguir necesariamente.
Su primer paso fue
rodearse de su familia. Al igual que otro José, también visir de Egipto, pero
al servicio de un faraón en lugar de un califa, mandó llamar a su padre y a sus
hermanos desde Siria y les hizo partícipes de su esplendor. Incluso se ofreció
a ceder su alto cargo a su padre, pero Ayyub rechazó el honor. «Hijo mío —le
dijo—, Dios no te habría elegido para este gran cargo si no hubieras sido apto
para él; no conviene jugar con la suerte». Ayyub, sin embargo, asumió las
funciones de tesorero, y sus otros hijos apoyaron lealmente a su hermano en su
difícil situación. Obtuvieron su recompensa, pues Saladino les concedió los
feudos de los egipcios indeseables, a quienes desterró a lugares donde no
pudieran causar daño alguno. Su plan consistía en debilitar al bando del
califa, y no le importaba cuánto le odiaran los cortesanos y oficiales
egipcios, siempre y cuando se ganara la confianza del pueblo. Se propuso
ganársela con seriedad, y su biógrafo árabe cuenta que la gente acudía de todas
partes de Egipto para verle, y rara vez se marchaba con las manos vacías:
siempre había un suplicante junto a él, y ninguno acudía a él en vano.
Necesitaba toda su
popularidad entre el pueblo, pues el palacio, con sus numerosas tropas y
dependientes, se mostraba abiertamente hostil. El califa había descubierto que
se había equivocado al juzgar el carácter de Saladino, que no había acogido a
un esclavo, sino a un amo; y pronto se urdieron intrigas para destruir al nuevo
visir. Nejah, el eunuco negro jefe y mayordomo, encabezó una conspiración entre
los defensores de la dinastía fatimí. Planeaban un acuerdo con los francos, que
debían invadir Egipto y atraer a Saladino fuera de El Cairo, momento en el que
los conspiradores lo atacarían por la retaguardia, y así, atacado por ambos
flancos, él y sus turcomanos perecerían. Un accidente reveló la conspiración a
Saladino, quien mandó vigilar al eunuco jefe hasta que, al fin, logró
capturarlo en su casa de campo, fuera de la protección del palacio, y el
desafortunado negro fue rápidamente decapitado (julio de 1169). Esta ejecución
sumaria de su compatriota y líder despertó la furia de las tropas del califa, compuestas
entonces (al igual que en el Egipto moderno) en gran parte por sudaneses; y,
según se afirma, cincuenta mil de estos negros se levantaron para vengarlo. Se
desató una sangrienta lucha en el amplio patio que dividía los palacios (Beyn el-Kas-reyn), y se
incendiaron muchas casas y calles; pero al fin los negros fueron derrotados, su
barrio, el-Mansuriya, fue incendiado y se vieron
obligados a suplicar clemencia. Fueron enviados al otro lado del Nilo, a Giza,
y de allí al Alto Egipto, donde la rebelión se mantuvo latente durante varios
años. En el invierno de 1171-1172, el hermano mayor de Saladino, Turan Shah,
los sometió temporalmente, pero en el invierno siguiente tuvo que volver a
combatirlos, e incluso los persiguió hasta Nubia, donde tomó la ciudad de Ibrim (Primis), cerca de Korosko, saqueó la iglesia de los cristianos monofisitas,
torturó al obispo y mató a setecientos de los cerdos que allí abundaban en gran
cantidad, para disgusto de todos los musulmanes piadosos.En 1174 se produjo un formidable levantamiento de los negros en Asuán, liderado
por Kenzed-daula; y fueron necesarias duras batallas
antes de que fuera derrotado y asesinado en septiembre por Seyf-ed-din (el-Adil), otro de los hermanos de Saladino. Otro
levantamiento más, en Koptos, tuvo que ser sofocado
por el mismo general en 1176. A partir de entonces no se vuelve a mencionar
ningún levantamiento entre los negros, pero, como concluye piadosamente el
historiador árabe, «Dios puso fin a su villanía». Es evidente que la lucha fue tenaz
y que el Alto Egipto se encontraba desde hacía seis años en un estado de
rebelión intermitente; y no cabe duda de que los negros que se rebelaron
repetidamente fueron incitados por los esclavos sudaneses fugitivos y otros
partidarios de los fatimíes.
Apenas había expulsado
Saladino a los negros amotinados de El Cairo, cuando surgió un peligro aún más
acuciante. Los cruzados no tardaron en comprender la importancia del cambio
político en Egipto. El control del Nilo por parte del general de Nur al-Din colocaba
al Reino de Jerusalén, por así decirlo, entre la espada y la pared, acorralado
por ambos flancos por ejércitos controlados por la misma potencia. Los puertos
de Damieta y Alejandría proporcionaban a los musulmanes el mando de una flota y
les permitían cortar las comunicaciones de los cruzados con Europa, detener los
barcos anuales de peregrinos y apoderarse de sus suministros. Había que hacer
todo lo posible por romper esta cadena fatal, que amenazaba la propia
existencia del poder latino en Palestina. En consecuencia, se organizó el
ataque más formidable al que Saladino tuvo que hacer frente jamás en Egipto,
probablemente en colaboración con conspiradores de El Cairo. Amalrico se alió con el emperador de Oriente, y una flota
griega de 220 veleros cooperó con una fuerte fuerza terrestre de cruzados en el
asedio de Damieta. Afortunadamente para los defensores, los vientos contrarios
retrasaron a la flota en su travesía desde el Mar Dorado, y Saladino aprovechó
este respiro para reforzar la guarnición y prepararse para el ataque. Al mismo
tiempo, envió mensajeros a Nur ad-Din para informarle de la situación y, sobre
todo, para señalar el riesgo de dejar una facción hostil a sus espaldas en El
Cairo mientras él mismo acudía en ayuda de Damieta. En respuesta, el rey de
Siria envió tropas a Egipto, batallón tras batallón, y comenzó a distraer la
atención del enemigo con una demostración de fuerza contra Palestina.
El asedio de Damieta
comenzó en noviembre de 1169. Amalarico tomó posición entre el mar y la ciudad,
y esperó la llegada de la flota griega. Esta apareció al cabo de tres días,
pero una cadena de hierro custodiada por una torre inexpugnable le impidió entrar
en el puerto, por lo que no pudo prestar la ayuda que se esperaba. Nocuit differre paratis: las posibilidades de éxito se vieron mermadas
por la demora; y cuando por fin, liderados en persona por su valiente rey, los
francos atacaron con todo su elaborado arsenal de mangoneles y torres de combate, la guarnición se mostró más que capaz de repelerlos, y al
salir al encuentro quemó sus máquinas de asedio e incluso incendió parte de la
flota. Mientras tanto, Saladino había traído sus tropas, con abundantes
provisiones y municiones de guerra, y un millón de piezas de oro en su cofre, y
acosaba sin cesar a los sitiadores. La guarnición se abastecía fácilmente, ya
que el brazo del Nilo estaba abierto y protegido por las tropas de El Cairo;
pero a los francos se les acabó el pan; una dieta a base de fruta alteró sus
estómagos poco acostumbrados, y las enfermedades y la hambruna diezmaron sus
filas. Los griegos a bordo de los barcos se morían de hambre, y los latinos en
tierra no podían compartir nada con ellos.
Los propios elementos
parecían conspirar con la imprudencia de los comandantes para completar su
derrota. Las fuertes lluvias hicieron crecer el Nilo, inundaron la llanura y
empaparon el campamento. La tormenta derribó sus tiendas y andamios de asedio,
y la guarnición aprovechó su difícil situación para lanzándoles piedras con
potentes catapultas. Surgieron murmullos entre las filas; los desdichados
soldados, medio muertos de hambre y medio ahogados, suplicaban volver a casa; y
tras cincuenta días de esfuerzos infructuosos, Amalric se vio obligado a
abandonar el asedio. Se firmó la paz, y los generosos y prácticos alejandrinos
abrieron sus mercados a los invasores hambrientos, quienes, una vez saciados,
emprendieron con gran abatimiento el regreso a Palestina (19 de diciembre).
Para colmo del desastre, una tempestad destrozó casi toda la flota, y los
cadáveres de los griegos fueron arrojados a la costa que habían venido a
conquistar. Como dice el proverbio: «El avestruz salió a buscarse cuernos y
volvió sin orejas». A partir de entonces, en lugar de salir al ataque, el Reino
Latino se vio obligado a defenderse.
Animado por el fracaso
de los francos en Damieta, Saladino salió al campo de batalla al año siguiente
—un año memorable por el terremoto que devastó Siria y arrasó muchas de sus
antiguas ciudades— y comenzó la serie de ataques que se prolongaron hasta su
tratado con Ricardo de Inglaterra, veintidós años más tarde. Su primera
incursión fue contra Gaza, la ciudad fronteriza del Reino Latino. De camino,
sitió el pequeño castillo de Darum, el puesto avanzado meridional del
cristianismo, que había sido fortificado recientemente por Amalrico y estaba en manos de los Caballeros Templarios. Su comandante, Ansel de Pass,
opuso una enérgica defensa y ganó tiempo para que Amalric llegara con 250
caballeros de ambas órdenes militares y 2.000 soldados de a pie, quienes
rápidamente desalojaron a los sarracenos de sus posiciones. Saladino no esperó
a librar una batalla campal: en plena noche se escabulló y, casi antes de que
se despertaran, los habitantes de Gaza se encontraron con que su ciudad había
sido tomada. La ciudadela, sin embargo, una sólida fortaleza construida por
Balduino II, resistió, y su gobernador, Milo de Planci,
se negó rotundamente a admitir a los ciudadanos fugitivos, que se vieron así
obligados a permanecer fuera de las puertas y luchar hasta la muerte. Saladino
no tenía intención de llevar a cabo un largo asedio y, tras saquear la ciudad,
dejó el castillo en paz y regresó a Egipto con el botín. De camino, pasó cerca
de Amalrico, quien había puesto a sus hombres en
armas, pero se sintió aliviado al verlo partir sin ofrecer batalla. Los éxitos
de aquel año culminaron en diciembre de 1170 con la toma de Elat,
en la cabecera del golfo de Aqaba, la misma Elat desde donde la flota de Salomón zarpó hacia Ofir, la clave de la ruta del mar
Rojo para los peregrinos que se dirigían a La Meca. Para rescatar este
importante puesto de los cruzados, Saladino mandó construir barcos por
secciones en El Cairo, transportó las piezas en camellos hasta el mar Rojo,
donde las ensambló, y tomó la fortaleza tras un ataque combinado por mar y
tierra.
Estos triunfos contra
los «infieles» le valieron a Saladino gran renombre entre los egipcios, que no
dudaban en olvidar sus celos y diferencias religiosas cuando se libraba una
campaña y el botín estaba a la vista. Como su paladín frente al enemigo común,
suníes y chiíes, egipcios y turcomanos, seguían con entusiasmo los estandartes
del joven líder, contra quien habían conspirado con igual entusiasmo cuando no
estaba en juego ninguna guerra santa. El valor y la destreza militar de
Saladino convencieron al ejército de su derecho al mando, y la mayoría del
pueblo, en la medida en que lo entendía, reconoció en él a un poderoso
protector. Su autoridad estaba ya tan firmemente establecida que pudo atreverse
a dar un paso trascendental. La situación anómala de un visir suní que ocupaba
un cargo bajo un califa fatimí resultaba especialmente desagradable para un
hombre de las opiniones ortodoxas de Saladino. Desde hacía algún tiempo, el rey
de Siria y el califa abasí de Bagdad le habían presionado para que pusiera fin
a esta incoherencia política y teológica introduciendo el nombre del verdadero
califa, en lugar del falso, en la oración pública del viernes (jutba), la forma reconocida de juramento de lealtad. Hasta
entonces, Saladino, a pesar de sus principios religiosos, se había opuesto a
esta propuesta alegando que el cambio podría provocar una revolución en Egipto.
Otra razón, que no mencionó, era que su popularidad entre los egipcios
heterodoxos podría resultar un valioso apoyo en el muy probable caso de una
ruptura con Nur ad-Din.
En 1171, sin embargo, su
posición se había fortalecido considerablemente y podía permitirse correr
cierto riesgo. El califa fatimí ya no era un factor político por sí mismo.
Desde el asesinato de su chambelán negro, tanto él como su palacio habían
quedado bajo el control vigilante del eunuco blanco Karakush,
la mano derecha de Saladino, cuyo nombre, por curioso que parezca, en lugar de
asociarse con actos de fidelidad y severidad, se ha convertido en el Imperio
turco en la designación de un ridículo títere: Punch. El aislamiento y la
impotencia del califa habían mermado la influencia de la doctrina chií en El
Cairo, y Saladino había proporcionado una sólida instrucción religiosa conforme
a las normas suníes mediante la fundación de colegios y el nombramiento de
maestros autorizados de la ortodoxia en la capital y en las principales
ciudades de provincia.
Así quedó preparado el
terreno, y se aprovechó la enfermedad del indefenso cautivo —que aún se
autodenominaba imán, o líder guiado por Dios— para llevar a cabo el cambio en
el califato que se había decidido hacía tiempo. El primer viernes del mes
sagrado de Muharram, el primer mes del año de la Huya
567 (el 10 de septiembre de 1171), un audaz clérigo de Mosul, adelantándose al
predicador habitual de la mezquita principal, recitó la oración de súplica por
la preservación y la prosperidad del califa ortodoxo de Bagdad: «Oh Dios,
ayúdale y ayuda a sus ejércitos; oh Señor de la Fe y del mundo presente y del
mundo venidero, oh Señor de los seres de todo el mundo. Oh Dios, ayuda a las
fuerzas de los musulmanes y a los ejércitos de quienes solo te adoran a Ti. Oh
Dios, frustra a los infieles y a los politeístas, tus enemigos, enemigos de la
Fe».
Esta revolución
eclesiástica tuvo lugar sin ningún indicio de oposición; ni siquiera hubo un
choque entre dos cabras, dice el cronista; la multitud reunida no mostró más
que sorpresa. El califa de Bagdad se llenó de alegría, iluminó su capital y
envió a Nur ad-Din y a Saladino túnicas de honor y las famosas banderas negras
enarboladas por las legiones abasíes. A Nur ad-Din le envió, además, dos
espadas, una para el dominio de Siria y la otra para Egipto, y lo aclamó
sultán. Mientras tanto, la persona más afectada yacía moribunda en su gran
palacio de El Cairo. El-Adid, el último de los califas fatimíes, nunca llegó a
enterarse de que había sido sustituido en las oraciones públicas; Saladino
había prohibido a sus sirvientes que se lo dijeran, diciendo: «Si se recupera,
se enterará de la verdad muy pronto, pero si no, que muera en paz». Murió tres
días después, sin haber cumplido aún los veintiún años. En su lecho de muerte
había pedido ver a Saladino, pero el visir sospechó una conspiración y se
excusó. Posteriormente, cuando comprobó que el deseo era sincero, se arrepintió
de su negligencia y elogió las numerosas virtudes del joven califa, su carácter
afable, sus buenas cualidades y sus gestos amistosos. Así terminó, entre
debilidad y abandono, la dinastía fatimí, que había sido la mayor potencia
musulmana a orillas del Mediterráneo durante casi tres siglos. La familia
sobrevivió, es cierto, durante dos generaciones, pero no pudo hacer nada contra
la autoridad indiscutible de Saladino. El-Adid dejó once hijos, cuatro
hermanas, cuatro esposas y otros parientes, hasta un total de ciento cincuenta
y dos personas; pero Karakush, el mayordomo, los
encerró bajo estricta vigilancia, a los hombres en un lugar y a las mujeres en
otro, proporcionándoles los lujos y el respeto a los que estaban acostumbrados.
El gran palacio de los fatimíes tenía un nuevo dueño.
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Los visitantes del El
Cairo moderno apenas ven nada de la capital de Saladino. Aparte de las tres
puertas antiguas, tres mezquitas en ruinas y parte de las antiguas murallas, no
queda nada de la ciudad que atravesó cuando salió por primera vez del palacio
fatimí al frente de su guardia. El elemento más llamativo del El Cairo actual,
la Ciudadela, con sus esbeltos minaretes turcos y sus imponentes almenas, no
existía: solo un espolón redondeado del monte Mukattam sugería el lugar donde debía construirse una fortaleza. La mayor parte de la
amplia extensión, ahora ocupada por las casas europeas del barrio de Ismailiya, entre Ezbektya y el
río, estaba sumergida; pues en la época de Saladino el Nilo discurría mucho más
al este y casi bañaba la muralla de la ciudad en la zona donde entonces se
encontraba el barrio ribereño de el-Maks; Bulak y su isla aún no se alzaban por
encima de la superficie del agua, y no existía el barrio de Abbasiya al norte. Las casas y las calles se extendían entonces, al igual que ahora, más
allá de la antigua Puerta de Zuweyla, hacia el sur,
hasta la capilla de «Nuestra Señora Nefisa», y más
allá de esta había muchos edificios o ruinas de antiguas viviendas, donde ahora
solo vemos colina tras colina de montones de escombros cubiertos de arena: los
melancólicos vestigios de lo que en su día fue la majestuosa ciudad, rodeada de
jardines, de la antigua Fustat y de la aún más antigua Babilonia.
Esos suburbios y ruinas
no formaban parte entonces de El Cairo. El verdadero El Cairo, la ciudad de los
califas fatimíes, no fue nunca más que un inmenso castillo real, llamado «La
Victoriosa», el-Kahira, la Cahere de
Guillermo de Tiro, nombre que los italianos deformaron hasta convertirlo en
nuestro El Cairo moderno. También se la conocía como «la ciudad», el-Medina,
y fue fundada en 969 expresamente para que sirviera de residencia al califa y a
su vasto harén y servidumbre, con alojamientos alrededor de su palacio para las
distintas brigadas de su ejército, el visir y los funcionarios del Estado, así
como para los departamentos del gobierno. El espacioso recinto del castillo,
protegido por murallas macizas e imponentes puertas de estilo normando, era
terreno prohibido para todos salvo para los altos funcionarios del Estado.
Incluso los embajadores de potencias extranjeras debían desmontar fuera y eran
conducidos ante la presencia del califa, tomados por ambas manos, a la manera
de las antiguas cortes bizantinas y otomanas medievales.
Los edificios
principales eran el «Gran Palacio del Este», la residencia personal del califa,
donde mantenía a sus mujeres, hijos, esclavos, eunucos y sirvientes —cuya cifra
se estimaba entre dieciocho y treinta mil— y el «Pequeño Palacio del Oeste», o
casa de recreo, que daba al espacioso jardín de Kafur, donde un meydan o hipódromo servía de lugar de ejercicio para la
corte. Ambos estaban separados por la plaza llamada «Entre los Palacios», donde
podían desfilar hasta diez mil soldados; el nombre se conserva aún en parte del
Suk-en-Nah-hasin o Mercado de los Caldereros. Un pasadizo subterráneo conectaba
los dos palacios, por el que el califa podía pasar sin violar ese misterioso
aislamiento que formaba parte de su carácter sagrado.
Muy cerca se encontraban
el mausoleo donde descansaban los restos de sus antepasados fatimíes, traídos
desde la lejana Kayrawán; y la mezquita (el-Azhar),
donde el califa solía dirigir las oraciones del viernes como príncipe y cantor
de los fieles; y cerca de esta, señala el historiador árabe, como si se tratara
de un elemento arquitectónico habitual, se encontraba «el pozo en el que el
califa solía arrojar a los asesinados». El pueblo creía que en sus lúgubres
profundidades se ocultaba algo más valioso que los cadáveres de califas
asesinados, esclavos o favoritos caídos en desgracia; pero cuando buscaban oro
y piedras preciosas, eran repelidos de forma sobrenatural; y como ningún hombre
puede enfrentarse con seguridad a «los genios», el pozo fue taponado, para
evitar que ocurriera algo peor.
Los historiadores árabes
hablan con gran admiración del tamaño y el esplendor del Gran Palacio. Leemos
de cuatro mil salas; de la Puerta Dorada que daba al Salón Dorado, un magnífico
pabellón donde el califa, sentado en su trono de oro, rodeado de sus chambelanes
y caballeros de la corte (por lo general griegos o sudaneses), contemplaba
desde detrás de un biombo de filigrana dorada las fiestas del Islam; del Salón
Esmeralda con sus hermosos pilares de mármol;—el Gran Diván, donde se sentaba
en acto de estado los lunes y jueves, junto a una ventana bajo una cúpula —la
misma ventana, tal vez, bajo la cual Dirgham se presentó suplicante en su
caída—; y la sakifa o Pórtico, donde el
califa escuchaba cada tarde, mientras los oprimidos y agraviados se reunían
abajo y proclamaban en voz alta el credo de los chiitas, hasta que él oía sus
quejas y daba órdenes para que se les hiciera justicia. Los historiadores dicen
poco del esplendor del interior del palacio, pero cabe hacerse una idea de sus
tesoros a partir de las maravillas observadas por Hugo de Cesarea y de la
afirmación de que, entre la asombrosa riqueza de joyas y piedras preciosas que
Saladino descubrió tras la muerte de el-Adid, había una esmeralda de cuatro
dedos de largo y un rubí conocido como «la Montaña», cuyo peso, en nuestros
términos, superaba los 2.400 quilates («Yo mismo la he visto y pesado», dice
Ibn al-Athir). La riqueza de los fatimíes en joyas y obras de orfebrería era
desde hacía tiempo proverbial. En el inventario de los tesoros de uno de estos
califas leemos acerca de grandes cantidades de esmeraldas y perlas, jarrones de
cristal tallado, vajilla de oro cincelada y esmaltada; cofres con incrustaciones
de motivos en oro; muebles y adornos de sándalo, ébano y marfil, adornados con
piedras preciosas; copas y jarras de porcelana fina llenas de alcanfor y
almizcle; espejos de metal enmarcados en plata y oro con bordes de esmeraldas y
cornalina; mesas de sardónice; innumerables vasijas de bronce con
incrustaciones de plata y oro; tapices, sedas y brocados, ricamente bordados en
oro y adornados con retratos de reyes.
De todos los tesoros que
encontró, Saladino no se quedó con nada para sí mismo. Algunos los repartió
entre sus seguidores o se los regaló a Nur-ed-din; la
gloriosa biblioteca de 120 000 volúmenes manuscritos se la entregó a su erudito
canciller, el Kady el-Fadil; el resto del tesoro se vendió para las arcas
públicas. Tampoco encajaba con su modo de vida sencillo y austero instalarse en
el majestuoso palacio del difunto califa. Los divanes de Silkeji y los «Pabellones de Perlas» no significaban nada para él. Permaneció en la
«Casa del visir» y cedió el Gran Palacio a los capitanes de su ejército,
asignando la casa de recreo occidental a su hermano el-Adil. Al dejar de ser
residencias reales, las hermosas mansiones de los fatimíes cayeron gradualmente
en ruinas. «¡Oh, detractor de mi amor por los hijos de Fátima!», exclamó Omara,
el poeta de Yemen, «¡únete a mis lágrimas por los salones desolados de los
palacios gemelos!». Uno de los porteros comentó que hacía mucho tiempo que no
veía que trajeran leña ni que sacaran basura; y cuando la carpintería se
utiliza como combustible y se deja que los residuos se acumulen, el fin de un
edificio no está lejos. Así ocurre que no queda ni un vestigio de estos palacios,
antaño espléndidos, que eran la maravilla y la envidia de los príncipes.
A las afueras de la
ciudad o castillo de El Cairo había una gran población al suroeste, y cuando
Saladino partía a caballo para visitar la tumba sagrada del imán esh-Shafiy en el desierto, pasaba por los emplazamientos de
tres antiguas capitales. Al salir por la puerta de Zuweyla,
atravesaba primero los barrios relativamente recientes que habían surgido desde
la construcción de la ciudad real y oficial; pasaba junto a las ruinas de la Mansuriya, de donde había expulsado a los negros rebeldes
como si fueran un nido de avispas. Más adelante, a su derecha se encontraba el
«Lago del Elefante», seco desde hacía mucho tiempo, mientras que a la izquierda
las escarpadas estribaciones de la cordillera de Mukattam habían motivado la construcción de la ciudadela que él mismo comenzó más tarde.
Durante todo el trayecto, su camino discurría por los abarrotados barrios
periféricos del pueblo, cuyas casas cubrían el emplazamiento donde antaño se
había alzado la famosa ciudad de «los Barrios» (el-Katai), donde Ibn Tulún,
tres siglos antes, había mantenido su corte real.
El-Katai era, al igual
que la ciudad de El Cairo, esencialmente una capital oficial, y estaba habitada
principalmente por el rey y su corte, sus soldados y sus proveedores, cada
clase en un barrio distinto. Fue la tercera capital construida desde que los
árabes conquistaron Egipto, y de toda su magnificencia no queda nada más que la
mezquita en ruinas de Ibn-Tulun, cuya grandeza y admirables diseños revelan
algo de lo que se ha perdido. Más allá, aún hacia el suroeste, se alzaba antaño
el-Askar, «el Campamento», otro centro oficial, donde residían los gobernadores
enviados desde Bagdad para gobernar Egipto en la época en que el califa abasí
ejercía un dominio absoluto desde las fronteras de la India hasta el océano
Atlántico. Más al sur aún, entre el lago de los abisinios y el Nilo, se
encontraban los restos de la capital más antigua del Egipto musulmán, a la vez
centro oficial y metrópoli comercial, llamada el-Fustat, «la Tienda», en
recuerdo del pabellón del conquistador árabe. A pesar de las devastaciones causadas
por el gran incendio de 1168, los habitantes habían comenzado a regresar a sus
hogares en ruinas e intentaban repoblar las calles desoladas. Pero Fustat nunca
recuperó la prosperidad perdida, cuando sus bazares eran famosos por su riqueza
y su comercio, sus casas se elevaban seis pisos en altura y los jardines de
frutas y flores se extendían por todas partes. Ahora no queda nada más que la
antigua mezquita de Amr, tan a menudo reparada y modificada que su fundador no
la reconocería, y la fortaleza romana de Babilonia, el «Castillo de la Baliza»
de los árabes, ahora un hervidero de iglesias coptas atendidas por zánganos
coptos, pero que en su día fue la guardiana de una bulliciosa ciudad cristiana,
la antigua y populosa «Babilonia de Egipto». El escaso suburbio del Cairo
Antiguo, o Masr-el-Atika, no es una reliquia de
Fustat, pues se erige sobre un terreno que estaba cubierto por el Nilo en la
época en que Fustat era una ciudad.
La historia de la
capital de Egipto bajo sus gobernantes musulmanes había sido, por tanto, una
sucesión de traslados del sur al noreste. En primer lugar, el-Fustaty, «la Tienda», fue fundada por Amr el Conquistador
en el año 641; después se construyó el-Askar, «el Campamento», como centro de
gobierno, en el emplazamiento del campamento del general abasí en el año 750;
en tercer lugar, se trazó el-Katai, «los Barrios», aún más al noreste, en el
año 869, por Ahmad ibn Tulun, como capital de su dinastía; y, por último, en el
año 969, Johar, el general del califa fatimí de Kayrawan,
tras anexionar Egipto, fundó el-Kahira, «la Victoriosa», como residencia
fortificada para su señor.
Saladino continuó con la
tradición constructora de la que se enorgullecía todo gran gobernante oriental;
pero, en lugar de desplazar la capital aún más hacia el noreste, trató de unir
los emplazamientos de las cuatro capitales y de construir una ciudadela —el
famoso «Castillo de la Montaña»— en el espolón más occidental del monte Mukattam, para que fuera el centro del gobierno y
constituyera una fortaleza militar capaz de dominar toda la ciudad y resistir
los asaltos externos. Su plan consistía en conectar esta fortaleza mediante una
muralla con bastiones con las antiguas fortificaciones de la «ciudad» fatimí, y
ampliarla de modo que abarcara los emplazamientos de Fustat y Katai, llegando
así hasta el río; pero el plan no se llevó a cabo, y ni siquiera la ciudadela
se terminó hasta mucho después de su muerte. La ampliación de la superficie de
la ciudad llevada a cabo por Saladino vino acompañada de la demolición de
barrios enteros situados entre la ciudad vieja y el santuario de Nefisa. Estos fueron sustituidos por jardines de recreo, y
se tiene constancia de que la alta puerta de Zuweyla podía verse desde la entrada de la mezquita de Ibn Tulún. Jehan Thenaud, que
acompañó a una embajada de Luis XII a El Cairo en una época posterior,
consideró que estos jardines seguían siendo un rasgo llamativo de la ciudad:
«jardines muy suntuosos
y grandes, llenos de todo tipo de árboles frutales: como cidras, limones,
melones, naranjas, albaricoques, casis y manzanas de Mose o de Adán, pues se
dice que la fruta por la que Adán desobedeció el mandamiento de Dios fue precisamente
esa. Dichos jardines se riegan todas las mañanas y todas las tardes con agua
del Nilo, que extraen bueyes y caballos».
Aún hoy pueden verse
vestigios de algunos de estos jardines de recreo desde las almenas de la
Ciudadela.
Se ha supuesto que
Saladino diseñó la Ciudadela de El Cairo para protegerse de una posible
insurrección de los partidarios de la dinastía anterior. Sin embargo, una
explicación suficiente se encuentra en sus primeras experiencias: toda ciudad
siria tenía su ciudadela o fortaleza, y la experiencia había demostrado en
numerosas ocasiones que la ciudad podía ser tomada mientras la ciudadela
permaneciera inexpugnable, como refugio para el pueblo y medio de recuperación.
Por lo tanto, El Cairo también debía tener una ciudadela. Pronto podría ser
necesaria como torre de defensa contra su propio señor feudal, Nur al-Din.
Saladino se había ganado el favor del rey de Siria con regalos procedentes de
los tesoros del palacio fatimí; todos los viernes se rezaban oraciones por él
como señor soberano en las mezquitas, sobre todo en la gran mezquita de
el-Hakim, que ahora había sustituido a la de Al-Azhar como mezquita principal
de la ciudad; y su nombre aparecía en las monedas acuñadas por Saladino en El
Cairo. Pero, a pesar de esta sumisión nominal y de la ausencia de todo símbolo
de soberanía personal, Saladino era prácticamente su propio señor; y,
respaldado como estaba por un poderoso ejército al mando de sus hermanos y
sobrinos, era, de hecho, rey de Egipto. Nur-ed-din
era muy consciente de ello, pero sus dificultades con los francos, con el
sultán selyúcida de Rum y con diversos gobernantes conflictivos de Mesopotamia
no le dejaban tiempo libre para recortar las alas a su vasallo en Egipto. Ni
siquiera podía contar con la cooperación de Saladino en la Guerra Santa; pues,
aunque es difícil determinar si con razón o sin ella, Saladino estaba
convencido de que, si alguna vez su soberano tuviera la oportunidad de
capturarlo, su poder llegaría a su fin; y nada podía inducirlo a aventurarse al
alcance de Nur-ed-din. No solo eso, sino que parece
que llevó ese temor tan lejos que prefirió tener a los francos en sus fronteras
como obstáculo al avance de Nur-ed-din.
Un ejemplo de ello se
produjo inmediatamente después de la muerte del califa egipcio. Amalarico se
encontraba ausente en Constantinopla, acordando nuevas medidas contra los
sarracenos con el tío de su esposa, el emperador Manuel Comneno; y Saladino,
probablemente actuando bajo órdenes de Damasco, aprovechó la oportunidad para
lanzar un ataque contra Mont Real (esh-Shaubak), una
pequeña y molesta fortaleza construida por Balduino I en 1115. Sus relucientes
almenas blancas coronaban una colina cubierta de olivos, y sus jardines de
albaricoqueros, situados más abajo, formaban un delicioso oasis en el desierto
al sur del mar Muerto. Pero se erigía como un centinela en la frontera entre
Siria y Egipto, y dominaba la ruta de las caravanas entre ambos países, lo que
suponía una molestia constante para su comercio. Conservarla o destruirla fue
durante muchos años un objetivo muy querido para Saladino, pero se le escapaba
constantemente de las manos. En este primer intento partió el 21 de septiembre
de 1171 y estableció su asedio alrededor de las blancas murallas sin encontrar
apenas oposición. De hecho, tras una breve defensa, la guarnición solicitó un
armisticio de diez días, para acordar las condiciones de la capitulación o, más
probablemente, para ganar tiempo con vistas a un rescate. Durante este
intervalo, el propio Nur al-Din partió de Damasco para reunirse con su virrey
egipcio; ante lo cual Saladino levantó el campamento y se retiró a El Cairo. En
una carta a su señor feudal, alegó un rumor oportuno sobre una conspiración a
favor de la antigua dinastía como excusa para su repentina retirada. Era
cierto, pero insuficiente; sus hermanos eran plenamente competentes para hacer
frente al levantamiento de los Negros en el Alto Egipto. Nur-ed-din no se dejó engañar y decidió invadir Egipto y poner
fin a tal insubordinación.
Los rumores sobre el
inminente ataque no tardaron en llegar a El Cairo, y la familia de Ayyub y los
principales capitanes del ejército, a quienes Saladino comunicó la noticia,
celebraron un consejo lleno de inquietud. Se hizo un silencio sepulcral. Entonces,
un joven sobrino impetuoso, Taki-ed-din Omar, tomó la
palabra: «Si viene Nur-ed-din —dijo—, lucharemos
contra él y lo expulsaremos del país». Pero Ayyub, prudente y sagaz como
siempre, reprendió con severidad al joven impulsivo y, volviéndose hacia
Saladino, dijo:
«Yo soy tu padre, y aquí
está Shihab-ed-din, el hermano de tu madre: piénsalo
bien, ¿hay alguien en esta asamblea que te quiera y desee tu bienestar tanto
como nosotros?».
«¡No, por Alá!», exclamó
Saladino.
«Sabe, pues —dijo
Ayyub—, que si tu tío y yo nos encontráramos con Nur-ed-din,
nada nos impediría desmontar y besar el suelo a sus pies. Incluso si nos
ordenara cortarte la cabeza con la espada, lo haríamos. A partir de esto, juzga
lo que harían los demás. Todos los que ves aquí, y todas las tropas, se verían
obligados a rendir homenaje a Nur-ed-din, si llegara.
Esta tierra es suya, y si quisiera destronarte, tendríamos que obedecer al
instante. Por lo tanto, este es mi consejo: escríbele y dile: “Me ha llegado la
noticia de que pretendes liderar una expedición a este país; pero ¿qué
necesidad hay de ello? Que mi señor envíe aquí un mensajero en dromedario, que
me guíe hasta ti con un turbante colgado del cuello; nadie aquí se atreverá a
resistirse”.
A continuación, dio por
terminada la reunión: «Retiraos y dejadnos solos. Somos mamelucos y esclavos de
Nur-ed-din, y él puede hacer con nosotros lo que le
plazca».
Todo esto se dijo para
causar efecto, pues Ayyub sabía que algunos de los emires celosos seguramente
escribirían e informarían de todo lo ocurrido a Damasco. Cuando se quedó a
solas con su hijo, le reprendió por haber dejado que los oficiales vieran su ambición
secreta, y reiteró su convicción de que ningún hombre del ejército se atrevería
a tomar las armas contra el rey de Siria, y de que la única actitud prudente
era la conciliación. Repitió el mensaje que había propuesto antes y luego
añadió: «Cuando lea esto, renunciará a su proyecto. Mientras tanto, el tiempo
juega a nuestro favor, y a cada instante Dios está haciendo algo». Entonces, el
viejo guerrero exclamó: «¡Por Alá! Si Nur al-Din intentara quitarnos tan solo
una caña de azúcar, yo mismo lucharía contra él hasta la muerte». Saladino
siguió el consejo de su padre y, tal y como Ayyub había previsto, el rey
consideró prudente aceptar el mensaje de sumisión, sin arriesgarse a la prueba
del dromedario.
La sinceridad de la
obediencia de Saladino pronto se puso a prueba. En mayo o junio de 1173,
partió, siguiendo las instrucciones de Nur-ed-din,
para sitiar Karak. Esta célebre fortaleza, al norte del Monte Real y cerca del
extremo sur del Mar Muerto, se encontraba también en la ruta de las caravanas,
era la clave misma de Siria y una espina perpetua en el costado de los
sarracenos. Se alzaba, y aún se alza, en el emplazamiento de Kir Moab, que, en
tiempos de Mesha, repelió el ataque de Josafat, rey de Judá; y mantuvo
noblemente su tradición. «El Castillo del Cuervo», como lo llamaban los árabes,
fue reconstruido sobre cimientos romanos por Payen, copero del rey Fulco, en
una elevada colina de la cordillera del monte Seir, a casi tres mil pies sobre
el nivel del mar, y con vistas a un fértil valle, calentado por aguas termales,
donde crecían frutas en abundancia. La ubicación y la solidez de las
fortificaciones —cuyas torres, esculpidas con leones, aún pueden verse— hacían
que la fortaleza fuera casi inexpugnable: un profundo foso la separaba de la
ciudad situada más abajo, que también estaba fortificada, y desde donde solo se
podía acceder al castillo a través de dos túneles empinados y estrechos
excavados en la roca viva. Un precipicio escarpado defendía el flanco este. En
su construcción general, era una típica fortaleza de las Cruzadas; y, bien
abastecida de agua y provisiones, resistió un asedio tras otro.
Saladino aún no estaba
destinado a tomarla. Apenas había comenzado a librar escaramuzas con los
puestos avanzados del enemigo, cuando llegó la noticia de que Nur-ed-din, tal y como se había acordado de antemano, se
acercaba con su ejército sirio. Hasta ese momento, Saladino parecía haberse
armado de valor para enfrentarse a su señor feudal, pero en el último momento
le falló el valor. Temió una trampa y se retiró apresuradamente a Egipto. Su
excusa era bastante válida: la enfermedad de su padre, a quien había dejado al
mando en El Cairo y cuya muerte podría provocar una revolución. Nur-ed-din se tomó la deserción con buen talante, diciendo: «La
conquista de Egipto es nuestro objetivo primordial». Tal y como sucedieron las
cosas, Saladino regresó demasiado tarde para ver a su padre con vida. Ayyub se
había caído de su caballo a las afueras de la Puerta de la Victoria, mientras
realizaba su paseo diario para ejercitar a sus tropas, y murió el 9 de agosto,
antes de la llegada de su hijo. La pérdida de su sagacidad política no podía
sustituirse fácilmente.
Saladino era muy
consciente de que, a pesar de sus palabras amables, Nur al-Din seguía
albergando hacia él sentimientos todo menos amistosos, por lo que se puso a
buscar un refugio seguro ante la amenaza de invasión. Siguió reforzando las
fortificaciones de El Cairo, aumentando su ejército y acumulando provisiones y
armas; pero distaba mucho de confiar en su capacidad para resistir un ataque
procedente de Siria, por lo que se dedicó a preparar un lugar de retirada por
si se veía obligado a abandonar Egipto. Ya había conquistado las provincias de
la costa africana, Barka y Trípoli, hasta Kabis (Gabés), en una expedición
dirigida por un segundo Karakush (que no era el
constructor de la ciudadela de El Cairo) en 1172-1173; pero esta franja de
territorio era demasiado vulnerable a las invasiones por mar y por tierra como
para ofrecer un refugio seguro, y la expedición se llevó a cabo principalmente
con el fin de mantener ocupadas a sus numerosas tropas y proporcionarles nuevo
botín y dinero de los premios de guerra. Los mismos objetivos, junto con el
traslado de los oficiales intrigantes a una distancia más segura y el castigo a
los negros aún rebeldes, sin duda motivaron en cierta medida la expedición que
envió al Sudán a principios de 1173; pero en este caso tenía un plan más
profundo. Si Egipto resultaba insostenible, entonces el Sudán, o tal vez el sur
de Arabia, podría servir como lugar de refugio, adonde Nur al-Din probablemente
no le seguiría. El Sudán, sin embargo, resultó ser todo menos un refugio
deseable. El hermano mayor de Saladino, Turán Shah —un soldado valiente y
audaz, pero imprudente e inestable como el agua— logró con éxito su objetivo inmediato:
sometió a los negros y ocupó Ibrim, tal y como se ha
relatado. Pero vivir de forma permanente en un país que no producía más que
maíz, y donde la única ocupación consistía en luchar y esclavizar a una
población irreconciliable bajo un sol abrasador, no era en absoluto de su
agrado, por lo que regresó a El Cairo con una caravana de esclavos e informó de
que Sudán no serviría para los propósitos de Saladino.
Quedaba aún la opción de
Arabia. Omara, un poeta e historiador de Yemen que por entonces vivía en El
Cairo, agotó todos los recursos del lenguaje para ensalzar la belleza y la
fertilidad de su tierra natal, famosa en la Antigüedad como Arabia Felix. Más tarde se creyó que su entusiasmo estaba dictado
en parte por el deseo de alejar a un líder tan feroz y belicoso como Turan Shah
antes de que viera la luz una conspiración que se estaba gestando. Sin embargo,
las descripciones del poeta, que eran bastante veraces, se tomaron de buena fe,
y Turán Shah organizó una expedición bien equipada, que partió de Egipto el 5
de febrero de 1174 con destino a La Meca, en su marcha hacia Yemen. Allí se le
unió un poderoso jefe árabe, y entre ambos acabaron rápidamente con la
resistencia de los yemeníes. Zebid, Jened, Adén, Saná y las demás fortalezas
cayeron una tras otra, entre mayo y agosto, y Turán Shah estableció su sede de
gobierno en Taiz y gobernó la Arabia Feliz hasta su regreso junto a su hermano
a principios de 1176. La provincia permaneció bajo la autoridad de la dinastía
ayubí durante cincuenta y cinco años, pero nunca se utilizó para el fin
previsto: servir de refugio frente a la venganza de Nur al-Din.
Mientras tanto, las
insurrecciones y las intrigas habían perturbado la serenidad de Egipto. La
conspiración, de la que se creía que Omara era el instigador, estaba madurando.
Varios egipcios y sudaneses, e incluso algunos de los oficiales y tropas turcomanos,
se unieron a la conspiración; se había comprometido a los reyes de Sicilia y
Jerusalén a prestar su ayuda a cambio de promesas de oro y territorios; y se
estaban llevando a cabo los preparativos para un ataque combinado por mar y
tierra, en el que se pretendía atrapar a Saladino. Afortunadamente, todo el
plan fue delatado a la víctima prevista por un clérigo a quien los
conspiradores habían confiado imprudentemente su secreto. Saladino esperó hasta
que la información se confirmara por completo y, entonces, se abalanzó sobre
los conspiradores, detuvo a los líderes —incluido el poeta demasiado político—
y los mandó crucificar a todos el 6 de abril de 1174. Los egipcios amotinados y
los esclavos negros fueron exiliados al Alto Egipto.
El ataque marítimo, que
debía haber respaldado la conspiración de El Cairo, no se produjo hasta finales
del verano. Los francos de Palestina no se movieron cuando se enteraron de que
la conspiración había fracasado; pero el rey de Sicilia, menos bien informado,
envió una gran flota, estimada en 282 embarcaciones, que llegó frente a
Alejandría el 28 de julio. Los habitantes de la escasa guarnición fueron
tomados completamente por sorpresa, pero intentaron resistir el desembarco,
que, no obstante, se llevó a cabo cerca del faro. Las catapultas y mangoneles que habían traído los sicilianos pronto
comenzaron a disparar contra la cortina de las murallas de la ciudad, y los
defensores se vieron obligados a luchar desesperadamente durante todo el primer
día hasta que cayó la noche, para resistir a las tropas de asalto. Al día
siguiente, los cristianos acercaron sus máquinas hasta las murallas, pero la
guarnición había recibido refuerzos de las aldeas vecinas y, de nuevo, el
ataque fue repelido. Al tercer día, se produjo una enérgica salida: se quemaron
las máquinas, el enemigo sufrió graves pérdidas y la guarnición regresó
eufórica por el triunfo. Apenas habían traspasado las puertas cuando llegó un
mensajero urgente de Saladino, a quien habían pedido ayuda. El mensajero había
cabalgado desde El Cairo ese mismo día con relevos de caballos y, al llegar a
Alejandría entre las tres y las cuatro de la tarde, proclamó a voz en grito la
llegada del ejército de Saladino. La noticia infundió nuevo ánimo a los
defensores, que se lanzaron de nuevo al exterior en la oscuridad creciente, se
abalanzaron sobre el campamento de los sicilianos y los expulsaron, a unos
hacia los barcos y a otros al mar. La noticia de que Saladino estaba en marcha
puso fin al fiasco: los sicilianos soltaron amarras y huyeron, tan
repentinamente como habían llegado.
El peligro que
representaban los francos había pasado, pero había sido muy grave. No obstante,
la invasión siciliana, la conspiración en El Cairo y la insurrección a lo largo
del Nilo no pesaban nada en la balanza frente a las importantes noticias que habían
llegado de Siria. El mayor de los peligros había pasado, el mayor de los
rivales ya no era temible; pues el 15 de mayo el sultán de Siria yacía muerto.
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CAPÍTULO IX. LA
CONQUISTA DE SIRIA. 1174-1176
La noticia de la muerte
de Nur-ed-din cayó como un rayo entre los sarracenos.
Fue totalmente imprevista. El 6 de mayo de 1174, salía a cabalgar con uno de
sus cortesanos, discurriendo, con su estilo filosófico, sobre la incertidumbre
de la vida humana; el día 15, a los cincuenta y seis años, le arrebató la vida
una insignificante angina. Ningún soberano desde Melik Shah había sido tan
venerado. Para sus súbditos era un modelo de todas las virtudes, la encarnación
de la piedad musulmana, «un segundo Omar ibn Abd-el-Aziz»,
un rey tan piadoso, justo y clemente como ninguno que hubiera reinado jamás.
Incluso los cruzados dieron testimonio de su carácter caballeroso, y Guillermo
de Tiro admite que, a pesar de su raza y credo, «Noradino era un príncipe justo, sabio y religioso», aunque un gran opresor de los
cristianos. La justicia era la cualidad que más valoraba después de la piedad
—de hecho, como parte de ella—. Él mismo comparecía ante el tribunal del cadí
para responder a la demanda de un súbdito, e insistía en que no se le mostrara
ningún favor por su rango. Eximió de todos los aranceles, derechos y diezmos en
todos sus dominios, y vivía de forma sencilla y frugal con sus medios privados,
sin tocar los ingresos públicos. Cuando su esposa se quejó de su pobreza y
desdeñó su oferta de tres tiendas en Emesa, pertenecientes a su patrimonio y
con un valor aproximado de veinte piezas de oro al año, él la reprendió: «No
tengo nada más, pues todo lo demás lo administro únicamente en fideicomiso para
el pueblo». En cumplimiento de esa responsabilidad, construyó ciudadelas para
su defensa y fundó numerosas escuelas, conventos, hospitales y caravasares para
su bienestar espiritual y físico. Ningún hombre disfrutaba más de la
conversación de los eruditos y devotos. Ninguno era más diligente en la
observancia de las normas más minuciosas de su religión. Había una calma
sagrada en sus ojos serios pero amables, que suavizaban la frente maciza y
ennoblecían el rostro moreno, casi imberbe. Poseía la dignidad y la serenidad
del verdadero caballero oriental; en su presencia reinaban el silencio y la
quietud.
La grandeza de Nur-ed-din reside más en su administración justa y competente
que en sus campañas victoriosas. Sin embargo, era un guerrero audaz e
intrépido, un espléndido jinete, dispuesto a exponerse en primera línea de cada
batalla; y organizaba sus reclutamientos feudales con mucho esmero, hacía
hereditarios los feudos de los soldados y llevaba un registro estricto de los
hombres y las armas que cada uno de sus vasallos estaba obligado a proporcionar
a su requerimiento. Pero su poder de conquista se vio limitado desde el principio
por la división de los dominios de su padre Zengi y por los celos de su hermano
mayor de Mosul. Tuvo que construir un reino y protegerlo de los ataques tanto
por el este como por el oeste antes de poder emprender proyectos de mayor
envergadura; y a ello debió Jerusalén su seguridad temporal. Sus primeras
guerras contra los cruzados no habían sido más que incursiones; y tras tomar
Damasco (1154) y someter el resto del interior de Siria, su atención se centró
principalmente en Egipto; por regla general, solo mantenía escaramuzas con los
francos y los mantenía a distancia. De hecho, había tomado Harenc y Banias, y en el norte había hecho sentir su poder
hasta Marash. Sin embargo, en el momento de su muerte se estaba preparando para
emprender empresas de mayor envergadura. Había invadido Mesopotamia tras la
muerte de su hermano en 1170 y, aunque dejó al hijo de este en el poder nominal
en Mosul, toda la Yezira y Diyar-Bekr estaban en realidad bajo el dominio de Damasco. Liberado de cualquier amenaza
procedente de ese frente y fortalecido por la ampliación del territorio para
reclutar a su ejército, estaba reuniendo fuerzas para someter a Saladino a una
humildad más acorde con su rango cuando la mano de la muerte truncó sus planes.
Si habría tenido éxito y si, tras destronar a Saladino, habría liderado un
ejército unido de egipcios y sirios contra los francos y los habría expulsado
de Tierra Santa, son meras especulaciones; pero los cristianos, cabe creer,
tenían menos que temer de la política cautelosa de Nur al-Din que del celo de
su gran sucesor.
Tras la muerte de Nur-ed-din, Saladino se convirtió en el gobernante más poderoso
entre Bagdad y Cartago. Es-Salih Ismail, el heredero del difunto rey, era un
niño de once años, un pelota de bádminton sin suerte entre tutores rivales. Los
dominios de los descendientes de Zengy en Mesopotamia quedaron repartidos entre
facciones envidiosas. La campana fúnebre del Reino Latino repicó en julio,
cuando los francos perdieron a Amalarico, y Raimundo de Trípoli se convirtió en
regente de Balduino, el afligido heredero, un muchacho de trece años y leproso.
Dos niños rodeados de camarillas de consejeros envidiosos no constituían un
obstáculo muy formidable para el avance de un gobernante decidido, respaldado
por un ejército poderoso y experimentado. La mera ambición personal habría
llevado a la mayoría de los hombres en la posición de Saladino a aprovecharse
de la debilidad de sus vecinos, pero atribuirle un motivo consciente de ese
tipo sería malinterpretar su carácter. A menos que pudiera convencerse de que
los intereses generales de los sarracenos, y especialmente de la fe musulmana,
exigían su intervención, habría dudado en aumentar su poder a costa de alguien
cuya hermana era su propia esposa y cuyo padre había sido en su día su señor y
benefactor. La situación de Siria no le dejaba otra alternativa, a menos que se
contentara con quedarse de brazos cruzados mientras el reino que Zengi y su
hijo habían construido con tanto esfuerzo caía poco a poco en manos de sus
rivales, o incluso de los infieles. Reinaban la desunión y la anarquía; el primo
del joven rey, de Mosul, renunció a su lealtad e incluso se anexionó Edesa y
otras dependencias de Siria; el emir a cargo de Alepo estaba enemistado con
quienes rodeaban al joven soberano en Damasco; muchos de los grandes vasallos
se declararon independientes; el islam en Siria carecía de líder, y si los
francos no se hubieran encontrado en una situación similar, habrían podido
hacer lo que les hubiera placido con los fragmentos del reino de Zengi.
En esta situación,
Saladino, como máximo responsable entre los oficiales del difunto rey, se
ofreció naturalmente a dar consejos y a prestar ayuda, lo que casi podría
interpretarse como órdenes, a pesar de los términos respetuosos en los que
estaban redactados. Envió un embajador al joven rey con garantías de su lealtad
y ordenó que el nombre de «es-Salih, hijo de Nur-ed-din»
se recitara en la oración y se grabara en la moneda de Egipto. Escribió a los
señores de Damasco para reprenderles por sus celos:
«Si Nur-ed-din —decía—, hubiera considerado a alguno de vosotros
capaz de ocupar mi lugar o de merecer la confianza que él depositó en mí, lo
habría nombrado gobernador de Egipto, la más importante de todas sus
posesiones. Si la muerte no se lo hubiera impedido, no habría legado a nadie
más que a mí la tutela y la crianza de su hijo. Me doy cuenta de que, en mi
perjuicio, os habéis arrogado el cuidado de mi señor, el hijo de mi señor. Sin
duda vendré a rendirle homenaje y a devolver los favores de su padre con un servicio
que será recordado para siempre; y trataré a cada uno de vosotros según sus
actos, [especialmente] por haber abandonado la defensa de los dominios del
rey».
El consejo de Damasco no
solo se había quedado impasible mientras el príncipe de Mesopotamia arrasaba
ciudades; incluso había comprado con oro la buena voluntad de los francos, para
gran desprecio de Saladino. De hecho, temían por igual a sus vecinos de ambos
lados, Seyf-ed-din de Mosul
y Saladino de El Cairo, y para protegerse de ambos habían llegado a un acuerdo
con los «infieles», tal y como había hecho su predecesor Amr en tiempos de Zengi.
Pero cuando, en agosto,
el joven rey fue trasladado a Alepo, les acechaba un peligro más inminente. El
enérgico capitán de los veteranos de Nur-ed-din, que
gobernaba Alepo y ahora asumía la tutela del rey, estaba dispuesto a arrollar a
todos sus rivales, y sin duda comenzaría por Damasco. Ante esta situación de
emergencia, pidieron ayuda al rey de Mosul; y cuando este se negó, invitaron a
Saladino. No esperó a que se lo repitieran, sino que, tomando solo setecientos
jinetes selectos, cabalgó directamente a través del desierto hacia Damasco,
confiando en que la suerte le permitiera atravesar sanas y salvas las fronteras
francas. Salió ileso del páramo y, al entrar en la antigua ciudad en medio de
aclamaciones generales, descansó en la antigua casa de su padre, hasta que la
ciudadela también le abrió sus puertas, el 27 de noviembre. Entonces se instaló
en el castillo y recibió el homenaje y los saludos de los ciudadanos, ganándose
el aplauso general con una generosa distribución de fondos del tesoro real de
es-Salih. Todo esto lo hizo en calidad de representante del joven rey, de quien
aún se declaraba «mameluco», y cuya soberanía quedaba formalmente atestiguada
por las oraciones y la acuñación de moneda.
Dejando a su hermano Tughtigin, apodado la «Espada del Islam», como gobernador
de Damasco, Saladino se apresuró de inmediato a conquistar otras ciudades que
pertenecían al reino de Nur-ed-din, pero que ahora
eran prácticamente independientes. Era pleno invierno, y el frío y la nieve
eran severos en las tierras altas; pero su misión no admitía demora. Tras
atravesar la hermosa Bekaa, el valle boscoso del río Litania, el 9 de diciembre entró victorioso en la opulenta
ciudad de Emesa, donde Aureliano había ofrecido en su día un sacrificio a los
dioses por su victoria sobre Zenobia; y luego, sin atacar su castillo
—demasiado fuerte para ser tomado por asalto—, descendió por el fértil valle
del Orontes hacia la tierra de exuberantes campos y norias, hasta Hama —la
misma Epifania donde la heroica reina de Palmira perdió su trono y su
libertad—. La ciudad abrió sus puertas y la ciudadela se rindió al poco tiempo,
tras el juramento de Saladino de que acudía como virrey y servidor de es-Salih.
A continuación, se dirigió a Alepo, al famoso «Castillo Gris» que se elevaba
sobre su colina redondeada por encima de la llanura, «una auténtica novia por
su belleza», y que albergaba entre sus fuertes murallas a su soberano nominal.
El gobernador y visir Gumushtigin no tenía intención
alguna de ceder su autoridad a un visitante tan peligroso, y, con prudencia, le
cerró las puertas en las narices. Saladino inició el asedio el 30 de diciembre,
con el pretexto de que había acudido a rescatar a su señor feudal de los malos
consejeros; pero es-Salih, tan temeroso de su libertador como desconfiado de su
gobernador, salió del palacio y, cabalgando entre la multitud, se puso a merced
de ella. El niño dirigió un llamamiento tan conmovedor a la multitud,
suplicándoles, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, que no lo
entregaran a aquel feroz invasor que le había robado su herencia, que sus
corazones se conmovieron; redoblaron sus esfuerzos, y sus vigorosas y repetidas
salidas hicieron que el invasor se detuviera.
La energía de la
defensa, unida a un nuevo y inquietante peligro,
llevó a Saladino a abandonar el asedio. Gumushtigin,
el visir, decidido a no escatimar esfuerzos para evitar caer en manos de los
egipcios, buscó la ayuda del jeque Sinán, el llamado
«Viejo de la Montaña», gran maestre de los asesinos de Siria. Esta temible
sociedad secreta, en parte religiosa, pero aún más política, se había extendido
desde su cuna en el castillo de Alamut, en las
montañas al sur del mar Caspio. Su cuerpo de offidawis, o emisarios, entrenados para el asesinato como un arte refinado, había
utilizado sus dagas con cierta eficacia en las guerras que habían asolado
Siria, y la sociedad había sido recompensada con la adquisición gradual de
nueve fortalezas entre las montañas de Ansariya,
formando una cadena casi inexpugnable de fortalezas desde Valenie (tomada en 1125), en la costa, hasta Masyaf, en el
interior. Estos «asesinos» —hashshashin o
fumadores de hachís (su nombre entre el vulgo), más propiamente ismaelitas o batinis, «esotéricos»— se habían arraigado firmemente en
Siria en la época de la invasión de Saladino y eran el terror del país. Nur
al-Din había intentado en vano someterlos y no había obtenido nada de su
esfuerzo, salvo el desagradable descubrimiento de una advertencia clavada en su
almohada con una daga envenenada. En Egipto habían apoyado la causa perdida de
los fatimíes, de cuya secta procedían, y probablemente habían participado en la
instigación de la conspiración de Omara. Por lo tanto, el Maestro se mostró más
que dispuesto a ayudar al visir de Alepo enviando a sus fanáticos a asesinar a
Saladino en su campamento. Consiguieron entrar sin dificultad, pero fueron
descubiertos justo a tiempo. Uno de los desdichados fue abatido por Tughril, el
chambelán mayor, en la propia tienda de Saladino, y el resto opuso una defensa
desesperada antes de ser reducidos y asesinados.
Es muy posible que este
escape por los pelos le disuadiera de correr más riesgos. Además, se veía
amenazado desde otros frentes: el rey de Mosul estaba reuniendo tropas para
defender a su primo de Alepo; y los francos ya habían cortado el camino hacia
la base de Saladino en Damasco. Raymundo, conde de Trípoli, había sido durante
muchos años prisionero de Nur al-Din en Alepo y, tras su liberación a cambio de
un rescate (que no se pagó), se había convertido en regente del Reino Latino
durante la minoría de edad de Balduino IV. El visir de Alepo, acosado por
Saladino, pidió ayuda al conde, y Raimundo vio ventajas, tanto políticas como
económicas, en ayudar a la ciudad sitiada contra el nuevo agresor. Por ello,
llevó a cabo una maniobra de distracción, marchando sobre Emesa, que aún estaba
oculta y bloqueada por parte del ejército de Saladino. Al parecer, el
gobernador mantuvo algunas negociaciones con Raimundo, que, como era habitual,
implicaban dinero en efectivo. Animados por esta esperanza dorada, los cristianos
lanzaron el ataque el 1 de febrero de 1175 y tuvieron la satisfacción de
alcanzar su objetivo principal: levantar el asedio de Alepo; pues al día
siguiente se supo de Saladino. Este ya había llegado a Hama y estaba tomando
una posición fuerte cerca del gran puente de piedra sobre el Orontes, donde se
encuentra la aldea de Arethusa (er-Rastan).
Los francos abandonaron inmediatamente la famosa ciudad, que en su día vio
nacer a Julia Domna y enseñó al niño Heliogábalo aquellos ritos sirios que más
tarde, ya como emperador, llevó a Roma. Saladino entró en Emesa y, tras una
tenaz resistencia, tomó la ciudadela a mediados de marzo. A finales de mes
ocupó Baalbek. Ahora era dueño de todo el reino sirio de Nur al-Din, salvo los
distritos que dependían directamente de Alepo.
Estos éxitos despertaron
finalmente a Seyf-ed-din
Ghazy II, el atabeg de Mosul, quien, como jefe de los
descendientes de su abuelo Zengy, consideraba Siria y Mesopotamia como un
patrimonio familiar. Como miembro de la familia, no había tenido ningún reparo
en aprovecharse de la juventud de su primo y anexionarse sus posesiones
mesopotámicas; pero otra cosa muy distinta era que un advenedizo, que no tenía
ni una gota de sangre de Zengy, se atreviera a usurpar las prerrogativas
familiares. En consecuencia, Seyf-ed-din
reunió un gran ejército y lo envió a Alepo, donde se esperaba con ansiedad su
llegada. Las fuerzas combinadas marcharon contra el enemigo común y lo
encontraron cerca de Hama. Aunque recientemente había recibido refuerzos con la
llegada de un contingente procedente de Egipto, Saladino se encontraba
evidentemente en inferioridad numérica; por ello, hizo propuestas para llegar a
un acuerdo, llegando incluso a ofrecer abandonar todas sus conquistas al norte
de la provincia de Damasco. El enemigo, sin embargo, no quiso escuchar ninguna
condición y le ordenó bruscamente que se retirara a Egipto. Obligado a resolver
la cuestión por las armas, tomó posiciones junto al desfiladero del Orontes, en
las colinas llamadas «Homs de Hama», donde una posición estratégica compensaba
la disparidad numérica. El 13 de abril de 1175, las tropas de Mosul y Alepo
marcharon al ataque, confiadas en su fuerza; pero, al verse en desventaja y
atrapadas en un barranco entre los aguerridos veteranos de Damasco y El Cairo,
fueron aniquiladas, y la batalla terminó en una vergonzosa derrota. Saladino
persiguió a los fugitivos hasta las puertas de Alepo, y los consejeros de
es-Salih se vieron obligados a aceptar una tregua, por la que cada bando
conservaba el territorio que poseía en ese momento. Mediante este acuerdo,
Saladino siguió siendo el señor indiscutible, no solo de las provincias de
Damasco, Emesa y Hamá, sino incluso de las ciudades
de Kafar Tab, Barin y Maarra,
no muy lejos de la propia Alepo.
Ahora, por primera vez,
Saladino afirmó su independencia, se proclamó rey y suprimió el nombre de
es-Salih de las oraciones y la acuñación de moneda. Ese año se rezó por él en
todas las mezquitas de Siria y Egipto como señor soberano, y acuñó en la casa de
la moneda de El Cairo monedas de oro a su propio nombre: «el-Melik en-Nasir
Yusuf ibn Ayyub, ala ghaya». «El rey fuerte para
ayudar. José, hijo de Job; exaltado sea el estandarte». Por lo que se
desprende de sus palabras, había hecho todo lo posible por convencer al joven
rey de Alepo de que estaba dispuesto a servirle lealmente, aunque había dejado
bastante claro que no permitiría que ningún rival se acercara al trono.
Es-Salih, naturalmente, percibió que tal servicio nominal significaba un
dominio real, y no quiso tener nada que ver con él. Al verse rechazado
rotundamente en todas sus propuestas de conciliación, Saladino se sintió
liberado de cualquier obligación de lealtad, y, dadas las circunstancias, no
había razón para que no asumiera él mismo la dignidad de rey. Su asunción de
las prerrogativas reales recibió la benevolente sanción del califa de Bagdad,
quien le envió el diploma habitual y las vestiduras de investidura como rey de
Egipto y Siria; le llegaron a Hama, donde estaba organizando sus nuevas
posesiones, en mayo de 1175.
Las tareas
administrativas y la movilización de tropas ocuparon el resto del año, y no
ocurrió nada de importancia hasta la primavera siguiente. Pero la contienda
entre las casas de Zengi y Ayub no había terminado con la victoria de Saladino
en Homs de Hama. Ambas partes estaban reuniendo fuerzas activamente para una
nueva lucha. Seyf-ed-din
estaba reclutando tropas entre los pequeños estados de Diyar-Bekr y Jezira, con las que, en la
primavera de 1176, logró cruzar el Éufrates en Bira. Su ejército contaba con
6.000 hombres y se vio reforzado aún más cuando se unió al contingente de
es-Salih en Alepo. Saladino, que había partido de El Cairo con tan solo 700
jinetes, ya había trasladado para entonces sus fuerzas desde Egipto para unirse
a las tropas de Damasco.
Mientras cruzaba el
Orontes el 11 de abril de 1176 para hacer frente a la tormenta que se
avecinaba, se produjo un eclipse solar, la tierra quedó sumida en la oscuridad
y las estrellas brillaban con claridad en el cielo del mediodía. A pesar de
este presagio, continuó su marcha, pero no había avanzado mucho más allá de Hamá cuando se reveló el siniestro significado del eclipse,
pues escapó por los pelos de una grave catástrofe. Seyf-ed-din apareció inesperadamente mientras los hombres de
Saladino se encontraban dispersos en los Pozos de los Turcomanos (Jibab et-Turkman) dando de beber
a sus caballos. De haber atacado de inmediato, el resultado habría sido una
victoria; pero vaciló, y cuando salió al campo de batalla a la mañana
siguiente, el jueves 22 de abril, se encontró con Saladino esperándole cerca
del Pequeño Caravasar, en el «Montículo del Sultán», a quince millas de Alepo.
Se produjo entonces un sangriento combate cuerpo a cuerpo. El señor de Irbil derribó el flanco izquierdo de Saladino y lo estaba
haciendo retroceder cuando el propio rey cargó al frente de su guardia y cambió
el rumbo de la batalla. Un pánico repentino se apoderó del enemigo, y todos
huyeron para salvar la vida. La mayoría de los oficiales del atabeg murieron o fueron hechos prisioneros, y Seyf-ed-din logró escapar con
dificultad del campo de batalla. El campamento, los caballos, el equipaje, las
tiendas y las provisiones cayeron en manos del vencedor.
Saladino se mostró digno
de la victoria. Trató a sus prisioneros con generosidad, los liberó y despidió
a muchos de ellos con obsequios. Los heridos, en especial, le debían la vida a
sus cuidados, y muchos estaban deseosos de entrar a su servicio. En cuanto al
rico botín del campamento enemigo, lo entregó todo al ejército y no se quedó
con nada para sí mismo. Con ello demostró tanto los instintos de un carácter
generoso como la previsión de un estadista. Se ganó la lealtad tanto de sus
propias tropas como de las del enemigo mediante lazos de gratitud y devoción
personal. Los prisioneros a los que había liberado, algunos de los cuales eran
hombres de rango e influencia, regresaron a sus hogares junto al Gran Río
llenos de elogios hacia él, ensalzando su clemencia y su gran generosidad, y
dispuestos a convertirse en sus súbditos voluntarios. Sus propios hombres,
embriagados por el triunfo y enriquecidos con el botín, estaban dispuestos a
seguirlo a cualquier parte.
Tras unos días de
descanso ante Alepo, que seguía manteniendo cerradas sus puertas, los condujo
más allá mientras su ímpetu aún estaba vivo. Una jornada de marcha los llevó a Buzaa, que tomaron; al día siguiente asaltaron Manbij; luego se dirigieron hacia el oeste, a la sólida
fortaleza de Azaz, cuya conquista les costó treinta y
ocho días de asedio y grandes pérdidas, y que estuvo a punto de costarle la
vida a Saladino. El asedio comenzó el 15 de mayo y, el día 22, Saladino
descansaba en la tienda de uno de sus capitanes cuando un fanático se abalanzó
sobre él y le asestó un golpe en la cabeza con un cuchillo. El yelmo de malla
que el rey llevaba bajo su malla le salvó por un momento, y agarró las
manos del asesino; pero, al estar sentado, no pudo impedir que este siguiera
apuñalándole en la garganta. La daga rasgó el cuello de su gambesón, pero los
anillos de la armadura impidieron que le atravesara el cuello. Todo esto
sucedió en un instante, y al momento siguiente, Bazkush había agarrado el cuchillo y lo sujetaba, aunque le cortaba los dedos, hasta
que por fin el desesperado murió, con el cuchillo aún apretado en la mano. Le
siguió otro asesino, que cayó muerto; y luego un tercero; pero la guardia ya
estaba en alerta. Saladino montó a caballo y cabalgó hacia el cuartel general
presa del pánico, sin apenas darse cuenta de que estaba vivo. El repentino
asalto del asesino secreto le provocó un terror que nunca había sentido en el
campo de batalla, y este segundo intento de los agentes del «Jeque de la
Montaña» lo dejó desconcertado. Se descubrió que los tres forajidos habían
logrado infiltrarse en la propia guardia personal: Saladino se apresuró a
reorganizarla y buscó entre sus filas rostros sospechosos; pero los emisarios
de Sinan poseían el arte de adoptar cualquier disfraz y eludir todas las
precauciones, y no podía haber una verdadera sensación de seguridad hasta que
su señor fuera derrotado o apaciguado.
Convencido de que Gumushtigin estaba detrás de este cobarde intento, Saladino
redobló sus ataques contra Azaz y, por fin, el 21 de junio, la fortaleza
capituló. A continuación, se apresuró a dirigirse a Alepo para castigar al
conspirador y, el día 25, inició su tercer asedio al Castillo Gris. Sus ataques
encontraron la misma resistencia que antes, pero antes de arriesgarse a morir
de hambre, la guarnición accedió a negociar. Se llegó a un acuerdo general (29
de julio) entre el joven rey de Alepo, los príncipes ortukidas vecinos de Keyfa y Maridin (que le habían apoyado en todo momento) y Saladino, por el que este fue
finalmente reconocido como soberano de todos los territorios que había
conquistado, y los cuatro signatarios se comprometieron solemnemente mediante
un juramento de alianza mutua.
Cuando se concluyó el
tratado, se presentó ante Saladino una joven, la hermana menor de es-Salih. Él
la recibió con honores y le preguntó:
«¿Cuál es tu deseo?».
«El castillo de Azaz», respondió ella.
Así pues, devolvió el
castillo a sus antiguos propietarios, colmó a la princesa de regalos y la
acompañó de vuelta hasta la puerta de Alepo al frente de su séquito. El gran
condestable Humphrey de Toron tenía motivos para estar orgulloso de su
caballero.
CAPÍTULO X. TREGUAS Y
TRATADOS. 1776-1781
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Mezquita de Ibn
Tulun, El Cairo
Durante seis años reinó
la paz entre Saladino y la casa de Zengi. Es-Salih permaneció en Alepo,
disfrutando sin perturbaciones de lo que le quedaba del reino de su padre. El atabeg de Mosul no quiso que se repitieran los desastres de
Homs de Hama y del Montículo del Sultán. También hubo una tregua nominal con el
rey de Jerusalén, que Saladino había concertado en el verano de 1175, con la
ayuda de generosos obsequios y la mediación de Humphrey de Toron, con quien
probablemente mantenía la relación amistosa que se remontaba a la época de su
propio nombramiento como caballero. Su objetivo era asegurarse la retaguardia
mientras se ocupaba del norte. Sin embargo, los tratados con los soldados de la
Cruz eran peor que inútiles, mientras prevaleciera en la cristiandad la
doctrina de que no era necesario respetar la palabra dada a los «infieles»; y
apenas habían concluido el pacto de amistad, cuando comenzaron a saquear el
hermoso valle del Litani, quemaron el trigo en pie, incendiaron las aldeas y
regresaron triunfantes, cargados de botín y conduciendo grandes rebaños de
ovejas y ganado robados.
Las incursiones de los
francos, sin embargo, no debieron de ser muy graves ni suponer ninguna pérdida
de territorio, pues Saladino parece no haberles prestado atención alguna. Había
otra potencia, independiente tanto de los francos como de los zengidas, con la que se vio obligado a lidiar. Era
imposible poner su vida a disposición del jeque de los asesinos. Por
consiguiente, Saladino decidió entrar en su territorio y aniquilarlos de raíz.
Tan pronto como concluyó su tratado de paz en Alepo y despidió a sus tropas
egipcias para que recuperaran fuerzas en su patria, marchó con el resto de su
ejército hacia los pasos rocosos de la cordillera de Summak,
o montañas de Ansariya, donde los fanáticos tenían
sus fortalezas. Se adentró
en esta lúgubre región en agosto y de allí salió también en agosto; pero el
Anciano seguía gobernando desde su montaña, y los Asesinos permanecían
invictos. Lo que ocurrió se relata de diversas maneras. Hay consenso en que
Saladino arrasó gran parte del país y que sitió Masyaf,
el principal de los nueve castillos de la sociedad —un auténtico nido de
águilas, encaramado en un pico de difícil acceso y que dominaba un desolado
barranco—. Es igualmente cierto que ni su artillería de asedio ni sus tropas de
asalto lograron hacer mella en la fortaleza rocosa. La divergencia surge a la
hora de explicar la causa de su repentina retirada. Los historiadores
musulmanes, como es natural, le dan el mejor giro posible y afirman que Sinán logró la paz gracias a la mediación del tío de
Saladino; pero incluso para estos apologistas, la humildad de la propuesta del
Maestro queda considerablemente mermada por la amenaza que la acompañaba: el
asesinato en masa de la familia ayubí en caso de negativa. La historia contada
por el panegirista de Sinan resulta más probable, una vez despojada de sus
absurdos sobrenaturales. Esta historia es la siguiente.
Cuando Saladino sitió Masyaf, Sinan se encontraba ausente, y la orden del rey de
rendirse le llegó en un pueblo cercano a Kadamus. Le
dijo al mensajero que debía mantener una entrevista personal con Saladino; y
entonces, dado que el acceso a Masyaf estaba
bloqueado por el ejército sitiador, se retiró con solo dos compañeros a la cima
de una montaña vecina, desde donde contempló el asedio y esperó el desenlace.
Saladino, creyendo que tenía a su archienemigo en su poder, envió un
contingente de tropas para rodearlo; pero tanto los soldados hostiles como los
mensajeros pacíficos se vieron retenidos por una fuerza misteriosa que les
paralizaba los miembros. Tal era el poder milagroso del santo Maestro, en quien
se enseñaba a sus seguidores a reconocer una verdadera encarnación de la Razón
Divina. Los informes, llenos de temor, de sus enviados desconcertados y
perplejos avivaron los temores de Saladino. Recordó los dos intentos anteriores
de atentar contra su vida y comenzó a dudar de que nada humano pudiera salvarlo
de las fuerzas sobrenaturales de aquel demonio o santo. Hizo esparcir tiza y
cenizas alrededor de su tienda para detectar pasos secretos; sus guardias iban
provistos de antorchas encadenadas y las guardias nocturnas se relevaban con
frecuencia. Pero le rodeaban terrores sobrenaturales y su sueño era inquieto.
Una noche, los centinelas apostados en las almenas de Masyaf percibieron una chispa, como la de una luciérnaga, que se deslizaba lentamente
colina abajo, hacia donde se encontraba el Maestro. Desapareció entre las
tiendas de los sarracenos. Al poco rato, Saladino se despertó de sus inquietos
sueños y vio una figura que se deslizaba hacia la salida de la tienda. Al mirar
a su alrededor, se dio cuenta de que las lámparas habían sido desplazadas y,
junto a su cama, yacían unos bollos calientes con la forma característica de
los Asesinos, con una hoja de papel encima, sujeta con una daga envenenada. En
el papel había unos versos:
«¡Por la majestad del
reino! Lo que posees se te escapará, a pesar de todo, pero la victoria nos
pertenece:
Te informamos de que te
tenemos en nuestro poder y que te reservamos hasta que se haya pago».
Saladino lanzó un grito
terrible y espantoso, y los guardias y los oficiales irrumpieron en la
habitación. Les mostró los bollos, la daga y los versos. El temible Maestro
había estado realmente junto a su almohada: era nada menos que un milagro.
Nadie había oído un paso ni visto un alma viviente: había huellas en las
cenizas, pero todas apuntaban hacia fuera. Entonces Saladino dijo: «Lo he
visto, y eso es muy diferente a oír hablar de él. Id a ver a este hombre y
pedidle un salvoconducto, y rogadle que no me castigue por mis errores
pasados». Un mensajero fue a buscar a Sinan a la montaña; pero el Maestro
respondió que no podía garantizar la vida del rey mientras este continuara con
el asedio. Saladino partió, pues, con tal prisa que incluso dejó atrás su
artillería; y en el Puente de Ibn-Munkidh recibió un salvoconducto del Maestro
de los Asesinos.
Este es el relato de un
partidario y un visionario, pero bien podría basarse en hechos reales. Es
posible que Sinan se abriera paso a tientas o mediante sobornos hasta la tienda
de Saladino y, de este modo, lo convenciera en persona de que ninguna precaución
le serviría contra los cuchillos de la sociedad secreta. El temor al asesinato,
unido al carácter intransitable de la región y a la fortaleza de sus
fortalezas, pudo haber inducido razonablemente al rey a abandonar su propósito
de erradicar a la aborrecida secta; y si no podía destruirlos por completo, la
única alternativa prudente era convertirlos en sus amigos. Además, como medida
política, vincular al Maestro mediante lazos de tolerancia mutua fue un golpe
maestro. Privó a los chiitas aún descontentos de Egipto de su esperanza de
contar con el siniestro apoyo de Sinan y despojó a los cruzados de un arma
secreta.
Tras abandonar las
montañas, Saladino regresó a Damasco (25 de agosto), despidió a sus sirios para
que regresaran a sus hogares, dejó al mando en Siria a su hermano, Turán Shah,
el conquistador de Yemen, y, llevándose consigo únicamente a sus seguidores personales,
se dirigió a El Cairo (22 de septiembre). Había estado ausente dos años, y
había mucho que organizar y supervisar. Ahora podía dedicar sus energías a la
fortificación y reconstrucción de la ciudad, tal y como ya había proyectado. Se
repararon las murallas, se trazaron sus ampliaciones y se inició la
construcción de la Ciudadela. El viajero morisco Ibn Jubayr vio en 1183 a
cautivos cristianos aserrando piedras y excavando el foso bajo las imponentes
murallas del castillo. Sin embargo, fue un sobrino quien, treinta años más
tarde, completó las fortificaciones que su famoso tío había planeado, y en la
actualidad la ciudadela ha sido remodelada tantas veces por los sultanes
mamelucos y, finalmente, por Mohamed Alí, que resulta difícil identificar con precisión
ninguna parte importante de las defensas originales.
No obstante, la
inscripción del fundador aún puede leerse sobre la antigua «Puerta de las
Escaleras», Bab el-Mudarraj, un portal oscuro y
misterioso en la fachada oeste de la muralla original. En ella se relata cómo
«la construcción de esta espléndida ciudadela —cerca del Cairo el Protegido, en
la terraza que aúna utilidad y belleza, y amplitud y fortaleza, para quienes
buscan el amparo de su poder— fue ordenada por nuestro Señor, el Rey Fuerte
para Ayudar, Honor del Mundo y de la Fe (el-Melik en-Nasir Salah ed-dunya wa-d-din), Padre de los
Conquistadores, Yusuf, hijo de Ayyub, Restaurador del Imperio del Califa; bajo
la dirección de su hermano y heredero, el Rey Justo (el-Adil) Seyf-ed-din Abu-Bekr Mohammed,
amigo del Comandante de los Fieles; y bajo la dirección del emir de su reino y
apoyo de su imperio, Karakush, hijo de Abdallah, el
esclavo de el-Melik en-Nasir, en el año 579 (o 1183-1184 d. C.)». El famoso
«Pozo de las Escaleras de Caracol», de 280 pies de profundidad, aún llamado Bir
Yusuf, «Pozo de José», fue sin duda excavado en la roca maciza por Karakush bajo las órdenes de Saladino; pero los demás
edificios que existían hasta hace poco en la Ciudadela y que llevaban su nombre
pertenecían en realidad a épocas posteriores. Los egipcios solían dar el nombre
del famoso sultán a las obras públicas. Su recuerdo, aunque no su obra, se
conserva en el largo acueducto de El Cairo, e incluso en el gran canal del Alto
Egipto, aún conocido como el «río de José», Bahr Yusuf, aunque data de la época
de los faraones. Sin embargo, la principal obra pública que llevó a cabo, más
allá del propio El Cairo, fue el gran puente o dique de Giza, que se construyó,
al igual que la Ciudadela, con piedras de las pirámides, entre 1183 y 1184, y
se extendía a lo largo de cuarenta arcos por el límite del desierto, a siete
millas de El Cairo, con la intención de constituir una fortificación exterior
de defensa contra una invasión de los moros, que nunca llegó a producirse.
Saladino permaneció en
El Cairo, ocupado con estas mejoras, construyendo escuelas como la madraza de
los armeros y organizando la administración interna de su provincia principal,
durante todo un año, hasta noviembre de 1177, cuando partió para una incursión
en Palestina. Los francos habían realizado recientemente incursiones en la
región de Damasco, y ya no valía la pena mantener la apariencia de una tregua.
Los cristianos habían enviado ya una gran parte de sus fuerzas al norte para
sitiar Harim, una fortaleza perteneciente al rey de Alepo, y el sur de
Palestina se encontraba relativamente desprovisto de defensores. La ocasión era
propicia, y Saladino marchó alegremente hacia Ascalón, «la Novia de Siria».
Guillermo de Tiro afirma que, tras una minuciosa investigación, se enteró de
que los sarracenos contaban con 26 000 hombres de combate, de los cuales 8 000
eran toassin o de élite, incluida la
guardia personal de mil mamelucos con túnicas amarillas—el color de Saladino— y
18 000 eran caragholam (esclavos
negros) de rango inferior —sin duda la antigua infantería pesada egipcia
procedente del Sudán—. Al no encontrar oposición, comenzaron a saquear el país
con total confianza, arrasaron e incendiaron Ramla y Lydda, y se dispersaron
por todo el territorio, llegando incluso hasta las puertas de Jerusalén, en una
alegre orgía de saqueo y devastación.
Tan seguros estaban de
su fuerza que trataron al enemigo con desprecio y permitieron que el rey
Balduino entrara en Ascalón y que los templarios de Gaza se unieran a él, sin
tomar ninguna precaución contra un ataque repentino. Es cierto que el rey de
Jerusalén solo contaba con 375 caballeros a su lado; pero Saladino ya debía de
saber para entonces que 375 caballeros no eran un número desdeñable, sobre todo
cuando estaban al mando de guerreros como Balian, Reginaldo de Sidón, Odo, el
Maestro del Templo, y Joscelin, el senescal, y animados por la presencia de «la
Vera Cruz», llevada por el obispo de Belén. No está claro cómo sucedió, pero lo
que sí es cierto es que el 25 de noviembre de 1177, en ausencia de la mayor
parte de su ejército, los hombres de Saladino fueron sorprendidos en Tell
Jezer, cerca de Ramla, y antes de que pudieran formarse en orden de batalla,
los caballeros ya los estaban aniquilando. Al principio, el sultán se replegó
luchando e intentó poner a sus hombres en orden de batalla; pero su guardia
personal fue destrozada a su alrededor y él mismo estuvo a punto de ser hecho
prisionero. Al ver que la batalla estaba perdida, dio media vuelta por fin y,
montando en un camello veloz, huyó para salvar la vida. Un remanente de sus
tropas escapó con él y, deshaciéndose de armaduras y armas, y dejando a los
heridos a su suerte, huyeron en desbandada al amparo de la noche hacia Egipto,
donde llegaron tras grandes privaciones. Del resto del ejército que había
marchado tan alegremente para saquear Tierra Santa, pocos sobrevivieron. El
hambre, el frío y las fuertes lluvias remataron lo que la espada había
comenzado. Nunca las armas de Saladino habían sufrido semejante desastre.
Sin embargo, lejos de
dejarse llevar por el desánimo, el gran capitán, que por una vez había perdido
un ejército, se apresuró a reunir otro. En una carta a su hermano Turán Shah en
Damasco, Saladino admite el carácter desesperado de la batalla, pero es capaz
de citar poesía al respecto: «Pensé en ti», escribió (e Ibn al-Athir vio la
propia carta), «Pensé en ti, en medio de las estocadas de sus lanzas, mientras
las rectas hojas ennegrecidas saciaban su sed con nuestra sangre» —y añade—
«una y otra vez estuvimos al borde de la destrucción; y Dios no nos habría
salvado de no ser por algún deber [futuro]». En tres meses estuvo listo para
enfrentarse de nuevo a los francos, y en la primavera de 1178 se encontraba
acampado bajo las murallas de Emesa. Se produjeron algunas escaramuzas entre
sus generales (que también eran parientes suyos) y los francos. Las tropas de Hamá obtuvieron una victoria sobre el enemigo y llevaron el
botín, junto con numerosas cabezas y prisioneros, a Saladino, quien ordenó
decapitar a los cautivos. Eran «infieles» y habían estado saqueando y arrasando
las tierras de los fieles. El resto del año transcurrió en Siria, sin que se
produjeran acciones destacadas por ninguna de las partes. Saladino pasó el
invierno en Damasco y, en primavera, se preparó para desbaratar la última
maniobra de Balduino.
El rey de Jerusalén
había aprovechado su triunfo en Ramla para avanzar hacia el territorio de los
sarracenos y establecer un puesto avanzado en el camino a Damasco. Había un
vado sobre el Jordán llamado «Vado de Jacob», porque allí Jacob luchó con el
ángel; también se le conocía como el «Vado de los Dolores»; y allí el rey
restauró una fortaleza que no solo defendía el paso del río, sino que dominaba
el acceso a la llanura de Banias, el granero de
Damasco, donde los campos de arroz y algodón y los bosquecillos de limoneros se
extendían densamente al pie del «Monte de la Nieve».» Hasta entonces, esta
fértil llanura se había repartido de la manera más amistosa entre los francos y
los musulmanes, y un poderoso roble marcaba la frontera entre las dos naciones,
cuyos rebaños pastaban uno junto al otro. Saladino había ofrecido en vano
primero 60 000 y finalmente 100 000 piezas de oro para inducir al rey a
abandonar un proyecto que resultaba especialmente ofensivo para los sarracenos.
Ahora se había propuesto arrasar la fortaleza hasta los cimientos. Su sobrino
Ferrukh Shah ya había obtenido una victoria sobre los francos mediante una
emboscada en abril de 1179: había sorprendido al rey Balduino, con un escaso
séquito, en un desfiladero rocoso cerca de Belfort, y solo el valor del
valiente condestable Humphrey de Toron salvó a su joven soberano de la captura,
a costa de su propia vida. La pérdida de este valiente caballero supuso un duro
golpe para los francos. «No hay palabras para describir a Hunfary»,
dice el historiador árabe; «su nombre era sinónimo de valentía y destreza en la
guerra. Era, en verdad, una plaga enviada por Dios para castigar a los
musulmanes».
Aprovechando esta
ventaja, Saladino, que para entonces había trasladado su cuartel general a Banias, avanzó y, en junio, se enfrentó de nuevo al rey de
Jerusalén. Balduino, al enterarse de que los sarracenos estaban saqueando en
dirección a Sidón, partió de inmediato al rescate, ansioso por borrar su
reciente deshonra. Marchando hacia el norte por Safed y Toron, ascendió a una altura de las montañas hasta la aldea de Mesafa («la estación»), desde donde dominaba una amplia
vista, y contempló el campamento de Saladino, como si estuviera a sus pies,
extendido en la «Pradera de los Manantiales» (Marj Oyun, Mergion).
Al precipitarse al ataque, sus tropas cayeron en desorden, la infantería se
quedó rezagada y el ejército entró en combate de forma desorganizada. Al
principio tuvieron vía libre y pusieron en fuga a parte del enemigo; pero Odo,
al frente de sus templarios, persiguió imprudentemente a los fugitivos
demasiado lejos y dividió aún más las ya dispersas fuerzas de los cristianos.
Saladino, aprovechando esto, reagrupó a sus tropas en desbandada y,
exhortándolas a un gran esfuerzo, lanzó una de sus furiosas cargas. El enemigo,
que creía la victoria asegurada, fue tomado por sorpresa; y, lastrado por el
botín de los caídos, no tuvo tiempo de reordenarse. Muchos murieron o fueron
hechos prisioneros, y el resto, tras cruzar el río Litani, buscó refugio en la
fortaleza vecina de Belfort; algunos no se detuvieron hasta llegar a Sidón. La
victoria fue especialmente notable por el alto rango de los prisioneros. Los
Maestros del Hospital y del Templo, Raimundo de Trípoli, Balián de Ibelín,
Balduino de Ramla y Hugo de Tiberíades, se encontraban entre los setenta
caballeros que el secretario Imad-ed-din contó
mientras permanecían de pie en la tienda de Saladino. Balduino obtuvo su
libertad tras pagar un rescate de 150 000 piezas de oro de Tiro y liberar a mil
prisioneros sarracenos; pero cuando Saladino se ofreció a intercambiar a Odo
por un emir que había sido capturado por los francos, el Maestre —«un hombre
altivo y arrogante, con el aliento de la furia en las fosas nasales, que no
temía a Dios ni respetaba a los hombres»—, cuya frenética lucha había sido la
maravilla y la ruina de aquel día, respondió con orgullo: «Un templario no
puede ofrecer como rescate más que su cinturón y su daga». Odo murió en
cautiverio: «pasó de su prisión al infierno», dice Abu-Shama. El camino estaba
ahora despejado hacia la «Locura del rey Balduino», el Castillo de los Dolores
en el Vado de Jacob. El 25 de agosto Saladino marchó hacia allí y, tan pronto
como sus pioneros reunieron suficientes sarmientos para hacer pantallas para
los zapadores, inició el ataque. En el primer asalto, un hombre de entre la
multitud, con una camisa andrajosa, saltó a la fortificación exterior y comenzó
a enfrentarse al enemigo en la cortina; otros le siguieron, y la fortificación
exterior fue tomada. Los francos, sin embargo, seguían defendiendo las murallas
con determinación, confiando en que les llegarían refuerzos. A la mañana
siguiente, los sarracenos excavaron una mina en la muralla, la hicieron
profunda y la llenaron de leña encendida, y esperaron a que la muralla se
derrumbara. Pero esperaron dos días, con el fuego ardiendo todo ese tiempo, y
la muralla seguía en pie, pues tenía nueve codos de grosor —y no eran codos
comunes, sino codos de carpintero, la mitad más largos—; y la mina apenas la
había atravesado un tercio. Saladino vio que era inútil y pidió agua: «Todo
hombre que me traiga un odre de agua recibirá un dinar de oro». El agua se
trajo con tal entusiasmo que las obras quedaron prácticamente inundadas.
Entonces los zapadores regresaron, profundizaron la mina, perforaron la muralla
y volvieron a prender fuego, y por fin esta cayó el jueves 30 de agosto de
1179. Los sarracenos se abalanzaron a través de la brecha y tomaron el castillo
por asalto; hicieron prisioneros a setecientos defensores y liberaron a los
cautivos musulmanes; pero, de entre los francos, Saladino mató a muchos y los
arrojó al pozo del castillo, y envió al resto a prisión en Damasco. Permaneció
en el lugar hasta que el Castillo de los Dolores quedó arrasado hasta los
cimientos, sin que quedara ni un vestigio del mismo. Como cantaba Ali de
Damasco, el relojero:
«¿Cómo podemos dejar en
la casa del Patriarca a quienes rompen su palabra después de haberla jurado?
Os advierto sinceramente
—la sinceridad forma parte de la religión—: abandonad la Casa de Jacob, pues
José ha llegado».
Cuando el rey de
Jerusalén llegó por fin para levantar el asedio de su castillo favorito, solo
encontró montones de piedras ennegrecidas por el fuego. Los cruzados no
intentaron más negociaciones con Saladino aquel año. La enfermedad de su rey
iba en aumento y cundía la inquietud por la sucesión; una tregua sería
bienvenida. De hecho, hubo un respiro durante el invierno, que Saladino dedicó
a equipar una poderosa flota para que le ayudara en la siguiente expedición. Su
flota de setenta barcos había causado estragos considerables en el otoño de
1179; asoló la costa y trajo de vuelta a mil prisioneros cristianos. Esto le
animó a intentar una acción combinada por mar y tierra. En la primavera de 1180
se encontraba una vez más en los alrededores de Safed,
esperando a que su flota llegara a la costa, antes de iniciar una enérgica
campaña. Balduino optó sabiamente por la prudencia y envió mensajeros para
proponer la paz. A Saladino no le disgustó aceptar, pues las sequías y las
malas cosechas estaban dificultando gravemente su intendencia. En verano
consintió en una tregua de dos años por mar y tierra, tanto para los nativos
como para los recién llegados, y esta fue confirmada mediante juramentos
solemnes. Para los francos fue una concesión humillante: nunca antes habían
sellado un tratado redactado en igualdad de condiciones que no les reservara
ninguna ventaja. No es de extrañar que su orgullo se rebelara.
El conde de Trípoli, que no era amigo del rey, denunció en voz alta el pacto;
pero una rápida incursión de los sarracenos en su territorio en mayo, y la
aparición de la flota de Saladino frente a Tortosa, hicieron entrar en razón a
Raimundo. La Guerra Santa cesó por un tiempo.
Había otras partes
implicadas en la paz que ahora reinaba en el Oriente Próximo, y la causa
inmediata de esta pacificación generalizada fue… una cantante. A Nur-ed-din, príncipe de Keyfa, le
habían dado por esposa a una gran dama, la hija de Kilij Arslan, el sultán
selyúcida de Konia. Por desgracia, no la trataba bien, sino que dedicaba su
afecto a una cantante sin ningún linaje. La esposa desatendida acudió a su
padre, y Kilij Arslan declaró la guerra. Mediante el
tratado de Alepo, Saladino había acordado apoyar a sus aliados, entre los que
se encontraba el príncipe de Keyfa. Además, él mismo
tenía una disputa con el sultán de Konia en relación con la fortaleza de Raaban, en las fronteras del norte, y se había derramado
sangre. Por lo tanto, no estaba de humor para oír hablar de una expedición
punitiva contra su aliado. «Dile a tu señor, en nombre de Dios —le dijo al
enviado selyúcida—, que, por mi fe, en dos días marcharé con mis hombres hacia
su capital y me apoderaré de todos sus dominios». Así, llevado por la ira,
había llegado tan al norte como Raaban, donde se
encontró de nuevo con el embajador, esta vez con argumentos pacíficos.
Saladino, al ver la situación, presionó a su amante aliado, y la disputa se
agravó con el despido sumario de la cantante. A este feliz resultado le siguió
una expedición a Cilicia o la Pequeña Armenia, hasta Mopsuestia (el-Massisa), para obligar a su rey, Rhupen, a mantener la fe con los turcomanos que pastaban en
su territorio y bajo su protección. Tras la destrucción del castillo de el-Menakir, Rhupen se sometió.
El poder de Saladino se
hacía sentir ya hasta en Asia Menor; era, sin lugar a dudas, el jefe de los
gobernantes sarracenos desde el Éufrates hasta el Nilo, y otros príncipes le
invitaban a actuar como árbitro en sus disputas. Utilizó esta elevada posición
con un noble propósito, fuera cual fuera el motivo que le impulsara. Logró una
paz general, una «Truga Dei», entre todos los
pueblos sobre los que podía ejercer influencia.
El 2 de octubre de 1180,
presidió un memorable congreso a orillas del Senja, cerca de Sumeysat, en el que los príncipes de Mesopotamia —Mosul, Jezira, Irbil, Keyfa y Maridin—, el sultán de Konia y el rey de Armenia
estamparon sus sellos en un pacto solemne, por el que se comprometían bajo
juramento a mantener la paz entre ellos durante un período de dos años. Durante
ese tiempo, la guerra no se conocería dentro de sus fronteras, y una tregua
sagrada, una Magna Pax Saracenica,
reinaría por toda la tierra. Era una gran idea, pero ya veremos cómo se
cumplió.
Se firmó la Gran Tregua
y Saladino quedó libre para regresar a Egipto. Dejó a su sobrino Ferrukh Shah
al mando de Siria y llegó a El Cairo a principios de 1181. El año transcurrido
había traído cambios a muchos tronos. Luis el Joven de Francia había fallecido
y le había sucedido Felipe Augusto; el papa Lucio había sucedido a Alejandro, y
Alejo II ocupaba el trono del emperador Manuel Comneno. En Asia se había
producido una sucesión en el califato; el-Mustady había fallecido y en-Nasir, el más enérgico de los últimos abasíes, era
pontífice en Bagdad; Seyf-ed-din,
el atabeg de Mosul, había fallecido, y su hermano
Izz-ed-din reinaba en su lugar. El final de 1181 fue
testigo de un acontecimiento de aún mayor importancia para Saladino. El 4 de
diciembre, el heredero de Nur-ed-din, es-Salih
Ismail, puso fin a su vida apacible e inofensiva en Alepo a causa de un ataque
mortal de cólico —no sin la habitual sospecha de envenenamiento—. Cuando supo
que su muerte estaba cerca, mandó llamar a sus principales oficiales y les hizo
jurar lealtad a su primo de Mosul —el único príncipe de la casa de Zengí lo suficientemente poderoso como para cruzar espadas
con su gran usurpador—. El joven moribundo no podía perdonar a Saladino su
transgresión contra los derechos soberanos de la dinastía.
El atabeg de Mosul se apresuró a tomar posesión de Alepo, donde fue recibido con alegría
por los vasallos de su primo. Otras ciudades de Siria se mostraron dispuestas a
volver a su antigua lealtad, y Hamá manifestó
abiertamente su simpatía. No obstante, el atabeg se
mantuvo fiel al tratado que había jurado y rechazó todos los incentivos para
invadir los dominios de Saladino. Su conducta posterior sugiere que el miedo
tuvo algo que ver en esta moderación, pues nunca se atrevió a enfrentarse a su
rival en campo abierto. Incluso la posesión de Alepo suponía una carga
demasiado grande para sus fuerzas; y acosado por el temor de no poder defender
a la vez sus capitales de Siria y Mesopotamia, cedió a la insistencia de su
hermano, Imad-ed-din, gobernante de Sinjar, y accedió a intercambiar ciudades con él. Imad-ed-din entró en Alepo el 19 de mayo de 1182.
Saladino no opuso
resistencia alguna a estas transacciones. Estaba obligado por su tratado a
respetar a su aliado de Mosul, y nunca en su vida rompió un tratado. Al mismo
tiempo, observaba de cerca los acontecimientos en su frontera norte. Por
supuesto, había decidido, mucho antes, que la muerte de es-Salih sería la señal
para su propio avance hacia Alepo. El hecho de que estuviera en manos de un
gobernante tan ambicioso y sin escrúpulos como Imad-ed-din
supuso un obstáculo imprevisto para sus planes. Pero no se podía hacer nada
mientras la paz estuviera en vigor; y esta no expiraría hasta el 9 de
septiembre de 1182. Es cierto que las otras partes del tratado le habrían dado
motivos para romperlo. Los francos habían vuelto a romper su palabra. Reginaldo
de Châtillon, liberado de su agotador cautiverio en Alepo y sediento de
venganza, se había convertido ahora en señor de las fortalezas del Mar Muerto,
en virtud de su matrimonio con Estefanía, viuda del tercer Humphrey de Toron y
heredera de Karak. Hizo uso de su posición sin escrúpulos y, recientemente,
había capturado una pacífica caravana de mercaderes en tiempo de tregua; a
cambio, Saladino había retenido un barco de peregrinos que había encallado en
Damieta. Cuando se disponía a volver a entrar en Siria para proteger a sus
súbditos, se enteró, además, de que los príncipes zengíes habían olvidado hasta tal punto su honor y su religión que habían firmado un
tratado formal con los cristianos e incluso con el Maestro de los Asesinos para
oponerse conjuntamente al enemigo común: él mismo. Ni siquiera esto le tentó a
incumplir su palabra. Avanzó hacia Siria, para mantenerse en guardia; pero no
tomó medidas contra sus traicioneros aliados hasta que el tratado expiró.
El 11 de mayo de 1182,
Saladino partió de El Cairo. Los principales oficiales y grandes de su corte se
reunieron junto al lago para despedirlo. Uno tras otro se acercaron a su
estribo y se despidieron del soberano a quien, durante catorce años de gloria en
el extranjero y equidad en el país, habían aprendido a honrar y admirar. Se
recitaron odas y se declamaron rapsodias. De repente, una voz discordante
rompió la armonía de las palabras corteses. «Disfruta», gritó, citando los
versos del viejo poeta árabe:
«Disfruta del perfume de
los ojos de buey de Nejd:
Después de esta noche,
ya no habrá más ojos de buey».
La nota discordante
inquietó a Saladino, sensible como todos los orientales al presagio de mal
agüero, y se alejó de Egipto a caballo con un peso en el corazón. El verso
profético no se equivocó. Ya no habría más «ojos de buey» para él en Egipto:
nunca volvió a ver El Cairo.
Sabiendo que los
cristianos se habían concentrado en la frontera para interceptarlo, Saladino
tomó la ruta del desierto a través de la península del Sinaí hasta Eilat, en la
cabecera del golfo de Aqaba, y desde allí marchó hacia el norte por la árida
llanura pedregosa junto al monte Seir (la cordillera de Shera), explorando en
busca del enemigo. Al no encontrar oposición, saqueó los alrededores de Mont
Real, mientras el ejército de Balduino lo observaba desde sus trincheras cerca
de Karak, sin mover un dedo, ni para combatirlo ni para cortarle el paso a los
pozos. Aprovechándose de su letargo, marchó sin obstáculos a través de Moab
hasta Damasco a mediados de junio. Descubrió que su activo sobrino Ferrukh Shah
había aprovechado la ausencia de Balduino en el sur para cruzar el Jordán,
arrasar Galilea, saquear Deburiya entre los robles y
los mirtos de las boscosas laderas occidentales del monte Tabor, e incluso
hacerse con el control de una fortaleza rocosa (Habis Jeldek), a la que los
francos concedían gran importancia. Los asaltantes se llevaron veinte mil
cabezas de ganado y mil cautivos.
Aprovechando esta
ventaja en julio, Saladino envió de nuevo a Ferrukh Shah a Palestina. Este se dirigió por Ras-el-Ayn y cruzó el Jordán hacia Beysan (Bethsan), antaño Escitópolis, la tercera ciudad de Palestina, pero entonces
una pequeña localidad situada en la fértil campiña al pie de los picos desnudos
del monte Gilboa. Mientras tanto, los francos levantaron su campamento en los
manantiales de Saffuriya y se apresuraron hacia el
sur para proteger Belvoir, un nuevo castillo cerca de Beysan, donde tenían grandes reservas de artillería.
Siguiendo el curso del Jordán río abajo, acamparon al pie de «la colina de la
Estrella», sobre la que se alzaban las murallas de Belvoir.
Saladino se encontraba cerca de Tiberíades, pero envió a sus dos generales más
capaces, Taki-ed-din y Ferrukh Shah, al frente de un
gran contingente de arqueros a caballo, para atacar la posición. Los
sarracenos, según sus enemigos, contaban con 20 000 hombres en formación de
combate, frente a los 700 caballeros de los cristianos con sus seguidores; pero
Guillermo de Tiro nos quiere hacer creer que, gracias al valor de los hermanos
Balian y Balduino de Ramla, y de otros valientes guerreros, los cristianos
salieron claramente victoriosos de la escaramuza, a pesar de la deserción de
«muchos cuyos nombres, por pura vergüenza, no escribiremos». Los musulmanes,
por su parte, aunque admitían haber sufrido grandes bajas, se atribuyeron la
victoria. Ambos bandos se retiraron tras la batalla: los francos a Forbelet (Afrabela) y Saladino a
Damasco.
Los sarracenos no
parecen haberse desanimado, pues en agosto Saladino condujo en persona a sus
tropas a través de la Bekaa. Su objetivo era
apoderarse de Beirut, que esperaba tomar por sorpresa y asaltar con la ayuda de
su flota egipcia, con la que su hermano el-Adil estaba hostigando la costa de
Palestina. Los barcos bombardearon Beirut; mientras tanto, Saladino, bajando de
las colinas —desde donde sus exploradores habían avistado a la flota—, dirigió
un ataque general por tierra. Las flechas llovían con tal intensidad que los
habitantes «no se atrevían a mover un dedo», pero la ciudad estaba bien
fortificada y guarnecida, y opuso una tenaz resistencia. Los sarracenos, que
esperaban tomar la ciudad por asalto, no habían traído mangoneles para un asedio en toda regla. Además, el rey Balduino estaba equipando
apresuradamente barcos en Acre y Tiro para el socorro del puerto, y el ejército
cristiano se acercaba. La sorpresa había fracasado y Saladino, que tenía
asuntos más importantes que atender en el norte, abandonó un asedio que
prometía escaso éxito.
Su cambio de planes se
explica por el hecho de que había recibido una invitación de Kukbury, el emir de Harran, para entrar y ocupar Jezira. Cualquier motivo era bueno para Saladino, que
contaba las horas que le quedaban para ajustar cuentas con la casa de Zengy.
Por fin había llegado el fin de la tregua; había aliados que, de hecho, estaban
impacientes por darle la bienvenida en el Gran Río; y en cuanto pudo avanzar
con honor, reunió un tren de asedio y partió. Tras un ataque simulado contra
Alepo, ante la que permaneció tan solo tres días (del 19 al 21 de septiembre),
cruzó el Éufrates en Bira. Sus partidarios se apresuraron a salir a su encuentro.
Primero Kukbury, cuyo temor a Mosul le había llevado
a invitar a la invasión; luego Nur-ed-din de Keyfa, que unieron sus tropas a su causa. Una tras otra,
las ciudades de «la Isla» cayeron ante ellos. Edesa, Saruj, Rakka, Karkisiya, Nisibis, todas y
cada una se sometieron, como súbditos ante una procesión real. En medio de este
triunfo, llegó la noticia de que los francos volvían a realizar incursiones en
los alrededores de Damasco. «Que lo hagan», dijo Saladino: «mientras ellos
arrasan aldeas, nosotros tomamos ciudades; cuando regresemos, tendremos aún más
fuerzas para combatirlos».
Así pues, avanzó hacia
Mosul, la capital de su único rival musulmán. Una vez más, las fuertes murallas
resultaron ser un rival a la altura de sus zapadores. Primero Karak, luego
Beirut y ahora Mosul resistieron todos los asaltos. Las dobles murallas estaban
repletas de defensores entusiastas y no había ningún punto débil en la
armadura. La ciudad estaba repleta de almacenes, provisiones, municiones y
máquinas de guerra, preparadas con previsión precisamente para esta emergencia.
No obstante, Izz-ed-din habría preferido ahorrarle a
su ciudad los rigores de un asedio si se hubiera podido llegar a un acuerdo
honorable; pero la única exigencia persistente de Saladino era la cesión de
Alepo, y Izz-ed-din no tenía ni la voluntad, ni
quizás el poder, para obligar a su hermano a abandonarla. Los gobernantes
vecinos de Armenia y Persia intentaron en vano mediar; Saladino solo tenía una
respuesta: «Alepo… o Mosul».
El asedio comenzó, por
tanto, el 10 de noviembre de 1182. El propio Saladino tomó posiciones frente a
la puerta de Kinda; su hermano Bury, «Corona de los Reyes» (Taj-el-muluk), dirigió el ataque contra la puerta de Imadiya; mientras que Nur-ed-din,
de Keyfa, se hizo cargo de la puerta del Puente. Sin
embargo, todos sus esfuerzos resultaron inútiles ante la sólida mampostería y,
tras un mes de intentos infructuosos, Saladino retiró su ejército y marchó
durante tres días hasta Sinjar, con la intención de
quebrantar el ánimo de los habitantes de Mosul sometiendo los territorios
circundantes de los que dependían para su abastecimiento. Sinjar opuso una enérgica defensa, y durante quince días Saladino permaneció ante las
murallas bajo las que Constantino libró en su día su gran batalla contra Sapor;
pero el 30 de diciembre la antigua ciudad fue tomada por asalto y saqueada por
la soldadesca enfurecida, que rompió toda disciplina en su ansia de botín.
Saladino solo logró proteger al gobernador y a sus oficiales, y los envió a
Mosul con todos los honores. Tras establecer una guarnición en Sinjar, se preparó para enfrentarse a una coalición formada
por el atabeg de Mosul y el sah de Armenia, con la
ayuda de los vasallos del príncipe de Maridin y
tropas procedentes de Alepo. A finales de febrero de 1183, un gran ejército se
había reunido en la llanura de Harzem, a los pies de Maridin; pero, al enterarse de la llegada de Saladino,
enviaron apresuradamente mensajeros para negociar la paz. Él respondió que
recibirían su respuesta en la llanura de Harzem. La
amenaza fue suficiente. Cada uno de los aliados huyó inmediatamente a su propia
ciudad y, cuando Saladino llegó al lugar de encuentro, no había ningún enemigo.
«Avanzaron como hombres», dice el canciller; «desaparecieron como mujeres».
El atabeg se había replegado una vez más tras las murallas de Mosul; pero Saladino no lo
persiguió. Abandonó por el momento todo intento de tomar aquella ciudad y,
cuando hubo completado la organización de sus conquistas mesopotámicas según su
habitual sistema de feudos militares, marchó hacia el norte y, tras ocho días
de asedio, el 6 de mayo de 1183, tomó la ciudad de Amid, a pesar de la doble
muralla formada por sus imponentes muros de basalto negro, sus puertas de
hierro y el foso natural que formaba el recodo en forma de media luna del
Tigris. El lugar estaba repleto de precioso botín, de armas y máquinas de
guerra, provisiones y tesoros. La famosa biblioteca de «un millón de volúmenes»
fue entregada al erudito canciller, el Kady el-Fadil, quien se llevó apenas una
selección de los libros en setenta camellos. Saladino cedió esta fortaleza a su
leal y valiente aliado, el príncipe de Keyfa. En ese
momento le llegó la noticia de que Imad-ed-din de
Alepo había llegado a un acuerdo con los francos y estaba arrasando con fuego y
espada las tierras del sultán en Siria; así que cruzó apresuradamente el
Éufrates por Bira y, tras tomar Ayn Tab por el camino, el día 21 acampó una vez
más en el Meydan Verde, frente a Alepo. Imad-ed-din no opuso una resistencia prolongada. Era impopular
entre sus nuevos súbditos y deseaba regresar a sus antiguos dominios en Sinjar. Por su parte, Saladino estaba ansioso por
consolidar su imperio mediante la conquista de la capital del norte de Siria.
Se negoció un acuerdo por el que, a cambio de la rendición de Alepo, se
devolvía a Imad-ed-din el principado de Sinjar, con sus ciudades dependientes de Nisibín, Saruj y Rakka, que debía gobernar como vasallo de Saladino a cambio
de prestar servicio militar.
El 12 de junio, la
ciudad pasó formalmente a manos de Saladino. La guarnición desfiló por el Meydan Verde y le rindió homenaje; se celebró un gran
banquete para conmemorar el acontecimiento y reinó la alegría general. El
pueblo nunca había visto con buenos ojos a su difunto príncipe; lamentaba los
días gloriosos de Nur-ed-din y esperaba su
resurgimiento bajo un rey poderoso y generoso, tal y como Saladino prometía
ser. Imad-ed-din se convirtió en blanco del escarnio
de la multitud, que se burlaba de «el burro que cambió la leche fresca (en
árabe, Halab, es decir, Alepo) por la agria (Sinjar)»,
e incluso desfiló con una tina ante él, diciendo: «¡Nunca estuviste hecho para
ser rey! ¡Intenta llevar la colada!». Se alegró de escapar de ese torrente de
burlas y, tras despedirse de Saladino el día 17, partió hacia Sinjar, ricamente provisto de caballos selectos y
vestiduras de honor que le había obsequiado su generoso adversario. Al día
siguiente, Saladino entró en Alepo. La multitud lo aclamó; los poetas entonaron
sus alabanzas. El gobernador lo agasajó con esplendor en el castillo, y toda la
ciudad enloqueció de alegría: ¿no era Saladino su rey? ¿Y había acaso otro tan
poderoso, tan justo y tan generoso en toda la tierra?
La toma de Alepo
convirtió a Saladino en el gobernante más poderoso del Islam. Desde el Tigris
hasta el Nilo, y a lo largo de la costa africana hasta Trípoli, muchas grandes
ciudades y pueblos diversos se encontraban bajo su dominio. Se rezaba por él en
las mezquitas desde La Meca hasta Mesopotamia. Cuando escribió al Papa, llegó
incluso a utilizar el título «ex omnium regum orientalium», y, de
todos los príncipes orientales a su alcance, era sin duda el rey. Pero para ser
indiscutiblemente supremo sobre este vasto dominio, aún debía dar un paso más.
No tenía nada que temer del este ni del norte: Mosul estaba sometida y el
selyúcida de Konya le era amigo; pero aún quedaba esa estrecha franja de tierra
que se extendía más allá de las montañas a lo largo de la costa siria, desde
Antioquía hasta Ascalón —las ciudades más allá del Orontes y del Jordán, y las
alturas del Líbano que actuaban como barrera—, y, sobre todo, la propia
Jerusalén, santa tanto para los musulmanes como para los cristianos. Esa franja
de territorio hostil que separaba su reino del gran mar; aquellas fortalezas,
ciudades y lugares sagrados, que aún se encontraban en las manos acorazadas de
sus enemigos; aquel valle dichoso del Jordán, donde las campanas de madera de
los cristianos resonaban estridentemente en lugar del canto dulce y solemne del
muecín: todo ello era como una piedra de tropiezo para «el sultán del Islam y
de los musulmanes». Hasta que la Ciudad Santa volviera a estar bajo la custodia
de los fieles, hasta que el dominio de los francos fuera derrocado, al menos
para él no habría descanso.
Saladino permaneció dos
meses en Alepo, organizando el gobierno, otorgando cargos y feudos, y regulando
las diversas ciudades y fortalezas dependientes. El 14 de agosto de 1183 partió
hacia Damasco, que iba a ser su capital y cuartel general durante el resto de
su vida. Mucho había sucedido durante su larga ausencia en el norte. Su
valiente virrey Ferrukh Shah había fallecido, y los francos se habían vuelto
más audaces. Habían saqueado Busra y Zora y todo el país, llegando incluso
hasta Darayya, a pocas millas de Damasco, destruyendo
las cosechas y los huertos, y arrasándolo todo. Habían recuperado la fortaleza
rocosa del «Suhite», de la que los sarracenos se
habían enorgullecido tanto. Reginaldo de Châtillon había concebido incluso el
audaz proyecto de invadir Arabia, destruir la tumba del «maldito camellero» en
Medina y arrasar hasta los cimientos la sagrada Kaaba de La Meca. Transportó
sus barcos por secciones desde Karak hasta el golfo de Aqaba y, tras enviar la
flota a saquear el puerto de Aydhab, en la costa
africana del mar Rojo, bloqueó Eyla con dos buques. La flota egipcia no tardó
en lanzarse en su persecución, y el almirante Lulu, tras levantar fácilmente el
bloqueo de Eyla, se topó con el grueso de la expedición cerca de el-Haura, un
pequeño puerto del mar Rojo, desde donde pretendían marchar sobre Medina. La
visión de la escuadra egipcia los obligó a desembarcar apresuradamente y se
dirigieron hacia las montañas. Lulu montó a sus marineros en los caballos de
los beduinos y, al alcanzar al enemigo en el desfiladero de Rabugh,
los hizo pedazos. Reginald escapó, pero la mayoría de sus hombres murieron; no
se concedió cuartel, salvo a unos pocos prisioneros que fueron enviados a La
Meca para ser sacrificados como cabras en el valle de Mina durante el
sacrificio anual de la peregrinación. Así debían expiar el sacrilegio que
pretendían cometer.
El árabe español
Ibn-Jubeyr se encontraba en Alejandría en mayo de 1183, cuando llegaron algunos
de los prisioneros capturados de la expedición de Reginald de Châtillon, atados
a camellos, con la cara hacia las colas, en medio del redoble de los tambores y
los gritos de la plebe. Nunca, dice, había habido tal consternación como cuando
la noticia de la incursión llegó a Egipto. La gente se contaba entre sí,
temblando, cómo el maldito señor de Karak había sobornado a los beduinos para
que transportaran sus barcos a través del desierto hasta el mar Rojo; cómo
había incendiado dieciséis embarcaciones árabes, capturado un barco de
peregrinos frente a Yeda, desembarcado en Aydhab y
capturado una caravana que había partido de Kos, en el Nilo, cuya tripulación
fue masacrada en su totalidad; y cómo, tras apoderarse de dos barcos del Yemen,
cargados con provisiones para las ciudades santas, había cruzado a Arabia con
el perverso designio de saquear Medina y arrastrar al bendito Profeta fuera de
su tumba. ¡Nunca hubo noticias tan espantosas! Alabado sea Alá: Lulu, el
capitán de la flota, alcanzó a los malhechores con sus veloces naves,
tripuladas por moros del Magreb, y se evitó la catástrofe.
El primer objetivo de
Saladino al regresar a Siria fue castigar a los francos por su temeridad. Llamó
de vuelta a las tropas a las que había permitido regresar a casa durante su
descanso en Alepo y, marchando hacia el sur por la ruta del desierto pasando
por el-Fawar, cruzó el Jordán el 29 de septiembre, devastó el fértil Ghaur y,
al encontrar Beysan abandonada por sus aterrorizados
habitantes, la saqueó y la incendió. Avanzando por el valle de Jezreel, acampó
junto al Pozo de Goliat (Ayn Jalud), al pie del
Gilboa. Desde allí, sus exploradores —veteranos de los ejércitos de Nur-ed-din— arrasaron los alrededores, llegando hasta el Tabor
y las colinas que dominan Nazaret, capturaron Forbelet y, al toparse con un contingente de francos que marchaba desde Karak para
reunirse con el ejército principal en los manantiales de Saffuriya,
los derrotaron (el 30 de septiembre) con la pérdida de un solo hombre. Ante
esto, Guido de Lusignan, que estaba al mando durante la enfermedad del rey
Balduino, levantó inmediatamente el campamento, cruzó las colinas de Nazaret
hacia la llanura de Esdraelón y avanzó hasta «el
castillo del Frijol», el-Fula (que los francos llamaban Faba y La Feve), donde Saladino le dio batalla.
«Nunca —decían los
ancianos— había visto Palestina un despliegue tan vasto de cruzados; había mil
trescientos caballeros y más de quince mil soldados de a pie bien armados;
entre ellos se encontraban grandes nobles de Europa: Enrique, duque de Lovaina,
y Ralf de Maleine, de Aquitania, junto con los
señores de la tierra: Guy de Lusignan, Reginald de Châtillon, Balduino y Balian
de Ibelin, Reginald de Sidón, Walter de Cesarea y Joscelin de Courtenay».
Sin embargo, la batalla
no se decidió. Fue un combate cuerpo a cuerpo, en el que «los ojos se miraban a
los ojos». La vanguardia de Saladino, compuesta por quinientos jinetes, causó
numerosas bajas, pero no pudo penetrar en las apretadas filas de las lanzas
enemigas; y, finalmente, ambos ejércitos acamparon uno frente al otro, en Tubania y en el Pozo de Goliat, a apenas una milla de
distancia. Aquí se produjo un retraso extraordinario. Durante cinco días, el
ejército cristiano permaneció inmóvil, mientras sus líderes discutían entre sí,
unidos únicamente por un propósito: desafiar la autoridad de Lusignan. Mientras
tanto, Saladino había ocupado las alturas, y los cruzados se vieron acorralados
y aislados de los suministros. Sus filas se vieron engrosadas por multitudes de
comerciantes italianos —pisanos, lombardos, venecianos y genoveses—, que habían
abandonado sus barcos y se habían apresurado a unirse al ejército de la Cruz,
sin pensar en la comida y sin estar acostumbrados a empuñar las armas ni a
soportar privaciones. Estos fueron los primeros en sentir el peso del cansancio
y la penuria, y como ningún suministro podía atravesar el estrecho cerco de los
vigilantes sarracenos, una grave hambruna se abatió sobre el campamento.
Además, estábamos a mediados de octubre y la temporada de lluvias estaba a
punto de llegar. Parece que Saladino intentó todo tipo de estratagemas para
llevarlos al campo de batalla, pero fue en vano: al fin lograron escapar,
perseguidos por sus flechas, y se retiraron avergonzados a Saffuriya,
de donde habían partido en glorioso despliegue apenas una semana antes.
En ese mismo mes de
octubre, el sultán partió de Damasco para ajustar cuentas con Reginaldo de
Châtillon en Karak; pero todos los intentos de capturar a aquel astuto
mercenario o de abrirse paso hasta su fortaleza fracasaron, a pesar de que un
ejército egipcio al mando de el-Adil colaboró en el asedio. Sus siete mangoneles dispararon en vano contra las robustas murallas,
y cuando se supo que las fuerzas reales marchaban en su socorro, Saladino
retiró su ejército (4 de diciembre) y, furioso por el revés sufrido, lo condujo
de vuelta a Damasco. En el verano siguiente (13 de agosto de 1184) realizó otro
intento de tomar la fortaleza, pues no podría haber paz mientras Reginaldo de
Châtillon la mantuviera en su poder; pero el asedio —el quinto que Saladino
había iniciado— terminó como todos los demás. Al principio, de hecho, parecía
como si el éxito estuviera a punto de coronar la perseverancia de los
sarracenos. La ciudad no estaba de humor para la batalla: estaba llena de
bailarines y músicos, que se divertían con motivo de la boda de la hermanastra
del rey, Isabel, con el cuarto Humphrey de Toron. Los banquetes nupciales
estaban a punto de convertirse en ritos fúnebres. Saladino y sus mamelucos
irrumpieron en la ciudad, y Reginaldo se replegó al otro lado del foso, al
interior del castillo. Aun así, escapó por los pelos, y de no ser por el valor
de un caballero solitario, que defendió el puente como el antiguo Horacio
mientras la guarnición lo serraba a sus espaldas, la fortaleza habría caído en
manos de los sarracenos. En una curiosa muestra de los modales caballerescos de
la época, Reginaldo envió a Saladino carne y vino —como si fuera un trozo del
pastel nupcial— para que participara en el banquete; y, a cambio, el sultán dio
órdenes estrictas, proclamadas ante el ejército, de que la torre nupcial de los
novios fuera respetada escrupulosamente por sus arqueros y su artillería.
Saladino se encontró en
posesión de la ciudad y los alrededores, y dueño de todo tipo de lujos festivos
y manjares nupciales; pero estaba tan lejos como siempre de tomar el castillo.
Comenzó, en efecto, a rellenar el foso y a instalar sus máquinas de asedio; y
su fiel aliado, Nur-ed-din de Keyfa,
se distinguió brillantemente en los combates contra la guarnición. Nueve mangoneles bombardearon la puerta y la hicieron estallar,
pero el enemigo defendió la brecha. El foso se había rellenado tanto que un
prisionero pudo saltar desde las murallas y escapar. Pero fue un esfuerzo en
vano: la roca desafiaba el asalto. Mientras tanto, los mensajeros habían
llevado la noticia a Balduino y, en septiembre, una fuerza de socorro apostada
en el-Wala, sin arriesgarse a una batalla campal, abasteció al castillo de
víveres y agotó a los sitiadores. Saladino detestaba las estrategias de espera
y, al no conseguir sacar a los cristianos de sus trincheras, pronto abandonó
sus posiciones en Hesbón y Main y se marchó a arrasar
Samaria, saquear e incendiar Nablus (Siquem) con sus famosos olivares y
melones, y desde allí regresó a Damasco el 16 de septiembre de 1184.
Tras esto, reinó la paz
entre sarracenos y cristianos durante un tiempo. La desgracia del rey Balduino
llegó a su fin en el invierno de 1184-1185. La corona descansaba ahora sobre la
cabeza de un niño, y Guido de Lusignan y Raimundo de Trípoli, regente del
infante Balduino V, encabezaban facciones rivales. No era momento para una
guerra santa, decían las antiguas casas cruzadas; era mejor establecer una
tregua y, al menos, esperar hasta que se presentara una ocasión favorable. Así
lo pensaban el príncipe de Antioquía, los condes de Trípoli y Sidón, y los
valientes hermanos de Ibelín. No opinaban lo mismo las dos grandes órdenes
militares, los Templarios y los Hospitalarios; ni los recién llegados como
Guido de Lusignan, aunque su única campaña hubiera sido una farsa ridícula; y
mucho menos Reginaldo de Châtillon, quien aún sentía, en su fortaleza de Karak,
cómo el hierro de sus inolvidables cadenas le carcomía el alma y ansiaba
insaciablemente venganza. Por el momento prevaleció la política prudente y, a propuesta
del regente, se firmó un tratado con Saladino por cuatro años. Para el propio
Raimundo era más que una tregua; era una alianza ofensiva y defensiva. Saladino
debía apoyarle en sus designios sobre la corona, y Raimundo, a cambio, liberó a
todos los sarracenos que tenía cautivos en Trípoli, e incluso abasteció
generosamente a Damasco con alimentos durante la hambruna de 1185. No obstante,
por mucha que fuera la amistad entre Saladino y Raimundo, la tregua era como el
sueño inquieto de un soldado, que podía romperse en un instante ante la llamada
a las armas. No era una paz verdadera mientras el patriarca Heraclio recorría
Europa en busca de reclutas, mientras los caballeros ingleses, desde los
Cheviots hasta los Pirineos, tomaban la Cruz, y mientras las dos grandes
órdenes militares ardían en deseos de asestar un golpe en nombre de la fe. La
Guerra Santa dormía, pero estaba claro que despertaría.
Saladino, por su parte,
aprovechó al máximo su tiempo libre para poner en orden los asuntos de su
reino. Una vez más, Damasco se había convertido en la sede de la soberanía.
Saladino solía decir que Siria era la raíz y la base del Imperio; Juliano había
llamado a Damasco «el ojo de Oriente». Antes del inicio de la historia, Damasco
ya era una ciudad. Desde el momento en que Abram tomó a su siervo Eliezer de
entre sus ciudadanos, la antigua capital siria ha sido famosa. En tiempos de
Ezequiel, su comercio era famoso, y al puerto de Tiro se le escribió: «Damasco
era tu comerciante en la multitud de las mercancías de tu fabricación, por la
multitud de todas las riquezas». En todos los antiguos imperios de Oriente,
Damasco ha desempeñado su papel, como metrópoli natural de su región, lugar de
encuentro de los pueblos. Por sus bulliciosos mercados pasaba el comercio de
Babilonia, Persia y la lejana India, traído desde tiempos inmemoriales por
interminables caravanas que partían del Éufrates pasando por Palmira o Alepo, y
transportaban sus preciosos fardos hacia los puertos del Mediterráneo, o se
desviaban hacia el sur, hacia Egipto y Arabia. A Damasco llegaba la nación
nómada de los beduinos con sus innumerables tribus, que pastoreaban sus rebaños
en primavera e invierno con el forraje ligero del desierto, vagando cada año
entre Arabia y el Gran Río a lo largo de las conocidas cadenas de pozos; una
raza de comerciantes de ganado y camelleros, transportistas de la riqueza ajena
y vendedores de sus propios productos pastorales a cambio de las mercancías de
los comerciantes.
Rica y poblada, Damasco
lo debía todo a su situación central y a sus ventajas naturales. Los griegos la
llamaban «La Más Bella», y los árabes la bautizaron como «La Novia de la
Tierra» y «El Jardín del Mundo». Y al contemplar la antigua ciudad desde la Cúpula
de la Victoria, que corona la cercana cordillera del Antilíbano al oeste, uno comprende el orgullo del damasceno por su paraíso terrenal. La
famosa llanura, la Ghuta, ricamente fértil, aunque
forma parte de la alta meseta siria que se eleva dos mil pies sobre el nivel
del mar, gana en belleza por el contraste con el desierto pardo y las colinas
rocosas que la rodean, a través de las cuales el Barada —bien llamado «Arroyo
de Oro» por los griegos— se abre paso y, al extenderse en siete brazos por la
llanura, le da vida en abundancia. Un gran campo verde se extiende a lo largo
de millas desde las montañas hasta el desierto, y en medio de él, en un
cinturón esmeralda de jardines y huertos de naranjos, cidros y jazmines, en una
confusión de arroyos murmurantes, se alzan las antiguas murallas romanas de la
ciudad, el mar amarillento de sus casas de adobe, un bosque de minaretes, y la
gran cúpula de la mezquita omeya, que en su día fue la iglesia de San Juan
Bautista y, antes de eso, tal vez, la Casa de Rimmón.
«Aunque tan antigua como
la propia historia, eres fresca como el aliento de la primavera, floreciente
como tu propio capullo de rosa, fragante como tu propia flor de azahar, ¡oh,
Damasco, Perla de Oriente!».
Cada época de su variada
historia ha dejado sus vestigios en Damasco: puertas romanas de arenisca roja
pulida y portadas revestidas de hierro macizo; antiguas murallas de quince pies
de grosor y veinte de altura, construidas sobre cimientos aún más antiguos de
mampostería ciclópea; torres bastión cuadradas, desde donde los arqueros
medievales repelieron a más de una tropa asaltante con su fuego de flanqueo. La Via Recta, «la calle llamada Recta»,
sigue conduciendo desde la puerta oriental, tal y como lo hacía en la época en
que San Pablo era aún Saulo de Tarso; y en una pared de la mezquita árabe, el
peregrino que se dirige a la tumba de Saladino aún puede leer la inscripción
que coronaba el dintel de la antigua iglesia, y que trece siglos de dominio
musulmán no han borrado:
«Tu reino, oh Cristo, es
un reino eterno, y tu dominio perdura por todas las generaciones»
La ciudad en tiempos de
Saladino debió de presentar una mezcla de colores y razas muy similar a la
actual. La vestimenta y las costumbres de los musulmanes cambian muy
lentamente, y los mismos pueblos, ataviados de la misma manera durante muchos
siglos, debieron de abarrotar sus bazares y habitar en las habitaciones
exquisitamente talladas y pintadas que rodeaban los patios sombreados de las
casas. Entonces, al igual que ahora, la ciudad estaba dividida en numerosos
barrios amurallados, cerrados por la noche con pesadas puertas, y ocupados
originalmente por miembros de un clan distinto. Entonces, al igual que ahora,
las aguas cristalinas del Arroyo Dorado fluían a través de una red de canales
cuidadosamente planificados, y llegaban a todas las calles e incluso a las
casas más humildes. Pero las invasiones y los incendios, el vandalismo tártaro
y el abandono otomano han empañado el esplendor de las mezquitas y los
palacios; y ahora incluso la noble mezquita omeya, donde los grandes califas
del siglo VII predicaban como líderes de los fieles, donde Muawiya mostró ante
la temblorosa congregación la camisa ensangrentada del asesinado Uthman y clavó
los dedos cortados de Naila al púlpito —la mezquita donde Saladino adoraba al
Dios de las Batallas—, ha quedado calcinada y en ruinas por un fuego devorador.
Sus mosaicos fueron el triunfo de artistas de Persia, la India y Bizancio, y
agotaron los ingresos de Siria durante siete años, además de dieciocho
cargamentos de oro y plata procedentes de Chipre.
El árabe español Ibn
Jubayr, que visitó Damasco en 1184, cuando Saladino vivía allí, nos ha dejado
una descripción minuciosa de las maravillas de esta magnífica mezquita, entre
las que destacaban el reloj en el que unos halcones de bronce marcaban las horas
y una puerta de latón que se cerraba al pasar cada hora, mientras que por la
noche unas lámparas rojas indicaban la hora, medida por el descenso del nivel
del agua. Menciona veinte colegios, dos hospitales gratuitos y numerosos
monasterios.
«Damasco», añade,
«cuenta con un castillo, donde reside el sultán, que se alza aislado en el
barrio moderno de la ciudad, y en él se encuentra la mezquita del sultán. Cerca
del castillo, a las afueras de la ciudad hacia el oeste, hay dos meydanes que parecen piezas de brocado de seda desplegadas,
por su verdor y belleza. El río discurre entre los dos meydanes,
y junto a ellos se extiende una arboleda de álamos, de una belleza
deslumbrante. El sultán suele acudir allí para jugar al mall y hacer correr a
sus caballos; y nada puede ser más agradable de ver que esto. Cada tarde, los
hijos del sultán acuden allí para practicar el tiro con arco, correr y jugar al
mall».
El viajero español nos
ofrece solo un atisbo del gran sultán, jugando al polo sobre el césped sedoso
del Meydan, y tampoco los biógrafos y cronistas de
Saladino nos cuentan mucho más. Oímos hablar, en efecto, de veladas dedicadas a
debates literarios, de la intimidad de Saladino con el viejo guerrero y poeta
Osama, de recitaciones de poesía y de frecuentes partidas de ajedrez, a las que
el sultán se dedicaba con pasión. Pero los ecos de estas voces son, en verdad,
muy débiles. Para hacernos una idea de la vida y las ocupaciones de un
gobernante musulmán en la época de las Cruzadas, debemos recurrir al historiador
de los sultanes mamelucos y ver cómo Beybars, sultán
de Siria y Egipto, gobernaba su reino en el siglo XIII. Era un mameluco de la
familia de Saladino y modeló su corte siguiendo el ejemplo de su gran
predecesor.
El sultán de aquella
época no disfrutaba de ningún cargo honorífico; trabajaba tan duro como su
súbdito más humilde. Se reunía en la Sala de Justicia dos días a la semana para
escuchar las quejas y reparar los agravios de sus súbditos. Su correspondencia
era inmensa y, aunque Saladino contaba con cancilleres y secretarios
incansables como Kady el-Fadil, Imad-ed-din y, más
tarde, Baha-ed-din, seguramente se ocupaba
personalmente de gran parte de los despachos. En la época de Beybars existía «un sistema postal bien organizado que
conectaba todas las partes de sus vastos dominios con la capital». En cada
estación de correos había caballos de relevo preparados, y dos veces por semana
el sultán recibía y respondía a los informes procedentes de todas las partes
del reino. Además del correo ordinario, existía también un servicio de palomas
mensajeras, que se gestionaba con igual esmero. Las palomas se alojaban en
palomares en las distintas etapas, y se las entrenaba para que se detuvieran en
el primer palomar de la etapa, donde su carta se adjuntaba a otra paloma para
la siguiente etapa».
Afortunadamente, sabemos
algo de los secretarios principales de Saladino que gestionaban su vasta
correspondencia. Lo que el-Jawad fue para el belicoso Zengy, el erudito juez
Kady el-Fadil lo fue para la más amplia administración imperial de Saladino. El-Fadil
no era turco ni persa, como tantos de los estadistas de la época, sino un árabe lakhmí puro, nacido en Ascalón, miembro de una
familia de jueces. Su colega en el Consejo, Aluh,
ensalza su estilo exquisito —considerado entonces una cualidad fundamental en
un secretario de Estado— con su habitual grandilocuencia:
«Soberano de la pluma y
la lucidez, de la elocuencia y del estilo, su genio era resplandeciente, su
sagacidad profunda y su dicción tan novedosa como fascinante… Era como la ley
de Mahoma, que anuló todas las demás y se convirtió en la raíz de todo conocimiento.
Su pensamiento era original, sus ideas eran nuevas; derramaba brillantez y
hacía brotar las flores más hermosas. Era él quien guiaba el imperio con sus
consejos y entretejía el discurso con las perlas del estilo», y así
sucesivamente.
A pesar de su elegante
prosa y de su curioso eufuismo, el Kady era un admirable funcionario público, y
Saladino le dejaba con frecuencia al mando supremo del gobierno en Egipto
mientras él se ausentaba en campañas en Siria. Egipto, de hecho, era su patria
adoptiva; allí lo encontró Saladino en la cancillería; y él nunca era feliz
lejos de su amado Nilo. «Llévame un mensaje al Nilo», exclama en uno de sus
poemas, escrito durante una campaña en Mesopotamia; «¡dile que el Éufrates
nunca podrá saciar mi sed!».
Otro hombre erudito,
cuyos consejos, según se dice, Saladino nunca rechazaba, era el-Hakkary, el jurista árabe, que trataba a su señor con una
familiaridad sin ceremonias que nadie más se atrevía a emplear. Su pintoresca
figura, con el turbante de jurista sobre el uniforme de soldado, rara vez
faltaba a los consejos del sultán. Pero la mano derecha de Saladino en Siria,
el homólogo del Qadi el-Fadil en Egipto, era el
secretario de Estado Imad-ed-din de Isfahán,
comúnmente llamado Aluh («Águila»), un poeta, un
maestro del estilo, un doctor versado en derecho y profundo conocedor de los
misterios de la astrología, y un formidable gladiador en las polémicas
teológicas. De ser un simple profesor en la universidad de Damasco a la que dio
su nombre, «La Imadiya», pasó a ser presidente del
Consejo de Estado y canciller del reino sirio. Su admirable destreza para
llevar a cabo la correspondencia diplomática en persa y árabe, en el estilo
ampuloso y pomposo admirado por los orientales, sumada a su erudición y sagacidad,
lo convirtió en una figura inestimable para el sultán, quien finalmente le
otorgó toda su confianza.
Además de los asuntos
necesarios, las ceremonias de Estado suponían una pesada carga para el sultán.
La corte musulmana medieval estaba minuciosamente organizada, y la selección de
funcionarios para cubrir los numerosos puestos de la casa real, el apaciguamiento
de sus celos y disputas, y la recompensa de sus servicios con vestimentas de
honor, títulos y feudos, requerían tiempo y reflexión. Todo el mundo, desde el
comandante en jefe hasta el copero, el catador y el maestro de polo, quería
algo o envidiaba a otra persona, y había que atenderlo, aunque fuera de forma
somera, en aras del buen humor y la lealtad generales.
Las revistas de tropas y
las procesiones de estado eran actos que implicaban mucha ceremonia. El propio
sultán (al menos en la época de Beybars) cabalgaba en
medio de la procesión, vestido con una sencilla túnica de seda negra de mangas
anchas, un turbante sobre su casco de acero, una cota de malla bajo la túnica y
una larga espada árabe a la cintura. Al frente, algún gran noble exhibía la
mantilla real, cubierta de piedras preciosas y brocado de oro; y la cabeza del
sultán estaba protegida por la sombrilla de estado de seda amarilla con
bordados dorados, coronada por un águila dorada y llevada por un príncipe de
sangre real, mientras que otro noble portaba el estandarte imperial. El caballo
real estaba ataviado con seda amarilla y satén de atlas rojo, y los estandartes
del regimiento de la escolta también eran de seda amarilla de El Cairo,
bordados con la insignia de su coronel.
«Justo delante del
sultán cabalgaban dos pajes sobre caballos blancos, con ricas guarniciones; sus
túnicas eran de seda amarilla con ribetes de brocado dorado, y llevaban una kuffiya o pañuelo del mismo material. Su
deber era comprobar que el camino estuviera en buen estado. Un flautista iba
delante y un cantante le seguía, entonando las hazañas heroicas de antiguos
reyes, al son de un tambor; los poetas recitaban versos a modo de antífona,
acompañándose con la kemenga y el mosil. Los tabardares portaban alabardas delante y detrás del sultán, y las dagas de estado las
sostenía el maestro de polo en una vaina a la izquierda, mientras que otra daga
con un escudo se llevaba a la derecha del monarca. Justo a su lado cabalgaba el
portador de la maza, que sostenía en alto la maza
dorada y nunca apartaba la mirada del rostro de su señor. Los grandes oficiales
de la corte le seguían con una pompa apenas menor.
«Cuando se ordenaba
hacer una parada para pasar la noche, en los largos viajes, se llevaban
antorchas delante del sultán, y al acercarse a la tienda —que se había
adelantado y se había montado antes de su llegada—, sus sirvientes salían a su
encuentro con velas de cera en candelabros con incrustaciones de oro; los pajes
y los alabarderos lo rodeaban, los soldados entonaban un coro y todos
desmontaban, excepto el sultán, que entraba a caballo en el vestíbulo de la
tienda, donde dejaba su caballo, para luego acceder al gran pabellón redondo
situado detrás. De este se accedía a un pequeño dormitorio de madera, más
cálido que la tienda, y a un baño con medios de calefacción a mano. El conjunto
estaba rodeado por una empalizada, y los mamelucos montaban guardia en turnos
regulares, inspeccionados periódicamente por rondas de visita, con Grandes
Rondas dos veces por noche».
No sabemos en qué medida
Saladino observaba este ceremonial de Estado, pero, por muy sencillos que
fueran sus gustos personales, ningún soberano oriental podía permitirse
descuidar esos adornos externos que siempre han producido una vívida impresión
de poder en la imaginación popular, especialmente en Oriente, donde el
simbolismo se estudia con especial atención. Saladino, aunque vestía con gran
sencillez, con ropa de lino o lana, sin duda mantenía todo el protocolo
habitual de un rey musulmán y se esmeraba en mostrar todas las ceremonias de la
corte al recibir embajadas de príncipes extranjeros. Fue en una ocasión de este
tipo cuando conoció por primera vez a Baha-ed-din,
quien más tarde se convertiría en su secretario y biógrafo. Baha-ed-din residía en Mosul cuando Saladino invadió
Mesopotamia, y había sido encargado por el atabeg de
llevar una petición de ayuda al califa de Bagdad. Cuando Saladino se estableció
en Damasco, Baha-ed-din fue enviado de nuevo en
misión diplomática. Su soberano, el atabeg de Mosul,
con la aprobación del califa, le facultó para negociar los términos de la paz
con Saladino. Llegó a Damasco el 25 de febrero de 1184, acompañado por Bedr-ed-din, el «jeque de los jeques», y fue recibido por el
sultán con todas las muestras de hospitalidad. Aunque no logró llegar a ningún
acuerdo, causó tan buena impresión a Saladino que este le ofreció un puesto a
su servicio. Baha-ed-din, en su calidad de embajador
de un príncipe rival, no pudo aceptar tal honor, y la misión partió de regreso
a Mosul el 22 de marzo.
Le siguieron otras
embajadas, la del sobrino del atabeg, Sinjar-Shah de Jezira, y la del señor de Irbil (Arbela), quienes rindieron homenaje como vasallos
del sultán. El príncipe de Mosul, como era de esperar, se resintió ante estas
deserciones y se dispuso a castigar al jefe de Irbil,
cuya petición acabó por llevar de nuevo a Saladino al campo de batalla. Tras
cruzar el Éufrates, como era habitual, por Bira, el 15 de abril de 1185, se le
unió Kukbury, y en Ras-el-Ayn se enteró de que
existía una coalición general de los príncipes orientales para defender al atabeg de Mosul. Haciendo caso omiso de sus amenazas,
marchó hacia Duneysir, al pie de la colina de Maridin, cuyas tropas se unieron a él, y llegó a las
puertas de Mosul en junio de 1185. En vano, el atabeg envió a su madre y a otras damas de la corte a humillarse ante él y suplicar la
paz. Fueron recibidas con toda deferencia, pero no se hizo ninguna promesa:
Saladino se mostró inflexible.
Preparados para lo peor,
los habitantes de Mosul se esforzaron con la fuerza de la desesperación, y el
asedio resultó tan infructuoso como antes. Una disputa en Armenia sirvió de
pretexto para retirar al agotado ejército hacia el clima más fresco de Diyar-Bekr. Saladino ocupó Mayyafarikin a finales de agosto y luego regresó al asedio de Mosul. Pero ahora la temporada
de lluvias había sucedido a los tórridos calores del verano, y ni el general ni
las tropas podían soportar aquel clima insalubre. Saladino cayó gravemente
enfermo y se vio obligado a trasladarse a Harran para cambiar de aire; apenas
capaz de mantenerse a lomos de su caballo, llegó casi moribundo al castillo de
su amigo Kukbury. Su hermano el-Adil acudió apresuradamente desde Alepo con los
médicos de la corte, pero durante mucho tiempo Saladino permaneció entre la
vida y la muerte.
En un momento dado se
extendió el rumor de que había llegado su fin, y más de un pariente sopesó sus
propias posibilidades de sucesión. El propio Saladino perdió la esperanza y,
tras reunir a sus capitanes, les hizo jurar lealtad a sus hijos.
Por fin comenzó a
recuperarse muy lentamente y, a finales de febrero de 1186, ya pudo recibir a
una embajada de Mosul, encabezada por Baha-ed-din,
que acudió para negociar la paz. Aún demasiado débil para soñar con una
campaña, y tal vez ablandado por el sufrimiento y el peligro, Saladino accedió
a un tratado (3 de marzo), por el que se quedó con todo el territorio alrededor
de Shahrzur, más allá del Zab, pero dejó al atabeg Izz-ed-din en posesión del
territorio que entonces gobernaba, entre los grandes ríos, a condición de que
reconociera plenamente la soberanía del sultán en las oraciones y en la
acuñación de moneda. Mediante este tratado, toda la Mesopotamia septentrional y
parte del Kurdistán se unieron al imperio de Saladino, y el atabeg de Mosul engrosó las filas de sus vasallos.
Al regresar lentamente
de Harrán a Damasco, Saladino hizo una parada en
Emesa. Recientemente había concedido la ciudad en feudo a su primo Nasir-ed-din, hijo de Shirkuh, cuyo vínculo familiar se había
fortalecido mediante el matrimonio con una de las hijas de Saladino. Sin
embargo, durante la enfermedad de su primo, Nasir-ed-din
había conspirado para hacerse con el trono de Siria. El castigo no se hizo
esperar; pues, tras retirarse, ebrio y de buen humor, en la Fiesta de las
Víctimas (4 de marzo de 1186), el pretendiente fue hallado muerto en su lecho a
la mañana siguiente. De camino a la ciudad, Saladino se encontró con el hijo,
un muchacho de doce años, a quien había nombrado heredero del feudo de su
padre; sin embargo, se apropió, para los fines del Estado, de una gran parte
del tesoro paterno. Se cuenta que Saladino se mostró amable con el niño y se
interesó por sus estudios. Pero cuando le preguntó por sus lecturas y le
preguntó hasta dónde había llegado en el Corán, el niño respondió: «Hasta el
pasaje donde está escrito: “En cuanto a aquellos que se apropian injustamente
de los bienes de los huérfanos, en verdad se tragarán fuego en sus entrañas y
arderán en el Fuego”.». El sultán se maravilló de la agudeza del niño y no
reprendió su presunción. Dejándole al mando de Emesa, se dirigió a Alepo y,
desde allí, en abril, a Damasco, donde fue recibido con tumultuosas
celebraciones, como si fuera otro Lázaro resucitado de entre los muertos.
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Campañas de
Saladino 1187-1193
La gran crisis estaba a
punto de estallar. Saladino se encontraba por fin en condiciones de atacar a
los francos. Había alcanzado el objetivo de sus campañas en el Tigris y el
Éufrates. Ahora contaba con aliados, en lugar de enemigos, en su flanco norte.
Antes de esto, no se podía llevar a cabo con seguridad ninguna invasión del
territorio cristiano sin desplegar un ejército de vigilancia para protegerse de
un ataque desde el norte; pero ahora podía avanzar con confianza. También
contaba con más tropas en su retaguardia y no solo podía disponer de toda la
fuerza de sus reclutas sirios y egipcios, sino que también podía contar con
grandes contingentes procedentes de las provincias mesopotámicas. Veremos cómo,
durante el asedio de Acre, los grandes barones de estas comarcas acudieron a
reforzar el ejército musulmán, y cómo los príncipes de la dinastía de Zengi
—los señores de Mosul, Sinjar, Jezira, Irbil y Harran— y los kurdos de más allá del Tigris
engrosaron las filas generales con sus vasallos y seguidores. Este fue, sin
duda, el resultado más importante de sus campañas del norte. Había abierto
nuevos campos de reclutamiento; y sin esta fuerza adicional nunca habría podido
hacer frente y resistir a las nuevas fuerzas procedentes de Europa que se le
enfrentaron en la Tercera Cruzada.
La Guerra Santa había
sido desde hacía tiempo una resolución firme de Saladino, pero la provocación
inmediata provino, como de costumbre, de Reginaldo de Châtillon. El señor de
Karak se había ganado una reputación poco envidiable como rompedor de tratados.
Le deleitaba asaltar caravanas pacíficas de comerciantes y peregrinos que se
dirigían a Siria desde Egipto o La Meca. Lo había hecho en 1179, en época de
tregua. Una caravana acampó confiada bajo su castillo, y él se llevó a todos
los hombres, mujeres y animales, junto con mercancías por valor de doscientas
mil piezas de oro; y cuando el rey Balduino protestó y envió una embajada para
que le devolviera el botín robado y a los cautivos, él se burló de los
mensajeros reales. En 1182 repitió esta hazaña, también en un periodo de
tregua; incluso se había atrevido a hacer avanzar a sus tropas hacia Arabia
hasta situarse a un día de marcha de la ciudad santa donde descansan los restos
del Bendito Profeta. En 1186 volvió a haber un periodo de paz. Las caravanas circulaban
libremente entre Egipto y Siria, sin pensar en ningún peligro procedente del
castillo del Mar Muerto. De repente, Reginaldo se abalanzó sobre un grupo de
comerciantes y se hizo con un rico botín. Se rumoreaba que una de las hermanas
del sultán viajaba en la litera cerrada que formaba parte del convoy de los
comerciantes. Ante sus protestas, el señor de Karak repitió con sorna las
burlas de los sumos sacerdotes en el Calvario: «Puesto que confiaron en Mahoma,
¡que venga Mahoma a salvarlas!». Un año más tarde tuvo motivos amargos para
arrepentirse de su burla. Al enterarse de la atrocidad, Saladino juró
solemnemente que mataría al rompedor de la tregua con sus propias manos; y
cumplió su voto.
«El asalto a aquella
caravana supuso la ruina de Jerusalén». Saladino había intentado en repetidas
ocasiones conquistar Karak y hacerse con su señor, y siempre había fracasado.
Ahora estaba decidido a no recurrir más a medias tintas, sino a librar una guerra
de exterminio contra todo el reino cristiano. Primero debía pasar el invierno,
época en la que las operaciones de campo eran casi imposibles; pero en marzo de
1187, hizo sonar la campana de alarma para la yihad. Sus mensajeros se
apresuraron a acudir a los príncipes de Mesopotamia, a sus vasallos, virreyes y
gobernadores en las ciudades de Jezira, Diyar-Bekr, Siria y Egipto, para ordenarles que reunieran sus
fuerzas para la Guerra Santa. Una tropa tras otra se apresuró a llegar a
Damasco, y cada una, a medida que llegaba, era desplegada en la frontera contra
los francos. El propio sultán marchó hacia Karak, en abril, para proteger la
caravana de peregrinos que regresaba de La Meca. Una vez que estos hubieron
pasado a salvo, y tras haber arrasado el territorio de su enemigo más acérrimo,
izó su estandarte en Ashtara el 28 de mayo y reunió a
sus escuadrones para la gran campaña.
Los francos no estaban
en condiciones de oponer una resistencia conjunta. Había disputas y envidias
entre sus líderes. El joven rey, Balduino V, había fallecido el septiembre
anterior, y una facción encabezada por Gerardo de Rideford, el maestre de los templarios,
Joscelin de Courtenay y Reginaldo de Châtillon, entronizó a Sibila, la hija
mayor de Amalarico; y ella, a su vez, coronó a su marido, Guido de Lusignan,
como rey. El conde Raimundo de Trípoli, regente del difunto rey, al rechazar
esta coronación irregular, entronizó a un soberano rival en la persona del
cuarto Humphrey de Toron, esposo de Isabel, la hija menor de Amalric. Es cierto
que Humphrey desconfiaba de aquel honor no deseado y se apresuró a rendir
homenaje a Sibila y a Guy; pero Raimundo y Balduino de Ramla se negaron, no
obstante, a reconocer al nuevo rey. Fue Raimundo quien había firmado el tratado
con Saladino en 1184, y las relaciones entre ambos se volvieron sumamente
cordiales ahora que el conde se encontraba prácticamente aislado de sus
compañeros nobles. Raimundo visitó a Saladino y fue recibido con cordialidad.
Incluso se rumoreaba que el conde habría abrazado el islam de no ser por el
temor al desprecio europeo. Cuando Guy se dispuso a invadir el territorio del
conde y a obligarle a someterse por las armas, Raymond confió en la ayuda
prometida por Saladino. Sin embargo, la invasión se aplazó gracias a una
prudente mediación, y el conde alimentó su resentimiento en Tiberíades durante
el invierno de 1186-1187.
En primavera se hizo un
nuevo intento por restablecer la armonía, y se envió a Baliano de Ibelín a Tiberíades, junto con los Maestros de las
dos Órdenes, para conciliar al malhumorado Aquiles. Ernoul,
que acompañó a Baliano como su escudero, ha dejado un
relato gráfico de la expedición en su crónica. Cuenta cómo Balian fue retenido
en Nablus, mientras los demás proseguían hacia Faba; cómo se detuvo de nuevo en
Sabat para visitar al obispo y asistir a misa; y cómo, al llegar a Faba, se
encontró con las puertas del castillo de par en par y las tiendas de sus
compañeros desiertas. Envió a Emoul a la fortaleza
vacía, y el escudero recorrió los pasadizos gritando y vociferando, pero nadie
le respondió. Por fin encontró a dos hombres enfermos en una habitación, pero
no pudieron decirle nada de lo que había ocurrido. Así que cabalgó hacia
Nazaret y, por el camino, un hermano del Templo lo saludó. Cuando se acercó,
Balian le preguntó: «¿Qué noticias hay?», y el templario respondió: «Malas». A
continuación, les contó que al maestre de la Orden del Hospital le habían
cortado la cabeza, que todos los templarios que estaban con él habían sido
asesinados, salvo el maestre y otros dos, y que cuarenta de los caballeros del
rey estaban prisioneros en manos de los sarracenos.
Al parecer, Saladino
había enviado a su hijo mayor, el-Afdal, al lago de Tiberíades, donde su amigo,
el conde Raimundo, seguía en abierta enemistad con el rey de Jerusalén.
El-Afdal, en calidad de aliado, pidió permiso para cruzar el Jordán y realizar
una incursión en el territorio de Raimundo. No se especifica cuál era su
objetivo; tal vez necesitara forraje o provisiones, o quizá simplemente deseara
pasar un día de caza —pues todos los príncipes de la tierra en aquella época
eran cazadores—; pero todo apunta más bien a un reconocimiento en fuerza.
Raymundo no podía negarle el permiso sin arriesgarse a perder la amistad de
Saladino, su mejor protección frente al rey Guido. Sin embargo, para reducir el
peligro de la incursión, estipuló que los sarracenos cruzaran y regresaran en
un solo día, a la luz del sol, y que no hostigaran ni a ninguna ciudad ni a
ninguna casa por el camino. A ello accedieron. El conde envió mensajeros para
anunciar la incursión y sus condiciones, y para advertir a todos los cristianos
que permanecieran dentro de las murallas.
Todo habría ido bien de
no ser por la inoportuna llegada de los dos Maestros a Faba. Por desgracia, uno
de los mensajeros de Raimundo llevó la noticia al castillo justo en el momento
en que descansaban allí, y, llenos de justa ira, reunieron a tantos caballeros
como pudieron —un total de 130— y a entre 300 y 400 soldados de a pie, y
salieron en tropel a atacar a los sarracenos errantes. Ellos, al menos, no
querían tener nada que ver con los «infieles». Se toparon con ellos en el
manantial de Cresson, cuando estos ya regresaban de Caná de Galilea hacia su
propio país. No era ni la primera ni la última vez que el celo impulsivo de los
monjes-soldados provocaba su propia destrucción. Los caballeros atacaron
precipitadamente, en su prisa, sin esperar a la infantería, y fueron totalmente
aniquilados. Los sarracenos continuaron tranquilamente su marcha hacia el
Jordán y, al pasar cerca de Tiberíades, Raimundo pudo distinguir cabezas de
cristianos clavadas en sus lanzas. Habían cumplido estrictamente su palabra. No
habían causado daño alguno a ninguna ciudad, casa o castillo, y regresaron
antes del atardecer, tal y como se había acordado. Era viernes 1 de mayo,
fiesta de San Felipe y San Santiago.
Ante este desastre, del
que se le consideraba responsable, Raimundo accedió a dejar de lado su
resentimiento y hizo las paces con Guy. Se abrazaron
ante una multitud jubilosa junto al Pozo de José y acordaron medidas de
defensa. Se ordenó que se celebrara una concentración general de las fuerzas
cristianas en los manantiales de Saffuriya, a unas
tres millas al norte de Nazaret, para resistir la invasión de los sarracenos.
El Maestre del Templo entregó a Guy el dinero que le había enviado el rey
Enrique de Inglaterra, en expiación del martirio de Becket; y los hombres a los
que se pagó con este tesoro lucían el escudo de Inglaterra en sus escudos. El
total de las fuerzas reunidas pudo ascender a 1 200 caballeros, más de 18 000
soldados de a pie y un gran número de caballería ligera, o turcopoles,
armados al estilo sarraceno.
Mientras tanto,
Saladino, como se ha visto, al regresar de la región del Mar Muerto, había
reunido a sus tropas en Ashtara, en el Haurán, y, con el ejército de Alepo y los contingentes de
Mosul y Maridin sumados a su fuerza principal, se
encontró al frente de 12 000 jinetes, «todos ellos titulares de feudos y
estipendios», además de numerosos voluntarios para «el Camino de Dios». Pasó
revista a las tropas en Tesil y dispuso su ejército
en la formación habitual de batalla, con centro, alas derecha e izquierda,
vanguardia y retaguardia; Taki-ed-din y Kukbury comandaban las dos alas, mientras que el propio
sultán dirigía el centro. Con esta formación inició su marcha el 26 de junio de
1187. Era un viernes, a la hora de la oración pública; y este era el día y la
hora que él prefería por encima de todos los demás para la guerra, para que las
súplicas del pueblo y las oraciones de los hombres santos intercedieran por él
ante el trono de Dios. El ejército sarraceno acampó la primera noche en el-Ukhuwana, en el extremo sur del lago de Galilea. Allí
esperó Saladino, mientras sus exploradores recababan información sobre las
posiciones del enemigo. Le informaron de la gran concentración de francos en Saffuriya y de su espíritu marcial. Se celebró un consejo
de guerra en el campamento musulmán y se decidió avanzar y dar batalla. El
siguiente paso fue cruzar el Jordán hasta es-Sinnebra,
desde donde Saladino trasladó a sus hombres a las colinas de Kafar Sebt, a unas seis millas al suroeste de Tiberíades y
que dominaban la carretera, el miércoles 1 de julio. Mientras esperaba a que
los francos avanzaran, ordenó a sus tropas que saquearan e incendiaran la
ciudad de Tiberíades, que ya no era el hogar de un aliado. El castillo resistió
bajo el mando de la esposa del conde Raimundo, Eschiva,
hija de Hugo de Saint-Omer. Su petición de ayuda llegó a Guy, en Saffuriya, el jueves por la tarde, a la hora de las
vísperas, y provocó el avance inmediato de los francos. Las avanzadillas de
Saladino trajeron noticias de su aproximación a la mañana siguiente y, tras
dejar una pequeña fuerza para cubrir el castillo, se apresuró a reunirse con el
ejército principal en las colinas y se preparó para la batalla.
La región donde se libró
la memorable batalla de Hittin ha sido descrita de forma pintoresca por un
oficial que conoce cada palmo del terreno.
«Saffuriya»,
escribe, «era una ciudad amurallada situada en las colinas bajas al noroeste de
Nazaret. La iglesia de Santa Ana se alzaba en el centro, y una torre
fortificada en la colina de arriba dominaba los campos de trigo dorados que se
extendían hacia la escarpada cadena montañosa de la Alta Galilea y, hacia el
este, hasta la llanura que se extiende más allá de Tiberíades —una meseta
abierta y árida—. La fuente de Saffuriya se
encontraba a una milla hacia el sur, en un valle abierto lleno de huertos, con
un arroyo que hoy en día acciona ocho molinos y que, por lo tanto, era
suficiente para un ejército tan numeroso como el que se había reunido en torno
al rey Guido. Las tierras circundantes también estaban repletas de aldeas y
proporcionaban abundantes provisiones.
«El campamento de
Saladino se encontraba a diez millas al este, en la meseta cercana [o, más
bien, extendiéndose considerablemente al sur de] la pequeña aldea de Hittin. El
lugar estaba rodeado de olivos y árboles frutales, y un buen manantial
—abundante y fresco— fluía hacia el noroeste, hacia el desfiladero de Wadi
Hammam. Había agua en abundancia en los valles situados más abajo y cerca de
Tiberíades, donde la esposa de Raimundo de Trípoli se encontraba recluida en su
castillo a orillas del lago sagrado. Justo al sur de Hittin se eleva la colina
oscura y rocosa famosa en la historia como el «Cuerno de Hittin», a seiscientos
pies por encima de la aldea, situada a menor altitud, y con vistas a la llanura
occidental, cien pies más abajo. La carretera que partía de Acre atravesaba la
llanura, y no existía ni un solo manantial ni arroyo de cierta envergadura
entre los campamentos. Era la estación más calurosa del año, y una larga marcha
para la infantería separaba a los ejércitos de la cristiandad y del islam.
«Desde la cima de
Hittin, el centinela miraba hacia el oeste, sobre una llanura abrasada por el
sol, con largas crestas grises salpicadas de matorrales al norte y al sur. A
sus espaldas se extendía el lago de Galilea, a mil setecientos pies más abajo,
encerrado entre precipicios que se reflejaban en sus aguas brillantes, con el
Hermón al norte elevándose, salpicado de nieve, sobre el valle del Alto Jordán.
Hacia el extremo este, los cráteres de la cordillera de Jaulan se alzaban frente a las llanuras que se extendían hacia Damasco. Las torres de Safed se alzaban sobre la orilla norte del lago, y al sur
las negras murallas y fosos de Belvoir se cernían
sobre la meseta ondulada. Una derrota en tal posición significaba un desastre
para las fuerzas musulmanas, que serían arrojadas por las laderas y empujadas
hacia el lago; pero para atacar, el ejército cristiano debía cruzar la llanura
árida y, tras una larga marcha, se encontraría con el enemigo controlando todos
los manantiales y arroyos que desembocaban en el lago.
«Si tenemos en cuenta
que los francos contaban con dos fuertes puestos avanzados, en Fula [Faba] y en Belvoir; que se podría haber llevado a cabo un avance
por el valle de Jezreel hasta Beysan sin ninguna
dificultad en cuanto al abastecimiento abundante de agua; y que la posición de
Saladino era también sumamente peligrosa, al encontrarse en ángulo con su línea
de retirada, resulta extraño para un soldado que no se enviara, al menos, una
parte del ejército cristiano a atacar los puentes del Jordán y a cortar la
retirada musulmana, lo cual solo habría podido lograrse entonces por el puente
norte, custodiado por la fortaleza de Chateau Neuf. Un general como Godofredo
no habría dejado de tomar una precaución tan evidente, pero probablemente los
francos temían el calor del verano en el valle del Jordán».
Los francos temían algo
peor que el calor del verano: temían el inmenso ejército que, según los
rumores, seguía el estandarte de Saladino, y temían destinar ninguna parte de
sus fuerzas, cuando cada hombre podía ser necesario en la gran batalla que
tenían por delante. Tampoco hay pruebas de que Saladino no hubiera dejado una
guardia suficiente para defender los puentes del Jordán: era su costumbre
colocar cuerpos de observación en puntos peligrosos. El desvío de cualquier
fuerza cristiana considerable para cortarle la retirada podría haber expuesto
al ejército principal a la derrota y dejado toda Palestina a merced de los
invasores. El error fundamental de los francos fue olvidar que su deber era
defender y no atacar. Si hubieran elegido una posición defensiva sólida y
hubieran esperado el ataque de Saladino, el resultado podría haber sido
diferente; pues los sarracenos, en combate cuerpo a cuerpo, no eran rivales
para los caballeros de la Cruz, bien armados y de gran temple, apoyados por una
infantería firme y bien protegida. Desperdiciaron su ventaja cuando, a pesar de
la urgente advertencia del conde Raimundo, el rey cedió a la insistencia del
maestre del Templo y dio la señal para la fatídica marcha a través de la
llanura árida. «Mejor —dijo Raimundo— que caiga mi ciudad de Tiberíades y que
los sarracenos se apoderen de mi esposa y de todo lo que poseo, que perder toda
la tierra; pues, sin duda, si vais por ese camino, estará perdida». Era el
consejo de un soldado, pero el Maestre lo tildó de traición.
El viernes 3 de julio,
el ejército cristiano levantó el campamento en Saffuriya y comenzó su desastroso avance hacia Tiberíades. Apenas había partido cuando
las escaramuzas sarracenas se abalanzaron sobre él. El señor de Ernoul, Balian de Ibelin, se encontraba con la vanguardia,
bajo el mando del conde Raimundo, y perdió a muchos de sus caballeros. Durante
todo aquel día, la caballería ligera de los sarracenos acosó a las tropas,
mientras estas avanzaban penosamente por el camino de piedra caliza, sin sombra
y deslumbrante, con el sol golpeando con fuerza sobre las armaduras y los
yelmos, y sin una sola gota de agua a la vista. Los templarios y los turcopoles de la retaguardia se veían tan acosados que no
podían seguir el ritmo de la batalla del rey en el centro, y corrían un grave
peligro de quedar aislados. Al ver el peligro que corrían, Guy ordenó hacer una
parada, aunque solo se había recorrido la mitad de la distancia hasta
Tiberíades; y se decidió acampar en orden de batalla para pasar la noche. En
vano, el conde Raimundo, que se encontraba muy por delante con la vanguardia,
insistió en la necesidad vital de seguir avanzando hasta el agua. Los soldados
agotados no tenían ánimos para enfrentarse a los sarracenos que les cerraban el
paso en las colinas de enfrente. La retaguardia se encontraba en apuros. Todo
el ejército estaba desmoralizado. Desesperado, Guy ordenó que se montaran las
tiendas en Marescalcia. Raimundo llegó cabalgando
desde el frente, desesperado, gritando: «¡Ay! ¡Ay, Señor Dios! ¡La guerra ha
terminado; somos hombres muertos; el Reino está perdido!».
Fue una noche
inolvidable. A lo largo de sus largas horas, el único grito era por agua. Una
sed voraz consumía a hombres y caballos. Se oían las voces de los sarracenos
muy cerca, mientras patrullaban el círculo del ejército condenado, gritando
triunfalmente: «Alá Akbar, Dios es el más grande, no hay más Dios que Él». El
enemigo prendió fuego a la maleza, y el humo y el fuego aumentaron el tormento
de los cristianos. «En verdad, Dios los alimentó con el pan de las lágrimas y
les hizo beber de la copa del arrepentimiento sin medida».
Por fin llegó el día
siguiente: la fiesta de la Traslación del Beato Martín, sábado 4 de julio. Los
caballeros montaron a caballo temprano, pero la infantería ya estaba agotada y
moría de sed. Los sarracenos, que controlaban los pozos, estaban frescos y seguros
de sí mismos. Saladino había apostado a sus hombres durante la noche y había
distribuido cuidadosamente sus raciones de flechas. El carcaj de cada jinete
estaba lleno; setenta camellos se encontraban a mano cargados de flechas para
reponerlas; y había cuatrocientas cargas de munición de reserva. Todo estaba
listo, y la ansiedad de los musulmanes, que habían sido conscientes del peligro
de su posición —donde, según decían, «solo Dios Altísimo podía salvarlos»—, se
transformó en júbilo cuando se dieron cuenta del estado en que se encontraban
los francos. Los dos ejércitos se enfrentaron cerca de la aldea de Lubia, a un par de millas al suroeste de Hittin. Guy había
sido expulsado de la carretera de Tiberíades por la fuerte fuerza de sarracenos
que defendía la colina de Kafar Sebt, y ahora
avanzaba con dificultad hacia los pozos del Wadi Hammam, al norte. Los
musulmanes se mantuvieron a la espera durante un tiempo, hasta que el sol
ascendente hiciera su mortífero efecto sobre los agotados cristianos, y
entonces avanzaron, con el centro ligeramente «retrocedido» y las alas lanzadas
hacia delante. La batalla comenzó con una nube de flechas lanzadas por los
arqueros sarracenos, «tán densa como una plaga de
langostas», que derribó de sus caballos a muchos de los enemigos. Entonces, con
un grito, los musulmanes cargaron como un solo hombre y se desató un combate
cuerpo a cuerpo. Saladino se encontraba en todos los rincones del campo de
batalla, animando, alentando y frenando a sus hombres según lo exigía la
urgencia, y empleando las tácticas desconcertantes de los árabes: la retirada
ante una carga, seguida de la persecución inmediata de la caballería en
retirada. A pesar de su agotamiento, los caballeros cristianos lucharon como
héroes.
«Pero el miedo se había
apoderado de la multitud, que avanzaba como bestias conducidas al matadero;
contaban con un desastre seguro y con la consternación. Y sabían que al día
siguiente estarían entre los visitantes de las tumbas. Sin embargo, la furia de
la lucha nunca decayó, y cada caballero atacó a su adversario; hasta que se
logró el triunfo (de los Fieles) y la ruina se abatió sobre los infieles».
La infantería franca,
enloquecida por la sed, abrasada por el sol abrasador y cegada por las llamas y
el humo de la maleza que los musulmanes habían incendiado, perdió la formación,
descuidó la coordinación con los caballeros —que era la única esperanza de
victoria— y luchó frenéticamente por avanzar hacia el lago, en un deseo
desesperado de agua; pero Saladino les cerró el paso.
Se encontraron apiñados
en un montón en la cima de una colina y, ante las repetidas súplicas del rey
para que bajasen y cumpliesen con su deber por la Cruz y el Trono, le hicieron
saber que se estaban muriendo de sed y que no podían luchar. A partir de entonces,
la infantería no participó en la batalla: los sarracenos acabaron abalanzándose
sobre ellos, arrojaron a algunos por el precipicio y mataron o capturaron al
resto. Muchos de ellos arrojaron las armas y se rindieron, acercándose a los
sarracenos con la boca abierta como perros sedientos. Cinco de los caballeros
de Raimundo llegaron incluso a acudir a Saladino en su desesperación y le
dijeron: «Señor, ¿por qué tardáis? Atacadlos, no pueden defenderse; son todos
hombres muertos».
En realidad, no solo la
infantería, sino también los templarios y los hospitalarios en la retaguardia,
y el rey en el centro, se veían tan acorralados, y en tal confusión y desorden,
con enjambres de sarracenos irrumpiendo entre ellos, que Guy, al ver que era
inútil resistir sus ataques sin infantería, había intentado formar una especie
de campamento con las tiendas apiñadas alrededor de la Cruz. Aún quedaba una
oportunidad, una esperanza desesperada: el rey pidió a Raimundo que cargara; el
campo de batalla se encontraba en sus tierras y, según las leyes de la
caballería, el puesto de honor también le correspondía a él. El conde encabezó
a sus caballeros en un último y desesperado esfuerzo, pero el sobrino de
Saladino fue más rápido que él: Taki-ed-din abrió sus
filas y la división de Raimundo las atravesó; luego, cuando los cristianos
quedaron así hábilmente separados, los sarracenos acorralaron al rey por todos
lados. La última resistencia se libró en el Cuerno de Hittin. El rey y 150 de
los nobles y caballeros más valientes se habían reunido en esta loma alrededor
de la tienda real roja y de la Santa Cruz. «Los musulmanes giraban a su
alrededor como un globo gira en torno a su eje», y los desafortunados francos
intentaron en vano romper el cordón.
El propio hijo de
Saladino, un muchacho de dieciséis años, cuenta esta lamentable historia:
«Fue mi primera batalla
campal», dijo el-Afdal, «y yo estaba al lado de mi padre. Cuando el rey de los
francos se retiró a la colina, sus caballeros lanzaron una valiente carga y hicieron retroceder a los musulmanes hacia mi padre. Lo
observé y vi su consternación; palideció, se mesó la barba y se abalanzó hacia
delante, gritando: ¡Desmentid al diablo! Así, los musulmanes se abalanzaron
sobre el enemigo, que se replegó hacia la colina. Cuando vi a los francos
huyendo y a los musulmanes persiguiéndolos, grité lleno de júbilo: ¡Los hemos
derrotado! Pero los francos volvieron a cargar y hicieron retroceder a nuestros hombres una vez más hasta donde estaba mi padre.
De nuevo él los instó a avanzar, y empujaron al enemigo cuesta arriba. De nuevo
grité: «¡Los hemos derrotado!». Pero mi padre se volvió hacia mí y dijo:
«¡Cállate! No los hemos vencido mientras esa tienda siga en pie». En ese
instante, la tienda real fue derribada. Entonces el sultán desmontó y se postró
en tierra, dando gracias a Dios con lágrimas de alegría».
Era, sin duda, el final.
Los francos habían gastado sus últimas fuerzas en luchar por abrirse paso hasta
los pozos. El «Bosque de la Vera Cruz», que había sido su estandarte durante la
agotadora marcha y la batalla desesperada, había caído en manos de los
infieles; el obispo de Acre, que lo llevaba en alto, fue asesinado, a pesar de
su armadura; y Dios mismo parecía haberlos abandonado. Atormentados por la sed,
resecos por el calor y el esfuerzo, se bajaron de sus caballos y se dejaron
caer sobre la hierba chamuscada en pura desesperación. Los sarracenos se
abalanzaron sobre ellos en un instante, y no intentaron defenderse. Los
caballeros estaban demasiado débiles para vender cara su vida: entregaron sus
espadas. La flor y nata de la caballería fue capturada. Entre los prisioneros
se encontraban el rey y su hermano, Reginaldo de Châtillon, Joscelin de
Courtenay, Humphrey de Toron, los Maestros del Templo y del Hospital, y muchos
otros nobles. El conde Raimundo, tras abrirse paso entre los sarracenos, había
presenciado la captura del rey y no aflojó las riendas hasta que se encontró a
salvo en Tiro, solo para morir de pena y vergüenza. La leyenda no trató con
indulgencia su memoria. Se convirtió en el Judas que traicionó a la
cristiandad, y durante siglos los juglares contaron cómo Raimundo conspiró
vilmente contra el rey Guido y entregó la Vera Cruz en manos de los infieles.
Balián de Ibelín, que había estado en la vanguardia, también escapó, junto con
el príncipe de Sidón. El resto de la caballería de Palestina quedó bajo la
custodia de guardias musulmanes. De la tropa de a pie, todos los que seguían
con vida fueron hechos prisioneros. Se vio a un solo sarraceno arrastrando a
unos treinta cristianos que él mismo había capturado, atados juntos con una
cuerda de tienda. Los muertos yacían amontonados, como piedras sobre piedras,
entre cruces rotas, manos y pies cortados, mientras que las cabezas mutiladas
salpicaban el suelo como una abundante cosecha de melones.
Saladino acampó en el
campo de batalla. Cuando se montó su tienda, ordenó que le trajeran a los
prisioneros. Recibió en su tienda al rey de Jerusalén y a Reginaldo de
Châtillon; sentó al rey cerca de él y, al ver que tenía sed, le dio una copa de
agua helada con nieve. Guy bebió y le pasó la copa al señor de Karak; pero
Saladino se mostró visiblemente molesto. «Dile al rey —le dijo al intérprete—
que fue él, y no yo, quien le dio de beber a ese hombre». La protección del
«pan y la sal» no iba a impedir su venganza. Entonces se levantó y se enfrentó
a Reginaldo, que seguía de pie: «Dos veces he jurado matarlo; una cuando
intentó invadir las ciudades santas, y otra cuando se apoderó de la caravana
mediante traición.—¡He aquí que vengaré a Mahoma sobre ti!». Y desenvainó su
espada y lo abatió con sus propias manos, tal y como había jurado. La guardia
remató la faena y arrastró el cadáver fuera de la tienda; «y Dios envió su alma
al infierno».
El rey, temblando ante
aquella escena, creyó que ahora le tocaba a él, pero Saladino lo tranquilizó:
«No es costumbre de los reyes matar a otros reyes; pero aquel hombre había
traspasado todos los límites, así que lo que pasó, pasó». Las dos órdenes militares
fueron terriblemente castigadas por su audacia y su celo por la fe. Todos los
caballeros de la Orden de San Juan y de la Orden del Templo que estaban
prisioneros fueron ejecutados, hasta un total de doscientos, pero al rey y a
los principales nobles se les trató bien y se les envió a Damasco. El campo
conservó durante mucho tiempo las huellas de la sangrienta batalla en la que,
según se decía, habían caído «30 000» cristianos. Un año después, los montones
de huesos blanqueados por el sol podían verse desde lejos, y las colinas y los
valles estaban sembrados de los restos de las horribles orgías de las bestias
salvajes.
Los sarracenos pasaron
la noche de la batalla regocijándose y dando gracias. El grito de guerra y el
credo resonaban en miles de voces triunfantes; «Alá es el más grande», «No hay
más dios que Alá», se repetía de boca en boca hasta el amanecer. Los musulmanes
tenían motivos para regocijarse. La victoria de Tiberíades había puesto toda
Palestina a su merced. El Reino de Jerusalén había llegado a su fin. Su rey y
casi todos sus nobles estaban prisioneros, y apenas quedaba ningún líder capaz
de reunir a los restos desorganizados de los cruzados. Desde que entraron en
Tierra Santa noventa años antes, nunca habían sufrido tal desastre. Fue el
golpe de gracia para su dominio, y hasta el día de hoy la cristiandad nunca ha
recuperado lo que perdió en la memorable fiesta de San Martín. En dos meses,
desde Beirut, en el norte, hasta Gaza, en el sur, toda Palestina, salvo unos pocos
castillos aislados de las órdenes militares, quedó en manos de Saladino, y solo
Tiro y la propia Jerusalén permanecieron como testimonio de que había existido
un reino cristiano. La Ciudad Santa pronto corrió la misma suerte que sus
dependencias.
La primera medida de
Saladino fue tomar el castillo de Tiberíades. Bajó el domingo 5 de julio, y la
noble Eschiva, abandonada por su marido y privada de
toda esperanza de socorro, no tuvo más remedio que rendirse; el sultán le
permitió partir a salvo, con sus hijos y sus sirvientes. Luego, tras un día de
descanso, los sarracenos comenzaron a extenderse por Palestina en una gran
oleada de conquista. En realidad, no se trató tanto de una conquista como de un
avance triunfal. La resistencia fue de lo más débil. A los musulmanes les
bastaba con presentarse ante una ciudad y, como en Jericó, las murallas se
derrumbaban y la guarnición se rendía. Solo unos pocos castillos fuertes
resistieron el asedio, y de ellos apenas uno aguantó una semana. Los líderes de
los francos habían muerto o habían sido hechos prisioneros; su ejército había
sido aniquilado, capturado o dispersado; no había reservas, ni esperanza de
refuerzos, ni nadie que organizara la resistencia. También el pueblo —los
campesinos y comerciantes musulmanes— estaba del lado de los conquistadores.
Creían, a su manera, en la religión de Saladino, admiraban su valor y sus
éxitos, y reconocían su clemencia y su justicia imparcial. Había miles de
esclavos musulmanes en las ciudades que esperaban con alegría su liberación de
manos de Saladino. Incluso las dispersas sectas cristianas tenían menos que
temer del generoso sultán que de la rapacidad y la tiranía de sus amos
cristianos, para quienes la herejía era casi tan odiosa como el propio islam.
Con el apoyo del pueblo y sin nadie que se le opusiera, salvo alguna guarnición
desesperada aquí y allá, no es de extrañar que el avance de Saladino por
Palestina fuera una marcha triunfal casi ininterrumpida.
No dio tiempo a los
francos para reagruparse. El miércoles 8 de julio de 1187, cuatro días después
de la batalla de Hattín, se encontraba ante las
fuertes murallas de Acre; y el viernes celebró las oraciones públicas en la
mezquita que había sido utilizada como iglesia durante tres generaciones: las
primeras oraciones musulmanas que se habían rezado en la costa de Palestina
desde la llegada de los primeros cruzados. Solo en Acre liberó a cuatro mil
cautivos musulmanes. El tesoro y las provisiones del gran emporio y mercado del
comercio mediterráneo le proporcionaron los recursos necesarios para la guerra
y los medios para recompensar y motivar a su ejército. Envió a las tropas en
destacamentos en todas direcciones para someter el país, y convocó a su hermano
el-Adil para que trajera al ejército de Egipto en ayuda de la conquista de
Palestina. Algunas de sus brigadas ocuparon Nazaret, Saffuriya y el-Fula, en el interior; otras entraron en Haifa y Cesarea, en la costa; otro
destacamento se apoderó de Sebaste y Nablus; y el-Adil, marchando desde El
Cairo, tomó el castillo de Mirabel y Jaffa por asalto. El propio Saladino sitió
Toron y, tras seis días, la tomó el 26 de julio. De regreso a la costa, recibió
a continuación la rendición de Sarafenda, Sidón,
Beirut y Jubeyl, durante la primera semana de agosto:
solo Beirut resistió durante ocho días. En todos los casos concedió condiciones
honorables a las guarniciones y a la población, y estos comprendieron que se
podía confiar en la palabra de este musulmán.
Todo el Reino de
Jerusalén estaba ahora sometido, a excepción de unos pocos castillos, como
Belfort y Safed, que aún estaban en manos de los
templarios, y Hunin y Belvoir,
guarnecidos por caballeros de la Orden de San Juan; las dos ciudades de Tiro y
Ascalón, en la costa; y la propia Ciudad Santa. Tiro se salvó por los pelos.
Saladino había evitado al principio poner a prueba la resistencia de su
ejército con un largo asedio, como cabría esperar que aguantara una ciudad tan
fuertemente fortificada. Prefirió mantener la moral de sus hombres con
conquistas más fáciles. Si hubiera atacado Tiro directamente después de Acre,
esta habría capitulado, pues el conde Raimundo se había retirado a Trípoli,
donde murió rápidamente de pena y vergüenza; y el príncipe de Antioquía, que
sucedió al condado de Trípoli, no había reforzado la pequeña guarnición de
Tiro. Incluso cuando Saladino se atrevió a acampar ante sus murallas, tras la
toma de Beirut, sus defensores se desesperaron ante la idea de resistir.
«Reginaldo de Sidón y el comandante vieron que todos los caballeros se habían
marchado, y que solo quedaban unos pocos hombres y poca comida, por lo que
enviaron a decir a Saladino que, si se retiraba, entregarían Tiro». La
situación había llegado incluso tan lejos que Saladino había enviado dos de sus
estandartes para que se izaran en el castillo al día siguiente; cuando un
acontecimiento inesperado salvó la ciudad y cambió el futuro de la costa siria.
Conrad, el joven marqués
de Montferrat, que se había labrado una gran
reputación en las guerras italianas y bizantinas, al verse envuelto en una
disputa sangrienta en Constantinopla, escapó en un barco que transportaba a
algunos de sus seguidores, aparentemente en una peregrinación al Santo Sepulcro.
Las noticias de las conquistas de Saladino aún no habían llegado a la Ciudad
Dorada, y cuando Conrado llegó a las costas de Acre se sorprendió al no oír las
campanas del puerto ni ver ninguna embarcación que zarpara a su encuentro.
Sospechando que algo iba mal, no se atrevió a echar el ancla, sino que se
mantuvo a la deriva, a la espera de lo que sucediera. Al poco rato, un oficial
sarraceno del puerto salió en una barca para preguntar quiénes eran los
visitantes. El propio marqués respondió que eran «comerciantes». «Entonces,
¿por qué no desembarcáis?». Conrado respondió que no sabía quién estaba en
posesión de Acre. El sarraceno le aseguró que podía desembarcar con total
confianza, ya que la ciudad pertenecía a Saladino, quien había capturado al rey
de Jerusalén y a todos sus barones y los había encarcelado en Damasco, y había
conquistado todo el territorio excepto Jerusalén y Tiro, que estaba sitiando.
Por lo tanto, podían desembarcar con total seguridad. La pena que los francos
no pudieron reprimir al escuchar esta lamentable historia los delató, y el
sarraceno se apresuró al puerto para armar la flota con el fin de darles caza;
pero Conrado se le adelantó y llegó sano y salvo a Tiro. Su alegría fue inmensa
al descubrir que el lugar seguía en manos cristianas, y fue recibido con
vítores por los habitantes, se instaló con sus caballeros en el castillo y se
le otorgó el mando supremo. El castellano y Reginaldo de Sidón, que se
disponían a entregar la ciudad a Saladino al día siguiente, tomaron un barco
por la noche, presa del pánico, y huyeron a Trípoli. Su cobardía quedó
rápidamente al descubierto al hallarse los estandartes de Saladino, que el
marqués arrojó inmediatamente al foso. Pues «la voluntad de Dios es un
destino inalterable» y Tiro estaba destinada a ser salvada para los
cristianos gracias a este «hombre de los francos que bordean el Mediterráneo,
llamado el-Markis —¡que la maldición de Dios caiga sobre él!», exclama el
piadoso historiador musulmán, «pues era un hombre endiablado en cuanto a
precaución y vigilancia, y de inmensa valentía además».
Los efectos de la
energía de Conrado se dejaron sentir de inmediato. Se abandonó toda idea de
capitulación y la guarnición, inspirada por un nuevo valor, se dispuso a
reforzar sus defensas y a prepararse para una resistencia tenaz. Saladino se
dio cuenta de que había perdido la oportunidad: intentó un argumento, y no
precisamente digno, al traer a su padre, el anciano marqués de Montferrat, de su prisión en Damasco, y ofrecer su vida a
cambio de la ciudad. Pero Conrado se mostró completamente despiadado, dijo que
su padre ya había vivido lo suficiente y que Saladino podía matarlo si quería:
ni la más mínima piedra de Tiro se entregaría para salvarlo.
Sin embargo, el anciano
no fue sacrificado; Saladino se vio obligado a levantar el asedio y partió
hacia Ascalón —el único otro puerto de Palestina que aún enarbolaba la cruz—.
Su biógrafo alega otra razón, que probablemente tuvo su peso, cuando afirma que
el sultán abandonó el asedio «porque sus hombres estaban dispersos por toda la
costa, cada uno saqueando por su cuenta, y el ejército estaba cansado de luchar
y de una guerra sin fin». También era de suma importancia tomar tanto Ascalón
como Jerusalén, ya que impedían las comunicaciones entre sus dos grandes
provincias de Egipto y Siria. Así pues, se apresuró hacia la frontera sur,
ocupó Ramla, Ibelín y Darum, y se apostó ante Ascalón
el 23 de agosto. El-Adil se unió a él con el ejército de Egipto, y los dos
hermanos intensificaron el asedio y dirigieron las catapultas, mientras que sus
partidas de aprovisionamiento tomaban Gaza, Beyt Jibrin y Natrun. Repitiendo la
estrategia de Tiro, Saladino hizo traer desde Damasco al rey Guido y al maestre
de los Templarios, y les prometió la libertad si lograban persuadir a la
guarnición para que se rindiera; pero Ascalón, al igual que Tiro, rechazó en un
primer momento la tentación. La guarnición resistió casi quince días, pero
finalmente autorizó al rey a negociar en su nombre. Se les permitió partir en
paz, y los sarracenos ocuparon Ascalón el viernes 4 de septiembre. No está
claro hasta qué punto Guy había contribuido a este resultado, pero Saladino
cumplió su promesa y, tras un nuevo periodo de retención en Nablus —donde se le
permitió mantener una «triste entrevista» con su reina—, el rey fue liberado,
junto con su hermano y los demás nobles, el verano siguiente.
El día en que los
sarracenos tomaron posesión de Ascalón, el sol ocultó su rostro y el día se
volvió casi como la noche. Un eclipse es siempre un presagio siniestro para la
gente crédula de Oriente, y debió de tener un significado especialmente ominoso
para los burgueses de Jerusalén que habían acudido a instancias de Saladino
para negociar la paz. El sultán estaba ansioso por ahorrarle a la Ciudad Santa
la miseria de un asedio. «Creo —les dijo— que Jerusalén es la Casa de Dios, tal
y como vosotros también creéis, y no sitiaré ni asaltaré voluntariamente la
Casa de Dios». Para obtenerla «en paz y amistad», se ofreció a dejar a los
habitantes libres para fortificar la ciudad y cultivar la tierra en un radio de
cinco leguas, e incluso a abastecerles abundantemente de dinero y alimentos
hasta el siguiente Pentecostés, con la condición de que, cuando llegara el
Pentecostés, si veían perspectivas de ser rescatados, conservaran la Ciudad
Santa; pero si no veían ninguna posibilidad de socorro, entonces debían entregar
Jerusalén, y él los conduciría a ellos y a sus bienes a salvo a territorio
cristiano.
La oferta era
caballeresca, incluso quijotesca, si se tiene en cuenta la notoria mala fe de
los cruzados y la falta de garantías de que cumplieran su promesa. Pero los
delegados de Jerusalén la rechazaron sin vacilar. Si Dios lo permitía
—dijeron—, nunca entregarían la ciudad donde el Salvador murió por ellos. Así
pues, Saladino, complacido por su devoción, les prometió bajo juramento que
nunca la tomaría salvo de la manera honorable, es decir, por la espada. La
caballerosidad del sultán resulta aún más notable, ya que la propia Jerusalén
había dado recientemente un claro ejemplo de mala fe. Después de que Balian de
Ibelin escapara del campo de batalla de Hattin, envió un mensaje a Saladino
suplicándole que le concediera un salvoconducto para ir a Jerusalén y traer a
su esposa e hijos de vuelta a Tiro. La petición fue concedida de inmediato, con
la condición de que Balian solo permaneciera una noche en la ciudad y de que
nunca más empuñara las armas contra el sultán. Cuando llegó a Jerusalén, fue
recibido con gran alegría como un libertador, pues allí no había caballeros de
rango, y fue nombrado comandante y guardián de la ciudad por aclamación
unánime. En vano alegó que había prestado juramento a Saladino y que, para
mantener su honor, no podía quedarse ni ayudar en la defensa. «Te absuelvo»,
dijo el patriarca, «de tu pecado y de tu juramento, pues sería un pecado mayor
para ti cumplirlo que romperlo; pues sería una deshonra perpetua para ti
abandonar Jerusalén en esta situación tan apremiante y marcharte, y nunca
volverías a tener honor dondequiera que fueras». Así pues, Balian se quedó, y
como solo quedaban en la ciudad dos caballeros, que también habían huido de
Hattin, nombró caballeros a treinta burgueses. El patriarca le abrió el tesoro,
y la guarnición salió a comprar provisiones para el asedio. Habían llegado
fugitivos de todas partes, y se calculaba que había 60 000 hombres en la
ciudad, además de mujeres y niños.
La paciencia de Saladino
no se agotó ni siquiera tras esta deshonra. Quizá creía que Balian no podía
hacer nada al respecto; y, lejos de mostrar rencor, le dio una nueva prueba de
su confianza. Balian volvió a enviarle un mensaje a Ascalón para suplicarle que
le concediera otro salvoconducto, a fin de trasladar a su esposa e hijos a
Trípoli; le explicó que se le impedía por la fuerza cumplir su promesa
anterior. En lugar de reproches, Saladino envió una escolta de cincuenta
jinetes, que cumplieron sus deseos.
El domingo 20 de
septiembre de 1187, los sarracenos aparecieron por fin ante las murallas de la
Ciudad Santa. En setenta y cinco días habían invadido y sometido el Reino de
Jerusalén; ahora debían tomar la propia capital, causa y motivo de las
cruzadas, objeto de veneración tanto para cristianos como para musulmanes.
Saladino tomó posición primero en el flanco occidental, frente a la línea de
murallas que se extendía desde la Puerta de David hasta la Puerta de San
Esteban. Se quedó asombrado al ver las almenas repletas de innumerables
defensores, que, de hecho, no encontraban sitio en las abarrotadas casas e
iglesias. Pronto descubrió que el terreno estaba mal elegido, pues las grandes
torres de Tancredo y de David (o el Castillo de los Pisanos, como se llamaba
entonces) dominaban sus baterías, y las frecuentes salidas de los cristianos
hacían retroceder a sus ingenieros e impedían el montaje de sus mangoneles. Además, el sol deslumbraba a los musulmanes,
que no podían ver para luchar hasta la tarde debido al resplandor. Por lo
tanto, exploró los demás flancos de la ciudad y, al cabo de cinco días,
trasladó su ejército al este, con vistas al valle del Cedrón, donde las
murallas eran menos sólidas. Se puso en marcha la tarde del 25 de septiembre, y
los habitantes, al verlo partir, pensaron que había abandonado el asedio y
corrieron a las iglesias para dar gracias y entregarse a transportes de
alegría. Pero al día siguiente, el llanto siguió de cerca a la risa: los
estandartes sarracenos ondeaban en el Monte de los Olivos; ya había cuarenta mangoneles en posición, y los ingenieros, que habían
trabajado toda la noche, comenzaban a minar la barbacana. Diez mil jinetes
musulmanes bloqueaban las puertas de San Esteban y Josafat, impidiendo las
salidas, y los zapadores avanzaban bajo un muro de escudos, cubiertos por las
flechas de los arqueros y las piedras y el fuego griego lanzados desde las
máquinas de asedio. Era imposible mantenerse en pie sobre las murallas bajo la
lluvia de piedras y flechas, pues «las flechas servían de palillos para los
dientes de las almenas»; y la excavación de la mina prosiguió sin
contratiempos, hasta que en dos días se socavaron treinta o cuarenta pasos de
la muralla de la barbacana; las minas se rellenaron de madera y se prendieron
fuego, y se abrió una gran brecha. Los caballeros intentaron en vano una salida
para cortar el paso a los ingenieros; los jinetes de Saladino los hicieron
retroceder. El lamento y la desesperación se apoderaron de la ciudad. El pueblo
se agolpaba en las iglesias para rezar y confesar sus pecados; se flagelaban
con piedras y látigos, suplicando la misericordia de Dios. Las mujeres cortaban
el pelo a sus hijas y las sumergían desnudas en agua fría, con la esperanza de
evitar su vergüenza. Los sacerdotes y monjes recorrieron la ciudad en solemne
procesión, portando el Corpus Domini y la Cruz, y entonando el Miserere. Pero
la maldad y la lascivia de la ciudad apestaban en las narices del Señor, y las
oraciones del pueblo pecador no podían llegar hasta el propiciatorio.
Al fin, la brecha ya no
pudo defenderse; ni por cien piezas de oro habría un ciudadano dispuesto a
permanecer allí ni una sola noche. El pueblo llano estaba totalmente a favor de
la rendición. Los líderes se reunieron para deliberar y decidieron salir al
encuentro de la muerte. Pero el patriarca Heraclio les hizo ver que, de ese
modo, expondrían a sus mujeres e hijos a la esclavitud —tenía sus razones
personales— y se les convenció para que negociaran las condiciones. Balian se
dirigió a la tienda de Saladino, pero, incluso mientras le suplicaba, la brecha
fue tomada y la bandera sarracena ondeó sobre la barbacana. «¿Acaso se conceden
condiciones a una ciudad cautiva?», se burló el sultán. Además, había jurado
tomar Jerusalén por la espada y debía cumplir su voto. Sin embargo, la ciudad
aún no había caído: la guarnición volvió a armarse de valor y hizo retroceder a los asaltantes. Saladino deseaba perdonar la vida a los
devotos habitantes y pidió consejo a sus teólogos para ver si había otra forma
de cumplir su voto. La última visita de Balian lo había llenado de horror, pues
el barón había hablado sin rodeos de la resolución desesperada de la
guarnición:
«Oh, sultán», dijo,
«sabe que nosotros, los soldados de esta ciudad, nos encontramos en medio de
Dios sabe cuántas personas, que están cejando en la lucha con la esperanza de
tu clemencia, creyendo que se la concederás como la has concedido a las otras ciudades,
pues aborrecen la muerte y desean la vida. Pero en cuanto a nosotros, cuando
veamos que la muerte es inevitable, por Dios que mataremos a nuestros hijos y a
nuestras mujeres, quemaremos nuestras riquezas y nuestras posesiones, y no os
dejaremos ni una lentejuela ni un centavo que saquear, ni un hombre o una mujer
que esclavizar; y cuando hayamos terminado con eso, demoleremos la Roca y la
mezquita de-Aksa y los demás lugares sagrados; mataremos a los esclavos
musulmanes que están en nuestras manos —son 5.000— y sacrificaremos todas las
bestias y monturas que tengamos; y luego saldremos en masa hacia vosotros y
lucharemos contra vosotros por nuestras vidas: ni un solo hombre de los
nuestros caerá antes de haber matado a sus iguales; así moriremos gloriosamente
o venceremos como caballeros».
Las amenazas
desesperadas de Balián y los argumentos de su propio consejo llevaron
finalmente a Saladino a modificar su promesa. Anunció que se consideraría
cumplida si Jerusalén se rendía sin condiciones, como si hubiera sido tomada
realmente por asalto. En ese caso, ejercería su clemencia y mantendría a la
población como rehenes, a cambio de un rescate, en calidad de prisioneros de
guerra. Cada hombre debería pagar diez piezas de oro por su libertad, y dos
mujeres o diez niños se contarían como un hombre; mientras que, de entre los pobres,
que ni siquiera poseían una moneda de oro, se liberaría a siete mil a cambio de
la suma de treinta mil besantes, que se pagarían con el tesoro del rey
Enrique, cuyo remanente aún se atesoraba en la casa de los Hospitalarios. Se
concedieron cuarenta días para el rescate; pasado ese plazo, todos los que
quedaran se convertirían en esclavos. Los artículos de la capitulación se
firmaron el viernes 2 de octubre, festividad de San Leger. Por una extraña
coincidencia, era el 27 de Rejeb, el aniversario de
la bendita Leylat el-Miraj, cuando el profeta del
Islam tuvo su maravilloso sueño y visitó en sueños la Ciudad Santa que sus
seguidores habían recuperado ahora tras noventa años de ocupación cristiana.
Balián regresó a la
ciudad y anunció las condiciones. Estas fueron aceptadas, entre gratitud y
lamento. El pueblo gemía y lloraba, y no había consuelo para él; besaban los
muros sagrados que quizá nunca volverían a ver y, inclinando el rostro contra
el suelo ante el Sepulcro, regaban el lugar sagrado con sus lágrimas. Abandonar
Jerusalén era como arrancarles el corazón. Pero no había remedio; la bandera
musulmana ondeaba sobre sus cabezas, las llaves estaban en manos de los
sarracenos y, en cuarenta días, la ciudad debía ser entregada. Nunca se mostró
Saladino más grande que durante esta memorable rendición. Sus guardias, al
mando de emires responsables, mantuvieron el orden en todas las calles e
impidieron la violencia y los insultos, hasta tal punto que nunca se tuvo
noticia de ningún maltrato hacia los cristianos. Todas las salidas estaban bajo
su control, y se designó a un señor de confianza para que, en la Puerta de
David, recibiera los rescates a medida que salía cada ciudadano.
Entonces comenzó una
escena extrañamente conmovedora. Primero, Balián entregó los treinta mil besantes de oro, y a los siete mil pobres que habían sido rescatados con el
tesoro del rey de Inglaterra se les permitió salir arrastrando los pies. A
continuación, salieron uno tras otro los burgueses, con el dinero en la mano,
acompañados de sus familias y, a veces, de personas pobres a su cargo que no
podían pagar su propio rescate. Soldados y comerciantes sarracenos abarrotaban
la ciudad y compraban las mercancías de los ciudadanos que partían, para que
cada uno pudiera subir el precio de la libertad. Kukbury rescató a mil armenios de Edesa y los envió a sus hogares; y otros no fueron
menos benévolos. Hubo engaños y estafas, por supuesto, y algunos de los emires
musulmanes reclamaron falsamente a sirvientes perdidos y se quedaron con sus
rescates en secreto, mientras que otros sacaron a escondidas a los francos de
la ciudad vestidos con ropas sarracenas y los despojaron de todo tan pronto
como se libraron de la guardia. El patriarca, que carecía tanto de moral como
de conciencia, se llevó los tesoros de las iglesias, cálices y custodia de oro,
e incluso la vajilla de oro del Santo Sepulcro, además de un vasto tesoro
propio, que habría sido mejor emplear en rescatar a los pobres que aún
permanecían allí. Cuando los emires sarracenos instaron a Saladino a que no
dejara que aquel viejo sinvergüenza se largara con su botín, él respondió: «No,
no voy a romper mi palabra con él», y el patriarca se marchó como los demás a
cambio de sus diez besantes. Le tocó al rey musulmán enseñar al
sacerdote cristiano el significado de la caridad.
Durante cuarenta días,
la melancólica procesión salió en tropel por la Puerta de David, y el plazo de
gracia expiró. Sin embargo, aún quedaban miles de pobres a quienes los
mezquinos burgueses y las casas religiosas habían abandonado a la esclavitud.
Entonces, el-Adil acudió a su hermano y le dijo: «Señor, con la gracia de Dios
os he ayudado a conquistar el país y esta ciudad; por lo tanto, os ruego que me
deis mil esclavos de entre los pobres que hay aquí». A la pregunta de Saladino
de qué haría con ellos, respondió que haría lo que le placiera. Entonces el
sultán le entregó los mil esclavos, y el-Adil los liberó a todos como ofrenda a
Dios. A continuación acudieron el patriarca y Balián, y suplicaron lo mismo, y
Saladino les concedió otros mil esclavos, que fueron puestos en libertad.
Entonces Saladino dijo a
sus oficiales: «Mi hermano ha hecho su limosna, y el patriarca y Balián han
hecho la suya; ahora me gustaría hacer la mía». Y ordenó a sus guardias que
proclamaran por las calles de Jerusalén que todos los ancianos que no pudieran
pagar eran libres de marcharse. Y salieron por la poterna de San Lázaro, y su
partida se prolongó desde la salida del sol hasta que cayó la noche. «Tal fue
la caridad que Saladino tuvo con un sinfín de personas pobres».
«Entonces os contaré
—dice el escudero de Balián— la gran cortesía que Saladino mostró hacia las
esposas e hijas de los caballeros, que habían huido a Jerusalén cuando sus
señores fueron muertos o hechos prisioneros en la batalla. Cuando estas damas
fueron rescatadas y salieron de Jerusalén, se reunieron y se presentaron ante
Saladino suplicando misericordia. Al verlas, Saladino les preguntó quiénes eran
y qué buscaban. Y le dijeron que eran las damas y doncellas de caballeros que
habían sido capturados o muertos en la batalla. Entonces preguntó qué deseaban,
y ellas respondieron: “Por el amor de Dios, ten piedad de nosotras; pues los
maridos de algunas estaban en prisión, y los de otras habían muerto, y habían
perdido sus tierras; y, en nombre de Dios, que él las aconsejara y ayudara”.
Cuando Saladino las vio llorar, sintió una gran compasión por ellas y él mismo
lloró de piedad. Y pidió a las damas cuyos maridos estaban vivos que le dijeran
dónde se encontraban cautivos, y que tan pronto como pudiera acudir a las
prisiones los liberaría. (Y todos fueron liberados dondequiera que se les
encontrara.) Después de eso, ordenó que a las damas y doncellas cuyos señores
habían fallecido se les repartiera generosamente de su propio tesoro, a unas
más y a otras menos, según su condición. Y les dio tanto que alabaron a Dios y
difundieron por todas partes la bondad y el honor que Saladino les había
dispensado».
Así mostraron
misericordia los sarracenos hacia la ciudad caída. Uno recuerda la salvaje
conquista de los primeros cruzados en 1099, cuando Godofredo y Tancredo
cabalgaron por calles atestadas de muertos y moribundos, cuando musulmanes
indefensos fueron torturados, quemados y abatidos a sangre fría en las torres y
el tejado del Templo, cuando la sangre de una masacre desenfrenada mancilló el
honor de la cristiandad y manchó el escenario donde antaño se había predicado
el evangelio del amor y la misericordia. «Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos obtendrán misericordia» fue una bienaventuranza olvidada cuando
los cristianos convirtieron la Ciudad Santa en un matadero. Afortunados fueron
los despiadados, pues obtuvieron misericordia de manos del sultán musulmán.
«El mayor atributo del
cielo es la misericordia;
y es la corona de la
justicia y la gloria,
donde puede matar con
severidad para salvar con piedad».
Si la toma de Jerusalén
fuera el único hecho conocido sobre Saladino, bastaría para demostrar que fue
el conquistador más caballeroso y generoso de su época, y quizá de todas las
épocas.
MANUSCRITO DEL SIGLO XII.
Cuando todos los francos
se hubieron marchado y solo quedaban los esclavos y los cautivos musulmanes
rescatados, junto con los cristianos autóctonos, que suplicaban quedarse y
pagar tributo, Saladino ordenó que se purificaran y restauraran los lugares sagrados
para el culto al islam. La cruz dorada había sido arrancada de la Cúpula de la
Roca, y se eliminaron todos los rastros de las adiciones de los templarios del
Haram, donde se alzaba la antigua mezquita de Omar. Médicos, teólogos y
peregrinos acudieron apresuradamente desde todas partes para participar en la
gran consagración. Las delegaciones se agolpaban en la tienda del sultán, a las
afueras de la ciudad, entonando el Corán, recitando poemas y declamando
panegíricos en su honor. Los secretarios se afanaban por difundir la buena
nueva hasta los confines de los reinos del Islam: el propio Imad-ed-din escribió setenta despachos el día de la reconquista
de Jerusalén. El viernes 9 de octubre se reunió una inmensa congregación para
rezar con Saladino en el santuario de Al-Aqsa. El cadí principal de Alepo
pronunció el sermón. Alabó a Dios por el triunfo de la fe y la purificación de
su Santa Casa; proclamó el credo puro del Corán y pronunció las bendiciones
sobre el Profeta y los califas, siguiendo la forma prescrita de la oración de
súplica musulmana.
Entonces, «¡Oh,
hombres!», exclamó, «¡alegraos por las buenas nuevas! Dios está complacido con
lo que habéis hecho, y esta es la cúspide del deseo humano; Él os ha ayudado a
recuperar este camello descarriado de manos equivocadas y a devolverlo al redil
del islam, después de que los infieles lo hubieran maltratado durante casi cien
años. Regocijaos por la purificación de esta Casa, que Dios permitió que se
erigiera y en la que permitió que se pronunciara su nombre, sobre la cual
extendió su tienda y en la que estableció sus ritos sagrados; la casa cuyos
cimientos se asientan en el credo del Dios Único, el mejor de los cimientos, y
cuyas paredes se construyeron para su gloria, y se mantienen firmes sobre la
piedad desde tiempos antiguos hasta ahora. Fue la morada de vuestro padre
Abraham, el lugar desde donde vuestro profeta Mahoma, que Dios lo bendiga,
ascendió al Cielo, la mezquita hacia la que os volvíais para orar en los
primeros tiempos del islam, la morada de los profetas, el refugio de los
santos, la tumba de los apóstoles, el lugar donde descendió la revelación de
Dios y donde toda la humanidad deberá reunirse el Día de la Resurrección y del
Juicio... Es la ciudad a la que Dios envió a su siervo y apóstol, la Palabra
que entró en María, Jesús, el espíritu de Dios, a quien honró con su misión y
ennobleció con el don de la profecía, sin por ello elevarlo por encima del
rango de sus criaturas: pues el Altísimo ha dicho: «Cristo no desdeñará ser
siervo de Dios, ni tampoco los ángeles que rodean su presencia»
Si no hubierais sido
siervos elegidos de Dios, no os habría honrado con esta gracia, en la que nunca
podréis tener rival ni nadie compartirá jamás su perfección. ¡Bienaventurados
seáis vosotros, que habéis luchado como los de Badr, que habéis sido firmes
como Abu Bakr, victoriosos como Omar, que habéis recordado las huestes de
Uthman y las embestidas de Alí! Habéis renovado para el Islam los gloriosos
recuerdos de Qadisiya, de Yarmuk, de Jaybar y de Jalid, la Espada de Dios. Que el Todopoderoso
os recompense, acepte el sacrificio de la sangre que habéis derramado a su
servicio y os conceda el Paraíso, donde seréis felices para siempre.
«Y prolonga, oh Dios
Todopoderoso, el reinado de tu siervo, humildemente reverente, agradecido por
tu favor y por tus dones, tu espada afilada y tu antorcha resplandeciente, el
paladín de tu fe y defensor de tu tierra santa, el que resiste con firmeza, el
gran rey victorioso, el fortalecedor de la verdadera religión, el vencedor de
los adoradores de la Cruz, el Honor del Mundo y de la Fe [Saladino], sultán del
Islam y de los musulmanes, purificador del templo sagrado, Abu-l-Muzaffar
Yusuf, hijo de Ayyub, restaurador del imperio del Comandante de los Fieles.
Concede, oh Dios, que su imperio se extienda por toda la tierra, y que los
ángeles rodeen siempre sus estandartes; presérvalo por el bien del Islam;
protege su reino en beneficio de la Fe; y extiende su dominio sobre las
regiones de Oriente y de Occidente... Sálvalo, oh Dios, y a sus hijos después
de él; que gobiernen la tierra hasta el fin de los tiempos; preserva sus días,
y a sus hijos y a sus hermanos; fortalece su poder con sus largas vidas; y, en
la medida en que por medio de él has traído este bien duradero al islam, para
que perdure mientras transcurran los meses y los años, concédele, oh Dios, el
reino que nunca termina en las moradas de los bienaventurados, y escucha la
oración que te dirige: «¡Oh Señor! ayúdame a estar agradecido por el favor
con el que nos has agraciado a mí y a mi padre, para que pueda hacer lo que es
justo y te sea grato; y llévame al fin, por tu misericordia, a morar entre tus
siervos justos».
Esta noble jutba,(sermón) con su hermosa perorata, fue
pronunciada con un efecto tan abrumador —escribe el Qadi al-Fadil— que «los cielos casi se resquebrajaron, no por ira, sino para
derramar lágrimas de alegría, y las estrellas abandonaron sus lugares, no para
lanzarse sobre los malvados, sino para regocijarse juntas». El júbilo de los
musulmanes por la recuperación del Santuario no tenía límites. Saladino le
devolvió su antigua belleza y sencillez, y trajo de Damasco un exquisito
púlpito tallado que Nur-ed-din había mandado diseñar
en Alepo veinte años antes. Sigue allí hasta el día de hoy, y sobre el gran
nicho de la mezquita aún se puede leer la inscripción:
«¡En el nombre de Dios,
el Compasivo, el Misericordioso! Ha ordenado la reparación de este sagrado
mihrab y la restauración de la mezquita de Al-Aqsa, fundada en la piedad, el
siervo y representante de Dios Yusuf, hijo de Ayyub Abu-l-Muzaffar el-Melik en-Nasir Salahed-dunya wa-d-din,
cuando Dios, por su mano, había triunfado, en el mes del año [de la Huida] 583:
y él ruega a Dios que le conceda gratitud por este favor y que le haga
partícipe de la remisión de los pecados, a través de su misericordia y perdón».
Se reconquistaron
Jerusalén y Ascalón; Karak y el Monte Real en «Oultre Jourdain», así como Safed y Belvoir,
cerca de Tiberíades, eran los únicos castillos de los cruzados al sur de Tiro
que aún albergaban guarniciones cristianas; pero cada uno de estos castillos
estaba rodeado por una fuerza suficiente, y era solo cuestión de tiempo que se
vieran obligados a rendirse por falta de provisiones. Tiro era el único lugar
importante de toda Palestina que Saladino no había conquistado; y hacia Tiro
envió a su ejército jubiloso el 1 de noviembre de 1187. Doce días después llegó
para asumir el mando. Encontró la ciudad llena de las guarniciones a las que
había permitido capitular en otros lugares. Conrado de Montferrat había trabajado día y noche, reforzando las fortificaciones, animando a los
defensores y «dirigiéndolos con gran habilidad». Había profundizado y ampliado
los fosos hasta que Tiro se convirtió en «una mano extendida sobre el mar,
unida únicamente por la muñeca», una isla a la que se accedía por una lengua de
tierra tan estrecha que podía defenderse fácilmente con una pequeña fuerza,
además de estar cubierta por las ballestas de las barcazas cristianas blindadas
o barbotes, Saladino contaba con el apoyo de su hermano, sus hijos y su
sobrino, junto con sus contingentes procedentes de Egipto, Alepo y Hamá; pero fue incapaz de hacer valer su fuerza, muy
superior, frente al enemigo. Es cierto que contaba con diecisiete máquinas de
asedio que atacaban las murallas día y noche, pero solo un pequeño número de
hombres podía avanzar a la vez por la lengua de tierra, y estos no solo tenían
que hacer frente a las frecuentes salidas de los francos en el frente,
lideradas por el valiente Caballero de Verde, sino también protegerse de los
ataques por los flancos de las barbotes desplegadas a ambos lados. Diez
de los barcos sarracenos fueron traídos desde Acre y pronto obligaron a las
galeras de Tiro a refugiarse en el puerto; pero a primera hora de la mañana de
la festividad del santo mártir, San Tomás de Canterbury (29 de diciembre), la
mitad de la flota musulmana fue sorprendida y capturada por el enemigo, y el
resto fue enviado a Beirut, ya que no era lo suficientemente fuerte como para
mantener a raya a las galeras. Mientras se alejaban, fueron perseguidos por los
tirios y, presa del pánico, todas sus naves menos dos encallaron, por lo que
tuvieron que ser quemadas. Al fracaso en el mar le siguió un revés en tierra:
los sarracenos, aprovechando la distracción en el mar, habían escalado la
muralla de la barbacana y estaban intentando tomar la muralla principal, cuando
Conrado salió al frente de sus hombres y los expulsó con grandes pérdidas.
Ante esto, Saladino
convocó un consejo de guerra. Algunos de los emires abogaban por la retirada;
alegaban, con razón, la inclemencia de la estación —pues ya estábamos a finales
de diciembre, cuando la lluvia y la nieve convierten la llanura en un mar de
barro, y la humedad y el frío propagan enfermedades entre los soldados y los
caballos—; hablaban del número de muertos y heridos, y de la falta de
provisiones y dinero; y proponían levantar el asedio y volver al ataque en
primavera. Frente a estos defensores de la moderación, otros insistían en que
era de suma importancia conquistar Tiro, ya que era la única esperanza de los
francos en aquella costa, y si caía no llegarían más refuerzos desde el otro
lado del mar. Sin embargo, prevalecieron los consejos más temerosos y, el día
de Año Nuevo de 1188, Saladino despidió a los distintos contingentes para que
regresaran a sus hogares en Egipto, Siria y Mesopotamia, y se retiró con sus
propias tropas personales a Acre.
La retirada de Tiro
supuso un punto de inflexión en la carrera victoriosa de Saladino. Fue un error
fatal e irremediable. Tenía por principio inamovible evitar los asedios
prolongados siempre que fuera posible, y ese principio no era erróneo. Sus
tropas consistían en gran parte en una milicia feudal mal disciplinada, de
diferentes razas y dialectos, unida más por la esperanza del botín que por la
devoción al sultán o incluso por el celo por la Guerra Santa. Bien dirigidas,
podían luchar con éxito en campo abierto, y cuando una ciudad o un castillo
podían tomarse por asalto, la perspectiva del botín y el mero amor por el
combate infundían a la tropa de asalto un valor furioso. Pero un asedio
prolongado los desanimaba y daba pie a las envidias y los descontentos
inevitables en un ejército tan heterogéneo. En lugar del aliciente de triunfos
rápidos y botines frecuentes, se enfrentaban al agotador socavamiento de
murallas robustas, a la exposición diaria a los tiradores emboscados en las
almenas y a las cargas desesperadas desde la puerta de salida. En el caso de un
castillo cruzado típico, bien guarnecido y comandado por un líder capaz, las
probabilidades estaban en contra de los sitiadores, cuyas torpes mangonelas tenían una puntería imprecisa y lanzaban piedras
que, aunque pesadas, resultaban de dudosa eficacia contra una muralla de piedra
bien construida de veinte pies de grosor. La excavación de túneles, aunque
había que utilizar leña en lugar de pólvora o dinamita, tenía más éxito que el
bombardeo, pero se llevaba a cabo con gran riesgo cuando una guarnición
decidida hostigaba a los zapadores; además, los ingenieros sarracenos no
estaban familiarizados con la ciencia moderna de los accesos por trincheras, los
zigzags y otros dispositivos de protección. Un bloqueo estrecho, que acabara
por matar de hambre a la guarnición, era el método más seguro; pero esto
implicaba mantener a un gran contingente de hombres en una inactividad que
generaba descontento, tal vez durante la dura temporada invernal, y sin una
flota resultaba, por supuesto, inútil contra una ciudad costera que podía
abastecerse por mar.
No es de extrañar, por
tanto, que Saladino evitara los asedios prolongados, para los cuales, además,
no mostraba la misma capacidad que demostraba en las batallas campales y las
campañas rápidas. Su aversión a las operaciones de asedio puede explicar, al
igual que su clemencia natural, su costumbre habitual de aceptar la rendición
de una fortaleza y dejar en libertad a la guarnición, incluso cuando existía
una perspectiva cercana de tomar el lugar por asalto. Parece que nunca tuvo en
cuenta que cada guarnición así liberada iba a engrosar las fuerzas del enemigo,
y que, aunque les exigiera palabra de honor, era seguro que la romperían a la
primera oportunidad para vengarse. Obviamente, lo prudente habría sido
mantenerlos como prisioneros de guerra en Damasco, o en alguna otra ciudad
lejana, hasta que la campaña hubiera terminado y se hubiera firmado la paz.
Tiro estaba repleta de estas guarniciones capituladas, y Saladino solo podía
reprocharse a sí mismo la fortaleza de los defensores.
No obstante, fueran
cuales fueran las dificultades del asedio, «Delenda est Tyrus» debería haber sido su resolución
inquebrantable. Debería haber construido una nueva flota, destruido las galeras
tirias, rellenado los fosos y abierto brechas en las murallas, aunque para ello
perdiera la mitad de su ejército. La única respuesta es que Saladino conocía a
sus hombres y sentía que no podía contar con su resistencia. Pero ni siquiera
esto explica su omisión a la hora de bloquear la ciudad por mar y por tierra,
para impedir la llegada de refuerzos y matar de hambre a su numerosa población.
Se mire como se mire, las medidas de Saladino contra Tiro no parecen propias ni
de un militar ni de un estadista. Tiro se convirtió en el punto de reunión
desde el que los cruzados recuperaron parte de su poder y prestigio perdidos a
lo largo de la costa de Palestina; y si esta única ciudad no hubiera resistido,
cabe preguntarse si la Tercera Cruzada habría llegado a ser conocida en Acre.
Los efectos de este
grave revés no se hicieron evidentes, por supuesto, de inmediato. Europa tardó
en reunir sus fuerzas para la reconquista de Tierra Santa y, mientras tanto,
Saladino, que seguía ignorando el peligro que representaba Tiro, llevó a cabo una
campaña triunfal en el norte. Hasta entonces se había contentado con la
sumisión del Reino de Jerusalén; ahora extendió sus conquistas al condado de
Trípoli y al principado de Antioquía. Bohemundo III era su príncipe, y su hijo
Raimundo había heredado el condado de Trípoli por voluntad de su homónimo, el
desdichado superviviente de la batalla de Hattin. Padre e hijo habían
abandonado alegremente Tiro a su suerte, y no fue gracias a ellos que Conrado
hubiera repelido a los invasores. Es cierto que Raimundo envió algunas galeras
hacia la ciudad sitiada, pero una tormenta oportuna les había permitido
regresar a Trípoli con una excusa plausible para no hacer nada. Tan temeroso
estaba Bohemundo de aumentar sus responsabilidades que había rechazado a los
refugiados de Jerusalén por miedo a que agotaran sus reservas de alimentos y,
al mismo tiempo, les había quitado el dinero que llevaban consigo para
satisfacer sus propias necesidades. Los príncipes del norte llevaban mucho
tiempo aplicando una política de conciliación hacia Saladino, y tal vez esta
mezquindad pretendía ser una prueba de buena voluntad, algo que el generoso
sultán difícilmente pudo haber elogiado. Al menos, no le impidió atacar las
provincias del norte.
Pasaron el invierno en
Acre, donde Saladino ocupó el Palacio de el-Afdal, que había sido reconvertido
en un castillo de los templarios. Los clérigos se instalaron en el Hospital de
San Juan, y el palacio episcopal se convirtió en un hospital: ambos recibieron
generosas donaciones de Saladino procedentes del botín. Mientras tanto, se
mandó llamar a Karakush, el fortificador de El Cairo,
para que reforzara las defensas de Acre. Tras abandonar la costa en primavera
y, en marzo, inspeccionar el bloqueo de Belvoir (Kaukab), el castillo de los Hospitalarios al sur de
Tiberíades —que le pareció demasiado fuerte para ser asaltado—, Saladino visitó
Damasco y, a continuación, el 14 de mayo, marchó hacia el norte. La causa
inmediata fue una incursión de los francos sobre Jubeyl,
pero la dirección de su marcha indica que sus planes apuntaban hacia Trípoli o
Antioquía. Acampó cerca de Emesa, desde donde exploró el territorio. Ernoul afirma que Saladino llegó a sitiar Trípoli, pero al
encontrarla tan fuertemente reforzada, se retiró. Guillermo de Sicilia, el
primero de todos los príncipes de Europa en acudir al rescate, había enviado
quinientos caballeros y una flota de cincuenta galeras al mando de su valiente
almirante Margaritus, cuyas hazañas le habían valido
el sobrenombre de «el Rey del Mar» y «un segundo Neptuno», y los sicilianos
aportaron una ayuda inestimable a los supervivientes de las Cruzadas. Conrado
de Montferrat también se había apresurado a acudir en
ayuda de su flemático vecino. Junto a Conrado llegó el famoso Caballero Verde,
cuya destreza volvió a llamar la atención de Saladino, que lo admiraba. El
sultán lo invitó a su tienda; él acudió, y Saladino le dispensó una cálida
bienvenida, le obsequió con caballos y joyas, y le ofreció tierras y posesiones
si aceptaba entrar a su servicio. Pero el Caballero Verde lo rechazó todo; dijo
que no había venido a Tierra Santa para quedarse con los sarracenos, sino para
hacerles daño y desconcertarlos; cosa que haría siempre que pudiera. Así que se
despidieron con sincero respeto.
El Castillo de
los Caballeros
Abandonando cualquier
plan que tuviera sobre Trípoli, Saladino regresó a su campamento cerca de la
fortaleza virgen de los Hospitalarios, el Castillo de los Caballeros (Hisn el-Akrad, «el castillo de los kurdos»), y, junto con
sus vasallos de Mesopotamia bajo el mando de Imad-ed-din
de Sinjar, formó su ejército en orden de batalla.
Emprendió su campaña el viernes, su día favorito, el 1 de julio. No había
ningún ejército cristiano que se le opusiera, y la campaña es un relato
monótono de la toma por asalto o la rendición de ciudad tras ciudad, castillo
tras castillo. Tortosa (Antartus) fue la primera en
sufrir el peso de su ira, pues el trato inusualmente severo que dispensó a la
ciudad demuestra que su fracaso en Trípoli le había irritado profundamente. Al
llegar el 3 de julio, dispuso a su ejército en forma de media luna alrededor de
la ciudad, de mar a mar, y ordenó un asalto inmediato. La ciudad cayó antes de
que los soldados tuvieran tiempo de montar las tiendas de los musulmanes; y la
saquearon, la incendiaron y la arrasaron hasta los cimientos. Sin embargo, de
los dos castillos, solo uno fue destruido; la Torre de los Templarios resistió
todos los asaltos y tuvo que ser abandonada, convirtiéndose en un bastión para
los cristianos. Valenia fue abandonada por sus
habitantes; pero la gran fortaleza de Margat se resistió a la captura. Jebela abrió sus puertas y su ciudadela se rindió el
viernes 15 de julio. El viernes siguiente capituló la guarnición de Ladikia; el viernes posterior, Saone (Sahyun), el gran castillo de los Hospitalarios
situado en las colinas, fue tomado por asalto, pero el sultán retuvo a la
guarnición y a la población a cambio de un rescate en las mismas condiciones
que en Jerusalén. Durante tres viernes de agosto cayeron las fortalezas gemelas
del Orontes, Bukas y esh-Shughr,
hasta entonces consideradas inexpugnables, así como la ciudad de Sarmin. La
toma de seis fortalezas en seis viernes consecutivos convenció a los musulmanes
de que las oraciones de los fieles en el día de culto habían sido aceptadas, y
recordaron la promesa sagrada de que una buena acción realizada un viernes
sería doblemente recompensada en el Paraíso.
Barzuya, al este del Orontes, una fortaleza tan sólida que su
inexpugnabilidad se había convertido en un proverbio, fue tomada por asalto
tras duros combates el 23 de agosto; sus defensores fueron hechos prisioneros y
los musulmanes se llevaron un gran botín. Solo el gobernador y sus familiares,
que eran parientes del príncipe de Antioquía, fueron puestos en libertad y
escoltados hasta sus amigos. Entre ellos se encontraba una pareja de recién
casados a la que los sarracenos habían separado sin piedad. Saladino se
compadeció de su desgracia, los buscó y los envió, ya reunidos, a un lugar
seguro. Bohemundo no estaba dispuesto a olvidar esta generosidad y, después de
que los musulmanes tomaran Darbesak y Baghras —importantes fortalezas fronterizas que dominaban
el paso de Beylan, al norte de Antioquía— y marcharan
ya hacia la propia capital, su príncipe solicitó la paz. El ejército de
Saladino estaba saciado de botín y cansado de la conquista. Llevaban tres meses
de duras marchas y no pocas batallas encarnizadas. Los oficiales estaban
ansiosos por volver a casa con su botín y dar a sus hombres tiempo para
descansar y recuperar fuerzas. Como todos los ejércitos musulmanes, se trataba
de un ejército compuesto por hombres casados, y las tropas echaban de menos a
sus esposas. El 1 de octubre se firmó una tregua de ocho meses; el príncipe de
Antioquía liberó a todos los cautivos sarracenos que tenía en su poder y
accedió a entregar su ciudad si no era rescatada antes de que terminara la
tregua.
En Alepo, los
contingentes mesopotámicos al mando del príncipe de Sinjar,
que estaban ansiosos por partir, fueron despachados a sus hogares; y tras las
ovaciones recibidas en el Castillo Gris, donde mandaba ez-Zahir,
hijo de Saladino, y en Hamá, que estaba bajo el mando
de su sobrino más valiente, Taki-ed-din, el sultán
regresó a Damasco hacia el 20 de octubre. Había concedido a sus vasallos y
parientes el merecido descanso, pero él mismo no descansó ni un momento aquel
invierno. Se acercaba el mes del Ramadán, pero incluso el ayuno sagrado debía
ceder ante el deber urgente de luchar por la fe. Al norte y al sur del lago de
Galilea, Safed y Belvoir seguían resistiendo el prolongado asedio de los musulmanes. Dejando de lado los
pensamientos de descanso y hogar que todo musulmán atesora durante el mes
sagrado, y despreciando los rigores del invierno sirio, Saladino dirigió a su
propia guardia contra la fortaleza de los templarios. Los sarracenos sitiaron
la colina rocosa de Safed. Llovía a cántaros y el
terreno era un pantano, pero el propio sultán señaló los lugares donde colocar
sus cinco mangoneles y se negó a dormir hasta que
estuvieran instalados. Los ordenanzas iban y venían toda la noche para informar
del avance de los trabajos. El asedio se prolongó durante un mes, día y noche
sin interrupción, hasta que la guarnición finalmente se rindió (6 de
diciembre). Se les permitió partir hacia Tiro con los honores de la guerra. A
continuación fue atacada Belvoir, la fortaleza
«situada entre las estrellas, como un nido de halcón», «la ciudad de los
ladridos, cuyos perros siempre aullaban y cuyos osos gruñían». El asedio se
llevó a cabo en medio de tormentas de lluvia y viento, con un mar de barro bajo
los pies. Tras sufrir grandes bajas, por fin se logró abrir una brecha, y los
hospitalarios siguieron el ejemplo de la orden rival y capitularon (5 de enero
de 1189). Por esas mismas fechas llegó la noticia de que la fortaleza que tanto
tiempo había perturbado la paz de los musulmanes, y que Saladino había sitiado
tantas veces, había acabado por rendirse por falta de provisiones: Karak se
había rendido a el-Adil. La guarnición se había visto obligada a expulsar a sus
mujeres e hijos y a comerse a sus caballos antes de abandonar su puesto, a
pesar de que ellos mismos habían sido abandonados por los cristianos y no había
ningún señor allí para dirigirlos. Cabe destacar que Saladino buscó a esas
mujeres y niños, los compró él mismo y se los devolvió a sus estoicos parientes.
Luego los envió a todos sanos y salvos a territorio cristiano.
Así, el año 1188, tras
una serie de conquistas, concluyó con una triple corona de victoria. Belvoir, Safed y Karak ya no
supondrían una amenaza para los pacíficos comerciantes y peregrinos en las
rutas procedentes de Egipto y Arabia, ni a lo largo del valle del Jordán. Pero
los acontecimientos pronto demostraron que ni siquiera estas conquistas
compensaban la pérdida que el imperio de Saladino iba a sufrir a causa de la
reorganización sin obstáculos de los cristianos en Tiro.
CUANDO se supo en Europa
la caída de Jerusalén, se oyó un grito universal de consternación en todas las
cortes, campamentos y aldeas. Las velas negras del barco que transportaba al
arzobispo de Tiro, como el antiguo Teseo, desde aquel lúgubre escenario anunciaban
desde lejos la «noticia fatal».
«Es difícil», dice
nuestra más erudita autoridad inglesa en historia de las cruzadas, «a tanta
distancia en el tiempo, comprender la magnitud del desastre a los ojos del
mundo occidental. No se trataba simplemente de que la Ciudad Santa hubiera
caído; de que todos los escenarios de esa historia bíblica, que constituían de
manera destacada la literatura de la cristiandad medieval, hubieran pasado a
manos de los infieles. Era todo eso y algo más: el pequeño Reino de Jerusalén
era el único bastión de la Iglesia latina y la cultura latina en Oriente; era
la creación de aquellos héroes de la Primera Cruzada cuyas hazañas ya habían
sido tema de más de un romance; se encontraba en los confines de aquel Oriente
misterioso, con toda su riqueza de oro, piedras preciosas y mercancías, hacia
el cual la espada del caballero del siglo XII se dirigía tan instintivamente
como la proa del aventurero inglés o español se dirigió cuatro siglos más tarde
hacia Occidente... Palestina inspiraba por igual la imaginación, el espíritu
emprendedor y la fe de la cristiandad occidental».
Recuperar lo que se
había perdido se convirtió en el deseo apasionado de cada caballero piadoso, en
la ambición de todo aventurero. El Papa lanzó un llamamiento a una nueva
cruzada, que debía borrar todos los pecados. Ricardo de Inglaterra, entonces
conde de Poitou, fue el primero en tomar la cruz. Los
reyes de Inglaterra y Francia zanjaron su disputa y recibieron la insignia
sagrada de manos del arzobispo de Tiro. Balduino de Canterbury predicó la
cruzada, en la que más tarde moriría ante Acre, y se recaudó por todo el país
un «impuesto de Saladino», un diezmo de la riqueza de cada hombre. La
elocuencia de Berter de Orleans despertó el
entusiasmo de Francia, que se hizo eco de su canto:
El
ejército sigue el ejemplo de la madera de la cruz,
que
no se doblegó, sino que marchó por delante
con
el poder del Espíritu Santo.
El celo de la
cristiandad se encendió con facilidad, pero sus ejércitos tardaron en ponerse
en marcha. Guillermo de Sicilia se había apresurado a socorrer a Trípoli; pero
Inglaterra y Francia reanudaron su eterna contienda, y sus soberanos no
emprendieron su pausada cruzada hasta el verano de 1190. El emperador Federico
Barbarroja, único entre los grandes príncipes de Europa, cuyo fuego de
naturaleza caballeresca no se había apagado a pesar de sus setenta años,
encabezó un vasto ejército desde Alemania a través del territorio de los
griegos en mayo de 1189; pero el valiente y anciano guerrero encontró la muerte
en las rápidas aguas del Salef, y solo un remanente de su hueste siguió
avanzando lentamente hacia los campos de batalla de Palestina.
Mientras tanto, los
francos en el frente no habían permanecido inactivos. La reina Sibila había
exigido a Saladino que cumpliera la promesa hecha en Ascalón; y su marido,
Guido, junto con sus diez compañeros de cautiverio en Damasco, fueron llevados
ante el sultán en Tortosa en julio de 1188 y, tras jurar por su honor de
caballero que nunca levantarían las armas contra él, se les permitió marchar en
libertad. El marqués de Montferrat fue enviado con su
hijo a Tiro; Humphrey de Toron fue devuelto a su madre, la viuda de Reginaldo
de Châtillon; y el rey Guy y su hermano, junto con el maestre del Templo, se
reunieron con Sibila y acordaron planes de venganza en Trípoli y Antioquía. Todos
ellos fueron debidamente absueltos de su juramento y no tardaron en recompensar
la buena fe y la generosidad de Saladino a su manera habitual. Un buen número
de caballeros y voluntarios se reunieron en torno al estandarte de Guy, y con
ellos a la cabeza, el rey y la reina se dirigieron a Tiro. Sin embargo, Conrado
de Montferrat se negó rotundamente a reconocer su
autoridad o a admitirlos en su ciudad, la cual, según dijo, Dios había puesto
bajo su custodia. El rey y la reina se vieron obligados a acampar en las
afueras y, tras algunas escaramuzas victoriosas contra los puestos avanzados de
los sarracenos, que se encontraban frente a Belfort (Shekif Arnun), a unas quince millas de distancia, Guido convocó a la flota siciliana
para que lo siguiera a lo largo de la costa y marchó audazmente sobre Acre en
agosto,
Las fuerzas del rey eran
muy inferiores al ejército que Saladino podía reunir contra él. Las
estimaciones de los distintos cronistas difieren, y probablemente ninguna pueda
considerarse más que una aproximación muy aproximada, pero la afirmación del
«Itinerario» es quizás tan válida como cualquier otra. El ejército de Guy,
incluidos los pisanos de Tiro que se habían unido al rey, se calcula allí en
9.000 hombres de todas las naciones, de los cuales 700 eran caballeros; pero a
los pocos días «la Estrella de la Mañana los visitó desde lo alto; pues he aquí
que se ven acercarse cincuenta barcos, de los que comúnmente se llaman coggs, con 12.000 hombres a bordo». Se trataba de
daneses y frisones, «hombres de complexión robusta, resolución inquebrantable y
ferviente devoción». El total ascendía, pues, a 21 000. Baha-ed-din estimó el ejército franco en esa misma fecha en 2
000 caballeros y 30 000 soldados de a pie, y añade que nunca oyó a nadie situar
esa cifra en un número inferior, y que «recibían refuerzos constantes por mar».
Era cierto, pues el famoso caballero Jaime de Avesnes,
«un Néstor en el consejo, un Aquiles en las armas y, en honor, un Regulo», se
unió pronto a los sitiadores; y lo mismo hizo el obispo de Beauvais, «que se
esforzaba por ser un Turpino, si tan solo pudiera
encontrar un Carlos», junto con muchos otros. Los cristianos estimaban que el
ejército de Saladino era mucho más numeroso que el suyo, pero ninguna de las
partes intenta dar cifras exactas.
Es el momento de
preguntarse qué estaba haciendo Saladino para permitir que se reunieran las
fuerzas del rey y que este avanzara hacia Acre. Tras la rendición de Belvoir en enero de 1189, el sultán, junto con su hermano
el-Adil, visitó Jerusalén y celebró allí la Fiesta del Sacrificio; a
continuación, inspeccionó Ascalón y permaneció en Acre hasta marzo. Había
nombrado comandante a su antiguo oficial Karakush,
fundador de la ciudadela de El Cairo, con una guarnición de veteranos de
probada valía procedentes de Egipto, y, tras ordenar la reparación de las
murallas de la gran fortaleza costera —que iba a ser la capital de Palestina—,
regresó a Damasco. En abril, en un momento desafortunado, partió para tomar
Belfort, un fuerte castillo de los templarios, al este de Tiro, que era la
única fortaleza del interior que les quedaba a los cristianos, salvo el famoso
Crac des Chevaliers, encaramado en un peñasco
inaccesible del Líbano, que resistió a los musulmanes hasta 1285. Si Saladino
consultó un augurio en el Corán en esta ocasión, como era su costumbre, el
libro sagrado lo llevó por un camino muy equivocado. El lugar podría haber sido
defendido por una fuerza moderada mientras el sultán dedicaba sus energías a la
tarea mucho más importante de aplastar al pequeño ejército del rey antes de que
se hiciera demasiado fuerte. Tal y como sucedió, se desperdiciaron cuatro
preciosos meses frente a Belfort, mientras se permitía que el recuerdo de
Hittin, que ya tenía dos años, se desvaneciera de la mente de los cristianos, y
el enemigo se volvía cada día más audaz.
Reginaldo de Sidón, uno
de los pocos supervivientes de Hattin, estaba al mando en Belfort y prestó un
servicio inestimable a la causa. Se dio cuenta de que lo más importante era
ganar tiempo y, como era un diplomático astuto, se puso manos a la obra para
«echar polvo» a los ojos del buen sultán. Hablaba árabe y había estudiado la
historia y la literatura de los musulmanes. Su inteligencia solo era comparable
a sus modales fascinantes. Aprovechando estas ventajas, se presentó en la
tienda de Saladino, se declaró su servidor devoto y prometió entregar el castillo
sin derramamiento de sangre, siempre y cuando se le concedieran tres meses para
traer a su familia y a sus dependientes desde Tiro, por quienes temía la
venganza del marqués. Tras la rendición, nada le gustaría más que vivir en
Damasco, en la generosa corte del sultán, con una pensión adecuada. De hecho,
en sus numerosas conversaciones, aquel astuto pícaro descubrió el punto débil
de Saladino: comenzó a debatir cuestiones serias de religión, y Saladino
razonaba con él, y sin duda albergaba la esperanza, tan querida por el
misionero laico, de convertir a alguien a la verdadera fe.
El «servicio de
inteligencia» del sultán debió de ser singularmente incompetente para no
haberle advertido de que el gobernador de Belfort era un amigo y aliado
especial del marqués de Montferrat, y que no era en
absoluto probable que conspirara contra él. Por fin, las dudas sobre su
fascinante huésped comenzaron a perturbar la mente de Saladino, pero estaba
comprometido con la tregua de tres meses y no podía hacer nada hasta que
expirara.
Fue entonces cuando se
descubrió que Reginaldo había estado jugando con él todo el tiempo y que,
mientras el digno gobernador se entregaba al debate teológico, la guarnición
había estado reforzando las fortificaciones; el castillo estaba más lejos que
nunca de capitular. Fue una desilusión melancólica, y Saladino demostró una
generosidad inusual al perdonar la vida del diplomático y limitarse a
encadenarlo; pero, mientras tanto, abril había dado paso a agosto, y el rey
Guido estaba listo para avanzar sobre Acre.
El ataque se había
anunciado con amplia antelación. Los movimientos del rey en torno a Tiro no
eran ningún secreto; Saladino tenía allí sus puestos de avanzada, y a
principios de julio se habían producido más de una escaramuza con sus tropas en
el puente sobre el Litani. Saladino solía salir a caballo todos los días para
reconocer el terreno, ya que su campamento en Marj Oyun se encontraba a poca
distancia tanto de la costa como de Belfort, y él mismo había presenciado uno
de esos enfrentamientos en los que los francos habían salido victoriosos.
Incluso había realizado una rápida cabalgada hasta Acre en julio para ordenar
nuevas fortificaciones e imponer la máxima vigilancia a la guarnición. Era
evidente que era plenamente consciente del peligro de un ataque cristiano. Sin
embargo, mantuvo a su ejército frente a Belfort hasta que quedó al descubierto
la astucia de su gobernador, y no fue hasta el 27 de agosto, tras enterarse de
que los francos se encontraban realmente en camino, cuando finalmente dio órdenes
de marchar hacia Acre. Dejó una fuerza suficiente para bloquear Belfort, que se
rindió siete meses después, y sin duda podría haberla disimulado de la misma
manera tres meses antes y haber salido al encuentro del enemigo.
Por fin, sin embargo,
los sarracenos estaban en camino y marchaban día y noche. Tomaron la ruta más
fácil por Tiberíades y luego se desviaron por la gran carretera del oeste,
pasando por Kafar Kenna (Caná) hasta el-Kharruba,
donde se reunieron con una división que había llegado por las montañas de Torón
para vigilar al enemigo. Se enviaron destacamentos uno tras otro, y se
trasladaron hombres y pertrechos a la fortaleza amenazada; y todo el ejército
acampó en las colinas frente a Acre tres días después de su partida de Belfort.
El rey Guido había llegado allí dos días antes, el día 28, festividad de San
Agustín, y había establecido su campamento en el «monte Turón», la Colina de
las Oraciones (Tell el-Musalliyin), hoy Tell el-Fokhkhar, justo frente a la puerta de la ciudad. El
objetivo de Saladino era flanquear al enemigo —sitiar a los sitiadores—;
extendió sus líneas desde el río Belus hasta la colina de el-Ayyadiya, situando su cuartel general en Tell Keysan; al
cabo de un mes se desplazó más al norte, con el fin de extender sus líneas
hasta la costa situada más arriba de Acre, y estableció su cuartel general en
el-Ayyadiya.
«Si una guerra de diez
años dio renombre a Troya; si el triunfo de los cristianos ennobleció a
Antioquía; sin duda a Acre le corresponde la fama eterna: la ciudad por la que
todo el mundo luchó». Se alza sobre una lengua de tierra que se adentra hacia
el sur, detrás de la cual la Mina o puerto queda protegida del oeste y del
norte. El barrio norte, o de Musart, no se había
construido en la época de Saladino, y la ciudad medía tres cuartos de milla por
un cuarto; unas sólidas murallas y torres protegían la ciudad por tierra, al
este y al norte; el mar bañaba los demás lados. Entre las defensas, la Turris Maledicia o
Torre Maldita, situada en el ángulo noreste, recibía ese nombre porque la
leyenda la relacionaba con el soborno de Judas; y el puerto estaba protegido
por una cadena y por una formidable fortaleza rocosa, llamada la Torre de las
Moscas, por la desagradable razón de que en otro tiempo había sido un famoso
lugar de sacrificios. Las murallas de la ciudad dominaban la gran llanura de
Acre, de veinte millas de norte a sur, regada por los dos grandes brazos del
río Belus, con numerosos arroyos afluentes, y delimitada al sur por el Kishón, que discurre paralelo a la gran barrera del monte
Carmelo y desemboca en el mar en Haifa, en el extremo de la bahía. Unas colinas
aisladas, de escasa altura, ofrecían posiciones militares a una distancia de
unas cinco millas de la costa, y un par de millas más allá de estas, la
prolongación meridional de la cordillera del Líbano formaba el límite oriental
de la llanura y servía a Saladino a la vez como refugio contra la malaria de
las tierras bajas en invierno, como retirada ante fuerzas superiores y como
puesto estratégico y de observación.
Los francos no eran lo
suficientemente fuertes en ese momento como para bloquear completamente la
ciudad, y el ala derecha de los sarracenos, al mando del siempre valiente Taki-ed-din, logró abrirse paso con facilidad (15-16 de
septiembre). El propio Saladino entró en Acre y examinó la posición del enemigo
desde las murallas. Baha-ed-din también visitó la
fortaleza: «Subí a lo alto de la muralla», dice, «como hicieron todos, y desde
allí lancé al enemigo lo primero que tuve a mano». El lugar contaba con una
guarnición fuerte y estaba bien abastecido, por lo que no había temor inmediato
de que fuera asaltado o asediado hasta la inanición.
Se producían continuas
escaramuzas entre los ejércitos, y los soldados de ambos bandos se habían
acostumbrado tanto a estos pequeños enfrentamientos que a veces interrumpían el
combate en medio de un enfrentamiento y se ponían a charlar. Cuando se cansaban
de las escaramuzas, se entretenían haciendo que los muchachos de cada bando se
enfrentaran entre sí, para que ellos también pudieran participar en la
diversión, y los muchachos libraban una lucha encarnizada mientras sus mayores
formaban un círculo de manera estrictamente deportiva. Por otra parte, leemos
de actos bárbaros cometidos por ambos bandos: de beduinos salvajes a sueldo de
Saladino, que se abalanzaban sobre cristianos rezagados, les cortaban la cabeza
y se las llevaban al sultán a cambio de una recompensa; y de mujeres cristianas
que arrastraban a prisioneros turcos por el pelo, abusaban de ellos de forma
vergonzosa y les cortaban la cabeza con cuchillos».
Estos diversos
enfrentamientos desembocaron en una batalla general, que estuvo a punto de
poner fin a la guerra. El 4 de octubre, poco después del amanecer, los francos
se pusieron en marcha. Su ejército se extendía en semicírculo alrededor de
Acre, a lo largo de una línea de dos millas completas, desde el mar hasta el
río Belus, para igualar la longitud de la línea de batalla concéntrica de los
sarracenos. Sus arqueros y ballesteros ocupaban, como de costumbre, la
vanguardia, y los caballeros y la infantería se disponían en orden cerrado
detrás de ellos. Avanzaban en cuatro divisiones. El rey comandaba la derecha,
con el Evangelio llevado ante él bajo un dosel de satén. Las dos divisiones del
centro estaban a las órdenes de Conrado de Montferrat y Luis, landgrave de Turingia, mientras que los templarios se agrupaban a la
izquierda. El propio Saladino comandaba el centro musulmán, con sus hijos
el-Afdal y ez-Zafir a su derecha. A la derecha del
centro se encontraban los contingentes de Mosul y Diyar-Bekr;
y el ala derecha, que se apoyaba en el mar, estaba formada por las excelentes
tropas del norte de Siria al mando del mejor general de Saladino, su sobrino
Taki-ed-din. La izquierda del centro estaba compuesta
por clanes kurdos del Tigris liderados por sus jefes, junto con las reclutas de Sinjar y los vasallos de Kukbury procedentes de Harran; mientras que el ala izquierda estaba formada por
veteranos selectos de entre los mamelucos de Shirkuh,
los antiguos conquistadores de Egipto. Así, los puestos más críticos, la
extrema derecha y la extrema izquierda, se confiaron a la flor y nata del
ejército sarraceno; pero el centro, aparte de la guardia personal de Saladino,
contaba con elementos dudosos entre las tropas de reclutamiento menos
experimentadas procedentes de Mesopotamia y Kurdistán.
La batalla de Acre
comenzó a la cuarta hora tras la salida del sol con un ataque de los francos
contra el flanco derecho de los sarracenos. En lugar de esperarles, Taki-ed-din ordenó a sus hombres que retrocedieran, siguiendo la
táctica turca habitual, con la intención de atraer al enemigo y luego maniobrar
para atacarlo por el flanco. Desgraciadamente, Saladino confundió este
movimiento con una retirada y envió parte de su centro en refuerzo. Así
reforzada, la izquierda logró hacer retroceder a los francos. Pero, mientras
tanto, el enemigo se había percatado del debilitamiento del centro de Saladino
y, aprovechando la oportunidad, avanzó con fuerza sobre él, con la caballería y
la infantería manteniéndose firmemente unidas. Cuando llegaron al cuerpo a
cuerpo, la infantería se dispersó, los caballeros cabalgaron entre ellos y
descargaron todo el impacto de una carga con cota de malla sobre los
sarracenos. El peso de este fuerte ataque recayó sobre los hombres de Diyar-Bekr, que se desbandaron en desorden y huyeron del campo de
batalla: ¡se volvió a saber de ellos en el puente junto al lago de Galilea, ya
bien encaminados hacia Damasco! Los caballeros, impulsivos e indisciplinados
como siempre, persiguieron al enemigo en fuga hasta la colina del cuartel
general, registraron el campamento y entraron en la tienda de Saladino, donde
el impetuoso conde de Bar se divertía triunfante. Al mirar a su alrededor,
descubrieron que su carga no había sido respaldada y que se habían separado de
sus compañeros. Ahora tenían que regresar como mejor pudieran. La izquierda de
Saladino había quedado intacta y seguía manteniéndose firme. Reunió a lo que
quedaba de su centro y los mantuvo bien controlados hasta que los francos
victoriosos pasaban de regreso de su campamento; entonces, con su famoso grito
de guerra «Yala-l-Islam», lanzó toda su fuerza contra su retaguardia,
ordenando a sus alas derecha e izquierda que se unieran a la carga general,
mientras la guarnición de Acre realizaba una salida oportuna. El resultado fue
la derrota total del enemigo. Al ver huir a sus compañeros, las demás
divisiones se vieron presa del pánico y huyeron hacia su campamento en la
colina, donde lograron por los pelos repeler a sus perseguidores.
En medio del tumulto, el
propio rey rescató a su rival, Conrado de Montferrat,
de un peligro inminente. Andrés de Brienne, el flor y nata de la caballería,
fue asesinado mientras reagrupaba a sus compañeros, ante la mirada de su
hermano, quien lo abandonó a su suerte. Un soldado vio a Jaime de Avesnes caer de su corcel y encontrarse en grave peligro;
le cedió su propio caballo para que pudiera escapar y «con su propia muerte
salvó noblemente la vida de su señor». Pero la pérdida más notable de aquel día
fue la del Maestre del Templo. Gerardo de Rideford, cuya ambición y odio habían
avivado la discordia entre los cristianos y causado la muerte de muchos
sarracenos, puso fin a su agitada vida en el campo de batalla de Acre. Se negó
a huir y murió como un soldado. Incluso las mujeres lucharon valientemente a
caballo junto a sus hermanos de armas, y no fueron descubiertas hasta que
cayeron prisioneras. Fue un día de héroes y de amazonas.
Los francos reconocieron
una pérdida de 1 500 muertos; pero Baha-ed-din, que
vio cómo sus cadáveres eran transportados hasta el río para ser arrojados al
agua, estimó que sus bajas superaban los 4 000. Por parte de los musulmanes,
las pérdidas se debieron más a la huida que a la matanza. El contingente de
Diyar-Bekr había desaparecido; pero del resto, solo
se registró la muerte del líder de los kurdos y de otro emir, junto con unos
150 guerreros sin distinción. El pánico explica gran parte de ello, pero la
desproporción de estas estimaciones resulta poco verosímil. La estimación
cristiana de las bajas musulmanas, de 1 500 jinetes, concuerda más con los
relatos de la batalla.
TRAS la batalla,
Saladino no supo aprovechar su victoria. Incluso permitió que el enemigo, presa
del pánico, levantara terraplenes y se atrincherara con mayor seguridad,
mientras dejaba descansar a sus hombres y restablecía el orden en el campamento
saqueado. Al parecer, el ejército no estaba de humor para aprovechar su éxito.
Estaba agotado, y el saqueo del campamento por parte de sus propios seguidores
(que dejaron poco o nada para los templarios que los perseguían) había
exasperado a los hombres. Una semana más tarde se celebró un consejo de guerra,
y el sultán se dirigió a los generales:
«En el nombre de Dios, y
alabado sea Dios, y bendito sea el Apóstol de Dios.
«Sabed que este enemigo
de Dios, y nuestro enemigo, ha entrado en nuestro país y ha pisoteado el suelo
del Islam; pero ya la estrella de la victoria (si Dios quiere) ha brillado
sobre nosotros. Solo queda un puñado de sus fuerzas, y debemos destruirlas sin
demora. ¡Por Dios, es nuestro deber ineludible! Sabéis que nuestro ejército
solo puede esperar refuerzos de el-Melik el-Adil, que está en camino. En cuanto
al enemigo, si se le permite mantener su posición hasta que se abra el paso por
el mar, recibirá un gran refuerzo. Mi opinión es que luchemos contra ellos. Que
cada uno de vosotros dé la suya».
El consejo estaba
dividido y hubo un intenso debate, pero al fin se decidió retirar el ejército a
las colinas para que los hombres descansaran, tras cincuenta días en armas;
cuando se hubieran recuperado y se hubiera recuperado a los desertores, se
reanudaría el ataque. Una vez más, Saladino permitió que el consejo se
impusiera a su sensato juicio. Es posible que estuviera más a merced de ellos
de lo que se reconoce; sin duda, tenía la difícil tarea de mantener unida una
fuerza tan heterogénea y de conciliar los celos y el descontento de los líderes
y las razas rivales. Pero la mejor explicación de que cediera ante una decisión
tan poco militar es que estaba gravemente enfermo. Sufría violentos ataques de
lo que los cronistas árabes denominan «cólico» —más probablemente la fiebre
maligna siria— y sus médicos se unieron a los emires para aconsejarle un cambio
de aire. Las constantes fatigas y ansiedades de los dos últimos años le habían
pasado factura. Tenía más de cincuenta años y había trabajado más duro que
cualquiera de sus hombres. Sus largas cabalgadas por el país y su exposición a
todas las inclemencias del tiempo, los asedios invernales que había emprendido,
la marcha forzada sobre Acre en un sofocante mes de agosto y, por último, los
enfrentamientos diarios con los francos, en los que siempre se encontraba en el
centro de la batalla, cargando con una pesada armadura y, durante días,
demasiado absorto como para pensar en alimentarse adecuadamente; todo ello
bastaba para agotar a un hombre más joven. De no ser por esta desafortunada
debilidad, Saladino podría haber insistido en llevar a cabo su plan, y el
resultado difícilmente habría sido dudoso. Con el ánimo quebrantado y mermados
por la pérdida de miles de sus hombres, acorralados entre el ejército sarraceno
y las murallas bien armadas de Acre, los cruzados habrían sufrido una segunda
Hittin, de la que no habría habido recuperación: habrían sido empujados al mar.
El error fatal cometido ante Tiro se repitió ante Acre. A los francos se les
dio tiempo para atrincherarse y mantener la posición hasta que llegaran los
refuerzos. El asedio podría haber llegado a su fin de forma rápida el 5 de
octubre de 1189, en lugar de prolongarse tediosamente durante casi dos años
más, coronado al fin por la victoria de los cruzados.
La retirada a las
colinas de El-Kharruba el 16 de octubre supuso algo
más que un descanso temporal. Comenzaron las lluvias y no se llevó a cabo
ninguna otra acción hasta la primavera. Los francos dedicaron los meses de
invierno a reforzar su posición cavando una gran zanja, no sin interrupciones
hostiles, mientras que Saladino se dedicó a reclutar nuevos soldados. El-Adil
se unió a él con un contingente egipcio, y el almirante Lulu, que llegó a Acre
con cincuenta veleros procedentes de Alejandría, capturó un par de valiosos
botines y desembarcó una brigada naval de 10 000 marineros para hostigar al
enemigo. Pronto quedó descartada la posibilidad de luchar, ya que el barro era
tan profundo que los dos ejércitos no podían llegar el uno al otro. El sultán volvió
a visitar Acre con gran pompa, inspeccionó sus defensas y sus provisiones y, a
continuación, tras despedir a sus tropas para que regresaran a sus hogares,
permaneció en el-Kharruba con su guardia hasta que la
primavera reabrió el mar y los caminos. Mientras tanto, había surgido un nuevo
motivo de inquietud. Habían llegado noticias de la marcha de Federico
Barbarroja a través de Asia Menor, y la carta del catolicós armenio —que, al igual que el emperador de Constantinopla, estaba del lado de
Saladino—, en la que se anunciaba la trágica muerte del viejo cruzado,
informaba también al sultán de que el hijo de Federico estaba dirigiendo el
ejército hacia Siria. Si el sultán hubiera conocido la extrema debilidad de lo
que quedaba del ejército alemán, difícilmente habría debilitado su magnífico
ejército enviando una gran división para cortarles el paso. En respuesta a su
llamamiento y a los esfuerzos de su secretario Baha-ed-din,
quien visitó al califa y a los príncipes de Mesopotamia en invierno y convocó a
todos los hombres a la guerra santa, las tropas procedentes de Alepo, Harran, Sinjar, Jezira, Mosul e Irbil habían ido llegando en masa a su campamento (ahora
situado en Tell el-Ajjul, cerca de el-Ayyadiya) durante todo mayo y junio. El califa de Bagdad
había enviado lanzas, flechas y máquinas que lanzaban dardos incendiarios. Pero
los contingentes sirios fueron enviados de nuevo al norte casi de inmediato
para hacer frente al peligro imaginario de la invasión alemana, y se descuidó
la necesidad más urgente de aplastar a los sitiadores —que, en realidad, se
encontraban ellos mismos estrechamente sitiados por los musulmanes— antes de
que pudieran recibir refuerzos. El ejército cruzado debió de ser, en realidad,
más formidable de lo que se desprende de las crónicas para haber intimidado así
a los sarracenos; de hecho, el relato de los ocho días de combate en
Pentecostés muestra que ambos bandos debían de estar bastante igualados.
El error de Saladino se
hizo dolorosamente evidente cuando Enrique de Champaña desembarcó a finales de
julio con 10000 hombres y un buen número de caballeros, nobles y prelados
guerreros. Hasta ese momento, la situación se había mantenido sin cambios; aunque
parcialmente rodeada, Acre no se encontraba aislada de las comunicaciones con
las fuerzas de Saladino, que a su vez rodeaban al enemigo; y las escaramuzas y
salidas, los ataques a las trincheras y la destrucción de las máquinas de
asedio habían favorecido, en general, a los sarracenos. El ingenio de un joven
calderero de Damasco, que poseía el secreto para fabricar una especie de fuego
griego que incendiaba las torres y máquinas de asedio del enemigo, deleitó a
Saladino, y aún más le deleitó la respuesta del joven cuando, al ofrecerle
riquezas, este le dijo que no aceptaría recompensa alguna por lo que había
hecho en nombre de Dios. Una flota procedente de Alejandría había logrado
abrirse paso hasta el puerto en junio y reponer las provisiones de los sitiados;
y un intento de sorprender el flanco derecho del campamento musulmán,
debilitado por la partida de las tropas hacia el norte, fue repelido por
el-Adil con pérdidas muy cuantiosas el día de la fiesta de Santiago (25 de
julio). Al menos cuatro mil cristianos cayeron aquel día, según sus propias
declaraciones; pero los testigos oculares árabes estimaron las bajas en más del
doble. Entre los caídos había algunas mujeres con armadura, que habían luchado
valientemente junto a los caballeros. Imad-ed-din
recordó mucho tiempo después los gritos desgarradores de una mujer a la que vio
morir en el campo de batalla. Pero Saladino, evidentemente, no se sentía lo
suficientemente fuerte como para ordenar un asalto general a las trincheras del
rey; no se podía tentar de nuevo a los francos a arriesgarse a una batalla
campal; y dos días después de este enfrentamiento llegó el conde Enrique y
asumió el mando del ejército.
Este gran refuerzo, el
primero de varios que pronto le seguirían, cambió la situación. Saladino retiró
su ejército una vez más a las colinas (1 de agosto), y Acre quedó tan aislada
que las comunicaciones solo podían mantenerse mediante palomas mensajeras,
nadadores expertos o rápidas barcas por la noche. Fue un escaso consuelo para
el sultán recibir una carta amistosa de su inútil aliado, el emperador griego
Isaac, en la que le instaba a no dejar que la llegada de los alemanes le pesara
en el corazón: «sus planes y propósitos provocarán su propia confusión»; los
franceses, al menos, ya se encontraban allí y habían sometido a Acre a un
estricto bloqueo. Es cierto que los barcos sarracenos seguían abriéndose paso a
la fuerza para socorrer a la guarnición; uno de ellos logró colarse camuflado
como francés, pero, por lo general, tenían que atravesar el fuego cruzado. Una
de esas aventuras tuvo lugar en septiembre. Tres dromones egipcios, o
barcos de carga, llegaron oportunamente, cuando en la ciudad no quedaban
provisiones suficientes para aguantar ni un día más. Las galeras cristianas se
abalanzaron sobre los recién llegados en un instante. La playa estaba repleta
de soldados del ejército musulmán, que invocaban en voz alta a Dios para que
salvara a los barcos. El propio sultán se encontraba allí, sumido en una agonía
de incertidumbre, observando la lucha, «como un padre al que le han arrebatado
a su hijo». La batalla se recrudeció, pero, afortunadamente para la guarnición,
soplaba un viento favorable y, al fin, los tres barcos entraron en el puerto
sanos y salvos, en medio de los furiosos gritos del enemigo y las ruidosas
acciones de gracias de los fieles.
Una vez en el puerto,
quedaban protegidos por la célebre Torre de las Moscas, que se alzaba sobre un
peñón a la entrada del puerto y protegía eficazmente a todas las embarcaciones
que lograban pasar por ella. Los cruzados respondieron con un decidido intento
de destruir esta molesta defensa. Los pisanos,
siempre expertos en navegación, instalaron torretas en sus galeras, lo
suficientemente altas como para sobrepasar la Torre de las Moscas y
bombardearla o incendiarla, mientras se enviaba un barco incendiario al puerto
para destruir las naves sarracenas que pudieran salir a interferir.
Sin embargo, el plan
fracasó estrepitosamente. Los pisanos lograron enganchar la torre y izar sus escaleras de asalto, al amparo de un intenso
bombardeo desde sus torretas; pero justo cuando contaban con el éxito, los
defensores se reagruparon, aplastaron al grupo de asalto en las escaleras con
grandes rocas y, lanzando su fuego griego, incendiaron escaleras, torretas y
galeras, en medio de los gritos burlones de los musulmanes. El barco
incendiario se desvió por culpa de un viento adverso y fue fácilmente
extinguido y capturado.
A principios de octubre
hicieron su aparición los temidos alemanes: Federico, duque de Suabia, llegó a
Acre con apenas mil hombres. Por insignificante que fuera este refuerzo, la
presencia del hijo de Barbarroja levantó la moral de los sitiadores, y su energía
infundió un nuevo celo en la guerra. Al principio, nada le satisfacía salvo un
enfrentamiento con el enemigo en campo abierto; pero la vanguardia de Saladino,
aún apostada en el-Ayyadiya, ayudada por los hombres
de Mosul —a quienes se ordenó avanzar desde Tell Keysan—, hizo retroceder a los
cruzados sin gran dificultad. Tras este fracaso, centraron sus esfuerzos en
intensificar el asedio con gran ingenio. Por primera vez emplearon un ariete
—la guarnición de Acre se había debilitado evidentemente hasta el punto de
permitirles acercarse—: se trataba de una enorme viga con una cabeza de hierro
que pesaba casi tres quintales y que había sido construida a un gran coste por
el arzobispo de Besançon. También se puso en marcha otro ariete, llamado «el
gato», con una cabeza puntiaguda en forma de arado y una cubierta o «cerda»
para proteger a varios hombres; además, se equipó un barco con una torreta y un
puente levadizo, para dejarlo caer sobre la Torre Fly. A principios de octubre
se llevó a cabo un gran asalto; las nuevas máquinas fueron arrastradas hasta la
ciudad, y los asaltantes se lanzaron al foso para escalar las murallas;
entonces, la guarnición abrió de repente un intenso fuego de flechas, bolas de
fuego, piedras y dardos lanzados con arcos, mangoneles,
hondas y ballestas, y, saliendo en una salida desesperada, hizo retroceder a
los francos; luego rociaron de nafta la catapulta y el ariete y les prendieron
fuego, y finalmente arrastraron triunfalmente el ariete en llamas hasta el
interior de la puerta.
El júbilo de la
guarnición se vio casi inmediatamente empañado por la llegada de más refuerzos
desde Europa. Por fin se avistó una flota inglesa.
Balduino, arzobispo de
Canterbury; Hubert Walter, obispo de Salisbury; y el justiciador,
Ranulf de Glanville, habían llegado a Tiro con hombres, provisiones y dinero en
septiembre, y al reunirse con el ejército ante Acre el 12 de octubre,
anunciaron que los reyes de Inglaterra y Francia se encontraban efectivamente
de camino a Tierra Santa. El capellán del arzobispo ofreció un panorama
desolador del campamento de los cruzados:
«Encontramos a nuestro
ejército (lo digo con dolor y gemidos) entregado a prácticas vergonzosas, y
cediendo a la comodidad y la lujuria en lugar de fomentar la virtud. El Señor
no está en el campamento; no hay nadie que haga el bien. Los jefes se envidian
unos a otros y luchan por obtener privilegios. La gente de a pie pasa necesidad
y no encuentra a nadie que les ayude. En el campamento no hay ni castidad, ni
sobriedad, ni fe, ni caridad —una situación que, lo juro por Dios, no habría
creído de no haberla visto con mis propios ojos. Los turcos nos sitian, y a
diario nos desafían y persisten en atacarnos, mientras nuestros caballeros
yacen acobardados en sus tiendas y, como hombres vencidos, permiten que el
enemigo los afronte con impunidad. La fuerza de Saladino aumenta cada día,
mientras que nuestro ejército se reduce día a día».
La llegada de los
ingleses infundió algo de ánimo a los «caballeros acobardados». Los clérigos
avivaron su celo, a falta de poder enmendar su moral; el propio venerable
arzobispo enarboló el estandarte del santo mártir, San Tomás de Canterbury, y
envió al ejército con su bendición a la batalla; mientras que el obispo de
Salisbury y muchos otros sacerdotes y prelados participaron valientemente en la
lucha.
Una batalla general
cerca de Spring Head (o manantial del brazo sur del río Belus), a unas seis
millas al sur de Acre, comenzó «el día siguiente a San Martín», el 12 de
noviembre. El objetivo del enemigo era traer provisiones desde Haifa, ya que se
estaban quedando sin alimentos. Al verlos avanzar con fuerza, el puesto
avanzado sarraceno, tras una encarnizada escaramuza, se retiró de su posición
habitual en el-Ayyadiya a Tell Keysan, y el día 13 el
ejército se desplegó en dos posiciones casi enfrentadas entre sí, rodeando al
enemigo, que, no obstante, avanzó hasta Spring Head. El ala izquierda de
Saladino se extendía desde cerca del mar hasta el Belus, orientada hacia el
noreste, mientras que la derecha, apostada en las colinas, miraba hacia el
oeste, en dirección al río, con el que tocaba en la orilla este, cerca del
puente de Dauk. El centro se adelantó bajo la reserva de Saladino, que, junto
con su cuartel general, se encontraba en la cima del monte Kharruba,
desde donde podía divisar toda la llanura que se extendía a sus pies; además,
controlaba la colina de Shafraamm, que en su día fue
una fortaleza de los templarios. Esta situación se mantuvo el día 14, cuando
los francos, al enterarse de que no había provisiones en Haifa, dieron media
vuelta por la orilla este y se dirigieron hacia el puente de Dauk. Durante todo
el trayecto se vieron estrechamente acorralados por los sarracenos, cuya
caballería ligera los atacaba cuerpo a cuerpo con mazas, espadas y lanzas,
esforzándose por romper su sólida y ordenada formación; y Saladino enviaba
continuamente refuerzos desde las colinas situadas a sus espaldas; pero ellos,
con valentía, se abrieron paso hasta el puente, acamparon allí para pasar la
noche y, tras cortar el paso tras de sí a la mañana siguiente, se retiraron muy
agotados, aunque en buen orden, y llevando a muchos heridos, a sus trincheras.
Allí fueron cubiertos por sus reservas, que salieron al mando de Godofredo de
Lusignan y hicieron retroceder a los musulmanes que
los perseguían. Conrado y Enrique de Champaña habían dirigido personalmente la
expedición, pero los francos habían sufrido grandes pérdidas. Entre los muertos
se encontraba un caballero cuya apariencia asombró a Baha-ed-din:
montaba un corcel con guarniciones de cota de malla hasta las pezuñas. La
guardia de élite de Saladino también había sufrido graves pérdidas.
Por indecisa que fuera
la acción, animó a los sarracenos, que deseaban aprovecharla de inmediato.
Evidentemente, se trataba de una prueba decisiva, de resultado incierto, pues
Saladino había enviado su bagaje a la retaguardia, hacia Nazaret, por motivos de
seguridad; y el hecho de que él mismo volviera a estar enfermo, con cólico o
fiebre, y no pudiera participar en la batalla, aumentaba su ansiedad. Sin
embargo, conservó su espíritu indomable; y cuando alguien mencionó los
sufrimientos y las muertes de los musulmanes a causa de las condiciones
insalubres de la llanura, citó el proverbio árabe: «Mátame a mí y a Malik; mata
a Malik conmigo», aludiendo a un famoso combate histórico en el que el héroe
instó a sus compañeros a matar al adversario que luchaba con él en el suelo,
aunque con ello también lo mataran a él. Saladino estaba dispuesto a morir,
junto con todo su ejército, con tal de que los francos también murieran. Sin
embargo, cuando unos cruciados de alto rango cayeron
en una emboscada poco después, Saladino los recibió con majestuosa cortesía,
los vistió con túnicas de honor, les proporcionó pieles para protegerse del
frío glacial, les permitió escribir al campamento para pedir lo que quisieran y
los envió a Damasco de muy buen humor. Era mejor ser huésped de Saladino que
temblar de frío y pasar hambre en una tienda cristiana.
El invierno de
1190-1191, que detuvo todas las operaciones activas, transcurrió en gran
miseria para los cruzados. Muchos de sus jefes habían fallecido. Habían perdido
a su reina, Sibylla; entre los ingleses, ya no estaban Ranulf de Glanville,
conde de Ferrers, y el hermano del conde de Clare; y
el anciano arzobispo de Canterbury murió en noviembre, afligido hasta la muerte
por el desenfreno que le rodeaba. Conrado de Montferrat había dado el primer paso hacia su ambición mediante su matrimonio sin
escrúpulos con Isabel, ahora heredera de la corona de Jerusalén, cuyo divorcio
de Humphrey de Toron había logrado orquestar con éxito; a continuación, se
retiró a Tiro para alimentar sus planes de reinar, dejando al ejército frente a
Acre a su suerte. El «Itinerario» inglés está repleto de maldiciones contra el
marqués por su cruel indiferencia hacia el pueblo que perecía, al que tal vez
podría haber socorrido. Pues el hambre y las enfermedades causaban estragos
tras las trincheras. El trigo se vendía a cien piezas de oro el saco, y un solo
huevo costaba seis denarios. Los mercaderes codiciosos mantenían altos los
precios, y el campamento se moría de hambre. Se sacrificaban caballos de raza
para alimentarse, y la gente hambrienta no desdeñaba ni siquiera las vísceras
de los animales que morían de vejez o enfermedad.
Comían hierba como el
ganado, se peleaban por los hornos de los panaderos y roían los huesos desnudos
que abandonaban los perros. Incluso los nobles se veían reducidos a robar, y se
cuenta una historia lamentable de cómo dos amigos, al quedarse sin una sola
moneda, la gastaron en la compra de trece habas y, al descubrir que una estaba
en mal estado, recorrieron un largo camino de vuelta hasta el vendedor para
insistir en que se la sustituyera por una buena. Algunos incluso buscaron
alivio convirtiéndose al islam. Los prelados y algunos de los nobles más
acomodados hicieron donaciones para los pobres, pero poco podían hacer. Este
estado de miseria, agravado por las enfermedades y la fiebre provocadas por las
lluvias incesantes, se prolongó hasta la Cuaresma de 1191, cuando por fin el
mar se volvió navegable para los tímidos marineros de la época, y un barco de
abastecimiento salvó al campamento de la inanición.
Mientras tanto, Saladino
había despedido a la mayor parte de su ejército para que regresaran a sus
hogares, y solo se quedó con su propia guardia. Los príncipes mesopotámicos
fueron los primeros en marcharse en noviembre: se les había convencido con dificultad
para que se quedaran tanto tiempo. No cabía esperar que los descendientes
vencidos de Zengi mostraran mucho entusiasmo al servicio de su suplantador;
pero, aparte de esos celos naturales, Las tropas orientales no soportan estar
separadas durante mucho tiempo de sus esposas y hogares. El abastecimiento de
Acre fue la principal ocupación de Saladino durante el invierno. Las galeras
cristianas habían partido para escoltar a Conrado a Tiro con motivo de su boda,
y la ciudad quedaba expuesta al mar. Un convoy egipcio no logró entrar en
diciembre, pero el-Adil, apostado en Haifa, se las ingenió para enviar
provisiones, y Saladino introdujo en febrero una nueva guarnición al mando de
un nuevo comandante. La nueva guarnición, sin embargo, era más reducida que la
anterior; salieron muchos más de los que entraron; además, los recién llegados
no eran expertos en el arte del asedio, y se acusó a Saladino de imprudencia y
descuido por delegar demasiado en subordinados incompetentes o con intereses
propios. Probablemente aún sufría las secuelas de una enfermedad.
El socorro a Acre no se
llevó a cabo sin los asaltos de los francos, cuya miseria no paralizó del todo
su energía, pues la hambruna aún no había alcanzado su punto álgido. Por otra
parte, la guarnición repelió sus ataques, y Saladino capturó algunos barcos
dispersos, con la ayuda de unos desertores del campamento enemigo.
Así transcurrieron los
agotadores meses de invierno. La primavera encontró a las fuerzas enfrentadas
en la misma situación: la ciudad bien guarnecida y, por el momento,
suficientemente abastecida; Saladino en las colinas, a la espera del regreso de
sus tropas; los cristianos, en medio de ambos, debilitados, desanimados y
desmoralizados, pero manteniendo su campamento atrincherado sin ser molestados,
salvo por ocasionales salidas de la guarnición o escaramuzas con los puestos
avanzados de Saladino. El verano trajo consigo un cambio radical en las
relaciones entre las dos fuerzas, y los sarracenos pronto se verían ya no como
los asediadores de los asediadores, sino como los atacados. La cruzada de
Ricardo Corazón de León estaba a la vuelta de la esquina.
Ricardo de Inglaterra y
Felipe de Francia se acercaban por fin a Tierra Santa. Habían partido en el
verano de 1190, pero su avance era tan pausado como un crucero en yate. Las
largas demoras en Mesina y en Chipre —la sometimiento de la primera y la conquista
de la segunda—, así como el matrimonio con Berengaria, son hechos históricos
bien conocidos, pero estuvieron a punto de provocar la destrucción del ejército
ante Acre. Una luna de miel en Chipre fue una extraña forma de socorrer a un
campamento que se moría de hambre. El rey de Francia fue el primero en llegar.
Fue recibido en Semana
Santa «con himnos, cantos y un torrente de lágrimas, como si fuera un ángel de
Dios». Inmediatamente instaló sus máquinas de asedio y, en mayo, la ciudad fue
asaltada con renovada energía. El canciller de Saladino relata en una carta
cómo los francos atacaron con torres de madera, catapultas de piedra, arietes y
otras máquinas de asedio; cómo se esforzaban de día por derribar las murallas y
de noche trabajaban sin descanso en las trincheras, rellenando el foso,
colocando escaleras de asalto, sin desistir ni de día ni de noche. Comenzaron a
construir un dique de tierra, que era como una muralla, con torres redondas, y
que se reforzó con madera y piedras. Partía de su campamento y, a medida que
avanzaba, excavaban la tierra por detrás y la arrojaban por delante,
empujándolo así hasta situarlo a media distancia de un tiro de arco de las
murallas. Ni las piedras ni el fuego surtían el más mínimo efecto sobre él.
Pero, aunque presionaba el asedio con vigor, Felipe esperó cortésmente la llegada
de Ricardo antes de iniciar el asalto general.
La forma en que Corazón
de León zarpó por fin de Chipre hacia Acre, y cómo el asedio se coronó de
éxito, se puede leer mejor en el «Itinerario de Ricardo» contemporáneo, que,
por muy parcial que sea a favor del héroe de Inglaterra, presenta el relato más
detallado y pintoresco del gran asedio que poseemos.
«Y así, una vez
concluidos estos asuntos, Ricardo dirigió de inmediato sus pensamientos hacia
su travesía [hacia Tierra Santa]; y, tras haber dispuesto su equipaje, zarpó
con viento favorable... ¡Y he aquí que se difundió la noticia de que Acre
estaba a punto de ser tomada! Al oírlo, el rey, con un profundo suspiro, rezó a
Dios para que la ciudad no cayera antes de su llegada, pues, dijo, tras un
asedio tan prolongado, nuestro triunfo debería ser, si Dios quiere, de una
gloria excepcional. Entonces, con gran prisa, subió a bordo de una de las
mejores y más grandes de sus galeras en Famagusta; y,
impaciente ante cualquier retraso, como siempre, siguió adelante sin desviarse,
aunque otras galeras mejor equipadas le seguían por todos lados. Y así,
mientras surcaban el mar a toda prisa, divisaron por primera vez aquella Tierra
Santa de Jerusalén. El castillo de Margat fue lo primero que les llamó la
atención; luego, Tortosa, situada a orillas del mar; Trípoli, Nefín, Botrón y, poco después, la altísima torre de Gibeleth. Por fin, a este lado de Sidón, cerca de Beirut,
divisaron a lo lejos un barco repleto de los guerreros más selectos de
Saladino, la flor y nata de todo su reino pagano, y destinado a llevar ayuda a
los sitiados en Acre. Al ver que no podían dirigirse directamente a Acre debido
a la proximidad de los cristianos, los sarracenos se retiraron un poco mar
adentro y esperaron el momento oportuno para irrumpir de improviso en el
puerto. Ricardo, que se había fijado en el barco, llamó a uno de sus remeros de
galera, Peter des Barres, y le ordenó que remara a toda prisa y averiguara
quién lo comandaba. Le trajeron la noticia de que pertenecía al rey de Francia;
pero Ricardo, al acercarse con impaciencia, no pudo oír ninguna palabra en
francés ni ver ningún estandarte o bandera cristiana. A medida que se acercaba,
comenzó a sorprenderse por su tamaño y su construcción firme y sólida. Y es que
lucía tres mástiles de gran altura y sus costados, de acabado pulido, estaban
adornados aquí y allá con pieles verdes o amarillas. A ello se sumaba que
estaba tan bien equipado con todo el pertrecho necesario y tan bien provisto de
provisiones de todo tipo que no dejaba lugar a mejoras...
«Por orden del rey, una
galera partió en persecución de la extraña embarcación a toda velocidad. Al ver
esto, sus marineros comenzaron a lanzar flechas y dardos contra la tripulación
de la galera, que se había puesto a su lado sin ofrecer ningún saludo. Al darse
cuenta de ello, Ricardo dio la orden de un ataque inmediato. Por ambos lados,
los proyectiles caían como lluvia y la extraña nave avanzaba ahora a menor
velocidad, pues los remeros tuvieron que cejar en su esfuerzo y no soplaba
mucho viento. Y, sin embargo, por mucho que nuestros galereros dieran vueltas
alrededor del enemigo, no encontraban una buena oportunidad para atacar; tan
sólida era la construcción de la embarcación y tan bien estaba tripulada por
guerreros, que no cesaban de lanzar sus dardos sin pausa alguna... Nuestros
hombres comenzaron a vacilar y relajaron sus esfuerzos, preguntándose qué
consideraría el incomparable valor del propio rey Ricardo, el invicto, como la
mejor estrategia en estas circunstancias. Pero él gritó con audacia a sus
propios hombres lo siguiente:
¡¿Qué?! ¿Vais a dejar
que esa nave se escape ilesa y sin un rasguño? ¡Qué vergüenza! Después de
tantos triunfos, ¿vais a dejar que la pereza se apodere de vosotros ahora y
cedáis como cobardes?
Nunca, mientras quede algún enemigo,
debéis buscar el
descanso.
Todos vosotros sabéis
muy bien que mereceréis ser colgados en la horca y ejecutados si permitís que
estos enemigos escapen.
«Al oír estas palabras,
nuestros galeotes, haciendo de la necesidad virtud, se lanzaron con ímpetu al
mar y, situándose bajo la nave enemiga, ataron el timón con cuerdas para hacer
que la embarcación se inclinara hacia un lado e impedir su avance. Otros,
acercándose a la borda con gran destreza y perseverancia, se agarraron al
cordaje y saltaron a bordo. Los turcos estaban preparados para esto y los
mataron sin demora, cortándole los brazos a uno, las manos o la cabeza a otro,
y arrojando los cadáveres al mar. Esta visión infundió mayor valor a los demás
cristianos… de modo que, trepando por las amuradas del barco, se abalanzaron
sobre los turcos y no dieron cuartel a quienes ofrecían resistencia alguna.
«Pero los turcos,
envalentonados por la desesperación, hicieron todo lo posible por repeler a los
galeotes y lograron cortar un pie por aquí, una mano o una cabeza por allá;
mientras que sus oponentes, tensando todos sus nervios, hicieron retroceder a
los turcos hasta la misma proa del barco. Ante esto, otros turcos salieron
precipitadamente de la bodega del barco y, uniéndose en un solo cuerpo con sus
compañeros, opusieron una tenaz resistencia, decididos a morir con valentía o a
repeler a sus adversarios como hombres. Pues estos eran la flor y nata de la
juventud turca: una banda experta en hazañas bélicas y bien armada. Así
continuó la lucha y cayeron guerreros por todas partes en ambos bandos hasta
que, al fin, los turcos, presionando con mayor vigor, hicieron retroceder a
nuestros hombres y los obligaron a abandonar el barco. En consecuencia,
nuestros remeros se dirigieron a sus propias galeras y volvieron a remar
alrededor del barco, buscando un lugar adecuado para el ataque.
«Mientras tanto, el rey,
al darse cuenta del peligro que corrían sus hombres y al ver que no sería fácil
apoderarse del buque turco con todas sus armas y provisiones intactas, dio
orden de que cada una de sus galeras embistiera al enemigo con su proa. Así,
las galeras, tras retroceder un trecho, se lanzaron una vez más hacia delante
impulsadas por numerosos remos para perforar los costados del enemigo. Gracias
a estas tácticas, el barco quedó abollado de inmediato y, al abrirse una brecha
por la que entraban las olas, comenzó a hundirse; mientras tanto, los turcos,
para evitar hundirse con su embarcación, saltaron por la borda al mar, donde
fueron asesinados o se ahogaron. El rey, sin embargo, perdonó la vida a treinta
y cinco de ellos, a saber, los emires y los expertos en la fabricación de
máquinas de guerra. Todos los demás perecieron; el armamento se perdió, y las
«serpientes» se ahogaron o quedaron a la deriva aquí y allá entre las olas del
mar.
«De haber llegado ese
barco sano y salvo a Acre, los cristianos nunca habrían tomado la ciudad. Así
fue como Dios trajo la desgracia sobre los infieles, mientras que a los
cristianos que confiaban en él les prestó ayuda de la mano del rey Ricardo,
cuyos esfuerzos bélicos prosperaron sin interrupción...
«Tras destruir este
barco, el rey Ricardo y toda su comitiva se apresuraron con alegría y
entusiasmo hacia Acre, donde él anhelaba estar. Gracias a un viento favorable,
ya a la noche siguiente su flota echó el ancla frente a Tiro. A primera hora de
la mañana siguiente izó velas una vez más, y no había avanzado mucho cuando
avistó aquel lugar que hemos mencionado antes: Scandalion;
desde allí, pasando por Casal Imbert, se alzaba en la distancia la altísima
torre de Acre, y luego, poco a poco, las demás fortificaciones de la ciudad.
«Acre estaba entonces
rodeada por todos lados por un número infinito de personas procedentes de todas
las naciones cristianas bajo el cielo: los guerreros elegidos de todas las
tierras cristianas, hombres bien preparados para afrontar los peligros de la guerra...
Más allá de ellos se extendía un ejército innumerable de turcos que pululaban
por las montañas y los valles, las colinas y las llanuras, y que tenían sus
tiendas, resplandecientes con emblemas de todo tipo, plantadas por doquier.
Nuestros hombres también podían ver los dos leones de Saladino y los de su
hermano Saphadin, así como los de Takadin, el campeón
de la paganidad. El propio Saladino vigilaba las
costas y los puertos sin dejar, sin embargo, de urdir frecuentes y feroces
ataques contra los cristianos. El rey Ricardo, al asomarse, calculó el número
de sus enemigos; y al llegar al puerto, el rey de Francia, junto con los jefes
de todo el ejército, todos los señores y hombres poderosos, le dieron la
bienvenida con alegría y júbilo, pues llevaban mucho tiempo esperando
ansiosamente su llegada. Fue el [8 de junio], el sábado anterior a la fiesta
del beato apóstol Bernabé, en la semana de Pentecostés, cuando el rey Ricardo,
junto con sus seguidores, llegó a Acre. A su llegada, toda la tierra se
conmovió con la alegría exultante de los cristianos. Todo el pueblo estaba en
éxtasis, gritando felicitaciones y tocando trompetas. Lo llevaron a tierra
entre gritos de júbilo; y hubo gran alegría porque había llegado el anhelado
por todas las naciones...»
Desde el inicio de la
campaña, Saladino había vuelto a tomar posiciones en la colina de el-Ayyadiya (5 de junio), desde donde lanzaba ataques diarios
contra las trincheras enemigas. La guarnición se veía sometida a una fuerte
presión; la labor diaria de limpiar el foso de los cadáveres de caballos y
hombres con los que los francos lo llenaban, sumada a la lucha constante por
repeler a las partidas de asalto y destruir las máquinas, los había agotado; y
el objetivo principal de Saladino era desviar la atención de los enemigos hacia
la retaguardia acosando sin cesar las trincheras del campamento, día y noche,
con el fin de aliviar a la guarnición. Aún no contaba con todas sus fuerzas,
aunque las tropas del norte de Siria se habían reunido con él a principios de
mes; pero a finales de junio recibió importantes refuerzos tanto de Egipto como
de Mesopotamia. Era incansable a la hora de reclutar nuevos soldados, y sus
despachos están llenos de reproches por el apoyo tibio de los príncipes
musulmanes a la Guerra Santa. Llegó incluso a enviar una embajada al califa
almohade de Marruecos para solicitar su ayuda.
Apenas había
desembarcado Ricardo cuando cayó enfermo con la fiebre del país, que los
francos llamaban «Amoldia»: pero «no obstante,
durante todo el transcurso de su enfermedad continuó con la construcción de sus
catapultas de piedra y mangoneles, así como con la
erección de un castillo frente a la puerta de la ciudad» —como la torre «Mate
Griffon» o «Kill Greek», que había instalado con éxito contra Mesina y que
ahora había traído a Acre—. Felipe también cayó enfermo de la misma manera,
pero fue el primero en recuperarse.
«Cuando el rey de
Francia se recuperó de su enfermedad, se dedicó a preparar sus máquinas de
guerra y a instalar sus catapultas de piedra en los lugares adecuados, desde
donde las mantenía en funcionamiento día y noche. Contaba con una máquina de
guerra muy eficaz llamada «El Mal Vecino»; y, dentro de la ciudad, los turcos
tenían otra a la que llamaban «El Mal Pariente», con cuya ayuda conseguían con
frecuencia destruir al «Mal Vecino». El rey de Francia, por su parte, no dejaba
de reconstruir esta última máquina hasta que, a base de golpes constantes,
logró derribar en parte la muralla principal de la ciudad y destrozar la Torre
Maldita. Por un lado, la catapulta del duque de Borgoña también solía
funcionar, y no sin efecto; por el otro, la de los templarios causaba grandes
daños a los turcos, mientras que la de los hospitalarios —igualmente temida por
los turcos— no dejaba de funcionar en ningún momento. Además de todas estas,
había una catapulta, construida con fondos comunes, a la que solían llamar «la
catapulta de Dios». Cerca de ella, un sacerdote, hombre de la mayor integridad,
predicaba sin cesar y, al mismo tiempo, pedía limosna para su reconstrucción o
para pagar a quienes recogían las piedras que lanzaba. Sus golpes hacían
temblar la muralla cercana a la Torre Maldita en un tramo de dos perchas.
El conde de Flandes
también poseía una catapulta de lo más selecta, por no hablar de otra más
pequeña. El rey Ricardo se hizo con la primera tras la muerte del conde. Estas
dos catapultas no cesaban de disparar contra una torre cercana a una de las
puertas, muy frecuentada por los turcos, hasta que quedó medio derruida.
Además, el rey Ricardo había mandado fabricar otras dos nuevas catapultas de
material y factura extraordinarios, y estas alcanzaban su objetivo a una
distancia increíble. También había construido una máquina de la más sólida
construcción a base de vigas. Tenía escalones incorporados para subir a ella y
se la conocía comúnmente como el campanario. Esta máquina estaba
recubierta de pieles bien ajustadas, cuerdas y robustos tablones de madera,
para que no quedara destruida por los impactos de las catapultas ni siquiera
por el fuego griego. [Ricardo] también había preparado dos mangoneles,
uno de ellos de tal potencia que podía lanzar su proyectil hasta el centro
mismo del mercado de la ciudad.
«Las catapultas del rey
Ricardo funcionaban día y noche, y es un hecho conocido que una sola piedra
lanzada desde una de las máquinas de este rey mató a doce hombres. Esta piedra
fue enviada a Saladino para que la examinara. Los mensajeros que la llevaron
dijeron que aquel demonio, el rey de Inglaterra, había traído de la ciudad
capturada de Mesina [una reserva de] tales piedras de mar y piedras de gran
brillo para ejecutar a los sarracenos. Nada —continuaron— podía resistir los
golpes de estas piedras sin quedar destrozado o reducido a polvo. Mientras
tanto, el rey, cuya fiebre empeoraba, yacía en su lecho, enfureciéndose
profundamente al ver a los turcos desafiando a nuestros hombres, mientras su
enfermedad le impedía atacarlos. Pues los constantes ataques de los turcos le
causaban dolores más agudos que los más ardientes espasmos de su fiebre.
«Acre parecía una ciudad
muy difícil de tomar, no solo por la fortaleza natural de su posición, sino
también porque estaba defendida por las tropas turcas más selectas. De nada
sirvió que los franceses se hubieran esforzado tanto en construir máquinas de
guerra y artilugios para derribar las murallas; pues los turcos, con una
repentina descarga de fuego griego, destruían todo lo que sus enemigos habían
preparado, sin importar a qué precio, y lo consumían por completo con el fuego.
Entre las demás máquinas fabricadas por el rey de los franceses había una que
había construido con sumo esmero. Estaba destinada a escalar las murallas y,
por esta razón, se llamaba «El Gato», porque, tras trepar a la manera de un
gato, se agarraba a la muralla y se aferraba firmemente a ella. También había
terminado otro artilugio formado por vallas muy sólidamente unidas entre sí con
ramitas, y a esto el pueblo solía llamarlo «circleia». Bajo esta pequeña estructura de vallas, cubierta con pieles en bruto, el rey
solía sentarse, disparando con ansiedad dardos con su ballesta y esperando la
oportunidad de alcanzar a algún turco descuidado en las almenas de la ciudad».
Estas máquinas causaron
estragos en las defensas de Acre; las murallas comenzaron a desmoronarse y la
guarnición, agotada por las vigilias incesantes, envió mensajes desesperados a
Saladino ante la gravedad de su peligro. En respuesta, parece que no perdió
ninguna oportunidad de atacar el campamento del enemigo y desviar su atención
de la ciudad. La guarnición tocaba los tambores para avisar de que estaban
siendo asaltados; los tambores de Saladino respondían al instante, y sus tropas
cargaban de inmediato contra las trincheras de los francos. Se tiene constancia
de tales ataques los días 14 y 17 de junio; los sarracenos irrumpieron en las
fortificaciones de tierra y saquearon parte del campamento; el enemigo se
retiró apresuradamente de las murallas de la ciudad; los enfrentamientos se
prolongaron hasta la noche, momento en el que cada bando se replegó a su
posición. Sin embargo, el intento más feroz contra el campamento tuvo lugar los
días 2 y 3 de julio, cuando la guarnición llegó a amenazar con rendirse a menos
que Saladino pudiera salvarlos. Así se describe en el «Itinerario»:
«Sucedió entonces que un
día, mientras los franceses se acercaban demasiado a las murallas en su afán
por colocar la catapulta, los turcos arrojaron un montón de leña seca
desde las murallas sobre la catapulta. A continuación, sin demora
alguna, lanzaron una gran cantidad de fuego griego sobre la «circleia» que se había preparado con tanto esmero. Tras
esto, instalaron una catapulta, apuntando al mismo lugar, cuando, ¡he aquí!, de
repente todo quedó en llamas o fue destruido por los impactos de la catapulta.
Ante esto, el rey de Francia, enloquecido por la ira, comenzó a maldecir con
horribles juramentos a todos los que estaban bajo su dominio y a reprenderlos
con vergonzosos reproches por no vengarse de los sarracenos que le habían
infligido tal agravio. En el fragor de su ira, al caer la tarde, proclamó un ataque
para el día siguiente por boca del heraldo.
«A primera hora de la
mañana siguiente, se apostaron guardias selectos en los fosos exteriores para
repeler ataques repentinos de los sarracenos [del exterior]. Y es que Saladino
se había jactado de que ese mismo día cruzaría las trincheras con toda su fuerza
y demostraría su valor, para la destrucción de los cristianos. Pero no cumplió
su palabra; pues él no acudió en persona, sino que su feroz y tenaz ejército,
al mando de su lugarteniente Kahadin [Taki-ed-din],
lanzándose en grandes masas contra las trincheras, se topó con la valiente
resistencia de los franceses. Hubo una matanza considerable en ambos bandos.
Los turcos, desmontando, avanzaron a pie. La lucha se libró cuerpo a cuerpo con
espadas desenvainadas, dagas y hachas de doble filo, por no hablar de las
porras que se erizaban de dientes afilados. Los turcos presionaban; los
valerosos cristianos los hacían retroceder; cada bando se desataba con doble
furia, pues era época de calor estival.
«La parte del ejército
destinada a tomar la ciudad siguió lanzando dardos, socavando las murallas,
abriéndose paso con máquinas de asalto o arrastrándose para escalar las
murallas. Los turcos, temiendo el valor de estos asaltantes, hicieron señales a
sus compañeros del exterior alzando en alto el estandarte de Saladino, con la
esperanza de que [sus amigos] acudieran en su ayuda de inmediato o desviaran al
enemigo con un ataque [por la retaguardia]. Al ver esto, Kahadin y sus turcos, avanzando con todo su ímpetu, llenaron el foso, pero se
encontraron con la resistencia de nuestros hombres, que, gracias a Dios, se
mantuvieron firmes como un muro impenetrable. Mientras tanto, los excavadores
del rey de Francia, abriéndose paso gradualmente por pasadizos subterráneos,
llegaron hasta los cimientos mismos de las murallas y rellenaron la brecha que
habían abierto con troncos, a los que prendieron fuego. Entonces, cuando el
fuego consumió las vigas que sostenían la muralla, una gran parte de esta
cedió, inclinándose poco a poco, pero sin derrumbarse por completo. Muchísimos
cristianos corrieron hacia ese lugar con la esperanza de entrar, mientras que
los turcos se acercaron para hacerlos retroceder. ¡Oh! Cuántos estandartes y emblemas
de las más diversas formas se podían ver entonces, por no hablar del [valor]
desesperado de los turcos al lanzar fuego griego contra nuestros hombres. Por
un lado, los franceses acercaron escaleras e intentaron escalar la muralla que
aún no se había derrumbado por completo; por otro, los turcos utilizaron
escaleras para defender la brecha...»
Durante este ataque,
el-Adil había liderado en vano dos valientes cargas, y el propio Saladino había
ido de batallón en batallón, lanzando su grito de guerra y animando a sus
hombres. Al mirar hacia la ciudad, vio la terrible crisis y el peligro en que se
encontraba la guarnición que luchaba, y se le llenaron los ojos de lágrimas
mientras cargaba una y otra vez. En todo ese día no ingirió ningún alimento, y
nada pasó por sus labios salvo el medicamento que el médico le obligó a tomar.
Mientras tanto, el asalto se volvía cada vez más feroz.
«El rey Ricardo… mandó
construir una especie de cobertizo de mimbre (comúnmente llamado circleia) y lo hizo llevar hasta el foso
situado fuera de la muralla de la ciudad. Bajo su protección se colocaron sus
ballesteros más hábiles; mientras que, para animar a sus propios hombres para
el combate y desmoralizar a los sarracenos con su presencia, se hizo llevar
hasta allí sobre cojines de seda. Desde esa posición manejaba una ballesta, en
cuyo manejo era muy hábil, y mató a muchos enemigos con los dardos y flechas
que disparaba. También sus mineros, al acercarse a la torre contra la que se
estaban apuntando sus catapultas, a través de un pasadizo subterráneo excavado
hasta los cimientos, rellenaban los huecos que abrían con troncos de madera, a
los que prendían fuego, provocando así que los muros, que ya habían sido
sacudidos por las catapultas, se derrumbaran con un estruendo repentino...
«Por fin, cuando la
torre había caído derribada ante los golpes de nuestras catapultas y los
hombres del rey Ricardo comenzaron a dejar de excavar, nuestros hombres de
armas, en su ansia de fama y victoria, comenzaron a ponerse las armas. Entre
sus estandartes se encontraban el del conde de Leicester, el de Andrew de
Chavigny y el de Hugh Brown. También se presentó el obispo de Salisbury,
ataviado con la mayor nobleza, y muchos más. Era aproximadamente la tercera
hora, es decir, a la hora del desayuno, cuando estos valerosos hombres
de armas comenzaron su labor, lanzándose a asaltar la torre, que escalaron con
audacia de inmediato. Los centinelas turcos, al verlos, lanzaron un grito, y
¡he aquí que toda la ciudad se vio pronto en alboroto! Los guerreros turcos,
empuñando apresuradamente sus armas, acudieron en masa y se abalanzaron sobre
los asaltantes. Los hombres de armas se esforzaban por entrar; los turcos, por
hacerlos retroceder. Enredados en una masa confusa, lucharon cuerpo a cuerpo,
mano contra mano y espada contra espada. Por un lado los hombres golpeaban, por
otro caían. Nuestros hombres de armas eran pocos, mientras que el número de
turcos no dejaba de aumentar. Los turcos también lanzaron fuego griego contra
sus enemigos, lo que al fin obligó a los hombres de armas a retirarse y
abandonar la torre, donde algunos de ellos fueron asesinados con armas y otros
quemados por aquel fuego tan mortífero. Por fin, los pisanos, ávidos de fama y
venganza, treparon a la propia torre con un gran esfuerzo; pero, por muy
valientemente que se comportaran, también ellos tuvieron que retirarse ante el
embate de los turcos, que se abalanzaban como enloquecidos. Nunca ha habido un
pueblo como estos turcos en cuanto a destreza en la guerra.
«Aunque sus murallas
estaban en parte derrumbadas y en parte resquebrajadas, y aunque gran parte de
los habitantes habían sido asesinados o estaban debilitados por las heridas,
aún quedaban en la ciudad 6.000 turcos. Entre ellos se encontraban los líderes, Mestoc [el-Meshtub] y Caracois [Karakush], que
empezaban ya a perder la esperanza de recibir ayuda... Así pues, de común
acuerdo y tras deliberar, los sitiados suplicaron una tregua mientras enviaban
un mensaje a Saladino informándole de su difícil situación, con la esperanza de
que, de acuerdo con sus costumbres paganas, él garantizara su seguridad —como
debía hacer— enviándoles ayuda rápida u obteniendo permiso para que abandonaran
la ciudad sin deshonra. Para obtener este favor, estos dos nobles sarracenos,
los [guerreros] más renombrados de todo el paganismo, Mestoc y Caracois, acudieron a nuestros reyes, prometiendo
entregar la ciudad si Saladino no les enviaba ayuda rápida. Estipularon, sin
embargo, que todos los turcos sitiados tuvieran libertad para ir adonde
quisieran con sus armas y todos sus bienes. El rey de Francia y casi todos los
franceses aceptaron esto; pero el rey Ricardo se negó rotundamente a ni
siquiera considerar la posibilidad de entrar en una ciudad vacía tras un asedio
tan largo y penoso. Por lo tanto, al percibir la postura del rey Ricardo, Caracois y Mestoc regresaron a
Acre sin cerrar el acuerdo. Saladino, por su parte, tras recibir a los enviados
de los sitiados, les instó a resistir con firmeza, con la certeza de que en
breve les enviaría una ayuda eficaz. Declaró que tenía noticias fiables de la
llegada de un poderoso ejército de guerreros procedentes de Babilonia [es
decir, El Cairo] en barcos y galeras».
El socorro ya había
llegado. Saladino recibió frecuentes refuerzos a finales de junio y principios
de julio. El día 25 llegaron los reclutas de Sinjar;
luego, una fuerte fuerza procedente de Egipto; al día siguiente llegó el señor
de Mosul con su división; el día 28, más tropas de Egipto; el 9 de julio llegó
el príncipe de Sheyzar con sus árabes; el día 10, Dolderim con una gran escuadra de turcomanos a sueldo de Saladino; el día 11, el joven
príncipe de Hamá. Sin embargo, a pesar de todo este
ejército de sarracenos a su alrededor, Acre se rindió el día 12. Tras una
magnífica defensa de casi dos años, ¡la guarnición depuso las armas ante la
vista de un gran ejército de socorro que aún no había conocido la derrota! Es
más, parecía que incluso los espíritus de los héroes caídos intentaban en vano
prestar una ayuda misteriosa a la ciudad sitiada. Por la noche se oyó dentro de
las murallas un estruendo poderoso, como el pisar de muchos hombres armados.
Los puestos avanzados cristianos se alzaron en armas y, asombrados, percibieron
como si un regimiento entrara por las puertas, ataviado con túnicas verdes;
pues tal es el aspecto de los mártires del Islam que moran en el Paraíso. Ni
siquiera las almas de los fieles pudieron infundir fe en el pueblo presa del
pánico.
La historia de esta
rendición, sin embargo, no es difícil de entender. Las grandes fuerzas y las
máquinas de asedio perfeccionadas que los reyes de Inglaterra y Francia habían
desplegado contra la ciudad la hacían insostenible: solo podía ser rescatada desde
el exterior. El ejército de Saladino parecía lo suficientemente numeroso para
cualquier tarea que se le encomendara; sin embargo, era evidente que no podía
luchar contra las fortificaciones de tierra. Algunos líderes audaces pudieron
abrirse paso entre las tiendas, pero el campamento atrincherado del enemigo
nunca fue realmente tomado por los sarracenos. Algunos de los hombres de
Saladino incluso se amotinaron, se negaron a atacar y lo acusaron de «arruinar
el islam».
Convencida de que
Saladino no podría romper el anillo de hierro que los rodeaba, la guarnición no
preveía más que una masacre. Resistir mucho más tiempo era imposible. Tres
emires destacados lograron escapar cobardemente por la noche. Se desató el
pánico. Algunas de las personas aterrorizadas se arrojaron desde las almenas;
otras huyeron al campamento enemigo y suplicaron que las bautizaran. Karakush, el gobernador de la ciudad, y el-Meshtub («Le Balafre»), el
comandante de la guarnición, decidieron negociar. Se dirigieron al campamento
cristiano el 4 de julio, pero se les denegó la capitulación. Saladino no estaba
de acuerdo con ello: instó a la resistencia y prometió socorro. A la mañana
siguiente, el día 5, tenía a su ejército listo para la ofensiva, pero la
guarnición no cumplió con su parte. El día 7, un nadador trajo un mensaje
desesperado: «Hemos jurado morir juntos; lucharemos hasta que nos maten; y no
entregaremos esta ciudad mientras vivamos. Ocupaos de distraer al enemigo y de
impedir que nos ataque... Nuestra hora ha pasado». Era una última súplica. Aún así, no llegó ningún socorro y, el día 12, a pesar de
su desesperada determinación, el mismo nadador trajo el mensaje de que la
guarnición había capitulado. Saladino se encontraba precisamente preparando una
respuesta, en la que denunciaba los términos del tratado, cuando de repente las
banderas y las cruces de los francos brillaron sobre las murallas y torres de
la ciudad. Ya estaba hecho; Acre se había rendido sin el consentimiento de su
soberano.
«Así, el viernes
siguiente a la traslación del beato Benito [12 de julio], los emires más ricos
y nobles fueron ofrecidos y aceptados como rehenes, concediéndose un mes para
la restitución de la Santa Cruz y la recogida de los cristianos cautivos.
Cuando se dio a conocer la noticia de esta rendición, la multitud irreflexiva
se llenó de ira; pero los más sensatos se alegraron mucho de haber conseguido
tan rápidamente y sin peligro lo que antes no habían podido obtener en tanto
tiempo. Entonces los heraldos hicieron un edicto en el que se prohibía a
cualquiera insultar a los turcos con palabras o con hechos. No se debía lanzar
ningún proyectil contra las murallas ni contra los turcos si por casualidad
aparecían en las almenas. Aquel día, cuando esos famosos turcos, de tan
maravilloso valor y excelencia guerrera, comenzaron a pasearse por las murallas
de la ciudad con sus espléndidos atuendos, antes de su partida, [nuestros
hombres] los contemplaban con la mayor curiosidad. Quedaron asombrados ante el
aire alegre de unos hombres que abandonaban su ciudad casi sin un céntimo y a
quienes solo la más severa necesidad había llevado a suplicar clemencia;
hombres a quienes la derrota no abatía y cuyos rostros no delataban timidez
alguna, sino que incluso lucían una expresión de victoria...
«Por fin, cuando todos
los turcos hubieron abandonado Acre, los cristianos entraron en la ciudad con
alegría y regocijo, glorificando a Dios en voz alta y dándole gracias por haber
magnificado su misericordia hacia ellos y haber traído la redención a su pueblo.
Así, los reyes colocaron sus estandartes y diversas insignias en las murallas y
torres; mientras que la ciudad, junto con todo lo que contenía en cuanto a
víveres y armas, se repartió a partes iguales entre ellos.
También hicieron
recuento de los cautivos y se repartieron el botín a partes iguales. Al rey de
Francia le correspondieron los nobles de Caracó y una
gran multitud de otras personas; al rey Ricardo, Mestoc y muchos más. Además,
al rey de Francia le correspondió el noble palacio de los Templarios con todos
sus anexos, mientras que el palacio real recayó en manos del rey Ricardo, quien
instaló allí a las dos reinas con sus doncellas y sirvientes. Así, cada rey
dispuso en paz de su propia parte de la ciudad, mientras que el ejército se
distribuyó por toda su extensión, disfrutando de un agradable descanso tras un
asedio tan largo y continuo».
La rendición de Acre
tomó por sorpresa a Saladino, pero su ira se despertó más por las condiciones
que se habían acordado a sus espaldas que por el acto en sí. Evidentemente, se
había dado cuenta de que la ciudad no podría resistir mucho más tiempo y de que
su ejército no podía ni romper las trincheras enemigas ni atraerlas a una
batalla campal. Mientras tuvo que lidiar con Guy de Lusignan y los francos de
Palestina, nunca había pensado en una tregua; pero la llegada de los dos reyes
cambió la situación, y se dispuso a negociar. La primera propuesta, sin
embargo, partió de Ricardo. El rey de Inglaterra había enviado un mensaje muy
poco después de desembarcar para solicitar una entrevista personal. Era propio
de su carácter franco y marcial desear encontrarse cara a cara con el hombre
cuyo valor y grandeza de corazón resonaban incluso en el campamento cristiano.
Pero Saladino rechazó la reunión: no era conveniente, dijo, que unos reyes en
guerra entre sí se reunieran en conversación amistosa hasta que hubiera un
tratado de paz realmente en marcha. Es posible que temiera dejarse llevar en
exceso por la presencia viril y los modales caballerosos del héroe cuyas
hazañas él también había oído tanto; lo más probable es que su respuesta fuera
una tanteo de cara a la paz.
Otros enviados llegaron
desde el campamento inglés durante la enfermedad del rey. Se concertó un
encuentro entre Ricardo y el-Adil; debía tener lugar en medio de la llanura
entre los dos campamentos, pero la enfermedad del rey pospuso la entrevista. Se
intercambiaron algunas ocurrencias entre el embajador y el hermano del sultán,
sobre un regalo de halcones que Ricardo deseaba ofrecer a Saladino y las aves
que este exigía a cambio, y cada uno intentaba descubrir qué pretendía el otro.
El 1 de julio, el propio Saladino recibió al enviado y a su intérprete magrebí.
«Todas estas entrevistas», dice Baha-ed-din, «tenían
por objeto averiguar nuestro estado de ánimo, nuestra fuerza y nuestra
debilidad». Sin duda, fue para facilitar estas negociaciones por lo que
los francos suspendieron el bombardeo durante tres días. Los embajadores
volvieron el día 4, pidiendo fruta y nieve; y se anunció que el maestre de los
Caballeros de San Juan acudiría al día siguiente para negociar la paz. En su
lugar llegaron tres enviados, que mantuvieron una reunión de una hora con
el-Adil, pero no se llegó a ningún acuerdo. El día 6 hubo una nueva discusión,
pero las condiciones cristianas eran demasiado duras. Saladino mantuvo a su
ejército en formación de batalla y amenazó a los francos tanto como se atrevió,
para inducirlos a rebajar sus exigencias. Pero hasta el día 11, «se mantuvieron
firmes, sin estar dispuestos a hacer la paz ni a conceder una capitulación a
los ciudadanos, a menos que se liberara a todos los prisioneros que estaban en
manos de los musulmanes y se les devolvieran las ciudades de la costa. Se
propuso (por nuestra parte) entregar la ciudad y todo lo que había en ella,
salvo sus defensores, pero no aceptaron; y ofrecimos además la Cruz de la
Crucifixión, pero tampoco aceptaron».
Al día siguiente llegó
la noticia de que la guarnición había capitulado en los siguientes términos:
(1) la entrega de Acre con todo su contenido, barcos, provisiones y material de
guerra; (2) el pago de 200 000 piezas de oro a los francos; (3) Se entregarían
1 500 prisioneros, junto con 100 prisioneros de rango; (4) se les devolvería la
Vera Cruz; (5) se pagarían 4 000 piezas de oro al marqués de Montferrat.
Bajo estas condiciones,
los habitantes quedarían en libertad, sin sufrir ningún tipo de acoso, y
podrían llevarse consigo a sus familias y las pertenencias personales que
pudieran transportar.
Condiciones como estas
resultaban, naturalmente, repugnantes para el sultán, que aún estaba al frente
de un poderoso ejército que no había perdido ninguna batalla desde la derrota
de Ramla catorce años antes. Los términos habían sido negociados por los oficiales
de Saladino, y él no los rechazó; pero se trataba del mayor revés que jamás
había sufrido, y no ocultó su dolor. Al no tener ya necesidad de defender la
ciudad, trasladó de inmediato su ejército a Shafraamm y esperó a los comisionados que debían organizar la ejecución del humillante
tratado. Los enviados se desplazaban entre los dos campamentos y visitaban
Damasco, elaborando listas completas de los prisioneros y allanando el camino
para un tratado de paz permanente. Esto se prolongó durante un mes, en el que
los puestos avanzados de ambos ejércitos se enfrentaban sin ningún ánimo
amistoso, y en una ocasión incluso se enzarzaron en una auténtica refriega, en
la que los francos fueron empujados hacia sus trincheras.
Mientras tanto, la
disputa latente entre Felipe y Ricardo había vuelto a estallar; el rey de
Francia padecía una fiebre, como la que acababa de llevarse por delante al
conde de Flandes, y la utilizó como excusa para abandonar la cruzada y regresar
a casa, donde provocaría «confusión en Normandía». Pero si, en palabras de
Corazón de León, «Felipe, en contra de la voluntad de Dios y para eterna
deshonra de su reino, incumplió tan descaradamente su voto», al menos dejó tras
de sí la mayor parte de su ejército, al mando del duque de Borgoña, para
continuar la cruzada. Los franceses, por desgracia, fueron más una fuente de
debilidad que de fortaleza, pues se opusieron al rey de Inglaterra a cada paso,
y en ello contaron con la cordial complicidad de Conrado de Montferrat,
quien se retiró a Tiro el 1 de agosto, al comprobar que sus planes para hacerse
con la corona de Jerusalén no contaban con el respaldo de Ricardo.
«Mientras el rey de
Francia se apresuraba a regresar a casa, el rey Ricardo se ocupaba de la
reparación de las murallas de la ciudad, construyéndolas más altas y más
sólidas que antes. Él mismo recorría constantemente las murallas, animando a
los obreros y albañiles, como si su única misión fuera recuperar la herencia de
Dios. Seguía esperando que llegara el plazo acordado entre él y los turcos,
ocupándose mientras tanto de reunir sus mangoneles y
su equipaje para poder transportarlos. Una vez transcurridas tres semanas desde
el plazo acordado para la devolución de la Santa Cruz y los cautivos —a la
espera de ver si Saladino cumpliría su palabra—, cuando los sarracenos seguían
exigiendo un nuevo aplazamiento, los cristianos comenzaron a preguntar cuándo
llegaría la Santa Cruz. Uno dijo: «¡La Cruz ya ha llegado!». Otro dijo: «Se ha
visto en el ejército de los sarracenos».
(El destino de la
«Verdadera Cruz» es incierto. Cuando fue capturada en la batalla de Hittin, se
describe la madera sagrada como engastada en oro rojo y adornada con perlas y
piedras preciosas. Fue enviada primero a Damasco y luego a Bagdad, donde el califa
la enterró (4 de junio de 1189) bajo el umbral del Bab en-Nuby para que fuera
pisoteada por los pies musulmanes: se podía ver un trozo del oro. Sin embargo,
Baha-ed-din afirma que la «Verdadera Cruz» se exhibió
en el campamento de Saladino en Acre y se incluyó en el primer pago de la
indemnización ofrecida. Cuando se rompieron las negociaciones, esta Cruz fue
enviada a Damasco y expuesta al desprecio en la Mezquita de los Omeyas. Cabe
señalar que, dado que los musulmanes consideran la historia de la crucifixión
una fábula indigna, el desprecio por lo que ellos consideran una falsificación
supersticiosa no implica falta de respeto hacia el nombre venerado de Jesús, a
quien reverencian. Se dice que desde Damasco la Cruz fue enviada como regalo a
Isaac, emperador de Constantinopla. Sin embargo, se cuenta que el obispo de
Salisbury la vio en Jerusalén con permiso de Saladino en septiembre de 1192. Emoul, además, cuenta una curiosa historia sobre un soldado
franco que se propuso encontrarla en el campo de Hittin, en el lugar donde él
mismo la había enterrado con sus propias manos durante la batalla; pero, tras
tres noches excavando, desistió de la búsqueda. El abad de San Elías, en Beyt
Nuba, mostró a Ricardo otro supuesto fragmento. Sin duda, había varias «Cruces
Verdaderas» —y imitaciones—.
Pero todos se vieron
engañados, pues Saladino ni siquiera se había puesto a trabajar en su
restauración; es más, descuidó a los rehenes, con la esperanza de obtener
mejores condiciones si la mantenía en su poder. Y, mientras tanto, no dejaba de
enviar frecuentes obsequios y emisarios, al tiempo que se proponía ganar tiempo
con largas conversaciones y palabras ambiguas.
La Santa Cruz (o una
imitación convincente) se encontraba de hecho en el campamento de Saladino,
pues Baha-ed-din afirma que se mostró a algunos
oficiales ingleses, quienes se postraron devotamente en el polvo. No se puede
ni demostrar ni refutar que Saladino estuviera prolongando las negociaciones
simplemente para ganar tiempo; pero el relato de su secretario parece auténtico
y no confirma la insinuación de mala fe. Según este relato, dichos oficiales
ingleses trajeron, el 2 de agosto, la aceptación por parte de Ricardo de la
propuesta de Saladino de entregar a los prisioneros y el dinero especificados
en el tratado, en tres plazos separados, con intervalos de un mes cada uno. El
primero de estos plazos estaba listo al final del primer mes. Los oficiales
enviados por los francos certificaron que las cifras eran correctas, salvo que
aún no se habían incluido ciertos prisioneros especificados por su nombre. El
11 de agosto vinieron a reclamar lo que se les debía en su totalidad, y
Saladino, para sortear la dificultad, dijo: «O bien nos entregáis a nuestros
compañeros (los cautivos de Acre) y os lleváis lo acordado para este plazo, y
nosotros os daremos rehenes para el cumplimiento de las condiciones restantes;
o bien os lleváis lo que os ofrecemos ahora y nos dais rehenes que retendremos
hasta que nuestros compañeros que están en vuestro poder se reúnan con nosotros».
Los comisionados respondieron: «No haremos eso; pero dadnos lo que se debe para
este plazo y aceptad nuestra promesa de que se os entregarán vuestros hombres».
A esto Saladino no accedió; ya tenía demasiada experiencia sobre lo que valía
un juramento cristiano. Evidentemente, ninguna de las partes confiaba en la
otra, y la demanda natural de Saladino de alguna garantía de que el
cumplimiento del tratado por su parte fuera seguido de la correspondiente
liberación de los cautivos en Acre fue considerada por los cristianos como una
evasiva. Si damos crédito a la declaración de Baha-ed-din,
no había motivo para esta sospecha; pero, lo creamos o no, no hay excusa ni
atenuante imaginable para la cruel y cobarde masacre que siguió. La horrible
escena es descrita por el cronista, que no oculta su admiración:
«Se dieron entonces
órdenes de decapitar a los rehenes, con la excepción de unos pocos prisioneros
de más alto rango, que tal vez aún pudieran ser rescatados o intercambiados por
cristianos cautivos. El rey Ricardo, siempre ansioso por destruir a los turcos,
por confundir por completo la ley de Mahoma y reivindicar la de Cristo, el
viernes después de la Asunción ordenó que se sacara de la ciudad a 2.700
rehenes turcos y se les decapitara. Y no hubo demora alguna. Los seguidores del
rey se lanzaron adelante, ansiosos por cumplir las órdenes y agradecidos a la
Gracia Divina que les permitía tomar tal venganza por aquellos cristianos a
quienes estos mismos [cautivos] habían asesinado con flechas y dardos».
Cuando el puesto
avanzado sarraceno situado frente a Acre vio cómo sus compatriotas eran
masacrados a sangre fría ante sus propios ojos, se abalanzaron frenéticamente
para impedir la matanza; pero, aunque lucharon hasta la noche, no pudieron
salvarlos. «Solo se había perdonado la vida a quienes eran personas destacadas
o tenían fuerza para trabajar»; y los ancianos y los débiles, al parecer
incluso mujeres y niños, habían sido pasados a cuchillo sin piedad. Tras los
actos casi quijotescos de clemencia y generosidad de Saladino, la crueldad del
rey de Inglaterra resultará asombrosa. Pero a quienes estudian las Cruzadas no
hace falta recordarles que, en esta contienda, las virtudes de la civilización,
la magnanimidad, la tolerancia, la verdadera caballerosidad y la cultura
refinada estaban todas del lado de los sarracenos.
Inmediatamente después
de la masacre, Ricardo se dispuso a marchar por la costa hacia Ascalón, de
camino a la Ciudad Santa, donde Saladino había impartido de forma tan notable
la lección de la misericordia. Resultó muy difícil conseguir que los cruzados se
pusieran en marcha. Nada menos que 300 000 hombres estaban bajo el mando del
rey, pero abandonaron la ciudad «lentamente y de mal humor». «El pueblo,
entregado a la pereza y al lujo, se mostraba reacio a abandonar una ciudad tan
rica en comodidades, es decir, en los vinos más selectos y las doncellas más
bellas. Muchos, por un conocimiento demasiado íntimo de estos placeres, se
volvieron disolutos, hasta el punto de que la ciudad quedó contaminada por su
lujo, cuya glotonería y libertinaje hacían sonrojar a los hombres más
sensatos». La orden de Ricardo de que ninguna mujer, salvo las lavanderas, «que
no pudieran ser motivo de pecado», siguiera al ejército, difícilmente animó el
celo de estos dignos guerreros. Sin embargo, logró reunir a 100 000, a los que alineó
en la víspera de San Bartolomé.
Tras la rendición de
Acre, Saladino se había replegado de inmediato hacia su línea de retirada y
había concentrado su ejército principal en las colinas que dominaban las dos
grandes carreteras: una que conducía al este, hacia Tiberíades y Damasco, y la
otra al sureste, pasando por Nazaret hasta Jerusalén. La colina de Shafraamm dominaba ambas rutas. Ricardo, sin embargo, no
complació a su adversario intentando forzar los pasos; por muy audaz que fuera,
no se arriesgaría a avanzar a través de colinas completamente controladas por
los sarracenos. Eligió la ruta más larga, pero más segura, por la antigua
calzada romana que bordea la costa, donde, si tenía al enemigo en las colinas a
su izquierda, también contaba con la protección del mar y el apoyo de su flota
a su derecha. Su plan consistía en descender por la costa hasta Jaffa y Ascalón
y, tras establecer una base fortificada, avanzar en dirección a Jerusalén. La
distancia hasta Jaffa, en línea recta, era de poco más de sesenta millas; pero
había que vadear ocho ríos, el camino resultaba a menudo difícil debido a la
maleza y la hierba alta, era la época más calurosa del año; y toda la ruta
estaba dominada por una cadena de colinas bajas y boscosas, que ofrecían una
posición estratégica a los sarracenos y que, de haber dispuesto Saladino de
artillería de campaña, habrían hecho la marcha totalmente imposible. Tal y como
estaban las cosas, solo la firme resolución de Ricardo de mantener a sus
hombres en formación cerrada y avanzar tenazmente, sin intentar seguir a los
musulmanes hacia las colinas, le salvó del desastre.
El viernes 22 de agosto,
los francos cruzaron el Belus y acamparon en la orilla sur. Al amanecer del
domingo, Saladino avistó las hogueras del enemigo, lo que anunciaba que estaban
levantando el campamento. Al instante cargó su equipaje y partió hacia la
colina de Keymun, un espolón de la cordillera del
Carmelo, que dominaba la principal carretera del sur que iba desde Acre y Haifa
hacia el interior de Palestina. Los destacamentos que había enviado para
hostigar a los francos le informaron de que el enemigo había cruzado el Kishón y acampado en Haifa. Al parecer, no iban a marchar
hacia el interior. Se desplegó una línea de tropas durante la noche para
vigilar sus movimientos y, a la mañana siguiente, tras dejar un fuerte
destacamento cerca del enemigo, al mando de Jurdik —un emir de confianza del
antiguo estado mayor egipcio de Shirkuh—, el propio Saladino cabalgó a través
de las colinas hacia Cesarea, donde comenzaban los bosques costeros y donde los
francos, si se mantenían en la costa, debían establecer su siguiente campamento.
Allí examinó la configuración del terreno para encontrar una buena posición
para una batalla campal. «Regresó al campamento muy cansado tras la hora de la
oración vespertina» y anunció que los francos seguían en Haifa y que no se
podía hacer nada hasta que se definieran sus movimientos. Al día siguiente pasó
revista a sus tropas y les infundió ánimo con regalos y compensaciones para
aquellos que habían perdido sus bienes y caballos. El día 27 cabalgó tres veces
hacia la costa, en busca de un lugar adecuado para enfrentarse al enemigo, que
rodeaba lentamente el saliente de tierra formado por las estribaciones del
monte Carmelo; y al día siguiente hizo avanzar al ejército para cubrir Cesarea.
Se trajeron prisioneros, quienes le dijeron que los francos estaban esperando
la flota que transportaba sus provisiones. Todos los prisioneros, excepto las
mujeres, fueron ejecutados sin piedad: la crueldad del rey de Inglaterra no
quedaría sin venganza, ni siquiera por parte de Saladino. Dieciocho francos
fueron así ejecutados en un solo día.
Por fin, el día 30,
llegó la noticia de que el enemigo estaba cerca. Los sarracenos seguían cerca
de Cesarea, y Saladino los dispuso de inmediato a lo largo de la línea de
avance. Baha-ed-din se encontraba junto a su señor,
cerca del enemigo, y describe el primer enfrentamiento. Dice que los arqueros
musulmanes poco podían hacer contra la armadura de los francos: «su infantería,
desplegada frente a los jinetes, se mantenía firme como un muro, y cada soldado
de a pie llevaba un grueso gambesón y una cota de malla, tan densos y
resistentes que nuestras flechas no surtían efecto, mientras que sus ballestas
herían tanto a nuestros caballos como a sus jinetes. Vi a soldados con entre
una y diez flechas clavadas en el cuerpo, que seguían avanzando».
Las divisiones más
cercanas a la costa, al no estar expuestas al ataque sarraceno, relevaban por
turnos a los batallones de combate de la izquierda, y los caballeros se
mantenían en el centro, protegidos por la infantería, sin que se les permitiera
cargar. Con esta formación, los cristianos avanzaban con paso firme, luchando
en el flanco izquierdo durante todo el trayecto. «Los arqueros musulmanes los
acosaban e intentaban inducirlos a romper filas, pero los hombres se
controlaron admirablemente y siguieron adelante, sin prisas, con sus barcos
siguiéndolos a lo largo de la costa».
Este enfrentamiento es
representativo de toda la marcha. Los francos avanzaban tenazmente, mientras
que los musulmanes, «como torrentes de montaña que caen en cascada desde las
alturas», los acosaban a cada paso. Se acercaban en pequeños grupos, intentando
tentar a los cruzados para que rompieran su formación impenetrable, pero las
órdenes de Ricardo eran estrictas. Sin embargo, leemos en el «Itinerario» cómo
«el duque de Borgoña y sus franceses, que iban en la retaguardia, avanzaban a
menor velocidad y, debido a su retraso, estuvieron a punto de sufrir una
pérdida terrible. El ejército marchaba con el mar a su derecha, mientras que
desde las alturas de la montaña, a la izquierda, los turcos vigilaban todos
nuestros movimientos… El ejército había llegado ya a un paso estrecho por el
que tenían que pasar los carros de provisiones. Allí, debido a la estrechez del
camino, se produjo cierta confusión y desorden, lo que, al observarlo, los
sarracenos se abalanzaron sobre los caballos de carga y los carros, matando a
hombres y cabalgaduras desprevenidos, saqueando gran parte del equipaje,
abriéndose paso y dispersando a quienes ofrecían resistencia, y empujándolos en
huida y matanza hasta la orilla del mar. Allí ambos bandos lucharon con
valiente coraje por salvar la vida. En esa ocasión, cuando un turco le cortó la
mano derecha a un tal Everard, uno de los hombres del obispo de Salisbury,
este, sin cambiar de expresión, empuñó su espada con la mano izquierda y,
enzarzándose con los turcos, se defendió con firmeza contra todos ellos,
blandiendo su arma».
Entonces el rey Ricardo
acudió al rescate y «se abalanzó contra los turcos, matándolos a diestro y
siniestro con su espada. No hubo vacilación alguna, sino que, a diestro y
siniestro, al igual que antaño los filisteos huían ante los macabeos, así ahora
los turcos se dispersaron y huyeron ante el rey Ricardo hasta alcanzar las
alturas de la montaña, dejando, sin embargo, a algunos de los suyos decapitados
en nuestras manos».
Ricardo, por supuesto,
siempre estaba al frente en estas situaciones de emergencia, «avanzando como un
jabalí» y arrancando cabezas como un indio americano arrancaba cabelleras.
Saladino tampoco se quedaba atrás: a menudo se le veía cabalgando entre las primeras
filas, con las flechas volando a su alrededor y solo un par de mozos con
caballos de repuesto como escolta. Pero no solía luchar en persona y, desde
luego, nunca se enfrentó a Ricardo en el campo de batalla.
Los días eran ahora
insoportablemente calurosos, y ambos bandos sufrían mucho; los francos, poco
acostumbrados al calor, se desmayaban por el camino y muchos morían de
insolación. Pero mantuvieron el ánimo, y cada noche, cuando se disponían a
dormir, un heraldo recorría el campamento gritando en medio de la multitud:
«¡Ayudadnos, Santo Sepulcro!».
«Al oír estas palabras,
toda la multitud se unía al grito, alzando las manos al cielo y, con lágrimas
abundantes, suplicando a Dios ayuda y misericordia. Entonces, por segunda vez,
el heraldo repetía las mismas palabras, exclamando como antes: «sanctum sepulchrum adjuva», tras lo cual todo el ejército repetía las
palabras; del mismo modo, cuando gritaba en voz alta por tercera vez, todos lo
imitaban con la mayor aflicción en el corazón y entre lágrimas».
Mientras tanto, Saladino
había elegido por fin un lugar para una batalla campal. Estaba cerca de Arsuf,
donde las colinas descienden suavemente hacia la costa; los densos bosques de
robles ofrecían refugio hasta un par de millas de la playa, pero aún así había espacio para que maniobrara la caballería.
Allí, si en algún sitio, se podría romper la formación cristiana y detener su
avance. La noticia de que un ejército sarraceno —cuyo tamaño, según los
rumores, se había exagerado hasta alcanzar los 300 000 hombres— esperaba la
batalla parece haber sacudido la fortaleza de los invasores, que calculaban sus
propias filas de forma más modesta, en 100 000. Así, el 5 de septiembre,
Ricardo solicitó una negociación. Estaba cansado de los combates diarios y afligido
por los sufrimientos y las pérdidas de sus tropas.
El-Adil salió a su
encuentro; pero cuando el rey propuso que se firmara la paz a condición de que
los sarracenos devolvieran toda Palestina y se retiraran a «su propio país», el
hermano de Saladino interrumpió con desdén la negociación. No quedaba más remedio
que dejar que la batalla decidiera el resultado. Los francos se encontraban
ahora en Rochetaillie, el «Arroyo de la Hendidura» (Nahr el-Falik), a medio camino entre Cesarea y Jaffa. Allí
descansaron un día, protegidos por el gran pantano de Ramadán, y el día 7
iniciaron la marcha de seis millas por el camino hacia Arsuf. Los sarracenos se
habían apostado en las colinas de la izquierda, entre Rochetaillie y Arsuf. La batalla se narra con detalle en el «Itinerario»:
«El sábado [7 de
septiembre], víspera de la Natividad de la Santísima Virgen María, al amanecer
todos se prepararon con sumo cuidado, como si los turcos fueran a atacar de
inmediato; pues sabían que el enemigo se había adelantado en nuestro camino y
que la insolencia de los turcos no remitiría hasta que se hubiera librado una
contienda muy encarnizada. De hecho, los turcos ya estaban ordenando a sus
hombres y acercándose cada vez un poco más. Por esta razón, todos nuestros
hombres se ocuparon de sus propios asuntos con mucho esmero, y las filas se
dispusieron con la máxima precaución. El rey Ricardo, que era muy hábil en
asuntos militares, organizó las escuadras según un esquema especial, decidiendo
quién debía encabezar la vanguardia y quién cerrar la retaguardia. Con este
propósito, designó doce escuadras y organizó [todo su ejército] en cinco
batallones, asignando a cada uno hombres de gran destreza en la guerra:
guerreros a los que no se podía encontrar mejores en la tierra si sus corazones
se hubieran mantenido firmemente fijos en Dios. Aquel día, los templarios
encabezaban la primera fila; tras ellos marchaban los bretones y los hombres de
Anjou en el orden establecido; a continuación iba el rey Guido con los hombres
de Poitou; en la cuarta fila se encontraban los
normandos y los ingleses, con el estandarte real a su cargo. Los últimos en
marchar fueron los hospitalarios, en orden de batalla. Esta última formación
estaba compuesta por caballeros de élite divididos en escuadrones, y sus
miembros marchaban tan juntos que no se podía lanzar una manzana al suelo sin
que tocara a los hombres o a sus caballos. Nuestro ejército ocupaba todo el
espacio entre las tropas de Saladino y la orilla del mar... El conde Enrique de
Champaña montaba guardia en el flanco de las montañas, al igual que los
seguidores a pie. En último lugar se disponían los arqueros y los ballesteros,
que cerraban la retaguardia. Las caballerizas y las carretas que transportaban
provisiones, equipaje, etc., circulaban entre el ejército y el mar para estar a
salvo de cualquier ataque. Así avanzaba el ejército a un ritmo pausado para
evitar que se separara...
«Se acercaba ya la
tercera hora, cuando, ¡he aquí!, una horda de turcos, diez mil en total, se
abalanzó rápidamente sobre nuestros hombres, lanzando dardos y flechas y
armando un estruendo terrible con sus gritos confusos. Tras ellos acudieron
corriendo una raza de demonios de color muy negro; por esta razón, al ser
negros, no es inapropiado que se les llame la manada negra. [Luego también
llegaron] aquellos sarracenos que viven en el desierto y a los que comúnmente
se llama beduinos, hombres rudos, más oscuros que el humo, soldados de a pie
sumamente pestilentes con sus arcos y escudos redondos —un pueblo de paso
ligero y muy ávido de batalla—. Estos amenazaban constantemente a nuestro
ejército. Y más allá de los que hemos mencionado, se podían ver, a lo largo del
terreno más llano, falanges bien equipadas de turcos avanzando con sus diversas
insignias, estandartes y emblemas. Parecían sumar más de 20 000 hombres. Sobre
corceles más veloces que las águilas se abalanzaron sobre nosotros como un
trueno, hasta que el polvo arremolinado por su rápida cabalgada ennegreció el
aire mismo. Delante de los emires iban hombres haciendo resonar trompetas y
clarines; otros llevaban tambores, otros flautas y panderetas, sonajeros,
gongs, címbalos y otros instrumentos aptos para armar jaleo…
«Aquel día, nuestras
propias bajas y el sufrimiento de nuestros caballos, que quedaban atravesados
de parte a parte por flechas y dardos, pusieron de manifiesto la persistencia
con la que el enemigo mantenía el ataque; y fue entonces cuando realmente descubrimos
la utilidad de nuestros robustos ballesteros, nuestros arqueros y aquellos
seguidores apiñados en la retaguardia que repelían la embestida turca lanzando
constantemente sus armas tan lejos como podían. Sin embargo, a pesar de todo
ello, el enemigo, al poco rato, se abalanzó de nuevo sobre ellos como un
torrente de aguas, redoblando sus golpes y tan embriagado de furia que, al fin,
muchos de nuestros ballesteros ya no pudieron resistir más, sino que, arrojando
sus arcos y ballestas, presa del pánico ante la muerte, cedieron ante la
insoportable embestida de los turcos y se abrieron paso entre las apretadas
filas de nuestro ejército principal, para no quedar aislados de sus compañeros.
Pero los hombres más valientes y audaces, a quienes la vergüenza impedía
rendirse, se volvieron y lucharon contra los turcos con valor inquebrantable.
Así, marcharon hacia atrás, ansiosos por evitar el peligro que correrían si
avanzaran con demasiada confianza siguiendo el método habitual; y durante todo
aquel día siguieron adelante, avanzando con cautela más que marchando, con la
mirada puesta en los turcos, que los amenazaban por la retaguardia. ¡Ay! En la
tensión y el amargo peligro de aquel día no había nadie que no deseara estar a
salvo en casa, con su peregrinación terminada...
«Los turcos avanzaban
con tal ímpetu que estuvieron a punto de aplastar las filas de los
hospitalarios, quienes hicieron saber al rey Ricardo que no podrían resistir
más a menos que se permitiera a sus caballeros cargar contra el enemigo:
Pero él, prohibiéndolo,
les ordenó que esperaran
en una formación más
cerrada y con paciencia.
Por ello, a pesar de
todo el peligro en que se encontraban, aguantaron; aunque con muchos jadeos, ya
que no se les permitía respirar libremente. Así prosiguieron su camino, con el
calor excesivo sumándose a su esfuerzo. Cualquiera habría podido augurar que
les esperaban cosas malas a un ejército tan pequeño acorralado por una hueste
tan grande. Y ahora nuestros atacantes golpeaban las espaldas de nuestros
hombres a medida que avanzaban, como si fueran mazos; de modo que ya no se
trataba de lanzar flechas y dardos desde la distancia, sino de atravesar con
lanzas o aplastar con pesadas mazas cuerpo a cuerpo: en combates mano a mano con
espadas desenvainadas, mientras los golpes de los turcos resonaban como si
provinieran de un yunque. La batalla se libró con mayor ferocidad en la
retaguardia de los hospitalarios, pues no podían devolver el golpe al enemigo,
sino que tenían que soportar pacientemente sus sufrimientos, en silencio aunque
maltrechos por los garrotes, y, aunque golpeados, sin devolver los golpes. Por
fin, incapaces de resistir ante una horda tan vasta, comenzaron a ceder y a
empujar contra el escuadrón que tenían delante. Huyeron ante los turcos, que se
desataban furiosamente a su espalda...
«Por fin, más de 20 000
turcos lanzaron una repentina y confusa embestida, golpeando cuerpo a cuerpo
con garrotes y espadas, redoblando sus golpes contra los hospitalarios y
presionando por todos lados, cuando, ¡he aquí!, uno de esta hermandad, Garnier
de Napes, exclamó en voz alta: “¡Oh, ilustre caballero San Jorge, por qué
permites que seamos así derrotados! ¡La propia cristiandad está pereciendo
ahora mismo si no hace retroceder a este odioso enemigo! Acto seguido, el
Maestre del Hospital se dirigió al rey y le dijo:
—Señor rey, nos vemos
gravemente acosados y corremos el riesgo de ser tachados de vergüenza eterna
como hombres que no se atreven a golpear en su propia defensa. Cada uno de
nosotros está perdiendo su caballo en vano, ¿y por qué deberíamos seguir
aguantándolo?
A lo que el rey
respondió:
—Mi buen maestro, hay
que soportarlo, [puesto que] nadie puede estar en todas partes.
Así pues, el Maestre
regresó y se encontró con que los turcos seguían avanzando y sembrando la
muerte en la retaguardia, mientras que no había ningún jefe ni conde que no se
sonrojara de vergüenza».
Por fin, dos de los
Caballeros Hospitalarios no pudieron soportarlo más; invocando a San Jorge,
espolearon sus caballos contra los sarracenos; el resto no se quedó atrás, y
escuadrón tras escuadrón giró sobre sus talones, hasta que se produjo una carga
general de caballería de un extremo a otro. Baha-ed-din
fue testigo de esta maravillosa carga, que estalló cuando los francos llegaron
a los bosques y jardines de Arsuf.
«Yo mismo vi a sus
caballeros reunirse en medio de la infantería; empuñaron sus lanzas, lanzaron
su grito de batalla como un solo hombre, la infantería se abrió y se
abalanzaron en una gran carga en todas direcciones —unos sobre nuestro flanco
derecho, otros sobre el izquierdo y otros sobre nuestro centro—, hasta que todo
quedó destrozado».
La carga se había
adelantado a la señal de Ricardo, pero la maniobra no fue inoportuna, y él se
apresuró a dirigirla.
«El rey Ricardo, al ver
al ejército sumido en la confusión, espoleó a su caballo y se precipitó hacia
el lugar, sin cejar en su carrera hasta que se abrió paso entre los
hospitalarios, a quienes acudió en ayuda con sus seguidores. A continuación, se
abalanzó sobre los turcos, arremetiendo contra ellos con furia y asombrándolos
enormemente con los golpes mortales que asestaba. A derecha e izquierda caían
ante él… Feroz y en solitario, siguió presionando a los turcos, derribándolos;
ninguno de los que tocaba su espada podía escapar; pues dondequiera que iba se
abría un amplio camino, blandiendo su espada por todas partes. Cuando hubo
aplastado a esa odiosa raza con los constantes golpes de su espada, que los
segaba como si fueran una cosecha para la hoz, los que quedaban, abrumados ante
la visión de sus compañeros moribundos, comenzaron a mantenerse a mayor
distancia de él; pues para entonces los cadáveres de los turcos cubrían la
superficie del suelo a lo largo de media milla...
«Pero los cristianos
siguieron atacando con sus espadas hasta que los turcos se debilitaron por el
terror, aunque el resultado aún es incierto. ¡Oh! Cuántos estandartes y
banderas de las más diversas formas, cuántos innumerables gallardetes y
banderines se veían caer al suelo; sí, y otras tantas espadas de calidad
esparcidas por doquier, lanzas de caña con puntas de hierro, arcos turcos y
garrotes repletos de dientes afilados. En el campo de batalla se podrían haber
recogido veinte o más cargas de carro de dardos, flechas y otros proyectiles.
Allí se podía ver a más de un turco barbudo yaciendo mutilado y desmembrado,
pero aún esforzándose por resistir con el valor de la
desesperación hasta que, cuando nuestros hombres comenzaron a imponerse,
algunos de los enemigos, liberándose de sus corceles, se escondieron entre los
matorrales o treparon a los árboles, desde donde cayeron moribundos con
horribles gritos ante las flechas de nuestros hombres. Otros, abandonando sus
caballos, se esforzaban por escapar por caminos tortuosos hacia el mar, en el
que se lanzaban de cabeza desde los promontorios, de unas cinco perchas de
altura».
La derrota de los
sarracenos la confirma su propio historiador. Baha-ed-din
vio cómo el centro, la izquierda y la derecha huían en desbandada, hasta que
solo diecisiete hombres permanecieron junto al estandarte, donde el tambor del
sultán seguía llamando a la acción. Él mismo registra tres cargas distintas, y
cada una de ellas empujó a los musulmanes más arriba por las lomas; pero, a
medida que cada una se retiraba, los musulmanes se reagrupaban. Saladino
permaneció imperturbable junto a su estandarte, tratando de contener el pánico
y hacer que los hombres volvieran a la batalla. Por fin logró reunir a un gran
número de hombres en torno a la bandera, y de los siguientes pasajes del
«Itinerario» se desprende claramente que los sarracenos volvieron al ataque más
de una vez.
«Los normandos e
ingleses elegidos para custodiar el estandarte avanzaron gradualmente y con
pasos cautelosos hacia aquella parte de nuestro ejército que estaba
combatiendo, sin alejarse demasiado del campo de batalla, para que todos
tuvieran un lugar seguro donde refugiarse. Por fin, tras haber terminado su
matanza, nuestros hombres se detuvieron, pero los turcos continuaron su huida
hasta que, al ver nuestra relajación, recuperaron el ánimo y, de inmediato, más
de 20 000 de ellos se abalanzaron sobre nuestros hombres en la retaguardia,
amenazándolos con garrotes con la esperanza de liberar a nuestros cautivos. Con
efectos mortíferos, no cesaban de lanzar sus dardos y flechas, aplastando,
cortando y magullando las cabezas, los brazos y otras extremidades de nuestros
caballeros, hasta que estos se inclinaron estúpidamente sobre los arcos de sus
sillas de montar. Por fin, nuestros hombres, recuperando el valor, feroces como
una leona a la que le han arrebatado sus cachorros, se abalanzaron de nuevo
sobre ellos, abriéndose paso entre ellos como si simplemente estuvieran
desgarrando unas mallas...
«Al frente de este
ejército de turcos se encontraba un emir, pariente de Saladino. Este guerrero
llevaba un estandarte marcado con un emblema maravilloso, a saber, un par de
calzones. Así lo llevaba, un emblema bien conocido por sus hombres. Este Tekedin perseguía a los cristianos con un odio
particularmente feroz; y en esta ocasión contaba con más de 700 turcos selectos
y robustos a su servicio. Habían sido seleccionados de entre los seguidores más
fieles de Saladino. Cada escuadrón de este cuerpo llevaba al frente un
estandarte amarillo con un gallardete de un color diferente. Y entonces,
avanzando a toda velocidad, con estruendo y orgullo, se abalanzaron sobre
nuestros hombres, que comenzaron a desviarse de ellos hacia el estandarte…
Entonces el rey, montado en su incomparable corcel chipriota, se dirigió con su
grupo de élite hacia las colinas, poniendo en desbandada a todos los turcos con
los que se topaba; los yelmos tintineaban mientras el enemigo caía ante él, y
las chispas saltaban del filo de su espada. Tan feroz fue su embestida aquel
día que muy pronto todos los turcos se apartaron de su ataque irresistible y
dejaron paso libre a nuestro ejército. Así, por fin, a pesar de sus heridas,
nuestros hombres alcanzaron el estandarte, se volvieron a formar las filas y el
ejército se dirigió a Arsuf, a las afueras de cuya ciudad plantó sus tiendas.
«Mientras se realizaba
esta tarea, una enorme masa de turcos se abalanzó sobre nuestra retaguardia. Al
oír el estruendo de la batalla, el rey Ricardo, llamando a los suyos a la
lucha, soltó las riendas de su caballo y, con solo quince compañeros, se lanzó
contra los turcos, gritando a voz en cuello: “Que Dios y el Santo Sepulcro nos
ayuden”. Este grito lo profirió una segunda y una tercera vez y, cuando el
resto de sus hombres oyeron su voz, se apresuraron a seguirle, se abalanzaron
sobre el enemigo y los hicieron huir precipitadamente hasta el bosque de Arsuf,
de donde habían venido anteriormente...
«Entonces el rey regresó
a su campamento, y nuestros hombres, agotados por un combate tan feroz,
descansaron durante la noche. Los que ansiaban el botín volvieron al campo de
batalla y obtuvieron todo el que desearon. Los hombres que regresaron de este modo
solían decir que habían contado treinta y dos emires a los que encontraron
muertos, todos ellos abatidos ese mismo día. Consideraban que se trataba de
hombres de la mayor autoridad y poder, a juzgar por sus espléndidas armas y su
costoso equipamiento; y los turcos solicitaron posteriormente permiso para
llevárselos debido a su rango. Además, trajeron noticias de 7.000 cadáveres
turcos, por no hablar de los heridos, que, dispersos aquí y allá tras la
batalla, murieron más tarde y yacían esparcidos por los campos. Pero, gracias a
la protección de Dios, apenas una décima parte, o incluso una centésima, de
este número cayó de nuestro lado».
Ningún emir de primer
rango cayó, salvo Musik el kurdo; pero los cristianos
perdieron a aquel caballero sin igual, Jaime de Avesnes,
cuyo cuerpo fue hallado rodeado por quince sarracenos muertos. Un cristiano fue
hecho prisionero y decapitado. Saladino quedó tan abatido por el revés que no
quiso escuchar los bienintencionados consuelos de su secretario. Se sentó a la
sombra de un paño —pues su tienda se había volado—, atendiendo a los heridos y
cediendo sus propios caballos a los hombres que habían perdido sus monturas.
Luego, el ejército siguió su camino y acampó en los verdes campos junto al río
de Jaffa, a unas pocas millas del campamento enemigo, bajo las murallas de
Arsuf.
La victoria del 7 de
septiembre fue el mayor logro de Ricardo en Palestina, aunque se produjo en
contra de sus órdenes debido a una falta de disciplina. Pero los cruzados no le
dieron continuidad. Lejos de quedar abatido por el desastre, Saladino, recuperándose
de su momentánea depresión, marchó al día siguiente con toda su fuerza de
vuelta a Arsuf, las dispuso en orden de batalla ante el enemigo y lo desafió a
reanudar la lucha. Esperó todo el día, pero los francos no se movieron. El
lunes repitió su desafío y acosó al enemigo con sus arqueros, pero estos
mantuvieron su obstinada reserva y lograron llegar a Jaffa sin entrar en
combate general. Una vez allí, contaban con las murallas a sus espaldas, y
Saladino retiró su ejército a Ramla, a una docena de millas al sureste, para
controlar el camino a Jerusalén y esperar a ver cómo se desarrollaban los
acontecimientos. La marcha costera se había llevado a cabo, lenta y
penosamente, pero con una maestría militar consumada y un éxito final.
Los francos no tenían
prisa por aprovechar su victoria. Rechazaron las propuestas de batalla de
Saladino y se encerraron en Jaffa durante dos meses. Habían logrado, con gran
dificultad y a un ritmo de tres millas al día, abrirse paso desde Acre sesenta
millas al sur, y se dispusieron a fortificar su base antes de aventurarse a
abandonar la costa y la flota que hasta entonces les había proporcionado
suministros y refuerzos de forma intermitente.
Los agradables huertos
de Jaffa supusieron un cambio refrescante tras una dieta a base de caballos
muertos, y las tropas agotadas mostraban poco entusiasmo por avanzar hacia
Jerusalén. «El ejército descansó durante mucho tiempo en la comodidad y el
placer; mientras, día tras día, aumentaban sus múltiples pecados, a saber, la
embriaguez y el lujo. Pues las mujeres de Acre comenzaron a regresar al
ejército y fueron una fuente de iniquidad que corrompió a todo el pueblo, cuyo
amor por la peregrinación disminuyó a medida que se apagaba su celo religioso»;
de hecho, algunas de ellas comenzaron a volver en masa a Acre, «donde pasaban
el tiempo en tabernas». Ricardo, al menos, no toleró esta pereza e inmoralidad.
Envió al rey Guido a Acre para que llamara a la orden a los desertores y,
cuando esta súplica resultó infructuosa, acudió él mismo y pronunció «un
discurso sumamente conmovedor», exhortando a los descarriados a ceñirse los
lomos para la obra sagrada.
Gracias a estos
esfuerzos, el ejército recuperó incluso más fuerza de la que tenía antes. Pero
hasta mediados de noviembre, aparte de reforzar Jaffa y restaurar dos o tres
puestos fortificados en la llanura, a unas pocas millas por el camino de Lydda, este ejército numeroso y bien equipado no logró
nada. Hubo algunas escaramuzas intensas con los puestos avanzados sarracenos,
que no les permitieron reconstruir el «Casal de las Llanuras» sin ser
molestados, y Ricardo se entregó a su amor por la aventura y las hazañas
heroicas mientras deambulaba por el país. En una ocasión, mientras practicaba
la cetrería, fue sorprendido por los sarracenos mientras dormía, y podría haber
sido hecho prisionero de no ser por la devoción de William de Preaux, quien, gritando
en árabe que él era el «Melik», se hizo pasar ante el enemigo desprevenido por
el rey de Inglaterra y fue llevado en triunfo. Pero en cuanto al objetivo de la
cruzada, los francos nunca avanzaron más allá de una buena jornada de marcha
por el camino a Jerusalén durante todo el tiempo que permanecieron en
Palestina.
Una de las razones de la
inacción de los cruzados hay que buscarla en las negociaciones de paz que se
prolongaron durante todo el mes de octubre y parte de noviembre. La fuerza de
Saladino, a pesar de sus pérdidas en Arsuf, seguía intacta, y su ejército controlaba
el camino hacia Jerusalén. Había demostrado que no escatimaría ningún
sacrificio para derrotar a su enemigo, pues inmediatamente después de su
retirada a Ramla había comenzado a arrasar la ciudad fortificada de Ascalón,
para impedir que sirviera de apoyo a los francos. «Por Dios», le dijo a Baha-ed-din, «preferiría perder a todos mis hijos antes que
derribar una sola piedra de ella; pero es la voluntad de Dios, y de ello
depende la seguridad de los musulmanes». Las labores de demolición e incendio
duraron un mes entero, en medio de lamentos generales, y la población fue
trasladada a Egipto y a otras tierras. La ubicación de Ascalón, como gran
puerto cercano a la frontera egipcia y poderosa base de operaciones por mar y
tierra para el sur de Palestina, justificaba la precaución de Saladino; pero los
cristianos consideraban que el hombre capaz de destruir una ciudad tan noble no
se detendría ante nada.
Pero incluso antes de
que se supiera en Jaffa la destrucción de Ascalón, Ricardo ya había hecho
propuestas de paz. El ejemplo de Acre sugería la posibilidad de repetir un
éxito similar sin derramamiento de sangre. A la semana de la batalla de Arsuf,
envió a Humphrey de Toron para sondear el terreno de cara a un acuerdo.
Saladino estaba entonces ocupado desmantelando Ascalón, pero su hermano,
el-Adil, que comandaba la vanguardia en Lida, tenía plenos poderes para
negociar y, a partir de ese momento, se encargó en general de las
negociaciones. Según Baha-ed-din, en quien debemos
basarnos principalmente para esta historia diplomática, el sultán estaba
ansioso por la paz, dado el estado de agotamiento de su ejército; y, de hecho,
la prisa con la que arrasó Ascalón y, posteriormente, desmanteló Lida, Ramla y Natrún, por temor a que fueran tomadas y guarnecidas por el
enemigo, parece casi un signo de pánico. Así, Saladino, casi tan impetuoso como
Ricardo, se mostraba dispuesto a aceptar las condiciones, aunque estas
incluyeran la entrega de toda la costa a los invasores; pero el-Adil era un
diplomático más sensato y decidió prolongar las negociaciones al estilo
ortodoxo, con el fin de ganar al menos tiempo para la demolición total de
Ascalón.
Mientras se
desarrollaban estos acontecimientos, un nuevo factor complicó las
negociaciones, en beneficio exclusivo de los sarracenos. El 3 de octubre,
Conrado de Montferrat entabló desde Tiro una
correspondencia independiente con Saladino. Le ofreció romper con el resto de
los cruzados, convertirse en aliado del sultán y reconquistar Acre para los
sarracenos, a condición de que Sidón y Beirut se incorporaran a su dominio. Ese
mismo día llegó otro embajador de Ricardo. Se trataba, sin duda, de una
oportunidad diplomática inmejorable: el-Adil, que evidentemente se sentía como
pez en el agua con este tipo de maniobras, comenzó a enfrentar al marqués con
el rey. A lo largo de todo el mes de octubre se intercambiaron mensajes entre
los dos bandos. Ricardo intuyó la traición de Montferrat y redobló sus atenciones hacia el-Adil, al que llamó «mi verdadero amigo y
hermano», e instó a alcanzar un acuerdo duradero para zanjar la disputa. «Tanto
los musulmanes como los francos», escribió el rey, según la paráfrasis árabe,
«están agotados; todas sus ciudades están siendo destruidas; en ambos bandos se
pierden vidas y riquezas. Este asunto ya ha ido demasiado lejos. La única
cuestión es la Ciudad Santa, la Cruz y la tierra. En cuanto a Jerusalén, nos
mantenemos firmes; no daremos marcha atrás, no, ni aunque solo quedara un solo
hombre de los nuestros. En cuanto a la tierra, devolvednos la que está al otro
lado del Jordán. En cuanto a la Cruz, para vosotros no es más que madera sin
valor, pero para nosotros es inestimable; que el sultán sea, pues, clemente con
nosotros al respecto, y habrá paz, y descansaremos de este agotador esfuerzo».
A esta súplica, Saladino
respondió:
«Jerusalén es santa
tanto para nosotros como para vosotros, y más aún, ya que es el escenario del
viaje de nuestro Profeta y el lugar donde nuestro pueblo debe reunirse en el
Día del Juicio Final. No penséis que vamos a retirarnos de allí, ni que podamos
ceder en este asunto. Y en cuanto a la tierra, era nuestra desde el principio,
y vosotros la invadisteis; y no la habríais tomado de no ser por la debilidad
de los musulmanes que entonces la poseían; y mientras dure esta guerra, Dios no
os permitirá levantar ni una piedra en ella. Y en cuanto a la Cruz, su posesión
es para nosotros una ventaja estratégica, y no podemos renunciar a ella salvo
en beneficio del islam».
Sin duda, el secretario
ha infundido en estos despachos el tono que consideraba apropiado para cada
parte, y no deben aceptarse implícitamente como copias literales; pero
probablemente conservan el sentido general de la correspondencia. Su siguiente
revelación, sin embargo, es más sorprendente. Dice que el 20 de octubre el-Adil
le informó de las últimas propuestas del rey de Inglaterra.
Ricardo ofrecía la paz
en estos términos: el-Adil debía casarse con su hermana Juana, la reina viuda
de Sicilia, a quien se le concederían como dote las ciudades costeras. Acre,
Ascalón y Jaffa, y viviría en Jerusalén; Saladino, por su parte, debía otorgar
a el-Adil el resto de Palestina, además de lo que ya poseía en feudo, y los
recién casados reinarían juntos sobre la tierra; se entregaría la Cruz; se
liberaría a los prisioneros; se concederían establecimientos a los templarios y
a los hospitalarios; una vez acordadas estas condiciones, Ricardo regresaría a
Inglaterra.
El-Adil consideró que el
plan era excelente y envió a Baha-ed-din a Saladino
para obtener su consentimiento; el sultán dijo «Nam» («sí»)
enérgicamente tres veces, en presencia de testigos. El secretario añade que
Saladino lo tomó como una broma de mal gusto por parte de Ricardo, y todo el
asunto provocó evidentemente mucha hilaridad en los círculos diplomáticos. El
fantástico humor de la idea llamó la atención de Sir Walter Scott, quien en *El
talismán* la modificó para convertirla en una alianza proyectada entre
Saladino y la imaginaria Edith Plantagenet; mientras que Lessing, en *Nathan
el Sabio*, adopta la versión verdadera.
La sugerencia no es
incompatible, tal vez, con el carácter de un caballero andante; pero era
claramente imposible que un musulmán tan estricto como Saladino la considerara
en serio. No hay duda, sin embargo, de que Ricardo entabló una cálida amistad
con el-Adil. Se dice, es cierto, que Juana se negó indignada a casarse con un
musulmán, y la siguiente idea de su hermano, que el-Adil se convirtiera al
cristianismo, era apenas más factible. No obstante, lo invitó a su campamento
el 8 de noviembre, lo agasajó suntuosamente con una cena en su propia tienda y,
tras un día de gran jolgorio, se despidieron con renovado afecto. Este
encuentro es la única parte de las negociaciones a la que alude el autor inglés
del «Itinerario», quien lamenta la habilidad con la que el-Adil (o, como él lo
llama, «Saphadin», es decir, Seyf-ed-din) «engañó al rey desprevenido con sus discursos
ingeniosamente elaborados, hasta tal punto que parecía que hubieran entablado
una amistad íntima entre ellos». Pues el rey accedió a recibir los obsequios de
Saphadin, y constantemente iban y venían mensajeros entre ambos llevando
pequeños regalos de Saphadin para el rey Ricardo. La conducta del rey parecía
muy censurable a los ojos de sus hombres, y era un dicho común que la amistad
con los gentiles era un crimen atroz. Pero Saphadin se declaró ansioso por
establecer una paz firme y duradera. Así pues, el rey consideró que actuaba con
sensatez al forjar una paz abierta y justa para la ampliación de los límites de
la cristiandad».
El deseo de paz de
Ricardo ciertamente no se vio mermado por el hecho de saber que, en el mismo
momento en que recibía a el-Adil, el embajador de Conrado se encontraba en
realidad en el campamento de Saladino, a pocas millas de distancia. El marqués
estaba ansioso por asegurarse el apoyo del sultán en su reclamación a la corona
de Jerusalén, frente al amigo y vasallo de Ricardo, el rey nominal Guido, quien
había desempeñado un papel muy secundario en los acontecimientos recientes. Su
embajador para este fin era el mismo ingenioso Reginaldo de Sidón que le había
gastado una artimaña tan ruin a Saladino en Belfort dos años antes. El sultán,
sin embargo, no le guardaba rencor, lo recibió con hospitalidad y aprobó
provisionalmente la renovada propuesta del marqués de una alianza contra los
cruzados, aunque pospuso una respuesta definitiva.
Esa misma tarde llegó
Humphrey de Toron con nuevas sugerencias de Ricardo, en las que este reiteraba
su deseo de que el-Adil fuera nombrado rey de Palestina, pero insistía en que
los cristianos tuvieran una parte en Jerusalén. También con él se mostró Saladino
todo complacencia y buena voluntad. A continuación, convocó un consejo y
presentó las dos propuestas de tratado ante los emires. Descubrió que opinaban
que, si había que hacer la paz, era mejor hacerla con Ricardo que con el
marqués, porque la experiencia les había enseñado que era imposible confiar en
la buena fe de los francos sirios. Las condiciones así aceptadas eran aquellas
por las que el-Adil se casaría con Juana y sería gobernante de toda Palestina,
tal y como se había propuesto anteriormente. La negativa de la exreina no
parece haber sido considerada definitiva.
Ricardo, en su última
comunicación a el-Adil, confesó que todos los cristianos le reprochaban que
quisiera entregar a su hermana a un musulmán; pero que intentaría obtener la
dispensa del Papa; y si eso fracasaba, entregaría a el-Adil a su sobrina en lugar
de a su hermana.
La sobrina fue
rechazada, pero, por lo demás, las negociaciones continuaron sobre esta base, y
la visión de Reginaldo de Sidón cabalgando junto a el-Adil por las colinas
entre los campamentos dio alas temporales a los lentos mensajeros de la
diplomacia. Pero no parece que se hubiera llegado a ninguna conclusión
definitiva cuando el invierno interrumpió las negociaciones.
Las estaciones
desempeñan un papel importante en las campañas sirias. El comienzo de las
lluvias obligó a Saladino a retirarse a sus cuarteles de invierno. Hasta
entonces había mantenido su vanguardia en Lida, pero el ejército principal
había acampado en las colinas, últimamente en Tell Jezer, al oeste de la
carretera de Ramla, en busca de forraje. Estas tropas se retiraron entonces a
Jerusalén, desde donde, al cabo de un tiempo, los contingentes más lejanos
fueron despachados gradualmente a sus hogares tan pronto como se les pudo
prescindir con seguridad. Saladino tenía gran fe en la protección que ofrecía
el barro, pero Ricardo aún tenía que aprender las virtudes de un invierno
sirio. En diciembre, los cruzados emprendieron su famosa marcha hacia la Ciudad
Santa, meta de toda su peregrinación. Se aventuraron hasta Ramla, a nada menos
que once millas de su base en Jaffa, y tras esperar allí seis semanas, en una
ciudad en ruinas, expuestos a constantes ataques de los puestos avanzados de
Saladino, se armaron de valor para adentrarse siete u ocho millas más, hasta
Beyt Nuba; y entonces, casi a la vista de Jerusalén, dieron media vuelta y
regresaron.
El «Itinerario» narra
esta trágica historia. Tras describir la demora en la ciudad en ruinas de Ramla
y las peligrosas aventuras del conde de Leicester y otros caballeros, continúa:
«Nuestro ejército partió
en orden de marcha hacia el Casal de Betenoble [Beyt
Nuba], donde nos vimos afectados por una lluvia torrencial y un tiempo adverso,
a causa de lo cual murieron muchísimas de nuestras bestias de carga. De hecho,
tan grande fue la tempestad y tal el aguacero y las lluvias torrenciales,
acompañados de ráfagas de vientos violentos, que las estacas de [nuestras]
tiendas fueron arrancadas y arrastradas por el viento, mientras que nuestros
caballos perecieron de frío y humedad. Gran parte de nuestra comida y nuestras
galletas también se echaron a perder; y la carne de cerdo, comúnmente llamada
tocino, se pudrió. Nuestras armaduras y corazas se cubrieron de óxido y no fue
posible devolverles su brillo original por mucho que las frotáramos; la ropa
comenzó a desgastarse y muchísimas personas, debido a la larga estancia en
tierra extranjera, perdieron la salud y padecieron graves dolencias. Solo este
consuelo les sostenía: la esperanza de que, por fin, estaban a punto de visitar
el Sepulcro del Señor; pues deseaban sobremanera ver la ciudad de Jerusalén y
concluir su peregrinación...
«Pero los hombres más
sensatos no se dejaron llevar por el celo demasiado precipitado del pueblo
llano. Los templarios, los hospitalarios y los fullani,
que tenían una visión más aguda del futuro, disuadieron al rey Ricardo de
dirigirse hacia Jerusalén en ese momento; porque, según decían, si sitiaba la
ciudad y se dedicaba con todas sus fuerzas a capturar a Saladino y a todos los
turcos encerrados en ella con él, el ejército turco que se encontraba en las
alturas de las montañas a las afueras lanzaría ataques repentinos. Así, en cada
combate se correría un doble peligro: el del enemigo dentro de Jerusalén y el
del enemigo fuera. Además —continuaron—, aunque lograran conquistar la ciudad,
su éxito no serviría de mucho a menos que contaran con guerreros muy valientes
a quienes pudieran confiar la custodia de la ciudad. Y no creían que eso fuera
probable, pues, en su opinión, la gente mostraba un gran afán por terminar su
peregrinación, con el fin de poder regresar a casa sin demora, ya que se
encontraban indescriptiblemente agotados por lo que habían soportado».
Estos prudentes consejos
prevalecieron, para «gran pesar del pueblo llano; todos gemían y suspiraban al
ver cómo la querida esperanza de su corazón de visitar el Sepulcro del Señor se
desvanecía tan repentinamente… Maldijeron el retraso y a quienes habían
provocado tales contratiempos». Pero el decreto ya se había promulgado, y la
multitud fue conducida con tristeza, entre nieve y granizo, de vuelta a las
miserables ruinas de lo que en otro tiempo fue Ramla. Esto ocurrió antes de la
fiesta de San Hilario, que se celebra el 13 de enero.
«Ahora bien, mientras el
ejército permanecía en Ramla sumido en la más profunda aflicción, muchísimos
comenzaron a desertar, ya fuera por aversión a la agotadora marcha o por
indignación. Debido a ello, el ejército se vio mermado en no poca medida; pues la
mayor parte de los franceses se marcharon airados a Jaffa, donde permanecieron
a sus anchas. Algunos también se dirigieron a Acre, donde no escaseaba la
comida. Otros aceptaron la urgente invitación del marqués de Tiro; mientras que
algunos, en su ira e indignación, acompañaron al duque de Borgoña cuando se
desvió hacia el Casal de las Llanuras, lugar en el que permaneció ocho días».
Con el fin de remediar
este deplorable fracaso y devolver el ánimo al ejército, Ricardo ideó un plan
para reconstruir Ascalón y devolverle su antiguo poder como gran bastión
cristiano. En otras circunstancias, la estrategia habría sido admirable, pero
una marcha invernal no era el recurso más alentador que se pudiera haber
concebido. Ricardo y Enrique de Champaña condujeron al desanimado y mermado
ejército hasta Ibelín.
«Los caminos les
resultaron tan pantanosos y arcillosos que, a la hora de montar las tiendas, no
podían pensar en otra cosa que en cómo descansar mejor sus cabezas agotadas. En
Ibelin permaneció una noche, agotado por el dolor y el esfuerzo, de una forma
que ninguna lengua ni pluma puede describir. Al amanecer, el ejército avanzó en
orden, precedido por aquellos cuya tarea era montar las tiendas. Pero el
sufrimiento del día anterior no fue nada comparado con la marcha de ese día.
Pues, mientras nuestros hombres avanzaban con paso pesado y cansado, la nieve
amarga les azotaba el rostro, caían gruesos granizos y una lluvia torrencial
los envolvía. El terreno pantanoso también cedía bajo sus pies; el equipaje,
los caballos y los hombres se hundían en los pantanos, y cuanto más
forcejeaban, más se atascaban… Tan maltrechos, tan cansados y tan agotados,
maldiciendo el día en que nacieron y azotándose a sí mismos, llegaron por fin a
Ascalón, solo para encontrarla tan arrasada por los sarracenos que apenas pudieron
atravesar las puertas por encima de los montones de piedras».
La reconstrucción de
Ascalón y las dificultades con los franceses y con Conrado de Montferrat ocuparon los cuatro meses siguientes, y no se
hizo ningún intento de hostigar a los sarracenos. En Acre estalló una guerra
civil; el duque de Borgoña y los franceses volvieron a desertar; y, para colmo,
el prior de Hereford llegó desde Inglaterra con la noticia de que el reino se
veía minado por la opresión de Juan, quien estaba usurpando abiertamente la
soberanía. Ante esto, Ricardo declaró que debía regresar a casa para ocuparse
de su propio reino; pero, dado que nadie se quedaría para continuar la cruzada
a menos que hubiera un líder, y había dos aspirantes a la corona, hizo que el
pueblo eligiera a su rey. Sin vacilar, todos y cada uno eligieron al marqués de Montferrat, y Ricardo dio su consentimiento a
regañadientes. El impopular viudo de Sibilla, que hasta entonces había
ostentado, aunque no disfrutado, el título, fue compensado con el reino de
Chipre. Su suplantador tuvo menos suerte. Apenas había alcanzado Conrado su
ambición cuando fue asesinado repentinamente por dos emisarios del jeque de los
Asesinos (27 de abril). Enrique de Champaña le sucedió como rey por aclamación
general.
Mientras todo esto
sucedía en la costa, Saladino había pasado el invierno tranquilamente en
Jerusalén, tras despedir a su ejército para que regresara a sus hogares. Los
francos seguían manteniendo correspondencia con él, pues Conrado no había
interrumpido las negociaciones durante los meses de invierno. De hecho, en
abril se firmó una alianza ofensiva y defensiva, cuyos detalles revisten escaso
interés, ya que el marqués-rey fue asesinado inmediatamente después. Pero el
tratado, tal y como lo resume Baha-ed-din, contiene
una referencia a un acuerdo ya existente entre Saladino y Ricardo, lo que
probablemente explica una cierta visita misteriosa de Esteban de Tumham a
Jerusalén. Esteban se quedó atónito al ver a los enviados del marqués, Baliano de Ibelín y Reginaldo de
Sidón, «dos miserables intermediarios», saliendo de la ciudad. Al parecer, se
trataba de un encuentro entre griegos. El digno Esteban era probablemente él
mismo un «intermediario», pues el secretario árabe menciona un mensaje recibido
hacia marzo del rey de Inglaterra en el que se solicitaba una entrevista con
«mi hermano» el-Adil, con vistas a un tratado.
El-Adil partió en esta
misión el 20 de marzo, con instrucciones precisas. Estaba facultado para
celebrar un tratado de paz que incluyera la división del país, la entrega de la
Cruz, con el derecho de peregrinación a Jerusalén y de establecer sacerdotes en
la Iglesia de la Resurrección; si el rey insistía en la cesión de Beirut, debía
obtenerla, pero solo con la condición de que fuera destruida.
Hasta ahí podía llegar
el-Adil en sus concesiones. Cuando llegó a la llanura de Acre, Ricardo estaba a
punto de regresar a Ascalón, pero las condiciones del tratado se acordaron a
través de un intermediario, Abu Bekr, el chambelán, y el-Adil regresó a principios
de abril, habiendo aparentemente tenido éxito en su misión. Jerusalén se
dividiría entre los cristianos y los musulmanes, pero estos últimos
conservarían la sagrada Cúpula de la Roca. Que el tratado no se ratificó
resulta obvio a la luz de los acontecimientos posteriores; pero una prueba de
la extraordinaria amistad que existía entonces se encuentra en las asombrosas
palabras del «Itinerario»: «El Domingo de Ramos [29 de marzo], el rey Ricardo,
en medio de gran esplendor, ciñó con el cinturón de caballería al hijo de
Saphadin, que había sido enviado a él con ese fin».
Cuesta creer que, tras
una muestra de amistad tan sin precedentes —casi increíble—, el rey se
aprovechara de un rumor sobre las dificultades temporales de Saladino con un
sobrino rebelde en Mesopotamia para posponer la conclusión de la paz, con la
esperanza de presenciar una guerra civil entre los sarracenos. Sin embargo, es
indiscutible que, en mayo, a pesar de un tratado prácticamente ratificado,
Ricardo volvió a pasar a la ofensiva y, navegando por la costa, sitió el
castillo de Darum, donde los cruzados demostraron lamentablemente que no habían
perdido nada de su habitual crueldad al tratar con los musulmanes vencidos:
«A aquellos turcos que
nuestros hombres encontraron resistiendo en las almenas los arrojaron al foso
para que quedaran hechos pedazos. El número de turcos muertos en las distintas
partes del castillo ascendió a sesenta. Los que se habían refugiado en la torre,
al ver que estaban perdidos… se entregaron a la esclavitud perpetua el viernes
anterior al Domingo de Pentecostés… La noche del viernes, el rey ordenó a sus
hombres que vigilaran a los turcos que aún permanecían en la torre hasta la
madrugada del sábado. Luego, en la víspera de Pentecostés, los turcos, al bajar
de la torre por orden del rey, tuvieron las manos atadas tan fuertemente a la
espalda con correas de cuero que rugían de dolor. Eran trescientos, sin contar
a los niños pequeños ni a las mujeres. Así, antes de que llegaran los
franceses, y con la ayuda únicamente de sus propios hombres, el rey Ricardo
tomó noblemente posesión de Darura tras un asedio de
cuatro días».
La toma de Darum animó
tanto a los cruzados, poco acostumbrados últimamente al éxito, que se
atrevieron a realizar una incursión a través de la llanura hasta Ibelin de los
Hospitalarios (Beyt Jibrin), y en junio decidieron avanzar una vez más hacia
Jerusalén. Tras partir de Ascalón el día 7, Ricardo marchó por Blanche Garde y
«Toron de los Caballeros» (Natrun), y acampó una vez más cerca de Betenoble, donde se le unieron los franceses. Allí, todo el
ejército esperó un mes al nuevo rey, Enrique, y durante esa demora Ricardo
recorrió el país en busca de aventuras. Una vez, «al día siguiente de San
Bernabé», mientras perseguía acaloradamente a unos sarracenos por las colinas,
alzó la vista y, de repente, contempló la Ciudad Santa a lo lejos; o, según
otros, no quiso verla, sino que, sosteniendo su escudo de armas ante su rostro,
lloró y rezó: «Oh, justo Señor Dios, te ruego que no me dejes ver tu Ciudad Santa,
si no puedo liberarla de las manos de tus enemigos». Pero Jerusalén no iba a
ser liberada por su espada.
Mientras los cruzados se
demoraban en Beyt Nuba, su enemigo ganaba fuerzas día a día. Los contingentes
provinciales de Saladino comenzaron a regresar de sus hogares tras el fin del
invierno y se unían a sus filas por miles. Dolderim,
señor de la antigua fortaleza de los Courtenay en Turbessel,
fue el primero en llegar con sus turcomanos a finales de mayo; otros le
siguieron de cerca.
Se llevaron a cabo
minuciosos preparativos para la defensa de Jerusalén, y el propio Saladino sacó
a las tropas ligeras para entablar escaramuzas con el enemigo. Ambos bandos
obtuvieron éxitos en estos enfrentamientos, pero el 23 de junio la pérdida de una
importante caravana procedente de Egipto, cargada de tesoros, provisiones y
armas, supuso el peor golpe que recibieron los musulmanes. Tras esto, con miles
de animales de carga frescos a su disposición, Saladino no dudó de que los
cruzados marcharían sin demora hacia la Ciudad Santa, y se dispuso a destruir
los pozos y cisternas de los alrededores, hasta que no quedó ni una gota de
agua apta para beber. Pero el enemigo seguía vacilando.
El miércoles por la
noche, 1 de julio, se celebró en Jerusalén un consejo lleno de inquietud.
Incluso asistió Abu-l-Heyja «el Gordo», aunque
caminaba con dificultad y tuvieron que proporcionarle una silla en la tienda
del sultán. Se ordenó a Baha-ed-din que se dirigiera
a los emires reunidos, y este «habló según le inspiró Dios», instándoles a la
guerra santa. Saladino permaneció mucho tiempo sumido en sus pensamientos;
luego dirigió un breve y ferviente llamamiento a los soldados: «Las vidas, los hijos
y las posesiones de los musulmanes dependen de vosotros», dijo; «si falláis, lo
cual Dios no permita, enrollarán la tierra como un pergamino... Los musulmanes
de todo el país dependen de vuestro valor. Wa-s-Selam». Entonces, el Balafre, recientemente rescatado de su prisión en Acre,
tomó la palabra:
«Oh, Maulana,
somos tus mamelucos y tus esclavos. Has sido generoso con nosotros y nos has
hecho grandes y poderosos; nos has dado y nos has enriquecido; solo tenemos
nuestros cuellos que ofrecer, y están en tus manos. ¡Por Dios, ni uno solo de
nosotros dejará de ayudarte hasta que muramos!».
Todos los emires dijeron
lo mismo, y Saladino se sintió reconfortado.
El jueves transcurrió
entre intensos esfuerzos para que no se descuidara ningún medio de defensa, y
después de haber rezado juntos la oración de la tarde, Saladino y su secretario
pasaron la noche en una consulta llena de inquietud. El sultán estaba muy inquieto;
había opiniones divididas entre sus oficiales sobre la mejor manera de hacer
frente al ataque; y los kurdos y los turcos no colaboraban bien entre sí. Al
amanecer seguía deliberando. Era viernes, y en la mezquita rezó con más fervor
que nunca, en voz baja, mientras sus lágrimas caían sobre la alfombra. Sentía
que, en cualquier momento, el enemigo podría estar a las puertas y Jerusalén
podría caer —«la Ciudad Santa por la que sentía un cariño inefable»—.
Esa tarde llegó un
despacho del viejo Jurdik, que comandaba la
vanguardia: «El enemigo ha salido a caballo y ha tomado posición en la colina,
y luego ha regresado al campamento». A la mañana siguiente (sábado 4) llegó
otro mensaje: los exploradores de Jurdik se habían
enterado de que había disensión en el campamento cristiano; unos estaban a
favor de seguir adelante, otros de volver; los franceses declararon que habían
abandonado su país por el bien de Jerusalén y que no volverían sin recuperarla;
el «Inkitar» (inglés) había señalado que todos los
pozos estaban contaminados y que no había agua; finalmente, se nombró un jurado
para decidir la cuestión.
Los exploradores decían
la verdad: otro episodio de vacilación fatal se había apoderado de los cruzados
y, en medio de la confusión de opiniones, la decisión se había dejado en manos
de un jurado compuesto a partes iguales por caballeros del Templo y del
Hospital, franceses y francos sirios. Decidieron abandonar el avance hacia
Jerusalén, que ya estaba casi a la vista, y recomendaron marchar hacia El Cairo
—¡a 250 millas de distancia, atravesando el desierto! Los caballeros franceses
protestaron en vano.
Al día siguiente se
encontraban en plena retirada. El sultán salió a caballo al frente de sus
hombres para contemplar aquel maravilloso espectáculo. El júbilo era
indescriptible. El peligro había pasado, y Saladino sintió que sus oraciones
habían sido realmente escuchadas. La Ciudad Santa se había salvado.
Apenas se habían
retirado los cruzados, cuando se anunció la llegada de un embajador de Enrique,
«rey de Jerusalén», ante Saladino. Este envió a informar al sultán de que el
rey de Inglaterra le había cedido todas las tierras que había conquistado en la
costa:
«Devuélveme, pues, mis
[otras] tierras», fue su modesta petición, «para que pueda hacer las paces
contigo y convertirme en uno de tus hijos». Saladino se sintió tan furiosamente
indignado ante esta exigencia, que se producía poco después de una retirada ignominiosa,
que apenas pudo contenerse para no agredir al embajador. Se controló con
esfuerzo y despidió al enviado el 6 de julio con la respuesta de que, como
sucesor del marqués, Enrique debía ajustarse al acuerdo de Conrado, y que nada
más allá de Tiro y Acre podía ser objeto de discusión. Tres días más tarde
llegó otro mensaje, muy diferente, del propio Ricardo, en el que recomendaba a
«el hijo de su hermana, el conde Enrique», a la benevolencia de Saladino, e
instaba a llegar a un acuerdo con espíritu amistoso y conciliador.
El consejo del sultán
estaba totalmente a favor de la paz, y se envió una respuesta amistosa:
Saladino trataría a Enrique «como a un hijo», cedería la Iglesia de la
Resurrección a los cristianos y dividiría el país; la costa pertenecería a los
francos, las colinas a los sarracenos, como hasta entonces, y las tierras
intermedias se repartirían a partes iguales entre ambos; pero Ascalón sería
demolida y no pertenecería a ninguna de las partes. Sin embargo, en pocos días
llegaron una tercera y una cuarta embajada, con un regalo de halcones de parte
de Ricardo; su objetivo era discutir los detalles y, sobre todo, conservar
Ascalón. Saladino, no obstante, se mantuvo firme; ofreció Lida a cambio, pero
Ascalón debía ser inevitablemente desmantelada. En este escollo naufragaron las
negociaciones. Ricardo se negó a permitir que se derribara ni una sola piedra
de Ascalón.
El rey de Inglaterra y
la mayor parte de su ejército se habían retirado a Acre, donde se preparaban
con impaciencia para regresar a Europa, hartos de la campaña militar. Ricardo
tenía la intención de embarcar en Beirut, ciudad que se proponía tomar por sorpresa.
Saladino, al enterarse más de la incursión que se tramaba contra su ciudad que
de la travesía que seguiría, aprovechó la oportunidad para lanzar una incursión
contra Jaffa. Partió de Jerusalén el 27 de julio y ese mismo día ya se
encontraba ante las murallas de Jaffa. Encontró más resistencia de la que
esperaba, pero tras tres días de intensos trabajos de socavación y bombardeos,
en los que el propio Saladino participó activamente, se abrió una brecha en la
cortina de murallas y los sarracenos se lanzaron al asalto. Se encontraron con
un muro de acero; cuando caía un hombre, otro ocupaba su lugar. La constancia y
el valor de la guarnición llenaron de admiración al cronista musulmán. «¡Qué
soldados eran!», exclama, «¡qué intrépidos y valientes!». Al fin, sin embargo,
no quedaba esperanza de mantener a raya a los sitiadores, y se acordó una
capitulación en los mismos términos que en Jerusalén cinco años antes. Pero los
musulmanes estaban exaltados por la batalla; no estaban dispuestos a conceder
clemencia; y Saladino confesó que no podía contenerlos. «Retiraos a la
ciudadela», dijo a los sitiados, «y entregad la ciudad, pues nada impedirá que
los musulmanes entren».
De hecho, no era momento
para que los ciudadanos pacíficos anduvieran por ahí. La ciudad estaba llena de
kurdos y turcomanos desenfrenados, que recorrían las calles con la espada en la
mano y saqueaban todas las casas en las que entraban: «las reservas de telas
finas, el trigo en abundancia, incluso lo que quedaba del botín de la caravana
egipcia… todo cayó en sus manos». No es de extrañar que algunos ciudadanos que
se habían quedado rezagados fueran asesinados «por error». En una orgía de
victoria, es fácil que se produzcan este tipo de errores. Mientras tanto, el
sultán había recibido noticias que hacían urgente la necesidad de poner sus
tropas bajo control. Los oficiales al mando del cuerpo de observación cerca de
Acre comunicaron que, en la víspera misma de su partida, el rey Ricardo se
había enterado de los peligros que corría Jaffa y se dirigía al rescate. Ahora
era esencial tomar posesión de la ciudadela, sin la cual no se podría mantener
la ciudad; pero la dificultad radicaba en sacar de allí a la guarnición y a los
refugiados. Aunque se habían rendido, era poco probable que abandonaran la
seguridad de sus murallas sin una fuerte presión, y los musulmanes, saciados de
botín y cansados de saquear, no prestaban atención a las repetidas órdenes de
Saladino. Este intentó reunir una fuerza para subir a la ciudadela hasta bien
entrada la noche, pero sus palabras cayeron en saco roto.
Durante toda la noche,
aquel hombre digno, el secretario Baha-ed-din,
permaneció despierto, acosado por inquietantes presentimientos. Al amanecer se
oyeron en el mar las trompetas de Ricardo. El rey se encontraba en Acre, a
punto de embarcar hacia Inglaterra, cuando llegaron mensajeros sin aliento
desde Jaffa, rasgándose las vestiduras y lamentando la situación extrema de su
ciudad. Ricardo no esperó a que terminaran de hablar, sino que exclamó: «Por la
vida de Dios y con Su ayuda, partiré y haré lo que pueda»; el heraldo tocó la
campana de reunión; los caballeros acudieron a la llamada; y con todas las
fuerzas que pudo reunir apresuradamente, el rey zarpó de inmediato. Fueron las
trompetas de sus galeras las que despertaron a los sarracenos aquella mañana de
sábado.
No había tiempo que
perder. Saladino mandó llamar de inmediato a Baha-ed-din.
Al hombre de paz, que había presenciado tantas sangrientas batallas desde el
lomo de su mula, no siempre a una distancia segura, se le encomendó ahora la
tarea de ayudante de campo. Mientras Saladino enviaba tropas a la costa para
oponerse al desembarco de Ricardo, Baha-ed-din debía
ayudar a asegurar la ciudadela y sacar a la guarnición. Debía llevarse a tres
emires y recoger al príncipe ez-Zahir por el camino.
Encontraron al príncipe dormido con su armadura, envuelto en su gambesón
acolchado; y, aún medio dormido, montó en su caballo y se unió a los demás.
Cabalgaron por las calles abarrotadas y llegaron a la ciudadela. Ante su orden
de rendirse, la guarnición, que desconocía la llegada de Ricardo, obedeció y se
dispuso a marcharse. Si se les hubiera permitido salir de inmediato, el
desenlace podría haber sido diferente. Pero uno de los emires, el anciano Jurdik, que había servido a Saladino en la invasión de
Egipto casi treinta años antes, era un hombre compasivo y declaró que no podía
permitir que la gente saliera de la ciudadela hacia la multitud de musulmanes
que se estaba congregando, donde serían robados y maltratados. Comenzó a hacer
retroceder a la multitud para abrir un paso seguro para la retirada de la
guarnición, pero las tropas estaban de muy mal humor y fuera de control. Al fin
se logró sacar a cuarenta y nueve miembros de la guarnición, con sus caballos y
sus esposas; pero se había perdido tanto tiempo en el tumulto que ya era casi
mediodía, y mientras marchaban hacia fuera, se divisaba cerca de la costa la
flota de Ricardo, compuesta por nada menos que treinta y cinco barcos y quince
galeras velozes. Esta alentadora visión infundió
nuevo valor al resto de los defensores, y uno de ellos se acercó a Baha-ed-din y le informó cortésmente de que habían cambiado de
opinión. En pocos minutos, las murallas de la ciudadela volvieron a estar
guarnecidas; y lo siguiente fue una carga de la guarnición, que expulsó a los
musulmanes de la ciudad. Pronto fueron perseguidos de vuelta a la fortaleza, y
el lugar fue atacado con furia; de hecho, tan desesperada era la situación, tan
lento el socorro, que acababan de enviar de nuevo un mensaje a Saladino para
suplicarle las mismas condiciones que antes, cuando la suerte dio un giro.
En ese mismo instante,
las galeras inglesas comenzaron de repente a remar. Ricardo había estado
esperando y se preguntaba por qué no veía ondear los estandartes musulmanes en
las torres, y temía que la ciudadela ya hubiera caído. El ruido del mar, los alaridos
de los combatientes y los gritos de guerra de los musulmanes ahogaban las
súplicas de los hombres acorralados. Desembarcar frente al ejército sarraceno,
si ya no quedaba nada que rescatar, era una aventura demasiado temeraria
incluso para Corazón de León. En medio de esa incertidumbre y consternación, su
aguda mirada divisó a un hombre que se zambullía audazmente desde el castillo
al mar y nadaba con fuerza hacia la flota. Pronto lo subieron a bordo, y
resultó ser un sacerdote. —¡Oh, noble rey! —jadeó—, los que quedan ansían tu
llegada. Están acorralados por las espadas en alto de aquellos carniceros;
tienen el cuello extendido como ovejas para el matadero; perecerán en el acto a
menos que Dios les ayude a través de ti. Y le mostró al rey dónde seguía resistiendo
la guarnición «frente a aquella torre». Eso bastó a Ricardo: «¡Que perezcan los
que se queden atrás!», gritó, y la galera roja del rey se dirigió a toda
velocidad hacia la orilla. Antes de que encallara, Ricardo ya estaba sumergido
hasta la cintura en el mar; sus caballeros saltaron tras él y se abalanzaron
sobre los sarracenos con todas sus fuerzas. A diestra y siniestra, el rey
derribaba a los hombres con golpes de su famoso hacha danesa. Los musulmanes se
dispersaron en todas direcciones, la playa quedó despejada: «ante mis propios
ojos», dice el asombrado secretario, «nos expulsaron del puerto». El rey subió
solo por una escalera de la casa de los templarios y, en un instante, la
bandera inglesa ondeaba en las murallas, una señal de salvación para la
guarnición. Estos bajaron al ataque y, al encontrarse con su libertador
blandiendo su espada como solo Ricardo sabía hacerlo, todos se unieron y pronto
no quedó ni un musulmán con vida en las calles.
Solo podemos especular
sobre lo que Saladino estaba a punto de permitir que sucediera. Quizá se
hubiera dejado engañar por la prolongada inactividad de la flota y creyera que
no se atreverían a desembarcar ante sus tropas. En el momento crítico, le llamaron
para que se retirara, y fue el hombre de paz quien advirtió al general del
peligro que corría. «Galopé hasta el sultán», escribe el secretario, «y lo
encontré con los dos enviados», que para entonces ya habían llegado desde la
guarnición para negociar las condiciones. Un susurro le reveló a Saladino lo
que había sucedido, pero siguió hablando para que los enviados no adivinaran la
verdad.
Las multitudes de
fugitivos que pasaban a toda prisa junto a la tienda no dejaron lugar a dudas,
y el sultán ordenó formalmente la retirada que ya era una derrota en
desbandada. Se abandonaron los grandes fardos de botín; el ejército se
desvaneció hacia Yazur; solo Saladino permaneció en
el lugar con una división de caballería ligera.
Así fue como Jaffa fue
tomada y reconquistada en dos días.
El valiente rescate
coronó la cruzada de Ricardo con un resplandor de gloria moribunda. ¡Había
derrotado a un ejército musulmán con un puñado de héroes y los había puesto en
fuga con solo tres caballos!
La huida había
terminado, pero no la lucha. Ricardo lo sabía tan bien como cualquiera.
Abu-Bekr, el chambelán, fue a visitarlo —evidentemente con propuestas de
tregua— la misma noche de la derrota, y trajo consigo una curiosa anécdota.
Encontró al rey, dijo, conversando con su habitual jovialidad con algunos de
los emires musulmanes —prisioneros, probablemente— y relató su charla, a medio
camino entre la seriedad y la burla: «¿Por qué huyó ese poderoso sultán vuestro
con solo verme? Por Dios, ni siquiera llevaba armadura ni estaba listo para la
batalla: ¡solo llevaba puestos mis zapatos de barco! ¿Por qué salisteis
corriendo?». Luego continuó: «Dios mío, pensaba que no habría podido tomar
Jaffa en dos meses… ¡y lo hizo en dos días!». Dirigiéndose a Abu-Bekr, le dijo:
«Dale mis saludos al sultán y dile que le ruego, en nombre de Dios, que haga
las paces. Todo esto tiene que acabar. Mi país, al otro lado del mar, está en
una mala situación. Ni a nosotros ni a vosotros nos sirve de nada seguir con
esto».
Saladino no rechazó la
propuesta, pero limitó el ámbito de las negociaciones a la costa entre Tiro y
Cesarea. No era la actitud de un general derrotado. Ricardo propuso entonces
que el sultán le concediera en feudo Jaffa y Ascalón, con lo que se convertiría
en su «vasallo», según la costumbre de los francos, y tanto él como sus tropas
estarían al servicio de Saladino.
Dado que el rey se
marcharía en breve, el vasallaje propuesto (aunque fuera cierto lo relatado)
difícilmente tendría mucho valor, pero Saladino no lo rechazó por completo;
ofreció ceder Jaffa y quedarse con Ascalón. El domingo llegó un embajador a
Ramla, reiterando la exigencia de Ascalón. La respuesta de Saladino no se hizo
esperar: «No podemos ceder Ascalón —dijo—, y vuestro rey no puede marcharse
como propone sin dejar que todo el territorio que ha conquistado caiga en
nuestras manos. Si él puede pasar un invierno aquí, lejos de su país y de su
pueblo, cuando aún se encuentra en plena juventud y disfruta de los placeres de
la vida, ¿cuánto más puedo yo permanecer aquí, tanto en invierno como en
verano?». «Estoy en el corazón de mi propio país», añadió, «mis hijos y mi
gente están a mi alrededor, puedo obtener todo lo que deseo. Y soy un anciano;
los placeres de este mundo no significan nada para mí: los he disfrutado al
máximo y he renunciado a ellos por completo... Creo en lo más profundo de mi
alma que estoy realizando la mejor de las buenas obras, y no desistiré hasta
que Dios conceda la victoria a quien Él quiera».
Esta negociación fracasó
en la roca de Ascalón, al igual que la anterior. Es posible que su único
objetivo fuera ganar tiempo, ya que el lunes se supo que unos refuerzos
marchaban desde Acre en apoyo del rey. Saladino envió su equipaje a las colinas
y, llevando consigo solo a su caballería, salió al encuentro del nuevo peligro.
Descubrió que los francos ya se habían puesto a salvo en Cesarea; y, tras
dejarlos allí, dio media vuelta y decidió hacer otro intento contra Jaffa. Los
sarracenos eran ahora muy conscientes de la debilidad de la fuerza de la que
habían huido el sábado, pero, aun así, prefirieron aprovechar la ventaja de la
sorpresa. Un genovés que merodeaba al amanecer del miércoles (8 de agosto) oyó
el relincho de los caballos y el pisoteo de los hombres, y vio el destello del
acero bajo los rayos oblicuos del sol. Corrió de vuelta al campamento para dar
la alarma, y los caballeros saltaron de sus lechos. No tuvieron tiempo de
ponerse toda la armadura. Ricardo y muchos otros salieron sin protección para
los ojos; algunos no llevaban calzones y el aire fresco de la mañana les
golpeaba con frío los muslos desnudos; cada uno cogió el arma que tenía más a
mano y salió al encuentro del enemigo.
El rey solo contaba con
cincuenta y cuatro caballeros en total, de los cuales solo quince tenían
caballos, y unos dos mil soldados robustos; pero a la cabeza de ellos se
encontraban Enrique de Champaña, el conde de Leicester, Bartolomé de Mortimer,
Ralph de Malo-Leone, Andrés de Chavigny, Gerardo de Furnival y muchos otros
espadachines de confianza. Los sarracenos avanzaban al galope en siete
divisiones, cada una de mil jinetes; pero sus lanzas traqueteaban contra una
valla de hierro. Detrás de una ligera empalizada, levantada a toda prisa con
estacas de tienda para entorpecer a la caballería, los francos se habían
formado con una rodilla en el suelo para recibir a la caballería, con las
puntas de sus lanzas firmemente clavadas en la tierra y los escudos entrelazados
ante ellos. Entre cada par, Ricardo colocó a un arquero, que disparaba su
ballesta por encima de los escudos; otro hombre permanecía detrás para tensar y
cargar un arco de repuesto. Escuadrón tras escuadrón avanzaba atronadoramente,
solo para ser frenado bruscamente por el muro de lanzas.
Durante un rato permanecieron allí como hombres
paralizados, lanza contra lanza, incapaces de hacer más que gritar y maldecir,
y tan cerca unos de otros que nadie soltó la cuerda del arco; luego se
retiraron con aire hosco. La carga se repitió cinco o seis veces, con el mismo
resultado; pero al fin, a las tres de la tarde, Ricardo hizo que sus
ballesteros se abrieran paso hasta la primera línea y lanzaran una descarga de
dardos contra la línea al galope. Los lanceros dejaron entonces que los
arqueros pasaran entre ellos y, prosiguiendo el ataque, completaron la derrota
del enemigo. En el momento de la retirada, Ricardo salió al encuentro con sus
quince caballeros a caballo y se abalanzó sobre los sarracenos con su
incomparable furia, partiendo cabezas y cortando miembros en todas direcciones.
En el fragor de la batalla, debió de perder su caballo; pues, de repente, un
turco se le acercó montado en un corcel espumante, guiando a otro; al ver al
rey desmontado, Saladino le había enviado dos ágiles árabes, considerando una
vergüenza que un guerrero tan valiente luchara a pie. Ricardo los aceptó con el
mismo espíritu, y la batalla continuó. Mientras tanto, los musulmanes
intentaron apoderarse de la ciudad por la retaguardia, pero Ricardo, con un
puñado de caballeros, los expulsó; los cobardes galeotes huyeron alarmados,
pero el rey los hizo volver para defender la ciudad; aquel día es un largo
relato de las hazañas de Ricardo. «Velut leo ferocissimus invadit, invadendo prosternit, prostratos interficit (Como el
león más feroz, ataca, derriba a sus enemigos y mata a aquellos a los que ha
derribado)». Y esto no es fruto de la imaginación exagerada del cronista
cristiano. Baha-ed-din admite el fracaso total del
ataque musulmán, que atribuye a la clemencia mostrada hacia la guarnición de
Jaffa; algunos de los soldados, dice, incluso se burlaron del sultán: «Haz que
carguen tus esclavos, que derrotaron a nuestra gente el día que tomamos Jaffa».
Fuera cual fuera la causa, Saladino no consiguió que sus hombres volvieran al
ataque, y su secretario relata, con admiración y repugnancia, cómo el rey de
Inglaterra cabalgó a lo largo de todo el frente del ejército sarraceno, con la
lanza en reposo, desafiándolos, ¡y ni un solo hombre intentó tocarlo! Al final,
Saladino abandonó el campo de batalla furioso y, el viernes, ya se encontraba
en Jerusalén ordenando nuevas fortificaciones. Ya no confiaba en que Ricardo se
marchara sin tomar la Ciudad Santa.
Al día siguiente, el
sultán estaba de vuelta en el campamento cerca de Ramla, rezando por refuerzos:
no podía confiar en los hombres que le habían fallado dos veces. Los refuerzos
llegaron justo a tiempo: tropas de Mosul, de Egipto, los viejos mamelucos de Shirkuh, los reclutas del norte de Siria; en pocos días
disponía de un nuevo ejército capaz de avergonzar a los hombres que se habían
acobardado ante Jaffa. Pero no fueron necesarios. El rey de Inglaterra estaba
gravemente enfermo; tanto su salud como los problemas en su país le instaban a
actuar con rapidez; los demás cruzados estaban impacientes por partir; el nuevo
rey de Jerusalén e incluso las dos órdenes militares se negaron a asumir la
responsabilidad de las ciudades conquistadas en la costa a menos que Ricardo
estuviera allí para dirigirlos: «rechazaron sus propuestas y ya no le
acompañaron más»
Con tan escaso séquito y
tantos amigos distanciados; postrado en un lecho de enfermo con «hordas
pululantes de turcos» a su alrededor; el rey no tuvo más remedio que llegar a
un acuerdo con Saladino y marcharse. El segundo fracaso en Jaffa había enseñado
una lección al sultán, y ni siquiera con sus tropas frescas estaba dispuesto a
llevar la guerra hasta el extremo. Ya se había luchado lo suficiente, en
conciencia, y nadie podía negar que, durante cinco años, los musulmanes habían
recorrido «el camino de Dios» con el celo y la resistencia de los mártires. La
enfermedad del rey ablandó los corazones de Saladino y el-Adil, siempre
dispuestos a la amistad con un adversario tan franco y marcial. En medio de su
fiebre ardiente, Ricardo ansiaba fruta refrescante, y Saladino le enviaba
constantemente peras y melocotones, así como nieve refrescante de las montañas.
Se dice que el-Adil se sintió afligido por el peligro que corría el rey, y
Ricardo de Devizes relata una bonita anécdota sobre una de sus visitas a la
tienda del enfermo:
«Mientras tanto, bajó a
ver al rey, como era su costumbre, un tal gentil Saffadin, hermano de Saladino,
un viejo soldado, muy cortés y sabio, a quien la magnanimidad y la generosidad
del rey habían ganado para su causa. Cuando los sirvientes del rey lo recibieron
con menos alegría de lo habitual y no le permitieron hablar con su señor, él
dijo: Por lo que me dice el intérprete, percibo que estáis sumidos en gran
aflicción, y no ignoro la causa. Mi amigo, vuestro rey, está enfermo, y es por
esta razón por la que me cerráis la puerta. Entonces, rompiendo a llorar, dijo:
“Oh, Dios de los cristianos”, “si de verdad eres Dios, no puedes permitir que
un hombre así, y tan necesario, muera tan pronto”
Es una lástima, pero es
bastante cierto que el-Adil nunca estuvo en Jaffa durante la enfermedad del
rey.
Sin embargo, fue a
el-Adil, aunque yacía enfermo en Mar Samwil, a quien
Ricardo recurrió en su angustia; le suplicó que negociara «las mejores
condiciones que pudiera» con Saladino. «Pídele a mi hermano, el-Adil», instó a
Abu-Bekr, el chambelán, «que vea cómo puede convencer al sultán para que haga
la paz, y rúgale que me deje Ascalón». Pero Ascalón no iba a ser suya. Las
negociaciones diplomáticas se prolongaron desde el viernes 28 de agosto hasta
el miércoles siguiente; un mensajero rápido hizo de enlace entre el-Adil y los
dos campamentos; y, finalmente, el 2 de septiembre de 1192 se firmó el tratado
de paz por tres años. Las ciudades costeras que había conquistado, desde Acre
hasta Jaffa, fueron cedidas al rey de Inglaterra; Ascalón debía ser demolida;
musulmanes y cristianos podían circular libremente por los territorios de la
otra parte, y los peregrinos podían visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén.
Cuando el mensajero le entregó el borrador del tratado, el rey se encontraba
muy enfermo y dijo: «No tengo fuerzas para leerlo, pero aquí está mi firma en
el tratado de paz». Cuando la embajada acudió para la firma, Ricardo tendió la
mano a cada uno de ellos, y todos le dieron su palabra. Él mismo no quiso
prestar juramento, alegando que no era propio de los reyes, pero Enrique de
Champaña, aunque era rey, Balian de Ibelín, los
caballeros del Templo y del Hospital, y todos los presentes, prestaron
juramento.
Por la tarde, los
francos enviaron a sus embajadores para que el sultán ratificara el tratado, y
a la mañana siguiente Saladino lo firmó, y la paz se proclamó por todo el
campamento. «Fue un día de alegría: solo Dios conoce el inmenso gozo de ambos
pueblos».
El rey Ricardo embarcó
en Acre el 9 de octubre; pero antes de zarpar envió un mensaje a su caballeroso
adversario diciéndole que, cuando terminara la tregua de tres años, volvería
para liberar Jerusalén; y Saladino respondió que, si tenía que perder sus tierras,
prefería perderlas a manos de Ricardo antes que a manos de cualquier otro
hombre vivo. Y así se separaron, y la tierra disfrutó de paz.
La Guerra Santa había
terminado; la contienda de cinco años había llegado a su fin. Antes de la gran
victoria de Hattin, en julio de 1187, ni una pulgada de Palestina al oeste del
Jordán estaba en manos de los musulmanes. Tras la paz de Ramla, en septiembre
de 1192, toda la tierra era suya, salvo una estrecha franja costera que se
extendía desde Tiro hasta Jaffa. Saladino no tenía motivos para avergonzarse
del tratado. Es cierto que los francos conservaron la mayor parte de lo que los
cruzados habían conquistado, pero el resultado fue insignificante en
comparación con el coste. A instancias del Papa, toda la cristiandad se había
levantado en armas. El emperador, los reyes de Inglaterra, Francia y Sicilia,
Leopoldo de Austria, el duque de Borgoña, el conde de Flandes, cientos de
famosos barones y caballeros de todas las naciones, se habían unido al rey y a
los príncipes de Palestina y a los indomables hermanos del Templo y del
Hospital, en el esfuerzo por liberar la Ciudad Santa y restaurar el
desaparecido reino de Jerusalén. El emperador había muerto; los reyes se habían
marchado; muchos de sus seguidores más nobles yacían enterrados en Tierra
Santa; pero Jerusalén seguía siendo la ciudad de Saladino, y su rey titular
reinaba sobre un pequeño reino en Acre.
Ni siquiera toda la
fuerza de la cristiandad concentrada en la Tercera Cruzada había logrado hacer
tambalear el poder de Saladino. Puede que sus soldados se quejaran de los
largos meses de servicio duro y peligroso, año tras año, pero nunca se negaron
a acudir a su llamada y a dar la vida por su causa. Es posible que sus vasallos
en los lejanos valles del Tigris se quejaran de sus constantes exigencias, pero
traían lealmente a sus hombres bajo sus estandartes; y en la última batalla
campal, en Arsuf, fue la división de Mosul la que más se distinguió por su
valor. A lo largo de estas penosas campañas, Saladino siempre pudo contar con
el apoyo de las tropas reclutadas en Egipto y Mesopotamia, así como en el norte
y el centro de Siria; kurdos, turcomanos, árabes y egipcios: todos eran
musulmanes y sus siervos cuando él los llamaba. A pesar de sus diferencias
raciales, sus celos nacionales y su orgullo tribal, los había mantenido unidos
como un solo ejército —no sin dificultad y tras dos o tres momentos críticos de
vacilación—. Pero, a pesar de la deserción en Jaffa, seguían siendo un ejército
unido bajo sus órdenes en el otoño de 1192, tal y como lo habían sido cuando
los condujo por primera vez «por el Camino de Dios» en 1187. Ni una sola
provincia se había separado, ni un solo jefe o vasallo se había rebelado, aunque las exigencias a su lealtad y resistencia
eran suficientes para poner a prueba la fe más firme y agotar la fuerza de
gigantes. La breve deserción, rápidamente perdonada, de un joven príncipe de su
propia sangre en Mesopotamia no hace sino subrayar, por su carácter aislado, la
irresistible influencia de Saladino sobre sus súbditos. Cuando terminaron las
pruebas y los sufrimientos de los cinco años de guerra, él seguía reinando sin
rival desde las montañas del Kurdistán hasta el desierto de Libia, y mucho más
allá de estas fronteras, el rey de Georgia, el catolicós de Armenia, el sultán de Konya y el emperador de Constantinopla estaban
deseosos de considerarlo amigo y aliado.
A esos aliados no les
debía nada: no habían venido a ayudarle, sino a felicitarle. La lucha la libró
Saladino en solitario. Salvo al final, cuando su hermano pasó a ocupar un lugar
destacado en primera línea, no se puede señalar a ningún general o consejero
del que se pueda decir que dirigiera, y mucho menos que dominara, al sultán.
Sin duda, un consejo de guerra guiaba sus decisiones militares y, en ocasiones,
se imponía a su buen juicio, como ocurrió ante Tiro y Acre, pero en ese consejo
es imposible destacar una voz concreta que tuviera más peso que otra a la hora
de influir en su decisión. Hermanos, hijos, sobrinos, viejos compañeros, nuevos
vasallos, el astuto cadí, el cauteloso secretario, el predicador fanático…
Todos participaban en el veredicto general, todos ayudaban lealmente a su señor
según sus capacidades, pero ninguno de ellos olvidó jamás quién era el señor.
En todo aquel tiempo angustioso, laborioso y crítico, una sola mente, una sola
voluntad reinaban supremas: la mente y la voluntad de Saladino.
Cuando la lucha por fin
terminó, cuando los francos habían sido empujados hasta la costa y los lugares
sagrados tanto para los musulmanes como para los cristianos estaban de nuevo
bajo su custodia, es muy posible que Saladino soñara con un imperio más extenso,
con planes más ambiciosos. Los recuerdos de la primera gran oleada de victorias
sarracenas, e incluso el reciente ejemplo de los triunfos selyúcidas, podrían
haber despertado en él pensamientos de otros mundos por conquistar. Pero tales
fantasías aún no estaban maduras como para perturbar su paz recién encontrada.
La primera preocupación de Saladino era el descanso de sus agotadas tropas.
Apenas se había firmado el tratado cuando las despidió para que regresaran a
sus hogares, y los días 10 y 11 de septiembre la larga procesión de los hombres
de Mesopotamia inició la alegre marcha hacia sus aldeas junto a los grandes
ríos y en las tierras altas. Su siguiente preocupación fueron las abarrotadas
caravanas de peregrinos cristianos que, por fin, iban a saciar el anhelo de sus
almas de ver el lugar donde murió el Señor. En Jerusalén había rudos soldados
sarracenos, sedientos de venganza contra los asesinos de sus parientes en la
llanura de Acre; pero la escolta de Saladino en el camino y el gobierno humano del
honrado Jurdik en la ciudad permitieron a los
peregrinos superar todos los peligros.
El propio sultán se
encontraba en Jerusalén en septiembre, cuando Hubert Walter, obispo de
Salisbury, condujo la tercera de las caravanas de peregrinos a los Lugares
Santos.
«A este obispo, en razón
de su rectitud, su reputación de sabiduría y su gran renombre, Saladino le
envió un mensaje ofreciéndole una casa sin coste alguno. Pero el obispo se negó
alegando que tanto él como su comitiva eran peregrinos. Entonces Saladino ordenó
a sus sirvientes que mostraran toda clase de cortesía al obispo y a sus
hombres. Saladino también le envió muchos regalos de gran valor e incluso lo
invitó a una reunión para ver qué tipo de hombre era en apariencia. Le mostró
la Santa Cruz y permanecieron sentados juntos durante largo rato conversando de
manera amistosa. En esa ocasión, Saladino le preguntó por el carácter y los
hábitos del rey de Inglaterra. También le preguntó qué decían los cristianos
sobre sus sarracenos. El obispo le respondió: «En cuanto a mi señor el rey,
puedo decir que no hay caballero en el mundo que pueda considerarse su igual en
asuntos militares, ni su par en valor y generosidad. Se distingue por poseer en
su totalidad todas las buenas cualidades… Si alguien pudiera otorgar tus nobles
cualidades al rey Ricardo y las suyas a ti, de modo que cada uno de vosotros
estuviera dotado de las facultades del otro, entonces ni siquiera el mundo
entero podría proporcionar dos príncipes semejantes. Por fin, Saladino, tras
haber escuchado pacientemente al obispo, intervino: «Conozco muy bien el gran
valor y la valentía de vuestro rey; pero, sin querer ser demasiado severo, a
menudo se expone a peligros innecesarios y es demasiado pródigo con su vida.
Por mi parte, por muy gran rey que sea, preferiría con mucho estar dotado de
riqueza, siempre que vaya acompañada de sabiduría y moderación, antes que de
audacia y moderación».
«Tras una larga
conversación por medio de un intérprete, Saladino invitó al obispo a pedir
cualquier regalo que deseara y se lo concedería. El obispo le dio las gracias
por esta oferta, suplicando que se le concediera un tiempo —hasta el día
siguiente— para deliberar. Al día siguiente, pidió que se permitiera a dos
sacerdotes latinos y a dos diáconos latinos celebrar el servicio divino junto
con los sirios en el Santo Sepulcro. El sustento de estos sacerdotes se
cubriría con las ofrendas de los peregrinos. Y es que, al visitar el Santo
Sepulcro, el obispo había encontrado que los servicios se celebraban solo a
medias, según la bárbara costumbre de los sirios. Hizo una petición similar
para Belén y Nazaret. Se trataba de una gran petición y, según se cree, muy
grata a Dios. Cuando el sultán dio su consentimiento, el obispo, de acuerdo con
su petición, estableció sacerdotes y diáconos en cada lugar, inaugurando así un
culto digno a Dios».
Cuatro meses antes de
que se instalaran estos sacerdotes latinos, un embajador del emperador griego
había presentado una petición similar a Saladino en nombre de los sacerdotes de
la Iglesia ortodoxa, y había sido rechazada. Resulta curioso descubrir en el
siglo XII la misma disputa por los Lugares Santos que constituyó uno de los
pretextos rusos para la guerra con Turquía en 1854.
Cuando se le aseguró que
el rey de Inglaterra había zarpado realmente y abandonado el país, Saladino
emprendió una gira por las tierras que se habían conquistado y mantenido a tan
alto precio. Visitó todas las fortalezas y ciudades principales, examinando sus
defensas, dando órdenes para las fortificaciones y colocando en cada una de
ellas una fuerte guarnición de caballería e infantería. En Beirut, el 1 de
noviembre, recibió al príncipe de Antioquía, Bohemundo el Tartamudo, quien
participó en el tratado de paz; el encuentro fue cordial, y al príncipe se le
concedieron tierras en la llanura de Antioquía por un valor de 15 000 piezas de
oro al año. En Kaukab —que ya no se llamaría Belvoir— se encontró con su antiguo sirviente de los
primeros tiempos, Karakush, el constructor de las murallas de El Cairo, que
había languidecido en la prisión de Acre desde la rendición. No hubo reproches,
sino solo la bienvenida que merecía una devoción antigua y probada. El 4 de
noviembre, Damasco aclamó una vez más a su sultán. Llevaba cuatro años sin
cruzar sus puertas, y su recepción pública al día siguiente se vio abarrotada
de viejos amigos y súbditos jubilosos. Los poetas no tenían palabras lo suficientemente
raras y ricas para la gran ocasión.
Una vez más, Saladino se
sentía como en casa entre sus hijos. Lo vemos sentado en su pabellón de verano,
en los terrenos del castillo, rodeado de sus hijos más pequeños. Le anunciaron
la llegada de unos enviados de los francos, pero cuando se presentaron ante él,
sus barbas afeitadas, su pelo muy corto y sus extrañas ropas asustaron al
pequeño Abu-Bekr, que se echó a llorar. El padre, pensando únicamente en el
niño, despidió a los embajadores con una excusa, antes incluso de que hubieran
entregado su mensaje. Allí estaban sus hijos mayores, hombres ya hechos y
derechos que habían luchado en sus batallas, y con ellos y con su hermano,
el-Adil, salía día tras día a cazar gacelas en las amplias llanuras que
rodeaban Damasco. Pensaba en ir a La Meca en peregrinación, el deber supremo
del musulmán piadoso; deseaba volver a visitar aquel Egipto que había sido su
trampolín hacia el poder; pero el tiempo pasaba, y los peregrinos regresaban de
Arabia, y Saladino seguía en Damasco, deleitándose con las alegrías de un hogar
tranquilo.
El viernes 20 de febrero
salió a caballo con Baha-ed-din para recibir a la
caravana del hajj. Últimamente no se encontraba bien,
y era la temporada de lluvias; los caminos estaban anegados tras las fuertes
lluvias, y había cometido la imprudencia de olvidarse de ponerse su habitual
gambesón acolchado. Esa noche tuvo fiebre. Al día siguiente no pudo reunirse
con sus amigos para cenar, y la visión del hijo sentado en el asiento del padre
hizo llorar a muchos —lo tomaron como un presagio—. Cada día el sultán
empeoraba, le dolía terriblemente la cabeza y sufría internamente. Al cuarto
día, los médicos le hicieron una sangría; y a partir de ese momento su estado
empeoró progresivamente. La fiebre le resecaba la piel y se iba debilitando
cada vez más. Al noveno día, su mente divagaba; cayó en un estado de estupor y
ya no pudo tomar su medicación. Cada noche, Baha-ed-din
y el canciller el-Fadil iban a verlo, o al menos a escuchar el informe de los
médicos; y a veces salían con lágrimas a raudales, que se esforzaban por
contener, pues siempre había una multitud a las puertas esperando ver en sus
rostros cómo se encontraba el Amo. El domingo, décimo día de la enfermedad, la
medicina le proporcionó algo de alivio; el enfermo bebió un buen trago de agua
de cebada y rompió a sudar profusamente. «Dimos gracias a Dios… y salimos con
el corazón aliviado». No fue más que el último esfuerzo. El martes por la
noche, el fiel secretario y el canciller fueron convocados al castillo, pero no
vieron al sultán, que se estaba apagando rápidamente. Había un clérigo con él,
repitiendo la confesión de fe y leyendo la Sagrada Palabra; y cuando llegó al
pasaje «Él es Dios, más allá del cual no hay otro Dios, que conoce lo oculto y
lo manifiesto, el Compasivo, el Misericordioso», el sultán murmuró: «Cierto»; y
cuando llegaron las palabras «En Él confío», el moribundo sonrió, su rostro se
iluminó y entregó su alma a su Señor.
Saladino murió el
miércoles 4 de marzo de 1193, a la edad de cincuenta y cinco años.
Lo enterraron ese mismo
día en la casa del jardín de la Ciudadela de Damasco, a la hora de la oración del asr. La espada que había llevado durante la
Guerra Santa fue depositada a su lado: «se la llevó consigo al Paraíso». Lo
había dado todo, y hubo que pedir prestado el dinero para el entierro, incluso
la paja para los ladrillos con los que se construyó la tumba. La ceremonia fue
tan sencilla como el funeral de un indigente. Un paño a rayas cubría el
sencillo féretro. No se permitió a ningún poeta entonar un canto fúnebre, ni a
ningún predicador pronunciar un sermón. Cuando la multitud, que se agolpaba
junto a la puerta, vio el féretro, se alzó un gran lamento, y la gente estaba
tan desconsolada que no podía articular las palabras de la oración, sino que
solo lloraba y gemía. Todos tenían los ojos húmedos, y eran pocos los que no
lloraban en voz alta. Entonces cada uno se fue a su casa y cerró la puerta, y
las calles vacías y silenciosas dieron testimonio de un gran dolor. Solo el
secretario, que lloraba, y los miembros de la familia acudieron a rezar junto a
la tumba y a dar rienda suelta a su dolor. Al día siguiente, la gente se agolpó
ante la tumba, rezando, lamentándose, recitando el Corán e invocando la
bendición de Dios sobre aquel que dormía bajo tierra. No fue hasta el final del
segundo año cuando el cuerpo del sultán fue enterrado, gracias al amoroso cuidado
de uno de sus hijos, en la capilla situada en el lado norte de la Kellasa, junto a la gran mezquita omeya, donde yace ahora.
Sobre él, el fiel canciller, que pronto seguiría a su señor, escribió el
epitafio: «Oh Dios, acoge esta alma y ábrele las puertas del cielo, esa última
victoria que él esperaba».
«Entré en este
oratorio», cuenta un biógrafo posterior, «por la puerta que da a la Kellasa y, tras recitar un pasaje del Corán sobre la tumba,
invoqué la misericordia de Dios para quien yace en ella. El guardián me mostró
un paquete que contenía las ropas de Saladino, y vi entre ellas un chaleco
corto amarillo con puños negros, y recé para que aquella visión fuera una
bendición para mí».
El sabio médico
Abd-el-Latif escribió, con cierto cinismo, que, según su conocimiento, este fue
el único caso en el que la muerte de un rey fue verdaderamente llorada por el
pueblo. El secreto del poder de Saladino residía en el amor de sus súbditos. Lo
que otros intentaban conseguir mediante el miedo, la severidad o la majestad,
él lo lograba con bondad. En las memorables palabras que pronunció, poco antes
de su muerte, a su hijo más querido, ez-Zahir, al
despedirlo para que se incorporara a su cargo en la provincia, reveló la fuente
de su propia fuerza.
«Hijo mío», le dijo, «te
encomiendo a Dios Altísimo, fuente de toda bondad. Haz Su voluntad, pues en
ello reside la paz. Abstente de derramar sangre; no confíes en eso, pues la
sangre derramada nunca descansa. Procura ganarte el corazón de tu pueblo y vela
por su prosperidad; pues es para garantizar su felicidad por lo que has sido
designado por Dios y por mí. Intenta ganarte el corazón de tus emires,
ministros y nobles. He llegado a ser tan grande como soy porque me he ganado el
corazón de los hombres con dulzura y bondad».
La dulzura era la nota
dominante de su carácter. En vano buscamos en las descripciones de la época los
atributos habituales de los reyes. ¿Majestad? No se menciona, pues el respeto
que inspiraba brotaba del amor, que «expulsa el temor». ¿Protocolo? Lejos de
adoptar un porte imponente y formas puntillosas, ningún soberano fue jamás más
afable y accesible. Le encantaba rodearse de conversadores ingeniosos, y él
mismo era «una delicia con quien conversar». Conocía todas las tradiciones de
los árabes, las «hazañas» de sus antiguos héroes, los pedigríes de sus famosas
yeguas. Su simpatía y su interés sincero hacían que todo el mundo se sintiera a
gusto, y en lugar de coartar la libertad de conversación, dejaba que la charla
fluyera a tal ritmo que, a veces, uno no podía oír su propia voz. Los
cortesanos de la vieja escuela echaban de menos la estricta corrección de las
audiencias de Nur-ed-din, en las que cada uno
permanecía en silencio, «como si tuviera un pájaro posado en la cabeza», hasta
que se le invitaba a hablar. En la corte de Saladino todo era conversación
animada: un murmullo de lo más poco real. Sin embargo, había límites que nadie
se atrevía a traspasar en presencia del sultán. No toleraba las conversaciones
indecorosas, ni se permitía ninguna irreverencia frívola o falta de respeto
hacia las personas. Nunca utilizó ni permitió un lenguaje difamatorio. Mantenía
su propia lengua, incluso ante grandes provocaciones, bajo un control riguroso,
y su pluma no era menos disciplinada: nunca se supo que escribiera una palabra
amarga a un musulmán.
El médico de Bagdad ha
dejado un relato, demasiado breve, de sus primeras impresiones sobre Saladino,
en el que vemos al sultán en su faceta social.
«Lo encontré —escribió
Abd-el-Latif— como un gran príncipe, cuya apariencia inspiraba a la vez respeto
y amor, que era accesible, profundamente intelectual, cortés y noble en sus
pensamientos. Todos los que se acercaban a él lo tomaban como modelo... La primera
noche que pasé con él, lo encontré rodeado de una gran multitud de hombres
eruditos que debatían sobre diversas ciencias. Él escuchaba con placer y
participaba en su conversación. Habló de fortificaciones, abordó algunas
cuestiones jurídicas, y su discurso abundaba en ideas ingeniosas. Por entonces
[1191-2] se encontraba absorto en el refuerzo de las defensas de Jerusalén, y
supervisaba personalmente las obras, llegando incluso a transportar piedras
sobre sus propios hombros; y todos, ricos y pobres, seguían su ejemplo, incluso
Imad-ed-din el Katib y el Kady el-Fadil. Montaba a
caballo antes del amanecer, supervisaba las obras hasta el mediodía y de nuevo
desde la oración de la tarde hasta que regresaba a la luz de las antorchas.
Luego dedicaba gran parte de la noche a organizar las labores del día
siguiente».
Toda su vida fue
sencilla, laboriosa y ascética. Cuando le mostraron un hermoso pabellón que se
había construido para él en Damasco, apenas le echó un vistazo: «No vamos a
quedarnos aquí para siempre», dijo. «Esta casa no es para quien busca la
muerte. Estamos aquí para servir a Dios». Despreciaba el lujo y la
autocomplacencia. Cuando descubrió que uno de sus hijos descuidaba sus
obligaciones por su pasión por una esclava, reprendió severamente al libertino
y lo separó de la muchacha.
«Nuestro sultán —dice
Baha-ed-din— tenía un corazón muy noble, la bondad
resplandecía en su rostro, era muy modesto y exquisitamente cortés». Las
crónicas están repletas de su bondad. No soportaba que se azotara a sus
sirvientes, en una época en la que azotar a los sirvientes era algo habitual.
Si le robaban dinero, los despedía; pero aborrecía el látigo. Su indulgencia y
paciencia no conocían límites, y nunca daba importancia a su propia dignidad.
Baha-ed-din relata con horror cómo, cuando cabalgaban juntos hacia Jerusalén en un día
lluvioso, su mula salpicó de barro al sultán; pero Saladino se limitó a reír y
no dejó que el avergonzado secretario cabalgara detrás. En otra ocasión, un
sirviente lanzó un zapato y casi le dio al sultán, pero este se giró sonriendo
hacia el otro lado, como si no se hubiera dado cuenta. Un viejo mameluco le
importunaba con una petición cuando estaba agotado por el cansancio, pero él
mismo fue a buscar el tintero y accedió a la petición sin mostrar ningún signo
de irritación. Los solicitantes lo rodeaban de tal manera cuando se sentaba en
audiencia, que incluso pisoteaban su diván, pero él siempre recogía sus
peticiones con su propia mano y atendía sus quejas, y ninguno se marchaba con
las manos vacías. Todos los días recibía esos documentos problemáticos y
reservaba un tiempo determinado para revisar los papeles con su secretario y
responderlos con las respuestas adecuadas.
Los lunes y jueves se
sentaba en el estrado, junto a los cadíes y los jurisconsultos, en el tribunal,
y administraba justicia a todos los que acudían. No reclamaba ni concedía
privilegios ante el tribunal, y si un hombre tenía un pleito contra uno de los
príncipes reales, o incluso contra el propio sultán, debía comparecer ante el
cadí como cualquier demandado corriente y someterse a la ley. Pero si Saladino
ganaba el caso, vestía al demandante derrotado con una túnica de honor, le
pagaba los gastos y lo despedía feliz y asombrado. De un juez así, la gente no
podía temer severidad. Sin embargo, en la guerra por la fe podía mostrarse
severo, casi implacable, y la lista de ejecuciones, especialmente de
templarios, demuestra cómo la religión puede endurecer incluso al más apacible
de los hombres. Pero no siempre fue así. Se cuenta que un prisionero franco fue
llevado temblando ante Saladino y entonces exclamó: «Antes de ver su rostro
tenía mucho miedo, pero ahora que lo he visto sé que no me hará ningún daño». Se
marchó como un hombre libre.
En estas páginas se han
recogido ejemplos de su clemencia y su bondad, pero se podrían añadir muchos
más. Está la conmovedora historia de la mujer que llegó desde el campamento de
los cruzados en Acre en busca de su bebé, que había sido secuestrado por la
soldadesca sarracena. Los centinelas la dejaron pasar y la llevaron ante el
sultán, a quien ella había acudido en busca de ayuda, «pues es muy
misericordioso», le dijeron. Saladino se conmovió ante su angustia; se le
llenaron los ojos de lágrimas; y ordenó que registraran el campamento hasta que
la niña fuera devuelta sana y salva a su madre, y ambas fueran conducidas de
vuelta a las líneas enemigas. Su amor por los niños era una hermosa faceta de
su carácter. Consideraba que cada niño huérfano era su responsabilidad
especial. Estaba profundamente apegado a sus propios hijos: no leemos nada
sobre sus esposas; los caballeros orientales no hablan de sus esposas; pero hay
muchas referencias al placer que le producían sus hijos. No les permitía
presenciar actos sangrientos —una precaución bastante natural a nuestros ojos,
pero muy poco común en su época—. «No deseo —decía Saladino— que se acostumbren
al derramamiento de sangre, tan jóvenes como son, ni que se deleiten en quitar
la vida, cuando aún no conocen la diferencia entre musulmanes e infieles».
Solía enseñarles él mismo y se deleitaba, quizá más que ellos, en inculcar en
sus mentes infantiles un cierto compendio de teología, que tenían que aprender
de memoria.
Porque, por encima de
todo, Saladino era un musulmán devoto. Su religión lo era todo para él. Solo en
esto era fanático; y el único acto de severidad, no cometido en la guerra, que
se le puede imputar fue la ejecución del filósofo místico es-Suhrawardy, por
motivos de herejía. Saladino odiaba con un horror sagrado a todos los filósofos
eclécticos, materialistas y librepensadores. Su propia fe era tan rígidamente
ortodoxa como sencilla, firme y sincera. El islam, en su esencia y tal y como
lo profesaba un hombre como Saladino, es una religión de noble sencillez y
austero sacrificio. Decir que era riguroso en sus observancias ceremoniales es
quedarse corto, salvo que su determinación por recuperar los dos meses de ayuno
que se había visto obligado a omitir durante la guerra probablemente aceleró su
fin. Tanto sus frecuentes enfermedades como sus arduos esfuerzos hacían que el
ayuno resultara peligroso para su salud; sus médicos le advirtieron en vano, y
su persistencia en este deber religioso mientras se encontraba en Jerusalén en
su último año debilitó su constitución y le hizo menos capaz de resistir la
fiebre mortal. Nadie era más asiduo en las cinco oraciones diarias y en la
asistencia semanal a la mezquita; e incluso cuando estaba gravemente enfermo,
mandaba llamar al imán y se obligaba a ponerse de pie y repetir el agotador
servicio del viernes. Le encantaba que le leyeran el Corán, pero quien se lo
leyera tenía que ser un experto con mucha práctica. Saladino escuchaba hasta
que se le enternecía el corazón y las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Tenía esta debilidad propia de una mujer, pero no por ello deja de gustarnos
por su naturaleza emotiva y sensible. «Su corazón era humilde y estaba lleno de
compasión, y las lágrimas le brotaban con facilidad».
Le entristecía no haber
podido cumplir nunca con el deber religioso de la peregrinación; pero, al
menos, fue un benefactor para los peregrinos. Una de sus primeras medidas como
soberano fue abolir los onerosos peajes que durante siglos habían supuesto una
carga para los fieles que visitaban La Meca, y su última aparición pública fue
para dar la bienvenida a los peregrinos que regresaban del hach (viaje a
la Meca). Cuando los peregrinos lo saludaron, se notó lo radiante que se le
veía. Solo le quedaba una semana de vida.
En nada mostró su celo
religioso con más fervor que en el deber principal y supremo de los musulmanes:
la yihad o guerra santa. Aunque por naturaleza reacio al derramamiento de
sangre, e incluso poco belicoso, se convertía en un hombre diferente cuando se
trataba de luchar contra los infieles. «Nunca le vi —dice Baha-ed-din— mostrar inquietud alguna por el número y la fuerza
del enemigo. Escuchaba planes de todo tipo y discutía sus consecuencias sin
ningún tipo de agitación ni pérdida de compostura». Solía cabalgar, como hemos
visto, entre las líneas de batalla, acompañado únicamente por un paje; y en una
ocasión se sentó allí a lomos de su caballo, rodeado de su estado mayor, y
escuchó con calma mientras le leían en voz alta las Tradiciones sagradas frente
al enemigo. Librar la guerra de Dios era para él una auténtica pasión; todo su
corazón estaba volcado en ella, y a esta causa se dedicó en cuerpo y alma.
Durante aquellos últimos años apenas podía hablar ni pensar en otra cosa, y
sacrificó todo placer, comodidad y felicidad doméstica en su servicio. Incluso
soñaba con batallas más amplias por la fe: cuando los francos fueran expulsados
de Palestina —le dijo a su secretario—, los perseguiría más allá del mar y los
conquistaría, hasta que no quedara ni un solo infiel sobre la faz de la tierra.
«¿Cuál es la muerte más gloriosa?», le preguntó a su amigo, quien respondió:
«Morir en el camino de Dios». «Entonces lucho por alcanzar la puerta de la más
gloriosa de las muertes», dijo Saladino. Cuando, durante el asedio de Acre, se
vio tan postrado por una dolorosa enfermedad que no podía sentarse a la mesa,
se pasaba todo el día a caballo frente al enemigo; y cuando los hombres se
maravillaban de su fortaleza, decía: «El dolor me abandona cuando estoy a
caballo. Solo vuelve cuando desmonto». Mientras realizaba la obra de Dios, no sentía
dolor alguno; pero la inactividad lo torturaba.
En aquella Guerra Santa
lo dio todo: fuerzas, salud, incluso se podría decir que la vida misma. Vació
su tesorería por la causa. Pero para él era natural dar, y lo hacía sin rencor,
con una generosidad desmedida y con ambas manos, tan libremente cuando era
pobre como cuando era rico. Comparaba el dinero con mero polvo, y detestaba
negárselo a quien se lo pedía. Siempre daba más de lo que se esperaba, y nunca
decía «ya le hemos dado antes». Era presa de mendigos codiciosos, y Baha-ed-din se avergonzaba de la insistencia de las peticiones
que pasaban por sus manos. De haberse dejado a su aire, sus campañas se habrían
arruinado por falta de fondos, pues era su norma que su intendencia pagara por
las provisiones que tomaban de la gente del campo. Sus tesoreros solían
mantener siempre un saldo secreto para emergencias, e incluso entonces el
sultán habría vendido su última granja antes que rechazar a un pobre. Así
sucedió que, cuando murió, solo se encontró un dinar de Tiro y 47 dirhams de plata
en el tesoro. No dejó ni casa, ni bienes, ni tierras, ni pueblos, ni ningún
tipo de propiedad personal. El gran sultán murió casi sin un céntimo. Sería
difícil imaginar un carácter más desinteresado, más dedicado a fines elevados o
más digno de amor. Si hubiera tenido un carácter más firme, o si hubiera sido
experto en la economía prudente y la previsión ahorradora propias de una
política meramente egoísta, tal vez habría fundado un imperio más duradero y
unido, pero no habría sido Saladino, el arquetipo de la generosa
caballerosidad.
El fiel secretario, al
terminar su relato sobre la vida de su señor, escribió: «He concluido mi relato
el día de su muerte; que la misericordia de Dios sea con él. Mi objetivo era
merecer la compasión del Dios Altísimo y animar a los hombres a rezar por Saladino
y a recordar su bondad».
El romance inglés más
famoso de la Edad Media relacionado con Saladino es el «Romance de Ricardo
Corazón de León», que parece haber adquirido su forma actual a principios del
siglo XIV. En este lúgubre poema encontramos a Ricardo, postrado por la enfermedad
frente a Acre, exigiendo carne de cerdo con la insistencia propia de un
enfermo. Sus sirvientes están desesperados, porque no es fácil conseguir carne
de cerdo en un país musulmán. Un astuto caballero anciano da con un sustituto
perfecto. Mata a un joven sarraceno bien alimentado, y Corazón de León
considera que es una «carne de cerdo» excelente. Con un refinado gesto de
hospitalidad, ofrece el nuevo plato a sus prisioneros sarracenos y los invita a
un banquete de Estado, donde el plato de cada comensal está adornado con la
cabeza de un amigo en particular. El propio Ricardo preside este festín pelopeo y, a modo de estímulo, trincha con elegancia la
cabeza de un sarraceno. «¡Amigos!», exclama, al percibir una vacilación
comprensible entre los comensales:
Amigos, ¡no seáis
remilgados! Esta es la costumbre de mi casa,
que me sirvan primero,
Dios lo sabe. Con cabezas de sarracenos por todas partes.
El «Romance de Ricardo
Corazón de León» resulta más que satisfactorio en lo que respecta a su héroe,
pero decepcionante por su vaga descripción de Saladino. Al igual que el ‘Itinerarium Regis Ricardi’, en el que quizá se basen
lejanamente sus incidentes más históricos —o menos ahistóricos—, se centra por
completo en las hazañas heroicas del rey Ricardo, el mejor guerrero que los
hombres puedan encontrar en cualquier relato.
Cuando se enfrentó a
Saladino en combate singular (lo cual, como sabemos, nunca ocurrió), el sultán
sufrió una derrota estrepitosa. En la batalla de Arsuf, por ejemplo, Ricardo no
dejó pasar la oportunidad de vencer personalmente a su adversario «pagano»,
además de poner en desbandada a su ejército:
A un soldado de a pie le
quitó el arco,
tensó una flecha hasta el gancho.
Y se la lanzó al sultán
al instante,
y le atravesó el
omóplato.
Ante lo cual Saladino,
sumido en gran aflicción,
huyó a El Cairo: El jefe
de los paganos
huyó a Babilonia, según
tengo entendido.
Sin embargo, enseguida
se armó de valor para volver y desafiar a Ricardo a un combate singular. Aquí
se introduce, con algunas variaciones, la verdadera historia del caballo que
Saladino envió a Ricardo cuando lo vio luchando a pie en Jafifa. Saladino manda
llamar a su astrólogo, «un poderoso negromante»,
quien conjura a «dos poderosos demonios del aire» para que adopten la forma de
dos corceles. Uno de ellos es enviado al rey Ricardo, y se le ordena que acuda
al relincho de su compañera, la yegua que Saladino iba a montar, con lo que el
rey quedaría atrapado en el momento crítico del enfrentamiento. Un ángel,
huelga decirlo, advierte a Ricardo de este engaño y le indica cómo manejar al
poderoso demonio con una enorme pértiga.
Allí pudieron los
hombres ver, de un solo vistazo.
Cómo el rey Ricardo, el
noble hombre,
se enfrentó al sultán
que se había separado de
Damasco.
Su confianza residía en
su yegua.
Por eso, como cuenta el
libro,
su lomo estaba repleto
de campanas
y su pecho, y su
espalda;
y el sonido se oía a
tres millas de distancia.
El resultado del duelo
nunca estuvo en duda: nadie podía resistir el brazo de Ricardo. Pronto
asestó a Sawdon un golpe
mortal.
En su escudo, a decir
verdad,
estaba pintada una
serpiente.
Con la lanza que Richard
empuñaba.
Lo atravesó por debajo
del escudo.
Ninguna de sus armas
pudo resistir;
el yugo y el petral,
todos reventados,
su cincha y sus estribos
también;
y, para abreviar una
larga historia, el poderoso sultán, atravesado por las lanzas de su adversario,
se desplomó sobre la grupa de su yegua y quedó tendido en la postura más
indigna, con los «pies hacia el firmamento». Sin embargo, Saladino volvió a
desafiar a Ricardo en Jaffa, a cuyo embajador el Corazón de León respondió:
¡Que Dios le inflija un
dolor terrible!
Y a Saladino, vuestro
señor,
que el diablo lo cuelgue
de una soga.
Ahora ve y dile a
Saladino,
que, a pesar de su dios
Apolo,
le esperaré a su debido
tiempo
y si ese perro se atreve
a acercarse a mí,
mi hacha será su
perdición.
La famosa hacha de mano,
sin embargo, el hacha danesa de dos manos de la historia de Ernoul,
resultó menos letal para Saladino que para sus hijos, a dos de los cuales
Ricardo mató sin pensárselo dos veces, según el romance.
En los romances
franceses se encuentra un acervo mucho más rico de leyendas sobre Saladino. Por
citar solo uno o dos hilos de esa madeja mítica, los «Cuentos de un juglar de
Reims» dan una buena idea de las recitaciones que solían deleitar a las
audiencias distinguidas en cortes y castillos, la alta sociedad del siglo XIII.
De hecho, es evidente que esos mismos cuentos seguían vigentes dos siglos más
tarde, como cualquiera puede comprobar consultando a Pierre Cochon. Son mucho
más artísticos que el torpe romance inglés de Ricardo, y como su objetivo no
era en absoluto alabar a ese héroe, ni a los británicos «caudados» —de quienes
los franceses suponían que se ponían la cola entre las piernas y huían—,
tuvieron que recurrir a otros personajes e incidentes para despertar y mantener
el interés de sus oyentes. En materia de historia, el juglar no se detiene ante
nada. Comienza las aventuras de Saladino a una edad precoz y lo vincula de
manera deshonrosa con Leonor de Aquitania, que más tarde sería la reina de Enrique
II y madre de Ricardo I, pero que en la época de la historia era esposa de Luis
el Joven de Francia.
Explica que Leonor,
cuando fue a Palestina en cruzada con su marido, se sintió muy molesta por la
pereza de Luis. Este se quedó en Tiro todo el invierno (1148-1149), sin hacer
más que gastar dinero, mientras Leonor caía presa de la melancolía. Sus pensamientos
errantes se desviaban hacia la gallarda figura de Saladino, quien criticaba
abiertamente el lujo poco guerrero del rey francés y le desafiaba en vano a
salir a luchar. Eleonora quedó tan impresionada con los rumores que oía sobre
la destreza y la generosidad de Saladino, que se enamoró perdidamente de
él y, al buen estilo franco medieval, envió a un dragomán para decírselo,
ofreciéndole convertirlo en su señor y cambiar de religión por él. Saladino,
por supuesto, no podía sino sentirse encantado ante tal propuesta de una dama
tan bella, con tal dote: «la plus gentis dame de crestiente et la plus riche». Enseguida envió una
galeaza veloz desde Ascalón para ir a buscarla. Al no ir él mismo, demostró
quizá más prudencia que galantería; pero los amantes sarracenos, sin duda,
tenían su propio código de etiqueta. La galera llegó a Tiro en plena noche, y
el dragomán se apresuró por un pasadizo secreto hasta la alcoba de la reina.
Cuando ella oyó que la galera estaba esperando, se llenó de éxtasis: «Parfoi», dijo, «c’est bien fait». Acompañada de dos damiselas y dos cofres bien
repletos de oro y plata, se apresuró hacia la orilla, cuando, justo en el
momento en que se encontraba allí, «con un pie en el mar y otro en tierra», el
rey, su esposo, la agarró y la trajo de vuelta. Una dama de honor chismosa
había despertado al buen hombre y le había dicho que su reina se dirigía hacia
Saladino, y Luis se había puesto los pantalones y la armadura justo a tiempo.
Una vez a solas de nuevo en el castillo, él, como era de esperar, le
preguntó por qué lo había hecho. «¡Por el amor de Dios!», exclamó la reina,
«por tu cobardía: no vales ni una manzana podrida. Y he oído cosas tan buenas
de Saladino que lo quiero más que a ti». Sin embargo, la enormidad de su vicio
solo se aprecia plenamente cuando la historia nos informa de que, en la fecha
de este romance, Saladino era un buen niño de once años que, sin duda, acudía
regularmente a la escuela de la mezquita de Baalbek.
Se observará que el
juglar no es muy riguroso con la cronología, y no le importa en absoluto dar un
salto de 1148 a 1187 para contar la historia de la traición del conde Raimundo.
Cuando Sibila coronó a su marido Guido como rey de Jerusalén, cundió un gran
descontento entre la antigua nobleza de Palestina; y Raimundo de Trípoli, al
parecer, se consultó con el patriarca y los barones, y conspiró contra el nuevo
rey. Concertaron una entrevista secreta con Saladino y le propusieron entregarle el territorio,
«car li rois est nices et mauvais, et n'apoint depouoir separ nous non». Saladino
no puso ninguna objeción; al contrario, prometió a los conspiradores inmensas
recompensas. «Decidnos qué garantía exigís», dijo el conde de Trípoli.
«Por Mahoma, mi dios»,
exclamó Saladino, «bien dicho. Todos vosotros juraréis por vuestra religión, y
más aún, pues nos uniremos en sangre y beberemos la sangre de los demás en
señal de amistad y unión».
Así se hizo: todos
juraron por su fe y bebieron la sangre de los demás, y el complot quedó
sellado. Cuando tuvo lugar la gran batalla «ante Acre», a tres leguas de la
ciudad, el día de «Sant Jehan Decollace», llegó el
momento de cumplir el juramento. Saladino gritó en pleno combate: «¡Conde de
Trípoli, conde de Trípoli, cumple tu juramento!». Acto seguido, el conde
Raimundo bajó su estandarte, y todos los demás traidores hicieron lo mismo;
así, los cristianos fueron derrotados, y el rey y sus caballeros fueron
enviados prisioneros a «Babilonia». Pero Saladino despreciaba a los traidores y
la traición, y se conmovió ante la desgracia de Guy, al descubrir que era, en
efecto, un «hombre prudente y buen caballero». Así que pronto lo liberó, junto
con veinte de sus caballeros, todos bien provistos de armas y provisiones, y
los envió de vuelta con sus amigos a la costa siria.
La siguiente vez que
oímos hablar de Saladino es en relación con el Hospital de Acre. Ralph de Diceto atribuye la fundación de esta famosa casa de caridad
a su propio capellán, un tal Guillermo, quien «de camino a Jerusalén hizo el
voto de que, si llegaba sano y salvo y pronto al puerto de Acre, construiría
allí, en la medida de sus posibilidades, una capilla dedicada a santo Tomás el
Mártir», y al llegar allí así lo hizo, se convirtió en su prior y atendió a los
enfermos. El Minstrel convierte a Saladino en su
piadoso benefactor. Su fuente de información es un tío imaginario de Saladino,
un hombre venerable de rostro rubicundo y una gran barba blanca que le llegaba
hasta la mitad de los pies, además de una hermosa y larga trenza que le caía
hasta la cintura. A pesar de estas excentricidades, tenía el aspecto de un
auténtico caballero y se mostraba muy cortés al hablar de su famoso sobrino,
cuando fue interrogado como prisionero en Acre en los días del alegre obispo de
Beauvais.
Al parecer, Saladino
había oído hablar de la caridad sin límites del Hospital y decidió poner a
prueba su generosidad. Así que se vistió con ropas de peregrino, tomó un bastón
de peregrino —«bourdon, escharpe et esclavine»— y se presentó en el Hospital en un
estado de agotamiento extremo. Lo acogieron y lo atendieron con esmerado
cuidado, pero durante tres días rechazó toda comida. El maestro temía que
muriera, y se emplearon todos los medios de persuasión para convencerlo de que
comiera. Al fin confesó que sentía un anhelo, el anhelo de un enfermo, por un
plato en concreto. Los buenos hermanos prometieron de buen grado satisfacer su
deseo. Entonces dijo que debía comer un plato de la pata delantera del caballo
del Gran Maestre, y que no probaría nada más. Sin embargo, protestó diciendo
que prefería morir, pues sabía lo selecto y excepcional que era aquel corcel, y
lo querido que era para su amo, quien había pagado mil besantes de oro
por él. Pero el Gran Maestre dijo que la vida de un hombre valía más que la de
un caballo, y de inmediato envió a su favorito a la habitación del enfermo. Lo
tiraron al suelo y lo ataron, y un hombre llegó con un hacha y preguntó qué
pata se quería. —La pata delantera izquierda —dijeron. Entonces él blandió el
hacha con ambas manos y estaba a punto de asestarle el golpe, cuando Saladino
gritó:
«¡Alto! Mi deseo se ha
cumplido, y ahora ansío otra carne: quiero comer carne de oveja». Así que
desataron al caballo y lo llevaron de vuelta al establo, y Saladino comió
cordero. Cuatro días después partió tras despedirse con gratitud y, al llegar a
su propio reino, mandó redactar una carta en la que concedía mil besantes de
oro, con cargo a los ingresos de Babilonia, que se pagarían al Hospital de Acre
cada año el día de San Juan Bautista. Ante lo cual el Gran Maestre y los
hermanos se alegraron, «pues sabían que Saladino no mentía», y las mil piezas
de oro se pagaron debidamente cada año, y así se siguen pagando hasta el día de
hoy. Al menos, eso es lo que contó nuestro juglar a sus oyentes del siglo XIII,
y es muy probable que estos creyeran su bonita historia.
Otra historia del
prisionero de cabello blanco guarda un parecido familiar con otras leyendas. El
marqués de Cesarea era un hombre avaro que reducía su guarnición mientras
llenaba sus arcas. Saladino le advirtió que, si seguía por ese camino, perdería
la ciudad. «¡Silencio!», exclamó el marqués, «¡Puedo hacer que mil caballeros
salten de mis arcas cuando me plazca!». A su debido tiempo, Saladino tomó la
ciudad por asalto, y el avaro fue llevado ante él como prisionero. «Marqués,
marqués», dijo el conquistador, «¿dónde están los mil caballeros que ibas a
sacar de tus cofres? Por Mahoma, tu codicia te ha engañado. Nunca te has
saciado de oro ni de plata, pero hoy te saciaré aún más». Entonces se
fundieron oro y plata en un cubo de hierro y se los vertieron por la garganta
al marqués, y así lo hicieron morir.
Existe una antigua
leyenda recogida por Vincent de Beauvais y Pippin, según la cual, cuando
Saladino yacía moribundo, «llamó a su abanderado y le encomendó, diciendo: Tú,
que sueles llevar mi estandarte en las guerras, lleva también el estandarte de
mi muerte. Y que sea un harapo miserable, que deberás llevar por todo Damasco
clavado en una lanza, proclamando: “He aquí que, al morir, el rey de Oriente no
pudo llevarse nada consigo salvo este trapo”».
El juglar también conoce
la historia y la pone en boca de su prisionero de confianza. En esta versión,
se presenta a Saladino enviando a un sirviente por todas sus ciudades, con una
tira de lino en la punta de una lanza; el hombre se situaba en todas las
esquinas de las calles y proclamaba estas palabras: «De su reino y de todo su
tesoro, Saladino no se llevará nada, salvo estas tres codos de lino para su
mortaja». La idea concuerda perfectamente con el carácter piadoso y humilde del
sultán, y es una lástima que no encuentre confirmación en los registros árabes.
El prisionero dio otros
detalles sobre los últimos momentos de Saladino. El sultán moribundo, dijo,
pidió agua, y se la trajeron en un cuenco de plata. La tomó con la mano
izquierda y, con la derecha, hizo la señal de la cruz sobre el agua, tocando el
borde del cuenco en cuatro puntos opuestos, mientras decía: «Tan lejos está de
aquí a allá como de aquí a allá», para despistar a quienes observaban. A
continuación, se derramó el agua sobre la cabeza y el cuerpo, y pronunció tres
palabras en francés, que no logramos entender, pero parecía como si se hubiera
bautizado a sí mismo. «Así murió Saladino», concluye el juglar, «el mejor
príncipe que jamás haya existido en el mundo pagano, y fue enterrado en el
cementerio de mi señor San Nicolás de Acre, junto a su madre, que yacía allí
sepultada con gran fastuosidad. Y sobre ellos hay una hermosa y alta cúpula,
donde arde día y noche una lámpara de aceite de oliva, provista e iluminada por
los de San Juan del Hospital de Acre, que disponen de grandes ingresos que Saladino
y su madre les legaron».
Saladino yace enterrado
en Damasco y, sin duda, no donó ni legó ni un solo dirham a ninguna
organización benéfica cristiana. Pero la leyenda de su bautismo probablemente
proviene de la historia, ampliamente aceptada, de que recibió solemnemente la
Orden de Caballería cristiana. A primera vista parece increíble que un musulmán
devoto, que llevaba su religión a cada uno de sus actos y consagró los últimos
cinco años de su vida a la guerra santa por la fe, pudiera consentir en
realizar las ceremonias propias de la iniciación cristiana a la caballería, tal
y como las practicaban los cruzados. Sin embargo, el autor del «Itinerario del
rey Ricardo» afirma de manera categórica, y sin una sola sílaba de sorpresa o
explicación, que cuando Saladino alcanzó la madurez y estuvo en condiciones de
empuñar las armas, «acudió a Humphrey de Toron, el ilustre noble de Palestina,
para ser investido, y según la costumbre de los francos recibió de él el
cinturón de caballero». Si se tratara de un caso aislado, tal vez podría descartarse
como ficción, ya que el cronista no se encontraba entonces en Palestina. Pero
más adelante, en un momento en que el autor del «Itinerario» probablemente se
encontraba él mismo con el ejército cruzado, relata: «El Domingo de Ramos, el
rey Ricardo, en medio de gran esplendor, ciñó con el cinturón de caballería al
hijo de Saphadin, que le había sido enviado con ese fin». Así pues, parece que
Saladino no solo solicitó voluntariamente la investidura de caballero de manos
de Humphrey de Toron, sino que él (o su hermano el-Adil, el Saphadin de
las crónicas) también envió voluntariamente a su sobrino para que fuera
investido por el propio Ricardo. Naturalmente, no hay ni una palabra de esto en
las historias árabes contemporáneas: si lo supieran, como buenos musulmanes,
sentirían el deber de ocultar tal dolorosa recaída de su héroe y señor. Pero si
tales hechos llegaran a ocurrir, Humphrey de Toron era precisamente el hombre
indicado para llevarlos a cabo. Ya en 1152 había sellado un pacto fraternal con
un poderoso emir sarraceno; hablaba árabe y, en 1175, ejerció su influencia
para concertar una tregua entre el sultán musulmán y el rey de Jerusalén. Es
posible que la amistad comenzara en 1167, cuando Saladino fue recibido con
honores como invitado o rehén en el campamento de Amalarico, frente a Alejandría.
Allí pudo haber adquirido una admiración por los ideales de la caballería, que
sin duda puso en práctica. En Oriente también existían ritos de iniciación que
podrían haber preparado su mente para la ceremonia de investidura como
caballero; y el sistema feudal de los turcos, en el que se crió y sobre el que organizó su propio imperio, podría haberle sugerido una mayor
asimilación de las costumbres militares de Europa.
El relato más detallado
de esta sorprendente ceremonia se encuentra en el antiguo romance métrico «L’Ordene de Chevalerie». La investidura la lleva a cabo
aquí Hugo, hijo de Raimundo, conde de Trípoli y (a través de su esposa) señor
de Tiberíades, el mismo Raimundo cuya supuesta traición en el campo de Hattin
ya se ha descrito. El joven Hugo de Tiberíades, por varias razones, era un
protagonista mucho menos probable que Humphrey de Toron; pero lo interesante es
la ceremonia, y no quien la oficia. Hugh de Tiberíades había sido hecho
prisionero por Saladino (esto ocurrió realmente en 1179) y, antes de liberarlo
a cambio de un rescate, el sultán lo llevó aparte y le suplicó, por su fe en
Dios y en su reinado, que le mostrara cómo se nombraba caballero a alguien.
«Beau Sire», dijo Hugo con firmeza, «no lo haré»; y explicó que, dado que
Saladino carecía de bautismo y de la fe cristiana, era una locura hablar de
caballería. Saladino, sin embargo, insistió en que no se le podía culpar por
hacerlo bajo coacción, como prisionero, y Hugo acabó cediendo. Entonces comenzó
la ceremonia. Primero le arregló el pelo y la barba al sultán.
A continuación, lo bañó;
pues, dijo, al igual que el niño pequeño sale del bautismo puro de pecado, así
debe purificarse simbólicamente el caballero y salir lleno de cortesía y
bondad.
Saladino, que mostraba
gran curiosidad por conocer el significado exacto de cada acto de la
iniciación, quedó muy impresionado: «Por Dios, el más grande —exclamó—, este
comienzo es hermoso». A continuación, tras acostarlo en un lecho —símbolo del
descanso eterno del Paraíso—, Hugo lo vistió con vestiduras blancas, en señal
de pureza, y luego con otras escarlatas, en señal de que debía servir y honrar
siempre a Dios y defender a la Santa Iglesia. A continuación, le calzó unos
zapatos oscuros, «para que recuerdes la muerte y la tierra en la que deberás
yacer, de donde viniste y adonde deberás ir; pues ningún caballero debe
alimentar el orgullo, sino que debe esforzarse siempre por alcanzar la
humildad». «Todo esto suena bien», dijo el sultán, a quien a continuación se le
ciñó, de pie, un delgado cinturón blanco, signo de castidad y desprecio por el
lujo.
A continuación le
colocaron las espuelas doradas, para que se viera impulsado al ardor en el
servicio de Dios, y luego Hugo le ciñó la espada, que representaba la rectitud,
la honradez y la lealtad, y significaba que un caballero debe mantenerse firme
frente a los poderosos y socorrer a los débiles. Una cofia blanca y pura
completaba el atuendo, símbolo de un alma blanca, libre de grandes pecados y
locuras carnales, digna de presentarse ante Dios en el Juicio Final. Saladino
asintió alegremente a cada paso y ahora preguntó si no quedaba nada más. «Sí,
señor», fue la respuesta de Hugh, «pero no me atrevo a hacerlo». «¿Qué es
entonces?» «Es el acolado». El prisionero no podía asestar un golpe, ni
siquiera el de la investidura, a un rey.
Aunque es demasiado
respetuoso como para investirlo, Hugh instruye a Saladino en los cuatro deberes
de un verdadero caballero. En primer lugar, nunca deberá participar en ninguna
injusticia ni traición: si no puede impedir el mal, al menos debe apartarse de
él. «Lo siguiente es muy hermoso: bajo ningún concepto deberá engañar a una
matrona ni a una doncella, pero si ellas lo necesitan, deberá ayudarlas en todo
lo que esté en su mano, si quiere ganarse gloria y estima; pues hay que honrar
a las mujeres y emprender grandes hazañas en su causa». El ayuno y la
asistencia a misa eran los últimos deberes impuestos al nuevo caballero. Todo
esto deleitó enormemente a Saladino. Si al principio había asistido a la
ceremonia meramente por curiosidad, ahora estaba evidentemente impresionado, y
tanto la novela como la historia coinciden en el punto principal: que Saladino
se convirtió en caballero.
Sería interesante
rastrear el efecto de estos relatos medievales en los dos grandes escritores
que han introducido a Saladino entre los personajes de los clásicos europeos.
Scott, por supuesto, había leído las crónicas y los romances, en la medida en
que eran fácilmente accesibles, y algunos episodios de «El talismán» pueden
atribuirse de forma plausible a las leyendas de los juglares. La visita de
Saladino al campamento de Ricardo disfrazado de hakim pudo haber sido inspirada por el relato de los juglares sobre la visita,
igualmente imaginaria, al Hospital de San Juan en Acre. La disputa por el
estandarte de Austria aparece en el «Romance de Ricardo Corazón de León»,
publicado en Edimburgo, en los «Romances métricos» de Weber, quince años antes
de «El talismán». Pero su fuente principal no fueron, claramente, los romances,
sino las crónicas, que utilizó en la medida en que le convenían y que, muy
acertadamente, descartó cuando no encajaban en su esquema. Como él mismo
escribió en el prefacio de 1832:
«Uno de los personajes
secundarios introducidos era un supuesto pariente de Ricardo Corazón de León;
una violación de la verdad histórica que ofendió al señor Mills, autor de la
Historia de la caballería y las cruzadas, quien, cabe suponer, no era consciente
de que la ficción romántica incluye naturalmente el poder de tal invención, que
es, de hecho, uno de los requisitos del arte».
Scott afirma con audacia
que «tuvo acceso a todo lo que la antigüedad creía, ya fuera realidad o
fábula», sobre Ricardo I; pero difícilmente pudo haber profundizado mucho en
las fuentes orientales, aunque algunas ya eran entonces fácilmente accesibles
en latín. Es obvio, sin embargo, que cuando peca contra «la verdad histórica»,
en lo que respecta a sus personajes europeos, lo hace con malicia premeditada.
Admite que, a sabiendas, mató a Conrado de Montferrat de forma errónea, en el momento equivocado y en el lugar equivocado, y sus
otras desviaciones respecto a la historia probablemente no sean menos
intencionadas. Sitúa la acción de la novela en Jaffa, en el otoño de 1192, como
demuestran diversos indicios; y debía de saber que tanto Felipe de Francia como
Leopoldo de Austria habían abandonado Tierra Santa tras la rendición de Acre
más de un año antes. Sitúa «El diamante del desierto» cerca del Mar Muerto, en
el camino a Jerusalén, a medio camino entre los campamentos de los cruzados y
los sarracenos; lo que situaría el campamento de Saladino, «frente a Jaffa», en
algún lugar de Moab, al otro lado del Mare Mortuum. Tampoco podría Ilderim haberse dejado engañar ni por
un momento por la idea de que el Caballero del Leopardo pudiera encontrarse
junto a esas aguas inhóspitas si cabalgaba de Jaffa a Jerusalén, ya que debía
de haber dejado la Ciudad Santa directamente a sus espaldas. Además, en aquella
época ni siquiera cabía plantearse una «peregrinación al Santo Sepulcro». Pero
una historia de cruzadas sin desierto, sin arena, sin oasis, sin el Mar Muerto,
sin peregrinación, carecería del color local esencial, y Scott lo incluyó muy
acertadamente. Así pues, todas las disputas entre las naciones rivales —que
eran muy reales en el caso de franceses e ingleses— resultan infinitamente más
interesantes cuando es el propio rey de Francia, ausente, quien lidera a sus
caballeros; a ningún lector de novelas le importaría lo más mínimo la envidia
de un duque de Borgoña, a menos, claro está, que se tratara de Carlos el
Temerario.
El tratamiento que Scott
da al lado oriental del cuadro se caracteriza por tomar menos libertades, ya
que había menos motivos para ello. Ha actuado con prudente cautela al incluir
prácticamente un solo personaje oriental —el del propio Saladino— en su lienzo,
y al evitar la tentación de detenerse en nada más que su personalidad. No dice
nada concreto sobre la historia del sultán y, al sustituirlo por su hermano
«Saphadin» en la historia del matrimonio propuesto, se libra de la necesidad de
individualizar a un segundo personaje musulmán importante; pero Scott sabía muy
bien que se trataba de una alianza entre «Saphadin», no Saladino, y Juana de
Sicilia, no Edith. Para evitar abarrotar la trama con «personajes secundarios»,
por no hablar de menoscabar la dignidad de la alianza, un trazo de pluma
eliminó tanto a Juana como a su prometido. Nadie puede negar que la historia
sale ganando con ello; y una nota al pie de página apacigua fácilmente a la
historia complaciente.
Pero si Saladino iba a
casarse con Edith, tenía que haber un encuentro; y así, la prueba de combate y
la matanza —ajena a la realidad histórica— de Conrado y del Maestre del Templo
(cuyo nombre no era «Sir Giles Amaury») sirven también de manera muy conveniente
para que los protagonistas se conozcan. Es posible que Scott realmente
desconociera el hecho —algo singular, teniendo en cuenta sus estrechas
relaciones, tanto hostiles como diplomáticas— de que Ricardo y Saladino nunca
se encontraron cara a cara. El rey propuso en dos ocasiones una entrevista,
pero en ambas ocasiones Saladino la rechazó. Fue Saphadin quien realmente se
reunió con Ricardo e intercambió con él una cordial hospitalidad, y quien llevó
a cabo todas las negociaciones. Igualmente ficticias son la visita de Saladino
disfrazado de hakim y sus cabalgatas
solitarias por las llanuras. El sultán nunca viajaba sin escolta; por lo
general, contaba con su guardia de mamelucos cuando se encontraba cerca del
enemigo; y el encuentro fortuito con Kenneth, el disfraz y el talismán
pertenecen a la categoría de «Las mil y una noches». Tampoco puede justificarse
honestamente a Scott en su descripción del aspecto de Saladino. Dice que estaba
«en la flor y nata de su edad», pero las flores orientales a los cincuenta y
cuatro años suelen estar marchitas; y se atreve a trazar su retrato, algo que,
para nuestra pena, ningún oriental contemporáneo intentó. Lo único que sabemos
con certeza sobre su rostro es que a los cincuenta años llevaba barba, y solo
lo sabemos porque, por casualidad, se la tiró durante la batalla de Hattin. Sir
Walter ha acertado con la barba, «una barba negra, fluida y rizada», además,
«que parecía recortada con especial esmero»; pero cuando pasa a describir la
nariz, los ojos, los dientes y la frente, recurre a esa admirable fuente que es
su propia imaginación.
Dejando de lado estas
licencias naturales del novelista, el retrato de Saladino está trazado con
notable perspicacia y precisión. Su gentileza, cortesía y nobleza de carácter,
su justicia, veracidad y generosidad —que El talismán ha dado a conocer
a tantos lectores que no saben nada más de la historia musulmana— se recogen en
todos los relatos de la época. Sus raros arrebatos de pasión, que Scott ha
plasmado con acierto, también formaban parte, históricamente, de su
temperamento. Por desgracia, parece que nunca oyó hablar del título de
caballero de Saladino, por lo que probablemente hayamos perdido un capítulo
magnífico. El porte general, la vestimenta y demás aspectos son suficientemente
orientales, pero no revelan un estudio minucioso del tema.
El odio hacia los
templarios es otro detalle veraz. Las dos órdenes militares eran los únicos
cristianos a los que, como clase, Saladino no mostraba piedad: y tenía sus
razones. Por otra parte, Scott se equivoca por completo cuando afirma que el
sultán «siempre se ha encontrado» en «la primera línea de la batalla», «ni es
su costumbre apartar la cabeza de su caballo de ningún valiente
enfrentamiento». Saladino se deleitaba con el espectáculo de la batalla; «no
había nada que le gustara tanto como un buen caballero», dice Ernoul —como lo
demuestra su sincera admiración por el Caballero Verde de España—, pero no
luchaba en persona. Se exponía sin miedo entre las líneas de batalla,
acompañado únicamente por un mozo con un caballo de repuesto, mientras los dardos
y las flechas silbaban a su alrededor; incluso hacía que sus capellanes leyeran
oraciones bajo el fuego enemigo; y se le veía por todas partes del campo de
batalla. Pero su deber como general, según él concebía, era dirigir, animar,
contener y ordenar la disposición de las tropas, no participar en
enfrentamientos personales; y, en lo que al combate se refería, un bastón de mariscal o el bastón de Gordon serían sus armas adecuadas. En una
conversación con el obispo de Salisbury, tras firmarse la paz, censuró la
imprudencia del «Inkitar» Ricardo al involucrarse
personalmente en la refriega. Que Scott se tomara algunas libertades con la
historia no viene realmente al caso; pero que fuera capaz, a través de los
registros confusos e imperfectos que utilizó, de ver y retratar el verdadero carácter
de Saladino con notable precisión, no es más que otra prueba de su genio.
Lessing, en ‘Nathan der Weise’, había esbozado un retrato del caballeroso
sultán medio siglo antes de que se escribiera ‘El talismán’, y la obra muestra
indicios de un estudio serio de las fuentes por parte de un alemán. Es
posible que Lessing hubiera leído la ‘Histoire de
Saladin’ de Marin (1758), o incluso la traducción
al latín de Schultens (1732) de la biografía árabe contemporánea de Baha-ed-din. Comete errores históricos como Scott, pero, a
diferencia de este, no lo hace a propósito, por deferencia a las exigencias de
la ficción romántica. No se persigue ningún objetivo artístico, por ejemplo, al
hacer que el padre de Saladino actuara como su tesorero en 1192 en el Líbano,
un lugar poco conveniente para el pagador de un ejército en Jerusalén; además,
el padre llevaba muerto casi veinte años. Pero precisamente ese error demuestra
que Lessing había leído en alguna parte que el padre de Saladino fue en su día
gobernador de Baalbekk y que posteriormente fue
tesorero de su hijo en El Cairo, siendo ambos hechos históricos.
Una vez más, Lessing se
ciñe a la versión histórica del matrimonio proyectado, pero añade un plan
totalmente inauténtico de matrimonio entre la hermana de Saladino, Sittah (en realidad, Sitt esh-Sham,
o «La Dama de Siria»), y el hermano de Ricardo —presumiblemente el bastardo
Guillermo Longsword—. Toda la historia del matrimonio es tan extraña, incluso
según las fuentes orientales, que no es de extrañar que las interpretaciones
modernas contengan ciertas exageraciones.
Saladino exclama ante Sittah: «¡Menuda casa, sin duda!». La idea de que Ricardo
introdujera a Juana de Sicilia en el harén de Saladino, y de que la pareja
reinara conjuntamente en Palestina, bajo el afectuoso patrocinio de sus
hermanos cristianos y musulmanes de Inglaterra y Egipto, es lo suficientemente
encantadora como para tentar a la imaginación más pobre a dar rienda suelta a
su fantasía.
Sin duda, hay muchos
detalles veraces en el retrato que Lessing hace de Saladino: como su amor por
los suyos, su generosidad y su desprecio por el dinero; aunque le da un aire de
caballero andante que no formaba parte de su verdadero carácter. El principal
defecto, sin embargo, de la descripción de Lessing (considerada desde un punto
de vista histórico), es que es demasiado europea. Su Saladino no es un
auténtico sarraceno, como lo es el de Scott. El propósito deliberado de ‘Natan
el Sabio’, como drama temático, de predicar la tolerancia y acallar las
críticas intolerantes del digno pastor Goetze, obliga a Lessing a presentar a
Saladino como un arquetipo no solo de buen musulmán, sino también de musulmán
tolerante.
Lo primero era, sin
lugar a dudas; pero la tolerancia no era su virtud; su caballerosidad y
clemencia se manifestaban en los hechos, no en los pensamientos. Podía
mostrarse amable con los cristianos, pero nunca dudaba de que, al final,
acabarían cayendo en el abismo. Sentía un santo horror por la filosofía, el
librepensamiento, las ideas abiertas y toda clase de heterodoxia. El único acto
cruel del que se tiene constancia en su contra, al margen de las represalias de
la guerra, fue la ejecución deliberada de un filósofo: un místico sufí. Como
muchos fanáticos, toleraba mejor la oposición frontal de otras religiones que
la herejía dentro de los límites de su propio credo. Su caballerosidad hacia
los cruzados era fruto de los buenos modales de un caballero; no afectaba a su
apreciación intelectual de los errores de estos. Tenía un alma gentil y un
corazón tierno, pero ello no disipaba su convicción de que los cristianos eran
leña para el infierno. Es el arquetipo de un verdadero musulmán de la raza más
pura; pero Lessing le otorga una libertad teológica que él habría rechazado
indignado. Por supuesto, todo esto no tiene nada que ver con la obra teatral en
sí misma, del mismo modo que la crítica histórica de El talismán no
afecta en modo alguno a sus méritos como novela. Para el estudioso del
extendido mito de Saladino, ambas obras revisten un gran interés porque
conservan, entre algo de verdad histórica y algo de leyenda romántica, el
carácter general que la opinión de todos los tiempos ha atribuido al gran
sultán.
Resulta singular que
Oriente, cuna de Saladino, que ha sido la madre de tantos relatos admirables,
lo haya descuidado casi por completo en su ficción.
Las Mil y una noches no
desdeñan las historias sobre las cruzadas, como lo demuestra el relato del
rey Omar ibn en-Noaman y sus hijos Sharrkan y Zau el-Mekam, pero el nombre de Saladino no aparece ni una
sola vez. La omisión resulta aún más singular si se tiene en cuenta que las Noches probablemente adquirieron su forma definitiva en El Cairo, donde el
fundador de la Ciudadela siempre ha sido un héroe muy querido. Sin duda ha sido
protagonista de muchos relatos populares, contados en las cafeterías y en los
bazares de Egipto, pero hasta ahora inéditos. De hecho, una de esas historias
ha salido a la luz en un manuscrito árabe conservado en Berlín, pero es de poca
calidad. Rumina, la hermana de Ricardo, es llevada cautiva ante Saladino.
Saphadin se enamora de ella al instante, le quita las cadenas y la lleva a su
tienda. Allí ella promete adoptar su religión, pero solo para ganar tiempo.
Mientras él duerme, ella huye, vestida con ropa de hombre. Saphadin escribe a
Ricardo para pedirla en matrimonio, pero entretanto es capturado mediante una
artimaña. Rumina sale a caballo, ataviada con una cota de malla de caballero,
para enfrentarse a Saladino. Vuelve a ser hecha prisionera, Saphadin es
rescatado, Rumina abraza el islam —y a Saphadin—, y la boda se celebra con gran
pompa. El interés de la historia radica en la repetición de la idea original de
un matrimonio entre un cristiano y una musulmana, entre el-Adil y algún
pariente de Ricardo I, lo que parece ser el detalle más perdurable y universal
del mito de Saladino. Resulta extraño, sin embargo, que no se asocie a este
tema ningún ejemplo mejor del romance árabe. El personaje del gran sultán, sin
embargo, atrae más a los europeos que a los musulmanes, quienes admiran menos
su caballerosidad que sus triunfos bélicos. Para nosotros, es la generosidad
del personaje, más que el éxito de su carrera, lo que convierte a Saladino en
un héroe auténtico y romántico.
CAPÍTULO
XIII. LA BATALLA DELOS CUERNOS DE HATTIN.1187.


CAPÍTULO XIV. LA RECONQUISTA DE JERUSALÉN. 1187.


CAPÍTULO XV. LA RENDICIÓN DE TIRO. 1187-1188.


CAPÍTULO XVI. LA BATALLA
DE ACRE.1189

CHAPTER XVII. THE SIEGE OF ACRE.
1189-91.
PARTE V.
RICARDO Y
SALADINO.1191-1192.
CAPÍTULO XVIII. LA RENDICIÓN
DE ACRE. 1191.

CAPÍTULO XIX. LA MARCHA COSTERA. Agosto —septiembre de 1191.
CAPÍTULO XX. A LA VISTA
DE JERUSALÉN.Septiembre de 1191 — julio de 1192.
CAPÍTULO XXI. LA ÚLTIMA
BATALLA EN JAFFA.1192.
CAPÍTULO XXII. LA PAZ. 1192-1193.
CAPÍTULO XXIII. SALADINO
EN LA LITERATURA ROMÁNTICA.