LA BIBLIA DEL SIGLO XXI .

LA HISTORIA DIVINA DE JESUCRISTO

 

 CRISTO RAÚL DE YAVÉ Y SIÓN

 

LIBRO PRIMERO EL CORAZÓN DE MARÍA

CAPÍTULO I:

“EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

 

Primera Parte

Historia de José y María

 

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham...hijo de David...hijo de Zorobabel, hijo de Abiud, de Eliacim, de Azor, de Sadoc, de Aquim, de Eliud, de Eleazar, de Matán, de Jacob...

 

 

MARÍA DE NAZARET

 

La Virgen nació en Nazaret, en pleno corazón de la Galilea. Cual, gracias a los Evangelios Canónicos, muy bien todo el mundo sabe el padre de la Virgen se llamaba Jacob, y su madre se llamaba Ana. Jacob de Nazaret, padre de María, murió siendo María muy joven. Un buen día de aquellos se le fue al padre de la Virgen el santo al Cielo, y no volvió. Esto tuvo lugar durante los años del reinado de Herodes.

El difunto dejó aquí abajo huérfanas, huérfano y Viuda. Desde el punto de vista de las cosas de los seres humanos, Jacob, hijo de Matán, hijo de Salomón rey, hijo de David, rey y profeta, fue a morirse en un mal momento. La Muerte, desde luego, nunca llega en buen momento. Pero de todos modos dentro de lo malo Jacob de Nazaret fue a morirse en el mejor de los momentos posibles. Aquellas grandes sequías que durante tantos años asolaron las provincias del Oriente Medio por fin se habían largado; las famosas vacas gordas que por un momento pareció que no iban a volver nunca estaban volviendo a cual más rolliza; habían vuelto y paseaban su abundancia por los campos de todas las provincias del Levante Antiguo, cuando los Griegos y los Romanos.

El luminoso horizonte ansiado, rogado, deseado, pedido en procesiones multitudinarias Templo abajo Templo arriba, se había acercado también, cómo no, a las colinas de Nazaret. Sus resplandores ya comenzaban a brillar en los ojos de sus habitantes con el fulgor de la estrella de las oraciones oídas, del deseo concedido. Pastores de la Galilea, pescadores del mar de los Milagros, agricultores de los valles del Jordán, artesanos del país que habitaban en las tinieblas de la desesperación, todos juntos se lanzaron a las calles a celebrar los años de las vacas gordas. ¡Por fin habían llegado!

La Casa de la Virgen disfrutó de la alegría general con la intensidad de quien lo ha pasado mal, tan mal como los demás, no tan mal como otros, tampoco mucho mejor que la mayoría de la gente que lo pasó verdaderamente mal durante aquellos largos años. ¡Fueron tantos!

No fue únicamente aquella sequía. También fueron aquellos terremotos que asolaron el Oriente Medio sembrando el hambre desde los montes del Líbano a las costas del Mar Rojo. Y más. De por sí terribles aquellos años de desesperaciones tremebundas la política fiscal del tirano Herodes hizo de hacha cortando toda cabeza que lograra mantenerse a flote. Bajo el reinado de Herodes el Grande seguir respirando se convirtió en delito. El derecho a la palabra quedó prohibido. La cualidad sagrada que hace la diferencia entre el hombre y las bestias fue sancionada, y condenado su ejercicio en el mejor de los casos a destierro, a la pena capital en los demás. Tantas plazas fuertes se construyó Herodes tantas horcas se contó en Israel. De todos los oficios la prostitución es el más antiguo, pero el único que durante los días de Herodes el Grande nunca pasó de moda fue el del verdugo. ¡Qué gracia, mientras llegaba o no el Día del Juicio Final los cachorros de la familia del Tirano se construían palacios con bloques de mármol! Y fortalezas dignas de un emperador, y cuarteles y guarniciones militares contra una posible insurrección de esas que son capaces de echar abajo hasta las mismas murallas del Infierno.

¡Ni los faraones!

El faraón de Moisés fue malo, los Herodes fueron peores. Y, entretanto, mientras el tirano devoraba a un hijo o a un hermano el pueblo seguía pasando calamidades físicas y espirituales de las que cuando pasan uno ya no quiere ni acordarse. ¿Quién se acordaría de aquellos años de vacas flacas cuando pasasen los dos mil años? Sin embargo, de la esquizofrenia constructora del Tirano, la esquizofrenia del tirano sí sería recordada por la Historia: ¡Herodes el Grande! A aquel asesino sólo le faltaba eso, que le concedieran licencia para matar a su antojo. A sus hijos, a sus hermanos, a su mujer, a sus amigos, a sus enemigos, fuesen o no fuesen inocentes. Permiso del propio César para violar todas las leyes del Derecho Romano.

Bajo el reinado de Herodes llegó un momento en que bastó mover los labios pidiendo justicia para caer bajo las ruedas de su paranoia asesina. Los Romanos -todo sea dicho- cometieron muchos errores; de todos los que se permitió Octavio César Augusto darle la Corona de los Judíos a un palestino fue un fallo que hasta al propio Juez del Universo le ha de costar perdonarle.

Pero volvamos al tema de la Vida de la Virgen y su Familia. Jacob de Nazaret, padre de María, acababa de morir.

Precisamente porque Ana, la Viuda de Jacob de Nazaret, y sus hijas mayores María y Juana ya habían logrado casi olvidarse de la clase de batalla que aquel hombre tan queridísimo de ellas hubo de librar contra los elementos de aquél verano interminable, se comprende que su pérdida, ahora que comenzó la luz de la esperanza a engendrar en las ubres de las vacas del establo el oro de la abundancia, le fuera a la madre de la Virgen infinitamente más insoportable y dura la pérdida de su esposo.

Ana y Jacob de Nazaret superaron todo lo malo con coraje y le respondieron a los malos tiempos con la buena cara del que camina bajo la paz de Dios. También Jacob de Nazaret y Ana soñaron con los días de las vacas gordas durante todos los días de los últimos años, como todo el mundo; y se rieron de los malos tiempos dando a luz seis hijos.

Pasó que en lugar de permitir que los malos tiempos abrieran brecha entre ambos, Jacob y señora se unieron con más fuerza, si cabía aún, en el abrazo del amor que los tenía maravillados de estar juntos. María se llamó la primogénita del difunto; luego vino la Juana. Les siguieron mellizas, después otra niña, y cerró el río de la vida el niño de la casa, de nombre Cleofás, un bebé en sus días de leche cuando vino a morírsele su padre.

“Ahora que vuelve a brillar el sol, hija mía, me deja sola el Señor con mis seis hijos. ¿Quién me va a enseñar a vivir sin tu padre, María?”, de esta manera la madre de la Virgen derramaba el alma que le sangraba. La muchacha recogía en su regazo las lágrimas de aquella madre a quien quería tantísimo. Como cualquier chiquilla que se hubiese perdido en un bosque de gente extraña la Viuda lloraba a corazón partido. En el corazón de María sin embargo la presencia de su padre simplemente se había dormido.

María aún podía ver, sentir, oler, oír a su padre todo sonriente mientras les respondía a ella y a su hermana Juana sus preguntas sobre el Señor. María aún podía verlo tratando con los segadores, con los hortelanos y los ganaderos del pueblo con la alegría y la fortaleza del hombre respetado, estimado, tenido por honesto de un confín al otro de la comarca. Era su padre un hombre de los que miran cara a cara, directo a los ojos, sin dobleces. En los ojos se le podía leer a Jacob de Nazaret la sinceridad que transpiraban sus palabras.

Cuando llegaron los años de las vacas flacas el padre de María dio la talla. Como el campo no producía ya para pagar sueldos extras Jacob de Nazaret se echó a las espaldas la carga de sacarle a sus campos aunque fuese unos sacos de almendras, unas arrobas de aceite, unas medidas de trigo, algunos quintales de los famosos vinos de la Casa. Lo que fuera con tal de mantener los huesos de sus hijas sanos y fuertes. ¡Sus dos hijas mayores María y Juana sabían tan bien como su Viuda contra qué clase de soles estériles tuvo que luchar aquél hombre! Gracias a Dios, aunque pequeñas, María y Juana allá que arrimaron el hombro con las aceitunas en invierno, con las almendras, con los higos y los trigos en el verano, con las bestias en otoño, verano, invierno y primavera. ¡Lo que daría ahora la Viuda de Jacob de Nazaret por volver a levantarse de mañana al alba y prepararle al padre de sus hijas la leche, el pan, el agua!

María lo sabía muy bien, por ver a su padre de nuevo de pie al alba, despidiéndose de sus hijas con aquella sonrisa tan suya en los ojos, su madre daría su propia vida. Pero ya no se podía hacer nada para que la muela del tiempo diera marcha atrás. Ahora había que vivir, elegir entre el esposo muerto y los hijos vivos.

De las dos muchachas, María y Juana, la Juana era la más chica, un año menor que la María. María era la mayor, la grande de la Casa. Misterios de la vida, era a ella, a la Juana, la más pequeña de las dos, a la que más le iba la marcha del campo; tal vez porque Juana había heredado de su padre el gusto por el olor de los árboles en flor y el placer de contemplar los colores del horizonte al alba.

Viéndolas a ambas hermanas cualquiera hubiera dicho que por el cuerpo era a la María a la que debiera gustarle más el viento sobre el pelo al caer la tarde; sin embargo era en la Juana, la más chica, de cuerpo casi o igual de pequeña que su madre, el alma donde derramó su padre el amor al rojo de la tierra viva. En María la fuerza de la vida venía de su madre. Su madre le legó todo su arte para la costura y la confección. Lo que a María le iba era la familia, la casa.

Así que cuando luego llegaron los malos tiempos y las vacas se pusieron todas flacas y los dineros se hicieron los justos, y las necesidades a cubrir empezaron a multiplicarse hasta seis veces en apenas dos años, María se reveló como una costurera nata. A la edad cuando se dice que se está en la primavera de la vida la hija mayor de Jacob de Nazaret lo mismo remendaba un vestido y lo dejaba como nuevo en un periquete que les tejía a sus hermanas un abrigo de lana en cuestión de días, sin dejar nunca de ser la mano derecha de su madre. Y un modelo de hija para su hermana Juana. En ésta -he dicho- se había revelado una capacidad innata para aprender de su padre el sentido de los impactos de los ciclos lunares en la agricultura, porqué los conejos comen lechugas, cómo crece de verdad un tomate de verdad, a qué se debe que se talen los olivos para que no se hagan sombra y desvirtúen el sabor del aceite. En fin, miles de cosas.

El hecho es que la Juanita además de ser el ojito derecho de su padre se sentía el otro brazo de su hermana María, y una para el padre y la otra para la madre y las dos juntas en la alegría, cuando arrecieron los vientos solanos y las gotas frías y las sequías y las tormentas de invierno en verano y los calores del verano en invierno y las lluvias un visto y no visto, cuando la tormenta puso a prueba a los hombres buscando llevarse al Paraíso a los que pusieran cara alegre, en aquél entonces las dos hermanas se unieron más que nunca. Aquellos años malos obligó a las dos hermanas a trabajar duro. Fue un deber que adoptaron desde el silencio, escrito en sangre, latiendo al mismo ritmo del corazón de sus padres. Cada una dejó abrir su alma a sus dones particulares y actuaron siguiendo el curso del misterio de la vida en cada persona.

Los ojos de la mayor, la vista de María estaba hecha para descubrir la aguja en el pajar; no fallaban jamás al insertar el hilo en el ojo de la aguja, sin mirar siquiera. Los ojos de su hermana Juana necesitaban horizonte, campo, cielo abierto. En lugar de pelearse las hermanas le dieron las gracias al Dios de sus padres por su sabiduría eterna y su bondad infinita. A los ojos de ambas su padre fue un hombre maravilloso.

“¿Por qué decimos que la sabiduría del Señor es eterna y su bondad infinita? -les decía Jacob de Nazaret a sus dos hijas mayores-. Porque con sus respuestas nos maravilla y con su bondad nos ilumina la cara”, con la sonrisa en los ojos les respondía aquel padre a aquellas dos niñas, los ojos de su cara.

Sus hijas se miraban sonriéndose. ¡Cuánto querían al hombre que Dios les había dado por padre! Su padre seguía: “Cuando decimos que la Sabiduría del Señor es eterna declaramos con todo el corazón y con toda nuestra mente nuestra alegría al saber que El no miente. Hijas, cuando le adoramos por su infinita bondad nuestra alegría es la del que se encontró en el foso al que los malos arrojan a los buenos y al alzar el rostro vio al Señor riéndose de la ciencia de los genios”.

“Hijas, ser bueno, cuesta” les confesaba Jacob de Nazaret a sus hijas mientras ordeñaban los olivos. “¿A la que es más buena no se le hace un regalito? ¿Tienes envidia tú, Juanita, de tu hermana mayor porque sea más buena que tú cosiendo? ¿En qué momento mi Juanita ha hecho que su María se sienta culpable por no tener sus cualidades para el campo? ¿Cuándo le ha regañado madre a su Juana por no saber coser un vestido tan bien como su María? ¿Qué haría yo sin mi Juana si no me trajera al mediodía la comida, si ella no me obligara me la comería?”

Ay, ¡cómo le recordaban! ¿Era verdad que se había ido? Aún no se lo podían creer. Con el cuerpo sin vida de su padre delante de los ojos María y Juana se miraron en silencio. Dios mío, ¿de verdad lo habían perdido?

Ambas hermanas abrazaban ahora a su madre.

Destrozada, la Viuda de Jacob de Nazaret seguía llorando su desgracia:

“Ahora María, ahora que vienen las vacas gordas, ahora que vuestro padre podría sentarse en su viña a comer racimos grandes como los del Polifemo y dulces como los de Baco, me perdone Dios, justamente ahora. ¿Por qué, Señor, por qué? Dime en qué te ofendió tu siervo”.

¡Dios!, ¿se puede explicar la conexión entre los grajos y los infortunados jornaleros sobre los que dejan caer las Parcas su manto de negro presagio? ¿Se puede entender que Dios sea Dios reinando el Diablo? ¡Quién fuera capaz de escribirse el guión de su propia vida y brillar como una estrella por lo menos a los ojos de los socios de papel inventados al caso! Sueña el hombre que suyo es el destino, sueña el niño con el hombre que late en su pecho, para descubrir a la vuelta de la esquina que basta una ráfaga de viento para reducir sus sueños a bits condenados a la basura. Al final la vida humana es la de la caña, si el viento arrecia se quiebra y sus restos caen en el pozo del olvido. ¿Quién no ha caído en la tentación de dejarse morir y acabar con todo de una vez para siempre? ¿O seremos los más fuertes hasta que no se demuestre lo contrario?

Para todo el mundo llega la hora de la verdad. Cada criatura tiene la suya. Y en esa hora es cuando el ser anda o revienta. Esta era la hora de la verdad para la madre de la Virgen.

“¿Qué somos, María?” clamando lloraba la madre de la Virgen la pérdida de su esposo. “Luchamos contra los elementos con las fuerzas de una criatura de barro. Alzamos nuestros ídolos en honor de quien nos da la victoria. Al Altísimo le dedicamos nuestra gloria. Pero no se cansa el Omnipotente de vernos reducidos a la condición de las bestias. Avanza el campeón a recoger su corona cuando se le cruza la Muerte en el camino. ¿Se yergue el Todopoderoso para salvar al corredor solitario de dejarse el alma en la carrera? ¿Por qué se queda sentado en su Trono Todopoderoso y Omnisciente mientras los restos son barridos de la pista por el viento? ¿Eso somos, hija mía, polvo que sueña a ser roca, roca que sueña a ser montaña, montaña que sueña a ser nido de águilas? ¿Qué será de tus aguiluchos ahora, esposo mío? ¿Quién se levantará y los protegerá cuando la serpiente escarpe el risco y su madre no sepa cómo defender sola a tus hijos?”.

¿Qué se le podía responder a aquella mujer? ¿Qué loco se hubiera atrevido a decirle lo que aquellos visitantes ignorantes al Job de la Biblia?:

“Calla ya, viejo chocho” le dijeron aquellos amigos. “Si te pudres será porque eres más malo que todos los diablos juntos. Nos engañaste a todos con tus limosnas y tus monsergas. Gracias a dios el Señor nos ha descubierto tu falsedad y tu hipocresía. Por ellas te castiga el Dios al que pretendiste engañar como hiciste con nosotros. Calla y sufre, viejo podrido”.

¡Vaya amigos! Quisieron obligar al pobre Job a reconocer que la miseria nace de la miseria, que el que tiene retiene porque tenía, que nadie es fuerte por capricho sino que la felicidad o la desgracia de la persona dan cuentas de su valía. Según tales sabios los pobres son todos unos pecadores pervertidos, corruptos viciosos que se merecen lo que sufren; los buenos son todos felices, dichosos comen perdices, tienen el oro, tienen el poder, ellos son los mejores, los elegidos de la providencia, la raza nacida para ser feliz, y son felices porque son buenos, y cuando sean mejores serán como los dioses.

“Eva”, le dijo Satanás a la mujer de Adán, “come de esta fruta y aprende. Hay buenos y hay malos, hay tontos y hay listos, hay ricos y pobres, hay esclavos y libres, fuertes y débiles, ángeles y demonios. Hay vida y muerte, verdad y mentira, paz y guerra ¿qué es todo esto sino la sal de la tierra?”

¡Dios santo, de cuándo la suerte de los profetas no pendió de una nube de más o de menos en el horizonte!

“Pero al mal tiempo buena cara”, contraatacó veloz el santo Job.

“¿Dónde está el tonto que se ríe perdido en la tormenta?”, le devolvieron la risa los visitantes.

“Del Indestructible, del Invencible es la última carcajada” volvió a responderles Job. “¿Vosotros de qué y por qué os reís? ¿Qué luz habéis venido a traerle a mis ojos? ¿Queréis condenarme por lo que he hecho? Ignorantes, estoy siendo castigado por lo que no he hecho”.

“Justo es lo que dices, al bueno la recompensa le es grata, la del malo es terrible. Así pues, ya tienes tu salario. Ahora, reconoce que eres un pecador, un traidor de la providencia según tú mismo has dicho al confesar que cada cual recibe por su trabajo su merecido. Dínos, pecador, ¿qué encubrías con tus limosnas y tus poses beatas? ¿No son por ellas por las que te ha castigado Dios? Esto es castigo de Dios, no llores, revienta”, con sonrisa falsa le respondieron ‘los amigos’.

¿Con otros cuatro más de “aquellos amigos” cuánto habría tardado en derramarse la paciencia de Job? En lugar de echarse a llorar su mala suerte el santo Job se partió de risa, se levantó y los echó de su casa.

Su tragedia, la tragedia de Job no estuvo en la caída de las murallas de su fe al sonido de las trompetas del Infierno. Este no fue el problema de Job. Su fortaleza había sido levantada sobre roca. A prueba de bombas su fe permanecía intacta. El problema que le estaba acuchillando a Job el alma era no saber qué estaba pasando, a qué obedecía este cambio en el ánimo de su Dios. ¿Por qué su Dios lo había abandonado desnudo y a su suerte ante un enemigo armado hasta los dientes?

Sigue el guerrero a su Héroe y Rey al campo de batalla ¿y en una esquina de la encrucijada le da la espalda como quien sacrifica un peón en el altar de la victoria?

Pues bien, justo este dilema, justo este misterio era el que tenía agarrada por el cuello el alma de la Viuda de Jacob de Nazaret. Luchando contra las tinieblas con la única arma divina al alcance de los humanos, la palabra, la madre de la Virgen buscaba la respuesta al por qué se había llevado la Muerte a su esposo. Y no la encontraba.

“¿Por qué nuestro Dios no hace nada, María? ¿Por qué deja que la serpiente escarpe el risco y por qué se lo pone más fácil eliminando al padre de sus cachorrillos? ¿No la ve acercarse El, hija? ¿Por qué el Dios de tu padre no alcanzó el arco y la flecha y con el rayo de su mirada fulminó a la Bestia? ¿Se equivocó la flecha de diana, la desvió el viento y buscando al dragón mató al héroe? Dime, hija, que mi alma está amargada y sus ojos no alcanzan a ver los recónditos planos del Omnisciente ¿pero qué somos, María? ¿Por qué se le exige el entendimiento de un dios a una criatura de barro condenada al polvo por haber comido una manzana? No me mires con esos ojos, no me reproches que mi corazón sangre palabras. ¿Qué manará de la herida de la Cierva de la Aurora cuando al salir la mañana el cazador la persiga a la hora de las primeras alegrías? ¿No será maldita la flecha que le entra en el pecho a la paloma que se sube al caballo del viento, trota por los cielos y regresa feliz a casa de su señor? Ya llega, hija, ya alcanza el brazo de su señor, ya cruza también el aire el dardo asesino, tiene su señor el poder de atraparlo en vuelo, pero observa, no hace nada, se queda quieto como si esa fuera la recompensa por haber cumplido su misión sagrada, y ya cae la hija de Mercurio en el polvo a los pies de quien le vuelve la cara. No me digas que me calle, María, ¿no ves que si no me muero?”.

Yo sólo sé que no sé nada, aunque dicen que Dios creó al hombre y a la mujer para amarse y no separarse nunca, también dicen por ahí que el Diablo se juró hacer ese amor imposible. Mas en este mundo hay gente que está sorda y no entiende, no se enteran de nada, se ríen de los cuernos del Diablo y retan a la muerte a romper lo que Dios unió con lazos más fuertes que las palabras de la Serpiente.

Ana, la viuda de Jacob, y Jacob de Nazaret, padre de María, futura madre de Jesucristo, vivieron ese reto. Una vez que se conocieron si no se casaban se morían, y cuando se casaron ya no les cupo en la cabeza la idea de vivir el uno sin el otro. Cada año que pasaron juntos adoraron al Dios que trasformó una costilla, una simple costilla, en algo tan hermoso como aquel amor.

 

LA MUERTE DE JACOB DE NAZARET

 

Genealogía del Salvador: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a... David; David a ... Zorobabel; Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliacim, Eliacim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

 

Jacob, hijo de Matán de Nazaret, se murió a los meses de nacer el varón con el que tanto soñaron él y su esposa Ana, y tras el que no pararon de correr hasta tenerlo. Ya sabemos que eso de tener la parejita, eso de parir un macho es un tópico. Pero en aquéllos días de terror fiscal y de sequías largas como el desierto del Sahara por fuerza un hombre tenía que soñar con tener algún hijo varón. Para transmitirle todo su conocimiento de las labores del campo, para apoyarse en sus brazos jóvenes cuando los suyos no pudiesen tirar por viejos de la carga. Hombre, siempre se tiene a los yernos; pero no es lo mismo. No es lo mismo que te vean como una carga a que cargue contigo el hijo de tus entrañas. Ni es lo mismo dejar todo lo que te dejaron tus padres a tu propio hijo que al hijo de un extraño. A cualquiera que piense que aquellos hombres eran antiguos, ignorantes de la vida, que no sabían que una hembra puede hacer lo que un hombre, o mejor incluso, a esta gente moderna lo mejor que puede ofrecérsele es el silencio.

Haciéndole oído sordo a la inteligencia de tanto moderno, siempre cara al sol de los siglos, Jacob de Nazaret y señora corrieron tras el varón encantados de gozarla siendo antiguos. Y lo alcanzaron, vaya que si lo alcanzaron. Lo llamaron Cleofás porque al verlo por primera vez en los brazos de su madre a Jacob de Nazaret le recordó a su suegro. Sobre el físico qué puede decirse de su chiquillo, el chaval más guapo del mundo, por supuesto.

Pues bien, ya se sentían todos en casa de María en la gloria cuando de repente le entró a su padre aquel sueño bajo aquella higuera. ¡Con lo felices que estaban papá y mamá! Cinco niñas como cinco soles, todas sanas, todas alegres, todas jugando con el muñeco que sus padres les habían comprado. De carne y hueso. Lloraba, se hacía pipí de verdad, pedía manteca, echaba caca. Una alegría. Y de pronto, cuando estaban todos en casa como en el paraíso, al papá le da por morirse. Una tragedia. ¡Qué lástima! El diablo en persona atacando la casa por todos los costados no hubiera podido herir tanto a la madre de aquellas seis criaturas. Tanto más profundo el dolor de la Viuda cuanto al no tener a su lado a nadie de su familia, en su desesperación ya se veía asediada por un enemigo invencible que le exigía la rendición inmediata o la destrucción total de su casa. Si hubiera tenido a la vera a sus padres, o a su tita Isabel. Pero no, a nadie. ¿Y quién era ella en Nazaret? A pesar de los años la esposa de Jacob seguía siendo una extraña, la forastera que les quitó el soltero de oro del pueblo.

“Con lo guapas que eran ellas haberse ido a casar con una de fuera; encima pequeñita, que parece una tonta” se consolaban las mocitas nazarenas. “Muy fina. Muy educada. Ya veremos cuando empiece a parir y tenga que llevar sola la casa de su suegro en qué se quedan sus maneras y su carita de princesa de la Ciudad Santa”. Cosas de los pueblos, no te quieren mal pero no te desean ningún bien tampoco. Todo el que viene de fuera tiene que rendir cuentas a los vecinos de sus intenciones. Todo tiene que ajustarse a las pautas de la comunidad; la tradición manda.

¿No las conocía a todas la Viuda de Jacob de Nazaret? ¿No la habían estado observando durante los años de las vacas flacas como quien espera que se hunda el héroe para darse la gozada de ver aquellas dos torres morder el polvo como cualquier campanario de aldea? ¿Qué consuelo podría la Viuda encontrar en quienes ya estaban echando cuentas y calculando cómo podrían repartirse la hacienda del difunto? ¿Cuánto le ofrecerían por los viñedos? ¿Cuánto por los olivares? ¿Cuánto por las tierras de secano?

“¿Por qué matamos el milagro de nuestra existencia diaria en juicios contra el prójimo, hija mía? ¿Quién conoce cuántos serán nuestros días en este mundo? Sólo el Señor lo sabe; pero de su boca nunca sale el número. ¿Te imaginas que te cogiera la cuenta criticando a muerte a tu vecina, o arrojando la piedra el primero? ¿No sería más hermoso que te pillara compartiendo tu pan con el pobre?”, le decía la madre a su hija María, mientras cosían, a solas. Y sin embargo ahora era la madre la que le pedía a la hija que fuera buena con ella y no le negara la palabra al dolor de su alma.

“Déjame que me muera, María. No te preocupe que se me vaya el alma en palabras rotas. El Señor se ha llevado a mi marido dejándome sola con sus seis hijos. ¿Por qué iban mis ojos a reprimirse y mi corazón a envidiar la roca que tiene por corazón el Omnipotente? Hija mía, es fácil desde las nieves mirar el valle que arde en el estío. ¿Cuándo se puso el Todopoderoso en la piel del soldado que cae desnudo en el campo de batalla defendiendo su vida por el honor de su alma de barro tierno y húmedo? ¡Qué fácil es sentarse en el trono del juicio a firmar sentencias! El Señor está lejos de la debilidad humana, nuestras pasiones a Él no le afectan. Si hace frío El no tiembla; si hace calor El no suda; si le disparan una flecha no le alcanza, si duerme nada le inquieta. ¿Qué sabe el Indestructible de la fragilidad de nuestra existencia? ¿No ves, hija, que se ceba el valle con nuestras lágrimas? ¿Por qué reprimiré mi dolor y ataré mi lengua al miedo? ¿No corre el guerrero al encuentro de la muerte? Que me mate Dios, que me devuelva la vida de mi hombre, ¿por qué no hace nada, porqué se mantiene vigilante al otro lado del precipicio? ¿En qué razones, hija, funda el Eterno su silencio y su impasible comportamiento? Si al menos se elevara como un sol y hablara con la voz de la tormenta y de su alma los rayos de su sabiduría tejieran en el firmamento nubes preñadas de inteligencia. Pero no, hija, arrecie el temporal, tiemblen las tierras, cáiganse los montes y entierren pueblos y aldeas, o se salga el mar de madre y hunda islas con sus gentes, el Señor, inalcanzable, indestructible, no mueve una ceja. ¿Ve el desastre y todo lo que ofrece es un pañuelo de luto pidiendo perdón por no haberse adelantado al movimiento de la Serpiente? Dime, hija, que no fue Él quien disparó la flecha que mató al águila y dejó a merced del diablo el nido de sus aguiluchos. Pero no me niegues el derecho a quejarme de la suerte de mis hijas sobre el cadáver de mi difunto”.

Atravesada por el dolor de su madre María la consolaba de esta manera:

“Todos somos iguales ante sus ojos, madre. Únicos lo somos sólo a los ojos de nuestros padres. Sus criaturas miramos hasta donde alcanzan nuestros ojos, pero El lleva sobre sus hombres el peso de todos nosotros. A su tiempo Él se alzará, madre. Y sus pies brillarán con el resplandor del héroe vestido para la guerra contra el que le quitó su hombre a nuestra madre Eva. Ya sé que soy joven, madre, mas créame por todo el amor que le tengo, el Dios de mi padre no permitirá que la casa de mi madre se hunda. Ya está, madre, calme sus lágrimas. La Muerte se lleva a los mejores pensando que al dejar a los malos nos deja a los pequeños sin protección contra los tiranos. Ignora que al irse los buenos van al Cielo a recoger las armas de los ángeles. Padre nos defendió como hombre y nos sacó adelante. Mi padre defenderá ahora a sus hijas y a su niño con la espada de los querubines. Madre mía, basta ya, no mire más su cadáver”.

La Viuda escuchaba las palabras de su hija mayor como quien recibe besos desde las distancias.

Fueron María y su hermana Juana las que encontraron a su padre sentado contra el tronco de aquella higuera. La verdad, no era exactamente el tiempo de la cosecha; pero a Jacob de Nazaret le gustaba coger los primeros higos de la temporada; decía que eran los mejores para hacer el pan de higo.

Jacob aparejó la bestia. Tiró solo para el campo con la fresca. El higueral estaba al otro lado de los cerros, según se mira desde la colina de Nazaret, al frente. Encantado de la vida aquel buen hombre se despidió de su señora. Sus dos hijas mayores le llevarían el almuerzo y le ayudarían a recoger los cestos. Hasta entonces, bueno, pues eso, un beso, adioses.

¿Viéndole partir de aquella manera tan hermosa quién hubiera podido decir que aquel hombre regresaría muerto a su casa?

A la hora del almuerzo María y su hermana Juana se presentaron en el campo. María le llevaba un año a Juana y las dos eran dos muchachas en flor. María y Juana buscaron a su padre y lo encontraron sentado a la sombra de aquella higuera.

“¿Le dejamos dormir un rato más, Juana? Recojamos de mientras nosotras los cestos”, dijo la María.

Las dos hermanas se dedicaron a la faena. Terminaron de reunir los cestos, y su padre sin despertar. Pero que no se despertaba.

“Cuánto duerme hoy papá, ¿verdad, María?”, dijo la Juana.

Se dieron trabajo trabajando más. Al cabo empezaron a mirarse preocupadas.

“¿Le pasará algo a papá, Juana?”. Y allá que fue la mayor de las dos a ver qué le pasaba a su padre.

No me voy a poner tierno aquí como el que quiere ganarse al lector sacándole un mar de lágrimas. El que más el que menos ya ha pasado por los trámites de un entierro y sabe lo que duele perder lo que nunca debió la Muerte llevarse. Pero fue ella, la María, al arrodillarse para despertarle, quien descubrió la verdad en la palidez del rostro de su padre.

No gritó la muchacha, no se asustó. Cogió la cabeza de su muerto entre sus brazos, meció su cuerpo, besó su frente, miró a su hermana Juana que se acercaba hecha lágrimas. Juana se abrazó a su hermana María y María se dejó abrazar hasta que Juana se desahogó y juntas pudieron recomponer sus almas.

“Ve a casa, Juana, y cuéntale a mamá lo que pasa”, le pidió María a su hermana. Juana se subió al pollino y llorando con el corazón encogido corrió por los cerros. Mientras tanto María se quedó sola con el cuerpo de su padre, bajo aquella higuera, acariciando el rostro del que para ella fue el hombre más maravilloso del mundo, que se le había ido sin darle oportunidad a su mujer y a sus hijas de decirle por última vez cuánto le querían.

“¿Qué será de tu niño ahora, padre? ¿En qué ojos encontrará la imagen divina del hombre que tus hijas hemos descubierto en ti?”, hablándole al Cielo, susurraba la joven María.

Lo dicho, un enemigo cruel y sádico arrasando la casa no le hubiera hecho a la Viuda de Jacob de Nazaret tanto daño como aquella forma que tuvo la Muerte de quitarle a su marido. Si hubiera muerto su hombre defendiendo a los suyos en alguna guerra, o vendiendo la vida de sus hijas al precio de la suya propia, yo qué sé, pero morirse de aquella manera, sin avisar, cuando habían encontrado la felicidad, después de haber superado un decenio de años tan malos como el corazón de Herodes.

Para qué os voy a contar los litros de lágrimas que la Viuda derramó durante todo aquel día y toda la noche de aquella tarde. ¿No se os ha muerto nunca una hija en flor, o una hermana en la plenitud de su belleza? ¿No os ha arrancado jamás la Muerte la estrella de vuestros ojos dejándoos en las más tormentosas tinieblas? Teníais que estar riendo a carcajadas, batiendo palmas, el corazón abierto a toda esperanza, y de pronto, de la noche a la mañana, una hora antes de romper el alba, la aurora se torna en noche sin luna, la llanura se transforma en pozo sin fondo y al mirar para abajo descubrís el rostro de la Serpiente dándoos la bienvenida.

Y es que Jacob y Ana se habían amado desde el mismo día que se pusieron los ojos encima. Fue un amor a primera vista. Fue ponerse los ojos encima y saber que la búsqueda había terminado. Jacob y Ana habían nacido el uno para el otro; estaban hechos el uno para el otro; eran las dos mitades del mismo fruto. Era natural que él se muriera tan enamorado de su mujer como el primer día y que la Viuda lo perdiera más enamorada de su marido que nunca. Y si a este dolor se le suma el hecho de quedarse la casa sin hombre para ocuparse de los campos y de las bestias: la receta mágica en el origen de los pucheros amargos que derramó la Viuda en el corazón de su hija María durante los dos días que siguieron al entierro de su padre, ya la habéis leído.

 

EL VOTO DE MARÍA

 

Como las católicas de toda la vida aquellas mujeres hebreas eran muy trágicas para lamentarse por la muerte de un ser querido. No digo que ni sea bueno ni sea malo, simplemente era así. Los romanos al contrario usaban el entierro como excusa para un banquete, el último banquete, la última cena de los Césares. El banquete de despedida de Cicerón en los frescos de la mansión del difunto en Pompeya nos muestra a sus familiares y amigos bebiendo a la salud del muerto. La corona del orador sobre sus cabezas recuerda la de laureles pero trenzada con brazos de vides. Dios santo, los romanos tenían el corazón tan duro que ni la Muerte podía arrancarles una lágrima. Necesitaban ser tocados por la vara de Baco para recordar que eran hombres, tan de carne y hueso como los demás bárbaros del orbe. Hasta que no estaban borrachos como una cuba no soltaban una lágrima.

Los hebreos, inversamente a la mayoría de los pueblos, preferían velar el muerto a pelo, sacando pecho. La distancia, el alejamiento, la ausencia necesita de un tiempo de despegue. Supongo que la costumbre impone su cultura y cada cultura lo vive a su manera. Los hebreos de todas las maneras posibles eligieron la más dolorosa, no enterraban al difunto sino al tercer día de su muerte.

¡Las lágrimas estaban servidas! Y si encima se terciaba el caso que nos ocupa, un hombre joven, en la flor de la vida, casado y tan enamorado de su Viuda como el primer día, padre de seis criaturas, un hombre que nunca estuvo enfermo, un hombre que no parecía cansarse jamás, que se murió sin tener a nadie que se ocupase de sus campos, que se fue justamente cuando amainaba la tormenta, pues poned todos estos elementos en la misma coctelera, agitadla, y el resultado será explosivo. La explosión que desencadenó la muerte de Jacob de Nazaret la vais a descubrir enseguida; sus consecuencias aún perduran.

Estaba la propia Viuda. Desde jovencita la madre de la Virgen fue muy pucherona. El día que su padre, Cleofás de Jerusalén, le prohibió siquiera la idea de pensar en casarse con el hombre que sería el padre de sus niñas, tan cierto como llueve para abajo que la joven novia salió corriendo en busca de su tita Isabel, por las calles de Jerusalén dejando un reguero de lágrimas rotas.

Tita Isabel, esposa de Zacarías, futuro padre del Bautista, ya la conocía. No en vano Ana era su sobrina. Tita Isabel se rió mirándola a los ojos mientras le secaba las mejillas de Magdalena toda atacada.

“Pero bueno, chiquilla, ¿me vas a decir qué te pasa? Cuando te arrancas de esta manera se te olvida que yo no sé nada. ¿Lloramos juntas o me río de ti hasta que tú te rías conmigo?”. Tita Isabel amaba a su sobrina Ana con una ternura divina.

Aquella mujer, Tita Isabel, quería a su sobrina más que a las murallas de Jerusalén, más que a las nubes del cielo de primavera, más que a las estrellas de la mañana y de la tarde juntas, la quería más que a sus vestidos y más que a sus cacharros de plata, pero cada vez que su Anita se le echaba encima de aquella manera no sabía si acompañarla en los pucheros o echarse a reír de sus lágrimas. Tampoco es que a cada cambio de guardia su sobrina Ana le estuviese regando el desierto con arroyos de agua salada. La verdad era que cuando se arrancaba de esa forma que ni podía articular palabra y había que darle tiempo a que se calmara era que algo muy gordo le había pasado a su Anita.

La muerte del padre de tus niñas, sólo dos de ellas muchachas, las otras crías, y un bebé dando la caña, la verdad, sí es una buena razón para llorar hasta que los huesos se te sequen.

Pasó eso, la Viuda, la madre de la Virgen se hundió hasta lo más profundo de la desesperación comprensible al caso. Por un tiempo se quedaba muda. No decía nada, sólo lloraba abrazada a aquella criatura de pecho que no conocería a su padre. Con Cleofás en los brazos la Viuda de Jacob de Nazaret lloró todo el día y toda la noche.

Desesperada, se veía ella rodeada de tiniebla densa y fatal; hundida, ya se imaginaba la casa de su difunto tragada por los impuestos; rota, deshecha, ya se veía ella vendiendo a sus niñas para salvarlas de la ruina.

Hijas de David que eran todas, en unos tiempos cuando ser judío no bastaba, sino que había que demostrarlo, tener por esposa una hija de David era un pasaporte a los beneficios que el César le había concedido a los judíos en gratitud por haberle salvado la vida contra el último de los faraones.

Lo cuento.

Persiguiendo a Pompeyo, Julio César se metió en problemas. Se le vio al César corriendo como un loco detrás de Pompeyo. Y mira por donde aterrizó en Egipto. En ese entonces el hermano de la Faraona acababa de matar a Pompeyo. Este mismo faraón que acababa de ejecutar a Pompeyo vino y se le puso bravito al César. Creo que el hermano de Cleopatra incluso se atrevió a declararle la guerra al Conquistador de las Galias.

Lo sabido, contra toda esperanza aquel faraoncillo estuvo casi a punto de enviar al César al Elíseo de los famosos generales romanos. Fue entonces cuando el padre de Herodes se las arregló para reunir miles de jinetes, atravesar el desierto del Sinaí al galope y cargar contra el hermano de Cleopatra, rompiendo el cerco y rescatando al César del peligro. En recompensa Julio César les otorgó a los judíos un número de privilegios imperiales, como no estar sujetos al servicio militar, libertad de movimiento para el Diezmo del Templo, etcétera.

La condición sine qua non para beneficiarse de tales privilegios era ser ciudadano de la Judea.

Listos como zorros, escurridizos como anguilas, los judíos encontraron muchas formas de falsificar los papeles. De todas las formas imaginables de burlar al Imperio la más fácil era comprarse unos documentos falsos, que cualquiera de los burócratas que trabajaban en el Registro del Templo de Jerusalén te servían por un puñado de dracmas.

Pero había otra forma más barata. ¿Qué manera mejor de pertenecer a la lista de los privilegiados que declararse descendiente del rey David? Y para mejor cerrar el circuito incluir haber nacido en Belén de Judá, “por favor”. Y aún existía otra fórmula inclusive mejor, más placentera: Comprarle al rey David una hija por esposa, por supuesto. Las descendientes del rey David por esta razón en alza, si se pagaba bien por una hija de David ¿cuánto se pagaría por una genuina hija del rey Salomón? Y no una cualquiera, una sólo de palabra, no; estamos hablando de una genuina y auténtica descendiente del mítico rey sabio. Algo tan corriente entonces, vender a las hijas al mejor postor, a la Viuda de Jacob de Nazaret le sonaba a comparar a la mujer con el ganado. Por Josué y las setecientas trompetas que derrumbaron las murallas de Jericó ¿vender ella a sus niñas por dinero? ¿Ella que se había casado por amor y conocía lo dulce que es el matrimonio por amor y sólo por amor? La idea le destrozaba el alma. Sin embargo, ella no veía cómo podría salvar a sus hijas de ser tratadas como las bestias que se compran y se venden en el mercado de las pasiones humanas. Más lo pensaba, y el cadáver de su difunto no paraba de recordárselo, más amargas le sabían las lágrimas por el futuro que le esperaba a sus niñas. También estaba el niño.

“¿Y qué va a ser de mi Cleofás sin tu padre, María? ¿Qué va a ser de la casa de tu padre, hija mía?”, vertía su suerte la Viuda de Jacob de Nazaret en el corazón de su hija María.

Entre la madre y la hija, ¿qué queréis que os diga?, la hija parecía la madre. María abrazaba a su madre y la consolaba con palabras llenas de ternura y juicio. Y eso que la muchacha estaba en flor. Era María una criatura que no había conocido en este mundo más que alegrías. Había querido a su padre con locura y viéndola consolar a sus hermanas y a su propia madre cualquiera diría que aún no se creía lo que estaba pasando.

“Papá duerme, Juana”, es lo primero que le salió del alma a María cuando se lo encontraron muerto.

“Papá está en el Paraíso, allí nos espera a todas, ya está Ester, ven aquí Rut, cálmate Noemí”, les decía a sus hermanas pequeñas mientras se bebía sus lágrimas.

Dejaba la muchacha a sus hermanas con Juana y se iba con la Viuda:

“Ya está, madre; padre está en el Cielo. Su Dios no permitirá que sus hijas sean vendidas como esclavas”, le susurraba a su madre al oído, secándole a besos las lágrimas.

“Hija mía”, intentaba articular la Viuda. Pero no terminaba nunca la frase, se deshacía en pucheros y regresaba a sus tinieblas, las que envolvían su casa y pintaban el horizonte de su familia con los colores sufridos de una visión macabra.

El resultado de la natural desesperación de la Viuda de Jacob de Nazaret fue el siguiente.

La visión tenebrosa que la Viuda se había hecho sobre el futuro de sus hijas se correspondía a la realidad de todos los días. La muerte del cabeza de familia obligaba a las viudas a entregar sus hijas al pretendiente que más dinero pusiese sobre la mesa, con total independencia de la edad del comprador. Era la verdad y no hay que darle más vueltas al asunto. Desde el punto de vista del macho rico mientras más viudas hubiese mejor, así habría más ganado fresco y joven donde elegir.

El mundo estaba hecho a imagen y semejanza de las pasiones de los poderosos y todo lo que se diga en contra no nos llevará a ningún sitio. Para colmo de males, con las leyes del divorcio que se habían dado últimamente, la carne de hembra se compraba para usar y tirar; se digería a gusto del consumidor y luego se tiraban los restos para que el que viniera detrás chupara los huesos. ¡Y ay de aquél que no siguiera el ejemplo! En las clases altas tener una sola mujer era signo inequívoco de conspiración contra Herodes.

“¿Ése se ha casado una sola vez? ¿Y no se le conoce una segunda ni una tercera mujer al menos? Seguro que ése conspira contra su majestad, alteza”. Por razones tan absurdas como esta rodaban las cabezas de los judíos por las calles de Jerusalén en aquéllos días.

No era algo que la Viuda se estuviera inventando. Ella era de Jerusalén, de la clase alta, conocía esta realidad tan de cerca como que su marido yacía difunto delante de sus hijas.

Que ya está, que no llorara más, que no era para tanto, que todo se solucionaría, que el Señor no permitiría que eso pasara. Palabras muy hermosas, que la Viuda agradecía. Ella sólo sabía que apenas hacía un día se levantó con la alegría de la mujer más feliz del mundo y no habían pasado dos, era “la Viuda”.

“Déjame llorar, hija. No ves que, si no me muero”, le rogaba inconsolable la Viuda a su hija María.

Aprovechando una calma y estando Juana y María solas con su madre, María, hija de Jacob de Nazaret, abrió su boca.

El Cielo es mi testigo de lo que a continuación digo, y allá que me envíe al horroroso Infierno si me invento una sola palabra. En la noche de aquel día, durante el velatorio por la muerte de su padre, la hija mayor de la Viuda de Jacob de Nazaret ató su vida a un árbol que tenía el poder de ahorcarla si ella no cumplía el Voto que escribió en el corazón de su madre y de su hermana Juana.

María pudo haberse callado; estuvo en su mano haberse llevado el dedo a los labios y no sujetarse a la prueba. Pero no estaba en el carácter de la hija de Jacob resistirse a los prontos de su personalidad. Ella prefería aceptar las consecuencias con todas las de la ley.

Nadie las estaba escuchando, estaban las tres solas delante de Dios. Por esto os he dicho que quien quiera estar seguro de lo que escribo ahí está el mismo Dios que le cogió la palabra a la hija de Jacob de Nazaret para afirmarme o desmentirme. Que Dios se presente como Juez es natural, que acuda como Testigo es algo extraordinario. De los valientes sin embargo es la gloria. Y sigo.

Allí, delante de su hermana Juana, María le juró a su madre que eso - ser sus hijas vendidas por esclavas al mayor postor - no les pasaría a sus hermanas nunca, antes tenía el Diablo que destronar al Altísimo, el Infierno conquistar el Paraíso, o pasaría cuando el corazón de Herodes fuera elevado a los altares.

La fe de la hija de Jacob de Nazaret era tan grande, su confianza en el Dios de su padre era tan inocente que no le cabía en el corazón que su Señor fuera a abandonar su familia a merced de los tiempos.

Entonces, muy sosegada, con una seriedad de persona adulta, ella, María De Salomón, hija de Jacob de Nazaret, puso por testigo al Dios de su padre y delante de su madre y de su hermana Juana juró, invocando a la Ley de Moisés contra su cabeza si rompía su voto, que ella, María De Salomón, no se quitaría el velo del duelo por la muerte de su padre hasta que viera casadas a todas sus hermanas, que no firmaría su propio contrato de bodas hasta que viera casado y con hijos a su hermanito pequeño Cleofás.

Más aún: no se casaría hasta que viera a los hijos de su hermanito Cleofás pegando botes, todos felices y contentos por esa misma habitación por donde ahora el dolor campeaba triunfante. Hasta ese día ella no se quitaría el velo del duelo por su padre.

La Viuda alzó la cabeza al infinito. Juana miró a su hermana con lágrimas de eternidad en los ojos. María De Salomón siguió diciendo:

“Por la memoria de mi padre le juro, madre, que mis hermanas no conocerán amo. Cuando salgan de la casa de mi padre saldrán alegres en los brazos de ese amor que vivieron sus padres y del que bebimos sus hijas hasta saciarnos. Nadie comprará a las hijas de Jacob. Consuele su alma, madre mía. Ese niño que tiene en sus brazos elegirá de entre las hijas de Eva la más guapa. Así me haga el Señor si yo falto a mi palabra: por esposo me dé el hombre más malo del mundo. No se destroce más el corazón, madre; no ofenda al Cielo culpando a nuestro Señor de nuestra desgracia, no sea que mi padre tenga que bajar la cabeza ante Abraham por la ofensa que portan las lágrimas que nunca se acaban. Mi padre se pasea entre los ángeles y a los pies de su Dios pide clemencia para su casa. Díselo tú, Juana”.  

 

TITA ISABEL EN NAZARET

 

La noticia de la muerte de Jacob de Nazaret cayó en la casa de sus suegros y demás familiares de Jerusalén con la fuerza de un ciclón sin ojo destrozando ciego casas y cosechas. Cleofás y señora, abuelos de María por parte de madre, querían subir corriendo a Nazaret.

La prudencia aconsejaba a Zacarías y su Saga mantenerse a distancia, subir más tarde a Nazaret, dejarlo para una ocasión mejor, no sea que al ir todos juntos levantasen sospechas en la Corte del rey Herodes. Uno cualquiera de los espías del rey podría encontrar raro que todo un personaje de la categoría del hijo de Abías se interesase por la suerte de un simple campesino de la Galilea. Y dirigir la atención del tirano a la casa de la Hija de Salomón era lo último que podía permitirse Zacarías.

“Tú harás lo que quieras, hombre de Dios”, con estas palabras Isabel cerró la discusión con su marido sobre la conveniencia o no conveniencia de abandonar Jerusalén en esos instantes. “Tú harás lo que quieras”, le repitió Isabel, “pero esta hija de Aarón sale ahora mismo corriendo a abrazar a la niña de su alma”.

Isabel, esposa de Zacarías, futura madre de Juan el Bautista, hermana mayor de la madre de Ana, y por consiguiente tita materna de la Viuda era por estas coincidencias de la Vida: tita abuela de la Virgen.

Lo mismo que Zacarías, su marido, Isabel pertenecía a la casta aarónica entre cuyos miembros se elegía a los miembros del Sanedrín. Con esto no quiero decir nada excepto que la educación de la futura madre del Bautista no se ajustaba a la educación que solían recibir las demás mujeres hebreas. Y si a esto le sumamos el hecho de haber sido Isabel predestinada desde el seno de su madre para ser la esposa del padre del Bautista, yo creo que desde esta posición de la Providencia las puertas del tiempo se abren al que quiera atreverse a cruzarlas.

Pues así es, Isabel de Jerusalén, tita abuela de la Virgen, era la hermana mayor de la madre de la Viuda de Jacob de Nazaret.

Y así se hizo; Isabel salió corriendo para Nazaret en compañía de Cleofás y señora, padres de Ana, madre de María.

Cleofás, padre de la Viuda, era, por tanto, el cuñado de Isabel.

Cleofás se casó con la hermana pequeña de Isabel y tuvieron a Ana, su sobrina Ana, su lucero del alba, la estrella de aquellos ojos que tanto lloraron la imposibilidad de no poder tener hijos.

Para cuando Isabel, Cleofás y señora llegaron a Nazaret el padre de la Virgen yacía ya en su tumba. Los habitantes de Nazaret por su parte habían vuelto a sus vidas de todos los días.

La llegada de sus padres y de su tita Isabel volvió a despertar en los ojos de la Viuda aquel río de lágrimas que yacía ahora dormido como muerto, y que excepcionalmente volvía a flote cuando las visitas se paraban a consolarla. No sabía, no podía, no quería vivir sin su esposo.

Para la Viuda de Jacob de Nazaret su tita Isabel era esa persona que todos los hijos echan de menos en sus padres. A los padres se les honra, pero a esa otra persona se le confiesa todo. Lógico por tanto que fuese a Tita Isabel a quien la Viuda le descubriera el suceso.

Como siempre después de los pucheretes.

El Cigüeñal, la Casa de Abiud, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Salomón, rey y padre bíblico de la familia de la Virgen, era un cortijo de los tiempos señoriales persas. Excepto los graneros el edificio entero era de piedra labrada; hasta los establos.

Donde hoy se alza el búnker de la Anunciación ayer se alzó una mansión medio cortijo medio fortaleza.

El salón principal del Cigüeñal de Nazaret tenía los muros adornados de las armas más antiguas e impresionantes. Las había de todos los períodos transcurridos desde el Imperio de Nabucodonosor II al del César I. También contra una de las paredes del salón principal del Cigüeñal los albañiles de entonces abrieron una chimenea grande como una cueva. Al fuego de esa chimenea se hallaban sentadas Tita Isabel y su sobrina Ana. Cleofás y señora se habían llevado sus nietos a la cama.

La Viuda arrancó entonces motores. Si las paredes hablasen dirían que la Viuda hizo en un rato puchero para dar de beber a media África.

Tita Isabel siempre encontró la forma de cortar aquellas aguas diluviales; por algo aquélla era su niña. Bueno, era la hija de su hermana pequeña, pero como si fuera la hija que ella nunca tuvo. Isabel quería a su sobrina Ana más que si hubiera sido su hija propia. Es un decir. Pero aquello de arrancarse a llorar, caer en un silencio eterno, volver a arrancarse, aquello no era normal.

“¿Qué te pasa, Anita?” le preguntó inquietada Isabel “¿Por qué has esperado a que se fueran tus padres para romper a llorar de esta manera? Ya estamos solas. Anda, dímelo”. Isabel intentó averiguar qué le pasaba a su sobrina.

La Viuda abría los labios. Los abría, sí, pero nunca llegaba a hilar una frase completa.

“Mi María…Tita…”

“¿Qué le pasa a tu María, Anita?”

“Tita…yo…mi María…”

No acababa nunca. Con el genio que tenía aquella mujer, y que tuviera con su sobrina aquella paciencia infinita.

“Cuando te calmes me lo cuentas, hija”.

Esto sucedió al rato muy grande.

El oso disecado que ocupaba el rincón del salón principal del Cigüeñal de haber estado vivo se habría desesperado ya. Sobre la chimenea una cabeza de león oriundo de la Asiria bostezaba expectante.

Isabel seguía mirando al fuego cuando la Viuda logró terminar el relato sobre el Voto de su hija mayor.

“Repíteme eso, Anita”, le pidió una Isabel absorta, maravillada.

“¿Lo ves, Tita? Ya sabía yo que no te lo podrías creer”, y la Viuda se arrancó de nuevo.

Al alba, por fin la madre del Bautista estaba al corriente del suceso que cambiaría el curso de la Historia del Universo.

“Que sí, Tita, que mi María no se quitará el velo del duelo por su padre hasta que vea a mi niño de meses casado y bien casado. ¿Qué he hecho yo, Dios mío? Y tú ya sabes cómo es mi María; si fuera hombre su palabra sería lo último que rompiera”.

¡Qué bien conocía la Viuda a su hija mayor!

 

LA CASA DE JOSÉ EL CARPINTERO

 

 

Entremos ahora un poco en la historia de José, futuro esposo de la Madre de Jesús.

El clan de los carpinteros de Belén experimentó un tirón económico muy fuerte a raíz del nacimiento de José. Este no es el lugar para entrar en detalles íntimos sobre la vida de los padres de José el Carpintero. A su tiempo abriremos la puerta como quien corre un velo y veremos cara a cara la verdad de esa intimidad que por ahora y hasta entonces dejaré en el aire. La razón para hacerlo se entenderá más tarde. Para ir superando el trance digamos que una incursión demasiado profunda en la vida de los padres de José el Carpintero rompería el ritmo de este relato. Así que sigamos adelante.

Helí, padre de José, trajo al mundo muchos hijos, hembras y machos. Se encontraba el hombre en la plenitud de su alegría cuando un día se le fueron también las fuerzas, y se murió.

Helí se murió como se mueren todas las cosas, de cansancio. Especialmente en aquellos días la causa de la muerte de los hombres era ésa, el trabajo. Morían reventados. Estaban los impuestos, los diezmos, los intereses. Los trabajadores apenas si llegaban sanos a los cuarenta; a los cincuenta estaban medio muertos. A los sesenta ya estaban muertos. Sólo los ricos y los tiranos llegaban sanos a los setenta. El que llegaba a los ochenta o era un santo o era un monstruo. Helí, padre de José, no fue ni lo uno ni lo otro. Sólo otro currante vendiendo cara la vida de sus hijos contra tablones y clavos. Así que cuando se murió el Cielo se llevó a su gloria otro de los buenos.

Como vemos la Muerte les estaba siguiendo a sus enemigos los pasos. No teniendo quien empuñara la espada contra ellos, la Muerte misma arremetía directamente contra las dos casas mesiánicas. Invisible, silenciosa, golpeaba con la única arma a su servicio: las tijeras de las Parcas. Ciega, la Muerte escribía en las familias de sus enemigos páginas negras. Mas desde la luz del que gobierna el destino del universo dejaba Dios moverse a sus anchas a la Serpiente.

Pero dejémonos de crónicas del Infierno y de su derrota. Volvamos a poner los pies en tierra firme. Para recordar ruinas y miserias siempre hay tiempo.

Tras la muerte de Helí, hijo de Matat de Belén, el Derecho de Primogenitura convirtió a José en padre para sus hermanos y hermanas. No comprendía este derecho el deber de permanecer soltero hasta que el último miembro de su casa hubiese formado su propia familia. De hecho, el matrimonio con la Hija de Salomón -María era por entonces su Prometida- se acercaba cada año que iba pasando. José debía tener unos veinte años aproximadamente cuando su padre se fue al Paraíso de los buenos. María debía tener unos pocos menos.

Por esas fechas fue cuando se murió el padre de María. Y así fue cómo los dos hombres que se juraron casar a sus hijos desaparecieron de repente de la escena. Toda su vida soñaron con verlos casados, y de la noche a la mañana un giro del destino les robó de los ojos el sueño.

¿Qué iba a ser desde entonces del futuro de aquel juramento que hicieran Jacob de Nazaret y Helí de Belén delante de Zacarías, hijo de Abías, sacerdote?

Idos los dos, muertos quienes que se comprometieron a unir en matrimonio a José y María cuando la edad lo dictase, María y José quedaban libres para seguir adelante y tomar o no por propio el juramento de sus padres. ¿Qué harían? ¿Cómo obligar a José a mantenerse soltero hasta que el último de los hijos de Jacob de Nazaret se casase?

“Hijo mío, sé sabio ante Dios y sus siervos. Ninguna recompensa satisface la condición del ser humano con más plenitud que el ajustar nuestros pasos a su sabiduría. No somos nada, nadie somos cuando se trata de pesar la decisión entre hacer nuestra complacencia o hacer la de nuestro Señor Dios. Pon tu confianza entera en su Omnisciencia, tu fe deposítala en su brazo todopoderoso, que nunca falla el tiro ni yerra piedra. Tú conoces su voluntad; no le des la espalda. Yo me voy, pero El permanece y se queda contigo. Él te guiará hacia la victoria de nuestras Casas. Su ángel escribirá en su Libro: Dijo Dios, y así se hizo”, José se crió con consejos de esta naturaleza.

 

LA SEÑORA ISABEL

Tras la muerte de Jacob de Nazaret, padre de María, la Viuda se rehízo. Apoyada por Tita Isabel la Casa de la Virgen de Nazaret superó el temporal siniestro que en su dolor se pintó la Viuda durante el entierro de su esposo. La señora Isabel, miembro de la clase aristocrática de Jerusalén, experta en el mundo de los negocios y las leyes judías, se hizo cargo de todo, movió cielo y tierra, y no se fue de Nazaret hasta que quedó todo tan sólidamente restablecido que fue como si Jacob nunca se hubiese ido. Lista como ella sola, con medios económicos suficientes para frenarles los pies a los hermanos de Jacob que le pudieran ofrecer a la Viuda la comprar de las tierras, Tita Isabel conservó para la hija de Salomón, su sobrina nieta, hasta el último acre. Gracias a Tita Isabel no vendió la Viuda ni una higuera. Allí estuvo Tita Isabel para contratar hombres cuando llegaron las cosechas, para firmar contratos, para pagar a los hombres, para cobrar los dineros de las ventas, y lo más importante para coger a su sobrina Juana y enseñarle de la A a la Zeta el abecedario de los negocios.

Pasó pues que Juana, la que seguía a María, acompañó en el Voto a su hermana grande. Pero Juana, al contrario que María, una artista con la costura, Juana heredó el carácter entero de su difunto padre; no se cansaba ella ni de aprender de su tita Isabel cómo manejar a los hombres ni de abrirse paso en el mundo de los contratos; ni se cansó trabajando en el campo al frente de los jornaleros que trabajaron para su Casa. Muchos apostaron que en cuanto se fuera la Señora Isabel la niña se vendría abajo y tarde o temprano la Viuda tendría que vender.

“Hija, tú no les hagas ni caso” le aconsejaba Tita Isabel a su sobrina nieta Juana. “Los hombres nos miran como si la Sabiduría no fuera nuestra hermana. Porque la toman por esposa se creen que la Sabiduría nos da la espalda. Tú, ni caso, Juanita. Y si el sol apretara y la cosecha fuera mala yo te la compro entera al precio de una cosecha de oro. Esto es muy sencillo, hija mía. Ten siempre una sola palabra; si conviniste en más por lo que luego resultó valer menos, tú mantén tu palabra; dijiste tanto, tanto pagas. Lo mismo cuando les toquen equivocarse contigo. Conviniste en tanto, tanto cobras…”

Con el tiempo la pequeña de las Vírgenes de Nazaret aprendió a hablar con los hombres que ella misma contrataba como si fuera una persona mayor. Nunca las tierras del clan de los hijos de David de Nazaret estuvieron tan fructíferas como en aquellos años después de las grandes sequías.

Ni tampoco los señoritos del Cigüeñal, la casa grande de la colina, anduvieron antes mejor vestidos.

La Señora Isabel, como toda hija de Aarón, era una maestra en las artes de tejer mantos sin costura. Era el manto de los miembros del Sanedrín. Señora de un grande del Sanedrín, Isabel le podía asegurar a su sobrina nieta María que su taller de costura sería el más rentable del reino entero.

-Pero Tita, le dijo María, yo no puedo abandonar la casa de mi madre.

-Hija mía, ni lo menciones, le respondió Tita Isabel.

El hecho de que siendo la tita abuela que la llamasen Tita se debía al genio de la propia Isabel. La hacía sentirse vieja que la llamasen “abuelita”.

Pues eso, entre sus sobrinas nietas Juana y María se le fue el tiempo a la Señora Isabel. Si a su Juanita la Señora le enseñó todos los misterios de los negocios y en su nombre contrató capataz que la ayudara en todo, y le metió en la cabeza que desde Jerusalén ella seguiría sus movimientos al día, y por Dios que ella se anticiparía al cielo antes de ver caer sobre sus nietas otra desgracia; si a su sobrina nieta Juana la puso al frente de los campos, a su “nieta” María la sentó a su lado, y no la levantó de su vera hasta que su sobrina nieta aprendió de las manos de una experta en trabajos sagrados los secretos más recónditos del corte y confección de un traje sin costura. La Niña, que era de por sí una artista, porque de su propia madre le venía la escuela, cuando se despidió de “la abuelita” no sólo había heredado uno de los misterios más celosamente guardados por las hijas de Aarón, sino que además abrió su propio taller de costura en Nazaret.

Del taller de corte y confección de la Virgen de Nazaret salieron para Jerusalén algunos de los mantos sin costura orgullo de la casta de los príncipes de la Ciudad Santa. Mantos por los que se pagaba oro contante y sonante. Sólo se tenía uno, y era para toda la vida.

-¿Pero Tita, de dónde sacaré el dinero para las sedas, y para los hilos de oro?, le preguntó una vez Ella.

-No te pongas la pelliza por una nube, hija -le respondió la Señora Isabel-. Cuando yo te haga el encargo te enviaré sedas para que vistas a todas tus hermanas, y un saco de hilos para que le hagas a tu hermano una trenza con cabellos de plata. Si el Señor no me ha dado hijos será por algo. ¿Qué se creen los hombres? Para el hijo de Natán todo. Hija mía, le han regalado un potro íbero a tu José que ya para sí lo quisiera un general romano. Con él, con tu José, bajan la guardia y ya parece tu Prometido un príncipe entre mendigos. ¿Quién va a prohibirme a mí regalarle a la hija de Salomón la Luna y las estrellas envueltas en sedas y atadas con hilos de oro?

Y así fue. En efecto, cómo llegaron a vestir las hijas de Jacob de Nazaret fue la admiración de todos los miembros del clan de David de la Galilea. A la hora de casarlas, ya se adivina, la dote que quisiera la Viuda por Ester y Rut, las mellizas.

-¿Dote? ¿Quién ha hablado aquí de dinero? ¿Tú le amas, hija? - era la respuesta de la Viuda a los pretendientes de sus hijas.

Estaban equivocados, vaya que sí estaban equivocados. ¿Comprarle a la Viuda una hija?

Imposible.

¿Mejor partido en toda la comarca?

Ninguno.

Los campos de la Hija de Jacob producían al ciento por ciento. Del taller de la Virgen de Nazaret salieron los vestidos más buenos, bonitos y baratos de la región. ¿Al niño de la casa? Al Cleofás, al benjamín de la casa, sólo le faltaba la diadema para dejar a los hijos de Herodes a la altura de los mangantes. Por tanto, el que fuera a casarse con sus hijas que no le viniera a la Viuda de Jacob hablando de dineros. Su corazón era lo que tenían que ponerle sobre la mesa, abierto de par en par, abierto como una luna llena, desnudo como el sol de un cuarenta de Mayo. Y luego que fuera lo que el Cielo quisiera.

 

LA SEÑORA MARÍA

 

 

A la muerte de sus abuelos, Cleofás y señora, María De Salomón heredó la casa de su madre en la Ciudad Santa. Hablamos de la casa de la heredera de un Doctor de la Ley que tuvo por padrino de carrera burocrática al jefe del grupo de influencia más poderoso en la corte naciente del rey Herodes. Hablamos de una señora casa. Hablamos de una Señora, la Señora María de Nazaret, hija de Ana, hija de Cleofás, cuñado de Zacarías, el hijo de Abías -Abtalión para la historiografía oficial-. Hablamos pues de una María miembro legítimo de la aristocracia sacerdotal judía por parte de madre. (En esta primera parte de la Historia no vamos a entrar en la vida de la casa de Cleofás, padre de la madre de la Virgen. En la segunda parte pegaremos, pediremos permiso y ya veremos con los ojos del espíritu qué quiero decir cuando digo que Cleofás, padre de la Viuda, perteneció al grupo aristocrático judío que sin ser herodiano fue el más influyente ante la Corte del rey Herodes. Por ahora baste la confianza a la hora de articular sobre la roca de nuestra Fe los pilares en los que descansa el edificio de esta Historia).

Sin ir más lejos vemos al Señor Jesús en el prólogo de la Última Cena enviando a un discípulo suyo a anunciarle a uno de sus siervos su venida. El hombre no rechista; y no rechista porque conoce al mensajero, y sabe quién es el “señor” que le está apremiando a tenerlo todo dispuesto para la Última Cena.

La leyenda de Jesús el Carpintero, digámoslo todo, tuvo su origen en la mentalidad de los pueblos pequeños antiguos. El título local del padre pasaba al hijo. El padre fue carpintero, el hijo será el Carpintero toda la vida, aunque llegue a tener más fanegas que un marqués; su padre fue el carpintero y su hijo será el hijo del carpintero hasta que se muera.

Es verdad, sigamos diciéndolo todo, que José llegó a Nazaret siguiendo la ruta de los nómadas. El hombre se plantó en el pueblo, le arrendó a la Viuda un trozo de terreno para plantar la tienda. Montó el taller. Le acabó gustando a José el ambiente -eso decía él de puertas afuera- y acabó enamorando a la heredera de la Viuda. Para las fechas la Virgen era dueña de higuerales, viñedos, olivares, tierra calma, ganados, y además era la propietaria de un taller de confección y costura en pleno boom gracias a la ola nacionalista. Hasta entonces los trajes típicos se tenían que encargar en algún taller de la Judea. Las judías, sobre todo las jerusaleñas, habían conservado celosamente el secreto de la confección de los trajes de novia y vestidos de fiestas nacionales. Entonces fue y va la Virgen de Nazaret y abrió su propio taller de confección y costura. En medio de tales circunstancias la creación del taller de la Virgen de Nazaret, la verdad, se abrió paso enseguida. Gracias a las relaciones sanguíneas que su familia mantenía por toda la Galilea la publicidad necesaria, sin tener Ella que darle tiempo al tiempo, fue llama sobre reguero de pólvora. Sólo había que fijarse en cómo vestían sus parientes. Luego estaba el precio; la Virgen de Nazaret era una santa; si no tenías dinero se lo podías pagar cuando te sonrieran las cosas. Te ajustaba el precio a tu caso y jamás te mandaba al hombre del frac a reclamarte los duros. Una verdadera santa. Por supuesto cuando se anunció su boda con el Carpintero todo el mundo se quedó con la boca abierta.

¿¡La Virgen se casa!?

Lo cierto es que José y María primero esperaron a que Cleofás se casara.

El benjamín de la casa se casó con María de Canaán, del clan davídico también. Al año Cleofás y María de Canaán trajeron a Santiago al mundo. (Este Santiago llegaría a ser el Primer Obispo de Jerusalén. La Historia lo conoce por Santiago el Justo, hermano del Señor, uno de ellos, y que luego fue asesinado por sus propios hermanos de raza. El destino de los hermanos de Jesús forma parte de la historia del Cristianismo. Un paseo por el recuerdo de la fascinante aventura de los primeros cristianos, siento lamentarlo, supera el alcance de este Relato. El hecho es que la suerte de los hermanos de Jesús quedó sellada la Noche de la Matanza de los Santos Inocentes. ¿No fueron triturados los sobrinos de José bajo los pies de la Fortuna? La Bestia perseguía al Niño, y en su impotencia para encontrarlo derramó fuego por los ojos contra todos sus familiares. ¿Cuántos sobrinos le mataron en una sola noche a José? ¿Cuántos hijos de Cleofás se llevarían? Lo dicho, en el futuro, si Dios quiere, entraremos en la tragedia de los famosos hermanos de Jesús, hijos de Cleofás y María la de Cleofás). Pues bien, al otro año de tener a Santiago el Justo, Cleofás y María de Canaán, María la de Cleofás para el Nuevo testamento, trajeron a José. Y siguieron trayéndole a Jesús primos y primas.

 

 

Segunda Parte

Historia del Niño Jesús