LIBRO PRIMERO EL CORAZÓN DE MARÍA

 

CAPÍTULO SEGUNDO - EL ALFA Y LA OMEGA

 

 

Tercera Parte

Genealogía de José, hijo de Helí, Hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de David

 

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La Saga de los Precursores

 

Tras la muerte del Asmoneo, después de la regencia de la reina Alejandra, mientras Hircano II ocupaba su puesto de sumo sacerdote, después de la guerra civil contra su hermano Aristóbulo II, suscitó Dios el espíritu de inteligencia en Zacarías, hijo de Abías.

Llamado al sacerdocio por ser el hijo de Abías, Zacarías enfocó su carrera en la administración del Templo hacia el área de Historia y Genealogía de las familias de Israel. Confidente de su padre, con quien Zacarías compartía su celo por la venida del Mesías, mientras su padre y su socio el Babilonio dirigieron la búsqueda del heredero de la Corona de Judá, Zacarías concibió en su inteligencia abrir los archivos del Templo. Cuando el fracaso de la búsqueda de los legítimos herederos de Zorobabel fue un hecho consumado, Zacarías se juró que no descansaría hasta poner patas arriba las estanterías, y ¡por Yavé!, que no pararía hasta dar con la pista que le condujese a la casa del heredero vivo de Salomón.

El templo de Jerusalén cumplía todas las funciones de un Estado. Sus funcionarios actuaban como una burocracia paralela a la de la propia Corte. Registro de nacimientos, sueldos de sus empleados, contabilidad de sus ingresos, Escuela de Doctores de la Ley, todo este engranaje funcionaba como un organismo autónomo. Los puestos de poder eran hereditarios. También dependían de las influencias de cada aspirante. Como aspirante, el aspirante Zacarías tendría a su favor las tres fuerzas clásicas con las cuales cualquiera hubiera podido llegar a lo más alto.

Contaba con la jefatura espiritual de su padre. Contaba con la influencia y el apoyo total de uno de los hombres más influyentes dentro y fuera del Sanedrín, Simeón el Babilonio, el Semayas de las fuentes tradicionales judías. En éstas a Abías se le llama Abtalión, una deformación del original hebreo, con cuya perversión de las fuentes hebreas el historiador judío pretendió ocultar a los ojos del futuro las conexiones mesiánicas entre las generaciones anteriores al Nacimiento y el propio Cristianismo. Y sobre todo y lo más importante, Zacarías contaba con el espíritu de inteligencia que su Dios le había dado para llevar a buen término su empresa.

Al mando Dios de la saga de los restauradores que lideraran Abías y Simeón el Babilonio, cuyos nombres -he dicho- fueron pervertidos por los historiadores judíos postreros con el fin de enraizar el origen del cristianismo en la mente de un loco, volvió Dios a repetir el juego que se diera entre sus dos siervos suscitando en el hijo de Simeón el espíritu precursor que engendrara en el hijo de su socio.

Habiéndole negado a los padres la victoria, porque la gloria del triunfo se la había reservado a sus hijos, mayor el de Abías que el de Simeón, quiso Dios en su Omnisciencia que el hijo de Simeón, Simeón como su padre, tuviese por maestro al hijo de Abías, cerrando la amistad que entre ellos ya existía con lazos que siempre perduran.

También, como su padre, Simeón el Joven parecía nacido para disfrutar de una existencia cómoda y feliz, lejos de las preocupaciones espirituales del hijo de Abías.

Astilla de tal palo, Simeón el Joven unió su futuro al de Zacarías poniendo a su servicio la fortuna que heredaría de su padre.

Muy tonto debía ser un hombre -hablando de Zacarías- para apoyado en tales poderes fracasar en su intento de elevarse a la pirámide de la burocracia templaria y alzarse en la cumbre como Director de los Archivos Históricos y Genealogo Mayor del Estado Teocrático en que, tras la conquista de Judá por Pompeyo el Grande, quedó convertido el antiguo reino de los Asmoneos. Esta incapacidad superada por la inteligencia sin medida que le diera su Dios para abrirse camino, Zacarías llegó a la cima y plantó su bandera en la cúspide más elevada de la estructura del Templo.

Los tiempos de todos modos eran difíciles. Las guerras civiles asolaban el mundo. El horror se instauró por norma. Gracias a Dios el fracaso de Simeón y Abías se cerró con un final feliz compensatorio.

Tras la muerte de la reina Alejandra pasó lo que ya se vio venir desde hacía mucho. Aristóbulo II reclamó para sí la corona, se enfrentó en el campo de batalla a su hermano Hircano II y se llevó la victoria. Pero si soñó con legalizar su golpe de Estado no tardó en ver su equivocación.

El mundo no estaba ya para regresos a los días de su padre. Los propios saduceos se negaban ya a perder las prerrogativas que el Sanedrín les había conferido. Ni a saduceos ni a fariseos les convenía una vuelta al status quo anterior a la inauguración del Sanedrín. Obviamente a los fariseos menos que a los saduceos. Así que se convino en hacer entrar en escena al padre del futuro rey Herodes, palestino de nacimiento, judío a la fuerza. Por orden de los fariseos Antípatro contrató al rey de los árabes para expulsar del trono a Aristóbulo II.

La maniobra de cargar el peso de la rebelión sobre los hombros de Hircano II fue una estratagema del Sanedrín para quedar al margen en caso de derrota de las fuerzas contratadas. La guerra en curso la situación se resolvió a favor de Hircano gracias a la presciencia divina, que interpuso entre los hermanos al general romano del momento, en paseo triunfal por las tierras de Asia. Hablamos de Pompeyo el Grande.

Tras conquistar Turquía y Siria el general romano recibió una embajada de los judíos rogándole interviniera en su reino y detuviera la guerra civil a la que las pasiones los habían arrastrado. Estamos en los años sesenta del siglo primero a.C.

Pompeyo aceptó hacer de árbitro entre los dos hermanos. Les ordenó que se presentasen inmediatamente a rendirle cuenta de las razones por las que se estaban matando. ¿Quién era Caín, quién era Abel?

Pompeyo no entró en discusiones de esta naturaleza. Con la autoridad de un master del universo habló palabras de sabiduría y dio a conocer su juicio salomónico sobre el caso. Desde ese día y hasta nueva orden el reino de los judíos quedaba convertido en provincia romana. Hircano II quedaba restablecido en sus funciones de jefe de Estado y Antípatro, padre de Herodes, como jefe de su estado mayor. En cuanto a Aristóbulo debía retirarse a la vida civil y olvidarse de la corona.

Y así se hizo. Después Pompeyo se fue con las águilas romanas a completar su conquista del universo mediterráneo, dejando las campanas doblar en Jerusalén por la solución adoptada, de todas las peores la mejor.

Por aquellos días el dragón de la locura trotó a sus anchas por todos los confines del Mundo Antiguo. Lo venía haciendo desde el alba de los tiempos, pero esta vez, cuando las guerras civiles romanas, más sabio el Diablo por viejo que por genio sus lenguas de fuego crearon hombres más malos que nunca. Al contrario que las otras lenguas que hacían santos, las del Diablo parían monstruos que le vendían su alma al Infierno en aras del efímero poder de la gloria de las armas. Como un Superstar firmando contratos de bodas de sangre con los novios de la Muerte el Príncipe de las Tinieblas firmaba autógrafos todo pancho, esperando en su locura manifiesta obtener de su Creador los aplausos debidos al que le dio a Dios un ultimátum.

El recuento de los muertos en las guerras mundiales romanas nunca fue anotado. El futuro nunca sabrá cuántas almas perecieron bajo las demenciales ruedas del Imperio Romano. Leyendo las crónicas de aquel imperio de las tinieblas en la Tierra uno se atrevería a decir que el propio Diablo había sido contratado como consejero de los Césares. Una vez más la Bestia recorría los confines del orbe ejecutando su voluntad soberana.

En medio de aquellos tiempos sangrientos, cuando hasta un ciego podía ver la imposibilidad de llevarle la contraria al nuevo master del universo, peor aún si el aspirante no pasaba de ser una mosca en el lomo de un elefante, contra toda lógica y sentido común Aristóbulo II pasó del juicio salomónico de Pompeyo el Grande y se declaró en rebelión armada contra el Imperio.

La ambición ilimitada por el poder absoluto no entiende de razas ni de tiempos. La Historia ha visto saltar la liebre más veces de lo que los anales de las naciones modernas pueden recordar. Al parecer el abismo entre el hombre y la bestia es menos peligroso que el salto del hombre a la condición de los hijos de Dios. Y sin embargo quienes le niegan al futuro del hombre lo que le pertenece por derecho de creación ésos son los mismos que luego defienden a fuego y bala la idea de la evolución. No sabemos si con la Duda sobre las intenciones de Dios al crear el Hombre esconde la Ciencia una rebelión abierta contra el estadio final programado en nuestros genes desde los orígenes de las edades históricas. En el fondo se pudiera tratar sólo de una cuestión de orgullo craneal elevado al cuadrado de su potencia. Es decir, no se niega que exista Dios; lo que existe es una negación a vivir una crónica anunciada. Me explico, ¿por qué tenemos que ser objetos pasivos de una historia escrita antes de nacer nosotros? ¿No es mejor ser sujetos activos de una tragedia escrita por el Destino?

Las profundidades de la psicología humana no dejan de sorprender nunca. En las oscuridades de las fosas abisales de la mente criaturas luminiscentes bellas como estrellas en la noche de repente se transforman en dragones monstruosos. Sus flechas de fuego devoran toda paz, violan toda justicia, niegan toda verdad. Y ambicionando el poder de los dioses rebeldes les dan la razón a los que sin creer en la evolución creen cuando afirman que después del hombre hay algo más.

Después de todo no se trata tanto de creer o de no creer sino de elegir entre el ser de la Bestia y el de los hijos de Dios.

A este respecto Aristóbulo II tenía una estructura mental muy típica de su tiempo. O lo tenía todo o no tenía nada. ¿Por qué compartir el Poder? Entre Caín y Abel había elegido el papel de Caín. Y no le había ido nada mal. ¿Por qué venía ahora el romano a robarle el fruto de su victoria?

Mientras a punta de espada Pompeyo el Grande le impuso su voluntad y el mito sobre la invencibilidad del Matador de Piratas mantuvo a raya su pasión, todo le salió bordado al Salvador del Mediterráneo. En cuanto Pompeyo se dio la vuelta al Aristóbulo le salió la vena asmonea y se dedicó a lo que mejor sabía, hacer la guerra.

La forma que él entendía de hacer la guerra al menos sí que la puso en práctica. Por donde quiera que cabalgó se dedicó a dejar la huella. Una granja por aquí otra por allá la Judea iba a recordar al hijo de su padre por mucho tiempo. Fuego, ruina, desolación, ¡que se escriba la historia y lo escrito se quede escrito, si no en los anales de la Historia al menos sí en las espaldas del pueblo!

Debía saber la Serpiente Antigua que el Día de Yavé se acercaba, día de venganza y cólera. El Leviatán en el punto de mira el Infierno redobló el fuego que llevaba dentro y desde el pináculo de su maldita gloria se puso a dirigir el ejército de las tinieblas a su imposible victoria. Hermano contra hermano, reino contra reino. Hasta el todopoderoso Senado Romano tembló de espanto el día que César cruzó su particular mar Rojo. Por culpa del Conquistador de las Galias a quien hacía nada acababa de vérsele aclamado señor de Asia, a ése mismo Pompeyo se le vio cruzando el Mar Grande como una gata para acabar siendo asesinado como un piojo en una playa por orden de un faraón con faldas. Hasta el Egipto llegó persiguiendo a su antiguo socio quien convirtiera un río en una frase para la leyenda, y allí mismo le hubiera enterrado el mismo faraón matador de Pompeyo de no haber providencialmente intervenido en su favor los ejércitos provinciales del Asia, entre cuyos escuadrones la caballería de los judíos destacó en arrojo y valor, dándole la victoria y, lo que es más importante, salvándole la vida. Salvación que le valió a los judíos del Imperio el agradecimiento más libérrimo del César, y recuperó para la nación su fama perdida de guerreros valerosos.

La necesidad que empuja a los poderosos a necesitarse fue la que arrojó al jefe del estado mayor judío en los brazos del nuevo master del universo mediterráneo, ganando el padre de Herodes para el pueblo judío los honores de la gracia, como he dicho, y para él y su casa la amistad de quien es agradecido porque fue bien nacido, la del único e incomparable Julio César. Gracia ésta última que en Jerusalén no cayó tan bien como en los círculos familiares del interesado. Pero que dada la persistencia del hijo del Asmoneo por seguir los pasos de su padre fue respetada como muro de contención. En tales momentos poco o nada creyeron los judíos que debían temer de la carrera fulgurante hacia el poder del cachorro Herodes. ¿Ni cuando Herodes demostrara valor sobrado para desmantelar las fuerzas de los bandoleros galileos y sentenciarlos a muerte saltándose las leyes del Senado de los Judíos? Aprovechando su condición de lugarteniente de las fuerzas del Norte, Herodes apresó a los bandoleros, desmanteló sus bases y condenó a muerte a sus cabecillas. Nada inusual si se hubiera tratado de un jefe judío. El problema era que al atribuirse las funciones del Sanedrín -juzgar y sentenciar a muerte- la ambición personal de Herodes quedó al descubierto y obligaba al Sanedrín a cortarles las alas estando aún a tiempo. El asunto de juzgar al cachorro idumeo era complejo en razón de quien era su padrino, el César en persona. La cuestión era que si no le cortaban las alas nadie podría detener su carrera fulgurante hacia el trono. Simeón el Babilonio y Abías expusieron este argumento ante los demás miembros del tribunal que se reunió a juzgar a Herodes. ¿Se habían librado de la usurpación del trono de David por un judío de nacimiento para ver cómo ponía en él su trasero un palestino? Sin miedo al cachorro idumeo Simeón el Babilonio expuso su sentencia ante todos: O lo condenaban a muerte ahora que lo tenían a merced o se arrepentirían de su cobardía el día que el hijo de Antípatro se sentara en el trono de Jerusalén. Herodes se volvió para mirar a aquél anciano que le estaba profetizando a la luz del día lo que en sus sueños había visto tantas veces. Admirado por hallar entre aquéllos cobardes un valiente juró allí, en presencia de todos sus jueces, que el día que se ciñera la corona los pasaría a cuchillo a todos. A todos excepto al único hombre que se había atrevido a decirle en la cara lo que sentía. Cuando Herodes fue rey esa fue la primera medida que tomó. Excepto a su profeta particular decapitó a todos los miembros del Sanedrín.

 

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La Genealogía de Jesús según San Lucas

 

En medio de aquéllos días de horrores sangrientos la Naturaleza desafió al Infierno inundando de belleza la tierra. Fue de verdad una época de mujeres hermosas. Al servicio de su Señor la Naturaleza concibió una mujer de una belleza extraordinaria, y le dio un nombre. La llamó Isabel. Era Isabel hija de una de las familias sacerdotales de la clase alta de Jerusalén. Sus padres pertenecían a una de las veinticuatro familias herederas de los 24 turnos del Templo. Clientes sus padres de la casa de los Simeones, la extraordinaria belleza de aquella muchacha le abrió las puertas del corazón de Simeón el Joven, con quien vino a criarse como si de una hermana se tratara. Los padres de Isabel no podían ver más que con buenos ojos la relación que los muchachos se traían. Pensando en la posibilidad de un matrimonio futuro sus padres le concedieron a Isabel una libertad por regla general negada a las hijas de Aarón. ¿Había algo que más pudiera llenar de orgullo el corazón de aquéllos padres que su hija mayor llegara a ser la señora del heredero de una de las fortunas más grandes de Jerusalén? No era ya sólo una cuestión de riqueza, también estaba la protección que Herodes había extendido sobre los Simeones. La muerte de los miembros principales del Sanedrín tras su coronación dejó a los Simeones en una posición privilegiada. De hecho la de los Simeones fue la única fortuna que el rey no confiscó. Si Isabel impusiera su belleza al joven Simeón, ¡ufff!, más de lo que nunca hubieran podido sus padres soñar. Esta posibilidad secreta en mente, que cada año parecía hacerse más real en razón de la inteligencia con la que la Sabiduría había enriquecido lo que la Naturaleza vistiera de tantas dotes, los padres de Isabel la dejaron cruzar aquella delgada frontera al otro lado de la cual la mujer hebrea quedaba libre para elegir esposo.

Lo normal en las castas judías era cerrar el contrato de bodas de las hembras aarónicas antes de llegar a esa peligrosa edad, alcanzada la cual por ley a la mujer no se la podía obligar a aceptar la autoridad paterna como si se tratase de la voluntad de Dios. Convencidos de la irresistible influencia de la belleza de Isabel sobre el joven Simeón sus padres corrieron el riesgo de dejarla cruzar esa frontera. Ella la cruzó encantada, y él fue su cómplice. Simeón le siguió el juego a aquella alma gemela que la vida le había dado. Educado él mismo para disfrutar de una libertad privilegiada, para cuando los padres de Isabel llegaran a darse cuenta de la verdad ya sería demasiado tarde. Isabel habría cruzado para ese entonces esa frontera y ya nada ni nadie en el mundo podría impedirle casarse con el hombre al que amaba más que a su vida, más que a las murallas de Jerusalén, más que a las estrellas del cielo infinito, más que a los propios ángeles. El día que sus padres comprendieron quién era el elegido de Isabel ese día sus padres pusieron el grito en el cielo. 

El problema del hombre al que Isabel amaba de aquella forma tan superior a los intereses familiares era simple. Le había dado Isabel su corazón al joven más cabezón de toda Jerusalén. En realidad nadie apostaba nada por la vida del hijo de Abías. Se le había metido en la cabeza a Zacarías entrar en el Templo y expulsar a todos los vendedores de genealogías y traficantes de documentos de nacimiento al por mayor. Alucinados por lo que creían un ataque frontal a sus bolsillos fueron muchos los que se juraron acabar con su carrera al precio que fuese. Pero ni las amenazas ni las maldiciones lograron asustar a Zacarías. En esto todos reconocían que el hijo era el replay de su padre. ¿No fue su padre el único hombre en todo el reino capaz de plantarse delante del Asmoneo en sus mejores días, cortarle el paso y profetizarle a la cara un volcán de desgracias? ¿Qué se podía esperar de su hijo, que fuera un cobarde? De todos modos ¿por qué no dirigía Zacarías su cruzada hacia otra parte? ¿Por qué se le había metido en la cabeza centrar su cruzada contra el negocio floreciente de la compraventa de documentos genealógicos y registros falsos de nacimiento? ¿Qué daño le hacían a nadie emitiendo aquellos documentos? Los interesados venían desde la propia Italia dispuestos a pagar cuanto le pidieran por un simple trozo de papiro firmado y sellado por el Templo. ¿A qué venía esa obcecación del hijo de Abías? ¿Por qué no se dedicaba a disfrutar de la vida como cualquier hijo de vecino? ¿Acaso se divertía cortándole el rollo a todo el mundo? Bueno, pero antes de seguir entremos en la mente de Zacarías y en las circunstancias contra las que se alzó.

He dicho que Zacarías, hijo de Abías, y Simeón el Joven, hijo de Simeón el Babilonio, recogieron el testigo de la búsqueda del Heredero vivo de Salomón. Dadas todas las circunstancias establecidas en los capítulos anteriores se comprende que el secreto fuera la condición sine qua non que había de conducirlos al extremo del hilo. Nadie debía saber cuál era la meta en mente. Si a los Asmoneos la sola idea de la restauración davídica les puso los pelos de punta, a la menor sospecha de las intenciones de los hijos de sus protegidos, el Semayas y el Abtalión de los escritos oficiales judíos, Simeón y Abías para nosotros, el rey Herodes se cargaría en el día a todos los hijos de David. Luego estaban los clásicos piratas que estarían encantados de denunciar a sus hijos, nuestros Simeón y Zacarías. Herodes recompensaría la denuncia por traición a la corona con honores miles. Y de paso eliminarían de la escena al cruzado solitario con el que no se podía llegar a acuerdo alguno. Así que, conociendo el mar de peligros sobre cuyas olas navegaba, Zacarías no abría su mente a nadie en el mundo. Ni a la propia Isabel, la mujer con la que él era consciente que se casaría a pesar de la voluntad de sus futuros suegros. Era natural que de todos los hombres de Jerusalén no hubiera otro que contara con más protección que el hijo de Abías. Entremos ahora en las causas de aquella corrupción generalizada en cuyos brazos se lanzaron los funcionarios del Templo.

En agradecimiento a su salvación por la caballería judía -como he dicho antes- Julio César le concedió a la Judea privilegios fiscales y liberación para sus ciudadanos del servicio de las armas. El César ignoraba la compleja extensión del mundo judío. Astutos como nadie, los judíos de todo su Imperio se aprovecharon de su ignorancia para beneficiarse de los privilegios concedidos a los ciudadanos de la Judea. Pero para beneficiarse de tales privilegios estaban obligados a presentar los pertinentes documentos. Todo lo que debían hacer era ir a Jerusalén, pagar una suma de dinero y hacerse con los mismos. ¿Era para ponerse en el plan que se puso el hijo de Abías? ¿Acaso Zacarías no amaba a sus hermanos en Abraham? ¿Por qué se oponía? ¿Qué le iba a él en todo ello? Las arcas del Templo se estaban llenando. ¿No le interesaba a él, como sacerdote y judío de nacimiento, la prosperidad de su pueblo? La enemistad creciente contra Zacarías procedía del hecho de su imparable ascensión, que, en breve, de no cortarle el paso nadie, lo conduciría a la cúspide de la dirección de los Archivos Históricos y Genealógicos, de la cual dependía la expedición de los susodichos documentos. Hombre, razones había para que el hijo de Abías hiciera la vista gorda y se aprovechara de la ocasión para enriquecerse, y de camino compartir con todos la prosperidad que el cielo les había regalado después de tantos males pasados, razones sí había. Pero no, el hijo de Abías decía que él no se casaba con la corrupción. Tenía la cabeza dura como una piedra. Para colmo de males la protección con la que contaba no les dejaba a sus enemigos otra salida que intentar frenar su carrera por todos los medios. Así que por mucho que adorase al hombre de su vida la propia Isabel se preguntaba a qué venía aquella cruzada de su amado. Si ella le sacaba el tema él se dedicaba a darle largas, miraba para otra parte, cambiaba de rollo y la dejaba con la palabra en la boca. ¿Es que no la quería? Simeón el Joven se reía de aquellos dos amantes imposibles. Risa que Isabel cogió y como que ella era hija de Aarón y tenía a la Naturaleza de su parte que su amigo del alma le iba a descubrir qué misterio se traían los dos entre manos. Simeón el Joven le dio largas al principio. Lo último que quería era poner en peligro la vida de Isabel. Al final tuvo que abrirle el corazón y descubrirle la verdad. ¿Un judío de cualquier parte del Imperio que desease registrarse como ciudadano de la Judea a qué familia se emparentaría y en qué ciudad pediría ser registrado como nativo? La respuesta era tan obvia que Isabel comprendió al instante.

“En Belén de Judá y al rey David”.

Difícil que de por sí ya le era al Genealogo Mayor del Reino avanzar entre montañas de documentos, encima esta avalancha de hijos de David que de repente le estaban saliendo al legendario rey por todas partes.

“Luego estáis buscando al heredero de Salomón”, le respondió Isabel a Simeón. “¡Qué bonito!” Simeón se rió con ganas de su ocurrencia. A Zacarías no le resultó tan gracioso que su socio le descubriera a Isabel la verdad. Hecho el daño había que tirar para adelante y confiar en la prudencia femenina. Confianza que Isabel jamás defraudó.

El mismo Espíritu que detiene el avance de los guerreros y les niega el paso a las metas por Él reservadas para los que les seguirán, ese mismo Dios es quien ordena los tiempos y mueve sobre el escenario a los actores para quien reservara la victoria que les negara a los que les abrieron camino. Contra todos los malos presagios que les desearon sus enemigos Zacarías alcanzó la cúspide de la dirección de los Archivos del Templo. También se casó con la compañera para él elegida por el destino. Cuando hallaron que no podían tener hijos se oyó decir: “Castigo de Dios”, por haberse rebelado ella contra la voluntad de sus padres, pero ellos se consolaron amándose con toda la fuerza de la que el corazón humano es capaz. A la pena de hallarse estériles se le sumó el fracaso de su búsqueda.

 

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El Nacimiento de José

 

Zacarías se pasó años revolviendo las montañas de documentos genealógicos, ordenando rollo por rollo histórico tras la pista que debía conducirle al último heredero vivo de la corona de Salomón. No se volvió loco porque su inteligencia era más fuerte que la desesperación que se apoderó de su mente, y, cómo no, porque el Espíritu de su Dios le sonreía en los labios de su socio Simeón, que no perdía nunca la esperanza y siempre estaba ahí para levantarle la moral.

“Tranquilo, hombre, ya verás tú como al final encontramos lo que andamos buscando donde menos nos lo esperemos, y cuando menos nos lo imaginemos, ya lo verás. No te partas la cabeza porque tu Dios te quiera abrir los ojos a su manera. Yo no creo que te vaya a dejar con las manos vacías. Es sólo que estamos mirando en la dirección incorrecta. La culpa es nuestra. ¿Tú crees que te ha elevado adonde te encuentras para dejarte con tu desolación en la cumbre? Descansa, disfruta de tu existencia, dejemos que Él nos haga reír”.

Era extraordinario aquél Simeón. Pero en todos los sentidos. Cuando él se casó con la mujer de sus sueños también disfrutó del sueño de ser el hombre más feliz del mundo. Con aquella felicidad suya que se derramaba sobre todos los clientes de su Casa y lo convirtió en el banquero de los pobres, un buen día cuestiones de negocios lo llevaron a Belén.

La clientela de los Simeones también extendía sus ramas por las poblaciones alrededor de Jerusalén. Entre las familias que tenían negocios con ellos figuraba el Clan de los carpinteros de Belén. Para la fecha la jefatura del Clan estaba en manos de Matat, padre de Helí. Maestros ebanistas, el Clan de los carpinteros de Belén tenía labrada su fama de profesionales de la madera desde nadie sabía cuándo. Se comentaba incluso que el fundador del Clan puso una de las puertas de la ciudad santa en los días de Zorobabel. Simples rumores, claro. La cosa fue que la llegada de Simeón el Joven a Belén coincidió con el nacimiento del primogénito de Helí. Llamaron al recién nacido, José. Felicitaciones aparte, cerrado el negocio que le trajo a Belén, el abuelo del niño y nuestro Simeón entraron en conversaciones sobre los orígenes de la familia. El tema en curso quiso la propia conversación que Matat se explayara sobre el origen davídico de su casa.

En Belén a nadie se le ocurrió nunca poner en duda la palabra del jefe del Clan de los carpinteros. Todo el mundo estaba, porque desde siempre se había creído en el pueblo, que el Clan pertenecía a la casa de David. Matat, el abuelo de José tampoco iba por ahí usando el documento genealógico de su familia como si se tratase de un látigo presto a caer sobre los incrédulos. No hubiera venido al caso. Sencillamente era así, había sido siempre así y no procedía otra cosa. Sus padres habían sido considerados hijos de David desde ya nadie se acordaba cuando, y él, Matat, estaba en todo su derecho de creer en la palabra de sus antepasados. Después de todo cada cual era libre para creerse hijo de quien mejor le conviniese. Pero claro, la investigación zacariana en punto muerto, la búsqueda del hijo de Salomón a nivel de archivos históricos anclada en un callejón sin salida, por fuerza el que una sencilla familia de carpinteros saltase al terreno de las realidades infalibles, por fuerza a nuestro Simeón, intimísimo amigo del Genealogo Mayor del Reino, tenía que resultarle si no graciosa al menos sí bastante simpática aquella seguridad absoluta del abuelo Matat. Más que nada fue el tono de certidumbre en el aliento del abuelo de José. Cuando sin pretender ofender al jefe del clan de los carpinteros de Belén Simeón el Joven puso en duda la legitimidad del origen davídico de su casa el abuelo Matat miró al joven Simeón con las cejas algo ofuscadas. Su primera reacción fue sentirse ofendido, y por sus barbas que de haber venido la duda de otro individuo por su honor que lo hubiera puesto al instante de patitas fuera de su casa. Pero en honor a la amistad que le unía a los Simeones, y porque de ninguna manera pretendió el Joven ofenderlo el abuelo Matat se privó de darle rienda suelta a su genio. También porque con los vientos que corrían, cuando bastaba pegarle una patada a una piedra para que le salieran hijos a David, la duda del muchacho le resultó comprensible. Hombre de muy buen carácter, a pesar de esta manera de entrar en nuestro relato, no queriendo que en lo sucesivo entre su casa y la de los Simeones flotase duda de ninguna clase, el abuelo Matat cogió a nuestro Simeón del brazo y se lo llevó aparte. Con toda la confianza del mundo depositada en su verdad el hombre lo condujo a sus habitaciones privadas. Se dirigió a un arcón viejo como el invierno, lo abrió y sacó de su interior una especie de rollo de bronce envuelto en pieles rancias. Ante los ojos de Simeón el abuelo Matat lo puso sobre la mesa. Y lo desenrolló despacito con el misterio de quien va a desnudar su alma. Apenas vio el contenido envuelto en aquellas pieles rancias a Simeón las pupilas se le abrieron como ventanas al partir los primeros rayos primaverales. Se le escapó de los labios un mudo “Dios santo”, pero disimuló la sorpresa y escondió la emoción que le estaba recorriendo la espalda. Y es que pocas veces en su vida, aun siendo el íntimo del Genealogo Mayor del Reino, y a pesar de lo habituado que estaba a ver documentos antiguos, algunos tan antiguos como las murallas de Jerusalén, pocas veces habían visto sus ojos una joya tan hermosa como importante.

Tenía aquél rollo genealógico la antigüedad a flor de piel. Los sellos en su metal eran dos estrellas brillando en un firmamento de cuero tan seco como la montaña donde Moisés recibió las Tablas. Los caracteres de su escritura desprendían fragancias exóticas paridas sobre el campo de batalla donde alzara David la que sería la espada de los reyes de Judá. El abuelo Matat desplegó el rollo genealógico de su clan en toda su extensión mágica y dejó leer al Joven la lista de los antepasados de José, su nieto recién nacido. Decía:

Helí, hijo de Matat. Matat, hijo de Leví. Leví, hijo de Melqui. Melqui, hijo de Jannai. Jannai, hijo de José. José, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Amós. Amós, hijo de Nahum. Nahum, hijo de Esli. Esli, hijo de Naggai. Naggai, hijo de Maat. Maat, hijo de Matatías. Matatías, hijo de Semeín. Semeín, hijo de Josec. Josec, hijo de Jodda. Jodda, hijo de Joanam. Joanam, hijo de Resa. Resa, hijo de Zorobabel”.

Mientras lo estuvo leyendo Simeón el Joven no se atrevió a levantar los ojos. Una energía fulgurante le estaba recorriendo fibra por fibra la médula. En su interior quería pegar botes de alegría, su alma se sentía como la del Héroe después de la victoria saltando desnudo por las calles de Jerusalén. De haber estado allí con él Zacarías, a su lado, por Dios que hubieran bailado la danza de los valientes alrededor del fuego de la victoria. Claro que sí, por supuesto que Simeón el Joven había visto un documento igual a ése, variando los nombres, pero de la misma antigüedad, guardando en sus secretos los caracteres hebreos más antiguos, escritos por los hombres que vivieron en la Babilonia de Nabucodonosor. Lo había visto en su propia casa. Su propio padre lo heredó del suyo y se lo trajo a Jerusalén para depositar una copia en los Archivos del Templo. Sí, lo había visto en su propia casa, era la joya de la familia de los Simeones. ¿Cuántas familias en todo Israel podían poner sobre la mesa un documento de esa naturaleza? La respuesta la conocía Simeón desde niño: únicamente las familias que regresaron con Zorobabel de Babilonia podían hacerlo, y todas las que podían hacerlo se encontraban en el Sanedrín. ¡Dios santo!, lo que hubiera dado nuestro Simeón por haber tenido en aquél momento a su lado a su Zacarías. La Luna y las estrellas no valían a sus ojos lo que aquél rollo de bronce babilónico abrazado a aquél pergamino de cuero de vaca del Edén. Aquél documento tenía más valor que mil tomos de teología. ¡Qué no hubiera dado él por haber tenido la oportunidad de haber oído de los labios de Zacarías la lectura del resto de la Lista¡

Decía:

“Zorobabel, hijo de Salatiel. Salatiel, hijo de Neri; Neri, hijo de Melqui: Melqui, hijo de Addi; Addi, hijo de Cosam; Cosam, hijo de Elmadam: Elmadam, hijo de Er; Er, hijo de Jesús; Jesús, hijo de Eliezer; Eliezer, hijo de Jori; Jori, hijo de Matat; Matat, hijo de Leví; Leví, hijo de Simeón; Simeón, hijo de Judá; Judá, hijo de José; José, hijo de Eliaquim; Eliaquim, hijo de Melea; Melea, hijo de Menna; Menna, hijo de Mattata; Mattata, hijo de Natam. Natam…hijo de David”.

 

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La Gran Sinagoga de Oriente

 

Quizá me precipito algo en la sucesión de los acontecimientos movido por la emoción de los recuerdos. Espero que el lector no me tenga en cuenta haberme lanzado casi desbocado por la llanura de las memorias que le descubro. Después de haber estado dos mil años dormidas en el silencio de las altas cumbres de la Historia el propio autor no puede controlar la emoción que le embarga, y se le van los dedos a las nubes con la facilidad que tienden las alas del águila de las nieves hacia el sol inalcanzable que les da vida a sus plumas. La verdad sobre la que he pasado de largo es la relativa calma internacional que trajo a la región el imperio de Julio César, paz relativa que jugó a favor de nuestros héroes, excitando su inteligencia, especialmente la de nuestro Zacarías. Bajo otras circunstancias geopolíticas, tal vez, la posibilidad de hacer entrar esa Paz en el esquema de sus intereses no se les hubiera pasado por la cabeza. En líneas generales, grosso modo, todo el mundo conoce qué tipo de relación amor-odio entre Romanos y Partos mantuvo en jaque al Oriente Próximo durante aquel siglo. En cualquier caso, los manuales de Historia del Próximo Oriente Antiguo y de la República de Roma están al alcance de cualquiera. No es un tema que predomine dentro de la recreación oficial, sobre todo en función del origen asiático de los Partos, detalle éste que a los historiadores occidentales, influenciados por su cultura grecolatina, les es excusa suficiente para tocar de paso el tema de la historia de su Imperio. No es esta Historia el mejor sitio para abrir el horizonte en esa dirección; conste aquí el deseo de hacerlo en otro momento. En fin, esta Historia no puede abrir hasta el infinito el escenario donde se desarrolló. Los manuales oficiales están ahí para abrir el horizonte a todo el que quiera profundizar algo más en el tema. El hecho que viene a cuento y pertenece a esta Historia centra su epicentro en la influencia que la paz del César tuvo sobre la zona y las opciones que puso en mano de sus habitantes. Pensemos que cada vez que se piensa en los días del conquistador de las Galias la nota predominante se queda en la parafernalia de sus guerras, sus instintos dictatoriales, la madeja de las conspiraciones políticas contra su imperium, pasando siempre de largo por los beneficios que su paz les supuso a todos los pueblos sometidos a Roma. En relación a nuestro relato la paz del César más que grande fue importantísima.

Zacarías, que no paraba de maquinar la forma de conducir a término su búsqueda del legítimo heredero de la corona de Salomón, un día pensó en las palabras de su socio: “Tranquilo, hombre, ya verás que al final encontramos lo que andamos buscando donde menos nos lo esperemos, y cuando menos nos lo imaginemos, ya lo verás”, y se dijo que Simeón tenía toda la verdad del mundo. Aún no habían encontrado lo que estaban buscando porque habían estado dando vueltas alrededor del vacío. Ni probablemente darían nunca con la pista de los hijos de Zorobabel de seguir hurgando donde no había huellas de su existencia. ¿Así que por qué no jugarse la carta de la Gran Sinagoga de Oriente? Lo único que tenían que hacer era enviar un correo pidiéndoles a los Magos de la Nueva Babilonia que buscasen la genealogía de Zorobabel entre sus Archivos. Así de fácil, así de simple. Simeón el Babilonio, nativo de Seleucia del Tigris, perfecto conocedor de la Sinagoga en cuestión, asintió con la cabeza. Se rió y lo soltó como le salió del alma:

“Claro, hijos, ¿cómo hemos estado tan ciegos todo este tiempo? Ahí está la clave del enigma. No perdáis el tiempo. En alguna parte de aquella montaña de archivos debe encontrarse la joya que os trae de cabeza. La ocasión es propicia. Es ahora o nunca. Nadie puede decir cuándo se romperá la paz. Manos a la obra”.

Zacarías y sus hombres eligieron un correo de toda confianza de entre los correos de la Gran Sinagoga de Oriente que solían entonces, una vez abiertas las rutas, traer a Jerusalén el Diezmo. El mensaje que debía llevar a su vuelta de regreso a Seleucia, para ser leído exclusivamente por los jefes de la Sinagoga de los Magos de Oriente, concluía con estas palabras: “Centrar la investigación en los hijos de Zorobabel que le acompañaron de Babilonia a Jerusalén”.

La tensión entre los dos imperios del momento, el Romano y el Parto, una cuerda en tensión que podía romperse en cualquier momento, amén de tener que contar con las continuas insurrecciones nacionalistas típicas del Oriente Próximo, la respuesta podría tardar algún tiempo. Pero ellos tenían tiempo.

Desde los días de Zorobabel los judíos del otro lado del Jordán se las habían arreglado para sortear los peligros y cumplir con el Diezmo. Durante la estabilidad que al Asia Occidental le dio el imperio de los persas la caravana de los Magos de Oriente llegó año tras año. Después, tras la conquista del Asia por Alejandro Magno la situación no cambió. Las cosas empeoraron cuando los Partos montaron sus tiendas al este del Edén y soñaron con la invasión del Oeste.

Antíoco III el Grande se las vio y se las deseó para contener la avalancha de los nuevos bárbaros. Su hijo Antíoco IV murió defendiendo las fronteras. Convertidas las tierras del Próximo Oriente en una tierra de nadie abierta al saqueo y al pillaje tras la muerte de la Bestia de los judíos, los judíos al Este del Jordán tuvieron que aprender a apañárselas solos; pero pasase lo que pasase la caravana de los Magos de Oriente siempre llegaba a Jerusalén con su cargamento de oro, incienso y mirra. Esta adversidad dada por contada el correo de Zacarías llegó a su destino. A su tiempo regresó a Jerusalén con la respuesta esperada. La respuesta a la pregunta zacariana era la siguiente:

“Dos fueron los hijos que Zorobabel trajo consigo de Babilonia. El mayor se llamaba Abiud; el menor se llamaba Resa”.

Y había más, siguió diciéndoles el correo de los Magos:

“Al mayor de sus hijos le dio Zorobabel el rollo de su padre, rey de Judá. El hijo de Abiud era, por tanto, el portador del rollo salomónico. Al menor le dio el rollo genealógico de su madre. En consecuencia, el hijo de Resa era el portador del rollo de la casa de Natán, hijo de David. Excepto en sus listas los dos rollos eran iguales. Sobre dónde estaban ambos herederos, sobre esto ellos no podían darles detalles”.

¡Qué extraño es el Omnipotente!, venía de vuelta de Belén pensando Simeón el Joven. ¡Qué extraña forma de moverse la del Todopoderoso! Se esconde el río bajo la tierra, se lo traga la piedra, nadie sabe qué camino se labrará por los hipogeos lejos de la vista de todos los vivientes. Sólo Él, el Omnisciente, conoce el lugar exacto por dónde romperá y saldrá a flote. Se ríe el Señor de la desesperación de su gente, les deja escarbar en el suelo buscando por dónde irá el río que se perdiera en el corazón de la tierra apenas nacido, y cuándo ya tiran la toalla bajo el peso de la victoria imposible y las manos les sangran con las heridas de la frustración entonces se le conmueve al Omnisciente el alma, se levanta, les sonríe a los suyos y con una palmada en la espalda va y les dice: Venga ya muchachos, ¿qué os pasa? Levantad esos ojos, lo que buscáis lo tenéis a dos palmos de vuestras narices.

Simeón el Joven se rió pensando en la cara que iba a poner su socio Zacarías cuando le diera la noticia. Ya se imaginaba soltándole la película de su descubrimiento.

“Siéntate Zacarías”, le diría. Zacarías se le quedaría mirando fijamente. Simeón el Joven lo seguiría envolviendo en el misterio de su alegría, predispuesto a disfrutar ese momento segundo a segundo.

“¿Qué te pasa, hermano, ya has perdido esa capacidad tuya para leerme la mente?”, le insistiría Simeón el Joven.

Sí señor, iba a disfrutar de ese momento hasta la última micra de segundo. En ese momento no había en el mundo cosa que desease más que vivir a cielo abierto la mirada de su socio cuando le dijera:

“Señor Genealogo Mayor del Reino, mañana voy a tener el placer infinito de presentarle a Resa, el hijo de Natán, hijo de David, padre de Zorobabel”.

 

 

Cuarta Parte - La Hija de Salomón