LA BIBLIA DEL SIGLO XXI

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Quinta Parte

 

INTRODUCCIÓN A LA SABIDURÍA DE SALOMÓN

 

No es necesario regresar a los preliminares prologuménicos a que nos tuvieron acostumbrados los teólogos de todos los tiempos a la hora de comentar este Librito. Valga decir y conste, que Dios fue el Espíritu que movió las manos de quienes tuvieron por gloria que sus nombres figurasen como autores de los libritos que forman el Cuerpo Sagrado del Libro de Dios, el Único y Verdadero Libro que Dios ha escrito para Rescatar a su Creación de su Caída en el Abismo y extender el alma de su Amor sobre todos los Pueblos de su Creación: La Biblia.

Muchos han sido los hombres que a lo largo de los Milenios han querido nublar la sempiterna Gloria del Libro de Dios afirmando ser los suyos “libros de Dios”. La Verdad, toda la verdad y nada más que la verdad es que Dios no ha firmado ningún Libro fuera de la Biblia, y fuera de la Biblia no hay Obra Sagrada que cuente delante de la Creación. Los libros escritos por hombres obras de los hombres son. Si buenos o malos, Dios no tuvo parte en ellos. El Único Libro que Dios reconoce como Suyo es la Biblia, escrita de principio a fin por los hijos de Adán, y legada a la Iglesia Católica en cuanto Esposa Espiritual del último de esos hijos de Adán, Jesús, hijo de José de Belén, hijo de David, y María de Nazaret, hija de Salomón. Libro que en su Omnisciencia Salvadora Dios derramó sobre sus siervos los profetas, para que viajando por los siglos llegase hasta su Heredero Universal, por quien nos vendría a todas las naciones el Conocimiento del Nombre del Señor de la Creación, Padre de Jesucristo, su Hijo Unigénito, engendrado desde su Naturaleza Increada en el Amor a la Sabiduría, Hija del Infinito y la Eternidad, de la cual es Figura viva la Virgen, Madre del Mesías. A la que el Enemigo de Dios, la Serpiente Antigua, Satanás, el Maligno, la Bestia del Infierno, persiguió en vida, deviniendo la Huida de la Virgen Figura de la Persecución a que sería sometida la Iglesia Católica, por extraños y propios, en los días del Futuro.

¡Cómo, entonces, mantener lejos a sus siervos los profetas de su Omnisciencia Salvadora, Restauradora del Hombre a la condición de hijo de Dios, para la que fue llamado cuando el Hijo de Dios, abriendo su boca, dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza"!

¿Hubiera sido Dios un Padre amantísimo de sus hijos si pidiéndoles sacrificio a sus hijos los Profetas no les mostrase el fruto del mismo, y aterrorizándolos con su Todopoder le hubiese pedido a punta de espada realizar ese mismo sacrificio?

Mas quien viste el Infinito con galaxias sin número que como aves aparecen de la nada por entre los azules del cielo llenando el firmamento de los ojos con sus piruetas cirquenses, semejantes a bancos de peces jugando a ser geómetras entre las corrientes invisibles de los océanos calientes, Ese Creador de Bosques de Galaxias en paquetes expandiendo el horizonte del Cosmos hasta las fronteras del Infinito, ¿no tiene acaso el Poder de hacer que sus hijos, por Amor a su Persona hagan lo que por Terror a su Poder harían como quien haciendo su Voluntad piden la gracia de la vida?

¡Cómo pues no habría Dios de abrirles a sus hijos las puertas de su Salvación Universal, para que por Amor a la Sabiduría hiciesen, poniendo todo su ser en el asador, lo que por el Terror que procede del servicio a un Señor Omnipotente hubiesen hecho como quien busca en la muerte perder de vista a semejante Señor! Es desde este Amor que su hijo Salomón sirve a su Dios y se entrega a la Sabiduría en cuerpo y alma, y sirviéndose de sus manos la Sabiduría relata las cosas pasadas y las por venir, ¿o acaso la Historia de la Redención y del Redentor no estaban predichas en la propia Biblia desde los días de Moisés?

¿No puso la Traición de Satanás, hasta ese Día uno de "los hijos de Dios entre los que distribuyó Dios las Familias de la Tierra"; no puso la Caída del Hombre que Dios creó, y por Amor al cual entregó Dios a su Propio Hijo Amado a la Cruz: en verdad no puso la Caída del Género Humano al Creador de todas las cosas delante de una Revolución Social Universal configuradora de la Relación Futura entre Dios y sus hijos?

¡Cómo hubiera podido Dios, Señor de la Sabiduría, la hija del Infinito y de la Eternidad, Fuerza Increadora que formó su Inteligencia para heredar el Testigo de la Creación, permanecer al margen de semejante delito contra su Creación y contra Él mismo en cuanto el Creador de todas las cosas, las visibles y las invisibles, Cielos, Tierra y Cosmos; cómo hubiera podido ese Dios, tan amantísimo de sus Criaturas hasta el punto de enviarnos como Campeón a su Hijo Unigénito, nuestro Redentor, mantener al margen de la Salvación Universal que en su Corazón había concebido para bien de todos los Pueblos de su Reino a los hombres que por Amor a su Espíritu pondrían a sus pies no sólo sus vidas sino la de sus propios hijos? ¿Acaso Abraham sacrificaba a su unigénito al viento de una esperanza que nacía en él y moriría en él?

Fue viendo este Corazón del Creador de los Universos y sus Bosques de Galaxias, y Corazón cerrado a todo hombre, que, maravillado hasta los tuétanos, Abraham alzó su brazo y armado se dispuso a sacrificar a su unigénito en pro de esta Salvación que por la mano del Redentor colmaría las esperanzas de todos los hijos de Dios en la Victoria de Dios sobre la Muerte, del Paraíso sobre el Infierno, del Hijo de Dios sobre el Maligno.

Fue por Amor a la Esperanza de Salvación Universal, que la Victoria del Redentor nos legaría a la plenitud de las Naciones Cristianas, que Jacob vivió, y eligiendo a Judá para ser el padre del Mesías trazó en el Tiempo la Línea Genealógica de la que nacería Jesús, hijo de María, hijo de Sara, hijo de Eva. Por ella, la Sabiduría, José perdonó a sus hermanos, y les dio una tierra donde vivir hasta que el Señor les eligiese el Liberador que con Poderoso Brazo sacaría de Egipto a Israel, su hijo.

¡Quien en la Historia de los Fundadores de Religión como Moisés! Como entre las estrellas, aunque pequeñita, no tiene igual el Sol, asi entre los hombres no tuvo igual Moisés. Ni en el Este ni en el Oeste, ni en el Sur ni en el Norte, mujer alguna ha parido jamás su semejante, hombre con quien un hijo de Dios, no de esta Creación, hablaba cara a cara, y libremente le comunicaba lo por venir, la Victoria de Cristo, hijo de Eva, hijo de Sara, hijo de María, sobre el Diablo, la Muerte y el Infierno.

En Moisés la figura del Poder de Cristo ya venía configurada, y si por la sombra se adivina la luz que la produce, de la luz que sobre el rostro de Moisés hacía resplandecer su grandeza se podía adivinar la gloria de la estrella que bajando del Cielo habría de iluminar la Tierra entera con su Gracia y su Verdad. ¡Cómo no caer de rodillas ante la Visión de este Mesías Redentor que tomando en sus manos nuestra Causa no dudaría en poner al servicio de nuestra Causa su propia muerte si con su Cruz obtenía para todos nosotros la Ciudadanía de su Reino! He aquí, pues, porqué, maravillado por la Salvación de Dios, Señor de Moisés, Salomón abre su discurso subiendo el Velo de ese Futuro en el que el Siervo de Dios, nuestro Redentor, una vez Resucitado, nos abriría la Puerta de la Vida eterna a todos nosotros, Gentiles, y a los suyos, todos Judíos, a unos la Ruina, y a los otros, los Apóstoles, la Gloria de los hijos de Dios.

Este Librito no está escrito a posteriori, como pretendieron algunos hacerles creer a los indoctos que desconociendo la Gloria de la Inteligencia Divina, convenciéronlos de no hacer referencia alguna este Librito al Nacimiento de la Iglesia y Fundación del Cristianismo. Es el Redentor quien tiene Salomón delante de sus ojos, y son sus Discípulos, sujetos a persecución por Judíos y Gentiles, quienes ve el hijo del rey David recibiendo la corona de la vida en recompensa a su sacrificio en pro de la Esperanza Universal de Salvación, esta misma Esperanza en pro de la cual Abraham levantó el brazo sobre la cabeza de su hijo unigénito, figura del Sacrificio del Hijo Unigénito de Dios, Elegido para ser el Campeón del Género Humano en el Duelo a muerte entre Satanás y el Hijo de Eva, profetizado desde los días de la Caída, y sujeto a ley, según consta en el Libro Divino cuando dice "de un hijo de Dios cualquiera de los hijos de Dios podrá ser llamado para tomar Venganza". Mas la misma Ley que elevaba hasta el Cielo la Elección ce nuestro Campeón, sujetaba al Elector a Duelo de carne, por lo que dice “de la sangre de un hombre por la mano de otro hombre reclamará Dios venganza”; en cumplimiento de lo cual, viendo los Profetas al Elegido, escribieron: “He aquí que una Virgen dará a luz, y el hijo será llamado: Dios con nosotros”.

La Victoria, estaba servida antes de poner el Campeón del Hombre sus pies en el campo de batalla. El hijo del Hombre nacía para vencer. Y con aquel “Apártate de mí, Satanás”, tan suyo, tan nuestro, por el Espíritu hemos recibido el Espíritu de Invencibilidad que con su Resurrección nos legó el Redentor a todos nosotros, sus herederos, según el Juramento de Dios Eterno: “Tus hijos se apoderarán de las puertas de sus enemigos”. Y Promesa que ha elevado a las Naciones Cristianas a la primera línea de la Historia Universal y desde la vanguardia en que hemos sido situados somos llamados para avanzar y llevar la Ciudadanía del Reino de Dios hasta los confines del Mundo.

 

Sexta parte 

INTRODUCCIÓN AL ECLESIASTÉS

“Sólo sé que no sé nada, pero sé que Dios existe”

 

 

C.R.Y&S