LIBRO PRIMERO EL CORAZÓN DE MARÍA

CAPÍTULO I:

“EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

Segunda Parte

Historia del Niño Jesús

 

EL NÓMADA

 

De todos los niños de Nazaret a ninguno como al Cleofás le cayó tan bien José. Pero desde el mismo día que José llegó a Nazaret. No es mentira que José hizo su entrada en Nazaret espectacularmente. Su caballo íbero negro como la noche y sus tres perros asirios cazadores de leones rompiendo genial la monotonía. Luego estaba el jinete; gigante en su Bucéfalo, hijo de Pegaso, el caballo de los superángeles; el pelo ni largo ni corto, al cinto la mismísima espada de Goliat. Y decía el forastero que era un nómada a la aventura por las provincias del reino. Los nazarenos lo miraban y no se lo podían creer. ¿Un nómada como otro cualquiera, a la aventura por esos caminos de Dios a lomos de un potro de aquella raza, bello como el caballo de un arcángel en plena batalla, custodiado por tres fieras, hermosas como querubines y temibles como dragones?

Aquél gigante era puro misterio. Sus rasgos psicológicos y físicos no coincidían con la imagen popular del nómada sin patria chica, siempre borracho, siempre pendenciero, más bien flaco, los morros rojos vinateros, los sesos quemados por los soles y los fríos. No señor, aquél nómada no era otro más. Los nómadas iban en burros, en el mejor caso en yeguas viejas, chinches, pulgas y chuchos por compañía. No señor, aquel José era puro misterio. Con secreto o sin secreto la cosa es que Cleofás, el hermano pequeño de la Virgen, le cogió un cariño tan grande a aquel nómada nacido en Belén que acabó viviendo más en la tienda del Carpintero que en su propia casa. Pero yo sé que por lo que más se moría aquel muchacho era por hacer realidad su sueño de subirse al caballo de José y trotar por los cerros levantando polvo de estrellas en los ojos de su princesa azul. ¡Cosas de muchachos! Y justamente fue esto lo que vino a pasar. Sucedió eso. Todas las hermanas de Cleofás se casaron. Excepto sus dos hermanas grandes, María y Juana, que se mantenían vírgenes desde la muerte de su padre. Es la verdad, todas sus hermanas se habían casado ya, habían formado familia y tenían sus hijos. Él, Cleofás, era el único de los hijos de Jacob de Nazaret que aún seguía viviendo en la casa de su madre.

Desde fuera, para los de fuera, Cleofás era el señorito del pueblo, el niño mimado de sus hermanas las Vírgenes. Mientras todos los muchachos se dedicaban a ayudar en el campo, el señorito Cleofás vivía a cuerpo de príncipe sin saber lo que eran la hoz y la chapulina. Así que si se pasaba el día en la Carpintería de José no era porque le hiciera falta ganarse el pan. Para nada. Si se decidió a servirle de aprendiz no fue porque el hermano de la Virgen tuviera que aprender un oficio. Lo que de verdad le privaba a Cleofás era ascender de categoría a los ojos del Carpintero, ganarse su confianza y recibir su permiso para pegar el bote, subirse en lo alto de aquel caballo íbero y darse el disfrute de ver el mundo a lomos de aquella criatura mágica. Y así fue.

Al cabo Cleofás subió de monaguillo a fraile, y ya recorría el mundo de fiesta en fiesta a lomos del maravilloso caballo de su jefe. A los vecinos del pueblo les tenía mosca que el Carpintero le diera tanta cuerda al muchacho. Un caballo de aquéllos no se prestaba, y menos, como quien dice, a un niño.

La respuesta de José a las suspicacias de sus nuevos vecinos fue prestarle a su aprendiz, además de su caballo, dos de “sus cachorros”. Cada vez que enviaba a su ayudante y aprendiz de carpintero a una aldea vecina, José le daba por compañeros de viaje un par de sus cachorrillos, dos canes en vías de extinción que le regalaron en su día sus padrinos babilonios.

Cleofás empezó llevando un encargo a la aldea vecina, a caballo naturalmente. Y acabó por tener el caballo de su patrón como propio cuando con ocasión de alguna fiesta local, una fiesta de la vendimia, por ejemplo, sus hermanas casadas reclamaban su presencia. Fue así cómo Cleofás conoció a María de Canaán, la futura madre de sus hijos, los famosos hermanos de Jesús.

Cleofás y señora se conocieron, se casaron, y se instalaron en la casa de la Hija de Jacob, y tuvieron sus hijos.

Digámoslo todo, la Carpintería del Nómada no era una multinacional del mueble ni tenía vocación de líder del sector, pero para Cleofás que José era el mejor. Enamorado y padre de sus niños el taller de su jefe era todo lo que tenía, y Cleofás estaba dispuesto a dejarse la piel antes de verlo hundirse. De todos modos, su jefe era un hombre extraño. No le faltaba nunca la plata. Vendiese o no vendiese siempre ganaba la casa. Tampoco lo machacaba con sus problemas. Nunca. En realidad, José el único problema que tenía era que no tenía señora. Ni se le conocía pretendiente. No por falta de mujeres. No. Era él, José. No tenía mujer porque no se la había dado Dios todavía. Y lo decía José con el misterio de quien tiene un secreto inconfesable.

-Dios dará, hermano, Dios dará…, le respondía José al muchacho.

Al poco de nacer su sobrino José, segundo entre los hijos de Cleofás, la Virgen cerró el duelo por la muerte de su padre.

La Virgen había vencido. Hizo un Voto y lo había cumplido. Ahora era libre para casarse; y casándose cumpliría el juramento que su padre le hizo al Señor y no pudo cumplir porque la Muerte se le cruzó en el camino.

Ante testigos sagrados juró en su día Jacob de Nazaret, sobre la cuna de su Primogénita María, legítima heredera del rey Salomón, sobre su vida juró Jacob que sólo le daría su hija por esposa al hijo de Helí, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, profeta, hijo de David, rey.

Al poco de nacer el segundo de los hijos de Cleofás, José el Carpintero le pidió la mano de la Virgen María a la Viuda. La Viuda aceptó la petición, y al otro poco se firmaron los documentos del contrato de bodas entre María, hija de Jacob, hija de Matán, hija de Abiud, hija de Zorobabel, hija de Salomón, hija de David, rey, y José, hijo de Helí, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Natán, hijo de David, profeta.

La noticia de la boda de José el Carpintero y María la Virgen arrasó Nazaret.

-La Virgen se casa.

-Con el Carpintero. Lo sabía.

Un partido excepcional la novia. Dueña de la casa de la colina, propietaria de las mejores tierras de la comarca, fundadora del taller de sastre y costura de Nazaret que vendía los vestidos de novia más buenos, bonitos y baratos de la región.

¿Quién era el novio? Un don nadie de Belén, un nómada a la aventura que había encontrado lo que estaba buscando. ¡Quién se iba a pensar que donde fracasaran tantos buenos partidos fuera a triunfar un forastero sin causa!

Así que, si por parte de Madre nuestro Jesús era el heredero de Cleofás de Jerusalén, Doctor de la Ley, su abuelo, y por parte de Madre también todas las propiedades de su abuelo Jacob de Nazaret le pertenecían, estamos hablando entonces de un joven rico llamado Jesús de Nazaret. ¿O acaso creéis que quien le pidiera al joven rico dejarlo todo y seguirle no hizo El mismo ese acto de renuncia y abandono de todas sus propiedades?

Hijo de sus padres, durante su mandato nuestro Jesús levantó la economía de su familia a su máximo esplendor de comodidad y prosperidad. Durante los días que estuvo al frente de la Casa de su Madre las bodegas se llenaron de excelentes vinos, los almacenes rebosaron de trigo, aceite, aceitunas de mesa, higos, granadas, leche, carne, y peces que le traían desde el mar de la Galilea a su casa, cuando no iba a buscarlo nuestro Jesús personalmente. Los vinos de las viñas de Jesús de Nazaret se vendieron en toda la Galilea; poco pero excelente, el mejor. Te alegraba y jamás te ponía violento, el día después se levantaba uno con la cabeza despejada, el corazón alegre. Vino de Jesús de Nazaret, vino de Baco, decían los romanos de la guarnición de Séforis, a dos horas de distancia.

Los titos abuelos de su Madre, Isabel y Zacarías, le habían legado también propiedades en las afueras de Jerusalén.

El heredero legítimo de Zacarías e Isabel era Juan, como todo el mundo sabe. Antes de nacer Juan el Bautista como ya no esperaban tener un hijo Isabel y Zacarías legaron todo lo que tenían a la madre de María. Este testamento no se revocó jamás debido a la muerte violenta de Zacarías y a la desaparición de Isabel y Juan en las cuevas del Mar Muerto.

Así que en la Jerusalén de los dineros el Joven Nazareno fue conocido como se conoce un misterio. En realidad, nadie sabía quién era. En lo que todos parecían ponerse de acuerdo era en ser Jesús de Nazaret, el hijo de la Señora María, un joven de una prudencia y de una sabiduría superior a la talla normal en un hombre de su juventud. Manejaba dinero, pero no le interesaba el Poder. Estaba acostumbrado a mandar y ser servido, y sin embargo seguía aún soltero. Era culto, hablaba los idiomas del imperio, ¿creéis que le pusieron intérprete para hablar con Pilatos? Sabía escribir, tenía genio para los negocios. Su Madre era el punto débil del Joven Nazareno. ¿Pero a quién no se le perdona esto?

 

BODA Y NACIMIENTO DEL NIÑO

 

 

María y José se comprometieron. La regla general era que el padre del novio fuese a charlar con los padres de la novia del deseo de su hijo de casarse con la novia. Se hablaba de la dote y cerraban el trato. En el caso de José fue el propio José quien habló con la madre de la novia y le pidió su hija por esposa. La madre de la novia aceptó y firmaron el contrato de boda.

Por aquellos días la tradición imponía un año de noviazgo desde la firma del contrato hasta el día de la boda. Al año podrían casarse. Durante el año de noviazgo sin embargo los novios quedaban obligados a la ley sobre el adulterio. Era la norma, pero en ningún caso ley sagrada. Moisés no había dado ningún precepto relativo a la prohibición de casarse inmediatamente después de ser firmado el contrato matrimonial. Habían sido los propios judíos quienes se impusieron a sí mismos ese año de espera.

No se sabe si culpando a Dios de haber sido tan blando, la cosa es que no contentos con el monte de leyes que les dictara, ellos se echaron a la espalda otra montaña de prescripciones, leyes, tradiciones, mandatos, normas canónicas y no se sabe cuántas obligaciones más. Así que como no era Ley de verdad tampoco nadie se asustaba si se daba el caso de tener que acelerarse los trámites por debilidad de la carne. El niño nacía sietemesino. Pero bueno, tampoco es para armar un escándalo. ¿No cura el pecado una boda como dios manda? Por supuesto que sí.

La cara negativa era que sin ser ley la debilidad de la carne llegaba a pagarse con la muerte si el pecado no había sido cometido por el novio. En este caso todo el peso de la ley sobre el adulterio recaía contra la novia. Juzgada por adúltera pagaba su debilidad con la pena de muerte, generalmente por apedreamiento.

Por muchas otras razones un contrato matrimonial podía romperse. No era corriente, pero se daban casos. Incompatibilidad de caracteres, por ejemplo. Se devolvían los dineros y cada cual tiraba para su casa.

En el caso más general, embarazo durante el año de espera, tampoco la sangre llegaba al río. Son jóvenes, pero que bienvenido sea el nieto. ¡Qué culpa tienen los muchachos! Banquete de boda, celebración por todo lo alto, pelillos a la mar, el niño nació sietemesino. ¿Y qué? Gloria bendita. Bien acabó lo que bien empezó, es lo que importa.

El caso de la Virgen fue de otra naturaleza. Un día -le confesó Ella a los Apóstoles- se le apareció el ángel de Dios y al otro ya estaba en estado de gracia. Los Apóstoles se lo contaron a sus sucesores éstos a los suyos y ahí sigue la Confesión de la Virgen de boca en boca.

Concebir por obra y gracia del espíritu santo se dice muy pronto.

“¡Estoy en estado por obra y gracia del espíritu santo!”, hubo de confesarse la Virgen a sí misma uno de aquellos días.

Nadie creerá que la Virgen salió corriendo de alegría gritándole a todo el mundo el Relato de la Anunciación. No es algo que sucediera todos los días. De hecho, en toda la Historia de la Humanidad jamás había tenido lugar un fenómeno igual. El caso más parecido a una concepción sobrenatural de la naturaleza que nos cuentan los Evangelios lo encontramos en el mundo de las mitologías.

Sin ir más lejos la propia madre de Alejandro Magno confesó por ahí que tuvo a su hijo con uno de los dioses del mundo clásico al que ella pertenecía. Fuera por respeto a su madre o por orgullo su hijo mantuvo su origen semidivino. Que yo recuerde es el caso más parecido al que la Virgen puso sobre la mesa de los siglos.

Bueno, ¿por qué no? El Dios de los hebreos había realizado muchas obras extraordinarias desde los días de Moisés a los corrientes. Sus Escrituras hablaban de la Concepción de un Niño nacido de una Virgen. Como ejemplo de fantasía llevada a su extremo más alto de imaginación y genio que el Dios que creara los Cielos y la Tierra pueda realizar una obra de esa naturaleza estaba a la altura de la concepción que sobre su Naturaleza se hicieron los hijos de Adán y Eva. ¿Por qué no iba a poder Alguien de los Atributos que se le concedía al Dios de Moisés -todopoder, omnipotencia, omnisciencia- ser capaz de poner en escena un Acontecimiento tan imposible de creer?

Ahora, María, vete corriendo a explicárselo a alguien. Vete corriendo, busca a tu marido y dile que eres la Virgen que habría de concebir un Hijo “nacido para llevar sobre sus hombros el manto de la Soberanía, para ser llamado Príncipe maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno”. ¡Dios santo, qué suerte! Y ahora siéntate a esperar y confía en que tu marido te diga “Aleluya, Amén, Aleluya”, pegue botes de alegría, te levante en brazos y te coma los ojos a besos. ¿No tienes bastante todavía? Pues bueno, vete y cuéntaselo a tu hermana del alma, y mira que tu hermana Juana te quiere más que al río Jordán, más que al mar de los Milagros, más que a los Montes de Judá. Anda, María, vete, corre y díselo. Lo digo porque -con independencia de la opinión de todo el mundo- pasaron las semanas y pasó lo que tenía que pasar. La Virgen empezó a tener mareos extraños; se le iba, se le venía. ¿Sería la emoción? ¿Sería el calor? Que no, mujer, eran los síntomas típicos de las embarazadas. De cualquier otra mujer del mundo sus vecinas hubieran podido esperarse que un hombre como un castillo, caso de José el Carpintero, hubiera conquistado la fortaleza de la virtud de la novia antes de la boda. De cualquier otra mujer, por supuesto que sí, pero de la Virgen María es que ni les cabía en la cabeza a sus vecinas. El hecho es que les cupiera o no tuvieron que rendirse a la evidencia.

“Que el Señor os lo dé sano, hijos”, con estas palabras y otras parecidas le dieron la enhorabuena los vecinos al novio, un José que no sabía a qué venía la indirecta. La verdad es que no la cogía. El hombre se creía que le adelantaban las bendiciones.

“Que sea niño, y os lo dé el Señor sano, señor José”, le seguían pinchando las vecinas. El señor José no se enteraba.

Es la verdad, a las semanas de la Anunciación la novia empezó a mostrar los síntomas clásicos de las primerizas. Mareos despistados, sofocos tontos. Como son algo que no se puede controlar la Virgen no podía evitar ser sorprendida. Sin embargo, lo último que podía hacer era encerrarse, esconderse. Tenía que seguir su vida; seguir haciendo su vida era la mejor manera de ni afirmarles ni negarles palabra a sus vecinas. Al menos mientras no se decidiera a contarle a su madre la verdad.

La madre de la Virgen también tardó en coger la película. Fue, exceptuando José, la última persona en enterarse del rumor que comenzaba a escandalizar a sus vecinas.

A los ojos de la Viuda la inmaculada castidad de su hija seguía siendo tan inaccesible a las pasiones humanas como lo fuera antes de comprometerse. Exceptuando el acceso más libre del novio a la casa de la novia, y esta libertad condicionada a la necesaria presencia de un familiar de la novia entre ella y el novio, su hija María había seguido haciendo su vida tal cual, esa vida que le había ganado a la Virgen de Nazaret su fama desde un confín al otro de la Galilea. ¡Cómo sospechar nada malo de su hija entonces!

“Que el Señor te dé el nieto más hermoso del mundo”, le pinchaban a la Viuda sus vecinas.

“Tu María se lo merece todo; ojalá que el niño salga a su abuelo Jacob que en gloría esté”, por si la Viuda no se había enterado seguían pinchándole.

La Viuda era de Jerusalén, se había criado en otro ambiente. Pero no era tonta. De no haberse tratado de su hija la Viuda hubiera apostado un ojo de su cara que aquella Virgen estaba embarazada de tantas y tantas semanas. El problema era que no le cabía en la cabeza la idea de hallarse embarazada su María.

La fe y la confianza que la Viuda tenía en su hija mayor eran tan grandes que le tenía los ojos cegados. Gracias a Dios a la Viuda se le cayó la venda de los ojos antes que a José. Finalmente, la Viuda tuvo que admitirlo aunque su hija ni se lo afirmase ni se lo negase.

“¿Qué te pasa, hija mía?”, le preguntaba ella.

“Nada. Es el calor, madre”, le respondía la hija.

El dilema de la Viuda comenzó cuando las vecinas comenzaron a hablar de palabras mayores, adulterio, por ejemplo. No se lo soltaron a la cara, pero entre mujeres y vecinas, ya se sabe, sobran las palabras. Así que la Viuda comenzó a asustarse.

“Mi María está en estado de gracia. ¿Cómo es posible?”, acabó la Viuda por confesarse.

Y su hija del alma sin afirmárselo ni negárselo. Desesperada por el silencio de su hija se fue a por su yerno, a que le respondiera esta sencilla pregunta: ¿Había de acelerarse la fecha de la boda?

Y así lo hizo, la Viuda se fue a por “su hijo” José. Llevar a José al tema le iba a costar a la Viuda un montón. Como no sabía en qué escenario se encontraba ni cuál era su papel en la historia la Viuda se dijo que tenía que llevar a José al tema sin descubrirle el meollo del problema. Una cosa muy rara. Llevarlo había que llevarlo, el problema era llevarlo sin abandonar la periferia del tema. Lista como ella sola, sin decírselo le diría con todas las palabras lo que había, su mujer estaba encinta, ¿qué tenía que decir él, el novio?

Al largo rato de merodear alrededor del tema, la Viuda comprendió que o José se hacía el tonto de maravilla, aspecto que desconocía en el santo de su yerno, o es que sencillamente José no sabía nada de nada, y no cogía de qué le estaba hablando su suegra.

José la miraba con una naturalidad tan inocente de toda culpa que la Viuda empezó a no saber dónde se hallaba. Por un momento se sintió como si la tierra se le estuviera abriendo bajo los pies y no supiera qué era mejor, luchar o dejarse tragar. Hasta el alma le titiritaba de frío bajo el efecto del temblor que se le fue metiendo en los huesos según la verdad se le fue haciendo cada vez más enorme de peso. Su yerno no sabía nada de nada y ella sólo sabía que tenía que salir de aquel infierno, tenía que hablar con su hija y que le dijera por Dios qué estaba pasando.

¿Qué estaba pasando? Había pasado algo increíble de creer, había sucedido algo imposible de contar. Generaciones enteras y los mismos siglos se dividirían en dos como se divide el caudal de un mar que encuentra en su lecho una gigantesca piedra angular. Y su hija sin encontrar la forma de descubrirle el relato de la Anunciación.

María no encontraba el momento. Bueno, momento lo que se dice momento, sí se le ofrecía. Su madre y ella solían sentarse juntas a coser. Durante ese tiempo hablaban y hablaban. Hablaban de todas las cosas. O simplemente permanecían en silencio.

En este nuevo silencio que durante los últimos días se había instalado entre madre e hija latían dos corazones a punto de saltar hechos pedazos. La madre quería preguntárselo a su hija: ¿Estás embarazada, hija mía?, y no encontraba el cómo. La hija quería darle un “Sí, madre mía”, un Sí maravilloso, Divino, y no encontraba el cuándo.

El hecho es que el Niño estaba creciendo en sus entrañas, que la evidencia de su estado se estaba criando cada día más grande, que si José se enteraba por la boca de los vecinos… No quería ni pensarlo.

Necesitaba revelarle la verdad a su madre. Su madre era la única persona en el mundo en quien podía confiar Ella un Misterio tan grande. Tenía que hacerlo, pero como no daba con el cómo no llegaba nunca el cuándo.

Pues pasó que la madre y la hija se sentaron uno de aquellos días la una frente a la otra. Las dos mujeres sabían que había llegado el momento, que ése era el momento. La primera en hablar fue la Virgen.

“Madre, ¿usted cree que Dios lo puede todo?”, exhaló Ella con toda ternura.

“Hija”, suspiró la Viuda, que sólo quería ir derecha a la pregunta: ¿Estás embarazada hija mía?, y no le salía.

“Ya lo sé, madre. Usted me dirá: Dios es nuestro Señor, ¿cómo mediremos nosotros la fuerza de su Brazo? Y yo soy, madre mía, la primera en repetir sus palabras. Pero quiero decir, ¿su Poder se acaba donde empiezan los límites de nuestra imaginación o es precisamente al otro lado donde empieza su Gloria?”.

“Qué me quieres decir, hija mía, que no te entiendo”, atrapada en una dirección distinta a la que se moría por emprender la madre de la Virgen articuló como pudo.

“Yo tampoco sé muy bien cómo llegar a donde quiero ni qué quiero decir. Tenga paciencia conmigo, madre. Después de aquí nos vamos al Cielo y desde allí Arriba las cosas de la Tierra no nos afectan; así que lo que nos toca es intentar descubrir la naturaleza del Dios que nos llamó a soñar el Cielo mientras estamos aún aquí en la Tierra. ¿No es verdad que Dios puede convertir las piedras en hijos de Abraham? Pero lo que yo me pregunto es si hablando de esta manera lo que el profeta quiso darnos a entender es que tenemos la cabeza tan dura como una piedra. ¿Puede una piedra conocer a Dios? ¿Entre un hombre que no quiere conocer a Dios y una piedra cuál es la diferencia?”.

“¿Adónde me quieres llevar, hija?”, la Viuda, como pudo, aguantó su impaciencia.

“A un hecho maravilloso, madre. Pero como no sé el camino no se enfade conmigo si exploro sola como esos montañeros que se enfrentan por primera vez a la pared virgen. Lo único que me puede pasar es que caiga a los pies de su falda traspasada por mi ignorancia”.

“No digas eso, hija. No estás sola, aunque vieja yo te sigo. Sí, María, yo sé que la gloria de Dios empieza donde acaba la imaginación del hombre. Sigue”.

La Virgen rompió entonces en dirección en apariencia aún más contraria, diciendo:

“Madre, ¿qué le dijo de mi abuelo Zacarías el mensajero? ¿Por qué no me lo ha querido contar todavía? ¿Por qué no me ha enviado a la casa de mi abuela Isabel? Ahora que puede, contésteme: ¿Puede o no puede hacer nuestro Dios que unos ancianos den a luz?”.

La Viuda y José no habían querido descubrirle aún a María la naturaleza del mensaje que Zacarías e Isabel les habían enviado hacía poco; de hecho, la Viuda había decidido enviarles a María. La cuestión del estado de gracia en que de pronto se halló su hija le borró de la mente todo lo demás.

En efecto, el mensajero que Zacarías e Isabel enviaron a Nazaret les describió a la Viuda y su yerno, detalle por detalle, lo que le había sucedido a Zacarías en el Templo. Especialmente la imagen del hermosísimo ángel que castigó la falta de fe de Zacarías quitándole el habla.

¡Señor! su hija María le estaba describiendo aquel ángel como si ella misma lo hubiera visto con sus propios ojos. ¿Cómo era posible?

En principio, era imposible. El mensajero de Isabel y Zacarías no habló con Ella mientras estuvo en Nazaret. Claro que se lo podía haber contado José.

¿Se lo había contado José? José le dio su palabra de no ser él quien le daría la noticia a su hija. La palabra de José, la Viuda lo sabía, era ley pura y limpia como los chorros del oro. No la rompía jamás. No, José tampoco le había dicho nada todavía.

Estaba preguntándose cómo su hija se había enterado cuando el corazón se le fue al recuerdo del día que su hija hizo el Voto de Virginidad.

Allí, en aquellos días, la Viuda se preguntó por qué el favor del Señor sobre su casa se había extinguido, por qué les había vuelto la espalda como quien abandona los despojos al enemigo. En el secreto de su corazón la Viuda quedó atrapada entre las redes del Dilema de Job. Pero a diferencia del santo ella no encontró la respuesta enseguida. Ni la encontró en los años que habían pasado desde la muerte de su marido al día corriente.

Había llegado la hora de saber la razón por la que el Señor se llevó entonces a su marido. Maravillada, absorta, fuera de este mundo, flotando su ser sobre las mismas olas que un día se convirtieran en colinas bajo los pies de Espíritu de Dios, la Viuda siguió mirando a su hija con los ojos clavados en sus palabras.

Entonces la Virgen volvió a cambiar de tema.

“Madre -le dijo Ella- ¿no juró Dios que un hijo de Eva le aplastaría la cabeza a la Serpiente?”.

“Así es”, le respondió la Viuda con el habla perdida en alguna parte del infinito en que se había quedado atrapada su mirada.

“¿Y no dicen también nuestros libros sagrados que de todos los hombres que han existido sobre la faz del mundo jamás nació uno tan grande como Adán?”, siguió Ella.

“Así me lo enseñó mi padre a mí y así te lo enseñó a ti el tuyo. Te escucho, hija”.

María continuó adelante:

“Cuando Dios nos prometió el Nacimiento de un Hijo nacido para llevar sobre sus hombros la Soberanía ¿no pensaba en el Campeón que había de suscitarnos para liberarnos del imperio de las Tinieblas?”.

“Sí que pensaba”.

“Pero si el Maligno venció una vez al hombre más grande que ha conocido el mundo ¿no tiene razón el santo Job al presentarnos al asesino de nuestro padre Adán ante el Trono del Omnipotente todo tranquilo mientras esperaba al siguiente?”.

“Sí que la tenía”.

“Claro que sí. Quien venció al hombre más grande del mundo ¿por qué no iba a vencer a su hijo?”.

La Virgen bajó los ojos y respiró mientras ensartaba aguja e hilo. Su madre permaneció mirándola sin decir palabra. Al ratito Ella volvió al campo de batalla.

“Entonces, madre, dígame usted, ¿acaso juró Dios en falso? Quiero decir, ¿en quién estaba pensando el Señor cuando hizo aquel juramento bendito? David no había nacido aún; nuestro padre Abraham tampoco. Con su hijo pequeño muerto, nuestro padre Adán a sus pies todopoderosos desangrándose, ¿en qué Campeón estaba pensando nuestro Dios al prometernos bajo juramento sempiterno que un hijo de aquella Eva le aplastaría la cabeza al Maligno?”.

Esta vez fue Ella quien le clavó la mirada a su madre. Ésta, viéndole el rostro a su hija sólo sabía una cosa, que su hija estaba embarazada. La dulzura en el rostro, la ternura en el habla, el brillo en los ojos. Sólo tenía que decirle: Madre, estoy en estado de gracia; y en lugar de irse al grano, sin saber ni cómo su hija la había llevado a lo alto de una montaña desde donde se veía el futuro del mundo según la mujer nacida para ser la Madre del Mesías, ese hijo de la Promesa que había de nacer para aplastarle la cabeza al Maligno.

“¿En quién estaba pensando Dios el día que sobre la sangre de su hijo Adán juró el Nacimiento del Campeón por cuya mano se cobraría Venganza? -repitió la Viuda-. Hija mía, no seré yo quien le ponga límites a la gloria de mi Creador. Yo sólo quiero que me lo digas tú”.

“¿Recuerda madre lo que escribió el profeta?: Una Virgen dará a luz y su Hijo será llamado Dios con nosotros”.

María volvió a bajar la mirada. En eso levantó la cabeza y miró a su madre directa a los ojos.

“Madre, esa Virgen la tiene delante de usted. Ese Niño está en mis entrañas”, le confesó Ella.

Mientras su hija le revelaba el episodio de la Anunciación la Viuda se quedó mirando a su hija con la visión de quien está contemplando el Corazón de Dios el día del homicidio de su hijo Adán.

Al término, inspirada por el amor tan grande que le tenía a su hija, la Viuda se derramó en bendiciones:

“Bendito sea Dios, que ha elegido a la hija de mi esposo para traernos su salvación a todas las familias de la tierra. Su Omnisciencia brilla como un sol inaccesible que, sin embargo, todos creen poder alcanzar con la punta de sus dedos. Aprieta, pero no ahoga; golpea, pero no hunde a los que ama. Bendita sea su Elegida, la que Él ha formado desde las entrañas de sus padres para entregarnos su Salvador a todos los pueblos de la tierra”. Y enseguida le dijo a su hija así: “Benditas serán todas las familias de la tierra en tu inocencia, hija mía. Pero ahora, María, harás lo que yo te diga. Harás esto, esto y esto”.

El problema siguiente era José. De José se encargaría ella, la Viuda. Lo que la Madre del Mesías tenía que hacer era salir inmediatamente de viaje y permanecer en la casa de Isabel y Zacarías hasta que el Señor lo dispusiera.

Y así se hizo. La Viuda agarró a su yerno y le contó punto por punto toda la verdad. No le contó a su yerno la Anunciación como quien tiene que ocultar algo y baja la cabeza de vergüenza. Para nada. Obviamente sí con la humildad y certeza de la persona que sabe que el Acontecimiento habría de causarle a José un dilema angustioso, sobre el que habría de triunfar, y triunfaría, pero por cuyo infierno habría irremediablemente de pasar.

Y triunfó.

No obstante, lo imaginaréis, tras la Anunciación José se pasó un tiempo bastante hundido. ¿Qué había fallado a última hora? ¿Cómo había podido una mujer de la clase moral y la fortaleza de María dejarse engañar por…?

¿Por quién? Sin que nadie lo pretendiera Ella estaba bajo vigilancia todo el día. Cuando no estaba con su madre estaba con sus sobrinos, cuando no estaba en el taller con sus obreras estaba con la familia de los hermanos de su padre. El Señor había levantado alrededor de Ella una tela de relaciones tan absorbentes que la sola idea del adulterio era una ofensa.

Después estaba Ella, María. Ella era en carne y hueso la mejor defensa que le había buscado Dios a la Madre de su Hijo.

-Lo dijo y no nos lo creímos: “Una Virgen concebirá y dará luz a un Niño”, diciendo esto José vio la luz y salió disparado. Regresó con su esposa, se celebró la boda y todo el mundo se olvidó del incidente.

Un recuerdo, sin embargo, sí que quedó. Lo digo por aquél otro incidente entre Jesús y los fariseos.

Los fariseos y los saduceos se cansaron de oír que Jesús de Nazaret era el Hijo de David. Como no sabían por dónde meterle mano indagaron en su pasado. Metieron el dedo en la herida y descubrieron aquél incidente extraño de la desaparición de su Madre durante los primeros meses de su embarazo, y cómo fue José en persona a buscarla… para….

-Ahhhh, aquí está su talón de Aquiles.

Con esta arma secreta escondida en la manga los fariseos llevaron a Jesús al tema de las primogenituras, unigenituras. Entonces uno cualquiera sacó el manual de los golpes bajos y lanzó el bombazo.

-Nuestro padre es Abraham, ¿quién es el tuyo?

A Jesús se le subió el celo que lo consumía por su Madre a la cabeza.

-Sois hijos del Diablo -les respondió con la fuerza de un huracán comprimido en la garganta.

Sólo otra vez, sólo en otra ocasión de la que no querrían acordarse verían al hijo de la Virgen saliéndole rayos de los ojos. Y ya no paraba nunca, ya no se detenía hasta saciar su cólera hasta el último átomo de ira.

En adelante entre Él y ellos la partida se jugaría a cara o cruz. Cara, se los llevaba El a ellos por delante. Cruz, se cobraban la suya.

 

 

EL NIÑO JESÚS EN ALEJANDRÍA DEL NILO

Al poco, después de estas cosas, José el Carpintero y su cuñado Cleofás cogieron sus familias, sacaron billete y se embarcaron para Alejandría del Nilo.

Sobre este asunto de la Huida desde siempre ha pendido el misterio. Documentalmente hablando la verdad es que en ninguna parte existen indicios de haber sido Alejandría del Nilo el sitio elegido por José para salvar al hijo de María de la persecución contra El decretada por Herodes. Por lo que si se me aprieta el autor de esta Historia puede ser acusado de estar inventándose para cubrir necesidades literarias el destino de los fugitivos. Lo cual me parece lógico hasta cierto punto. Yo mismo no puedo olvidar que la iconografía clásica al respecto es bastante escueta, incluso prudente diría yo; y hasta me atrevería a confesar que de una prudencia rayando la cobardía.

La elección de Alejandría del Nilo no fue fortuita por parte de José; ni lo es por parte del que recrea en estas páginas sus movimientos. Afortunada o desgraciadamente la única prueba que puedo aportar es el testimonio de Dios al caso. Lo de desgraciadamente es un decir, por supuesto. Para quien conoce a Dios una sola palabra suya vale más que todos los discursos de todos los sabios del universo juntos en pleno concurso de disertaciones interminables. Desgraciadamente a todo el mundo no le vale la palabra de Dios.

El hecho es que la única prueba real que la Historia nos brinda al caso es el testimonio de Dios, aquel “de Egipto llamé a mi hijo”.

Antes que yo han sido muchos quienes han puesto las manos en el fuego en defensa de la respuesta afirmativa que se merece la cuestión. Desde las distancias apócrifas del que no cree, sin embargo, dos son las objeciones invencibles contra cuyos muros a prueba de bombas se parte la cabeza nuestra retórica. Una es que aquello de Egipto llamé a mi Hijo fue escrito mucho antes de que ninguno de los acontecimientos que narramos hubieran tenido aún lugar, por lo que pararse a creer que siglos y siglos antes del Nacimiento ya la Huida hubiese sido configurada para entrar en el programa mesiánico, la verdad, es mucho creer.

La otra objeción es que esa nota previsora no fue escrita “a futuriori” sino a posteriori. Según estos genios no sería la primera vez que los judíos falsificaron sus textos sagrados. ¿No llevaban siglos haciéndolo? Caía Nínive y venían ellos a escribir sobre sus ruinas que ellos ya lo habían dicho. Y como Nínive todas las demás cosas. También el profeta Daniel vio el advenimiento al poder de Ciro el Grande. Y hasta la caída de su imperio bajo los cascos del caballo de Alejandro Magno. ¿Por Dios, a quién querían engañar? ¿Hay nación más necia que la que se engaña a sí misma?

En fin, esta postura de creación de los textos proféticos a posteriori se ganó muchos adeptos en sus días de gloria. Pasando de su astucia, como es natural a quienes han sido inmunizados contra la astucia de los genios, los otros, los que seguimos manteniendo el valor divino de los textos proféticos, seguimos manteniendo que esas formas de pensar serían lógicas en un pensador antiguo, porque pretender ajustar el pensamiento del Creador al de la criatura, que es lo que se hace negando la omnisciencia divina como fuente de las Escrituras, es negar lo que separa a la criatura de su Creador.

A nivel de concurso es verdad que algunos hombres ven el futuro. En las estrellas, en los dados, en los posos del café, y sobre todo en una bala con un nombre escrito. A nivel de realidad la confesión de la naturaleza humana dista mucho de otorgarse semejante atributo.

Esto de un sitio.

Del otro, ¿no es verdad que la historia la escriben los vencedores? Pues si fuera así algo debe estar fallando en el sistema cuando la vemos escrita por un pueblo de perdedores. Perdieron ante los egipcios. ¿O es que aún hay alguien que se crea que se pasa de la libertad a la esclavitud sin librar una batalla terrible? Lucharon contra los Asirios y perdieron la guerra. Los aplastaron de nuevo los caldeos de Nabucodonosor. Perdieron contra Roma. Los esclavizaron de nuevo los árabes. ¡Curioso, muy curioso que la memoria histórica de medio planeta se base en las hazañas bélicas del pueblo perdedor por excelencia, el Judío!

Yo diría que la Historia se escribe por sí misma al ritmo que Dios usa la mano del hombre por pluma. El moja la pluma en nuestra sangre y escribe nuestro futuro según su clarividencia, omnisciencia, presciencia y genio creador. Dicho de otro modo, nosotros no vemos el futuro, en cambio Dios no sólo lo ve sino que, además, lo escribe. Ahora bien, si esta capacidad divina para crear el Futuro no se admite entonces tendremos que acogernos a la naturaleza de los propios acontecimientos, o correr el riesgo de cerrar esta Historia y abrir un libro totalmente distinto.

Así pues, la despedida fue muy breve. El Lobo del Diablo había olido al Niño.

A salvo en Egipto, José el Carpintero abrió su taller lejos del Barrio Judío, en la Ciudad Libre. Con los años se llegó a llamarse la suya La Carpintería del Judío.

Sobre este particular -el acontecimiento de la Matanza de los Inocentes- digo lo mismo. Si la duda se recrea en la imposibilidad de la existencia de alguien capaz de cometer semejante crimen, entonces ya podemos coger la duda y arrojarla a la basura. Si al contrario es en la ignorancia de los pueblos y sus gentes, hablando de las circunstancias sociales y políticas vividas por el reino de Israel para las fechas, en este caso nada se le puede añadir a lo escrito, tal vez sólo decir que no se explica cómo estando la felicidad en la ignorancia habiendo tanto ignorante en el mundo pueda el mundo seguir siendo tan brillantemente desgraciado.

Pero volvamos a la carga.

¿Fue una decisión fácil para José tener que volver a empaquetar y emigrar al Egipto?

Tal vez no fue una decisión fácil, pero sí valiente.

El Relato de la Adoración de los Magos nos abre la mente al Pasado y nos dibuja a la Sagrada Familia huyendo a la segunda ciudad más grande del orbe, Alejandría del Nilo, ciudad abierta y cosmopolita adonde llegaron José y su Familia con las espaldas cubiertas económicamente hablando. Oro, incienso y mirra fueron los regalos que le hicieron los Magos.

¿Por qué Alejandría del Nilo y no Roma?

Bueno, Alejandría estaba de las costas de Israel a un tiro de piedra. La Matanza de los Inocentes perpetrada, el asesinato de Zacarías, padre del Bautista, consumado, lo último que podía permitirse José era poner en peligro la vida del Niño. De hecho, entre que tuvo lugar el Nacimiento y su presentación en el Templo los días habían corrido; era entonces o nunca. Regresar a Nazaret, empaquetar, coger el barco en Haifa y adiós a la patria.

Esta decisión de José, forzada por las sangrientas circunstancias, cambió al hombre de una forma total. Entre los Santos Inocentes los hijos de sus hermanos cayeron en la trampa. El hombre que desde la cubierta del barco que llevaba a la Sagrada Familia a Alejandría miraba al horizonte, solo, dándole la espalda a todos, llevaba en su pecho escondido ese secreto, que no descubriría a su gente hasta la muerte. Cuando desembarcó en la costa egipcia el José de antes de la Matanza y del asesinato de Zacarías se había hundido en las aguas del Mediterráneo.

¿Sus compatriotas?

Mientras más lejos de él, mejor. La razón de este cambio total no se la dio a nadie, ni a su mujer, ni a su cuñado.

Y ya estamos en Alejandría del Nilo.

El ambiente en el que se crió Jesús gracias al comportamiento extraño de su padre con los suyos fue extraordinario. José, su padre, se negó a instalarse en el Barrio Judío; prefirió buscar sitio entre los gentiles, en pleno corazón de la Ciudad Libre. Compró casa y abrió su Taller. Con el tiempo la suya llegaría a ser conocida como la Carpintería del Judío.

Los titos del Niño, Cleofás y María la de Cleofás, siguieron trayendo niños al mundo.

Listo como él solo que era, en cuanto Jesús se puso a la altura de su primo Santiago, aunque Santiago le llevaba dos años, Jesús lo cogía y se lo llevaba al puerto romano. El Niño no se cortaba con nadie; su sed de noticias del Imperio no se consumía nunca. Su inteligencia para sacarles a los marineros noticias de Roma, de Atenas, de Hispania, de las Galias, de la India, del África profunda despertaba en los lobos de mar la simpatía. Los miraban a los dos Niños de arriba abajo, los veían vistiendo ropas propias de hijos de la clase alta y allá que les contaban a Jesús y su primo Santiago cómo iba el mundo.

Gracias a este natural al cumplir los doce años el Niño hablaba perfectamente el latín, el griego, el egipcio, el hebreo y el arameo. Insisto: ¿o creéis que le buscaron intérprete para la audiencia con Pilatos?

Lo dicho, Jesús fue un niño prodigio en toda la regla. Un niño prodigio que tuvo toda la suerte de tener por padre a un hombre extraordinario. Sin embargo, también los fenómenos sienten, sufren, tienen momentos de debilidad, se entristecen, lloran la soledad que los agobian.

LA PALOMA MUDA DE LAS LEJANÍAS

 

Jesús se hundió. Aquel Niño divino que ponía patas arriba a la chiquillería de la calle entera, se iba, se perdía entre los barcos del puerto y regresaba corriendo a sentarse al caer la tarde en las piernas de su padre entre los amigos; aquél terremoto de Niño se hundió. Jesús dejó de salir de casa. Empezó a sentarse en la puerta de la Carpintería del Judío a ver pasar la vida. El Niño casi no comía. Jesús se dejaba caer en el regazo de su madre entre las amigas, cuando al caer la tarde las mujeres solían sentarse en la calle, bajo el cielo mediterráneo, a coser, a charlar, y se iba.

Era como si aquella llama de la Zarza se le estuviera consumiendo entre los brazos a María. Al principio Ella no se dio cuenta de la soledad que en el pecho de su Niño se había abierto agujero negro y por ahí se lo tragaba un poco más cada día. Poco a poco la Madre abrió los ojos y empezó a ver lo que había en el Corazón de su Niño.

Ella no podía sufrir aquella agonía indescriptible que le estaba quitando de las manos a su Niño. Lo quería más que al mundo, más que al tiempo, más que a las olas del mar, más que a las estrellas, más que al amor, más que a su vida misma. Y se le iba. Era noche tras noche y cada noche un poco más. El Niño no hablaba, no reía, se dejaba caer en el pecho de su Madre, la vista perdida en el cielo de aquella Alejandría del Nilo, y ahí se hundía.

-¿Qué te pasa, hijo mío?, le preguntaba Ella.

-Nada, María, le respondía El.

-Yo sé lo que te pasa, Jesusito.

-No es nada, María, de verdad.

-Cielo mío, echas de menos a tu Padre. No llores, mi vida. Él está aquí, ahora mismo, cuando yo pongo mis labios en tus mejillas Él te besa, cuando yo te abrazo Él te estruja.

Para el Niño aquella mujer que le oía con la sonrisa más dulce del universo en el rostro mientras Él le hablaba del Paraíso de su Padre, de la Ciudad de su Padre, de sus hermanos los superángeles Gabriel, Miguel y Rafael, aquella mujer…aquella mujer era su Madre. La quería más que a todo en el mundo. Era la única persona a la que podía contarle todas las cosas. Le encantaba sentir el latido de su corazón cuando le hablaba de su Reino. ¡Y aquella mirada luminosa que le alumbró el rostro cuando le contó toda la verdad! No se le borró jamás de la memoria.

-Sí, María -le dijo el Niño-. Yo soy Él.

-Cuéntame otra vez cómo es el Cielo, hijo mío. Le pedía ella otra vez.

-El Cielo -le confesaba el Niño- es como una isla que se convirtió en continente, y que sigue creciendo al otro lado del orto de sus horizontes. La Roca en la que tiene sus fundamentos es el Monte más alto que pueda imaginarse hombre alguno. El Monte de Dios, Sión, eleva su cumbre hasta las nubes, pero donde debieran estar las nubes existen doce murallas, cada una de un bloque único, cada bloque de un color, cada muro brillando como si tuviera un sol en su interior. Y son como doce soles iluminando un mismo firmamento. Los doce muros son una misma muralla rodeando la Ciudad que contienen. La llamó Dios, a su Ciudad, Jerusalén, y Sión a su Monte. En Jerusalén tienen los dioses su Morada, y entre los dioses mi Padre tiene su Casa. Desde los muros de la ciudad de Dios los confines del Cielo se pierden en el horizonte que limita con el orto al otro lado de las fronteras del Paraíso.

Verás, el Cielo es como un espejo maravilloso que refleja la Historia de los pueblos que lo habitan. Por ejemplo, este mundo, la Tierra. Vosotros recogéis las memorias de vuestros antepasados en vuestros libros; pero el Cielo lo registra en vivo, porque lo que se refleja en la superficie del Universo se materializa en la del Cielo. Así que si te pones a recorrer la Morada de los hombres en el Paraíso de mi Padre te encontrarás con que todas las Edades del Hombre están recogidas en su geografía. Cuando vayas al Cielo verás con tus ojos que todas las clases de animales y aves y árboles y plantas y montes y valles que han sido una vez aquí Abajo existen para siempre allí Arriba.

Como mi Padre ha creado otros Mundos, y seguirá creando más, el Cielo es un Paraíso repleto de maravillas que nunca se acaban. Para recorrerlo entero tendrías que pasarte andando una eternidad, y cada trayecto del camino sería una aventura. ¿Cómo te lo explico? Mi Padre siembra la vida en las estrellas. Las estrellas del Universo son como el océano que rodea a la isla, y también este océano de constelaciones crece extendiendo sus orillas al ritmo de las fronteras del Cielo. La vida se hace un árbol, y mi Padre y yo la recogemos en nuestro Paraíso para que viva para siempre. Las especies de animales y aves no tienen número. Un gran río nace en las alturas del Monte de Dios, y se divide en la llanura en ramas que cubren todos los Mundos y sus territorios. ¿Ves todas las estrellas? El Cielo está más Arriba.

-¿De Allí has venido tú, Hijo mío?

-Te cuento, María.

 

LA CARPINTERÍA DEL JUDÍO

 

El Niño le contó muchas cosas a María. Le contó tantas que a la pobre mujer inmigrante aquella ya no le quedó espacio en su cabeza y tuvo que empezar a guardarlas en su Corazón. Si yo os las recontaras todas seguramente me tiraría sentado hasta el año que viene, y no es plan.

Lo que sí os puedo contar es lo que ya sabéis. Sabéis que la Sagrada Familia regresó a su patria a la decena de años o antes. Pero ignoráis qué les pasó para que el bueno de José y su cuñado Cleofás tomasen la decisión de vender la Carpintería del Judío, un negocio pero que muy próspero, viento en popa y a toda vela, corta el mar, no navega, vuela, etcétera.

La Carpintería del Judío estaba en plena Ciudad. En aquellos días sólo había una ciudad de verdad en todo el orbe. Era Alejandría del Nilo. Roma era el cuartel militar más grande del mundo. En Roma vivían los senadores imperiales. Pero era en Alejandría del Nilo donde estaban todos los sabios del Imperio. Podemos decir que Alejandría era la Nueva York de aquellos días. En Washington está el Poder, pero en Nueva York está el dinero. Una relación de esta naturaleza era la que mantenía Alejandría con Roma.

¿Por qué pues tenían que regresar ya? ¿Y justamente entonces que el negocio les iba viento en popa corta el mar no navega vuela, etc.? ¿Regresar a qué? ¿A sobrevivir como la mosca en la casa de la araña? Había materia para pensar. Un negocio de menos de diez años de vida es como el chaval al que empieza a salirle el bigote. Desde sus ojos es cuando menos faltas se le sacan al mundo. El mundo estará todo lo mal que tú quieras, pero él, el chaval, está hecho un campeón. En fin, que no era tontería. Le había costado a José y su cuñado salir adelante, abrirse camino, encontrar un hueco, y un hueco grande entre los Gentiles, porque José no quería saber nada o muy poco de sus compatriotas. En este capítulo el señor José era un judío muy raro. No quería saber mucho de sus compatriotas, ni tampoco le gustaba tenerlos demasiado cerca. Nadie sabía por qué, ni tampoco él hablaba mucho. Sería porque el señor José hablaba el latín y el griego desde muy joven y parecía encontrarse entre los Gentiles como pez en el agua.

Hay que decir que a José su dominio de las dos lenguas del Imperio le abrió camino en el mundo de los negocios. Al contrario que sus compatriotas, racistas con todo el mundo, que se creían una raza superior, elegida, y miraban para abajo al resto del género humano, el señor José era abierto, inteligente, poco hablador, pero cada palabra suya era la de un hombre hecho y derecho que no rompía su palabra por nada del mundo.

¡Cómo un carpintero ebanista de provincias, escapado de un pueblo perdido en las sierras se las había arreglado para dominar hasta tal punto las dos Lenguas internacionales del momento, la verdad, era otro misterio!

Otro entre los muchos que hacían del dueño de la Carpintería del Judío una criatura sui géneris, introvertida, indefinible. Sus compatriotas de Alejandría criticaban al señor José precisamente por su alejamiento de las compañías de los suyos.

Al contrario que José, Cleofás, el hermano de María, era muy de su tierra y tiraba hacia los suyos. Lo cual compensaba la balanza y mantenía en equilibrio las relaciones de la Casa con los nacionalistas. Alguna vez, entre cuñados y socios, Cleofás le sacó el tema de su distanciamiento y las causas de esa postura tan inamovible. Pero José siempre encontraba la forma de darle largas al asunto.

José no le imponía a su cuñado Cleofás nada; él era libre para educar a sus hijos según su corazón; él no le iba a prohibir a sus hijos que fueran a la sinagoga y participasen en la vida de la comunidad judía cumpliendo con sus deberes de buen hijo de Abraham. Sólo que la misma libertad que José le ofrecía la quería él para sí.

Ante esta forma de razonar Cleofás se reía y abandonaba el tema. Porque si le preguntaba a su hermana María sobre el comportamiento tan raro de su marido ella tampoco llegaba más lejos.

El mismo enigma que le causaba a Cleofás esta forma de ser de José tenía a María sorprendida desde que salieran de la patria. Y no debía creerse Cleofás que ella le ocultaba algo. José era más bueno que un pan, pero a la hora de abrir su corazón ni a su propia esposa le soltaba palabra.

Total, Cleofás y señora habían parido ya toda una tropa a la altura de este capítulo. José y María sin embargo se habían quedado con el primero y el último, primogénito y unigénito en una sola persona.

-¿Qué pasa, hermano?-quiso saber Cleofás- ¿a qué vienen estas prisas por vender un barco que va viento en popa?

José no quiso decirle a su cuñado toda la verdad, o al menos la verdad según la vivía él.

 

EL REGRESO A NAZARET

 

El Niño superó aquella tristeza que estuvo a punto de hundirlo en las tinieblas de una pena infinita. Su Madre se puso entre el Niño y esas tinieblas incógnitas, llamó en ayuda a su Marido y entre ambos espantaron el diablo al infierno. Pero no se habían olvidado de la batalla cuando el Niño abrió un nuevo capítulo en sus vidas. Jesús ya estaba en los nueve o diez años. Se le había metido en la cabeza al Niño salir de Egipto y que se lo llevaran a Israel.

Comprenderéis que José se enfadara un montón. Su Mujer estaba por su Niño. Lógico. Para María no había ningún problema. Pero para José las cosas no eran tan simples.

Por supuesto que José había oído la Historia Divina de los labios de Jesús en los brazos de su Madre. Y precisamente por eso ahora menos que nunca se podía permitir tomar una decisión equivocada. Mientras no supo a quién tenía en casa el problema le pareció controlado; pero ahora que conocía la identidad del Hijo de María ahora menos que nunca se podía permitir la indecisión que tuvo cuando se rió un poco del consejo de los Magos.

“Vete, José, que te lo matan los Herodes”, le suplicaron.

¿Regresar a Israel estando vivo Herodes el Chico?

-Díle a tu Hijo que no ha llegado el tiempo, le respondió José a su esposa.

Palabras que se llevó el viento.

-Díle a tu marido que debo ocuparme de las cosas de mi Padre, insistióle el Niño.

Respuesta que el viento trajo.

-María, por Dios, es un niño. De aquí no se mueve nadie. Por lo menos hasta que se muera aquel hijo de Satanás.

Cierro y corto. El señor José era así. Muy pocas palabras, pero cuando las soltaba no había en el mundo quien lograra que diera su brazo a torcer.

Y así hubieran podido estar toda la vida si el Niño no hubiese puesto en marcha su plan. No me voy a perder en los detalles, pero lo cierto es que el hijo del Carpintero destapó la botella de su inteligencia prodigiosa y disfrutó como un chiquillo poniendo perdido con el champán de su gloria al rabino de su sinagoga.

-¿La lista de los reyes? ¿La de Antes del Diluvio o la de Después del Diluvio, señor rabino?

Un monstruo. Se lo sabía todo. El todo atónito rabino acabó por interesarse a fondo por el Niño.

-¿Y tú de quién eres hijo, niño?

-Yo soy hijo de David, señor rabino.

-¿Tu padre es hijo de David?

-Y mi madre también, señor rabino.

-¿Y tu madre también? ¡Qué cosa más curiosa!

-Y mi primo aquí presente también, señor rabino.

“Tú sí que estás hecho un rabino”, pensó para sí el hombre.

Así que el señor rabino entró un buen día en la Carpintería del Judío pidiéndole explicaciones a José. Como si él tuviera derecho a algo por ser siervo de los siervos de Dios.

José lo miró de arriba abajo y lo puso de patitas en la calle. Y delante del propio Niño. Porque claro, todo este lío era cosa del Niño.

Comprenderéis que después del susto que se llevó cuando lo del Nacimiento, José tuviera prohibido en su casa la menor mención sobre los orígenes davídicos de su Familia. Y si se terciaba el caso sus orígenes davídicos se debían escapar como el que no está dispuesto a poner la mano en el fuego. Sí que lo eran; pero vaya usted a saber; sus padres les dijeron que lo eran y ellos no iban a discutirles la autoridad a sus papás.

El Niño estaba rompiendo esta ley de la Familia. Y lo estaba haciendo con perfecto conocimiento de causa. Sabía, porque conocía a José como si fuera su hermano, su amigo, su padre, que en cuanto José detectara el menor peligro que pusiera en peligro la vida del Hijo de María, José cerraría el negocio y emigraría a otra parte.

El primer round lo había superado José. Pero el segundo estaba por llegar.

El Niño regresó a las andadas. No sólo era hijo de David como el que no quiere la cosa, su madre era la Hija de Salomón.

-Pues sí, señor rabino. La Hija de Salomón en persona.

-¿Y dices que esto tu padre puede demostrarlo con papeles sobre la mesa?

-Pues sí señor.

A aquel rabino que tuvo la suerte o la desgracia de tenerlo por alumno se le pusieron las antenas tiesas. Confuso, perdido, el todo atónito rabino le llevó el tema al rabino jefe.

-Lo que le digo -le dijo-. Si fuera otro niño me lo tomaría a chirigota, pero del hijo del Carpintero yo ya me lo creo todo. Sabe más que todos los sabios de la corte de Salomón juntos. Incluyendo al rey sabio - con estas palabras le fue el rabino de Jesús a su jefe.

Y ambos se presentaron un buen día en la Carpintería del Judío dispuestos a llegar al fondo del asunto.

Fueron a por José. Fueron a exigirles que les enseñara los documentos de los que les había estado hablando el Niño. Jesús les había dicho que su padre guardaba los documentos genealógicos de la Familia, documentos que databan de los días del rey David en persona, reeditados por el profeta Daniel durante los días de la Cautividad Babilónica.

José se encontró de pronto ante una jugada maestra de jaque mate. El Hijo de María estaba jugando fuerte. Quería llevarlos a todos a Jerusalén y nada ni nadie lo iba a detener.

La discusión que tuvo José con los dos rabinos fue muy fuerte. No la voy a intentar reproducir para no crear la impresión de estar recordando acontecimientos fantásticos.

-La impresión que el Hijo de María causaba en sus preceptores era tan descomunal que le habían dado fe a la palabra de un chiquillo… blablabla. Escabullendo el bulto les afirmó el Carpintero.

De haberle conocido hubieran comprendido que para José afirmar era decir la última palabra.

José lo tenía muy claro. El Hijo de María podía ser el Hijo de Dios en persona, pero era a él, a José, a quien su Padre le había dado su Custodia, y a él, y sólo a él, José, le tocaba decidir cuándo regresaría la Sagrada Familia a Israel.

¿Podía ser el Hijo de Dios?

¿Sólo podía ser…?

“¿En qué estás pensando, José?”

Se creían los rabinos que tenían acorralado al Carpintero, y hasta el propio Niño que escuchaba detrás de la puerta lo llegó a creer. Las palabras como espadas en duelo a muerte se estaban cruzando cuando el Niño se asomó a la puerta con el aire del vencedor que le pregunta a su enemigo caído: ¿Aún quieres más?

Fue la primera vez en la vida que José vio al Hijo de María con los ojos que su Madre lo veía. Aquél era el Hijo de Dios en persona. No era una broma. Pasaba que tenía el cuerpo de un niño. Pero a quien tenía delante era al Primogénito de Dios.

Y era Él en persona quien le estaba hablando con el pensamiento.

Sí señor, le estaba hablando con el pensamiento con la certeza que tú estás leyendo este libro.

Estaban hablándole a José los rabinos a pulmón abierto en su propia casa y él tenía la mente en otro sitio, en otro lugar. Le estaban exigiendo los documentos genealógicos del Niño y él estaba en otro lugar, en otro tiempo. El Niño estaba contra el halo de la puerta de la Carpintería, de pie, diciéndole sin abrir la boca: ¿Todavía no me crees, José?, ¿no ves que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?

Pero la jugada le salió mal al Niño.

Pasado el momento, los rabinos idos, otra vez de nuevo y ahora más que antes José se cerró en banda. Jamás regresarían a Israel hasta que su Dios le diese la orden de regresar. Y se acabó, no quería oír más.

Y así fue cómo el Niño volvió a derrotarse. Dejó de hablarle a José. Había jugado la partida y la había perdido. Nadie se movería de Egipto hasta que Dios le diese a José la orden de regresar a Israel, así de sencillo así de trágico.

Sencillo de decir, sí; de vivir, pero que para nada. Padre e hijo pararon de hablarse, de mirarse incluso. Jesusito ni comía. Se dejaba caer en el suelo contra la fachada de su casa, viendo la vida pasar, agobiado por la pena del que lo puede todo y se le ordena hacer nada.

María no sabía quién sufría más. Si el Niño por no haber conseguido imponer su voluntad, o si su Marido por no poder sufrir el silencio y el alejamiento de su hijo. Es que ni se miraban. José no se atrevía, y el Niño no podía.

Cleofás era el único que parecía disfrutar viviendo aquella situación.

-¿Qué te pasa, hermano, por qué eres tan cabezón?, le decía a José.

-Es sólo un Niño, Cleofás, le respondía José.

Pues pasó que un día de aquéllos regresó José a casa de cerrar un trato. Jesús ya había perdido toda esperanza de convencer al bueno del señor José. ¿Desde cuándo no se habían hablado?

Regresó José el Carpintero de cerrar aquél negocio todo serio, pero con los ojos muy brillantes. En cuanto María lo vio cruzar la puerta el corazón le pegó un bote, pero no quiso decir palabra. Esperó a que su esposo le hablara.

-Mujer, dile a tu Hijo que nos vamos.

No le dijo más.

La Madre cogió al Niño y se fue a distraerlo al mercadillo. Le iba a comprar lo que quisiera, para animarle y levantarle los ojos, le dijo. Jesús la siguió como hubiera podido seguir a una nube sin destino. Desde el incidente entre José y los rabinos no quería saber nada, no tenía ganas de nada. Y no había nada que su propia Madre pudiera decirle para levantarle la moral.

¿Nada?

Bueno, sí había algo. Tenía dos signos, y era una sola palabra. José se la negaba y María no se la podía dar.

¿No se la podía dar?

Aquel paseo por el mercadillo del puerto de Alejandría no lo olvidarían nunca. Ella no paraba de sonreírle, de hacerle cosquillas, de decirle con sus gestos: Adivina adivinanza, ¿qué me pasa?

Lógicamente el Niño se mosqueó un rato, hasta que acabó abriendo los ojos. Cogió a María -Él siempre la llamaba por su nombre- la sentó en uno de los bancos del muelle y mirándola a los ojos le leyó el corazón con la facilidad que tú lees estas líneas.

-María, ¿sí?, fue todo lo que le preguntó el Niño.

Ella movió la cabeza toda muerta de felicidad. Y allí mismo contra el fondo del horizonte mediterráneo bailaron locos de alegría.

Corrieron el regreso a casa. José estaba trabajando cuando ellos entraron. María pasó de largo, pero José captó la luz que brillaba en el corazón de su Mujer. Se le iluminaron las pupilas y volvió la cabeza. Antes que pudiera decir palabra el Niño salió corriendo a echarse en sus brazos. Gigante cual era el Marido de María lo atrapó y lo levantó como hacen todos los padres con sus chiquillos. Ahora sí que los dos habían vencido. El Niño tenía lo que quería y José había recibido la orden de Dios de ponerse en camino.

Cleofás no rechistó. Ni dijo nada. Su cuñado era el jefe del clan, él disponía, él mandaba.

Jesús salió corriendo en busca de Santiago, su primo, gritando por la calle: A Jerusalén, Santiago, a Jerusalén.

 

 

VOLVER A NACER

Los emigrantes regresaron a Nazaret, como quien dice, ricos. José vendió la Carpintería del Judío a un precio muy bueno.

Adiós Alejandría adiós -susurraron los labios de un José que dejaba atrás amigos, negocio, años felices, perspectivas nuevas, una ciudad sabia, la alegría de haber vivido cosas maravillosas y oído otras increíbles de creer de no haberlas oído de labios del Niño.

Al otro lado del horizonte le esperaba el regreso del dolor dormido bajo las sábanas espesas de un subconsciente cruelmente herido. ¿Regresar a Nazaret?, ¿instalarse en Belén, su pueblo?, ¿qué haría?

Durante la ausencia de la Dueña del Cigüeñal de Nazaret, la casa grande de la colina, Juana, la hermana de María, había mantenido la heredad de su sobrino Jesús en alza. Por este sitio José no tenía ningún problema. Todo lo que era de su esposa era suyo; así que José podía dedicarse a vivir de las rentas y empezar a darse la buena vida. Sólo que por muy próspera que fuera la herencia de su esposa esta forma de pensar no iba con él.

Como padre que era a José más que el porvenir de su hijo Jesús lo que le preocupaba era el futuro de sus sobrinos.

Para la fecha su cuñado Cleofás había traído al mundo una tropa. De haberse mantenido soltera su hermana María hubiera sido más que probable que la herencia de Jacob de Nazaret y su legado mesiánico hubieran pasado al varón de la casa; en cuyo supuesto el futuro de los hijos de Cleofás hubiera estado ligado al de la propiedad de María.

No era el caso. Tarde o temprano los hijos de Cleofás tendrían que abandonar la casa de la Tita María, establecerse y fundar sus propias familias. Así que, sin pensárselo dos veces, José tomó la decisión final de volver a empezar, como la primera vez que llegó a Nazaret, desconocido de todos los que no le conocían, sin suelo donde caerse muerto, el cielo por techo, los horizontes por paredes de su casa, la tierra madre por piso donde reclinar su cuerpo, una piedra de almohada bajo las estrellas, sus fieles canes asirios de guardia alrededor del fuego, la aurora al alba, la estrella de la mañana bajo la Luna, Jerusalén arriba, camino de la Samaria como quien se interna en un cuerpo y viaja hasta el corazón por las arterias incógnitas de la tierra. ¿Por qué no? ¿No nos dotó Dios de su fuerza para mantener el espíritu siempre joven? Las fuerzas tienen que fallar, pero las ganas siguen más allá del cansancio de los huesos.

Pues claro que reabrir la carpintería iba a ser un trabajo serio, pero como a aquéllos dos hombres no les faltaban ni la fuerza ni el coraje para volver a empezar de cero, pues eso. Además, que ya habían pasado a mejor gloria las criaturas tenebrosas que ordenaron la Matanza de los Inocentes y, la verdad, todo sea dicho, aunque José no aparentara demasiadas ganas de regresar a la patria también a él le estaba picando el gusanillo de la familia, volver a ver a sus hermanos y hermanas, ver a su mujer y a su cuñado felices en los brazos de su madre. En fin, que la naturaleza humana fue tejida con fibras del amor divino y necesita bañarse en lágrimas de alegría para superar la tendencia innata que manifiesta a parecerse a las bestias, que ni ríen ni lloran.

En cuanto al trabajo, hombre, José pudo haberse dedicado a los negocios del campo, pero no era su palo. El oficio de carpintero ebanista lo llevaba en los genes, le palpitaba en la sangre; era lo suyo, podía pegar un clavo sin mirar, pulir la superficie más ruda mientras conversaba. ¿El campo? El campo no era para él, ni él estaba hecho para el campo. ¿Habían desfallecido las mañas de su cuñada Juana para mantener la propiedad en alza?

Sí, para los asuntos del campo allí estaba su cuñada Juana. Y sobre el taller costura de Nazaret el asunto estaba en las manos de las obreras de su Mujer, y Esta, dedicada ya a su familia, lo primero que hizo fue dejar las cosas tal como estaban.

El Niño, por su parte, apenas puso el pie en Israel ya se moría por ver llegar el día de su admisión en la comunidad con todos los plenos derechos de los adultos, cosa que solía tener lugar a los trece o catorce años. En su caso las cosas se adelantaron a los doce años porque su cabeza funcionaba mejor que la de una persona mayor. Conste que no lo digo para impresionar al lector. Lo cierto es que durante todo el trayecto del Egipto a Israel el Niño se mantuvo hiperactivo; si por Él hubiera sido se hubiera echado a volar, o a correr sobre las aguas y no hubiera parado hasta llegar a Jerusalén. Ya se lo imaginaba todo. Se abriría paso hasta el Patio del Templo, pediría la palabra y dejaría fluir por su boca la verdad toda la verdad y nada más que la verdad.

“Allá voy Jerusalén” susurró el Niño mientras dejaban atrás Egipto.

La idea del Niño sobre su destino mesiánico era la clásica del pensamiento popular de las fechas. El Hijo de David se presentaría montado en su caballo de gloria ante los poderes del Templo, reuniría a su alrededor a todos los hijos de Abraham del mundo y los lideraría a la conquista de los confines de la tierra.

Con estas santas intenciones en la cabeza, la ceremonia de admisión en la comunidad celebrada, a sus doce años cumplidos, Jesús se fue al Templo a poner en práctica su estrategia.

Durante el primer día atraería la atención sobre sí; al segundo la voz se correría; y al tercero se les descubriría a todos los Sabios de Israel en la inmensidad de su realidad divina. Al Cuarto el Mesías estaría en su trono llamando a sus filas a todos los ejércitos del Señor en el mundo.

Y así fue. Al menos durante los dos primeros días. Pero al tercero pasó algo que marcaría su existencia por los restos.

Maravillados por la inteligencia de aquel Niño que sabía más que todos los sabios de Israel juntos, las autoridades del Templo acabaron congregándose para tomar una decisión sobre lo que estaba pasando.

Entre ellos cogió sitio alrededor de Jesús, a su vez rodeados de los Doctores y Príncipes del Templo, un tal Simeón. Este Simeón era el anciano que saludara al Niño recién nacido y le dijera a su Dios que ya lo podía dejar ir, a reunirse con sus padres pues ya había visto al Cristo.

Dios no parece que estuviera muy de acuerdo con Simeón. En lugar de llevárselo al Cielo lo dejó en la Tierra todavía.

Este Simeón en cuanto vio al Niño reconoció al Hijo de María. Alucinado por lo que estaba viviendo tomó la palabra cuando ya todos estaban convencidos de tener delante al Hijo de David.

-Dime, hijo, rompió el tal Simeón el silencio.

Y siguió hablando palabras de una sabiduría desconocida para el Niño y para todos.

-¿Qué pasará cuando tú te vayas? Porque tú tendrás que irte. ¿Volveremos los hombres a nuestro viejo mundo de todos los días o acaso crees que el Cristo se quedará para siempre con nosotros?

¿De qué le estaba hablando aquél anciano?, se preguntó el Niño.

Aquel anciano le estaba diciendo, entre las protestas de todos sus colegas, que el Cristo debía verse rodeado de una jauría de perros, cargar con todos los pecados del mundo, ofrecerse como Cordero Expiatorio.

-Pero si se sienta en su trono ¿cómo podrán cumplirse las Escrituras?, apuntilló su discurso el tal Simeón.

El Niño se quedó helado. ¿Él era el Siervo de Yavé de las profecías de Isaías?

No era que el Niño no conociera las profecías. Los libros proféticos se los conocía de memoria. Lo que le estaba impactando era la interpretación que Simeón les estaba dando. Era una sabiduría tan nueva y desconocida para Él como lo era para los demás que la estaban escuchando.

 

 

LA ESPADA DE DAVID

 

 

Decía la leyenda que el gran guerrero bailó la danza de la victoria alrededor del cadáver del enemigo. Decía también que aquellos bárbaros les robaron el secreto del hierro a los héroes de Troya antes de caer Eneas bajo la astucia de los griegos.

Entre aquellos monstruos sin alma el más horrible era siempre el jefe. El jefe no era siempre el más alto, pero sí siempre el más cruel, el más terrible, el más despiadado, el más letal y maligno. En aquella ocasión el más alto y el más cruel y despiadado bárbaro concebible se habían dado cita en el mismo cuerpo. Se llamaba Goliat. Su espada era tan grande como la de aquél otro guerrero que los Hispanos llamaban Rodrigo Díaz de Vivar, la que cortaba de un tajo cinco cabezas de moros puestos en fila india. Nadie se quería poner a menos de tres metros de distancia del Cid Campeador; esos tres metros eran lo que medía su arma desde el hombro a la punta de aquella espada de acero español. Brazo y espada eran una sola cosa con aquél guerrero castellano que en estatura poco o nada tuvo que envidiarle a la del filisteo matón y farfullero que cometió el terrible error de quitarse el casco delante del hondero.

Cuenta la leyenda que David recogió la enorme espada del gigante y con ella le cortó la cabeza de un tajo. Y sigue diciendo que el guerrero hebreo combatió con ella al frente de sus ejércitos. De lo cual nosotros debemos deducir que si hermoso de rostro el tal David de ninguna forma fue corto de cuerpo ni de brazos delicados y finos. No fue un gigante, pero desde luego que lo que menos se le parecía era un enano.

Principio de su corona, la espada de Goliat fue el símbolo real por excelencia que le otorgaba al que estaba en su posesión el trono de Judá. La recibió Salomón y Salomón se la entregó a su hijo. Roboam al suyo, éste al siguiente, y así pasó de mano en mano durante los cinco siglos que corrieron desde la coronación de David al último rey de Jerusalén.

Nabucodonosor se la arrancó de las manos al último rey vivo de Judá y arrojó aquella espada de museo entre los demás tesoros que sus ejércitos habían recaudado alrededor del mundo. La vio tan grande y pesada que la creyó un objeto de decoración. Se olvidó de ella y allí se hubiera quedado para siempre si, tras conquistar Babilonia, Ciro el Grande no se la hubiera entregado al profeta Daniel para que hiciera con aquel símbolo sagrado de los hebreos lo que en su espíritu estuviera hacer.

Por derecho legítimo la espada de David, la espada de los reyes de Judá, le correspondía por herencia a Zorobabel. Pero el profeta Daniel se la negó porque no era con la espada que debería reconquistar la Patria Perdida. La espada de Goliat permanecería en la Gran Sinagoga de los Magos de Oriente hasta que naciese el Hijo de David.

Aquella espada era la espada que José llevaba empuñada el día que entró en el Templo buscando al Hijo de María.

La espada de David fue un regalo de los Magos al padre del Mesías. Le tocaba custodiarla a él hasta el día de la coronación de su hijo.

Fueron muchas cosas las que le regalaron a José los Magos. Oro, incienso y mirra fueron los tres últimos regalos que le hicieron; pero esto era para el Niño. Antes le habían regalado a José un caballo íbero que volaba como una estrella fugaz y era capaz de atravesar la Samaria sin beber agua ni darse descanso. Y tres perros de una misma camada, reliquia de los canes que los reyes de Nínive llevaban con ellos en sus cacerías de leones. Uno se llamaba Deneb, Sirio el otro, y el tercero Kochab. José no los sacaba jamás juntos. Se parecían tantos que quien no conocía a José se creía que sólo tenía un ejemplar de aquella especie en vías de extinción. Eran mansos como corderitos a los pies de su dueño, pero más fieros que el demonio más malo del infierno más horroroso si olían el peligro. Sus tres canes, su caballo íbero y la espada de Goliat fueron las tres cosas que José se llevó consigo de Belén el día que Isabel le dijo:

-Hijo, todas sus hermanas se han casado y son felices; el muchacho está ya en flor y tiene toda la gracia de su padre. Cleofás es fuerte, es alto, es listo, no tardará en encontrar quien lo ame con locura. Muy pronto la Hija de Salomón estará libre de su voto, ¿no es eso lo que ha estado esperando todos estos años el Hijo de Natán?

Y una cuarta se llevó consigo José a Nazaret, que le era la más preciada de todas: El documento genealógico de su Casa. Pero a lo que íbamos.

Solamente dos veces en su vida se le disparó a José el puño a la espada de su padre David. Que se le disparara el brazo nos dice mucho sobre la estatura del hombre y la fuerza de su brazo. La primera fue cuando José fue a buscar a María a la casa de Isabel. La segunda, cuando entró en el Templo a buscar al Hijo de María.

¿Qué hubiera pasado si en lugar de decirle el Niño a sus padres lo que les dijo le hubiera dicho a José?: Hijo de Natán, entrégame la espada de los reyes de Judá.  

 

POLVO ERES Y AL POLVO VOLVERÁS

¿Qué fue en definitiva lo que le descubrió aquél anciano al Niño? ¿Qué fue lo que le mostró aquel hombre para que el Hijo de María renunciase a sus planes? ¿Qué le dijo? ¿Por qué aquel Niño cerró su boca y renunció a subirse al caballo del Hijo de David, el príncipe valiente e impetuoso que, según la interpretación popular de las Escrituras, al frente de sus ejércitos habría de llevarle la paz de Dios a todo el mundo? ¿Por qué quién entró en el Templo dispuesto a descubrirse y reclamar para sí lo que le pertenecía por derecho humano y Divino abandonó de golpe sus planes mesiánicos y se fue tras “sus padres” sin soltar palabra?

Que aquél anciano -cuya identidad descubriremos en la Segunda Parte- le descubrió al Niño la sabiduría que todos conocéis por boca de la Iglesia Católica desde los días de los Apóstoles, esto es seguro. Pero que hubo más, muchísimo más, también.

Y la única forma de descubrir qué pasó por su cabeza es poniéndonos en su lugar. Pero no de la forma arbitraria que más nos apetezca y nos parezca acorde a nuestra naturaleza. Por un rato vamos a olvidarnos de todo lo que hemos escuchado y nos vamos a meter en su piel. Y para ello vamos a aceptar la tesis católica de la Encarnación del Hijo de Dios. La vamos a adoptar a todos los niveles y la vamos a llevar hasta sus últimas consecuencias.

Vamos a considerar la posibilidad de haber sido aquel Niño el Hijo de Dios en persona. No un hijo cualquiera a la imagen y semejanza nuestra, por adopción; ni siquiera un hijo de Dios a la imagen y semejanza de los ángeles que en el libro de Job vemos ante la presencia de Dios. No, vamos a dar por sentado que aquel Niño era un hijo de Dios a la manera de quien es Unigénito de su Padre porque ha sido engendrado de su Ser. Y que en su condición de Unigénito cumple todas las exigencias que el Credo Católico pone sobre la mesa: Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Es una posibilidad. Posibilidad que vamos a considerar en toda la extensión de su magnitud.

El primero que asumió esa posibilidad fue el propio Jesús. En su doctrina se proclamó Causa Metafísica de la Creación, es decir, la razón por la que Dios hace todas las cosas, incluido nuestro Universo. Desde esta posición de Hijo Unigénito Jesús les respondió a los judíos que le preguntaron su edad que “El ya existía antes que Abraham”, algo lógico si se piensa que siendo la Causa Metafísica de la Creación su presencia era requerida durante el Principio y antes de comenzar la acción. Consecuente consigo mismo Jesús volvió a proclamar para sí esa condición de Razón Metafísica cuando afirmó que “su Padre le muestra todo lo que hace”. Lo otro, que nos invitara a asistir al Espectáculo en los próximos Actos Creadores es simplemente colateral. Es algo que no viene a cuento en este instante. La tesis que manejamos es que cuando Dios abrió el Principio y creó los Cielos y la Tierra su Hijo Unigénito estaba a su lado y era por amor a El que se dispuso a crearnos a nosotros, el Género Humano.

Todo perfecto. Hasta que Adán cometió el error de dejarse llevar por la astucia de la Serpiente.

Independientemente del dilema que la perfección divina y la libertad humana nos plantea, lo realmente importante es que el Hijo de Dios vivió la condena de Adán como algo que le afectaba directamente.

Se deduce de las Escrituras que Dios y su Hijo abandonaron a Adán y Eva por un tiempo. Cuando regresaron se encontraron con el hecho consumado. Su Padre comprendió todo lo que había pasado, juzgó el caso y en la cólera de Juez del Universo dictó sentencia contra todos los actores. A la Serpiente le juró que un hijo de Adán se levantaría y le aplastaría la cabeza. A Adán y Eva los condenó a morir.

Atónito, alucinado por aquella rebelión contra Dios, su Hijo, hermano del Adán muerto, sintió cómo se le subió la sangre a la cabeza y soñó con el día de la venganza del hijo del Hombre.

Pero ese Día de la Venganza no era para mañana ni para pasado mañana. En realidad, nadie sabía para cuándo. El Hijo de Dios sólo sabía que según pasó el tiempo la pérdida de la identidad del Hombre que Dios creó se hizo cada vez más grande. Se fue haciendo tan grande, y el odio que por su culpa se fue acumulando contra los ángeles rebeldes se le hizo tan enorme que con todo su Ser le pidió a su Padre que lo enviara a la Tierra en persona a enfrentarse al mismísimo Diablo. Vencido el Diablo la corona de Adán sería para el Vencedor; y siendo el Vencedor y el Hijo de Dios la misma persona durante su reinado el Género Humano saldría del Infierno al que había sido arrojado y reemprendería el camino para el que fuera creado y de cuyo sendero lo apartara la Traición.

Vino pues el Hijo de Dios a la Tierra con la sangre hirviéndole, dispuesto a secarle las lágrimas a nuestro mundo. Su espada estaba en su boca, era su Palabra. Para conquistar el mundo no necesitaba de la espada de Goliat, sólo necesitaba abrir la boca y ordenarles a los vientos que se levantasen, a los ejércitos que depusieran las armas. El traía la Paz, la suya era bandera de una Salud que supera a la Muerte y conduce a los hombres a la Inmortalidad.

¿La Inmortalidad?

¿He dicho la Inmortalidad?

“Pues sí, hijo, ¿pero te vas a rebelar contra la sentencia de tu Padre?” le dijo aquel Simeón. “¿Para salvarnos a nosotros te vas a condenar tú? ¿Por salvar al Presente vas a condenar al Futuro? Ciertamente tu Padre te ha enviado a enfrentarte al Maligno y le aplastarás la cabeza, pero ¿si rompes los muros de nuestra prisión contra el juicio divino en qué te diferenciarás de ese contra el que has venido a vengar la muerte de nuestro padre Adán? Porque el Juicio de Dios es firme: Polvo eres y al polvo volverás. Es nuestra suerte. ¿Te ha dicho tu Padre y Dios acaso: Ve y anúnciales el fin de su prisión; sácalos y dales la Inmortalidad por la que suspiran desde que los creé? ¿No ves, hijo, que al dejarte arrastrar por el amor que nos tienes te arrastras a ti mismo a la perdición y arrastras contigo a toda la Creación? ¿Quién sino el Juez de todos nosotros puede firmar nuestra libertad? Pero si a su Hijo le ha dado ese Poder, entonces haz según tu voluntad”.

 

 

Tercera Parte

Historia de Jesús de Nazaret