LA BIBLIA DEL SIGLO XXI

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Séptima Parte

 

INTRODUCCIÓN AL CANTAR DE LOS CANTARES

 

 

He aquí la joya de las joyas entre los cánticos de amor más célebres conocidos, joya seductora que ha atraído las miradas de místicos y poetas, sobre todo ellos destacando la interpretación de la Iglesia sobre la misteriosa Esposa que se llevó el corazón de Salomón a su Jardín, y en la que los santos quisieron ver en el Esposo a Cristo y en la Esposa a la Iglesia, interpretación santísima si no fuera porque aquí es la Esposa la que le dice al Esposo “huye, amado mío, semejante a la gacela o al cervatillo, por los montes de las balsameras”, de donde podría creerse que la Iglesia renuncia a su Señor, no reconoce la Eternidad de su Amor y se separa de su Esposo Divino para .... irse... ¿para irse ... con quién?

Se ve, pues, desplazando el verso final al principio del Cántico que la interpretación eclesiástica no acierta a identificar a la Esposa que una vez y otra le dice a Salomón “Mi viña la tengo ante mis ojos. Para , Salomón, los mil (siclos), y doscientos para los que guardan su fruto”. El divorcio no puede ser más claro. La Esposa se separa de Salomón, lo abandona a su suerte entre el oro y la plata en la que, se dice, navegaron los habitantes de Jerusalén en los tiempos del Rey Sabio. Inútil agarrarse a esta Interpretación de los santos, y menos aún a la de los que no siendo capaces de elevarse más allá de sus pieles redujeron esta Joya a un cántico carnal, místico y puro, poético y lírico, pero carnal al fin y al cabo.

El Cantar de los cantares es, en definitiva, el Canto del Cisne, la ruptura visible, ya pública, de la unión de aquella Sabiduría, que no podía vivir en cuerpo esclavo del pecado, según el mismo Salomón reconociera en sus días de gloria cuando escribiera: “Porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo esclavo del pecado”, con aquel muchacho, hijo del rey, en quien la Sabiduría desplegó su tienda y abrazándole le descubrió “los secretos de la ciencia de Dios”. Y a quien cuya gloria acabó acarreándole la desgracia de la que se lamenta imposibilitado para volver a su juventud, a aquellos días en que de Ella decía:

“¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Son palomas tus ojos a través de tu velo. Son tus cabellos rebañito de cabras que ondulantes van por los montes de Galaad. Son tus dientes cual rebaño de ovejas de esquila que suben del lavadero, todas con sus crías mellizas, sin que haya entre ellas estériles. Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es agradable. Son tus mejillas mitades de granada a través de tu velo. Es tu cuello cual la torre de David, adornada de trofeos, de la que penden mil escudos, todos escudos de valientes. Tus dos pechos son dos mellizos de gacela, que triscan entre azucenas. Antes de que refresque el día y huyan las sombras, iréme al monte de la mirra, al collado del incienso. Eres del todo hermosa, amada mía; no hay tacha en . Ven del Líbano, esposa; ven del Líbano, haz tu entrada. Avanza desde la cumbre del Amana, de las cimas del Sanir y del Hermón, de las guaridas de los leones, de las montañas de los leopardos. Prendiste mi corazón, hermana, esposa; prendiste mi corazón en una de tus miradas, en una de las perlas de tu collar. ¡Qué encantadores son tus amores, hermana mía, esposa! ¡Qué deliciosos son tus amores, más que el vino! Y el aroma de tus perfumes es mejor que el de todos los bálsamos. Miel virgen destilan tus labios, esposa; miel y leche hay bajo tu lengua; y el perfume de tus vestidos es como aroma de incienso. Eres jardín cercado, hermana mía, esposa; eres jardín cercado, fuente sellada. Tu plantel es un vergel de granados, de frutales los más exquisitos, de cipreses y de nardos, de nardos y azafrán, de canela y cinamomo, de todos los árboles aromáticos, de mirra y de áloe y de todos los más selectos balsámicos. Eres fuente de jardín, pozo de aguas vivas, que fluyen del Líbano”.

Imposible darle forma Viva a esta Esposa cuyos amores se elevan hasta lo Divino y levantando al Esposo al Jardín de los mismos secretos de la Ciencia de Dio se le descubre de esta manera:

“Yavé me poseyó al principio de sus caminos, antes de sus obras, desde antiguo. Desde la eternidad fui yo establecida; desde los orígenes, antes que la tierra fuese. Antes que los abismos, fui engendrada yo; antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas. Antes que los montes fuesen cimentados, antes que los collados fui yo concebida. Antes que hiciese la tierra, ni los campos, ni el polvo primero de la tierra. Cuando afirmó los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo. Cuando condensó las nubes en lo alto, cuando daba fuerza a las fuentes del abismo. Cuando fijó sus términos al mar para que las aguas no traspasasen sus linderos. Cuando echó los cimientos de la tierra. Estaba yo con El como arquitecto, siendo siempre su delicia, solazándome ante El en todo tiempo, recreándome en el orbe de la tierra, siendo mis delicias los hijos de los hombres”.

En efecto, si Salomón no encontró forma mejor de comunicarnos su Relación Divina con aquella Sabiduría, Hija del Infinito y de la Eternidad, que, amando a Dios, formó su Espíritu para entregarle el Testigo de la Creación, y de cuyo Amor vinieron a Luz el Padre y el Hijo, es el propio Dios quien nos encarna la Visión de esta Hija del Infinito y de la Eternidad, su Esposa Increada, en la Madre de Cristo, en cuya Inmaculada Santidad se encarna la Inmaculada Santidad de la Sabiduría, y en la Virgen Madre de Cristo limpia Dios la Inocencia de su Esposa Increada de toda Maldad que se le pudiera imputar en el Origen de la Tragedia del Mundo.

Como en la Separación Final entre la Sabiduría y Salomón no tuvo parte alguna la Esposa, sino que la gloria del rey había acabado conduciéndole al término que ya conocía cuando dijera que Ella no puede vivir en cuerpo esclavo del pecado, de esta misma manera Dios nos ofrece su Discurso en Defensa de la Inmaculada Santidad de la Sabiduría, negando por los hechos, primero en la debilidad de Salomón, cualquier parte de su Esposa Increada en la Tragedia que le estaba afectando a su Reino desde los días anteriores a la Creación de nuestro Mundo; y finalmente eleva su Defensa, en forma de Discurso Positivo, encarnando su Inmaculada Inocencia en la Virginidad Invencible de la Madre de Cristo.

No es, entonces, el Libro de Dios una Obra que deba interpretarse, pero que en ninguno de sus libros y capítulos, desde la carne y la inteligencia humana, pues el Libro ha sido escrito no sólo para el Género Humano sino también para todos los Pueblos del Paraíso de Dios.

No sólo nosotros teníamos necesidad de ver esta Inocencia de la Sabiduría, Esposa Eterna del Creador del Cosmos, también la Casa de Dios “no de esta creación”, necesitaba ver a esta Esposa Increada que tomando al Dios Increado de la Mano formó su Espíritu para ser quien es, y le hace decir de ÉL mismo “Sed santos porque yo soy santo”.

¿Cómo hubiese podido formar a Dios en el Espíritu Santo del Creador quien no lo hubiese tenido en sí desde la Increación? ¿Cómo hubiera podido amar Dios a la Hija del Infinito y de la Eternidad como a su Esposa si en Ella no hubiese encontrado Él ese Amor sin medida tan Suyo a la Vida en nombre de cuya Causa Inmortal tuvo su Origen el Fin de la Increación y la Creación su Principio?

¿No quedó con la Caída de Adán en entredicho la Santidad de esta Esposa? ¿Acaso su Santidad no había quedado en entredicho durante las Guerras del Cielo? ¿Cómo Defender su Inocencia una vez convertida la Tierra en el campo de la Batalla Final entre el Infierno y el Paraíso de Dios? ¿No estaba la Esposa del Dios y Señor de la Creación detrás de esta Tragedia? ¿No hacía Ella de ese Dios Oculto que tirando la piedra y escondiendo la mano se burla de su Esposo Divino?

La Necesidad del Esposo Divino de Declarar la Inmaculada Inocencia de su Divina Esposa era firme.

En su Amor por su Creación y sus Criaturas levanta el Señor de Israel a su hijo más excelente para mediante su Vida dar Lectura a Su Discurso de Defensa: la imposibilidad de la Sabiduría Divina de convivir con el Pecado no es una entelequia, es una Realidad Invencible.

Ambos, Esposos Divinos tienen una misma Respuesta: La Creación no acepta la Ley de la Muerte; el Creador ni negocia ni pacta con el Infierno inherente a la ley de la Guerra. No fue la Sabiduría quien sembró en los hijos de Dios que se alzaron contra el Reino de Dios la Semilla del Infierno; el Enemigo de la Creación de Dios y de la Ley del Creador es la Muerte. La Muerte, no la Sabiduría, fue la madre de la Serpiente Antigua en cuyas entrañas infernales fue concebido el Diablo.

Y sin embargo, en su Amor por la Vida fue Dios infinitamente más lejos. Lo Imposible para toda Criatura su Dominio, quiso el Esposo Divino ofrecernos en Vivo la Imagen Divina de la Madre en cuyas entrañas fue concebido el Paraíso, y tomando de entre las hijas de Israel la más bienaventurada de ellas, encarnando en su Seno a su Hijo Unigénito, en cuya Unigenitura tiene Origen la Paternidad Divina, en la Virgen María de Nazaret, Madre de Cristo, nos mostró Dios, a toda su Casa, la del Cielo y la de la Tierra, la Eterna Santidad de su Esposa Increada y Eterna, esta Sabiduría que, amando al joven Salomón, una vez que el rey se perdió en su gloria, no pudiendo vivir en cuerpo esclavo del pecado, se retiró de él.

Gloria, pues, a Dios, y a su Divina Esposa, la Hija del Infinito y de la Eternidad que en los Días de la Increación se unió al Ser Divino y formando su Espíritu puso en sus Manos el Testigo de la Creación.

 

 

Octava Parte 

INTRODUCCION ESPECIAL AL NUEVO TESTAMENTO

 

C.R.Y&S