LIBRO QUINTO

HISTORIA ANTIGUA DEL CRISTIANISMO

1. PREHISTORIA Y FUNDACIÓN DEL CRISTIANISMO

2. CRÓNICAS GALILEAS

3. EL MISTERIO DEL ROSTRO DE LA MADRE DE JESÚS

4. EL ORIGEN ESENIO DE JUAN EL BAUTISTA

CAPÍTULO QUINTO

 

LA EDAD APOSTÓLICA

 

 

Pero no quisiera cerrar esta Historia dejando en el aire cualquier posible sospecha sobre la posibilidad de haber sido conocida la Historia Divina tal cual la habéis leído por  la Iglesia Católica y ocultado su Conocimiento a fin de por la ignorancia mantener a todos bajo su imperio. Las circunstancias trágicas que envolvieron el Nacimiento e Infancia de las iglesias y precisamente por haberse hallado en constante situación de muerte despeja cualquier posibilidad de sospecha y abre la mirada de la inteligencia al Silencio de Dios y de sus hijos, a la cabeza el Primogénito y estrella de los Evangelios, Jesús, el hijo de José y María, Cristo Jesús, el Hombre que nos mostró el Modelo a cuya Imagen y semejanza hemos sido llamados al Ser. Respecto al Silencio de Dios, que obligaba a toda su Casa, su continuidad más allá de la Resurrección quedó sellada en el Nuevo testamento el día que el Apóstol Pablo, con la confirmación de todos los Apóstoles Vivos, escribiera aquello de: “... la creación entera está esperando ansiosa el día de la gloria de la libertad de los hijos de Dios...”.  Recordemos aquéllos Orígenes.

En los años 30 del Siglo de Cristo comenzaron las primeras cazas de brujas. Tras la Muerte de Jesús la obstinación de sus Discípulos -en el tema de la Resurrección- empujó a los judíos a abrir la veda de exterminación de todos los cristianos.

En un principio sus jueces se quedaron convencidos de haber atajado la rabia matando al perro. Era de esperar que sus sectarios no salieran jamás del escondite, se volvieran a la Galilea y ahí se quedara el episodio de la aparición de aquél problema tan atípico. Pero cuando a los cuarenta días de la Resurrección los Doce salieron de su escondite y se pusieron a predicar el Evangelio el problema resucitó.

La confusión fue lo primero que conocieron. Confundidos por no haber podido dispersar el rebaño una vez muerto el pastor, alucinados por la velocidad a la que la noticia de la Resurrección se estaba propagando por toda la Judea, la Samaria y la Galilea, los mismos que vendieron a Jesús en base a ser ellos o El, -argumento que la propia Historia se encargaría de desmantelar cuando sin Cristo la Nación fue destruida-, aquéllos mismos se volvieron a reunir en los sitios sagrados del Templo para decidir sobre la suerte de los Primeros Cristianos. (Quienes acusaron a los Apóstoles de estar llevándolos a la destrucción -según se decía porque preparaban un levantamiento contra el Imperio- ésos mismos tuvieron que callarse luego al ver cómo fueron sus propios hijos -tan buenos, tan perfectos- quienes los condujeron a todos a la destrucción. Pero esto no debía llegar jamás a conocimiento de las generaciones póstumas; los hijos de sus hijos debían culpar en los próximos milenios a los cristianos de haber provocado la ruina de Jerusalén).

En el calor de aquel odio, no por haber culpado a la Nación de haber asesinado al Mesías, sino por contárselo a todo el mundo, aireando su crimen a los ojos de todo el Imperio, los judíos perfeccionaron su capacidad natural para el espionaje. Y se aprovecharon de la movilidad de los Apóstoles para, sin suscitar entre los fieles recelo de ninguna clase, colocar a sus hombres entre los Primeros Cristianos.

Conocedores de la extensión del Movimiento aquellos espías superaron en capacidad para la intriga a sus propios jefes, o tal vez siguiendo la orden de sus príncipes empezaron a correr la voz, bulo anticristiano terrible, diciendo que los Apóstoles estaban preparando una rebelión abierta contra el César. La consecuencia de aquella revolución suscitaría contra Jerusalén la ira de Roma, efecto final en el que los Apóstoles basarían la veracidad profética de su Jefe, en especial hablando de la profecía suya sobre la suerte de Jerusalén, destinada a ser arrasada piedra sobre piedra.

En su ignorancia sobre la Ciencia de la Salvación llegaron a decir aquéllos hombres que los Apóstoles pretendían montar el espíritu de profecía de Jesús sobre las ruinas de Jerusalén. Tal fue el argumento que aquélla generación esparció en las orejas del pueblo.

Soliviantado el pueblo, motivada la opinión pública con semejantes mentiras exterminadoras, el pueblo se agachó para recoger la primera piedra. Así que tras el breve periodo de tolerancia en honor de la Memoria de Jesús, una vez superado el trauma de haber resistido pasivamente la Crucifixión de Aquél joven Profeta de Nazaret, el pueblo, asustado por lo lejos que sus Discípulos querían llevar la venganza contra el Templo, aprobó la vía libre a las primeras matanzas exterminadoras de cristianos.

La operación de rotura de la opinión pública llevada a término en apenas una estación sucede a la otra, la sentencia de muerte más al uso entre los judíos, la muerte por apedreamiento, costumbre perdida hacía mucho, y rescatada en los últimos tiempos por la corriente fundamentalista prorromana -como una vez la hubo prohelena y estuvo en la causa de la solución final de Antíoco IV Epífanes- aquella sentencia patibularia tan antigua, desfasada en los tiempos que corrían, aquellos jueces de la ortodoxia judía la rescataron del baúl de los recuerdos.

Fue así como, cuales ángeles exterminadores recorriendo los túneles secretos donde supuestamente se planeaba aquél levantamiento contra el Imperio, la extrema derecha fundamentalista que abrió el Juicio contra Jesús declaró abierta la veda exterminadora contra todos sus discípulos, pequeños y grandes.

¿Puede alguien negar con seguridad que la muerte del joven Esteban no significó la primera declaración oficial anticristiana conocida? ¿Las medidas provisionales contra los Apóstoles que el Sanedrín tomó no parecen probar que durante un tiempo, confundidos por la vergüenza de tener que matar a sus propios hijos, los judíos mantuvieron el debate sobre la Resurrección a nivel discursivo exclusivamente?

La imposibilidad de convencer a aquellos primeros cristianos de la locura de creer en la Resurrección de un hombre, en la existencia del Paraíso, en la Encarnación del hijo de Dios, puntos en los que los Primeros Cristianos creían a ciegas, afirmando existir Cielo e Infierno; por culpa de una fe tan simple se iban a ver empujados a matar a cualquiera que confesase con la doctrina católica por excelencia: Dios Hijo Unigénito se encarnó, se hizo hombre, y lo crucificaron. Al tercer día resucitó.

La primera oleada genocida anticristiana y la fecha exacta en que Poncio Pilatos abandonó la Judea han llegado a nosotros como un misterio irresoluble que se niega a entregarnos su secreto. De cualquier manera, fuera porque aprovecharan el cambio de gobierno para ventilar de una pasada el problema, con una solución final anticristiana rápida, la muerte de un joven llamado Esteban el pistoletazo que marcó la marcha; solución final que no pudieron aplicar durante el mandato de Pilatos; o fuese que la primera oleada anticristiana finalizase con el mandato de Pilatos, quien comprendió el tema y dio su venia a una persecución violenta rápida, debiendo nosotros situar la muerte de Esteban al término del mandato del verdugo de Jesús, oleada contra la que el nuevo gobernador se levantó poniéndole fin; el hecho es que la profecía de Jesús sobre la suerte de los Primeros Cristianos empezó a cumplirse a rajatabla.

El primer historiador de la Historia del Cristianismo, Marcos, de origen hebreo, y porque era hebreo, no quiso retratar con la pluma la gravedad de la primera oleada exterminadora. Los Primeros Cristianos superarían el trance. No había que ahondar demasiado en el punto de su exterminación por sus hermanos de sangre. Tarde o temprano la propia ley del crecimiento del Reino de los Cielos atraería sobre los Primeros Cristianos la mirada del Imperio. Por lo tanto, sin ocultar la gravedad de los hechos, ni cultivar la flor del odio contra los judíos contándoles a todo el mundo las barbaridades que sus propios hermanos de sangre se habían jurado ejecutar y estaban ya ejecutando, la doctrina apostólica fue no responder al enemigo con la violencia y el odio que una pluma puede desatar en el corazón de los hombres. Dios se encargaría de juzgarlos; juzgó a Caín, juzgaría a aquella generación fratricida. La venganza era del Señor; sembrarla para que el futuro se la tomase por su mano no les convenía a sus Siervos. Ahora bien, que nadie se creyera que podía dedicarse a sembrar vientos y luego iba a sentarse a la puerta de su casa pensando que no recogería tormentas.

Los autores cristianos de origen romano, en aquella búsqueda de no responderle al odio con odio, se esforzaron, sin ocultar lo evidente, por minimizar el carácter genocida de las Persecuciones. Lejos ya de aquellos tiempos y, por tanto, capacitados para investigar con objetividad los sucesos, nos corresponde a nosotros descubrir la terrible matanza de inocentes llevada a cabo, por los judíos primero, y por los romanos luego. Quiero decir, ¿o acaso Dios fue demasiado severo con los romanos destruyendo su imperio? ¿Y por qué ha sido tan severo con los hijos de su amigo Abraham, a los que entregó a la exterminación a los ojos de todas las naciones? Por una muerte al azar desde luego que no.

La reconstrucción de la línea del tiempo, como consecuencia del caos que cayó sobre el mundo en los Sesentas, es decir, si Poncio Pilatos fue destituido por permitir la matanza de los cristianos, contra el Derecho Imperial que reconocía libertad de conciencia religiosa a todas las provincias, o si fue destituido porque se abstuvo de aplicarle a los Discípulos la pena sufrida por el Maestro, levantándose como muro entre judíos y cristianos, muro que los judíos debían derribar si querían cortar por lo sano el crecimiento del cristianismo: este asunto es un aspecto de la Historia de difícil solución.

A raíz del aquél caos los historiadores escribieron una nueva historia. Los cambios sobre la línea del tiempo que realizaron no nos permiten decir con toda la fuerza de la verdad inequívoca qué fue antes, la destitución de Pilatos o la apertura de la primera oleada exterminadora. Lo que sí podemos creer y parece inamovible es que la muerte de Esteban marcó un punto de inflexión en la historia del cristianismo. ¿Si se atrevieron a ponerle la mano encima al mismísimo Hijo Unigénito y Primogénito de Dios se iban a cortar a la hora de echarles el brazo exterminador a todos sus fieles?

(Nadie pretende resucitar odios extinguidos. ¿No estaría loco quien quisiera culpar a los alemanes del siglo XXI de los crímenes contra la Humanidad cometido por los alemanes del XX? Pero que no se les culpe no quiere decir que sus padres no fueran monstruos. Ni desenterrar la naturaleza del crimen por el que los judíos fueron condenados a vagar XX siglos por el mundo, de todos perseguidos, por todos despreciados, significa que no se considere la deuda pagada). Dios, que es Justo, poniendo a los judíos en las manos del Antíoco IV Epífanes del siglo XX rescató para la Historia la naturaleza del crimen contra sus Hijos que los judíos cometieron.

Es decir, por muy grande que fuese el deseo de los Apóstoles de no sembrar entre los cristianos el odio contra los judíos, tampoco podían ocultarle al futuro la gravedad de los Hechos. En cualquier caso el asesinato del joven Esteban parece que fue el punto cumbre de la primera oleada exterminadora anticristiana.

Desde el punto del Derecho Romano, no habiendo sido firmado ningún decreto imperial contra la libertad religiosa en general y contra el cristianismo en especial, la muerte pública del joven hebreo sólo podía poner en evidencia ante el César al gobernador del Estado judío.

En los evangelios vemos que Jesús contó con simpatizantes dentro de los militares romanos. Es de creer que esa simpatía siguiera viva hacia sus Discípulos. De donde se debe implicar que los cambios de Procurador para la cuestión judía se vieron influenciados por las denuncias de esos ciudadanos romanos contra la política de trasgresión de las leyes religiosa del Imperio por parte del elegido del Senado. ¿Se puede creer que, contando con la complicidad judía, Pilatos se expuso a ser juzgado y condenado por el Senado en base a haber quebrantado la ley referida? De los hechos de Pilatos escritos por sus biógrafos puede decirse que fue así. Pilatos fue juzgado por el Senado y desterrado de Roma. Sentencia tan grave sólo se podía justificar en la trasgresión del imputado contra las leyes del Imperio, especialmente tocante al asunto de la libertad religiosa.

Así que si fue así y la muerte de Esteban no marcó el principio sino el final de la primera oleada exterminadora anticristiana: ¿en cuántos años hacia delante o hacia detrás debemos retroceder en la línea del tiempo la destitución de Pilatos? ¿Marcó su destitución el final de la primera guerra santa del fundamentalismo judío contra el cristianismo naciente? ¿O fue la llegada del nuevo gobernador la que marcó el pistoletazo de salida de la solución final judía contra los primeros cristianos?

Los únicos que hubieran podido aclararnos este misterio eran los mismos que llevaron adelante la matanza del joven Esteban.

Esto en cuanto a la primera oleada de exterminación de la Iglesia que fundó Jesús cuando le dio a Pedro la Jefatura de los Apóstoles.

Y seguimos.

Julio César fue sucedido en el Imperio por su hijo Octavio Augusto. A Augusto le sucedió Tiberio. Bajo este Tiberio comenzaron las persecuciones anticristianas; la muerte del joven Esteban tuvo lugar en sus días. A Tiberio, pues, le sucedió Calígula. En los días de este Calígula ocurrió la Conversión de Pablo. A Calígula le sucedió Claudio. Durante su imperio fue asesinado Santiago, el mayor de los hijos del Trueno; el escándalo de esta nueva persecución anticristiana llegó al Senado, que respondió a la locura fratricida judía decretando el destierro de todos los judíos de la Ciudad Imperial. Previendo los Apóstoles los sucesos que vendrían a continuación se reunieron en Concilio Universal, en Jerusalén, en el año 49.

De todos modos -recapitulando- el ascenso al trono de los Claudios no cambió mucho las cosas en el asunto de la guerra judía contra los cristianos. Es más, aprovechándose de la locura de los Claudios los judíos concibieron legalizar la secreta solución final anticristiana que estuvieron aplicando bajo Poncio Pilatos. La primera oleada sangrienta al parecer no les dio el resultado apetecido. Por lo visto mientras mataban a uno en alguna otra parte nacían otros diez. Así que enviaron a un tal Saulo de Tarso a comprarle la venia al gobernador de la Siria. La idea era cazar a todos los cristianos y matarlos según los fueran atrapando. Hasta que no quedase ni uno.

Afortunadamente el correo nunca regresó a su cuartel. La muerte de Santiago en los años inmediatamente posteriores a la conversión de san Pablo nos dice que, con la venia o sin la venia de los romanos, los judíos siguieron adelante con sus planes de exterminio.

La muerte de Santiago nos descubre la que podríamos llamar la segunda persecución anticristiana conocida. Cuyos ecos por fuerza habían de llegar a Roma y posiblemente estuvo en el trasfondo de la decisión que, horrorizado por semejante comportamiento fratricida, el Senado tomó: la expulsión inmediata de Roma de todos los judíos.

Aquella decisión senatorial difícilmente, so pena de hacer el ridículo, se puede interpretar como una especie de comprensión del tema cristiano por parte de los romanos. Es más, el sentir de los apóstoles hablaba de todo lo contrario. Así que reunidos por Pedro en Jerusalén para tratar en Concilio el tema del futuro del cristianismo, en el año 49, ante el peligro que las futuras persecuciones del imperio representaban para el crecimiento del Reino de los Cielos en la Tierra, los Apóstoles tomaron la decisión de organizarse y edificar una Iglesia Universal frente a cuyos muros se estrellasen las olas del anticristianismo imperial que ya rompía el horizonte. Desde ese año en adelante los apóstoles quedaban convertidos en los primeros obispos de la iglesia universal; ellos elegirían a sus sucesores, y sus sucesores a los suyos, y así sucesivamente. La jefatura de Pedro pasaría a su sucesor.

Para cuando Nerón subió al trono la iglesia apostólica y universal había nacido ya. Su crecimiento en los siglos dependería exclusivamente de Dios. Su arquitectura original, sin embargo, se mantendría firme.

Cuando, pues, en los años 60, Nerón decreta la primera persecución imperial anticristiana, la que luego se llamaría Iglesia Católica había sido edificada sobre Roca y se encontraba perfectamente preparada para resistir los aguaceros, los temporales, los movimientos de tierra. Conscientes, por profetas, de la persecución imperial que, obviamente, arrasaría en los medios cristianos de la ciudad imperial, Pedro y Pablo no se movieron. Ellos ya conocían el camino. Ahora les tocaba enseñarle a los suyos cómo se hacía ese camino.

También por ese tiempo los judíos se rebelaron contra el imperio. Pero no en respuesta a las persecuciones anticristianas que, por fin, el imperio ordenaba. Aprovechando la locura de los Claudios, síntoma de la próxima e inmediata caída de Roma, un tal Flavio Josefo, asociado con otros jóvenes rebeldes independistas, se lanzaron a la aventura en la creencia de estar interpretando Macabeos Segunda Parte.

En su locura suicida estaban cuando, misteriosamente, le prendieron fuego al Templo, desapareciendo entre sus llamas, milagrosamente, todos los archivos oficiales hurgando en los cuales cualquier investigador hubiera podido abrir las actas del juicio contra Jesús, y hallar los registros de nacimiento de todos sus familiares.

Los historiadores nunca quisieron pringarse en el misterio de aquel milagro por el que Jesús, a nivel de documentación oficial, quedó desterrado al mundo de las fábulas. Prefirieron hablar de mala suerte, de azar, de caos, de lo que fuera con tal de no remover las aguas. Nosotros, vista la solución final de exterminio que aplicaron por tres veces los judíos contra los primeros cristianos, no podemos quedarnos al margen de los sucesos.

La tercera persecución exterminadora había tenido lugar escasos años antes. El primer obispo de Jerusalén, elegido por los apóstoles personalmente, no otro que el Santiago hijo de Cleofás, el hermano de la Madre de Jesús, con el que se criara el Niño; ese mismo Santiago, primo de Jesús, elegido para el obispado de Jerusalén, vino a caer en las redes de aquella tercera oleada criminal.

La causa por la que Flavio Josefo y sus socios independistas atacaron tan alto la descubriremos posiblemente en su fracaso para unir a su guerra macabea a los cristianos de origen hebreo. El obstáculo que el hermano del Señor -como se le llamaba al primer obispo de Jerusalén- le significó a la esperanza de la corriente judeocristiana -unir a cristianos y judíos contra el Imperio- marcó el principio de la tercera oleada, y explica que ésta apuntara tan alto.

Unos años antes fue cuando san Pablo fue arrestado y enviado a Roma por ser ciudadano romano. Estando allí le cogió el famoso Incendio en el origen de la primera persecución imperial.

Jamás han sido descritas aquellas tres primeras oleadas anticristianas judías con la fuerza y el impacto que tuvieron. Sea porque los apóstoles se limitaron a predicar el Evangelio, sea porque durante aquéllos siglos siguientes la historia la escribieron sus enemigos, y ya pasado el tiempo nadie quería hurgar en aquellos trágicos recuerdos; por una cosa o por la otra, o por ambas, lo cierto es que jamás se ha puesto sobre la mesa el horror y el Crimen contra la Humanidad que los judíos, primero, y los romanos luego, cometieron. Los primeros los mataban a pedradas, los segundos los echaban a los leones como quien les echa un trozo de carne a los perros. ¿Cuándo y en qué momento de la historia universal una Iglesia tuvo semejante origen? ¿Y si hubo alguna otra que lo tuvo cuál de ellas superó la prueba de ser el centro del odio de todo el mundo?

¿Cuántas criaturas inocentes asesinaron judíos y romanos en nombre de la eternidad de sus pueblos? ¿Cuántos cientos de miles de inocentes asesinaron los padres de los judíos que aún se lamentan de sus muertos bajo la Alemania nazi?

Discusiones aparte, la pérdida de los archivos imperiales bajo las llamas del incendio neroniano, coincidencias de la vida, vinieron a prestarle argumentos a los que luego dirían que el tal Cristo nunca existió, excepto en la imaginación de sus inventores. Al menos en ninguna parte del mundo, fuera de los Evangelios, podían hallarse documentos que hablasen de haber existido el tal Jesús.

Flavio Josefo, el que fuera uno de los líderes de la rebelión independista, traidor a los suyos, cobarde que se retiró de la guerra que comenzara cuando vio que su fin era la destrucción de su ejército; el tal Flavio Josefo aprovechó las circunstancias del vacío legal dejado para reescribir la historia del pueblo judío, de la que, “por amor a la verdad”, borró de sus hechos cualquier referencia a las persecuciones de exterminio que su pueblo ejecutó, y, por supuesto, cualquier referencia a la existencia de un judío llamado el Cristo.

Estaba el hombre en que la Iglesia que Jesucristo había levantado no resistiría el impacto anticristiano imperial. Creía el hombre que la Iglesia edificada por sus discípulos en el Concilio de Jerusalén no resistiría el choque y se desplomaría bajo el peso de la locura de los Césares. No sabía el hombre que mucho antes de subir al trono Nerón el impacto de su locura contra los muros de la Iglesia Católica ya había sido calculado.

La imagen de la muerte de tantos miles de inocentes sacrificados a la locura de Nerón acabó escandalizando a sus generales. La lucha entre ellos determinó el fin del primer ataque anticristiano, para la alegría general de todos los supervivientes; y reabrió un capítulo doloroso para todos cuando Domiciano, que había sucedido a Tito, sucesor de Vespasiano, en venganza contra los rebeldes judíos, y creyendo que la Casa de David era la culpable de la rebelión, echó mano de los parientes de Jesús y se cebó en la casa de Judas, otro de los hijos de Cleofás, el hermano de la Madre de Cristo. En cuya muerte por delación no es difícil descubrir la mano del traidor, Flavio Josefo, perfectamente al corriente de quién era ese Judas, sucesor en el obispado de Jerusalén de Simón, el hermano del otro Santiago que ya asesinaran en su día los padres del tal Flavio Josefo. También se dice que el propio Vespasiano se encargó ya antes de la casa de Simón. El caso es que el tal Domiciano reabrió las persecuciones anticristianas, muriendo bajo su mandato incluso miembros de su propia familia. Hasta tal extremo de crecimiento había llegado ya el Catolicismo.

A raíz de esta segunda persecución fue desterrado San Juan. Tras la muerte del último de los apóstoles el destino de la Iglesia nacida en Jerusalén, en el 49, quedó en las manos de Dios.

Durante todo el siglo II los cristianos estuvieron en el ojo de los jueces del imperio. Nerva, Trajano, Adriano, Antonino, Marco Aurelio y Cómodo los persiguieron sin más excusa que el hecho de llamarse cristianos. ¿Cuántos inocentes fueron asesinados bajo el patronazgo del derecho romano?

Pero lo que caracterizará con más propiedad a este segundo siglo, una vez visto desde el futuro el fracaso del imperio contra el cristianismo, será la aparición de iluminados que, aprovechando el vacío dejado por la desaparición de los Apóstoles, intentaron llenar un tal Marción, un tal Cerdón, un tal Valentín, un tal Montano y un tal Taciano el Sirio, entre otros. Con estos personajes el ataque contra el Edificio de la Iglesia Universal surgió desde dentro, siendo la propia Unidad doctrinal la que se vería amenazada por el fanatismo y el ansia de poder de los citados.

El tal Marción llevó su insolencia al punto de rechazar los evangelios de Mateo, Marcos y Juan y todas las epístolas que no fueran las de Pablo.

El tal Cerdón llevó su esquizofrenia al punto de denunciar en Dios dos personas totalmente diferentes, una la del Antiguo Testamento y otra la del Nuevo.

El tal Valentín superó a los dos anteriores al escribir su propio evangelio y sujetar la doctrina cristiana a la escuela de los magos, se dice que, en reproche a no haber sido aceptado como sucesor de Pedro.

El tal Montano superará sin embargo al tal Valentín al identificarse con el Espíritu Santo.

El tal Taciano el Sirio, para no ser menos que sus socios, rechazó a Pablo y sus Hechos y prohibió el matrimonio.

Curiosamente, y a pesar de la patología evidente, que desde el punto de vista cristiano sus doctrinas representaban, hubo quienes les dieron la razón.

Así que tras la desaparición de los Doce la Iglesia Universal edificada por ellos, pero fundada por Jesús, tuvo que vérselas con una jauría de desquiciados amenazando con romper la Unidad tan necesaria para resistir los aguaceros, los temporales  y los movimientos de tierra.

Contra tales iluminados Dios despertó su espíritu de inteligencia en mentes brillantes al uso de la época. Un Narciso, un Teófilo, un Apolinar, un Melitón, un Dionisio de Corinto, y, entre ellos brillando con su luz fabulosa, un Ireneo de Lyon.

El siglo III vivió la subida al poder de la dinastía de los Severos. Sus miembros mantuvieron las persecuciones anticristianas. En esos tiempos nació el hombre que había de realizar la definitiva fusión entre filosofía clásica y pensamiento cristiano. Hablamos de Orígenes.

La anarquía a la que dio lugar el asesinato del último de los Severos parece que relajó algo la situación del cristianismo. Mas en el 250 el emperador Decio reabrió el capítulo. Que mantuvo durante un año. Murió en combate y su sucesor lo reabrió de nuevo. Hasta que fue vencido por otro general romano, quien a su vez fue vencido por Valeriano, el siguiente en la lista de los emperadores exterminadores de cristianos.

Curiosamente el hijo de ese mismo Valeriano, Galieno, fue quien firmó la paz con la Iglesia Católica en nombre de todos los cristianos. Paz que respetarían sus sucesores Claudio II y Aureliano.

La ascensión al trono de Diocleciano, la bestia negra de entonces, provocó la matanza más sangrienta de la que se guarde recuerdo escrito tras la del propio Nerón. Matanza que, más allá de las previsiones y cálculos, se convertiría en el preludio del ascenso al trono de Constantino el Grande.

Dada la inmensidad y la fragilidad del imperio Diocleciano asoció al poder a su colega Maximiano, en una primera instancia, y posteriormente a Constancio Cloro, padre del futuro Constantino.

Al nacer el siglo IV, pues, tal era la situación del imperio y de los cristianos dentro de su estructura. En el 305 Diocleciano abdicó. Al año siguiente, muerto su padre, Constantino fue pronunciado césar. También lo sería Galerio como sucesor de Diocleciano, y Maximino Daia luego de Galerio. Estos dos últimos recrudecieron las persecuciones de manera terrible. Movido por el celo por su madre, la no menos famosa santa Elena, Constantino saltó en defensa del cristianismo. Primero se enfrentó a Majencio y lo derrotó en la célebre batalla legendaria donde se le apareciera el Signo de la Cruz, un 12 de octubre del 312. Luego se enfrentó a sus socios hasta acabar con ellos y alzarse como único César.

Con él vino la victoria de la Iglesia que fundara Jesucristo y expusiera a los vientos, a los temporales, a los terremotos de la política y a los movimientos de las naciones.

En aquél año y para siempre quedó demostrada la indestructibilidad de la Iglesia Universal, o Católica.

Este es un breve resumen de los hechos contra los que la Iglesia Madre se enfrentó en sus primeros días de vida. Fue su Esposo quien anunció que pasaría por aquellas pruebas para que su Sabiduría fuese expuesta a los ojos de todos los que desde el futuro verían el nacimiento y crecimiento de su Casa. También era necesario que así fuera para que de la Indestructibilidad de su Iglesia todo el mundo comprendiese que no se levanta una Casa indestructible sino para ser eterna.

El Sello con el que se firmó la Alianza entre el Señor Jesús y su Iglesia no fue labrado en piedra, sino en los corazones, y no fue escrito con tinta, sino con sangre. No por irse la abandonaba, sino que se iba para que se cumpliera la Ley: Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará. Sobre el tiempo de búsqueda sólo el Padre Eterno conocía el cuándo, pero pasase el tiempo que pasase Ella nació para darle Descendencia a su Señor, según la Ley: “Será llamado Padre sempiterno”.

 

EPÍLOGO UNIVERSAL