LA BIBLIA DEL SIGLO XXI. LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

Décima Parte

INTRODUCCIÓN AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

 

Origen del Poder de Los Apóstoles

 

 

El Derecho de Dios a dirigir la Historia de su Creación no es negociable, ni se sujeta a discusión. En tanto que Creador este Derecho es natural. Sólo faltara eso, que a un Picasso, por poner un ejemplo, se atreviese alguien a dictarle cuándo y cómo puede crear, y cómo debe y no debe cambiar alguna cualidad o detalle de su obra.

Afortunadamente la estupidez está reñida con el Derecho. Desgraciadamente la estupidez hace Derecho y ha desplazado el Derecho Natural al cubo de la basura.

Con todo, el Derecho Divino prima. El Todopoder lo defiende. Y la Omnisciencia lo pone en acto.

Que Dios en cuanto Creador disponga de su Creación acorde a su Omnisciencia es una Realidad que el Antiguo Testamento les sirvió a todos los hijos de Abraham desde los días de Moisés. No que dejase de hacerlo con el mismo Abraham y el propio Noé. Pero hasta entonces ese Derecho nunca había elevado la condición de la Criatura humana tan cerca de la de su Creador. Le bastaba a Moisés mover su Vara para que se hiciese acorde a su Voluntad.

Aun así, aunque Dios había preparado a su Pueblo para que alzase sus ojos a su Creador y entendiese que, hablando de Concepción de lo que el Poder es, entre Creador y Criatura hay un Puente sobre el Abismo, lo que vivieron los Apóstoles no encontraba en los diccionarios de las Lenguas Humanas palabras con las que narrar aquella Experiencia tan única, tan irrepetible, tan ...en una palabra... Divina. A aquel hijo de Dios le bastaba abrir la boca para que al instante su Palabra se hiciese Realidad.

“Dios dijo; y así se hizo”; con estas Palabras comienza el Antiguo Testamento. Es el Poder de Dios. Creado el Hombre a Imagen y Semejanza de Dios, ¿es antinatural que el Hombre gozase de este Poder? Es lo que habían vivido. ¡Punto! Es lo que estaban viviendo. ¡Y aparte!

En la Introducción al Evangelio de San Mateo vimos cómo ante semejante despliegue de Poder los Judíos concluyeron que el Poder de Dios había vuelto loco al Hombre. En lugar de conducir a Jerusalén al Pináculo de la Gloria desde cuya cumbre todos los reinos del mundo mirasen a la Ciudad Santa tal cual si fuera el Monte de Dios en la Tierra, el Hombre al que Dios le había dado la Gloria de Gozar del Poder del Omnipotente estaba conduciendo a Jerusalén a su Destrucción, y al Pueblo Judío a su extinción bajo el Martillo del César en la Palestina.

¿Pero, y si una vez enterrado el Muerto se enterrase su Memoria en el Cementerio de las Curiosidades de la Historia del Mundo? ¿Quién se acordaría del Cristo una vez que los siglos se tragasen la Memoria de su Existencia en las profundidades del Abismo del Olvido?

La Batalla de los Judíos por extirpar la Memoria de la Existencia del Hombre creado a la Imagen y Semejanza de su Creador de los Anales de la Historia de Jerusalén y de Roma comenzó apenas los Apóstoles clamaron Victoria a raíz del Acontecimiento de Pentecostés. Era una Batalla que los Apóstoles no estaban dispuestos a perder; con Mateo comenzó la Proyección de la Vida de Cristo a los Milenios.

San Mateo expuso el Origen Divino de la Doctrina de los Apóstoles. Ellos no se estaban inventando nada. Ellos no eran filósofos, no eran historiadores, no eran escritores. Los más eran pescadores; otros, como él, Mateo, eran funcionarios. No había entre ellos ningún sabio, ningún genio, ningún poeta de salmos, ningún creador de cuentos y novelas. La Vida que proclamaban a los cuatro vientos, y San Mateo pasaba al papel, no era un invento literario engendrado por la mano de un artista consumado en crear mitos y leyendas. La grandeza del Evangelista estaba en su total desconocimiento de las Artes Literarias. Los Apóstoles no eran hombres de Letras. Lo que habían visto y oído, lo que habían vivido, tocado, amado, sentido, llorado, esa era su Historia, su Verdad. Y esta Verdad viajaría por los siglos para ser Raíz de Revoluciones Sociales, el fruto final de cuyo Árbol sería la Integración de la Plenitud de las Naciones en el Reino de Dios. Nada ni nadie podía detener este Proceso Histórico. Dios lo había puesto en movimiento.

Dios había lanzado el Evangelio al Firmamento de los Milenios y, aunque muchos tratasen, con todos y por todos los medios a su alcance de derribar su Mensaje, la Palabra de Dios tiene el Poder de Dios de vencer en esa carrera de obstáculos que son los siglos.

Así de simple, así de sencillo. Era la Fe. Ayer como Hoy.

Pero volviendo al Ayer, la mentalidad del pueblo hebreo, formada por el espíritu de Justicia en Moisés, a fin de asentar la Veracidad del Testimonio expuesto delante del Tribunal de la Historia, exigía dos Testigos.

Es en este Contexto Histórico que aparece el Evangelio de San Marcos. San Marcos no le añade nada ni le quita nada al Evangelio de su San Mateo; se limita a afirmar el Testimonio de San Mateo presentando el suyo.

Pero si San Mateo se centra en la Doctrina, abriendo su Origen para que se vea en Dios su Fuente; San Marcos se ciñe al Poder del Salvador, cuyo Origen Divino es la Fuente del Origen del Poder de los Apóstoles. No hay espacio para la Duda, no hay espacio para la Discusión, no la hay para la Objeción, no cabe ni siquiera la posibilidad de un discurso de Demostración. Quien escribe este Evangelio está gozando del Poder de su Héroe. Quien escribe este Evangelio, amén de afirmar el de su Colega, lo avanza un paso más al Encuentro de una Verdad Infinita: La Palabra de Dios se ha realizado. Dijo Dios: “Hagamos al Hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza”. Y ese Hombre estaba vivo, ese Hombre estaba en Ellos.

Más, mucho más, la Gloria de esta Imagen y Semejanza había sido elevada al mismísimo Trono de Dios.

En efecto, al Principio distribuyó Dios entre sus hijos la Formación de las primeras familias humanas. La Tierra como Paraíso de vida en su etapa de Evolución Filogenética fue abierta a los hijos de Dios desde el Principio de su Creación. De qué rama del árbol de las especies vendría el Hombre fue en Enigma hasta que el Ántropos, en imitación de los hijos de Dios que se movían por los valles sobre sus dos piernas, abandonó el Bosque y comenzó a moverse a dos piernas en tierra firme. El Temor de las bestias a los hijos de Dios que bajando de las alturas se movían entre ellas sobre dos piernas, y regresaban a los cielos llevándose consigo ejemplares de las especies de todos los tiempos y lugares, ese Temor fue proyectado hacia aquel Ántropos que salió del Bosque: y gracias a este Temor el Ántropos impuso su dominio sobre todas las especies.

Luego, cuando el Ántropos dio paso al Homo Sapiens, en el que la Inteligencia suplió a la Fuerza como Vara de Poder entre las bestias y especies de la Tierra, y la comunicación entre las Familias del Homo Sapiens y “los dioses” fue bendecida por el Creador de todos, cada Familia Humana fue formada en la Civilización acorde al carácter y la personalidad de cada uno de los dioses tutelares de la aquella Humanidad. Proceso original que aún perdura en la lógica y forma de ver el mundo en los pueblos madres según las regiones del Planeta. El Fruto Final de aquel Movimiento que Dios puso en marcha se había de cerrar con la Unificación de aquellas Culturas humanas con Origen en las Culturas de otros Pueblos de los Cielos: en una Cultura Universal Integradora en la que los mismos hijos de Dios descubrirían un Puente de Unión entre sus propios Mundos.

El Hecho es que la Imagen del Creador en su Creación Humana sería una proyección de sus hijos en el Hombre.

Ya sabemos cómo acabó aquel Proceso. No hay necesidad de repetirse hasta el infinito.

El Caso que a nosotros nos toca es que gracias a la Promesa de Redención, Dios volvería a retomar el proceso no Consumado de la Creación del Género Humano a la Imagen y Semejanza de los Pueblos de los Cielos, creados para compartir su Existencia en el Mundo Eterno del Propio Dios Creador de todos y todas las cosas. Y esta Promesa se cumplió.

No podía ser de otra forma.

Conociendo a Dios en verdad no podía serlo.

Quien es Eterno no vive los siglos a la manera de quienes sujetos a la ley de la muerte contamos nuestras vidas por décadas. Si Mil años es un día para el Eterno, ¿qué son para Él cuatro décadas?

Y sin embargo para nosotros cuatro décadas es una vida entera.

Fin de discusión: Dios dijo, Dios hizo.

Dios prometió Redención, la Restauración del Proceso de Formación del Género Humano a la condición de los pueblos de la Creación, y nada ni nadie tenía el Poder, ni en el Cielo ni en la Tierra, para detener esta Restauración. Esta fue la Fe de Noé y de Abraham, esta fue la Fe de Moisés y de David. Era eso, sólo eso, cuestión de tiempo.

Y el tiempo llegó. Entonces vino a suceder algo increíble. Algo que no estuvo en el Plan Original anterior a la Caída. La Imagen que Dios vino a ponerle delante al Hombre no fue la de uno cualquiera de sus hijos. Para nada. Ni esa Imagen se nos presentó en su forma natural no de esta creación; para nada. Esa Imagen se hizo Hombre.

Y quien se hizo Hombre fue el mismísimo Hijo Primogénito de Dios. Y era acorde a este Modelo que el Hombre comenzó a hacer su Camino al Reino de Dios.

Más, mucho más. Como se prepara una vasija para recibir el oro fundido, y se funde el oro para que llene esa vasija, Dios hizo carne el Espíritu de su Hijo Unigénito para que el descender sobre la carne el hombre se llenase de su Espíritu y el hombre que caminase lo hiciese lleno del Espíritu del Hijo de Dios, es decir, donde hubo un Cristo Jesús, una vez regresado a su Mundo, fuesen hallados Doce aquí en la Tierra. Pero... sujetos todos a la misma Ley de Silencio y Servicio a la que voluntaria y libremente el Maestro de esos Doce dioses se sujetó.

No muchas, como al Principio, sino sólo una Imagen Divina le fue dado al Ser Humano para encontrar en el Ser de su Creador su vida. De aquí, que dijera el Apóstol: Nuestra Vida, que está en Cristo.

Así pues, a la vez que San Marcos afirma a San Mateo, para que se cumpla la Ley, que sobre el Testimonio de dos Testigos recibirá el Tribunal la Veracidad de lo testificado; San Marcos abre el Evangelio al Origen Divino del Poder de los Apóstoles; algo que afirma con la naturalidad de quien está gozando del pleno ejercicio de ese Poder Natural al Hijo de Dios.

Un Poder que recibieron los Apóstoles en Pentecostés como quien reciben en Herencia lo que pudieron disfrutar mientras el Hijo de Dios estuvo con ellos, y les fue retirado desde la Pasión.

Poder sin el cual es imposible entender la Victoria de los Apóstoles contra una Persecución Judía que contó con el respaldo del Imperio Romano, y respaldo hasta serle concedida a Jerusalén un Decreto de Solución Final contra los cristianos.

Poder sin cuyo ejercicio y disfrute es imposible comprender la apertura del Movimiento Apostólico hasta acabar asentando en Roma su base principal desde la que proyectar las raíces del Cristianismo a las naciones componentes del Imperio.

Poder ejercido sin alborotos, sin atraer a las muchedumbres al terreno peligroso de creerse ante la presencia de dioses bajados a la Tierra; Poder Divino para sanar todas las enfermedades; Poder peligroso que despertaba en los hombres la visión una fuente de riquezas y “poder”; Poder tan real y cierto como que ellos estaban vivos.

Curados estaban los hombres de los días del Imperio de los Césares de todo tipo de doctrinas y religiones. Aquel era un mundo en el que el hierro hacía la Ley; la tinta con la que se escribía la Historia era la sangre de los vencidos. No había en aquel mundo espacio para un Amor Divino reinando en el corazón del infierno en que se había convertido aquella Humanidad que un día soñó con ser un paraíso de libertad, paz y justicia. Si Dios quería hacer de la Cruz el signo sagrado final, Dios tenía que darles a los hombres algo más que “amad a vuestros enemigos”. La Doctrina Cristiana tenía que ir acompañada de un Poder sin medida para hacer lo que Dios en persona haría de estar entre los hombres, que fue precisamente lo que hizo su Hijo: sanar todas las enfermedades.

Tomando esta Base como Roca Fundacional de la Revolución Cristiana ¡qué ciego, mudo, cojo, paralítico, sordo, manco, endemoniado.... faltó a su cita con el Circo Romano? ¿Sin este Pan que bajó del Cielo y le fue suministrado a los pueblos por el Maestro en primera instancia, y por sus Discípulos después, qué futuro hubiese tenido la Doctrina del Reino de los cielos? Sin este Pan, Cristo hubiese pasado sin pena ni gloria, y hubiese sido recordado por el Futuro a la manera de Flavio Josefo, dedicándole una línea perdida en sus Guerras Judías. ¿De dónde salió aquel ejército que vino de todas las regiones de la Palestina Romana a informarse de lo que no podían creer, habían Crucificado al Hijo de David? Dios es, en verdad, Señor del Tiempo. La Noticia reuniría en Jerusalén a todos los que el Hijo de David liberó de las garras de la enfermedad, el pecado y la muerte. En Cuarenta días y Jerusalén sería un mar de hombres y mujeres, ancianos y niños sanados, los miles y miles de hombres y mujeres, ancianos y niños que recibieron el mayor don que puede recibir el ser humano: La Libertad que viene de la Salud en el Nombre de un Dios que es Amor y se descubre Padre de todos los hombres. Para aquellos miles de criaturas el Evangelio de Marcos no fueron sólo palabras; sus líneas les pertenecían; ellos eran testigos vivos de cada Palabra.

Una cuestión viene al caso: ¿De no haber tenido lugar Pentecostés en esos días en que la Noticia se confirmó: El Templo había entregado al Hijo de David al Gobernador Romano para que lo crucificase, qué hubiera sucedido en Jerusalén? ¿De no haber salido San Pedro a calmar los ánimos de aquellos miles de seres humanos que habían comido el Pan que bajó del Cielo y se sentían en la plenitud de la Fuerza que viene del Amor por Dios; de no haber saltado San Pedro para demostrarles que así había sucedido porque así lo había dispuesto Dios Padre en favor de la Redención de la Humanidad entera, a fin de que en la Sangre de su Cordero Expiatorio quedase demostrada ante el Cielo la Ignorancia del Primer Hombre; de no haber Cristo puesto en su boca el Discurso de Pentecostés, cuál hubiese sido la reacción de aquella muchedumbre de hombres y mujeres en respuesta al Delito del Homicidio contra el Hijo de David cometido por el Templo de Jerusalén?

¿La Omnisciencia Creadora, de verdad no implica el Señorío del Tiempo? Las línea del tiempo corre lejos del control de los poderes del mundo, pero Aquel que desde su Omnisciencia ve su camino por los siglos, por los milenios ¿no verá sus pasos en los días que tiene un mes? ¿Quien ha puesto las estrellas en los Cielos y pintado con ellas en el Firmamento un Mapa de Navegación se asustará de las consecuencias de los actos de criaturas separadas de las bestias irracionales por la Fe?

A San Marcos no le tiembla el pulso. Corrobora todo lo escrito por San Mateo. Le ha dado Dios la vida para que testifique y se cumpla la Ley. Quien disfruta de la Paternidad Divina no necesita dar explicaciones; no se detiene a explicar sus movimientos. Dios es Dios y el hombre es el hombre; que el hombre, sin la Imagen de Dios en su ser, pueda comprender a Dios es pedirle a las bestias que sigan el Discurso de Sócrates.

Pero basta, ¿quién era este Marcos? A lo largo de los siglos la polémica sobre la Identidad de este Evangelista ha dejado sus huellas en el pensamiento de las iglesias. La conclusión oficial admitida dice que este Marcos fue el discípulo de San Pedro, quien le redactó este Evangelio, sin que el mismo San Marcos hubiese conocido al Héroe sobre el que escribe. Ahora bien, esto es desconocer la relación de Dios con la Ley.

Un discípulo de San Pedro en ningún caso hubiera satisfecho el espíritu de aquella Justicia Divina que exige basar el Juicio sobre el Testimonio de dos Testigos Veraces, es decir, dos testigos que hayan vivido en sus carnes y huesos el relato que defienden.

Puesto que Dios es Veraz, Dios no admite dobleces. Este Evangelista, supuestamente identificado como discípulo de Pedro, si este San Marcos no hubiese sido uno de los Apóstoles, no hubiese podido presentar su Relato ante el mundo más que como Evangelio Apócrifo ... Pues que esta conclusión es elevar el absurdo a su máxima potencia de locura, ergo, este San Marcos fue uno de los Apóstoles.

Doce fueron los Testigos:

Pedro y Andrés

Santiago y Juan

Bartolomé

Santiago, el Menor

Judas Iscariote

Judas Tadeo

Mateo

Felipe

Simón

¿De los Doce quién pudo ser este Marcos?

¿Quién de los Doce desaparece de la escena y se diluye en el horizonte del Movimiento Apostólico sin aparentemente tener influencia de ninguna clase en su desarrollo internacional?

En efecto, es Juan, aquél jovencito a quien le dice Jesús desde la Cruz: “He ahí a tu Madre”, y a la Madre le dice: “He ahí a tu hijo”.

La vida de Juan quedó desde ese momento ligada a la Madre de Cristo. En el Libro Quinto de la Historia Divina de Jesucristo, tratando el Misterio del Rostro de la Madre de Cristo, toqué con la amplitud requerida este tema. Al Libro os envío para que esta Identificación quede sellada y fuera de discusión.

 

C.R.Y&S