LA BIBLIA DEL SIGLO XXI

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Novena Parte

 

INTRODUCION AL EVANGELIO DE SAN MATEO

 

 

Mateo era hijo de Alfeo y “publicano”, recaudador de las contribuciones que Roma imponía al pueblo judío. Cuando está ejerciendo su oficio, Cristo lo llama al apostolado y fue hecho apóstol. Su “telonio” lo tenía en Cafarnaúm. Allí debió de conocer a Cristo, y probablemente había presenciado algún milagro. En el primer evangelio se le llama Leví.

Dicho esto, una vez se abre su Evangelio se le localiza a Mateo, a primer golpe de vista, al lado de la Fuente de la que él bebe su Relato de la Infancia de Jesús. La Genealogía de Jesús que el Evangelista nos presenta es la Genealogía de María, hija de Jacob de Nazaret, hijo de Abiud, hijo de Zorobabel, hijo de Salomón, rey, hijo de David, rey, genealogía de la que se desprende el Derecho de Jesús a la Corona de David, y de aquí que la Introducción Oficial a este Evangelio concluya diciendo que la intención del Evangelista era demostrar que Jesús fue el Mesías.

Esta Genealogía no estuvo jamás en las manos de los Sumos Sacerdotes de Jerusalén por las razones presentadas en La Historia Divina de Jesucristo, Libro Primero, El Corazón de María.

La Sabiduría del Creador del Universo en relación al Futuro de su Reino selló una Estrategia de Batalla Final frente al Enemigo de su Creación a cuyas líneas maestras nadie, excepto sus Siervos los Profetas, tuvieron acceso. El Silencio de Dios sobre las Razones que elevaron la Necesidad de la Muerte de Cristo sobre el sufrimiento pasajero del Género Humano siguió persistiendo tras la Resurrección. Los Apóstoles, aunque viviendo en pleno conocimiento de esas Razones, debían limitarse a un TOTUS TUU sin condiciones ni discusiones. Les pertenecían en cuerpo y alma a su Señor y debían vivir como Discípulos de su Maestro, limitándose a la Doctrina de la Palabra que habían recibido de la Boca de Jesús. Se les pedía un TOTUS TUU absoluto, perfecto. Debían seguir siendo en cuerpo y alma la Voz del Mesías entre los hombres. Por esta razón los detalles humanos sobre la Familia de Jesús, ya durante su Infancia como durante su Juventud, no eran del asunto de los historiadores de las cosas de los hombres. Sí era del interés de todos el Conocimiento de la Genealogía de la Madre por la que su hijo recibía la Herencia de David, su padre bíblico. La Fuente de la que bebe el Evangelista es la propia Madre, de cuya Mano recibe el Rollo Genealógico que Zorobabel trajo de la Cautividad Babilónica y su hijo Abiud pasó a su heredero, este al suyo, hasta llegar a Jacob, padre de María, que a su vez debería pasarle la Herencia a su Primogénito, y así hasta que llegase el día del Mesías. El Mesías vino a ser Jesús, el hijo de María.

Es un hecho que el fracaso de los historiadores para penetrar en la Estructura de los Acontecimientos narrados en los Evangelios viene de querer aplicarle a la Historia Divina los principios científicos debidos a las ciencias históricas que tratan sobre las cosas de los hombres. Al hacerlo se olvidaron que la Estrella de la Historia del Cristianismo no es un Napoleón ni un Alejandro; fue el Hijo de Dios, Dios Hijo Unigénito, quien se hizo hombre. No es un hombre nacido de varón quien asume el papel estelar del hijo de Eva que había de enfrentarse a duelo a muerte con el asesino de su esposo Adán. Para nada, el Papel de la Estrella del Duelo a Muerte entre Cristo y el Diablo, encuentro profetizado desde el mismo día de la Caída de Adán, le fue entregado a Dios Hijo Unigénito, quien, en tanto en cuanto Primogénito de la Casa de los hijos de Dios estaba en su Derecho de asumir dicho Papel Estelar. Ni tampoco el Director y Productor de la Historia de ese Duelo a Muerte fue un Banquero, o una Corte de príncipes del Dinero. Para nada. Fue Dios, el Señor del Infinito y de la Eternidad, el Creador del Reino de las Galaxias en Persona quien Escribió el Guión que se Elegido había de Vivir. No era un Guión para un hijo de varón. El Enemigo al que tenía que enfrentarse al hijo de Eva era el mismo Satán, una criatura creada antes de la Creación de nuestro Mundo, una criatura de otro mundo cuya existencia se contaba por miles de millones de años, y que siendo hijo de Dios formó parte de la monarquía de dioses que al principio de los tiempos tutelaron el viaje del Homo Sapiens desde sus lugares de origen hasta Mesopotamia de las Cuatro Regiones donde tuvo su fundación el Reino del Primer Hombre. La Batalla que se iba a celebrar entre Cristo y el Diablo era un Duelo a Muerte entre dioses; y el campo de Batalla elegido era Israel.

¿A qué, pues, perderse en esos detalles en los que los historiadores de las cosas de los hombres gustan perderse, y enzarzarse en discusiones para necios? Los historiadores británicos, al servicio de sus majestades satánicas, siempre de rodillas, gustaban ligar al trono a un príncipe por su aspecto físico, y en opinión de tales vasallos la nobleza viene con la belleza y el porte. Como si por tener un grano en la oreja …  Napoleón dejase de ser tan Napoleón. El absurdo elevado a su enésima potencia. Si Jesucristo fue más o menos chato, o más o menos bajito, ¿qué? ¿La Grandeza del espíritu se mide por la estatura del cuerpo? En opinión de los historiadores oficiales de las cosas de los reyes, de la lectura de sus biografías, la respuesta es un sí. ¿Y que si Santiago y los hermanos de Jesús fueron más o menos tontos y menos o más guapos? ¿Qué tenía que ver tales detalles con el Acontecimiento para la Eternidad del Nacimiento del Dia de Yavé, “día de venganza y cólera, día de justicia”: y de victoria”, el Día en el que el hijo del Hombre, hijo de María, hijo de Sara, hijo de Eva, levantaría su Brazo, “el Brazo de Yavé”, y dejándolo caer contra la Serpiente Antigua, le aplastaría la Cabeza al Diablo?

La Revelación de la Concepción de Jesús fue un secreto que su Madre guardó en su Corazón todos los días de su vida; ya conté en El Corazón de María que la Madre abre su Corazón a los Discípulos durante la Noche que precede a la Mañana de la Resurrección. Pentecostés ya vivido, el Relato de la Encarnación del Hijo de Dios es asumido con toda naturalidad por el Evangelista. El Evangelista cuenta la Historia Divina tratada en su Evangelio sin pararse a considerar la Opinión o la Necesidad que tendrán los lectores de que se les explique por qué Dios tenía que enviar a su Hijo Amado, nada más ni nada menos que a su Amadísimo Hijo, el Hijo de sus entrañas increadas, para que lo crucificasen, y precisamente para que lo crucificasen. El Silencio es de Ley. La Fe es lo que procede. Si el Señor guardó Silencio, ¿quiénes eran sus siervos para romperlo? ¿O iban a cometer el mismo Delito de Desobediencia que Adán, su padre en la carne por Abraham? Obediencia sin límites. Sumisión ante la Sabiduría del Señor Dios Creador del Cosmos y de todo lo que existe sin mover un músculo. ¿Qué es el hombre para atreverse a corregir a su Creador? ¿Quién se cree que es el hombre, llame como se llame, para quitarle o añadirle una simple coma a una línea escrita por el Padre de la Creación?

El Texto del Evangelio sigue el mismo Principio Divino que vemos en el Génesis: Dios dice, Dios hace. La Palabra de Dios es Dios. Dios, en la Persona del Hijo, se ha encarnado por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, la Virgen de las Profecías, Madre del Mesías, Madre de Cristo, el Emmanuel de las Escrituras. Y punto. ¿Quién es el ignorante que le discutirá a Dios su Poder para realizar esa Obra Maravillosa? Poner en Duda el Poder Infinito de Dios es Negar la Existencia de la Veracidad Divina. La Virgen de la Profecía está más allá de la Duda: “Hágase en mí según tu Palabra”, y así lo estará desde entonces y para siempre todo el que se confiesa Cristiano. Y quien no lo confiesa, no es Cristiano. Quien no cree en este Poder de Dios para Obrar la Encarnación de su Hijo sólo encontrará en el Evangelio una Moral Cristiana, Modelo de Ley Moral insuperable y prototipo de todos los códigos morales modernos en los que las leyes beben para fundar sus Códigos. El Evangelista antepone el Poder y la Sabiduría de Dios a cualquier Principio Moral a fin de dejar claro y patente que la Ley no es un invento del hombre sino la expresión humana de la Ley que gobierna la Creación y es sostenida por el Creador a fin de mantener su Reino por la Eternidad sobre la Roca de la Verdad. Sin Verdad no hay Justicia, sin Justicia no hay Paz, y sin Paz ¿dónde está la Libertad? Y esta Verdad es superior a la concepción de la existencia de Dios por el hombre en cuanto una necesidad moral. La Existencia de Dios en cuanto Idea y la Vida de Dios en cuanto Ser Creador investido de Poder Infinito para producir las Obras que en su Sabiduría se plantea, son dos realidades que pueden acabar enfrentándose en un duelo a muerte, tal como vemos en este Evangelio. Dios no sólo existe, Dios reina. La Aceptación del Poder Infinito de Dios como Realidad que supera el Entendimiento de la Criatura, sea humana o de cualquier otra Creación, es Vital. Por esto el Evangelio abre su Puerta con esta Declaración de Fe sin límites que en la Respuesta de la Madre cobra Vida.

La Intención del Evangelista fue mostrar que Jesús es el Mesías de las Escrituras, cierto. Pero más allá de su puño y letra estaba quien movía su pluma para ponernos a todos delante de la Puerta de la Fe: Creer o no creer en Su Poder Infinito es nuestra Llave a la Ciudadanía de su Reino, por la cual y en la cual todo hombre recibe el Derecho a la Vida en su Mundo por la eternidad de las eternidades que la Creación tiene por delante.

 

 

Décima Parte

INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

Origen del Poder de Los Apóstoles

 

 

C.R.Y&S