LIBRO PRIMERO -

EL CORAZÓN DE MARÍA

“YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO”

CAPÍTULO I:

HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA

Primera Parte

Historia de José y María

Segunda Parte

Historia del Niño Jesús

Tercera Parte

Historia de Jesús de Nazaret

CAPÍTULO II:

“YO SOY EL ALFA Y LA OMEGA

VIDA Y TIEMPO DE LOS PRECURSORES

Primera Parte

Historia de los Precursores

Segunda Parte

Historia de los Asmoneos

Tercera Parte

Genealogía de José, hijo de Helí, Hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de David

Cuarta Parte

La Hija de Salomón

Quinta Parte

Juventud, Muerte y Resurrección del Mesías

 “YO SOY EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO”

 

Cuando sus padres le vieron, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote. Y Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía. Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón....

 

PRÓLOGO

 

En los días del Bicentenario de la Revolución Francesa, en Paris, el Hijo de Dios me inspiró esta Historia Divina. Porque si Napoleón fue un hombre único en su género y la Revolución Francesa de los Derechos Humanos un acontecimiento histórico para no ser olvidado nunca, al igual que no podemos relegar al olvido la Revolución Rusa de los Derechos del Obrero, que hizo de Lenin otra hombre único en su género, ¡en qué género de unicidad colocaremos al Hombre que sacó al mundo de la esclavitud mental e intelectual bajo cuyos yugos las naciones nos encontrábamos! ¡y en qué parte del Libro de la memoria de la Historia Universal colocaremos la Revolución de ese Hombre llamado Cristo Jesús! Pues no siendo mentira que las Revoluciones Francesa y Rusa superaron a sus líderes, no siendo ellos al final otra cosa que el brazo armado de unos principios ideológicos expuestos por otros hombres, no es menos verdad que la Revolución de los Derechos Divinos del Hombre hizo de su Líder un hombre único entre los únicos por en cuanto Él, Jesucristo, fue al mismo tiempo su Ideólogo y el Brazo que la puso en marcha, dirigiendo los pasos de su Pueblo Espiritual a través de los siglos con el acierto natural a quien tiene en la Sabiduría Divina la Fuente de su Pensamiento y de sus Sentimientos. Tanto más grande e incomparable con las revoluciones humanas la de Jesucristo por en cuanto a diferencia de la de Moisés, Mahoma y Mao, que sembraron el Terror en las naciones e hicieron caer sobre los pueblos un Diluvio de Sangre, la Revolución Jesucristiana siguió los principios de la Paz hasta sus últimas consecuencias, prefiriendo la Muerte a decantarse por la Guerra contra los enemigos de los Derechos Divinos del Hombre.

Yo, Cristo Raúl, movido por el espíritu de inteligencia, que heredé en razón de la Promesa De Dios de formar al hombre a su imagen y semejanza, de esta forma inspirado, puse manos a la obra inmediatamente. Abandoné Paris, regresé al Sur, me encerré entre libros y me dispuse a empezar por el principio, o sea, a descubrir a qué se debía el vacío documental por el que la confusión encontró puerta de acceso al corazón del problema y parió esa montaña de libros que usando al Héroe de los Evangelios como excusa le dieron vida a personajes de tinta sin ningún contacto con el Verdadero Hijo de María y José.

Pues el que busca, encuentra, investigando a fondo el tema no tardé en descubrir la causa en la base abisal del problema de la ausencia de documentos oficiales sobre la existencia del Hijo de María y José. Ausencia sobre cuyo grano los siglos han levantado al Misterio de la Vida del Fundador del Cristianismo esa montaña de libros el resultado de cuya lectura es tan ambiguo como confuso. Inspirado por este hecho el último de los escritores del siglo XX que aportó su grano a la montaña apócrifa, que en el siglo de Cristo comenzara su andadura, tituló su obra «El Jesús desconocido». ¿No es curioso que después de veinte siglos en boca de todo el mundo y cinco siglos de investigación independiente y libre de la tutela de la Iglesia el siglo XX suspirara semejante conclusión para la posteridad?: “Jesús, ese desconocido”.

Pero el Fundador del Cristianismo, aunque sea un perfecto desconocido para algunos, no lo es tanto para otros, ni fue tan desconocido para los que le conocieron en vida como los que no le conocieron nos lo han querido presentar. El problema sin embargo está ahí, donde siempre ha estado, en el silencio de los que le conocieron en vida y se llevaron con ellos a la tumba la Biografía del Hijo de María de Nazaret. Ahora bien, si tenemos en cuenta la Fe, el secreto del problema está en pegar, entrar y ver. Pues el que era sigue siendo el que es.

Estas consideraciones sentadas por principios de mi investigación, la causa en el fondo de la falta de documentación oficial sobre Jesús como personaje histórico la hallé en los dos incendios que, en el mismo año según unos, en años diferentes según otros, destruyeron los Archivos del Templo de Jerusalén, de un sitio, y los de la Roma Imperial del César Octavio Augusto, del otro.

¿Casualidad? ¿Puro azar? ¿Parte de un plan maquiavélico concebido por poderes en las sombras? ¿Cómo saberlo, cómo decirlo a ciencia cierta? Lo que está fuera de toda duda es que el anticristianismo violento de aquella generación del siglo I d.C. puso la mecha y prendió la chispa que hizo saltar por los aires los muros del Templo de Jerusalén.

En el caso del incendio del Templo de Jerusalén, concretamente, sí se sabe que la destrucción de los Archivos de Israel fue provocada por los hijos de los que juzgaron a Jesús. Basta una incursión breve en los acontecimientos de la revuelta antirromana para descubrir la identidad del brazo que, batuta en mano, dirigió la orquesta de la destrucción de los Archivos del Tercer Reino de Israel.

Lógicamente en este libro no vamos a rescatar del sarcófago de los recuerdos, donde arrojaron los últimos hebreos la verdadera historia sobre la Segunda Caída, la memoria de aquellos acontecimientos. Sólo decir, de tal palo tal astilla; cayó Adán, cayeron sus hijos. Con la maravillosa diferencia que esta vez los hijos no arrastraron al resto del mundo al infierno de la condenación merecida. En cualquier caso centrémonos en los hechos.

A pesar de los pesares, obviando la opinión de los expertos, aquí hay que reconocer que desde un punto de vista psicohistórico la razón para meterle fuego a unos Archivos, documentalmente hablando de un valor incalculable a la hora de reconstruir el Periodo Asmoneo por ejemplo, tuvo en su punto de mira la eliminación física de cualquier prueba sobre la que el futuro pudiera basar la existencia histórica de Cristo Jesús, y enraizase la Fundación de la Iglesia en la cumbre de los procesos internos vividos por el espíritu del Israel mesiánico.

Poca duda le cabe al autor y menos espacio le deja al lector para insertar la personalidad del historiador oficial de los judíos, el hombre llamado Flavio Josefo, en el género más representativo de su tiempo. Formado en la vieja escuela imperial romana, la más representativa en lo tocante a la manipulación del Pasado, como se demuestra en la Eneida de Virgilio, Flavio Josefo aplicó ese mismo método a la Historia de su Pueblo, dando a luz una Historia sin luz profética de ninguna clase y menos valor mesiánico si cabe. De donde resultó ese exorcismo patético que es su Historia Antigua del Pueblo Judío, contra la cual se alzaron algunos historiadores modernos, por cristianos sin derecho a ninguna crítica, y de la que se derivó el destierro de la conciencia del que un día fuera «el pueblo elegido» de aquella naturaleza que lo convirtiera en especial y único entre los demás pueblos de nuestro mundo.

Desgracia sobre desgracia, si de la falsificación de los orígenes del pueblo romano por Virgilio salieron de las páginas de la Eneida glorificados los fundadores de aquella Roma nacida con vocación eterna, de las manos de Flavio Josefo volvió a nacer un pueblo, para más desgracia todavía, privado de toda gloria y honra a los ojos de Dios y de los hombres.

Terrible fue el precio por tanto que, con tal de ver exterminados a todos los primeros cristianos, sin distinción de edad y sexo, estuvieron dispuestos a pagar y pagaron los hijos de Abraham.

Aunque sea algo que siempre se suele dejar en la trastienda no debemos olvidarnos de que si Jesús fue hijo de Adán y Eva no menos por la sangre lo fueron quienes le juzgaron y le condenaron a muerte. De manera que de lo que de siempre se ha hablado y nunca se ha discutido es del fratricidio cometido contra el nuevo Abel, del que el antiguo fue su modelo, en parte porque se habló de deicidio en parte porque el Caín de aquellos días al contrario del antiguo no ha parecido arrepentirse jamás de su delito. Pero dejemos aquí el examen crítico sobre el valor histórico de la obra literaria de Flavio Josefo. Hoy día se sabe que el historiador de los judíos logró imponer su versión de los Hechos al precio de doblar sus rodillas, no ante el Dios de sus padres, sino ante los dioses del Imperio. Y volvamos al otro Incendio.

En el caso de la destrucción de los Archivos del Imperio por Nerón, que el fin buscado fuera cerrar semejante operación anticristiana ya no es tan creíble. Pero a fin de cuentas es lo que vino a cerrarse con la destrucción de los Archivos de la Roma de Augusto. Los documentos sobre el Censo Universal, y cualquier otra prueba física que pudiera aportar luz al Caso, quedaron definitivamente reducidos a cenizas. Es decir, desde el Año del Fuego (¿su número es el número de la Bestia, 666?) los Evangelios y sólo los Evangelios Canónicos quedaron como únicos documentos sobre los que reconstruir la Historia de Jesús.

Esta conclusión fue descubierta ya en su tiempo por los contemporáneos de los Apóstoles. Descubrimiento que les inspiró a muchos de ellos los llamados “evangelios apócrifos”.

Unos dicen que primero fueron los Canónicos, y que luego, trabajando con ellos, los autores apócrifos montaron sus historias. Pero yo diría que primero fue la Palabra, y que después la Palabra fue puesta por escrito. De hecho, cuando uno de los evangelistas dice en su prólogo que antes de él muchos habían intentado componer un relato de la vida de Jesús, al decir “muchos”, siendo únicamente cuatro los Evangelistas (dos para la fecha), Lucas sin duda se estaba refiriendo a los autores apócrifos.

No es de extrañar que, escandalizados, los Apóstoles se alzaran contra aquellos relatos. Y se decidieran a poner por escrito lo que los primeros cristianos ya conocían de Palabra. Imponiendo de camino mediante la Autoridad a Ellos conferida por el Espíritu Santo la Autenticidad Divina de tales Evangelios, decretando en Concilio Universal y Ecuménico -es decir, Católico- que a los Cuatro y sólo a esos Cuatro Evangelios debían atenerse todos los cristianos del Orbe.

A los que así hicieron y desterraron de sus ojos la lectura de los «evangelios apócrifos», y cerraron sus oídos a los relatos gnósticos tan de moda en los dos primeros siglos del cristianismo, empezó pronto a llamárseles “Católicos”. Porque si a los primeros seguidores de Cristo, sin distinción entre sus posiciones más o menos divergentes, comenzó a llamárseles «Cristianos», a todos los que se atenían al Texto de los Evangelios Canónicos comenzó pronto a llamárseles Católicos. Pues contra los demás, que en el caso de la Virgen por ejemplo corregían a los propios Apóstoles -excusándoles su credulidad infantil a la hora de la Concepción Virginal de Cristo- los Católicos creían, creen y creemos a fe ciega en la Palabra Escrita.

Este, sin ningún género de dudas, fue el Origen del Catolicismo. Cuando san Pablo les criticó a algunos fieles definirse por ser de éste o de aquél otro sujeto con toda seguridad se refería al daño contra la Unidad del Cristianismo que los primeros relatos apócrifos estaban ya haciendo. Porque también su origen fue la Palabra, y sólo más tarde fueron puestos por escritos aquellos relatos falsos sobre Jesús, su familia y sus discípulos.

Es decir, las iglesias nacidas de la Reforma no fueron las primeras que negaron la Encarnación del Hijo de Dios y su Nacimiento por obra y gracia del Espíritu Santo. Antes de la Reforma los Gnósticos del siglo I y II d.C. ya negaron la existencia de la Virgen. Por no hablar ni traer ahora a estrado la opinión de los propios judíos al respecto, se entiende. Aquellas obras apócrifas anticristianas están en nuestros días a disposición de todos gracias a la revolución de los medios de transmisión del Conocimiento que estamos viviendo en nuestros tiempos; esas obras, desterradas de la Civilización Cristiana, en base a su anticristianismo, vino a convertirse en el Futuro en fuente de historia no oficial para quienes buscando las riquezas harían del escándalo su mina de oro. Desde la Resurrección hasta la Caída del Imperio Romano los evangelios anticristianos, transfigurados por el arte literario en apócrifos, un género ampliamente cultivado por los Judíos durante los últimos cinco siglos anteriores a la Venida del Cristianismo, tuvieron su día de gloria. La imposibilidad de entrar en el Universo del Dogma fue rechazada por los Gnósticos de los primeros siglos a la manera que siglos más tarde los filósofos modernos negaron la existencia de Dios en base a su incapacidad intelectual para entender su Aparente Pasividad ante la Tragedia del Género Humano. El Orgullo, en verdad, nunca fue buen consejero.

Pero lo que la Paciencia por su sola virtud no pudo, enterrar los evangelios apócrifos y los movimientos gnósticos, lo consiguieron los Bárbaros con sus Invasiones. En Arrio, el último de los Gnósticos Judeocristianos, el Anticristo creyó poder sobrevivir, y soñó con hasta llegar a poder acabar con su enemigo Católico, ese Inocente Crédulo anclado en la visión de un Poder Divino tan vasto y profundo como para hacer que Dios, en la Persona de su Hijo, se hiciese Hombre, Encarnación del Dogma mediante. Y no porque los dioses no pudiesen adoptar formas humanas, sobre lo cual las mitologías de los pueblos antiguos se complacen en divertidos capítulos; la propia madre del Alejandro Magno tuvo la dicha y el placer de ponerle los cuernos a Filipo, su marido, con un dios; y hasta Zeus se divertía poniendose la cornamenta de toro para ponerle los cuernos a los padres de sus hijos semidivinos. Así pues, nada hubieran dicho ni hecho ni los Judíos ni los Griegos ni los Romanos ni los Bárbaros contra el Catolicismo de haber la Iglesia integrado a su Fundador en la Saga de los Mitos, dándole por padre al dios de los Judíos a la manera que Alejandro lo fue del dios de los Helenos. Otro gallo hubiera anunciado el Día de las Persecuciones de haberse bajado de la borrica la Iglesia y haber reconocido que su Dogma no era ottra cosa que el Orgullo elevado a su Potencia más loca.

Las Persecuciones fueron una Guerra de Orgullos. El Cristiano no podía -aún reconociendo su incapacidad para comprenderlo- negar el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, y los Judíos no podían aceptar que su inteligencia no fuese capaz de comprender el Misterio del Dogma. Los Cristianos no se bajaban del burro; y Judíos y Gentiles no iban a arrodillarse ante un Dios montado en una burra. Algo no funcionaba. En alguna parte la inteligencia humana había perdido la Llave que le abría el acceso a la Inteligencia de su Creador. Desde la Caída, cuando Dios abandonó al Hombre a su suerte, el Abismo entre la Inteligencia del Creador y la de su Criatura se había hecho gigantesco, descomunal, imposible de cruzar. Sobre ese Abismo Dios había levantado un Puente: el Dogma Católico : Encarnación y Resurrección las orillas a ambos lados del precipicio. La Fe Católica y sólo la Fe Católica, es decir, la Religión del Dogms, conduce al Hombre al Paraíso. Bajo ese Puente sobre el Abismo, el Infierno de las Guerras sin fin.

Triste descubrimiento fue el desentierro por el Protestantismo de aquellas corrientes muertas a los pies de los orígenes del Cristianismo. Increíble, pero lógico, la lógica de la Reforma, a raíz del Escándalo de la Pornocracia Cardenalicia, sin vestiurse de Gnosticismo, pero ejecutando su Programa de destrucción del Catolicismo, sin negar la Encarnación en cuanto "Obra Buena" de Dios pero negando que la Palabra y la Acción, que la Fe y las Obras sean las dos caras de la misma Moneda, con su Negación, anclada en la Pornocracia Vaticana, pero no justificada por la Inteligencia del Espíritu cristiano, pues ni el mismo Jesucristo se atrevió a negar al Elegido de Dios en la Hora de las Tinieblas, el Protestantismo, despachando a aquel Jesucristo que no condenó a Pedro, en razón de la Negación del Sucesor de Pedro se propuso destruir a todos los que vivían de la Palabra y sólo por y desde la Fe de los Apóstoles podían sostener sus declaraciones de Valor entre Fe y Obras, Pensamiento y Acción, Dichos y Hechos. La Guerra de los 30 Años fue la primera de las guerras mundiales que el pueblo Alemán le declaró a Dios, al Hombre y al Mundo.

Nosotros, los hijos de Dios, lo sabemos positivamente, los Apóstoles edificaron la Iglesia sobre la Palabra de Dios. Esa Palabra es que el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María sin intervención de varón. Y sabemos, porque lo oímos, que las ramas nacidas del árbol de la Reforma negaron esta Encarnación, negando así el Poder de Dios para hacer que una mujer conciba sin “concurso de varón”. Visto lo cual uno se pregunta, y con toda la razón, ¿qué vino a destruir la Reforma: la obra del Diablo o la de Cristo? Porque quien no cree que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo y nació sin la intervención de varón, aunque repita hasta el infinito “Jesús es el Señor, Jesús es el Señor”, ése no es cristiano,

Según los Evangelios, o lo que es lo mismo, según la Santa Madre Iglesia Católica: cristiano es aquél que vive de la Palabra, y confiesa, según está escrito, que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, que estaba en Él, pues el Verbo es Dios y el Verbo se hizo hombre. El que cree esto, ese es cristiano.

Ahora bien, si se confiesa que el Hijo de Dios se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo y se niega que el Espíritu Santo venga del Padre y del Hijo, se niega que el Verbo se hiciera hombre, ¿porque cómo puede vivir el Hijo en el Padre y no ser una sola cosa con el Espíritu Santo? Es decir, ¿qué negó y niega la Ortodoxia de los Rusos?, ¿que el Hijo y el Padre no son una sola cosa?, ¿que el Hijo no es Unigénito?

La Fe en la que edificaron los Apóstoles la Iglesia que su Señor fundó sobre Roca tenía dos columnas maestras. Primero, el Hijo se encarnó en el seno de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Cualquiera que niegue esto no es cristiano. Y segundo: El Hijo y el Padre son una sola cosa en el mismo Espíritu, que es Santo; de manera que todo lo que la creación recibe de Dios lo recibe en, por y a través de su Hijo. Y todo el que niegue en Cristo la Puerta por la que la creación recibe de Dios toda gracia, ése no es cristiano. ¿Y si no es cristiano ése que cree en el Padre, pero niega que entre Dios y el hombre esté su Hijo, ése qué es?

Cuando Dios declaró que el Justo viviría de la Fe sin ningún género de dudas se refería a esta Fe.

Pero volvamos a la investigación. Porque claro, esto es Fe. Pero la Historia reclama hechos, documentos, piezas con las que componer el rompecabezas. Piezas que como hemos visto no se encuentran por ninguna parte. ¿Así que cómo llevar a término una investigación recreativa de la Historia de Jesús si los elementos indispensables para su articulación no se encuentran en ninguna parte? Es decir, ¿quién puede componer un rompecabezas sin las piezas del rompecabezas que debe componer?

Por estas razones mientras caía sobre Londres la primavera me dejé de buscar en los libros lo que no podría encontrar en ellos.

Cuando la primavera rompió me fui a Jerusalén. Crucé Europa a la luz de una estrella brillante y atravesé el mar sobre las olas de una Paloma de Plata.

¡Tierra Santa! Al fondo del Mar Grande una Torre brillaba al alba como el faro más potente del mundo. Era Haifa.

Bajé a Nazaret. Visité el Templo de la Anunciación. Tras una breve parada en Tel Aviv seguí mi camino a la Capital de Israel.

Cuando alcancé Jerusalén la Ciudad estaba en estado de alarma. Irak acababa de invadir Kuwait. El discurso antisionista del nuevo héroe del Islam, usando el odio universal del mundo musulmán contra los judíos como hipervínculo de unión a su causa de todos los fundamentalistas del mundo árabe, exigía -según periódicos paramilitares israelíes- el uso de armas nucleares, especialmente la bomba de neutrones.

Mientas Irak levantaba oleadas de vítores en los territorios palestinos, entre la muchedumbre que paseaba por la Calle David un hombre anuncio vestido de profeta caminaba con un cartel muy grande, que decía: El fin del mundo se acerca, venid a tomaros una cerveza.

Fue un viaje muy instructivo. Me subí de nuevo en las alas de la Paloma de Plata y navegué por las aguas del Mar Grande de vuelta al Viejo Continente.

Puse rumbo a Londres. Me instalé en Finsbury Park, cerré la puerta, abrí mi vieja máquina, y me senté dispuesto a no salir del estudio hasta conseguir la Historia por la que había estado luchando durante los últimos años.

Fue un otoño muy largo, pero muy fructífero. Un día del Noviembre de ese año llegué a la meta. La meta tras la que estuve corriendo todos esos años era el tesoro que la Madre guardó en su corazón, «el Corazón de María».

Cómo María conoció a José, quiénes fueron Zacarías e Isabel, quiénes fueron en realidad los famosos hermanos y hermanas de Jesús. Todo, absolutamente todo, Ella lo conocía todo sobre su Hijo. Lo había vivido y lo había guardado todo en su Corazón. Y seguía donde estuvo.

Lo que yo, Cristo Raúl, vi en el Corazón de la Madre es lo que vais a leer a continuación.

 

CAPÍTULO I:

“EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO” HISTORIA DE LA SAGRADA FAMILIA