LA BIBLIA DEL SIGLO XXI . LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 CRISTO RAÚL DE YAVÉ Y SIÓN

 

LIBRO PRIMERO EL CORAZÓN DE MARÍA

 

CAPÍTULO SEGUNDO - EL ALFA Y LA OMEGA

VIDA Y TIEMPO DE LOS PRECURSORES

 

Cuarta Parte - La Hija de Salomón

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El Alfa y la Omega

Contra el horizonte alza su boca el océano devorando cielo. Los vientos crujen, los tiburones hunden sus caminos en las profundidades oscuras huyendo de las zarzas de fuego que en forma de látigos de agua azotan los brazos fuertes que prefirieron morir luchando a vivir muriendo. ¿Qué fuerza desconocida desde los remotos altares del universo rocía con su néctar de valentía risueña los ojos de los hombres que se descalzan y andan a alma desnuda sobre sendero de espinos buscando calentar sus huesos al fuego que nunca se consume? ¿Qué energía endurece los huesos de la alondra de las distancias entre los dos polos del imán recorriendo las estaciones cortas de su vida efímera? ¿Por qué la tierra sufrida, machacada, agotada y quemada de sus lodos primordiales pare espíritus nacidos para darle la espalda a la playa de los cocoteros y adentrarse solitarios en las profundidades de los bosques negros? ¿Qué misterio se esconde en el alma humana, que tantos buscan y tan pocos alcanzan? ¿En qué cuna amamantó el firmamento de los cielos el pecho que le muestra a la flecha la hendidura que le servirá de carcaj entre sus costillas? ¿No son los placeres de la vida ondas de nata y chocolate sobre cuyos labios pétalos fragantes depositan sus besos? Se sienta el rey de la selva en la llanura a admirar el baile de su reina en el valle de las gacelas. El cóndor indomable pasea su nave de plumas sobre cimas que cortan el cielo como espadas de héroes las filas del enemigo. El delfín de los océanos se deja llevar por las corrientes cálidas soñando encontrarse por los caminos de la mar carabelas de colones ebrios de sueños. ¿Por qué al hombre le correspondió por suerte el batir de las ambiciones, el choque de los intereses, el crujido de las pasiones? ¿Qué haremos con esa parte de la naturaleza de nuestro Género? ¿Le cantaremos una nana antes del réquiem? ¿Desterraremos de nuestro futuro el nacimiento de nuevos héroes? ¿Haremos con los hijos del futuro lo que otros hicieron, darle por libertad una tumba? ¿O los encerraremos dentro de una jaula para que píen tristones como esos pajarillos tontos que se mueren si les roban la libertad? Todo hombre tiene ante sí una vida de peligros y otra de comodidades en el olvido de la suerte de los demás. Todo tiempo ha tenido sus abogados del diablo y sus fiscales de Cristo. Lo único que sabemos es que cuando se empieza el camino ya no hay marcha atrás.

El correo que de la Nueva Babilonia le trajo la respuesta a la Saga de los Precursores se llamaba Hilel. Era Hilel un joven doctor de la Ley de puño y letra de la escuela de los Magos de Oriente. Al igual que en su día lo hiciera Simeón el Babilonio, Hilel hizo su entrada en Jerusalén trayendo el Diezmo en una mano, y en la otra una sabiduría secreta sólo apta para esa clase de hombres que la tierra pare aunque sus congéneres los condenen.

También la tierra llora, y también sus hijos aprenden. De siempre se ha dicho que sabe el hombre más del infierno porque ha vivido entre sus llamas desde que fue expulsado del paraíso, que el propio diablo y sus ángeles rebeldes porque siendo su futuro nuestra suerte tales hijos malditos aún no han probado el amargo sabor de los fuegos del terrible averno que les espera a la vuelta de la esquina. Los sabios helenos se creyeron superiores a los hebreos por su capacidad para penetrar en el misterio de todas las cosas. Obligado preguntarse entonces, ¿sabe más el que tropieza en la piedra de los burros que quien nunca cayó? O sea, que estamos todos condenados a aprender tropezando como los burros dos veces. Y por consiguiente debemos condenar por sistema a todo el que aprendió la lección sin necesidad de morder el polvo por donde se retuerce la Serpiente.

En aquéllos días de dragones y bestias, de alacranes y escorpiones, dos caminos se abrían ante los hombres. Si se elegía el primer camino: olvidarse de mirar a las estrellas y dedicarse a sus labores, la existencia no exigía más discurso que “el vive y deja vivir”, que el tirano aplaste y el poderoso hunda, es su destino, y el del débil ser aplastado y hundido. Si se elegía el segundo camino toda sabiduría era poca y toda precaución insuficiente. Zacarías y sus hombres habían elegido este último camino. También Hilel, el joven doctor de la Ley que les enviaran los Magos de Oriente desde la Nueva Babilonia con la respuesta a su pregunta.

Hilel no sólo les trajo los nombres de los dos hijos de Zorobabel que le acompañaron desde la Vieja Babilonia a la Patria Perdida. A solas con la Saga de los Precursores les contó lo que nunca habían oído, les dio a conocer una doctrina cuya existencia ni en sus más remotos sueños hubieran podido imaginar. Que Zorobabel fue el heredero de la corona de Judá, y en su calidad de príncipe de su pueblo lideró la caravana del regreso de la Cautividad es un clásico de la Historia Sagrada. Partiendo de este dado archiconocido, presuponiendo Zacarías y su Saga que al hijo mayor de Zorobabel le correspondió la primogenitura de los reyes de Judá, Zacarías se abrió camino por las cordilleras genealógicas de su nación. Al cabo la imposibilidad de superar aquéllas cordilleras de interminables archivos lo condujo a mirar al otro lado del Jordán. Y de la que un día fuera la tierra del paraíso terrenal le vino la respuesta en los labios del doctor de la Ley protagonista del siguiente discurso.

“Heme aquí con los dos hijos que me dio el Señor”, empezó Hilel el mensaje que traía del actual Jefe de los Magos de Oriente, un hombre llamado Ananel.

“Muchas veces hemos leído todos los presentes estas palabras del profeta. No fueron dos sin embargo los hijos que tuvo David. Tuvo muchos. Pero sólo a dos, como atestiguan sus palabras, incluyó en su herencia mesiánica. Hablamos de Salomón y Natán. El primero fue sabio, el segundo fue profeta. Entre ellos dos dividió David su legado mesiánico.

Al hacerlo David apartó de su heredero a la corona la idea de ser él el hijo del Hombre, el Niño que le nacería a Eva para aplastarle a la Serpiente la cabeza. En otras palabras, Salomón no debía dejarse influenciar por el grito de su Corte clamando por el reino universal; pues él no era el rey Mesías de las visiones de su padre David.

Digno hijo de su padre, el rey sabio por excelencia siguió al pie de la letra el Plan Divino. También su hermano el profeta Natán. Este, desde el día después de la coronación de su hermano se retiró de la Corte y se fundió con el pueblo dejando tras de sí la estela que nunca se olvida ni jamás se alcanza”.

(Muchas dudas pueden saltar aquí al caso, respecto a si Natam, hijo del rey David, y Natán profeta fueron la misma persona. Yo no quisiera perderme en divagaciones típicas de un historiador de las cosas pretéritas. Cuando las pruebas documentales necesarias para la reconstrucción de la historia de un personaje faltan el historiador debe recurrir a los elementos de una ciencia infinitamente más exacta, hablamos de la ciencia del espíritu. Sólo una pregunta pongo sobre la mesa y dejo el tema. ¿El rey de los profetas a qué otro profeta le hubiera abierto la puerta de su palacio sino al nacido en su propia casa, nacido de su muslo como dirían los griegos? ¿No lo maravilló su Dios haciéndole reír de aquella forma? Por supuesto que el asunto queda pendiente de confirmación a título de documentación oficial. Pero insisto, cuando las pruebas naturales faltan el investigador debe levantar su mirada y buscar la respuesta en quien lleva en su memoria el registro de todas las cosas del universo. Pero si la fe falla y el testimonio de Dios es reputado por nada ante el tribunal de la historia entonces no nos queda más remedio que pasar del tema o vagar interminablemente tras esa sabiduría inalcanzable de los griegos. Considerando aquí que la sabiduría de los presentes está libre de prejuicios contra el Creador de los cielos y la Tierra, esto dicho, seguimos).

“La casa de Salomón y la casa de Natán se separaron. A su hora, cuando en su omnisciencia Dios lo determinase, estas dos casas mesiánicas se volverían a encontrar, se unirían en una sola casa y el fruto de este matrimonio sería el Alfa. Cuando tal acontecimiento tuvo lugar sus padres le pusieron un nombre; lo llamaron Zorobabel. Este nacimiento se cumplió cinco siglos después, aproximadamente, de la muerte del rey David.

Zorobabel, hijo de David, heredero de la corona de Judá, se casó y tuvo hijos e hijas. De entre sus hijos eligió a dos de ellos para repetir la operación que realizara su legendario padre, y entre ellos dividió su legado mesiánico. Los nombres de sus dos herederos fueron Abiud y Resa.

Amantes de su padre, temerosos de su Dios, los príncipes Abiud y Resa acompañaron a su padre de la Babilonia de Ciro el Grande a la Patria Perdida. Empuñaron la espada contra quienes intentaron por todos los medios impedir la reconstrucción de Jerusalén, y tras la muerte de su padre se separaron.

Cada uno de ellos heredó de su padre Zorobabel un rollo genealógico escrito del puño y letra del propio David. El rollo salomónico comienza su Lista desde Abraham. El rollo natámico abre su Lista desde el propio Adán.

Si sobre la Lista Real de Judá nadie ignora la sucesión desde David a Zorobabel, otra cosa sucede con la Lista Natámica. Su sucesión es ésta: Natán, Mattata, Menna, Melea, Eliaquim, Jonam, José, Judá, Simeón, Leví, Matat, Jorim, Eliezer, Jesús, Er, Elmadam, Cosam, Addi, Melqui, Neri, Salatiel.

Cualquiera que se diga hijo de Resa debe presentar esta Lista. En caso contrario su candidatura a la sucesión mesiánica debe ser rechazada".

Pero recapitulemos.

 

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La Hija de Salomón

 

Cinco siglos después de la muerte de David las dos casas mesiánicas se dieron encuentro en la Babilonia de Nabucodonosor II. En la Corte de los Jardines Colgantes vino al mundo Salatiel, príncipe de Judá. Salatiel se unió a la heredera de la casa de Natán, y tuvieron a Zorobabel.

Ya todos los judíos se felicitaban porque había nacido el hijo de las Escrituras cuando suscitó Dios el espíritu de profecía en Daniel. Con la autoridad del Jefe de los Magos de Nabucodonosor, Daniel acalló aquél clamor mesiánico anunciándoles a todos los judíos la voluntad divina. A saber, Dios le había entregado el imperio a Ciro, príncipe de los persas.

Lo que Daniel hizo y dijo está escrito. No seré yo quien les diga a expertos sabios en Historia Sagrada el número de los portentos entre cuyos halos Daniel envolvió el trono de los Caldeos, quitándole la corona al heredero para entregársela al elegido de su Dios.

El precio que Ciro pagó por la corona habla con pruebas indiscutibles sobre la naturaleza de la participación del profeta Daniel en los acontecimientos que condujeron al traspaso del imperio de Babilonia a Susa. Pero la preocupación que aquí nos reúne tiene que ver con la suerte del Alfa.

Adoctrinado por Daniel el joven Zorobabel repitió en sus carnes lo que su padre David hizo con la suya. Tomó a los dos hijos que le suscitó Dios y dividió entre ellos su legado mesiánico. Al mayor, Abiud, le entregó la lista genealógica de Salomón rey. Al menor, Resa, le entregó la del profeta Natán. Y luego los separó para que el Alfa siguiera sus caminos y creciera hasta transformarse en la Omega.

Ya tenemos al portador del rollo profético -continuó su relato Hilel-, el legítimo heredero del profeta Natán, hijo de David. Su salida a superficie es manifestación carnal de lo cerca que estamos de la hora en que el otro brazo de la Omega rompa y venga a luz. La palabra de esperanza que desde el Oriente portan mis labios está en vuestros corazones: Dios está con vosotros. El Señor que os ha conducido a la casa de Resa os allanará el camino a la de su hermano Abiud. En su Omnisciencia nos ha reunido a todos para ser testigos del Nacimiento del Alfa y la Omega, el hijo de Eva, el heredero del Cetro de Judá, el Salvador en cuyo nombre serán bendecidas todas las familias de la Tierra”.

El descubrimiento de la doctrina del Alfa y la Omega maravilló a Zacarías y su Saga. Posiblemente también os estará maravillando a todos los que estáis leyendo estas páginas. Las dos Genealogías de Jesús han estado delante de los ojos de todos desde que fueron escritos los Evangelios. Muchos han sido los quebraderos de cabeza que estas dos Listas les ha supuesto a los exegetas y demás expertos en interpretación de las sagradas escrituras. No pretendo en un día tan hermoso levantar mi victoria sobre la memoria de quienes intentaron transformar esas Listas en una especie de talón contra el que lanzar la flecha que mató a Aquiles. ¿Si Dios es el que cierra la puerta quién la abrirá contra su voluntad? Sólo Él sabe por qué hace lo que hace y nadie entra en sus razones sino aquél a quien Él engendró en su pensamiento. ¿O cree alguien que contra su voluntad puede alguien arrancarle la victoria que a tantos se le negara? ¿No es verdad que tenía Noé en su Arca águilas poderosas capaces de batir vientos y derramar sobre los horizontes lejanos su mirada? Y halcones veloces como estrellas fugaces nacidos para desafiar tormentas. Y sin embargo fue la más frágil de todas las aves la que desafió a la Muerte.

Pero volvamos a nuestro relato.

El haber hallado al hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, hijo de David, elevó la moral de Zacarías y sus hombres a alturas fantásticas.

Ya tenían al portador del rollo natámico. Era un niño recién nacido que acababa de venir al mundo en Belén. Sus padres lo habían llamado José.

Según esto, el hijo de Natán en pañales, la búsqueda del hijo de Salomón se convertía en la búsqueda de la Hija de Salomón. Mujer que lo mismo hubiera podido haber nacido ya como aún no. Imaginando que la encontraban y poniéndose en el mejor de los casos que lograran de sus padres el acercamiento de su familia a la de su hermano Resa y en consecuencia la unión de sus herederos, Zacarías y Simeón el Joven estaban ante el Nacimiento del Hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán. En el fruto de ese matrimonio entre el hijo de Natán y la Hija de Salomón el Alfa y la Omega se encarnaría en el Niño que les naciera.

No podían más que felicitarse y poner manos a la obra.

Pero seguía habiendo un problema. Si tal cual se había demostrado con la casa del Hijo de Natán los padres de la Hija de Salomón pertenecían a las clases humildes del reino ¿cómo darían con ella? La respuesta una vez más tendrían que buscarla en los Archivos de la Nueva Babilonia. En algún sitio debajo de la montaña de documentos de la Gran Sinagoga de Oriente debía hallarse la pista que los conduciría a la Hija de Salomón. De las dos agujas en el pajar ya dieron con una, ahora había que ir a por la otra.

Zacarías y sus hombres no tardaron en enviar a la Nueva Babilonia correo con la pregunta siguiente: ¿Dónde se instaló en Tierra Santa, Abiud, el hijo mayor de Zorobabel?

Por fuerza entre aquella montaña de pergaminos de la Gran Sinagoga de Oriente tenía que hallarse algún documento firmado de puño y letra por Abiud.

Era de creer, estaban seguros que, siguiendo la doctrina mesiánica, los dos hermanos se separaron y depositaron el futuro de su encuentro a los pies de Dios.

Constante en aquéllos días la comunicación entre los que dejaron Babilonia y los que se quedaron, buscando encontrarían una carta sellada por Abiud, tenía que haber algún documento personal de su puño y letra que les descubriese hacia qué parte de Israel se dirigió y dónde se instaló el hijo mayor de Zorobabel.

La fe mueve montañas, unas veces de piedra y otras de papel. En este caso fue de papel.

Al año siguiente la respuesta fue traída a Jerusalén por el jefe de los Magos de Oriente en persona. Ananel vino con el Diezmo. Presentó sus credenciales ante el rey y el Sanedrín. Finalizados los protocolos celebró reunión secreta con Zacarías y su Saga. Fue breve.

“En efecto, Abiud y Resa se separaron. Resa se instaló en Belén y sus descendientes no se movieron del sitio. Su hermano Abiud, por el contrario, tiró hacia el norte, cruzó la Samaria y llegó al corazón de la Galilea de los Gentiles. Siguiendo la política de asentamiento pacífico mediante la compra de las tierras a sus propietarios, Abiud compró todas las tierras que abarcó con sus ojos desde una colina que llamaban Nazaret”.

Ananel repitió este nombre, “Nazaret”, con el acento de quien sabe que sus oyentes están bebiendo sus palabras. ¡Nazaret!, repitieron Zacarías y Simeón.

“Galilea de los Gentiles, una luz se alzó entre tus tinieblas”, susurraron los dos hombres al unísono.

Conociendo cómo marchaban las cosas Ananel podía asegurarles sin ningún género de dudas que la Casa de Abiud seguía en pie. La cuestión que debían resolver ahora era cómo acercarse a la Hija de Salomón sin despertar sospechas en la corte del tirano.

 

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El nacimiento de la hija de Salomón

 

Sobre la línea del horizonte Jacob de Nazaret escribía palabras de poeta: Ay mujer, ¿qué haré si nadie me enseñó las leyes y los principios de la ciencia del engaño? ¿Por qué no me quieres inocente? Si me duele la costilla y de la herida brotas tú como un sueño ¿qué quieres que haga?

Jacob tenía el alma de un poeta perdido en una galaxia de versos de Sarón, aquel Lirio de los valles canta que canta a una sabiduría esquiva y dolida por los amores de su rey. Matán, su padre, se casó con María, tuvieron hijos e hijas. Jacob era su hijo mayor.

En aquellos días de insurrecciones contra el Imperio del Oeste y de invasiones del Imperio del Este, la Galilea sometida al saqueo y al pillaje, campo de batalla de todas las ambiciones de las demás gentes, Jacob de Nazaret se convirtió en el brazo derecho de su padre. El muchacho, a pesar de no ser tan muchacho, yo diría más bien que era todo un hombre ya, no se había casado aún. No porque se le hubiera pasado el tiempo sacrificando su juventud a la prosperidad de sus hermanos y hermanas. En el pueblo se decía eso. Yo no diría tanto. Él tampoco lo diría. ¡Qué poco le conocían! No tomó mujer porque soñaba con ese amor extraordinario y paradisíaco de los poetas. ¿Realizaría su sueño en aquel mundo de metal y piedra?

Tal vez sí, tal vez no.

La verdad es que Jacob de Nazaret tenía la madera del Adán que conquistó a Eva al precio de dejarse arrancar una costilla. Para Jacob el primer poeta del mundo fue Adán. Jacob se imaginaba al Primer Patriarca desnudo entre las fieras del Edén. Lo mismo echándole una carrera a la pantera que interponiéndose entre tigre y león durante una disputa por la corona de su amistad. Para Jacob que cuando Adán iba a bañarse al río los grandes lagartos del Edén se salían de las aguas. Y si veía a las aves del Paraíso posarse sobre el Árbol Prohibido de una pedrada las espantaba para que vivieran y no murieran. Luego, al caer la noche, se tumbaba panza arriba soñando a Eva. La veía corriendo a su lado con sus cabelleras largas como manto de estrellas, desnudos al sol de la primavera perenne del Edén. Al despertar le dolía a Jacob la costilla de la soledad.

Lo mismo que aquel Adán del Edén, Jacob de Nazaret se sentaba contra el tronco de uno de los árboles de la explanada del Cigüeñal a soñar con ella, su Eva. Una de aquéllas tardes de ensoñaciones poéticas apareció por el camino del Sur un doctor de la Ley que decía llamarse Cleofás.

Entretanto, al otro lado del reino de Herodes, en la Judea, la entrada del jefe de la Gran Sinagoga de Oriente, un Mago llamado Ananel, revolucionó el panorama al ser elegido este Ananel para el sumo sacerdocio.

Para muchos la elección de Ananel cerró el descabezamiento del Sanedrín que Herodes llevó a cabo el día después de su coronación. Lo juró y lo hizo. Les juró a todos sus jueces lo que le vino a la cabeza hacerles el día que fuera rey y, cuando contra todo pronóstico fue rey, no se olvidó Herodes de su palabra. Excepto a los hombres que le anunciaron su futuro, los degolló a todos. No dejó escapar a uno solo de los cobardes que dejaron pasar la ocasión de aplastarlo cuando lo tuvieron bajo la planta de sus pies. Después fue y confiscó todos sus bienes.

La entrada en escena del Jefe de los Magos de Oriente -pensando en su reconciliación con el pueblo- le simplificó a Herodes la tarea. Más aún cuando como presidente del Sanedrín le puso Ananel sobre la mesa un plan de reconstrucción de las sinagogas del reino, que al rey no le costaría un euro y a su corona le reportaría el perdón de la Historia.

Ya sabéis que a raíz de la persecución de Antíoco IV Epífanes la gran mayoría de las sinagogas de Israel fueron arrasadas. La guerra de los Macabeos y las posteriores hazañas bélicas asmoneas impidieron la reconstrucción de las sinagogas desde aquellos entonces en ruinas.

Ahora que la Pax Romana se había firmado era la oportunidad.

Está claro que si la financiación de aquel proyecto de reconstrucción hubiera dependido de Herodes la siembra de sinagogas por todo el reino no se habría materializado nunca. Otra cosa era que la financiación corriera a cargo de capital privado. Como así fue, el proyecto fue llevado a término por sus promotores.

En cuanto a los clanes saduceos la costumbre de las clases sacerdotales de administrar los tesoros templarios en beneficio de sus bolsillos también hubiera impedido la ejecución del proyecto de reconstrucción de todas las sinagogas del reino. Al ser elegido Ananel como Presidente del Sanedrín y contar su proyecto con el apoyo de los hombres de Zacarías, de quienes para las fechas dependían las decisiones finales del Senado Judío, el proyecto podía y pudo salir para adelante. Ni Herodes ni nadie de fuera del círculo zacariano fue capaz de imaginar qué objetivo secreto se escondía detrás de aquél plan tan generoso de reconstrucción sinagogal. De haber Herodes sospechado algo otro gallo hubiera cantado. El hecho es que Herodes mordió el anzuelo.

La historia judía dice que al poco de haberse firmado el proyecto Ananel fue destituido del sumo sacerdocio por instigación de la reina Mariana a favor de su hermano pequeño. Bueno, no lo dice con estas palabras porque el historiador judío enterró en la ciénaga del olvido aquél proyecto. Lo que sí dice es que un favor muy flaco fue el que le hizo la reina a su hermano pequeño, pues apenas fue elevado al sumo sacerdocio vino a ser asesinado por el mismo que lo encumbrara. Pero bueno, estos pormenores tan típicos del reinado de aquél monstruo no vienen a cuento en esta Historia. El hecho es que Zacarías y sus hombres recibieron libertad total de movimiento para materializar aquel generoso proyecto de reconstrucción de las sinagogas del reino. 

Las manos libres para dirigir la reconstrucción sinagogal el problema que debía superar Zacarías era elegir a la persona adecuada. Está claro que no podían enviar a Nazaret un cantamañanas. Si el enviado descubría el objetivo detrás de un proyecto tan amplio y costoso y se iba de la lengua el futuro de la Hija de Salomón quedaría condenado. El elegido tenía que ser un hombre inteligente y ambicioso al que la elección le supusiera una especie de destierro. Cegado por lo que él consideraría un castigo toda su energía se dirigiría a terminar su misión y regresar a Jerusalén cuanto antes. Y aquí es donde entra en escena aquél doctor de la Ley que decía llamarse Cleofás.

 

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Cleofás de Jerusalén

 

Este Cleofás fue el marido que los padres de Isabel le buscaron a su hija pequeña. Escarmentados los padres de Isabel por la desilusión que sufrieron al casarse su hija mayor con Zacarías, le buscaron marido a su hermana pequeña no fuera también ella a seguir los pasos de su hermana grande. Lo último que querían para su hija pequeña era otro elemento de la clase de Zacarías, así que la casaron con un joven doctor de la Ley que prometía mucho, inteligente, de buena familia, un muchacho clásico, la mujer en su casa, el hombre a las cosas de los hombres, el yerno perfecto. A Isabel la elección de Cleofás por marido para su hermana pequeña le sentó muy mal, pero en esto ella ya no podía meter baza.

A Cleofás su boda con la hermana de Isabel -creyó él- le abriría las puertas al círculo de influencia más poderoso de Jerusalén. Cleofás no tardó en descubrir cuál era la opinión de su cuñado Zacarías sobre eso de abrirle las puertas a su círculo de Poder. Por amor a su hermana, Isabel sí le allanó el camino, peros en lo que dependió del propio Zacarías cantó otro gallo. Lo cual era lógico teniendo en cuenta lo que se estaban jugando.

Pues bien, Cleofás tuvo de su mujer una niña, a la que llamó Ana. Pequeña de cuerpo, hermosísima de cara, Isabel extendió sobre su sobrina todo el cariño que no pudo volcar sobre la hija que nunca tendría. Cariño que fue creciendo con la niña y se convirtió en una influencia cada vez más poderosa sobre la personalidad de Ana. Cleofás, el interesado en cuestión, no podía ver con buenos ojos una influencia tan poderosa sobre su hija de parte de su cuñada. Su problema era que le debía tanto a Isabel que por fuerza tenía que tragarse sus quejas hacia la educación que le estaba dando la tita a “su sobrina” del alma. No porque los mimos la estuvieran privando de la educación debida a una hija de Aarón; en este capítulo la educación religiosa de Ana no tenía nada que envidiarle a la de la propia hija del sumo sacerdote. Al contrario, si de envidia se habla era su hija la que más envidia se ganaba. Hija de un doctor de la Ley, sobrina de la mujer más poderosa de Jerusalén -fuera de la propia reina y las mujeres de Herodes- Ana creció entre salmos y profecías, recibiendo la educación religiosa más acorde a una descendiente viva del hermano del gran Moisés.

El romanticismo que a su hija le estaba inculcando su cuñada era lo que sacaba de sus casillas a Cleofás. Cuando se hizo una mujercita a la muchacha no se le podía hablar de casamiento por interés. Ningún partido que le buscara su padre le entraba por el ojo. Ningún pretendiente le parecía bueno. Ana, como su tita, sólo se casaría por amor con el hombre que el Señor le eligiera. Y se lo confesaba la niña a su padre con una inocencia tan descarada que al hombre le ponía la sangre hirviendo.

Ya estaba Ana en la edad de las casaderas cuando Zacarías llamó en privado a Cleofás y le ordenó que se preparara para partir hacia la Galilea. Él era su elegido para reconstruir la sinagoga de Nazaret.

Ignorante de la Doctrina del Alfa y la Omega, Cleofás tomó la elección por una maniobra de su cuñada Isabel. Para él que su elección era cosa de su cuñada, quien así se quitaba de en medio al padre de “su niña” y le impedía cerrar tratos de boda.

Las protestas no le valieron de nada a Cleofás. La decisión de Zacarías era firme. La misión que el Templo le encomendaba tenía prioridad. Debía abandonar Jerusalén en el plazo de ya y presentarse en Nazaret cuanto antes.

Antes de enviarle a Nazaret hizo Zacarías sus investigaciones preliminares. Supo que Nazaret tenía por alcalde a un tal Matán. Este Matán era el propietario de la Casa Grande, que llamaban el Cigüeñal. Su informador le comunicó lo que estaba esperando oír. El tal Matán, según se decía en el pueblo, era de origen davídico. Ahora bien, si de palabra o de hecho nadie se lo había jurado.

Con la mosca detrás de la oreja Cleofás emprendió el camino de Nazaret. El hombre no había estado nunca en Nazaret. Había oído hablar de Nazaret, pero no recordaba qué. Deduciendo, de lo que había oído lo que le esperaba, en su imaginación ya se veía Cleofás desterrado de Jerusalén a una aldea de paletos ignorantes y, probablemente, desarrapados.

Por el camino Cleofás podía apostarse lo que fuera a que la dirección ante cuyo dueño debía presentar credenciales sería la de un morador de choza, en poco o en nada diferente de una de las cuevas del mar Muerto. Más vueltas le daba al tema más se le ponían los pelos de punta. Aún no entendía por qué él.

¿Por qué su cuñado Zacarías no le dio la misión a cualquier otro doctor de la Ley? ¿A qué estaba jugando su cuñado? Jamás le confió misión alguna y para una vez que lo metía en sus planes lo enviaba al fin del mundo. ¿Qué error había cometido él para merecerse semejante destierro?, se quejaba solo el hombre.

¿De verdad de verdad no estaba detrás de este movimiento su cuñada Isabel? Él se respondía que sí. Lo que Isabel pretendía era alejar al padre de la escena y ganarle tiempo a su sobrina Ana. Vamos, hasta podía poner la mano en el fuego. Cuando menos se lo esperase Ana habría cruzado la línea que en su día cruzara la propia Isabel y ya nadie podría obligarla a casarse con el partido que él le buscase. Cleofás hizo todo el camino dándole vueltas a la cabeza. La verdad era que su cuñado Zacarías no era hombre del que se esperara el comportamiento de un pelele. Como tampoco Zacarías hablaba más de lo cuenta, lo justo y cortito, descubrir a qué obedecía su decisión de enviarle a Nazaret a reedificar una sinagoga que cualquier doctorucho hubiera podido poner en pie sin la ayuda de nadie, entender por qué, más que difícil, le resultaba imposible. Mejor creer que todo obedecía a la voluntad de Isabel. Atrapado en sus visiones dramáticas sobre el destino que le aguardaba estaba cuando dobló la última curva del camino. Al otro lado estaba Nazaret. ¡Qué sorpresa fue la suya al levantar los ojos y encontrarse con aquella especie de fortaleza cortijo en pleno ombligo de la colina! Ufff, respiró largo y aliviado. La contemplación del Cigüeñal le animó el corazón. Al menos no iba a pasar los próximos tiempos entre cavernícolas.

Aliviado, Cleofás dirigió sus pasos hacia el Cigüeñal, la Casa Grande del pueblo. Salió a recibirle el abuelo Matán, el propietario de aquel caserón de arquitectura tan inusual para la época.

Era el abuelo Matán un hombre fuerte para sus años, un hombre de campo, currado pero capaz todavía de aparejar los asnos y echarle una mano a su hijo mayor. Su mujer, María, había muerto; vivía con su primogénito, un tal Jacob, en ese momento en el campo. Cleofás le presentó al dueño del Cigüeñal sus credenciales. Le expuso al abuelo Matán en pocas palabras la naturaleza de la misión que le traía a Nazaret. El abuelo Matán le sonrió con toda franqueza, bendijo al Señor por haber escuchado las oraciones de sus paisanos, le mostró al enviado del Templo la habitación que ocuparía mientras la necesitase y enseguida convocó a todos los vecinos en casa para recibirle como Cleofás se merecía. Ya más calmado Cleofás se alegró de poder servir a los nazarenos. La disposición rápida y contenta que le mostraron los aldeanos acabó por desterrar de su alma aquéllos malos presagios que le acompañaron Samaria arriba. La tarde de ese día fue la primera vez en su vida que se encontró cara a cara con Jacob, el hijo de su anfitrión.

 

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Jacob de Nazaret

 

La primera vez que Cleofás vio a Jacob se llevó una sorpresa.

Jacob era un hombre joven. Lo más característico del hijo de Matán era su sonrisa siempre a flor de piel. A veces el natural alegre de Jacob confundía a quien no lo conocía. De alguien que llevaba solo la propiedad de su padre todo el mundo se esperaba un hombre serio, mandón, cortante incluso. También Cleofás, sin saber por qué ni cómo, pensando en el hijo de Matán también él se hizo esa idea sobre cómo sería Jacob. Cuando lo vio por primera vez se llevó una sorpresa bastante grata. La idea preconcebida que se había hecho durante todo ese día sobre el heredero del Cigüeñal se derrumbó en cachos nada más ponerle Jacob el ojo encima.

El punto que ya no le hizo tanta gracia -al Doctor de la Ley que Cleofás era- fue la soltería del hijo de Matán. Cualquier otro hombre a su edad ya sería padre.

Ante el comentario Jacob se rió con ganas. Pero en fin, Cleofás no había venido a Nazaret a hacer de Celestina. Si el muchacho era raro eso era asunto de su padre.

En buena parte Jacob le recordaba a su hija Ana. Como ella o se casaba por amor o nada. Por lo demás, insisto, la impresión que Cleofás tuvo de Jacob fue excelente. En cuanto al punto de la ascendencia davídica de los dueños del Cigüeñal, si hijo de David de palabra o de hecho ¿qué le iba a él en ello de todos modos? ¿Había sido enviado a Nazaret a investigar la falsedad o la veracidad de la ascendencia davídica de Matán y su hijo? Por supuesto que no.

Total, la reconstrucción de la sinagoga de Nazaret empezó su andadura. No se trataba solamente de reconstruir muros. Una vez el edificio acabado y adornado por dentro y por fuera había que poner en funcionamiento el culto. Su misión era ésa, dejar la sinagoga en funcionamiento para la llegada del doctor de la Ley al que él le entregaría las llaves de la sinagoga al término de su mandato.

Esta obligación no le privaba de las vacaciones debidas.

No lo sabía Cleofás, pero en Jerusalén había quien se moría por verle regresar. De haberlo sabido tal vez otro gallo hubiera cantado y la historia que sigue no hubiera sido vivida nunca. Afortunadamente la Sabiduría juega con el orgullo humano y lo vence sirviéndose de la ignorancia de los sabios para a la vista de todos glorificar la omnisciencia divina.

Y llegó la Pascua. Como todos los años que la paz lo permitía el abuelo Matán y su hijo Jacob bajaban a Jerusalén a hacer las ofrendas por las purificaciones de sus pecados, rendir el diezmo al Templo y festejar la mayor de las fiestas nacionales.

La Pascua judía conmemoraba la noche aquélla en que mientras el ángel mataba a todos los primogénitos de los egipcios los hebreos en sus casas comían un cordero, cena que repetirían en memoria perpetua de la salvación de Dios durante todos los años de su vida.

El abuelo Matán recordaba haber asistido a Jerusalén para la fecha desde que tenía uso de razón. O sea, aunque Cleofás no hubiera estado en Nazaret él y su hijo habrían bajado a Jerusalén. Pero ya que tanto Cleofás como Matán iban a hacerlo era justo que lo hiciesen juntos.

Al llegar a Jerusalén Cleofás se negó en rotundo a aceptar la idea de Matán. Nada, que al hombre se le había metido en la cabeza pasar la fiesta en una tienda de campaña, a las afueras de Jerusalén, como todo el mundo. Era la costumbre. Para las fechas Jerusalén parecía una ciudad asediada, rodeada de tiendas de campaña por todas partes.

Cleofás se cerró en banda. Bajo ningún concepto estaba dispuesto a permitir que su anfitrión pasara la fiesta al raso teniendo él en la ciudad santa una casa en la que cabía el pueblo de Nazaret entero.

La excusa que le dieron Matán y su hijo -“si lo trataban tal cual en Nazaret no era por interés, lo que hacían lo hacían de corazón, sin esperar nada a cambio”-excusa tan inocente no les sirvió de nada. A Cleofás la única palabra que le valía era el sí.

“¿Vas a maldecir mi casa a los ojos del Señor por tu orgullo, Matán?”, enojado con la negativa a aceptar su invitación le soltó Cleofás. Matán se rió y dio su brazo a torcer.

Ignoraba Cleofás, como ya he dicho antes, el nerviosismo con el que esperaban a Matán y su hijo en Jerusalén. E ignoraba Cleofás, con aún más razón porque era cosa de Dios, que al invitar a Jacob a su casa le traía a su hija Ana el hombre de sus sueños de regalo de Pascua.

Una vez Matán y su hijo instalados en la casa de Cleofás, concluidas las presentaciones, Zacarías y el abuelo Matán entraron en conversaciones privadas. Conociendo a nuestro Zacarías no es difícil adivinar qué iba buscando ni qué tipo de rodeos se marcó para llevar al padre de Jacob al tema que le tenía a su Saga el alma en vilo. En este capítulo no vamos ni siquiera a intentar reproducir una conversación entre algo más que un mago y un hombre de campo sin oficio en las artes del Logos. Donde sí voy a centrar el punto de mira es en el pálpito de aquella Isabel cuando puso sus ojos la primera vez en el hijo de Matán.

Isabel aprovechó la conversación entre hombres para coger del brazo al joven y envolverlo en su gracia. Desde el primer momento que Isabel vio al hijo de Matán le entró en el alma un rayo de luz sobrenatural, algo que ella no podía explicar en palabras pero que la impulsaba a hacer lo que hacía como si la propia Sabiduría le hubiera susurrado al oído sus planes; y ella, encantada de ser su confidente, hacía como que renunciaba a su cuerpo y capitulaba su dirección en favor de su divina cómplice.

Sonrisa sobre sonrisa, la del hombre joven frente a la de la belleza madura, Isabel cogió a Jacob del brazo, lo apartó de la mirada de los hombres, y le presentó la joya de su casa, su sobrina Ana.

 

19

Ana, la sobrina de Isabel la de Zacarías

 

Dios es testigo de mis palabras y dirige el pulso de mis manos sobre las líneas que Él traza, si torcidas o rectas a su juicio quedan. El hecho es que el amor a primera vista existe. Y conociendo a sus criaturas mejor de lo que ellas se conocerán nunca, engendró en su Sabiduría el fuego del amor eterno en aquellos dos soñadores que, desde los dos lados del horizonte, sin conocerse, se mandaban versos en las alas del firmamento.

La primera en ver los resplandores de aquella llama fue Isabel. Y fue ella la primera mujer del mundo que vio a la Hija de Salomón nacer de aquel amor que ardería sin consumirse.

Incapaces Ana y Jacob de despegarse y cubriendo Isabel bajo su manto de hada madrina aquel amor divino que tenía encantados a los muchachos, Isabel se las arregló para mantenerlos solos y juntos lejos de la atención de los hombres, siempre tan gruñones, siempre tan beatos.

Su esposo Zacarías por su parte se apropió de la compañía del abuelo Matán y empleó el arsenal de la inteligencia sin medida que su Dios le había dado para sacarle al padre de Jacob el nombre del hijo de Zorobabel del que procedía su linaje.

Al pronunciarle aquellas cinco letras, A-B-I-U-D, Zacarías sintió que las fuerzas le traicionaban.

Simeón el Joven, a su lado, le leyó en los ojos la emoción que casi lo tiró al suelo.

“¿De qué te extrañas, hombre de Dios?”, le respondió Isabel al oírle repetirle aquéllas cinco letras: A-B-I-U-D. “¿No te ha dado tu Dios pruebas suficientes de estar Él en persona al mando de tus movimientos? Yo te diré algo más. He visto a la hija de Salomón en las entrañas de tu sobrina Ana”.

El regreso a Nazaret fue duro para Jacob. Por primera vez en su vida comenzaba a descubrir Jacob el misterio del amor. La felicidad extrema y la agonía total en el mismo lote. ¿Eso es el amor? No sabía si echarse a llorar de alegría o de pena. ¿No sería por esto que Dios hizo al hombre y a la mujer para no separarse, porque si se separan se mueren? Si ya antes de la costilla de la soledad su dolor se disfrazaba de poeta y pintaba sobre el firmamento azul el rostro de su princesa, ahora que la había visto en carne y hueso aquellos versos se habían metamorfoseado, empezaban a abandonar su crisálida y, la verdad, dolía. Tanto que ya empezaba a no saber si no hubiera sido mejor que se hubiese mantenido entre albas y rocíos de primavera. Ahora que la había visto, que había saboreado de sus ojos el perfume de sus sonrisas, sensaciones que nunca imaginó se le habían colado en la médula y le hacían vibrar de pena y felicidad los huesos. Ay la costilla de Adán. Según cabalgaban las distancias el abuelo Matán miraba a su hijo extrañado de su silencio y de sus suspiros. De toda la vida su Jacob fue un conversador nato, extrovertido y campechano. Pero desde que habían salido de Jerusalén, y ya se habían recorrido toda la Samaria, su hijo no había trasgredido una sola de las reglas de los monosílabos.

“¿Te pasa algo, Jacob?”.

“Nada, padre”.

“Parece que va a llover, hijo”.

“Sí”.

“Pronto habrá que plantar las habas”.

“Claro”.

El Doctor de la Ley tampoco estuvo muy hablador. Se limitó a dejarse llevar y hablar lo justo. ¿El regreso al trabajo de cuando fue ocasión de celebración y de alegrías? Así que no había que darle más importancia.

La cuestión es cuánto tiempo tardaría el abuelo Matán en descubrir el mal de amores de su hijo. ¿Y cuánto el propio Cleofás? El abuelo Matán tardó poco en llegar al meollo de la cuestión. Jacob intentó darle largas a su padre. Había sido todo tan repentino, casi como una alucinación. ¿Por cuánto tiempo todavía se negaría a sí mismo pedirle a su padre que le solicitara a Cleofás su hija por esposa? Más lo pensaba más se maravillaba. De todas formas aunque Jacob se callara el abuelo Matán ya se lo estaba figurando. En Jerusalén había ocurrido algo que había cambiado a su hijo de aquella manera tan rotunda, rápida y trascendente. ¿Qué otra cosa podía ser sino la hija de Cleofás?

Cuando al cabo del tiempo Cleofás anunció su deseo de bajar a Jerusalén y su hijo Jacob se le ofreció espontáneamente a acompañarle, no fuera que algún bandido quisiera aprovecharse de aquél viajero solitario, al padre de Jacob ya no le cupo ninguna duda. Su hijo estaba perdidamente enamorado de la hija de Cleofás.

Cleofás, por el contrario, no se enteraba de nada. Aceptó el hombre encantado el ofrecimiento de Jacob. Dios sabe qué hubiera pasado si Cleofás hubiera estado al corriente de la historia de amor entre su hija y el hijo de Matán. El hombre era tan clásico que no le cabía en la cabeza el matrimonio de una hija de la clase alta de Jerusalén con el hijo de un campesino de la Galilea, por muy terrateniente que fuera el novio. Y allá que se dejó acompañar.

En Jerusalén, entre lágrimas de impaciencia que la tita Isabel recogía en manos muertas de risa, su hija Ana esperaba el día de ver aparecer a su príncipe azul.

Pues que conocía a su cuñado como si lo hubiera parido Isabel cogió a Jacob y se lo llevó para su casa. Mataba así dos pájaros de un tiro. Zacarías tendría al Hijo de Abiud para sí solo, y de camino los dos muchachos tendrían todo el tiempo del mundo para prometerse una vez más en amores eternos. A su tiempo ya se enteraría su cuñado de qué iba la cosa. Según Isabel aquello era cosa del Señor y ay ay si se le ocurría a su cuñado meterse por medio.

Ajenos a los prejuicios de clase y a los intereses sociales de los adultos, Jacob y Ana se escribieron versos de Sarón entre lirios de promesas enormes como pirámides y resplandecientes como estrellas a la luz de los ojos del hada madrina que Dios les había suscitado. Y se despidieron con la promesa de la próxima vez venir él acompañado de su padre, y en sus manos la dote por las vírgenes.

Regresados Cleofás y Jacob a Nazaret el muchacho le expuso a su padre su deseo. Su padre contuvo su corazón rogándole que esperara a que Cleofás terminara su trabajo. Entonces él en persona bajaría a Jerusalén para pedirle su hija por yerna.

Jacob aceptó la sugerencia de su padre.

Cleofás, en efecto, acabó su trabajo, se despidió de los nazarenos y regresó a su vida de siempre. Al poco de haberse instalado en Jerusalén recibió una sorpresa, la visita de Matán.

“Matán, hombre, ¿qué pasa?”.

“Ya ves, Cleofás, obligaciones de padre me traen a tu casa”.

“Tú dirás”.

El padre de Jacob le contó todo lo que había. Su hijo quería por mujer a su hija y venía como consuegro con la dote por las vírgenes en la mano.

Cleofás escuchó en silencio. Acabado lo que le traía a Matán a su casa siguió sin habla. Era la típica sorpresa que se apodera del que siempre se entera de la película el último; lo tenía alucinado. En estos casos después de la sorpresa viene el clásico estallido de cólera.

La llama se enciende en el cerebro: ¿Su hija se había jurado en amor a Jacob? ¿Y cuándo había sucedido eso? ¿Y cómo se había atrevido a entregarse a un hombre sin contar con la voluntad y bendición de su padre? Y se acaba echando por la boca el fuego.

Ana, la criatura interesada, aunque no es de buena educación, escuchaba detrás de la puerta con el corazón en un puño. Sus dedos se morían por hacerle al Sí de su padre un altar en el rincón más hermoso de su alma. Su “suegro” le dedicó una mirada tan cálida al pasar que ya se daba por casada y se sentía volar en alas de la felicidad más completa hacia el tálamo de sus nupcias.

Mordiéndose los labios estaba la criatura cuando su padre abrió la boca.

“¿Y eso cómo podrá ser, mi buen Matán, si mi hija ya está prometida a otro hombre?”.

Cleofás estaba mintiendo. Una mentira inocente para no pasar por el que apuñala al hombre al que hasta ayer le profesaba una amistad eterna.

Dios santo, por evitarle la puñalada al amigo le hincaba hasta el puño la daga a su propia hija. La criatura se dejó caer pared abajo con el corazón atravesado de lado a lado. Sin fuerzas para salir corriendo y tirarse por las murallas Ana aguantó el resto.

“Lo siento, pero la pretensión de tu hijo es un imposible fuera del poder de mis manos”, concluyó su padre.

El abuelo Matán se quedó todo silencioso. En un abrir y cerrar de ojos la luz se hizo en su cerebro. Por sus barbas que Cleofás le estaba mintiendo. Para él que lo que de verdad allí se estaban cruzando espadas era la negación de Cleofás a aceptar su palabra sobre el origen davídico de su Casa. De haber sido verdad el compromiso con un novio desconocido el abuelo Matán hubiera aceptado el no sin sentir cómo la adrenalina le estaban quemando las entrañas. Pero no, el santo e inmaculado siervo de Dios que acogiera en su casa, rindiéndole los honores como si de su Señor se tratara, se estaba quitando la máscara. ¿Casarse su hija con un campesino, y de la Galilea para más desgracia?

A Cleofás le hubiera valido más soltarle a la cara lo que pensaba. La verdad era que él no se había tragado nunca el cuento sobre el supuesto linaje davídico de Jacob. Mientras estuvo en Nazaret como no le iba ni le venía se limitó a darle largas. Si lo era o no lo era no era de su incumbencia. Ahora que le pedía su hija para su hijo ya no tenía por qué seguir jugando al hipócrita.

“Es mi última palabra”, cerró Cleofás la discusión.

“Yo te daré la mía”, se arrancó el padre de Jacob. “Antes caso a mi hijo con una cerda que con la hija de un aventajado hijo de los asesinos que viven de la sangre de sus hermanos al precio de la destrucción de su pueblo”.

Señor, si ya estaba la criatura herida de muerte, las palabras del padre de su Jacob remataron su alma. Ana salió corriendo de su casa, y recorrió las calles de Jerusalén dejando atrás un río de lágrimas rotas. Como pudo dio con la casa de su tita Isabel. Entró y se echó en sus brazos dispuesta a morirse para siempre.

Mientras Isabel intentaba cerrar las llaves de aquél diluvio el abuelo Matán montaba en su caballo y arreaba al galope tendido Samaria arriba. Llegado a Nazaret todavía le hervía la sangre. Su hijo Jacob se quedó como muerto al oír sus palabras: “Antes te casas con una cerda que con la hija de Cleofás”. Era su última palabra.

 

20

Nacimiento de María

 

¡Qué tontos son los hombres, Señor! Te buscan, y cuando te encuentran con palabras afiladas como cuchillos se maldicen a sí mismos porque Tú les hablas. Como quien encontró lo que estaba buscando y se arrepiente de haberlo encontrado porque había estado esperando otra cosa, los hombres convierten sus palabras en espadas y lanzas, se afean los rostros con pinturas de guerra y odiando el infierno se matan entre ellos creyendo matar al mismísimo Diablo ¡Una palanca para mover el universo!, dice uno. ¡Mi reino por un caballo!, clama el vecino creyendo escribir en los muros del tiempo palabras de sabiduría dorada.

¿Cuándo aprenderán a ser libres con la libertad del que tiene por delante el infinito? Es la existencia del hombre la de la mariposa que vuela veinticuatro horas y al llegar el ocaso del día entrega su cuerpo al barro del que viniera a la vida, pero a diferencia de la ingrávida criatura en esas veinticuatro horas el hombre transforma ese precioso corto día en un infierno de monstruosidades. ¿Por qué le diste boca a la piedra? ¿A qué darle brazos a quien su imaginación sólo le alcanza para hacer de sus frágiles dedos armas de destrucción? ¿Qué te movió a elevar sus cerebros sobre el de las aves que sólo piden para sus alas un trozo de cielo?

Ay, el alma de Jacob. Ay cómo lloraba el hijo de Matán de Nazaret su desgracia. Entre los mismos olivares a los que un día la paloma de Noé le arrancó a Dios la promesa de eternidad sin vuelta, a los pies del tronco donde moriría un día no muy lejano el hijo de Matán derramaba aquel corazón rebosante de aquella alegría que no le cabía entre pecho y espalda. Toda la vida soñando con ella y ahora que sus manos habían tocado la carne de sus sueños era arrojada su costilla al fuego.

“Vanidad y más vanidad, todo es vanidad” escribió en un muro sagrado Cohelet el sabio. ¿Huelga creer que cuando escribió eso el hombre no debía andar muy enamorado?

Ay, el corazón de Ana. ¿Lloran los ojos sangre? ¿Recorren las venas puro agua? ¿Qué misterio tan recóndito forjó Dios cuando concibió dos personas para ser una sola? ¿Por qué no hizo al macho y a la hembra humana acorde a la naturaleza de las bestias? Se aparean a la voz de mando de los instintos y se separan sin pena. ¿Por qué tuvo el Señor que hacer surgir de las brumas de los instintos la llama de la soledad asesina contra la que nació sin protección Adán en su paraíso? Con lo fácil que le hubiera sido al Eterno hacer al hombre a la imagen y semejanza de las máquinas… Se programa al bicho, se le suelta libre en su zoológico sideral, se mueven los cielos en sus constelaciones y al ritmo que marcan sus coordenadas el bicho se aparea y se reproduce en plan plaga. ¿Por qué sustituir un programa infalible, como vemos en el mundo natural, por un código de libertad? Llega la primavera y las criaturas se aparean y multiplican con tranquilidad pero sin pausa. Mientras el instinto llama a filas el ser humano se planta y le responde con una sola palabra. Amor la llaman.

¿Y sin embargo una vez gustado el fruto de ese código quién es el que mira para atrás? Sexo llaman al Amor los bestias, las bestias llaman al sexo por su nombre. ¿O cuando el sexo muere el Amor no vive? ¿O sin sexo no hay Amor? Contra la opinión de tales expertos los demás sabemos que el Amor existe con independencia del acto reproductor de las especies. Y porque existe hiere al que lo quiere y no lo tiene. Ayer como hoy y siempre, donde haya amor habrá dolor.

El abuelo Matán cerró sus oídos a las lamentaciones de su hijo. No quería volver a oir el nombre de Cleofás ni en sueños. Para él el asunto había quedado zanjado definitivamente. Ya podía su heredero buscarse mujer entre los bárbaros si en su despecho lo quería; él no diría palabra en contra, pero por Dios y sus profetas que antes lo desheredaba que sufrir de nuevo una humillación tan grande.

Al contrario que Matán, una vez calmadas las aguas, la Señora Isabel sacó la vara de su genio, se fue a por su cuñado y la dejó caer sobre sus espaldas con estas palabras: “Necio, devorador de tu hija, ¿a qué juegas? ¿Te interpones entre Dios y sus planes invocando tu condición de siervo? ¿Contra tu Señor te rebelas conjurándole a dejar en paz tu casa? Yo te digo como hay cielo y hay tierra que mi niña se casará con el Hijo de Abiud de aquí a un año contando desde esta fecha”.

Ufff, si Cleofás se creyó que había pasado la tormenta fue porque todavía no había recibido la visita de Zacarías. Su cuñada tronó, su cuñado soltaría sobre él rayos y truenos.

Pero no con palabras de cólera ni con palabras de ira. Zacarías comprendió que parte de la culpa de lo sucedido era suya. Tal como estaban las cosas ya no podía seguir manteniendo a su cuñado al margen de la Doctrina del Alfa y la Omega. Lo sentó y se lo contó todo.

El Hijo de Resa, hijo de Zorobabel, vivía en Belén. Era un niño, y se llamaba José.

El Hijo de Abiud, el otro hijo de Zorobabel, ya lo conocía él, era Jacob. La esperanza que se les había metido en el alma a todos ellos era que la Hija de Salomón nacería del matrimonio de Jacob y Ana. Así Dios lo había dispuesto, y aunque sólo era una esperanza ellos apostaban sus vidas a que así sería. Esos dos niños se casarían, y de ellos nacería el Hijo de David, el hijo de Eva por el que todos los hijos de Abraham llevaban suspirando milenios.

En cuanto a la legitimidad genealógica de Jacob, de la que a él no le cabía ninguna duda, muy pronto tendrían la prueba.

Por razones de prudencia impuso Isabel su decisión de ser ella la encargada de arreglar la situación. Matán se desarmaría antes frente a una mujer que si era otro de Jerusalén quien subía a exigirle que depusiera su actitud. También porque el viaje inesperado de uno de ellos podría alertar sospechas en la Corte del rey Herodes, mientras que si iba ella nadie la echaría de menos. Y así se hizo. Isabel se presentó en Nazaret, se dirigió directa al Cigüeñal. Al verla el padre de Jacob se quedó sin habla.

¿Qué quería ahora aquella señora?

Muy sencillo. Presentarle los respetos al Hijo de Abiud. En nombre de toda su casa, incluyendo a su cuñado, venía a pedirle por esposo para su sobrina Ana a su hijo Jacob. Y de camino ella había subido desde Jerusalén a Nazaret a descubrirle al Hijo de Abiud la Doctrina del Alfa y la Omega.

El abuelo Matán escuchó maravillado la sucesión de los acontecimientos vividos por Zacarías y su Saga. Al término del relato el abuelo Matán bajó la cabeza, asintió con la mirada y le pidió que lo esperara unos momentos.

Regresó enseguida trayendo en la mano un rollo genealógico envuelto en pieles tan antiguas como la primera mañana que extendió sobre los océanos su alba. Isabel sintió por su espina dorsal la misma sensación que en su día viviera Simeón el Joven. Al corriente del encuentro de la Casa de Resa, el abuelo Matán desplegó la Lista de San Mateo sobre la mesa.

El mismo metal, el mismo sello, los mismos caracteres, sólo cambiaban los nombres.

“Matán, hijo de Eleazar. Eleazar, hijo de Eliud. Eliud, hijo de Aquim. Aquim, hijo de Sadoc. Sadoc, hijo de Eliacim. Eliacim, hijo de Abiud. Abiud, hijo de Zorobabel”.

Isabel no pudo impedir que el aliento se le cortase al filo de los labios. Aun cuando intentara mantener la calma sus ojos bailaban de alegría sobre la línea que los hijos de Abiud habían trazado por los siglos.

Después leyó la lista de los reyes de Judá desde el último a Salomón.

“Y a todo esto, ¿dónde está tu Jacob?”, le soltó Isabel al término de la lectura.

Aquella mujer era puro genio. Jacob pegó un bote de alegría al ver a su hada madrina. El brillo en los ojos de Isabel le reveló el cambio en el ánimo de su padre. El resto ya os lo podéis imaginar. Matán y su hijo acompañaron a Isabel de vuelta a Jerusalén, trayendo con ellos la joya de la Casa de los hijos de Abiud, la dote por las vírgenes y los términos del contrato matrimonial.

Cleofás vio con sus ojos lo que nunca pidió ver durante el tiempo que estuvo alojado en el Cigüeñal. Al igual que su cuñado Zacarías, testigo del encuentro, Cleofás se maravilló viendo el rollo gemelo del otro en poder del padre de José. Pero si los presentes creyeron que las sorpresas habían acabado por ese día, se equivocaron. Los términos del contrato matrimonial los dejaron atónitos. Eran los siguientes:

Primero: La propiedad del Hijo de Abiud, en este caso, Jacob, era intraspasable. ¿Qué quería decir esto? En caso de muerte de Jacob su herencia pasaría directamente a su primogénito, fuera macho o hembra el primer fruto de la pareja.

Segundo: Dado el caso de viudedad, la viuda nunca podría vender ni parcial ni en su totalidad la propiedad del heredero de Jacob. La dicha heredad, el Cigüeñal y todas sus tierras, le sería reservada a su heredero hasta que cumpliese su mayoría de edad. ¿Qué quería decir esto? Que la casa de la viuda no tendría ningún derecho sobre la herencia de Jacob.

Tercero: En caso de volverse a casar la viuda de Jacob los hijos de este nuevo matrimonio no tendrían parte en la heredad del difunto.

Cuarto: En caso de no tener descendencia la pareja, la heredad de Jacob pasaría directamente a los hijos de Matán. La viuda de Jacob viviría en la casa de su difunto hasta su muerte sin embargo.

Quinto: En caso de ser hembra el heredero de Jacob ésta heredaría el legado mesiánico de su padre, que a su vez legaría a su heredero. Si se daba el caso, como había venido sucediendo en ocasiones anteriores, que a una hembra le sucedía otra, la sucesión mesiánica pasaría de Jacob al próximo heredero varón que viniera al caso. Digamos que si a Jacob le sucedía una hembra sólo a ésta y no a su viuda le correspondería entregar su herencia a su elegido. Cualquier traspaso de la herencia de Jacob a una casa unida a sus descendientes por lazos matrimoniales no tendría en este caso validez. La herencia pasaría de madre a hija hasta que se pusiese al frente de la Casa de Abiud un varón, cuyo nombre sería el que figuraría tras el de Jacob.

De esta forma fue cómo José pasó a seguir a Jacob, reuniendo en su mano la jefatura de ambas Casas, la de su padre y la de su difunto suegro. Herencia unificada que legaría a su primogénito, el Hijo de María.

Los términos de este contrato levantaron entre los presentes una sonrisa de admiración. En naturaleza sucesoria tan atípica dentro de las tradiciones patriarcales judías tenía su explicación la ausencia de generaciones en la Lista de la Casa de Abiud. Gracias a esta fórmula tan sui géneris la Casa de Abiud había mantenido la propiedad en su extensión original y seguía asegurándose que así fuera.

Firmado el contrato por los consuegros al año se celebró la boda, y al término de los tiempos naturales el matrimonio trajo al mundo una niña. En memoria de su madre Jacob la llamó María.

“¿No te dije, hombre de Dios, que vi a la Hija de Salomón en las entrañas de mi niña?”, envuelta en una felicidad divina le dijo Isabel a su marido.

 

Quinta Parte - Juventud,

Muerte y Resurrección del Mesías