LIBRO PRIMERO EL CORAZÓN DE MARÍA

 

CAPÍTULO SEGUNDO - EL ALFA Y LA OMEGA

VIDA Y TIEMPO DE LOS PRECURSORES

Quinta Parte

Juventud, Muerte y Resurrección del Mesías

 

21

José ben David, hijo de Helí de Belén, yerno de Matán de Nazaret

 

Una vez hallados los portadores de los rollos mesiánicos, después del nacimiento de la Virgen, Zacarías reunió en su casa a Helí, padre de José, y a Jacob, padre de María. Lo que tenían que decirse los dos hombres era mucho. El descubrimiento del Alfa y la Omega había revolucionado sus vidas y el futuro de sus hijos ¡de qué manera! Zacarías, emocionado, dejó correr su alma.

¡Qué increíble es la Sabiduría! Creen los fuertes tener estrangulados a los débiles bajo el peso de sus almas insensibles y violentas, ya los pequeños se abandonan al destino que los grandes quieren escribir en sus espaldas con el látigo de su maldades perversas. Los sueños de libertad dejan de planear sobre el horizonte cediéndole el paso a las tinieblas, las ilusiones yacen ya rotas a los pies de sus ejércitos. Pero de pronto la Sabiduría se da la vuelta. Ya está cansada de ser perseguida, de no ser alcanzada nunca. Se vuelve la hija del viento, fija sus ojos en los atletas del pensamiento, uno le implora ser él, otro le promete amor eterno. Ella no abre la boca, la Sabiduría ha elegido a su campeón, avanza hacia él, le da la mano, lo levanta del polvo, le guiña el ojo y ella misma le da la corona de la vida. Atónitos, enloquecidos, escandalizados por su elección, porque puso sus ojos en el último entre ellos, porque le dio sus favores a quien no era nada, los despreciados del destino se conjuran entonces con las tinieblas para destruir a la Eterna. Ella, la Esposa del Omnipotente, se ríe; su Esposo levantó las galaxias con un solo movimiento de sus manos; le bastó abrir los labios una vez sola para que temblara el Infierno. Ella es la niña de sus ojos, ¿qué podrá temer de los planes de los genios? Allí estaban sus hombres. Los dos ríos que Ella ocultara bajo tierra y todos dieran por desaparecidos habían aflorado y, misterio para el asombro y la entonación de nuevos salmos, lo habían hecho por la misma boca de tierra.

Helí y Jacob se presentaron sus hijos. La Hija de Salomón y el Hijo de Natán estaban vivos. La Virgen en su cuna, José mirándola de pie entre los hombres. Habló entonces Simeón el Joven palabras de Sabiduría: La ignorancia, amigos, tiene al género humano encadenado al poste del can nacido para vigilar la puerta de su amo- dijo-. Creó Dios al Hombre para gustar las mieles de la libertad de un Sansón inmune a los hechizos de Dalila. El Diablo pérfido se olvidó de su condición divina, envidió la humana, y habiendo acabado poseyendo la de las bestias aúlla alucinado a las estrellas del Infierno que adora por Paraíso. Cobarde, con la cobardía del que funda su grandeza sobre el cadáver de un ejército de niños, la Serpiente ha enloquecido creyendo poder seguirle al águila la pista que su estela escribe en las alturas. No temáis, amigos, Él está con nosotros. El Águila Sagrada otea desde el risco invisible cada movimiento del Dragón; ya respira, ya el fuego tenebroso sale de sus hocicos, los músculos del Gran Espíritu se tensan como arcos prestos para la batalla; si avanza un pie, el Guerrero salta de su sueño pacífico en la tienda del Sabio y echa mano de su flecha, rápida como el rayo, fuerte como el trueno. Lo que aquí estamos viviendo es el alba de un nuevo Día que ya desparrama su aurora sobre los ojos inmaculados de la inocencia de vuestros hijos.

Que en sus cuevas planeen los enemigos del Reino de Dios sus planes de destrucción, que se escondan en los laberintos de los hipogeos del Poder los enemigos del Hombre, nosotros no tememos nada, Dios está con nosotros. Tiene el arco tenso, lleva la espada afilada, su escudo nos protege. ¿Si es más grande el Diablo que nuestro Salvador por qué huyó a esconderse después de matar a Adán? ¿Huye el león de la gacela? ¿Se arrodilla el vencedor ante el trono del vencido? Que tiene hambre el Diablo, que se coma las piedras; que tiene sed, que se beba toda la arena del desierto. Vuestros hijos están lejos de sus garras. 

Fue un juramento emocionante. Se oyeron palabras para no ser olvidadas nunca. Helí y Jacob juraron casar a sus hijos cuando llegase el día de hacerlo. El Todopoderoso hundiera sus almas en los abismos donde los demonios tienen sus moradas si faltaban a su palabra -hicieron voto.

Luego regresaron cada uno a sus vidas diarias. Helí le dio hermanos y hermanas a su hijo José. Jacob tuvo de su señora a las hermanas de María; después el varón por el que tanto suspiraron.

José estaba hecho ya un hombre y María una mujer, ambos a las puertas de la firma del contrato matrimonial más secreto e importante en la historia del mundo, cuando la noticia de la muerte de Jacob dejó boquiabiertos a todos los que vivían para ver ese día. De no haber hecho María aquél Voto suyo la boda se hubiera adelantado. El Voto de María, como dije, a quien más le afectaba era al propio José. Por un momento pareció venirse abajo el edificio de las esperanzas de todos ellos, cuando José escribió en la historia de la eternidad aquellas palabras suyas, que en su día repetiría su mujer al ángel de la Anunciación: “Hágase la voluntad de Dios; he aquí su esclavo, mil años han esperado nuestros padres, bien puedo yo esperar unos cuantos”.

Fueron los años que fueron, no fueron más ni fueron menos. Cuando llegó su hora José dispuso las cosas y partió hacia Nazaret. Le arrendó a la Viuda un terreno donde montar su carpintería y esperó a que Cleofás se casara para casarse él con María.

Tras el nacimiento de José, el segundo de los hijos de Cleofás, José pagó la dote por las vírgenes. Al año se celebró la boda. Y se celebró la boda a pesar de la sombra de adulterio que pesó sobre la inocencia de la Virgen.

Tal cual le dijo su suegra, el ángel de Dios sacó a José de su duda. Disipada la sombra del adulterio José se montó en su caballo y voló a la Judea a recoger a la Madre del Niño. El acontecimiento de la Anunciación de Juan le había sido descubierto por el mensajero que Zacarías le enviara. Lo que José no se esperaba era encontrarse con un Zacarías y una Isabel hechos unos mozos llenos de vida. Pero después de lo que le había pasado a él ya nada le sorprendía. O al menos eso se creía. Porque al recuperar el habla Zacarías sus primeras palabras fueron para descubrirle los pensamientos que desde la llegada de la Virgen le habían crecido en el alma sobre el Hijo de María.

“Hijo mío, Dios nuestro Señor nos ha maravillado con un prodigio de naturaleza infinita. Desde antiguo sabíamos que Dios es Padre, según podemos leer en su Libro. Al formarnos a su imagen y semejanza nos dio a gustar las mieles de la paternidad; y descubriéndonos ser Padre de muchos hijos nos abrió los ojos a la existencia de uno entre ellos nacido para ser su Primogénito. Lo que nunca reveló abiertamente en su Libro es que ese mismo Primogénito fuera su Unigénito. O no quisimos verlo en sus palabras cuando su profeta dijo: ‘Lloraréis como se llora por el primogénito, haréis duelo como se hace duelo por el unigénito’. Hijo mío, Ese es el Hijo que lleva tu Esposa en sus entrañas. En tus manos, José, ha puesto tu Señor su Niño. Su vida está en tus manos; si su vida ya corre peligro por ser quien es: el hijo de Eva que nos había de nacer ¿cuál será la responsabilidad del hombre a quien el Padre le ha entregado la custodia de su Unigénito? No bajes nunca la guardia, José. Defiéndelo con tu vida; rodea a su Madre con tu brazo y pon tu cadáver entre Ella y los que han de buscarla para matar a su Hijo. Recuerda que ha de nacer en Belén porque así está escrito. Y precisamente porque está escrito allí será el primer sitio adonde dirija el diablo su brazo asesino”.

José escuchó las palabras de Zacarías, hijo de profeta y padre de profeta, sin poder creerse que Dios fuera a permitirle a hombre alguno, se llamase Herodes o César, tocarle siquiera un cabello de la cabeza al Hijo de María.

Así que regresó a Nazaret, celebró la boda con una María ya en avanzado estado de gestación y se dispuso a bajar a Belén cuando el Edicto de Empadronamiento del César Octavio Augusto levantó en la nación un clamor espontáneo de insurrección. Sólo en una ocasión las tribus de Israel se sometieron a un censo. En la mente de todos estaba el precio que el pueblo pagó por el censo del rey David. ¿Qué castigo les enviaría si por miedo al César desobedecían la prohibición de dejarse contar como se cuenta el ganado? Judas el Galileo y sus hombres prefirieron morir como los valientes luchando contra el César a vivir como los cobardes delante de Dios. La insurrección estalló en la Galilea. Judas cortó los caminos, imposibilitándole a José bajar a Belén para que se cumpliesen las Escrituras.

“¿Qué cuánto tiempo durará esta insurrección? Obviamente el tiempo que el amo de Herodes lo quiera” le respondió José a su cuñado Cleofás. “¿No crees que Herodes el Chico sea capaz de acabar con Judas y sus hombres en lo que dura el relincho de la famosa caballería de su padre? Los Herodes deben estar en estos momentos comiéndose las uñas. De depender de ellos ya hubieran acabado con esta guerra santa. Pero creo que el César no lo quiere, y el César es el que manda. El romano ha decretado que el Censo empiece en el reino de los judíos porque sabe que pasaría lo que está pasando. El aplastamiento sin piedad de Judas y sus hombres le servirá de propaganda contra cualquier otra posible insurrección; es así cómo el romano previene la enfermedad”.

José no se equivocó. Los Herodes obedecieron la orden del amo romano. Dejaron crecer la insurrección galilea. Cuando la víctima estuvo gorda para el matadero sacaron sus ejércitos. Mataron a todos los que pudieron de la banda del Galileo, y con los cuerpos de los supervivientes sembraron de cruces todos los caminos que conducían a Jerusalén. Bajo aquella muchedumbre de cruces pasaron José y María en dirección a Belén. ¿A quién le extraña que del dolor la Virgen se echara a dar a luz apenas llegada a la casa de su esposo?

En este capítulo la verdad más que de los hechos depende de la fe de cada parte del tribunal de la historia. Si le damos nuestra confianza al historiador Flavio Josefo, traidor a su patria, salvador de su pueblo al lograr con sus Historias que los Césares aprendieran a distinguir entre judíos y cristianos, incluso al precio de convertir a sus descendientes en una nación en guerra perpetua contra la Verdad, en este caso la insurrección de la que hablan los Apóstoles nació en la imaginación de los autores del Nuevo Testamento. Los principios de la Psicohistoria, sin embargo, se alzan contra la desvirtuación que Flavio Josefo ejecutó al imponer entre judíos y cristianos el muro de acero que los mantendría separados veinte siglos, ejecución que exigía de su persona negar la existencia del propio Cristo, convirtiéndose, al hacerlo, en el Anticristo de las palabras de San Juan.

 

22

El nacimiento de Jesús

 

La insurrección aplastada, Jerusalén cercada por un ejército de cruces, bajo semejante mar pasaron un José y una María que se encontraba ya en un avanzadísimo estado de gestación. Al llegar José y María a Belén la aldea estaba de bote en bote. Sorprendidos los hermanos de José, porque ninguno se imaginó que José bajase antes de dar su mujer a luz, improvisaron un lecho en el pesebre para que María diese a luz.

De nuevo los elementos de la Psicohistoria nos piden paso. Quiero decir, Herodes el Chico no hubiera ordenado la Matanza de los Santos Inocentes de haber estado presentes en Belén los romanos. Los romanos, de los cuales dependía su coronación en última instancia, jamás hubieran permitido semejante crimen. En cuanto se fueron puso Herodes el Chico manos a la obra. Pero ya era demasiado tarde. José, María y el Niño se habían ido.

Este conjunto de elementos psicohistóricos nos abren los ojos a la Batalla entre el Cielo y el Infierno de la que nos habla San Juan en su Apocalipsis. La Muerte, ya que no había podido evitar que se cumplieran las Escrituras ni que se produjera el Nacimiento, tenía que ponerle la mano encima al Niño. Pero la Vida, confiada en sus fuerzas, se movía en el tablero de la Tierra con la seguridad del que conoce la estrategia y las capacidades de su enemigo y siempre va un paso por delante. Cuando Herodes el Chico fue a echarle la mano al Niño sus padres ya se habían ido. A Jerusalén desde luego no. Aunque hubieran podido refugiarse en la casa de la abuela de María. Y digo que en Jerusalén no porque, de haberse quedado en Jerusalén, las palabras de Simeón el Joven al saludar a la Madre y al Niño en el Templo no tendrían sentido. Pero si vio al Niño por primera vez, sí.

En esto como en lo demás el lector deberá juzgar por sí mismo a quien darle credibilidad, si a un traidor a su patria, reciclado en una especie de salvador de los mismos a los que vendió, o a unos hombres que por amor a la verdad llevaron ese amor a sus últimas consecuencias. Lo digo porque a raíz de esta nueva recreación de los hechos saltarán quienes digan que esta forma de recomponer los tiempos no pertenece a la propia sucesión de los acontecimientos vividos. Entonces, nacido el Niño, la Madre ya en pie, José registró a su hijo. No sabemos cuál era la intención original de José. Si fue la de quedarse en Belén su plan cambió tras la conversación secreta que tuvo con los Magos.

Como ya habéis deducido los Magos no eran reyes. Los Magos eran los portadores del Diezmo de la Gran Sinagoga de Oriente y como tales debían tener parada en el Templo. Lo que nunca los Magos se imaginaron mientras vinieron alegres era que los últimos kilómetros del camino lo harían bajo un mar de cruces. Gracias a Dios la violencia del momento tenía ocupado al hijo de Herodes y se dirigieron a Belén a poner a José en guardia.

José registró a su hijo y regresó a Nazaret. A los días estipulados por la Ley bajó al Templo en la creencia de haber pasado el peligro. Entró en el Templo acompañando a su mujer cuando le salió al paso Simeón el Joven. “¿Qué haces aquí aún, hombre de Dios?”; le dijo. “¿Nadie te ha dicho lo que ha pasado?”.

Se lo llevó aparte y lo puso al corriente.

“Zacarías ha ocultado tu pista regando tus huellas con su sangre. Al poco de irse los romanos los Herodes enviaron a sus asesinos a tu ciudad. Tus hermanos lloran la muerte de sus niños de pecho. Pero aquí no acaba todo. El horror de la noticia llegó a Zacarías. Cogió a Isabel y a Juan y los escondió en las cuevas del desierto, donde estarán a salvo de todo peligro. Luego vino al Templo. José, lo rodearon como una jauría de perros, amenazándolo con matarlo si no les descubría todo lo que sabía. No pudiendo soportar su silencio lo mataron a puñetazos y patadas en las mismas puertas del Templo. José, coge al Niño y a su Madre y vete al Egipto. No vuelvas hasta que mueran estos asesinos”.

José no le dijo palabra a María. Para evitarle que se enterara por los suyos de las noticias se la llevó de Jerusalén sin darle explicaciones de ningún tipo.

“¿Cómo has podido vivir toda esta vida llevando tú solo esta carga, esposo mío?”, lloró Ella cuando él se lo contó en el lecho de muerte.

A su regreso del Egipto vivía aún la abuela del Niño. Creo haber dicho que los emigrantes volvieron lo que podríamos llamar prósperos y felices. La situación económica de la Heredad de María era igualmente buena. Las sequías que antaño asolaron los campos fueron seguidas por tiempos de lluvias abundantes. Juana, la virgen hermana de María, dirigió las tierras de su hermana sin envidiarle nada a un hombre. Quienes creyeron que muerto Jacob su casa se hundiría tuvieron que reconocer que se habían equivocado. Aquella muchacha entregada a su familia desde su juventud no perdió comba ni se dejó engañar. Aunque liberada de su voto por la boda de Cleofás, Juana no se casó.

De golpe volver a empezar de cero el negocio de la carpintería no parecía empresa fácil. Cleofás no era de esta opinión. La situación que José tuvo que vencer el día que hizo su entrada en Nazaret fue una y ésta nueva era otra muy distinta. José era entonces un perfecto desconocido. Ahora contaban para empezar a abrirse camino con una clientela familiar rociada por toda la Galilea.

Entre estas conexiones encontraría Jesús a sus futuros discípulos. Pero regresemos al Hijo de María, su heredero, y jefe espiritual de los clanes que como ramas del mismo tronco estaban extendidos por los alrededores.

La muerte de José implicó a Jesús en el juramento que el difunto le hiciera a Cleofás. Ya hemos visto que el Niño vivió en su ser la experiencia del que vuelve a nacer del Espíritu a raíz del episodio que protagonizara en el Templo. El Simeón que le salió al paso al Hijo de David en el Templo era el Simeón el Joven que hemos visto decirle a José: “Vete, hombre de Dios, que te lo matan”.

Durante los años siguientes a la muerte de José, Jesús dejó la carpintería en las manos de su primo Santiago y relevó a su tita Juana en la dirección de la propiedad de su Madre. Durante su mandato los campos rindieron al ciento por ciento; la fama de los vinos de los viñedos de Jacob se extendió por toda la comarca. Inteligente como él solo, Jesús se reveló como un hombre de negocios con quien hacer tratos era garantía de éxito. Compraba y vendía cosechas de aceitunas sin perder jamás una dracma.

Apoyado en las relaciones familiares y en el capital del jefe del Clan: la Carpintería de Nazaret experimentó igualmente un auge muy positivo.

Muertos los Herodes, Jesús entró en posesión de la heredad de su padre en la Judea.

Creo haber dicho antes que en Jerusalén Jesús de Nazaret fue conocido como se conoce un misterio. Los hermanos de su padre tomaron su soltería invocando el proverbio: De tal palo tal astilla. Físicamente Jesús era la imagen de aquel José alto y fuerte, hombre de una sola palabra, poco hablador, prudente en sus juicios, hogareño, siempre pendiente de las necesidades de los suyos.

El caso es que al casar a todos sus primos y dejar los negocios rodando por sí solos aquél Jesús, adorado por los suyos, los sorprendió a todos con “sus desapariciones”.

 

23

El Misterio de las desapariciones de Jesús

 

Nadie sabía adónde se iba Jesús ni qué hacía cuando desaparecía de aquella manera. Sencillamente desaparecía. Desaparecía sin avisar, sin dar explicaciones. Sus desapariciones podían ser de días, de semanas incluso. Si sus primos Santiago y José preguntaban por ahí, a ver si alguien había visto a su Jesús, todos ponían la cara del que no sabe nada de nada. ¿Dónde se metía Jesús?

Bueno, esto no era fácil de decir. Pero donde quiera se metiera regresaba de donde hubiese estado como si tal cosa. Luego regresaba todo pancho, les soltaba una excusa cualquiera a todos los que con aquella preocupación tan natural le demostraban cuánto le querían, “he tenido que atender un negocio urgente”, por ejemplo, y corto y cambio, tema cerrado. Insistir más no merecía la pena; al final Jesús se echaba a reír y los tontos parecían ellos.

“¿A qué vienen esas preocupaciones, Santiago, hermano? ¿A ti te falta de algo? ¿Tus hijos están malos? Tienes salud, dinero y amor, ¿qué más puede querer un hombre?”. ¿No lo dije? Era imposible enfadarse con Él. No sólo tenía toda la razón del mundo, si encima te lo decía con aquella sonrisa en los ojos al final el tonto parecías tú por preocuparte sin motivos.

Las únicas que parecían ni sorprenderse ni escandalizarse por sus desapariciones eran las Mujeres de la Casa. Para mayor sorpresa de Santiago y sus hermanos, las Mujeres no querían ni oír hablar de reproches. ¿Qué misterio era el Suyo para tenerlas encantadas de aquella manera?

¿Misterio? ¿Por qué tenía encantada a su Madre, a su tita Juana y a su tita María?

Sí que había misterio. Uno muy grande.

Resulta que cuando Él se iba se producía en la casa un milagro. Los sacos de harina no se agotaban nunca; aunque sacasen la harina a palas. Las tinajas de aceite jamás se vaciaban, por muchos litros que regalaran el aceite jamás bajaba su nivel en las tinajas. Y si alguna de ellas se ponía enferma las tres Mujeres de la Casa sabían que Él regresaba porque enseguida se ponían buenas. Y como estas cosas todas las demás. Así que ¿cómo no iba a tenerlas encantadas? Eso sí, a la hora de responderles a ellas o a sus primos de dónde venía o qué había estado haciendo Jesús se limitaba a mirarlas y les daba por toda respuesta un beso cubierto de sonrisas.

¿Adónde iba? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía? Creo que fue el décimo tercer apóstol quien dijo que Jesús se iba a implorarle a su Dios con potentes lágrimas misericordia para todos nosotros.

El origen de esas lágrimas no nos debe resultar un río extraño conociendo la fuente de la que manaron. Era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que su Padre, quien miraba cara a cara el futuro de la obra que iba a realizar, y viendo el Destino hacia el que conducía a sus Discípulos el corazón entero se le partía.

¿Cómo no buscar en su Padre una alternativa viable distinta que alejase de los suyos el destino hacia el que con su Cruz los arrastraba?

Y lo que es más trágico, cuando su sangre lo arrastraba a la fragilidad de la existencia humana y se preguntaba cómo podía estar seguro que lo que iba a hacer era la voluntad de Dios, en ese momento el peso de ese Destino lo aplastaba, se le clavaba en el pecho y le arrancaba lágrimas de sangre viva. ¿Cómo podía estar seguro que lo que iba a hacer era lo correcto? ¿Por qué la Cruz de Cristo y no la Corona de David?

La tensión, la presión, la naturaleza humana en su desnudez golpeándole el cerebro y el alma con la visión de los cientos de miles de cristianos a los que Él conduciría al martirio. Un Destino que podría ahorrarles con sólo aceptar la Corona que el pueblo en masa le ofrecería. ¿Qué hacer? ¿Cómo saber? ¿Y con qué medios resistirse al consuelo que le ofrecía su Padre? Porque después del Día de Yavé vendría el Día de Cristo, un Día de libertad y gloria: el Rey en su Trono de Poder dirigiendo los ejércitos de su Padre hacia la victoria.

Durante aquellos días, antes de empezar su Misión, Jesús fue eligiendo en la Galilea a los que serían sus futuros Apóstoles. Las conexiones que le unían a sus futuros Discípulos provenían del nudo sanguíneo que el hijo mayor de Zorobabel comenzó a atar cuando fundó Nazaret.

A diferencia de la atmósfera en la que se multiplicaron los hombres de Zorobabel que permanecieron en la Judea, las gentes de la Galilea acogieron pacífica y amistosamente a los hombres de Abiud. Los vecinos de la Judea se escandalizaron al descubrir las intenciones de Zorobabel y sus hombres; se rebelaron contra la idea de la reconstrucción de Jerusalén e intentaron por todos los medios obligarles a abandonar el proyecto.

Dice la Biblia que ellos no lo consiguieron. A cambio de los por entonces habitantes de Tierra Santa sí obtuvieron una política de enemistad perpetua. Política que derivó en el enclaustramiento y aislamiento de los judíos del Sur del resto del mundo. Circunstancia que, andando el tiempo, transformaría al judío sureño en aquél pueblo aborrecedor de los Gentiles, a los que despreciaban y trataban en privado como si estuviesen hablando de puras bestias.

“Antes comer con un cerdo que comer con un Griego”, decía un rabino.

“Antes casarse con una cerda que con una Griega”, apuntillaba su colega.

Este odio hacia el griego y hacia los gentiles en general, aquél desprecio del pueblo que llegó a creerse la Raza Superior, fue un odio hasta cierto punto natural. Hacia el griego tras las persecuciones de Antíoco IV Epífanes. Hacia el egipcio porque un día el Faraón…Hacia los sirios porque en otro tiempo…Hacia los romanos porque los tenían encima…La cuestión era convertir el odio en una especie de identidad nacional, sacar de él las fuerzas para seguir creyéndose la Raza Superior, la llamada a someter y ser servida por el resto de la Humanidad.

Los habitantes de la Judea esperaban al Mesías para convertirse en el Nuevo Imperio Mundial. Su relación con las leyes no patrias, impuestas por el imperio, que regulaban la vida entre judíos y griegos, entre griegos y romanos, entre romanos e íberos, eran un camino en la jungla lleno de peligros mortales a través de los cuales el Judío debía mantenerse despierto y tener siempre en el Odio y el Desprecio contra las demás razas la fuerza vital que le ayudara a superar las circunstancias hasta la Venida del Mesías.

Al contrario que sus hermanos del Sur, los del Norte se integraron perfectamente en la sociedad gentil. Trabajaron con ellos, comerciaron con ellos, se vistieron como ellos, aprendieron su lengua, respetaron sus costumbres, sus tradiciones y sus dioses.

En comparación a sus hermanos del Sur los judíos de la Galilea habían evolucionado en la dirección opuesta. Mientras que el sureño invocaba al odio como muro protector de su identidad, el norteño invocaba al respeto entre todos los hombres como garante de la preservación de la paz.

Cuando por tanto llegó Jesús las diferencias mentales y morales entre judíos galileos y judíos sureños eran tan enormes como las existentes por entonces entre un bárbaro y un hombre civilizado. El galileo seguía esperando la Venida del Mesías, el Cristo que hermanaría a todos los pueblos del mundo; el judío de Jerusalén también esperaba el Nacimiento, pero no el de un Salvador, sino el de un conquistador belicoso e invencible que le pondría a sus pies, de rodillas, a todas las demás naciones del mundo. Difícilmente Jesús hubiera encontrado entre estos judíos del Sur un solo hombre que le siguiera a cantarle al Amor y a la Fraternidad Universal el poema más maravilloso jamás escrito, el Evangelio.

Dadas tales circunstancias no fue una casualidad que todos sus Discípulos se hallaran presentes en las bodas de Canaán.

Cuando el Hijo de Zorobabel y heredero de la corona de Salomón se instaló en Nazaret sus hombres y sus hijos se unieron entre ellos y fueron esparciendo su semilla por toda la comarca. Trabajadores respetuosos con sus vecinos, amantes de las leyes de la civilización de todos, la religión un asunto privado sometida a la ley de la libertad de culto, los hombres de Abiud y sus hijos se extendieron por toda la Galilea, manteniendo el matrimonio endogámico como base de su identidad nacional. En lo demás el Judío Galileo no se diferenciaba en nada de sus vecinos. Vestía como ellos, hablaba como ellos.

En semejante ambiente el éxito del negocio del Taller de Confección de la Virgen de Nazaret basó su fortuna en la corriente nacionalista que se despertó en la Galilea a raíz de la reconstrucción de las sinagogas. Era en esos momentos únicos, claves de la vida, el matrimonio por ejemplo, cuando el orgullo nacional afloraba y gustaba mostrarse con un traje típico, popular. El arte de la confección del traje nacional en manos de las hijas de Aarón, que lo habían convertido en un monopolio con sede en Jerusalén, la apertura del negocio por la Virgen, discípula de una maestra en el secreto mejor guardado de la casta femenina sacerdotal, la confección de mantos sin costura su exponente más supremo, fue un acierto que atrajo a Nazaret a los novios de la comarca.

Independientemente de la prosperidad que le trajo a la casa de la Virgen y a la propia Nazaret, el éxito del taller de la Virgen roturó el campo de la comarca y lo preparó para encontrar en él sus hermanas un terreno donde crecer y multiplicarse. Se casaron en la Galilea y tuvieron sus hijos y sus hijas. A los lazos preexistentes al nacimiento de la Virgen le sumamos entonces los que sus hermanas y los hijos e hijas de su hermano Cleofás crearon, y las dimensiones del cuadro en el que se movió su Hijo adquieren sus verdaderas dimensiones.

O lo que es igual, los discípulos de Jesús estuvieron presentes en la famosa boda de Canaán sencillamente porque estaban unidos a los novios por lazos de sangre. ¿O acaso creéis que la suegra de Pedro se curó sin fe?

A todo lo largo y ancho de los Evangelios vemos que la única condición que Jesús pedía para recibir la gracia de su Poder era la fe. Al curar a la suegra de Pedro ésta no había visto aún al Unigénito de Dios. Que sin ver tuviera la fe nos abre los ojos a la conexión entre la suegra de Pedro y la Virgen, gracias a la cual la fe de aquella mujer en el Hijo de María era absoluta. Y a nosotros nos ayuda a abrir la puerta de su casa y ver a Pedro, por su matrimonio con la hija de su suegra, emparentado directamente con la Virgen.

Después del milagro de la transformación de agua en vino lo único que necesitaba ver Pedro era la unción del hijo de David por el profeta.

Cuando uno lee el Evangelio la primera sorpresa salta viendo a Pedro y sus colegas abandonándolo todo a la voz de: “Seguidme”. Como si fuesen robots o autómatas sin voluntad aquellos hombres dejaron sus familias y le siguieron sin preguntar siquiera adónde. Es la primera impresión. Lógicamente simple apariencia. Aquellos hombres conocían perfectamente al Hijo de María. Sabían de qué naturaleza era su jefatura espiritual sobre todos los clanes davídicos de la Galilea. Pedro y sus colegas no eran autómatas sin voluntad obedeciendo la orden de su creador al ritmo de las pulsaciones de sus dedos sobre un teclado informático. Para nada. Inútil decir que en más de una ocasión, unidos por lazos de sangre a la Casa de su Madre, hablaron con su Hijo sobre el Reino del Mesías. También apuntillar que el Primer Milagro en público, del que ellos fueron testigos, transformó la concepción que se habían hecho sobre la Naturaleza de la Misión Mesiánica por la que estaban dispuestos a dejarlo todo en el momento que Jesús lo quisiera. Aclarado esto, seguimos.

Ya habéis visto quién era aquél Juan y qué sentimiento vivía en la raíz de aquéllas sentencias patibularias contra los judíos. Su madre vivió para criarlo y contarle toda la verdad sobre su padre, por qué murió y a quién él precedería. Al morir Isabel, Juan se retiró al desierto y vivió su vida sobrenatural a la espera del cumplimiento de la misión para la que había nacido. El bautismo de Jesús por Juan confirmó a los Discípulos en lo que ya sabían: El Hijo de María era el Mesías.

Se fueron tras Él a la conquista del reino universal. Nunca imaginaron que la espada con la que Jesús conquistaría el trono de David estuviera en su boca.

Jesús les anunció muchas veces cuál sería su fin. ¿Pero a ellos cómo podía caberles en la cabeza que el Hijo de Dios fuera a morir crucificado? Testigos de obras prodigiosas, sobrenaturales, extraordinarias, divinas en todas sus proporciones ¿cómo podía caberles en la cabeza que sus hermanos en Abraham fueran a cometer semejante crimen contra el Padre de aquel Hijo?

Pasó lo que tenía que pasar. Increíblemente Jesús cerró su boca como quien vuelve la espada a la funda y se abandona inexplicablemente ante el enemigo que viene a matarlo. Todo lo que hubiera tenido que hacer era abrir sus labios. Si sólo hubiera dicho: “De rodillas” la turba que salió a buscarlo se hubiera quedado clavada en el suelo como estatuas de sal. Pero no, no pronunció palabra. Sencillamente se dejó encadenar.

A ellos, los Once, a ellos sólo les dejó la alternativa de los cobardes.

Pues todos corrieron a esconderse. Todos menos el que salió corriendo desnudo. Él fue quien le llevó la noticia a la Madre: Acababan de coger a su Hijo, se lo llevaban para juzgarlo.

El romano le había pedido la cabeza de aquel Mesías al Sanedrín. Acobardado por las legiones de Pilatos el Sanedrín se lo había entregado.

Este asunto de la culpabilidad absoluta que el futuro hizo caer sobre aquella generación judía, exculpando a los romanos de su participación directa en la Pasión de Cristo, se resuelve en las entrañas de las palabras del sumo sacerdote al Tribunal que le entregó a Pilatos el Mesías:

“Conviene que un hombre muera por el pueblo”.

“Conviene” significaba que o se lo entregaban a Pilatos o éste decretaría el estado de sitio y sacaría a las legiones a cazarlo. Si le entregaban a Jesús de Nazaret el pueblo se mantendría quieto al ser cogido por sorpresa, pero si Pilatos sacaba sus legiones al mismo al que ahora abandonaban a su suerte, después, por amor a la patria, lo defenderían a muerte. ¿Y dónde estaba el loco capaz de creer en la victoria de una rebelión popular contra el César?

La suerte de Jesús de Nazaret estaba echada. Era Él o la Nación. Que por su cobardía el futuro los culpara de haberle entregado, haciendo recaer sobre ellos toda la responsabilidad de su muerte, pues bueno. ¿Qué otra cosa podían hacer? El listo de Pilatos se lavaría las manos, ¿Y qué? ¿No convenía que muriera un hombre a que todo el pueblo fuera masacrado por las legiones?

El problema de los Discípulos fue creer que su pueblo no jugaría el papel del cobarde y se levantaría en armas antes que entregarle el Mesías a los romanos. Para Ellos la cosa era clara, ¿cómo podría vencer el Imperio a un ejército liderado por el Rey del Universo? ¿No habían sido cientos y cientos de hombres, mujeres y niños quienes en sus carnes habían vivido su Gloria? ¿Entre las masas no eran ésos agraciados testimonio vivo de la Misión Divina de Jesús de Nazaret? Es verdad que muchas veces esas muchedumbres le habían aclamado rey y en el mismo número de ocasiones Él les había dado la espalda. ¿Ilógico? ¿Renuncia al Trono que por Herencia le pertenecía?

Sí y no.

Hombre, a lo largo y ancho de toda la historia de Israel había quedado demostrado que la Unción del rey no le correspondía al pueblo sino a los profetas de Dios. Desde esta experiencia era natural que Jesús rehusase una coronación establecida contra derecho histórico.

La Edad de los Profetas ida la Unción, canónicamente hablando, le correspondía al Templo. Había de llegar pues el momento en que esas mismas muchedumbres le siguieran a Jerusalén y le pidieran al Sanedrín el reconocimiento divino que por sus obras se había ganado Jesús de Nazaret.

Entonces, presionado por el testimonio de tantos y tantos agraciados y por una muchedumbre sin número clamando a grito pelado la Unción del Mesías por el sumo sacerdote, Jesús se sentaría en el Trono de David, su padre histórico, y en presencia de todos los hijos de Israel se ceñiría la corona de los reyes.

Cuando al tercer año de su Misión se corrió la voz: Jesús de Nazaret se dirige a Jerusalén para la Pascua, la expectación mesiánica arrastró a Jerusalén muchedumbres sin número.

Poncio Pilatos lo esperaba. Al corriente de las aventuras del Mesías de los Judíos hacía ya tiempo que le había pedido la cabeza de aquél Nazareno al Sanedrín. La decisión política que debía tomar respecto a la explosión mesiánica causada por aquél Nazareno era compleja y clara a la vez. Tenía que matarlo. Matando al Pastor se dispersaría el rebaño. Tampoco podía sacar sus legiones y lanzarlas al alimón contra la muchedumbre. La rebelión nacionalista estallaría en defensa de su Mesías y una guerra espartaquiana era lo último que podía desear el César. Como político su misión era prevenir la enfermedad antes que se desarrollara la guerra. Podía esperar lo peor y dejar engordar la presa. Como ya hicieran Augusto y Herodes en los días del Censo. En el momento adecuado Pilatos sacaría sus legiones y de la matanza aprenderían las demás naciones sobre cómo castiga Roma la rebelión contra el César.

El caso era que el Sanedrín en pleno estaba contra el Nazareno y no le metía mano por miedo a la multitud que le acompañaba por donde quiera que fuese. El Sanedrín le había jurado a Pilatos que se lo entregaría en persona, pero que esperase a que la fruta estuviera madura.

Después del primer año de paseo triunfal hacia el Monte del Sermón, el segundo año había sido de cuesta abajo. En la encrucijada entre el segundo y el tercero la negativa de Jesús a ser coronado rey había ido espantando a las muchedumbres, que no le entendían en absoluto.

¿Quién de entre todos ellos que hubiese disfrutado de semejante Poder Divino no se hubiese hecho acompañar de las muchedumbres a Jerusalén para exigirle al Sanedrín en pleno la Corona de su padre David?

El desconcierto y la ignorancia sobre su Pensamiento lo habían dejado solo al alba del tercer año. Sólo las Mujeres y sus Discípulos seguían siéndole fieles.

¿En qué pues se había quedado aquella primera desesperación del político romano? Y lo que les pareció aún peor al Sanedrín, ¿por qué iba a echarse atrás ahora Pilatos? ¿No había entre las filas de su ejército quien en caso de insurrección mesiánica desertaría del Imperio y se pondría al servicio del Hijo de David?

Tal cual lo demuestra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén la expectación, ahogada en el último año por el propio Jesús, despertó de su letargo. Creyendo las muchedumbres que el Hijo de David había tomado su decisión final favorable a su coronación ese año todos corrieron a Jerusalén.

Como ya sabemos y la historia lo demuestra para la Pascua Jerusalén se convertía en una ciudad asediada. De todas las partes del mundo los judíos bajaban y subían a la Ciudad Santa a celebrar aquélla Cena que sirvió de preludio a la Liberación de Moisés.

Aquel año 33 de nuestra Era a la muchedumbre al uso se le sumaron todos los que una vez le proclamaron rey.

Cuál no fue la sorpresa de todos cuando Jesús entró en el Templo y con un látigo desbarató para siempre la presión contra el Sanedrín y el César que esa muchedumbre exaltada estaba dispuesta a ejercer.

Aquella fiebre mesiánica que en su primer año despertó Jesús había vuelto a escena. Alcanzó Jerusalén antes que Él llegara e hizo temblar las murallas de Jerusalén con la misma fuerza que en su día lo hicieran las trompetas de Josué. Si en lugar de irse directo al Templo para coger un látigo y declararle la guerra total al Sanedrín hubiese hecho Jesús lo que hizo cuando Niño, abrirse paso hasta el Patio de los Doctores de la ley y entrar en materia…Pero no. Que va. Para nada. Revueltas estaban las cosas y fue Él a sumirlas en el caos de la manera más explosiva imaginable.

La misma muchedumbre que hacía unas horas había batido palmas y vítores en honor del Hijo de David al caer la Noche le pedía su cabeza a un Pilatos que para entonces ya no veía a cuento de qué tenía que matar a quien se había cavado su propia tumba.

Para entender la Huida de sus Discípulos hay que ponerse en la piel de aquéllos hombres que en su corazón soñaron con aquella entrada triunfal, e inmediatamente después su Coronación. Fueron ellos los primeros que se quedaron de piedra al ver a su Maestro coger un látigo y arremeter con cólera todopoderosa contra el Templo.

Fue en aquel momento cuando Judas tomó su decisión de entregárselo al Sanedrín. Los demás salieron con la moral por los suelos, como flotando en un vacío total.

¿Qué iba a pasar ahora?

¿Qué es lo que había hecho Jesús?

Mientras comían la Última Cena se sentían tan confusos y vacíos como aquella Tierra que antes del Principio vagó en las Tinieblas del Abismo confusa y vacía.

¡Ay, hijos de la Tierra, la herencia de vuestra madre es vuestro lote! ¿No recibió en el día de su nacimiento toda clase de promesas de su Creador y en cuanto su Creador se dio la vuelta se dejó atrapar en la confusión que acompaña toda soledad? ¿Habiendo vivido vuestra madre en su nacimiento la confusión y el vacío de la soledad cómo vosotros no ibais a caer en la misma piedra?

Mientras cenaban con Él no tenían la menor sus Discípulos idea de qué les estaba hablando. Sólo sabían que estaban dispuestos a morir luchando antes que dejarlo solo. ¡Pobre Pedro, el alma se le cayó al suelo cuando su Héroe y Rey le quitó la espada de las manos! Todos sin excepción salieron corriendo movidos por una fuerza que les superaba y movía sus piernas contra la voluntad de sus mentes.

“¿Qué va a pasar ahora, Madre?”, le preguntaba aquél otro Juan a la Madre de Jesús, como si ella conociera la respuesta.

¿Qué iba a pasar? Iba a pasar lo que estaba profetizado desde hacía mil años. El firmamento se vestiría de luto para llorar la muerte del Primogénito, la tierra se lamentaría por la muerte del Unigénito.

 

24

Muerte y Resurrección de Jesucristo

 

Los acontecimientos de Aquella Noche están descritos en los Evangelios. No voy a reproducirlos ni a apuntillarlos. Me limitaré a lo que no está escrito.

Mientras la farsa judeo-romana seguía su curso el cielo se fue encapotando sobre las cabezas de los miles de borrachos que coreaban: Crucifícalo.

La misma confusión que se apoderó de los Discípulos y los lanzó a la Huída, esa misma fuerza se había apoderado de la muchedumbre que le aclamara en su entrada triunfal, y, abandonada al alcohol, desahogaba su pena contra el autor de la desilusión que se apoderara de sus mentes. Enajenados, abandonados al alcohol en el que ahogaban su pena, que corría gratis y a toneles de las manos del Templo a sus gargantas, quienes hacía apenas unas horas corearon al Mesías ahora gritaban: Crucifícalo.

Mientras gritaban y gritaban las nubes rodearon el horizonte y tendieron una telaraña de rayos y truenos sobre el Gólgota. Mientras el Condenado arrastraba su cruz por la Vía Dolorosa, ajena a la muchedumbre que borracha escupía sobre el Hijo de María sus carcajadas, la noche se fue cerrando.

Absortos, maravillados por lo que estaban viviendo, mientras hacían la Procesión a muy pocos se les vino a la cabeza las palabras del Profeta. En realidad sólo a un muchacho, al pie de la Cruz según miraba al cielo se le vino a la memoria las Escrituras.

 “Ya me rodeaban las olas de la muerte y me aterrorizaban los torrentes de Belial. Me aprisionaban las ataduras del seol, me habían sorprendido las redes de la muerte. Y en mi angustia invoqué a Yavé y lancé hacia mi Dios mi grito. El oyó mi voz desde su palacio, y mi clamor llegó a sus oídos. Conmovióse y tembló la tierra. Vacilaron los fundamentos de los montes, se estremecieron ante Yavé airado. Subía de sus narices humo, y de su boca fuego abrasador, carbones por Él encendidos. Abajó los cielos y descendió, negra nube tenía bajo sus pies. Subió sobre los querubes y voló; voló sobre las alas de los vientos. Hizo de las tinieblas un velo, formando en torno a sí su tienda; calígine acuosa, densas nubes. Ante el resplandor de su faz las nubes se deshicieron; granizo y centellas de fuego. Tronó Yavé desde los cielos, el Altísimo hizo oir su voz. Lanzóles sus saetas y los desbarató, fulminó rayos y los consternó. Y aparecieron arroyos de agua, y quedaron al descubierto los fundamentos del orbe ante la ira increpadora de Yavé, ante el soplo del huracán de su furor”.

Sí, únicamente aquel muchacho fijó sus ojos en el cielo que contemplaba horrorizado el delito de los hijos de la tierra. En el dolor del momento nadie se había percatado de lo que se les venía sobre sus cabezas. El cielo estaba negro como las profundidades de la cueva más impenetrable. Cuando Jesús gritó su último aliento y creyeron que el fin ya había llegado, como si de pronto despertaran todos de un sueño sus ojos se abrieron a la realidad.

Antes de sentir la amenaza del cielo se partió el firmamento en lágrimas. Dejóse oír un crujido más fuerte que el de las murallas de Jericó al caerse. Fue entonces que alzaron todos sus cabezas por primera vez y olieron en la atmósfera aquella humedad eléctrica.

Iban ya a iniciar la vuelta cuando de pronto un látigo en forma de rayo rompió la oscuridad. Pareció caer lejos. ¡Qué tontos! Era el jinete que una vez le abrió a Judas Macabeo las filas del enemigo quien ahora venía cabalgando violentamente sobre las nubes de las profecías. Sus ojos resplandecientes iluminaron la noche y de su garganta todopoderosa el trueno rodó por el horizonte; como loco, poseído por un dolor que le cegaba las entrañas, aquél jinete divino alzó su brazo y dejó caer sobre la muchedumbre su látigo de rayos y truenos.

El infierno de la Ira del Padre Eterno cayó en tromba sobre niños y mujeres, ancianos y jóvenes, sin distinguir entre culpables e inocentes. Enloquecida, como quien despierta sobresaltado de una pesadilla para al abrir los ojos encontrarse que la verdadera pesadilla acababa de empezar, la multitud comenzó a correr Gólgota abajo. La tormenta que tenían sobre sus cabezas amenazaba granizo, rayos y truenos, pero no lluvia. Era una tormenta eléctrica, que el Todopoderoso, atravesado por la lanza que le incrustaron a su Hijo en el pecho, con el corazón destrozado había cogido en sus manos y enloquecido por el dolor golpeaba contra los hijos de la tierra sin mirar a quién. El frenesí, el espanto se apoderó de todos. El terror cabalgaba sin perdonar al anciano ni al niño, varón o hembra. Enloquecida por lo que había hecho bajo los efectos del alcohol la muchedumbre empezó a moverse hacia los muros de Jerusalén. ¡Locos!, como si el dolor de Dios pudiese ser frenado por la piedra.

Y allá que empezó a correr la muchedumbre Gólgota abajo buscando la salvación entre las murallas. Entonces el látigo eléctrico del Omnipotente comenzó a caer sobre mujeres y niños, jóvenes y ancianos sin distinguir culpable de inocente. Su dolor, el dolor del Todopoderoso los alcanzaba a todos y de todos desgarraba sus carnes sin misericordia de ninguna clase. En menos que canta su segundo anuncio el gallo la cuesta del Gólgota empezó a llenarse de cadáveres chamuscados. Los que ya estaban subiendo la cuesta de la Puerta de los Leones creían haber escapado del horror cuando las tumbas del Cementerio de los Judíos comenzaron a abrirse. Salieron de sus tumbas los profetas y de sus bocas espectrales la Ira del Omnipotente les hacía llegar a los vivos su sentencia de muerte.

Horror, desolación, espanto. Los que creyeron encontrar refugio en sus casas se encontraron con las puertas cerradas. Una noche de Cena, mil quinientos años atrás, el ángel de la muerte recorrió las casas de los egipcios buscando primogénitos. Ese mismo ángel recorría ahora las calles de Jerusalén matando sin distinguir entre grandes y pequeños. El mismo dolor infinito que tenía el corazón de su Señor destrozado había alcanzado el suyo y en su dolor inenarrable hincaba la espada querúbica contra todo el que encontraba a su paso.

Aterrorizados, atrapados en una pesadilla infernal, el terror arrastró a los fugitivos al Templo. Allí se amontonaron entre sus muros buscando misericordia. Locos, con la locura del que mata al hijo y se refugia del padre de la criatura en su casa, allí encontraron su tumba cuando el látigo del Dolor dejó caer sobre la cúpula sus lágrimas, una cúpula que se vino abajo sobre la multitud aterrorizada.

Horror, espanto, desolación. El dolor del Padre de Cristo en pleno estallido violento. La sangre de un Dios transformada en bloques de piedra cayendo sobre una multitud aterrorizada, aplastando cabezas, reduciendo a escombros hombres y mujeres. ¡Gritad de nuevo Crucifícalo! escribían con sus crujidos las piedras de la cúpula del Templo según caían del techo al suelo.

Mientras estas cosas estaban sucediendo a los pies de la Cruz sólo quedó un hombre y tres Mujeres. Como si un escudo de energía le protegiera el muchacho, de pie, contemplaba el espectáculo. A los pies del Monte de la Pasión los cadáveres calcinados, los moribundos aplastados bajo el peso de los que huyeron cuestas abajo. Contra las murallas, sin huida posible de los muertos salidos de sus tumbas, las paralizadas víctimas del horror se apilaban enloquecidas. Cuando al rato se hundió la cúpula del Templo y cesaron los truenos y los rayos y el batir de carne y sangre, Juan recogió la espada del romano que confesó. Volvió el muchacho la cabeza a las tres Mujeres, les habló con los ojos, y comenzó a abrirles paso. La muchedumbre de heridos y moribundos horrorizada se apartaba como si se tratase de un ángel de Dios en pleno remate de la faena comenzada por su Señor. Tal era el fuego que despedía por sus ojos el pequeño de los hijos del Trueno.

Llegados a las calles, incapaces de resistir la mirada de aquél querubín humano, los alucinados se apartaban de su camino. Juan condujo a las tres Mujeres a casa y cerró tras él la puerta. Allí estaban los Diez y las demás mujeres. Como muerta, la Madre se echó en la cama y cerró los ojos a un mundo al que ya no parecía querer volver.

Los supervivientes se juraron arrancar de sus memorias y de la de sus hijos el recuerdo de la Noche en que Dios rompió su Alianza con los hijos de Abraham. Sus historiadores enterraron el recuerdo de aquella Noche en la tumba de los silencios milenarios. Muchas veces en la Historia de la Humanidad un pueblo se juró arrancar de su memoria un cierto acontecimiento, especial, capital para el desarrollo de su futuro. Pocas veces un pueblo logró enterrar de una forma tan definitiva un capítulo tan traumatizante.

Los Once también creyeron que tal era el destino de aquellos tres años de inolvidable gloria. De hecho lo único que los mantuvo aquél viernes y el sábado siguiente encerrados en aquella Casa fue conocer la suerte de aquella Madre que yacía como muerta en el lecho.

¿Despertaría la Madre de su sueño? ¿No se le veía en el rostro roturado por el sufrimiento los trozos en que su corazón se había roto?

Señor, ¿cómo mirarla a la cara cuando despertara? ¿Qué palabras de consuelo le dirían para justificar la huida vergonzosa que emprendieron?

¿Qué podían hacer? ¿Abandonarla a su suerte? ¿Seguir corriendo hasta que la distancia entre ellos y sus recuerdos se hiciera un abismo?

¿No les había dicho Él que todo lo que estaban viviendo habría de pasar, y resucitaría al tercer día?

Las horas se les hicieron interminables a todos los que vigilaban el sueño de la Madre. A pesar del peligro que corrían nadie se iría sin acompañarla a Nazaret.

¿Cuánto tardaría en despertarse? Pero claro, ¿por qué iba a querer despertarse?

El sábado al mediodía la Madre empezó a salir de su estado. Los Once creyeron que no podrían soportar su mirada. Ay, ¡qué tontos estaban!

Llevaban mirando ese rostro anciano más horas de las que podían calcular. Ya se conocían de memoria cada micra de sus mejillas laceradas.

De pronto el sábado aquél rostro empezó a cobrar color. Todos se quedaron observando cada movimiento suyo. En eso la Madre abrió los ojos llenos de vida.

A su lado su hermana Juana acariciaba su frente como quien acaricia la cabeza de la persona más amada del mundo. Impensablemente la Madre pidió un poco de agua. La otra María, la de Cleofás, se levantó. Lentamente la Madre se incorporó en el lecho y los miró a todos. Estaban los Once sentados en el suelo contra las paredes de la habitación. La expresión en su rostro los tenía maravillado cuando abrió la Madre los labios. “¿Qué os pasa, hijos míos?”, les dijo sonriendo. “¿A quién estáis velando? Me miráis como si estuvieseis viendo un fantasma”.

Los Once no salían de su sorpresa. María la de Cleofás regresó con el vaso de agua y se sentó a su lado apoyando su cabeza sobre su hombro.

“Ya está, María, no seas chiquilla, no llores más, ¿o quieres que mi Hijo te encuentre así cuando venga?”.

Los Once se miraron creyendo que el dolor le había hecho perder el juicio. La Madre les leyó el pensamiento y empezó a hablarles, diciendo:

“Hijitos, yo soy la culpable de todo. Hace mucho tiempo que hube de haberos revelado quién es Ese al que llamáis Maestro y Señor. Tenía que pasar esto para que Él me librara de mi silencio. ¿A quién creéis que seguisteis de un lado a otro?

Yo soy vieja, hijos, y estoy cansada. Oídme bien y levantad el alma; cuando Él venga, mañana, tendréis la prueba de todo lo que os voy a contar hoy. ¿Qué pensaría mi Hijo si al venir mañana os encontrara de esta manera? ¿Cómo podría yo mirarle a la cara? Tened paciencia conmigo si en algún punto no soy clara. Cuando Él os envíe el Espíritu de la Promesa recordareis mis palabras y yo mismo me dejaré encantar por la sabiduría que Él derramará en vuestras almas. Lo que yo os voy a contar se lo he escuchado a Él. No tengo su gracia ni su sabiduría. Ya os digo, Él mismo os llenará de su conocimiento y entonces ya no necesitaréis que yo os cuente nada. Él me habló de su Mundo, de su Padre; yo le preguntaba y Él me respondía sin ocultarme nada. Al menos nada que no necesitase saber. Yo era su confidente, el corazón abierto e inocente en el que Él derramaba sus recuerdos divinos. Me hablaba de su Mundo con los ojos mirando al infinito; yo lo guardaba todo en mi corazón; cada una de sus palabras yo la sellaba en mi carne. No he sabido por qué selló mis labios hasta este día. Hoy me ha liberado de mi Silencio y pongo en vuestros corazones lo que Él puso en el mío y he llevado conmigo tantos años.”

Abriéndoles su Corazón, La Madre les descubrió a los Discípulos: la Anunciación, la Encarnación del Hijo de Dios, y la Historia Divina que Ella oyó de los labios de su Niño en aquellos días en que siendo “su Niño” venía el Hijo de Dios a encerrarse entre los brazos de “su Madre”, la Tristeza en los ojos del hijo que echa de menos a su Padre amantísimo, Historia que, llevada a su Plenitud, os narro en el Segundo Libro.