LA BIBLIA DEL SIGLO XXI

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Cuarta Parte

 

INTRODUCCION AL ÉXODO

 

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La revolución en la ciencia histórica, a través de la Arqueología, que tuvo lugar a finales del siglo XIX no pudo ejercer influencia de ninguna clase en la estructura neopagana de la ciencia del siglo XX por razones obvias. Si ya el Mal a escala individual es de por sí suficiente para ejercer una presión sistemática sobre la mente de las naciones, la caída de las naciones en las dos guerras mundiales del XX por lógica había de anular cualquier efecto, en pro del acercamiento de la Criatura a su Creador, que la revolución arqueológica de la segunda parte del XIX puso sobre la mesa. La devastación masiva de generaciones enteras, a nivel mundial, ejerció en la mentalidad de la ciencia una presión tremenda, causando el empujón que se echaba de menos para desterrar de su conciencia cualquier tipo de valor moral, cruzando de esta manera, por inercia, la línea que separa el Bien del Mal, para moverse, en todo punto, como lo demuestra la Edad Atómica, dentro de la esfera del Delito contra la Humanidad, esfera legalizada por el poder simbiótico Ciencia-Industria-Política.

En circunstancias normales la Revolución Arqueológica del XIX hubiera debido conducir a la Búsqueda del ejército del Faraón de Moisés bajo las aguas del Mar Rojo. El frenesí intelectual que comenzó a vivirse a ambos lados del Atlántico a raíz de la resurrección de Nínive, Acad, Ur, Larsa, Nippur…, sus leyendas, sus dioses y sus reyes, dirigía el movimiento de los maestros del Oriente Próximo Antiguo, los Maspero, Rawlingson y compañía, a la playa sobre cuyas rocas Moisés mantuvo levantado su brazo... pero … entonces ... la Primera Guerra Mundial se hizo.

El horror desplegado durante aquellos años no consumió sin embargo la capacidad de las naciones para aterrorizarse mutuamente y, apenas a las nuevas generaciones les salió la barba, el Infierno de nuevo se hizo.

Si con la Primera Guerra Mundial la conciencia científica, ya de por sí anticristiana en sus axiomas, sufrió un varapalo fatal, el efecto de la Segunda Guerra Mundial sobre esa conciencia fue definitivo a la hora de dar la comunidad científica el paso al otro lado de la línea que separa el Bien y Mal. A partir de la Segunda Guerra Mundial al Científico de la Edad Atómica se le impuso, como condición sine qua non para ejercer su título, su conversión en Enemigo de la Creación de los Cielos y de la Tierra por el Dios de Cristo; ergo, en enemigo del Género Humano.

Las grandes matanzas que a día de Hoy está ejerciendo la Transgenia en las naciones paupérrimas y desprotegidas, la India un ejemplo, son el efecto del trabajo dentro de la Esfera Legal del Delito contra la Humanidad en el que se mueve el monstruo simbiótico Ciencia-Industria-Política.

Los entre 600 y 700 megatones lanzados contra la Biosfera, tal cual si un mundo alienígena se hubiese propuesto destruir la vida humana sobre la Tierra, demuestran que la Edad Atómica se levantó para cometer el Pecado del Primer Hombre: creerse más allá de las leyes de la Creación, arrogarse, en nombre de la Ciencia, el Poder de la destrucción del Hábitat del Hombre sobre la Tierra.

Visto, pues, que la Ciencia dejó de ser un instrumento de Civilización y se puso de rodillas al servicio de sus socios naturales, el Caso Patarroyo una excepción, y otras donde los hubiere, la Guerra de los Drones el nuevo juguete, como lo fuera en su día la bomba atómica, con el que el monstruo se entretiene a día de Hoy, y porque los historiadores y los filósofos están muertos, y porque los teólogos no son, a día de Hoy, otra cosa que instrumentos de capitalización de la Fe al servicio de unos y otros, nos toca a nosotros, aquéllos que amamos la Inteligencia sobre todas las cosas, resumir el trabajo de los maestros y cerrar de una vez y para siempre el Problema del Origen de la Civilización, respecto a cuyo problema la Historia de Moisés y el Éxodo de los Israelitas forman un episodio central, de valor específico y maravilloso en el concierto del Renacimiento de la Civilización en su Nueva Naturaleza Espiritual Cristiana.

Recuperando entonces el hilo que en la Introducción al Génesis dejamos para ser recuperado en este momento, tenemos que volver a reafirmar la Cronología desde el Quinto Milenio al presente.

Considerando que una discusión sobre lo que es Historia Pura, a saber, los hechos de los reyes de Sumer, Acad, Ur, Babilonia, Susa, etcétera, están ya recopilados en Manuales Académicos, nos queda mantenernos en la posición ya expuesta por algunos maestros, si bien su alejamiento de la posición oficial determinó que sus pensamientos no alcanzasen el valor de Hechos y se quedasen sólo en el mundo de las opiniones, o lo que es lo mismo, en palabras de necios.

Afortunadamente lo que le compete a la Universidad Oficial es la Vulgaridad y la Mediocridad, de aquí que el genio sea algo tan raro, no porque el genio sea extraño a la naturaleza humana, más bien porque la comodidad del que no tiene que pensar y sólo debe limitarse a aprenderse una lección y repetirla como un papagayo es siempre más sutil e ingrávida que el trabajo de abstracción que la personalidad del genio requiere. Para el movimiento de la Civilización la compacticidad de este gremio de Mediocridad Universitaria es un obstáculo tremendo a superar, porque a falta de la individualidad arrolladora e innovadora del genio, el científico mediocre del Gremio sigue las pautas de comportamiento del menor esfuerzo, y siendo la Ciencia de la Destrucción la que menos esfuerzo requiere, es por ahí por donde, arrastrado por su Vulgaridad, se dirige, de esta manera deviniendo la Mediocridad que la Academia exige para recibir el título el peor enemigo de la Civilización. A día de hoy, aparte de los Nuevos Modelos de Guerra que se han impuesto los Neo-Imperios del Siglo XXI, la Mediocridad ha abierto un nuevo frente a su Ciencia: la Salvación de la Humanidad mediante el desarrollo de una Tecnología Anti-Meteoritos.

Las Vulgaridad de la Comunidad Científica al servicio de los poderes financieros de las potencias militares de nuestro siglo es patética. ¡Qué felices las décadas aquellas con las que se regalaban años paradisiacos, utópicos, los unos a los otros los historiadores del final del siglo XIX y principios del siglo XX!

Grandes maestros de las más grandes universidades del planeta se repartieron décadas de felicidad paradisiaca, apenas nacido ese Siglo XX llamado a realizar sin Cristo lo que Dios con los Cristianos no había podido.

¡Qué sueño aquel el de los Historiadores Británicos, Franceses, y Alemanes de finales del Siglo XIX, todos Testigos vivos de la Gran Revolución Arqueológica que dejó en ridículo a aquella Ciencia Moderna que en su anticristianismo visceral le negó a la Biblia incluso la existencia de las ciudades de Nínive y Ur.

¿El propio Tiglat Pileser III no fue objeto de escarnio por los historiadores de la primera parte del siglo XIX?

En la opinión de sus majestades divinas científicas: Ur, Nínive, Acad..., ¡cuentos de viejas!

¡Y qué cuentos! Unos cuentos que hoy se estudian en toda las Universidades del Mundo como si fuesen sus protagonistas los mismos dioses que bajaron al principio del cielo y condujeron de la mano a las primeras familias de las naciones a las puertas de la Civilización.

El ridículo hecho por sus progenitores no le sirvió de ejemplo a sus hijos, quienes, en cuanto se recuperaron del delito cometido, regresaron a la cruzada antibíblica tan patéticamente defendida por los dueños de las espaldas sobre las que hicieron su camino, según el dicho. Apenas recuperados del shock: “la Biblia tenía razón, existieron Ur y Nínive”, los discípulos de tan avezados maestros, pues que no podían volver a enterrar lo que sus maestros habían desenterrado, sí podían pervertir la Cronología de manera que la Biblia volviese a ser un cuento de viejas, algo más sabias, pero al fin y al cabo: viejas.

Increíble pero cierto, James Breasted, gran historiador egiptólogo, abrió la batalla poniendo a un pelele, Amenofis IV, Tutankamón para los turistas, de pie sobre la gloria de un gigante, Moisés, trasponiendo así las fechas en dos siglos. Según el antibiblicismo natural a todo científico que se precie, y sin una buena carga de antibiblicismo no se puede ser buen científico, y menos aspirar a la gloria de los siglos, el Fundador del Monoteísmo Universal, Moisés el Hebreo, se inspiró en un faraón pelele para construir el edificio del Monoteísmo Universal que, recogido por Jesucristo, alcanzó la cota de Divinidad que vemos viva en la Iglesia Católica Romana.

La lógica dice que lo inferior toma por modelo lo superior a fin de levantarse de su postración. Pero, para cuando Breastad el Historiador irrumpe en los trabajos de los grandes Arqueólogos de la segunda mitad del Siglo XIX, las leyes de la Lógica hacía ya tiempos que habían sido desechadas de los manuales científicos. Con la bendición de las universidades de todo el mundo Breadsted, el Historiador de Egipto, pudo permitirse levantar la locura de ser Tutankamón el modelo de Moisés, y no viceversa. Esta demencia una vez impuesta le abrió la puerta a la descolocación de toda la Cronología Bíblica, que en lugar de ser inspiradora de acontecimientos, devino imitadora de hombres y pueblos en decadencia.

 

2

Cronología Final del Éxodo

 

En la cuestión de la Cronología absoluta siempre hay unos flecos, e incluso pasa con estos siglos lo que con las estrellas, dependiendo del manual de Astronomía cada uno da una distancia distinta a la Tierra. Los manuales de Historia Antigua padecen el mismo defecto. De cualquier forma, obligarnos a tomar por un acontecimiento absolutamente desligado del proceso causa-efecto Éxodo y Caída de los Hicsos, aparte de ser un ejercicio apto sólo para inteligencias mediocres, es además un signo de despotismo universitario que refleja en toda su potencia las pocas luces de los Historiadores Modernos.

Con todo, el final de la discusión, en la que entrar es signo de mediocridad y propio de esclavos científicos, el tema no se cerrará sino cuando en este Siglo el mismo Dios que hundiera al Faraón de Moisés bajo las aguas del Mar Rojo ponga sobre la mesa los restos del ejército Hicso. ¡Una Revolución Mundial pide permiso!

Tenemos entonces que la legitimidad de la Cronología del Éxodo en cuanto el Motor del Cambio de Dinastía que le devolvió a los Egipcios su Independencia del reino de los Hicsos viene atestiguada por la Arqueología, que le da a la última destrucción de Jericó, tras la cual desaparece la ciudad de Josué, la fecha del 1550 a.C.

Josué y su Invasión de la Palestina bíblica no pudo, en consecuencia, haberse realizado ni antes ni después de esta fecha.

Sin ir más lejos esta fecha coincide con la llegada al trono de Amosis I, quien, tras tomar la ciudad de Avaris, consiguió expulsar definitivamente a los hicsos de Egipto, aproximadamente hacia 1550 a. C.

Las fechas no son tontas. Son los hombres los que en sus prejuicios se pierden y entre ser sabios delante de Dios o ignorantes delante de los hombres prefieren lo segundo a lo primero. Tanto la desaparición final de Jericó como la reconquista de Egipto son sucesos que tienen lugar a ambos lados del Mar Rojo, y ambos están conectados por un mismo Hecho Divino: la destrucción del ejército del ultimo faraón Hicso por Moisés, Fundador del Monoteísmo Universal.

Sería aprovechando esta Caída Final, sin por ello anular la Guerra de Reconquista que Amosis I estuvo dirigiendo, que el ejército egipcio barrió de su tierra aquella dinastía extranjera que se hizo dueña de la tierra del Nilo unas generaciones después de la muerte de José el Hebreo.

Dos veces, pues, salvaron los hijos de Israel a Egipto de su miseria y postración; la primera sería José, hijo de Israel, la segunda Moisés, hijo de Leví, hijo de Israel.

La discusión sobre si Dios puede o no puede abrir las aguas de un mar es carne para animales políticos, y siendo de mi condición no emplear mi tiempo en conversaciones con quienes ofrecen la ignorancia como el estado de felicidad que le conviene al hombre, considero mejor conservar el oro de este tiempo y pasar a desenredar algunos de los dogmas clásicos que, a tenor de la ignorancia, encontraron sus puertas hacia el sancta sanctorum de la teología de todos los tiempos.

 

3

Sobre el ángel de Dios que hablaba cara a cara con Moisés

 

Una vez descubierto cómo Dios creó los Cielos y la Tierra, en su parte teológica siguiendo la Historia Divina de Jesús, y en su parte científica siguiendo los derroteros de la Introducción a la CSXXI, a nosotros nos toca desechar todas las opiniones, y especialmente con más fuerza las teológicas que se atrevieron a poner en duda la Veracidad de la Sagrada Escritura e inventándose disciplinas subteológicas quisieron validar sus argumentos, apto sólo para fieles de ellos, más de ellos que de Dios, sobre el valor metafórico de la Palabra Divina.

En Dios no hay metáfora, y no porque el Padre de la Poesía no ame el verso; en Dios no hay Metáfora cuando se trata de su Verbo. Dios dijo y Dios hizo, punto y final. Se puede saber o no se puede saber cómo hizo Dios la Luz; si se sabe, se debe a la Inteligencia, si no se sabe a la Ignorancia, mas el Dogma no está en el Conocimiento sino en la Fe: “Dios dice y así se hace”. Y cualquier argumento que quiera añadirle o quitarle punto o coma a esta Fe es rebelión abierta contra la Naturaleza misma de la Creación.

Por esto todos los Traductores de la Biblia que para justificar su Ignorancia cambiaron el Texto sufrieron las consecuencias de su Delito, Pena ya determinada cuando dijera Dios: “Al que añada o le quite a las palabras de la profecía de este libro yo le añadiré las plagas descritas en este libro”. Que Alemania fuese la tierra sobre la que cayeran esas plagas no debe maravillarnos a quienes conocemos la manipulación tan monstruosa del Texto que los Traductores Alemanes, comenzando por Lutero, consumaron.

Y aunque el título de este párrafo sonare a discusión fecunda, cierro el tema con la Llave suya: “A Dios no le ha visto nadie jamás, sino sólo el Hijo”.

Quien hablaba cara a cara con Moisés, en consecuencia, no fue Dios en persona sino uno de aquellos hijos de Dios a los que se dirigía su “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza”; y de entre los cuales salieron aquellos hijos de Dios sobre los que el mismo Moisés escribiera que “viendo hermosas a las hijas de los hombres se unieron a ellas y les nacieron los héroes de muy antiguo”.

Independientemente de la discusión de si con quien hablaba con Moisés era uno de ésos “padres de héroes”, sobre lo cual la respuesta es firme: “No, un absoluto no”, se entiende que la Afirmación de Jesús : “A Dios nadie le ha visto jamás”, tenía que concluirse con una sentencia a muerte contra Cristo por echar abajo la teología que los Luteros judíos habían creado contra el Texto, que, aunque dice claramente que no Dios sino “un ángel que llevaba el nombre de Dios era quien hablaba cara a cara con Moisés”, los teólogos judíos habían logrado darle al Texto el nuevo sentido por el que, contra el que alzándose Cristo, tenía que morir Jesús.

No olvidemos que la Caída del Reino del Edén no significó que Dios abandonase a su hijo, el Hombre, a su suerte final. Dios condenó por un tiempo al Género Humano a vivir sin su Creador; hasta que el hombre y la creación entera comprendiésemos que sin el Creador todo el Edificio de la Creación se viene abajo.

Evidentemente el Hombre se sintió Abandonado de su Creador. Un Abandono que recoge el mismo Hijo de Dios, y que desde la Cruz Él lanza a los siglos venideros. No que el Hijo de Dios se sintiese abandonado; pues su Resurrección era invencible. Pero sí que, a la par que nos abría la puerta a un fin de esta situación, de la que su Resurrección era el Anuncio Vivo más poderoso, nos daba la clave del drama de nuestro mundo: El Origen de toda la Tragedia del Género Humano se halla en el Alejamiento del Creador de su Criatura, alejamiento provocado por el Pecado, es decir, querer ser el Hombre la fuente de la ley.

De aquí el Decálogo. La Fuente de la Ley Universal es Dios. Apartarse de la Ley sobre cuyas raíces ha fundado Dios su Creación es negarse a vivir, y, en consecuencia, querer morir.

La Ley no es un Invento de Dios, la Ley es la expresión final y visible del Espíritu de la Vida, que está en Dios y en Dios se hace Dios, de manera que quien no vive a la luz de la Ley que rige el Universo y promueve su Crecimiento por la Eternidad, siendo el Infinito su Horizonte Legal, ese sujeto, desde el ciudadano más grande al más pequeño del Reino de Dios, se condena a sí mismo a la muerte.

El Árbol de la Vida no puede subsistir sin la Fuente Divina que le da la Existencia. Este Agua es la Ley: Ley que el propio Dios tiene por Código Moral Personal de Conducta. Es en el seno de esta Ley que el Creador se relaciona con su Creación. Es en el seno de esta Ley que todas las criaturas encuentran el principio y Crecimiento de su Civilización. Y esta Ley es el Puente que conduce a todos los Pueblos de la Creación al Paraíso de Dios, en el que la Vida, una vez sujeta a la Muerte, por la Ley se viste de Inmortalidad a la Imagen y Semejanza de la Indestructibilidad de Dios; y vida eterna.

Hay otro tema que deberíamos tocar, a saber, una vez abierto el Sello de acceso al Conocimiento Científico de la Creación según el Génesis, y por Cristo Raúl expuesto a la Lectura de todos, cabe la pregunta: ¿Acaso Moisés tenía conocimiento científico sobre lo que estaba escribiendo cuando escribió “y Dijo Dios “Haya Luz”; y la Luz se hizo”?

La respuesta es obvia: Moisés fue un Escriba a las órdenes de la Casa del Faraón. El Escriba copia al dictado de su señor. La gloria de Moisés el Egipcio estuvo en pasar de ser un Siervo del Faraón a ser un Siervo de Dios que con su Gloria salvó a Israel, su Pueblo, de la Esclavitud, y le dio una patria entre las naciones para ser suya hasta el Fin de los Siglos.

 

Quinta Parte 

INTRODUCCIÓN A LA SABIDURÍA DE SALOMÓN

 

 

C.R.Y&S